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Quijote,II, 9 en aragonés

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uijote, II, 9 en aragonés En do se recuenta o que se i beyerá


Edizión de 100 exemplars con a enchaquia d’a

D’ESTUDIOS E RECHIRAS ARREDOL D’A LUENGA ARAGONESA E A SUYA LITERATURA

A UUEESSC CA

20, 21 e 22 d’otubre de 2016

en l’año que se fa o 400 cabo d’año d’a muerte de Miguel de Cervantes Uesca, 2016


Edita Instituto de Estudios Altoaragoneses Parque, 10, 22002 Uesca www.iea.es / iea@iea.es Telefono: 974 29 41 20 Facs: 974 29 41 22

Traduzión en aragonés d’o cabo 9, II parte, de Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes: “En do se recuenta o que se i beyerá” Francho Nagore Laín Testos introdutorios Paco Sánchez y José Ángel Sánchez Ibáñez Imprime Gráficas Alós

ISBN: 978-84-8127-282-6 DL: HU-335/2016 IBIC: D, F


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uijote, II, 9 en aragonés En do se recuenta o que se i beyerá


El Quijote universal. Siglo

XXI

ye un libro que replega en

más de 130 luengas diferens a obra de Cervantes, en o suyo

400 cabo d’año.

Paco Sánchez ye l’autor e enfilador d’o proyeuto.

José Manuel Lucía Megías (Universidad Complutense de

Madrid, Asociación de Cervantistas) ye o direutor academico

e zientifico d’a edizión.

Cada cabo de El Quijote ye traduzito en una luenga dife-

rén. O cabo 9 d’a II parte ye traduzito en aragonés. A traduzión en aragonés l’ha feita Francho Nagore.

O libro se presentará o 12 d’abiento de 2016 en a Biblio-

teca Nacional de España, en Madrid.

O enfilador e o editor nos han autorizato a fer un enanto

d’o testo en aragonés como chiquet presén a os partizipans en

a VII Trobada d’Estudios e Rechiras Arredol d’a Luenga Aragonesa e a suya Literatura.

A Comisión d’Enfilamiento d’a VII Trobada d’Estudios e Rechiras arredol d’a Luenga Aragonesa e a suya Literatura

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El Quijote universal. Siglo XXI

Tres mensajes o filosofías de ámbito universal enmar-

can la puesta en marcha del proyecto El Quijote universal.

Siglo

XXI :

Convertir el lenguaje y la literatura, a través del libro

Don Quijote de la Mancha, la obra cumbre y el personaje de ficción más conocidos de la literatura universal, en un

lugar de encuentro multicultural que estimule el acerca-

miento y el conocimiento entre diferentes, facilitando así

que el universo humano sea un lugar común y heterogéneo de encuentro de todos los abigarrados mundos

posibles.

Hacer que esta edición políglota de Don Quijote de la

Mancha sea un modesto homenaje a la importante y

nunca bien ponderada labor que los traductores han llevado a cabo a lo largo de la historia de la literatura, ya

que, gracias a ese ingente trabajo, las riquezas literarias

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de todas las lenguas han podido ser conocidas en todos los rincones de nuestro planeta.

El proyecto El Quijote universal. Siglo

XXI

destila, en

todas sus aplicaciones, un innegable mensaje de solida-

ridad, de cooperación y de PAZ. Una solidaridad humana,

intelectual y moral entre las distintas culturas, que

apuesta, en palabras de don Federico Mayor Zaragoza

(presidente de la Fundación Cultura de Paz y ex director

general de la Unesco), por la idea de “Si quieres la paz,

prepara la palabra”, contribuyendo a posibilitar la tran-

sición de la fuerza a la palabra. El Quijote universal. Siglo

XXI ,

promovido por la Asocia-

ción Cultural La Otra Andalucía, la editorial Antonio Ma-

chado Libros, la Universidad Complutense de Madrid y la

Asociación de Cervantistas, cuenta con la aprobación y

apoyo de la Comisión Nacional del IV Centenario, con la

participación de la Fundación Cultura de Paz y con la colaboración de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, de la Obra social la Caixa, de Unicef y de Amichi Serigrafía.

En el equipo de producción y gestión de El Quijote uni-

versal. Siglo XXI estamos convencidos de que poner en mar-

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cha desde España proyectos de ámbito mundial como El Quijote universal. Siglo

XXI

contribuye a mejorar la imagen

en el exterior de la marca España.

Paco Sánchez

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Cervantes, el Quijote, Aragón: breves contextos para una traducción al aragonés

La conmemoración del cuarto centenario de la muerte

de Miguel de Cervantes constituye una excelente oportunidad para acometer nuevos –o renovados– empeños de

aliento casi quijotesco, como lo es la traducción de la obra mayor cervantina a una babel de lenguas que patenticen, entre otras cosas, el alcance universal de tan señero texto,

más allá de las fronteras que los idiomas pudieran compor-

tar. Es, sin duda, empresa condigna de este año memorativo, ocasión del todo provechosa para manifestar, en la

estela de Goethe, hasta qué punto la obra cervantina ocupa lugar principal en los anaqueles de la Weltliteratur, por más

que Harold Bloom les haya querido imponer sus estreche-

ces. Y trae además sustanciosos fragmentos del Quijote a

lenguas en las que nunca se habían podido disfrutar razo-

nablemente, o ni siquiera leer. De aparición ya inminente,

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El Quijote universal. Siglo

XXI ,

que coordina Paco Sánchez,

dirige José Manuel Lucía y auspician variadas entidades, permitirá apreciar todo esto aún con más claridad si cabe,

merced a su ordenado mosaico de traducciones a muy diversas lenguas, el aragonés entre ellas.

También es buena ocasión para recordar que la repercu-

sión del Quijote en tierras aragonesas y entre aragoneses

fue tan varia como temprana, en la misma línea que se ha

podido documentar para otros marcos hispánicos.1 Aunque

con la añadidura singular de que, probablemente, y según el

propio Cervantes indica en la Segunda parte de 1615 (cap. 59, 61, 70), su contrincante –usurpador, si se prefiere– de

1614, Alonso Fernández de Avellaneda,2 fue en realidad un

aragonés, escudado tras el seudónimo que preside su des-

vaída continuación de las peripecias en que don Quijote y Sancho se habían enredado gozosamente en el volumen

El interesado por ampliar y matizar lo que estos párrafos bosquejan puede consultar, como orientación de conjunto, nuestro artículo “Trayectorias aragonesas de don Quijote y Sancho Panza”, en Alberto MONTANER, dir., El Quijote en colecciones aragonesas [catálogo de la exposición], Zaragoza, Universidad / Gobierno de Aragón, 2005, pp. 81-91, con bibliografía adicional en p. 88, n. 4. También, y por extenso, Antonio PÉREZ LASHERAS, Sin poner los pies en Zaragoza (Algo más sobre el Quijote y Aragón), Zaragoza, Rolde de Estudios Aragoneses, 2009. 2 Así se firma, declarándose “natural de la villa de Tordesillas”, el autor del Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Tarragona, En casa de Felipe Roberto, 1614. 1

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cervantino de 1605, es decir, en la que hoy conocemos como

primera parte.3 Eso es lo que creyó firmemente Cervantes, quien parece apuntar hacia el viejo soldado Jerónimo de Pa-

samonte, natural de Ibdes –provincia hoy de Zaragoza–, que había compartido paso y destino militar con él. Y que, además, ya se había ensayado como escritor en una autobiogra-

fía donde narraba sus muchas andanzas y tribulaciones por el

mundo adelante. La identificación de Jerónimo de Pasamonte con ‘Avellaneda’ resulta, en suma, muy verosímil, como ya sostuvo hace años Martín de Riquer.4

De suerte que muy pronto se conoció y disfrutó el Qui-

jote en solar aragonés, aplicándole –no podía ser de otra

forma– la perspectiva jocosa con que de forma casi unánime No debe olvidarse que la obra de Cervantes se publicó en dos tramos y tomos, con un intervalo de diez años: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Madrid, Por Juan de la Cuesta, A expensas de Francisco de Robles, 1605; y Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, Madrid, Por Juan de la Cuesta, A expensas de Francisco de Robles, 1615. 4 Sobre todo en su Cervantes, Passamonte y Avellaneda, Barcelona, Sirmio, 1988. El librito se recogió posteriormente, con retoques, en Martín de RIQUER, Para leer a Cervantes, Barcelona, Acantilado, 2003, junto con otras páginas que apuntalan la hipótesis. Expone ahora muy detenidamente la cuestión Alfonso MARTÍN JIMÉNEZ, “Estudio preliminar”, en Jerónimo de PASAMONTE, Vida y trabajos, ed. de José Ángel Sánchez Ibáñez y Alfonso Martín Jiménez, Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2015, pp. 9-112. Es edición en formato PDF, recuperable desde <www.cervantesvirtual.com/ obra/vida-y-trabajos/>. Cf. también Juan Antonio FRAGO GRACIA, El Quijote apócrifo y Pasamonte, Madrid, Gredos, 2005. 3

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se entendió en su momento augural el texto de Cervantes y

también, claro está, el de ‘Avellaneda’. Ambas obras se conju-

gan en las escenas carnavalescas de inspiración quijotil que

por esos años tuvieron lugar en Zaragoza. Así, en las de 1614,

documentadas y descritas por Aurora Egido,5 los estudiantes

pasearon con alborozo por las calles de la ciudad un ejemplar

del Ingenioso hidalgo con que ‘Avellaneda’ proseguía las aven-

turas de la pareja célebre, acaso reconociendo en su autor a un conterráneo merced a claves que hoy se nos escapan.

En cualquier caso, los protagonistas venían precedidos por

su fama cervantina, que pronto los había de convertir en es-

tereotipos, muy simplificados, eso sí. La consecuencia es varia.

Don Quijote y Sancho servirán, por ejemplo, para aportar el acento festivo a unos títulos cuyo contenido nada tiene que ver con las obras que dieron origen a los personajes, conforme

ocurre en sendos pliegos sueltos de 1626 y 1722 con pie de

imprenta zaragozano. O bien como referencia propia de veja-

men y justa poética, según acreditan Juan Francisco Andrés

de Uztarroz y Vicente Sánchez en el tramo central del siglo

XVII.6

Caso bien distinto es el de Baltasar Gracián, en cuya obra

Véase en particular su trabajo “Certámenes poéticos y arte efímero en la Universidad de Zaragoza (siglos XVI y XVII)”, en Cinco estudios humanísticos para la Universidad de Zaragoza en su centenario IV, Zaragoza, CAI, 1983, pp. 9-78 (cf. pp. 40-42 y 74-78). 6 Cf. J. Á. SÁNCHEZ IBÁÑEZ, “Trayectorias aragonesas…”, ya cit., pp. 89-90, nn. 21-23. 5

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late un soterrado pero vigoroso diálogo con el conjunto de la

producción cervantina que no excluye el desacuerdo estético, como puso de relieve Anthony Close.7 En cuanto al Quijote, “a

juzgar por la manera en que lo adapta a sus propios fines en

El Criticón, ningún otro […] español del siglo

XVII,

aparte de

Calderón, lo leyó tan perspicazmente como el jesuita ni pro-

fundizó tanto en su sentido”. En cierto modo, cabe afirmar in-

cluso que Gracián “se anticipa curiosamente a la lectura típica del siglo

XIX,

para la que el amor del loco hidalgo a su dama

representaba la aspiración del hombre a alcanzar lo Ideal”.

Y es que con el éxito del primer Quijote cervantino co-

mienza un nuevo periplo, duradero hasta hoy, de los andariegos protagonistas: el que coincide con las amplísimas y, a

menudo, sorprendentes hijuelas y derivaciones varias a que la obra dio lugar, en una fortuna póstuma de múltiples facetas.8

También en Aragón, donde, sin embargo, parece que hasta

“Gracián lee a Cervantes: la trascendencia de lo intrascendente”, en Aurora EGIDO et al., eds., Baltasar Gracián IV Centenario. Actas. II Congreso Internacional “Baltasar Gracián en sus obras” (Zaragoza, 22-24 de noviembre de 2001), Zaragoza / Huesca, IEA et al., 2003, pp. 179-198. Las citas subsiguientes proceden de su p. 194. Véase también Aurora EGIDO, En el camino de Roma. Cervantes y Gracián ante la novela bizantina, Zaragoza, Universidad, 2005. 8 Pueden verse, por vía de ejemplo, Manuel SERRANO VÉLEZ, Locos por el Quijote, Zaragoza, Ibercaja et al., 2005, y La imagen del Quijote en el mundo, Barcelona / Madrid, Lunwerg / Centro de Estudios Cervantinos, 2004. 7

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1831 no se estampó por primera vez el Quijote, en una mo-

desta edición zaragozana salida del taller tipográfico de los

hermanos Polo y Monge.9 Y acaso impulsada por la publica-

ción –en 1829 y por el mismo establecimiento– de Don Papis

de Bobadilla, una novela trazada sobre pautas cervantinas mal digeridas que su autor, el contumaz reaccionario Rafael José

de Crespo, aprovechaba para fustigar las costumbres y los há-

bitos mentales que venían con el espíritu de los tiempos.10

Con todo, la situación descrita no es ni mucho menos

insólita en el panorama de las ediciones españolas del Qui-

jote, que, fuera de Madrid y Barcelona, no se prodigaron hasta tiempos relativamente próximos a nosotros. Tampoco

constituirían un alarde las otras impresiones –no muchas–

que fue desgranando la endeble industria zaragozana del libro a lo largo del

XIX,

y que se orientaron, más bien, hacia

la lectura y el manejo populares de la obra de Cervantes.11

Aunque suene paradójico, en tales circunstancias radica jus-

Inocencio RUIZ LASALA, Bibliografía zaragozana del siglo XIX, Zaragoza, Ayuntamiento, 1977, n.º 552. Confirma sus datos el Catálogo colectivo del patrimonio bibliográfico español, ed. en línea, Madrid, Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, 2016 [actualización], <http://ccpb_opac. mcu.es/CCPBopac> [consulta: 5.10.2016]. La edición de 1831, al n.º CCPB000290719-4. 10 Cf. J. Á. SÁNCHEZ IBÁÑEZ, “Trayectorias aragonesas…”, ya cit., p. 85 y sus nn. 26-28. 11 I. RUIZ LASALA, op. cit., consigna otras ediciones en 1832, 1837, 1885 y 1898 (núm. 572, 652, 1814 y 2444, respectivamente). 9

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tamente su mayor interés, ya que dan testimonio de la definitiva aclimatación del Quijote cervantino en la cúspide del

canon literario español, proceso que solo culminó en esa

centuria. Es verdad que las ediciones dieciochescas de Joa-

quín Ibarra llevaban acento aragonés, en tanto lo era su insigne impresor; pero no se ha de olvidar que este se había formado en Cervera, al abrigo de la por entonces notable

Universidad, y que tenía su oficina tipográfica en Madrid.

Tampoco que la empresa del magno Quijote de 1780, es-

tampado por él bajo los auspicios de la Real Academia Es-

pañola, tuvo un aliento evidentemente nacional, como otras

obras de este ilustrado artífice. Por ello habrá que ponerla

en relación, o en contraste, con otra edición noble de esos

años, la que imprimió Gabriel de Sancha (Madrid) en 1797-

1798, enriquecida con las glosas del primer gran comenta-

rista español del texto, aragonés también –de Encinacorba–,

aunque muy cómodamente instalado desde su mocedad en la Villa y Corte.12 Aún hoy se recurre con cierta frecuencia a

sus saberes eruditos, como muestran algunas de las más recientes ediciones.

12

Un excelente análisis de estas dos grandes ediciones, a cargo de J. M. L[UCÍA]. M[EGÍAS]., puede leerse en Don Quijote en el campus. Tesoros complutenses, coord. Marta Torres Santo Domingo, Madrid, Universidad Complutense, 2005, pp. 297299 y 303-304.

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Por último, el repaso del catálogo librario del siglo

XX,

tan pródigo en papel impreso, nos deja un par de ediciones aragonesas dignas de mención por circunstancias bien distintas. La benemérita Editorial Ebro, afincada en Zaragoza, pu-

blicó en 1945 dos tomitos con una muy digna antología del

Quijote para uso escolar, a cargo de Alfredo Malo, que alcan-

zaría la docena de reimpresiones en una larga trayectoria pro-

longada hasta fines de los años sesenta.13 Mientras que en

1977 vería la luz, también en Zaragoza, una edición en verdad

singular: La inĝenia hidalgo don Quijote de la Mancha, en tra-

ducción al esperanto de Fernando de Diego e ilustrada con una selección de las conocidísimas láminas de Gustave Doré.14

Fue, según parece, la primera versión íntegra de la obra cer-

vantina a esta lengua de aliento supranacional. Y la mejor, a juicio de muchos expertos.

José Ángel Sánchez Ibáñez

El asiento completo de su primera edición, en Catálogo colectivo…, cit., n.º CCPB000835136-8. 14 Zaragoza, Fundación de Esperanto, 1977. Cf. M. SERRANO VÉLEZ, op. cit., p. 114. 13

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Q Q uixote


CC abo 9, II parte


En do se recuenta o que se i beyerá

Meya nuei yera por filos, alto u baxo, cuan don Quixote e Sancho dixoron o mon e dentroron en o Toboso. Yera o lugar en un susegato silenzio, porque toz os suyos bezinos dormiban e amallataban á garrón cayito, como gosa dizir-se. A nuei no yera guaire fosca, encara que Sancho ese quiesto que estase escura de tot, por trobar en a suya escureldá desimulo d’a suya fateza. No se sentiba en tot o lugar so que escañutos de cans, que axordaban os oyitos de don Quixote e alticamaban o corazón de Sancho. De cabo cuan, gramaba un burricallo, roñaban cochins, maulaban mixinos, que as suyas bozes, de diferens sonitos, se feban más grans con o silenzio d’a nuei, e tot ixo li daba mala astroganzia a ro inamorato caballero; pero, con tot e con ixo, dizió á Sancho: –Sancho, fillo, endreza enta o palazio de Dulzinea: talmén podrá estar que la trobemos dispierta.

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–¿Enta qué palazio tiengo que enfilar, cuerpo d’o sol –respondió Sancho–, que en o que yo beyé á ra suya grandeza no yera que una casa muito chiqueta? –Debeba d’estar entutata, allora –respondió don Quixote–, en bel chiquet posiento d’o suyo castiello, campando en o retiro con as donzellas suyas, como ye uso e costumbre d’as altas siñoras e prinzesas. –Siñor –dizió Sancho–, ya que a buesa merzé quiere, á despeito de yo, que siga castiello a casa d’a mía siñora Dulzinea, ¿ye ista alcaso ora de trobar a puerta ubierta? E ¿será bueno que truquemos ta que nos sientan e ubran, metendo en rebolizio e estrapaluzio toda ra chen? ¿Alcaso imos á trucar en a casa d’as nuestras drudas, como fan os emputezitos, que i plegan, trucan, e i dentran á cualsiquier ora, por alta ora que siga? –Trobemos primero, una par d’atra, o castiello –respulió don Quixote–, que allora yo te diré, Sancho, o que será bueno que faigamos. E arrepara, Sancho, que yo i beigo poco, u que aquel bulto gran e guambra que dende aquí s’alufra la debe de fer o palazio de Dulzinea. –Pos mene a buesa merzé –respulió Sancho–: talmén será asinas; anque yo lo tiengo que beyer con os güellos e palpiar con as zarpas, e asinas lo creyeré yo como creigo que agora ye de día.

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Menó don Quixote e, malas que eban caminato bels dozientos pasos, dio con o bulto que feba guambra, e beyó una gran torre, e lugo conoxió que ixe edifizio no yera castiello, so que yera a ilesia prenzipal d’o lugar. E dizió: –Con a ilesia emos trepuzato, Sancho. –Ya lo beigo –respondió Sancho–; e quiera Dios que no trepuzemos con a nuestra fuesa, que no ye buen siñal petenar por os fosals á istas oras, e más, dimpués d’aber dito á ra buesa merzé, si mal no me’n alcuerdo, que a casa d’ista siñora ha d’estar en un callizo de saco. –¡Maldito sigas de Dios, pocasustanzia! –dizió don Quixote–. ¿En dó has trobato tu que os castiellos e os palazios reyals sigan edificatos en callizos de saco? –Siñor –respondió Sancho–, en cada tierra o suyo uso: talmén ye uso aquí en o Toboso construyir en callizos os palazios e casalizios; e asinas, soplico á ra buesa merzé me dixe mirar por istas carreras u callizos que me s’ofrexen: poderba estar que en bel cantón me trepuzase con ixe castiello, que lo beiga yo minchato de cans, que asinas nos traye acurritos e permenatos. –Fabla con respeto, Sancho, d’as cosas d’a mía siñora –dizió don Quixote–, y tiengamos a fiesta en paz, e no arrullemos o pozal e a baga t’o pozo.

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–Yo m’amoderaré –respondió Sancho–; pero, ¿con qué pazenzia podré lebar que a buesa merzé quiera que con solo una begata que beyé a casa d’a nuestra ama, l’aiga de conoxer perén e trobar-la á meya nuei, no trobando-la a buesa merzé, que debe d’aber-la bisto milenta begatas? –Tu me ferás espazenziar, Sancho –dizió don Quixote–. Biene t’aquí, ereche: ¿no t’he dito milenta begatas que en toz os días d’a mía bida no he bisto á ra sin comparanza Dulzinea, ni nunca no trescruzé o branquil d’o suyo palazio, e que soi inamorato d’orella e d’a gran fama que tien de polida e modosa? –Agora lo siento –respondió Sancho–, e digo que, pos si a buesa merzé no l’ha bista, ni tampó no yo… –Ixo no puede estar –respulió don Quixote; que, sisquiera, ya m’has dito tu que la beyés porgando trigo, cuan me trayés a respuesta d’a carta que li nimbié con tu. –No s’atienga á ixo, siñor –respondió Sancho–, porque le foi saper que tamién estió d’orella a bista e a respuesta que li trayé; porque asinas sé yo quí ye a siñora Dulzinea como se toca o buxo con a figuera. –Sancho, Sancho –respondió don Quixote–, tiempos bi ha de fer burla e tiempos en do cayen e parixen mal as burlas. No porque yo diga que ni he bisto ni he fablato a ra si-

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ñora d’a mía alma has de dizir-me tu tamién que ni li has fablato ni l’has bista, estando tan a o contrario como sapes. Cuan yeran os dos en istas charradas, beyoron que beniba á pasar por do bi yeran uno con dos azemblas, que, por o rudio que feba l’aladro, que s’estorrozaba por a tierra, creyoron que debeba d’estar labrador, que aberba amadrugato dinantes de fer-se de día ta ir enta o suyo tornallo; e asinas estió a berdá. Beniba o labrador cantando ixe romanze que dizen: “Mala l’abiez, gabachos, en ixa de Ronzesbals”. –Que me maten, Sancho –dizió, sentindo-lo, don Quixote–, si no ha d’ocurrir cosa buena ista nuei. ¿No sientes o que biene cantando ixe billano? –Sí en siento –respondió Sancho–; pero, ¿qué fa á o nuestro proposito a cazata de Ronzesbals? Asinas podese cantar o romanze de Calaínos, que igual tenerba ta que nos ise bien u malamén en o nuestro negozio. I plegó, en ixas, o labrador, á qui don Quixote preguntó: –¿Me sapérbaz dizir, buen amigo, que buena bentura bos dé Dios, en dó son por aquí os palazios d’a sin comparanza prinzesa doña Dulzinea d’o Toboso? –Siñor –respondió ro mozo–, yo soi forano e fa pocos días que soi en iste lugar, serbindo á un labrador rico en o treballo d’o cambo; en ixa casa que bi ye en fren biben o mosen e

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o sacristán d’o lugar; os dos, u cualsiquiera d’els, saperá dar razón á ra buesa merzé d’ixa siñora prinzesa, porque tienen a lista de toz os bezinos d’o Toboso; encara que ta yo tiengo que en tot o lugar no i bibe garra prinzesa; muitas siñoras, sí, prenzipals, que una par d’atra puede estar prinzesa en casa suya. –Pos entre ixas –dizió don Quixote– debe d’estar, amigo, ista por qui crosido. –Poderba estar –repostió ro mozo–; e adiós, que ya i plega l’alba. E arreando á ras dos azemblas, no atendió á más preguntas. Sancho, que beyó arrapato á o suyo siñor e pro malcontento, li dizió: –Siñor, ya se ba fendo de día, e no será enzertato dixar que nos trobe o sol en a carrera; millor será que nos ne salgamos enta difuera d’a ziudá, e que a buesa merzé s’amague por astí en bella bosquera zercana, e yo i tornaré de día, e no dixaré garra rincón en tot iste lugar en do no mire a casa, o castiello u palazio d’a mía siñora, e pro ixagrinato serba si no lo trobase; e en trobar-lo, fablaré con a suya merzé, e li diré en dó e quiénto queda a buesa merzé asperando que li dé orden e traza de beyer-la, sin mingua d’a suya onra e fama.

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–Has dito, Sancho –dizió don Quixote–, mil sentenzias enzarratas en o zerclo de breus parolas: o consello que agora m’has dato me cuaca e lo recullo de muito buen implaz. Biene, fillo, e imos á mirar en do m’amague, que tu i tornarás, como dizes, á mirar, á beyer e fablar á ra mía siñora, que d’o tiento e cortesía suya aguardo más que miraglosos fabors. Muito deseyaba Sancho sacar d’o lugar á o suyo amo, ta que no s’apercazase d’a mentira d’a respuesta que de parti de Dulzinea l’eba lebato ta Sierra Morena; e asinas, nantó en a salida, que se fazió lugo, e á dos millas d’o lugar troboron una bosquera u selba, en do don Quixote s’amagó entremistanto que Sancho tornaba enta ra ziudá á fablar con Dulzinea; embaxada en a que escayezioron cosas que demandan nueba atenzión e nuebo credito. Francho Nagor e Laín (trad.)

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Quijote,II, 9 en aragonés by Diputación Provincial de Huesca - Issuu