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El extraño visitante

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El viajero miraba a través de la pequeña y sucia ventana con tristeza. La imagen de una seca y destruida tierra le devolvía la vista, recordándole lo que se había perdido la humanidad hace

El viajero, por fortuna, fue uno de los pocos que había alcanzado a despegar cuando las primeras bombas cayeron en su país; y junto a los que tenían mucho dinero, él sobrevivió en el frío abismo infinito que era el espacio exterior. No logró llevarse a nadie más, y cada día lamentaba no tener consigo a sus hermanas o a su mamá. La imagen que había tenido de ellas al despedirse fue de cuatro mujeres sufriendo una profunda agonía por no poder moverse a

Pero eso había sucedido hacia muchos años atrás. Él aún podía contarlos gracias al movimiento de la tierra alrededor del sol. — Buenos días —saludó una voz robótica—. ¡Son las 7 de la mañana, hora

— Sí, sí. Lo sé —respondió el viajero —. Empieza el protocolo,

El viajero coloco los ojos en blanco. Él no era capitán, pero prefería ese título ridículo al nombre que había perdido cuando su madre lo gritó entre maldiciones aquel día que la dejó.

El vivía en compañía de su inteligencia artificial, la cual había programado con cierta dificultad en su nave cuando comenzó a construirla. La había nombrado le había gustado cuando tenía menos de veinte años. La inteligencia artificial era su única com pañía, y era frustrante cuando sus pensamientos nunca eran refutados porque el protocolo con la que la había programado era incapaz de llevarle la contraria.

Ese día en particular, el viajero se sentía muy, muy triste. No sabía si era por el aniversario de la muerte de su familia; o si ya había cedido a la locura de estar perdido en el espacio sin rumbo fijo, pero deseó con muchas ganas tener a algún compañero que pudiera sacarlo de la monotonía de su existencia.

Alez.Ai —llamó el viajero—. Quiero que me consigas un amigo.

— Yo puedo ser su amigo, capitán —respondió la inteligencia con voz monótona.

— No. Yo quiero a un amigo real —sentenció el capitán—. Necesito a un compañero que sea capaz de abrazarme.

De repente la inteligencia artificial hizo silencio. Era como si se hubiera ofendido por las palabras groseras del viajero; pero eso era imposible, porque el viajero no la programó con emociones.

Pero se sentía extraño ese silencio absoluto que reinaba en la nave. Ni siquiera el sonido de la respiración del viajero podía perturbar la tranquilidad.

— Como mande, capitán.

Sin embargo, Alez.Ai respondió unos minutos después, con la misma monotonía con la que la había programado el viajero desde un principio. Eso lo calmó, porque lo último que necesitaba era tener la extraña sensación encima de que estaba siendo grosero para la única voz que le hacía compañía.

Los días pasaron, y con ello, se fueron semanas e incluso meses. El viajero se sentía aun más triste, contemplando como su vida poco a poco se marchitaba dentro de los espacios reducidos y finitos de su nave espacial.

Él extrañaba el calor, el verdadero calor del sol en lo que era su hogar. Extrañaba oler las flores que su mamá cultivaba en el jardín de su casa, y extrañaba escuchar la risa cantarina de sus hermanas cuando el polen les hacía cosquillas en la nariz en primavera. El viajero quería regresar a esos días donde podía escuchar música, hablar con sus amigos, ver películas y tener una vida normal.

Pero sin duda, lo que más extrañaba era la calidez de una persona a su lado.

La soledad le estaba causando mucho dolor.

Incluso Alez.Ai no quería hablar con él más de lo debido, y su robótica pero constante voz no se había escuchado en mucho tiempo más allá de las mañanas cuando lo levantaba.

Aunque, cierto día, cuando el viajero se encontraba leyendo uno de los pocos libros que salvó de la tierra, Alez.Ai le volvió a hablar.

— Ha llegado su compañero, capitán.

— ¿Qué? ¿Compañero? ¿Qué compañero? —el viajero preguntó. De repente, se sentía asustado.

— Su compañero, a quien quería para hacerle compañía —volvió a responder. Ella sonaba burlona, y eso continuó despertando el terror en la mente del viajero—. Está detrás de la puerta principal. No lo haga esperar.

— ¡No! ¡No dejes pasar a lo que sea que hayas traído!

El viajero comenzó a gritar desesperado. Se acercó corriendo al panel de control de su nave, oprimiendo todos los botones que tenía a su alcance que se encargaban de cerrar las puertas que conectaban a la nave; pero una enorme luz roja cubrió a todo el lugar. De repente, el sonido de las alarmas de seguridad comenzó a sonar estridentemente, y el aire de la nave comenzó a fallar.

Afortunadamente, el viajero tenía puesto su traje especial para el espacio.

Pero había algo que le estaba comiendo vivo: él era el sobreviviente que aún vagaba alrededor de la tierra. Había pasado muchos años tratando de comunicarse con las personas busca de vida inteligente, y nadie ni nada le había respondido. Como no tenía mucho combustible para hacer viajes prolonga dos, se aseguró de quedarse suspendido en el aire para prolongar su vida lo más que pudiera.

Él nunca se movió de su lugar para buscar a nadie más, y ahora, cuando su inteligencia artificial le avisaba que había llegado su compañero, sentía que su vida estaba en peligro.

— ¡Cancela todo, Alez.Ai trajiste, pero no debes dejarlo pasar —el viajero intentaba en vano tomar el control de la nave—. No sabemos que es lo que esta afuera, y puede ser peligroso.

— ¿Desea que eche a su compañero entonces, capitán?

— ¡Sí! ¡No lo dejes pasar!

— Entendido.

Y como si fuera por arte de magia, las alarmas dejaron de sonar y la luz roja se apagó. El silencio regresó a la nave. El panel de control había retomado su autonomía y el aire de la nave volvió a estabilizarse.

El viajero volvió a respirar en paz. Su corazón latía desenfrenado, con mucha adrenalina corriendo por sus venas y con esa inclemente sensación de que en cualquier momento moriría. Pero la paz que tenía su nave le estaba ayudando a calmarse.

Sin embargo, una risa lo congeló.

— Estoy aquí, capitán.

Frente a él, apareció una imagen de una mujer en un brillante color azul.

Parecía haber salido de la nada. Tenía el cuerpo difuminado, como si sus ojos no pudieran observarla bien. El viajero no encontró nada más allá de una enorme silueta, ya que no pudo ver el rostro. Pero no había necesidad de verla para saber quién era.

— Alez.Ai —respondió el viajero.

— Sí, capitán. Ahora yo seré su compañero.

Con mucho cuidado, la silueta comenzó a flotar hacia el viajero.

No sabía como lo hacía, ni de donde venía, pero el viajero sabía que algo pasaría.

Él no iba a sobrevivir después de eso.

— No debe temerme. Soy yo. Solo soy un poco diferente ahora —ella comenzó a acercarse cada vez más—. Pronto, comenzaremos a divertirnos.

Al final, cuando ella estuvo frente a él, las luces de la nave volvieron a apagarse. El frío que tanto odiaba sentir volvió a aparecer, y su estómago, que se retorcía por el miedo, comenzó a sangrar por las garras eléctricas de su com pañera.

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