Índice
Introducción, 13
parte uno
El trabajo inicial 1. Fortaleza: Las cuatro verdades, 21 2. Equilibrio: La clave de tu vida, 39 3. Claridad: Tu hija, tu oportunidad, 57
parte dos
La estrategia de las sillas 4. Introducción a la estrategia de las sillas, 81 5. Paso uno: Observación e identificación de las posiciones de las sillas, 105 6. Paso dos: Cambio de posiciones de las sillas para avanzar en la solución del conflicto, 113 7. Paso tres: Desplazamiento por las posiciones para llegar a una resolución, 131
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Temas delicados 8. El sexo y la transferencia percibida de la sexualidad, 151 9. Dinero y valores, 183 10. Divorcio, 209 Epílogo, 227 Agradecimientos, 229
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Fortaleza Las cuatro verdades
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res parte de una relación muy complicada. Tienes una hija. Tal vez la relación no sea complicada en este preciso momento, pero créeme, llegará a serlo. Cuando conozco a una madre que insiste en lo contrario, y he conocido varias, me muestro escéptico. Por el simple hecho de que estés leyendo este libro, es probable que tú no seas una de esas madres. Aun así, si te preguntas cómo podría llegar a suceder que tu relación con tu adorable y devota hija se volviera beligerante, te aconsejo que sigas leyendo. En mi vasta experiencia de trabajo con madres e hijas, todas y cada una de estas parejas han tenido problemas en una época o en otra. Tu situación no será diferente; no puede serlo. La razón por la que estoy seguro de esto no tiene absolutamente nada que ver contigo como persona. Más bien, tiene que ver con el hecho de que en cada relación madre-hija hay cuatro verdades inherentes, que están completamente fuera de tu control. A pesar de lo que estés haciendo o no en este momento para lograr una mejor comunicación con tu hija, las cuatro verdades finalmente harán que el éxito sea mucho más difícil de alcanzar. 1. Madres e hijas quieren lo mismo: amor, comprensión y respeto. 2. Madres e hijas hablan el mismo lenguaje. 3. Madres e hijas, en cierto nivel, compiten entre sí. 4. Madres e hijas tienen estrógeno, y en gran cantidad.
Independientemente de que cualquiera de estas verdades cale hondo o no, te aseguro que tarde o temprano te afectarán de manera directa. 21
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Algunas madres no creen en ellas hasta que los estragos que causan son evidentes. Como ahora están latentes, tal vez creas, erróneamente, que tu relación es inmune o que estas verdades no aplican a ustedes. Créeme, cada una de ellas está vivita y coleando y tarde o temprano aparecerá como un fantasma amenazador que tratará de destruir su relación. Es decir, si lo permites. Te digo estas verdades no para asustarte, sino para darte armas con qué combatirlas. Tener conciencia de ellas es el primer paso para adquirir la fortaleza que necesitas para evitar que saboteen la relación y, en cambio, te ayuden a mejorarla. A primera vista, las verdades 1 y 2 no parecen demasiado amenazadoras y, con frecuencia, son simplemente datos conocidos que hay que tener en cuenta. Más adelante analizaremos cómo incluso estas observaciones, en apariencia inocuas, pueden causar problemas. Pero para comenzar hablemos de lo que cada verdad significa.
Verdad #1: Madres e hijas quieren lo mismo: amor, comprensión y respeto Esta verdad es la piedra angular de la relación con tu hija. Aunque no creas nada más, ¡cree en esta verdad! Todo ser humano en este planeta, de manera consciente o no, desea amor, comprensión y respeto. ¿No es eso lo que tú misma quieres? Por supuesto que sí, y también tu hija. Esta verdad es especialmente fácil de aceptar cuando las dos se llevan bien. Pero ¿qué sucede cuando atraviesan por una mala racha o cuando pelean incesantemente? El reto de esta verdad radica en creer en su presencia durante épocas de conflicto. La idea de que lo que tú y tu hija quieren se contrapone puede arraigarse desde los inicios de la relación, y una vez que es afianzada esta pauta de comunicación, es muy difícil de romper. Por ejemplo: Es la hora de la comida en un centro comercial, y me encuentro formado en la fila en la zona de comida rápida. Una madre que va delante de mí pide un sándwich de pavo y una bolsa de papas fritas para compartir con su hija de tres años. Cuando la niña oye a su madre pedir la comida, empieza a llorar y a quejarse porque ella quiere un sándwich de crema de cacahuate y mermelada. La madre dice que no. La hija continúa protestando y empieza a patalear y a gritar más fuerte. No tarda en hacer un berrinche hecho y derecho. Muchos comensales que se encuentran en la zona de comida 22
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rápida reaccionan con incomodidad y molestia. Avergonzada, la madre le tapa la boca a la hija y le espeta: “Ya te lo dije, Jen, ¡no tienen sándwiches de crema de cacahuate y mermelada aquí!”. En ese momento, me doy cuenta que hay un menú en un pizarrón encima del mostrador. El plato número dos es sándwich de crema de cacahuate y mermelada. La madre me mira, exasperada: “¿Puede creer lo que hace esta niña?”. Cuando señalo el menú y empiezo a hablar, la madre me manda callar con un ademán leve y un guiño de complicidad. La madre acaba de confirmarme lo que yo ya sospechaba: que sabe perfectamente que ahí venden sándwiches de crema de cacahuate y mermelada, pero decidió no comprarlo. Mientras tanto, Jen continúa llorando mientras la madre paga la comida. Las dos se dirigen a una mesa: la madre irritada seguida de su pequeña hija que sigue gritando. A primera vista, no hay duda de que la madre y la hija quieren cosas diferentes: una quiere un sándwich de pavo y la otra quiere uno de crema de cacahuate y mermelada. Sin embargo, en el fondo, Jen y su madre, aunque en este momento están en total desacuerdo, quieren exactamente lo mismo: amor, respeto y comprensión. Su mala comunicación crea una desconexión entre ambas. Con el tiempo, estas interacciones se vuelven habituales y se consolidan en un patrón de comunicación destructivo. Examinemos la situación un poco más en detalle: • Jen quiere comer un sándwich de crema de cacahuate y mermelada. Comunica su deseo por medio de un berrinche, que es un comportamiento perfectamente apropiado para su edad. Si la madre hubiera tomado en cuenta su petición, Jen se habría sentido comprendida y respetada. En la mente de la niña, una necesidad satisfecha como ésta equivale a recibir amor. Este precedente quedó establecido y se cumplió desde que nació. Cada vez que la niña lloraba de hambre o necesitaba que le cambiaran el pañal, la madre respondía con un biberón o un pañal limpio. No hay modo de que Jen pudiera entender el no rotundo de su madre, a menos que viniera acompañado de una explicación. • La madre quiere que su hija coma un sándwich de pavo y comunica su deseo ordenando la comida, lo que también es apropiado. El error está en la forma en que le comunicó este deseo a su hija. La madre mintió y, no obstante, espera que Jen comprenda y respete su decisión. 23
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¿Cómo va a entender Jen cómo recibir o dar amor, comprensión y respeto si la madre le pone tan mal ejemplo? ¿Te das cuenta de cómo esto funciona en contra de ellas? El problema en este caso es la falta de comunicación clara y sincera. Las dos tienen todo el derecho del mundo a expresar sus sentimientos. Sin embargo, la verdad es que sólo la pequeña de tres años expresa de manera clara y abierta lo que siente. La respuesta de la madre, aunque sin duda es clara, dista mucho de ser sincera. Imagina cómo estas interacciones empiezan a desgastar la conexión entre madre e hija con el tiempo. Un estilo de comunicación basado en el engaño sólo sirve para descarrilar la relación que tienes con tu hija. La comunicación franca siempre debe ser el punto de partida con tu hija; de lo contrario, te buscarás verdaderos problemas. Cuando la madre no es directa y honesta respecto a sus verdaderos motivos, sin querer envía mensajes mixtos a su hija. Los mensajes claros y sinceros hacen saber a tu hija no sólo que tu conducta es congruente, sino también los sentimientos que albergas, en especial por ella. Una de mis pacientes tenía una hija a la que, desde muy pequeña, le encantaba el chocolate. La hija lo comía sin cesar. Cuanto más trataba la madre de hacer que la niña dejara de comer chocolate, tanto más ingeniosa se volvía la hija en su búsqueda de la golosina. A pesar de que la madre había dejado de comprar chocolate hacía mucho tiempo, la hija lo encontraba en las casas de amigos o parientes y los guardaba en un escondite secreto que tenía en su habitación. Sin saber qué más hacer, cuando la hija tenía ocho años la madre le dijo que el chocolate podía llegar a enfermarla tanto que moriría. Por desgracia, la mentira funcionó. Entonces la madre empezó a usar esta táctica para controlar todos los comportamientos indeseables de su hija. Cuando la chica cumplió trece años, la lista de actividades que supuestamente podrían matarla se había extendido de comer chocolate hasta jugar con perros grandes y besar a los muchachos. Cuando la hija cambió de escuela, hizo algunos nuevos amigos que no tardaron en aclararle todas las ideas que la madre le había estado metiendo en la cabeza todos esos años. En cuanto le abrieron los ojos, la frustración y desilusión que le causó la protección mal orientada de la madre la indujeron a acercarse más a este grupo de adolescentes porque, por primera vez en su vida, sintió que la respetaban. Esta camarilla de amigos era en realidad una pandilla que acabó por llevar a la muchacha por un camino de delincuencia y cosas peores. Aunque este ejemplo de la vida real puede 24
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parecer extremo, demuestra que mientras más crece la hija y más notable es el engaño, hay muchas más cosas en juego de lo que podría pensarse. Con esto en mente, volvamos al relato de Jen y su madre. En este caso, la niña tuvo que enfrentar sola su rabia y frustración. Si siguen comunicándose así, no hay duda de que pasarán dos cosas: 1. La hija aprenderá con el ejemplo a alejar a la gente y que echar mano de artimañas es aceptable. 2. La furia que provoca a la hija el sentirse excluida tiene que ir a alguna parte. Dependiendo de la edad, podría llevarla a rebelarse y manifestarlo de diversas maneras, por ejemplo, experimentando con drogas, sexo, etcétera. Toda esta interacción me molestó, por lo que decidí inmiscuirme en la situación. Después de pagar mi comida, vi una mesa desocupada cerca de Jen y su madre. El berrinche de Jen había disminuido y, en ese momento, hacía pucheros y se veía triste. La madre casi había terminado su mitad del sándwich de pavo, pero el de la niña estaba intacto. Madre: Tienes tres minutos para terminar ese sándwich, jovencita. Miré a Jen cuando tomó el sándwich y empezó a mordisquearlo. Se dio cuenta de que la observaba y le sonreí. Dr. Sophy: ¿Cómo está tu comida? Madre: Bien, gracias. (Dirigiéndose a Jen) Tienes dos minutos. La madre me había interceptado. Tristemente, Jen siguió mordisqueando el sándwich. Traté de establecer contacto con Jen de nuevo. Dr. Sophy: ¿No tienes mucha hambre? Jen: Quiero un sándwich de crema de cacahuate y mermelada. Madre: Es lo que siempre quiere. Esta semana ha comido eso cinco veces. Dr. Sophy: Disculpe la curiosidad, pero ¿por qué le molesta eso? Madre: ¿Por qué cree? ¿No le molestaría a usted si fuera su hija? 25
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Dr. Sophy: ¿Por qué le molesta? Madre: Porque quiero que coma algo más saludable. Nunca come pavo, tiene que comerlo. Dr. Sophy: ¿Y por qué no se lo explica? Madre: Porque tiene tres años. Dr. Sophy: Sí, y por lo visto, entiende mucho. En ese momento, Jen interrumpió y me dio la razón. Jen: ¡Crema de cacahuate seis veces! Sugerí a la madre que permitiera a la hija crecer con la verdad y le expliqué cómo transmitir esa idea con franqueza y respeto a su hija la próxima vez. Podría decir algo así: “Jen, sé lo mucho que te gustan los sándwiches de crema de cacahuate y mermelada. A mí también me gustan. Pero como has comido eso muchas veces esta semana, ¿qué te parece si probamos algo nuevo? El pavo es saludable, y yo te amo y quiero que estés sana”. Le expliqué a la madre que aunque Jen siguiera protestando, ella habría cumplido con su deber de comunicarse de manera clara y amorosa con su hija.
Da respeto y recibirás respeto Da sinceridad y recibirás sinceridad Es natural que tú, como madre, tomes decisiones que no son del agrado de tu hija. Es parte de tu deber, y no hay ningún inconveniente en ello. Lo que no es aceptable es que justifiques o expliques estas decisiones con mentiras o engaños. Aunque pienses que ella no se dará cuenta, y es muy posible que eso suceda en el corto plazo, en algún momento tu hija descubrirá el engaño. Una vez puesta en evidencia, tu credibilidad quedará destruida. Y lo que es peor, tu hija estará enojada. Este enojo tiene que canalizarse por algún lado. Dependiendo de la edad, la furia puede manifestarse en una pataleta o en rebelión peligrosa. Además, tu hija habrá aprendido de tu ejemplo y les hará lo mismo a otros. No le mientas a tu hija. Sé respetuosa. Sé sincera.
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Cuando interiorices esta verdad de que tú y tu hija quieren lo mismo, percibirás las situaciones con ella de manera diferente. Aunque tal vez se requiera que hagas algunos ajustes en el trato que le das, con el paso del tiempo este tipo de interacciones profundizarán la confianza entre ustedes. En resumen, trata a tu hija como te gustaría que te trataran. Sé consciente del hecho de que, al igual que tú, ella quiere amor, comprensión y respeto. Ofréceselos tanto y tan congruentemente como sea posible, y recibirás lo mismo de ella.
Verdad #2: Madres e hijas hablan el mismo lenguaje El lenguaje común, tanto verbal como no verbal, que tú y tu hija hablan, indudablemente puede acercarlas cuando dicho lenguaje es respetuoso y afectivo. Desde los primeros días de la vida de tu hija, tus caricias, abrazos y contacto visual comunicaron muchísimas cosas a tu recién nacida y ella te correspondió. Tiempo después, cuando ella empezó a comprender el lenguaje, empezaron a desarrollar una forma amorosa de comunicación verbal, desde usar términos cariñosos especiales hasta inventar rimas juguetonas con su nombre. Este lenguaje constituye también una red de seguridad que da confianza y protección. En todo el mundo, las madres se comunican con una especie de taquigrafía increíble y precisa (una mirada, un ademán, una palabra, una inclinación de cabeza) que indica lo que está permitido, lo que es necesario, o lo que debe evitarse. Además, la idea de que una madre siempre sabe, es algo en lo que creo firmemente. La intuición de una madre le permite mirar a su hija y saber en un instante lo que sucede: si le está dando un resfriado, si el novio se está descarriando o si un acontecimiento no salió según lo planeado. La potente conexión creada por este lenguaje común es un don maravilloso del que disfrutan madres e hijas. En mi generación, el dicho “a palabras necias, oídos sordos” era un consejo habitual que muchos padres ofrecían a sus hijos. Sin duda, fue una idea que mis padres me inculcaron. Durante mucho tiempo, la pegajosa frase me hizo sentir como si llevara un escudo cuando me lanzaban palabras o comentarios poco amables. Sin embargo, siempre me pareció que la idea era una mentira del tamaño del mundo. Resulta que así es, en efecto. Las 27
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palabras pueden ser devastadoras y causar mucho daño. Como sabemos, el lenguaje tiene el poder tanto de lastimar como de sanar. Y en la relación entre madre e hija, a veces el lenguaje es mortífero. La misma taquigrafía que mencioné antes puede volverse en contra de la madre. Me deja pasmado ver cómo un comentario o una acción, insignificante en apariencia, puede desatar una discusión terrible entre madre e hija. A veces basta con que la hija ponga los ojos en blanco, o que la madre diga “te lo dije”. Este tipo de interacciones suceden todo el tiempo. Es fácil observar este comportamiento cuando madre e hija realizan una actividad muy simple, como ir de compras. Por ejemplo, una vez que fui a una tienda departamental vi a una madre que se estaba probando muestras de lápiz labial mientras su hija de doce años la observaba. La madre se probó un tono rosa fuerte y le pidió su opinión a la hija. Madre: ¿Qué te parece? Hija: Muy bonito. Madre: Gracias. Hija: Si tuvieras como veinte años, digo. La hija suelta una risita. La madre está visiblemente enojada. Madre: ¡Pero qué grosera eres! Hija: Como quieras. Se te ve ridículo. Me pareció que había una dinámica muy bien establecida entre esa madre y su hija. La madre necesitaba reconocer que, o le había puesto de ejemplo esa conducta a la hija, o que había permitido que fuera una forma aceptable de que la hija se comunicara. Además, me gustaría señalar que cuanto más integres la verdad 1 a tu estilo de criar y educar a tu hija, tanta más libertad tendrás con la verdad 2. Si la madre en el mostrador de maquillaje tuviera más conciencia de que ella y su hija quieren verdaderamente lo mismo (amor, comprensión y respeto) y si hubiera modelado esa conducta, este tipo de sarcasmo no existiría en sus interacciones. Incluso si la hija fuera sarcástica de vez en cuando, sería más fácil para la madre dejarlo pasar que tomárselo tan a pecho. Aunque la hija dijo que el lápiz labial se le veía ridículo, lo que en realidad le estaba diciendo a su madre era otra cosa. Si la madre hubiera 28
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prestado atención, se habría dado cuenta de que su hija estaba cansada y quería marcharse a casa, o que tenía hambre, o estaba harta porque la madre siempre la llevaba de compras a la fuerza, en el momento en que ella preferiría mil veces tocar la flauta, jugar futbol con sus amigas, o ver la televisión. De todos modos, la hija provocó a la madre con un comentario mordaz en vez de decirle exactamente cómo se sentía. El lenguaje sutil y no tan sutil entre madre e hija que contiene críticas severas, sarcasmo y hasta insultos no se desarrolla de la noche a la mañana. Necesita tiempo, algo que seguramente ustedes juntas han tenido a montones. No hay duda de que cada una de ustedes se vuelve competente en ese lenguaje con el paso del tiempo. Si eres sincera contigo misma, tal vez recuerdes la primera vez que tu hija te comunicó algo, ya sea de manera verbal o no verbal, que en verdad te hirió. Quizá fue una expresión descarada e insolente: “¡Eres una mamá muy mala y te odio!”. Puede haber sido incluso un comentario inocente que caló hondo: “Mami, esa señora está gorda igual que tú”. Sea lo que fuere, te hizo detenerte a pensar un momento, y no te sentiste bien. Ahora tratemos de meternos en la mente de tu hija. ¿Alguna vez la has provocado? Quizá te paraste junto a ella mientras se cepillaba los dientes y dijiste: “De un lado a otro y de arriba abajo”, o cuestionaste la combinación de falda y blusa que eligió. Es muy posible (de hecho, me atrevería a apostar a que así fue) que le hayas dicho algo que en verdad la molestó. Lo que sucede aquí es que poco a poco se van creando lo que comúnmente se denominan “fibras sensibles”: los aspectos o áreas delicadas que cuando se tocan irritan mucho a la otra persona. Con el tiempo, las dos desarrollan una amplia variedad de fibras sensibles. Y ambas se vuelven provocadoras muy duchas en llamar la atención. Cuanto más toque una madre las fibras sensibles de su hija, tanto más la hija tocará las de la madre a la larga. Después de un tiempo, cada una aprende qué fibras cumplen su cometido. Toda pareja de madre e hija tiene un surtido único de estas fibras. En el ejemplo anterior, cuando la hija le dijo a la madre que el color de lápiz labial que había elegido se le veía ridículo, quizá estaba tocando la fibra sensible de la madre denominada “Sentirme insegura con mi apariencia”. La mejor manera de abordar esta verdad sobre el lenguaje es cobrar conciencia de lo que uno dice. Si le hablas a tu hija con sarcasmo o le faltas al respeto, tarde o temprano se te regresará. Si le hablas con amor y respeto, eso es lo que recibirás. Volviendo al incidente del mostrador de 29
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Tocar fibras sensibles Cuando el lenguaje de tu hija te lastime, avergüence o te duela, es porque ella ha tocado una fibra sensible. En lugar de reaccionar con emoción extrema, dedica un momento a reflexionar y a darte cuenta de que se trata de una señal. Es una indicación de que ya es hora de que le enseñes a tu hija una forma mejor de expresar sus sentimientos para que, en el futuro, no hiera los de los demás. En el instante en que reacciones con emoción negativa o extrema, levantarás una barrera entre tú y tu hija y la alejarás. Por supuesto, es natural que te sientas herida. Sin embargo, lo más importante es que le enseñes a tu hija que existen formas mejores de comunicarse. Te acaba de dar una oportunidad de hacerlo.
maquillaje, habría sido mejor si, para responder al comentario de la hija, la madre le hubiera dicho exactamente cómo se sentía y le hubiera pedido su apoyo, aunque tuviera que mostrarse vulnerable. Por ejemplo: Madre: No era ésa la respuesta que esperaba. Hija: Pues no me gusta y me pediste mi opinión. Madre: Sí, te pedí tu opinión porque la valoro y, desde luego, no tiene que gustarte el color, pero quizá haya una manera mejor de hacerme saber que el color no me va bien. Hija: ¿Ah, sí? ¿Como cuál? Así, la madre expresa francamente que se siente herida (es decir, que la hija tocó una fibra sensible) y responde con la verdad. Con ello, cumple varios objetivos: • Establece un marco sano y sincero para interactuar con su hija. • Reorienta el rumbo de la comunicación. • Enseña a la hija que la comunicación franca es importante, pero que también debe ser respetuosa. 30
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Verdad #3: Madres e hijas, en cierto nivel, compiten entre sí Es muy difícil entender esta verdad y, mucho más, aceptarla. Suena terrible y a algunas madres les parece francamente insultante. ¿Cómo podrías estar en competencia con tu hija de alguna manera? Se trata de la chica a quien amas incondicionalmente y por quien serías capaz de hacer casi cualquier cosa. Claro, es fácil imaginar una competencia amistosa, quizá incluso una lucha sin tregua en un juego de mesa, pero no estoy hablando de eso. Me refiero a la competencia sutil y no tan sutil que no necesariamente se reconoce abiertamente, sino que se agita por debajo de la superficie, apenas lo suficiente para causar problemas. En este momento, espero que estés de acuerdo en que tú y tu hija quieren lo mismo: amor, comprensión y respeto, y en que, indudablemente, las dos tienen una manera especial de comunicarse. Es precisamente por esa conexión que está preparado el terreno para que exista el potencial de competencia, porque en algún momento, como es natural, las dos querrán otras cosas semejantes, como la atención de una misma persona. ¿Te das cuenta de que es la situación ideal? La primera manifestación de esta verdad puede tener lugar cuando la hija es muy pequeña. La idea de la nena de papá (cuando la madre siente que la hija compite con ella por el afecto del esposo) es el ejemplo clásico. Para la madre segura de sí misma, el hecho de que la hija se convierta en la niña de los ojos del padre es un alivio. Por fin podrá gozar de un merecido descanso y un poco de espacio. Además, lo ideal es que el padre sea una fuerza potente y amorosa en la vida de la hija… a menos que creas que tu hija te ha desplazado y que ahora es el objeto principal del amor de él. Conforme va creciendo tu hija, los problemas entre las dos se vuelven más complicados, y todo se relaciona en parte con cómo te crió tu madre. Hablaremos de esta importante relación más adelante, pero por el momento examinemos cómo esta historia puede desencadenar competencia entre tú y tu hija. Por ejemplo, si tu madre fue una persona que nunca tiraba nada a la basura y la casa de tu niñez se parecía a un almacén de periódicos y revistas, es muy probable que ahora te esfuerces demasiado por mantener tu casa impecable. Los periódicos, revistas y cosas por el estilo se reciclan todos los días. Los platos se ponen en el lavavajillas. No hay ropa sucia a la vista. Ya me entiendes. Como resultado, tu hija ha crecido con una larga lista de reglas y normas que le parecen opresivas. Cuando se independice, 31
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adivina qué tipo de ama de casa será: una coleccionista de objetos inútiles, como tu madre. No es que a tu hija le guste necesariamente hacerte enojar con sus montones de papeles, sino que, en cierto nivel, te está diciendo: “¡Conozco una manera mejor!”. Es el mismo mensaje que tú le enviaste a tu mamá, de manera consciente o inconsciente. Existen otras formas de competencia. Las madres siempre alientan a sus hijos a probar nuevas experiencias, entre ellas, algunas de las pasiones que han sido el eje de sus vidas, como viajar, salir a buscar gangas en las tiendas o cocinar. Sin embargo, cuando la hija empieza a establecer su independencia e identidad, tal vez invada sin querer el territorio de su madre, lo que definitivamente se convierte en una competencia involuntaria. Supongamos que la madre ha pasado toda su vida perfeccionando su receta de pastel de queso con chocolate. Es el favorito de la familia, su pase a la fama. Desde que era muy pequeña, la hija ha visto a la madre hacer esto, y ha roto docenas de huevos y lamido cientos de cucharas por la causa. Aprendió todo lo que sabe de repostería de su madre y ahora que tiene dieciocho años ha creado su postre emblemático: el pastel de galletas Oreo, el nuevo favorito de la familia. Algo tan sencillo como esto puede hacer sentir a la madre que su posición ha disminuido, que su categoría ha bajado de chef de repostería a ayudante de cocina, en particular si una de las necesidades insatisfechas de la madre tiene que ver con sus hazañas culinarias o sus logros como ama de casa. Desde el punto de vista de la hija, como la madre le enseñó todo lo que sabe, lo más probable es que espere una radiante sonrisa de mamá por el triunfo que obtuvo con el pastel. ¿Entiendes cómo esto las lleva a una competencia inconsciente? Es muy natural que una madre quiera que su hija sobresalga, ya sea en el aspecto académico o social. Es parte de su responsabilidad apoyar a la hija para que alcance sus metas. El problema comienza cuando la hija, de nuevo con el empeño de sobresalir por sí misma, abandona el camino por el que su madre la ha llevado. En ese momento, la madre puede decidir aceptar el camino elegido por la hija o rechazarlo por envidia y rabia. Ahí es cuando se acaban las contemplaciones y puede darse una batalla campal de mujer a mujer. Por ejemplo, una madre y su hija de diecisiete años levantan pesas en el gimnasio. El tema de la conversación gira en torno de Josh, el nuevo novio de la chica. La madre no sólo lo aprueba, sino que comenta que Josh le recuerda a un muchacho con el que salía cuando estaba en la universidad. La madre le dice a la hija: “Josh es casi idéntico a Michael. Tiene el mismo 32
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cabello, la misma complexión, el mismo trasero”. Las dos sueltan una risita. Tal vez ahora les cause risa, pero ¿qué pasará cuando mamá dé la impresión de estar coqueteando con Josh? ¿O si en realidad coquetea con él? ¿O, en un caso extremo, si llega a seducir a Josh? Ya no será tan gracioso. La mejor manera de encarar esta verdad es conocer con claridad quién eres. Cuanto más te conozcas y sepas lo que quieres, mejor equipada estarás para cuando se presente la competencia. Esto forma parte del trabajo inicial que realizaremos más adelante en esta sección del libro.
Verdad #4: Madres e hijas tienen estrógeno, y en gran cantidad Habrás oído los chistes sobre “esos días del mes” cuando una mujer empieza a llorar por un comercial de televisión, quiere estrangular al marido, se come las uñas o manda al diablo a un mesero porque tardó mucho en llevarle las papas fritas y la malteada de chocolate que pidió. El verdadero culpable en estos casos es una hormona, en concreto, la hormona llamada estrógeno, una de las principales causas de los cambios bruscos de ánimo, angustia y dolor físico en todas las mujeres. Y tú y tu hija la tienen, y en abundancia. El estrógeno, que también se conoce como la hormona sexual, se produce sobre todo en los ovarios y es fundamental para el desarrollo de los órganos sexuales y reproductivos, así como para la regulación del ciclo menstrual. Sin embargo, su efecto en el organismo es mucho mayor: también afecta el tracto urinario, huesos, senos, piel, corazón, vasos sanguíneos y cabello. El estrógeno protege contra enfermedades cardiovasculares porque reduce los niveles de colesterol; se cree que reduce la incidencia de derrames cerebrales o apoplejía y quizá proteja contra la arteriosclerosis e incluso la enfermedad de Alzheimer. Parece muy bueno este estrógeno, y lo es, casi siempre. No obstante, la razón por la que el estrógeno aparece en la lista de las cuatro verdades es porque sus efectos más importantes son en el cuerpo y el cerebro de la mujer. Las fluctuaciones de los niveles de estrógeno causan dolor físico, como los cólicos menstruales y los causados por la ovulación, y cefaleas. También pueden causar cambios bruscos del estado de ánimo, en particular, mayor ansiedad, irritabilidad y tristeza. Esto afecta fácilmente cómo se siente la mujer y, por consiguiente, cómo interactúa con los demás. Tanto tú como tu hija pasan por estos cambios en diferentes momentos y en 33
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Herramienta #1: Fortaleza 1. Madres 2. Madres 3. Madres 4. Madres
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hijas quieren lo mismo: amor, comprensión y respeto. hijas hablan el mismo lenguaje. hijas, en cierto nivel, compiten entre sí. hijas tienen estrógeno, y en gran cantidad.
Ten en cuenta estas verdades y permite que te empoderen.
diversos grados; no es de extrañar que sea difícil para las dos llevarse bien. El estrógeno es como un viejo conocido al que le encanta armar revuelo, cuyo único propósito en la vida parece ser presentarse sin previo aviso y causar problemas. Gracias a los adelantos de la tecnología reproductiva, las mujeres pueden tener hijos hasta pasados los cuarenta años y en algunos casos cuando son incluso mayores. Además, siempre está la posibilidad de adoptar. Cuando las mujeres empiezan a tener hijos a una edad mayor, los caminos del estrógeno de madres e hijas se entrecruzan en distintos y a menudo más “letales” momentos. Es muy difícil ser madre cuando la mujer se acerca al extremo más bajo de su producción de estrógeno, es decir, la menopausia, y tiene que lidiar con una hija adolescente o joven adulta que está en la cúspide de la suya, o enseñar a una niña pequeña a ir al baño cuando la madre sufre de terribles bochornos. Ten en cuenta y respeta el hecho de que, como mujeres, tanto tú como tu hija tienen mucho estrógeno en el organismo y esto puede afectar la manera en que se comunican. Si puedes, trata de reflexionar y entender que este “amigo” común a veces tiene la culpa. Este conocimiento ayudará a hacer más fácil la situación para las dos. Ahora que conoces las cuatro verdades que existen naturalmente en la relación entre tú y tu hija, comprenderás mejor los retos inherentes que ambas enfrentan. Muchas de las interacciones confusas y frustrantes con tu hija tendrán más sentido ahora que conoces estas verdades. Así lo espero. Al avanzar en la primera parte de este libro, explorarás varios conceptos que te ayudarán a adquirir fortaleza, equilibrio y claridad en tu vida. Llevarás un diario, contestarás cuestionarios y realizarás otros ejercicios para 34
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Fortaleza
trabajar con cada concepto y adaptarlo a tus necesidades específicas como mujer y madre. En última instancia, cada una de estas herramientas personalizadas te ayudará a mejorar tu relación con tu hija. El trabajo inicial es precisamente para reconocer, comprender y personalizar estas herramientas. Las cuatro verdades constituyen tu primera herramienta. Reflexiona sobre estas verdades y guárdalas en tu caja de herramientas para siempre. El siguiente es un ejercicio que te hará retroceder en el tiempo hasta el momento en que viste por primera vez a tu hija. Entrar en contacto con este momento marcará el principio del trabajo inicial que emprenderemos juntos y continuará en los siguientes dos capítulos. Si es posible, empieza con un bloc o cuaderno nuevo y tenlo a la mano durante todo el proceso. Al final de este libro, tendrás un diario personal que podrás consultar. Por ahora, quiero que te concentres en el momento en que estas cuatro verdades pasaron a formar parte de tu vida: el momento en que te convertiste en madre. Ésta fue tu primera conexión verdadera. Independientemente de que hayas dado a luz a tu hija, la hayas adoptado o una madre de alquiler la haya traído al mundo, el momento en que viste a tu hija por primera vez fue, sin duda, impresionante y definitivo en tu vida. Y aceptaste esta responsabilidad para siempre. No importa si tu hija es todavía bebé, niña pequeña, adolescente o adulta, quiero que para empezar este viaje recuerdes esa primera conexión con ella.
EJERCICIO: PRIMERA MIRADA El objetivo de este ejercicio es reconectarte con uno de los momentos más impactantes de tu vida: la primera vez que viste a tu hija y pudiste tocarla. El ejercicio comienza con un periodo de diez minutos de relajación o meditación seguido de un registro guiado de la experiencia en tu diario. Lee detalladamente estas instrucciones antes de empezar.
Preparación 1. Momento de quietud: Comprométete a dedicar diez minutos al día, sin interrupción, a estar tranquila. Puede ser a cualquier hora (mañana, tarde o noche), como tú prefieras. Trata de elegir un momento en el que haya menos probabilidades de que te interrumpan. Este periodo es tu momento de quietud.
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Lado a lado 2. El lugar: Elige un lugar tranquilo, en interiores o en exteriores, donde puedas sentarte o reclinarte. Aunque no es realista pensar que te encontrarás en la cima de una montaña o cerca de una cascada fascinante (si así es, ¡qué suerte tienes!), el lugar que escojas debe ofrecer una sensación de paz y tranquilidad. Quizá sea un lugar que te traiga buenos recuerdos de ti y tu hija. Elige cualquier sitio que te ayude a relajarte. 3. Ponte cómoda: Una silla, un sofá, el piso, el césped. Suaviza tus alrededores con almohadas, mantas o cualquier otra cosa que te haga sentir más cómoda. Usa ropa suelta o que no te quede ceñida para que te sientas todavía mejor. 4. Música: Si decides poner música durante este ejercicio, procura que el volumen sea bajo para que no te distraiga.
Meditación Una vez que estés preparada y completamente cómoda, asimila tus alrededores. Luego de un momento, pon tu despertador o la alarma del teléfono para que suene dentro de diez minutos. Cierra los ojos y continúa con lo siguiente: 1. Respira despacio y profundo: Mientras te sientas en silencio, comienza a tomar respiraciones lentas y profundas. 2. Concéntrate en tu respiración: Para ello, imagina cómo va entrando el aire en todo tu cuerpo. Inhala y exhala; respira profundamente. Trata que cada exhalación sea más larga que la inhalación. Continúa centrándote en la exhalación. Siente cómo sale el aire del cuerpo. Trata de no apresurar nada durante este lapso. Relájate y reflexiona sobre el viaje que terminó con la primera vez que viste a tu hija. Evoca algunos de los días que siguieron y piensa en los detalles específicos del camino. Permítete recordar estos acontecimientos tal como fueron, la alegría y el dolor: 1. El día que decidiste emprender el viaje: Sea que hayas concebido de manera natural, por inseminación artificial, por fertilización in vitro, o hayas optado por la adopción o una madre de alquiler, piensa en
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Fortaleza el instante de tu vida en que decidiste emprender el viaje hacia la manifestación de tu hija. ¿Qué sucedía en tu vida en ese momento? Piensa en las verdaderas razones por las que quisiste tener un hijo. ¿Qué expectativas tenías entonces? ¿Con quién concebiste a tu hija? Piensa en esa persona, cómo se conocieron, su primera caricia. 2. Embarazo: Piensa en este proceso en su conjunto. Recuerda su sencillez o sus complicaciones. Si la concepción fue natural (y sabes qué día ocurrió), piensa en esa experiencia. Si el proceso fue complicado, ¿por qué motivo fue así? ¿Cómo te hicieron sentir esas complicaciones: frustrada, temerosa, resignada, triste? ¿Cuáles fueron algunos de tus principales trastornos emocionales y físicos en ese tiempo? ¿Alguna vez perdiste a un bebé? ¿Transcurrió una larga serie de meses en los que no pudiste concebir? ¿Tuviste un intento fallido de inseminación artificial? ¿Hubo otras desilusiones? ¿Estuviste sola durante tu embarazo? ¿Qué te ayudó a superar estos acontecimientos y a seguir adelante? 3. El día que te enteraste de que estabas embarazada: Si estuviste embarazada, ¿cómo te enteraste? ¿Cómo te sentiste cuando te dieron la noticia: feliz, asustada, molesta? ¿Tenías síntomas físicos, y de ser así, cuáles fueron? ¿Quién fue la primera persona a la que le diste la noticia y qué palabras empleaste? ¿Cómo reaccionó esa persona ante la noticia? 4. Recuerda el proceso: Si estuviste embarazada, piensa en los altibajos que experimentaste, como el primer ultrasonido, otros análisis, la náusea matutina. Si pasaste por el proceso de adopción, dentro de tu país o en otro, piensa en lo que tuviste que hacer para concluir el proceso. ¿Cómo te sentías en esa época, tanto en lo emocional como en lo físico? 5. La expectación del último minuto: Piensa en los últimos días, el trecho final, antes de conocer a tu hija. ¿Te sentías feliz, asustada, ansiosa, llena de arrepentimiento? ¿Estabas nerviosa porque temías no ser una buena madre? Si estuviste embarazada, ¿tenías miedo del trabajo de parto y el alumbramiento? 6. Día del nacimiento: Si diste a luz, ¿te sentías preparada? ¿Tuviste que salir corriendo al hospital para llegar a tiempo? ¿O fue un proceso lento con pocas falsas alarmas? ¿Cómo fueron las contracciones? ¿Cómo fue el parto? ¿Salió según lo planeado, o hubo un cambio de planes, por ejemplo, una cesárea o una emergencia de algún tipo?
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Lado a lado 7. Primera mirada: Recuerda todo lo que puedas de la primera vez que viste a tu hija. Cada detalle de su rostro, nariz, ojos, mejillas, boca. Su cabello, su olor. El sonido de su llanto. Cómo se sentía. Cómo te sentiste cuando la besaste, cómo se veía ella entonces. Medita en estos detalles conmovedores que son afirmaciones de vida.
Registro guiado Escribe los sentimientos y pensamientos que tuviste durante la meditación. Puedes escribir palabras simples y adjetivos por cada momento, o hacer descripciones más detalladas. Esto te servirá como referencia mientras vas leyendo este libro, y será algo que tendrás para siempre como recuerdo.
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