12 Crónicas periodísticas de la SOCIEDAD DE ESCRITORES DE GENERAL VIAMONTE. Dirección: S.E.G.V. S.E.G.V. Redacción: Redacción: Etel Carpi. Carpi. Colabora en diseño: Rocío Sánchez Carpi. DOMICILIO: Biblioteca Mariano Moreno. Los Toldos. Buenos Aires. EMAIL: escritoresdeviamonte@gmail.com http// sociedaddeescritores en facebook y @de_escritores en Twitter. Blog: http/ http//escritoresdeviamonte.blogspot.com.ar - Eco Literario en ISSUU.COM.
MA Y O 201 5 “Lo verdaderamente importante es que nuestras palabras sean el ECO del corazón de un lector dormido que a través de ellas, logre despertar y escucharse a sí mismo, arrancarle una sonrisa olvidada, una lágrima reprimida o un sueño extraviado”. Elio W. Garciarena.
La orden del amo Por Marcos Sarlinga. (Es privilegio de los bufones decir verdades que todos callan). Napoleón Bonaparte L a orden del amo fue dar al bufón treinta azotes como castigo por la osadía de interrumpirlo en una reunión. El bufón con ridícula y temblorosa voz prometió no volver a cometer tal error y, seguir a raja tabla las órdenes de quién era para él, sin duda y objeción, su amo y señor. -Jamás volverá a faltarle el respeto a la mano que le da de comer- dijo el tirano con una despiadada mueca de sonrisa a sus guardias. Pasaron varios días hasta que el bufón se recuperó del castigo, las marcas en su espalda eran aun profundas, y el dolor que todavía podía sentir en ellas debía ser reemplazado por una aparente felicidad, ya que la noche en la que debía redimirse… había llegado. Lo sacaron de la celda, despertándolo justo en el momento que soñaba con ser el rey de un lugar tan bizarro como el que a diario le tocaba enfrentar. Dejaron que se asease, sin más tiempo del que se le es permitido para una orden complacer. La misma rapidez debió emplear al cambiar-
se y, sin el más mínimo descuido, lo presentaron ante su Señor. Éste, con su porte altivo hasta en la situación más efímera, se encontraba probando posibles vestimentas para la noche, mientras un sastre adulón, se humillaba en elogios y daba su opinión acerca de esta o aquella prenda. -Es una velada importante- dijo el amo y agregó- debes entretener a los invitados y no entrometerte en lo que no te concierne. Ni se te ocurra dirigirme una sola palabra o un intento de broma por más benigna que ésta pueda ser, o serás castigado, pero ahora hasta la muerte. Cabizbajo, el hombrecillo, asintió pausadamente con su cabeza y se retiró sin más ceremonias. Comenzada la gran fiesta, el bufón inició sus actos de gracia respetando la rutina de siempre e improvisando por momentos, cuando la ocasión lo ameritaba. Sacándole provecho a la indiferencia, y tras haber realizado sin gran éxito piruetas ridículas en busca de una sola e insignificante sonrisa, se retiró unos minutos para poder ir al baño, y así revisarse las lesiones que habían vuelto a abrirse, manchando su vestimenta. Camino al mismo, oyó voces en uno de los pasillos de la cuantiosa residencia. Rápidamente se escondió tras una columna, y escuchó lo que tramaban dos de
los invitados que también se habían ausentado de la fiesta. Espantado por lo que acababa de escuchar, salió corriendo en dirección hacia la sala donde se encontraban todos, pero a causa del temor tropezó con uno de los adoquines y provocó que los que parecieran estar planificando algo, lo descubrieran espiando. Inmediatamente echaron a correr para alcanzar al hombrecillo disfrazado que se levantaba ágilmente a veinte metros de donde estaban. El bufón interrumpió la reunión a gritos al mismo tiempo que sus perseguidores entraban a la gran sala. Nadie podía entenderle nada, todo parecía parte de un acto y a nadie le importaba lo que un bufón tenga que decir, o al menos, no era para tomarlo en serio. Algunos reían y otros simplemente seguían con sus conversaciones mientras sonaba una orquesta invitada. Continuó a los gritos buscando a su amo, y al encontrarlo, éste no le dio tiempo a expresarse, pues dio un fuerte golpe en el pequeño rostro del gran hazme reír de esta historia. Sobre el suelo y tocándose el ojo golpeado, el bufón levantó la mirada a su amo. El déspota, frotándose el dorso de la mano con que golpeó sobre la palma de la otra, le advirtió que no se atreviera a dirigirle la palabra y se retirara del lugar sin más alboroto que el que había causado. Los ojos