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Homenaje al doctor Artero

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Manuel Artero AL SERVICIO DE HUESCA


Manuel Artero al servicio de huesca


Manuel Artero al servicio de huesca


Este es el primer precepto de la amistad: pedir a los amigos solo lo honesto, y solo lo honesto hacer por ellos. Marco Tulio Cicerón

Sin duda la amistad es uno de los mejores regalos que los dioses inmortales hicieron a los hombres, como pudimos aprender en el texto ciceroniano que formaba parte de aquel obsoleto sistema de educación que enseñaba a los ciudadanos a leer. La amistad, como todo lo que nos corresponde, tiene un tiempo: es a veces intensa y breve, y otras, reposada y duradera. Hace tiempo que un grupo de amigos del oscense Manuel Artero, encabezados por Joaquín Deó Zabaleta, quisieron dejar constancia escrita de su amistad —extensa a lo largo de sus extensas vidas— por uno de los hombres buenos que ha dado el territorio propio del Instituto de Estudios Altoaragoneses de la Diputación de Huesca. Su dedicación desinteresada de muchos años a la sanidad, desde el Hospital Provincial que rigiera la Diputación, entre otros, fue su respuesta generosa a la ayuda recibida de la institución provincial para la realización de los primeros estudios de Medicina. Una dedicación que por sí sola lo convertía en un hombre honesto que supo rodearse de amigos para solicitarles apoyos revestidos de honestidad, como los necesarios para la puesta en marcha de nuevos estudios universitarios en la ciudad a través del Colegio Universitario, que diseñó y a cuyo proyecto dedicó un trabajo incansable, hasta el último de sus días, pero que no consiguió llegar a ver convertido en realidad. Cómo no destacar, asimismo, las generosas donaciones de terrenos que hicieron posible la apertura del Centro de Atades y de la Residencia Ciudad de Huesca. No es de extrañar que sus amigos quisieran poner de relieve ese transitar fértil por la vida, pese a lo poco que se preocupó por dejar constancia escrita del trabajo que realizó por los suyos, sin exigencias de reconocimiento. De nuevo el tiempo ha jugado en contra y ha impedido que el promotor de esa idea y preparador de la presente edición, Joaquín Deó, viera culminado el proceso y pudiese tener este libro entre sus manos. A Joaquín Deó, cuya amistad breve en el tiempo no me impidió entender la intensidad con la que vivió, va dedicado especialmente este empeño editorial, que, impulsado por la Presidencia de la Diputación de Huesca, quiere rendir merecido homenaje a un ciudadano ejemplar. Fernando Alvira Banzo Director del Instituto de Estudios Altoaragoneses (Diputación de Huesca)


A HOMBROS DE CLÍO

Manuel Artero, Huesca y el siglo xx

Carlos Domper Lasús Carlos Domper Lasús Historiador


Nota previa

Cuando Fernando Alvira y Pilar Alcalde me propusieron escribir una biografía de Manuel Artero no tardé en aceptar el ofrecimiento porque me pareció un estimulante reto intelectual. Sin embargo, al comenzar a evaluar la disponibilidad de fuentes primarias y testimonios orales actualmente disponibles para realizar con éxito dicha tarea, no tardé en darme cuenta de que, a día de hoy, resulta imposible sacarla adelante con un mínimo rigor metodológico. En este sentido, la escasez de documentación, oficial o privada, y la inexistencia de parientes directos vivos o descendientes, que hubiesen tenido un contacto cercano con él en vida, solo dejan en manos del historiador algunos datos biográficos recogidos en unas pocas publicaciones y los testimonios de varios amigos. Por todo ello, quienes se acerquen a las siguientes páginas con la esperanza de encontrar una detallada relación de datos o acontecimientos personales sobre la vida del médico oscense se sentirán profundamente decepcionados cuando concluyan su lectura. Mi objetivo con el texto que pueden leer a continuación es doble. Por un lado, he querido insertar la figura de Manuel Artero en el contexto del complejo siglo xx español, dado que su trayectoria vital cubre muy aproximadamente el periodo que el historiador británico Eric Hobsbawm denominó el siglo xx corto. Por otro, no me he resistido a tratar de explicar, de una manera sencilla, los mecanismos políticos y sociales que permitieron a un hombre de extracción humilde entrar a formar parte de la élite social de la ciudad y tener la capacidad para poder influir e incluso, en algunos casos, determinar la acción de los poderes locales. Por último, quiero manifestar que, aun cuando el presente estudio carece de notas a pie de página, más allá de las imprescindibles para citar la procedencia de los datos que utilizo sobre la vida de Manuel Artero o de su hermano, en aras de facilitar su marcado carácter divulgativo, muchas de las ideas que aparecen en mi exposición no me pertenecen y han sido tomadas de las obras de otros autores, a los que trato de hacer alguna referencia en el propio cuerpo del texto. No obstante, como no es posible citarlos a todos ellos sin convertir estas páginas en un indigesto revuelto de nombres propios, aporto al final una bibliografía en la que figuran todos los libros o artículos que he utilizado para su redacción.


CRECER EN TIEMPOS DE CRISIS

El jueves 8 de diciembre de 1910 amaneció «malísimo en extremo» en Huesca. El día fue un claro ejemplo de la crudeza con la que el riguroso invierno azotó la ciudad durante aquel año y, salvo un pequeño intervalo a lo largo de la tarde en que lució el sol «con frecuentes y prósperos eclipses», la lluvia y el frío deslucieron por completo la jornada. No obstante, la capital oscense se encontraba en plena celebración de la feria de San Andrés y muchas personas de los pueblos se acercaron a ella para, como era costumbre, pasar el día negociando con los tratantes de ganado y disfrutando de las diferentes, y para ellos poco frecuentes, atracciones que durante esos días amenizaban la ciudad. Con todo, y a pesar de que durante la noche se concentró bastante gente en los Porches —entonces de Vega Armijo—, lo cierto es que el día resultó desastroso tanto para los industriales y los comerciantes presentes en la localidad con el fin de vender sus productos como para la gran cantidad de niñas que deseaban estrenar y lucir sus trajes nuevos por el Coso y el recinto ferial. Sin embargo, al margen de los agricultores y los propietarios del cine Pardo —que vieron cómo su sala se llenaba de público—, hubo una familia para la que aquella jornada resultaría inolvidable.1 En el número 23 de la céntrica y conocida calle oscense de los Mozárabes, actualmente de Goya, un joven matrimonio «honrado y modesto»2 disfrutaba, al margen del jolgorio y las inclemencias del tiempo, de las primeras horas de vida de su hijo primogénito, al que llamarían Manuel. Ambos se habían casado hacía escasamente diez meses, el 5 de febrero. Él, Manuel Artero Martos, tenía entonces veintidós años y llevaba algo más de dos, desde el 1 de abril de 1908, trabajando como portero de la Diputación Provincial de Huesca. Ella, Adela Bernad Omis, ya había cumplido los veintisiete y a la dura tarea de ama de casa acababa de unir la de madre en un mundo cuyos cimientos comenzaban a tambalearse.3 1 Todos los detalles que utilizo para escribir estos dos primeros párrafos pueden encontrarse en El Diario de Huesca del 9 de diciembre de 1910. 2 Ciprés (1985, p. 172). 3 La fecha del enlace matrimonial, así como la del inicio de su trabajo en la Diputación y las edades de ambos, en el expediente 74/5 del Archivo de la Diputación Provincial de Huesca (en adelante, ADPH).


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Manuel Artero fue bautizado en la iglesia de San Pedro el Viejo el 18 de diciembre de 1910, tal como consta en su partida de bautismo, que se conserva en el Archivo Diocesano de Huesca (libro 7-1/211-01, f. 409, n.º 806).

Aquella misma mañana el presidente del Gobierno, José Canalejas, había estado paseando por Madrid junto al alcalde de la ciudad. Tras la caminata, a lo largo de la cual se detuvo para dialogar con unos cuantos obreros en paro que se encontraban pidiendo limosna a la altura de la Cibeles, anunció a los periodistas presentes que durante las siguientes navidades los parlamentarios no gozarían de sus habituales vacaciones. Una drástica medida que respondía a su interés por que se aprobase cuanto antes el texto legal que proponía prohibir el establecimiento de nuevas órdenes religiosas en España durante dos años y que por aquel entonces todo el mundo conocía ya como ley del Candado.4 A pesar de que en los meses anteriores a su aprobación, a finales de diciembre, suscitó una gran oleada de concentraciones católicas, amenazas de grupos tradicionalistas e incluso un conato de ruptura de relaciones diplo4 Esta información, en El Diario de Huesca del 9 de diciembre de 1910.


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máticas con el Vaticano, lo cierto es que se trataba de una propuesta tímida y de carácter temporal que mostraba bien a las claras el talante conciliador con el que Canalejas afrontó la cuestión y trató de encontrar fórmulas de compromiso entre la preeminencia de la religión católica citada por la Constitución y la progresiva separación entre la Iglesia y el Estado que defendía en su programa. A decir verdad, desde su llegada a la Presidencia del Gobierno, en febrero de ese año, el abogado gallego demostró una sincera voluntad de cambio. En su opinión, el régimen tenía que esponjarse para captar apoyos sociales entre las clases medias y populares, y prepararse para el advenimiento de la democracia imitando el camino ya iniciado por países como Inglaterra, Bélgica o Italia. Para lograrlo, el líder del Partido Liberal puso todo su empeño en sacar adelante un programa completo de renovación que, situando al Estado como principal agente modernizador del país, aspiraba a la regeneración social y cultural del pueblo. En este sentido, de forma un tanto peregrina para quien se hallaba al corriente de cuanto ocurría en otros lugares de Europa y a diferencia de lo que siempre pensó Antonio Maura, su antecesor en el cargo, Canalejas opinaba que el monarca español debía implicarse en las luchas políticas cotidianas para realizar un programa avanzado. El joven Alfonso XIII aceptó gustoso la tarea, puesto que nada le agradaba más que sentirse protagonista de esta labor regeneradora. No obstante, esa defensa del intervencionismo real no hacía más que transparentar la debilidad de unos liberales que, sin muchedumbres tras de sí, se encontraban emparedados entre el republicanismo y los movimientos obreros, por un lado, y los católicos y los conservadores, al otro. Dependían del favor de la Corona para gobernar a su gusto. Esa situación de equilibrio inestable acabó truncándose por completo cuando, por diversas razones, tanto los primeros como los segundos decidieron derribar el Gobierno de Canalejas. Por una parte, los conservadores y los católicos, que nunca perdonaron a los liberales su alianza con los republicanos para formar el Bloque de Izquierdas en 1909, no dudaron en atacarles por lo que ellos consideraban como una clara política anticlerical. Sin embargo, los embates más duros llegaron del lado de los obreros y republicanos inmediatamente después de que el Gobierno decidiese reanudar las campañas militares en el norte de África en la primavera de 1911. Durante el verano de ese año, se extendió por todo el país una ola de mítines, manifestaciones y huelgas donde el rechazo a la guerra de Marruecos se entremezcló con reivindicaciones de carácter social y económico.


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Republicanos, partidos obreros y sindicatos habían sacado sus propias conclusiones de los sucesos de la Semana Trágica de Barcelona de 1909. Ahora eran conscientes de la capacidad de presión de las multitudes, del poder que les otorgaba el dominio de la calle, de la viabilidad de emprender protestas de carácter nacional y de la fuerza movilizadora que encerraban tanto el descontento generado por la guerra como la hostilidad hacia el injusto sistema de reclutamiento. La convocatoria de huelga general y el clima casi insurreccional que se vivió en buena parte del país durante el mes de septiembre hicieron fracasar las vías de negociación pacífica y truncaron las esperanzas de Canalejas de una evolución reformista del movimiento obrero dentro de los cauces del marco constitucional monárquico. A decir verdad, tal y como ha destacado Javier Moreno de Luzón, la política canalejista, lejos de integrar a los movimientos obreros en el sistema político de la Restauración, se vio contestada por un aumento de la conflictividad social paralelo al que se producía en otros entornos occidentales pero con matices revolucionarios más nítidos. Cuando el 12 de noviembre de 1912 el propio presidente del Gobierno se convirtió en víctima de ese desencuentro y fue asesinado por un anarquista en la madrileña Puerta del Sol, quedó drásticamente finiquitado el intento más serio y esperanzador que se había realizado en España desde 1907 por abrir una vía hacia la democracia desde el interior del sistema político de la Restauración sin poner en cuestión los fundamentos de la Monarquía constitucional. A partir de 1913 se puede hablar de una línea divisoria en la vida parlamentaria, pues, a pesar de que el régimen continuó descansando sobre el pacto fundacional de los partidos dinásticos y sobre unas raíces oligárquicas, estas se encontraban ya en un proceso imparable de fragmentación y enfrentamiento. En los años siguientes, liberales y conservadores continuaron sucediéndose en el poder, pero ya no hubo un liderazgo incontestado, ni un Congreso sólido, ni un Gobierno estable. La inestabilidad gubernamental se mostró públicamente por el recurso constante al cierre de las Cortes con el que los líderes dinásticos intentaron esquivar los problemas derivados de la falta de cohesión de sus mayorías y la obstrucción de las minorías. Una decisión que no hizo sino erosionar todavía más la legitimidad del sistema parlamentario, puesto que al permanecer cerradas las Cortes durante tanto tiempo se aprobaron pocas leyes relevantes, lo cual provocó un vacío legislativo que vinculó cada vez más la suerte del poder ejecutivo a la intervención del rey. Por aquel entonces, Manuel Artero era todavía un niño incapaz de percibir cómo contrastaba esa situación nacional de inestabilidad gubernamental


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con la realidad política de la pequeña ciudad en la que él estaba creciendo. Ajenas por completo al turno dinástico, que otorgaba al partido encargado por el rey de formar Gobierno la facultad de convocar y controlar el proceso electoral en el que habría de obtener el apoyo de los ciudadanos, tanto Huesca como la mayor parte de su provincia se habían convertido en lo que algunos autores han denominado cacicatos estables, es decir, partidos judiciales en los cuales siempre vencía los comicios la misma formación, independientemente de cuál de ellas se encargara de organizarlos. De este modo, a principios de los años noventa del siglo xix se consolidó en el Alto Aragón una tendencia hacia la estabilización política que, iniciada ya en 1879 con los triunfos electorales de los republicanos posibilistas, obtuvo continuidad a partir de 1898, cuando el Partido Liberal se convirtió en el más votado de la provincia gracias a la integración en sus filas del que por aquel entonces era la principal figura de la política oscense, Manuel Camo Nogués. Farmacéutico y copropietario de El Diario de Huesca, el cacique oscense perteneció desde los albores de la Restauración al Partido Republicano Posibilista, para el que consiguió la representación del distrito electoral de Huesca entre 1881 y 1898. Tras la pérdida de las colonias, el que fuese concejal y alcalde del Ayuntamiento de la capital del Alto Aragón durante la I República rompió su amistad política con Emilio Castelar, el viejo tribuno republicano, debido a las fuertes diferencias que ambos mantenían respecto a cómo afrontar de la mejor manera posible la solución de los problemas planteados por la derrota española en Cuba. La consecuencia inmediata de dichas desavenencias fue el abandono del posibilismo por Camo y sus seguidores y su rápida integración en el partido sagastino, cuyos principios liberales pasaron a defender públicamente, convirtiéndolo así en la fuerza política más poderosa de la provincia hasta 1923. El fuerte dominio político que posibilistas y liberales ejercieron sobre la provincia altoaragonesa a lo largo de estos años provocó un acusado proceso de desgaste y desmembración entre los republicanos y, especialmente, entre los conservadores, cuyo partido llegó incluso a desaparecer en varios distritos tras los desastrosos resultados que obtuvieron en las elecciones de 1891. No obstante, muy pocos debieron de sorprenderse ante semejante desenlace puesto que, como mostraron Carmen Frías y Miriam Trisán, el Partido Conservador altoaragonés solo contó con cierta influencia en las primeras elecciones del turno, cuando liberales y posibilistas se hallaban organizando sus respectivas esferas de influencia, y aun entonces encontraron serias dificultades para hacer triunfar sus candidaturas.


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Esa debilidad del Partido Conservador alcanzó límites que rayaban con la agonía a finales del siglo xix. En aquel momento, la sensación de abandono que tradicionalmente habían sentido los altoaragoneses frente a la actuación de los conservadores en el Gobierno de la nación se agudizó al socaire de la crisis agraria finisecular, cuya incidencia y consecuencias sacudieron con especial virulencia la economía provincial por el enorme peso que en ella tenía el cultivo del cereal. Ante la inacción conservadora, las expectativas de cambio creadas por posibilistas y liberales lograron movilizar en su favor el voto de los altoaragoneses, aunque luego resultaran falsas. En este contexto, el Alto Aragón se convirtió en una balsa de aceite en la que el Partido Liberal ejerció el poder con tranquilidad y sin obstáculos. Sin embargo, algo de todo ello comenzó a cambiar cuando, coincidiendo con la aparición de los primeros síntomas de crisis del sistema restaurador del turno, se produjo la muerte de Manuel Camo. A partir de entonces, aunque la formación sagastina siguió dominando la política provincial, la oposición tanto conservadora como republicana comenzó a despertar. A pesar de ello, Antonio Alcusón ha explicado cómo no fue hasta las elecciones al Congreso de 1914 cuando conservadores, carlistas e incluso algunos republicanos se unieron en una candidatura conjunta llamada canalista, con la esperanza de cambiar el signo político de la provincia. Aunque desarrollaron una campaña electoral muy agresiva, utilizando contra los liberales la lentitud del proceso de aprobación en las Cortes de una de sus propuestas estrella, el proyecto de riegos, lo cierto es que los conservadores ni tan siquiera lograron acercarse a la victoria. No obstante, al margen de su clara derrota, estas elecciones permitieron a la oposición consolidarse frente al dominio político liberal en la provincia. Con todo, esta bocanada de aire de la oposición altoaragonesa, así como otras vicisitudes por aquel entonces de actualidad en la vida política nacional (guerra de Marruecos, cuestión catalana, etcétera), quedaron en un segundo plano a finales de junio cuando, tras el asesinato en Serbia del archiduque Francisco Fernando de Austria y su esposa, Sofía Chotek, a manos del joven estudiante nacionalista Gavrilo Princip, las portadas de todos los periódicos comenzaron a llenarse de noticias que reflejaban una escalada bélica de dimensiones desconocidas en Europa y que, finalmente, acabó desembocando a finales de julio en el estallido de la I Guerra Mundial. Ante el comienzo de un conflicto militar de tal envergadura, la actitud inicial española no pudo ser otra que la neutralidad. En eso no hubo demasiadas diferencias entre liberales y conservadores. Tanto Eduardo Dato


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como el conde de Romanones eran conscientes del limitado potencial del Ejército y de la posición marginal del país en el escenario europeo, fuera de las grandes alianzas internacionales que se habían ido tejiendo desde 1882 y que definieron los bloques ahora enfrentados en las trincheras. Sin embargo, con el paso de los meses la declaración de neutralidad no evitó que los españoles se acabasen dividiendo entre germanófilos y aliadófilos, una pugna que atravesó la escena política española agudizando y transformando las fracturas internas ya existentes. A decir verdad, el impacto de la Gran Guerra en España fue mucho más allá de las disensiones en torno a la política diplomática o a las diatribas de papel cruzadas en los periódicos. Como es sabido, durante el ciclo bélico el auge de la demanda externa generó en la economía española un proceso de espectacular expansión industrial y comercial, con grandes beneficios empresariales, que permitió al país subir un nuevo peldaño en su proceso de equiparación a las economías del resto de los Estados europeos. Sin embargo, la bonanza originada por la guerra estuvo muy mal repartida y provocó importantes desequilibrios. De hecho, por un lado el grueso de las empresas recién creadas se concentró en el País Vasco y Cataluña, y por otro los salarios se elevaron de un modo notable en los sectores más prósperos (la minería, la siderurgia o el textil) pero no en el campo, algo que obligó a muchos campesinos a tomar el camino de la emigración a las ciudades de las zonas industriales, donde los empresarios cedían a las presiones obreras para que no parase una máquina productiva tan rentable, dando así nuevos ímpetus a los sindicatos. A pesar de todo, la peor cara de la euforia productiva que recorrió España durante aquellos años fue la elevada inflación que trajo consigo. En este sentido, resulta cuando menos descorazonador constatar cómo mientras una clase de nuevos ricos, que despilfarraba sus ganancias en mansiones, automóviles y joyas en vez de reinvertirlas productivamente, irrumpía en el Olimpo de las élites con su falta de modales, su amor por el lujo ostentoso y su gusto chabacano, en el extremo opuesto las clases populares sufrían viendo cómo el precio de los alimentos subía imparablemente por encima del alza de sus salarios. La carestía del pan empezó a notarse en los primeros meses de 1915. A lo largo de 1916 los motines tradicionales que, encabezados por mujeres, asaltaban tahonas y almacenes convivieron con las huelgas y manifestaciones promovidas por el movimiento obrero organizado, decidido a encauzar la indignación popular. La situación alcanzó tal extremo que los dirigentes de


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la UGT y la CNT creyeron que había llegado el momento de la revolución. Ese fue el contexto en el que en marzo de 1917, unas semanas más tarde del movimiento revolucionario ruso que había conseguido la abdicación del zar Nicolás II, los dos sindicatos acordaron la convocatoria de una huelga general indefinida antes de tres meses. Aunque mucho se ha escrito sobre ello, aquel anuncio no fue el desencadenante directo de la tormenta política y social que estalló en España en el verano de 1917. En realidad, los primeros que saltaron por encima de la legalidad constitucional fueron los propios encargados de defenderla, los militares. Durante la primavera de aquel año se formaron en muchas guarniciones de España Juntas nutridas por oficiales que se sentían agraviados por las dificultades económicas creadas por la Gran Guerra, las medidas gubernativas que pretendían modernizar el Ejército y disminuir el peso excesivo de la oficialidad y la política de ascensos arbitrarios que primaba los méritos de los que servían en Marruecos, los africanistas, sobre el criterio de antigüedad en el cuerpo. En la práctica, la constitución de esas asambleas suponía un intento de sindicación que violaba claramente la disciplina militar. A pesar de ello las órdenes de disolución fueron continuamente desoídas, por lo que la autoridad castrense tomó la decisión de proceder a la detención de los líderes de la Junta de Infantería de Barcelona. El resto de los oficiales felones reaccionaron ante dicho acto con la publicación el 1 de junio de un manifiesto en el que exigían, además de la liberación de los arrestados, el reconocimiento de las Juntas y la apertura de un proceso de reforma política. Finalmente, ante el cariz preocupante que tomaba la situación, con muchos militares amenazando con desobedecer a sus mandos e incluso con rumores de golpe de Estado, el capitán general de Cataluña ordenó la liberación de los detenidos. Paralelamente a esta demostración de fuerza de los militares, y de manera similar a lo que estaba ocurriendo en el resto de Europa, el temor a que los fuertes vientos revolucionarios que desde febrero soplaban en Rusia llegaran a España comenzó a extenderse como la pólvora. El Gobierno conservador presidido por Dato no estaba dispuesto a permitir la instauración de un régimen proletario en el país y por ello no dudó en suspender las garantías constitucionales y en poner en marcha una férrea censura de prensa. Una de las principales consecuencias de esa decisión fue sin duda la reactivación de los contactos entre los socialistas y los republicanos, que, convencidos de que las condiciones necesarias para la revolución habían alcanzado la madurez necesaria, firmaron una Alianza de Izquierdas que pre-


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tendía encabezar un movimiento general de reforma política. Junto a ellos, los diputados y senadores catalanes y algunos liberales pidieron al Gobierno la apertura de las Cortes para emprender sin más tardanza una renovación del texto constitucional que abordara la concesión de la soberanía nacional plena, sin la intervención de la Corona, una mayor independencia del poder legislativo respecto del ejecutivo y el inicio de una política descentralizadora que concediera cuotas progresivas de autonomía regional. Ante la negativa que recibieron del Consejo de Ministros, el líder de la Lliga Regionalista, Francesc Cambó, decidió convocar una asamblea de parlamentarios para debatir un programa básico de actuación que descansaba en dos principios: la formación de un Gobierno Provisional y la convocatoria de Cortes Constituyentes a través de unas elecciones limpias que encarnaran «la voluntad soberana del país». No obstante, cuando las fuerzas del orden disolvieron la reunión los partidos implicados decidieron no ir más allá en su desafío al Gobierno. Sin dirigentes políticos ni jefes militares inquietos en las puertas de los cuarteles, los líderes obreros se quedaron solos delante de la cita contraída con la revolución. Y a ella acudieron, aunque más bien arrastrados por los acontecimientos que en cabeza del movimiento. El detonante fue la huelga de ferrocarriles y tranvías declarada en Valencia entre el 16 y el 24 de julio, que fue duramente reprimida y terminó con el despido de los huelguistas. En solidaridad con los compañeros valencianos despedidos, los ferroviarios de toda España acordaron ir a la huelga en los primeros días de agosto. En ese contexto, la dirección conjunta del PSOE y la UGT pensó que no quedaba otro remedio que convocar la huelga general indefinida para el 13 de agosto. El paro, tan esperado por muchos y temido por otros, fue prácticamente general en Asturias, el País Vasco, Madrid, las comarcas industriales de Cataluña y el País Valenciano, las zonas mineras andaluzas y bastantes capitales de provincia. Sin embargo, apenas tuvo eco en el resto de las regiones y pasó casi inadvertido en el mundo rural. Además, la pronta detención del comité de huelga dejó al movimiento sin dirección central y sin una estrategia coordinada, lo que provocó el aislamiento de los núcleos más activos. Finalmente, después de varios días de enfrentamientos, los huelguistas depusieron su actitud. A pesar de que, como han señalado Julián Casanova y Carlos Gil, la situación tuvo algunas similitudes con el escenario ruso de febrero de 1917 (la escalada de huelgas, conflictos de orden público y motines de subsistencia, el cierre del Parlamento, la existencia de partidos políticos prestos a encabezar un cambio de régimen, el descontento de los militares y la presencia de un


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movimiento obrero dispuesto a salir a la calle y paralizar la vida económica), lo cierto es que el Estado, tal y como sucedió en el resto de Europa, logró aplastar el intento revolucionario. Algo lógico si, siguiendo de nuevo a ambos autores, se tiene en cuenta que en aquellos momentos España ni estaba en guerra ni tenía cientos de miles de soldados en las trincheras. Además, cuando llegó la hora de la revolución los cuarteles no se abrieron para acoger a los obreros y el Ejército actuó sin fisuras al lado del Gobierno. Aunque, como ya he dicho, el Gobierno logró aplacar el intento revolucionario de agosto, la realidad es que el régimen no salió indemne de aquella asonada. La amenaza pretoriana de las Juntas de Defensa, las demandas de la Asamblea de parlamentarios y la movilización obrera de la huelga revolucionaria supusieron un punto de inflexión para la legitimidad del sistema político de la Restauración y plantearon un serio desafío al mismo. El régimen sobrevivió al envite, pero no fue capaz de emprender las reformas necesarias para ampliar sus bases sociales y políticas y afrontar con éxito una transición ordenada hacia la democracia. Como consecuencia, los gobiernos que estuvieron al frente de la política española entre 1917 y 1923, sostenidos por partidos divididos en facciones y grupos de intereses, fueron débiles e inestables y tuvieron que afrontar demasiados desafíos como para poder plantear proyectos políticos de alguna entidad y dedicarse a otra cosa que no fuera la simple supervivencia de un régimen cada vez más erosionado por el intervencionismo castrense, la conflictividad social, las reclamaciones regionalistas, las críticas antiparlamentarias que llegaban desde la izquierda y la derecha y la propia fragmentación de los partidos dinásticos. A su vez, el fracaso de los objetivos políticos propuestos por la huelga general de 1917 no conllevó la derrota del movimiento obrero. Más bien al contrario, este demostró una notable capacidad para organizar y encuadrar a los trabajadores de todos los sectores productivos. En una coyuntura de crecimiento general de precios y grandes beneficios los trabajadores descubrieron las ventajas de la organización sindical para conseguir aumentos salariales y mejoras en sus condiciones de vida. Mientras se mantuvo la bonanza económica, los empresarios se mostraron dispuestos a ceder a las reivindicaciones a cambio de evitar el alargamiento de los conflictos. Todo cambió cuando el final de la guerra en Europa terminó con el espejismo de los beneficios extraordinarios, los precios cayeron y las plantillas de las empresas comenzaron a sufrir recortes al tiempo que los salarios se contenían. La respuesta de los sindicatos no se hizo esperar y las huelgas se endure-


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cieron. Sin embargo, los empresarios abandonaron su anterior política de concesiones y comenzaron a asociarse y a recurrir al lock out (cierre patronal) para contrarrestar la ofensiva de las organizaciones obreras. En ese contexto los gobiernos, que durante aquellos años habían legislado reformas importantes, como la jornada de ocho horas, y ensayado fórmulas de conciliación y tímidos intentos de negociación, terminaron recurriendo siempre al empleo abusivo de la Guardia Civil y el Ejército. La represión de las organizaciones obreras y la adopción de medidas excepcionales como la declaración del estado de guerra o la suspensión de las garantías constitucionales pasaron a formar parte de la cotidianeidad de los españoles y contribuyeron a que el fantasma del bolchevismo apareciese ante las clases conservadoras como una pesadilla cada vez más real. El temor fue tan profundo que incluso en ciudades rurales donde la huelga de agosto había tenido una escasa repercusión acabó mediatizando las decisiones políticas adoptadas por los miembros de dichos sectores sociales. Lo sucedido en Huesca fue un claro ejemplo de todo ello. En la capital del Alto Aragón, la principal secuela de la intentona revolucionaria puesta en marcha por el PSOE y la UGT fue una huelga de camareros realizada sin mayores consecuencias el 15 de agosto.5 Sin embargo, en la agobiante atmósfera de miedo a la revolución existente durante aquellos años, esa simple escaramuza llevó a la «gente de orden» de la ciudad, tal y como ha explicado Antonio Alcusón, a ratificarse en la decisión que adoptaron en 1916 de abandonar el proyecto de la coalición canalista y apoyar al Partido Liberal para que reprimiera lo que ellos percibían como un evidente aumento de la conflictividad social. Los grandes propietarios pretendían así velar por la integridad de sus terrenos y la prosperidad de sus fábricas de harina, aceite o vino. Sin embargo, lo único que consiguieron fue acabar con cualquier posibilidad de que el Partido Conservador pudiese, algún día, recuperar el poder en la provincia. Ajeno a las graves consecuencias que tanto las fuertes tensiones que estaba sufriendo el sistema político español como la reducción a cenizas, en el fuego de la I Guerra Mundial, de los principales pilares del mundo liberal decimonónico tendrían en el futuro inmediato, los principales recuerdos que Manuel Artero debió de guardar de aquellos años fueron seguramente el nacimiento de su hermano Félix, el 30 de noviembre de 1914,6 y el inicio 5 El Diario de Huesca, 16 de agosto de 1917, p. 1. 6 La fecha de nacimiento de Félix Artero, en el informe que la Jefatura del Servicio Nacional de Seguridad realizó sobre el mismo el 30 de junio de 1949. Archivo General de la Administración (en adelante, AGA), (8)007.002, 44/9856, exp. 97 352.


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de sus estudios en el colegio de San Bernardo, un antiguo centro anejo a la Escuela de Magisterio de la ciudad.7 No sabía, como sabemos hoy, que lo peor todavía estaba por llegar. A la altura de 1921 las grietas del régimen restauracionista eran cada vez más numerosas. Fue entonces cuando se produjo la sacudida que desencadenó su derribo. En la primavera de aquel año, después de la pausa obligada de la Gran Guerra, la actividad de las tropas francesas en Marruecos reavivó los planes españoles de intervención militar. Los gobiernos conservadores de Antonio Maura y Joaquín Sánchez de Toca ordenaron la puesta en marcha de un ambicioso plan que pretendía completar la ocupación militar de todo el territorio del protectorado. Los éxitos iniciales animaron al general Fernández Silvestre a emprender una ofensiva desde la comandancia de Melilla hasta Alhucemas. Enfrente tenía a Abd-el-Krim, caudillo de la tribu Beni Urriaguel y antiguo empleado de la Administración colonial, que había recorrido las montañas de la región para levantar cabilas y organizar una harka contra el dominio español. El rápido avance de las tropas condujo a Fernández Silvestre hasta el campamento de Annual, una posición expuesta en la que los soldados españoles se convirtieron en un blanco fácil para los rifeños que disparaban desde las alturas cercanas. El 21 de julio, aislado y sin defensas, el general decidió emprender una retirada que terminó por convertirse en una fuga precipitada en la que cundieron el pánico y el caos más absolutos. La catástrofe se consumó el 9 de agosto con la rendición del general Navarro y la matanza de sus tropas cercadas en Monte Arruit. La asombrosa victoria de Abd-el-Krim, que con apenas 4000 guerreros causó más de 10 000 bajas a un ejército moderno compuesto por 15 000 soldados, se convirtió con el tiempo en una referencia mítica para los líderes de los movimientos anticoloniales de todo el mundo. A pesar de que durante unos meses el desastre de Annual despertó en la opinión pública española una ola de patriotismo hasta entonces desconocida, lo cierto es que conforme se comenzó a conocer la envergadura real de lo sucedido las reacciones en contra y las peticiones de cuentas no tardaron en llegar. Así, aun cuando el Gobierno de Maura encargó al general Picasso un informe oficial sobre los hechos, a la hostilidad histórica del movimiento obrero hacia la guerra de Marruecos se unió, tras la apertura de las Cortes en octubre, la exigencia de la oposición de abordar un debate serio sobre las responsabilidades políticas de la tragedia. 7 Ciprés (1985, p. 172).


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En aquel contexto salieron a relucir la incompetencia militar, el absentismo de la oficialidad, la corrupción e ineficacia que reinaban en el seno del Ejército de África y el enorme agujero que su mantenimiento dejaba en la Hacienda pública. No es de extrañar que las críticas acabaran llegando a los políticos gobernantes y, sobre todo, al monarca, uno de los mayores defensores del intervencionismo colonial. Esas invectivas deterioraron notablemente su prestigio y socavaron, todavía más, los cimientos del régimen, ensanchando la brecha que lo distanciaba de una parte importante de las fuerzas sociales del país. A decir verdad, la crisis abierta por el debate sobre las responsabilidades del desastre de Annual insufló aire nuevo a la vida parlamentaria. Sin embargo, esa revitalización no varió la percepción que tenía una parte notable de la ciudadanía sobre un régimen político deslegitimado por el falseamiento electoral, los continuos cambios de Gobierno y las disputas por el acceso al poder entre las diferentes facciones y familias que poblaban las filas de los partidos dinásticos tradicionales. El sistema del turno estaba en ruinas y fue entonces cuando, ante la pasividad de las fuerzas políticas de izquierda, la derecha autoritaria se reorganizó y trabajó activamente por la demolición del mismo. A la izquierda del arco político estaban los socialistas, que después de la derrota de la huelga general de 1917 abandonaron definitivamente cualquier creencia en la posibilidad de poder sacar adelante una reforma del sistema de la Restauración y tan solo se mostraron interesados en las cuestiones que tenían que ver con los problemas de los trabajadores, indiferentes ante el cambio político y la suerte del régimen parlamentario. Por su parte, los republicanos, más que en una transición gradual del liberalismo hacia la democracia, continuaron pensando que el único camino para acceder al poder era una insurrección en la que participaran militares comprometidos por la causa. Frente a la pasividad con la que los republicanos, los socialistas y las organizaciones obreras recibieron el desmoronamiento del sistema restauracionista, las fuerzas derechistas y los sectores «de orden» dieron muestras de una adhesión incondicional a su derribo, especialmente desde los años posteriores a la Gran Guerra, cuando ganaron espacio y protagonismo entre ellas nuevas corrientes conservadoras con propuestas cada vez más cercanas al radicalismo autoritario. De este modo, a principios de los años veinte había en España un amplio sector integrado por carlistas, mauristas, el movimiento católico y el Ejército, entre otros muchos, profundamente desencantado con la clase política y absolutamente proclive a una solución de fuerza de carácter técnico y corporativo.


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Como Antonio Alcusón ha puesto de manifiesto en diversas publicaciones, a pesar de la debilidad histórica de las fuerzas conservadoras en la provincia de Huesca, o más bien a consecuencia de ello, el Alto Aragón no quedó al margen de este fenómeno de reorganización del conservadurismo en un sentido mucho más autoritario. Así, los intereses agrarios y católicos de la burguesía rural oscense más conservadora, que había estado alejada del poder político durante los cuarenta años de cacicazgo liberal, pasaron a estar vertebrados, desde su creación en 1920, por la Asociación de Labradores y Ganaderos del Alto Aragón (en adelante, ALGAA) y su órgano de expresión, el diario La Tierra. Utilizando la bandera del agrarismo, una fuerza por aquel entonces en alza en regiones de pequeños propietarios conservadores como Aragón o Castilla la Vieja, la ALGAA decidió lanzarse a la arena política con el fin de discutirle el poder al Partido Liberal en las elecciones de 1920 y, especialmente, en las del 29 de abril de 1923. Para lograrlo organizaron una crispada campaña electoral en la que, con el apoyo de sus «hermanos» del resto de España, trataron de movilizar a sus potenciales electores entre los grandes y los pequeños propietarios, sindicatos agrícolas, etcétera. Sin embargo, aun cuando las particulares circunstancias que rodearon la crisis de la Restauración, como el progresivo conservadurismo de la burguesía ante la movilización obrera, el fantasma de la revolución rusa o el cansancio tras cuarenta años de dominio liberal en las instituciones políticas provinciales, les eran favorables, los agrarios fracasaron en su intento por desbancar a los liberales utilizando la vía democrática. No obstante, el gran desgaste al que había sido sometido el pacto dinástico del turno y la consolidación de un importante sector dentro del mismo con una total predisposición a terminar con él hicieron que en muy poco tiempo las circunstancias cambiasen y la nueva élite política que había surgido en la provincia tuviese su oportunidad, ya al margen de las prácticas democráticas. El 13 de septiembre de 1923 el capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, decidió que había llegado la hora de liquidar el Gobierno constitucional de la nación y puso en marcha un levantamiento militar. En puridad, aquella acción siguió el modelo clásico de los pronunciamientos militares del siglo xix, en los que el jefe de una unidad, erigido en portavoz de la voluntad nacional, se levantaba en armas contra el poder civil esperando el apoyo del resto del Ejército y de las fuerzas civiles. Sin embargo, a diferencia de los levantamientos anteriores, el movimiento castrense de septiembre de 1923 constituyó la primera intervención corporativa del Ejér-


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cito, que planeaba perpetuarse en el tiempo mediante la instauración de un régimen militar. En sus horas cruciales, la sublevación del marqués de Estella se vio claramente favorecida por el beneplácito del rey, la abstención del grueso del Ejército, la debilidad de un Gobierno confuso y vacilante y la pasividad de la opinión pública. A decir verdad, apenas hubo reacciones de protesta. Era de esperar la adhesión unánime de las organizaciones patronales, las Cámaras de Comercio e Industria, las asociaciones de agricultores y los sectores católicos. Pero no la actitud del PSOE y la UGT, que pidieron tranquilidad a sus afiliados, o el silencio de los partidos dinásticos y la pasividad de los republicanos, que contrastaron con el apoyo abierto, aunque con divisiones internas, mostrado por los mauristas, los tradicionalistas, la Lliga y el Partido Social Popular. Después de jurar el cargo de presidente del Consejo de Ministros, Primo de Rivera declaró que no tenía intención de formar un gobierno de hombres civiles, más o menos respetuosos con la Constitución. Su objetivo era crear un Directorio Militar en el que él, en calidad de «ministro único», asumiera todo el poder. Y eso fue exactamente lo que sucedió inmediatamente después de que se decretara el estado de guerra en todo el país y las garantías constitucionales fuesen suspendidas. A partir de septiembre de 1923 los anarcosindicalistas y comunistas fueron duramente reprimidos, se ordenó la persecución del separatismo, los delitos contra la seguridad y la unidad de la patria quedaron sometidos a los tribunales castrenses y se implantó una severa censura de prensa que, bien visible en los espacios en blanco o los caracteres tachados de los periódicos, prohibía las críticas al Gobierno, la Iglesia, las noticias sobre conflictos sociales y los comentarios sobre fallos judiciales o sobre la situación del Ejército en Marruecos. En estos primeros momentos tampoco se dejó de lado la actuación sobre la que constituyó siempre una de las principales obsesiones de Primo de Rivera, el caciquismo rural, donde a su juicio residía, muy honda, «la entraña del mal de España». Para atacarlo, tal y como ha escrito Javier Moreno de Luzón, se decidió sustituir a los viejos políticos por militares, y sus métodos, por los de una dictadura cuartelera. Con ese preciso objetivo se adoptaron rápidamente tres medidas que permitieron la inmediata institucionalización del control militar sobre la sociedad civil. En primer lugar, se cesó a todos los gobernadores civiles y se les reemplazó, durante siete meses, por sus equivalentes militares; de igual modo, se creó la figura de los delegados gubernativos, que eran jefes o capitanes del


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Ejército a los que se situó al frente de cada partido judicial con la misión de vigilar la marcha de los ayuntamientos, intervenir en los problemas locales e impulsar «las corrientes de una nueva vida ciudadana»; finalmente, todas las competencias de las diputaciones provinciales se dejaron en manos de gestoras y todos los ayuntamientos del país fueron disueltos y sus concejalías ocupadas por los vocales asociados que hasta entonces, por sorteo entre los mayores contribuyentes de cada lugar, integraban junto a los concejales la Junta que aprobaba cuentas e impuestos. La ciudad de Huesca no escapó a estas medidas y tras el golpe militar del 13 de septiembre el gobernador civil fue cesado para colocar al frente de la provincia al general Hilario Uriz, gobernador militar de la plaza. Este, a su vez, nombró inmediatamente al comandante Ricardo Marco para ocupar el puesto de delegado gubernativo, y ambos, siguiendo al pie de la letra las órdenes de Madrid, depusieron y sustituyeron a todos los responsables de los ayuntamientos de la provincia, como máximos exponentes del caciquismo y del clientelismo político propios del régimen de la Restauración. En definitiva, la idea era aislar a los políticos del periodo anterior —Pedro Sopena, Prudencio Torrente, Cristino Gasós, Vicente Susín, Antonio Vilas…— y sustituirlos por políticos locales nuevos que no se hubieran significado anteriormente pero que fueran entusiastas de la nueva situación. La Administración local fue precisamente uno de los ámbitos a través de los cuales el régimen pretendió impulsar su proceso de institucionalización. Sin duda allí residía el sentido de la promulgación, el 8 de abril, del Estatuto Municipal, que, otorgando a los ayuntamientos mayor autonomía financiera y capacidad de gestión, les permitió mejorar sus servicios y promover infraestructuras y planes de urbanización. Además, reguló su formación a través de un sistema mixto de elección corporativa y sufragio universal que posibilitaba el voto de los hombres mayores de 23 años y de las mujeres que fueran cabeza de familia. A decir verdad, nunca se llegaron a celebrar elecciones y el nombramiento de los concejales de elección popular quedó en manos de los gobernadores civiles, que acumularon un poder casi omnímodo sobre las corporaciones locales y el control absoluto de la vida política provincial. La Dictadura se había asentado en el poder, resuelto los graves problemas de orden público, depuesto a los caciques y podado las antiguas clientelas monárquicas. Sin embargo, a pesar de lo vaticinado por los regeneracionistas, después de todo aquello no afloraron como por ensalmo ciudadanos honrados y dispuestos a nutrir las bases políticas del nuevo régimen, que


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lo legitimaran y le garantizaran su consolidación y perdurabilidad. Para lograrlo, este tuvo que actuar en tres frentes distintos: creando un partido que aglutinara a sus adeptos y le proporcionara cuadros dirigentes, fomentando el desarrollo de una milicia auxiliar voluntaria y desarrollando un programa que, como diría Alejandro Quiroga, le permitiese «hacer españoles», es decir, socializar a la población en los valores y la cultura política defendidos por el Estado. Ese partido fue la Unión Patriótica, que tomó cuerpo en la primavera de 1924 como parte de la oleada que incluyó la aprobación del Estatuto Municipal y también los primeros nombramientos de individuos ajenos al Ejército al frente de los gobiernos civiles. Una organización, por lo demás, que no surgió de la nada, dado que se aprovecharon para su puesta en marcha algunos esquejes previos, sobre todo las uniones patrióticas —de las que tomó el nombre— creadas a finales de 1923 y comienzos del año siguiente por los propagandistas católicos en varias provincias castellanas y andaluzas. En la provincia de Huesca, la Unión Patriótica comenzó a gestarse en marzo de 1924, cuando el abogado, antiguo fundador del Partido Social Popular en la provincia y exdirector del periódico La Tierra, Manuel Banzo Echenique, elaboró un manifiesto en el que llamaba a todos los católicospropagandistas, a los integristas y a los regeneracionistas conservadores a enrolarse en las filas de la nueva agrupación. Sin embargo, al igual que en el resto del país, no fue hasta 1925 cuando el bastión político que debía garantizar el orden, la propiedad, la autoridad y la continuidad de la Dictadura se organizó de manera estable en el Alto Aragón. Fue el 5 de abril de 1925 cuando, finalmente, Primo de Rivera instó a los delegados gubernativos a unir las diversas iniciativas locales que habían ido fraguándose en los meses precedentes en un gran movimiento guiado por los principios de la «Religión, Patria y Monarquía». Un «gran partido» que, con el nombre de Unión Patriótica, agrupara a los españoles «de buena voluntad» según la línea jerárquica y orgánica que del individuo llegaba al Estado a través de la familia, el municipio y la provincia, los cimientos de la patria. Siguiendo las directrices del general Martínez Anido, el gobernador civil y el delegado gubernativo movilizaron a las fuerzas vivas de la capital oscense y su provincia para constituir, a finales de 1925, una Asamblea Popular de la que salió elegido el Comité Provincial, con Manuel Banzo como presidente y José María Lacasa como secretario, y que quedó integrado además por Victorián Coarasa Montaner, Rafael Molera Cebrián, Miguel Mingarro Echecoín y Vicente Campo Palacio. Posteriormente, y de forma paulatina,


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se fueron organizando comités locales en muchísimos de los 359 municipios altoaragoneses, hasta que en el verano de 1927 puede decirse que la organización del partido en Huesca había concluido. Muy pronto los nuevos ayuntamientos y los gobiernos civiles desmilitarizados comenzaron a nutrirse de upetistas procedentes de los comités y las juntas locales. En Huesca, ha explicado Antonio Alcusón, las nuevas élites políticas y sociales de la Dictadura estuvieron formadas por sectores burgueses de nueva aparición ligados a la tierra, las profesiones liberales y el funcionariado o la industria, así como al nuevo catolicismo social y político. Sin embargo, José María Azpíroz recalcó hace ya algunos años que casi nunca hubo representantes de los obreros y de los jornaleros del campo, que suponían la mayoría de los habitantes de la ciudad y de la provincia. Dentro de esa nueva élite provincial tuvieron mucho peso los miembros de la ALGAA. La organización y su órgano de expresión, el periódico La Tierra, habían recibido con alborozo el golpe de Estado y, tras dar por conseguidos sus principales objetivos —aglutinar a los grandes propietarios altoaragoneses en torno a la defensa de un conjunto de valores conservadores y autoritarios, y construir una nueva opinión pública alrededor de los intereses económicos, sociales, políticos y culturales de la gran propiedad agraria—, renunciaron, en agosto de 1924, a la actividad política y pidieron a todos sus simpatizantes que pasaran a engrosar las filas de la Unión Patriótica. No obstante, el nuevo partido del régimen no gozó de una estructura a nivel nacional hasta 1926, y cuando dispuso de ella dependió por completo de su jefe, el propio Primo de Rivera, cabeza de una organización muy jerarquizada en la que los gobernadores siguieron interviniendo. De acuerdo con los datos oficiales, recogió unos dos millones de afiliados en 1924 y desde entonces no dejó de perder efectivos. De este modo, si a mediados de 1927 disponía de 1 300 000, a finales de 1929 se había quedado en menos de 700 000. Más numerosos en el campo que en las ciudades, eran en su mayoría militantes pasivos que acudían a los comités del partido a leer la prensa y a practicar juegos de azar, aunque la Dictadura echó mano de ellos cuando necesitó una demostración de masas o un esfuerzo de propaganda. En sus filas abundaban los reclutas de las agrupaciones católicas y en todo momento los empleados del Estado, y también quienes habían participado en la vida política local con anterioridad, presuntamente arrepentidos de sus errores caciquiles. Ante todo los upetistas ocuparon los cargos disponibles en ayuntamientos y diputaciones. Más que el despertar cívico que tanto había


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anhelado el regeneracionismo, conformaron el típico partido oficial de una dictadura, como sus homólogos en las de Portugal, Yugoslavia, Polonia o Grecia. Otra de las herramientas de encuadramiento político que enarboló la Dictadura, secundaria en comparación con la Unión Patriótica, fue el Somatén. Para su constitución se decidió extender por toda España el molde de las guardias cívicas, cuadrillas de civiles armados surgidas en el hervidero de la posguerra, con mayor recorrido en Cataluña pero conocidas en otras zonas del país. El Somatén Nacional se montó así de arriba abajo y se reglamentó como una milicia auxiliar voluntaria a las órdenes de las autoridades militares y con atribuciones crecientes en el mantenimiento del orden y la persecución de las faltas menores. En sus momentos de gloria contó con unos 200 000 integrantes, normalmente burgueses o profesionales de las clases neutras dirigidos por aristócratas y grandes empresarios y amadrinados por damas de la alta sociedad. Carentes de tareas de peso en un ambiente sin conflictos laborales violentos, los somatenistas adornaron ceremonias oficiales con sus desfiles y banderas y alimentaron, junto a la Unión Patriótica, redes informativas al servicio del Gobierno. Eloy Fernández Clemente ha cifrado en 3023 el número de miembros de esta organización a la altura de 1928 en el Alto Aragón. El partido judicial donde mayor expansión tuvo fue el de Huesca-Sariñena, donde, según José María Azpíroz, se pasó de 471 afiliados en 1923 a 1105 en 1929. A decir verdad, Primo de Rivera se dio cuenta muy pronto de que el sistema oligárquico liberal no resistiría la nueva realidad mundial posterior a 1918 y tuvo claro que era imprescindible crear un nuevo Estado que, sin tener que recurrir a la democracia, pudiera integrar a las masas. En España, como en otros países europeos, esto pasaba ineludiblemente por reemplazar la identidad nacional española liberal, entonces hegemónica, por un nuevo discurso político que redefiniera el canon liberal y lograra que la población apoyase la puesta en marcha de un sistema autoritario. Para ello, la Dictadura puso en marcha un programa de nacionalización de masas desde arriba que le permitiese socializar entre la población un proyecto político nacionalista y autoritario con vistas a construir un Estadonación moderno y corporativo que resultara atractivo para la mayoría de los españoles. En puridad, el objetivo era desarrollar una especie de religión política basada en el culto a la nación como valor supremo. Así, los primorriveristas alimentaron una serie de mitos políticos (el líder mesiánico de la patria y la antiespaña, entre otros), utilizaron una retorica esencialmente religiosa,


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fomentaron el uso de símbolos nacionales en la esfera pública e inventaron una serie de rituales nacionalistas. Aunque sacar adelante aquel gran proyecto renacionalizador conllevó una movilización sin precedentes de algunos de los organismos estatales más relevantes (el Ejército, las escuelas, los institutos, las universidades, el Somatén o la Unión Patriótica), Antonio Alcusón ha destacado que este proceso contó en Huesca con dos grandes aliados, el periódico La Tierra y la empresa editorial de Vicente Campo. Gracias a ambos instrumentos, tanto la ALGAA como la Unión Patriótica pudieron desarrollar una intensa labor de difusión del pensamiento de Joaquín Costa. En el Alto Aragón el costismo se convirtió así en uno de los principales vectores ideológicos a los que recurrió la Dictadura con el fin último de ampliar sus apoyos y legitimarse. Aprovechando el especial predicamento que tenía Costa en la tierra que le vio nacer, la gran propiedad terrateniente de la ALGAA y la burguesía media católica y urbana trataron de aglutinar a su alrededor tanto a los liberales y republicanos más moderados como a la pequeña burguesía urbana, a los pequeños campesinos parcelarios e, incluso, a los jornaleros sin tierra. En realidad, la utilización política del pensamiento de Costa a nivel local y provincial no surgió de la nada. Los sectores agrarios y conservadores oscenses que alcanzaron el poder político en septiembre de 1923 llevaban por lo menos desde 1914 —y sobre todo entre 1920 y 1923— apropiándose de la figura del grausino para desprestigiar a las élites liberales. La mejor prueba de ello fue sin duda el júbilo con el que La Tierra recibió la proclamación como alcalde de Huesca de Manuel Bescós, un reconocido germanófilo amigo personal de Costa y adalid del regeneracionismo en la ciudad. En su intento por aculturar a los altoaragoneses en los valores del nacionalcatolicismo rampante, pero sin dejar de recurrir a la útil retórica costista, las nuevas élites políticas primorriveristas implantaron, al igual que en el resto de España, un conjunto de ceremonias patriótico-cívico-religiosas que pretendían conseguir el apoyo de sectores sociales en principio ajenos a la Dictadura pero sensibles al discurso regeneracionista de «escuela y despensa» al que tan proclive fue aquella sobre todo durante el directorio militar. Entre esas nuevas ceremonias, que tan bien ha estudiado Antonio Alcusón, y debido fundamentalmente al carácter predominantemente agrícola, destacó con especial fuerza la fiesta del Árbol, que muy pronto se convirtió en un claro ejemplo de exaltación folclórica de lo aragonés dentro de lo español.


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Aunque la Dictadura consiguió movilizar a diversos sectores de la sociedad española que hasta ese momento se habían mantenido al margen de la política, crear un partido interclasista y organizar decenas de ceremonias nacionalistas en los más remotos confines del país, lo cierto es que las políticas que puso en marcha para lograrlo acabaron desacreditando el modelo autoritario de nación española que pretendían extender y consolidar, al mostrarse incapaces tanto de hacer que el concepto nacionalcatólico de España fuese hegemónico como de crear ningún tipo de consenso entre los españoles en materia de régimen y de nación. Para lo que aquí interesa, estas políticas de nacionalización constituyeron el marco en el que los caminos de la historia y de nuestro protagonista se cruzaron por primera vez. Manuel Artero solicitó plaza en el Instituto de Enseñanza Media de Huesca a finales de abril de 1923, y en septiembre comenzó su primer curso, en el que se matriculó en Lengua Latina, Geografía de España, Aritmética, Religión y Gimnasia. Durante los cinco años que empleó para terminar la educación secundaria, vivió en primera persona el intento del régimen por controlar directamente los institutos e introducir a los adolescentes en el proceso ya mencionado de adoctrinamiento político de masas.8 El Real Decreto del 25 de agosto de 1926 que puso en marcha la reforma de la educación secundaria fue la herramienta legal que articuló dicho intento y sus principales consecuencias fueron la puesta en valor de la enseñanza científico-técnica (tal y como haría posteriormente en la Italia fascista el ministro de Educación Giuseppe Bottai), la enseñanza obligatoria de la religión durante los dos primeros años del bachillerato y la imposición del denominado texto único, una medida según la cual todos los libros debían estar inspirados «en la moral cristiana, en los principios de la religión del Estado, en un ardiente amor a España y en un respeto profundo al sistema político establecido». La afirmación nacionalista de la Dictadura se volcó también en política exterior, y en ese ámbito Primo de Rivera tenía claro que España debía recobrar el honor perdido y dar fin inmediatamente a las escaramuzas en el protectorado de Marruecos. La situación del Ejército español en el norte de África apenas había variado desde el golpe de Estado e incluso podría decirse que había empeorado, puesto que en noviembre de 1924 las tropas españolas se habían 8 Todos los datos aquí citados sobre Manuel Artero pueden consultarse en su expediente personal del Instituto de Enseñanza Media de Huesca, custodiado en el Archivo Histórico Provincial de Huesca (en adelante, AHPHu), Educación, Instituto de Bachillerato Ramón y Cajal, sign. 671/557.


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visto obligadas a replegarse alrededor de Melilla, Ceuta, Tetuán y Larache ante los ataques de Abd-el-Krim. Este, sin embargo, crecido por sus éxitos, decidió atacar el norte del protectorado francés, un atrevimiento que acabaría costándole muy caro porque las autoridades galas no solo respondieron a la ofensiva con el envío de refuerzos a suelo africano sino que iniciaron conversaciones con España para negociar las condiciones de una campaña militar conjunta. En julio de 1925 las dos potencias europeas firmaron un acuerdo de cooperación militar que establecía una ofensiva de las tropas francesas paralela al desembarco español en la bahía de Alhucemas. Aunque las operaciones militares continuaron hasta el verano de 1927, cuando se consiguió la pacificación total del protectorado, lo cierto es que al volver de Marruecos, en noviembre de 1925, Primo de Rivera podía presumir de la victoria y disfrutar seguramente del momento de mayor prestigio y popularidad. Dijo entonces que en un plazo muy breve se produciría «el advenimiento al poder de la Unión Patriótica». Un mes después, el 3 de diciembre, el dictador recuperó la figura del Consejo de Ministros y nombró un Gabinete civil que permaneció sin alteraciones hasta enero de 1930. El cambio respondía a su deseo de retirar al Ejército del primer plano de la vida nacional y situar en los puestos principales de la Administración a políticos capaces. No obstante, la presencia de técnicos y funcionarios civiles en el Gobierno no significó un cambio de rumbo ni una apertura de la Dictadura, puesto que los problemas políticos no pasaron nunca por el Consejo de Ministros sino que fueron resueltos directamente por el dictador o por su mano derecha, el general Martínez Anido. A pesar de todo, un régimen que aspiraba a perdurar en el tiempo y a romper definitivamente con el sistema parlamentario liberal necesitaba una salida política, una fachada legal que le diera respaldo social y legitimidad. En ese contexto, tomó fuerza a partir de julio de 1926 la idea de poner en marcha un parlamento corporativo. Así, en septiembre, coincidiendo con el tercer aniversario del golpe de Estado, se celebró un plebiscito nacional que debía medir el apoyo de la población a la gestión de Primo de Rivera. Los propagandistas de la Unión Patriótica, con el apoyo de la Iglesia, realizaron una intensa campaña para que los hombres y mujeres mayores de 18 años otorgaran su confianza al presidente del Gobierno. Al final, con notorias irregularidades —que no eran una sorpresa para nadie ni una novedad—, las autoridades consiguieron la firma de unos siete de los trece millones de españoles que tenían derecho al sufragio. Manuel Artero no pudo participar en aquel plebiscito por no alcanzar todavía la edad legal necesaria. Sin embargo ese mismo año, sin abandonar


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Manuel Artero en Juseu, donde ejerció como maestro antes de comenzar sus estudios de Medicina.

los estudios de Bachiller, se matriculó en la Escuela Normal de Magisterio de Huesca. Aunque deseaba fervientemente poder estudiar Medicina, era consciente de las limitaciones económicas de su familia y de lo complejo que sería convertir ese sueño en realidad. Por eso emprendió la carrera docente, una profesión que también le agradaba y que, ya antes de finalizarla —en 1929—, le proporcionó sus primeros salarios. De este modo, entre 1926 y 1927 Artero tuvo que esforzarse por sacar adelante tanto las asignaturas de Historia de la civilización española en sus relaciones con lo universal, Física, Geología, Aritmética y Álgebra, como el primer curso de Magisterio, con sus correspondientes prácticas en la Escuela Graduada de Niños.9 9 La información aquí citada sobre Manuel Artero puede localizarse en sus expedientes personales del Instituto de Enseñanza Media y de la Escuela Normal de Magisterio de Huesca, custodiados en el AHPHu, fondo citado, sign. 671/557, y caja 313, exp. 1238, respectivamente.


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Durante esos años, la ciudad de Huesca y su provincia estaban transformándose a pasos agigantados impulsadas por la buena marcha de la economía y la política de obras públicas iniciada por la Dictadura. La capital experimentó un gran crecimiento urbano que se financió, fundamentalmente, a través del endeudamiento de la Corporación municipal. A nivel provincial, se construyeron pantanos y escuelas, se realizaron repoblaciones forestales en las zonas meridionales más desertificadas y, sobre todo, se inauguró la estación de Canfranc en 1928. Esa bonanza permitió soterrar en cierta medida la conflictividad interna existente por aquel entonces en el seno provincial de las élites rectoras de la Dictadura, debido a la división de sus miembros en dos grupos con posturas divergentes respecto a los caminos que debía tomar la misma de cara a su institucionalización definitiva. Antonio Alcusón ha escrito en otro lugar cómo, mientras los encabezados por Manuel Banzo deseaban la estabilización del régimen en un sentido claramente autoritario y corporativo, los seguidores de Vicente Campo, temerosos de que su radicalización siguiendo el ejemplo italiano provocara la desafección de la población, eran partidarios de continuar en la línea precedente de regeneracionismo conservador, más cercano a las tesis de Costa. Dejando a un lado los rifirrafes que se producían en la periferia, lo cierto es que, impulsada por su reciente éxito en el referéndum, la Dictadura continuaba avanzando hacia su consolidación. El paso siguiente, vencidas las reticencias del rey, fue la creación en 1927 de una Asamblea Nacional que, siempre bajo un absoluto control gubernamental, actuase como un órgano consultivo de representación de intereses formado por los altos cargos del Estado, el Ejército, la Iglesia y la Justicia, así como delegados de los municipios, las diputaciones y las organizaciones provinciales de la Unión Patriótica, y, por último, representantes de «actividades de la vida nacional» procedentes del mundo académico, los sectores productivos y las asociaciones patronales y sindicales. La puesta en marcha de esta nueva institución contribuyó de manera indirecta a solventar las divergencias internas de la Unión Patriótica altoaragonesa. El fuerte enconamiento existente entre los cabezas visibles de las dos corrientes existentes por aquel entonces en el interior del partido gubernamental en la provincia solo se resolvió cuando al mismo tiempo que se nombró a Vicente Campo alcalde de Huesca, en septiembre de 1927, Manuel Banzo fue enviado a Madrid para formar parte de la comisión de la Asamblea Nacional encargada de elaborar un anteproyecto de Constitución


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que reemplazara la de 1876. Por aquel entonces, Manuel Artero tenía ya decidido pasar el invierno de ese año en el pequeño municipio de Juseu, cerca de Benabarre, donde obtendría sus primeros sueldos enseñando a algunos adultos que pagaban sus clases de forma particular.10 La redacción definitiva del anteproyecto de Constitución no llegó hasta julio de 1929 y el proyecto finalmente aprobado unió los caracteres corporativos y organicistas de la Dictadura con los principios tradicionales del liberalismo doctrinario. No obstante, ya era demasiado tarde. En el verano de 1929, Primo de Rivera había perdido buena parte del crédito con el que comenzó el directorio civil y su soledad era cada vez más evidente. A mediados de ese año la situación económica, que en los anteriores no había quedado al margen del ciclo internacional de bonanza económica, se había deteriorado notablemente, el número de huelgas aumentaba mes a mes y el directorio respondía al auge de la conflictividad social con medidas represivas. Las asociaciones de propietarios rurales, los sindicatos católicos y las organizaciones patronales, opuestos al desarrollo de los comités paritarios agrícolas, a las leyes de arbitraje laboral y a los proyectos de reforma fiscal de José Calvo Sotelo, olvidaron la adhesión incondicional brindada en 1923 y se desligaron del régimen. De igual modo, el Somatén y la Unión Patriótica, que habían sido creados para actuar como organizaciones de encuadramiento de las masas, se habían convertido en refugio de caciques y arribistas cuyos militantes más activos actuaban como si formaran un cuerpo parapolicial de auxilio a las tareas represivas. Finalmente, Primo de Rivera fue abandonado por aquellos que habían sido los dos baluartes más fuertes e incondicionales de su régimen. Alfonso XIII le había retirado su confianza y maniobraba, sin éxito, intentando encontrar apoyos que le permitieran volver a la situación anterior al golpe de Estado y salvar de paso la Corona. Al darse cuenta de cómo el rey estaba intentando dejarle a un lado, el dictador decidió realizar una consulta a los capitanes generales del Ejército, una especie de moción de confianza. El apoyo que recibió de Sanjurjo fue una nota aislada entre la inhibición y la ambigüedad del resto de los altos mandos castrenses. En ese momento, el militar andaluz tuvo claro que ya no le quedaba sino acudir al Palacio Real a presentar su dimisión, lo que hizo el 27 de enero de 1930, y salir del país. Murió en París dos meses después. 10 Esta información es citada por Ciprés (1985, p. 172) y, más recientemente, por Solsona (2011, p. 5).


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Tras el abandono de Primo de Rivera, Alfonso XIII desoyó las voces que clamaban por la convocatoria de Cortes Constituyentes y nombró al general Berenguer como presidente del Gobierno con la esperanza vana de recuperar la «normalidad» política anterior a 1923. Aunque el nuevo Gobierno comenzó de inmediato a demoler la obra primorriverista, lo cierto es que muy pronto pudo comprobarse que su presidente administraba los plazos con tanta prudencia que perdía pie en una realidad cambiante que acabó por superarlo. Enseguida el rey se halló a remolque de la situación, enfrentado con un panorama polarizado en el que crecía a ojos vistas el bando de sus contrarios, de quienes no se fiaban de él y lo creían culpable del triunfo y mantenimiento de la Dictadura, y desde luego un estorbo para la refundación de un régimen constitucional, más aún si había de ser democrático. Bajo este escenario, a lo largo de 1930 se produjo una movilización política acelerada y acumulativa, que abarcó un amplio muestrario de grupos y territorios y se demostró muy eficaz. Una movilización en la que, como ha recordado Javier Moreno de Luzón, sonaba el eco lejano del cambio de siglo, cuando se había ensanchado la esfera pública de debate en torno a las luchas anticlericales y nacionalistas, y también el más próximo de las protestas obreras y los conatos revolucionarios que anegaron los años de la guerra y la posguerra mundiales. Ahora, sin embargo, se palpaban las diferencias notables respecto a aquellos conflictos, puesto que las energías desplegadas se concentraban alrededor de un motivo común: el dilema Monarquía/República. A diferencia de lo sucedido en el pasado, ya no se pensaba en presionar al monarca para obtener el poder, ahora el objetivo era echarlo. Paralelamente los partidos republicanos, desde el vetusto radicalismo de Alejandro Lerroux a los más recientes de Manuel Azaña y los nuevos conversos, se reorganizaron y trataron de concertar una estrategia única para derribar la Dictadura. El obstáculo más relevante lo encontraban en las distancias con los nacionalistas catalanes y con los trabajadores encuadrados por el socialismo. Los primeros se incorporaron a la coalición en agosto de 1930 con la firma del pacto de San Sebastián, donde se preveía un régimen autonómico para Cataluña en el seno de la futura República española. La UGT y el PSOE solo aceptaron la línea prorrepublicana de Indalecio Prieto tras arduas discusiones y para evitar quedarse fuera de una insurrección inminente. Mientras las fuerzas políticas contrarias al régimen autoritario se organizaban al calor del encendido debate sobre la instauración de una República en España, la vida cotidiana no se detuvo para los españoles. Sin ir más lejos, durante esos años Manuel Artero terminó sus estudios de bachillerato


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(1928)11 y de Magisterio (1929),12 y comenzó a trabajar como maestro, en septiembre de 1929, en la escuela privada de Santo Tomás de Aquino.13 Un año después, en septiembre de 1930, la Diputación Provincial de Huesca le concedió una beca de 500 pesetas y acordó consignar en los presupuestos de los años sucesivos una cantidad suficiente para que pudiese cursar los estudios de Medicina en Zaragoza.14 Como podrá comprobarse en las siguientes páginas, aquella beca, al igual que les sucedió a las decenas de personas que se vieron beneficiadas por las ayudas que para ese fin otorgó durante muchos años la institución provincial, cambió su vida pocos meses antes de que la de todos los españoles lo hiciera. Cuando en enero de 1931 se convocaron por fin las elecciones a Cortes ordinarias para el 1 de marzo, las negativas a participar en ellas por parte de los diferentes grupos autorizados para hacerlo se despeñaron una tras otra sobre el Gobierno. En ese contexto todos concibieron las elecciones municipales del 12 de abril como un plebiscito sobre la Monarquía. Ese día las listas dinásticas obtuvieron un mayor número de concejalías; sin embargo, en 45 de las 52 capitales de provincia españolas los partidos dinásticos fueron barridos del mapa por la coalición republicano-socialista.

11 Expediente personal de Manuel Artero en el Instituto de Enseñanza Media de Huesca, en AHPHu, fondo citado, sign. 671/557. 12 Expediente personal de Manuel Artero en la Escuela Normal de Magisterio de Huesca, en AHPHu, fondo citado, caja 313, exp. 1238. 13 Ciprés (1985, p. 172). 14 Sesión ordinaria de Pleno del 1 de septiembre de 1930, en ADPH, Actas Diputación Provincial de Huesca, f. 211v.


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El sábado 14 de abril de 1931 muchos oscenses pasaron el día recorriendo sin pausa las calles de la ciudad. Desde que, al mediodía, llegó a la ciudad el rumor de que Alfonso XIII podía abdicar del trono de España, numerosos grupos de personas se dirigieron a la plaza del Ayuntamiento con banderas y otros emblemas republicanos. Tras colgar una bandera tricolor en uno de los balcones del Consistorio, los allí reunidos organizaron una manifestación espontánea, encabezada por los principales miembros de la Junta de la Agrupación Republicana, que había obtenido el triunfo en las elecciones municipales del día 12, y recorrieron diversas calles y plazas de la ciudad (Las Cortes, San Salvador, San Pedro, Mozárabes, Coso Bajo, Santo Domingo…), entre vítores a la República, a los capitanes Galán y García Hernández e incluso a Ramón Acín. Después de colocar una bandera republicana en los balcones de la Diputación Provincial, los manifestantes se dirigieron a la sede del Gobierno Civil de la provincia, por aquel entonces situada en el Coso Alto, donde a pesar de la oposición del gobernador civil, Alfredo Pérez Viondi, hicieron lo mismo. Aprovechando su presencia en la máxima institución provincial, Manuel Sender, uno de los miembros de la Agrupación Republicana, se dirigió a los allí congregados para proclamar lo que todos esperaban oír: «Por voluntad popular, queda proclamada la República. ¡Viva la República!». Tras las ovaciones y vítores de la muchedumbre, Sender les recomendó que disolvieran la concentración y les informó de que por la tarde se organizaría una nueva manifestación en la ciudad para «rendir tributo de admiración a los héroes del movimiento revolucionario, capitanes Galán y García Hernández». Pero la Junta Directiva de la Agrupación Republicana continuó con la actividad y se dirigió a su local de reunión para cambiar impresiones. Allí se decidieron dos cosas: en primer lugar, que a partir de ese momento la Junta se convertía en Gobierno permanente de la provincia para tomar las medidas más convenientes, y también que la manifestación anunciada anteriormente comenzaría a las cuatro de la tarde. A esa hora en punto comenzó una «imponentísima manifestación» que se dirigió a los cementerios civil y católico de la ciudad e inundó de ramos


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de flores las tumbas de los capitanes Galán y García Hernández. Mientras cientos de oscenses peregrinaban por las calles de la capital altoaragonesa, se extendió por la misma el rumor de que el rey había cruzado ya la frontera portuguesa en un aeroplano. Cuando los miembros del Comité Republicano se enteraron, se dirigieron nuevamente al Gobierno Civil acompañados por un inmenso gentío para entrevistarse con la máxima autoridad provincial y a continuación tomar posesión del cargo. No obstante, al llegar al vetusto edificio del Coso Alto la realidad que se encontraron fue muy otra. El gobernador no podía confirmar con el Gobierno central la noticia de la abdicación y se negó a dejar su puesto mientras no recibiese órdenes de Madrid en tal sentido. Con todo, para intentar apaciguar los caldeados ánimos de las personas reunidas en la calle y de los dirigentes del Comité Republicano, Pérez Viondi pidió a Pérez Vinuesa, Agustín Delplán y Manuel Sender, miembros del mismo, que se quedaran con él a esperar acontecimientos. Sin embargo, la incertidumbre y la indecisión fueron apoderándose cada vez más de la situación hasta que el catedrático de filosofía Ramón Díaz Delgado decidió tomar una actitud concreta e hizo retirar al gobernador para, posteriormente, comunicar a los manifestantes que se agolpaban a los pies del teatro Olimpia que el Comité Republicano había nombrado «gobernador interino de la provincia al señor Pérez Vinuesa». El anuncio fue acogido con una salva de aplausos y gritos de júbilo, tras los cuales las personas allí congregadas comenzaron a abandonar progresivamente y de forma pacífica la vía pública. En las horas siguientes, a la espera de noticias del Gobierno central, se vivieron momentos de tensa calma durante los cuales algunos miembros del Comité Republicano trataron de llevar a cabo el nombramiento de diversos cargos políticos. El recién nombrado gobernador interino frenó la toma de posesión de la Presidencia de la Diputación Provincial por parte del farmacéutico Jesús Gascón de Gotor pero no se opuso a que el empresario Sixto Coll se posesionara como alcalde. Finalmente, a las diez y media de la noche se recibió en el Gobierno Civil un telegrama de Niceto Alcalá Zamora por el que se ordenaba la transmisión del mando al presidente de la Audiencia y se daba la lista del Gobierno Provisional de la República que dirigiría el Estado hasta la convocatoria de las Cortes Constituyentes.15 15 Toda la información citada hasta aquí sobre la proclamación de la II República en Huesca es un resumen de lo publicado al respecto por El Diario de Huesca en su edición del 16 de abril de 1931, pp. 1 y 2.


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El nuevo Gobierno lo presidía el propio Alcalá Zamora, exmonárquico, católico y hombre de orden, una pieza clave para mantener el posible y necesario apoyo al nuevo régimen de los republicanos más moderados. Además del presidente había once ministros, entre los que destacaban Alejandro Lerroux, Manuel Azaña y, por primera vez en el Gobierno del Estado español, tres socialistas: Fernando de los Ríos, Indalecio Prieto y Francisco Largo Caballero. Esos gobernantes representaban a las clases medias profesionales, a los pequeños burgueses y a la clase obrera militante o simpatizante de las ideas socialistas. Ninguno de ellos, salvo Alcalá Zamora, había desempeñado un alto cargo político con la Monarquía, aunque no eran jóvenes inexpertos, porque la mayoría rondaba los cincuenta años y llevaba mucho tiempo en la lucha política. Tampoco era, frente a lo que se ha dicho mucho tiempo, un Gobierno de intelectuales. Salvo Azaña, presente en él como dirigente de un partido republicano, no estaban allí los intelectuales que tanto habían contribuido con sus discursos y escritos a darle la estocada a la Monarquía a lo largo de 1930. Durante sus primeras semanas de vida, el Gobierno Provisional puso en marcha a golpe de decreto una Ley de Reforma Militar, obra de Manuel Azaña, y una serie de decretos básicos de Francisco Largo Caballero, que tenían como objetivo modificar radicalmente las relaciones laborales. Tal proyecto reformista encarnaba, en conjunto, la fe en el progreso y en una transformación política y social que barrería la estructura caciquil y el poder de las instituciones militar y eclesiástica. Así comenzaba a caminar la República. Santos Juliá ha explicado en muchos lugares cómo el nuevo régimen dio sus primeros pasos en un ambiente festivo de celebraciones populares en la calle, en las que se mezclaban las esperanzas revolucionarias de unos con los deseos reformistas de otros. José María Azpíroz describió hace algunos años la fiesta vivida en Huesca, que continuó prácticamente hasta el Primero de Mayo. En esos mismos días la CNT declaró una huelga general de veinticuatro horas para pedir la amnistía de los muchos presos que todavía permanecían en las cárceles oscenses y jaquesas desde los acontecimientos de diciembre de 1930. Finalmente, el Primero de Mayo la vida laboral quedó paralizada en la ciudad de Huesca en un grado que nadie recordaba. Cines, cafés, bares y restaurantes cerraron. Todos salieron al campo para celebrar la fiesta obrera, siguiendo la tradición, y el Viñedo, el cerro de San Jorge, Cillas o Chimillas se llenaron de oscenses «pletóricos de júbilo republicano y obrero».


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La vida profesional de Manuel Artero estuvo estrechamente vinculada con la Diputación Provincial de Huesca tras concederle esta institución una beca que le permitió cursar la carrera de Medicina.

Manuel Artero, sin embargo, no pudo disfrutar aquellas jornadas festivas con sus paisanos oscenses puesto que, como ya he comentado en el capítulo anterior, desde finales de 1930 se encontraba en Zaragoza cursando los estudios de Medicina gracias a una beca que le concedió la Diputación Provincial de Huesca. Por aquel entonces, los desplazamientos desde la ciudad oscense a la capital aragonesa eran todavía de larga duración y tenían un precio considerable que estudiantes de condición económica humilde como Artero no podían permitirse. Por esa razón durante los seis años que dedicó a estudiar la carrera, cumpliendo así el sueño en el que tanta influencia había tenido la profesión de su abuelo,16 nuestro protagonista solamente pasaba en su ciudad natal los periodos vacacionales, que, tal y como desveló María Cruz Ciprés,17 aprovechaba para dar clases particulares y obtener así unos ingresos que le permitían costearse los libros del curso siguiente. 16 Tal y como cuenta Daniel Carmen en este mismo volumen, este ejerció como trujano rural y Manuel Artero conservó siempre con mucho cariño su lanceta de sangrías. 17 Ciprés (1985, p. 172).


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Quien con casi total seguridad tomó parte en muchos de los actos que se organizaron en la capital oscense para celebrar la llegada de la República debió de ser el segundo de los hijos de Manuel Artero y Adela Bernad. Félix Artero Bernad había nacido el 30 de noviembre de 1915 y desde 1929 se encontraba cursando estudios de Magisterio en la Escuela Normal de Huesca, donde destacaba ya como un alumno brillante que, con la excepción de Dibujo, contaba todas sus asignaturas con sobresalientes.18 Fue en medio de ese entusiasmo popular, entre el 16 y el 17 de abril, cuando se procedió a la proclamación de los alcaldes y concejales electos en muchos municipios altoaragoneses. En la capital provincial, el joven médico Mariano Carderera Riva, que además de miembro de Acción Republicana era titular del Instituto Provincial de Higiene, fue nombrado alcalde, mientras que el antiguo profesor del Instituto de Bachillerato Victoriano Rivera Gallo resultó encumbrado a la máxima autoridad provincial, es decir, a la dirección del Gobierno Civil. Al repasar los nombres de los candidatos a concejal elegidos en las elecciones del 12 de abril de 1931 y de los altos cargos institucionales nombrados tras la confirmación de la abdicación de Alfonso XIII, una cosa parece clara. La élite autoritaria y conservadora que accedió al poder provincial y local del Alto Aragón con la instauración de la dictadura de Primo de Rivera fue mayoritariamente apartada del mismo. A decir verdad, la convocatoria de elecciones cogió a la derecha conservadora y liberal, a los partidos de siempre, desorganizados y desorientados, y a la extrema derecha, a los fieles al dictador caído, en proceso de rearme y sin capacidad para movilizar todavía a las fuerzas contrarrevolucionarias, aunque lo intentaron en julio de 1930 con la creación de la Unión Monárquica Nacional, un remedo de la Unión Patriótica de la Dictadura. La vieja política agonizaba y el nuevo autoritarismo no encontraba todavía su lugar. En Huesca capital se presentaron dos candidaturas de derechas a las elecciones municipales del 12 de abril. Una de ellas se autodenominó Administrativa y agrupó a antiguos militantes de Unión Patriótica durante la dictadura de Primo de Rivera, como José María Lacasa o Francisco Francoy. La otra, dentro de su conservadurismo, tuvo un carácter más liberal y en su seno coincidieron conocidos políticos monárquicos del tipo de Bernardo Arizón, Agustín Soler o Vicente Susín. Ambas obtuvieron resultados más que dis18 La información relativa a Félix Artero que cito en este párrafo se encuentra en el expediente personal del mismo de la Escuela Normal de Magisterio de Huesca, actualmente custodiado en el AHPHu, fondo citado, caja 320, exp. 1343.


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cretos frente a los catorce ediles que consiguió la Agrupación Republicana, integrada por el Partido Republicano Radical, Acción Republicana y el Partido Republicano Radical Socialista,19 en unos comicios donde los más votados fueron sin lugar a dudas los candidatos republicano-radicales, con notorio predicamento entre ciertas clases populares y entre las clases medias. A nivel general, todos los candidatos al Ayuntamiento de Huesca que resultaron finalmente elegidos en aquellas elecciones municipales destacaban por dos características: de un lado, como ha señalado recientemente Antonio Alcusón, muchos de ellos eran jóvenes liberales que habían transitado al Partido Republicano Radical ante el agotamiento del proyecto político de los partidos del turno; de otro, en línea con lo escrito por el profesor Azpíroz, la mayoría de los mismos profesaba un arraigado anticlericalismo que venía de antiguo y que les llevó durante el periodo de su mandato a tratar de separar racionalmente la gestión municipal de cualquier connotación religiosa. De este modo, a pesar de las duras críticas vertidas por los sectores conservadores de la ciudad, la eliminación de los símbolos y del personal religioso de las dependencias municipales, así como la decisión de que la Corporación municipal no tomase parte en procesiones o cualquier otro tipo de actos de carácter piadoso, lo que incluía la prohibición de que los Danzantes actuaran el día de San Lorenzo, se convirtieron a partir de entonces en principios inamovibles de su actuación. Es más, el Concejo no se detuvo ahí y decidió adoptar otras medidas de fuerte impronta ideológica que mostraran la profundidad del cambio político que suponía la llegada de la República. En este sentido, cabría quizás destacar el cambio de nombre que sufrieron algunas de las principales calles y plazas de la ciudad, gracias al cual el Coso Alto pasó a llamarse coso de Fermín Galán; el Coso Bajo, coso de García Hernández; la plaza de Camo, plaza de la República; la plaza de Santo Domingo, plaza de Manuel Abad; la calle del Parque, avenida de la Libertad, o la travesía del Ángel, travesía de Pablo Iglesias. Con todo, al margen de marcar distancias con los regímenes precedentes a través de los hechos, el Ayuntamiento oscense y el resto de las instituciones de la provincia tuvieron que adoptar con rapidez diversas medidas encaminadas a poner freno al que, en un contexto internacional de crisis económica, comenzó a configurarse como uno de los principales fantasmas a los que el naciente Estado republicano debería de enfrentarse: el paro. En esa dirección fueron tanto la creación de la Junta Provincial, integrada por el gobernador civil, el alcalde 19 La primera de ellas logró dos concejales; la segunda, cuatro.


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de la capital y representantes del resto de entidades locales de la provincia, cuya principal misión consistiría en aportar la mayor cantidad posible de fondos para socorrer directamente a los parados, como los intentos por reactivar obras urbanas a través de la construcción de una estación depuradora, la higienización y saneamiento de casas, el arreglo de fachadas y pavimentación de los cosos o la construcción de «casas baratas» y grupos escolares. Todas estas medidas quedaron diseñadas desde el primer momento, de tal forma que sirvieron a los republicanos de plataforma electoral de cara a las Cortes Constituyentes de junio y les permitieron mantener un ambiente animado y festivo durante toda la primavera. No obstante, conforme fue acercándose la fecha de la elección y los diferentes partidos empezaron a multiplicar sus mítines con el objetivo de obtener la mayor cantidad posible de representantes en la institución que se encargaría de redactar la nueva Constitución del país, el clima político comenzó a caldearse: aun cuando la mayoría de ellos estaba de acuerdo en las referencias a un pasado oprobioso que no debía repetirse, las discrepancias en cuanto a la manera de abordar el presente no eran en absoluto menores. Las elecciones a Cortes Constituyentes se celebraron finalmente el 28 de junio y arrojaron el triunfo arrollador de las candidaturas de la coalición republicano-socialista. La principal novedad del mapa electoral salido de las mismas fue que el Partido Socialista, que nunca había pasado de siete diputados con la Monarquía, alcanzó entonces los ciento quince, convirtiéndose así en la fuerza política mayoritaria, con veintiún escaños de ventaja sobre la segunda fuerza, que fueron los radicales de Alejandro Lerroux. Por su parte, las organizaciones de la derecha no republicana apenas sumaron cincuenta diputados. Julián Casanova ha indicado cómo en aquellas Cortes, que por primera vez en la historia de España albergaron en su seno a tres mujeres —las republicanas Clara Campoamor y Victoria Kent y la socialista Margarita Nelken—, no hubo signo alguno de radicalización o de polarización de la vida política española. No existía una extrema derecha sólida, y menos aún un partido fascista, mientras que el Partido Comunista, opuesto entonces frontalmente a la «República burguesa», obtuvo resultados muy bajos y ningún diputado. De este modo, dos componentes esenciales del proceso de radicalización del escenario europeo, el fascismo y el comunismo, estaban ausentes en España, aunque sí existía un poderoso movimiento anarcosindicalista al margen de esas Cortes Constituyentes, percibidas por el sector más extremo de la CNT y de la FAI como un «engranaje burgués, por medio del cual se pretende


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consolidar el régimen de explotación constante». Era la única fuerza con arraigo que se situaba claramente en ese momento fuera del sistema, porque el principal partido de la izquierda, el PSOE, se hallaba en el Gobierno. Así las cosas, si se compara con los parlamentos de las otras repúblicas que surgieron de la desintegración de los imperios tras la I Guerra Mundial, la gran anomalía de la Cámara alta española fue que la mayoría de los diputados presentes en ella pertenecían a la coalición de partidos que formaban el Gobierno, frente a los que solo una cincuentena parecían dispuestos a defender los intereses del orden tradicional y de la Iglesia católica. Y eso no reflejaba las posiciones de sectores muy amplios de la sociedad española, que tenían mucho poder económico, social y cultural pero no estaban en las Cortes y no iban a poder influir en la elaboración del texto constitucional. La nueva Constitución fue finalmente aprobada el 9 de diciembre de 1931 y en ella se articulaba uno de los textos legales más modernos de Europa, que definía a España como «una República democrática de trabajadores de toda clase, que se organiza en régimen de libertad y justicia» y donde «los poderes de todos los órganos emanan del pueblo». Además, declaraba la no confesionalidad del Estado, eliminaba la financiación estatal del clero, introducía el matrimonio civil y el divorcio, prohibía el ejercicio de la enseñanza a las órdenes religiosas y otorgaba el voto a las mujeres. Niceto Alcalá Zamora fue elegido presidente de aquella República ya constitucional y su primera decisión fue encargar a Manuel Azaña la formación del primer Gobierno no provisional de la II República española, con la intención de que continuaran en el mismo, con un peso similar al que ya tenían, todas las fuerzas que estaban en el Ejecutivo desde abril. Sin embargo, Lerroux se negó a seguir en el Gobierno con los socialistas y obligó al nuevo presidente a elegir entre estos o el Partido Republicano Radical. En este contexto, convencido de que la incorporación de los representantes de las clases trabajadoras al Gobierno era una condición indispensable para estabilizar la República y la democracia, el político complutense escogió a los primeros. A partir de aquel momento y hasta la destitución de su presidente, en septiembre de 1933, los gobiernos de coalición de republicanos y socialistas acometieron la reorganización del Ejército y la separación entre la Iglesia y el Estado, y tomaron medidas radicales y profundas sobre la distribución de la propiedad agraria, los salarios de las clases trabajadoras, la protección laboral y la educación pública. Nunca en la historia de España se había asistido a un periodo tan intenso de cambio y conflicto, logros democráticos y conquistas sociales.


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Los jóvenes fueron uno de los grupos sociales que vivieron con mayor intensidad el cambio histórico que supuso la llegada de la República. Frente a la rigidez, el conservadurismo y la estrechez de miras de la dictadura primorriverista, el nuevo régimen trajo consigo una apertura no solo política sino cultural y social, que, como me comentaba el doctor Joaquín Deó Zabaleta pocos meses antes de fallecer,20 permitió a la juventud española, de la que tanto él como Manuel Artero formaban parte en los años treinta, vivir con mayor «expansión» y «libertad». Joaquín Deó y Manuel Artero habían estudiado en el Instituto de Enseñanza Media de Huesca, aunque en diferentes cursos, puesto que Artero era algunos años mayor, pero su relación de amistad comenzó a principios de la década de los treinta en Zaragoza, adonde ambos llegaron para estudiar Medicina. Durante varios años compartieron habitación en la pensión de «la señora María», una pequeña hospedería cuyos huéspedes eran en su mayoría altoaragoneses y que estaba situada en el número 2 de la calle de San Juan y San Pedro, en pleno corazón del casco antiguo de la capital aragonesa; como muchos de los negocios de la zona por aquel entonces, constituía una actividad económica que suplementaba los ingresos de un matrimonio en el que el marido trabajaba como empleado de Correos y Telégrafos. La hospedería se encontraba a unos diez minutos andando de la Facultad de Medicina, ubicada en aquellos años en el edificio del Paraninfo, donde los estudiantes recibían clase de lunes a sábado y en cuya biblioteca pasaban la mayor parte de las horas del día. El tiempo para el ocio era muy limitado y, al margen de los tradicionales paseos por el entonces moderno de la Independencia, Artero y algunos amigos como Joaquín Deó lo invertían en ir a tomar vermú al Mi Casa, un bar muy popular situado en el Arco Cinegio, o en ocasiones especiales a establecimientos de mayor lujo situados en el paseo, como eran el Abdón y La Maravilla. En última instancia, algunos fines de semana Artero y Deó, junto a otros amigos, se desplazaban hasta el Royal Concert, un famoso cabaré de la ciudad que con el paso del tiempo acabó convirtiéndose en la famosa Sala Oasis. Con todo, durante aquellos años en los que el mayor de los Artero vivió lejos de su familia y se formó como médico no solo experimentó la libertad que daba el vivir de forma independiente en una de las grandes ciudades españolas y en un periodo de apertura y transformación política, social y cultural. En realidad, también fue testigo de excepción del modo en el que, 20 Entrevista mantenida el 15 de abril de 2011.


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desde muy pronto, comenzó a articularse una reacción conservadora contra el originario proyecto republicano. En este sentido, Joaquín Deó recordaba cómo en aquel periodo los enfrentamientos entre los miembros de la FUE (Federación Universitaria Escolar) y los integrantes de diferentes sindicatos católicos eran habituales en las aulas, aunque, según sus propias palabras, ni él ni Artero tomaron parte en ellos.21 En realidad, los capitalistas zaragozanos asociados en las patronales, que habían salido desencantados con la experiencia de la Dictadura, recibieron en un primer momento con indiferencia al régimen republicano, confiando en la capacidad del Partido Republicano Radical para defender sus intereses. Sin embargo, el curso de los acontecimientos terminó por convertir a dicha formación en uno de los primeros adalides de la reacción conservadora en Zaragoza, lo que le llevó pronto a romper sus lazos con republicanos de izquierda y socialistas. Algo similar sucedió en Huesca, donde este partido, que también obtuvo una gran cantidad de votos en las elecciones del 12 de abril de 1931, en coalición con otras formaciones republicanas y de izquierdas, acabó experimentando en poco tiempo un profundo giro hacia posturas más moderadas. No obstante, en este caso su conversión en un partido conservador se hizo con rompimientos y en medio de una crisis interna cada vez mayor cuya principal manifestación se produjo alrededor de la gestión que los republicanoradicales realizaron en la Diputación Provincial. Mientras formaron parte de la institución con mayor poder económico de la provincia, tanto su presidente, el radical Sixto Coll, como los gestores y compañeros de partido Agustín Delplán y Lorenzo Bescós intentaron, desde una postura moralizante, regenerar su papel mediante iniciativas como la construcción y conservación de caminos vecinales, la edificación de un hospital provincial y un pabellón antituberculoso en la capital o el aumento del gasto para la mejora de los asilados en sus centros de beneficencia. En esa misma línea, movidos por los entusiasmos republicanos de primera hora, denunciaron y sancionaron la actuación de los altos cargos de la Diputación (interventor, secretario jefe, ingeniero…) que sirvieron y complacieron los intereses de los caciques provinciales durante la dictadura anterior. Sin embargo, las intenciones de estos nuevos gestores pronto encontraron la oposición frontal del ministro de la Gobernación, Miguel Maura, quien deseaba que la transición republicana se hiciese con el menor coste social y 21 Toda la información que cito aquí sobre la vida de Manuel Artero y Joaquín Deó en Zaragoza durante su periodo de estudiantes de Medicina me la proporcionó este último en la entrevista que mantuve con él el 15 de abril de 2011.


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que, por tanto, se negó desde el principio a que tales depuraciones se llevaran a cabo. De este modo, se produjo un claro enfrentamiento entre la Administración central y los republicanos oscenses, que de hecho acabaron manifestándose en las calles a favor de las sanciones. Como consecuencia, antes que ser cesada, la Comisión Gestora de la Diputación Provincial de Huesca en pleno dimitió en agosto de 1931 por una cuestión de dignidad. Aunque los siguientes gestores, presididos por el también radical Juan Ferrer Gracia, se plegaron a los deseos del ministro, paralizando las persecuciones y traspapelando los expedientes, lo cierto es que lo sucedido en la Diputación fue uno de los temas más debatidos en el seno de la Junta Provincial y Local del Partido Republicano Radical de Huesca hasta que Sixto Coll volvió a posesionarse del cargo de presidente de la institución provincial, en agosto de 1932. A pesar de ello, el asunto tuvo tanto calado en el seno del partido que provocó la aparición dentro del mismo de dos tendencias: una más crítica, partidaria de perseguir hasta sus últimas consecuencias el caciquismo oscense para republicanizar la ciudad, y otra más conservadora, que al igual que en otras provincias, sobre todo del interior peninsular, pretendía captar republicanos de última hora, acomodados, de orden, dispuestos a pactar con el pasado que tanto se denunció en los primeros días de la República y enemigos de la reforma agraria. En última instancia, fue la segunda de las tendencias la que acabó por imponerse en el Comité Provincial del partido, lo cual provocó que, una vez recuperada por Sixto Coll la Presidencia de la institución provincial y reanudadas las depuraciones, la ruptura no tardara en consumarse. Además el conflicto acabó trascendiendo el marco de la propia Diputación, puesto que cuando Coll decidió abandonar definitivamente la misma y el propio partido le siguieron otros muchos concejales y diputados radicales, como Delplán, Sender, Bescós, Arenas, Asún, Gazo, Galindo, Santamaría o Bonet. Así, a partir de este momento Gómez y Gómez, Pla y Pla, Ferrer Gracia, Ferrer Susín, Pellicer o Auseré se convirtieron en la nueva élite dirigente del radicalismo oscense. Juzgadas desde la perspectiva que da la historia, la mayor parte de esas leyes reformistas elaboradas desde los gobiernos de la coalición republicano-socialista fueron moderadas en la práctica, aunque en realidad era difícil que pudiesen ser de otro modo. La República llegó a España en medio de una crisis económica internacional sin precedentes y, aunque los factores económicos no determinaron su trágico final, sí que complicaron la gestión y puesta en marcha de las reformas. En ese contexto, cuando la lentitud de la reforma


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agraria se hizo evidente, el paro creció y los recursos fallaron, las expectativas iniciales comenzarían a naufragar y las clases trabajadoras aparecerían en el escenario público, en calles, fábricas y campos, pidiendo la aceleración de las reformas o buscando la revolución, como poderosos contendientes a los que ya no se podía excluir del sistema político. Algunas de las expresiones más radicales de aquellas protestas acabaron en duros escarmientos por parte de las Fuerzas Armadas. La Guardia Civil, como los acontecimientos demostraron una y otra vez durante esos años, no fue capaz de mantener el orden sin disparar. Enrabietados y faltos de disciplina, y ante la pasividad de algunas autoridades gubernativas, muchos miembros de esa institución se desahogaron durante los primeros días de 1932 con escarmientos mortales en varios pueblos de España, como Arnedo. De hecho, en agosto de ese año el director general de la misma, general José Sanjurjo, acaudilló la primera rebelión militar contra el régimen republicano, que fracasó porque todavía no contaba con apoyos importantes, más allá de algunos sectores militares, de la aristocracia y de la extrema derecha. En Huesca, la conflictividad social presidió los dos años y medio que duró el bienio reformista. A decir verdad, la paz y la armonía con las que arrancó el periodo republicano pronto se rompieron al reivindicar los sindicalistas, no ya el cambio de la estructura de la propiedad, que quedó para la utopía, sino bases dignas de trabajo. Los llamados sindicatos únicos (CNT) experimentaron un rápido crecimiento, aprovechando la libertad organizativa que les brindara la República, y fueron a la huelga para intentar mejorar las condiciones de trabajo. José María Azpíroz ha explicado cómo los conflictos más intensos y organizados fueron el de la construcción y el de los panaderos. Este último contó con la simpatía de la población y se prolongó durante más de dos meses, incluyendo acciones como el estallido de bombas en varias panaderías. Por el contrario, la huelga de la construcción fue corta pero muy organizada. Ante todo, reivindicaban el reconocimiento de la CNT como sindicato por parte de la patronal y la creación y el funcionamiento de delegados de tajo, con competencias tan importantes como el despido y el control de los nuevos contratos de trabajo. A diferencia de lo sucedido con los sindicatos únicos, de carácter anarquista, el sindicalismo de gestión ugetista apenas se desarrolló en la capital altoaragonesa. Solo la Asociación de Dependientes de Comercio mantuvo este tipo de sindicalismo, que dio a conocer abriendo una oficina informativa para los trabajadores en general. Su decisión fue la de no solidarizarse con las movilizaciones y convocatorias de huelga hechas por la CNT: mientras


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podían, abrían los establecimientos, contribuyendo en lo posible a normalizar situaciones frecuentemente muy tensas. No obstante, al margen de que por abajo la oposición de la CNT privó a la República de un apoyo social fundamental y de que contribuyó a extender la cultura del enfrentamiento, lo cierto es que el radicalismo anarquista no fue el único movimiento, ni el más potente, que obstaculizó su consolidación y la de su proyecto reformista. En realidad, quienes percibieron las reformas puestas en marcha por la coalición republicano-socialista como una amenaza se organizaron muy pronto para combatirla. Así, las viejas clases dirigentes, los propietarios y las gentes de orden, desplazados del poder por el régimen republicano, reaccionaron de forma enérgica y contundente frente a las reformas. En menos de dos años el catolicismo arraigó como movimiento político de masas, apoyado en cientos de miles de pequeños y medianos propietarios rurales, y lanzó una ofensiva desestabilizadora que no concluyó hasta conseguir su objetivo de echar abajo las reformas y extirpar la amenaza revolucionaria. Este proceso se precipitó en la capital del Alto Aragón en los primeros meses de 1933, durante los cuales la conflictividad fue latente, con incesantes estallidos de bombas y petardos en las centrales de suministro eléctrico, el edificio del Círculo Oscense o el domicilio de un periodista republicano que había denunciado en la prensa el boicot realizado por los anarquistas a un mitin ugetista que tuvo lugar en el teatro Principal. En medio de ese tenso ambiente los reducidos sectores oscenses que cuestionaban la legitimidad de la República comenzaron a actuar. Fue entonces cuando se constituyó la Asociación de Padres de Familia para enfrentarse al laicismo en la enseñanza, cuando el periódico La Tierra, hasta ese momento órgano de expresión de agricultores y ganaderos, pasó a estar controlado por la Agrupación de Derechas Altoaragonesas y dirigido por el abogado derechista José Martínez Ballesta, o cuando se creó Acción Agraria del Alto Aragón (en adelante, AAA), un partido político de carácter provincial formado por tradicionalistas, antiguos militantes de la Unión Patriótica, exconservadores y exliberales monárquicos, propagandistas católicos, etcétera,22 cuyas bases más fieles se encontraban entre los propietarios del predominante medio rural y que hizo de la defensa de sus intereses y de los valores católicos los puntos fundamentales de su programa. 22 Entre ellos cabe destacar a personas como Pedro Sopena Claver, José María Lacasa Coarasa, Luis Rovira Torres, Francisco Francoy Palacín, Ángel Baratech, Agustín Soler, Bernardo Arizón, Vicente Campo Palacio, Francisco Oliván, Mateo Estaún Llanas, Daniel Ferrando Gosá, Antonio Vilas, Vicente Susín Gabarre, Emilio Miravé Acebillo o José Blasco Avellanas.


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AAA se adhirió de inmediato a la recientemente creada Confederación Española de Derechas Autónomas (en adelante, CEDA). Esta agrupación, que actuó como movimiento político de masas a partir de febrero de 1933, generó importantes tensiones entre un parlamento dominado por las izquierdas y amplios sectores de la sociedad, incluidos los sindicatos de la CNT, que se enfrentaban a su obra legisladora. Así las cosas, a lo largo de los primeros meses de 1933 hubo claros signos de que la coalición gobernante iba perdiendo apoyos. Se estaba discutiendo entonces la Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas, que originó una fuerte movilización católica y que el presidente de la República, el católico Alcalá Zamora, tardó en firmar, dejando claras muestras de malestar con el Gobierno. El Gobierno republicano-socialista era cada vez más inestable, lo que provocó que Alcalá Zamora acabase teniendo un papel destacado en la solución de todas las crisis políticas. En este contexto el presidente de la República decidió retirar su confianza a Manuel Azaña como presidente del Gobierno, lo que equivalía a su destitución. A continuación, Alejandro Lerroux primero y Diego Martínez Barrio después, ambos del Partido Radical, fueron encargados de formar un Gobierno en el que ya no estarían los socialistas y cuya constitución fue imposible. En estas circunstancias, el Gobierno liderado por los radicales organizó las elecciones generales, que fueron convocadas para el 19 de noviembre. La gran novedad sería el voto de las mujeres. Las segundas elecciones de la República dieron como resultado un sonado triunfo del Partido Radical y de la CEDA frente a los socialistas, que acudieron en solitario, y los republicanos, que lo hicieron desunidos. Los radicales habían desplazado también sus posiciones hacia la derecha, mientras que la propaganda anarquista a favor de la abstención y el enfrentamiento entre los dos sindicalismos obreros, los de la CNT y la UGT, restaron votos a los candidatos republicanos y socialistas. Además, los proyectos reformistas del Gobierno de coalición de republicanos y socialistas, la puesta en marcha de medidas secularizadoras y de control de la Iglesia, la concesión del Estatuto de Autonomía para Cataluña y, en general, la obra legisladora de las Cortes Constituyentes habían estimulado la aparición de fuertes reacciones y tensiones en la sociedad española. Ahora, sin los socialistas ni los republicanos de izquierda, se abría un nuevo escenario político: por un lado, los radicales de Lerroux prometían revisar los aspectos más «socializantes» de la política del primer bienio; por otro, Gil-Robles y la CEDA, que en aquellas elecciones había alcanzado el


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voto interclasista y se había convertido en un partido de masas gracias a la progresiva sustitución entre los católicos de su visión corporativista tradicional por una mentalidad fascista, más moderna y agresiva, querían una «rectificación total». Tras el triunfo de la CEDA y el Partido Radical, Alcalá Zamora pidió a Alejandro Lerroux que formara un Gobierno «puramente republicano», de centro, en el que no estarían ni los republicanos de izquierda ni la CEDA, que no había hecho una declaración pública de adhesión a la República. El viejo dirigente del Partido Radical pensó que una alianza parlamentaria con la CEDA aseguraría la mayoría, y con ello la gobernabilidad, y permitiría incorporar a esa derecha accidentalista a la República, dejando fuera a la extrema derecha monárquica. Sin embargo, mientras Lerroux quería una rectificación de la política del primer bienio sin necesidad de anular algunas de sus reformas, la derecha no republicana, de la que dependía para gobernar, le presionó desde el principio para que la revisión fuera a fondo y afectara a los puntos esenciales de las reformas emprendidas por la coalición de republicanos y socialistas en los dos años anteriores. De hecho, en última instancia la estrategia de la CEDA pasaba por llegar al Gobierno, presidirlo y revisar la Constitución. A pesar de que en los sucesivos gobiernos de Lerroux hubo cada vez más carteras en manos de los cedistas, a nivel local la táctica seguida por AAA durante estos largos años fue, de una parte, atacar a los republicanos de izquierda, cada vez mejor organizados, y de otra ir socavando a los radicales, así como exigir la mayoría en las instituciones, pues esa había sido, según decían, la voluntad popular en la última confrontación electoral. Uno de los lugares donde mejor se reflejó esa continuada dialéctica de confrontación de la derecha altoaragonesa fue el diario La Tierra, desde cuyas páginas se negó sistemáticamente cualquier logro o ventaja que se consiguiera para Huesca si no eran los diputados agrocedistas quienes lo obtenían. Estos ataques indiscriminados hacia todo tipo de instituciones se produjeron de forma regular por lo menos hasta octubre de 1934, momento en que los miembros de AAA comenzaron a tener representatividad en los ayuntamientos y en la Diputación Provincial. La gestión que desarrollaron las instituciones locales durante los años de Gobierno radical-cedista se basó en encarpetar los expedientes a funcionarios públicos antirrepublicanos, elegir a dedo al personal interino para ocupar vacantes y puestos de nueva creación en el Ayuntamiento y en la Diputación, y acabar con los gestos y las actitudes anticlericales, de manera que,


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por ejemplo, los capellanes de las residencias y los religiosos del Hospital Provincial fueron repuestos en sus cargos. Una dinámica no muy diferente se siguió a nivel nacional; así, una de las primeras medidas adoptadas por el nuevo Gobierno fue la paralización de la ley más anticlerical aprobada por el anterior ejecutivo, la de Confesiones y Congregaciones Religiosas. Este clima pronto provocó la movilización de muchos sectores de la izquierda que comenzaron a tratar de articular diferentes respuestas que les permitieran hacer frente a las políticas de rectificación de la obra del anterior Gobierno republicano-socialista. De hecho, ya en los mítines que los anarcosindicalistas dieron en las tres capitales aragonesas entre septiembre y octubre de 1933 invitaban a la abstención y a la insurrección como solución a los males de la política. No obstante, el levantamiento acabó produciéndose a los pocos días de haber obtenido el triunfo electoral las fuerzas conservadoras, de manera que entre el 8 y el 13 de diciembre se sucedieron a lo largo de toda la geografía española diversos actos revolucionarios con diferente intensidad. En la capital oscense los acontecimientos tuvieron menor magnitud debido a las medidas precautorias que se adoptaron. Se declaró el estado de prevención el 2 de diciembre, se prohibió la edición de la prensa local durante los días clave de las revueltas y se realizaron numerosas detenciones de anarcosindicalistas destacados. A pesar de todo, hubo numerosos intentos de sabotaje, entre los cuales el profesor Azpíroz destaca dos: el primero se produjo en la mañana del día 9, en que varias personas fueron descubiertas en los alrededores de Cillas intentando destruir la red de suministro eléctrico; el segundo habría tenido lugar de no haber sido detenidos sus organizadores el domingo día 10 por la tarde y hubiese sido el más espectacular, pues la idea era incendiar el Mercado y aprovechar la concentración de fuerzas de seguridad en la zona para asaltar la Prisión Provincial. Con todo, ahí no terminaron los intentos revolucionarios de la izquierda. Tras la fallida tentativa anarquista de 1933, en 1934 les llegó el turno a los socialistas. La revolución, tal y como la había planeado el Comité Revolucionario socialista, debería empezar con una huelga general en las principales ciudades y centros industriales que, posteriormente, fuese secundada por sectores afines de las Fuerzas Armadas. El primer requisito se cumplió y hubo huelgas de importancia en Madrid, Sevilla, Córdoba, Valencia, Barcelona y Zaragoza, con conatos de levantamiento armado en algunas localidades de esta última provincia. Sin embargo, en ningún sitio los soldados salieron de los cuarteles para prestar apoyo a la revolución y el levantamiento armado


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quedó reducido a Asturias y a la rebelión que, paralelamente, organizó el Gobierno de la Generalitat contra el poder central. La asonada del Gobierno catalán, al igual que la mayor parte de las huelgas e intentos de levantamiento que habían secundado la orden del Comité Revolucionario, fueron aplastadas sin demasiadas dificultades por el Ejército. En Asturias, al contrario, las cosas fueron muy diferentes. Allí se desató una inusitada violencia revolucionaria que, tras algunos días, fue reprimida con una brutalidad incluso desconocida en España. El fracaso de esa insurrección, aunque mejor organizada y con más apoyos y armas que las anarquistas de 1932 y 1933, no resulta difícil de explicar. El profesor Casanova ha manifestado cómo frente a un Estado que mantiene intactas y unidas sus Fuerzas Armadas, una estrategia insurreccional basada en apoyos dispersos nunca puede hacer estallar un disturbio general y acaba siendo fácilmente reprimida. Eso fue precisamente lo que ocurrió en Asturias en 1934. Allí las fuerzas de orden público y del Ejército se mantuvieron fieles al Gobierno, sin posibilidad alguna de que se pusieran al lado de los revolucionarios o de que se negaran a reprimirlos. Frente a esa unidad, los grupos de jóvenes en cuyas manos quedó la preparación militar de la insurrección pudieron alzar barricadas en algunos barrios de las ciudades o luchar con más armas en las zonas mineras, pero jamás pensar en la victoria. Las revoluciones, para ser armadas, tienen que contar con una parte del Ejército. Y para abrir un proceso revolucionario se necesita, como el golpe militar de julio de 1936 demostró, el colapso y la división de los mecanismos de coerción y defensa del Estado. Y nada de eso ocurrió en octubre de 1934. No obstante, aunque con esa insurrección los socialistas demostraron un idéntico repudio de la democracia parlamentaria al que habían practicado los anarquistas en años anteriores, plantear que con la misma se rompió cualquier posibilidad de convivencia constitucional en España es situar una insurrección obrera derrotada y reprimida por el orden republicano en el mismo plano que una sublevación militar ejecutada por las fuerzas armadas del Estado. La República siempre reprimió las sublevaciones e impuso el orden legítimo frente a ellas. Anarquistas y socialistas abandonaron después de octubre de 1934 la vía insurreccional y las posibilidades de volver a intentarlo en 1936 eran prácticamente nulas, con sus organizaciones escindidas y muy debilitadas. A la derecha no republicana, sin embargo, octubre de 1934 le enseñó el camino: siempre le quedaría el Ejército. A partir de ese momento la izquierda intentó restablecer la actividad política democrática, vencer en las urnas y superar los desastres insurreccionales.


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La CEDA se creció, defendió la represión hasta las últimas consecuencias y echó por la borda cualquier posibilidad de estabilizar la República con su socio de coalición, el Partido Radical. Las posibles soluciones de centro que Lerroux y los suyos proponían acabaron bloqueadas por la estrategia de conquista del poder de la CEDA y por los escándalos que, apenas un año después de octubre, los sacudieron de lleno hasta eliminarlos del escenario político. Finalmente, el líder de los radicales accedió a formar un Gobierno con los cedistas; ahora, pues, con mayoría de la derecha no republicana, lo que sucedía por primera vez durante la República. Comenzó entonces de verdad la «rectificación» de la República. Cientos de jurados mixtos fueron inutilizados o suprimidos, con una modificación legal absoluta de las reformas laborales aprobadas en los dos primeros años por Largo Caballero. Miles de trabajadores fueron despedidos por pertenecer a CNT o a UGT o con el pretexto de que habían participado en la insurrección de octubre. Los patronos, que habían confiado al principio en que los radicales representaran sus intereses y liquidaran de un plumazo las reformas socialistas, pasaron a la acción y recuperaron las posiciones perdidas con la llegada de la República. Todo fue más fácil además, porque desde octubre de 1934 más del 20% de los ayuntamientos españoles habían sido sustituidos por comisiones gestoras del Partido Radical y de la CEDA por decisión gubernativa, con el objetivo de restar autonomía a las entidades locales, evitar la celebración de elecciones democráticas y dar entrada en los concejos a representantes del viejo sistema caciquil. Una de las corporaciones municipales que fue sustituida desde Madrid fue la de la capital altoaragonesa. En Huesca, aunque los sucesos de octubre de 1934 tuvieron escasa entidad, fueron suspendidos, sin que nadie pudiese manifestarse en contra por el establecimiento de la censura previa de prensa, tanto el alcalde, Manuel Sender, como nueve concejales (Coll, Abad, Carderera, Santamaría, Arenas, Asún, Bescós, Bonet y Galindo), por entender el gobernador civil que hubo tibieza o falta de cooperación en el ejercicio de sus cargos. La composición del nuevo Ayuntamiento y de la Diputación se hizo por orden gubernativa, otorgando mayoría absoluta al Partido Radical y, por primera vez, representación local a los miembros de AAA. Ese mismo año, dejando al margen lo sucedido a nivel institucional, tuvieron lugar en Huesca dos acontecimientos políticos de importancia. Por un lado, se produjo la aparición en la ciudad de Falange Española, cuyas actuaciones contra partidos e instituciones republicanas no se hicieron esperar. Por otro, al calor de la crisis general abierta en el Partido Republicano


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Radical por la escisión de Diego Martínez Barrio, el único diputado radical oscense en las Cortes españolas, Joaquín Mallo, abandonó la formación. Paralelamente se constituyó Izquierda Republicana, con Sixto Coll como presidente y Manuel Sender, Beltrán Rodríguez y Jesús Gascón de Gotor en la Junta Directiva. La situación de la organización encabezada por Alejandro Lerroux fue empeorando durante todo el año 1935 hasta que, a finales del mismo, terminó estallando debido a un escándalo de corrupción. Muchos de sus miembros habían aceptado sobornos para conceder los permisos necesarios a un juego de ruleta que quería ser introducido en España por algunos empresarios. Ante ello se abrió una investigación judicial que todavía se complicó más cuando salió a luz un nuevo escándalo relacionado con los radicales, esta vez por irregularidades en el pago indebido con fondos públicos a un empresario. Finalmente, el Gobierno radical presentó su dimisión el 9 de diciembre: era la oportunidad para José María Gil-Robles de llegar al Gobierno y revisar la Constitución. Sin embargo, el presidente de la República bloqueó su acceso a la Presidencia del Gobierno por entender que nunca había dado muestras explícitas de su adhesión al régimen. Con el Partido Radical desacreditado por los escándalos y la CEDA vetada por el presidente de la República, se formó un Gobierno de independientes y liberal-demócratas que comprobó en tres semanas la imposibilidad de gobernar sin el apoyo de los dos partidos importantes. En esa situación Alcalá Zamora decidió disolver las Cortes y convocar elecciones para febrero de 1936. La victoria de la coalición del Frente Popular en esos comicios fue recibida con júbilo en muchas ciudades y permitió a Manuel Azaña y a los republicanos de izquierda volver al Gobierno en lo que parecía el segundo acto de una obra iniciada en abril de 1931 e interrumpida en el verano de 1933: había cosas urgentes que hacer y muchas promesas que cumplir. En Huesca la campaña electoral previa a las votaciones del 16 de febrero fue, como en el resto de España, de confrontación entre una derecha «que hacía diariamente artes malabares para aceptar el régimen republicano» y el Frente Popular, que agrupaba a las diversas tendencias republicanas reformistas y a los socialistas. Por su parte, tras lo acontecido en 1935 el Partido Radical presentó un único candidato, confirmando que se había transformado en una organización meramente testimonial. Finalmente, el Frente Popular fue esta vez el gran triunfador en la provincia, si bien en la capital los candidatos conservadores obtuvieron más votos que los candidatos frentepopulistas.


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A pesar de todo, tras las elecciones los concejales electos el 12 de abril de 1931 fueron repuestos en sus cargos, al igual que el propio alcalde, Manuel Sender, quien ocupó la Presidencia del Ayuntamiento hasta abril, cuando le sucedió Mariano Carderera Riva. Durante los meses en que duró su mandato la actuación del Concejo se caracterizó por la ponderación y los intentos de evitar a toda costa la confrontación y la ruptura. En última instancia, se pretendía aportar algo más de moralidad a la gestión y republicanizar la institución sin vulnerar las leyes existentes y menos aún subvertir el orden ni la propiedad. La misma actitud reformista presidió la actividad de las instituciones de carácter provincial, como la Diputación o el Gobierno Civil, e incluso de la CNT. El mayor ejemplo de ese clima social fue posiblemente la firma del acuerdo por el cual se creó una Comisión, presidida por el gobernador civil y compuesta por varios concejales, patronos, representación de las Cámaras y delegados de la CNT, cuyo objetivo era solucionar pacíficamente los problemas laborales e intentar poner en marcha diferentes iniciativas que permitieran la creación de empleo, tales como la obtención de créditos a bajo precio por parte de la banca. En ese contexto la conflictividad social fue menor que en cualquier momento anterior, y las convocatorias de huelga, escasas. En aquellos meses los ataques y descalificaciones a instituciones y personas procedieron tanto del diario La Tierra y su discurso catastrofista como de los falangistas e integristas locales que con excesiva frecuencia comenzaron a adueñarse de la calle. Aunque las huelgas y otros conflictos sociales no se agudizaron especialmente tras febrero de 1936, ni se dieron prácticamente hechos violentos, la gente de orden se sintió amenazada por el avance de la izquierda en el Parlamento y en los poderes locales y por el nuevo empuje de las organizaciones sindicales. Así, la derecha «accidentalista», que al calor de la crisis económica fue nutriéndose desde 1933 de clases medias que habían experimentado un giro desde posiciones centristas hacia posiciones conservadoras, entendió que la derrota electoral de 1936 hacía inviable la revisión de la República sobre bases corporativas a través de la conquista del poder por medios parlamentarios. Para todos ellos el mensaje ahora ya era inequívoco: había que abandonar las urnas y tomar las armas. Sin embargo, la ofensiva de la ultraderecha y de las masas católicas de la CEDA no habría logrado echar abajo la República y extirpar la amenaza socialista y libertaria de no haber contado con las armas de un sector importante del Ejército. Fueron concretamente algunos militares de extrema


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derecha y la Unión Militar Española, una organización semisecreta y antiizquierdista que incluía a unos cuantos centenares de jefes y oficiales, quienes se encargaron de organizar la conspiración. En aquel clima el asesinato de José Calvo Sotelo actuó como la espita que convenció a los golpistas de la necesidad urgente de intervenir y permitió sumar al golpe a muchos indecisos, que esperaban a que las cosas estuvieran muy claras para dar el sí y comprometer con más garantías sus sueldos y sus vidas. La República, en definitiva, había encontrado dificultades para consolidarse y tuvo que enfrentarse a fuertes desafíos desde arriba y desde abajo. Fueron dos años de relativa estabilidad, un segundo bienio de inestabilidad política y unos meses finales de acoso y derribo. Los primeros desafíos fuertes, y los que más se vieron porque solían acabar en enfrentamientos con las fuerzas de orden público, llegaron desde abajo, en forma de protestas sociales, y después insurrecciones, de anarquistas y socialistas. El golpe de muerte, el que derribó la República por las armas, nació sin embargo desde arriba y desde dentro, en el mismo seno de sus fuerzas armadas y entre los poderosos grupos de orden que nunca la toleraron. El 16 de julio de 1936, dos días antes de que eso sucediese, el Pleno de la Diputación Provincial de Huesca, reunido en sesión ordinaria, recibió las calificaciones con las que Manuel Artero había finalizado sus estudios de Medicina, enviadas por el decano de la Facultad, y acordó considerarlas como «brillantes».23 Ese mismo día su hermano Félix, que por aquel entonces trabajaba ya como maestro de primera enseñanza en la Escuela Graduada de Huesca y era secretario de la sección provincial de la Federación Estatal de Trabajadores de la Enseñanza (en adelante, FETE) de la UGT, partió hacia el valle de Ordesa con una excursión escolar.24 Mientras tanto, el padre de ambos disfrutaba de la condición de jubilado que «por imperio de la edad» había estrenado a principios de septiembre, tras el consiguiente homenaje rendido por todos los miembros de la Diputación en el restaurante Flor.25 Ninguno de los tres sospechaba que en un par de días aquella normalidad familiar, y sus propias vidas, cambiarían para siempre. El 17 de julio de 1936, un sector del Ejército acantonado en el protectorado español de Marruecos se sublevó contra el Gobierno de la República. 23 ADPH, sign. 52/37. 24 Toda la información citada aquí sobre Félix Artero la obtengo del expediente personal del Servicio de Investigación y Vigilancia de la Jefatura Nacional de Seguridad, que se encuentra custodiado en el AGA, (8)007.002, 44-9856, exp. 97 352. 25 La información sobre la jubilación de Manuel Artero, el homenaje de despedida y el entrecomillado, en El Diario de Huesca del 2 de enero de 1936, p. 2.


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Al día siguiente la rebelión prendió en diversas ciudades de la Península. Se trataba de un golpe de Estado militar de amplio alcance que, a diferencia de lo sucedido en 1932, contaba con un extenso apoyo político y civil. El plan de los generales al frente de la trama era sencillo: utilizar toda la violencia necesaria para lograr un triunfo rápido. Donde las fuerzas de seguridad leales a la República y los militantes de las organizaciones políticas y sindicales no se aliaron, o donde la Guardia Civil y la de Asalto secundaron las acciones de los sublevados, la lucha fue tan desigual que se inclinó muy pronto del lado rebelde. Sin embargo, en las grandes ciudades del país sucedió todo lo contrario, por lo que en ellas la revuelta pudo ser aplastada. Así, pues, las cosas no salieron como los cabecillas del golpe de Estado habían planeado y lo que resultó de esa sublevación no fue un triunfo rápido sino una larga guerra civil de casi tres años. En cuestión de días España quedó dividida en dos partes que se enfrentaron en una sangrienta guerra. Tal y como ha escrito Julián Casanova, en ella «cristalizaron batallas universales entre propietarios y trabajadores, Iglesia y Estado, entre oscurantismo y modernización, dirimidas en un marco internacional desequilibrado por la crisis de las democracias y la irrupción del comunismo y del fascismo». José María Azpíroz ha descrito con todo detalle el ambiente de conspiración existente en Huesca desde marzo de 1936 como consecuencia de los sospechosos movimientos producidos en el seno del Regimiento de Infantería Valladolid 20, una guarnición a la que habían sido enviados diferentes militares fichados por el régimen republicano, que no solo provocaron inquietud entre la población de la capital sino también en el gobernador civil, quien de hecho ordenó que se vigilaran tanto las inmediaciones del acuartelamiento como los domicilios de muchos de los militares destinados en él. Durante la mañana del sábado 18 de julio las noticias sobre el triunfo del golpe de Estado en las guarniciones del protectorado de Marruecos y su extensión a otras de la Península comenzaron a llegar a las organizaciones políticas provinciales del Frente Popular y a las diferentes sedes de la UGT y la CNT gracias a la prensa y la radio. De inmediato, el Comité Regional de la CNT se dirigió a todos los comités comarcales y sindicatos convocando la huelga general y cientos de personas de las localidades próximas se desplazaron a la capital con los medios de transporte que pudieron conseguir. Intranquilos ante el continuo rumor de que los militares iban a salir a la calle en cualquier momento, los desarmados manifestantes estuvieron entrando y saliendo de la ciudad reiteradamente a lo largo de todo el día. En este sentido, debido al miedo que provocaba la posibilidad de armar a las


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organizaciones antifascistas y a la equivocada idea de que el golpe de Estado sería fácilmente reprimido, el Gobierno central dio orden a los diversos gobiernos civiles de que evitasen a toda costa armar al pueblo. En Huesca, y en la mayor parte de los pueblos de la provincia, esta disposición se cumplió estrictamente, por lo que a la población solo le quedó el recurso a la huelga general. Durante la noche del 18 al 19 de julio el gobernador civil realizó continuos llamamientos al gobernador militar de la provincia, general Gregorio de Benito, para que respetara la legalidad vigente. No obstante, este, que se había reunido el 7 de julio en el Casino con el jefe de la Quinta División Orgánica, Miguel Cabanellas, para preparar la sublevación en la provincia, hizo caso omiso de los mismos. A las siete de la mañana el coronel Carmelo García Conde dio la orden de salir a la calle y proclamar el estado de guerra a los 200 hombres que por aquel entonces componían la guarnición del Valladolid 20. A partir de ese momento el Ejército ocupó la ciudad sin encontrar mayor resistencia que la de los huelguistas desarmados, de manera que una hora después el capitán Nicolás Adrados pudo tomar sin dificultad alguna, acompañado de un grupo de falangistas y de soldados, el Gobierno Civil. El triunfo de los rebeldes tanto en Huesca como en Jaca permitió la rápida ocupación del territorio comprendido entre ambas comandancias militares, es decir, toda la parte occidental de la provincia. En cambio, la resistencia de las organizaciones antifascistas de Barbastro, que rodearon rápidamente los cuarteles del Batallón de Montaña y que contaban con sólidos apoyos en el interior del mismo, así como la rápida llegada desde Cataluña de las columnas Ascaso, Carlos Marx y Lenin, obligaron a la desafección del coronel Villalba, que no pudo sumarse a los golpistas, contra lo que se había acordado en la citada reunión del 7 de julio en Huesca. De este modo, los términos judiciales de Barbastro, Tamarite, Fraga, Boltaña, Sariñena y Benabarre quedaron en poder de la República. El 18 de julio de 1936 Félix Artero había viajado de excursión a Ordesa, como ya sabemos, por lo que cuando la sublevación militar le sorprendió se encontraba en territorio bajo control de la República. Dada su militancia en la FETE, pronto se encuadró en el batallón de esa organización, que participaría de forma muy importante en el frente de Serrablo. A decir verdad, durante los casi tres años que duró la Guerra Civil el territorio que permaneció fiel a la República pasó por tres etapas diferentes, con un presidente distinto en cada una de ellas. La primera, con José Giral al frente, estuvo marcada por la resistencia al golpe, la formación de milicias, la revolución y la eliminación de símbolos


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de poder y de personas de orden. En esas primeras semanas de guerra las milicias, que vieron frenada su ofensiva sobre la capital altoaragonesa a las puertas de la misma, ocuparon un extenso territorio y difundieron los principios de igualdad social en unas comarcas rurales de las que desconocían casi todo en relación con sus gentes, su modo de vida y sus costumbres. Los efectos de esa invasión de milicias fueron inmediatos. Bajo su amparo, surgieron en todos los pueblos comités antifascistas —también denominados de defensa o revolucionarios—, creados para suplir el vacío de poder, que en muchos casos iniciaron inmediatamente la revolución expropiadora y colectivista y en otros pretendieron únicamente mantener el orden. Sin embargo, la acción combinada de las milicias y los comités desencadenó un terrible ajuste de cuentas con los grandes propietarios y caciques, los derechistas y, en general, con quienes habían apoyado la sublevación. De ese modo, comerciantes, pequeños industriales, propietarios rurales acomodados, militantes de las organizaciones políticas más conservadoras —AAA— o declaradamente fascistas —Falange Española—, y especialmente los miembros del clero y los símbolos religiosos, constituyeron el objetivo primordial de aquella hostilidad. Esta situación no se dio únicamente en Huesca sino que formó parte del paisaje cotidiano de todos aquellos lugares donde fracasó el golpe de Estado. A decir verdad, durante el verano de 1936 la España republicana se convirtió en un hervidero de poderes armados y fragmentados de difícil control. En aquel contexto José Giral se dio cuenta rápidamente de que su Gobierno no representaba a los integrantes de esa nueva movilización política y social, ni a los múltiples poderes revolucionarios y sindicales que emergieron de ella y que, en muchos casos, eran los únicos que mandaban en tan caótico escenario. Por eso, con los militares rebeldes avanzando peligrosamente hacia Madrid, el presidente del Gobierno pensó que le faltaban autoridad y apoyo, y decidió presentar la dimisión, junto con todos sus ministros, para que pudiera constituirse otro Gobierno que representara a todos los partidos y organizaciones sindicales y obreras. Así, el 4 de septiembre de 1936 el histórico dirigente de la UGT Largo Caballero aceptó formar un Gobierno de coalición, con mayoría socialista, en el que había también cinco republicanos, dos comunistas y un nacionalista vasco. Fue, en realidad, el primer y único Gobierno de la historia de España presidido por un dirigente obrero y la primera vez que se nombraron ministros comunistas en un país de Europa occidental. Dos meses después, el 4 de noviembre, la CNT también decidió entrar en el Gobierno de la República, con cuatro representantes.


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Desde septiembre de 1936 hasta mayo de 1937, con la colaboración de todas las fuerzas políticas y sindicales que luchaban en el bando republicano, Largo Caballero presidió la reconstrucción del Estado, la militarización de las milicias, el control y el enfriamiento de la revolución y la centralización del poder. No obstante, todo ello se abordó en medio de fuertes disputas entre algunos de los sectores políticos que configuraban la coalición de gobierno, unas divisiones que acabaron convenciendo a Manuel Azaña de la necesidad de nombrar un nuevo Gobierno. A principios de 1937 Juan Negrín fue nombrado presidente del mismo, con la tarea de acabar con la indisciplina y el desorden en la retaguardia republicana. En este sentido, tres fueron las principales medidas que adoptó el médico canario, comenzando por la de asumir las competencias de orden público que tenía hasta ese momento la Generalitat, con el objetivo de restablecer la autoridad del poder de la República en Cataluña. Asimismo, disolvió el Consejo de Aragón, órgano de poder que controlaba todas las colectividades que se habían ido estableciendo desde el comienzo de la guerra en Aragón y Cataluña, y suprimió y reemplazó los consejos municipales de las mismas por comisiones gestoras designadas por orden gubernativa, las cuales, a su vez, y con la ayuda de las fuerzas de seguridad y de la 11.ª División del Ejército, destruyeron las colectividades, se incautaron de todos sus bienes y devolvieron las tierras a sus propietarios. Finalmente, se propuso conseguir un cambio radical en la política de no intervención y obtener de esa forma el apoyo de las potencias democráticas occidentales. Las esperanzas de alcanzar esa última meta se truncaron definitivamente cuando, a finales de septiembre de 1938, Gran Bretaña y Francia firmaron con Alemania el Tratado de Múnich. Dos meses después, en noviembre, el Ejército republicano era derrotado en la batalla del Ebro, con el consiguiente retroceso de las posiciones republicanas y la pérdida de miles de hombres y de armamento, lo que impidió detener la ofensiva franquista sobre Cataluña que se había iniciado inmediatamente después de la citada derrota. A partir de entonces el descalabro de la República fue un hecho al que solo le faltaba la fecha de consumación. Por ello, conforme el Ejército rebelde fue avanzando hacia Barcelona, miles de personas iniciaron su huida a Francia, una de ellas Félix Artero, quien ya no podría volver a España hasta los años sesenta. Para su hermano Manuel, la historia fue muy distinta. El mayor de los Artero acababa de terminar la carrera de Medicina y se encontraba en la capital oscense el 18 de julio de 1936. Por ello, en cuanto los rebeldes se


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hicieron con el control de la ciudad, en la mañana del día siguiente, fue de inmediato movilizado y, por su condición de licenciado en Medicina, asimilado a teniente de Sanidad Militar junto al prestigioso doctor oscense Franco García Bragado, quien fue nombrado capitán. Muy pronto el joven e inexperto médico oscense tuvo que poner en práctica los conocimientos que había ido adquiriendo a lo largo de los seis años anteriores en las aulas del Paraninfo de la Universidad de Zaragoza. Dos días después de ser tomada por los militares, la aviación republicana bombardeó por primera vez la ciudad de Huesca, que desde entonces se convirtió en uno de los objetivos prioritarios del Ejército republicano en el frente de Aragón y soportó el asedio más prolongado de las capitales españolas durante el conflicto. A lo largo de veinte meses tanto las instalaciones militares como los edificios públicos y privados de la capital fueron cañoneados por la aviación y por los morteros de las baterías, estratégicamente situadas. De ese modo, rodeada por más de noventa kilómetros de trincheras, Huesca se convirtió en una ciudad madriguera cuyas entrañas estaban preñadas de refugios antiaéreos. A decir verdad, además de convivir con el temor a ser bombardeados en cualquier momento, un frío que no podían combatir por la escasez de carbón y una terrible hambruna que se apoderó de la ciudad como consecuencia de la decisión de los comerciantes de subir el precio de los alimentos, muchos oscenses vivieron, desde la noche del 18 de julio de 1936, aterrorizados ante la posibilidad de ser engullidos por la ola exterminadora que se había desatado en la España rebelde. Desde el primer minuto del golpe militar, la destrucción del adversario pasó a ser la prioridad absoluta. De hecho, la violencia premeditada antes del golpe, durante la conspiración, se quedó pequeña en julio de 1936. Como ha señalado Julián Casanova, «nadie conocía mejor que ellos [los militares] lo útil que podía ser el miedo para paralizar las posibles resistencias y eliminar a sus oponentes», de modo que con la declaración del estado de guerra los sublevados consideraron «rebeldes» a los que defendían la República y empezaron a sembrar el terror, intimidando, matando y aplastando las resistencias. Dieron así comienzo los encarcelamientos en masa, la represión selectiva, las torturas sistemáticas y todo lo que el citado historiador ha denominado el terror caliente, es decir, ese que dejaba a los ciudadanos «allí donde caían abatidos, en las cunetas de las carreteras, en las tapias de los cementerios, en los ríos, en pozos y minas abandonados». Alcaldes, gobernadores civiles,


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concejales, dirigentes sindicales y de las organizaciones políticas del Frente Popular, intelectuales, maestros y miles de mujeres que se habían caracterizado durante la República por querer ir más allá en sus derechos fueron los primeros en sufrir ese terror de los «paseos» y cayeron a miles. Militares, falangistas, patronos y gente de orden ajustaron cuentas con todos ellos, saldaron viejos litigios, cansados como estaban de reivindicaciones obreras, de sus amenazas revolucionarias, de sus aspiraciones sociales y de su reforma agraria. Fue sin duda una represión de clase, de arriba abajo, acompañada y reforzada por la persecución política, aunque las rencillas personales y familiares, o las divisiones religiosas, nacionalistas y lingüísticas, obliguen a desechar las imágenes más convencionales que sobre los conflictos entre clases ha propagado la literatura militante, tema este sobre el que ha insistido la reciente historiografía. Esa extrema violencia exterminadora afectó también a miles de ciudadanos que nunca habían destacado por sus intervenciones públicas, o eso pensaban ellos. Porque, al amparo de ese nuevo orden sin ley, a menudo bastaba para actuar con que algún vecino declarara que una persona, o sus familiares cercanos, no iba nunca a misa, visitaba la casa del pueblo o algún ateneo libertario, había celebrado los triunfos republicanos en las elecciones o era, simplemente, elemento «significado y contrario al Movimiento Nacional». En ese contexto muchos se vieron obligados a «limpiar» su pasado o el de sus familiares afiliándose a la Falange o a Acción Ciudadana, alistándose en el frente si la edad se lo permitía e incluso desembolsando su dinero en las suscripciones patrióticas de todo tipo impulsadas por las autoridades franquistas. Estas circunstancias son quizás las que explican más cabalmente por qué entre 1937 y 1938 el nombre de Manuel Artero Bernad apareció constantemente en las listas de contribuyentes oscenses a las diferentes suscripciones patrióticas realizadas en Huesca, con el fin de sufragar los comedores de asistencia social o enviar aguinaldos de Navidad a los combatientes nacionales en el frente, que fueron publicadas en las páginas del diario local Nueva España.26 Falangistas, requetés, milicias ciudadanas y voluntarios constituyeron las manifestaciones más visibles de la movilización derechista que había propiciado la sublevación militar. Todos esos sectores reaccionarios acompañaron 26 Diario Nueva España de los días 6 de junio de 1937, p. 6; 22 de agosto de 1937, p. 4; 23 de diciembre de 1937, p. 4; 20 de febrero de 1938, p. 4; 10 de abril de 1938, p. 4, y 15 de mayo de 1938, p. 4.


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al Ejército rebelde en la ejecución del terror. Así, aunque dejó en muchas ocasiones el trabajo de limpieza a esos grupos paramilitares, aquel ejército fue el máximo responsable de la violencia, al declarar el estado de guerra, asumir todas las atribuciones en materia de orden público y someter la justicia ordinaria a la militar. Durante esos primeros meses, sus jefes y oficiales nunca pusieron freno a una represión que siempre controlaron pese a la apariencia de «descontrol» que rodeó muchas «sacas» y «paseos». En esa operación de exterminio, los sublevados contaron además desde el principio con la inestimable bendición de la Iglesia católica. En ese ambiente las detenciones domiciliarias pasaron a formar parte de la rutina cotidiana de los habitantes de la capital altoaragonesa. En ellas, junto a la Policía y las fuerzas de seguridad, intervinieron grupos de falangistas oscenses que llegaron a actuar con plena autonomía. El número de detenciones fue tan elevado que, según cuenta José María Azpíroz, la Prisión Provincial se quedó pequeña desde el mismo 19 de julio y hubo que habilitar edificios destinados tradicionalmente a otros usos para la reclusión de los reos, la mayoría de los cuales no vieron la calle nunca más porque fueron fusilados a los pocos días. De este modo, se utilizaron como centros de detención el cuartel de la Estación, donde tenía su acuartelamiento el Regimiento Valladolid 20; el viejo Instituto de Bachillerato; el cuartel de San Juan, que desde hacía años se hallaba inhabilitado, e incluso la plaza de toros. En la España controlada por los militares sublevados el castigo y la eliminación física del oponente fueron acompañados de la destrucción de todos los símbolos y políticas de la República, de la búsqueda de una victoria rotunda e incondicional sin posibilidad de mediación alguna y, finalmente, de la construcción de un nuevo Estado. En este sentido, dos fueron los objetivos principales de Franco y sus aliados: por un lado, unificar todas las organizaciones que apoyaban a los sublevados en un partido único que permitiera al militar gallego concentrar todavía más el poder en su persona; por otro, crear un mando militar único y un aparato político centralizado. En ambos aspectos fue vital la llegada de Ramón Serrano Suñer a Salamanca y su inmediata incorporación al equipo de Franco. El Cuñadísimo, como era conocido en toda España por su matrimonio con la hermana de la mujer de Franco, le explicó a este, como contó hace ya algunos años Paul Preston, que lo que él dirigía era un «Estado campamental», poco eficaz y de mentalidad cuartelera, que tenía que ser sustituido por una maquinaria política permanente, un nuevo Estado similar al de los fascismos. El plan de Serrano consistía en crear un movimiento político de masas a partir de la


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unión de la Falange con la Comunión Tradicionalista Carlista y en sustituir la Junta Técnica del Estado por un Gobierno propiamente dicho. A finales de 1936, con Franco ya encumbrado como Generalísimo, todas las fuerzas políticas que apoyaron la sublevación militar defendían algún tipo de unificación, aunque el problema residía en dilucidar quién ocuparía más cuotas de poder. En este punto todos temían a la Falange, que había experimentado un crecimiento espectacular en los primeros meses de la Guerra Civil, cuando una buena parte de sus dirigentes centraron sus energías en la labor de encuadramiento y recluta de nuevos miembros llegados en aluvión al partido fascista. Finalmente, el 19 de abril de 1937 se dio a conocer el Decreto de Unificación, que nombraba a Franco jefe supremo del nuevo partido único español, FET y de las JONS. Dicho decreto se aprobó sin ningún tipo de negociación previa entre los grupos que pasaron a integrarse en la nueva organización y permitió al Caudillo culminar la eliminación de cualquier rival político. Dado el control que Franco tenía de la situación, había poca posibilidad de resistencia, por mucho que los carlistas o el sector puro de la Falange, reunido en torno a la hermana del fundador, se hallaran enojados por la forma en que se había producido la citada unificación. No obstante, a pesar de que Franco era el jefe indiscutible y la unificación trató de dar satisfacción a los diferentes grupos del bando insurgente, la Falange salió al principio muy beneficiada y sus dirigentes ocuparon los puestos más importantes en la Administración y en el Partido. Algo más tardó en llegar la sustitución de la Junta Técnica del Estado por un Gobierno plenamente formal, puesto que hasta el 30 de noviembre de 1938 Franco no nombró su primer Gobierno. Por aquel entonces tanto el fascismo como el catolicismo eran ya los dos principales componentes de ese nuevo Estado que había ido consolidándose de forma paralela al avance de los tanques rebeldes. Dicho de otro modo, la radicalización que el fascismo aportó a los proyectos y prácticas contrarrevolucionarios, su potencial totalitario, la pureza y el exclusivismo ideológico, así como la experiencia de la guerra de exterminio puesta en marcha por los militares rebeldes desde julio de 1936, se fusionaron con la restauración de esa consustancialidad histórica entre el catolicismo y la identidad nacional española. A diferencia de lo sucedido en los altos niveles de la Administración, los rebeldes, conscientes de su importancia para garantizar el control de la retaguardia, organizaron con premura los poderes locales y provinciales. El desarrollo de los acontecimientos fue muy similar en todas las ciudades


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donde la sublevación triunfó. Los gobernadores civiles fueron sustituidos inmediatamente por militares, que desde su nuevo puesto destituyeron a las autoridades políticas, empezando por los alcaldes y los presidentes de las Diputaciones, y nombraron comisiones gestoras. En Huesca fue el general De Benito quien, después de proclamar el estado de guerra, destituyó a los presidentes de las tres principales instituciones de la provincia y colocó al frente de las mismas a otros tantos militares. Así, Gervasio Sáez de Quintanilla fue nombrado gobernador civil, y José María Vallés Foradada e Ignacio Pérez Calvo, alcalde de Huesca y presidente de la Diputación Provincial, respectivamente. Se produjo de este modo una absoluta militarización del poder que provocó que todas las instituciones locales quedaran subordinadas y a disposición de los dictámenes de la autoridad militar; en el caso oscense, de la comandancia militar. Todo ello permitió la implantación de un nuevo esquema de gobierno territorial que, conservando los nombres y la estructura formal de las instituciones, y los cargos heredados del sistema liberal, transformó radicalmente su naturaleza, eliminando de su seno todo principio representativo y democrático. Se trataba, más allá de la necesaria optimización de los recursos exigida en todo escenario bélico, de reconstituir un Estado centralista partiendo de una nueva dimensión del término, muy influida por el contexto europeo, que se basaba en la designación superior de los cargos. Dicho de otro modo, su objetivo no era otro que establecer una relación de confianza-dependencia, de arriba abajo, entre las personas designadas para cubrir los diferentes cargos y las autoridades que las nombraban. Tras colocar a sus hombres al frente de las principales instituciones provinciales, las autoridades castrenses organizaron la administración de las mismas en torno a comisiones gestoras provisionales, de acuerdo con las normas del que hasta aquel momento había sido el estado de excepción liberal. De este modo, hasta que en noviembre de 1948 se celebraron las primeras elecciones municipales, por tercios de representación, que permitieron a los ciudadanos elegir a una parte de los concejales de los ayuntamientos, todas las comisiones gestoras fueron designadas por los militares y posteriormente pasaron a ser responsabilidad del Ministerio de la Gobernación, que, previo estudio de las propuestas hechas al efecto tanto por el gobernador civil de la provincia como por el jefe provincial del Movimiento, debía decidir también sobre la composición de las mismas. La confección de aquellas gestoras provisionales pronto reveló la dualidad de poderes a la que había dado lugar en la Administración periférica del


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Estado rebelde la continuidad de la anterior estructura administrativa y la precipitada organización de FET y de las JONS, que se tradujo en la presencia de dos máximas autoridades al frente de cada provincia: la gubernativa, encarnada por el gobernador civil, y la política, que ostentaba el jefe provincial del Partido. Entre ambas, como era lógico esperar, se suscitó un importante enfrentamiento por el control político de las provincias que rápidamente encontró en la confección de las gestoras municipales y provinciales uno de sus principales caballos de batalla. Como ya he explicado en otros lugares, la disputa por la hegemonía política dentro de la coalición vencedora se articuló en la ciudad de Huesca alrededor de dos élites con orígenes bien distintos. La más antigua se había forjado extramuros del poder durante los últimos años de la Restauración. Compuesta fundamentalmente por grandes y medianos propietarios de carácter conservador y tradicional, logró aglutinarse en torno a la Asociación de Labradores y Ganaderos del Alto Aragón (ALGAA) y el periódico La Tierra. Pese a ser derrotada en las elecciones de 1923, alcanzó el poder con la llegada de la dictadura de Primo de Rivera. Una vez conseguido su objetivo, la ALGAA se disolvió y la mayoría de sus integrantes se incorporaron a la Unión Patriótica, donde permanecieron hasta que la proclamación de la II República los alejó de los principales puestos de gobierno local y provincial. Tras dos años en la oposición, y faltos de rumbo político, decidieron unirse de nuevo bajo el paraguas de Acción Agraria Altoaragonesa, partido con el que, después de una intensa campaña, lograron el triunfo en las elecciones celebradas en noviembre de 1933. El éxito del Frente Popular en los comicios de febrero de 1936 los envió de nuevo a la oposición, aunque en esta ocasión solo permanecieron en ella durante cinco meses, puesto que el inicio de la Guerra Civil el 18 de julio y el inmediato triunfo de los rebeldes en la capital al día siguiente los devolvió al lugar que, hacía ya tiempo, consideraban como suyo. La segunda de ellas tenía raíces menos profundas. Comenzó a fraguarse bajo el fuego cruzado de los campos de batalla y en las cárceles republicanas, y se consolidaría tras la Guerra Civil, cuando FET y de las JONS se convirtió en el armazón burocrático del nuevo Estado. En su seno se reunieron individuos mayoritariamente jóvenes, no necesariamente oscenses o altoaragoneses, pertenecientes a un heterodoxo grupo de clases sociales que se habían politizado al calor de las fuertes tensiones que provocaron las reformas republicanas de los años treinta y a través de su participación en el frente con grupos como los Voluntarios de Santiago, el tercio María Molina y Marco de Bello o la XIII Bandera de Falange. Impulsados tanto por su militancia en


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alguna de las tradiciones políticas que el régimen consideraba como suyas, «juntas pero no revueltas» desde la aprobación del Decreto de Unificación de 19 de abril de 1937, como por los méritos contraídos a lo largo de la contienda, los miembros de esta élite alcanzaron puestos de cierta relevancia local o provincial en el Partido o en otras esferas de la Administración. Sin embargo, la fuerza con la que la «lógica de la victoria política» promocionó a este grupo hacia el poder, sobre todo durante los primeros años de la posguerra, no fue suficiente para que el mismo pudiese salvar tanto su escasa inserción en el tejido socioeconómico de la ciudad y la provincia como el poder que en dichos ámbitos ejercieron los que social y económicamente mandaban. No obstante, estas dinámicas competitivas se produjeron siempre dentro de un marco de acuerdo común, en torno a los rasgos básicos del proyecto de radical reestructuración de la sociedad española que había salido victorioso de la Guerra Civil. La imagen de unidad respecto a este programa y la fidelidad inquebrantable al que todos aceptaban como su líder jamás se vieron afectadas por unos conflictos internos que, al menos durante la guerra y la posguerra, nunca fueron perceptibles para la opinión pública. En ese contexto la Falange oscense, casi inexistente en febrero de 1936, desbordada por su crecimiento a partir de julio de ese año y fuertemente subordinada al Ejército por su presencia en el cercano frente, no pudo imponerse a la élite católico-agraria que nuevamente se hizo con el control del poder político local, del que había sido desplazada, aunque no eliminada, durante los años de la República. Sin embargo, que muchos de los que ostentaron el poder en la capital altoaragonesa durante el primer tercio del siglo xx como si fuera algo propio volvieran a ocuparlo tras la sublevación no significó una vuelta al viejo sistema caciquil debido fundamentalmente a dos hechos. En primer lugar, ahora estaban acompañados de un cada vez más importante grupo de personas, sin tradición política definida ni conexiones económicas importantes, impulsadas a trabajar en la Administración Pública por FET y de las JONS. Constituían un conjunto de recién llegados conscientes de que sus intereses particulares dependían del resultado de la Guerra Civil y de la consolidación del régimen fascista surgido de la misma, que por ello garantizaba una fidelidad incontestable a las autoridades rebeldes, así como cierto grado de control sobre aquellos que, acostumbrados al ejercicio del poder y la toma de decisiones, podían agrietar el monolitismo jerárquico al que los sublevados aspiraban. En segundo lugar porque, como ya he dicho, tanto el bando rebelde primero como el régimen franquista después eliminaron toda forma de auto-


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nomía municipal con el objetivo de evitar que en la Administración local se constituyeran espacios de poder que pudieran entrar en contradicción con los intereses del Gobierno central. Martí Marín ha explicado cómo para conseguirlo imitaron el ejemplo de la Italia fascista e incrementaron la dependencia de los municipios respecto de los aparatos centrales del Estado en tres ámbitos: el político, a través del control de los nombramientos de los concejales y alcaldes; el administrativo, gracias a la vigilancia del proceso de toma de decisiones, las inspecciones sobre el funcionamiento de la gestión, la depuración de los funcionarios no afines, la contratación políticamente selectiva del nuevo personal y la sanción administrativa de sus actividades, y el económico, a partir de la limitación de la ya reducida capacidad tributaria local y de la posibilidad de endeudamiento. Como trataré de mostrar más adelante, cuando el 25 de marzo de 1938 las tropas franquistas lograron poner fin al asedio que durante veinte meses realizó el Ejército republicano sobre la ciudad de Huesca, los problemas a los que me acabo de referir no terminaron. Lo que sí llegó a su fin fueron los bombardeos y el flujo cotidiano de heridos provocados tanto por los ataques aéreos como por los combates en el cercano frente. La capital altoaragonesa pasó a integrarse en la retaguardia y el personal sanitario que en ella había fue desplazado, en su gran mayoría, a otros frentes. La valía profesional que había demostrado durante esos meses de asedio y los conocimientos que había adquirido trabajando junto a Franco García Bragado hicieron que Manuel Artero fuese uno de los médicos elegidos para ser llevado al frente en el que finalmente se decidiría la guerra, el de Teruel. En la capital del Bajo Aragón permaneció hasta que en 1939, con los ejércitos de Franco avanzando imparablemente hacia Madrid tras hacerse con el control de Barcelona y su hermano huyendo hacia el departamento francés del Hérault, fuera nuevamente trasladado a Monzón para formar parte del equipo quirúrgico del hospital provisional allí instalado.27 Por aquel entonces la Guerra Civil se encontraba ya decidida, y el proyecto reformista de la República, junto con todo lo que esa forma de gobierno significó, completamente borrado de la faz de la tierra y «esparcido por las tumbas de miles de ciudadanos». A partir de entonces los españoles, divididos entre vencedores y vencidos, comenzaron a vivir la paz de Franco. 27 Tanto Fernando Solsona como Julio Brioso y José Antonio Gascón hacen referencia en sus publicaciones sobre el tema a los dos traslados del doctor Artero a los que aquí me refiero: Solsona (2011, p. 5), Brioso (2004, p. 138) y Gascón (2010, p. 14. La referencia a Félix Artero, en AGA, (8)007.002, 44-9856, exp. 97352.


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El lunes 3 de abril de 1939, casi ocho años después de que los oscenses mostraran su júbilo en medio de una gran fiesta popular por la llegada de la II República, la capital del Alto Aragón se unió a la «patriótica demostración de júbilo» que aquellos días recorrió todo el país para celebrar lo que José María Lacasa denominó entonces «el hecho más trascendental de nuestra brillante historia», es decir, «el triunfo de nuestras armas [las del Ejército rebelde] sobre los enemigos de Dios y de la Patria». Desde primeras horas de la mañana los oscenses vistieron las galas de los días festivos y balcones y ventanas de la ciudad aparecieron llenos de colgaduras con los colores nacionales y del Movimiento. Así, entre el ruido producido por los cohetes, la música, el estridente e ininterrumpido sonar de la sirena y el volteo incesante de las campanas de todas las parroquias de la localidad, incluidas las de la catedral, comenzó a las once de la mañana en la basílica de San Lorenzo, donde no cabía una sola persona más, un «solemnísimo» tedeum cuyo trayecto hasta la plaza de Navarra se hallaba inundado de público «ansioso de homenajear a las banderas y al Ejército». Tras la celebración religiosa, tanto la organización juvenil de Falange Española Tradicionalista y de las JONS como las fuerzas de la guarnición de la ciudad realizaron un desfile por el centro de la ciudad. Con sus mandos al frente, los flechas y la tropa, junto a sus banderas, trompetas y tambores, pasaron «haciendo vista a la derecha» ante las autoridades, que se hallaban situadas en el corredor de la Diputación Provincial. Una vez terminado el desfile y «acallados los vivas y arribas a España y saludos al Caudillo», el presidente de la Comisión Gestora al frente del Consistorio oscense pronunció «una sentidísima alocución». El conocido político oscense José María Lacasa centró la primera parte de su discurso en recordar a todos los presentes que la victoria franquista en la Guerra Civil no había sido «un triunfo cualquiera, transitorio o mediatizado», sino que, muy al contrario, fue un éxito «rotundo, definitivo, total». De hecho, en su opinión, desde el 1 de abril de 1939 y gracias a la derrota republicana por aniquilación, España sería «siempre nuestra, sin que haya poder humano alguno que logre arrebatárnosla». Algo que no podía


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finalmente ser de otra manera puesto que, según el antiguo secretario de la Unión Patriótica en la provincia, «no puede perecer un pueblo como el nuestro, que luchaba por Dios y por la Patria». Sin embargo, el alcalde oscense no podía dejar de reconocer que, además de fe en Dios y en los «destinos inmortales de nuestra España», quienes apoyaron a los vencedores también habían mostrado fe en Francisco Franco, cuyo pensamiento político debía ser «el impulso, la norma y la pauta del futuro». Lacasa se mostró firmemente convencido de que el Caudillo no solo había sabido ganar la guerra sino que sabría igualmente ganar la paz, aunque para ello consideraba imprescindible «seguirle sin titubeos, sin vacilaciones ni tibiezas». Él mismo lo resumió perfectamente de la siguiente manera: «Franco ordenar, nosotros obedecer». Por último, el líder de la Comisión Gestora municipal quiso acordarse de quienes cayeron «por salvar a España», a quienes, para él, no se podía tributar mayor homenaje que «jurar ante Dios y ante la Patria» que desde aquel momento en adelante «todos los buenos españoles seremos uno, apartando de nosotros todo aquello que pueda desunirnos; desoyendo las voces necias e hipócritas, las eternas murmuraciones de los eternos fariseos descontentadizos, a quienes su mezquindad les impide ver la grandeza de una verdadera unidad». De ese modo, y tras gritar las consabidas consignas de «¡Franco, Franco, Franco! ¡Arriba España!», el alcalde puso fin a su alocución.28 A decir verdad los «buenos españoles», los vencedores de aquella guerra, no se contentaron con apartar y desoír a los perdedores sino que se aplicaron con ahínco en ajustar cuentas con ellos, en dejarles bien claro «quiénes eran los patriotas y dónde estaban los traidores». Por ello, aunque el parte que puso fin a la guerra fue firmado por Franco el 1 de abril de 1939, esta no acabó para muchos españoles sino muchos años después. Durante toda la década de los cuarenta fueron constantes los esfuerzos del régimen tanto por aniquilar cualquier vestigio del periodo republicano como por preservar la unidad de esa amplia coalición de vencedores y mantener en la miseria y en la humillación a los vencidos. La Guerra Civil se convirtió así en el acto fundacional de aquel régimen, y la Iglesia, el Ejército y la Falange, en sus principales guardianes. De este modo, tras la Victoria la destrucción del vencido pasó a ser prioridad absoluta del nuevo Estado, que inmediatamente puso en marcha meca28 Toda la información y los entrecomillados que cito aquí, sobre los actos celebrados en Huesca el 3 de abril de 1939 para celebrar la victoria del Ejército rebelde, pueden encontrarse en el diario Nueva España del 4 de abril de 1939, p. 1.


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nismos extraordinarios de represión sancionados y legitimados por las leyes. Así, la principal característica del terror que se impuso desde entonces en España fue que este estuvo organizado desde arriba, basado en la jurisdicción militar, en juicios y en consejos de guerra. Entre los textos legales que construyeron el entramado legal de aquella venganza cabe destacar la Ley de Responsabilidades Políticas, la Ley de Seguridad del Estado, la Ley de Represión del Bandidaje y del Terrorismo, la Ley de Represión de la Masonería y el Comunismo, las leyes que articularon la depuración de todas las administraciones del Estado y, desde abril de 1940, la «Causa General informativa de los hechos delictivos y otros aspectos de la vida en la zona roja desde el 18-71936 hasta la liberación», que se convirtió de inmediato en un instrumento a través del cual se pudo delatar y perseguir a ciudadanos que sin haber cometido ningún delito tuvieron que demostrar lo que no eran, engullir de su pasado y de sus vidas toda huella de disidencia o de expresión de libertad. De manera que la denuncia se convirtió en el primer eslabón de la justicia de Franco. Ser más sensible que nadie y delatar le libraba a uno de las sospechas y significaba implicarse también en la incoación de la amplia gama de procesos sumariales desplegada por los vencedores. Sin esa participación ciudadana el terror hubiera quedado reducido a fuerza y coerción. Denunciar «delitos», señalar a los «delincuentes», era cosa de los «buenos patriotas», de quienes estaban forjando la «nueva España». Los poderosos de la comunidad, la gente de orden, las autoridades aprovecharon la oportunidad para deshacerse de los «indeseables», «animales» y revoltosos. Pero lo que esa minoría quería lo aprobaban muchos más, que veían políticamente necesario el castigo de sus vecinos, a quienes acusaban o no defendían si otros los acusaban. Pasados los años más sangrientos, lo que se manifestó en realidad fue un sistema de autovigilancia donde nada invitaba a la desobediencia y menos aún a la oposición y a la resistencia. Así, pues, la represión adoptó diversas caras (fusilamientos,29 depuración de los puestos de trabajo para empleados públicos, encarcelamiento,30 incautación de bienes, batallones de trabajadores penados…). Sin embargo, dos de 29 María Pilar Salomón Chéliz contabilizó, hace ya varios años, 150 fusilamientos durante la posguerra en la capital oscense. 30 Un informe de 7 de septiembre de 1940 conservado en el Archivo de la Diputación Provincial de Huesca cuantifica el número de detenidos en la capital altoaragonesa para aquella fecha en 2245 (ADPH, exp. 62/3). La población reclusa en la ciudad durante la Guerra Civil, e incluso una vez acabada esta, fue tan elevada que además de la Prisión Provincial, situada por aquel entonces en la plaza Concepción Arenal, se mantuvo habilitado a tales efectos el Instituto de Bachillerato, tal y como mostró José María Azpíroz.


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las que más repercusión tuvieron en la capital altoaragonesa durante los años cuarenta fueron la depuración de los funcionarios públicos y la aplicación de la Ley de Responsabilidades Políticas, de 9 de febrero de 1939. La depuración fue puesta definitivamente en marcha por la Ley de 10 de febrero de 1939, aunque los militares rebeldes ya habían iniciado el proceso sin necesidad de leyes en el verano de 1936. Detrás de esa ley, y en general de todo el proceso de depuración, hubo un doble objetivo: privar de su trabajo y medios de vida a los «desafectos al régimen», un castigo ejemplar que condenaba a los inculpados a la marginación, y asegurar el puesto de trabajo a todos los que habían servido a la causa nacional durante la Guerra Civil y mostraban su fidelidad al Movimiento. La segunda estableció penas económicas, limitativas de la libertad de residencia y restrictivas de la actividad a todas aquellas personas que hubieran tenido cualquier tipo de relación con la izquierda a partir de 1934, si bien es cierto que acabó aplicándose a acciones cometidas desde el principio de la República. Para poder ponerla en marcha en la provincia esta ley requirió la creación del Juzgado Instructor Provincial de Huesca, que se ocupó de la tramitación de los expedientes; el Tribunal Regional de Responsabilidades Políticas, con sede en Zaragoza, que inició los procesos, dictó las sentencias e impuso las multas, y los Juzgados Civiles Especiales, que se encargaron de hacer efectivas las sanciones económicas. Según el estudio realizado por Elena Franco, al menos 118 oscenses fueron objeto de aplicación de esta ley hasta que pagaron las multas que se les impusieron o hasta que sus expedientes fueron sobreseídos tras la aplicación de la Ley de Reforma de la Ley de Responsabilidades Políticas, de 19 de febrero de 1942,31 o absueltos por el indulto general de 1966. De este modo, la normalidad que fue ganando el espacio público de la ciudad conforme avanzó la década no puede ocultar que el miedo y la humillación continuaron estando presentes en las calles de todos y en las casas de muchos. En aquellas circunstancias, el miedo y lo no dicho se convirtieron en el argumento de las relaciones sociales y personales de cientos de oscenses, para quienes la ley del silencio acabó transformándose en la primera de todas las leyes y el temor a la delación en una de sus principales preocupaciones. La gente guardaba silencio por las actividades de un pasado que se callaba a cambio de intentar reanudar la vida cotidiana, una tarea en la que, según 31 Con el objeto de acabar con el atasco de procesos existentes en los tribunales y poder hacer efectivas las sanciones más cuantiosas, se excluyó como sujetos de dicha Ley de Responsabilidades Políticas a los que en consejo de guerra no superasen seis años y un día de condena, los simples afiliados a partidos y sindicatos de clase, y todos aquellos cuyos bienes no superasen las 25 000 pesetas o fueran declarados insolventes.


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Jordi Gracia, «la declaración de buenas costumbres fue una herramienta decisiva para encontrar trabajo, o para evitar una depuración que condenaba a la marginalidad, o a buscar un aval seguro». En ese ambiente de miedo, delación y venganza inició Manuel Artero su reincorporación a la vida civil y su acoplamiento a las nuevas condiciones sociales, políticas, económicas y culturales impuestas por el nuevo régimen. Un proceso que en su caso, como en el de muchos otros, se vio complicado por la situación de su hermano Félix, un destacado socialista que ocupó cargos en la UGT provincial y que huyó del país tras la caída del frente de Aragón, formando parte de la retirada, como se conoció a ese gran exilio que en los meses siguientes llevo a Francia a unos 450 000 refugiados. A pesar de ello nuestro protagonista logró finalmente que el pasado político de su hermano y su situación de «huido» no tuviese repercusiones negativas para su familia en la nueva España de Francisco Franco. En este sentido, volviendo sobre las palabras de Jordi Gracia, Artero contaba por aquel entonces con varios «avales seguros» que le permitieron mostrarse ante los ojos de las nuevas autoridades como un «buen español». En primer lugar, ostentaba la condición de excombatiente, puesto que había hecho la guerra con los vencedores desde el primer día; además, debido tanto a su juventud como a la exclusiva dedicación que tuvo que prestar a los estudios de Medicina por su condición de becario, que no podía permitirse cursar la carrera sin esa ayuda, no había militado en ninguna formación política o sindical del Frente Popular, ni se había significado políticamente en ningún sentido durante la República; por último, pero no menos importante, al finalizar la contienda no abandonó su cargo de médico de Sanidad Militar, un puesto que conservó hasta los años sesenta y que le permitió mantener la condición de militar, muy útil en aquellos años para evitar problemas. Así, tras el final de la contienda y su ascenso a capitán de Sanidad Militar, Manuel Artero decidió volver a la ciudad de Huesca para continuar con el ejercicio de su profesión e integrarse en la vida civil.32 Pese a que, como acabo de decir, no abandonó la sanidad militar y hasta los sesenta fue siempre el médico de las Fuerzas Armadas de Huesca (Policía Armada, Ejército y Guardia Civil),33 comenzó en 1940 a trabajar como médico de guardia para la Diputación Provincial34 y se hizo cargo del Servicio de Traumatología de la Mutua de Accidentes de Zaragoza.35 32 Ciprés (1985, p. 172). 33 Ciprés (1985, p. 172). 34 ADPH, exp. 243/13. 35 Según cuenta Daniel Carmen en el texto que firma sobre Manuel Artero en este mismo volumen.


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Paralelamente a todo ello se produjo, como recuerda Daniel Carmen en este mismo volumen, el inicio del desglose de especialidades de la cirugía general, lo que hizo que Artero, tras valorar y consultar cuáles podían gozar de mayor acogida en Huesca, se dio cuenta de que la urología no tenía aún médico correspondiente. Esa fue la razón por la que decidió especializarse en tal disciplina, para lo cual se matriculó en uno de los centros españoles pioneros en la investigación y enseñanza de ese campo médico, el Instituto de Urología, que dirigía en Barcelona el prestigioso profesor Antonio Puigvert. Durante varios meses Artero estuvo viviendo en la Ciudad Condal y asistiendo a las clases del citado profesor. Allí no solo se formó profesionalmente en esa rama de la medicina sino que pudo conocer a importantes profesionales de ese campo a nivel internacional e iniciar con ellos una relación que le permitiría en el futuro estar siempre al corriente de los más novedosos avances. Además, entabló una magnífica relación profesional36 pero también personal con el director del curso, el profesor Puigvert, que se mantendría con el paso de los años y que convertiría a Artero en uno de los principales apoyos del profesor catalán a la hora de educar a su hijo.37 Una vez especializado en Urología y un año antes del triste fallecimiento de su padre, el 13 de noviembre de 1946,38 Artero cesó voluntariamente como médico de guardia de la Diputación para, inmediatamente después, ser nombrado por dicha institución médico honorario y auxiliar de Vías Urinarias de la Sección de Cirugía del Hospital Provincial,39 cargo por el que jamás cobró un céntimo, pese a tener asignado un sueldo mensual.40 Según Fernando Solsona, trabajó además como médico de la Seguridad Social entre 1948 y 1955.41 De este modo, puede decirse que durante la década de los cuarenta Artero se reintegró con éxito en la sociedad civil oscense y comenzó a ganar dinero mediante el ejercicio de su profesión. Gracias a ello tanto él como su familia pudieron hacer frente con cierta comodidad a la dura situación económica por la que atravesó España durante los años cuarenta, una década en la que, 36 El mismo Artero reconocería muchos años después que Antonio Puigvert trató de convencerle para que se quedara trabajando con él en Barcelona. Diario Nueva España del 3 de julio de 1971, p. 4. 37 Diario Nueva España del 3 de julio de 1971, p. 4. 38 ADPH, exp. 74/5. 39 ADPH, exp. 243/13. 40 Un gesto con el que, como explicó años después en una entrevista concedida al periódico local Nueva España, quiso siempre «corresponder» al «favor» que la Diputación Provincial de Huesca le hiciera al concederle la beca para poder estudiar la carrera de Medicina. Diario Nueva España del 3 de julio de 1971, p. 4. 41 Solsona (2011, pp. 5-6).


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como ha señalado Enrique Moradiellos, la puesta en marcha de una política económica autárquica al servicio de un «Estado imperial militar» actuó sobre la producción y los abastecimientos en términos de mera intendencia, despreciando los mecanismos de regulación del mercado y extremando las previas medidas proteccionistas del capitalismo español, todo lo cual acabó alentando una profunda depresión económica que duró más de dos lustros. Consecuencia directa de la puesta en funcionamiento de esta política económica de carácter autárquico fue sin duda la inmediata crisis de abastos que se sufrió a nivel nacional y que en Huesca y su provincia se vio acentuada, como muy bien reflejó Manuel Pamplona Blasco en su parte mensual de septiembre de 1946 a la Delegación Nacional de Provincias, por la más que habitual práctica del estraperlo, por la permanencia en la provincia de más de 80 000 militares que absorbieron gran parte de la producción provincial, por la proximidad de Cataluña, donde se compraban a precios muy elevados los productos altoaragoneses, y por la declaración de la provincia como autoabastecida de carne en unos años de gran mortalidad de ganado. La situación de desabastecimiento pronto resultó crítica, lo que obligó, ya en mayo de 1939, a imponer en toda España cartillas de racionamiento con las que limitar el consumo de todo lo necesario. En Huesca los racionamientos fueron reglamentados desde el primer momento por el Gobierno Civil, sin que los alcaldes pudieran entregar racionamientos especiales hasta 1946, fecha a partir de la cual algunas funciones de abastos fueron delegadas a cada municipio. Casi todo estuvo en estos años racionado, de manera que alimentos tan importantes en la dieta alimentaria como la carne solo se suministraban en la ciudad, por término medio, dos veces por semana, a razón de cien gramos por persona inscrita en las cartillas de racionamiento, aunque en esto, como en todo lo demás, siempre hubo privilegiados. La harina se convirtió también en un producto escaso, lo que obligó a reducir el peso de las piezas de pan que figuraban en las cartillas, y algo muy similar ocurrió con la gasolina, cuya escasez provocó multitud de colapsos en los transportes. Las ganancias que la ciudad obtenía por la venta de carne y la utilización del Matadero, una de las principales fuentes de ingresos de la localidad, supusieron durante los años cuarenta, y a pesar del aumento de las tasas, el 33% de lo recaudado en 1935, lo cual puede dar una idea de la situación carencial que se vivió en la posguerra oscense y del estrepitoso fracaso de una política económica que condenó durante años a una parte importante de la población a pasar hambre y a tener las despensas vacías.


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La escasez provocada por las cartillas trajo consigo la aparición en el Alto Aragón de importantes corrientes clandestinas de productos destinados a satisfacer las verdaderas necesidades de los consumidores, más allá de los cupos de alimentos, materias primas, ganado o maquinaria fijados por la Administración. El estraperlo se convirtió en uno de los símbolos de aquella época y no fueron pocos los que amasaron importantes fortunas comerciando con el hambre de una población que, en muchos casos, subsistía a base de patatas, lentejas, algarrobas, pan negro y farinetas. La importancia que esta práctica adquirió en Huesca queda muy bien reflejada en las numerosas sanciones que impuso en aquellos años la Fiscalía Provincial por violar la Ley de Tasas, así como en la aprobación de nuevas normas para la represión de los delitos contra el régimen local de abastecimientos. La situación llegó a tal punto que incluso el coche del gobernador civil fue utilizado por su chófer para realizar comercio ilegal, aprovechando que normalmente ningún control lo registraba. No resulta especialmente complejo concluir que fueron personas bien colocadas dentro del régimen quienes organizaron las redes del estraperlo en la ciudad, ya que para poner en marcha tal actividad no solo era necesario disponer de excedentes e infraestructuras para ocultarlos, sino que sobre todo eran necesarias amistades políticas que permitieran a estos individuos pasar desapercibidos ante los funcionarios de abastecimientos y los vigilantes del orden público. El racionamiento de todo lo imprescindible y el espectacular aumento de los precios provocado por el estraperlo acabaron promoviendo, en una sociedad donde no quedaba mucho espacio para todo aquello que no fuera preocuparse de poder comer todos los días y en la que la máxima de «no tirar nada» se había convertido en una tácita consigna social, un importante descontento popular. La petición de mano dura para acabar con los estraperlistas y las fuertes críticas contra la existencia de economatos militares y todo tipo de organizaciones cuya actividad provocaba dificultades para el abastecimiento de la población civil se convirtieron en el pan nuestro de cada día en la vida cotidiana de muchos oscenses a lo largo de la década de los cuarenta. Algunos opositores al régimen intentaron canalizar este descontento popular «apoyados por intensas campañas de radios extranjeras, como la de París, muy oída en nuestra provincia y que en la gente poco preparada influye notoriamente contra el prestigio de nuestro Movimiento y Régimen». Pese a que estas campañas no tuvieron ninguna consecuencia de importancia en la vida de la ciudad, Manuel Pamplona no dudaba en afirmar que aquella


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situación estaba «destrozando por completo el ambiente favorable que el régimen pudiera tener», haciendo que incluso «los más sensatos» comenzaran a «hablar mal de nuestras instituciones y de los organismos rectores como ministerios, comisaría de abastecimientos, etc. desde donde creen se obstaculiza la buena voluntad de los que de buena fe laboran por la grandeza de España, como nuestro Caudillo, a quien ya empiezan a poner en duda y en tela de juicio porque dicen, no ve, o no quiere ver la labor solapada que están haciendo contra el régimen los que más obligación tienen de velar por él». A pesar de las críticas y el malestar de la población, lo cierto es que el hambre y el racionamiento se convirtieron, además de en una poderosa herramienta represiva —como han señalado Miguel Gómez Oliver y Miguel Ángel del Arco Blanco—, en un lucrativo negocio para muchos miembros de las élites políticas y económicas locales, que pudieron obtener magros beneficios gracias al mercado negro y la práctica del estraperlo. En este sentido, Julián Sanz ha resaltado cómo la sociedad española, en un contexto de autoritarismo y prepotencia de las autoridades del nuevo régimen, de vencedores y vencidos, de hambre y necesidad, de autarquía, cupos de producción, licencias de importación y fuerte intervención económica, presenció una corrupción rampante, hasta el punto de convertirse en un mecanismo de integración de los propios apoyos sociales de la Dictadura. Todo ello en unas circunstancias nuevas, en las que con frecuencia las viejas redes de influencia habían perdido peso y surgían otras nuevas que tenían como vehículo las instituciones, el Partido Único o el aparato sindical. Lo que Glicerio Sánchez Recio ha denominado red de intereses constituyó una de esas nuevas redes de influencia a las que se refiere Julián Sanz. Desarrollado sobre todo alrededor de las instituciones provinciales y locales, en las que políticos y empresarios colaboraban en proyectos comunes y contando siempre con el gobernador civil como supervisor y árbitro, aquel entramado basado en el intercambio de favores permitió establecer alianzas políticas, llegar a acuerdos económicos y asegurar compromisos con el régimen franquista. Es, por ello, en el interior de este mecanismo desarrollado para obtener beneficios a través de una organización solidaria (reticular) donde deben buscarse las razones de la radicación, la estabilidad y la expansión de muchas empresas de servicios básicos (electricidad, agua y limpieza), de industrias de la construcción, de elaboración de productos de primera necesidad…, que, si por un lado recibían protección política, por otro prestaban al régimen el apoyo social y la consolidación obtenidos en su zona de influencia y a través


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de sus conexiones con empresas del mismo sector o con otras con las que se hallaban relacionadas. En la ciudad de Huesca, esa nueva alianza o red de influencia alcanzó su mayor funcionalidad conforme la élite política local se fue haciendo más homogénea y menos problemática con el paso de los años cuarenta. En este sentido, aunque la Ley de Bases de Régimen Local, aprobada en julio de 1945, privó al Partido de la posibilidad de intervenir directamente en el nombramiento de concejales o alcaldes, lo cierto es que conforme avanzó la década las corporaciones municipales y provinciales se convirtieron en un terreno propicio para la permanencia de aquellos sectores de la Falange que habían aceptado someterse a los postulados de la Dictadura. La explicación a esta paradójica situación hay que buscarla en los gobiernos civiles, puesto que a medida que se fueron concretando las uniones entre estos y las jefaturas provinciales del Movimiento casi todos los nombramientos recayeron en notorios falangistas, fundamentalmente pertenecientes a la vieja guardia. Este proceso permitió que el número de gobernadores comprometidos con el ideario nacionalsindicalista y con la posición del Partido fuese creciendo hasta convertirse en netamente hegemónico, desplazando casi por completo a los representantes de otras sensibilidades u orígenes políticos. Como el Gobierno Civil era una institución clave para controlar la selección de los futuros cargos políticos en las provincias, los nuevos dirigentes aprovecharon dicha posición para impulsar el salto falangista a ayuntamientos y diputaciones, asegurando así el dominio político de su provincia por parte de FET y de las JONS. De ese modo, la llegada de aquellos gobernadores orgullosos de vestir la camisa azul supuso un fuerte avance de la cuota de poder de Falange en la periferia, promoviendo procesos de renovación de los cuadros intermedios e inferiores a través de la promoción de excombatientes, excautivos o «camisas viejas» allí donde era posible, y en general hombres identificados con FET y de las JONS o que gozaban de su confianza. El Partido Único se convirtió así en el principal canal de reclutamiento y control de los cuadros políticos locales y provinciales. El resultado de ese proceso fue la creación de una élite política integrada por viejos y nuevos políticos, entre los que hubo divergencias pero también intentos de conciliación, y cuya característica principal residió en la pérdida de importancia del pasado político y su sustitución por la fidelidad y sumisión al Caudillo como elemento imprescindible a la hora de aspirar a ocupar puestos de responsabilidad en el régimen. Una élite, por lo demás, de clase media, mayoritariamente compuesta por un conjunto de prestigiosos profesionales


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liberales acompañado de un número menor de comerciantes, industriales y funcionarios, que estaba consolidándose poco a poco en las altas esferas del poder local en detrimento de la burguesía agraria e industrial. Un hecho que no hace más que ratificar lo expuesto recientemente por Julián Sanz, para quien durante los años cuarenta se produjo una tendencia al reforzamiento del carácter mesocrático de los cuadros intermedios de la Dictadura. Se trataba de un personal joven cuya socialización política tuvo lugar coincidiendo con la creciente movilización política y la transformación de los repertorios de la acción colectiva en España desde 1917. A partir de entonces la huelga se convirtió en el mecanismo de movilización más utilizado en medio de la polémica entre reforma y revolución, mientras que el lento y progresivo desmoronamiento del sistema de control social de la Restauración produjo movimientos autónomos de defensa de los sectores conservadores y su apoyo a una solución autoritaria de la crisis del Estado liberal, como fue la dictadura de Primo de Rivera. Estas corrientes ideológicas entroncaban directamente con la subversión de carácter autoritario y corporativista que experimentó el conservadurismo europeo antes de que el fascismo iniciara su andadura política en 1918, como consecuencia de su resistencia al nuevo avance de la modernización desde finales del siglo xix. El progreso de la izquierda, con sus programas revolucionarios, y la propia Guerra Civil provocaron una redefinición extremadamente fascistizada de los valores y significados culturales de naturaleza tradicionalista, ultracatólica y reaccionaria de aquellos sectores conservadores. De este modo, los discursos radicalizados de una izquierda cada vez más poderosa hicieron que muchos labradores con pequeñas explotaciones familiares y propietarios de pequeños negocios comerciales o industriales, que muchas veces no les permitían superar la mera subsistencia pero cuya problemática no coincidía exactamente con la del proletariado asalariado y desposeído, acabasen vinculando la supervivencia de su situación económica, social y cultural no solo a una victoria electoral sino a la sustitución del sistema democrático. Por otro lado, la intensa violencia desatada durante el transcurso del conflicto bélico hizo que importantes sectores sociales intermedios y populares se vieran cada vez más cohesionados en torno a la defensa de unos ideales de regeneración patriótica que, aupados sobre la exaltación de los valores más acendrados del tradicionalismo católico, perseguían asimismo una completa reconstrucción de la unidad nacional, lograda mediante el brutal exterminio de las organizaciones políticas y sindicales de la izquierda y la total aniquilación del sistema democrático parlamentario.


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A muchos de los miembros de esta élite los conocería Manuel Artero desde su juventud, puesto que Huesca era una ciudad pequeña en la que nadie resultaba extraño a los ojos de sus vecinos. Además, durante muchas décadas la escasa y tardía presencia de la enseñanza media privada (católica) otorgó al Instituto de Enseñanza Media un monopolio indiscutible a la hora de impartir esa formación, por lo que tanto los miembros de las clases altas y medias como los de clases bajas que podían permitirse llegar a ese nivel educativo acababan coincidiendo en dicho centro, algo que ha recalcado convenientemente el profesor Juan Mainer. Con otros coincidiría luego en ocasiones gracias al ejercicio de la medicina, al ser visitados por él. En ambos casos el estatus social que por aquel entonces otorgaba la profesión de médico permitió a Manuel Artero, no solo conocer, sino también ser aceptado en determinados círculos sociales y comenzar a relacionarse con sus miembros en un plano de igualdad. A finales de la década de los cuarenta y, sobre todo, los primeros años cincuenta, España también vivió un proceso de integración internacional en el seno de las potencias democráticas vencedoras de la II Guerra Mundial. Sin embargo, esa aceptación por parte de la comunidad internacional no respondió a un cambio de la dictadura franquista sino a la transformación de las necesidades estratégicas y de seguridad que conllevó el inicio de la Guerra Fría para los antiguos aliados. Por eso, aunque el régimen del Caudillo fue admitido en el club de las potencias democráticas occidentales, lo hizo por la puerta de atrás y como socio de segunda fila. De hecho, España no fue incluida en el Plan Marshall y tampoco fue invitada a formar parte de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), fundada el 4 de abril de 1949. Verdaderamente aquel giro en la actitud internacional, y sobre todo estadounidense, con respecto al régimen franquista comenzó a fraguarse a finales de septiembre de 1949, cuando el presidente de EE UU, Harry Truman, y su secretario de Defensa, Louis Johnson, hicieron público un informe especial en el que advertían a los norteamericanos sobre el éxito soviético de haber hecho explotar una bomba atómica durante el mes de agosto anterior, referencia que posteriormente corroboraron el MI5 y los ingenieros militares franceses. Esta noticia inició una sucesión de acontecimientos políticos mundiales que hizo descender varios grados la temperatura de la Guerra Fría en beneficio de Franco. Pocos días después la guerra civil que, tras la derrota japonesa en la II Guerra Mundial, se había desencadenado en China entre el Gobierno


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del Kuomintang y el Partido Comunista llegó a su fin, con un resultado alarmante para el bloque capitalista. El 1 de octubre de 1949, una vez que el Gobierno nacionalista de Chiang Kai-shek huyó a Taiwán en busca de refugio, el líder comunista Mao Zedong proclamó la República Popular de China. A decir verdad, Mao nunca fue un hombre de paja de Moscú, pero desde Occidente su llegada al poder se interpretó como la caída de otra gran área del mundo en la órbita de la Unión Soviética. Ambos acontecimientos fueron seguidos por varios escándalos de espionaje en Estados Unidos, entre ellos el caso del alto funcionario del Departamento de Estado Alger Hiss, o el de Ethel y Julius Rosenberg, acusados de pertenecer a la red asociada con Klaus Fuchs, un científico atómico alemán con nacionalidad británica que durante la segunda mitad de la década de los cuarenta informó puntualmente al KGB sobre los resultados obtenidos por Gran Bretaña y Estados Unidos en sus investigaciones atómicas. Una paranoica convicción de amenaza se adueñó de muchos norteamericanos, cuya impresión de que los comunistas eran la causa de todos los problemas del país aumentó exponencialmente cuando, a partir de febrero de 1950, el senador Joseph McCarthy inició su particular caza de brujas contra todos aquellos que consideraba sospechosos de ser agentes soviéticos o simples simpatizantes del comunismo infiltrados en la Administración Pública o el Ejército. Sin embargo, las especulaciones de todo tipo sobre las intenciones imperialistas soviéticas se desataron cuando el 24 de junio Corea del Sur, bajo control estadounidense desde el final de la II Guerra Mundial, fue invadida por Corea del Norte. La Administración Truman pasó entonces de la estrategia de contención a una respuesta más agresiva ante el expansionismo soviético. En ese contexto tanto las crecientes dudas de la Junta de jefes de Estado Mayor sobre la capacidad defensiva de Occidente como su tenaz convicción acerca del valor estratégico de la Península Ibérica como punto de apoyo clave en el caso de una hipotética intervención norteamericana en Europa, llevaron a dicho organismo a presionar al Departamento de Estado para que iniciara los trámites oportunos a fin de lograr una alianza con España que permitiese la instalación en ella de bases aéreas y navales. A partir de ese momento los acontecimientos se sucedieron de forma vertiginosa. El 26 de septiembre, con tropas estadounidenses actuando ya en Corea, la Comisión de Iniciativas de las Naciones Unidas votó a favor de reconsiderar las relaciones diplomáticas con España. Un mes más tarde, el 31 de octubre, un Comité Político Especial de la ONU reunido en Lake


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Success, pequeña localidad del estado de Nueva York, derogó la resolución de diciembre de 1946 sobre la retirada de embajadores de España. Finalmente, el 4 de noviembre la Asamblea de Naciones autorizó, tras la correspondiente votación, el regreso de los representantes diplomáticos a Madrid, así como la admisión de España en la Organización de Alimentación y Agricultura (FAO) de la ONU. La incorporación de 200 000 soldados chinos al frente de Corea a finales de noviembre hizo retroceder a las tropas estadounidenses hacia el sur e, indirectamente, aceleró la designación del nuevo embajador estadounidense en España. Ansioso por incluirla formalmente en el bloque antisoviético, Estados Unidos hizo público el 27 de diciembre de 1950 el nombramiento de Stanton Griffis como su nuevo representante diplomático en España. Por su parte, Franco envió al país americano a José Félix de Lequerica, a quien Truman había rechazado para ocupar ese mismo puesto en 1945. La elección reflejaba el deseo del Caudillo de desquitarse por aquello y hacer patente a los dirigentes americanos que quienes habían cambiado eran ellos y no él. El 27 de agosto de 1953, algunos meses después de la admisión de España en la Unesco, de fecha 17 de noviembre de 1952, concluía con éxito la prolongada negociación del Concordato con el Vaticano. La demora dejaba entrever las dudas de éste respecto a la estabilidad y respetabilidad internacional de la dictadura franquista. En puridad, aunque con una importancia significativamente menor de la que le otorgó el régimen, la firma del Concordato constituyó un paso trascendental hacia el reconocimiento internacional del régimen. A cambio, la Iglesia obtuvo un puesto preeminente en la enseñanza y en la moral social, así como el derecho exclusivo de hacer proselitismo como religión oficial del Estado. Evidentemente, el Concordato nunca tuvo la relevancia política y práctica de los acuerdos firmados con Estados Unidos el 26 de septiembre de 1953. Sin embargo, a pesar de que Franco aseveró siempre que no había cedido ni un ápice de soberanía nacional con la firma de dichos pactos, la realidad de los mismos reflejaba una escasa reciprocidad. Así, mientras por un lado cualquier compromiso adquirido por EE UU quedó subordinado a sus previos convenios con la OTAN —de la que España continuó excluida—, por otro, en caso de que esta fuera atacada por un agresor no comunista, los norteamericanos no tenían ninguna obligación de socorrerla. Los pactos de Madrid trajeron consigo 226 millones de dólares en ayuda militar y tecnológica, una asistencia que en realidad se limitó a proyectos


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de infraestructuras con finalidades militares —construcción de carreteras y puertos e industrias defensivas— y a la aportación de material militar procedente tanto de los equipos excedentes del rearme general de la OTAN como de las armas, aviones y vehículos ya utilizados en la II Guerra Mundial y en la guerra de Corea. Por su parte, Franco autorizó el establecimiento de bases aéreas en Torrejón de Ardoz, Sevilla, Zaragoza y Morón de la Frontera, y la creación de una base naval en Rota, junto con una enorme cantidad de pequeñas instalaciones aéreas y de reabastecimiento de combustible naval en puertos españoles. Además, el personal militar norteamericano destinado en España quedó exento de las leyes y del sistema tributario español. En realidad, el Caudillo malbarató la neutralidad y la soberanía sin distinguir entre lo que era bueno para España y lo que era bueno para Francisco Franco. Con todo, el Generalísimo logró su objetivo y, en diciembre de 1955, España fue finalmente admitida en la ONU. De ese modo, su anticomunismo y radical confesionalidad católica permitieron a España salvar la situación de ostracismo en la que se vio inmersa a partir de 1946, sin que su aparato de poder sufriera merma alguna. De hecho, durante el periodo de rehabilitación internacional que acabo de describir Franco logró afianzar más su poder, aplastando finalmente a aquellos que resistían por las armas en los montes, los maquis, y desactivando el peligro que para su continuidad al frente del Estado hubiera supuesto el nombramiento como rey de España de Juan de Borbón, como pretendían algunos de quienes le apoyaban. Sin embargo, las contradicciones internas de su régimen no habían desaparecido. En realidad, aunque durante los años del aislamiento la incertidumbre detuvo los enfrentamientos entre los distintos proyectos políticos que convivían en la coalición reaccionaria, a la altura de 1948, cuando todas las tormentas que amenazaban al régimen parecían haber pasado, las pugnas volvieron a hacerse patentes. En ese contexto el regreso de Raimundo Fernández Cuesta a la Secretaría General del Movimiento fue entendido por muchos de sus miembros como la señal de una especie de resurgimiento de Falange, que no obstante seguía teniendo el monopolio de la vida política y social, en la medida en que sus organismos de encuadramiento siguieron funcionando en los años duros. Así las cosas, con el renovado apoyo de Franco y en un régimen que parecía por fin consolidado, el Movimiento trató de aumentar el peso de su maquinaria en todos los ámbitos de la Dictadura, singularmente en lo referido al diseño del futuro del Estado. Una vez superadas la guerra y posguerra


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mundiales, en el Partido pensaban que había llegado su momento, que ahora las cosas serían diferentes. Por eso, con el objetivo de ganar visibilidad en las altas esferas de gobierno, se reclamó tanto la unidad en las filas como evitar a toda costa las tensiones y rebeldías de años anteriores. Al margen de todo ello, y en contraste con las satisfechas declaraciones de Franco acerca de sus logros exteriores y nacionales, a finales de los años cuarenta la incapacidad de la Dictadura para elevar el nivel de vida de la mayoría de los españoles era patente. De hecho, en las grandes ciudades comenzaban a aparecer inquietantes signos de un renacer del activismo obrero. A decir verdad, frente a la imagen pergeñada desde las altas esferas del Estado de una España triunfante que estaba cumpliendo su «destino en lo universal», se imponía la realidad de unas clases trabajadoras que sobrevivían en unas condiciones cada vez más lamentables. En puridad, mientras la constante escasez de materias primas y de energía mermó significativamente la actividad industrial, obligando a reducir drásticamente los sueldos de los trabajadores, la ineficacia de las políticas agrícolas del régimen obligó a las familias trabajadoras a recurrir cotidianamente al mercado negro de alimentos, donde los precios multiplicaban por dos la tasa oficial, muy por encima de lo que se elevaban los salarios. A lo largo del primer cuarto de 1951, el deterioro del nivel de vida de los trabajadores planteó un grave reto para el régimen en las dos zonas industriales más importantes del Estado, Cataluña y el País Vasco. En Barcelona, la inconsciente decisión del gobernador civil de aumentar las tarifas de los tranvías sin tener en cuenta sus repercusiones en el coste de la vida provocó importantes desórdenes que, el 12 de marzo, desembocaron en una huelga general que siguieron por unos 300 000 trabajadores. Posteriormente, cinco días después de la firma del Tratado de París,42 250 000 trabajadores de astilleros, fábricas de acero y minas del País Vasco comenzaron una huelga de 48 horas que, en forma de conatos esporádicos, se extendió hasta el mes de mayo. Las protestas, secundadas en ambos casos por falangistas, activistas de la Hermandad Obrera de Acción Católica, representantes de los movimientos de la izquierda ilegalizada y miembros de la clase media, fueron duramente reprimidas mediante apaleamientos brutales y detenciones masivas que, en el tenso contexto internacional de la Guerra Fría, se interpretaron como una prueba más del enérgico anticomunismo del Caudillo. 42 El Tratado de París se firmó el 18 de abril de 1951 y dio origen a la Comunidad Europea del Carbón y del Acero.


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En estas circunstancias Franco decidió remodelar su Gabinete el 18 de julio de 1951. Con la guerra de Corea como trasfondo y los rumores sobre la cercana entrega del poder a don Juan flotando en el ambiente, el Generalísimo aprovechó la ocasión para reafirmar el tono falangista de su régimen. Con esta decisión puso fin a los rumores monárquicos, mostró nuevamente a Estados Unidos, con quien negociaba un tratado bilateral, que él no había cambiado y, además, se rodeó de una gran cantidad de ministros en los que confiaba plenamente, dado que el cada vez mayor anacronismo de la Falange hacía que no tuvieran otro sitio adonde ir, para que le ayudaran a disminuir cualquier reacción nacionalista violenta que pudiera provocar en el Partido la cesión parcial de soberanía a EE UU que iba a suponer la firma del citado tratado. Carrero Blanco se convirtió sin duda en la figura con mayor peso político del Gobierno y Joaquín Ruiz Giménez fue situado al frente del Ministerio de Educación. El nuevo ministro acenepista llevaba bajo el brazo un proyecto ciertamente aperturista, distanciado tanto de los católicos más integristas como del falangismo profranquista más conservador. De hecho, sus iniciativas no tardaron en crear enfrentamientos entre los dirigentes del SEU vinculados al Movimiento y pequeños grupos disidentes antifranquistas. Finalmente, la tensión acumulada durante algunos años acabó estallando en enero de 1956 a propósito de la petición de algunos estudiantes de izquierda y falangistas radicales de celebrar un Congreso de Escritores Jóvenes en el que poder intercambiar ideas. La iniciativa fue vetada por el Ministerio de la Gobernación, una decisión que no tardó en obtener la respuesta de los estudiantes a través de la difusión de un manifiesto, firmado por unas tres mil personas, en el que se reclamaba un sindicato más representativo. Estos hechos acabaron provocando fuertes enfrentamientos y disturbios entre estudiantes. La reacción del Gobierno fue fulminante. Se suspendieron varios artículos del Fuero de los Españoles, se cerró la Universidad de Madrid, se cesó a su rector, Pedro Laín, y se acabó destituyendo, días más tarde, tanto al ministro de Educación, Joaquín Ruiz Giménez (por permitir que brotaran gérmenes de disidencia izquierdista en el seno de la Universidad), como al secretario general del Movimiento, Raimundo Fernández Cuesta (por no haber sido capaz de mantener la unidad del Movimiento), que fue sustituido por José Luis de Arrese, a quien se encargó restablecer la disciplina en el seno del Partido. Sin embargo, aunque esos cambios, imprevistos y de emergencia, trataron de echar marcha atrás y recuperar las esencias de la Dictadura, no pudieron ocultar la aparición de una nueva oposición, todavía no organizada, alejada del exilio republicano y constituida por intelectuales falangistas que


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marcaban ya distancias con la Dictadura y por jóvenes estudiantes de izquierda, hijos de familias acomodadas franquistas. Franco malinterpretó gravemente los síntomas de inquietud estudiantil, verdadero aviso de que la sociedad española empezaba a avanzar en una dirección diferente de la del régimen. El Caudillo todavía podía llevar los asuntos de rutina, manipular a sus subordinados y utilizarlos unos contra otros, pero no tenía contacto con la realidad general de cambio social y las aspiraciones de sustanciales sectores de la población española. Por eso este tipo de agitaciones le resultaron del todo incomprensibles. Como ya he dicho, los estudiantes españoles de aquella época, ya fueran de izquierdas, liberales o falangistas que expresaban un tipo diferente de insatisfacción respecto a la Dictadura, pertenecían casi exclusivamente a familias acomodadas de clase media, por lo que no podía aplicárseles el mismo tipo de brutal represión que se utilizaba sin reservas contra las huelgas de clase obrera. La visión de los buenos y los malos españoles, los vencedores y los vencidos, los franquistas y los antifranquistas, que había rendido a Franco tantos beneficios desde 1939, empezaba a ser irrelevante a causa del cambio generacional. Más que nunca, la reconfortante convicción de que cualquier oposición era de inspiración comunista o masónica resultó inadecuada. Pese a los cambios, las cosas llegaron a un punto crítico cuando a mediados de enero de 1957 estalló en Barcelona otra huelga de usuarios de los transportes públicos, en relación con las manifestaciones universitarias contra el régimen organizadas so pretexto de solidaridad con el alzamiento de Hungría. A pesar de que no fue tan tensa ni tan violenta como la de 1951, el hecho de que coincidiera en el tiempo tanto con la tensión acumulada en el seno de la Dictadura por el proyecto de Arrese como con los graves problemas económicos que afectaban a la misma —inflación astronómica y desastroso estado de la balanza de pagos— llevó a Franco a concluir que era inevitable una remodelación general del Gobierno. El Caudillo utilizó el cambio de Gabinete de 1957 para comenzar un largo proceso destinado a anular completamente a la Falange. Aunque siempre la conservaría como instrumento útil para sus propios intereses, estaba decidido a que nunca volviera a desmandarse como había sucedido durante 1956. Bajo esas circunstancias cobró fuerza el proyecto de Luis Carrero Blanco, basado precisamente en desarmar políticamente al Movimiento y crear un nuevo marco legislativo que permitiera la evolución hacia una nueva Monarquía autoritaria, continuidad del franquismo cuando Franco muriera. Como consecuencia de todo ello los tecnócratas pasaron a ocupar los ministerios


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económicos, aunque paulatinamente fueron invadiendo otras áreas del Gobierno, antes bajo control falangista o católico, lo que rompió el equilibrio interno de la coalición franquista y terminó propiciando la aparición de tensiones entre las diferentes tendencias de la coalición reaccionaria. La llegada de estos técnicos al Consejo de Ministros significó el abandono de las ideas económicas que Franco y los falangistas habían compartido desde el día de la Victoria y fue una respuesta pragmática y parcial a un conjunto de problemas específicos, relacionados con la redefinición de las estructuras políticas y administrativas del régimen y la superación del colapso económico, a los que la Dictadura tenía que dar una solución eficiente si quería sobrevivir. A pesar de todo, los problemas con la deuda pública, la inflación y la balanza de pagos continuaron en los primeros meses de gobierno de los tecnócratas. Fue en ese momento cuando las principales organizaciones económicas internacionales, encabezadas por el Fondo Monetario Internacional, aconsejaron la puesta en marcha de un plan de estabilización para la economía española. Pese a que Franco desconfiaba de esos consejos y no entendía nada sobre lo que ese plan significaba, lo aceptó en última instancia cuando Alberto Ullastres y Mariano Navarro le dijeron que España estaba al borde de la quiebra. El 21 de julio de 1959 apareció el Decreto Ley de Nueva Ordenación Económica, conocido como Plan de Estabilización. Como varios expertos han señalado, su finalidad fue tanto reducir el consumo interior, mediante una fuerte devaluación de la peseta, tajantes restricciones crediticias y recortes del gasto público, como aumentar las importaciones de bienes de capital, utilizando para ello las divisas obtenidas mediante la exportación de los excedentes de producción. La aplicación del Plan, favorecida por una excepcional coyuntura internacional, dio resultados inmediatos y permitió a la economía española beneficiarse del fuerte desarrollo económico que los países occidentales capitalistas habían comenzado a vivir desde comienzos de los años cincuenta. Sin embargo, no todo fueron parabienes, puesto que sus efectos sociales a corto plazo resultaron traumáticos, castigando a la clase obrera en términos de congelación salarial, aumento del desempleo y escasez de artículos de primera necesidad, factores que no hicieron sino alentar la emigración a los países europeos, que reclamaban entonces mano de obra, y consolidar el proceso de reanimación sindical clandestina que se había iniciado en España desde principios de la década, impulsado y organizado tanto por los grupos católicos como por el Partido Comunista y otras organizaciones de izquierda. Ante la ristra de medidas políticas y económicas que se adoptaron desde febrero de 1957 con el fin último de marginar y desarmar a la Falange,


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esta no permaneció impasible y trató de reaccionar adoptando un discurso de crítica «social» al Gobierno. Esta decisión, junto a la aparición de grupos de oposición conservadores dentro de la coalición reaccionaria, dañó seriamente su unidad interna, que ya había comenzado a relajarse a partir de 1953. Por lo tanto, a partir de 1957 las tensiones internas existentes en el interior de la Dictadura se solidificaron y dieron lugar a un fraccionamiento de la élite dirigente que impidió a la misma estar en condiciones de asumir y defender un proyecto político homogéneo y coherente tras la muerte de Franco. Aun cuando, a las puertas de los años sesenta, Falange había perdido la iniciativa política y la oportunidad de fraguar una base directa de poder que le permitiese sobrevivir tanto a la instauración de una Monarquía como a la prematura muerte de Franco, lo cierto es que no solo no sucumbió sino que logró mantenerse en la vida cotidiana de los españoles del único modo que podía hacerlo, adoptando la forma de un sumiso entramado burocrático al servicio exclusivo de la permanencia del Caudillo y su Dictadura. Sin embargo, este fenómeno de perennidad política resultaría difícilmente explicable sin atender previamente al proceso gracias al cual FET y de las JONS consiguió, a lo largo de la década de los cincuenta, consolidar y ampliar su control sobre la Administración periférica del Estado. En este sentido conviene no olvidar que durante la década bisagra del siglo xx la normalización institucional del régimen franquista alcanzó también a las provincias, donde la dinámica de gestoras provisionales iniciada con la Guerra Civil llegó a su fin con la puesta en marcha de las elecciones municipales por tercios de representación. El control de estos comicios, y de los candidatos que se presentaron a ellos, fue encargado por el Estado a FET y de las JONS, que no se conformó con esta tarea y aprovechó la enorme fuerza de su estructura burocrática para participar en ellas de forma hegemonizadora. En realidad, la puesta en marcha de la «democracia orgánica» no alteró sustancialmente la dinámica política local, porque no acabó con el nombramiento discrecional de los presidentes de las diputaciones provinciales, los alcaldes y el resto de altos representantes del Estado en la provincia por parte de unos gobernadores civiles que, como ya ha sido puesto de manifiesto más arriba, fueron mayoritariamente falangistas. Si a ello se une el hecho de que el Movimiento no solo se hizo cargo del control de los procesos electorales a través de los cuales se accedía a las concejalías sino que logró colocar a sus miembros en la mayor parte de los puestos en disputa, resulta más que evidente que durante los años cincuenta FET y de las JONS amplió su control sobre la Administración periférica del Estado.


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Además de la citada consolidación institucional de la Dictadura en provincias, la puesta en marcha de estos procesos electorales trajo consigo dos importantes consecuencias: por un lado, la definitiva desintegración y desaparición, como grupo de representación de intereses, de la oligarquía católico-agraria que surgió en Huesca durante el primer tercio del siglo xx; por otro, la llegada de un nuevo grupo de hombres, pertenecientes a una poderosa clase media ligada al desarrollo de los servicios y del Estado, que echó raíces y se expandió en la España de los cincuenta al calor de la consolidación internacional de un régimen que no solo le proporcionó una relativa tranquilidad social, sino que se erigió en garante acérrimo del orden público, la propiedad privada y, en definitiva, el retorno a los valores tradicionales, tan acendrados en la mayor parte de sus integrantes. A lo largo de los cincuenta, mientras la élite política oscense sufría todas estas transformaciones, Manuel Artero, que como he tratado de mostrar anteriormente fue aceptado y reconocido por muchos de sus miembros durante la década de los cuarenta, comenzó a integrarse en algunas de las organizaciones que gestionaban sus espacios de sociabilidad, en unos casos, y que representaban sus intereses corporativos, en otros. De ese modo, el médico oscense pudo contribuir de forma mucho más directa a mejorar la ciudad que tanto amaba y la vida de sus convecinos. Así, en 1952 Artero fue nombrado vicesecretario de una de las organizaciones culturales más importantes de la ciudad, la Sociedad Oscense de Conciertos, en cuya Junta Directiva, presidida por Julio Barrón, se encontraban dos grandes amigos: Franco García Bragado, el médico más reconocido de la capital, con el que Artero había trabajado durante prácticamente toda la Guerra Civil, y José María Lacasa, brillante compositor y uno de los políticos conservadores más conocidos de la provincia, que había ejercido como concejal y alcalde de la ciudad, amén de ocupar importantes cargos en otras organizaciones como FET y de las JONS.43 De igual modo, en febrero de 1959, inmediatamente después de que el por aquel entonces concejal del Ayuntamiento Luis Coarasa Paño, con quien había trabado una gran amistad durante sus años de estudiantes en la Facultad de Medicina y compartido trabajo y sufrimiento en la Guerra Civil, fuese nombrado presidente de la Junta Directiva del Círculo Oscense, Artero entró a formar parte de la misma.44 43 Diario Nueva España del 13 de mayo de 1952, p. 2. 44 Diario Nueva España del 3 de febrero de 1959, p. 2. La información sobre el lugar en el que trabaron amistad Manuel Artero y Luis Coarasa me la proporcionó Joaquín Deó en la entrevista que le realicé el 15 de abril de 2011.


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Por otro lado, desde 1953 era miembro de la Junta Directiva del Colegio de Médicos de Huesca, presidido en aquellos años por Franco García Bragado, en calidad de vocal de la sección de médicos de la Seguridad Social. En los dos años que estuvo en el cargo logró poner en marcha el proyecto del Igualatorio Médico Colegial y actuó como representante provincial ante el Consejo General de Colegios Médicos para los temas relacionados con el seguro obligatorio de enfermedad.45 Además, su gran pasión por la agricultura le llevó a lo largo de la década a tomar las riendas de la gestión de unas tierras en la huerta de Almériz propiedad de sus tíos, ya mayores, que más adelante heredaría.46 Gracias a ello entabló una gran relación de amistad con Daniel Calasanz, uno de los propietarios oscenses con mayor predicamento en la ciudad, acabó integrándose en el Sindicato de Riegos de Arguis, que llegó a presidir con el paso de los años,47 y se interesó por los grandes problemas del agro oscense. Entre ellos, el de los riegos, lo cual explica sus diversas gestiones para la realización de estudios técnicos sobre perfeccionamiento y nuevas obras de riegos como el pantano de Manjarrés,48 o sus propuestas de trasvasar agua del río Flumen a Manjarrés por Sagastillo, estudiar la permeabilidad del citado río, o reformar el pantano de Arguis para elevar su capacidad.49 A nivel personal este periodo estuvo marcado para Manuel Artero por dos acontecimientos: la muerte de su madre, Adela Bernad, el 20 de diciembre de 1959, a los 84 años de edad,50 y el inicio de su relación con Daniel Carmen. Ambos se conocieron casualmente en marzo de 1955 y desde entonces fraguaron una profunda amistad que pronto se articuló alrededor de lo laboral y lo personal. En relación con el ámbito profesional, Artero no solo lo contrató como su ayudante en el Servicio de Urología del Hospital Provincial, sino que no tardó en ofrecerle colaborar con él en su consulta privada de la calle Primo de Rivera, hoy Miguel Servet. No obstante, el trato meramente profesional se extendió en seguida a la vida personal y familiar. Como él mismo cuenta con detalle en este libro, la relación profesional entre Daniel Carmen y Manuel Artero se extendió muy pronto a la vida personal y familiar. Al principio, el primero asistía a las comidas a casa del segundo, posteriormente comenzó a quedarse a dormir cuando Artero estaba 45 Esta información la cita José Ignacio Domínguez Torres en el texto que firma en este mismo libro. 46 Este dato lo obtuve en la entrevista mantenida con Daniel Carmen el 14 de febrero de 2012. 47 Diario Nueva España del 11 de febrero de 1965, p. 1. 48 Brioso (2004). 49 Ciprés (1985, p. 176). 50 Nueva España, 22 de diciembre de 1959, p. 2.


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Coso Alto de Huesca. En la acera de la derecha se encuentra el Mi Bar, uno de los lugares donde Manuel Artero y sus amigos solían mantener sus tertulias.

ausente y en menos de un año ya tenía una habitación propia que no abandonó hasta el día de su boda, en 1962. Dadas las circunstancias, el antiguo médico de Aínsa enseguida se convirtió en la persona de confianza del urólogo oscense. Debido a ello pronto fue uno más de los asistentes habituales a las tertulias que Artero y un pequeño grupo de amigos, entre los que solían estar Ramón Torrente, José María Lacasa, Eulogio Malo, Santiago Marraco o los hermanos Porta, mantenían en el Mi Bar del Coso.51 En estos encuentros, sobre todo desde comienzos de los años sesenta, seguro que aparecía con frecuencia el espectacular crecimiento económico en el que se instaló España a raíz de la puesta en marcha de las primeras medidas de liberalización económica, un crecimiento que el Estado trató de estimular todavía más a partir de 1964 con la puesta en marcha de los Planes de Desarrollo, cuyas directrices eran indicativas para el sector privado y vinculantes para el sector público, y se basaron en una política de promoción industrial a través del desarrollo regional. A decir verdad, el espectacular avance económico español en esos años fue acompañado de profundos cambios sociales entre los que cabe destacar el 51 Esta información la obtuve en la entrevista mantenida con Daniel Carmen el 14 de febrero de 2012.


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aumento de los desequilibrios regionales, el éxodo rural y la aparición de una nueva clase obrera. En realidad, el modelo desarrollista español se caracterizó precisamente por una elevada concentración espacial de la actividad económica y, por tanto, de la población. Así, siguiendo la tendencia marcada desde comienzos del siglo xx, el crecimiento industrial se situó, estimulado por la propia planificación del régimen, en el triángulo Barcelona-Vizcaya-Madrid, con importantes consecuencias para la distribución regional de la población. Más de cuatro millones y medio de personas, normalmente trabajadores subempleados en la agricultura, cambiaron de residencia en España durante la década de los sesenta, pasando a ocupar la oferta de puestos de trabajo en los sectores económicos en desarrollo. Se produjo un trasvase masivo de población del campo a la ciudad, llamado éxodo rural, que transformó la sociedad española al romper con la abundante disponibilidad de mano de obra en el campo, provocar un notable aumento de los salarios agrícolas, que obligó a los propietarios a sustituir el trabajo por la maquinaria, y finalmente, como ha recordado recientemente Julián Casanova, restar poder político e influencia social a esa élite agraria a la que Barrington Moore atribuyó una importancia capital para la consolidación de regímenes autoritarios, despejando así el camino para que la burguesía industrial adoptara políticas democráticas. La crisis de la agricultura tradicional, el crecimiento industrial y la emigración desde el campo a las ciudades tuvieron importantes repercusiones en la estructura de clases. Una de ellas fue la aparición de una nueva clase obrera que, controlada por los falangistas y los sindicatos verticales, y sometida a una intensa represión, tuvo que subsistir en condiciones miserables y con bajos salarios hasta que, a comienzos de los años sesenta, la nueva legislación sobre convenios colectivos les permitió mejorar sus contratos. Además, paralelamente, la introducción de la negociación colectiva provocó cambios significativos en la teoría y práctica del sindicalismo, como ya ocurrió en otros países europeos durante los años treinta, puesto que los antiguos objetivos de la revolución obrera se desplazaron para lograr otros más inmediatos relacionados con los salarios, la duración de los contratos o la exigencia de libertades. El éxito de las medidas económicas puestas en marcha por los tecnócratas consolidó la ascensión política de Carrero Blanco y reforzó la influencia de los técnicos ligados al Opus Dei en el seno del Gobierno y en la cúspide de la Administración Pública, un proceso que recibió su sanción oficial con los reajustes ministeriales de julio de 1962 y junio de 1965. Por añadidura, el triunfo político del equipo tecnocrático auspiciado por Carrero fue también el de su proyecto para salvar a la Dictadura de la bancarrota mediante la


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promoción del desarrollo económico y la modernización productiva y administrativa del país. En esencia, su programa político se reducía a restaurar la Monarquía y promover el crecimiento de la economía como vector generador de una prosperidad y bienestar social que sirvieran para acallar la disidencia política, tal y como venía sucediendo en los países de mayor renta, donde la extensión de la sociedad de consumo estaba derivando en una aceptación de las estructuras capitalistas y en un menor interés por la vida política. La asunción sin aspavientos de la inmovilidad del sistema político, único límite que les impuso Franco, y su éxito económico permitieron a los tecnócratas relanzar sus proyectos paralelos de racionalización administrativa y, especialmente, de institucionalización política, considerados por Laureano López Rodó como la mejor garantía para la supervivencia del régimen. Gracias a ello la institucionalización política del régimen pudo finalmente ser culminada con la promulgación, el 10 de enero de 1967, tras su aprobación en referéndum el 14 de diciembre de 1966, de la Ley Orgánica del Estado (LOE), la última y más importante de las Leyes Fundamentales. Probablemente con la LOE se inauguró el máximo nivel de aperturismo que podía permitir la ideología autoritaria del régimen, aunque este solo fuera posible sobre el papel, puesto que en el ánimo del legislador no existió la intención de que pudiera servir algún día como puente para alcanzar una legalidad contrapuesta. Como agudamente mostró Álvaro Soto, el significado de dicha norma resultó paradójico puesto que, aun cuando desde el interior del régimen fue percibida como un síntoma de apertura, sobre todo como fórmula alternativa a la voluntad monopolizadora expresada por el Partido Único, desde una perspectiva histórica más amplia no es posible negar que tenía una intencionalidad claramente continuista, ya que su objetivo primordial era vertebrar eficazmente el juego de poderes existentes (Corona, Estado y Movimiento) para perpetuar el franquismo. Tras la aprobación de la citada ley se hizo ineludible afrontar una medida cuya necesidad era evidente desde principios de los sesenta, la designación por Franco de un sucesor. En ese sentido, el persistente apoyo de Carrero Blanco a la sucesión monárquica en la persona de don Juan Carlos fue decisivo a la hora de forzar al Caudillo a tomar una decisión. Bajo estas circunstancias, el 21 de julio de 1969 Franco anunció al Consejo de Ministros la decisión de nombrar a don Juan Carlos como sucesor «a título de rey». Siete días después el príncipe aceptó el nombramiento, poniendo de manifiesto su lealtad y fidelidad tanto al jefe del Estado como a los Principios del Movimiento y demás Leyes Fundamentales.


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Esto supuso la culminación práctica del programa de institucionalización política del régimen auspiciado por Carrero y su equipo, pero al mismo tiempo significó un fuerte agravamiento de las crecientes fracturas existentes en el seno del Gobierno en todo lo referido a la línea política que debía seguirse de cara al futuro. Ante las nuevas condiciones sociales generadas por el espectacular crecimiento económico, las diversas tendencias existentes en el seno de la coalición reaccionaria tuvieron que definirse respecto al potencial efecto y reflejo de esas transformaciones en el plano estrictamente político. Este fenómeno acabó dando lugar a la aparición de dos amplios grupos, inmovilistas y aperturistas, caracterizados principalmente por sus propuestas para afrontar la continuidad de la Dictadura una vez muerto su Caudillo. Los adversarios «aperturistas» de Carrero, que después de Franco era quien mejor representaba el inmovilismo, fueron, en el seno de los gobiernos de la década de los sesenta, los representantes de aquellos que habían sido postergados en beneficio de los tecnócratas, cuyas esperanzas de recuperación estribaban en una tímida liberalización política que completara la correlativa liberalización económica. Se trataba, no obstante, de una apertura dentro del sistema, sin posibilidad de vinculación a ningún tipo de evolución ideológica capaz de sobrepasar sus estrechos y excluyentes márgenes. Es decir, su demanda de pluralismo era engañosa, porque si algún fin preciso perseguía no era otro que el de conferirle cierto dinamismo al Movimiento para fortalecerlo. En ese contexto el estallido del llamado escándalo Matesa durante la segunda mitad de 1969 provocó la ruptura definitiva entre los dos grupos. Con don Juan Carlos ya nombrado sucesor, el secretario general del Movimiento, José Solís, se aferró al caso Matesa como su última oportunidad para romper la hegemonía del Opus Dei antes de que comenzara el futuro sin Franco. Sin embargo, la táctica se le acabó volviendo en contra, puesto que Carrero Blanco supo aprovechar el enfurecimiento del Caudillo por la publicidad dada al asunto en el extranjero para convencerle de que el «delito de escándalo» imputable a los falangistas que dieron publicidad al problema era más grave que el fraude original y, al mismo tiempo, demandarle un reajuste total del Gabinete, acusando a Solís de promover un verdadero «asalto al poder» de los sindicatos. Franco se plegó a las demandas en favor de «un Gobierno unido y sin desgaste», y autorizó la formación de un ejecutivo formado exclusivamente por católicos conservadores pertenecientes al Opus Dei o a la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, simpatizantes de Juan Carlos de Borbón. De esta manera, los tecnócratas fueron los grandes triunfadores del nuevo


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Gabinete anunciado el 29 de octubre de 1969, puesto que no solo monopolizaron el Gobierno y lograron convertir la Presidencia del mismo en el centro indiscutido e indiscutible del poder franquista, sino que su gran valedor, Carrero Blanco, se convirtió de facto en el sucesor natural de un envejecido Franco y en el símbolo de la permanencia futura del régimen más allá de la vida de su fundador. El nuevo ejecutivo trató de combinar el estricto «continuismo» en el plano político con la promoción del desarrollo económico, y el bienestar material, con la esperanza de que la administración eficiente y la prosperidad permitieran una transición indolora a una Monarquía franquista bajo el reinado de don Juan Carlos. Sin embargo, frente a lo que sus impulsores esperaban, el cambio de octubre no solo no resolvió ninguno de los problemas que tenía planteados el régimen sino que abrió una profunda grieta en la clase política franquista. Los partidarios del Caudillo comenzaron a separarse en facciones que ya no reflejaban la tradicional división entre falangistas, monárquicos, católicos y demás, sino más bien percepciones diferentes y caleidoscópicamente cambiantes sobre cómo sobrevivir a la inminente desaparición de Franco. Por un lado estaban los herederos del «aperturismo» de los años sesenta, es decir, aquellos que comenzaban a trabajar en pro de la reforma desde dentro del sistema. En el extremo opuesto se hallaban los depositarios del legado del «inmovilismo» precedente o, dicho de otro modo, quienes culpaban a la modernización de abrir las puertas a la oposición y aspiraban a regresar al franquismo duro de los años cuarenta. Su voluntad de luchar contra el progreso hasta el fin provocó que se les conociera como el búnker, denominación de clara reminiscencia hitleriana. En realidad, esas profundas discrepancias entre los máximos dirigentes del franquismo revelaban que el régimen había entrado en una fase de crisis estructural en virtud de su creciente anacronismo respecto al propio cambio social y cultural que había generado el intenso desarrollo económico de los años sesenta, una situación que todavía se agravó más cuando, entre 1970 y 1973, la explosión de la conflictividad laboral y la contestación estudiantil, la defección eclesiástica y la actividad terrorista contribuyeron a quebrar definitivamente la paz de Franco. Frente a la multiplicación en los ámbitos laboral y universitario de las protestas, manifestaciones, reivindicaciones y huelgas, los nuevos dirigentes solo supieron responder con el brutal empleo de la represión. No obstante, dado que los huelguistas tenían en muchas ocasiones el apoyo del clero y que


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la brutalidad policial generaba cada vez más rechazo en la comunidad internacional, el Gobierno comenzó a impulsar la actividad de grupos terroristas parapoliciales de extrema derecha que llevaran a cabo aquel trabajo que el ejecutivo no deseaba realizar en primera persona y a la vez le permitieran presentarse como una especie de centro frente a la desaforada violencia desatada por ellos. Mucha mayor amargura que la conflictividad laboral y universitaria provocó en los dirigentes del régimen la pérdida del vital apoyo eclesiástico. A lo largo de estos años, bajo la influencia reformista del Concilio Vaticano II, la Iglesia española comenzó a tomar una serie de medidas que simbolizaban su abandono definitivo del nacionalcatolicismo en favor de una pronta y pacífica evolución hacia la democracia. Entre ellas deben ser destacados los sucesivos nombramientos del cardenal Tarancón, primero para hacerse cargo de la diócesis de Madrid tras la muerte del cardenal Morcillo, en mayo de 1971, y después para ponerse al frente de la Presidencia de la Conferencia Episcopal Española. Sin embargo, la principal amenaza al «orden» franquista durante aquellos años fue sin duda la organización terrorista ETA, que, tras destrozar el mito de la invulnerabilidad del régimen después de sus primeros asesinatos, en el verano de 1968, se convirtió en el principal objetivo político y policial de las autoridades franquistas. Para mostrar su determinación de combatir la «subversión» y poner fin al «separatismo terrorista» vasco representado por los etarras, el Gobierno decidió en 1970 someter conjuntamente a dieciséis personas a un consejo de guerra que condenó a seis de ellas a muerte y al resto a un total de 518 años de cárcel. Frente al objetivo de la Dictadura, el llamado juicio de Burgos alentó un proceso internacional contra la falta de libertades democráticas en España. Además, aparte de su resonancia exterior, el juicio sumarísimo motivó una crítica pastoral conjunta de los obispos vascos y ocasionó un pronunciamiento de la Conferencia Episcopal Española a favor de la clemencia y las garantías procesales. Ante las numerosas peticiones de compasión llegadas de todas partes y los intentos, tanto de López Bravo como de López Rodó y Carrero Blanco por convencer a Franco de la repercusión negativa que tendría sobre la imagen internacional de España que dichas sentencias fueran confirmadas, este accedió y optó por ejercer su derecho de gracia y conmutar las penas de muerte el día de fin de año de 1970. A decir verdad, el proceso de Burgos resultó desastroso para el franquismo porque alteró radicalmente el equilibrio de fuerzas en España. La torpeza del


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régimen unió a la oposición como nunca antes, permitió a la Iglesia mostrarse profundamente crítica, hizo que los franquistas más aperturistas comenzaran a abandonar lo que veían como un barco que se estaba hundiendo y acrecentó el malestar en un amplio sector político, fundamentalmente el falangista, y en general, entre las organizaciones del Movimiento, que veían cómo, pese a continuar disponiendo de un aparato coercitivo capaz de restaurar el orden y de ejercer una presión disuasoria extraordinaria, el Estado mostraba graves debilidades frente a los retos que lo amenazaban. En esa coyuntura el fracaso de las crecientes medidas de represión para contener aquellos movimientos simplemente agudizó la crisis interna del régimen y puso en evidencia la bancarrota política del continuismo franquista. En ese marco, Carmen Polo, la mujer de Franco, y su yerno, y el marqués de Villaverde, le convencieron de que el Gobierno había fracasado en la tarea primordial de mantener el orden público. Por ello el Caudillo tomó la decisión de que fuese Carrero Blanco quien se hiciese cargo de la Presidencia del Consejo de Ministros. Pese a su posición inicialmente reacia, el almirante aceptó finalmente la orden y formó un nuevo Gabinete que inició oficialmente su andadura en junio de 1973 con el objetivo de cerrar las heridas producidas por el cambio de octubre de 1969, superar las divisiones entre la clase política y transmitir una imagen más dura, que le permitiera alcanzar su objetivo esencial, asegurar el futuro del régimen, de acuerdo con la legalidad y las instituciones configuradas, frente a sus incansables enemigos. A lo largo de todos aquellos años, el mayor peso que los tecnócratas habían logrado en el Gobierno del Estado comenzó a plasmarse también en la Administración periférica. La ciudad de Huesca fue un buen ejemplo de cómo empezaron a aparecer personas con un marcado carácter tecnocrático en las instituciones, al tiempo que disminuía en ellas el peso de los falangistas. Como ya he comentado anteriormente, la presencia de Falange en la capital altoaragonesa fue prácticamente nula durante el periodo republicano y la explosión en el número de sus integrantes estuvo íntimamente vinculada a un conjunto de factores relacionados con la movilización social que provocó la Guerra Civil (afiliaciones de excombatientes, excautivos, interesados en busca de prebendas, etcétera), difícilmente reproducibles sin un nuevo conflicto armado de por medio. A partir de los años sesenta, muchos de estos adeptos comenzaron a llegar a la fase final de su ciclo vital y el Partido tuvo que afrontar ineludiblemente la renovación de sus militantes. Sin embargo, los escasos medios con los que la organización asumió la complicada tarea del encuadramiento de la


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población hicieron que las nuevas promociones de jóvenes falangistas fueran insuficientes para poder mantener su omnímoda presencia en las instituciones locales. Por esa razón, sobre todo entre los concejales provenientes del tercio familiar pero no solo, se empezó a potenciar la incorporación de caras nuevas, entre las que primaba la popularidad por encima de las adscripciones ideológicas, aunque, eso sí, sin permitir atisbo alguno de dudas sobre su adhesión al régimen. En este sentido, los adictos no falangistas no dejaron de ser franquistas al cien por cien, y eso era lo que contaba, la fidelidad al régimen y no al Partido. Pienso que este es el marco en el que mejor puede explicarse y entenderse cabalmente el creciente descenso de excombatientes y, especialmente, de «camisas viejas» en el seno de las administraciones locales oscenses, así como la aparición de personas procedentes tanto del Frente de Juventudes o la Organización Sindical como de grupos de católicos, algunos con una cierta identificación «social», que en muchos casos ni siquiera tenían un pasado político de referencia. Destacaba así la presencia de empresarios, industriales o ingenieros, más identificados con la «tecnocracia» o el «desarrollismo» que con tendencias ideológicas cada vez más arrinconadas, y entre ellos primaba la idea de administrar de la forma más eficiente posible los recursos públicos. Gracias al espectacular crecimiento económico del país durante los años del desarrollismo, dichos recursos aumentaron con respecto a los disponibles durante las dos décadas anteriores y comenzaron a llegar en cantidades no despreciables a la capital oscense en forma de «auxilios y ayudas provinciales y estatales», sobre todo a través de la Comisión de Servicios Técnicos que presidía el gobernador civil.52 No obstante, esta forma de financiar la modernización urbana no hizo sino consolidar la dependencia que, desde los ya lejanos años cuarenta, los ayuntamientos y el resto de administraciones locales tenían del Gobierno central, ya que no podían utilizar el dinero de forma autónoma sino que era el propio Estado el que no solo designaba en qué se gastaba, sino que incluso adjudicaba las obras. Aunque la capital altoaragonesa se vio beneficiada por el aumento de las inversiones estatales gracias a la buena marcha de la economía nacional, lo 52 En menor cantidad aportaron igualmente fondos la Junta Nacional del Paro, la Dirección General de la Administración Local y la Presidencia del Gobierno, esta a través de los Planes de Acción e Inversión, también llamados de Desarrollo Local, aunque en este caso las cantidades fueron mínimas. No obstante lo escasas que fuesen, las ayudas provenientes de los Planes de Desarrollo se acabaron en 1971, puesto que ni Huesca ni su provincia fueron incluidas en las previsiones del III Plan de Desarrollo.


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cierto es que, al igual que otras muchas localidades, Huesca quedó al margen del intenso pero selectivo proceso de industrialización y urbanización que durante estos años se produjo en España. Sin embargo, dicha situación no fue solo responsabilidad de una planificación económica cuyo principal objetivo fue generar actividad industrial en unas zonas concretas del país. En realidad, el municipio oscense presentaba importantes carencias que hacían especialmente complicado el florecimiento de un tejido industrial sólido. En este sentido, resultaban muy relevantes la escasez de terrenos urbanizados para uso industrial, los insuficientes caudales de agua que abastecían la ciudad y la carencia de instalaciones de capacitación técnica donde poder convertir a las nuevas generaciones en mano de obra cualificada. Además de las evidentes consecuencias económicas, la inexistencia de un amplio tejido productivo tuvo dos importantes secuelas de carácter social y político. En primer lugar, las clases medias, de carácter fundamentalmente técnico, que se desarrollaron en los espacios industrializados no pudieron crecer en la capital del Alto Aragón al ritmo necesario y en la cantidad suficiente para desplazar de sus puestos en la élite política a los profesionales liberales y funcionarios que los venían ocupando de forma mayoritaria desde finales de los cuarenta y principios de los cincuenta. En segundo lugar, el hecho de que la mayor parte del Alto Aragón, incluida su capital, quedara al margen del proceso industrializador de los sesenta impidió la aparición de una clase obrera fuerte y evitó el desarrollo de los movimientos sociales y políticos, que solo saldrían tímidamente a la luz tras la muerte de Franco.53 Más allá de los esporádicos lanzamientos de octavillas de propaganda clandestina, «siempre en pequeña cantidad y con muy escasa difusión», de algunas «sentadas» de estudiantes en la Universidad Laboral, «sin que dicha actitud trascendiera de los límites del recinto ni tuviese posteriormente mayores repercusiones», o de los frecuentes discursos del obispo auxiliar de la Diócesis de Huesca, Javier Osés, «claramente identificado con el movimiento progresista», la ciudad fue realmente una balsa de aceite con una «marcada inclinación conservadora» y se caracterizó, 53 Según la memoria del Gobierno Civil de 1970, la población de la capital oscense se nutría esencialmente en aquella fecha de funcionarios, comerciantes, agricultores, artesanos empleados y «un grupo no numeroso de asalariados». Además no existía el problema del paro, puesto que el sector de la construcción absorbía toda la mano de obra. En este sentido, la memoria del Gobierno Civil de 1972 recoge cómo «las relaciones de los obreros con la Organización Sindical siguen siendo correctas y constructivas, canalizándose por su conducto las diversas incidencias laborales que les afectan y continuando sin apreciarse indicios que permitan suponer la existencia de Comisiones Obreras u otras organizaciones clandestinas, ni agitadores o propagandistas de ideas extremistas».


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en opinión del principal representante del Estado en ella, por unos «ideales patrióticos muy acendrados, con espíritu de sincera y leal colaboración a los Mandos provinciales y locales, dentro de una casi total adhesión a los Principios Fundamentales del Movimiento». A pesar de algunos enfrentamientos con autoridades locales producidos a finales de la década de los sesenta y principios de la de los setenta, que yo mismo he abordado en otro lugar, esta «paz social» y el innegable aumento de los recursos económicos que tuvieron a su disposición permitieron a los gobernadores civiles y jefes provinciales del Movimiento, que debido a la inmovilidad del sistema político continuaban siendo los verdaderos responsables directos de la Administración en provincias, ejercer sus tareas sin grandes dificultades. A principios de la década, en 1962, llegó a Huesca un nuevo gobernador civil cuyo interés por la dinamización económica de la provincia estaba en perfecta consonancia con los nuevos vientos que soplaban en la vida económica española. Ramón Encinas Diéguez nació en Orense en 1918 y era licenciado en Derecho por la Universidad de Santiago de Compostela. Durante la Guerra Civil había luchado al servicio de los rebeldes en calidad de alférez provisional y alcanzado finalmente el grado de capitán de Infantería, y tras la contienda pronto inició su carrera política. Cuando fue designado para ocupar el Gobierno Civil y la Jefatura Provincial del Movimiento en Huesca, ejercía como vicepresidente de la Diputación Provincial de Orense, donde ya había mostrado su interés por contribuir a la dinamización económica de la provincia con sus intensas colaboraciones en los Planes de Cooperación y Desarrollo.54 Fue precisamente ese deseo de impulsar la economía provincial lo que hizo que, cuando Manuel Artero tuvo que operar al padre de la nueva máxima autoridad provincial, a los pocos días de su toma de posesión, se produjese entre ambos una conexión inmediata.55 Por esas mismas fechas, de comienzos de los sesenta, Artero acababa de trasladarse a su nueva casa de Cillas junto con su prima, María Rivarés. En opinión de María Cruz Ciprés, el médico oscense había adquirido los terrenos y acomodado el viejo caserón-mesón que en ellos existía con «grandes apuros» y el único objetivo de embarcarse en una empresa que le sacara del único foco que podía absorberle, la medicina. Allí pretendía reunir a sus 54 Todos los datos que cito aquí sobre Ramón Encinas Diéguez, en el diario ABC del 20 de julio de 1963, p. 32. 55 La información sobre la operación del padre de Ramón Encinas Diéguez, en el texto que publica Daniel Carmen en este mismo libro.


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amistades y propiciar un clima de convivencia de acentuado color oscense.56 De esa manera comenzaron las famosas tertulias de Cillas, que como recuerda su amigo Daniel Carmen, salvo excepciones, «tenían el denominador común del oscensismo, con el acento no en el recuerdo, sino en la exposición de necesidades presentes y futuras, así como en la implicación para poner en marcha soluciones, sin perder de vista el tomar conciencia de las personas concretas que podían ser contagiadas del mismo ideal y aportar su ayuda para la maduración del proyecto».57 En aquellas reuniones el anfitrión reunía regularmente a diferentes personas, en función de los temas que en ellas habían de tratarse, para buscar soluciones en torno a una siempre jugosa cena que, los sábados, solía prolongarse hasta el amanecer. Por ellas pasaron gentes de diferente procedencia, clase social y profesión: desde autoridades o profesores universitarios a obispos, estudiantes, maestros, albañiles, agricultores, directores de cine, opositores al régimen, etcétera. Durante esos encuentros, como recuerda Pilar Torrente en la presente obra, Artero, «con una habilidad inigualable», conseguía que todos participasen y evitaba que nadie se alejase en sus comentarios del tema principal que en cada ocasión se estaba dilucidando. Habituales de aquellas tertulias fueron Eulogio Malo, Santiago Marraco, José María Lacasa, Agustín Delplán, Franco García Bragado, Ramón Torrente, José Porta, Fernando Garasa o Daniel Carmen. Desde un ámbito completamente privado y desvinculado de la política oficial, todos ellos, junto con otras muchas personas que acudían con menor frecuencia, contribuyeron durante varios años a buscar soluciones a los diferentes problemas que aquejaban a su querida ciudad y, en alguna ocasión, a personas concretas. Como ha apuntado Daniel Carmen, los años más fructíferos de aquella tertulia de Cillas, en relación con las iniciativas que consiguieron finalmente sacar adelante, fueron los que Ramón Encinas Diéguez estuvo al frente del Gobierno Civil de la provincia, es decir, entre 1962 y 1965. Como ya he comentado, este y Artero sintonizaron muy pronto nada más conocerse, y al estar el primero también soltero se convirtió en uno de los habituales de Cillas mientras permaneció en la ciudad. De hecho, durante aquel periodo, Artero, que no fue nunca amigo de figurar en actos de carácter oficial, durante aquel periodo apareció citado siempre por el periódico Nueva España entre los asistentes a las reuniones que habitualmente organizaba el gobernador civil con otras autoridades de la provincia. La integración de 56 Ciprés (1985, p. 177). 57 Véase el texto de Daniel Carmen en este mismo libro.


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Ramón Encinas en las tertulias de Cillas hizo que, al haber dinero disponible y seguir todo el poder real de la provincia en manos del máximo representante del Estado en ella, algunas de las ideas que se propusieron alrededor de la mesa de Artero en ese periodo acabaran haciéndose realidad. Entre ellas cabe destacar especialmente dos: la construcción del Hospital San Jorge, tras cuya inauguración en 1967 Artero fue nombrado jefe del equipo de Urología,58 y la edificación del Pabellón Polideportivo del Parque. Ambos fueron claros ejemplos de su capacidad a la hora de aunar voluntades y acercar posturas, incluso entre personas o instituciones con intereses contrapuestos, con el fin de conseguir mejoras para la ciudad de Huesca. También en el entorno de aquellas reuniones y dentro del mismo marco temporal se resolvió un problema de carácter mucho más personal y que atañía a un amigo íntimo del doctor Artero del que aquí ya se ha dado cuenta, Joaquín Deó Zabaleta. Este era familiar directo del reconocido pintor expresionista y poscubista Rafael Zabaleta Quesada, que tras haber alcanzado cierto prestigio internacional durante los años cuarenta y cincuenta falleció repentinamente en su localidad natal el 24 de junio de 1960. Por aquel entonces su obra tenía un valor ciertamente importante y, a la hora de hacer el reparto de su herencia, surgieron importantes complicaciones debido a que el finado no había hecho testamento. Por ello Joaquín Deó recurrió a la capacidad mediadora de su gran amigo oscense, quien finalmente consiguió que el reparto llegara a buen puerto, tal y como cuenta el primero en el texto que escribió poco antes de fallecer y con el que se inicia el apartado de homenaje de este libro. Sin embargo, la tertulia de Cillas y el ejercicio de la medicina no fueron los dos únicos ejes alrededor de los cuales giró la vida de Manuel Artero durante los años sesenta y principios de los setenta. En primer lugar porque en el transcurso de esa década su hermano Félix pudo regresar a España, tras más de veinte años de exilio en México, donde además de ejercer de forma privada la enseñanza, gracias a la ayuda que le prestó la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE), contrajo matrimonio con la hija de uno de los jefes de la Guardia de Asalto que, en julio de 1936, se opuso a la sublevación militar en Barcelona. Por otro lado, dejando a un lado la reactivación de la relación cotidiana con su único hermano, Artero decidió centrar una importante cantidad de su tiempo y sus recursos económicos y materiales en desarrollar una importante 58 Solsona (2011, p. 6).


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El Orfeón Oscense, del que Manuel Artero fue un gran entusiasta y que dirigía su amigo José María Lacasa, actuó junto a la Orquesta Sinfónica de Zaragoza en el teatro Olimpia el 18 de junio de 1954 con motivo del homenaje que se rindió al Orfeón por sus bodas de plata. El acto fue patrocinado por la Sociedad Oscense de Conciertos.

labor de mecenazgo en diversos ámbitos. En este sentido, tanto Joaquín Deó como Fernando Solsona coinciden en señalar que no fueron pocos los alumnos procedentes de familias con escasos recursos que pudieron estudiar el bachillerato e incluso una carrera gracias a que nuestro protagonista sufragó sus gastos educativos.59 Asimismo su gran pasión por la música, además de llevarle a coleccionar una gran cantidad de discos que pasaba horas escuchando, le condujo a convertirse en un protector entusiasta del Orfeón Oscense, que dirigía su gran amigo José María Lacasa, y a apoyar la carrera del músico Conrado Betrán, a quien llevó hasta Biarritz con su propio coche, un Citroën 2CV, para que recibiera clases, que él mismo pagó, en la academia de música de Juan Eraso. De igual modo pasó largas horas en la carretera junto al guitarrista Antonio Arnal, al que acompañó en muchos de los conciertos que este realizó por toda España.60 No menos interés mostró en apoyar al deporte oscense, especialmente al baloncesto. De hecho, ocupaba la Presidencia del Club de Baloncesto Oscense 59 Solsona (2011, p. 8), y entrevista mantenida por el autor con Joaquín Deó el 15 de abril de 2011. 60 Todos los datos a los que me refiero en este párrafo, en Gascón (2010, p. 15). Lo relativo a su apoyo al Orfeón Oscense, en Brioso (2004).


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cuando este se proclamó campeón de la Copa de Federaciones de España,61 y no dudó en desplazarse con Mariano Estropá a Zaragoza, aprovechando la presencia en la capital del Real Madrid, para negociar con algunos de sus directivos la posibilidad de que los blancos jugasen un partido en Huesca contra el equipo local.62 También el fútbol estaba entre sus aficiones. En este sentido, como no podía ser de otro modo en un oscense de los años sesenta, sentía gran admiración por Carlos Lapetra,63 a quien no dudó en ir a visitar a Santiago de Compostela, junto con José María Lacasa, durante la concentración de un mes que la selección española realizó en la ciudad gallega para preparar su participación en el Mundial de Londres de 1966.64 No obstante, además de su tiempo y su dinero, Manuel Artero también puso a disposición de diferentes iniciativas de carácter social, desarrolladas en la ciudad a lo largo de los años sesenta, sus propiedades. En relación con este aspecto, especialmente destacables resultan las donaciones de terrenos que realizó tanto a Atades Huesca como al propio Estado. En el primer caso, cedió una gran finca que poseía al lado de su residencia de Cillas para que la entonces denominada Protectora Oscense de Subnormales, impulsada por su gran amigo Ramón Torrente en 1964 con el objetivo de prestar apoyo a personas con discapacidad intelectual, pudiese construir cerca de Huesca un centro en el que atender a sus diferentes usuarios, tal y como explica más adelante Lorenzo Torrente, actual presidente de Atades Huesca. La otra superficie estaba situada en la carretera de Sangarrén y se dedicó a la construcción de la residencia de mayores que actualmente lleva el nombre de Ciudad de Huesca. Sin embargo, todos los que se han acercado a la figura de Manuel Artero coinciden en señalar que su «obra cumbre», en palabras de Julio Brioso, fue sin duda la puesta en marcha del Colegio Universitario de Huesca, una reivindicación sostenida por algunos sectores de la sociedad oscense desde mediados de los sesenta. A decir verdad, José Antonio Llanas Almudébar, en su calidad de concejal del Ayuntamiento de la ciudad, ya había propuesto en octubre de 1967 solicitar al Ministerio de Educación el establecimiento en el municipio de una Facultad de Ciencias Económicas o, cuando menos, una sección delegada para el estudio del curso selectivo de Ciencias y común de Letras. 61 Ciprés (1985, p. 176) y Brioso (2004). 62 Diario Nueva España del 7 de marzo de 1961, p. 4. La reunión se realizó en el marco de la entrega de varias botas «repletas de vino de Bespén», por parte de la Peña Madridista Oscense, a directivos y jugadores del conjunto presidido por Santiago Bernabéu. 63 Gascón (2010, p. 15). 64 Diario Nueva España de 3 de julio de 1966, p. 3.


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En su opinión, la tradición universitaria de Huesca, su proximidad a dos centros universitarios de posible congestión, como la Universidad de Zaragoza y el Estudio General de Navarra, y la potencial aprobación de una nueva ley reguladora de la Universidad que sancionara la posibilidad de descentralizar las facultades, convertían a la localidad oscense en una excepcional candidata.65 El silencio ministerial frente a la propuesta realizada en esa dirección por el Concejo llevó a José Antonio Llanas, más de un año después, a volver a realizar la misma propuesta, que nuevamente resultó aprobada.66 Ahora sí, en tan solo dos meses, el director general de Enseñanza Superior e Investigación envió una carta a la Corporación en la cual manifestaba la imposibilidad de atender la solicitud de instalar en la localidad una Facultad de Ciencias Económicas, aunque no cerraba la puerta a la opción menor de tratar de organizar los estudios de curso selectivo.67 Pero el Ayuntamiento no se dio por vencido y cuando, casi dos años más tarde, recibió la petición del presidente de la Cámara de Comercio e Industria para que apoyase su decisión de solicitar al Ministerio de Educación la creación en la provincia de una Escuela de Ciencias Empresariales, o de una Facultad de Ciencias Económicas, no hubo ningún tipo de duda al respecto.68 En esta ocasión la petición no fue rechazada por el citado organismo sino que desde el mismo se indicó al Consistorio que su petición para lograr el establecimiento en Huesca de un centro de enseñanza superior debía ser planteada ante el Rectorado de la Universidad de Zaragoza, y eso se hizo.69 Fue entonces cuando el mayor de los Artero comenzó a implicarse por completo en la consecución de aquel objetivo. Fernando Solsona ha contado cómo la noche del 9 al 10 de agosto de 1971 aquel se presentó en el hotel Roca Nevada de Villanúa, donde el catedrático de Radiología disfrutaba de unos días de descanso. Allí le expuso a este su idea de lograr sacar adelante la puesta en marcha de los estudios universitarios en Huesca y le solicitó su colaboración para conseguirlo. A partir de entonces, y durante año y medio, trabajaron sin descanso para hacer realidad aquel anhelo.70 65 Acta de la sesión ordinaria de Pleno del 18 de octubre de 1967, Actas Pleno Municipal, Archivo Municipal de Huesca (en adelante, AMH), ff. 159v-160r. 66 Acta de la sesión ordinaria de Pleno del 29 de noviembre de 1968, Actas Pleno Municipal, AMH, f. 66v. 67 Acta de la sesión ordinaria de Pleno del 29 de enero de 1969, Actas Pleno Municipal, AMH, ff. 74v-75r. 68 Acta de la sesión de Pleno del 30 de diciembre de 1970, Actas Pleno Municipal, AMH, f. 78r-v. 69 Acta de la sesión de Pleno del 24 de marzo de 1971, Actas Pleno Municipal, AMH, f. 124r-v. 70 Solsona (2011, p. 10).


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Todos los viernes por la tarde, cuando Solsona llegaba de Valladolid, Artero le estaba esperando para hablar de gestiones, de ayudas recibidas o por recibir, para concretar asuntos o para sugerir nombres de posibles profesores, siempre aragoneses y casi siempre oscenses. Durante los cursos 1971-1972 y 1972-1973, hasta su muerte, la «santa pesadez» del doctor Artero no cejó en su empeño71 por, como él mismo decía influido por su propia historia, «conseguir de nuevo para Huesca un Colegio Universitario, que sea la antesala de la Universidad, de esta forma ayudaremos a esos estudiantes que empiezan y no tienen medios para costearse la carrera fuera de Huesca».72 No obstante, no fue hasta el domingo 16 de julio de 1972 cuando el Consejo Provincial del Movimiento hizo suya esta iniciativa, en una reunión celebrada en el albergue que la Sección Femenina poseía en Villanúa y que presidió el jefe provincial del Movimiento, Víctor Fragoso del Toro, con la asistencia del doctor Manuel Artero, así como de Gorgonio Tobar Pardo, subjefe provincial; Saturnino Arguis Mur, presidente de la Diputación Provincial; Emilio Miravé Díez, alcalde de Huesca y procurador en Cortes por los Municipios; Juan Antonio Bolea, presidente del Patronato Universitario de Zaragoza; Mercedes Sanz Punyet, consejera nacional del Movimiento; Gerardo Lagüens, secretario de la Dirección General de Universidades e Innovación; Francisco de Asís, procurador familiar en Cortes y miembro del Patronato Universitario; María Pilar Fatás, delegada provincial de la Sección Femenina, y Santiago Broto, secretario del Consejo Provincial del Movimiento. Durante ese encuentro Gerardo Lagüens explicó con extraordinaria claridad a todos los asistentes los pormenores de la ordenación de la enseñanza universitaria vigente por aquel entonces, poniendo de manifiesto la favorable situación para «las fundadas y justas aspiraciones de Huesca», que, según su criterio, podían verse perfectamente satisfechas si se actuaba con «real conciencia de las posibilidades financieras y de censo estudiantil que ofrece la provincia». En este sentido, hizo mucho hincapié en la importancia de llevar a cabo un sólido estudio sobre los recursos financieros con los que contaría el futuro centro y la necesidad de incluir entre ellos, como habían hecho recientemente en Soria, aportaciones de todos los ayuntamientos de la provincia. Por otro lado, aconsejó a los rectores oscenses que tratasen de concentrar todos los recursos alrededor de la creación de un Colegio Universitario dedicado 71 Solsona (2011, p. 10). 72 Diario Nueva España del 18 de septiembre de 1973, p. 6. Las palabras de Artero son citadas en un artículo anónimo publicado en dicho periódico meses después de su muerte, con motivo de la concesión oficial a Huesca del Colegio Universitario.


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a uno de los siguientes primeros ciclos: Medicina, Ciencias Empresariales, Filosofía y Letras o Ciencias, aunque también se refirió a las posibilidades que ofrecían la Ingeniería Técnica, la Formación del Profesorado y la titulación de Ayudantes Técnicos Sanitarios. Asimismo, Juan Antonio Bolea animó al Consejo Provincial del Movimiento a trabajar con urgencia en el empeño, recomendándole mantener una estrecha relación con la Universidad de Zaragoza, puesto que en ella, decía, la idea de Huesca «no solo encontrará buena acogida sino también apoyo, sobre todo si se trata de establecer la enseñanza del primer ciclo de Medicina, puesto que para la Facultad de Zaragoza la actual plétora del Alumnado supone un grave problema». Por todo ello, y dados tanto el decidido apoyo que Arguis y Miravé ofrecieron de las corporaciones que presidían como la conveniencia señalada por Manuel Artero de «efectuar las gestiones sin dar pasos en falso», el jefe provincial, siguiendo las recomendaciones dadas por los dos primeros, propuso designar una comisión gestora en la que estuviesen representadas la Diputación Provincial y el Ayuntamiento de Huesca y en la que figurasen el presidente de la Asociación de Padres de Alumnos, señor Torres, y el doctor Artero, en calidad de invitado especial. En última instancia, una vez aprobada la propuesta por el Consejo, el gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, Víctor Fragoso del Toro, exclamó ante los presentes: «Sentadas las bases de actuación, pongámonos manos a la obra».73 Menos de un mes después de aquel encuentro, la comisión encargada de los estudios previos para la creación de colegios universitarios en Huesca surgida del mismo se reunió con el objetivo de abordar diversos asuntos. Entre los varios temas tratados destacó especialmente el acuerdo de remitir un cuestionario a los ayuntamientos y las jefaturas locales de la provincia, así como a los centros de enseñanza secundaria de la misma, para poder calcular sobre datos concretos el número de futuros alumnos con los que habría que contar en los colegios universitarios. Y es que para los comisionados, al correr la financiación de estos colegios, al menos en su primera etapa, a cargo de los medios aportados por los particulares, las entidades privadas y las corporaciones de la provincia, lo justo era que los alumnos altoaragoneses «tuviesen prioridad para la matriculación en los citados centros».74 73 Todo lo relativo a esta reunión del Consejo Provincial del Movimiento, así como los entrecomillados citados, pueden encontrarse en el diario Nueva España del 18 de julio de 1972, pp. 1 y 8. 74 Diario Nueva España del 6 de agosto de 1972, p. 1.


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Al mes siguiente varios representantes de la citada comisión, entre los que se encontraba Manuel Artero, se desplazaron a la capital aragonesa con el objetivo de mantener un amplio cambio de impresiones con el rector de la Universidad, quien una vez más les ratificó «la voluntad de la Universidad de Zaragoza de apoyar la fundada y conveniente aspiración oscense», prometiendo a su vez «toda clase de ayuda a la Diputación Provincial para que los colegios universitarios sean pronto una realidad en Huesca».75 Todas aquellas gestiones, así como las horas de trabajo invertidas por quienes colaboraron de una manera u otra en hacer realidad el proyecto del Colegio Universitario de Huesca, acabaron cristalizando el 23 de marzo de 1973. Aquel sábado, a las doce de la mañana, el presidente de la Diputación Provincial, que era la institución que finalmente había asumido la responsabilidad de llevar adelante tan ímproba tarea en su sesión plenaria de 31 de agosto de 1972, entregó al gobernador civil el anteproyecto del Colegio Universitario que habría de crearse en Huesca en un futuro próximo.76 No obstante, en el verano de ese mismo año un acontecimiento sorprendente hizo despertar en todos una «gran intranquilidad». El Consejo de Ministros que debía dar luz verde definitiva al Colegio Universitario de Huesca, una vez que este había sido informado favorablemente por la Universidad de Zaragoza y por el Consejo de Rectores, aprobó la concesión de varios de ellos en otras provincias españolas pero no la del perteneciente al Alto Aragón. Ante semejante contratiempo el Ayuntamiento, «haciéndose eco del sentir de la ciudad», decidió manifestarle al ministro de Educación su «inquietud» por una situación que no solo retrasaba la puesta en marcha del Colegio Universitario sino que implicaba «un trato que creemos es discriminatorio para la ciudad y para la provincia de Huesca».77 Al final, todo quedó en un mal trago y el Alto Aragón pudo disfrutar de un Colegio Universitario donde se impartirían los primeros cursos de Filosofía y Letras y de Medicina.78 El intenso trabajo que Manuel Artero realizó para que aquello fuese posible hizo que la Peña de Huesca en Barcelona decidiese, en una reunión extraordinaria celebrada en 1972, concederle uno de los cuatro premios a los Altoaragoneses Ejemplares que serían entregados en el acto de clausura de la IV Semana de Huesca en Barcelona, el sábado 12 de mayo de 1973, y en el que, además de Artero, serían galardonados Antonio Durán Gudiol, Juan 75 Diario Nueva España del 20 de septiembre de 1972, p. 1. 76 Diario Nueva España del 24 de marzo de 1973, pp. 1 y 6. 77 Acta de la sesión de Pleno del 27 de julio de 1973, Actas Pleno Municipal, AMH, f. 170v. 78 Acta de la sesión de Pleno del 28 de septiembre de 1973, Actas Pleno Municipal, AMH, f. 185r.


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Lacasa Lacasa y Jaime de Piniés y Rubio.79 Con todo, aquel no era el primer premio que recibía el doctor Artero. De hecho, tras presentar el 11 de junio de 1971 su renuncia a seguir encargándose del Servicio de Urología del Hospital Provincial Médico-Quirúrgico, la Diputación Provincial decidió concederle la Medalla de Plata de la provincia «por los relevantes servicios materialmente desinteresados y de gran calidad prestados a la Beneficencia Provincial como encargado del Servicio de Urología del Hospital Provincial Médico-Quirúrgico durante más de 25 años».80 Por desgracia para él y para todos sus conciudadanos, la muerte impidió al médico oscense recoger ambos premios y ver finalmente concluido el proyecto que ocupó una gran parte de sus últimos años de vida, la puesta en marcha del Colegio Universitario de Huesca. José Antonio Gascón escribió hace algún tiempo que Manuel Artero padecía frecuentes crisis de retención de orina que obligaban a sus ayudantes, Daniel Carmen y José Laplaza, a sondarlo.81 Como ha explicado el profesor Solsona, los primeros síntomas del problema de salud que acabó con su vida se presentaron el viernes 4 de mayo mientras el doctor Artero esperaba en su casa su llegada de Valladolid, donde por aquel entonces impartía clases, para charlar con él sobre el curso que seguía el proceso administrativo para la creación definitiva del Colegio Universitario. Sin embargo, estando en el domicilio de su amigo, el médico oscense se sintió indispuesto y tuvo que regresar a Huesca, con la promesa de volver al día siguiente.82 Al día siguiente, tal y como había prometido, Artero se presentó nuevamente en casa de Fernando Solsona en Zaragoza, aunque tan afectado que fue llevado a casa de su amigo Albert Lasierra, un conocido neurocirujano que ejercía en Sevilla pero tenía su casa zaragozana abierta, puesto que en ella residía su madre. Fue precisamente ella quien, asustada por la gravedad del estado de su huésped, llamó a la ambulancia que, en la noche del sábado 4 de mayo al domingo 5, lo trasladó a la Ciudad Sanitaria José Antonio, actualmente Hospital Miguel Servet, donde los médicos no pudieron hacer nada por su vida y donde acabó falleciendo el 8 de mayo.83 Su entierro se celebró a las cuatro y media de la tarde del día siguiente en la catedral de Huesca y constituyó lo que el periódico Nueva España definió como «una de las más imponentes manifestaciones de duelo registradas en 79 Diario Nueva España del 15 de marzo de 1973, p. 2. 80 Todos los datos relativos a la renuncia de Manuel Artero a seguir ocupando su cargo en el Hospital Provincial, así como los relacionados con la concesión de la Medalla de Plata de la Provincia, pueden consultarse en ADPH, exp. 243/15. 81 Gascón (2010, p. 15). 82 Solsona (2011, p. 10). 83 Solsona (2011, p. 10), Gascón (2010, p. 15) y diario Nueva España del 9 de mayo de 1973, p. 1.


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nuestra ciudad con motivo del fallecimiento de un oscense». Sin embargo, no hubo que esperar a la hora del sepelio para comprobar la gran admiración y respeto que a lo largo de toda su vida este había logrado despertar entre quienes le rodeaban. Durante la noche y la mañana anteriores al entierro, fue incesante el desfile de personalidades y amigos que, desde diversos puntos de la geografía española, se acercaron a Cillas para dar su último adiós al finado, que estuvo acompañado en todo momento por grupos de monjas de diferentes congregaciones que se fueron turnando para rezar el rosario. De igual modo, no dejaron de llegar en esas horas telegramas de condolencia y los pliegos de firmas que se habilitaron tanto en Cillas como en la calle Cuatro Reyes se llenaron rápidamente. Antes de partir hacia la catedral, un miembro de la Peña Huesca en Barcelona, que se había desplazado exprofeso desde la Ciudad Condal, depositó sobre el féretro de Manuel Artero, en medio de un respetuoso silencio y en presencia de sus familiares y amigos, la placa que le acreditaba como Altoaragonés Ejemplar de 1973. Tras ello su querido amigo Ramón Torrente dirigió unas palabras de agradecimiento a la Peña Huesca por ese gesto y, a continuación, «con la voz entrecortada por el sollozo», pidió a todos que supieran imitarle en su acendrado amor a Huesca, repitiendo el ruego que Artero le hizo antes de morir: «que todos sigamos empeñados en conseguir para nuestra ciudad y provincia, el Colegio Universitario»”. Tras depositar, por expreso deseo de su hermano Félix, la corona de flores enviada por el Sindicato de Riegos del Pantano de Arguis a los pies de la Virgen de Cillas, el cortejo fúnebre partió hacia la ciudad. Así, a las cuatro y media de la tarde en punto, el féretro de Manuel Artero entró, conducido por familiares y amigos, en la catedral de Huesca. La misa fue oficiada por el deán-presidente del cabildo, José Clemente Lalueza, y la parte musical corrió a cargo de la Coral Oscense, dirigida por el maestro Conrado Betrán, uno de tantos oscenses que debían a la ayuda de Artero su formación profesional. Las naves del templo resultaron insuficientes para albergar a la gran multitud que, desde media hora antes de su comienzo, se agolpó en ellas para dar el último adiós a su querido convecino.84 Durante los siguientes días y semanas Manuel Artero continuó recibiendo homenajes y premios. Así el Colegio de Médicos de Huesca le concedió la Cruz de Oro de la Seguridad Social, condecoración que ya había sido 84 Toda la información y entrecomillados relativos al entierro de Manuel Artero, así como a su velatorio y la entrega del premio Altoaragonés Ejemplar de 1973, a la que hago alusión en este y los anteriores párrafos, pueden localizarse en el diario Nueva España del 10 de mayo de 1973, p. 8.


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solicitada en febrero de 1973 y que finalmente le fue entregada a su hermano. De igual modo, el Ayuntamiento de la ciudad decidió dedicarle una de las avenidas más nuevas de la ciudad, la que iba desde el Garaje Internacional hasta la carretera de Jaca, por ser esta una de las vías que más transitó Artero diariamente, para llegar a su casa de Cillas.85 El propio Daniel Calasanz le escribió un poema que fue publicado por el periódico Nueva España y que no me resisto a reproducir: Murió un hombre bueno, murió don Manuel, murió un buen oscense, persona de bien… Presiento su ausencia, presiento el vacío… Las flores del campo, las rosas, los lirios y los ruiseñores, al lanzar sus trinos, no cantan alegres ¡parecen dolidos!... Era un hombre bueno, humano, sencillo; era inteligente, era un buen amigo. Su muerte me causa profundo dolor. ¡Cuánto le gustaba el ser labrador! Amante de Huesca —¡bien lo demostró!—, don Manuel Artero fue buen sembrador… Y, aunque la cosecha él no recogió…, ¡ya dará su fruto! (así pienso yo). Con este recuerdo lleno de dolor, elevo a los cielos ferviente oración. Merece tu premio. ¡Dáselo, Señor!86 85 Ciprés (1985, p. 180). 86 Diario Nueva España del 16 de mayo de 1973, p. 4.


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Muy destacable, entre todos aquellos homenajes, fue el que le ofreció la Diputación Provincial de Huesca al día siguiente de su entierro. A las doce de la mañana del día 11 de mayo, dicha entidad organizó en la capilla de la Clínica Provincial, donde tantas horas pasó Artero trabajando, una misa funeral. Al término de la misma, el gobernador civil de la provincia entregó a su hermano Félix, en nombre de la Corporación, la Medalla de Plata de la Provincia, honor que le había sido concedido en 1971 y cuya entrega se fue demorando en espera de una ocasión especial que muchos esperaban pudiese ser el día en el que se anunciase oficialmente la concesión a Huesca del Colegio Universitario por el que tanto había luchado el médico oscense. Este acontecimiento fue recogido al día siguiente por el periódico local con el entusiasmo y la ampulosidad requeridos por la ocasión. La foto que acompañaba a la noticia estaba preñada, vista desde el presente y sabiendo todo lo que vino después, de un profundo contenido simbólico e incluso premonitorio.87 Aunque ya muy desgastada por el paso de los años y la mala calidad del papel, en ella todavía puede apreciarse hoy el apretón de manos entre Félix Artero, un maestro ugetista que luchó por la República y tuvo que exiliarse en México tras la derrota de la misma en la Guerra Civil, y Víctor Fragoso del Toro, gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, licenciado en Derecho, «camisa vieja» y excombatiente rebelde que, tras la victoria de las armas de Franco, inició su carrera política al servicio del nuevo Estado.88 Dejando al margen el hecho de que la actitud de respeto mutuo mostrada por los dos protagonistas fuera posiblemente impostada, lo cierto es que aquella instantánea anunciaba bien a las claras lo que estaba por venir, aunque ninguno de sus protagonistas fuese consciente de ello, y al mismo tiempo reflejaba la que a mi entender fue, desde una perspectiva histórica, la principal y más destacable virtud de Manuel Artero: su capacidad para generar acuerdos y conciliar tanto intereses contrapuestos como a personas con ideologías y puntos de vista diferentes, en un país y un tiempo en los que la separación entre vencedores y vencidos, entre buenos y malos, originada tras el pacto de sangre del 18 de julio de 1936, se convirtió en un mantra cotidiano impuesto desde las más altas esferas de la dictadura franquista. Un régimen que, escasamente siete meses después de la muerte del doctor Artero, entraría en una fase de descomposición absoluta, que alcanzó 87 La foto a la que hago referencia puede verse en el diario Nueva España del 12 de mayo de 1973, p. 1. 88 La información sobre Víctor Fragoso del Toro, en el diario ABC del 29 de septiembre de 1962, p. 38.


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un punto de no retorno con la muerte de Franco en noviembre de 1975, como consecuencia del brutal asesinato de Carrero Blanco por parte de la organización terrorista ETA en diciembre de 1973. Por muy poco tiempo, Artero no pudo disfrutar de la llegada de la democracia a su país, un sistema político quizás mucho más acorde con su conocido laicismo y su constante predisposición a que los vientos frescos provenientes del exterior airearan y refrescaran su mente. No obstante, eso no debe ser óbice para reconocer que nuestro protagonista supo adaptarse perfectamente a la época y el lugar en los que le tocó vivir, así como aprovechar los mecanismos políticos y administrativos articulados por el régimen con el fin de garantizar la gestión y control de las administraciones locales, no para su enriquecimiento personal, como hicieron muchos, sino en aras del desarrollo y la prosperidad de su ciudad y sus vecinos, un comportamiento que justifica completamente todos los homenajes que se le puedan hacer y que, en las circunstancias actuales, debería constituir un ejemplo de conducta cívica para muchos miembros de nuestra sociedad.


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homenaje A

Manuel Artero


Plaza de Navarra con el Casino al fondo.

Joaquín Deó Zabaleta Médico especialista en Medicina Interna


Huesca, 12 de abril de 1998

Mi querido amigo Ramón Torrente: De acuerdo con nuestra reciente conversación telefónica, te diré que yo puedo aportar algún dato de Manolo de carácter más o menos anecdótico sobre nuestra vida de estudiantes, ya que, además de llegar a ser muy amigos, convivimos durante dos cursos académicos en la misma pensión y en la misma habitación, que era una gran sala con una alcoba, que ocupaba yo, una cama en el exterior en la que dormía Manolo, una mesa de estudio y un ventanal que daba a un amplio patio de luces y que por lo tanto tenía una reja carcelaria. Posteriormente, todo lo que yo sé lo sabes tú igual o mejor y más ampliamente. Manuel Artero fue un buen médico y un médico bueno, bondad que aplicó de una manera totalmente desinteresada a sus amigos. Dotado de una gran inteligencia de tipo deductivo y crítico, los problemas de los demás los hacía propios en unos tiempos en los que la respuesta más frecuente era «Bueno, es su problema». Hace muchos años, procedente del Hospital Provincial de Huesca llegó al de Alcañiz, del que yo era director, una hermana de Santa Ana llamada Catalina. Portaba una carta en la que Artero me decía que la hermana, ya de cierta edad, se iba muy triste de Huesca, donde llevaba muchos años, y me pedía que la tratara bien y la atendiera en cualquier cosa que me propusiera. En aquel momento la hermana Catalina, hoy fallecida, me hablaba de la bondad de don Manuel y de que creía en su religiosidad, aun cuando no solía ir a misa. «El día de la comunión de los enfermos —me decía— se hacía un altar en uno de los pasillos del hospital y allí se celebraba misa y se comulgaba. El altar se adornaba con tapices, candelabros, alfombras, etcétera. Y fíjese, que don Manuel llevaba la dirección de dónde se colocaban las flores, los candelabros…, y, si llegaba él y el altar estaba ya instalado, si no era de su gusto nos obligaba a modificarlo cambiando flores, instalaciones, etcétera». Esto que me contaba la hermana Catalina cuando me entregó la carta de presentación no es lo corriente en un médico que solo piensa en tener clientes y se preocupa por las minutas que va a presentar.


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un extraordinario oscense

Me parece que yo te he referido cómo, al terminar el tercer curso de carrera, trasladé mi matrícula a Madrid por recomendación suya, ya que me interesaba la medicina interna y allí iba a encontrar a las tres figuras de entonces: Jiménez Díaz, Agustín del Cañizo Suárez y Enríquez de Salamanca. La lista de personas por las que mostró interés y a las que ofreció consejo totalmente desinteresado la podréis ampliar mejor que yo los que estáis en Huesca. Tú mismo en alguna ocasión me has dicho cuánto lo echó en falta alguno de tus hijos. Los datos que aporto van aparte, para que el que fue gran amigo de Artero, y ahora distinguido médico y profesor, el doctor Solsona, que es tan magnífico y malabarista conferenciante, quizá encuentre algo aprovechable. Un abrazo y hasta pronto. Joaquín Deó Zabaleta


Manuel Artero: gran médico, buen amigo, hombre inteligente y generoso. Un mecenas, pero sobre todo, y por ello, un extraordinario oscense

Con Manuel Artero no nos conocimos en Huesca, no obstante ser los dos oscenses y haber estudiado en el mismo instituto, en la antigua Universidad Sertoriana, que era una pequeña joya arquitectónica, con su jardín interior hexagonal, un claustro a su alrededor y una verja de hierro que hacía de separación. El edificio estaba junto al antiguo Palacio de los Reyes de Aragón, y sus bajos fueron testigo del episodio de la Campana de Huesca. Nos separaba una diferencia de cinco años, de modo que yo empecé el bachillerato cuando seguramente él lo terminaría. Corría el año de 1926 y el plan de estudios era el de Calleja, ministro de la dictadura de Primo de Rivera. Nos conocimos en 1932 en Zaragoza porque nos alojábamos en la misma pensión, en la calle de San Juan y San Pedro, número 2. Estaba entre la iglesia del mismo nombre y el local de baile de La Puñalada, frecuentado por la juventud considerada como la más chula de Zaragoza, que llevaba como distintivo un pañuelo blanco al cuello. Coincidimos también en la Facultad de Medicina de Zaragoza. Yo empezaba primer curso y él hacía tercero; sintonizamos desde el primer momento y allí se inició una amistad que pronto se hizo fraternal y no finalizó hasta el día de su fallecimiento. Los tres primeros cursos de Medicina en Zaragoza no eran fáciles; había que esforzarse para poder aprobar. Eran los tiempos en que destacaban el profesor Guisande, de Anatomía, gran dibujante, que suavizaba la dificultad de su asignatura con dibujos en tizas de colores en la pizarra de clase; Benigno Lorenzo Velázquez, muy exigente, con quien se precisaba de una buena memoria; Felipe Jiménez de Asúa, al que un defecto fisico en una pierna le hacía tener un carácter difícil en algunos momentos, aunque sus prácticas eran excelentes (como curiosidad, añadiré que solicitaba de los alumnos que participaran aportando una pequeña cantidad de dinero para el material fungible que se utilizaba en las prácticas); Santiago Pi Sunyer, que era lo que yo llamaría un profesor perfecto (cuando traspasé mi matrícula a Madrid comprobé que la formación en fisiología que recibí en Zaragoza era muy superior a la de mis nuevos compañeros).


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un extraordinario oscense

Manuel Artero, que iba dos cursos por delante de mí, me sirvió de gran ayuda para conocer las características de cada uno de los profesores y aclarar mis dudas en materias que eran nuevas para mí, pero que una persona tan inteligente como Manolo tenía bien aprendidas. Él me dijo que la fisiología que enseñaba Pi Sunyer no se encontraba en los libros, que debía tomar mis propios apuntes diariamente. Así lo hice: los escribía taquigráficamente y después los pasaba a limpio y los encuadernaba. Todavía los conservo, en un volumen de ochocientas páginas, junto con un grato recuerdo. ¿Cómo era Manuel Artero? «Por sus obras los conoceréis», dice el Evangelio. Y existen biografías suyas que pueden explicar mejor que yo qué hacía Manuel y cómo lo hacía. Su gran obra, el Colegio Universitario de Huesca, ha dado a muchos chicos y chicas oscenses la oportunidad de hacer una carrera universitaria evitando a las familias lo costoso de desplazarlos durante cinco años a otras ciudades. Manuel decía: «Hay que conseguir para Huesca un colegio universitario que sea antesala de la universidad; de esta forma se podría ayudar a esos estudiantes que empiezan y no tienen medios para costearse la carrera fuera de Huesca». Su generosidad le hizo donar parte de su finca de Cillas para que se pudiera ubicar allí lo que hoy es Atades Huesca, y asimismo la Residencia para Mayores Ciudad de Huesca, situada en la carretera de Sangarrén, se asienta sobre terrenos que él regaló. Ya en vida de Manolo era vox pópuli esa generosidad, especialmente por la ayuda económica que prestó a algunos estudiantes, y también a jóvenes médicos para que perfeccionaran sus conocimientos. Sobre este asunto, Joaquín Sánchez Tovar, director del Instituto de Huesca y buen amigo, me contó en alguna ocasión que cada año al empezar el curso él iba allí y le decía que de la matrícula y los libros de tal o cual alumno se encargaba él. Un hombre de la inteligencia y la curiosidad de Manuel se interesaba por todo lo que hacía referencia a su querida Huesca; no podía limitarse a ser un buen cirujano general, que sin duda lo era, al igual que su maestro el doctor Bragado (a quien algún día se le hará justicia en Huesca), cirujano de una resistencia física inagotable y formador de cirujanos como los doctores Recreo, Coarasa, Sesa…, unos ya fallecidos y otros que todavía viven. Tampoco se limitó a ser un buen urólogo, lo cual aprendió de su maestro el doctor Puigvert. Manolo era amante de todo lo oscense, de toda actividad que sirviera para potenciar la ciudad: del deporte, bien se tratara de fútbol,


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bien de baloncesto (fue presidente del club de Huesca); de la música del Orfeón, con su amigo José María Lacasa; de las artes, como la pintura, pues ayudó a jóvenes pintores locales, a los que animaba a continuar. Incluso formó parte del Comité de Regantes. Ese interés por la pintura y su larga amistad conmigo hicieron que al morir el pintor Rafael Zabaleta, prematura y repentinamente, sin testamento, en 1960, el mismo año en que tenía una sala especial como representante del Estado español en la Bienal de Venecia, Manuel Artero, gran admirador suyo, se ofreciera para ayudar en la difícil tarea de repartir su legado. Una parte de su obra, unos cien óleos y otros tantos dibujos, quedó depositada en el Museo de Quesada, su pueblo; el resto debía distribuirse entre sus herederos. Si muchos repartos de herencias presentan dificultades y problemas, el de esta tan singular, basada en obras pictóricas, no era una tarea menos ardua. Manuel Artero ofreció su residencia de Cillas para que en ella, dada su amplitud de espacios y su entorno, se pudieran ubicar los cuadros. Él mismo ayudó a clasificarlos y a elaborar normas y condiciones; se hizo con el control de la situación y contribuyó a que la distribución de este legado se llevara a cabo sin conflictos entre los herederos. Era un hombre inteligente, interesado por todo, liberal, independiente y generoso. No era un hombre en absoluto religioso en sus manifestaciones externas, pero tenía amistad con muchos sacerdotes y con personas necesitadas que acudían a él, y les prestaba ayuda siempre que se la solicitaban; todos le querían. Se cuenta que cada año, el día de la comunión de los enfermos, se colocaba un altar en un amplio pasillo del hospital. Manuel, hombre de gusto refinado, quería que el altar quedara bonito y revisaba la colocación de los candelabros, las flores y los demás ornamentos. Él no iba a misa, pero no dejaba al margen nada de lo que fuera de interés para otras personas; se involucraba y ayudaba, aunque no lo hiciera por razones religiosas, sino por su natural bondad. Una religiosa de Santa Ana que trabajó muchos años con él lo describía como un hombre bueno, muy humano en el trato, gran médico y con un profundo amor a Huesca. ¡Ojalá ese amor de Manolo por Huesca y su generosidad hacia lo que con ella se relacionaba sea imitado por todos los oscenses que puedan hacerlo! Huesca, 29 de octubre de 2010


Antiguo Colegio Universitario de Huesca.

Fernando Solsona Motrel Catedrรกtico de Medicina, presidente del Ateneo y de la Real Academia de Medicina de Zaragoza


EL DOCTOR MANUEL ARTERO, UN MÉDICO PARA LA HISTORIA DEL ALTO ARAGÓN (1910-1973)

Bosquejo de su vida

Manuel Mariano Artero Bernad nació en la ciudad de Huesca, en la calle de los Mozárabes, 23, el 8 de diciembre de 1910, hijo legítimo de don Manuel Artero Martos, conserje de la Diputación Provincial de Huesca, y de doña Adela Bernad y Omis, ambos oscenses. Sus abuelos paternos fueron Dionisio, de Huesca, y Herminia, de Anzánigo; los maternos, Cayetano de Laspuña y Juana, de Plasencia del Monte, difuntos los cuatro cuando nació nuestro personaje. Como se puede apreciar, no cabe ser más altoaragonés. Al margen del acta de nacimiento existe una errata, pues dice que ha fallecido el 8 de diciembre de 1910 en Huesca. Cursó la enseñanza primaria en Huesca, en el colegio de Santo Tomás (o de Urzola), en la calle de Las Cortes, de donde pasó al instituto, en la antigua Universidad Sertoriana. Realizó estudios de Magisterio. Comenzó la carrera de Medicina, costeada por la Diputación Provincial de Huesca, en Zaragoza en 1932. Allí, cuenta el doctor Deó Zabaleta, estuvo hospedado en una pensión de la calle de San Juan y San Pedro, paralela a la calle Mayor, entre las calles del Refugio y de Argensola. Durante algunos cursos, puesto que don Manuel era algo mayor que Joaquín Deó, compartieron una amplia habitación con alcoba. Artero dormía en aquella y Deó en esta última, según señala este en ricas páginas de entrañables recuerdos. En 1936 terminó la carrera y durante la Guerra Civil ejerció con el grado de teniente a las órdenes del doctor Franco García Bragado en titánica labor; más tarde lo hizo en un hospital de campaña en la zona de Teruel, y en 1939, con la graduación de capitán de Sanidad Militar, según cuenta Julio Brioso en su excelente artículo del libro Los cien oscenses del siglo xx,1 fue destinado al equipo quirúrgico de Monzón. Reintegrado a la vida ordinaria, ejerció en la Seguridad Social desde el 1 de enero de 1948 hasta el 1 de julio de 1955, aunque continuó prestando su ayuda como médico a las Fuerzas Armadas. Se especializó en Urología en el instituto que dirigía en Barcelona el doctor Antonio Puigvert, donde encontró al doctor 1. Huesca, Revista 4 Esquinas, 2004, pp. 70-71.


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Aurelio Usón, de Albalatillo, quien sería años después una de las figuras mundiales de la urología; de hecho, llegó a ser catedrático en Nueva York y, a su jubilación en Estados Unidos, obtuvo por oposición la cátedra en Madrid. En septiembre de 1967, al inaugurarse el Hospital San Jorge, Artero fue nombrado jefe de equipo, y en abril de 1973 consta como el número 132 de la escala nacional de urólogos de la Seguridad Social, en la que trabajó e hizo trabajar intensamente, y, aunque su salud no era óptima, tuvo un excelente rendimiento. Cuenta el doctor Daniel Carmen la extraordinaria labor que llevó a cabo Manuel Artero en el Hospital Provincial de Huesca (actualmente Sagrado Corazón de Jesús), en reconocimiento a su condición de hijo de funcionario de la Diputación y de becario de la misma. Durante mucho tiempo, gratis et amore. Sus afanes en pro de Huesca le hicieron trabajar y preocuparse más de lo deseable. Su misma enfermedad final fue consecuencia de esos desvelos por Aragón, y en particular por la capital del Alto Aragón, como se dirá más adelante al hablar de la creación del Colegio Universitario de Huesca. En la madrugada del domingo 5 de mayo de 1973 ingresó de urgencia en la Ciudad Sanitaria Miguel Servet de Zaragoza, donde fue diagnosticado de un cuadro de coagulación intravascular diseminada, subsiguiente a una deshidratación por un cuadro infeccioso intestinal. Su pronóstico al ingreso ya fue muy grave, y desembocó en su fallecimiento el miércoles 8 de mayo de dicho año. Yo, que debía incorporarme pasado el fin de semana a mi cátedra de Valladolid, aguanté en Zaragoza por ver si mejoraba su evolución. En la madrugada del día 8 hube de salir para Valladolid y, cuando telefoneé antes de dar la clase, la respuesta fue descorazonadora. Su muerte coincidió con la concesión de la Medalla de Plata de la Provincia, la Cruz de la Seguridad Social y el título de altoaragonés del año (junto con García Bragado, José María Lacasa y el embajador Piniés, originario de Benabarre). Síntesis de su obra

Hombre de profunda formación, sobre todo de ideas pragmáticas en beneficio de los demás, no obstante —acaso por ello— fueron en él más importantes los hechos que las palabras. «Hechos, hechos y no palabras es lo que Aragón necesita», dije yo con osadía en el Palacio de la Aljafería en 1994 (y pesaron en mis palabras los recuerdos de Artero y de otros buenos aragoneses). La historia local de Huesca bien lo demuestra, pues a sus amigos, a Huesca y al Alto Aragón fueron dirigidos su obra profesional y vocacional, sus aficiones y su amplio y generoso mecenazgo. Podemos ordenar su obra en no menos de los siguientes puntos:


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1. Poco se sabe de su primera actividad, la de maestro en la escuela de Juseu. El magisterio fue la vocación primigenia de Manuel Artero y subyació en el resto de sus actividades; fue su inclinación hacia la docencia la que movió sus ideas, la que condujo a sus amigos a participar en sus afanes. Así, en su quehacer de médico; en su tarea como hombre bueno conciliador de acuerdos (véase más abajo) que beneficiaría la cultura, el empleo y el bienestar en Huesca; también en su mecenazgo, dirigido sobre todo a muchachos sobresalientes, pero también a deficientes. Y fue su vocación docente la que le animó a la creación de su obra magna, el Colegio Universitario de Huesca. Y también la que le instó a adquirir y adecuar su casa de Cillas. Sin embargo, no se conocen detalles concretos de su actividad como maestro en Juseu, muy joven aún, antes de comenzar sus estudios de Medicina. Sí que tenemos múltiples referencias del profundo cariño que le dispensaron de por vida los habitantes de esa pequeña localidad cercana a Benabarre. Bien debiera Juseu, si no lo ha hecho ya, dedicar una calle o un rincón a Manuel Artero. 2. Con motivo del vigésimo quinto aniversario de su muerte se celebró una sesión conmemorativa en la Diputación Provincial de Huesca. Correspondió al profesor Aurelio Usón glosar en este acto, en mayo de 1998, la actividad del doctor Artero como médico, sobre todo como urólogo. Por mí, solo señalar cómo esta fue instrumento para que Artero, gracias al prestigio intelectual y moral adquirido en el ejercicio profesional, fuese sugeridor y catalizador de toda empresa noble en la ciudad y en el Alto Aragón. Gracias a su poder de persuasión, a su tenaz empeño en todo, muchas actividades lograron su fin. Y como médico tenía, además, ese sentido pragmático de predicción de la necesidad y del éxito de cualquier empresa social; ya lo había proclamado Homero en la Ilíada, xi: «Un médico vale por muchos hombres». 3. La discreción me ha impedido, por el momento, acceder a datos que ampliasen mis conocimientos acerca de la decisiva labor de mecenazgo de Manuel Artero, de la que se beneficiaron muchos jóvenes oscenses destacados a quienes ayudó sufragando sus gastos de bachillerato y de carrera. También por discreción, y por respeto a los posibles deseos del doctor Artero, no citaré nombres, aunque esto sería fructífero por lo que de estímulo y ejemplo pudiera representar para particulares y entidades oscenses de hoy con capacidad económica para hacerlo. 4. Pero hay dos realizaciones en Huesca en las que la aportación (económica y en terrenos) del doctor Manuel Artero fue espléndida y que por sus resultados son bien conocidas y merecen ser destacadas: Atades e Inserso. Tuve oportunidad hace años, de la mano de Ramón Torrente, de conocer con detalle


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el centro de la primera, la Residencia Manuel Artero, levantada en terrenos que donó, desgajados de su hermosa finca de Cillas. En todo se columbra la impronta de Artero, en la bella y funcional edificación, en la solidez y los detalles constructivos, en su exquisita limpieza, en el espíritu que la anima, en el amor que rezuma por todas partes y que los miembros de su patronato, amigos todos del excepcional oscense, se encargan de mantener. Dormitorios, salas de estar, talleres, jardines, viveros despertaron mi admiración hace años. Es de suponer que el doctor Artero —arquitecto frustrado, como él se llamaba— influyera y vigilara, con su tenacidad habitual, las fases de diseño, construcción, mobiliario, o que al menos impartiera sus criterios de eficacia; el resultado es espléndido, orgullo de Huesca. 5. Gracias al talante conciliador de Artero Huesca salvó situaciones muy delicadas. Y como un nuevo Lastanosa, Artero se esmeró siempre para que su casa de Cillas fuese el lugar donde se obtuviesen acuerdos y pactos decisivos. Allí se facilitó la cesión de terrenos del doctor Anglada a la alcaldía de Huesca para la debida ampliación del encantador parque municipal que lleva el nombre del universal Miguel Servet, aunque tan delicioso lugar fuera hace unos años objeto de la suciedad de grafitis2 con brochazos de los que la primera víctima es la escultura del propio Serveto y la última este pobre zaragozano enamorado de Huesca y de la figura del sabio villanovano, cuando, cada vez que me desplazo a Huesca, paso a saludar la magnífica obra de Blanca Merchán. Pero también en Cillas se sellaron acuerdos sociolaborales importantes para la ciudad (Humsa, Luzuriaga) y se dispusieron en plena armonía, como no podía ser de otro modo, los detalles de la herencia del gran pintor Zabaleta, de Quesada (Jaén), pariente del doctor Deó, contando con la generosidad de Manuel Artero, que accedió a colaborar en el reparto del legado del gran pintor jienense. 6. Sus ayudas a Huesca se extendieron también a otras actividades, tanto deportivas (el fútbol y, con mayor interés, el baloncesto) como musicales (el Orfeón Oscense, que dirigía su amigo José María Lacasa) o artísticas 2 Curiosamente, el primer grafitero conocido de la historia fue, hacia 1866, un muchacho de Huesca llamado Santiagué Ramón y Cajal, hijo del cirujano de Ayerbe y alumno del Instituto de Huesca, que llenaba todas las paredes blancas de las calles de Ayerbe y de Huesca de dibujos y caricaturas. Llegó incluso a representar a su profesor, el tuerto Ventura, por añadidura amigo de su padre. Yo, cajaliano a más no poder, que he dedicado cientos de páginas a Ramón y Cajal y en muchas ciudades de Europa lo he reivindicado como el inventor del grafiti, me avergüenzo, no obstante, cuando la víctima de sus seguidores de hoy (que acaso desconozcan la realidad de su antecesor de hace casi siglo y medio) es el universal Miguel Serveto, con lo que quedan unidos en este menester los dos mejores médicos españoles de la historia.


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(apoyando y animando a pintores jóvenes). Se relacionó con agricultores y hortelanos, poseía una huerta en el Almériz, fue vicepresidente del Sindicato de Riegos de Arguis, gestionó la realización de estudios de regadíos, como el del pantano de Manjarrés, y su casa de Cillas siempre estuvo abierta a sus variadas amistades. 7. La obra máxima de Manuel Artero, por la que ha pasado a la historia de Huesca y de Aragón, es la creación del Colegio Universitario de Huesca, germen de lo que quería que fuese, al cabo de pocos años, una renacida Universidad de Huesca (tras su cierre en el siglo xix, en tiempos del rector Sichar) hecha por aragoneses en los siglos xx y xxi. Estaba yo pasando unos días de vacaciones en Villanúa en agosto de 1972 cuando el doctor Artero, acompañado de amigos comunes, los doctores Laplaza y Santos Gastón, se presentó en el Hotel Roca Nevada la noche del 9 al 10 de agosto de 1971. Me expuso (bajo la atenta mirada de san Lorenzo, que se había acercado para vigilar los preparativos de sus fiestas) su idea romántica, pero pragmática y realista, de crear estudios universitarios en Huesca, y solicitó mi colaboración. Durante un año y medio trabajamos sin desmayo, él todavía más que yo, para hacer realidad su sueño. Todos los viernes por la tarde, cuando yo llegaba de Valladolid (de cuya Facultad de Medicina yo era catedrático desde hacía tres cursos), me estaba esperando para hablar de gestiones, de ayudas, recibidas o por recibir (la más eficaz, la de Gerardo Lagüens, altoaragonés y alto funcionario del Ministerio de Educación), para concretar asuntos, para sugerir nombres de posibles profesores, siempre aragoneses y casi siempre oscenses. Durante los cursos 1971-1972 y 1972-1973, y hasta su muerte, la «santa tenacidad» del doctor Artero no cejó en su empeño, y en su propia agonía el Colegio Universitario de Huesca fue tema de su testamento espiritual ante su amigo Ramón Torrente, al que había sabido captar para la causa, al igual que a otros prohombres oscenses. Esto no debió de ser tarea difícil, dada la calidad humana de todos ellos: Ramón Torrente, José Porta Callén, Antonio Porta Labata, los doctores José Laplaza, Miguel Ángel Santos Gastón y Mariano Estropá. Habría que incluir también al obispo don Javier Osés, modelo de preocupación por el bienestar social de su grey. Los primeros síntomas de la enfermedad que habría de llevarle al sepulcro tuvieron lugar precisamente en mi casa, mientras esperaba mi llegada de Valladolid, el viernes 3 de mayo de 1973 (nos reuníamos todos los viernes), y le hicieron retornar a Huesca con la promesa de volver al día siguiente, sábado. Y así fue, aunque se encontraba tan afectado que tuvo que descansar en casa


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de la madre del doctor Albert Lasierra, desde donde hubo que trasladarle al Hospital Miguel Servet (entonces llamado Ciudad Sanitaria José Antonio) la noche de sábado a domingo, sin que se pudiera hacer nada para salvar su vida, que terminó tres días después, hace casi cuarenta años. Cuando murió había dejado completada su obra de lucha por el Colegio Universitario de Huesca, y, como el Cid, triunfó después de morir; en efecto, en septiembre de 1973, el Consejo de Ministros aprobó el Colegio Universitario de Huesca. En enero del año siguiente, en la festividad de San Vicente Mártir, tuvo lugar en la antigua Universidad Sertoriana, recordando tiempos del rector Sichar, la solemne inauguración de las enseñanzas de Medicina y de Letras, las dos secciones de que constaba el Colegio al inicio y que no se han ampliado todavía tras treinta y siete cursos de actividad. A partir de entonces, la historia del Colegio Universitario de Huesca es bien conocida. Se integró en la Universidad de Zaragoza el 1 de octubre de 1986. El 24 de junio de 1996 se transformó en Facultad de Humanidades, en la cual se incluían los estudios de Medicina. Si en cualquiera es pecado la falta de precisión en el lenguaje, mayor lo es en la Universidad, porque por igual razón todas las facultades del campus zaragozano de Cerbuna tendrían que estar englobadas en un studium de humanidades. Otra cosa es que las sabias cabezas hayan querido llamar la atención hacia la demasiado tecnificada medicina de hoy reclamando humanidad para ella, o, en este caso, humanidades, en plural; pero del mismo modo habría que proceder, al menos, en dos docenas de facultades españolas de Medicina y en dos centenares de hospitales de nuestra patria. En el curso 1997-1998 esta neofacultad de Humanidades tenía inscritos 201 alumnos en Medicina y 212 en Humanidades propiamente dichas (como se ve, el error del nombre incluye la equivocidad del término Humanidades, que exige aclarar, cuando se menciona, si se habla lato sensu o stricto sensu). En ambas ramas hay un plantel estupendo de profesorado joven que está llevando a cabo una buena labor, que en Medicina incluye la realización de cursos de doctorado y de tesis doctorales. Y, asimismo, una asignatura, Radiología para Odontología, que por su calidad es la envidia de muchos centros españoles y extranjeros. El futuro del Colegio Universitario de Huesca que soñara Artero, la Facultad de Humanidades, por emplear la poco ambiciosa terminología administrativa actual, debe aspirar a recuperar el espíritu universitario oscense de siglos pasados, incluida la parte del siglo xix en que aún tuvo buena actividad. ¿Cómo entendería hoy la Universidad de Huesca, casi treinta y


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ocho años después de su muerte, el doctor Manuel Artero, hombre sensible, de altas miras, romántico pero positivista, cual corresponde a esta vieja y querida tierra nuestra? Por las largas conversaciones habidas con el generoso Artero, imagino que hoy pensaría en una Universidad de Huesca selecta, con tres o cuatro facultades elegidas entre aquellas más necesarias en Aragón. a) Acaso la más necesaria para Aragón sería la de Ciencias Agronómicas, que podría ser una carrera troncal titulada Ciencias de la Tierra, con dos o tres años de materias comunes tras los cuales hubiera varias secciones con dos cursos más de estudio (cinco años en total), sin que faltase la Geología en la ciudad que vio nacer a Lucas Mallada, el fundador de la paleontología española, como solicitamos en la Comisión de Educación y Ciencia del Bimilenario de Zaragoza en 1975; con secciones también de Ingeniería Agronómica y de Ingeniería de Montes; y, para servir a la ya notoria tradición enológica del Somontano, una cuarta sección podría ser de Enología (de enorme interés no solo para el Somontano, sino también para las comarcas de Borja, Cariñena y Calatayud, e incluso para las del Cinca, la del Matarraña y la prometedora del Gállego y de Uncastillo. En Aragón tenemos personas jóvenes muy valiosas que se han formado en la Facultad de Tolosa de Francia y en la de Reims, y un vino espumoso aragonés (para no llamarlo champán o cava) puede competir con cualquiera de los de la Península. La elegante tendencia de utilizar nombres aragoneses ilustres (Baltasar Gracián, de Miedes; Jordán de Asso, de Aguarón; Miguel Servet, en tierras del Cinca) para designar algunos vinos tintos y espumosos entronca bien con una Facultad de Ciencias de la Tierra en la Universidad de Huesca. b) La de Humanidades abarcaría los estudios de Filosofía y Letras y podría dedicar buena parte de su atención a la Filología Hispánica y a nuestras manifestaciones altoaragonesas (ansotano, cheso, aragüesino, panticuto, chistavín, belsetán, benasqués, ribagorzano, fragatí y las variantes de la frontera oriental de Teruel). c) Y también la de Ciencias Biomédicas (Medicina, Enfermería, Rehabilitación, Odontología), a cuyo servicio podrían destinarse los hospitales Sagrado Corazón de Jesús y San Jorge de Huesca, y el de Barbastro, que ya es hora de que se llame Martínez Vargas. Estas facultades, acaso con no muchos alumnos, deberían disponer de profesorado de todas las edades, pensionando para ello a los jóvenes en centros prestigiosos e invitando a impartir cursos monográficos a coterráneos nuestros (siguiendo el espíritu de previsión de Artero con el doctor Martín Blesa) de la diáspora (Ordovás, López Otín, Barluenga, García Hegardt, los Cardesa,


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Palacín y Callabed —de Biescas—, Pac Sa, Jesús Usón, e incluso profesores jubilados, lo que permitiría incluir al universal sabio altoaragonés Alberto Galindo, que durante varias semanas al año es reclamado por la Universidad de California y que tal vez dedicaría parte de su prodigiosa inteligencia al Colegio Universitario de Huesca). A todos ellos, que destacan por su actividad en universidades de fuera de Aragón (en años pasados Aurelio Usón, catedrático de Urología sucesivamente de las universidades de Nueva York y Madrid, gran figura mundial y buen amigo de don Manuel Artero, hubiese sido un magnífico fichaje), se les podría invitar a exponer sus investigaciones o creaciones en ciencias, letras o artes. Una universidad que sirviese a la cultura, pero también a Aragón, en medio del cual existe. Hace falta que una nueva generación de altoaragoneses de entre cincuenta y sesenta años se incorporen como patronos y colaboren con los supervivientes o descendientes de aquella gloriosa generación de Artero (Ramón Torrente, José Porta, Antonio Porta, Joaquín Deó, Joaquín Sánchez Tovar, Javier Osés y algunos más) para crear, con las mínimas colaboraciones de políticos generosos, esa Universidad selecta, modélica, que derramara sus frutos por el Alto Aragón. Más de un siglo después de su cierre todavía pueden advertirse en Huesca los beneficios transmitidos por la vieja Universidad, como el profesor Andrés Pie hacía notar no hace mucho. Yo propondría que las nuevas facultades se llamasen Lucas Mallada (la de Ciencias de la Tierra, o al menos su sección de Geológicas) y Miguel Servet (el sabio más universal que ha dado España —y, junto con Luis Vives, el más europeo— podría dar nombre a la Facultad de Humanidades, cuya sección de Filología quizás llevara el del singular maestro José Manuel Blecua). A la Facultad de Estudios Biomédicos (que abarcaría, si se estima así, la enseñanza de las Ciencias de la Actividad Física y del Deporte) le correspondería llamarse Santiago Ramón y Cajal, y en ella sería posible incluir un laboratorio de antropología e instituto de medicina forense denominado Rafael Salillas. También sería de gran utilidad científica, médica y social un instituto de estudios geriátricos, para el que podría escogerse el nombre del insigne Pedro Ramón y Cajal, que alcanzó los noventa y seis años.3 3 La familia Ramón y Cajal constituye un gran ejemplo de senectud laboriosa, dinámica y activa. Pedro, hermano de Santiago, a quien conocí siendo yo niño, se jubiló como médico activo a los noventa y cinco años. Sus hermanas sobrepasaron esa edad. Don Justo, su padre, permaneció activo en la cirugía hasta pasados los ochenta años e incluso tuvo un hijo fuera del matrimonio coetáneo de su nieto Pedro Ramón Vinós. Cuando se redactan estas líneas, en diciembre de 2010, todavía mantiene notable vitalidad el doctor Pedro Ramón y Cajal Abelló, biznieto de don Pedro, que cuenta no menos de ochenta y cinco años. Dios quiera que los hijos de este superen en edad a su padre y que nosotros lo veamos.


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Se debería reservar el de Joaquín Costa para algún instituto de altos vuelos que le diera singularidad y prestigio europeos, y crear, además, un espacio para acoger la cesión que haría el profesor Aurelio Usón de su museo de cirugía, que podría ubicarse en los Monegros, según su deseo; una buena idea para enriquecer, descentralizando, la proyección de la Universidad de Huesca. Una última consideración: la de procurar estrechas relaciones con la Universidad de Zaragoza y la Universidad San Jorge, cuya situación, tan cercana en distancia y tiempo, es óptima. Esta convergencia puede lograr para Aragón la mayor densidad universitaria de España. Análisis de su persona

En el despacho de dirección de la Residencia Manuel Artero de Atades existe un magnífico retrato de su titular, obra de Párraga. A la muerte de Artero, Heraldo de Aragón publicó una fotografía del singular oscense, también sentado, que posiblemente sirviera al artista para crear su óleo. Los retratos sedentes de los grandes hombres ayudan a analizar mejor su personalidad. De recordar son los del insigne ribagorzano José María Castro y Calvo (véase el libro a él dedicado, Los ochenta años de José María Castro y Calvo),4 ilustre catedrático y vicerrector de Barcelona cuando solo había uno por universidad, y no el batallón de vicerrectores que existen ahora en muchas universidades españolas. Plásmase en los retratos no solo la expresión del rostro de Artero, reflexivo, preocupado, penetrante, netamente bondadoso; el cuerpo, ladeado a la derecha, inclinado hacia delante, descansando en el banco solo cadera y muslo derechos, refleja un dinamismo dispuesto a la acción, sin prisa pero sin pausa; las manos, que sostienen un libro, se apoyan en el propio banco, la derecha casi paralela a la superficie de madera del asiento y la izquierda prácticamente perpendicular a ella, hincando con energía sus cinco dedos, lo que deja entrever la seguridad de su ademán, la misma que demostraba don Manuel en su oficio quirúrgico. La observación, durante algunos minutos, del óleo de Párraga en la Residencia de Atades y la anterior y posterior contemplación del retrato publicado en Heraldo de Aragón en mayo de 1973 nos han ayudado a recordar, a reflexionar acerca de las virtudes intelectuales y morales de nuestro amigo, que fueron soporte de sus sesenta y dos años de vida y sustrato de su decisiva obra, reflejo, en suma —vida y obra— de su poderosa y generosa personalidad. 4 Zaragoza, Ateneo, 1984.


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Virtudes intelectuales 1. Destacaba en Manuel Artero una capacidad de reflexión poco común. No se crea que su pensamiento era lento; más bien su elaboración mental era rápida, pero concentrada, expuesta en cuatro trazos. 2. «Verlo todo, que nada escape» podía ser su lema; síntesis hecha acto de su poder de observación. Emparentada con esa capacidad de observación, sirviéndose de ella y sirviendo a ella, su curiosidad intelectual, su preocupación cultural. Nada de lo humano le era ajeno, como proclamase Terencio, y menos aún nada de lo altoaragonés. 3. El sentido lógico, demoledor en su caso, nota esencial de la mentalidad aragonesa, estuvo presente en todas las actividades de Artero y al servicio de su afán crítico constructivo. 4. Su sentido del equilibrio y su ponderación fundamentaban su capacidad de priorización de los problemas, aspecto también de su pragmatismo. Al igual que algunos insignes altoaragoneses como Pedro Alfonso, José de Calasanz, Basilio Paraíso, José Galiay, los Azara, Julio Palacios (aunque nacido en Paniza, pasó buena parte de su infancia, en particular la decisiva edad de los doce-trece años, en Tamarite), Artero tuvo un elevado sentido pragmático, en el que participó su «santa tenacidad». 5. Ya hemos señalado, párrafos atrás, el gusto por transmitir, el profundo sentido didáctico que impregnó toda su vida y animó toda su obra. Manuel Artero habría sido un magnífico maestro universitario, de haberse dedicado a la docencia como lo hizo en Juseu. Virtudes morales Capacidad de reflexión y observación, curiosidad intelectual, ponderación, equilibrio, sentido pragmático, afán crítico constructivo, profundo sentido didáctico y demoledora lógica aragonesa (que forma parte de nuestro surrealismo), cuyo mayor ejemplo es que los niños aragoneses no dicen ciclista, sino biciclista. Otra muestra de lógica a ultranza es esta canta de jota de Ricardo Iranzo: Desde que sé que eres viuda sigo pensando lo mesmo: que si me hubieses quisido ahora sería yo el muerto.

Pero tanto como sus virtudes intelectuales interesan sus virtudes de orden moral, relacionadas unas con su modo de trabajar, y con su modo de estar en el mundo, otras; atingentes, las más delicadas, a su modo de ser.


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¿Cuál fue el modo de trabajar de Artero? 1. Sobre una callada laboriosidad, en silencio, sin alharacas, fundada en hechos, ha trabajado siempre Artero. «Hechos y no palabras es lo que Aragón necesita», dije yo en mi intervención para agradecer la concesión de la Medalla de las Cortes de Aragón en 1994. Y en esa frase pesó, no poco, el recuerdo de Artero. 2. Con la tenacidad y la perseverancia propias de los aragoneses. «Puestos a tenacidad, a los aragoneses que nos echen alemanes», había proclamado don Santiago (que entre españoles será siempre Ramón y Cajal). Sin prisa pero sin pausa, Artero insistía ante amigos e indiferentes, algunos de los cuales fueron captados así para la causa que llevara entre manos nuestro amigo. Como la santa pesadez de Artero fue bautizada la peculiar perseverancia de don Manuel para avanzar en todos los problemas. 3. Y siempre, sin prisa pero sin pausa, sin histerias ni compulsiones, actuando como catalizador, que, a la postre, fue el gran papel de Artero en la sociedad oscense por su afán de servicio. 4. El equilibrio, el decoro que hemos señalado no impedían el enfado, y su patente manifestación incluso, en pocas ocasiones. Daba la razón así a Thomas Fuller cuando proclamó que «La ira es una de las fibras del alma». ¿Cuál fue su modo de estar en el mundo? 1. Su sencillez daba lugar a su modestia para sí, que para con los demás se traducía en la referida llaneza. Fue, por lo tanto, humilde y llano. Llaneza en el trato, no exenta de mediodistante espera hasta ratificar la confianza en el otro. Acaso sea el conocimiento del comportamiento de Artero y de otros buenos aragoneses lo que me hizo acuñar la frase «Ningún aragonés tiene derecho a ser ingenuo». 2. La serenidad, que era resultado directo de su seguridad en sí mismo, virtud propia de Aragón, acaso más del Alto Aragón. 3. Fruto de su tolerancia y de su serenidad, la ponderación, el buen gusto, el decoro en toda situación. La autoridad moral y la seguridad en sí mismo, ya mencionadas, se traducían en la firmeza, que no estaba en contraposición con su tolerancia o transigencia para admitir la verdad de los demás. 4. La citada frase de Thomas Fuller «La ira es una de las fibras del alma» es adecuada para temperamentos generosos que, al ver en otros la frialdad como inequívoco signo de impotencia, se irritan ante los que no ponen el debido empeño en cuestiones importantes. En alguna ocasión, Artero seguía la pauta de Fuller.


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5. Ante todo, el doctor Artero fue hombre tolerante, dispuesto al diálogo, nunca intransigente, lo que no impedía la irritabilidad, ya señalada, cuando no veía en los demás el interés o la pasión necesarios. Gracián había escrito que junto al talento es necesaria la pasión cuando proclamó: «¿Qué importa que el entendimiento se adelante si el corazón se queda?». Y Cajal veía en la frialdad «inequívoco signo de impotencia». Analizados su modo de trabajar y su modo de estar en el mundo, ¿cuál fue el modo de ser de Artero que transcendió, alimentó su vocación, su talento, sus capacidades y sus afanes? Daré aquí también mi respuesta cardinal. 1. Hombre de esperanza, de perpetua ilusión, de optimismo y de confianza en los suyos, en su ciudad, en su región, confianza que nacía de su seguridad en sí mismo y, por lo tanto, en los que había elegido como amigos; por ello supo seguir la máxima de Marañón «Saber no es solo saber, sino saber y dudar». 2. Hombre de muy alta generosidad, desprendido con su prójimo, con sus amigos, en los que sabía disimular los defectos, con las empresas sociales y culturales en las que tomó parte, velando siempre por la tierra que le vio nacer. Procuró el bien; lo hizo: fue, pues, un benefactor. Había proclamado Juan XXIII: «Verlo todo, disimular mucho, corregir poco». Manuel Artero, por su generosidad, corrigió poco. 3. Hijuelo de su generosidad, su sentido de la tolerancia, su transigencia, que nacía de su profundo respeto por las creencias y modos de ser de los demás. No fue practicante religioso en sentido estricto, aunque, paradójicamente, sentía, amaba y exigía la liturgia bien practicada; se preocupaba de ella, lo que demostraba su buen gusto. En el asunto de la comunión de los enfermos del hospital el Domingo de Cuasimodo era exigente al máximo (no menos que Patricio Borobio, el bondadoso catedrático de Pediatría de Zaragoza a comienzos del siglo xx). Pensaba, disponía y mandaba cumplir todos los pormenores a las monjas, las cuales tenían en don Manuel un pilar en el que apoyarse con sólidos criterios, no aventurando los detalles por actos de bondad. La transigencia era virtud destacada en Artero. Hombre comprometido con sus amores, con sus amigos, pero sobre todo con su amor a Huesca, su ciudad, a su provincia y a Aragón en general. 4. Eso sí, exigía generosidad en los demás; y también fidelidad, virtud que él practicó siempre, porque los que creen en la fidelidad son fieles por sí. Fue hombre seguro en sí propio, absolutamente sincero, profundamente sensible y, por ello, con centenares de amigos en todos los ambientes, en Huesca, en Zaragoza, en el Bearne, en el resto de Francia; preocupado por los problemas de los amigos y de los demás; comprometido, esto es, cumplidor de sus promesas. ***


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En suma, Manuel Artero fue hombre sincero y sensible. Su religiosidad, ya lo hemos señalado, no fue muy alta, pero era una virtud que estimaba en los demás. Fue pragmático, tenaz, perseverante, de lógica demoledora; homo convivens, entrañable, arquetípico, generoso (y, de ahí, benefactor de tantas entidades); preocupado por sus amigos, por sus convecinos, las gentes de Huesca y del Alto Aragón, de esta vieja y querida tierra nuestra. El doctor Artero fue paradigma de que por encima del homo sapiens están el homo loquens y, aún más, el homo convivens, el hombre entrañable y generoso. La convivencia con Artero nos hizo mejores a muchos. Capaz de concitar amigos y voluntades, fue un Vincencio Juan de Lastanosa redivivo tres siglos después en su casa de Cillas con sus colegas de tertulia. Precisamente un contertulio de Lastanosa, jesuita a pesar suyo, Baltasar Gracián, escribió: «La capacidad y la grandeza se han de medir por la virtud. Ella sola se basta a sí misma; vivo el hombre, lo hace amable; muerto, memorable». Con esta frase, sin duda aplicable a Artero, daba fin a su Oráculo manual y arte de prudencia. En su casa de Cillas, Artero reunía a Torrente, Deó, los Porta, Sánchez Tovar, el obispo Osés, como siglos atrás lo hiciera Lastanosa con Manuel de Salinas, el padre Rojas, el marqués de Torres, Josefa de Sayas, Ana Abarca de Bolea y Baltasar Gracián, cumbre universal del conceptismo. Su persona respondía bien a la fórmula tradicional del médico «Vir bonus, medendi peritus» («Varón bueno, perito en el curar»; en nuestro siglo puede decirse —debe decirse— también «Mulier bona, medendi perita»). Más sencilla y llanamente, refiriéndose a su condición profesional, Deó, su amigo de siempre, escribió que fue «buen médico y médico bueno». Además de vir bonus y medendi peritus, Artero fue homo convivens, hombre entrañable y generoso por su deseo de ser útil. Guardaremos su memoria en ambas vertientes. El óleo de Párraga que yo vi en Atades hace años, y que me imagino seguirá allí, expresaba bien, a mi juicio, estas virtudes de Artero. Pido a san Lorenzo que florezcan en Huesca en este milenio muchos Vincencios (de Lastanosa) y muchos Manolos (Artero). Cuando nos reunimos en 1998, al cumplirse veinticinco años de la muerte de Artero, me despedí de los ciento veintisiete asistentes con un «hasta diciembre de 2010, con motivo del centenario del nacimiento de don Manuel». Que santa María del Pilar nos ayude a todos a conmemorar en el año 2023 el medio siglo de su muerte, como homenaje a aquel de quien tanto recibimos, dones, consejo y ejemplo, el buen amigo, el formidable aragonés enamorado del Alto Aragón, el excepcional prócer que fue don Manuel Artero Bernad. Zaragoza, 10 de diciembre de 2010


Entrada principal de la Residencia Manuel Artero de Atades.

Lorenzo Torrente RĂ­os Presidente de Atades Huesca


MANUEL ARTERO, FILÁNTROPO DE HUESCA

Sin duda alguna el doctor Artero, don Manuel Artero, fue un hombre de muy diversas y profundas inquietudes; ello le llevó a relacionarse con muchísima gente que le recuerda con intensa y sincera admiración, respeto y cariño. En su casa de Cillas reunía a personas de muy dispar condición, cultura, creencias y pensamiento. Desde mis ojos de niño se me antojaba una enorme hacienda donde no cabía el aburrimiento; en ella se encontraba todo lo que un chico de diez años puede desear: bodega subterránea con grandes y silenciosas cubas, a la que evitaba bajar sin compañía de adultos por temores propios de la edad; herramientas para el campo que poder manipular; una balsa donde inventar mil y un juegos; cuadras y pesebres con animales muy diversos a los que mirar y molestar… La casa se complementaba con unos terrenos cercanos donde se realizaban los trabajos del campo al modo tradicional; recuerdo las siembras, la cosecha, la vendimia, el vareo de la aceituna. Era un verdadero paraíso para un niño en una época donde las diversiones infantiles no dependían de la tecnología, y la observación, la imaginación y el escuchar a los mayores constituían una importante fuente de aprendizaje y entretenimiento. Tengo grabada en mis recuerdos la cocina de Cillas, con María, familiar de Manuel Artero de sobresaliente dedicación a sus tareas culinarias, Josefina, Borbón José…, todos ellos empleados de ese particular universo que era Cillas. Las comidas en esa cocina, con un grupo variopinto de personas sentadas de modo nada aleatorio alrededor de una mesa donde Manuel Artero iba dirigiendo la conversación por los cauces que él arbitraba. Manuel Artero no era una persona autoritaria, pero tenía una evidente autoridad ganada por su buen hacer. Si para una petición querías obtener aprobación, solo tenías que añadir «Lo ha dicho Manolo», y eso abría puertas. Él era sabedor del respeto que inspiraba, y sus conversaciones telefónicas se iniciaban con un «Soy Artero»; esas dos palabras bastaban para que el interlocutor se interesara de inmediato y tuviera la mente despierta y atenta. Manuel Artero —para mí, Manolo— era una persona mayor a los ojos de un niño, de semblante serio y profundamente querido. Era Manolo verdaderamente amado por toda nuestra familia; cada uno de mis hermanos podía narrar diferentes anécdotas sobre él. Mantenía una íntima amistad con mi padre y


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todas las noches del año (salvo un día a la semana que ahora no acierto a recordar) venía a nuestra casa de la calle de Cavia, número 4, donde todos respetábamos un sillón que por su preferencia tenía tácitamente asignado. Pese a su seriedad, Manolo se hacía querer; mostraba sincero interés por todos los que lo rodeábamos, y con juegos y acertijos pedagógicos parecía explorar y estimular las capacidades. Su especial carácter no dejaba de sorprenderte. De tantos años de relación han quedado muchísimas anécdotas propias de la intimidad familiar. Como pequeña muestra de ellas puedo narrar que para la primera comunión de uno de mis hermanos lo obsequió con un tonel para guardar vino, y en otra celebración infantil trajo como regalo nada menos que un burro (acompañado de un amigo suyo, creo que tratante de ganado, llamado Cayetano)… Mi padre, Ramón Torrente, abogado de vocación y de profesión, era igualmente una persona comprometida que no rehuía las responsabilidades que en suerte le habían correspondido. Al padecer su hija primogénita una discapacidad intelectual, se implicó —junto con mi madre, que fue motor y apoyo fundamental— en la promoción de un movimiento asociativo de padres con hijos afectados por este tipo de discapacidades, para así conocer su alcance numérico en la provincia de Huesca y poder, a través de la unión, mejorar las condiciones de vida de las personas afectadas y de sus familias. En el año 1964 se unieron varias familias con el denominador común de la discapacidad de alguno de sus miembros y se creó la Protectora Oscense de Subnormales, donde se comenzó a atender a personas con discapacidad intelectual asistiendo a diferentes afectados en un centro cuyo uso cedió Cáritas Zaragoza en la localidad de Canfranc. Ramón Torrente fue su primer presidente. Diez años después, en 1977, esa asociación se convirtió en la actual Atades Huesca, cuya presidencia ostentaría Ramón Torrente hasta su fallecimiento en 2008. Ignoro cómo se desarrollarían las conversaciones, las ilusiones, los proyectos…, pero no es difícil suponer que, siendo Manuel Artero y Ramón Torrente amigos íntimos, el doctor Artero asumiera los anhelos de este colectivo y cediera gratuitamente unos 70 000 metros cuadrados de la propiedad que tenía en Cillas, en esos momentos campos de cultivo, a Atades Huesca. Artero era un verdadero filántropo con una marcada vocación por la enseñanza (fue maestro antes que médico), aspectos que sin duda le llevaron a adoptar tal decisión. Este acto de liberalidad generosa fue germen y semilla de la actual Atades Huesca, pues al contar con un soporte físico tan cercano a la ciudad se comenzaron a fraguar y a llevar a cabo los proyectos de la asociación. Fue en ese terreno donde se empezó a construir una residencia para afectados por discapacidades


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intelectuales que se inauguró en el año 1981 y donde se prestó asistencia inicial a unas ochenta personas. Se inició un proyecto de vida para ellas: se trabajó en su formación, en el desarrollo de sus aptitudes, en su ocio, en su autoestima… Fallecido Manuel Artero el 8 de mayo de 1973, su hermano y heredero Félix Artero y la esposa de este continuaron con la cesión gratuita de otras superficies similares. Estos terrenos fueron una parte importante del desarrollo de Atades Huesca, y, con el transcurso del tiempo, a esa inicial residencia siguieron otros proyectos y nuevas obras. Hoy, en los terrenos que fueron de Manuel Artero se levanta esa primitiva residencia —totalmente renovada y adecuada a los usos actuales—, otra de apartamentos tutelados para personas con una discapacidad intelectual más leve, otro edificio para aquellos a los que hay que asistir porque padecen patologías más severas, talleres para el trabajo en el centro ocupacional, viveros de plantas, el Centro Especial de Empleo, instalaciones deportivas… La colaboración de don Manuel en este centro de Atades que hoy lleva su nombre, el Centro Manuel Artero, ha hecho posible que en él se preste atención a casi ciento cincuenta personas con discapacidad intelectual y que unas cincuenta estén plenamente integradas en la sociedad y tengan un trabajo remunerado. El Centro, además, proporciona trabajo a setenta personas, lo que supone una de las plantillas más numerosas de la ciudad de Huesca. Tampoco se puede olvidar la abnegada labor de las hermanas de Santa Ana, que colaboran en esta empresa. El buen hacer de Atades Huesca en el Centro Manuel Artero ha merecido el reconocimiento de la sociedad y de instituciones de toda España, y de Aragón en particular. Así, la obra realizada ha derivado en la apertura de otras dependencias y talleres en la provincia de Huesca; se presta asistencia en régimen de internado y media pensión en otros centros en Jaca, Barbastro y Monzón, e igualmente en las localidades de Fraga y Boltaña funcionan sendos centros ocupacionales. La colaboración de Manuel Artero en esta iniciativa no es baladí, pues el disponer de un terreno cedido en modo tan generoso ha permitido, no sin tesón, ilusión y temores, dar forma a unos proyectos en los que hoy son asistidas unas cuatrocientas personas con discapacidad intelectual y que ocupan a unos doscientos sesenta trabajadores que lo hacen posible con su dedicación, impregnada de verdadera vocación. En las personas que tuvimos el privilegio de conocerle y quererle, Manolo ha dejado una profunda huella. Tanto es así que siempre está y estará en nuestra memoria. Asimismo su persona se perpetúa en la memoria colectiva, que recordará al doctor Artero como un hombre que, además de bueno, serio, afable, honrado…, hizo una gran labor por esta provincia, por esta ciudad y por sus gentes.


Hospital Provincial de Huesca.

Daniel Carmen Salinas MĂŠdico especialista en UrologĂ­a


MANUEL ARTERO Y SU AMOR A HUESCA

Conocí al doctor Artero en marzo de 1955 de un modo accidental. Llevaba yo menos de un año en mi primer empleo de médico interino en Aínsa cuando tuve que desplazarme acompañando a un enfermo con traumatismo craneal al Hospital Provincial de Huesca; estaba en los Porches con un pariente lejano mío, el practicante Francisco Palacios, muy conocido y querido en Huesca, y entonces nos encontramos con él. Paseamos juntos bastante tiempo, y aquel paseo cambió mi vida. Fue para mí un verdadero encuentro: me sentía aceptado sin necesidad de aportar ni explicar nada. En la conversación surgió el tema de que acababa de quedar vacante la plaza de médico ayudante de Urología de la Seguridad Social; automáticamente pasaron a un segundo plano todos mis proyectos y se la pedí. Me dijo que se informaría sobre mí y me comunicaría su decisión. Al día siguiente me llamó por teléfono, tras haber consultado a su amigo el profesor don Ramón Martín Blesa, un maestro al que muchos oscenses llevamos en el corazón y que, como don Manuel, forma parte de esa historia que va haciendo más grande a Huesca. Dos días más tarde dejé Aínsa. Desde esa fecha y hasta el día de su muerte trabajamos juntos y de un modo exclusivo para la profesión, tanto en la vertiente pública como en la privada. La relación profesional se extendió rápidamente a lo personal y familiar. Él vivía solo con su encantadora y anciana madre, doña Adela, ya que su único hermano, Félix, al ser secretario de las Juventudes Socialistas y masón, hubo de exiliarse a México, donde desarrolló toda su actividad profesional. Junto a ellos tenían a su sobrina María Rivarés, que dedicó toda su vida a cuidarlos. Fui integrándome en aquella familia progresivamente: al principio, en las comidas; luego me quedaba a dormir en las ausencias de don Manuel. No había pasado un año cuando ya tenía mi propia habitación en su casa, en la que viví hasta el día de mi matrimonio en 1962. Ni que decir tiene que la relación se extendió a mi mujer y a mis hijos, hasta el extremo de que en el momento de su muerte estaban a punto de iniciarse los trabajos de lo que sería mi nueva vivienda junto a la suya en su finca de Cillas. Los planos de la casa, la piscina y el jardín, ya confeccionados, dejaron de tener sentido con su marcha.


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Todo esto me permitió conocerle a fondo, aunque su modestia y su empeño en evitar todo lo que pudiera poner de manifiesto su protagonismo lo hacían tan difícil como fácil les resultaba contagiarse de su entusiasmo a aquellos que se implicaban con él en una tarea común o en una relación, ya fuera profesional, de amistad o de cooperación en algún objetivo social. Puede darnos una idea saber que nunca daba lecciones ni afeaba conductas. Lo que él llamaba «frustrada vocación por la enseñanza» solo afectó a su presencia en las aulas, no a la vida, pues su verdadera enseñanza era el poner la vida en lo que hacía. Tenía un profundo sentido de la amistad, con aceptación y entrega absoluta a las necesidades del amigo. La resonancia de este sentir lograba que cada uno de amigos viviera esa relación e hiciera suyas las alegrías y necesidades del otro, pues don Manuel no solo se interesaba por los problemas, sino que también se comprometía en su solución. Este carácter de implicación total era percibido por los enfermos, con los que extremaba sus cuidados y su atención, lo que hacía que en la mayoría de ellos perdurara una presencia afectiva fruto de ese calor relacional. Siempre he tenido presente una lección que recibí en mis comienzos. Teníamos un paciente operado grave y, al oír mi comentario de que «el enfermo de la 7-2 se nos va», me dijo: «No creas: Antonio tiene todo el día a su mujer o a su hija cogiéndole la mano, y eso da mucha fuerza para seguir adelante». Y también recuerdo aquella vez que, cuando le hablé de que un medicamento que habíamos estado utilizando de modo satisfactorio últimamente ya no mostraba la misma eficacia, me hizo caer en la cuenta de que, al haber perdido yo la fe en esa eficacia, era incapaz de transmitirla al enfermo. En la elección de su profesión influyó, sin duda, el recuerdo de su abuelo, que ejerció como trujano rural y cuya lanceta de sangrías —que yo sigo conservando como algo muy preciado— guardaba don Manuel con cariño en su consulta. Terminó sus estudios de Medicina en la Universidad de Zaragoza en 1936. Un mes más tarde estalló la Guerra Civil y fue militarizado, por lo que se integró en el equipo quirúrgico del doctor García Bragado. Finalizada la contienda, continuó como cirujano militar y también se hizo cargo de la traumatología de la Mutua de Accidentes de Zaragoza, tareas que siguió desempeñando hasta muy avanzados los años sesenta. Sin embargo, la faceta fundamental de su vida profesional fue su dedicación a la urología. Es a principios de la década de los cuarenta cuando se inicia el desglose de especialidades (aunque no exista el título de especialista de manera oficial)


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de la cirugía general. Uno de los pioneros en España fue el Instituto de Urología, que dirigió el profesor Puigvert, y don Manuel fue su primer alumno. Esto hizo que la relación entre ambos, profesional, personal e incluso familiar, resultara hasta el final muy estrecha y cálida, tan estrecha que su influencia en la carrera profesional del hijo de aquel, lejos de la medicina, fue decisiva. Recuerdo un día en el Forn de Sant Jordi, lugar al que siempre nos invitaba a comer, y Antonio cuando uno o los dos llegábamos a aprender de él al Hospital de San Pablo, me dijo: «Gracias a Artero me siento muy orgulloso de la trayectoria profesional de mi hijo». Ejerció su profesión tanto de forma privada como en la Seguridad Social y en la Beneficencia Provincial. Merece particular mención este último aspecto, ya que desde que don Manuel obtuvo la plaza de urólogo de la Beneficencia, en el momento de su creación, la especialidad fue practicada por él y por su equipo, al que después nos incorporamos el doctor Laplaza y yo. Aunque el puesto tenía dotación económica, durante los veinticinco años que lo ocupó don Manuel ninguno de los tres percibimos un céntimo; era un gesto suyo de agradecimiento, pues sus estudios habían sido costeados merced a una beca de la Diputación Provincial, de la que su padre había sido conserje. Su permanente preocupación por mantener el equipo en vanguardia se centró en una estrecha relación con el profesor Puigvert a través de cursos y acontecimientos puntuales para estar al día, pero siguió muy atento a las técnicas pioneras que aparecían en la década de los cincuenta y que iban a revolucionar la especialidad. Ya en 1956 el doctor Doassan, gran amigo suyo, acababa de establecer en Pau un gabinete radiológico con técnicas avanzadas tras una estancia en Estocolmo. Fuimos a verlo y don Manuel decidió que yo me quedara allí tres meses aprendiendo y, naturalmente, viviendo en casa de su amigo. Dos años más tarde, en otra comida de trabajo en el Forn de Sant Jordi, al comentar las cotas que estaban alcanzando la urología y la nefrología en París, don Manuel y don Antonio resolvieron que me matriculara en la Sorbona para el curso 58/59 y me adscribiera al Hospital Cochin, donde el doctor Kuss era pionero en Europa en la práctica de colocistoplastias y el doctor Écoiffier, también gran amigo del doctor Artero, acababa de importar del Karolinska el método para realizar angiografías renales y cardiacas por cateterismo femoral. Asimismo pude asistir al Servicio de Nefrología del Hospital Necker, donde se llevaban a cabo técnicas como la diálisis peritoneal. Papel importante juega también el doctor Usón, a la sazón urólogo en la Universidad de Columbia de Nueva York, que todos años pasaba sus


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De izquierda a derecha, José Porta, Daniel Carmen, José María Lacasa, Javier Rico, Ramón Torrente y Manuel Artero.

vacaciones en estas tierras y, cómo no, se implicaba en el servicio de su amigo practicando intervenciones que aquí eran poco comunes. Por otra parte, no se pueden pasar por alto las famosas reuniones en Cillas, que enlazaban con la cena y que los sábados solían prolongarse hasta el amanecer. Salvo excepciones muy puntuales, tenían el denominador común del oscensismo, con el acento no en el recuerdo, sino en la exposición de necesidades presentes y futuras, así como en la implicación para poner en marcha soluciones, sin perder de vista el tomar conciencia de las personas concretas que podían ser contagiadas del mismo ideal y aportar su ayuda para la maduración del proyecto. El espíritu era el mismo, ya se tratara de problemas médicos, agrícolas o de cualquier tipo; el punto de unión fue siempre social. Una etapa muy fructífera fueron los dos años en que Ramón Encinas estuvo como gobernador civil de Huesca, ya que a los pocos días de su toma de posesión tuvimos que operar de urgencia a su padre y esto nos llevó a entablar con él una relación de amistad. Como también era soltero, se hizo habitual en las cenas de Cillas, en las que se estimulaban proyectos y se limaban dificultades. En ese periodo se llevaron a cabo, por ejemplo, la construcción


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de la Universidad Laboral, la del Hospital San Jorge y la del Polideportivo de la Fuente del Ángel. La construcción de este último puede ser ilustrativa del espíritu de estas reuniones. Existía dinero para hacer polideportivos para el Frente de Juventudes y debía solicitarse presentando un proyecto. Se pensó que el terreno podía aportarlo el Ayuntamiento tomándolo de la ampliación del parque obtenida tras la laboriosa compra de la huerta de Naya. El entonces alcalde Mariano Ponz no veía con mucho agrado ceder un terreno municipal al Frente de Juventudes, ante lo que Ramón Encinas le dijo: «Parece mentira, Mariano. Como dice Manolo, si es bueno para Huesca, ¡adelante!». Y él aún añadiría: «A lo mejor, cuando se inaugure, el Frente de Juventudes ya ni existe, pero se quedará en Huesca». El Colegio Universitario de Huesca, del que Artero fue impulsor y promotor, inició su andadura un año después de su muerte, aunque sin lograr la dimensión prevista en un magnífico proyecto con una amplitud de miras que hubiera supuesto un gran paso en la historia de Huesca y en el que se integraron destacadas figuras, entre ellas la del profesor Solsona. Fue precisamente su empeño en sacarlo adelante lo que le costó la vida, ya que le hizo posponer su operación de próstata. De hecho, sus tres últimos días, siendo portador de una pielonefritis febril y sabiendo a lo que se exponía, los pasó en la Facultad de Medicina de Zaragoza intentando desde muy temprano captar voluntades y romper los puntos de vista anquilosados y egoístas de algunos sin cuya colaboración el proyecto no podía seguir adelante. Y fue allí donde la infección urinaria se convirtió en insuficiencia renal aguda, con sepsis generalizada irreversible. Conocía muy bien el riesgo que corría: ¡fue su elección!


Manuel Artero.

Juan Blas Pérez Gastón Médico especialista en Aparato Digestivo


A DON MANUEL ARTERO

Mecenas de pintor y baloncesto, de estudiantes sin beca y ancianos sin hogar. En tu cara sin flores, el frío eterno, hay dos ojillos miopes chicos y prietos. Tiemblan tus manos blancas de grandes dedos rectos en tus chispazos de genio. «Y, si optimista, te pones ebrio de alcohol con gotas de silencio».


Monumento dedicado a Manuel Artero a la entrada del Centro de Atades.

MarĂ­a Teresa Monedero Viuda de JosĂŠ Porta


MANUEL ARTERO: DEVOCIÓN POR LA AMISTAD

Tarea difícil, hablar de Manuel Artero. Temo quedarme corta en cantidad y, sobre todo, en calidad si me atrevo a asomarme a lo que fue alguien tan entrañable como Manolo, y es que su rica personalidad, volcada por entero a favor de Huesca y de sus gentes, ofrece multitud de facetas. Son memorables sus reuniones en Cillas. Allí nacieron muchos proyectos de amigos; obispos, gente emprendedora, oscenses en fin que soñaban con el desarrollo y la mejora de la ciudad. Yo le conocí en 1953, cuando llegué a Huesca después de mi matrimonio con José Porta. Él tenía devoción por la amistad. Sabía «hacer uso» de los amigos, y ellos se volcaban cuando Manolo pedía algo, que siempre era por y para su ciudad. Disfrutó de una beca de la Diputación para estudiar la carrera de Medicina, pero devolvió con creces todo lo recibido dando su trabajo y su corazón hasta el final en todo lo que hacía. Quiero destacar dos obras de entre las muchas a las que dedicó su tiempo y su cariño: Atades y el Colegio Universitario. En Cillas, y con ayuda de mi marido, Pepe, compró una finca para vivir en ella. Allí mismo donó los terrenos donde se construiría el centro para deficientes psíquicos y donde trabajaron codo a codo Ramón Torrente y Pepe Porta. Hoy el sucesor de Ramón en la presidencia es su hijo Lorenzo, que continúa la obra de su padre con vocación y esfuerzo a favor de Atades. Pepe abandonó la vicepresidencia a la muerte de nuestra hija María. Una de sus mayores ilusiones fue crear el Colegio Universitario de Huesca. Contó también para ello con la colaboración y el apoyo de sus amigos Ramón y Pepe, a los que se sumaron Mariano Estropá y el valioso impulso de Fernando Solsona. No pudo verlo terminado, pues una enfermedad fulminante se lo llevó antes de su conclusión. Sus amigos cogieron el testigo y se culminó la obra. Hoy podría estar orgulloso de los resultados. Pasando a un terreno más particular, quiero subrayar mi testimonio personal del día a día. Vivía los problemas de mi familia como si fueran suyos. Vayan solo dos pinceladas como ejemplo.


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devoción por la amistad

El nacimiento de mi hija María le impactó mucho. Llamó a otros médicos a consulta y en su pena se daba de cabezazos por las paredes de mi casa. En el siguiente parto no me abandonó ni un minuto, hasta que vio que todo iba bien y se abrazó a mí llorando. Un buen día se presentó en casa ¡a las siete de la mañana! Ante mi extrañeza por su irrupción a hora tan temprana, me dijo: «No estoy tranquilo porque ayer no vi bien a Pepe». Pasó, comprobó y al instante desapareció tan rápido como había venido. «Veo que está muy bien. Me voy». Dicen que Manolo no era creyente, y a mí me viene a la memoria aquello del Evangelio: «Por sus frutos los conoceréis». Y es que su entrega a los demás no tenía medida. De esta sinmedida tuvimos ecos a su muerte. La manifestación de duelo fue tan grande que nos conmovió a todos. Se te acercaba uno y te contaba: «Don Manuel me operó, y, viendo la situación de mi familia, me dejaba los billetes debajo de la almohada». Otro te hablaba de la colocación que le había buscado a su hijo; otro, de la ayuda en los estudios…, y otro…, y otro más. Tanto se interesaba por los enfermos que le causaba un gran enfado —y yo lo he presenciado— el que le recomendaran a algún paciente, pues no era necesario: se volcaba con todos. Tarea difícil hablar de él. Solo puedo añadir el cariño, el agradecimiento y, sobre todo, la nostalgia que siento cuando recuerdo a Manolo Artero.


devoción por la amistad

A comienzos de los sesenta Manuel Artero se trasladó, junto con su prima María Rivarés, a su nueva casa de Cillas, donde nacerían muchos proyectos para la ciudad de Huesca.

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Ramón Torrente, sus hijos Mariano y Lorenzo, y María Ríos, con Manuel Artero en su casa de Cillas.

Pilar Torrente Ríos Hija de Ramón Torrente


CARTA A MANOLO: EL SENTIDO PATERNAL Y EDUCADOR DEL DOCTOR MANUEL ARTERO

Querido Manolo: Me he enterado por Joaquín Deó de que algunos de tus amigos, compañeros médicos y otros que tuvieron la suerte de compartir contigo algunas de tus facetas profesionales y humanas están organizando la publicación de un libro sobre ti. Estoy segura de que tus colegas de profesión destacarán tus extensos conocimientos médicos, así como la dedicación, la entrega y el afecto personal que tan generosamente proporcionabas a todos y cada uno de tus pacientes. También estoy segura de que ellos pondrán de manifiesto tu grandeza de espíritu, tu recto sentido de la justicia, tu entrega a los demás, tu gran generosidad, tu apoyo a los más necesitados, tu discreción, tu respeto por los pensamientos y las ideas diferentes a los tuyos y otras muchas virtudes que formaban parte de tu personalidad. Sin embargo, Manolo, creo tener el privilegio de ser, junto con mis padres y mis hermanos, una de las pocas personas que ha podido disfrutar de otra faceta tuya. Me refiero, mi querido Manolo, a tu profundo sentido paternal y educador. Recuerdo que, debido al cariño y la gran amistad que te unía a mi padre, todas, absolutamente todas las noches, a eso de las nueve, y tras haber cenado pronto en Cillas, como a ti te gustaba, venías a casa. Aparecías siempre con una sonrisa y dabas rienda suelta al Manolo padre y al Manolo maestro y educador, posiblemente añorando tu vocación y tu formación de maestro anterior a tus estudios de Medicina. Como recordarás, debido al intenso y absorbente trabajo de mi padre en su despacho de abogado, era difícil verlo durante el día, y mucho más contarle las alegrías y los problemas que mis hermanos y yo teníamos en aquella etapa de la vida. Asimismo, reconozco que, aun siendo un padre maravilloso, su forma de ser difícilmente sintonizaba con el mundo infantil y juvenil, a lo que se sumaba el hecho de que diariamente trabajaba hasta las once de la noche. Y aquí, Manolo, tú eras el eslabón imprescindible y complementario entre nuestros padres y nosotros.


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su sentido paternal y educador

Ese par de horas diarias, de nueve a once, eran nuestras horas de confidencias, en las que desplegabas, como señalaba antes, la vocación de maestro que llevabas dentro y ese sentido paternal que de forma generosa extendías hacia nosotros. Más tarde, mientras mis padres cenaban, se entablaba una tertulia donde aparecían los temas más diversos que podían imaginarse, y que por un motivo u otro siempre eran de actualidad e interesantes. Estoy convencida de que percibiste claramente que tus visitas diarias a nuestra familia trascendían más allá de la amistad y el cariño a nuestros padres. Estas visitas se prolongaron durante años y años, hasta que, lamentablemente, aquel día de mayo nos dejaste. A mí, Manolo, me parecías lo máximo. Todo lo sabías. Mis problemas y los de mis hermanos eran para ti tan importantes como para nosotros mismos, y nos aconsejabas sobre cómo afrontarlos y superarlos. Aplaudías nuestras alegrías y nuestros éxitos. Era maravilloso. Luego, al comentarlo con mis padres, simplemente decíamos «Lo ha dicho Manolo» o «A Manolo le parece bien», y todo lo que pasaba por ti como eslabón era aceptado por ellos. Desde muy pequeña recuerdo las comidas con tu madre, a la que tanto querías, en vuestra casa de la plaza del Mercado. Allí almorzábamos los tres, y algunas veces también se unía tu prima María. Todo lo que tú contabas me parecía lo más interesante del mundo. Tenías una gran sensibilidad para hablar sobre temas que agradasen a tus invitados, pues te adaptabas a la edad, la cultura y las aficiones de los que se sentaban a tu mesa. Te escuchaba con gran atención, y a mi vuelta a casa contaba lo sucedido a mis primos y a mis hermanos con el orgullo de haber podido disfrutar de tu tiempo y haber aprendido tantas cosas. Más tarde compraste la finca de Cillas, a la que íbamos en tu coche, aquel dos caballos que, por cierto, Manolo, conducías fatal. Por eso, cuando nos montábamos en él, mi madre al despedirme siempre me decía: «Agárrate bien». Los cuatro kilómetros que separan Huesca de Cillas me parecían un viaje fascinante. En Cillas me situabas en un mundo desconocido para mí, donde todo era diferente e interesante. Me explicabas el porqué de las siembras, las cosechas, las distintas plantas, los árboles, los frutos. Vi nacer terneros, conocí las costumbres de toda clase de animales, y tú eras feliz viendo mi asombro y mi curiosidad por todo. Puedo decirte para tu satisfacción, Manolo, que yo compartía esa felicidad. Pasaban los años y seguías viniendo a casa todas las noches, implicándote cada vez más en nuestros problemas, que, conforme íbamos creciendo mis hermanos y yo, se iban haciendo más diversos.


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Cuando llegó el momento de pensar en mi carrera universitaria, tu consejo también me sirvió de ayuda, y al decidir que iba a hacer Filosofía y Letras me animaste haciéndome ver lo interesante de las materias que iba a estudiar y la cultura que iba a proporcionarme mi paso por la universidad. El enfoque del futuro de los jóvenes fue otra de tus pasiones, y mis hermanos también pudieron beneficiarse de ella. Pasó el tiempo y llegó la etapa de los noviazgos. ¿Te acuerdas, Manolo? Yo te contaba quién era mi mejor amigo en cada momento y tú nos invitabas a cenar en Cillas para, sin que nadie lo percibiese, «interrogarles» sobre aspectos que tú debías de considerar importantes y dar o no tu beneplácito. Así fue como un día invitaste a Carlos. Tu valoración fue alta. Yo quedé encantada al saber que contaba con tu aprobación, pues de este modo tendría garantizada la de mis padres. A propósito de las cenas en Cillas recuerdo como algo singular las que organizabas sentando a tu mesa, según la ocasión, a escultores, pintores, trabajadores de tu finca, escritores, compañeros médicos…, en fin, gentes con actividades y maneras de ser de lo más dispar. Y tú, con una habilidad inigualable, conseguías que todos participásemos y disfrutásemos de una misma conversación acerca de los temas más diversos durante horas, y sin levantarnos de la mesa donde habíamos cenado. En esto eras un maestro; si alguno intentaba alejarse del tema principal que en ese momento se estaba tratando, tú le reprendías cariñosamente diciendo: «Centremos la conversación…». Por cierto, vaya cenas tan exquisitas, ¿recuerdas? Tu prima María, que tras la muerte de tu madre fue a trabajar a Cillas, era una excelente cocinera y siempre nos impresionaba con la calidad y la variedad de sus platos. El día de mi boda me obsequiaste llevando a la catedral de Huesca el coro más maravilloso que he escuchado nunca. La música también te gustaba. ¿Había algo que no te hiciese gozar de la vida? Lo dudo, todo te interesaba y de todo disfrutabas. Al cabo de un tiempo, junto con mis padres y mis hermanos, viniste a vernos a Carlos y a mí a San Carlos de la Rápita, donde Carlos estaba construyendo una plataforma petrolífera. Fuisteis nuestros primeros invitados. Una vez más demostraste tu interés por todos los temas y preguntabas a Carlos cuestiones referentes al mundo del petróleo en sus más variadas facetas. A lo largo de todos esos años tu amistad con mis padres fue creciendo hasta llegar a ser inmensa. Debido a la discapacidad psíquica de mi hermana Charo, mis padres siempre tuvieron una sensibilidad especial hacia quienes


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padecen este tipo de problemas. Percibieron que, al tener la provincia de Huesca una gran extensión, con pueblos dispersos, pequeños y mal comunicados, muchos de los deficientes psíquicos que habitaban en ella carecían de la atención adecuada. La ausencia de centros para discapacitados era total, lo que llevó a un grupo de personas, encabezadas por mi padre, a promover una asociación que ayudase a solucionar estos problemas. Para ello, lo principal era la construcción de un centro donde pudiesen ser atendidos, y, por supuesto, tú, Manolo, te sumaste a esta iniciativa y cediste una parte de tu finca de Cillas, contribuyendo de esta forma al nacimiento de Atades. Tras tu fallecimiento, y el de mi madre posteriormente, mi unión con mi padre, que siempre había sido excelente, se hizo todavía más intensa, y nuestras conversaciones sobre todo tipo de temas eran, a pesar de la distancia, diarias e interminables. En cantidad de ocasiones nuestras charlas acababan girando en torno a Atades, pues este proyecto se convirtió en prioritario para mi padre, que le dedicaba la mayor parte de su tiempo. Te resultaría increíble lo a menudo que mencionábamos tu nombre, ya que ambos siempre fuimos muy conscientes de tu importantísimo papel en el inicio de la asociación. Conforme van pasando los años y me hago mayor, es lógico que los recuerdos se amontonen en mi memoria, y en todos ellos, junto con mis padres, apareces tú, y así se lo he transmitido a mis hijos, para quienes es como si te hubieran conocido. Tu figura y tu obra han llegado a la siguiente generación. Esta carta, Manolo, si te parece, no va a tener despedida, porque sé que un día nos veremos y podremos recordar muchas más cosas de las que aquí he contado. Madrid, julio de 2010


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Manuel Artero y Rosario RĂ­os en San Cosme y San DamiĂĄn.

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Plaza de Cervantes, con el Instituto Ramón y Cajal al fondo.

María Pilar Martín del Río Hija de Ramón Martín Blesa


SEMBLANZA DE LA AMISTAD DE RAMÓN MARTÍN BLESA CON EL DOCTOR MANUEL ARTERO

Manolo Artero era un amigo, de los de verdad, de mi padre, Ramón Martín Blesa. Mi padre, aragonés, ejerció como catedrático de instituto en Mérida, donde se casó con una de sus alumnas, Eulalia del Río, Lali. Juntos fueron a vivir a Huesca en 1948, con motivo del traslado de mi padre al Instituto Ramón y Cajal, y allí conocieron a Manuel Artero, y en Huesca vivimos la familia Martín del Río, mis padres y los cinco hijos —Eulalia (Malala), Vicente (Nenito), Rafael (Coco), Pilu y Conchi—, hasta 1962, año en que mi familia se trasladó a Cádiz al ser destinado mi padre a esta ciudad como catedrático de instituto y de la Escuela de Ingenieros Navales. Durante los años que pasamos en Huesca se incrementó la amistad entre mi padre y Manuel Artero, quien compartía con nosotros muchos momentos de la vida cotidiana. Su nombre y sus recuerdos se citan todavía con frecuencia en nuestra casa. Mi recuerdo personal del doctor Artero, o don Manuel, cuando aún éramos unos niños, y de Manolo Artero después, cuando ya nos hicimos mayores, es imborrable. Era la persona que siempre estaba cerca cuando se necesitaba: igual me quitaba una uña infectada (¡y lo que me dolió!) que asistía a una de nuestras comuniones o cenas de fin de año familiares. Don Manuel estaba para todo en nuestra familia. Tanto era así que yo iba cada domingo a comer a casa de mis padrinos, Andrés Begué Manero y su esposa, Gregoria (Goya), y, como vivían en la calle de Primo de Rivera, al lado de la consulta de don Manuel, era «obligado» tocar en su ventana. Siempre tenía para mí una palabra agradable y una propinilla o unos caramelos, que yo aceptaba de buen grado como niña que era. Cuando restauró la finca de Cillas la relación era ya de verdadera familia. Fue el disfrute de los cinco hermanos, que íbamos a Cillas como a nuestra casa. Nos bañábamos y María nos hacía una gran comida que tomábamos en el patio de la casa, con preciosos a la vez que sencillos manteles y vajillas. Compartíamos mesa con diversos personajes que por allí iban viniendo: un pintor de miniaturas en muebles, médicos en prácticas, escritores que se


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su amistad con ramón martín blesa

refugiaban en el silencio de la finca para escribir, contertulios que yo observaba extasiada. Podría parecer que a mi edad aquello era un aburrimiento, pero Manolo sabía integrar a gente de cualquier edad en las reuniones; su casa estaba abierta a todos y nunca sentías que estuvieras molestando. Desde que nos fuimos a Cádiz, para una temporada que luego se alargó definitivamente hasta hoy, cada año volvíamos a Huesca y ¡qué alegría sentíamos todos al reencontrarnos con nuestros amigos! Por supuesto, uno de los objetivos era ir a la casa de Cillas para estar con Manolo. Daba igual que fuéramos los siete (los cinco hermanos y mis padres) o solo dos o tres: todos éramos recibidos con el mismo calor y afabilidad. Aún ahora, de mayor, recuerdo cómo penetraba en nuestros oídos esa voz ronca, profunda, que a unos niños nos podría imponer; pero no era así, sino que era la voz del respeto, del cariño, de la seguridad de hacernos mejorar si estábamos enfermos. Manuel era uno más de la familia. Le interesaba todo, le gustaba la pintura, la música y el ballet, y más de una vez nos llevó a mi hermana Malala y a mí a Zaragoza, cuando éramos niñas, a presenciar algún espectáculo. En 1962 nos vinimos a Cádiz y Manolo nos prometió visitarnos cuando nosotros no pudiéramos volver a Huesca, y así lo hizo. Mis padres, Ramón y Lali, lo llevaron a Marbella, a los pueblos blancos de la zona, a Málaga, donde mis hermanos varones pasaban el verano en una escuela taller de aprendizaje. Guardamos fotos de aquellos momentos de alegría compartida. Mis hermanos, mayores que yo, pudieron aprovechar sus enseñanzas mejor y más profundamente, y lo cierto es que su figura pudo influir también en la elección profesional que hicieron. Tanto es así que creo que Rafael (Coco) estudió Medicina para emular al doctor Artero; la mayor, Malala, hizo enfermería por consejo suyo; la pequeña, Conchi, también estudió Medicina, y yo misma, que hice Biológicas y soy profesora de universidad, cursé hasta 5.º de Medicina, y en algún momento terminaré la carrera. Manuel no solo sembró amistad, cariño y enseñanza, sino que orientó y ayudó a todos los que vivían a su alrededor. Existen muchas pruebas de ello. Quiso a nuestro padre profundamente, y nuestro padre a él; nada raro, pues creo que los dos eran personas extraordinarias en todos los sentidos que congeniaron y se entendieron desde el primer momento. Cuando nos comunicaron su fallecimiento, nuestra casa, todos nosotros, no nos podíamos creer que aquel verano ya no íbamos a ver, compartir y disfrutar todo lo que Manolo nos aportaba. Y sobre todo mi padre, hombre


su amistad con ramón martín blesa

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recio, fuerte, alegre, lo sintió tanto que lloraba como un niño y lamentaba no haber estado a su lado en los últimos momentos. Por eso no es de extrañar que aún hoy, muchos años después del fallecimiento de los dos amigos, en nuestra casa de Cádiz, a muchos kilómetros de Huesca, el recuerdo de Manuel Artero permanezca vivo, y que con frecuencia se hable de él, de Cillas y de los momentos compartidos, de un cariño que continúa vivo en la familia Martín del Río, que fue también un poco su familia. Cádiz, 27 de septiembre de 2011


Calle Cuatro Reyes, en la que vivió Manuel Artero.

María Bernués Hija de Jesús Bernués


DON MANUEL ARTERO, UN GRAN PROFESIONAL DE LA MEDICINA Y UNA GRAN PERSONA

Yo lo recuerdo desde niña porque mi padre, Jesús Bernués (ATS), trabajó con don Manuel desde los inicios de su clínica en la calle Miguel Servet. Cuando era pequeña, con mi hermano Jesús y mi madre íbamos a su casa, en la calle Cuatro Reyes, a ver a doña Adela, la madre de don Manuel, una señora entrañable que nos quería muchísimo. Recuerdo sobre todo el día de Reyes: nunca nos faltaron sus regalos. Crecimos muy cerca de don Manuel y nos aconsejó en todo. Mi hermano hizo Medicina y yo hice Enfermería y trabajé en su clínica seis años, hasta que me casé. Era muy exigente en el trabajo, pero estupendo. ¡Cuánto disfrutaba ayudando a todo el mundo! ¡Cuántas comidas y tertulias en Cillas! ¡Qué feliz sería si viera lo que hay en esas instalaciones! Creo que don Manuel dejó mucho cariño a Huesca.


Residencia para Mayores Ciudad de Huesca.

Javier Arrieta Longรกs Director de la Residencia para Mayores Ciudad de Huesca


LA RESIDENCIA PARA MAYORES CIUDAD DE HUESCA

En los últimos años de su vida, el doctor Manuel Artero, siempre preocupado por los asuntos sociales de su ciudad, hizo generosa donación al Ministerio de Trabajo de unos terrenos en la carretera de Sangarrén para la creación de la Residencia para Mayores Ciudad de Huesca. Años más tarde, el 28 de diciembre de 1981, el centro entraba en servicio con veintiocho residentes. En la actualidad depende del Gobierno de Aragón y está adscrito al Instituto Aragonés de Servicios Sociales, con una ocupación de ciento treinta personas, en su totalidad dependientes y vecinos aragoneses. Hubo algún momento en que llegó a tener doscientos cincuenta y cinco residentes. El personal sanitario cuenta con cerca de sesenta profesionales y el total de los servicios está integrado por ciento quince trabajadores.


Hospital San Jorge de Huesca.

José Ignacio Domínguez y Torres Presidente del Colegio de Médicos de Huesca


DON MANUEL ARTERO BERNAD

Resulta difícil acercarse a la biografía de una persona, pero todavía más si se trata de alguien que ha pasado por la vida haciendo el bien, ayudando a su ciudad, a sus paisanos, y todo con cuidado de no dejar rastro. Después de buscar en varias fuentes, he concluido que la mayor parte de lo que se ha hablado de don Manuel Artero procede básicamente de la obra de doña M.ª Cruz Ciprés Palacín, de la que en esta breve reseña me permito tomar algún detalle biográfico. Lamentablemente, el archivo del Colegio de Médicos carece actualmente de datos significativos, más allá de la fecha de su colegiación, el 21 de diciembre de 1940, el registro en mayo del año 1969 de su título de especialista en Urología, expedido por la Universidad de Zaragoza en junio de 1966, su corto paso por la Junta de esta institución y su fallecimiento el 8 de mayo de 1973. Nace don Manuel en Huesca en el año 1910 y, como suele pasar muchas veces entre las grandes personas, en el seno de una familia trabajadora. El ambiente familiar indudablemente le marcó, ya que, según cuentan, fue un hombre sencillo de trato y costumbres, por lo que sus vecinos lo tenían en gran estima. En sus comienzos don Manuel fue maestro de un pueblo de la Ribagorza llamado Juseu, y posteriormente en la escuela de Santo Tomás de Aquino en Huesca, algo que le influyó a lo largo de su vida. En 1930 se va a Zaragoza para comenzar sus estudios de Medicina, costeados por la Diputación Provincial de Huesca, institución a la que se siente tan agradecido que trabaja para ella sin sueldo en el Servicio de Urología hasta el año 1970. El inicio de la guerra en el año 1936 marca a todos los españoles, y nuestro colega está en el frente, trabajando a las órdenes de don Franco García Bragado, presidente que fue de este Colegio, desde julio de 1949 hasta noviembre de 1975. Es precisamente bajo la presidencia del doctor Bragado cuando don Manuel entra a formar parte de la Junta Directiva del Colegio como vocal de la Sección de Médicos de la Seguridad Social, vocalía que mantiene desde diciembre de 1953 hasta abril de 1955. En este periodo pone en marcha el proyecto del Igualatorio Médico Colegial, «solemniza» la festividad de Nuestra


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don manuel artero bernad

Señora del Perpetuo Socorro como patrona de los médicos y es nombrado representante provincial ante el Consejo General de Colegios Médicos para los temas relacionados con el seguro obligatorio de enfermedad. Retomando su faceta médica, don Manuel continuó sus estudios de Medicina formándose como especialista en Urología de la mano de don Antonio Puigvert, al que le unió una gran amistad que compartió con el que fue su continuador, don Daniel Carmen Salinas. Participó brillantemente en muchos congresos de su especialidad y fue precursor de algún tipo novedoso de intervenciones, como la extirpación del tumor vesical con atrapamiento ureteral. Comentan sus biógrafos que cuando don Manuel operaba todo el mundo callaba, pendiente de sus órdenes. Tenía, como buen profesional de la medicina, un buen ojo clínico y gran capacidad de síntesis en la recogida de datos y en la emisión del diagnóstico, y era muy hábil en la interpretación de radiografías. Cuentan que una paciente, una vez operada por el doctor Artero, tenía que ser dada de alta por el doctor Carmen y no quiso moverse de la cama; incluso llegó a decir que estaba «paralítica». Cuando don Manuel volvió y la paciente lo vio, se levantó y se fue a casa. Se le reconocen muchos logros en su faceta de benefactor en Huesca, ciudad por la que trabajó incansablemente en actividades deportivas, culturales, científicas y sociales, desde presidir el club de baloncesto hasta donar terrenos propios para servicios como una residencia de ancianos o la sede de la asociación Atades Huesca. Prestaba ayuda para gestionar proyectos de toda índole, entre los que se cuentan el Hospital San Jorge e instalaciones y estudios técnicos para riegos, y actuaba además como mecenas promoviendo las carreras de muchos jóvenes oscenses. Pero su obra cumbre, que nunca llegó a ver inaugurada, fue el Colegio Universitario. Él quería una universidad para Huesca, pero el centralismo zaragozano no dejó florecer el proyecto, que se vio reducido a un modesto Colegio Universitario. Precisamente se encontraba en Zaragoza luchando por activar las gestiones cuando le sorprendió la fulminante enfermedad (coma urémico e insuficiencia renal aguda) que le causó la muerte el 8 de mayo de 1973. A título póstumo recibiría numerosos homenajes, tanto de las instituciones de la ciudad como de su Colegio y sus colegas de profesión.


Avenida dedicada por la ciudad de Huesca a Manuel Artero en 1973


Ficha catalográfica Manuel Artero: al servicio de Huesca. – Huesca : Instituto de Estudios Altoaragoneses, 2012 176 p., il. ; 24 cm DL HU-242/2012. ISBN 978-84-8127-246-8 929 Artero Bernad, Manuel (082.2) Artero Bernad, Manuel (1910-1973) – Homenajes

© De la presente edición, Instituto de Estudios Altoaragoneses 1.ª edición, 2012 Coordinación editorial: Teresa Sas Bernad Cubierta: Retrato al óleo de Manuel Artero realizado por Ciriaco Párraga en 1939. Fotografías: Archivo Diocesano de Huesca, Atades Huesca, Ateneo de Zaragoza, Diario del Alto Aragón, Ediciones Sicilia, Familia Torrente, Fernando Alvira Lizano, Fototeca de la Diputación Provincial (D. Arbonés, A. Baso, R. Compairé, colección José María Lacasa, F. Llanas, J. M. París, colección P. Moliner, Ediciones Arribas, Editorial París), Revista 4 Esquinas Imprime: Gráficas Alós. Huesca ISBN: 978-84-8127-246-8 Depósito legal: HU-242/2012 Edita: Instituto de Estudios Altoaragoneses (Diputación de Huesca) Parque, 10. 22002 Huesca. Tel. 974 294 120. Fax 974 294 122 www.iea.es – publicaciones@iea.es


Manuel Artero AL SERVICIO DE HUESCA Fernando Alvira Banzo / Carlos Domper Lasús Joaquín Deó Zabaleta / Fernando Solsona Motrel Lorenzo Torrente Ríos / Daniel Carmen Salinas Juan Blas Pérez Gastón / María Teresa Monedero Pilar Torrente Ríos / María Pilar Martín del Río María Bernués / José Ignacio Domínguez y Torres Javier Arrieta Longás


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