Diseño de portada: Catherine Casalino Fotografía de portada: © Clayton Bastiani/Trevillion Images Fotografía de la autora: © Colin Finlay SLOW SEX El arte y oficio del orgasmo femenino Título original: SLOW SEX. The Art and Craft of the Female Orgasm Traducción: Érica Dania Mejía © 2011, IP Media, Inc. Publicado según acuerdo con Grand Central Publishing, New York, N.Y. Todos los derechos reservados. D. R. © 2015, Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Blvd. Manuel Ávila Camacho 76, piso 10 Col. Lomas de Chapultepec Miguel Hidalgo, C.P. 11000, México, D.F. Tel. (55) 9178 5100 • info@oceano.com.mx Primera edición: 2015 ISBN: 978-607-735-339-3 Todos los derechos reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita del editor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratmiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público. ¿Necesitas reproducir una parte de esta obra? Solicita el permiso en info@cempro.org.mx Hecho en México / Impreso en España Made in Mexico / Printed in Spain
Índice
Introducción, 13 1. El arte del slow sex, 31 2. Los tres ingredientes para el slow sex, 53 3. Cómo hacer la
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4. Solución de problemas, 115 5. Programa de arranque de meditación orgásmica en diez días, 145 6. Lo que los hombres deben saber sobre las mujeres, 171 7. Lo que las mujeres deben saber sobre los hombres, 183 8. El slow sex se encuentra con el sexo convencional, 195 9. Un orgasmo de cuatro meses, 223 Apéndice. Meditación orgásmica para él, 241 Recursos adicionales, 249 Agradecimientos, 253
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uando estoy frente a mis nuevos estudiantes, en el primer día de un taller de slow sex, es como si fuera un capitán en la proa de un
barco, en una noche de niebla. La niebla que flota entre la clase y yo es tan espesa que apenas puedo ver sus caras. Es la niebla de un terror miserable. Madre santa, están en una clase de sexo. A través de la niebla, me están midiendo, me están revisando. Si están en una clase de sexo, entonces yo debo ser la maestra de sexo. Pues bien, así es como luce una maestra de sexo. Es difícil no abrir la boca para decir algo caliente, obsceno y escandaloso sólo para ver qué tanto brincan en sus asientos. Por desgracia, cuando abro la boca, de lo primero que empiezo a hablar es sobre mi abuela. Me doy cuenta de que no es tan excitante como esperaban, pero no hay nada que pueda hacer. La abuela es el punto donde todo comienza. Yo fui hija única, criada por mi madre y mi abuela. La abuela era una cocinera increíble. Una cocinera al estilo del viejo mundo, una inmigrante ucraniana que sabía cómo preparar una sencilla sopa rusa de remolacha. Cocinar para sus seres queridos —y yo estaba al principio de esa lista— era su actividad favorita. Ella era una fuerza de la naturaleza, un huracán, tanto dentro como fuera de la cocina, y yo en parte le temía 31
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y en parte estaba enamorada de ella. Me gustaba verla ir de la estufa al fregadero y del fregadero al refrigerador con la precisión de una bailarina; era fascinante mirarla cocinar, sopesando las consecuencias de interponerme en su camino. Después, cuando yo tenía quince años, la abuela sufrió un ataque al corazón. Toda la familia estaba en vilo, esperando. Cuando llegó el diagnóstico, había noticias buenas y malas. La buena noticia era que iba a sobrevivir, y la mala, que su condición era degenerativa y su corazón se estaba deteriorando. No sabían cuánto tiempo iba a vivir. Yo estaba en una clase de economía doméstica en ese entonces en la escuela y estaba cocinando muchísimo. Ya que la abuela siempre está cocinando para los demás, pensé, le voy a llevar algo de lo que hagamos en clase para demostrarle lo mucho que la amo. Así que una tarde, luego de que ella volviera a casa, le llevé un platillo que habíamos preparado ese día. Lo puse en la mesa con grandes fanfarrias, esperando a que probara su primer bocado y luego me llenara de elogios. Lo que sucedió no fue lo que yo pretendía, por decir lo menos. Dio una mordida, sí, pero escupió el bocado antes de siquiera haberlo masticado. Me quedé muy sorprendida y le pregunté qué había pasado. —Mataste esta comida con la receta —dijo impasible y se levantó a preparar la cena. Desde luego, yo estaba mortificada. Pero más que eso, estaba confundida. ¿Qué quiso decir con que yo había matado la comida con la receta? Preparé el platillo en clase, señora. Una clase donde estoy sacando diez, muchas gracias. El punto era seguir la receta. Si no sigues una receta, ¿cómo se supone que sepas cómo cocinar un maldito platillo?, me preguntaba molesta. Una vez que recuperé el control de mis emociones adolescentes e impulsadas por las hormonas, entré a la cocina y le pregunté, lo más calmada posible, cómo es que se podía aprender a cocinar sin receta. Ella volvió su anciana mirada hacia mí. Recuerdo que se veía cansada, 32
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pero sabia. Tras una larga pausa dijo, con un tono que sonaba a resignación: —Muy bien. Te voy a enseñar. Y con eso, comencé a aprender lo que significaba cocinar sin receta. Para mi primera lección, dijo, yo tendría que ir al supermercado ruso a comprar sus cigarros favoritos. Ella se quedaría en casa y prepararía la sopa. Después de eso, hubo baños que lavar y otras muchas tareas domésticas que hacer en lugares totalmente diferentes de la casa. Todo esto mientras ella guisaba en la cocina. Traté de no irritarme, pero nunca he sido muy buena intentando no ser lo que soy. Soplé y resoplé, haciendo grandes esfuerzos para pasar por la cocina tan seguido como me era posible, para que ella se hiciera una idea de lo que yo estaba “cocinando”. Pero si percibió mi disgusto, nunca lo demostró, simplemente me dejó arrastrar la aspiradora de un lado a otro del pasillo, tan ruidosamente como me diera la gana y nunca dijo ni media palabra. Una amiga me preguntó si quería ir al centro comercial después de la escuela. —No —contesté—. Mi abuela me está enseñando a cocinar. —Qué bien —dijo. —Hmmm —respondí. Pero un día llegué, y mientras me dirigía al armario donde guardábamos la aspiradora, la abuela me llamó a la cocina. —Hoy —dijo— vamos a preparar pierogi. Una vez que mi incredulidad se disipó, comencé a dar brincos de gusto. Ella me lanzó una mirada para que le bajara a mi entusiasmo y me pusiera un delantal (¿cómo hacen las mujeres mayores para comunicar tanto con una sola mirada de soslayo?). En la mesa me dejó que viera cómo mezclaba la harina, los huevos y el agua para preparar la masa. Luego vino mi turno. Le dio vuelta a la masa en la superficie enharinada
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y me indicó que amasara. Apenas le había dado una vuelta a la masa cuando ella ya estaba detrás de mí, pellizcándome un brazo. —¿Sentiste eso? ¡Es lo que le estás haciendo a la masa! ¿Cómo crees que siente que la pellizquen así? La miré como si estuviera loca. ¿Cómo va a sentir la masa? Pero luego de unos cuantos pellizcos correctivos más comencé a masajear esa masa con el mismo cuidado y atención que prestaría al ponerle talco a las pompis de un bebé. Pronto le avisé que ya había terminado y que la masa estaba lista para enrollarse. —¿Cómo sabes que está lista? —me preguntó la abuela. Era una buena pregunta. ¿Cómo sabía que ya estaba lista? No sé. Simplemente… estaba lista. La abuela me miró con una expresión divertida y aliviada a la vez. —Tú ya estás lista, Nicole —dijo.
• Aquel día en la cocina cambió mi vida. En la clase de economía doméstica aprendimos a cocinar siguiendo las instrucciones de una receta al pie de la letra. Se nos premió por ese buen comportamiento con una comida y una buena calificación. En el mundo de mi abuela, nos relacionábamos con los alimentos. Sintiéndolos. Conociéndolos. Aprendiendo cómo deseaban ser cocinados. Ni siquiera se me permitió ponerme el delantal sino hasta que hube establecido una relación con mi abuela, hasta que supe qué cigarros le gustaba fumar y cómo quería que limpiara su inodoro. Ahora me estaba relacionando con la masa, descubriendo cómo quería ser amasada. Mi abuela me estaba enseñando la lección más importante de la cocina, pero también de la vida: cualquier cosa con la que realmente quieras tener una relación te revelará sus secretos. Todo lo que tienes que hacer es pararte en la cocina con la mente y el corazón abiertos, reconociendo el honor de cocinar los alimentos para tu familia. La receta vendrá sola. 34
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Ésta es una lección que nunca he olvidado. Fue una lección para aprender la diferencia entre la cocina como una ciencia y la cocina como un arte. Según la ciencia, sabemos que haremos un pastel mezclando azúcar, harina y huevos. Comenzamos desde la posición del conocimiento, a partir de una receta probada y comprobada, y seguimos sus instrucciones hasta que obtenemos un pastel. Pero para la abuela, el proceso comenzaba con una pregunta: ¿cómo desea este pastel en particular ser confeccionado? Estos enfoques provienen de dos mundos completamente diferentes. El primero es el mundo de la ciencia, la ciencia de la cocina, pero también de la vida. Tomas las instrucciones, las aplicas y, si haces todo bien, el resultado está más o menos garantizado. El segundo corresponde al ámbito del arte de vivir. Cuando comienzas a moverte en este mundo no sabes a dónde vas y los resultados no están garantizados. Puedes dar todo cuanto tienes y no lograr el resultado esperado, pero conseguirás la experiencia de la relación íntima. Abre tu ser y las respuestas vendrán a ti. Te darás cuenta de que sabes cosas que nunca antes imaginaste. Descubrirás que una obra maestra en realidad no te exige que domines ningún tema en absoluto. Simplemente te pide que sientas, que escuches y que confíes en ti mismo. Eso es arte.
El arte del sexo Cualquier cosa que hagas puede enfocarse como ciencia o como arte, incluso, quizá lo más importante, el sexo. No obstante, el tipo de sexo que todos deseamos disfrutar es el que tenemos cuando nos aproximamos a él como si se tratara de arte, más que de una ciencia. Me refiero al tipo de sexo que nos pide que estemos abiertos, seamos curiosos y sigamos la experiencia a donde ésta quiera ir, en lugar de forzarla a seguir la dirección en que “supuestamente” debe ir, la dirección que la receta dicta que se debe tomar. 35
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Y sin embargo, la mayor parte del tiempo, tratamos el sexo como una ciencia. Desarrollamos expectativas muy altas, anticipando un resultado repetible cada vez que añadimos agua y mezclamos. Creemos que el “buen” sexo significa una cosa: orgasmos mutuos y un sentimiento de conexión íntima con nuestra pareja, y si falta alguno de estos ingredientes, el sexo es “insatisfactorio” o “problemático” o, peor aún, sólo es “suficientemente bueno”. Ignoramos la realidad: el sexo es en sí desordenado y errático. Es una fuerza de la naturaleza, como mi abuela. Es un reflejo de la vida, lo que significa que incluye lo caliente y lo frío, lo rápido y lo lento, lo bueno y lo malo. A veces lo queremos, a veces no. A veces nos sentimos cercanos a nuestras parejas, otras sentimos que podrían ser unos asesinos en serie. A veces pensamos que son los mejores amantes del mundo, otras veces deseamos que alguien, en algún momento de sus años adolescentes, les hubiera enseñado a besar, por el amor de Dios. Algunos de nosotros podemos llegar al clímax con sólo unos toques, mientras que otros se pasan toda la noche intentando y nunca “llegan ahí”. Algunos recordamos una época en que el sexo solía ser genial, pero no podemos, por más que queramos, recordar cómo llegar ahí de nuevo. Ésta es la realidad del sexo. El sexo no es una ciencia; no hay una receta. No importa cuántos libros leas o cuántos movimientos repetitivos hagas, el resultado no está garantizado. Y la mera incongruencia es el mejor escenario posible. ¿Y el peor de los escenarios cuál es entonces? Cuando matas el sexo con una receta. Pero nunca hemos aprendido a cocinar sin receta, en la cocina o en la recámara. Así que cuando las cosas no salen como esperamos, nos encontramos intentándolo con más ahínco. En lugar de abrirnos y permitir que nuestra sexualidad nos diga lo que quiere en ese momento, nos esforzamos más para cumplir con la receta externa que nos han dado. En lugar de escuchar nuestro propio deseo y seguirlo tenga o no sentido, nos esforzamos aún más en ser los buenos seguidores de la receta que nos enseñaron a ser. Muy pronto convertimos la masa en un bulto tieso y poco apetecible. 36
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Vamos a poner como ejemplo el orgasmo. Mientras que los orgasmos de los hombres son también una forma de arte, creo que todos estamos de acuerdo en que éstos tienden a cumplir más con ese consistente atributo científico que los orgasmos de las mujeres. Si me disculpas por ser tan franca, “pene” más “mujer desnuda”, en la mayoría de los casos es, de hecho, igual a “eyaculación”. Pero entonces, ¿qué ocurre cuando la receta no nos lleva al resultado deseado? Sin importar cuánto se esfuerce él, ¿la receta —ejem— ya no funciona por sí misma? Por otro lado está el orgasmo femenino, que para la mayoría de nosotras sigue un camino mucho más parecido a la manera del artista que al método científico. Si se observa con objetividad, el orgasmo femenino parece muy diferente del masculino, y puede o no incluir un clímax. Así que, ¿qué pasa cuando seguimos la receta del “buen sexo”, y ésta (por lo general) pide “dos clímax”, y no hay dos clímax disponibles? Lo que ocurre en cualquiera de estos casos, y en muchas más formas diferentes en que la verdad de la “no receta” se revela, es que el sexo empieza a parecer un problema. Dado que somos humanos y existimos en un paradigma del mal (abundaremos en esto más adelante), somos de gatillo fácil cuando se trata de identificar problemas. Siempre estamos en la búsqueda de algo o alguien a quien culpar. Creemos que hay algo malo con nosotros, o con nuestra relación, o con nuestra pareja. La veleidad del sexo, su negativa frustrante para acatar las leyes de la mecánica, nos pone en la difícil posición de preguntarnos por qué las cosas no van por el camino que se “supone” correcto. Cada uno de nosotros tiende a responder de manera diferente. Los hombres abordan el problema del sexo como si se tratara de arreglar un televisor descompuesto. Se rascan la cabeza e intentan entender. Hacen preguntas de investigación, buscan reparar por aquí y por allá, y cuando la pantalla sigue en blanco, o se frustran o pierden la cabeza por completo.
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Por otro lado, la tendencia de las mujeres es tratar de que su sexo, y especialmente su orgasmo, se vean de una forma particular, de la forma en que se “supone” que deben verse. Tratamos de cumplir con las expectativas establecidas por Hollywood, Cosmo, y nuestra mejor amiga, Katie (que parece que siempre tiene un sexo increíble, todo el maldito tiempo, y que no entiende que no necesariamente queremos enterarnos de eso). Nos imponemos la forma de sexo que se supone que deberíamos tener, la cual está moldeada por el ejemplo de la experiencia masculina. Pasamos mucho tiempo pensando, preguntándonos si lo estamos haciendo bien, concentrándonos profundamente en “llegar a alguna parte”: “alguna parte” que sea sinónimo de “clímax”; pensamos en qué sonidos deberíamos hacer mientras nos acercamos a éste, en si están “bien” o no. Nos preguntamos qué pensarán nuestras parejas si no comunicamos a través de estos sonidos que estamos pasando un momento alucinante. ¿Y si el esquivo clímax nunca llega? En momentos de desesperación, o mero agotamiento, nos sentimos tentadas a fingir. ¿Por qué no? Algunas de nosotras sentimos que de todos modos estamos fingiendo todo el asunto, comenzando por nuestro interés de tener sexo, en primer lugar. El resultado es que nos distanciamos de nuestros deseos, de nuestra experiencia directa del sexo, y finalmente, de nuestros orgasmos. Algunas mujeres se han alejado tanto de su auténtico orgasmo que ni siquiera creen tener uno. Lo cual es muy preocupante, ya que, en especial para las mujeres, el acceso frecuente al placer del orgasmo es la llave para encontrar la alegría, el alimento y la felicidad sostenibles. (¿Qué tal para una afirmación que no se oye todos los días?)
“Siempre he sido una persona sexual, pero por mucho tiempo sentí que no era apropiado para mí, como mujer, tener un apetito sexual tan intenso. Así que terminé centrándome en la experiencia de él y no en la mía. Mi desempeño se volvió muy bueno.
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Yo pensaba, ‘Ah, estamos cogiendo. ¿Le gustará? ¿Deberé hacer esto o aquello?’ Pero el slow sex cambió eso. Me ha ayudado a sentir cada sensación, a darme cuenta cuando me asusto o cuando comienzo a llegar lejos.”
—Margaret
Y bien, ¿cuál es la solución para el problema del sexo? Aunque yo tuve la suerte de tener una abuela que me enseñara en la cocina, no tenemos muchos modelos artísticos que mirar en la recámara. Se nos enseña el sexo como una ciencia, desde la primera vez que tropezamos, mortalmente avergonzados, con la educación sexual. Esto se extiende a la edad adulta, cuando ya podemos comprar un manual de sexo para cada problema (consolidando la idea del sexo como la reparación de un televisor) y sofisticados accesorios para vestir a nuestro pequeño niño problema. Pero hay algunos cuantos mentores sexuales a nuestro alrededor, que están volviendo a enseñar, con lentitud, el arte del sexo a los cansados científicos del mundo. “Muy pocos en verdad”, les digo a mis asombrados estudiantes en el primer día de clases. “Por suerte para ustedes, acaban de encontrar a una.”
Una nota sobre los ejercicios de este libro Los ejercicios de este libro te van a pedir que dejes a tu sexo salir a jugar, a la vista total de tu pareja, con las luces encendidas. Mis alumnos a menudo me miran como si estuviera loca cuando les digo que volteen hacia sus parejas y simplemente comiencen a hablar sobre sus deseos sexuales, justo aquí, en el salón, con un montón de parejas más. ¿Estoy loca? Quizá sí, quizá no. Lo que estoy haciendo es tratar de descongelar esa idea que tenemos de que el sexo es un asun-
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to muy serio. Dejar atrás la receta que habitualmente utilizamos, aquella que exige velocidad, diligencia y las luces decididamente apagadas. En el fondo, se puede decir que esto es todo lo que el slow sex engloba: encender las luces y mirar todo lo que estamos haciendo. No hay duda de que esto requiere que algunos estudiantes se salgan un poco de su zona de confort, en un principio. No hay problema. Con los años he visto con asombro cómo los estudiantes, nerviosos y apenados, se dan permiso a sí mismos de dejar que su yo sexual salga a jugar. En cuestión de segundos, los alhelíes florecen plenamente, como seres sexuales y salvajes que ellos mismos no habían visto antes. Esto también te puede suceder a ti. ¡Sólo diviértete con ello! En mis talleres invito a cada alumno a acercarse a los ejercicios que les doy, e incluso a la práctica de la meditación orgásmica misma, con un espíritu de experimentación y juego. Estás indagando sobre tu propia experiencia del sexo. ¿Qué te gusta? ¿Qué podrías hacer sin eso? ¿Qué sentiste en tu cuerpo? ¿Qué estabas pensando? Algo en la aproximación al sexo como una investigación ilumina la experiencia y la hace menos seria, con esa “S” mayúscula que solemos ponerle. Te abre al juego, a probar esta experiencia o aquella, sólo por curiosidad. Al inicio de cada ejercicio he incluido los materiales que vas a necesitar, explicando si necesitas una pareja para el ejercicio o no, y el tiempo de duración. Hay tres excepciones, sin embargo. Además de la meditación orgásmica misma y otros ejercicios que te permitirán practicar diferentes aspectos del slow sex, he incluido tres ejercicios diseñados para ayudarte a trasladar la filosofía del slow sex a tu vida sexual “normal”. Estos ejercicios: sexo oral lento para ella, sexo oral lento para él y coito lento, todos en el capítulo 8, son menos una instrucción paso a paso que una inspiración. Los ejercicios están concebidos para encender una sensibilidad dentro de ti, una sensación de lo que el slow sex es realmente. Húndete en 40
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lo profundo de la sensación que estos ejercicios generan cuando los lees, y utiliza la sensibilidad, en vez de la forma, para guiarte.
Ejercicio. El sexo como una ciencia, el sexo como un arte Este primer ejercicio es un gran punto para empezar a jugar. Tú y tu pareja van a probar el manejo del sexo como una ciencia, y luego como un arte. Se supone que debe ser divertido e incluso un poco atrevido. Qué tan lejos llegues, depende enteramente de ti; puedes cambiar de opinión o pedir algo diferente en cualquier momento. Así que date permiso de explorar lo inexplorado y expresar con la menor censura posible cualquier cosa que surja. Vas a necesitar tres almohadas, a tu pareja y una revista (o más) para este ejercicio. Acomoda las almohadas formando un triángulo sobre la cama o en el suelo. Elige una almohada para que sea el asiento de la “ciencia”, otra para el asiento del “arte” y otra que sea sólo para “escuchar”. Sitúa a tu pareja en la almohada para escuchar. Su trabajo es simplemente escuchar mientras tú dejas que tu sexo hable, no calentarse mucho y concentrarse en permanecer sentado. No te sientas cohibida por hacer que él se encargue sólo de escuchar, ¡pronto le llegará su turno! Comienza por sentirte cómoda en la almohada de la ciencia, tómate un minuto para asentarte en tu cuerpo y concentrar tu atención. A continuación, adecua tu intención para investigar sobre el sexo como una ciencia. Piensa de manera lineal, racional, orientada a objetivos, detallada e incluso matemática. Ahora, abre la boca y, utilizando el lenguaje científico más preciso que puedas, dale a tu pareja una receta cuantitativa para satisfacer
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tu deseo sexual. Dispón las instrucciones exactas de cómo quieres que te coja, con toda la especificidad posible. ¿Qué quieres exactamente? ¿Dónde? ¿Qué tan a menudo? ¿Por cuánto tiempo? Un ejemplo podría ser, “Quiero que me encuentres en la cocina, cuando esté preparando la cena, el martes en la noche. Quiero que me empujes contra la mesa, me levantes la falda y vayas ahí abajo, chupando y lamiendo mi clítoris alternadamente, mientras tiras con firmeza de mi pezón derecho”. Tal vez tengas una fantasía que siempre has querido que él te cumpla; genial, nárrasela. Quizá nunca antes habías pensado en nada de esto; no hay problema, sólo comienza a hablar y ve qué te sale. No te preocupes si te empiezas a reír (¡el humor es bueno!) o si te sientes apenada (recuerda que ¡luego le toca a él!). Sigue hablando mientras tengas algo que decir. Ya que tu flujo de ideas haya disminuido, pásate a la almohada del “arte”. Una vez más, respira profundo y concentra tu atención. Ahora estás en el mundo del arte: no lineal, sino intuitivo, emocional y sensacional. Cuando estés lista, comienza a describir la sensación cualitativa del sexo que deseas. Utiliza el movimiento, la emoción e incluso el sonido. Dale todos los detalles sensuales. Puedes decir algo como, “Quiero sentirte en todo mi interior, abriéndome los pliegues más oscuros y profundos. Quiero sentir el peso de tu cuerpo clavándose en mí, lenta y decididamente, cogiéndome hasta donde nadie lo ha hecho nunca antes”. ¡Uf, me estoy poniendo caliente nomás de pensarlo! Una vez que disminuya el flujo de ideas, pásate de nuevo a la perspectiva de la ciencia y sigue hablando de tus deseos, utilizando una vez más un lenguaje cuantitativo. Asegúrate de poner todos los detalles sobre la mesa. Cuando te sientas completa, haz una última parada en la almohada del arte y sigue dibujándole un cuadro de cómo son tus
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deseos, sensaciones, gustos y cómo suenan. No te detengas hasta que hayas dicho todo lo que tu deseo quiera decir. Deja que tu pareja sepa cuando hayas terminado, luego, tómate un momento para respirar y deja que todo lo que acabas de decir impregne la habitación. Pídele a tu pareja que te repita lo que te oyó decir. Él entonces anotará tus deseos tanto desde la perspectiva científica como de la perspectiva artística. (Si es necesario, ayúdale a refrescar su memoria.) Una vez que él termine de tomar notas, intercambien las posiciones. Toma el asiento de escucha y haz que tu pareja realice el mismo ejercicio, comenzando con el sexo como ciencia y luego como arte. Cuando haya acabado, asegúrate de anotar lo que le escuchaste decir para utilizarlo en el futuro. Ahora, tengan sexo. Sabes que lo deseas.
Práctica avanzada Planea cuatro citas con tu pareja en las que puedan recrear los deseos que surgieron durante el ejercicio. (Tienen las notas: ¡no olviden estudiarlas!) Las citas pueden ser tan cortas como quince minutos, o tan largas como un día o una noche. En la primera cita, tu pareja recreará tus deseos científicos; en la segunda, tu recrearás los suyos. Toma nota de cuántas sensaciones, cuánta excitación y atención tienes cuando estás involucrada en el “sexo como ciencia”. ¿Todo salió como esperabas? ¿Te sentiste tan satisfecha como esperabas cuando todo terminó? Tómate el tiempo para escribir en tu diario acerca de lo que sentiste y cómo tus expectativas se cumplieron o no. Dedica las próximas dos citas a tus deseos artísticos; primero los tuyos, luego los de él. Invita a los detalles sensoriales que describiste a cobrar vida entre ustedes dos. Una vez más, anota tu experiencia en
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tu diario. ¿Qué sentiste? ¿Qué te excitó? ¿Qué te hizo sentirte conectada con tu pareja? Tómate un tiempo para compartir tus pensamientos y sentimientos con tu pareja. Recuerda divertirte; después de todo, ¡sólo es sexo!
¿Problemas sexuales? No existen Así que ahora mis estudiantes están cada vez más relajados y cómodos. Han captado que la forma en que han venido manejando el problema del sexo no está funcionando. El sexo debería ser un arte, no una ciencia. Compruébalo. Así que ahora están listos para que yo empiece a hablar de cómo el “artista del sexo” resuelve el problema del sexo. ¿Cuál es el primer problema? No se puede dar por hecho, les digo. En pocas palabras, no hay una solución al problema del sexo. Y con esto, la relajación sale volando por la ventana del salón otra vez. Si no hay solución para el problema del sexo, entonces ¿por qué demonios están aquí? Ellos quieren soluciones. Se les prometió una técnica. Quieren saber cómo una mujer puede ser orgásmica en quince minutos, ¿acaso yo no leo mis propios materiales publicitarios? Las mandíbulas se empiezan a tensar; creo ver al muchacho de la esquina poniéndose azul. Se necesitan medidas de salvación, de inmediato. “¡Los problemas son para los científicos!”, dejo escapar. “El sexo es un arte, ¿lo recuerdan? Por lo tanto…” Miro a mi alrededor, expectante, esperando que alguien haga la conexión. Comienzo a oír grillos, pues nadie habla. “Por lo tanto,” subrayo, “el sexo no es un problema”. Hemos estado viviendo mucho tiempo con el paradigma de lo “equivocado”, con la mentalidad de que lo que no está fluyendo entre comillas “con suavidad”, lo que no se desenvuelve como “debería”, está mal, es un problema. Pero si se me permite decirlo así, ¡el paradigma 44
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de lo equivocado está en sí equivocado! Todo lo que necesitas hacer para ver que las cosas no siempre salen como esperas es mirar el mundo que te rodea. La vida es un paquete todo incluido. Podrías pensar que pagaste sólo por la alegría, el éxito, la perfección, pero te guste o no, la tristeza, el fracaso, la inconsecuencia vienen con el precio de adquisición. Lo “equivocado” es a veces simplemente una parte del trato. Hasta que aceptemos este hecho —que se yergue en la recámara y en todos los aspectos de la vida, por cierto—, andaremos corriendo como gallinas sin cabeza, persiguiendo las buenas experiencias y tratando de evitar las malas (un esfuerzo inútil). La ironía es que cuanto más intentamos aferrarnos a nuestras mejores experiencias sexuales como si en ello nos fuera la vida, tanto más sobresalen las no tan buenas. Y cuanto más nos resistimos a nuestros problemas sexuales, más irritantes, frustrantes, dolorosos se vuelven. Empiezan a emplear una gran cantidad de energía, energía que de otro modo podríamos estar poniendo en otras cosas. Como, por decir algo, un sexo más orgásmico, más conectado, más placentero, ¿cierto? No es de extrañar que empecemos a pensar que existen cosas tales como los “problemas sexuales”. De modo que la pregunta no es cómo podemos resolver los problemas que vienen junto con el sexo, sino, en su lugar, ¿cómo podemos ampliar y aumentar las experiencias placenteras que amamos, mientras llegamos también a un acuerdo con todos los otros asuntos? ¿Cómo podemos, al menos, hacer una tregua con cosas como la decepción, el fracaso y una sensación de desconexión, para así poder emplear nuestro tiempo disfrutando de la felicidad orgásmica y la conexión profunda y todo lo demás que el sexo tiene para ofrecernos? La respuesta es el slow sex, y la práctica de la meditación orgásmica. La
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ofrece una solución, y técnicamente es una técnica. Pero lo
que no es, ciertamente, es una receta. No hace promesas para la solución de los llamados problemas sexuales, ya que en la
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no existen cosas 45
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tales como problemas, no hay cosas tales como esconder las dificultades o aferrarse a los buenos tiempos como a un salvavidas. Quitándonos todas las expectativas que tenemos sobre lo que el sexo debe o no debe ser, enseñándonos cómo prestar atención a nuestra propia sensación, y alentando la comunicación honesta y frecuente con nuestra pareja, la meditación orgásmica nos enseña cómo disfrutar de todas las facetas de nuestra sexualidad. A diferencia de una ciencia, cuando te decides a practicar la meditación orgásmica no recibes ninguna garantía sobre el resultado. Lo único garantizado es que, si sigues las instrucciones y realmente te enfocas con una mente abierta, terminarás como un artista. Te reencontrarás con tu propia musa personal: tu verdadero orgasmo. Tus herramientas serán tu pareja, tu propio cuerpo y tu deseo. Tu único trabajo es poner atención. Allí, en ese momento de escuchar, de utilizar tu deseo como una brújula, pasarás de experimentar el sexo como una ciencia al sexo como un arte. Ése es el interruptor que enciende la luz. Es lo que tu vida sexual está pidiendo. La recompensa que recibirás por este acto radical de relajación es la libertad. La libertad de toda la presión que normalmente acompaña al sexo. Los hombres, sobre todo, se liberan de la presión constante de que el sexo, y en particular el orgasmo de sus parejas, tiene que “descifrarse”. La simplicidad pura de la práctica de la
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y el hecho de que
no se espera un resultado en particular, relega la fijación de sus mentes a un segundo plano. Las mujeres, por nuestra parte, nos liberamos de la estrecha definición de “orgásmica” a la que hemos estado confinadas desde que nos enteramos de qué se trataba el sexo. En lugar de seguir en la búsqueda de un clímax como éste se define tradicionalmente, cada una de nuestras experiencias, cada una de nuestras sensaciones, se convierten en parte de nuestro orgasmo. Este último punto no puede exagerarse. Volver a concebir una definición de “orgasmo”, modelándola en el matiz del orgasmo femenino en lugar de orientarla al orgasmo masculino, nos 46
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permite a todos nosotros, hombres y mujeres por igual, alcanzar una nutrición más completa de nuestro sexo.
• Después de comenzar a practicar la MO, no podrás sino adquirir una definición completamente diferente del orgasmo. Si bien alguna vez pensamos en el orgasmo como un “momento intensamente placentero en el tiempo, que, si se hace bien, proporciona satisfacción y liberación”, de repente, también puede ser un “periodo intensamente placentero en el tiempo, que, independientemente del resultado, ofrece una oportunidad para la conexión revolucionaria y el deleite transformador”. (Sugerente, ¿no?) La primera definición es el modelo masculino más directo del orgasmo, que todavía nos gusta. Pero cuando practicamos la meditación orgásmica, también llegamos a conocer el modelo más femenino. Puede no parecer tan glamoroso al principio, pero nos da mucho de algo más, algo que hemos estado buscando.
Una nota para mis amigos del mismo sexo Mis talleres de slow sex están llenos de estudiantes de todos los ámbitos de la vida, incluidas, y quizá de forma especial, todas las orientaciones sexuales. Independientemente de si te acuestas con hombres, mujeres o una combinación de ambos, los principios del slow sex son los mismos. Sin embargo, por razones que discutiré más adelante, el comienzo de la práctica de la meditación orgásmica se centra principalmente en un hombre acariciando a una mujer. Por esta razón, el lenguaje de este libro tendrá un enfoque principalmente hetero. Dicho esto, para mis lectores masculinos homosexuales, hay una práctica de caricia masculina que empezarán a conocer en el capítulo 3. Para mis amigas lesbianas, la práctica de
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SLOW
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la
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tradicional es perfectamente aplicable, aunque, al contrario
de mi instrucción para parejas hetero, ustedes pueden considerar la negociación de los papeles. De esa manera ambas reciben los beneficios de ser acariciada, que, como mujeres, es la clave para descubrir nuestro propio orgasmo único.
La transición de las relaciones sexuales tradicionales hacia el slow sex es similar a otras transformaciones que están sucediendo a nuestro alrededor. Hacer ejercicio, por ejemplo. Se podría decir que la meditación orgásmica es al “sexo convencional” lo que el yoga es al ejercicio más convencional, como el aeróbico. Con el ejercicio aeróbico, como correr, o con la mayoría de otras formas de ejercicio, hay a menudo (pero no siempre) una especie de meta cuantitativa implicada. Puedes hacer ejercicio para desarrollar fuerza y resistencia, perder peso o simplemente despejar la mente. El objetivo establecido del yoga, sin embargo, es simplemente seguir el ritmo de tu respiración. La práctica en sí se trata de dejar de lado cualquier expectativa sobre el resultado. Armar la postura es una parte tan importante de la experiencia como concentrarse en el equilibrio del brazo por primera vez. Eso es lo que hace al yoga una forma de arte. Es diferente cada vez que lo intentas. Y cada vez que aprendes algo nuevo, obtienes una nueva apreciación de quién eres y de lo que eres capaz. Esto no quiere decir que no puedas seguir disfrutando de un buen entrenamiento por su propio mérito. Ejercitarse por el beneficio del ejercicio siempre será bueno. Pero a través del yoga, ha entrado en juego una posibilidad diferente, la posibilidad de fortalecer el cuerpo y la mente al tiempo que se entra en contacto con algo más profundo dentro de nosotros mismos. De la misma forma, la meditación orgásmica no pretende sustituir al sexo. Por el contrario, la mayoría de la gente practica el slow sex por 48
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EL
ARTE DEL SLOW SEX
lo mucho que mejora su vida sexual “normal”. Pero como el yoga, la
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nos muestra que un mundo completamente diferente está a nuestra disposición. Un mundo donde no existen cosas tales como “problemas sexuales”. Donde lo que importa no es el resultado, sino el placer que recibes a lo largo del camino. ¿Y cuál es la mejor noticia? Las habilidades que desarrollamos a través del slow sex actúan como un combustible para cohetes cuando las aplicamos a las relaciones sexuales tradicionales. No obstante, los beneficios de la MO sólo se dan a conocer cuando nos acercamos a la práctica como un arte en lugar de una ciencia. Cualquier persona que haya desenrollado su tapete de yoga con la idea de que se va a concentrar en una postura en particular, sabe que acercarse a su práctica de yoga con un objetivo en mente tan sólo implica que más tarde o más temprano tendrá que tragarse el orgullo y retractarse. Se demanda que te concentres en tu plancha lateral y te observes armando la posición antes de siquiera estar ahí. De hecho, en el yoga se dice que el éxito es llegar al tapete en primer lugar. La
MO
es igual. Decidir que quieres practicar es
la práctica misma. Sentir la primera caricia es la práctica. Todo lo demás es como la cereza del pastel. Al igual que en cualquier forma de arte, el camino será diferente cada vez. A veces es aburrido, frustrante, irritante. Otras veces es alucinante, excitante, es abrir el corazón. Lo primero es una victoria tanto como lo último. Lo que aprenderás es abrirte a los dos casos. Esto no quiere decir que no puedas investigar sobre el sexo como una ciencia. Oye, si eso es lo que quieres hacer, ve y hazlo. Hay un montón de manuales de sexo por ahí que te enseñarán sobre posiciones, técnicas, etiqueta y cómo tener y dar un clímax convencional. Pero estos libros son como las recetas que aprendí en la clase de economía doméstica en la escuela preparatoria. Explican el sexo de afuera hacia adentro, en lugar de enseñarte cómo experimentarlo desde adentro hacia afuera. Este libro y la práctica de la
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te enseñarán sobre el arte. Obtendrás una técnica
básica, pero en este mundo la técnica sólo te llevará hasta cierto punto. Te voy a contar un montón de secretos sexuales que he aprendido con 49
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SLOW
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los años, pero después la pelota estará en tu lado de la cancha. Lo que cuenta es lo que tú pongas en el asunto. La buena noticia es que el slow sex simplifica las cosas. Elimina toda expectativa sobre lo que el orgasmo de ella debe ser y cómo va él a proporcionárselo. Quita la presión tanto a los hombres como a las mujeres. Brinda espacio para todas y cada una de las posibilidades. Si alguna vez has tenido un clímax tradicional o no, el orgasmo te espera. Una confesión más, que quizá ya hayas conjeturado. Este libro es sobre sexo, claro, pero en un nivel diferente, este libro es en realidad acerca de tu vida. Se trata de aprender una nueva forma de funcionar en el mundo, que a su vez permite nuevas formas de relacionarse con otras personas y con su vida como un todo. Se trata de echar raíces. Aprender cómo sentir tu propio cuerpo. Aprender cómo conectarte con otras personas. Y se trata de dejar de lado las expectativas y en su lugar dar cabida a todas las posibilidades. En pocas palabras, este libro es sobre convertir tu vida en una obra de arte. Lo que pasa es que el medio que vamos a utilizar, la poción mágica que te llevará hasta allí, es el sexo. Porque si hay una cosa que he descubierto en mi propio viaje, es que el sexo es como Nueva York: si triunfas ahí, puedes triunfar en cualquier parte.
“Con la práctica de la meditación orgásmica soy capaz de sentir realmente lo que hay dentro de mí. Me encanta lo que hay dentro de mí, y quiero sentir más y más y más, mi orgasmo realmente sale durante la
MO.
Entonces, cuando estoy teniendo
sexo, siento más todo el tiempo. Lo cual es un alivio, porque mi mayor temor era no volver a ser capaz de sentir el sexo de nuevo.”
—Annika, 37 años
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EL
ARTE DEL SLOW SEX
Ahora, no me malinterpretes. Si lo que estás buscando directamente es un mejor sexo, el slow sex también te lo ofrece. Es uno de los efectos secundarios de regresar a tu cuerpo y a tu relación con el mundo. Cuando desnudes al sexo, presta atención a la sensación y pide lo que deseas, puedes esperar orgasmos más satisfactorios y más ricos; una conexión más nutritiva y profunda con tu pareja, y mejores relaciones con cada persona de tu vida. En tan sólo unos minutos al día, puedes aprender cómo vivir: ¡cómo sacar el máximo provecho de tu vida preciosa y única! Cómo entrar ahí, ser parte de ello, sentirse en intimidad con el mundo de una manera completamente nueva. Es una promesa que he visto hacerse realidad en la vida de muchos estudiantes. Sé que lo mismo está disponible para ti, no importa quién seas ni por qué estés aquí.
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