COLECCIÓN NOEMA
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El americano
PETER STEPHAN JUNGK
TRADUCCIÓN DE CRISTINA NÚÑEZ PEREIRA
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perfecto Tras la pista de Walt Disney
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El americano perfecto es una novela. Aunque se pueden hallar correspondencias para algunas de las figuras que aparecen en ella, los personajes y los acontecimientos de este libro son, sin excepción, invenciones de su autor.
Título:
El americano perfecto. Tras la pista de Walt Disney © Peter Stephan Jungk, 2001 Edición original en alemán: Der König von Amerika Klett-Cotta Verlag, 2001
De esta edición: © Turner Publicaciones S.L., 2012 Rafael Calvo, 42 28010 Madrid www.turnerlibros.com Primera edición: noviembre de 2012 De la traducción del alemán: © Cristina Núñez Pereira, 2012 Reservados todos los derechos en lengua castellana. No está permitida la reproducción total ni parcial de esta obra, ni su tratamiento o transmisión por ningún medio o método sin la autorización por escrito de la editorial. ISBN: 978-84-7506-684-4 Diseño de la colección: Enric Satué Ilustración de cubierta: Enric Jardí Depósito Legal: M-34.864-2012 Impreso en España La editorial agradece todos los comentarios y observaciones: turner@turnerlibros.com
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Walt Disney es mi mejor creaci贸n. Walt Disney Cuando dudes, di la verdad. Mark Twain
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odo está en calma. Lleva despierto media hora. Despierto e inmóvil. Tendido de espaldas, tieso como una vela. El sol aún tardará en salir. En la habitación de su izquierda se alojan Roy y Edna. Su hermano no tiene problemas de sueño. Después de la tuberculosis que padeció en 1920, Roy cumple unos horarios estrictos. Se va a la cama antes de medianoche. Se levanta a las siete. Aún faltan dos horas. Walt no se ha traído ninguna lectura para el viaje, a excepción de la revista Life, que está en la mesilla de noche de Lillian. No quiere extender el brazo para cogerla ni encender la luz, por miedo de despertar a su mujer. Tanto el televisor como el transistor portátil están apagados. Oye el silbido del ferrocarril, seis veces, siete, ocho, una tras otra; será un tren de pasajeros o de mercancías, que no para en Marceline. El repiqueteo de las ruedas sobre los raíles se va apagando lentamente y se extingue. Desde hace cuatro décadas, salgo airoso de cualquier reto, se dice por lo bajo, como cada mañana después de despertarse y antes de ponerse en pie. Ha habido contratiempos, sin duda; pero fueron escasos. Inusitadamente escasos. A veces parecía que íbamos a tener que despedir a todos nuestros trabajadores. Cerrar el estudio. Pero Roy siempre ha sabido hacer cambiar de opinión a banqueros, patrocinadores y accionistas. Roy, su hermano, siete años y medio mayor. El realista de la familia, el que retrocedía espantado ante los cambios –lo que es peor, intentaba impedirlos desde el primer momento–. El que nunca quería creer que se pudieran obtener beneficios de las ideas de su hermano pequeño. Pese a todo, sin Roy, piensa Walt, no tendríamos empresa. Con el paso del tiempo, Roy le sacó millones y millones al Bank of America. Cómo lo logró es algo que Walt no 11
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entiende muy bien. Por otra parte, siempre ha sido muy consciente de que fue solo su imaginación la que hizo posible aquella cadena interminable de créditos. Fui el primero, se dice para sí, en darle personalidad a los dibujos animados. Fui el primero en trabajar en color. Fui el primero en dotar de sonido a las películas de dibujos animados. El primero en producir un largometraje de animación. El primero en darle al mundo un parque temático que no es sórdido, ni está sucio ni resulta desagradable en absoluto. Un pequeño paraíso en la tierra, mi reino de Anaheim. Walt disfrutaba una barbaridad haciendo que los triunfos del pasado y las jugadas maestras del presente desfilasen ante él: hasta ahora he recogido treinta y una –¿o son treinta y dos?– estatuillas doradas en los Oscar, más que nadie antes, más de las que nadie recogerá jamás. Y también otros seiscientos trece premios de todo tipo: doctorados honoríficos, medallas y distinciones en todo el mundo. Tengo motivos de sobra para estar agradecido, se repite todas las mañanas: siempre caigo de pie, como los gatos. Me doblo, pero no me rompo. Hace solo unos pocos años, piensa Walt, que saldamos nuestra montaña de deudas. Ahora nos pertenece a nosotros cada céntimo que recaudamos. A nuestra empresa, a nuestros accionistas; no al banco. Solo desde que existe mi reino de Anaheim; desde mis Veinte mil leguas de viaje submarino; desde los cinco capítulos de Davy Crockett, y los 101 dálmatas, y mi Mary Poppins. Después de Blancanieves, nos fue bien, hace unos treinta años. Éramos ricos; durante tres o cuatro años, Roy y yo y nuestras esposas nos comprábamos todo lo que se nos antojaba. Empecé a jugar al polo… y, poco a poco, ¡acabé por tener doce caballos! Fueron los años de las vacas gordas, del 37 al 40. Pero entonces vinieron Pinocho, y Fantasía, y Bambi… y la abundancia pareció llegar a su fin. Hace veinticinco años que Lillian y Walt, que llevan casados cuarenta y uno, no duermen en la misma cama. Solo cuando están de viaje se da en ocasiones la situación excepcional de compartir la cama y el calor, cuerpo contra cuerpo. Habitaciones separadas: esta fue una de las condiciones que le impuso su mujer después de la gran 12
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huelga del personal del estudio, a mediados de los años cuarenta. Si quería seguir casado con ella, tendría que pasar las noches en su propia cama: tenía el sueño demasiado agitado. A menudo, la despertaba en medio de la noche, la atosigaba con sus preocupaciones, sus miedos, sus dudas sobre sí mismo y sobre el mundo. Otra condición para seguir con el matrimonio, expresada años antes de la huelga del estudio, le comprometía a adoptar un niño. Su primogénita, Diane, tenía entonces tres años y anhelaba un compañero de juegos. A regañadientes, él firmó los papeles necesarios. Y así Sharon entró en su vida. En los primeros años, la veía tan poco que una vez le preguntó a su mujer quién era esa chiquilla que retozaba por el jardín con Diane. * Los primeros rayos de luz del día rozaron el cielo de Marceline. Poco a poco, las siluetas del mobiliario de la habitación iban tomando forma. El enorme armario ropero. Las mesitas de noche. Las cortinas con estampado de tulipanes. La gran lámpara de araña con sus siete brazos y sus bombillas alargadas. De nuevo se oye el aullido de una locomotora, estridente y sordo a la vez –una mezcla extraña: alto y suave–, y el golpeteo del centenar de ruedas sobre las vías al rodear Marceline –no, no lo rodean, sino que lo atraviesan– en su camino de Chicago a Kansas City o de Kansas City a Chicago: el sonido característico del lugar. Cada veinte o treinta minutos quebraba el silencio campestre. Soy un líder, soy un pionero, soy uno de los grandes hombres de mi época; en su interior, a Walt estas palabras le resuenan como un eco. Esta oración de alabanza a sí mismo se la repite todas las mañanas, mientras está tendido despierto, antes de que salga el sol, desde Blancanieves, desde 1937. Mi nombre está en boca de más personas que el de Jesucristo. Millones de personas conocen, por lo menos, una de mis películas. Soy un mito. Mi ratón gusta más que el Niño Jesús y Papa Noel juntos. Es algo que no existía antes de mí: un género artístico, una idea, un concepto, que llega a toda la humanidad, que gusta y deleita a todos. He creado un universo. Mi fama durará siglos. 13
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En cambio, para la gente de Marceline, añade hoy sábado –10 de septiembre de 1966–, está claro que soy una especie de dios. Vivimos aquí cuatro años, murmura Walt a la penumbra de la habitación. Yo tenía cuatro años y medio cuando llegamos y nueve cuando nos fuimos. He vuelto en pocas ocasiones, hacía diez años que no venía de visita. Por la tarde, Walt tiene que inaugurar la nueva piscina descubierta y el parque que la rodea, y bautizarlos con su nombre. Rara vez ha estado tan orgulloso, ni siquiera dos años atrás, cuando adornó con su nombre una escuela para mil cuatrocientos niños en Pittsburgh. En aquella ocasión llegó, cortó la banda en presencia de los próceres de la localidad y partió inmediatamente después del acto. Se deshace de la sábana con parsimonia, para no despertar a Lillian, y a tientas se dirige al baño por el oscuro pasillo. Tarda en encontrarlo. Hace meses que debería haber ido al médico, pero sigue alargándolo. Le duele el cuello. En la pierna derecha siente tirones y calambres casi insoportables. Tiene dolor de espalda. Enciende la luz y llena la bañera de agua caliente. La lesión que se hizo jugando un partido de polo, casi treinta años atrás, lo atormenta ahora más que nunca. Se cayó del caballo en una competición inútil en la que su equipo no tenía posibilidades de ganar. No tenía sentido seguir luchando. Sin embargo, Walt y su equipo –del que también formaba parte Spencer Tracy– continuaron jugando imperturbables hasta el momento del accidente. “¡No rendirse nunca!”, decía uno de los mandamientos de Walt. El golpe le afectó tres vértebras cervicales que nunca se curaron del todo. Un quiropráctico muy apreciado en Hollywood, a quien frecuentaban estrellas, directores y productores, hizo creer a Walt que podía curarle la lesión sin tener que vendarle todo el cuerpo; sin corsé, sin escayola en el torso. Una decisión equivocada cuyas graves consecuencias aún lamenta. Mete su largo cuerpo dentro de la bañera caldeada. Deja que entre más agua caliente, abriendo y cerrando el grifo con los dedos del pie izquierdo. Lleva dos días sin que le den el masaje. El dolor de las vértebras lo tortura más de lo normal. En su estudio de Burbank, se tiende bocabajo todas las tardes a las siete o siete y media sobre una 14
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cama estrecha en una habitación contigua a su despacho. Llama a esta habitación, empapelada con fotografías y dibujos que ilustran la historia de su vida, la sala de la risa. Allí se sirve un vaso de whisky, lo bebe y, a continuación, hace que le apliquen calor. Deja que le masajeen la espalda, la nuca, las caderas, las piernas. Mientras Hazel George, la enfermera del estudio, que lleva veinticinco años siendo su masajista, trabaja sus extremidades, él cuenta alguna cosa de su vida. No tiene muchos secretos; con todo, los pocos que guarda solo los comparte con Hazel George. Por lo general, sus cuidados le proporcionan alivio, aunque por poco tiempo. Sin embargo, últimamente, incluso tras reiteradas compresiones y minuciosa fisioterapia, el dolor punzante aún persiste a veces. Cuando Walt y Roy aparecen para el desayuno, poco después de las siete, la pareja de anfitriones, el señor y la señora Othic, están sentados en la soleada cocina, en un estado de alegre agitación. Se sienten orgullosos, incluso muy orgullosos, de alojar a los hermanos. Se conocen –casi se podría decir que son amigos– desde el año 1956, cuando Walt bautizó con su nombre la escuela primaria de Marceline. Cincuenta años atrás había en Marceline un hotelito, el Allen, situado en el primer piso encima de Murray’s, la tienda de ropa de Kansas Avenue –la calle principal–, a pocos pasos de la estación. El Allen cerró a mediados de los años cuarenta, cuando Marceline perdió parte de su relevancia en la industria del carbón y como enlace ferroviario. A mediados de los sesenta, solo había un motel de nueva construcción en la periferia de la población, el Lamplighter, una casa fea, de construcción tosca y habitaciones deslucidas. Pero como diez años antes, en 1956, no existían ni el Allen ni el inadmisible Lamplighter, Walt había llamado al alcalde para decirle que, durante su estancia de dos días en Marceline, prefería alojarse en una casa a que lo acomodasen en Macon o Moberly, las únicas poblaciones importantes de los alrededores. No obstante, la casa tenía que tener aire acondicionado, exigió. Eso le facilitó la elección a Eddie Strayhall: de los dos mil cuatrocientos ochenta y ocho habitantes de Marceline, solo una familia tenía aire acondicionado en esa época, la de Othic, un acaudalado granjero, criador de martas cibelinas, que se 15
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había hecho construir una lujosa villa de cuatro dormitorios y dos baños en Kansas Avenue, esquina con Bisbee Street. Era una construcción grande, de ladrillo de color rojo intenso, diferente de las demás casas de Marceline; uno la habría situado en los barrios más aristocráticos de una gran ciudad, no en pleno campo. Desde entonces, ambos habían estado en contacto –dos de los hijos de los Othic habían estado en Los Ángeles invitados por Walt en más de una ocasión, lo que les permitió conocer Disneylandia como visitantes especiales. Walt los acompañó de atracción en atracción. Por Navidad, los dos chicos y la benjamina de los Othic recibían abundantes regalos del señor Disney, a quien los tres chiquillos podían, o mejor dicho, debían, llamar tío Walt: él insistía en este tratamiento. Salvo unos pocos escogidos, nadie sabe cuándo llegó Walt a Marceline ni dónde pasa la noche. A las siete de la mañana un grupo de personas se congregó ante el Lamplighter; pero se extendió como la pólvora la noticia de que Walt se alojaba de nuevo –igual que diez años atrás– en casa de los Othic. Después del desayuno apura su primer Lucky Strike del día, tanto que las puntas amarilloverdosas de sus dedos apenas pueden sostener la colilla. Y de inmediato enciende el siguiente, con el rescoldo del anterior, y se lo fuma con la misma ansiedad. Walt y Roy llevan traje color antracita de la casa Klein & Hutchinson, de Cañon Drive (Beverly Hills), fino y hecho a medida; camisa blanca y corbata: Walt de color azul claro y Roy ocre. Siguiendo su costumbre, Walt ha metido un pañuelo blanco de adorno en el bolsillo de la chaqueta y ha abrochado a la altura del pecho el alfiler de corbata dorado, que lleva años poniéndose. Ni siquiera aquí, en el campo, rompen los hermanos su código indumentario autoimpuesto. Con una única excepción: esta mañana calzan botas, unas botas camperas de cuero negro. Lillian y Edna todavía duermen cuando sus maridos dejan la casa. La víspera tomaron unos medicamentos muy fuertes que Lillian siempre lleva consigo. Desde hace algunos años, también Edna sufre severos trastornos del sueño. Los hermanos desean pasear inadvertidos hasta la casa de Missouri Street, esquina Broadway, que había sido, hace más de medio siglo, el hogar de la familia: Elias, el padre, fla16
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co, desgarbado y a menudo de malhumor; Flora, la madre, con la boca torcida de dolor y los ojos casi siempre tristes; Ruth, la hija de dos años, y sus hermanos, mucho mayores que ellos, Herbert y Raymond, que entonces se escaparon de casa porque ya no soportaban la mezquindad de Elias, ni su despotismo, ni los castigos físicos a que los sometía. Roy y Walt tienen la esperanza de llegar al riachuelo al que iban a pescar con los chicos vecinos (los hijos de los Taylor) y con Clem Flickinger, sin que nadie del lugar los reconozca y los siga. Quieren estar solos, repasar sus recuerdos sin ser molestados. Están deseando viajar al pasado. La mañana huele a tierra húmeda, a hierba fresca, un olor a estiércol de vaca viene de la lejanía. El 10 de septiembre de 1966 es sábado. Los niños no tienen colegio. Cuando los hermanos dejan atrás la primera manzana de casas en dirección norte, alejándose del centro de la población, a las ocho menos cuarto de la mañana, les sale al encuentro el grupo que los esperaba frente al Lamplighter y otras personas de Marceline, unidas a la pandilla original, armadas con cuadernos, diarios, lapiceros, bolígrafos, estilográficas… Asaltan a Walt: “¡Hey!”, “Hola”, “¡Yeah!”, “¡Uh”, “Yo”, “Señor”. No se oye otra cosa que el sonido de los garabateos de Walt al escribir. A Roy nadie le pide un autógrafo. Todos se agrupan alrededor de Walt, solo se acercan a él, con el ímpetu de una colmena en torno a la abeja reina. Walt da su autógrafo treinta, cuarenta veces, de buen grado, aunque sin la menor sonrisa. Y todos se quedan asombrados de lo poco que su firma se parece a las letras redondas asociadas a su nombre en las que todos creen reconocerlo; no se parece a la firma que decora los carteles de las películas, las cabeceras de los programas de televisión, los millones de tebeos y libros para niños. Es un soleado día de finales de verano, con unas nubecitas de jirones de algodón. Va a hacer calor en Marceline, Missouri. Las estelas de los aviones de pasajeros que cruzan el continente atraviesan el cielo. Ahora huele a heno recién segado, a manzanas y albaricoques maduros. Walt y Roy reinician su trayecto –a pesar del grupo de personas que los rodean. —A casa –le susurra Walt a su hermano. 17
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—Mejor primero al río –le pide Roy, también en voz baja. —¡Primero a casa! –repite Walt. Y Roy sigue a su hermano pequeño. Al instante. Sin rechistar. Caminan hacia la periferia de la ciudad. Walt tose. La tos de fumador, que lo tortura desde hace veinte años, se ha agudizado. A veces le dura un minuto. El carraspeo de sus ataques suena horrible. Walt jadea. El grupo de acompañantes no cesa de aumentar. Se suman más habitantes de Marceline que salen de sus casas y siguen la peregrinación de los hermanos Disney a los orígenes de su infancia. Uno de los que van detrás de ellos soy yo, Wilhelm Dantine. La víspera alquilé una habitación en el Lamplighter, creyendo que Walt también pasaría la noche allí, puesto que en Marceline no hay ningún otro hotel o motel. Me sorprendió que, excepto un anciano de St. Louis y yo, nadie más se alojara ahí; pero, sobre las seis y media, cuando me bebí mi café matutino y devoré un donut glaseado en la gasolinera, me enteré de que, por lo visto, los hermanos Disney se habían alojado con algún anfitrión. Yo había creído que en Marceline habría variedad de lugares donde alojarse, puesto que allí Walt había pasado los años decisivos de su infancia; creía que vendría gente de todo el mundo para ver con sus propios ojos esta pequeña y peculiar ciudad. Pero cuando llegué, a última hora de la tarde, ya con la luz crepuscular anaranjada, comprendí que era el primer visitante en mucho tiempo que caía por aquí, siguiendo el rastro del pasado de Walt. En principio, el Lamplighter se concibió para conductores de camiones y viajantes, pues fuera de Marceline casi nadie conocía el estrecho vínculo de Walt con este lugar. El día anterior, hice una parada unos treinta kilómetros al oeste, en una cafetería de la pequeña ciudad de Meadville. Algunas ventanas del local, y también las paredes del interior, estaban decoradas con coloridas láminas del ratón y el pato. Mientras pagaba, me preguntaron adónde iba. Señalé a Mickey, Minnie, Donald y compañía. La dueña de la cafetería, de unos cincuenta años y con rulos, y sus jóvenes camareras me miraron inexpresivas. “¡A Marceline!”, añadí. No reaccionaron. Entonces comprendí que, aunque estas mujeres les tenían cariño a las supues18
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tas creaciones de Walt, no sabían absolutamente nada sobre la vida de su creador. Yo había salido de Los Ángeles en mi Rambler del año 1961 y había necesitado mis cinco arduos días para llegar aquí. No es la primera vez que voy de viaje donde él va. Aparezco aquí y allá, en los lugares en los que se deja ver, sean estrenos de películas, inauguraciones de centros comerciales o entregas de premios en cualquier lugar del país. Desde el 18 de diciembre de 1959, día en que me despidieron, ha sucedido seis veces: siempre que me he enterado de estos actos. Walt no me ha reconocido ni una sola vez. En dos o tres casos, crucé con él una mirada –o eso me pareció– que me brindó la sensación de que algo intuía; de que parecía acordarse. Pero entonces, sus ojillos grises continuaron vagando. O, en cierto modo, creía que me atravesaban. Y no teníamos más contacto. Estuve planeando viajar a Marceline mucho tiempo; más de diez años. Quería ver el lugar con mis propios ojos, pero no se me presentó la ocasión hasta este día de finales de verano de 1966. Como se puede imaginar, mis viajes persecutorios no le sentaron nada bien a mi matrimonio ni a mi vida familiar. Mi mujer me reprochaba que viviese inmerso en la fascinación que Walt –pero no ella ni nuestros dos hijos– ejercía sobre mí. La última vez que le vi de cerca fue hace dos años, en el zoo de San Diego. Era el verano de 1964 y él estaba donando un cachorro de león que el político sudafricano, Hendrik Verwoerd, entonces primer ministro, le había traído como regalo en una visita oficial. En aquel momento, Walt parecía –o a mí me dio esa sensación– todavía joven. Ahora, en Marceline, se le veía asombrosamente envejecido y su modo de comportarse no se parecía tanto al de un político como en las otras ocasiones en que lo había visto. Quizá sentía que aquí no era necesario fingir, pues en el corazón de Missouri se conducía de forma más relajada. Roy, en cambio, a quien alcancé a ver mucho menos, me parecía siempre igual, inalterable. A mi juicio, tenía exactamente el aspecto que se atribuiría a un anciano contable del Medio Oeste. Los hermanos siguieron la Missouri Avenue en dirección norte con el grupo de acompañantes, que entretanto había aumentado hasta las sesenta personas, a sus espaldas. Nos manteníamos –puedo atestiguar19
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lo, puesto que me hallaba en medio– a una distancia prudencial. Roy y Walt no parecían demasiado molestos con nosotros. Aunque cada pocos pasos se giraban hacia el grupo, no percibí en ellos ninguna señal de hostilidad o aversión. Se habían hecho a la idea de volver al pasado con mucha compañía. —¡Eh, vosotros! Mi abuela, la señorita Passig, era vecina vuestra. ¿Os acordáis? –gritó un joven–. Decía que Roy estaba perdidamente enamorado de ella. ¿Es verdad? —Hola, hermanos. ¿Nos recordáis? Soy Eileen –gritó con alegría una anciana decidida. Llevaba la ropa de los domingos: un vestido largo negro y un sombrerito rosa ladeado–. Vuestra madre compraba el hilo de seda en nuestra tienda. Y casi toda vuestra ropa. Yo me acuerdo perfectamente de vosotros, cuando érais unos mocosos. Todos rieron. En la esquina de la Missouri Avenue con Bigger Street se unió todavía más gente a nuestro pelotón, poniéndose a la cabeza del grupo para ver a los hermanos de cerca, aunque sin atreverse a pedirles un autógrafo. Uno de los recién llegados llevaba un ancho sombrero vaquero de color beis y, prendida en la camisa vaquera azul descolorida, la estrella de sheriff. No iba armado. —Usted no es de aquí, ¿verdad? –me preguntó un chico de doce o trece años que caminaba a mi lado. Llevaba una caña de pescar en la mano derecha. —Me he mudado hace un mes. —Pues no lo he visto nunca. Desde por la mañana temprano, me cuidaba de no llamar la atención, de que no me tomaran por un extraño. Había ocultado mi larga melena bajo una gorra de los Yankees. Llevaba ropa corriente: vaqueros negros y una camisa gris de manga corta. También los zapatos eran muy normales, un par gastado de mocasines marrones. Unos pasos después, la anciana que antes había suscitado las carcajadas se dirigió a mí: “Hey there, hi there. Usted no es de aquí, ¿a que no? Soy Eileen Murray. ¿Y usted es…?”. Parecía una directora de colegio jubilada. Le dije el primer nombre que me vino a la cabeza: “Charles”. —¡Charlie! Como Chaplin. ¿Y qué más? 20
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—Webster. Charles Webster. –Era un compañero del instituto que no me caía demasiado bien, y siempre recurría a su nombre cuando no quería dar el mío. —Encantada. Eh, chicos, escuchad: este de aquí es Charlie Webster. ¿Y de dónde, si se puede preguntar? —De origen… neoyorquino. —¿De veras? Aquí rara vez viene alguien de tan lejos. ¿Y ha venido usted por Walt? —Solo de casualidad; pasaba por aquí. —Eso sí que es extraño. Aquí no cae uno por casualidad. Si no estamos cerca de ninguna carretera principal… La atención que se me prestaba de pronto me estaba resultando sumamente molesta. —Pues le ha pillado a usted aquí un día muy especial, ¿no es cierto? –continuó la señora Murray–. Precisamente el día de inauguración de la piscina. ¡Enhorabuena! Asentí por cortesía. —Yo tenía dieciocho años –prosiguió la mujer– cuando los padres de Walt se trasladaron de Chicago a Marceline. Eso es inimaginable hoy, señor Webster, cómo se malvivía, las condiciones que había que soportar, especialmente la familia Disney. ¡Esa pobreza! Tanta precariedad. No había electricidad, ya sabe, y el agua había que traerla de los pozos. De baño dentro de casa, ni hablar. Lo hacías todo al aire libre, por supuesto, también en pleno invierno. Incluso cuando nevaba mucho. En el mejor de los casos, había una pequeña cabaña de madera, como la que aparece a menudo en las primeras películas de Walt. Entonces América era como África ahora. Eso lo han olvidado las generaciones siguientes; ya nadie piensa en cómo eran las cosas antes, en cómo se vivía aquí. Por supuesto, las ciudades grandes eran otra cosa, modernas y tal. Pero luego vinieron los años de la Gran Depresión, los años veinte y treinta. Inimaginable, señor. No sé, ¿usted cuántos años tiene? —Casi treinta. —Entonces, por descontado, no tiene usted ni idea de cómo era antes, y siendo niño de ciudad, menos aún. ¡Dios mío, Nueva York! 21
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Imagínese: antes aquí las casas estaban llenas de pulgas y bichos. Chinches, ratones, ratas. Antes de que los hermanos mayores de Walt –me refiero a Herbert, el mentiroso, y a Raymond, el feo– se fueran de Marceline, vivían siete personas en un espacio diminuto. Los cinco niños dormían en una habitacioncita, y eso que los dos mayores ya estaban creciditos. Unos muchachos increíblemente antipáticos, por cierto, esos dos. —¿En qué sentido? —Eran unos insolentes, siempre estaban descontentos; siempre a la gresca. Unos golfos. —¿Y Walt? —Encantador. Servicial. Divertido. ¿Sabe usted cuál era su plato favorito? —Ni idea –afirmé yo, aunque claro que sabía la respuesta. —Su plato favorito era el pastel de manzana que hacía su madre. A todo el pueblo le encantaba el pastel de manzana de Flora. Lo hacía con las manzanas que crecían en los árboles de su jardín. No tuve que pedirle a la señora Murray que me abriera el baúl de sus recuerdos. Parlotear sobre la niñez de Walt le proporcionaba un gran placer: “Tenía unas dotes increíbles, a los siete u ocho años ya sabía dibujar estupendamente. Cuando salía de la escuela y no tenía que ayudar a sus padres con las labores de casa y del campo, se tendía bajo el olmo –ahora lo verá– y se quedaba ahí durante horas dibujando los animales que pasaban, caminando, volando o brincando por allí: pollos y patos, saltamontes, hormigas y ardillas, cuervos, liebres y corzos, zarigüeyas, ratones. Por supuesto, ratones. ¡Ratones, por el amor de Dios!”. Walt y Roy caminaban cada vez más rápido, intentando librarse de nosotros, que éramos al mismo tiempo sus acompañantes y sus perseguidores. No lo consiguieron. Y cuando llegamos a la esquina de Missouri Street con Broadway, ya éramos unos cien entre hombres, mujeres y niños. –¡Esa era la granja! –Eileen Murray señaló una casa de madera de dos pisos, pintada de color rojo oscuro, hacia la que se dirigían los hermanos Disney. ¡Cuántas veces nos había hablado Walt de la gran22
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ja de Marceline! ¡Cuántas veces mencionó el traslado de Chicago a Marceline! Su padre, un carpintero sin trabajo, ya no aguantaba más en la gran ciudad. El barrio pequeñoburgués en que vivía la familia, en el noroeste de la metrópolis, se había ido convirtiendo en una zona cada vez más frecuentada por prostitutas y proxenetas. Elias Disney temía que sus hijos mayores –que en aquel entonces tenían quince y diecisiete años– pudieran descarrilar el tren de sus vidas, si no se los llevaba de Chicago y se mudaba con la familia al campo. Un tío de Elias, Robert, y su esposa Margaret, habían adquirido una granja en Marceline pocos años atrás; ahora, el sobrino siguió sus pasos, con su mujer y sus hijos, y se hizo agricultor. Walt cruzó el porche de su antigua vivienda y llamó a la puerta de entrada. La familia al completo salió a abrir: el padre, la madre y dos hijas, ambas adolescentes con sobrepeso. Eileen indicó que los Westfall habían venido de la aldea vecina de New Cambria y habían adquirido hacía pocos años la antigua propiedad de los Disney –que estaba completamente destruida–, junto con el pequeño terreno colindante, la habían restaurado y habían cultivado de nuevo la tierra. Vi cómo Walt les enseñaba a los Westfall el lugar de la pared sur del edificio en el que, cuando tenía ocho años, había dibujado con alquitrán un cerdo de más de tres metros y medio de ancho y dos y medio de alto. La imagen la realizó un día de mercado, cuando sus padres se fueron a Macon para comprar una cerda. –Por supuesto, cuando papá y mamá regresaron a casa por la tarde –era la primera vez en dos años que oía su suave voz, melodiosa y al mismo tiempo grave; como siempre, sentí un escalofrío– y vieron que mi obra de arte tapaba con alquitrán media puñetera pared, recibí una buena tunda: mi padre me dio unos azotes en el trasero y mi madre, dos bofetadas. Los hermanos fueron invitados a echar un vistazo a la casa, a entrar en las habitaciones en las que habían vivido. Entre ambos iba un hombre de baja estatura, de unos sesenta años, que había aparecido de pronto de la nada y se había echado en brazos de Walt. Era Clem Flickinger, según supe por la señora Murray, el vecino de antaño, el amigo de la infancia de Walt, con quien jugaba a diario. Los hijos de 23
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los Taylor, John y Red, sus otros camaradas de juegos, se habían mudado hacía mucho. Ruth, la hermana más pequeña de Walt, que con tres años se había enamorado de John Taylor –que tenía ocho–, había regresado a Marceline en 1950 en busca de su amor de la infancia. Pero este ya no vivía allí, es decir, había caído el 6 de junio de 1944 en Francia; fue uno de los primeros soldados que desembarcaron en la invasión de Normandía. –Clem enseñó a pescar a Walt sin aparejos –me susurró Eileen–. Solo se llevan un par de meses, son de la generación de 1901. Venga, le enseñaré el árbol, ¿quiere? Mientras los chiquillos están en la casa… ¿No le asombra, señor Webster? Para mí aún son chiquillos, eso no ha cambiado en absoluto. Me hizo avanzar unos treinta pasos por la calle Broadway, que no era más ancha que un camino. Allí, detrás de la casa, se alzaba en mitad del prado un olmo vetusto y gigantesco. Me subí a él, palpé su corteza gris y agrietada, acaricié su tronco y alcancé las hojas que temblaban al viento. –Ahí se tendía, es como si lo estuviera viendo, se tumbaba boca abajo, con lápiz y papel, una especie de papel de embalar áspero, porque nadie tenía papel blanco de ese tan bonito, y ahí se quedaba echado, y dibujaba y dibujaba y dibujaba…, sabe Dios cuántas horas; sí, señor, durante horas. Llevaba conmigo una pequeña Instamatic de Kodak; la levanté, estiré el brazo y me fotografié a mí mismo delante del tronco del árbol, que parecía la rueda dentada de una enorme máquina: la corteza semejaba diez largas púas dispuestas en circulo, apiñadas de forma inusitadamente uniforme unas al lado de otras. –Me parece a mí que usted está interesado en Walt, ¿no? –intuyó mi acompañante–. Podría haber dicho antes que quería usted hacerse una foto bajo el árbol de pensar de Walt, bajo su árbol umbilical, como yo lo llamo, porque en él se tendía boca abajo y pintaba y dibujaba. ¡Por el amor de Dios, podría haberle sacado yo la foto! Le saqué yo una foto a ella y se rio. Con la mirada fija en el suelo, gritaba: “No, por favor, no lo haga”, pero parecía contenta. Walt nunca nos había hablado de este árbol. 24
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Estrujé una hoja entre los dedos y aspiré profundamente su olor amargo. Arranqué una ramita con hojas y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Vi que, justo al lado de las raíces del árbol, nacía un manantial del que fluía un riachuelo hacia campo abierto. La señora Murray no podía hacerse una idea de hasta qué punto sus palabras me electrizaban y despertaban mi curiosidad. Y está claro que ella disfrutaba tomándome a mí, el único forastero, bajo su protección. –Lo de la lechuza tampoco lo sabe casi nadie, señor Webster –prosiguió–. Sí, puede que Clem conozca la historia. Pero nadie más. ¿La quiere oír? Walt estaba aquí un domingo, como siempre, reflexionando sobre la vida y dibujando; entonces, de repente, oyó el ulular de una lechuza, justo aquí, sobre él, en estas ramas. Un hermano de su padre, a quien quería mucho, venía a menudo de visita; no tenía domicilio fijo, sino que vivía aquí y allá, desaparecía y volvía a aparecer. Walt lo llamaba tío Elf, es decir, tío Elfo, porque realmente era como un duende benefactor, y Elf siempre le advertía a Walt de que las lechuzas eran mensajeras de la muerte. Quien desde su ventana escuchaba gritar a una lechuza se moría al día siguiente. Walt saltó tan rápido que a la lechuza no le dio tiempo de escapar y la agarró por las patitas. Cuánto debió chillar la pobre criatura mientras Walt la estrangulaba y le daba golpes hasta matarla. ¡Qué chillidos, Dios mío, qué gruñidos! A Walt se le puso la carne de gallina de una manera espantosa en la espalda, en la nuca y en la cabeza. Y luego enterró al pobre mochuelo aquí, bajo este árbol, a mucha profundidad. Le puedo enseñar el lugar; ahí, exactamente ahí, justo al lado de la fuente… Curiosa, la historia, ¿no le parece? Y es que, en verdad, las lechuzas se cuentan entre los enemigos más terribles –junto con los gatos, quizá– de los ratones, ¿no es verdad? Walt y Roy salieron de la casa; los acompañaban Clem Flickinger y la familia Westfall. El grupo se dirigió hacia el olmo. –¿Ve usted, señor Webster, ese lugar despejado donde están ahora los chiquillos? Ahí estaba el granero, que era bien bonito, ahí fue donde Walt ganó su primer dinero. Les puso a los patos, las liebres y los lechoncitos unas prendas de ropa; unos graciosos pantaloncitos de 25
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lana y camisitas; resultaba una bobada muy divertida. Luego dejaba entrar a la gente y exigía unos centavos a cambio; a mí también me dejó, por supuesto; de hecho, yo era la mayor del público. Luego, hace un par de años, según leí en los periódicos, a partir de viejas fotos hizo construir un granero en su jardín de Los Ángeles, igualito a este. Un trozo de Marceline, que siempre tenía cerca… Retrocedí hasta que me mezclé otra vez con el grupo de simpatizantes, que, entretanto ya habían alcanzado el prado. –Hombre, el forastero, ¿todavía entre nosotros? –dijo el joven de la caña de pescar a quien yo antes había rehuido. Me hizo señas, contento de volver a verme. –Este es Michael, mi nieto –me aclaró la señora Murray–: un muchacho dulce e inteligente; así era Walt a su edad. –Abuela, este hombre dice que vive en Marceline desde hace un mes. Eso no es verdad, ¿no? Lo conoceríamos, ¿no es cierto? La señora Murray sonrió. –Aquí en Marceline somos un pueblecito homogéneo. No hay negros entre nosotros, ni nadie de Asia, ni descendientes de indios. Gracias a Dios. Enseguida sabemos quién es de aquí y quién no. ¿Lleva aquí alguien una gorra de los Yankees? ¡Pues entonces! El joven se mostró complacido: –Como dice el pastor Brown: “Las mentiras tienen las piernas cortas”. –Ha sido un malentendido –murmuré. Walt estaba rodeando con los brazos el ancho tronco del olmo; lo abrazó y presionó las sienes contra la corteza, tan fuerte que la mejilla se le desplazó hacia arriba y le dejó el ojo semicerrado. En todos los años que lo traté, nunca lo vi tan afectuoso como en ese momento. Entonces se soltó, se limpió el carrillo, se enderezó la corbata y se sacudió los trocitos de corteza que se le habían quedado prendidos de la chaqueta. Y hundió las manos en los bolsillos de los pantalones. –Está buscando una moneda –me susurró la señora Murray–; entre nosotros es costumbre lanzar monedas a las fuentes. Trae suerte; mucha suerte. 26
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Walt se estuvo contemplando un buen rato la palma de la mano. Y exclamó en alto, lo bastante alto para que todo el mundo lo oyese: “Ni un penique. Solo monedas de cinco y diez centavos. Y de veinticinco”. Y las monedas volvieron tintineando al bolsillo. Luego estiró el brazo, señalando a lo lejos y dijo: –Allí abajo, por donde el estanque, yo iba siempre montado en la cerda Porker. Me dejaba subirme, sin problemas, cabalgaba sobre ella veinte y treinta metros bien a gusto. Hasta que llegábamos a un punto, siempre el mismo, ante la charca de barro, ¡y me tiraba! Aquella cerda era mi animal favorito y estoy seguro de que entendía cada palabra que le decía. Era increíblemente lista. Convencí a mi padre de que no la sacrificase. Jugué con ella todo el tiempo que viví aquí: montar, cabalgar, tirarme a la charca… Fue el juego más divertido de mi vida. –Por supuesto, de muchacho, experimentó lo que significa la vida del campo –continuó Eileen–. La matanza y el despiece, la cosecha y la siembra, el nacimiento y la muerte de las vacas y los caballos, de los gatos y los perros. Solo asistió una vez a la matanza de un cerdo, y se sintió tan terriblemente mal que vomitó. Se dice que, desde entonces, no puede soportar ver sangre, sea de animales o de personas. Cuando yo era niña la matanza me resultaba, de algún modo, emocionante. Miraba cómo un cerdo, un ternero o una cabra se desangraban colgados de un gancho cabeza abajo. Antes yo era como un chico. Y Walt como una chica. Él no soportaba ver las tripas fuera. Y no toleraba el olor. –Aquí –oí que Roy le susurraba a su hermano, tan fino tenía yo el oído entonces– es donde mirábamos las liebres, ya sabes. ¡Qué silvestres y trabajadoras eran! –Y allí –Walt señaló en la dirección opuesta– pillamos en flagrante delito al puñetero zorro que siempre nos robaba las gallinas. –Y al que yo no pude matar porque tú eras tan sensible. De pronto comenzó a caminar hacia mí; me empezaron a temblar las rodillas. Walt Disney me miró, puede que medio segundo, directamente a los ojos. Y siguió adelante sin volver la mirada. –Y ahí está el estanque –dijo Walt y abrazó a Clem– en cuya orilla nos agachábamos al alba imitando el reclamo de las patas. ¡Y atraía27
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mos a todos los machos de los alrededores! ¡Qué decepcionados y qué furiosos se sentían (aquello sí que eran auténticos arrebatos de cólera) en cuanto se daban cuenta de que los habíamos engañado! Walt imitó el reclamo, ese alboroto quejumbroso de las hembras, que yo conocía de épocas anteriores. Seguía sonando plenamente convincente. * Cuando la muchedumbre alcanzó el arroyuelo, unos seiscientos metros al oeste, al final de Julip Road, seríamos unas doscientas personas. Todas se movían y estaban agitadas. Aquello parecía un hormiguero en el que un niño mete una pajita para contemplar el ajetreo confuso y la carrera hacia la salvación de las diminutas criaturas. Nos apiñamos en un puente. Los hermanos Disney –animados y asesorados por Clem– se quitaron las chaquetas, se arremangaron los puños y metieron las manos desnudas en las turbias aguas del río Wolf. No pescaron nada. Michael, en cambio, había lanzado la caña de su hermano y, después de unos minutos, un siluro de tamaño medio –que aquí se conoce como cat fish, es decir, pez gato– pendía del anzuelo. Cogió el pez –convulso de agonía– para entregárselo a Walt y Roy como regalo. De todas partes llegaban los vítores, un homenaje de la población a sus hijos predilectos. Walt apartó la vista mientras el joven dejaba el pez sobre una roca lisa con ayuda de Roy. Lo golpeó y lo volvió a golpear en la huesuda cabeza hasta matarlo. ¿Ha saltado un corzo entre los arbustos, a mis espaldas, o me lo ha parecido? –¿Aquí, en el río Wolf? –Eileen se burló de mí. No porque yo creyese haber visto un corzo, más bien porque dudaba de ello–. Santo cielo, los hay a montones. Más de los que nos gustaría. Pero pronto se abrirá la veda, gracias a Dios. La aglomeración acompañó a los huéspedes de honor a la casa de la familia Sherwood, en la esquina de Chesnut y California Street. Allí 28
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esperaban a los hermanos Disney para comer. Aún eran las diez de la mañana. Se abrió la puerta. Oímos cómo les daban la bienvenida, más de dos horas antes de lo que habían acordado. Se trataba de la casa de los descendientes del doctor Sherwood –un médico rural– cuyos campos de maíz y mijo eran los más extensos de Marceline a comienzos de siglo. Tenía más ganado que cualquiera de los demás habitantes. Formado en Chicago, era el único médico de la zona y, al mismo tiempo, se dedicaba a la agricultura, oficio que había heredado de sus antepasados. A los ocho años, Walt dibujó el caballo de yunta más viejo de Sherwood, Old Man, al que el chiquillo tenía que vigilar a menudo, pues de puro cansancio no podía dar un paso. Al doctor Sherwood le gustó tanto el dibujo del caballo exhausto, hecho con dos lápices de distinto grosor, que, en pleno verano de 1909, le pagó al joven una pequeña fortuna: veinticinco centavos. Walt se giró hacia la multitud y exclamó: “¡Nos vemos de nuevo por la tarde! Muchas gracias por la agradable compañía”. Saludó y desapareció con Roy en la sencilla granja, contento de librarse de la turba por un par de horas. Un murmullo recorrió las filas; la gente se había hecho a la idea de pasar el día entero con los Disney. Alguno llamó a la puerta de los Sherwood, otros –entre ellos el sheriff– miraban por las ventanas. No dejaron entrar a nadie, ni siquiera a Clem; tampoco a Michael, cuya presa Roy había envuelto en un trozo de papel de periódico y había llevado a la casa de los Sherwood. La gente fue abandonando el escenario y se retiró con delicadeza. Solo una pequeña panda de niños se quedó en las cercanías de la granja, apoyados contra troncos de árboles, viejos tractores, pacas de heno recién hechas o sentados sobre la hierba segada. Entretanto, empezaba a hacer mucho calor en Marceline. –Venga a casa –la señora Murray me agarró la mano y la colocó entre las suyas–: así nos conoceremos un poco mejor. –Se lo agradezco… –retiré la mano y me disculpé diciendo que no quería desilusionarla, pero que prefería seguir mi propio camino. Pasé por la tolva de carbón, que llevaba tres años fuera de servicio; la frágil estructura de metal se destacaba, fuertemente oxidada, contra el cielo. Antiguamente abastecía de combustible sobre dos raíles a las 29
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locomotoras de la línea Atchison, Topeka & Santa Fe. La estación estaba en las inmediaciones, una construcción de dos pisos ahora vacía hecha de ladrillo, de la que solo quedaba intacta una sala de espera pequeña y polvorienta en la que olía a tabaco, orina y madera podrida. La mayoría de las ventanas del edificio estaban rotas, y sobre el andén resquebrajado había esquirlas de cristal. Al cartel deteriorado le faltaban las letras L y N. Un tren expreso atravesó la estación rápidamente, con un silbido resonante. Sobre la lujosa locomotora diésel estaban pintadas en rojo vivo las palabras “Santa Fe Super Chief”, y yo conté los vagones, como cuando era niño y acabábamos de llegar a Los Ángeles y vivíamos en el barrio de Encino, muy cerca de un terraplén de vías férreas. Intenté, como hacía entonces, distinguir a los pasajeros; solo reconocí al cocinero, con su gorro blanco, que estaba de pie ante la ventana de la cocina del vagón comedor, fumando un cigarrillo y mirando hacia fuera. Cinco minutos después, hizo su parada un tren regional que venía de Quincy, Illinois, y se dirigía a Kansas City. No bajó nadie del tren. Nadie subió. En el lateral estrecho de la estación había un parque pequeño, llamado E. P. Ripley, en honor de quien había sido presidente de la sociedad de ferrocarriles Santa Fe muchos años e íntimo amigo de Roy y Walt años más tarde. En el medio se alzaba un pequeño pabellón, donde hacían conciertos los domingos y días festivos, y a un lado, una vieja locomotora de vapor, un modelo de los años treinta que los niños de Marceline utilizaban para trepar por ella y jugar. Inmediatamente, al lado de la zona verde comenzaba la calle principal, un pequeño tramo de la Kansas Avenue, jalonada de construcciones pequeñoburguesas de poca altura. Una pancarta tensada cruzaba la calle y revoloteaba en la brisa templada: “Welcome Back Walt and Roy” [Bienvenidos de nuevo, Walt y Roy]. El edificio de los bomberos, la peluquería, el ayuntamiento, la tienda de dulces y la de ropa, incluso el pequeño cinematógrafo: todos estos edificios se parecían de una manera asombrosa a los que bordean Main Street usa, la calle principal de Disneylandia, aunque aquí están construídos a una escala algo menor. Me pareció que la semejanza 30
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más clara era el caso del edificio de la esquina, en el que antes se encontraba el hotel Allen y que ahora estaba casi vacío y se desmoronaba poco a poco, muy poco a poco. En el mundo de fantasía de Walt que, de hecho, existe en realidad, se vuelven a encontrar los mismos colores, los mismos materiales de construcción, los mismos marcos en las ventanas y la misma forma para los tejados. Durante una discusión conmigo, Walt reconoció abiertamente que su reino de Anaheim estaba completamente basado en el trazado de Marceline. Con todo, hasta el 10 de septiembre de 1966 no supe hasta qué punto tal reconocimiento hacía honor a la verdad. Incluso la línea de tren que circulaba por el Reino Mágico, y la fijación apasionada de Walt por las locomotoras de vapor, las vías férreas, los pasos a nivel, los vagones de pasajeros y los vagones restaurante tenía su origen en este pequeño lugar de Missouri, que los trenes atravesaban unas cuarenta veces al día. El hijo mayor de Eileen, Edgar, dirigía la tienda de ropa Murray’s, propiedad de la familia desde 1898. Estaba en la planta baja del edificio Allen. Aquí, en el año 1906, Flora Disney le compró a Walt su primer peto vaquero. Cuando entré en la tienda, sesenta años después, pude admirar las mismas vitrinas con marcos de caoba, que perduraban desde comienzos de siglo. A Edgar, un hombre de cara flácida, mejillas coloradas y ojos llamativamente pequeños, lo había llamado su madre por teléfono inmediatamente antes de mi entrada. “Yes, Mom, I promise” [Sí, mamá, te lo prometo], oí que decía dos veces, incluso tres. Cuando colgó el receptor, yo ya estaba a su lado. Pacientemente, caminó conmigo con grandes zancadas por la oscura estancia del tamaño de una sala de fiestas, me enseñó toda la mercancía, incluida la que quizá sea la colección de sombreros de señora más curiosa que yo haya visto jamás. –¿Qué le trae por aquí, señor Webster? –me preguntó. –Solo estoy de paso. Casualmente. –¿No le dijo a mi hijo Michael que llevaba usted un mes viviendo aquí? –Eso fue… un error. 31
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–¿Un error? –Un… un malentendido. –Me permite preguntarle, ¿a qué se dedica usted? –Ayudo a mi padre en su negocio. No está muy bien de salud últimamente. –Pensaba que venía usted de Nueva York. He visto su Rambler aparcado delante del Lamplighter. Su matrícula es de Chicago, ¿cómo es eso? –Porque… porque yo en Los Ángeles… quiero decir, porque yo en Chicago… porque mi padre vive allí. –Estados Unidos es un país libre, señor Webster. Puede usted hacer lo que le plazca. Solo me ha resultado interesante. –Mi padre dirige una cadena de tintorerías. Hace un par de años me pidió que indagase si existía la posibilidad de expandirse a otros estados. –¿Por qué no habría de haberla? –Exacto… –Pero ¿qué es lo que le trae precisamente a Marceline? –Como le he dicho… estamos pensando que también en Missouri… –Por eso vive usted ahora en… Nueva York. –Viajo mucho. –¿Le gusta Marceline? –Mucho. Es un sitio muy bonito. –El sitio de Walt. –Eso he podido… comprobar hoy. –Aún queda lo mejor, señor Webster, la inauguración de la piscina y el parque municipal. Una casualidad curiosa, que esté usted aquí, justamente hoy, cuando Walt y Roy se hallan entre nosotros. –Si usted lo dice. Le compré a Edgar Murray un par de calcetines grises (un setenta y cinco por ciento de poliéster y un veinticinco por ciento de algodón) por un dólar, y me apresuré a abandonar la tienda. –En el Lamplighter me han dicho que no está usted registrado allí con el nombre Webster. Rompí a sudar. 32
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–Cuando estoy de viaje… me sirvo a menudo… del nombre de soltera de mi madre. –Por supuesto. –Y tras una pausa–: ¿Por qué? * Mientras caminaba, cavilé si no sería más aconsejable terminar de inmediato mi estancia en Marceline. Sin embargo, se impuso el deseo imperioso de ver a Walt una vez más, de volver a oír su voz, de observar sus movimientos –aunque fuera por unos minutos–. Y la oportunidad de llevar por fin a cabo mi plan esa misma noche entró en el terreno de lo concebible. Me temblaba todo el cuerpo. ¿Cómo iría la confrontación? ¿Cuándo comenzaría exactamente? Necesitaba descansar antes de la ceremonia de inauguración, tenía que recuperar sueño, me había pasado casi toda la noche anterior despierto. Al lado de la iglesia baptista Bethany –un edificio de hormigón marrón grisáceo en Howell Street–, el terreno de la Walt Disney Elementary School se extendía hasta Santa Fe Street abarcando toda una manzana. Recordé lo que había contado Walt en 1956, tras regresar de Missouri en aquella ocasión. Durante la ceremoniosa inauguración surgió un pequeño escándalo. Walt se levantó de entre los invitados y comenzó su saludo diciendo: “Me he acostado con dos mujeres de las aquí presentes”. Lillian estaba sentada en la mesa del banquete al lado de su esposo. La sonrisa se le congeló en la boca. Según la narración que Walt hacía del acontecimiento, un murmullo de indignación recorrió la sala. Algunos padres de familia se levantaron para abandonar el local. Entonces, Walt añadió: “La segunda es la señorita Lola Harrity, mi niñera de antaño, que está sentada en primera fila”. El público suspiró, algunos incluso sonrieron. “La señorita Harrity, que siempre olía a gloria –prosiguió Walt– tenía que arrastrarme a la cama por la noche cuando mis padres y mis hermanos todavía estaban ocupados con la cosecha o con cualquier otra cosa. Cuidó de mí y de mi hermana Ruth, le pagaban con mantequilla y leche. Cuando ella estaba con nosotros, yo lloraba sin cesar, decía que me era imposible dormirme si no se tumbaba conmigo”. La señorita Harrity se había 33
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puesto colorada y miraba consternada el suelo. Murió poco después, sin haber llegado a cumplir los setenta. –¿Quiere entrar? –oí la voz de Michael a mis espaldas. Es obvio que me había seguido, no me había dado cuenta–. La puerta del colegio siempre está abierta. Me condujo hasta una enorme vitrina que no estaba lejos de la entrada. Dentro había un banco escolar de madera con patas de hierro forjado. Sobre la superficie ligeramente inclinada reconocí las iniciales WD grabadas con la punta de una navaja. Mis iniciales, las iniciales de Walt. –Adivine quién se sentaba en este banco, señor Webster. ¿A que ya lo ha adivinado? En donde se encuentra ahora este edificio estaba antes la Park School, la escuela de Walt. La abuela dice que era un buen estudiante, no como yo. Sabía escribir y leer de primera, ¡y aprendió aquí, en Marceline! Yo quiero ser pescador y cazador, por eso no me importa no ser buen estudiante. No sin orgullo, me enseñó el gimnasio y la sala de reuniones, decorados por el publicista de Walt, Bob Moore, el año de la inauguración, con reproducciones gigantescas de los personajes de Disney. Pensé que los sentidos me estaban jugando una mala pasada. ¿No estaban también ahí colgados los primeros personajes que yo creé para Walt a finales de 1955?: la pareja de ardillas Chip y Chop como aparecieron en la película del pato Donald Chips Ahoy [Galletas a la vista]; por lo tanto, se trataba de mi versión de las ardillas y no de las de Ollie Johnston o Ham Luske o Milt Kahl, más diferentes. No, así las dibujaba yo, solo yo. Está claro que no habían considerado necesario pedirme permiso. Ni Walt ni Bob Moore se habían cerciorado de si yo tenía algo en contra de que mis Chip y Chop se colgasen de las paredes de una escuelita de primaria del Medio Oeste. No malgastaron en ello ni una palabra, ni siquiera a su regreso. Allí estaba yo, en el gimnasio vacío, mirando fijamente hacia arriba, a la desconchada pared beis. Me sentí mareado y me tuve que sentar. Michael me alcanzó un taburete de color azul cielo. –Puede que tenga hambre –aventuró–. La abuela dice que debería usted comer algo, que se lo diga. 34
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* Hice que me hornearan una pizza en la gasolinera que está al lado del Lamplighter. No era posible tomarla allí, no había ni mesas ni sillas. El empleado de Mobil Oil guardó la pizza en una caja de cartón, que yo me llevé al motel. Ahí me senté en un estrecho tocador, bajo un cartel de Mickey y Minnie, que, dándole la espalda al observador, miraban la puesta de sol sobre Los Ángeles, tomados del brazo. Devoré la mezcla de queso, embutido, champiñones y tomate que sabía a agua, cartón piedra y sal. Después, me tumbé sin desvestirme, sobre la blanda cama de matrimonio, que estaba totalmente combada, en la habitación número 3 –sin ventanas–, e increíblemente dormí una profunda siesta. Me acompañó un sueño; no era la primera vez que lo soñaba. Veinticuatro dibujos de Chip y Chop visiblemente diferentes conformaban un segundo de una película de animación. Doscientos cuarenta dibujos de lombrices que fumaban como chimeneas conformaban diez segundos de movimiento. Mil cuatrocientos cuarenta dibujos individuales de una familia de perros patinando sobre hielo, un cachorro de conejo al piano, dos pollos en un coche de carreras, donde cada dibujo era un poco diferente del anterior, ayudaban a formar un minuto de una película de dibujos animados. En mi sueño, las sombras se separaban de los cuerpos, iracundos piratas reventaban en dos, los calamares se convertían en elefantes, un pececito, en burro. Las locomotoras comían galletas, los automóviles coqueteaban con los cocodrilos, las abejas se transformaban en caramelos de miel, los caramelos de miel en aviones. En los aviones, en cambio, eran mis ardillas las que se sentaban y bombardeaban con avellanas una pequeña ciudad. Una película de cinco minutos con el pato del uniforme azul, que se despeñaba por un acantilado, continuaba caminando tranquilamente por el aire hasta que se daba cuenta que estaba en el aire y entonces se precipitaba al vacío; y de nuevo se volvía a caer del acantilado, pero en esta ocasión estiraba la mano y, en el último momento, agarraba una rama y seguía cayendo y cayendo, y el brazo 35
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se le alargaba veinte metros, como una goma elástica bien gorda, y en cuanto llegaba abajo salía disparado de nuevo hacia arriba y vuelta a empezar: un cortometraje como este estaba compuesto por más de siete mil doscientos dibujos individuales. Ciento treinta mil imágenes a color pintadas con la mayor delicadeza daban como resultado el largometraje animado La bella durmiente y un tercio del borrador original lo había hecho yo, Wilhelm Dantine. Y luego, el mismo sueño empezaba otra vez desde el principio, números, cifras, animales, objetos, sombras, y suma y sigue; el chirrido de los frenos, la risa de las gallinas, la magia de las tres hadas, siempre en círculo, siempre en remolino, siempre mezclados con mi nostalgia por el trabajo de mi vida, al que me había entregado en cuerpo y alma y al que, desde diciembre de 1959, ya no me dedicaba. El ruido del silbato de una locomotora me despertó. Miré el reloj: eran las cinco de la tarde. Yo me acuesto después de comer casi todos los días; sin embargo, nunca más de quince minutos, como mucho veinte. Dormir tres horas, a mitad del día, hacía años que no me pasaba. Me sentía más agotado que antes del sueño. Me levanté. Mis pasos me condujeron de nuevo a la granja de los Sherwood. La luz del sol era cegadora, el aroma a heno, manzanas y albaricoques más intenso que por la mañana. En torno a la casa de labranza ya no había nadie. Me acerqué con precaución a una de las ventanas pequeñas y miré el interior del edificio. La mesa del centro de la habitación todavía estaba puesta, rebosante de vajilla, jarras de agua, botellas de zumo, restos de comida. Conté los platos y los vasos. Calculé que habían comido en esa mesa diez personas. Ahora la casa estaba vacía. Sobre un sillón deslucido estaba el Kansas City Star. “Asesinado de una puñalada el primer ministro sudafricano en el parlamento de Pretoria”, decía el titular; más no pude descifrar. Qué asombroso: la última vez que yo había viajado tras Walt fue cuando legó el obsequio de Hendrik Verwoerd, el cachorro de león, al zoo de San Diego. De niño, después de que su familia dejara Marceline en otoño de 1910 y se hubiera trasladado a Kansas City, Walt repartía el Kansas City Star todas las mañanas, siempre antes del amanecer. En ese mismo 36
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periódico se había presentado él años más tarde –entretanto había cumplido diecinueve– para un puesto como caricaturista. La solicitud fue rechazada porque su talento para dibujar era escaso y su vena satírica, en el mejor de los casos, mediocre. Le faltaba aguijón, mirada cínica sobre los acontecimientos políticos cotidianos. Busqué a Walt y Roy, a Lillian y Edna; busqué con la mirada a la multitud de simpatizantes. Me asombraba lo inertes que parecían también las demás casas del vecindario. Regresé al centro de la ciudad, en donde había un silencio casi absoluto. Murray’s había cerrado, y ni siquiera la gasolinera estaba ocupada. En un tramo muy corto, pasé por nueve iglesias, todas en penumbra y cerradas a cal y canto, con pequeños letreros en las puertas: “Hoy no hay oración de vísperas”. No me encontré a nadie por el camino. Alcancé el confín de la ciudad, en el extremo sur de Kansas Avenue. Allí, por primera vez, escuché por fin música de instrumentos de viento, risas, gritos de niños. Me dirigí hacia el ruido. Eran las seis de la tarde. Todos los habitantes de Marceline habían acudido en masa al pequeño terreno del parque, en el que había un estanque poco profundo. Desde la calle, más de dos mil personas se apresuraban colina arriba –la piscina recién construida se hallaba en la cima–. El sheriff llevaba un uniforme beis, recién planchado… y dos pistolas en el cinturón. Una docena de oficiales de policía, venidos de Macon, se ocupaban de controlar a la masa, festiva, pero al mismo tiempo increíblemente bien educada. Apresuradamente, los espectadores formaron un improvisado y apretado semicírculo en torno al escenario de madera que se había construido al lado de la entrada a la piscina descubierta. Ante él había una fila de ocho sillas para los invitados de honor. En la parte delantera, se situaban los niños de Marceline, arrodillados o sentados en la hierba, detrás los jóvenes y luego los adultos; todos parecían seguir unas órdenes no escritas. El ruido se extinguía por momentos. Los vendedores de globos, palomitas y refrescos tomaron sus puestos en el semicírculo, como si llevaran días ensayando su colocación. Yo me dirigí hacia donde estaban los niños en cuclillas. “¡Hey, a ti te toca más atrás!”, me gritaron. 37
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Lancé una mirada detenida a la piscina: me había imaginado una piscina olímpica, un centro deportivo, equipado generosamente, co mo el de una gran ciudad. Sin embargo, era una pileta de hormigón pintado de azul claro, que no mediría más de seis metros de ancho y quizá quince de largo. No la habían llenado todavía, puede que por miedo a que los invitados, demasiado entusiastas, se les ocurriese saltar al agua antes o inmediatamente después de la ceremonia de inauguración. –¡C’mon! –de nuevo me silbaron y abuchearon–. ¡Quítate de ahí delante! Busqué con la mirada a la señora Murray; a partir de ahora prefería no tenerla de nuevo a mi lado. Sin embargo, fue Edgar el que se acercó a mí apresuradamente y me arrastró hacia las filas del fondo. Estaba con su madre y su hijo no lejos del escenario de madera. –¡Por fin! –gorjeó Eileen. Se había cambiado de ropa, llevaba un vestido amarillo de gasa y una enorme rosa de papel en la solapa. El sombrero de paja negro, de dimensiones inefables, habría quedado mejor en Ascot que en Marceline, Missouri–. Ya pensábamos que se había ido usted sin despedirse. Edgar me dijo que lo había hecho enfadar. Y Mike insistía en que a mediodía se le veía a usted tremendamente pálido y débil… Cuando me disponía a responder, se oyó una exclamación como del centro de la tierra. La única vez que experimenté algo parecido fue en el teatro Palladium de Londres, en el otoño de 1965, antes y durante un concierto de los Beatles. A las siete en punto, el Cadillac negro de los Othic se detuvo en el inmenso aparcamiento, que solo se había llenado en un tercio. Walt salió del coche, seguido de Lillian, el matrimonio Othic, Roy y Edna. En todos estos años, era la primera vez que veía a la señora Disney de cerca. Resultaba mucho más atractiva de lo que yo me había imaginado; hasta entonces pensaba en ella como una persona apesadumbrada, de aspecto desagradable, y ahora veía ante mí a una señora alta y distinguida. Walt trepó con agilidad al podio improvisado. La gente prorrumpió en aplausos, que cesaron al cabo de un minuto. El cansancio y la pesadez de la mañana parecían haberse esfumado. Había recobrado 38
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su brillo y, de nuevo, parecía no tener edad. Tras una breve frase de saludo del alcalde, Walt se acercó al micrófono. Pasó un rato hasta que le dejaron hablar. En primer lugar, señaló el cordón policial que lo separaba de la muchedumbre: “Pero si aquí estoy en mi casa. ¡No necesito protección policial!”. Vítores. Aplausos. –Mis recuerdos más hermosos –se lanzó entonces–, bien lo sabéis, están unidos a los años que pasé aquí, en Marceline. –Se apartó del micrófono, no pudo reprimir un repentino ataque de tos. En la loma del pequeño parque municipal se hizo el silencio. Finalmente, pudo proseguir el discurso–: Me da lástima la gente que tiene que pasarse toda su vida en grandes ciudades. La que, a diferencia de mí, carece de la suerte de tener su hogar en una pequeña comunidad. Podéis creer que vuestros hijos, a quienes estáis criando en Marceline, son realmente felices. Las cosas más importantes de toda mi vida me ocurrieron aquí (probablemente, de niño, aprendí y experimenté más de lo que vaya a aprender y experimentar en toda mi vida). –Se desató una nueva ovación. Walt la saboreó, disfrutó cada una de las palmadas–. Todo lo que después ha sido importante para mí lo conocí aquí. No solo la vida en el campo, también mi primera visita al circo y el primer desfile circense, que bajaba por Kansas Avenue. Y ¿dónde vi yo mi primera película, La vida de Cristo? En Marceline, en la calle principal, en el mismo cine que hoy sigue en el mismo lugar de hace sesenta años… El momento más triste de mi infancia y mi juventud fue en el año 1910, cuando nos mudamos; ¡cómo extrañaba Marceline entonces! Lo único bueno de Kansas City era que solo estaba a ciento cincuenta kilómetros de aquí. En 1923 me fui de Kansas City a Los Ángeles; hice el viaje, claro está, en el Santa Fe Super Chief, como os podéis imaginar. El trayecto de la línea Atchinson, Topeka & Santa Fe fue determinante en mi vida: comenzaba en Chicago, donde vine al mundo. El tren para en Springfield (Illinois), donde está enterrado mi ídolo, Abraham Lincoln; unas horas después se detiene en Marceline, que entonces era poco más que un nudo ferroviario. La siguiente estación importante es Kansas City, donde vivimos trece años. ¿Y la última estación? Los Ángeles, adonde me mudé con veintidós años. 39
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Aunque estaba sin blanca, me pude permitir un billete de primera clase; cómo me fue después, en Hollywood, supongo que algunos ya lo sabéis. –En torno a él se elevaron unas carcajadas, cuyo eco resonó repetidamente. Mientras hablaba, fue oscureciendo poco a poco. Un único foco lo bañaba en una claridad nítida. Hizo una pausa mientras pasaba un largo tren de mercancías; el parque municipal lindaba directamente con las vías del ferrocarril: –Eso es música para mis oídos, los que me conocéis un poco lo sabéis, ¿no es cierto? –Continuó el discurso enseguida, en cuanto el ruido se acalló. El fresco de la tarde se abría paso, yo me estaba helando, tendría que haberme puesto un jersey después de la siesta–. También sabéis lo que Roy y yo hemos montado en Hollywod… pero tenéis que entender que yo no hago películas solo para los niños, que también hago películas para todas las edades, para todas las personas. ¿Y por qué tiene mi trabajo esa fuerza? Porque sus orígenes están aquí, en el corazón de Missouri. Yo debía transmitir este bienestar, estas maneras sencillas, directas, sin dobleces que os caracterizan y que yo pude experimentar cuando era un chiquillo; que me forjaron… Yo quería regalarle eso a la humanidad. Solo quien haya visto, olido y vivido Marceline puede comprenderme. Yo soy Marceline y todo, todo aquello en lo que me he convertido tiene su origen aquí. Hizo una pausa para recuperar el aliento. Por un momento, pensé que había llegado mi oportunidad, mi momento. –Se me hace muy difícil, ya lo sabéis, hablar sin papeles, no es algo que se me dé bien –continuó antes de que mi propósito de pasar a la acción pudiese cobrar forma–. Yo siempre he sido el hijo de un campesino, toda mi vida. Un joven del campo, que se esconde tras un ratón y un pato. Hoy por la tarde, la familia Sherwood nos invitó a comer a mí, a mi hermano, a mi mujer y a mi cuñada, y me pareció que viajábamos en la máquina del tiempo. De nuevo tenía yo ocho años y dibujaba a Old Man, el caballo de tiro del doctor. Los Sherwood son exactamente iguales a sus antepasados, a sus bisabuelos. Se han mantenido fieles a la tradición familiar. Todos vosotros os habéis mantenido fieles a vuestras tradiciones familiares. En Marceline no hay crímenes. Aquí no hay 40
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revueltas de negros, ni manifestaciones contra la guerra de Vietnam; no se queman en público las llamadas a filas, como ocurre entre los hippies, esos melenudos drogodependientes; no hay rastro de esas infamias de nuestra sociedad. No, aquí, entre vosotros –entre nosotros, debería casi decir–, dominan la paz, la salud, el temor de Dios. Aquí domina esa América a la que yo siento que pertenezco. Hoy, con la familia Sherwood, pedí que me enseñaran mi dibujo –que conservan como un tesoro–, el dibujo del año 1909, y, por ese dibujo que yo había pintado de crío y por el que el doctor Sherwood me había pagado un cuarto de dólar, les ofrecí, o mejor dicho, Roy les ofreció –puesto que, de verdad, yo no me ocupo de los asuntos de dinero–, Roy les ofreció hoy por él diez mil dólares en efectivo… –En esta ocasión se oyó una especie de zumbido quejumbroso entre los reunidos–. Sí, diez mil. ¿Y saben cuál fue la respuesta de la familia Sherwood? No se lo venderíamos aunque nos ofreciesen cien mil dólares, ni siquiera por un millón. ¿Veis? Eso es lo que aprecio de vosotros. Así sois: un pueblo orgulloso, que no está dispuesto a apartarse de sus principios. En agradecimiento por todo lo que Marceline significa para mí, esta tarde, en la villa de los Othic, mientras me preparaba para la noche de hoy he tomado una decisión: me gustaría construir aquí, en Marceline, la Granja de la Infancia de Walt Disney, donde está la que fue nuestra granja, y que hagamos de ella una especie de pueblo agrícola modelo. Un lugar en el que se aprenda a plantar semillas, a sembrar y cosechar cereales. A hornear pan, a hacer mantequilla, a ordeñar vacas, a embotellar leche. Un lugar en el que se aprenda cómo viven los cerdos, las cabras, los pollos, las ocas y las liebres, cómo crecen, cómo (sí, ¿por qué no?, de una puñetera vez) cómo se reproducen. En otras palabras, en la próxima primavera habrá aquí una inmensa obra, pues estoy convencido de que a los niños del futuro habrá que enseñarles la vida de la granja, igual que hoy, en las escuelas, se enseña a leer, escribir y calcular. Pues los niños del futuro ya no sabrán nada de esto: cómo son las semillas de cereal, cómo se planta un manzano, cómo obtener centeno y harina. Los niños del futuro ya no sabrán de dónde vienen la leche y el queso; de dónde proceden los huevos que se comen en el desayuno. Todo eso lo podrán aprender aquí, en la granja de mi infancia… 41
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Probablemente, contaba con que, en este punto, su discurso suscitaría de nuevo tumultuosas ovaciones. Pero todo estaba en silencio, en un silencio atroz. –Sí, junto a la granja de mi infancia –ahora se lo oía más bajo, con más reservas–. Pero eso… será el año que viene… o el siguiente… Entonces, yo regresaré, por supuesto, y también Roy… cuando llegue el momento. Ahora me gustaría… me alegra… declarar la… inaugurar… la nueva piscina de Marceline, la primera piscina pública de Marceline. Por la presente bautizo… de hecho, ¿hay por ahí una botella de champán? ¿Para estrellarla contra las paredes de la piscina como en el bautizo de un barco? ¿No? ¡Qué lástima! Aunque… barrer… recoger… los añicos… Así pues: por la presente, bautizo solemnemente el nuevo centro deportivo de mi municipio de origen con el nombre de Walt Disney. Habría sido el momento ideal. La mejor oportunidad que jamás se me brindara en todos estos años. En el jaleo que siguió al discurso de Walt, en esa confusión de palmadas, gritos, fragmentos de conversación, voces y carreras arriba y abajo de los invitados a la fiesta, llevar adelante mi plan habría sido cosa fácil. Ante todos los vecinos allí reunidos, ante su esposa, su hermano y su cuñada. Solo habría tenido que atreverme. No reuní el valor. –¡Señor Webster! –oí a la señora Murray a mi espalda. –¡Charlie! –gritó su nieto, pero yo corrí entre la oscuridad, corrí tan rápido como me lo permitieron las piernas. Llegué al coche, que estaba aparcado ante el Lamplighter. Y conduje, los primeros diez minutos sin aliento, por la Highway 36, en dirección a Kansas City. Me permití un descanso cerca de Kansas City; estudié los mapas y busqué la carretera que seguía el trayecto de los ferrocarriles de la Atchison, Topeka & Santa Fe, en dirección oeste, por La Junta, Colorado; Ratón y Albuquerque, Nuevo México; Flagstaff, Arizona; y Needles, California, hasta la última estación, que todavía hoy se llama Los Ángeles.
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