Título de la edición original: Smut. Two Unseemly Stories
Edición en formato digital: diciembre de 2012
© de la traducción, Jaime Zulaika, 2013 © Forelake Ltd., 2011 © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2013 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-3414-7 Conversión a formato digital: Newcomlab, S.L. anagrama@anagrama-ed.es www.anagrama-ed.es
La seĂąora Donaldson rejuvenece
–Supongo que usted es mi mujer –dijo el hombre en la sala de espera–. Creo que no he tenido el placer. ¿Podría decirme su nombre? De mediana edad y escuálido, tenía las piernas al aire y la señora Donaldson pensó que debajo del batín quizá estuviera totalmente desnudo. –Donaldson. –Bien. El mío es Terry. He estado fuera. Le tendió la mano y mientras ella se la estrechaba brevemente la bata se abrió y dejó ver un par de calzoncillos de color naranja y, remetido en la pretina, un teléfono móvil. –Problemas de tránsito –dijo él, alegremente. –No, creo que no –dijo la señora Donaldson. –Míos, no suyos, querida –dijo Terry–. Usted es sólo mi mujer. –Me han dado a entender –dijo la señora Donaldson– que eran sus vías urinarias. –Ni loco. –Terry se subió la cintura de los calzoncillos–. De eso nada. –La frecuencia –dijo la señora Donaldson–. Se despierta por la noche. –En absoluto. Voy antes de acostarme y, por la mañana, lo primero de todo... Bueno, usted lo sabe –dijo, soltando una risilla–. Es mi mujer. La señora Donaldson sacó una carpeta. –Creo que es en el otro departamento, ya verá –dijo Terry–. Deposiciones duras y que les cuesta pasar. Sangre algunas veces. Todo eso. Pensé que, como soy tímido, me daría vergüenza, y por eso está usted aquí: para echarme una mano. –Bueno, fui enfermera –reconoció la señora Donaldson–. Estoy al corriente de todos los términos técnicos: intestinos, colon, próstata... –Alto aquí –dijo Terry–. ¿Era enfermera? –No –dijo ella–. Soy viuda. –Espere un segundo. Voy a asegurarme –dijo Terry, y, atándose la bata, salió de la habitación. Cuando volvió la encontró sentada en un asiento distinto. Terry se sentó a su lado, pero sin decir nada. –¿Y? –dijo la señora Donaldson. Terry se señaló la entrepierna.
–Son las vías urinarias, aunque al parecer podrían afectar al intestino porque tendrán que entrar primero por la puerta trasera para evaluar la próstata. Después dependerá de la importancia que él les conceda. Se abrió la puerta. Se oyó el sonido de una risa y una chica con su nombre en una etiqueta salió llorando. –He intentado decírselo, querida –dijo una anciana que salió tras ella, abotonándose la blusa–. La vesícula biliar era una pista falsa. Sonó un timbre. Terry y la señora Donaldson se levantaron. –Después de usted –dijo Terry, poniendo un dedo en la región lumbar de la señora Donaldson. Ella se retorció para zafarse y dijo: –Ha dicho que era tímido, ¿se acuerda? Aquella mañana había media docena de estudiantes, cuatro chicos y dos chicas, y el lugar tenía el tosco mobiliario de una sala de consulta. Había un escritorio, una mesa y, repantigado al fondo, con aparente indiferencia, estaba el doctor Ballantyne, el jefe de la unidad. Como Terry, pensó la señora Donaldson, aunque sin duda con unos calzoncillos más elegantes. –Buenos días, señora Donaldson, señor Porter. –Ballantyne se despegó de su silla–. No les preguntaré cómo están, porque eso les corresponde averiguarlo a nuestros aprendices de curandero, aunque me temo que nos hemos quedado sin la señorita Truscott, que se ha ido ofendida. Bueno, adelante, adelante. ¿Alguien va a pedirles a estas buenas personas que se sienten? –Él se sentó–. Señor Rowswell, usted manda. Un chico nervioso, de cara colorada, con extrañas orejas y la chaqueta demasiado grande, les hizo sentarse con gesto torpe y se colocó en el lado del escritorio donde no estaba acostumbrado a estar. Mientras se buscaba la mano dentro de la manga miró a Terry y esbozó una sonrisa. –¿Qué le pasa? Ballantyne suspiró profundamente y se llevó las manos a la cabeza. –Enhorabuena, señor Rowswell. Sólo está en segundo y ya posee una pericia que no me ha sido concedida a mí en veinte años de ejercicio. Sabe decir quién está enfermo y quién no. La clase, solícita, soltó una risita ahogada. –¿Cómo sabe cuál de estas dos personas aparentemente saludables es el paciente? Rowswell se ruborizó. –El que lleva bata.
Ballantyne miró a Terry como si no lo hubiera visto hasta entonces. –Así que es él. ¿Por qué, señor Porter? Terry se frotó las rodillas desnudas. –Pensé que ganaríamos tiempo. –No estamos aquí para ganar tiempo, señor Porter. Estamos para... –y sonrió gentilmente a la señora Donaldson– salvar vidas. En el futuro no desenfunde tan rápido. Si la paciente fuera la señora Donaldson, no creo que se hubiera presentado –pensó un momentitoen négligé. Con una amable sonrisa, dejó que la idea gravitara unos segundos. –Continúe, señor Rowswell. La señora Donaldson llevaba alrededor de un mes acudiendo a la facultad de medicina y mucho más tiempo al propio hospital. Allí había muerto su marido, lentamente pero sin dolor, visitado a diario por su sufrida cónyuge con arreglo a una rutina que ella había empezado a considerar fastidiosa pero a la que se había acostumbrado y a la que incluso había cobrado cierto apego, por lo que al final la muerte del señor Donaldson representó una doble pérdida: echaba tanto de menos las visitas como al visitado, y, sobre todo por la tarde, no sabía muy bien en qué emplear el tiempo. Sin un motivo apremiante para salir de casa, se quedaba en ella semanas enteras, un proceso que Gwen, su hija casada, se complació en dignificar como «luto» y que le resultaba gratificante porque pensaba que su madre no había cumplido con su padre. Pero aunque su marido había sido un hombre irreprochable y la señora Donaldson lamentaba sinceramente su fallecimiento, no se sentía totalmente preparada para habituarse a la digna soledad que su hija consideraba apropiada para su condición de viuda. La liberación llegó de una forma inesperada. Un embrollo relacionado con la pensión del fallecido había dejado a la viuda en una situación menos holgada de lo que estaba previsto y necesitaba complementar sus ingresos. Sola ahora en una casa de tres dormitorios se le ocurrió que podría hospedar a estudiantes. Aunque su hija no pudo discutir la sensatez económica de este propósito, consideró desagradables sus repercusiones sociales. –¿Inquilinos? ¿En Lawnswood? No creo que a papá le hubiera gustado. Y no te veo de casera. –Alquilar la habitación de invitados no me convierte en casera. Además –dijo la señora Donaldson–, no son inquilinos sino estudiantes. Gwen no discutió, pensando que unos cuantos meses de marcas de agua en la
bañera, música hasta altas horas y cisternas del baño sin tirar resultarían suficientemente convincentes. –El primer condón en el retrete –le dijo a su marido– y enseguida cambiará de parecer. Puede ser que la señora Donaldson tuviera suerte, pero los dos estudiantes enviados por el servicio de alojamiento de la universidad eran en todos los sentidos salvo en uno intachables. Eran ordenados y silenciosos, limpiaban la bañera y tiraban de la cadena, y en conjunto se mostraban tan discretos que la señora Donaldson apenas notaba su presencia en la casa. Laura estudiaba medicina y Andy, su novio, arquitectura (la señora Donaldson pensaba que quizá este hecho tuviera algo que ver con su amor al orden), y a través de ellos la habían contratado como simuladora a tiempo parcial, un anuncio de trabajo que Laura había visto en el boletín de la facultad. No pedían más requisitos específicos que la capacidad de memorizar datos y de exponerlos con claridad. El anuncio no decía nada de dotes interpretativas, pues de lo contrario ella no se habría presentado; tampoco mencionaba la confianza en uno mismo, lo que también habría sido disuasorio porque la señora Donaldson siempre se había considerado tímida. Este aspecto no pasó inadvertido a Gwen cuando su madre cometió la imprudencia de decirle que había solicitado el empleo. –Para empezar, no te gusta desvestirte. –No –convino su madre–, pero es para una buena causa. –Yo diría que ya has tenido suficiente experiencia de hospitales. No sé qué pensaría papá. La señora Donaldson tenía la sensación de que el cometido de Gwen era representar a su padre en la tierra. Por respetable y hasta encomiable que fuese el trabajo, su hija no lo juzgaba así; lo que su madre se proponía hacer la emparentaba lejanamente con la modelo del artista, una ocupación que podía exigir descaro e incluso desnudarse. De hecho, a la señora Donaldson nunca le habían pedido que se quitara la ropa, cosa en la que algunos pacientes eran más «duchos» que otros: Terry, por ejemplo, se enfundaba una bata de hospital sin pensárselo dos veces incluso cuando no lo necesitaba para simular su enigmático diagnóstico. La señora Donaldson opinaba que esta presteza en desvestirse era prácticamente un síntoma en sí mismo, si bien le habría costado decir de qué, sólo que en él podía ser de tristeza y también de mediana edad. Pero era una inclinación que estaba contenta de no compartir.
–Yo no lo veo como interpretar –le dijo a su amiga Delia en el comedor–. Sólo hay que poner una cara seria. Es una manera de no ser tú misma. Delia también formaba parte del elenco hospitalario. –Es bonito que te miren –dijo Delia–, incluso como a un espécimen. ¿Cuántas veces te mira la gente joven? A nuestra edad somos invisibles. Aunque raramente se cruzaban sus caminos y poca gente en el hospital conocía su relación extramuros, aquella mañana Laura estaba en la clase donde la señora Donaldson hacía una simulación, de hecho acababa de sustituir a Rowswell, que cuando realizaba un examen rectal a Terry sucumbió a las primeras de cambio. –Suave, suave –había dicho el doctor Ballantyne–. Hágalo como si fuera su novia. El consejo no ayudó en nada a Rowswell, que nunca había tenido novia, pero Laura se estaba desenvolviendo bastante bien, tanto que Ballantyne se permitió salir fuera para hacer una llamada con su móvil. Fue entonces cuando la señora Donaldson cayó de repente hacia delante y se desplomó inconsciente sobre la mesa. Como todas las miradas enfocaban a Terry, tardaron un momento en darse cuenta. Entonces se agolparon todos alrededor, alguien le abrió un vidrioso ojo vacío y una de las chicas (no Laura) forcejeó con el vestido de la señora Donaldson para intentar localizarle el corazón. –Llamaré a alguien –dijo Terry, que rápidamente se había subido los calzoncillos y había cogido su móvil–. ¿A quién llamo? –Que me jodan –dijo Rowswell–. Éste tiene almorranas y la otra ha sufrido un ictus. –¿O no? –dijo Minskip–. Podría ser fingido. –No –dijo Terry–. Yo lo sabría si lo fuera. Es mi mujer, en teoría. –En cualquier caso –dijo Rowswell–, todavía no hemos llegado a los ictus. En cuanto vuelve el doctor Ballantyne, se desvanece toda duda sobre la gravedad de la situación. Evalúa inmediatamente la contingencia y empuña el móvil para llamar a la unidad de reanimación. Luego, sin perder nunca una oportunidad, en el intervalo hasta que llega el equipo, instruye a los estudiantes sobre los procedimientos que deben seguirse ante lo que sin duda constituye algún tipo de accidente cerebral. –¿Podría ser estrés? –dijo Terry–. Ha estado bastante peleona conmigo hace
un rato. Sólo que parece de esas personas que se lo guardan dentro. Ballantyne hace caso omiso y se limita a decir: –¿Dónde diablos están? El tiempo es esencial. Ya estamos en un hospital. ¿Qué pasaría si estuviese en la calle? –Señora Donaldson –dijo Laura, arrodillada junto a la mujer inconsciente–. Señora Donaldson. –Y lloriqueando–: La conozco, ¿sabe? Es mi casera. –¿Hay alguna otra cosa que podamos hacer? –dijo Ballantyne–. Pensad, idiotas. ¡Pensad! Todo el mundo se puso a pensar, conscientes, no obstante, de que si hubiese algo más que hacer el doctor Ballantyne lo habría hecho. –Tiene una hija –dijo Laura–. Quizá deberíamos intentar localizarla. A la señora Donaldson se le había remangado el vestido y enseñaba las medias sujetas por un liguero, con un sistema de enganche tan arcaico que sólo la gravedad de la situación impidió que Ballantyne se lo señalase a los estudiantes. Así las cosas, le bajó con suavidad el vestido y al hacerlo levantó las piernas de la señora Donaldson y dijo afablemente a su cuerpo insensible: «Ya está.» Laura seguía arrodillada a su lado y le puso la mano en el cuello. –Tiene buen pulso. –Sí –dijo Ballantyne–, sólo que se lo estás tomando con el guante con que acabas de sondear en el trasero de Porter. La figura insensible dio un respingo perceptible. –Está volviendo en sí –dijo Terry. –Eso es porque no se había ido –dijo Ballantyne–. Se acabó, querida señora. Ahora ya se puede levantar. Y ayudó a la mujer a sentarse en su silla. –Es evidente que a Ballantyne le gustas –dijo Delia después, cuando estaban hablando en el comedor. Y como su amiga Donaldson hizo una mueca, añadió–: Podría ser mucho peor. Había habido murmullos cuando «volvió en sí». Aunque todos los estudiantes estaban avergonzados en mayor o menor grado, el más molesto era Terry, que como se consideraba virtualmente un enfermero, se creía facultado, como miembro del equipo, a estar al corriente de la triquiñuela. Pero, tal como la señora Donaldson sabía pero le desagradaba admitírselo a sí misma, las cosas no eran así, aunque sólo fuese porque ella era una fragante viuda de cincuenta y cinco años con las piernas bien torneadas, mientras que Terry era un hombre poco agraciado, narizotas y desaliñado, con
unos calzoncillos informes y caídos y el tatuaje de un azulejo asustado en el ombligo. Pero Terry tenía razón; formaban un grupo aunque fuera variopinto. Al no exigírseles cualificación ni unas aptitudes concretas, no era de extrañar que reclutasen al elenco entre los marginados de una serie de profesiones distintas. Prueba típica de ello era Delia, que había sido actriz y todavía se calificaba de tal; Terry había sido (entre otras cosas) guarda de seguridad y camillero de hospital; nadie sabía qué había hecho la señorita Beckinsale, pero como era la mayor del grupo se permitía una actitud de superioridad y condescendencia, y alegaba también conocimientos médicos especializados porque en su día había trabajado un tiempo en una farmacia. La señora Donaldson no encajaba en absoluto en esta cofradía dispareja. Era (o creía ser) una mujer convencional de clase media arrojada a las playas de la viudedad tras un matrimonio que había sido, suponía, muy parecido a muchos otros: feliz al principio, después satisfactorio y finalmente aburrido. Pero se consideraba cualquier cosa menos un miembro típico de aquella compañía variopinta. Sin embargo, esto significaba que tenía que representar dos papeles. Para no parecer ñoña, tenía que aparentar ser más abierta de lo que era y mostrarse más «relajada» de lo que a veces estaba. –Nunca me ha gustado decir palabrotas –le confesó a Delia–, y cuando la gente jura me siento rara. –No te preocupes –dijo Delia–. Dos meses aquí y acabarás diciendo «mierda» como si nada. (En realidad se refería a «joder», pero pensaba que su amiga no estaba aún totalmente preparada para esto.) Su otro papel era el de miembro del grupo cuando, al igual que los demás, tenía que simular que era lo que requiriese el caso: una madre afligida, una hija deprimida, una paciente agresiva. En conjunto, esta segunda actuación le resultaba más fácil que la primera. El trabajo implicaba cierto grado de preparación de los PS o Pacientes Simulados, como los llamaban oficialmente, exigía familiarizarse con las circunstancias de la persona a la que interpretaban y que, aparte de sus síntomas específicos o de la dolencia que había que explorar, incluían la extracción social y el historial médico. Lo cual significaba que a última hora de la noche a menudo tenía que estudiar las notas de un caso para el día siguiente. El doctor Ballantyne no tardó en advertir que era más meticulosa que algunos de los otros, y en consecuencia le encomendaban las situaciones
más complejas y las enfermedades raras. No cabía duda de que era una empleada valiosa. No obstante, por meticulosa que fuera, le disgustaba no haberse podido chivar a Laura del colapso inminente, pero Ballantyne lo había negociado con ella sólo un momento antes de que empezara la clase, diciendo que se trataba más de una especie de artimaña que quería hacerles a los estudiantes que de un ejercicio didáctico propiamente dicho. A la señora Donaldson no le había gustado la capa de conspiración con que Ballantyne había envuelto la maniobra («Nuestro pequeño secreto»), porque prefería conocer con mucha antelación cuál era la enfermedad que teóricamente padecía con objeto de saberse todos los síntomas al dedillo. Cierto que el fingido ictus sólo requería desmayarse, pero había otros signos de advertencia..., ¿un dolor de cabeza, por ejemplo, que ella podría haber mencionado previamente o, más sencillo aún, simulado? Ballantyne descartó estas consideraciones y hasta la felicitó después con un apretón, de modo que ella pensó que, al igual que otras travesuras del doctor, el objetivo no era ilustrar a los alumnos sino alcanzar una mayor intimidad con ella, cosa que aún no había conseguido. –Es comprensible –dijo Delia–. Tú has perdido a tu marido, él a su mujer. Parece ser que tiene un hijo en Botsuana y una hija casada con un óptico. Seguramente se siente solo. Cuando la señora Donaldson llegó a su casa encontró a Laura en la cocina. –Si le digo la verdad, usted me da un poco de pena –dijo la chica–. Es un asqueroso. –¿Terry? –dijo la señora Donaldson–. Sí, es verdad. –No... o más bien sí, pero Terry sólo es un pelota. Me refería a Ballantyne. Todo eso de «Ahora ya se puede levantar, querida señora». –Hizo una mueca–. Me sorprende que usted se haya prestado. ¿No se ha sentido violenta? –Es un hombre –dijo la casera–. Y yo sólo tenía que fingir. Además debería agradecerlo; el dinero me viene de perlas. Lo cual no era un comentario irreflexivo. Por estupenda que fuera la pareja de jóvenes (y eso no era lo menos importante), los dos le causaban una decepción y una inquietud desde que se retrasaban en el pago del alquiler. La señora Donaldson no veía nada malo en recordarles de vez en cuando que aunque fuera la dueña de la casa y tuviera un cochecito propio su situación no era precisamente boyante, y que su aportación a la economía doméstica, si querían hacerla y cuando quisieran hacerla, no era sólo un plus; era vital.
Si su hija se hubiera enterado del retraso, la habría abrumado todo el santo día, y el asunto era tan polémico que la señora Donaldson tuvo la sensatez de reservárselo y de expresar siempre, en todos los aspectos, su plena satisfacción respecto a aquellos a quienes Gwen seguía llamando «los inquilinos». Para ser justos, los niños, como los veía la señora Donaldson, estaban preocupados por su informalidad. No querían que ella les denunciase al servicio de alojamiento universitario y aún menos que les pusiera de patitas en la calle, y Laura estaba decidida a hablar con la casera justo cuando ésta había decidido hablar con ella. Laura se le adelantó; cogió a la mujer de la mano. –Respecto al alquiler... –dijo. –¿Sí? –dijo la señora Donaldson. –Vaya, vaya –dijo Andy, entrando en la cocina–. ¿Cogidas de la mano? –Se lo estaba diciendo a la señora. Que al final lo arreglaremos. Lo del alquiler. Andy le tomó la otra mano. –Sí. Lo resolveremos. La casera no creía que hubiese mucho que resolver. Le debían dinero. Tenían que pagárselo. Pero Laura le preparó una taza de té y Andy se ofreció a cambiarle la bolsa del aspirador, y de momento se superó el escollo. En la sesión siguiente en la facultad, a la señora Donaldson le tocó una úlcera de duodeno, una afección sobre la que no necesitaba leer nada porque su marido la había padecido la mayor parte de su vida adulta. Conocía todos los síntomas, la localización del dolor y la causa de la enfermedad, que, en el caso que estaba simulando, decidió que era el estrés laboral de la paciente como ayudante personal de un magnate de la industria. Ignoraba lo que le había producido la úlcera a su marido; tal vez ella, pensaba en ocasiones, pero de ser así él nunca lo había insinuado. Eran alumnos de primer año de residencia y el diagnóstico requería de sus inexpertas manos una exploración del diafragma: los estudiantes fueron tan vigorosos al realizarla, que el grito de dolor de la señora Donaldson cuando tocaron el punto crítico no era fingido. De ordinario, el doctor Ballantyne se apresuraba a proteger a los protopacientes del exceso de celo de los estudiantes, aunque sólo fuera porque era una oportunidad casi ritual de mostrar un intenso sarcasmo («¿El paciente tiene dificultades para tragar, señor Horrocks? No es de extrañar, cuando le tiene
metido el puño hasta el fondo de la garganta»). Pero aquel día era distinto, porque estaba enfrascado en una nueva arma del arsenal clínico, una videocámara con la que estaba grababa el reconocimiento. Ballantyne se empeñó en manejarla personalmente («Es un utensilio terapéutico. Hay que saber dónde enfocar. Una cámara es para mí como el bisturí para un cirujano»). A pesar de que todo el rato enfocaba a la señora Donaldson, ella lo consideraba más un juguete que un utensilio, pero era porque su marido había sido proclive a similares y pasajeros caprichos tecnológicos que protegía con igual esmero. La segadora había sido para ella un objeto prohibido, así como el reproductor de CD y hasta el cuchillo eléctrico, objetos todos que su muerte había liberado para la utilización promiscua de su viuda, ya que uno de los varios goces del luto era que no tenía que seguir encarnando el papel de mujercita. La señora Donaldson era además escéptica sobre el proceso de filmación, pues pensaba que la cámara sacaba lo peor de los pacientes simulados y les inducía a sobreactuar y dar lo peor de sí, opinión con la que solía coincidir Delia. «¿Cómo puedes ser natural con ese chisme hurgándote en las narices?» Estaba el caso de Terry, por ejemplo, al que aquella tarde le habían diagnosticado un cáncer terminal. Cada vez que avistaba la cámara miraba hacia la media distancia como si contemplara su trágico futuro y el inminente más allá. La señorita Beckinsale, aunque nunca comedida en su actuación, esta vez no se dejó impresionar. Como señaló a la señora Donaldson, la cámara no era una novedad para ella, pues su simulación de la demencia había sido tan elogiada que hasta la había repetido «delante de una cámara de verdad» en Glasgow y se había proyectado en un congreso en la Isla de Man. Al final el escepticismo de la señora Donaldson respecto a la videocámara se reveló plenamente justificado. El jueves siguiente tuvo la enfermedad de Crohn, pero el instrumento había perdido ya gran parte de su atractivo y no parecía, como la semana anterior, el arma vital en la lucha contra la dolencia. Para ser justos, esto no se debía a la frivolidad de Ballantyne. Él tenía en gran concepto a su pequeña troupe, que a su modo era pionera. Pero a la hora de repasar el material que había filmado, le deprimió constatar lo poco convincente que parecía casi todo; era prolijo, plano y totalmente informe. Grabadas en cinta, simulaciones que en su momento había considerado reales y naturales le parecían histriónicas y artificiosas. En parte esto podía atribuirse a la inexperiencia de los simuladores delante de la cámara, pero de hecho el único problema era que había que editar la cinta.
Nadie se lo hizo notar a Ballantyne, que desistió de todo el experimento, y como difícilmente podía explicarlo o justificarlo ante el grupo, pareció quedar confirmado el malévolo presentimiento inicial de la señora Donaldson. Ella, al menos, salía bien en la filmación, o era lo que el doctor pensaba, aunque al mismo tiempo era consciente de que la miraba con ojos más indulgentes que a cualquiera de las otras simuladoras; a decir verdad, también le tenía un poco de miedo. De haberlo sabido, ella, a su vez, quizá hubiera mirado al doctor con ojos más favorables, pero, así las cosas, lo único que ella y Delia vieron fue que el juguete de la semana anterior estuvo gran parte de la sesión entronizado en la cima del trípode, donde su ojo único de cíclope vigilaba todo lo que ocurría. –Y luego dicen que andan escasos de fondos –dijo Delia. En casa, el asunto del alquiler seguía sin resolverse y los jóvenes debían ya cuatro semanas. Cyril nunca lo habría consentido, se dijo la señora Donaldson, aunque, para empezar, él nunca habría admitido inquilinos, y su propio rencor la hacía sentirse pesada y aguafiestas. Con todo, decidió abordar la cuestión. En realidad llevaba varios días sin ver a la pareja, que a su entender la evitaba, pero al volver del hospital una noche los encontró juntos en la cocina, y era como si la estuvieran esperando. Andy le preparó una taza de té. (Pensó que estos detalles eran su forma de hacerse querer, aunque sabía que Gwen la llamaría ingenua.) –¿Qué ha hecho hoy? –preguntó Laura. –He presentado otra aburrida úlcera de duodeno, pero «El supremo» ha sugerido que podría ser una hernia de hiato. Acidez de estómago, en todo caso. –¿Estrés? –dijo Laura. –Probablemente –dijo la señora Donaldson–, aunque la investigación más reciente apunta a que puede ser de origen bacteriano. –Eso es –dijo Laura–. Se supone que sé eso. Sobre el dinero... –Son cuatro semanas –dijo Andy. –¿Sí? –dijo la señora Donaldson–. No lo sé muy bien. –Y fingió que contaba–. Sí, son cuatro semanas. –Tenemos lo de una –dijo Andy, y depositó un sobre encima de la mesa–. Ahora mismo no disponemos de más y la cosa es que nos preguntamos si podríamos llegar a un acuerdo sobre el resto. Hacer algo... –y examinó el interior de su taza– a cambio. –Ha hecho tanto por nosotros –dijo Laura–. Queríamos saber si hay algo que podamos hacer a cambio.
–A cambio –repitió Andy. La señora Donaldson estaba pensando en las tareas domésticas, la jardinería e incluso la pintura y la decoración, actividades para las que no necesitaba ayuda y, desde luego, no en concepto de tres semanas de atraso en el alquiler. –Lo hablamos en la cama anoche –dijo Laura–, y se me ocurrió que al haberla visto en el hospital haciendo demostraciones a lo mejor le gustaría que... –Le haremos una demostración –dijo Andy–. A cambio. La señora Donaldson no lo comprendió en el acto. –¿Una demostración? ¿De qué? Andy sacó su agenda. –Ésta era nuestra habitación cuando vivía mi marido –dijo la señora Donaldson. –Nos gusta –dijo Laura. Habían transcurrido varias noches y la señora Donaldson acababa de correr las cortinas con tanto cuidado como su madre las hubiera corrido en el oscurecimiento (y por razones distintas). En lo referente a la propuesta que le habían hecho, la señora Donaldson seguía teniendo dificultades para salvar la distancia entre sus primeros malentendidos acerca de unas chapuzas domésticas y el asunto más... adulto que ahora se estaba gestando activamente. Distaba mucho de mirar la perspectiva con buenos ojos, pero le costaba desalentar las buenas intenciones de los dos jóvenes sin parecer ingrata. –¿Alguna vez ha visto a alguien hacer el amor? –dijo Laura. –A decir verdad –respondió la señora Donaldson, fingiendo que rememoraba–, creo que no. –Oh, bien –dijo Laura–. Nos preocupaba que pudiera no ser una novedad. –Oh, no –dijo la señora Donaldson–. Lo es, lo es. –Aunque si la dejaran elegir aún no estaba segura de no haber preferido unas caléndulas–. No, nunca he hecho nada como esto. –Nosotros tampoco –dijo Laura–. Lo hemos hecho en presencia de otra gente, claro, por ejemplo en una fiesta y ocasiones parecidas, pero nunca de un modo premeditado. No... no... –¿Formalmente? –propuso la señora Donaldson. –Formalmente, eso es. –Oh, no será formal –dijo Andy, entrando con sólo los calzoncillos y una
camisa, y una botella de agua en la mano–. Será muy relajado. Aunque no quisiera darle la impresión de que hacemos algo especialmente atrevido. Es una actividad buena y saludable, nada... esotérico. No estamos en eso, ¿verdad, Lol? Todavía no, en todo caso. –Bueno, a mi modo de ver –dijo Laura, con firmeza–, es que hay cantidad de tiempo para eso en su momento. ¿No le parece? –Oh, sí –dijo la señora Donaldson–. Todo a su debido tiempo. –Ahora velas, velas –dijo Andy, y salió. –¿Dónde le gustaría sentarse? –preguntó Laura. –Me da igual –dijo la señora Donaldson, que no paraba de pensar que llegaría un punto en que tendría que armarse de valor y poner fin al proyecto–. Me siento aquí, si quieres. Se instaló en una silla al pie de la cama. –Muy bien, si está a gusto ahí –dijo Laura, que de repente no llevaba ya camiseta ni sujetador, y la señora Donaldson, al verla, se puso a buscar un pañuelo de papel en su bolso. –Pero el inconveniente de sentarse ahí –dijo Lauraes que sólo va a ver todo el rato el trasero de Andy. Creo que estaría mejor aquí. Y dio unas palmadas en el taburete tapizado de chintz que había delante del espejo del tocador donde la señora Donaldson se sentaba todas las noches para ponerse la crema cuando ella y su difunto marido ocupaban aquella habitación. –Si se sienta aquí –dijo Laura–, le verá a él y también a mí interactuando, ya sabe. Desapareció en el cuarto de baño y la señora Donaldson se quedó sentada junto a la cama. En ese momento percibió (y casi oyó) aquel bombeo del corazón lento y profundo que no había sentido desde que era joven. «Así es la vida», pensó. Entonces entró Andy con tres velas que encendió y colocó por el dormitorio, y la señora Donaldson advirtió que puso una de ellas dentro de un cuenco que habían recibido como regalo de boda pero no dijo nada. Andy apagó la luz. –Así es mejor. Se quitó la camisa, aunque no los calzoncillos, y se tumbó en la cama con las manos unidas detrás de la cabeza. –Es muy amable por vuestra parte –dijo la señora Donaldson, y al mismo tiempo se preguntó si retirarían la colcha. –No se preocupe –dijo Andy–. Lo haríamos de todos modos. No sólo lo hacemos por usted.
Se miró la barriga estrecha y plana hasta el exiguo slip. –Me temo que por el momento no hay mucho que hacer. No es problema, aunque últimamente me sucede a menudo. Tengo que esperar hasta que el perro vea al conejo. En eso entró Laura sin sujetador, tal como estaba antes, pero esta vez también sin bragas. Desnuda, de hecho. La señora Donaldson se sonó la nariz cuando Laura se tumbó en la cama en el lado más cercano a su casera. –Así me gusta –dijo Andy, levantando las rodillas y arqueando el trasero mientras se bajaba el slip–. Mire. ¿Ve lo que quiero decir? La señora Donaldson acogió con una amable sonrisa al nuevo componente de la escena. Laura descansó ligeramente la mano izquierda en el muslo derecho de Andy. –Normalmente jugueteamos un poco para entrar en materia –dijo Andy. –Oh, sí –dijo la señora Donaldson, como una entendida–. Los preliminares. Su primer instinto fue apartar la vista, de tal modo que, en vez de observar abiertamente a aquel joven desnudo besando a su novia también desnuda con la mano hundida entre sus piernas, se distrajo mirando al suelo y preguntándose si había llegado el momento de limpiar la alfombra. –¿Le trae recuerdos? –dijo Laura, ahora con la cara de Andy donde antes había tenido la mano. –Ssí... –dijo la señora Donaldson, aunque en realidad lo que recordaba era un jarrón del British Museum. De todos modos Laura no la escuchaba: estaba despegando el cuerpo de la insistente cabeza. Andy hacía cosas que no se veían ni siquiera en el Museum, y la señora Donaldson se inclinó hacia delante y ligeramente hacia un lado para observar lo que el joven se traía entre manos y dónde. Aunque tenía la cara sepultada entre las piernas de Laura, Andy vio con un ojo abierto cuál era el foco de atención de la señora Donaldson, y solícitamente movió la cabeza para descansarla sobre el muslo de Laura y permitir que la casera disfrutara de una visión despejada. Esta inesperada iniciativa, con su diferente ángulo de acción, suscitó una serie de gemidos agudos y rítmicos de Laura, aunados a unas convulsiones tan violentas que Andy, sin cejar en su acción, hace con el pulgar una señal a la señora Donaldson y acto seguido se alza sobre los brazos y emprende la relación sexual propiamente dicha, cuya irrupción sin previo aviso arranca gritos aún más salvajes de Laura. El coito normal era una actividad con la que incluso la señora Donaldson
estaba relativamente familiarizada, aunque en este caso se practicaba con mayor vigor y variación de los que ella había experimentado en su vida. Aun así, como el procedimiento básico era el mismo le resultaba un terreno conocido, aunque ella no recordaba que Ciryl, ni siquiera en los primeros tiempos de su matrimonio, lo hubiese acometido alguna vez con un entusiasmo y un brío comparables, y mientras que Andy daba rienda suelta a ocasionales gritos de aliento y expresiones de placer, hacer el amor (si así podía llamárselo) con Ciryl Donaldson siempre había sido una experiencia seria y silenciosa. Y sin embargo es lo que hace la gente, pensó ella. Sólo que estaba segura de que aquello no era lo que la gente hacía. No presenciaba el acto, como ella ahora, sentada en un taburete al lado de la cama donde, al observar a los contendientes, se sentía como un árbitro de tenis supervisando un partido especialmente reñido. Aunque toda la escena constituyó una revelación, hubo algunas estampas inferiores. En un momento dado, cuando Laura estaba tumbada de espaldas y Andy encima de ella y los dos emitían casi al unísono gritos discordantes, sonó el móvil de Laura. Los gritos enmudecieron, el ritmo se interrumpió, Laura extendió el brazo y cogió el teléfono. «Me pillas ocupada. Perdona...», y se reanudó el estrépito. A la señora Donaldson le sorprendió, sin embargo, que hasta la provocación del éxtasis tardase tan poco en volverse aburrida. Le maravillaba la ondulación del cuerpo masculino que se zambullía y emergía con la suavidad de un delfín en las olas de la pasión. Y la flexibilidad de la pareja. Las piernas de Laura colgaban ahora de los hombros de Andy, una transición realizada sin pausa ni separación. Con todo, allí sentada, testigo del espectáculo, se le ocurrió pensar que podría ser su madre (aunque no sabía bien si del chico o la chica), convocada en cierto modo para dar testimonio de la madurez de su progenie..., una madre bondadosa e indulgente (¿aunque qué motivo había para no serlo?), pero a la vez consciente de que observar a aquella pareja acoplada con tanta inventiva encajaba muy difícilmente en las normales atribuciones maternales. Y luego estaba la cuestión del dinero. Todo había sucedido de un modo tan natural que se preguntó si ella sería la primera o si otros acreedores habían sido pagados con la misma moneda turbulenta. A gatas encima de la cama, Laura encontró la cara de la señora Donaldson a sólo un palmo de distancia de la suya. Las dos sonrieron. «Hombres», dijo Laura, con tono de complicidad mientras Andy, jadeante, la
embestía por detrás. La casera esbozó una sonrisa comprensiva. No sabía seguro si Andy había captado este contacto entre ellas y si era lo que le había disgustado, pero de repente se volvió mucho más rudo, tiró del pelo de Laura para proyectarle hacia atrás la cabeza y la obligó a colocarla frente a la cabecera de la cama, a cuya parte superior se agarró con tanta fuerza que la cabecera chocaba rítmicamente contra la pared; al mismo tiempo empezó a gritar y la chica también, en un crescendo de gritos roncos y expectantes. El sexo entre los Donaldson había sido en gran medida mudo (y, desde luego, no entrañaba un peligro para el mobiliario); un gruñido de Ciryl significaba que él, en todo caso, había alcanzado una conclusión satisfactoria. Las pocas noches (porque siempre eran noches) en que la mujer había tenido ocasión de chillar, el marido se había parado, alegando que perdía la concentración; la verdad era que su mujer le avergonzaba. En aquella época seguramente les habrían aconsejado que «hablasen del tema», pero las trabas que pueden surgir entre una pareja habría hecho tal sinceridad impensable. Los dos jóvenes, por el contrario, no tenían la menor vergüenza, y daban gritos y chillidos tan fuertes y persistentes que parecían estar siempre al borde del precipicio y sólo necesitados de un empujón final para despeñarse. La señora Donaldson se lo dio sin querer cuando, temiendo por la integridad de la lámpara de noche (otro regalo de boda), sujetó con la mano la cabecera de la cama y prestó así a Andy el impulso necesario para conducir el acto a un epílogo ruidoso. Laura tardó más que él en sosegarse, y gemía todavía cuando Andy se despegó de ella y se tendió a su lado, y los dos acabaron uno junto a otro, jadeantes y exhaustos. Consumada la cópula, los Donaldson se retiraban a sus respectivos lados de la cama y se dormían. Nunca conversaban, ni siquiera hacían un comentario. Asunto concluido hasta la próxima vez. No era el caso de estos jóvenes, que, como el orgasmo es una pequeña muerte, procedieron a realizar una autopsia consistente en valorar sus porcentajes de satisfacción y placer. Andy rodeó a Laura con el brazo. –Qué bien estaría ahora una taza de té. Contenta de participar mínimamente, la señora Donaldson bajó a prepararlo, y como para ella, de todos modos, se trataba de una ocasión especial, puso un paño en la bandeja, utilizó el servicio bueno en lugar de tazones y abrió una caja nueva de galletas. Fue en alguna medida un esfuerzo malgastado, porque cuando
volvió al dormitorio ellos ya estaban de nuevo en acción, pero esta vez sin preliminares ni tanta delicadeza, el chico acometiendo decidido y la chica tendida con los ojos cerrados. La señora Donaldson entretuvo la espera dando sorbitos de té y comiendo una galleta recubierta de chocolate, y para cuando la pareja alcanzó un segundo y tormentoso paroxismo, se había tomado tres tazas y el té de ellos se había enfriado. –Espero no haberos estropeado la diversión –dijo, mientras Andy se ponía los vaqueros. –Qué va –dijo él, y le puso la mano en el trasero–. A lo sumo le ha añadido algo. Al reflexionar sobre el episodio, cosa que hizo a menudo en los días siguientes, la señora Donaldson decidió que contemplar a la pareja haciendo el amor era la acción de su vida que más se acercaba a una hazaña. Cierto era que no había sido ella quien la había propuesto, y no estaba segura de que su consentimiento constituyera una hazaña. El matrimonio, por ejemplo, lo era en teoría, y ella había accedido a contraerlo, aun cuando en retrospectiva había resultado ser un paso no más grandioso que guarecerse de la lluvia. Las hazañas son más fáciles de acometer para unas personas que para otras, y algunas las acometen sin el menor esfuerzo. Tendría que intentarlo con mayor ahínco. Habiendo tenido rara vez un secreto, y nunca uno de semejante intimidad, le sorprendió lo fuerte que era el impulso de compartirlo, o al menos de compartir el secreto de que tenía un secreto que compartir. Ansiaba contar a Delia sus tejemanejes con los inquilinos y al mismo tiempo sabía que estaba descartado revelarlos e incluso insinuarlos. Era lo bastante sensata para comprender que no se trataba de un incidente que la propia pareja fuese a divulgar, pues la presencia de un tercero en discordia, de mediana edad y respetable, difícilmente resultaba excitante o un episodio del que jactarse. Con todo, poseer un secreto la ponía de buen humor, la resguardaba de los pequeños fastidios del hospital, del cortejo de Ballantyne, del acoso de su hija. Por ajetreada que retrospectivamente hubiera sido la velada para ella, constituía una especie de refugio, un puerto completamente aislado, un espacio propio. –¿Por qué pareces tan contenta? –le preguntó Delia en el comedor–. ¿Te han pagado el alquiler los inquilinos? –Pues sí, me han pagado –respondió la señora Donaldson–. Estamos al día. –¿Te has comprado el vestido con el dinero?
–¿Éste? –dijo la señora Donaldson–. No. Lo tengo desde hace siglos. Se me ha ocurrido ponérmelo. –Y has ido a la peluquería. Y además te has pintado los labios. Jane, creo que has pasado página. –No, no –dijo la señora Donaldson–. No lo entiendes. Es por trabajo. Soy un travesti. Parfitt, un joven larguirucho de pelo rubio rojizo, estaba sentado ante la mesa encima del estrado. La señora Donaldson llamó con los nudillos. –Adelante –dijo Parfitt, que había oído esta fórmula en la televisión. –Estaría bien que se levantara –dijo Ballantyne desde el fondo–. Los caballeros lo hacen. Y los médicos son caballerosos. O lo eran. Parfitt ofreció una silla a la señora Donaldson y ella se sentó pesadamente, con las piernas separadas y los brazos cruzados. Se sonó la nariz con un pañuelo grande de lunares y dijo que se llamaba Dewhirst. –¿Su nombre de pila? –dijo Parfitt, con la pluma en alto. –Geoffrey. –¿Geoffrey? –Sí –dijo Dewhirst–, con ge. Parfitt lanzó a la clase una mirada de loco, en busca de ayuda. Nadie se prestó a brindársela. –Estamos esperando –dijo Ballantyne–. El paciente no tiene todo el día. Parfitt consultó su impreso. –¿Siempre se ha llamado Geoffrey? –Sí –dijo Dewhirst–. ¿Por qué? –Es un nombre raro para una mujer. –No soy una mujer. –Oh –dijo Parfitt, sintiendo ya los pies en el suelo–. Pues resulta usted muy convincente. –Gracias. –Nunca lo habría adivinado. La actitud de Parfitt ahora era afable y profesional. –¿Es un problema? –Para mí no. –Es sólo que... –Parfitt se apretó las palmas–. Tengo que preguntarle estas cosas, que queden claras. Alguien abucheó pero fue acallado por una mirada de Ballantyne. –¿Podría preguntarle algo?
–Usted es el médico. –Después de cambiar de aspecto y de tomarse todas estas molestias, ¿por qué no se ha cambiado de nombre? –¿Por qué me lo iba a cambiar? –dijo Dewhirst–. No soy una mujer. Soy un hombre. –Entonces, ¿nunca le han operado? –Oh, sí. –¿Por qué motivo? –Me abrieron. Tuve apendicitis. –Me refiero a su problema. –No es un problema. –Oh –reflexionó Parfitt–. ¿O sea que no ha venido por esto? –No. He venido por la rodilla. –¡La rodilla! –dijo Parfitt, radiante. Entendía de rodillas. Nunca había acogido una con más gusto. –¿Qué rodilla es? Vamos a echar un vistazo. –No se moleste –dijo Ballantyne–. La rodilla no es lo que importa aquí. Teniendo en cuenta las circunstancias, el profesor fue clemente. Nos ha costado, pero al final hemos llegado al quid de la cuestión. –Yo lo habría sabido –dijo Parfitt, quejumbrosamente–, pero es que no parece un hombre. –Bueno –dijo Ballantyne–, no sabemos lo que es, ¿no? Sólo sabemos lo que nos dice el paciente o la paciente. Parfitt seguía sin tenerlo claro. –¿Quiere decir que debería haberla examinado? –No –dijo Ballantyne, con paciencia–. Debería haber examinado la rodilla. Fue a primera fila y se sentó. –Lo que hay que recordar es que en estos tiempos el sexo fluctúa. El paciente puede ser un travestido, un transexual o un transeúnte en un banco de un parque. Da igual. No tiene interés clínico cómo van vestidos, el aspecto que tienen. El paciente –sonrió a la señora Donaldson– puede oler. Puede que su cuerpo apeste. Eso tampoco nos interesa. Si quiere cuerpos que no apesten opte por la cirugía, donde lavan antes al paciente. Se sentó en el escritorio entre Parfitt y el Dewhirst putativo, que se preguntaba si aquel número iba en parte destinado a ella. –Recuerde. Usted es médico. No es policía ni sacerdote. Tiene que aceptar a la gente tal cual es. Recuerde también que aunque usted sepa, por lo general, más
que el paciente sobre su estado, es él quien lo padece, y esto, más que cualquier otra cosa, le otorga una especie de sabiduría. Los conocimientos que usted posee no le facultan para creerse superior. El conocimiento le convierte en el criado, no en el amo. Ballantyne, sentado en el borde de la mesa, ahora columpiaba la pierna con cierto embarazo. Pronunciado al final de la jornada, y procedente de un instructor desapasionado e incluso sardónico, este sermón a la clase fue inesperado y hasta aleccionador. El simple hecho de que les llamaran médicos representaba un paso adelante. Permitía a los estudiantes considerarse más valiosos de lo que Ballantyne les consentía, y al menos algunos de ellos recordaron que aquello no era sólo un trabajo sino una vocación. Parfitt, empero, no era uno de ellos. –¿Debería examinar la rodilla? Ballantyne suspiró. –Creo que es mejor que deje en paz la rodilla de Dewhirst si no quiere que él o ella la use para asestarle un buen porrazo. Gracias, señora Donaldson. Otra actuación digna de un Oscar. –Te dan todas las jugosas –dijo Delia–. Yo sólo podría haberle hecho la de lo que tengo... depresión endógena, y no es de extrañar. Siempre dándole vueltas a la sesión del dormitorio, la señora Donaldson dudaba de si su audacia se debía (aun cuando sólo hubiese consistido en dar su consentimiento) a los ejercicios de fingimiento que realizaba en el aula. Sin ellos habría sido menos receptiva a lo que, en definitiva, era una propuesta indecente. Aun así, había estado a punto de rechazar la idea porque «ella no era esa clase de persona». Pero ¿qué clase de persona era? Ya no lo sabía muy bien. Mirando atrás, veía que las clases en la facultad, aun con sus limitaciones, le habían servido como una especie de preparación, de adaptación a lo que se avecinaba y de iniciación imprevista a la espontaneidad, aunque la espontaneidad fue artificial y no tuvo nada de espontánea. Ella interpretaba un papel tanto en casa como en el trabajo, no se engañaba a este respecto. Estaba aprendiendo a fingir, mientras que hasta entonces (cuando vivía su marido) lo más cerca que había estado de fingir era cuando se mostraba cortés. Hasta ahora el fingimiento no había sido para ella, como decían hoy día, proactivo. Tras haberse comportado de un modo tan desinhibido en el dormitorio, no era sorprendente que la joven pareja se moviese más relajada por la casa, en especial Andy. Muchas veces no llevaba camisa y de vez en cuando tampoco los
vaqueros, y si bien Laura era más recatada ninguno de los dos se mostraba en absoluto cohibido. A la señora Donaldson le gustaba eso porque daba a la casa un aire más hogareño (aunque nunca hubiese tenido un hogar así), hasta que llegó el día en que Gwen se presentó sin previo aviso y encontró a Andy preparándose unas tostadas en la cocina y, dado que un minuto antes había dejado a Laura en la cama, sólo llevaba puestos los calzoncillos. –No sabía dónde meterme –le dijo a su madre–, y él, en cambio, parecía considerarlo totalmente normal. Ha cogido su pan con mermelada, ha dicho «Hola» y ha subido arriba. ¿Ella también hace lo mismo? ¿Desfila por la casa medio desnuda? Sólo llevaba un taparrabos minúsculo. Creí que ese tipo de calzoncillos habían desaparecido. Nuestro Justin ya no los usa. Ha vuelto a los bóxers. Puesto que Justin era tan soso como su madre, la señora Donaldson no quiso pensar mucho en ello. –Viven aquí –dijo para disculparse. –Precisión: se hospedan aquí –dijo la hija–. La culpa es de ese hospital. Desde que trabajas allí te has vuelto realmente... relajada. –¿Relajada? –dijo la madre. –No sé lo que pensaría papá. Antes eras muy tímida. –Por lo menos no ponen música –dijo la señora Donaldson–. Si la pusieran tendría algo de lo que quejarme. –A mi modo de ver –dijo Gwen–, para poner orden deberías establecer la norma de que, hagan lo que hagan en el dormitorio, se vistan para andar por casa. –¿Un código indumentario, quieres decir? Viven aquí. –Tú también. –Me hacen compañía –dijo la madre. –¿Cómo pueden hacerte compañía? Tienen dieciocho años. En realidad tenían veinte, pero la madre pensó que no tenía sentido precisarlo. Aparte de la relajación del decoro en lo que respectaba a los inquilinos, las cosas no habían cambiado mucho. Y, por supuesto, la relajación era unilateral. Puede que Laura bajara con la mínima ropa, pero no la señora Donaldson. Comprendía instintivamente que debía mantener la compostura a rajatabla. Debía comportarse como una persona de su edad. Desde que trabajaba en la facultad de medicina ya no le intimidaban los jóvenes ni tampoco, con excepción de sus inquilinos, le interesaban mucho.
Algunos eran atractivos, pero cuando buscaban un diagnóstico o le manoseaban el cuerpo eran demasiado frágiles para causarle impresión. En los momentos menos vulnerables (es decir, cuando Ballantyne no estaba presente) eran simpáticos y decidió que la trataban más bien como a su abuela, como a «alguien divertido» (en opinión de ella) o como «de buena onda» (en la de ellos), pero siempre con aire de superioridad. Como la modelo del artista con la que Gwen la había identificado, estaba y no estaba, era un simple marco donde colgar síntomas. El doctor Ballantyne explicó el caso a Maloney. –Le presento a la señora Dickinson. No es la primera vez que viene a ver a su médico de cabecera con motivo de un eczema recurrente. En las visitas anteriores no le han descubierto ninguna causa concreta; le han prescrito todos los remedios habituales, pero el eczema siempre reaparece. Su médico empieza a preguntarse si hay una causa psicológica subyacente en la que el eczema es el síntoma de una afección más profunda. Que es lo que usted debe averiguar. Maloney asintió juiciosamente. –Buena caza. Ballantyne posó una mano afectuosa en la supuesta comezón supurante del brazo de la señora Dickinson y dirigió a ambos una amplia sonrisa antes de salir trotando hacia otro cubículo. –Detesto estas tareas mentales –dijo Maloney, y puso un pie encima de la mesa–. Nunca sabes a qué atenerte con ellas. Que me den en cualquier momento un tumor de los de toda la vida. –¿Cómo dice? –dijo la señora Dickinson. –Oh, vamos, querida. Ese rollo psicosomático. Así que tiene un eczema. Un jabón inadecuado. Un detergente nocivo. Quizá la dieta, supongo..., por lo general hay una causa física. Pero hoy en día, sólo por una cuestión formal, tenemos que recorrer el itinerario psicológico. Maloney centraba sus aspiraciones en la cirugía; todo lo demás le parecía una pérdida de tiempo. Se habría interesado si el eczema pudiese ser extirpado en el quirófano. –Bien. ¿Cómo es la historia? ¿Cómo lo contrajo la mujer? –¿Cómo lo contraje? –la simuladora le corrigió, puntillosa. Maloney suspiró. Era uno de esos individuos latosos que insistían en representar en serio. –¿No es un efecto secundario de la menopausia? –No creo que yo sea menopáusica –dijo la señora Dickinson.
–Oh. O sea que se corre alguna juerga. ¿Quizá sea eso? –No, no me «corro juergas», como dice usted. Estoy felizmente casada. –Me alegro por usted. Hurra. ¿Fuma? –No. Y, de todos modos, el tabaco no produce eczemas. –Lo sé, querida, es que se me ha ocurrido que podríamos salir un momento a fumar un cigarrillo detrás de los cubos de basura. –Me duele –dijo la señora Dickinson–. Me pica. Tengo la espalda al rojo vivo. –Sí, sí –dijo Maloney–. Le propongo una cosa. ¿Por qué no me da el resultado del caso, la conclusión que tiene escrita en su informe, y así podemos abreviar el asunto? A fin de cuentas, aunque todo esto sea mental no cambia mucho las cosas. Todos sabemos que nadie estudia dermatología. –Tengo una idea mejor –dijo la presunta señora Dickinson–. Quizá debiéramos repasar las notas del caso. Y entonces usted podría preguntarme cuándo apareció por primera vez el eczema. –La estúpida bruja me hizo revisar todo el tinglado –dijo después Maloney en el pub–. ¿Qué le importaba a ella? Se supone que ella era la del buen rollo.