Título de la edición original: Duo
Edición en formato digital: enero de 2016
© Renaud de Jouvenel © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 1983 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-3693-6 Conversión a formato digital: Newcomlab, S.L. anagrama@anagrama-ed.es www.anagrama-ed.es
PRÓLOGO
Tuve la suerte inmensa (mucho más inmensa que nacer con dinero, un poco menos inmensa que sentirse querido de pequeño) de nacer en una casa llena de libros. En cuanto oía hablar de algún título interesante, sólo tenía que ir a una de las estanterías que cubrían las paredes de casa desde el suelo hasta el techo para encontrarlo. La biblioteca de mi madre estaba ordenada por género literario (poesía, narrativa, arte) y por nacionalidad (literatura española, francesa, etc.). No recuerdo cómo llegué a Colette. Tal vez alguna otra lectura me llevó a ella. Todos los libros buenos arrastran a otros libros y se enlazan con ellos formando un historia que acaba siendo nuestra historia. No recuerdo dónde estaba cuando murió Lady Di, pero recuerdo perfectamente hasta el último detalle del lugar (la pálida luz del verano británico entrando por la ventana) y la situación en que leí el fragmento de Proust en el que, de repente, al atarse el zapato, recuerda a su abuela. Tal vez me recomendaron a Colette en el Liceo Francés, o tal vez, alguna noche, adolescente aburrida e insomne, descalza y de puntillas, intentando no hacer crujir el parquet para no despertar a nuestros perros, que eran medio bobos y se ponían a ladrar furibundos cada vez que oían un sonido nocturno aunque proviniese del interior de la casa, salí de mi cuarto en busca de lectura y por pura casualidad caí sobre la serie de las Claudine. Aquella adolescente francesa – alocada, frívola, profunda, lista, maléfica, sensual, valiente, modernísima– de 1900 cambió la vida de la adolescente barcelonesa de finales de los ochenta que yo era. Me cambió la vida en los dos sentidos que valen la pena: por un lado me abrió un mundo nuevo, por el otro se convirtió en un refugio seguro. Después lo he leído todo de ella. Colette no tiene obras menores, cada una de sus frases te pone de rodillas. Mi editor, Jorge Herralde, me pasó Dúo hace unos meses y lo volví a leer como quien se come una docena de ostras casi sin respirar, como quien regresa a unos brazos amados y conocidos, como quien visita un museo a sabiendas de que en una de sus salas se encuentra un cuadro predilecto. Dúo cuenta la historia de la destrucción de un matrimonio a causa de una infidelidad y, aunque fue escrito en 1934, podría ser uno de los capítulos de
Secretos de un matrimonio de Ingmar Bergman. Las mujeres de Colette son tan libres como las de Bergman, tal vez más incluso, porque lo que en Bergman es oscuridad y sentido de culpa en Colette es impulso vital y sensualidad. En Dúo, como en todo lo escrito por Colette, cada página es «puro Colette»: una extraordinaria mezcla de agudeza psicológica, de sensualidad y de talento narrativo. Los personajes están vivos, palpitan de deseo y de miedo y de hastío, pero no sólo los seres de carne y hueso, todo en Colette rezuma vida, quiere ser tocado, olido, disfrutado. Hasta cuando describe la fría campiña francesa –nadie describe como Coletteparece que esté describiendo el trópico. Colette es uno de esos autores de los que te lees algunas frases dos o tres veces de lo buenas que son, mientras piensas: «Pero esta tía cómo puede hacer esto, es increíble», y estás tentado casi de memorizarlas. Algunas veces, pocas, cuando habla de algún autor realmente extraordinario o al que ama en especial (se lo he visto hacer con Thomas Bernhard, por ejemplo), Jorge Herralde se queda callado y con la mirada perdida en algún punto del horizonte, como si estuviese mirando algo que está muy lejos (aunque estemos en mi diminuto apartamento), más allá de las palabras, de los actos sociales y de la promoción. En un mundo como el nuestro, el mundo de los libros, de la edición, de las palabras y los discursos y los artículos y los egos, no hay nada más significativo que el silencio. Colette hace que nos callemos y que nuestra mirada se pierda en el horizonte. MILENA BUSQUETS, noviembre de 2015