Skip to main content

13271c

Page 1

introducción

N

o estaba yo destinado a ser guerrero. Una enfermedad infantil en 1948 me dejó lisiado de por vida, y hace ya cuarenta y cinco años que soy cojo. Cuando en 1952 me presenté al examen médico para el servicio militar obligatorio, el doctor que me examinó las piernas –único médico, por supuesto, que me vio aquel día– meneó la cabeza, apuntó algo en mi expediente y me dijo que podía irme. Semanas después recibía una carta oficial en la que se me comunicaba que había sido clasificado como inútil permanente para el servicio en las fuerzas armadas. El destino, sin embargo, haría que el eje de mi vida fuese el ejército. Mi padre había servido en la Primera Guerra Mundial, yo me crie durante la Segunda en una región de Inglaterra en la que se preparaban los ejércitos ingleses y estadounidenses para la invasión del Día D, y ya intuía, en cierto modo, que el servicio de armas de mi padre en el frente occidental en 1917 y 1918 había sido su experiencia vital más importante. Así, ser testigo de los preparativos para la invasión de Europa en 1943 y 1944 fue algo que a mí también me marcó, suscitando en el niño de entonces un interés por los temas militares que se consolidaría cuando fui a estudiar a Oxford en 1953 y elegí Historia Militar como asignatura especial. La asignatura especial constituía un requisito únicamente imprescindible para la graduación, por lo que mi implicación en la materia de la Historia Militar habría podido concluir al finalizar mis estudios; pero mi interés fue en aumento en el transcurso de los mismos, fundamentalmente porque casi todos mis compañeros de Oxford, a diferencia de mí, habían hecho el servicio militar, lo que sirvió para hacerme consciente de haberme perdido algo. Casi todos ellos habían sido oficiales y muchos habían servido en campaña, dado que Gran 11

Historia_Guerra_I.indd 11

11/02/14 20:21


historia de la guerra

Bretaña, en la década de 1950, veía mermar su imperio por efecto de diversas guerras coloniales de menor entidad; algunos de mis amigos habían combatido en las junglas malayas o en las selvas de Kenia, y recuerdo que algunos habían estado alistados en regimientos en Corea, participando en batallas auténticas. Su futuro profesional no era muy prometedor y buscaban acabar con éxito los estudios, causando buena impresión en los profesores, como pasaporte para su inminente incorporación a la vida civil; pero para mí era evidente que aquellos dos años en que habían vestido el uniforme les conferían el aura de un mundo totalmente distinto de aquel en que estaban a punto de ingresar. Parte de aquella aura la constituían sus experiencias en lugares remotos, sus obligaciones fuera de lo corriente, la emoción y el peligro, y a ello se añadía el prestigio de haber convivido con los oficiales profesionales bajo cuyo mando habían estado. A los profesores se les admiraba por su erudición y sus excentricidades, pero aquellos compañeros conservaban hacia los oficiales que habían conocido una admiración por el conjunto de sus cualidades humanas, su ímpetu, su arrojo, su vitalidad y su impaciencia día a día; los nombraban a menudo, rememoraban su carácter y sus manías, recreaban sus hazañas y, sobre todo, sus roces naturales con la autoridad. Yo llegué a pensar que, de algún modo, conocía a aquellos alegres militares y, desde luego, estaba ansioso por conocer a gente como ellos aunque solo fuese para corroborar mi personal visión del mundo militar, que iba tomando forma en mi mente a medida que profundizaba en el estudio de los textos de la asignatura de Historia Militar. Al concluir la vida universitaria, cuando mis amigos se marcharon para incorporarse a la vida civil como abogados, diplomáticos, funcionarios o, a su vez, profesores de universidad, me di cuenta de que aquella aura de sus experiencias militares había hecho mella en mí y decidí ser historiador militar; temeraria decisión, dado que existían pocas plazas docentes para la asignatura. No obstante, antes de lo que habría cabido esperar, se produjo una vacante en la Real Academia Militar de Sandhurst, la escuela británica de cadetes, y en 1960 me incorporé a su claustro de profesores. Tenía veinticinco años, no sabía 12

Historia_Guerra_I.indd 12

11/02/14 20:21


introducción

nada del ejército, nunca había oído un disparo, apenas había visto oficiales y mi concepto de lo militar era exclusivamente producto de mi imaginación. El primer curso que pasé en Sandhurst me sumergió totalmente en un mundo para el que, ni por lo más remoto, estaba preparado. En 1969 la plantilla militar de la academia –yo formaba parte del personal docente– la constituían exclusivamente, en los cargos más antiguos, veteranos de la Segunda Guerra Mundial, mientras que los oficiales más jóvenes habían luchado casi todos en Corea, Malasia, Kenia, Palestina, Chipre o en cualquier otra campaña de la docena más de guerras coloniales, y todos lucían un uniforme lleno de condecoraciones, muchas de ellas ganadas en actos de valor. El jefe de mi departamento, un oficial retirado, lucía por las tardes en el salón de oficiales la medalla de la Orden de Servicios Distinguidos y la Cruz Militar con dos barras, condecoraciones que no eran nada excepcionales, pues había mayores y coroneles con medallas por actos de valor en El Alamein, Montecassino y Kohima. La historia de la Segunda Guerra Mundial estaba escrita en aquellas delgadas cintas de seda que con tanta naturalidad exhibían, y de sus momentos culminantes daban cuenta aquellas medallas y cruces cuyos poseedores no parecían dar importancia a haberlas ganado. Y no era solo el caleidoscopio de medallas lo que producía en mí el hechizo, sino los abigarrados uniformes y lo que significaban. Muchos de mis compañeros de universidad habían vuelto con prendas de gloria militar: guerreras de su regimiento o gruesos abrigos del ejército; los que habían sido oficiales de caballería seguían luciendo como traje de noche las botas de charol con ranura en el tacón para las espuelas y reborde de cuero, correspondientes a su uniforme de húsares. Lo que me hizo reparar en la paradoja de que el uniforme no fuese tan uniforme y los regimientos tuviesen atuendos distintos. Tal diversidad se me hizo patente en las primeras reuniones a las que asistí en Sandhurst. Había lanceros y húsares de azul y escarlata, pero también oficiales de la caballería real abrumados por el peso de los entorchados, oficiales de fusileros vestidos de un verde tan oscuro que parecía negro, artilleros de pantalones ceñidos, guardias reales 13

Historia_Guerra_I.indd 13

11/02/14 20:21


historia de la guerra

de camisa almidonada, highlanders con seis tipos diferentes de falda escocesa, lowlanders con pantalón escocés de cuadros, y oficiales de infantería de los regimientos de los condados con pechera amarilla, blanca, gris, roja o de ante. Yo estaba convencido de que el ejército era algo unitario, pero en la primera velada descubrí mi error; me faltaba aún por aprender que aquellas diferencias de atuendo externas traducían unas diferencias internas de mucha mayor importancia. Así, descubrí que los regimientos se significaban por encima de todo por su carácter, y que era ese carácter lo que los convertía en organizaciones de combate cuya eficacia en la lucha testimoniaban todas aquellas medallas y cruces que veía por doquier. Mis amigos de los regimientos –la cordial amistad de que los militares hacen gala es una de sus cualidades más entrañables– eran, sí, compañeros de armas; pero hasta cierto punto, pues la piedra angular de sus vidas era la lealtad a sus respectivos regimientos. Cualquier desacuerdo personal se olvida de un día para otro, pero una mancha para el regimiento, aunque nunca se mencione, jamás se olvida; pues una contrariedad de ese género afecta muy profundamente al código de valores de la tribu. Tribalismo fue lo que observé. Los veteranos que conocí en Sand­ hurst en la década de 1960 no se distinguían externamente de los profesionales de otros estamentos; procedían de los mismos colegios, de las mismas universidades a veces, adoraban a su familia, tenían para con sus hijos las mismas expectativas que los demás y se preocupa­ ban por el dinero como cualquier hijo de vecino. Sin embargo, el dinero no era para ellos el valor supremo, ni siquiera la promoción en la jerarquía militar. Claro que los oficiales anhelaban ascender, pero no era ese el valor por el que se medían. Un general puede ser o no objeto de admiración, ya que esta es suscitada por algo más que las simples insignias de superioridad. La admiración radica en la fama que ostente como hombre entre los demás, fama que se ha ido atesorando a lo largo de muchos años a la vista de la tribu que constituye su regimiento. Y esa tribu la componen no solo los oficiales de igual rango, sino también los sargentos y la tropa. “Malo para la tropa” era la descalificación suprema. Un oficial puede ser listo, competente, 14

Historia_Guerra_I.indd 14

11/02/14 20:21


introducción

trabajador; pero si sus soldados abrigan dudas respecto a él, ninguna de tales cualidades cuenta. No forma parte de la tribu. El ejército británico es tribal en grado sumo; algunos de sus regimientos se remontan al siglo xvii, cuando comenzaban a perfilarse los ejércitos modernos a partir de las hordas feudales de guerreros cuyas avanzadillas habían penetrado en Europa occidental durante las invasiones que derrocaron el imperio romano. En cualquier caso, desde mis años juveniles en Sandhurst, he observado ese mismo código tribal en otros ejércitos. He notado el aura tribal en los oficiales franceses que combatieron en la guerra de Argelia mandando soldados musulmanes, cuyas tradiciones son iguales a las de los ghazi, intrusos de las fronteras del islam. La he advertido también en los recuerdos de oficiales alemanes –reincorporados a filas para constituir el ejército alemán de la posguerra– que habían luchado contra los rusos en la estepa, mientras hablaban con orgullo de unos padecimientos que recordaban las experiencias de sus antepasados medievales. Y la he notado muy acentuadamente entre los oficiales de la India, sobre todo en su prontitud al recalcar que son rajputs o dogras, descendientes de los invasores que conquistaron el país en los albores de su historia. Y también la he advertido entre los oficiales estadounidenses que lucharon en Vietnam, el Líbano o el Golfo, referentes de un código de valor y servicio que se remonta a los orígenes de la república. Los militares no son como los demás hombres: es la lección que he aprendido de toda una vida en el seno del mundo militar. Y la lección me ha enseñado a considerar con extrema suspicacia las teorías y modelos sobre la guerra que tratan de equipararla con cualquier otra actividad humana. Indudablemente, la guerra, como han demostrado los teóricos, está relacionada con la economía, la diplomacia y la política; pero esta relación no significa identidad ni similitud. La guerra es totalmente distinta de la diplomacia y de la política porque tienen que hacerla hombres cuyos valores y cuya capacidad no son los de los políticos y los diplomáticos. Son valores de un mundo muy distinto, un mundo muy antiguo que existe en sintonía con el mundo cotidiano, pero que no forma parte de él. Ambos mundos cambian con el paso del tiempo, y el del guerrero sigue los pasos del civil, pero a 15

Historia_Guerra_I.indd 15

11/02/14 20:21


historia de la guerra

una cierta distancia. Y esa distancia nunca se anula, pues la cultura del guerrero no puede ser nunca la de la civilización. Todas las civilizaciones deben su nacimiento a los guerreros, y sus culturas nutren a los guerreros que las defienden; y las diferencias entre ellas hacen que las diferencias externas de los guerreros varíen mucho de una a otra. Uno de los temas de esta obra es, precisamente, que en el aspecto externo hay tres tradiciones guerreras distintas, pero en último extremo no hay más que una cultura guerrera. Su evolución y transformación a lo largo del tiempo y del espacio, desde la aparición del hombre sobre el planeta, constituye la historia de la guerra.

16

Historia_Guerra_I.indd 16

11/02/14 20:21


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
13271c by Editorial Océano de México, SA de CV - Issuu