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PREFACIO

La mayor cualidad de este libro es, sin ninguna duda, su honestidad. Y cuando un libro es tan honesto, puede dar lugar, casi inadvertidamente, a verdaderos descubrimientos sobre la naturaleza humana, terreno en el que la literatura mantiene varios cuerpos de ventaja sobre las ciencias. Así, leyendo Una novela francesa, uno se da cuenta de que la vida de un hombre se divide en dos períodos, la infancia y la edad adulta, y de que resulta absolutamente inútil afinar el análisis. Quizá en otros tiempos existía una tercera época, llamada vejez, que hacía de nexo, una época en la que volvían los recuerdos de infancia y daba aspecto de unidad a una vida humana. Para entrar en la vejez, sin embargo, era necesario haberla aceptado, haber salido de la vida para entrar en la edad del recuerdo. Sumergido en deseos y proyectos de adulto, el autor no se encuentra en esta situación, y no conserva prácticamente ningún recuerdo de su infancia. A pesar de todo, conserva uno que evoca unos camarones y una playa de la costa vasca. A la manera de Cuvier cuando reconstruía un esqueleto de dinosaurio a partir de un fragmento de hueso, Frédéric Beigbeder reconstruye, a partir de este único recuerdo, toda su historia familiar. Se trata de un trabajo serio, sólido, en el que descubrimos una familia francesa, mezcla a fin de cuentas armoniosa de burguesía y aristocracia, con una fuerte implantación regional. Una familia heroica hasta el absurdo durante la Primera Guerra Mundial; un poco más reservada luego, al estallar la Segunda, y dominada después de 1945 por un intenso apetito de consumo que alcanzará un nivel inusitado a partir de 1968, generalizándose al ámbito de la moralidad. Una familia como tantas otras, perteneciente más bien a las clases altas, pero es precisamente la banalidad de la historia familiar de Beigbeder lo que le da su fuerza, puesto que a la vez vemos cómo toda la historia de la Francia del siglo XX desfila ante nuestros ojos y revive sin aparente esfuerzo. A veces, en la primera lectura, uno se pierde un poco entre los personajes, es lo único que se podría reprochar al autor. En la adolescencia, todo cambia y los recuerdos afluyen, pero en el fondo son dos cosas, y sobre todo dos, las que perviven en la memoria del autor: las chicas que le han gustado y los libros que ha leído. ¿Acaso es esto y sólo esto la vida y lo que de ella permanece? Parece ser que sí. Y en este punto la honestidad de Beigbeder es de nuevo tan evidente que uno ni siquiera se plantea poner en duda


sus conclusiones. Si es en efecto esto y sólo esto lo que le parece importante, es que sólo esto lo es. En el fondo, el placer de la autobiografía es casi el inverso del de la novela: lejos de perderse en el universo del autor, el lector de una autobiografía no se olvida en ningún momento de sí mismo; se compara, se confronta, verifica, página tras página, su pertenencia a una humanidad común. Me ha gustado menos lo que se refiere a las noches pasadas en detención preventiva por consumo de cocaína en la vía pública. No deja de ser curioso, pues debería haber simpatizado con ello, ya que yo mismo pasé una noche en prisión por una infracción casi igual de estúpida (fumar un cigarrillo en un avión) y puedo confirmar que las condiciones de detención son impresentables. Aun así, el autor y su amigo el poeta son un poco sobrados, bastante bocazas. La evocación del niño, ese pequeño ser enclenque todo barbilla y orejas que sigue lo mejor que puede a su querido y admirado hermano mayor, es breve, pero tiene tanta fuerza que experimenté la sensación de que ese niño leía conmigo, por encima de mi hombro, todo el libro. En este episodio de delincuencia hay algo que no funciona: el niño no se reconoce en el adulto en el que se ha convertido. Y esto, probablemente, vuelva a ser verdad: el niño no es el padre del hombre. Existe el niño, existe el hombre, y entre ambos no hay ningún nexo. Se trata de una conclusión incómoda, embarazosa, pues nos gustaría que en el centro de la personalidad humana hubiera cierta unidad. Es una idea que nos cuesta rechazar; nos gustaría poder establecer ese nexo. En cambio, sí que lo establecemos enseguida en las páginas dedicadas a la hija, sin duda las más bellas del libro. Pues, imperceptiblemente, el autor se da cuenta, y nosotros con él, de que esos años de infancia que atraviesa su hija son los únicos de verdadera felicidad. Y de que nada, ni siquiera el amor que su padre le profesa, le evitará tropezar con los mismos obstáculos, recorrer las mismas sendas. Esta mezcla cada vez más desgarradora de tristeza secreta y amor culmina en el magnífico epílogo, que podría justificar por sí solo el libro, en el que el autor enseña a su hija, tal como su abuelo le enseñó a él, el arte de las cabrillas. En ese instante se cierra el círculo y todo queda justificado. La piedra que se eleva mágicamente «seis, siete, ocho veces» por encima del mar. La victoria, limitada, sobre la pesadez. MICHEL HOUELLEBECQ


Como una primavera los niños crecen Y vienen en verano Se los lleva el invierno y ya jamás parecen Lo que han sido. PIERRE DE RONSARD, Ode à Anthoine de Chasteigner, 1550


a mi familia y a Priscilla de Laforcade, que forma parte de ella.


PRÓLOGO

Soy más viejo que mi bisabuelo. Durante la segunda batalla de Champaña, el capitán Thibaud de Chasteigner contaba treinta y siete años cuando cayó, el 25 de septiembre de 1915 a las nueve y cuarto de la mañana, entre el valle del Suippe y la linde del bosque de Argonne. Tuve que acribillar a mi madre a preguntas para averiguar más detalles: el héroe de la familia es un soldado desconocido. Está enterrado en el castillo de Borie-Petit, en Dordoña (en casa de mi tío), pero he visto una fotografía suya en el castillo de Vaugoubert (en casa de otro tío): un joven alto y delgado en uniforme azul, con el pelo rubio cortado a cepillo. En su última carta a mi bisabuela, Thibaud cuenta que no tiene tenazas para cortar las alambradas de espino y abrirse camino hacia las posiciones enemigas. Describe un paisaje calizo y llano, habla de la lluvia incesante que transforma el terreno en un barrizal pantanoso y desvela que ha recibido la orden de atacar a la mañana siguiente. Sabe que va a morir; su carta es como una snuff movie, una película de terror rodada sin artificios. Al alba, cumplió con su deber entonando el canto de los girondinos: «Morir por la patria es la suerte más bella, ¡la más digna de envidia!» El regimiento de infantería n.o 161 se lanzó hacia un muro de balas. Tal como estaba previsto, mi bisabuelo y sus hombres cayeron despedazados por las metralletas alemanas, asfixiados por el cloro. Así pues, se puede decir que Thibaud fue asesinado por sus superiores. Era alto, era guapo, era joven, y Francia le ordenó morir por ella. O más bien, hipótesis que confiere a su destino una extraña actualidad, Francia le dio la orden de suicidarse. Como un kamikaze japonés o un terrorista palestino, este padre de cuatro niños se sacrificó con pleno conocimiento de causa. Este descendiente de cruzados fue condenado a imitar a Jesucristo: a dar la vida por los demás. Desciendo de un valeroso caballero que fue crucificado en las alambradas de Champaña.


1. LAS ALAS CORTADAS

Me acababa de enterar de que a mi hermano lo nombraban caballero de la Legión de Honor cuando comenzó mi detención preventiva. Los policías no me pusieron las esposas inmediatamente, sino sólo durante mi traslado al hospital Hôtel-Dieu y, la segunda noche, al Dépôt, las dependencias de la isla de la Cité. El presidente de la República acababa de escribir una carta encantadora a mi hermano mayor felicitándole por su contribución al dinamismo de la economía francesa: «Es usted un ejemplo del capitalismo que queremos: un capitalismo de emprendedores, no de especuladores.» El 28 de enero de 2008, en la comisaría del distrito VIII de París, unos funcionarios con uniforme azul, revólver y porra a la cintura, me desnudaban por completo para registrarme, me confiscaban el teléfono, el reloj, la tarjeta de crédito, el dinero, las llaves, el pasaporte, el permiso de conducir, el cinturón y la bufanda, me tomaban muestras de saliva y las huellas digitales, me levantaban las pelotas para comprobar que no escondía nada en el agujero del culo, me fotografiaban de cara, de perfil, de tres cuartos, con una cartulina antropométrica en las manos, antes de encerrarme en una jaula de dos metros cuadrados con las paredes cubiertas de pintadas, sangre seca y mocos. En aquel momento ignoraba todavía que unos días más tarde asistiría a la ceremonia de entrega de la Legión de Honor a mi hermano en el palacio del Elíseo, en la sala de fiestas, algo menos estrecha, y que contemplaría a través de los ventanales cómo el viento agitaba las hojas de los robles del parque, como si me hicieran señales, como si me invitaran a salir al jardín presidencial. Aquella noche, tumbado sobre un banco de cemento a eso de las cuatro de la madrugada, la situación me parecía bien simple: Dios creía en mi hermano, y a mí me había abandonado. ¿Cómo dos seres tan unidos en la infancia habían podido conocer destinos tan dispares? A mí me acababan de interrogar por consumo de estupefacientes en la calle con un amigo. En la celda de al lado, un carterista golpeaba el cristal con el puño sin demasiada convicción, pero con la suficiente regularidad como para impedir el sueño de los demás detenidos. De todos modos, dormir era una quimera, ya que, aun cuando los encarcelados dejaban de berrear, los policías no paraban de dar voces en el pasillo, como si sus prisioneros estuvieran sordos. Flotaba en el aire un olor a sudor, a vómito y a estofado de ternera con zanahorias mal recalentado en el microondas. El tiempo


pasa muy lentamente cuando uno no tiene su reloj y a nadie se le ocurre apagar la luz blanca de neón que parpadea en el techo. A mis pies, un esquizofrénico sumido en un coma etílico gemía, roncaba y se tiraba pedos echado en el mugriento suelo de hormigón. Hacía frío y sin embargo me ahogaba. Me esforzaba por no pensar en nada, pero es imposible: cuando se encierra a alguien en un agujero de dimensiones reducidas, no para de darle vueltas a la cabeza; intenta en vano ahuyentar el pánico; algunos suplican de rodillas que los dejen salir, o sufren crisis nerviosas, a veces incluso intentan poner fin a su vida o confiesan crímenes que no han cometido. Yo habría dado cualquier cosa por un libro o por un somnífero. Como no tenía ni lo uno ni lo otro, empecé a escribir todo esto en mi mente, sin bolígrafo, con los ojos cerrados. Espero que este libro os permita evadiros tanto como a mí esa noche.


Edición en formato digital: julio de 2011

© de la traducción, Francesc Rovira, 2011 © Éditions Grasset & Fasquelle, 2009 © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2011 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-3317-1 Conversión a formato digital: Newcomlab, S.L. anagrama@anagrama-ed.es www.anagrama-ed.es


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