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PA I S A J E S A U S E N T E S M E M O R I A S D E L PA S A D O R E C I E N T E D E L P E R Ăš

FotografĂ­as de Jonathan Moller


Se dedica este libro a las personas cuyas fotos aparecen en estas páginas y a la memoria de sus familiares que fueron desparecidos, asesinados o masacrados, tanto como a los miles y miles de otros peruanos que perdieron sus seres queridos durante el conflicto armado interno. Su dolor y su frustración son también míos, igual que sus luchas por la justicia, la verdad y los derechos de todos/as. Por un Perú más justo y pacífico, más igual, con derechos humanos, respeto y dignidad. Jonathan «Jonás» Moller


ÍNDICE

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El pasado es hoy J O S É PA B L O B A R A Y B A R

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Mapa de los lugares fotografiados por Jonathan Moller 15

Alcanzar justicia: esa larga y difícil tarea GISELA ORTIZ PEREA

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La ausencia forzada: las viudas de muertos y desaparecidos RENZO ARONI

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Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) del Perú Algunas conclusiones

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Biografía Jonathan Moller

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Agradecimientos


E L PA S A D O E S H O Y

Se dice comúnmente que una foto vale más que mil palabras, pero en realidad debemos preguntarnos si es que las palabras, docenas o cientos de ellas, son suficientes para describir la espera, la angustia y la zozobra. Por años ya, miles de personas esperan inútilmente a otras miles de personas cuyas vidas fueron interrumpidas por terceros: el Estado, Sendero Luminoso, el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru o quienes, en nombre de la defensa de algún ideal supremo, hicieron del Perú su campo de batalla y usaron a sus ciudadanos como carne de cañón. El legado de esos tiempos oscuros es más de 15.000 personas desaparecidas, más de 60.000 peruanos muertos, asesinados, tirados sin el más mínimo sentido de humanidad, sentido a veces tan ajeno al ser humano. Lo más paradójico es que es cierto que la espera mata, y así cientos de personas se fueron a la tumba sin saber siquiera qué pasó con sus seres queridos, con sus «desaparecidos». Pensemos nuevamente cómo retrataríamos la angustia: ¿bastarían las palabras o una mirada lo dice todo? Jonathan Moller nos entrega la mirada que vale más que las palabras, la mirada que desafía al verbo, la mirada que desarma, la mirada que

clama por el bien que ya no está y sin el cual, no hay bien que valga. En este libro el tiempo pasa, pero a la vez se queda inmóvil. En cada retrato se construye un símbolo de perseverancia, de persistencia, de desafío al tiempo:«El pasado seguirá siendo hoy hasta que no haya un futuro para mí», se siente decir a esos rostros que nos miran, que nos traspasan, que nos increpan. 9

¿Dónde están? ¿Es posible esconder a tantos miles de personas? ¿Qué hace mi hijo cuando siente frío? ¿Cómo se cobija? ¿De qué se alimenta cuando siente hambre? Sangre de nuestra sangre, preferimos mirar a otro lado para no ver sus rostros. Pero Moller no nos permite olvidar, los trae de vuelta a mirarnos, a preguntarnos. No sé si una foto valdrá más que mil palabras, pero ciertamente ya hemos creado muchas para describir lo mismo, sinónimos tal vez de un afán de olvidar, de mirar a otro lado, de pensar elusivamente que el pasado tiene su lugar y que nosotros ahora vivimos otra cosa. Pues no, la misma mirada nos confronta: «El pasado es hoy, hasta que no haya un futuro para mí», para todos en realidad. José Pablo Baraybar Director ejecutivo Equipo Peruano de Antropología Forense (EPAF)


COLOMBIA

Lugares fotografiados por Jonathan Moller

ECUADOR

Ancash

Santa

Lima

O C É A N O PAC Í F I C O

Ica

Villacuri

Nazca

San Francisco Marcona


La Mar Pucamarca Ushmay Pilliccasa

Huanta

Huamanga

BRASIL

Pampa Cangallo

Víctor Fajardo Huamanquiquia Huancapi Hualla Raccaya Challwamayu Umasi

AMÉRICA DEL SUR Vilcashuamán Accomarca Upiray Pitecc Independencia Ñuñunhuaycco Patawasi

Huancasancos Sacsamarca Colcabamba Putaccasa

Ayacucho BOLIVIA CHILE

Perú


El juicio contra el expresidente Alberto Fujimori y la conmemoración de la masacre de La Cantuta Lima, julio de 2008

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Lima, 16 de julio de 2008 El expresidente peruano Alberto Fujimori fue juzgado por violaciones de derechos humanos. El que fuera presidente de Perú entre los años 1990 y 2000 fue extraditado desde Chile a Perú en octubre de 2007 para someterse a un juicio por corrupción y violaciones de derechos humanos. Ya condenado por cargos de corrupción, aquí aparece

en el juicio por la masacre de Barrios Altos, que tuvo lugar en noviembre de 1991, cuando quince personas fueron ejecutadas en una fiesta en el centro de Lima, y por la masacre de La Cantuta, donde fueron asesinadas y desaparecidas diez personas. El 7 de abril de 2009, nueve meses después de esta fotografía, Fujimori fue condenado

a veinticinco años de prisión, cumpliendo tres sentencias concurrentes (La Cantuta, Barrios Altos y el secuestro de Samuel Dyer y Gustavo Gorriti). Esta es la primera vez que el líder de un gobierno democráticamente elegido en Latinoamérica es declarado culpable de cometer abusos contra los derechos humanos en su propio país.

Durante su gobierno, Fujimori adoptó la Doctrina de la Seguridad Nacional diseñada por Estados Unidos, e implementó la mano dura como táctica contra los colaboradores y militantes de Sendero Luminoso y la guerrilla de Tupac Amaru, sin importar si eran inocentes, sospechosos o miembros activos de dichos grupos.


Lima, 16 de julio de 2008 El ex comandante general de las Fuerzas Armadas del Perú Nicolás Hermoza Ríos testifica a favor del expresidente Alberto Fujimori. Durante el juicio, a Hermoza Ríos le preguntaron si la doctrina de la Inteligencia Militar había cambiado en la década de 1990 de un enfoque exclusivo en la recolección de

inteligencia a otro que incluía la «eliminación de subversivos». La fiscalía le pidió que leyera el manual operativo de los militares contra la subversión, del año 1991, en el que se detallaba la nueva misión: «Prevenir, detectar, localizar, identificar, neutralizar y/o eliminar a los líderes subversivos». Curiosamente, en su lectura de dicho manual, Hermoza

Ríos omitió a propósito esa parte. El tribunal inmediatamente corrigió su omisión y Hermoza Ríos alegó que había recibido una copia borrosa del manual. Tres años antes de testificar en defensa de Fujimori, en mayo de 2005, Hermoza Ríos fue condenado a ocho años de prisión por cargos de corrupción y malversación

de fondos. Dos años después de haber tomado esta fotografía, en septiembre 2010, el ex comandante general fue declarado culpable por la muerte de quince personas en la masacre de Barrios Altos, el asesinato de nueve campesinos de Santa y la desaparición forzada del periodista Pedro Yauri en Huacho.


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Lima, 18 de julio de 2008 Por el décimo sexto aniversario de la masacre de La Cantuta se realizó una marcha conmemorativa en la que participaron los familiares de las diez víctimas: nueve

estudiantes y un profesor. La noche del 18 de julio de 1992 fueron secuestrados de sus dormitorios en la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle - La Cantuta por el Grupo Colina, escuadrón

de la muerte creado por el Gobierno de Fujimori. Posteriormente, fueron ejecutados y enterrados en secreto en fosas clandestinas ubicadas en Huachipa, al este de Lima, y en una colina

desolada en el distrito de Cieneguilla de Lima. Tras una lucha de dieciséis años por la verdad y la justicia, los familiares de las víctimas lograron que Fujimori fuera extraditado y juzgado en Perú.


ALCANZAR JUSTICIA: ESA LARGA Y DIFÍCIL TAREA El 18 de julio de 1992, en la madrugada, el escuadrón de la muerte denominado «Grupo Colina» entra en las viviendas universitarias de la Universidad Enrique Guzmán y Valle - La Cantuta, para secuestrar, torturar y desaparecer al profesor Hugo Muñoz y nueve estudiantes. Entre los estudiantes varones detenidos está mi hermano Luis Enrique Ortiz Perea, de veintiún años, estudiante de Educación Física del cuarto año. Desde el día siguiente de la desaparición de las diez víctimas de La Cantuta, los familiares los buscamos por comisarías, cuarteles, hospitales, morgues, sin que nadie nos diera una respuesta de qué había pasado, dónde estaban y quiénes eran los responsables. Saber la verdad nos llevó algunos años, y fue gracias al periodismo de investigación que los hechos, los nombres de los asesinos y sus vinculaciones con la dictadura de Alberto Fujimori salieron a la luz. Tras muchos años de insistir en nuestro pleno derecho a la justicia, los familiares del caso La Cantuta logramos en 2007 la extradición de Alberto Fujimori, principal responsable político de la creación del Grupo Colina, así como de las acciones que el grupo realizaba en contra de la vida de ciudadanos y ciudadanas peruanas. La extradición desde Chile significó un logro más en esta larga y difícil tarea de alcanzar justicia, de ser reconocidos como ciudadanos iguales ante la ley, de ser respetados por un Estado indiferente para garantizar derechos y, muchas veces, cómplice y responsable de violaciones a los derechos humanos. El empuje para lograr la extradición, así como las sentencias en los juicios contra los responsables, fue una tarea

de los familiares, acompañados solidariamente por las organizaciones no gubernamentales defensoras de los derechos humanos y muchos ciudadanos que participaron activamente en plantones, movilizaciones y campañas públicas. En ese largo trajinar de los familiares, conocimos a Jonathan «Jonás» Moller, fotógrafo, activista, solidario. Una persona comprometida con la denuncia de crímenes contra la humanidad, como los ocurridos en Guatemala, desde el ojo sensible y el registro de su cámara fotográfica. El lente de Jonás viajó a Lima para acompañar el entierro de las víctimas de La Cantuta y participar en algunas audiencias públicas del juicio a Fujimori. Fue no solo testigo de esos hechos, sino que los hechos quedaron registrados en sus fotografías para contarle al mundo lo que estaba ocurriendo, para llevar las imágenes de las víctimas, la lucha de los familiares y para convertirse en una voz, desde la imagen, de las propias injusticias vividas en muchos países de nuestra América Latina. Esas imágenes son parte de nuestra historia también como familiares. Son el recuento puntual de lo ocurrido y constituyen parte de la memoria histórica de nuestro Perú; aquellas historias aún no reconocidas por muchos, negadas muchas veces, estigmatizadas, pero imposibles de ocultar y de negar cuando se habla y se denuncia a través de la fotografía. Otra forma de testimoniar no solo para los familiares sino también para el fotógrafo. Gisela Ortiz Perea Representante de los familiares del caso La Cantuta

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Pamplona Alta, Lima, 2009 La mayor parte de la familia de Julián Ricra Huamaní fue asesinada por el ejército en diciembre de 1984 en el contexto de la lucha antisubversiva contra Sendero Luminoso en los Andes. Para huir de las masacres y los asesinatos,

se desplazó a la capital hace más de veinte años. Allí conoció a su nueva esposa Teodora y, junto con otros desplazados, ocuparon las colinas descampadas en el sur de Lima, en lo que hoy se conoce como el asentamiento humano de Pamplona Alta.

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«Desde entonces quedamos completamente pobres. Se llevaron el ganado, la plata, hasta los documentos, todo se lo llevaron. Quedamos realmente pobres, sin nada. (...) Estoy esperando tener la justicia para sacar a los muertos. Siempre estoy recordando a mis familiares, siempre estoy recordando... Hasta ahorita, no se puede... Pensando así me hago mal, pero siempre viene el mal sueño. A veces sueño, sueño con violencia, lo siguiente es este dolor de cabeza, este pensamiento, siempre... No se puede… Todos soñamos igualito. A veces estoy un poco calmado pero siempre viene, todos soñamos igualito». Julián Ricra Huamaní


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Pamplona Alta, Lima, 2009 Teodora Quispe Tincopa, la esposa de Julián, también abandonó su hogar en la sierra por la violencia. En

1984 soldados del ejército y paramilitares de los Comités de Defensa Civil mataron a sus padres y a uno de sus hermanos.

«Queremos justicia, queremos recuperar sus restos», dice ella.


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Pamplona Alta, Lima, 2009

Mirando hacia el oeste desde la casa de Juliรกn y Teodora.


Lima, 2009 Reynalda Andagua Gonzales habla de su hijo, Martín Roca Casas, desaparecido en 1993. En el espejo se ve el reflejo de Javier Roca, el padre, al lado de un altar a la memoria de Martín. Eran las cinco de la tarde

del 5 de octubre de 1993 cuando Martín salió de la casa. A las diez y media de la noche, luego de terminar sus clases en la Universidad Nacional del Callao, emprendió el regreso a casa, y en el camino fue detenido por miembros del Servicio de Inteligencia de la Marina.

«Fue secuestrado, torturado, asesinado e incinerado durante el Gobierno de Alberto Fujimori (...) De esa fecha, y hasta mi muerte, a mí me han obligado a sufrir y tratar, en todo lo que está a mi alcance, de luchar para poder alcanzar justicia. (...) Tengo poca esperanza, a pesar de que es uno de los casos más espantosos que pueda haber cometido el ser humano. Cada vez más pienso que en el Perú no hay justicia. La justicia humana, creo que no la hay. Como he nacido en la sierra y, debido a mi lugar de nacimiento, no pude llegar a ser un profesional porque tuvimos todo una serie de desventajas económicas, culturales, etcétera. Tenía el propósito, el objetivo, la mira de que mis hijos no sean como yo, un obrero, sino gente profesional capaz de hacer bien a los demás y a sí mismo. Eso nos ha acarreado una destrucción en todos los sentidos, en el moral y el económico, porque los pocos centavos que tenía, debía utilizarlos en pasajes, en todas las gestiones que tenía que hacer para alcanzar la justicia.

A eso me dedico y hasta los últimos días de mi vida tendré que hacer eso. Porque si yo no lo hago, ¿quién lo va a hacer? 21

He perdido familiares, seres queridos, en accidentes, en muertes naturales, a las que fácilmente uno puede resignarse y además hay un lugar donde recordar, donde llevarle flores y velas. Pero mi hijo no existe. Y lo que más me duele es que en ningún momento lo puedo sacar de mi mente, pienso en todos los días que pasó hasta que al final se volvió loco. No puedo hacer nada. ¿Cómo sacar de mi mente la forma de secuestrar, de torturarlo, hacerlo vivir esas situaciones tan espantosas que un ser humano no puede resistir? Eso es lo que jamás podré entender, lo que jamás podré olvidar, y en medio de la noche cuando estoy durmiendo aparece en mi mente. Porque actuar así con miles de personas inocentes, ¿cómo puede entenderse?, ¿cómo puede justificarse? No hay forma». Javier Roca


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Hualla, región de Ayacucho, 2009 Marina Allccaco hila la lana en su casa en este pueblo de los Andes. Marina, una mujer indígena quechua, comparte con nosotros

la trágica historia de cómo su hermano fue desaparecido en la década de 1980 por los soldados del ejército durante la guerra contra Sendero Luminoso.

«Yo fui a Canaria y ahí encontré a mi hermano, lo habían metido en un tucco [pozo u hoyo], solo se veía su cabeza, nosotros le dábamos comida. Solo una vez que fuimos, mi hermano se nos acercó con lágrimas en los ojos, recibió la comida y desde esa fecha hasta la actualidad no lo he vuelto a ver. Yo lo quería bastante. Solo una vez lo vi en el cuartel, después desapareció para siempre… Luego yo regresé aquí y volví al día siguiente y ya no encontré a mi hermano; lo habían desaparecido. Si supiéramos dónde están los restos claro que quisiera recuperarlos, pero ahora ya han pasado muchos años, no creo que pueda encontrar los restos de mi hermano. Quizá pueda estar enterrado en algún lugar, pero no creo... ¿Dónde estará? No creo que se encuentren. ¿O podrían encontrarlos? ¿Cómo será, pues? A espaldas de la base militar de Canaria hay un barranco muy profundo, ahí podrían estar. ¿Cómo será?». Marina Allccaco

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Hualla, región de Ayacucho, 2009 Mientras su esposa y su hijo miran, Mauro Paredes quita los granos de las mazorcas de maíz que había cosechado unas pocas semanas antes. Al igual que la gran mayoría de los habitantes de esta zona, Mauro estuvo marcado trágicamente

por la violencia que tuvo lugar aquí en las décadas de 1980 y 1990, durante el conflicto armado interno entre Sendero Luminoso y el ejército peruano. Varios miembros de su familia, entre ellos su padre, fueron asesinados o desaparecidos, tanto por Sendero Luminoso como por el ejército.

«Yo fui a la base con mi tía, mi mamá, mis hermanos; somos nueve hermanos. Y nos botaron los soldados a balazos; regresamos llorando. Al día siguiente la misma cosa, tercer día lo mismo, cuarto día lo mismo; de ahí se negaron totalmente; ya no querían recibirnos en la base, nos decían que no lo conocían. Desde esa fecha hasta hoy en día no sabemos nada de mi papá, si ha muerto o vive... No sabemos nada, los nueve hermanos no sabemos nada. Así fue. Me escapan estas lágrimas, quizá porque si mi padre hubiera estado vivo, yo hubiera sido un profesional, al menos como profesor o empleado. Pero como éramos nueve hermanos mi mamá no ha podido solventar para nuestros estudios, ese es el gran problema que tenemos nosotros. Porque si mi padre hubiera estado vivo nos hubiera educado siquiera a uno de los nueve hijos, pero lamentamos que ninguno hemos salido profesionales». Mauro Paredes

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Hualla, región de Ayacucho, 2009 Juana Crisante de Méndez es una mujer quechua que ha vivido toda su vida en

esta región remota de los Andes. Su esposo Fortunato fue desaparecido en la base militar de Chimpapampa, en Hualla, en diciembre de 1984.


Juana Crisante de Méndez sostiene la libreta del servicio militar que pertenecía a su esposo, Fortunato Méndez Huamancusi. En las mismas fechas en las que Fortunato fue desaparecido, un total de once huallinos fueron detenidos en el

cuartel; de ellos, ocho todavía se encuentran en calidad de desaparecidos. Entre 1983 y 1984 más de cincuenta huallinos fueron llevados a la base militar de Canaria, que se encuentra a una hora de Hualla, y desaparecieron.

«Quiero recuperar los restos de mi esposo. Anteriormente yo estaba resignada pensando que donde sea, que los perros se lo habrían comido, pero ahora no; me gustaría recuperar los restos de mi esposo». Juana Crisante de Méndez


Challwamayu, región de Ayacucho, 2009 La aldea de Challwamayu está ubicada a 4.300 metros de altura en una zona remota de los Andes peruanos. La mayoría de los más o menos treinta

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habitantes que viven aquí arrean llamas, alpacas y ovejas. En las décadas de 1980 y 1990, esta región fue azotada por la violencia durante el brutal conflicto armado entre Sendero Luminoso y el ejército.


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