Capítulo 1
Fue idea de Amijai. Siempre tenía ideas de esta clase aunque, entre nosotros, el ocurrente solía ser Ofir. Pero Ofir malgastaba su creatividad en los bancos y los hojaldritos Bissli en una agencia de publicidad, con lo cual, en las reuniones con la pandilla, aprovechaba la oportunidad para ser banal, para estar callado y hablar poco con el sencillo vocabulario de Haifa; y muchas veces, cuando estaba algo bebido, nos abrazaba y decía: vaya suerte tenemos todos nosotros, no tienen ni idea. En cambio, Amijai vendía pólizas para Mi Corazón, un fondo de previsión para enfermos cardiacos y aunque muchas veces conseguía sacar de sus conversaciones de vendedor alguna anécdota sorprendente, generalmente de supervivientes del holocausto, era imposible decir que el trabajo le proporcionara muchas satisfacciones. Cada pocos meses nos anunciaba que dejaría Mi Corazón en cuanto pudiera. Quería iniciarse en el shiatsu, pero siempre surgía algo para que lo aplazara: una vez le ofrecieron una prima; otra vez un vehículo; luego fue la boda con Ilana la llorona; después los gemelos. Así que toda la alegría de vivir que bullía en él y que se expresaba con dificultad en las reuniones familiares o en la cama con Ilana, surgía con nosotros sus-tres-mejores-amigos en forma de iniciativas ocurrentes como viajar al Jof Golan en el décimo aniversario de nuestro primer viaje al parque acuático de Luna Gal, o inscribirse en el concurso de karaoke y antes entrenarse como Dios manda para cantar a capella una canción de los Beatles. ¿Por 13
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qué precisamente de los Beatles?, preguntaba Churchill, y con el tono en que lo decía ya se podía adivinar cuál sería la suerte de la nueva peripecia. ¿Por qué no? Ellos son cuatro y nosotros también cuatro, trataba de convencernos Amijai, pero su voz traslucía que sabía que, como las anteriores, aquella iniciativa no se llevaría a cabo. Sin el apoyo de Churchill nos era difícil hacer algo. Cuando él machacaba algo o a alguien, lo hacía de una forma tan casual y precisa que sentías lástima de los abogados a los que se enfrentaría en el tribunal. De todos modos, fue Churchill quien fundó nuestro grupo en secundaria. No lo fundó exactamente; sería más cierto decir que nos agrupamos alrededor suyo como ovejas extraviadas. Los rasgos de su ancho rostro, los cordones de sus zapatos deportivos deshechos, incluso su forma de caminar, todo transmitía la sensación de que sabía lo que estaba bien. Que tenía una brújula interior que lo dirigía. Por supuesto que, en aquellos años, todos simulábamos ser autosuficientes, pero Churchill lo era de verdad. Las chicas retorcían sus rizos cuando pasaba delante de ellas, aunque no fuera especialmente guapo en el sentido cinematográfico de la palabra. Y lo votamos por mayoría como capitán del equipo de futbol de la clase a pesar de que había mejores jugadores que él. Fue allí, en el equipo, donde recibió su apodo. En las semifinales contra los de tercero de bachillerato 3, nos reunió a todos y nos lanzó un discurso encendido diciendo que teníamos que ofrecer a los adversarios de la 3 sangre, sudor y lágrimas. Al terminar su discurso casi lloramos; luego sencillamente nos suicidamos en el campo, con una presión incesante sobre la pelota y entradas asesinas sobre el asfalto, lo que no impidió que perdiéramos tres a cero a causa de tres enormes errores del mismo Churchill: una vez pasó la pelota al líder enemigo; otra, perdió un buen pase en mitad del campo y, para colmo, al intentar alejar el balón, lo metió directo en propia meta, en la cual estaba yo. Nadie se enfadó con él después del partido. ¿Cómo enfadarse con alguien que un segundo después del pitido final reúne a todos 14
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en medio del campo y, sin avergonzarse, se declara culpable? ¿Cómo enfadarse con alguien que, como compensación, invita a todo el equipo a un partido del Macabi Haifa, sabiendo todos que lo paga con dinero de su bolsillo porque sus padres no tienen? ¿Cómo es posible enfadarse con alguien que escribe felicitaciones de cumpleaños tan profundas, que sabe escuchar tan bien, que viaja en sábado hasta la base militar de Tsuké Ovda para visitarte cuando estás haciendo el servicio militar, que te hospeda durante tres meses en su casa hasta que puedas arreglártelas en Tel Aviv y se obstina en que duermas en su cama mientras él duerme en el sofá? No pude enfadarme con él ni siquiera después de lo que ocurrió con Yaara. Todos estaban seguros de que yo estaría furioso, a reventar de rabia. Amijai me llamó en cuanto lo supo: Churchill es un hijo de puta, pero tengo una idea: vamos los cuatro al paintball de Bnei Zion y le disparamos con balas de pintura. Sencillamente, lo acribillas sin piedad. Hablé con él y está de acuerdo. ¿Qué te parece? Ofir salió en mitad de una reunión sobre la campaña de papel higiénico de tres capas sólo para decir: Baba, estoy contigo. Tienes toda la razón. Pero te lo ruego, no hagas nada que puedas lamentar. ¡Vaya suerte tenernos los unos a los otros, no tienes ni idea! A decir verdad, sus súplicas fueron innecesarias. De todos modos, no habría conseguido acrecentar mi cólera. Incluso fui una noche a su casa con la esperanza de que este gesto dramático me aguijoneara; de camino me iba diciendo en voz alta: hijo de puta, qué hijo de puta, pero al llegar al edificio no tuve ninguna prisa en subir. Si hubiera visto una esbelta silueta moviéndose por la casa, habría apretado los puños, pero me limité a sentarme en el coche, a rociar el parabrisas con agua y a activar el limpiaparabrisas; estuve repitiendo este gesto hasta que finalmente, cuando el primer rayo del sol fue a dar en las placas solares, me fui. No me imaginaba a mí mismo golpeando a Churchill. Sin embargo, 15
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en las notas que escribimos en el último Mundial, mis tres deseos estaban relacionados con Yaara.
La idea de las notas fue de Amijai. Cuando Emmanuel Petit marcó el tercer gol y ya estaba claro que Francia ganaría el Mundial y en el aire se respiraba la decepción porque todos éramos hinchas de Brasil, después de que las burekas con sabor a lágrimas que Ilana había preparado se terminaran por completo al igual que las nueces, y sólo quedara una rebanada de sandía con queso búlgaro, la que nadie se atreve a agarrar, después de todo esto Ofir dijo: saben, de pronto me he dado cuenta de algo. Es el quinto Mundial que vemos juntos. Churchill dijo: ¿qué dices el quinto? ¡Cuatro como mucho! Entonces empezamos a rememorar nuestros Mundiales. El de México 1986 lo vimos en casa del padre de Ofir en Kiryat Tivon. Cuando la ingenua Dinamarca perdió cinco a cero contra España, Ofir lloró amargamente. Su padre dijo entre dientes que eso ocurre cuando un niño crece solamente con la madre. El Mundial de 1990 lo vimos cada uno en una ciudad distinta de los territorios, pero hubo un sábado en que todos nos fuimos de permiso y nos reunimos en casa de Amijai para ver las semifinales. Nadie recuerda qué pasó en el partido porque su hermana pequeña rondaba por la casa con un negligé rojo y nosotros, que éramos soldados, babeábamos. En el de 1994 ya éramos estudiantes. Tel Aviv. Churchill fue el primero en mudarse allí y nosotros fuimos tras él a la gran ciudad, porque queríamos estar juntos y también porque Churchill dijo que sólo allí podríamos ser lo que queríamos ser. ¡Pero la final del 94 la vimos precisamente en el hospital Rambam!, recordó Ofir. Es verdad, dije. En plena cena en casa de mis padres, me dio el ataque de asma más fuerte de mi vida. Hubo momentos, mientras me llevaban de urgencia a toda prisa al hospital, en que creí en serio que me iba 16
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a morir. Los doctores me estabilizaron a base de inyecciones, pastillas y una máscara de oxígeno, decidieron que debía quedarme unos días en el hospital. Para hacerme el seguimiento. La final era al día siguiente. Italia contra Brasil. Sin decirme nada, Churchill lo organizó, metió a todos en su viejo Beetle y, de camino, se detuvieron en la crepería de Kfar Vitkin para comprarme un ice tea con sabor a durazno, que es mi debilidad, y vodka porque en aquel entonces nos gustaba el vodka, y diez minutos después de empezar el juego irrumpieron tumultuosamente en mi habitación, en el servicio de medicina interna 9 (al vigilante que intentaba perseguirlos alegando que la hora de visita había terminado, lo sobornaron con una botella de Keglevich). En cuanto los vi, casi me dio otro ataque. Luego me tranquilicé, respiré profundamente, con el diafragma, y juntos vimos en la televisión en miniatura, colgada en lo alto de la cama, a Brasil ganando la copa al cabo de ciento veinte minutos. Y de penaltis. Y… así llegamos a 1998, concluyó Churchill. Suerte que no hemos apostado, señaló Ofir. Suerte que hay Mundiales, dije. Así el tiempo no se convierte en un gran bloque y cada cuatro años uno puede detenerse para ver qué ha cambiado. ¡Vaya!, dijo Churchill. Cuando yo decía frases de este tipo, él siempre era el primero en comprender. A veces el único. ¿Saben cuál es nuestra suerte? Tenernos los unos a los otros, dijo Ofir. No-tie-nen-ni-i-dea-de-la-suer-te-que-es, repetimos la muletilla sabida. Colega, no entiendo cómo te las arreglas con todos estos anuncios; eres un sentimental, dijo Churchill y Ofir se rio, bueno, es lo que ocurre si se crece sólo con la madre, y Amijai dijo: tengo una idea. Un momento, déjenme ver cómo alzan la copa, pidió Churchill, con la esperanza de que cuando acabase ya hubiera olvidado su idea. Pero Amijai no la había olvidado. 17
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¿Quizás intuía que su idea se convertiría en una auténtica profecía que nos decepcionaría una y otra vez los cuatro años siguientes, pero que por arte de magia mantendría su fuerza profética? Parece que no. Bajo su predicción conciliadora se escondía una tenaz determinación que le permitía atender a los clientes de Mi Corazón durante horas, montar rompecabezas de mil piezas en su porche y correr diez kilómetros al día. Hiciera el tiempo que hiciera. Me parece que esta determinación, más que otra cosa, lo incitó a hablar después de que Didier Deschamps levantara la copa ante un público entregado. Lo que he pensado, dijo, es que cada uno escriba en un papel dónde sueña encontrarse dentro de cuatro años. Desde el punto de vista personal, profesional. Todo. Y en el siguiente Mundial, abrimos los papeles y vemos qué nos ha pasado. ¡Qué magnífica idea!, gritó Ilana la llorona desde el estudio. Nos volvimos hacia ella. En todos los años que la conocíamos nunca la habíamos visto entusiasmarse por algo. Su cara siempre tenía una expresión apesadumbrada (incluso el día de su boda. Debido a esto, en el video, se ve mucho a Amijai en su eterno movimiento de baile –pequeños golpes de estómago– y a ella mucho menos). Cuando nos reunimos en casa de Amijai, ella solía apartarse al cabo de unos minutos, abstraída en la lectura de un libro. Casi siempre era un libro de su área de investigación, la psicología, algo sobre la relación entre la depresión y la ansiedad. Ya nos habíamos acostumbrado a su presencia ausente en la sala y a su fría relación con Amijai. Así que, ¿a qué venía ese entusiasmo? Salió del estudio y se nos acercó, dubitativa. Precisamente estaba leyendo un artículo de un psicólogo estadunidense que opinaba que la definición correcta del objetivo representa la mitad del camino para lograrlo. El nuevo Mundial será dentro de cuatro años, ¿verdad? O sea que tendrán treinta y dos. Son precisamente los… años de yeso. ¿Años de yeso? 18
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Es el concepto que utiliza ese psicólogo. Se refiere a los años en que se consolida y cristaliza el carácter de las personas. Como el yeso. Esperó unos segundos para comprobar el efecto de sus palabras, entonces, desilusionada, dio media vuelta y regresó al estudio. Amijai nos miró. No podíamos hacerle aquello. Ella se había entusiasmado. Una rendija de luz en sus esfuerzos por complacerla. Bien, trae papel Amijai, dije. Pero vamos a hacerlo como Dios manda, propuso Churchill. Que cada uno escriba tres cosas. Tres frases cortas. Si no, no saldremos de ésta. Amijai nos repartió sendos libros gruesos de psicología para tener algo sobre lo que apoyar el papel. Y bolígrafos.
La primera frase no me dio problema. La tenía en la cabeza desde que Amijai lanzó la idea. En el siguiente Mundial todavía quiero estar con Yaara, escribí. Y me quedé estancado. Probé a pensar en cosas que deseara para mí, intenté ampliar mis aspiraciones, pero mis pensamientos iban sin cesar hacia ella, hacia ella; su pelo sedoso, luminoso, sus leves y finos hombros, sus ojos verdes tras las gafas; en el momento en que se las quitaba, entonces yo sabía que me daba permiso. Unos meses antes nos encontramos en la cafetería del edificio Naftali, en la universidad. Al inicio de la pausa entre dos clases, entró con dos chicos; llevaba una bandeja con una botella pequeña de jugo de toronja. Iba erguida, decidida, con una cola de caballo brillante y saltarina, como si fuera a un lugar determinado mientras ellos trotaban a duras penas tras ella hasta la mesa. Le costaba trabajo destapar la botella, pero no pidió ayuda. Hablaban de la obra que habían visto la noche anterior. Es decir, ella hablaba, muy rápido, y ellos no dejaban de mirarla. Decía que aquel espectáculo podría haber sido mejor si el director hubiera 19
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estado un poco más inspirado. Los decorados, por ejemplo, dijo tomando un sorbo de jugo, ¿por qué los decorados en las representaciones de este país siempre parecen iguales? ¿No se podría pensar en algo más original que una mesa, un perchero y un sillón del mercado? Siguió hablando de la música del espectáculo y de que se podría sacar más de las actrices si el director hiciera su trabajo con verdadero amor a la profesión. Pronunciaba fuerte la letra eme que está en el centro de la palabra amor, de todo corazón, mientras colocaba la palma de la mano abierta sobre la blusa. Es toda la verdad, decía el chico sentado frente a ella sin quitar ojo del contorno de su blusa. Tienes toda la razón, Yaara, decía el otro chico. Luego se levantaron y fueron a sus clases, y ella se quedó sola en la mesa y de pronto, por una fracción de segundo, sola y perdida. Sacó unos papeles del bolso, se ajustó las gafas a la nariz con el meñique, cruzó las piernas y se sumergió en la lectura. Antes de pasar una hoja, tocaba siempre ligeramente un dedo con la lengua; yo la miraba y me parecía increíble que, un movimiento como aquél, que hacían los bibliotecarios, fuera tan sexy cuando lo hacía la mujer adecuada. Y también pensé que sería interesante saber cómo sería aquella cara tan seria cuando estallara en carcajadas. Y en si tenía hoyuelos. También pensé que jamás llegaría a saberlo porque no tenía valor para abordarla. Dime, dijo levantando la cabeza de los papeles, ¿tienes idea de lo que significa revelation? Cada defecto tiene su instante de gloria. Así ocurrió con mi daltonismo, que a pesar de los numerosos trastornos que me provocó en la vida (niños, ¿ven las amapolas? ¡¿Quién dijo «no»?!), me salvó de la intención que tenía el oficial de encuadrarme en el puesto de observación. En aquel momento, cuando Yaara me miró, también fue así. Años de espartana educación anglosajona, cantidades excesivas de té con leche, estreñimiento emocional crónico, sensación básica de aislamiento, me habían conformado como consecuencia de que mis padres ni por un instante dejaron de sentirse extran20
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jeros aquí, en el Levante, y de que siguieron hablando entre ellos anglohebreo treinta años después de desembarcar en Haifa procedentes de Brighton. Todo aquello actuó en mi favor. Revelation significa «descubrimiento», «exposición», respondí con autoridad, y cuando vi que ella iba a contentarse con aquello, me apresuré a añadir que también podía ser «develar». Dependía del contexto. Me leyó la frase entera. Luego otra con la que se había hecho un lío. Después le di mi teléfono, por si necesitaba más ayuda, y sorprendentemente me llamó aquella misma noche; hablamos de otras cosas, una conversación muy fluida; más adelante salimos, nos besamos, hicimos el amor, en el césped, junto a la academia de música, apoyó la cabeza en mi vientre y tarareó sobre mi cadera una melodía de piano que se oía desde las salas de ensayo; me compró una camiseta azul cielo porque «basta ya con todo este negro»; durante todo aquel tiempo trataba de encontrar la trampa, cómo podía ser que alguien que contradijese la teoría de los tres cuartos de Churchill –«no hay ninguna chica que sea guapa, inteligente, divertida y además libre. Siempre falta algún elemento»– ¿cómo era posible que alguien así me hubiera elegido precisamente a mí? Cierto, unos meses antes de conocerme había roto con un guitarrista que la había hecho desgraciada y le había puesto los cuernos durante cinco años, pero en el campus había muchos chicos más altos que yo que estarían encantados de compensar sus problemas. La verdad es que aquella historia con el guitarrista traidor no sonaba creíble. ¿Quién querría engañar a alguien como ella? ¿Quién querría a alguien aparte de a ella, sólo a ella y siempre a ella?
Amijai me apremiaba para que terminase. Todos menos yo habían devuelto ya los bolígrafos. Miré la primera frase que había escrito y añadí apresuradamente: 21
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2. En el próximo Mundial quiero estar casado con Yaara. 3. En el próximo Mundial quiero tener un niño de Yaara. Prefiero una niña. ¿Y ahora qué? Ofir frotó sus rizos después de que también yo le entregara el bolígrafo. Ahora me devuelven los papeles, dijo Amijai. Yo los guardo dentro de una caja hasta el próximo Mundial. ¿Por qué precisamente tú?, protestó Ofir. Porque soy el más estable. ¿Qué quieres decir? Se resistía Ofir. Él tiene razón, intentó calmarlo Churchill. Tiene mujer, casa, gemelos. Nosotros seguro que nos vamos a mudar diez veces hasta el próximo Mundial. Y unas notas como éstas son la clase de cosas que se pierden en una mudanza. Ok, dijo Ofir. Pero primero vamos a leerlos en voz alta. ¿Qué dices?, gritó Amijai. Así se pierde la sorpresa. A la mierda la sorpresa, Ofir estaba enojado. Quiero saber lo que escribieron. O no entrego mi papel. Aplazar la satisfacción no es realmente lo tuyo, ¿eh? Amijai, mordaz, añadió tranquilamente: bueno, es lo que ocurre cuando un niño crece sólo con la madre. ¿Conoces la historia del niño que aplazaba la satisfacción? La aplazaba, la aplazaba, la aplazaba, hasta que murió. Tengo una proposición, Churchill intervino antes de que Ofir y Amijai se enzarzaran en uno de sus enfrentamientos verbales, vagos y repentinos que sacaban de cada uno una maldad sorprendente. Propongo que cada cual escriba una sola de las tres cosas que ha escrito, dijo Churchill. De esta forma conservamos el elemento sorpresa y también tendremos teasing. Así es como lo dicen los publicistas, ¿no? Teaser, corrigió Ofir, mientras una sombra cruzaba sus pupilas, como siempre que mencionaban su trabajo. Ok, yo primero, dijo Amijai desdoblando su papel. En el próximo Mundial tendré una clínica de terapias alternativas. 22
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Aaamén, dijo Churchill a modo de oración, expresando así el sentimiento de todos. Si se hiciera realidad, esperábamos, quizás Amijai dejara de hablar tanto de ello. Ofir desdobló su papel. Antes del próximo Mundial diré adiós al mundo de la publicidad y publicaré un libro de relatos. ¿Relatos? Estaba asombrado. ¿No decías que harías una película sobre nosotros? Sí, pero toda la película se basaba en que uno de nosotros… moría en el servicio militar. Nos prometiste que si no moría nadie, entonces… Si todavía es vigente, estoy dispuesto a morir pronto, sugerí (mientras lo hacía tuve un escalofrío demasiado placentero, como siempre que pensaba en esta posibilidad). Déjalo, dijo Ofir. No hay necesidad. Estos últimos tiempos estoy más a favor de los relatos. Tengo la cabeza llena de ideas, pero cuando regreso a las once de la noche de la oficina no tengo fuerzas ni para encender la computadora. Pues vamos, ponte en marcha. Tienes tiempo hasta el próximo Mundial. De todos modos, traductor al inglés ya tienes. Gracias, hombre, me dio una palmada en el hombro con los ojos brillantes. No tienes idea de la suerte que… Churchill desdobló rápidamente su papel antes de que Ofir comenzara a lamentarse. Hasta el próximo Mundial, dijo con una voz muy seria, espero acostarme con doscientas ocho chicas por lo menos. ¿Precisamente doscientas ocho? Amijai se reía. ¿Por qué no doscientas veintidós? ¿O trescientas en números redondos? Echa la cuenta, explicó Churchill. Cuatro años, cada año tiene cincuenta y dos semanas. Una chica por semana, en total son doscientas ocho. Eso es. ¿Qué les parece? ¿Malgastaría un deseo por algo que de todos modos sucederá? Entonces ¿te quedaste con nosotros?, dijo Amijai con voz fatigada. Como estaba condenado a su Ilana la llorona, pensar en 23
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un deseo que incluía doscientas ocho mujeres distintas debía de haber inflamado su imaginación. Claro, Churchill sonrió y leyó su papel: Cuando llegue el próximo Mundial quiero ser el responsable de un nuevo asunto importante. En un área de primera fila. Quiero estar implicado en algo que conduzca a un cambio social. Ofir y Amijai asintieron apreciativamente y yo pensé que sería algo incómodo leer en voz alta mis deseos después de lo que Churchill había leído. Vamos, te toca a ti, me apremió Amijai. Miré mi papel y me consolé pensando que al menos no tenía que leer los tres deseos. En el próximo Mundial quiero estar todavía con Yaara, leí con voz débil. Como era de esperar, todos se me echaron encima. Vaya, vaya, esta Yaara no existe en absoluto, dijo Ofir. Hasta que la veamos, este deseo no es válido, Churchill añadió esta opinión con autoridad jurídica. Estoy seguro de que es fea, creo que la esconde porque es fea, dijo Ofir mirándome con aire provocador. Es bizca, dijo Amijai. Con un culo tan grande como un helipuerto. Las tetas hasta las rodillas. Espaldas de jugador de futbol. Es un transexual. Antes se llamaba Yaar. Muy bieeeen, me rindo. Están invitados el martes a mi casa para que la conozcan. Pero un día antes, aplacé el acontecimiento una semana con la excusa de que estaba enfermo, y luego lo volví a cancelar con la excusa de que teníamos que ir a cenar a casa de los padres de Yaara en Rejovot. Finalmente la que puso fin a todos estos aplazamientos fue Yaara, que me dijo, medio en serio medio en broma, empiezo a sospechar que te avergüenzas de mí. Y yo dije: ¡qué dices! Y ella dijo: entonces ¿por qué no quieres que conozca a tus amigos? Yo dije: no sé, la cosa ha ido así. Y ella: ahora me muero por 24
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conocerlos. Hablas tanto de ellos. Y yo: no me he dado cuenta. Y ella: los mencionas cada una o dos frases. Tu sala está llena de fotos suyas, pero están desenfocadas. Y cada cinco minutos te llama alguno de ellos; entonces te sumerges en una de aquellas conversaciones prácticas, de hombres: solamente charlar y charlar. Diría que en general tienen una relación muy sólida, ¿no? No sé, dije. A veces me parece que sí. Que es para toda la vida. Es decir, hace un año, fuimos a la ceremonia del día del Holocausto en el colegio y me di cuenta de que la camaradería de nuestra generación se había dispersado, únicamente nosotros estábamos juntos, unidos, formando equipo. La verdad es que no tengo idea de por qué. Si es por inercia o si todavía, después de ocho años en Tel Aviv, sólo sentimos que pertenecemos a la ciudad cuando estamos juntos. Por otro lado, hay reuniones en que no comprendo qué hacemos unos con otros y todo me parece incierto. Pero quizá sea la danza incesante de acercarse y alejarse, el movimiento básico entre amigos. ¿No crees? Un diagnóstico fas-ci-nan-te, murmuró Yaara, pero no cambia nada. El próximo martes vamos a cocinar para ellos, decidió, y se quitó las gafas. Estuve de acuerdo, ya que era difícil negarse ante unos ojos verdes y no encontré ninguna buena razón para negarme, fuera de la vaga sensación de que aquello acabaría mal, sensación que atribuí a mi pesimismo crónico. La cena fue realmente todo un éxito; las verduras rellenas les encantaron y Yaara encontró enseguida un lenguaje común con cada uno de mis amigos. Con Ofir se rio del esnobismo del mundo de la publicidad (resulta que ella había trabajado de auxiliar de producción en un anuncio gráfico de detergente). Con Churchill polemizó sobre la indulgencia de la magistratura hacia las figuras públicas. A Amijai le explicó el tratamiento de acupuntura que la había curado, para sorpresa de los médicos convencionales, de la enfermedad del beso. A mí me tocaba todo el rato, me acariciaba la frente, ponía su mano en la mía, la cabeza en mi hombro y dos veces me besó ligeramente el cuello, como 25
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si de pronto notara lo que le había estado ocultando a lo largo de los meses que estábamos juntos: que tengo miedo a perderla. Que nunca la tuve; así es. Bien, ¿qué tal?, pregunté cuando se hubieron ido. Todavía resonaban sus pasos en la escalera. Estupendos, tus amigos, me dijo Yaara abrazándome. Detalles, dije mientras me disponía a fregar los trastos. Quedaban dos o tres restos de relleno adheridos a los platos. Ofir es tan tierno, oí su voz a mi espalda. ¿Cuántos años lleva trabajando en publicidad? ¿Seis? No es fácil protegerte en aquel mundo cínico. Y Amijai tiene mucha paciencia. Creo que puede llegar a ser un terapeuta alternativo ideal. Y además –me abrazó por detrás– parece que todos te quieren mucho. Así que ya tengo con ellos al menos una cosa en común. ¿Y qué te ha parecido Churchill?, pregunté, y noté que el abrazo se aflojaba, y enseguida me soltó. Da la impresión de ser inteligente, dijo con tono vacilante. ¿Pero…? Me volví hacia ella. Todavía con las manos húmedas de lavaplatos. No hay pero, dijo alejándose un poco. Había una sombra, un pero, insistí. Déjalo, no me gusta juzgar después del primer encuentro a una persona. Sabía que ella tenía razón. Es más fácil etiquetar a una persona que dejar abierta la oportunidad de que tenga facetas diversas. Pero no podía dejarlo. Vamos, di algo, lo conozco hace tanto tiempo que ya no soy capaz de saber cuál es la primera impresión que produce. La verdad, tiene algo de presuntuoso. Como si los mirara a los tres por encima del hombro, desde el palco de honor. Esto no me gusta. Tampoco me gustó cómo habla de las mujeres. ¿Te has dado cuenta de que cuando habla de los políticos masculinos los llama «el ministro» o «el alcalde» y que cuando menciona políticas dice «bruja» y «la rubia platino»? 26
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Puede ser, dije fríamente, y aunque yo mismo lo había querido, noté que no estaba de acuerdo con la ligereza intolerable con la que criticaba a un amigo mío. Tienes que saber que es una persona especial, dije echando chispas. Cuando terminó Derecho le ofrecieron despachos privados donde se gana mucho dinero, pero él fue a la fiscalía porque le pareció más importante, y pasadas algunas semanas, al final del Mundial, cada uno de nosotros escribió en una nota diciendo dónde soñaba con estar en el Mundial siguiente, al cabo de cuatro años. Todos escribimos cosas totalmente egoístas; solamente él escribió que deseaba hacer algo significativo que influyera en la sociedad israelí, así que quizás… quizás es preciso que esperes un poco antes de definirlo. ¿Y tú, qué escribiste?, preguntó Yaara. Me miró con ojos burlones por encima de las gafas. Fue la primera vez desde que empezamos a salir que me permití enfadarme un poco con ella y vi con extrañeza que le gustaba. Es un secreto, intenté conservar un dejo de crueldad en mi voz. Si lo quieres saber tendrás que quedarte conmigo hasta el próximo Mundial. Entonces es cuando abriremos los papeles. Ningún problema, Yaara se pegó a mí y metió sus dedos en los bolsillos traseros de mis jeans. A una chica romántica no le da miedo el amor. Dos semanas después ya estaba con él. Hay versiones contradictorias acerca de la forma en que las cosas se desarrollaron. Churchill afirma que la encontró por casualidad un mediodía en la calle en su tiempo libre y que ella le dijo que había pensado que entre ellos no hubo una buena comunicación a lo largo de la cena y que si él estaba dispuesto, a ella le gustaría invitarle a un café para empezar de nuevo. Él estuvo de acuerdo porque notó que era importante para ella. Luego se sentaron para hablar sin darse cuenta de que el tiempo transcurría. Cuando finalmente se levantaron, ella dijo que en la conversación habían quedado 27
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temas abiertos y a lo mejor estaría bien que se vieran al día siguiente para cerrarlos. Yaara afirmaba que fue él quien la llamó, tres días después de la cena, diciéndole que desde que la vio no cesaba de pensar en ella y que por las noches no podía dormir. Ella dijo que no sabía qué decir y él dijo que quería que se vieran. Ella dijo que vaya idea, no podían hacer aquello a mis espaldas. Pero él suplicó y dijo que muchos delincuentes, violadores y asesinos quedaban impunes porque él no estaba atento al trabajo desde que la había visto. Ella se rio y accedió, pero solamente unos minutos, sólo un café, sólo por los violadores. Al final del encuentro, cuando se levantaban, él dijo que habían quedado temas abiertos en la conversación, y a lo mejor estaría bien que se vieran al día siguiente para cerrarlos. Creo que ella dice la verdad. Quisiera creer que es él quien dice la verdad. De cualquier manera, el resultado fue uno: siguieron viéndose en secreto una semana y por último ella vino a mi casa y me dijo que estaba confundida. Que necesitaba tiempo para pensar. Mientras hablaba, inclinó su cuello encantador. Me tocó mucho. Pero no se quitó las gafas ni una sola vez. Aquella misma tarde llamó él, y estuvo brillante y centrado como siempre. Contó lo que ocurría. Dijo que se disculpaba. Dijo que sabía que sus disculpas no valían para nada. Dijo que si yo quería alejarme durante un tiempo, lo entendería. Y que esperaba que no fuese por un tiempo demasiado largo, ya que yo era su mejor amigo. Y esto solamente transformaba lo que hacía en algo asqueroso (él se sirvió de la palabra asqueroso, hasta este extremo había sido lúcido y preciso). Le colgué el teléfono en la cara, claro. Pero ni aquello me hacía vibrar de ira. Tampoco consiguió cambiar el hecho de que el principal sentimiento que sentía era de alivio. Mi vida transcurría tranquila (y, hay que decirlo: monótona) después de que Yaara la trastornara. Me ganaba la vida con traducciones que hacía para los estudiantes de Ciencias Sociales y Humanidades. El dinero cubría mis gastos básicos, no daba para más, 28
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pero no aspiraba a ahorrar, no digamos a hacerme rico. La verdad es que no tenía aspiración alguna. Con veintiocho años no tenía ni idea de qué quería hacer a los treinta. Incluso el menor retoño de olivo conoce su objetivo y crece naturalmente, sin vacilar, para ser un olivo. Pero yo no sabía hacia dónde ir. Mientras, con la lentitud de un embotellamiento en Ayalón, redactaba mi tesis de filosofía que lleva por título «Metamorfosis: filósofos que cambiaron de opinión», cada verano compraba el anuario de todas las universidades con el objetivo de pescar nuevos campos de estudio más concretos. En un momento de debilidad, fui a uno de aquellos centros en los que te aconsejan sobre cómo elegir una profesión. La consejera, una mujer con mejillas de bebé y llena de buena voluntad, miró mis exámenes y dijo que según los resultados todo estaba abierto ante mí, podría ser lo que quisiera. Le dije que aquél era el problema. Que no quería. Entonces dijo: por eso estoy yo aquí, para ayudarlo a aclararlo. Yo dije: no lo ha comprendido, no quiero nada. No estoy motivado. Soy un caballo que se ha quedado en su cercado, que prefiere contemplar a los otros caballos compitiendo que galopar él mismo. Sobrevivió a dos citas conmigo, entonces me aconsejó calurosamente una terapia psicológica. Le dije que sí, pero no fui. ¿Para qué? Para ir a una terapia, sea a los alcohólicos anónimos o a un taller de concienciación de sí mismo en el desierto, primero tienes que creer que la gente es capaz de cambiar. Además, sabía de antemano qué sería de la pobre terapeuta: la sobriedad que había caracterizado nuestra relación familiar se tradujo en mí en una apatía generalizada. El hecho de que no me abrazaran lo suficiente de pequeño reprimió en mí el gusto por la acción (es cómico, la directora del taller de escritura en el que participo habla de la sobriedad como «una de las grandes potencias que tiene el autor». Dice que cuanto más dramáticos sean los materiales de la historia, más frío le conviene mostrarse al escritor. Pero afirma que es necesario estar atento para no enamorarse de la sobriedad. Y también saber cuándo superarla). 29
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De todos modos, mi sobriedad ya estaba profundamente agrietada cuando encontré a Yaara. Los meses que estuvimos juntos, mi caballo se abrió paso fuera del cercado conmigo encima y las piernas colgando a ambos lados de la silla. Galopé con ella al instituto de secundaria donde había estudiado, allí me enseñó el pequeño patio –ella lo recordaba mayor– en el que las niñas de su generación decidieron excluirla; galopé con ella al teatro, al que iba solamente para desilusionarse y contarme luego, con las mejillas enrojecidas por el entusiasmo, cómo ella lo haría de distinto modo, más cálido; galopé con ella a una fiesta en Jerusalén que se alargó hasta la semana siguiente; cuando bailaba su pelo me azotaba la cara, me gustaba y me dolía a la vez, me dolía y me agradaba; galopé con ella a casa de sus padres en Haifa y vi cómo los seducía en cinco minutos, galopaba con ella a donde me llevara, mientras expulsaba mi calculada prudencia, y así, ligero, podía seguir hacia tierras lejanas, a nuestros territorios espirituales. Cada noche, en la cama, me contaba cosas: que aquel boicot que le hicieron sus compañeras de clase todavía la ofendía como si fuese hoy y es la razón de que mantenga una distancia de seguridad con las mujeres, y que el guitarrista la amenazó con herirse a sí mismo si ella lo dejaba y al cabo de tres meses fue él quien la dejó, y yo, por primera vez en la vida no me conformé con escuchar y le confié que antes de ella era un desierto y que me había resignado a vivir sin amor, sin contar el festín de amor con mujeres imaginarias que creaba cada noche y cuya imagen buscaba después en las calles. En las tiendas. En el césped de la universidad. Le conté la colección de mujeres ficticias como una aceptable burla de mí mismo, intentando crear la impresión de que ellas eran parte del pasado aunque sospechaba que ella misma era imaginaria y que finalmente a nuestro galope le esperaba una caída en absoluto ficticia. Incluso deseaba un poco esta caída. Aquellos instantes, cuando acabas de caer, de repente todo es silencio. Pero cuando por fin llega… 30
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No me di de cabezazos contra la pared. No vacié una caja de pastillas para dormir. No me encaramé al alféizar de la ventana. Acepté más y más traducciones para no tener tiempo de pensar e informé a Amijai de que durante la próxima temporada no me invitase a ver partidos de futbol, porque de todos modos no iría. Pero no es justo, protestó, no es justo que Churchill hiciera lo que hizo y tú seas el marginado, prefiero no estar con ustedes, le dije, casi le chillé, como si el mismo tono de voz transformara mi decisión en lógica, y cuando Ilana la llorona me llamó con la excusa de que necesitaba ayuda para traducir un artículo, y, un instante después, confesó que lo que quería decirme era que me echaban mucho de menos los compañeros, y no entendía por qué precisamente ahora evitaba que me ayudaran, cuando más lo necesitaba, le dije que era incapaz. Me dijo que me invitaba ella sola, si quería, su voz era tierna y compasiva. Muy distinta a la voz con que se dirigía a Amijai en nuestra presencia, aunque le dije: gracias, Ilana, gracias de verdad, pero no.
No fue fácil, la verdad. Sin el grupo de Haifa, Tel Aviv volvía a ser la ciudad extraña y fea que era cuando la conocí después del servicio militar o, a regañadientes, sólo por la promesa temeraria que hice a Churchill el último día de la Independencia antes del reclutamiento. Nos encontrábamos en la tribuna del colegio cuando Churchill dijo: esta vez nos vamos a Tel Aviv, y Ofir dijo que en el periódico anunciaban una fiesta en la plaza de los Reyes de Israel, Amijai dijo que sería cara, seguro, ya que todo está caro en el centro y Ofir dijo: idiota, es en la plaza de los Reyes de Israel, cómo van a cobrar en un lugar abierto y Amijai: el idiota serás tú, no hay ningún problema en cerrarla con barreras, y Churchill dijo: ¡basta!, si hay que pagar se paga, es nuestro último día de la Independencia antes de ir al ejército; en cuanto terminó la frase todos me miraron ya que yo era el único que tenía permiso de 31
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conducir y el coche de mis padres, accedí con la única condición de salir temprano porque no me gusta conducir cansado; Churchill me dio una palmada en la espalda, lo que digas, pero cuando lo fui a recoger no estaba a tiempo ni mucho menos Ofir, que era el siguiente de la ruta habitual, se había quedado dormido viendo una película de Fellini y tuvimos que tirarle de los rizos para despertarlo, levantarlo del sofá y prepararle dos cafés bien cargados, Amijai había decidido quedarse en casa ayudando a su hermano a preparar exámenes, pero cedió cuando Churchill dijo que si no salías a pasarla bien el día de la Independencia era un desprecio hacia tu país, pero después de ceder tuvimos que esperar a que se duchara y escogiera las prendas de ropa que ocultaran un poco, según él, la mancha que tenía en la parte baja del cuello que había aparecido después de que su padre muriera debido a una bomba en el Líbano. Desde cierto ángulo, aquella mancha recordaba el mapa de Israel, lo que convirtió a Amijai, a pesar suyo, en la estrella del curso de instrucción cívica y provocó en él un complejo incurable a causa de su aspecto. Aquella tarde se probó tres camisetas con cuello y tres pares de pantalones idénticos hasta que encontró una combinación que lo tranquilizó; así que salimos en dirección norte a la una de la madrugada. Churchill sostenía que no había que ponerse nervioso, de todos modos en Tel Aviv todo empieza tarde; cuando llegamos al cruce de Glilot y nos quedamos atrapados en el embotellamiento amenazador y terrible dijo, seguro que todos van a aquella fiesta en la plaza, le parecía que iba a ser la fiesta-de-nuestra-vida, pero el embotellamiento seguía y no avanzábamos y por la radio dijeron que había habido un accidente en la carretera de Namir y que «en la zona hay importantes embotellamientos» y Ofir dijo: ¿la carretera de Namir no es ésta? Amijai dijo: ¡qué va!, ésta es la de Haifa, y Ofir dijo: idiota, la de Namir y la de Haifa son la misma. Amijai dijo: el idiota serás tú, ¿cómo es que una carretera tiene dos nombres distintos? Churchill se inclinó hacia mí y dijo siseando por debajo de sus gritos: toma a la derecha; después de 32
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girar me hizo señal de estacionar a un lado y dijo: yallah, iremos a pie, tampoco puede ser tan lejos, así que salió del coche, cerró la puerta de golpe con fuerza y comenzó a caminar en dirección a las luces lejanas de la gran ciudad desconocida, todos nos apresuramos tras él sin saber exactamente adónde. Caminamos hacia un barrio de altos edificios con porterías de mármol y estacionamientos subterráneos y hacia otro con edificios bajos sin porterías de mármol ni estacionamientos subterráneos, en el camino casi no vimos ni un alma viviente, solamente algunas niñas asustadas con pantalones cortos que Churchill llamaba «primas» y dijo: es increíble cuántas primas hay en esta ciudad y, Ofir, detrás, se hizo eco como un entendido: todavía no has visto nada, chico; en cuanto lleguemos a la plaza tendrás que ponerte gafas de sol, no te vayan a arder los ojos; pero cuando llegamos a la plaza sudorosos y arrugados después de caminar hora y media, estaba totalmente vacía, no había nadie fuera de un manifestante solitario que llevaba un cartel basta con la ocupación. Fue antes de ir al servicio militar, así que no sabíamos nada de la ocupación, ni dónde estaba, así que sólo le preguntamos al manifestante si había habido una fiesta en aquel lugar y él dijo que no había habido ninguna fiesta porque para que haya una fiesta tiene que haber un motivo. ¿No ha habido fiesta? ¿Cómo puede ser? Ofir ignoró al manifestante y nos dijo: juro que leí en el periódico que… a lo mejor lo leíste en el Philon, se burló de él Amijai, y Ofir se defendió: no, seguro, estaba escrito en Yediot Ajaronot, en el suplemento Siete días; Amijai dijo: qué Ofir este, en Siete Días solamente hay entrevistas con jefes de Estado Mayor retirados y con futbolistas. Las fiestas y recepciones generalmente vienen en Siete Noches, y yo miré el reloj pensando en la larga conducción a casa que todavía me esperaba y dije: ya son las cuatro de la madrugada; ¿y si nos pusiéramos en marcha? Pero Churchill me echó una mirada asesina y dijo: ¿te has vuelto loco?, ¿regresar? ¡Es el día de la Independencia! ¡Tenemos que encontrar una fiesta! ¡La tenemos que encontrar! 33
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Ah… chicos… estoy muerto de sed… empezó a murmurar Amijai y añadió: ¡tengo una idea!, ¿y si nos detenemos donde sea y compramos bebida? Pero Churchill decidió que no, empezó a caminar de nuevo y nosotros detrás, siempre íbamos detrás de él, porque no queríamos perderlo de vista y también debido a su enorme pasión por la vida tenía algo pegadizo, hermoso, que inspiraba alegría y, de verdad, después de la corta caminata por la calle Frishman –cuyo nombre Amijai sostenía firmemente que provenía del jugador de básquet del Hapoel Tel Aviv, Amos Frishman, y Ofir decía que no era lógico porque Amos Frishman vivía y no se pone el nombre de alguien vivo a una calle–, oímos una música bailable que llegaba de una de las casas y Churchill dijo: adelante, vamos a subir, y Amijai dijo: ¿qué quieres decir? No conocemos a nadie aquí, y Churchill explicó que eso era lo bueno: dado que en Tel Aviv no conocemos a nadie, podemos ser lo que nos dé la gana; Ofir propuso: si nos preguntan al menos podemos decir que somos amigos de Daniel, porque Daniel es nombre tanto de chica como de chico y también internacional; yo miré de nuevo el reloj y pensé en el monótono tramo de carretera después de Hadera en el que es fácil dormirse al volante, pensé que había algo vergonzoso, humillante, en ser unos intrusos en una fiesta a la que no has sido invitado, y a pesar de todo me arrastré tras ellos por las escaleras hasta el tercer piso, tapándome con los dedos la nariz para que el hedor a orines de cabra que se desprendía de las paredes y de las escaleras no me hiciera vomitar, y pensé: será interesante ver cómo es una fiesta en esta ciudad, seguro que es distinta, seguro que las chicas bailan distinto; pero cuando Churchill pulsó el timbre, que era de trinos mecánicos de pájaro y la puerta de la casa de la cual salía la música se abrió, resultó que no había una gran fiesta, sólo una chica, despeinada y con un escote bordado que nos miró con una especie de mirada entre apagada y amorosa, una mirada que después de diez años en esta ciudad conozco muy bien, pero entonces incluso me sorprendió la contradicción interna que encarnaba. 34
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¿Quieren algo?, preguntó recogiéndose el pelo en un moño aplastado. Su tono de voz era sorprendentemente práctico, como si estuviera acostumbrada a que le sonara el timbre a las cuatro y media de la madrugada. Como si fuese una mesera y nosotros unos clientes del café donde trabajaba. Somos amigos de Daniel… empezó a decir Ofir, pero Churchill lo interrumpió y dijo: la verdad es que oímos la música desde abajo y sólo… pensamos que había una fiesta. ¿Una fiesta?, preguntó la chica mirando a Churchill de arriba abajo y deteniéndose en el ancho tórax. Precisamente ahora hay una fiesta; acaba de empezar, pero es… una fiesta privada. Muy privada, dijo Churchill, sonriendo, y señaló con un gesto el espacio vacío detrás de ella. Sí, dijo ella, y le devolvió la sonrisa; muy privada, es muy privado este hermoso lugar. Y… dime: ¿es posible unirse a esta fiesta «tan privada»?, preguntó Churchill apoyado en el dintel de la puerta. Ella se soltó el pelo y se lo volvió a recoger en un moño y dijo: no sé. De todos modos, no los conozco. Ah, esto no es ningún problema, dijo Churchill. Yo soy Yoav; éstos son mis amigos del curso de formación de pilotos: Ofir, Amijai y Yuval. ¿Curso de formación de pilotos?, preguntó la chica con sorpresa pero sin emoción, como si ya hubiera oído toda clase de mentiras. Sí, dijo Churchill. Tenemos un permiso de cuarenta y ocho horas y hemos estado toda la noche buscando un lugar para bailar, pero no lo hemos encontrado. Hasta que hemos llegamos aquí. A tu casa. No sé cómo lo hiciste, Yoav, pero conseguiste despertar mi compasión, dijo la chica retirándose un poco hacia atrás para dejarnos libre la entrada. Cuando pasé por delante de ella, con mi codo rocé sus caderas y me llegó su perfume, tan distinto al que usaban las chicas de Haifa con las que salíamos, que sentí la urgencia de volverme hacia ella y hundir mi cabeza entre sus pechos durante unos segundos para aspirar ese perfume amargo, pero dos canciones más tarde ella ya estaba arrastrando a Churchill a su dormitorio mientras nosotros tres nos quedamos atrás, en la sala. Empezamos a ejecutar movimientos de baile, uno frente al 35
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otro, hasta que nos dimos cuenta de lo ridículo que era lo que estábamos haciendo; así que bajamos el volumen y nos sentamos en el sofá negro de piel que estaba en el centro de la sala. Amijai dijo, mirando la puerta del dormitorio: vaya descaro, ¿eh? Y Ofir: descaro de película; y yo: a lo mejor de verdad lo utilizas para tu película, Ofir, porque años antes de que apuntara en el papel del Mundial que quería escribir un libro, Ofir decía que una vez terminado el servicio militar le gustaría hacer una película sobre nosotros cuatro, algo del tipo Blues de verano; varias veces había llevado su cámara a nuestros encuentros en la costa sur y nos grababa jugando voleibol o batiendo nuestros torsos contra las olas con la pretensión de «recopilar material»; todos teníamos claro que de verdad terminaría por hacer una película, ya que tenía un talento evidente, impresionante; en el colegio, o en los exploradores, no había representación de Purim que él no escribiese; en primero de primaria quedó en segundo lugar en el concurso nacional de guiones de cine y el primero fue un alumno de Thelma Yellin cuyo apellido, sospechosamente, era el mismo que el de un miembro del jurado. No es una mala idea meter una escena como ésta en una película, amigo, me dijo y me dio una palmada en la espalda. En absoluto. Aunque… todo esto no valdría nada si uno de nosotros no muriese en el servicio militar. Alguien debe morir, o no hay película. Pero ¿por qué? Amijai protestó, quizá porque su padre había muerto en el ejército, y Ofir volvió a referirse al argumento. Para que toda película o libro tenga éxito en Israel, dijo, desde que el país existe, tiene que haber la figura de un soldado muerto, la parte más emotiva de la película o del libro. ¿Tzwilich de Blues de verano? ¿Uri de Él caminó por los campos? Yoram Gaón de Operación Yonatan? Ofir levantó tres dedos como ejemplo y luego continuó con detalles de más y más casos para volver a demostrar su argumento hasta que Amijai se durmió; luego de que le prometiera que ninguno de nosotros moriría en el ejército y que yo estaba dispuesto a responsabilizarme de mi tarea, se tranquilizó 36
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y hundió la cabeza en los anchos hombros de su eterno adversario; yo me quedé solo en la sala de aquella chica que no tenía ni idea de cómo se llamaba, aunque podía describir la clase de ruidos que salían de su boca al venirse. Tal vez eran fingidos. Me levanté del sofá y di unas vueltas por su casa, que no se parecía a ninguna de las que había conocido o soñado. Tenía dibujos enormes en las paredes, todos de colores audaces. No carteles que se pueden comprar por cincuenta shéquels, sino originales. Tenía la sensación que los había hecho ella misma, aunque no tenía ninguna prueba de ello. En las estanterías de los libros había unas esculturas muy feas de papel maché que también parecían hechas por ella. No conocía ninguno de sus libros, aparte de El principito, y eso me hizo sentir que estaba mal informado. Había muchos libros de arte, de poesía y pocas novelas. Agarré un pequeño libro de poemas que llevaba por título Poemas de amor y sexo, de David Avidan, cuyo nombre había mencionado la profesora de literatura una o dos veces, pero nunca habíamos estudiado un poema suyo. Leí de pie un poema y luego no pude sentarme: «Una mujer tan hermosa, un hombre tan feo/Ella con él se casó. Pecado» –fueron los primeros versos que me llamaron la atención. «Dos accesorios sexuales» era el nombre del poema de la página siguiente. No sabía si me gustaban aquellos poemas, pero mi boca no podía dejar de pronunciar las nuevas combinaciones de palabras: «Lolita, bombita», «bestia sexual ínfima y comprometida», «fuerte instante de debilidad», «nos alzaremos para ponernos en marcha». Incluso los apunté en una de las hojas de papel que encontré en la cocina, para poder enseñárselos a Churchill durante el viaje y conocer su opinión. Su opinión fue que «era escandaloso que no los hicieran estudiar» y que «los profes de literatura prefieren enseñar poetas muertos, porque así ya tienen lecciones preparadas sobre ellos». Y además dijo que a Atalia –era, según parece, el nombre de la chica de Tel Aviv– le gustaba mucho tener un libro así en su casa. ¿Por qué?, pregunté. Sabía, por el tono de su voz, que quería que 37
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le preguntase. Abrió la ventanilla, apoyó el codo en ella y con aires-de-suficiencia-de-especialista explicó que hacía años que Atalia tenía una historia con un hombre casado; unas horas antes de que llegáramos nosotros le había comunicado que aquella noche no podría estar con ella, a pesar de que se lo había prometido; y ella estaba tan enfadada que había sacado todo su enojo bailando para no explotar, o todavía peor: para no saltar por la ventana; entonces llamamos a su puerta y nos vio tan inocentes y puros con nuestros jeans y nuestras camisetas, que sintió que debía tocar un poco de aquella parcela de inocencia que ella iba perdiendo a medida que su historia con aquel hombre se complicaba en una trama de mentiras; pero ella no podía detener aquello; no podía dejarlo porque, si lo dejaba, estaría sola, es decir, sola del todo. Churchill siguió describiendo con toda suerte de detalles todo lo que ella había dicho y lo que había ocurrido en el dormitorio; yo no lo detenía porque me estimulaba y me permitía cruzar el tramo de carretera después de Hadera sin dormirme al volante, pero apenas empezamos a subir por el boulevard Freud y el sol teñía de oro somnoliento la cresta del monte Carmelo, dijo: miren, amigos, no hay nadie en la carretera: solamente nosotros; esta ciudad está muerta. Sencillamente muerta. Tenemos que huir de aquí cuando nos hayan licenciado. Si nos quedamos, dentro de algunos años seremos homogéneos. ¿Homogéneos? Es decir, como todo el mundo, dijo Churchill. Ir a trabajar, volver del trabajo. Echar barriga e hipoteca. ¡Esto no tiene que ocurrir! ¡Nunca! De acuerdo, Churchill, le dije. De-acuer-do. Pero no se contentó con eso; una vez que hubimos dejado a Ofir y a Amijai en sus casas, me exigió que jurase que después de terminar el servicio militar nos mudaríamos a Tel Aviv, ya que sin mí «nunca tendría el valor suficiente para hacerlo». Me asombró que el gran Churchill me necesitara tanto, y me sentí un tanto extraño al hacer un juramento sobre algo que 38
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ocurriría dentro de cuatro años; por otra parte, había prometido a Ofir morir en el ejército dentro de dos años por su película, pero Churchill anunció que no bajaría del coche si yo no juraba; yo estaba cansado, muy cansado de todo aquel día de la Independencia, así que se lo juré; para nosotros, los súbditos del Imperio británico, la hora del té es la hora del té y la palabra, compromiso; así que, tres meses después de licenciarme, ya estaba instalado en su casa para hojear las «Demandas de compañero de departamento» que había agarrado para mí en la asociación de estudiantes; durante los años siguientes, jamás me sentí como en mi casa; ni una sola vez, ni siquiera en cada una de las seis veces en las que estuve viviendo en esta ciudad; por otra parte, con el tiempo, dejé de sentirme como un huésped temporal, incluso desarrollé un cierto afecto por algunos sitios en los que nos la pasamos muy bien los cuatro juntos, como la orilla lejana del Yarkón, la descuidada explanada de la Cinemateca, la Colonia americana camino a Yafo; pero estos modestos afectos se empañaron, se empañaron mucho cuando ocurrió lo que ocurrió con Yaara. Sin mis compañeros de Haifa, las calles de la gran ciudad me parecieron de nuevo un callejón sin salida. Su línea costera me volvía a parecer la entrada a un hotel. La gente que caminaba por el paseo me parecía distinta a mí de un modo irremediable. Su alegría de vivir, superficial. Materialista. Pobre. Los despreciaba y los envidiaba. Me sentía más puro que ellos. Más profundo. Pero al mismo tiempo notaba que poseían una bendita ligereza que yo nunca tendría, sólo porque, en lo más hondo de mi ser, me sentía de Haifa. Me moría por saber si alguno de mis amigos de Haifa me había echado de menos en la parrillada tradicional de Lag Ba’omer o en la proyección acostumbrada de Blues de verano en el Día del Recuerdo. Descubrí qué aburrido y triste era ver el futbol solo, sobre todo el futbol israelí. Y también me di cuenta de lo difícil que era entablar nuevas amistades a nuestra edad. Lo intenté con varios clientes míos. Con alguno, incluso, salía a beber a un pub irlandés 39
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que estaba junto al mar. Pero no cuajó. Hay demasiadas cosas que hace falta explicar en lugar de ser comprendido a la primera. La sospecha de que todo tiene que ser útil. Los horarios demasiado densos. (No es por casualidad por lo que muchos grupos nacen en la secundaria o en excursiones. Hace falta muchísimo tiempo para aproximarse.) Aquellas citas irlandesas me produjeron sobre todo nostalgia de mis viejos amigos. Y más que de todos, de Churchill. Cuando nos licenciamos, nos fuimos los dos, sólo nosotros dos, a un largo viaje por Sudamérica. Ofir, en aquel momento, empezaba a trabajar en una agencia de publicidad y temía tomar unas vacaciones demasiado largas porque pensaba que lo despedirían; Ilana la llorona estaba embarazada de los gemelos, por lo que Amijai se desapuntó, así que quedamos Churchill y yo. Yo y Churchill. De noche. De día. En distintos cuartos. En mercados indios multicolores. En estaciones centrales sin información. En largas esperas, de horas. En prolongados viajes de días. En viajes así, la naturaleza auténtica de la persona que camina contigo queda al descubierto. En tu país se puede ocultar, suavizar, hacer agradable. Pero en un viaje como aquél todo sale a flote. Y sube. Y se revela. No me había dado cuenta, por ejemplo, de hasta qué punto Churchill necesitaba atención. Al contrario, siempre había en él algo que decía: yo tengo mi propio camino y lo trazo con mis pasos. Sólo en el viaje comprendí por primera vez que todo dependía de la falta de eco. Si en el transcurso de unos días no hubiésemos encontrado gente nueva, habría decaído. Los hombros se le habrían aflojado. Hasta su modo de hablar se habría vuelto vacilante. Él no podía imaginar hasta qué punto yo era un fanático del orden. Intentaba desesperadamente transformar cada cuartucho que entrábamos en una casa. Cuando él echaba su ropa al suelo, yo le avisaba como si fuera su madre; esto lo molestaba; en algún 40
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momento del viaje, decidimos que para conservar nuestra amistad era preferible dormir por separado, en habitaciones sencillas, a pesar de que eran más caras. También lo volvía loco el hecho de que si no tomaba mi té con leche por la mañana, era incapaz de comunicarme. Sus quejas incesantes contra la gente del lugar, por el contrario, me volvían loco a mí. Mira cuántos recursos naturales poseen, decía señalando desde la ventanilla del autobús los saltos de agua; es increíble que no los utilicen para nada. Déjame disfrutar del paisaje, pensaba yo alejándome un poco, pero él continuaba azuzando: claro que son pobres, son unos holgazanes, unos ineptos. No tienen voluntad alguna para cambiar su situación. Las primeras semanas todavía discutía con él (¿quizás es otra vía distinta? ¿A lo mejor son así porque lo han elegido?). Después, sencillamente me callé. Escuchaba sus quejas (Mira esta horrible carretera. ¿Tanto costaría arreglarla? No es una opción de vida; es nada más que pereza). Rezaba para que se callase ya. O para que lo molestara alguna cosa distinta en el autobús. A pesar de todo, no nos separamos más de un día en todo el viaje. Acaso, como sostiene Aristóteles, «el hombre no conoce a su compadre hasta que la sal con él no comparte», quizá porque el viaje proporciona a cada uno de nosotros al menos una oportunidad para descubrir que realmente puede confiar en el otro. Cuando Churchill regresó a Israel, contó a todos de qué modo lo auxilié cuando bebió un San Pedro. Creí que exageraba. Total, cuando vi que habían pasado ocho horas desde que salió de la granja con una bolsa llena de jugo de cactus verde, el que los indios usan para comunicarse con los dioses, salí a ver cómo se encontraba. Cualquier amigo lo habría hecho. Al salir de nuestra cabaña me dijo que iba a beber el jugo, pero que no me preocupara porque no había posibilidad de que aquello lo afectara. Le creí. Después de todo era Churchill. Cuando fui a buscarlo, estaba seguro de que lo encontraría nadando desnudo con dos chicas israelíes en una de las piscinas naturales que había alrededor de la granja. 41
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Realmente estaba desnudo cuando lo encontré. Pero solo. Entre su propio vómito, en medio de un fuerte ataque de paranoia. Parece que los dioses le hablaron y le dijeron que se desnudara. Pensaba que la colina en la que estábamos se encontraba llena de tigres con cabeza de caballo. Creía que todo cuanto decía podía oírse a un volumen altísimo en todo lo ancho del globo terráqueo. Tenía miedo de que sus padres pudieran oírlo desde Israel. En realidad, sus padres lo habían ido a visitar, allí, después de vomitar. Finalmente le dijo a su padre lo que pensaba de él y de sus mujeres. Pero ahora tenía miedo. No, de su padre, no. De los dioses de los indios. Estaban enojados con él y no conseguía entender el porqué. También tenía sed, tanta como si hubiese estado cuarenta años en el desierto, pero no conseguía llevarse a la boca ni una sola gota de agua. ¿Acaso yo podría beber por él, es decir, en su lugar? Destapé mi botella de agua y se la puse en la boca. Luego lo ayudé a vestirse y lo arrastré en dirección a la granja. Lo controlé de cerca, a la espera de que los efectos de la droga empezaran a desaparecer mientras verificaba que bebía y comía suficiente. Por la noche, cuando ya parecía que volvía en sí, le atacó repentinamente un terror extremo a dormirse y, al despertar, no poder distinguir entre la realidad y el sueño. Le prometí que yo sería el encargado de su realidad; cada vez que no estuviese seguro, podía llamarme. Lo hizo docenas de veces aquella noche. Me levanté todas las veces; iba junto a su cama y le acariciaba la cabeza hasta que se dormía. Que sepas, amigo, que no olvidaré esto mientras viva, me dijo dos días después, cuando la furgoneta nos conducía a la ciudad. Apoyados en nuestras mochilas, el sol danzando en el pecho desnudo. Tonterías, dije. No son tonterías en absoluto, insistió. Si no me hubieras venido a buscar, me habría deshidratado. En el mejor de los casos. Y en el peor, los benditos habrían pasado por allí, me habrían robado. No exageres, dije. 42
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No exagero, insistió. De todos modos, te lo debía por Cuzco, dije. Bien, éstas son tonterías.
No fue una tontería, no para mí ni para el médico local (que también era el farmacéutico, el agente de viajes la única persona en la ciudad que sabía hablar inglés). Me revisó en la trastienda de la farmacia, un almacén lleno de cajas de cartón vacías, cuando la fiebre me había subido a 39.4 grados y tenía escalofríos por todo el cuerpo. Tiene «la fiebre del gringo», afirmó, y explicó que es una fiebre que ataca principalmente a los turistas. No hay medicinas para esta fiebre y puede durar entre una semana y un mes. Lo único que se puede hacer es descansar, guardar cama y esperar con paciencia a que pase. Y usted, big guy, dijo dirigiéndose a Churchill, quédese cerca de su amigo. Vigile que beba, tómele la temperatura cada tantas horas y compruebe que la fiebre no pase de cuarenta grados. Si esto llegase a ocurrir, comuníquemelo al instante, porque quiere decir que la enfermedad entra en su segunda fase. Churchill obedecía con absoluta devoción todo lo que el médico decía. Al final de la primera semana, conoció en la posada a una chica que se llamaba Keren, que estudiaba con él en la universidad. Por entonces ella tenía un compañero, pero ahora no. Empezaron a desayunar juntos y después ya salían de noche, apenas yo me dormía. Churchill hablaba de ella emocionado. Para ser exacto, nunca le había oído hablar así de nadie. Tiene algo, esta Keren, decía. Guarda algún secreto. Al cabo de unos días, desapareció de repente de sus historias. Le pregunté por ella y me contó que se había ido. Continuó con su viaje. ¿Por qué no te fuiste con ella?, pregunté. 43
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Le pedí que esperase un poco, hasta que te curaras; así que se fue y dijo: «lo que tenga que ser, será», y que «si estamos destinados a encontrarnos, nos encontraremos». Lástima que no te fueras con ella, dije, tenía un secreto. Bueno, Churchill se enfadó; simplemente hacía como que lo tenía para atraparme. Guardé silencio. La forma en que Churchill puso el acento en «simplemente» me advertía que para él no había sido nada sencillo renunciar a Keren. Mi termómetro silbó y me lo sacó de la boca. Nos estamos recuperando, dijo, 38.6. Después de una breve pausa, añadió como para sí: las chicas van y vienen. Los amigos se quedan.
Le mencioné aquella frase cuando telefoneó para confesar lo de Yaara. Se calló. No lo negó. No soportaba que sacaran de contexto lo que había dicho. Seguí mencionándole también aquella frase en los diálogos interiores que mantuve después con él. ¿Qué ocurrió?, le pregunté. ¿Qué ha pasado en los tres años que han transcurrido desde entonces? ¿Han cambiado las prioridades? ¿O sencillamente te has convertido en una mierda de persona? No me contestó. Así ocurre con los diálogos interiores: se puede insultar a alguien sin que te conteste. Me hubiera gustado que perdiera todos los juicios desde ahora y para siempre, pero no que los perdiera así de fácil, sino de forma vergonzosa: por negligencia en la preparación de testigos. O por la pérdida de una bolsa de plástico en las pruebas centrales. O porque el abogado defensor lo había sorprendido con una sentencia que sentó precedentes, que cualquier estudiante en prácticas conoce. Me hubiera gustado que diera explicaciones al fiscal. Y que bajara los ojos. Le deseé todo aquello, pero lo añoraba. Echaba de menos su fuego interior; tenía algo que estimulaba la inspiración. Añoraba su entrega total en cada conversación con un amigo, sin impor44
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tarle lo ocupado que estuviera. O preocupado. O cansado. Aquella mirada veloz y risueña que me lanzó cuando expresé en voz alta un pensamiento íntimo en señal de que había comprendido exactamente de qué hablaba: él había visto la película, había leído el libro o había captado como yo la parte cómica de la situación que todos pensaban, erróneamente, que era seria. Sí, una mirada de este tipo era también una expresión de nuestra amistad. Fue en la semana de la preparación militar en la clase de primero. Trasladaron a nuestra generación a una base militar inmunda al sur del país y durante cinco días fuimos igual que soldados. Nos vistieron de uniforme. Nos repartieron en pelotones. Sufrimos novatadas. Tareas disciplinarias. Y nos entregamos al nuevo orden. Es decir, una parte de nosotros se entregó. De los tres o cuatro de la habitación, solamente unos cuantos se colocaban cerca de la ventana preguntándose: por qué diablos adelantar acontecimientos. Es decir, si nos imponen el servicio militar, lo haremos. Pero ¿por qué nos lo imponen ya en la preparatoria? Díganme, ¿creen que nos dejarán salir el sábado?, pregunté en la breve pausa que nos dejaban para la cantina, y nadie, excepto Churchill, pensó que sería divertido. Me parece irrefutable que… ¡quizá!, dijo, imitando la voz brusca del jefe de pelotón de cabeza pelada que nos mandaba; me sonrió con los ojos y al final de la pausa me propuso a mí, sólo a mí, que nos ausentáramos en el próximo recuento. Cuando me echaba atrás (una cosa es reírse de la norma y otra es transgredirla) dijo que lo había comprobado y que no tenían ninguna autoridad legal sobre nosotros. Es decir, no nos pueden hacer nada si no llegamos al recuento. Así de simple; nada. Me convenció y me quedé con él en la cantina. Aquello sabía a rebelión. Comimos waffles rellenos, Turtit y barritas de chocolate Twist, charlando de cómo Rona Raviv estaba guapa incluso con el uniforme y de que la película Dune era mucho peor que el libro y de por qué hacía falta aprender a conducir con cambio de marchas manual y no automático. Churchill charlaba y yo por lo 45
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general escuchaba, pero prestaba muchísima atención a las pocas frases sueltas que yo decía con una gran curiosidad, lo que me animó a continuar hablando más de lo acostumbrado. De repente, me encontré contándole que juego al ajedrez dos veces por semana en un centro de ancianos. No bromeó, sino al contrario: me invitó a jugar con él el sábado siguiente. Si salimos, le recordé. Se volvió a reír. Pensé que era generoso por su parte reírse dos veces de la misma broma chistosa. Y el sábado nos vimos y jugamos al ajedrez; luego me convenció para ir al pub La Pequeña Haifa, ya que un portaviones de la sexta flota americana estaba anclado en el puerto y seguramente habría muchos marinos estadunidenses de blanco, con permiso, que cantarían a plena voz Bye bye, miss american pie. Era un espectáculo que yo tenía que ver sin falta y, después de aquel sábado, nos convertimos en amigos. Ya había tenido amigos antes, pero todos eran de mi tipo: bajos, melancólicos, de los que en las fiestas están apoyados en la pared, que en los recreos leen fascículos de ciencia ficción, que saben el once del Macabi Haifa de memoria y también los nombres de los que van a la banca aunque nunca hayan ido a un partido, que se reían de todo con frases bien construidas pero que cuando una chica se les acercaba empezaban a tartamudear. A Churchill no le daban miedo las chicas. Generalmente no tenía miedo a la vida; la enfrentaba a pecho descubierto, con grandes movimientos de las manos y los cordones desabrochados; yo, en mi fuero interno, sabía que nunca sería igual que él, pero creía o pensaba creer que poco a poco, con las horas que pasábamos juntos, algo de su carácter se me contagiaría, dejaría de tratar a las chicas como diosas de mármol y, también yo, me apartaría de la pared y me sumaría a la fiesta.
Después de lo ocurrido con Yaara noté que, de nuevo, como si no hubiesen transcurrido diez años, me volvía a pegar a la pared y me sumía en mi vieja y cómoda melancolía. 46
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Me avergüenza admitirlo, pero varias veces estuve a punto de tomar el teléfono para llamar a Churchill. Y una vez, incluso, llegué a marcar su número. Sabía que sólo él sería capaz de entender sin necesidad de explicaciones por qué ya no podía mirar los anuncios en los que había mujeres hermosas con gafas; por qué, cada vez que aparecía la palabra revelation en algún artículo de traducción, colocaba el paquete de hojas a un lado; y por qué también, después de Yaara, todas las chicas con las que salía me sabían a compromiso. También sabía que había la posibilidad de que fuera ella la que atendiera el teléfono en la casa. Así que renuncié a hacerlo. Un día, cuando salí a entregar una traducción a un cliente, los vi. Fue en Nahalat Binyamin, en la zona de las tiendas de ropa; estaban en el coche delante de mí, con el semáforo en rojo. En un primer momento no estuve muy seguro de que fuesen ellos, con lo cual solté el freno y dejé que el coche se deslizara despacio, como una tela resbalando de una silla, hasta casi tocar el suyo, aunque todavía no estaba completamente seguro, pues hacía ya dos meses que no los veía. Pero entonces ella hizo aquel movimiento suyo tan característico de quitarse las gafas, él se inclinó hacia ella y se besaron. El semáforo se puso en verde, pero siguieron besándose. Podría haber dado un bocinazo, tendría que haberlo hecho, pero me quedé en silencio viendo cómo la mano de ella revolvía el pelo de él y cómo la mano de él la cogía a ella de la nuca, cómo ella tenía los ojos cerrados y cómo él tenía los ojos cerrados, cómo brillaba el hombro de ella, y cómo las puntas de su pelo reposaban en el hueco de la clavícula y cómo el dedo de él jugaba con una de sus hebras. La luz verde empezó a parpadear y yo aún no había tocado el claxon. Él seguía besándola; la cabeza de ella empezó a inclinarse despacio hacia atrás; podía imaginar sus pequeños senos en el escote de la blusa; de repente, ya no se besaban más, sólo estaban entrelazados en un intenso y cálido abrazo que se prolongó durante todo el amarillo 47
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del semáforo y también el rojo. El cuerpo de ella fue engullido por los brazos de él; la cabeza suya descansaba sobre el pecho de ella y el hombro de ella volvía a brillar; él levantó despacio la cabeza y le besó la piel desnuda, la mordisqueó un poco y ella le acarició la cabeza, como alentándolo a continuar, a morder más fuerte, más profundo, pero entonces él levantó la cabeza un momento y se dio cuenta de que el semáforo volvía a estar en verde. Se rieron. Casi pude oír su risa atravesando las ventanillas. Se reían de su arrebato, o quizá se reían porque Churchill estaba impresionándola con su famosa imitación de los informes de tráfico; a través del ruido de las hélices que imitaba con los labios, informaba a los oyentes que una pareja besándose había interrumpido el tráfico en Nahalat Binyamin. O tal vez estaba contándole el deseo que había apuntado en mi papel. Esto era lo que más estaba divirtiéndolos un instante antes de arrancar. Esperé todavía un poco, desentendiéndome de los bocinazos de atrás, para asegurarme de que ellos se alejarían. Cuanto más, mejor. Sólo entonces arranqué. Con el corazón helado. Encogido.
Casi había transcurrido medio año desde que me había separado de mis amigos. Aguanté con firmeza todas las súplicas y las tentaciones de Amijai (¡La final de la Liga de Campeones! ¡¡En la pantalla de cuarenta pulgadas!! ¡¡¡¡Ilana cocinará burekas con sabor a lágrimas!!!!). También aguanté el tipo cuando pasó a las amenazas (si no vienes a casa, iremos nosotros. Si no nos abres la puerta, la echaremos abajo). Pero cuando llamó para anunciarme que Ofir había sufrido en el trabajo un ataque de nervios, todas mis determinaciones se vinieron abajo, como un estante de peras en el súper, y sin dudarlo salí de inmediato hacia el hospital Ichilov. 48
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(De Metamorfosis: pensadores que cambiaron de doctrina, tesis inacabada de filosofía de Yuval Fried.) […] que fue lo que llevó a Wittgenstein, que había determinado firmemente que las palabras tienen valor sólo si representan una imagen de la realidad, a decir, varios años después: me equivoqué; la realidad concreta no es en absoluto relevante; el significado de las palabras viene dado sólo por «el juego del lenguaje» específico en el que participan; por lo tanto, en contra de lo que mantenía anteriormente, no es importante preguntar en qué medida se asemejan las palabras al mundo, sino: ¿qué hacen las personas con las palabras? ¿Este cambio brusco en el pensamiento de Wittgenstein fue, como se piensa, obra de una metamorfosis lenta y gradual? ¿O fue un instante determinado en el tiempo en el que el mismo Wittgenstein se golpeó la frente y dijo: Grosser Gott! (¡Gran Dios!)? ¿La conversión se produjo durante la construcción de la casa de su hermana en Viena o acaso en el transcurso de una de las lecciones que impartió como profesor –no un profesor especialmente popular– en el colegio de primaria de una de las aldeas de Austria? Quizás aquella percepción le había llegado mientras miraba uno de los juegos de pelota que tanto le gustaba utilizar como metáfora para aclarar las ideas. Me lo imagino sentado en las gradas, en la pista central de Wimbledon, en el año 1934, viendo la final entre Fred Perry y Jack Crawford. 49
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Eshkol Nevo Las cabezas de los espectadores van todas de un lado a otro, tras la pelota amarilla, de un lado a otro, de un lado a otro, cuando súbitamente una cabeza se para: Wittgenstein comprende que se ha equivocado. Me gustaría saber si primero se proyectó en la pantalla de su cabeza la palabra error y entonces le inundó un sudor de pánico o si lo primero fue el sudor y luego la palabra error. ¡Cuánto valor necesita un hombre para renegar de sus propias ideas! (Y más aquellas que ya son de dominio público. Un hombre admirado por muchas personas, que le otorgaron un estatus honorable. Fue muy conocido en los círculos intelectuales a lo largo del continente.) Cuánto valor, o desesperación, o rigurosa honestidad consigo mismo hasta la desesperación necesita un hombre para rechazar todo aquello. Y comenzar desde el principio.
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