el destino y la espada Antonio Malpica
El destino y la espada © 2015, Antonio Malpica Diseño de portada: Roxana Deneb y Diego Álvarez D. R. © 2016, Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Eugenio Sue 55, Col. Chapultepec Polanco Del. Miguel Hidalgo, C.P. 11560, México, D.F. Tel. (55) 9178 5100 • info@oceano.com.mx www.oceano.mx • www.oceanotravesia.com Primera edición: 2016 ISBN: 978-607-735-794-0 Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita del editor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público. ¿Necesitas reproducir una parte de esta obra? Solicita el permiso en info@cempro.org.mx. Impreso en México / Printed in Mexico
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Primera parte
Otoño, 1589
A
través del lóbrego bosque, una figura embozada avanza a los trancos. Tiene en mente una sola cosa: llegar cuanto antes al pueblo en el que nació, en el que creció, en el que se hizo hombre y asumió su destino. Entre sus ropajes no carga sino un poco de queso, pan, la bota de agua y una bolsa con dinero, que es más una previsión contra los ladrones que una necesidad real. Le vienen imágenes un tanto dolorosas. Un niño entre sus brazos. Una madre cariñosa. Una época feliz. “Horrible cosa es el orgullo”, se dice mientras avanza a toda la velocidad que se lo permiten sus cansadas piernas. Y piensa en la fatalidad, esa marca indeleble en aquellos que no pueden rehuir una misión. Se siente tentado a culpar a esa suerte de condena escrita en los astros por el retraso de un día que ahora está pagando. A menos de dos leguas de alcanzar su destino, su caballo sufrió un accidente terrible: se trozó por completo una pata al caer en una hendidura del terreno, herida que obligó a su amo a sacrificarlo. Era 31 de octubre, víspera de Todos los Santos, día de malos presagios. Comprendió que tendría que descansar, continuar hasta el otro día, elevar una plegaria por que el proceso se retrasara. Pasó mala noche, temiendo por su propia vida, seguro de que no lo dejarían dormir las voces de aquellos que no encontraron descanso ni siquiera en la tumba. Menos en una noche tan aciaga y siniestra como ésa. Y así fue. Una mala noche. La peor de todas. Se levantó al alba. Pero no cree en los milagros. Nunca lo ha hecho. Y por eso ahora, sin montura y con la prisa de llegar a tiempo, corre a ratos, descansa a ratos, eleva una plegaria cargada de dolor. ¿Cuándo fue la última vez que conversó con él? ¿Cuatro años atrás? Un diálogo cubierto de reproches y de insultos. Recordó los 13
años en que eran los mejores amigos, aquellos en que araban y cosechaban la tierra juntos, los años en que toda la felicidad parecía depender de las cosas más simples: el pan en la mesa y la hoguera encendida. Ni siquiera se había interpuesto entre ellos el sino de formar parte de una dinastía maldita. A los doce años, a las 144 lunas, ocurrió en Peeter lo que tenía que ocurrir. Y el muchacho asumió con valentía su lugar en el mundo. Pero eso fue en el pasado. “Y el pasado no existe”, fue el pensamiento que lo obligó a abandonar su casa y reventar el caballo. Se detiene. Levanta la mirada y se retira el embozo, pues ha dejado de enfriar; el sol ocupa el lugar más conspicuo en la bóveda celeste. A la distancia se distingue el campanario de la iglesia, los lindes de la comarca, el dibujo nebuloso del sitio al que entregara los mejores años de su vida. Continúa su camino a pesar de casi no tener aliento. No ha comido nada desde que despertó pues lo considera una pérdida de tiempo. Sigue sin dejar de rezar por una última oportunidad, una posible reconciliación. Y en su pecho nace, para morir de inmediato, una ráfaga de esperanza. Se dice que no le importaría llegar a la mitad del proceso, detener el juicio, suplicar al juez, comprar al comisario inquisidor, levantar la voz y hasta ofrecerse a sí mismo en prenda… cualquier cosa con tal de que perdonasen la vida a su muchacho. Pero no cree en los milagros. Durante la víspera de Todos los Santos tuvo malos presentimientos. Y algunas voces, durante la noche, lo torturaron con cosas que no quería oír. Desciende por una ladera con el corazón en la garganta, cerran do los ojos. “¿Por qué nos peleamos?” intenta recordar. Y sólo viene a su mente el momento en que él dijo que, si no podían vivir bajo el mismo techo, se marchaba. Peeter tenía veintidós años y era guapo como un Apolo. Su madre había muerto un par de años antes de que empezaran las disputas; la convivencia se había vuelto imposible entre los dos varones. Por eso una tarde dijo, sin más, que 14
abandonaría Bedburg, que trataría de levantar otra granja en algún lugar cercano, que le deseaba a su hijo una buena vida, que no lo buscara porque él tampoco lo buscaría. Mala cosa el orgullo. Sobre todo si no se recuerda el motivo original de la desavenencia. Una completa estupidez. Pero así es el corazón del hombre. Y en él caben tanto el rencor como el arrepentimiento. “Mi muchacho”, repite ahora en voz alta Wilhelm Stubbe. El padre. El que intenta regatear, con todas sus fuerzas, unas cuantas horas al destino. El que ahora corre cuesta abajo y tropieza para rodar por la pendiente, se levanta sin reparar en sus heridas, y vuelve a la carrera. Cuatro años de silencio. ¿Por qué tardamos tanto? Es imperdonable. Pero nunca es verdaderamente tarde mientras no sea la muerte quien se anticipe a los eventos. Todo eso se dice, y por momentos siente un efímero alivio. ¿Por qué no alquilé un transporte? ¿Por qué no fui más cuidadoso con el caballo? ¿Por qué no rompí el silencio el año pasado, durante la Navidad o su cumpleaños? ¿Por qué? El cansancio al fin lo hace detenerse. Está muy cerca la primera casa del pueblo, la de Gustav Lander, hombre bueno y gran conversador. Piensa que es una extraña suerte conocer a todos en Bedburg. Porque es posible que no tenga que correr a la plaza, acaso pueda echar mano de un caballo prestado. Y en su corazón vuelve a asomarse esa ráfaga de esperanza. Recupera el aliento y vuelve a correr. No se detiene en la casa de Lander, tampoco en la de la viuda Gretchen. Tiene en mente la casa de Ole, amigo de la infancia, hermano de leche, pues los alimentó la misma nodriza. Se detiene en la puerta y golpea con fuerza. Por la altura del sol calcula que aún no se habrá marchado a sus labores del campo. Vuelve a llamar. Aparece Ole en el dintel. Lo mira con sorpresa. Luego, con disgusto. Detrás de él, su mujer y sus hijas comen pan y leche. Los animales están dentro, procurándoles calor; las dos vacas y el becerro. 15
—¿Qué quieres? —pregunta con malestar. Stubbe no sabe qué responder. —¿Es cierto que has estado todo este tiempo en Frechen? —pregunta Ole de nueva cuenta. Stubbe asiente, pero no le gusta el rostro duro de su amigo de antaño. —Tal vez los crímenes de Peeter no te incumban —gruñe molesto el hombre de rubicundas mejillas—. Pero tú ni siquiera vivías aquí. Una pausa. Y luego, la frase que lo parte como una cuchilla. —La verdad no me pesa. Era tu hijo. Pero también una aberración del infierno. Ojalá su alma nunca encuentre descanso. Stubbe no quiere oír más. Con el más grande dolor en el pecho decide correr hasta la iglesia, hasta la plaza, hasta el punto en el que lo detendría una imagen que lo haría reconocerse humano y capaz de sentir un dolor inimaginable. Nadie hay en la plaza central. Los acontecimientos del día anterior han espantado por completo a los habitantes de Bedburg. La iglesia tiene las puertas cerradas con la sentencia de muerte de Peeter Stubbe fija con un clavo a la madera. El viento frío y el cielo azul y el canto de los pájaros matutinos son el absurdo telón de fondo. Como si fuese un día como cualquier otro. El padre, no obstante, lo imagina todo. Y se rinde sobre sus rodillas. La rueda de tortura aún está ahí, sujeta en el mástil construido para el efecto y que ha sido levantado en el justo lugar de las cenizas, macabro recordatorio de lo que ha acontecido la noche anterior. Y supone entonces Wilhelm que lo habrán desmembrado con esa misma rueda. Que luego lo habrán quemado, con la excepción de la cabeza. Y que, finalmente, habrán levantado ese horrible monumento para escarmiento de otras “aberraciones del infierno” que pudiesen contemplarlo. En la punta del asta, la cabeza de Peeter, empalada para el be neplácito de sus verdugos, ahora ausentes como la bondad del 16
mundo. De ojos cerrados y labios enjutos, aquel que era hermoso como un Apolo, corona ahora ese emblema del horror. Cuatro años sin verlo y terminar viéndolo así. Wilhelm recuerda un niño entre sus brazos. Una época feliz. Su grito encuentra eco en las lejanas montañas y sacude las tempranas nieves.
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Capítulo uno
S
e trataba de un templo, indudablemente. Un espacio dedicado a la veneración de alguna deidad suprema. De altas paredes abovedadas, el recinto tallado en la roca era inmenso, una catedral como jamás se ha visto a la luz del día. La única iluminación provenía de los calderos en torno al tabernáculo y algunas antorchas empotradas en las paredes. El altar, al igual que todo lo demás, estaba tallado en la roca y sobresalía unos veinte metros del área destinada a la congregación, conformada por hombres y mujeres de mirada torva, envueltos en túnicas negras. Se contaban por decenas. De sus gargantas surgía un gruñido, un constante tono grave que parecía hacer resonancia con el templo, como si quisieran hacerlo retumbar hasta venirse abajo. Una escalinata lateral conducía al altar, donde Er Oodak aguardaba con ambos brazos al frente, las manos entrelazadas y escondidas al interior de las mangas de su hábito negro con casulla escarlata. Sobre la plataforma, una sola pieza también de piedra, una mesa de sacrificios con evidentes marcas de la sangre derramada anteriormente. Tras una puerta cubierta por una cortina negra, apareció una figura, un hombre alto y robusto, igualmente investido con túnica negra. Llevaba en brazos a un muchacho inconsciente, semidesnudo, apenas cubierto con un pedazo de tela anudado a la cintura. Un muchacho a quien faltaba la pierna derecha. El sordo rumor de los feligreses aumentó. Oodak, hasta ese punto frente al ara de piedra veteada, caminó para colocarse detrás y presidir el rito. Acomodó sobre la superficie los instrumentos que habría de utilizar.
Lentamente, Farkas, aquel que surgiera por la puerta, comenzó a ascender por las escaleras que desembocaban justo a los pies del altar. Sin perder el paso. En sus fuertes brazos, el cuerpo del muchacho dormido. Oodak miró por encima de su hombro hacia una enorme caverna detrás del altar. Regresó la mirada al frente. La congregación enmudeció. Un horrible monstruo surgía de la boca de la grieta. Farkas miró hacia arriba y se detuvo por unos instantes; en seguida recuperó el paso. A la luz de las llamas, se mostró en su pavorosa estampa un macho cabrío descomunal, erguido en sus patas traseras. Debajo de su exuberante cornamenta se apreciaban aglutinados varios ojos, cada uno con una mirada independiente. En el morro, apresadas entre sus dientes, decenas de almas perdidas que sollozaban y suplicaban misericordia, hombres y mujeres cuyos gritos, de ser escuchados, harían detenerse a cualquier corazón humano. Levantaba el demonio sus seis brazos de garras afiladas para mostrarse magnífico, por delante de un par de alas de murciélago que ya había desplegado también, majestuosas. En una de sus garras, un cetro. Y en el cetro, el nombre blasfemo de aquél a quien ha servido desde el principio de los tiempos. El silencio fue total. Se escuchaba sólo el crepitar de las llamas y los pasos del licántropo ascendiendo hacia el altar con su preciada carga. Cuando al fin consiguió llegar al punto cumbre, depositó al muchacho sobre la fría piedra, ante la mirada de Oodak y su señor. Un grito comenzó a surgir desde el fondo de la tierra. Un aullido espantoso. —Es nuestro deseo… —dijo el Señor de los demonios, quien ahora tenía los ojos completamente negros. El grito comenzó a ascender más y más. Trataba de sobreponerse a todo. —… que esté alerta… Farkas asintió. El grito subía y subía pero no conseguía hacerse oír. 20
—… que esté consciente… Farkas daba a oler a Sergio de un recipiente de cristal que aproximaba a su nariz. Sergio se sacudía. —… para que muera como debe morir… Sergio abrió los ojos. Trataba de incorporarse pero los brazos de Farkas se lo impedían. En su rostro se reflejó el miedo, su viejo conocido. El demonio al lado de Oodak vomitó una lluvia de serpientes. Cuatro de ellas fueron hacia la piedra en la que reposaba Sergio y se enrollaron en sus cuatro extremidades, incluyendo el muñón de la pierna derecha, impidiendo su movilidad como si fuesen ellas mismas de piedra. Una quinta lo obligó a echar hacia atrás el cuello. —… presa del terror —dijo finalmente Oodak. El grito al fin consiguió reventar. Un estallido del tamaño de la realidad entera. El templo se vino abajo con todo su inventario de horrores. Brianda despertó y, presa de la crudeza de lo que acababa de presenciar, se levantó de un salto, alcanzando al instante la puerta de su habitación, a la que golpeó como si fuese el único obstáculo para impedir lo que recién había atestiguado. Gritó y gritó hasta que acudieron sus padres. Hasta que su madre la abrazó y se convenció a sí misma de que estaba en su cuarto, en su casa, en su mundo. No volvió a conciliar el sueño hasta que no se oyó a sí misma repetir: no es justo… no es justo… No es justo. *** Zenzele se echó la cabra sobre los hombros y caminó a lo largo de la vereda. No quiso mirar hacia atrás para evitar que lo traicionara el sentimiento. Sabía que su mujer y sus dos hijos lo contemplaban marcharse desde los lindes del poblado. Era esa hora crepuscular en la que las sombras son tan largas que rasguñan el horizonte. 21
Algo le gritó su pequeño hijo de cinco años; prefirió hacer oídos sordos. La cabra balaba, ignorante de su suerte. Zenzele la llevaba sujeta de las patas y caminaba en dirección al punto de la ofrenda mientras repetía en voz baja las fórmulas que cada ciclo lunar le ayudaban a conjurar el miedo. Éste era el octavo ciclo. Cuatro más y descansaría un año. “No debo tener miedo” se decía en su lengua, echando mano de todo el valor que llevaba guardado en algún rincón de su corazón. Había enfrentado al león varias veces. A la hiena. Al babuino. Y había sentido miedo. Pero nunca nada como lo que sentía cada luna completa, cuando era su turno de llevar la ofrenda. Cuando era uno entre los veintiocho varones seleccionados para mantener al pueblo a salvo y en paz. Sus pies descalzos hacían crujir la hierba seca. El sol se ponía ya sobre su costado derecho, detrás de la línea infinita de la redondez de la tierra. El calzón de piel de jabalí le causaba comezón, pero no aminoró el paso. Volvió a la repetición de fórmulas, de plegarias, de tácitas llamadas de auxilio a sus ancestros. Los dientes que colgaban de su cuello hacían el único ruido posible, pues incluso las aves callaban en esa zona desierta, carente de vida. A los dos kilómetros de haber abandonado la aldea, el sol desa pareció por completo. “No debo tener miedo.” Bajó por una pendiente. Cruzó el cadáver de un árbol. Llegó al lecho muerto de un río. Se enfrentó a la cueva. Aún podía distinguir la herida de la caverna en las faldas de la pendiente. Ya no había sombras pero sí el contorno preciso de los objetos. Los huesos a la entrada. Los restos de las contadas ocasiones en que Henrik prendía un fuego. La sangre seca de su última comida. La total ausencia de vida. Ni siquiera los moscardones se acercaban. Depositó a la cabra en uno de los dibujos del riachuelo, muerto desde la llegada de Henrik, hacía cuatro años. El animal volvió 22
a emitir un tierno balido, al ser puesto de costado sobre la tierra. Zenzele sabía que con eso bastaba. Sabía que la noche lo sorprendería al regreso, pero tendría veintisiete días para reponerse hasta su nueva encomienda. Se permitió sonreír al erguirse de nueva cuenta. No obstante, ésta, su octava vez, no iba a ser como las otras. Lo había presentido desde el momento en que había abandonado la aldea. Y comprendió que esa lágrima a la que se había resistido al oír la voz de su hijo, volvería en cuanto menos lo esperara. Dirigió sus negrísimos ojos a la entrada de la cueva porque advirtió que algo se movía. Sintió miedo, mucho, pues suponía que la visión sería horrible. Algún monstruo espeluznante. El más feroz de los demonios. El terror más absoluto. Cuatro hombres en los últimos ocho meses habían sido devorados por Henrik. Todos sin razón aparente pues habían llevado sin falta la ofrenda, patas de cebú, de ñu, crías de cebra, cabras… La luz aún no abandonaba al mundo, a pesar de que ya había abandonado el corazón de Zenzele. Notó que su apreciación no había sido incorrecta. Pero no estaba preparado en lo absoluto para lo que vio. Un niño. Un niño blanco. Hermoso. De cabellos rubios y ojos azules. Con ropas maltrechas pero de corte urbano, citadino. Descalzo. Su cabello largo se revolvía con el viento. Zenzele sólo había visto hombres blancos un par de veces… pero nunca un niño. Se detuvo para contemplarlo, ya que éste también lo miraba. “Henrik”, se dijo. Y pensó que sería muy afortunado si podía volver a su casa y contar a todos lo que había visto, pues era maravilloso. Sobrecogedor y maravilloso. Se atrevió a sonreír. Una sonrisa de extrañeza, de necesidad de paz y de entendimiento. Los colores se perdieron. Los luceros resplandecieron. La noche al fin alcanzó la estepa africana. Los alcanzó. Tanto a uno como a otro. Mirándose a los ojos a unos metros de distancia. Uno en la orilla de la pendiente. El otro, en el dintel de la cueva. Dos extraños 23
que acaso podrían aproximarse y buscar algún tipo de comunicación humana. Y cuando Zenzele creyó que comenzaba a sentirse conmovido, notó que era demasiado tarde. Sus vísceras se volcaban hacia afuera. Todas sus entrañas, de un segundo a otro, alimentaban la tierra. El rojo de su sangre, fundido en ese gris absoluto en el que se habían transformado los colores, le produjo un mínimo estallido mental, una última señal de alarma, un “algo no está bien aquí”. Pero era demasiado tarde. Se derrumbó sobre sus rodillas. Y se permitió esa última lágrima antes de caer definitivamente sobre el polvo. Henrik suspiró sin mudar la expresión en su rostro. Le divirtió un poco que el oscuro hombre sobre la tierra no hubiese tenido tiempo de cerrar los ojos, aunque no lo suficiente como para arrancarle una sonrisa o algo parecido. Se acuclilló al lado del cadáver y hundió una mano en el interior, aprovechando el tajo limpio con el que había cercenado el vientre. Por lo pronto sólo se regocijó en la materia pegajosa, tibia y palpitante. Extrajo la mano y la contempló, brillosa, a la luz de la luna llena. Ni siquiera tenía hambre. Solamente estaba aburrido. La cabra murió decapitada. De un instante a otro también. La cabeza todavía emitió algunos sonidos, por brevísimos segundos, a pesar de haber sido separada del cuerpo. Tampoco esto le hizo mutar el gesto a Henrik. Se incorporó. Aburrido. Aburrido. Aburrido. Con los ojos puestos en la luna se acarició una mejilla, pintándola de sangre. Volvió a suspirar. Pensó en volver a la cueva. Esperar a la mañana para dar cuenta de la ofrenda. De las ofrendas. Comenzó el camino de regreso, a paso cansino. —Mein kind… Se detuvo. ¿Había sido su imaginación? ¿Alguna voz de su mente, de esas que los últimos años lo habían acompañado a todas partes, como una clara demostración de la locura a la que se había entregado? 24
—Mi niño… —repitió la voz en alemán. Se volvió. El cadáver del aborigen hablaba. Exánime, hablaba. Los ojos del muerto seguían fijos en la nada, pero su boca había recuperado su natural movilidad. Se acuclilló Henrik frente al prodigio. —Mi pequeño… cuántos años de no vernos. ¿Eres feliz en tu exilio? —dijo la voz. —Mmhh… —se encogió de hombros el muchacho. La noche envolvió la estepa. Como si la luna hubiera decidido apagarse. —Comprendo que hayas decidido apartarte de todo, mi pequeño… pero necesito de tu ayuda. —Habla, mi Señor. —Tendrías que volver al mundo. Henrik apenas asintió. —Y tendrás que desafiar a Oodak. La confirmación empezó. El zumbido de las moscas comenzó a crecer como una alarma contra incendios. Repentinamente, una nube de insectos se apropió de la cuenca vacía del río, creando una oscuridad palpable, viva. Henrik abrió la boca para deglutir algunos de los asquerosos secuaces del que se hacía presente. —Está bien —volvió a encogerse de hombros el muchacho. Un rugido surgió de la seca garganta de la tierra, de la más profunda negrura de la cueva. Todas las aldeas circunvecinas padecieron un temblor de tierra. El estremecimiento acompañaría a la gente por varios días, el espanto enfermaría del estómago a los niños, los viejos culparían a alguna añeja maldición. Un estruendo que sacudiría las hojas de los árboles y haría huir a las fieras. Un desplante un tanto vulgar, incluso para el Principe del averno, el Señor de las moscas, pero en cierto modo necesario. —En principio, mi niño, grábate un nombre. Henrik decidió que era buen momento para disfrutar del banquete. Extrajo a la cabra uno de los globos oculares. Lo sostuvo 25
en su mano sanguinolienta. Las moscas se posaron al instante en el gelatinoso bocado. Aguardó unos segundos. Esperaba a que su señor hablara. —Sergio Mendhoza —fue lo que surgió de la boca del cadáver. Y Henrik, al momento de posar la golosina en su ávida lengua, sonrió por vez primera.
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