ÍNDICE
Prólogo, por Marta Lamas, 11
11. Invadir el espacio público, transformar el espacio privado, 19 12. Las finezas de Sor Juana, 39 13. La Malinche: del don al contrato sexual, 51 14. Las guerras del género, 69 15. “Manhattan será más exótica este otoño”: la iconización de Frida Kahlo, 79 16. La incorporación social de las mujeres. Una comparación entre narrativa popular mexicana y estadunidense, 89 17. Matar sacerdotes, monjas, mujeres y niños, 113 18. Desde los márgenes al centro. Tendencias recientes en la teoría feminista, 123 19. Del romance a una estética de la resistencia, 137 10. La larga marcha del feminismo, 151 11. Cuerpos en pedazos, 163 12. Deponer al Vaticano: el proyecto secular del feminismo, 165 13. La máquina de guerra subalterna: mujeres, guerra y derechos, 181 14. La violación: un arma de guerra, 193 15. Elogio de la diversidad, 211 16. Confesiones de una bruja, 217
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Origen de los textos, 223 Notas, 225 Ă?ndice onomĂĄstico, 245
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Los movimientos de mujeres y el imaginario social
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urante la década pasada, las mujeres latinoamericanas emergieron como protagonistas de diversos movimientos populares: los movimien tos de Madres del Cono Sur, movimientos campesinos, comunidades cató licas de base, movimientos sindicales y luchas locales en torno a necesidades básicas tales como la alimentación de los niños, la obtención de vivienda, las cocinas populares y el suministro de agua potable. Estos “nuevos movi mientos sociales” han aportado una inédita y significativa dimensión a la vida política contemporánea.1 Ello ha ocurrido paralelamente a un rápido crecimiento de grupos feministas, tanto en número como en influencia,2 y justamente en momentos en los que una cantidad nunca antes vista de es critoras ha salido a escena. Si algo puede decirse del vasto espectro de luchas, movimientos locales, culturas nomádicas y producción literaria, es que todos estos fenó menos se caracterizan por su puntualidad, por su oportuno surgimiento precisamente cuando la separación entre las esferas de lo privado y lo pú blico (factor fundamental de la subordinación de las mujeres por parte del capitalismo histórico) aparece en toda su arbitrariedad y fragilidad.3 Éste es de por sí, como dice Nancy Fraser, un momento de “emergencia a la visibi lidad y de abierta controversia en torno a problemas y posibilidades que no pueden resolverse ni comprenderse en el marco establecido de los papeles e instituciones de género”.4 Uno de los “problemas” que no podían volverse visibles sino mediante la emergencia de los movimientos de mujeres era el
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de la posición de los intelectuales. ¿Es lícito afirmar que los nuevos movi mientos sociales constituyen, en la década de 1990, el terreno de la prácti ca y la conciencia políticas anteriormente ocupado por la izquierda? Entre las décadas de 1920 y 1960, los intelectuales varones, confrontados con los movimientos políticos y sociales de masas (desde los partidos políticos de izquierda hasta la guerrilla), se vieron permanentemente obligados a defi nir su compromiso, su responsabilidad y la relación entre el arte y los pro blemas sociales. Hoy en día, las escritoras se encuentran en una posición similar, pues enfrentan la realidad de los nuevos movimientos sociales. Sin embargo, no pueden limitarse a repetir el discurso de la responsabilidad, del compromiso y de la representación, porque la literatura no ocupa ya, en el espectro cultural, el mismo lugar que en el pasado.
Los nuevos movimientos sociales Dos son los factores que han contribuido en América Latina a la partici pación de las mujeres en los nuevos movimientos sociales: los regímenes autoritarios de la década de 1970 y la extrema penuria causada por la crisis de la deuda externa y por las políticas neoconservadoras impuestas sin la protección ofrecida por el Estado benefactor. A pesar del “retorno a la de mocracia”, la amenaza del autoritarismo y sus consecuencias todavía arro jan sombras sobre las políticas nacionales; y, no obstante las promesas de milagros económicos, la mayoría de los latinoamericanos carece de acceso a la sociedad de consumo cotidianamente celebrada en las pantallas de televisión y en los anuncios panorámicos. Más aún, mientras los Estados rechazan la responsabilidad por el derrumbe de los servicios públicos, la población se ve obligada a depender de sus propios recursos, tal y como se evidenció en México a partir de los sismos.5 Es en estas situaciones en las que las mujeres han actuado como ciudadanas con intensidad creciente. Cuando la esfera pública era considerada como dominio exclusivamente masculino, a las mujeres les había resultado difícil asumir esa posición. Es fácil entender que los gobiernos militares, así como el retorno a la democracia bajo la égida del capitalismo de libre mercado, alteran la
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relación del ciudadano con el Estado; sin embargo, debe subrayarse tam bién que, incluso en los Estados “benefactores” (Chile, Uruguay y Méxi co en la década de 1960), el contrato social dependía de la desigualdad inherente al contrato sexual, que subordinaba a las mujeres a un papel meramente reproductivo y las excluía de la categoría de ciudadanas. Aun cuando la participación de las mujeres en política no era del todo impo sible, las relaciones sociales vigentes tampoco la estimulaban.6 Bajo los regímenes militares la situación empeoró todavía más, puesto que la acti vidad política en la esfera pública fue proscrita por completo. En Argen tina, por ejemplo, entre 1976 y 1982, sólo quienes apoyaban sin reservas al régimen militar eran considerados ciudadanos, de modo que amplios sectores de la población se encontraban situados en el lóbrego territorio de la subversión. No obstante, aunque su finalidad era la de disuadir a la oposición militante y eliminar toda forma de actividad pública, la cultura del miedo (el recurso a la tortura, a las desapariciones y a las ejecuciones en campos de exterminio) resultó incapaz de frenar la acción de las madres de desa parecidos. Estas mujeres, conocidas como las Madres de la Plaza de Mayo, no sólo se congregaban en un espacio público, sino que empleaban su po sición marginal como instrumento para reclamar la polis. Crearon un espacio de Antígona donde los derechos (y los ritos) del parentesco adquirían prioridad sobre el discurso del Estado. Porque, aunque los militares torturaban y masacraban en secreto a mujeres, niños y hombres militantes, en su retórica pública se presentaban como los pro tectores de la familia de la nación y ridiculizaban a las madres que protesta ban, tildándolas de “locas” que no pertenecían a esa familia: un puñado de ancianas delirantes que reclamaba a sus hijos en nombre de la maternidad difícilmente podía representar una amenaza.7 Numerosos académicos, sobre todo de fuera de América Latina, han atribuido características esencialistas a los movimientos de Madres. Aducen que esas mujeres son ejemplo del “pensamiento maternal”, por que actúan dentro del marco de sus papeles sociales tradicionales.8 Otros consideran que los movimientos de Madres no pasan de ser coyunturales, y que resultan incapaces de generar movilizaciones políticas de largo plazo.9
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Tales argumentos ignoran, sin embargo, el hecho de que las Madres no sólo no se limitaban a actuar dentro del marco de su papel social tradicional, sino que alteraban sustancialmente la tradición al proyectarse a sí mismas como un nuevo tipo de ciudadana y, también, al ir más allá del Estado y recurrir a las organizaciones internacionales. El uso que hacían de los sím bolos era particularmente elocuente y eficaz. Llevaban pañoletas blancas y portaban en silencio instantáneas de sus hijos, que generalmente habían sido tomadas en reuniones familiares. De esta manera, se representaba pú blicamente la “vida privada” —como imagen congelada en el tiempo— en contraste con el presente, y se destacaba la destrucción de aquella vida fa miliar que los militares decían proteger. Las mujeres convirtieron la ciudad en un teatro donde la población entera10 estaba obligada a participar como espectadora, y hacían públicas tanto la desaparición de sus hijos como la de la esfera pública misma. Al hacerlo así, llamaban la atención hacia la anoma lía representada por la presencia femenina en el centro simbólico de la na ción, la Plaza de Mayo. La feminista chilena Julieta Kirkwood sostenía que, por paradójico que pareciese, los gobiernos autoritarios solían forzar a las mujeres a esta blecer conexiones entre la represión estatal y la opresión en el hogar: “Se ha comenzado a decir que la familia es autoritaria; que la socialización de los niños es autoritaria y rígida en la asignación de los roles sexuales; que la educación, las fábricas, las organizaciones intermedias y los partidos políti cos se hallan constituidos autoritariamente”.11 No cabe duda de que los regímenes autoritarios tuvieron el efecto de realzar el valor ético de la vida privada, de la religión, de la literatura y del arte como regiones en las que refugiarse frente a la realidad brutal de un Estado opresivo. Especialmente en Chile, la Iglesia protegió a los movimientos por los derechos humanos y los defendió valerosamente. Y, sin embargo, como se vería con toda claridad en la Nicaragua sandinista, la Iglesia también podía constituir una barrera para que las mujeres deba tieran problemas tan delicados como los derechos reproductivos.12 Ésta es la razón por la que, a pesar de la creencia de Julieta Kirkwood en que los gobiernos autoritarios despertaron la conciencia de las mujeres respec to de la opresión doméstica, los movimientos por los derechos humanos,
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particularmente aquellos dominados por la Iglesia, no condujeron necesa riamente a las mujeres al feminismo. Los movimientos por la supervivencia son un fenómeno diferente. Estos movimientos se forman cuando el Estado deja de garantizar la subsis tencia cotidiana de sus ciudadanos. Ahí donde las políticas son inexistentes o ineficaces, o donde el liderazgo está en manos de los jefes de la droga, las mujeres que tienen que alimentar a sus familias, proporcionar un techo y proteger a sus hijos se ven forzadas a asumir la solución de sus proble mas por cuenta propia. Para ello organizan cocinas populares o programas de dotación de leche, y ocupan terrenos para levantar sus viviendas. En el marco de estos movimientos se ha fortalecido la conciencia de la opresión de las mujeres, si bien sus activistas suelen rechazar la denominación de feministas, término que se ha envenenado al asociarse a mujeres puritanas que odian a los hombres o a grupos de mujeres de clase media cuyos inte reses no coinciden con los de las clases subalternas.13 A pesar de ello, algunos movimientos populares, especialmente en Brasil y México, han tenido una extraordinaria influencia política y han logrado forzar a los gobiernos a responder a problemas tales como los de la falta de vivienda y la violencia contra las mujeres. En México, por ejem plo, las mujeres participaron activamente en los grupos vecinales formados para apoyar el trabajo de reconstrucción después de los sismos de 1985; en ocasiones, lo hacían porque eran cabezas de familia o porque sus hombres estaban ausentes o se encontraban trabajando. La fuerza de estos movimientos populares ha ejercido un impacto en el movimiento feminista, en cuyo seno se asumen cada vez más, como temas de discusión, su presencia, sus cuestionamientos y sus políticas.14 El hecho es que estos movimientos sociales no pueden ser ignorados. Existen en todo el continente, han producido sus propios intelectuales orgánicos, y —como sostendré a continuación— tienen influencia directa o indirecta en la cultura a través de diversas vías.
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Mujeres intelectuales: entre la comercialización y los movimientos populares ¿Existe alguna relación entre los nuevos movimientos sociales y la emergen cia de un corpus sustancial de literatura escrita por mujeres?15 La respuesta parece ser no. Pero es una respuesta que debe matizarse. Esto obedece a que existen una literatura y un arte directamente nacidos de la desapari ción, la pobreza y la lucha por la supervivencia. Esta excepción simplemen te acentúa el privilegio profundamente clasista que por tradición ha estado asociado con la literatura.16 Sin embargo, no es casual que la producción literaria femenina y los nuevos movimientos sociales hayan surgido en un momento en el que la nación ha dejado de ser el marco indispensable de la acción política y de la producción literaria, y cuando una ideología do minante a favor del pluralismo parece estar socavando las plataformas de oposición basadas en la marginalidad. Una de las ironías del pluralismo es que hasta el compromiso se con vierte en mercancía. Existe en la actualidad una demanda sin precedentes de obras literarias escritas por mujeres, particularmente de los textos que parecen reflejar, de una manera u otra, la “experiencia” femenina. Los gé neros literarios tradicionales, tales como la poesía lírica y la novela, com piten hoy con las biografías, las autobiografías, las obras testimoniales y las crónicas. De modo similar, casi todos los estilos parecen tener hoy la misma validez. Las mujeres escriben best sellers y hermética ficción de vanguardia. Son escritoras realistas o realistas mágicas, escritoras de literatura fantásti ca, defensoras del espacio estético o destructoras de la estética. La literatu ra femenina no es ni una escuela ni un estilo. Sin duda, el género y el modo en que las mujeres escriben definen su posición en un debate cuyos térmi nos son rara vez articulados de manera explícita. La distancia entre los in telectuales y las clases populares, o el abismo existente entre las posiciones de clase respecto de la sexualidad, son desplazados para transformarse en problemas de voz narrativa, de género y de estilo. El privilegio de clase de la intelectualidad ha planteado siempre un dilema para los latinoamericanos. Sin embargo, el problema se agudi za de manera especial en el caso de la literatura femenina, puesto que las
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escritoras son a un tiempo privilegiadas y marginadas. Más aún, existe una considerable brecha cultural entre las clases medias y las clases trabajado ras en lo que se refiere a su posición frente a la sexualidad. Así podría ex plicarse el hecho de que algunas escritoras se sientan obligadas a separar lo político de lo estético. Consideremos, por ejemplo, el caso de la escritora chilena Diamela Eltit. Ella colaboró activamente en el movimiento Por la vida, que escenificaba happenings para divulgar las desapariciones. Por lo demás, escribe novelas tan herméticas que desconciertan a la crítica, y pro tagoniza actuaciones públicas tales como la de besar a un hombre “de la calle” o la de leer su novela en un burdel de un barrio pobre de Santiago. En esta autora encontramos una maraña de intenciones contrapuestas: la pretensión de poner en entredicho al Estado autoritario, la de introducir simbólicamente a la literatura en el más marginal de los espacios, la de lu char contra la legibilidad fácil del texto comercial, la de colocar en un pri mer plano al cuerpo femenino como sitio de contienda, la de acrecentar o exagerar la marginalidad del arte, y la de yuxtaponer la marginalidad de la literatura y la de las prostitutas, los vagabundos y las personas sin hogar. O bien, consideremos el muy diferente caso de Elena Poniatowska, cuyas crónicas y textos testimoniales “dan voz” a las clases subordinadas y contraponen el lenguaje cotidiano de la supervivencia a la historia oficial, pero quien también escribe una novela autobiográfica, La “Flor de Lis”. En ella, la escritora afirma enérgicamente su identificación con su aristocráti ca y esnobista madre, de quien no se puede separar sino mediante la trans posición de su deseo hacia el heterogéneo “país materno”, México, país que su madre biológica siempre ha rechazado. No es que debamos considerar a estas escritoras como contradicto rias. Más bien, es importante tomar en cuenta que ambas se enfrentan al problema de la estratificación social, y al hecho de que resulta ya imposible pretender que se puede superar el problema proclamándose simplemente como la voz de los subalternos.17 Es ésta la dificultad que entraña el tratamiento de esta situación, la imposibilidad del gesto grandilocuente —maternal o de vanguardia—, lo que avala la importancia de la literatura testimonial, un género que parece salvar la brecha de la estratificación clasista y la diferencia racial.
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Apropiarse de la esfera pública Habitualmente, una obra testimonial es una historia de vida relatada por un miembro de las clases subalternas a un transcriptor que, a su vez, es miem bro de la intelectualidad. Pertenece a un género que emplea “lo referen cial” para legitimar la memoria colectiva de los desarraigados, de los sin techo, de los torturados. Éste es, también, el género que registra con mayor claridad el surgimiento de una nueva clase de participantes en la esfera pú blica. El género testimonial cubre un espectro que va de la autobiografía a la historia oral, pero el término testimonio tiene connotaciones legales y re ligiosas, e implica a un sujeto que es simultáneamente testigo de y partici pante en sucesos públicos. Evidentemente, no es un género exclusivo de la mujer, aunque se presta eficazmente para referir la historia de la conversión y de la concientización que tienen lugar cuando las mujeres transgreden las fronteras del espacio doméstico. La importancia trascendental de este he cho sólo puede apreciarse si recordamos que, dentro de la izquierda tradi cional, una mujer sabía “que nunca podrá tomar el poder que es bocado de los obreros y campesinos; más aún si se le dice ser poseedora del otro po der, del poder de la casa, del poder del afecto, del chantaje emocional (reina, ángel o demonio del hogar) por naturaleza biológica, por el placer de ser apropiada y sometida. Y por estar instruida en lo privado, aborrece de lo público”.18 De manera que muchas obras testimoniales escritas por mujeres dan cuenta del rompimiento con el tabú de “volverse públicas” y de sus te mores iniciales. Por ejemplo, una mujer mexicana hace la siguiente declara ción: “Desde luego, yo tenía miedo. Muchas de nosotras nos enfrentábamos a algo nuevo; otras tenían alguna experiencia desde antes de la fundación de la Unión de Vecinos. Hoy entendemos que la Unión es una educación polí tica y cívica, un nexo entre las mujeres mexicanas y su propia realidad”.19 Pero si bien es cierto que estas mujeres reciben una educación polí tica a través de sus actividades, también lo es que no necesariamente suscri ben un programa feminista o, por lo menos, no un programa que distinga los problemas de las mujeres de los problemas de la sociedad en su conjun to. Como afirma una mexicana perteneciente a una organización vecinal: “Entendemos que nuestros propios problemas son la violación, el aborto,
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la violencia, pero nuestra meta no es considerar a nuestros hombres como los enemigos principales, sino situar estos problemas como problemas de la sociedad, que afectan tanto a los hombres como a las mujeres, y hacer que éstas sean demandas de todo el movimiento social”.20 Dada su naturaleza ejemplar, la literatura testimonial ha llegado a ser un género importante, capaz de dar fuerza a las mujeres de las clases subalternas. Sin embargo, es necesario señalar que el término testimonial abar ca diversos tipos de textos que van desde fragmentos incorporados a otros textos, hasta historias de vida completas, tales como la de la indígena guate malteca Rigoberta Menchú y la de la boliviana Domitila. El rasgo común de estas historias suele ser la presencia de un suceso anormal que activa al suje to, la apropiación del espacio público y la adquisición exitosa de una nueva identidad pública. En las más intensas de estas narraciones, por ejemplo la de Rigoberta Menchú, la narradora es capaz de ejercer cierto control sobre la información, construyendo así su propio relato subalterno.21 Por otra parte, desde la perspectiva de la mujer intelectual que re gistra y edita el testimonio, el proceso tiene una naturaleza completamen te diferente. Esto se debe a que, con mucha frecuencia, ella desaparece virtualmente del texto, a fin de permitir “que hable la subalterna”. La es critora plantea así el problema de su relación con las luchas políticas que documenta. ¿Es la suya una posición de espectadora ocasional? ¿La de una observadora imparcial? ¿Crea ella algo sobre la base de la materia prima que la otra le ofrece? ¿Es posible acaso, mediante el recurso de la doble voz, tender un puente entre la intelectualidad y las clases populares? Aun cuando no se centren exclusivamente en las mujeres, las cró nicas y novelas testimoniales de Elena Poniatowska son interesantes a este respecto. Poniatowska ha ampliado permanentemente el género testimonial convirtiéndolo en ficción e incorporando diversos testimonios en la cróni ca de un solo suceso. Esto corresponde a un tópico recurrente de la “acción popular”, es decir, a la capacidad de la gente común y corriente de actuar en su propio beneficio y nombre (como es el caso de los jóvenes en La noche de Tlatelolco, o el de los sobrevivientes del terremoto en Nada, nadie). Latente bajo la superficie, se advierte una suerte de creencia utópica en el poder popular. Esta creencia se explicita abiertamente en el ensayo “Las
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mujeres de Juchitán” que, bajo la forma de descripción de una colección de fotografías, celebra la erotización de lo social. “Las mujeres de Juchitán” fue escrito como introducción a un libro de fotografías de Graciela Iturbide. Juchitán es el pueblo rebelde del esta do de Oaxaca que ha sido escenario de una serie de luchas constantes con tra el gobierno central y contra el dominio de su partido, el pri (Partido Revolucionario Institucional). “Las mujeres de Juchitán” es, sin duda, un texto francamente utópico que contrasta incluso con crónicas más sobrias de Juchitán, particularmente las de Carlos Monsiváis.22 Pero el ensayo no debe ser juzgado como un reportaje; constituye más bien la visión imagi nativa y fantástica de una sociedad estructurada en torno a la sexualidad femenina. Poniatowska describe así a las mujeres juchitecas: Hay que verlas llegar como torres que caminan, su ventana abier ta, su corazón ventana, su anchura de noche que visita la luna. Hay que verlas llegar, ellas que ya son gobierno, ellas, el pueblo, guardia nas de los hombres, repartidoras de víveres, sus hijos a horcajadas sobre la cadera o recostados en la hamaca de sus pechos, el viento en sus enaguas, floridas embarcaciones, su sexo panal de miel de rramando hombres, allí vienen meneando el vientre, jaloneando a los machos que a diferencia suya visten pantalón claro y camisa, guaraches y sombrero de palma que levantan en lo alto para gritar: “Viva mujer juchiteca”.23 Esta celebración del exceso constituye un antídoto contra los recuentos parcos y a menudo prosaicos de los movimientos de mujeres que abun dan en la literatura académica. La perspectiva de Poniatowska no es la del observador participante de un suceso particular, sino la de quien crea un ensayo lírico sobre las posibilidades de una sexualidad y una política no pa triarcales. En los textos de Poniatowska (y quizá también en los de Rosario Ferré) encontramos la dimensión utópica de la literatura femenina que re side en la fusión de la liberación sexual y la política. Al mismo tiempo, esta manera de tender un puente sobre la diferencia de clases es poco común. Para la mayoría de las escritoras, lo que primero debe destruirse, desde el
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interior mismo, es la narrativa que propone a la familia como estructura sobre la cual se erige inevitablemente la sociedad entera.
Volver a habitar lo privado La comercialización internacional de la literatura latinoamericana bajo la etiqueta de “realismo mágico”, el seductor anzuelo de la televisión —gra cias a la cual el melodrama y el romance llegan a enormes públicos— y el descarado marketing de algunos escritores como García Márquez y Vargas Llosa han dado buen nombre al mercado, por lo menos en ciertos círcu los. No existe razón alguna para escatimar a Isabel Allende los mismos de rechos de traducción que se le confieren a García Márquez o a escritores progresistas como Ariel Dorfman o Eduardo Galeano. La proliferación de cursos de estudios de la mujer y la incorporación de escritoras del Tercer Mundo a los programas de estudios han aportado repentinamente a la oferta literaria femenina la cantidad internacional de lectores que los escri tores del boom ya han venido disfrutado durante largo tiempo. ¿Por qué entonces, sin razón alguna y con la temeridad de una foras tera, quiero yo algo más que lo meramente comercial? Quizá sea porque el amplio alcance de una novelista como Allende parece estar poniendo con demasiada precipitación la escritura “de calidad” al servicio de las fórmulas que siempre han servido para pacificar a las mujeres: el romance hetero sexual combinado con la condescendencia señorial hacia las clases subal ternas. Los textos que a mí me interesan más no son aquellos en los que habla el subordinado mientras el agente intelectual del discurso permane ce oculto, ni los que se niegan a reconocer el privilegio del que siempre ha dependido la “ciudad letrada”. No obstante, para poner en entredicho ese privilegio, las escritoras se han visto forzadas a examinar de nuevo la esfera oculta de la dicotomía público/privado: lo privado mismo, que ha estado por tradición estrechamente ligado a lo subjetivo y a lo estético. La palabra privado es, como he señalado, un término equívoco y evasivo, empleado por los economistas para definir a la empresa privada en tanto opuesta al Estado, y por los sociólogos para referirse a la familia o
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a la unidad doméstica. Pero también refiere a lo individual y a lo particular como opuestos a lo social. Sin embargo, incluso para los escritores varones, lo privado ha estado necesariamente plagado de conflicto; a pesar de ser, en apariencia, el espacio de la libertad y la creatividad, en la medida en la que es el espacio del individuo, lo privado revela las limitaciones impuestas por la muerte y la mortalidad. En Trilce, de Vallejo, así como en el poemario Residencia en la tierra, de Neruda, lo privado es el espacio de la muerte, de la futilidad; la reden ción sólo se logra a través de una nueva configuración de lo social. En otros escritores, las limitaciones de la individualidad masculina sólo pueden superarse mediante una suerte de incorporación o de unión con lo feme nino —como en la poesía de Octavio Paz, por ejemplo, o en las ficciones compensatorias de Puig y Rulfo. Sin embargo, lo femenino es en estos ca sos una construcción ideal que guarda escasa relación con la experiencia material, corporal, de las mujeres. La “ideología de lo estético” que, según Terry Eagleton, surgió de la separación que hizo el Estado burgués de lo ético, lo político y lo estético, tendía puentes entre lo privado y lo público.24 Sin embargo, se trataba de una estética codificada de manera tal que excluía lo doméstico, lo banal, lo rutinario, o que, dicho de otra manera, eliminaba los aspectos de la vida privada considerados como “femeninos” y que reflejaban su colonización a manos del Estado.25 Dicha estética permitía que los hombres “se salieran con la suya” a todos niveles, establecía una separación entre lo privado y la esfera pública (masculina) de la ciudadanía, de modo que pudiese servir a la larga como dialéctica negativa, mientras simultáneamente, relegaba a las mujeres al espacio doméstico, desde la escritura demasiado vulgar como para ingresar al ámbito de la estética. La contribución del feminismo fran cés,26 comenzando con Simone de Beauvoir, fue justamente la de señalar la artimaña escandalosa mediante la que, simultáneamente, se sublimaba la sexualidad masculina y se eliminaba de toda consideración al cuerpo y, en particular, al cuerpo femenino. Al igual que las feministas francesas, muchas escritoras latinoame ricanas entienden que su objetivo no es enfrentarse al patriarcado domi nante asumiendo una nueva posición femenina, sino poner en entredicho
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la postura que sostiene que el poder/conocimiento (aunque no explícita mente asociado con el género sexual) es masculino. Esta desestabilización se produce de diversas maneras, a través de la parodia y el pastiche, me diante la mezcla de géneros, o por la vía de la construcción de mitologías subversivas. Por ejemplo, la literatura de Rosario Ferré, Luisa Valenzuela, Cristina Peri Rossi, Griselda Gambaro, Reina Roffe, Ana Lydia Vega, Al balucía del Ángel, Carmen Boullosa e Isabel Allende corresponde a este proyecto de desplazar la alegoría nacional androcéntrica, y pone al descu bierto la dudosa estereotipificación característica de las épicas de la nacio nalidad, que constituyen el canon latinoamericano.27 Pero también existe una estrategia inversa, puesto que si el contra to sexual excluía a las mujeres de la esfera pública, también permitía a las mujeres de la clase media llevar una existencia particularmente privilegia da merced a la distinción de clase entre la señora y la sirvienta. La ambigua superposición entre privilegio y estética fue, sin duda, una de las preocupa ciones centrales en la obra de la principal modernista de América Latina, Clarice Lispector. Conocida fuera de Brasil gracias, en parte, a los textos de la feminista francesa Hélène Cixous, Lispector28 parece ser la modernista par excellence, una de las pocas mujeres que ha sido aceptada en ese exclusivo club mascu lino. Sin embargo, el escándalo provocado por la literatura de Lispector no se debe tanto a su “dominio” de la estética modernista, cuanto a la ineludi ble y a menudo contundentemente desnuda intrusión de la diferencia de clase y de la subordinación del género en su obra, que sirven para resaltar la fealdad del andamiaje sobre el que se ha erigido el templo de la belleza. En sus novelas y cuentos, mujeres protegidas que han aceptado sin resis tencia el “contrato sexual”, se encuentran repentinamente expuestas en su fragilidad a causa de alguna simple ruptura del orden cotidiano: el chofer no se ha reportado o la sirvienta se ha ido… En uno de los cuentos de Lispector, “La bella y la bestia, o la herida que era demasiado grande”, una mujer sale del salón de belleza para darse cuenta de que su chofer se ha equivocado de hora y que ella no tiene ma nera de regresar a casa. Trae dinero consigo, pero su billete es de una de nominación tan grande que ningún taxista lo aceptaría. En medio de este
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absurdo dilema, la mujer se ve confrontada por un pordiosero herido que le pide dinero. Lispector aprovecha el absurdo encuentro para poner al descubierto de manera implacable todos los discursos éticos, políticos y es téticos que impiden el diálogo entre estos dos miembros marginados de la sociedad. Ambos son inconmensurables. “¿Habla usted inglés?”, pregunta absurdamente la mujer al pordiosero. Éste, creyéndola loca o sorda, grita con la máxima potencia de su voz “¡falo!” (juego de palabras para decir, a un tiempo, “hablo” y falo). ¿Es necesario el pordiosero herido —cuyo nom bre olvida preguntar la mujer— para la existencia de lo bello, para el con sumo conspicuo, para la estética? La escritura de Lispector está siempre en el filo de esta perturbadora posibilidad. La última novela de Lispector, La hora de la estrella, es una penetran te exploración del silencio de los subordinados pero, sobre todo, del poder autoral. Una sencilla muchacha nordestina, pobre y no muy inteligente, se convierte en el sujeto de la narración escrita por un sofisticado escritor. Éste parece, desde luego, gozar de un control absoluto sobre su material. La trama es deliberadamente banal. La muchacha encuentra un novio que la abandona por alguna otra. Un adivino le promete que encontrará a su verdadero amor y, cuando ella cruza corriendo la calle llena de la feliz ex pectativa, es atropellada por un auto que va a gran velocidad. Al insistir en la actitud condescendiente del narrador hacia su material, la novela plantea el problema ético de la relación desigual del poder interpretativo que permi te al escritor utilizar a la muchacha como materia prima y al mismo tiempo representar este problema como si fuera una cuestión meramente estética. En una de las novelas más intensas de Lispector, La pasión según G. H., una mujer registra el cuarto de la sirvienta que acaba de renunciar al ser vicio. La mujer encuentra una cucaracha (metonímicamente ligada a la clase social de la sirvienta), trata de matarla y, cuando el animal está mu riendo, se ve compelida a ingerir el líquido que aquél expele en una paro dia de la comunión cristiana. En todos estos textos, la idea de que todas las formas de vida son iguales, pone violentamente de relieve la arbitrariedad de las desigualdades. La epifanía que inevitablemente subrayan los críticos en la obra de Lispector se consigue con plena conciencia del corazón salvaje que alienta
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en lo estético. Tal salvajismo no está representado por la cucaracha ni por el pordiosero ni por la muchacha trabajadora, sino por quienes ocupan el centro gracias a la marginalización del Otro.29 Si bien es cierto que la Otre dad es un atributo de la literatura modernista, es Lispector quien con todo y epifanía permite que la crudeza y la violencia de la operación emerjan a la superficie con toda claridad. No obstante, la situación de Lispector ha sido de aislamiento. Su es tética modernista fue considerada como apolítica, especialmente durante la década de 1960, cuando el compromiso literario y político encontraban en el soldado guerrillero a su representante ideal. El movimiento guerri llero llegó a ser no solamente la extensión lógica de la política cultural, sino también una prueba de heroísmo. Y fue precisamente como secuela de la política de la guerrilla que la producción literaria femenina adquirió especial importancia, puesto que es la marginalidad de las mujeres lo que ofrece, aparentemente, un punto de partida crítico a quienes se vieron atrapadas en las contradicciones de un movimiento de vanguardia que les permitía la igualdad únicamente en la muerte. Es comprensible que la generación de mujeres formadas en la po lítica de oposición de las décadas de los setenta y ochenta, esté ligada a los problemas del exilio, la marginalidad y el nomadismo, es decir, a los pro blemas que aparecieron con toda fuerza y claridad a finales de la década de 1970.30 Sin embargo, los géneros literarios que estaban a su disposición —la poesía y la narrativa— llegaron a ellas cargados de historia. Una vez que se generalizaron la práctica y la apreciación de la poesía, disminuyó la importancia de este género: la “poesía comprometida” se transmite con mayor facilidad a través de la lírica de las canciones populares que de las pu blicaciones. De la misma manera, la narrativa se difunde mucho más am pliamente a través de los distintos géneros de la televisión que mediante la palabra impresa. En consecuencia, escribir una poesía o una narrativa que se nieguen a caer en la categoría romántica, significa inevitablemente diri girse a un público muy restringido. No obstante, esto no es necesariamente una desventaja, como intentaré sostener en mi análisis de dos escritoras, la peruana Carmen Ollé y la argentina Tununa Mercado. Noches de adrenalina,31 de Carmen Ollé, puede ser considerada como
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una obra “testimonial”. Los poemas de esta colección dan cuenta de la lar ga marcha de la escritora a través de los movimientos políticos de la déca da de los sesenta, y de su autoexilio en París. Así, el tema poético repite el itinerario de un famoso predecesor, César Vallejo, para quien el cuerpo era simultáneamente la fuente de la individualización y su negación. Para Ollé no existe forma de escapar al cuerpo: gorda/pequeña/imberbe/velluda/transparente/ raquítica/potona/ojerosa. No obstante, Ollé no acepta sin más la determinación de ese destino. No la acepta porque el cuerpo es, en toda su burda y universal materialidad, tanto el soporte como el objeto de la fantasía sexual que busca satisfacción en la culposa masturbación adolescente, en el doloroso y placentero orgas mo, en el narcisismo adulto. Ollé describe a las mujeres de su generación sollozando frente al espejo del baño, “Fui masoquista / a solas gozadora del llanto en el espejo del wc /antes que La muerte de la familia nos diera alcan ce”. En San Marcos, los héroes son los izquierdistas militantes: “De día in terrumpían las clases de metafísica con rabia / y aplaudíamos esos cabellos sudorosos y negros sobre / la espalda”. En esa etapa de su vida, su identi dad misma está mediada por el orgasmo masculino: “Opto por la desnu dez”: “Viaje sin culminación en el que me abandono a la pasión / del otro y en un juego de espejos transfiero el deseo / al cuerpo que nos toca babeo porque babea / y me pierdo en el scherzo delicioso de ser el que mira / y en el doble placer de ser el objeto que se mira”. Como en la poesía de César Vallejo, las sensaciones corporales, ás peras y en ocasiones placenteras, constituyen una suerte de turba que irrumpe sin cesar en el sosegado progreso de la historia intelectual: el mar xismo, el existencialismo, la contracultura. La poeta-narradora está siem pre alerta, revisando de continuo las emisiones del cuerpo —la orina, la menstruación, la lubricación— y su degeneración gradual, desde el diente perdido hasta el último periodo… Y, no obstante, sus poemas no registran solamente el envejecimiento del cuerpo y la desilusión del intelecto, sino un proceso de transformación. Esto no implica, como en el texto testimonial,
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una apropiación de la esfera pública, sino la trascendencia de las limitacio nes sociales impuestas por la división entre los géneros. La amo y siento esa náusea de no saber amarla nuestro deseo es rígido y poco inflamable ante un cuerpo femenino la madurez ha obturado lo que en la adolescencia era transparente él/ella Tomando en cuenta el desarrollo posterior de la obra de Ollé,32 Noches de adrenalina podría ser considerado un intento de exorcizar a Leiris y a Ba taille, en cuanto sostiene la posibilidad del amor a sí misma, obstaculizado hasta entonces por la devaluación de lo femenino. Pero, más que esto, el libro sugiere que no puede haber “esfera pública de debate” que no in cluya al cuerpo, hasta ahora “privado”. El exilio, con su pathos cargado de política, ha proporcionado predeciblemente a muchas escritoras el corre lato de su propia marginalidad. En la novela de Tununa Mercado En estado de memoria33 la narradora es una nómada que viaja entre México, Europa y Argentina. Pero la novela es menos una descripción del exilio que una serie de meditaciones descentradas que permiten a la autora cuestionar la “literatura”, la política del exilio (y de la marginalidad), la seducción de la memoria y la posibilidad de la estética. Lo que es sin duda original en el texto de Mercado es el cuestiona miento que hace de la marginalidad. La posición de la narradora en la no vela de Mercado es esencialmente la de la vicariedad. La protagonista trabaja como escritora fantasma, que escribe en nombre de otros, y como editora; nunca ha pretendido hacer de la escritura su profesión, y sin em bargo gana su subsistencia escribiendo. Pero la vicariedad es, además, con dición de su existencia entera, hasta la de las ropas que lleva, que son desechos que pertenecieron a otra gente, y hasta la de sus diferentes “hoga res”, que nunca parecen pertenecerle y donde “todo era provisional”. La ac tividad política de la narradora es también vicaria. Así, en México participa
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en una manifestación frente a la embajada argentina, para protestar contra sucesos que afectan a personas que viven muy lejos, y sabiendo que la ma nifestación es mera sombra de la política “real’ que tiene lugar en otra par te. En un viaje a España, se ofrece a visitar la tierra natal de uno de sus amigos, un exilado español, yendo así vicariamente en busca del pasado de otra persona. En México pasa sus fines de semana visitando la casa de otro exilado, León Trotsky, y estudiando obsesivamente los últimos días de su vida. En una visita a Argentina, se encuentra un día entrando a su antigua escuela primaria y tratando de recuperar, como adulta, las sensaciones de la infancia. Pero ninguna de esas experiencias es de recuperación, sino de pérdida y ausencia, de muerte y desaparición. De regreso a Argentina, que ha vuelto a la democracia, todavía se siente carente de hogar. Ni siquiera el ritual del jueves de las Madres de la Plaza de Mayo es capaz de ofrecerle al gún sentido de pertenencia, puesto que, después de la primera euforia del retorno, habiendo sido objeto de expresiones de solidaridad, tiene que re conocer que la energía del movimiento antiautoritario se ha diluido en el nuevo ambiente pluralista y, sin embargo, extrañamente politizado. De este modo, la novela de Mercado enfrenta uno de los mayores dilemas de nuestro tiempo: el de un pluralismo que permite e incluso esti mula la diferencia. La obsesión de la narradora por un vagabundo, un “lin yera” que conoce en el parque, refleja de hecho cierta nostalgia por una marginalidad que no puede ya tener ninguna significación social. Porque ahora lo marginal es simplemente una forma de rebeldía individual, mien tras que, por otra parte, el texto social se ha vuelto ilegible a menos que se lo lea individualmente. Este dilema es ilustrado por la experiencia de un grupo de lectura formado por exilados y en el que la narradora participa. El grupo se em barca durante treinta años en la lectura de Fenomenología del espíritu, de He gel. Esta experiencia no pone a disposición de la narradora y sus amigos el conocimiento universal, sino que se vuelve un proceso fastidioso en el que los lectores a veces son absorbidos por la lectura, otras se encuentran desconcertados por completo, pero nunca controlan la situación. Lo que la lectura les aporta es una suerte de revelación, un sentimiento y una ins tancia de cooperación, pero no la adquisición del conocimiento/poder. La
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confusa relación con un texto elegido casi por azar tiene como contraparte la actitud de la narradora hacia el ejercicio de la escritura, que ella no acep ta como proyecto de vida ni con espíritu de profesionalismo. Compara la escritura con el tejido, a pesar de que no sean procesos exactamente aná logos. Absorta en su tejido, es capaz de alcanzar un feliz estado de olvido de sí misma. La escritura, por el otro lado, es esencialmente una revelación negativa: la de “no saber, no ser capaz de llenar el vacío, no poder abarcar ni entender lo universal”. Entonces, ¿quién mejor que tal narradora para registrar las irrevo cables ausencias, el sentido de pérdida, de tiempo desperdiciado, la fragi lidad de las justificaciones que resumen el estado puramente negativo del exilio? Al rechazar las certidumbres retóricas e institucionales, la novela confronta al lector con una estética que es también ascética, un estado de absoluta desposesión, una anarquía. Al final de la novela encontramos a la narradora escribiendo sobre un muro que gradualmente desaparece, “como papel que se desliza vertical en una ranura”. Cuando se derrumba el muro de las diferencias de género, no es sólo el centro lo que se destruye, sino también las posiciones marginales, incluyendo la de “la mujer” y la de “la mujer que escribe como mujer”. El acto de “escribir en la pared” anun cia una destrucción y, simultáneamente, opera esa destrucción. Así pues, el imperativo para las mujeres de América Latina no consiste simplemente en ocupar y transformar el espacio público, o sea apropiarse de la condición de ciudadanas, sino en reconocer que hablar como mujer en una sociedad pluralista podría llegar a reinstituir, de manera engañosa, la misma relación de privilegio que ha separado a la intelectualidad de las clases subalternas. La mujer intelectual debe asistir no solamente a la destrucción del muro, sino a la de su propia inscripción anónima en ese mismo muro. En el do cumental Double Day, se le pregunta a un maestro argentino por qué se aco modan las niñas en un lado del aula y los niños en el otro. “Porque éste es el lado de las niñas y aquél el de los niños”, responde el maestro, sin siquie ra sospechar que su respuesta pudiese parecer absurda. Esto es lo natural (y lo ideológico), el modo como las cosas parecían ser. Pero la forma como las cosas parecen ser ahora no es como parecían ser cuando el documen tal fue filmado. Hoy las niñas se sientan del lado de los niños. Las mujeres
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han ampliado la esfera del debate público, no sólo como miembros de los movimientos sociales, sino también como intelectuales. La mujer intelectual no puede ya sostener ingenuamente que re presenta a las mujeres y que es su voz, pero puede ampliar los términos del debate político mediante la redefinición de la soberanía y el uso del privi legio para destruir el privilegio. Yo misma me he atrevido en este artículo a privilegiar a unos cuantos textos que desarticulan la idea de que las mu jeres ocupan en la actualidad y sin problemas “su” espacio, puesto que ésta es una manera de abrir brecha en la selva del pluralismo. [Traducción: Gloria Elena Bernal]
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