PIEDRA, PAPEL O… ¡DENTERA!
UNA AVENTURA DE MOFETO Y TEJÓN
de AMY TIMBERLAKE / /
con ilustraciones de JON KLASSEN

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Publicado por primera vez por Little Brown and Company, un sello de Hachette Book Group.
1290 Avenue of the Americas, New York, NY 10104
Texto © Amy Timberlake, 2025
Ilustraciones © Jon Klassen, 2025
Diseño de Carla Weise
De esta edición © Editorial Flamboyant, S. L., 2026
Gran Via de les Corts Catalanes, 669 bis, 4.º 2.ª Barcelona (08013) www.editorialflamboyant.com
Todos los derechos reservados
Traducción del inglés © Patricia Antón de Vez, 2026
Corrección de textos: Raúl Alonso Alemany
Primera edición: marzo de 2026
ISBN: 979-13-87614-34-8
DL: B 1968-2026
Impreso en Egedsa, Barcelona
Libro libre de emisiones de CO 2 gracias al acuerdo establecido con la Fundación Plant-for-the-Planet.
UNA AVENTURA DE MOFETO Y TEJÓN
AMY TIMBERLAKE
Ilustraciones de JON KLASSEN
Traducción de
PATRICIA ANTÓN DE VEZ

EL INVIERNO NO ERA LA MEJOR ESTACIÓN PARA COMPARTIR DESAYUNOS. Tejón pensaba que Mofeto, su compañero de casa, ya lo sabía. Pero Tejón había bajado a desayunar y se había encontrado a su amiga Raspona la Rata, con su casco y su chaleco de trabajo con bolsillos, sentada con las piernas cruzadas en la mesa de la cocina. Mofeto estaba preparando el desayuno e iba y venía entre los fogones, los armarios y la panera. Raspona y él estaban recordando los «buenos viejos tiempos».
Desesperado por tomarse su chocolate caliente del desayuno, Tejón entró dando traspiés en la cocina. Se deslizó en su asiento mientras Mofeto le decía a Raspona:
–¿Que te serví sopa de tomate en una cáscara de melón vacía?
¡Ja! ¡Me lo creo! En aquella época, tenía una olla, mi hornillo de
hojalata número diez, y todo lo que comía iba a parar a la taza marrón llena de grumos. –Hizo una pausa y entornó los ojos para mirar a Raspona–. ¿Qué tal estaba mi sopa de tomate en la cáscara de melón? Me parece que el melón puede combinar bien con el tomate.
Raspona sonrió.
–¿Y yo qué sé? Tuve que tomarme la sopa de un trago. ¡El melón se disolvió entre mis zarpas!
–¡Claro! ¡Ja!
Mofeto y Raspona se conocían desde hacía mucho tiempo. Por lo poco que Tejón sabía sobre aquella época de la vida de Mofeto, no le parecía que fueran muy «buenos viejos tiempos» que digamos. Raspona y Mofeto habían vivido bajo un puente. Mofeto tenía su vivienda debajo del segundo contenedor de basura azul.
En la actualidad, Mofeto vivía con Tejón en la casa de ladrillo en North Twist. La primavera anterior, Tejón había abierto la puerta y se había encontrado a Mofeto en el umbral con una maleta roja. Por lo visto, tras haber vivido felizmente con sus solitarias costumbres, Tejón tenía un compañero de casa. Por sorprendente que parezca, la cosa había funcionado bien. Mofeto era un buen compañero, un gran cocinero y, lo mejor de todo, era amigo de Tejón.
Sin embargo, ¡los cambios habían seguido llegando! Dos semanas atrás, Céfiro y Zenón, dos diminutos cachorros de rata,
se habían mudado allí. ¿Y ahora Mofeto invitaba a gente a desayunar? ¿En invierno, nada menos? ¡En invierno, la comida era un asunto muy serio!
–¡¡La hoguera de Año Nuevo, sí!! –gritó Raspona sonriendo a Mofeto. Dio un golpe con la zarpa en la mesa, paf.
Tejón se estremeció con ese paf. ¿Dónde estaba su chocolate caliente? (Por naturaleza, Tejón no era amigo de las ratas, en particular de las ratas noruegas, a las que consideraba «las grandes». Pero las cosas habían cambiado el verano anterior, cuando Tejón había visto al Gremio de Ratas 73 en acción y más tarde había conocido a Raspona, su líder electo).
–¡Bengalas! ¡Coro de mirlitones! ¡Pan asado en un palo!
–exclamó Mofeto mientras batía algo húmedo en un cuenco.
Mofeto se dio la vuelta.
–Buenos días, Tejón. Como puedes ver, ¡ha venido Raspona!
El Gremio de Ratas 73 está haciendo unas obras en la cafetería
Veg & Ovo, así que Raspona se ha pasado a ver cómo estaban Zenón y Céfiro.
Tejón soltó un gruñido.
–Hmmm.
Mofeto miró a Tejón e indicó con la cabeza a Raspona.
Tejón murmuró a regañadientes:
–Buenos días.
Raspona asintió alegremente.
–¡Sí que son buenos! Sopla un viento fresco del oeste, la temperatura está bajando. ¡He tenido que ir en busca de mi abrigo de lana! El invierno está en camino. ¡En camino!
Tejón parpadeó mirando a Raspona y luego observó cómo Mofeto usaba unas pinzas para mojar un sándwich en un cuenco, chif-chof-chif-chof.
–Suelta el discurso promocional del Gremio de Ratas 73, Raspona –exclamó Mofeto–. ¡Tejón nunca te lo ha oído!
–¡Jo! ¡Vale! –Raspona le dedicó una sonrisa con sus dientes amarillos a Tejón mientras dejaba la servilleta y se levantaba–. «Construimos, demolemos, apilamos, rellenamos, fabricamos, forjamos, ponemos llaves de paso, excavamos túneles o construimos sobre ellos. Por arriba y por abajo. ¿Los acabados peliagudos te están sacando de quicio? Las ratas artesanas del Gremio de Ratas 73 trabajan con precisión y rozan la perfección. ¿Necesitas que se haga algo a toda prisa? El Gremio de Ratas 73 también está ahí para eso. Las ideas, los bocetos y los planos tienen precio aparte, pero soñaremos… ¡y planearemos! contigo».
Mientras Raspona recitaba su discurso, Tejón recordó la avalancha de ratas con cascos de obra y dientes lo bastante fuertes como para morder la roca. ¡Aquel día había cambiado muchas vidas!
Cómo habían acabado Tejón, Mofeto y Augusta, una gallinita naranja y buena amiga, en medio de una obra del Gremio de Ratas 73 era una historia larga y complicada. Los detalles importantes eran estos: el Gremio de Ratas 73 había acudido a una cueva para excavar un huevo de dinosaurio. Por imposible que parezca (¡pero sí, había sucedido!), de aquel huevo había nacido un dinosaurio vivo y coleando. Luego, con un movimiento tan veloz que Tejón ni lo habría visto de haber parpadeado, el dinosaurio recién nacido se había comido a una rata del Gremio 73. («¡Se ha zampado a una rata!», había gritado Mofeto, horrorizado). Lo que siguió fue una huida apresurada, para todos excepto para Augusta, que se había puesto a cantarle una gorjeante canción al dinosaurio. Lo siguiente que vio Tejón fue cómo Augusta abandonaba la cueva con el dinosaurio, alejándolo del peligro.
Dos semanas más tarde, Raspona aparecía en la casa de Mofeto y Tejón en North Twist con las crías de rata Céfiro y Zenón. Resultó que la rata que se había zampado el dinosaurio era la madre de Céfiro y Zenón.
Tejón se estremeció.
Raspona, que ya estaba llegando al fin de su presentación del Gremio de Ratas 73, apoyó una pata trasera en los dientes del tenedor que sostenía Tejón, puso un codo sobre la rodilla y miró a Tejón.
–«Pide por esa boquita y nosotras lo haremos».
Tejón sacó el tenedor de debajo de la pata de Raspona.
Mofeto aplaudió con las garras y dijo:
–Todo eso es verdad. Las ratas del Gremio 73 pueden hacer cualquier cosa.
Mofeto se volvió hacia la cocina. La campana extractora se encendió con un rugido. Una sartén apareció sobre un fogón con un chasquido y el aceite se vertió en ella con un glug-glug.
Raspona se sentó con las piernas cruzadas frente a su mantel individual y le sonrió a Tejón.
Parecía necesario hacer algún comentario.
–Impresionante –logró decir Tejón.
Se frotó la cara peluda con una pata. Raspona parecía haber empezado su jornada horas atrás. «El desayuno. ¿Cuándo se desayuna aquí?».
Una espátula metálica raspó la sartén, ris-ras, ris-ras. Y luego: ¡zuuup-psssss!, ¡zuuup-psssss!
Tejón levantó la vista. El desayuno llegó unos instantes después.
–¡¡Torrijas con mantequilla de frutos secos!! –Mofeto colocó un plato con triángulos rebozados en huevo sobre la mesa de la cocina. Dejó unas pinzas junto al plato–. Usadlas. –Luego volvió con tres tazas–. Chocolate caliente. Es la única bebida posible para el desayuno.
Tejón agarró su taza con ambas zarpas y tomó un sorbo. Luego cogió un triángulo de huevo con las pinzas, lo puso en su plato, lo pinchó con el tenedor y se lo llevó a la boca para masticarlo con cara pensativa: «Huevo, canela…, mantequilla de almendras… ¡Un acorde inicial! Una sinfonía para el paladar: el sabor a fruto seco del violonchelo, la capa cremosa de huevo del timbal».
–¿Sirope de arce? –preguntó Mofeto sosteniendo una jarrita.
–¡Ah! –exclamó Tejón tendiendo la zarpa. «La dulzura leñosa del oboe solista».
La cocina se llenó con los sonidos de los animales desayunando.
El plato de Tejón se fue vaciando y, de repente, quedó totalmente vacío. Apuró su taza. El chocolate le cayó en grumos arenosos en la lengua.
Los grumos arenosos tenían un tono más grave.
–¡¡Qué buen desayuno!! –Raspona apartó su plato–. Gracias por acoger a Zenón y Céfiro. No me importa decir que no tenía muy claro lo de dejarlos aquí. ¡Una mofeta y un tejón no son precisamente ratas! Pero es lo mejor. En la colonia no se ha parado de hablar de lo que le pasó a su madre. ¡Y menudas teorías circulan por todas partes! Algunas de ellas son totalmente chifladas, de locos. ¿Y quién creería lo que pasó de verdad? ¿Un dinosaurio?
¿Nacido de un huevo? ¡Esa sí que es buena! De todos modos, es mejor que Céfiro y Zenón no oigan todo eso. –Dio una palmada
con las zarpas–. ¡Bien! Han pasado dos semanas. Estoy aquí para ayudar. ¿Cómo va la crianza de las ratas? ¿Preguntas? ¿Preocupaciones? Si las tenéis, yo puedo resolverlas.
–¿La crianza de las ratas? –repitió Mofeto haciendo una mueca y mirando a Tejón.
Tejón se encogió de hombros y negó con la cabeza.
Mofeto contestó:
–La crianza de las ratas va bien. No tenemos preguntas ni preocupaciones.
–Vaya. –Raspona miró al uno y luego al otro–. No era lo que esperaba oír. Estamos hablando de ratas, ¿verdad? ¿De las dos ratitas que duermen ahora mismo en sus literas? ¿Arriba, en la antigua habitación de la tía Lula?
Tejón se echó a reír.
–¡Jua, jua! –¡Siempre pasaba lo mismo! Y añadió–: Todos los animales piensan que educar a sus crías requiere habilidades especiales, pero en todos los casos hace falta lo mismo: comida, refugio y…, ya sabes, buena suerte. Soy un tejón adulto. ¿Y esas ratas? Me caben en un bolsillo. –Se dio una palmada con la pata–. Es pan comido.
Echando un vistazo a los bolsillos de Tejón, Raspona respondió:
–Te das cuenta de que las ratas crecen rápido, ¿verdad?
A trompicones, sí, pero, a las nueve o diez semanas, una rata sabe quién es y qué quiere hacer. No es como…
Tejón la interrumpió:
–En serio, Raspona, criar ratas es solo cuestión de rutina. Si encuentras la rutina adecuada, todo encaja, clac, clac, clac. –Tejón hizo un gesto con la zarpa en el aire para mostrar cómo encajaba todo (ruidosamente) en su sitio.
Raspona se lo quedó mirando.
–Vale, pero la espontaneidad y la improvisación son rasgos típicos de…
–¡¡¡Las normas son la clave!!! –bramó Tejón–. A las ratas no se les permite entrar en los conductos ni debajo de las tablas del suelo.
Ahora fue Mofeto quien se rio.
–¡Ja! Ya veo que no nos crees, Raspona. Pero Tejón y yo formamos un buen equipo. A mí se me da bien conseguir provisiones y cocinar. Tejón está acostumbrado a vigilar rocas, de modo que vigilar a un par de ratas no le resulta difícil.
–Yo no vigilo rocas –murmuró Tejón–. Hago una importante labor petrológica.
Mofeto entornó los ojos al mirar el interior de la taza de Raspona.
–Necesitas más chocolate caliente.
Raspona, cuyo rostro era la viva imagen de la incredulidad, levantó una pata.
–No. Ya está bien así, pero gracias.
Tejón inclinó su taza vacía hacia delante y hacia atrás de manera sugerente.
Mofeto no le prestó atención.
–He aquí la cuestión –dijo Raspona–: La madre de Zenón y Céfiro no era una rata cualquiera. Era una rata del Gremio de Ratas 73. En la colonia, hemos descubierto que educar crías de rata del Gremio 73 conlleva…, eh…, ciertos retos, digamos. El uso de herramientas, por ejemplo…
–Sí, sí –intervino Tejón interrumpiendo a Raspona de nuevo–. Hubo cosas que tuvimos que aprender, sobre todo durante aquellos primeros días.
Raspona se sentó más tiesa en su silla.
–A eso me refiero.
Tejón le dedicó a Raspona una sonrisa cómplice y continuó:
–¿Quién iba a imaginar que no era suficiente dar las buenas noches, cerrar la puerta y esperar a que Zenón y Céfiro se acostaran en sus literas? Descubrimos que había que vigilar a las ratas hasta que se metían dentro de sus literas. ¿Y cuando ya se habían metido dentro? –gruñó Tejón–. ¡Descubrimos que había que hacer algo para que siguieran ahí! Unas noches, Mofeto les lee un cuento
de su libro rojo. Otras noches, yo toco melodías con mi ukelele. Lo que mejor funciona es algo lento, repetitivo y vagamente melódico.
Mofeto asintió con gesto enérgico.
–¡Hasta que se duermen!
–Dormir es muy importante a esa edad –comentó Tejón.
–Tejón tiene razón. –Mofeto asintió con la cabeza–. ¡¡Está chupado!! –Mofeto saltó de su silla, murmurando algo sobre que debía hacer más torrijas con mantequilla de nueces para Céfiro y Zenón–. No tardarán en despertarse.
Raspona se quedó boquiabierta y se levantó el casco para frotarse una línea de suciedad en la frente.
–Mirad –dijo finalmente–. Voy a estar un tiempo bajo tierra, y va a ser complicado ponernos en contacto. Esta es vuestra última oportunidad. ¿Alguna pregunta sobre la crianza de las ratas?
¿Alguna cosa que no tengáis clara?
A Tejón se le ocurrió una pregunta.
–¿Por qué llevan esos jerséis tan grandes?
Según los cálculos de Tejón, las ratitas eran un setenta y cinco por ciento jersey y un veinticinco por ciento rata. Pero antes de que Raspona pudiera responder, una voz aguda chilló:
–¡Es Raspona!
Y otra le siguió:
–¡¡Raspona!!

Zenón y Céfiro, con sus jerséis de lana ondeando, entraron corriendo en la cocina. Céfiro, cubierta de punto verde oliva formando ochos, exclamó:
–¿Sabes dónde está la pulidora de piedras de Tejón?
A sus espaldas, Zenón chilló:
–¡Deberías hacerte con un ukelele! –Y simuló rasgar las cuerdas. La manga interminable de su jersey de lana color crema se agitó en el aire y toda conversación sobre la crianza de las ratas llegó a su fin.
Céfiro y Zenón desayunaron. Tejón recogió y lavó los platos.
Luego, Raspona se puso su abrigo de lana, Mofeto se abrochó la cremallera de su chaquetón y los dos salieron juntos. («Tengo que encontrar una calabaza de invierno», dijo Mofeto. «Rehabilitación del sótano, allá voy», dijo Raspona). La puerta principal se cerró con una ráfaga de aire frío.
A solas con las ratas, Tejón no perdió el tiempo. «¡Aire fresco! ¡Ejercicio! ¡Seguido de una buena siesta!». Cogió su chaquetón y llevó a las ratas, ya envueltas en sus jerséis, al jardín trasero. Las dos bajaron en estampida por los escalones, haciendo ondear sus enormes prendas de lana.
–¡Je! ¡Je, je!
El cielo era una manta gris. El aire era helado, pero ¿dónde estaba la nieve? «Llegará cualquier día de estos», pensó Tejón tapándose las orejas con su gorro de lana.
Se sentó en el escalón del porche y observó a las diminutas ratas corretear entre los restos del jardín de la tía Lula. Contempló los montículos de hierba y los prodigiosos arbustos que se alzaban sobre él. Todo se había convertido en simples palos y vainas. El cobertizo del jardín de la tía Lula, repleto hasta rebosar, ocupaba el rincón más alejado. (Tejón evitaba el cobertizo. Había conseguido cerrar la puerta una vez; hacerlo dos veces supondría tentar a la suerte).
Algo lanudo rozó la pata trasera de Tejón. Una patita diminuta le dio una palmada en la espinilla.
–¡¡La llevas tú!!
Tejón miró hacia abajo y vio lana de color verde oliva con ochos, dos ojos brillantes y una sonrisa pícara: era Céfiro.
Tejón se levantó del escalón del porche soltando un rugido.
–¿Dices que la llevo yo? –Pateó con fuerza el terreno con las zarpas traseras–. ¡Soy un bloque errático de origen glacial! ¿Qué hago aquí? No pertenezco a este jardín trasero. ¡Soy una roca! ¡Estoy plagado de xenolitos! ¡Tengo vetas llenas de cuarzo! ¡¡Soy una granodiorita de Dedham!!
Los glaciares y las rocas erráticas que dejaron atrás formaban parte del próximo artículo que Tejón estaba escribiendo para
La Gaceta del Fanático de las Rocas. Debía entregar ese artículo pronto. ¿Cuándo? Vaya, pues Tejón no sabría decirlo. Había anotado la fecha de entrega en el calendario de su taller de petrólogo, en el desván. Probablemente, debería comprobarlo.
–¡¡Gran-o-dina-mitaaaaaaaah!! –chilló Céfiro, y se precipitó peldaños abajo.
Tejón la siguió con paso pesado y tambaleándose un poco.
Y así pasaron varias horas. Formaron montones de hojarasca, saltaron encima y se enterraron los unos a los otros. Tejón habló sobre el origen de las hojas («¡Son de ese árbol!»), sobre su proceso
(«¡Del brote a la hoja, y luego la hoja cae!») y su ciclo («¡Secas significa viejas!»). Luego Tejón enseñó a las ratas a jugar a «piedra, papel o tijera».
–¿Y ahora q-qué? –preguntaron Céfiro y Zenón, de pie ante él.
Tejón se fijó en que tenían un tono azulado. El canalé de los jerséis se estremecía. Algo castañeteaba. «¡Sus dientes!».
–¡Tenéis frío! –exclamó Tejón, alarmado.
Las ratas no parecían preocupadas.
Tejón las levantó agarrándolas por los jerséis, abrió la puerta trasera y las lanzó sobre la mesa de la cocina. Las ratas se apresuraron a ponerse en pie. Sus jerséis eran todo bultos y arrugas, y tan largos que los arrastraban.
Zenón extendió un puño tembloroso.
Al mismo tiempo, Céfiro extendió una pata plana.
–¡El p-papel envuelve a la p-piedra! ¡G-gano yo! ¡Je, je!
–¡Otra v-vez! –exigió Zenón.
«¡Tienen los hocicos azules!». A Tejón no le gustaba un pelo su aspecto. «Tengo que hacer que la sangre de las ratas circule!». Agarró a la una, luego a la otra, y las frotó brevemente con sus jerséis. ¿Cuánto calor habían perdido sus cuerpecitos de rata?
¿Cuánto calor necesitaban recuperar? ¿Cuál era su densidad? ¿Su capacidad térmica? «¡Demasiadas variables!».
¿Qué haría Mofeto?
Prepararía bebidas calientes.
Tejón corrió a abrir la nevera. ¿Qué había dentro? Una jarra de sidra. Fue en busca de un cazo, vertió la sidra en él y la calentó en los fogones. «¡Calentita, pero no ardiendo!».
Detrás de él, las ratas seguían canturreando:
–¡Piedra, p-papel o… dentera!
–¡Piedra, p-papel o… d-dentera!
–¡P-piedra, papel o… d-dentera!
Una pausa y luego:
–¡Las p-piedras ganan! –insistió Zenón.
–¡Gana la d-dentera, nuestros dientes incisivos muerden las piedras!
Tejón se dio la vuelta a tiempo para ver cómo Céfiro abría la boca y mordía, chas-chas.
–¿Dentera? –intervino Tejón–. No, no…, ¡es «tijera»! Es «piedra, papel o tijera». –Le puso a Céfiro una taza de sidra de manzana en las garras–. Ya sabéis, dos cuchillas unidas con una bisagra, esa cosa que corta el papel…
–Oh. Sí, ya he visto una. –Céfiro no parecía impresionada.
Tejón le puso una taza entre las zarpas a Zenón.
–¡Bebe! –Sus diminutas patitas de rata tenían un tono azul violáceo–. ¡¡Bebe más!! –insistió esperando una rápida transferencia térmica.
Tejón se recordó a sí mismo que las ratas no eran rocas. «Las ratas se calientan más deprisa».
Zenón sonrió mirando su taza.
–Es una buena bebida.
–Gran-o-dina-mitaaaaaaaah –susurró Céfiro desde el otro lado del vapor de su taza.
–¡¡Vetas llenas de cuarzo!! –exclamó Zenón–. Je. Je, je.
Céfiro se inclinó hacia Zenón. Tejón la oyó susurrar:
–Pues yo usaría mis dientes incisivos para cortar papel.
Zenón asintió con la cabeza.
Juntos parecieron observar con atención a Tejón.
Transcurrió un instante, luego Céfiro se frotó los ojos y bostezó.
–Hoooaaah…
Tejón vio su oportunidad. «¡Mi importante labor petrológica!».
Él también abrió la boca… mucho…, mucho más…
–AaaaaaUuuuuuh… OoooooAAAAAAUUUUUU. –Tejón pedaleó despacio con las zarpas en el aire–. Qué sueeeeeeñoooooo.
–Juntó las patas delanteras y apoyó la cabeza sobre ellas–.
AaaaaaUuuuuuh…
Tejón cerró los ojos.
Una taza hizo clunc. Tejón atrapó la taza de Céfiro justo antes de que se volcara. Zenón vio cómo Céfiro se acurrucaba en su jersey verde oliva y luego bostezó él también.
– OoooooUuuuuah-ah-ah. –Se tambaleó un poco y se quedó mustio como un muñeco de trapo.
Con la otra zarpa, Tejón agarró la taza de Zenón. Se bebió los restos de sidra, dejó las tazas a cierta distancia y cogió a cada rata por el cuello del jersey. Dejó caer a Céfiro en su bolsillo derecho y a Zenón en el izquierdo, y los arropó bien con sus jerséis.
Las ratas seguían durmiendo.
–¡Jua! –se rio Tejón–. Pan comido.
Y así, con las ratas en los bolsillos, Tejón subió las escaleras hasta su taller de petrólogo en el desván.
–A por mi importante labor petrológica, ¡vamos allá!

MIRÓ
IZQUIERDO, y luego a Céfiro, en su bolsillo derecho (también dormida). Asintiendo con la cabeza, cruzó el umbral y se detuvo en el aire helado del desván. Se frotó las zarpas la una contra la otra e inhaló el aroma calcáreo de las rocas y los minerales.
«¡Mi taller de petrólogo!».
Una pálida luz invernal se colaba por las ventanas situadas sobre la mesa de rocas de Tejón. Su Pared de Rocas (las excepcionales, las únicas, las raras e inigualables) permanecía en su mayor parte en penumbra. ¿Y qué había también en penumbra?
Pues el armario de madera donde guardaba sus lupas, rasquetas y punzones, su estuche de comprobación de dureza según la escala de Mohs, su navaja multiusos de bolsillo y su soplador de
¿CRIAR RATAS? PAN COMIDO.
Mofeto y Tejón viven en armonía (Mofeto cocina, Tejón limpia) cuando deciden acoger a Zéfiro y Zenón, dos crías de rata huérfanas.
Tejón está trabajando en un artículo sobre su importante labor petrológica y necesita concentrarse, concentrarse, concentrarse para escribirlo. Además, ¿qué contratiempos pueden causar dos ratitas?
Con un poco de organización y algunas siestas estratégicamente programadas, ¡todo irá bien! ¿No?

ISBN 979−13−87614−34−8
ISBN: 979-13-87614-34-8 97 9 1387 61434 8
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