primera bobina
la llaMada dEl dEStInO
«El curso de la vida puede ser alterado por pequeños acontecimientos. Tantas personas que pasan, absortas en sus problemas. Tantas cosas que pasan inadvertidas. Ahora comprendo que nada sucede por casualidad. Cada segundo está medido. Cada paso tiene su por qué.» Lisa (Joan Fontaine), Carta de una desconocida, dirigida por Max Ophüls. Guión de Max Ophüls y Howard E. Koch
1 Una instantánea en el jardín de la Casa Azul
Veinte años atrás
El 16 de mayo de 1962, Shin Sang-Ok era el centro de atención de una fiesta en la residencia del presidente de Corea del Sur. Era la comidilla de la noche y, en aquel momento, de todo Seúl. La recepción era uno de los actos de la ceremonia de clausura del 7º Festival de Cine de Asia y el Pacífico, un certamen anual en el que se homenajeaba y premiaba las mejores películas de Asia. Vestido con una chaqueta de esmoquin blanca, una camisa nueva también blanca y pantalones negros, Shin, de 35 años, era el invitado de honor y el motivo por el que los asistentes no dejaban de murmurar. Cinco años antes, ninguno de los presentes en el jardín conocía su nombre. Hoy era el cineasta de moda, el director de las películas más taquilleras de los últimos dos años. Los críticos lo amaban. Estaba casado con la actriz más bella y más famosa del país. Y esa noche, su última cinta, Mi madre y su invitado,* se había alzado con el premio a la mejor película
* El título de las películas coreanas que no han tenido distribución comercial en países de habla hispana se han traducido de la versión en inglés.
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del festival; era el primer filme surcoreano que se llevaba la máxima distinción en un certamen internacional. Shin arrastraba inquieto los pies sobre el césped seco de la Casa Azul. En otro tiempo el jardín real de la dinastía Joseon, cuyos reyes habían gobernado la península durante más de quinientos años, hoy acogía la residencia presidencial, un complejo de edificios tradicionales de techos inclinados de tejas azules, unas tejas legendarias cocidas al sol al estilo antiguo y que, según se decía, podían resistir el paso de los siglos. En una decisión claramente pragmática, la residencia estaba protegida por muros altos y por varios puestos de control con unidades de la policía nacional y de la policía militar. Eran muy pocas las personas ajenas al complejo de la Casa Azul a las que se les permitía el acceso. Estar en aquel recinto era todo un honor. A poca distancia de Shin, el fotógrafo manipulaba su cámara, preparaba el flash y ajustaba el diafragma mientras el resto de los invitados se arremolinaban alrededor de Shin para la foto. Aunque en el retrato aparecen siete personas, las verdaderamente importantes son las tres que ocupaban el centro: Shin; Choi Eun-Hee, su esposa, con la que había contraído matrimonio hacía nueve años, y, entre ambos, el nuevo presidente de Corea del Sur, el general Park Chung-Hee. El presidente Park tenía 44 años y era bajo, tenía unos ojos os curos tristones y orejas de soplillo. Había tomado el poder tras un golpe militar exactamente un año atrás, el 16 de mayo de 1961. Antes de aquello, tampoco era muy conocido entre los invitados que se mezclaban en lo que ahora era su jardín: era un general de segunda con una hoja de servicio apreciable pero sin experiencia política. Sin embargo, tenía grandes proyectos para el país que amaba y que había visto hundirse en la pobreza, la corrupción y el caos durante los quince años que habían transcurrido desde la división. Se había criado en el campo, en el sur más profundo, rodeado de personas sencillas y patrióticas que deseaban un gobierno tan disciplinado y trabajador como ellas. Nada más llegar al cargo, mandó arrestar a decenas de funcionarios y empresarios corruptos, y los exhibió por las calles de Seúl con un cartel colgado del cuello que proclamaba ¡soy un cerdo corrupto! Con aquel gesto se ganó la adoración inmediata de las masas, al igual que con su anuncio de una nueva constitución, que sería ratificada en 1962 y tras lo cual se celebrarían elecciones presidenciales en 1963. Se había prodigado en público para mejorar 24 la llamada del destino
su imagen entre la población y darse a conocer entre los sectores más importantes, como el cine, que preveía utilizar para cambiar la imagen de su país en el mundo. Aunque para mucha gente Corea del Sur era una nación triste y subdesarrollada, dependiente de las ayudas y con poco que ofrecer, aquel galardón auguraba un futuro mucho más halagüeño. Por ese motivo, el propio Park, horas antes, había entre gado el premio a la mejor película a Shin y Choi en el Centro Cívico de Seúl. El público ovacionó a Shin y Choi mientras subían juntos al escenario. Shin era el productor y el director de la película premiada pero, como en prácticamente todos sus filmes, Choi era la protagonista. A Shin se le conocía sobre todo por sus largometrajes sobre mujeres (a menudo interpretadas por Choi) y para mujeres, ese «ejército que calza suelas de goma» que vivía en Seúl y en las provincias rurales y que constituía el público más apasionado de Corea del Sur. A ojos de la gente, marido y mujer eran inseparables, una pareja glamurosa cuya empresa conjunta, Shin Film, únicos estudios cinematográficos de Corea del Sur, y el logo de ésta, una antorcha llameante, eran absolutamente familiares para toda la población. Choi caminaba unos pasos por delante de su marido cuando subieron al escenario, un sutil indicio de la modernidad que presidía aquella relación de pareja. Se detuvo a la altura del presidente Park y se inclinó ante él, tanto que hincó una rodilla en el suelo mientras desplegaba una sonrisa irónica. El presidente y la primera dama no pudieron contener una carcajada ante aquella descarada muestra de falsa obsequiosidad. Tras ella, Shin inclinó a regañadientes la cabeza, lo mínimo para poder salir del paso. Le gustaba sentirse reconocido y codearse con los poderosos, pero era evidente que le incomodaba tener que rendirles pleitesía. Tal vez tuviera algo que ver con su profunda desconfianza hacia los políticos. No en vano, había crecido en una Corea que, después de trece siglos de soberanía, los políticos habían entregado al imperio japonés para que éste la colonizara. Cuando cumplió diecisiete años, abandonó Corea y se marchó a Japón a estudiar; a su regreso, descubrió que ya no podía volver a su ciudad natal porque, de repente, formaba parte de otro país, Corea del Norte, y todo ello como consecuencia de los tejemanejes de los políticos. Para Shin, derecha e izquierda eran lo mismo, un mal que había que sobrellevar y, si surgía la posibilidad, del cual aprovecharse. una instantánea en el jardín de la casa azul 25
Tal vez era eso. O tal vez simplemente que no soportaba no ser el centro de atención. En el jardín de la Casa Azul, Shin echó los hombros para atrás y lanzó una mirada a Choi, que hablaba con algunos invitados a unos metros de distancia. Estaba radiante con su largo vestido oscuro, y las joyas que adornaban su generoso escote parecían mostrar el camino que debían seguir las miradas de los curiosos: hacia su pecho. (Contrastaba con este atuendo el de la primera dama: un hanbok tradicional, largo y abombachado por debajo de la cintura, que ocultaba la forma de sus caderas y sus piernas bajo mil y un pliegues, y sin escote.) Choi había recogido su abundante cabellera oscura para acentuar aquel rostro imponente. Llevaba unos pendientes brillantes y una capa de maquillaje cuidadosamente aplicada realzaba tanto sus célebres ojos oscuros como sus labios carnosos. Choi ya era una celebridad mucho antes de que lo fueran el director Shin o el presidente Park; de hecho, había empezado a hacerse un nombre sobre el escenario antes del final de la guerra del Pacífico, cuando Corea era todavía un solo país. Desde entonces, había sido un rostro habitual de las revistas cinematográficas y del corazón. Durante la traumática guerra de Corea, entre 1950 y 1953, había actuado para las tropas de ambos bandos, y se rumoreaba que había ejercido la prostitución en algún campamento militar: decían que, de noche, se desnudaba y se acostaba con los soldados después de haber cantado y bailado para ellos en el escenario unas horas antes. Según otros rumores, durante la mayor parte de la guerra había sido la amante de un general estadounidense. Tras el armisticio, protagonizó otro escándalo al abandonar a su primer marido, un cámara mayor y respetado, enfermo de tuberculosis y mutilado de guerra, por el joven y atractivo Shin Sang-Ok, un joven cineasta que luchaba por abrirse camino. Con Choi como protagonista, la fama de Shin se disparó; por su parte, gracias al éxito de sus películas, elegantes y sofisticadas, Choi pasó de ser una casquivana en el ojo del huracán a una gloria nacional. El fotógrafo les hizo un gesto para que se juntaran y no se movieran. Un instante más tarde, el flash inmortalizó a aquellas tres personas que, cada una a su manera, estaban a punto de catapultar el cine surcoreano y lograr su reconocimiento internacional. La imagen muestra a Shin con las manos a la espalda y los hombros arqueados; 26 la llamada del destino
en su rostro se dibuja una mueca orgullosa e irreverente. A su lado, el presidente exhibe el porte rígido de un militar. Su traje oscuro se confunde con una oscuridad que la escasa potencia del flash no alcanza a iluminar. Su rostro parece una máscara enigmática y un tanto amenazadora. Choi, por su parte, aparece ligeramente vuelta hacia la derecha, absorta. No despega la mirada de su marido.
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