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En el año en que cumplimos tres cuartos de siglo de vida institucional, me detengo a contemplar el camino recorrido por nuestro querido Centro de Industriales Metalúrgicos (CIME).
Es que 75 años no es solo una cifra en el calendario, sino que representa el latir de una industria que ha sido, es y será el corazón productivo del Paraguay. Al mirar hacia atrás, no puedo evitar sentir una profunda emoción evocativa al imaginarme situado en aquel lejano 1951, un tiempo de reconstrucción tras los ecos de la Guerra del Chaco.
Nuestra historia es, ante todo, una crónica espectacular de personas que transforma
flicto, utilizaron esa misma creatividad y destreza técnica para agruparse y levantar industrias desde las cenizas.
Lo que definió a aquellos pioneros no fue solo su capacidad técnica, sino un valor que hoy, más que nunca, debemos rescatar: la solidaridad absoluta. El espíritu fundacional de este gremio nació precisamente de ese gesto que se repitió incontables veces en los talleres de la época: el experimentado que abría las puertas al que recién comenzaba, que ponía a disposición sus herramientas, su tiempo y su conocimiento sin pedir nada a cambio. Un simple “lo que tengo es tuyo, usalo” bastaba para sellar un pacto que no necesitaba papel ni firma.






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transformar el acero en partes de máquinas, estructuras, maquinarias agrícolas, cintas transportadoras, puentes metálicos, y un sinfín de otros materiales de apoyo a distintas industrias y a la construcción.
De acuerdo con datos del Banco Central del Paraguay, el valor de la producción en el 2024 fue de USD 1.700 millones, mientras que el valor agregado fue de USD 760 millones, lo cual representa aproximadamente un 8% del PIB industrial.
Este aniversario también nos encuentra en una etapa en la que se espera que las normativas vigentes orienten la implementación de decisiones de política pública para el desarrollo local. En 2024, tras 25 años de negociaciones, se emitió el Decreto N.º 2522, que incentiva a entes como la ANDE a priorizar a la industria nacional. Este hito requiere, para su consolidación, políticas complementarias y una efectiva articulación inter institucional que garanticen condiciones de competencia equitativas y fortalezcan las capacidades productivas nacionales.
Queremos la oportunidad de demostrar nuestra excelencia y promover el empleo digno, clave para el bienestar y la calidad de vida de la población.
Mi mensaje hoy es una convocatoria a la unidad nacional. Dede el CIME hacemos

un llamado especial a todos los metalúrgicos, muy especialmente a los jóvenes y a las valerosas mujeres de la industria, para que sumen su talento y renueven nuestra energía.
Necesitamos trabajar en equipo para enfrentar desafíos como el acuerdo comercial MERCOSUR-UE y fortalecer nuestra integración regional, preparándonos durante los próximos 15 años para que Paraguay sea aún más protagonista.
Mi compromiso personal, y el de esta Comisión Directiva, es ser un instrumento incansable para fortalecer nuestras nor-

mas técnicas y promover la innovación, manteniendo vivo el orgullo de nuestros primeros 75 años.
Que este orgullo sea el motor que nos impulse a seguir trabajando con firmeza. Porque mientras exista una chispa de soldadura en cualquier rincón de nuestra patria, el CIME estará allí, firme y vigilante, custodiando el presente y el futuro de nuestra industria.
Ing. José Huidobro Presidente













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Paraguay tiene una deuda histórica con el metal. Mucho antes de que existieran los grandes talleres de Asunción o las plantas industriales del departamento Central, el país ya transformaba hierro en el corazón del Ybycuí. Allí, en 1854, durante el gobierno de Carlos Antonio López, se inauguró la Fundición de Hierro La Rosada, la primera fábrica metalúrgica del Paraguay y una de las más avanzadas de América del Sur en su época.
La Rosada no fue una obra menor. Construida con tecnología importada y mano de obra calificada traída desde Europa, la fundición producía rieles, campanas, cañones y piezas diversas de hierro fundido. Era un proyecto de Estado con una visión clara: industrializar el país antes que los vecinos de la región. En ese sentido, Paraguay se adelantó a su tiempo, apostando por la manufactura local cuando el continente todavía dependía casi por completo de las importaciones europeas.
La Guerra de la Triple Alianza truncó ese sueño. La fundición fue destruida y con ella gran parte del tejido industrial que el


décadas.
El conflicto dejó al Paraguay devastado económica y demográficamente, y la reconstrucción fue lenta y difícil. Sin embargo, el espíritu industrial no desapareció del todo.
En las décadas siguientes, surgieron pequeños talleres artesanales que trabajaban el metal con los medios disponibles. Herreros, fundidores y mecánicos que ope raban en condiciones precarias pero con una vocación productiva innegable. A ellos
siglo XX, trabajadores y técnicos llegados desde distintos rincones de Europa, que encontraron en Paraguay una tierra donde aplicar sus conocimientos y construir un futuro propio.
Ese legado es el que, a mediados del siglo XX, daría origen al Centro de Industriales Metalúrgicos. La historia de La Rosada y la de sus herederos artesanales forman el





¡Feliz 75 aniversario CIME! En EXPANMETAL nos sentimos orgullosos de compartir el camino con una institución que forja talento, valores y compromiso por la metalurgia



Amediados del siglo XX, un grupo de industriales tomó una decisión que marcaría el rumbo del sector metalúrgico para las décadas venideras. En 1951, mediante el Decreto 6254, el Estado reconoció formalmente al Centro de Industriales Metalúrgicos (CIME) como entidad gremial representante de quienes se dedicaban a la producción, transformación y terminación de metales en el país.
Sin embargo, el decreto fue solo la formalización de una realidad que ya estaba en marcha. Detrás de ese papel oficial, existía un colectivo de hombres con un ADN común: la disciplina de los Arsenales y el patriotismo de la posguerra.
El factor común de nuestros fundadores no fue el azar, sino el destino compartido en los Arsenales de Guerra y Marina. Muchos de estos pioneros no aprendieron su oficio en aulas teóricas, sino bajo la presión de la necesidad nacional durante la Guerra del Chaco. Allí, entre tornos, fraguas y fundiciones, aprendieron que la capacidad de fabricar repuestos, granadas o maquinaria no era solo un negocio, sino una cuestión de soberanía.

Hombres como Gaspar Gadea, nuestro primer presidente y artífice de los ensayos para la fabricación del Karumbe´i; Ceferino Álvarez, jefe de sección en los Arsenales donde se fundieron bombas para la aviación; o Juan Atanacio Robledo, quien ingresó a los Arsenales como grumete a los 11 años, representan esa estirpe. Junto a ellos, figuras como Karl Hentscholek, Jorge Zauns, Juan Francisco Crosa, Pascual Consani, Juan Gerónimo Arroyo, Marcelo Camihort, Eleuterio Gaete, Genaro Caló, Juan de la Cruz Arrúa, Jorge Schussmuller, Otto Olbers, Juan Venzano, y Manuel Muñoz trajeron al CIME esa cultura de la precisión y el sacrificio.
Eran, en su mayoría, fundidores, mecánicos y artesanos que habían comprendido una verdad fundamental: solos podían fabricar una pieza, pero unidos podían fabricar un país.
Estos pioneros fueron inmigrantes, hijos de inmigrantes y paraguayos que, tras la guerra, decidieron que el conocimiento adquirido no debía perderse. Convirtieron sus modestos talleres —como los de la calle México, 25 de Mayo o Caballero— en los verdaderos motores de la reconstrucción nacional. No

Primera Comisión Directiva y miembros del CIME en 1951, año de fundación del Centro.
Presidente: Gaspar Gadea
Vicepresidente: Marcelo Camihort
Secretario: Osvaldo Bozzano
Tesorero: Jorge Zauns
Vocal 1°: Ignacio Farrés
Vocal 2°: Juan Robledo
Suplente: Eleuterio Gaette
Suplente: Genaro Caló
Síndico: Fernando Sitjar
eran grandes capitalistas buscando rentabilidad inmediata; eran maestros del metal que entendieron que la solidaridad y la ayuda mutua eran las herramientas más poderosas para negociar con el Estado y defender la producción nacional frente a las importaciones.







• Gaspar Gadea
• Karl Hentscholek
• Juan Atanasio Robledo
• Jorge Zauns
• Juan Francisco Crosa
• Pascual Consani
• Juan Gerónimo Arroyo
• Ceferino Alvarez
• Marcelo Camihort
• Eleuterio Gaete
• Genaro Calo
• Juan De La Crua Arrua
• Otto Olbers
• Jorge Schussmuler
• Juan Venzano
• Manuel Muñoz
Setenta y cinco años después, al mirar atrás, vemos que el CIME no es solo una institución de siglas y estatutos. Es el legado viviente de aquellos hombres que, desde la fragua de los Arsenales, nos enseñaron que el acero paraguayo tiene la resistencia de su gente.
Hoy, con la misma convicción que tuvieron aquellos fundadores en el año 1951, el CIME sigue siendo el principal referente de una industria esencial, impulsando el derecho de la industria paraguaya a ser, como siempre debió ser, protagonista del desarrollo nacional.
Hay una relación que raramente se nombra pero que sostiene a gran parte del país: la que existe entre la industria metalúrgica y el sector de la construcción. Cada edificio, cada puente, cada abertura metálica, cada nave industrial que se levanta en el Paraguay lleva consigo, de manera casi invisible, el trabajo de una empresa metalúrgica. varillas, perfilería de aluminio, tubos, chapas termoacústicas, estructuras metálicas y alambres son solo algunos de los productos que la industria local fabrica y que la construcción consume de manera constante.
No es casualidad que la mayoría de las empresas metalúrgicas del país orienten su producción hacia este sector. La construcción privada, la infraestructura vial y la obra pública generan una demanda sostenida que ha permitido al sector crecer de manera orgánica y consolidar una base productiva diversificada. A eso se suman los proyectos de transmisión eléctrica, que requieren columnas, torres y estructuras de acero de alta complejidad técnica.
El vínculo entre ambas industrias también tiene una lógica territorial. La mayor


concentración de empresas metalúrgicas del país se encuentra en el departamento Central, seguido por Asunción y Alto Paraná, las mismas zonas donde se registra la mayor actividad constructiva. Esta coincidencia geográfica no es fortuita: la metalúrgica creció donde creció la ciudad, acompañando el dinamismo urbano con soluciones industriales concretas.
Más allá de los materiales estructurales, el sector también produce estanterías, mobiliario industrial, cartelería, casas prefabricadas, equipamientos para almacenamiento de líquidos y gases, implementos agrícolas, entre muchos otros productos. Esta versatilidad convierte a la metalúrgica en una industria transversal, capaz de abastecer a prácticamente todos los sectores de la economía paraguaya.
En ese contexto, la construcción no es solo el principal cliente de la industria metalúrgica, es también su principal motor de crecimiento. Mientras el país siga expandiéndose y modernizando su infraestructura, la demanda de productos metalúrgicos nacionales seguirá en ascenso, consolidando a este sector como un engranaje esencial del desarrollo del Paraguay.



Existe una expresión que circula entre los industriales paraguayos y que resume con precisión el lugar que ocupa la metalúrgica en la economía del país: “la madre de las industrias”. No es una metáfora vacía. Por definición, es el sector que hace posible que los demás funcionen: fabrica las estructuras que sostienen los edificios, los implementos que trabajan la tierra, los equipos que procesan los alimentos y las instalaciones que transmiten la energía eléctrica.
En términos económicos, su impacto es considerable. El sector genera un movimiento de aproximadamente USD 1.700 millones considerando toda la cadena de producción, y representa alrededor del 8% del PIB industrial, según datos del Banco Central del Paraguay.
A ese peso económico se suma un impacto social significativo. El sector ha experimentado un crecimiento sostenido en la generación de empleo formal, con salarios que en su

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mayoría superan el promedio nacional (128%) y con altos niveles de formalidad, lo que lo convierte en uno de los motores de trabajo digno más relevantes del país. Más del 90% de los trabajadores del sector industrial aportan al IPS, un indicador que habla por sí solo.
La diversidad productiva es otro de sus activos. Las empresas metalúrgicas paraguayas fabrican desde alambres hasta usinas hidroeléctricas. Esta amplitud de capacidades posiciona al sector no solo como proveedor interno, sino como una industria con potencial exportador real y creciente.
Con una base de más de 6.000 empresas activas, siendo más del 95% MiPYMES, y un mercado interno en expansión, la industria metalúrgica atraviesa un momento auspicioso. El desafío, como señalan desde el CIME, es que ese crecimiento se sostenga con políticas públicas que acompañen al sector más allá de los ciclos de gobierno.








Durante décadas, la industria metalúrgica paraguaya convivió con una paradoja difícil de explicar: un sector capaz de fabricar productos de alta complejidad técnica veía cómo las grandes licitaciones del Estado terminaban adjudicadas a proveedores del exterior. Torres de transmisión eléctrica, estructuras metálicas para infraestructura pública, insumos hospitalarios de metal, pupitres escolares: todos esos productos podían fabricarse localmente, pero las condiciones de las licitaciones y las barreras financieras frecuentemente dejaban a las empresas nacionales fuera del juego.
El caso de la ANDE es el más elocuente. A lo largo de más de una década, el ente eléctrico realizó decenas de licitaciones para la construcción y provisión de torres de alta tensión, y en apenas tres de ellas pudo participar la industria nacional. El argumento era siempre el mismo: las empresas extranjeras ofrecían precios más bajos, financiamiento más accesible y condiciones que los industriales paraguayos no podían igualar, no por falta de capacidad técnica, sino por una brecha estructural en las condiciones de competencia.

Frente a esa realidad, el CIME trabajó de manera sostenida en la promoción de la producción nacional, llevando su reclamo a todos los niveles del Estado. Ese esfuerzo comenzó a rendir frutos cuando el presidente Santiago Peña firmó el Decreto Nº 2.522/24 que establece como política de Gobierno el impulso a la industria metalúrgica en el marco de las licitaciones públicas de la ANDE. La medida fue un reconocimiento explícito de las injusticias históricas que había enfrentado el sector y un compromiso concreto de revertirlas.
El decreto no es solo una victoria gremial: es una señal de que el Estado comprende que comprar afuera lo que puede fabricarse adentro tiene un costo real en empleo y en desarrollo. La generación de miles de puestos de trabajo que el sector ha logrado sostener y acrecentar a lo largo de los años es prueba suficiente de que apostar por la industria local no es solo una decisión económica, sino también social.
Esta necesidad de previsibilidad se extiende también al ámbito del mobiliario escolar bajo la órbita del Ministerio de Educación y Ciencias (MEC). Históricamente, la provisión de mesas, sillas y pupitres ha ca-

recido de una planificación plurianual, con adquisiciones fragmentadas que suelen favorecer al producto importado por sobre la manufactura paraguaya. La implementación de un modelo unificado de diseño y compra no solo garantizaría economías de escala y menores costos para el erario público, sino que permitiría a las industrias locales programar sus líneas de producción, invertir en tecnología y asegurar estándares de calidad superiores para el sistema educativo. Consolidar este mercado es el paso lógico para transformar compras públicas aisladas en un motor de desarrollo industrial sostenible.
El camino hacia una competencia más justa es largo. Pero el primer paso está dado y el gremio sigue de cerca cada avance.



Paraguay es una potencia energética. Con las represas de Itaipú y Yacyretá, el país genera más electricidad de la que consume y exporta el excedente a sus vecinos. Sin embargo, existe una contradicción que el sector metalúrgico lleva años señalando: la infraestructura que transporta esa energía —cables de transmisión, transformadores y estructuras de línea— se importa en su gran mayoría desde el exterior.
Es una paradoja costosa. Como se detalla en la nota anterior, las condiciones históricas de las licitaciones públicas dificultaron durante años la participación de las empresas metalúrgicas nacionales en este segmento estratégico. Sin embargo, el cambio de paradigma está en marcha: el decreto presidencial que impulsa esa participación abre una ventana concreta para que la industria local acceda a contratos que históricamente le fueron esquivos, transformando así en oportunidad lo que durante décadas fue motivo de frustración.
Bajo este nuevo escenario, la responsabilidad de ejecutar las herramientas diseña-


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das por el Poder Ejecutivo recae de forma directa en la Administración Nacional de Electricidad (ANDE). El éxito de esta política de Estado depende de la determinación técnica y administrativa de la entidad para integrar de manera efectiva la provisión local de estructuras metálicas y accesorios en su planificación de infraestructura. Sin una voluntad institucional firme hacia la compra nacional, Paraguay corre el riesgo de perpetuarse como un mero importador de valor agregado, desaprovechando
la capacidad de su propia mano de obra para fortalecer la soberanía energética del país.
El momento es propicio. La transición energética global genera una demanda creciente de infraestructura eléctrica, y Paraguay, que ya cuenta con la base técnica y el tejido empresarial para responder a esa demanda, tiene la oportunidad de convertirse en un proveedor regional de soluciones metalúrgicas para el sector energético.
Fabricar lo que el país consume no es solo una cuestión de eficiencia económica. Es también una decisión soberana: la de un país que elige transformar sus propios recursos, generar empleo propio y dejar de depender del exterior para resolver sus necesidades más estratégicas.
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En la industria, la calidad no es solo una virtud: es un pasaporte. Un producto que cumple con estándares técnicos verificables y documentados puede acceder a mercados, ganar licitaciones y competir en condiciones de igualdad con sus pares de la región. Por eso, uno de los ejes estratégicos del CIME en los últimos años ha sido el trabajo conjunto con el Instituto Nacional de Tecnología, Normalización y Metrología —el INTN— para desarrollar normas paraguayas específicas para el sector metalúrgico.
Los resultados son concretos. El CIME, junto al Comité de Galvanizadores del Paraguay y la Asociación Paraguaya de Ingenieros Electromecánicos, impulsó la conformación de un subcomité técnico especializado en la normalización de galvanizados, convocando a organismos reguladores, universidades y representantes del sector público y privado.
Fruto de ese trabajo articulado entre el INTN y el CIME, se logró la aprobación de cuatro Normas Paraguayas para el sector galvanizador:

Trabajo coordinado entre el CIME y el INTN. En la imagen la Ing. Erika Ruiz Diaz, representante del CIME ante el Comité de Galvanizadores; la Ing. Susana Cabrera, jefa del Dpto. de Normalización del INTN y la Lic. Clara Núñez, coordinadora del Comité CTN04.
• NP 4021 25, que establece los requisitos y métodos de ensayo para recubrimientos de galvanización en caliente en piezas de hierro y acero;
• NP 4022 25, referida a la reparación de áreas dañadas y sin revestir en recubrimientos galvanizados;
• NP 4023 25, con orientaciones para la pro-
tección contra la corrosión mediante principios generales de diseño; y la
• NP 4024 25, que aborda específicamente las orientaciones para la galvanización en caliente.
Si bien estas normativas representan un hito para la industria nacional, este trabajo de normalización no ocurre de manera aislada.
Un ejemplo es el recientemente lanzado Programa SiCALIDAD, una iniciativa del gobierno nacional impulsada con apoyo de la Unión Europea y la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (ONUDI), que apunta a consolidar el Sistema Nacional de Calidad y cerrar las brechas estructurales que todavía limitan la competitividad de la industria local.
Para el CIME, la normalización es mucho más que un trámite técnico. Es la base sobre la que se construye la confianza: la de los clientes, la de los compradores externos y la del Estado, que necesita saber que lo que adquiere cumple con lo que promete.


Una industria es tan fuerte como las personas que la sostienen. Por eso, uno de los desafíos más urgentes del sector metalúrgico paraguayo no es tecnológico ni financiero: es humano. La creciente demanda de productos metalúrgicos, impulsada por el auge de la construcción, la infraestructura energética y la agroindustria, requiere una mano de obra calificada que el mercado todavía no alcanza a proveer en la cantidad ni en la calidad necesarias.
En ese contexto, el Servicio Nacional de Promoción Profesional —el SNPP— cumple un rol estratégico. A través de su Fami-

Miles de jóvenes paraguayos han accedido a empleos formales en el sector gracias a
mérico computarizado— como respuesta a la escasez de operarios especializados.




En los últimos años, Paraguay consolidó un perfil económico que pocos hubieran anticipado hace una década. Con un crecimiento sostenido, la obtención del grado de inversión por parte de las principales calificadoras internacionales y un sector industrial que ya representa más del 26% del PIB nacional, el país se posiciona como uno de los destinos más atractivos de la región para la inversión productiva. En ese escenario, la industria metalúrgica tiene un lugar privilegiado.
Las ventajas competitivas de Paraguay son reales y diversas. La energía eléctrica, gracias a Itaipú y Yacyretá, es una de las más baratas del continente, lo que reduce significativamente los costos operativos de las plantas industriales. El régimen de maquila, actualizado recientemente por el Congreso, ofrece incentivos fiscales que han atraído a empresas de toda la región, muchas de ellas vinculadas al sector metalmecánico. A eso se suma una posición geográfica estratégica, en el corazón de América del Sur, que conecta al país con los mercados de Brasil, Argentina y Chile a través de la hidrovía y la red vial regional.

Otro activo que pocas veces aparece en los análisis económicos es la estructura demográfica del país. Paraguay cuenta con una fuerza laboral predominantemente joven, con alta disposición a la capacitación técnica y a la adopción de nuevas tecnologías productivas. Esa característica, bien aprovechada, representa una ventaja competitiva sostenible frente a economías de la región que enfrentan el envejecimiento de su población activa.
Los números acompañan esa mirada optimista. La inversión industrial privada creció
de manera sostenida en los últimos años, y las exportaciones industriales alcanzan cada vez más mercados en distintos continentes. A eso se suma la entrada en vigor del acuerdo Mercosur-Unión Europea, que amplía el horizonte comercial del sector de manera significativa.
Paraguay no aspira a ser solo un exportador de materias primas. La apuesta es clara: transformar localmente, agregar valor y posicionarse como plataforma industrial competitiva en la región. El CIME es parte central de ese proyecto.




Después de más de dos décadas de negociaciones, el acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea entró en vigor de manera provisional el 1° de mayo de 2026. Para Paraguay, que ejercía la presidencia pro tempore del bloque y fue sede de la firma del tratado en enero de ese año, el acontecimiento representa una oportunidad histórica y, al mismo tiempo, un desafío de magnitud para su industria.
El acuerdo crea una de las zonas de libre comercio más grandes del mundo, con acceso a un mercado de aproximadamente 700 millones de personas. Para la industria metalúrgica paraguaya, ese escenario abre puertas que hasta ahora permanecían cerradas: productos fabricados localmente podrán ingresar al mercado europeo con aranceles reducidos o eliminados, en un proceso gradual que contempla plazos de transición para los sectores más sensibles.
Sin embargo, la oportunidad viene acompañada de exigencias. Europa es un mercado riguroso en materia de normas técnicas, trazabilidad y estándares ambientales. Las empresas metalúrgicas paraguayas

que aspiren a proyectarse hacia ese destino deberán contar con certificaciones y procesos documentados que les permitan competir con proveedores de países con más experiencia exportadora. En ese sentido, el trabajo de normalización que el CIME ha venido impulsando junto al INTN resulta estratégicamente clave para ese objetivo.
El acuerdo también implica una amenaza concreta: la apertura del mercado local a productos europeos altamente competitivos, muchos de ellos respaldados por subsidios estatales. Por eso, desde el CIME,
la mirada no es de euforia sino de preparación. El camino hacia la internacionalización de la industria metalúrgica paraguaya requiere tiempo, inversión y políticas públicas sostenidas.
El sector llega a este punto de inflexión con madurez y herramientas concretas: respaldo normativo, calidad certificada y la fuerza de un gremio histórico. El horizonte ya no es una incógnita; es un espacio de oportunidad que nos encuentra trabajando, alertas y convencidos de que la industria metalúrgica paraguaya tiene con qué ganar.











