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Jóvenes en la encrucijada digital. Itinerarios de socialización y desigualdad en entornos digitales

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EDICIONES MORATA, S. L.


Temas: Socializaciรณn digital


Ángel GORDO LÓPEZ Albert GARCÍA ARNAU Javier de RIVERA Celia DÍAZ-CATALÁN

Jóvenes en la encrucijada digital Itinerarios de socialización y desigualdad en los entornos digitales

Fundada en 1920

Nuestra Señora del Rosario, 14, bajo 28701 San Sebastián de los Reyes - Madrid - ESPAÑA morata@edmorata.es - www.edmorata.es


Jóvenes en la encrucijada digital Itinerarios de socialización y desigualdad en los entornos digitales

Por Ángel GORDO LÓPEZ Albert GARCÍA ARNAU Javier de RIVERA Celia DÍAZ-CATALÁN


© Ángel GORDO LÓPEZ Albert GARCÍA ARNAU Javier de RIVERA Celia DÍAZ CATALÁN

Las interpretaciones y opiniones recogidas en el estudio son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no se corresponden, necesariamente, con la visión de la Fad.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.

Todas las direcciones de Internet que se dan en este libro son válidas en el momento en que fueron consultadas. Sin embargo, debido a la naturaleza dinámica de la red, algunas direcciones o páginas pueden haber cambiado o no existir. El autor y la editorial sienten los inconvenientes que esto pueda acarrear a los lectores pero, no asumen ninguna responsabilidad por tales cambios.

© EDICIONES MORATA, S. L. (2018) Nuestra Señora del Rosario, 14 28701 San Sebastián de los Reyes (Madrid) www.edmorata.es - morata@edmorata.es Derechos reservados ISBNpapel: 978-84-7112-907-9 ISBNebook: 978-84-7112-920-8 Depósito Legal: M-35.093-2018 Compuesto por: Sagrario Gallego Simón Printed in Spain - Impreso en España Imprime: ELECE Industrias Gráficas, S. L. Algete (Madrid) Imagen de la cubierta: de Jorge Fernández Bazaga. Reproducida con autorización.


Prólogo

No creemos equivocarnos si, en el origen del temprano interés de las áreas de investigación de la Fad, posteriormente Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud (CRS), por las cuestiones relacionadas con las TIC, situamos su larga experiencia en el análisis de los problemas de drogas. Obviamente, no porque pensemos que las TIC, Internet, los videojuegos, las redes sociales... se comportan como drogas, que es lo que las aproximaciones más simplistas creen que decimos, sino por otro elemento que condiciona una deriva paralela en la manera en que las sustancias psicoactivas y los recursos digitales se contemplan: la forma en que la percepción colectiva tiende a definirlos, la representación social de ambos fenómenos. En tan temprana fecha como 2002 apuntábamos coincidencias enormemente significativas1. En relación con las atribuciones que se les hacían, los dos “objetos”, videojuegos y drogas, aparecían peligrosos en sí mismos, adictivos por poseedores de una fatal capacidad de atracción, propios de adolescentes y jóvenes, mitificados y satanizados por buena parte de los adultos en razón del desconocimiento propiciado por una presunta lejanía. Por supuesto esta visión no era más que una de las dos que enconaban y hacían imposible un análisis sosegado. La otra postura se aferraba con firmeza a la convicción de la bondad de los videojuegos, en sí mismos, más allá de su potencialidad lúdica, como instrumentos estimuladores de capacidades, recursos y habilidades personales. Esta posición dilemática, de blancos y negros, a favor o en contra sin opciones intermedias, también era la que históricamente se había mantenido frente a las drogas. Esta forma de leer la realidad situaba toda la “carga de la prueba” en el espacio del objeto, sustancia o juego, aligerando la responsabilidad o el protagonis1 RODRÍGUEZ, E. (coord.) MEGÍAS, I.; CALVO, A.; SÁNCHEZ, E.; NAVARRO, J. (2002). Jóvenes y videojuegos. Madrid: Fad, INJUVE.

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mo que podría corresponder al sujeto; no era cuestión de actuar bien o mal, prudente o imprudentemente, sino de abstenerse de hacerlo. Claro que, como “una cosa es predicar y otra dar trigo”, el sujeto actuante no tenía sino una manera de salvarse: la acción es peligrosa pero yo controlo; son los otros, que no tienen mi misma capacidad, los que inevitablemente sufrirán las consecuencias. Por ese camino los “normales” sabrán sortear el riesgo y los “enfermos”, los frikis, quedarán enganchados a las drogas o a los videojuegos y tendrán problemas. A la vez, desde la perspectiva de la comunicación, muy especialmente la comunicación mediática, drogas y videojuegos aparecían tan imbricados con lo adolescencial y juvenil, se pensaban como algo tan propio de esas edades, que terminaba por crearse un constructo cerrado, un silogismo tramposo: todos los jóvenes consumen/juegan, luego para ser joven hay que consumir/jugar. Y no son los únicos paralelismos en la representación de videojuegos y drogas que en aquel escrito se señalaban. Si ahora sustituimos el término “videojuegos” por “Internet”, “redes sociales”, o por cualquier otro de los implicados en la llamada “revolución digital”, no tendríamos problemas en reconocer un semejante paralelismo en la representación. Con una peculiaridad: la dinámica de cambios en la representación sobre drogas ha sido muy lenta y ha tendido al encapsulamiento, más allá de los hallazgos objetivos, por la existencia de frentes ideológicos y de opinión muy potentes que se oponían al cambio. En cambio la lectura de la digitalización ha experimentado grandes vaivenes y se muestra mucho más inestable; desde la ingenua fantasía estigmatizadora de hace veinte años, dominada básicamente por el discurso de unos adultos poco avisados, hasta el entusiasmo del desarrollo explosivo de la comunicación digital, claramente impulsado por el mensaje oficial y empresarial y por el desarrollismo, pasando por etapas en que desde grupos de opinión más o menos influyentes se cuestionan las que se definen como grandes amenazas de la revolución digital. Pese a todo (en el mismo momento de escribir este prólogo, septiembre de 2018), en Babelia, de El País2, César Rendueles escribe un amplio artículo con un subtítulo significativo: “La redención tecnológica que algunos vieron en Internet puede convertirse en una condena”, al hilo del que se citan y comentan recientes publicaciones profundamente críticas con la digitalización, parecería que en estos momentos el discurso dominante se decanta hacia lo positivo. Fundamentalmente, creemos, por tres razones: porque son innegables los beneficios de la digitalización (en el trabajo, en los estudios, en la comunicación), porque hay muchas más personas que participan del fenómeno (con lo que éste ya no es algo desconocido, que despierte fantasías amenazadoras), y porque hay numerosos intereses de todo tipo empeñados en resaltar los logros positivos de lo digital. 2 Fuente: https://elpais.com/cultura/2018/09/13/babelia/1536828693_419316.html (accedida el 15.09.2018).

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Pues bien, la experiencia de la Fad en los problemas, distorsiones, confusiones, ineficiencias e ineficacias a las que había dado lugar esa representación social de las drogas, la llevó, y luego al CRS, a iniciar toda una serie de investigaciones sobre la naturaleza de los recursos digitales, sobre su sentido y formas de uso, sobre las percepciones colectivas, sobre los riesgos potenciales y la génesis de éstos, sobre las exigencias del buen uso y del aprendizaje, sobre su impacto en la comunicación juvenil, etc. Obviamente con la finalidad de contribuir a evitar, al enfrentar la digitalización, los errores y manipulaciones que lastraron la comprensión de los problemas de drogas y las intervenciones preventivas de los mismos. Al inicio de ese proceso de investigación sobre los fenómenos digitales, sobre su impacto en sujetos y sociedades, sólo teníamos unas cuantas lecciones aprendidas, como decíamos, a partir de nuestra experiencia en ámbitos paralelos de lo social y cultural. La primera, que en el campo de los fenómenos sociales (y la “revolución digital” lo es sin duda alguna) es tan determinante la naturaleza de la construcción social, la representación, como la presunta dimensión objetiva de esos fenómenos; por tanto, si se quiere entender algo, mucho más intervenir sobre algo, hay que tener muy en cuenta esa dimensión de lo representado. La segunda, que las posturas dilemáticas difícilmente permiten avanzar; que no se pueden dimensionar los riesgos de un comportamiento sin tener muy presentes lo positivo que está en juego; que no hay conducta problemática que no presente alguna ventaja ni se pueden disfrutar los beneficios de una situación, por grandes que sean las oportunidades que ésta ofrece, sin pagar un cierto precio en asunción de riesgos o aceptación de costes. También, que nadie está en disposición de que unos esperados beneficios le lleguen sin esfuerzo alguno; que es preciso aprender a gestionarlos; que la existencia de presuntos “nativos digitales” que de manera natural, casi por ósmosis, podían disfrutar de los cambios, como Adán y Eva, desnudos y libres, disfrutaban del paraíso; que había que aprender y educarse para el manejo de los instrumentos digitales, no tanto cómo funcionaban, que eso era fácil, cuanto para qué servían, cuáles eran sus límites, qué precio obligaban a pagar y hasta qué punto impactaban en la vida de las personas. Finalmente, que en la tarea de anticipación de problemas ni basta con subrayar los riesgos ni es útil el enfatizarlos; que la gente no se mueve sólo por lo que sabe y que continuamente hacemos cosas que sabemos que tienen peligro o que no son buenas, para nosotros o para otros; que hay que tratar de desvelar las razones más profundas de lo que hacemos y de por qué lo hacemos. Fue a partir de estas convicciones, que presumíamos extraídas de la experiencia, como desde el Centro Reina Sofía nos planteamos la investigación sobre la digitalización. Al cabo de los años, en 2014, en la Presentación de un nuevo libro, se resumía: ©

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[...] el Centro [...] no quería en modo alguno insistir en [...] el impacto de las TIC en los mecanismos de información y aprendizaje, su papel en las dinámicas de ocio o su presencia en la organización del tiempo libre, por poner unos ejemplos. Mucho menos [...] en esos aspectos amenazadores [...] el ciberacoso, la violencia virtual [...] la invasión de la privacidad [...] el riesgo de la adicción o el supuesto efecto de incomunicación y ensimismamiento [...] Lo que nos interesaba era [...] cómo las TIC, sobre todo a partir de la dinámica de las redes sociales, están construyendo unas formas inéditas de identificación y de interacción. Las fórmulas para contactar, para comunicarse, para reconocerse, para “estar ahí”, para expresar ideas y emociones, para diferenciar lo personal de lo social, para constituir la propia autonomía [...]3.

Para cumplir esas aspiraciones nos planteamos analizar las leyes de la comunicación virtual, el sentido de las redes sociales y de los valores que las regulaban, los contenidos mediáticos, la percepción colectiva sobre los procesos digitales, la visión al respecto de los y las jóvenes, la postura y las actitudes de los supuestos agentes de la mediación (madres, padres, docentes...), los cambios que la cultura digital supone en la cultura, en el ocio o en la participación política, etc., etc.; sin que todo ello signifique haber negado el interés del desvelamiento de riesgos y amenazas o del análisis de su génesis y de sus factores causales. En cualquier caso siempre hemos tenido muy presente que, más allá de nuestras prioridades electivas, la revolución digital se construye con unos instrumentos y unos recursos (con potencialidades, contenidos y mensajes que casi nunca son neutros), con una determinada manera de usar esos instrumentos (que es preciso aprender y que pueden tener, tienen de hecho, consecuencias positivas o negativas), con unas posturas sociales (que pueden ser muy distintas, incluso contrapuestas, en diferentes grupos, y que favorecen o dificultan el desarrollo del proceso y las reglas para ordenarlo), con un clima comunicacional que crea un contexto de influencia decisiva, con unos intereses enormemente potentes que pretenden impulsar la dinámica en una u otra dirección; en definitiva, con un entramado de factores y de fuerzas que condicionan un fenómeno de abrumadora complejidad, con multitud de aristas, con facetas muy diversas, acaso contrapuestas, y con una evidente capacidad de modular en infinidad de aspectos el mundo que estamos acostumbrados a vivir. Por eso la “revolución digital” tiene que ser analizada en sus múltiples perspectivas, sin perder de vista la totalidad pero sabiendo que las aproximaciones deberán ser forzosamente parciales; desde el convencimiento de la necesidad de completar las observaciones de cada cual con las de otros, que añadan ele3 MEGÍAS, I.; RODRÍGUEZ, E. y LASÉN, A. (2014). Jóvenes y Comunicación. Una impronta de lo virtual. Madrid: Centro Reina Sofía de Adolescencia y Juventud-Fad, pág. 1.

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mentos al panorama totalizador, en una especie de puzzle que sólo permite contemplar la imagen a medida que, por trozos, se va armando, y que sólo adquiere sentido en su plenitud. Pues bien, en esa convicción y en esa tarea el CRS se encontró casi obligadamente con el grupo de investigación de Cibersomosaguas; y con el proyecto que este texto refleja. Más allá de consideraciones genéricas, las exigencias de colaboración venían apuntaladas por varias duplas de intereses complementarios. El CRS partía de una visión esencialmente positiva de la digitalización, de sus beneficios potenciales, y Cibersomosaguas, en este caso, quería fijar su mirada en las posibles amenazas que el desarrollo implicaba; el CRS se interesaba sobre todo de las condiciones para el buen uso de lo digital, en la educación de la comunicación y de la interacción, y el grupo de Cibersomosaguas quería señalar los riesgos predominantes; el CRS fijaba el objetivo en las posiciones y los comportamientos de las personas en tanto que sujetos de acción, y Cibersomosaguas atendía más a la influencia de los grupos de interés; el CRS daba atención prioritaria al impacto sobre sujetos y grupos, y Cibersomosaguas se preocupaba más por las dinámicas macro de lo social. La oportunidad de la colaboración se montó sobre lo que podía haber de complementario. Sin embargo, aun sabiendo que cualquier catalogación rígida falsea la realidad, sería mucho más fácil señalar los puntos de intersección y encuentro en la visión y en las lecturas de las dos entidades. De hecho, sin ánimo alguno de exhaustividad, repasando hallazgos de este texto, cabe comentar algunas propuestas en las que CRS y el grupo de investigación de Cibersomosaguas coinciden plenamente. Quizás la postulación de mayor calado del presente Informe se centra en la posible existencia de una “brecha digital” en la socialización de las persona que ya no se centra, como se hipotetizaba hasta hace poco, en la edad (la alienación de los mayores de todo lo digital) sino en circunstancias socioeconómicas, básicamente culturales, del contexto familiar. Algo en lo que coinciden diversos textos del CRS. Entre 2014 y 2018 cada vez con más frecuencia se podrán explicar las diferencias en el manejo de las nuevas tecnologías por razones relativas a la situación social y al nivel de renta de los usuarios, más que a sus edades4.

Lo anterior resulta decisivo, sobre todo partiendo de la exigencia de una socialización, tras la crítica a esa fantasía del “nativo digital” que parece no necesitar de formación: 4 GENTILE, A.; SANMARTÍN, A. y HERNÁNDEZ, A. L. (2014). Op. Cit. A sombra de la crisis. La sociedad española en el horizonte de 2018. Madrid: Centro Reina Sofía de Adolescencia y Juventud-Fad, pág. 34.

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Tantas veces se escucha la expresión “nativos digitales” para referirse a adolescentes y jóvenes... que en ocasiones se pierde de vista que esos mismos jóvenes experimentan complejos procesos de aprendizaje y socialización en torno a esas TIC [...] Desde lógicas que aparentemente surgen del entorno laboral [...] pero que inundan todos los aspectos de la vida: la mejor gestión del yo, el mejor aprovechamiento de las oportunidades, los mejores procesos de socialización5. [...] nos sitúan ante una realidad digna de reflexión, más aún vista la elevada percepción en torno a los riesgos. Además porque, discursivamente, se asumen nuevas necesidades formativas en relación a las diferentes estrategias relacionales que implica combinar la comunicación online y presencial, cuestiones que a la postre fían a la experiencia. Nuevos “problemas” que surgen de la necesidad de adaptarse a distintos contextos de comunicación y distintas redes sociales [...]; de aprender a usar recursos comunicativos que reduzcan las incertidumbres que provoca la comunicación no presencial; de ajustar las expectativas y el lenguaje a cada interlocutor/a y en cada contexto o red social; de procurar un adecuado equilibrio entre el yo online y el offline; de entender que las personas pueden ser distintas en las redes sociales que fuera de ellas, en base al mejor aprovechamiento de las claves de comunicación de cada contexto; de ajustar los límites de la exposición personal; de entender que los usos y comportamientos en la red también tienen reflejo y consecuencias fuera de ella [...] 6.

Con el agravante de que cabría la posibilidad de que la brecha se profundizase, condicionando no sólo un mayor déficit de recursos personales y sociales sino, más grave aún, una situación de desesperanza y abandono que cristalice en un grupo de hombres y mujeres excluidos o al borde de la exclusión. Algo que ha sido señalado en publicaciones del CRS relativas al impacto de la crisis, a la formación y al empleo. Un grupo importante de hombres y mujeres [...] están lastrados por circunstancias estructurales deficitarias (mayor nivel de desempleo, menos estudios, menos recursos en las redes sociales de apoyo...) y, más importante aún, parecen haber introyectado vivencias de incapacidad y desesperanza: esperan poco del futuro, aceptan resignadamente una perspectiva low cost montada sobre una inclusión laboral de supervivencia [...]7.

MEGÍAS, I.; RODRÍGUEZ, E. y LASÉN, A. Op. Cit., pág. 160. MEGÍAS, I. (2018). Jóvenes en el mundo digital: usos, prácticas y riesgos. Madrid: Fundación Mapfre, Centro Reina Sofía de Adolescencia y Juventud-Fad, pág. 110. 7 MEGÍAS, I. y BALLESTEROS, J. C. (2016). Jóvenes y empleo, desde su propia mirada. Madrid: Centro Reina Sofía de Adolescencia y Juventud-Fad, pág.125. 5 6

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Igual similitud de planteamientos entre las dos visiones se da al desvelar una banalización del reconocimiento por las propias personas jóvenes de una posible dependencia de las TIC. Se tiende a aceptar [...] episodios más o menos habituales de dependencia [pero ello no] se asimila con una situación de problema declarado [...], que además no parece preocupar8. [...] entre adolescentes y jóvenes no resulta complicado escuchar que “tenemos una adicción”, desde la convicción de que peor que eso será perderse las cosas que tienen lugar en el terreno online, y convencidos también de que la integración y “normalización” pasa por participar de las dinámicas que determinan las redes sociales, pues los nuevos procesos de marginación son los que marcan las brechas digitales. Por ello, [...] se habla despreocupadamente de “dependencia social”, o incluso de “adicción beneficiosa” o de “bendita dependencia”9.

O al señalar la inhibición de las familias en las tareas de mediación para socializar [...] la posición de las familias se reafirma en el miedo al descontrol desde la red. Internet se configura como el chivo expiatorio [...]. Como decimos, el debate es contradictorio, ambiguo y dispar. En el marco de la, aparentemente, desregulación familiar, padres y madres atribuyen la responsabilidad al medio y a los gobernantes10.

Una tarea, la de mediación, que el grupo de investigación Cibersomosaguas describe como esencial para conseguir un desarrollo socializador equilibrado y justo, que evite marginaciones y exclusiones, y que la Fad viene enfatizando, en el mismo sentido, desde hace años. Los que tienen buenas relaciones familiares tienden a jugar con menos frecuencia; dicho en sentido contrario, los que tienen malas relaciones familiares juegan más frecuentemente, juegan más veces en soledad y autoconfiesan más problemas en relación con el juego11. Y si la familia no educa, y los profesores se sienten deslegitimados para ello, serán los agentes que predominan y dominan la sociedad los que se erijan en principales 8 BALLESTEROS, J. C. y MEGÍAS, I. (2015). Jóvenes y en la red: un selfie. Madrid: Centro Reina Sofía de Adolescencia y Juventud-Fad, pág. 90. 9 MEGÍAS, I. (2018). Op. Cit., pág. 107. 10 RODRÍGUEZ, E.; MEGÍAS, I. y MENÉNDEZ, T. (2012). Consumo televisivo, series e Internet. Un estudio sobre la población adolescente de Madrid. Madrid: Fad, pág. 201. 11 RODRÍGUEZ, E. (coord.). Op. Cit., pág. 253.

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medios socializadores y de conocimiento para los niños: grandes medios de comunicación, modelos de ocio y patrones de consumo [...]. Tras todo lo escuchado y analizado, el panorama sólo parece plantear un aspecto respecto al cual existe total y general acuerdo, pues padres, madres y docentes lo asumen como cierto: la labor entre docentes y padres ha de ser conjunta y debe fundamentarse en la coordinación y complementariedad de unos y otros. Una coordinación efectiva multiplicará la capacidad educativa frente a los niños, mientras la descoordinación o dejación de responsabilidad de unos u otros la restará12.

Por cierto que, hablando de resultados de ese desarrollo socializador, en el texto queda claro que las trayectorias son muy diversas en función de múltiples circunstancias; y que se pueden esbozar unas tipologías ideales. Unas tipologías que resuenan en las que a su vez se trazaban en el libro del CRS Jóvenes en la red: un selfie (BALLESTEROS y MEGÍAS, 2015): “Integrados en la Red (sin grandes entusiasmos)”; “Experimentados (que perdieron el miedo a lo online)”; “Pragmáticos (expertos en nadar entre dos aguas” y “Tecnófobos (¿o indiferentes?)”. En todo caso, si el CRS se siente profundamente satisfecho de esta colaboración con el equipo de investigación de Cibersomosaguas no es por esta comprobación de similitud en las lecturas sobre “jóvenes y TIC”. Evidentemente nos tranquiliza el obtener una ratificación, más aún si es de una entidad tan rigurosa desde el punto de vista científico. Pero lo que nos estimula sobremanera es la comprobación de que, acompañando este proyecto, hemos contribuido a logros evidentes. La presente publicación ordena y clarifica algo tan complejo como el desarrollo socializador de los y las jóvenes en un contexto de digitalización apresurada; sus fortalezas y debilidades, sus potencialidades y sus riesgos, sus amenazas y su horizonte de futuro. Tras esta investigación sabemos más de los factores que influyen, para bien o para mal, en un sentido o en otro, en esa socialización. Conocemos que no es un proceso ingenuo ni ciego, que tiene sus agentes interesados (interesados en “sus intereses”, permítasenos la redundancia, que no tienen por qué coincidir con los de la colectividad), en estimularlo, en frenarlo o en dirigirlo. Hemos aprendido a fijarnos en protagonistas “macro”, instituciones, administraciones; lo que no niega el protagonismo de los sujetos, chicos y chicas, ni de los mediadores que intervienen, o deben intervenir, en su socialización (familias, docentes o comunicadores, por ejemplo). También hemos aprendido que hay elementos, con un papel ignorado o que se conoce muy superficialmente, y que son trascendentales para la socialización horizontal; que hay que entenderlos para resituarse ante ellos. Que son múltiples los factores que influyen en el transcurso, también en el discurso, de la “revolución digital”; que muchos de ellos, acaso los más importantes, escapan aparen12 RODRÍGUEZ, E. y MEGÍAS, I. (2005). La brecha generacional en la educación de los hijos. Madrid: Fad, págs. 157-160.

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temente del ámbito específico de lo digital y se sitúan en niveles estructurales, en la economía, en la política, en la geoestrategia. Sobre todo, hemos podido vivir una vez más, en esta ocasión gracias a un análisis profundo y comprometido, la enorme complejidad del mundo en que nos movemos; cómo los más espectaculares avances pueden ir trufados de trampas, hasta qué punto es decisivo tratar de contemplar los fenómenos en su globalidad, sin recrearse en la facilidad de lo que nos cuentan o de las primeras impresiones. Por todo ello, nos sentimos profundamente satisfechos. Creemos haber acompañado un paso más en la comprensión del que, al menos eso dice el tópico, acaso sea el avance más revolucionario de nuestra época: la transformación digital. Y esperamos poder encontrar en este libro algunas claves que nos ayuden a evitar que esa transformación resulte ser, una vez más, un proceso de suma cero: algo en el que muchos pierden para que otros puedan ganar.

Equipo del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud de la Fad

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Contenido

AGRADECIMIENTOS ...............................................................................................

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SOBRE LOS AUTORES .............................................................................................

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INTRODUCCIÓN: La mala o buena socialización digital ...................................... Entre dependencias y movilidades sociales, 23.—¿Adicciones, dependencias o comportamientos problemáticos?, 25.—Metodología y contenidos, 27.

23

CAPÍTULO 1. La naturaleza tecnológica del desarrollo ....................................... Introducción, 31.—La reinvención en positivo de la cuestión tecnológica, 32.— La naturaleza tecnológica de las nuevas generaciones, 37.—De los riesgos a las oportunidades, 38.—Sobre los riesgos y beneficios de Internet: un análisis de redes sociales, 40.—Conclusiones: ¿uso excesivo o adicciones sin complejos?, 46.

31

CAPÍTULO 2. Entre brechas y alfabetizaciones digitales: aprendizajes informales y mediaciones activas ........................................................................... Introducción, 49.—Las tres brechas digitales, 50.—Alfabetizaciones digitales: perspectivas y debates, 51.—Aprendizajes informales, 54.—De los medios a los contenidos, de la regulación a la mediación activa, 55.—Conclusiones, 56.

49

CAPÍTULO 3. La socialización en los entornos digitales ..................................... Introducción: vivir juntos pero separados, 59.—Modelos de socialización en torno al capital social, 62.—Conclusiones, 65.

59

CAPÍTULO 4. Diseño y usos de los entornos digitales ......................................... Introducción: ¿conductas problemáticas o diseños adictivos?, 67.—Affordances, apropiaciones y diseño, 68.—Del diseño funcional a los usos, 72.—Evolución de usos y tendencias de las principales plataformas, 75. Facebook: doble

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estrategia empresarial y de diseño, 77. Instagram: la nueva era de la imagen, 81. Twitter: la selecta vanguardia de la actualidad, 82. Youtube: la videoteca de Babel, 84. LinkedIn: la digitalización de las redes profesionales, 86. WhatsApp: de la mensajería instantánea al auge de las micro-redes de masas, 88. Telegram: la micro-red de las resistencias, 89. Pinterest: un rincón para las afinidades, 90. Snapchat: el encanto de lo efímero, 92.—Tendencias, 94. CAPÍTULO 5. La desigualdad como principal riesgo de la socialización digital .................................................................................................................... Introducción, 97.—Brecha primaria: ¿hacia la universalización del acceso?, 98.—Segunda brecha: diferencias de uso, diferencias socioeconómicas, 105.—Tercera brecha digital: des/conexión, des/igualdad institucionalizada, 114.—¿Riesgos, oportunidades o desigualdades?, 119.—Conclusiones, 121.

97

CAPÍTULO 6. Itinerarios de socialización digital .................................................. Introducción, 125.—Itinerarios de socialización digital, 127. Los/as sobreidentificados/as, 129. Los/as desconectados/as, 137. Los/as tecnoresilientes, 139.— Conclusiones, 141.

125

CONCLUSIONES: Digitalization is coming ........................................................... ¿La normalización irónica de lo inevitable?, 145.—Digitalizaciones desiguales, 148.

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BIBLIOGRAFÍA .........................................................................................................

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Agradecimientos

Al equipo del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud (CRS de la Fad). Sin su apoyo y confianza este libro ni trabajos previos de investigación en los que nos basamos hubiesen sido posibles. Nuestro agradecimiento también a todos/as nuestros estudiantes que participaron en el cuestionario sobre usos, valoraciones y preferencias de las redes sociales, y muy en especial a Carla Barrio, quien se brindó a diseñar y realizar el análisis de redes sociales incluido en el primer capítulo de este volumen. Nuestro agradecimiento se hace extensivo a María José Camacho Miñano por sus comentarios y aportaciones, y a Paulo Cosín por su confianza en este trabajo y en general por su empeño en mantener a Ediciones Morata como referente en las ciencias sociales y humanidades de habla hispana.

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Sobre los autores

Ángel GORDO es Doctor en Psicología por la Universidad de Manchester (1995); ejerció como profesor en la Universidad de Bradford, Gran Bretaña (1994-1999). Desde 2002 es profesor titular en el Departamento de Sociología: Método, Teoría y Comunicación (UCM). En 2002 fundó el grupo de investigación Cibersomosaguas: Cultura Digital y Movimientos Sociales especializado en avances metodológicos para el estudio de la cultura digital en entornos virtuales y organizacionales. Desde 2011 dirige la revista Teknokultura. Es autor de varios libros entre los que se incluyen Psicologías, Discursos, Poder (Visor, 1996), Cyberpsychology (Macmillan, 1999), Techno-Sexual Landscapes (Free Association Books, 2004), Jóvenes y Cultura Messenger (FAD/INJUVE, 2006), Estrategias y Prácticas Cualitativas de Investigación Social (Pearson, 2008). Algunos de sus últimos artículos en temáticas de tecnología y cambio social han sido publicados en las revistas Environmental Innovation and Societal Transitions; Feminism & Psychology; An International Journal, Cultural Politics; Revista Latina de Comunicación Social; Papers; y Revista de la Asociación de Sociología de la Educación. Albert GARCÍA es Profesor Asociado en la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid y en la Escuela Universitaria de Innovación y Tecnología ESNE. Se licenció en sociología en la Universidad Complutense de Madrid. Obtuvo una beca FPU y realizó sus estudios de doctorado en el departamento de Sociología V (Teoría sociológica de la UCM). Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Surrey (Reino Unido). Obtuvo su doctorado europeo en sociología con su tesis titulada “De la música y su reproducibilidad mecánica: una aproximación sociológica”, dirigida por el doctor Ramón Ramos Torre y defendida en octubre de 2015 obteniendo una calificación de sobresaliente cum laude. Es miembro del grupo de investigación Cibersomosaguas: Cultura Digital y Movimientos Sociales y del Comité Editorial de la revista complutense ©

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Teknokultura. Sus áreas de investigación principales son la sociología del arte y la cultura, la sociología de la música, la sociología de la juventud y la sociología de las tecnologías digitales de la información y la comunicación. Javier DE RIVERA, Profesor de Sociología Aplicada de la Universidad Complutense de Madrid, miembro del grupo de investigación Cibersmosaguas: Cultura Digital y Movimientos Sociales, Secretario de la revista Teknokultura, coordinador del Grupo de Estudios Críticos (gec-madrid.org) y autor de Sociología y Redes Sociales (sociologiayredessociales.com). Celia DÍAZ-CATALÁN es Doctora en Sociología y profesora en el Departamento de Sociología: Método, Teoría y Comunicación de la Universidad Complutense de Madrid desde 2013. En esta universidad está vinculada al grupo de investigación Cibersomosaguas: Cultura Digital y Movimientos Sociales. Ha trabajado en el IESA-CSIC, la Universidad del País Vasco o el Colegio de Politólogos y Sociólogos. Pertenece a los equipos editoriales de la RES y de Teknokultura.

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INTRODUCCIÓN

La mala o buena socialización digital

Entre dependencias y movilidades sociales Cada momento histórico adolece de sus propios males. En la Edad Media fue la lepra; en el siglo XIX, la tuberculosis y la neurastenia; por su parte, el siglo XX padeció la depresión, el cáncer, el SIDA, el Trastorno del Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) o el autismo. Si bien estos males han caracterizado épocas y sociedades pasadas, en nuestros tiempos convivimos con nuevas problemáticas difícilmente clasificables, pero con una fuerte presencia en nuestras vidas. La mayoría de ellas han llegado a asociarse con el propio avance del progreso, a pesar de los trastornos y dependencias sociales que ha conllevado su irrupción y difusión generalizada. Este es el caso del automóvil y más recientemente el móvil. Desde su llegada a finales del siglo XIX, el automóvil —un mero medio de transporte— no tardaría en convertirse en sinónimo de logro y distinción social. El furor que llegó a suscitar correría a la par de su importancia económica, como quedaría patente a mediados del siglo pasado, cuando el parque automovilístico se convirtió en uno de los principales indicadores del Producto Interior Bruto de los países “desarrollados”. La importancia atribuida al automóvil contrasta con los daños colaterales que ha traído consigo, entre los que cabe señalar la contaminación y la siniestralidad vial, dos de las grandes pandemias contemporáneas. Sirva recordar el aumento incesante de enfermedades y problemas respiratorios asociados a la polución en nuestras ciudades causado, en buena medida, por el uso privado e ©

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indiscriminado del coche, o que los accidentes de tráfico son una de las principales causas de muerte en todas las edades a escala mundial (la primera entre personas de 15 a 29 años). La aceptación social de estos daños colaterales ligados al automóvil podría entenderse como un acto de resignación compartido, como si de un tributo de dolor y sufrimiento se tratara, en aras del progreso y la movilidad. También cabría entender esta resignación como parte de una dependencia masiva de nuestras culturas “modernas” a valores como la autonomía, la independencia o la individualidad. Semejantes daños no impiden que el automóvil siga siendo parte de nuestra vida y cultura cotidiana; tampoco impiden aceptar la dependencia masiva al automóvil como un hecho normal. Aun así, afirmar que las personas que hacen un uso continuo del coche sufren algún tipo de dependencia o adicción sería al menos problemático. Junto al protagonismo del coche y la ilusión de autonomía y movilidad asociada al mismo, el uso de las tecnologías digitales (servicios de redes sociales, nuevos medios digitales, comunidades en línea, dispositivos móviles, juegos, aplicaciones de autocuantificación o seguimiento, etc.) se ha convertido en una parte importante de la vida cotidiana de millones de personas que las utilizamos como uno de nuestros principales medios de comunicación. Quizá sea el móvil la tecnología que mejor ejemplifique en el momento actual la dualidad asociada a los avances digitales. El diseño de los automóviles y el de los móviles comparten dos grandes rasgos. Por una parte, su configuración en el contexto actual fomenta usos altamente individualizados. Por otro lado, los diferentes diseños y modelos dicen mucho de sus usuarios/as, sus deseos e identificaciones. Así cabe apreciar las pasiones suscitadas por el iPhone de manera semejante a las identificaciones y deseos existentes en torno a marcas y modelos de coches distinguidos. También comparten un rasgo mucho menos glamuroso: un protagonismo exacerbado en nuestras vidas. Vamos en coche a todos los lados hasta el punto de que el propio coche se convierte, sin que muchas veces nos demos cuenta, en uno de los principales criterios a la hora de decir nuestra agenda diaria. El móvil, de otra manera, ha superado discretamente estos niveles de intrusión y regulación de nuestras vidas. Incluso para muchas personas que hemos incorporado el móvil ya con cierta edad, supone un verdadero esfuerzo recordar cómo era la vida sin él tan solo veinte años atrás. En este sentido, podríamos decir que el automóvil y el móvil son tecnologías de alcance masivo, con unos diseños que fomentan usos y apropiaciones altamente individualizadas. Al mismo tiempo, esta individualización esconde dependencias con efectos muy desiguales. En este sentido, retomando la idea inicial, podríamos decir que cada cultura tiene sus males y sus adicciones. Las dependencias del móvil y, en general, las dependencias de las tecnologías digitales no tienen cura ni tratamiento individual, pero sí generan pingües beneficios ©

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empresariales y, como veremos más adelante, una transferencia de responsabilidades y referentes en la socialización actual de los/as más jóvenes. Puede que lo que estamos calificando de manera precipitada como dependencia sociocultural sea, en realidad, la antesala de los nuevos órdenes socioeconómicos y educativos en marcha. De ahí nuestro interés en semejante problemática digital, sus aparentes contradicciones y dilemas. Sigamos viendo, a modo de introducción, algunas otras aristas de esta más que compleja cuestión.

¿Adicciones, dependencias o comportamientos problemáticos? Determinados usos de las tecnologías digitales pueden provocar problemas físicos y sociales, como trastornos del sueño, de la atención y dificultades a la hora de relacionarse con otras personas. A pesar de no disponer aún de criterios contrastados que determinen qué es lo problemático y cuáles son los límites de lo que puede considerarse “trastorno”, esta perspectiva a favor de la noción de adicción a las tecnologías digitales circunscribe el problema a los propios sujetos —especialmente en el caso de los/as más jóvenes—, además de proponer cómo predecir su aparición y combatir terapéuticamente sus consecuencias. Más allá de lo acertado de suponer estos usos como adicciones o conductas problemáticas, consideramos que este tipo de enfoques evita comprender la variedad de intereses e instituciones que hacen posible estas adicciones o dependencias. La perspectiva médico-psiquiátrica, por lo general, fomenta una visión del problema centrada en el propio individuo, al tiempo que vela el papel activo de determinados sectores empresariales e industrias culturales en la génesis de esta problemática social. Por otro lado, naturaliza estas mismas problemáticas recurriendo a la preminencia explicativa de variables fisiológicas, a menudo obviando la notable influencia de los factores sociales (origen de clase, capital cultural, etc.). De esta manera la perspectiva médica evita problematizar las razones por las que ciertos colectivos sociales son más vulnerables que otros a los usos indebidos o problemáticos de las tecnologías digitales. El principal instrumento de referencia internacional para el diagnóstico de trastornos mentales es el conocido como Diagnostic and Statistical Manual for Mental Disorders (DSM), elaborado por la Asociación Americana de Psiquiatría (APA). Hasta el momento, el manual no ha incorporado la idea de “adicciones tecnológicas”, no obstante, se ha venido desarrollando una controversia al respecto que se agudizó durante la elaboración de su última edición (DSM-V). Los psiquiatras que editaron el DSM-V argumentaron que no veían motivo por el que la compulsión de ciertas conductas en las que mediaba la tecnología ©

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fueran adicciones a la propia tecnología. Entendiendo la tecnología como mediación, la adicción obedecería a particulares tipos de uso. Existen personas ciberadictas, pero no son más que adictos al porno on-line, al juego on-line o a la comunicación on-line. En fin, extensiones digitales de trastornos ya existentes. Hablar en genérico de adicción a Internet o adicción a las tecnologías digitales parece tan impreciso como inadecuado. En este sentido resulta comprensible que el modelo médico-psiquiátrico rechace su etiología. Sin embargo, y a pesar de las más que notables reservas y silencios por parte de la profesión psiquiátrica, existe un creciente interés por las nuevas adicciones tecnológicas entre el gran público, como podemos apreciar tanto en la prensa como en numerosos foros divulgativos de psicología y de autoayuda. A este respecto sirva señalar que desde la psicología de las adicciones se ha propuesto desde hace tiempo la inclusión del IAD (Internet Addiction Disorder) en el DSM. Las tensiones y ambigüedades existentes en estos debates nos han permitido identificar las visiones e intereses enfrentados que conforman lo que denominamos la “encrucijada digital”. A su vez, han hecho que tomemos conciencia de la necesidad de abordar su influencia en la socialización de nuestros jóvenes desde una perspectiva capaz de atender a la complejidad de dichos procesos. El presente libro se basa en la investigación titulada “Los comportamientos y valores problemáticos ligados a los procesos de socialización de los jóvenes en los nuevos entornos digitales”, fruto de una colaboración entre Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (CRS de la Fad), y la Universidad Complutense de Madrid1. El CRS de la Fad expresó su interés en identificar las características de los grupos de jóvenes y adolescentes más proclives a una socialización digital “aceptable”, regulada desde los entornos educativos y familiares, y aquellos otros más “vulnerables” o proclives a una socialización digital “problemática”. A fin de poder perfilar los itinerarios de socialización digital más o menos propensos a conductas problemáticas, propusimos la identificación de las dimensiones de socialización más importantes y las relaciones entre las mismas. Partimos del supuesto de que para comprender las conductas y valores problemáticos ligados a los nuevos medios y tecnologías digitales resulta imprescindible tener en cuenta las condiciones socioeconómicas de los/as jóvenes y sus familias. En semejante quehacer, hemos prestado especial atención al modo en que el “discurso de los riesgos” asociados a estas tecnologías ha perdido vigencia respecto a las posturas actuales, más centradas en las oportunidades y beneficios de las TIC. Este cambio de registro corre a la par de otros procesos, como es el caso del nuevo auge de los nuevos valores atribuidos a los apren1 Proyecto Artículo 83 (ref. 171-2017) entre el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (CRS de la Fad) y el grupo de investigación Cibersomosaguas (2017-2018), investigación dirigida por Ángel GORDO.

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dizajes informales en los entornos digitales, frente a los aprendizajes reglados, o a la progresiva institucionalización de las posturas que abogan por desechar nociones de “adicciones tecnológicas” en favor de expresiones menos duras como “conductas problemáticas” o “usos intensivos”.

Metodología y contenidos La investigación ha seguido una perspectiva de análisis documental a la que hemos denominado de amplio espectro, debido a la gran variedad y naturaleza de los documentos analizados (texto, imagen, multimedia, etc.), así como al amplio periodo histórico que comprende. Este trabajo documental ha permitido identificar los principales debates y posturas existentes tanto en la literatura académica internacional como en los distintos informes sectoriales. A su vez, la perspectiva documental ha sido complementada con un análisis de redes sociales centrado en el uso de los términos “adicciones” y “beneficios” asociados a Internet; un cuestionario sobre el uso de las redes sociales con una muestra de estudiantes universitarios, y un análisis exploratorio de las principales redes sociales y programas de mensajería. La articulación de estas diferentes estrategias metodológicas se estructura a través de los siguientes capítulos. En el primer capítulo, titulado “La naturaleza tecnológica del desarrollo” identificamos un interés exacerbado en naturalizar las relaciones entre los más jóvenes y el desarrollo tecnológico. Constatamos, a su vez, una preocupación dilatada en el tiempo por la observación y monitorización de los/as jóvenes en sus relaciones tecnológicas, y con ella una proliferación de discursos expertos, observatorios y representantes de las nuevas industrias digitales. A esta proliferación de expertos y organismos especializados se suma el interés del lobby digital (integrado por multinacionales, gobiernos, agencias de investigación y marketing y organizaciones internacionales) por el seguimiento y escrutinio de grupos de menores desde edades cada vez más tempranas. El capítulo “Entre brechas y alfabetizaciones digitales: aprendizajes informales y mediaciones activas” analiza cómo el mayor énfasis en las oportunidades y los beneficios asociados a las medios móviles y tecnologías digitales durante la última década, coincide con un creciente interés en cuestiones de aprendizajes informales (versus aprendizajes formales y no formales). Los aprendizajes informales, a su vez, se han convertido en una pieza clave en los diferentes itinerarios y procesos de socialización. Este cambio de registro queda patente en el análisis exploratorio del uso de términos en la red social Twitter que presentamos. La segunda parte del capítulo identifica una serie de correspondencias (o “convergencias”) entre el paso del discurso del riesgo al de las ©

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oportunidades y (i) el interés cada vez más patente del lobby digital por someter a escrutinio no solo a jóvenes y adolescentes, sino a niños/as de edades cada vez más tempranas; (ii) el creciente protagonismo de los contenidos (versus los medios) y las nociones de aprendizaje informal (versus aprendizaje formal y no formal); y (iii) la creciente importancia de los usos activamente mediados por personas adultas (versus la regulación de tiempos de exposición a las pantallas por parte de los más jóvenes). En el siguiente capítulo, “La socialización en los entornos digitales”, ponemos especial atención en el modo en que los medios digitales han pasado a considerarse uno de los principales agentes de socialización. En concreto, señalamos que estos medios permiten un mayor ajuste y personalización de la oferta de contenidos a cada usuario/a. A su vez, estos medios generan la posibilidad de generar referentes y recursos de socialización que se acomoden mejor a las preferencias y gustos de los/as jóvenes y adolescentes, que los recursos más genéricos a cargo de las instituciones clásicas de socialización primaria y secundaria (la familia, la escuela, el trabajo...). En la segunda parte de este capítulo, profundizamos en las nociones de “capital social” que promueven los nuevos medios digitales —en tanto nuevas instituciones digitales. En el capítulo cuarto, retomamos algunas de estas cuestiones acerca de los usos diferenciales de los entornos digitales, pero en esta ocasión, intentando ver el modo en que su propio diseño propicia usos y apropiaciones bien distintas. De ahí su título: “Diseño y usos de los entornos digitales”. Tras una fundamentación de las nociones clave (diseño, affordances tecnológicas y apropiaciones) ofrecemos un análisis de las redes sociales más utilizadas por los/as jóvenes españoles, sus principales características, el tipo de usos que su diseño tiende a favorecer o limitar, o las reapropiaciones que los usuarios han logrado hacer de las mismas. El capítulo quinto “La desigualdad como principal riesgo de la socialización digital” ofrece un análisis de las tendencias y evolución de uso de las tecnologías digitales por parte de los/as jóvenes en España a través del análisis de distintos datos estadístico. A diferencia de la mayoría de informes y estudios sociodemográficos especializados en el análisis de la sociedad de la información, reparamos en la importancia de la procedencia sociocultural de los/ as jóvenes a la hora de comprender sus itinerarios de socialización digital. A su vez, analizamos los distintos tipos de brechas asociadas a los procesos de socialización digital en función de las condiciones socioculturales de las familias. El capítulo incluye los resultados de una encuesta realizada a una muestra de estudiantes universitarios de la Universidad Complutense de Madrid que permite identificar patrones diferentes de uso simultáneo de redes sociales, y distintos usos y prácticas en función del nivel socioeconómico. Una de las claves de este capítulo es el modo que presenta a grandes rasgos las principales dimensiones de socialización. Además del nivel sociocultural de procedencia ya señalado, ©

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una de las variables más discriminantes de cara a comprender los distintos procesos de socialización digital es el nivel de mediación activa o acompañamiento por parte de los padres/madres en el uso de las tecnologías. Bajo el título “Itinerarios de socialización digital” se realiza una doble tarea. En un primer momento, se identifica la tipología de los principales comportamientos problemáticos relacionados con los entornos digitales. En segundo lugar, se esboza una tipología de itinerarios de socialización digital con el propósito de poner a prueba el potencial interpretativo de las dimensiones previamente identificadas. Como explicamos en el propio capítulo, se trata de un bosquejo tentativo que requerirá ser validado en posteriores investigaciones. En el último capítulo, a modo de cierre, exponemos las conclusiones principales que se derivan del análisis que ha ido surgiendo a lo largo del texto y resumimos las directrices analíticas e ideas claves presentadas hasta el momento. Este trabajo de síntesis y relación permite perfilar las principales dimensiones en juego en los procesos de socialización digital de los/as más jóvenes. Además, se abren nuevos interrogantes y se expone cómo, lejos de acabar con las antiguas desigualdades, los entornos digitales son el escenario de incipientes formas de desigualdad que se plasman en las distintas trayectorias de socialización digital.

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