1 Meira Esto está mal. Aún estoy escondida en la entrada de la mazmorra del Palacio Donati y ya percibo el cambio en Ventralli, como la oscuridad de una tormenta acercándose. Pero en lugar de quedarme a luchar con mi puñado de inverneños, los abandoné y seguí al hombre que va delante de mí. Y no tengo idea de quién es en realidad. Los guardias que hubieran estado apostados en la entrada de la mazmorra se han ido, atraídos por el caos que produjo Raelyn al tomar el poder del reino. Hay habitaciones a nuestra izquierda y derecha, lo suficientemente alejadas para que sus ocupantes no reparen en nosotros, pero bastante cercanas como para que alcance a espiar en su interior. Soldados que acorralan a los cortesanos en grupos contra las paredes doradas, sirvientes que lloran… Pero lo más aterrador son los que se quedan mirando sin hacer nada. Los que observan cómo los soldados blanden amenazas como espadas, declaran depuesto al rey Jesse, y a su esposa, Raelyn, reina de Ventralli,
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porque ahora ella tiene más poder, un poder que todos pueden usar: el poder que le dio el rey Angra de Primavera. —¿Está vivo? —¿Su magia es más fuerte que la de los Conductos Reales? —¿Así sobrevivió? Esas preguntas se elevan por encima de las amenazas de los soldados y se mezclan en mis oídos con el latido de mi corazón. —Angra ayudó a la reina ventrallina a deponer al rey. Él —comento, con la respiración entrecortada— ya tiene influencia sobre Cordell. Se apoderó de Otoño e Invierno e hizo asesinar al rey de Verano, y sin embargo, todo esto produce asombro en la gente, no miedo. El hombre al que vengo siguiendo (Rares, si realmente se llama así) me mira. —Es probable que Angra haya planeado esta conquista durante los tres meses que desapareció, de modo que su represalia no es tan rápida como parecería —responde—. Y tú, más que nadie, sabes lo fácil que es que la gente elija el asombro antes que el miedo. —¿Yo, más que nadie? —pregunto, sorprendida—. ¿Cómo puedes saberlo? —¿Realmente quieres hablar de eso ahora? —la cicatriz que recorre el lado derecho del rostro de Rares, desde la sien hasta el mentón, se arruga cuando entorna los ojos—. Antes que eso, tenía planeado al menos apartarnos de cualquier amenaza de muerte inmediata… Unas espadas entrechocan y un soldado grita desde el vestíbulo. Rares coge otro pasillo a toda velocidad sin esperar mi respuesta, con lo que debo apresurarme para seguirlo. 10
No debería estar siguiendo a un paisliano misterioso; debería estar ayudando a Mather a rescatar a los inverneños de la mazmorra. O pensando alguna manera de liberar a mi reino del golpe de Cordell. O salvando a Ceridwen de Raelyn. O buscando un modo de arrancar a Theron de las garras de la Decadencia de Angra. Vacilo, agobiada por mis muchas preocupaciones. Aunque siempre sospeché que la muerte de Angra había sido un engaño, nunca, ni en mis temores más delirantes, se me ocurrió que pudiera ser tan fuerte como para darles magia a quienes no tenían conducto. Pero el poder de Angra está manchado por la Decadencia, que se creó cuando no había reglas que vincularan la magia tan solo a los linajes reales. Mientras Rares y yo nos escabullimos de un pasillo a otro, veo con mis propios ojos los frutos de la magia de Angra. El Ventralli de luz y color que existía cuando llegamos aquí ya no existe, y lo ha reemplazado otro que se parece a las calles oscuras de Primavera. Los soldados marchan con los rostros tensos de ira, con movimientos decididos. Los cortesanos se apiñan en grupos temblorosos, asustados, con ojos dilatados y ansiosos por complacer a sus conquistadores. Nadie se resiste. Nadie llama a tomar represalia ni forcejea con los soldados. Esto es obra de Angra. Aunque en apariencia les ha dado solo a sus subordinados de mayor grado la capacidad de controlar la magia, como Raelyn cuando mató al rey de Verano. Las personas que pueblan los pasillos simplemente parecen atontadas, afectadas por algo que las sobrepasa, como si todas se hubieran embriagado con el mismo vino malo. 11
Esto es lo que Angra está creando: un mundo de poder infinito, donde todos están poseídos por una magia que los vuelve dóciles, dominados por sus emociones más profundas y oscuras. ¿Cómo puedo detenerlo? ¿Cómo puedo salvar…? Me carcome la pregunta que le planteé a mi magia de conducto, y me retrotrae a aquel momento, cuando estaba corriendo por las calles de Rintiero con Lekan y Conall. Lo que más me preocupaba entonces era tratar de impedir que Ceridwen asesinara a su hermano, hallar la manera de forjar una alianza con Ventralli, y encontrar a la Orden de los Lustrados y sus llaves para impedir que Cordell ingresara al barranco mágico. Luego formulé esa pregunta: ¿cómo puedo salvarlos a todos?, y la respuesta se me grabó a fuego en el alma. Sacrificando un Conducto Real y devolviéndolo a la fuente de la magia. Pero el conducto de Invierno soy yo. Toda yo. Gracias a mi madre. Rares tira de mí para ocultarme tras una planta momentos antes de que un grupo de hombres salga corriendo de una habitación que está un poco más adelante. —Ahora no —susurra. Busca algo en su camisa y saca una llave que pende de una cadena, la misma que me mostró en la mazmorra: la última llave del barranco de magia en la Mina Tadil—. Ya me encontraste. Encontraste a la Orden de los Lustrados… y sí, te ayudaremos a derrotar a Angra y a acabar con todo esto. Pero antes, debemos salir de aquí con vida. Sus palabras me ofrecen el consuelo que tanto necesito; tanto, de hecho, que solo cuando él vuelve a lanzarse por el pasillo me pregunto… ¿cómo supo que estaba preocupada? 12
No importa. Trago en seco, decidida. Voy a hacer esto. Voy a averiguar lo que pueda de la Orden y a aprovechar ese conocimiento: me enfrentaré a Angra en batalla y lo destruiré a él y a su magia… o le quitaré las llaves, entraré al barranco por la Mina Tadil y destruiré toda la magia de la única manera que sé hacerlo. Como sea, eso es lo que tengo que hacer. Angra es demasiado fuerte; necesito ayuda, y la Orden de los Lustrados es el único recurso que conozco que podría ayudarme a dominar mi magia del mismo modo imbatible que Angra. Rares me lleva a una cocina donde no hay nadie, llena de gruesas mesas de madera, fogones encendidos y comida abandonada por sirvientes que seguramente estarán escondiéndose del frenesí de la ocupación. Saca un odre y lo llena de agua con una bomba que hay en un rincón. —¿Quién eres? —logro preguntar por fin. Señala un grupo de cuchillos que hay sobre una encimera. —Ármate. —¿Con cuchillos de cocina? No se detiene. —Una hoja es una hoja. Puede herir de todos modos. Frunzo el ceño pero me cargo algunos cuchillos en el cinturón. Aún llevo la funda vacía contra la espalda; mi chakram quedó en el salón de baile. En el pecho de Garrigan. Me aferro al borde de la encimera. Una mano me coge del hombro y, cuando levanto la vista, Rares está observándome. —Me llamo Rares. En eso no te mentí —responde—. Rares Albescu de Paisly, líder de la Orden de los Lustrados. Echa un vistazo por encima de mi hombro hacia la puerta de la cocina que conduce al interior del palacio. Se 13
oyen pasos que se acercan, y sé que tendremos que huir antes de que pueda explicarse más. —Te lo contaré todo —promete—. Pero primero debemos ponernos a salvo… en Paisly. Angra no puede seguirnos allí. —¿Por qué no? —me doy la vuelta hacia Rares—. ¿Qué está planeando… por qué esto…? Rares me interrumpe con un apretón en el hombro. —Por favor, Majestad. Es el lugar más seguro para todo lo que debo mostrarte, y prometo que te lo contaré todo apenas pueda. —Meira —lo corrijo. Si voy a arriesgar la vida por el futuro previsible, que se dirija a mí como yo quiero. Rares sonríe. —Meira. Vamos hacia la otra puerta de la cocina, la que da a un jardín. Rares empieza a salir con cautela, y siento una última punzada de remordimiento por marcharme. Al irme con él, estoy ayudando, sí; la Orden de los Lustrados es mi mejor oportunidad de detener a Angra… pero aun así siento que estoy escapando. Rares se da la vuelta. —No puedes salvarlos a todos si te quedas. No es el primero que me dice eso: No puedes salvarlos a todos; tu prioridad es Invierno. En voz bien alta: Sir. El dolor se me clava como un puñal. Mather me comunicó la muerte de Alysson, pero ¿y Sir? ¿Sobrevivió al ataque cordellano a Jannuari? ¿Y el resto de Invierno? ¿En qué condiciones se encuentra mi reino? No puedo pensar que Sir esté muerto. Tiene que estar vivo, y si lo está, estará haciendo todo lo posible por mantener unido a Invierno. 14
Vuelvo a oír lo que dijo Rares y me doy cuenta del significado exacto de sus palabras, y empiezo a ver todos los aspectos en los que difiere de Sir. Rares tiene los ojos más grandes, la piel más oscura, las manos con más cicatrices por años de lucha. Y más que nada, veo en Rares algo que jamás vi en Sir: algo que hizo que Rares añadiera las tres palabras que cambiaron el sentido de esa oración. “No puedes salvarlos a todos si te quedas”. No es un fin. Es una elección. —¿Quién eres? —vuelvo a preguntar, en un susurro. Rares sonríe. —Alguien que lleva mucho tiempo esperándote, querida. Poco después de que salimos del complejo del palacio, se oye el sonido de un cuerno bajo el cielo gris brumoso. Han descubierto mi desaparición. Lo cual significa que encontraron a Theron, encadenado a la pared, y a Mather y los demás… No. Mather no permitiría que le ocurriera nada a nadie que estuviera a su cuidado. No porque yo le haya ordenado que los cuidara, sino porque él siempre ha sido así: un hombre que, aun habiendo perdido el trono, encontró la manera de ser líder. El modo en que lo miran sus Hijos del Deshielo, con la lealtad sin cuestionamientos que gana alguien nacido para liderar… Es la única persona en mi vida que es absolutamente capaz de espabilarse solo. ¿Y Theron? La pregunta me hace trastabillar mientras Rares y yo corremos en nuestra huida de la ciudad, nos escabullimos en15
tre dos edificios relucientes y ladeados y nos internamos en el bosque frondoso con el que limita Rintiero al norte. Esa pregunta. No fui yo. Sonó casi como… Paro en seco, y Rares da algunos pasos más hasta que se da cuenta de que me he detenido. Pero la voz que oigo en mi cabeza me tiene cautiva, y me aprieto las sienes. Un destino terrible, ¿no es así, ser parte de la misma magia? Si tan solo fueras más fuerte… Se me nubla la vista hasta que no veo otra cosa que el rostro de Angra en mi mente. —¡No! —grito; se me doblan las piernas y caigo de rodillas en la tierra húmeda. Angra oyó mis pensamientos cuando los dos estábamos en el salón de baile de Donati, pero ahora no está cerca de mí. ¿Cómo puede hablarme, por dentro? Yo debería poder impedírselo… Pero no puedes impedírmelo, ¿verdad, Alteza? Mis soldados van a por ti. El Invierno se acabó. Llegó la Primavera. Me salen solo dos palabras en respuesta. ¿Por qué? No es la primera vez que lo pregunto; lo hice en el salón de baile del Palacio Donati, en medio de la matanza, rodeada por la cabeza del rey de Verano y los cadáveres de Garrigan y Noam. Pero la única respuesta que obtuve fue la razón por la cual Angra buscaba destruir las minas de Invierno: porque teme que la magia pura de conducto se oponga a su Decadencia, y por eso pasaba cada momento que podía trabajando para contrarrestar esa amenaza. Por eso había atacado Invierno durante tanto tiempo; por eso atacaba a quienquiera que intentara abrir el barranco. Pero lo que ahora pregunto ni siquiera es una pregunta consciente: es un gemido en la oscuridad mientras su rostro ocupa toda mi mente. 16
¿Por qué está ocurriendo esto…? He visto cómo asesinaban a mis amigos por esta guerra. He visto a mi reino arder por esto. Ahora estoy huyendo, y al cabo de todos estos años, aún no sé por qué. ¿Qué es lo que quiere? Unas manos cubren las mías, que me agarran la cabeza. Abro los ojos. La magia se extiende por mis extremidades, refrescante, profunda y pura, y convierte mi miedo en conmoción. Rares está infundiéndome su magia. Su rostro se tensa, y la frente se le cubre de gotas de sudor. —¡Resístete a él! Mi corazón sabe que no tengo por qué someterme a la magia de Rares, que no debería someterme a él, pero todo lo demás en mí quiere hacerlo, y el miedo y el pánico se enroscan como un látigo que me desgarra las entrañas. ¡Resiste! Me obligo a mantenerme abierta a la ayuda que Rares pueda ofrecerme. Una sacudida me hace volar hacia atrás. Doy de lleno contra el suelo, las hojas se me adhieren a la ropa y me zumba la cabeza como si alguien hubiera tañido una campana dentro de mi cráneo. Veo que los labios de Rares forman mi nombre. —Tú… —creo que digo—. ¿Qué has…? Siento un fuerte dolor detrás de los ojos y me cuesta un gran esfuerzo no vomitar sobre la maleza mojada. Pero Rares vuelve a apoyar su mano en la mía, aun cuando lo miro con ira en medio del dolor inmenso que me hace verlo todo en un fuerte tono escarlata. 17
Ahora descansa, dice una voz. No es Angra… es la voz de Rares, en mi cabeza. Descansa, y confía en mí. ¿Que confíe en ti? ¿Qué has hecho? ¡No me has dicho nada! Pero aunque trato de resistirme, llega la inconciencia y me apacigua como los aromas tentadores de un banquete. Soy consciente solo a medias de que Rares me levanta, y del vaivén mientras corre por el bosque conmigo en brazos. Te pareces más a Sir de lo que creí, son mis últimas palabras antes de que todo quede en la oscuridad.
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