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REVISTA BIEN ACOMODADA

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MESALINA, LA INFIEL.

La obra de Sorolla Mesalina en brazos del gladiador (1886) representa a Mesalina, la tercera esposa de Claudio, en actitud de bacante junto a un gladiador victorioso.

MUY HISTORIA

TIBERIO.

Augusto adoptó a Tiberio (a la dcha., su busto), a pesar de la poca estima que le profesaba, y este le sucedió en el año 14.

» el uso del poder. Livia ejerció a través de su marido una influencia política hasta entonces inaudita en una mujer, cosa que, además de obedecer a su formidable personalidad, fue también un signo de los tiempos. Con la llegada del Imperio, el Senado perdió una capacidad de decisión que pasó a ejercerse en el ámbito doméstico del emperador, donde las mujeres sí podían hacer valer su ascendiente. El cambio disgustó a algunos autores clásicos —Tácito, en particular— y está en el origen de la imagen negativa que se ha transmitido de las pocas mujeres que en la época tuvieron alguna oportunidad de ejercer un poder real. Existe también una leyenda negra sobre Livia que parte del posible papel jugado para situar a su hijo Tiberio —hijo de un matrimonio anterior con Tiberio Claudio Nerón— como sucesor de Augusto, cosa que ocurrió después de que varios de los herederos naturales de este fueran muriendo, uno tras otro, en sospechosas circunstancias. Para que Tiberio llegase a empera

de Augusto, y Cayo, Lucio y Póstumo, sus tres nietos. Los rumores que adjudican a Livia el papel de envenenadora los recogen Dion Casio y Tácito, que incluso insinúan la posibilidad de que envenenara al propio Augusto. Nada de esto aparece en Suetonio, sin embargo, otra fuente fundamental sobre la época. Son acusaciones de las que no hay pruebas y sobre las que difícilmente habrá una respuesta definitiva. Lo cierto es que Augusto adoptó a Tiberio, pese a que le tenía en poca estima, y que este le sucedió en el año 14. Durante los primeros años de su reinado, Livia siguió gozando de una importante influencia, pero según diversas fuentes Tiberio no soportaba las interferencias de su madre ni tampoco la conciencia de deberle el poder, por lo que, poco a poco, la fue relegando. Su retiro voluntario en Capri se interpreta como medida para alejarse de ella. Cuando, con 87 años, Livia murió, el cruel y taciturno Tiberio recibió la noticia con frialdad, le negó todos los honores y no fue a su funeral (mandó a Calígula). Pero eso no es todo. Cuenta

ENREDOS DE FAMILIA. El militar romano de la dinastía Julio-Claudia Germánico, adoptado por su tío Tiberio, se casó con Agripina la Mayor, con quien fue padre de nueve hijos. Este cuadro de Rubens representa al matrimonio.

MUERTE DE UNA REINA.

Suetonio que Tiberio retrasó la decisión de asistir o no durante días, de forma que al final hubo que enterrar el cuerpo a toda prisa debido al avanzado estado de descomposición en que se hallaba.

LAS INDOMABLES AGRIPINAS

A Tiberio se le debe el asesinato de una mujer excepcional, Agripina la Mayor, esposa de Germánico, el general que podía haberlo sido todo y murió también en extrañas circunstancias. La desaparición del aclamado y adorado Germánico —que, a instancias de Augusto, había sido adoptado por Tiberio— despejó convenientemente el camino a la sucesión de Druso, el hijo biológico del emperador. Este, no obstante, murió tres años después envenenado por su propia esposa, Livila,

que actuaba en connivencia con Sejano —hombre fuerte de Tiberio—, de quien era amante. Agripina era una mujer famosa por su carácter y su valentía —acompañaba a su marido en las campañas y se había convertido en heroína popular por su forma de enfrentarse en solitario a tropas amotinadas en el Rin— y se empeñó en aclarar la muerte de Germánico hasta las últimas consecuencias, cosa que no podía terminar bien. El resultado fue un agrio enfrentamiento con Tiberio y Livia que duró años y acabó con Agripina desterrada en la isla de Pandataria, donde murió de hambre, y con dos de sus hijos asesinados. Durante la detención, los soldados se comportaron con ella de forma tan brutal que Agripina perdió un ojo. Pero quien fue realmente influyente en la dinastía fue su hija Agripina la Menor, hermana

El personaje realmente influyente fue Agripina la Menor, hermana de Calígula, sobrina y esposa de Claudio y madre de Nerón.

Cuando Claudio supo de la bigamia de Mesalina, le dio la orden de que se suicidase. Pero no logró matarse ella misma con el puñal, así que fue decapitada por un centurión (en el cuadro).

AGE

RELATOS SESGADOS

Aunque casi 50 obras antiguas de la historiografía romana hacen referencia a Cleopatra, por lo general solo incluyen breves relatos de la batalla de Accio, su suicidio y la propaganda augustal sobre sus defectos personales. Arriba, la reina imaginada por John William Waterhouse (1888).

La dinastía Julio-Claudia está recorrida de arriba abajo por mujeres excepcionales que ejercieron un verdadero poder en la sombra y tuvieron una influencia capital en el desarrollo de los primeros casi cien años del Imperio romano. La historiografía clásica las ha encasillado en dos estereotipos: depredadoras sexuales, que provocan la perdición de los hombres, o envenenadoras capaces de determinar el curso de una dinastía quitando de en medio a emperadores y herederos sin dejar rastro. Por supuesto, de ambas cosas hubo —cada cual utilizaba los medios que tenía a su alcance—, pero esta concepción tiene mucho que ver también con la misoginia de la época y el testimonio de escritores —Tácito, Dion Casio y otros— que, en el contexto del paso de la República al Imperio, explicaban así una influencia femenina en los asuntos públicos que consideraban indeseable. La primera de estas mujeres no pertenece a Roma ni a ninguna de sus familias, pero ocupó un lugar destacado en las luchas que desembocaron en la creación del Imperio. Se trata de Cleopatra VII, última reina de Egipto, un Estado que para Roma tenía una importancia estratégica fundamental como reserva inagotable de cereales y riquezas.

Además de por su afición al lujo, Cleopatra ha pasado a la historia por haber seducido a dos prominentes hombres romanos: Julio César y Marco Antonio. Su enfrentamiento con un tercero, Octavio —futuro emperador Augusto—, fue su perdición. En 47 a. C., Julio César llegó a Egipto persiguiendo a su enemigo Pompeyo y se vio rápidamente envuelto en la lucha por el poder que enfrentaba a la reina Cleopatra con su hermano y esposo Ptolomeo XIII. El hastiado César, que por entonces tenía 53 años, cayó enseguida atrapado por el embrujo de la joven y exótica Cleopatra, de solo 19, quien se coló en su palacio envuelta en una alfombra. Del romance entre ambos nació un hijo —Cesarión— y, cuando tres años más tarde César fue asesinado, Cleopatra se encontraba con él en Roma, instalada en una villa al otro lado del Tíber como su concubina. Julio César estaba casado por entonces con Calpurnia, quien, a pesar de lo enfadada que debía de estar, intentó disuadirle de que acudiera esa mañana al Senado porque había presentido su asesinato en una visión.

LA REINA CORRUPTORA

La estancia de Cleopatra en Roma provocó escándalo y la convirtió en objeto de una enorme animadversión. El hecho de que la máxima autoridad de un Estado fuese una mujer era inconcebible y peligroso para los romanos. Además, se le atribuían todo tipo de excesos sexuales y alcohólicos y se la hacía responsable de la corrupción moral de César en Egipto, donde se decía que se había convertido en «el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los hombres». Peor aún, se la culpaba de las tentaciones monárquicas de Julio César, que en los últimos tiempos de la República eran motivo de honda preocupación y acabaron llevando al complot para acabar con su vida. En el odio a Cleopatra destacó Cicerón, que habló de su arrogancia y su insolencia y dejó escrito cuánto la detestaba (entre otras cosas, porque al parecer ella le había prometido una serie de fastuosos regalos que nunca llegó a entregarle). Por supuesto, Cleopatra era mucho más que eso. Era una mujer extraordinariamente inteligente, de exquisita educación griega y gran cultura, que hablaba numerosas lenguas y fue la primera de la dinastía ptolemaica en aprender egipcio. Y de hecho, cuando, muerto César, tuvo que regresar precipitadamente a Egipto, gestionó los asuntos públicos con eficiencia. Un proceso de seducción similar se repitió, años después y aún más acentuado, con Marco Antonio, en un famoso encuentro en la ciudad turca de Tarso —relatado por Plutarco y recreado por

MATRIMONIOS DE CONVENENCIA

Entre la aristocracia romana, el amor tenía poco que ver con el matrimonio. Tanto mujeres como hombres eran peones de un simple juego de poder. No solo los casamientos se arreglaban por interés, a veces desde la misma cuna, sino que era habitual que el emperador ordenara divorcios para que estos enlaces pudieran realizarse. Por supuesto, a nadie se le pasaba por la cabeza desobedecer. Tiberio Clau-

dio Nerón, primer marido de Livia, por ejemplo, tuvo que aceptar que su mujer se divorciara de él para casarse con Augusto, que se había enamorado a primera vista de ella (bien es cierto que así consiguió que le perdonaran su apoyo a Marco Antonio y que este modo salvó la vida). Mucho más traumático fue el caso del futuro emperador Tiberio, obligado a divorciarse de Vipsania, de quien estaba profundamente enamorado,

Shakespeare—, quedó atrapado al instante por el boato y la voluptuosidad de Cleopatra, con la que se instaló en Egipto y tuvo tres hijos. Esto permitió a Octavio —que de ser aliado había pasado a mortal enemigo— construir un relato propagandístico de enorme éxito en el que presentaba al antiguo general como un hombre feminizado, orientalizado, entregado al placer y desprovisto ya de cualquier virtud tradicionalmente romana. Marco Antonio y Cleopatra fueron derrotados en la batalla de Accio (31 a. C.), que acabó abocando a ambos al suicidio; él por amor —creía que Cleopatra se había suicidado previamente— y ella porque sabía que su único destino era desfilar cargada de cadenas por las calles de Roma como botín de guerra.

LIVIA O LA AUSTERIDAD

Así llegó Octavio al poder absoluto, y esto catapultó al primer plano de la política a su esposa, Livia, que representaba todo lo opuesto a la reina egipcia. Pese a la flagrante contradicción de no tener hijos con el emperador, Livia encarnó a la perfección a la matrona romana. El matrimonio duró 52 años, hasta la muerte de Augusto, y se presentó como un ejemplo sobre el que debía modelarse la nueva sociedad del Imperio. Livia y Augusto hicieron de su austeridad, real o supuesta, un acto de ostentación permanente. Habitaban una vivienda modesta, él vestía la ropa que ella cosía en casa, se alimentaban frugalmente y censuraban el uso excesivo de joyas. Todo esto

acompañado de un puritanismo sexual que culminó en las leyes contra el adulterio de los años 18 a. C. y 2 a. C. Había algo, sin embargo, en lo que Livia se apartaba de la tradición romana, y era

para casarse con Julia la Mayor, hija de Augusto, que le inspiraba una marcada antipatía. Todo esto podía suceder a una edad muy temprana. No está muy claro cuántos años contaba Mesalina cuando fue entregada a Claudio; entre trece y dieciocho, según la fuente que se consulte. Él, en cualquier caso, pasaba de los cincuenta. ¿Tendrá esto alguna relación con el comportamiento escasamente recatado de la emperatriz?

AMBICIÓN

Y PODER.

A Livia, esposa de Augusto, se le atribuye un gran ascendente político en la toma de decisiones de su marido como emperador. La estatua representa a la emperatriz como consorte.

La historiografia clasica encasillo a las mujeres en dos estereotipos: depredadoras sexuales o envenenadoras