Índice
Nota de la autora, 11 Sangre de mi sangre, 13 Así pasó, 17 Su acongojado esposo, 21 Capilla ardiente, 26 Darío y los camellos, 31 Padre, he aquí a tu hijo, 37 La órbita de las estrellas, 43 Las joyas de la familia, 48 La última navidad, 53 Una vida, 58 La niña Elvira, 64 Ángel de las tinieblas, 69 Apartado postal, 74 Los trabajos perdidos, 80 Entrada libre, 86 El corazón de la noche, 92 La traición de Felícitas, 98 La dicha conyugal, 102 La búsqueda, 109 Falta de asistencia, 114
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El salario del miedo, 119 Enagua colorada, 124 Oficio de mujer, 129 El mal, 134 Lo que las paredes ocultan, 139 Enterrar a los muertos, 144 La última noche del Tigre, 149 Paquito, el alicante, 155 María del Eje, 160 Cuerpo presente, 166 Un cabito de lápiz, 171 Lorenzo, el magnífico, 174 Mi tumba, mi casa, 179 El don de la lluvia, 183 Perdone, ¿qué calle es ésta?, 188 Ofrenda, 193 Al pie de la letra, 198 El olor de la pasión, 203 El héroe “Nicolás”, 208 Desnudo al amanecer, 213 Cristo Manuel, 219 La tejedora de la muerte, 224 Sal y pimienta, 228 El hombre, la niña y el santito, 234 Dos gotas de agua, 240 Duelo en el ring, 245 Las frutas prohibidas, 250 El hombre que se murió de un rumor, 256 La escena de la traición, 262 La educación sentimental, 267 Justicia, 273 Cupido Kid, 278
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Sangre de mi sangre
De la calle, desierta hace unos minutos, sur
gen los mirones que se agolpan en torno a la mujer. Todos hablan, todos saben lo que pasó: “Venía caminando y de pronto, sácate las, que se cae…”. “Les digo que a mí hasta se me acercó y m’estaba diciendo no sé qué cosa cuando de pronto que s’escurre, re’bien pálida, que hasta me asustó…” Otra mujer —el cabello atado con un listón azul, vestido ne gro y delantal de flores— comenta en tono doctoral: –Ojalá que no se haiga golpeado en la nuca. M’hijo, cuando era chiquito, se pegó aquí mero atrás de la cabeza. No es que haiga quedado tonto, pero pos siempre, ya no’stá como antes… –Oigan, sigue privada, ¿ya vieron si respira? —pregunta alarmada una anciana a quien contesta una voz anónima: –Ni se apuren: a lo mejor nomás está tomada… La enferma alcanza a hacer un movi miento. De sus labios blanquísimos y secos,
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sale un quejido que en algo se parece a las pa labras: –¿Qué dice, m’hija? Hable más fuer tecito, que no se l’entiende nada —suplica la mujer de negro, inclinándose sobre quien lentamente recobra la conciencia. No se apu re, ya está bien, no más se privó tantito —y le toma las manos con un gesto cariñoso que la reconforta.
Poco a poco los mirones, que esperaban algo más espectacular que un desmayo, se alejan. Sólo un grupo de niños permanece junto a las dos mujeres, íntimamente satisfechos de encontrar un motivo de interés en las calles por donde el tedio, el hambre o el simple deseo de aventura los ha guiado. El mayor —que recuerda como en un sueño algo que la maestra dijo la otra tarde: “Nezahualcóyotl era un rey poeta y en su honor, nuestra ciudad lleva su nombre”— se acerca para ayudar a la mujer de negro, que se esfuerza en poner a la otra contra la pared. —Recárguese bien, no se me vaya a caer. Ora, respire fuerte. Verá cómo se alivia —y no dice más porque en seguida se escu chan las palabras, entrecortadas por el llanto, de la enferma: –No más sentí como que todo se me borraba, sabe Dios por qué sería. A lo me
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jor me hizo mal que me sacaran tanta san gre —y desdobla el brazo izquierdo, donde la aguja usurera y voraz dejó su marca. Es que, ¿saben?, l’otro día tuve que llevar a mi muchachito al hospital. Se m’estaba murien do y ¿qué más iba’cer? Le di su té, sus mejo rales y nada; así que nos fuimos al hospital. Me lo curaron, para qué digo que no, per’ora en la mañana que fui a recogerlo me dijeron: “Puede llevárselo, pero son dos mil pesos”. ¿Se imagina? Como les dije, ¿yo de dónde voy a sacarlos? “Entonces que sean mil. Los trae mañana; pero ahora nos da medio litro de sangre” —concluye, mirando el circulito rojo en su brazo. La mujer de negro la mira asombrada y pregunta, entrecerrando los ojos: –¿Y usté, q’hizo? –Pos se las di, qué no ve qu’es m’hijo, como quien dice sangre de mi sangre. –Ah, pos por eso se privó. Eso debilita mucho, hasta a uno de mujer. Mire, véngase para mi casa y allí se toma aunque sea un jarro de café y un taquito de lo que haiga. Eso le va’ dar fuerzas. A ver, apóyese en mi brazo. Así merito. No se me vaya a caer porque’ntonces sí l’amolamos… —las dos mujeres se tamba lean y al fin, ante la expectación y la risa de los niños, empiezan a caminar. ¿Mejorcita? Ya hasta tiene color en los cachetes… –Un poco, pero todavía siento como que el piso se me va. Y esta mortificación…
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Mil pesos, ¿de dónde voy a’garrarlos? Ni ven diendo la tele los consigo. Caminan en silencio y descansan a mi tad de la calle. La mujer de negro exclama: –Oiga, como quien dice le valieron a mil pesos el medio litro de sangre, ¿no? Mire, sabe qu’estaba pensando: que luego que coma tantito y se reponga, se regrese al hospital y les diga que le saquen otro medio litro, para ajustar los dos mil… –Ah, pos sí, puede que tenga razón —guarda silencio, luego, con voz desalenta da, continua—: de sangre, que me saquen toda la que quieran, al fin que tenemos harta; pero donde me salgan con qu’es dinero lo que necesitan, pos allí sí, ni de dónde…
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Así pasó
Sesenta pesos nunca han sido mucho, ni si
quiera entonces, a mediados de siglo. Usán dolos con pinzas, bastaban para cubrir apenas los gastos de cuatro o cinco días de la semana. Por esta razón muchos viernes por la tarde ella salía de su casa íntimamente dispuesta a pedir limosna. Envuelta en un fichú de lana color palo de rosa, tomaba de la mano a su hija menor y emprendía la caminata: “Vámonos lejecitos, para no ir a encontrarnos con algún conocido”. Procuraba despojarse de sus rasgos, bo rrarse totalmente, para quedar en libertad de sustituirlos por otros que variaban frente a cada donador en potencia. –Mira, allá viene uno. Tú espérate y estate calladita, pero no te me apartes ni por nada del mundo. No te rías ni m’eches ojos, que voy a hacerle como si fuéramos de Mon terrey. Y allí mismo, como si trajera una ma leta llena de disfraces y de acentos, lo impro
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visaba todo: el tono, las palabras y hasta la risa. Para detener a los paseantes se valía de una frase provocativa, prometedora: “Yo qui siera decirle una cosa, ¿sabe usted…?” Y en seguida, ante la curiosidad del escucha, reci taba historias que iba tramando en un orden perfecto, con principio y fin, dentro de las que abundaban intrigas, malos momentos y “esas cosas de la vida que todos, tarde o temprano, hemos de padecer”. Algunas veces estas narraciones com plicadas y algo morbosas eran sustituidas por otras, en que el motivo para pedir limosna era simple mortificación de la soberbia, el casti go a un orgullo desmedido, el sacrificio de la dignidad hecho a fin de congraciarse con una u otra Virgen. Si todo salía bien era porque ese re curso para la sobrevivencia contaba con sus leyes: no pedir en lunes, jamás hablar de la necesidad y “nunca de los nuncas” valerse de un enfermo o un muerto imaginarios: “Hay cosas que deben respetarse”. Por su parte, quienes le otorgaban una moneda lo hacían sin saber que era el precio de una actuación original, irrepetible, única. Porque eso sí: ella jamás contó la misma his toria, ni tuvo el mismo acento, ni fue nunca la misma. Después, cuando las monedas comen zaban a hacer bulto en la bolsa del delantal,
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madre e hija tomaban el camino de regreso a su auténtica vida. Planeaban la compra, se detenían junto a alguna fritanga callejera para quitarse el hambre. En las mejores tardes po dían adquirir un poco de pan dulce y choco late para batirlo en agua porque la leche, ya desde entonces, estaba muy cara y muy adul terada. Ignorantes de estas correrías, los hom bres de la casa aceptaban la relativa abundan cia de la mesa como uno de los milagros que esta mujer era capaz de realizar. Nunca estuvo consciente de su belleza y en cuanto a su talento, se los dio a los de más, como para domarlos. Y es que les tenía miedo porque se imaginaba que iban a prohi birle su derecho a existir. Encantadora, débil, un poco lánguida —eso se explica por los muchos hijos, la po breza y el trabajo constantes— la verdad es que siempre estaba buscando algún pretexto para fraguar historias que muchos escucha ron y nadie recuerda. La vida más difícil no la volvió ni dura ni violenta; si acaso un poquito sarcástica. Su crítica no era de mala fe, la hacía por di vertirse, por convertir la realidad —tan dura y agresiva— en un teatro con funciones las veinticuatro horas del día. A cambio de sus maravillosos dones, ja más pidió ni recibió nada, ni siquiera un lugar en el mundo: cuando iba por la calle lo hacía
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pegándose a las paredes; si una visita llegaba a la casa, ella sentía la obligación de cederle la única silla con cuatro patas sólidas y muchas veces —ante el mínimo lujo, algún capricho— comentó absolutamente convencida: “Eso no se hizo para mí, lo sé muy bien…”. Si se lo negó todo, en cambio jamás renunció a su derecho para reírse de la vida. Ésta, rencorosa, esperó muchos años para to mar venganza y sólo descansó cuando pudo contemplarla —deshecha en una cama de hospital y ya sin gota de su antiguo sentido del humor— atónita, como frente a una bro ma muy pesada.
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