Nº2 EL OBSERVADOR
Proyecto realizado gracias al financiamiento del Fondo de Fomento de Medios de Comunicación Social del Gobierno de Chile y del Consejo Regional de Valparaíso.
Viernes 2 de octubre de 2026
#FFMCS2026
PLANIFICACIÓN DEL GASTO ALIMENTARIO
Que la comida no se coma tu presupuesto Planificar el gasto alimentario que un hogar realiza durante un determinado tiempo, ya sea una semana o un mes, no significa simplemente terminar gastando menos, sino que también, utilizar mejor el dinero con el que se cuenta. Pues la alimentación significa un costo frecuente y variable que puede resultar difícil de controlar si no se determina previamente el dinero con el que se cuenta para ocupar en ella. Es por ello que definir estos montos, anticipar las compras y ajustarlas a las necesidades reales permite controlar el presupuesto, y además reducir otro riesgo latente ante la falta de planificación: que algunos alimentos comprados terminen sin ser utilizados. Con ello en mente, es que en este suplemento profundizaremos en la importancia de la organización del gasto en alimentación para el bienestar de los hogares, en cómo aprovechar mejor los diferentes productos alimenticios para ayudar en el presupuesto disponible, en evitar distracciones al comprarlos, y finalmente a planificar de manera eficiente nuestro gasto alimentario.
Del promedio mensual destinado a alimentación, según una investigación realizada por Maggi-Ipsos, más de la mitad de los hogares encuestados reconocieron perder al menos: Según un estudio publicado por la Agencia Deloitte, el gasto promedio mensual que los chilenos destinan a las compras en alimentos es de:
$300.000 Promedio mensual por hogar
$25.000 en promedio mensual
por el desperdicio de alimentos que compraron, pero no terminaron consumiendo. Significando una pérdida anual de:
$300.000
51%
de los hogares encuestados señaló que la falta de planificación en su gasto alimentario, fue el factor determinante en esta pérdida de dinero. Otros motivos son: la creencia que es mejor que “sobre a que falte”, por lo que prefieren cocinar de más (57%), así como la falta de conservación, el desorden en el almacenaje y la falta de revisión periódica de fechas de vencimiento.
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Nicolás Cerda Diez Seremi de Desarrollo Social y Familia Región de Valparaíso
Decisiones que hacen la diferencia
Hablar de alimentación también es hablar de economía familiar. En cada hogar, organizar las compras, planificar las comidas, comparar alternativas y aprovechar adecuadamente los alimentos disponibles puede marcar una diferencia en el presupuesto y, al mismo tiempo, contribuir al bienestar de las familias. Organizar no significa simplemente gastar menos, sino utilizar mejor los recursos que tenemos. Revisar qué alimentos hay antes de comprar, preferir productos de temporada, planificar las preparaciones y reducir el desperdicio son acciones cotidianas que permiten cuidar tanto la alimentación como el bolsillo. Desde “Elige Vivir Sano” queremos contribuir a derribar un mito: comer saludable no necesariamente significa gastar más. Las legumbres, frutas y verduras de temporada y las preparaciones caseras pueden ser alternativas nutritivas y económicamente convenientes frente al consumo frecuente de alimentos procesados. Para tomar buenas decisiones, la información también es fundamental. Contar con recomendaciones y herramientas prácticas permite que cada familia pueda organizarse de acuerdo con sus necesidades, preferencias y posibilidades. En esta línea, invitamos a conocer la plataforma de “Elige Vivir Sano”, donde existen guías y consejos gratuitos para incorporar hábitos saludables de manera sencilla y accesible. Informarse también es una forma de cuidar el presupuesto. Hay, además, oportunidades para avanzar en autonomía alimentaria. A través del “Programa de Apoyo a la Seguridad Alimentaria (ASAL)”, se promueve que las familias puedan aumentar la disponibilidad de alimentos mediante iniciativas de producción para autoconsumo, como huertos e invernaderos. Producir parte de lo que consumimos no solo puede aliviar determinados gastos: también fortalece conocimientos y capacidades que permanecen en los hogares. Estas experiencias muestran que la alimentación, la economía doméstica y el bienestar están profundamente relacionados. Planificar, informarse, aprovechar mejor los alimentos, producir cuando sea posible y recuperar lo que otros ya no pueden comercializar son acciones que, juntas, pueden generar cambios concretos. Las familias hacen un esfuerzo permanente por administrar sus recursos, pero ese esfuerzo no puede entenderse únicamente como una responsabilidad individual, especialmente cuando existen mayores restricciones económicas. El Estado debe acompañar mediante información, apoyos, conocimientos y herramientas que amplíen las oportunidades. En definitiva, cuidar la alimentación también es cuidar el presupuesto, y construir una sociedad con mayor bienestar requiere que esos esfuerzos individuales encuentren oportunidades y apoyos colectivos.
Francisco J. Rossier M., PhD Profesor Asociado Escuela de Alimentos Pontificia Universidad Católica de Valparaíso
Paola Espina Bocic Directora del Departamento de Psicología de la Universidad Viña del Mar
Compras impulsivas: ¿cuánto cuesta ese “un poquito más” en la mesa? Según la Encuesta de Presupuestos Familiares del INE (2021–22), los hogares de las capitales regionales; incluida Valparaíso, destinaron 21,2% de sus gastos a alimentos y bebidas no alcohólicas. Esa cifra se juega en la mesa. ¿Dónde aprendimos a organizar la economía de nuestro hogar? Muchas veces, sobre la marcha: a presupuestar, distinguir necesidades de deseos y comprender el crédito. Sin esas herramientas cuesta decidir cuánto destinar a alimentos. El marketing, con publicidad, promociones y redes sociales, asocia la comida con placer, encuentro y celebración. Una imagen tentadora basta para abrir paso al “un poquito más”. También se nos ofrecen comidas rápidas y productos saludables, a menudo más caros. Con poco tiempo, la comida preparada resuelve, pero encarece el presupuesto y puede ser menos nutritiva. Comer al paso o compartir suma gastos. La tarjeta y el dinero digital hacen menos visible cuánto se suma. Hambre, prisa, ansiedad o frustración también influyen al comprar. Reconocerlo no es juzgar, sino entender qué nos pasa. Una compra impulsiva puede ser puntual; si se repite, cuesta controlarla y trae consecuencias, puede convertirse en un patrón compulsivo que requiere atención. La satisfacción dura poco: después pueden aparecer la preocupación, la culpa y la tensión económica. Si recurrimos al crédito o pagamos el mínimo, la deuda puede acumularse y llevar al sobreendeudamiento. Entonces queda menos margen para los gastos del hogar, y eso también afecta el bienestar personal y familiar. Tomar conciencia no es reprocharse, sino reconocer qué pasó y qué podemos hacer distinto. Antes de comprar, una pausa ayuda: revisar el presupuesto, planificar el menú y hacer una lista. Preguntarnos si lo necesitamos o podemos esperar nos da espacio para decidir. Si supera lo previsto, podemos anotar opciones, cotizar y postergar la compra. La organización económica del hogar ha recaído históricamente en las mujeres; compartir decisiones y compras ayuda a repartir la carga. Si se puede, reservemos algo para disfrutar sin comprometer lo básico. La educación financiera y la economía familiar debieran ser aprendizajes para la vida. El presupuesto no se cuida solo a fin de mes: también al pagar. Las ofertas están ahí; preguntémonos: ¿este “un poquito más” cabe en el presupuesto de alimentos?
Viernes 2 de octubre de 2026
Chile desperdicia más que alimentos En Chile, desperdiciar alimentos mientras hay familias que reducen sus comidas es una contradicción ética, económica y ambiental. En 2025, la Agencia de Sustentabilidad y Cambio Climático difundió una estimación de 1,6 millones de toneladas anuales de pérdidas y desperdicios de alimentos (PDA) en el país. Detrás de cada tonelada desperdiciada hay agua, energía, suelo y trabajo que no cumplieron su propósito. El problema recorre toda la cadena. En el campo quedan cosechas cuyo precio no paga la recolección. En la postcosecha, fallas de manejo, almacenamiento y transporte deterioran productos. En el retail, exigencias estéticas y desajustes entre oferta y demanda generan descartes. En los hogares, compras y porciones mal planificadas agravan el problema. Pedir responsabilidad al consumidor sirve, pero debemos revisar las decisiones empresariales y las condiciones de producción. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente estima que las PDA generan entre el 8% y el 10% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. En un Chile expuesto a sequías y olas de calor, desperdiciar alimentos también debilita nuestra capacidad de adaptación. Cada mejora en riego debe acompañarse de un mejor aprovechamiento de lo cosechado. Si hay algo que más de una década trabajando en la interfaz ciencia/empresa me ha enseñado es que la sostenibilidad exige conectar conocimientos. Perder alimentos significa también desaprovechar el agua utilizada para producirlos. La eficiencia hídrica debe acompañarse de un mejor aprovechamiento de lo cosechado: ambos desafíos pertenecen al mismo sistema. La ciencia de los alimentos permite prolongar la vida útil, mejorar la conservación y transformar subproductos en ingredientes seguros. Transferir ese conocimiento requiere infraestructura, formación y colaboración con productores y empresas. La economía circular comienza previniendo pérdidas y manteniendo los alimentos aptos para consumo humano, para continuar buscando usos seguros y viables para los subproductos. Chile ha construido diagnósticos, redes y acuerdos. Ahora necesita metas verificables, responsabilidades claras y financiamiento sostenido. Debemos seguir cuantificando cuánto se pierde, dónde y por qué; facilitar donaciones con inocuidad y trazabilidad; y apoyar soluciones accesibles a pequeños productores. Las políticas públicas deben premiar la prevención, dar continuidad a la innovación y evaluar resultados. Desde la Escuela de Alimentos de la PUCV, estamos llevando la investigación y el conocimiento a terreno y formando profesionales capaces de resolver estos problemas. Academia, Empresas y Estado compartimos una tarea urgente: hacer que cada alimento producido cumpla su propósito y que el agua y el trabajo invertidos en él no fallen en alcanzar nuestras mesas.
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La planificación presupuestaria en la compra de alimentos como herramienta de economía doméstica En una época donde el costo de la vida sube cada vez más en Chile y la tasa de desempleo en la región de Valparaíso llega a un preocupante número, la necesidad de administrar y aprovechar al máximo el presupuesto con el que se cuenta tanto semanal como mensualmente para un gasto frecuente como aquel destinado a los alimentos, se hace prioritaria. Por ello, y para conocer cómo la planificación presupuestaria en la compra alimentaria puede convertirse en una herramienta de economía doméstica, conversamos con Christian Herrera González, Ingeniero Civil Industrial UVM, con más de cinco años de experiencia en el armado y gestión de proyectos sociales tanto del sector público como privado. - ¿Qué diferencia existe entre registrar cuánto gastamos y planificar previamente nuestros recursos destinados a alimentación? Registrar y planificar son acciones distintas, aunque se necesitan mutuamente. Registrar es mirar hacia atrás y reconocer en qué se fue el dinero. Planificar, en cambio, es tomar decisiones antes de comprar: cuánto podemos destinar a
Ingeniero Civil Industrial de profesión, Christian Herrera González tomó el rumbo de la gestión y ejecución de diferentes proyectos sociales hace media década, labores que lo han convertido en una voz autorizada en la organización presupuestaria de los hogares alimentación, qué necesitamos realmente y cómo distribuiremos ese dinero para que alcance. Muchas veces creemos que conocemos nuestros gastos porque recordamos la compra grande del supermercado o de la feria. Sin embargo, se nos olvidan las compras pequeñas: el pan, las colaciones, la bebida, algo que faltó para cocinar o una pasada rápida por el negocio. Como se pagan de a poco, cuesta dimensionar cuánto representan al terminar el mes. - Desde la perspectiva de la economía doméstica, ¿qué ventajas tiene anticipar el gasto alimentario en lugar de enfrentarlo a medida que aparecen las necesidades? Anticipar el gasto permite comprar con mayor orden, reducir la improvisación y aprovechar mejor tanto el dinero como los alimentos que ya tenemos. Cuando uno llega cansado a la casa y recién en ese momento piensa qué cocinar, normalmente busca una solución rápida. Eso puede significar comprar algo preparado, volver al supermercado o llevar productos que no estaban considerados. El problema no es hacerlo alguna vez, sino que se transforme en una costumbre que termi-
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ne aumentando el gasto sin que lo notemos. Planificar tampoco significa decidir con semanas de anticipación cada plato que se comerá. Puede ser mucho más sencillo. Basta con revisar la cocina y organizar cuatro o cinco comidas para los próximos días. Así se identifican los ingredientes que faltan y se evita comprar productos repetidos. En Quillota por ejemplo, tenemos acceso a ferias, negocios de barrio y productos de temporada. Aprovecharlos puede ser muy conveniente, pero siempre considerando cuánto se consumirá. Comprar más porque algo está barato no ayuda si después una parte termina en la basura. - ¿Qué relación existe entre la planificación del gasto alimentario y la capacidad de un hogar para administrar sus recursos? La relación es directa, porque la alimentación es uno de los gastos más frecuentes y variables de una familia. A diferencia de una cuenta que se paga una vez al mes, en alimentación podemos estar gastando todos los días. Cuando ese gasto no tiene un espacio definido, empieza a competir con la luz, el agua, el transporte, la salud, la educación y otras necesidades. No se trata de dejar la alimentación para el final, sino de incorporarla desde
el comienzo como una parte importante del presupuesto familiar. En los hogares con ingresos variables, la lógica puede adaptarse. Cada vez que se recibe un pago, se separa primero una parte para las necesidades básicas de los próximos días. La planificación no elimina la dificultad de tener ingresos inestables, pero permite tomar decisiones con mayor claridad. - ¿Qué importancia tiene que un presupuesto sea flexible y pueda adaptarse a cambios en la situación económica de una persona o un hogar? Es indispensable que sea flexible, porque una casa no funciona como una planilla perfecta. Los precios cambian, aparecen gastos inesperados, una persona puede necesitar una alimentación distinta o puede disminuir el ingreso familiar. Un presupuesto rígido suele abandonarse cuando ocurre el primer imprevisto. En cambio, uno flexible permite reemplazar productos, ajustar cantidades o cambiar las comidas previstas sin perder de vista cuánto dinero está disponible. En tanto, cuando los ingresos son variables, puede ser más realista planificar por siete días. Lo importante
es trabajar con el dinero que efectivamente está disponible y no con ingresos que todavía no se han recibido. Por otra parte, hacer un cambio tampoco significa que el presupuesto fracasó. Al contrario, adaptarlo a tiempo demuestra que se está utilizando como una herramienta real y no como una regla imposible de cumplir. - ¿Qué consecuencias puede tener para la economía doméstica no tener claridad sobre cuánto se está destinando a alimentación? La consecuencia más inmediata es que el dinero comienza a faltar y no sabemos con precisión por qué. Puede existir la sensación de que no se hizo ninguna compra importante, pero las compras pequeñas se fueron acumulando durante el mes. Cuando no hay claridad, también es más fácil utilizar la tarjeta de crédito para cubrir alimentos básicos. Eso permite resolver la necesidad del momento, pero traslada el gasto al mes siguiente. Entonces la familia debe financiar la alimentación actual y, al mismo tiempo, pagar lo que consumió anteriormente, muchas veces con intereses. Todo esto genera preocupación. La alimentación es una necesidad diaria y la incertidumbre sobre si el dinero alcanzará puede producir tensión dentro del hogar. No se trata de culpar a quien compra o cocina, sino de entender el gasto y compartir la responsabilidad. Una revisión semanal de diez o quince minutos puede ser suficiente. Se mira cuánto se gastó, qué alimentos quedan y qué será necesario
comprar. Ese pequeño hábito permite corregir a tiempo, antes de que termine el mes. - ¿Por qué la planificación del gasto alimentario debería entenderse como una herramienta de administración de los recursos y no simplemente como una forma de “gastar menos”? Porque administrar bien no significa pasar privaciones ni reducir la calidad de la alimentación. Significa utilizar de mejor manera los recursos disponibles para que la familia pueda alimentarse adecuadamente y, al mismo tiempo, cubrir sus otras necesidades. El precio es importante, pero no es lo único que debe considerarse. También hay que mirar cuánto rinde un producto, cuánto dura, si puede utilizarse en distintas preparaciones y si realmente se consume en la casa. Comprar lo más barato no representa un ahorro si después nadie lo come o termina en la basura. También debemos valorar el tiempo. Una planificación demasiado complicada será difícil de mantener. Por eso, mientras más sencillo sea el sistema, mejor. La idea es que se adapte a la vida de la familia y no que la familia tenga que organizar toda su vida en torno a una planilla. No existe un presupuesto perfecto ni un monto que sirva para todas las familias. Lo importante es conocer la propia realidad, conversar en el hogar y tomar decisiones antes de comprar. Una pequeña mejora sostenida en el tiempo puede ser mucho más útil que un cambio muy exigente que solo se mantenga durante algunos días.
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El planeta y su reciprocidad entre las economías globales y domésticas
Ahora que ya conocemos su importancia… ¿Cómo se puede planificar el presupuesto mensual o semanal para el gasto en alimentos?
Felipe Jiménez Bugedo Panadero Económico
Christian Herrera González, ingeniero civil industrial de profesión, y cinco años de experiencia en organización de proyectos sociales, entrega una guía práctica para aprovechar al máximo el dinero en las compras alimentarias.
donde 2 seOrdena va tu dinero
1 Registra tus compras Guarda las boletas o anota durante una o dos semanas absolutamente todo lo que se compra para alimentación. En una libreta, en las notas del teléfono, no hace falta partir con una planilla complicada.
cómo hacer un 3 Aprende presupuesto realista
Después, hay que separar los gastos por tipo como compra principal, productos frescos, colaciones, y compras no planificadas.
PRESUPU
Esa información permite definir un presupuesto realista. No se trata de inventar una cifra que nos gustaría gastar, sino de conocer la realidad del hogar y, desde ahí, decidir qué se puede mejorar.
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Ahora sí, veamos que debes comprar
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Compara antes de elegir
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Evita quedar sin margen
Prepara la lista para realizar el gasto alimentario. Separa por grupos: frutas y verduras, proteínas, productos de despensa, lácteos y colaciones. Eso permite recorrer la feria o el supermercado con un propósito claro.
Es útil comparar el valor por kilo, litro o unidad, porque el envase que parece más barato no siempre lo es.
Si se gasta todo en una sola compra, cualquier necesidad posterior obligará a utilizar dinero que estaba destinado a otra cosa.
E S TO
4 Revisa tus provisiones Con el presupuesto definido, revisa tu refrigerador o despensa para conocer que alimentos quedaron disponibles desde la última compra, a fin de no realizar compras innecesarias y desperdiciar alimentos.
con 6 Notodaste distraigas las ofertas
Hay que mirar las ofertas con cuidado, una promoción es conveniente solo si necesitamos el producto, si su precio realmente es menor y si alcanzaremos a consumirlo
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Reserva parte del presupuesto
Finalmente, no conviene utilizar todo el presupuesto en una compra grande. Hay que reservar una parte para el pan, la leche, las frutas, las verduras y otros productos que deben reponerse siempre.
Todo comienza con la sabiduría natural de las especies que convivimos en el planeta: organizar la alimentación desde el razonamiento de que los recursos son escasos y, de ahí, administrarlos de manera eficiente. Por esa razón, este verano se vieron hartas hormigas recolectando alimentos “para ver por tele” el fenómeno del Niño Godzilla, sin tener que sufrir las tempestades del invierno ni arriesgarse a surfear las aguas lluvias sobre las hojas caídas en otoño. El humano, en su línea evolutiva, fue descubriendo su hogar como un nómade para luego elegir su espacio y transformarse en sedentario. Estas decisiones estuvieron condicionadas, en gran parte, por la alimentación, ya fuera mediante cultivos, caza e innovaciones. Han pasado miles de años y, desde nuestra provincia, podemos decir que hoy estamos conectados con el mundo e incluso con el universo, pero esto ha mermado el conocimiento de lo que sucede en nuestras casas y el “compartir” en nuestros barrios. Es más, en las culturas más desarrolladas, la alimentación ya no es en el propio hogar porque el recurso del tiempo, en esta era de “la aceleración”, tomó mayor protagonismo que la propia comida, que nos ayuda a enfrentar con más energía la anhelada prolongación de la vida. Estamos exigiendo a nuestros medios que incluyan nuestras distintas habilidades, en vez de fortalecernos para tener la capacidad de adaptarnos a las futuras y desconocidas variantes. Para eso nos organizamos mediante nuevas redes de comunicación y elegimos representantes que busquen, mediante la política, el bienestar común. Por consiguiente, estos elegidos tienen la tarea de lograr este deseo beneficioso y le piden a la economía que se aplique como un instrumento y haga su “música”. Esta, sin colores, dice que hay herramientas para distintos contextos. Si es global, habría que liberar y regular por precios, pero si es doméstico se tendría que planificar para su uso óptimo. En casa, los padres planifican los recursos dando igualdad de oportunidades a sus hijos, transformándose en doctores de la microeconomía planificada, pero estos niños crecen y, con la universidad de la calle, se liberan, desafiándose a enfrentar la macroeconomía y regulándose con sus propios ingresos. El ciclo de la vida continúa y todos debiesen llegar a ser abuelos. Los deberes disminuyen al igual que los ingresos y, para que se cumpla el principio económico de la eficiencia, este debe ser invitado a almorzar los domingos, para que con lo que ahorró compre ese chocolate o juguete anhelado por sus nietos. En el declive de su vida, los abuelos, lo más probable es que tengan dificultad para desplazarse con tanta agilidad solos y esos nietos empáticos ceden sus piezas para que estén más cerca, compartiendo sus consejos en lo cotidiano. De esa manera, el costo de oportunidad se vislumbra al disminuir los gastos de dos casas en vez de una, como luz, agua, gas, alimentos, internet y arriendo. Logrando crear una oportunidad para, mediante el ahorro, tener el potencial de una inversión familiar. Por fortuna, aparece un virtuoso efecto colateral, al desestresar a nuestro querido planeta Tierra en la extensión de su uso urbano y lo que conlleva. En épocas de crisis, como en las guerras mundiales, las familias, para pasar estas olas catastróficas, se achoclonaban, desarrollando una identidad mediante recetas de distintas sopas, costumbres de almuerzos intergeneracionales y juegos para regenerar el alma de la infancia. Pero, a diferencia de esos tiempos, en la última crisis sanitaria de la pandemia nos distanciamos y salimos adelante estando separados. Hoy en día hemos vuelto a la normalidad, pero no tan unidos, y eso nos ha hecho pagar un alto costo en enfermedades de salud mental y también económicas. La batalla es contra la burbuja inflacionaria de precios, al haber aumentado desproporcionadamente el consumo sin estar disponible la oferta. Como era de esperar, se contrajo la demanda de bienes, disminuyó la producción y afloró la cesantía, mermando así los ingresos en los hogares. El presupuesto no alcanza y el análisis determinó que hay que emprender para recuperar el microplan y, en el futuro, liberar la prosperidad de los macrosueños innovadores. Pero ojo, siempre la disyuntiva ha sido: ¿qué es primero, el huevo o la gallina? Así como con la inflación, que gran culpa tiene en su origen por la colusión ilegal. Ahora, la falta de espíritu de los empresarios para arriesgar inversiones y crear empleos está en los precios “dumping”: vender productos con precios bajo el costo para destruir la competencia, siendo otra deslealtad con el mercado, que propicia otro amenazante monopolio al permanecer solo y que, como siempre, terminará subiendo los precios, como se ha dado en varios ejemplos en nuestros tradicionales centros comerciales, dañando nuevamente nuestra economía doméstica.
Proyecto realizado gracias al financiamiento del Fondo de Fomento de Medios de Comunicación Social del Gobierno de Chile y del Consejo Regional de Valparaíso.
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