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Los

pecados de los padres...

Si el azar hubiera llevado a alguien a cenar al Café Royal o al Savoy a principios de la década de 1890, seguramente habría descubierto al gran Oscar con su corte de admiradores. Con un cigarrillo o una copa de vino en la mano, entronizado en un ángulo del salón y rodeado de un grupo de acólitos, era la personificación de la más flagrante decadencia. Y muchos de los que habrían contemplado aquella versión orgiástica del hombre, a buen seguro se habrían preguntado cómo era posible que él y su mujer, militante de campañas políticas pero en cualquier caso mucho más moderada que él, pudieran haber tomado la decisión de casarse. Sin embargo, Oscar y Constance eran mucho más parecidos de lo que creía la gente. La clave de su compatibilidad hundía sus raíces en su respectiva historia personal. Persistía en ambos la influencia de Irlanda, las cicatrices que deja el escándalo y el sello con que los había marcado una madre posesiva. La conexión existente entre los dos era Dublín, la ciudad natal de Oscar, de donde también era oriunda Ada, la madre de Constance. Adelaide Barbara Atkinson, que éste era su nombre completo, era hija del capitán dublinés John Atkinson, perteneciente durante un tiempo al Sexto Batallón de Fusileros y, posteriormente, tesorero general de la administración de Correos de la ciudad,1 que junto con su 25

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esposa Mary había formado una familia y vivía en una elegante residencia georgiana en el número 1 de Ely Place. Charles Hare, hermano de Mary, primer barón Hemphill, sargento y consejero de la Corona, vivía cerca, en el 65 de Merrion Square, donde tenía entre sus vecinos a los padres de Oscar, sir William Wilde y esposa. Ada Atkinson era una mujer egoísta y de carácter difícil que a los diecinueve años se casó con su primo Horace Lloyd, abogado inglés ocho años mayor que ella. Lloyd era hijo del eminente consejero de la Corona y durante un tiempo parlamentario radical John Horatio Lloyd. Al escoger por marido a un miembro de aquella rama familiar, Ada se casó también con una considerable fortuna y perpetuó un linaje ya de por sí impresionante.2 Los Lloyd eran gente emprendedora que se enriqueció gracias a la revolución industrial. John Horatio Lloyd era hijo del abogado John Lloyd, que tuvo un destacado papel en la represión de los motines ludistas* que se levantaron en el primer cuarto del siglo xix. John Horatio, educado en Stockport Grammar, se fue a estudiar a Oxford y obtuvo una matrícula de honor en clásicas antes de ejercer en los tribunales y ser elegido parlamentario liberal por Stockport. Se hizo extraordionariamente rico no sólo porque la práctica legal lo había convertido en asesor distinguido de las compañías de ferrocarriles, que se encontraban en fase de rápido desarrollo, sino también porque concibió un tipo de bonos de inversión de los que dependía particularmente la expansión del sistema ferroviario: el Bono Lloyd. Ada y Horace vivieron al principio en el número 3 de Harewood Square, Marylebone, cerca de Regent’s Park y al norte del bullicioso Marylebone Road. El miércoles 12 de noviembre de 1856, el Morning Chronicle anunciaba que «El día 10 del corriente mes, en el número 3 de *  Primera etapa del movimiento obrero dirigido contra el proceso de industrialización, que toma el nombre del legendario Ned Ludd, quien parece ser que destruyó unos telares hacia 1799. (N. de la E.)

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Harewood Square, la esposa de Horace Lloyd Esq., abogado» había dado a luz «un niño y heredero». Se trataba de Otho Lloyd. Dos años más tarde, la misma columna anunciaba la llegada al mundo de su hermana Constance, con la que se completaba la familia. El nacimiento de dos hijos en rápida sucesión no significaba, desgraciadamente, que la vida en Harewood Square fuera idílica. Horace Lloyd olvidó pronto sus deberes conyugales. A medida que aumentaban sus éxitos profesionales, aumentaba al mismo ritmo su apetencia por los placeres que ofrecían varios clubes para caballeros, así como su ambición de alcanzar un puesto destacado en las extrañas actividades de la masonería. Como integrante del círculo social del Príncipe de Gales, se labró fama de pasar las noches fuera de casa con el objetivo de demostrar que podía «enfrentarse a cualquier experto en uno de los tres juegos –‌ajedrez, billar y whist– y derrotarlo en dos de los tres».3 Si en Harewood Square faltaba el brazo guía de un padre, tampoco se contaba con el cariño materno, ya que Ada no demostraba gran interés en su progenie. Otho Lloyd daría a entender en un futuro que él y Constance se criaron «en contra de la voluntad y empeño de dos temperamentos tremendamente egocéntricos».4 Lo que sí hizo Ada Lloyd fue que sus hijos se acostumbraran a Dublín. La insatisfacción matrimonial de Ada, que había hecho de ella una mujer resentida y solitaria, la incitó a visitar con regularidad a su madre, «mama Mary», residente en Ely Place, Dublín. Y cuando murió en 1862 el capitán John Atkinson, aquellas visitas todavía se hicieron más frecuentes. Así pues, los hijos a menudo dejaban la moderna residencia del West End de Londres donde vivían y pasaban temporadas en el ambiente georgiano, más tranquilo y pintoresco, de Ely Place y Merrion Square de Dublín. Allí podían jugar con su primo Stanhope Hemp­ hill y la juvenil tía Ellena, nacida en 1853. Los Atkin­son, los Hemphill y los Wilde se movían en la misma 27

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comunidad densa de Dublín y es muy probable que los niños Lloyd conocieran o hubieran oído hablar de sir William Wilde y de su esposa, instalados en Merrion Square, así como de sus dos hijos, Willie y Oscar. Constance era una niña que no gozaba de muy buena salud. Su hermano la definía diciendo que era «un poco biliosa», pese a lo cual superó las acometidas de las enfermedades infantiles corrientes en la época, como la varicela y el sarampión, y a los diez años, cuando su padre fue nombrado consejero de la Corona, pasó a vivir con su familia en el magnífico entorno de Sussex Gardens de Londres. Impulsados por el deseo de una mejora social, los Lloyd se instalaron primero en el número 9 de Sussex Gardens pero más tarde, a fin de ponerse a la altura de la floreciente posición de Horace, se trasladaron a una mansión más grande situada en el número 42, en la que disfrutaban de la ayuda de cinco sirvientes: dos criadas, cocinero, camarera y mayordomo. Como revela el nivel del servicio doméstico, Sussex Gardens, en los aledaños de Hyde Park, era una zona habitada por gente acomodada. Estaba cerca, además, de la casa del abuelo John Horatio, que vivía en otra mansión igualmente grande e imponente en el número 100 de Lancaster Gate. Allí Constance recibió una esmerada educación. Otho Lloyd recuerda que su hermana tocaba bien el piano, pintaba al óleo, era hábil en el manejo de la aguja y era buena lectora.5 Además, hablaba francés y leía a Dante en el original italiano. Los censos de 1871 y 1881 la registran como alumna. Aun cuando es casi seguro que, cuando eran pequeños, ella y su hermano tenían una intitutriz en casa, cuando enviaron a su hermano a Clifton School, Bristol, ella ya asistía a una de las pocas escuelas para señoritas que, a partir de mediados de siglo, se fundaron en Londres. En la década de 1870 existían algunas instituciones de enseñanza abiertas a aquellas alumnas que querían proseguir sus estudios y en ellas podían escoger las ma28

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terias y clases que más les atraían. Se esperaba de las alumnas que asistían a dichas escuelas tuvieran niveles muy altos. Aunque no tenían derecho a una licenciatura, estos centros permitían al alumnado estudiar bajo la tutoría de personal universitario y someterse a unos exámenes que eran calificados por la Universidad de Londres. Constance optó por uno de esos cursos con su correspondiente examen universitario en materia de literatura inglesa y se especializó en la obra de Shelley.6 Cabe juzgar el esfuerzo necesario para aprobar el examen por las quejas de Constance, que decía que el curso «habría debido prolongarse como mínimo un año más», si bien, práctica como siempre, añadía que no estaba dispuesta a «preocuparse por la cuestión». Y decía a su hermano Otho: «Pienso tomármelo con mucha calma. Pero la semana que viene nada de canto» a fin de «disponer de todo el tiempo posible para leer». La estrategia resultó acertada, ya que Constance también observó que su tutor, un tal señor Collins, apenas pudo hacer ningún comentario a su trabajo sobre Shelley debido a que era muy bueno. Dejando aparte su educación, su suntuosa residencia y la desahogada situación económica de que disfrutaban, la vida emocional de los niños Lloyd distaba mucho de ser estable. Porque el punto flaco de Horace Lloyd no se limitaba tan sólo al billar y a los naipes, sino que abarcaba también a las mujeres. Años más tarde, Constance fue testigo de una escena en casa de su abuelo, donde vio a una mujer que se presentaba con su hijo en Lancaster Gate y provocó un gran alboroto. Más adelante, Otho conoció en Oxford a un muchacho que le causó problemas. A pesar de que la correspondencia de Constance no es explícita con respecto a este punto, es fácil deducir que Otho estaba convencido de que aquel muchacho era su hermanastro ilegítimo, fruto de una aventura imprudente paterna.

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Tu carta me ha inquietado muchísimo ya que lo veo muy probable, y aunque el chico tendrá unos dieciséis o diecisiete años, también creo que ella no habría podido permitirse enviarlo a la universidad. Y de todos modos, si ella puede, no tiene tanto miedo de que haya «barullo» en caso de que se sepa porque así puede sacar más dinero. Procura verlo para comprobar si hay algún parecido. Hace poco que intenté descubrir algo más sobre eso, pero está claro que el abuelo piensa que eso lo debo hablar con mamá o con quien sea, por lo que no es un asunto del que yo deba hablar y me cerró la boca por completo, pero él no ha sabido nada más desde el día que armaron el alboroto en Lancaster Gate.7

La familia Lloyd estaba particularmente afectada por curiosas desviaciones sexuales, a las que no sólo Horace había sucumbido. John Horace también había estado en el meollo de una especie de escándalo sexual. En la década de 1830, época en que andaba metido en política, había respaldado a lord Brougham en la Cámara de los Comunes en la primera enmienda de la Ley Penal, provisión legislativa que aboliría la pena capital para ciertos delitos, lo que obligó a John Horatio a trabajar hasta altas horas de la noche. Tan esforzada dedicación le permitió, según Otho, obtener la promesa de que sería nombrado fiscal general a su debido tiempo. Pero la necesidad de acostarse tarde y de madrugar al día siguiente dejó huellas en el equilibrio de John Horatio. «Le flaqueó la salud a causa del esfuerzo», explicaba Otho, y eso le provocó una conducta verdaderamente extraña. «Se exhibía en Temple Gardens [...] y corría desnudo detrás de las enfermeras.»8 No es de extrañar que la carrera de John Horace se viniese abajo. No sólo perdió la oportunidad de ser nombrado fiscal general, sino que además se vio obligado a retirarse de la política y de sus funciones de abogado por espacio de cuatro años, durante los cuales se trasladó a Atenas y ejerció de director del Ionian Bank. Los antecedentes de Oscar encerraban escándalos si30

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milares e igualmente sonados. El padre de Oscar, sir Wil­ liam Wilde, era un hombre que había sabido abrirse camino. Era hijo de médico y se especializó en cirugía ocular y auditiva, profesión en la que fue pionero y eminente especialista. También fue reconocido erudito y estadístico que escribió profusamente no sólo sobre cuestiones médicas sino también sobre arqueología y folclore. Su decisión de juventud de abrir una clínica gratuita para tratar a los pobres de Dublín le proporcionó la publicidad y experiencia necesarias para convertirse en el especialista más eminente de Dublín, lo que le reportaría más tarde fortuna y honores. Pero cuando el padre de Oscar se casó con su madre, la fogosa poeta y nacionalista irlandesa Jane Elgee, conocida como Speranza, ya tenía como mínimo tres hijos ilegítimos. Uno, que adoptó el nombre de Henry Wilson, estudió medicina y trabajó con su padre. Las dos hijas ilegítimas de sir William, Emily y Mary Wilde, se criaron en casa de parientes. Pero no fueron sus deslices prematrimoniales los que sumieron a sir William en el escándalo, sino un hecho ocurrido durante su matrimonio. El mismo año en que nació Oscar, 1854, sir William inició una relación con Mary Josephine Travers, una muchacha de diecinueve años hija de uno de sus colegas médicos, el doctor Robert Travers. Aunque es posible que los dos ya se conocieran, además, la señorita Travers era paciente de Wilde. La relación fue larga y relativamente pública y dio como resultado otro hijo ilegítimo.9 Pero después de casi una década, cuando Wilde decidió poner fin a la situación, la señorita Travers, ante el horror del médico, divulgó a los cuatro vientos que la relación se había iniciado con una violación consumada mientras ella, como paciente, estaba anestesiada. A pesar de que la joven no planteó una acción legal basada en las acusaciones, puso en marcha una campaña de cartas que tenían como destinatarios no sólo a los habitantes de Merrion Square, sino también a todos los periódicos locales. La campaña organizada por la señorita Travers su31

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bió de tono cuando, poco tiempo después de que Wilde fuera nombrado caballero, la mujer publicó un panfleto procaz, un relato con moraleja sobre una muchacha violada por su médico, sin disfrazar apenas su propia identidad y la del doctor Wilde, personajes a los que dio el nombre de Florence Boyle Price y doctor Quilp, respectivamente. Fue el escándalo de todo Dublín, en especial porque el ardid de Travers consistió en publicar el panfleto bajo el nombre de Speranza. Esto hizo que Speranza escribiera al doctor Travers acusando a su hija de orquestar la campaña de tal modo que daba a entender que ella había tenido una aventura con sir Wil­ liam Wilde. La esposa, pues, afirmaba que la señora Travers intentaba sacarles dinero, un dinero al que se refería como «salario de la deshonra».10 Una situación que Oscar habría debido tener la prudencia de recordar cuando tuvo que enfrentarse a demandas curiosamente similares, ya que la señora Travers vio aquella ocasión como ni pintada para hundir en la ruina a su antiguo amante y, en consecuencia, llevó el caso ante los tribunales y, por consiguiente, lo expuso a la arena pública y a los periódicos. Demandó, pues, a Speranza por calumnia y, para probar sus asertos, desveló todos los detalles de sus amoríos con Wilde. Salió todo a la luz, pues, hasta convertirse en noticia sensacionalista de repercusión nacional. El jurado falló a favor de la señora Travers, pero la resarció con un cuarto de penique como compensación por daños y perjuicio. Sin embargo, las costas del juicio recayeron en los Wilde y la verdad es que eran considerables. Finalizado el juicio, Wilde se retiró a su casa natal, Moytura House, en Galway, donde prosiguió sus investigaciones arqueológicas, en tanto que Speranza, mujer indomable, se quedaba sola con sus hijos frente a la sociedad dublinesa. Sir William Wilde no llegó a recuperarse nunca del todo de aquel hecho y murió en 1876. El tío abuelo de Constance, Charles Hare Hemphill, formó parte del cortejo fúnebre que siguió al féretro hasta 32

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el cementerio Mount Jerome, de Dublín, donde fue enterrado. El padre de Constance había fallecido dos años antes, en 1874, víctima de una enfermedad pulmonar. El domingo 5 de abril de aquel año, The Era anunciaba su muerte en la columna reservada a la masonería: La defunción de Horace Lloyd, autoridad de los Ferrocarriles Británicos, se produjo el pasado lunes en su residencia de Kensington a la edad de cuarenta y seis años. Distinguido masón, desempeñó un importante papel en los asuntos del Oficio [...] En estos últimos tiempos, sin embargo, su salud se había deteriorado [...] aunque nadie creía que su enfermedad pudiera conducirlo a la muerte. Pero no llegó a recuperarse y [...] el día 30 exhaló su último suspiro.

Constance sólo tenía dieciséis años. Seguramente la muerte de su padre tuvo en ella un efecto dramático y demoledor y, por otra parte, fue heraldo de otro escándalo que Constance, salida apenas de la niñez, se vería obligada a afrontar. Esta vez no se trataba de un escándalo público como el que había proyectado su amenaza sobre el buen nombre de su abuelo y de su padre, sino de un escándalo privado y ocultado por la familia, pero no por ello menos vergonzoso. Esta vez se centraba en el oprobioso comportamiento de su madre. Después de la muerte de su marido, Ada Lloyd comenzó a ensañarse con su hija. Detrás de la respetable fachada estucada de blanco de la mansión de Sussex Gardens, la adolescente Constance se encontró de pronto convertida en objeto de insultos, amenazas y golpes por parte de una mujer que había trocado el desinterés y la frialdad por una desaforada crueldad. Otho recordaba la avalancha de sufrimientos que cayeron encima de su hermana, que iban desde «continuos desaires en privado y sarcasmos, groserías y furiosas reprimendas en público» hasta la violencia física, en la que se incluían «amenazas con los morillos de la chimenea y golpes en 33

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la cabeza contra la pared». Era imposible que una adolescente pasara por esto «sin que dejara alguna huella en su personalidad», recordaría Otho más adelante.11 Que fuera blanco de burlas en público y recibiera golpes y amenazas en privado infirió unas heridas en la personalidad y la sensación de seguridad de Constance, debido a lo cual, desde muy joven, desarrolló una timidez patológica manifestada cuando se encontraba en público, así como una tendencia a la irritabilidad y al malhumor cuando estaba en casa. La «crueldad y desprecio» de los que fue víctima «en lugar de las atenciones que habría debido recibir [...] favorecieron en ella una irritabilidad espontánea que estoy seguro de que intentaba vencer pero sin llegar a conseguirlo nunca del todo, aunque ahora lo lamentaría y no se sentiría orgullosa de reconocerlo», recordaba Otho. «No es que se mostrara especialmente negativa, sino que se irritaba por contrariedades nimias que habrían pasado inadvertidas a cualquier otra persona.»12 El daño no era tan sólo emocional, sino que la constitución débil de Constance también se resentía de la violencia física que sufría. En el verano de 1878, Constance reveló a Otho: «Ayer fui a visitar al señor Morgan y me dijo que estoy realmente muy débil y que apenas se me nota el pulso [...] Me ha recetado unas píldoras reconstituyentes [...] y me ha ordenado que me tumbe y duerma siempre después de comer, pero mamá dice que no se trata de eso, sino que es simple indigestión y me ha preguntado ¡¿si la debilidad que siento me viene del trato cruel que ella me dispensa?!»13 Cabe tan sólo hacer cábalas con respecto al motivo que empujaba a Ada a mostrarse tan cruel e inflexible con su hija y probablemente habría que buscar la raíz de su proceder en unos celos de carácter sexual. Cuando murió su marido, Ada no tenía más que treinta y pocos años y, aunque Horace dejó una herencia de doce mil libras, que en su testamento cedía totalmente a su mujer, los ingresos suplementarios de su trabajo como ju34

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risconsulto murieron con él, por lo que Ada tuvo que plantearse que, para mantener el alto nivel de vida que había llevado hasta entonces, tenía que volver a casarse. Dejando atrás su vida con Horace, Ada se mudó al número 1 de Devonshire Terrace de Hyde Park e inició la cruzada de búsqueda de un nuevo marido. Pero sus propias inseguridades debieron de estorbar su marcha. Es evidente que le aterraba envejecer. En el censo de 1871 declaró que tenía treinta y cinco años, pero cuando se inscribió en el censo siguiente, una década más tarde, las cifras que Ada facilitó al funcionario del censo manifestaban que para ella no habían pasado más que cinco años. Debía de ser muy irritante para aquella viuda relativamente joven tener enfrente a una hija guapa y mucho más joven capaz de desviar la atención de posibles pretendientes. Porque Constance era una muchacha atractiva de rebelde cabellera castaña, tez trigueña y grandes ojos. Se cuenta una anécdota según la cual cierta vez que asistía a una exposición de pintura prerrafaelita de Dante Gabriel Rossetti en la Royal Academy oyó por azar que un caballero situado delante de ella comentaba que en la vida real no existían labios tan carnosos como los que pintaba Rossetti, pero cuando se volvió y descubrió a Constance quedó «estupefacto» y «enmudeció al momento» ante el Rossetti real que había aparecido de pronto ante él.14 El hermano de Constance, Otho, podía contribuir muy poco a aliviar la situación de su casa. Después de su larga estancia en la escuela de Bristol, en 1876 ingresó en la Universidad de Oxford con una media beca para estudiar lenguas clásicas en el Oriel College. Allí Otho fue el primero de los hermanos Lloyd que hizo amistad con Oscar Wilde, quien también cursaba clásicas en Magdalen College hacía ya dos años. Al enterarse de que Otho ingresaba en la universidad, Speranza escribió una nota a Oscar instándolo a que se ocupase de él. De hecho, ya se conocían de Du35

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blín, en Merrion Square, en ocasión de que, en 1877, «mi abuela me hiciera visitar a los Wilde».15 Oscar hizo las delicias de Otho contándole que acababa de hacer un viaje a Grecia y que, a su regreso a Oxford no hacía más que quince días, había «estado a punto de que las autoridades lo expulsaran». A partir de entonces, Otho y Oscar se veían en Oxford de vez en cuando, aunque todavía faltaba un tiempo para que la hermana de aquél tuviera el placer de conocer a Oscar. Entretanto, en 1878, el destino de Constance experimentó otro giro importante cuando Ada Lloyd consiguió atraer finalmente a un pretendiente adecuado en la persona de George Swinburne-King, poseedor de fortuna propia y que, además, desempeñaba un cargo en el departamento de cuentas del Almirantazgo. Viudo también, era por otra parte un hombre encantador que evidentemente se figuraba que podría convivir con la volcánica pero insegura Adelaide. Constance comprendió que el casamiento era inminente y el 3 de septiembre escribió a Otho, que se encontraba en Dublín con su abuela, comunicándole sus sospechas: La señorita Constance Lloyd presenta sus respetos al señor Otho Lloyd y quiere informarle de que tiene una hermana que sigue viva [...] También quiere hacerle una pe­ queña filtración y decirle que se vislumbra un «Padrasrex» en el Tapiz que puede transformarse en algo concreto cualquier día de éstos (esta última filtración es estrictamente privada).16

Su intuición quedó corroborada con la oportuna proposición. En la carta siguiente, Constance subrayaba los retos futuros y los conflictos potenciales que presentaba la presunta unión Lloyd/Swinburne-King, entre otras cosas porque el señor Swinburne-King tenía una hija llamada Eliza y apodada Tizey. [...] estuvo todo a punto de desbaratarse [...] o sea que mejor no escribir nada hasta saber cómo acabará todo.

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Creo que todo va bien pero pienso que mamá debería tener más confianza en el hombre con quien se va a casar. Me saca de quicio oír que se pregunta constantemente si ella es del gusto de él [...] y si los dos días últimos no ha estado más frío que de costumbre y si en aquel momento o en aquel otro estaba algo abatido [...] y lo que más temo (que yo tema algo es inevitable) son los celos de Tizey [...] y no sé muy bien si también está un poco celosa de mí. El señor SK es encantador y está muy entusiasmado con M aunque ella no parece darse cuenta. Ayer pasamos toda la tarde en Ealing, donde ellos tienen una casita muy bonita y él me gusta mucho [...] ella (Tizey) no parece muy inteligente, le interesan mucho los vestidos y quiere que las dos nos vistamos siempre igual o sea que ya no tendrás que refunfuñar más acusando a tu hermana de llevar vestidos feos. Por supuesto que llevaremos un vestido igual el día de la boda y hemos pensado en un vestido azul pavo real con [...] mangas holgadas y unas chaquetillas a juego [...] Como es lógico, el color depende del color del vestido de mamá, sobre el que no tenemos nada que decir pero creo que ella se inclina por la seda azul marino. Voy a contarte lo que piensa de mí el señor King. Estuvimos hablando de hipnotismo y dije que yo hipnotizaba al abuelo, ante lo cual, volviéndose a mamá, le dijo «qué extraño, yo creía que para eso se precisaba a una persona con una voluntad fuerte y no a una chica dulce (!!!) como Constance». «¡Oh, Constance tiene una voluntad muy fuerte, ya lo verás cuando la conozcas mejor!», eso dijo mamá [...] él ignora el volcán que arde debajo. [...] Te confieso que habría preferido que no tuviera ninguna hija porque me parece que me estorbará y que ya no podré ir al college a ver a mis amigas y cada vez que quiera ir a Lancaster Gate y tenga que dejar a Tizey en casa se armará un alboroto.17

Además de revelar las condiciones represivas a las que estaba sujeta, esa carta viene a ser una instantánea que dice mucho de Constance a los veinte años. En ella se hace evidente su interés en las experiencias de carácter espiritista, entre ellas el hipnotismo. Además 37

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de su gran amiga de estudios, Lucy Russell, hermana pequeña del abogado, financiero, promotor inmobiliario y empresario de los ferrocarriles James Cholmeley Russell, Otho enumera en la lista de sus amigas a Bessie Shand, cuyo hermano Alexander (o Alec) sería autor de libros sobre filosofía y metafísica. Estaba también Mary Moore, hija del reverendo Daniel Moore, y Clara Monro, hija del famoso médico psiquiatra doctor Henry Monro, que tenía su consulta en el St. Luke’s Hospital. Cabe imaginar qué opiniones y preferencias persistían en este grupo de jóvenes de clase media alta, privilegiadas y cultivadas.18 La referencia acerca de que Otho refunfuñaba por sus «vestidos feos» alude a su reciente entusiasmo por la indumentaria de estilo prerrafaelita o «esteticista». De hecho, la descripción que hace Constance de los vestidos que ella y Tizey podrían llevar en la boda de Ada, de color azul pavo real con mangas holgadas, suena muy «prerrafaelita».19 Aquella tendencia en los gustos y aspecto de Constance no gozó nunca de la aprobación de Otho que, al igual que otros miembros de la familia, no se identificó nunca con el esteticismo ni se sintió atraído por él. Como prerrafaelita confesa –‌término que en la década de 1880 se usaba indistintamente con el de «esteta»–, Constance portaba una antorcha cuya llama había prendido, en la década de 1850, un grupo de mujeres vinculadas a los pintores fundadores de la Hermandad Prerrafaelita. Mujeres como Elizabeth Siddal y Jane Morris, esposas, respectivamente, del pintor Dante Gabriel Rossetti y del poeta, dibujante y socialista William Morris, y que habían posado como modelos de artistas prerrafaelitas vestidas con túnicas holgadas y ondeantes. Pero no fueron tan sólo las pinturas sobre tela las que propulsaron una nueva moda entre la élite intelectual. Además de las pinturas, aquellas mujeres impulsaron nuevas libertades que veinte años más tarde comenzarían a ser adoptadas por una población femenina más 38

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amplia. Lanzaron una nueva forma de vestir con las mangas cosidas a la altura del hombro, no más abajo, o bien amplias y sueltas. Mientras que el resto de las féminas victorianas tenían que ir de aquí para allá con los brazos pegados al cuerpo, metidos en unas envolturas prietas e inmovilizadoras, las mujeres prerrafaelitas movían los brazos libremente, ya fuera para pintar, posar o simplemente estar cómodas. Las jóvenes prerrafaelitas se desprendieron también de las enormes faldas de crinolina en forma de campana, mantenidas con aros y cinchas y sujetas al cuerpo. Se deshicieron de los apretados corsés que les oprimían la cintura y las convertían en relojes de arena, así como de las cofias y complicados peinados que venían a añadirse al atuendo diario de las damas. El vestido «esteticista» que llevaban, que tal era el nombre que se le daba, era algo más que una moda: se había convertido en una declaración de principios. Al buscar la comodidad para la mujer, manifestaba también un ansia de liberación que iba más allá del bienestar físico. Era también una declaración de la expresión creativa femenina, relacionada a su vez con cuestiones feministas de carácter más amplio. La Hermandad Prerrafaelita femenina original convivía con artistas de manera nada convencional, trabajaba en proyectos propios y adquirió fama a lo largo de este proceso. Aquellas mujeres que adoptaron los atuendos esteticistas acostumbraban a creer también que las mujeres tenían derecho a hacer una carrera y a tener derecho al voto. La tienda que se convirtió en buque insignia del esteticismo fue Liberty’s de Londres. En 1875, a Arthur Liberty se le ocurrió la original idea de abrir una tienda en Regent Street donde ofrecía a la sociedad vanguardista de Londres la oportunidad de comprar el mejor mobiliario de artesanía y los artículos orientales más bellos. Se especializó igualmente en «telas artísticas» que se convertían en vestidos esteticistas sueltos de mangas holgadas, exhibidos muchos de ellos en la bohemia 39

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Grosvenor Gallery. Constance era una clienta habitual de Liberty’s. En sus cartas figuran entregas de la tienda, entre ellas una corbata marrón para Otho, aunque no se sabe si éste debió de apreciar el detalle dadas sus evidentes reservas en relación con la indumentaria esteticista. Así pues, Constance, con sus «vestidos feos», sus estudios y sus amigas universitarias, ya era hasta cierto punto una muchacha que seguía un camino propio. Apartándose de los convencionalismos de la clase media que entonces imperaban, según los cuales se educaba a las mujeres en casa a cargo de institutrices, se las vestía de una determinada manera y se las custodiaba cuando salían, hay que admitir que Constance ya era una chica moderna. La carta que escribió a Otho en otoño de 1878 revela otro dato importante esta vez relacionado con dinero. «Me gustaría saber si has recibido las diez libras del abuelo» y Constance proseguía así: [...] y si te han hablado de las disposiciones de dinero. El abuelo va a hacerte totalmente independiente de mamá y a darme a mí una asignación todavía no sé de qué importe. A mamá no le dará ni un penique, lo que la ha puesto frenética. Quiera Dios que también yo sea independiente; preferiría trabajar para ganarme el pan de cada día que tener que agradecer a mi madre que me dé comida y alojamiento. Ella dice que el abuelo tiene el deber de mantener a los hijos de su único hijo y dice que el hecho de que te mantenga a ti no es una concesión especial, ya que si no lo hiciera ella no está obligada a mantenerte y entonces tendrías que dejar Oxford y ponerte a trabajar de oficinista. ¡Una bonita perspectiva para el hijo de Horace Lloyd y para mí, y eso con la capacidad que tú tienes!20

Desde que empezó a perfilarse en el horizonte el casamiento de Ada, la familia Lloyd declaró la guerra financiera. A la muerte de Horace, el abuelo Horatio había accedido a complementar los ingresos de Ada con la suma de cuatrocientas libras anuales, en el bien enten40

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dido de que ella subvendría a la manutención de los hijos. Pero si entraba otro marido en escena, Horatio se disponía a retirar la pensión que abonaba a su nuera. A modo de venganza, Ada se negó a mantener a sus hijos. Como era evidente que John Horatio estaba menos dispuesto que su nuera a ver a sus nietos forzados a tener que ganarse el pan, se sintió en la obligación de idear un plan para proveer a su subsistencia, tal como Constance ya había adelantado a Otho. Ellos serían los herederos finales de su hacienda: «de acuerdo con el testamento del abuelo, cuando cumplamos veintitrés años entraremos en posesión de la cuarta parte dividida entre los dos. En el caso de que mamá no se case [...] cada uno le dará la mitad mientras viva, ya que cuando muera volverá, por supuesto, a ser nuestra».21 Hacia finales de septiembre se ultimaron los detalles de las respectivas asignaciones anuales que el abuelo estaba dispuesto a concederles. Constance, encantada de encontrarse finalmente independiente de su madre en el aspecto financiero, proporcionó más información a Otho con respecto a los designios del abuelo. Su capacidad de conservar la frialdad necesaria para mantener el sentido del humor en pleno torbellino doméstico dice mucho a favor de la fortaleza interior de Constance, una cualidad que le sería de gran utilidad en años venideros. Tu madre esperaba de ti que escribirías y te lamentarías con ella de la pérdida de su renta. Tú no has cedido a sus inexpresados deseos pero [...] ¡oh, qué expresivos! en este aspecto. ¿Eso estaba bien? ¡Oh, no! [...] eso estaba mal. De esto, oye, ahora no hay necesidad de decir nada por escrito. La flecha se clavó muy honda pero se ha quedado junto a la mano de [...] ¿quién te figuras? [...] el provecto octogenario que pese a la polvareda levantada por la oposición de la reunión de tías y cuñadas se ha aventurado a manifestar su aprobación de los méritos de esta humilde servidora otorgándole ciento cincuenta libras al año, cien de las cuales son para su guardiana a fin de cubrir su mantenimiento y cincuenta para que ella las desti-

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ne a la compra de sus Vestidos, el pago de sus estudios o de los Conciertos que ella escoja y, en fin, sus menus plaisirs en general.22

En tono jocoso, totalmente comprensible, Constance apuntaba que había que gastar lo menos posible en el regalo de boda que se tenía que hacer a su madre, en concordancia con el sumario que Ada les había establecido de manera tajante. «A propósito de la honorable dama que está a punto de casarse –‌informaba Constance a su hermano–, es preciso que le hagamos un regalo y dicho regalo debe ser [...] caro [...] y ella ha fijado sus deseos en un sencillo brazalete de oro [...] he visto que el más pequeño vale siete libras siete chelines seis peniques.»23 Ada Lloyd, el 19 de octubre de 1878 recorrió finalmente el pasillo de St. James’s Church, de Sussex Gardens, del brazo de George Swinburne-King. Los recién casados salieron en viaje de luna de miel y enviaron a Constance a Norwood, al sur de Londres, donde vivía una de sus tías. El abuelo de Constance, John Horatio Lloyd, tenía tres hijas además de dos hijos, Horace y Frederick. La familia estaba muy unida y así se mantuvo durante toda la vida de Constance. Frederick murió pronto, Emily no se casó nunca y vivió siempre con su padre en Lancaster Gate; Carrie se casó con un médico, el doctor Kirkes y, en cuanto a Louisa Mary, conocida como «tía Mary», se casó con William Napier, segundo hijo del veterano de Trafalgar y antiguo par del reino del rey Guillermo IV, barón Napier. Fue en la mansión de tía Mary Napier, en el ambiente frondoso y limpio de contaminación de Norwood donde se encontraba Constance a finales de octubre de 1878. Si había abrigado la esperanza de que el casamiento cambiaría la actitud de su madre con ella, se iba a llevar un chasco. «No he recibido ni una sola línea de mis padres, ¿y tú?», inquirió Constance de Otho. «¡¡Qué gente tan cariñosa!! Antes de irme yo, tía Ella había reci42

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bido dos cartas de mamá, una del señor King y Tizey [...] el abuelo una de mamá y tía Emily una de mamá el lunes. ¿Por qué he de ser siempre la menospreciada? En cambio, tía Mary es más que cariñosa conmigo y lo mismo el señor Hope, que te admira inmensamente.»24 La referencia al señor Hope alude a Adrian Hope, joven sobrino de William Napier, a quien es muy probable que tía Mary hubiera invitado para que conociera a Constance, tal vez pensando en un posible noviazgo. Constance tenía veinte años, lo que la convertía en muchacha casadera. El reciente casamiento de su madre y el desinterés que mostraba por su hija venían a aumentar su condición de carga familiar, responsabilidad que a partir de ahora tendría que ser compartida por su abuelo y las hijas de éste. En la década de 1870, Constance vivía una época en la que las mujeres de clase media y media alta todavía no trabajaban ni se esperaba de ellas que se ocupasen de sus propias necesidades. Pese a las ambiciones que pudieran tener, todavía no eran accesibles caminos ni oportunidades profesionales para aquel sector de la sociedad que tradicionalmente había vivido a costa de la familia o del marido. La era de la mujer con carrera estaba lejos aún y el número de las que habían encontrado un medio de subsistencia en la literatura o la pintura era aún reducido e infrecuente. Adrian Hope debía de ser un buen partido como posible marido, pero es evidente que no era un tipo seductor. Lo irónico del caso es que en una época más avanzada de sus vidas Adrian y Constance se relacionarían íntimamente, aunque en unas circunstancias que ninguno de los dos habría podido prever en aquellos primeros tiempos. No es que en esta época Constance fuera contraria al matrimonio, sino simplemente que le faltaba aplomo para tratar a los chicos de su edad. Y cuando se encontraba en esta compañía, solía mostrar una tendencia a caer en lo que a muchos se les antojaba un malhumorado silencio. Casi con toda seguridad, esta tendencia era 43

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la actitud que adoptaba cuando se quedaba callada debido a aquella extrema timidez que no era otra cosa que el perdurable legado del maltrato sufrido, un legado que la acosó durante el resto de su vida. Sus detractores solían atribuirle el adjetivo cascarrabias. La fotografía de 1895 publicada en The Young Woman nos recuerda que, años después de que hubiera dominado sus nervios, todavía a veces, de manera espontánea, su expresión se volvía taciturna y melancólica. «¡Ay de mí! ¿Cuándo me casaré?», Constance se lamentaba con Otho en torno a esta época. «Dices que ya tendré ocasión de casarme. Yo no veo ninguna. No soy guapa, no tengo conversación, no soy dada a esa charla que causa admiración o que atrae [...] Seré una solterona vieja, estoy condenada a serlo y verás a tu Hermana yendo de aquí para allá con seis gatos y media docena de perros.»25 Mientras Constance vivía con tía Mary, continuaba el debate acerca de dónde viviría el flamante matrimonio Swinburne-King y sobre si Constance viviría o no en su casa. Constance sugirió que podían mudarse a South Kensington, una zona artística que rodeaba el South Kensington Museum, actualmente Victoria and Albert Museum. Lucy Russell, la amiga de Constance, vivía allí, cerca de Queen’s Gate, por lo que Constance planteó una situación similar. La respuesta de Ada fue tan desagradable como siempre: «Insinué a mamá que fuéramos a vivir a una casa en Queen’s Gate pero por poco se desmaya al oírlo, ya que recordó de pronto que la señorita R vive allí y dijo que ¡ni por mil libras iría a vivir cerca de ninguna de mis amigas!»26 Aunque Otho no había estado en situación de proteger a su hermana de las iras de Ada hasta aquel momento, el casamiento de ésta le brindó una nueva oportunidad. Así pues, fue a visitar a John Horatio e insistió en que había que apartar a Constance de su madre, a lo que Ada no opuso ninguna resistencia. Así fue cómo el señor Swinburne-King y su hija se mudaron a Devonshire Te44

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rrace, y Constance se fue de casa. La nueva residencia donde se instalaría sería la vivienda de su abuelo en el número 100 de Lancaster Gate, donde viviría con John Horatio y tía Emily in loco parentis. Ahora serían ellos dos los encargados del futuro de su tímida pero diligente pupila, aunque difícilmente habrían podido prever entonces que, en el curso de unos pocos años, se metamorfosearía en una de las londinenses más famosas.

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