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Título de la edición original: Caprice de la reine

Edición en formato digital: mayo de 2015

© de la traducción, Javier Albiñana, 2015 © Les Éditions de Minuit, 2014 © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2015 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-3616-5 Conversión a formato digital: Newcomlab, S.L. anagrama@anagrama-ed.es www.anagrama-ed.es


Nelson


Invierno de 1802, mansión en la campiña inglesa, acude a cenar el almirante Nelson. Los demás invitados se agolpan tan pronto aparece él en el salón entre tapices, candelabros, retratos de ancestros, pinturas florales y flores. Nelson suscita la admiración general a su regreso de la batalla de Copenhague. Parece cansado, se comenta, pero qué guapo, piensan ellas. Cansado, desde luego, y con razón, después de todo lo que ha visto. Problemático fue ya para un marino el malestar que le invadió la primera vez que subió a un barco, marinero a los trece años en el buque de guerra de tercera clase Raisonnable. Entonces pensó que se le pasaría, pero nada de eso, en los treinta años que lleva navegando no ha dejado de sufrir día tras día un espantoso mareo. La gente se afana en torno al almirante, sentado junto al ventanal desde donde se divisan jardines ingeniosamente desordenados, flanqueados por sotobosque y por un muro de árboles. Un criado con una bandeja en la que tiemblan copas se inclina hacia Nelson, que coge una con mano blanda. Nelson es un hombrecillo delgado, afable, juvenil, de excelente presencia, en efecto, pero acaso un poco pálido. Y aunque sonríe como un actor haciendo de sí mismo, tiene un aire extremadamente frágil, quebradizo, a punto de romperse algo a cada momento. Fina figura ataviada con medias blancas, zapatos con hebillas de acero, calzón y chaleco blancos bajo una levita azul cuyo bolsillo izquierdo parece abultado por un puñado de chelines y en cuya pechera refulge la Orden del Baño, sus ojos brillan también pero cada uno con un fulgor distinto, el derecho con menor viveza que el otro. Su mano ha vacilado al coger la copa porque desde que veinte años atrás contrajera el paludismo en las Indias mientras se hallaba al mando de la fragata Hinchinbrook, los recurrentes accesos de fiebre, jaquecas, polineuritis y toda la pesca no han vuelto a abandonarlo. En el salón, comoquiera que la conversación discurre sobre la paz de Amiens, alguien llama la atención del almirante sobre un punto delicado respecto a la evacuación de la isla de Elba y le tiende un periódico que aborda el particular. Nelson coloca la hoja al bies a su izquierda pues al parecer no puede leer más que de ese modo, lateralmente, y es que en otra ocasión, durante el bombardeo de Calvi, mientras cruzaba el Mediterráneo a bordo del navío de setenta y cuatro


cañones Agamemnon, el impacto de un cañonazo le proyectó en pleno rostro esquirlas de gravilla que le hicieron olvidar el uso de su ojo derecho. Los invitados pasan a la mesa, y aunque se habían dispuesto pequeñas partes previamente cortadas para el almirante, éste muestra suma pericia en el manejo del cuchillo y el tenedor utilizando una sola mano, y es que, en otro infortunado episodio, éste a la altura de Santa Cruz de Tenerife, cuando a bordo del Theseus proyectaba hacerse con una importante cantidad de oro codiciada por un navío enemigo, Nelson resultó alcanzado por un disparo de mosquete que, fracturándole el húmero en varios puntos, le privó del uso del brazo derecho, que hubieron de amputarle de inmediato. Convertido en zurdo, el almirante tuvo que reaprender a escribir y a utilizar, en la mesa, los cubiertos –si bien hubo de recurrir diariamente al opio para mitigar los sufrimientos de su miembro fantasma–, y se desenvuelve perfectamente, la cena transcurre con entera normalidad. Sin embargo, al observar que la luz declina y que no tardarán en colocar los candelabros, hete aquí que Nelson se levanta abruptamente entre dos platos, pide a la concurrencia no sin rudeza que se sirvan disculparle durante unos minutos y se retira. Abandona el comedor, atraviesa antecámaras y salones y sale al jardín mientras los invitados se miran frunciendo el ceño. Y así, manco, tuerto y excitado, el almirante se interna entre macizos y arriates y se aleja a solas hacia los bosques, no sin pasar por un cobertizo donde echa mano de una regadera. Avanza en el día declinante, recreándose en la contemplación de la campiña y de los bosques. Podría perfectamente vivir allí pero, en su ansia de hacerse a la mar, prefiere acudir a casas ajenas para ejecutar la operación siguiente. En la linde del bosque, Nelson recorre el espacio que lo separa de los primeros árboles: toma medidas, escogiendo distintos puntos a unas veinte yardas unos de otros y cuyo emplazamiento marca con una piedra. Arrodillándose ante el primero, procede a cavar el suelo a una profundidad de dos o tres pulgadas; con una sola mano no resulta fácil, pero el almirante se ha visto en peores lides. Acto seguido, se hurga en el bolsillo y extrae no el supuesto puñado de chelines, sino una docena de bellotas, e introduce la primera en el fondo del agujero para luego taparlo y prensar aplicadamente la tierra, que a continuación riega lo necesario, así se lo parece –un poco demasiado en realidad–, tras lo cual Nelson rehace esa operación tantas veces como se lo permite su provisión de bellotas. Porque planea las cosas a larguísimo plazo: repuebla y cualquier ocasión le parece buena. Tan pronto se aleja del mar, aprovecha que se halla en tierra firme


para sembrar sobre ésta con el fin de preparar sobre aquél el tráfico naval, de cara a las generaciones venideras. Pone todo su empeño en plantar árboles cuyos troncos servirán para construir la futura flota naval. De esas bellotas que entierra nacerán los mástiles, los cascos, las cubiertas y entrecubiertas de toda índole de barcos destinados al comercio o al transporte de hombres, pero sobre todo de buques de guerra, todo tipo de navíos de línea, corbetas, acorazados, fragatas o destructores que surcarán mucho después de él los océanos del mundo, para mayor gloria del imperio. Pero los grandes robles de Suffolk no sirven tan sólo para construir navíos, con ellos se fabrican asimismo barriles y barricas; toneles que además se embarcan a bordo y pueden prestar señalados servicios. Por ejemplo, en Trafalgar, tras apuntar el marinero francés Guillemard a Nelson mientras recorría la cubierta del Victory, tras penetrar la bala en el cuerpo del almirante por el hombro izquierdo, fracturándole el acromion y sus segunda y tercera costillas, atravesándole el pulmón, seccionándole una rama de la arteria pulmonar para luego romperle la columna vertebral, los oficiales se preguntarán qué hacer con su cuerpo. Después recordarán que deseaba que lo enterraran en su casa, y no que lo arrojaran al mar como suele hacerse con los marinos muertos. Para conservar a Nelson hasta el regreso a Inglaterra, lo sumergirán en una barrica de aguardiente, sellada y amarrada al palo mayor del navío, bajo estrecha vigilancia armada.


Capricho de la reina


A la derecha de la mano que esto escribe se extiende primero una terraza de baldosas de piedra sintética con una barandilla formada por una sucesión de placas de plexiglás, a través de las cuales se divisa la parte inferior del panorama y sobre la que se superpone una rampa de aluminio. La terraza domina un amplio césped triangular en suave pendiente, que se prolonga desde su lado inferior por un declive más abrupto, casi una escarpadura acotada por un bosquecillo de encinas bajo el cual, con viento favorable, un torrente invisible emite noticias apagadas de su curso. La escarpadura se despliega por una oquedad que cabría calificar de surco, de cañón o sencillamente de hondonada. Pongamos hondonada Al otro lado de esa hondonada, justo enfrente, a través de las ramas entremezcladas de las encinas, se avista en lontananza un camino que forma la base horizontal de un campo simétricamente clivoso respecto al césped y, en lo alto, flanqueado de hayas entre las que se extiende un pastizal ocupado por lo que no cabe llamar sino vacas. Éstas, aparte de pacer, no parecen tener más preocupación en la vida que desplazarse según el movimiento del sol, según apetezcan o no sombra. Ese rebaño, que tal vez sea de aparcería y no cuenta con más de una veintena de componentes, se halla exactamente en pleno sur. Bien. Ejecutemos ahora un movimiento de rotación de sur a este, luego hacia el norte, etcétera, en sentido contrario al de las agujas del reloj, y demos una vuelta completa para encontrarnos después con el rebaño y comprobar si entretanto se han movido esas vacas. A la izquierda de éstas hay una finca, de la que cabe pensar que dependen esas vacas y cuyas edificaciones sólo se distinguen parcialmente: primero un largo lienzo de pared, sólidamente rematado por un tejado de pizarra y que se supone pertenece a la zona habitable propiamente dicha; luego, lindando con ésta, la parte visible de otra construcción, cubierta por lo que acaso debamos llamar Everite y que probablemente es el anejo, o uno de los anejos de esa explotación. Esos edificios, de los que sólo pueden verse fragmentos, resultan en efecto apenas visibles en medio de la vegetación sobre la que vamos a volver. Tendremos que volver a ella aunque quizá habríamos podido, o quizá debido, empezar por ella, no lo sabemos.


No lo sabemos, dado que en una descripción o en un relato, como observa Joseph Conrad en su novela corta titulada Una sonrisa de la fortuna, resulta difícil situar cada cosa en su lugar exacto. Y es que no se puede decirlo todo y describirlo al mismo tiempo, ¿verdad?, hay que marcar un orden, fijar prioridades, lo cual puede difuminar el objetivo trazado: por lo tanto será preciso volver a la vegetación, a la naturaleza, marco no menos relevante que los objetos culturales –equipamientos, edificios– que intentamos detallar en primer lugar. Después de esa finca casi borrosa al sur, y de una masa forestal que trataremos, pues, de precisar más adelante, debemos señalar en un eje este-nortesur otra finca mucho menos oculta que la primera, pero también más alejada. Aunque en este caso se trata más bien de un grupo de fincas, cinco o seis, de paredes y tejados de colores diversos (rosa viejo, blanco reciente, negro pasado, beige y amarillo vivo) y de materiales (pizarra o tejas, piedra, chapa ondulada, revoque, metal no identificado) también diferenciados. Desde la lejanía en que nos hallamos, o sea a dos o tres kilómetros de ese pequeño conjunto de construcciones, nos asalta la duda: ¿debemos limitarnos a considerarlo una explotación agrícola de considerables dimensiones, incluso de amplísimas dimensiones, o podemos permitirnos adelantar la denominación de villorrio, incluso de aldea? Quedémonos con aldea. A la vera de esa aldea vemos además algunos de sus atributos clásicos: una pequeña carretera, un camino y un puente probablemente destinado a salvar el río que, discurriendo hacia el sur, ha abierto la hondonada. No se distinguen tan mal esos atributos, pues la vegetación que nos separa de ellos es menos espesa. Puede que haya llegado el momento de estudiar la importancia del orden vegetal en el asunto que nos ocupa, qué menos puesto que nos proponemos dar cuenta de un paisaje de la campiña mayenesa.1 Pasemos pues a la vegetación: todos esos objetos habitados pueden estar separados –ya en la totalidad del arco sudeste– por un cúmulo de árboles casi exageradamente franceses por la exhaustividad de su representación, robles, fresnos, hayas* y otras esencias carentes de acento circunflejo tales como olmos, tilos y chopos. Desde la primera finca hasta la aldea, su densidad es absoluta, su compacidad vertical satura todo el espacio correspondiente a la vertiente opuesta de la hondonada: se asfixia uno. Pero si nos situamos a cierta distancia, cosa que la morfología del lugar nos permitirá hacer a partir del este, podremos contar con que el terreno se despeja: horizontalidades diversas de campos, prados, eriales y otras superficies planas u onduladas. Prosigamos, prosigamos hacia el septentrión. Si, frente a esa hondonada que


nos separa del rebaño de vacas referencial, nos hallamos después en una situación de promontorio, en estrecha visión frontal con la otra vertiente de la hondonada, lo primero que deberemos hacer es volvernos en contrapicado hacia el norte. Y para hacerlo es preciso ponerse en movimiento. En efecto, así como desde la terraza podíamos tranquilamente observar sentados todo el sur y buena parte del este, ahora deberemos levantarnos por fuerza para echar una ojeada hacia los otros ejes. Habremos de caminar y rodear la casa prolongada por esa terraza que fue edificada en el flanco del promontorio; para ello es preciso salvar el espacio que la circunda hasta el seto plantado más arriba. El seto, formado en su mayoría por cerezos silvestres, separa ese espacio privado del espacio ajeno. Situados en esa frontera, podremos avistar el norte, que se extiende no diremos a nuestros pies pero casi. Por eso, desde ese puesto de observación, la vegetación parece menos densa: no sólo porque es más dispersa, sino porque nos encontramos en un campo de mayor extensión, de repliegue de los objetos, de distancia en la que el orden vegetal se torna más modesto, menos arrogante y altivo, menos dominante. Llanos, ondulaciones de terreno, bosquecillos, collados menores, suaves relieves. La perspectiva se ha impuesto sobre la visión frontal, hasta el punto de permitir divisar en el horizonte de esa sucesión de tierras el relieve de una lejana meseta, que es precisamente el punto culminante, a menos de cuatrocientos metros de altitud, de todo el macizo armoricano. Aparte de eso, más cerca de nosotros, despunta en el entorno un castillo vagamente dieciochesco y oculto en sus tres cuartas partes por una efervescente vegetación: pináculos, chimeneas y torrecillas por fragmentos. Y se diría que eso es todo. Da la impresión de que eso sea todo porque el oeste no pinta nada. Tras esa perspectiva del norte, nos topamos con lo tangible, lo inmediato, las cosas pequeñas al alcance de la mano, las hacinas de leña para la calefacción, las herramientas, la mancha negra de una reciente hoguera de hierbajos, los muebles de jardín. Al noroeste aparece el camino abierto al tránsito que, procedente del vecinal y luego del departamental, permite el acceso a la casa. Al cabo, una leve pendiente con árboles da enseguida a la hondonada. Acabemos de rodear esa casa, volvamos hacia el sur al césped, la terraza, la butaca y la mano que, retornando a su lugar, termina de escribir esto. Las vacas no parecen haberse movido mucho, a no ser que, tras efectuar un frenético ballet a nuestra espalda, al vernos regresar hayan recobrado juiciosamente su posición inicial.


Y a nuestros pies, desplegada en la terraza, yace una manguera de color naranja, como una serpiente dada por muerta, y a lo largo de la cual circula una multitud de hormigas en ambas direcciones, cada una manteniendo casi constantemente su derecha como en una carretera clásica. El tráfico de esas hormigas es densísimo, y debe de enlazar sus cercanos dormitorios próximos a la obra con sus distintos talleres, silos de grano, criaderos de hongos, laboratorios de puesta o establos de pulgones. Deteniéndose brevemente al cruzarse, las obreras proceden a efectuar un rápido contacto frontal, con el fin de intercambiar un beso subrepticio o de recordar la contraseña del día, o quizá para pitorrearse por lo bajo del último capricho de la reina.


1. Lugar llamado Le Pirli, municipio de Argentré, circunscripción de Laval. * En francés, chênes, frênes, hêtres. (N. del T.)


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