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Portadilla

Sophie Sabbage

La mujer que susurraba al cáncer Tengo cáncer Él no me tiene a mí

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Traducción: María del Puerto Barruetabeña

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Descargo de responsabilidad

Este libro contiene opiniones sobre temas de salud y problemas médicos, en concreto sobre los diferentes tratamientos que he probado para tratar mi cáncer de pulmón en una fase avanzada. Pero nada de lo que escribo aquí puede sustituir al consejo médico profesional, ni es ni mucho menos mi intención que lo haga. A lo largo de estas páginas recomiendo libros y páginas web; lo hago para compartir mis investigaciones, no como una recomendación sobre salud. Yo no soy médico. Si tienes dudas sobre algún problema médico, consulta con un profesional de la medicina. Por todo ello, yo no me hago responsable de las decisiones médicas que puedas tomar tras la lectura de este libro. Antes de seguir cualquiera de las recomendaciones que hago aquí, consulta con tu médico. The Principle of False Cause Model (El principio del modelo de la causa falsa): © K. Bradford Brown, 1984. Todos los derechos reservados. The Purpose Process (El proceso del propósito): © K. Bradford Brown, 1990. Todos los derechos reservados. 5

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The Clarity Process (El proceso de la claridad): © K. Bradford Brown, 1984. Todos los derechos reservados. The Compass Model (El modelo de la brújula): © Sophie Sabbage, 2015. Todos los derechos reservados. The Regret Process (El proceso del arrepentimiento): © Sophie Sabbage, 2015. Todos los derechos reservados.

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«Los pacientes excepcionales se niegan a ser víctimas. Investigan y se convierten en especialistas de su enfermedad. No dejan de hacerles preguntas a los médicos porque quieren entender su tratamiento y participar en él. Exigen dignidad, humanización y control, sea cual sea el curso que siga su enfermedad.» Bernie S. Siegel, médico

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Tierra sagrada Sophie Sabbage

Hay un lugar en los mapas donde los mapas se acaban. No hay señales ni guías; no hay idiomas que traducir ni ciudades con bonitos nombres. Hay un lugar en el camino donde el camino se acaba. No hay presunciones ni premisas; no hay filosofías que seguir ni profetas a los que obedecer. Hay un lugar en el horizonte en el que el horizonte se acaba. No hay atardeceres con los que terminar los días; ni mareas donde amarrar el tiempo ni líneas que no se puedan traspasar. Hay un lugar en el planeta donde el planeta se acaba. No hay países ni alianzas; 9

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ni leyes que obedecer ni creencias que asumir. Hay un lugar en los mapas donde los mapas se acaban. Sus carreteras están hechas de luz. Sus señales miran siempre hacia el norte. La revelación manda.

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Índice

Prólogo........................................................................ 13 Introducción................................................................. 17 Capítulo uno: La brújula............................................... 29 Capítulo dos: Reconciliarse........................................... 43 Capítulo tres: Comprender tu enfermedad..................... 71 Capítulo cuatro: Conocer tu propósito.......................... 93 Capítulo cinco: Estabilizar tu cuerpo............................. 109 Capítulo seis: Despejar tu mente.................................... 122 Capítulo siete: Dirigir tu tratamiento............................. 147 Capítulo ocho: Bailar con el dolor................................. 172 Capítulo nueve: Romper la concha............................... 194 Capítulo diez: La mejor medicina.................................. 214 Epílogo: Vivir mil vidas................................................ 225 Apéndice: Sistemas de apoyo......................................... 241 Agradecimientos........................................................... 251

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Prólogo

Me formé como cirujano oncológico en la Universidad de Viena (Austria) y llevo treinta y tres años ejerciendo como especialista en cáncer. En mi faceta de cirujano he visto a miles de pacientes suplicarme: «Extírpeme todo el tumor. Quítemelo. ¡Lo quiero fuera de mi cuerpo!». Solo he tenido unos pocos pacientes como Sophie Sabbage. Ella destaca porque el día que le diagnosticaron el cáncer empezó un proceso de descubrimiento en vez de un período de pánico. Sophie aceptó el hecho de que la muerte es una parte natural del ciclo de la vida, no una tragedia. Al quitar de la ecuación el estigma de la muerte, liberó su energía y pudo concentrarse en vivir. Encontró un modo de renacer gracias a esta sencilla verdad: la auténtica tragedia en la vida es pasar por ella lleno de miedo y disfunciones, sin aprovechar cada momento con felicidad y amor. Cada día es un regalo precioso de Dios, y Sophie supo descubrir los secretos del bienestar total del cuerpo, la mente y el espíritu. En este libro comparte las claves para desbloquear todas las posibilidades que te permiten vivir una vida al máximo a pesar de tener cáncer (o, más bien, precisamente por tenerlo). El profesor Viktor Frankl de mi alma máter, la universidad de Viena, me enseñó una verdad esencial. Él era el sucesor 13

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natural de Sigmund Freud en la dirección del departamento de psiquiatría de esa universidad. Pero, trágicamente, nunca llegó a tener la oportunidad de ocupar ese puesto porque era judío; cuando Hitler llegó al poder, se lo quitaron todo y lo enviaron a Auschwitz. Aunque perdió a toda su familia en ese campo de la muerte, él se empeñó en vivir. Encontró un propósito en su sufrimiento y vivió muchos años enseñando a los demás esa verdad fundamental: no puedes elegir tus circunstancias, pero sí puedes elegir tu actitud y tu reacción ante ellas. Sophie, cuyo mentor fue un alumno del propio Frankl, ha elegido la actitud de vivir de una forma que tenga sentido. Y esa actitud es contagiosa. Hace años tuve otro paciente con una actitud similar a la de Sophie. En 1986, proveniente de Londres, llegó al hospital Oasis of Hope, en México, para un tratamiento. Le habían diagnosticado un cáncer de pulmón que se había extendido hasta afectarle la columna y el hígado. Su oncólogo de Harley Street le había dado solo tres meses de vida. Pero él no aceptó ese pronóstico tan lúgubre. Optó por un tratamiento alternativo para el cáncer en mi hospital. Cuando llegó, entró en el hospital en una camilla porque los tumores le estaban presionando la columna y lo tenían paralizado. No se me olvidará nunca cómo nos miró a los ojos y dijo: «¡Voy a vivir!». Estaba tan convencido que su cuerpo lo creyó. Dos semanas después, los tumores se habían reducido lo suficiente como para que cesara la parálisis temporal. Salió del hospital caminando por su propio pie. Tras unas cuantas visitas, el cáncer entró en remisión total. Treinta años después todavía está vivo, ¡y no tiene cáncer! Cuando tuvo que enfrentarse a la amenaza de la enfermedad, no perdió el tiempo preocupándose: reorganizó sus prioridades y decidió que su misión era reconciliarse con 14

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sus hijos, de los que estaba distanciado. Su relación con los miembros de su familia empezó a sanar y también lo hizo su cuerpo. Dejó que «el cáncer sanara su vida». Sophie también está «dejando que el cáncer sane su vida». En este libro tan bien escrito no se limita a predicar un mensaje de esperanza; lo que hace es vivirlo y plasmarlo en sus páginas, para que todo el mundo pueda verlo. Estoy seguro de que su guía te inspirará para conseguir que tu cáncer se convierta en un viaje y no en una crisis. Según vayas avanzando en la lectura, irás desarrollando cariño y confianza hacia Sophie, porque es transparente en lo que respecta a su experiencia de vida con el cáncer. Al volver cada página sentirás como si ella te sujetara la mano mientras vas dando los pasos de curación de tu propio viaje. Francisco Contreras Director del hospital Oasis of Hope de Tijuana, México

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Introducción

Recuerdo un día que estaba sentada en la sala de espera de ra­ diología del hospital de mi zona, seis semanas después de que me diagnosticaran un cáncer de pulmón en estadio cuatro, me­ tastásico e «incurable». Estaba a punto de empezar el tratamiento de radiación de un tumor grande que tenía en la vértebra C3 del cuello, que se había infiltrado en el hueso hasta llegar a la columna y me estaba causando mucho dolor. Tenía muchos tumores en diferentes sitios (en los pulmones, los ganglios linfáticos, los huesos, el cerebro), pero este necesitaba atención especial porque ponía en peligro mi movilidad y amenazaba con empeorar mi «calidad de vida». Según los médicos, salvarme la vida no era una opción; su objetivo principal era únicamente mantener, en la medida de lo posible, su «calidad». Y eso me irritaba mucho: parecían estar relegándome a un destino marcado por una estadística, sin darme la oportunidad de ser uno de esos casos inexplicables que vencen a las probabilidades. Se esforzaban mucho por no pronunciar «la palabra que empieza por eme» ni poner una fecha para ese desenlace, pero era algo que estaba implícito en todas las conversaciones: «Pase lo que pase, señora Sabbage, no albergue falsas esperanzas, porque va a morir». 17

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Ni siquiera había empezado el tratamiento y ya estaba abrumada por el peso de la falta de posibilidades. Mientras esperaba en aquella sala, todavía no me había recuperado del shock. Había accedido a ese tratamiento porque ya me costaba hacer cosas tan sencillas como girarme en la cama o levantarme de una silla. Tampoco podía aupar en brazos a mi hija de cuatro años. Necesitaba un respiro de ese dolor para poder pensar, oír, preguntar, escuchar a mi intuición y, de alguna forma, elegir qué iba a hacer, aunque no sabía cómo. Había perdido mi equilibrio. En aquella oscuridad, mi mano no lograba encontrar el pasamanos que me servía de guía para bajar las escaleras. Fueron apareciendo lentamente una sucesión de nuevas obligaciones que eran como un cortejo fúnebre que viniera acompañando a lo que una vez fue mi vida anterior: escáneres, consultas médicas, viajes en tren a Londres para ver especialistas, análisis de sangre, papeles del seguro, cancelaciones de citas de mi agenda anteriores al diagnóstico (compromisos sociales y reuniones de trabajo), momentos en los que tenía que decirle a la gente en voz alta lo que me pasaba para que empezara a parecer real. El cáncer se coló en mi vida, hasta entonces perfectamente ordenada, en un instante. Un día me sentía como siempre y al siguiente tenía un dolor fuerte en la espalda que resultó ser un tumor grande que me presionaba la pleura de un pulmón. Durante las tres semanas siguientes mi diagnóstico se fue revelando ante mí mediante una serie de fotogramas congelados que iban apareciendo a una velocidad dolorosamente lenta, cada uno de ellos con una precisión exquisitamente brutal, hasta que al final, cuando me enteré de que tenía en el cerebro tantos tumores que no eran capaces de contarlos, el 18

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universo estalló como un globo y sus restos, vacíos y marchitos, se quedaron en mi mano, que no paraba de temblar. Según iban llegando los resultados de los escáneres, mi fuerza vital se iba reduciendo, desaparecía como la luna menguante. Empecé a toser sangre, me costaba respirar después de subir unas pocas escaleras y perdí tanta visión del ojo izquierdo que tuve que dejar de conducir. Estaba cansada y siempre tenía frío. Mucho, mucho frío. Tal vez fueron las dosis de radiación que soporté por culpa de todos los escáneres que me realiza­ ron lo que hizo que todo se deteriorara tan rápido, aunque también el miedo y el shock son fuerzas poderosas que rebotan por el cuerpo como balas. Parecía que solo conocer el diagnóstico me estaba matando. En cuanto empecé a creer que mi vida se acababa, fue como si esa vida se encerrara en otra habitación, cubriera todas las ventanas y el mobiliario, doblara con mucho cuidado mi futuro y se escondiera en el fondo del cajón, no sin antes apagar las luces y parar el reloj de la pared. Sabía que si quería tener alguna posibilidad de ver el quinto cumpleaños de mi hija, o de vivir mi cuadragésimo noveno, tenía que cambiar el discurso de mi mente. No quería negar lo que me estaba pasando, pero tampoco quería aceptar esas oscuras predicciones sobre mi inexorable final. Me ponía furiosa cuando la gente intentaba despedirse de mí, y les gritaba a las enfermeras cuando me trataban como si estuviera en un hospital para enfermos terminales. Quería conocer todos los detalles de mi enfermedad y rechazaba las interpretaciones que hacían los demás. Estaba dispuesta a dejar el resultado en manos de Dios, pero no de los médicos, ni tampoco de las estadísticas. Hasta donde fuera posible, quería escribir mi propia historia; no tenía ni la más mínima intención de vivir la de los demás. 19

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Mi marido John vino al hospital conmigo el primer día del tratamiento de radiación. Cuando todavía estábamos sentados en la sala de espera, recibí un mensaje muy emotivo de una amiga y me eché a llorar; la verdad es que no lo habría hecho si John no hubiera estado allí conmigo. La enfermera que me atendía se acercó corriendo para preguntarme si estaba bien. Su preocupación, en vez de aliviarme, me agobió, por­­que fue como si estuviera intentando frenarme en vez de apo­yarme, como si mis lágrimas pudieran hacerme algún daño, alarmar a otros pacientes o, peor aun, hacer que ellos se echaran a llorar también. ¿Qué mejor momento para llorar que ese? ¿Qué mejor momento para honrar esa vida que estaba desapareciendo en la estela de mi diagnóstico, para lamentarme por un futuro que me estaban arrebatando, para sollozar como una viuda por la luz que se apaga? Ese no era el momento de quedarse petrificada, sino de sentir: de estar del todo presente en mi experiencia; de dejar que cualquier mensaje o gesto de amor rompiera la coraza en la que todavía estaba encerrado mi corazón; de estar despierta, alerta y lo bastante viva para reconocer las cosas valiosas que hace falta recordar y las esperanzas perdidas que necesitan llorarse. Allí era consciente del silencio estoico que se cernía sobre la sala de radioterapia como una gruesa niebla. Del de­ sánimo. Del flujo subyacente de preguntas sin respuesta. Del terror silencioso. De las oraciones privadas. De la intensidad de diversos grupos de pacientes que esperaban a que quemaran alguna parte de sus cuerpos para que algún aspecto de su mortalidad se quedara huérfano. –¿Está bien? –me preguntó la enfermera con más urgencia esta vez, y su ansiedad se coló bajo mi piel. 20

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Le toqué la mano suavemente para tranquilizarla antes de responder: –Seguramente soy la única persona de las que están aquí que está bien. Ella dio un paso atrás, confusa, sin saber qué decir ni cómo ayudarme si no podía consolarme con palabras. Así que se alejó sin decir nada y en mis siguientes visitas al hospital mantuvo las distancias. Yo era una anomalía, alguien abiertamente vulnerable en un contexto en el que reinaba el dolor censurado. Ese día, tras la terapia de radiación en el cuello, se me acercó otra enfermera y me dio un trozo de papel. –Esta es la fecha de su siguiente cita, señora Sabbage –me dijo con total naturalidad, dando por sentado que yo no tenía que estar en ninguna otra parte esa mañana. Miré la fecha, la comprobé en mi agenda y le dije que ese día tenía otro compromiso. Y volví a ver esa reacción: esa alarma en la cara de una enfermera porque había dado la respuesta incorrecta. –Pero es su cita para el tratamiento de radiación –repitió. –Ya lo veo, pero ese día no puede ser –insistí. Tal vez podría haber cancelado lo que tuviera ese día. Tal vez estaba siendo egoísta al no querer obedecer al sistema. Pero algo me recorrió la columna enferma e hizo que no quisiera ceder. No lo iba a aceptar. No quería que me ordenaran que fuera a ninguna parte sin preguntarme primero si podía o no. Y si ha habido algún momento en mi vida para ser egoísta, era ese. Tan enferma como estaba, sabía que era vital para mí poder hacer mis propias elecciones en todas las fases de ese viaje: programar mis tratamientos de acuerdo con el resto de mi vida y no mi vida según los tratamientos, ser la 21

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autora y la protagonista de mi historia. Aunque me habían aconsejado muchas veces que le diera prioridad absoluta a mis citas, por encima de todo lo demás (con lo que realmente querían decir: «o te arriesgas a morir»), en aquel momento entró en juego algo que me iba a servir para reafirmar mi vida y, potencialmente, para salvármela también: mi yo fuerte, luchador e indomable. Recibí muchas cartas con más citas que me decían dónde y cuándo debía presentarme antes de que mi oncólogo entendiera la indirecta. No era culpa suya. Era el sistema en el que trabajaba, un sistema que es fácil que te arrastre cuando te diagnostican cáncer. Es como el tráfico que va demasiado rápido en una autopista. Antes de que te des cuenta te encuentras cegada por unos faros, sin poder ver lo que se te viene encima. Tu agenda se llena de citas, te dan recetas sin darte las necesarias explicaciones, toman decisiones en tu nombre... Y todo eso mientras tú todavía estás intentando encajar el diagnóstico. Cuando tu vida está en la cuerda floja y todas las decisiones son potencialmente peligrosas, muchos pacientes de cáncer quieren que los médicos las tomen por ellos. Yo lo comprendo. Y si tú eres alguien que quiere hacer así su viaje, entonces este libro no es para ti. Pero si eres de la opinión de que dirigir tus tratamientos, confiar en tu propia sabiduría y hacerte responsable de tus cuidados también es una forma de tratamiento (medicina psicológica para tus células, medicina que puede ser tan importante como los fármacos que tomas y la comida que ingieres), entonces esto que escribo es para ti. Este libro es para el paciente de cáncer como tú, que quieres seguir siendo un ser humano digno y mantener la dirección 22

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de tu vida cuando los médicos y el diagnóstico te aterran, cuando el shock es tal que casi ni puedes ponerte los zapatos por la mañana, cuando te ves en medio del fuego cruzado entre la medicina ortodoxa y la alternativa y cuan­­do, por perturbador que parezca, el sistema médico te trata como a una enfermedad y no como a un ser humano. También es para el paciente de cáncer que tiene la sensación de que hay algo más que aprender o que ganar, algo que puede transformarlo si se relaciona con la enfermedad de una forma diferente a la que tiene la mayoría de la sociedad. Es para el paciente de cáncer, o más bien para el paciente de cualquier enfermedad, que busca otra forma de hacer las cosas. Este es un libro de memorias y también de autoayuda. Lo escribo para ayudarte a que seas el autor de tu propia historia con sabiduría, realismo, creatividad y valor. Quiero compartir contigo cómo voy llevando yo el shock, el terror, el dolor y la incomodidad de otras personas ante mi pronóstico y cómo estoy constantemente estudiando la naturaleza, las causas, las lecciones y los regalos de esta enfermedad devastadora y a la vez también iluminadora. Empecé a escribir este libro diez meses después de mi diagnóstico. Sigo viviendo con el cáncer, pero casi todas las metástasis han desaparecido. Todavía tengo el tumor primario en el pulmón y siempre está ahí presente la posibilidad de que mi cáncer mute y se ponga de nuevo a marchar como un ejército por mi cuerpo. Mi cáncer es sistémico e «incurable», pero yo vivo con él. No, mejor dicho, estoy creciendo con él. Escucho a mis médicos, a los que les estoy más que agradecida, y voy a todas mis citas. Pero ahora me llaman con antelación para preguntarme si puedo ir y los médicos me sugieren qué hacer en vez de ordenármelo. Nos hemos 23

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convertido en colaboradores en mi viaje; ya no estoy atrapada en la dinámica autoritaria médico-paciente que sigue prevaleciendo en nuestra cultura médica. Es posible que mi enfermedad acabe conmigo. De hecho, si hiciera caso a todas las estadísticas, las predicciones y las probabilidades sobre el cáncer de pulmón en estadio cuatro, hace tiempo que estaría convencida de que voy a morir. Pero he decidido no hacerles caso. Las escucho, sí, con la atención y la humildad suficientes para que puedan atravesar las duras capas de negación que nos protegen a todos de las palabras «terminal» e «incurable» hasta que al final podemos escucharlas sin rompernos como si fuéramos de cristal. Pero mi opción es aceptarlas sin ceder ante ellas, rendirme sin sucumbir, gritar mi nombre desde los tejados de las estadísticas antes de que mi identidad quede hundida entre el frío anonimato de los números. No me engaño sobre la gravedad de mi enfermedad, pero ahora soy capaz de mirar al mañana sin miedo a caer, a ahogarme o a arder. Lo que quiero casi más que nada es vivir. He dicho casi. Dedico mis días, mis horas y mis minutos a alargar mi vida con la férrea e inquebrantable intención de criar a mi hija hasta que sea adulta, de hacerme vieja junto a mi marido al que tanto quiero y de marcar la diferencia que creo que he venido a marcar en este mundo. Pero la mayor victoria para mí no es sobrevivir al cáncer, por titánico que eso resulte y por muchas ganas que tenga de conseguirlo. La mayor victoria es preservar mi humanidad, sea cual sea el resultado (mantener ese «yo» que he conseguido con tanto esfuerzo y que no le pertenece a mi cuerpo ni se desintegrará con él), sabiendo que la he dejado desarrollarse y florecer aun ante este cáncer e incluso aunque mi cuerpo a veces desfallezca. Y la 24

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única forma que conozco de conseguirlo es fijarme en el águila que cruza el agua, en el campo de posibilidades que hay en esa costa azotada por el viento de otro país que yo contemplo mientras guío mi barco por el mar de esta experiencia, tomando, siempre que me veo en la necesidad de ello, decisiones valientes, cabales y fieles a lo que soy. Al principio de este viaje, el médico que me diagnosticó, el que vio mi primera tomografía y me hizo la broncoscopia (una prueba nada fácil de soportar), antes de derivarme al oncólogo me dijo algo extraordinario: –No se convierta en una paciente, señora Sabbage. Viva su vida. Me tomé muy en serio lo que me dijo. Y me lo creí, y eso me dio fuerzas para intentar algo más que superar mi diagnóstico o morir con valentía. Cuando todavía estaba con el shock muy reciente (a punto de desaparecer en una noche oscura en la que ni se ve, ni se oye, ni se habla del deseo de algo diferente), ese médico despertó la mejor parte de mí; la parte que sabe que el futuro nunca está escrito, que todo ocurre con una finalidad, algo mayor de lo que nosotros podemos ver, y que es consciente de que cuando hay que enfrentarse a las peores circunstancias tengo dos opciones: resignarme ante mi desgracia o levantar la cabeza bien alta e ir al encuentro de mi destino. Y desde entonces voy por la vida con la cabeza levantada. En este libro compartiré contigo algunas investigaciones que he hecho, los tratamientos que yo he elegido, la dieta que sigo y los recursos que han marcado de verdad la diferencia para mí. Espero que esta información te ayude a encontrar tu camino en medio de la enorme acumulación de información que hay sobre el cáncer, información que muchas veces es 25

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contradictoria. También recomiendo libros y documentales que considero esenciales para cualquier persona a la que le hayan diagnosticado esta enfermedad. Pero yo no soy médico ni ninguna clase de especialista. Soy solo una paciente de cáncer y alguien que quiere contribuir a la transformación humana. No estoy cualificada para ayudarte a superar tu enfermedad. Solo estoy cualificada para ayu­darte a superar la situación en la que te encuentras, algo que a mí me parece fundamental para el proceso de curación. Puedo ayudarte a estar bien, incluso cuando te encuentres mal, y también a liberarte de los factores emocionales que pueden haber contribuido a tu «falta de salud». No quiero que este sea uno más de la larga lista de libros ya publicados sobre dietas, bienestar o protocolos de tratamiento. Lo que yo quiero hacer es ayudarte a trazar tu camino en medio de todos esos datos con una mente clara, una intuición en sintonía contigo y un fuerte sentido de ti mismo, de tu «yo». Tanto si consigues librarte del cáncer como si no, tu vida puede quedar libre de la enfermedad. Me refiero a que te puedes liberar del miedo que la alimenta, del plazo definitivo que te impone, del poder que tiene para influir en tus decisiones, de las creencias tóxicas que contaminan tu proce­ ­so de curación y de la percepción de la inevitabilidad que te empuja hacia tu destino. Aunque no puedo ofrecer curas mágicas ni milagros, espero que este libro te permita encontrar la curación que no has encontrado de otra manera. Gracias a mi experiencia con el cáncer y a mis veinte años de práctica trabajando con personas para despertar sus mentes y liberar sus espíritus, he diseñado un proceso práctico y, con suerte, también transformador, que te servirá de apoyo para hacerte con la responsabilidad 26

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total en lo que respecta a tu tratamiento y para desbloquear la sabiduría de tu enfermedad. Mi objetivo principal es ayudar a los pacientes de cáncer a transformar su relación con esta enfermedad de tal forma que ellos se vean transformados por tenerla, sea cual sea el resultado, tanto si viven como si mueren. Espero que este libro te ayude a experimentar la vitalidad de la vulnerabilidad, el poder del propósito, la libertad de la autenticidad y la maravilla de encontrar tu propio camino en medio de un bosque tupido y oscuro que a veces parece que no ofrece respiro ni escapatoria. Y sobre todo espero ayudarte a escuchar a esa voz que te dice que el cáncer tiene algo que enseñarte, que solo tienes que atender a lo que intenta decirte. Los susurradores de caballos aprendieron a hacer justo esto con esos animales: a comprender su lenguaje y a comuni­ carse con ellos a un nivel totalmente nuevo. Rebasaron sus niveles limitados de comprensión y los llevaron a un nuevo horizonte, trabajando en sintonía con el caballo para ganarse su cooperación en vez de intentar «romperlo» mediante la dominación y el control. Utilizando esa forma de susurrarles, los caballos «se unen» con los humanos y aceptan de buena gana su autoridad. De igual manera nosotros hemos estado intentando «romper» el cáncer durante décadas, siglos incluso, con poco éxito en comparación con los progresos que la medicina ha conseguido con otras enfermedades. Estamos manteniendo una relación hostil y conflictiva con una enfermedad que todavía no tiene una cura fiable. Conocemos algunos factores que contribuyen al cáncer, pero hemos identificado muy pocas causas irrefutables, mientras crece exponencialmente el número de personas que son diagnosticadas cada día. Así que tal vez haya llegado el momento de comunicarnos con esta 27

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enfermedad a un nuevo nivel y llevar nuestra relación a otro terreno, trabajando en sintonía con ella para conseguir su coo­ peración. Tal vez haya llegado la hora de dejar el campo de batalla y entrar en un aula. Tal vez sea hora de preguntarnos, no solo cómo curar el cáncer de nuestros cuerpos, sino también, qué nos está diciendo el cáncer sobre cómo curar nuestras vidas. Esas son las cosas que yo me pregunto. Yo, que también soy una paciente de cáncer, hago todo lo que puedo por aprender de mi enfermedad y cambiar mi vida gracias a ella. Estoy gravemente enferma, pero me encuentro extrañamente bien. Más agradecida a mi cáncer que aterrada por él. Vivo en un espacio enrarecido entre la voluntad férrea de vivir y mi necesaria disposición a morir. Contemplo a los pájaros cantando por la mañana, entregándose hasta su último aliento a la tarea de ser ellos mismos. Y quiero vivir exactamente de esa manera. E invitarte a ti a vivir justo así, termine nuestra historia como termine.

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