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Tres destacados exponentes recuerdan cómo era practicar sus disciplinas en las décadas de los 60 y 70
Muchas son las cosas que enorgullecen a los liguanos. Los paisajes de la comuna, la sencillez de su gente, la merecida fama de sus conocidos y deliciosos dulces y la calidad renombrada de sus tejidos. Pero también resuenan con fuerza el deporte y los atletas locales. D e hecho, hay una fuerte pasión para con aquellos que defienden y representan a la ciudad en diferentes áreas.
Y si bien es cierto el fútbol congrega mayor afición, hay otras disciplinas que a lo largo de los años han llenado páginas gloriosas en la historia deportiva liguana. R ecordados son los títulos nacionales y regionales en el fútbol, tanto a nivel de selección como de clubes, heroicas proezas que con el paso de los años adquieren mayor relevancia.
Pedro Naim Godoy Silva Ex futbolista y dirigente de Valle Hermoso
“Antes se jugaba con el estadio lleno casi siempre”
Pedro Naim Godoy es un reconocido dirigente agrícola de Valle Hermoso, en La Ligua, y también un histórico deportista de la comuna. De hecho, suma más de 50 años vinculado a distintas organizaciones locales, desempeñándose como dirigente en diversas áreas.
Este inquieto vecino fue jugador del Club Deportivo Navidad y formó parte del histórico bicampeonato regional conseguido por el elenco vallehermosino, que se transformó en el primer equipo de la región en ganar la Copa de Clubes Campeones y, además, hacerlo en sus dos primeras ediciones, en 1985 y 1986.

“Pudimos ser tricampeones, pero esa tercera final la perdimos”, recuerda Naín Godoy, quien también ocupó la presidencia del club en una etapa posterior. Sin duda, aquellos títulos ocupan un lugar especial entre sus mejores recuerdos.
La década de los ochenta fue especialmente exitosa para el fútbol de Valle Hermoso. En 1985, gracias a una destacada campaña y con un plantel compuesto mayoritariamente por jugadores locales, el Club Navidad llegó a la final de la Copa de Campeones frente al Club Prat de Llay Llay. Tras una dramática definición a penales, disputada en la sede del conjunto rival, se consagró campeón regional.
En ese equipo, donde Godoy era titular, destacaban jugadores como José Ruiz, Hugo Cortés, Pelayo Espinoza, Moisés Zamora, Mario Ruiz y Aníbal Godoy, además de futbolistas provenientes de El Melón y otros sectores, entre ellos el “Mono” Osorio, “Loco” Willy y “Chico” Navea. Al año siguiente llegó el bicampeonato regional. La liguilla final se disputó en San Antonio y, nuevamente, un empate obligó a definir desde los doce pasos. Algunos nombres se repitieron respecto del plantel anterior, aunque con una menor presencia de jugadores locales. En aquella oportunidad, Navidad derrotó a Cóndor de San Antonio,
desatando la alegría en toda La Ligua, especialmente en Valle Hermoso. Cuando se le pide recordar cómo era jugar fútbol en La Ligua en las décadas de los sesenta y setenta, Naín Godoy no duda: “Era lo más hermoso. Se jugaba con el estadio lleno casi siempre”. Y añade: “En la Semana Liguana, por ejemplo, había estadio lleno los tres días. Venían muchos jugadores profesionales. Era otra cosa, otro fútbol. Hoy día no se ve eso”.
“En los años 70 mucha gente asistía a competencias como la Pullallina, que eran esperadas durante todo el verano. Hoy eso se terminó y están jugando los viejos cracks. ¿Por qué es diferente ahora? Porque los equipos no traen figuras, porque son demasiado caras. Hoy en día todos los jugadores quieren cobrar, esa es la moda que hay”, comenta.
Para el ex jugador de Navidad, el fútbol ha cambiado. “Antes también se pagaba, pero a las figuras. Traíamos a tres o cuatro jugadores en los puestos donde no teníamos alternativas, pero hoy prácticamente todos son de afuera”, sostiene.
Y los cambios, a su juicio, no solo se reflejan en la conformación de los planteles, sino también en la infraestructura, aunque por razones ajenas a la voluntad de los clubes. “Casi no hay canchas de pasto natural. Antes había varias. Por culpa de la sequía no estamos en condiciones de mantenerlas. Hoy es tierra o sintético, aunque esto último también es muy caro”, señala.
Yo creo que la base de todo está en tener buena infraestructura, buenas canchas y buenas condiciones. Material hay, jugadores hay y clubes también”, comenta este deportista y dirigente liguano, quien además añora la vida del fútbol de barrio, cuando “todos cooperaban, los dirigentes se movían, las mujeres socias participaban y todo el club se enfocaba en hacer bien las cosas”.

Pero esos éxitos también son contemporáneos, y como muestra está la consagración, hace solo unas semanas, del Club La Higuera en la Copa de Campeones 2026. Pero, así como el fútbol, están los otros deportes que han entregado muchas alegrías a lo largo de la historia comunal. Uno de ellos es el ciclismo, cuyos representantes han paseado el
nombre de La Ligua por las pistas y competencias de la región y el país. E n definitiva, el deporte ha sido parte de los liguanos desde siempre, y sí hoy la actividad física y deportiva tiene un buen número de adherentes, cincuenta o sesenta años atrás también los había; aunque tal vez con otras condiciones y con otra realidad, cuando La Ligua
Eduardo Tapia Zamora
era otra. E n este reportaje, destacados liguanos evocan un pasado glorioso, rememorando cómo era practicar deporte hace décadas, resaltando que muchas cosas pueden ser diferentes, pero hay algo que se mantiene inalterable: la pasión y el pundonor con que se defiende y se representa a La Ligua.
Ex deportista y dirigente de La Higuera
“Cuando jugábamos amistosos lejos salíamos en camiones”
Eduardo Tapia Zamora ha desempeñado prácticamente todos los roles posibles en el Club La Higuera. Jugador, presidente, dirigente, utilero, fotógrafo oficial e incluso jugador de rayuela son algunas de las múltiples facetas que ha asumido a lo largo de su vida en la institución.
A sus 79 años, ha sido testigo privilegiado de la historia deportiva y futbolística de La Ligua durante las últimas seis décadas. Además, su vida ha estado estrechamente ligada al sector que lo vio nacer.

“Según mi mamá, yo nací aquí, en La Higuera, no en el hospital”, comenta. “Todos somos uno solo aquí en La Higuera. Yo he estado metido en cuanto deporte se ha hecho: rodeo, rayuela, fútbol y hasta ciclismo. Hay una buena pista aquí y apoyamos a todos”, explica.
En la década de los ochenta fue presidente del club y recuerda con claridad los años previos al ingreso a la Asociación de Fútbol de La Ligua. “Empezamos en una cancha de tierra. Todavía no éramos federados, jugábamos partidos amistosos solamente. Donde nos invitaban íbamos. Después nos invitaron a ser parte de una liga, y también fueron otros clubes como Bellavista de Valle Hermoso o El Carmen”, señala. Eduardo Tapia también rememora las carencias de aquellos años. “Eso sí, éramos pobres. Teníamos dos juegos de camisetas no más. A veces había que usar las del equipo que venía saliendo de la cancha, así no más, mojadas y todo”, recuerda entre risas.
S in embargo, asegura que las dificultades nunca fueron un obstáculo para el entusiasmo. “Llegaban como 50 jugadores y había que hacerlos jugar a todos, aunque fuera un rato. En cambio, ahora no. Los niños no quieren jugar, hay otras distracciones. Hay que traer gente de afuera para completar los equipos”, lamenta. Para este apasionado ex deportista, los cambios demográficos también influyen en la realidad actual. “Hoy muchas familias son pequeñas. En mis tiempos había familias con 10 y hasta 12 hijos. Todos jugaban por el club. Hoy hacen falta niños”, afirma.
“Antes todo era más familiar. Cuando jugábamos amistosos lejos de acá salíamos en camiones, porque en esos años no había buses, y lo pasábamos súper bien. Iban familias enteras. En esos viajes nos ‘mamábamos’ el frío de vuelta en la noche, pero era lindo. Me gustaba más ese tiempo”, recuerda con nostalgia. Aun así, reconoce que La Higuera ha experimentado un notable crecimiento, algo que lo llena de satisfacción. “Tenemos una linda cancha. Todo ha cambiado acá. Antes había carretas, pero ya no hay bueyes ni caballos; ahora hay puros vehículos”, reflexiona este histórico dirigente y ex deportista. Cabe recordar que el Club La Higuera volvió recientemente a conquistar la Copa de Campeones de ANFA, logrando un inédito tricampeonato que lo sitúa entre las instituciones más exitosas y tradicionales de la Región de Valparaíso.


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El Club de Ciclismo La Ligua fue fundado en marzo de 1959 y, desde entonces, se ha transformado en uno de los principales referentes de esta disciplina en la comuna. Como ocurrió en gran parte del país, el ciclismo vivió décadas de gran popularidad y convocatoria, una época que hoy se recuerda con nostalgia.
C arlos Pastén Ramírez es uno de los herederos de esa tradición. Pedalero de toda la vida y actual director del Club de Ciclismo La Ligua, siguió los pasos de su padre, Carlos Pastén López -ya fallecido-, reconocido deportista que llevó el nombre de la comuna a numerosas competencias.
Carlos Pastén Ramírez Ex ciclista y dirigente
“Ir a las carreras era todo un acontecimiento”

Pastén Ramírez reconoce que la realidad actual es muy distinta a la de las décadas de los sesenta y setenta. “En ese tiempo era mucho más masivo en cuanto a cantidad de corredores. Por categoría competían entre 70 y 80 ciclistas y para estar entre los primeros había que ser un gran deportista”, recuerda. La pasión por este deporte no solo se reflejaba en los competidores, sino también en quienes acompañaban cada carrera. “Había barras que asistían a apoyar a sus corredores. A los ciclistas los iban a ver familiares, vecinos y amigos; se trasladaban en camiones o camionetas repletas. Ir a las carreras era todo un acontecimiento”, comenta. H oy, en cambio, el escenario es muy diferente. “Con suerte están los corredores, los orga -
nizadores y uno que otro familiar. Son épocas distintas. El parque automotriz y las concesionarias de las carreteras le están ganando la batalla al ciclismo de ruta”, explica el dirigente liguano.
A ello se suman cambios en la organización de las competencias. “Antes se hacían pruebas como la Triple La Ligua-Cabildo, la Doble La Ligua-Papudo o La Ligua-Zapallar. Hoy nos vemos limitados a realizar circuitos en sectores como Chacarillas, Granadillo o Viva Chile-Quebrada del Pobre”, señala.
Para este experimentado deportista, la propia disciplina ha evolucionado con el paso del tiempo. “Antes el deporte rey de las dos ruedas era el ciclismo de ruta. Hoy aparecieron otras modalidades como el triatlón, duatlón, bicicross, ciclocrós y gravel. Eso hizo que los deportistas se dividieran y eligieran en qué especialidad competir”, explica.
Pese a estos cambios, el Club de Ciclismo La Ligua y quienes mantienen viva esta pasión continúan honrando la memoria de aquellos que engrandecieron este deporte en la comuna. Nombres de la época dorada, como Nehemías Pérez, Eduardo Cosmelli Fernández, Ramón Hernández, Carlos Ibacache, Luis Ortiz, José Vega, Sergio Leiva y Carlos Pastén López, siguen siendo referentes para las nuevas generaciones de pedaleros liguanos.

Los tiempos en que el ciclismo concitaba una gran cantidad de público en las calles y rutas, apoyando a los pedaleros locales.


Más de 500 mujeres se han capacitado a través de esta iniciativa, que ha buscado preservar las tradiciones textiles de la comuna, promoviendo el emprendimiento local y generando nuevas oportunidades de desarrollo para sus participantes
Hace dos décadas, en un taller ubicado en calle Ortiz de Rozas, en La Ligua, comenzó a tejerse una historia que hoy forma parte del patrimonio cultural de la comuna. Lo que nació como una iniciativa para preservar las técnicas tradicionales del hilado en huso y rueca, con el tiempo se fue transformando en un programa que ha impactado la vida de cientos de mujeres, fortaleciendo el emprendimiento local y manteniendo viva una de las expresiones más representativas de la identidad liguana.
Este año, el programa Wanaku de Sopraval cumple 20 años de trayectoria, consolidándose como una iniciativa que ha logrado unir tradiciones, aprendizajes y emprendimiento comunitario. A través de talleres gratuitos, generaciones de mujeres han aprendido el proceso
completo del hilado artesanal, desde la limpieza y preparación de la lana hasta la confección de madejas y ovillos elaborados completamente de manera artesanal.
Durante estos 20 años, más de 500 hilanderas se han formado en el programa, contribuyendo a preservar conocimientos ancestrales que forman parte de la historia textil de La Ligua. Muchas de ellas han encontrado en este oficio una alternativa para generar ingresos complementarios, crear emprendimientos propios y fortalecer su autonomía económica.
Pero el impacto de Wanaku ha ido más allá de la enseñanza de una técnica. Su propósito ha sido desarrollar un trabajo integral que permita valorar el patrimonio cultural local y, al mismo tiempo, entregarle herramientas
para a las participantes con el fin de que puedan proyectar sus conocimientos hacia iniciativas productivas. Para ello, el programa ha incorporado capacitación en emprendimiento, comercialización y herramientas de gestión, fortaleciendo las capacidades de quienes buscan transformar el oficio en una fuente de ingresos para sus hogares. En la actualidad el programa se desarrolla en Casa Abierta Sopraval, ubicada en la misma comuna, fa voreciendo el aprendizaje y entregando oportunidades a exalumnas, quienes se han convertido en monitoras, transmitiendo sus conocimientos a nuevas generaciones y asegurando la continuidad de este legado cultural.



Más que un programa de capacitación, Wanaku se ha convertido en una comunidad de aprendizaje y colaboración que durante dos décadas ha contribuido a hilar historias, oportunidades y sueños, fortaleciendo el vínculo entre cultura, identidad y el emprendimiento local.



Investigación de los académicos Rolando Mellafe y René Salinas, recogida en el libro “Sociedad y Población Rural en la Formación de Chile Actual: La Ligua 1700-1850”, permite reconstruir las disputas y tensiones que marcaron los orígenes de la comuna
La Villa de Santa María de La Ligua fue fundada oficialmente el 21 de junio de 1754 por disposición del gobernador José Antonio Manso de Velasco. Sin embargo, aquella fecha marcó apenas el inicio de un proceso mucho más largo y complejo que se extendería durante varias décadas.
Así queda de manifiesto en la investigación de los historiadores Rolando Mellafe y René Salinas, plasmada en el libro “Sociedad y Población Rural en la Formación de Chile Actual: La Ligua 1700-1850”, publicado por Ediciones de la Universidad de Chile en 1987.
Lejos de surgir de manera espontánea, la ciudad fue el resultado de una serie de conflictos entre mineros, comerciantes, hacendados y autoridades civiles y eclesiásticas, en una historia que se desarrolló durante buena parte del siglo XVIII.
D e acuerdo con la investigación, a comienzos de ese siglo la zona donde hoy se emplaza
La Ligua apenas contaba con unas pocas familias asentadas alrededor de la parroquia. Sin embargo, el descubrimiento
y explotación de yacimientos auríferos en las serranías de Pulmahue transformó rápidamente a la pequeña aldea en un punto de abastecimiento para los mineros.
El auge de la actividad extractiva dio origen a un segundo núcleo poblado, conocido como la Placilla o Nuevo Asiento, ubicado más cerca de las faenas mineras. Allí se instalaron comerciantes y trabajadores vinculados al desarrollo del oro.
DOS PUEBLOS EN DISPUTA
La coexistencia entre ambos asentamientos dio origen a una prolongada pugna. Las autoridades civiles y religiosas, junto con comerciantes establecidos y algunos hacendados, se opusieron al crecimiento del Nuevo Asiento.
E ntre sus argumentos figuraban la pérdida del control administrativo, la disminución de los ingresos comerciales y el temor a que los trabajadores abandonaran las haciendas para dedicarse a la minería.
La controversia llegó incluso al corregidor de Quillota, quien ordenó demoler las construcciones del nuevo poblado.
Por Gabriel Abarca Armijo
Sin embargo, sus habitantes apelaron ante la Real Audiencia y encontraron respaldo en el gobernador José Antonio Manso de Velasco, quien privilegió la importancia económica de la minería y autorizó la continuidad del asentamiento.
Aunque en 1754 se decretó oficialmente la fundación de la villa de La Ligua, definir su ubicación resultó una tarea compleja. Mientras algunos defendían el antiguo poblado
en torno a la parroquia, otros impulsaban la Placilla por su cercanía con las minas. Incluso se estudiaron alternativas como las Salinas de Longotoma y terrenos pertenecientes a la hacienda Valle Hermoso.
L a falta de consenso, las presiones de distintos grupos y los intereses económicos en juego provocaron sucesivos cambios de decisión por parte de las autoridades. Los autores describen que, en apenas dos años, el proceso acumuló tal cantidad de contradicciones y disputas que ni siquiera los organismos encargados lograban establecer un criterio definitivo.
Aunque se alcanzaron a
trazar calles, repartir solares y planificar una ciudad, muchos vecinos se negaron a trasladarse y los propietarios de las haciendas afectadas presentaron nuevas objeciones.
EL PESO DE LOS INTERESES LOCALES
S egún Mellafe y Salinas, la política impulsada por la Corona española para fomentar nuevas ciudades en el Reino de Chile tropezó en La Ligua con una realidad particular: la existencia de dos núcleos poblados separados, cada uno respaldado por distintos intereses económicos y políticos.
Los hacendados buscaban proteger sus propiedades y mano de obra; los comercian -
tes defendían sus mercados; los mineros requerían cercanía con las faenas; y las autoridades civiles y religiosas intentaban conservar su influencia.
Como consecuencia, la ciudad proyectada nunca llegó a materializarse de la manera originalmente concebida. Los investigadores sostienen que las diferencias terminaron paralizando el proceso durante cerca de treinta años más.
Del primer intento de fundación solo quedó un terreno despoblado, conocido posteriormente como “El Rayado”, nombre derivado de las demarcaciones realizadas para una ciudad que, en los hechos, todavía estaba lejos de consolidarse.




Los Progresos es un referente de esfuerzo y trabajo para la comuna
En el marco de los 272 años de La Ligua, pocas historias reflejan mejor el espíritu emprendedor de la comuna, que la de la familia Mocarquer con Los Progresos. Al frente de este reconocido negocio se encuentra Don Emilio Mocarquer, de 81 años, quien, junto a los suyos, ha construido una empresa que no solo ha crecido con el tiempo, sino que también ha mantenido intacto su compromiso con la ciudad que los vio crecer.
“Nosotros somos bien liguanos. Mi papá y mi hermano quisieron mucho a La Ligua y siempre nos enseñaron a trabajar pensando en la gente”, comenta Don Emilio. Esa filosofía se ha transformado en el sello de una empresa que hoy, junto a su inmobiliaria, genera empleo a 30 personas.
A lo largo de los años, el crecimiento les abrió oportunidades para expandirse a
Emilio
“La Ligua nos ha dado tanto, que devolverle un buen servicio es lo mínimo”


otras comunas. Incluso estuvieron cerca de instalarse en Quillota. Sin embargo, tomaron una decisión que hoy recuerdan con orgullo: quedarse en La Ligua. “Hemos hecho hartas cosas por La Ligua, y la ciudad se lo merece. Pudimos irnos, pero nos gusta estar aquí”, afirma.
La empresa distribuye productos a una amplia zona que abarca desde Puchuncaví hasta Petorca y Alicahue, utilizando
una flota de seis camiones. A pesar de los altos costos operacionales, mantienen una política que sus clientes valoran profundamente: no cobrar flete. “Solo el último mes gastamos cerca de dos millones de pesos en combustible para el reparto, pero creemos que nuestros clientes lo merecen. Con lo cara que está la vida, queremos aportar en algo”, explica. Ese esfuerzo se ha traduci-
do en años de confianza y fidelidad. Los clientes valoran no solo los precios y la atención, sino también la posibilidad de encontrar productos de marcas tradicionales y de calidad, difíciles de hallar en otros lugares. Para Don Emilio, la clave del éxito sigue siendo la misma que aprendió de su padre. “Nacimos para atender bien a la gente. Mi padre fue un maestro en ventas y nos enseñó que el
buen servicio nunca pasa de moda”.
En este nuevo aniversario de La Ligua, Don Emilio Mocarquer entrega un mensaje simple, pero lleno de convicción: “Seguiremos atendiendo como nos enseñó mi padre. Nos sentimos muy queridos por nuestros clientes y queremos agradecerles su confianza. Y también darles un consejo: sigan comprando en
La Ligua. Cuando apoyamos el comercio local, apoyamos el crecimiento de nuestra propia ciudad”.
A sus 81 años, Don Emilio sigue representando una forma de hacer empresa donde el compromiso con las personas está por encima de todo. Una visión que ha acompañado a La Ligua durante décadas y que, sin duda, seguirá siendo parte de su historia.
