LAS MIL CARAS DE ANONYMOUS Hackers, activistas, espías y bromistas
Gabriella Coleman
Traducción de Gerardo Di Masso
Índice
introducción: «Y ahora habéis captado nuestra atención» 1. sobre trols, embaucadores Y el lulz
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2. proYecto chanologY: vine por el lulz pero me quedé por la indignación
3. las armas de los geeks
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4. el disparo que resonó en todo el mundo 5. anonYmous en todas partes
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6. “moralfaggotrY” en todas partes 7. la venganza del lulz 8. lulzsec
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9. antisec
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10. el deseo de un secreto es ser revelado 11. el sabutaje
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conclusión: AurorA
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epÍlogo: el estado de anonYmous Agradecimientos
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Nota sobre las fuentes Nota del traductor Notas
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introducción: «Y ahora habéis captado nuestra atención» El 29 de julio de 2007, una entidad autodenominada Anonymous —desconocida en aquel momento para todo el mundo excepto para los más eruditos cibernautas— colgó un vídeo en YouTube. En él, una nota musical digital, metálica, resuena mientras un hombre sin cabeza y vestido con traje aparece sobre un fondo blanco. Una voz masculina comienza a hablar a través de la interferencia: «Querida Fox News», entona la voz.1 El programa de noticias había dedicado en fecha reciente un segmento completo a un grupo al que describía como «La Máquina del Odio de Internet», un título que el colectivo adoptaría posteriormente como lema honorífico. Para un colectivo que disfruta con el engaño y la astucia, esbozar una simple sonrisa y desmentir semejante información pública hubiese significado perder una excelente oportunidad. Y por esa razón, la voz de Anonymous, grave e inquietantemente lenta y pesada, continúa: «El nombre y la naturaleza de Anonymous han sido devastados, como si se tratara de una prostituta en un callejón, y exhibidos luego ante la opinión pública. Permitidme que lo exprese de una manera muy simple: os habéis equivocado totalmente sobre quién y qué somos... Somos todos y no somos nadie... Somos el rostro del caos y los heraldos del juicio. Nos reímos ante la tragedia. Nos burlamos de los que sufren. Arruinamos las vidas de los demás simplemente porque podemos... Un hombre descarga su agresividad con un gato, nos reímos. Cientos de personas mueren en una catástrofe aérea, nos reímos. Somos la encarnación de una humanidad sin remordimiento, sin cariño, sin amor y sin sentido alguno de la moralidad.» El vídeo concluye, «ahora... habéis captado... nuestrA atención». Ellos sin duda captaron la mía. Poco después de la publicación del vídeo, me vi inmersa en un proyecto de investigación de varios años sobre ese colectivo del que solo ahora he conseguido salir (este libro es la expresión monumental de esa lucha). El vídeo pretendía satirizar la caracterización hiperbólica que Fox News hacía de Anonymous como los máximos proveedores de bromas pesadas y troleo en Internet, «hackers chutados de esteroides», como les
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había denominado la Fox. Y, sin embargo, los sentimientos de miedo y el estilo escalofriante del vídeo plasmaron a la perfección el lado más aterrador de los trols. En lugar de desmentir el retrato ridículamente unidimensional de Fox News, el vídeo vino a confirmarlo plenamente, aunque solo, por supuesto, para aquellos que no estaban en el ajo. Este doble significado refleja en una palabra el humor macabro de Anonymous (el lulz, lo llaman ellos). El lulz —un humor descarriado y un estado cuasi místico— ha evolucionado con Anonymous desde el principio, como veremos más adelante. Hubo un tiempo en el que difundir el caos del lulz era todo lo que parecía interesarle a Anonymous. Pero poco después de la aparición de este vídeo paródico y grandilocuente, Anonymous se hallaba en el centro de centenares de “operaciones” políticas, llegando a representar, incluso, una parte esencial de algunas de las luchas políticas más complejas de nuestra época. En solidaridad con los manifestantes tunecinos, en enero de 2011 Anonymous hackeó los sitios web del gobierno de Túnez; meses más tarde, el colectivo de indignados del 15-M español proyectó sobre un edificio de la Puerta del Sol la firma icónica colectiva representada por la máscara de Guy Fawkes; y miembros de Anonymous difundieron algunos de los primeros llamamientos a ocupar Wall Street. Para entonces, el colectivo ya se había convertido en una fuerza política y social mediante una serie de operaciones que siguen siendo algunas de sus acciones más memorables. En 2008, partidarios de una nueva orientación para Anonymous desafiaron a la Iglesia de la Cienciología después de que la conflictiva organización intentase censurar un famoso vídeo grabado por Tom Cruise. Originados por la gracia de lulz, los Anons descubrieron tanto su poder para impactar en las luchas globales como el placer que esos compromisos podían reportarles. Dos años más tarde, en diciembre de 2010, Anonymous se hizo todavía más conocido a raíz de la “Operación Vengar a Assange”. Iniciada por AnonOps, uno de los nodos más militante y prolífico del colectivo, muchos Anons participaron en una acción digital directa mediante una campaña de denegación de servicio distribuido (DDoS). Esta táctica, que interrumpe el acceso a las páginas web inundándolas con oleadas de solicitudes, iba dirigida contra las instituciones financieras que se habían negado a procesar las donaciones a WikiLeaks, incluidas PayPal y MasterCard. Con cada operación, Anonymous se envalentonaba aún más. Aun así, incluso después de que Anonymous se alejase del incontrolable pandemonium de troleo para participar en la esfera política mundial, cada vez que la gente examinaba sus intervenciones activistas —ya fuese en una protesta callejera o a través de una intrusión informática de alto nivel— parecía surgir siempre la misma pregunta: ¿actúan Anonymous y sus partidarios
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disidentes impulsados por principios? ¿O se trata simplemente de unos críos que se dedican a joder en Internet como trols pasados de lulz? Esta confusión es perfectamente comprensible. Más allá del compromiso fundacional de mantener el anonimato y de una generalizada dedicación al libre flujo de información, Anonymous carece de una filosofía consistente y de un programa político. Si bien se le reconoce cada vez más por su disidencia digital y su acción directa, Anonymous nunca ha exhibido una trayectoria previsible. Dado que la ascendencia de Anonymous se encuentra en el ocasionalmente humorístico, a menudo ofensivo y a veces profundamente invasivo mundo del troleo en Internet —cuya lógica básica parece ser, al menos a primera vista, un terreno inhóspito para el cultivo de sensibilidades comprometidas y empeños politizados—, resulta sorprendente que su nombre se convirtiese de entrada en un estandarte aprovechado por los activistas políticos.
del troleo a los inadaptados del activismo Cuando analizamos los orígenes de Anonymous, el amplio despliegue tanto de la máscara de Guy Fawkes —su principal seña de identidad— como de las ideas que acabó vehiculando entre los manifestantes de la Plaza Tahrir, en El Cairo, o de la Puerta del Sol, en Madrid, parece absurdo. Antes de 2008, el apodo Anonymous se utilizaba casi exclusivamente para definir aquello que un Anon describe como Internet motherfuckery (“la mala leche de Internet”). Nacido en los foros del arbitrario tablón de imágenes /b/ de 4chan (considerado a menudo como “el retrete” o “el ano” de Internet), Anonymous era entonces sinónimo de trolear: una actividad cuyo objetivo es arruinar la reputación de personas y organizaciones y revelar información personal y embarazosa. Los trols tratan de amargarle la existencia a la gente mediante la difusión de contenido siniestro o perturbador, provocando polémicas o generando confusión. El caos suscitado por estos encendidos conflictos se puede generar usurpando identidades, creencias y valores simplemente por su potencial dañino, invadiendo foros en línea con spam o pidiendo centenares de pizzas, taxis e incluso equipos de los GEO para que acudan a un domicilio específico. Cualquiera que sea la técnica empleada, a los trols les gusta decir que hacen lo que hacen por el lulz, un animado pero a menudo malintencionado estilo de humor que deriva de LOL.* Una de las primeras incursiones de troleo protagonizada por Anonymous —una acción épica hasta el día de hoy— colocó en el punto de mira a Habbo * LOL es un acrónimo inglés que significa Laughing out loud, que se traduce como “reírse en voz alta o a carcajadas”. (N. del t.)
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Hotel, una plataforma virtual cuyo eslogan reza efusivamente, «¡Haz amigos, únete a la diversión, hazte notar!». Pensada para adolescentes, esta plataforma finlandesa anima a los visitantes a crear avatares de lo más cursi, estilo Lego, que pueden relacionarse entre sí y personalizar las habitaciones del hotel con “furni”.* El 6 de julio de 2006, Anonymous se conectó al sitio de forma masiva, presentándose todos sus miembros como hombres negros vestidos con trajes grises y llamativos peinados afro. Al navegar de esa manera, fueron capaces de congregarse colectivamente formando esvásticas humanas y piquetes, impidiendo ambos que los miembros más asiduos de Habbo —principalmente niños—, pudieran acceder a la piscina del hotel. Cualquiera que intentase comprender la situación era informado por los personajes bigotudos de que la piscina estaba cerrada «debido a una avería y al SIDA». Un par de años después de las primeras incursiones en Habbo, y apenas seis meses después de haber sido etiquetados como «la Máquina del Odio de Internet», algunos Anons comenzaron a utilizar el nombre y cierta iconografía asociada —en particular hombres sin cabeza vestidos con trajes negros— para coordinar protestas políticas. Esta sorprendente metamorfosis surgió de lo que muchos consideran una de las provocaciones más épicas de Anonymous: desafiar a la Iglesia de la Cienciología. «De un modo nunca visto antes», destacó uno de los participantes en las incursiones, «la gran comunidad de Anonymous se unió para soltar una copiosa carga de “Que te jodan” sobre todo el imperio del culto de la Cienciología».2 Impulsados por el lulz —por el deseo de liberar una avalancha de travesuras hilarantes y aterradoras— miles se subieron al tren del trol, bautizado “Proyecto Chanology”, para lanzar ataques DDoS a los sitios web de la Cienciología, encargar pizzas y prostitutas para iglesias de la Cienciología repartidas por toda Norteamérica, enviar por fax imágenes de partes de cuerpos desnudos a las iglesias e impulsar un aluvión de bromas telefónicas, especialmente dirigidas contra las líneas directas de la Dianética, destinadas a ofrecer consejos con respecto a «la primera tecnología realmente viable de la mente». Al igual que había sucedido con la mayoría de las incursiones anteriores, muchos esperaban que este copioso “Que te jodan” seguiría su curso y se agotaría tras unos cuantos días de travesuras lúdicas y brutales. Pero un corto vídeo realizado por un pequeño grupo de participantes —creado solo para el lulz— provocó un serio debate en las bases de Anonymous. El citado vídeo “declaró la guerra” a la Iglesia: «Por el bien de vuestros seguidores, por el bien de la humanidad —y para nuestro propio entretenimiento— procederemos a expulsaros de Internet y desmantelaremos sistemáticamente la * Objetos virtuales que componen el mobiliario de Habbo, furniture, que sirven para decorar las salas. (N. del t.)
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Iglesia de la Cienciología en su forma actual.»3 Esta irónica declaración de guerra incitó a la gente a debatir y luego la catapultó a las calles. El 10 de febrero de 2008, más de siete mil personas en 127 ciudades se manifestaron protestando por los abusos contra los derechos humanos y los actos de censura practicados por la Iglesia de la Cienciología. Por lo tanto, Anonymous pasó (según le explicó más tarde a mis alumnos un Anon participante) de las “cabronadas ultracoordinadas” a la difusión de hechos incriminatorios relacionados con la Cienciología. También forjó vínculos con una generación más vieja de disidentes que hacía tiempo que difundía los abusos cometidos por la Iglesia. El troleo había dado paso a un serio empeño activista, como si Anonymous hubiese emergido de su santuario en la red decidido a mejorar el mundo. Durante los dos años siguientes, algunos miembros de Anonymous apadrinarían a subgrupos de activistas ajenos y muchos participantes llegaron a identificarse como activistas de buena fe, si bien con un toque transgresor. Muchas de las acciones protagonizadas por Anonymous, como la creación de vídeos publicitarios convertidos en una institución vernácula en sí mismos, son absolutamente legales. Pero hay un subconjunto de tácticas —especialmente los ataques DDoS y los hackeos— que son ilegales. Actos criminales bajo cualquier circunstancia, al menos en Estados Unidos. Los funcionarios del gobierno han realizado numerosos intentos de etiquetar sus actividades bajo el término genérico de “guerra informática” —para perseguir en consecuencia a sus participantes. El ejemplo perfecto de esta maniobra se dio el 21 de febrero de 2012, cuando el Wall Street Journal publicó que el general Keith Alexander, entonces director de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos (NSA), había suministrado información a funcionarios de la Casa Blanca en el transcurso de reuniones secretas. El general Alexander afirmó que Anonymous «en uno o dos años podría tener la capacidad de provocar un apagón eléctrico limitado mediante un ciberataque».4 Mientras el artículo del Wall Street Journal rebotaba por las redes sociales, surgieron algunas preguntas. ¿Acaso esta afirmación le parece creíble a alguien? ¿Qué significa exactamente “capacidad” de provocar un apagón? De ser verdad esta afirmación, ¿cuál sería una respuesta apropiada? Es improbable que alguna vez lleguemos a saber si esa afirmación de la NSA se basaba en información fiable o si se trataba simplemente de ensuciar y desacreditar a Anonymous. En cualquier caso, la afirmación del general Alexander consiguió, al menos momentáneamente, presentar a Anonymous como una amenaza semejante a la de los yihadistas islámicos en la actualidad o a la del bloque comunista en tiempos pasados. En última instancia, el mensaje no resultó convincente. Que se sepa, Anonymous, con todas sus diversas tácticas —tanto legales como ilegales,
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online y offline— nunca ha llamado públicamente a hacer semejante ataque. Y no existe ninguna prueba que sugiera que hayan contemplado esa idea. Poner en peligro vidas humanas nunca ha sido un tema de debate entre sus miembros, ni siquiera durante las más atropelladas conversaciones de salas de chat y foros. Las noticias posteriores citaban a activistas y expertos en seguridad que rechazaban las afirmaciones de la NSA, calificándolas de “información alarmista”.5 A pesar de que una táctica de esta naturaleza sería absolutamente impropia de Anonymous, la relación del grupo con la opinión pública sigue siendo ambivalente. Los métodos practicados por Anonymous son a veces subversivos, a menudo rencorosos, en general imprevisibles y con frecuencia desdeñosos de la etiqueta o la ley. Tomemos el ejemplo del “doxeo”: la filtración de información privada —números de la Seguridad Social, direcciones particulares o fotografías personales— constituye un vacío legal, porque parte de la información revelada se puede encontrar en sitios web de acceso público. En realidad, una sola operación de Anonymous puede integrar las tres modalidades —tácticas legales, ilegales y legalmente dudosas— y, si alguien tiene la oportunidad de incorporar el lulz a una operación, lo hará. Un ejemplo perfecto es la Operación BART, que se llevó a cabo en agosto de 2011. Anonymous entró en acción cuando los funcionarios del Distrito de Tránsito Rápido del Área de la Bahía de San Francisco (BART) intentaron desactivar la recepción de telefonía móvil en los andenes de la estaciones con el propósito de impedir una marcha convocada para protestar por la brutalidad policial. Los activistas locales habían convocado una manifestación de protesta contra el tiroteo que acabó con la vida de Charles Hill, un pasajero desarmado. Poco después, indignados por la intromisión de las autoridades en un acto de expresión democrática, algunos Anons ayudaron a organizar manifestaciones callejeras. Un par de personas hackearon los ordenadores de BART y divulgaron datos de sus clientes con el fin de captar la atención de los medios de comunicación. Alguien encontró también una fotografía picante, en la que el portavoz oficial de BART, Linton Johnson, aparecía semidesnudo en su web personal. La foto fue reeditada en el sitio web “bartlulz” acompañada de esta impúdica reflexión: «si vas a ser un capullo con el público, seguro de que no te importará mostrarle la polla».* En ocasiones tímidos y traviesos, a veces serios y estimulantes, a menudo todo a la vez (como la OpBART demostró perfectamente), aún a día de hoy estos activistas embaucadores están motivados por un anhelo colectivo de gamberradas y de lulz. * Juego de palabras con el término dick en sus acepciones vulgares de capullo y polla. (N. del t.)
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«lo hice por el lulz» ¿Acaso la adopción permanente de la cultura de las travesuras en Internet, del lulz, significa que llevar a cabo una investigación sobre Anonymous es un asunto alegre y desenfadado, la esencia de una diversión antropológica? Buscando información sobre la sorprendente metamorfosis de Anonymous —de inadaptados del troleo a inadaptados del activismo—, inicié en 2008 un estudio antropológico sobre el grupo. Al principio, mi investigación era sencilla, directa y ligera. Acudía a las protestas y seguía los debates en los foros virtuales y en Internet Relay Chat (IRC), una de las aplicaciones de comunicación más importantes para Anonymous (y muchos otros geeks y hackers). En 2011, cuando Anonymous comenzó a desarrollar más tentáculos y los activistas pusieron en marcha docenas de operaciones políticas, este proyecto hasta entonces secundario se convirtió en mi vida. Durante más de dos años estuve permanentemente conectada online un mínimo de cinco horas diarias, luchando por mantenerme al día respecto de todas las operaciones que se llevaban a cabo de forma simultánea, algunas de las cuales se me ocultaban debido a su naturaleza clandestina. Investigar a Anonymous era como seguir un hilo a través de un sendero sinuoso y oscuro sembrado de rumores, mentiras, secretos y la macabra realidad de espías e informadores. El viaje ha estado marcado por vertiginosos estremecimientos, decepcionantes callejones sin salida y contorsiones morales, donde dilemas éticos en apariencia insolubles coexisten tranquilamente con ejemplos inequívocos de sacrificio y riesgo inspiradores. Más allá de las consecuencias derivadas de sus acciones, la propia estructura organizativa de Anonymous parecía igualmente intrincada y desconcertante. Con el tiempo algo quedó claro: Anonymous no era un simple laberinto, con una estructura y una ruta de escape que se revelaban a vista de pájaro; Anonymous era un laberinto mucho más complicado y enredado. No se trataba de un laberinto estático como el que Dédalo construyó en Creta para alojar al Minotauro. Era un mecanismo infinito que operaba un hermético bucle recurrente en el que los laberintos creaban laberintos que creaban laberintos. A pesar de las dificultades a las que tuve que enfrentarme cuando atravesaba este laberinto, poco a poco llegué a conocer a Anonymous, y él a mí, en ocasiones a nivel personal. En mi calidad de antropóloga, observé, escuché, entrevisté, debatí, interrogué y presioné. En algunos momentos incluso participé, siempre que mi contribución fuese legal. Mis tareas eran diversas: revisar manifiestos, enseñar a los periodistas cómo encontrar a Anonymous y corregir la información errónea. Mi nivel de participación estaba limitado por barreras autoimpuestas y externas. El imperativo antropológico exige cierto grado de distancia, al
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tiempo que nos obliga a indagar en niveles más profundos. El truco consiste en integrar e ir más allá de la versión de los hechos que proporcionan los participantes. Yo simpatizaba con muchas de las causas y tácticas de Anonymous, pero no con todas ellas. Los dilemas morales de índole diversa creaban una distancia crítica. A causa de la naturaleza ilegal de algunas de sus actividades, determinadas áreas me estaban vedadas. Esto era mejor para Anonymous y para mí. Más tarde, después de los arrestos y las condenas, pude enterarme retrospectivamente de algunas acciones ocultas realizadas por el colectivo. Con el predominio de las tácticas activistas en un nuevo grupo de Anons, hacia el verano de 2011, los desafíos cambiaron. Anonymous comenzó a desafiar a empresas de la lista Fortune 500 y a los contratistas militares en materia de defensa. Hackers mercenarios doxearon a Anons, revelando sus identidades a las autoridades policiales mediante la publicación de nombres legales, fotografías personales y domicilios. Algunos Anons empezaron a filtrar información sensible, clasificada o humillante. Entonces el FBI decidió intervenir. No importa cuánto lulz inyectase Anonymous en una operación: el humor no podía detener la propagación de un doloroso malestar entre los miembros y observadores del colectivo. De modo que, aunque a menudo mi investigación sobre Anonymous resultase emocionante, y sin duda siempre una aventura, a la larga hizo que me volviese paranoica. Era una profunda sensación de paranoia, que planeaba sobre todas las cosas, como una perturbación barométrica antes de la llegada de un tornado. Me parecía justificada, pero quizá fuese por causa de la propia paranoia. Mientras llevaba a cabo mi investigación sobre Anonymous, tenía que mantener a los agentes de la ley alejados de mí y de mis datos. Cruzar una frontera representaba días de preparación para poner mis notas a buen recaudo y montar un ordenador de viaje seguro. El interrogatorio por parte de las autoridades siempre me parecía inminente. No me planteaba si los tíos del FBI me harían una visita, sino cuándo la harían. Me mantenía en guardia para proteger mis fuentes. Recordaba a los Anons que debían tener cuidado con lo que me contaban. Nunca participaba en sus canales privados cuando planeaban operaciones ilegales. A ojos del gobierno, yo me escondía estando a la vista de todos. No era una persona anónima en absoluto, esa era la ironía: pronunciaba conferencias sobre Anonymous, me entrevistaban periodistas continuamente y hablaba a menudo sobre Anonymous en programas de radio y televisión. En mi condición de profesora y académica de una importante universidad americana, era una persona fácil de localizar. En ocasiones, hasta altos ejecutivos de algunas de las empresas más poderosas del mundo se ponían en contacto conmigo, llamándome personalmente con la esperanza de que
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pudiese ofrecerles alguna información sobre un colectivo al que muchos de ellos habían llegado a temer. Una pesadilla recurrente me persiguió durante años. Agentes del servicio secreto aporreaban mi puerta. Yo me despertaba súbitamente y me sentaba en la cama con el corazón desbocado: «Están aquí.» Era como Poltergeist, excepto que la cama no se sacudía y la posesión satánica desaparecía tan pronto como me sentaba sobre el revoltijo de sábanas. Un día de 2012 despejé los restos de mi turbulento sueño con una taza de café bien cargado, dejando la pesadilla en un segundo plano para otro día. Con el cerebro plenamente en marcha caí en la cuenta de que ese día, 19 de abril, los papeles se invertirían: hoy sería yo quien llamaría a las puertas del Servicio de Inteligencia y Seguridad del Canadá (CSIS), el equivalente canadiense de la CIA. Con una mezcla de inquietud, ambivalencia y curiosidad, había aceptado la invitación del CSIS para dar una conferencia sobre Anonymous. Fui para descubrir qué era lo que el CSIS pensaba de Anonymous. ¿Los consideraban una amenaza terrorista, una banda de activistas alborotadores/fanáticos, o algo completamente distinto? Mi agenda secreta era comprobar su reacción al lulz: ¿podía una agencia responsable de la seguridad nacional llegar a percibir el humor de Anonymous? Para averiguarlo, preparé una simple prueba de fuego del lulz. El cuartel general del CSIS se encuentra en las afueras de Ottawa, la capital de Canadá, instalado en un gran edificio de aspecto anodino, de color crema con detalles verde turquesa. Llegué sola, en taxi, abrumada por pensamientos en los que se mezclaban Orwell, Brazil, Huxley, Kafka y la vigilancia omnipresente de Bush/Obama. Me pregunté, «¿qué estoy haciendo aquí? ¿Qué acecha agazapado tras los muros de la agencia de espionaje de Canadá? ¿Podía ser tan horrible como lo imaginaba? ¿Tiene esta gente salas de vigilancia de alta tecnología como en Minority Report? ¿Llevan a cabo experimentos psicológicos en salas de interrogatorio esterilizadas, revestidas de acero inoxidable?» Mientras me ajustaba un traje de mujer de negocios que no me quedaba nada bien, me obligué a pensar que allí dentro encontraría aburridos cubículos de oficina con gente que hacía un trabajo rutinario y convocaba reuniones en monótonas salas de conferencias con teléfonos con altavoz en el centro de las mesas. Quizás en la puerta de la nevera de la sala de descanso había pegada una nota pasivo-agresiva porque alguien se había comido todos los timbits* reservados para la fiesta de despedida que se celebraría más tarde. O encima del lavabo una nota manchada de agua con las palabras, «¡Tu madre no trabaja aquí, tendrás que limpiarlo tú!». Todo irá bien, me dije. *
Pequeños donuts en forma de bola típicos de Canadá. (N. del t.)
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Para minimizar la angustia me había prometido que no les daría nada nuevo o secreto, me limitaría a hablar de lo que ya era de dominio público y donaría mis modestos honorarios a una asociación de defensa de las libertades civiles. Aunque había pronunciado esta misma conferencia docenas de veces, crucé la puerta principal sintiéndome aun más pequeña que mi figura de metro sesenta. Me recibió una mujer vestida con traje. A mi alrededor todo parecía absolutamente normal; no había nada siniestro a la vista, solo anodinas plantas de oficina. Me llevaron a una sala con un pequeño escenario. La atmósfera era tensa. No alcanzaba a discernir la expresión en el rostro de ninguno de los presentes. Estaba casi paralizada de miedo. Entonces comenzó a preocuparme la posibilidad de que mi nerviosismo me hiciera decir algo que no debiera. Esos agentes, después de todo, estaban entrenados en el arte de extraer información; sin duda sabrían aprovechar cualquier oportunidad o muestra de debilidad para obtener ventaja. Con más de cuarenta personas mirándome fijamente, el ambiente de seriedad parecía quemarme a través del traje. No obstante, era algo que había hecho tantas veces que estaba en modo piloto automático y no fue hasta diez minutos después de haber empezado a hablar que me di cuenta que las manos me temblaban ligeramente, cuando intenté pulsar la tecla play de mi ordenador para activar la prueba de fuego del lulz: el famoso vídeo viral creado por Anonymous que había despertado su espíritu revolucionario. Cada vez que había mostrado este vídeo en el pasado, tres frases en especial, sin excepción, habían provocado las risas de los presentes. ¿Se reirían a carcajadas los empleados del CSIS ante el lulz? En el vídeo, mientras las nubes se desplazan velozmente sobre un edificio corporativo acristalado, grande e indefinido, una voz dramática entona: Por lo tanto, Anonymous ha decidido que vuestra organización debe ser destruida. Por el bien de vuestros seguidores, por el bien de la humanidad y para nuestro propio entretenimiento. Procederemos a expulsaros de Internet y desmantelaremos sistemáticamente la Iglesia de la Cienciología en su forma actual.
La sala estalló en carcajadas. Misión cumplida; no existía mejor prueba del espíritu contagioso del lulz. Agentes de inteligencia riéndose de un vídeo realizado por trols de Anonymous, y precisamente de aquél que había dado origen a la “amenaza” que a ellos les encomendaron evaluar. «Saldré de aquí con vida, después de todo», suspiré en silencio. Concluida la conferencia, un grupo más reducido de nosotros fue trasladado a una sala de reuniones estrecha y sórdida, sin ventanas, para tomar galletas y unos bocadillos insípidos bajo el intenso brillo de unos fluores-
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centes. Me pregunté si habría una sala más agradable, con claraboyas, reservada para los politólogos o los economistas y otros invitados mejor considerados. Nos acomodamos en las sillas e hicimos las presentaciones de rigor. Aún me sentía demasiado desubicada como para recordar cargos o funciones concretos, y mucho menos nombres. Desde luego, no tomaba notas ni grababa la conversación en secreto. Sospechaba que ellos sí. Que yo supiera, podía haber estado hablando con un grupo de conserjes o con funcionarios con acceso al máximo nivel de autorización de seguridad. Uno de los títulos, sin embargo, sí me llamó la atención: el de otro antropólogo que había en la sala. Cuando nos presentamos, asintió ligeramente y me sonrió. Yo, entretanto, hacía un gran esfuerzo para no alterar mi cara de póquer. En mi cabeza surgieron toda clase de preguntas: «¿Realmente se ha formado como antropólogo?, ¿A qué universidad fue?, ¿Quién dirigió su tesis doctoral?, ¿Cuándo y por qué decidió trabajar para el CSIS?, ¿Pagan mejor que en la Universidad?» Pero no las formulé. Me preocupaba que pudiese tomar mi curiosidad por un interés por trabajar para el CSIS y quería evitar cualquier malentendido. En el curso de lo que al principio pareció una conversación errática, finalmente resultó evidente la razón por la que me habían invitado. Querían saber una cosa concreta: si creía que Anonymous se había fijado como objetivo hacer caer la red eléctrica. El momento no era producto del azar. Apenas un mes antes, la NSA había declarado que Anonymous era una amenaza inminente para la seguridad nacional y supongo que Canadá sentía cierta presión internacional para vigilar a ese tenebroso grupo. Contesté honestamente. Teniendo en cuenta todas las tácticas legales e ilegales desplegadas hasta la fecha, les expliqué, Anonymous nunca había reivindicado públicamente semejante ataque. En aquella época no había ninguna prueba que sugiriese que el grupo siquiera hubiese considerado llevar a cabo una acción de esa naturaleza. No creía estar divulgando ningún secreto, ya que había hecho declaraciones a la prensa sobre el mismo tema. De hecho, pensaba que le estaba haciendo un favor a Anonymous. Naturalmente, como la profesora ocupada que era, no podía dedicar todo mi tiempo a visitar los numerosos canales de las diferentes redes de IRC, ni mucho menos a vigilar cada sala de chat donde pudiera desarrollarse semejante conversación. También había conversaciones privadas y canales solo por invitación expresa a los que nunca accedí. «Su sociología es laberíntica», expliqué expresamente, seguramente exhibiendo mis propias frustraciones en materia de navegación e investigación de Anonymous. Es probable que haya pasado más horas con la vista fija en la pantalla del ordenador y chateando con Anons que cualquier no-Anon, con la notable excepción de los informantes, que están obligados a permanecer conectados prácticamente a
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tiempo completo. Expliqué también que nunca había visto ni un atisbo de plan semejante. De hecho, cada acción radical, incluso el doxeo de policías agresivos, provocaba un debate polémico respecto de la idoneidad moral de esa acción. «Si bien Anonymous se muestra a menudo pernicioso y endiabladamente confuso —continué—, ciertamente su intención no es matar a nadie. Ellos se organizan en casa, posiblemente en zapatillas, tecleando locamente en el ordenador. Es probable que la única “violencia” en que algunos incurran sea virtual, durante las partidas de World of Warcraft al que seguro que juegan.» Para reafirmar mi posición decidí incluir un toque de humor, parafraseando a un Anon que había difundido el siguiente chiste poco después de que la NSA afirmase que Anonymous era sin duda capaz de poner a la red eléctrica en jaque: «Así es, vamos a inutilizar la red eléctrica. Y sabremos que lo hemos logrado cuando todo el equipo que utilizamos para lanzar nuestra campaña quede completamente inservible.» Las posturas se relajaron. Las risas volvieron a resonar entre los hombres del gobierno (y también las mujeres: al fin y al cabo estábamos en 2012). En mi opinión, todos parecían aliviados por mi evaluación de la situación. Ahora podían volver a centrarse en cuestiones más urgentes. El chiste dio pie a otras conversaciones sobre el papel fundamental que desempeñaban los medios de comunicación en la amplificación del poder de Anonymous. Uno de los agentes del CSIS compartió su indignación hacia la prensa por convertir a este colectivo de colectivos en algo más poderoso de lo que debiera haber sido. Por mi parte, tengo que reconocerlo, saboreaba el hecho de que hombres del gobierno y Anons, enfrentados a cierto nivel, fueran sin embargo aliados (aunque superficialmente) en su actitud crítica hacia los medios de comunicación. En suma, todos estuvimos de acuerdo en que la prensa había contribuido a hacer de Anonymous lo que era hoy. Entonces el antropólogo residente del CSIS, cuya área de especialización era el terrorismo en Oriente Medio, hizo un comentario improvisado que me sorprendió incluso a mí: los yihadistas, explicó, estaban impresionados por el nivel de atención que había conseguido Anonymous por parte de los medios. ¿Había oído correctamente?, me pregunté. No podía imaginar a los tíos de Al Qaeda o del Estado Islámico mirando los vídeos de Anonymous, y mucho menos entendiendo la naturaleza de su cultura o su política, especialmente el lulz. Pensaba que los yihadistas se sentirían ofendidos por las prácticas profanas, infieles y ofensivas de Anonymous. Con un coro de carcajadas, todos coincidimos en que lo más probable es que no celebrasen el lulz (y que careciesen por completo del mismo). La conversación me recordó algo que un Anon me había dicho durante una charla virtual informal:
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<A>: sí, es esa idea del humor y la irreverencia lo que forma la base de esto [Anonymous] <A>: es lo que hará que resulte imposible calificarlo como terrorista
A pesar de las risas, me seguía sintiendo bastante incómoda y era perfectamente consciente de mi máscara de desapego académico. A pesar de mi apariencia tranquila y compuesta, por dentro pensaba, «¡No puedo creer que esté bromeando sobre yihadistas, Anonymous y el lulz con el CSIS!» Solo quería largarme de allí, algo que finalmente hice al acabar el almuerzo. Sentí un profundo alivio cuando regresé al hotel. Y traté de alejar la acuciante idea de que mi habitación del hotel Lord Elgin, en el centro de Ottawa, reservada por el CSIS, estaba llena de micrófonos. Todavía hoy no tengo del todo claro cómo me siento por haber visitado el CSIS. En esas situaciones, uno puede revelar información importante de manera absolutamente involuntaria, incluso cuando los agentes no estén buscando o preguntando nada en particular. Tal vez también haya algo poco ético en revelar lo importante que es la prensa en la difusión del poder de Anonymous. Es un poco como abrir el telón y desvelar que el mago es en realidad un viejecito que acciona las palancas de una máquina. Al mismo tiempo, el poder de los medios de comunicación es un secreto a voces dentro de Anonymous, una cuestión que los propios activistas debaten de forma rutinaria. Visto en retrospectiva, y para bien o para mal, creo que hubo algo del espíritu embaucador que me empujó a aceptar la invitación del CSIS. Los embaucadores arquetípicos, como el dios Loki escandinavo, tienen un escaso control de sus impulsos; los guía la lujuria o la curiosidad. La curiosidad me impulsó a visitar el CSIS, a pesar de mi ansiedad y mis reservas. Necesitaba una respuesta a una pregunta apremiante: ¿se reirían con el lulz? De modo que supongo que, como los trols, «lo hice por el lulz». Por lo que vi en la agencia de espionaje de Canadá, obtuve mi respuesta: el lulz puede ser apreciado (casi) universalmente. Gracias al otro antropólogo que había en la sala, descubrí algo más. Esa broma final sobre los yihadistas y el lulz me enseñó otra lección sobre Anonymous que quisiera transmitir al comenzar esta aventura. Ningún grupo ni persona puede reclamar la propiedad legal del nombre “Anonymous”, mucho menos sus iconos e imágenes. Naturalmente, esto ha contribuido a que Anonymous se extendiera por todo el planeta. Ahora se ha convertido en la “marca antimarca” por antonomasia, asumiendo diversos significados y configuraciones, y aunque también se haya convertido en el rostro más popular de la agitación política alrededor del mundo. Aunque el nombre “Anonymous” es libre y gratuito —tal y como dijo Topiary, un activista de Anonymous, antes de ser arrestado: «No se puede arrestar una
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Gabriella Coleman
idea»—, el ejemplo de los yihadistas es un poderoso recordatorio de que su apertura radical no significa que cualquiera pueda o desee siquiera adoptar el nombre o las imágenes que lo acompañan. La cultura tiene una manera curiosa de afirmarse, incluso entre un grupo de activistas que buscan desafiar los límites y que han creado uno de los dominios de activismo más accesibles, resistentes y abiertos que existen de la actualidad. De hecho, en el momento de mi visita al CSIS en 2012, Anonymous se había transformado en un colectivo multitudinario, prolífico e imprevisible. Por supuesto, como el colectivo es un subproducto de Internet, no debe sorprender a nadie que Anonymous se proyecte con mayor fuerza y reúna el mayor apoyo cuando defiende valores asociados con esta plataforma de comunicación global, como la libertad de expresión. Como lo definió en una ocasión uno de los participantes, «la libertad de expresión no es negociable». Pero lo que han demostrado una y otra vez es que no se limitan a mostrar su preocupación por las libertades civiles. Durante los últimos cinco años, los activistas han contribuido a una variedad realmente asombrosa de causas, desde la publicación de casos de violación (como en Halifax, Canadá, y Steubenville, Ohio), hasta prestar ayuda en las primaveras árabe y africana en 2011. Varios son los factores que se confabulan para asegurar la flexibilidad del grupo. No existen mandatos acordados que deban mantenerse. Las personas asociadas con Anonymous resisten tenazmente la institucionalización. Su reputación es difícil de mancillar. Ni siquiera es necesario ser hacker (¡de veras!) para participar en las operaciones de Anonymous. La estética audaz del grupo, estilo Hollywood, toca una fibra familiar en nuestra sociedad del espectáculo. Y cuando Anonymous reacciona ante los acontecimientos que se producen en el mundo, participa en una amplia variedad de actividades, con las filtraciones y la exposición de las vulnerabilidades en la seguridad como dos de sus intervenciones más notables. Todos estos elementos —que se entremezclan en diferentes proporciones y configuraciones—, hacen que resulte casi imposible saber cuándo o por qué atacará Anonymous, cuándo aparecerá un nuevo nodo, si una campaña tendrá éxito y cómo podría el grupo cambiar de dirección o de tácticas en el curso de una operación. Quizá su carácter imprevisible sea lo que convierte a Anonymous en un colectivo tan temible para gobiernos y grandes empresas de todo el mundo. Aunque endiabladamente difícil de estudiar, Anonymous no es del todo azaroso ni caótico sin más. Ser Anonymous significa seguir una serie de principios conexos. Anonymous está animado por un espíritu de desviación humorística, trabaja a través de diversos órganos técnicos (como el IRC), reposa sobre una ética antifamoseo e interviene políticamente de maneras
introducción
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asombrosamente ricas y variadas. Este libro intentará desentrañar algunas de las complejidades y paradojas inherentes a un Anonymous políticamente comprometido. Pero, antes de analizar sus intervenciones como activistas, examinemos con atención el siniestro submundo del troleo del cual eclosionó Anonymous.