HISTORIA MÍNIMA DE
Colombia
HISTORIA
MĂ?NIMA
DE
Colombia Jorge Orlando Melo
Título original: Historia mínima de Colombia © Jorge Orlando Melo, 2017 De esta edición: © Turner Publicaciones S. L., 2017 Diego de León, 30 28006 Madrid www.turnerlibros.com DR © El Colegio de México, A. C. Camino al Ajusco 20 Pedregal de Santa Teresa 10740 México, d. f. www.colmex.mx Primera edición: octubre de 2017 Reservados todos los derechos en lengua castellana. No está permitida la reproducción total ni parcial de esta obra, ni su tratamiento o transmisión por ningún medio o método sin la autorización por escrito de la editorial. isbn: 978-84-16714-07-0
Diseño de la colección: Sánchez / Lacasta Depósito Legal: M-24919-2017 Impreso en España La editorial agradece todos los comentarios y observaciones: turner@turnerlibros.com
ÍNDICE
Introducción I
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Los primeros habitantes Cazadores y recolectores (12000-3000 a.C.) La agricultura Cacicazgos y confederaciones (500 a.C.-1500 d.C.) Los grupos principales
19 19 21 23 29
II
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La España del descubrimiento
III
El descubrimiento del territorio colombiano y su explotación inicial: 1499-1550 La ocupación del interior y la creación de la Real Audiencia (1535-1550) IV
La Colonia: 1550-1810 La sujeción de los indios y la disminución de la población La economía colonial La minería y los ciclos del oro La ciudad y el campo Una sociedad jerárquica La administración colonial: audiencia y cabildos La defensa del reino El establecimiento del virreinato y las reformas borbónicas La ocupación del territorio y las regiones al final de la Colonia
39 45 53 53 59 67 70 73 78 80 84 92
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95 La Independencia inesperada: 1810-1819 El impacto de las revoluciones y la crisis española de 1808 95 98 Las juntas autónomas Las primeras constituciones y la Independencia absoluta 109 110 Centralistas y federalistas 112 La reconquista V
VI
La República de Colombia: 1819-1830 La creación de Colombia y los problemas constitucionales La liberación de los esclavos y la igualdad de los indios La crisis de 1827, la convención de Ocaña y la dictadura de Bolívar La disolución de Colombia La Nueva Granada y la aparición de los partidos políticos Los gobiernos de Santander, Márquez y Herrán Un clima de cambio La revolución del medio siglo
117 118 122 123 128
VII
V I I I La república federal
La crítica al modelo liberal de progreso Los éxitos del liberalismo La colonización Las comunicaciones La consolidación de la ciudad letrada IX
La república conservadora: 1886-1930 La Regeneración y los gobiernos conservadores Auge cafetero y desarrollo industrial El papel del Estado Las reformas educativas
131 132 135 137 147 149 152 155 158 159 167 167 179 182 183
ÍNDICE
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La agitación obrera Paz y violencia
185 189
X
La república liberal: 1930-1946 La revolución en marcha y la política de masas El problema agrario La pausa liberal El segundo gobierno de Alfonso López
197 201 202 204 208
XI
Violencia y dictadura: 1946-1957 El gobierno de Ospina Pérez y la violencia de partido El gobierno de Laureano Gómez y Roberto Urdaneta La dictadura militar
213 213 217 221
X I I El Frente Nacional: 1957-1974
231 232 236 238 243 244 248
Reformismo y parálisis El gobierno de Valencia La administración de Carlos Lleras: 1966-1970 Pastrana y el fin de la reforma agraria Los efectos políticos del Frente Nacional y la guerrilla El narcotráfico X I I I El regreso a los gobiernos de partido: 1974-1986
López y Turbay, y el auge guerrillero El gobierno de Betancur: negociaciones y rupturas Guerrilla y paramilitarismo: 1978-2002
251 251 255 259
X I V Entre la violencia y la paz: 1986-2016
265
El gobierno de César Gaviria, la Constitución y la búsqueda de la paz Samper y Pastrana: cuestionamiento moral y negociaciones generosas La reacción uribista Santos: una nueva negociación de paz
268 272 276 278
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XV
Los grandes cambios del siglo xx La urbanización acelerada Salud y crecimiento de la población La educación La situación de la mujer Los medios de comunicación Viajes, cartas y llamadas Diversiones y fiestas El hogar y la calle Arte y literatura Hacia una sociedad laica Ideas y creencias
283 283 286 289 292 299 303 306 310 311 314 317
A modo de conclusión: avances y problemas
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Bibliografía mínima
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Mapa 1. Grupos precolombinos y principales ciudades españolas, 1500-1570
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Mapa 2. Divisiones territoriales y principales ciudades, 1950
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INTRODUCCIÓN
Colombia está formada por regiones geográficas relativamente ais-
ladas y de difícil comunicación. La cordillera de los Andes, dividida en tres grandes ramas —oriental, central y occidental— atraviesa el país desde el sur hasta cerca del océano Atlántico. Estos ramales, que superan en algunos sitios los 4 000 metros de altura y van disminuyendo a medida que se acercan al mar, están rodeados de tres extensas planicies bajas, cubiertas de selvas tropicales: las llanuras del Pacífico, las de la Amazonia y la Orinoquia (en las que hay amplias zonas secas y de pastos naturales) y las de la costa atlántica. Dos grandes valles las separan: el del río Magdalena, entre la oriental y la central, y el del Cauca, entre la central y la occidental. El río Atrato conforma un tercer valle, separado del Pacífico por las serranías del Baudó y el Darién. Las cordilleras ascienden desde tierras bajas hasta nevados de más de 5 500 metros de altura y forman centenares de mesetas, altiplanicies y valles, que crean comarcas y ecosistemas variados. No hay estaciones: en el año hay por lo general un periodo de lluvias y uno seco, y la temperatura de cada sitio es estable y depende, ante todo, de la altura sobre el nivel del mar. La diversidad de climas, relieves y paisajes ha permitido una producción variada: las zonas bajas, cálidas, son aptas para cultivos como la yuca y la caña, mientras que en las tierras altas crecen la papa o el trigo. A la vez, las grandes dificultades de transporte para atravesar las cordilleras han limitado y orientado el movimiento de poblaciones y productos. Los habitantes, a lo largo del tiempo, establecieron comunidades bastante aisladas y autosuficientes, que no necesitaban intercambiar sus productos básicos, en especial alimenticios. La facili11
Mapa 1. Grupos precolombinos y principales ciudades espaĂąolas, 1500-1570.
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dad para producir lo esencial cerca y las dificultades de transporte se reforzaron entre sí. Durante los últimos tres siglos los dirigentes vieron esta diversidad natural como promesa de riquezas infinitas, en contraste con la pobreza de la población. Los pueblos que ocuparon la región hacia el año 12000 a.C. aprovecharon la abundancia de recursos y, entre 3000 a.C y 1000 d.C., se convirtieron en agricultores eficientes. La gran productividad de la agricultura indígena, centrada en yuca, maíz y papa, llevó a un alto crecimiento de la población, que para el año 1500 ocupaba ya casi todo el territorio. Esta población, al disponer de alimentos abundantes, formó decenas de comunidades que coexistieron más o menos en paz, con contactos ocasionales entre sí, sobre todo para el aprendizaje de técnicas y la obtención de esposas, así como para el intercambio de bienes escasos como la sal, la coca y algunos productos de lujo. No parece que hubieran sido frecuentes las guerras, aunque en el último milenio antes de la Conquista, y sobre todo entre 800 y 1500 d.C., la costa atlántica, así como los valles del Cauca y el Magdalena, con una densa población de agricultores, fueron ocupados por grupos que entraron en conflicto con los habitantes previos. Los españoles, al someter a los indígenas en el siglo xvi, establecieron ciudades donde había indios que pudieran trabajar y tributar, y minas que garantizaran riquezas. Fundaron Bogotá, Tunja o Popayán lejos de las costas y establecieron ciudades comerciales como Cartagena y Santa Marta en el Atlántico. Estas ciudades alejadas, unidas por un transporte deficiente, producían en su entorno los alimentos y productos básicos. Con un comercio limitado a algunos productos europeos, los contactos entre las regiones eran pocos y éstas vivían separadas, con una estructura de gobierno descentralizada y remota. En estos pueblos y ciudades se formaron orgullosas oligarquías de origen español, saturadas de rituales y ceremonias, confiadas en sí mismas y rivales de Bogotá y de las ciudades vecinas. Sus diferentes estructuras sociales, con proporciones distintas de población indígena, africana o española y diversos mestizajes, dieron pie a un fuerte regionalismo y a una débil identificación de los blancos y mestizos de una región con la estructura burocrática que los unía
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bajo la dirección de autoridades remotas. Aunque desde 1550 la Nueva Granada estuvo sometida a la Real Audiencia de Santafé, sus habitantes blancos y mestizos se sentían parte de su ciudad o provincia y de la monarquía española, pero no tanto del Nuevo Reino de Granada, una mera división administrativa. Por esto, cada vez que la capital trató de establecer una autoridad fuerte sobre el territorio, el localismo y el regionalismo se afirmaron y desde finales del siglo xviii hubo una tensión constante entre centralismo y regionalismo, que ha tenido gran peso en la historia del país. Desde el siglo xviii era evidente que las provincias y sus pueblos se veían como diferentes a las demás en hábitos, costumbres y rasgos culturales. Cada una se atribuía ciertas cualidades y defectos y hacía lo mismo con las demás. Los acentos eran distintos, las palabras y dichos, las comidas, los vestidos, las costumbres familiares, la composición étnica de los pueblos. Desde entonces hasta fines del siglo xx algunas regiones fueron caracterizadas, ignorando su diversidad interna, como independientes y rebeldes, y otras como sumisas o respetuosas de la ley; unas parecían destacarse por la voluntad de trabajo y la religiosidad y otras por el gusto por la música, la sensualidad y la diversión. Estas zonas fueron perdiendo su aislamiento desde fines de la Colonia y sobre todo después de 1830: la creación de una república independiente definió un espacio geográfico para la nueva administración, que fue más o menos el de las zonas sujetas desde 1550 a la jurisdicción de la Audiencia de Santafé de Bogotá. Aunque el patrón fundamental siguió siendo de comarcas aisladas, los esfuerzos administrativos trataron de vincular las distintas regiones en forma más intensa y unificar los valores y lealtades de la población. La búsqueda de un sistema político que reuniera los recursos y la solidaridad de las regiones produjo, desde 1810, un conflicto persistente entre “centralistas” y “federalistas” y fue una causa de las frecuentes guerras civiles del siglo xix, atribuidas por unos a la inexistencia de un poder central enérgico y, por otros, al irrespeto de las tradiciones de autogestión local y al intento de forzar sobre un país diverso un modelo autoritario y unificador. La apertura de vías de comunicación, la unión de las altiplanicies y valles andinos, donde vivía la mayor parte de la población,
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con el mar, se convirtió en una obsesión de los gobernantes y los grupos más ricos, interesados en enlazar el país con la economía mundial y ansiosos por desarrollar formas de vida más europeas, en una época en la que subir un piano o una caldera de vapor a Bogotá (en un buque de vapor por el Magdalena y después 150 kilómetros sobre una tarima al hombro de decenas de cargueros) era una proeza de ingeniería. Las vías de comunicación —los mejores caminos de mulas y los ferrocarriles— redujeron poco a poco los costos del transporte y permitieron un comercio interregional más activo, así como la exportación de nuevos productos agrícolas y artesanales. Todavía en el siglo xx el esfuerzo por crear una red de transporte eficiente consumió buena parte de los recursos del Estado. Del mismo modo, las autoridades promovieron la ocupación de los valles y vertientes de los Andes, llenando los vacíos que separaban regiones y ciudades. La ocupación entre 1870 y 1930 de estas vertientes, donde se expandió el cultivo del café, unificó el espacio y creó un mercado nacional incipiente. Ese mercado se consolidó, para el conjunto de la producción y en especial de la industria manufacturera, a mediados del siglo xx con el impacto acumulado del barco de vapor en el Magdalena, de las redes de ferrocarriles y carreteras y del avión. Al mismo tiempo siguió la colonización de frontera, que a partir de 1945 se concentró en zonas planas y selváticas, hasta convertir, como resultado de una nueva ampliación de la ganadería y de la agricultura comercial, los archipiélagos de población en un territorio que podía verse como un país unido. Las luchas políticas, que crearon dos grandes partidos nacionales, y las guerras civiles, que hicieron conocer a muchos reclutas regiones inesperadas, ayudaron a crear una visión más integrada del país y establecieron lazos entre personas de regiones distintas. La aparición de sentimientos de nacionalismo, que unieran después de la Independencia a los habitantes de toda Colombia, fue un proceso lento y que se consolidó apenas en el siglo xx, en parte como respuesta a ofensas externas —la pérdida de Panamá en 1903, el ataque peruano a Leticia en 1932, la percepción internacional de los colombianos como violentos y narcotraficantes en las dos últimas décadas del siglo— y en parte por el avance de un sistema escolar universal y de medios de comunicación modernos.
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La capacidad del Estado para ejercer su autoridad, en un país en el que las zonas pobladas eran islas en un mar deshabitado, fue limitada, y entre 1949 y hoy las guerrillas y el narcotráfico han usado como áreas de refugio zonas alejadas de los grandes centros urbanos. Muchos de estos sitios han sido sometidos poco a poco a la autoridad pública, en un contexto de rápida urbanización y gran migración del campo a la ciudad. Finalmente, a partir de 1991, se logró cierto equilibrio constitucional —inestable y poco eficiente pero real— entre los ideales de un Estado unificado y capaz de ejercer su autoridad en todo el territorio y el anhelo tradicional de autogobierno local. Un mercado integrado, un Estado más o menos obedecido en todo el territorio y un sentimiento nacionalista evidente se sumaron a fines del siglo xx para crear al fin un país unido, aunque menos homogéneo de lo que quisieron los héroes de la Independencia o los políticos del siglo xix. Sin embargo, la tensión entre lo regional y lo nacional sigue vigente: junto con algunos rasgos y valores comunes, tienen fuerza las lealtades y contraposiciones locales y la diversidad regional es notable. El español no se habla con “acento” colombiano sino con varios acentos regionales (costeño, paisa, pastuso, bogotano, opita, valluno, santandereano) y los rasgos regionales de las fiestas populares, el lenguaje, las comidas, se mantienen y en algo se acomodan a las tendencias unificadoras de la globalización. Las condiciones geográficas, que siguen teniendo importancia en la producción y el comercio —sobre todo por los costos del transporte a las poblaciones del interior, que ofrecen todavía protección a los productos locales pero frenan las exportaciones— han dejado de tener el impacto de otros tiempos. Más que el aislamiento y el localismo pesan hoy la distribución de la población y su concentración en grandes centros urbanos, la existencia irritante de áreas remotas sustraídas a la obediencia del Estado y las oportunidades derivadas de la diversidad natural y los recursos mineros. La población de este territorio ha variado mucho. Después de diez o doce milenios de lento crecimiento probablemente llegó a tener a la llegada de los españoles unos cinco millones de habitantes, una población muy numerosa en la época. La Conquista los redujo a un poco más de 1.2 millones en 1560 y a 600 000 habitantes ha-
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cia 1630, cuando comenzó a crecer nuevamente, para alcanzar otra vez a comienzos del siglo xx la población de 1500. Hoy viven en Colombia 48 millones de personas, en un poco más de un millón de kilómetros cuadrados, pero en el último medio siglo las tasas de crecimiento han caído y esa población tal vez nunca se duplicará otra vez. La geografía seguirá pesando en forma de sequías o lluvias más extremas, la desaparición de los glaciares de alta montaña, la elevación del nivel del mar, la reducción del tamaño de las selvas, el costo de la producción de energía derivada de fósiles o agua, el sol o el viento. Pero, como en el pasado, lo decisivo será la respuesta de la población, la forma en que, usando los recursos y técnicas disponibles, se adapte a las condiciones geográficas, producidas en gran parte por la acción humana misma.