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Alan Pauls

Historia del pelo

EDITORIAL ANAGRAMA BARCELONA


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Diseño de la colección: Julio Vivas y Estudio A Ilustración: «Crossing Over», escultura de arce joven, Patrick Dougherty (www.stickwork.net <http://www.stickwork.net>), foto © Dennis Crowley

Primera edición: marzo 2010

© Alan Pauls, 2010 © EDITORIAL ANAGRAMA, S. A., 2010 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 978-84-339-7209-5 Depósito Legal: B. 2284-2010 Printed in Spain Liberdúplex, S. L. U., ctra. BV 2249, km 7,4 - Polígono Torrentfondo 08791 Sant Llorenç d’Hortons


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Para Vivi


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No pasa día sin que piense en el pelo. Cortárselo mucho, poco, cortárselo rápido, dejárselo crecer, no cortárselo más, raparse, afeitarse la cabeza para siempre. No hay solución definitiva. Está condenado a ocuparse del asunto una y otra vez. Así, esclavo del pelo, quién sabe, hasta reventar. Pero incluso entonces. ¿O no ha leído que...? ¿No les crece el pelo también a...? ¿O eran las uñas? Una vez, en verano, escapando del calor –son las cuatro de la tarde, casi no hay gente en la calle–, se mete en una peluquería desierta. Le lavan el pelo. Está boca arriba, con la nuca apoyada en la canaleta de plástico. Aunque está incómodo y le duelen las cervicales, y lo inquieta un poco la desaprensión con que su garganta parece ofrecerse al tajo del primer degollador que le salga al cruce, el masaje de los dedos, la dulce nube de perfume vegetal que se desprende de su cabeza y la presión de los chorros de agua tibia lo embriagan, transportándolo de a poco hacia una especie de ensueño. No tarda en 9


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dormirse. Lo primero que ve cuando vuelve a abrir los ojos, tan cerca que lo ve fuera de foco, como pintado sobre una superficie de arenas movedizas, es la cara de la chica que le lava la cabeza inclinada sobre él, invertida, la frente de ella suspendida a la altura de su boca. ¿Qué está haciendo? ¿Lo huele? ¿Está por besarlo? Se queda quieto, vigilándola con sus ojos ciegos, hasta que la chica, después de unos segundos de concentración en que se priva hasta de respirar, intercepta con una uña larga y filosa el afluente descarriado de champú que estaba a punto de metérsele en un ojo. Recién despierto, no puede recordar, aunque lo intenta, cómo era en verdad esa cara diez minutos atrás, cuando acababa de entrar en la peluquería y la vio por primera vez y ella sin duda le salió al cruce para preguntarle: «¿Te vas a lavar?» Ahora la tiene tan cerca que sería incapaz de describirla. Podría enamorarse de ella. De hecho no sabe si no se ha enamorado ya, al abrir los ojos y descubrir su rostro casi pegado al suyo, gigantesco, un poco como le sucede en el cine cuando se queda unos segundos dormido y al despertar se rinde al hechizo, siempre infalible, de lo primero que ve en la pantalla. No importa si lo que aparece es un paisaje, un paredón comido por una enredadera, una avenida que hormiguea de gente, una manada de animales, el bendito portón de la fábrica de los hermanos Lumière –la primera imagen siempre es una cara. La cara es el fenómeno por excelencia, el único objeto de adoración para el que no hay defensa ni remedio. Es algo que aprende de muy joven, traduciendo a Shakespeare, cuando un teatro municipal le encarga una versión en castellano actual 10


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del Sueño de una noche de verano. Traduce el texto a velocidad récord, en estado de trance, como traduce por entonces todo lo que cae en sus manos: manuales de instrucciones de electrodomésticos, diálogos de películas, Kant, ensayos de teología de la liberación, psicoanálisis lacaniano, encargos que tan pronto como acepta procede a pasar por la máquina, como llama entonces a traducir, y luego expele en una especie de alocado vértigo digestivo. Pero después, una vez que ha entregado su trabajo y le toca recibir los comentarios del director que han contratado para poner en escena la obra, un ex acróbata diminuto que fuma en boquilla y escupe el humo de costado, por la arcada que le ha dejado a un lado de la boca una muela prófuga, todo el precioso tiempo que ha ganado con su método de traducción-bala lo pierde, lo pierde sin consuelo, cuando se descubre volviendo a casa con las ochenta y cinco páginas de la versión y la sugerencia, la orden más bien, dado que los ensayos empiezan en una semana, de insuflarle un tono un poco más juvenil –justamente él, que no tiene veintitrés años y ya parece de cuarenta–, cortar páginas enteras de versos soberbios, incrustar el texto con la misma desoladora fruta abrillantada de siempre, chistecitos, referencias a la actualidad local, canciones ridículas, única manera, según le confiesa avergonzado el director, de venderles un Shakespeare a esas hordas de estudiantes secundarios que pronto, obligados a su vez a comprarlo por sus escuelas, clientes principales, si no únicos, de esa clase de iniciativas del teatro municipal, harán retumbar sus salvas de carcajadas y sus eructos en el circuito de salas moribundas que persisten en programarlas. 11


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¡El teatro! De la experiencia, sin embargo, él, más bien vergonzoso, poco dado a socializar, rescata ante todo el modo en que lo obliga a abrirse al mundo, la necesidad –en su caso absolutamente inédita– de someter su trabajo a la opinión, las ideas, el gusto de los otros, y eventualmente de corregirlo si su traducción, perfecta como suene en el papel, apenas salida de la máquina, en boca de los actores, como más de una vez lo ponen en evidencia los ensayos, deja que desear o resulta lisa y llanamente impronunciable. Acostumbrado a trabajar solo, a ser su propio patrón y no tener socios, le cuesta confiar en el tipo de sociabilidad de la que hace alarde el teatro, a la vez incondicional y caprichosa, que así como nace con bombos y platillos con la presentación oficial del elenco, florece con el llamado trabajo de mesa, los ensayos, las pruebas de vestuario, las rivalidades, el flirteo indiscriminado, se consolida con esos inmensos volúmenes de tiempo dilapidados en esperas, llegadas tarde, crisis de llanto en los camarines, sobremesas en los cafés de los alrededores del teatro, y llega a la cima absoluta con el estreno, así también no tarda en disiparse con las primeras funciones, como si todo ese articulado andamiaje social sólo se hubiera puesto en pie para hacer frente a las exigencias extremas del estreno, y termina esfumándose pocas semanas después, una vez que la obra baja de cartel y los mismos que un mes atrás habrían dado la vida por cualquier otro miembro del elenco se alejan ahora cada uno en una dirección distinta, en una estampida triste, sin sonido, en busca de algún nuevo contrato de trabajo. Así y todo, él –a su escala, como es lógico, porque tampoco es cuestión de pedirle peras 12


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al olmo– adhiere a esa fraternidad inestable con entusiasmo, como quien abraza un tratamiento médico cuya eficacia es estrictamente proporcional a los sacrificios que reclama. Adhiere incluso cuando se expone a las inclemencias para las que menos preparado está: por ejemplo, vencer una timidez enfermiza y ponerse a charlar con una actriz a la que ve por primera vez en su vida, que le gusta (aunque pueden pasar meses antes de que lo reconozca) y que de golpe, sin aviso alguno, mientras roe con pudor el orillado brillante de una de las alitas del traje que le ha tocado en suerte, le pregunta si le pasó alguna vez que un hada de un bosque de las afueras de Atenas le ofreciera chuparle la pija en el baño de un camarín de teatro; o, como le sucede una tarde que no olvidará, que semanas después sigue ruborizándolo, no importa dónde lo asalte el recuerdo, esto: tener que cruzar en presencia del elenco entero el vasto patíbulo de la sala de ensayo, vestido con su pantaloncito de corderoy, su camisa a rayas, su chaleco de lana sin mangas y su susceptibilidad, señales de un apocamiento, un apego a la convención y un «miedo al cuerpo» –como oye después, mientras huye escaleras abajo, que alguien comenta en voz baja– en los que jamás se le ocurriría pensar, a tal punto forman parte de su naturaleza, si no se los enrostraran la sorna con que lo contemplan los actores –ellos, que no están vivos si no los mira alguien– y su propia imagen, desvalida y vacilante, reflejada en el espejo que ocupa de parte a parte la pared más larga de la sala. Rescata de la experiencia el burbujeo social, la excitación, la pasión de depender de los otros, de prestarse medias, zapatillas de baile, maquillajes, tampones, in13


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cluso la compulsión de los actores a besarse y abrazarse por cualquier motivo, mucho más propia de ex compañeros de un viaje de egresados o de sobrevivientes de una catástrofe aérea que de gente acostumbrada a verse la cara día por medio en el escenario de un teatro, un curso de clown o uno de esos restaurantes del centro de la ciudad que siguen abiertos hasta bien entrada la madrugada. Rescata en suma todo aquello que lo contradice y lo saca de sí, de su ensimismamiento, aun a riesgo de incomodarlo o, como termina sucediéndole, de hacerle jurar en secreto que ni todo el oro del mundo lo convencerá otra vez de escribir una sola línea para el teatro. Pero en particular, del texto de Sueño de una noche de verano propiamente dicho, se queda con un hallazgo del que por alguna razón no le alcanzan los años que tiene ni tendrá para reponerse: la idea de un filtro de amor que, derramado sobre los párpados de alguien que duerme, forzará al durmiente, una vez despierto, a enamorarse de lo primero que vea al abrir los ojos, no importa lo que sea, animal salvaje, niño, harpía sin dientes, belleza celestial. El recurso aparece en la primera escena del segundo acto, donde el rey Oberón pretende ponerlo en práctica con Titania, su mujer, para desenamorarla del joven paje al que también él acaba de echarle el ojo, pero en rigor está en el origen de todos y cada uno de los malentendidos sentimentales que se multiplican en la comedia. Tocados por el elixir mientras duermen, Titania, que sólo desea a su paje, se enamora de un cómico ambulante perfectamente vulgar, Lisandro olvida a su adorada Hermia para caer rendido ante Elena y así sucesi14


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vamente. Una gota, una sola gota de ese jugo, destilado no de cualquier flor sino de una sola, el pensamiento, y el deseo se sale de quicio. Por qué, es algo que desde entonces no puede evitar preguntarse. Entiende perfectamente el carácter convencional del truco, no es insensible a su pérfida comicidad, pero, aun así, ¿por qué un rostro cualquiera, contemplado al volver en sí después de un sueño, debería tener esa capacidad de sortilegio? ¿Sólo porque es lo primero que se ve, y porque el que se despierta lo ve cuando más vulnerable es, antes de que la precaución, la distancia, la sospecha, todo el diversificado sistema de defensas que hace tolerable la vida en la vigilia tenga tiempo de volver a organizarse y atrincherarlo? ¿O quizás porque es justamente ese rostro que ve al despertar, a la vez anodino y providencial, indiferente y milagroso, el que lo repatria del sueño y lo rescata de la oscuridad, lo salva, lo devuelve a la vida? ¿Por qué no?, se pregunta. Dormir, abrir los ojos, sucumbir... No saber del otro más que eso que se sabe en el acto, instantáneamente: que es un objeto de amor. Eso es todo lo que sabe: que no es más que un objeto de amor. Sin ir más lejos, aunque le basta poner en foco sus ojos demasiado pintados, sus pecas, las dos perlitas de aluminio que le brillan en las ventanas de la nariz y pronto se infectarán, para darse cuenta de que no se ha enamorado de la chica que esa tarde le lava el pelo en la peluquería, él mismo no sabe nada de ella y ella no sabe nada de él, nada más, en todo caso, que lo que se ofrece a su vista. No lo ha conocido a los doce años, por ejemplo, cuando él tiene el pelo lacio, rubio, largo hasta los 15


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hombros y sólo le presta alguna atención, sólo se da cuenta de que lo tiene y de cómo lo tiene, cuando algún incidente perturba la naturalidad en la que ya se ha acostumbrado a olvidarlo: cuando su abuelo, en uno de los arrebatos de afecto viril que más parecen exaltarlo, le agarra al vuelo un mechón con una mano y amenaza cortárselo de cuajo con la tijera que forma con el dedo índice y el mayor de la otra, mientras una banda sonora improvisada con la lengua, tzic, tzic, tzic, adelanta la ejecución de lo que prometen los dedos, o cuando en una cola, en el correo, por ejemplo, el kiosco de revistas, la farmacia, alguien a sus espaldas quiere preguntar algo en voz alta, dice «¿señorita?» y después de unos segundos, al sentir el dedo del desconocido que acaba de hablar tecleándole un hombro, él se da cuenta de que lo han confundido con una mujer, o cuando, recién llegados a Río de Janeiro, primera vez que viaja en avión, primera que sale del país y que está en un lugar donde se habla una lengua desconocida, sale a caminar por la playa con su padre y su hermano y un enjambre de mujeres negras los sigue un largo rato mientras anochece, todas agolpadas a su alrededor, pegando gritos y rozándole la cabeza con un asombro reverencial, como si su pelo irradiara un brillo sagrado capaz de rejuvenecerlas o quemarles las manos. No: por más ofensivo que le resulte, la chica no lo conoce, y la desproporción que él nota que hay entre ese desconocimiento donde se mezclan la inexperiencia, el desinterés, la rutina de un trabajo según ella muy por debajo de sus posibilidades, y todo lo que ella o cualquiera que estuviera en su lugar –tenga o no perforadas 16


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las ventanas de la nariz, se vuelva para él un objeto de amor o no– debería conocer de él, de su caso, según él, para que el hecho de poner su cabeza en manos de ella no sea lo que él ve ahora a todas luces que será, el preámbulo de un acto suicida, representa exactamente el tipo de pesadilla capaz de ensombrecerle la vida a lo largo de los siguientes veinte minutos, que es lo que dura en promedio un corte de pelo común y corriente. Pero ¿quién tendría derecho a reprocharle nada? ¿Qué podría saber ella de él –suponiendo que alguna vez llegue a «saber» algo, y a recordar algo de lo que «sabe», de los cientos de cabezas que pasan por sus manos cada semana– si es la primera vez que entra en esa peluquería? Porque hay una cuestión antes y es ésta: ¿cómo él, que es un caso, cómo él, con su problemita, sigue yendo a peluquerías por primera vez? ¿Cómo persiste en ir de ese modo al matadero? Y sin embargo es así: sigue. No puede no seguir. Es la ley del pelo. Cada peluquería que no conoce y en la que se aventura es un peligro y una esperanza, una promesa y una trampa. Puede cometer un error y hundirse en el desastre, pero ¿y si fuera al revés? ¿Y si da por fin con el genio que busca? ¿Y si por miedo no entra y se lo pierde? Es un paso siempre temerario, que por lo general no da si no tiene alguna garantía o hasta no haber agotado una larga serie de debates estériles. Esta vez, a diferencia de otras, no conoce la peluquería de nombre, nadie se la recomendó, no ha leído nada sobre ella, ni siquiera le ha llamado la atención su aspecto, del que mal podría decir una palabra, a tal punto viene obnubilado por la incandescencia de la tarde de verano cuando la descubre. Simplemente ha 17


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visto desde la vereda de enfrente los espejos, los sillones, la luz de los tubos fluorescentes, un aire general de limpieza que asocia de manera automática con el fresco, ha cruzado la calle, ha entrado. Y la peluquería está desierta. Es el colmo. ¿Qué más le hace falta para saber que está liquidado, que aun antes de que lo sienten frente al espejo, le cubran el cuerpo con la estúpida mortaja de plástico, lo enfrenten con el dilema más inútil y más insoluble, ¿tiene que meter los brazos o no?, y le pregunten cómo lo quiere –ya está listo, ya no tiene chance alguna? Ya de chico le enseñan que no se entra a un negocio vacío. Nunca a un restaurante, menos que menos a una peluquería. Más tarde, cuando todo haya pasado y salga otra vez al calor de la calle con por lo menos un mes, un mes y medio de oprobio inenarrable tallado en la cabeza, quién le creerá cuando se disculpe diciendo que entró por el calor, que sólo una verdadera emergencia explica un acto tan irrazonable en alguien como él, irrazonable en más de un aspecto pero sin duda no en el aspecto pelo, que le quita el sueño desde hace ¿cuánto, exactamente? ¿Cuánto tiempo hace en concreto que el pelo lo ronda, lo solicita, lo taladra? No podría contestar. Hay un momento en su vida en que empieza a pensar en el pelo como otros en la muerte. No es que, de buenas a primeras, ¡ah, el pelo! No descubre algo cuya existencia ignoraba. Siempre ha sabido que el pelo está ahí, agazapado en alguna parte, pero ha podido vivir perfectamente sin tenerlo en cuenta, sin hacerlo presente. No descubre una experiencia sino una dimensión; no algo que su vida no hubiera incluido hasta entonces: algo que ya estaba en él, traba18


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jándolo en silencio, con una paciencia de rumiante, a la espera del momento oportuno para despertar y emitir los primeros signos de una vida visible. La muerte es un ejemplo clásico. Se sabe que «hay muerte» como se sabe que el destino de todo cuerpo es caer o que el agua se vuelve vapor a una temperatura determinada. Es algo que se da por sentado: una certidumbre invisible, administrada a diario y en dosis tan infinitesimales que pierde consistencia, se confunde con el continuo de la vida y termina por pasar inadvertida. Así años. Hasta que de golpe aparece y reclama lo suyo. Un conocido sufre un ataque mientras maneja y la silla que dos semanas después le tenía reservada su cena de cumpleaños queda vacía para siempre. Alguien cercano se queja de una molestia ínfima al tragar y días después el médico que anota en una ficha su relato del episodio deja de escribir y levanta la cabeza y lo mira frunciendo el ceño. De golpe algo precipita y se solidifica: lo que era invisible y sigiloso se vuelve material, de piedra, ineludible, un obstáculo oscuro que no llega a bloquear del todo el camino pero contra el que no hay forma de no tropezar, y que, intruso vigilante, empieza a aparecer en todas y cada una de las fotografías que nos tomamos cuando jugamos a imaginar nuestro futuro. De las dos ramas en que se divide su familia, paterna y materna, rama calva y pilosa respectivamente, él pertenece sin duda a la segunda. Lo sabe antes de llegar a los veinte años. Su padre no ha cumplido veinticuatro y ya dos feroces cuñas de piel le entran a los costados de la cabeza como lenguas de mar en un continente. Su hermano mayor emigra de cuarto a quinto año de la es19


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cuela sin llevarse una sola materia a examen, y cuando cree que el único cambio que sufrirá la soleada vida que tiene por delante es el que experimenta por el momento la biblioteca de su pieza, que de la noche a la mañana ve desaparecer los libretos de ópera y florecer en su lugar una colección de cuadernillos de turf, unos y otros, aunque parezca mentira, idénticos en formato, cantidad de páginas y en los esfuerzos mnemotécnicos que le exigen, en un caso para cantar un aria al unísono con el barítono, en el otro para presentarse en la ventanilla y apostar sin la menor vacilación, con la genealogía de su potrillo fresca en la cabeza, se descubre agachado bajo la ducha, teniendo que destapar el desagüe de algo que primero cree que es una hoja de plátano que entró por la ventana y descubre después que es pelo, su pelo, pelo que antes de meterse bajo la ducha formaba parte de su cabeza y ahora en cambio no tendrá más remedio que tirar, no importa la repulsión que le produzcan los desechos orgánicos cuando se codean con los industriales, en el tacho de basura del baño, el mismo donde ya agonizan pedazos de papel higiénico, una hoja de afeitar usada, curitas, un par de algodones manchados con la solución astringente que usa para secarse los granos de la cara. Así pasan las cosas. Otro hermano, uno menor, se despierta un mediodía al cabo de una noche animada por una agradable serie de escaramuzas solitarias y luego de verificar los rastros que sus hormonas de adolescente tardío han dejado en las sábanas comprueba los dos minúsculos restos de pelo que han quedado adheridos en los extremos de la almohada, entrecomillándole la cabeza mientras la perdía entre el amasijo de piernas 20


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y brazos de una alegre orgía de trasnoche de la que no recuerda nada. Pelados, todos. Irremediablemente pelados antes siquiera de cruzar el umbral que los hará hombres. A él, en cambio, le ha tocado tener pelo. Mejor: tiene pelo de más. Es cierto que durante un tiempo lo desconsuela el temor de ser lampiño, y que su profusión de pelo rubio y lacio le sirve de poco cuando lo que se juzga –en esa olimpíada de proezas corporales que es la adolescencia– no son cabezas sino cuerpos, en particular pecho, axilas, piernas, zona púbica. Sobre todo zona púbica. Se pregunta una y otra vez qué ventaja le aporta eso que su abuelo siempre llama despectivamente melena a la hora de entrar a la sala de duchas del club, ese teatro azulejado de tormentos, sin otra cosa para exhibir que una piel lisa, tersa, tan libre de pelos como la de un delfín. Quizás lo mucho que tiene arriba esté en relación con lo poco que tiene abajo, piensa en algún momento. Lo piensa menos para tranquilizarse –porque la hipótesis es demasiado abstracta para aliviar el peso que siente cada vez que participa de esas ruedas de reconocimiento que tienen lugar en las duchas– que para asignarle a su rareza un lugar en algún lado, aunque más no sea en una frase, algo que pueda repetir en silencio, para sí, cuando sea necesario, como un mantra, y calmarse. Por lo demás, es cuestión de tiempo, y todo lo que es cuestión de tiempo, como no tarda en descubrir, se resuelve haciendo tiempo. A tal punto tiene pelo para tirar al techo, como se dice, que en un momento dado se da el lujo por excelencia: renuncia a la laciedad. No lo sabe, pero es su ma21


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nera de proletarizarse. Empiezan los años setenta y miles y miles de hijos de la clase media y media alta, de la burguesía y hasta de la alta burguesía abdican de la mañana a la noche de los tronos que les corresponden por nacimiento, rechazan por propia voluntad los privilegios de los que han gozado, abandonan los hogares confortables, los barrios caros, las mucamas, el rugby, los taxis, los viajes, la ropa de marca, el dominio de lenguas extranjeras, todas las frivolidades que hasta entonces forman el elemento en el que han vivido y respirado, a la mañana parte indisociable de lo que son, sello de identidad y fuente de satisfacción y placer, a la noche emblema de violencia, indignidad, explotación inhumana, y se mudan a vivir a villas miseria, barrios carenciados, monoblocs de suburbios sórdidos, sin alumbrado ni agua potable, de calles de tierra, donde se mimetizan y aprenden, siguiendo una técnica que décadas más tarde otros llamarán inmersión, las reglas de vida de las clases explotadas cuyo destino se proponen cambiar. Él, a los once, doce, de qué va a abdicar si no del trono de su pelo. ¿De su colección de revistas de historietas? ¿De su ejemplar deteriorado de Tintín en el país del oro negro? ¿De las dos Rotring 0.2, una mortalmente deshidratada, con las que dibuja unos chistes gráficos que nunca han hecho reír a nadie? Nada de todo aquello de lo que goza le pertenece. Ni siquiera el derecho a gozar. El pelo, en cambio... En su caso no se trata sólo de una condición excedentaria. Más bien intuye, instigado sin duda por la época, hasta qué punto un pelo rubio y lacio como el que tiene, que él ha dado por sentado hasta entonces de un modo natural, sin hacerse demasiadas preguntas, 22


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igual que otros dan por sentado el color de ojos con el que nacen o la medida de zapatos que calzan, en el mercado general del pelo, sin embargo, deja de ser un pelo más, uno entre otros, uno como otros, y se convierte en un pelo mejor, superior, deseable, como una de esas monedas que, acostumbradas a pasar inadvertidas, caen de pronto en un sistema donde son escasas y ven dispararse hasta las nubes su cotización. El pelo es su riqueza, su oro, su lingote. El resto quizás sea pura sensibilidad de época, o simple oportunismo. El país cruje. Si queda en él algún lugar para los lacios, no queda sin duda en rubio, color burgués, color cipayo por excelencia. Quedará a lo sumo en morocho, negro azabache, el modelo criollo o de suburbios, que a veces va acompañado de un bigote cepillo y vuelve con todo de la mano del fogón, la peña, la asamblea sindical, la militancia radicalizada. Pero sin duda la unidad de pelo estrella es el rulo, y el estilo número uno ese que de Angela Davis a esta parte se conoce como afro. Aunque no podría formularlo en términos tan diáfanos, en parte porque el valor icónico del pelo no necesariamente tiene un equivalente en el campo del lenguaje verbal, en parte porque basta la amenaza de una imputación infamante como la de frivolidad para que un incómodo pudor organice la agenda de temas de toda una generación, él lo ve clarísimo: la verdadera moneda es el afro. Treinta años más tarde ve Black Panther Newsreel, la película de Agnès Varda sobre los Panteras Negras, y lo asaltan dos sentimientos cruzados: la euforia instantánea, casi suicida, de comprobar cuánta razón tuvo entonces, cuando, como otros toman la decisión de perder, renunciar a bienes y prebendas y 23


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empobrecerse, él pega un portazo y deserta del mundo lacio, y una pesadumbre inconsolable, ya que nunca la desdicha es tan grande como cuando el azar, con imperdonable desaprensión, nos concede demasiado tarde los argumentos que nos habrían rescatado de una situación en la que naufragamos. No es sin duda por frivolidad, ni por exceso de tiempo libre, ni por una sensibilidad enfermiza a las tendencias de la moda, por lo que gente a todas luces poco propensa a perder el tiempo en primicias de salón de belleza como Huey Newton, ministro de defensa de los Panteras Negras, entonces preso en la cárcel de Alameda y con una sentencia de entre dos y quince años suspendida sobre su cabeza, o Bobby Seale, cofundador del movimiento, o Eldrige Cleaver, todos negros de armas tomar, desfilan ante la cámara de Varda y ocupan tres de los quince minutos que dura la película en explicar por qué el afro, signo soberano, puesto que desconoce los géneros y uniforma a hombres y a mujeres, es una declaración de autoafirmación política ni más ni menos cabal que un manifiesto con los reclamos del grupo, las banderas que enarbolan las tropas de choque que acordonan la cárcel de Alameda, los anteojos de sol, las camperas de cuero o la exhortación del mismo Cleaver a violar mujeres blancas como parte del programa de entrenamiento para la insurrección. Sin embargo, esa transición política, la que va del eclipse de lo lacio al ascenso irrefrenable del afro, él sólo la percibe de manera oblicua, en una segunda instancia. Si la percibe. En él es más bien un pasaje al acto: le llegan unas señales del fenómeno, una especie de goteo, y da lo que se llama un salto al vacío. De un día para el 24


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otro se convierte al afro, a ese afro pobre, enclenque, por demás inconvincente, mucho más próximo al desvalimiento aturdido en el que despierta un pelo no del todo limpio tras una larga noche de cama que al aplomo orgulloso, la imagen de poder, la dignidad enhiesta que irradian cinco años antes, cuando efectivamente reclaman la libertad de Huey Newton, y treinta después, cuando él ve la película de Agnès Varda que los ha documentado en pleno reclamo, las cabelleras de los Panteras Negras. Sin duda es la indecisión de ese afro acomplejado lo que desorienta a los demás miembros de su familia en las fotos de la época, en particular una serie de cinco o seis en blanco y negro, tomadas en el comedor de la casa probablemente un sábado, único día en que la familia se reúne, y después de almorzar, único ritual capaz de reunirla. Todos parecen mirar a la cámara, conscientes de la excepcionalidad de la situación y dispuestos, en su honor, a postergar viejos enconos al menos por el tiempo que dure el almuerzo, o por lo menos el primer plato, o en su defecto el fogonazo del flash, pero mientras él la mira con decisión, de frente, enrostrándole al mundo, como una provocación, el nuevo estilo que luce en la cabeza, los demás, madre, marido de madre, abuela, hermanos, se debaten en un extraño dilema: mirar a la cámara, como efectivamente hacen todo lo posible por mirar, o mirarlo a él y detenerse esta vez de lleno, con toda franqueza, no con el disimulo incómodo con que lo han estado haciendo a lo largo del almuerzo, en esa especie de nido revuelto que le ha crecido en la cabeza. Y sin embargo, irrisorio y patético, como lo son casi 25


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siempre los blancos cuando usurpan papeles de negros y se ponen a tocar la trompeta, visten trajes chillones, usan dientes de oro o maldicen, ese pelito alborotado que cuelga de un hilo, ese rulo penoso, esa parodia de afro le ha costado lo suyo. No es que el anhelo de tenerlo lo haya empujado hasta la peluquería. No ha llegado al bigudí, como es un secreto a voces que hacen muchos de los que entonces, envalentonados por los que se sacan el traje y se ponen el overol, dejan la universidad y entran a la fábrica, se despiden de la mesada paterna y abrazan el salario miserable, se montan al boom del rulo, actores, mannequins, artistas, cantantes populares. Recurre a los medios que tiene a su alcance: pasa semanas sin tocar el champú, evita peinarse por las mañanas, termina de ducharse y se frota con frenesí de loco la cabeza y después sale al mundo a pavonear su pelambre de electrocutado. Una vez sale de la ducha y al secarse el pelo le parece notarlo más encrespado que nunca; atribuye el fenómeno al cambio accidental del agua caliente por la fría –la típica desinteligencia del que maniobra con las canillas a ciegas, con la cara llena de champú– y durante semanas repite el procedimiento. Lo tiene sin cuidado la cara de asombro con que lo mira su madre cuando lo ve entrar en la cocina recién despierto, con esa pajarera en la cabeza. Lo mismo las chicanas incrédulas que le dispara su hermano, que siempre parece intuir más de lo que dice. Puede lidiar con eso. A fin de cuentas, no es por ellos que ha renunciado a ser lacio. No son ellos los que explican tanto denuedo. Es la época. Decirlo es fácil, pero ¿hacerlo? Porque ¿qué es la época? ¿A qué se reduce, cuánto dura una época sin mentir 26


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o evaporarse si no cristaliza en un nombre propio, un estilo personal, un cuerpo marcado por señas particulares y por huellas? A sus ojos, como a los de tantos otros, la epidemia de Pelo Nuevo que atraviesa a la época se da a conocer por un conjunto de señales triviales, una conspiración de síntomas que se declaran, como de costumbre, en el lapso paradojal de las vacaciones, por un lado páramo adulto, tierra muerta, vacía de hechos, a juzgar por la indigencia informativa que se instala en las primeras planas de los diarios, por otro, para los doce o trece años que tiene –disciplinados desde que tiene seis, de marzo a diciembre, indefectiblemente, por el régimen carcelario de la doble escolaridad, de ocho y cuarto a cuatro y media todos los días, todos los santos días del año–, un intervalo cargado de puras novedades, vertiginoso, en el que hasta dormir, comer o bañarse son pérdidas de tiempo imperdonables, único período, en verdad, digno para él de llamarse histórico, a tal punto los acontecimientos que lo pueblan, nimios o radicales, son siempre únicos, no se dejan anticipar y aportan las reservas de vida que lo mantendrán en pie durante el año que vendrá, cuando todo a su alrededor tienda a hundirlo en la inercia, el tedio, el suplicio de tener que ejecutar órdenes dictadas por otros. El nuevo estado de cosas empieza a insinuarse a fin de año, un par de semanas antes de las fiestas, cuando ve los avisos de un espumante nacional barato, un mal llamado champagne que a primera vista promete felicidad y en el fondo garantiza una úlcera instantánea, y advierte que el galán que alza su copa mientras clava sus ojos de lince en la chica que está más allá, del otro lado de la 27


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fiesta, inaccesible no sólo por la distancia que los separa sino también por el cordón de admiradores que la cortejan, ese Casanova de pacotilla es cuatro, quizás cinco años más joven que el que lo precedió en su mismo papel en el afiche del año pasado, y en vez de estar peinado a la gomina, como lo ordenan el dogma de belleza oficial y las dos escuelas en que se inspira, el tango y el fisonomismo policial, luce ahora un peinado afro exuberante, tan alto que el borde superior de la foto no ha tenido más remedio que rebanarlo. Es sólo el principio. A ese indicio muy pronto siguen otros: el entrenador de fútbol que da rienda suelta a un huracán de tirabuzones, el cantante de tango cuya cabeza florece como un jardín, el actor elegido para integrar el elenco de Hair, los bañeros de las piletas públicas, que de un verano a otro rifan las décadas y décadas de pelo corto que les venían prescriptas por los códigos de higiene. En el horizonte irrumpe incluso un sobrino del marido de su madre, condenado hasta entonces a reprimir, cortándoselo al ras, el pelo mota con el que nació, nunca más típico de una oveja negra que en su caso, ya que su clase de origen, como empieza a decirse entonces, sólo se concibe a sí misma con el pelo lacio y condena cualquier otro tipo de pelo al ostracismo que merecen ciertas anomalías étnicas. De modo que termina febrero y no necesita atar cabos. Se atan solos, como sucede en toda conspiración. Y a mediados de marzo, primer día de clase, cuando llega al colegio demasiado tarde, con los discursos ya pronunciados y la ceremonia del himno a punto de concluir, y busca con avidez alguna cara conocida entre las filas de estudiantes que 28


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rompen, los celadores que los arrean, los profesores rumbeando hacia sus aulas, de golpe, en uno de esos extraños oasis de quietud que se abren a veces en medio de una estampida, queda de frente a una pareja que se besa largamente contra una de las columnas de cemento del patio, el chico de espaldas a él, la chica de frente aunque casi tapada por la cabeza del chico, en cuya selva de rulos oscuros hunde los dedos de las dos manos y los mueve como serpientes voluptuosas. El cuarto de rostro que queda a la vista alcanza para hacerle saber quién es: conoce esa blancura, conoce esa ceja tupida cuyos pelitos, a medida que la ceja se ensancha, van separándose entre sí y arqueándose hacia un costado, como las primeras acróbatas de agua de la fila que se zambullen a la pileta de costado desde el trampolín. Conoce el modo en que los diminutos capilares de esa piel, cuando los arrebatan los besos, estallan en mil manchitas de rubor que después la avergüenzan y que esconde alzándose las solapas de un abrigo dos talles más grande. Ella lo ve, le sonríe mientras suelta una exclamación de asombro o de pudor, y él ve que el mocasín rojo cuya suela tenía apoyada contra el arco –típica indolencia de chica que besa para ensayar, posar, quizás para vengarse– va a reunirse rápidamente con el que permanecía plantado en el piso. Sin dejar de abrazarla, de aplastarla más bien contra la columna, el chico se da vuelta. Podría ser cualquiera, y en ese caso él sólo tendría ojos, como se dice, para la mata enrulada de su pelo, para constatar hasta qué punto el afro es un flagelo y ha llegado a todas partes. Pero no es cualquiera; es Monti, su mejor amigo. 29


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