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ÍNDICE

El Zarco: los falsos y los verdaderos héroes románticos, Carlos Monsiváis, 9

I. Yautepec, 25 II. El terror, 28 III. Las dos amigas, 31 IV. Nicolás, 42 V. El Zarco, 49 VI. La entrevista, 55 VII. La adelfa, 64 VIII. Quién era el Zarco, 68 IX. El búho, 74 X. La fuga, 78 XI. ¡Robada!, 86 XII. La carta, 92 XIII. El comandante, 98 XIV. Pilar, 109 XV. El amor bueno, 119 XVI. Un ángel, 125 XVII. La agonía, 130 XVIII. Entre los bandidos, 134 XIX. Xochimancas, 148 XX. El primer día, 151 XXI. La orgía, 159

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XXII. Martín Sánchez Chagollán, 181 XXIII. La Calavera, 186 XXIV. El presidente Juárez, 194 XXV. El albazo, 199

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EL ZARCO: LOS FALSOS Y LOS VERDADEROS HÉROES ROMÁNTICOS

La lección del Maestro

I

gnacio Manuel Altamirano nace en Tixtla, estado de Gue­ rrero, el 13 de noviembre de 1834, hijo de un notable del lugar (dos veces alcalde). En Tixtla, las desventajas for­ma­ tivas son todas. Su discípulo Luis González Obregón descri­ be la niñez: “Hasta la edad de catorce años [Altamirano] fue el tipo de los hijos de nuestros indígenas que no tienen más pa­trimonio que una milpa y unos asnos, una choza y una poca de voluntad para el trabajo. Altamirano vivió así, humilde, casi salvaje, sin saber el idioma español...”. En 1849 ingre­sa en el Instituto Científico y Literario de Toluca, gracias a una beca para escolares indios. Allí estudia español, latín, fran­cés y filo­ sofía, es nombrado bibliotecario del plantel y se convierte en discípulo predilecto de su maestro de literatura Ignacio Ra­­ mí­r­ez, el iconoclasta, el más radical de los liberales. De Ramí­ rez aprende Altamirano la intransigencia jacobina y el afán en­ciclopédico. Al salir de Toluca, Altamirano viaja de pueblo en pue­ blo, es maestro de primaria, y se añade a una compañía de có­micos de la legua como dramaturgo y apuntador. Ya en la ca­pital de la república, entra al Colegio de Letrán, colabo­ra en la prensa, da clases de latín. En 1854 se incorpora a las fuer­­zas de Juan Álvarez en Guerrero, en el movimiento del Plan de Ayutla. A continuación, participa en las guerras de

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Refor­ma, es diputado al congreso federal y combatiente contra la intervención francesa. En 1866, irritado ante la inactividad de la división del Ejército del Sur comandada por Diego Ál­varez, Altamirano pronuncia el 16 de septiembre un discur­ so ardoroso invitando a los hijos de Tixtla a combatir a las fuer­­zas del imperio; Álvarez se irrita y dicta una orden de des­ tie­rro en contra de Altamirano, disponiendo que con fuerte es­col­ta se le envíe a la frontera de Oaxaca. Alta­mirano no hace caso; continúa en Tixtla ayudando al general Vicente Ji­mé­nez a la organización de las fuerzas liberales. De allí se despla­za a Querétaro, a la batalla final, donde actúa con bravura, se­gún el parte del jefe del Ejército de Operaciones en mayo de 1867: El C. coronel Ignacio Altamirano, desprendiéndose de la línea del centro, se presentó en lo más reñido del combate uniéndose al general Jiménez y no abandonó un momento el lugar de la acción, hasta que ésta termi­ ­nó completamente, haciéndose notable por el entusias­ mo y arrojo que lo han distinguido en todos los ataques que ha sufrido la línea de mi mando, animando con sus palabras y su ejemplo a los valientes soldados de la Re­pública. En la República Restaurada, Altamirano, el feroz tri­ buno que en 1861 se opuso a cualquier amnistía para los ene­mi­gos, se adelanta y despliega un plan de concordia. Si las letras han de vigorizarse, si se ha de salir del desfallecimien­ to cultural, se requiere el concurso unánime de los escritores, sin distingos ideológicos. Él los invita “a sofocar rencores, a ini­ciar una reconciliación general, y a hacer brotar del amor a las letras el amor a la patria común, ofreciéndoles que de la unión y la fraternidad había de obtenerse el rápido impulso del país al progreso material y moral, y por ende, su verdade­ ra gran­deza”. Hace falta consolidar a México y para ello un

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método insoslayable es la creación de una literatura nacional; urge el apaciguamiento psicológico, y para ello conviene deponer os­ten­siblemente los rencores. En la revista semanal El Renacimiento, que se publi­ca­ rá a lo largo de 1869, los extremos se tocan y colaboran por igual obispos y comecuras, funcionarios del imperio y sitia­ dores de Querétaro. Altamirano escribe crónicas desbor­dan­ tes de confianza en el desarrollo social de México (el optimis­ mo apenas le durará un año, el tiempo que le lleva comprobar que la capital sigue siendo un pueblote) y, al concluir por ataques politiqueros El Renacimiento, dispersará en numero­ ­sos diarios y revistas sus ensayos, artículos, crónicas, poemas. En esos años, Altamirano es ubicuo: da clases, dirige perió­ di­cos, pronuncia discursos políticos, traduce cuentos, anima sociedades literarias, funda y preside la Sociedad de Libre Pen­sadores para combatir al partido jesuítico, promueve la te­sis del nacionalismo literario. Y publica relatos: Clemencia (1869), Julia (1870), La navidad en las montañas (1871), An­tonia (1872), Beatriz (1873). En 1885 inicia El Zarco (Epi­­sodios de la vida mexicana en 1861-63), cuyos primeros capítu­los lee por entregas el año siguiente, en sesiones pú­bli­ cas y privadas del Liceo Hidalgo, y que concluye “a las once y vein­te minutos de la noche del 6 de abril de 1888”. (Sin em­bargo, por las dificultades de publicación de la épo­ca, El Zarco sólo se editará en 1901, con prólogo de Fran­cisco Sosa, dibu­jos de Antonio Utrillo y grabados de D. J. Thomas.) Celebrado, nombrado sin controversia alguna el Maes­ tro de la Juventud, Altamirano, harto de la estrechez social y cultural de México, solicita su ingreso al servicio exterior. En 1899, viaja a Italia, donde prosigue la novela romántica Ate­ nea, que no concluirá, y se extraña de la indiferencia euro­pea ante la lengua castellana y la literatura de América Latina. (“En el Congreso de Americanistas donde se reunieron más

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de cuatrocientos sabios y literatos europeos, no encontré uno solo que comprendiese el español, ni que lo hablara, más que los cinco delegados españoles [...] De manera que la pobre len­gua espa­ño­­­la tan ensalzada por nosotros, es aquí casi des­ co­­no­cida. Es­­to da la explicación de por qué no se conoce nues­tra literatu­ra tampoco.”) El 13 de febrero de 1893 muere en San Re­mo, Italia. Por acuerdo del Congreso de la Unión, en 1934 se tras­ ladan sus cenizas a la Rotonda de los Hombres Ilustres. Altamirano y las apariencias En su poesía, Altamirano busca infundir el asombro an­te la Naturaleza (prueba de un temperamento humanista). En sus novelas, exige la participación moral del lector, que debe compartir con el autor su indignación ante los códigos inmisericordes de la vida social en la infortunada República, ante los prejuicios de clase y raza. Él cree en mensajes y mo­ra­lejas, y por eso, así recurra a ella, la reflexión lírica no le es esencial, ni confía en los fetiches ya entonces predilectos: la ins­piración, el estilo como transparencia anímica, el éxta­ sis, la embriaguez de los sentidos. Si venera a la poesía, y acep­ta la existencia de una aristocracia espiritual, no admite en cam­bio el arte refinado, el preciosismo, el exceso, y se atie­ ne a un credo literario: “Estudiar la Naturaleza, copiarla y acen­tuar la verdad de sus manifestaciones, con la belleza ideal que es la poesía de lo verdadero”. A su ascetismo lo ordena su ca­rácter de soldado de la Reforma, un hombre guiado por la noción del bien común que no hubiese entendido la expresión modernista de fin de siglo, con su adoración por la forma, su sueño emblemático de la torre de marfil y su método —la pu­reza verbal— que exorcizará el “primitivismo” circundante. Narrar es diseminar ejemplos. Clemencia, La navi­­dad

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en las montañas, El Zarco o El maestro de escuela, son o quie­ren ser fábulas o parábolas morales, derivaciones de la idea de la literatura como magisterio, el sitio de encuentro en­tre una sensibilidad y una enseñanza. Leer es ir eligiendo conductas debidas. ¿Cuál es el tema último de Clemencia? El gravísimo, mortal error de fiarse de las apariencias. Recuérde­­se muy su­cintamente la trama. A fines de 1863, en las horas de la in­­va­sión francesa, llega a Guadalajara el ejército liberal, y entre los oficiales dos comandantes opuestos por entero. Enrique Flores es guapo, simpático, encantador, “idolatrado por sus soldados, muy querido de sus compañeros y el favori­ to de su jefe”; Fernando Valle es taciturno, hosco, distraído, re­ser­­vado, “este joven tenía aspecto repugnante y, en efecto, era anti­pá­tico para todo el mundo”. En el asueto forzado, fre­ ­cuen­­tan a dos bellas señoritas, Isabel y Clemencia, que des­ pre­cian el torpe cortejo de Fernando y adoran las zalamerías de Enri­que. A la salida de Guadalajara, Valle descubre la trai­ción de Flores, quien le ha vendido al enemigo el secreto de los des­plazamientos de tropa. Por sentido del deber, lo denun­cia, y a Flores lo condenan a muerte. Segura de que Valle ca­lumnió por venganza a su rival de amores, enloque­ cida, febril, Cle­men­cia busca salvar a Enrique a toda costa, convence a su pa­dre para que ofrezca una fortuna por su libertad, y finalmente insulta a Valle. Éste, desesperado, con­ vencido de que la vida no le depara ya felicidad alguna, va al calabozo de Flores, lo deja huir y se sacrifica con tal de que Clemencia conserve a su adorado. El traidor huye a reunirse con los fran­­ce­ses, a Va­lle lo fusilan y Clemencia, destruida por el re­mor­di­miento, ingresa a un convento. El mensaje es inequívoco: Altamirano combate sin es­peranzas la creencia en la “presentación” (la fe en la exte­ rio­ridad). Para la burguesía naciente y creciente del siglo XIX, las apariencias no son velos sino guías hacia el auténtico Yo

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de quien lleva los trajes, tan indeciblemente significativos (Car­lyle). En La caída del hombre público, Richard Sennett expli­­ca: “Fue la conjunción de esta fe secularizada en la per­ so­na­lidad, una fe en las apariencias inmediatas como guía de los senti­mien­tos interiores, con la economía del capitalismo in­dus­­trial, la que empujó a la personalidad como categoría so­cial al reino de lo público”. En la República Restaurada o en el porfiriato, Altamirano ve crecer el amor por las apa­rien­ ­cias, y el culto por personalidades casi siempre falsas y pom­ posas, y desde sus novelas resiste a tan desdichada con­vic­­ción. Su ac­titud corresponde a una idea de sí mismo (la va­ni­­dad de su fealdad) y a su férreo y desesperanzado pensa­mien­­to de­mo­­crá­­­tico. ¿Cómo no habría Altamirano de des­pre­­­ciar al bandido el Zarco, quien, si algo, es una exaltación de la apa­ riencia? Allí está, vestido como charro, recubierto de oro y pla­­ta, to­quillas de plata, pistolas de empuñadura de mar­fil, en fundas de charol negro bordadas de plata, machete de em­pu­ ñadura de plata, silla de montar bordada profusamen­te de pla­ta, la ca­be­za grande de la silla una masa del mismo metal... Y por dondequiera, plata: en los bordados de la silla, en los aciones, en las tapafundas, en las chaparreras de piel de tigre que colgaban de la cabeza de la silla, en las es­puelas, en todo. Era mucha plata aquella, y se veía pa­ten­te el esfuerzo para prodigarla por donde quiera. Era una ostentación insolente, cínica y sin gusto. La luz de la luna hacía brillar todo este conjunto y daba al jine­­te el aspecto de un extraño fantasma con una espe­ cie de ar­­madura de plata. A cambio, en la misma novela, Pilar, la joven noble, y la abnegada madre de Manuela defienden al verdadero hé­­ roe, Nicolás, el herrero, en función de su figura anodina. Di­ce la señora:

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Pero Nicolás es un muchacho como todos y no tiene nada que asuste. No es blanco, ni español, ni anda re­­ lumbrando de oro y de plata como los admi­nistradores de las haciendas o como los plateados, ni luce en los bai­les y en las fiestas. Es quieto y encogido, pero eso me parece a mí que no es un defecto. El tema del delito de la apreciación superficial es obse­ sivo. La insensible Manuela desprecia a Nicolás, el herrero, por su aspecto: “[...] no me casaré nunca con ese indio horrible a quien no puedo ver... Me choca de una manera espantosa, no puedo aguantar su presencia...”. A la distancia, se devela sin remedio la proyección autobiográfica. Altamirano es Fernan­ do Valle y es Nicolás. De este último dice: “Se conocía que era un indio, pero no un indio abyecto y servil, sino un hom­ bre culto, embellecido por el trabajo y que tenía la conciencia de su fuerza y su valer”. Y a Valle lo describe despojado de todo atractivo externo, y quizá por ello mismo, más valioso internamente. La regeneración por el trabajo y la virtud En La navidad en las montañas, un combatiente liberal, hereje, proscrito, víctima de las pasiones políticas, se en­cuen­ tra en nochebuena en un pueblito perdido ante un espec­ táculo insólito: la vida regida por genuinos valores cris­tianos de amor y cooperación, y el sacerdote del lugar (ba­sado en un personaje real), convertido en “el hermano cura”, al frente de la empresa comunitaria que combina cristia­nis­mo primitivo y cultivo de la educación y la técnica. El libro continúa la linea de El monedero (1861) de Nicolás Pizarro, intuición novelada de “un sistema en el que consten todos los datos de orden científico, estadístico, polí­tico, étnico, religioso, histó­

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ri­co, social y hasta literario, para ini­ciar la reconstrucción del país sobre bases menos delez­nables” (María del Carmen Mi­­ llán). Es la utopía liberal: el sentimiento religioso sin las de­­for­maciones de la Iglesia, la redención de la mujer al hu­ma­ ­nizarse las faenas hogareñas; las regeneración campesina “por el trabajo y la virtud”. En La navidad en las montañas, Altamirano ve en la niñez la primera utopía (“La Religión es la hada buena de la in­fancia, ese crepúsculo matinal de la vida”), que de algún mo­do apunta hacia la solución del dilema de los librepensa­ dores de la época: en un cristianismo sin jerarquías ni apro­ ve­chamiento político se cristalizarán los valores en que han sido formados, emergiendo “una luz apacible y dulce, mag­ nífica y eterna, la luz del amor y de la felicidad”. En la enun­ cia­ción de la utopía se transparenta la índole siempre ejem­ pla­­rizante de Altamirano. Escribir es también orientar sueños individuales y colectivos, y armonizar las contradicciones pre­­sentes en la integración del país. Él está convencido: si el catolicismo en México es idolatría, fanatismo, explotación, tam­bién “El día que no se adore a la Virgen de Tepeyac en es­ta Tierra, es seguro que habrá desaparecido, no sólo la na­­ cio­na­lidad mexicana, sino hasta el recuerdo de los moradores del Mé­xico actual”. Sin cristianismo no hay Nación; la mani­ pula­ción de las creencias impide la Nación. Al final de La navidad en las montañas, el ensueño de­mocrático resplandece y fluye la obsesión que no obstante los desastres nunca abandona a los liberales “puros”: la posi­ bi­li­dad de construir el reino de Dios sobre la tierra: Los pastores cantaron y tocaron alegrísimas sonatas en sus guitarras, zampoñas y panderos; los muchachos que­maron petardos, y los repiques a vuelo con que ese día se anuncia el toque del alba, invitando a los fieles

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a orar en las primeras horas del gran día cristiano, vi­nie­­ron a mezclarse oportunamente al bullicioso con­ cierto. Al escuchar entonces el grave tañido de la campana, que sonaba lento y acompasado, indicando la ora­ción, to­dos los ruidos cesaron; todos aquellos corazones en que rebosaban la felicidad y la ternura, se elevaron a Dios con un voto unánime de gratitud, por los bene­fi­ cios que se había dignado otorgar a aquel pueblo tan inocente como humilde. La visión idílica de Altamirano se sustenta en su críti­ ca tenaz al uso ruin del cristianismo. Su relato El maestro de es­cuela, también de 1871, es la antítesis de La navidad en las montañas. Allí el héroe es un maestro de primaria, muerto de hambre literalmente, que ejerce el profesorado como un sa­­ cer­­docio y no como un oficio supletorio; el villano es el salaz, bien nutrido, pícaro y apátrida cura, partidario del imperio y de la explotación de los indígenas; el mensaje es concluyen­te: “Que triunfe la República, y la escuela popular eclipsará a la parroquia, el maestro eclipsará al cura”: y el desencanto es casi absoluto: “Pero los más culpables son los que hacen transac­ciones con las ideas antiguas, los que tienen miedo a la escue­la laica; los que, rebeldes a las leyes de Reforma, no quie­ren comprender que el Estado no tiene religión ni debe te­nerla...”. De las lecturas de El Zarco Hay tres paisajes y tres líneas argumentales básicas en El Zarco. Los paisajes: el físico: el rumbo de Yautepec, enton­ ces perteneciente al Estado de México (el estado de Morelos se constituye en 1869); el psicológico: la incertidumbre, el mie­do y la indefensión de los lugareños a merced de los ban­

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didos que aprovechándose de la guerra civil (que impide al gobierno de Juárez pacificar las regiones), se dedican al sa­ queo, imponen fuertes contribuciones y peajes en los cami­ nos, y secuestran a diario; el histórico: un país al garete, que lucha con tenacidad por la sobrevivencia, que tiene en Juárez y su grupo el reducto de la dignidad, que sufre al bando­leris­ mo fomentando la impresión de un país ingobernable. Las líneas argumentales: a) La historia de Manuela, la joven que harta del tedio, de la pobreza y del oscuro porvenir representado en Nicolás, el herrero, se enamora del bandido el Zarco, lo seduce, comparte con él —horrorizada— la vi­da marginal, y muere víctima de su ambición, de su tontería y de su culto a las apariencias; b) La historia de Nicolás, el hom­­bre recto, incapaz de concesiones que conquistará la fe­li­ cidad (la imagen que reivindica a la fealdad y al aspecto indí­ gena); c) La historia del Zarco, el bandolero que atro­pella a los pueblos, quiere evadirse desde el aspecto de la mi­seria cir­­ cun­dante y traiciona a la patria, al auspiciar el caos y la bar­ ba­rie en años de guerras civiles e invasiones. El sustrato de paisajes y líneas argumentales es un de­­ ba­te moral, normado por una pregunta: ¿cuáles deben ser las cualidades de los mexicanos que forjarán la Nación? La res­ puesta surge en cada página: el patriotismo, los buenos prin­ cipios, la lealtad, el trabajo, el amor sin condiciones, el senti­ do del deber para con los semejantes, la honestidad, la falta de pretensiones, el coraje ante la injusticia. En contra de estas virtudes, la fanfarronería, la cruel­ dad, la insensibilidad, el odio al trabajo honrado de los “pla­ teados” (personajes históricos muy temidos y odiados en su tiempo. Según la investigadora Clementina Díaz de Ovan­ do, el personaje de la novela conjunta al famoso Salomé Pla­ sencia, color blanco, güero y lampiño, generoso, justiciero y temerario, y Severo “el Zarco”, fusilado en la alameda de Cuer­

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navaca, en correspondencia a sus asaltos, raptos y crímenes). Para los liberales, los “plateados” representan lo más conde­ na­ble: la falta de espíritu nacional. Y El Zarco se escribe en parte para afirmar las virtudes civilizadoras del orden. “La clase abnegada y sufrida” Un tema/problema de la lectura contemporánea de El Zarco: el cambio de perspectiva sobre el bandolerismo, fru­­­to del “romanticismo” de la industria cultural y también, pese a todo, del proceso de legitimación de la Revolución mexi­cana. Si según porfiristas y huertistas (y sus descendientes es­pi­ri­ tua­les), Villa y Zapata sólo fueron bandidos, el discurso ofi­ cial necesita disminuir la condena del bandolerismo, para lo cual se acude a la creencia legendaria en los fuera-de-la-ley, a los juicios y prejuicios contra la autoridad y a favor de la mar­ ­gina­lidad, y a la fuerza mítica de Doroteo Arango/Pan­cho Villa. Rehabilitados parcialmente, los bandidos son mag­nífi­ ca veta del cine, el radio, el teatro provinciano, las historietas, las novelas populares. Tal operación transformista afecta des­ de luego a El Zarco que unos años después de publicada, y contra toda evidencia de lectura, ya es difamada comercial­ mente: “relato de proezas de un bandido legendario”. La gen­­te lee lo que quiere leer, y si por costumbre el título de un libro honra a su héroe, es apenas previsible que en las dos ver­­siones cinematográficas (la primera, de 1919, de Miguel Con­treras Torres; la segunda, de 1957, de Miguel M. Delga­ do, con argumento de Ramón Pereda), el personaje el Zarco sea el protagonista ejemplar. En el filme de 1957, vaga­mente inspirado en la novela, el Zarco (Pedro Armendáriz) es un ban­dido noble-en-el-fondo, ansioso de regenerarse; Ma­­nue­ la (Rosita Quintana), la generosa hacendada, y Ni­co­lás (Ar­­

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man­do Silvestre), el mediocre que los persigue por rencor y mata a Manuela en la iglesia, en el momento de su boda con el Zarco. El Zarco no sólo propicia la confusión sobre su tema, sino la controversia ideológica. Así, el exvillista y gran narra­ dor Mariano Azuela en su libro Cien años de novela mexicana (1943), se burla del retrato literario del bandido, lo califica de inconsecuente, no admite que un personaje de esas carac­te­ rís­ticas pueda ser cobarde y defiende a los marginados: Infinidad de reparos podrían hacerse [a Altamirano] en este mismo orden. Con el mismo rigor con que pre­ sen­ta a su héroe se conduce con sus corifeos, los pla­ tea­dos famosos. “Por horrenda e innecesaria que fuere una crueldad, la cometían por instinto, por bru­ta­lidad, por el solo deseo de aumentar el terror entre las gentes y di­vertirse con él. El carácter de aquellos plateados [...] fue una cosa extraordinaria y excepcional, una explo­ sión de vicio, de crueldad y de infamia que no se había vis­to jamás en México.” Y yo pregunto, ¿esos monstruos no pertenecerían acaso a la clase abnegada y sufrida, a esa carne de ca­ñón que tan bello material da a nuestros oradores cívi­cos? ¿Los plateados no fueron gente levantada por la leva y amaestrada en la matanza por los gobiernos, para arrojarlos luego a la vagancia y al pillaje como bagazos cuando ya no se les necesita? ¿Dónde llevaría los ojos puestos el coronel Alta­mi­ rano cuando conducía a sus soldados? Seguramente en la luna para poder horrorizarse más tarde de ellos. Hoy, ambos parecen tener a su modo razón. En al­go se anticipa Azuela a la corriente que la publicación de los en­sa­ ­­yos históricos de E. A. Hobsbawn, Primitive Rebels y Ban­dits,

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volvió moda explicativa. Según Azuela, el Zarco se­ría casi un “bandolero social”, la violencia agraria justifica­da por la vio­ lencia oficial, la resistencia armada ante las in­­jus­ti­cias de los gobiernos, la elección forzada de la única sali­­­da posible. En contraposición, la de Altamirano es visión resenti­­­da propia de la época, la misma que se halla en la ex­traordina­ria nove­ la de Manuel Payno, Los bandidos de Río Frío. Los “plateados”, los salteadores, son seres bárbaros y ele­men­tales, asesinos por gusto, guiados únicamente por su interés en mo­mentos trá­ gicos de la patria. La perspectiva histórica y la vivencia de la realidad se oponen y complementan. “Lo auténticamente nacional” En Cien años de novela mexicana, Mariano Azuela es impiadoso con el maestro Altamirano: “El Zarco es la novela típica del buen literato que no es novelista [...] El Zarco aspira a ser novela mexicana, su argumento, sus personajes, el me­dio en que actúan, todo ha querido ser mexicano, pero su con­tenido carece de lo auténticamente nacional”. Don Ma­­ ria­no se irrita y recurre a un escrito de José Ferrel contra las novelas nativas donde los tipos son europeos disfrazados, y por tanto ajenos a cualquier naturalidad, caricaturescos, in­convin­cen­tes. La objeción, imposible de comprobar, co­­ rres­pon­de a una etapa de discusión nacionalista, ahora casi inasible. ¿Qué fue “lo auténticamente nacional” en 1861 o 1863? Azuela alude a una representación que no distorsione ni introduzca psicolo­gías ajenas, ¿pero cómo averiguar hoy cuá­ les eran psicologías “nacionales” y cuáles “extranjerizantes”? ¿Y cómo reconstruir la urgencia de autonomía espiritual y lin­güística? A esta dis­tancia, nos convence el habla que Azue­ la desdeña; el argu­men­to nos resulta verosímil; los personajes

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son ciertamente operáticos pero responden al temperamento registrado de la época... Azuela no sólo juzga a la novela literariamente falli­ da. También, desde el resentimiento político que es su glo­ria y su condena, manifiesta el rencor de lo marginal a lo ins­ titui­do, y hace de Altamirano el representante (eterno) del Establish­ ment literario y del orden estatal, el intelectual tí­pico incapaz de “la intuición de la vida profunda de nuestro pueblo”. En el fondo, contienden dos ideas del nacionalismo. Altamirano ve en el Estado el elemento que consolida a la Nación; Azuela considera a los gobiernos la infalible frus­tra­ ción de los pueblos. Teorías de la conformación social que son teorías de la novela. En su ensayo “Revistas literarias de México (18211867)”, incluido en La literatura nacional (tomo I, Edito­rial Porrúa, 1949), Altamirano exalta a la novela, la lectura más po­pular, el monumento literario del siglo XIX, indis­pen­sable para el progreso intelectual y moral de los pueblos mo­dernos. “La novela es el libro de las masas.” Por tanto, es jus­to hacer de cada una de ellas, sin estruendo, el recipiente del lector. A su vez, Azuela desde su primer relato, y quizá con la excep­ ción de Los caciques, cree que la novela es un llamado al pue­blo para evitar las falsas esperanzas. La revolución ha fraca­sa­­do, el pueblo es irredimible, los personajes con ideales mueren trá­ gicamente, sólo se encumbran los oportunistas y los co­rrup­­tos. Las grandes novelas de Azuela (Los de abajo, Los ca­ci­­ques, Las moscas, Las tribulaciones de una familia decen­te, La lu­ciérnaga) plantean contradicciones irresolubles, y afir­man prosística­ mente la épica de masas que el autor niega ideo­ló­gicamente (él jamás aceptará una moral afirmativa). Por eso, aun si coincide con Altamirano en el compromiso literario y en el “ordenamiento de la realidad en prosa”, discrepa en la ac­ti­ tud. El nacionalismo programático y a largo plazo de Alta­

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mirano es lo opuesto al nacionalismo desencantado y agóni­ co de Azuela. Entre 1888 y hoy, se atraviesan graves modificacio­nes sociales, experimentaciones y vanguardias literarias, vuelcos de la mentalidad social, diferentes estilos de lectura, debates so­bre la muerte y la resurrección de la novela. Estudiado o leí­do de muy diversas maneras, El Zarco continúa siendo un clá­sico por lo que, con vehemencia melodramática, nos re­ve­ la de una época, y sus temores, aspiraciones ostensibles, idea­ les pro­ fundos, maniobreos políticos, psicología social. La ac­tua­­lidad de Altamirano reside en su ambición totalizadora. Carlos Monsiváis

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guidos, algo como el reflejo de una visión celeste que le daba un aspecto de santa, una mirada angelical. El rubor natural causado por aquel momento y por ser el objeto de las miradas de todos, la timidez, el amor, aquel concurso, aquel altar lleno de cirios y de flores, la voz del ór­­ ga­no, el murmullo de los rezos, el incienso que llenaba la na­ve, todo había producido en ella tales y tan diversas emo­ ciones, que parecía como arrebatada a un mundo extraño, al mun­do de los sueños y de la dicha. Con todo, y a pesar del aturdimiento que la embar­ga­ ba, aquella buena joven tuvo un pensamiento para la pobre anciana a quien había amado como a una madre, para la in­ feliz mártir cuyo luto acababa de llevar y cuyas bendiciones la protegían. Una lágrima de ternura inundó sus mejillas al recordarla, y al recordar también a la desdichada Manuela, por quien oró en aquel momento en que era tan feliz. Por fin la misa acabó, y los novios, después de recibir los plácemes de sus amigos, de todo el pueblo, se dispusieron a partir a la hacienda de Atlihuayan, en donde tenían su ca­sa, a la que habían invitado a muchas personas de su esti­ mación para tomar parte en un modesto festín. Al efecto, se dispuso una cabalgata que debía servir de cortejo al guayín en que caminaban los esposos con el cura y otros amigos. Y a las ocho de la mañana partieron, y comen­zaron a caminar por la carretera que conduce a la hacienda. Pero poco antes de llegar al lugar en que se alzaba el gran amate en que siempre cantaba el búho, las noches en que pasaba el Zarco, cuando venía a sus entrevistas con Ma­nuela, la comitiva se detuvo estupefacta. Al pie del corpulento árbol estaba formada una tropa de caballería, vestida de negro y con las armas preparadas.

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Nadie esperaba ver allí a esa fuerza, que se aparecía co­mo salida de la tierra ¿Qué podía ser? Era la tropa de Martín Sánchez Chagollán, como cien hombres y con el aspecto lúgubre y terrible que les cono­cemos. Al descubrir el cortejo nupcial, alegre y acompaña­do de la música, el comandante, es decir, Martín Sánchez, se ade­ ­lan­tó hasta donde venía el guayín de los novios, y quitándose el sombrero respetuosamente, dijo a Nicolás: –Buenos días, amigo don Nicolás; no esperaba usted verme por aquí, ni yo esperaba tener el gusto de saludar a us­ted y de desearle mil felicidades, lo mismo que a la señora, que es un ángel. Ya le explicaré el motivo de mi presencia aquí. Ahora mi tropa va a presentar las armas, en señal de res­peto y de cariño, y yo le ruego a usted que continúe sin parar hasta la hacienda. Allá iré yo después. Tenía Martín Sánchez tal aspecto de serenidad y de franqueza que Nicolás no sospechó nada siniestro. Así es que se contentó con darle un apretón de manos, y con presentar­ le a su esposa y a las demás personas del guayín. Pero en esto una mujer, una joven en quien todos reco­ nocieron luego a Manuela, se abrió paso entre la fila de los jinetes y vino corriendo, arrastrándose, desmelenada, desen­ ca­jada, temblando, pudiendo apenas hablar, y asiéndose de las puertas del guayín, dijo, con la voz enronquecida y con pala­ bras entrecortadas: –¡Nicolás! ¡Nicolás! ¡Pilar, hermana!... ¡Socorro! ¡Mi­se­ ricordia! ¡Tengan piedad de mí!... ¡Perdón! ¡Perdón! Nicolás y Pilar se quedaron helados de espanto. –Pero, ¿qué es eso?... ¿Qué tienes? —gritó Pilar. –Es que... —dijo Manuela— es que... ahorita lo van a fu­silar... al Zarco; allí está amarrado, tapado con los ca­ba­ llos..., ¡lo van a matar delante de mí! ¡Perdón! ¡Perdón, don Mar­tín! ¡Perdón, Nicolás!... ¡Ah, me voy a volver loca!...

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En efecto, la fila de jinetes enlutados ocultaba un cua­ dro estrecho en el centro del cual, y sentados en una piedra y bien amarrados, y lívidos y desfallecidos, estaban el Zarco y el Tigre, próximos a ser ejecutados. Martín Sánchez, al ver la comitiva y previendo que podía ser la comitiva de Nicolás, había querido ocultar a los bandidos para ahorrar este espec­ táculo a los novios. –Si yo hubiera sabido que ustedes venían para acá, a esta hora, crea usted, don Nicolás, que me habría yo llevado a estos pícaros para otra parte; pero no lo sabía. Lo que sí sabía yo, y por eso me tiene usted aquí, es que lo esperaban a usted estos malvados con su gente, y que se ha escapado us­ted de buena. Lo supe a tiempo, anduve dieciséis leguas, y les di un albazo esta mañana, por aquí cerca...; los he matado a casi todos, pero vengo a colgar a los capitanes en este cami­no; al Zarco aquí, al Tigre lo voy a colgar en Xochimancas. –Pero don Martín, yo le ruego a usted por quien es... que si puede, perdone a ese hombre, siquiera por esta pobre mujer. –Don Nicolás —respondió ceñudo el comandante—, usted es mi señor, usted me manda, por usted doy la vi­da, pí­damela usted y es suya, pero no me pida usted que perdone a ningún bandido y menos a estos dos... Señor, usted sabe quiénes son...; asesinos como éstos y plagiarios no los hay en toda la tierra. ¡Si no pagan con su vida!... ¡Y lo iban a matar a usted!... ¡Lo habían jurado! ¡Y se iban a robar a la señora, a su es­posa de usted! Ése era el plan. ¡Conque dígame usted si es posible que yo los deje con vida! Señor don Nicolás, siga usted su camino con todos estos señores, y déjeme que yo haga justicia. Pilar estaba temblando. En cuanto a Manuela, por un rapto de locura, había corrido ya al lado del Zarco y se había abrazado a él y seguía gritando palabras incoherentes. –Siquiera nos llevaremos a Manuela —dijo Pilar.

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–Si ustedes quieren, pueden llevársela, pero esa mucha­ cha es una malvada; acabo de quitarle un saco en que tenía las alhajas de los ingleses que mataron en Alpuyeca..., alhajas muy ricas; ¡no merece compasión! Sin embargo, por orden de Martín Sánchez, un sol­da­do procuró arrancar a la joven del lado del Zarco, a quien te­nía abrazado estrechamente, pero fue en vano. El Zarco le dijo: –¡No me dejes, Manuelita, no me dejes! –¡No —respondió Manuela—, moriré contigo!... Pre­ fie­ro morir a ver a Pilar con su corona de flor de naranjo al lado de Nicolás, el indio herrero a quien dejé por ti... –Vámonos —dijeron el cura y los demás vecinos des­ pavoridos. Esto no tiene remedio Pilar se puso a sollozar amargamente; Nicolás se des­ pi­dió de Martín Sánchez. –Señor cura, usted puede quedarse. Éstos han de querer confesarse, tal vez. –Sí, me quedaré —dijo el cura—, es mi deber. Y la comitiva nupcial, antes tan alegre, partió como una procesión mortuoria y apresuradamente. Cuando se había perdido a lo lejos, y no había quedado ya ningún rezagado en el camino, Martín Sánchez preguntó al Zarco y al Tigre si querían confesarse. El Zarco dijo que sí y el cura lo oyó pronto y lo ab­sol­ vió; pero el Tigre dijo a Martín: –¿Pero, yo también voy a morir, don Martín? –Tú también —respondió éste con terrible tranqui­ lidad. –¿Yo? —insistió el Tigre—, ¿yo que le di a usted el avi­ ­so para que viniera, y que le dije a usted de las señas del ca­mi­ no que seguíamos, y que le avisé que tendría yo un pañuelo colorado en el sombrero para que me distinguiera? –Nada tengo que ver con eso —respondió Martín. Yo

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nada te prometí; peor para ti si fuiste traidor con los tuyos. Vamos, muchachos, fusilen al Zarco, y después cuélguenlo de esa rama...; véndenlo primero... El Zarco apenas podía tenerse en pie; el terror lo había abatido. Con todo, alzó la cara, y viendo la rama de que col­ gaban ya los soldados una reata, murmuró: –¡La rama en que cantaba el tecolote!... ¡Bien lo decía yo!... ¡Adiós, Manuelita! Manuela se cubrió la cara con las manos. Los soldados arrimaron al Zarco junto al tronco y dispararon sobre él cin­ co tiros, y el de gracia. Humeó un poco la ropa, saltaron los sesos, y el cuerpo del Zarco rodó por el suelo con ligeras convulsiones. Después fue colgado en la rama, y quedó ba­lan­ceán­dose allí. Manuela pareció despertar de un sueño. Se levantó, y sin ver el cadáver de su amante, que estaba pen­ diente, comenzó a gritar como si aún tuviese delante el gua­ yín de los desposados: –¡Sí, déjate esa corona, Pilar; tú quieres casarte con el in­­ dio herrero; pero yo soy la que tengo la corona de rosas...; yo no quiero casarme, yo quiero ser la querida del Zarco, un ladrón! En esto alzó la cabeza; vio el cuerpo colgado..., después con­tem­pló a los soldados, que la veían con lástima, luego a don Martín, luego al Tigre, que estaba inclinado y mudo, y des­pués se llevó las manos al corazón, dio un grito agudo y ca­yó al suelo. –¡Pobre mujer —dijo don Martín—, se ha vuelto loca! ¡Le­­vántenla y la llevaremos a Yautepec. Dos soldados fueron a levantarla, pero viendo que arro­ jaba sangre por la boca, y que estaba rígida y que se iba en­ friando, dijeron al jefe: –¡Don Martín, ya está muerta! –Pues a enterrarla —dijo Martín con aire sombrío—, y vámonos a concluir la tarea. Y desfiló la terrible tropa lúgubre.

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