Una tarde de invierno un tipo de aspecto sombrío que había estado merodeando por la librería esperó a que se fueran todos los clientes y se me acercó cuando estaba a punto de decirle que íbamos a cerrar. Llevaba una gran bolsa de plástico en la mano y me dijo con aire misterioso que quería enseñarme algo. Si no me importaba le gustaría hacerlo en la parte de atrás, donde podíamos hablar a solas. Le dije que mejor volviese en otro momento porque era tarde, pero fingió no oírme. Se acercó a la mesa de novedades que teníamos más cerca y sacó de la bolsa un estuche. Contenía varios volúmenes encuadernados en piel. Los desplegó sobre la mesa y se quedó observándome. Mire esto, dijo con voz temblorosa. Era la edición en cinco tomos del facsímil de Hora de España. Yo había oído hablar de aquella mítica revista, la mejor que se publicó durante la Guerra Civil. La mencionaban con reverencia los que habían visto algún número suelto, que aparecía de tarde en tarde en las librerías de lance. Si alguien se hacía con un ejemplar lo escondía
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en su biblioteca y se lo enseñaba a los amigos como un trofeo raro y prohibido. Otros presumían de haberla conocido cuando se publicaba pero hacía años que no la veían. Recordaban a muchos de los colaboradores y su maravilloso diseño gráfico con un gesto expresivo y nostálgico. Yo no había conseguido ver ni siquiera un número suelto. Deposité el pesado estuche sobre una mesa y hojeé el primer volumen. Nunca había visto nada tan bien diseñado, tan bien impreso, tan bien encuadernado. Ni soñando se hubiera podido en la España que yo conocía hacer algo así. Por no hablar del contenido y de las ilustraciones. Todos los grandes escritores fieles a la República habían colaborado en sus páginas. Por fin lo podía comprobar revisando los índices. Quienes hablaban de la maravilla que era esa revista se habían quedado cortos. Nos fuimos al pequeño cuarto de atrás donde solía recibir a los amigos y estuve admirando los cinco volúmenes durante un rato, ante la mirada atenta y el silencio de aquel personaje que no se había presentado. Solo me dijo su nombre al despedirse, Ramón Moreno. Iba vestido con la pulcritud del empleado pobre, el nudo de la corbata descolorido por el uso, un jersey
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oscuro de lana que ocultaba los puños de la camisa. Movía las mandíbulas al hablar en sentido horizontal, sin despegar los dientes, y había que escuchar con atención para entenderle. Parecía un personaje de un cuadro de Zurbarán o de El Greco por su aire intenso y triste. Se acercaba mucho para hablarte, como por temor a que alguien le estuviese escuchando, tal vez sencillamente por hábito. La edición facsimilar la había hecho una empresa domiciliada en Lichtenstein, aunque estaba impresa en un lugar no identificado de Alemania. El editor que se ocultaba detrás del sello Topos Verlag era un importante librero anticuario que tenía su negocio en un pueblecito de las montañas del Taunus, a unos cincuenta kilómetros de Frankfurt. Eso es lo que pude saber después de preguntar mucho a mi visitante, que contestaba en un susurro monocorde y defensivo, dando a entender que no era la persona adecuada para dar la información que le pedía. En realidad quien se ocultaba detrás del editor alemán, que a su vez se ocultaba en el sello de Lichtenstein, era un hermano de mi extraño visitante. Usted tiene que conocer a mi hermano, me dijo, queriendo evitar que yo le siguiese interrogando. Tenemos una tienda
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en el callejón de Preciados, y yo creo que podrían verse la próxima semana. Mi hermano viaja mucho, pero le han hablado de usted y tiene interés en conocerlo. Yo creo que pueden ustedes hacer negocio, concluyó, dándome a entender una vez más que él era un mero emisario. Metió con mucho cuidado los cinco volúmenes en el estuche y en su bolsa de plástico. Nos despedimos en la puerta interior que daba a un patio por donde los empleados habían salido hacía media hora. Su hermano se llamaba Enrique Moreno. Antes de mi cita pregunté a varias gentes pero nadie me pudo dar mucha noticia de él. Solo lo conocían en el gremio de los libreros de viejo, donde todos insistían en lo poco que lo trataban y en lo reservado que era. Se sabía que tenía muy buenos libros y también buenos contactos. Pero nadie tenía verdadera amistad, menos aún familiaridad con él. Tampoco se sabía quiénes eran sus clientes, ni dónde se proveía de libros. Le habían puesto el sobrenombre de “el telón de acero” porque no habían conseguido sacarle nunca la más mínima información sobre su negocio. Por un viejo encuadernador que llevaba muchos años trabajando para él supe años más tarde que era hijo de un maestro republicano fusilado cuando los
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nacionales entraron en Madrid. Lo habían visto arrastrando un carro de trapero por las calles de Madrid, comprando papeles y libros. Su madre se había quedado viuda con dos hijos todavía adolescentes. Se sabía que el negocio desde el comienzo estuvo a nombre de la madre, a quien nadie había visto nunca. Moreno la visitaba todas las tardes al cerrar la tienda, después de pasar por Casa Mira para comprar media docena de rusos y relámpagos, que merendaban juntos. La madre debía de tener unos ochenta y cinco años. También se decía que su primera mujer lo había abandonado para escaparse, unos decían que a Portugal y otros que a América, con un amante y con una hija recién nacida a quien Moreno no había vuelto a ver. Sonaba a leyenda un poco infantil, pero era el tipo de rumores que gustaban y repetían los que lo habían tratado alguna vez. Se sabía que estaba casado en segundas nupcias y que tenía un hijo estudiando fuera de España, pero tampoco a esta segunda esposa la conocía nadie. Lo cierto es que en el gremio de libreros anticuarios de toda España a Moreno se lo respetaba por su palabra, por sus contactos y sus conocimientos. Era el único que había traspasado las fronteras nacionales, el único que mantenía contactos con todos los grandes anticuarios
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de Europa. Bastaba con decir, como yo pude comprobar más tarde, que venías de parte de Moreno en cualquier librería anticuaria de Europa para que te tratasen como a uno de los suyos y te diesen acceso a los libros más valiosos, amén de crédito ilimitado. El callejón de Preciados apenas tiene setenta metros. Está situado en un lateral de la calle de su mismo nombre, la más comercial de Madrid. Millones de gentes pasaban por allí cada día, pero nadie reparaba en ese pequeño lateral donde la única tienda parecía cerrada. La persiana metálica siempre estaba echada. En el escaparate había unos pocos libros polvorientos editados en los años 40 o 50, detrás una cortina verde oscuro que no dejaba ver a quienes estaban dentro del local. Solo se distinguía por encima de las cortinas la luz blanquecina y uniforme de un tubo de neón que iluminaba el pequeño espacio que se adivinaba desde la calle. Al lado de la puerta había un timbre y Ramón se asomaba para comprobar quién llamaba. Abría solo cuando era el cliente o el proveedor que esperaban. De vez en cuando llamaba algún despistado y Ramón le explicaba a través de las rejas que solo se recibía con cita previa. Si el despistado insistía en pedir una cita Ramón le daba el teléfono con un número cambiado y
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le despedía con una amabilidad oficiosa que no ocultaba sus pocas ganas de perder el tiempo. Dentro del local trabajaban los dos hermanos. Enrique de espaldas a la ventana y Ramón al fondo, en el extremo de una mesa alargada y ancha que apenas dejaba espacio para la silla donde se sentaban las visitas, casi pegada a la puerta. Las paredes estaban cubiertas de estanterías, con libros pero sobre todo con repertorios bibliográficos en varios idiomas. Ramón era el que los usaba para hacer las fichas en las que trabajaba incansablemente, sin levantar la vista más que para abrir la puerta. Nunca participaba en las conversaciones. En apariencia ni las escuchaba. De vez en cuando desaparecía por unas escaleras que había al fondo del local. Reaparecía con un libro, trabajaba con él un rato haciendo anotaciones en las fichas y volvía a desaparecer por las escaleras. En aquel primer encuentro Enrique Moreno estuvo extremadamente reservado, casi tanto como su hermano cuando había venido a verme la primera tarde. Hablaba de vaguedades y cambiaba de tema constantemente, evitando que se concretase nada. Cuando me hacía una pregunta no esperaba a que le contestase, me interrumpía para hacerme otra pregunta cuya respues-
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ta tampoco escuchaba. Tuve la sensación de que quería hacerse una idea de quién era yo más por mi aspecto y por mis modos que por lo que pudiera decir. En cierto momento me alargó un libro que tenía en su mesa y me dijo, con un poco de displicencia: mire esto. Era una edición de Quevedo, publicada en Flandes por Foppens en el siglo xvii. Moreno observó con interés cómo cogía yo el libro, cómo pasaba las páginas, cómo miraba el índice. Cuando se lo devolví me miró con una leve sonrisa de aprobación. Ahora voy a enseñarle a usted, aunque acabo de conocerlo, cómo se mete un libro en su estuche. Y giró el volumen, apoyando luego la punta de los cantos en el perfil del estuche por su parte inferior. Hizo un leve movimiento y encajó el libro con un gesto rápido y seguro. Esperó más de una hora larga para comentar, como con un cierto descuido, que en realidad lo que quería era anunciarme que pronto iba a llegar su socio Detlev Auvermann a Madrid, y lo interesante que sería para mí conocerlo. Me habló de él sin decirme nada específico, dándome la impresión mediante muecas y pequeños soplidos de que era una persona muy importante, con un negocio, unos contactos y unos conocimientos que muy poca gente tenía, no solo en España sino en
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toda Europa. Le pregunté si hablaba español y me contestó con un gesto de suficiencia que no solo español, hablaba correctamente cinco idiomas. Cuando quise saber cómo se le había ocurrido editar Hora de España me dijo que eso era algo que él mismo me explicaría, pero nada me iba a extrañar cuando lo conociese. Con Detlev Auvermann estuve asociado quince años. Hicimos juntos la Biblioteca del 36, una colección de ediciones facsimilares de todas las grandes revistas de la Segunda República y de la Guerra Civil. Todas estaban prohibidas en España y las tuvimos que imprimir en Alemania. A veces tardábamos años en encontrar una revista a la que luego resultaba que le habían arrancado las cubiertas en la encuadernación o le faltaban páginas por cualquier otro motivo. Algunas de ellas, como El Mono Azul, eran en realidad pliegos sueltos que se habían publicado para distribuir en las trincheras y no había forma de encontrar algunos números. En otras, como era el caso de la misma Hora de España, se dudaba si había salido un número que estaba en imprenta cuando las tropas de Franco tomaron Barcelona, adonde se había trasladado la redacción después de la caída de Valencia. El esfuerzo para completar algunos números duraba años. En algunos casos teníamos que hacer
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