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EL COCOTERO Y LA SERPIENTE

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–¿ odavía no se ha despertado el “otro”? –preguntó mi tío con desprecio. Hablaba en susurros, haciendo ostensiblemente esfuerzos para no levantar la voz, fuese para contener su cólera o para no turbar el sueño de los que dormían en las chozas vecinas. –Todavía no –le respondió mi hermano Tété–. ¡Qué trabajo para despertarle! ¡Que los dioses me perdonen lo que voy a decir, pero creo que, aunque cayese un rayo sobre el tejado, seguiría durmiendo! ¡Lo he zarandeado, le he dado unos azotes, y ni se ha movido! –¿Respira al menos? –preguntó el tío. –¿Que si respira? ¡Como un fuelle! –Se está haciendo el dormido –continuó el tío–. Seguramente tiene ganas de pasarse todo el día en casa, como el lagarto que es, este pequeño zángano. Hubo un momento de silencio, y el tío añadió: –Échale un cazo de agua fría. Un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando el tío pronunció aquellas últimas palabras, pero, con todo, seguí sin moverme. Estaba envuelto en mi taparrabos, con los brazos cruzados detrás de la cabeza. Eché una mirada furtiva a mi hermano Tété. A la débil luz de la lámpara de aceite de palma que apenas iluminaba la choza, vi cómo se dirigía hacia una esquina de la habitación, detrás de la puerta, hacia el lugar donde poníamos a refrescar el agua potable en un canari o vasija de tierra cocida. Lo abrió después de coger una calabaza que había sobre la tapa de madera y la llenó de agua hasta el borde. Luego, sosteniéndola con las dos manos, se acercó a mí. En ese instante me levanté de un salto, apretándome el taparrabos contra el cuerpo,

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mientras le suplicaba a mi hermano que no me echase el agua encima. Dejó la calabaza en el suelo a su pesar, no sin antes mojarse los dedos y lanzarme unas gotas a la cara. Bajo la severa mirada de mi tío, que seguía de pie en la puerta, enrollé mi estera rápidamente y la apoyé contra la pared de madera, en un rincón de la habitación. Luego me puse a buscar mi pantalón caqui. Lo encontré tirado en el suelo de tierra batida de la choza, en el lugar al que lo había arrojado la víspera, antes de acostarme, pues nos prohibían llevar cualquier ropa que no fuera un taparrabos para dormir. Después de ponerme los pantalones, recogí el taparrabos. Era índigo, un color que me gustaba. Estaba hecho de un bonito bombasí, lo había teñido una de mis navi, una de las mujeres que se habían casado con mi padre después de mi madre. Ahora tenía que enrollarme el taparrabos alrededor de los riñones, o bien taparme todo el cuerpo para protegerme del frío. Para hacerlo, tenía que extender el taparrabos por la espalda, a lo largo, mientras cogía las dos puntas superiores, que cruzaba a continuación sobre el pecho para anudarlas alrededor del cuello. Dada mi indolencia, tardé mucho. Bostezaba continuamente mientras me rascaba el cuerpo. –¡Pero date prisa! –gritó mi tío fuera de sí–. Te estamos esperando solo a ti. ¡Está a punto de amanecer! Mi tío exageraba. Apenas había cantado por segunda vez el gallo. Teníamos costumbre de salir así, por la mañana muy temprano, para ir a recoger fibras y ramas de cocotero. Con las fibras hacíamos esteras que luego vendíamos. Aquella mañana, nos habíamos levantado más temprano que de costumbre, pues la víspera habíamos decidido que saldríamos al alba. Esperábamos de este modo estar de vuelta antes del mediodía y pasar el resto del día trenzando nuestras esteras. Era la época de las vacaciones escolares. Nos prohibían subir a los cocoteros que había cerca de las casas y en el interior de los patios, a fin de evitar los accidentes que podrían suceder si alguien, sobre todo algún niño, pasara bajo los árboles en el momento en que tirásemos los racimos. Pese a la prohibición, ya habíamos recogido todos los cocos de los árboles de nuestro barrio, por lo que ahora no teníamos más remedio que ir lejos a buscar más. 30


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Aquella mañana no me apetecía ir al cocotal; tenía el presentimiento de que me iba a pasar alguna desgracia. Aunque es cierto que mi tío no se equivocaba del todo al llamarme zángano, lamentaría horas después haberme obligado a seguirle. Me anudé el taparrabos alrededor del cuello y salimos por fin de la habitación. El patio estaba oscuro. A nuestra izquierda, una enorme construcción cubierta de chapa ocupaba casi todo el lugar frente a la puerta de entrada; era la casa de nuestro padre, que aún dormía. Delante de nosotros, a lo largo del muro, se alineaban las chozas de las cinco esposas que tenía entonces. Aquellas chozas estaban hechas con ladrillos no cocidos, y cubiertas de paja. Era una sucesión de habitaciones, individuales y sin puertas de comunicación, pero amplias, pues todas nuestras madres dormían con sus hijos pequeños de ambos sexos: en una parte, los niños más pequeños, a los que no se consideraba verdaderos hombres y aún no tenían derecho a chozas separadas en el patio; y, en la otra, las niñas, cualquiera que fuera su edad, porque están destinadas a tomar esposo un día y a abandonar la casa familiar, en la que solo viven provisionalmente. Mi padre no solía entrar en aquellas chozas y jamás le vimos pasar la noche en ninguna. Al contrario, cada mujer, durante un mes, dejaba su choza por la noche y compartía la intimidad de nuestro padre en la casa grande. La esposa que comparte su lecho es también la que hace la comida durante ese mes. Normalmente hace dos tipos de comida: una, refinada y delicada para nuestro padre, para el que se mata cocinando unos platos exquisitos; y otra, menos refinada, para sus hijos. Con estos comparte casi siempre la comida, mientras que nuestro padre come solo. La elección mensual de las mujeres no se hace echándola a suertes ni por el capricho de mi padre, sino por orden de antigüedad, de la primera a la última esposa, a fin de evitar las amenazas de divorcio. Sin embargo, todas las mujeres se encuentran periódicamente, a su pesar, eliminadas de la competición, debido al riguroso acatamiento, por parte de nuestro padre, de determinados tabús tradicionales. La mujer a la que le toca el turno no tiene que haber sido “visitada por la luna”, que provoca la regla, ni tiene que estar amamantando. La mujer que se encuentra en uno de esos casos es temporalmente im31


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pura a ojos de nuestro padre, que ni siquiera prueba la comida hecha por ella durante ese periodo de indisposición –para nosotros, chicos o chicas, no existe ninguna restricción desde este punto de vista–, ni comparte con ella su techo. Otra vez será… A la hora a la que nos habíamos levantado, ninguna de las esposas de mi padre se había despertado todavía; por la parte del patio donde se alineaban sus chozas no se oía más que el silencio. Mientras que a nuestra espalda, a lo largo del muro opuesto, los ronquidos de nuestros hermanos mayores nos llegaban a través de las puertas cerradas. Sorteamos las ovejas y atravesamos el amplio patio sin hacer ruido, pues la arena amortiguaba nuestros pasos. Cuando llegamos cerca del pozo, cuyo brocal de cemento formaba una masa más negra en la oscuridad, entre las chozas de nuestras madres y la vivienda de nuestro padre, saqué dos cubos de agua, que vertí en uno mayor donde debíamos sumergir las manos para lavarnos la cara y enjuagarnos la boca. En ese momento, Kounougnan [Inocente], el perro de la casa, abandonó el umbral de la vivienda de nuestro padre, y se acercó moviendo el rabo a lamer nuestras caras mojadas. Después de tirar a la arena el resto del agua que habíamos utilizado para lavarnos, salimos de la casa. Kounougnan nos siguió. En seguida, tras dejar atrás las últimas casas de Kpénou, nuestro barrio de la periferia de Lomé, nos adentramos por un estrecho sendero a través de la maleza. Las gruesas ramas de los cocoteros, cada vez más numerosos, se balanceaban por encima de nuestras cabezas como sombrillas gigantes y se recortaban hasta el infinito contra el inmenso cielo pálido que, ante nosotros, comenzaba a clarear. No lejos de allí, el mar extendía su masa de agua color tinta y relucía bajo los primeros rayos del sol naciente. Una tibia brisa ascendía hasta nosotros, agitando suavemente las nervaduras de las ramas de los cocoteros. Gruesas gotas de rocío resbalaban de ellas y caían sobre nuestros hombros desnudos, provocándonos ligeros escalofríos. Yo era el más joven de los tres y, según la costumbre, iba delante. A continuación iba mi “venerado hermano mayor” Tété, cinco meses mayor que yo. Era el primer hijo de la segunda esposa de mi padre. Nuestro joven tío Ahouanssou cerraba la marcha. Este último 32


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tenía casi la misma edad que mi hermano mayor, pero ninguno de nosotros, ni siquiera este, tenía derecho a llamarlo por su nombre. Le llamábamos sencillamente atavi [tío paterno]; era un primo de nuestro padre. Tampoco se nos permitía llamar a los hermanos mayores –aunque lo fueran solo por una semana– sin preceder sus nombres de la palabra Fofo, que significa “venerado hermano mayor”. Ni siquiera los gemelos escapaban a esta regla en las familias tradicionales, aunque para ellos el orden es el inverso: el mayor de los gemelos es el que nace el último, y la explicación que se da es que “ha ordenado a su hermano pequeño ir a ver si el mundo valía la pena de ser visto. Y, según lo que le transmite con sus primeros gritos al nacer, el hermano mayor sale a su vez, vivo o mortinato”. Nuestros padres no conciben ninguna comunidad, por pequeña que sea, sin autoridad, sin uno o varios jefes que den las órdenes, en fin, sin jerarquía, ¡y eso incluso entre hermanos! Yo, como el quinto de los numerosos hijos de mi padre, tenía que obedecer sin replicar a cuatro hermanos y una hermana mayores, además de a aquel tío cuyo grado de parentesco era bastante lejano. Es cierto que los otros hermanos más pequeños que yo me debían esa misma obediencia. De manera que se podía dar una orden y los hermanos mayores podían librarse de algún trabajo fastidioso haciéndolo recaer en los más jóvenes. El benjamín de la familia, aplastado en la parte más baja de la pirámide de la que el padre era la cúspide, era el más digno de lástima… Caminábamos sin hablar, mascando nuestros mondadientes. La tradición no había previsto el lugar que Kounougnan debía ocupar en aquel estrecho sendero, de manera que a menudo prefería apartarse de nuestro camino. Saltaba los matorrales, con el cuerpo empapado de gotas de rocío, olisqueando los lagartos muertos y parándose ante las ratoneras de las que se apropiaban las serpientes. La vista de un lagarto muerto me trajo súbitamente un recuerdo lejano. Yo debía de tener doce o trece años y me habían circuncidado hacía ya tiempo. Estábamos cazando una especie de lagarto con el cuerpo rosado y tornasolado. En tierra es difícil matarlos por su extraordinaria rapidez, pero, para su desgracia, a veces suben a los cocoteros. Nosotros los llamamos, en lengua mina, adimbolo, o incluso 33


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adambolo. Para cazarlos nos servimos de un largo látigo hecho de varillas de hierro trenzadas. Cuando descubrimos alguno en un tronco de cocotero, nos colocamos con cuidado en el lado opuesto al que se encuentra el reptil, y nos acercamos con precaución al árbol, con el látigo escondido a la espalda, mientras apoyamos en el árbol el índice de la otra mano. Aunque creemos que estos reptiles son sordos, no hablamos en el momento en que nos acercamos para cazarlos. Uno de nuestros hermanos, manteniéndose a una distancia calculada, nos hace saber moviendo la cabeza, sin gesticular, si el emplazamiento de nuestro dedo se corresponde exactamente con el centro del cuerpo del reptil inmóvil y expectante de la otra parte del árbol. “No, ahí no… Un poco más arriba…”, indicaba el hermano elevando un poco el mentón. “Un poco más abajo…”, continuaba, bajándolo un poco. “Sí, ahí, ahí…”, daba a entender con una sonrisa. Entonces, el cazador reculaba uno o dos pasos, tomaba impulso, y ¡zas! arreaba un fuerte latigazo al cocotero, tirando a continuación del látigo, que se enrollaba alrededor del árbol. El lagarto casi siempre moría en el acto. Cuando habíamos matado de este modo una buena docena o más, nos escondíamos de la vista de los adultos en algún matorral, donde vaciábamos los lagartos con una piedra o un casco de botella. Luego comenzaba una operación que tenía una gran importancia en nuestra vida de adolescentes. Poníamos en fila los cadáveres de los lagartos en un trozo de canari o sobre una plancha de chapa que colocábamos sobre el tejado de algún cobertizo, a escondidas de nuestros familiares, sobre todo de nuestras madres y hermanas. Vigilábamos escrupulosamente nuestros lagartos. Cuando el tiempo era lluvioso, los metíamos con discreción en nuestro cuarto, aun a riesgo de pasar toda la noche con aquel olor… Finalmente, después de algunos días sobre el tejado, los lagartos, bajo los efectos del calor del sol, desprendían una ínfima cantidad de grasa fundida que nosotros recogíamos. Después de eso, tirábamos los esqueletos, o incluso los enterrábamos, con el fin de no llamar la atención. La ceremonia que se desarrollaba a continuación era oficiada por nuestro Fofogan, el primer hijo de la primera esposa de nuestro padre 34


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y primogénito de la familia. Se hacía a medianoche, cuando todo el mundo, incluido nuestro padre, estaba acostado. Entonces, en una de nuestras habitaciones, formábamos un semicírculo, de pie sobre la tierra batida o sobre una estera. Nos quitábamos nuestros taparrabos. Fofogan, igualmente desnudo, introducía el primero los dedos en la grasa de los lagartos y se untaba el sexo con finas capas sucesivas. Luego era nuestro turno, por orden de edad. La escena transcurría a la luz vacilante de la pequeña lámpara de aceite de palma. La finalidad de aquella operación era agrandar nuestro sexo y prolongar las erecciones; y estas, así lo creíamos, eran solo algunas de las numerosas virtudes de aquella grasa… Una vez aplicada, no nos lavábamos durante tres días, a fin, decíamos, de que surtiese su efecto en profundidad, penetrando aún más en la epidermis. Aquella era para nosotros la parte más difícil de la operación, pues, de acuerdo con nuestras costumbres, se nos obligaba a lavarnos tres veces al día, es decir, antes de cada comida. De manera que, cuando llevábamos el agua al lugar donde nos aseábamos, la derramábamos y la salpicábamos por todas partes para fingir que nos estábamos lavando. Repetíamos varias veces seguidas la operación de la grasa; en ocasiones, los lagartos nos proporcionaban tan poca que no teníamos más remedio que utilizar también los esqueletos. Luego, tres días después de cada una de aquellas operaciones, nos lavábamos regularmente al ritmo establecido por la tradición. Más tarde volvíamos a empezar… Y por último, para comprobar el efecto de la grasa, nos íbamos a buscar fortuna entre nuestras vecinas. Nuestro Fofogan, una vez más, reunía en gran secreto a aquellos de nosotros que habíamos tenido éxito y nos preguntaba: –¿Cuántas veces?... –Tres –decían unos. –¡Cinco! –se jactaban otros… –Pues hay que conseguir siete –contestaba consternado–. Hay que repetir la operación con los que no han conseguido ese resultado. Y de nuevo declarábamos la guerra a los lagartos.

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Kounougnan salió de un matorral corriendo hacia nosotros. Llevaba un lagarto entre los dientes y nos lo entregó, pero el lagarto no era de los buenos. Continuamos por el sendero, todos pensativos. El sol ascendía rápidamente; la arena se calentaba, y sabíamos que sobre las once, nuestro momento de regresar, el camino ardería bajo nuestros pies descalzos. Así que íbamos más deprisa. Nuestros machetes, cuya hoja mellada iba protegida por nuestros cinturones, nos golpeaban los muslos. Pronto alcanzamos nuestro destino. En el cocotal, los días en que nos poníamos a cortar las ramas sin haber ido a dar los buenos días al guarda, este nos increpaba en cuanto nos veía subidos, nos conminaba a bajar de inmediato, amenazándonos con su machete, nos perseguía y nos confiscaba las ramas; mientras que si íbamos a presentarle nuestros respetos al llegar, ¡ah, entonces nos dejaba tranquilos!… Antes de dirigirnos a su casa, le di tres monedas de cinco céntimos a mi tío; mi hermano le dio otro tanto y él añadió su propia parte. Luego tomamos un atajo, caminando sobre la hierba. Mi tío iba delante, seguido de mi hermano, mientras que ahora yo iba detrás, pues era el de más edad quien tenía que abordar al guarda y hablarle. Este vivía solo en medio de los cocoteros, en una choza rodeada de una cerca, y no había más viviendas en varios centenares de metros a la redonda. Las ramas de la cerca, hábilmente trenzadas, estaban atadas fuertemente a troncos clavados en la tierra. Aquellos troncos volvían a crecer y formaban por encima de la cerca un frondoso seto que medio ocultaba el tejado cónico de la choza. Montañas de copras destinadas a la fabricación del aceite de coco se amontonaban delante de la casa, cerca del abrevadero, y algunas habían empezado ya a germinar. En el patio, picoteaban algunas gallinas. Mi tío dio fuertes palmadas para anunciarnos. Un instante después, el guardia apareció en la puerta de su choza y nos hizo una seña para que le esperásemos. Atravesó el patio chasqueando a cada paso sus bellas babuchas blancas contra los talones. Iba ataviado con una túnica azul, y su cabeza afeitada desaparecía bajo un gorro cónico que llevaba encasquetado hasta sus ojos oblicuos, negros como el azabache. Tenía las manos arrugadas y las venas le sobresalían como si 36


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fueran raicillas. Su cara pícara, terminada en una perilla puntiaguda, nos hacía mucha gracia. Era un boyero fula –otra etnia– que hablaba mal nuestra lengua. Aunque podía tener la edad de nuestro padre, no le llamábamos respetuosamente ata, o papá, como hacíamos con otros adultos, pues era un “extranjero”. Al contrario, le llamábamos Yessouvi [pequeño Jesús], a causa de su perilla y la vida solitaria que llevaba. Pero, como era musulmán, este apodo lo ponía furioso. No tenía mujer, y sobre este tema le solíamos gastar bromas indecentes, incluso crueles. “Dinos, Yessouvi, ¿es porque prefieres las vacas?”, le preguntaban muy serios algunos granujas maliciosos, y salían corriendo. Por fortuna para nosotros, cuando volvíamos al cocotal no siempre reconocía a los que le habían insultado. De manera que nos recibía con una amplia sonrisa que mostraba dos hileras de dientes asquerosos, amarillentos por culpa de la cola. No podíamos perder el tiempo en gastar bromas ni en hacerle alguna mala pasada a aquel bonachón Yessouvi; de manera que, después de los habituales saludos, atavi le entregó los cuarenta y cinco céntimos. –Muy amable por vuestra parte –dijo el guarda, cerrando la mano con las monedas–. ¡Sois unos chicos ejemplares! Id a coger cocos, pero no echéis a perder los nuevos. Se dio la vuelta y se fue. Aquel inmenso cocotal, llamado cocotal de “Pa” o “Papa de Souza”, en honor de un togolés notable, ocupa toda la región del sur, desde la frontera ghanesa a la de Dahomey, o sea, cincuenta kilómetros de longitud. Los árboles se alinean unos detrás de otros como tirados a cordel, lo que indica que no han crecido espontáneamente. A menudo, yo contaba doce pasos de un árbol a otro y no veía más que un pequeño espacio de cielo azul entre las ramas extendidas de dos cocoteros. A veces, se veía un árbol todavía fuerte en su base, pero mutilado en la cima; algún rayo lo había alcanzado. La curiosa impresión que me producían aquellos árboles sin hojas era similar a la que podemos experimentar cuando vemos, en una población sana, a algunos leprosos sin dedos. No nos acercábamos a aquellos árboles fulminados; se dejaba que se descompusiesen, que quedasen reducidos a polvo por sí solos. Al cabo de varios años, cuando no quedaban 37


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más que las raíces y un tocón, el guarda se atrevía a acercarse al lugar y entonces sustituía los árboles fulminados por brotes jóvenes sacados de los montones de copras y cuidados en una especie de vivero que había al lado de la casa. No sabría decir por qué, al dejar a Yessouvi aquel día, nos dirigimos hacia el poniente, penetrando en el cocotal, cuando teníamos costumbre de ir casi siempre hacia el norte. Nos alejamos del mar, que estaba muy próximo; una estrecha franja de playa lo separaba de la primera hilera de cocoteros, y los troncos finos y espigados de los que se encontraban más cerca de la orilla estaban verdecidos por las salpicaduras. El sendero que seguíamos iba estrechándose cada vez más. La maleza, muy alta, me llegaba a los hombros. Algunas hojas nos provocaban fuertes comezones cuando nos tocaban el cuerpo, y nos rascábamos vigorosamente. Algunos pájaros de colores brillantes salían volando cuando nos acercábamos. A derecha e izquierda, diferentes clases de arbustos formaban el sotobosque. Había, entre otras, algunas djémakpan [hojas de sal] y, en abundancia, un curioso helecho que en mina llamamos miongoui-miongoui o, en otras regiones, mianta-mianta, expresiones ambas con el mismo significado, que vendría a ser “el pudoroso”, ya que este helecho es muy sensible al menor contacto. Los fuertes vientos de la sabana, zarandeándolo de un lado a otro, no producen ningún efecto sobre él, pero cierra sus hojas en cuanto se lo toca con los dedos. Las hojas de las ramificaciones que han notado el contacto se yerguen al momento, de manera simétrica, de dos en dos, aplastándose cada una contra la otra. Permanecen así aplastadas a todo lo largo de las ramificaciones, como temerosas, más o menos cinco minutos, para volver a abrirse lentamente, cuando se supone que el agresor se ha alejado. Si se las toca de nuevo, vuelve a hacerlo. El sendero desembocaba en un claro bastante grande en el que habían sido arrancadas las hierbas, y nuestro tío propuso que aquel claro fuese nuestro punto de encuentro, pues había llegado el momento de separarnos; cada cual iría a buscar las ramas por su lado y las llevaría en montoncitos a aquel lugar, de decena en decena. Esta precaución nos permitía conservar el contacto entre nosotros en aquel inmenso 38


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cocotal. Si alguno de nosotros tardaba en volver, iríamos a ver si le había pasado algo. Nuestros taparrabos nos molestaban casi siempre cuando subíamos a los árboles y preferíamos dejarlos en el punto de encuentro, enrollados cuidadosamente y con un montoncito de hierba o de arena encima. Al ver aquello, cualquiera que pasara por allí en nuestra ausencia sabría que aquellos taparrabos no habían sido olvidados por sus dueños. Como buen mina, yo no tomaría nunca un objeto con esa señal, porque un manojo de hierba o un puñado de arena acarrean desgracias a quien se apodera del objeto. Hay que añadir que se nos educa en la creencia de que cualquier persona que se apropie de un objeto con esa señal se expone a la venganza de Hêviesso, el dios del rayo, o de Sakpatê, la diosa de la tierra –representada aquí por el puñado de arena o el manojo de hierba–, que castiga sobre todo con la viruela (por desgracia, se olvida que la viruela es contagiosa). Mi hermano fue el primero que nos dejó. Lo vi a lo lejos unos segundos después. Estaba por la mitad de un cocotero. A aquella distancia parecía una hormiga gigante, y seguía subiendo. En un instante estaba en la cima del árbol y desapareció entre sus ramas. Atavi también me había dejado, pero la hierba, que estaba alta, me impedía saber qué dirección había tomado. Al quedarme solo, me dirigí a mi vez hacia un cocotero espigado, de unos veinte metros de alto y a solo unos pasos del sitio donde habíamos dejado los taparrabos. El árbol estaba cubierto de plantas trepadoras. Un vago temor me sobrecogió cuando alcé los ojos hacia la copa. A pesar de que el árbol era sólido y grueso en la base, la punta del tronco, cerca de la copa, era increíblemente fina y oscilaba peligrosamente al viento. Pero estaba cargado de cocos; así que vencí en seguida la aprensión que me producían las plantas trepadoras que lo tapizaban y la extrema fragilidad de la punta del tronco, y solo pensé en una cosa: ¡cortar alegremente todos aquellos cocos! Estaba incluso feliz, porque ni mi tío ni mi hermano se habían dado cuenta antes de aquella especie de cucaña… Tenía ya el pie apoyado sobre el grueso abultamiento formado por las raíces; mis brazos en torno al tronco, estrechándolo con fuerza; 39


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separando las piernas en el vacío, doblaba las rodillas para impulsar mis pies más arriba y apretar el tronco con mis muslos; luego soltaba los brazos y me proyectaba más arriba, apoyándome en los pies. De este modo, utilizaba pies y brazos alternativamente, en un ascenso rítmico. Trepar de este modo, sin cuerda, por estos cocoteros que casi siempre son lisos en la base y rugosos a partir de la mitad era para nosotros, desde muy pequeños, un ejercicio casi diario, y no me suponía ninguna dificultad, aunque terminase a menudo con desolladuras en el pecho. ¡Pero aquellos arañazos incluso nos daban ánimos! Muchas veces cicatrizaban y volvían a abrirse. Alcancé la parte más delgada del árbol, cerca de las primeras ramas secas, rojizas y colgantes, y extendí las piernas en horizontal, cruzándolas para poder apretar con fuerza el tronco entre mis muslos y disponer como de un asiento, para poder liberar mis brazos. Agarré una rama seca y tiré de ella; se soltó con facilidad y se me vino encima una avalancha de porquería. A menudo esta porquería alberga bichos como escolopendras (cuya mordedura es muy dolorosa, y hasta peligrosa) y escorpiones. Para evitar que estos asquerosos bichos se introduzcan en nuestros pantalones, antes de trepar nos los apretamos fuertemente con un cinturón o, en su defecto, con una cuerda (la misma por la que pasamos la hoja de nuestro machete). Cerré los ojos para que el polvo no me cegara, pasándome rápidamente las manos por el cuerpo para impedir que cualquier bicho, si lo había, se me quedara encima. Al poco, oí el ruido de la rama al estrellarse contra el suelo. Después de arrancar dos o tres más, igualmente secas, y de cortar otras amarillentas, me encontraba ante las ramas verdes. Estas, más resistentes que las anteriores, se adhieren con fuerza al tronco, del que siguen extrayendo la savia. Se elevan vigorosamente hacia el cielo antes de describir, a partir de la mitad, esa elegante curva que conocemos. Cada una de ellas forma una amplia cavidad en su base, en el lugar en que se une al tronco, y en ellas recogen el agua de la lluvia. No obstante, como las ramas de un cocotero están superpuestas, las más altas protegen a las más bajas, y las cavidades de estas últimas están menos húmedas por la lluvia. Algunos pájaros hacen allí sus nidos. 40


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Yo agarraba las ramas verdes una tras otra, y, desplazando los pies por el estípite, subí hasta la cima, donde me instalé más o menos confortablemente, temblando por el viento. Los racimos de cocos estaban ahora a mis pies, de manera que podía hacer caer un racimo entero solo con dos o tres golpes de talón. Pero antes quise darme una recompensa por el esfuerzo realizado para llegar hasta allí; hice un corte en un enorme coco tierno y me bebí toda su agua, eructando tranquilamente a intervalos, y luego me deshice de la cáscara vacía dejándola caer al suelo. Fue entonces cuando, al mirar a un lado, vi, muy cerca de mí, el cuello verde y reluciente de una serpiente, que agitaba con furia la cabeza cubierta de escamas, mientras que su lengua fina y hendida salía y entraba nerviosamente de su boca. El resto de su cuerpo se enroscaba en la cavidad formada por el nacimiento de una rama y sus gruesos anillos descansaban sobre una prodigiosa cantidad de huevos: algunos estaban abiertos, y si la serpiente no avanzaba era sin duda por no hacer caer a las que se agarraban a ella. En el momento en que vi aquel bicho horrible y sus crías, se apoderó de mí un miedo insuperable. No podía matarla con mi machete, pues siempre nos habían dicho que no debíamos partir en dos una serpiente viva con un objeto cortante, porque su cabeza, rebotando con atroces convulsiones, podía alcanzarnos, y su boca cerrarse sobre una parte de nuestro cuerpo. Solo se la debía matar a golpes, con un palo, y yo no tenía ninguno. Por lo demás, el súbito miedo que me asaltó hizo que el machete se me escapara de las manos. Desde aquella altura no me atrevía a saltar al suelo. Me agarré con fuerza a dos ramas sólidas. En un instante me encontraba de nuevo contra el tronco del árbol, a lo largo del cual pensaba dejarme deslizar hasta el suelo. Pero la serpiente fue más rápida; se soltó de sus crías, desenrollándose por el tronco por el lado en que yo estaba. Mi pánico fue tal que, perdiendo hasta la noción del peligro, me lancé instintivamente a luchar con las manos contra aquel peligroso animal. El reptil, que quizá solo quería alejarme, me siguió en mi descenso veloz. Vi venir hacia mí, como si fuese un chorro de agua, aquella boca blanca y terrible que se separaba ligeramente del rugoso tronco del cocotero, mientras el resto del cuerpo se pegaba a él en toda su longitud. 41


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No recuerdo en qué momento el dorso de mi mano derecha alcanzó aquel cuerpo blando. El golpe hizo que el animal se desprendiera. Retorciéndose, se deslizó sobre mis cabellos, luego por mi espalda, giró en el aire como una cuerda suelta y fue a caer pesadamente sobre la arena. ¡Qué suerte haber subido al árbol sin taparrabos ni camisa donde hubiera podido introducirse el reptil! En un santiamén recordé el presentimiento que había tenido al amanecer, cuando no quería levantarme, y también mi aprensión al pie del árbol. Aunque aliviado por haberme desembarazado de la serpiente, fui presa por unos instantes de una violenta conmoción y me tembló todo el cuerpo. Tras recuperar un poco la calma, seguí bajando lo más rápido que pude, pero temía que me faltaran las fuerzas para llegar hasta el suelo. Una especie de aturdimiento se apoderó de mí. En aquel momento, al mirar abajo, me sobrecogió una visión inesperada: la serpiente, que no debió de perder ni un segundo en la arena, se había puesto a trepar por el cocotero hacia sus crías. Yo no daba crédito. ¿Cómo iba a poder descender? Por nada del mundo quería un nuevo encuentro. No tenía ninguna gana de ver al reptil deslizarse otra vez por mi cuerpo, o clavar sus colmillos en uno de mis pies descalzos. Hacia la mitad del cocotero, me precipité por tanto al vacío. Una caída de aproximadamente diez metros. Aterricé sobre la arena con una fuerza que me sacudió los huesos y sentí un dolor violento. Oí un ruido espantoso, luego vino una especie de relámpago seguido de una oscuridad total. Hice un esfuerzo sobrehumano por arrastrarme un metro o dos, hundiendo los codos en la arena, retorciéndome, desplomándome, tratando de levantarme, pero en vano. A continuación, perdí el conocimiento. Mi hermano y mi tío me dijeron, mucho después, que estaba kou pégni [medio muerto]. Los habían alertado mis gritos en el momento en que estaba enzarzado con la serpiente, y la habían visto de lejos enroscarse en mi cabeza. Habían acudido corriendo, armados con palos, pero ya era demasiado tarde.

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