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Traducción: SONIA FERNÁNDEZ ORDÁS
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Mara Dyer no es mi verdadero nombre, pero m e dijo mi abogado que tenía que escoger alguno. Un seudónimo. Un nom de p lum e para utilizar con mis compañeros de curso, con los que estoy preparando la selectividad. Sé que es extraño tener un nombre falso, pero creedm e, ahora mismo es lo más normal dentro de la vida que llevo. Ni siquiera creo que sea del todo prudente haberos contado este detalle. Pero si no fuese tan bocazas, nadie sabría que una adolescente de diecisiete años a la que le gusta Death Cab for Cutie era la responsable de los asesinatos. Nadie sabría que en algún lugar hay una estudiante con una nota m edia de notable y una lista de bajas en su haber. Y es importante que lo sepáis, para que no seáis los siguientes en la lista. Todo empezó el día del cump leaños de Rachel. Esto es lo que recuerdo. «Mara Dyer»
e ulla p ie, Nueva York cump leañou
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1 ANTES Laurelton, Rhode Island
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l abecedario barroco se retorcía a la luz de las velas y hacía que los caracteres y los números bailasen en mi cabeza. Se veían mezclados y confusos, como en una sopa de letras. Cuando Claire me puso la pieza en forma de corazón en la mano, di un respingo. Normalmente no era tan asustadiza, y deseé que Rachel no se hubiese dado cuenta. La güija fue el regalo que más le gustó aquella noche, obsequio de Claire.Yo le había regalado una pulsera; no se la había puesto. Arrodillada encima de la alfombra, le pasé la pieza a Rachel. Claire hizo un gesto con la cabeza que rezumaba desdén. Rachel la dejó sobre el tablero. –No es más que un juego, Mara. –Sonrió. Sus dientes parecían aún más blancos bajo aquella luz tenue. Rachel había sido mi mejor amiga desde que íbamos a la guardería; ella tenía la piel oscura y era muy atrevida, yo era pálida y cautelosa. Pero no tanto cuando estábamos juntas. Ella hacía que me sintiese valiente. Casi siempre. –No tengo nada que preguntarle a ningún muerto –le dije. Y a los dieciséis años, ya somos demasiado mayores para esto, no le dije. –Pregúntale si Jude va a querer volver contigo. La voz de Claire sonaba inocente, pero yo sabía lo que ocultaba. Mis mejillas se encendieron, pero contuve las ganas de soltarle un bufido y me lo tomé a broma. 9
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–¿Puedo pedir un coche? ¿Es como si hablásemos con un Santa Claus muerto? –Bueno, como es mi cumpleaños, empiezo yo. –Rachel apoyó los dedos sobre la pieza, y Claire y yo hicimos lo mismo. –¡Oh!, Rachel, pregúntale cómo te vas a morir. Rachel expresó su aprobación con un gritito y yo le lancé a Claire una mirada asesina. Desde que había venido a vivir aquí hacía seis meses, se había pegado a mi mejor amiga como una lapa hambrienta. Sus dos misiones en la vida eran hacerme sentir como la tercera en discordia y torturarme porque me gustaba su hermano Jude. Y yo estaba tan harta de una como de la otra. –Recuerda que no debes empujar –me ordenó Claire. –Lo pillo, gracias. ¿Algo más? Pero Rachel nos interrumpió antes de que nos pusiésemos a discutir. –¿Cómo me voy a morir? –preguntó. Las tres fijamos la vista en el tablero. Sentía un hormigueo en los muslos por llevar tanto tiempo arrodillada en la alfombra de Rachel, y notaba humedad detrás de las rodillas. No pasaba nada. Y de repente pasó. Nos miramos mientras la pieza se movía bajo nuestros dedos. Describió un semicírculo sobre el tablero, pasó por delante de la A, de la K, y se arrastró lentamente dejando atrás la L. Se detuvo delante de la M. –¿Con una mecha? –preguntó Claire; le temblaba la voz de emoción. No sé qué veía Rachel en ella. La pieza se movió en otra dirección. Pasó de largo ante la E. Se situó frente a la A. Rachel puso cara de extrañeza. –¿Masacrada? –sugirió. –¿Masticada? –preguntó Claire–. A lo mejor vas al bosque, enciendes una mecha, provocas un incendio y te come el oso Smokey, el de las campañas del servicio forestal. 10
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Rachel se echó a reír, y con ello ahuyentó el miedo que me había encogido el estómago. Cuando nos sentamos a jugar, había tenido que hacer un verdadero esfuerzo para no hacer un gesto de hastío con los ojos y burlarme de la actitud melodramática de Claire. Ahora ya no. La pieza se movió en zigzag por el tablero y le cortó la risa en seco. R. Permanecimos en silencio. Mantuvimos la mirada fija en el tablero mientras la pieza retrocedía hacia la letra anterior. A. Y ahí se paró. Esperamos a que la pieza señalase la letra siguiente, pero se quedó inmóvil. Al cabo de tres minutos, Claire y Rachel retiraron las manos. Me di cuenta de que me estaban mirando. –Quiere que le preguntes algo –dijo Rachel en tono suave. –Si te refieres a Claire, estoy segura de que tienes razón. –Me puse en pie, temblorosa y con náuseas. Para mí había terminado el juego. –Yo no moví la pieza –dijo Claire con los ojos como platos mientras miraba a Rachel y luego a mí. –¿Palabrita del Niño Jesús? –pregunté con sarcasmo. –¿Por qué no? –contestó Claire con muy mala idea. Se levantó y se acercó a mí. Demasiado.Vi el peligro en sus ojos verdes. –Yo no la moví –repitió–. Quiere que tú le preguntes algo. Rachel me dio la mano y la ayudé a levantarse del suelo. Miró a Claire a los ojos. –Te creo –le dijo–, pero mejor hagamos otra cosa. –¿Como qué? –La voz de Claire no tenía expresión y le sostuve la mirada, sin miedo. Ya empezábamos otra vez. –Podemos ver El proyecto de la bruja de Blair. Era la película favorita de Claire, naturalmente. 11
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–¿Qué os parece? La voz de Rachel tenía un tono indefinido, pero firme. Aparté la vista de Claire, asentí y logré componer una sonrisa. Claire hizo lo mismo. Rachel se relajó, pero yo no pude. Sin embargo, solo por ella intenté tragarme mi enfado y mi desazón cuando nos sentamos a ver la película. Rachel metió el DVD en el reproductor y apagó las velas. Seis meses después las dos estaban muertas.
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2 DESPUÉS Hospital de Rhode Island Providence, Rhode Island
A
brí los ojos. Sonaba un bip, bip, bip continuo y regular procedente de una máquina a mi izquierda. Miré a mi derecha. Otra máquina emitía un sonido silbante junto a la mesilla de noche. Me dolía la cabeza y estaba desorientada. Forcé la vista para intentar distinguir la posición de las agujas del reloj que colgaba de la pared junto a la puerta del cuarto de baño. Oí voces fuera. Me senté en la cama del hospital, arrugando las delgadas almohadas al cambiar de postura para intentar oír lo que decían. Noté un picor debajo de la nariz. Era un tubo. Intenté mover las manos para quitármelo, pero cuando las miré vi que había más tubos. Unidos a agujas. Saliendo de mi piel. Sentí que algo rígido tiraba de mis manos y se me cayó el alma a los pies. –Quitádmelos –susurré al aire.Vi el punto exacto donde el acero penetraba en mi vena. Comencé a respirar más deprisa y un grito surgió de mi garganta– . Quitádmelos –dije más fuerte. –¿Qué? –preguntó una vocecita cuya procedencia no fui capaz de adivinar. –¡Quitádmelos! –grité. Varias siluetas llenaron la habitación; distinguí el rostro de mi padre, desencajado y más pálido que de costumbre. –Cálmate, Mara. 13
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Entonces vi a mi hermano pequeño, Joseph, con los ojos abiertos de par en par y muy asustado. Unas manchas negras me impidieron distinguir las caras de los demás y luego todo lo que vi fue una maraña de tubos y agujas, y tuve la sensación de que algo me apretaba la piel reseca. No era capaz de pensar. No era capaz de hablar. Pero aún podía moverme. Moví una mano hacia el brazo contrario y arranqué el primer tubo. Noté un dolor agudo. Y me proporcionó algo a lo que aferrarme. –Respira tranquila. No pasa nada. No pasa nada. Pero sí pasaba. No me escuchaban y tenían que quitármelos. Intenté decírselo, pero aumentó la oscuridad y engulló la habitación. –¿Mara? Pestañeé, pero no vi nada. El silbido y el bip,bip,bip habían enmudecido. –
No tires, cariño.
Mis párpados se agitaron al oír la voz de mi madre. Se inclinó sobre mí para colocarme bien una de las almohadas y una cortina de pelo negro cayó sobre su piel color avellana. Intenté moverme para apartarme y no estorbar, pero apenas podía sostener la cabeza erguida.Vislumbré a dos enfermeras a sus espaldas con expresión malhumorada. Una de ellas tenía una magulladura roja en una mejilla. –¿Qué me pasa? –susurré con voz ronca.Tenía los labios secos como el papel. Mi madre me apartó de la cara un mechón de pelo sudoroso. –Te han dado algo para que te relajes. Respiré hondo. El tubo de mi nariz había desaparecido. Y también los de las manos. En su lugar había unas vendas de gasa.Varias manchas de sangre habían traspasado la tela. Sentí como si se me hubiese quitado un peso de encima y mis labios dejaron escapar un profundo suspiro. Ahora 14
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que ya no tenía las agujas, logré ver la habitación con claridad. Miré a mi padre, que estaba sentado junto a la pared opuesta con expresión de impotencia. –¿Qué ha pasado? –pregunté confusa. –Has sufrido un accidente, cielo –respondió mi madre. Mi padre me miró a los ojos, pero no dijo nada. Era mamá la que llevaba la voz cantante. Tenía un mar de confusión en la cabeza. Un accidente. ¿Cuándo? –¿El otro conductor está…? –comencé, pero no pude terminar. –No fue un accidente de tráfico, Mara. –Mamá hablaba con voz tranquila. Firme. Su voz de psicóloga, me di cuenta–. ¿Qué es lo último que recuerdas? Esa pregunta me alteró aún más que despertar en una habitación de hospital, que ver los tubos clavados en mi piel o que cualquier otra cosa. La miré con atención por primera vez. Tenía ojeras, y sus uñas, normalmente con una manicura perfecta, estaban sin arreglar. –¿Qué día es hoy? –pregunté en voz baja. –¿Qué día crees que es? –A mi madre le encantaba contestar a las preguntas con otras preguntas. Me froté la cara con las manos.Tenía la piel tan seca que casi hacía ruido al rozarla. –¿Miércoles? Mi madre me miró con atención. –Domingo. Domingo. Dejé de mirarla para examinar la habitación. No me ha había fijado en las flores, pero había ramos por todas partes. Justo al lado de mi cama tenía un jarrón con rosas amarillas. Las favoritas de Rachel. Encima de una silla junto a la cama había una caja con mis cosas de casa; una vieja muñeca de trapo, que mi abuela me había regalado cuando era un bebé, descansaba en su interior con el brazo apoyado en el borde. 15
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–¿Qué es lo que recuerdas, Mara? –El miércoles tuve un examen de historia.Volví a casa en coche y… –Rebusqué en mi cabeza intentando localizar mis ideas, mis recuerdos. Me vi entrando en casa. Yendo a por una barrita de cereales a la cocina. Subiendo a mi habitación en el primer piso, tirando la cartera y buscando Tres obras tebanas, de Sófocles. Escribiendo. Luego dibujando en mi cuaderno. Luego… nada. Un temor paulatino y progresivo serpenteó por mi estómago. –Nada más –le dije mirándola. Observé que un tic nervioso hacía palpitar un músculo sobre el párpado de mi madre. –Estuviste en el Tamerlane… –comenzó. Oh, Dios. –El edificio se vino abajo. Alguien dio el aviso sobre las tres de la madrugada del jueves. Cuando la Policía llegó, te oyó. Mi padre carraspeó. –Estabas gritando. Mi madre lo fulminó con la mirada antes de volverse de nuevo hacia mí. –El edificio se derrumbó y quedaste atrapada en una bolsa de aire en el sótano, pero cuando te encontraron estabas inconsciente. Quizá te desmayaste por la deshidratación, pero también es posible que algo te golpease y te hiciese perder el conocimiento. Tienes unos cuantos moretones –dijo mientras me apartaba el pelo hacia un lado. Detrás de ella vi su torso reflejado en el espejo que había sobre el lavabo. Me pregunté qué aspecto tendrían «unos cuantos moretones» cuando se te ha caído encima un edificio. Me incorporé. Las dos enfermeras silenciosas se pusieron tensas. Parecían más bien perros guardianes. Mis articulaciones protestaron cuando estiré el cuello por encima de las barras laterales de la cama para verme. Mi 16
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madre se miró en el espejo conmigo.Tenía razón; una sombra azulada destacaba sobre mi pómulo derecho. Me eché el pelo hacia atrás para ver su extensión, pero eso era todo. Por lo demás, tenía un aspecto… normal. Normal tratándose de mí y normal tratándose de cualquiera.Volví la vista hacia mi madre. Qué distintas éramos. Yo no había heredado ninguno de sus elegantes rasgos de los nativos del norte de la India; no tenía el óvalo perfecto de su cara ni su pelo negro y brillante. Por el contrario, tenía la nariz aristocrática y el mentón de mi padre. Y aparte del moretón, no parecía que se me hubiese caído un edificio encima. Entrecerré los ojos al pensarlo, luego me apoyé sobre las almohadas y me quedé mirando al techo. –Dicen los médicos que te vas a recuperar –dijo mi madre con una débil sonrisa–. Hasta te puedes venir a casa esta noche, si te sientes lo suficientemente bien. Bajé la vista para mirar a las dos enfermeras. –¿Por qué están aquí? –le pregunté a mi madre mientras las miraba sin disimulo. Me estaban poniendo de los nervios. –Están cuidándote desde el miércoles –respondió, y señaló a la enfermera de la magulladura en la mejilla con un gesto de la cara–. Es Carmella –dijo, y luego señaló a la otra–. Y ella Linda. Carmella, la de la magulladura en la mejilla, sonrió, pero no era una sonrisa afectuosa. –Tienes un buen gancho de derecha. Fruncí el ceño. Miré a mi madre. –Cuando te despertaste antes tuviste un ataque de pánico, y tenían que estar aquí cuando te volvieras a despertar por si acaso seguías… desorientada. –Ocurre muy a menudo –explicó Carmella–. Y si ahora te encuentras bien, nosotras ya podemos irnos. Hice un gesto afirmativo con la cabeza; tenía la garganta seca. –Gracias. Lo siento. 17
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–Tranquila, cielo –dijo. Sus palabras sonaban falsas. Linda seguía sin abrir la boca–. Avísanos si necesitas algo. Se giraron, salieron de la habitación en perfecta sincronía y me dejaron sola con mi familia. Me alegré de que se fuesen. Y entonces me di cuenta de que probablemente mi reacción hacia ellas no había sido normal. Tenía que pensar en otra cosa. Recorrí la habitación con la vista, y finalmente la detuve en la mesilla de noche, en las rosas. Estaban frescas, lozanas. Me pregunté cuándo las habría traído Rachel. –¿Ha venido a verme? Una sombra oscureció el rostro de mi madre. –¿Quién? Mi padre hizo un ruido extraño e incluso mi madre, mi competente y perfecta madre, pareció incómoda. –No –continuó mi madre–.Te las han enviado sus padres. Hubo algo en su tono de voz que me hizo sentir un escalofrío. –Entonces no ha venido a verme –dije en voz baja. –No. Tenía frío, mucho frío, pero había empezado a sudar. –¿Ha llamado? –No, Mara. Sentí ganas de gritar al oír su respuesta. Pero en lugar de hacerlo alargué el brazo. –Déjame tu teléfono. Quiero llamarla. Mi madre intentó sonreír, pero fracasó estrepitosamente. –Ya hablaremos de eso después, ¿vale? Necesitas descansar. –Quiero llamarla ahora. –Mi voz estaba a punto de quebrarse. Toda yo estaba a punto de quebrarme. Mi padre logró decírmelo. –Estaba contigo, Mara. Y Claire y Jude también –dijo. No. Noté como si algo me oprimiese el pecho y apenas me dejase aliento para hablar. 18
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–¿Están en el hospital? –pregunté porque era lo que debía hacer, aunque por la expresión de mis padres supe cuál sería la respuesta. –No lo resistieron –dijo mi madre despacio. No podía ser. Aquello no podía estar pasando. Algo viscoso y horrible comenzó a subirme por la garganta. –¿Cómo? ¿Cómo murieron? –logré preguntar. –El edificio se vino abajo –dijo mi madre en tono pausado. –¿Cómo? –Era un edificio muy viejo, Mara. Ya lo sabes. No podía hablar. Por supuesto que lo sabía. Cuando mi padre se trasladó a Rhode Island al terminar sus estudios de derecho, había representado a la familia de un chico que había quedado atrapado en el interior del edificio. Un chico que había muerto. Daniel tenía prohibido acercarse, aunque mi perfecto hermano mayor no tenía el menor interés en pasarse por allí. Ni yo. Pero por alguna razón, fui. Con Rachel, Claire y Jude. Con Rachel. Rachel. De repente me vino a la cabeza la imagen de Rachel entrando resuelta en la guardería llevándome de la mano. De Rachel apagando las luces de su habitación y contándome sus secretos después de haber escuchado los míos. Ni siquiera tuve tiempo para procesar las palabras «Claire y Jude también», porque la palabra «Rachel» ocupaba mi mente. Noté cómo una lágrima rodaba por mi acalorada mejilla. –¿Y si…? ¿Y si solo se quedó atrapada, como yo? –pregunté. –No, cariño. Los buscaron. Encontraron… –Mi madre se calló de pronto. –¿Qué? –insistí casi con un chillido– ¿Qué encontraron? Mi madre se quedó pensando mientras me miraba. Me observó con atención. No dijo nada. –Dímelo –le pedí con voz nerviosa–. Quiero saberlo. 19
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–Encontraron… restos –dijo vagamente–. Se han ido, Mara. No lo resistieron. Restos.Trozos, quería decir. Una violenta sensación de náusea me revolvió el estómago. Deseé poder vomitar. Pero en lugar de eso me quedé con la mirada fija en las flores que la madre de Rachel había enviado, y luego cerré los ojos con fuerza y busqué algún recuerdo, cualquier recuerdo, de aquella noche. Qué estábamos haciendo allí. Qué los mató. –Quiero saber todo lo que pasó. –Mara… Reconocí su habitual tono tranquilizador y me aferré a las sábanas con los puños apretados. Intentaba protegerme, pero en realidad me estaba torturando. –Tienes que contármelo –supliqué con la sensación de tener la garganta llena de ceniza. Mi madre me miró con los ojos llenos de lágrimas y expresión de estar destrozada. –Lo haría si pudiera. Pero tú eres la única que lo sabe.
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3 Laurelton Memorial Cemetery, Rhode Island
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l sol se reflejaba en el brillante ataúd de caoba de Rachel y cegaba mis ojos. Mantuve la mirada fija en él, dejé que la luz me secara las córneas y deseé que fluyesen las lágrimas. Debería estar llorando. Pero no era capaz. En cambio, todos los demás eran capaces y eso hacían. Gente con la que ella nunca hablaba, incluso gente que le caía mal. Todo el colegio estaba allí, reivindicando haber formado parte de su vida. Todos excepto Claire y Jude. Su entierro sería por la tarde. Era un día blanco y gris, uno de los típicos días de frío cortante de Nueva Inglaterra. Uno de los últimos que yo iba a pasar allí. El viento soplaba y hacía que mis rizos me golpeasen las mejillas. Un puñado de asistentes me separaron de mis padres, siluetas negras que se recortaban sobre el cielo inmaculado y sin color. Me arrebujé en mi abrigo y me lo apreté contra el cuerpo para protegerme de los ojos de mi madre, que me miraba sin pestañear. Había observado todos mis movimientos desde el momento en que salí del hospital; fue la primera que acudió a mi lado aquella noche cuando grité tanto que desperté a los vecinos, y la que me sorprendió llorando con la cara oculta en mi armario al día siguiente. Pero solo cuando me encontró dos días después, aturdida, pestañeando y aferrando un trozo de espejo roto 21
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con las manos cubiertas de sangre, insistió en que me viese un especialista. Lo que hizo el psicólogo fue darme un diagnóstico: trastorno de estrés postraumático. Aparentemente, las pesadillas y las alucinaciones eran lo más normal en mi estado, y hubo algo en mi manera de comportarme en su consulta que le obligó a recomendar mi ingreso en una clínica. No podía permitir que ocurriese. En lugar de eso, yo recomendé que nos mudásemos. Recuerdo la expresión de mi madre y el modo en que entrecerró los ojos cuando saqué el tema unos días después de aquel desastre de consulta. Muy cautelosa. Muy suspicaz, como si yo fuese una bomba que alguien había puesto debajo de su cama. –De verdad, creo que me vendría bien –le dije sin creérmelo en absoluto. Pero llevaba dos noches sin pesadillas, y aquel episodio del espejo que yo no recordaba parecía tratarse de un caso aislado. El psicólogo había exagerado, igual que mi madre. –¿Por qué lo crees? –Habló con un tono natural y tranquilo, pero seguía con las uñas mordidas hasta la carne. Intenté recordar la conversación, casi un soliloquio, que había mantenido con el psicólogo. –Ella siempre estaba en esta casa; todo lo que miro me hace pensar en ella. Y si vuelvo al mismo colegio, la seguiré viendo allí también. Pero quiero volver a clase. Lo necesito. Necesito pensar en otra cosa. –Lo comentaré con tu padre –me dijo mientras escudriñaba mi rostro. Advertía en cada arruga de su frente, en cada inclinación de cabeza, que ni siquiera era capaz de entender cómo su hija había llegado a aquello; cómo había podido salir de casa a escondidas y acabar en el último sitio donde debía estar. Me lo había preguntado, pero por supuesto yo no pude darle ninguna respuesta. De pronto oí la voz de mi hermano como salida de la nada y me sobresalté. 22
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–Me parece que casi ha terminado –dijo Daniel. Mi corazón comenzó a latir más despacio cuando miré a mi hermano mayor.Tal como él había predicho, en aquel momento el sacerdote nos pidió que inclinásemos la cabeza para rezar. Me moví incómoda, aplasté la hierba mojada con las botas, y miré a mi madre. No éramos religiosos y, la verdad, no sabía muy bien qué tenía que hacer. Si existía algún protocolo sobre cómo comportarse en el funeral de tu mejor amiga, nadie me lo había enseñado. Pero mi madre inclinó la cabeza, con su melena corta cayendo sobre su piel perfecta sin quitarme la vista de encima, y observándome para ver lo que hacía. Miré hacia otro lado. Tras unos segundos que me parecieron una eternidad, las cabezas se irguieron como con ansia por que todo terminase y la multitud se disolvió. Daniel permaneció a mi lado mientras mis compañeros de clase se acercaban por turnos para decirme cuánto lo sentían y para prometerme que seguiríamos en contacto. No había vuelto al colegio desde el día del accidente, pero algunos habían venido a verme al hospital. Probablemente por simple curiosidad. Nadie me preguntó cómo había ocurrido, y me alegré, porque no habría podido decírselo. Seguía sin saberlo. Unos graznidos rompieron el silencio del funeral cuando cientos de pájaros negros pasaron volando por encima de nuestras cabezas con un apresurado batir de alas. Se posaron sobre un grupo de árboles deshojados que se alzaba en el aparcamiento. Hasta los árboles se vestían de luto. Me giré hacia mi hermano. –¿No aparcaste debajo de donde se han posado esos cuervos? –Asintió y echó a andar hacia el coche–. Genial –proseguí–. Ahora vamos a tener que limpiar la mierda de todo el grupo. –Bandada Me paré en seco. –¿Qué? 23
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Daniel se volvió hacia mí. –Se llama bandada de cuervos. No grupo. Y sí, vamos a tener que limpiar excrementos de pájaro, a no ser que prefieras ir con papá y mamá. Sonreí aliviada sin saber por qué. –Paso. –Ya me parecía a mí. Daniel se detuvo para esperarme y me alegré de poder librarme de mis padres. Nos separamos del grupo y miré hacia atrás para cerciorarme de que mi madre no nos observaba. Pero estaba ocupada hablando con la familia de Rachel, a quien conocíamos desde hacía años. Era demasiado fácil olvidarme de que ellos también tendrían que dejarlo todo: mi padre su bufete de abogados, mi madre a sus pacientes. Y Joseph, aunque solo tenía doce años, aceptó sin demasiadas explicaciones que nos íbamos a vivir a otro sitio y accedió a separarse de sus amigos sin una sola queja. Cuando lo pensé, me di cuenta de que era a mí a quien le había tocado la lotería con mi familia. Hice un recordatorio mental de que tenía que portarme mejor con mi madre. Después de todo, ella no tenía la culpa de que nos fuésemos. La culpa era mía.
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