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1 Amalia era la más joven de una tropa considerable de nietos. Su abuela la asombraba, siempre con aquellos vestidos de color verde junco, que a los ojos de los niños debía de parecer una vieja sabia o quizá una bruja. Si salías al exterior con el pelo húmedo podías pillar un resfriado de primera o incluso una pulmonía, de eso estaba segura la mujer. Ella, en cambio, se pasaba horas trajinando en el jardín, ignoraba la lluvia que empezaba a caer y terminaba empapada, sin arriesgarse a contraer la tan temida pulmonía, capaz de llevársela por delante. A los cuatro años, Amalia le dijo a su abuela: –¡Cuando hayas terminado de vivir, me gustaría quedarme con tu anillo verde! Veinte años después, todavía la atraía aquel anillo de jade. Un día le preguntó, algo azorada, si le dejaba probárselo. –Cariño, este anillo es un recuerdo. Ya no me lo puedo sacar, hace tiempo que se quedó atascado. 9

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«Cuando muera –‌pensó Amalia estremeciéndose–, habrá que cortarle el dedo para recuperar el anillo.» Resultaba sorprendente que una mujer tan eficiente, y con el bachillerato cursado, pudiera ser una persona tan retrógrada, puritana y supersticiosa para ciertas cosas. ¿Era senilidad? ¿Acaso padecía Alzheimer? Estando las dos solas, la abuela la había advertido con insistencia en contra de bañarse o ducharse en determinados días. –¡Y creo que ayer lo volviste a hacer! –‌le espetó, furiosa. Quién la habría convencido de semejantes paparruchas y cómo detectaba ella cuándo tenía su nieta el periodo era todo un misterio. En cualquier caso, Amalia sabía muy bien que, desde que tenía novio, la observaban con lupa. El Convento era el nombre con que los vecinos habían bautizado el chalé de los Tunkel en Mörlenbach –‌una casa grande, pero muy venida a menos–, dado que sus inquilinas parecían haber encerrado allí sus almas para protegerlas de las tentaciones mundanas. La abuela era viuda, su hija estaba separada e incluso Amalia, a sus veinticuatro años, seguía viviendo en casa. En verano, la verja de hierro forjado de El Convento se cubría con las aterciopeladas campanitas azules de la frondosa gloria de la mañana, que se alternaban con voluminosas uvas negras y girasoles altos. A primera vista, el arreglo parecía del todo casual, pero si uno se fijaba, se daba cuenta de que 10

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allí reinaba una mujer de buen gusto. Y si se quedaba un rato parado y se empapaba bien de aquel fragmento de naturaleza, quedaba un poco embrujado por la magia de los matices verdes, azules y amarillos. En primavera eran las peonías blancas, que crecían a sus anchas desde hacía décadas. En muchos jardines vecinos del chalé –‌en la región de Odenwald– crecía la peonía común, que florecía con igual profusión, pero cuyas flores de color rojo intenso no otorgaban un aire tan noble como las de su hermana blanca. Princesa aquí, pueblerina allí... en definitiva, no era muy distinto de lo que ocurría con las nietas: Clara, con su tez de suave color porcelana, se distinguía netamente de Amalia, de sonrosadas mejillas o muy bronceada, dependiendo de la época del año. La villa la habían construido los tatarabuelos de Amalia; sobre una piedra, en el umbral de la puerta, todavía se leía el año de su construcción –‌1902– y los nombres grabados de los fundadores: Anna Elisabeth y Justus Willibald Tunkel. La torrecita esquinera del ala lateral se alzaba por encima de las demás casas de la calle, pues a principios del siglo xx la construcción todavía no estaba regulada por ordenanzas estrictas. Las ventanas tenían un tragaluz y terminaban en un agradable arco de medio punto. En otro tiempo, la mansión estaba forrada de vegetación, pero la vid silvestre había muerto décadas atrás. Sin embargo, por desgracia, no disponían de medios para arrancar el esqueleto seco de ramas gruesas y finas, ni para revocar y pintar de nuevo la fachada. 11

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Durante años, en la casa no entraban más que el encargado de la lectura del contador del gas y el deshollinador; cartero y portadores de paquetes eran despachados sin pasar de la puerta. Pero ahora existía la amenaza de un intruso: a Amalia, la benjamina de la casa, últimamente se la veía siempre con el mismo chico, que llamaba la atención por su considerable estatura. «Alto y fuerte muchachote frisón»,* recitaba su madre –‌que se sabía muchos poemas de memoria– refiriéndose a él. A los veinticuatro años, ya iba siendo hora de que Amalia abandonase la soltería. Ellen, la madre de Amalia, puso ese nombre a su hija menor por el drama de Schiller Los bandidos, y Clara a su hermana mayor –‌que ahora estudiaba en Colonia– por Egmont, la obra de Goethe. En realidad, Ellen quería ser actriz, pero Hildegard boicoteó ese proyecto o tal vez su talento no alcanzara para tanto, en eso había división de opiniones. Ahora trabajaba como administrativa en la Oficina de Atención Ciudadana, y allí se aburría a muerte. Desde su divorcio, Ellen no se había acostado con ningún hombre, aunque acostumbraba a leer, a escondidas de su familia, los anuncios de contactos del periódico y, de un tiempo a esta parte, también en internet. Ellen desenmascaró a su marido a través de los números de la primitiva. Cuando se conocieron, am*  «Hohes, hartes Friesengewächs», en el original. Verso correspondiente al poema titulado «Nis Randers», de Otto Ernst, publicado en 1907. (N. de la T.)

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bos eran pobres, y trataban de mejorar sus finanzas mediante apuestas semanales a este juego de azar. Los números elegidos eran siempre los mismos: los días de sus propios cumpleaños y los de sus respectivas madres. Más adelante los cambiaron por los de sus dos hijas. El quinto y el sexto números los dejaban al azar. Un día, Ellen reparó en que desde hacía algún tiempo su marido marcaba cada vez el número catorce. Se abstuvo de hacer cualquier comentario, esperó, y no preguntó por el significado de ese número hasta pasados varios meses. Él le contestó entre balbuceos que era la fecha del aniversario de su difunta abuela, a quien había querido con locura. Puede que lo estuviera observando desde arriba, se sintiera halagada y les enviara la suerte. La superstición no encajaba con él. En cierto momento, hablando con su suegra por teléfono, Ellen se interesó por la fecha de nacimiento de la ominosa abuela. La mujer falleció cuando el marido de Ellen no tenía más que dos años, y además había nacido el 31 de diciembre. A partir de entonces empezó a espiarle, y pronto lo descubrió. Nina, su propia sobrina, celebraba su cumpleaños el día catorce. Ellen pidió el divorcio, se mudó a vivir con su madre y, durante algún tiempo, no se fió de ningún hombre que se cruzara en su camino. Los que aparecían en los anuncios –‌sobre los cuales, por si acaso, sólo se informaba amparada en el anonimato–, buscaban o sexo o dinero. A menudo se postulaban también viudos de setenta años, desbordados por la intendencia doméstica. Otra de las categorías pretendía encontrar chicas de buena familia o con 13

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deseos de descendencia. Por desgracia, todo indicaba que una mujer ya entrada en el climaterio, aun siendo esbelta y no fumadora, lo tenía muy crudo para emparejarse. No podía decir que no se hubiera enamorado en todos esos años. Estando todavía casada se había encaprichado de un compañero de trabajo; más adelante se prendó de un pediatra, de un jardinero del cementerio y de un joven asesor fiscal. Sin embargo, luego se alegró de no haber llegado a intimar con ninguno de ellos. Ellen era consciente, al menos en teoría, de que a los hombres se les idealizaba con rapidez, tan pronto como te miraban fijamente a los ojos una segunda vez. «Si alguien se interesa por mí, sólo puede ser una persona maravillosa», creía ella entonces. Pero el atractivo joven del trabajo flirteaba con casi todas las compañeras más jóvenes y se pavoneaba de sus éxitos; el pediatra resultó ser pedófilo; el jardinero, un hombre casado, y el asesor fiscal, un tipo aburrido y adicto al consumismo. Llegó un momento en que Ellen perdió la fe en sí misma. Ya no se fiaba de sus propios instintos, y sólo repasaba los anuncios para entretenerse, al igual que otras mujeres resuelven sudokus o crucigramas, se dedican a componer puzles o a hacer solitarios. En su juventud, a Ellen le entusiasmaban los poetas y pensadores del romanticismo alemán. Ellos, con su flor azul,* la habían hecho soñar en multitud de ocasiones. Mörike le cantaba a la isla Orplid; Ei*  Blaue Blume en el original, la flor azul era un símbolo central en el romanticismo, que representaba la nostalgia, el amor y el ansia de fundirse con el infinito, así como, más adelante, el deseo de conocer mundo. (N. de la T.)

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chendorff enviaba a su inútil*de viaje al Sur, al igual que Goethe a su Mignon. Mi alma desplegaba sus anchas alas...** Así, Ellen volaba a Italia una y otra vez en su imaginación. Pero cuando en sus ensoñaciones diurnas un encantador romano se abalanzó sobre ella, aquello la afectó tanto que se autoimpuso una penitencia, y pasó días dedicada a vaciar, ordenar y limpiar armarios de cocina, baúles y cómodas. Al casarse con Ellen, Adam, su marido, adoptó el apellido de ella y renunció al suyo, pues Szczepaniak resultaba demasiado difícil de deletrear. Por eso, todas las mujeres residentes en El Convento se llamaban Tunkel: la abuela Hildegard, su hija Ellen y las dos nietas, Clara y Amalia. Tanto Ellen como Amalia trabajaban en una población a ocho kilómetros de distancia, y salían temprano de casa por la mañana. Ellen iba en coche a la oficina y, por el camino, dejaba a Amalia en la consulta ginecológica donde su hija estaba empleada como ayudante. –Hoy pasará Uwe a recogerme –‌dijo Amalia al despedirse. Era miércoles, y la consulta no abría por la tarde–. Queremos ir de compras a Mannheim. Ellen se limitó a suspirar. La niña se gastaba todo el sueldo en ropa; ni se le pasaba por la cabeza colaborar, al menos, en el pago de la gasolina o aportar una pequeña contribución para teléfono, calefacción o comida. –Cuando andas todo el día con zapatos blancos de enfermera –‌trató de calmarla Amalia–, en tu vida   *  Hace referencia al protagonista de De la vida de un inútil, de Joseph von Eichendorff (1826). **  Meine Seele spannte weit ihre Flügel aus... en el original, verso de un poema de Eichendorff. (Notas de la T.)

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privada necesitas llevar cosas modernas. Hace poco vi unos botines vintage... «A mí también me gustaría –‌pensó Ellen–, pero aún hay que pagar la factura por la reparación de la cañería rota.» La casa, la construyeron sus antepasados adinerados como residencia familiar representativa, pero hacía mucho que pedía a gritos una rehabilitación. En cuanto terminaban de arreglar un agujero urgente, podían volver a empezar en otro lado. Años atrás, su madre alquilaba el piso más grande, pero ya entonces las ganancias se invertían casi siempre en mantenimiento. Cuando se marcharon los últimos inquilinos, estando ella recién divorciada, se mudó con sus hijas a la planta baja. Desde aquel momento pendía sobre sus cabezas una espada de Damocles, pues ya hacía tiempo que había un quemador de la caldera por cambiar, el tejado con sus goteras por reparar y, en el jardín, dos árboles podridos por talar. El exmarido de Ellen se había ocupado de la educación de sus hijas, pero ahora ya no cabía esperar nada de él, porque estaba sin empleo y carecía de perspectivas de encontrar nada. Clara, al menos, se beneficiaba de una beca, además de trabajar como diseñadora gráfica en la agencia de publicidad de su novio y de impartir un curso de dibujo manga en la universidad pública, los fines de semana, con todo lo cual se las apañaba sola desde el punto de vista financiero. Amalia, en cambio, ganaba relativamente po­ co, y cada dos por tres tenía la cuenta bancaria en nú­meros rojos. A decir verdad, Ellen estaba realmente obligada a encontrar a un mecenas rico que se prendara de la antigua belleza de la mansión modernista y hallara satisfacción en sanearla de arriba abajo. 16

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A fin de estirar al máximo el poco de dinero con que contaban, la anciana preparaba cada tres noches tortitas de requesón, una dulce especialidad sajona que en otro tiempo solía volver locos a los niños. Entretanto, se había convertido con demasiada asiduidad en sustituto de la carne, un recurso pensado exclusivamente para saciar, que Amalia miraba con desprecio. La receta era sencilla: patatas cocidas con piel, peladas y ralladas, bien mezcladas con requesón, un huevo y harina, sazonadas con azúcar, canela, uvas pasas y raspadura de piel de limón, y bien doradas en la sartén con mantequilla fundida. Se servían acompañadas de compota de manzana: en definitiva, un plato económico y sabroso que Ellen, Amalia y tal vez incluso Hildegard empezaban a odiar. La alternativa se reducía a patatas asadas con panceta y dos huevos batidos o sopa de lentejas. Ahorrar iba ligado a renuncias, era raro que se sirviera algún bistec en aquella mesa. Mientras Ellen conducía su Polo a toda velocidad hacia el trabajo tuvo una extraña ensoñación: galopaba con el cabello al viento sobre un corcel blanco, ágil y ligera, los cascos apenas tocaban el suelo. «En otra vida fui una princesa –‌pensó–. En cualquier momento entrará en juego un príncipe.» Y con esta esperanza entró por fin en la amplia sala de la Oficina de Atención Ciudadana.

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