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LA DIÓCESIS DE JACA HISTORIA ECLESIÁSTICA DE UN TERRITORIO
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LA DIÓCESIS DE JACA HISTORIA ECLESIÁSTICA DE UN TERRITORIO
Domingo J. Buesa Conde
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Ficha catalográfica BUESA CONDE, Domingo J. La diócesis de Jaca: historia eclesiástica de un territorio / Domingo J. Buesa Conde. – Huesca : Instituto de Estudios Altoaragoneses, 2016 381 p. : il. ; 24 cm. – (Colección de Estudios Altoaragoneses; 64) DL HU-155/2016. – ISBN 978-84-8127-274-1 262.3 (460.222 Jaca)
© Domingo J. Buesa Conde, 2016 © De esta edición: Instituto de Estudios Altoaragoneses (Diputación de Huesca) Colección de Estudios Altoaragoneses, 64 Director de la colección: José Domingo Dueñas Lorente Comité editorial: Irene Abad Buil, Fernando Alvira Banzo, Juan Carlos Ara Torralba, Luis Marquina Murlanch, Víctor Pardo Lancina, Teresa Sas Bernad y Enrique Satué Oliván Diseño de la colección: Blanca Otal Coordinación editorial: Teresa Sas Corrección: Ana Bescós Cubierta: Detalle de las Actas del Concilio de Jaca (Archivo del Museo Diocesano de Jaca. Foto: Fernando Alvira Lizano) Edita: Instituto de Estudios Altoaragoneses (Diputación de Huesca) Parque, 10. E-22002 Huesca • Tel. 974 294 120 • Fax 974 294 122 www.iea.es • publicaciones@iea.es Colabora: Diócesis de Jaca Obispo, 5. E-22700 Jaca • Tel. 974 360 348 • Fax 974 355 280 www.diocesisdejaca.org ISBN: 978-84-8127-274-1 IBIC: HRCC2 DL: HU-155/2016 Imprime: Harmony Veyron, S. L.
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Actas del Concilio de Jaca. (Archivo del Museo Diocesano de Jaca. Foto: Fernando Alvira Lizano)
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ÍNDICE
Prólogo, por Julián Ruiz Martorell ...............................................................................
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ÉPOCA ANTIGUA: ORÍGENES Y DESARROLLO DURANTE LA DOMINACIÓN ROMANA Y VISIGODA ........................................ Las primeras manifestaciones religiosas .............................................................. La cristianización del territorio .............................................................................. El ejemplo de los eremitas ....................................................................................... La cueva de San Juan de la Peña .......................................................................... Los eremitorios de Yebra de Basa ..........................................................................
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SANTA EUROSIA, PATRONA DE LA DIÓCESIS ................................................... El lugar de nacimiento de la santa ........................................................................ La discusión sobre la fecha del martirio .............................................................. La universalización del culto a la santa ...............................................................
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ÉPOCA MEDIEVAL: LA REORGANIZACIÓN EPISCOPAL DEL TERRITORIO ................................. San Pedro de Siresa como santuario carolingio ................................................. Los monasterios como clave de la expansión condal ....................................... La fundación del obispado de Sasabe .................................................................. El tránsito del año mil .............................................................................................. La reforma monástica de Sancho el Mayor ........................................................ El obispo de Aragón .................................................................................................. El Concilio de Jaca ..................................................................................................... Los inicios de la catedral de Jaca .......................................................................... La protección de la Santa Sede .............................................................................. La fundación del obispado de Jaca ....................................................................... El infante García, obispo de Jaca .......................................................................... El obispo Pedro de Jaca ............................................................................................ La sede de Huesca-Jaca ............................................................................................ El Camino de Santiago: Santa Cristina de Somport y San Francisco de Jaca .. La reforma de la canónica de Jaca ........................................................................ Los sínodos de Jaca ................................................................................................... El cabildo jacetano .....................................................................................................
81 85 95 101 109 117 125 129 137 143 151 159 165 171 175 183 187 193
EL OBISPADO EN LA EDAD MODERNA: LA RESTAURACIÓN DE LA DIÓCESIS DE JACA ................................................ La erección de la diócesis de Jaca ......................................................................... Siglos de reformas en la catedral de Jaca (XV-XVIII) ......................................... Los primeros obispos residentes en Jaca .............................................................. La religiosidad barroca ............................................................................................. Enfrentamientos del obispo con el cabildo .........................................................
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ÍNDICE
La epidemia de brujería ........................................................................................... La apuesta por la educación: el seminario .......................................................... La capilla de música de la catedral ...................................................................... Los obispos de la Ilustración ................................................................................... La incorporación de la Valdonsella .......................................................................
251 259 269 277 287
EL MUNDO CONTEMPORÁNEO: LA DIÓCESIS Y LA SOCIEDAD SECULAR ............................................................ La vecindad de la Revolución francesa ................................................................ Los clérigos como motor de desarrollo ................................................................. La crisis de la desamortización .............................................................................. El Boletín Oficial y el catolicismo social .............................................................. Los estatutos de la santa iglesia catedral ............................................................ La ruptura brutal de la convivencia ..................................................................... Jaca, sufragánea de Pamplona ................................................................................ El Museo Diocesano de Jaca ....................................................................................
291 295 301 309 317 327 337 349 357
EPÍLOGO ............................................................................................................................ 367 APÉNDICE: EPISCOPOLOGIO ................................................................................... 375
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PRÓLOGO
El ocaso de la memoria provoca en las personas la pérdida de su identidad. De modo análogo, una comunidad que desconoce su pasado se difumina en su naturaleza, olvida sus raíces y, carente de arraigo, crece y madura con mayor dificultad. Las páginas de esta obra nos presentan una historia rica en personas y acontecimientos, en iniciativas y proyectos, en realizaciones y conflictos, en búsquedas de soluciones y en éxitos logrados, pero también refleja inquietudes, angustias y sufrimientos. Se trata de una historia viva, configurada en diferentes contextos, pero con un espacio vital común. Este libro promueve una cultura histórica veraz, auténtica, sin ocultar episodios poco brillantes ni silenciar pasajes oscuros o poco ejemplares. El territorio es el ámbito en el que la Iglesia ha cumplido y cumple su misión a lo largo de los siglos. Un espacio de convivencia marcado por el paisaje y vinculado al paisanaje, es decir, a todas las personas que han dejado una huella por su ser, su responsabilidad y sus actividades. Encontramos en estas páginas un interés específico por la Iglesia. Se trata de una historia eclesiástica. La Iglesia es instrumento que facilita el encuentro entre Dios y la humanidad; es testigo de la orientación de la historia, que camina hacia un objetivo, una meta: la salvación. La Iglesia no es de este mundo, pero vive en él y para él. Su horizonte se extiende más allá de los siglos. Abraza con esperanza el futuro, pero contempla con gratitud el pasado y desea vivir con pasión el presente. Su mirada hacia el pretérito no se caracteriza por la nostalgia, sino por el agradecimiento. Es muy valioso el legado que hemos recibido de las generaciones que nos precedieron. Por ello, es muy grande nuestra responsabilidad. La diócesis, según el Código de Derecho Canónico, es una porción del pueblo de Dios, cuyo cuidado pastoral se encomienda al Obispo, con la cooperación del presbiterio, de manera que, unida a su pastor y congregada por él en el Espíritu Santo mediante el Evangelio y la Eucaristía,
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PRÓLOGO
constituya una Iglesia particular, en la cual verdaderamente está presente y actúa la Iglesia de Cristo una, santa, católica y apostólica. (CIC, 369)
La historia también está tejida a base de realidades intangibles, de sentimientos, de afectos, de encuentros y desencuentros. Y, en su realidad plural, dibuja un sentido, un proyecto que se desarrolla en el tiempo, pero con ansia de eternidad. No estamos ante la mera enumeración de episodios desconectados, sino ante el diseño, el dibujo de una realidad cuya orientación escapa a nuestra percepción para situarse en el marco general de un proyecto común de convivencia y de salvación. Y en la historia se perciben también la presencia y la actuación de Cristo, a través del Espíritu Santo. El autor nos presenta una investigación histórica realizada con rigor, caracterizada por un nivel elevado de conocimientos, descrita con soltura y coherencia, compartida con destreza y habilidad. De este modo, queda constancia escrita de lo que configura a la diócesis de Jaca desde sus momentos más trascendentales. El lector no solamente aprende datos, sino que queda aprehendido, prendido y prendado por una historia apasionada y apasionante. Agradecemos la magistral aportación del profesor doctor Domingo J. Buesa Conde, que pone a nuestra disposición un cuadro elocuente de nuestro ser más profundo, de nuestras raíces más determinantes. Julián RUIZ MARTORELL Obispo de Jaca
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Las actas del Concilio de Jaca del año 1063,1 redactadas a mediados del siglo XII, nos explican claramente que «Huesca era antiguamente capital de Aragón y cabeza de obispado» («antiquitus sedes Aragone et caput episcopatus»). El concepto de sedes Aragone que utiliza el cronista nos quiere trasmitir la idea de que la diócesis de Huesca, constatable por lo menos desde el siglo IV, era la cabeza espiritual de este amplio territorio que englobaba todos los valles del Pirineo central, alguno de los cuales perviviría en el desarrollo de los siglos como territorio dependiente espiritualmente de la sede oscense. Con la llegada de los musulmanes las cosas empeoran y muchos cristianos oscenses del núcleo mozárabe que permanece en la ciudad acabarán emigrando a las tierras del norte, que les aportan mayor seguridad para sus vidas. La sede oscense perderá su condición de referencia, aunque logrará seguir manteniendo cierta influencia en la zona, especialmente en las tierras del occidente pirenaico, que acabarán vinculándose a la sede pamplonesa desde principios del siglo IX, tanto por razones políticas de convivencia entre los dos estados cristianos que nacen como por la facilidad de sus comunicaciones. A partir de este momento veremos cómo son los obispos pamploneses los que intentan la reorganización espiritual de esta zona y los que asumen la creación de una estructura episcopal que convierte al prelado de Pamplona en metropolitano. Conviene recordar que en la actualidad la diócesis de Jaca todavía sigue perteneciendo a la provincia eclesiástica de Pamplona. Este largo proceso que va desde la crisis del mundo romano hasta nuestros días es el que se intenta explicar en las páginas que siguen. Pero, al mismo
1. Antonio Durán Gudiol, Colección diplomática de la catedral de Huesca, 2 vols., Zaragoza, Escuela de Estudios Medievales / IEP, 1965, vol. I, pp. 42-43.
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tiempo que se comparte la apasionante y rica narración de la historia de la diócesis de Jaca, se aporta un extenso aparato bibliográfico que permitirá a los estudiosos continuar profundizando en los momentos que aquí se describen con objetividad y siempre en función de las fuentes históricas que ha conservado con mimo y dedicación la diócesis de Jaca en sus archivos diocesano, catedralicio y parroquiales. Todo ese legado patrimonial que, salvaguardado por el clero jacetano a lo largo de los siglos, es fundamental para escribir la historia de Aragón.
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ÉPOCA ANTIGUA: ORÍGENES Y DESARROLLO DURANTE LA DOMINACIÓN ROMANA Y VISIGODA
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LAS PRIMERAS MANIFESTACIONES RELIGIOSAS
Durante el primer milenio antes de Cristo, el camino del río Aragón fue el itinerario preferido para la entrada de una serie de pueblos indoeuropeos, que trajeron a estas tierras el culto al sol y el uso del hierro como arma imbatible. Los celtas, que constituyen el núcleo más importante de esas sociedades itinerantes, van estableciendo por el valle del río Aragón enclaves militares que les permiten vigilar los caminos y atender a las necesidades de sus gentes. Ellos se ocuparán de sentar las bases de un panteísmo naturalista que acabará convirtiendo la veneración a las fuentes y a los bosques sagrados en un elemento clave de la cultura pirenaica. Esta concepción del mundo basada en el temor a la naturaleza, de la que obtenían el sustento y en la que se ocultaban las criaturas que les acechaban en la noche, era un sentimiento que compartían con esas poblaciones autóctonas que habían generado las culturas pastoriles que llevaban cientos de años asentadas en estas tierras. Ese respeto al espacio del bosque, convertido en ámbito sagrado, era clave en la concepción del mundo de estos pueblos itinerantes, condenados a vivir fundamentalmente de sus ganados y en permanente lucha contra el duro clima. También habían elaborado una respuesta personal a la constatación del hecho de la muerte que se levantaba sobre el recuerdo, sobre la memoria de los que dejaron de vivir en este espacio y que ignoraban dónde se encontraban. Esos ritos funerarios, con significado religioso, los podemos detectar en estas tierras en la abundancia de sepulcros megalíticos que todavía se conservan y en los que —en algunas ocasiones— se percibe que la muerte se entendía como una prolongación de la vida, en consecuencia con la pervivencia de unas necesidades similares a las de los vivos. Por eso, desde el mundo neolítico habían aparecido sepulturas colectivas, cementerios básicos que se ubicaban en zonas alejadas de las aldeas y en espacios vinculados a los caminos. Si trazamos el mapa de los primeros testimonios de la dimensión religiosa para estos pueblos, las tierras de la actual diócesis de Jaca son fértiles en
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ÉPOCA ANTIGUA
yacimientos. Hay hallazgos importantes en el municipio de Biescas, en el valle del Gállego,2 en la zona de la ermita de Santa Elena, donde quedan unos dólmenes —orientados hacia el nacimiento del sol— en un paraje protegido por una fuente intermitente que los naturales del lugar conocen como la Gloriosa de Santa Elena. También los tenemos en el valle del Aragón o en el del Aragón Subordán, con los círculos de piedra de Guarrinza. Sobre este sustrato básico se establece en la meseta de Jaca un grupo humano perteneciente a la cultura ibera que será el pueblo que dará nombre a este territorio. En el siglo III antes de Cristo los jacetanos se imponen y provocan la mayor transformación que viven estas montañas: la sustitución de una sociedad tribal de grupos dispersos por una sociedad estatal, controlada desde una fortaleza que ejerce el papel de capital política. Ese es el origen de la ciudad de Iaka, su capital, que acuña moneda, ofrece sus murallas como defensa para todas las gentes de su entorno y organiza la entrada en la civilización de estos paisajes que hasta adquieren nombre, pues, como recordaba san Jerónimo, «los montes de España se llaman Pirineos por los griegos». A partir de ese momento, las tierras de los valles del Pirineo central y de las llanuras prepirenaicas quedan vinculadas al control de esta fortaleza de los iacetanos, que acabará convertida en una ciudad romana tras su conquista, el año 195 antes de Cristo, por una poderosa maquinaria militar al mando del cónsul Marco Poncio Catón que logró engañar a sus pobladores.3 Pero, por encima de que pierda la capacidad de capitanear los movimientos rebeldes en este territorio, su incorporación a la romanidad la convierte en la única ciudad romana de todo el Pirineo, y ese será su gran valor para el futuro, pues en sus murallas se mantendrán vivas la herencia y la legitimidad del mayor imperio occidental, que es lo que buscarán los reyes medievales cuando la quieran convertir en la capital del naciente reino aragonés. Mientras comienza su andadura romana, toda la vivencia religiosa de los primitivos pobladores de estas tierras parece que pervive en su propio y famoso topónimo, el que tanto interés desató en los eruditos renacentistas desde que le dedicara su atención el maestro Nebrija, cuando nos explican los 2. Martín Almagro Bosch, «Exploración de los primeros sepulcros megalíticos aragoneses», en Actas y Memorias de la Sociedad Española de Antropología, Etnología y Prehistoria, 13 (1935), pp. 271-279. Véase también Almudena Domínguez Arranz y M.ª José Calvo Ciria, La arquitectura megalítica, Huesca, IEA, 1990. Sobre las campañas arqueológicas que han ido descubriendo y excavando monumentos megalíticos hay abundante bibliografía, pero podemos recordar las últimas revisiones sobre el tema para el valle del río Aragón Subordán publicadas por Teresa Andrés, Christopher Gerrard, Alejandra Gutiérrez, José Ignacio Lorenzo, Javier Navarro, Luis Navas y Ana Torrijo en Bolskan, 6 (1989), pp. 33-84. 3. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: historia de una ciudad, Jaca, Ayuntamiento de Jaca, 2002, pp. 49-56.
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ÉPOCA ANTIGUA
filólogos que su nombre, Iacca o Yaca, ofrece dos radicales célticos muy primitivos: Ya, que significa ‘sol’, considerado como un dios, y Ca, que habla de lugar. Es decir, el lugar del sol, la tierra del sol.4 Sea este o no el significado de este viejo nombre prerromano, que parece recordarnos el culto al sol, de lo que no cabe duda es de que la complicada orografía de estos valles aconsejó a los romanos no intentar llevar un plan de romanización rígido, sino limitarse a mantener viva la dimensión urbana de Jaca y a cuidar los caminos que —paralelos a los cauces fluviales— les conectaban con el resto del Imperio.5 Como consecuencia de todo este proceso, la llanura se romanizó fuertemente y en la inaccesible montaña se mantuvo esa visión pagana que seguía entendiendo como elementos divinos los árboles, las fuentes, los rayos o el propio sol. La religión naturalista, la misma que pervivía desde los primeros poblamientos protohistóricos, se había salvado refugiada en la inaccesibilidad de los valles y estaba dispuesta a sobrevivir hasta el siglo X. En el centro de esa visión se consolida el valor de la montaña sagrada, ese lugar en el que estamos más cerca del cielo, que adquiere un valor de referencia para la religiosidad de estas comunidades desde dos visiones de este concepto, al que ha dedicado amplias referencias Mircea Eliade cuando valora cómo la montaña «es un símbolo del universo», participa del simbolismo espacial de la trascendencia —en cuanto lugar alto y vertical—, es el centro de las hierofanías atmosféricas y, para muchos, morada de los dioses. Además, no podemos olvidar en estos primeros momentos de la religiosidad pirenaica el valor de la hierofanía de la piedra, que es «una ontofanía por excelencia: ante todo la piedra es, permanece siempre la misma, no cambia y asombra al hombre por lo que tiene de irreductible y absoluto». La piedra es capaz de enseñar a los hombres muchas cosas, de orientarles en su camino por la tierra y de revelarles valores como el poder, la dureza o la permanencia más allá de los tiempos humanos.6
4. Domingo J. Buesa Conde, op. cit., p. 33. El cronista imperial Florián de Ocampo cuenta que oyó hablar de la fundación de Jaca, en la Universidad de Alcalá de Henares, al maestro Antonio de Nebrija, quien decía que fue Dionisio Baco el que «mandó que se llamase Yaca». 5. Recientemente se ha publicado que Jaca fue la capital de la Lacetania hasta que en el año 205 Escipión derrotó a Indibil en Uncastillo y rompió la Lacetania en tres territorios. Adscribió la parte central —entre los ríos Aragón y Llobregat— al dominio de la ciudad de Jaca, que acabó dando un nuevo nombre a esa zona —Jacetania— desgajada de la vieja Lacetania. Estas nuevas aportaciones pueden verse ya en Serafín Olcoz Yanguas y Manuel Medrano Marqués, «La región de Metagonia, la estrategia defensiva de Aníbal en Libia y en Iberia, y los primitivos tratados entre Cártago y Roma», en Gladius: Estudios sobre Armas, Armamento, Arte Militar y Vida Cultural en Oriente y Occidente, 34 (2014), pp. 65-94. 6. Mircea Eliade, Lo sagrado y lo profano, México, Era, 1989, cap. III, pp. 97-100. En general puede verse Olivier de Marliave, Trésor de la mythologie pyrénéenne, Toulouse, Esper, 1987.
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LA CRISTIANIZACIÓN DEL TERRITORIO
Esta situación comenzaría a tambalearse, a partir del siglo III, con la llegada a estas tierras del cristianismo, el cual iba a enfrentarse —a mediados de esa centuria— a graves conflictos con el poder romano, que incluso quiso tapar su crisis financiera incautando los bienes de los cristianos. Nula repercusión tuvieron en esta zona las persecuciones, dada la ausencia de comunidades cristianas, aunque uno de los mártires hubiera sido el diácono oscense Lorenzo, que desde Roma acabaría convertido en un símbolo de los nuevos tiempos para estas tierras. Sin embargo, no pasará desapercibido el movimiento eremita, que ya se comienza a detectar en ese momento y que hace que las gentes busquen nuevos espacios que les aseguren la huida de un mundo agonizante, inseguro y azotado por esos colectivos de bagaudas que intentan imponer un nuevo orden. La solución no está ni en la ciudad ni en el campo, porque hay un tercer ámbito que es la soledad del monte, el aislamiento del bosque, el retiro en las cuevas, que permite vivir mejor ese mundo del recogimiento y de la penitencia que predican algunos, como el oscense Orencio, obispo de Auch,7 en el siglo V de nuestra era. Mientras tanto, en las ciudades se va consolidando una estructura jerárquica episcopal que podemos detectar en Huesca con personajes como el obispo Siagrio, que a comienzos del siglo V de nuestra era se encuentra controlando —quizás con mucha suavidad— la red de activos priscilianistas que hay en Huesca. Precisamente este prelado es miembro de una familia aristocrática fuertemente relacionada con la nobleza aquitana,8 lo cual nos pone en contacto con la enorme dependencia de la Iglesia aragonesa de las
7. Domingo J. Buesa Conde, Los monasterios altoaragoneses en la historia, Huesca, Publicaciones y Ediciones del Alto Aragón, 2002, pp. 9-24. 8. Antonio Mostalac Carrillo y María Victoria Escribano Pardo, El cristianismo primitivo en Aragón, Zaragoza, CAI, 2009, pp. 51-66.
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tierras francesas del sur de las Galias desde mucho antes de que el presbítero Clemente y el exorcista Rufino asistieran el año 314 a la reunión convocada en Arlés por el emperador Constantino para tratar de poner fin al cisma donatista que dividía la Iglesia de África. No cabe duda de que la calzada que iba de Emérita a Burdigala (Burdeos) tiene un papel clave en este juego de dependencias, mucho más para el viejo enclave de la ciudad iberorromana de Jaca, que se encuentra en las orillas de esa calzada, en un lugar especialmente importante por ser el punto de conexión con otros caminos que llevan al oriente pirenaico o a las tierras de Pamplona. En la necrópolis de la plaza de San Pedro de Jaca se ha encontrado un broche con la inscripción y exaltación «TEUDEMUNDUS VIVA», que nos habla de una persona cristiana y que además tiene clara filiación germánica, como godo que pudiera ser, dentro de una estructura militar de dominio.9 Al fin y al cabo, eran las gentes que entraban y salían de la península por la calzada que pasaba por Jaca. En las llanuras de las Cinco Villas, que funcionaron como un granero para los romanos, constatamos la existencia de una perfecta red viaria que permite sacar los productos y ordena las poblaciones. Este mapa de comunicaciones nos asegura que el cristianismo entró pronto en esa zona, cuestión que nos confirma la presencia del famoso sarcófago de Castiliscar, un sepulcro de mármol que hace de mesa de altar y que se sitúa como obra salida de los talleres de escultura paleocristiana en la Roma de la primera mitad del siglo IV. Esta importante pieza puede proceder de un posible monumento funerario10 situado en el entorno de la ermita de San Román, que presenta restos arqueológicos de entre los siglos I y IV de nuestra era y nos ofrece una interesante iconografía que nos habla de la presencia del cristianismo en estas tierras, plenamente consolidado a principios del siglo IV. A su izquierda se nos muestra la resurrección de Lázaro, y a esta interesante escena, que nos habla del concepto de la inmortalidad, le suceden la de la curación de la hemorroisa, la famosa orante —para Wilpert, retrato de la difunta enterrada en este sarcófago, y para Schlunk, personificación abstracta de la Oración—, la multiplicación de los panes y los peces —que muestra de
9. Julia Justes Floría y José Ignacio Royo Guillén, «La ocupación tardorromana e hispanovisigoda de Jaca: los inicios del cambio», en Villa 3: histoire et archéologie des sociétés de la vallée de l’Èbre (VII-XI siècles), Toulouse, Université de Toulouse – Le Mirail, 2010, pp. 36-37. En la base rectangular de la aguja aparece una inscripción en letra capital pautada, de fines del siglo VII, que dice: «TEUDE / MUNDUS / VIVA». 10. Antonio Mostalac Carrillo y María Victoria Escribano Pardo, op. cit., pp. 123-128.
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Sarcófago paleocristiano de Castiliscar. (Civitur – Asociación de Turismo de las Cinco Villas)
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manera excepcional una fusión evidente de esta escena con la de las bodas de Caná— y, para concluir, la adoración de los Magos, con indumentaria orientalizante y tocados con gorro frigio, donde se plantea otra singularidad universal: el intento de marcar la edad de cada uno de ellos con el espesor de la barba. Como señalé, la presencia de esta obra en tierras de la diócesis nos habla de una zona profundamente cristianizada, a orillas de los caminos transitados por los servicios de Roma, en la que se entendían perfectamente dos hechos fundamentales para el creyente: el nacimiento del Mesías, que simboliza la promesa, y la resurrección de Lázaro, prueba evidente de la inmortalidad. Si tenemos importantes restos de ese mundo tardorromano para algunas zonas de la actual diócesis de Jaca, como la de las Cinco Villas, con los monumentos funerarios de Castiliscar o Sádaba,11 poco tenemos para las tierras del río Aragón. Acaso lo más importante sean los testimonios arqueológicos que nos muestran las excavaciones realizadas en el entorno de la catedral de Jaca.12 A orillas de la calzada principal que conectaba las llanuras del Ebro con el Bearne estaba la vieja ciudad ibera de Iaka, que luego fue profundamente romanizada, ya que interesaba tener un puesto fijo que vigilara la calzada que subía por Somport cuando la dureza de los inviernos impedía atravesar el Pirineo por el puerto de El Palo. Pero esta intensa vida romana llegará hasta finales del siglo III, cuando se producen las invasiones francoalemanas que ponen en peligro la paz de la zona. Evidentemente, el trasiego de tropas imperiales, ejércitos federados de Roma e incluso bandas de bagaudas será el detonante para que la población comience a emigrar, pero sin que la tierra quede despoblada. Como se ha indicado recientemente, las excavaciones nos permiten suponer que en el siglo V la ciudad es —con su pétreo sistema de murallas— sede de un destacamento militar —seguramente de godos— que vigila la zona y asegura cierta estabilidad en los pasos pirenaicos y en los accesos por la Canal de Berdún a las tierras del suroeste, las actuales Cinco Villas, y a la propia ciudad de Pamplona. El viejo recinto murado estaba rodeado de un rico territorio agrícola y ganadero, pero esto no era lo único que había en la meseta donde se
11. M.ª Esperanza Ortiz Palomar y Juan Á. Paz Peralta, Los Bañales (Uncastillo), Los Atilios, La Sinagoga (Sádaba), Zaragoza, Prames / Departamento de Educación, Cultura y Deporte, 2005. 12. Julia Justes Floría y José Ignacio Royo Guillén, art. cit., pp. 17-66.
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asentaba la ciudad, entre los ríos Aragón y Gas. Junto a la fortaleza, al norte se encontraba un pequeño establecimiento que nos plantea algunos problemas. Lo que es claro es que era un establecimiento donde se habían levantado algunas construcciones que seguramente constituirían un pequeño recinto de vida religiosa vinculado a la población hispanorromana. Esta villa tardorromana acabaría convertida en el siglo VI, y hasta el VIII, en un pequeño monasterio o establecimiento cristiano que albergaría en sus pequeñas estancias quizás una piscina bautismal de la que tenemos restos, así como una necrópolis. La explicación de este edificio es compleja, sobre todo para los que entienden que puede ser un establecimiento que nos habla de un núcleo de carácter sacro desde el siglo III, cosa que nos llevaría a recordar cómo los grandes propietarios abandonan la ciudad y buscan la independencia de su villa para poder constituir un pequeño grupo de vida evangélica que huye del control episcopal y de las autoridades religiosas de las ciudades. Si seguimos considerando que estamos hablando de unos restos que pueden ser datados a partir del siglo VI —las fechas de la datación arqueológica radiocarbónica nos hablan del entorno del año 530—, tendremos que recuperar la vieja sugerencia del profesor Canellas, que nos hablaba de la existencia de un monasterio visigodo en esta meseta de Jaca y pensar en la realidad de un pequeño centro religioso, acaso con media docena de monjes.13 Este hecho constituye un dato de enorme importancia para la historia de la diócesis jacetana, puesto que tendríamos documentado un establecimiento monástico en la propia meseta, en la misma plaza a la que luego —a finales del siglo XI— se asomaría su catedral; un enclave monástico sobre el que fundaría el monasterio de San Pedro el Viejo, en los primeros años del siglo X, el conde Galindo II de Aragón. En todo caso, desde el siglo VI hasta la consolidación del dominio musulmán —en el VIII— tenemos excavada parte de una necrópolis que se ubica en este antiguo espacio monástico y en la que una docena de tumbas —situadas por las dataciones radiocarbónicas entre los años 530 y 783— nos hablan de una sociedad organizada, con gentes de pocos recursos y gentes que reposan en tumbas cuidadas, con cadáveres que se acompañan de restos de pequeñas lanzas y personajes que fueron llevados y enterrados en parihuelas. Muchos de ellos debieron de estar envueltos en sudarios, y no faltan restos de cenizas 13. Ángel Canellas López, «Noticias sobre eremitismo aragonés», en España eremítica: VI Semana de Estudios Monásticos (Leyre, 1963 , Analecta Legerensia, 1 (1970), pp. 257-308, esp. pp. 261 y 269.
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que nos remiten al uso del fuego como elemento de referencia en los rituales de inhumación.14 Resumiendo, como señalan Justes y Royo,15 la localización de hallazgos de tradición hispanovisigoda y su distribución en Jaca, nos permite diferenciar dos áreas bien definidas: un núcleo de posible hábitat, coincidente con el perímetro del castrum citado en las fuentes medievales posteriores y que concentra sus hallazgos —de momento solamente cerámicos— en los solares de los Escolapios y del Hospital Viejo, y otro núcleo de función religiosa y cementerial en el área de la Plaza de San Pedro y entorno del claustro de la catedral, en la zona de la Porteta y antiguo refectorio, donde se han localizado varios conjuntos de cerámicas grises junto a cerámicas norteafricanas y Terra Sigillata Hispánica Tardía, todo ello posiblemente asociado a algunas estructuras inmuebles y a otros restos de enterramiento en fosa simple que se han fechado por J. F. Casabona a partir del siglo V d. C., y durante todo el período altomedieval.
14. José Ignacio Royo Guillén, «La arqueología urbana en Jaca y sus aportaciones», en José Luis Ona González y Sergio Sánchez Lanaspa (coords.), Comarca de la Jacetania, Zaragoza, Gobierno de Aragón, 2004, pp. 61-72. 15. Analizan este asunto del establecimiento jacetano hispanovisigodo y las excavaciones arqueológicas en la plaza de San Pedro en su estudio sobre «El monasterio de San Pedro de Jaca. Arqueología en el entorno de la catedral: la ocupación hispanovisigoda y prerrománica, las necrópolis y la muralla altomedieval de Jaca», en la Enciclopedia del románico español: Huesca, Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real, 2016, s. v. Jaca.
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EL EJEMPLO DE LOS EREMITAS
Consolidada la ciudad de Jaca como punto de control de los pasos pirenaicos que llevaban al sur de las Galias y después al territorio del Reino de Tolosa, el problema es plantearnos si esta presencia de cristianos en las orillas de las calzadas —y muy en concreto en este monasterio visigótico extramuros de la vieja fortaleza iberorromana de Iaka— también es extrapolable al resto del territorio, a una sucesión de valles de complicada orografía con muchos espacios de frondosos bosques y de cuevas que ya fueron utilizadas en los primeros momentos del poblamiento prehistórico. Está claro que el comportamiento de los dos ámbitos es muy diferente y que en los espacios dominados por la naturaleza y no humanizados no se detecta presencia de comunidades cristianas; antes bien, perviven los antiguos modelos que veían los elementos de la naturaleza como claves para entender el mundo. Lo que sí hay son anacoretas dispuestos a vivir su cristianismo en cuevas que les sirven como eremitorios, en asentamientos que debieron de mantener algún tipo de relación con los monasterios de la zona y que serán fundamentales para comprender la ordenación del territorio y la puesta en marcha de esas sociedades agrarias16 desde el siglo V, que es el momento en el que podemos comenzar a pensar en su existencia. Sabemos que, empeñados en recuperar la imagen más pura del cristianismo primitivo, este movimiento de eremitas también está presente en las tierras jacetanas. Incluso podemos detectar que estas zonas van a gozar de un cierto desarrollo que se debe al propio trabajo de sus recursos y al compromiso con el territorio donde están. No es menos importante constatar que el ejemplo y modelo de vida que muestran estos anacoretas —muchas veces incluso sin quererlo— facilita la cristianización de esos espacios idólatras dominados por los sacerdotes de las antiguas creencias paganas, que 16. Eugenio Riaño Pérez, «Eremitorios rupestres y colonización altomedieval», Studia Historica: Historia Medieval, 13 (1995), pp. 47-58.
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eran alimentados y mantenidos a costa de sus seguidores. Frente a ellos, los anacoretas cristianos son gentes que se hacen respetar. Son autónomos y se alimentan por sí mismos como expertos agricultores y avispados labradores que manejan el arado romano; son buenos conocedores de las hierbas que sanan y ponen en marcha pequeños cultivos con los que llevan una dieta básicamente vegetariana. Todo ello provoca que el cristiano, un nuevo hombre que busca la soledad sin dejar de atender a los demás, vaya ganando terreno al sacerdote de los viejos ritos, de modo que el anacoreta se convierte en el centro de referencia al que acuden las gentes del entorno cuando tienen problemas o necesitan ayuda. Hombres cultos y cercanos, hombres de religión que predican la paz, se erigen en líderes indiscutibles del espacio marginal del bosque y el monte mientras sus cuevas se truecan en centros dotados de carisma sagrado. En 1620 el abad de San Juan de la Peña Juan Briz17 nos recuerda cómo Voto y Félix, dos hispanogodos retirados del lujo zaragozano, cumplieron ese papel de liderazgo que desempeñaron los eremitas para los escasos pobladores del entorno, a la vez que se convertían en motor de evangelización. Cuando intentamos hacer el inventario de estos eremitorios extendidos por las zonas montañosas que luego formarán parte de la diócesis jacetana, tenemos que comenzar citando el que se ubica en las puertas del Parque Nacional de Ordesa, que actualmente recuerda la figura de san Antonio Abad, el gran iniciador del eremitismo. Junto a esta cueva hay muchas que nos hablan de la presencia de eremitas a lo largo de las sierras prepirenaicas, aunque todas ellas fueron ocupadas en siglos posteriores, lo que complicó la asignación cronológica exacta. Abiertas al norte, son pequeñas cavidades o balmas adaptadas por sus pobladores a fin de que cumplieran las condiciones mínimas necesarias para su utilización simultánea como centros de culto y como viviendas. La actividad de estos anacoretas se extenderá a lo largo del tenue dominio visigodo,18 y con ellos comenzarán a configurarse espacios con valor de
17. En Historia de la fundación y antigüedades de San Juan de la Peña (Zaragoza, 1620), nos cuenta que hasta esa cueva acudían las pocas gentes que poblaban estos paisajes, «viniendo de los lugares muy escondidos y de los huecos de las peñas, donde habitaban, a recibir consuelo y consejo, en todas sus cosas, señaladamente en las concernientes al reparo de su Reyno, tan caýdo». 18. Carlos Esco Sampériz, cuando habla de los restos visigodos en el Alto Aragón, dedica un apartado al poblamiento monástico y eremítico, que tiene su florecimiento durante los siglos VI y VII para la práctica del ascetismo bajo las formas de vida cenobítica y eremítica. Puede verse «La arqueología medieval en Aragón: estado de la cuestión», en Actas del I Congreso de Arqueología Medieval Española Zaragoza, DGA, 1986, vol. I, pp. 22 y ss.
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referencia religiosa que a lo largo de los siglos generarán las más importantes romerías en una diócesis en la que abundan las ermitas que, de manera notable, sitúan los puntos de referencia cristiana en lo más escarpado de la orografía montañosa y cerca del cielo. No hay que olvidar que en el siglo XVII anotan los cronistas19 que esta diócesis tiene más de dos mil ermitas y que las ermitas constituyen la manifestación arquitectónica más representativa de la religiosidad popular. Además, estos espacios sagrados se abren a caminos y parajes que, durante siglos, las sociedades del pasado entendían pobladas por espíritus malignos. En estos primeros tiempos se documentan también los inicios de muchos ritos festivos que perviven en la actualidad en los pueblos de la diócesis, algunos de los cuales son mera traslación de religiones agrarias y telúricas del pasado, salvados dentro de ese proceso de inculturación que promueve la Iglesia para consolidar su esfuerzo de evangelización y catequización. El papa Gregorio Magno, a finales del siglo VI, había marcado a sus misioneros el criterio de actuación al decirles que no se deben destruir los templos de los pueblos, sino únicamente los ídolos que se encuentran en su interior. Se bendecirá agua bendita, y con ella rocíense los templos. Constrúyanse altares y deposítense en ellos las reliquias. […] Cuando el pueblo vea que sus templos no son destruidos, se volverá con alegría al conocimiento y adoración al verdadero Dios en los lugares que le son familiares. Y puesto que se solían sacrificar muchos bueyes a los espíritus malos, es necesario conservar, modificada, esta costumbre también, haciendo un convite, un banquete, con mesas y ramas de árbol puestas alrededor de las iglesias, que antes eran templos.20
El mapa de los santuarios rupestres altoaragoneses,21 estudiados por los antropólogos y los arqueólogos, nos ubica varios enclaves, como la citada ermita de San Ordesa; la cueva de Santa Elena, en la entrada del valle de Tena, junto a los restos megalíticos; o la cueva de los Moros de Bergua, en cuyo entorno abundan cavidades menos desarrolladas pero adecuadamente asoladas, sanas para prácticas religiosas en soledad y provistas de un potente manantial que emerge entre todas ellas.
19. Ignacio Jordán de Asso y del Río, Historia de la economía política de Aragón, Zaragoza, 1798 (ed. facs., Zaragoza, s. n., 1947), p. 181. Véase también Enrique Satué Oliván, «Hagiotoponimia y proceso de arraigo del cristianismo en Serrablo», Serrablo, 97 (1995), pp. 15-19. 20. Luis Maldonado, Introducción a la religiosidad popular, Santander, Sal Terrae, 1985, p. 39. 21. José M.ª Fuixench Naval, Santuarios rupestres del Alto Aragón, Zaragoza Prames, 2000. Afectan a espacios diocesanos los capítulos 1, 4, 6, 8, 16, 17, 18 y 22.
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Pero los espacios en los que se detecta —en el período altomedieval— una mayor actividad eremítica son dos: las montañas de Yebra de Basa y la sierra de San Juan. Todo un movimiento que, recordamos, tiene como única referencia jerárquica la del obispado de Huesca, desde el cual se controlan las escasas comunidades cristianas que hay por tierras altoaragonesas y desde el que seguirán emigrando algunas personas buscando una soledad y un recogimiento que les ayuden a vivir más intensamente su fe, y mucho más después del establecimiento, a principios del siglo VIII, del poder musulmán en esa ciudad, que provocó una restructuración sociopolítica de las zonas en las que hubo un dominio islámico meramente testimonial y de aquellas que quedaron libres. Este proceso de abandono comienza a partir del año 740, cuando los bereberes derrotados, después de levantarse contra los árabes, tienen que replegarse hacia el sur, de modo que la cuenca del Duero, Cantabria y los Pirineos quedan libres del invasor. En tierras de la actual diócesis de Jaca, la zona más importante para este fenómeno es el espacio de las sierras exteriores al Pirineo, las que marcan la frontera sur de las llanuras de la Canal Ancha de Jaca. Allí se encuentran ubicados algunos espacios de esta vida eremítica, que curiosamente acabarán generando las referencias más notables de su vida religiosa: el monasterio de San Juan de la Peña en los caminos del oeste y el santuario de Santa Orosia, la patrona de la diócesis, al este. No obstante, antes de entrar en su estudio conviene hacer referencia a otro lugar donde se detecta la existencia de un espacio sagrado desde la época megalítica: se trata del santuario de Santa Elena,22 que está en la puerta del valle de Tena, parte importante del arciprestazgo de Biescas y con una historia muy vinculada a los estados feudales del sur de Francia. Si no tuviéramos claro que los dólmenes, además de tener una función funeraria, debieron de servir de marcas para ordenar el terreno, este dolmen de Santa Elena nos lo confirmaría, pues está ubicado en un estratégico espacio de paso que cierra el amplio valle del Gállego —poniendo fin a la Tierra de Biescas— y abre la val de Tena, que configura el cauce alto de este caudaloso río que creó uno de los caminos secundarios más importantes para comunicar estas tierras con el sur de Francia. Justo en el punto de encuentro de todas estas zonas se halla la ermita de Santa Elena, que comparte terreno con diversas obras defensivas que surgieron en el siglo XVI en un intento de controlar las posibles invasiones desde el vecino 22. Pedro Estaún Villoslada, La ermita de Santa Elena: lugar emblemático del valle de Tena, Zaragoza, Barrabés, 2005. Manuel Gómez de Valenzuela, «Tensinos y biesquenses: una historia de encuentros y desencuentros», Serrablo, 154 (2009), pp. 14-17.
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Santuario de Santa Elena. (Foto: Sara Díaz Martín)
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país y además está cerca del famoso puente del Diablo, que recrea una leyenda muy habitual en la zona según la cual el maligno construyó el puente en una sola noche. La ermita es simplemente un edificio que —en el año 1251 y por decisión real de Jaime I el Conquistador— se anexionó a una gruta antigua —a la que se entra desde el presbiterio— donde juega un papel importante el agua, la misma agua que luego cae en forma de cascada por debajo de ella constituyendo lo que los naturales del país llaman la Gloriosa, a la que recuerdan con asombro cuando explican que hasta hace muy pocos años era habitual que apareciera después de rezar una salve. La Gloriosa como fuente de aguas milagrosas la tenemos documentada desde 1490, con ocasión de haberse logrado apresar a un asesino que mató en este lugar con intención de robar a la víctima. Siete años después de este crimen, el mismo día que se apresó al culpable «salió la Gloriosa una y muchas veces, que en todo este tiempo no la habían visto, ni llegado a manifestarse». Hablando de esta fuente, que el padre Faci alaba «sin duda por haber sido siempre tan celebrada por sus prodigios», hay que apuntar que esta gruta, encajada en la cabecera del templo, es el lugar en donde quiere la tradición que se haya ocultado santa Elena de sus perseguidores.23 A caballo entre el siglo III y el IV vivió santa Elena, que es mujer de referencia para el mundo cristiano por dos cuestiones: por ser la madre del emperador Constantino, que con el Edicto de Milán (313) puso fin a la persecución de los cristianos, y por haber encontrado la cruz en la que murió Cristo. Sobre la presencia de una santa mujer de este nombre en las tierras del Gállego se construye una leyenda24 que la presenta como bretona, como una princesa de origen celta que va huyendo por las tierras de Biescas de 23. Francisco Armijo de Castro, Viajes de agua: las aguas en el Pirineo aragonés a través de sus viajeros, Zaragoza, Pirineum, 2007, pp. 110-117. Este autor hace un exhaustivo recorrido por los textos que nos hablan de esta singular fuente, de la que escribía Zamora, un viajero del siglo XVIII (León Buil Giral, Viaje por el Alto Aragón, Huesca, La Val de Onsera, 1997), que «dicen que su flujo viene del río Jordán», porque el santero de esta ermita encontró en la cueva un bastón perdido por un peregrino en aquel río, que fue escenario de la vida de la santa titular. Es interesante la referencia a uno de los sucesos que impresionaban a los romeros, en concreto, como escriben en 1880 (Lucas Mallada, Memorias de la Comisión del Mapa Geológico de España: descripción física y geológica de la provincia de Huesca, Huesca, IEA, 1990), que «su intermitencia se señala por un aumento en el caudal de sus aguas durante algunos minutos, al cual precede un ruido sordo bien perceptible en el interior de la ermita». Recordamos que desde finales de la década de 1960 y hasta finales de la de 1990 no manó la cascada de la fuente intermitente, conocida como la Gloriosa. 24. Ana Cristina Blasco Arguedas, Tradición oral en Tierra de Biescas, Jaca, Comarca del Alto Gállego, s. a., pp. 81-88. E. Pérez Palacio, «Novena de santa Elena Emperatriz, patrona de la villa de Biescas, la Tierra de Biescas y el valle de Tena», Boletín Parroquial, Biescas, 1999.
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sus perseguidores, unos ejércitos que —por supuesto— el sentir legendario quiere que sean musulmanes como en el caso de santa Eurosia. Variantes aparte, el relato más popular explica que cuando pasa por los campos de Biescas va provocando sucesos singulares, destinados a marcar la santidad de la mujer que huye de los infieles. Es muy llamativo el anuncio que hace a unos hombres que estaban sembrando trigo, a los que les dice que a la mañana siguiente lo podrían segar y les ordena que a sus perseguidores les digan la verdad: que ella pasó cuando estaban sembrando el campo. Cumplido este anuncio, cuando los asombrados musulmanes siguen hacia el valle de Tena se produce el segundo gran suceso milagroso al ir a buscarla en el interior de una afamada cueva. Estamos ya en la cueva del actual santuario, y cuenta la hagiografía que la santa salvó su vida porque al llegar a ella los perseguidores vieron que una tela de araña cubría totalmente su entrada y pronunciaron la famosa frase «Donde la araña tejió, Elena no entró», por lo que abandonaron la persecución. Es ciertamente curiosa la leyenda que nos habla de la presencia de santa Elena en estas tierras, el punto de origen de toda una serie de manifestaciones religiosas y culturales que fueron objeto de un libro del padre León Benito Martón25 en cuyas páginas se habla por extenso «de la firme y constante Tradición de aver venido Santa Elena a su santuario de los Pyrineos» —y, como dice el autor, «si datur Traditio hac sufficit»—, basándose en unas monedas romanas que se encontraron en la cueva y se custodian en la villa de Biescas. La importancia de este santuario para todos los pueblos del Gállego, desde la val de Tena hasta la val Ancha, es algo que se muestra en las romerías que suben hasta esta gruta para la fiesta de San Antonio, patrón de Biescas, en junio; para celebrar Pentecostés con la popular romería de las Cruces, a la que acuden representantes de todos los pueblos del valle con sus cruces parroquiales; y con ocasión del día de la santa, que se celebra el 18 de agosto. El nivel de devoción de los pueblos que la visitan anualmente es intenso,26 incrementado por los abundantes milagros que se describen
25. Sumaria investigación de las plausibles antigüedades del célebre santuario de Santa Elena Emperatriz, y su fuente Gloriosa, en Aragón y sus montes Pirineos: con un novenario para darle muy reverentes y debidos cultos, Zaragoza, Revilla, 1749; para el capítulo cuarto, que se refiere a la tradición, pp. 53-71; los milagros de la santa, documentados, los aporta en el capítulo octavo, pp. 109-122. 26. Los últimos versos de Los gozos de santa Elena (Ana Cristina Blasco Arguedas, Tradición oral en Tierra de Biescas, ed. cit., pp. 167-168) nos confirman esta devoción cuando concluyen señalando: «Por ser tantos portentos, / que sin cesar se acrecientan, / los montañeses aumentan / hacia vos su fe contentos, / y en los críticos momentos / en sus labios siempre
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en la literatura al uso: desde el del niño sordomudo de Acumuer que recuperó el habla en 1700 hasta el del cojo de Broto que recuperó la fuerza en las piernas y dejó sus muletas en las rejas del santuario. Este caso nos recuerda que eran habituales los exvotos que adornaban las paredes del santuario, muchos de los cuales los quemaron los luteranos en su invasión de 1592. Estos testimonios de la intercesión de la santa dieron un singular ambiente a esta ermita, de una sola nave y dividida en tres tramos, cubierta con bóveda de lunetos, ábside pentagonal nervado y un retablo barroco fechado en 1693 y presidido por una imagen titular que tradicionalmente se considera de la santa.
suena: / Seáis siempre mi Abogada, / Soberana Santa Elena. / Y pues a vuestros devotos / vuestra asistencia consuela, / seáis siempre mi Abogada, / Soberana Santa Elena». Recientemente la presencia de la devoción a santa Elena se vincula con los ritos de la trashumancia. Véase Paco Aceitero, «Santa Elena», en Gallaecia Aragonensis <http://gallaecia-aragonensis. blogspot.com.es/2011/03/santa-elena-i.html>.
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LA CUEVA DE SAN JUAN DE LA PEÑA
Como se ha señalado, durante la época visigoda, y en general desde el siglo V hasta el X, se vive un cierto apogeo de la presencia eremítica, que en algunas ocasiones debió de tomar forma de vida cenobítica, pues sabemos excepcionalmente de algunas agrupaciones, generalmente de dos o tres personas, que viven bajo una regla que les marca su vida cotidiana. El reducto más famoso lo tenemos en la sierra de San Juan, donde hay establecimientos que quizás podemos llevar hasta tiempos de los visigodos, concretamente hasta el siglo VI de nuestra era. La zona encierra lugares tan curiosos como la gruta de Santa María de Gótolas27 y la que dio origen al monasterio pinatense. Esta última estaría vinculada a la presencia de un anacoreta en época visigótica, un hombre que acabó convertido en un referente de sabiduría y espiritualidad para las gentes paganas del entorno, tal y como hemos visto que recordaba el abad Briz en el siglo XVII. Ese sería el valor principal de esta cueva, en la que está presente como signo de antigüedad Juan de Atarés, ese ermitaño cuyo cuerpo incorrupto encontró el fundador del primer núcleo monástico. Aunque remitimos al interesado a la amplia literatura sobre este asunto de la fundación legendaria, conviene que recordemos someramente la biografía de estos primeros santos diocesanos, cuya fiesta se celebra el 29 de mayo conmemorando la muerte de san Voto, sin olvidar que estamos en un espacio en el que los monjes fabricaron alguna que otra historia fantástica, la mayoría de las veces para llenar vacíos y poder explicar su
27. José M.ª Fuixench Naval, Santuarios rupestres del Alto Aragón, ed. cit., p. 31, habla por extenso de esta cueva cercana a San Juan de la Peña que la tradición vincula con san Íñigo de Calatayud, en el siglo XI, y en la que señala que nos encontramos con una advocación cuya derivación del latín gothus ‘godo’ podría «remontar sus principios como templete pagano de culto a la Madre Tierra, para terminar cristianizado bajo el título de la Madre de Dios».
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remoto y desconocido origen. Precisamente en el punto cero de esta construcción del relato debemos situar la biografía que incorpora el texto Vita sanctorum Voti et Felices, escrito por el monje Macario a mediados del siglo XII y conservado en los dos primeros folios de una copia del siglo XIII conocida como el Libro de san Voto y guardado en la biblioteca de la Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza.28 Cuentan los textos más antiguos que un zaragozano de notable posición, llamado Voto, poco después de la invasión musulmana salió a batir animales salvajes por esta sierra, como era costumbre en personas aficionadas a la caza. Persiguiendo un ciervo, Voto se adentró en el bosque de Pano y no pudo evitar —como le ocurrió al animal perseguido— caer al vacío donde acaba la llanura y se abre el precipicio, por lo que se vio arrojado a una muerte segura. Pero, encomendándose a san Juan Bautista, logró salvarse y su caballo se posó en tierra milagrosamente. Los textos más antiguos explican que el cazador no cayó al precipicio debido a que «una fuerza sobrenatural detuvo el ímpetu del caballo, que se salvó junto con el caballero», y acompañan el milagroso suceso aclarando que el caballo era blanco, color que algunos cronistas recuerdan que es similar al del caballo que trae a Cristo para hacer justicia y destruir a la bestia y al falso profeta. El texto del Apocalipsis (19, 19) permitió a los historiadores barrocos explayarse al señalar ese momento como el punto cero de la historia aragonesa. Desde esta cueva, como hace Cristo en la visión sanjuanista, se inicia el tiempo de la lucha contra el mal, en ese momento representado por los discípulos de Mahoma, por los invasores que han expulsado a los cristianos del Reino de Toledo. San Juan nos cuenta que, cuando Cristo vino sobre el caballo blanco, vio «a la bestia, a los reyes de la tierra y a sus ejércitos, reunidos para guerrear contra el que montaba el caballo, y contra su ejército». En cualquier caso, san Voto descendió de su montura y, reconociendo el frondoso paisaje, observó una gruta cubierta de matorrales en la que se apresuró a entrar. La biografía más antigua —escrita por el monje Macario— nos habla de que allí encontró una pequeña iglesia dedicada a san Juan, mientras la Crónica de San Juan de la Peña, del siglo XII,
28. Manuel Risco, España sagrada, vol. XXX, Madrid, Impr. de José Rodríguez, 1859, pp. 400406. Los bolandistas la editan en Godefroy Henschen y Daniel van Papenbroeck, Acta sanctorum maii, vol. VII, Amberes, Michael Cnobarus, 1688, p. 59. Para el relato de la biografía seguiremos el estudio de Antonio Durán Gudiol, Los santos altoaragoneses, Huesca, IEO, 1957, pp. 56-63.
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echa ya en cara al monje el haberse olvidado de contar que en esa iglesia rocosa san Voto descubrió el cuerpo del eremita del lugar.29 En la misma línea se expresa una biografía anónima de los santos Voto y Félix, del siglo XIII, que nos aporta también el dato del hallazgo del cuerpo incorrupto, la profesión de vida eremítica alrededor del año 750 y la construcción de una iglesia mayor después de que los catholici hubieran sufrido una grave persecución.30 Como quieren la mayoría de los textos altomedievales, san Voto encontró en esa cueva el cuerpo insepulto de un ermitaño de luenga barba blanca y al moverlo observó que su cabeza descansaba sobre una piedra en la cual había una inscripción que decía: «Yo, Juan, edifiqué esta iglesuca y, el primero, la habité. Desprecié el mundo y, como pude, levanté estas paredes por el amor de Dios y por devoción a san Juan Bautista. Aquí he vivido mucho tiempo y ahora, muerto, descanso en el Señor. Amén». Según la más remota tradición, ese eremita sería Juan de Atarés, y su vida en ese espacio se pudo extender hasta los primeros años del siglo VIII. El impresionado hispanogodo, a su vuelta a Zaragoza, comentó a su hermano Félix la extraordinaria aventura vivida y le instó a retirarse al monte Pano para comenzar una vida eremítica con él. Y así lo hicieron. Después de sepultar el cadáver de Juan de Atarés, comenzaron a vivir observando la regla benedictina como ermitaños con otros zaragozanos que se les unieron, Benedicto y Marcelo. En el interior del citado Libro de san Voto y en el Libro gótico de San Juan de la Peña 31 tenemos varias copias del relato de estos primeros tiempos. Para facilitar la información que nos aportan conviene centrarse en la Crónica I de San Juan de la Peña,32 la que lleva por título Privilegium Sancti Iohannis de Pinna, en
29. Antonio Ubieto Arteta, Historia de Aragón, t. II: Literatura medieval I, Zaragoza, Anubar, 1981, pp. 43 y ss. Esta es la Sinopsis histórica de San Juan de la Peña, del siglo XII, publicada como legendaria por Godefroy Henschen y Daniel van Papenbroeck, Acta sanctorum maii, vol. VII, ed. cit., p. 61, a la que remito en mi estudio sobre «Hagiografía y advocaciones religiosas: tipos de fuentes para su estudio y método de trabajo», en Agustín Ubieto Arteta (coord.), Metodología de la Investigación Científica sobre Fuentes Aragonesas:actas de las VI Jornadas, Zaragoza, Universidad de Zaragoza, 1990, pp. 335-398, esp. p. 367. 30. Sanctorum Voti et Felices eremitarum vita prior, ex viteri ms. monasterio pinnatensis, que publica Manuel Risco, España sagrada, vol. XXX, ed. cit., p. 406, ap. IV. 31. Libro gótico o Cartulario de San Juan de la Peña, manuscrito en pergamino que contiene 311 documentos y se conserva en el fondo de manuscritos de la Biblioteca General de la Universidad de Zaragoza. 32. Antonio Durán Gudiol, Los condados de Aragón y Sobrarbe, Zaragoza, Guara, 1988, pp. 315-323, doc. 1, da este nombre al texto que nos habla de los acontecimientos que tuvieron relación con el monasterio de San Juan entre el año 711 y el 959 y que se copió en el Libro
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la que podemos leer más detalles de cómo fue este establecimiento eremítico, puesto que recoge por primera vez una serie de tradiciones orales que configurarán el valor referencial de este espacio jacetano para los orígenes de Aragón. Por ejemplo, nos cuenta que san Voto enterró al ermitaño Juan, y que él y su hermano san Félix comenzaron a construir celdas como pudieron y vivieron allí hasta el final de sus días. Y así continuaron Benedicto y Marcelo. El primero construyó una iglesia en honor de san Esteban, protomártir, y de san Martín, mientras que Marcelo lo hizo en honor de san Pedro. Y concluye explicando que ambos vivieron como eremitas hasta su muerte. Completando el relato, nos explican que el año 754 fallecieron los hermanos Félix y Voto, que fueron enterrados en sus respectivas celdas, y —prosigue la tradición— que estas tumbas, junto a la de Juan de Atarés, fueron el núcleo originario del monasterio y la iglesia de San Juan de la Peña.33 De todo este rico relato, nacido de recoger lo que se trasmitía oralmente en el monasterio, lo más certero es que allí se establecieron unos ermitaños junto a los cuales se desarrolló un espacio profundamente cristiano frente al mundo musulmán. Una cueva o espelunca en la que lograron hacer que perviviera la dimensión espiritual de este recinto, escondido en el bosque y orientado hacia el Pirineo, hacia el norte. El abad Briz, en 1620, habla de cómo estos dos hispanogodos retirados del lujo zaragozano cumplieron ese papel de liderazgo que desempeñaron los eremitas para los escasos pobladores del entorno, convertidos en motor de evangelización y en referencia para los orígenes del Reino de Aragón.34
gótico de San Juan de la Peña, ff. 97v-99r. Recordamos que Durán fecha esta Crónica I, obra de un monje pinatense, en los finales del siglo XII. A estos mismos datos se refiere Antonio Ubieto Arteta, Historia de Aragón, t. II: Literatura medieval I, ed. cit., pp. 43-46, n. 57, cuando habla de una de las copias que nos quedan de este texto (incluida en el Libro de san Voto, ff. 2v-4v), que bautiza como Donación de Abetito, puesto que ese relato incluye la donación de este monte. Para su datación, entendiendo que es posterior al año 1243, se refiere a que comienza con una cita similar a las que usa el toledano Jiménez de Rada en su De rebus Hispaniae. 33. Joaquín Aldea, Rasgo breve del heroico suceso que dio ocasión para que los dos nobles zaragozanos y amantísimos hermanos, los santos Voto y Félix, fundaran el monasterio de San Juan de la Peña (Zaragoza, Impr. de Francisco Moreno, 1748 (ed. facs., Zaragoza, Librería General, 1985). 34. Ya hemos visto antes que en su Historia de la fundación y antigüedades de San Juan de la Peña nos cuenta que a ellos acudían las pocas gentes que poblaban estos paisajes «a recibir consuelo y consejo, en todas sus cosas, señaladamente en las concernientes al reparo de su Reyno, tan caýdo». El mismo abad explica que «para fundar este nuevo Reyno de Aragó y dar principio a su conquista, lo hizo Dios llamando para esta cueva dos buenos hermanos, Voto y Feliz, que no dexaron barcos y redes remendadas» —como hicieron san Pedro y san Andrés—, «sino grandes posesiones, haziendas gruesas y en una ciudad tan illustre y regalada como lo es Çaragoça».
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Sin que podamos relacionarlos con certeza, sabemos que, en ese mismo siglo VIII, en este espacio de la frontera sur del ámbito pirenaico se da, junto a la presencia de estos eremitas, la de un grupo de refugiados hispanogodos que acabarán enfrentándose con los musulmanes. Un conflicto entre las dos culturas y las dos religiones que las sustentan: la visigótica cristiana y la musulmana, que está logrando un gran proselitismo entre los viejos pobladores de Hispania, especialmente entre los del valle del Ebro. La vinculación del núcleo de independencia contra el islam con la presencia de un grupo de «christianos qui defendere se vellent»,35 que organizan la lucha, que quieren liberar las tierras del antiguo reino visigodo del dominio musulmán, será permanente en una historiografía que verá en la cueva de San Juan de la Peña el paralelo aragonés de la cueva de Covadonga para el reino asturleonés, hasta llegar al mismo siglo XX, cuando se acuña el concepto de la Covadonga aragonesa para esta gruta pinatense.36 El suceso debe ser tenido en cuenta, puesto que es la base por la que este monasterio se convierte en el símbolo del reino aragonés. La Crónica mozárabe 37 nos explica cómo en la década del año 720 se produjo la huida de algunos cristianos hacia las montañas («ad montana effugientes») y esto provocó la atención de los ejércitos musulmanes, que intentaban acabar con estos posibles focos de rebeldía. Es más, sabemos que entre los años 732 y 734 el emir cordobés envió un ejército para acabar con la población del monte Pano, donde un nutrido grupo de cristianos habían levantado una muralla y estaban dispuestos a resistir.38 A este
35. Libro gótico de San Juan de la Peña, f. 97v. Utilizamos la edición de Antonio Durán Gudiol, Los condados de Aragón y Sobrarbe, ed. cit., p. 316, Crónica I de San Juan de la Peña. 36. En el informe que hace el director de la Real Academia de la Historia, el novelista y político Cánovas del Castillo, para la declaración de monumento nacional de este viejo cenobio, escribe (el 23 de abril de 1889) que «Covadonga sintetiza la restauración cantábrica como San Juan de la Peña la pirenaica. Sumas inmensas se han gastado para facilitar la llegada a Covadonga. San Juan de la Peña solo reclama que se le conserve con decoro». Véanse las referencias a San Juan como la Covadonga aragonesa en Domingo J. Buesa Conde, San Juan de la Peña, símbolo de Aragón, conferencia pronunciada en Jaca en el ciclo de la Hermandad de San Juan de la Peña, 2011. 37. José Eduardo López Pereira (ed. y trad.), Crónica mozárabe de 754, Zaragoza, Anubar, 1980. Después de hablar de la violencia con la que dice que se comportaron en Zaragoza los musulmanes, explica que «así incita a todos con semejante terror, y algunas ciudades que habían quedado, viéndose forzadas, piden la paz, y persuadiendo o burlando con astucia a algunos no de modo acostumbrado, concede lo pedido. Pero los que, habiéndola obtenido, se niegan a obedecer, aterrados por el miedo, e intentan huir a los montes, mueren de hambre y de diversas muertes». 38. Domingo J. Buesa Conde, «Historia», en Guía turística de San Juan de la Peña, Zaragoza, Prames, 1997, pp. 12-13. Idem, Monasterio de San Juan de la Peña, León, Everest, 1996, pp. 6-8.
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suceso fundamental es al que se refiere la citada Crónica de San Juan de la Peña 39 cuando nos cuenta que de los cristianos que sobrevivieron […] otros huyeron a escondrijos y lugares montañosos, intentando levantar fortalezas en las que resistir. Sucedió que algunos de ellos, más de doscientos, llegaron a un gran monte llamado Oroel, en la provincia de Aragón. Descubrieron un lugar espacioso y agradable en Pano, que se esforzaron en amurallar. Y no habían terminado su obra cuando el hecho fue denunciado al rey de Córdoba [que en realidad es solo emir].
En este monte Pano —cuyo topónimo parece hablarnos de la existencia de una montaña sagrada prerromana que alberga varios espacios y cuevas sagradas—, el gobernador Abd al-Malik ibn Qatan logró doblegarlos provocando una masacre de la que, según algunos autores románticos, lograron escapar solamente destacados hispanogodos como Voto y Félix, que acabarían, a partir de entonces, empeñados en mantener la memoria de este espacio de tradición visigótica. Lo más probable es que no fuera así y que la población o campamento del llano de Pano, ubicada por donde hoy está el monasterio nuevo, fuera destruida totalmente por los ejércitos invasores, si hacemos caso a la citada Crónica pinatense: «después de un ataque frontal, procedió a la destrucción de los muros hasta sus fundamentos, como puede verse hoy en día, y se llevó a la cautividad las mujeres, los hijos y las hijas de los cristianos». Incluso la propia Crónica nos explica que «qui locus inhabitabilis et inaccessibilis extrat hominibus, donec Deo favente ventum est ad tempus beatissimi Voti qui ex Cesaraugustana urbe genitus».40 Este dato parece más aceptable y plantea que, después del primer ataque de los musulmanes a la zona, se puede situar la llegada de los santos Voto y Félix al lugar a mediados del siglo VIII.
39. Antonio Durán Gudiol, Los condados de Aragón y Sobrarbe, ed. cit., pp. 319-320. Posteriormente a este texto, e incorporando los datos de esta Crónica I de San Juan de la Peña, se escribe la que corrientemente es conocida como tal, aunque más puede ser considerada como la primera historia de la Corona de Aragón, escrita por orden del rey Pedro IV de Aragón entre 1369 y 1372. En esta obra, publicada por Tomás Jiménez de Embún y Val (Historia de la Corona de Aragón conocida generalmente con el nombre de Crónica de San Juan de la Peña, Zaragoza, Impr. del Hospicio, 1876), podemos leer que «fue fecha terrible mortaldat en los cristianos por los moros en el lugar de Panno», cerca del lugar donde «oy es Sant Johan de la Penna». 40. Antonio Durán Gudiol, Los condados de Aragón y Sobrarbe, ed. cit., p. 316. Este texto nos relata que «el lugar resultó inhabitable e inaccesible a los hombres hasta llegar, por la gracia de Dios, al tiempo de san Voto, natural de la ciudad de Zaragoza».
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Monasterio de San Juan de la Peña. (Foto: Fernando Alvira Lizano)
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Estamos ante un acontecimiento que conocemos muy poco, aunque es fundamental para el origen del proceso reconquistador en los montes del oriente de España, mucho más cuando se convierta en el punto de arranque del nuevo poder en tierras aragonesas. Esta vinculación al origen del viejo Reino de Aragón será objeto de atención para los propios monjes, dispuestos a potenciar la importancia de su monasterio, y muy especialmente para los cronistas del reino aragonés en pleno Renacimiento, momento en el que ya nadie discute que San Juan es el escenario del renacer cristiano en el Pirineo central. De ese momento no queda ningún resto material, salvo el conjunto natural de la espelunca que albergó ese primer espacio eremítico. Todas las construcciones que perviven nos hablan de su paso del eremitismo al cenobitismo, acaecido en el siglo X con el monasterio de los santos Julián y Basilisa, por obra de los condes de Aragón. Herencia de los primeros momentos del reino aragonés es el resto del conjunto románico —especialmente la iglesia y el claustro— que albergó la fundación del monasterio benedictino de San Juan de la Peña y acabará convertido en panteón real con el monarca Sancho Ramírez.
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LOS EREMITORIOS DE YEBRA DE BASA
Además de la zona de San Juan de la Peña, la diócesis de Jaca cuenta con otro importante espacio de vida eremítica al este del territorio, en el límite con las tierras de Serrablo, regadas por el río Gállego. Curiosamente, este ámbito de vida religiosa es el escenario en el que se desenvuelve el martirio de la patrona de la diócesis: santa Eurosia u Orosia. Este lugar, que se encuentra hacia las tierras del nacimiento del día, donde se establece una muralla natural que cierra la Canal Ancha —a la que salen muchos de los valles pirenaicos—, nos ofrece un núcleo de eremitismo centrado en el entorno del sagrado monte de Yebra de Basa, del que perviven sus cuevas abiertas al viejo camino por el que todavía ascienden a la ermita los romeros que cada 25 de junio suben con el relicario que guarda la cabeza de la patrona de la diócesis de Jaca. Este itinerario, de gran importancia cultural e histórica, al que se han referido como «un glorioso rosario de ermitas enrocadas», está constituido por cuatro eremitorios rupestres que se sitúan en la ladera del monte en el que, según la tradición, fue martirizada la santa.41 Cuando descendemos desde la pradera superior, donde se levanta el santuario actual —edificado entre 1665 y 1669 en el lugar de uno anterior que en 1568 el visitador episcopal ordenó reparar— y se halla la famosa fuente de la santa, está la ermita rupestre de Santa Bárbara, en la que quedan testimonios de posteriores reformas y edificaciones de cierre, así como una inscripción de 1629 en la que se implora a la santa que rece por nosotros. Más adelante, a más de 1400 metros de altitud, se abre la gruta del eremita san Blas, y más adelante nos encontramos con una cueva doble
41. Graciano Lacasta Estaún et alii, El camino de las ermitas: de Yebra de Basa al puerto de Santa Orosia, Yebra de Basa, O Zoque, 2007. En este libro, el escolapio Ricardo Mur Saura publica un texto titulado «Santa Orosia, motor de todo un territorio» (pp. 199-205) donde habla de las diferentes romerías que se dedican a esta santa.
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conocida como las cuevas de Santa Orosia. Este conjunto constituye la ermita principal y está organizada en un recinto superior —en el que cuenta la tradición que se escondió la santa— y uno inferior dedicado a san Cornelio al que se baja por unos escalones tallados en la roca. Esta sala baja es el gran espacio de ocupación eremítica, que —por cierto— nos recuerda las cuevas artificiales de San Millán de Suso, también organizadas en dos pisos. El conjunto está protegido por ese salto del agua que desciende de la fuente de la santa desde el santuario principal, ubicado en la llanura de la cima, convirtiéndose en una vistosa cortina para la fachada del templo rupestre. Esta es la misma iglesia en la que decía el padre fray Alberto Faci que se conservaba un relicario con «las Reliquias de los Santos Mártires, Acisclo, Cornelio y la Comitiva Real de Santa Orosia».42 Y a este respecto contamos con mandatos episcopales como el del obispo Jerónimo de Ipenza, que cuando visita esta cueva el 7 de octubre de 1650 dispone que se intente solucionar el estado de estas reliquias por quanto no están con la decencia que se debe a tan grandes reliquias y con la custodia que deben estar y para que la devoción de los fieles se aumente mandamos se haga, dentro del puesto donde están, un almario de madera a modo de estante pintado de rojo en el qual se acinen los güesos de los santos y para que estén guardados amás de la reja de yerro se haga un aro con dos puertas, o, una por la parte de afuera y de la reja con su llave pintando en ella la historia de la santa teniéndola cerrada y la llave della la tenga el Rector y se abra los días que se acostumbra hazer fiesta en la hermita y los días de veneración, con lo que estarán dichas reliquias con la veneración que deben estar.43
Más allá de las aportaciones que nos hace la hagiografía, estas cuevas nos hablan fundamentalmente de la presencia de una serie de personas que optan por la vida religiosa en ese momento de crisis, justamente producido al hundirse la sociedad hispanorromana. Estas personas serían gentes provenientes de ese importante grupo humano que vive en el cauce del río Basa —auténtico camino para grandes migraciones centroeuropeas desde los primeros tiempos— y en las llanuras del Gállego. En la zona abundan testimonios arqueológicos que nos hablan de asentamientos
42. Fray Roque Alberto Faci, Aragón, reino de Cristo y dote de María Santísima, Zaragoza, José Fort / Francisco Moreno, 1739-1750 (ed. facs., Zaragoza, DGA, 1979), pp. 282 y ss. 43. El mandato episcopal se conserva en los libros de la parroquia de Yebra de Basa y lo publica Enrique Satué Oliván, Las romerías de Santa Orosia, Zaragoza, DGA, 1988, pp. 135-139, n. 28.
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romanos en Sabiñánigo,44 en Sardas o en el despoblado de Bentayuelo, al norte de Sobás y a los pies del macizo de la santa, en el que se han encontrado monedas sobre todo del siglo IV, quizás abandonadas o perdidas en el momento en el que se produjo esa huida hacia los abrigos rocosos de gran parte de la población, atenazada por el miedo. No cabe duda que estamos en una zona de poblamiento antiguo, tal vez reforzado en tiempos de los visigodos, según nos indican algunos restos arqueológicos distribuidos por los lugares inmediatos al monte orosiano, como algunos sillares labrados en el exterior de la iglesia de Susín y parte de la iglesia del monasterio de San Pelay de Gavín. No cabe duda de que el eje de esta zona lo constituyó una calzada secundaria que procedía de Osca, pasaba por Monrepós y continuaba hasta las aguas termales de Panticosa. No es extraño que se diera esta intensa vida eremítica, pues estamos hablando de una poblada comarca donde sabemos que destacaban por su producción los latifundios agrícolas. Estos, asentados en el cauce del río, estaban controlados por familias bárbaras que se establecieron allí y potenciaron los cultivos extensivos. Junto a ellos, que constituían el típico fundus, estaba la casa con todas sus edificaciones, que hace permanecer en el tiempo el nombre del propietario como referencia para ese territorio más allá de su vida y como elemento de mediación entre los propietarios y el territorio,45 como podemos ver en el propio topónimo Senegüé, que remite al antropónimo galo Senus (cognomen Senevu), o en el caso de Sabiñánigo, que nos recuerda la familia germana de los Sabiniano. Todo ello nos permite entender mejor que estamos en una zona de intensa actividad económica y social a lo largo del mundo tardorromano, en tiempos de los visigodos, en ese espacio cronológico en el que se constituyen los primeros núcleos de vida cristiana en las balmas o refugios rocosos de la zona. En todo caso, el problema nos surge al intentar documentar estas zonas —por ejemplo, los eremitorios de Yebra de Basa— como espacios eremíticos a los que se retirarían algunos cristianos —quizás procedentes de la diócesis de Osca— en busca de la verdad. Unos espacios que cuando menos recibirían noticia de la existencia por estas tierras altoaragonesas de un personaje de la importancia de san Victorián, monje italiano
44. Javier Rey Lanaspa, «Excavaciones en la villa romana de la “Corona de San Salvador” (Sardas, Sabiñánigo)», Bolskan, 6 (1989), pp. 153-163. 45. Gerhard Rohlfs, «Le suffixe préroman -ué, -uy dans la toponymie aragonaise et catalane», Archivo de Filología Aragonesa, 6 (1952), pp. 129-152. Jesús Vázquez Obrador, «Notas de toponimia serrablesa, IX», Serrablo, 50 (1983), punto 5.74.
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que a mediados del siglo VI estaba en la zona pirenaica oriental.46 Lo que no sabemos es hasta qué punto entró en estas tierras la tarea de conciliar el modo de vida individual del eremita con el comunitario del monje para componer una mínima regla que orientara esa vida religiosa. Lo cierto es que debieron de establecerse espacios sagrados en época visigótica en estas zonas, algunos de ellos, como hemos señalado, en las sierras. Una ubicación en zonas altas y recónditas, con buena visibilidad sobre el territorio que las rodea, que fue un valor añadido al logro de la seguridad de las personas que allí se retiraran a vivir. Este asunto adquirió especial importancia con los musulmanes que decidieron establecer en estas tierras del Gállego el distrito rural de Yilliq, controlado por la pequeña guarnición que residía en la torre musulmana que se levantó en Senegüé47 en el siglo VIII donde hoy está la iglesia parroquial. En ese momento, el río Gállego era la frontera entre las tierras controladas por las guarniciones musulmanas, asentadas en estas pequeñas torres circulares, y los espacios por los que iban y venían gentes e incluso ejércitos procedentes de las tierras de las Galias. Hacia el oeste se extendía la amplia Canal de Berdún, espacio agrícola de cierta importancia en el que con el tiempo —a lo largo del siglo IX— se irían asentando los condes aragoneses, haciendo que a la izquierda del Gállego se extendiera el territorio cristiano y a la derecha el controlado por los musulmanes de Huesca. Con el paso de los siglos la memoria de la dimensión religiosa de estas cuevas de Yebra de Basa perdurará y acabará vinculada, como ya se indicó, a la historia martirial de santa Eurosia. Un proceso que ha ido provocando el nacimiento de un importante patrimonio inmaterial que se configura en torno a la romería dedicada a la santa,48 que con ocasión de su festividad
46. Domingo J. Buesa Conde, Los monasterios altoaragoneses en la historia, ed. cit., pp. 24-25. 47. Es fundamental el papel que juega el lugar de Senegüé, por lo que debe verse Domingo J. Buesa Conde, «Senegüé: los orígenes de una villa», I y II, Serrablo, 158 y 159 (2011), pp. 1419 y 8-15. Antonio Durán Gudiol, Del arte y la historia medievales en Serrablo, Sabiñánigo, Amigos de Serrablo, 1996, p. 118, n. 1 y 2, explica que el sitio original de Yilliq, del que copian el nombre los colonizadores musulmanes, se encontraba al sureste del Hermón, no lejos de la ciudad de Bosra, y era célebre por la abundancia de sus aguas, con la «montaña de nieve» al fondo, paisaje idéntico al que se puede contemplar en las llanuras de Senegüé. 48. La última publicación a fecha de hoy es la de Alberto Gómez García, Santa Orosia: reliquias y mantos, Jaca, Real Cofradía de Santa Orosia, 2012, en cuyas páginas se hace un estado de la cuestión en ese momento de todo lo escrito sobre la patrona de la diócesis de Jaca y de todos los bienes patrimoniales que ha ido generando el importante culto a la santa. En abril-mayo de 2016, con motivo de la restauración del arca de la santa, ha tenido lugar en el Museo Diocesano de Jaca una exposición de las joyas que se depositaron en ella desde el siglo XV.
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asciende desde la iglesia de Yebra hasta la ermita del monte, cerca de la cual tenemos curiosos restos arqueológicos que nos hablan de cazadores prehistóricos y de constructores de dólmenes. Es interesante conocer las romerías (los Romeros del Cuerpo de Santa Orosia caminan desde Guasa, donde son obsequiados con pan, queso y vino, hasta Jaca, mientras que los Romeros de la Cabeza de Santa Orosia el día de San Juan caminan hacia Yebra para velar a la santa en la iglesia y subir al monte el 25 de junio) y las veneraciones (rogativas con el fin de obtener agua para las cosechas o alivio durante una catástrofe de tipo natural) que llegan a Yebra y a Jaca para subir al monte Oturia o para procesionar por las calles de la sede episcopal desde el Portal de las Monjas, donde recibe la ciudad a las cruces y a los romeros. Las veneraciones a santa Orosia pueden ser convocadas por Jaca, y entonces acuden a ellas todos los pueblos de las dos orillas del Guarga y del Gállego, o por Yebra, en cuyo caso van los del Gállego y los de la orilla derecha del Guarga. Toda esta riqueza de la procesión, auténtico motor de pactos económicos y matrimonios entre familias de diferentes valles y pueblos, desapareció o comenzó a declinar a raíz de la Guerra Civil. Igualmente, de los votos que habían hecho los pueblos a santa Orosia a lo largo del siglo XVII solo quedan los de Yebra y San Julián —el lunes siguiente a Pentecostés— y acaso el de Osán —el primer domingo de junio—. La víspera de la Asunción los pueblos del valle de Basa y Sobrepuerto realizaban la romería de las Cuevas, conocida como de las Coronillas, para celebrar misa en las cuevas de la subida al monte.49 Sin que podamos precisar su antigüedad, pero seguros de que estamos hablando de una romería medieval, el ascenso del relicario gótico que contiene la cabeza de la santa va acompañado de los famosos danzantes de Yebra, que ejecutan diferentes pasos y mudanzas con vistosos atuendos y en un ambiente de fiesta agrícola evidente.50 El dance de Santa
49. Ricardo Mur Saura, «Santa Orosia, motor de todo un territorio», Serrablo, 91 y 92 (1994), nos explica cómo el puerto de Santa Orosia «aglutinó a todas las cruces parroquiales de la orilla izquierda del Gállego, excepto la villa de Biescas, el Valle de Tena y Sarrablo Superior. Se concentraban, además, para la fiesta del 25 de junio los veintisiete pueblos con romeros de la Cabeza de santa Orosia. También acudían al Puerto, para el Domingo de Trinidad, los veintiséis pueblos con romeros del Cuerpo de santa Orosia. Y, finalmente, acudían en fechas diversas los pueblos con voto a santa Orosia y los participantes en la Romería d’as Coroniellas. No podemos dejar de nombrar aquí, que también acuden a Yebra, las famosas Veneraciones a Santa Orosia, que convocaba a todos los pueblos sitos entre Guasillo por el Oeste y la Ribera de Fiscal y Cuello Sarrablo por el Este». 50. Graciano Lacasta Estaún et alii, El camino de las ermitas: de Yebra de Basa al puerto de Santa Orosia, ed. cit., pp. 46-47, nos explica las huellas pastoriles en el dance de Santa Orosia,
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Orosia,51 quizás reorganizado en el siglo XVII, tiene una estructura pastoril en la que los participantes concluyen en una pastorada,52 una especie de teatro popular donde todos dialogan sobre la vida de la santa antes de entrar a reírse de ellos mismos y de la sociedad que los sostiene, entre chanzas, en una escenificación pseudorreligiosa que puede originarse en el siglo XVIII. Antes de cerrar este rico mundo cultural y espiritual que surge en torno al Oturia, la montaña de Yebra de Basa, el monte de santa Orosia, conviene hacer una última consideración que nos habla de cómo perviven viejos conceptos de la religiosidad primitiva que algunos arqueólogos vinculan con el culto al cráneo de la santa,53 guardado en un busto relicario del siglo XV conservado en la parroquial de Yebra, en un armario de 1620 que se construyó a la izquierda del sagrario, en el banco sobre el que descansa el retablo mayor, por mandato del obispo de Jaca que visitó la iglesia ese año. Plantean que, «tanto si existieron factores religiosos precristianos como si no fue así, sí se imbricaron elementos de esta procedencia en su leyenda y culto». No es extraño encontrar coincidencias con esos elementos precristianos, tanto con un santuario que se sitúa en una zona elevada, dominando el territorio, como con una fuente que tiene propiedades curativas. Y con elementos celtas, teniendo en cuenta que el propio nombre de Yebra remite a un término celta que significa ‘árbol del tejo’. En este sentido, hablan de que la cabeza de la santa protege a las gentes de este territorio de cualquier peligro mientras permanezca en ese lugar, en la misma línea que lo quiere
cuyos componentes desmenuza así: primero, «los dos personajes que lo guían y ordenan: mayoral y repatán, provistos de su correspondiente palo de pastor, simbolizan la jerarquía que reinaba antiguamente en todo el rebaño. La disposición que presenta el grupo de dance en sus desplazamientos procesionales reproduce, en miniatura, la marcha de un rebaño tradicional: presidido por el mayoral y vigilado en su flanco trasero por el repatán. El conjunto de cascabillos que tintinean festivamente en cada pantorrilla de los danzantes recuerda a los pequeños cencerros esféricos que en tiempos colgaban del cuello de los corderos». 51. Enrique Balcells Rocamora, «Los danzantes de Yebra de Basa», Pirineos, 87-90 (1968), pp. 33-38. 52. Como referencia puede verse Graciano Lacasta Estaún (coord.), «Pastorada de Santa Orosia. Dichos de 1999», Luenga & Fablas, 3 (1999), pp. 183-197. En esta pastorada el primer danzante explica: «Yo tos charraré d’a benida d’Orosia dende Bohemia enta istas montañas»; el segundo nos anuncia: «Yo tos charraré d’a persecución que os moros le fizon a ra debina Orosia»; el tercero dice: «Yo tos charraré d’o martirio d’Orosia y d’os suos acompañantes»; el cuarto habla de «cómo o pastor alcontró os restos de Santa Orosia», para concluir el quinto: «Yo tos charraré d’o trasláu d’os restos d’Orosia ta Yebra y ta Chaca». Enrique Satué Oliván, Las romerías de Santa Orosia, ed. cit., se refiere a los «Dichos de Santa Orosia pronunciados en la romería del 25 de junio de 1824» con varias estrofas y algunas frases sueltas en aragonés. 53. Manuel Medrano Marqués, «Santa Orosia en Yebra de Basa: reflexiones sobre un culto con raíces precristianas», Salduie, 2 (2002), pp. 283-290 (hay una reedición en la revista Serrablo).
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Eremitorios en la montaña de Yebra de Basa. (Foto: Carlos Gil)
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la tradición celta de la famosa cabeza del rey galés. Muchos acontecimientos acaecidos a lo largo de los siglos nos refuerzan la idea expuesta, por ejemplo los terribles sucesos que sobrevinieron cuando Juan de Aragón, obispo de Huesca y Jaca, intentó en 1503 llevarse parte de la reliquia, cosa que no pudo hacer, abrumado ante la terrible tormenta de piedra que se desencadenó en concreto encima de su persona. Años después, en 1733, los canónigos jacetanos denegaron la petición de una reliquia hecha por el cardenal Aldrobani, pues, «aunque muchos príncipes y grandes la han deseado, […] Dios ha celado siempre con singular providencia de custodia e integridad el sagrado cuerpo de la Santa, castigando con notables castigos a los que han intentado desmembrarlo», y le dijeron que «lo más que se podía hacer era sacar un velo precioso de los que cubren su sacro cuerpo reponiendo otro». Santa Orosia es la protectora de los montañeses, tal vez una santa que les pertenece en exclusiva, y Yebra de Basa «adquiere predominancia porque es la depositaria de la Cabeza de Santa Orosia». La santa, defensora contra las tormentas y a la que se acude cuando hay sequías y hielos, incluso protege en caso de maleficios y de enfermedades del sistema nervioso.54 Ese era el mundo de los espirituados que acudían a la procesión jacetana de la santa hasta 1947, cuando su asistencia fue prohibida por el obispo Bueno Monreal.
54. Santiago Giménez Roldán, «Los convulsionarios de Santa Orosia», Neurología, 20/2 (2005), pp. 100-103, afirma que «los convulsionarios de Santa Orosia probablemente representan la manifestación de histeria motora en masa que ha perdurado hasta fechas más recientes en Europa» (p. 102). Véase también Ricardo Mur Saura, Con o palo y o ropón: cuatro estampas inéditas sobre el culto a santa Orosia, Jaca, Impr. Raro, 1995, p. 411. Es asombroso que no haya ni una sola mención a los casos documentados con relación a santa Eurosia en la obra de Jean-Martin Charcot y Paul Richer Los endemoniados en el arte, Jaén, Ediciones del Lunar, 2000 (ed. original, París, Adrien Delahaye et Émile Lecrosnier, 1887), pp. 27104, donde se estudian diversas iconografías, desde las escenas que representan a Cristo liberando a un poseído (marfiles del siglo v) hasta la de la expulsión de cinco demonios de una dama por santa Clara en una obra de la pintura barroca.
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Lo que queda claro es que estos espacios sagrados de Yebra han sostenido un culto que desde su vinculación a la ciudad de Jaca en los inicios del Reino de Aragón, en la segunda mitad del siglo XI, ha alcanzado dimensión universal. No se puede negar que la figura de la santa es la clave para poder entender la cultura de estas tierras, para poder comprender una concepción del mundo que se ha ido gestando por una comunidad pirenaica enfrentada —a lo largo de los siglos— a una serie de graves carencias producidas por una orografía difícil. Pero, en realidad, cuando nos encontramos con santa Orosia —o Eurosia, que es la forma primitiva de este nombre— lo más importante es que estamos recuperando una parte importante de la historia de estas tierras: la de los enfrentamientos entre el ejército musulmán y las gentes autóctonas que defienden su permanencia en el territorio de sus mayores, la del surgimiento de la figura martirial que acabará convertida en el símbolo de esta diócesis. No en vano el cronista del reino Juan Francisco Andrés de Uztarroz escribía —en marzo de 1650— que Jaca está vinculada a la santa y que «esas sagradas reliquias la hacen más famosa que los blasones que adquirió en tantos siglos».55 Pero, por encima de lo que dijera el cronista, la importancia de la santa para los jacetanos ya llevaba muchos siglos marcando la vida institucional. En 1268 los documentos del acto público de elección de obispo para Huesca y Jaca, en la persona de García Pérez de Zuazo, muestran —pendiente de la cinta que los une— un sello capitular que presenta la figura del pastor que lleva a santa Orosia en su zurrón y camina hacia la recién fundada capital del reino.56
55. Juan de Tamayo Salazar, Disertación histórica sobre la verdadera patria de santa Orosia, virgen y mártir, Zaragoza, Juan Nogués, 1650, pp. 3-4. 56. ACJaca, pergamino 173, serie B111, 14 de marzo de 1268.
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La devoción en Jaca está generalizada ya el siglo XIII, cuando se documenta la existencia de una cofradía del Beato Pedro y la Beata Eurosia, que además se encarga de mantener abierto un hospital sostenido por las limosnas que sus cofrades van pidiendo por los valles pirenaicos.57 Estos limosneros, que iban precedidos por una cruz de doble travesaño, portaban un trocito de tela de los auténticos «paños que Orosia vestía al tiempo de parecer martirio». Sabemos de la existencia de estos paños en 1337, momento en el que además —y esto nos habla de la importancia del asunto— nadie podía pedir limosna en un pueblo del reino aragonés antes de que lo hubieran hecho los limosneros de la cofradía orosiana, empeñados en difundir el culto de una mártir hecha santa por aclamación en función de sus favores milagrosos a la comunidad de creyentes. Como vamos a documentar en adelante, el gran momento del resurgimiento de la devoción es el tránsito del siglo XV al XVI, tiempo en el que muchas jóvenes son bautizadas con el nombre de Eurosia y en el que el arte deja notables testimonios de la iconografía de la santa. Este será también el tiempo en el que el culto litúrgico, quizás ya en boga en la catedral jacetana en el siglo XIV, se introduce en la de Huesca y en 1547 salta al breviario oscense, donde lo introduce el obispo de Huesca-Jaca Pedro Agustín. Además, estos años renacentistas son los que marcan el esplendor de la devoción, cuando se difunde fuera de Aragón y aun de los reinos españoles, después de ser incluida Orosia como santa en el Catálogo de los santos de España en 1538.58 La notoriedad que tiene la devoción en la ciudad de Jaca y en las tierras del entorno del monte de Yebra lleva a buscar desde muy pronto una liturgia propia que, como hemos visto, ya se vislumbra desde la Baja Edad Media. Sabemos que el obispo Moncada de Huesca, en el siglo XIV, ya incluyó la fiesta de la santa en las tablas de los meses, el 25 de junio, indicando
57. Juan Francisco Aznárez López, «La Cofradía de Santa Orosia», Programa de fiestas de Jaca 1974, Jaca, junio de 1974. Cuando se refiere a las reliquias, que tienen la propiedad de sanar de la enfermedad, como reconocen los jacetanos de esa centuria, explica que son «de panno quem beata Eurosia, tempore martirii, induebat». 58. Obra de Lorenzo de Padilla, cronista del emperador Carlos V y arcediano de Ronda. En el Archivo de la Catedral de Jaca (en adelante, ACJaca), fondo de Santa Orosia, papeles, caja 3, 121, quedan unas Noticias sobre el martirio de la santa, extraídas del Catálogo de los santos de España, de Lorenzo Padilla, impreso en Toledo en 1538. Hay citas anteriores donde se la considera santa, como la que se hace con ocasión de la jura de los nuevos jurados de la ciudad de Jaca —Archivo Municipal de Jaca (en adelante, AMJaca), caja 7, 27 de diciembre de 1503, Protocolo de los actos fechos delante los jurados de la ciudad de Jaca—, donde se explica que el nuevo prior, Juan de Acumuer, recibió «la clau de lacra de los teruelos e la clau de santa Eurosia», es decir, la llave del armario o de la urna de la santa.
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que se reza con rito doble.59 Pero en el siglo XVI, cuando se aplicaron las decisiones del Concilio de Trento con el papa Pío V en 1570, se dejó de rezar el oficio propio de la santa, que hemos visto que estaba presente en los breviarios de Jaca y Huesca, y se pasó a rezarle el común de vírgenes y mártires. Por eso en el siglo XVII la ciudad de Jaca considera necesario retomar el asunto y lograr la consolidación oficial del culto, y para ese fin decide trabajar llevando el peso del proceso y de toda la documentación que aporta el capítulo de canónigos jacetanos. En 1634 se están reuniendo pruebas para justificar la existencia del culto años antes de la bula de Urbano VIII,60 por lo cual no es extraño que el cabildo plantee la necesidad de consolidar a la santa como patrona de Jaca cuando el obispo Mauro de Villarroel, el 21 de marzo de 1641, notifica la voluntad de Urbano VIII de reformar las fiestas. En esta ocasión, el cabildo propone inmediatamente que «se haga elección de la fiesta de la gloriosa Santa Orosia, virgen y mártir, por patrona desta ciudad y que mande guardar su fiesta conforme la facultad que da su santidad de poder hazer elección de patrón». Las constituciones de la diócesis, dictadas en 1623, también habían marcado como fiesta el 25 de junio. Pocos años después, en 1665, el cardenal Coloma anuncia su voluntad de conseguir del papa el rezo propio de la santa, cuestión con la que la iglesia catedral de Jaca llevaba años batallando y a la que se une la ciudad, dispuesta a pagar los gastos necesarios para lograr ese rezo propio, comenzando por el coste de los correos que haya que enviar a Roma. Un asunto que no se entendía como complicado, pues en 1578 el papa Gregorio XIII ya había concedido a la santa altar privilegiado.61 Pero no fue tan sencillo, por lo que se mantendría vivo en el siglo XVIII, cuando en 1723 el obispo
59. Ramón de Huesca, Teatro histórico de las Iglesias del Reino de Aragón, t. VIII: De la santa Iglesia de Jaca, Pamplona, Viuda de Longás, 1802, p. 237. Cuando habla de los breviarios de Juan de Aragón y Pedro Agustín también hace referencia al oficio de la santa con octava y menciona himnos de vísperas, maitines y laudes, así como lecciones, responsorios y antífonas (p. 238). Véase el apéndice X, «Oficio de Santa Orosia, Virgen y Mártir, según se halla en el Breviario de las diócesis de Huesca y Jaca, impreso de orden de don Pedro Agustín en el año 1547», pp. 470-480. 60. ACJaca, fondo de Santa Orosia, papeles, caja 2, 87, carta de Antonio Ripa a Bartolomé de Asso para requerir pruebas documentales con el fin de solicitar a Roma la canonización de santa Orosia. Para esa fecha, la Cofradía de Santa Orosia de Jaca tiene indulgencias de Pablo V concedidas en 1615 (fondo de Santa Orosia, papeles, caja 3, 140). 61. ACJaca, pergamino 48, serie A40. Hay otra pieza documental (pergamino 48, serie A41) que recoge el breve de León XII de 1824 en el que se concede indulgencia plenaria a los que visitasen la catedral de Jaca y el altar de santa Eurosia en su fiesta. Ello supone reconocerla como centro de peregrinación.
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manifiesta su interés en que la santa sea incluida en el martirologio romano, y en el XIX, que comienza con el acuerdo capitular para solicitar nuevamente «de las autoridades legítimas el rezo y oficio de nuestra patrona santa Orosia en su propio día».62 Al final de todo un largo proceso, en 1902 la Sagrada Congregación de Ritos concede el nuevo oficio con octava de santa Orosia, virgen y mártir hispana.63
62. ACJaca, fondo de Santa Orosia, papeles, caja 3, 122, 7 de abril de 1723. El obispo justifica su petición con algunos asuntos acaecidos, como el hecho de que se ha negado a unos devotos hacerle fiesta en Madrid, aunque las reinas de la casa de Borbón son devotas de la santa. Para el acuerdo del 19 de julio de 1810, fondo de Santa Orosia, papeles, caja 2, 57. 63. Domenico Ferrata, Jaccen. Confirmationis cultus servae Dei Eurosiae Vir. Rt. Mart. Vel. sanctae nuncuptae, Roma, Tipografia Vaticana, 1902. ACJaca, fondo de Santa Orosia, libros, 11. En el fondo de Santa Orosia, papeles, caja 2, 92, están las cuentas de estas ediciones y los gastos de la aprobación del culto inmemorial de la santa. En el mismo fondo (Papeles, caja 2, 92) se conserva una copia manuscrita del decreto de confirmación del culto de santa Orosia, dado por el prefecto cardenal Ferrata el 22 de abril de 1902. Además, hay un pequeño opúsculo sobre la confirmación del culto de santa Orosia fechado en Roma el 19 de mayo de 1901 (Libros, 13) y otra copia impresa en Roma el 21 de diciembre de 1901 (Libros, 14). El 20 de mayo de 1901 se mandaron a la Sagrada Congregación de Ritos una serie de testimonios referentes al culto de santa Orosia, patrona de la ciudad y el obispado de Jaca (fondo de Santa Orosia, papeles, caja 2, 85).
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EL LUGAR DE NACIMIENTO DE LA SANTA
Una de las cuestiones que más tinta ha hecho correr a lo largo de los siglos es el determinar cuál había sido la patria de santa Eurosia. Desde luego, la tradición nos cuenta que la santa había nacido en tierras del Reino de Bohemia, y así nos lo explican las crónicas más antiguas.64 En las propias actas del Concejo de Jaca escribía el notario de la ciudad que «el día 20 de febrero, año del nacimiento de Cristo 1493, fray Juan del Monte Oliveti, del Reino de Bohemia, vino a la ciudad de Jaca para visitar el cuerpo de la beata Eurosia y dijo» que los padres de la beata eran reyes de Bohemia.65 Esa era la tesis oficial, y así lo entendían tanto Fernando Basurto66 y sus seguidores como Bartolomé Paláu (Historia de la gloriosa santa Orosia). Esta cita del archivo concejil jacetano nos aporta la primera mención a la vinculación de la santa con el mundo del este europeo, y es además una escueta noticia que nos permite hacer algunas consideraciones. En primer lugar nos despista el personaje que aparece en Jaca explicando estos extremos de la vida de la santa, comenzando por su nación bohemia, puesto que
64. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: dos mil años de historia, Zaragoza, Ministerio de Cultura / Casino de Jaca, 1982. Seguiremos en este relato lo que se explica y se anota en el capítulo dedicado a «Santa Orosia y su tradición», pp. 189-199. 65. AMJaca, caja 819, f. 38. Recientemente, algunos autores, como Alberto Gómez García, op. cit, pp. 54-55, vuelven a incidir —al igual que lo hiciera el canónigo Aznárez, aunque este investigador indique lo contrario— en que «su desconocimiento de nombres y datos que cualquier bohemio iletrado de la época conocía (reinos, capital, patronos y santuarios principales) obliga a dudar de su identidad y hasta de su real existencia. Pese a todo, las autoridades civiles y eclesiásticas jaquesas aceptaron su historia». 66. Vida y milagros de Santa Orosia, virgen y mártir, patrona de la ciudad de Jaca y de las montañas de Aragón, Zaragoza, 1542. Este jacetano acabó escribiendo una narración de la vida de la santa en versos endecasílabos inspirada, según explica, en un texto escrito por un racionero catedralicio de principios del siglo XV que no debió de ser más que una copia del oficio litúrgico de la santa y del que nos habrían quedado himnos y secuencias, posiblemente recopilados en el siglo XIII e integrados en obras posteriores.
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su propio nombre más lo relaciona con la abadía de Monte Oliveto, en la provincia de Siena, o quizás con la congregación eremítica de los olivetanos, fundada por Bernardo Tolomei en 1313. Y además nos asombra la frialdad con la que reflejan el acontecimiento los propios miembros del Concejo, que se refieren solamente a lo que «dijo», sin aportar mayor énfasis o confirmar las noticias que les daba el fraile. Esta cuestión ya fue señalada por el canónigo Juan Francisco Aznárez cuando nos hablaba de que los jacetanos no creyeron a este monje, que formaba parte de una embajada del rey de Bohemia que iba recorriendo las cortes europeas.67 La poca confianza que mostró la ciudad ante las noticias del peregrino la justifica el archivero capitular explicando que se debe a que dio nombres muy diferentes a los que la tradición hacía compañeros de la santa en su viaje a la península. Es más, las personas que el fraile cita son desconocidos para la historiografía de la santa, pues contó que él sabía que sus padres eran Juan, rey de Lodici, y su esposa, Eulalia, y que era sobrina de Marciana y hermana de Dragomiro Carmión. Ninguno de ellos entró en contacto con la nueva patria hispana de la santa, a la que si acompañó —según quiere la tradición— su hermano Cornelio, «que fue además jefe de la expedición nupcial y que, al frente de la misma, murió despedazado en lo alto del monte yebrense. Contra esta tradición, firmemente sostenida en Aragón, nada valían las manifestaciones del ilustre religioso». La percepción del canónigo archivero no es mala; ciertamente los de Jaca reciben la noticia con frialdad y solo señalan que dijo eso. Ahora bien, este puede ser el momento en el que se introduce —en esta devoción arraigada desde hace siglos en esas tierras— la idea de que la santa puede ser originaria de Bohemia, un lejano país del que viene a casar con un príncipe hispano. Lo más importante, no obstante, es que tenemos una opinión que la vincula con Bohemia y que los jacetanos no la reciben con ilusión. La pregunta es ¿cuándo había surgido esta relación de la santa con el lejano reino eslavo?
67. «De Santa Orosia», El Pirineo Aragonés, 23 de junio de 1973, p. 3. El archivero capitular nos explica que esta embajada del rey Gregorio de Podebrad, al que representaba su cuñado León Bormuta, entró en España en 1492 por el Bidasoa y fue descrita por Luiz Yrasek, y, como el largo recorrido terminaba en España, esa descripción fue intitulada Viaje de Bohemia hasta el fin del mundo. Las opiniones vertidas por ese checo que vestía hábitos religiosos, para algunos autores auténticas patrañas, fueron difundidas especialmente desde su inclusión en el memorial que se redactó en el año 1650. De ello habla José Castán en El devoto de santa Orosia: cuestiones acerca de la patria de la santa y fecha de su martirio, Madrid, 1903, pp. 23-24. Los personajes que ocupan el trono bohemio no coinciden con los señalados.
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La primera mención escrita la tenemos en el himno Mirificasti domine,68 de vísperas, que canta la victoria de la santa y celebra su patrocinio, si bien la aparición de la palabra bohemia, al parecer de los especialistas, quizás sea producto de las necesidades de la rima. Lo cierto es que antes del siglo XV no tenemos ninguna referencia a Bohemia, aunque la devoción ya tiene consistencia en ese momento, puesto que, por ejemplo, se está implantando en la diócesis oscense («fiat per totam diocesim duples de sancta Eurosia, ex eo quia per ipsam fiunt multa miracula et corpus suum gloriosum reperitur iaccensi sede»), con solemnidades de rito doble, procedente de Jaca, donde ya se le rezaba antes del siglo XIV en la fecha del 25 de junio.69 Contemporáneos a esta difusión del culto orosiano en el siglo XV son algunos personajes que, como el soldado y poeta Basurto, se deciden a poner sobre papel las noticias que hay de la mártir protectora de la ciudad de Jaca. Estos autores marcarán la vinculación de la santa con los duques de Bohemia, de uno de los cuales —Moysalv— quiere la tradición que sea hija, nacida en la ciudad de Laspicio70 en el año 864. La historia de este duque es corta, pues, derrotado por sus vecinos, muere dejando huérfana a su hija, que acaba en la corte de uno de los duques sublevados —Boriboi—, quien ejercerá como padre de la princesa. Bautizado el duque, dispondrá el bautismo de su familia en la capilla que edifica en honor de san Clemente en las cercanías de Praga por la influencia de los santos evangelizadores
68. Estrofa IX (ant. 2 del II noct.): «Multe letentur insule / letetur et bohemia / gentis prorsus incredule / omnis absit blasphemia». Antonio Durán Gudiol, «Los santos altoaragoneses: santa Eurosia, virgen y mártir», Argensola, 24 (1955), pp. 297-316, esp. p. 312. En opinión del canónigo oscense, especialista en música e himnos medievales, las palabras insule y, sobre todo, bohemia tienen su origen en el hecho de que son ideales para rimar con incredule y con blasphemia. 69. Ibidem, p. 297, n. 1, para la Consueta oscensis (Archivo de la Catedral de Huesca, 21), en la que se nos habla de la difusión de la devoción a la santa en el siglo XV. Para los asuntos relativos al culto en Jaca, ibidem, p. 306, donde se indica que «El Breviarium oscense sign. 13, mal llamado del obispo Montcada, del mismo Archivo [de la catedral de Huesca], fue escrito para la canónica de San Pedro de aquella ciudad [Jaca], y en su calendario, línea correspondiente al VII kalendas iulii, se lee escrito por la propia mano del copista del códice: Eurosie uirginis, más la rúbrica IX lectionum. Pero en el cuerpo del manuscrito no aparece ni el más ligero texto propio de la festividad litúrgica en honor de santa Eurosia». 70. Para la historia de la santa es fundamental acudir a los trabajos del canónigo archivero de la catedral de Jaca Juan Francisco Aznárez López, especialmente a su Historia de santa Orosia, reina, virgen y mártir, patrona de Jaca, Jaca, Impr. Raro, 1981. Véase también la síntesis de todas las publicaciones en Jesús Pedro Juanín Esteban, Apuntes históricos y fotográficos de santa Orosia, patrona de Jaca y su diócesis, Jaca, Asociación Cultural Jacetana, 2007. Es interesante su capítulo titulado «¿Fue Bohemia la patria de santa Orosia? (Historia o realidad)», pp. 41-48. Estas dos referencias y la de la nota anterior nos evitan abrumar con más referencias bibliográficas.
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Cirilo y Metodio. La niña, a la que bautizarán con el nombre griego de Orosia, o con el eslavo de Dobroslava —que significa igualmente ‘buen rocío’—, será parte de la acción política de su padre tutelar, y se dispondrá su enlace con un príncipe que reinará en lejanas tierras. En este asunto hay divergencias también, y, desde luego, aquí reside la primera gran contradicción puesto que es imposible nacer en el año 864 y venir a casarse con un señor que ha desaparecido en el 711. No obstante, seguiremos planteando el suceso a lo largo de la historia para concluir en una propuesta más lógica para la vida de la santa. Como se decía, la mayor parte de los autores la han traído a la península para casar con el rey visigodo don Rodrigo, el último monarca del Reino de Toledo, que sucumbió en la famosa batalla de Guadalete en la primavera del 711. Quieren estos autores, comenzando por el dramaturgo renacentista Paláu, que al llegar a Hispania se encontrara con la invasión musulmana y fuera apresada por el moro Muza, que la mató.71 Bartolomé Paláu es el autor de la famosa Historia de la gloriosa santa Orosia, considerada la primera obra de historia nacional, que se estrenó en la población turolense de Burbáguena en 1576. En la misma línea se manifestaron el cronista imperial Mariano Sículo en 1533, al contarnos la vida de la santa en su Opus de rebus Hispaniae memorabilibus, y el escritor dominico fray Alonso Venero, que en 1540 y en su Enchiridion de los tiempos habla del martirio de santa Eurosia «en tiempo del rey don Rodrigo, quando los moros destruyeron a España». Dentro del grupo de autores que defienden esta tesis hay que situar a la mayoría de los escritores eclesiásticos de la diócesis, como el canónigo sallentino Vicencio Blasco de Lanuza (en sus Historias eclesiásticas) o el abad Martín Carrillo de Montearagón (Anales y memorias cronológicas, 1620), sin olvidar que sus máximos defensores serán los obispos de Jaca,72 que se pronuncian reiteradamente por situar el martirio de la santa en el momento de la invasión musulmana de la península. Un cambio notable se produce en el siglo XVIII, cuando se publica la gran obra sobre la santa que escribe el canónigo Salvador Alavés y La Sala,73 en
71. José Castán, op. cit., puede aportarnos también muchas referencias bibliográficas y hagiográficas. 72. El obispo fray Malaquías de Asso, en 1601, explicaba con ocasión de su visita reglamentaria a Roma que la tradición dice que la santa fue martirizada cuando «los sarracenos devastaron Hispania». El obispo fray Luis Díez de Aux, en 1618, dice igualmente que el martirio ocurrió «cuando Hispania fue perdida». 73. Compendio de la vida magna disputada de la gloriosa Virgen, casada, mártir y reina de Aragón, y su antigua y primera patrona, y siempre de la ciudad de Jaca y sus montañas, santa Orosia, Zaragoza, 1702. En ella nos explica que la boda se concierta en Roma, a donde van
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la que se reafirma la tesis de su origen centroeuropeo, como hija de los reyes de Bohemia,74 fijando su nacimiento en el año 855.75 La novedad es que no viene a casar con el último rey godo, sino que —con quince años de edad— viene a desposarse con Fortuño Garcés, un monarca inexistente. No era la primera vez que la situaban como esposa del citado príncipe, pues así lo explicaba el notable Tirso de Molina en La joya de las montañas76 y así comenzaron a hacerlo los escritores aragoneses del siglo XVII, empeñados en dar protagonistas aragoneses a los acontecimientos más importantes de nuestra historia. Este cambio de personas suponía también un cambio de siglo para fijar la muerte de la santa, desde el siglo VIII, cuando venía a casarse con el toledano, al IX, cuando viene a matrimoniar con el conde aragonés. Participan de esta opinión, llevando el martirio de la santa en torno a los años 868 y 870, fray Martín de la Cruz77 y fray Pedro de Santiago. En esos tiempos, cuando los estudiosos del tema discutían sobre la fecha de su martirio, más en concreto sobre el siglo en el que pudo ocurrir, surgió una nueva opinión al respecto del origen geográfico de santa Eurosia.
los bohemios a pedir predicadores, y que el autor del acuerdo es el papa Adriano II, que fija el casamiento con el fin de que los bohemios aporten dinero a la lucha contra el musulmán (cap. VII, ff. 54 y ss.). También incluye algunos datos cronológicos sin justificar, como el bautismo en el año 868 (cap. IV, f. 35). 74. Como referencia recordamos que el topónimo Bohemia deriva del nombre que tenía el pueblo celta —los boios— que habitó estas tierras, en las que se introdujo el cristianismo en el siglo IX, cuando formaban parte de la Gran Moravia. En el siglo X se documenta la primera dinastía bohemia —los Premislidas —, que se inicia con Bořivoj I (c. 870-889), y en 1212 el emperador Federico II decidió crear el Reino de Bohemia con unas tierras que se habían incorporado al Sacro Imperio Romano en la décima centuria. 75. En esta misma fecha sitúa su nacimiento un manuscrito, custodiado en el Archivo de la Catedral de Jaca (fondo de Santa Orosia), en el que el canónigo Ramírez, en el año 1766, escribe: «descubriose este esclarecido sol en el oriente feliz del Reino de Bohemia. La concha donde nació y se crio esta preciosa perla fue la ciudad de Laspicio, metrópoli de Lusacia, en el año de ochocientos cincuenta y cinco, de la estirpe real de los reyes de Bohemia». 76. María del Pilar Palomo Vázquez, «Prólogo» a Tirso de Molina, Obras, Barcelona, Vergara, 1968, pp. 11-125, indica que la obra corresponde a los comienzos de este religioso, que aúna asuntos propios de su doble vocación de erudito y religioso: lo histórico-hagiográfico. La obra tiene múltiples ediciones; una de las más recientes en las que puede leerse es la publicada por Linkgua en 2005. El contenido de este discurso de principios del siglo XVII parte del viaje del obispo Acisclo, que se presenta en la corte de Bohemia con el propósito de pedir la mano de Orosia para Fortún Garcés, príncipe de Aragón. El obispo narra la pérdida de España y cómo el islam se extiende por el país. La princesa, inspirada por un ángel, acepta, pero es apresada por los musulmanes y pretendida por uno de sus oficiales. Al final de la pieza literaria, Orosia prefiere el martirio antes que someterse a hombres de otra religión. 77. Esta fecha es aportada en la obra España restaurada en Aragón por el valor de las mujeres de Jaca y sangre de santa Orosia, Zaragoza, Pedro Cabarte, 1627. En esta obra se vinculan la muerte de la santa y la batalla del Primer Viernes de Mayo, e incluso la construcción de la ermita de la Victoria, en un curioso proceso de armar las tradiciones conjuntamente.
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Mientras la literatura hagiográfica se inclina por su vinculación con las tierras del este, surgen en los principios del siglo XVII voces que ponen en duda que sea natural de Bohemia. La primera de ellas es la del padre fray Pedro de Santiago, que escribe a los miembros del Concejo pidiéndoles que abran «aquel sepulcro del campo del Toro» en el que descansa la santa para ver si puede aportar algún documento o cualquier dato.78 Y parece ser que el Concejo le hace caso, puesto que el 11 de julio de 1625 el cabildo atiende este ruego, en concreto para ver si en la bolsita que está dentro del arca de la santa hay papeles que aclaren algo.79 En esos momentos, la uniformidad de criterio que perdura desde el siglo XV se derrumba gracias a las opiniones de algunos autores que comienzan a manifestar que la patria bohemia de la santa no estaba suficientemente probada, que los reyes de aquel lugar no eran cristianos en la época en la que se sitúa esta historia y que además había otras tierras que tenían más fundamento para ser originarias de la santa. Coincide este proceso con el interés que hay en Jaca por profundizar en este asunto, interés que queda patente incluso en los memoriales y las notas manuscritas que van dejando los canónigos jacetanos —sobre Bohemia, sus reyes y su cristianización, entre otras cosas— en la segunda mitad del siglo XVII y muy fundamentalmente a lo largo del XVIII, cuando esta defensa de la patria bohemia se ha llegado a convertir en una auténtica cruzada, que defiende el envío al propio papa —en 1750— de un memorial para explicarle este extremo.80 Pero
78. AMJaca, caja 55, carta de fray Pedro de Santiago al Concejo, 5 de junio de 1625. Este religioso había estado predicando en Jaca y ya anunció que iba a tomar por su cuenta el redactar «la Vida y Martirio de Nuestra Patrona Santa Orosia y que de ella y de las grandezas de la ciudad dispondría un librito que pudiera darse a la estampa». En esta carta plantea sus dudas sobre su origen bohemio y dice que se ha dirigido a cuantos historiadores hay en España para pedirles su opinión. 79. En las actas capitulares, conservadas en el Archivo de la Catedral de Jaca, explica el propio deán cómo Juan Cristóbal de Pioca había «presentado de parte de la ciudad que recibiría fabor que se diesse lugar para que se abra el arca de nuestra patrona para ver si dentro della ay alguna escritura, porque sería de importancia para el padre Anglada que es el que quiere sacar su historia». Se acordó que «hoy a Vísperas» se abra el arca «y se vea el bolsito si ay alguna escritura de nuestra patrona». No sabemos qué encontraron en la bolsita que estaba dentro del arca de la santa, pues nada aclaran las actas capitulares al respecto, aunque es fácil deducir que nada, puesto que no aparece posteriormente ninguna mención a esta cuestión. 80. En el Archivo de la Catedral de Jaca, hoy en el palacio diocesano de Jaca, se conservan tres cajas que forman lo que se conoce como fondo de Santa Orosia, donde hemos incluido todo tipo de notas manuscritas, que llegan a transcribir incluso publicaciones y en las que no faltan algunas de los regidores de la ciudad, como la Noticia histórica de la benida de santa Orosia, virgen y mártir, escrita por don José Ximénez, regidor decano de Jaca a 19 de marzo de 1796 (caja 1, 4). Este fondo conserva también un breve del cabildo de Jaca, enviado al de Praga el 24 de enero de 1757, sobre la patria de santa Orosia y sobre la descendencia de los
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este proceso es de enorme interés para poder conocer mejor la historia de la devoción, sobre todo después de la decisión de la ciudad de Jaca de abrir el sepulcro para ver si se encontraban algunos datos. Veinticinco años después de este intento de documentar la devoción, estallará este problema en toda su virulencia. En 1650 publicaba el hagiógrafo Tamayo y Salazar (1602-1661) su famosa Disertación histórica sobre la verdadera patria de santa Eurosia, virgen y mártir, en cuyas páginas manifiesta que se proponía probar que esta santa «no era bohemia sino francesa», por haber nacido en las tierras aquitanas de los boyos, cuya capital era Bayona.81 La obra, concluida en Madrid el 24 de diciembre de 1649, había sido un regalo del cronista de Aragón Juan Francisco Andrés a los regidores de la «antiquíssima y nobilísima ciudad de Iaca», un tratado que les decía que «excede en la sustancia a quanto hasta agora se ha escrito de S. Eurosia, Patrona i Tutelar defensora de esta Ilustre Ciudad, cuyas reliquias la hazen más famosa que los blasones que adquirió en tantos siglos». Aunque el librito lo pidió el cronista de Aragón para hacerles un regalo, y aunque el autor era un reputado historiador en el mundo de la hagiografía hispana —como autor de los seis tomos del Martirologio latino de los santos de España, de donde sacó el estudio de la santa aragonesa—, la realidad es que estas treinta y dos páginas fueron una auténtica piedra de escándalo en la Iglesia de Jaca y desataron el enfado de la ciudad y el del propio obispo, Jerónimo de Ipenza, que publicó en ese mismo año su Memorial a la Disertación histórica sobre la verdadera patria de santa Orosia de Tamayo, donde defendía la patria bohemia de la princesa Orosia.82 Este
reyes de Bohemia (caja 1, 21), del que es autor el clérigo Ignacio Tapia. Junto a este hay muchos papeles escritos en el siglo XVIII y a principios del XIX, como la Relación de los reyes y duques de Bohemia (caja 1, 47); la Objeción contra los que dicen que santa Orosia no es hija del rey de Bohemia: borrador que trata sobre el estado de Bohemia (caja 2, 69); el manuscrito del siglo XVIII titulado Notas al informe sobre la patria bohemia de santa Orosia, martirizada en torno al 900 (caja 2, 86); o una Copia del capítulo II de un libro en el que se trata de averiguar la época en que se hizo católica Bohemia (caja 3, 109). 81. Así lo concluye en la página 27, cuando dice que «fue la gloriosa Virgen francesa de la provincia de Aquitania, i su Padre Régulo, o Duque de los Boios». En las páginas 28 y 29 explica «el origen del error que percibieron los que copiaron o escrivieron los Breviarios, i aun el que se persuadieron los que le dieron a la estampa, pues por Boia, acaso ignorando el sitio, i paraje desta región, escrivieron sin reparo (o quánto es menester en estos casos!) Boiema, que este es su nombre antiguo y de aí Bohema». Sobre la repercusión en la ciudad véase Domingo J. Buesa Conde, «La asombrosa disertación orosiana de un erudito barroco», El Pirineo Aragonés, 21 de junio de 2002, p. 13. 82. Ramón de Huesca, op. cit., pp. 176-177, nos describe este enfrentamiento entre el turiasonense Jerónimo de Ipenza y el sacerdote Juan Tamayo y Salazar, que «envió a la ciudad de Jaca […] la Disertación sobre la verdadera Patria de Santa Orosia Virgen y Mártir, sacada del
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memorial se imprimió y —en nombre de la ciudad— se envió al hagiógrafo el 29 de julio de 1650. El hagiógrafo no se limitó a leer la disertación del obispo. En 1651 le replicaba con algunas Advertencias al Memorial, criticando sus propuestas de patria y fechas. La cosa iba para largo, puesto que unos meses después (el 8 de diciembre de 1651) salía a la luz otra réplica del obispo a Tamayo bajo el título de Respuesta a las Advertencias contra el Memorial, y las críticas al origen francés de la santa se extenderán más allá de la ciudad de Jaca, puesto que algunos clérigos de la diócesis se encontraban encendidos contra esa usurpación de lo que consideraban eje clave de la vida de Eurosia, mucho más en un momento en el que los gobernantes de esos valles creían que de la nación vecina solo venían herejías y maleficios. No vamos a agotar los ejemplos de la intervención en la polémica del clero rural, pero es un buen ejemplo de ello el libro del rector de Baraguás Lorenzo Campo, que fue escrito en 1654 en contestación a Tamayo y que ocupa veinticuatro hojas manuscritas. Su título es Comentarios sobre la historia de la gloriosa santa Orosia, virgen y mártir, nuestra singular patrona, y su contenido es un alegato evidente sobre su origen bohemio. Pero la posibilidad de diferentes patrias no quedaba cerrada en el debate entre Bohemia y Francia. En el siglo XIX los bolandistas pasan sobre ascuas por la vida y el martirio de la santa, pero acaban planteando que —en su opinión— era española y aragonesa, sobrina del obispo de Huesca san Acisclo.83 La propuesta provocó airadas reacciones, entre las que podemos situar la del padre Ramón de Huesca,84 que señalaba que no había entre los obispos de Huesca ninguno de tal nombre. Esta propuesta, nacida de la revisión de las actas martiriales de la Iglesia occidental, fue recogida por otros autores que comenzaron a aportar su imaginación en esta nueva
tomo tercero del Martirologio de España, que tenía para dar a la estampa, en que pretende probar que la Santa fue natural de Boya en Aquitania». Al respecto de los dos alegatos episcopales, nos explica el padre Huesca (ibidem, p. 177) que «ambos escritos se imprimieron en 46 páginas en folio, y aunque se publicaron en nombre de la ciudad de Jaca es cierto que el Autor fue el Ilustrísimo señor don Gerónimo de Ipenza, como lo dice el doctor Alavés en el Compendio de la Vida magna de Santa Orosia lib. I, cap. 15, pág. 138». 83. Johannus Bollandus, «De Sancta Orosia, Virgine et Martyre Jaccae in Hispania Tarraconense Sylloge Historica», en Acta sanctorum, t. V, 1708, pp. 88 y ss. Véase también Acta sanctorum iunii, VII, París / Roma, 1867, p. 76. 84. Op. cit., p. 234: «como es una mera sospecha, sin otro fundamento que ser la cosa más regular y sencilla, no puede tenerla contra la opinión común y tradición constante de que la Santa fue natural de Boemia, y menos para introducir en el Catálogo de los Obispos de Huesca un Prelado de quien no tiene memoria alguna esta Iglesia».
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línea de investigación hasta llegar a hacer cordobesa a la santa.85 En esta misma línea, Antonio Durán Gudiol86 plantea —en 1955— la idea de considerarla como una mujer de la tierra, quizás hija de un matrimonio mixto, o mejor como una religiosa que ejercía la vida monacal en un eremitorio o monasterio de las tierras del Gállego, de esos que sabemos existían desde la época visigoda y habían pervivido hasta el siglo X, como se ha explicado. Últimamente, el profesor Antonio Ubieto ha planteado una nueva teoría que es sugerente y debería ser estudiada en profundidad.87 Ha escrito que el nombre de Orosia parece proceder de esa colonia de Lusitanos que a principios del siglo XI se trasladaron desde la antigua Lusitania hasta las montañas de Yebra. Desconocemos el nombre y categoría jurídica de quien gobernaba a los mozárabes de Évora a principios del siglo XI. Pero no resulta descabellado pensar que una mujer de su familia llamada Orosia pudo encabezar el grupo de emigrantes lusitanos que se desplazaron desde Évora en la Lusitania hasta la región de Ébora (Yebra) en Aragón. 85. Ramón de Huesca, Teatro histórico de las Iglesias del Reino de Aragón, t. VIII: De la santa Iglesia de Jaca, ed. cit., pp. 233-234: «El P. Fray Thomás de Truxillo en su Tesoro de Predicadores, en el día 25 de junio coloca a Santa Orosia entre los Mártires de Córdova, que padecieron en la persecución de Abdelrahman segundo. Este autor, dice el referido Tamayo, confundió a Santa Áurea de Córdoba con Santa Orosia de Jaca». Quizás la tesis más llamativa la sostuvo, en el siglo XIX, el catedrático y académico Aureliano Fernández-Guerra y Orbe en Don Rodrigo y la Cava, Madrid, Viuda e Hijo de D. E. Aguado, 1877, pp. 17-18, y en El libro de Santoña, Madrid, Impr. de Manuel Tello, 1872, pp. 34-35, donde explica su curiosa propuesta de que la santa era hija de un guerrero que luchó contra el rey don Rodrigo cuando atacó Pamplona y que murió en esa contienda, de modo que acabó tutelada en el año 713 por su tío Acisclo, que, para este autor, no era obispo de Huesca, sino de Segia. Desde las tierras de las Cinco Villas, ante el avance de los musulmanes, decidió buscar la seguridad del Pirineo y acabó en tierras de Yebra de Basa, donde, como ya contara Salvador Alavés y La Sala, op. cit., p. 86, «en la cueva perecieron alanceados el obispo Acisclo, tío de Orosia, con toda su noble familia cristiana mientras peleaban como leones». Vuelve a tratar el tema Aureliano Fernández-Guerra en «Caída y ruina del imperio visigótico español: primer drama que las representó en nuestro teatro. Estudio histórico-crítico de la gloriosa santa Orosia», RHis., III (1883), pp. 179-193. 86. Antonio Durán Gudiol, «Los santos altoaragoneses: santa Eurosia, virgen y mártir», art. cit., se inclina por considerar que «Eurosia, altoaragonesa y jacetana, en edad conveniente profesó como monja en alguno de los numerosos monasterios de tradición visigótica que hubo a ambos lados del río Gállego y en las montañas del Pirineo. Cenobios de vida dura, de una ascesis con todo el rigor que esta palabra requiere». Se refiere además a cómo hacen especial referencia los poemas litúrgicos a la virginidad de la santa como principal título de su belleza espiritual (p. 299, n. 3) y como elemento fundamental de su vida. Después de analizar tres expresiones concretas en las que queda evidente esta apuesta de la santa, concluye con estas palabras: «por si quedase alguna duda, he aquí lo que dice el anónimo al hablar del martirio: “aléjese la salud de los infames que con funesta espada amputaron la cerviz de la virgen consagrada”». 87. En «Inmigración medieval de lusitanos al Alto Aragón», Argensola, 90 (1980), pp. 249259. Para la expedición del rey al-Muqtadir de Zaragoza, véase su nota 18.
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Planteadas las cosas así, era necesario intentar explicar cómo podemos hablar del siglo XI para el martirio de la santa. Pero este extremo lo resuelve recordando que «el año 1070 el rey musulmán de Zaragoza al-Muqtadir realizó una expedición contra las montañas aragonesas, conquistó algunas fortalezas y regresó a Zaragoza lleno de botín». La cuestión del origen aragonés de la santa había estado presente desde mucho antes de que se generase la patria bohemia de Eurosia. Como escriben los regidores de la ciudad de Jaca en el siglo XVI, era conocido para ellos que Alfonso X el Sabio en su General estoria —en el siglo XIII— ya explicaba que Orosia o Eurosia fue hispana y se crio en las montañas, y que padeció martirio en una cueva del Pirineo.88 Las mismas noticias tenían los regidores de la ciudad de lo contenido en el Martirologio de Auch, desaparecido, que ya suponía —en los siglos XIII-XIV— que Orosia fue una mártir hispana.
88. AMJaca, actas municipales, caja 819, f. 38v. La noticia nos lleva a 1260-1284, y parece ser que se conservaba antes del incendio del archivo. Alberto Gómez García, op. cit, pp. 54-55.
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LA DISCUSIÓN SOBRE LA FECHA DEL MARTIRIO
Si este fue el decurso de las discusiones sobre la patria de la santa patrona, no es menos curioso el permanente debate que se ha mantenido abierto durante siglos sobre la fecha de su martirio. Hemos podido apreciar que muchas personas opinaban que la muerte de la santa aconteció en los momentos de la invasión musulmana, o, mejor dicho, en los de la pérdida de España, concepto con el que la unían los grandes dramaturgos de la Edad Moderna. Pero la fragilidad de esta ubicación cronológica pronto quedó demostrada al perder fuerza el criterio de que vino a casarse con el rey don Rodrigo, razón por la cual se desechó justo cuando los cronistas aragoneses querían vincular a la santa con alguno de los personajes que lideraron el origen del condado de Aragón. A excepción de los bolandistas, que en 1867 todavía hablan de su martirio en el año 714.89 Esta tesis, como hemos indicado, llevó a los escritores orosianos a pensar que la santa sufrió martirio en el siglo IX, para unos en torno al año 850 y para otros en los últimos años del siglo. Las fechas se suceden sin mayor rigor, planteando multitud de posibilidades, desde las atrevidas opiniones de fray Pedro de Santiago, luego obispo de Solsona, que supone el martirio entre los años 868 y 870,90 hasta los memoriales que dejan abierta la posibilidad de que sea en el entorno del año 900,91 con lo que se abre el marco del siglo X, e incluso hasta el año 952, que es el que propone el cronista imperial Lorenzo de Padilla.92 Para avanzar en la clarificación de este asunto necesitamos el relato de la tradición del martirio de la santa.
89. Acta sanctorum iunii, ed. cit., p. 76. 90. Aureliano Fernández-Guerra y Orbe, Caída y ruina del imperio visigótico español: primer drama que las representó en nuestro teatro, Madrid, Impr. de M. G. Hernández, 1883, p. 187. 91. ACJaca, fondo de Santa Orosia, caja 2, 86, Notas al informe sobre la patria bohemia de santa Orosia, martirizada en torno al 900, ms. del siglo XVIII. 92. Hace especial mención Juan de Tamayo Salazar, op. cit., p. 7.
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La tradición —según Salvador Alavés y Lasala (1702)—93 explica que Eurosia viene a Aragón con su tío, el obispo Acisclo, y con su hermano, el infante Cornelio, después de que el papa Adriano II concertara su ventajoso casamiento a cambio de que los bohemios aportaran dinero a la lucha contra el musulmán. Cerrado el acuerdo en Roma, en octubre del año 870 comienzan viaje y atraviesan los Pirineos camino de la corte de su prometido, el rey Fortuño Garcés II. Este es el momento en el que los musulmanes, enterados de la llegada de la santa al monte de Yebra, se lo dicen al bárbaro Aben Lupo, de Tena —o Valtierra, según Gómez— ,y este sitia a la princesa, dispuesto a hacerse con ella para regalársela como botín al poderoso Miramolín de Córdoba. Eurosia se niega y le contesta la famosa frase que la llevará al martirio: «No quiero casar con tu rey, ni menos dejar por otra mi Ley, sino estar en aquella de quien me crio». Como consecuencia de la negativa sus acompañantes son acuchillados y a la santa le cortan los brazos, luego las piernas a la altura de las rodillas y por último la cabeza. Según el relato tradicional, en ese momento brotó «una fuente copiosísima de agua» en la llanura del monte, la pradera se llenó de rosas rojas y su cuerpo fue enterrado por ángeles. Perdida la noción del lugar del enterramiento, habrá que esperar a que lo descubra un pastor llamado Guillén, originario del lugar de Guasillo, que al encontrarlo dispone que la cabeza permanezca en el lugar del martirio, en Yebra, y que el cuerpo sea llevado a la ciudad de Jaca, que —como dice el oficio de la santa— «de nuevo era poblada». Quiere la tradición que esto ocurra el 25 de junio de 1072, curiosamente en el momento en que, como sabemos actualmente, la ciudad de Jaca está siendo fundada sobre la vieja villa real de Jaca. Al acercarse a la nueva capital del reino, obra de Sancho Ramírez, quiere el relato que las campanas vayan anunciando el paso de los restos por todos los lugares, y aun en la propia ciudad, en la que fueron recibidos con júbilo. Por lo tanto, hay que tener en cuenta dos momentos: el del martirio y el de la invención de las reliquias, que puede quedar fijado en los finales del siglo XI, hacia el año 1072. Respecto al martirio, el regidor Jiménez de Zenarbe escribió en un memorable discurso pronunciado el 19 de marzo de 1796 que los miembros de la comitiva de la santa «a poco tiempo fueron descubiertos de una gran patrulla de estos enemigos acaudillados de Maomad aben Lupo, capitán de Maomat rei de Córdoba», y, por cierto, «apoderados del admirable relicario que incluía la cueva que lo custodiaba, quedó absorto Maomat al ver la hermosura de la santa». Recogiendo 93. Op. cit., caps. VII, VIII y IX.
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estas mismas pautas del relato antiguo, el jacetano asegura que aquí comenzó el calvario de la joven Eurosia, puesto que estaba destinada a ser entregada al propio emir, asunto que imposibilitaría el martirio de la santa, que dicen que acaeció en el año 870. Concretándonos a fines del siglo IX, en el territorio aragonés existe un caudillo muy poderoso que es el temido valí de Huesca Muhammad al-Tawil, apodado el Largo por su aventajada estatura y esposo de doña Sancha, hija del conde Aznar Galíndez II de Aragón. Curiosamente, uno de sus hijos, llamado Lubb, fue valí de Barbastro a mediados del siglo X. Pero además existen en esos momentos del final del siglo IX el poderoso Muhammad ibn Lubb, gobernador de Boltaña, que murió en el año 898, y su hijo Lubb ibn Muhammad, que falleció en el 907, quienes ostentaron poder y gobierno por los distritos altoaragoneses. Visto este asunto, y constatada la existencia de varios caudillos musulmanes con el nombre de Lubb, que el cronista pudo transcribir como Aben Lupo, podemos plantearnos cuándo y por qué se produciría esta matanza en el monte de Yebra. El territorio de la Marca Superior de al-Ándalus vive tensiones muy fuertes en torno a la mitad del siglo IX, cuando sus gobernantes se debaten entre obedecer o rebelarse contra el emir cordobés Abd al-Rahman II. Estas tensiones provocan permanentes movimientos de tropas que se manifiestan en múltiples ataques, entre los que podemos seleccionar dos momentos, partiendo de la fecha que acepta la tradición como referencia martirial. Sabemos que hacia el año 870 existió una rebelión en las tierras altoaragonesas contra el emir de Huesca Musa ibn Galindo, en combinación con su primo Lubb in Zakariyya y con la intervención del emir Muhammad I, que envió tropas mercenarias a la ciudad. Este es el emir con el cual quiso reconciliarse el rebelde Muhammad ibn Lubb, o Lupp, que le entregó la propia ciudad de Zaragoza en el año 884. A este primer escenario sucederá un segundo momento que se vive en torno al 960, cuando, según explica un cronista árabe, el valí de Huesca —probablemente un nieto de al-Tawil conocido como Abd al-Malik ibn Musa— realizó un ataque militar en el que recorrió las zonas del Gállego y llegó a ocupar el castillo de Hins Yabba, que para los arabistas es precisamente el castillo de Yebra de Basa.94
94. José María Lacarra y de Miguel, Historia política del Reino de Navarra: desde sus orígenes hasta su incorporación a Castilla, Pamplona, Aranzadi, 1972, vol. I, p. 143. El primero que localizó este castillo de Hins Yabba en Yebra de Basa fue el gran arabista Évariste LéviProvençal, España musulmana: hasta la caída del Califato de Córdoba (711-1031 de J. C.), Madrid, Espasa-Calpe (Historia de España, IV), 1950.
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El ataque de los musulmanes al castillo del valle del Basa era el castigo que infligían los musulmanes oscenses a las tropas del Reino de Pamplona y el condado de Aragón, ambos gobernados por el monarca Sancho Garcés II (938-994) como hijo del rey pamplonés García Sánchez y de la condesa aragonesa Endregoto Galíndez, que habían intentado conquistar Huesca. El ataque a la poderosa ciudad de la llanura se había iniciado en el año 941 y concluía con la derrota de los expedicionarios en mayo del año 942. Aunque la campaña no sirvió para expansionar el territorio del reino pirenaico ni para poder controlar el camino del valle del Basa, que —por Nocito— ponía en comunicación las tierras del Gállego y el Aragón con Huesca, tuvo al final como razón la salvación de un grupo de mozárabes que iban a tener que vivir complicados tiempos en la ciudad de Huesca y sus alrededores. Por ello, seguramente incluidos el obispo y las jerarquías de la comunidad, un grupo de mozárabes cristianos llegan a esta tierra del monte de Yebra y quizás establecen en ella sus espacios de oración. Mientras suceden todos estos avatares, que marcan el interés que tienen los monarcas pirenaicos por este camino hacia Huesca, el conde Fortuño Jiménez ejerce el gobierno como tutor del heredero, tal vez durante un amplio periodo, antes de la elevación al trono de Sancho Garcés II. Recuerdo que en la tradición de los textos medievales de la santa se menciona un conde Fortuño gobernando en estas tierras. En esta ofensiva el musulmán logró sembrar el pánico en las tierras serrablesas del Gállego, puesto que en el año 960 Abd al-Malik ibn Musa, valí de Huesca y nieto del caudillo al-Tawil —en consecuencia, sobrino de Muhammad ibn Lubb—, conquista el castillo de Yebra de Basa y logra capturar un inmenso botín de monedas, armas, cereales y ganado lanar, vacuno y caballar, así como muchos prisioneros, lo que lo convierte en un héroe en la frontera superior de al-Ándalus. La ocupación de la fortaleza se acompañó de la recuperación del control de la vía hacia Huesca —utilizada desde tiempos prehistóricos— que vigilaba el indicado castillo. La riqueza de la evangelización llevada a cabo, por los condes primero y por los reyes después, en las tierras del valle del Gállego había provocado el establecimiento de varios pequeños monasterios y de algunos eremitas. A ellos se habían unido, unas décadas antes, los mozárabes salvados de la ciudad de Huesca, algunos de los cuales se debieron de integrar en las pequeñas comunidades que jalonaban el territorio. Para cerrar la operación del musulmán, una expedición de castigo claramente, posiblemente se produjeron algunos asaltos a espacios de vida religiosa protegidos por las balmas o grutas, como los que había en el propio monte de Yebra, que no podían ser mantenidos después de la recuperación musulmana de la torre fortificada.
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Esta operación y este ataque, que tienen lógica, podrían ser el marco cronológico para situar la muerte violenta de la mártir Eurosia, puesto que el marco espacial del suceso —los montes de Yebra— es el mismo que tiene la operación militar del año 960. En mi opinión, sería quizás esta fecha la que más sentido tendría de todas las que se barajan en esta serie de propuestas, que hay que reconocer que están faltas de mayor información documental. Pero, en este campo de las suposiciones, en el que lo único que nos queda es situar sin fantasías históricas los datos y los personajes que tenemos, aún debemos por lo menos citar otro momento de tensión, que vendría unido a la presencia en las tierras presididas por el orosiano monte Oturia de esos mozárabes lusitanos llegados de tierras de Évora a principios del siglo XI.95 Nos referimos al año 1070, cuando «el rey musulmán de Zaragoza al-Muqtadir realizó una expedición contra las montañas aragonesas, conquistó algunas fortalezas y regresó a Zaragoza lleno de botín». En esa correría por el territorio bien pudieron producirse algunas muertes de gentes que, sucesoras de esos colonos lusitanos, vivían su cristianismo de manera intensa y ejemplar. Entre ellas pudo estar santa Eurosia, que sería martirizada como medio de castigar profundamente a la sociedad que admiraba a estas mujeres consagradas a Dios. Estamos justamente en los mismos años en los que se fundó la ciudad de Jaca, el momento en el que una parte de la santa pudo ser llevada allí para que se convirtiera en el referente espiritual de la nueva capital de Aragón. Todo ello, la coincidencia de referencias tanto en la incursión musulmana del año 960 como en la de 1070, son meras anotaciones que no pueden sostenerse actualmente con los datos de los que disponemos, aunque nos permiten dos reflexiones evidentes: en primer lugar, que estamos en un tiempo donde ser cristiano llega a ser sinónimo de ser enemigo para los habitantes del territorio musulmán, y en segundo lugar, que el martirio de la santa se sitúa sin duda en este proceso de conflicto entre el cristianismo y el poder musulmán, que —después del 850— se empeñó en debilitar la pacífica coexistencia que venían manteniendo las dos religiones. El caso es que el cuerpo de la santa se convirtió en la reliquia vinculada a la fundación de Jaca, y por ello se colocó en una capilla en el cementerio mayor, sito en la actual plaza de Biscós, desde donde se sacaba en
95. Antonio Ubieto Arteta, «Inmigración medieval de lusitanos al Alto Aragón», art. cit., p. 259, n. 18.
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procesión el arca santa, según recogen ya documentos de 1219. A esta urna de plata, que en 1420 ya tiene varias llaves, la preceden las cruces antes de 1445, y será en el siglo XV cuando se coloque en el altar mayor de la catedral, en un armario pintado por Juan de la Abadía.96
96. Alberto Gómez García, op. cit, pp. 118-125. M.ª Isabel Oliván Jarque, «El retablo mayor de la catedral de Jaca (1598-1604)», Aragonia Sacra, I (1986), pp. 7-27.
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LA UNIVERSALIZACIÓN DEL CULTO A LA SANTA
Santa Orosia es el motor de gran parte de la historia y de la cultura de esta diócesis que la tiene por patrona, e incluso es reconocido que la santa es uno de los pilares de la civilización pirenaica. En todo caso, estamos hablando de una devoción que ha resistido el paso del tiempo, ha llegado hasta nuestros días —con mayor solidez si cabe—97 y se ha extendido por los territorios que la Corona española iba incorporando a su Imperio. Documentamos importantes núcleos de devoción en Europa, en Hispanoamérica y especialmente en tierras del norte de Italia, donde, en la provincia de Mantua,98 tiene una enorme importancia para las comunidades agrícolas desde el siglo XVI, momento en el que llega a esa zona llevada por los soldados de Carlos V que luchan en la Lombardía. Es en la Edad Moderna cuando la devoción se impone en las grandes ciudades españolas —en el convento de los Agustinos Recoletos de Madrid habrá altar dedicado a la santa desde 1638, y en el colegio de San Francisco de Paula de Sevilla, desde 1726— y cuando se extiende por todo el territorio aragonés, donde tendrá un especial sentido en la turolense Burbáguena, que estrenó altar en
97. Domingo J. Buesa Conde, «Santa Eurosia en los espacios de Internet: una ventana a las curiosidades», El Pirineo Aragonés, 24 de junio de 2011, pp. 12-13. 98. Elena Pradi ha realizado su tesis de licenciatura sobre Santa Eurosia en la provincia de Mantua. Es curioso aportar en estas páginas la oración que los italianos rezan a la santa: «O gloriosa S. Eurosia che sacrificaste il sangue e la vita per confessare la fede, otteneteci dal Signore la grazia di essere con voi disposti a soffrire per amor suo qualunque affronto e qualunque tormento, anzi che perdere una sola delle cristiane virtù; fate che, in mancanza di carnefici, sappiamo da noi stessi mortificare la nostra carne cogli esercizi della penitenza, affinchè morendo volontariamente al mondo e a noi medesimi, meritiamo di vivere a Dio in questa vita, per essere poi con Dio in tutti secoli dei secoli. Cosi sia». En ACJaca, fondo de Santa Orosia, papeles, caja 3, 150, se conserva una carta del obispo Vesiano al obispo de Jaca para la extensión del culto de la santa a la ciudad de Como, en Italia. En el documento 38 (Ferrara, 29 de agosto de 1795) del mismo fondo de Santa Orosia, caja 1, se pide que se envíe una copia del rezo de la santa al ducado de Ferrara, en cuya iglesia ya hay un retrato de la mártir.
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1576, aunque es uno de los lugares en los que se puede documentar la devoción desde antiguo. Ese momento del Renacimiento fue igualmente uno de los más intensos en manifestaciones culturales para este fervor, especialmente en el mundo literario, que producirá varias obras inspiradas en la narración escrita a finales del siglo XV por el jacetano Fernardo Basurto en agradecimiento a que curó de sus heridas por mediación de la santa. Esta obra, compuesta por este soldado al servicio de los Reyes Católicos, inspiró los oficios litúrgicos que se incluyen en los breviarios de Tarragona99 (1538) y Huesca (1547), y fue el relato que sirvió de base para el primer drama español de tema histórico,100 que, bajo el título Historia de la gloriosa santa Orosia, escribió Bartolomé Paláu y fue estrenado, como ya señalamos, en 1576 en Burbáguena. Así sentaba sus bases la dimensión literaria de esta santa altoaragonesa,101 que volvería a protagonizar notables obras de grandes literatos como Tirso de Molina —quien se dedica a dramatizar la historia orosiana en su pieza teatral La joya de las montañas—102 y que estaría muy presente en obras ilustradas como la Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas, alias Zotes, que nos habla de un predicador leonés en cuya persona quiere el jesuita padre Isla censurar el engolamiento de los oradores barrocos.103 En sus páginas se habla de una cofradía de Santa Orosia y se hace especial demostración de conocer muy bien la ciudad de Jaca y la importancia que en ella tiene este culto.104 Posteriormente a esta extensa
99. Breviario Tarraconense, dado a la estampa en la imprenta de Juan Bosembach, cuando era arzobispo Pedro Folch de Cardona. Inserta el oficio de la santa con variantes dignas de estudio. 100. Véase la edición de Oleh Mazur, Historia de la gloriosa santa Orosia: primer drama de historia nacional, Madrid, Playor, 1986. Francisco Yndurain, «Para la cronología de la Historia de santa Orosia, de Bartolomé Paláu», Archivo de Filología Aragonesa, V (1953), pp. 167-169. 101. Domingo J. Buesa Conde, «Meditaciones orosianas en el siglo XVII: la historia de unas opiniones barrocas», El Pirineo Aragonés, 20 de junio de 2003, pp. 12-13. 102. Comedias de Tirso de Molina, vol. II, Madrid, Bailly Baillière, 1907. Hay edición digital en la Biblioteca Virtual Universal <http://www.biblioteca.org.ar/>. 103. José Francisco de Isla y Rojo, Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas, alias Zotes, Madrid, Impr. Gabriel Ramírez, 1758, libro III. Utilizamos la edición de Madrid, Cátedra, 1995. En esta obra, el mosén jaqués, que se llama Guillén —como el pastor que recuperó los restos de la santa—, es presentado como un santo que ejerce de cura en tierras leonesas y —al hacerse cargo de su iglesia—había explicado que «en la zuidá de Jaca, donde él nació, tienen grandísima devoción con Santa Orosia, que es su patrona, él también se la tiene; y como mi lugar se llama Jaca la Chica, nos perdicó en un sermón (¡Válgame Dios! ¡Y qué sermón nos perdicó!) que sería güeno que tuviese la misma patrona que Jaca la Grande». 104. Domingo J. Buesa Conde, «Jaca y Santa Orosia en la famosa historia de fray Gerundio de Campazas», El Pirineo Aragonés, 19 de junio de 2009, pp. 18-19.
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referencia hallaremos abundantes menciones de la santa, aunque podemos seleccionar la que hace Benito Pérez Galdós, uno de cuyos personajes, Ginés, recuerda la condición de abogada contra los malos encuentros que tenía santa Orosia.105 Al igual que la santa, sus romerías y su culto público han sido objeto de importantes estudios, a los que no nos vamos a referir por extenso, aunque es importante recordar que sus procesiones se reglamentaron desde muy antiguo106 y que la de Jaca adquirió fama por la presencia de los denominados espirituados, que iban buscando la curación bajo la peana de la santa en la solemne procesión que recorre la ciudad desde el medievo. Aparte de los estudios científicos y la referencia a esta dimensión de la santa como benefactora de las personas poseídas, reconocida expresamente por los bolandistas, no faltan las novelas que captan y describen el ambiente de la procesión a principios del siglo XX.107 La riqueza espiritual de esta devoción ha captado la atención de otros creadores, en concreto de los músicos, que nos han legado un importante patrimonio de villancicos, conservados en la catedral de Jaca, en los que se canta a la santa, especialmente a lo largo del siglo XVIII.108 La devoción a la
105. Los condenados, escena III. Aparece Ginés y exclama: «¡Válgame Santa Orosia bendita, abogada contra los malos encuentros!». Concluye con la referencia a la túnica de la santa exclamando aquello de «Por la túnica de Santa Orosia… ¡Qué santa más salada!» (escena V, 80). 106. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: historia de una ciudad, ed. cit., pp. 156-157. En 1518 Nicolao Sanclemente, de Jaca, y Jaime Oliván, de Baranguá, redactan el Libro de las constituciones. En 1719 se actualiza la Regla de la romería de nuestra patrona, reina, virgen y mártir santa Orosia del Campo de Jaca. 107. Carmen de Burgos Seguí, Los espirituados, Madrid, Rivadeneyra, 1923. Sobre esta interesante novela —firmada con el seudónimo de Colombine— he publicado un estudio introductorio, «Viaje a las tradiciones de una ciudad románica», que sirve de preámbulo a la última edición (Zaragoza, Prames, 2012). En ese texto señalaba que «La novela Los espirituados, titulada en una segunda publicación como Los endemoniados de Jaca, es el relato de un romance entre un funcionario liberal que llega a Jaca —colocado por un “cacique” después de no haber logrado pasar de primero de Derecho en su aventura universitaria— y una hermosa jacetana, a la que iremos descubriendo como una persona angustiada por el fanatismo religioso y por una familia burguesa muy apegada a la tradición. Ese enfrentamiento de dos concepciones del mundo, por supuesto del matrimonio, van a chocar en el escenario de una sociedad muy organizada, que agota sus días en una ciudad que intenta salir del pasado, buscando nuevos mercados y nuevos alicientes para convertirse en un punto de veraneo» en la primavera de 1922. 108. Catalogados y estudiados por el canónigo archivero y organista monseñor Jesús Lizalde, constituyen el Fondo Musical del Archivo de la Catedral de Jaca. Allí hay producciones de maestros de capilla capitulares como Blas Bosqued, que hizo varias arias a santa Orosia, como la titulada Postrate humilde, o aria a santa Orosia, con violines y órgano («Victoria en dura guerra / Orosia logra triunfante») o la famosa aria a santa Orosia con violines, bajón obligado y trompas que se estrena en 1784 («Cantad, Jaca, dichosa, que tenéis por patrona a santa Orosia, quien en
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patrona de la diócesis ha generado igualmente un importante patrimonio artístico que comienza por las primeras obras que la representan, tanto en Yebra de Basa como en Jaca. En Yebra de Basa se conserva la cabeza de la santa, cuyo cráneo se encuentra en un relicario en forma de busto de plata repujada y policromada de la segunda mitad del siglo XV, con una corona realizada en 1655.109 En Jaca está el cuerpo de la santa, en una urna que sabemos que desde la Baja Edad Media se guarda en la catedral y de la que hay varias llaves custodiadas por la ciudad y el clero capitular, que es siempre el que abre el arca usando las llaves que guardan los demás. Y en la catedral sabemos que hay un retablo «de pincel, que es la historia de santa Eurosia», que funciona desde su consagración a fines del siglo XV como retablo mayor.110 Pintado por Juan de la Abadía,111 tenía en uno de sus lados un a modo de armario que guardaba la urna con los restos de la santa, la primitiva urna112 que acabó entregándose a trocitos a todos los que
toda tempestad nos faborece, quando el cielo irritado nos ofrece, acudid a nuestro asilo jenerosa y contad la victoria a nuestra Orosia. La nube alterada promete irritada y rasgando sus senos relámpagos, truenos, azul tempestad»). Tampoco faltan villancicos de tonadilla con violines, como el estrenado en la fiesta de la santa en 1773 («Muchachos al bayle, jaqueses tonada, pues de Orosia ahora gozosos nos llama el culto festibo, la alegre algazara»). Domingo Jesús Lizalde Giménez, «La catedral de Jaca canta a Santa Orosia», El Pirineo Aragonés, 24 de junio de 2005, p. 17. Idem, «La catedral de Jaca y su capilla de música», La Estela, 13 (2005). Óscar Latas Alegre, «Unos villancicos dedicados a santa Orosia, del siglo XVII», Serrablo, 156 (2010). En estos momentos está realizando su estudio sobre los villancicos dedicados a la santa la musicóloga Sara Escuer Salcedo, y hay que acudir también al trabajo de Miguel Ángel Marín López Antología musical de la catedral de Jaca en el siglo XVIII, Huesca, IEA, 2002. 109. Antonio Durán Gudiol y Domingo J. Buesa Conde, Guía monumental de Serrablo, Madrid, Ministerio de Educación y Ciencia, 1978, pp. 111-112. 110. Anselmo Gascón de Gotor Giménez, Nueve catedrales en Aragón, Zaragoza, Impr. Cervantes, 1945, p. 36. Ricardo del Arco y Garay, «Un gran pintor cuatrocentista aragonés (Juan de la Abadía)», Seminario de Arte Aragonés, I (1945), pp. 17-30. Juan Francisco Aznárez López, Historia de santa Orosia, reina, virgen y mártir, patrona de Jaca, ed. cit., habla de que la figura más antigua de santa Orosia que conocemos en la actualidad es la de la iglesia de Puendeluna (Zaragoza), en la que se le representa como mártir con aureola y con la palma del martirio y un libro en la mano izquierda, y el alfanje con el que la decapitaron en la derecha. 111. ACJaca, Liber Ecclesiae Iaccensi, f. 1v, que dice: «Yo Iohan dela Abadía pintor abitante en la ciudat de Güesca otrogo aver recebido del Capítol de Jaca cincuanta sueldos por razón del retaulo de santa Eurosia por manos de Domingo Belenguer sobsacristán, día lunes a XXVI de octubre lanio de mil CCCC LXXXXV». Cuando en 1598 se coloque el nuevo de piedra la imagen de santa Orosia seguirá estando presente. 112. ACJaca, fondo de Santa Orosia, papeles, caja 3, documento 147, Libro de la fábrica de la caxa y capilla de senyora sancta Eurosia, 1552-1583, en el que se explica que se decidió «se reiciese i reparase larqua de santa Eurosia» mientras era prior Domingo Especiello. Trabajó en ella Lorenzo Martón, platero de Zaragoza, por un gasto de 3003 sueldos y 9 dineros. Hizo dos cerrajas el cerrajero Antón y unos listones Pedro Bernués, y en el arca se puso seda y el colchoncito de la santa, además de dos cintas.
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contribuyeron fuertemente a la construcción del soberbio arcón de plata que se labró en el siglo XVIII, encargado al platero José Aznárez el 30 de julio de 1728, después de un largo período de abundantes lluvias. Esto ocurría pocos años antes de que se decidiera mandar hacer la de los santos Voto y Félix, de 1734, situada a la izquierda de la santa, y la de san Indalecio, que se ubicó en 1735 a la derecha de la santa que preside, bajo el altar del ábside central del templo. Poco antes, hacia 1680, se está construyendo en la catedral de Jaca la nueva capilla de santa Orosia, de nave única, cubierta con bóveda de arista dividida en dos tramos, y en la cabecera cuadrada sobre tambor y pechinas.113 Un espacio pequeño pero cuidado que se corona con una hermosa cúpula en la que se pinta la apoteosis de la santa, que está subiendo al encuentro de Cristo entre una corte de ángeles y santas. Abajo, en las pechinas, irrumpe la iconografía de los santos que acompañan a Eurosia en el relato de su martirio, su hermano Cornelio y su tío el obispo Acisclo, junto a san Juan Bautista, el precursor, y a san Pedro, que era el santo titular de la catedral jaquesa. En esta pequeña capilla, situada a los pies de la nave del evangelio, se colocó un retablo barroco de tipo churrigueresco y se ejecutó una decoración mural que ornamenta los muros con escenas historiadas de la vida de la santa y con curiosos trampantojos que imitan vanos.114 La imagen de la titular es una magnífica obra barroca que nos presenta a la santa con la iconografía habitual. Lleva corona, mantenida sobre su cabeza por dos ángeles, el cetro en la mano derecha —que la tiene levantada— y la palma del martirio en la izquierda, que aparece abierta, con lo que no estarán de acuerdo las esculturas posteriores a 1900, que ofrecen la palma del martirio sostenida por el brazo izquierdo, doblado para llevar la mano al corazón. Esta imagen de la santa se difundió de manera especial en las estampas que han circulado desde hace siglos por estas tierras y que responden a modelos muy fijos: la escena que describe el momento en el que el musulmán va a decapitar a santa Orosia, arrodillada en actitud de rezar; aquella en la que la santa asciende al cielo en premio a su sacrificio, y una en la que se la representa entre nubes, extendiendo su protección a
113. Domingo J. Buesa Conde, «La capilla de santa Orosia en la catedral de Jaca», El Pirineo Aragonés, 24 de junio de 1999, pp. 15-18. 114. Como era de esperar, muy pronto las escenas murales acabaron ocultas tras unos lienzos que repetían casi idénticamente la secuencia narrada y que aportaban más modernidad y más calidad al conjunto. El autor de esta obra sería el pintor oscense Luis Muñoz, que iba a cobrar 95 libras por el primer plazo de los cinco cuadros que el 23 de enero de 1789 se comprometía a pintar. Tras la restauración de la capilla, en el año 1998, estos grandes lienzos los trasladamos a la iglesia de la Estación de Jaca.
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las gentes del territorio. En este último caso, el modelo más copiado es el del cuadro que pintara León Abadías recreándose en los personajes que —con trajes propios de estos valles—115 están rezando a la santa, que aparece entre nubes, coronada y con ángeles que portan la palma del martirio y la corona de flores que simboliza su virginidad. Pero lo que más contribuyó a difundir la iconografía de santa Orosia fueron las escenas de su vida. Las que se representaron en su arca funeraria dieciochesca eran las mismas que un siglo antes se pintaron en las paredes de la capilla barroca de la catedral: el propio martirio, la llegada de los restos a la ciudad, la milagrosa curación de un ciego, la resurrección de una niña bohemia, la esconjuración de las tormentas y el terrible suceso acaecido al obispo Juan de Aragón cuando intentaba sacar una reliquia. Sobre la puerta de la sacristía está la escena del martirio de la santa, que viste noblemente y se peina con un collar de perlas enroscado a la moda del momento. La figura de la santa adquiere todo el protagonismo, y destaca su mirada firme hacia el verdugo mientras un ángel porta sobre su cabeza la corona martirial. En un escenario acotado por montañas, a la derecha se muestran los restos de los compañeros decapitados y a la izquierda están las tropas musulmanas, que portan una anacrónica bandera con barras y media luna. Se disponen en formación ordenada por las lanzas y los soldados visten a la moda del ejército de los Austrias. Frente a esta escena se ubica, en el lado de la epístola, la representación de la llegada del cuerpo de la santa a la ciudad de Jaca, que —como indica la tradición— acaeció el 25 de junio del año 1072. El pastor, vestido de paño, lleva en su espalda el saco de las reliquias. Por una de las puertas de la muralla jaquesa salen procesionalmente a su encuentro el cabildo, el obispo y los regidores, que —a la moda del XVII— llevan golilla. En este mismo lado de la epístola sucede la segunda escena, que narra el intento de sacar una reliquia que protagonizó el obispo Juan de Aragón y Navarra, personaje que acabó convertido en un gran devoto de la santa. En el año 1503, este obispo de Huesca-Jaca quiso hacerse con un trocito de la cabeza de Orosia, pero después de padecer algunos terribles avatares acabó devolviendo la reliquia a Yebra de Basa. El muralista lo ha representado ante la bandeja que guarda la cabeza y en el momento de arrancarle parte de su cuero cabelludo. El arca, abierta sobre el altar, está vacía y hay unas mujeres que contemplan la escena arrodilladas mientras tres 115. Victoriano Manuel Biscós y Piedrafita, Novena de santa Orosia, patrona de Jaca y su diócesis, Madrid, Impr. Ducazcal, 1903, incluye un grabado de la santa mártir, a cuyos pies se representan gentes con trajes típicos de Jaca. ACJaca, fondo de Santa Orosia, libros, 6.
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Capilla de santa Orosia de la catedral de Jaca. (Archivo del Museo Diocesano de Jaca)
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hombres cuchichean en un lateral de este escenario, que quiere recordarnos un gran templo. La tercera escena del lado derecho de la capilla, situada junto a la entrada, es la de las veneraciones o la solemne esconjuración desde el atrio de la catedral. En el atrio principal está el capellán arrojando agua bendita hacia un cielo ennegrecido en el que un rompimiento de nubes nos muestra los rayos mientras una mujer y su hijo observan a los dos romeros que escoltan con hachones encendidos el arca —forrada de terciopelo rojo— que custodia el cuerpo de la santa. Esta escena nos acerca al papel fundamental —ampliamente documentado notarialmente— jugado por las reliquias de la santa en relación con el agua, no solo para esconjurar las amenazas de la tormenta estival cuya lluvia acaba con la cosecha, sino también para pedir agua del cielo en momentos de sequía. Dos ejemplos de entre cientos: los de Sádaba subieron a pedir agua el 28 de abril de 1680 y la lluvia cayó sobre sus tierras cuando estaban en Jaca; el domingo 19 de septiembre de 1700 hubo veneración en Jaca y aquella misma tarde, después de dos meses de sequía, llovió. En el lado del evangelio se suceden dos famosos milagros. El primero habla de la resurrección de una joven, natural de Bohemia como la santa, y la escena está presidida por la figura de Orosia con la palma del martirio en las manos y sobre nubes. La arqueta se encuentra sobre el altar y la difunta —que se va incorporando— está tumbada en el suelo entre velas. El siguiente hace referencia a la recuperación de la vista del caballero de Apiés Pedro Hernández, que, según cuenta el historiador Blasco, cuando estuvo ante el paisaje de la ciudad, «al punto abrió los ojos y pudo ver la ciudad de Jaca». El ciego está arrodillado junto a otra persona que le ayuda y por la escena se distribuyen otros personajes. Al fondo está la ciudad de Jaca, con todo su juego de murallas y torres, y, al pie de la meseta, el río Aragón con un airoso puente de dos arcadas. No sabemos la razón por la que se eligió este milagro de restablecimiento de la visión, puesto que en 1674 fue más nombrada la recuperación de la vista que vivió el pastor Baltasar Garcés, de Jaca, cuando sus padres lo introdujeron en la procesión bajo la peana de la santa, un acontecimiento relatado por muchos testigos del suceso. Estas escenas incluyen varios milagros producidos por intercesión de la santa y reconocidos en su momento por los jacetanos que testifican sobre la curación de la ceguera o de problemas de huesos. Se trata de milagros que acontecen ante cientos de personas, ante multitudinarios grupos de gentes que son testigos de la curación, al igual que ocurre con la intervención de la santa en momentos de graves sequías o de otras alteraciones del
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clima que se solucionan tras las habituales rogativas, utilizadas como último intento de salvaguardar lo que constituye el sustento de las familias en una economía fundamentalmente agrícola. Hay cientos de ejemplos en los documentos municipales y capitulares, pero podemos referirnos al modo en que se terminó la pertinaz sequía de 1648. El lunes 23 de febrero, tras misas y procesiones, se decidió hacer la veneración de la santa para pedir agua. Dijo la misa el deán de la catedral, y poco después cuenta un jacetano que «nos socorrió con agua desde las 6 de la tarde hasta las 8 del siguiente día y continuó el temporal de abundante agua hasta las seis de la tarde». Cuarenta y ocho horas sin dejar de llover tras una sequía de meses, pero además de una lluvia que sería tan persistente en los meses siguientes que acabaría produciendo problemas. El otro campo de intercesión de la santa es el relativo a las curaciones de personas espirituadas, poseídas por el mal y con graves problemas de alteraciones psíquicas. Estas personas iban en procesión bajo la peana que todos los años, cada 25 de junio, salía sustentando la urna de la santa desde la catedral. Los danzantes las acompañaban con sus paloteados hasta la capilla primitiva de la santa, que se encontraba en la vieja muralla medieval, en el antiguo Campo del Toro, que funcionó como cementerio mayor de la ciudad durante siglos. En este pequeño veneratorio, en cuya parte baja se encontraba la tumba del pastor que trajo a Jaca los restos de la santa, era donde se exhibían esos restos después de ir sacando los mantos que los protegían. Aunque la organización del espacio como veneratorio de la santa podría ser obra del XVI, producto del mecenazgo del poderoso mercader jacetano Juan de Lasala, todo indica que podría tener alguna construcción bajomedieval que se redujera al interior de un torreón de la muralla. Sufrió algunas reformas y modernizaciones hasta el siglo XVII, cuando se amplió el balcón para mostrar las reliquias y albergar a los regidores de la ciudad, que hasta entonces lo veían desde un balcón lateral de la plaza. Sabemos que a finales del XVII, mientras se sacan y muestran las cuarenta mantillas que envuelven el cuerpo de la santa, «las dos compañías de Danzarines con sus salterios, la una delante de la Capilla y la otra en presencia de la Ciudad, entretienen con primorosas mudanzas y sentenciosas liras que hacen y dicen a la santa».116
116. Salvador Alavés y La Sala, op. cit., pp. 165-166. Cuenta también que al mostrar las reliquias hay «tres tiros gruesos de artillería en San Pedro de Jaca» y que al día siguiente, si no es festivo, «tiene prevenida la ciudad una famosa corrida de toros». Anteriormente (pp. 161 y ss.), nos dice que dan «un realce entretenidamente alegre a la grandeza de la procesión, y muy
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Se derribó con las murallas en 1907, y en donde estaba se levantó el nuevo templete de la santa, un edificio con una brillante cúpula bulbiforme con linterna que fue concluido en 1912 gracias a los apoyos del sacerdote Victoriano Biscós, en honor del cual se dio nombre a la plaza que ocupaba el antiguo Campo del Toro. Demolido sin ninguna razón y con el más absoluto de los desprecios a la historia de la ciudad, en 1968 se dejó la plaza sin templete dedicado a la santa y se rompió una de las tradiciones más notables de la ciudad: la veneración de las reliquias de la patrona de Jaca en el lugar del viejo cementerio, en el espacio en el que se había llevado a cabo durante cinco siglos ininterrumpidamente hasta la llegada de esa arbitraria decisión.
gustoso a los concurrentes, las dos compañías de danzarines, de nueve cada una, con sus psalterios, vestidos de blanco y ceñidos con ricas vandas y vistosas ligas, y cubiertos con bonetes montañeses, guarnecidos de curiosas lazadas y preciosas joyas y calçados, unos como borceguíes encascabelados, tañendo diestros los pulgarillos, que incansables sin cessar, corren dançando de arriba a baxo la processión por medio de ella».
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ÉPOCA MEDIEVAL: LA REORGANIZACIÓN EPISCOPAL DEL TERRITORIO
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A lo largo del siglo IX la situación en las tierras que acabarán siendo el territorio diocesano de Jaca cambia totalmente, pero hemos de tener claro que en esta ciudad y en este territorio no existe en ese momento ningún obispado.117 La frontera musulmana se debió reforzar y adaptar a los nuevos tiempos, tal y como venía haciéndose desde el entorno del año 800, con la construcción de más castillos que apoyaran la labor del de Senegüé, convertido en el eje de la línea que protegía los intereses del territorio musulmán oscense que tenía su frontera en el Gállego. Los indígenas, que se habían mostrado reacios y hostiles ante la entrada de ejércitos colonizadores, aceptaron la presencia franca convencidos de que esos poderosos aliados les aportarían cierta seguridad ante la permanente amenaza de los musulmanes del valle del Ebro. Al mismo tiempo se intentaba llenar el vacío que produjo la desaparición de la organización eclesiástica de la época visigótica, destruida por la invasión musulmana y las conversiones masivas de los peninsulares al islam. Por ello, hacia el año 800 se produjo una reorganización de la vida administrativa y de las áreas de control en la zona pirenaica, coincidiendo tanto con la debilidad política y guerrera de los musulmanes cordobeses
117. Es una patraña la serie de obispos que se dan para la diócesis de Jaca desde el siglo I de nuestra era hasta los tiempos de la ocupación musulmana, entre otras razones porque no hay obispado. No obstante, conviene dar una breve referencia para que quede constancia de que esto es un invento que no ha tenido ninguna repercusión, salvo que fueron mencionados por el padre Huesca (op. cit., pp. 82-83), que los anota como «falsos obispos de Jaca» y señala que el catálogo fue publicado por el maestro Argaiz, «sacado de los fingidos Auberto y Luitprando». La serie consta de san Ovidio Mártir (muerto en el año 66), san Leoncio (en el 166), Paulo (en el 179), Paulo II (muerto en Roma el 253), Euchario, presbítero de Toledo (muerto en Roma el 384), Pantordo (muerto en Longares el 402), Juan de San Juan de la Peña (muerto en el 417), Elodiano (en el 533), Pedro (que fundó Navasa), san Severo (que acabó sus días en Roma), el monje Oriol (muerto en el año 585) y el monje Sunardo (muerto en el 640).
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como con la notable amenaza del mundo carolingio. Ese proceso abarcó también la vida espiritual de los cristianos pirenaicos, que se vieron vinculados principalmente a dos centros episcopales: Pamplona por el occidente y Urgel por el oriente. Huesca sobrevive y ejerce cierto control todavía con respecto a la zona del este del Gállego, en la comarca que luego conoceremos como Serrablo, mientras la parte situada al oeste del río comienza a girar en torno a la órbita de la sede pamplonesa. La motivación de este reparto «era sencilla, allí estaban los dos únicos obispos que podían conferir las correspondientes órdenes para consagrar los necesarios sacerdotes que administrasen los auxilios espirituales a los fieles cristianos».118 Y de esa manera se organizaba también un clero secular directamente dependiente del obispo, en este caso que nos ocupa del residente en Pamplona, y unos monjes regulares —fueran de la orden que fueran— que vivían en torno a un pequeño monasterio regido por un abad que, igualmente, dependía del obispo. Monasterios que veremos cómo se van fundando a lo largo de la segunda mitad del siglo IX, después del establecimiento del de Siresa en el año 833. Y, en ese siglo, desde el oriente hay importantes movimientos de grupos cristianos que huyen de la radicalización del islam español, en torno al 850, y que van formando establecimientos humanos desde los que se provocará un proceso de evangelización. Todo este proceso coincide, por el occidente, con movimientos del condado aragonés en orden a su expansión que están liderados por gentes que ponen en marcha pequeñas iglesias, monasterios de uno o dos monjes y alguna cueva destinada a la vida eremítica. Será un proceso que se mantendrá vivo en el siglo X para estas zonas y que provocará la presencia de cristianos mozárabes en las cuencas de los ríos Gállego, Basa y Guarga.
118. Antonio Ubieto Arteta, Historia de Aragón, t. II: Divisiones administrativas, Zaragoza, Anubar, 1983, pp. 15-16. Indica que el primer prelado pamplonés se documenta en el año 829, cuando el obispo Opilano consagra la iglesia navarra de Usún.
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SAN PEDRO DE SIRESA COMO SANTUARIO CAROLINGIO
En este siglo IX, cuando estamos viendo que hay ciertas tensiones entre las dos culturas que se enfrentan por el dominio del territorio en la vieja Hispania, al otro lado de los Pirineos se consolida un poder sólido que se define como Imperio carolingio. Su gestor es el rey franco Carlomagno, que, empeñado en liderar la ordenación territorial de parte del Imperio romano, logrará además alcanzar la condición de defensor y guardián de la Iglesia de Roma, de una estructura pontificia que está empeñada en dos cosas: su continuidad y la persistencia de su cultura romana occidental. Son las claves imprescindibles para legitimar cualquier proceso de rescate del pasado romano —o, en el caso peninsular, de la herencia visigótica—, que se ponen en manos de un poderoso ejército pacífico que será el monacato. Mientras los guerreros se encargan de la batalla, estos clérigos se encargan de todo lo demás, y además bien, debido a su condición de personas cultas y estudiosas. Ellos vigilarán la ordenación del territorio, la gestión de los recursos económicos, la creación de un proyecto de convivencia. Sin más consideraciones generales, podemos concretar que esta actuación eclesial la va a desarrollar la Iglesia regular y que sus centros de actuación serán los monasterios.119 La personalidad de Carlomagno, coronado emperador en la Roma papal del año 800, será omnipresente en el territorio aragonés como consecuencia de una de sus expediciones fallidas, curiosamente la que más repercusión
119. Antonio Durán Gudiol formula la teoría del gobierno de los monjes cuando analiza la Iglesia aragonesa. Así, escribe: «La originalidad de la aportación de la iglesia carolingia del Alto Aragón estriba en el hecho de haber suplido en el país el régimen feudal europeo, hasta tal punto que no será descabellado imaginar el condado de Aragón conformado por una “monacocracia” singular y quizá única. Los monasterios promovieron la débil agricultura pirenaica en orden a la producción de los tres elementos básicos: trigo, vino y carne, en búsqueda de cierta autarquía económica para cada comarca. La imprescindible industria molinera dependía de los monasterios».
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tuvo, pues provocó el nacimiento de un importante poema medieval, la Canción de Roldán. Hay diferentes opiniones sobre el lugar en el que ocurrió la emboscada: para unos tuvo lugar en Roncesvalles, y para otros, como Antonio Ubieto, en un paraje del valle de Echo conocido como Corona de los Muertos. En todo caso, la muerte del héroe carolingio tuvo lugar después de la estancia del rey franco en el año 778 ante las puertas de Zaragoza, que no se le abrieron aunque ese era el acuerdo que le plantearon los embajadores de la ciudad que lo visitaron en su corte, dispuestos a buscar la alianza del poder carolingio para rebelarse definitivamente contra los emires cordobeses.120 Como consecuencia del insulto que se había hecho al victorioso Carlomagno, este no cesará en el intento de castigar a los jefes musulmanes que le habían traicionado, una tarea en la que utilizará todos los ardides, incluido el de aceptar las habituales traiciones de algunos caciques —como Azan, de Huesca, que visitó la corte carolingia el año 799— y el de colocar guardianes o espías que vigilaran los movimientos de los musulmanes en este eje clave que comunicaba Lérida con Huesca y Zaragoza. De la corte carolingia saldrá el conde Aznar Galíndez I, un funcionario al que se le encarga el control de una zona del Pirineo central, en Sobrarbe, que establecerá un potente puesto de vigilancia. Sus intentos de emparentar con las poderosas familias indígenas fracasó, y al final, hacia el año 820, fue llevado a las tierras de Urgel, donde lograría triunfar y superar el fracaso de su estancia en tierras de Sobrarbe. De ese momento es la fundación del monasterio de San Juan de Matidero, en pleno valle del Guarga y en tierras que serán de la primitiva diócesis de Jaca. Lugar especialmente notable para estos primeros momentos de cristianización, sufrirá notables avatares en su historia, algunos trágicos, como la incursión de los ejércitos musulmanes cordobeses mandados por Abd al-Malik en el año 1006, y otros gozosos, como las visitas de los condes de Aragón.121 Sin embargo, el
120. José María Lacarra y de Miguel, La expedición de Carlomagno a Zaragoza y su derrota de Roncesvalles, Zaragoza, Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis, 1981. 121. Domingo J. Buesa Conde, Los monasterios altoaragoneses en la historia, ed. cit., pp. 55-57. Este monasterio dependió en algunos momentos del de San Juan de la Peña a partir de 1203. La visita del conde (ibidem, p. 57) sacada de la Crónica de San Juan de la Peña, explica que «un día, acompañado de sus vasallos, el conde de Aragón Fortuño Jiménez se puso en peregrinaje a San Juan. Conocedor de la llegada de su señor, el abad salió a su encuentro procesionalmente con todos sus clérigos, de la manera como mejor y más solemnemente pudo. Después de rendirse mutua reverencia y honor, con gran gozo y alegría, entraron en el santo lugar. El abad mostró al conde las reliquias y el monasterio, y humildemente le suplicó se dignase enriquecer el cenobio con algunas honores que permitieran a los monjes mantener sus rebaños y obtener medios de vida temporal, en atención al honor de Dios y a la santidad del lugar, por piedad de la pobreza de los monjes y como recuerdo de su visita».
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centro político pronto se desplazará de estas tierras centrales, buen lugar para vigilar los caminos de Huesca, hacia el oeste. Todo ocurrirá cuando los reyes carolingios decidan trasladar al hijo del conde que salió malparado de Sobrarbe hasta tierras del río Aragón Subordán, las que atraviesa la vieja calzada romana que sube por el puerto de El Palo poniendo en conexión Zaragoza con el Bearne. Este conde, llamado Galindo I Aznárez, llega al valle de Echo en el año 833 con su mujer, su hijo —el futuro Aznar II—, el capellán real Gonzalo y un nutrido ejército que impone su poder militar y que se dispone a incorporar este territorio al reino franco, cosa que no ocurrirá, pues el Estado carolingio se autodestruye y los condes se ven liberados de su dependencia del poder imperial, razón por la cual pasan de ser condes carolingios en Aragón a ser condes independientes de Aragón, lo que provoca el nacimiento del condado de Aragón. Fieles a sus pautas de ocupación de los territorios conquistados, comienzan por organizar una red de monasterios que se ocupen de gestionar la explotación de los recursos y ordenar la población. Los obispos perdieron protagonismo y estos carolingios realizaron el paso de la Iglesia secular a la Iglesia regular cuando el emperador Ludovico Pío —en la dieta sinodal de Aquisgrán del año 816— acusó a los obispos de haberse olvidado de sus inferiores y de la virtud de la hospitalidad. Detrás de todo, inspirándolo, la regla de san Crodegango, obispo de Metz, muerto en el año 766. Toda su política se ordenará en torno a la cabecera de estas fundaciones monásticas —el monasterio de San Pedro de Siresa—, que se levantó sobre una antigua iglesia visigótica de tres naves y cabecera rectangular cercana al paso de la calzada romana que surcaban comerciantes y caravanas durante el alto medievo. El caso es que, para unos y para otros, este espacio monástico se convirtió en un santuario que acabó identificándose con el territorio donde se fundó en la primavera del año 833, ya fuera como símbolo anticarolingio122 o como homenaje a los muertos en la batalla de Roncesvalles,
122. José Luis Corral Lafuente, «El proceso de centralización de los monasterios aragoneses entre los siglos IX y XI», en Homenaje a don Antonio Durán Gudiol, Huesca, IEA, 1995, pp. 229-242, no la considera fundación carolingia, sino obra del conde Galindo Garcés, posiblemente hijo del conde García el Malo —el mismo que expulsó a los carolingios de Sobrarbe en el año 816— y de una princesa pamplonesa. En este caso, la fundación chesa sería una manifestación indígena contra la presencia carolingia en el valle y el propio monasterio sería «una especie de santuario nacional» que estaba llamado a ser el núcleo de la resistencia contra los extranjeros francos. Corral opina que el auge del monasterio se debe al hecho de que fuera considerado refugio de los clérigos mozárabes, que huyen de la Zaragoza musulmana y buscan refugio en el Pirineo. Para él, en Siresa se habría refugiado la gran escuela monástica
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situada por el profesor Ubieto en la Corona de los Muertos, a la entrada de la cercana Selva de Oza. Fuera como fuera, el caso es que es una fundación123 del conde carolingio que se encomienda a un hombre muy emprendedor: al abad Zacarías, que compra varías villas agrícolas y muchas propiedades con las que mantener el costoso modelo monástico que ponía en funcionamiento, y al que pronto sucederá uno de los suyos, Odoario, personaje que según san Eulogio de Córdoba es «hombre de gran santidad y de mucha sabiduría». Estos gobernarán un gran monasterio con cien monjes, quizás muchos de ellos procedentes del ámbito zaragozano y en consecuencia emigrantes mozárabes refugiados en el Pirineo. Todos viven de acuerdo con la regla de san Crodegango de Metz, en la que se atiende al territorio materialmente y se desarrolla una liturgia en torno a la laus perennis, la veneración de las reliquias y los desfiles procesionales, cuestiones que nos hacen entender la grandiosidad de su iglesia, que tuvo once altares. La iglesia,124 que nos recuerda al monasterio, erigida en la villa de Siresa y en pleno valle de Echo, es un edificio original en el que conviven huellas carolingias —procedentes de su construcción en el siglo IX— y románicas, en este caso resultado de las profundas reformas y restauraciones del siglo XIII,125 que se
que creara san Braulio, y habría llegado del valle del Ebro con toda su importante biblioteca, que sería la que llamaba la atención de los visitantes del cenobio cheso. Rafael Puertas Tricas hace el planteamiento general de las excavaciones de San Pedro de Siresa (1991) y lo publica en Excavación en San Pedro de Siresa, Huesca, IEA, 1993. 123. Antonio Durán Gudiol, Colección diplomática de la catedral de Huesca, ed. cit., vol. I, pp. 20-21, docs. 3 y 4, edita la donación del conde Galindo y su esposa, Guldregut, hecha el 25 de noviembre, y la del conde Galindo sobre el terreno en el que se ha edificado la «casa llamada Ciresa», al mismo tiempo que las gentes del valle venden la «villa Surba al reverendísimo don Zacarías, abad». 124. Antonio Ubieto Arteta, La Chanson de Roland y algunos problemas históricos, Zaragoza, Anubar, 1985, p. 171, ha escrito que el templo contenía «elementos arquitectónicos anteriores al siglo XI. La planta de la iglesia típicamente carolingia; los arcos romanos del crucero; la tribuna semejante a las del arte carolingio y ramirense; y el portal abocinado, que también se encuentra en construcciones típicamente carolingias. Y una ausencia de escultura […] que resultaría incomprensible para el románico del siglo XI. No se ve ni un solo capitel tallado». Por todas estas razones, el medievalista concluía diciendo que «todo hace sospechar que estamos ante un grandioso monumento carolingio, erigido entre los años 809 y 814, con sucesivas restauraciones». José Luis Ubeira Hernández, Siresa: el lugar, la historia, la leyenda, Huesca, IEA, 1999, pp. 63-69, sintetiza todas las tesis planteadas sobre este edificio, que se reforma en el siglo XI y en el XIII, cuando Vidal de Canellas la visita en torno a 1252 y escribe que, «fundada en la raíz del Pirineo, fue destruida en tiempos lejanísimos y reducida a un estado lamentable por su ruina espiritual y temporal; antiguamente fue princesa y señora de muchos y se halla ahora torpemente sometida y es ignominiosamente tributaria de todos». 125. Antonio Durán Gudiol, El monasterio de San Pedro de Siresa, Zaragoza, DGA, 1989, pp. 17-20, donde escribe: «Parece clara la conclusión: la iglesia del valle de Echo se conforma
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Monasterio de San Pedro de Siresa. (Foto: Fernando Alvira Lizano)
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realizan sobre el templo construido en los inicios del siglo XII por Alfonso el Batallador.126 En esta iglesia se desarrollaría esa liturgia solemne, espectacular para aquellas gentes, y en ella se canalizarían una auténtica política asistencial y tareas de promoción social, en las que el amor al saber era el mejor remedio para luchar contra la miseria. No cabe duda de que traen libros de muchas partes, posiblemente también desde el valle del Ebro, y de que poseen un tesoro con reliquias de gran importancia —de la Virgen, de san Juan Bautista, el brazo de san Pedro,127 de san Andrés, de san Esteban, de san Benito, de san Medardo, de la Cruz de Cristo— y una notable biblioteca, con obras de autores como san Agustín (De civitate Dei), de Virgilio (Eneida), de Horacio (Poemas), de Juvenal (Sátiras), de Aviano (Fábulas) o de Aldehelmo de Malmesbury, un eclesiástico inglés fundador de abundantes monasterios en la segunda mitad del siglo VII, cuestión que nos explica la atención que dedicaba la biblioteca de Siresa a los organizadores de la vida monástica. No cabe duda que esta tierra no estaba desconectada de lo que acontecía en el monacato occidental, y así lo reconoce el gesto de san Eulogio, que, impresionado por esta biblioteca, acabó llevándose a Sevilla algunos raros ejemplares de ella.
a la planta ideal de Sankt Gallen y las plantas reales de Mittelzell, Corvey, Inden, Halbertstad y Steinbach, todas ellas del siglo IX». Más adelante (p. 21) explica que «no le falta a la iglesia de Siresa el Westwerk o anteiglesia, característico elemento carolingio, que cierra la fachada occidental». 126. Esther Lozano López ha realizado un estudio sobre la iglesia de «San Pedro de Siresa y Alfonso el Batallador», en colaboración con Javier Martínez de Aguirre y Diana Lucía GómezChacón, en Monumentos singulares del románico: nuevas lecturas sobre formas y usos, Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real, 2012, pp. 139-177. Apuntan que debió de ser construida entre 1120 y 1140. 127. Domingo J. Buesa Conde, Los monasterios altoaragoneses en la historia, ed. cit., p. 63, recoge la noticia dada por Gonzalo Olivera (1911) sobre una curiosa leyenda que nos quiere explicar la presencia en Siresa de uno de los brazos del apóstol Pedro. Dice que en el año 923 «el rey Sancho Garcés estuvo a punto de morir a causa de una larga y penosa enfermedad, a pesar de haber puesto en práctica todos los medios curativos que los físicos tenían entonces a su alcance. Como no encontraba remedio a sus males, decidió acudir a la protección del apóstol san Pedro, cuyo brazo se veneraba en el monasterio de Siresa». El resultado fue milagroso y el monarca recuperó la salud. La leyenda nos amplía la información diciendo que el «abad contó al rey cómo había ido a parar allí reliquia tan preciada». Había sido traída desde Roma —por iniciativa del obispo hispalense san Leandro— y acabó custodiada en ese monasterio pirenaico al haber muerto todos los que fueron a buscarla encabezados por el obispo Ciriaco de Zaragoza, que logró obtenerla del papa san Gregorio, al que se le apareció san Pedro, como premio por el ayuno de los que fueron a buscar la reliquia. La noticia de la reliquia la recoge también fray Lamberto de Zaragoza, Teatro histórico de las Iglesias del Reino de Aragón, t. II, Pamplona, 1782, pp. 131-132, hablando del obispo Ciriaco de Zaragoza.
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Del momento de apogeo de Siresa, en los años inmediatos a la fundación, tenemos las referencias dadas por este santo cordobés que va en busca de noticias de dos hermanos suyos, que emprendieron un viaje de negocios por Europa. San Eulogio, culto presbítero de la iglesia de San Zoilo de Córdoba, llegará hasta «la puerta de la Galia», en el valle cheso, aconsejado por el obispo pamplonés. En ese lugar se enteró de que sus hermanos estaban en Maguncia y de que pronto volverían en una caravana que se dirigía a la capital musulmana de Córdoba. Pero lo más notable es la carta que escribe desde la cárcel, cuando está esperando el martirio, para contarle al obispo Wilesindo de Pamplona algunas reflexiones sobre su viaje.128 Queda claro que este monasterio, fundación carolingia y sostén del nuevo Estado que comenzaba a consolidarse desde el corazón del valle de Echo, tenía cierta relación con la iglesia pamplonesa, si hacemos caso del texto preciso de san Eulogio, escrito en la Córdoba del año 851. No cabe duda de que estamos documentando, una vez más, que el renacer de la Iglesia en estos territorios viene vinculado a la tutela del obispo pamplonés, aunque no faltan quienes piensan que Siresa y Ciella dependían de la sede mozárabe de Huesca, al formar parte los citados valles del territorium Aragonense.129 Además, desde fechas muy tempranas pasó por estas tierras el camino que iba a Santiago de Compostela, pero con su caída en desuso, cuando los reyes aragoneses —en el siglo XI— entendieron que era más
128. Elie Lambert, «Le voyage de saint Euloge dans les Pyrenées en 848», en Estudios dedicados a Menéndez Pidal, vol. IV, Madrid, S. Aguirre, 1953, pp. 557-567. Álvaro de Córdoba, «Vida de san Eulogio», en Enrique Flórez, España sagrada, vol. X, Madrid, Miguel Francisco Rodríguez, 1753, pp. 572-573, explica que había ciento cincuenta monjes y muchos libros «de cuestiones sagradas reunidas por el ingenio de muchos». San Eulogio de Córdoba envió una carta al obispo Wilesindo de Pamplona en la que, según la edición de Jacques-Paul Migne (Patrologie latine, vol. 115, cols. 845-852), le decía: «lo que más me agradó fue visitar el monasterio del beato Zacarías, situado al pie de los montes Pirineos, en los pasos hacia la Galia Comata, donde nace el río Aragón, el cual, regando en rápida carrera Séburis y Pamplona, se introduce en el río Cantábrico. Porque, adornado de muy acreditados afanes en el ejercicio de la disciplina regular, iluminaba todo el occidente. Al estar muchos días en el monasterio de Leyre, supe antes de llegar allí, que moraban en él unos varones que eran los primeros en el temor de Dios. Después de pasar por otros lugares, me concedió Dios llegar, por fin, a aquel cenobio que tan intensamente me ilusionaba. Entonces lo presidía el abad Odoario, varón de gran santidad y de mucha ciencia, el cual, acogiéndome más dignamente de lo que se puede relatar, nos trató con todo afecto. Los miembros de aquella comunidad, que casi pasaban de cien, brillaban como estrellas del cielo en el ejercicio de la virtud, unos de una manera y otros de otra. Después de convivir un poco con ellos, al querer marcharme, se arrodillaron todos en el suelo y suplicaron con insistencia, preguntándome por qué iba a dejarlos tan pronto. Luego, al quedarme, nos mostraron su amistad el abad Odoario y el prepósito Juan en un coloquio sobre las divinas escrituras durante todo el día, hasta el atardecer». 129. Antonio Durán Gudiol, Los condados de Aragón y Sobrarbe, ed. cit., pp. 111-117.
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cómodo llevarlo por Somport definitivamente, este monasterio comenzó a resentirse económicamente. Lo importante fue la influencia que tuvo en la implantación en estos valles, durante la segunda mitad del siglo IX, de la vida monástica, con fundaciones como las de Fuenfría o Ciella, donde se siguió la regla mantenida en Siresa y basada en la brillantez del culto, la práctica de la hospitalidad, el cultivo de la lectura y la oración. San Martín de Ciella, o Ciellas, cuyo topónimo nos recuerda al de la celda monástica, fue un monasterio fundado —de común acuerdo— por un clérigo indígena aragonés, el abad Atilio, y un clérigo que había venido en la expedición del conde carolingio Aznar I. Hay una escueta noticia copiada en el Libro gótico de San Juan de la Peña que nos indica: «Yo el abad Atilio de Huértalo edifiqué junto con don Gonzalo, capellán del rey don Carlos, un monasterio y le impusimos el nombre de Zella». Estaba situado en las proximidades del acceso al valle de Ansó, cerca de la Foz de Biniés, y su fundación estaría cercana al año 833. En todo caso, es un buen ejemplo de la interrelación que se vive en esos momentos y sobre la que se sustenta el dominio de la familia Aznar. Para el clérigo ansotano que hace la fundación, el que luego será el abad Atilio, la operación tiene como fin el emplear una parte de sus dominios en el valle y el llano de Ansó para establecer un monasterio desde cuya comunidad se organice la población del resto de sus dominios y del valle ansotano, que estaban despoblados. Para el clérigo carolingio, el capellán Gonzalo, que había estado al servicio personal del rey Carlos II de Aquitania, la cuestión era auspiciar desde el nuevo poder la fundación y tramar buenas relaciones con los naturales del país en una tierra en la que pensaba pasar el resto de sus días. El otro monasterio de este momento es el de Santa María de Fuenfría, cuya memoria permanece viva en una ermita situada en la ribera occidental del río Escá y en tierras que hoy son provincia de Zaragoza. En aquellos años fue un monasterio que controlaban el rey pamplonés García Íñiguez y el obispo de Pamplona. En estos territorios, desde el valle de Ansó hasta el de Broto, se está produciendo el encuentro de tres movimientos cristianos que van a protagonizar la historia de estas tierras jacetanas y serrablesas.130 Pero, además, este asentamiento carolingio en los valles de Ansó y Echo responde a un ambicioso plan, diseñado por la corte carolingia, que tenía como fin atraerse la 130. Antonio Durán Gudiol, «Francos, pamploneses y mozárabes en la Marca Superior de Al-Andalus», en La Marche Supérieure d’al-Andalus et l’Occident Chrétien: actes, Madrid, Casa de Velázquez, 1991, pp. 141-145.
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connivencia del reino pamplonés y construir un camino para invadir las tierras de Huesca y Zaragoza, en poder de los musulmanes que habían ridiculizado a Carlomagno. Un plan expansivo que tenía la necesidad de construir una sólida retaguardia con buenos recursos y abundante población, tarea en la que se empeñaron los afanes de las fundaciones monásticas de Siresa —obra del conde— y Ciella —obra del capellán real y del líder del territorio—, que serían las que desarrollaron las funciones socioeconómica e ideológica.
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LOS MONASTERIOS COMO CLAVE DE LA EXPANSIÓN CONDAL
Si los francos se establecen en el territorio nororiental del actual Aragón, poniendo en marcha el condado aragonés, de acuerdo con las amplias familias indígenas, no se puede olvidar que al oeste de ellos se sitúan las fronteras con el poderoso Reino de Pamplona. Esta es la razón por la cual sus condes preferirían orientar su política de expansión hacia las tierras del este, buscando el cauce del río Gállego, que era el que podía servir de frontera entre el mundo cristiano de los aragoneses y el territorio dependiente de los musulmanes de Huesca, que se extendía a su izquierda y que vigilaban algunos castillos como el de Senegüé o el de Yebra de Basa. Además, era urgente para su supervivencia ampliar el territorio y crear redes de apoyo implicadas en esta expansión y fuertemente vinculadas a unos condes cuyo liderazgo tenía un soporte básico en la religión cristiana, en el compromiso de la evangelización del territorio, que era necesaria no solo espiritualmente, sino también para ordenar el nuevo espacio social económica y políticamente. El año 920 el conde Galindo II Aznárez, hijo de la princesa pamplonesa Íñiga y cuñado del valí al-Tawil de Huesca, decide acometer la gran expansión territorial del condado de Aragón, limitado hasta el momento a poco más de los valles de Ansó y Echo. Hombre de carácter fuerte y muy dinámico, aprovecha una situación que le permite hacer estas operaciones militares al haber muerto en el año 913 su cuñado, el poderoso caudillo musulmán Muhammad al-Tawil, contando con la no injerencia del conde Bernardo de Ribagorza, que contrajo matrimonio —el año 916— con la condesa Toda de Aragón, y esperando que el rey pamplonés no mueva pieza al no verse afectada su frontera. Galindo II sale con todo su ejército a la Canal de Berdún y se dispone a recorrer la gran depresión prepirenaica hasta el Gállego, donde fijará la frontera oriental. Por el sur fija la frontera en la sierra de San Juan de la Peña, lugar en el que funda un monasterio dedicado a los santos Julián y Basilisa sobre el viejo
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eremitorio visigótico junto al que se habían dado los primeros conatos de rebelión contra el islam. Los documentos nos cuentan que la ocupación de las fortalezas musulmanas —que protegían el camino y la frontera del Gállego— tuvo lugar en torno al año 920131 y que fue absolutamente encarnizada, pues, según el cronista monástico, salieron de los castillos los hombres que las guardaban y entablaron batalla, en el curso de la cual se ocasionó tal mortandad que la sangre corrió como el agua. De aquí viene el refrán «inter rubeos et sosatos plenos iacent ballatos». Y el conde ofreció a San Martín la villa de Acumuer, cuyos moradores habrían de ser para siempre sus siervos.
Las fortalezas fueron el castillo de Eresún y el kastello Panificu, ubicado entre Borrés y Larrés, y el resultado fue la colocación de la frontera aragonesa en la orilla derecha del Gállego. En esta empresa militar el conde Galindo II decide aplicar el viejo modelo carolingio y fundar algunos monasterios que controlen y gestionen la incorporación, el sometimiento y la explotación del territorio, un territorio en el que hay que crear un tejido de comunidades cristianas, aunque en algunos valles ya había cristianos, como ocurría en el del Aurín, donde había gente de confesionalidad cristiana, en concreto el activo presbítero Ellebonus, fundador del lugar de Eresún, que sabemos que se quedó ciego y tuvo que ser acogido en la red asistencial monástica en torno al año 925. En el valle del Aurín, en tierras del actual valle de Acumuer y aguas arriba de Larrés,132 se funda este monasterio de San 131. Antonio Durán Gudiol, Los condados de Aragón y Sobrarbe, ed. cit., pp. 160-163, sitúa la acción hacia ese año. Antonio Ubieto Arteta, Historia de Aragón, t. VI: Orígenes de Aragón, Zaragoza, Anubar, 1989, pp. 383-384, sugiere que estas operaciones podrían haber tenido lugar en el siglo IX, aunque los límites del monasterio serían señalados en el año 920 por Galindo II. La traducción del documento del cartulario de Cercito, Los condados de Aragón y Sobrarbe, pp. 339-341, doc. 29. 132. Perdida la memoria de su ubicación, todos los autores han hablado de él como ubicado en las cercanías del río, aunque recientemente se ha apostado por encontrar sus posibles ruinas en zona más inaccesible y en espacio de montaña. Por eso los autores antiguos lo ubican en las cercanías de Acumuer. Durán lo situó en la entrada del valle de Acumuer, al sur de Larrés y en la zona conocida como Molino Viejo y Molino Nuevo. Recientemente, José Miguel Navarro López, Geografía medieval de Serrablo, Sabiñánigo, Museo Ángel Orensanz y Artes de Serrablo, 2000, pp. 221-229, nos ofrece una nueva y sugerente recuperación de las ruinas de este monasterio en una llanura de pinos que está al noreste de Acumuer y después de bajar el collado que divide aguas entre la Val de Acumuer y el barranco de Aso. Es curioso pensar que el topónimo Cercito, latino, significa ‘lugar donde abundan los robles o encinas’. La referencia de Ellebonus, en Antonio Durán Gudiol, Los condados de Aragón y Sobrarbe, ed. cit., p. 345.
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Martín de Cercito por decisión del conde Galindo, que, poseyendo ya el castillo de Senegüé, decidió salir un día de caza con sus barones y en seguimiento de un jabalí, que habían logrado levantar, llegaron al lugar donde hoy está el atrio de la iglesia de San Martín. Como se acercaran a él, descubrieron una iglesuca escondida en la maleza. Luego que la vieron, el conde y sus barones desenfundaron las espadas y limpiaron el sitio hasta conseguir entrar en la iglesia, dentro de la cual oraron. Después de la oración, descubrieron una lápida en la que estaba escrito: «Esta es la casa de Santa Columba y de San Martín y de San Juan y de San Pedro». Complació al conde el lugar y mandó edificar en él un monasterio, en el que dispuso vivieran hermanos con el fin de servir a Dios de día y de noche.133
La fundación del monasterio de San Martín de Cercito nos pone en la pista de muchas claves; por ejemplo, de la presencia de santos cuyo culto entra en la península desde las Galias en época visigoda, como es el caso del obispo Martín de Tours, que perderá vigencia con la consolidación del Camino de Santiago y que irrumpe como titular de muchos espacios monásticos,134 especialmente en el siglo X. Pero sobre todo nos permite ver el punto de arranque de un proceso de cristianización de las tierras de Serrablo, dominadas por los musulmanes y dependientes de la sede oscense, en donde confluyen los planes del condado aragonés. Este quiere cristianizar el territorio fronterizo y los de los mozárabes oscenses, quienes lo tienen como escape natural a las agresiones del poder islámico, que está embarcado en unas tensas relaciones desde el entorno del año 850. Si el monasterio de Cercito organizará la frontera oriental, la sur se encomienda a otra fundación, que es el monasterio de San Julián y Santa Basilisa, en el mismo lugar de los viejos espacios eremitas y como centro especial de referencia para las nuevas políticas condales, deseosas de incrementar la vida monacal como primer paso para extender el cristianismo en un territorio con fuertes pervivencias paganas. A lo largo de muchos años
133. Antonio Ubieto Arteta, Cartulario de San Juan de la Peña, vol. I, Valencia, s. n., 1962, p. 40. El original se encuentra en el Archivo Histórico Nacional, Cartarario de Cercito, carp. 711, n.º 6; su traducción, en Antonio Durán Gudiol, Los condados de Aragón y Sobrarbe, p. 345, doc. 38: «Y mandó el abad de San Martín que los cuidaran en la casa de los enfermos mientras vivió. Y el mencionado presbítero puso y confirmó a favor de San Martín su parte en los montes, prados y campos y cuanto le correspondía, esto es, la tercera parte de la villa de Eresún», que había fundado con sus dos hermanos. El relato de la fundación del monasterio, en Cartulario de San Juan de la Peña, vol. I, ed. cit., pp. 38-39. 134. Robert Aymard, Mirada al Aragón cristiano: hagiotoponimia del Pirineo aragonés, s. p. i., 1985, p. 125.
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de intensa actividad historiográfica en el propio escritorio del monasterio pinatense, las cosas fueron adquiriendo una notable confusión conforme se intentaba dar a sus hechos un relieve excepcional, vincularlos a los grandes momentos de la historia aragonesa, que —sin duda— arrancaba en estos parajes en el propio siglo VIII. Un ejemplo evidente de este proceso lo tenemos en el modo en que las crónicas medievales van a describir el paso del eremitismo al cenobitismo —justificando la fundación del monasterio dedicado a los santos Julián y Basilisa—, acaecido en el siglo X. El texto de la conocida como Crónica I de San Juan de la Peña, de fines del siglo XII, recrea con detalle ese acontecimiento cuando nos cuenta cómo, después de unos años en los que «pocos habitaban en el lugar sobredicho» de la cueva, de las mencionadas poblaciones huyeron unos pocos cristianos que se refugiaron en la mencionada cueva. Habitaron aquí y construyeron una más amplia iglesia en honor de San Juan Bautista, y trasladaron el cuerpo del citado eremita Juan, que enterraron en un pequeño sepulcro entre los dos altares, el de San Juan Bautista y el de los santos Julián y Basilisa, cubriéndolo con la lápida descrita. También levantaron otros dos altares, uno dedicado a San Miguel y otro a San Clemente, y levantaron casas donde morar. Pusieron al frente al abad Transirico y formaron una comunidad de clérigos que, renunciando a sus propias voluntades, residieran allí. Pasó la tormenta, volvió la tranquilidad a la iglesia de Dios y cada cual retornó a su domicilio, menos los clérigos que permanecieron en la cueva. En este tiempo fue consagrada la iglesia de San Juan por el obispo Íñigo, el día 5 de febrero.135
Aunque hay cuestiones, como la del citado obispo Íñigo, que no tienen cabida en los datos de los que disponemos, es cierto que la historia de este proceso coincide con la presencia en este valle de los ejércitos del conde Galindo II Aznárez de Aragón, aprovechando el vacío de poder que se produce en la Huesca musulmana a la muerte del caudillo al-Tawil en el año 913, poco antes de que llegaran a estas montañas los soldados del califa Abd al-Rahman III, que puso en marcha un nuevo período de ataque hacia los núcleos cristianos, dramático proceso que bien pudo provocar el uso de este paraje como refugio de gentes huidas de las aceifas musulmanas. Estamos en el año 920, y en ese mismo momento hay que situar la fundación
135. Antonio Durán Gudiol, Los condados de Aragón y Sobrarbe, ed. cit., pp. 37-39. Para el texto que incorporamos traducido del latín, véase la página 321. Antonio Ubieto Arteta, Historia de Aragón, t. II: Literatura medieval I, ed. cit., pp. 44-45, utiliza esta fuente denominándola Donación de Abetito.
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del monasterio dedicado a los santos Julián y Basilisa que hoy podemos contemplar en los restos de las primitivas estancias que se construyeron en ese momento. En concreto, se conserva la primitiva iglesia dúplice dedicada a estos santos, que constituyó el núcleo original del monasterio condal. Este recinto ha cautivado a los historiadores del arte. Algunos autores, como Gómez Moreno (1919), la consideran mozárabe y se atreven a fecharla a fines del siglo IX; otros, como Íñiguez Almech (1971), entienden que en una pequeña iglesia de tradición visigótica y construida sobre el siglo VIII se construyeron dos naves en el X. Y así la vemos ahora, pues consta de dos naves iguales que terminan en sus correspondientes ábsides rectangulares, a los que se entra por sendos arcos rebajados de factura mozárabe, y que están separadas por dos arcos de herradura apeados en una pequeña columna.136 La iglesia nos permite saber lo que se está haciendo en tierras del condado en el siglo X, en concreto templos pequeños de cabeceras planas con arcos de medio punto peraltados que tienen aspecto de arcos de herradura. Al mismo tiempo que se funda el monasterio de San Julián y Santa Basilisa bajo la peña que había protegido la primera fundación eremítica, el conde se plantea una tercera operación que se sumará a la de controlar la frontera oriental, la de organizar nuevos focos de evangelización, abriendo el mundo de la consolidación de su poder al vincularlo a la única ciudad de derecho que tuvieron estas tierras. Se puede decir que el suceso más importante de este avance es la recuperación de Jaca como espacio amurallado, como lugar de prestigio por haber sido la única ciudad romana del Pirineo. En sus muros residirán los condes desde la década del año 920, y esta familia condal será la dueña de las tierras de esta meseta, convertida en una rentable explotación agraria, donde se establecerá también un monasterio dedicado a san Pedro al que bajarán los monjes de Siresa y al que aportarán el titular y sus reliquias. La fundación del monasterio de San Pedro de Jaca, acaecida en el entorno del año 920, nos la certifican los documentos y también la arqueología,137
136. Domingo J. Buesa Conde, Monasterio de San Juan de la Peña, ed. cit., pp. 23-26. En la cabecera de la antigua iglesia del siglo X, en el XII los monjes benedictinos mandaron decorarlas con curiosas pinturas románicas, no exentas de fuertes influencias bizantinas, en las que se explica la Exaltación de la Santa Cruz y el martirio de los santos Cosme y Damián, dos médicos hermanos que fueron sometidos al tormento del fuego. Antonio Durán Gudiol, El monasterio de San Pedro de Siresa, ed. cit., pp. 64-66, nos explica con detalle cómo se construyó esta iglesia monástica interviniendo sobre la fábrica de la ermita anterior. 137. Julia Justes Floría y José Ignacio Royo Guillén, art. cit., pp. 46-47. Belén Gimeno Martínez y Julia Justes Floría, «Estudio antropológico y paleopatológico de los restos humanos exhumados en la excavación de la iglesia de San Pedro el Viejo (Jaca)», Salduie, 3 (2003), pp. 243-256.
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que en la plaza inmediata a la catedral ha sacado a la luz parte de la nave de su iglesia y su ábside cuadrangular, así como una importante zona de su necrópolis que debió de comenzar a usarse, por los restos que poseemos de algunas de sus tumbas, hacia el siglo VI de nuestra era. Esta presencia en la meseta de Jaca era algo deseado por los condes, que pasan a poseer un espacio con murallas prestigiosas que deben restaurar. Lo que ocurre es que «se recupera la vida en la antigua fortaleza, pero no como espacio urbano sino como espacio de poder» al que se vincula una nueva fundación sobre el viejo monasteriolo visigodo, desde donde siguen protegiendo a la familia las oraciones de los monjes de Siresa, el santuario de la dinastía. Es tal la dependencia de ese monasterio que sabemos que en esta iglesia jacetana se conservaban algunas de las reliquias más importantes que atesoraron estos monjes que poblaron el valle cheso; por ejemplo, un supuesto brazo de san Pedro y un maxilar con dos dientes que se atribuye a san Andrés.138 Este pequeño monasterio, ubicado extramuros de la vieja ciudad iberorromana, será ampliado en el siglo XI por el rey Ramiro I —que lo llama monasterium nomine Sancti Petri in Iacca— y será el causante de la creación de un barrio eclesiástico en la ciudad de Jaca que acabará albergando la catedral, construida enfrente del templo del siglo X y dedicada igualmente a san Pedro.
138. Antonio Durán Gudiol, «Las bibliotecas eclesiásticas de la diócesis de Jaca a finales del siglo XV», Argensola, 49-50 (1962), pp. 55-100: «En el altar mayor: ymago b. Marie et brachium s. Petri, in tecario ligneo alique reliquie cum suis titulis et una maxilla b. Andree cum duobus molaribus» (p. 94).
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LA FUNDACIÓN DEL OBISPADO DE SASABE
Cuando apenas se había procedido a poner en marcha este proceso de colonización monástica y todavía no se habían podido dar los pasos necesarios para consolidar Jaca como capital amurallada del condado de Aragón, el conde Galindo II de Aragón se vio sometido militarmente por el rey de Pamplona, que invadió sus dominios. Mientras estaba el condado empleado en la expansión oriental, en el año 921 el rey Sancho Garcés I de Pamplona se acercó a la comarca de las Cinco Villas acompañado de «todos los que estaban en el ejército del rey», es decir, de todo un contingente militar que —al final del invierno del año 922— «conquistó todas las montañas de Aragón y Sobrarbe» y puso el condado aragonés bajo el dominio del reino pamplonés, al igual que las tierras de Sobrarbe, que serían ocupadas y colonizadas por emigrantes navarros, grupos humanos que nos irían dejando rastro de su desplazamiento por las tierras de Serrablo en necrópolis con tumbas antropomorfas, como las de Lasieso o Murillo de Gállego,139 en torno a una pequeña iglesia, con chozas de barro y con sus clásicas tumbas antropomorfas excavadas en la roca del siglo X. La operación militar de Sancho Garcés fue una conquista en toda la regla que se acabó ocultando bajo un acuerdo matrimonial entre los dos Estados: la boda de la condesa Endregoto (o Andregoto) de Aragón con el futuro rey García Sánchez de Pamplona. Un complejo matrimonio140 que debió de celebrarse en torno al año 935, cuando el príncipe pamplonés
139. Asunción Bielsa Turmo, «Arqueología altomedieval en Aragón», en Atti del Colloquio Internazionale di Archeologia Medievale, Palermo, Istituto di Storia Medievale, 1976, y «Las necrópolis aragonesas altomedievales de Murillo de Gállego, Uncastillo, Lasieso, Nocito y la Torraza (El Tormillo)», en Actas del Primer Congreso de Arqueología Medieval Española, 1986, vol. 5, pp. 262-273. Domingo J. Buesa Conde, Historia del Alto Aragón, Huesca, Pirineo, 2000, pp. 91-94. 140. Antonio Ubieto Arteta, «Los reyes pamploneses entre 905 y 970», Príncipe de Viana, 9091 (1963), pp. 77-82.
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tenía unos trece años y la condesa cerca de treinta y cinco. Concluía así una operación estrictamente militar, similar a la que había hecho por La Rioja,141 que liberó la población cristiana existente en las zonas de Calahorra, Nájera o Viguera. Sobre la dimensión religiosa del quehacer de este monarca nos hablan las crónicas pamplonesas142 cuando nos explican que fue un hombre «reverentísimo de la fe de Cristo, piadoso entre los fieles, compasivo con los católicos oprimidos y campeón de las gentes ismaelitas». Pero esta valoración piadosa del monarca pamplonés aflora también en los documentos de su época, cuando nos explican cómo «erigió Dios al rey Sancho Garcés como señor y gobernador de la patria y defensor del pueblo». Coincidente con esto es el hecho de que en las empresas militares le acompañe al rey pamplonés el obispo. En el caso de la campaña aragonesa será el obispo Basilio, que no pudo resistir el duro invierno de las altas Cinco Villas cuando se esperaba poder comenzar la conquista de Aragón. Pero sigue al lado del monarca el sucesor de Basilio, que es persona que vive apasionadamente la empresa expansiva del rey, al que acompañará triunfante en la ocupación de Aragón, y que está dominado absolutamente por esa visión universalista de la monarquía navarra, que sueña con colocar bajo su cetro diversos estados y varios obispados. Este hombre, de cuarenta años, es el monje Galindo.143 En estas circunstancias, recién consagrado el obispo Galindo en el año 922, hay un curioso texto del «Obituario de los obispos de Pamplona»144 que dice: «en la era 960 le sucedió el obispo Galindo, de cuarenta años, y ordenados cuatro obispos, a saber, Sisuldo obispo de Calahorra, Teodorico obispo de Tobía (Ferriolo), obispo de Sasáu y Feliza, obispo de (¿Deyo?)». Este es, como se puede ver, un texto fundamental para el problema que nos ocupa. Está hablándonos de cómo el obispo Galindo de Pamplona ha consagrado a una serie de obispos que se ubican en cuatro puntos del mapa
141. Justo Pérez de Urbel, «La conquista de la Rioja y su colonización espiritual», en Estudios dedicados a Menéndez Pidal, vol. I, Madrid, S. Aguirre, 1950, pp. 519-526. 142. José María Lacarra y de Miguel, Historia del Reino de Navarra en la Edad Media, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1976, pp. 58-59, señala cómo este espíritu de liberación de la cristiandad estaba de acuerdo con las ideas de los monarcas asturianos, con los que estaba muy unido, en especial con Alfonso III. Una hija de Sancho Garcés I (905-925), Onega, estaba casada con el futuro Alfonso IV (925-931) de León. 143. José María Lacarra y de Miguel, «Textos navarros del códice de Roda», Estudios de Edad Media de la Corona de Aragón, I (1945), pp. 193-284, esp. p. 263. 144. Antonio Durán Gudiol, Los condados de Aragón y Sobrarbe, ed. cit., pp. 225-228 y doc. 32. Para el texto, véase José María Lacarra y de Miguel, «Textos navarros del códice de Roda», art. cit., p. 263.
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diocesano que él controla y que el rey Sancho Garcés domina plenamente: en Calahorra, en Tobía —que luego se desplazará a Nájera—, en la aragonesa Sasáu, Sasave o Sasabe, y en Deyo o Tierra Estella. Si esta última no pasó de este intento y la restaurada diócesis de Calahorra no tuvo continuidad al recuperar los musulmanes la ciudad en el año 968, las otras dos se consolidaron y acrecentaron. Y todas constituyeron desde el primer momento una nueva provincia eclesiástica en la que el prelado pamplonés ejercía de metropolitano, cosa que al monarca le agradaba, pues consolidaba la idea de la gran expansión que había llevado a cabo. Creo que con este plan en su mente diseñó Galindo su gobierno diocesano. Había que pasar de ser un simple obispo a ser un obispo de obispos, es decir, un metropolitano que gobernara un amplio territorio controlado por otros prelados. Esta conversión del obispo pamplonés en el rector de una provincia eclesiástica confirmaba la idea de una monarquía poderosa y con un extenso territorio que gobernar. Por lo tanto, todos estaban contentos con la euforia episcopal y solo faltaba ponerla en marcha. Pero no faltarían los problemas, puesto que el obispo Galindo de Pamplona se encontró con que no podía cumplir el derecho canónico, que le obligaba a establecer la residencia de los nuevos obispos en cuatro ciudades, nunca en una villa, pues esto convertiría al obispo en un villano. Y, aunque lo pudiera hacer en algún lugar, donde tuvo mayor problema fue en fijar la sede del nuevo obispo que gobernaría pastoralmente las tierras del condado de Aragón, pues en ese territorio no quedaba ninguna, ya que la antigua ciudad ibera de Jaca estaba reducida a un ruinoso castro. No tenía más remedio que instituir la sede episcopal en una iglesia bien situada y con cierto prestigio, y esa iglesia era la del monasterio sasabiense que habían fundado los condes aragoneses en la segunda mitad del siglo IX, cuando comenzaron a expansionarse por el valle de Laurés. Las razones que llevaron a elegir este enclave son desconocidas, mas me parece muy oportuno pensar que quizás la explicación esté en el hecho de que el primer obispo, propuesto por Galindo de Pamplona, fuera monje en este cenobio jacetano145 y fuera conocido como Ferriolo.146 Actualmente el monasterio de Sasabe pervive en el valle de Laurés, al pie del Pirineo, cerca de la vieja calzada romana que atravesaba el valle del Aragón, pero de ese conjunto de edificaciones solo nos queda la iglesia, que
145. Domingo J. Buesa Conde, «San Adrián de Sasabe. La historia de un monasterio que se perdió en un barranco», La Magia de Huesca, 2 (2001). Josefa María Valenzuela Muñoz, «San Adrián de Sasabe», Argensola, 57-60 (1964-1965), pp. 71-91. 146. Antonio Ubieto Arteta, Cartulario de Siresa, Valencia, s. n., 1960, doc. 6.
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tuvo como santos protectores a san Adrián y santa Natalia y que se renovó cuando el monasterio quedó convertido en un priorato de la catedral de Jaca. La nueva iglesia románica, que sigue en pie, fue consagrada a principios del siglo XII por el obispo Esteban de Huesca-Jaca con la asistencia del propio rey Pedro I, sin duda obligado por la condición de sede del primer obispado aragonés que mantenían aquellas edificaciones en las que se levantaba el templo románico. Gobernaba en ese momento este espacio monástico el abad Sancho de Larrosa, oriundo de la Garcipollera, que acabaría siendo el obispo de Pamplona, el que consagró su catedral en 1127 y el que fundó el hospital de Roncesvalles, copiando lo que tantas veces había visto en la cercana Santa Cristina de Somport. Vinculado con este obispo Esteban de Huesca-Jaca hay un asunto de enorme interés —que conviene plantear antes de hablar del episcopologio de la sede de Sasabe— que se refiere a la tradición de considerar que esta sede era la continuadora de la de Huesca, puesto que a ella habrían acudido los obispos a refugiarse en tiempos de la dominación musulmana. Está claro que no es asumible esta tesis,147 ya que la primera vez que se documenta esta opinión es en la redotación que hace de la iglesia de Sasabe el obispo Esteban (1099-1130). El caso es que en ese año 922 Ferriolo es nombrado obispo en Sasabe y comienza a trabajar para consolidar el nuevo obispado de Aragón, aunque el primer obispo que recibe el título es su sucesor, Fortuño (933-947),148 miembro de una familia afincada en Guasillo, al sur de Boráu, cuya madre es una rica propietaria de nombre Incalzata. De la misma zona es el tercer obispo sasabiense, el monje Atón (958), que, como los anteriores, debe de proceder de este monasterio, pues es hijo de Oriol Galíndez, vecino de la zona, y tiene que acatar la decisión de una comunidad gobernada por el abad Banzo de Sasabe, de la cual parecen salir quienes son elegidos obispos en Sasabe y denominados obispos en Aragón. Luego se sucederán Oriol (971-984), otro Atón (991-992) y Blasco, que morirá en el año 1004 y que será el obispo al que le tocó vivir el tránsito del año mil. Todos ellos gobiernan un territorio que va desde tierras de Ansó hasta el valle de Tena incluido, desde los montes del Pirineo hasta la frontera con 147. Idem, «Las diócesis navarro-aragonesas durante los siglos IX y X», Pirineos, 31-32 (1954), pp. 192-194, donde plantea que esta suposición está muy de acuerdo con la línea seguida por la historiografía eclesiástica española de la segunda mitad del siglo XI. 148. Idem, Cartulario de San Juan de la Peña, vol. I, ed. cit., p. 51. En una donación del año 943 que hace Ava de Torla al monasterio de San Martín de Ciella se indica que «Fue hecha la escritura en la era 981 [943], reinando el rey García Sánchez y el obispo don Fortuño en Aragón».
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los musulmanes, y son monasterios de su control el de San Julián y Santa Basilisa (hoy San Juan de la Peña), el de Cercito, el de Navasal y el de Siresa. De este obispado, nacido en los principios del siglo X, hay algunas noticias documentales que certifican la existencia de seis obispos y queda una inscripción que dice: «Aquí descansan tres obispos».149 Lo importante es que mantiene su titulación hasta principios del siglo XI, momento en el que se produce el cambio de obispo de Sasabe por obispo de Aragón o aragonés. Este cambio coincidirá con el reinado de Sancho el Mayor de Pamplona, el hombre que comienza a intitularse rey por la gracia de Dios de pamploneses y aragoneses.150 Imitando al poderoso monarca, como siempre era habitual en este cuidadoso reparto de poderes, el prelado asume esta idea y se titula episcopus Aragonensis, por la gracia de Dios, sobre los hombres que viven en Aragón. El obispo, aunque ha cambiado de intitulación, no podrá salvar este obispado de Sasabe durante mucho tiempo más, pues justo cuando reyes como Sancho el Mayor o Ramiro I, en pleno siglo XI, apuesten por ampliar su dominio y sus privilegios, le saldrá un fuerte competidor. Será el tiempo en el que los monjes de este cenobio verán mermada su influencia en aras del control que sobre la Iglesia comienzan a ejercer los cluniacenses que han llegado al monte Pano, al monasterio de San Juan de la Peña. Los obispos de Sasabe que abarcan el siglo X contribuyen a consolidar la relación de este territorio con Pamplona, cuyos reyes son además condes de Aragón desde el enlace matrimonial de la condesa Andregoto con el heredero de Sancho Garcés I. Son gentes que se emplean en ordenar los monasterios existentes y en potenciar nuevas fundaciones, siempre respetando esa condición de santuario que posee el de San Pedro de Siresa, cenobio al que el primer obispo de Sasabe se apresuró a confirmarle los privilegios que le habían ido dando los condes de Aragón y a ampliar sus dominios.151 A ellos hay que conceder el protagonismo de la cristianización de algunas zonas de estos valles, como los serrableses a los que el propio rey
149. Antonio Durán Gudiol, «Las inscripciones medievales de la provincia de Huesca», Estudios de Edad Media de la Corona de Aragón, VIII (1967), pp. 45-154, esp. p. 75, n.º 3. Un documento oscense de 1116, falsificado, habla de que están en Sasabe los sepulcros de siete obispos. 150. Idem, «La Iglesia en Aragón durante el siglo XI», Estudios de Edad Media de la Corona de Aragón, IV (1951), pp. 7-68. 151. Idem, Los condados de Aragón y Sobrarbe, ed. cit., pp. 343, doc. 33 (año 922), y 349350, doc. 46 (año 933). El propio conde Galindo II deja ordenado en su testamento, como mandato al rey pamplonés, que tiene que seguir ayudando al monasterio de Siresa «a fin de que nadie perjudique a los monjes y para que estos le ayuden con su consejo y buenas obras» (Domingo J. Buesa Conde, Historia del Alto Aragón, ed. cit., p. 93).
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Sancho Garcés I había entrado en el año 923, atravesando la frontera del río Gállego y buscando los caminos hasta Sobrarbe por el Basa y el Guarga, río este último que posee un nombre claramente vinculado con lo mozárabe. Si la expedición militar concluyó inesperadamente cuando las tropas del todavía emir Abd al-Rahman III iniciaron el cerco militar a la ciudad de Pamplona, en el año 924, quedaron algunos grupos de colonos y los asentamientos de gentes mozárabes que subían de Huesca, muy útiles a la hora de ir ubicando súbditos fieles y valientes ante la posibilidad de un asalto a Huesca. Así ocurrió en el asalto que se produjo entre marzo del año 941 y mayo del 942, apoyado en la conquista de Labata y de los baluartes de Sen y Men. El mundo musulmán se asustó de esta realidad y decidió luchar contra los invasores navarroaragoneses, y fue el propio valí de Zaragoza quien logró acabar con esta incursión. En ese momento los ejércitos se replegaron hacia el norte, al valle de Guarga, y con ellos vinieron muchos cristianos mozárabes del entorno de Huesca que veían en peligro sus vidas por haber colaborado con los invasores. Durán señala que en esos tiempos se produce el nacimiento de algunos monasterios vinculados a la memoria de san Úrbez, aparece la dedicación del monasterio de Gavín a san Pelayo —un santo martirizado en Córdoba en el año 925— y se trasladan algunas reliquias a zonas de mayor seguridad. El cuerpo de san Victorián sube hasta Sobrarbe y las reliquias de las santas Nunilo y Alodia marchan al monasterio navarro de Leyre. Con el traslado de las reliquias se potenciaba el poder de esos nuevos centros monásticos que asumieron el intento de cristianizar todo el territorio, en el que todavía pervivía el paganismo de los pastores, con cultos que reverenciaban a los bosques como espacios sagrados. Había llegado el momento de asegurarse el compromiso moral de los habitantes con el proyecto político bendecido por la Iglesia de Cristo. Es más, habían llegado unos momentos en los que la aristocracia laica de esos territorios se empeñaba en la fundación, el control y el dominio de esos monasterios que iban a protagonizar el progreso de la sociedad, muchas veces porque algunos de sus miembros, impulsados por la piedad, el prestigio social o el ánimo de lucro, procedieron a realizar fundaciones, o bien porque acabaron dominando centros que estaban en estado de abandono y que ayudaron a conservar para convertirlos en lugares de inhumación para los miembros de la familia, algunos de los cuales —especialmente las mujeres viudas— terminarían 152. Isabel Torrente Fernández, «El monacato en el territorio de L.lena: sociedad y poder», Territorio, sociedad y poder, 1 (2006), pp. 221-238, esp. p. 224.
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acogiéndose al estatus privilegiado de la vida monacal.152 Y esta tarea se desarrolla con todo cuidado en esas tierras fronterizas de Serrablo, encuentro de dos zonas de poder. Allí es a donde llegan muchos de esos mozárabes que huyen de Huesca con el ejército cristiano, y allí se completa el diseño de una distribución del territorio entre los monasterios. En esas tierras, algunas de las cuales acabarían integradas en la diócesis de Jaca, se fundarían cuatro focos que también iban a intentar acabar con núcleos de paganismo dispersos por el territorio más inaccesible. Los núcleos monásticos fueron el de San Martín de Cercito, que controló el entorno del río Aurín, al oeste; el de San Pedro de Rava, que vertebró el territorio situado al este; el de San Andrés de Fanlo, que gestionó la incorporación de la zona centro; y el de San Úrbez de Nocito, que vigiló la zona sur y los caminos hacia Huesca. Si estos dos últimos nos hablan de la presencia de monjes y de devociones propias de la ciudad de Huesca, todos ellos nos hacen suponer que fueron fundados después del año 940 y antes del 960, fecha de la expedición militar musulmana de reconquista de esas tierras de Serrablo y momento en el que quizás se produjo la represalia contra cristianos dentro de la cual pudo ser martirizada santa Eurosia. Cercito fue fundado en el 922, Rava debió de fundarse en el 941 —con el abad Agilano—, Fanlo pudo nacer hacia el 950 y San Úrbez de Nocito —que ya tenía tradición visigótica— viviría su gran expansión en la segunda mitad del siglo X. Esta expansión de los monjes de Nocito, que custodiaban el cuerpo incorrupto del santo pastor, provocó la fundación de monasterios como el de San Úrbez de Basarán, en tierras de Sobrepuerto, o el de San Úrbez de la Garganta, cerca de Senegüé y a orillas del Gállego.153
153. Domingo J. Buesa Conde, Los monasterios altoaragoneses en la historia, ed. cit., pp. 86-87. Véase la nota sobre «La emigración mozárabe hacia el Norte» en la página 86. Este monasterio, que será conocido como San Úrbez de Gállego, acabará llamándose San Úrbez de la Garganta desde el siglo XIV, por haber sido levantado en las gargantas que se abren en la zona sureste de Javierre del Obispo, lugar al que un documento del siglo XII llama curiosamente Exabier de la Garganta ultra Gallecii.
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EL TRÁNSITO DEL AÑO MIL
Todas estas gentes en movimiento, asentando nuevas poblaciones en un itinerario que consolidaba caminos de avance hacia las tierras de la llanura oscense, en manos musulmanas, provocaron cierta alerta en la ciudad de Huesca, sobre todo ante el fallido ataque de los ejércitos pamploneses y aragoneses en torno al 940. Pero sería el poder del califato cordobés el que entendería que no podían seguir permitiéndose estos movimientos descontrolados, máxime cuando los pamploneses habían cometido la osadía de aliarse con los castellanos para marchar sobre la propia Córdoba. En el verano del año 999 las tierras gobernadas por el tímido García Sánchez II el Tembloroso, que era rey de Pamplona y conde de Aragón, sufrieron el avance devastador de los ejércitos del dictador al-Mansur —el Almanzor de las crónicas cristianas—, que entró por las Cinco Villas, conquistó Pamplona, subió hasta el Pirineo, entró por el poblado llano de Ansó y terminó arrasando muchos territorios del viejo condado, como los valles de Ansó, Echo y Acumuer. El resultado fue terrible: se destruyeron los monasterios —que eran la base de la organización territorial—, se arrasaron las poblaciones en las que vivían los que trabajaban las tierras, se quemaron cosechas y, sobre todo, se generó una sensación de terror cuando esa sociedad descubrió que ni en sus valles más apartados estaba segura. El miedo cundió en la población, asunto del cual nos habla un documento que explica cómo, «en aquellos días en que se huía de Almanzor, la nodriza de Fílgolo huía también, acompañada del tío de este, Dato Galíndez, y se le cayó el niño, el cual de resultas quedó cojo», razón por la que su familia lo donó al monasterio de San Martín de Ciella con una amplia dote que incluía la iglesia que había construido en el lugar de Cabañas.154 Pero no solo tenían miedo las gentes del común: los propios guerreros no se
154. Antonio Durán Gudiol, Los condados de Aragón y Sobrarbe, ed. cit., p. 260 y doc. 72.
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sentían seguros y, como explica la Crónica de San Juan de la Peña, el miedo a los musulmanes les obligaba a compartir con sus caballos las habitaciones matrimoniales. Por último, no había aterrorizado menos la campaña musulmana a los monjes de estos valles, si hacemos caso de las noticias que nos llegan de los monasterios de las Galias. El supersticioso monje Raúl Glaber nos cuenta que en tiempos del abad Odilón de Cluny llegaron «muchos monjes de las Españas» que pidieron permiso para conservar sus costumbres litúrgicas en el monasterio borgoñón en el que se refugiaron.155 Este miedo que inunda las tierras altoaragonesas y que coincide con el año mil, no puede ser entendido como algo vinculado al proceso que conocemos como los terrores del año mil, puesto que esta es una idea bastante posterior y, evidentemente, planteada desde el plano intelectual. No hubo un pánico milenarista en nuestra diócesis, salvo si queremos incorporar a este concepto los acontecimientos locales que se acompañaron de graves períodos de hambre, de malas cosechas y, en esta tierra, de unos campos destruidos por las expediciones musulmanas. No tenemos constancia de fenómenos naturales que fueran interpretados como signos apocalípticos; no tenemos referencia de la existencia de monstruos y tampoco de apariciones de ese diablo —un tema que tanto gustaba y que generalizó el monje borgoñón Raúl Glaber— que se vinculó en la Europa feudal a las fuentes y a los árboles, desde los que acechaba como si fuera el último recuerdo de esas creencias célticas relativas a los monumentos megalíticos contra los que se pronunciaron numerosos concilios y edictos en la Alta Edad Media.156 No cabe duda de que, como consecuencia de otras cuestiones, en los albores del siglo XI la sociedad aragonesa tiene un sentimiento de temor muy fuerte, al que va unido el de la esperanza, que aparece tímidamente sugerido en los documentos, como en una donación al monasterio de San Juan de Maltray que —el año 995— hacen los reyes García y Jimena: «Cuando los oprimidos por la mole de los pecados nos rehacemos en la
155. Raoul Glaber: les cinq livres de ses histories (900-1044), ed. de Maurice Prou, París, A. Picard, 1886, pp. 44 y 61-62. 156. Eloy Benito Ruano, «El mito histórico del año mil», Estudios Humanísticos, 1 (1979), pp. 11-31. Glaber escribió en 1033, cuando las hambres —de por sí endémicas— se hicieron más acuciantes, que «el orden de las estaciones y las leyes de los elementos, que hasta entonces habían gobernado el mundo, habían caído en el caos eterno y se temía el fin del género humano». En el año 1033 se cumplía, precisamente, el milenario de la pasión de Cristo. La creencia consistía en que, cuando hubieran pasado mil años desde el encierro de Satanás, el mal invadiría el mundo y comenzaría el tiempo de las tribulaciones, pero solo durante un breve período de tiempo; transcurrido este, se instauraría un reino terrenal perfecto, imagen del paraíso, que precedería al fin del mundo.
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esperanza y la confianza en los méritos de los santos, no somos arrojados de todas partes a la desesperación que, como atestigua la conciencia, muchas veces nos asusta también el reato de nuestros pecados».157 Si en el año 1005 se produjo una gravísima carestía de alimentos, que trajo la muerte de muchas personas, en el territorio pirenaico el 1006 fue el escenario de la segunda campaña musulmana. Su responsable era Abd alMalik, y el escenario en este caso fueron los condados de Sobrarbe y Ribagorza, en los que se sembró la desolación y el terror conquistando Roda de Isábena, la cabecera de este territorio, y haciendo prisionero a su obispo Aimerico en el interior de su propia catedral. Como nos dice un documento de 1008, «los paganos destruyeron Ralúy, cuyos hombres tuvieron que huir hacia diversos lugares a causa del miedo provocado por aquellos».158 Con estas dos razias se habían destruido los monasterios y los recursos de Aragón, Sobrarbe y Ribagorza, por lo cual el territorio pirenaico comenzaba a vivir un tiempo de aflicción que duraría por lo menos dos décadas, si hacemos caso a los documentos que redactan los escritorios monásticos, documentos inexistentes en los primeros veinte años del siglo XI. El ejemplo de lo duro que fue vivir esa situación nos lo sugiere el acta de consagración de una iglesia ribagorzana, que en 1023 dice: «sepan todos los católicos lo que sucedió en el valle de Nocellas, pues fue destruido por los sarracenos y convertido en un yermo y ellos fueron quienes violaron todos los altares que en la misma se hallaban».159 Quedaría fuera de este castigo la tierra de Serrablo, que ya había sufrido los rigores de una incursión musulmana en el año 960, y por lo tanto en ella podríamos detectar cierta vida y, en consecuencia, cierta actividad constructiva, que se centró en las conocidas como iglesias de Serrablo.160 Levantadas en el entorno del año mil en varias fases y como consecuencia del trabajo de varios grupos de canteros que se desplazan por este territorio, estas pequeñas iglesias particulares fueron refugio de una cultura mozárabe que emigró de Huesca —como se ha podido constatar— durante los dos
157. Antonio Ubieto Arteta, Cartulario de San Juan de la Peña, vol. I, ed. cit., p. 90. Antonio Durán Gudiol, Los condados de Aragón y Sobrarbe, ed. cit., pp. 360-361. 158. Ángel J. Martín Duque, Colección diplomática de Obarra, Zaragoza, IEP, 1965, p. 13. Domingo J. Buesa Conde, Historia del Alto Aragón, ed. cit., pp. 98-99. 159. Juan Francisco Esteban Lorente, Fernando Galtier Martí y Manuel García Guatas, El nacimiento del arte románico en Aragón: arquitectura, Zaragoza, CAI, 1982, p. 97. 160. Antonio Durán Gudiol, Del arte y la historia medievales en Serrablo, Sabiñánigo, Amigos de Serrablo, 1996, habla del «Arte mozárabe en la provincia de Huesca» (pp. 9-18) y el «Arte mozárabe en la comarca de Sabiñánigo» (pp. 19-24), además de trazar el «Contexto cultural en el nacimiento del románico aragonés» (pp. 87-92).
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siglos precedentes. Hay que tener en cuenta, además, que en esos años se abandona una primitiva forma de construir autóctona que se manifiesta en ábsides de planta en forma de herradura y que detectamos en el oriente altoaragonés. Estos edificios religiosos, que forman un grupo con rasgos comunes, participan de un estilo peculiar, con un fuerte grado de síntesis, que ha llevado a plantear varias propuestas de catalogación. Desde su descubrimiento para la ciencia, acaecido en 1922 por el profesor Sánchez Ventura, se entendieron como obra de un estilo «mozárabe mal interpretado y peor conocido» que fue estudiado por el profesor Gómez Moreno, quien en 1934 escribió que las iglesias del Gállego habrían sido realizadas por arquitectos andaluces, levantadas a fines del siglo X y condicionadas por el estilo mozárabe junto con el lombardo. Frente a esta corriente, que las hace parte del legado mozárabe, hay algunos autores que, como planteó el profesor Gaya Nuño en 1943, creen que deben ser incluidas en el primer románico, aunque reconocen ciertos influjos mozárabes. El arquitecto Íñiguez Almech, en 1966, vuelve a considerar que su parentesco con el arte musulmán es visible incluso en sus torres, cercanas a los minaretes de algunas mezquitas sirias, y en especial a través de la clara relación que tienen los campanarios serrableses con la mezquita de El-Omaria, en la ciudad de Bosra.161 Y en la misma línea comienza a plantear su recuperación el canónigo y académico Durán Gudiol,162 que las define como «iglesias mozárabes
161. La existencia de torres campanario es quizás el asunto más llamativo, mucho más cuando estos elementos, de extraordinaria esbeltez, se han puesto «en relación con la esencia arquitectónica de los minaretes del mundo islámico». A la vez que se va reduciendo su planta al crecer en altura, se va ganando en la decoración de sus vanos, generalmente con tríforas y con el mismo tipo de frisos de baquetones que podemos ver en los ábsides. Estas ventanas, portadoras de un contenido plástico muy importante, pueden tener uno, dos o tres vanos, están construidas en arco de herradura o de medio punto y en algún caso van enmarcadas por un alfiz. La torre se cubre con un tejado, a cuatro vertientes, que está construido en la típica pizarra de la zona y apoyado en la bóveda esquifada que cubre el espacio interior. Las de San Bartolomé de Gavín al norte —decorada con dos toscas rosetas compuestas por una decena de dovelas—, San Pedro de Lárrede en el centro y San Pedro de Lasieso al sur son los tres ejemplos más notables. 162. Antonio Durán Gudiol, Arte altoaragonés de los siglos X y XI, Sabiñánigo, Cazar, 1973. Su primer trabajo, publicado el 10 de agosto del año 1966 en el diario Nueva España de Huesca, sienta las bases para el estudio del mozarabismo de las iglesias serrablesas. Una tesis que se completará en la comunicación que presentó en el Congreso Luso-Espahol de Estudos Medievais (Oporto, 1968), en la que abordaba la «Problemática del arte mozárabe aragonés». A partir de ese momento, algunos autores aceptan las tesis mozarabistas, como René Crozet en su estudio sobre las «Petites églises de la vallée du Gállego (Espagne)», mientras que otros, como Ángel Canellas o Ángel Sanvicente (1979), hablan de protorrománico del siglo XI, y algunos, como Manuel García Guatas (1982) o Fernando Galtier, se inclinan por ubicar estas
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Iglesia de San Pedro de Lárrede. (Foto: Fernando Alvira Lizano)
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del Serrablo». Situadas entre los años 950 y 1020, justo antes de la entrada del románico lombardo en Aragón, son consideradas monumento histórico-artístico el 29 de septiembre de 1982. Para Durán, se puede hablar de varias etapas constructivas, iniciadas por un primer mozárabe, con ábsides rectangulares y buenos ejemplos en Gavín y en Espierre, fechable hacia mediados del siglo X. Un segundo mozárabe, que se ubica en la segunda mitad del siglo X, tiene como ejemplos las iglesias de Otal, Busa, Rasal y Lárrede y se caracteriza por el uso del alfiz, la presencia de ábsides muy decorados y airosas torres de evocaciones musulmanas. Entre los años 1000 y 1024 se sitúa el tercer mozárabe, con edificios como los de Satué, Isún, Isín, Ordovés e incluso la iglesia primitiva de Lasieso, donde se van abandonando los aires musulmanes y se comienza a potenciar la occidentalidad de la arquitectura. Esta cercanía a lo románico monopolizará las construcciones del cuarto mozárabe, que, coincidiendo con el arte lombardo, se ve en iglesias del Campo de Jaca. El final de un modelo de hacer arquitectura se puede contemplar en Banaguás y Lerés, donde las arcuaciones lombardas decorativas hablan de que ha concluido el quehacer de los canteros serrableses y se abre la labor de los románicos. Se acepte o no la tesis de Durán, lo que es evidente es que todo este conjunto singular de iglesias, construidas posiblemente en la primera mitad del siglo XI, fue levantado por una cuadrilla de canteros itinerantes que conocían bien el arte musulmán, del que copiaron elementos decorativos, pero que tampoco eran ajenos al sentido feudal del espacio románico, que se siente como algo unitario y macizo, sólido y eterno, alejado de esa división de los espacios interiores que existía en las iglesias mozárabes. Su elemento principal, la marca del grupo, es la cabecera, que se sitúa mirando hacia oriente y se resuelve con una solución decorativa tan original como acertada. Estamos hablando de la combinación de un friso de baquetones —medios cilindros dispuestos verticalmente— con unas arcuaciones murales ciegas —de cinco a nueve arcadas semicirculares ciegas, en el centro de las cuales se abre la que da luz al templo—, y sobre ellas un cordón moldurado, en forma de bocel, que marca el recorrido y la base del friso de baquetones. Sobre este friso se sitúan las hiladas de sillares estrechos y salientes que soportan el tejaroz y constituyen una variedad de cornisa.
iglesias en el estilo románico de la segunda mitad del siglo XI, aunque el mismo García Guatas señalaba en 1997 que «la singularidad de algunos de los elementos formales de estas iglesias parece tener un probable origen mozárabe, verificado documentalmente en la actividad religiosa y constructiva del desaparecido monasterio de San Andrés de Fanlo».
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Las pequeñas iglesias serrablesas, con una concepción del espacio interior indudablemente muy románica, son un claro testimonio de la labor de evangelización y cristianización que se está llevando a cabo en estas tierras de Serrablo, en un tiempo en el que su dependencia política del gobierno musulmán de Huesca les permite vivir ajenas a las incursiones de castigo de los ejércitos cordobeses. Pero es evidente que, si bien las iglesias más antiguas pueden ser del siglo X y están inspiradas por la acción monástica, la mayoría de ellas se construyen en el marco del siglo XI y por la inversión de particulares dispuestos a generar templos que les renten beneficios, lo que conocemos como iglesias propias, que siempre estarán amenazadas por los monasterios que las quieren incorporar a sus dominios. Lo más sensato es pensar que estamos hablando de una intensa acción constructiva que se documenta en las cercanías del año 1050, en pleno reinado de Ramiro I y cuando este ya se está planteando la construcción de la catedral de Jaca. En el caso de las iglesias de Serrablo, Galtier Martí entiende que deben ser ubicadas en este entorno cronológico y que fueron obra iniciada por el maestro que levantó la iglesia de Lárrede. Estas iglesias rurales o propias, protegidas por la monarquía y por la aristocracia feudal, constituían un legado del pasado que se incorporaba con entidad, a través del cobro de diezmos y primicias, a la renta señorial. Estaban a cargo de presbíteros locales, integrados perfectamente en esas comunidades campesinas, y eran objeto de traspaso de unas manos a otras cuando se cambiaban o vendían las heredades en las que se levantaron.163
163. Carmen Orcástegui Gros y Esteban Sarasa Sánchez, Sancho el Mayor (1004-1035), Burgos, La Olmeda, 2000, pp. 108-109.
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LA REFORMA MONÁSTICA DE SANCHO EL MAYOR
En la primera década del siglo XI, salvo el territorio centrado por los ríos Gállego y Guarga, todo lo demás era un conjunto de ruinas y de casas quemadas. El poderoso monasterio de Siresa había sufrido el ataque de al-Mansur, e incluso es posible suponer que lo mismo les pasó a los cenobios de San Pedro de Jaca y San Adrián de Sasáu o Sasabe, donde tenía su residencia un obispo itinerante que quizás fuera algo más que un acompañante real y llegara a controlar pastoralmente estas tierras del viejo condado aragonés. En todo caso, podemos pensar que lograba superar el predicamento social que tenían el clero parroquial y los monasterios. La desaparición de estos influyentes núcleos y el tener ocupados a los monjes en volver a recomponer el territorio, provocaron la relajación de costumbres y la aparición de algunas conductas que chocaban frontalmente con la vida apropiada a los cristianos. Hay un documento de una enorme importancia para conocer el estado espiritual de estas tierras dependientes de la sede de Sasabe, que es la carta escrita por el abad Oliva de Vic el 11 de mayo de 1023 como contestación a algunas cuestiones que le consultó el rey Sancho el Mayor, aunque algunas se las respondió directamente («quod autem hic non potuit scribi») al abad Poncio, que acudió como emisario real. Entre los asuntos que se tratan hay uno referido a la política matrimonial de los miembros de las familias reales, todos ellos descendientes del conde Fernán González de Castilla o de antepasados comunes, que son parientes entre sí. En esta pregunta no es importante el hablar del enlace entre familiares, puesto que lo que se está planteando es si hay que superar estas contraindicaciones, pensando que ciertos matrimonios consolidan la paz entre los reinos cristianos y, en consecuencia, propician la destrucción de los paganos y fomentan el bien de la propia Iglesia.164 164. Antonio Durán Gudiol, Los condados de Aragón y Sobrarbe, ed. cit., pp. 371-377 (ed. lat.) / 378-381, doc. 76.
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Esta es la preocupación principal de una de las grandes figuras del siglo XI, Sancho Garcés III el Mayor, rey de Pamplona y conde de Aragón, que comienza a reinar en el año 1004, justamente un año antes de que se produzca el ataque musulmán de Abd al-Malik, el hijo de al-Mansur o Almanzor. Este monarca, de brillante y activo gobierno, reunirá bajo su poder todas las tierras que iban desde las fronteras del Reino de León hasta las del condado de Barcelona y constituirá un vasto imperio que romperá al morir, en el año 1035, dejando a todos sus hijos un territorio convertido en reino. El gobierno de este personaje será fundamental para entender lo que pasará después en estas tierras altoaragonesas, máxime cuando la fundación del Reino de Aragón será una de las decisiones marcadas por su testamento. Los primeros años de su gobierno, después de ver lo que acontecía cuando los musulmanes hacían incursiones por las tierras de su reino, los empleó en liberar estos territorios de cualquier dependencia, cosa que aún recuerda con admiración su nieto Sancho Ramírez en 1077, cuando escribe que su abuelo, el rey Sancho, de buena memoria, por la clemencia de nuestro Redentor, habiendo vencido y expulsado a las gentes ismaelitas de los confines de su reino, lleno de celo por el mismo Redentor, gracias al cual había vencido a sus enemigos, determinó limpiar completamente su reino de las basuras y profanaciones de dicha gente y renovar sus iglesias y monasterios antes destruidos por ellos y ordenar los monasterios según la norma de san Benito.165
A continuación el monarca habla de la introducción de la regla benedictina y dice: «Constituyó una congregación de monjes, concediéndoles privilegio de libertad, en el monasterio de San Juan, en el que fueron enterrados los cuerpos de sus abuelos y antepasados suyos y míos, en el deseo de perfeccionar, con la ayuda de Dios su obra». Y para esto decidió darles toda su protección, puesto que, «por un privilegio redactado según los privilegios del monasterio de Cluny, declaró libres de todo yugo y censo real o episcopal o de cualquier persona eclesiástica o secular, con el solo precepto de servir a Dios, a los monjes de San Juan, sus sucesores y el lugar con todos los monasterios, villas y alodios de su pertenencia». Lo que nos recuerda el rey Sancho Ramírez son las tareas en las que se empleó su abuelo en las primeras décadas de su reinado. Al encontrarse con 165. Domingo J. Buesa Conde, Historia del Alto Aragón, ed. cit., pp. 100-101. El texto, que procede del documento de donación de la villa de Úcar a San Juan de la Peña, en José Salarrullana de Dios, Documentos correspondientes al reinado de Sancho Ramírez, vol. I, Zaragoza, Tip. M. Escar, 1907, p. 33.
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un reino dañado por las expediciones musulmanas, tuvo que plantearse impulsar políticas de desarrollo del territorio y planes que trasmitieran a sus pobladores la idea de que gozaban de un nivel alto de seguridad. Aumentó la presión contra el islam de Huesca, aprovechando su enfrentamiento con el rey de Zaragoza, y lo hizo construyendo una línea de castillos que —al mismo tiempo— fueran elementos de orden ofensivo y defensivo, como Uncastillo, Luesia, Biel, Agüero, Murillo, Marcuello, Loarre, Buil o Boltaña. En estos castillos estableció pequeñas guarniciones que el señor —el tenente— mantenía con la explotación y puesta en cultivo del territorio, además de ejercer el poder delegado del rey en materias jurídicas, fiscales y especialmente militares. Junto a ello, para poder hacer esa sólida red defensiva, a partir del año 1016 comenzó una marcha hacia el este con el fin de incorporar territorios de Serrablo y de Sobrarbe y hacerse con el control de la Ribagorza hasta el valle del río Isábena, cuya condesa se lo había dejado en herencia a la mujer del rey pamplonés, doña Mayor, en torno a 1025. Concluida esta empresa, desde los propios castillos se fueron ordenando las zonas que dependían de ellos y asentando la población en ese entorno seguro de las almenas de la fortaleza, a la cual podían acudir a refugiarse en momentos de inseguridad. Pero esta operación solo venía bien a la frontera, a las tierras de la extremadura del reino, puesto que dejaba los valles y las llanuras del interior sin ordenar. Para ello era necesario volver al diseño de esa monacocracia que había puesto en marcha el territorio desde el siglo IX. Era necesario recuperar la vida monástica, que había quedado seriamente perjudicada con las expediciones de castigo de al-Mansur y su hijo Abd al-Malik. Por cierto, en esta reforma deberíamos contemplar la posibilidad de incluir el espacio monástico de San Pedro de Jaca, reorganizado ya en los inicios del siglo X y que ahora podría ser objeto de una nueva actuación del rey Sancho el Mayor, quien —no hay que olvidarlo— tiene amplias posesiones en la meseta en la que se extienden la villa real de Jaca, su cementerio y el monasterio anexo. En este proceso reformador, Sancho el Mayor va a seguir al pie de la letra las recomendaciones del obispo Oliva de Vic, que le recuerda la importancia de la correctione monasteriorum, proposición que para unos constituye la invitación a expulsar a los monjes y los clérigos de las costumbres desordenadas, y para otros166 representa el enunciado de uno de los pilares
166. Antonio Durán Gudiol, Los condados de Aragón y Sobrarbe, ed. cit., p. 301, explica que las palabras correctione monasteriorum del abad —versado en Sagrada Escritura— deben interpretarse en función del Salmo 96, 2, «iustitia et iudicium correctio sedis» («la justicia y el derecho son la base del trono de Yahveh»).
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de la construcción del reino de Sancho Garcés: la recuperación de los monasterios devolvería a esta tierra el esplendor del pasado, de esos tiempos en los que fue modelo «in religiones divina et dominaciones terrena» (ejemplo para todo el orbe en la religión de Cristo y en el gobierno del reino). Apoyarse en los monjes es lo que hizo este monarca, al que alguna crónica calificó —por encima de todo— como «amigo y amador de los monjes».167 Frente al pasado, cuando desde esas tierras pirenaicas «se promulgaron leyes muy rectas y se dispusieron santos cánones por beatísimos padres», el presente era muy poco elogiable, puesto que «ahora, delante de vuestros ojos, los extranjeros devoran vuestra región, que es asolada con asolación de enemigos, porque, entre otros vicios, está dominada por pésimas maldades, matrimonios incestuosos, embriaguez y brujería». Al primer asunto le dedica el obispo un extenso recorrido, en el que incluye la autoridad del Antiguo Testamento y la doctrina de san Pablo, para señalar «los daños del matrimonio incestuoso» y pedirle que «neguéis en adelante vuestro consentimiento a tan impíos usos». De la embriaguez comienza recordando las palabras del Señor a Isaías («Ay de los que son valientes para beber vino y fuertes para mezclar licores») para censurarla con la idea paulina de que los ebrios no poseerán el reino de Dios, y sobre la brujería recuerda el mandato de Dios cuando dice: «No profetizaréis ni observaréis los sueños». El abad Oliva es tajante en lo que censura y muy claro en lo que recomienda: «no permitáis que prevalezca el criterio de hombres malos contra las leyes divinas y los estatutos de los santos en el orden de las iglesias, en la corrección de los monasterios, en la defensa de niños y viudas y en el gobierno justísimo de los pueblos que tenéis encomendados». De esta manera, el rey pamplonés y conde aragonés se pone a trabajar en la restauración de iglesias y monasterios destruidos por los musulmanes, como nos recordaría el citado documento de Sancho Ramírez datado en 1077. Para poder hacerlo mejor, decide incorporar todos los espacios monásticos a la regla de san Benito, que «florecía bien y en espíritu en todos los rincones de la tierra», para lo cual explica cómo, «enviando un nuncio al monasterio de Cluny, llamé al abad Paterno, varón muy prudente, y con él a la grey monástica, a los que por la clemencia de Dios establecí en el monasterio de San Juan».168
167. José María Lacarra y de Miguel, «Textos navarros del códice de Roda», art. cit., p. 259, n.º 3: «Cronicón Initium regnum Pampilonam». 168. Justo Pérez de Urbel, Sancho el Mayor de Navarra, Madrid, Tall. tip. de la Edit. EspasaCalpe, 1950, p. 360. Se trata de la convocatoria de un concilio para la restauración de la sede de Pamplona que hace en 1022 Sancho el Mayor, quien además encomienda al obispo Sancho el monasterio de Leyre.
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Luego está claro que la implantación de la regla benedictina se hace con gentes que conocen muy bien el modelo del monasterio de Cluny, que la gestión del proceso se pone en manos del monje Paterno —al que quizás se le encarga organizar una federación de monasterios, como había hecho en su diócesis el abad Oliva— y que como centro de implantación se procede a restaurar el antiguo monasterio de San Julián y Santa Basilisa, convertido ahora en monasterio de San Juan.169 Para ello, sobre ese cenobio mozárabe se organizará el monasterio de San Juan de Pano por decisión real del poderoso Sancho el Mayor de Pamplona, en el año 1025 y en el marco de una profunda reforma monástica. Incluso se ha señalado que su nombre se debe a que el rey Sancho participó en los festivales litúrgicos que siguieron al descubrimiento de la cabeza de san Juan Bautista, en la ciudad francesa de Saint-Jean-d’Angély, pocos años antes.170 Estamos ya en el enclave monástico que será el monasterio de San Juan de la Peña, que acabará convertido con Ramiro I en el panteón real de Aragón. Y esta cuestión nos lleva a plantearnos que el monasterio, protegido por la sagrada roca que albergó los primeros escenarios de resistencia contra los invasores musulmanes, quizás ya era en ese momento panteón de aquellos guerreros que gestionaron los grandes momentos de la historia aragonesa. Quizás sea muy acertada la indicación de que «Sancho el Mayor quiso ordenar y asegurar la continuidad del panteón real aragonés», y que «para ello consultó al obispo-abad Oliba, su consejero, que tenía encargada la custodia del monasterio de Ripoll, panteón a su vez de los condes de Barcelona».171 Esta nueva dimensión daría sentido a la operación llevada a cabo en San Juan de la Peña, que no fue una maniobra antiepiscopal, puesto que el rey nunca actuó así en los otros reinos que gobernaba. Esa operación estaría mucho más vinculada con la órbita de las reformas monásticas del abad Oliba, especializado además en la custodia y la gestión de un panteón de gobernantes, que con la lejana Cluny, que aportó, eso sí, su regla benedictina a los que vivían aquí y a los que vinieron a imponerla. No nos distancia esta reflexión de entender que el principal problema es definir quién es ese Paterno que asume la gestión de la restauración
169. José María Lacarra y de Miguel estudia «La colonizzazione benedettina in Spagna» en La bonifica benedettina, Roma, Istituto della Enciclopedia Italiana, 1963, pp. 129-152. Este texto se puede ver reeditado en su Colonización, parias, repoblación y otros estudios, Zaragoza, Anubar, 1981, pp. 9-40. 170. Carlos Laliena Corbera, «La memoria real en San Juan de la Peña: poder, carisma y legitimidad en Aragón en el siglo XI», en Aragón en la Edad Media, XIX (Homenaje a la profesora María Isabel Falcón) (2006), pp. 309-324. 171. Antonio Durán Gudiol, «La Iglesia en Aragón durante el siglo XI», art. cit., p. 21.
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monástica en el territorio del condado de Aragón, puesto que sin duda tiene que ser un hombre conocedor de la regla y además libre de cualquier atadura con la vieja red monástica aragonesa. Paterno parece ser el líder de un grupo de navarroaragoneses que huyeron cuando el desastre de al-Mansur para buscar la protección de los muros del monasterio borgoñón de San Pedro de Cluny, en un momento en el que, según explican los documentos, «el celo de la obra de Dios se había enfriado en esta España».172 Paterno y sus socios o «compañeros» vuelven a su tierra cuando los reclama el propio rey en una carta al abad Odilón de Cluny en la que le promete que los tratará bien y que les cederá el monasterio «de san Juan con todas sus villas y monasterios donados por mis padres u otros buenos varones para bien de sus almas». Este momento es el punto de partida de una nueva situación en el mapa espiritual del territorio condal, donde se asienta un nuevo poder que está llamado a cambiar la situación, máxime cuando su compromiso será arrancar de las manos de los particulares todo ese tejido espiritual y ponerlo al servicio de una regla cluniacense que se impone en Europa y que se convertirá en el apoyo del papado. El obispo que tiene que vivir esta reforma impuesta por el propio rey es Mancio, que figura en la corte pamplonesa ya en 1011 sin indicación de título episcopal, aunque muy pronto lo veremos mencionado como Mancius Aragonensis episcopus, en el año 1020; como Mancius oscensis epsicopus en 1030, cuando el rey tenga cierta esperanza en conquistar Huesca, y como Mantius episcopus in Aragone en 1035. Un prelado al que profesó afecto el rey Sancho y al que tuvo en la corte habitualmente, pero al que no dejó bien parado en este nuevo diseño del mapa pastoral. Tanto el obispo Mancio como el abad Paterno coinciden en el tiempo con ese anuncio de carestías y sufrimientos que hace Raúl Gleber, monje de Cluny al cual conoce bien Paterno. Él será el que nos describa cómo, después de la terrible carestía que asoló al mundo en el año 1033, el rostro del cielo comenzó alegremente a aclararse, a hacer respirar vientos favorables, a mostrar, sereno y aplacado, la magnanimidad del Creador. Cubriéndose
172. Antonio Ubieto Arteta, Cartulario de San Juan de la Peña, vol. I, pp. 135-136. Sancho el Mayor introduce la regla benedictina en el monasterio de San Juan el 21 de abril de 1025. «Porque vi que la regla de san Benito brillaba en muchísimos lugares, quise ordenar según ella el monasterio de San Juan Bautista, que es llamado de la Peña, donde están sepultados los cuerpos de mis padres, comenzando por expulsar de él los deleites de quienes vivían aseglarada y vanamente. Así pues, deseando confirmar y congregar dignamente el camino y la vida feliz de los monjes conforme a la santa regla, reunida la comunidad, elegimos abad y padre de los siervos de Dios a Paterno».
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generosamente de vegetación, la superficie terrestre entera comenzó a producir frutos en abundancia y alejó del todo la carestía. Entonces, por primera vez, a instancia de los obispos, abades y otros religiosos empezaron a celebrarse concilios a los que eran transportados los cuerpos de muchos santos e innumerables urnas con reliquias sagradas.
A esta nueva situación se refiere el monje cuando dice: Parecía que la propia tierra, como sacudiéndose y liberándose de la vejez, se revistiera toda entera de un blanco manto de iglesias. En aquel tiempo los fieles sustituyeron con edificios mejores casi todas las iglesias de las sedes episcopales, todos los monasterios dedicados a los diversos santos y también los más pequeños oratorios de campo. 173
Como nos explican los textos de la época, coincidiendo con esta gestión de Sancho el Mayor se comienzan a construir los edificios en el primer románico, el conocido como románico lombardo, que, por influencia del obispo Oliva de Vic, se introduce desde tierras catalanas, a donde han llegado los lombardos en importantes contingentes de maestros en busca de promotores de obras. Este nuevo estilo era en realidad un sistema importado de Italia que permitía construir con materiales baratos y con rapidez, al mismo tiempo que las arcuaciones que adornaban las paredes producían efectos de claroscuro que impresionaban a las gentes del momento. A todos les gustaba el nuevo estilo, cuyas iglesias suplantaban a las humildes edificaciones anteriores, por lo que entendían que eran «multo melius quam fuerat», como nos explica el escriba para el caso de la iglesia catalana de Vilatorta.174 Los maestros lombardos construyen en nuestra diócesis en piedra, en el típico sillarejo lombardo, caracterizado por sus reducidas dimensiones y por la finura de su ejecución, levantando muros con doble paramento relleno de mampostería y sólida argamasa que sostienen las bóvedas de arista que cubren las naves. Muy abundantes estos edificios en el oriente altoaragonés, los que tenemos en la diócesis de Jaca parecen estar vinculados a empresas
173. Paul Rousset, «Raoul Glaber, interprète de la pensée commune au XI siècle», Revue d’Histoire de l’Église de France, 36 (1950), pp. 5-24. Para la mención del manto de iglesias, véase III, 4, 13, aunque en realidad el concepto de blanco manto de iglesias no sería exacto, pues la traducción correcta sería inmaculado manto de iglesias. Véase Juan Francisco Esteban Lorente, Fernando Galtier Martí y Manuel García Guatas, op. cit., p. 156, n. 1. 174. Juan Francisco Esteban Lorente, Fernando Galtier Martí y Manuel García Guatas, op. cit., p. 156, n. 13. Dice que la nueva iglesia, consagrada en 1054, era «de quadris nobilibus et politiis lapidibus, multo melius quam fuerat, reaedificata».
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de la familia real, realizadas en tierras que pertenecían al dominio real, desde la iglesia de Serós hasta la torre del castillo de Biel, todas ellas deudoras de las influencias lombardas que se introdujeron a través del primitivo núcleo del castillo de Loarre, obra de Sancho el Mayor. Un ejemplo de este arte es la iglesia de San Caprasio de la Serós, anterior al año 1030, muy vinculada a modelos italianos como San Paragorio de Noli y construida en pocos meses bajo la direccón de un clérigo que aporta la preeminencia del valor simbólico sobre el estético, además de inspirar esas razones armónicas que se relacionan con el proceso que llevaba a algunas iglesias a imitar la Jerusalén celestial.175 Fue construida hacia 1020 y antiguamente debió de estar bajo la advocación de san Cipriano, y fue convertida en consecuencia en un espacio de lucha contra la magia y las supersticiones, que abundaban en el reino de Sancho Garcés III, si hacemos caso al abad Oliva, quien las consideró uno de los tres problemas graves de la espiritualidad en estas tierras. San Caprasio, cuyo ábside se decora con arcuaciones lombardas, se proyecta en otras obras, como la de San Jacobo de Ruesta, levantada hacia 1030, o la de Santa María de Iguácel, que podría situarse hacia 1040. La pervivencia del arte lombardo en esta comarca se ve en iglesias como la de Badaguás (finales del siglo XI) y llegará al siglo XII con ejemplos como la iglesia de Asieso.
175. Juan Francisco Esteban Lorente, «La metrología y sus consecuencias en los edificios de la Alta Edad Media española, III: el primer románico en España», Artigrama, 22 (2007), pp. 423-472, esp. pp. 433-437.
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EL OBISPO DE ARAGÓN
Hemos ido viendo cómo a lo largo del siglo XI las comunidades del que será el obispado de Jaca se ordenan en torno a la materialidad del templo, con su iglesia bien dotada y gobernada por presbíteros indígenas que están íntimamente unidos a los propietarios, quienes disponen de las donaciones y de las sustanciosas rentas de las iglesias. Estas pueden ser reales, particulares o incluso organizadas como pequeñísimos monasterios, ejemplos de lo cual son la iglesia de San Saturnino de Retrata, que era del capellán real Godofredo desde que —en 1031— la recibió de manos del rey (sabemos que después construyó muchos edificios, amplió la iglesia y durante años vivió allí rodeado de cooperadores), y el de la iglesia dedicada a Santa Eufemia en Biniés, donde el monje Sancho acabó generando un monasteriolum.176 Todos estos clérigos viven dedicados a las tareas agrícolas, al cuidado de sus pequeños rebaños y a atender su iglesia o monasterio, donde dicen la misa que se saben de memoria. Esta compleja vida de los responsables de la espiritualidad de los aragoneses preocupó al rey Ramiro (1035-1064), que se empeñó en acabar con esa situación y encargar la gestión de todo ese atomizado mapa eclesial a algunos monasterios claves: San Juan de la Peña en Aragón, San Andrés de Fanlo en Serrablo y Sobrarbe, y San Victorián para las tierras orientales. A partir de entonces controlarían sus propiedades y las rentas que les permitían vivir y enriquecer el templo, pero además profundizarían en su formación eclesial. No es baladí la frase que manda copiar el rey Ramiro I en la donación del monasterio de Cella, en 1041, al de San Juan de la Peña,177 cuando afirma que estas cosas las hace movido
176. Antonio Durán Gudiol, «La Iglesia en Aragón durante el siglo XI», art. cit., pp. 10-11. 177. Ibidem, p. 14. Publica el documento Eduardo Ibarra y Rodríguez en Documentos correspondientes al reinado de Ramiro I, Zaragoza, Tip. de Andrés Uriarte, 1904, p. 33.
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por el texto sagrado que nos dice: «Mi casa es casa de oración y vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones». Esta es la razón por la que decide reformar las cosas y expulsar a los «secularium et vane viventium». Sobre este mapa pastoral, los obispos aragoneses asumen el doble papel de cortesanos y de responsables de la sede de San Pedro en Aragón, con el apoyo de unas relaciones que ya están en marcha en el reinado de Ramiro I. Antonio Durán nos traza un sugerente episcopado para los inicios del siglo XI que comienza por Mancio, intitulado obispo de Aragón (Aragonensis episcopus, episcopus in Aragone) aproximadamente entre 1011 y 1037.178 Este obispo debe ser, en lógica, sucesor de los de Sasabe y tiene que ser la persona que acompaña a Sancho el Mayor en la reforma benedictina de los monasterios del antiguo condado aragonés. Volviendo al obispo Sancho, que comparte tiempo con el rey pamplonés, sabemos que aparece en un documento del 13 de abril de 1030 como Oscensis episcopus,179 lo cual nos plantea un nuevo problema, pues nos hace suponer que en algún momento estos obispos sasabienses fueron considerados por la monarquía como sucesores de los prelados de la vieja sede oscense, que quizás había quedado difuminada en el tiempo y había perdido sus titulares desde la emigración a espacios más seguros del Pirineo. Pero esto no es un caso aislado: la referencia a Mancio oscensi que nos aporta el documento que recuerda la solemne elevación del cuerpo de san Millán en 1030 nos confirma que en este reinado de Sancho el Mayor los obispos de Aragón se consideraban públicamente como los sucesores de los de Huesca y, en consecuencia, con derecho a regir la antigua diócesis oscense.180 A Mancio le sucedió como obispo de Aragón (episcopus in Aragone) un cortesano de Ramiro I que se llamaba García y al que también titularon obispo en Huesca, por ejemplo en un documento real de 1044. García, al que algunos investigadores quieren hacer antes abad del monasterio castellano de Oña,181 es el personaje más notable de la pequeña corte de Ramiro I, y a ella irá adaptando toda su imagen, si no es él responsable de la definición de la del propio monarca. Al igual que su señor, el obispo se titula Garcias
178. Antonio Durán Gudiol, La Iglesia de Aragón durante los reinados de Sancho Ramírez y Pedro I (1062?-1104), Roma, Iglesia Nacional Española, 1962, pp. 104-105. 179. Federico Balaguer Sánchez, «Los límites del obispado de Aragón y el Concilio de Jaca de 1063», Estudios de Edad Media de la Corona de Aragón, IV (1951), pp. 69-138, esp. pp. 76-80. 180. Ramón de Huesca, Teatro histórico de las Iglesias del Reino de Aragón, t. V: Estado antiguo de la santa Iglesia de Huesca, Huesca, IEA, 2007, ed. facs., p. 149. Véanse las referencias a estos obispos del siglo XI como vinculados a la sede oscense en pp. 147-159. 181. Federico Balaguer Sánchez, «Los límites del obispado de Aragón y el Concilio de Jaca de 1063», art. cit., p. 81. Se refiere a lo que manifiesta el padre Yepes.
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episcopus in Aragone et in Suprarbi, ampliando su jurisdicción con el fin de controlar pastoralmente la mayor parte del territorio que gobierna la casa de los Ramírez. Queda claro que esta amplitud de miras deja absolutamente en el olvido la casa monástica de Sasabe, que había sido desde el siglo X la sede de estos obispos que gobiernan eclesiásticamente primero el condado y después el Reino de Aragón. El monasterio jacetano quedó fuera de los nuevos escenarios de la política, alejado, mal comunicado y en manos de seglares que vivían licenciosamente. Pero a esta situación se unió el problema del caos y el incumplimiento de la disciplina eclesiástica dentro de sus muros. Todo ello obligaba a intentar remediar ese estado carencial en el viejo monasterio, residencia de los primeros obispos aragoneses, y a reformar la comunidad colocándola bajo el absoluto control de su obispo. El rey Ramiro, en un curioso documento de 1042 inspirado y escrito por el obispo de Aragón («Episcopus domnus Grasia cuius est hec scriptio, testis»), recuerda que se propuso «extirpar del monasterio llamado Sasabe, que está en el valle de Boráu, junto a los Pirineos, la escandalosa relajación de las personas seglares que en él vivían licenciosamente», y que lo llevó a efecto «tal como me lo había inspirado la Providencia. Y puse este monasterio bajo la potestad de don García, obispo de Aragón, con todas sus propiedades», entre las que estaba «in Iacca monasterium nomine sancti Petri cum suas hereditates».182 Recuperada la antigua dignidad de la sede de Sasabe, algunos obispos no dejarán de titularse pastores de todo el territorio aragonés, e incluso habrá quien mantenga una extraña referencia a sus origenes firmando alguna vez —por ejemplo, en un documento del monasterio de Fanlo escrito en 1050— como Episcopus domnus Garsias Sabiensis.183 A este prelado ramirense le sucedió en torno a 1058 el obispo Sancho,184 que gustaba de titularse episcopus in Aragone (entre 1057 y 1073), aunque mantenía para alguna ocasión muy notable el título de obispo in Aragone
182. Dámaso Sangorrín y Diest-Garcés, El libro de la cadena del Concejo de Jaca, Zaragoza, Heraldo de Aragón, 1979, ed. facs., pp. 41-55, doc. II. Aunque se intitula como testamento del rey Ramiro, se trata de la reivindicación de los antiguos derechos de Sasabe y, en consecuencia, de los del obispo de Sasabe, que recibe casas en Jaca y muchas propiedades del propio rey Ramiro. 183. Eduardo Ibarra y Rodríguez, Documentos correspondientes al reinado de Ramiro I, ed. cit., p. 91. 184. José Gavira Martín, Estudios sobre la Iglesia española medieval: episcopologios de las sedes navarroaragonesas durante los siglos XI y XII, Madrid, Justo López, 1929, p. 43, nos habla de que este obispo Sancho tuvo, al parecer, una hermana que fue la abadesa Menosa, quien aparece como testigo de las donaciones de Sancha, la madre de Ramiro I, a su nieta la condesa Sancha Ramírez.
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et Sasabi, como ocurrió cuando el conde Sancho Ramírez, hermano del rey, donó a su familiar el conde Sancho Galíndez la villa de Larrosa en 1066.185 Este obispo, quizás procedente del monasterio de San Juan de la Peña, con el que mantuvo unas inmejorables relaciones, fue el instrumento que comenzaría a aplicar en Aragón ese espíritu reformador del papado de Roma, sin descuidar la tarea de ir fijando los derechos de la sede episcopal ante las expansiones territoriales y las inminentes conquistas. Es posible que el obispo residiera gran parte de su tiempo en Jaca, pero no en la villa amurallada del rey, sino en la iglesia de San Pedro que el propio Ramiro I había entregado al obispo de Sasabe, razón por la cual comienza a titularse episcopus domnus Sancius in Iaca186 en 1058 y episcopo don Sancio in Iaka en octubre de 1068,187 en dos documentos nada sospechosos de haber sido falsificados. Esto no quita para que años después, en 1075, el papa Gregorio VII le hable al rey aragonés de este obispo y de la causa «del obispado de los aragoneses» (Aragonensis episcopatus), puesto que este concepto general puede ir concretándose territorialmente en obispos de Sasabe o Sasáu, de Aragón, de Sobrarbe o de Jaca, pero todos, por encima de ello, son obispos al servicio del rey de Aragón.
185. Antonio Durán Gudiol, Colección diplomática de la catedral de Huesca, ed. cit., vol. I, p. 51, doc. 35. 186. Eduardo Ibarra y Rodríguez, Documentos correspondientes al reinado de Ramiro I, ed. cit., p. 146. 187. Antonio Durán Gudiol, La Iglesia de Aragón durante los reinados de Sancho Ramírez y Pedro I (1062?-1104), ed. cit., p. 105, cuestión 1.ª, 3, donde remite a un documento del Archivo Municipal de Huesca.
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EL CONCILIO DE JACA
Siendo obispo de Aragón don Sancho, en los primeros meses del año 1063, probablemente se reunió en la villa real de Jaca una importante representación de los responsables eclesiásticos de estos territorios y sus entornos. Con el metropolitano, el arzobispo de Aux, a la cabeza, se sientan Guillermo de Urgel, Eraclio de Bigorra, Esteban de Olorón, Gómez de Calahorra, Sancho de Jaca, Paterno de Zaragoza, Arnulfo de Roda y el obispo de Pamplona. Los presidió el propio rey Ramiro I, al que acompañaron sus hijos el infante Sancho Ramírez y el conde Sancho Ramírez, los magnates del reino y algunos miembros de la familia real, como el conde Sancho Galíndez. También asistieron los abades Blasco, de San Juan de la Peña; Banzo, de San Andrés de Fanlo, y Garuso, de San Victorián. Parece ser que la reunión, de la que se ha escrito mucho y se han propuesto interpretaciones muy diferentes, tuvo como finalidad acordar qué se hacía con la sede episcopal aragonesa y cómo se ordenaba territorialmente, sobre todo en un momento en el que la consolidación del poder de Ramiro I auguraba la incorporación al reino de territorios en poder musulmán. Estaba claro que había necesidad de hacer una previsión de cómo se iba a construir el nuevo mapa eclesiástico que era necesario organizar, ante la posibilidad de recuperar sedes como las de Huesca o Zaragoza en el futuro inmediato, y también estaba claro que había que negociar cuáles serían las participaciones que iba a tener la Iglesia aragonesa en el reparto de tierras y rentas. Esta sería una razón lógica para la presencia en Jaca del obispo cesaraugustano y de Arnulfo de Roda, aunque este sería depuesto por el propio rey dejando solo a Paterno, que debía de residir en aquel momento en Roda de Isábena. De esta reunión han llegado hasta nosotros quince noticias contenidas en otros tantos documentos que nos plantean múltiples cuestiones en cuanto a su cronología, pues se puede entender que todos fueron escritos desde
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finales del siglo XI hasta el siglo XIV188 y que ninguno de ellos es el original. Pero lo primero que tenemos que tener en cuenta es que ninguna de estas copias responde correctamente al título que, desde antiguo, se les ha dado. No son las actas del Concilio, que seguramente nunca llegarían a escribirse y que en todo caso no se han conservado, puesto que responden a la necesidad de documentar cómo se establece la sede en Jaca. Este privilegio de Ramiro, que fija la sede episcopal en la villa de Jaca, es el que se ha bautizado con el nombre de Actas del Concilio de Jaca desde que el cronista Zurita —en el siglo XVI— así lo diera a conocer, fechándolo en 1060.189 La copia más antigua de este privilegio debe de ser, según la opinión de la mayoría de los historiadores —desde el padre Francisco Diego de Aínsa (1619) hasta Federico Balaguer (1950)—, el conocido como pergamino gótico, que se conserva en el Archivo de la Catedral de Huesca.190 Su minúscula visigótica y sus miniaturas, que antiguamente se vincularon a la tradición mozárabe y que hoy se relacionan con el taller episcopal oscense de pintura, activo en los primeros años del siglo XII, nos están hablando del valor excepcional de este documento, escrito seguramente al filo del año 1100 y cercano al suceso que en él se explica. Sin que haya nada que nos incline a sospechar su falsedad, el privilegio nos permite reconstruir muy bien lo que ocurrió allí. Ramiro I y su hijo hacen saber a los que lean este documento que cuando entendieron la necesidad de restaurar el estado de la santa madre Iglesia en su Reino de Aragón, que estaba casi corrompido por la dejadez de sus antepasados y de ellos mismos, convocaron un sínodo en Jaca al que acudieron los responsables eclesiásticos y políticos. En las sesiones de este sínodo se discutió el modo de mejorar el estado de la Iglesia altoaragonesa y se acordaron dos cosas importantes: primero, confirmar muchas de las disposiciones de los sagrados cánones; en segundo lugar, reestablecer en Jaca en
188. Domingo J. Buesa Conde, «Actas del Concilio de Jaca», en El espejo de nuestra historia: la diócesis de Zaragoza a través de los siglos, Zaragoza, Ayuntamiento / Arzobispado, 1991, pp. 170-171. En esta ficha de las actas del Concilio conservadas en la catedral de Jaca, escritas en letra visigótica-carolina entre 1104 y 1130, se expone una síntesis de todos los problemas diplomáticos que nos plantean las copias, agrupadas en cinco series o grupos (A, B, C, D y E) y custodiadas en los archivos capitulares de Jaca y Huesca, así como una copia (la B2) conservada en el Libro de la cadena, custodiado en el Archivo del Ayuntamiento de Jaca. 189. Federico Balaguer Sánchez, «Los límites del obispado de Aragón y el Concilio de Jaca de 1063», art. cit. Se hace una detallada descripción de todas las copias (pp. 98-112) y del resto de los documentos que están relacionados con el Concilio. 190. Ibidem, pp. 135-138, ap. Antonio Durán Gudiol, Colección diplomática de la catedral de Huesca, ed. cit., vol. I, pp. 41-47, doc. 27, hace una edición de este documento comparada con el resto de las copias.
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Monasterio de San Adrián de Sasabe. (Foto: Antonio García Omedes)
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antiguo obispado de Huesca, itinerante desde la invasión y la destrucción de los paganos. La decisión era de enorme importancia y, en consecuencia, había que garantizar y asegurar su puesta en marcha. Por ello se decidió dar a la iglesia «in qua episcopatum restauramos» —es decir, el obispado de Jaca— los monasterios de Sasabe («cenobium quod vocatur Sasaue cum omnibus suis pertinentiis»), Lierde, Sietefuentes y Rábaga, además de la décima parte del señorío del castillo de Atarés, del tributo de tránsito de Jaca («teloneo») y de los homicidios y sentencias reales («regalibus placitus») y el tercio del diezmo de los tributos que deberían recibir de Huesca, Zaragoza y Tudela. A este soporte económico se sumó la contribución testimonial del infante Sancho Ramírez: una casa que poseía en Jaca, que se la entrega a Dios y al santo de las llaves («beato Clauiculario»), que no es otro que el titular de la iglesia de San Pedro. Pero las donaciones reales no solo vinieron a atender las nuevas obligaciones que competían a Jaca como sede en la que se restauraba la de Huesca, sino que intentaban marcar una línea de apoyo a la Iglesia aragonesa, que —por voluntad del rey Ramiro I— se había visto inmersa en un proceso de modernización y revisión muy intenso. A Dios y a san Pedro («Deo et beato Piscatori») les daba el rey toda la décima del oro, la plata, el trigo, el vino y los demás productos que debían pagarle al rey los tributarios (cristianos o sarracenos) de todas las villas y castillos que iban desde la selva de Matidero hasta el río Gállego. Y el hecho de marcar este enclave sobrarbense de Matidero («silba qui uocatur Matirero») autentifica mucho más la donación, puesto que esta distribución geográfica venía impuesta por la donación del rey —en 1049 y al monasterio de San Victorián— de la décima de los tributos que recibía el monarca desde esa selva hasta el río Ésera.191 Era evidente que el rey se desprendía de parte de su patrimonio personal para dedicarlo a la tarea de consolidar un obispado que pudiera colaborar en sus empresas reales. Una vez que la familia real consolida su presencia, dándole dimensión de pervivencia en el tiempo, en el que se espera avanzar por las llanuras de Huesca y conquistar la capital musulmana, es necesario pasar a tomar otra serie de disposiciones que permitan consolidar la voluntad de reforma en la
191. No se puede aceptar la sugerencia que nos hacen algunas copias de incluir también el monasterio de Siresa (Archivo de la Catedral de Huesca, C1), ni tampoco la que nos habla de cómo se marcan o sugieren los límites diocesanos (Archivo de la Catedral de Jaca, C2) llevándolos desde el Pirineo hasta el río Cinca («in parti Yspanie usque as fluuium qui digitar Cinga»).
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propia iglesia jacetana. A esta finalidad responden la dotación de la canónica de Jaca, la donación que permitiría terminar las obras de la iglesia, y la confirmación de varias donaciones personales a la sede hechas por el propio Ramiro I. La dotación de la canónica de Jaca es el documento192 por el cual el rey Ramiro —que continúa actuando con su hijo, quien en ese momento quizás tenga ya la responsabilidad de gobernar las tierras que formaron el viejo condado— da a la iglesia de San Pedro de Jaca, «que nosotros hemos fundado» («per nos dinoscitur esse fundatam»), y a los canónigos que en ella viven y sirven a Dios («de acuerdo con nuestro maestro el obispo Sancho») las iglesias de Abós, Ipas, Bandrés, Guasa, Ulle, Barós, Aín, Larbesa, Guaso, Abay, Banaguás, Asieso y el monasterio de San Julián de Esa. El documento explica que fue redactado «en el monasterio de San Juan de la Peña, en la era 1101, Indicción XIII, en el mes de abril, año 1063 de la Natividad del Señor», después de haber indicado que, «si alguien intentare oponerse a esta nuestra donación, caiga en la desgracia e indignación de Dios y reciba su merecido con Datán y Abirón y el traidor Judas en el profundo infierno». Si no olvidamos que la iglesia de Guasa ya había sido donada por el rey al monasterio de San Victorián con anterioridad, entenderemos que este documento puede plantearnos algunas dudas sobre su historicidad. Dotada la sede y dotada la canónica que debió de instituirse en Jaca, el rey emite un tercer documento por el que cede temporalmente ciertas rentas que le correspondían en el mercado y el peaje de Jaca y Canfranc («emolumenta que habemus in foro seu mercato de pedagiis in Iacca et de Campofranco cum eius scribania») para que se puedan terminar las obras de la nueva catedral: abovedar el templo y construir la torre de campanas. Estamos ante un documento clave para entender la historia constructiva de la catedral de Jaca, al que hay que hacer caso aunque algunos diplomatistas no le concedan valor por carecer de algunas cosas, como escatocolo.193 Se ha indicado que este documento «parece trasmitir un proyecto de edificación para la catedral que coincide con los datos que proporciona
192. Eduardo Ibarra y Rodríguez, Documentos correspondientes al reinado de Ramiro I, ed. cit., p. 177, CX. Dámaso Sangorrín y Diest-Garcés, El libro de la cadena del Concejo de Jaca, ed. cit., pp. 79-86, doc. V. Antonio Durán Gudiol, Colección diplomática de la catedral de Huesca, ed. cit., vol. I, pp. 40-41, doc. 26, lo edita partiendo de las copias notariales de 1290 y de 1334. 193. Ramón de Huesca, Teatro histórico de las Iglesias del Reino de Aragón, t. VIII: De la santa Iglesia de Jaca, ed. cit., pp. 446-447, ap. V, «Fundación y dotación de la Iglesia Catedral de Jaca por el Rey Don Ramiro I, en que se describe su fábrica. Se halla en su archivo en pergamino suelto: es copia simple, aunque de letra antiquísima».
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la propia arquitectura, de ahí la defensa de su autenticidad en la descripción de la catedral mantenida por Íñiguez Almech, Canellas López y San Vicente».194 Y, por último, en el Archivo de la Corona de Aragón se conserva un traslado notarial de 1292 que, al estar hecho por tres notarios de Jaca, nos permite suponer que el documento original se conservaba en esa ciudad.195 Esta donación reitera la entrega de las iglesias que ya se adscribieron a la catedral en 1042, cuando Ramiro enriqueció la sede de Sasabe, y aporta una notable novedad: marca los límites diocesanos al afectar a todas las iglesias que eran y a las que se edificaran («omnes ecclesias que nunc sunt vel in posterum erunt») desde el nacimiento del Cinca hasta Ballobar y desde la Plana Mayor hasta el lugar de Araguás, en la val de Ansó. Fechada en 1064, el mismo año de la muerte de Ramiro I, esta pieza documental podemos considerarla un buen instrumento falsificado cuando haya que solucionar —en el siglo XII— las disputas territoriales entre los obispados aragoneses. Analizados los documentos, es importante aportar otro punto de vista, puesto que la celebración en Jaca de esta reunión, a la que ya explicamos que el cronista Zurita convirtió en concilio, está muy relacionada con la necesidad que tiene la monarquía de contar con el apoyo de las grandes familias, que controlan la tierra y poseen una estructura militar que las defiende de las agresiones y que pueden prestar al rey ante las necesidades del reino. Esta permanente búsqueda de apoyos se extiende también a aquellos miembros de ilustres familias que tienen cargos eclesiásticos, caso del abad Banzo del monasterio serrablés de San Andrés de Fanlo, que además está poniendo en cultivo importantes superficies de los dominios monásticos que comienzan a dar grandes rentas. Ejemplo de ello es el regalo que hace el rey Ramiro al abad de un ejemplar de los comentarios de Beato de Liébana al Apocalipsis de san Juan, escrito e iluminado en el escritorio de San Millán de la Cogolla, del que se conservan siete páginas —copiadas en la Edad Moderna— en la Morgan Library & Museum de Nueva York.196 El códice es muy interesante para poder entender la inquietud de los reyes aragoneses de compartir los modelos culturales imperantes 194. María del Carmen Lacarra Ducay, Catedral y Museo Diocesano de Jaca, Zaragoza, Ibercaja, 1993, p. 20. 195. Federico Balaguer Sánchez, «Los límites del obispado de Aragón y el Concilio de Jaca de 1063», art. cit., pp. 114-116, n. 96. El texto está en el Archivo de la Corona de Aragón, transcrito en el libro de registros, docs. de Ramón Berenguer, t. IV, n.º 312. 196. Fernando Galtier Martí (coord.), El «beato» del abad Banzo del monasterio de San Andrés de Fanlo, un «Apocalipsis» aragonés recuperado, Zaragoza, CAI, 2005.
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en los lejanos espacios de Roma o Bizancio. Se trata de una importante fuente de información que albergaba, junto a dos tablas con los nombres y los números del anticristo, una curiosa imagen cristológica construida al modo de una cruz de la victoria acompañada de un agnus Dei. El afán por estos libros era permanente en unos monarcas que soñaban con «reforzar su autoridad soberana mediante la liturgia, la captación de reliquias, la peregrinación, la producción de poderosas imágenes artísticas, el desarrollo de expresivos programas iconográficos, la difusión de una ideología de la guerra santa y la creación de grandes monasterios benedictinos, todo como una exigencia indispensable para mantener la disciplina de una clase aristocrática emergente y muy conflictiva». Ramiro I, que ha logrado salir adelante y dejar atrás esos primeros años de su reinado en los que su hermano el rey pamplonés lo derrotaba en batalla y apenas le dejaba moverse, es consciente de la necesidad de seguir en esa línea de consolidar buenas relaciones con los guerreros de su reino y con los dueños de la mayor parte del territorio, incluidos abades como el de Fanlo, que construirán a sus expensas una torre de madera para poder asaltar las murallas de la fortaleza de Alquézar cuando decida conquistarla el rey Sancho Ramírez, que será el sucesor del primer rey de Aragón, Ramiro I. Cuando falta poco para su muerte, el rey y los infantes acuden a Jaca, cosa habitual, puesto que la meseta jacetana es propiedad personal de ellos y viven en el interior de la antigua fortaleza iberorromana, para continuar construyendo esos escenarios que aportan a la sociedad del Aragón de mediados del siglo XI la necesidad y la credibilidad de la idea de un monarca beneficioso para el territorio, apoyado por la divinidad y defensor de la cristiandad como heredero del legado de Roma y sucesor de los reyes del Reino de Toledo. La familia en pleno ha decidido atender la necesidad de poner en marcha un obispado que construya una catedral que, además de promover actividades constructivas y decorativas, pueda ser centro de pensamiento y diseño de un proceso de desarrollo para la sociedad del momento. Esa reunión, que convoca en Jaca a los responsables eclesiásticos de las zonas a las que afecta la política territorial del reino, quizás tenía como fin el dar otro impulso al plan de construcción de la iglesia de San Pedro, que sería el escenario de esa profunda religiosidad que caracteriza a la familia real aragonesa. Estamos hablando de una reunión de las que habitualmente hacían los reyes para buscar la protección divina antes de alguna acción importante, que en este caso era sin duda la campaña del Cinca, cuyo fin era liberar la población de Graus del dominio musulmán, empresa en la que no sabía el rey Ramiro que encontraría la muerte al ser asesinado por un
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musulmán disfrazado de cristiano. A esta reunión, luego conocida como concilio, acude el grupo de poderosos nobles y eclesiásticos, presididos por el monarca y por el arzobispo de Aux, en calidad de metropolitano, para cumplir con la obligación de aconsejar a la monarquía aragonesa las líneas por las que debería ir la política eclesial del nuevo reino. Y entre esas líneas estaba el determinar qué mapa territorial se fijaba en un asunto tan importante como el control espiritual de la población, el decidir qué estructura diocesana se recuperaba, qué rentas se cedían temporalmente y qué bienes propios —siempre dentro de las propiedades y los recursos de la familia del rey— se regalaban para dotar económicamente al obispado de Jaca con el fin de que pudiera asumir la costosa construcción de la catedral principal del reino, que nunca podría cargarse sobre una sociedad con recursos muy limitados.
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LOS INICIOS DE LA CATEDRAL DE JACA
Partiendo de este conjunto de documentos, a pesar de que están escritos con posterioridad al suceso que narran, podemos sacar algunas conclusiones que aportan algo de luz a este complejo tema de la celebración del sínodo en la ciudad de Jaca: «synodum nouen episcoporum congregari fecimus in Joco a priscis olim temporibus lacea nominato». Ante todo hay que destacar la importante presencia de dignidades eclesiásticas y de la corte real («in quo synodali conuentu presentibus atque consentientibus cunctis nostri principatus primatibus atque magnatibus»), la magnanimidad de los responsables de la monarquía aragonesa para facilitar un soporte económico a la sede de Jaca, y —no hay que olvidarlo— la decisión de contribuir a las obras de construcción de esos espacios en los que se plasma litúrgicamente el poder del propio rey. No es difícil asumir que en esas fechas, en torno a 1060, se celebrara en esa ciudad la reunión dentro de ese plan de la familia Ramírez de poner orden en el mapa espiritual, evitar los choques con la naciente autoridad pontificia y buscar los modos de controlar la recuperación de la sede de Huesca, que les introduce cierto temor, sobre todo pensando que en el futuro su obispo pudiera concentrar en sus manos mucho poder y su persona se convirtiera en referente de la pervivencia de la autoridad episcopal de los primeros tiempos. Los documentos nos permiten incluso desechar la idea de que se refieran a la iglesia románica de San Pedro el Viejo, que había sido levantada antes de concluir el reinado de Ramiro I en lo que estaba configurándose como un barrio episcopal. En el espacio del pequeño monasterio visigótico, el mismo que custodiaba el viejo cementerio activo en la Alta Edad Media, se había actuado en tiempos del conde Galindo II, a principios del siglo X, y en tiempos del rey Sancho el Mayor, que, cuando se puso de lleno a ordenar la vida monástica en su reino, no es lógico que no se ocupara del monasterio que se levantaba en su fundus, en su dominio familiar, a las puertas de la muralla de la villa en la que residía la familia condal aragonesa desde el siglo X.
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Las noticias que tenemos del reinado de Ramiro I, que cede parte de sus rentas en el mercado de Jaca y en el peaje de Canfranc, parecen referirse a una nueva construcción, ante la que la familia real declara que desea terminar «la obra, consagrada a Dios y al bienaventurado Pedro, príncipe de los apóstoles». Completando sus indicaciones, el documento nos explica que conforme a lo que se manifiesta en el edificio de la misma iglesia por nosotros construido, es a saber, que el techo de ella se haga y concluya de concavidades de piedra o sea de bóveda, por todas las tres naves largas que arrancan desde la puerta de la entrada grande hasta los altares mayores que están a la cabecera de dicha iglesia, y una torre encima de la puerta grande sobredicha, donde ya hemos comenzado a edificarla, para un campanario con ocho campanas, cuatro grandes, dos medianas y dos pequeñas, cuya techumbre queremos sea también de piedra firme.
Conscientes de que estamos hablando de un nuevo edificio, es importante recordar que ya se ha indicado que sus inicios constructivos se tienen que situar en los últimos años del reinado de Ramiro I, en concreto el trazado de los ábsides en lo concerniente a la cimentación y las primeras hiladas del ábside septentrional, que fue comenzado, evidentemente, por canteros lombardos que no debieron de estar mucho tiempo, aunque se ha escrito que «el primer proyecto de la catedral, impulsado por Ramiro I, hubo de concebir una obra organizada en tramos lombardos (es decir, uno en la nave central por dos en los colaterales), uno de los modelos más bellos y novedosos de iglesia que entonces estaban en boga».197 Al hablar de los orígenes de la catedral en el reinado de Ramiro I debe recordarse que, con ocasión de la conmemoración del IX centenario del llamado Concilio de Jaca, en 1963, Antonio Ubieto determinó que todos los documentos relativos al indicado concilio eran falsos,198 con lo cual se
197. Fernando Galtier Martí, «La catedral de Jaca y el románico jaqués», en José Luis Ona González y Sergio Sánchez Lanaspa (coords.), Comarca de la Jacetania, Zaragoza, Gobierno de Aragón, 2004, pp. 131-142; la cita, en p. 136. María del Carmen Lacarra Ducay plantea como idea clave en su libro Catedral y Museo Diocesano de Jaca, ed. cit., la importante «diferencia de carácter que denotan las partes extremas de la basílica, cabecera y pórtico, respecto a la intermedia», e indica cómo el abovedamiento de la cabecera nos está hablando de «fidelidad a una tradición constructiva peninsular que enlaza connuestro prerrománico». 198. Antonio Ubieto Arteta, «La catedral románica de Jaca: problemas de cronología», Pirineos, 59-60 (1961-1962), pp. 125-137. Idem, «El románico de la catedral jaquesa y su cronología», Príncipe de Viana, 96-97 (1964), pp. 187-200. Francisco Íñiguez Almech, «La catedral de Jaca y los orígenes del románico español», en Actas del Quinto Congreso Internacional de Estudios Pirenaicos (Jaca-Pamplona, 1966), Jaca, IEP, 1968, vol. III, pp. 179-201. Antonio Durán Gudiol, Arte altoaragonés de los siglos X y XI, ed. cit., pp. 45-52.
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abandonaron las tesis —como la de Gómez Moreno— que afirmaban que la edificación del templo pudo comenzar en la década de 1060. Treinta años después, al realizarse una discutida intervención restauradora en la zona del ábside norte de la catedral, concluida en 1995, volvió a cobrar fuerza la idea de que estamos ante una catedral cuyo inicio es obra de Ramiro I, un rey que ha logrado pacificar las fronteras y establecer importante relaciones familiares con responsables políticos de los condados situados al oriente de Ribagorza. Sin embargo, en esas tres décadas se han propuesto diferentes fechas como punto de partida de esta magnífica obra del románico del Camino de Santiago: la década de 1070 y los inicios de la de 1080. En todos los casos se considera que el comienzo de la obra va vinculado a la compleja secuencia de reformas que debe poner en marcha el rey Sancho Ramírez después de haber pasado la Pascua del año 1068 en la corte papal de Roma. En esta idea profundiza Esteban Lorente cuando enumera los puntos de contacto entre la catedral jacetana y la catedral romana, las dos terminadas con techumbre plana de madera, las dos dedicadas a san Pedro y las dos iglesias de cuatro columnas y con cinco tramos en longitud, como cinco naves tuvo San Pedro.199 Incluso, como el eje de la catedral «está perfectamente orientado a la salida y puesta del sol del equinoccio», puede entenderse que mira al este, hacia esa ciudad de Roma, con la que se ha vinculado el reino aragonés. Sobre las trazas realizadas y planteadas en el suelo de los maestros de tradición lombarda, con los muros sugeridos en altura ya en la cabecera, se continúa la obra de la catedral cuando en el año 1076 se ha introducido la reforma canónica, el obispo García ya tiene constituida su sede jaquesa y el monarca goza de un momento de paz y de crecientes ingresos. Un periodo de intensa actividad que se paraliza en 1082 cuando el rey y su hermano el obispo García se enfrentan con gran violencia por diferencias de criterio a la hora de permitir mayor o menor presencia de la curia
199. Juan Francisco Esteban Lorente, «La metrología de la catedral románica de Jaca: 1», Artigrama, 14 (1999), pp. 241-262, y, para la cita concreta que se da, «La metrología de la catedral románica de Jaca: 2», Artigrama, 15 (2000), pp. 231-258. Esteban ha aplicado la metrología —la ciencia que estudia la medida o los sistemas de medida— a la arquitectura románica de la catedral de Jaca y ha llegado a diferenciar diversos momentos en su diseño geométrico. Primero se intenta levantarla de acuerdo con una geometría basada en el triángulo equilátero, a la cual se someten varias partes, como los presbiterios, las ventanas e incluso la altura de las naves laterales y los arcos torales del crucero. En un segundo momento se continúa su construcción con una geometría que se apoya en el pentágono y que puede encontrarse en los tramos de las naves. Y en un tercer momento se concluye la catedral con una geometría basada en las armonías musicales, que se encuentra en el último tramo de las naves y en el pórtico de los pies.
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romana en Aragón. En ese tiempo el rey Sancho Ramírez echa mano de un maestro que opta por la piedra sillar, incrementa la altura de las columnas y parte de un modelo constructivo que está de moda en tierras castellanoleonesas hacia el año 1080. La catedral tendrá planta rectangular de tres naves, sin crucero o transepto, con cubierta plana («toda era de madera», pues no se atrevieron a voltear unas bóvedas de piedra)200 y con la típica decoración geométrica en ajedrezado, conocida como ajedrezado o taqueado jaqués, que será elemento de distinción de todo el románico que construye o reforma la corte de Sancho Ramírez. La catedral se convierte en el espacio que simboliza el poder del rey y la legitimidad de la monarquía, razón por la que Sancho Ramírez inicia las celebraciones penitenciales de la Cuaresma antes de irse al monasterio de San Juan de la Peña. Por la misma razón Pedro I se había casado en ella en 1086, le daba de sus rentas personales 100 sueldos al año y reunió allí la asamblea real de abril de 1096, en la que pidió ayuda a los líderes eclesiásticos y militares para partir a la conquista de la ciudad de Huesca, tratando de lograr que —con las solemnidades celebradas— se asociara a san Pedro como protector de la conquista de Huesca y de la salud del propio rey. Esa debió de ser la ocasión para impulsar de nuevo la terminación de la catedral, potenciar la ejecución de su decoración escultórica y cerrar las viejas heridas que se habían producido como consecuencia del enfrentamiento entre la monarquía y el obispo de Jaca, gracias a las magníficas relaciones que mantenía Pedro I con el nuevo obispo y a la terminación de las obras y la decoración pictórica de la iglesia alta del real monasterio de San Juan de la Peña, donde en diciembre de 1094 el rey Pedro depositó el cadáver de su padre, Sancho Ramírez, para que los monjes lo custodien en el panteón real, construido bajo la roca del viejo eremitorio visigótico. Pedro I, que estaba pasando, como hacía su padre, la Cuaresma en meditación en el monasterio, atendió con alimentos a los pobres que llegaban a pedir diariamente a la puerta de San Juan de la Peña e hizo importantes donaciones «para remedio de las almas de mi padre y de mi madre».201 Era evidente que la conclusión de las obras del monasterio permitía volver a potenciar la obra de Jaca, sobre todo después de la brillante ceremonia 200. Domingo J. Buesa Conde, «Pedro Villacampa, un cronista jacetano del siglo XVI», en Jerónimo Zurita: su época y su escuela, Zaragoza, IFC, 1986, pp. 181-192. Así se indica que eran de madera cuando, en el incendio de 1440, se quemó toda la techumbre. 201. Antonio Ubieto Arteta, Colección diplomática de Pedro I de Aragón y Navarra, Zaragoza, Escuela de Estudios Medievales, 1951, pp. 227 y ss., docs. 16 y 17, del 4 de diciembre de 1094. Domingo J. Buesa Conde, Sancho Ramírez, rey de aragoneses y pamploneses, Zaragoza, Ibercaja, 1996, pp. 204-209, n. 108-112.
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de la dedicación de la iglesia alta de San Juan, que fue presidida por el obispo Pedro de Jaca junto con el arzobispo Amato de Burdeos, que llegó como legado pontificio del propio papa Urbano II. La iglesia alta del real monasterio se había enriquecido con los frescos de una cuadrilla de pintores que habían trazado historias de santos —las de san Cosme y san Damián— para la iglesia baja y un gran pantocrátor para la alta que todavía conoció en 1620 el abad Briz, «aunque el tiempo la tiene arto gastada». El interés por la decoración pictórica de los templos que muestra la comunidad benedictina de San Juan de la Peña se puede ver en otras iglesias construidas con recursos del monasterio, caso del templo de los santos Julián y Basilisa de Bagüés, que presentaba la narración de la historia de la humanidad ordenando las escenas del Antiguo Testamento en la banda superior y las del Nuevo en las tres bandas inferiores. Estas pinturas, conservadas en el Museo Diocesano de Jaca, se deben fechar a finales del siglo XI, y sabemos que junto a ellas custodiaban los muros de la iglesia una teca de reliquias con una inscripción que mencionaba a cuatro santos (san Miguel, santa Engracia y los santos Julián y Basilisa) y que se puede fechar en torno al año 1080. Un caso singular, que ha provocado diversas opiniones, es el de la iglesia de Santa María de Iguácel, templo familiar del poderoso conde Sancho Galíndez, que fue tutor del propio rey Sancho Ramírez y que ayudó como mecenas en muchas obras, incluida la de la iglesia alta de San Juan de la Peña. La iglesia de Iguácel, en el valle de la Garcipollera, ha sido considerada antecedente por unos y copia por otros de la catedral de Jaca, y el problema ha surgido por la interpretación de una inscripción que nos explica: Esta es la puerta del Señor, por donde entran los fieles en la casa del Señor, que es iglesia fundada en honor de Santa María. Ha sido fabricada por mandato del conde Sancho junto con su esposa de nombre Urraca. Ha sido terminada en la era 1110 [correspondiente al año 1072], reinando el rey Sancho Ramírez de Aragón, el cual ofreció por su alma en honor de de Santa María la villa llamada Larrosa, para que el Señor le dé la vida eterna, amén. El lapidario de estas letras se llama Aznar. El maestro de estas pinturas se llama Galindo Garcés.
Parece sensato aceptar que en 1072 el templo se está modernizando, quizás redecorando con esculturas que permitan plantear esa nueva espiritualidad que se impone en el reino aragonés tras pasar a estar protegido por el papado. Ejemplo puntual de esta idea podrían ser dos capiteles de la portada del muro oeste que ofrecen la dualidad del bien y el mal como
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mensaje fundamental de la iglesia gregoriana. El de la izquierda nos muestra una interpretación de la escena del justo Daniel en el foso de los leones, mientras el de la derecha sugiere —con un hombre representado con las piernas dobladas y abrumado por el peso que sujeta— la imagen de la codicia del avaro condenado a llevar su pesada carga asediado por los demonios.202
202. Fernando Galtier Martí, Non meis meritis: guía estudio de la ermita de Santa María de Iguácel, Zaragoza, Egido, 1999.
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LA PROTECCIÓN DE LA SANTA SEDE
Es muy importante entender que la construcción de la catedral la potencia definitivamente el rey Sancho Ramírez después peregrinar en 1068 a Roma, ciudad en cuya corte papal vive la Semana Santa de ese año. El rey se coloca bajo la protección del papado, entrega importantes cantidades de dinero para mantener la Iglesia, se compromete a ensayar la idea de la Cruzada contra el islam en su reino y somete la Iglesia de Aragón al rito romano. No cabe duda de que en esta sintonía entre Sancho Ramírez y el papado habrá que incluir muchas de las cuestiones que materializan un nuevo escenario para una monarquía que apuesta por la reconstrucción de los espacios del cristianismo. Incluso su catedral se ha interpretado aceptando una profunda relación con la basílica romana de San Pedro. La visita del rey a Roma, a la tumba de san Pedro,203 se enmarca entre el 17 de febrero de 1068, cuando en un documento nos explica que lo hizo «cuando yo peregrinaba a Roma» —en plena Cuaresma—, y el 18 de agosto, fecha en la que se produce la restauración de la sede episcopal de Roda con un documento en el que el propio rey explica a sus súbditos que lo hace en busca de bienes espirituales: «por el perdón de mis pecados y la estabilidad de todo mi reino, por mi salvación, la de mi esposa, hijos y fieles míos, por el logro de la felicidad en el reino de los cielos». Si la marcha hasta Roma le suponía treinta jornadas, es evidente que el monarca había llegado a la Ciudad Eterna al iniciarse la Semana de Pasión, por lo cual debió de asistir a las ceremonias religiosas de Alejandro II, un papa que además de ser buen gestor entendió que el futuro del papado pasaba por acabar con la independencia en la que vivían algunas iglesias particulares, entre ellas las hispanas.
203. Domingo J. Buesa Conde, Sancho Ramírez, rey de aragoneses y pamploneses, ed. cit., pp. 86-91.
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A Roma debió de marchar el rey aragonés animado por el legado papal Hugo Cándido, que le acompañó hasta la metropolitana de Auch, y por una buena amiga de este cardenal: su hermana la condesa doña Sancha, que conocía al embajador pontificio desde sus años como condesa de Urgel.204 En Roma el monarca puso en manos de Dios y de san Pedro su persona y su reino y prometió un importante tributo de «quinientos mancusos de moneda de Jaca», que lo convertiría «en devotísimo servidor del beato Pedro» y le aseguraría la protección de la Santa Sede.205 Y a la vuelta de Roma el rey se puso a materializar todos los extremos acordados con el papa Alejandro II, que moriría en 1073. Hecho clave de este nuevo momento es la vuelta al Reino de Aragón del legado pontificio Hugo Cándido, que desde la marcha del rey hacia Roma se había estado empleando en la organización de la vida eclesial en el sur de Francia y en el entorno de la diócesis de Auch —la metropolitana de la que dependía el obispo de Aragón— hasta la celebración del Sínodo de Letrán, en 1070. En 1071 ya está en Aragón, y con el reencuentro de los tres personajes claves —el rey Sancho Ramírez, su hermana la condesa Sancha de Urgel y el cardenal Hugo Cándido— comienza la romanización de las tierras peninsulares a través de las de Aragón, desde las que se minará la reacia postura castellanoleonesa de fidelidad al pasado visigótico. Frente a ese sentimiento de independencia de la Iglesia heredera de la estructura visigótica, el afianzamiento del poder pontificio vino instrumentalizado en dos reformas, la cluniacense y la gregoriana, que protagonizarán también el pontificado siguiente, el de Gregorio VII. La primera de estas reformas supuso la reestructuración de los monasterios, que a partir de entonces fueron entregados al control de los cluniacenses. Los monjes benedictinos de la abadía de Cluny se empeñaban en recuperar los niveles de espiritualidad perdidos en los antiguos monasterios benedictinos y gustaban de trabajar más en el canto litúrgico y en la oración, conviviendo en un clima de silencio que potenciara la meditación. Todo ello sin olvidar que las dos claves fundamentales eran ponerlos bajo la dependencia de la Santa Sede y dejarlos exentos de la jurisdicción civil y episcopal.206
204. Paul Kehr, «El papado y los reinos de Navarra y Aragón hasta mediados del siglo XII», Estudios de la Edad Media de la Corona de Aragón, II (1946), pp. 74-186, esp. p. 94. 205. Idem, «Cómo y cuándo se hizo Aragón feudatario de la Santa Sede: estudio diplomático», Estudios de la Edad Media de la Corona de Aragón, I (1945), pp. 285-326, esp. p. 319. La materialización del tributo se realizó en torno al año 1089, cosa que agradeció el nuevo papa Urbano II. 206. Domingo J. Buesa Conde, Sancho Ramírez, rey de aragoneses y pamploneses, ed. cit., pp. 91-97.
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Ni que decir tiene que la reforma cluniacense tuvo que comenzar por el monasterio de San Juan de la Peña y con el cese de su abad García, al que sustituyó un monje francés —Aquilino— que gobernaría el viejo cenobio y panteón real desde 1071 hasta 1075. La toma de posesión de este último coincidió con la clausura del centenario rito mozárabe, cuyos cantos sonaron por última vez en la hora de tercia, pues la de sexta fue rezada ya con el rito romano. Esta reforma litúrgica, el gran triunfo del cardenal Hugo, se materializaba el 22 de marzo de 1071, martes de la segunda semana de Cuaresma, y en San Juan de la Peña estaba toda la corte, pues, como era su costumbre, el monarca se había retirado a este monasterio después de la ceremonia de la imposición de la ceniza, aquel año celebrada el 9 de marzo.207 La reforma gregoriana, que debe su nombre al papa que la impulsó, dispuso la vuelta al tiempo de los apóstoles y de los mártires. Al escribir «El Señor no ha dicho “Mi nombre es costumbre”, sino “Mi nombre es verdad”», se intentaba dar respuesta a través de la recuperación del mensaje evangélico a los problemas planteados por una sociedad en cambio, por una juventud que irrumpía en los nuevos escenarios urbanos.208 La Iglesia había decidido abrirse al mundo, preocuparse por el desarrollo de la hospitalidad cristiana y de la asistencia, además de empeñarse en difundir fielmente la palabra de Dios. Acompañaban a esta nueva filosofía una serie de acciones concretas que iban desde la unificación del rito litúrgico hasta la revisión y la organización de la vida en común de los clérigos —la institución canonical—,
207. Antonio Ubieto Arteta, «La introducción del rito romano en Aragón y Navarra», Hispania Sacra, I (1948), pp. 299-344. En los reinos occidentales se introdujo después del Concilio de Burgos, en 1080. Queda constancia documental de este acontecimiento en la explicación que se incluye en la Crónica de San Juan de la Peña («entró la ley romana en Sant Johan de la Penna, XI kalendas aprilis en la segunda semana de Quaresma, feria tercia, et ora prima et III fue Toletana, ora VI fue romana, en el Anno de Nuestro Sennor M. LXXI. Et de qui adelant tuvieron la ley romana»), según la edición de Carmen Orcástegui Gros (Zaragoza, IFC, 1986, pp. 36-37). Hay un documento del obispo Sancho de Aragón en el que se nos explica que se emite el mismo año, «el primero de la entrada del oficio romano en San Juan» («primo vero ingressionis Romani officii in Sancto Iohanne»). Eduardo Ibarra y Rodríguez, Documentos correspondientes al reinado de Ramiro I, ed. cit., p. 87, doc. 34. 208. No se puede olvidar que el papa Gregorio VII había deseado lanzar esta reforma en la mitad del siglo XI, cuando solo era el archidiácono Hildebrando, pero en el sínodo romano de 1059 las cosas no salieron como se esperaba y los padres sinodales se limitaron a aconsejar a los sacerdotes la conveniencia de «poseer en común todo lo que obtenían de la Iglesia». Como consecuencia de ello, el papado tiene que buscar el someterlos a vivir en comunidades sujetas a la autoridad de los señores laicos y, por ello, bajo el control de los obispos. En esta línea se expresa Marie-Humbert Vicaire en L’imitation des apôtres: moines, chanoines et mendiants (IVe-XIIIe siècle), París, Le Cerf, 1963.
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el canto del oficio divino en el coro y la pobreza, de manera que los canónigos no poseyeran bienes ni pudieran disponer de ellos.209 Estamos ante un movimiento reformador, cercano a la nueva sociedad, que busca la pobreza absoluta para poder escapar de la economía profundamente rural y agrícola que había dominado las estructuras religiosas, herederas, ante todo, de la regla carolingia de Aquisgrán, que entró en estas tierras de la mano del monasterio de Siresa. El anuncio del Evangelio, la hospitalidad, la caridad y la cercanía al mundo que se rechaza en el ámbito monástico serán las ocupaciones de estos clérigos que viven en común y se benefician de una estructura que logra los ingresos necesarios para evitarles penurias y para que la celebración litúrgica se desarrolle en un marco digno de ella. En las tierras aragonesas esta reforma se intenta poner en marcha en el monasterio serrablés de San Andrés de Fanlo, alrededor del año 1071 y en torno a la expulsión de su abad Banzo, que fue recogido por el abad Aquilino «en San Juan con deferencia» («honorifice in sancti Iohannis»).210 Aunque se ha venido hablando de cómo la oposición a la uniformidad del rito romano fue el detonante de la rebelión y un castigo para este poderoso abad, quizás haya que pensar que este anciano monje lo que no estuvo dispuesto a soportar fue una reforma canónica que convirtiera al rey en presidente de la comunidad y, por tanto, en su defensor frente a apetencias monásticas y episcopales.211 La clave era ese monarca que dispondría la fundación de un nuevo monasterio de canónigos regulares en el viejo castillo de Loarre, donde les construiría una magnífica iglesia románica en honor de san Salvador y san Pablo, capilla puesta bajo la protección de la Santa Sede, declarada real y entregada al cuidado de una comunidad agustiniana, y en la que seguramente pensaba fijar provisionalmente la residencia del obispo mozárabe de Huesca.212
209. Marie-Humbert Vicaire, op. cit., pp. 147-148. Georges Duby, «Los canónigos regulares y la vida económica de los siglos XI y XII», en Hombres y estructuras de la Edad Media, Madrid, Siglo XXI, 1977, pp. 120-131, esp. p. 121. 210. Eduardo Ibarra y Rodríguez, Documentos correspondientes al reinado de Sancho Ramírez, vol. II, Zaragoza, Tip. de M. Escar, 1913, p. 36, año 1072. 211. Antonio Durán Gudiol, El castillo de Loarre, Huesca, Cazar, 1971, pp. 11 y ss., fija la implantación de la reforma gregoriana en el año 1071 para Fanlo y Loarre, en 1076 para la catedral de Jaca y en 1092 para Roda de Isábena. El proceso culminaría con la fundación de la abadía de Montearagón en el año 1093. Jimeno Vita, un monje originario de Apiés que será nombrado abad de Fanlo con ocasión de la reforma, concentrará en sus manos el control de Fanlo, Loarre, Siresa y Montearagón, espacios de la nueva religiosidad que quiso sustraer del control del obispo. 212. Ángel Canellas López, Colección diplomática de San Andrés de Fanlo, Zaragoza, IFC / [La Editorial], 1964, p. 52. Antonio Durán Gudiol, El castillo de Loarre ed. cit., pp. 13-14.
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Junto a San Andrés de Fanlo y a Loarre, la tercera actuación tuvo como escenario la iglesia de San Pedro de Jaca, que se documenta en 1076, cuando el obispo García procede a introducir la norma de san Agustín en esa iglesia, pues he decidido, según decretaron los santos pontífices de Roma y fijaron el beato Agustín y los restantes santos Padres, para honor de Dios y de San Pedro, príncipe de los apóstoles, reunir en la iglesia de Jaca a los clérigos según la tradición apostólica, llevando una vida de comunidad, no disfrutando de nada como propio ni considerando nada suyo, sino teniendo todo en común y alegrándose con la regla de nuestro padre san Agustín, con una sola comida y hábito.213
Era necesario que detrás de toda esta nueva espiritualidad, de esta novedosa forma de vivir la fe, fuera creándose una élite de clérigos dispuestos a mantenerla en pie. Y para ello el cardenal Hugo Cándido completó con el monarca aragonés un escenario nuevo en relación con el papado. Por ejemplo, haría que los tres grandes monasterios de Aragón dependieran directamente de la sede de San Pedro, lo cual posibilitaría la supeditación de la Iglesia aragonesa a la curia pontificia y la liberaría de la presión del obispo propio. Era una compleja operación en la que los grandes perdedores eran los cluniacenses, que muy pronto entendieron que el cardenal era un peligro y acabaron logrando que fuera excomulgado en el año 1073.214 El documento más importante fue la concesión del privilegio papal a San Juan de la Peña —la bula Apostolicae sedis,215 que se emitió en Letrán el 18 de octubre de 1071—, donde el papa Alejandro II expresa con dolor su sentimiento porque muchas iglesias españolas permanecen alejadas, tanto en el rito como en la disciplina, de la pretendida unidad de la Iglesia. Saluda elogiosamente al rey, al que llama hijo sumiso de la Iglesia, reconoce el papel del cardenal legado en la restauración en Aragón de la pureza del dogma y explica que el monarca mandó un
El obispo García de Aragón había construido en Loarre unas casas («las casas que allí he edificado recientemente») que debieron de ser las dependencias monásticas y que luego se donarían a la catedral de Jaca. 213. Antonio Durán Gudiol, La Iglesia de Aragón durante los reinados de Sancho Ramírez y Pedro I (1062?-1104), ed. cit., p. 38. 214. Domingo J. Buesa Conde, Sancho Ramírez, rey de aragoneses y pamploneses, ed. cit., pp. 96-97. Este cardenal logró rehabilitarse y tuvo que soportar la agresión de la orden cluniacense, que logró que lo excomulgaran tres veces. 215. Paul Kehr, «El papado y los reinos de Navarra y Aragón hasta mediados del siglo XII», art. cit., p. 98. La bula es la número 4691 de la Regesta Pontificum Romanorum de Jaffé y Loewenfeld.
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emisario a Roma para solicitar que la Iglesia tomara en propiedad los tres monasterios mediante un canon anual de una o media onza de oro. Junto a la bula que pone San Juan de la Peña en manos del papado, también fue enviada la bula Quamquam sedes, dirigida al prepósito Simeón de San Pedro, del monasterio de Loarre. El rey Sancho Ramírez había dado un paso de gigante en una península que incluso discutía, en amplios territorios como los dependientes de Castilla, la autoridad del papa. Al devolver el pleno dominio de los monasterios de su reino a la Sede Apostólica, el monarca aragonés está reconociendo los derechos de propiedad de la Iglesia romana sobre España. Está sentando las bases que le permitirán decir a Gregorio VII, cuando invita a los nobles franceses a luchar contra los musulmanes de España: «no se os oculta que el Reino de España fue desde antiguo de la jurisdicción propia de San Pedro, y, aunque ocupado tanto tiempo por los paganos, pertenece todavía por ley de justicia a la Sede Apostólica solamente y no a otro mortal cualquiera».216 Esta cercanía al papado se construía además desde otra operación de gran importancia que controlaba el rey aragonés por orden del papado: el ensayo en tierras aragonesas de lo que serían las Cruzadas a Tierra Santa. Aquí había musulmanes contra los que luchar, iglesias que recuperar, cristianos mozárabes a los que liberar, por lo cual era el escenario ideal para ensayar lo que será la gran Cruzada de Urbano II. Detrás de esta cuestión vuelve a detectarse la hábil mano del legado pontificio, que sugiere al monarca la vinculación de la lucha armada con la vivencia religiosa, convirtiendo la guerra cotidiana por buscar nuevas tierras en un acto de servicio a la cristiandad, un acto que lleva implícito en su propia realización no solo el mérito para quien lo hace, sino el pago eterno. Ya había escrito el rey en 1067 que todo lo hacía «para ejemplo de cristianos y mal de moros», y en 1092 dirá que lo hace «para recuperar o dilatar la Iglesia de Cristo, por la destrucción de los paganos enemigos de Cristo y edificación y provecho de los cristianos, para que el reino invadido por los ismaelitas y cautivo sea liberado a honor de Cristo».217 Y por supuesto lo
216. Domingo J. Buesa Conde, «El papado y el ensayo de la idea de Cruzada en el Reino de Aragón», en La Orden del Santo Sepulcro: II Jornadas de Estudio, Zaragoza, Centro de Estudios de la Orden del Santo Sepulcro, 1996, pp. 11-20, esp. pp. 18-19. 217. Ángel Canellas López, La colección diplomática de Sancho Ramírez, Zaragoza, Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, 1993, doc. 9, año 1067 («ad examplamentum de christianos et malum de mauros et pro anima de meo patre et de mea matre»). Para 1092, véase Domingo J. Buesa Conde, «El papado y el ensayo de la idea de Cruzada en el Reino de Aragón», cit., p. 17, n. 21.
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mejor es hacerlo en estas peregrinaciones armadas de ejércitos de notables convocadas por el aragonés, que acaban constituyendo una clara manifestación de la hegemonía papal que convierte la Cruzada en un instrumento de sometimiento al poder del pontífice. Como fondo de todas estas operaciones, la mirada atenta del obispo de Aragón, que es plenamente consciente de que con esta injerencia pontificia él pierde autoridad y se convierte en un mero representante o ilustre delegado del poderoso vicario de Cristo.
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LA FUNDACIÓN DEL OBISPADO DE JACA
Coincidiendo con las primeras décadas de andadura del reino aragonés, gobernado por la familia de los Ramírez, ‘los hijos de Ramiro’, la gestión pastoral del territorio la ejerce el episcopus Aragonensis, esto es, el obispo que —por la gracia de Dios— gobierna sobre los hombres que viven en Aragón. Un obispo al que controla la familia real, pues no quiere que resurja el obispado de Huesca porque acabaría convertido en una considerable potencia económica en el futuro. Con esta operación podría explicarse que los reyes le mermaran territorios a la vieja diócesis en favor del obispado de Aragón y luego del de Jaca, lo cual pudo haber constituido el golpe definitivo al poder eclesial oscense de no ser por el papado, que tenía muy claro el resurgir de la sede oscense y así lo impuso en 1096.218 Estos obispos en Aragón constituyen una prelatura que va vagando por el reino, sin poder exhibir un pasado lejano en su titulación y sintiéndose canónicamente débiles al no tener un asiento urbano, por otro lado preceptivo para entenderse como obispos modernos, aunque el obispo Sancho se intitula en dos ocasiones, concretamente en dos documentos que no parecen sospechosos de ser falsificaciones, de los años 1058 y 1068, obispo en Jaca.219 Mientras tanto, parece ser que esa idea de la familia real de cercenar Huesca no es compartida por el propio obispo
218. Antonio Durán Gudiol planteaba esta hipótesis al hablar sobre el «Estado actual de los estudios sobre la historia de la Iglesia aragonesa» en Estado actual de los estudios sobre Aragón: actas de las Primeras Jornadas, celebradas en Teruel del 18 al 20 de diciembre de 1978, Zaragoza, ICE, 1979, vol. II, pp. 701-724, esp. p. 717. 219. Para las referencias documentales a las diversas intitulaciones episcopales de Sancho conviene ver Antonio Durán Gudiol, La Iglesia de Aragón durante los reinados de Sancho Ramírez y Pedro I (1062?-1104), ed. cit., p. 105, cuestión 1.ª, 3. Los dos documentos que mencionan Jaca son el de 1058, que lo llama episcopus domnus Sancius in Iaka, y el del 19 de octubre de 1068, conservado en el Archivo Municipal de Huesca, que lo menciona como episcopo don Sancio in Iaka.
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aragonés, que sueña con acabar convertido en obispo de Huesca y consolidar su poder recuperando el prestigio y la antigüedad que le daría sentarse en la vieja sede oscense. A finales del año 1074 el obispo Sancho se encuentra en Roma para resolver un grave problema que afecta al diseño que se pretende dar a la cúpula de la iglesia local aragonesa. Gregorio VII escribe al rey Sancho Ramírez el día 24 de enero de 1075 para tratar «la causa del obispado de los aragoneses», a consecuencia de la visita del obispo Sancho. La carta papal dice concretamente: «En lo tocante a la diócesis aragonesa, sobre lo cual nos consultaste y expresaste cierto deseo, después de un largo y cuidadoso estudio y después de consultar a miembros de la iglesia romana, vemos que tus planes no son factibles pues hay contra ellos decretos canónicos».220 El papa se adentra en un problema que ya llevaba meses vigente, puesto que en su anterior carta, la del 20 de marzo de 1074, ya le había sugerido al rey la necesidad de tomar medidas para resolver las acusaciones —en realidad, quejas presentadas por el propio rey— contra el obispo Salomón de Roda y de solventar «otros asuntos apremiantes», para lo que el pontífice prefiere esperar a que esté con él el legado que visitó Aragón.221 Lo que parece ser solamente una excusa podría ocultar la preocupación por lo complejo de la decisión a tomar, sin olvidar que cuando el papa dice «expresaste cierto deseo» posiblemente se refiera a la voluntad del rey de nombrar un obispo que consolide el nuevo diseño político de Aragón, un obispo que enriquezca el valor de centralidad que espera dar a su enclave urbano predilecto: Jaca. Además, el rey Sancho Ramírez se ha convertido en un apoyo económico del papado, un brazo armado de la cristiandad y un solícito servidor de Gregorio VII, al que le ha enviado una carta, cuyo contenido desconocemos, que es calificada como «llena de amabilidad»222 y que el papa usa para ofrecer una alabanza al propio monarca, que en ese momento está planteando el relevo
220. Véase Enrique Gállego Blanco, Relaciones entre la Iglesia y el Estado en la Edad Media, Madrid, 1973, pp. 136-139. Viene el texto latino del Gregorii VII Registrum (lo edita Philipp Jaffé en Monumenta Gregoriana, BERLÍN, Weidmann, 1865, pp. 165-166). 221. Para las cartas papales, véase Paul Kehr, «El papado y los reinos de Navarra y Aragón hasta mediados del siglo XII», art. cit., pp. 109-111. (Edición, números 4841 y 4927 de la Regesta Pontificum Romanorum de Jaffé y Loewenfeld). 222. El papa Gregorio VII habla de «litterae suavitate plenae» y manifiesta su alegría por la devoción que sabe que tiene el rey Sancho a los príncipes de los apóstoles y a la Iglesia romana, asunto que ya conocía gracias a los informes dados por boca de los legados pontificios en tierras hispanas.
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en dos sedes de su reino: en el caso del obispo Salomón de Roda de Isábena y en el del obispo Sancho de Aragón.223 En los dos casos han sido personas muy vinculadas a la dinastía (el propio obispo Sancho contaba entre sus méritos el haber sido notable cortesano del rey Ramiro I), y en los dos casos hay una solapada oposición desde el entorno real. Sancho está en Roma en los últimos días del año 1074 pidiendo al papa Gregorio VII que le dé licencia para renunciar al obispado, alegando como pretexto el hallarse enfermo, aunque es evidente que no es así, pues el papa le hará ver que no debe de estar muy enfermo si ha soportado el largo viaje desde Aragón hasta Roma. Con ocasión de la visita, el obispo le da al papa los nombres de dos clérigos —según manifiesta, de acuerdo con el propio rey— para que el papa designe a uno de ellos como obispo aragonés. Pero, como se trata —según dicen— de dos hijos ilegítimos, el papa considera oportuno no sentar precedente y no elegir a ninguno de ellos por la irregularidad canónica de su origen.224 Sin entrar en esta cuestión de los dos clérigos, que ha servido para que algunos historiadores plantearan que el obispo Sancho y el rey Sancho Ramírez llegaron a un acuerdo de mantener el obispado oscense y crear otro para estabilizar los territorios pirenaicos,225 lo evidente es que el papa no
223. Habla por extenso de este obispo, en cuya entronización pesó el interés de Sancho Ramírez por separar la sede rotense y dotarla de plena autonomía de la de Urgel, Manuel Iglesias Costa, Roda de Isábena: historia y arte, Huesca, IEA, 1989, pp. 28-31. Iglesias plantea que Salomón abandonó quehaceres importantes, como la construcción y la dedicación de iglesias —tarea tan reiterada por todo el episcopado rotense—, y afirma que «aún más grave era su poco entusiasmo por el cambio de rito que dominó el ambiente de sus días». Y concluye diciendo que «fue destituido porque “los suyos le acusaron”, sin decirnos ni quién ni de qué. Pero, dado el clima de agitación religiosa descrito, es posible cayese bajo la presión de recelos y acusaciones ante el monarca, de abades y clérigos con aquellos disfraces progresistas». El obispo murió en el año 1097. 224. «Como sabes, nuestro colega Sancho, un obispo de Aragón, vino a nosotros quejándose de una salud pobre, y pidiéndonos permiso para renunciar a su obispado a causa de que está casi totalmente quebrantado por la enfermedad, no pudiendo debido a ello desempeñar propiamente sus deberes. Para llevar a cabo esto con más facilidad, nos mencionó a dos clérigos y nos dijo que cualquiera de ellos sería de tu agrado así como del suyo propio para tomar su lugar. Cuando le preguntamos sobre su vida y costumbres, los encontramos en todo como hombres buenos y honorables, salvo el hecho de que los dos eran hijos de concubinas, y, puesto que los sagrados cánones prohíben la promoción al sacerdocio de tales personas, pensamos que no era prudente aprobarlos, para que ningún acto nuestro, contrario a los sagrados cánones, sirva de precedente en el futuro. La Santa Sede apostólica acostumbra a tolerar muchas cosas cuando hay razones bien ponderadas, pero nunca a desviarse de la tradición canónica en sus decretos oficiales, por lo cual sepa tu alteza que aconsejamos al obispo a continuar, en cuanto le sea posible». Seguimos la traducción de Enrique Gállego Blanco, Relaciones entre la Iglesia y el Estado en la Edad Media, Madrid, Revista de Occidente, 1973, p. 135. 225. Antonio Durán Gudiol, Arte altoaragonés de los siglos X y XI, ed. cit., p. 29.
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quiere que el obispo de los aragoneses renuncie a su prelatura, puesto que sabe que el rey quiere sustituirlo para establecer un nuevo obispado. Y, desde luego, lo que no quiere el papa es enfrentarse con el rey, pues le conoce bien y sabe que es persona decidida a la erección de la sede de Jaca, sea con el beneplácito papal o en contra de la opinión de Roma. Nos queda la incógnita de quiénes son esos dos clérigos cuyos nombres se presentan al papa, aunque algunos autores sugieren que estuviera entre ellos el infante García.226 Por ello Gregorio VII aconsejó y mandó al obispo que siguiera en el desempeño de su función y le dijo que, en todo caso, podía ayudarse por medio de obispos comprovinciales y en lo temporal por un clérigo que pudiera recibir la consagración episcopal. El mandato papal daba un año de tiempo para recuperarse al obispo y, si aumentaba su enfermedad, la Santa Sede, oído el parecer del rey y del clero, ya decidiría.227 Con cierta argucia, Gregorio VII le explica al monarca aragonés que los problemas y estorbos de la enfermedad del obispo provocan sentimientos de compasión fraterna y hacen imposible que el papa le deniegue el escucharlo.228 Solamente por ello —insinúa el pontífice— acepta la posibilidad de evaluar cómo evolucionará la enfermedad en un año y pide al rey que considere «este asunto con todo cuidado» y ayude al obispo en lo que pueda «a que cumpla nuestras instrucciones». Los meses siguientes serían difíciles para el obispo Sancho, posiblemente un hombre anciano que, aunque se le debió de colocar un clérigo para que le ayudara, al final tuvo que renunciar a su episcopado.229 Seguramente el
226. Federico Balaguer Sánchez, al estudiar «Los límites del obispado de Aragón y el Concilio de Jaca de 1063», art. cit., p. 121, apunta que, «en opinión del padre Mariana, el infante era hijo bastardo de don Ramiro, pero el padre Huesca combate esta opinión del ilustre jesuita basándose en la autoridad de Zurita y en el celo de Gregorio VII, que en modo alguno hubiera consentido en su consagración episcopal por ser contrario a los sagrados cánones. Es cierto, sin embargo, que don García sintió afecto por el bastardo Sancho Ramírez, con quien mantuvo cordiales relaciones, mientras que el rey mostraba predilección por la condesa doña Sancha, según confiesa esta en un célebre documento». 227. Antonio Durán Gudiol, La Iglesia de Aragón durante los reinados de Sancho Ramírez y Pedro I (1062?-1104), ed. cit., pp. 31-32. 228. «et impedimentum sue infirmitatis proponenti fraterne compasionis auditum denegare non potuimus. Hec igitur dilecte fili prudenter considera et ad observanda nostra monita episcopum quantum potes adiuva». Antonio Durán Gudiol, La Iglesia de Aragón durante los reinados de Sancho Ramírez y Pedro I (1062?-1104), ed. cit., p. 32. 229. Sangorrín pensó que la dimisión del obispo era debida a la animadversión que por él sentían el clero y el pueblo de su diócesis a causa de su excesiva predilección por el monasterio de San Juan de la Peña. Ubieto Arteta opinó que el obispo se vio obligado a presentar la dimisión por negarse a facilitar la mutación o cambio de rito en las iglesias de su jurisdicción.
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obispo se retiró al monasterio de San Juan de la Peña, donde murió el 22 de noviembre de 1083, según se indica en la lápida que aún se conserva en el claustro del cenobio pinatense. Su sucesor, quizás la persona que se le puso como ayuda, sería el propio hermano del rey aragonés, el infante García, del que tenemos una primera mención cuando se le cita como testigo de la restauración de la sede episcopal de Roda, a la que asiste el 18 de agosto de 1068.230 Ocho años más tarde, en junio de 1076, aparece por primera vez citado como obispo de Aragón en un documento que se refiere a él como el clérigo «al que llama [nombra] al obispado en Aragón».231 Un mes más tarde un documento pamplonés lo vuelve a citar como «García en Aragón»,232 y cuatro meses después otro documento, fechado en el monasterio de San Victorián, lo menciona de nuevo como «obispo García en Aragón».233 Concluido el año 1076, en el que abundan las citas documentales a la presencia en los actos oficiales del reino del infante García en su condición de obispo de Aragón, al inicio del 1077 se produce un cambio fundamental, en concreto a partir de marzo,234 cuando la intitulación del obispo en los documentos oficiales del reino cambia, pasando de ser obispo en Aragón a ser obispo en Jaca. Este cambio es lógico, puesto que Aragón ya tiene una capital real, una ciudad con fuero en la que poder asentar la autoridad
Federico Balaguer Sánchez, «Los límites del obispado de Aragón y el Concilio de Jaca de 1063», art. cit., pp. 119-120. Para las tesis de Dámaso Sangorrín, véase su artículo «El Santo Grial en Aragón», Aragón, III/22 (1927), y para las de Antonio Ubieto Arteta, «La introducción del rito romano en Aragón y Navarra», art. cit., p. 113. 230. Ángel Canellas López, La colección diplomática de Sancho Ramírez, ed. cit., doc. 12. Se le cita como «Garcia similiter teste». 231. Ibidem, doc. 37: «Domno Garsea cui bocat episcopatum in Aragon». Sancho Ramírez otorga tierras ingenuas para su establecimiento a Berenguer Ramón y Pedro Bernard como recompensa a sus servicios. El documento se conserva en la Biblioteca Central de Barcelona, manuscrito del padre Pascual, I, p. 604. 232. Ángel Canellas López, La colección diplomática de Sancho Ramírez, ed. cit., doc. 38: «[episcopo domno] Garcia in Aragone». 233. Juan Francisco Yela Utrilla, El cartulario de Roda, Lérida, IEI, 1932, p. 18. Véase también Ramón de Huesca, Teatro histórico de las Iglesias del Reino de Aragón, t. V: Estado antiguo de la santa Iglesia de Huesca, ed. cit., p. 162. La cita exacta es «episcopus Garsia in Aragone». 234. En los primeros meses del año 1077 hay que situar la donación por el señor García Aznar a San Juan de la Peña del monasterio e iglesia de Santa María de Artasona y de un excusato llamado Galindo. Eduardo Ibarra y Rodríguez, Documentos correspondientes al reinado de Sancho Ramírez, vol. II, ed. cit., doc. XLIII, donde se cita a dos obispos: «episcopus dominus Belasius in Irunnia et episcopus dominus Garsias in Aragona». Esta donación debió de tener lugar entre enero y febrero. El obispo de Pamplona era Blasco, que gobernó la sede desde 1068 hasta 1078, momento en el que se haría cargo de esa diócesis el infante García (1078-1083). Este último sería sucedido por Pedro de Rodez o de Anduque (1083-1115). Véase Atlas de Navarra, Barcelona, Diáfora, 1977, p. 62.
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episcopal de acuerdo con los mandatos canónicos y recuperando la legitimidad que da el tratarse de un espacio con un pasado romano. En los inicios de 1077 se ha creado el obispado de Jaca y se ha fijado el título y la jerarquía episcopal de Aragón en la ciudad que ejerce el papel de capital del reino y en la que vivirá una burguesía protegida por el monarca. El momento en el que ocurre todo esto está plenamente definido: de noviembre de 1076 a febrero de 1077. Vamos a fijarnos un poco más en detalle. En el documento que podemos usar como referencia,235 fiable en su totalidad a pesar de ser una copia del siglo XII, se explica que el rey Sancho donó a Banzo Azones, de Biel, las propiedades de Lope, hijo de Pura, que se había convertido al islamismo, a cambio de un lugar «junto a la puerta del castillo» de Biel en el que el rey se construirá un palacio y de dos casas. Este curioso documento, en el que se constata cómo se reparten los bienes de un aragonés que había abjurado del cristianismo, se expide en el monasterio de San Juan de la Peña en los momentos en los que se inicia la Cuaresma del año 1077. El rey, como es habitual, ya está en el monasterio dispuesto al recogimiento cuaresmal, que se ha iniciado el Miércoles de Ceniza, el 1 de marzo de 1077, y que llegará hasta el 16 de abril, Domingo de Pascua. Y en la primera semana de Cuaresma, que va desde el lunes 6 de marzo hasta el domingo 12, se expide este documento con la concesión real. En el protocolo final se habla de cómo el rey Sancho Ramírez reina, por la gracia de nuestro Señor Jesucristo, en Pamplona, Aragón, Sobrarbe y Ribagorza. También se habla de Alfonso, que es rey en Castilla; de «don García, hermano del rey, llamado en el obispado jacetano»,236 y del obispo Blasco de Pamplona. Da la impresión de que nos encontramos ante una especial mención del obispo García, cuyo episcopado se está inaugurando, y pudiera ser que en
235. Este documento lo citó Ricardo del Arco en su Huesca en el siglo XII, Huesca, Tip. de Justo Martínez, 1921, pp. 241 y 250, y corrigieron su lectura los editores de la tesis de Ángel Canellas López, La colección diplomática de Sancho Ramírez, ed. cit., doc. 42, correctores que deberían haber citado la edición de Durán Gudiol. El pergamino se conserva en la catedral de Huesca y es una copia carolina del siglo XII según Canellas y en letra visigótica según Durán, que lo edita también en su Colección diplomática de la catedral de Huesca, vol. I, doc. 40. El texto dice en el protocolo final: «Facta ista carta in era M.C.XV. in mense marcio in prima hebdomada de quadragesima, in Sancti Iohannis […] domnus Garsia germanus rex vocato in episcopato Iaccense, episcopo Blasco in Orunia». 236. El término latino vocatus es un participio pasado del verbo voco, que puede ser traducido por ‘llamar, nombrar, llamar por su nombre, traer, invocar’. Horacio le da el valor de ‘invocado’ y Plauto el de ‘ocupado’. Véase la página 924 del Valbuena reformado: diccionario latino-español, París, Librería de Rosa y Buret, 1860. El ablativo episcopato se acompaña de un verbo de quietud, con la preposición in.
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muy estrecha conexión con ese tiempo cuaresmal que ha llevado a toda la corte al monasterio pinatense, un escenario apropiado para dar una sede definitiva al obispado aragonés en Jaca. No olvidemos que en ese monasterio está el antiguo obispo Sancho de Aragón y que el fuero se ha podido conceder a Jaca en los meses inmediatamentes anteriores, por lo que todo es propicio para tomar una decisión de este tipo. A partir de ese mes de marzo de 1077 el obispo García siempre será citado como «obispo García en Jaca», indicando además casi siempre su condición de «hermano del rey»,237 e incluso en una ocasión señalándole como obispo en Pamplona y en otra como obispo en Aragón y en Sobrarbe.238 Los límites que se fijan al territorio jurisdiccional del obispado son los mismos que tenía el condado de Aragón en el siglo X: desde el río Aragón Subordán y el valle de Echo, en el este, hasta encontrar el Gállego; desde este río Gállego, en el sur, hasta Secorún y Matidero; de Matidero, en el oeste, hasta el Pirineo, excluyendo el Reino de Sobrarbe; en el norte, las montañas del Pirineo ponen límite al obispado.239
237. Véanse los documentos 46, 47, 51, 56, 58, 59, 60, 64, 66, 72 y 77 de la tesis doctoral de Ángel Canellas López, La colección diplomática de Sancho Ramírez, ed. cit. Véase también Documentos correspondientes al reinado de Sancho Ramírez, ed. cit., docs. XIII, XVI, XXII, XXIII, XXIV, XXVIII y XXX (publicados por Salarrullana en el vol. I), y XLIII, LVI, LX, LXI, LXIV y LXVI (editados por Ibarra en el vol. II). 238. Eduardo Ibarra y Rodríguez, Documentos correspondientes al reinado de Sancho Ramírez, vol. II, ed. cit., doc. LX, año 1083: «episcopus dominus Garsea frater regis, tenens pontificatum culminis in Aragone et in Pampilona. Dominus Sancius abbas in Sancto Joanne». Para la intitulación de «episcopus dominus Garseas in Aragone et in Suprarvi», véase el documento LXI, correspondiente al año 1084 y a la donación que hace Blasquita a San Juan de la Peña de la villa de Lizaorria y varias fincas en Gipúzcoa, Biniés y Tolosana. 239. Antonio Durán Gudiol, La Iglesia de Aragón durante los reinados de Sancho Ramírez y Pedro I (1062?-1104), ed. cit., pp. 37-38, 114-118 y mapa en pp. 24-25.
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EL INFANTE GARCÍA, OBISPO DE JACA
La persona que es llamada por el rey aragonés a ocupar la nueva sede de Jaca es el infante García, su propio hermano, que nació al final de la década de 1040 (fue el último hijo del rey Ramiro I y de la reina Ermesinda) y murió en 1086 —sin sobrepasar la edad de cuarenta años— tras una intensa vida religiosa y política. Noticias suyas tenemos muy pocas, y todas referidas a ese itinerario personal como obispo de Aragón primero y como obispo de Jaca después, tras ser nombrado como tal en los inicios de la Cuaresma del año 1077, aunque podemos entender que fue un hombre con brillantes cualidades: enérgico y vehemente, obstinado en sus empresas, lleno de ardiente celo, estaba muy poseído de los derechos de su ministerio. Aunque los miembros de la casa real aragonesa no se distinguieran, ciertamente, por su talento ni por la brillantez de su ingenio, sin embargo, García fue en este aspecto una excepción pues no careció de inteligencia.240
Como clérigo se mostró muy preocupado por la reforma de las costumbres clericales y por la extensión de su diócesis. En el primer asunto destacan sus acciones para regular la vida de los canónigos jacetanos —desde 1076— y la fundación de la Casa de la Limosna de Jaca, organismo caritativo que alcanzó un gran prestigio en la «recepción de pobres». En la segunda tarea logró un gran triunfo cuando su hermano el rey se hizo con el gobierno del Reino de Pamplona, razón por la cual se vio elevado a la dignidad de obispo pamplonés en 1078, al morir el obispo Blasco Gardéliz. Pero esta conquista personal sería el punto cero de su caída en desgracia, quizás por intentar acabar con los poderosos monasterios navarroaragoneses y por empezar a distanciarse de los planes de su hermano el rey,
240. Federico Balaguer Sánchez, «Los límites del obispado de Aragón y el Concilio de Jaca de 1063», art. cit., pp. 120-121.
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planes que eran mucho más modernizadores que los suyos, planes que se decantaban por la política romana mientras el obispo comenzaba a convertirse en el líder de un grupo de clara vinculación conservadora e indigenista. La caída del obispo estaba acompañada además del ascenso de la condesa Sancha Ramírez, hermana del obispo y del rey, la persona ideal para limitar el poder del rebelde García de Jaca. Hasta tal punto tenía el monarca claro este asunto que incluso nombró a su hermana administradora de la sede pamplonesa y del monasterio de Siresa, dos agravios considerables contra el prelado jaqués. Cercenada la autoridad del obispo García en tierras del poniente aragonés, estaba claro que el siguiente paso era el enfrentamiento con los poderes eclesiales del Aragón oriental. Para ello se iban a utilizar los conflictos de límites entre obispados, asunto tan habitual como insalvable sobre el que el papa Pascual II dictaminaría en 1100 la imposibilidad de recuperar los viejos límites parroquiales de la romanidad, puesto que «vueltos al derecho de los cristianos no se encuentra a nadie que pueda distinguirlos… Por lo tanto es oportuno que los límites de las parroquias que en todo son inciertos, se diriman por el consejo de los príncipes de las tierras, los sabios y varones religiosos».241 Si con Pamplona no habrá roces fronterizos, por la presencia en la silla navarra del obispo jacetano, el conflicto con Roda será brutal. Nos lo cuenta un memorial del que se conserva una copia de comienzos del siglo XII en el archivo capitular oscense.242 El obispo que se enfrenta con García de Jaca es Ramón Dalmacio, hombre reflexivo y virtuoso político que había llegado a la sede rotense en el año 1076 gracias al apoyo del mismo papa Gregorio VII, al que incluso debió de visitar. Su llegada coincide con el crecimiento de la influencia ultrapirenaica y con la presencia en Aragón del cardenal Ricardo, legado pontificio que se había movido en tierras de Castilla y que acudió para cuestionar algunas actuaciones del propio rey Sancho. Hasta tal punto es severo el legado romano que acusa al rey de «buscar en sus obras más el favor de los hombres que el temor de Dios y la salvación de las almas», así como de poner al frente de la diócesis pamplonesa a una persona no bendecida por el papado. Tras la primera parte de su actuación, en la que el legado quiere dejar claro que la única autoridad es la del papa, le llega el turno a la carta papal en donde
241. Jaime Villanueva, Viaje literario a las iglesias de España, t. XV, Madrid, Imp. de la Real Academia de la Historia, 1851, p. 287. 242. Lo publicó Paul Kehr en «Cómo y cuándo se hizo Aragón feudatario de la Santa Sede: estudio diplomático», art. cit, pp. 321-326, doc. V. Titulado Sobre la contienda que sostuvieron los obispos de Jaca-Huesca y de Roda acerca de Alquézar, se fecha en torno a 1110-1115.
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se decide «poner en guardia al rey Sancho sobre la existencia en su reino de una serie de conspiradores, cuyos nombres no quiere darle y que deben estar empeñados en la destrucción de la iglesia con la ayuda de otras personas del Reino de Aragón». Decía textualmente así: «aquellos que conspiran para la destrucción de la Iglesia con otros principales de vuestro reino, de los cuales no señalamos sus nombres». La denuncia romana, que está encaminada contra la persona del obispo García, al que se contempla como un advenedizo, puesto que llegó al obispado jaqués y al gobierno de la sede pamplonesa sin el aconsejable consentimiento papal, surtirá su efecto pasado un tiempo, cuando estalle el enfrentamiento entre el obispo de Jaca y el poderoso prelado de Roda a partir de su encuentro en San Juan de la Peña el sábado 13 de diciembre de 1080. El infante García tendrá todas las de perder, ante el recelo de su hermano el rey y la agresión del obispo rotense y de su círculo de nobles. Durante tres años, de 1080 a 1083, verá cómo le crecen los problemas y se le aumenta el cerco, un asedio que alcanzará su máximo nivel cuando se enfrente con el noble Fortuño Aznar (apodado Pepino de Biescas), que ha desempeñado importantes cargos en el palacio real y que ha casado con Sancha, mujer con la que está emparentado en grado prohibido por la legislación canónica. Cuatro hijos tenían ya cuando el obispo García todavía no les había dado su consentimiento para tal enlace, momento en el que decidió anular su matrimonio y excomulgar al noble serrablés mientras viviera con su esposa.243 Con esta peculiar situación, el noble decide pedir ayuda al otro obispo aragonés, Dalmacio de Roda, que era tenido como uno de los personajes eclesiásticos más versados en derecho canónico. El obispo rotense prometió arreglarle la situación, pero era necesario que para ello el noble Pepino de Biescas estuviera en tierras dependientes del obispo de Roda. Y dicho y hecho: el noble pidió al rey que le ayudara y el monarca aceptó conceder a Roda las iglesias de la honor gobernada por Pepino, las comarcas de Bielsa y Alquézar, unas comarcas que dejaban de depender del obispo de Jaca gracias a la voluntad de su hermano el rey y a la influencia de su hermana la condesa Sancha, que estaba decidida a acabar con el obispo por considerarlo enemigo. Pero, puestos en pie de guerra, poco importaba desempolvar el aviso papal y recordar que García era reo de traición hacia su hermano el rey, haciendo público que el obispo de Jaca quería ponerse a las órdenes del 243. Antonio Durán Gudiol, Historia de Alquézar, Zaragoza, Guara, 1979, pp. 37-39. Fortuño Aznar fue también señor de Senegüé en 1075.
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emperador Alfonso VI de Castilla —que estaba llevando una política de expansión de gran envergadura hasta Zaragoza— con todos sus bienes. Dice el memorial que el rey «se perturbó» al saber de esta traición familiar y de la posibilidad de que el obispo no marchara solo, sino bien acompañado de un grupo de nobles aragoneses. Había llegado el momento de hacer frente al problema anunciado por el cardenal legado Ricardo en la carta de finales del año 1080. El monarca se encamina hacia el castillo de Alquézar en abril de 1083, dispuesto a controlar una fortaleza que estaba siendo restaurada ante el peligro de la invasión del rey castellano. Acaba de pasar la Cuaresma en San Juan de la Peña, monasterio en el que aún vive el depuesto obispo Sancho de Aragón y en el que todos los monjes son contrarios a la política antimonástica del obispo García. Con estos antecedentes, es claro que el rey quiere castigar a su hermano ante toda la corte. Y así, posiblemente el domingo 16 de abril de 1083, se reúne en la fortaleza de Olsón el monarca con el obispo de Jaca y con el de Roda. Allí, ante toda la corte, dicen que dio a Raimundo Dalmacio las «iglesias de Bielsa y de Alquézar y todo lo que pertenecía al obispado jacetano desde el río Alcanadre hasta el Cinca, mandando con gran amenaza para el obispo García que si no quería perder los ojos de su cabeza no volviera a pisar Alquézar ni la supradicha honor».244 Después de esta tensa reunión, el obispo se retira a sus tierras de Jaca, mientras algunos nobles y algunos miembros de su propia familia —como su hermanastro el conde Sancho Ramírez— piden al rey que reconsidere la violencia contra su propio hermano.245 La situación en la Iglesia aragonesa es de ruptura: por un lado están los que podemos calificar como hispanistas, que constituyen el bloque contrario a la creciente influencia del papado en tierras aragonesas, el grupo de los que no aceptan ni el poder de los legados de Roma ni el que están adquiriendo los monasterios; por el otro, los europeístas, que, con el rey y su hermana la condesa doña Sancha a la cabeza, apuestan por un mayor acercamiento a la sede de San Pedro y por acatar los consejos de legados como 244. Véase el texto latino en Paul Kehr, «Cómo y cuándo se hizo Aragón feudatario de la Santa Sede: estudio diplomático», art. cit, p. 322: «Et videntibus et audientibus multis dedit Raimundo Dalmaz illas ecclesias de Belsa et de Alchezar et quicquid ad episcopum Iaccensem pertinebat a flumins Alcanatre usque ad Cinga cum magna cominatione precipiens Garsie episcopo, quod, si diligeret oculos capitis, non amplius ingrederetur Alchezar nec supradictum honores». 245. El memorial, publicado por Kehr (ibidem, p. 323), dice: «Los aragoneses vinieron al rey Sancho y le pidieron que devolviese a su hermano García la “honor” que le había quitado injustamente, y que no lo obligase a salirse de la tierra, puesto que era mucha la gente que querría irse» («Audiens autem hoc Aragonenses venerunt ad regem S. et dixerunt ei quod redderet fratri suo Garsie episcopo honorem prescriptum, quem iniuste ei abstulerat, et non dimitteret eum cum militibus suis de terra sua exire, qua maxima multitudo cum eo volebat ire»).
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el poderoso abad francés Frotardo de Thomières.246 Todos ellos se mueven buscando apoyos y efectuando visitas entre las que quizás tengamos que reseñar la del obispo García al papa Gregorio VII. El papa, que atravesaba un momento de debilidad al haber sido traicionado por sus propios cardenales cuando se pasaron al bando del antipapa Clemente III, le dio la razón al obispo jacetano y le expidió la bula Apostolicae sedis.247 Con ese reconocimiento papal en la mano, el obispo García ve aprobado el que la iglesia de Huesca, todavía en poder de los musulmanes, tan pronto como sea liberada sea tenida como cabeza y residencia episcopal a la cual deberán someterse las iglesias de Barbastro y Jaca. Mientras esto no ocurra se da a la de Jaca libertad y jurisdicción sobre los clérigos y las abadías del obispado, esa jurisdicción de la que los nobles y los abades se habían apropiado injustamente, además de otras concesiones.248 En medio de esta situación, en la primavera de 1086 el rey Alfonso VI de Castilla pone cerco a la ciudad de Zaragoza después de ser engañado vilmente por los gobernadores de la ciudad musulmana, y a su campamento acude el obispo García brutalmente asediado por los enemigos de su conciencia hispánica. La entrevista entre el rey castellano y el obispo aragonés tuvo lugar el lunes 6 de julio de 1086, momento en el que es clara la situación extraordinariamente precaria de Sancho Ramírez frente al monarca castellano. Indudablemente el obispo García contaba con un gran partido en el reino, no tanto como obispo cuanto como miembro de la casa real, pues «los grandes aragoneses, que no querían dejarle salir, se pusieron abiertamente contra el rey y le obligaron a ceder». Y además gozaba del reconocimiento del rey castellano, que «lo recibió benignamente y le prometió darle el arzobispado de Toledo con tanto honor que pudiese mantener mil caballeros». Concluida la entrevista, García retorna a su obispado y los nobles que le acompañaron en la entrevista, acaecida en el cerco de Zaragoza, le explican al rey la situación y le piden que revoque las sentencias contra el obispo, al
246. Domingo J. Buesa Conde, El rey Sancho Ramírez, Zaragoza, Guara, 1978, pp. 55-60, y Sancho Ramírez, rey de aragoneses y pamploneses, ed. cit., pp. 156-172. 247. Esta es la tesis planteada por Paul Kehr en «Cómo y cuándo se hizo Aragón feudatario de la Santa Sede: estudio diplomático», art. cit, p. 312, n. 47 y 48, donde explica cómo el cardenal Pedro, bibliotecario y jefe de la cancillería papal, abandonó a Gregorio VII, por lo que no es extraño que el documento presente algunos problemas que puedan inducir a considerarlo falso. Kehr cree que es original y válido, y lo fecha en los primeros meses de 1085. 248. Paul Kehr (ibidem, pp. 314-317) hizo la edición del texto del privilegio, que fechó en 1084-1085. Antonio Durán Gudiol lo consideró falso y no aceptaba la existencia del viaje a Roma, puesto que creía que lo habría mencionado el memorial que habla de este litigio.
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que consideran injustamente tratado por el propio monarca. La lealtad demostrada por el obispo al renunciar incluso a la sede toledana impresiona al rey, que ordena que los territorios que se le quitaron le sean devueltos al obispado de Jaca, cosa que el abad de Alquézar y el escriba real deciden no pasar a documento esperando la muerte del prelado, si, como decían, estaba gravemente enfermo. El rey, mientras tanto, salió al encuentro de su hermano, al que visitó en Ayerbe en la tercera semana de julio, justo en el momento en que «el obispo comenzó a enfermar del mal que murió. Al otro día, antes de que el rey se volviese, fue ante el obispo y le rogó que no difiriese la recuperación del territorio» de Alquézar que le habían devuelto.249 Pero el obispo ya está enfermo y deciden llevárselo hacia Jaca, en cuyo camino morirá, remontando el curso del río y pasados los Mallos de Riglos. En pleno valle del Gállego, concretamente en Anzánigo, muere García Ramírez el viernes 17 de julio de 1086. El rey ha marchado hacia las tierras de Sobrarbe, hacia el oriente del reino aragonés, y precisamente desde allí el abad Galindo, enterado de la muerte del obispo de Jaca, se negará a devolver las tierras que le habían quitado años atrás. Los canónigos de Jaca no harán nada, temerosos del enfado del poderoso obispo Ramón Dalmacio de Roda, e incluso del temible abad Frotardo de Thomières, legado pontificio, amigo del obispo de Roda y consejero influyente del rey Sancho Ramírez.
249. Antonio Ubieto Arteta, «¿Un ataque aragonés a Zaragoza en 1089?», Estudios de Edad Media de la Corona de Aragón, X (1975), pp. 679-688, esp. p. 680.
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EL OBISPO PEDRO DE JACA
Mientras los canónigos jacetanos guardaban silencio, conscientes de que todos los poderes de la Iglesia aragonesa estaban en su contra, en el verano de 1086, entre los meses de agosto y septiembre, se nombró nuevo obispo de Jaca, como era de esperar, a un monje de San Juan de la Peña. La rápida llegada de Pedro al episcopado de Jaca, de la mano del abad Frotardo de Thomières, abrió una nueva época de distensión, aunque disminuyó el nivel de protagonismo y liderazgo de la sede en la política aragonesa al no tratarse de un miembro de la familia real. Pero sobre todo consiguió retomar las obras de la catedral de Jaca, que habían estado paralizadas como castigo a la rebeldía del obispo García, a la lucha de este aragonés por defender la dignidad episcopal frente a la brutal injerencia de los monjes cluniacenses, que entonces gobernaban la Iglesia de Roma. Ahora bien, esta tranquilidad duró muy poco tiempo, puesto que el nuevo obispo vio cómo se le abrían nuevos frentes que le amargarían el episcopado, comenzando por la enemistad del arzobispo metropolitano Dalmacio de Narbona, si hacemos caso de las acusaciones que este metropolitano elevó contra el nombramiento jaqués al propio papa Urbano II, y continuando con la del propio monarca, que acabaría discutiendo con el obispo jacetano por el control de las nuevas fundaciones religiosas canónicas de la llanura, desde las cuales —como es el caso de Loarre o Montearagón— se organiza el asalto definitivo a la ciudad musulmana de Huesca.250 El enfrentamiento tuvo un capítulo importante en el hecho de que el rey podía disponer a su arbitrio, sin contar con el obispo diocesano, de estas nuevas capillas reales, especialmente de la de Montearagón, a la que se le dio todo el territorio que acabaría convertido en diócesis de Huesca, y, junto a ello, en 1093 se vivió la presión real para que el obispo de 250. Antonio Durán Gudiol, El castillo de Loarre, ed. cit., pp. 17-18. Idem, El castillo abadía de Montearagón, Zaragoza, Guara, 1987, pp. 23-25.
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Jaca cediera al obispo Pedro de Pamplona las iglesias de Agüero y Murillo de Gállego. El 21 de abril de 1094 el obispo Pedro de Jaca y el obispo Pedro de Pamplona están en el castillo de Loarre acompañando al rey Sancho Ramírez y su corte, ocasión en la que el rey fuerza al jaqués para que reconozca el derecho de la sede pamplonesa sobre las iglesias de Agüero y Murillo de Gállego. Era un nuevo episodio, puesto que acababa de vivir los problemas sobre límites con la sede pamplonesa, ciertamente intrascendentes y centrados sobre las tierras del norte del Ebro y el oeste del Gállego, en el entorno de la Valdonsella, que se unirá de 1064 a 1087 y definitivamente en 1785, o en el de las Cinco Villas, que acabará siendo tierra de enfrentamiento con el obispo de Zaragoza en El Castellar o en Tauste.251 La llegada del nuevo obispo abrió una etapa tensa en la vida diocesana, máxime cuando el monarca ya estaba preocupado únicamente por las nuevas fundaciones de las canónicas de la llanura, desde las que se podía organizar el asalto definitivo a la ciudad de Huesca. Sobre la canónica monástica de Montearagón mantendrán una grave discusión el rey y el obispo Pedro en 1093, discusión que volverá a colocar en mala situación a este prelado, que se ve encerrado en el viejo territorio jacetano. Allí también tendrá graves problemas, como el suscitado con el monasterio pinatense, del que procedía, a causa de algunas cuestiones que hicieron odioso este monasterio para los laicos y los conversos que deseaban ser enterrados allí, tal y como le echaba en cara el propio Urbano II, además de disputas con la vieja fundación de San Pedro de Siresa, que —también en 1093— ganó un pleito al obispo Pedro sobre la percepción de los diezmos y la posesión de las iglesias del valle de Echo. Este panorama pudo haber cambiado tras la muerte, el 4 de junio de 1094, del rey Sancho Ramírez, puesto que entre el nuevo monarca —Pedro I— y el obispo jacetano había mejores relaciones, que ubicaron al prelado en el protagonismo de importantes celebraciones como la consagración de la nueva iglesia románica de San Juan de la Peña en diciembre de 1094 y la entrega de los restos de Sancho Ramírez al panteón real del monasterio. Pero muy pronto volvieron los conflictos a causa de los reajustes de los límites diocesanos en los territorios conquistados. Montearagón y el obispo de Pamplona se unieron contra el de Jaca y le impidieron conseguir dos de sus metas: controlar la salida a Huesca por las tierras del Gállego y participar en el reparto de la ciudad de Huesca tras su conquista en 1096. 251. Hace un resumen del tema Antonio Ubieto Arteta, Historia de Aragón, t. III: Divisiones administrativas, ed. cit., pp. 22-30.
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Desde ese momento el obispo Pedro de Jaca comenzó una intensa actividad para lograr no quedar fuera del nuevo mapa territorial de la llanura oscense, y consiguió contar con el importante apoyo del arzobispo de Tarragona, que empezó a imponer su autoridad como metropolitano en contra del poder que venía ejerciendo el abad Frotardo. El citado metropolitano y el obispo pamplonés decidieron aconsejar al rey Pedro I, cuando el obispo jaqués reclamaba la iglesia mozárabe de San Pedro el Viejo al abad Frotardo, que «el obispo de Jaca trasladara a otro lugar su sede». Y así se hizo.252 El rey decidió unir las dos sedes episcopales que tenía en la zona occidental de su territorio, la vieja sede romana de Huesca y la fundada por su padre, Sancho Ramírez, en Jaca, bastantes meses después de la conquista. Será en el verano de 1097 cuando el obispo Pedro sea intitulado en Jaca y en Huesca, cuando se le conceda la vieja mezquita como nuevo espacio catedralicio, cuando se le nieguen otras iglesias repartidas a otros eclesiásticos y cuando reciba la mitad de los diezmos de la ciudad. La otra mitad quedará en poder de Montearagón, lo cual será causa de nuevos conflictos, que concluirían en 1098 en la Concordia de Calasanz. Este documento de avenencia será sometido al papado y este hecho logrará que Urbano II, por una bula expedida en el año 1098, reconozca oficialmente al prelado jacetano como Pedro, obispo de Huesca. Al marchar a Huesca el obispo Pedro la catedral de Jaca todavía no está terminada, puesto que el enfrentamiento entre el rey y su hermano el obispo García ha frenado el apoyo real para su construcción, cosa que favoreció a monasterios como San Juan de la Peña, Loarre o incluso Montearagón. Cuando llegó al episcopado el infante García, la catedral, comenzada por Ramiro I, sufrió un fuerte empuje constructivo gracias a los importantes ingresos de los peajes que recibía Sancho Ramírez y porque era necesario contar tanto con un espacio áulico en el que celebrar las grandes ceremonias de la familia real como con un marco episcopal en el que asentar la cátedra del obispo de la capital del reino. Si en un primer momento, en la década de 1060, vimos que se cimentaba la cabecera, e incluso documentamos los comienzos de su construcción por lo menos en la parte baja del ábside norte, que se levantó con un paramento exterior de aspecto lombardo, en esta segunda fase, que se extiende a partir de 1077, se da forma al conjunto definiendo la planta catedralicia y empezando a levantar los muros, en especial la cabecera. 252. Antonio Durán Gudiol, La Iglesia de Aragón durante los reinados de Sancho Ramírez y Pedro I (1062?-1104), ed. cit., pp. 70-71: «Ita ut episcopus Jaccensis alio suam transferret sedem episcopalem».
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En plena e intensa actividad constructiva en piedra, sin escatimar medios, como corresponde a un reino con una economía en crecimiento, surgen los problemas personales mientras se están levantando los muros y se está consolidando el modelo de planta basilical. Al final se producirá la ralentización de las obras, justo cuando hay zonas en donde los capiteles ya están colocados y otras en donde solo existe la implantación de los cimientos. La causa, como se ha dicho, es el enfrentamiento entre el rey Sancho Ramírez y su hermano el obispo García, motivado por la oposición del prelado jaqués a la política europeísta del monarca, que pretendía potenciar la influencia de la corte pontificia en la Iglesia aragonesa. Este enfrentamiento pervive, por otras razones, entre el sucesor de García, el obispo Pedro, y el rey Sancho, lo que provoca que no se recupere el apoyo real a la catedral en la que se ha casado, en 1086, el infante Pedro con Inés de Aquitania. Ahora bien, esta actitud del rey Sancho no es compartida por algunos miembros de su familia, que contribuyen a financiar las obras de la catedral y, en consecuencia, mantienen vivo el quehacer constructivo en la capital del reino, donde se acometen otras obras, como la reedificación de la iglesia de Santiago en el año 1089. Ese sentido de compromiso provoca la donación hecha por la infanta doña Urraca «para la construcción de San Pedro de Jaca» —antes de 1094— y las que hace el conde Sancho Ramírez —en 1097 y en su testamento de mayo de 1105— para las obras de la catedral, y especialmente para la terminación del ábside meridional, que cerraría la cabecera muchos años después de haber levantado los otros dos ábsides la magnificencia de su hermano el rey Sancho Ramírez. La llegada del obispo Esteban, amigo personal del rey Alfonso I el Batallador, en el año 1099 supondrá un cambio importante en la posición de la monarquía hacia esta iglesia, que es el espacio áulico por excelencia, teniendo en cuenta que en Huesca todavía se sigue usando la mezquita y no hay una catedral al estilo cristiano. Será el momento de ir cerrando espacios, acabando la construcción del ábside meridional y ajustando el pórtico que se levanta a los pies del templo, para dotar de un espacio propio a la gran portada y ubicar sobre él la torre campanario. La fecha clave es 1139, momento en el que la bula papal de Inocencio III nos confirma que la catedral está terminada, y también su claustro principal, en cuyo lado oeste se ha construido la casa del obispo.253
253. Domingo J. Buesa Conde, «La catedral de Jaca», en Las catedrales de Aragón, Zaragoza, Cazar, 1987, pp. 53-88, esp. p. 59.
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El testigo más impresionante de ese momento del año 1100, en el que se construye el pórtico y en el que la monarquía ya está plenamente consolidada como instrumento del papado, es el pórtico de los pies, que se adosó a la fachada en la que se colocó el famoso crismón de Jaca, considerado actualmente como signo de esa fidelidad de los reyes de Aragón al papa.254 Estamos en un profundo pórtico penitencial cubierto con bóveda de cañón sostenida por gruesas columnas con amplios arcos que apoyan en capiteles de estilización vegetal abriendo el espacio interior a la plaza, puesto que ese pórtico no era otra cosa que el escenario de los actos de corte y sobre todo de los ritos penitenciales (Miércoles de Ceniza o reconciliación del Jueves Santo), e incluso el lugar en el que podían permanecer toda la Cuaresma algunos penitentes que llegaban descalzos o incluso reptando por el suelo, como indicaba el ritual penitencial.255 Este magnífico espacio es diseñado y decorado por los canónigos agustinianos que viven en esta catedral y que plantean en la ciudad real un espacio que concilia la triple dimensión sacramental —penitencial, bautismal y eucarística—, que se completa con los capiteles —como el de Daniel, en el que se sugiere un pan circular en manos del profeta Hababuc— y con los letreros que explican lo importante que resulta estar preparado ante el momento de la muerte, con el alma libre de pecados. Este es el mensaje que transmite la inscripción que corre en el dintel de la puerta: «Si quieres vivir, tú que estás sujeto a la ley de la muerte, ven aquí suplicante, renunciando a los alimentos envenenados. Limpia tu corazón de vicios para que no perezcas de una segunda muerte», esa muerte eterna que atormentaba a las gentes, pues suponía el fuego del infierno. El conjunto se completaba con la inscripción del tímpano, que explicaba: «En esta escultura, lector, debes interpretar lo siguiente: P es el Padre, A el Engendrado [de] doble [naturaleza], S el Espíritu vivificante. Estos
254. Francisco de Asís García García, «La portada occidental de la catedral de Jaca y la cuestión de las imágenes», Anales de Historia del Arte, n.º extraordinario: Nuevas investigaciones en historia del arte (2010), pp. 69-89. Dulce Ocón Alonso, «El sello de Dios sobre la iglesia: tímpanos con crismón en Navarra y Aragón», en El tímpano románico: imágenes, estructuras y audiencias, Santiago de Compostela, Xunta de Galicia, 2003, pp. 75-101. 255. María Soledad de Silva y Verástegui, «Espacios para la penitencia pública y sus programas iconográficos en el románico hispano», Clío & Crimen, 7 (2010), pp. 111-135. David Simón, «El tímpano de la catedral de Jaca», en XV Congreso de Historia de la Corona de Aragón (Jaca, 20-25 de septiembre de 1993), t. III: Jaca en la Corona de Aragón (siglos XII-XIII), Zaragoza, Gobierno de Aragón, 1994, pp. 405-419. Serafín Moralejo Álvarez, «Aportaciones a la interpretación del programa iconográfico de la catedral de Jaca», en Homenaje a don José María Lacarra de Miguel en su jubliación del profesorado: estudios medievales, 2 vols., Zaragoza, 1977, vol. 1, pp. 173-198.
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tres son en verdad por derecho propio un único y mismo Señor». El crismón, dividido en ocho partes que representan la eternidad y que tienen ocho margaritas que nos hablan del paraíso, está escoltado por dos relieves con leones que son el símbolo de Cristo. El del lado derecho, bajo cuyas garras hay un oso y un basilisco con cabeza de gallo —símbolos del mal— y cola de serpiente, representa al león vencedor de la muerte y tiene sobre él una inscripción que confirma que «el poderoso león aplasta al imperio de la muerte». A la izquierda se sitúa la figura del león protegiendo al pecador arrepentido —vestido como uno de esos penitentes que se congregaban en este pórtico—, ejerciendo su misericordia, pues dice la inscripción que «el león sabe perdonar al caído y Cristo a quien le implora».
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LA SEDE DE HUESCA-JACA
El 11 de mayo de 1098, en la bula Miserationibus Domini, firmada en Letrán, el papa Urbano II trasladaba la diócesis de Jaca a Huesca y reconocía que la de Huesca pasaba a ser cabeza de todas las parroquias hasta entonces sujetas a la de Jaca y que el lugar de la cátedra episcopal estaba en la mezquita mayor de Huesca, «in maiori illa mezchita servetur».256 En esta ocasión el papa indicaba que, con respecto a la extensión del obispado de Huesca, se atendiera simplemente a respetar los límites que antiguamente —«antiquo iure»— hubiera tenido esta diócesis «a medida que Dios se digne devolverlos al poder de los cristianos». Pero esta no era la primera vez que se entendía la necesidad de trasladar la sede de Jaca a la ciudad de Huesca, de unir las dos fijando una doble sede para el obispo y de evitar el nombramiento de un nuevo prelado. El papado, muy preocupado por los enfrentamientos y los litigios diocesanos, venía manteniendo ese criterio desde tiempo inmemorial, e incluso existe la bula Apostolica sedes de Gregorio VII, evidentemente producto de una falsificación, que recoge la opinión pontificia de que, conquistada Huesca, debería ser tenida como madre de las iglesias de Jaca y Barbastro, que estarían sujetas a ella.257 El siglo XII comienza en las tierras de la diócesis de Huesca con una profunda falta de claridad en la delimitación territorial, por lo que se vive una etapa en la que abundan los litigios sobre límites y dominios territoriales y en que todo el mundo pleiteará y construirá sus propios documentos falsos.
256. Antonio Durán Gudiol, La Iglesia de Aragón durante los reinados de Sancho Ramírez y Pedro I (1062?-1104), ed. cit., pp. 75, 149 y 177. En p. 193, doc. 20: «Presentis ergo decreti auctoritate statuimus ut eadem Oscitana ecclesia totius parrokie que nunc Iacensi ecclesie subdita est et ipsius Iacensis ecclesie caput deinceps temporibus perpetuis habeatur». 257. Ibidem, pp. 177-178, doc. 6, fechado entre 1077 y 1085. Contiene graves imprecisiones históricas que lo convierten en un documento sospechoso. Falsificación es también la bula Misericordie Mater de Urbano II (Letrán, 11 de mayo de 1098), que ratifica los límites del obispado de Huesca-Jaca dados por Gregorio VII (ibidem, p. 196, doc. 21).
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Nos podemos hacer idea de esta situación si recordamos que en mayo de 1100 el papa Pascual II escribía que, después de muchos años de dominio de los musulmanes, en España se habían olvidado los límites parroquiales, y que, al ser «vueltos al derecho de los cristianos, no se encuentra a nadie que pueda distinguirlos. Por lo tanto es oportuno que los límites de las parroquias, que en todo son inciertos, se diriman por el consejo de los príncipes de las tierras, los sabios y varones religiosos».258 En ese mismo año, el 1 de diciembre de 1099, sin haber logrado mayores avances, murió el obispo Pedro de Huesca-Jaca, y en enero del año 1100 ya era Esteban el nuevo obispo.259 De origen desconocido, este hombre no contó con el afecto del rey Pedro I, y además incrementó sus problemas al oponerse primero a la diócesis de Barbastro y poco después, en 1101, al propio papado por no acatar las órdenes que le dieron sobre las disputas con Pamplona. El propio Pascual II le echó en cara su rebeldía con la Santa Sede y le mandó presentarse en Roma antes del 29 de septiembre de ese año. La diócesis de Jaca comenzaba el siglo XII embarcada en un amplio abanico de conflictos que la enfrentaban a casi todos los poderes eclesiásticos que la rodeaban. El escenario de la Iglesia aragonesa en el que nos movemos está centrado en dos poderosos obispados que acaban de surgir en el transcurso de los últimos siglos: el de Roda, heredero del de Ribagorza, y el de Huesca, que asume la herencia de los de Jaca y Sasabe. Cada uno de ellos tiene su particular historia —mucho más difícil la que corresponde al de Roda—, y cada uno de ellos encara el futuro de una manera muy diferente: la sede de Huesca, con fuerza y con un prometedor presente; la de Roda, con promesas de llegar algún día a establecerse en la ciudad de Lérida, pero con un presente de pobreza por el escaso avance que ha tenido la Reconquista en su territorio y por la consiguiente limitación de sus recursos económicos. A partir del año 1100 la sede episcopal de Jaca entra en un período de inactividad notable; solo quedará atender a la vida diocesana y tratar de concluir la obra de la catedral, lo que, como se ha indicado, ocurrirá el año 1139, en tiempos del obispo Dodón de Huesca y Jaca, el primer obispo de esta centuria al que los documentos nunca citan con la sola intitulación
258. Jaime Villanueva, Viaje literario a las iglesias de España, t. XV, ed. cit., p. 287, n.º 39. 259. Antonio Ubieto Arteta, «Nota sobre el obispo Esteban (1099-1130)», Argensola, 29 (1957), pp. 59-64. Este prelado murió peleando contra los moros. Domingo J. Buesa Conde, «Pedro de Librana, primer obispo de la capital de Aragón (1118-1125)», Diócesis de Zaragoza: seis personajes claves para su historia, Zaragoza, Arzobispado de Zaragoza (Papeles del Mudiz, 4), 2016, pp. 65-70.
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de obispo de Jaca.260 Desde este momento hasta el año 1571 los obispos de Jaca residirán la mayor parte de su tiempo en el palacio de Huesca, ciudad que los mantiene más cerca del poder político y de los miembros de la casa real, y ocuparán el palacio de Jaca durante el verano y los comienzos del otoño, puesto que todos ellos visitan esta iglesia y dictan sus estatutos entre julio y octubre. Durante este tiempo los obispos tuvieron que titularse con la referencia de la doble diócesis que gobernaban, aunque el peso de la ciudad y de la silla de Huesca llevó a que al final solo usaran el título de obispo de Huesca. Pero, como esta situación no era la ajustada a derecho, incluso el rey Juan I de Aragón intervino obligando al obispo de Huesca a intitularse siempre obispo de Huesca y Jaca, cosa que dispuso en una orden del 27 de noviembre de 1393.261 Siguiendo con este intento de reconocer y potenciar la dimensión de obispo de Jaca que debe tener el prelado que gobierna las dos diócesis desde finales del siglo XI, en 1428 el Concejo de Jaca entregaba al cabildo jacetano la suma de 800 florines para comprar la mitra y el báculo episcopal que tendría que utilizar el prelado durante su estancia en la diócesis pirenaica, aunque dejaba bien claro que estos símbolos episcopales habrían de ser custodiados en el Archivo de la Catedral, pero bajo dos llaves, una de las cuales debería estar siempre en poder de la ciudad de Jaca.262 Aunque hagamos alguna mención de estos obispos residentes tanto en Huesca como en Jaca, no pueden ser objeto de biografías por estar perfectamente estudiados.263 Como marco de referencia podemos decir que, a la muerte del antiguo canónigo y obispo Esteban de Jaca, en el año 1130, le sucedieron Arnaldo Dodón (1130-1134) y Dodón (1134-1160), que había sido abad de San Juan de la Peña y que volvió a abrir la polémica sobre los límites diocesanos, con Roda por la posesión de la iglesia de Barbastro y con Pamplona por la de la Valdonsella. Este tema de la reivindicación del arcedianato de la Valdonsella —tierras de Biel, Luesia y Uncastillo— será una constante en la época del obispado Huesca-Jaca. Lo reclamaron obispos como Martín López de Azlor (1300-1324) y Bernardo Oliver (1336-1345),
260. Antonio Durán Gudiol, La Iglesia de Aragón durante los reinados de Sancho Ramírez y Pedro I (1062?-1104), ed. cit., pp. 107-108, cuestión 1.ª, 8. Se le cita en octubre de 1134 como electus in Osca y habitualmente como episcopus in Osca et in Iacca. 261. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: dos mil años de historia, ed. cit., p. 143, n. 25, que remite a la edición de este documento por Ricardo del Arco. 262. Ricardo del Arco, Archivos históricos del Alto Aragón, fasc. 1, separata de Universidad: Revista de Cultura y Vida Universitaria, 1929, p. 54. 263. Damián Peñart Peñart, «Episcopologio de Huesca», Aragonia Sacra, XVI-XVII (20012003), pp. 63-72.
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quien planteó incluso la petición ante el Concilio Provincial de Zaragoza del año 1342, sentando las bases para la demanda que mantuvo el obispo Bernardo Folcaut (1361-1364) hasta que, convertido en arzobispo de Pamplona, decidió ocultar los documentos sobre los que basó esta reclamación y que se había llevado personalmente del Archivo de la Catedral. Un siglo después, Antonio de Espés (1466-1484) consiguió que el arcedianato de la Valdonsella pasara a la Iglesia de Jaca.
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EL CAMINO DE SANTIAGO: SANTA CRISTINA DE SOMPORT Y SAN FRANCISCO DE JACA
Mientras van planteándose estas reivindicaciones, la ciudad va recibiendo peregrinos que caminan rumbo a Santiago de Compostela, al mismo tiempo que la iglesia jacetana organiza un importante sistema de servicios y de hospitales donde atender a los enfermos que se encuentran en el camino. Es la misma iglesia que, en este caso a través de sus canónigos, se empeña en aportar la importante cantidad de 2000 sueldos para contribuir a construir el recinto amurallado que proteja una ciudad levantada a orillas del camino que viene de Francia. El camino entraba en territorio aragonés por Somport desde que el rey Sancho había decidido abandonar la vieja ruta por el valle de Echo —que seguía la calzada romana, la cual alcanzaba alturas considerables y por tanto era poco transitable en invierno— para construir una vía más cómoda y accesible que descendiera por el valle del Aragón hasta Jaca.264 Esta apuesta por Jaca traería muchas consecuencias, todas ellas tendentes a intentar convertir esta meseta del río Aragón en el espacio en el que confluyeran caminos, gentes y economías. Y en este nuevo reajuste de los recursos jugarían un papel importante las vías de comunicación. Está claro que la consolidación de un burgo jaqués de comerciantes y mercaderes demandaba un camino que permitiera el paso de carros con mercancías y que, además, fuera conveniente. Pero eso no era nada difícil, puesto que el curso del río Aragón culminaba en un puerto que permitía transitarlo bastantes meses al año. Y no hay que olvidar que era de un trazado más suave que el que recorría el valle del Aragón Subordán y, tras pasar por San Pedro de Siresa, subía hasta el Summo Pyreneo. Si el camino que se puso en funcionamiento en el siglo IX, coincidiendo con el interés carolingio por este itinerario, 264. Domingo J. Buesa Conde, «Los caminos de Santiago: Aragón, Somport y Jaca», en Los caminos de Santiago: arte, historia, literatura, Zaragoza, IFC, 2005, pp. 7-28.
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tenía un puerto de 1942 metros de altitud, el que potencia Sancho Ramírez como camino a su ciudad tiene como máxima altura 1640 metros. Estaba clara la apuesta por un paso mucho más asequible, menos agreste y rocoso, que contaba con un marco de suaves laderas muy abiertas y prados agradables y que acabaría originando lo que conocemos como camino jacobeo de Somport. Además, en este empeño no faltaron las inversiones de la familia real, que aportaron una economía sólida a estas fundaciones asistenciales hospitalarias en el camino. Cuando se consolidó el camino francés por el obispado de Jaca, cosa que ocurrió entre 1090 y 1100, el peregrino iniciaba su primera etapa en tierras aragonesas, en el real monasterio de Santa Cristina de Somport, al que el cronista Aimerico Picaud dedica —en el año 1140— importantes alabanzas: Tres columnas en gran manera necesarias para sostener sus pobres instituyó el Señor en este mundo, a saber: el hospital de Jerusalén, el hospital de Mont Joux y el hospital de Santa Cristina, que está en el puerto de Aspe. Son estos hospitales, puestos en sitios adecuados, lugares santos, casas de Dios, reparación de los santos peregrinos, descanso de los necesitados, consuelo de los enfermos, salud de los muertos, protección de los vivos. Así, pues, quienquiera que haya edificado estos lugares sacrosantos, sin duda alguna poseerá el reino de Dios.
No cabe duda de que estamos ante un espacio de acogida y atención, de esos que nacen en el camino de la peregrinación para hacer realidad la idea de la hospitalidad recomendada por san Pablo, que se plasma en el recibimiento de los caminantes —a los que se les lavan los pies con «aguas de buenas hierbas»—, en la atención con la que se cuidan sus zapatos —con una mezcla de sebo de candela, aguardiente y aceite de oliva para darles elasticidad— y en la caridad con la que se les ofrecen lechos de madera y comida. Convertido el lugar de Somport en un espacio real protegido por el rey Sancho Ramírez, por sus hijos o por su hermana la condesa doña Sancha,265 quien poseía un albergue «al servicio de los pobres y de los peregrinos» en 265. Sobre este monasterio conviene ver Ángel Canellas López, «El cartulario de Santa Cristina de Somport», en Homenaje al profesor Juan Torres Fontes, Murcia, Universidad de Murcia, vol. I, pp. 199-220; Felipe García Dueñas, «El Real Monasterio de Santa Cristina de Somport», Aragonia Sacra, II (1987), pp. 129-138; María Ángeles Tilo Adrián y Antonio Turmo Arnal, «Excavación del hospital de Santa Cristina de Somport (Candanchú). Campaña de 1991», Arqueología Aragonesa 1991, Zaragoza, Gobierno de Aragón, 1994, pp. 187-189; Jukka Kiviharju, Cartulario del hospital de Santa Cristina de Somport (Helsinki Suomalainen Tiedeakatemia, 1991.
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Canfranc —que pudo ser el origen de este conjunto de edificios al servicio de los peregrinos—, se consideró necesario dotarlo de una fundación llamativa y sobrenatural. Para ello se creó una hermosa leyenda fundacional266 en la que se cuenta que fueron dos caballeros los que dieron origen a esta casa, deseosos de socorrer a «los muchos pasajeros que perecían en aquel sitio espantoso y lleno de peligros, especialmente en invierno por las muchas nieves que allí caen y los vientos repentinos y tempestuosos que ciegan y sepultan en las ventiscas a los pasajeros». Nos cuenta también que el oratorio y la alberguería se levantaron en torno a una mata de boj en la que una blanca y misteriosa paloma decidió soltar la cruz de oro que llevaba en el pico. Si se creaba así el escudo del propio monasterio, también se creaba con ello la incertidumbre de determinar quiénes eran los fundadores del lugar. El siglo XVIII aportó consideraciones al respecto muy curiosas,267 como la que quiere convertir en fundador de este monasterio a «un discípulo de Santiago llamado san Atanasio», al que sin fundamento alguno hace venir a «predicar a Jaca el Santo Evangelio, y abrazando muchos nuestra santa fe exigió iglesia, que según la tradición es San Pedro el Viejo, dejando por su primer obispo a san Ovidio». Dicho esto, añade que estas personas, incluido el obispo mozárabe Atanasio de Tarazona, entendieron que uno de sus cometidos era cuidar al viajero, y para ello decidieron construir una casita en el puerto de Somport. A esos dos santos varones se les apareció, mientras estaban en la labor, la emblemática paloma con la cruz de oro en el pico, como también se les apareció a los otros protagonistas de una nueva leyenda que consideraba constructores de la alberguería a dos caballeros de la Orden del Santo Sepulcro.268
266. Ramón de Huesca, Teatro histórico de las Iglesias del Reino de Aragón, t. VIII: De la santa Iglesia de Jaca, ed. cit., pp. 300-318. «El hospital y monasterio de Santa Christina está situado en la ribera derecha del río Aragón en lo más alto del Pirineo, que llaman Aspa, dos horas sobre Canfranc muy cerca de Francia, llamado por eso Santa Christina de Summo Portu». 267. Francisco Lalana, Historia del monasterio real de Sancta Christina de Summo Portu de Aspa, del Orden de Predicadores de la ciudad de Jaca, ed. de Felipe García Dueñas, Huesca, IEA, 1989, ed. facs. 268. Antonio Durán Gudiol, El hospital de Somport entre Aragón y Béarn (siglos XII y XIII), Zaragoza, Guara, 1986, p. 21, n. 14 y 15. Hacia el año 1115, en el cartulario del monasterio pirenaico se escribe un memorial que comienza así: «Esta es la carta de confraternidad establecida para la salvación de todas las almas de los fieles en honor del Santo Sepulcro, de la Virgen Santa María, Madre de Dios, de todos los apóstoles, de Santa Cristina de Somport y de todos los santos». Un documento del reinado de Pedro I de Aragón se refiere a «la limosnería del Santo Sepulcro del Señor y de Santa Cristina de Somport». Antonio Ubieto Arteta, Colección diplomática de Pedro I de Aragón y Navarra, ed. cit., p. 426.
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Sean o no estos los fundadores, lo que importa es que el hospital de Somport tendrá el encargo de facilitar el tránsito por los caminos que unen el Bearne y Aragón a través del puerto de Somport y estará muy vinculado a personajes con espíritu cruzado como el vizconde Gastón IV de Bearne (1090-1130), que creará varios hospitales en Bearne, con sus cementerios y sus iglesias, sometidos siempre al de Somport. Hospitales para atender gratuitamente a los pobres y alberguería anexa para acoger a los que pagan. Junto a este apoyo, también aportado por el conde Ramón Berenguer IV (1113-1162), que abrirá la posibilidad de que los monjes bajen a vivir a Jaca, al monasterio que han construido en el Burnao de la ciudad, está la atención prestada por los obispos pamploneses, como Guillermo de Lafita, que fue el primer prior de Santa Cristina de Somport, o Sancho de Larrosa —oriundo del valle del Aragón y vecino de Somport—, que fundó el hospital navarro de Roncesvalles entre los años 1127 y 1132.269 Aunque en ese momento fundacional del hospital navarro el rey de Aragón y Pamplona es Alfonso el Batallador, nadie puede ignorar que en la bula papal de 1151 dada por Eugenio III se registra entre las posesiones del priorato de Somport «la iglesia de Roncesvalles con hospital y sus pertenencias». Por si no estuviera claro, esta dependencia vuelve a manifestarse en el gran privilegio de Inocencio III fechado en Perugia el 4 de junio de 1216,270 en el que, al confirmarse todos los bienes y las posesiones del hospital de Santa Cristina, se menciona expresamente entre ellos la «iglesia de Roncesvalles con su hospital». Estamos en los inicios del siglo XIII, poco después de que el rey Pedro II —en 1208— dijera que «su fama se extendía por toda la tierra y el sonido de su hospital alcanzaba hasta el fin de la tierra». Pero, a pesar de las palabras del rey, las cosas no van bien, puesto que disminuye el número de peregrinos que entran en la península y rezan ante las reliquias de santa Cristina, incluida la lengua incorrupta, que se conservaba «fresca el año 1618, pero que en 1632 ya había desaparecido», y vuelve a repuntar esa agresividad hacia el monasterio y hospital pirenaico que ya se vivió en los inicios del siglo XII, cuando el rey se mostraba «sumamente irritado» con los que intentaban atacar los bienes y privilegios de Santa Cristina de Somport, la fundación y el sueño familiar de los Ramírez.
269. Luis Vázquez de Parga, José María Lacarra y de Miguel y Juan Uría Ríu, Las peregrinaciones a Santiago de Compostela, vol. II, Madrid CSIC, 1949, pp. 95 y ss. 270. Demetrio Mansilla, La documentación pontifica hasta Inocencio III (965-1216), Roma, Instituto Español de Estudios Eclesiásticos, 1953, pp. 578-581, doc. 553. Habla de la «ecclesiam de Roncisvalle cum hospitali et aliis pertinentiis suis».
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Ahora el protagonismo lo capta una fundación de Somport, el hospital de Roncesvalles, que se hará con el camino jacobeo y se convertirá en la nueva referencia de la peregrinación, justo en un tiempo en el que los monjes ya no viven en Somport y el mantenimiento de esta estructura hospitalaria tiene que ponerse en manos de los particulares que —desde 1108— ingresan en una cofradía de Santa Cristina (hay confratrie Sancte Christine documentadas en Jaca desde 1115, en Bailo y —cinco— en el valle del río Onsella) entregando bienes y rentas a cambio de gracias espirituales. Estamos en el año 1208 y la Orden de Santa Cristina se va consolidando, apoyada incluso por el papa Inocencio III, que había suprimido la Orden Militar del Santo Sepulcro, bajo la fórmula de un monasterio núcleo —el hospital pirenaico— y va adquiriendo cada vez más perfil eclesiástico, y hasta se llega a a redactar una nueva constitución al estructurar Santa Cristina como orden independiente. Eso es lo que ocurre exactamente en el año 1208, momento en el que todo gira ya en torno al prior de la Orden y de la casa de Santa Cristina, cuando los monjes ya han creado las casas de Santa Cristina, las domus Sancte Christine (la de Jaca,271 establecida en el torreón de la Misericordia, es de 1189), que en el siglo XIII se siguen intentando organizar en encomiendas dependientes del centro pirenaico en las que viven un reducido número de frailes en comunidad con su iglesia y su hospital. Entre ellas están la de Bearne, la de Roncesvalles en Navarra, la de Soria en Castilla, la de Tarazona y la de Calatayud. Mientras ocurre todo esto, los obispos van poco por la ciudad, sus presencias son muy esporádicas y desde la lejanía se contempla la sucesión de Esteban de San Martín (1165-1185) y la del obispo Ricardo (1187-1201), que cierra el siglo. En el inicio del siglo XIII la ciudad sigue recibiendo peregrinos, entre los cuales no faltan algunos monarcas y algunos santos. Ejemplo importante para Jaca será la llegada de san Francisco de Asís, que peregrina hacia Compostela en 1213. De su paso quedará testimonio en el enclave monástico que se construye a las afueras de la ciudad, dificultando la defensa de sus murallas hasta que los franceses lo vuelen con ocasión de la guerra de la Independencia. El convento se había levantado, según la tradición, en una propiedad que tenían en Jaca los monjes de San Juan de la Peña, y está claro que fue de los primeros, puesto que en 1246 el papa Inocencio III firmó una bula en la que exhortaba a los fieles a ayudar en la construcción de la 271. Antonio Durán Gudiol, El hospital de Somport entre Aragón y Béarn (siglos XII y XIII), ed. cit., pp. 76-77. Se refiere a la Domus Sancte Christine Iacce, que en 1194 está habitada por una comunidad de frailes.
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iglesia franciscana, que ya se había comenzado reemplazando esa antigua ermita de San Pablo que constituyó el primer espacio sacro de este convento de los «frailes de sant Francés». La nueva iglesia, a orillas de la calzada que venía de Somport y en el espacio que hoy ocupan la carretera de Francia y los jardines del Gran Hotel, que sería durante el medievo el lugar más solicitado por los jacetanos para ser enterrados, formaba parte de un importante conjunto monástico con convento, iglesia, casas de servicio, bodegas, graneros, enfermería y cementerio. Este conjunto iría ampliándose a lo largo del siglo y alcanzaría su mayor expansión durante el mandato de fray Domingo de Jaca, que llegaría a ser ministro provincial de la orden franciscana y lograría celebrar en Jaca el capítulo provincial en mayo de 1317.272 Mientras se contempla con agrado el asentamiento de los franciscanos en Huesca y en Jaca, el obispado vigila muy de cerca los monasterios benedictinos que intentan alejarse de la autoridad episcopal. Mucho más el de San Juan de la Peña, que en el siglo XII ha vivido sus peores momentos, especialmente cuando los reyes han volcado su afecto hacia Montearagón y el papado ya no se interesa por resolverle los pleitos y litigios que tiene con otros monasterios e iglesias. Por si fuera poco, la llegada al poder del abad Juan en 1136 supuso el inicio de un período de negligencias que abrieron la puerta a muchas enajenaciones del patrimonio monástico.273 Arruinado el monasterio, fue tal el escándalo en la Iglesia aragonesa que el papa Adriano IV intervino y mandó que el conde Ramón Berenguer IV y el arzobispo de Tarragona subieran al viejo monasterio para poner orden y destituir al negligente abad Juan, en 1157. Superada ya esta historia, en 1219 García de Gudal le explicó al papa Honorio III que el abad pinatense no le presentaba a los clérigos rectores de las iglesias que debían recibir de manos episcopales la cura de almas. Además, muchas de las setenta y nueve iglesias que controlaba San Juan de la Peña se negaban a satisfacer los derechos de visita y le ocultaban otras rentas, como las generadas por sepulturas. Ante esta denuncia del obispo jacetano, el papa ordenó que resolvieran el pleito los obispos, el prior y el
272. Domingo J. Buesa Conde, Los monasterios altoaragoneses en la historia, ed. cit., pp. 212-213. Esta posición de auge también había acarreado problemas, como la invasión del convento, hacia 1282, por unos herejes o malhechores que «volvieron a vengarse de sus antiguos compañeros y aprovecharse de ellos para obtener la comida y el dinero que les faltaba». 273. Antonio Durán Gudiol, «La Santa Sede y los obispados de Huesca y Roda en la primera mitad del siglo XII», en Los obispos de Huesca durante los siglos XII y XIII, Zaragoza, Gobierno de Aragón, 1994, pp. 78-80.
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arcediano de Zaragoza.274 Era el 6 de agosto de 1219 y no sería la única vez que el papa Honorio III encomendara la solución de un litigio del obispo de Jaca a unos prelados hispanos: obispo ilerdense, maestro Vidal y prior de Santa Cristina. Era el 4 de enero de 1220 y la solución tendría que esperar hasta un nuevo episcopado, el de Vidal de Canellas, y hasta el año 1245. En esta ocasión, alejando la solución de la decisión papal, el obispo Vidal decidió pactar un acuerdo con el abad Íñigo, una amicabilis compositio que se firmó el 29 de mayo de 1245 y por la cual se reconocía la libertad del monasterio, pero se confirmaba que los clérigos de unas ochenta iglesias del monasterio deberían «responder al obispo en lo espiritual» y al abad en lo temporal.275
274. Antonio Durán Gudiol, «García de Gudal, obispo de Huesca y Jaca (1201-1236, † 1240)», en Los obispos de Huesca durante los siglos XII y XIII, ed. cit., pp. 215-216. El documento original se custodia en el Archivo de la Catedral de Huesca, 6-360. 275. Idem, «Vidal de Canellas, obispo de Huesca», ibidem, pp. 170-172. Se reconoció al obispo el derecho a administrar los sacramentos episcopales en el monasterio, en sus iglesias y capillas y a sus clérigos, aunque el abad «cuando quisiere podría asistir al sínodo diocesano o enviar al mismo un representante suyo».
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LA REFORMA DE LA CANÓNICA DE JACA
Cuando san Francisco pasa por Jaca la sede la ocupa el obispo García de Gudal (1201-1236), que es el prelado que acometió la reforma de las canónicas de Huesca y Jaca. Concretamente en el caso de esta última lo hizo el 31 de marzo de 1202, asunto para el que debió de contar con alguna bula papal, pues no se entiende que los canónigos de Jaca acabaran firmando una de las decisiones más perjudiciales para su pervivencia sin protestar.276 El documento episcopal, firmado por el prior de Jaca, el prepósito, el arcediano de Gorga, el limosnero, el prior de Sasabe, el arcediano de Ansó, el sacrista y el chantre, que redacta la carta por mandato episcopal, comienza explicándonos cuál es el estado de la catedral jaquesa a principios del siglo XIII en materias de culto, de un culto que al disminuir los legados y las donaciones ha perdido solemnidad y —como dice el documento— «menguando la caridad y, creciendo la malicia de los tiempos, ha llegado en el presente muy a menos el esplendor de su culto religioso». La ciudad, el consejo de piadosos y sabios varones, el acuerdo del cabildo y la voluntad episcopal, que manifiesta buscar solo «el amor a la religión, no buscando mi provecho sino la gloria de Jesucristo», confluyen en una nueva ordenación de los bienes de la catedral manteniendo la práctica precedente de la coexistencia de canónigos regulares y seculares, prohibiendo admitir canónigos laicos y dividiendo los bienes hasta entonces comunes en dos bloques: la mensa episcopi y la mensa canonicorum. Lo que hasta ese momento había sido propiedad única que repartían los arcedianos entre el obispo, los canónigos, la fábrica del templo y los pobres, de acuerdo con las disposiciones canónicas antiguas, quedó dividido en dos bloques, uno de los cuales se lo adjudicó directamente el obispo.
276. Dámaso Sangorrín y Diest-Garcés, El libro de la cadena del Concejo de Jaca, ed. cit., pp. 217-228, doc. XXVI.
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García de Gudal mantiene al cabildo parte de las propiedades que antaño, multa floruit religione, hicieron posible un período espiritualmente floreciente. Estaban en Abós, Borrés, Senegüé, Oliván, Larrés, Binacua…, aunque las más productivas —como el molino de Bayardo, ubicado donde luego se levantó la ermita de San Cristóbal— las incorpora a su mensa episcopal y provoca una nueva situación: el empobrecimiento del cabildo, al que se solo se le tiene en cuenta en algunos casos, como el de que sus miembros quieran estudiar, en el que serán mantenidos por la Iglesia y el obispo colaborará con 10 monedas de oro anuales. Además, el cabildo jacetano se ve grabado con obligaciones directas para el mantenimiento del obispo, al que le debe entregar «dos porciones canónicas todos los días que estuviere en Jaca y que el prepósito de la mesa de los canónigos mantenga al Obispo con doce hombres de a caballo y treinta de a pie en seis días cada año, que son: la Vigilia y el día segundo de Pascua, la Vigilia de Pentecostés y el día que sigue a la fiesta, y la Vigilia de Navidad y el día siguiente después de la fiesta».277 Pero las rentas no se reducían con estas aportaciones: al mismo tiempo el obispo se quedaba con la iglesia de Siresa y con prioratos como Sasabe, Lierde y Laurés, además de hacerse con «cuatro viñas en Jaca para el vino de mi mesa» y 20 cahíces de trigo limpio del arcedianato de Sodoruel, junto a 5 libras de pimienta de las que tributa Santa Cristina de Somport. Y, para cerrar la operación, el prelado se aseguraba la provisión de su mesa durante sus estancias en la ciudad pirenaica quedándose el derecho de cocer su pan en el horno del cabildo y el de «recibir para mi mesa las verduras y frutas que necesite del huerto de los canónigos, según la oportunidad de las cosechas». Las medidas del obispo son ciertamente cuidadosas para que no se escape nada a su control. Incluso se quedará con una parte de los bienes muebles que aporten los nuevos canónigos, y se concluye avisando que «illi vero qui procurant seniores in Natale et Pascha et Pentecostes et festo omnium sanctorum similiter procurent episcopum cum familia sua si presens fuerit»; es decir, que incluso los que llevaran alimentos a los canónigos como obsequios en las festividades de Navidad, Pascua o Pentecostés tendrán que llevarle también al obispo si está en esas fechas en su palacio de Jaca. Ni que decir tiene que las medidas fueron muy negativas y arruinaron algunos de los espacios que el obispo se reservó para sí. Un ejemplo es la adjudicación a la mensa episcopi del monasterio de San Pedro de Siresa, que causaría la ruina de este viejo enclave del valle de Echo. Pocos años después, consciente 277. El obispo dispone también que determinados hombres de las villas de Jaca deberán ir a formar parte del ejército del obispo cuando el rey lo ordene.
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del estado de pobreza al que había conducido la actuación del obispo, García de Gudal concedió a Siresa las rentas de dos iglesias diocesanas.278 Pero no solo hubo que atender a Siresa: el propio obispo tendría que acabar reconociendo seis años después que su reparto de bienes no había conseguido más que empobrecer a la iglesia jacetana279 y obligarlo a tomar medidas tajantes, como entregar las rentas del arcedianato de Sodoruel a la mensa canonical. Aunque el documento nos sugiere que eran abundantes las críticas ciudadanas y las reclamaciones de los canónigos dirigidas al obispo, este dice que toma esta decisión «compadeciéndome de la pobreza y deseando remediar la continua e insoportable miseria de la iglesia de Jaca, no sea que por ella lleguen a faltar sacerdotes y cese el culto divino», pero reconoce que antes de que eso pueda darse hay una necesidad de actuar «para que los empobrecidos hermanos no murmuren y pierdan por eso el reino celestial». El obispo reconoce que ha dejado muy pocas rentas para el sostenimiento de la vida canonical, en el cual se incluye el vestido y la alimentación de los canónigos, el mantenimiento del culto y de la fábrica de los edificios y la atención a los pobres, razón por la cual en el elenco de firmantes —cargos de las dos catedrales gestionadas por el obispo— algunos de Jaca no usan solamente la fórmula confirmo este estatuto, pues indican que lo aplauden y lo confirman, siguiendo el ejemplo del prior Pedro («pro me et pro toto capitulo hoc necessarium statutum laudo et hoc sig†no confirmo»). El proceso de este arreglo aún tendría un capítulo final, que es de gran importancia y demuestra la capacidad de maniobra de un prelado como García de Gudal, pues convence al cardenal canciller Juan de la conveniencia de renunciar al arcedianato de Sodoruel «en mejor servicio de Dios» y entregarlo a la mensa canonical de Jaca. Respondía así a las peticiones y sugerencias del prior y el arcediano jacetanos, de los abades de San Juan de la Peña y de Leyre, de los obispos de Huesca, Zaragoza y Tarazona, del prior y del cabildo de Huesca…, «cognoscentes paupertatem iaccensis ecclesiae tantam esse quod suis nunquam possit sustentari reditibus».280
278. Antonio Durán Gudiol, «García de Gudal, obispo de Huesca y Jaca (1201-1236, † 1240)», en Los obispos de Huesca durante los siglos XII y XIII, ed. cit., pp. 219-220. 279. Dámaso Sangorrín y Diest-Garcés, El libro de la cadena del Concejo de Jaca, ed. cit., pp. 249-255, doc. XXXI, Jaca, 5 de agosto de 1208, donación del arcedianato de Sodoruel, con todas sus rentas, a los canónigos de Jaca. Gregorio IX confirmó esta incorporación a la mensa canonical por bula de 1229. ACJaca, pergamino 55, serie A48. 280. Dámaso Sangorrín y Diest-Garcés, El libro de la cadena del Concejo de Jaca, ed. cit., pp. 361-364, doc. LIII: «que es tan extrema la pobreza de la iglesia de Jaca que no puede sostenerse ya más con sus actuales rentas».
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LOS SÍNODOS DE JACA
El siglo XIII, que ha comenzado con García de Gudal (1201-1236), está ocupado con los obispados de Vidal de Canellas (1237-1252), Domingo de Sola (1253-1269), García Pérez de Zuazo (1269-1273), Jaime Sarroca (1273-1290) y fray Ademar (1290-1300). Todos ellos viven un tiempo de tensiones entre los cabildos oscense y jacetano, en general un momento complicado en el que cada elección de obispo —que tienen que hacer en Huesca los dos cabildos conjuntamente— se convierte en un auténtico conflicto.281 Buen ejemplo de ello es la del sucesor de García de Gudal, para la que se ordena que se reúnan los dos cabildos en diciembre de 1236, de manera excepcional en la catedral de Jaca,282 quizás para alejarlos de Huesca, donde vive el obispo dimisionario, que ha renunciado a la sede por ancianidad. La reunión de Jaca, en el frío diciembre de 1236, no dio los los resultados esperados y al final tuvo que llevarse a cabo la provisión ad Sedem Apostolicam deuoluta. Pero esta no fue la única reunión para designar obispo que acabó mal —en este caso, por los enfrentamientos en la elección de García Pérez de Zuazo, impugnada por cuatro canónigos de la catedral de Jaca que apoyaron la candidatura de Juan Alfonso, arcediano de Sevilla— como una consecuencia más de la complicada secularización de la iglesia jacetana por Domingo de Sola en 1263,283 que la sede de Jaca rechazaba, frente al criterio oscense 281. Igualmente se ordenó (Huesca, 20 de marzo de 1289) que, cuando un canónigo de Jaca o de Huesca asistiera al otro cabildo, tuviera voz y voto en todos los asuntos, a excepción de las elecciones de canónigos y prepósitos. ACJaca, pergamino 165, serie B104.1, Sentencia arbitralis inter capitulos Oscen. et Jaccen. Not. Pedro Ferrario. 282. Antonio Durán Gudiol, «García de Gudal, obispo de Huesca y Jaca (1201-1236, † 1240)», est. cit., p. 199. Dámaso Sangorrín y Diest-Garcés, El libro de la cadena del Concejo de Jaca, ed. cit., pp. 365-367, doc. LIV. El anciano canónigo Arnaldo de Ansó delegará en el prior oscense «en la elección que se ha de verificar en Jaca el próximo primer miércoles de diciembre o en toda la semana». 283. Ramón de Huesca, Teatro histórico de las Iglesias del Reino de Aragón, t. VIII: De la santa Iglesia de Jaca, ed. cit., p. 124. El obispo Domingo de Sola visitó la Iglesia de Jaca en 1263
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de que era correcta. La misma situación de conflicto se vive en 1290 con ocasión de la elección de fray Ademar. Junto a esta disensión que aflora con ocasión de la reunión de los cabildos para elegir obispo, o para acatar al que se les haya impuesto desde la autoridad eclesiástica, es habitual el enfrentamiento con los poderosos monasterios. Ya hemos visto el caso de San Juan de la Peña, con el que el obispo Canellas firmó una amicabilis compositio (1245) que finalizaba unos debates «que habían durado larguísimos tiempos entre las iglesias de Huesca y Jaca y el monasterio pinatense».284 Además, como si quisieran trazar un nuevo mapa de la Iglesia monástica, los obispos iban a apostar por una nueva espiritualidad apoyando la entrada de los cistercienses en las tierras de la diócesis de Jaca. El caso más significativo de esta nueva apuesta en la diócesis es además empeño de un noble bearnés, Oger (Augerio) d’Oloron, señor del valle de Abena, apoyado por los canónigos de Jaca, que asisten (el 7 de noviembre de 1242) a la firma del acta fundacional del monasterio de Santa María de Gloria de la val de Abena.285 Para poner en marcha esta fundación se cuenta con monjes cistercienses que vienen de la comunidad de Santa María de la Oliva, cuyo abad Martín ha contribuido decididamente a ello a cambio de recibir la villa de Ara y amplios territorios en el valle que pueblan una treintena de personas. Pedro López, el abad electo de la nueva fundación, será el encargado de poner en marcha la explotación de los recursos de las nuevas propiedades que han recibido los cistercienses, y gracias a su gestión
y, entre otros estatutos que estableció para su gobierno, ordenó aumentar las raciones de pan, vino y carne que tomaban los canónigos, todos juntos y presididos por el prior, en el refectorio catedralicio. Fray Ademaro, en 1295, limitará el número de los canónigos a quince, por que «no podían mantenerse con decencia». 284. Antonio Durán Gudiol, «Vidal de Canellas, obispo de Huesca», en Los obispos de Huesca durante los siglos XII y XIII, ed. cit., p. 171. Vidal de Canellas no quiso seguir con las reclamaciones en la corte pontificia, como habían hechos sus predecesores, y decidió entenderse directamente con el abad Íñigo y los monjes pinatenses, política que le permitió restablecer sus derechos episcopales en las iglesias pertenecientes a San Juan de la Peña. 285. Domingo J. Buesa Conde, «El monasterio cisterciense de Santa María de Gloria en la Val de Abena, 1242-1460», Serrablo, 5/15 (marzo de 1975). El acta fundacional del monasterio de Gloria se conserva en el Archivo de la Catedral de Huesca, sign. 7-159. En este documento original se dice que se funda en memoria del «vicecomitum Bearnensium, scilicet, domini Gastonis, domini G. Raimundi et domini Guillermo de Montecatano, simul cum domino Dei gratia G. vicecomitissa filioque eius Gastone et omnium sucessorum suorum», es decir, en memoria del vizconde Gastón VI de Bearne, su hermano Guillermo Ramón de Montcada, su esposa Garsenda, su hijo Gastón VII y todos sucesores. La historia de este centro cisterciense concluyó el 20 de junio de 1460, cuando el abad y los monjes de la Oliva donaron al hospital de Santa Cristina de Somport la iglesia de Gloria a cambio de la iglesia y la rectoría de Biota, en las Cinco Villas zaragozanas, más la cantidad de 16 000 sueldos jaqueses.
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el monasterio podrá acometer la creación de un priorato en Santa María de la Peña de Aniés en 1249. Una buena gestión que también sería notable en la actividad espiritual, pues el papa Honorio IV (1285-1287) emitió un privilegio papal por el que tomaba bajo su protección «a los monjes del Císter que vivían en el valle de Abena en la Iglesia de Nuestra Señora de la Gloriosa». Aunque esperaban que el panorama se comenzara a tranquilizar con la aparición de las nuevas corrientes espirituales, centradas en torno al Císter o a las órdenes mendicantes, a las cofradías o a la devoción a la Virgen María, los obispos tuvieron interés en contribuir a través de la convocatoria de sínodos diocesanos en los que se decidía sobre asuntos relativos a la fe, la moral y la disciplina de la Iglesia diocesana. Esta asamblea convocada por el obispo, a la que debían ir los sacerdotes y los clérigos diocesanos, tenía que celebrarse alternativamente en Jaca y en Huesca, puesto que eran dos las diócesis unidas bajo un mismo obispo, y así ocurrió en siete ocasiones en las que el obispo de Huesca-Jaca convocó sínodos de los que nos quedan las actas conciliares.286 De los que se celebran en el siglo XIII, tenemos constancia documental de que se celebró en la catedral de Jaca el del año 1208, pues el obispo, en la donación del arcedianato de Sodoruel, que hemos visto que se destinaba a la mensa canonical, se refiere a una serie de acuerdos tomados «in ipso eodem capitulo».287 Por este mismo documento podemos saber que en agosto de ese año el obispo, compadeciéndose de «la pobreza y deseando remediar la continua e insoportable miseria de la iglesia de Jaca», intenta resolver el problema acompañado de todas las jerarquías de los dos cabildos. Lo mismo ocurre el 25 de octubre de 1208, cuando el obispo exime a las iglesias del arcedianato de Sasabe del pago de «las cuartas de los diezmos y primicias», ocasión en la que le acompañan los priores capitulares «et aliarum personarum tociusque Iaccensis capituli assensu».288 En consecuencia, entre el 5 de agosto y el 25 de octubre debió de celebrarse un sínodo en la ciudad episcopal de Jaca con el fin de solucionar los males económicos de la diócesis montañesa y los problemas espirituales que de ellos se derivaban. Sin olvidar que era necesario poner 286. Domingo J. Buesa Conde, Los sínodos de Huesca y Jaca en el siglo XIII, tesis de licenciatura inédita, leída en la Universidad de Zaragoza en 1975. Para los textos constitucionales véase también Domingo J. Buesa Conde, «Los sínodos de Huesca-Jaca en el siglo XIII», Aragón en la Edad Media, II (Estudios de economía y sociedad, siglos XII al XV) (1979), pp. 73-96. 287. Dámaso Sangorrín y Diest-Garcés, El libro de la cadena del Concejo de Jaca, ed. cit., pp. 224-225, doc. XXVI. 288. Ibidem, p. 257, doc. XXXII.
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coto a las murmuraciones del clero, a la envidia entre las catedrales y a la pérdida de interés en la labor pastoral. En el episcopado de Vidal de Canellas se documenta una segunda reunión en el mes de noviembre de 1243, cuando los documentos nos hablan de una serie de mandatos que «dederunt in concilio» la mayor parte de los titulares de las dignidades capitulares de Jaca y Huesca, que se vuelven a reunir en Jaca en ese verano.289 Domingo Sola convocó concilio diocesano,290 aunque ignoramos el lugar y el año en el que se celebraron sus sesiones, a las que se obligaba a asistir «a todos los clérigos, menos los enfermos, los impedidos por alguna necesidad y los dispensados por el arcipreste para que no se interrumpan los divinos Oficios ni la administración de los sacramentos en las iglesias del obispado». Lo que sí sabemos es que en este sínodo se dispone que haya un magister in gramatica en la catedral de Jaca y otro en la de Huesca, que se les exija a los clérigos hablar en latín y que todos los beneficiados de las iglesias parroquiales sean obligados a aprender de los maestros si los tienen. En 1280 Jaime Sarroca celebró un primer sínodo en Barbastro, y en 1282 un segundo en Huesca, donde fue excomulgado el justicia de Aragón Pedro Martínez de Artasona. Su sucesor, fray Ademar, celebró sínodo en Huesca en 1295 para intentar poner orden en las celebraciones litúrgicas en las iglesias, que no siempre contaban con la paz y la atención de unas gentes que llegaron a celebrar «comidas y bebidas en la iglesia». De este mismo prelado fue el último sínodo del siglo XIII —celebrado en 1295 y cuyas constituciones incluye el Libro de la cadena de la catedral de Jaca—,291 que atendió especialmente a los problemas que planteaba la presencia de herejías. Durante el siglo XIV en la Iglesia de Jaca hubo, que conozcamos documentalmente, dos sínodos. El primero de ellos lo celebró el obispo Martín López de Azlor (1300-1324) en mayo de 1319, según nos explica el Libro de la cadena de la catedral: «Anno M.CCC.XIX. XIII Calendas Junii Nos
289. Domingo J. Buesa Conde, «Los sínodos de Huesca-Jaca en el siglo XIII», art. cit., pp. 76-77. 290. Ibidem, pp. 78-87. Se disponen amplias cuestiones sobre el comportamiento de los clérigos, que se abstendrán desde de ir a tabernas hasta de juglarías y mimos; no podrán celebrar misa si están ciegos, caducos o temblorosos; deberán dar el viático «no solo a los ricos sino también los pobres, jóvenes y cuantos hayan cumplido catorce años»; excomulgarán a los que destruyan las cosas de las abadías; no harán matrimonios clandestinos, y serán degradados si son sorprendidos en robo, falsedad, rapiña, homicidio… 291. Ibidem, pp. 95-96. ACJaca, Libro de la cadena, ff. 51 y ss., «Constituciones edite per Reverendum patrem fratrem Ademarium Oscensem episcopum apud ecclesiam sedis Osce in generali sinodo celebrato XVIII kalendas decembris anno Domini M.º CC.º XC.º octavo».
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Martinus Dei gratia, Oscem et Jaccem. Episcopus apud Ecclesiam Jaccensem sacram Synodum celebrantes».292 El segundo encuentro sinodal tuvo lugar en septiembre de 1351,293 en el episcopado de Pedro Glascario (1349-1357), y con él cerramos la referencia de las reuniones del sínodo diocesano de Jaca, puesto que la siguiente mención documental nos la aporta uno de los mandatos contenidos en la bula de Inocencio VIII dada en Roma el 9 de junio del año 1492, a petición encarecida del cabildo jaqués, que con firma un mandato del obispo Juan de Aragón (1484-1526) en el que se ordena que los obispos celebren los sínodos del clero jacetano en la catedral de Jaca. Esta decisión papal pronto provocaría un importante conflicto, puesto que el obispo Martín de Gurrea (1534-1544) convocó sínodo de las iglesias de Huesca y Jaca en el castillo de Sesa, reunión a la que los jacetanos se negaron a ir alegando que debería celebrarse en Jaca y abriendo un importante pleito que resolvió el propio emperador Carlos V, quien determinó —en Toledo el 14 de septiembre de 1538— que tenía razón la Iglesia de Jaca y obligó al obispo a convocar sínodo allí,294 cosa que hizo el 2 de noviembre de 1540. De esta reunión tenemos noticias por el diario que escribe el ilustrado jacetano Pedro Villacampa,295 que nos cuenta la llegada del obispo a la ciudad pirenaica y recoge, como cosa muy singular, uno de los acuerdos que se tomaron en ese sínodo: ordenar que se quitasen todas las fiestas menores y que fueran «de bien guardar los domingos, Pascuas, días de Nuestra Señora, apóstoles y votos [de la ciudad], Santa Orosia, San Vicente y San Lorenzo, San Miguel, Santa Cruz de Mayo». Las constituciones de ese sínodo fueron el punto de partida del que celebró en Jaca el obispo Pedro Agustín en el año 1554, cuyas constituciones,
292. Folio 70. Ramón de Huesca, Teatro histórico de las Iglesias del Reino de Aragón, t. VIII: De la santa Iglesia de Jaca, ed. cit., p. 128. 293. Ibidem, p. 128. Folio 85 del Libro de la cadena, donde se indica: «Haec sunt Constitutiones editae in Synodo celebrata apud Jaccnsem Ecclesiam per Rev. In Christo patrem et dominum Petrum Oscen. et Jaccem. Episcopum X Calendas octobris, anno 1351». Vicente Catalina, Episcopologio de la diócesis de Huesca, Huesca, Imp. Castanera, 1891, p. 61, afirma que este prelado celebró «Sínodo en la Iglesia de Jaca a 22 de septiembre de 1351, cuyas Constituciones se conservan en aquel archivo». 294. ACJaca, pergamino 125, serie B63, Zaragoza, 7 de agosto de 1538. Not. Francisco Belenguer. Acto público de la ejecución de la bula de Inocencio VIII que confirma los estatutos de la catedral de Jaca, contra el obispo de Huesca por obligar al cabildo a asistir al sínodo diocesano que iba a tener lugar en Huesca, cuando debía celebrarse en Jaca. 295. Domingo J. Buesa Conde, «Pedro Villacampa, un cronista jacetano del siglo XVI», art. cit., p. 187. El manuscrito, conservado en el Archivo de la Catedral de Huesca, se titula Memoria verdadera de las cosas pasadas para consolación de los presentes y venideros.
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divididas en cinco libros, fueron impresas para enviarlas a todas las iglesias de la diócesis en un intento de agilizar, purificar y adaptar a los nuevos tiempos una Iglesia que —asentada en tierras de frontera— pronto iba a volver a recuperar su independencia de Huesca.
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EL CABILDO JACETANO
Partiendo del comentario de los Hechos de los Apóstoles (II, 42-47) que indicaba que «todos los que creían vivían juntos y tenían todo en común», se constituyó la corporación de canónigos que conformó el cabildo y a la que se encargó el cuidado de la catedral y el mantenimiento del esplendor aconsejable en el culto de la que era la sede del obispo. Este auténtico senado del obispo se fue estructurando en tres grupos — dignidades, canónigos y racioneros o beneficiados— a los que acompañó un conjunto de servidores que iban desde los sacristanes hasta el campanero pasando por cocinero, los mozos de coro, el escribano o el portero. Todos ellos fueron construyendo el día a día de la catedral jacetana con un notable nivel hasta los inicios del siglo XII, cuando el obispo García de Gudal dividió los bienes de la catedral y se hizo con una sustanciosa parte de esos recursos catedralicios. En ese momento la institución jacetana entra en una etapa de penurias que irá limitando el esplendor del culto, la dignidad de la vida capitular y la propia subsistencia de sus canónigos.296 Fue tal el perjuicio de esta medida que, aunque el propio García de Gudal tuvo que intervenir ampliando las rentas adjudicadas a los canónigos, las cosas no mejoraron, puesto que nacieron nuevas complicaciones derivadas de los problemas de mantenimiento que comenzaba a manifestar la fábrica de la catedral y de la necesidad de realizar obras para renovar el palacio del obispo, ubicado desde el principio en los espacios anexos al claustro catedralicio. Al respecto del palacio, que quizás en ese momento tenía algunas zonas en muy mal estado e incluso sin cubiertas, sabemos que se encontraba en la zona de poniente del claustro, zona que en el año 1499 fue visitada para ver las «Domus episcopales in parte 296. Domingo J. Buesa Conde, «Del monasterio a la catedral: el cabildo catedralicio», en Las catedrales de Aragón, ed. cit., pp. 11-30.
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discooperte».297 Esta mención al palacio la mantiene un informe de 1566298 que nos cuenta cómo junto al claustro están «las casas del obispo y de muchas dignidades, pero quasi todas en el suelo por no residir en la iglesia» ninguno de ellos. Sabemos que en 1342 se obliga al canónigo obrero a reparar el claustro por vía de urgencia y que en 1345 el cabildo pide al obispo Gonzalo de Zapata299 que destine todas las rentas de los beneficios capitulares, en el primer año de su vacante, a la fábrica de la catedral y a la del palacio del obispo. Tenemos documentado que la decisión de ampliar los ingresos para obrar en la iglesia catedral será mantenida en 1361 por el obispo Guillén de Torrellas —que concede todas las vacantes de los beneficios de la diócesis a la fábrica—,300 en 1407 por Juan de Tauste —que deja las rentas de la sede vacante a la fabrica catedralicia y a la del palacio episcopal—301 y en 1495 por Juan de Aragón y Navarra —que entiende que sigue siendo necesario aplicar importantes rentas a la catedral, en este caso por el proceso de modernización que se está llevando a cabo—.302 Y no faltan datos que nos hablan de cómo en 1468 se vuelve a emitir sentencia303 contra el sacristán de la Iglesia de Jaca para obligarle a reparar la fábrica de la catedral, en especial la techumbre de la iglesia mayor, hasta que se pongan bóvedas. Este último dato nos confirma que, en el incendio de 1440, «en un día se cremó toda la Seo que todo era de fusta, y se perdieron muchas scripturas antiguas de la Seo y de la ciudat que ay estaban».304
297. Antonio Durán Gudiol, «Las bibliotecas eclesiásticas de la diócesis de Jaca a finales del siglo XV», art. cit., pp. 55-100, esp. p. 92. 298. Antonio Durán Gudiol, «Un informe del siglo XVI sobre el obispado de Huesca», Argensola, 32 (1957), pp. 273-296, esp. p. 289. 299. ACJaca, pergamino 65. 300. ACJaca, pergamino 91, serie B28, Jaca, 29 de mayo de 1361. 301. ACJaca, pergamino 137, serie B75, castillo de Sesa, Huesca, 15 de septiembre de 1407. 302. Vicente Catalina, Episcopologio de la diócesis de Huesca, ed. citl, p. 63. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: dos mil años de historia, ed. cit., pp. 138-139, n. 8, donde se explica que en 1338 se apresa a los que han sido enviados de la sede oscense por las tierras de Jaca a pedir dinero para la nueva catedral de Huesca. Se les detiene en Gavín y, llevados al claustro de la catedral, son expulsados porque el prior de los jurados, Francés Zalba, forma cuerpo con el cabildo, que considera más justo que se pida dinero para obras necesarias en la catedral de Jaca. Para las referencias a 1361 y 1407, Ricardo del Arco, Archivos históricos del Alto Aragón, fasc. 1, ed. cit., pp. 75 y 76 (referencia al año 1468). 303. ACJaca, pergamino 167, 9 de julio de 1468. Not. Domingo de Campo. Se ordena reparar las jocalias, «el tejado del cimborrio, de la torre y de las capillas de San Pedro, de Santa María y San Joaquín, así como los techos de la iglesia hasta que se cubriesen con bóvedas». 304. Domingo J. Buesa Conde, «La catedral de Jaca», est. cit., pp. 62-63. Algunos autores nos hablan de un incendio acaecido en el año 1447 en el que se quemó la catedral de Jaca, especialmente su techumbre de madera.
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Como se puede ver, son tiempos complicados los que le toca vivir al cabildo jacetano en la Baja Edad Media. Es ese espacio que nos relataría la historia de los obispos de Jaca, los obispos de Huesca-Jaca que ocupan la sede en el siglo XIV, que escribió el arcediano de Laurés Bartolomé Daiz.305 Un tiempo en el que los problemas son tan básicos que comienzan por plantearse la alimentación en el refectorio capitular. El obispo Domingo de Sola, en 1263, al visitar la Iglesia de Jaca y ver a los canónigos comiendo en el refectorio, decide aumentarles la ración diaria de pan, vino y carne. Pero esta medida tendrá que complementarse con la limitación del número de canonjías —a quince, según ordenará fray Ademar en 1295— para que puedan mantenerse con cierta decencia. Un asunto vital que volverá a recordar Martín López de Azlor en 1308306 y mantendrá vigente Juan de Aragón, como dispondrá el 26 de agosto de 1485. Las penurias económicas del cabildo jacetano lo llevaron incluso a limitar la comida que habitualmente se les daba a los pobres, cosa que en la sede oscense —por el contrario— era tan notable que al refectorio de los canónigos acabó conociéndosele como Casa de los Pobres.307 En este orden de cosas, el obispo Martín López de Azlor mandará al prior Miguel de Muro restablecer la obligación de dar de comer diariamente en el refectorio canonical a cuatro pobres,308 número que en 1308 se incrementará a seis pobres diarios. La orden del obispo de recuperar la presencia de los pobres en el comedor es de 1305, cuatro años después de que disponga que los canónigos jacetanos lleven capa negra desde la fiesta de las Almas, en noviembre, hasta el Domingo de Ramos. 305. Ramón de Huesca, Teatro histórico de las Iglesias del Reino de Aragón, t. VIII: De la santa Iglesia de Jaca, ed. cit., p. 137. 306. ACJaca, pergamino 201, serie B140, Jaca, 11 de septiembre de 1308. Not. Giraldo Ademar. Nadie podrá obtener dignidad ni oficio en la catedral sin ser antes canónigo de ella. 307. ACJaca, pergamino 111, serie B50. El 1 de julio de 1239, ante la situación que se vive, el capítulo acuerda, dictar un estatuto acerca de las cargas que penden sobre el prepósito de la catedral de proveer las raciones de pan, carne, vino puro y aguado, huevos, queso, pescados y demás comestibles a los capitulares y a los dependientes de la Iglesia en los días de Adviento, Cuaresma, viernes y días solemnes. Se firma en Jaca, en el claustro catedral, delante del obispo López de Azlor, el 2 de agosto de 1305. Este acuerdo amplía y atiende la demanda capitular que se detecta ya en octubre de 1262 (ACJaca, pergamino 119, serie B57), cuando se pide al obispo Sola de Huesca que se aumenten las raciones de pan, vino, carne, huevos y pescados a los canónigos de Jaca, en atención a haberse incrementado las rentas de la prepositura. Esta cuestión será muy controlada en todo momento; incluso se dispondrán en 1414 unas letras ejecutorias del obispo Ram al oficial eclesiástico de Jaca contra los prepósitos que no paguen en el término de tres días las porciones de pan, dinero y vestuario, bajo pena de excomunión. ACJaca, pergamino 139, serie B77, Huesca, 8 de octubre de 1414. 308. ACJaca, pergamino 117, serie B55, estatuto del capítulo catedralicio de Jaca por el que queda vigente la limosna a cuatro pobres.
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Fue muy activo para esta diócesis, tanto para Huesca como para Jaca, el episcopado del canónigo oscense Martín López de Azlor (1300-1324), que afrontó la secularización de la catedral, por la cual los canónigos que hubieran profesado la regla de san Agustín debieron retirarse a un espacio monástico, mientras la catedral quedaba en manos de canónigos seculares.309 Este es el episcopado en el que desparecen algunos canonicatos (como el de enfermero en 1303)310 y en el que el viejo prior claustralis pasa a denominarse deán del cabildo, en su condición de decanus, en el mandato capitular de Miguel de Muro. Este cargo de deán planteará algunos roces en sus inicios, pues sabemos que en agosto de 1338 el vicario general del obispo fray Bernardo Oliver (1338-1340) trabajó en varios estatutos, de acuerdo con el cabildo, para la Iglesia de Jaca, y entre ellos uno sobre la potestad del deán, que, con ocasión de recibir el nuevo título, estaba empeñado en extender las facultades que antes tenía como prior major.311 Igualmente se vuelven a exhumar las viejas concesiones episcopales que organizan sus rentas en beneficio de Jaca. Tal es el caso de la bula de Inocencio IV del 1 de julio de 1246, aplicada por Vidal de Canellas el 11 de marzo de 1247, que dividía la prepositura en cinco pabostres: arcedianos de Gorga, de Laurés y de Ansó, sacristía mayor y prior —que luego sería el deán—.312 A partir de la desaparición de la regularidad y la imposición de la secularización del cabildo, los textos nos sugieren que disminuyen las aportaciones de los fieles y que este deterioro en los ingresos por donaciones y limosnas no fue algo puntual, puesto que en el año 1440 el obispo Hugo de Urriés (1421-1443) se vio en la necesidad de afrontar y reglamentar los usos y costumbres aplicados con ocasión de la muerte de los canónigos. Así, nos explicaba que los sufragios «habían disminuido desde que dexaron la Regularidad», por lo que determinó que la mitad de la renta de un año de la canonjía del difunto fuera para su alma. Este mismo obispo determinó
309. Se conserva un trasunto legalizado de la confirmación hecha por el obispo López de Azlor de la concordia y hermandad de los cabildos de Huesca y Jaca en ACJaca, pergamino 98, B35, 1308. 310. ACJaca, pergamino 135, serie B35, Jaca, 5 de septiembre de 1303. Trasunto del estatuto del obispo Martín López de Azlor que suprime la dignidad de enfermero en la catedral de Jaca y une sus frutos y rentas a la mensa capitular o pabostría. 311. Ramón de Huesca, Teatro histórico de las Iglesias del Reino de Aragón, t. VIII: De la santa Iglesia de Jaca, ed. cit., p. 127. El nuevo cargo de deán debió de introducirse en torno al año 1309. 312. ACJaca, pergamino 164, serie B103. El trasunto del original lo certifica el notario Jacobo Villacampa, de Jaca. El traslado es legalizado a requerimiento del cabildo por García Pedro de Lasieso, notario público de Jaca, el 14 de marzo de 1335.
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cuestiones notables para el culto diario, como el restablecimiento de los capítulos que se celebraban para determinar los cultos y el estado de la Iglesia, la celebración de la misa de la Virgen todos los sábados, antes de salir el sol, y el famoso estatuto dorado, De correctione canonicorum, por el que se determinaba que los canónigos tratasen sus causas criminales en el capítulo y en presencia del obispo o de su vicario general.313 A este prelado se le debe la realización de una visita pastoral314 que ordenó que se hiciera el 10 de julio de 1434. Reglamentadas algunas cuestiones de la vida canonical, de acuerdo con los nuevos tiempos, las nuevas sensibilidades de la religiosidad urbana y la penuria de medios, iremos viendo cómo en el siglo XV los obispos continúan esa tarea de normalizar la institución canonical, como en el caso de Guillermo Siscar (1443-1457), que aprobó un nuevo estatuto para la catedral. Pero también se preocupan de ajustar las relaciones entre el cabildo y ellos mismos, como hace Juan de Aragón y Navarra (1484-1526) al disponer en 1485 que el obispo pague a la Iglesia de Jaca 2000 sueldos por derecho de capa y rectificar la decisión del obispo Siscar de reducirla a 1500 sueldos. Por este derecho de capa, el deán capitular pagará 1500 sueldos, el sacristán 1300 y los arcedianos 1200.315 Este obispo, miembro de la familia real y abad de San Juan de la Peña desde muy joven, vivió además la confirmación de los estatutos y las costumbres de la Iglesia de Jaca, hecha por el papa Inocencio VIII el 9 de junio de 1492, a súplica del deán y de los canónigos jacetanos. En ella se dispone que los canónigos no sean más de quince, que de ellos salga el vicario general para Jaca y que sus causas criminales las decida el obispo. Para el obispo, que en 1505 mandó imprimir el Breviarium Oscense et Jaccense,316 hay también mandatos concretos: que por lo menos resida en Jaca cuatro meses al año, que antes de tomar posesión de la sede jure la observancia de
313. Ramón de Huesca, Teatro histórico de las Iglesias del Reino de Aragón, t. VIII: De la santa Iglesia de Jaca, ed. cit., p. 130. El estatuto De correctione canonicorum se encuentra en el Archivo de la Catedral de Jaca, en la página 45 del Libro de la cadena. Para la confirmación hecha por el obispo Juan de Aragón el 24 de agosto de 1490, ACJaca, pergamino 101, serie B39. 314. ACJaca, pergamino 209, serie B148, Comissio ad visitandum Eclesiam et diocesum Jaccensen virtute bulla. Se la encomienda, desde su residencia del castillo oscense de Sesa, al sacrista García de la Tienda y al obrero del cabildo Sancho Loriz. 315. Para los conflictos de nombramientos y presiones de los cabildos, veáse, por ejemplo, Pere Català i Roca y Joan Gala i Fernández, «La sagristia de Jaca, motiu de disputa l’any 1485», en Actas del XV Congreso de Historia de la Corona de Aragón, vol. III: Jaca en la Corona de Aragón (siglos XII-XVIII), Zaragoza, Gobierno de Aragón, 1994, pp. 177-180. 316. Zaragoza, Impr. de Jorge Cocci. Juan M. Sánchez, Impresores y libros impresos en Aragón en el siglo XVI, Madrid, s. n., 1908, p. 10.
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los estatutos de la Iglesia de Jaca, que convoque sínodo en la propia ciudad y que cada dos años celebre órdenes en esta diócesis. Estas disposiciones son beneficiosas para ordenar la vida de la institución canonical, pero no vienen a solventar sus graves problemas económicos, que se han hecho endémicos a lo largo del mundo bajomedieval. Unos problemas que, a finales del siglo XV, son tan dramáticos que aconsejan al obispo Juan de Aragón a eximir a los canónigos de pagar derechos de visita «por su pobreza». Era el año 1496, y un año antes habían dejado de pagar su contribución secular a los arreglos de las murallas de la ciudad,317 lo cual provocó una advertencia muy tajante del rey Fernando II de Aragón, que les recordó que «sería manifiesto agravio y podría redundar en escándalo, pues como sabéis no menos son guardados los eclesiásticos por los muros que los legos».318
317. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: dos mil años de historia, ed. cit., p. 127. 318. La obligación de atender las murallas («y cerrar las puertas de la ciudad») la asumió el cabildo de Jaca, en presencia del obispo Dodón de Huesca, en 1142. Años después, el 15 de abril de 1180, ante el notario Eximio de Pueyo, canónigo de Jaca, se copió el convenio juramentado entre el cabildo y los vecinos de Jaca para el arreglo de las murallas. ACJaca, pergamino 178, serie B116.
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El padre Ramón de Huesca cuenta con detalle que en el Archivo de la Catedral de Huesca había visto la bula original que Pío IV envió a su legado en España el cardenal Hugo Boncompagni (posteriormente papa con el nombre de Gregorio XIII) con fecha 25 de agosto de 1565.319 En ella el papa se refiere a la súplica que le había hecho el rey Felipe II para que accediera a desmembrar la diócesis de Huesca, que consideraba ingobernable por su gran extensión. La solución era configurar dos obispados, los recuperados de Barbastro y Jaca, dividiendo la antigua diócesis en tres. El papado estaba tan decidido a ello que incluso ordenaba disponer el trabajo de los técnicos que pudieran determinar los nuevos límites pastorales y configurar el patrimonio de estas diócesis a partir de los bienes de los monasterios de San Juan de la Peña, para Jaca, y Montearagón, para el caso barbastrense. Pero no era la primera vez que se trataba el asunto, puesto que, siendo nuncio el cardenal Alejandro Crivelli —que intervino en asuntos de la reforma carmelita a petición de la madre santa Teresa de Jesús—, a causa del desinterés del purpurado romano no se cumplió la voluntad papal de estudiar el asunto. Es más, la despreocupación del nuncio potenció la negativa de los obispos de Huesca y Lérida, que se oponían a dicha desmembración. La razón de fondo de esta decisión que propone la monarquía hispánica se recoge en un comentario que explica la acuciante necesidad de consolidar la impermeabilidad de las fronteras del obispado, «porque el de Jaca confinaba con tierras de hereges, cuya circunstancia exigía la presencia continua de un Pastor que velase sobre su grey». No era de poca importancia esta cuestión, puesto que sabemos320 que una élite diocesana preparada y
319. Ramón de Huesca, Teatro histórico de las Iglesias del Reino de Aragón, t. VIII: De la santa Iglesia de Jaca, ed. cit., pp. 139-150. 320. Alfonso de Urquijo y Landecho (dir.) y Aurelio Biarge López (coord.), El Alto Aragón: su historia, cultura y arte, vol. II, [Madrid], Energía e Industrias Aragonesas, 1977, pp. 35 y 51.
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culta tenía que gobernar a una mayoría clerical muy pobre y con poca formación que debía hacer frente —muchas veces sin estar preparada para ello— a problemas tan complejos como una espiritualidad con ribetes paganos, supersticiones y brujerías que tan pronto se manifestaban con «mujeres ladradoras» (en zonas de camino a la frontera, en Villanúa, Aratorés, Sinués, Aragüés del Puerto o Echo) como con niños que ladraban cual perros (en Biescas). Los visitadores eclesiásticos llevaban años señalando que «en las montañas ay grande ignorancia de las cosas de la religión y aun de vivir por falta de doctrina y de pasto espiritual, habiendo en aquellas tierras muchos bandoleros, ladrones, salteadores de caminos y algunas supersticiones y hechicerías».321 A estas cuestiones se sumará el hecho de que a Felipe II le preocupaba muchísimo «el peligro de la herejía protestante, que se filtraba por la parte montañosa del Pirineo aragonés»,322 lo que decía el informe de esos visitadores cuando explicaba que «los pueblos de las dichas montañas tan vecinos de Francia se podrían, lo que Dios no permita, inficionar con mucha facilidad del veneno que ay en dicho reyno de tantos errores y eregías, mayormente siendo tan grande el trato y comunicación que ay entre ellos y confrontando por espacio de doze o quince leguas los pueblos de un reyno y del otro». No conviene olvidar que este monarca consideraba que la ortodoxia de la fe cristiana estaba por encima de cualquier otra consideración, cuestión que le explicaba a su hermana Margarita, después de haber aceptado el perdón a los confederados rebeldes de Flandes en 1566, cuando le decía que «antes que permitir ningún desvarío en materia de religión, o tocante al servicio de Dios, prefiero perder todos mis dominios y cien vidas, si las tuviese, porque no quiero ser nunca rey de herejes».323 En este proceso de consolidación de nuevas sedes algunos hispanistas han querido ver un entusiasmo evidente de Felipe II hacia las novedades impuestas por el Concilio de Trento, concluido en 1563: 321. Antonio Durán Gudiol, «Un informe del siglo XVI sobre el obispado de Huesca», art. cit., p. 275. 322. Demetrio Mansilla Reoyo, «Panorama histórico-geográfico de la Iglesia española en los siglos XV y XVI», en Ricardo García Villoslada (dir.), Historia de la Iglesia en España, vol. III, t. 1: La Iglesia en la España de los siglos XV y XVI, Madrid, La Editorial Católica, 1979, pp. 324, esp. pp. 19-20. 323. Germán Ramírez Aledón, «La erección de nuevas sedes episcopales en el reinado de Felipe II: el caso de la ciudad de Xátiva (Reino de Valencia)», Revista de Historia Moderna: Anales de la Universidad de Alicante, 17 (1998-1999), pp. 235-236. La cita la toma de Fidel Pérez Mínguez, Psicología de Felipe II:conferencias dadas en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, Madrid, Voluntad, 1925, p. 143.
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Reformas de fondo y de forma en todas las órdenes religiosas, disciplina total del clero, educación de los curas párrocos, reforma de la práctica religiosa entre clero y feligreses, abolición de la misa y liturgia antiguas, adopción de una nueva misa, de un nuevo libro de oraciones, de nuevo calendario; adiestramiento de misioneros y establecimiento de escuelas; todo constituía un importante plan modernizador que el Rey trató de implantar.324
Es evidente que hay que interpretar el interés del monarca por la erección de nuevas sedes episcopales en función de que permitirían en muchos casos mejorar la atención pastoral y la cura de almas. Así nació también en tierras aragonesas, en 1577, la nueva diócesis de Teruel y Albarracín, desgajada de Segorbe. La decisión de pedir la erección de las dos diócesis aragonesas surgió en la reunión de las Cortes del Reino que tuvo lugar en Monzón el año 1564, tras la cual el embajador del rey Felipe II se dispuso a entregar la propuesta aragonesa que avalaba la decisión real.325 Como consecuencia de esta petición, el 13 de febrero de 1564 el papa comisionó a su nuncio Alejandro Crivelli para que hiciera las primeras indagaciones sobre si convenía o no tomar esta decisión, que antaño ya se ha visto que fracasaron por la oposición de los obispos de Huesca-Jaca y de Lérida. Y el segundo intento, el que protagonizó el futuro Gregorio XIII (mayo de 1572 – 1585), también fracasó por lo mismo, aunque dejó un precioso testimonio escrito del comisionado Juan Pérez de Artieda, canónigo y fabriquero de la catedral zaragozana que en 1566 redactó un informe que se conoció como Proceso de las iglesias de Barbastro y Jaca.326 Por este informe conocemos con detalle el estado de esta diócesis, que se asentaría en la vieja capital de Jaca, una ciudad con setecientas casas que conservaba el cuerpo de «santa Eurosia en la catedral, con grande veneración y devoción de todo el pueblo», y que era residencia de «gente noble aunque no muy rica, porque es lugar apartado y de poco trato». El escenario urbano, que se ha comido parte de la riqueza del común en la construcción del monasterio de las monjas benedictinas de Santa Cruz de la Serós y en la reparación de las extensas murallas, se enriquecía con tres
324. Henry Kamen, Felipe de España, Madrid, Siglo XXI, 1997, p. 108. 325. Demetrio Mansilla, «La reorganización eclesiástica española del siglo XVI, I: Aragón y Cataluña», Anthologica Annua, 4 (1956), pp. 97-238. Estos estudios han sido reeditados en el tomo II de Geografía eclesiástica de España: estudio histórico-geográfico de las diócesis, Roma, Iglesia Nacional Española, 1994, obra del mismo autor. 326. Antonio Durán Gudiol, «Un informe del siglo XVI sobre el obispado de Huesca», art. cit., pp. 275-295.
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iglesias parroquiales y dos monasterios, «uno de frayles franciscanos y el dicho de monjas de la orden de san Venito, y muchas ermitas en los términos de la ciudad, una casa para Estudio de gramática, otra que llaman el palacio de santa Cristina y otra adonde se suelen recoger los monjes de San Juan de la Peña». Pero sin duda el edificio más notable de la Iglesia jacetana era su catedral («el Asseo es yglesia Cathedral de canónigos seglares so la invocación de san Pedro»), y en él malvivía un personal que la atendía con la escasa cuantía de 200 escudos anuales de las rentas de sus bienes, los cuales además se gastaban en su mayor parte en las distribuciones entre los que asistían a coro. Los quince canónigos, con rentas de 70 escudos, frente a los 200 de algunos de Huesca, compartían espacio con otros quince racioneros (con 50 escudos anuales) más un sosacristán, un capellán, seis capellanes de almuza (entre 10 y 15 escudos de pensión) y un «maestro de gramática que enseñaba la lengua latina y tenía porción lo mismo que un racionero». El capítulo catedralicio se distribuía en diez dignidades. Lo presidía el deán, con una renta de 800 escudos, y le acompañaban el sacristán, con 500 escudos de renta, de los que pagaba también la cera y aceite del obispo durante su estancia en Jaca; el arcediano de la cámara, con 500 escudos de renta anual; el de Laurés, con otros 500; el de Ansó, con 450; el de Gorga, con 300; el chantre, con 150; el capellán mayor, con la cura de almas y 100 escudos anuales; el obrero, con 40 escudos al año, provenientes incluso de derechos funerarios; y el arcipreste de la Valdonsella, que no tenía rentas, puesto que se las comía el obispo de Pamplona, que ocupaba irregularmente este territorio, en permanente litigio.327
327. Antonio Durán Gudiol, «Un informe del siglo XVI sobre el obispado de Huesca», art. cit., pp. 289-291.
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Así las cosas, el papado entendió que este asunto era conveniente y mantuvo su posición durante el mandato del papa Pío IV, que murió el 9 de diciembre del año 1565, y durante el de su sucesor el dominico san Pío V, que, recordando su pasado de gran inquisidor, se propuso restaurar la disciplina y la moralidad potenciando la vida cristiana de la población y proclamando la supremacía de la Iglesia de Roma sobre cualquier otro poder. Seis años, a pesar del interés del papado en hacerlo, costó organizar la separación de la Iglesia de Jaca de la de Huesca, puesto que la bula que lo dispuso, Cum ad hoc Romanus pontifex, se emitió el 18 de junio de 1571 en Roma, «apud Sanctum Petrum». En esta bula el papa san Pío V dispone todo lo concerniente a la nueva distribución del mapa diocesano altoaragonés, recogiendo las recomendaciones de los dos responsables de construir todo el expediente y acordar lo que mejor pareciera. Guillermo Juan de Brusca, arcediano de la Iglesia de Orihuela, y Carlos Muñoz Serrano, canónigo de la de Tarazona, fueron los autores del plan de acción que se envió a Roma y luego serían comisionados por el nuncio Juan Bautista Castaño, arzobispo rosanense que luego sería papa, para «aplicar las cosas que no estuvieren aplicadas en las Letras Apostólicas, como también para aplicar de nuevo a uno lo que en ellas se había aplicado a otro, y para declarar, corregir, añadir y quitar según lo tuviere por conveniente para la mejor expedición del negocio». La autoridad —como comisarios apostólicos— para efectuar esta serie de revisiones de la bula papal les venía delegada del nuncio que había recibido tal poder por el breve Licet alias nos, dado en la Ciudad Eterna el 21 de febrero de 1572, cuando se empieza a ver que los repartos territoriales no garantizan que las nuevas diócesis tengan suficiente sustento económico para organizarlas. La primera cuestión que determinan las tres bulas —una para cada diócesis implicada—, que se emitieron el mismo día (el 18 de junio de 1571), es que este reparto no entrará en vigor hasta la muerte del obispo Pedro Agustín, que está condenado a ser el último obispo de Huesca y Jaca, y
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además de Barbastro, cosa que acaecerá a los ocho meses, el 26 de febrero de 1572. Y la segunda cuestión es que los bienes que constituyen la base de la economía diocesana parten de la sangría que se hace al patrimonio del real monasterio de San Juan de la Peña. Con estas dos cuestiones claves el papa decretó la separación de la Iglesia de Jaca de la de Huesca y estableció sede episcopal en la ciudad pirenaica, tal como había existido hasta su traslado a la ciudad de Huesca en 1096. Como curiosidad podemos añadir que el primer obispo de la nueva sede de Barbastro será un jacetano, el dominico fray Felipe de Urriés,328 que gobernará la sede entre 1573 y 1585 y llegará a empeñar sus alhajas para atender a los pobres. Los doscientos once pueblos y pardinas que pasaron a depender pastoralmente del nuevo prelado jacetano se encontraban dentro de la demarcación de una diócesis a la que los informes previos ya habían dedicado frases como esta: «Jacca tiene de por sí su diócesis distinta y separada de la de Huesca, la qual tiene de largo 13 leguas contando dende la villa de Berdún, que está en Septentrión y Occidente, hasta el lugar de Torrellola lovico entre Oriente y Mediodía, y de ancho 10, dende el mojón de Vearne hasta la sierra de Presín». En realidad, la diócesis de Jaca se creaba principalmente a partir del territorio de la de Huesca,329 la componía una población cercana a los cuatro mil doscientos habitantes y la organizaban ocho arciprestados, «que se intitulan del Campo de Jaca, de la Cámara, de Ansó, de Laurés, de Sodoruel, de Gorga, de Tena y de Supramonte» o Sobremonte.330 El nuevo obispo iba a contar con 3000 escudos, de modo que ganaría en solvencia, puesto que antes solo tenía 1000 escudos y «50 cahíces de trigo y 50 de cebada que por cierta concordia le da el abad de Sant Joan de la Peña en las diezmas de Tauste», aunque estaba muy lejos de los 4292 escudos que percibía la abadía de Montearagón. De esa renta, 1000 escudos corresponderían a lo que se percibía en la diócesis y 2000 procederían de los diezmos de Tauste, Luna y Erla, que se desligaban de la mensa abacial del monasterio pinatense y se vinculaban, junto con el lugar de Martes, a la mensa episcopal.331 328. Enrique Calvera Nerín, «Episcopologio de Barbastro-Monzón», Aragonia Sacra, XVI-XVII (2003), pp. 18-19. Nació en Jaca en 1515 y era hijo del barón de la Peña, Juan de Urriés, y de la hija del señor de Ayerbe, Diana de Urriés. 329. Antonio Ubieto Arteta, Historia de Aragón, t. III: Divisiones administrativas, ed. cit., pp. 51-57. 330. Antonio Durán Gudiol, «Un informe del siglo XVI sobre el obispado de Huesca», art. cit., p. 280. 331. «Bula de San Pío V sobre la separación y nuevo estado de la Iglesia de Jaca, dada en Roma a 18 de junio del año 1571. Se halla en el proceso y en las letras executoriales de los Comisarios Apostólicos», en Ramón de Huesca, Teatro histórico de las Iglesias del Reino de Aragón, t. VIII: De la santa Iglesia de Jaca, ed. cit., pp. 456-463, ap. VIII.
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Cuidado especial se pone en enriquecer la vida canonical y el culto de la catedral, que es la sede del obispo, y para ello se instituyen dos nuevas canonjías, que serán las de maestro en Teología, con los cargos de lector y penitenciario, y la de doctor en Cánones. A cada uno de los nuevos canónigos se les adjudican 200 escudos, procedentes de los diezmos pinatenses de Tauste, Erla y Luna, aunque se acabará disponiendo que no tengan derecho a percibir dinero por razón del vestido y la comida en la pabostría de la catedral, por considerarla bien dotada. Al mismo tiempo se decidía redotar las canonjías antiguas con la asignación de 390 escudos, la dignidad de obrero con 50, al capellán mayor con 30 y con la escasa porción de 8 escudos a cada racionero. No obstante, a pesar de todos los problemas, el clero y la población de las montañas de Jaca estaban satisfechos por la recuperación de su independencia episcopal, por su separación de esa sede, la de Huesca, que tantos problemas les había creado al dejarlos fuera de los circuitos del poder real. En 1571 se abrió una nueva etapa en la que todos comenzaron a prepararse para el momento de la erección de los nuevos obispados, cosa que aconteció muy pronto, puesto que, como hemos visto, el último obispo que gobernó todas las tierras altoaragonesas, Pedro Agustín, murió poco tiempo después de la firma de las bulas papales, el 26 de febrero de 1572, transcurridos escasos ocho meses. Conforme avanzaba el tiempo se hacía evidente que la decisión tomada era muy difícil de imponer a unos monasterios que veían disminuir sus recursos y a unos obispados y unos cabildos que no tenían garantizado un mínimo aporte para mantener o crear el nivel de gasto cotidiano que exigía la compleja maquinaria gestora necesaria para sostener la actividad pastoral. Por eso, el nuncio tuvo muy claro que era conveniente recuperar a los autores de la propuesta inicial —el arcediano de Orihuela, Guillermo Juan de Brusca, y el canónigo turiasonense Carlos Muñoz Serrano— y darles poderes para que, visitando a todos los implicados, se fueran puliendo algunos extremos que causaban roces y conflictos, aunque no todos pudieran ser solucionados y se tuviera muy claro que estas decisiones acabarían provocando importantes pleitos posteriores. La visita comenzó por Huesca el 14 de diciembre de 1572, siguió por Barbastro el 18 de enero de 1573, y el 8 de marzo de 1573 culminó el viaje en la ciudad de Jaca. Ese día, que era domingo y por tanto festivo, se reunió toda la ciudad en la catedral y, en el marco solemne de la misa mayor, durante el ofertorio, se procedió a leer y publicar el nuevo estado de la Iglesia de Jaca. Lo hizo el presbítero Luis de Torres desde el púlpito de la catedral, en presencia de los comisarios apostólicos y los notarios reales Martín
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de Iribas y Jerónimo de Ágreda, los cuales refrendarían la nueva situación el 30 de marzo de 1573.332 El mes de abril fue intenso para estos comisarios que, reunidos el 16 de abril en Huesca, decidieron reformar algunos extremos de la bula papal.333 Por ejemplo, agregar a la diócesis de Jaca veinte enclaves poblacionales que —aunque se omitieron quizás por pertenecer algunos a la jurisdicción del abad de Montearagón— estaban dentro de los límites del territorio concedido a la nueva sede. Igualmente se incluyó en las rentas del obispo, aunque dentro de la partida de esos 2000 escudos que recibía de «la tierra llana» de las Cinco Villas, lo que se sacara del lugar de Las Pedrosas y otros montes y pardinas que se enclavaban por esa zona. Tampoco faltó la urgencia de clarificar la jurisdicción y el señorío temporal de los lugares y los vasallos implicados en los cambios. En concreto se pensó que los lugares que pasaron a manos del obispo fueran la jurisdicción del prelado, a excepción de algunos enclaves, como Acumuer y Mianos, que quedaban para San Juan de la Peña, además de los poblados inmediatos al monasterio, como Santa Cilia, Alastruey, Ena y Botaya. Concluido el ajuste, se dio por bueno el resultado y comenzó la organización de la nueva sede jacetana, aunque no se tardó mucho en ver que el dinero asignado era insuficiente. Las rentas no eran las que se habían dicho; en las tierras de la llanura de las Cinco Villas se habían reducido a la décima parte porque, a la hora de la verdad, no produjeron más que 300 escudos frente a los 3000 evaluados, cuando se sugería que podían llegar a producir casi 9000 si ocurriera lo mismo que en otros territorios cercanos de las diócesis de Huesca o Zaragoza. Al final, después de un largo pleito que se falló el 13 de abril de 1726, siglo y medio después, el obispo de Jaca fray Miguel Estella y su cabildo renunciaron a los derechos en Tauste, reservándose algunas cuestiones, como la provisión de beneficios o el recibir 260 escudos al año. Problemas tuvieron con los demás antes o después de esa fecha, pero es sintomático lo acaecido en Luna, población con la que cerraron
332. Archivo Diocesano de Jaca (en adelante, ADJaca), 173/8, 30 de marzo de 1573, letras ejecutoriales de los comisarios apostólicos sobre el nuevo estado de la Iglesia de Jaca después de su separación de la de Huesca. Giulio Battelli, «Nuovi documenti vaticani sulla ricostituzione della diocesi di Iaca (1571)», en Actas del XV Congreso de Historia de la Corona de Aragón, vol. III: Jaca en la Corona de Aragón (siglos XII-XVIII), ed. cit., pp. 147-159. Incluye el debate sobre el tema de los cardenales en 1570 (pp. 154-156). 333. «Las cláusulas principales de la Sentencia declaratoria sobre el nuevo estado de la Iglesia de Jaca y Monasterio de San Juan de la Peña, pronunciadas por los Comisarios Apostólicos, a 16 de abril del año 1573», en Ramón de Huesca, Teatro histórico de las Iglesias del Reino de Aragón, t. VIII: De la santa Iglesia de Jaca, ed. cit., pp. 464-470, ap. IX.
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concordia el 11 de mayo de 1658 y a la que devolvieron hasta el dominio de la abadía cuando las rentas las percibían los racioneros de esa villa y el cuarto episcopal se lo quedaba el arzobispo de Zaragoza. Al final de todo, en los inicios del siglo XVIII, el padre Huesca nos dice taxativamente que, «en suma, la Iglesia de Jaca no percibe en el día de los tres mil escudos sino unos trecientos, los doscientos y sesenta en Tauste y los cuarenta en Erla y las Pedrosas, las dos terceras partes el Obispo y una el Cabildo». Y concluye señalando que «de aquí provino la gran pobreza de la Iglesia de Jaca», en la cual hasta los canónigos tuvieron que abandonar las dos canonjías creadas por san Sixto V, la magistral y la doctoral, pues no les daba ni para comer, puesto que a la hora de la verdad de los 200 escudos prometidos solo disponían de 20 escudos de renta.334 Fue tan evidente el tema que el papa Clemente XI, el 1 de julio de 1717, a súplica de la diócesis y ante la imposibilidad de que alguien optara a ellas en concurso de provisión, las suprimió, de modo que esa ocupación volvería a las dos primeras canonjías normales de la catedral que se quedaran vacías.335
334. Las letras apostólicas del nuncio sobre las rentas desmembradas del monasterio de San Juan de la Peña en Tauste, Luna, Erla y Las Pedrosas para la dotación de las canonjías doctoral y magistral de Jaca se emitieron el 21 de agosto de 1574 y se conservan en el Archivo de la Catedral de Jaca (pergamino 177, serie B115, Madrid, 1574). 335. En 1790 el archivero José de Ansó redacta una pequeña carta-informe sobre la desaparición de estas canonjías. ADJaca, 182/6/4. ACJaca, pergamino 62, serie A56. Bula de Clemente XI por la que se suprimen por incongruas la magistral y la doctoral para erigirlas en las dos prebendas que primero vaquen.
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SIGLOS DE REFORMAS EN LA CATEDRAL DE JACA (XV-XVIII)
La catedral de Jaca había vivido algunos momentos de esplendor constructivo en los finales del siglo XV y en los años centrales del siglo XVI, cuando el mundo del Renacimiento se hizo presente en un proceso muy lógico: la pasión de los enriquecidos burgueses de Jaca por contar con capillas y enterramientos en la catedral que respondieran al nuevo concepto estético traído de tierras italianas.336 Este proceso, que abarcó más de siglo y medio, clarifica mucho cómo se fue haciendo el escenario episcopal por excelencia: la catedral que custodia los restos de la patrona de la diócesis, y que —si hacemos caso a sus más antiguos inventarios— carecía de retablos en su desarrollo periférico.337 El incendio que sufre la catedral como consecuencia del que padece la ciudad a finales del siglo XIV, en julio de 1395, es determinante para la vieja fábrica románica, concluida en la primera mitad del siglo XII y muy deteriorada, a pesar de las reformas y los arreglos que se han ido realizando a lo largo de la Baja Edad Media. Como consecuencia de este suceso y de la eclosión en la ciudad de una burguesía solvente, enriquecida por el control del comercio a través de los caminos del Pirineo, la catedral comienza una etapa en la que se acometen algunas construcciones, especialmente la de algunas capillas que puedan dar cobertura a la eternidad de los difuntos de las familias poderosas o de los clérigos que ejercen su apostolado en la
336. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: historia de una ciudad, ed. cit., pp. 131-143. Ya señalo que la figura clave de esta apuesta por el Renacimiento es la del honrado Juan de Lasala y Santa Fe —casado con Juana Boned y emparentado con otras ilustres familias como la de los Santa Fe—, mercader y banquero al servicio de Carlos V que incluso llamó al escultor florentino Juan de Moreto para construir su propia casa, sita en los porches del mercado de la entonces plaza de la Tripería, hoy de la Catedral, donde colocó sus retratos en sendos medallones, habiendo sufrido daños en el incendio de 1540 el de su esposa. 337. M.ª Isabel Oliván Jarque, art. cit., esp. p. 7, n. 4.
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catedral.338 Todas estas actuaciones tienen como escenario el gobierno de cinco prelados: Hugo de Urriés (1421-1443), Guillermo de Siscar (1443-1457), Guillermo Pons de Fenollet (1458-1465), Antonio de Espés (1466-1484) y Juan de Aragón y Navarra (1484-1526), que será el que culmine las obras iniciadas y el que apueste decididamente por el enriquecimiento mueble de la catedral, en especial en lo que se refiere a santa Eurosia, con la que protagoniza —como ya se explicó— un curioso problema al intentar llevarse parte de las reliquias conservadas en Yebra de Basa y ser seguido por una tormenta. Ejemplo de esos clérigos mecenas es el canónigo García Latienda, fundador de la capilla de la santa Cruz, que se ubicaba en la nave del evangelio, en la zona de los pies, y que está en obras en la primera mitad del siglo XIV. La zona en la que se ubica plantea problemas y genera cierta preocupación en el cabildo, mucho más cuando en 1430 se está desescombrando esta parte y obrando en la capilla antigua de santa Orosia, que dicen los documentos que «se cremó». En esos años (el 16 de noviembre de 1436) el obispo Hugo de Urriés obligó al sacristán mayor García Latienda a comprar ornamentos, cálices y patenas para los altares de san Pedro y san Juan de la catedral de Jaca.339 De ello también nos habla la condena que, en 1468, ordenaba al sacristán de la catedral reparar las jocalias, «el tejado del cimborrio, de la torre y de las capillas de San Pedro, de Santa María y San Joaquín, así como los techos de la iglesia hasta que se cubriesen con bóvedas».340 Sin embargo, no se debió de hacer mucho, pues recordamos que en la visita de 1499 el estado de muchas dependencias de la catedral era ruinoso, incluida esta zona inmediata al claustro. A esta situación de deterioro acumulado se sumaría el posible incendio de 1440 que señalaba en su Memoria verdadera de las cosas pasadas para consolación de los presentes y venideros el jacetano Villacampa341 y que acabaría con las cubiertas de las naves y dejaría dañadas las de las capillas de la cabecera, que eran de bóveda de horno en piedra, la de cañón del presbiterio y la bóveda octogonal sobre trompas del cimborrio. La techumbre de madera que la cubría ardió y la catedral quedó al descubierto, por lo cual era urgente tomarse en serio la construcción de una nueva cubierta que resolviera los problemas seculares. Pero esta operación aún tardaría años en ponerse en marcha, puesto que existía la necesidad pero no existían los recursos. La
338. Domingo J. Buesa Conde, «La catedral de Jaca», est. cit., p. 62. 339. ACJaca, pergamino 230, serie B169. 340. ACJaca, pergamino 228, serie B167, 9 de julio de 1468. El sacristán es Raimundo Sanclemente. 341. Véase la nota 290: «en un día se cremó toda la Seo que todo era de fusta».
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Interior de la catedral de San Pedro de Jaca. (Foto: Fernando Alvira Lizano)
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excepción fue la sillería coral, quizás quemada, que no sabemos si se llegó a realizar pero que sí se capituló342 con el escultor jacetano Sancho Cañardo por un total de 5000 sueldos jaqueses, el 26 de julio de 1457, para colocarla, presidida por la cátedra episcopal, sobre un suelo de madera de pino. Mientras tanto, en el episcopado de Juan de Aragón y Navarra (14861526) se han comenzado a culminar las reformas y él mismo aparece representado en la actual puerta de acceso al museo, antigua portada de la capilla de la santa Cruz. Entre los restos de la obra terminada a finales del siglo XV pervive «una pilastra enmarcada por pináculos que tiene a mitad de su altura sendas tallas sobre ménsulas». En la más baja podemos contemplar a un joven cortesano con vestidos del final del medievo, y en la superior a un prelado anciano y con gesto reflexivo. Es muy probable que estemos ante la «representación idealizada de dos importantes mecenas de la época tardogótica, el obispo don Juan de Aragón y de Navarra, gran promotor de obras de arte en la Seo de Jaca; y su padre, don Carlos, príncipe de Viana».343 Fue notable el mandato de este obispo, hijo del príncipe de Viana y miembro de la familia real de Aragón, que llegó a desmontar el antiguo coro de la catedral —ubicado a los pies de la nave central sobre columnas344 por lo menos hasta el año 1517345 y sobre el pavimento desde ese momento—,
342. ACJaca, Copia de los capítols de la obra del choro de la seu de Jaqua. Not. Juan Darto, de Jaca. En el folio 2 se explica que «sea tenido obrar el sobredicho coro de la dicha seu de Jacca bien e gentilment en fusta», así como la cadiera episcopal, «que sia de noguera con todas aquellas formas asta de la parte alta donde se posan» las dignidades y los canónigos, «como de la parte baxa do se posan los racioneros capellans estos bien situados». 343. María del Carmen Lacarra Ducay, Catedral y Museo Diocesano de Jaca, ed. cit., p. 57. Nos recuerda que esta capilla fue sacrificada a principios del siglo XVIII, cuando fue necesario construir una nueva puerta de acceso al rehabilitado claustro por la que pudiera salir la custodia con comodidad. Tenemos constancia documental de algunas compras durante este episcopado; por ejemplo, la de dos candelabros de plata que encargan el deán Martín de Villanueva y el sacristán Juan Aznárez en 1515. Véase Manuel Gómez de Valenzuela, Documentos sobre artes y oficios en la diócesis de Jaca (1444-1629), Zaragoza, IFC, 1998, p. 49, doc. 12, 8 de diciembre de 1515. 344. Ricardo del Arco y Garay, «El obispo don Juan de Aragón y Navarra, hijo del príncipe de Viana», en Príncipe de Viana, 42-43 (1951), pp. 39-82. 345. Pedro Villacampa, Memoria verdadera de cosas pasadas para consolación de los presentes y venideros, ms. cit., f. 153v, se contradice cuando da tres fechas para la reestructuración del coro: 1514 (f. 153v), 1516 (f. 122v) y 1517 (f. 120v). Este libro se conserva en el Archivo de la Catedral de Huesca, y en referencia a lo que nos ocupa, explica que «el annio 1514 se desfizo el coro antiguo de la Seo de Jacca que staba por ½ sobre arcos de 12 palmos de alto i era mui grande i se fizo de nuevo coro donde está oy y se sacaron las rexas de ante los altares mayores, por ser mui noble y fuerte cosa eran altas 20 palmos abía tres puertas todo de hierro fuerte. Muchas de ellas están ante coro y muchas en la capilla de san Antolín. Desfiziéronlas de noche por quitar enojo que la ciudad no quería se quitasen».
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del que proceden los magníficos capiteles, incluido el que representa al profeta David como salmista y monarca. Este prelado de Huesca y Jaca fue el que aplicó las rentas de todas las personas de la catedral, en su primer año de vacante, a las obras de esta, y a él se debe la intervención en la mejora de la imagen del ábside mayor, en el que se colocaron más dignamente las reliquias de la santa titular, las cuales, según la tradición oral, nunca han querido estar en su capilla, sino presidiendo el templo catedralicio. Fue en esos años, coincidiendo con la milagrosa curación del escritor y soldado jacetano Hernando Basurto y con la llegada del fraile Juan de Bohemia a visitar el sepulcro de la santa en 1483, cuando se decidió construir un nuevo altar para custodiar la reliquia del cuerpo de la santa y para presentar a la comunidad de creyentes los momentos más importantes de la vida de Eurosia, realizados «en pincel» por el maestro oscense Juan de la Abadía, que cobró 50 sueldos de manos del subsacristán Domingo Belenguer.346 Este retablo pudo estar situado como altar principal del templo, aunque no sería imposible entender que debió de estar emplazado en el lateral izquierdo del presbiterio, frente a la puerta de la sacristía, y que se mantuvo allí hasta que en junio de 1598 se colocó el nuevo retablo de mazonería, en el que se presentaban escenas de la vida de la santa.347 La catedral contaba en ese momento con otra capillita de la santa en el trascoro, aunque se entendió conveniente construir en los pies de la nave del evangelio una nueva capilla, para la que entre 1552 y 1583 se estaban labrando nuevas jocalias atendiendo a aspectos fundamentales del culto a la santa. El arca relicario conservada en el altar mayor, cuyas llaves comparten el Concejo y el cabildo de la ciudad, fue reparada por el platero zaragozano Lorenzo Martón en 1558. Esta capilla, al final, y después de que en 1578 lograra tener altar privilegiado, sería ampliada por la poderosa Cofradía de Santa Orosia con una hermosa iglesia que se concluye en
346. Se conserva noticia del albarán de este retablo en el folio 1v del Liber Ecclesiae Iaccensi, guardado en el estante central del viejo armario del Archivo de la Catedral de Jaca, que dice: «Yo Iohan dela Abadía pintor abitante en la ciudat de Güesca otrogo aver recebido del Capítol de Jaca cincuanta sueldos por razón del retaulo de santa Eurosia por manos de Domingo Belenguer sobsacristán, día lunes a XXVI de octubre lanio de mil CCCC LXXXXV. Dentro en el Sagrario devant Miguel de Villanúa et Ramón de Visós racioneros, et porque est verdat fago el presente albarant por manos de Domingo Belenguer, scripto in presentia de Iohan de Volla notario et Iohan Eximinis infant». Ahora bien, este albarán no es la única noticia de cobros por este retablo, puesto que tenemos datos de que en ese mismo año, el día «de Sant Benedet» se tomaron del archivo 750 sueldos para el maestro Juan, pintor, y de que el 13 de abril de 1496 se dieron al maestro 100 sueldos que sacó del archivo el deán Betrán Daramis. ACJaca, fondo Sacristía, caja 17, «Libro de las Anotaciones y Cuentas 1436-1520». 347. M.ª Isabel Oliván Jarque, «El retablo mayor de la catedral de Jaca (1598-1604)», art. cit.
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1694 y en cuya cabecera se pone el magnífico retablo barroco que preside la imagen de la santa en el momento de ser glorificada. La reforma de la zona de los pies del templo catedralicio se acompañó de una drástica renovación de la imagen interior, con un cambio de devociones interesante para un territorio pastoral que tenía doscientos noventa y tres altares repartidos por todas sus iglesias con veintiséis santos titulares, entre los que destacaban los treinta y cuatro altares mayores dedicados a santa María. Catorce estaban dedicados a san Pedro, el mismo número a san Martín, once a san Salvador, ocho a san Miguel, siete a san Bartolomé, otros tantos a san Andrés, cinco a san Esteban y a san Juan Bautista y solo uno a san Úrbez, san Acisclo, santos Justo y Pastor, san Lorenzo y san Caprasio, que eran viejas y seculares devociones de esta tierra montañesa. Como podemos ver, la catedral que inicia el siglo XVI la conocemos muy bien, gracias al Libro de visita pastoral que redactó fray Guillermo Serra, obispo de Hipona y visitador de las parroquias del obispado en verano-otoño de 1499. En esa ocasión sabemos que la catedral tenía tres ábsides y que entre ellos destacaba el mayor, que no tenía retablo, razón por la cual planteamos ya que el altar de santa Eurosia estuvo ubicado en el presbiterio. Contaba con una capilla dedicada a santa María, que tenía un retablo con imágenes de Flandes y un antealtar de brocado, y otra a san Juan, en donde sí había un retablo con crucifijo. En la zona de los pies del templo estaban la capilla de la santa Cruz, que poseía un retablo de mazonería de Flandes optimum, y la de santa Orosia, con un escueto crucifijo sobre el altar. Quizás en la nave de la epístola estaba la capilla de santa Bárbara y santa Apolonia, que tenía un «retablo bueno y nuevo» y un antealtar con una imagen de la beata Virgen. A lo largo del siglo XVI se producen algunas aportaciones notables que comienzan por el ábside, el cual se convierte en capilla de san Jerónimo, y siguen con la creación a los pies del templo de las capillas de la Santísima Trinidad y santa Ana, y en el lado de la epístola las de la Anunciación, san Sebastián y san Miguel. En el claustro, a finales del siglo XV, había seis capillas: la de santa Lucía, con retablo antiguo; la de la beata Margarita, que en 1499 estaba en ruina; la de san Antonio, que en ese año tenía el retablo dilaceratum, destrozado; la de san Felipe y san Jacobo, abandonada porque caía el agua por el techo directamente; la de la beata María del Pilar, con una imagen de la Piedad; y la de santa Lucía, que tenía dos altares, el de la santa y el del Corporis Christi. Cerraba el conjunto de altares catedralicios el del Santo Espíritu, que se ubicaba en la casa del deán.348 348. Antonio Durán Gudiol, «Las bibliotecas eclesiásticas de la diócesis de Jaca a finales del siglo XV», art. cit., pp. 89-93; para las devociones de ese momento, pp. 56-57.
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Refiriéndose a este proceso, Pedro Villacampa nos dice que «del anno 1520 fasta 30 se ficieron denuebo todas las capillas de la seo de Jaca salvo las 3 principales al Oriente y aquellas que se renobaron en muchas cosas buenas». Este es el momento en el que se está trabajando en las bóvedas de crucería estrellada de las naves laterales, construidas por micer Juan de Segura en 1520, y el tiempo en el que se acometen otras obras que acabaron por difuminar la imagen románica primitiva.349 Una de las más importantes fue la construcción de la capilla de san Miguel, espacio familiar realizado por un conjunto de artistas renacentistas que llevó a Jaca el mercader y consejero real Juan de Lasala entre 1520 y 1523. El conjunto está considerado como una de las muestras más precoces que existen en España del Renacimiento italiano. Proyectada por el escultor florentino Juan de Moreto, contó con el trabajo de los escultores Gil de Morlanes y Juan de Salas, y se dispone con una portada concebida a modo de arco de triunfo que se corona con una inscripción alusiva a la política cesaropapista de Carlos V, a cuyo servicio estuvo el banquero Juan de Lasala. En ella se dice: «El poder real ha unido de nuevo a aquellos que siguen a Cristo, el poder real mantiene a los suyos unidos en Cristo». De ese mismo tiempo son otras dos capillas. Una es la de santa Ana, sede de los racioneros de la catedral, en la que mantuvieron un culto de gran solemnidad y cuyo retablo lo preside una talla de Damián Forment que representa a las tres generaciones: la Virgen ofrece su hijo Jesús a su madre, santa Ana, que lleva un cesto de frutos que simbolizan la fertilidad. Y de hacia 1530 es la capilla de la Anunciación, un hueco abierto en el muro para ubicar un retablo muy renacentista. Como se puede ver, este momento concide con el final del episcopado de Juan de Aragón y Navarra (en 1526) y los convulsos años de su sucesión,350 que cerró la toma de posesión de Martín de Gurrea (1534-1544) y Pedro Agustín, que muere en 1572, abriendo el retorno a un obispo residencial en Jaca. En estos ocho largos años sin ver obispo en la ciudad de Jaca —entre 1526 y 1534— se hacen la mayor parte de las reformas y modernizaciones de la catedral, cuando el cabildo tiene las manos libres para cerrar con la rica burguesía local la construcción de capillas y la realización de un nuevo mobiliario acorde con los tiempos. Es incluso el momento adecuado para levantar, en 1562, la gran sacristía mayor, llevándose por delante antiguas dependencias capitulares. 349. M.ª Isabel Oliván Jarque, «Obras y reformas arquitectónicas en la catedral de Jaca en el siglo XVI», en Homenaje a Federico Balaguer, Huesca, IEA, 1987, pp. 167-183. 350. Damián Peñart Peñart, «Episcopologio de Huesca», art. cit., pp. 70-72.
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Por esos años, el informe que se hace en 1566 para la recuperación de la diócesis nos habla con detalle de que «el Asseo es yglesia Cathedral de canónigos seglares so la invocación de san Pedro. Su edificio es antiguo y fuerte y para en aquellos tiempos grande y bien labrado, de capillas bien adornadas y dotadas». Sin embargo, frente a la modernización del templo tiene que señalar que es iglesia «de claustras aunque viejas de muchas molduras y figuras del testamento viejo. Están en junto dellas las casas del obispo y de muchas dignidades, pero quasi todas en el suelo por no residir en la yglesia ni aver vivido en ellas».351 Con el obispo Agustín se sitúa la construcción de otra de las capillas más notables, la de la Santísima Trinidad, con una monumental portada renacentista en forma de arco de triunfo que constituye un canto a la salvación del ser humano y con esculturas que representan las virtudes. Fundada en 1569 por Martín de Sarasa y Juan de Aranda, la preside un magnífico retablo, obra atribuida al escultor Juan de Anchieta, que está considerado como «una de las creaciones más grandiosas de la escultura española». En ese momento la catedral recoge la tendencia de consolidar la memoria del obispo como una referencia en la nueva espiritualidad. Así se dispone la construcción del sepulcro del obispo Pedro Baguer, un jacetano que llegó a ser obispo de Alguer y que fue el sucesor en esa sede de Cerdeña del que luego sería obispo de Jaca Pedro del Frago. Quizás fue el que se preocupó de concluir este sepulcro enmarcado por un arco triunfal abierto en el muro norte del crucero. Era el año 1573 y culminaban los trabajos encargados en 1567 a los escultores Juan de Rigalte y Guillén Salbán, y posiblemente al famoso Juan de Anchieta. Este sería el autor del excepcional relieve de la Asunción de María, la cual se eleva sobre un sarcófago en el que las figuras de las virtudes nos hablan del discurso triunfal del obispo, que es representado revestido de toda su dignidad y recordado como uno de los destacados teólogos tridentinos. A la piedad de este prelado trentino se debe también la construcción del retablo de san Jerónimo, inmediato a su tumba, ubicado en el ábside románico del evangelio y levantado en 1573 por el imaginero Jorge de Flandes.352
351. Antonio Durán Gudiol, «Un informe del siglo XVI sobre el obispado de Huesca», art. cit., p. 289. 352. María del Carmen Lacarra Ducay, Catedral y Museo Diocesano de Jaca, ed. cit., p. 54. En su imaginería romanista destaca la figura penitente de san Jerónimo, de influencia burgalesa, que está escoltada por las representaciones de san Juan Evangelista y san Juan Bautista. Entre ellas y el Calvario que corona el retablo hay un segundo piso con un tondo que contiene la imagen de san Miguel Arcángel y está flanqueada por dos grupos escultóricos con san Jorge y el dragón y san Martín partiendo la capa con el pobre, devociones en auge en el Aragón del siglo XVI.
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Cuando llega el nuevo obispo residencial a Jaca, la catedral ya está muy cambiada y solo queda acometer la construcción en la nave central de la bóveda de crucería tardogótica que hace Juan de Bescós en el verano de 1598, dotando al templo de una abundante luminosidad gracias a las cinco ventanas que abre en la nave principal.353 En ese momento se le encarga al mismo arquitecto zaragozano la construcción del nuevo retablo, presidido por la talla sedente de san Pedro, como papa, y con la incorporación de algunas zonas donde se forjan cajas para integrar reliquias.354 Sigue pesando la modernización estética del templo, puesto que además de ajustar esta integración de las reliquias con el nuevo retablo se pretende «quitar los guardapolvos antiguos y follages que están sobre el armario de santa Orossia y reduzir los lados del propio armario a una obra gallarda y moderna según es costumbre que ahora se tiene con un adorno rico y competente a todas las demás obras». El autor cobró por sus trabajos en la catedral (retablo mayor y bóveda de la nave central) un total de 6300 libras jaquesas, es decir, la importante cantidad de 126 000 sueldos, en un momento en el que las rentas capitulares, recordamos, eran muy bajas. Está claro que las obras se siguen realizando gracias a los importantes mecenazgos que tiene la catedral, en este caso el de un canónigo de la iglesia de Zaragoza, Francisco de Herbás, que debía de tener relación con la ciudad y desde luego mantenía una fluida colaboración con el cabildo. Como él, hay otros ilustres mecenas que no dudan en donar a la catedral elementos de potente atracción para el culto. Tal es el caso del duque de Villahermosa,355 que el 2 de mayo de 1578 regaló un fragmento del Lignum Crucis con el que había obsequiado el papa Julio II a su abuelo Juan de Aragón, duque de Lerma y virrey de Nápoles. Pero también vemos aflorar el interés por enriquecer y ampliar sus espacios comunes a todo el tejido de asociaciones religiosas, que abren la vía del mecenazgo colectivo. Esto ocurre con la antigua Cofradía de Nuestra Señora del Pilar cuando el 12 de marzo de 1584 solicita una nave del refectorio para convertirla en capilla del Pilar, donde pondrá el nuevo altar de la Virgen del Pilar, abandonando el viejo, de tapicería flamenca con la Virgen de la Piedad, que hasta entonces
353. M.ª Isabel Oliván Jarque, «Obras y reformas arquitectónicas en la catedral de Jaca en el siglo XVI», art. cit., pp. 176-180. El contrato indica que «ha de forxarse y hacerse debaxo de la techumbre que hoy está hecha en la navada de medio de dicha yglesia sin desacomodar dicha techumbre». 354. Idem, «El retablo mayor de la catedral de Jaca (1598-1604)», art. cit., ap. documental, pp. 25-26. 355. ACJaca, pergamino 70, serie B7. Auténtica firmada por el duque de Villahermosa por la que acredita obsequiar a la catedral de Jaca.
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ha estado en una pequeña capilla del ala norte del claustro. La operación se completa con un fosal que aporta espacios especiales de sepultura que inaugura el propio obrero encargado de realizar la capilla, al cual se le dejará ser enterrado junto a la puerta de la capilla.356 Como contrapunto a esta facilidad de generar recursos, lo que no goza de tanto apoyo es el mundo de los conventos jacetanos, pues sabemos que en ese momento del siglo XVI se ven envueltos en graves penurias que les llevan a tener que buscar mecanismos para recaudar dinero con el que solucionar sus deudas o mejorar sus jocalias. Un ejemplo notable fue la construcción del monasterio de Santa Cruz de la Serós por las monjas conocidas popularmente como benitas, que vinieron en julio de 1555 a establecerse en Jaca, autorizadas por el papa Julio III y alentadas por el mismo rey Felipe II a levantar un convento en la zona del antiguo palacio real, junto a la vieja iglesia de San Ginés. Estos apoyos hacen posible que en la Zaragoza del 25 de octubre de 1576 se pregone por las calles que se van a recoger joyas para hacer frente a la situación de esta obra, ya que las benedictinas «por su mucha pobreza y necesidad no la pueden acabar y padecen muy grande necesidad por lo qual su Magestad a supplicación de la abadesa» permite recaudar joyas por valor de 3000 ducados. Junto a este sistema de pedir donaciones, que se demostró rentable, ya había sido utilizado también el del sorteo benéfico de piezas de argentería. En Zaragoza se había hecho en 1564 para poder hacer frente a algunas labores de plata destinadas al convento de San Francisco, y en 1581 para el monasterio de las Benitas.357 Estamos concluyendo el siglo XVI, cuando la ciudad de Jaca está modernizando los modos de vivir en ella, llegando incluso a auspiciar la creación del hospital de Jaca,358 en 1540, uniendo los dos antiguos: el del Espíritu Santo, que mantenía el cabildo a sus expensas, y el vecinal de San Juan, que era de la Cofradía de San Juan Bautista y había heredado la atención sanitaria de los clérigos hospitalarios jacetanos. El nuevo lo paga el cabildo aportando trigo y otras rentas; el Concejo aporta la leña y los médicos, y el rey da permiso para que los ganados del hospital puedan pacer libremente. 356. ACJaca, pergamino 307, serie C248, Jaca, 14 de enero de 1450. Not. Pedro de Alquézar, de Jaca. Concordia entre los cofrades de Nuestra Señora del Pilar y San Francisco y el cabildo sobre la capellanía de Arnaldo Benost, donde hay fundado un aniversario con dos misas que están reducidas a una que se hace el día de Nuestra Señora de septiembre. Para la construcción de la capilla véase M.ª Isabel Oliván Jarque, «Obras y reformas arquitectónicas en la catedral de Jaca en el siglo XVI», art. cit., pp. 170-174. 357. Ángel San Vicente Pino, La platería de Zaragoza en el Bajo Renacimiento, 1545-1599, Zaragoza, Pórtico, 1976, t. III, pp. 79, 118 y 140. 358. Joaquín Carrasco Almazor, «Fundación del hospital del Espíritu Santo y de San Juan Bautista de Jaca», en La vida hospitalaria en Jaca, Jaca, s. n., 1983, pp. 55-69.
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Pero actuaciones como esta no evitaban que se dieran algunos importantes problemas de enfrentamiento con el cabildo catedral. En concreto, serán dos asuntos los que distorsionen la relación que, por el contrario, es correcta con la nueva jerarquía episcopal. El Concejo construye su nueva casa municipal en 1544, y explica que es una importante mejora después de que en algunas ocasiones tuviera problemas para celebrar sus sesiones, pues «algunas veces queriendo celebrar los dichos consejos en las dichas Casas capitulares o en el dicho refectorio, los canónigos de la dicha Seo les habían prohibido el tener o celebrar cerrándoles las puertas de dichos lugares». Por otra parte, la ciudad compró en 1516 la vieja torre gótica construida un siglo antes por el canónigo Jorge Lasieso —que la levantó sobre el solar ocupado por la torre que había comprado al merino de Jaca—, en la cual, ya convertida en la cárcel de Jaca, se colocó el nuevo reloj que gobernaría la vida cotidiana,359 el mismo reloj «que antes estaba en la Seo» y que a partir de entonces era visible desde toda la ciudad. De este modo, al cabildo se le quita el control del tiempo, a pesar de las airadas protestas de los capitulares, que no aceptan la razón de que el reloj estará mejor en ese espacio porque «está en medio de la ciudad». El Concejo jaqués se muestra muy claro al señalar que es suyo, que el reloj es de su competencia, y que «si lo tenía en el campanario de la yglesia era por más comodidad» de todos. Un enfrentamiento que todos intentarán cerrar con rapidez y que permitirá que el cabildo pueda plantear el empedrado de la plaza, «que estará muy bien», aunque se le sugiere al obrero Esporrín que lo haga como cosa suya. En ese mismo capítulo se habla de la urgencia de enladrillar el claustro, ocasión en la que se dice que «las claustras de la iglesia están tan mal apañadas» como puede verse.360 Son los últimos estertores del siglo XVI, un tiempo en el que la diócesis de Jaca está viviendo una nueva etapa en todos los sentidos. Ya hay obispo residencial, la catedral se ha modernizado totalmente, se están sentando las bases para controlar pastoralmente el territorio diocesano y hasta se lleva a cabo un intenso trabajo para consolidar devociones e incorporar las nuevas propuestas derivadas del Concilio de Trento. 359. Domingo J. Buesa Conde, La Torre del Reloj de Jaca, [Zaragoza], DGA, 1987, pp. 3132. En el AMJaca, caja 831, consejo ordinario de 3 de junio de 1599, queda la comparecencia de los delegados capitulares, los canónigos Abay y Juan Pérez, que llevan al Concejo conciliadoras palabras para explicar que les da pena que haya disgustos entre el cabildo y la ciudad por querer tener esta parte en el reloj, que estaba ya «en la yglesia y assí suplican para que se sirvan bolberlo a la yglesia y que cessen enojos y disgustos». El Concejo será tajante y dirá que lo ha hecho para «más comodidad de todos, eclesiásticos y seglares», que si no están conformes pueden acudir a la justicia y que, en todo caso, está dispuesto a resarcirles los gastos que hayan tenido en el mantenimiento del reloj. 360. ACJaca, libro de gestis, 1583-1585, ff. 48-49.
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LOS PRIMEROS OBISPOS RESIDENTES EN JACA
A la muerte de Pedro Agustín, que unía en su persona los obispados de Huesca, Jaca y Barbastro, el 26 de febrero de 1572, se hace cargo de la sede jacetana Pedro del Frago Garcés (1572-1577), un hombre de la tierra que había nacido en la población de Uncastillo y dentro de los límites diocesanos. Se trataba de una persona que venía avalada por el notable prestigio que ganó desde su graduación en la Universidad de París, como destacado teólogo y gran humanista, gracias a su conocimiento de idiomas como el latín, el griego o el hebreo, pero sobre todo por ser un hombre trabajador y un gran orador sagrado, cuestiones ambas que le llevaron a ocupar el obispado de Alés el 6 de noviembre de 1562, cuando asistía al Concilio de Trento.361 Pero si hay un hecho importante en la vida de este clérigo es la festividad de la Ascensión de 1551, en la que pronunció una oración que fue impresa inmediatamente en la ciudad de Venecia con el título Oratio Petri Fragi doctoris theologi ad patres in Concilio Tridentino habita sacris dominicae Ascensionis solennibus. A partir de ese momento creció su fama y el propio rey Felipe II, que siempre lo había ayudado, lo promocionó al obispado de Alguer, en Cerdeña, el 20 de diciembre de 1566. Desde Alguer, este clérigo llegó a la ciudad de Jaca al poco tiempo de ser nombrado obispo de estas montañas —por la bula Cum ad hoc pontifex, el 26 de noviembre de 1572— y se empleó a fondo en recorrerla para tomar conciencia de cuál era el estado de esas tierras a las que Felipe II consideraba muy peligrosas por estar en contacto con las comunidades de herejes franceses. Poner en marcha, o, mejor dicho, recuperar una diócesis es tarea compleja, por lo que este hombre del Renacimiento supo que era fundamental 361. Para la historia de los obispos residenciales en el siglo XVI véase Domingo J. Buesa Conde, «Episcopologio de Jaca», Aragonia Sacra, XVI-XVII (2001-2003), pp. 89-129, esp. pp. 99-102.
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consolidar la estructura de la nueva diócesis, al mismo tiempo que aplicaba las pautas diseñadas por el Concilio de Trento como instrumentos de gestión para la Contrarreforma que se inauguraba. No obstante, la principal decisión conciliar, el emprender la formación del clero, la culminará durante su mandato en la diócesis de Huesca, donde fundó el seminario conciliar de Santa Cruz, a la que es trasladado por decisión del rey Felipe II el 11 de septiembre de 1577. Años después, el libro de gestis del cabildo jacetano señaló con dolor la muerte del que fuera su obispo, algunas de cuyas donaciones, como una espléndida «fuente con las armas de don Pedro del Frago», formaban parte del tesoro catedralicio. La personalidad de este gran prelado queda muy visible en la colección de sus bienes, que revela el gusto intelectual y artístico de una persona que se mueve entre los intereses culturales del humanismo y los más estrictamente religiosos de la Contrarreforma, como bien refleja el contenido de su biblioteca, que, además de ser el lugar de custodia de sus libros, que incluían autores de todos los tiempos y materias referentes a muchas ciencias, es un espacio de estudio adornado cuidadosamente con piezas de gran importancia para dar ambiente. Se trata de piezas que van desde un retablo del monte Calvario hasta un mapa de Roma, pasando por sortijas, un tablero de ajedrez, un reloj, un grabado con la coronación del emperador y un cuadro con san Jerónimo.362 La tercera persona que pone Felipe II al frente de esta diócesis fronteriza, después de que muriera sin tomar posesión Juan Pérez de Arneda, fue Gaspar Juan de la Figuera, que fue promovido el 2 de junio de 1578, tomó posesión el 21 de septiembre de 1578 y fue llevado el 28 de marzo de 1583 a la diócesis de Albarracín, otra de las constituidas por este empeño del rey Felipe. Este prelado se ocupó especialmente de cumplir la recomendación felipista de planificar la mejor defensa contra las amenazas permanentes de la vecina nación francesa, incluso mandando organizar manifestaciones públicas de piedad popular contra la amenaza herética. Esos peligros son
362. Carmen Morte García, «El testamento y la colección del obispo don Pedro del Frago (c. 1500-1584)», Artigrama, 2 (1985), pp. 57-76, esp. pp. 57-60. Publica el testamento del obispo fechado el 17 de enero de 1584. Manuel José Pedraza Gracia, El conocimiento organizado de un hombre de Trento: la biblioteca de Pedro del Frago, obispo de Huesca, en 1584, Zaragoza Universidad de Zaragoza, 2011. Es interesante ver el interés del obispo de Jaca en ser enterrado en su pueblo natal, en una iglesia en la que dispone un programa pictórico muy interesante donde no falta la lucha del hombre contra las tentaciones del demonio que se pintan en sus paredes. Carmen Morte García, «La iglesia de San Andrés de Uncastillo (Zaragoza), edificio funerario del siglo XVI del obispo Pedro del Frago», Artigrama, 1 (1984), pp. 147-176.
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los mismos que el obispo Juan de la Figuera denuncia, en 1580, cuando ordena hacer procesiones por Senegüé «antes de comer con toda devoción» para que se reformen «las costumbres en toda la sancta iglesia, particularmente en los Reynos y estados de su majestad y en especial en esta diócesis y este pueblo».363 Al final, su estancia en Jaca se había reducido a cinco años —durante los cuales estuvo mucho tiempo cumpliendo encargos del rey en Huesca o Zaragoza— en los que se empleó a fondo en mejorar las costumbres fortaleciendo la piedad con algunas fundaciones, como la Cofradía del Nombre de Dios, que creció apoyada por los cuarenta días de indulgencia que el obispo daba a los que ingresaban en ella. Si este prelado ha pasado a la historia por su universalidad, incluso por haber trabajado con san José de Calasanz, su sucesor configuró un episcopado rocambolesco con episodios ciertamente difíciles de entender pero adecuados para la forma de actuar de un hijo de los duques de Segorbe. Pedro de Aragón, tras su solemne recibimiento y sus juramentos, tomó posesión el 24 de junio de 1584 y pronto tuvo que trabajar sobre aspectos sinodales, puesto que se celebraba una reunión en octubre, a los pocos meses de su llegada. Durante su estancia en Jaca, manteniendo responsabilidades exteriores como la asistencia a las Cortes de Monzón, se empleó en algunas reformas que afectaron al cabildo catedral, a cuyos canónigos obligó a residir sin excepción durante el primer año de su canonjía en la ciudad de Jaca. Esta disposición, fechada el 12 de febrero de 1587, es posterior a un intento de traslado que vivió el obispo Pedro de Aragón cuando se despidió del cabildo (el 4 de marzo de 1586) porque le habían anunciado que iba a ser enviado a la diócesis de Orihuela y debía salir a buscar las bulas del nombramiento hasta Zuera. La historia es rocambolesca, puesto que el 8 de noviembre de 1585 el cabildo jaqués recibe una carta de Pedro Jaime, canónigo zaragozano, que le notifica que ha sido nombrado por el rey obispo de Jaca. El incidente acabó bien, aunque creó abundantes quebraderos de cabeza hasta que el canónigo zaragozano fue nombrado obispo de Vich. Pedro de Aragón, por su parte, no acabó en Orihuela, sino en la diócesis de Lérida, a la que fue ascendido el 15 de abril y donde fue ordenado el 17 de agosto de 1592. Cinco años después, el 21 de diciembre de 1597, moriría en esa ciudad. El mandato de este prelado, doctor en Teología por Alcalá, fue ciertamente 363. José Garcés Romeo, La sociedad tradicional serrablesa a través de sus archivos parroquiales (finales del siglo XVI – mediados del siglo XIX), Sabiñánigo, Museo de Serrablo, 1997, pp. 142-143, an. 21.
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complejo, y de manera especial en el año 1588, momento en el que sufrió un atentado protagonizado por Lorenzo Abarca —hijo del justicia de la villa de Biescas, que estaba condenado por asesinar a un presbítero— del que le salvó la intervención de su vicario, Valerio Palacios, que resultó herido al disparar el arcabuz a bocajarro en su palacio. Tiempo de paz y de celebrar reuniones en las que completar la organización de la diócesis fue el episcopado de Diego de Monreal, canónigo zaragozano que fue designado para gobernar Jaca el 5 de junio de 1592. Desde esa fecha hasta la del 14 de febrero de 1594, en la que fue trasladado a Huesca, luchó por la preeminencia de la diócesis de Jaca sobre la de Albarracín, incluso en las Cortes de 1592, compleja reunión celebrada en Tarazona. En esta diócesis considerada fronteriza celebró en 1593 un importante sínodo, destinado a la ordenación de la vida espiritual jaquesa, cuyos textos se imprimieron en Zaragoza. Por otra parte, atendió a la catedral, la visitó oficialmente en septiembre de 1593 y dictó varios estatutos que mejorarían el culto catedralicio y la dinámica de las reuniones capitulares.364 Continuando con el interés que tenía el rey Felipe II en poner al frente de las diócesis fronterizas a personas de prestigio y de virtud, el nuevo obispo procedía de las filas de la Orden del Císter, en la que había entrado por el monasterio de Santa María de Huerta. Malaquías de Asso, desde su nacimiento en el lugar de La Muela, en Zaragoza, dentro de una familia prestigiada y con antecedentes en las montañas de Jaca, se había empleado en el estudio y en su formación, destacando, como era habitual en los obispos que llegaron a Jaca en el siglo XVI, en el cultivo de las ciencias sagradas y de la oratoria. Gobernó la diócesis desde el 23 de mayo de 1594 hasta su muerte, acaecida en Jaca el 28 de agosto de 1606. Fueron doce años de amplio trabajo en los que incluso llegó a promover que la ciudad levantara un nuevo palacio para el obispo, donde murió a los sesenta y cuatro años. Pero no fue solo su residencia el legado que dejó. Quedaba su preocupación por la vida pastoral de las montañas, de manera especial con ocasión de los dos sínodos que publicó durante su episcopado, y era reconocido por su trabajo en pro del incremento de la vida religiosa, con fundaciones como la de los carmelitas de Jaca, aprobada por él en 1597. Como se verá enseguida, este prelado que inaugura el siglo XVII pasó a la historia por su empeño en renovar y dignificar la catedral de Jaca, a la que dispuso una larga visita pastoral que concluyó en febrero de 1601.
364. ADJaca, caja 742, Proceso de visita del obispo Monreal, 1593.
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Como consecuencia de ella, dictó noventa estatutos en los que se ordenaban todos los asuntos que afectaban al culto y la fábrica del primer templo diocesano. Cuestiones que no deben hacernos olvidar su apoyo al embellecimiento de la propia catedral con actuaciones tan notables como la construcción de un nuevo altar mayor, delineado por Bescós en 1598. Estamos justamente en el tránsito al mundo del Barroco, que llega a estas tierras con cierto retraso y que lo hace de la mano de estos obispos que apuestan también por la atención hacia su clero, muchas veces condenado a malvivir en un ambiente frío de clima y de relaciones. Sabemos que este obispo controlaba personalmente a sus sacerdotes y anotaba sus propias impresiones sobre los clérigos en un cuaderno. Además, con él se seguía manteniendo vivo el espíritu que había inspirado a Felipe II para la recuperación de la diócesis de Jaca. En esa preocupación por la seguridad del territorio, cuando realiza la visita pastoral365 por las tierras de Senegüé, en 1595, ordena que los jurados de los lugares de su diócesis tendrán que pagar 20 escudos «para los gastos de la guerra que el Rey Nuestro Señor hace contra infieles», en el caso de que no se controle a los extranjeros que se van asentando en las poblaciones de la diócesis. En concreto, en esta zona del valle del Gállego manda que «ningunas personas de Reynos extraños fuera de España sean admitidos en dichos lugares para vivir en ellos sin que primero sean examinados por el Rector en las cosas de nuestra Sancta Fe Cathólica y se sepa si son casados y que dicho rector tenga cuenta si van a la Yglesia y reciben los santos sacramentos». El canónigo Vincencio Blasco de Lanuza nos dejó escrita una visión personal del obispo, muy valiosa puesto que él estaba en la catedral cuando se produjo la extensa visita episcopal, en la que nos cuenta cómo «vivió con tan grande ejemplo y tan rara santidad, que fue dechado vivo de los obispos de la primitiva iglesia en limosnas, penitencias, humildad y caridad». Anota también su sentida predicación, sus lecturas de vidas de santos, sus horas de oración, su conocimiento de la escritura y su preocupación por financiar los estudios de algunos estudiantes —pobres e inteligentes— de la diócesis de Jaca. Con él, la diócesis había culminado la recuperación de la fuerza evangelizadora de sus clérigos y de los instrumentos de sus disposiciones sinodales. Todo estaba dispuesto para vivir un auge extraordinario de las devociones jacetanas.
365. José Garcés Romeo, La sociedad tradicional serrablesa a través de sus archivos parroquiales (finales del siglo XVI – mediados del siglo XIX), ed. cit., p. 121.
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Cuando escribe en Jaca el canónigo Blasco de Lanuza, que es un sallentino doctor en Teología y afamado poeta (en 1616 pasa a ser canónigo penitenciario de la Seo zaragozana), se está viviendo un momento muy importante gracias al que el alto clero jacetano y el aragonés tienen muy claro que es necesario potenciar los estudios de la historia de los orígenes de Aragón, cosa que no es extraña, pues viven en los mismos escenarios y custodian la documentación que queda de esos momentos, y consideran que no es tema secundario el construir un sentimiento de vinculación al territorio, que será la mejor defensa contra las amenazas permanentes de la vecina nación francesa. Ellos no podían saber que esas amenazas durarían más de tres siglos, ni que sus sucesores tendrían que mantener como objetivo la defensa del territorio. En este contexto se entiende muy bien el amor por la historia de algunos clérigos altoaragoneses, y especialmente la pasión por la investigación de los abades pinatenses. Pocos años después, el abad Juan Briz Martínez editó su magna obra sobre la Historia de la fundación y antigüedades de San Juan de la Peña y de los reyes de Sobrarbe, Aragón y Navarra, que dieron principio a su real casa (Zaragoza, 1620), mientras el citado mosén Vincencio Blasco de Lanuza (nacido en Sallent en 1563 y muerto en la Zaragoza de 1625) escribió los dos tomos de sus Historias eclesiásticas y seculares de Aragón (1492-1618), continuando los Anales de Zurita y muy enfadado por no haber sido reconocido por las Cortes aragonesas como cronista oficial del Reino de Aragón, para lo que no le faltaban méritos. En el entorno de estos eclesiásticos va surgiendo un importante grupo de clérigos historiadores, alguno de los cuales sí logró ser elegido cronista de Aragón, como lo fue —en las Cortes Generales de 1686— el benedictino pinatense fray Domingo La Ripa, del lugar de Echo (1696), que como cronista real para la Corona de Aragón fue el autor de la Defensa histórica por la antigüedad del Reino de Sobrarbe (Zaragoza, 1675). Nacido en la Jaca de 1619, el jesuita Pedro Abarca († 1697) llegó a ser cronista real para Castilla366 y autor del estudio Los reyes de Aragón en anales históricos (Madrid, 1682), y tuvo el valor y la coherencia de defender a los bolandistas censurados por la Inquisición en 1695. Estamos hablando de un grupo de gentes de gran importancia que pervivirá en el tiempo con figuras como la del teólogo de Tramacastilla de
366. Agustín Vivas Moreno, «La colección de “Papeles Varios” del archivo universitario de Salamanca: análisis documental de la temática universitaria salmantina», Documentación de las Ciencias de la Información, 27 (2004), pp. 117-156; para la carta del conde de Oropena al padre Pedro Abarca, en la que le agradece los informes recibidos y se alegra de su aceptación del cargo de cronista de Castilla (Madrid, 2 de agosto de 1684), pp. 128 y 132.
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Tena, canónigo en Zaragoza,367 Juan Antonio Lope de Lacasa († 1700), que escribió una curiosa Disertación sobre los principios del Reino de Aragón (Zaragoza, 1656). Todo ello sin olvidar al jerónimo fray León Benito Martón, nacido en 1679 en Sallent de Gállego y muerto en Zaragoza en 1756, que en el siglo XVIII aportó datos sobre el valle del Gállego368 y estudió el santuario zaragozano de santa Engracia. Estos clérigos son el punto de partida de la tradición que mantendrán hasta el siglo XIX el cincovillés Dámaso Sangorrín (nacido en Undués Pintano en 1864), deán de la catedral de Jaca, con El libro de la cadena del Concejo de Jaca (Zaragoza, 1920), y hasta el siglo XX el archivero catedralicio Juan Francisco Aznárez, nacido en Ansó en 1908.
367. Este catedrático de Alcalá y canónigo doctoral de la Seo es el autor del famoso Memorial al rey nuestro señor y alegación apologética en que se responde a otro que salió a luz en nombre de un canónigo del Pilar sobre la catedralidad antigua y primitiva de Zaragoza en la iglesia del Salvador, Zaragoza, Imp. de Diego Dormer, 1659. 368. Sallent, cabeza del valle de Tena: sus antigüedades, y varones insignes que ha tenido en armas y letras, Pamplona, Francisco Picarte, 1750. Sabemos que fue visitador de los jerónimos de la Corona de Aragón y secretario general de la congregación. Apuntó la circunstancia de asegurar haber visto restos del arca de Noé en la zona montañosa de Sallent.
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Cuando las tierras de Jaca inauguran el siglo XVII, acaban de vivir los graves sucesos de la invasión francesa que asaltó las tierras del río Gállego, consecuencia de las alteraciones producidas en Aragón con ocasión de la huida de Antonio Pérez, secretario del rey Felipe II. Son los años en los que se ataca Biescas, en 1592, y en los que se confirma la necesidad de construir la Ciudadela de Jaca, el conocido como castillo de San Pedro,369 que tendrá como competencia el control y la vigilancia del camino que viene de la frontera de Somport. Jaca tiene unos mil quinientos habitantes y comienza a vivir una religiosidad profundamente barroca, inspirada en la Contrarreforma que alientan los nuevos obispos, a quienes la ciudad construye un palacio370 que levanta el maestro de obras zaragozano Tomás de Obón en 1606 y que se rehará en 1754 y en 1877. El obispo desde su palacio irá generando un primer itinerario procesional hasta la catedral cuando acudan a buscarle los capitulares en las grandes celebraciones y pontificales. A este espacio episcopal le sucede en importancia el del claustro,371 que hay que restaurar urgentemente, tarea a la que se
369. Enrique Osset Moreno, El castillo de San Pedro de Jaca, Jaca, Cazar, 1971. Se publica la documentación sobre este proceso de construcción, que comienza en 1595. Una fortaleza pentagonal edificada sobre un amplio barrio extramuros —el Burnao— que albergaba veinte casas y una iglesia, la mayoría propiedad del real hospital de Santa Cristina de Somport. Juan Carlos Moreno Anaya, La Ciudadela de Jaca: las relaciones entre los habitantes de Jaca y el castillo de San Pedro desde sus inicios hasta 1700, Jaca, Asociación Sancho Ramírez / IEA, 2015. 370. AMJaca, caja 74, libro del gasto de la obra de la casa episcopal. En la primera de «las dichas cassas episcopales» se reúnen varios artistas, como los canteros de Jaca Domingo y Pedro Segalar, el carpintero Gerarta o el cerrajero Juan de Lobaco, igualmente jacetano. Domingo J. Buesa Conde, «El palacio episcopal de Jaca en 1877», Iglesia de Jaca: Boletín del Obispado, 9 y 10 (1983), pp. 197-201. 371. Juan Francisco Aznárez López, «El claustro de la Catedral de Jaca», Zaragoza, XIV (1961), pp. 171-179, publica un plano del siglo XVI, al mismo tiempo que refiere las menciones que
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dedicarán de lleno a partir de 1604, cuando el deán vuelva a señalar que «las claustras mayores se han de caher en el suelo sino se reparan con tiempo», cosa que controla el canónigo Domingo Esporrín,372 encargado de poder recuperar el claustro como espacio procesional en las celebraciones eucarísticas. La conversión del claustro en espacio procesional soluciona algunos momentos de mala climatología y de inseguridad pública. Por él se procesiona desde la institución de la Hermandad de la Minerva373 en la catedral, el 3 de noviembre de 1570, y después con la magnífica custodia que regalará en 1648 el obispo jacetano, entonces destinado en Albarracín, Vicente Domec. Además de la solemne liturgia de la catedral, la vida religiosa se manifiesta continuamente en las calles de la ciudad con ocasión de muchos acontecimientos que potencian —desde sus entierros hasta sus desfiles procesionales— algunas cofradías, como la de la Santa Vera Cruz, en la que ingresan setenta y nueve jacetanos en 1555 y que está regida por el canónigo Domingo Speciello, arcediano de Laurés, quien sienta las bases de la procesión que se hace con la Santa Vera Cruz sobre peana de madera pintada con dosel de tela negra y escoltada por doce candelas de hierro.374 Y, por supuesto, también están las famosas rogativas a santa Orosia en los momentos de graves problemas de sequías, lluvias, nieves o pestes. Pero además en Jaca comienzan a asentarse una serie de órdenes religiosas que darán un color más barroco a la celebración religiosa aportando nuevas devociones y procesiones. Un caso notable es el de la llegada de los carmelitas, que entran de la mano de la cofradía de la ermita de la Victoria en 1597 y que acabarán levantando convento en la ciudad en 1614, abriendo una iglesia de hermosa portada manierista concluida en 1657 y dando a su vial el nombre de calle del Carmen. Sus catorce religiosos viven de pedir limosna los martes y los viernes, hacen procesiones a la ermita de la Victoria en recuerdo de sus hermanos muertos en ese primer convento y construyen una cripta que inaugura fray Pedro Bonet, muerto el 29 de junio de 1614 a causa de una los autores antiguos hacen de este doble espacio catedralicio: del claustro grande, con sesenta columnas («claustrum magnum et pulcrum et anterius quod sit in toto regno aragoniae»), y de un pequeño claustro «mediocre». 372. ACJaca, libro de gestis, 1600-1603, f. 52r-v. En 1600 está trabajando en el claustro menor y descombrando el cantero Leonardo Lasala, y en 1603 se encarga de su reparación a Miguel Alcalde (f. 27r-v). 373. ACJaca, pergamino 174, serie B112, Roma, 3 de noviembre de 1570. Letras apostólicas de Paulo III. 374. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: dos mil años de historia, ed. cit., pp. 235-236. En el Archivo Municipal de Jaca, caja 114, se conserva el libro de cuentas de la Cofradía de la Santa Vera Cruz, con anotaciones de 1555 a 1584 y de 1641 a 1683.
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chispa eléctrica que le cayó cuando estaba tocando la campana para conjurar una nube que amenazaba las cosechas de la ciudad. Ese mismo año, el 6 de mayo se entregaba la vieja parroquia románica de Santiago a otros religiosos: los dominicos, que venían a establecerse a Jaca375 y la ciudad les ofrecía para construir su convento la espaciosa plaza contigua al templo del siglo XI, en el que se obligaban a mantener abierta una cátedra de Filosofía para la enseñanza pública. Junto con las procesiones urbanas organizadas por los religiosos, aquellas de las que tenemos más documentación son las realizadas con las reliquias de santa Eurosia. Dada la enorme cantidad de referencias escritas, como muestra podemos centrarnos en tiempos del rey Felipe IV y de su hijo Carlos II, cuando se documentan significativos episodios de sequías en la zona de las Cinco Villas, una tierra importante para la diócesis de la que procedían muchos clérigos y algún destacado obispo. Cuando llegan los jurados a trasmitirles que les dicen los pueblos de Sos y Sádaba que «los panes se les pierden», todo se pone en marcha y piden que «se moje la gloriosa santa Eurosia» después de celebrar tres procesiones: la primera, a la ermita de San Salvador; la segunda, a la de Nuestra Señora de Ipas, y la tercera, a la ermita de San Cristóbal. Concluidas las procesiones, «vienen todas las cruces que acostumbran a venir el día de santa Eurosia i dicho deán dize la missa mayor i moja la santa» el 18 de mayo de 1609. Concluida la misa, cuando el arca vuelve al armario y todos a sus lugares de origen, explican en una nota escrita al margen del libro capitular: «Antes de que llegasen […] a su tierra llovió mucho y luego que ellas salieron de su tierra les llovió más de diez horas y enviaron correos avisando que les había llovido». Si esta vez la procesión fue por la sequía, el 18 de agosto de 1611 la ciudad pide que se saque el cuerpo de la santa «suplicando a Dios por medio della sea servuido imbiar remedio a tanto trabajo como por nuestros pecados havemos recivido por razón de la grande piedra que el día de la Asumpción de la Madre de Dios y de las avenidas tan extraordinarias que ayer miércoles los ríos hizieron sin dexar cossa en los campos, viñas y huertas». No obstante, lo habitual es que «se muestre la santa porque mojarla no se puede» (1619), que se celebren procesiones ante las sequías como en Berdún (1665) o cuando abundan los hielos, que producen graves daños «en la salud de los hombres y poco lucro de los frutos» (1679), o que se saque al pórtico para esconjurar el «notable daño que hacían los ratones» en las eras (1682) o el destrozo de las langostas en tierras de Serrablo y Escusaguás (1687). Incluso 375. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: dos mil años de historia, ed. cit., pp. 239-240. Para el establecimiento de los dominicos, véase la página 56.
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en muchas ocasiones se celebran tandas de misas a las siete de la mañana (desde 1684) «para no malograr la mañana de los dichos labradores y jornaleros, que de lo contrario se les sige al bien común considerable daño». Mientras tanto, los miembros de la cofradía de la santa piden que se les deje poner el banco con los cuatro cirios (1634) que se usan en las exposiciones del Santísimo y que llevan los romeros en sus procesiones, incluso, en casos de mayor gravedad (noviembre de 1697), hasta los conventos de Santo Domingo y San Francisco. Pero destaca sobre todo la gran procesión del 25 de junio, ya analizada, en la que los sacerdotes llevan el arca de la santa sobre una peana a la que acompañan los danzantes y los «endemoniados» desde la catedral hasta la capilla adosada a la muralla medieval. En esta ocasión acuden los romeros de la santa de los pueblos de toda la diócesis y van la Cofradía de Santa Orosia y la nueva hermandad, que se crea el 3 de enero de 1688 «en la misma conformidad que la de los labradores sino hubiera inconveniente», cosa que autoriza el cabildo para que se «logre de los fieles devotos mayores cultos».376 Cultos no faltan en una ciudad que además celebra otras romerías importantes, como la que va, con ocasión de la fiesta del Primer Viernes de Mayo, cuando se festeja la derrota de los invasores musulmanes a manos de los jacetanos, a la ermita de Nuestra Señora de la Victoria. A ella iba la ciudad, en «procesión a piedes descalzos al menos uno de cada casa, va el estandart acompanyado de muitos hombres con sus armas», junto con el cabildo y los grupos de agricultores y ganaderos jacetanos.377 La vinculación de la ciudad a esta ermita, antigua iglesia de Nuestra Señora de Mocorones, en el Camino de Santiago, queda patente cuando el padre franciscano Vicente Geric incita a reconstruirla tras ser destruida por los franceses y en 1816 predica señalando que la guerra ha privado a «los habitantes de Jaca y demás pueblos de su partido, de un Monumento que ha hecho inmortal hasta el día la Religión, valor y lealtad de los montañeses para con su Rey y su Patria», de «esa basílica que hoy veis arruinada, bajo el título e invocación de la Madre de Dios de los Ejércitos con el título de la Victoria».378
376. Todas las citas proceden de los libros de gestis del cabildo catedral de Jaca, conservados en su archivo capitular. 377. Domingo J. Buesa Conde, «La gran batalla de Jaca», en El Primer Viernes de Mayo de Jaca: a la sombra del Monte Oroel, Jaca, Hermandad del Primer Viernes de Mayo, 2004, pp. 15-49. Idem, Jaca: dos mil años de historia, ed. cit., pp. 253-257. AMJaca, libros de mayordomía, 1511. 378. Juan Francisco Aznárez López, «La Virgen de la Victoria o conmemoración del primer viernes de mayo en Jaca», en Estudios de historia jacetana, Huesca, IEO, 1960, pp. 21-32, cita un memorial de 1816.
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Romería a la ermita de Santa Orosia. (Foto: Ana Claver)
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Esta espiritualidad barroca también se proyecta fuera de la ciudad. El segundo día de Pascua de Pentecostés, el de la Natividad de Nuestra Señora y el de la Visitación de la Virgen (el 2 de julio) se subía hasta el monte Oroel, que preside el paisaje de la ciudad. Se iba hasta la ermita de Nuestra Señora de la Cueva, que era promovida por los obispos barrocos —al parecer por Pedro del Frago— con la idea de imponer una pastoral tendente a fomentar la piedad popular, a crear andaduras devotas que buscaran lugares sagrados en los que agradecer ayudas o solicitar soluciones y que calarían en la espiritualidad jaquesa hasta hacer escribir al canónigo Leante, en 1889, que este santuario «es el manantial perenne de riqueza a donde dirige sus pasos el fervoroso cristiano».379 En el origen de todo, la leyenda que nos cuenta fray Alberto Faci: «un pastor vio que una cabra iba muchas veces a la cueva, la siguió y quedose admirado al encontrar en ella la imagen» de madera de 80 centímetros que fue reproducida en varios grabados en el Madrid de 1668 y a finales del siglo XVIII380 por el mecenazgo del racionero mosén Jaime de Aso. Por cierto, en el grabado de 1668 se habla de la ciudad de Jaca como «brazo armado y robusto de la Fe», y en él se incluye la representación del escudo de la ciudad y del pendón, con dos cordones, las armas de la ciudad y la leyenda «Christus imperat, Christus regnat, Christus ab omni malo nos defendat», que se mantendrá siglos después al bordear en oro la bandera de Jaca en 1802.381 Al mismo tiempo, en la ciudad hay una preocupación por atender las necesidades de aquellos que quieren dedicar su vida al servicio de Dios. Algunas personas dejan cantidades de dinero para realizar algunas fundaciones, aunque la mayoría de las veces se demostrarán absolutamente insuficientes y habrá que dedicarlas a dotar a quienes quieran profesar en conventos como el de las Benitas, cosa que ocurre con el legado de la familia de Juan Castillo, infanzón y señor de Aresa, en 1642. Algunos logran salir a estudiar hasta Huesca, quizás apoyados por el real colegio de Santa Orosia, que fundara el baile de Jaca Martín Bandrés en 1610, y otros deciden emprender aventuras más lejanas que les llevan al Nuevo Mundo, como es el caso del capuchino jacetano padre Francisco José de Jaca, que decidió trabajar como misionero entre los indios de Venezuela occidental antes de llegar —en 1681— a La Habana, lugar donde apostó por defender la 379. Ricardo Mur Saura, En torno a la Virgen de la Cueva, Jaca, Hermandad de la Virgen de la Cueva, 1992. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: dos mil años de historia, ed. cit., pp. 243-248. José Ramón Marcuello Calvín, Guía de Jaca y sus valles, Zaragoza, ed. del autor, 1979, p. 77. 380. Tomás Buesa Oliver, «Un grabado jacetano de la Virgen de la Cueva en 1668», Jacetania, 74 (abril de 1978) y 75 (junio de 1978), s. p. 381. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: dos mil años de historia, ed. cit., pp. 246-247, n. 11.
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injusticia del tráfico de esclavos predicando que todos los humanos eran libres e impugnar la esclavitud de los negros. La figura de este capuchino quedó perfectamente descrita en el proceso que tuvo que pasar en Roma, en el que se le recuperó como un símbolo de la lucha por la dignidad humana.382 Cuando acomete la redacción de su opúsculo de veintisiete folios intenta demostrar que los esclavos negros son libres —tanto en su estado original de paganos como después de haber recibido el bautismo— y llamar la atención de los dueños, seglares y religiosos, para que manumitan a los esclavos que se encuentren en su poder.383 Su tesis la sustenta a través de tres grandes apartados: la defensa de los derechos humanos, la de los derechos cristianos y exigencias de la restitución. Junto a este notable misionero abolicionista, muerto en 1686, Jaca contó en ese siglo con otro importante misionero, el padre Alejandro Sanz López (nacido en 1604), que estuvo en México, se hizo jesuita durante su estancia en Manila, evangelizó Mindanao y terminó martirizado durante el gobierno del sultán Garralat el 13 de diciembre de 1655.384 Y no faltó un tercero (nacido en Jaca en 1615 como Francisco Rapún), que sería la persona que —desde su cargo de provincial de los agustinos en Filipinas— dispondría la apertura del proceso de beatificación del padre Sanz López en la Roma de 1659. Se trata de fray Francisco de San José, muerto en Roblón en 1668 tras una intensa labor evangelizadora y una no menos importante tarea pastoral385 que llevó a cabo con la edición de su Explicación del catecismo proporcionada a la inteligencia de los neófitos, publicada en Manila en 1654. Por esos años se vive en Jaca una cierta sensación de euforia, pues llegan noticias de que en Roma el cardenal Coloma se ha empeñado en obtener del papa el rezo propio de la santa, cuestión por la que la iglesia catedral de Jaca 382. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: dos mil años de historia, ed. cit., pp. 276-277. Lázaro de Aspurz, «Jaca, Francisco José», en Diccionario de historia eclesiástica de España, vol. II, Madrid, CSIC, 1972, pp. 1219-1220. Domingo J. Buesa Conde, «Un jacetano contra la esclavitud negra en la América del siglo XVII», Jacetania, 87 (1980), s. p. Ildefonso Gutiérrez Azopardo, «Fr. Francisco José de Jaca y Fr. Epifanio de Moirans, misioneros capuchinos, primero abolicionistas e impugnadores de la trata negrera en el siglo XVII», Misiones Extranjeras, 112-113 (1989), pp. 463-475. 383. Véase Francisco José de Jaca, Resolución sobre la libertad de los negros y sus originarios, en estado de paganos y después ya cristianos, Madrid, CSIC, 2002. Miguel Anxo Pena González realizó su tesis doctoral (Universidad Pontificia de Salamanca, 2001) sobre la Propuesta teológico-liberadora de Francisco José de Jaca, en el siglo XVII, sobre la esclavitud negra. 384. Jesús Pedro Juanín Esteban, Alejandro Sanz López, ilustre jacetano (1604-2004), Jaca, Fundación Carolina Juanín, 2004, pp. 19-46. 385. Gonzalo Díaz Díaz, Hombres y documentos de la filosofía española, vol. III: E-G, Madrid, CSIC, 1987, p. 290. Jesús Conte Oliveros, Personajes y escritores de Huesca y provincia, Zaragoza, Librería General, 1981, p. 111.
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lleva años batallando. La noticia llena a todos de alborozo y la ciudad, en agosto de 1665, acuerda que pagará todos los gastos necesarios para lograr este rezo propio, comenzando por el gasto de los correos que haya que enviar a Roma. Muchos trabajan en la misma dirección, desde Jaca y desde fuera de la ciudad, donde hay importantes jacetanos en puestos claves. Mención evidente merece el jacetano fray Pedro de Santiago Anglada y Sánchez,386 obispo de Solsona (1640-1644) y luego de Lérida (1644-1650), del que un habitante del lugar de Cortillas contaba, en 1634, que conoció a este obispo jacetano cuando estuvo en Yebra hace diez años, con ocasión de «que trataua de componer un libro a la gloriossa Sta. Orosia Patrona destas montañas». Todo ha mejorado notablemente, incluso se percibe un mayor nivel en el clero diocesano como consecuencia de las medidas emanadas de Trento. Sabemos que en zonas como la val de Tena los clérigos han elevado su nivel intelectual y han pasado a ser respetados por las autoridades, que los llaman en momentos claves; por los habitantes del valle, que los eligen hasta para dirimir problemas de los caminos, y por los regidores del valle, que buscan su visión moderada sobre todos los asuntos. Mientras tanto, ellos comienzan la tarea de adecuar los viejos espacios religiosos, fruto de una espiritualidad medieval e íntima, a la nueva sensibilidad de la apoteosis cristiana del Barroco. Y los obispos intentan ejercer un control intenso, muchas veces a través de sus vicarios y otras directamente, en sus abundantes visitas pastorales, en las que —como en la que hace el obispo Díez de Aux al valle del Gállego en otoño de 1619— disponen hasta los más mínimos detalles para tener limpios los cementerios y para dignificar los funerales, desterrando la vieja imagen del mosén que participa en las comilonas y las juergas cuando se reúne la familia para dar sepultura a alguno de sus miembros.387 Además de promover viejas cofradías —como la de la Vera Santa Cruz de Jaca en 1555—, se importan devociones como la del Cristo de Burgos —al
386. Pedro Fabo del Corazón de María, Historia general de la Orden de Agustinos Recoletos, t. VI (2.ª parte): años 1706-1714, Barcelona, Imp. de la Editorial Librería Religiosa, 1927, cap. 6.º, art. I. De todo su linaje queda el expediente cuando se le confiere el título de calificador del Tribunal Supremo de la Santa Inquisición en 1634, por el cual sabemos algunas singularidades de su familia, incluido un posible envenenamiento de su padre en la cárcel cuando él tenía dos años de edad, momento en el que se hace cargo de él un canónigo jacetano llamado Gaspar de Borao, primo hermano de su madre. Este autor mantiene la tesis de que este jacetano y no fray Martín de la Cruz, es el autor del ya citado libro España restaurada en Aragón por el valor de las mujeres de Jaca y sangre de santa Orosia. Véase Santiago Broto Aparicio, «Jaca: fray Pedro de Santiago Anglada y Sánchez», Diario del Alto Aragón, 13 de mayo de 2007. Fue bautizado en Jaca el 5 de marzo de 1590 y era hijo del notario Pedro de Anglada y Abarca. 387. Manuel Gómez de Valenzuela, Documentos del valle de Tena (siglo XVII), Zaragoza, Real Sociedad Económica de Amigos del País, 1995, pp. 19-21 y 92.
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que se le crea cofradía en Sallent en 1661—, se potencia el papel mediador de las reliquias y se desata una cierta euforia crédula en milagrerías. Todos sacan sus mejores restos, y algunos luchan intensamente por dar protagonismo a sus propios virtuosos. Caso este es el de Panticosa, que recupera las reliquias de un venerable, el franciscano Domingo Guallart, que había nacido en la villa en 1544 y al que se pone al culto hasta que el obispo Juan Díez de Aux lo prohíbe y manda enterrarlo en la iglesia en 1620. Pero poco pudo lograr, puesto que treinta años después seguían las presiones ciudadanas y el obispo Fontcalda se vio obligado a dejar que se colocaran en una urna de ébano sus reliquias —un hueso grande del crucero de las ancas y una costilla— para que fueran veneradas. El venerable franciscano confirmó lo acertado de esta medida salvando los ganados panticutos que se hallaban bloqueados por la nieve y perdidos en el famoso día de San Miguel en que se desenterró su costilla como último recurso para salvar unas ovejas que «estubieron cuatro días debajo la niebe enbueltas sin poder andar ni comer».388 Al margen de todo ello, uno de los campos donde los prelados van a ser insistentes es el empeño de modernizar altares, ampliar iglesias y enriquecer todos los objetos necesarios para dignificar el culto. Evidentemente, son muchos los testimonios que tenemos y que nos hablan de un proceso generalizado para todo el territorio diocesano, puesto que sabemos de los trabajos de escultores como Juan de Bescós en Echo (1607); de canteros como Juan de Reycu en Berdún (1617) y Panticosa (1620); de Juan de Ruesta en Canfranc, Ruesta, Jasa y Sobás (1620) y Villanúa (1624); de Agustín Jalón en Embún, Arbués, Yebra y Santa Orosia del Puerto (1624); de Francisco Tellechea en Barbenuta (1624); de campaneros como Pedro de la Rosada, de Broto (1624), y de las visuras de otros artistas, como Juan Saresti, Pedro Gil, Juan de Orliens, Rafael Pertús o el cantero Pedro de la Carcoba, constructor de la iglesia de Panticosa, que apareció misteriosamente asesinado «de una estocada por entre los companiones» en la propia plaza del templo.389 Coincidiendo con este auge constructivo en algunas zonas diocesanas, los canónigos no paran de enviar informes al rey sobre la pobreza de la catedral.390
388. Manuel Gómez de Valenzuela, Documentos del valle de Tena (siglo XVII), ed. cit., docs. 119, 27 de mayo de 1661, y 121, 29 de septiembre de 1665. Not. Miguel Matías Guillén. 389. Para los asuntos referentes al valle de Tena véase Manuel Gómez de Valenzuela, Documentos del valle de Tena (siglo XVII), ed. cit., pp. 19-21. Para los otros, pueden consultarse los documentos publicados por el mismo autor en Documentos sobre artes y oficios en la diócesis de Jaca (1444-1629), ed. cit. 390. ADJaca, caja 160, Sobre planta nueva de la catedral (1601), Informe al rey del estado y pobreza la catedral (1609) y Memorial al rey de la pobreza de la catedral (1618).
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En las tierras de las Cinco Villas en abril de 1634 se vive un momento muy emotivo cuando, en el santuario que se había levantado a principios del siglo XVI para albergar la devoción a Nuestra Señora de Monlora, se produce la colocación en una nueva ermita de la imagen devocional del Ecce Homo, «que sudó sangre y agua y habló a un religioso en voz sensible diciéndole: “Hijo, mira que me has de ayudar en la conversión de las almas”». Todo ello contribuyó a potenciar este importante santuario —sobre el lugar de Luna y dependiente de la diócesis de Jaca—, que preside las llanuras de las Cinco Villas y que verá un nuevo momento de auge en el siglo XVIII cuando, en junio de 1762, se comience la construcción de una nueva iglesia bajo la cual descansan los franciscanos que habitaron este monasterio, al que acudían los pastores para bendecir con las aguas de su fuente los ganados que iniciaban la trashumancia.
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ENFRENTAMIENTOS DEL OBISPO CON EL CABILDO
El siglo XVII lo va a liderar un amplio conjunto de diecisiete obispos que inauguró el oscense Tomás Cortés (1607-1614). Este protagonizará un importante enfrentamiento con los capitulares,391 tras el cual se entiende presente ese espíritu de Trento que dotó al obispo de la máxima autoridad. En marzo de 1607 el cabildo jacetano recibe la noticia del nombramiento del canónigo Cortés como nuevo obispo y decide, del modo habitual, que se le vaya a visitar a Huesca «y se diga un Te Deum laudamus, como la iglesia ha acostumbrado»,392 pero todo queda en un mero acto protocolario, puesto que el nuevo prelado no tiene un especial cariño por el viejo cabildo jacetano. Cuatro meses después, en los inicios de agosto, el obispo explica que piensa tomar posesión por procurador, lo que hizo el 30 de ese mes por medio del doctor Agustín Malo, quien «presentó sus recaudos y sus bulas, pidiendo le den posesión», y juró «los estatutos y loables costumbres de la presente iglesia», todo lo cual quedó registrado en el acta que levantaron Jaime Villacampa y Francés de la Sala. Cumpliendo con la tradición, en nombre del obispo, el procurador pagó los derechos de entrático, «doscientos escudos: ciento para la capa, cincuenta para un aniversario por el señor obispo Don Malaquías y los otros cincuenta para obras pías, a disposición del Capítulo». El cabildo entregó ápoca al procurador del obispo electo, pero en el fondo las relaciones ya eran muy tensas, puesto que días antes este había escrito al cabildo dos cartas en las que le notificaba que no quería «jurar su posesión sino sea al tenor de la bula de Gregorio XIII», cuestión que provocó tensas deliberaciones en el seno del capítulo jacetano el 13 y el 21 de agosto de 1607.
391. Juan José Polo Rubio, Historia de los obispos de Teruel (1614-1700), Teruel, IET, 2005, pp. 13-19. 392. ACJaca, actas capitulares (1600-1613), f. 97r-v. En este apunte capitular se nos explica que fueron elegidos para ir a Huesca el chantre y el canónigo Larbesa, a los que acompañaron los representantes de la ciudad.
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Mientras tanto, el nuevo obispo es consagrado en Madrid el último día del año de 1607 en la iglesia benedictina de San Martín, en una solemne ceremonia presidida por Juan Bautista Acevedo Muñoz, patriarca de las Indias Occidentales e inquisidor general, al que ayudan el obispo de Valladolid y el antiguo obispo de Chiapas, y en la que se ordenan los obispos de Guadalajara (México), Córdoba y Canarias y el arzobispo de Santo Domingo, junto a otro italiano. Diez meses llevaba el nuevo obispo de Jaca sin pisar la ciudad y sin parar de mandar cartas al cabildo para imponerle un preciso y duro ceremonial en su toma de posesión al modo de lo previsto por el papa Gregorio, que tanto había trabajado para potenciar las instituciones diocesanas. La táctica del obispo Cortés era muy clara: forzar al máximo al cabildo, hasta ponerlo al borde de la desobediencia y la rebeldía, con lo cual el asunto era dar tiempo. Así, nos encontramos con que el obispo se para en Zaragoza dispuesto a desempeñar el cargo de diputado del Reino de Aragón, que le permite estar unos meses más sin subir a Jaca. Mientras tanto, el cabildo no deja de enviarle cartas en las que reclama su opinión y su decisión sobre temas que van desde asuntos de gestión diaria hasta la obligación de buscar predicador para la inminente Cuaresma de 1608.393 Este suceso será un nuevo motivo de conflicto cuando el obispo decida que predique el padre Guardián, cerrándose a la petición del cabildo de que sean los jesuitas, aunque el cabildo le contesta diciendo —sin compartir el criterio episcopal en absoluto—: «habiendo declarado la nuestra [voluntad o deseo] y descargado nuestras conciencias, si a Vuestra Señoría así le parece, se le dará el púlpito». Con todos estos antecedentes, la llegada del obispo, que se ha retrasado extraordinariamente, acontece en el verano de 1608, dieciséis meses después de su elección, cuando el cabildo, tragando con todo, decide que se le «reciba en la forma y modo que a los demás se ha hecho, y se ponga el sitial en lugar decente, que salgan los semaneros a recibirle», pero que «los señores canónigos no besen la mano». Pero esta decisión, tomada el día 20 de junio, le saldría cara, pues fue una auténtica provocación para los capitulares y la ciudad, ya que entonces el obispo quiso hacerla coincidir con la festividad de Santa Orosia y les notificó «que sería de su gusto hacer su pontifical en el oficio de la gloriosa Santa Orosia, estando los canónigos y dignidades con capas en el coro».394
393. ACJaca, actas capitulares (1600-1613), ff. 119-120, febrero de 1608 y 226, cabildo del 28 de enero de 1613, cuando los jacetanos le volverán a manifestar años después que prefieren que prediquen la Cuaresma los jesuitas, con religiosos como el padre Barba o el padre Blanc, cosa que tampoco lograrán. 394. ACJaca, actas capitulares (1600-1613), cabildo del 24 de junio de 1608, f. 129.
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Llegaba el obispo Tomás Cortés en momentos de fiesta para la ciudad y, concluida esta, en los primeros días del mes de julio, concretamente el día 7, realizaba una visita al cabildo donde se prodigaron los saludos mutuos de mera cortesía, abriendo un período de cuatro años de cierta tolerancia en el que el cabildo ya sabía dos cosas: que este obispo se convertía en un clérigo muy interesado en dignificar el culto a las reliquias de santa Orosia y que tenía muy clara su preeminencia en el espacio litúrgico, puesto que llegó a ordenar al cabildo que lo recibiera de pontifical cuando se tratara de celebrar alguna fiesta referente a la santa patrona. A partir de ese momento el obispo prestó mucha más atención a las cuestiones diocesanas que a las capitulares, como queriendo castigar a los prebendados que custodiaban el legado en la catedral, dedicada desde su fundación al apóstol Pedro, príncipe de los apóstoles y protector de la sede del reino aragonés. Era un total de siete dignidades —deán, arcediano de cámara, chantre, sacristán, arcediano de Larués, arcediano de Ansó y arcediano de Gorga— y quince canónigos más. Diecisiete canónigos habrá en 1616 y nueve dignidades y doce canónigos en 1682,395 además de dieciséis porcionarios o racioneros de patronato laical, doce o trece beneficiados simples y dos capellanes, encargados de la cura pastoral en la parroquia catedralicia, la única existente en la ciudad de Jaca. Ni que decir tiene que el cabildo catedralicio se regía por estatutos propios que el obispo —cuyas rentas ascendían a 2500 escudos— debía jurar obligatoriamente antes de la toma de posesión. La ciudad del siglo XVII tiene alrededor de quinientos vecinos,396 que mantienen instituciones piadosas de gran interés, como la Cofradía de San Juan, que pervive después de haber fundado el hospital en 1540, o la Cofradía de la Santa Vera Cruz de Jaca, que comienza a rendir cuentas en 1555 y que en 1683 sigue muy activa, con casi doscientos cofrades que dirige el canónigo de Laurés, e incluso la Cofradía de la Virgen de la Cueva. Una ciudad que vivía todos sus actos concejiles en profunda sintonía con la iglesia jacetana, pues sabemos que los estatutos de la ciudad de Jaca de 1634 dispusieron que para la extracción de los oficios de la ciudad se reunieran la víspera de Navidad «antes que la Missa mayor se comienze en el Asseo de dicha ciudad» y que después de celebrada la misa del Espíritu Santo se trajera el arca de los oficios para extraer las bolas, comenzando
395. Juan José Polo Rubio, Historia de los obispos de Teruel (1614-1700), ed. cit., p. 15, n. 34. 396. Según se explica ibidem, p. 15, la población en 1682 se aproximaba a los 2000 fuegos. Cf. Remigius Ritzler y Pirminus Sefrin, Hierarchia catholica, vol. V, Padua, Il Messagero di S. Antonio, 1952, p. 223.
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por los teruelos de la bolsa del justicia, que un niño menor de diez años sacaba después de santiguarse.397 Esta profunda simbiosis entre la vida concejil y la eclesiástica, documentada en muchas otras cuestiones, como la propia ornamentación de las salas del Concejo con piezas de lienzo con las doce tribus de Judá398 o el hecho de que la capilla estuviera presidida por un cuadro de Cristo crucificado, «que es la invocación de la capilla sobre el cual está la estatua de la Madre de Dios del Rosario», además de una estampa en tafetán con la Madre de Dios de la Cueva, a la que los niños cantarán los famosos versos de «Que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva». En la ciudad hay un convento de monjas de San Benito, las famosas sorores del monasterio de Santa Cruz, y en él se custodiaba la antigua iglesia de San Ginés, donde juraban los responsables concejiles sus cargos al inicio del año. Extramuros estaba el convento medieval de los franciscanos observantes, desde el que se accedía a la puerta que llevaba su nombre. Los carmelitas estaban en esos años recién llegados y asentados en la ermita de Nuestra Señora de la Victoria, que estaba al final del viejo camino de Mocorones, el sendero jacobeo que bordeaba la ciudad para evitar que los enfermos entraran en la ciudad. La enfermedad la controlaban y la atendían los ámbitos eclesiásticos a través del renacentista hospital colocado bajo la advocación del Espíritu Santo y san Juan Bautista, y la ayuda de los santos abría caminos de peregrinación a unas trece ermitas exteriores a los muros de la ciudad, cuatro de las cuales estaban consagradas a la Virgen en sus advocaciones de Nuestra Señora del Rosario, de la Victoria, de Ypas y de la Cueva, mientras que las otras estaban dedicadas a san Gregorio, san Miguel de Abós, san Miguel del Puente, san Juan Bautista, san Marcos Evangelista, san Esteban, san Andrés, san Cristóbal y san Salvador. Lo primero que se plantea el obispo Cortés es que, en esta crisis de relaciones con el cabildo, tiene que hacerse con la diócesis. Y, así, nos cuenta —en los textos de la visita ad limina que hace a Roma— que, aunque durante los meses de invierno el frío y la nieve le impedían realizar la visita pastoral a su diócesis, acabados los fríos comenzaba sus recorridos por los lugares más apartados y pequeños de su zona pastoral, ejerciendo con intensidad su trabajo episcopal, predicando la palabra de Dios y enseñando
397. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: dos mil años de historia, ed. cit., pp. 267-268. AMJaca, caja 95, 1634, estatutos de la ciudad de Jaca, ff. 6r-8v. 398. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: dos mil años de historia, ed. cit., pp. 271-272. AMJaca, sesión del 29 de diciembre de 1674, libro de sesiones de 1675, Inventario de los bienes muebles de la casa de la ciudad y de las armas.
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los rudimentos de la fe, a la vez que corrigiendo las malas costumbres y las faltas de disciplina eclesiástica, cuestión que le viene bien para dejar cierta duda sobre la herencia de anteriores períodos sin control episcopal. No obstante, en esas relaciones que hace al papado del estado de su diócesis399 explica que encontró un clero sano que vivía honestamente, guardaba la residencia y cumplía puntualmente con sus funciones eclesiásticas. Como consecuencia de este buen hacer del clero parroquial, los fieles cristianos se mantenían firmes en la obediencia al romano pontífice y a su fe católica, sin contaminarse con los herejes protestantes del cercano principado de Bearne. El obispo Cortés y los prelados del XVII tienen una diócesis compuesta por alrededor de ciento ochenta y siete pueblos, casi todos de escasa población, con ciento quince beneficios curados —que en 1610 llegarían a sobrepasar los ciento veinte— que se desglosaban en ochenta y ocho rectores, veintiséis vicarios y un presidente de colegiata, lo cual nos confirma que muchos de ellos tenían que atender varios núcleos de población para poder llegar —sumando las rentas de cada uno— a percibir la cantidad de dinero necesario para malvivir con los mínimos recursos en una geografía abrupta, pobre de recursos y escasa en población que permanecía durante gran parte del año cubierta de nieve.400 Los monjes negros de San Benito, presididos por su abad, ocupaban el monasterio de San Juan de la Peña y regían la iglesia de Santa Elena. Por su parte, los canónigos regulares de San Agustín residieron hasta 1569 en el monasterio de Santa Cristina, construido en las inmediaciones del principado de Bearne, y posteriormente se trasladaron al monasterio de San Agustín de Montearagón (Huesca), dejando en el viejo enclave de Somport a un solo fraile dominico. Para ordenar la vida diocesana, quizás para tomar el pulso de ella y acercar su figura al clero rural, el obispo convocó un sínodo diocesano en el que poder oír a los responsables de la actividad pastoral y a los laicos que estaban implicados en mantener esa espiritualidad en las calles de la ciudad.401 Como dice el actual Código de Derecho Canónico, en aquellos años 399. Se conservan dos relaciones ad limina, una de 1610 y otra de 1613, en el Archivo Secreto Vaticano (en adelante, ASV), Congregatio Concilii, Relationes 407, Jaccen. Véase Antonio Durán Gudiol, «Diócesis de Jaca», en Diccionario de historia eclesiástica de España, vol. II, ed. cit., pp. 1218-1219. Los datos los hemos tomado de las visitas ad limina efectuadas por el obispo Tomás Cortés Sangüesa, que regentó la diócesis desde 1607 hasta 1614. 400. Juan José Polo Rubio, Historia de los obispos de Teruel (1614-1700), ed. cit., pp. 15-16, nos cuenta que la iglesia colegial, con nueve porcionarios, se hallaba en San Pedro de Siresa. En toda la diócesis existían solo veintiún beneficios simples (diez en Ansó, cinco en Fago, dos en Fiscal y uno en otros pueblos). 401. Antonio Durán Gudiol, «Diócesis de Jaca», art. cit. ASV, Congregatio Concilii, Relationes 407, Jaccen., año 1610.
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también se planteó como una asamblea de sacerdotes y de otros fieles escogidos de una Iglesia particular («delectorum sacerdotum aliorumque christifidelium Ecclesiae particulares») que prestan su ayuda al obispo de la diócesis para bien de toda la comunidad diocesana desde la realidad de una reunión consultiva. Para ello convocó a los abades, los priores, los rectores parroquiales y todos los que por derecho o por costumbre solían asistir, solicitó informes sobre los asuntos que se creyera que debían ser cambiados y, junto a estas cartas, pidió que todos rezaran para que el sínodo diera los frutos espirituales que se esperaba lograr. El trabajo previo lo hizo el obispo Cortés con el franciscano fray Juan Biescas, maestro en Teología y regente de la cátedra de Vísperas en la Universidad de Huesca, mientras elegía como examinadores sinodales a reputados licenciados y doctores en Teología y Derecho Canónico que él conocía bien de su estancia en Huesca. Para calmar los ánimos nombró a los jueces sinodales de entre las dignidades y los canónigos y escogió a varios feligreses como testigos sinodales, diseminados por toda la diócesis, para que velasen por la grey y le informasen. Y, por supuesto, en esa profunda vinculación con el misal y breviario del papa Clemente VIII, autor también de un Ceremoniale episcoporum, decretó que las misas solemnes, los ritos y las ceremonias eclesiásticas se acomodasen enteramente a él. Detrás de todo este trabajo solo hay una clave: fidelidad absoluta a los mandatos del Concilio de Trento, de los que este obispo no se apartó nunca. El sínodo terminó el 25 de noviembre de 1610 y con su conclusión renacieron los graves enfrentamientos entre el obispo y el cabildo, cuyas actas402 no paran de hacer referencias a ese sínodo y a los problemas que se intuía que provocaría, todos ellos herederos del primer choque frontal, sobre cómo sentarse el cabildo en el propio sínodo, una cuestión protocolaria que era una provocación episcopal ante un cabildo que veía relegados los derechos de los canónigos que asistían como procuradores suyos. De muy poco sirvió que en diciembre intentara mediar el propio prior del monasterio de San Juan de la Peña en nombre del abad, puesto que en enero de 1609 el obispo no había decidido ni entrar a resolver los problemas del asiento y la preeminencia del cabildo de la catedral de Jaca. El caso es que este sínodo dio mucho que hablar; fue un pulso que ganó el obispo y que además tuvo sus repercusiones en el futuro, puesto que el obispo Vicencio Domec (1631-1636), en las actas del sínodo convocado por él el 16 de abril de 1633 y celebrado los días 10, 11 y 12 de mayo, 402. ACJaca, actas capitulares (1610-1613), cabildos del 8, el 14, el 21, el 24, el 25 y el 27 de noviembre de 1608, ff. 138-140; cabildo del 4 de diciembre de 1608, f. 141.
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publicadas en 1634,403 incluyó decisiones del obispo Cortés con arreglo a los cuatro bloques estudiados: abriendo el texto, asuntos sobre el sínodo en general y las obligaciones del párroco; en segundo lugar, lo relativo a los sacramentos; la vida de los clérigos era el tercer bloque de resoluciones, y por último se refería a la curia episcopal. Y decía que el sínodo del obispo Cortés perviviría, puesto que el del prelado Domec recoge «muchas constituciones loables y santas hechas en los sínodos por la buena memoria de los obispos, nuestros predecesores; reducidos a esta nueva y última impresión, los confirmamos». Algunas son decisiones404 del polémico sínodo de 1610. Pero, concluido el sínodo y sin resolverse las reclamaciones capitulares, el cabildo decidió exponerle al obispo algún incumplimiento de sus obligaciones, por ejemplo el no haberles pagado las medias annatas, los derechos de los beneficios y los derechos de vacante por haber estado ausente durante su primer año de pontificado en Zaragoza, que el prelado siempre se negó a pagar.405 Ciertamente el entendimiento no era posible, puesto que en esos años el obispo mandaba continuamente letras recriminatorias alegando que se deberían arreglar los objetos del culto capitular, que se tendría que reformar el hostiero «porque las hostias salen mal» y mil impertinencias más que el cabildo padecía tanto al intentar organizar los funerales regios —que 403. Publicó sus constituciones en Huesca, en la imprenta de Pedro Blusón, en 1634, según refiere Antonio Paláu y Dulcet, Manual del librero hispano-americano, vol. III, Madrid, Julio Ollero, 1990, p. 75. 404. Juan José Polo Rubio, Historia de los obispos de Teruel (1614-1700), ed. cit., p. 17, n. 42: «Libro segundo, constitución 40, p. 73: “Que no se concedan descomuniones de deudas, de sesenta sueldos abajo, sino que se concedan por contumacia”. Constitución 41, p. 74: “Que por obligaciones concejiles y por una misma causa no se puedan descomulgar sino ocho personas”. Libro tercero, constitución 46, p. 90: “Que de aprecios y talas paguen décimas y primicias”. Constitución 51, p. 92: “Que no se arrienden campos ni heredades de las iglesias si no es de tres en tres años”. Constitución 80, p. 99: “Que ninguna persona eclesiástica pase a Francia sin licencia del señor obispo». Constitución 83, p. 100: “Que los aniversarios fundados con dinero sobre bienes raíces se digan perpetuamente”. Libro cuarto. Constitución 93, p. 131: “Que se haga un archivo en que se pongan las escrituras y procesos del oficialado y vicario general”». 405. El tema era importante, y unos años después (Alcalá, 1698) se publicó el Tratado de medias annatas de los beneficios, préstamos y capellanías, escrito por Andrés de Pitillas y Ruesga, de la Universidad de Alcalá. En él se escriben cosas como «y así usando los Summos Pontífices de su absoluto Dominio en los Beneficios de su libre y espontánea voluntad, concedieron a dichos canónigos de Alcalá y Racioneros de Toledo la integra media Annata de el primer año de la vacante, de todas y qualesquiere dignidades, canonjías, beneficios, etc., de este arzobispado de Toledo» (pp. 45-46). En la página 41 se dice que es «la costumbre de percibir dichas medias Annatas, tan notoria e inveterada, de que no ay memoria de hombres en contrario, por exceder de dos siglos, como dicho es, tiene fuerça de ley y Privilegio Pontificio».
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el obispo controlaba— como al proveer las canonjías y las prebendas.406 El final de este enfrentamiento llegó cuando el 8 de febrero de 1613 le propuso que nombrase un maestro de ceremonias. El cabildo resolvió y le contestó que «si quiere maestro de ceremonias que lo ponga su Señoría y se lo pague, que el Capítulo no lo tiene menester, que ya sabe lo que está a su cargo». En este proceso de enfrentamiento, los monjes de San Juan de la Peña, que también son objeto de las agresiones episcopales,407 se personan en el cabildo para compartir sus problemas y el asunto se complica, puesto que el obispo decide pedir la revisión de todas las cuentas de la catedral, las de la fábrica, las de la sacristía y hasta las de la administración de misas, cosa a la que acceden, pero si llevan ellos los libros y se los vuelven a llevar sin dejárselos a nadie en palacio. Todo esto trascendió a la ciudad y los rectores públicos del Concejo se solidarizaron con el cabildo, aunque en los primeros meses de 1609 decidieron que lo mejor era arreglarse entre ellos, sin intermediarios, según la opinión del jurado Hidalgo, prior de veinticuatro. Al final los canónigos se lanzaron y no permitieron que el obispo de Jaca hiciera la visita a su catedral.408 La situación había llegado a su mayor tensión, tal como el obispo denunció a Roma en su visita ad limina de 1613, aunque no logrará mucho apoyo, puesto que él mismo incumplía una de las condiciones de esta visita: el hacerla con conjueces nombrados por el propio cabildo, que no había perdido tiempo para transmitir a Roma un memorial de agravios dirigido al papa Paulo V en el que explicaba diecisiete agravios que afectaban a la catedral, las cofradías, los testamentos, los matrimonios, la visita pastoral, las licencias de misa, las limosnas y la vida privada del obispo.409 La gravedad de los asuntos obligó al papa a ordenar que los analizara el metropolitano fray Pedro Manrique, de Zaragoza, el arzobispo que organizó un concilio para recodar la necesidad de seguir las disposiciones del de Trento y terminar con la relajación existente en la vida religiosa diocesana.410
406. ACJaca, actas capitulares (1600-1613), 11 de julio de 1608 (f. 131), 28 de octubre de 1611 (f. 182) y 13 de septiembre de 1613 (f. 242), por ejemplo. 407. «Resolviose que entrasen los dichos señores monjes. Y dieron sus razones: que el propio obispo no les quería admitir la conservatoria y otras gracias. Representaron y dijeron que no pedían favor, sino solo pretendían dar esta satisfacción al Capítulo, en razón de que in futurum se podrían ofrecer». ACJaca, actas capitulares (1600-1613), julio de 1608, ff. 130-132, y enero de 1609. 408. ACJaca, actas capitulares (1600-1613), procesos de visita, marzo-abril de 1612, s. f.; actas capitulares (1600-1613), cabildo de 26 de febrero de 1613, f. 228, y cabildo 10 de mayo de 1613, f. 234v. 409. Juan José Polo Rubio, Historia de los obispos de Teruel (1614-1700), ed. cit., p. 19, n. 51. 410. Armando Serrano Martínez, «Episcopologio de Zaragoza», Aragonia Sacra, XVI-XVII (2001-2003), pp. 197-246, esp. p. 222.
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Al final de todo, en medio de este brutal desencuentro, el obispo Tomás Cortés viajó a Zaragoza para asistir al concilio, convocado para el mes de septiembre de 1614,411 pero en realidad ya no volvería porque entonces fue designado para ocupar la sede de Teruel, ciudad en la que no le abandonarían los conflictos derivados de ese modo «personal de actuar del obispo». Cuando abandonó Jaca, con gran contento de todos, solo quedaron como actos positivos la celebración del sínodo y la publicación de las constituciones sinodales, junto con la puesta en marcha de algunas medidas para potenciar la economía de estas montañas —como la de crear un montepío para labradores de 300 cahíces de trigo—, que no tuvieron mucha continuidad, pues los inmediatos sucesores o no tomaron posesión o murieron sin haber llegado. El franciscano fray Diego Ordóñez (1614-1615), Pedro Fernández Zorrilla (1615) y el mercedario valenciano Felipe Guimerán (1616-1617) fueron un paréntesis en la vida diocesana hasta que llegó a la sede el cisterciense Luis Díez de Aux y Armendáriz (1618-1622), que retomaría la responsabilidad de pastorear el territorio convocando un sínodo y visitando algunas zonas de su diócesis, cuestión que no pudo completar, pues pronto fue llevado a otras responsabilidades y acabó siendo virrey de Cataluña.412 Hubo un nuevo período de inactividad en el 411. ACJaca, actas capitulares (1600-1613), f. 240v; actas capitulares (1613-1638), f. 5. En los primeros días del mes de septiembre de 1613 el arzobispo Manrique mandó al cabildo de Jaca el edicto de convocatoria para el concilio provincial, cuyo inicio quedó postergado hasta el mes de septiembre del año siguiente. 412. Manuel Gómez de Valenzuela, Documentos sobre artes y oficios en la diócesis de Jaca (1444-1629), ed. cit., pp. 194-202. El obispo Díez de Aux hizo inventario de sus bienes propios con objeto de separarlos de los que él consideraba que eran de la diócesis, pues todos eran suyos y no había «recevido ni cobrado cossa ni renta alguna de su Obispado». 26 de agosto de 1617. Not. Francisco Lucas de la Sala. El obispo nos va explicando sus ornamentos, entre los que tiene zapatos «de tabí de plata lisos guarnecidos de oro», otros «de terciopelo blancos guarnecidos de oro», un par de terciopelo carmesí y otros verdes, guantes «de punto de seda blancos guarnecidos de oro», otros morados, una mitra de tela de plata, otra de tela de oro, otra «de tafetán morado guarnecida de seda», «un váculo de plata sobredorada con unos óbalos esmaltados de azul», «un pectoral de amethistes o claveques guarnecidos de oro o esmaltes de diferentes colores en forma de cruz de Carabaca», varias sortijas de oro con topacio, esmeraldas, amatista —una de ellas, «blanco esmaltada de negro sobre oro»—, un pectoral de oro con una imagen de Cristo, cuadros con la Crucifixión, seis reposteros, «un manteo de albornoz con su aforro de vayeta de Segovia», cuatro bonetes de paño y cinco de tafetán, dos sombreros de «guarnecidos y aforrados de seda y tafetán verde, un cobertor y rodapié de cama de paño verde, tres colchones de Ruan, ocho sábanas de Ruan y dos de lienzo casero, «ocho paños de narices de olanda de a vara cada paño», media docena de camisas de lienzo, «una caja con toda erramienta y adereços de afeytar dorada con sus cordones de seda y oro», un vademécum grande de cabritilla negra, varias pipas para vino, utensilios para comer, «un relox cuadrado de pesas de latón y acero con su campanilla»…
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episcopado de su sucesor, Juan Estelrich (1623-1626),413 y otros de escasa actividad en el del noble José Palafox (1627), que murió a los tres meses de tomar posesión, el 28 de diciembre de 1627, y en el del franciscano Álvaro de Mendoza (1628-1631).
413. ADJaca, caja 744, libro de visita del obispado de Jaca, año 1623.
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LA EPIDEMIA DE BRUJERÍA
El 15 de diciembre de 1631, al final de este largo período de ausencias episcopales, se proponía como obispo de Jaca a uno de sus canónigos: Vicente Domec (1633-1636). Con él se abría un trienio de intensa actividad en el que Jaca celebraría un importante sínodo diocesano, cuyas constituciones fueron impresas por Pedro Blusón y a través de cuyos mandatos se acabó logrando que las parroquias de la diócesis aumentaran su atención al culto divino y a la salvación de las almas, dos preocupaciones básicas para este clérigo que en 1635 sería trasladado al obispado de Albarracín, aunque al final —en 1644— decidiría que sus restos volvieran a su catedral para descansar en la capilla del evangelio, en la cual creó cuatro beneficios para músicos que ennoblecieron el culto de una capilla convertida en sepulcro de varios obispos: el del propio Domec y el de su protector el obispo Estelrich. Cuando el 3 de diciembre de 1635 se propone nuevo obispo, el elegido es una persona de gran prestigio que ocupa el cargo de padre general de los benedictinos: fray Mauro de Villarroel (1636-1646). Con él llegaron a Jaca las largas tardes de predicaciones y reflexiones en la catedral, la pasión por oír los debates que apoyaban una nueva religiosidad, de la que era símbolo este obispo, que acabó, por causa de sus graves ataques de gota, moviéndose por la ciudad en una improvisada silla y dedicando grandes horas a leer en el jardín episcopal que mandó reformar. Reemplazar a un personaje como fray Mauro no era fácil, por lo que su sucesor prefirió seguir vinculado a la catedral zaragozana, de la que procedía, y a la que ordenó que se lo llevaran en cuanto se puso enfermo. Juan Domingo Briz de Trujillo (1647-1648), que no llegó a estar un año completo, era un hombre muy culto, como lo será su sucesor —el obispo Jerónimo de Ipenza (1649-1652)—, que incluso había ocupado el rectorado de la Universidad de Zaragoza y en la que promovió estudios y potenció cátedras. Precisamente esta pasión por el estudio y la investigación le solucionará su estancia en Jaca, ciudad en la que se dedicó a escribir y publicar alegatos en defensa de la tradición y de los orígenes
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bohemios de santa Eurosia, a la vez que realizó algunas visitas por su diócesis intentando hacer presente el poder espiritual de la Iglesia diocesana. No es complicado entender que esos tiempos fueran buenos para desarrollar el culto a la santa patrona, adalid contra los hechizos y la posesión demoníaca, puesto que es el momento en el que la diócesis sufre un importante episodio de brujería que la convierte en punto de atención de la España de Felipe IV. El caso es que las sociedades del Barroco, temerosas ante lo que ocurre a su alrededor, mantienen una profunda religiosidad mezclada con restos de supersticiones que se plasman en hechizos, males de ojo y brujerías. El castigo divino, la venganza de las brujas, las burlas de los duendes y las peticiones de misas de los espíritus de los muertos son elementos que se hacen presentes en el vivir diario y que hacen intervenir a los tribunales que tienen que acabar con estas amenazas, muchas veces personificadas en mujeres de estatus bajo, mayores, solas, a las que se acaba culpando del mal generado, aunque no faltan los tribunales que les levantan años de destierro —como en los casos de algunas tensinas— atendiendo a su avanzada edad.414 Una abundante literatura popular, trasmitida de boca en boca en las largas veladas ante la chimenea, va construyendo relatos muy arraigados que hablan de cómo hay abuelas que se transforman en gato para dañar a los necesarios animales que custodian las cuadras o de cómo salen las brujas por la noche para asistir a los aquelarres que, según cuentan, tienen lugar en Ansó, en prados como los de Cenarbe, del valle del Aragón, o en la val de Tena, además de en espacios montañosos poco accesibles donde practican la latría diabólica. Junto a ellas hay magos, como el famoso Pedro de Arruebo, de Tramacastilla de Tena, que completan un cuadro de provocadores de acciones maléficas a las que se acaba buscando solución en procesiones como la de Yebra de Basa o la de Jaca, en la cercanía de santa Orosia, que tenía poderes para liberar poseídos o espiritadas. Y, por supuesto, en estos inicios del siglo XVII no faltaron tampoco los famosos y absurdos conocedores de brujas, falsos adivinos al fin y al cabo, que detectaban a las personas poseídas por el maligno incluso con un leve soplo y a los que documentamos en el valle de Broto (un tal Francisco Casabona) y en poblaciones tensinas como Panticosa o Búbal, donde se relacionan más de treinta y seis brujas a las que llevaron ante el párroco a fin de que fueran entregadas a la justicia y se evitaran males de ojo, posesiones y muertes.
414. Manuel Gómez de Valenzuela, Documentos del valle del Tena (siglo XVII), ed. cit., p. 20. El 15 de septiembre y el 13 de noviembre de 1611 (docs. 20 y 21) se les levanta la pena a dos mujeres que llevan años desterradas; es el caso de María del Val («atendido que sois vieja»), para que vuelva a su casa de Sandiniés.
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El proceso más grave relacionado con este problema se manifiesta entre 1637 y 1643 en el valle de Tena y durante el episcopado de fray Mauro de Villarroel, cuando dicen los documentos que «se experimentan cosas de tanto horror que pasmarán al más plático de la materia».415 Afectó a setenta y dos mujeres y se ha considerado como uno de los episodios de brujería más importantes de la historia europea. Fue una epidemia que surgió en Tramacastilla y Sandiniés y se propagó a Saqués, Piedrafita, Panticosa, El Pueyo de Jaca, Sallent, Villanúa y Jaca. Todos consideraron que detrás de ello estaban el labrador Pedro de Arruebo, de Lartosa, y sus cómplices el joven sastre Miguel Guillén y el gaitero Juan de Larrat, quienes dicen que endemoniaron a más de mil seiscientas personas, entre las que abundaron devotas de buena situación económica, a las que se les producía ceguera, sordera o convulsiones. Todos padecieron alteración del estado de ánimo, los analfabetos hablaban en latín, los más simples descubrían objetos, había desdobles bruscos de personalidad (prosopopesis), los demonios parlamentaban por las bocas de los poseídos, quienes expulsaban por la boca hechizos con clavos y pelos, e incluso se llegaron a elevar doscientas mujeres sentadas en bancos hasta las bóvedas de las iglesias del valle. No es inoportuno señalar que de todos los episodios, que los testigos veían como indiscutibles, solo cuestionan este último de la levitación de los bancos, que consideraban una patraña para adquirir prestigio ideada por el exorcista fray Luis de la Concepción.416 Un proceso en el que no quedaban fuera los franceses, elemento clave de todos los sucesos, pues hay menciones continuas a ellos, desde que se ven demonios vestidos como tales hasta que son los inductores de algunos hechizos. Eran muy habituales las denuncias de que los franceses entregaban hechizos y fórmulas mágicas en papelitos. A este respecto se nos explica, por ejemplo, que «un barbero francés le había dado unos papeles para alcanzar mujeres, y que esta persona […] se los havía quemado y los pedacitos que quedaron se los enseñó a dicha persona […], que los miró, y bio en ellos, cinco o seis líneas de letra francés que no entendió».417
415. Domingo J. Buesa Conde, Historia del Alto Aragón, ed. cit., pp. 244-247. Habla de este asunto por extenso el libro del abad pinatense Francisco Blasco de Lanuza Patrocinio de ángeles y combate de demonios, San Juan de la Peña Juan Nogués, 1652, en el que el autor cuenta lo que vivió cuando estaba precisamente de rector de la parroquia de Sandiniés. 416. Ángel Gari Lacruz, «La brujería en Aragón», en I Congreso de Aragón de Etnología y Antropología, Zaragoza, IFC, 1979, pp. 27-44, esp. pp. 37-40. 417. Idem, Brujería e Inquisición en el Alto Aragón en la primera mitad del siglo XVII, Zaragoza, DGA, 1991, pp. 263-300; para este documento, pp. 368-370. Se trata de la «Relación de Pedro Arruebo» (p. 369).
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El problema se convirtió en un asunto de gravedad y acabó interviniendo el gobernador de Aragón. Este informó al propio Felipe IV, quien decidió que subieran al valle el calificador del Santo Oficio Raimundo Sáenz y su secretario, Sebastián de Lezaún. Su estancia en el valle determinó que las mujeres eran posesas y que había que castigar a Pedro Arruebo, el mayor terrateniente del valle, al que, según decían los tensinos, «todos los demonios daban apellido de amo suyo». Sentenciado en Zaragoza a recibir doscientos azotes y a servir cinco años en galeras en alta mar, este apuesto noble montañés acabó reapareciendo en el valle sin que nadie se explicara cómo podía estar allí y condenado a galeras.418 Un complicado asunto que se agravó cuando el rey Felipe IV, ante las repercusiones de estos sucesos, ordenó subir al valle de Tena al inquisidor general de Aragón Bartolomé Guijarro y Carrillo, acompañado de su séquito, para investigar lo ocurrido. Tras dos meses de estancia murió el inquisidor sin que, a juicio de los médicos, hubiese una causa justificada. Por este motivo se pensó que su muerte se debía a un maleficio, y además en 1640 unas brujas declararon que el demonio «poseía un par de escarpines, calcetas, calzoncillos, una camisa» del difunto. El siguiente inquisidor, Alexandre de Lezaeta, entendió que la posesión era real y decidió pasar el caso al brazo secular. Desaparecida del valle la Inquisición, cambiados los párrocos y juzgados los supuestos brujos, la historia concluyó dejando un territorio destrozado y una economía empobrecida. Pero este episodio tensino se propagó a otras zonas de la diócesis, y sabemos que en 1644 la villa de Luna vivió un caso de posesión demoníaca protagonizado por una treintena de mujeres, solteras y pertenecientes a destacadas familias, incluso hermanas de algunos clérigos. Todas ellas, cuando los demonios hablaban por sus bocas, acusaban a Ana Pérez Duesca, cuyas circunstancias personales eran muy adecuadas para que fuera considerada culpable, pues era forastera, viuda y sola, con hijos pequeños, pobre y empleada en mil oficios que iban desde el de partera hasta el de encortadora de lobos.419 La agresión de la comunidad, que llega a acusarla de haber matado a su cuñado (por haberle dado huevos 418. Ángel Gari Lacruz, Brujería e Inquisición en el Alto Aragón en la primera mitad del siglo XVII, ed. cit., pp. 263-300. Son curiosas las denuncias que se le hacen a Pedro de Arruebo, al que se le considera «hechicero, encantador, supersticioso y que tenía pacto expreso con el Demonio», tales como que «si le han dado la bebida de las siete yerbas, no curará en su vida», que «pasando cierta niña… y le pasó la mano por la cabeza y al punto le dio en ella gran dolor… por la Pascua de Resurrección se llegó a conocer estava espiritada», o que «este reo fue con otra persona una noche de San Juan a coger una hierba que llaman falaguera, para diferentes hechizos y maleficios… porque haciendo un conjuro este Reo antes de cogerla para este fin, se levantó una grande borrasca» (pp. 286-290). 419. Ángel Gari Lacruz, «La brujería en Aragón», est. cit., pp. 40-41.
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cocidos), es brutal, por lo que se convierte en chivo expiatorio y los responsables inquisitoriales deciden desterrarla para cerrar un capítulo que no ven claro. Estamos en un paisaje agrícola en el que todo tiene cabida; incluso se llegaron a celebrar misas satánicas a lo largo del siglo con el fin de invocar la presencia del demonio, como las que organiza Pascual Clemente en Embún en 1609 o las que celebra el clérigo nigromante Jerónimo de Liébana en las Cinco Villas en torno a 1621. Concluía así la histeria colectiva y volvían todos a atender los mecanismos que aseguraban el control del maligno, después de padecer la grave peste bubónica de 1648, que acabó llegando a la ciudad con los ganados trashumantes en 1654 y le hizo perder casi la mitad de su población, razón por la que se retomó la búsqueda de la protección de la santa. Esta eclosión del fervor orosiano lo heredó el obispo Bartolomé de Fontcalda (16531671), un agustino zaragozano que también había estado muy unido a la docencia en la Universidad cesaraugustana. La circunstancia de estar ocho años en las tierras jacetanas le permitió poner en marcha cierta actividad pastoral, preocupándose por los clérigos que atendían a las poblaciones y empeñándose en la modernización de un cabildo que no respondía ya a las necesidades de una nueva sociedad. El hecho de que nombrara cuatro dignidades —de las ocho que componían el cabildo el 4 de marzo de 1661— le ayudó a gestionar con mano firme la diócesis y acometer más reformas, que se plasmaron en un sínodo diocesano —celebrado en 1652— que redactó las interesantes Constituciones sinodales del obispo Fontcalda, en cuyos mandatos se dictan preceptos sobre la acción de los párrocos, la administración de los sacramentos y el decoro del culto divino en sus ciento ochenta y siete pueblos, que contaban con solo ciento quince beneficios curados, ochenta y ocho rectores, veintiséis vicarios y el presidente de la colegiata de Siresa.420 La marcha de este obispo a Huesca, apoyado por la reina María Teresa de Austria, entrega el gobierno diocesano de Jaca a otro agustino zaragozano, fray Andrés Aznar Naves (1672-1673), para quien el cargo fue solamente una garantía para seguir trabajando en el estudio de santo Tomás de Villanueva, un agustino valenciano que sería canonizado por Alejandro VII en noviembre de 1658 y cuyo proceso había organizado este obispo. Fray Andrés 420. En la visita de 1610 eran ciento veinte, con lo cual había descendido un poco el número. Juan José Polo Rubio, Fray Andrés Aznar Naves (1612-1682), obispo de Alguer, Jaca y Teruel, Madrid, Revista Agustiniana, 1996, pp. 45-49. En tiempos de este obispo la ciudad de Jaca estaba rodeada por las ermitas del Rosario, la Victoria, Ypas, la Cueva, San Gregorio, San Miguel de Abós, San Miguel del Puente, San Juan Bautista, San Marcos Evangelista, San Esteban, San Andrés, San Cristóbal y San Salvador.
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se ocupó de que lo ascendieran y lo trasladaran. Para ello, siempre que podía consolidaba su fama como predicador cuaresmal en la catedral, en la que impartió abundantes sermones «por ser sujeto de muchas letras». Lo curioso fue que este obispo, que siempre quiso marcharse, acabó pasando sus últimas Navidades (las de 1673) en el palacio de Jaca, mientras que su sucesor, José de Santolaria (1673-1674), que tanto deseaba llegar, murió sin tomar posesión, por causa de los achaques y la enfermedad del papa Clemente X, el día 6 de enero de 1674. Se abrieron así tres años de interinidad en la sede de Jaca, hasta la llegada del obispo Bernardo Mateo Sánchez del Castellar (1677-1682), un turolense que fue prior del Pilar y que pasó a la historia de los sínodos jacetanos convocando uno de ellos.421 Un sínodo que completó el nuevo obispo, el cartujo Miguel Lorenzo de Frías (1683-1704), en octubre de 1683, al mismo tiempo que dedicaba su tiempo a visitar sus pueblos, predicar a sus feligreses y ganarse un profundo respeto por su frugalidad y su austeridad. La llegada del obispo Frías coincidió con el anuncio de un nuevo mundo que estaba saliendo de la crisis de los últimos reinados de los Austrias, en un momento en el que estas tierras estaban superando la peste de 1651 —que llegó en 1654 a Jaca («donde no hay casa a donde no haya entrado el achaque, que se ha ausentado la mayor parte de los vecinos que quedaban»)—,422 pero que volverán a padecer las hambres de las crisis climatológicas de finales del siglo. Un territorio sobre el que caen también las graves consecuencias de las plagas de langosta a finales del XVII, hasta tal nivel que provocan el nacimiento de votos de romerías a ermitas como Nuestra Señora del Solano, en el Serrablo de 1685. El gobierno del nuevo obispo es un punto y aparte en lo que se ha vivido hasta la fecha, sobre todo por la especial concepción de su papel como padre cercano y familiar que tuvo. Se conocen muchos extremos de esta acción gracias a la oración fúnebre prounciada en la catedral a su muerte, el día 23 de agosto de 1704, por el rector Orencio Bergua de Yebra. En su alabanza recuerda cómo, apoyando su costumbre de dar comidas a los necesitados, decía que «la grandeza de los obispos consiste en dar limosna y sustentar mucho a los pobres». Y entre sus menciones no se escapa la referencia a la pobreza y la sencillez con la que vivía este cartujo nacido en el
421. ADJaca, caja 174, apéndice Constituciones sinodales de Bernardo Mateo, impreso en 1678, sobre el Sínodo de Jaca de 1677. 422. Jesús Maiso González, «Noticias de la peste de Zaragoza de 1652», separata facticia de Estudios del Departamento de Historia Moderna, Zaragoza, Universidad de Zaragoza, 1973, p. 17. La peste llega con los rebaños trashumantes.
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lugar diocesano de Ejea de los Caballeros: seis sillas negras, una mesa desnuda, unas tablas en su lecho, un reclinatorio, un brasero de madera, una estera y unas pequeñas estampas de papel.423 A sus setenta y cinco años de edad, dejando una estela de afectos enormes, desaparecía el último obispo barroco de Jaca. La ciudad estaba ya empeñada en defender la candidatura de Felipe V en la guerra de la Sucesión y el mundo se estaba abriendo a la Ilustración. Atrás quedaban, como recuerdos muy lejanos, cientos de sucesos de una espiritualidad angustiada que buscaba salidas a la tragedia del vivir diario. Y algunas historias incluso se olvidaban, como el suceso del labrador de Berdún Domingo Sangorrín, que estaba seguro de que «se le había aparecido en cierta ocaxión en el campo la madre de Dios del Pilar, entre grande resplandor y le había dicho tres beces: hijo sedme muy devoto y idme a visitar a mi Santa Casa y id a curar por el mundo».424 En este mundo de fuerte protagonismo mariano, en los diferentes lugares del obispado se han ido creando desde finales del Barroco instituciones comprometidas con la Inmaculada, provocando incluso el cambio de orientación de antiguas cofradías vinculadas con la Virgen, y especialmente con esa devoción del Rosario que se generalizó al aplicar la reforma trentina, muy vinculada a los dominicos presentes en varias fundaciones de la diócesis. Ejemplo de ese voto inmaculista, en versión absolutamente rural, es el caso de los hermanos de la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario de Sabiñánigo, quienes, reunidos el 25 de mayo de 1783 para acometer la reordenación de sus estatutos y sus libros, disponen que —a partir de ese momento— sea compromiso de todos «confesar y defender el Misterio de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora la Virgen Maria, y que deverá hazer cualesquiera que se haya recibido por Hermano, o, Hermana de esta Cofradía; sabiendo que así lo ejecutan en honra de tan soberano y dulce Misterio las más graves y devotas Cofradías de los Católicos».425 Un compromiso que se acompaña de la obligación de celebrar todas las fiestas marianas con procesiones en las que «los Hermanos y Hermanas de esta Cofradía, hayan de llevar cada uno una candela encendida de la Cofradía y su Rosario en la mano».
423. Llanto universal de la montaña, sentidos ayes y tristes balidos de sus ovejas, por la muerte de su venerable y exemplar pastor el Ilmo. y Rvdo. señor don Miguel Lorenzo de Frías y Espinel, obispo de Jaca, Zaragoza, Diego Larumbe, 1704. 424. Ángel Gari Lacruz, Brujería e Inquisición en el Alto Aragón en la primera mitad del siglo XVII, ed. cit., pp. 407-409, ap. 42, «Relación de causa de Domingo Sangorrín». 425. Federico Díez Arranz, «La Hermandad del Rosario de Sabiñánigo: escolios», Serrablo, 119 (2001), pp. 21-24.
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LA APUESTA POR LA EDUCACIÓN: EL SEMINARIO
Está claro que la fundación de los seminarios eclesiásticos es voluntad firme del Concilio de Trento, que considera importante el que los obispos asuman directamente la formación de sus sacerdotes, que en el día a día se repartían por escuelas monacales y centros jesuíticos principalmente, aunque sabemos que en el mundo bajomedieval algunos canónigos acababan estudiando Teología o Cánones en alguna universidad extranjera.426 Pero igualmente sabemos que la inauguración del seminario de Jaca tardará muchos años, por lo cual es importante que se valoren tanto la preocupación existente por hacerlo realidad como los intentos de poner en marcha espacios de estudio y formación para los futuros sacerdotes. Como fondo de todo ello, la absoluta necesidad de mejorar la instrucción del clero para asegurar el exacto cumplimiento de las disposiciones emanadas del papado, para desterrar viejas prácticas que no estaban de acuerdo con el espíritu cristiano y que habían nacido más de la ignorancia que de la maldad, y especialmente para lograr que el representante de la Iglesia se convirtiera en una persona formada moralmente y con los suficientes conocimientos científicos para poder ser, conservando su dimensión pastoral, un motor de progreso y de mejora de las comunidades perdidas en una geografía muy difícil y aislada del mundo. En esos momentos solo una élite del clero podía seguir los cursos universitarios; de ahí que hubiera dos bloques muy definidos: por un lado, una minoría ilustrada, y, por otro, una gran mayoría con escasa instrucción, parte esta a la que las disposiciones trentinas quieren hacer estudiar en seminarios concebidos sin demasiadas exigencias intelectuales y en los que se aprenderá un poco de Gramática, algunos cursos de Moral y Teología y unas bases de Canto y Ceremonial, además de lo necesario de Sagrada Escritura. 426. Antonio Durán Gudiol, Historia del seminario de Huesca (1580-1980), Huesca, Diócesis de Huesca, 1982, pp. 22-25.
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En la diócesis jacetana, un amplio paisaje poco humanizado lleno de enclaves perdidos en un complejo y mal comunicado territorio, es evidente que este espíritu reformador se vive con más intensidad. Desde el momento en que la diócesis vuelve a tener personalidad propia se detecta la preocupación real de sus obispos por la preparación de su clero, por la formación de las personas que tendrán que hacer frente a grandes problemas: la implantación de la nueva religiosidad trentina, la corrección de viejas pervivencias mágicas y la habilitación de los clérigos como dinamizadores de una sociedad sumida en la pobreza y con pocos recursos, muy castigada por la climatología y las plagas. Todo ello, al final, lo lograrán ampliamente, y producirán —quizás sin buscarlo— la aparición de una importante nómina de clérigos que contribuirían no solo a la promoción del territorio, sino también al avance de las ciencias y de su estudio como forma de vincular al habitante con un pasado común que debe defenderse. Pero la complejidad del territorio y la inmovilidad de su dispersa sociedad provocarán que esta pasión por la historia aragonesa y por la cultura en general cause algunos problemas con los representantes del Tribunal de la Inquisición, guiados, la mayor parte de las veces, por la intolerancia que genera la incultura. Como ejemplo de esos sucesos podemos aportar quizás uno de ellos por lo gráfico y lo curioso que resulta, el que nos habla de cómo mosén Pedro de Oto, rector de Yosa de Broto, denuncia en 1577 a un familiar del Santo Oficio «por mal cristiano y por perseguidor de clérigos», después de que se levantara, mientras el sacerdote estaba predicando, para decirle: «juro a tal que soy mejor hombre que vos y no entendéis lo que decís más que la cola de mi perrico curto».427 No es extraño que muchos clérigos, ante la abundancia de estas situaciones, se preocuparan incluso de abrir escuelas para los niños, desde las que se podía hacer una buena labor para evitar estas barbaridades. El abad de San Juan de la Peña fray Francisco Blasco de Lanuza determinó en 1664 dejar una cantidad para «conducir y salariar maestro de gramática para la enseñanza y educación de los hijos de Sallén como también para los extraños y forasteros», encomienda que todos los del lugar ponen en manos de mosén Tomás Arruebo, al que consideran «persona más abta, inteligente y 427. Domingo J. Buesa Conde, «La historia del mosén altoaragonés», en Mosén: historias de curas en el Pirineo aragonés, Jaca, Pirineum, 2000, pp. 309-344; la cita, en p. 314. Es notoria la pasión del clero jacetano por los libros, descontando los que poseían obispos como Juan de Aragón y Navarra († 1526) o Pedro del Frago († 1577), monasterios como el de San Juan de la Peña o rectores parroquiales como el racionero de Ansó Domingo de Ornat († 1639), que tenía una notable biblioteca, incluso con libros de teología italianos, entre otros muchos cuyos testamentos nos confirman la existencia de estas pequeñas pero importantes colecciones.
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adbertida» y en el que concurren todas las «prendas, virtud, ejemplo y sosiego» que se necesitan. De la misma manera, el arcipreste de Lanuza mosén Martín Valient constituyó en 1696 una fundación para sostener a un maestro que «se aplicara a la enseñanza y educación de los hijos del lugar de Lanuza en tener escuela y magisterio para enseñarles a leer, escribir y contar y en los primeros rudimentos de la explicación de la doctrina cristiana y misterios de la Santa Fe y guiarlos con las luces necesarias para tener las noticias que se requiere para la salbación de sus almas y darles el pasto espiritual que se requiere para lograr estos fines».428 Si esto ocurría en multitud de pueblos de la diócesis, en la capital era evidente que los esfuerzos eran mayores. Por eso, fracasadas las negociaciones para establecer un colegio de jesuitas en la ciudad de Jaca,429 en el año 1587, aunque el cabildo estaba dispuesto a entregarles a ellos el salario que le pagaba al maestro de Gramática, era necesario acometer el problema de la formación en la diócesis. Con esta preocupación de fondo, en 1610 el testamento de Martín Bandrés, baile de la ciudad de Jaca, disponía la creación del colegio de Santa Orosia de Jaca,430 un colegio para los pobres y los deudos del fundador que se estableció en la propia casa del regidor y sobre cuya puerta se grabó el título de seminario, debido a que en sus aulas estudiaban los aspirantes a formar parte del clero diocesano. La atracción de la Universidad Sertoriana de Huesca consiguió que este «seminario y colegio» acabara trasladándose a la ciudad de Huesca en 1634, reordenando su gestión diaria, de tal manera que en 1658 se establecieron los nuevos estatutos del colegio de Santa Orosia.431 En las aulas de este colegio se formaron importantes clérigos y pensadores de la España de los siglos XVII y XVIII, centuria esta última en la que estudia en el colegio orosiano un ilustre jacetano, el doctor en Leyes y Cánones Simón de Casaviella y López del
428. Manuel Gómez de Valenzuela, Documentos del valle del Tena (siglo XVII ), ed. cit., docs. 128-129 (1669) y 158 (1698). 429. Ramón de Huesca, Teatro histórico de las Iglesias del Reino de Aragón, t. VIII: De la santa Iglesia de Jaca, ed. cit., p. 319. 430. AMJaca, caja 22, libro de legados, 1691. Domingo J. Buesa Conde, «En torno a la Jaca del ayer. El Colegio Real de Santa Orosia», Jacetania, 82 (1979), s. p. 431. AMJaca, caja 117. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: dos mil años de historia, ed. cit., pp. 249-251. Tenía cuatro colegiales, un familiar y un cocinero denominado «ministro de la cocina». Los colegiales llevaban hábito de «paño burriel fino» con mangas de bayeta negra y «bonetes negros». En 1719 el rey Felipe V, preocupado por la grave situación que atravesaba la fundación, decidió nombrar como responsables del colegio al obispo de Jaca y al canónigo arcediano de Gorga Blas Torrejón y Lasala, antiguo inquisidor de Aragón que había escrito un famoso libro titulado Avisos importantes a toda la juventud y a los que siguen la profesión militar. El 14 de enero de 1722 el monarca le concedió el título de colegio real.
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Castillo,432 nacido el 28 de octubre de 1732, que llegará a ser nombrado obispo de Tudela (1797-1816). La ciudad avanza durante la modernidad con auténtica escasez de maestros que atiendan la formación de sus gentes, de modo que es necesario que viajen a Huesca todos aquellos que quieran profundizar en el conocimiento y asistir a una enseñanza reglada. El viejo seminario y colegio de la calle Ferrenal pasa a ser mera historia cuando entramos en el siglo XVIII, el siglo de la Ilustración, y vamos a ver cómo los obispos que llegan a Jaca intentarán poner todos los medios para sacar adelante fundaciones que se encarguen de la educación y la formación. De una de ellas nos hablan los documentos diocesanos modernos, de la creación de un posible seminario de Nuestra Señora de la Victoria en la propia ermita de la ciudad, en el espacio que a finales del siglo XVI habían ocupado los carmelitas a su llegada a Jaca.433 Todo este interés de los obispos viene condicionado por la complejidad del aprendizaje de los futuros sacerdotes: Latín en las Escuelas Pías, Filosofía en el convento de Santo Domingo y Teología en el de los franciscanos. Pero todo ello hasta el proceso de la exclaustración, que volvió a imponer la necesidad de recuperar la vieja casona del colegio sacerdotal y enseñar en él Teología Moral. Todos estos problemas provocan que se vea más necesaria la fundación del seminario y que haya jacetanos que quieran, por encima de los problemas de escasez de rentas y de los enfrentamientos entre cabildo y obispo, intentar formar con solidez a los futuros eclesiásticos, tanto desde el punto de vista intelectual como desde el espiritual, puesto que —en función de lo que había— muchos se ordenaban con escasos conocimientos de latín, breves nociones de doctrina cristiana y una muy superficial práctica en la administración episcopal. Estos asuntos, de profundo calado, serán introducidos en el Concordato de 1737434 y en un posterior breve de Benedicto XIV fechado en 1740 que constituirá una decidida exhortación a los obispos a ocuparse de la formación de esa juventud que aspiraba a formar parte del sacerdocio. En 1734 llega a Jaca el obispo Nogués, con el que se dará un paso muy importante en esta materia, máxime cuando el propio obispo había sido educado en las aulas de los padres escolapios. El 30 de junio de 1735 se firma la escritura de fundación del colegio de los escolapios de Jaca, tarea en la que actúan como impulsores el obispado y el Concejo —con su decidido alcalde 432. Santiago Broto Aparicio, «Jaca: los hermanos Simón y Antonio de Casaviella y López del Castillo», Diario del Alto Aragón, Cuadernos Altoaragoneses, 31 de julio de 2011. 433. Felipe García Dueñas, «La diócesis de Jaca», en Comarca de la Jacetania, Zaragoza, DGA, 2004, pp. 107-110, esp. pp. 108-109. 434. Novísima recopilación de las leyes de España mandada formar por el señor don Carlos IV, Madrid, Imp. de Sancha, 1805, libro I, tít. XI, pp. 92-96.
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mayor el doctor Ripa— y en la que dan su beneplácito los dominicos, los franciscanos, los carmelitas descalzos y el propio cabildo. No falta ningún apoyo, ni siquiera el del único maestro de Gramática de la ciudad, el licenciado Antonio Rey, al que se le reservaron su clase y sus emolumentos mientras viviese. El nuevo colegio tendrá dos sacerdotes que atiendan las primeras letras y dos que se ocupen de enseñar Gramática más un lector de Filosofía y un sustituto, a los cuales corresponderá asumir la responsabilidad de traer el saber a estas tierras. Los responsables de Aragón escribieron al rey pidiéndole que autorice el colegio «por el gran provecho y beneficio público que reportaban a la población, más al ser el país pobre y montañoso, por lo que no contaba ninguna otra religión obligada a la enseñanza».435 Además, la presencia en la ciudad del prelado Ramón Nogués (17341738) aporta a la diócesis una notable preocupación por la formación del clero, pues, considerando necesario «probar la vocación de los que aspiraban al sacerdocio, a este fin los enviaba al Seminario Sacerdotal de Nuestra Señora de la Abella en el Obispado de Barbastro por no haberlo en Jaca, y no los ordenaba sin estar allí quatro meses por lo menos, algunos seis, y otros un año». El texto del padre Huesca436 —que coincide con la documentación conservada pero no en cuanto al obispo al que le adjudica la fundación— nos viene bien para conocer el momento de la fundación del seminario episcopal de Jaca, que ocurre hacia 1737, durante el obispado de Nogués.437 El tema se retoma cuando el obispo Juan Domingo Manzano de Carvajal (1739-1750) decide crear el seminario sacerdotal del Dulcísimo Corazón de Jesús en unos edificios de la zona posterior de su palacio episcopal.438 Detrás 435. Archivo Provincial de las Escuelas Pías de Aragón, caja 2B, legajo II, Fundación Escolapia de Jaca. Dionisio Cueva González, Las Escuelas Pías de Aragón (1767-1901), Zaragoza, Gobierno de Aragón, 1999), pp. 93-95. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: dos mil años de historia, ed. cit., p. 316. 436. Teatro histórico de las Iglesias del Reino de Aragón, t. VIII: De la santa Iglesia de Jaca, ed. cit., p. 196. 437. ADJaca, caja 183, leg. 13, Copia del documento de fundación del seminario por el obispo Ramón Nogués en 1737. La copia es de 1842 y la hizo el archivero episcopal Benito Garrido, secretario de cámara. En ese mismo legajo se documentan donaciones de algunas casas para el seminario en el testamento del rector de Ipas (1717), cesiones en el caso del de Sobás (1753) y aportaciones de algunos mercaderes de Jaca. El legajo 14 conserva Documentación sobre propiedades que acabaron en poder del seminario, y en el 13 se conserva un Cuaderno del gasto diario del seminario de 1808-1809. 438. ADJaca, caja 552, Libro de la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús del seminario episcopal, 1740. Nos quedan libros de fundaciones y cuentas de 1740 a 1803, entre los que están el libro antes citado y el Libro del gobierno con las conferencias morales establecidas y ordenadas para el clero en el seminario episcopal. En la misma caja 552 se guardan los documentos de la fundación, en 1749, de la «Santa Escuela de María y Congregación de la Buena Muerte con el glorioso nombre del Sagrado Corazón de María», erigida el 26 de febrero de 1749 en el seminario.
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de esta operación hay que reconocer el celo infatigable del canónigo Francisco Torrejón, arcediano de Guarga, que aportó el dinero necesario para ponerla en marcha y fue el instigador de que el prelado escribiese al clero diocesano planteándole que era necesario que contribuyera con «sus limosnas a tan útil establecimiento». El seminario será una fundación querida por los obispos del siglo XVIII, interesados en el mundo de la cultura, que intentarán —no obstante la pobreza de la diócesis— que haya rentas para mantener abiertas sus aulas.439 Además, ellos mismos participarán activamente en otro proyecto ilustrado de gran importancia: la creación, en 1783, de la Sociedad Económica de Amigos del País de la Ciudad de Jaca y sus Montañas,440 de cuyos socios más de la mitad eran eclesiásticos. El propio director era el obispo fray Julián de Gascuña, seguido por el deán Miguel de Sas como segundo responsable y por muchos canónigos como miembros de su junta directiva. La puesta en marcha de la sociedad reportaría grandes beneficios a estas montañas, y muchos de estos avances fueron apoyados por los cuarenta párrocos que solicitaron su ingreso como socios de esta institución típica de la Ilustración. Beneficios que alcanzaron rasgos de notable generosidad, como el que protagonizó el canónigo Antonio Casaviella, quien, dentro de la preocupación de la sociedad por promover y modernizar la ganadería, regaló seis vacas de buena casta para que se entregaran a labradores —a medias o en aparcería—, al mismo tiempo que ponía su importante librería al servicio de los socios mientras la Económica no pudiera ir haciendo su propia biblioteca. En este momento Jaca será punto de nacimiento de importantes clérigos cuya influencia llegará a espacios tan alejados como los de la medicina. Así, por ejemplo, los buenos trabajos de fray Agustín Domec, un hijo de Centenero que dicen que había sido educado en el convento mercedario de Nuestra Señora del Pilar y que publicó su Dissertación phýsico-chímica mecánico-médica en Zaragoza en 1750, le confirmaron como un reputado médico en el convento de San Lázaro de esa ciudad, en cuyas estancias llegó a crear una rica biblioteca de temas médicos antes de su muerte en 1770. Y, por mencionar a un artista, conviene citar a fray Aniceto de Aísa, un dominico originario de la diócesis que publicó un Tratado arquitectónico 439. ADJaca, caja 552, Libro de fundaciones y cuentas del seminario episcopal (1740-1823). 440. Carlos E. Corona Baratech, «La Sociedad Económica de Amigos del País de la Ciudad de Jaca y sus Montañas», Boletín de Documentación del Fondo para la Investigación Económica y Social, IX, fasc. 1.º (enero-marzo de 1977), pp. 35-46. Paula de Demerson y Jorge Demerson, «La Real Sociedad Económica de Jaca y sus Montañas (datos para su historia)», Argensola 86 (1978), pp. 359-380.
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(Zaragoza, 1691) y que fue uno de los responsables de la reforma del templo zaragozano de San Ildefonso.441 En una ciudad que camina hacia los tres mil habitantes, el mundo del clero se convierte en la mejor referencia cultural de los avances científicos y filosóficos de la Europa del momento, mientras la diócesis pone especial interés en mantener un cierto nivel en el seminario episcopal, que en 1757 pasará a ser seminario conciliar. Ese interés por la formación del clero será mucho mayor después de que la expulsión de la Compañía de Jesús (1767) provoque la necesidad de readaptar todos los estudios y sus contenidos. Los seminarios conciliares toman el relevo en ese momento y van a inaugurar una segunda época arropados por la protección real, que los convierte en pequeños centros universitarios que desatan las iras de las universidades cercanas, en este caso de la Sertoriana de Huesca. Los obispos se mueven para buscar apoyos con los que mejorar la vieja casa del canónigo Torrejón,442 en la que malviven algunos de los futuros sacerdotes, pero poco pueden hacer dada la terrible situación que se vive con la guerra de la Independencia y todas las secuelas que produce. En 1851 se firma un concordato por el que se iguala la enseñanza de todos los obispados y se dota a los seminarios con la cantidad de 90 000 reales anuales. Y esta cobertura del Estado permite al obispo Miguel García Cuesta (1848-1851) tomar la decisión de convertir el viejo colegio o seminario sacerdotal fundado por el arcediano de Gorga en seminario conciliar. Detrás de esta decisión está la importante personalidad cultural de este prelado, que había estudiado en el seminario conciliar de Salamanca, del que fue catedrático de Griego y rector desde 1840, y ocupó las cátedras de Instituciones Filosóficas y de Griego en la propia Universidad de Salamanca,443 y que además en 1864 dirigió a la reina Isabel II un importante texto sobre los estudios en los seminarios.444
441. Jesús Conte Oliveros, Personajes y escritores de Huesca y provincia, ed. cit., pp. 82 y 18 respectivamente. 442. ACJaca, pergamino 423, serie F30, Roma, 15 de julio de 1818 (quizás de 1815), bula del papa Pío VII en la que concede una pensión de 17 000 reales de vellón al seminario conciliar de Jaca. ADJaca, caja 552, año 1803, Libro de fundaciones y cuentas del seminario episcopal (1740-1823). 443. Domingo J. Buesa Conde, «Episcopologio de Jaca», art. cit., pp. 120-121. Fue considerado como «uno de los hombres más eminentes que tuvo España en el siglo XIX». Concluyó su vida como cardenal a partir de 1861, por voluntad del papa Pío IX, y con el título de obispo de Santa Prisca, cuando ya era arzobispo de Santiago de Compostela. 444. Este obispo en su entronización publicó su Carta pastoral del ilustrísimo señor D. Miguel García Cuesta, obispo de Jaca, al clero y pueblo de su diócesis, Zaragoza, Imp. de Cristóbal y José María Magallón, 1848, en la que alentaba la obra de la educación del clero jacetano.
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El día 20 de octubre se procede a la apertura y el obispo García Cuesta, que preside el acto aunque ya está preconizado como arzobispo de Santiago de Compostela, impone veinte becas a unos alumnos que las van a exhibir por la ciudad sobre su manto talar de paño verde y un bonete de paño negro. Pero todavía no hay un edificio propio y se usa el viejo de la fundación del canónigo Torrejón, porque los obispos están inmersos en el largo proceso de economizar dinero para poder construir el edificio.445 A las gestiones de Miguel García Cuesta les suceden las de Juan José Biec Belío hasta que llega el nuevo obispo, Pedro Lucas Asensio y Pobes, quien va a tomar las decisiones pertinentes, incluso la de asumir un empréstito de 11 000 duros que dejó pagado a su muerte, puesto que este es un tema que le agrada por haber sido catedrático y vicerrector del seminario de Murcia. El vicario capitular Narciso Ena ya había comenzado las obras con permiso del obispo electo, y trece días después de su ordenación, el 24 de abril de 1858, se colocó la primera piedra del seminario en el solar número 2 de la calle del Carmen, adquirido al conde de Berbedel. La construcción se encargó con arreglo a unos planos hechos por José Segura, maestro de obras en la vecina Sangüesa. Veinte meses después, el 21 de enero de 1860, el nuevo edificio ya estaba concluido, con sus espaciosos cuartos para los seminaristas y la gran iglesia dedicada a la Purísima Concepción.446 El día 22 de enero comenzó el traslado de los seminaristas, al mismo tiempo que se organizaba un solemne acto de apertura que contó con un importante y extenso discurso del obispo Asensio y Pobes.447 La inauguración del nuevo edificio, en palabras del propio obispo, significa el paso de una casa pequeña («el antiguo edificio era pequeño y lóbrego») a «grandes departamentos, sala de estudio, de grados, enfermería,
445. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: dos mil años de historia, ed. cit., pp. 379-385. 446. Rafael Leante y García, Culto a María en la diócesis de Jaca, Zaragoza, Gobierno de Aragón, 1997, pp. 47-62, hace un extenso relato de la puesta en marcha del seminario de Jaca y describe la iglesia, dedicada en el altar mayor a la Purísima y en los colaterales a san Luis Gonzaga y San José, con tres retablos pintados por el zaragozano Mariano Pescador y presididos por un lienzo central de Antonio Capdevila y dos laterales de Luis García, pintor murciano que es el autor de obras como el santo Cristo de la sacristía de la ermita del Rosario de Guasa. 447. Ibidem, pp. 53-62. Comienza diciendo: «Ya tenemos edificio hermoso para Seminario Conciliar. Un sagrado y proporcionado taller en donde se formen los dispensadores de los divinos misterios; un templo para la educación moral y científica de los Samuelitos del Señor; la cuna en que se mecerán juntas la ciencia y la virtud; el jardín en el que crecerán las plantas para dar frutos saludables en su tiempo; la escuela en la que se adiestrarán los llamados por Dios para pelear las batallas del Señor; en una palabra: la cátedra en la que se amaestrarán el corazón y la inteligencia de los evangelizadores de la paz y salvadores de los pueblos. Sí, amados míos, hemos logrado lo que tanta falta hacía y tanto deseábamos».
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espaciosas cátedras, grande refectorio, galerías, pasillos, en una palabra, cuanto reclama un establecimiento de este género». Y significa también el poder poner en manos de los futuros sacerdotes los recursos necesarios para que alcancen una buena formación, todo ello con el sacrificio de todos y con un esfuerzo económico de la diócesis entera, razón por la cual el obispo les pide a los seminaristas: «no defraudéis estas nuestras esperanzas […]. Ved lo que hacéis: mirad que costáis mucho. No sea en vano el sacrificio: no se diga ut quid perditio haec». En el mismo acto de la inauguración, al que asisten los representantes y el pueblo de Jaca junto al cabildo catedral y a los cargos militares de la plaza, el penitenciario catedralicio Vicente Lacambra presentó su dimisión como director del seminario de manera irrevocable, y nadie, aunque había sido modélica su actuación durante la construcción, pudo hacerle desistir. Comenzaba una nueva etapa que concluiría en 1924, cuando un gran incendio convirtió en ruinas los espacios en los que se habían formado generaciones y generaciones de clérigos diocesanos. En esos años muchos jóvenes alcanzaron la preparación para poder ingresar en el clero jacetano, pero fueron cientos los que comenzaron a estudiar en el seminario de Jaca y acabaron su vida en otras tareas para las que resultaron muy importantes sus años de formación en esa institución, que fue una de las preocupaciones episcopales más notables a la hora de distribuir su escasa economía.448
448. ADJaca, caja 78, 1842, Libro de fincas que tiene el seminario de Jaca y que se ordenó abrir en la santa visita que realizó el obispo Algüero; caja 183, siglo XIX, Fondos económicos del seminario.
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LA CAPILLA DE MÚSICA DE LA CATEDRAL
A lo largo de la Edad Moderna la catedral había tenido un especial interés por mantener un alto nivel en el acompañamiento musical de las celebraciones litúrgicas. Para ello, desde antaño se había preocupado de poseer un importante órgano cuyos sonidos ya inundaban las naves del templo en los inicios del Renacimiento, desde que fuera obrado por el maestro Juan de Orna en torno a 1500, y hasta el episcopado del obispo Mateo Foncillas. Precisamente será este obispo quien a principios del siglo XVIII decidió reformarlo, para lo que encargó la obra al franciscano fray Domingo de Aguirre y a su sobrino José de Alzúa, que la ejecutaron en 1706. Un órgano que en 1859, siglo y medio después, sería ampliado por el maestro organista Hermenegildo Gómez de Tafalla.449 Además de constatar su preocupación por contar con un buen órgano en la catedral, el cabildo consideró que era imprescindible tener un gran músico que se hiciera cargo de él, decisión que podemos documentar desde el siglo XVI, con figuras como los maestros José Lafuente o Francisco Viñas, personajes claves en la edad de oro de la escuela polifónica aragonesa, y completar con la existencia en el siglo XVII de figuras tan notables como la del cheso Sebastián Alfonso, que estuvo al frente de la capilla de música de la catedral (16561687) y del que nos quedan importantes villancicos polifónicos.450 Después de todos estos avatares en el mundo moderno, una de las claves para entender la apuesta del cabildo jacetano en un mundo apasionado por
449. Para la obra de 1500 véase AMJaca, caja 93, Libro de algunas cosas dignas de memoria […] fecho por Miguel de Sanmartín, f. 21. Rafael Leante y García, Culto a María en la diócesis de Jaca, ed. cit., p. 24, nos apunta que el órgano de 1859 costó 41 000 reales y que la reforma fue aprobada por el maestro de capilla Ciriaco Giménez y Hugalde, pamplonés que acabaría sus días como maestro de capilla en la catedral de Toledo. 450. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: dos mil años de historia, ed. cit., pp. 287-288. Juan José Carreras López, «La música», en Los aragoneses, Madrid, Istmo, 1977, pp. 453-477, esp. pp. 465-466.
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la ilustración y la cultura es su interés por mantener una notable capilla de música, a la que se preocuparon de incorporar músicos muy bien preparados. Esta capilla fue la única posibilidad que tuvieron las gentes de Jaca de oír las cosas que estaban sonando en el mundo en aquellos momentos.451 Estaba compuesta por un maestro de capilla, un organista, un contralto, un bajón, un tenor y cuatro niños de coro —a los que normalmente se les conocía como escolanos— más dos sochantres responsables del canto llano, en su condición de directores del coro o, en todo caso, de instructores de los niños. Además, no podemos olvidar que muchas de las provisiones de capellanías incluyeron a antiguos miembros de esta capilla e incluso a niños a los que les había cambiado la voz y que no podían ser mantenidos en la propia capilla de música. En consecuencia, la música en la catedral está en manos de los maestros de capilla, que incorporan al patrimonio documental de la institución tanto partituras originales, obras suyas, como otras que han comprado o han hecho copiar para ellos en la catedral de Zaragoza, con la que mantendrán una gran relación para solicitarle partituras y para enviar a ella a personas que quieran introducir en el tema de la música.452 La andadura en los tiempos modernos de esta institución catedralicia la inicia el maestro de capilla Miguel de Ambiela, un zaragozano formado con el famoso organista Pablo Bruna, el Ciego de Daroca, que abandonó Jaca en el año 1700, tras aprobar las duras oposiciones a la canonjía del Pilar de Zaragoza, donde acabó sus días como maestro de capilla.453 451. Para el estudio del Archivo Musical de la Catedral de Jaca es fundamental acudir al trabajo del canónigo archivero y organista Domingo Jesús Lizalde, que es la persona que lo compiló y lo ordenó. La primera catalogación de los fondos musicales de la catedral de Jaca la hizo Miguel Querol, y completó la obra Pedro Calahorra, a lo cual hace referencia Miguel Ángel Marín López, «Jaca, Archivo de música de la catedral de», en Gran enciclopedia aragonesa, ap. III, Zaragoza, Unali, 1997, pp. 249-250. Véase idem, Antología musical de la catedral de Jaca en el siglo XVIII, Huesca, IEA, 2002. 452. Miguel Ángel Marín López, Antología musical de la catedral de Jaca en el siglo XVIII, ed. cit., escribe: «La capital aragonesa no solo proporcionó la mayoría de los pocos músicos foráneos que sirvieron en la capilla de música de la catedral jacetana durante el siglo XVIII, sino que también funcionó como un centro al que acudir cuando había necesidad de formar a músicos o comprar instrumentos. Allí fueron enviados durante unos meses dos infantes de Jaca para aprender a tocar el violín y el oboe, y de esta ciudad procedían el maestro de capilla José Conejos (nombrado en 1734) y los organistas Joaquín Barsala (en 1779) y probablemente Vicente Andrés (en 1725); igualmente, los sochantres Felipe Climent, Juan Eruel, Tomás Gan, José Sinués, Miguel Pérez y Mariano Terrén ocuparon posiciones en centros zaragozanos en algún momento durante sus carreras profesionales». 453. Pedro Calahorra Martínez, Historia de la música en Aragón, Zaragoza, Librería General, 1977, p. 86. Este maestro, nacido en La Puebla de Albortón en 1666, dejó un famoso Cuaderno de obras para órgano, escrito a finales del siglo XVII y conservado en Barcelona.
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Tras la marcha del maestro Ambiela, fue el tenor Francisco Piedrafita (c. 1657-1737) quien ocupó el cargo durante cuatro años —de manera interina—, hasta que llegó el jacetano y contralto José Antonio Beltrán, que lo desempeñó hasta 1716, año en el que murió dejando casi un centenar de obras. En 1717 ya estaba al frente de la capilla de música el canónigo Juan Francisco Sayas, procedente de la catedral de Tarazona, a la que volvería después de unos años en Jaca. Su marcha abrió la posibilidad de que entrara en Jaca el maestro de capilla Francisco Viñas (1698-1718), que fue quien impulsó el cargo y que produjo una importante serie de composiciones (cuarenta y tres de ellas en latín) que demuestran su amplia formación en la Barcelona de la guerra de Sucesión, en la que coincide con la capilla de música del archiduque Carlos. En 1722 compuso su famosa cantata Oscura noche fría, para soprano, violín, dos bajones y continuo, con la que celebró su primera Navidad jacetana.454 Poco después, en 1731, el músico catalán marchó destinado a la catedral de Calahorra, pero su presencia trajo a la capital pirenaica la posibilidad de oír la música que sonaba en la corte madrileña, corte que él conocía bien. Se ha explicado que la cantata Oscura noche fría es en realidad uno de los villancicos de Navidad que se cantaron en la capilla real en 1719, presumiblemente con música de José de Torres, organista de esa capilla, y texto del censor de comedias y autor José de Cañizares, que eran los responsables de estos menesteres en la corte de aquel momento. Por lo tanto, el mismo texto navideño fue escuchado por el rey de España y por los habitantes de Jaca con tan solo tres años de diferencia. Cuando marchó este maestro hubo unos años de vacío en los que se imitaron sus celebraciones y se mantuvieron cuestiones que él había introducido, como la presencia del violín, que se convirtió en algo habitual con la llegada de José Conejos (1734-1749), procedente de Zaragoza y ampliamente recomendado por los responsables de la capilla de música de esa catedral, las personas más influyentes en la música aragonesa del momento. La obra de este nuevo maestro de capilla incorpora muy pronto unos Gozos a santa Orosia y continúa con villancicos navideños como el titulado ¡Qué hermosa nave de pluma peina del mar a la espalda!, compuesto en 1726 partiendo del Novenario de santa Orosia (Zaragoza, 1726), obra del párroco de Yebra mosén Orencio Bergua, que nos explica la vida y el martirio de la santa y, en las cinco últimas coplas, los desastres naturales ante los cuales su ayuda era repetidamente invocada.455 454. Miguel Ángel Marín López, «Jaca», en Emilio Casares Rodicio (ed.), Diccionario de la música española e hispanoamericana, vol. VI, Madrid, SGAE, 2000, pp. 520-523. 455. Idem, «Familia, colegas y amigos: los músicos catedralicios de la ciudad de Jaca durante el siglo XVIII», en Miguel Ángel Marín López, Andrea Bombi y Juan José Carreras López (coords.),
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Junto a esta actividad musical catedralicia, el resto de las instituciones locales también contaban con algún grupo de músicos más o menos preparados, entre los que destacaba —en torno a 1760— el grupo formado por la organista, la bajona y dos cantantes del convento de benedictinas, que amenizaban las fiestas de su comunidad y cuyo repertorio incluía ocho villancicos de Navidad y la vistosa cantata anónima al Santísimo Sacramento Mi bien si yo consigo, de hacia 1741 y vinculada a Rosa María Pequera, una jacetana que ingresó en ese convento apoyada por el legado de María Castillo456 y que debió de interpretar dicha cantata. Al mismo tiempo que mencionamos el liderazgo de la capilla de música de la catedral, hay que reconocer la existencia de personas encargadas de la música en las benedictinas y en las cuatro órdenes masculinas establecidas en la ciudad (carmelitas, dominicos, franciscanos y escolapios), espacios de los que saldrán algunos instrumentistas importantes, como el monje carmelita fray Luis Entrena, que en 1734 actúa como contralto y violinista en la propia capilla catedralicia y con quien el violín entra como un instrumento estable en la catedral.457 No obstante, si hemos de señalar alguna orden con más detalle, es la de los escolapios,458 que, tras establecerse en 1735 y ver cómo se les limitaban algunas actuaciones piadosas como la fundación de cofradías, decidieron crear unos certámenes escolares, una especie de competiciones académicas que eran presentados públicamente al final del curso por profesores y alumnos para mostrar los logros pedagógicos conseguidos y en los que la música tenía una parte muy importante,
Música y cultura urbana en la Edad Moderna, Valencia, Universidad de Valencia, 2005, pp. 115-144. 456. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: dos mil años de historia, ed. cit., p. 320. Esta monja tenía que ser hija de algún ciudadano de Jaca que hubiera desempeñado cargo público, pues así lo determinó María Castillo, viuda del señor de Luna, en su testamento de 1642. AMJaca, caja 122, 1643, Libro de las instituciones y adjudicaciones de legados. 457. ACJaca, libro de gestis. Entrena fue nombrado el 30 de abril de 1735 y cesado el 6 de agosto de 1735. En ACJaca, libro de gestis, 7 de julio de 1730 y 16 de febrero de 1754, se menciona a los vicarios de coro del convento de San Francisco cuando actúan como sochantres en la catedral en dos ocasiones. 458. Pedro Calahorra Martínez, «Música del siglo XVIII para una loa a Carlos IIIen su exaltación al trono de los españoles», Revista de Musicología, 11/3 (1988), pp. 895-912, analiza el papel musical de los escolapios jacetanos y publica la loa Hoy al clarín de mi voz, que posiblemente fue interpretada en el contexto de los certámenes escolares. Apunta que los escolapios contaron en sus famosos y públicos certámenes no solo con el maestro Bosqued, al que debieron de contratar en varias ocasiones, sino con la capilla de la catedral, a la que se sumaría el organista del colegio. La presencia de Bosqued se documenta en más de diez ocasiones, en las que compuso otras tantas obras para la celebración del 27 de agosto, festividad de San José de Calasanz, que se alternaban con representaciones teatrales cortas, lecturas de poemas, diálogos y concursos entre los alumnos.
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desde canciones infantiles a las que ellos habían puesto letras nuevas hasta sinfonías instrumentales. Como podemos constatar, las calles de Jaca fueron escenario de una intensa actividad musical que comenzó desde la base, cuando la recorrían los coros parroquiales con las cofradías o cuando los alumnos de los escolapios salían a las calles cantando el rosario los domingos del curso. Pero estas presencias no son más que aspectos testimoniales, puesto que ya hemos visto que la potencia la posee la capilla de música de la catedral. De ella podemos anotar cómo sus responsables se preocuparon durante el siglo XVIII de que su institución estuviera presente en muchos de los acontecimientos que se celebraban en la ciudad de Jaca, no solo en el espacio de la liturgia catedralicia, sino también en el ámbito de lo profano, razón por la cual es habitual que importaran desde Madrid, vía Zaragoza («lo copió Antonio Estevan, copiante de Ntra. Señora del Pilar», dice una copia de una tonadilla madrileña), obras que deleitaban a la corte en teatros y pasacalles.459 Era habitual que los músicos catedralicios acabaran participando en las grandes fiestas de las más de cuarenta cofradías que tenía la ciudad, en las que no faltaban partidas para pagar a los músicos que acompañaban tanto la ceremonia religiosa como la procesión.460 Como se puede ver, los dos mil quinientos habitantes de la ciudad solían tener muchas ocasiones de oír a los músicos, y no olvidemos que cuando se produjo la entrada oficial del nuevo obispo, mientras las campanas anunciaban su llegada, el clero catedralicio marchaba en procesión al encuentro de su nuevo obispo hasta la puerta de San Francisco, entonando diversos cánticos y acompañado de sus músicos. Y recordemos, en la misma línea, que todas las celebraciones que la ciudad organiza con el cabildo en homenaje a los grandes momentos de la dinastía reinante tienen un tratamiento similar. Así, cuando nace el príncipe Luis de Borbón, a principios de octubre de 1707, se acuerda que «se tañan las campanas y que en el campanal se pongan hachas y otras luces y que los cantores de rato en rato alternando
459. Miguel Ángel Marín López, «“A copiar la pureza”: música procedente de Madrid en la catedral de Jaca», Artigrama, 12 (1996-1997), pp. 257-276. 460. Sabemos que, además de que los pregones —con los pregoneros vestidos de rojo y azul— eran acompañados de corneta, había ocasiones, como la fiesta del Primer Viernes de Mayo, en las que los jacetanos desfilaban por la calle Mayor tocando el tambor, e incluso conocemos que los días festivos del calendario eran anunciados por repiques de campanas y estruendos de pólvora, tal y como disponen incluso los obispos. Para la lista de las veintiuna fiestas locales ordenadas por el obispo, véase Pascual López Estaún, Constituciones sinodales de la diócesis de Jaca, Zaragoza, 1766, p. 31. Quedan abundantes referencias de pagos a campaneros en AMJaca, caja 519, 1769.
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con las campanas cantaran algunos villancicos y motetes en muestras del regocijo» y la alegría que tiene la ciudad.461 Estamos manteniendo vivo ese espíritu trentino que aconsejaba convertir las calles de las ciudades en espacios de celebración, en espacios sagrados que acercaran los principios de la religión al escenario habitual en el que desarrollaban su vida las familias jacetanas. La ciudad es especialmente atractiva, incluso para las gentes de los pueblos de alrededor, en cuatro momentos del año que son el Corpus Christi, San Pedro, la fiesta de Santa Orosia y la Asunción. Dada la importancia de las festividades, se estrenaban piezas escritas por los maestros de capilla de la catedral, se incorporaban los músicos militares de la Ciudadela y no faltaban los coros de los conventos y los colegios de Jaca. Era todo un universo vistoso y emocionante que invitaba a intensificar los sentimientos religiosos, con los villancicos polifónicos que cantaban los componentes de la capilla musical, el canto llano entonado por los clérigos, el repique de campanas, los cañonazos y los tambores militares. A todo ello, en las fiestas de la santa patrona se incorporaban los fuegos artificiales que pagaba el cabildo y los bailarines que acompañaban la procesión con la urna de santa Eurosia. Asunto importante en la vida de la ciudad era el sonar de las campanas de la catedral, desde las cuales se determinaba la vida de sus habitantes y a través de cuyos toques —que responden a un código conocido por todos— se explicaban a las gentes los sucesos que acontecían (incendios, ataques, pestes) y los que habían acontecido: los nacimientos, las muertes o las horas, que marcaban muchas veces los tramos para efectuar incluso los negocios. Por eso el cabildo tiene mucho interés en dejar claro que aquellos a quienes se les conceda el derecho a tocarlas —como es el caso de la Hermandad de Santa Orosia, que anuncia por las campanas incluso sus reuniones— no deben olvidar que sus toques «sean en todo diferentes de todos los demás que ocurren en la Iglesia y con campana que no se equivoquen con los de tocar a fuego, agonía y semejantes».462 Igualmente existían acuerdos entre los poseedores de campanas para casos excepcionales, uno de cuyos ejemplos más curiosos es el que tenían los franciscanos con los escolapios. Nos cuenta el padre Francisco Lalana463 que en la misa celebrada por el rector del colegio los franciscanos atienden el coro, para lo cual siempre «piden cuatro religiosos para ayudar a cantar el Oficio de difuntos y el
461. ACJaca, libro de gestis, 2 de octubre de 1707. 462. ACJaca, libro de gestis, 22 de mayo de 1767. 463. Historia del monasterio real de Sancta Christina de Summo Portu de Aspa, del Orden de Predicadores de la ciudad de Jaca, ed. cit., f. 281v.
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prelado envía quatro». Como se puede ver, todos colaboran en momentos difíciles y complejos; a cambio, la mañana de la misa «acostumbran convidar a comer a quatro», aunque habitualmente, y como ocurrió «en el último entierro, convidaron a todos». Y, desde luego, no podemos olvidar cómo en el panorama musical del siglo XVIII se introduce la ópera en las ciudades españolas. Esto ocurrió por ejemplo en Jaca, en cuyo archivo catedralicio se conservan varios repertorios profanos que incluyen cuarenta y tres arias del siglo XVIII en italiano.464 Alguna de estas arias fue utilizada como material de estudio por los maestros de capilla de la catedral, quienes estuvieron muy en contacto con los de Zaragoza, que facilitaban el repertorio religioso al uso en el momento, cosa no extraña, puesto que muchos músicos jaqueses se habían educado como tales en la propia Zaragoza. Junto a ello, es notable la relación entre la ópera y el estamento militar asentado en la Ciudadela de San Pedro, muchos de cuyos miembros procedían de zonas como Flandes, Francia o Italia, y cuyos responsables organizan actuaciones musicales muy variadas en las que intervienen músicos eclesiásticos, coros de colegios como el de los escolapios e instrumentistas militares.465 Pero, visto este interés por la música en el ambiente eclesiástico de la ciudad, no hay que olvidar el cuidado con el que se controla el mundo de los cantores de misas que tenemos documentados en el resto de la diócesis. Por ejemplo, sabemos que en la villa de Biescas, en el año 1741 y para sus dos parroquias, se tenían atenciones con las personas que cantaban en las misas. Un total de dieciséis cantores más unos cuatro sacerdotes se reunían a comer y cenar dos veces al año como premio y reconocimiento al esfuerzo de los feligreses por dignificar la liturgia. Sabemos que la comida de vigilia se hacía el Domingo de Ramos y que se solía «dar por comida güebos, abadejo, sardinas, judías», cuatro cántaros de vino, dos libras de queso de postre y cinco cuartales de pan. En la fecha de la consagración de la parroquia biesquense, con ocasión de la fiesta de Nuestra Señora del Patrocinio, se les obsequiaba con una comida de carne y se sacaban a la mesa habitualmente los alimentos que
464. Miguel Ángel Marín López, «Arias de ópera en ciudades provincianas: las arias italianas conservadas en la catedral de Jaca», en Emilio Casares Rodicio y Álvaro Torrente (eds.), La ópera en España e Hispanoamérica: una creación propia, vol. I, Madrid, ICCMU, 2001, pp. 375-402. 465. Ibidem, p. 397. Sabemos que en 1765 el gobernador Jaime de Silva celebró un certamen organizado con los escolapios en el que intervinieron algunos músicos del regimiento. Enrique Giménez López, «Los gobernadores del corregimiento de Jaca en el siglo XVIII», en Actas del XV Congreso de Historia de la Corona de Aragón, vol. III: Jaca en la Corona de Aragón (siglos XII-XVIII), ed. cit., pp. 241-250.
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resultaban de condimentar y guisar «una oveja, una borrega, una libra de tocino, cinco cuartales de trigo, cuatro cántaros de vino, una onza de especias, dos onzas de pimienta, dos libras de queso».466 En la cercana población de Javierrelatre, a los cantores que cuidaban de la música en las celebraciones, años después, en 1820, todavía se les continúa invitando a comer en torno a la Semana de Pasión y el Día de las Almas, ocasión en la que los cuatro o cinco cantores se reúnen en una casa para degustar tres rebanadas de pan, tres almudíes de judías y dos o tres pesetas de vino.
466. ACJaca, caja 146, expedientes de derechos parroquiales, Biescas, 1741. Véase José Garcés Romeo, La sociedad tradicional serrablesa a través de sus archivos parroquiales (finales del siglo XVI – mediados del siglo XIX), ed. cit., p. 132.
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LOS OBISPOS DE LA ILUSTRACIÓN
La ciudad de Jaca en el siglo XVIII vive los momentos de euforia que le proporciona el haber estado siempre del lado del vencedor en la guerra de Sucesión. El rey Felipe V le concedió privilegios, lemas heráldicos que hablaban de su heroísmo y su fidelidad e incluso el uso de la flor de lis en su escudo. Por su parte, la ciudad festejó con toda solemnidad cualquier evento de la familia real, comenzando, como ya se vio, por el nacimiento del príncipe heredero, con música, procesión, luminaria por las noches y corrida de toros con toreros traídos de Tudela.467 La ciudad que inicia el Siglo de las Luces es una ciudad en la que viven 2539 vecinos468 repartidos en 463 casas que ocupan una superficie amurallada de unos 200 000 metros cuadrados. Se estructura con un eje principal que es la calle Mayor, unos 400 metros que van desde la puerta este de las Monjas hasta la puerta oeste de San Francisco y en los que viven parte de las gentes más importantes de la ciudad, además de situarse en ella las casas del Concejo. La muralla que protegía el conjunto urbano, incluidos abundantes huertos en el interior y varias fuentes que se distribuían por los barrios y que abastecían a la veintena de calles que configuraban una trama urbana secular, tenía siete puertas vigiladas, la mayor parte de las cuales estaban orientadas hacia el peligroso norte, por el que venían los caminos desde Francia. En la población censada en 1718 no se computaba la población militar que vivía en la Ciudadela y que mantenía, desde hacía años, graves tensiones con el Concejo de la ciudad.469 Los eclesiásticos son un escaso 9 % del 467. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: dos mil años de historia, ed. cit., pp. 293-295. 468. Ángel Canellas López, «Demografía de la ciudad de Jaca en el reinado de Felipe V de Borbón», Pirineos, 83-86 (1967), pp. 203-270. Domingo J. Buesa Conde, «Jaca en el siglo XVIII: la calle Mayor en 1718», Jacetania 80-81 (julio-agosto de 1979), s. p. 469. Domingo J. Buesa Conde, La conquista militar de Jaca (Huesca) en el siglo XVII: dos sustos mortales para una sociedad barroca, Zaragoza, La Cadiera, 1999.
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censo (un total de ciento veintitrés), incluidos quince canónigos de la catedral presididos por el deán Jerónimo de Sas, un jacetano de cuarenta años que vive en la plaza de San Pedro, inmediata a la seo, con sus padres, sus hermanos y sus sobrinos. En el convento de las benedictinas, el monasterio de Santa Cruz, viven veinte religiosas de coro, cinco donadas y una mandadera; en el convento del Carmen, dieciséis frailes; en el de Santo Domingo, solamente nueve, y en el de San Francisco, extramuros, veintiséis religiosos. Al final del siglo (en 1798), cuando ya estén en marcha los escolapios, su comunidad la formarán siete religiosos y dos hermanos. Cuando se hace el censo, en 1722, el obispo que ocupa el palacio de la calle del Obispo es Francisco Polanco, que vive con dos capellanes, cuatro pajes y un criado para la cocina. En una ciudad en la que nacían 118 mujeres por cada 100 hombres, había cierto equilibrio entre hombres y mujeres (50 mujeres más), y también entre casados y solteros, puesto que los 940 casados y los 173 viudos están muy cerca de las 1142 personas solteras. Gentes todas ellas que estrenaron el siglo conociendo el nacimiento de una nueva cofradía, fundada el 22 de diciembre de 1716 «para mayor honra y gloria de Dios y de la Virgen Santísima del Carmen, sufragio de las benditas almas del Purgatorio y edificación de los fieles», en la cual iban a ingresar veinticuatro cofrades que serían los encargados de mantener limpia la capilla del Carmen y su luminaria y de organizar las procesiones que recorrerían la ciudad detrás del prior, que portaría «el pendón o estandarte en todas las procesiones».470 Cofradías como esta había muchas más, puesto que incluso pervivían las gremiales, como la del Santo Cristo del Pilar, de agricultores; la de Santiago, de pelaires, y la de San Miguel, que acogía a los tejedores. En los primeros años, anteriores al censo ordenado por el marqués de Castellar, intendente general de Aragón, y ejecutado por el marqués de Villafuerte, gobernador militar y político de la ciudad de Jaca,471 el obispo que abrió el siglo XVIII fue el vicario general de Huesca Mateo Foncillas Mozárabe, que hizo su entrada pública en la ciudad el 23 de julio de 1705, culminando un camino que había iniciado a las siete de la mañana en el monasterio de San Juan de la Peña. Desde ese momento hasta su muerte, ocurrida el 8 de mayo de 1717, será un buen obispo, y quizás su pasado universitario le aconsejó el acierto de comenzar su mandato convocando sínodo diocesano el 18 de octubre de 1705. 470. AMJaca, caja 114, libro de la fundación, año 1716, ff. 2r-3v. Este libro de la Cofradía del Carmen abarca hasta principios del siglo XIX. 471. AMJaca, cajón 17, Copia o traslado del nuevo vecindario, 1718.
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Nuevo sínodo convocó fray Francisco Polanco (1717-1720), un toledano que llegó a Jaca después de rechazar el obispado de Panamá en busca de esa paz que gustaba tener como buen miembro de la orden franciscana, de la que sería vicario general. «Amado por todos por su humildad y admirado por toda la Europa por su singular ingenio», tal como decía un retrato suyo que estaba en el claustro de la portería del convento de la Victoria de Madrid, fue un autor prolífico y disfrutó ampliamente de la vida jacetana desde su palacio, en el que murió a la una y media de la mañana del 1 de octubre de 1720. Dejaba un sínodo inconcluso por su enfermedad y tan buen sabor de boca que el nuevo prelado sería otro franciscano mallorquín, Miguel de Estella (1721-1727), que había llegado a ser general de la orden en el capítulo de 1716. Su condición de franciscano quiso dejarla clara —además de erigiendo la capilla de san Francisco en la catedral— haciendo su entrada pública en la ciudad (el 21 de noviembre) desde la cruz cubierta de San Francisco. Pero toda la ciudad sabía que este obispo había roto la tradición porque había salido de su propio palacio para ir a la cruz y hacer la entrada, en razón de que había llegado a Jaca en su coche —sin avisar y en secreto— el 14 de noviembre. De fray Miguel de Estella conocemos muchas cosas, comenzando por los pormenores de la clausura del sínodo diocesano de su antecesor en 1722, pues tuvo una importante intervención ante él cuando planteó su concepto y su visión de este tipo de celebraciones. Notable fue el entierro del obispo, que nos cuenta con detalle la documentación capitular: que la misma tarde de su muerte, el 6 de marzo de 1727, a las tres, fueron cuatro capitulares, acompañados de un macero y de los infantes, a cantar las vísperas de difuntos delante del féretro junto a las comunidades de religiosos. Por la mañana del día 7, después de concluidos los Divinos Oficios en la Iglesia fue el Cabildo con capas con el clero a buscar el cadáver y se llevó en procesión general por toda la ciudad y en llegando a la Iglesia se le cantó un Nocturno con laudes y después la Misa con toda la solemnidad de la música, la cual concluida predicó el sermón de exequias el muy reverendo fray Juan Biescas, prior del convento de Nuestra Señora del Carmen, y después se enterró el cadáver en una sepultura nueva que se señaló al lado de la sepultura del señor obispo Foncillas, a la parte de la Epístola y el depositario del Expolio dio a la Iglesia por las funciones del entierro y funeraria cien libras jaquesas para distribución como es costumbre en los entierros de los señores obispos.472
472. Domingo J. Buesa Conde, «Episcopologio de Jaca», art. cit., pp. 112-113.
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La Corona de los Borbones volvió a nombrar para Jaca a un monje, fray Antonio Sarmiento (1728), que era general de la Orden Benedictina de la Congregación de Castilla y al que en nueve meses dedicaron a otros menesteres sin pisar Jaca: ser obispo de Mondoñedo y vicario general castrense desde 1736. Y, como sucesor, otro provincial de la orden franciscana, fray Pedro Espinosa de los Monteros (1728-1733), que no se vinculó a Jaca y que murió durante una visita al obispo de Pamplona, ciudad en la que incluso decidió ser enterrado. Justo en el límite oeste del territorio diocesano se vive alguna importante fundación realizada por alguien de la tierra que ha marchado a hacer fortuna en América, como Pedro de Larraldía, que hace testamento en Potosí el 21 de mayo de 1730 y funda dos importantes capellanías en la iglesia de San Esteban de Sos.473 Todos estos años de obispos que consideraron la sede como espacio de promoción darían paso a una serie de episcopados que fueron intensos y beneficiosos para la ciudad de Jaca y sus montañas. Antiguo militar y abad mitrado de Cardona era Ramón Nogués (1734-1738) cuando el cabildo decidió comunicar su llegada al pueblo «con campanas solemnes como es costumbre». En febrero de 1734 el nuevo pastor escribió al cabildo para preguntar si le harían el favor de alargarle el báculo, cosa que hicieron enviándolo a Zaragoza. Abrían así un tiempo de buena relación con su obispo, que no sería muy largo, pues moriría agobiado psicológicamente por «una hipocondría muy exaltada» camino de su pueblo natal, la población oscense de Barbuñales, a donde le mandaron para respirar «aires nativos». Estamos en la década de 1730, reina Felipe V y asistimos al final de una sociedad agraria que comienza a ser eclipsada por los valores del conocimiento, del estudio y de la educación, tarea en la que los escolapios van consolidándose como referente excepcional. En esta línea debemos entender algunos de los movimientos de Nogués, que centró su labor en atender a la formación de los clérigos, a los que enviaba a estudiar al seminario barbastrense de Nuestra Señora de Abella, y en promover la llegada de la población a la cultura a través de la fundación en Jaca, el jueves 30 de junio de 1735, de un colegio de escolapios, orden que conocía bien por haberse formado en su colegio de Balaguer. Cuando muere, muy joven, con cuarenta y seis años de edad, ha sentado las bases de un nuevo tiempo que pasa inexorablemente por mejorar la formación del clero jacetano. Su sucesor fue Juan Domingo Manzano de Carvajal (1739-1750), un extremeño que era canónigo zaragozano, y ya hemos visto que desde que 473. ADJaca, caja 77. Contiene la historia de estas capellanías y sus pleitos en la Rota desde 1771 hasta 1835.
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Palacio episcopal de Jaca. (Fondo editorial de Aragonia Sacra)
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recibió la bula papal de Clemente XII (el 4 de mayo de 1739) tuvo claro que estaba llamado a crear el seminario conciliar de Jaca, tarea en la que contaría con la inestimable ayuda del canónigo Torrejón, el arcediano de Gorga. Pero la primera cuestión a la que tuvo que enfrentarse este prelado fue el diluvio agostino de 1739, que provocó gravísimos daños en la economía y la fisonomía urbanas.474 Comenzó el 26 de agosto como una típica tormenta de verano y concluyó arrasando los caminos de acceso a la ciudad, las tapias, los campos, las cosechas e incluso algunas fuentes. El obispo no fue ajeno a este problema de empobrecimiento de la población y puso especial atención en ordenar los aspectos de la vida religiosa, garante de seguridad en momentos de dificultad. Sabemos que inmediatamente después de llegar a la ciudad convocó sínodo diocesano, que tampoco tardó en inaugurar, pues en esa tarea estaba en el mes de septiembre de 1739. Posteriormente fue recorriendo la diócesis y, a tenor de lo visto, redactó una pastoral —impresa en Zaragoza— en la que marcaba una serie de líneas de acción con el fin de mejorar el panorama religioso y humano del territorio. Su largo mandato concluyó con su fallecimiento el 5 de noviembre de 1750, tras el cual fue inhumado en la catedral de Jaca. Reinando ya Fernando VI, después de la muerte de Felipe V, causada por una apoplejía en los últimos años del obispo extremeño, llega a Jaca el nuevo prelado, Esteban Villanova Colomer (1751-1755), un gerundense que gozó del favor del rey, que lo hizo vicario general castrense y obispo de Jaca. El papa Benedicto XIV expidió las bulas el 16 de mayo de 1751 y el 19 de junio Villanova tomaba posesión. Pocos días después, el 29 de junio, era consagrado en Madrid e iniciaba el camino hacia la vieja capital pirenaica. En Jaca, en diciembre de 1751 ya estaba convocando la celebración de un sínodo diocesano —que se constata en las actas capitulares del 14 de diciembre—, y enseguida lo vemos dispuesto a reconstruir el viejo palacio episcopal barroco, que se ha quedado pequeño y acaso incómodo para los modos del vivir de un hombre procedente de la corte española.475 De la misma manera que atendió a la reforma del palacio, se preocupó de poner en orden los fondos del archivo de su palacio,476 lo que constituiría el Archivo Diocesano. En la leyenda de su retrato del Salón del Trono diocesano se explica que «en su pontificado se erigió y abrió en gran parte este palacio 474. AMJaca, caja 225, septiembre de 1739, Informe de los daños causados por el diluvio del 26 de agosto. Véase Domingo J. Buesa Conde, Jaca: dos mil años de historia, ed. cit., pp. 319-321. 475. ADJaca, caja 675, obras del palacio del obispo, 1754 y ss.; en caja 772 hay cartas al obispo para ayudar a la fábrica del palacio. 476. Anselmo Gascón de Gotor Giménez, op. cit., p. 192, señala que organizó el archivo del palacio episcopal.
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episcopal». En esta tarea pidió ayuda a toda la diócesis exponiendo «la necesidad de reparar y poner decente la habitación de su palacio, obra muy recomendable». Todos colaboraron, pero las cartas de respuesta a la llamada del obispo nos hablan de la grave situación que atravesaba la diócesis y de la limitada respuesta que tuvo. Es especialmente curiosa la carta del cura de Ipas, que le da 40 reales de plata, pero le dice que «desde que soy cura más conozco el verbo do [dar] que el verbo accipio [recoger]».477 Tras un intenso trabajo de modernización que no pudo concluir, el 4 de abril de 1755 fue trasladado a la diócesis de Tarazona, en donde murió el 13 de abril de 1766 a la edad de cincuenta y siete años. El cabildo jacetano lo había despedido con el ceremonial adecuado, de lo cual deja constancia el 16 de mayo de 1755, y el cronista nos explica que lo veía «de estatura prócer, color moreno, ojos vivos, aspecto agradable y majestuoso, que infundía veneración y respeto». Un contemporáneo nos describe al nuevo obispo como «de estatura mediana y de rostro venerable y majestuoso». Este era Pascual López Estaún (1756-1776), hijo de unos agricultores de Santa Eulalia, que tuvo la suerte de educarse con su tío Pedro López, catedrático de Prima de Teología y canónigo de Huesca, un hombre «eminente en ciencia y virtud» sobre el que escribiría una breve biografía el obispo de Jaca. Hombre de amplia formación intelectual (estudió en el colegio mayor de Santiago, obtuvo los grados de doctor en Filosofía y maestro en Teología y, al final, desempeñó las cátedras de Filosofía, Teología y Sagrada Escritura), fue un gran orador, con especial preocupación por engrandecer la vida espiritual de las comunidades de monjas. Designado obispo de Jaca por las bulas de Benedicto XIV el 18 de noviembre de 1755, fue ordenado por el obispo de Huesca el 6 de enero de 1756 y tomó posesión el día 25 de ese mismo mes. Abierto a la pastoral de la diócesis, destacó por su costumbre de recibir a cualquier persona en largas audiencias que duraban desde las ocho hasta las doce del mediodía y por animar a la fundación de congregaciones pías como la Real Hermandad de San Blas, que se fundó en Jaca en 1772. Esta institución, que nació para atender espiritualmente a sus hermanos y económicamente a los pobres, se encuentra actualmente incardinada en la iglesia de Santiago como Real Hermandad de San Blas y de Santa Águeda.478 477. Domingo J. Buesa Conde, «Episcopologio de Jaca», art. cit., p. 115. El expediente de la obra de palacio, en ADJaca, caja 675, 1754 y ss. 478. La devoción a santa Águeda se vinculó a la Hermandad de San Blas en torno al año 1985, dada la cercanía de las festividades. Manuel González Chicot, «La Real Hermandad de San Blas y Santa Águeda conmemoró solemnemente ambas festividades», El Pirineo Aragonés, 26 de febrero de 1988, p. 5.
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En esa misma línea de conocer la problemática diocesana se sitúa la visita a la catedral que concluyó el 21 de diciembre de 1757 y la atención que puso en ordenarla por medio de varios documentos: primero los tres sínodos (1756, 1765 y 1770) y luego el importante documento sobre la nueva planta de la catedral de Jaca, el cual, emitido el 11 de marzo de 1759, después de haber hecho la oportuna visita en diciembre de 1757, organizaba las rentas y los cargos de la catedral y venía a completar el que ya había sido puesto en marcha por su antecesor para ordenar diez canonjías, diez racioneros y diez beneficiados.479 La ordenación de la composición del cabildo y de sus rentas supuso un punto y aparte en la historia diocesana, en una historia de la que este obispo salió pronto, pues a su salud no le iba bien el clima. Por la misma razón rechazó el obispado de Cuenca y por la misma razón acabó aceptando el de Huesca, noticia que le llegó al cabildo el 21 de noviembre de 1775, momento en el que decidió ir a buscarlo al palacio con el macero y disponer que lo recibieran en el atrio los cuatro capitulares más modernos y lo esperaran otros dos en la sacristía con hábitos de coro. Su llegada sería anunciada con campanas de «primera clase» y lo acompañarían todos a su palacio si no iba en coche. Pero la premura del cabildo en organizar estos actos no provocaría su partida inmediata, puesto que sería despedido el 12 de junio de 1776, y en su viaje a Huesca se le acompañaría hasta Murillo, donde prestaría «juramento acostumbrado ante el Sr. Obispo de Pamplona» por la sede oscense, y acabaría sus días en ella el 13 de octubre de 1789, habiendo ocupando cargos episcopales durante treinta y cuatro años, a la avanzada edad de ochenta y dos años. La diócesis que deja el obispo oscense es un amplio territorio montañoso con 6670 cahizadas cultivadas y 5700 en pastos y terrenos incultos.480 De todas esas cahizadas, que llegarán a 17 000, en Jaca solo serán de regadío unas 70, que cogen agua de los ríos Aragón y Gas. La diócesis es cerealista: 50 000 cahíces de trigo, 8800 de centeno y 6600 de cebada más 16 000 de avena y serillo, junto a escasos 200 de mijo, un cultivo en recesión que se quedará como algo propio del valle de Basa. En el cercano valle de Aquilué se produce el mejor trigo de la variedad toseta, introducida en 1745 y «cuya excelencia se acredita por su mucho peso». La alfalfa es un cultivo de las cercanías de Jaca, y las legumbres son uno de los productos más
479. ADJaca, caja 794, Estatutos de la santa iglesia catedral de Jaca. Incluyen supresión y reducción de dignidades (1755-1759), nueva planificación y dotación de la Iglesia de Jaca, por Real Cédula de 4 de abril de 1755, etcétera. 480. ADJaca, caja 742, Bereda Visitas 1773, obispo López.
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notables de estos valles: boliches en las tierras de Embún y guisantes en las del valle de Broto y en el Serrablo. Como vemos, comparten economía la agricultura, la ganadería (con 202 054 cabezas de ganado lanar y cabrío en 1766) y una antigua artesanía textil que, a pesar de haber hecho de Jaca una importante productora de paños y medias, se hunde ante la competencia de las modernas manufacturas, hasta el punto de que han desaparecido muchos productos, como los chamelotes o barraganes azulados, que, según cuenta el canónigo Bartolomé de Asso, eran tejidos que usaron los clérigos jacetanos hasta que se inclinaron por los chamelotes extranjeros.481 Y, como fondo de todo, los continuados pleitos entre el obispo de Pamplona, el de Jaca y San Juan de la Peña sobre derecho de visitar parroquias, lugares y pardinas, pleito que incluso provoca un impreso en 1755.482 A este territorio le dedican sus afanes un conjunto de hombres y mujeres que fueron objeto de especial atención por el obispo Pascual López, quien celebró dos sínodos: uno en noviembre de 1756 y otro en junio de 1765.483 De este último conocemos con detalle muchas cosas, desde su ceremonial hasta sus mandatos, por lo que podemos reconstruir el escenario de la celebración sinodal, que comienza cuando el cabildo, con hábitos de coro, va a buscar al prelado a su palacio para llevarlo hasta el altar mayor de la catedral a inaugurar el sínodo con una misa de Espíritu Santo a la que asisten los clérigos que se han inscrito en la reunión y el Ayuntamiento de la ciudad, así como los delegados de otras diócesis limítrofes. Esa era la primera sesión, celebrada en la mañana del 18 de junio, a la que sucedió la de las cinco de la tarde, que tuvo lugar en la iglesia del Pilar, ubicada en los claustros de la catedral. En ella se nombraron examinadores sinodales, comenzando por el propio deán Miguel de Sas, y otros cargos, se leyeron propuestas del obispo que todos aceptaron y se volvió a acompañar con toda solemnidad al prelado a su palacio. A las nueve de la mañana del 19 de junio se abrió la tercera sesión, y a las cinco la cuarta y última, en la que se leyeron los últimos textos. La respuesta de los asistentes a la pregunta de cuál era su parecer fue unánime: «que no tenían cosa alguna que decir». 481. Para todos los datos económicos del período véase Ignacio Jordán de Asso y del Río, Historia de la economía política de Aragón, ed. cit. Para el vestuario capitular, Dámaso Sangorrín y Diest-Garcés, El libro de la cadena del Concejo de Jaca, ed. cit., p. 400. En general, Domingo J. Buesa Conde, Jaca: dos mil años de historia, ed. cit., pp. 323-327. 482. ADJaca, caja 789, pleitos con San Juan de la Peña. 483. Constituciones sinodales y adiciones a las del sínodo del obispado de Jaca celebrado en el año 1739…, Zaragoza, Imp. de Francisco Moreno, 1766. El obispo, en su homilía inaugural (p. 19), recordó la obligación de trabajar por la obra de Dios, para lo cual «el congregarse los Eclesiásticos para el Sínodo, se encamina a reformar costumbres, e impedir en parte que las culpas aneguen la naturaleza de los hombres».
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Muchas eran las preocupaciones del alto clero en ese momento, pero quizás podamos señalar como prioritarias el cumplimiento de las fiestas religiosas, especialmente cuando se recuerda que «la fiesta de santa Orosia lo es en el obispado, de suerte que en su día no se puede trabajar»; el interés por evitar que «perezcan párvulos sin bautizar», aunque para ello sea necesario examinar y controlar a las parteras y recordar este mandato con ocasión de la fiesta de los Santos Inocentes; la conveniencia de mantener el orden y frenar el alcoholismo, disponiendo que sean excomulgados aquellos que «sirvan a la embriaguez»; la prohibición de los toros y los bailes de hombres y mujeres, y la necesidad de garantizar la seguridad de las iglesias por la noche ordenando que nadie pueda pernoctar en aquellas que están separadas de la población y obligando a los ermitaños a cerrar la puerta al anochecer y abrirla «en siendo de día». Muy pronto se van a dejar sentir por toda la diócesis las medidas adoptadas, incluidas la reglamentación de la vestimenta de las mujeres en la iglesia, donde el mosén no puede dejarlas estar «con las basquiñas caídas y mucho menos permita en que por fuera lleben la basquiña interior levantada con tanto perjudicio de las almas, exigiendo a las reincidentes por cada vez dos sueldos que destinamos para la fábrica de la iglesia»,484 y la prohibición de hablar de las decisiones tomadas por el rey y en concreto de criticar la expulsión de los jesuitas.
484. Manuel Gómez de Valenzuela, «Mandatos de visitas pastorales en la diócesis de Jaca (1547-1767)», Revista de Derecho Civil Aragonés, XV (2009), pp. 109-164, esp. pp. 162-163, docs. 114 (Ulle, 2 de julio de 1776) y 115 (Fuencalderas, 16 de noviembre de 1767).
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LA INCORPORACIÓN DE LA VALDONSELLA
En 1777 llega nuevo obispo, Andrés Pérez Bermúdez, un franciscano de origen cacereño que había decidido retirarse a su convento de Ciudad Rodrigo, en el que esperaba vivir la tranquilidad de sus últimos años. Pero fue entonces cuando el rey Carlos III lo presentó a Pío VI para el obispado de Jaca. El 21 de enero de 1777 el obispo, titulándose lector jubilado, escribe al cabildo de Jaca desde Ciudad Rodrigo. La carta la conoce el cabildo diez días después y da orden de que a las once de la mañana se hagan repicar las campanas para comunicar la noticia a los diocesanos. Las bulas papales de Pío VI llevan fecha del 13 de mayo de 1777485 y la ordenación episcopal se celebró el 13 de julio. Fue el deán Miguel de Sas el que tomó posesión en nombre del prelado el 26 de julio, tras los oficios de la mañana. El nuevo obispo escribe el 22 de agosto para indicar que «desea cuanto antes hacer su entrada pública el día y hora que el cabildo gustase», acto que se fija para el domingo siguiente (24 de agosto) a las cinco de la tarde. Desde su llegada comenzó a planificar la visita diocesana, pero no podría llevarla a buen término porque enfermaría muy pronto, aunque le dio tiempo de hacer la visita a la catedral el 15 de marzo de 1778 «bajo palio que sostiene el ayuntamiento». El 26 de diciembre de 1778, a las ocho de la mañana, el cabildo va a llevar el viático al obispo en una cuidada procesión que centra el palio —llevado por los regidores de la ciudad— bajo el que se encuentra el Sacramento, portado por el deán de la catedral. Las campanas tocan cuatro veces y la urna de santa Orosia se ha sacado del armario y se ha colocado encima del altar mayor. Cuarenta días después, el 8 de febrero de 1779, muere el obispo y se traslada el cabildo a cantar el oficio de difuntos al palacio. En él se colocan tres altares «con el cadáver en medio y bancos para las comunidades». El entierro se hace a las ocho de la mañana 485. ADJaca, caja 780, 1786, bulas de Pío VI y Real Cédula sobre la agregación del arciprestazgo de la Valdonsella a Jaca.
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del día 10 y, «en atención a estar las calles con mucho yelo, se acordó vaia la procesión por la calle Maior, en drechura hasta la de las Damas por la que se deverá venir a la iglesia». El cadáver hace el recorrido acompañado de doce eclesiásticos que portan hachones, para ser colocado al final en «la sepultura del medio del presbiterio». Tenía setenta y un años. Cuando muere este obispo, que siempre vistió un escueto hábito de franciscano «de tela fina y delicada», la diócesis jacetana es pobre y va subsistiendo a duras penas, y sus máximos responsables llevan años manteniendo que la solución sería hacer un pequeño reajuste territorial por la zona oeste, en los límites con la metropolitana de Pamplona.486 Esa zona es la que riega uno de los afluentes del río Aragón, el Onsella, que nace en la comarca zaragozana de las Cinco Villas, en Fontmayor, al pie de las peñas de Santo Domingo. Estas ponen el límite meridional al valle que se conoce como val de Onsella o Valdonsella y que construye el río durante los 25 kilómetros que le llevan a desembocar en el Aragón en tierras navarras de Sangüesa. El valle, longitudinal al Pirineo y separado de la Canal de Berdún, actualmente es una zona poco poblada, pero entonces tenía una interesante economía agrícola cerealista con cría de ganado ovino. Longás, Lobra, Isuerre, Ordún, Urriés, Gordués, Los Pintanos y Bagüés eran y son piezas claves de su poblamiento. Este territorio había estado en litigio desde hacía siglos, y ya vimos cómo en el medievo los obispos entendieron que su adscripción a esta diócesis era una de las salidas menos gravosas para consolidar las rentas que permitieran una cierta estabilidad. Pero los tiempos fueron pasando, e incluso algún
486. Lobera de Onsella, cabecera actual de este territorio, está vinculada eclesiásticamente a la diócesis de Pamplona desde el siglo XI y forma parte del arcedianato, que luego será arciprestazgo de la Valdonsella, al menos desde 1163, fecha en la que Alfonso II ordena por una parte a su merino y por otra a los habitantes de la comarca que reconozcan su obediencia a Ramón, obispo de Pamplona, y que se dé posesión del arcedianato de la Valdonsella a Sancho de Orchier, nombrado por dicho obispo. Sin embargo, la autoridad eclesiástica sobre la parroquia de Lobera de Onsella fue objeto de numerosos litigios. Como ya se ha visto anteriormente, desde finales del siglo XI los territorios de la Valdonsella fueron objeto de disputa entre el obispo de Pamplona y el de Huesca-Jaca. Al parecer, la disputa se inició a partir de que el obispo infante don García anexionó esa zona fronteriza a la diócesis de Jaca cuando tuvo en encomienda el obispado pamplonés (1077-1084), como muestra la bula de Gregorio VII de 1084 o 1085. Esta apropiación llevó al obispo Pedro de Pamplona a obtener sendas bulas de Urbano II, en 1097, y de Pascual II, en 1100, que confirmaban los antiguos límites de la diócesis navarra. Desde Jaca se intentó contrarrestar dichas bulas con la inclusión en las actas del supuesto Concilio de Jaca de 1063 de una concesión regia de las iglesias de esa zona a la diócesis jacetana por parte de Ramiro I y Sancho Ramírez. Sin embargo, nuevas bulas papales de Inocencio II en 1135, de Celestino II en 1144 y de Celestino III en 1196 ratificaron los límites orientales del obispado pamplonés.
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obispo que estuvo cerca de recuperarla, al ser nombrado arzobispo de Pamplona, ocultó los papeles y dinamitó todo un largo trabajo de reivindicación que él mismo había hecho como prelado en Jaca. La cuestión era lograr que el arciprestazgo de la Valdonsella se separara de la archidiócesis de Pamplona y se incorporara a la diócesis de Jaca con todas sus rentas.487 La llegada a Jaca del obispo conquense Julián Gascueña Herráiz (17801784), miembro de la orden de religiosos descalzos franciscanos de San Pedro de Alcántara —los franciscanos reformados por este santo que serían conocidos como alcantarinos—, abrió una etapa nueva y muy fructífera, puesto que este prelado se identificó totalmente con su diócesis y acabaría dotándola de recursos incluso cuando ya no era obispo de Jaca. Es justo que hablemos de que se abrió una buena época cuando el papa Pío VI lo nombró obispo, el 14 de junio de 1780, por indicación del rey Carlos III, que lo admiraba como orador. Desde que fue ordenado, en el verano de ese año, su estancia en Jaca, aunque no fue muy larga (en 1784 se marchó al obispado de Ávila), quizás fuera una de las de mayor implicación con la tarea de organizar su estructura territorial. A este prelado, que «usaba de sotana y mantelete como los obispos seculares, pero del paño burdo que traen los alcantarinos», le debe la sede jacetana una de las decisiones más importantes. Me refiero a su ampliación por esa zona de la Valdonsella, que venía siendo una vieja reclamación y que el padre Huesca explica así: «a este prelado debe en gran parte la Mitra de Jaca el esplendor y grandeza de que goza ahora con la agregación de la Valdonsella».488 El hecho de contar con apoyos de su orden en la corte le permitió comenzar a trabajar la petición cuando estaba de obispo y llegar incluso a exponerle el problema al mismo rey Carlos III por medio de su confesor fray Joaquín de Osma. Pero este interés en lograr la anexión no lo mantuvo solo mientras fue obispo de Jaca, sino que cuando iba camino de su nueva sede de Ávila volvió a decirle al rey que Jaca necesitaba de este territorio y de sus rentas. La curiosidad de la petición, realizada por el que ya era obispo de otra diócesis, movió al rey a dar las órdenes pertinentes a su entonces ministro en Roma, José Nicolás de Azara, para que se la planteara al propio papado. Y el papa Pío VI, aceptando la sugerencia del rey Carlos III, decretó, por 487. Pascual Madoz, Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar, Madrid, Imp. del Diccionario, 1845-1850, nos cuenta que este valle de la provincia de Zaragoza, en el partido judicial de Sos, se compone de siete pueblos, que son Longás, Lobera, Isuerre, Gordún, Urriés, Gordués y Navardún, situados en las riberas del río Onsella, que da bastante agua para regar algunas frondosas huertas. 488. Ramón de Huesca, Teatro histórico de las Iglesias del Reino de Aragón, t. VIII: De la santa Iglesia de Jaca, ed. cit., p. 210.
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una bula dada en la ciudad de Roma el 16 de diciembre de 1785, que los treinta y cinco pueblos que componían el arciprestazgo de la Valdonsella, en el que entonces estaban lugares tan notables como Uncastillo, Sos, Sádaba, Murillo, Luesia, Biel y Salvatierra, pasaran a Jaca con su renta de 12 000 escudos. Para entonces el obispo Gascueña ya vivía en Ávila, pero su trabajo había consolidado el futuro, los ingresos y las rentas de la diócesis jacetana. El final del siglo XVIII en Jaca se vivía con cierta sensación de crecimiento; las cosas no iban mal y no lo irían hasta que estallara el problema de la guerra de la Convención. Ese es el momento del episcopado de José Antonio López Gil (1786-1802), un carmelita que cuando es designado como obispo de Jaca, el 19 de diciembre de 1785, tiene cincuenta y seis años y es provincial de su orden. Nacido en Tembleque, un pueblo de la diócesis de Toledo, este manchego había destacado por la labor intelectual que desempeñó en la Universidad de Alcalá de Henares, en cuyo claustro obtuvo la famosa cátedra de Melchor Cano y donde fue reputado como sabio. Este doctor en Teología fue consagrado como obispo en Madrid el 5 de febrero de 1786 por el obispo Agustín Rubín de Jaén, a la sazón inquisidor general de España, y fue objeto de una amplia reseña en la Gaceta de Madrid del 14 de febrero.
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El siglo XIX fue uno de los momentos más complicados que le tocó vivir a la Iglesia española, castigada por Gobiernos que actuarían con deslealtad incluso cuando fueran cercanos, inmersa en un proceso de recuperación económica como consecuencia de las expropiaciones y castigada por una élite intelectual que se alejaba de ella. En pleno conflicto, en el seno de la Iglesia van a surgir importantes personajes que aportarán a la situación una acertada radiografía del mundo que comienza a irse y de las nuevas necesidades que van surgiendo. Sacerdotes de pueblo que aportan importantes avances científicos producidos por sus estudios y observaciones, un alto clero que presenta análisis certeros de la situación y una jerarquía entre la cual comienzan a surgir voces que hablan ya —con mucho acierto— de cuál es el camino a seguir y de qué papel jugará la prensa en el futuro. Como vamos viendo, de todo ello hay importantes ejemplos en la diócesis de Jaca, de la que saldrán clérigos que llegarán a ser protagonistas claves en muchos acontecimientos, incluso en el proceso de emancipación del mundo iberoamericano. Ejemplo evidente de este último aspecto es Antonio Bergosa y Jordán, nacido en Jaca el 21 de febrero de 1748, que fue una persona clave en los últimos momentos de la presencia española en tierras de México, donde fue inquisidor general desde 1779, ocupó el obispado de Oaxaca (1800-1817) y estuvo propuesto como arzobispo electo de México. Al final, víctima del absurdo Gobierno de Fernando VII y agotado por «un herpes corrosivo en ambas piernas», volverá a la península ibérica489 para hacerse cargo, en 1817, del obispado de Tarragona hasta que muera en Biescas en el año 1819, camino del balneario de Panticosa. Su oposición al proceso independentista
489. ACJ, caja 467, leg. 9, 4. El obispo hace testamento el 11 de octubre de 1816, cuando está «para emprender viaje a España, tan peligroso por las circunstancias del día a más de los comunes de mar y tierras, tanto por el riesgo de insurgentes en esta, cuanto de los corsarios en la mar».
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mexicano, a partir de 1810, puso en peligro su vida y le obligó a tomar parte activa en la persecución de los insurgentes.490 Por ello, al final de su estancia en el virreinato de Nueva España recogió los documentos que consideró necesario salvar y, junto con sus papeles personales, los colocó en un baúl cuya custodia encomendó a los canónigos de la catedral de Jaca, lo que dejaba esos documentos fuera de cualquier seguimiento.491 Poco antes, el tesoro catedralicio había recibido una pieza más del continente americano: dos cálices fechados en 1814 y obra del orfebre Alejandro Cañas que se unían al importante fondo de piezas que habían ido llegando a la catedral desde el Nuevo Mundo para engrandecer el culto a santa Orosia.492 Al mismo tiempo que mencionamos al obispo Bergosa conviene recordar que habrá dos jacetanos que desarrollarán tareas episcopales en la primera mitad del siglo XIX: el dominico fray Ramón Casaus y Torres, que será obispo auxiliar de Oaxaca en 1806 y arzobispo de Guatemala en 1810, y Mariano Benito Barrio y Fernández, nacido en Jaca en 1801, que será en 1848 obispo de Cartagena, en Murcia, y en 1861 arzobispo de Valencia, y que morirá en 1876 como cardenal de la Iglesia por voluntad de Pío IX. 490. Brian R. Hamnett ha escrito sobre «Antonio Bergosa y Jordán (1748-1819), obispo de México: ¿ilustrado?, ¿reaccionario?, ¿contemporizador y oportunista?», en Historia Mexicana, 59/1 (2009), pp. 117-136. 491. Estudié y organicé estos fondos en el año 1988, cuando ya habían sido colocados de manera arbitraria en cajas por un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores que los consultó durante el Gobierno de Franco por si eran objeto de considerarse fondos no consultables. Domingo J. Buesa Conde, «Fondos americanos en archivos eclesiásticos aragoneses», en Aragón y América, Zaragoza, Crealibros, 1991, pp. 285-298, esp. pp. 292-295, e idem, «Fondos documentales aragoneses para el estudio del mundo americano: el archivo del obispo Bergosa», Artigrama, 24 (2009), pp. 239-260, esp. pp. 243-244. Véase también Sergio Castillo Espinosa, «La consagración del aragonés Antonio Bergosa como obispo de Oaxaca (Nueva España): fuentes documentales en el Archivo de la Catedral de Jaca», en VII Congreso Internacional de Historia de América, vol. I: La corona de Aragón y el Nuevo Mundo: del Mediterráneo a las Indias, Zaragoza, Gobierno de Aragón, 1998, pp. 171-176; José Carlos Puente Sanagustín y Sergio Castillo Espinosa, «El vicariato castrense y la independencia de México», en Temas de historia militar: 2.º Congreso de Historia Militar (Zaragoza, 1988), vol. III: Comunicaciones II, Madrid, EME, 1988, pp. 271-280; Armando Serrano Martínez y M.ª Rosa Arnal Berniz, «Informes eclesiásticos sobre la insurgencia mexicana: correspondencia inédita del arzobispo Antonio Bergosa (1810-1813)», en las actas del citado 2.º Congreso de Historia Militar, vol. III: Comunicaciones II, pp. 507-516. Más tarde se procedió a microfilmarlo, y las imágenes, debidamente procesadas, parece que son el contenido de los cuatro volúmenes en CD-ROM, editados por José Luis González Martínez, que constituyen la obra Político y eclesiástico: don Antonio Bergosa y Jordán. Reproducción digital de fondo documental, México, ENAH, 2000-2004. 492. Como una lámpara votiva de 1611, un cáliz manierista de 1632 o unas vinajeras regaladas por el inquisidor López Sanz y enviadas desde México en 1661. Véase Cristina Esteras Martín, «Plata labrada mexicana en España: del Renacimiento al Neoclasicismo», en México en el mundo de las colecciones de arte: Nueva España, 2, México, UCOL, 1994, pp. 45-78, esp. pp. 47, 49 y 57.
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LA VECINDAD DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA
Fray José Antonio López Gil controló la sede jaquesa desde el 6 de abril de 1786 hasta el año 1802, en el que murió a los setenta y dos años de edad. Uno de sus primeros actos como prelado fue la toma de posesión del arciprestazgo de la Valdonsella, unido a Jaca por decisión papal para poner fin a un largo y complicado pleito en el que la sede jaquesa venía reclamando el control de estas tierras que antes fueron de Pamplona. El 29 de abril tiene lugar el traspaso de poderes en la iglesia de Santa María de Uncastillo, y el obispo toma conciencia de la importancia que tiene para Jaca la zona de las Cinco Villas. De toda su amplia labor conviene recordar su pasión por educar a los huérfanos pobres de la diócesis de Jaca, que aprendían un oficio en los talleres que tenía la casa de acogida que construyó en Uncastillo, una casa «muy capaz y de bella arquitectura». Pero sobre todo hay que mencionar su interés por el arte, en especial por la mejora y el embellecimiento de la catedral, en la que se desmontó el retablo antiguo hecho en el siglo XVI. Sabemos que en junio de 1791 asistió a la colocación de la primera piedra de la fábrica del coro, ocasión en la que entregó una escribanía de plata para que se rifase en beneficio de las obras, dentro de la cual había colocado «cien libras jaquesas y que lo restante que havía en dinero sirviese para un refresco para los oficiales de la fábrica». Su decisión de modernizar el templo le llevó a luchar para que dejaran venir a Bayéu a pintar en la cabecera jaquesa, así como a publicar un edicto del obispo (el 3 de marzo de 1792) sobre el cumplimiento de una real orden que prohibía hacer retablos de madera. La reforma de la cabecera catedralicia fue un asunto obligado por las graves alteraciones que producían en la fábrica románica las filtraciones que se producían desde el cementerio, que se ubicaba inmediato al ábside central. Comenzaron en 1703, y en 1790 se decidió acometer una solución definitiva que llevaba implícita la desaparición del viejo cementerio, que ya
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había sido vaciado en parte en 1730, además de la ampliación del ábside central para que pudiera albergarse en él el espacio del coro, que todavía seguía estando a los pies de la nave central. La obra se le encargó al cartujo fray Manuel Bayéu y Subías (1740-1809),493 quien, una vez que se desmontó el retablo que hiciera Juan de Bescós a fines del siglo XVII, procedió a plantear la reforma iniciada el 27 de mayo de 1791, concluida el 20 de abril de 1792 y culminada con la decoración pictórica el 31 de octubre de 1793. Trabajaron gentes de Jaca, como el maestro de obras Lorenzo Labastida, y la obra aportó una imagen nueva al templo, aunque el órgano y el coro no se trasladarían hasta 1919.494 Sin duda, la decoración del presbiterio y la del ábside fueron las grandes novedades. Fray Manuel Bayéu pinta entre mayo y octubre de 1792, con un costo de 3880 libras. En la cúpula plantea la representación de la Santísima Trinidad rodeada de santos y coros angélicos, con delicado colorido y equilibrada perspectiva. En las pechinas son cuatro las santas representadas, y en los tres paños del espacio absidal pinta tres grandes momentos de la vida del santo titular de la catedral. En la cabecera, la entrega de llaves a san Pedro, escena que acabará tapando en parte el órgano que se colocó después, y en los laterales, Jesús aplacando la tempestad en el lado del evangelio y la pesca milagrosa en el de la epístola.495 Un conjunto de pinturas que fueron del agrado del cabildo, que al ver los bocetos ya obsequió al artista con unas botellas de jarabe de chordón o frambuesa, regalo al que se sumaron unas vinajeras de plata y un cáliz para la cartuja al concluir la obra y como gratitud por haberle dejado subir a pintar. El obispo escribió para la posteridad que estas pinturas le «habían parecido del todo bien y que no podía menos de celebrar el buen acierto que había tenido el Cabildo en echar mano de tal sujeto para deliniar esta obra».496 Para rematar el conjunto se colocó la sillería coral dieciochesca que preside la silla del obispo, la cátedra con un relieve de san Pedro y flanqueada por dos estípites que se completan con las decoraciones de los rostros burlescos de las misericordias. Delante del gran facistol y bajo el altar mayor
493. ACJaca, caja 6, libro de gestis, 1782-1793. Domingo J. Buesa Conde, «La catedral de Jaca», est. cit., pp. 66-68. 494. Luis Galindo Bisquer, El órgano histórico en la provincia de Huesca y diócesis de Jaca, Zaragoza, Delegación Diocesana de Patrimonio de Jaca, 1983, pp. 69-71. El órgano trasladado en 1919, de hacia 1860, es obra del maestro Gómez y Mardones. 495. José Luis Morales y Marín, Los Bayéu, Zargoza, Ibercaja, Zaragoza, 1979, pp. 163-186. 496. Ricardo del Arco y Garay, «El círculo de pintores aragoneses en torno a Goya», Revista de Ideas Estéticas, 15-16 (1946), pp. 379-415, esp. p. 404.
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se colocaron las urnas con los restos de santa Orosia, la central realizada por el platero José Aznárez en 1731 y las laterales, con los cuerpos de los santos Voto y Félix en la derecha y el de san Indalecio en la izquierda, procedentes del monasterio de San Juan de la Peña, desde donde se trasladarán con ocasión de la guerra de la Independencia.497 Pero todas estas obras no lograban evitar las preocupaciones que asaltaban a las gentes de la diócesis debido a la cercanía a la frontera con Francia y a los graves sucesos que acaecían en el vecino país con la Revolución francesa, que estalló en 1789. Pero los momentos de mayor inquietud serán los de la guerra de la Convención, que entre 1793 y 1795 protagonizan unos atropellados ejércitos que intentan invadir el Reino de España.498 En esta línea, el obispo envía una carta a todas sus parroquias explicándoles la necesidad de que los clérigos «muevan los ánimos de los feligreses y procuren con exortaciones y palabras las más vibas y penetrantes, inspirar en sus corazones aquel espíritu, aquel ardor y aquel generoso atractivo que arrastra a la multitud a concurrir o contribuir a una guerra de cuyo feliz éxito pende la seguridad de la Patria, el honor de la nación y el bien de la Religión». A partir de esta idea el obispo llama a que salgan «generosa y voluntariamente a una expedición y que os llaméis unos a otros […] y peleéis seguros de vencimiento […] contra unos enemigos de un odio implacable».499 En marzo de 1793 comienza la guerra y todo está preparado ya en las tierras de la diócesis de Jaca, puesto que es zona de frontera y el peligro no dejará de ser real en los años que dure el enfrentamiento, años en los que cunde el pánico, pues, como escribe al cabildo jacetano el secretario de Estado y duque de Alcudia, los franceses «han echado por tierra las formas consagradas y han cortado la cabeza a una estatua de N.ª S.ª con lo que ellos llaman guillotina».500 Manuel Godoy escribe nuevamente al cabildo de Jaca en junio de 1794 para pedirle ayuda, explicando que es necesario «sostener con todas nuestras fuerzas las armas con que las estamos combatiendo para conseguir el
497. Domingo J. Buesa Conde, «Obras en el monasterio alto de San Juan de la Peña (18151835)», Homenaje a Federico Balaguer, ed. cit., pp. 185-203. 498. Idem, «La catedral de Jaca y la guerra contra la Convención francesa (1783-1795)», Aragonia Sacra, IV (1989), pp. 147-154. 499. José Garcés Romeo, La sociedad tradicional serrablesa a través de sus archivos parroquiales (finales del siglo XVI – mediados del siglo XIX), ed. cit., p. 144, an. 22, carta a Sabiñánigo, abril de 1793. Señala que «gracias a Dios que nuestro Augusto, Soberano Católico Monarca Don Carlos quarto piensa seriamente en atajar los procesos de nuestros enemigos declarados los franceses y poner una barrera a su orgullo descomunal y pernicioso». 500. ACJaca, libro de gestis, 1793-1801, 11 de diciembre de 1793, f. 41.
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exterminio de la inicua semilla que amenaza nuestra religión y guerra».501 Unos meses después, el obispo, que ya no vive en Jaca, sino que se ha retirado a Uncastillo y ha dejado su palacio como residencia al jefe del Ejército Real de Aragón, manda una carta al cabildo en la que le pide colaboración para mantener la guerra, puesto que se viven tiempos convulsos, y concluye con esta idea: «si en el siglo anterior a este hubiera alguno pronosticado la horrible y sangrienta revolución de la Francia, se le hubiera tenido por loco y ahora nos vamos acostumbrando a oír declamaciones contra la Yglesia y contra los soberanos». La colaboración del cabildo será total. Incluso aportará al Ejército trabajadores suyos: músicos de tenor y bajonistas tonsurados, sochantre, cuatro infantes destinados al canto de órgano y los dos escolanos de la sacristía mayor.502 Todo ayuda a contribuir, incluso los graves altercados militares que se dan en los valles de Canfranc, Echo, Aragués…, que acaban llevando al cabildo a celebrar una «Misa solemne de Santa Orosia», así como a facilitar toda la madera que guardaba para sus obras a la Ciudadela, ofrecer sus graneros, albergar soldados en las casas de los canónigos, proporcionar casas cercanas a la catedral para que sirvan como cuarteles, dar dinero para que el Ejército pueda poner soldados en el puesto de Torla y aportar grandes cantidades de plata503 y todos los objetos y las alhajas que no se usan en el culto. Además se van a celebrar rogativas que intentarán suavizar los grandes problemas del invierno de 1794, «lo muy riguroso y crudo de la estación y excesivas nieves», que incluso aconsejaron no hacer la novena de misas a santa Orosia «por la salud del pueblo y por la felicidad de las armas de España» a las ocho y media de la mañana, sino al mediodía, por tener la ciudad con «mucha nieve».504 Poco después, el 22 de julio de 1795, concluía la guerra con la Paz de Basilea y la situación se normalizaba, aunque lo que no volvía a recobrarse
501. ACJaca, libro de gestis, 1793-1801, cabildo del 23 de junio de 1794, f. 104. La carta de Godoy se fecha en Aranjuez el 13 de junio de 1794. La carta del obispo es del 24 de febrero de 1795 y está en el folio 164. 502. Ibidem, cabildo del 23 de abril de 1794, f. 83. 503. ACJaca, libro de gestis, 1793-1801, f. 173. El sábado 14 de marzo de 1795 el platero de Jaca Francisco Pérez valora lo que se entrega al rey, 3534 onzas y 8 adarmes de peso en plata, y se emite un recibí que firma el tesorero general del Ejército y Reino de Aragón José Jiménez Bretón. En total serían más de 8000 las onzas de plata que se dieron al rey para hace frente a la guerra de la Convención. Sabemos que la entrega incluía el medio cuerpo de san Pedro, otro de santa Orosia y la cruz grande «que se acostumbraba a poner en el altar maior en los días clásicos». 504. Domingo J. Buesa Conde, «La catedral de Jaca y la guerra contra la Convención francesa (1783-1795)», art. cit., pp. 150-151. Los datos se refieren a los últimos días de diciembre de 1794.
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era la tranquilidad, y las gentes de estos valles iban a vivir con miedo. El propio cabildo mantiene todas las medidas que había tomado ante las alertas y que le habían llevado —incluso con el permiso del obispo— a pensar en trasladar el archivo capitular a la catedral de Zaragoza, cosa que al final se desechó el 6 de junio de 1794. Y no olvidemos que el canónigo Asso, en el cabildo del 8 de enero de 1796, aconsejará hacer dos puertas —pintadas por fray Manuel Bayéu con san Pedro y santa Orosia— para el nicho del tabernáculo, pues «en atención a los tiempos que corren le parecía no podía colocarse la Custodia grande en su nicho del tabernáculo sin exponerse a un robo».505 No se iba a equivocar mucho el canónigo, puesto que la paz solo iba a ser un paseo militar que nos llevaría a la guerra de la Independencia. Mientras tanto había que asumir y recolocar a un importante número de clérigos franceses que salieron huyendo de la Revolución francesa y se refugiaron en la diócesis de Jaca.506 El obispo volvió a su palacio y sus contemporáneos señalan que vivió con gran moderación y que era muy frecuente su asistencia al coro de la catedral, así como su participación en las homilías de las misas solemnes, en las que destacaba por su elocuencia. Murió en 1802 a los setenta y tres años de edad y con un estado de salud muy deteriorado, víctima de un viejo quebranto que no le había impedido ejercer sus actividades pastorales. Muerto el obispo fray José Antonio López Gil, llega a la sede de Jaca otro franciscano, nacido en la ciudad de Valladolid y elevado a la dignidad episcopal cuando era confesor de las monjas de la Concepción Jerónima de Madrid. Fray Lorenzo Algüero Ribera (1803-1814), que fue nombrado obispo el 16 de mayo de 1803, tendrá que hacer frente durante su episcopado a graves problemas que irán desde que sea ordenado, el 2 de octubre de 1803, hasta que, el 19 de diciembre de 1814, sea trasladado a la sede de Segorbe, donde morirá el 30 de marzo de 1816 a los sesenta y cinco años de edad. Fray Lorenzo vivirá los primeros años de su mandato, que incluirán alguna visita pastoral a tierras de las Cinco Villas,507 en una ciudad que intenta superar el recuerdo del miedo a la cercana Revolución y que además está 505. Nos queda un interesante legajo para entender la situación de la catedral en esos momentos en ADJaca, caja 103; me refiero al titulado Expedientes sobre dignidades y canónigos de la catedral, 1797-1798. 506. ADJaca, caja 65, 1792, instancias de eclesiásticos franceses que se refugian en España huyendo de la persecución. 507. ADJaca, caja 742, Expediente de la visita del obispo Algüero a la val de Onsella, 1804. Visita Puy Pintano, Villarreal y Salvatierra en 1804, y Lorbés en 1805, entre otros.
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decidida a sacar adelante ese proceso de modernización que lideraba la Sociedad Económica de Amigos del País de Jaca, una sociedad ilustrada que, fundada por el alto clero jaqués, se había empeñado en traer —una vez más— el desarrollo a estas montañas empobrecidas e inseguras. En 1804 se convocaba, para comenzar a promocionar a los más jóvenes, la concesión de premios «a las niñas pobres y de buenas costumbres, instruidas en la doctrina cristiana, hilado, media de aguja y corte y costura de camisa».508 Este es el obispo al que le toca gobernar la diócesis en tiempos de la guerra de la Independencia, un período en el que las cosas van a peor. Junto a las peticiones de dinero que hacen las autoridades a los diferentes lugares, es muy notable el pillaje de los soldados franceses en muchas iglesias, como la del lugar de El Puente de Sabiñánigo, que queda «despojada enteramente de ornamentos y vasos sagrados a causa de los robos ejecutados sacrílegamente por las tropas enemigas»,509 mientras que en lugares como Sabiñánigo se escondían las cosas ante la llegada de los franceses y en otros, como Javierrelatre, se vendían jocalias para poder hacer frente a la ruina provocada por la invasión francesa. Claro está que nada como lo que hicieron los franceses que asaltaron la iglesia de Yeste y amenazaron de muerte al rector y lo «desnudaron hasta dejar al infeliz cura en carnes, creídos llevaba dinero en la ropa»,510 o como una carta que envió al obispo el cura de Yosa de Sobremonte en la que pedía dinero para poder comer algo.511 Son habituales las cartas de los rectores parroquiales al vicario diocesano en las que relatan los graves problemas de asaltos, robos y agresiones que padecen. Como botón de muestra podemos recordar que este prelado tiene que vivir el robo de dinero que sufre el cura de Javierrelatre (1806), el saqueo de varias casas en Salvatierra (1809), el asalto a la casa del alcalde de Embún para robarle la contribución (1810) y la desaparición de la cruz parroquial y de un pie de relicario de plata en el lugar de Bailo (1811). Junto a ello, hubo de mediar en la resolución de problemas para que pudieran asistir a misa todos los vecinos, como hizo en 1806 al tratar del barrio del Paco de Sallent.
508. Domingo J. Buesa Conde, Historia del Alto Aragón, ed. cit., p. 270. 509. José Garcés Romeo, La sociedad tradicional serrablesa a través de sus archivos parroquiales (finales del siglo XVI – mediados del siglo XIX), ed. cit., p. 25. 510. El cura era Antonio Samitier, quien lo escribió el 23 de agosto de 1809 en uno de sus libros registro. Francisco Oliván Baile, Los monasterios de San Juan de la Peña y Santa Cruz de la Serós (estudio histórico-arqueológico), Zaragoza, ed. del autor, 1969, pp. 90-91. 511. ADJaca, caja 83, 1810. En 1839 tendrá problemas para subsistir el cura de Isún.
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LOS CLÉRIGOS COMO MOTOR DE DESARROLLO
Aunque son muchas las dificultades que atañen a los curas de la diócesis,512 el gran problema estaba en los diezmos y las primicias, prestaciones que hacían los fieles a la Iglesia para el sostenimiento del culto en el otoño y antes de Todos los Santos, pero no debemos olvidar que en tierras del obispado jaqués una parte de esos diezmos va a manos de familias infanzonas como los Oliván de Javierre del Obispo (1801), de títulos nobiliarios como el conde de Berbedel o de monasterios como el de San Juan de la Peña. Se diezma de diez a uno —aunque en Biescas la lana diezma de veinte a uno y en Osán las judías pintas lo mismo—, y la primicia es una variada proporción que va de treinta a cuarenta. Estos ingresos, llevados por los propios feligreses o recogidos por las caseras —que incluso recolectaban las legumbres por las era de Yésero— o por los mismos sacerdotes, fueron objeto de pequeñas estafas o picaresca que denuncian incluso las Constituciones sinodales del obispado de Jaca (1739) cuando dicen que «se pague la metad de la Décima en la Parroquia donde se apacentaren y la otra mitad donde el dueño tiene su domicilio, suele suceder que los parroquianos de una Parroquia se mudan a otra al tiempo en que se acostumbra a pagar en nuestra Diócesis la décima de corderos, cabritas, lana y queso».513 El asunto había terminado siendo algo tan sencillo y tan complicado como lograr que la sociedad del Antiguo Régimen contemporizara con los nuevos conceptos de la Revolución que venían de Francia, la realidad de la
512. ADJaca, caja 743, circulares a los curas de la diócesis de Jaca, 1800-1830. Este legajo lo arregló en 1865 el secretario de cámara Eulalio García Asensio. 513. José Garcés Romeo, La sociedad tradicional serrablesa a través de sus archivos parroquiales (finales del siglo XVI – mediados del siglo XIX), ed. cit., pp. 163-164. Para el caso del Sabiñánigo antiguo, a mediados del siglo XVIII, nos explica (n. 27) cómo se diezmaba el ganado de corderos en los corrales propios, de donde van saliendo todos por un portillo y «en llegando a diez y nuebe aquel que cumple con este número, sea bueno o malo, pertenece a la décima». Libro III, título quinto, «De Decimis et Primitiis».
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percepción de unos diezmos y unas primicias que —desde finales del siglo XVIII y en una tierra inmediata a Francia—muchos diocesanos no querían pagar. Por ello, es normal que nos cuenten los visitadores generales cómo «los fieles de esta parroquia han sido omisos y negligentes en pagar a Dios la primicia de cáñamo que les corresponde», en el caso de Senegüé en 1785, o cómo los habitantes de Escartín, en 1794, no querían aportar las cantidades con las que hacían frente a los responsos de los domingos y llegaron a contestar al enviado del obispo que «ni querían pagar, ni querían responsos», lo cual les llevó a negarse a abonar también los diezmos en 1801. Esta negativa va cundiendo y en Pardinilla, cerca de Jaca, es el propio alcalde el que lidera la operación «estorbando la recaudación de las décimas» y acusando a la Iglesia de mantener una renta feudal. Claro está que con ello abrieron la espita para que, abolido el diezmo, el agricultor pasara a pagar al Estado y esto no conllevara ningún alivio para él, ni mucho menos.514 La Iglesia diocesana, al igual que en otros sitios, hacía un uso de todos estos tributos bien amplio, puesto que no solo cubría los gastos del culto y las necesidades de un vivir muy pobre de sus responsables, sino que almacenaba parte de ellos —especialmente los cereales— en los graneros parroquiales para poder dedicarlos a cumplir una misión social que les llevó a prestar al Concejo en momentos de necesidad e incluso a vender a particulares. Conocemos muchos datos al respecto desde que se crean los montes de piedad en el tránsito del 1700, justo cuando se viven los graves años de la crisis del XVII y se abren los problemas de un país que inaugura siglo con la guerra de Sucesión. Estos montes de piedad tenían como finalidad adelantar o prestar el trigo que los labradores más pobres necesitaban para la siembra.515 Pero además conviene explicar que los curas no se limitaron a gestionar la fundación de estos apoyos para los labradores más necesitados, que por cierto eran la mayoría, sino que además investigaron en agricultura y pusieron al servicio de sus comunidades adelantos notables mediante su acción directa o mediante la divulgación. Entre ellos, en la diócesis debemos reseñar al cura Juan Francisco Calvo Cavero († 1799), que tradujo el Predio rústico, una obra del jesuita Jacobo Vaniere, considerada clave para la modernización de la agricultura y la ganadería, a la que añadió de su cosecha unas notas personales tituladas «Disertaciones sobre las abejas». Y precisamente en este mundo de las abejas la persona clave que hace avanzar la industria es un cura jacetano, nacido en Aragüés del Puerto y 514. José Garcés Romeo, La sociedad tradicional serrablesa a través de sus archivos parroquiales (finales del siglo XVI – mediados del siglo XIX), ed. cit., pp. 164-166. 515. Domingo J. Buesa Conde, «La historia del mosén altoaragonés», est. cit., pp. 326-328.
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canónigo de la Seo zaragozana, que escribió una Historia de las abejas que no llegó a imprimirse pero que fue fundamental para el desarrollo de la apicultura.516 Este mosén, Ramón Casajús (1732-1796), investigó el comportamiento de las abejas en las colmenas que implantó en las huertas madrileñas de Atocha. Otro cura formado en el seminario jacetano fue el matemático Domingo Lobera, nacido en Bailo y muerto en 1790, que recorrió Europa como capellán del marqués de la Herrería y publicó su importantísimo Ensayo de un catecismo rural que da un maestro a un discípulo que quiere instruirse en la agricultura, cuyas instrucciones forman un cuerpo completo de la agricultura (La Haya, 1780),517 todo un tratado en trescientas cuarenta páginas. En esta nómina de curas implicados en el desarrollo de los recursos del territorio llegaron a incorporarse notables inventores, caso del cura mosén Juan Miguel Solano, un cura de Escó nacido en Berdún y muerto en 1804 que inventó un arado para labrar la tierra sin el concurso de animales. Este instrumento, que trazaba surcos muy profundos, fue asumido por algunos agricultores de la diócesis jacetana, al igual que su empeño en llevar agua a terrenos rocosos que convertía en cultivos de legumbres y verduras y que visitaba en una silla, accionada con una manivela, que había inventado él mismo tras quedarse inválido.518 Todo este mundo de aportaciones se hunde con la guerra de la Independencia, que afecta a esta diócesis de manera evidente durante el episcopado del obispo Algüero desde que se establecen tercios en Jaca para frenar el avance de los franceses, que son rechazados hasta Urdós en julio de 1808 cuando pretenden invadir Jaca, cosa que lograrán en marzo de 1809.519 El comandante Fabre se aloja entonces en el propio palacio episcopal, donde conocemos que celebra importantes fiestas, además de las que da la esposa del mariscal Suchet, a cargo de la ciudad, con músicos, fuegos artificiales,
516. José María de Jaime Lorén y José de Jaime Gómez, «Historiografía de la apicultura aragonesa», en Metodología de la investigación científica sobre fuentes aragonesas: actas de las VI Jornadas (Graus) Zaragoza, ICE, 1991, pp. 215-224, esp. pp. 220-222. 517. Jesús Conte Oliveros, Personajes y escritores de Huesca y provincia, ed. cit., p. 41; para Casajús, pp. 34-35. 518. La importancia de este innovador le lleva a aparecer en muchos estudios en los que se recuerda su condena por la Inquisición española en 1850. Lucienne Domerge, «Un hérétique: Juan Miguel Solano, curé d’Escó», Penseurs hétérodoxes du Monde Hispanique, Toulouse, Université de Toulouse – Le Mirail, 1974, pp. 155-197. 519. Domingo J. Buesa Conde, Historia del Alto Aragón, ed. cit., pp. 270-278. Para todo este período, en el que no entraremos, véase Ramón Guirao Larrañaga y Luis Sorando Muzas, El Alto Aragón en la guerra de la Independencia, Zaragoza, IFC, 1992, donde quedan perfectamente estudiados los asuntos que afectan al sufrimiento de la diócesis, su clero y sus feligreses durante el dominio francés.
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tablados y partidas de cartas. Todo un período de sufrimiento que concluyó con la capitulación de los franceses el 17 de febrero de 1814, después de que hubieran incendiado el monasterio de San Juan de la Peña y vendido parte de su plata en pública subasta a un francés que se hizo con lo que habían robado,520 de lo que únicamente se salvaron la urna de los santos Voto y Félix y la de san Indalecio, que el cabildo presionó para que «con noticia del prelado recivan el culto y veneración que corresponde». El final de todo supuso la vuelta de Fernando VII y la recuperación del Antiguo Régimen, situación celebrada en la ciudad por una población diezmada y una diócesis con recursos limitados.521 En esas circunstancias Jaca recibe la noticia de que Pío VII, el 10 de julio de 1815, ha designado como nuevo obispo a un albaceteño, el cual estará en la ciudad hasta que muera, el 9 de noviembre de 1822, a los setenta y tres años de edad. Cristóbal Pérez Viala era un prelado preocupado por el boato con que se debían celebrar los oficios, asunto que le llevó a crear en el centro del presbiterio un nuevo altar donde poder celebrar «a la vista del pueblo, en este altar de las reliquias», y a abandonar el antiguo, que quedaba muy atrás para verlo desde las naves laterales. Y, para promover la colaboración de todos, decidió pagar él mismo el templete de madera sostenido por cuatro columnas que rodeaba el altar. Un dosel que no gustaría a sus sucesores, que acabaron criticando que «resultó pobre y de mal efecto», aunque se quiso imitar a los de Roma.522 A la escasa actividad de este primer prelado del reinado de Fernando VII le sucedió un período de absoluta inactividad con dos obispos. El sevillano Leonardo Santander y Villavicencio (1824-1828) fue un obispo de paso y un profundo defensor del absolutismo más ultramontano. Vino desde su condición de obispo de Quito, tomó posesión el 24 de mayo de 1824 y acabaría
520. Valdeolivos, barón de, «La plata del monasterio de San Juan de la Peña», Aragón, 85 (1932), p. 189. Véase Francisco Oliván Baile, Los monasterios de San Juan de la Peña y Santa Cruz de la Serós (estudio histórico-arqueológico), ed. cit., pp. 91-92. 521. ADJaca, caja 645, Sobre los beneficios que obtiene la mitra episcopal de Jaca de los diversos pueblos de la diócesis en el año 1823. En la misma caja se custodia la relación de beneficios económicos y en especie que le corresponden a la mitra de Jaca y que se recogen de los diversos pueblos de la diócesis. Igualmente quedan los fondos del pago de tazmías de frutos a la mitra episcopal en la Valdonsella y Biota (1833) y en Uncastillo (1834). La documentación de las tazmías y los tributos del arciprestazgo de Valdonsella entre 1786 y 1800 se conserva en la caja 647 del ADJaca, y la de los años 1820-1849, en la caja 648. 522. Rafael Leante y García, Culto a María en la diócesis de Jaca, ed. cit., p. 15. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: dos mil años de historia, ed. cit., pp. 364-366. Este altar costó 17 000 reales y ya estaba concluido en 1821. En 1860 se le añadió un dosel blanco, de espolín de oro fino, procedente de Valencia.
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marchando a la diócesis de Astorga.523 Y de paso también estará el mercedario Pedro Rodríguez Miranda, promovido al obispado de Jaca el 22 de abril de 1829, ordenado el 21 de marzo de 1830 y muerto el 28 de agosto de 1831 en el lugar de Senegüé. Cuatro meses después de muerto el obispo, se le ofrece el cargo al antiguo abad mitrado de Lerma Manuel María Gómez de las Rivas, un burgalés nacido en 1770 que llegará a Jaca —con sesenta y dos años— y será promovido el 15 de julio de 1832. Los quince años de su episcopado serán intensos para la diócesis, inmersa en los inicios del reinado de Isabel II y, especialmente, en la confrontación de sus partidarios —isabelinos— con los del príncipe Carlos —carlistas—, apoyados por parte del clero rural, una guerra que tendrá como escenario las tierras de esta diócesis, puesto que los ejércitos carlistas avanzan por la Canal de Berdún en agosto de 1835. Jaca y su clero, que ya han manifestado su lealtad a la reina Isabel, defenderán esta tierra desde la Ciudadela, aunque se acaba de sufrir el cólera morbo en el invierno de ese año. Así se abre uno de los períodos más duros para las gentes de la diócesis, que concluye el 3 de febrero de 1835 con la rogativa pública con el cuerpo de santa Orosia y el rezo multitudinario a partir de las nueve de la noche con velas por la ciudad como agradecimiento del final de la epidemia.524 Queda un curioso testimonio de lo que le sucedió al pobre rector de Ipiés, que en la noche del 7 de junio de 1839 se vio desvalijado por «seis hombres armados en trajes de carabineros» a los que había acogido en su rectoría para invitarles a comer cuando le rogaron que les «vendiese comida que no hallaban en el pueblo». Los ataron a él y a la casera, intentaron matarlos y les robaron todo, pues, como explica su sobrino el cura de Yebra,
523. Carta pastoral del excelentísimo e ilustrísimo señor doctor don Leonardo Santander y Villavicencio, obispo que fue de Quito en la América Meridional y actualmente de Jaca en el Reino de Aragón, caballero gran cruz de la Real Orden Americana de Isabel la Católica, prelado doméstico de su santidad y asistente al sacro solio pontificio, Zaragoza, Imp. del Sto. Hospital R. y G. de N. S. de Gracia, 1825. En ella, escrita en Jaca el 5 de septiembre de 1825, defiende al rey Fernando VII y llega a decir: «Pues si esto es nuestro amabilísimo Rey Fernando, si es un modelo exacto de los más bien acabados monarcas que admiró el mundo, ¿cómo es que Israel no descansa seguro con su paternal gobierno cada uno bajo su higuera y bajo su vid?» (pp. 4-5). Y añade que considera «que esta de Jaca no es una de aquellas ciudades grandes, opulentas y voluptuosas, dadas a la molicie y a la ociosidad, madre fecunda de todos los desórdenes, vicios y pecados tanto públicos como secretos, y que la misma Jaca y toda su provincia desde que fue abolido por segunda vez el pernicioso sistema constitucional, es el centro y domicilio de la tranquilidad y del reposo» (p. 12). 524. AMJaca, caja 371. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: dos mil años de historia, ed. cit., pp. 370-372.
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«lo han dejado sin nada al último de sus días, cuando más lo necesitaba en un tiempo que nos hallamos sin renta, destituidos de todo», e incluso se llevaron «las existencias que tenía de las primicias de las iglesias de su parroquia que había ido reservando en los años antes de la supresión del diezmo».525 Si parecía cerrarse este período con el tedeum en la catedral jacetana (el 30 de septiembre de 1839) en acción de gracias «por las inesperadas ventajas de las armas nacionales», las cosas no serían tan fáciles,526 puesto que al obispo aún le tocará vivir el levantamiento de 1844, un movimiento progresista de signo esparterista, contrario al poder de los moderados. Ansó, Echo y Siresa serán los centros de la rebelión, y la ermita de Escagüés, el escenario de los brutales fusilamientos realizados por los isabelinos a final de año. Si bien el obispo fue felicitado por el Gobierno por su colaboración en el sometimiento de este movimiento, poco antes se le había acusado de delator, aunque el propio jefe político de Huesca le tuviera que pedir disculpas en abril de 1844 recordando sus servicios a la Corona y la rapidez en atender sus peticiones, como en el caso del informe que hizo, a ruego de Isabel II, sobre los sepulcros reales de San Juan de la Peña.527 El peso personal de este clérigo en la corte salvó la diócesis de algunos problemas, aunque él tuvo que padecer esos acosos de los que quisieron verlo caído en desgracia, y fue también muy rentable su prestigio para su mandato como arzobispo de Zaragoza, ciudad en la que murió en junio de 1858, después de haber llegado a ser consejero de la reina Isabel II y senador del Reino de España. Pero, si tenemos que señalar un documento por el que sea clarificador este episcopado, es el de la Visita general del obispado,528 que durará desde el 20 de febrero hasta el 1 de julio de 1833 y en la que el prelado se encontrará con la situación real de deterioro de las iglesias de su diócesis, tema que le preocupa dada su inclinación a ser magnánimo con los pobres, una cualidad suya tan evidente que sería incluso destacada por el papa Pío IX. La visita pastoral incluye un análisis muy completo de cómo está la diócesis, sobre todo en su zona montañosa por ser la que tiene más problemas. 525. José Garcés Romeo, La sociedad tradicional serrablesa a través de sus archivos parroquiales (finales del siglo XVI – mediados del siglo XIX), ed. cit., p. 134, an. 17, carta del cura de Yebra al obispo de Jaca, Yebra, 20 de junio de 1839. 526. ADJaca, caja 155, Real Orden para fijar el número de iglesias que deben conservarse abiertas, 1843. 527. ADJaca, caja 163, exp. 3, Jaca, 20 de julio de 1840. El informe es personal del obispo y lo envía a la reina a través del jefe político de Huesca. 528. Biblioteca Diocesana del Obispado de Jaca, n.º 1340. Visita general del obispado de Jaca que hizo el Ilmo. Sr. D. Manuel Gómez de las Ribas desde el 20 de febrero hasta el 1 de julio de 1833. En el ADJaca quedan abundantes documentos preparatorios de esta visita y sus textos. Véase, por ejemplo, la Relación de la visita episcopal de 1833 a San Pedro de Biescas, caja 84.
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En primer lugar recoge los continuos asaltos que ocurren desde el verano de 1836, especialmente el de los sagrarios de la ermita de Santa Orosia en Yebra —a la que accedieron «quebrantando una ventana para entrar»— y el de la iglesia de Isún, pues el regente de Sardas le había explicado que «se halló que habían roto las tablas del sagrario, de dicha iglesia de Isún y robado el Copón y que halló las Formas por el suelo». Robos, asaltos y agresiones a los clérigos ponen escenario a una crisis económica que padece la diócesis entera, situación que impide que paguen las deudas a la Iglesia los de Sobás, que afirman que «es imposible puedan pagarlo por estar en la mayor miseria», y los de Sabiñánigo, quienes explican que «están pobres por haber sido robados por los soldados de Napoleón». Curiosa es la anotación sobre la iglesia de las Cuevas de Santa Orosia, donde «hasta el año de doce hubo bastantes alhajas de plata y oprimido el pueblo con exorbitantes exacciones se vio precisado a echar mano de ella y la enajenaron sin que hasta el presente hayan reintegrado cosa alguna». Todos tienen que hacer frente a las necesidades de unas fábricas antiguas (de la de Aurín, por ejemplo, se dice que la suya es «iglesia vieja y ruinosa»), e incluso a la obligación de reedificar algunas abadías que no pueden hacerlo, como en el caso de la de Casbas, donde además manifiestan que tienen una iglesia viejísima y fuera del pueblo. Mientras tanto, preocupa mucho el disponer de campanas que rijan la vida de la comunidad, y en Ainielle manifiestan que tienen gran necesidad de una torre «porque el pueblo no puede oír las campanas». Junto a ello, se nos explica que hay multitud de ermitas atendidas todavía por ermitaños, como la de la Virgen del Pueyo de Acumuer o la de Santa Lucía de Cartirana. No faltan ermitas sin culto, como la de la Virgen de los Canales de Oliván; otras donde ya se tienen los materiales para reedificarlas, como la de la Virgen del Prado de Cortillas —«cuya imagen es de alabastro»—, o incluso algunas profanadas, como la de San Pedro en Cillas o la de San Bartolomé en Bergua. Lo que se detecta como fuerte es la devoción a la Virgen del Rosario, que tiene cofradías en casi todos los pueblos de estas tierras, y a la patrona de la diócesis, cuya cabeza se custodia «con devoción particular al altar de santa Orosia» de Yebra, donde hay incluso hermandad propia de la santa. Junto a esta devoción principal, en Gavín conservan el cuerpo de san Guillermo «en una urna de madera forrada de seda»; en Escartín, la reliquia de san Babil; en Javierre, el relicario de san Valentín, y en Yebra de Basa, el de san Lorenzo.
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LA CRISIS DE LA DESAMORTIZACIÓN
Gobernando fray Manuel María Gómez de las Rivas estalló el proceso de la desamortización de las tierras que estaban en manos de la Iglesia, que fueron vendidas en pública subasta al mejor postor ofreciéndole enormes facilidades de pago, ya que permitían al comprador abonar el 20 % en ese momento y el resto durante dieciséis años. Con esta medida, el ministro de Hacienda pretendió crear una nueva burguesía terrateniente, pero no contentó a nadie y al final se vio obligado a saldar el expolio en 1851 —con el Concordato— comprometiéndose a pagar el «subsidio de culto y clero». Esto es en realidad la síntesis de un proceso que llamamos desamortización, un proceso reincidente en esos últimos siglos, puesto que la reivindicación de los bienes de la Iglesia, que solo contribuían impositivamente desde el Concordato de 1737, fue permanente y padeció algunos momentos desamortizadores, como el vivido durante el gobierno de Godoy o el puesto en marcha durante el Trienio Liberal, pero ninguno poseyó la virulencia del impulsado por el ministro Juan Álvarez Mendizábal, quien declaró en venta todos los bienes que hubieran sido de las órdenes religiosas suprimidas en 1836.529 En la provincia de Huesca este proceso se inició con la enajenación de fincas en 1838 y abrió un grave período de pobreza para el culto y el clero que se arrastró desde 1841 hasta 1845, fecha esta última en la que se suspendieron las ventas, pero todavía se destruyeron iglesias y se desmontaron conventos, y se planteó la devolución de lo no vendido, todo en medio de una tensión social muy significativa y alentada por todos, pues a nadie satisfizo esta desamortización, de la que se escribió: «la expoliación de la Iglesia quedó consumada en 1841». 529. ADJaca, caja 7/10, inventarios de los conventos jacetanos, en concreto de lo depositado en el castillo de Jaca. El obispo de Jaca se dirigió al Gobierno de Su Majestad para pedirle que le facilitase ornamentos y objetos sagrados (caja 5).
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No conocemos bien el proceso en la diócesis jacetana,530 que quedaría abierto hasta 1872, inmerso en debates, intentos de desamortización y nuevos ataques a la propiedad de la Iglesia en 1868, que abrieron un proyecto de desamortización en 1869 y provocaron que casi un millar de conventos e iglesias fueran destruidos, mal usados o abandonados.531 Como consecuencia de todo ello, la Comisión Provincial de Monumentos de Huesca,532 desde su creación en 1844 hasta 1922, asumió el papel de sacar de los espacios religiosos sus bienes cultuales, obras de arte con las que se fundaron nuevos museos o se incrementaron los fondos de bibliotecas e instituciones museísticas y archivísticas nacionales. Parte clave en nuestra diócesis fueron los fondos documentales de los viejos monasterios, entre los que destacó el de San Juan de la Peña, cuyo archivo ya había sido expoliado por el conde-duque de Olivares en el siglo XVII y más tarde por otros cargos, como el gobernador civil de Huesca, «quien tomó varios manuscritos y entre ellos como cinco tomos de apuntaciones sobre la historia de Aragón» cuando visitaba los archivos altoaragoneses por mandato de Isabel II en 1855 y encontró todavía en la real casa pinatense ciento setenta cuerpos de libros.533 En medio de esta nueva situación, que desmantelaba las bases económicas de la Iglesia en una sociedad que no estaba muy dispuesta a colaborar económicamente, la reina manda a Jaca a un clérigo salmantino, el catedrático Miguel García Cuesta (1848-1851), que estuvo considerado como uno de los hombres «más eminentes que tuvo España en el siglo XIX»,
530. ADJCA, caja 641, estado de los bienes de culto y clero en 1848; expediente donde constan los cuatro inventarios de bienes exceptuados de la enajenación en la provincia de Zaragoza, 1860; expediente donde constan los bienes exceptuados en la provincia de Huesca, 1861. 531. José María Antequera, La desamortización eclesiástica considerada en sus diferentes aspectos y relaciones, Pamplona, Analecta, 2003 (reprod. de la ed. de Madrid, Impr. de A. Pérez Dubrull, 1885), caps. XIII y XIV. Los registros de ventas de bienes nacionales vendidos desde 1837 se conservan en el Archivo Provincial de Huesca. Las relativas a los bienes del clero regular son las inscritas en el primer libro registro, conforme al Real Decreto de 19 de febrero de 1836, y también las de los bienes de encomiendas dispuestas por Real Orden de 1 de mayo de 1848. Otros dos libros anotan las ventas de fincas del clero secular, según la Ley de 2 de septiembre de 1841. Conviene ver Juan José Generelo Lanaspa, «Los libros-registro de ventas de bienes nacionales: notas sobre su tratamiento informático para el estudio de la desamortización eclesiástica en la provincia de Huesca», en Agustín Ubieto Arteta (coord.), Metodología de la investigación científica sobre fuentes aragonesas: actas de las III Jornadas, Zaragoza, ICE, 1988, pp. 473-485. 532. Ricardo del Arco y Garay, Reseña de las tareas de la Comisión Provincial de Monumentos Históricos y Artísticos de Huesca (1844-1922), Huesca, V. Campo, 1923. 533. Francisco Oliván Baile, Los monasterios de San Juan de la Peña y Santa Cruz de la Serós (estudio histórico-arqueológico), ed. cit., pp. 94-95. Toma la noticia de un artículo de Mario de la Sala Valdés publicado en la revista El Pilar en marzo de 1900.
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en todo caso uno de los más brillantes en la defensa de los derechos de la Iglesia española, aparte de muy comprometido con el cumplimiento de sus deberes pastorales.534 Consagrado a sus cuarenta y cuatro años como obispo de Jaca en la catedral de Valladolid, llegó a la ciudad pirenaica el 6 de agosto de 1848 y se marchó el 5 de septiembre de 1851 rumbo al arzobispado de Santiago de Compostela, donde culminó la carrera iniciada en Jaca con el capelo cardenalicio el 21 de mayo de 1862. Con el nombramiento de príncipe de la Iglesia el papa Pío IX consolidó la trayectoria de un clérigo que había destacado por su actividad pastoral, sus escritos a la reina sobre la defensa del clero en 1862 y sobre la importancia de los estudios en los seminarios en 1864. Un obispo que, como senador vitalicio del Reino, defendió la confesionalidad católica de España, acción que culminó con el Discurso en defensa de la unidad católica 535 que leyó en las Cortes Constituyentes el 27 de abril de 1869, justo cuando se vivía el Sexenio Revolucionario y él recorría los últimos años de su vida, en los que todavía tuvo tiempo de consagrar el templo metropolitano del Pilar el 10 de octubre de 1872. Este obispo, incluido en lo que se conoce como promoción del Vaticano I, aunque se le castigó a no ir por cierta denuncia que hizo de una situación injusta, fue un valiente apologeta de la verdad que supo dotar a sus escritos de ese aire bélico que el momento requería. García Cuesta asumió desde muy pronto las preocupaciones del santo padre sobre las nuevas ideas laicistas, lamentó la ocupación de los Estados Pontificios y se definió como un obispo monárquico y antiliberal. Una de sus pasiones fue divulgar el culto a la Inmaculada, en la redacción de cuyo dogma participó.536 El mismo día que se marchó el obispo García Cuesta, el 5 de septiembre, expidió su santidad las letras apostólicas sobre el Concordato para que se publicaran un mes después y se mandaran a los archivos diocesanos con el fin de que todos las hicieran guardar. El Concordato, firmado por Pío IX en Roma el 23 de abril de 1851, aunque entró en vigor en septiembre, fue un tratado por el que la reina Isabel II y los moderados lograron
534. ADJaca, caja 155, itinerario del obispo para las confirmaciones, 1848. 535. Miguel García Cuesta, Discurso en defensa de la unidad católica, Santiago, Tip. de José M. Paredes 1869, 44 p. En sus páginas 42 y 43 escribe: «lo único que quiero es que el Gobierno pague lo que debe, una deuda de justicia; nada más. La nación se ha apoderado de los bienes de la Iglesia católica con los cuales ha sostenido el culto y los ministros; justo es, pues, que la Nación dé una compensación por esos bienes para sostener el culto y sus ministros». 536. Para el estudio del pensamiento de este obispo debe verse Carlos Garcia Cortés, El cardenal García Cuesta (1803-1873): un eminente arzobispo compostelano en la España liberal, Santiago de Compostela, Cabildo Catedral de Santiago, 2006.
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restablecer las relaciones Iglesia-Estado, que habían quedado rotas en ese itinerario desamortizador de los bienes eclesiásticos que fue desde las Cortes de Cádiz hasta Mendizábal. El acuerdo se construyó sobre la ley de dotación de culto y clero que se había aprobado para restituir parte los bienes desamortizados y no vendidos, y era muy claro en su principio inspirador: «La religión católica, apostólica, romana, que con exclusión de cualquiera otro culto continúa siendo la única de la nación española, se conservará siempre en los dominios de S. M. Católica con todos los derechos y prerrogativas de que debe gozar según la ley de Dios y lo dispuesto por los sagrados cánones».537 En el desarrollo del convenio se deja muy claro que se conserva la diócesis de Jaca como sufragánea de la metropolitana de Zaragoza —aunque se unen Barbastro a Huesca y Albarracín a Teruel—, que su obispo tendrá una dotación de 80 000 reales anuales, que habrá dotación para los curas, 14 000 reales para cada uno de los dieciséis capitulares y 6000 para cada uno de los doce beneficiados de la catedral, y que recibirá la sede para los gastos del culto entre 70 000 y 90 000 reales. La diócesis de Jaca tiene en ese momento ciento sesenta y nueve parroquias (Huesca posee ciento setenta y tres, y Albarracín, treinta y tres), 208 leguas cuadradas, 28 081 feligreses y un valor total de 93 165 reales como rentas del obispo. En este escenario llega como nuevo obispo un oscense de cincuenta y nueve años natural de Angüés. El 5 de septiembre de 1852 recibía el orden episcopal Juan José Biec Belío, que, aunque llegó dispuesto a ser fundamentalmente un cura al servicio de su diócesis, poco pudo hacer, pues murió a los cuatro años de estar en la ciudad, el 13 de julio de 1856.538 Algo más pudo hacer el canónigo murciano Pedro Lucas Asensio y Pobes (18581870), que ocupó la sede hasta que murió, con sesenta y tres años de edad, el 18 de noviembre de 1870, como consecuencia de haberse agravado el «ataque apoplético que le puso a las puertas de la muerte y […] le dejó casi imposibilitado para desempeñar su cargo», y que le había dado en junio de 537. Carlos Ramón Fort y Pazos, El Concordato de 1851 comentado y seguido de un resumen de las disposiciones, Madrid, Imp. Eusebio Aguado, 1853, pp. 22-24. En las parroquias urbanas los curas tendrán una dotación de entre 3000 y 10000 reales; en las rurales el mínimo será de 2200, y para los gastos de culto parroquial habrá una cantidad que no bajará de 1000 reales anuales. Los datos de la diócesis, en los apéndices de las páginas 128, 129, 130 y 165. El artículo 38 (p. 27) explica que la dotación del culto y el clero se atiende con el producto de los bienes devueltos por la Ley de 3 de abril de 1845, con el producto de las limosnas de la Santa Cruzada y con impuestos sobre propiedades rústicas y urbanas, y sobre animales y bienes, cobrados por las diócesis. 538. Santiago Broto Aparicio, «Losanglis: Juan-José Biec y Belío, obispo de Jaca», Diario del Alto Aragón, 23 de octubre de 2005.
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1867, cuando iba a «cumplir uno de los actos de su ministerio pastoral en la iglesia de religiosas benedictinas».539 Este obispo fue el que fundó el seminario diocesano y el que creó la galería de retratos episcopales de su palacio, continuó como su antecesor potenciando continuas obras en la catedral,540 dio cobertura a abundantes mejoras en las iglesias de la diócesis, según atestiguan los muchos expedientes de reparación parroquial541 que se acometieron entre 1859 y 1868, y se preocupó de documentar muy bien la población de su diócesis, para lo cual en sus visitas ordenaba, como hizo en Acumuer el 18 de junio de 1860, que en los libros parroquiales se mejorasen las anotaciones inscribiendo en cada casa a todos los que vivían en ella, incluidos los recién nacidos, que en el caso de los niños se pusiese solo párvulo y que en los demás se indicase el estado y los aspectos de doctrina, confesión, comunión, etcétera.542 Todo ello sin olvidar que, limitado ya por su enfermedad, tuvo que vivir la virulencia inicial de la Revolución de 1868, que en Jaca lideró la Junta Revolucionaria establecida el 30 de septiembre de 1868, de la que emanaron 539. ADJaca, caja 183, testamentaría del obispo Lucas Asensio, cuentas presentadas por Pascual Ara, 1871, y cuentas de la distribución de los fondos destinados a los pobres de Jaca, procedentes de la testamentaría del obispo Pedro Lucas, 1873. Entre los legados que deja está la orden de pavimentar la cocina del hospital, llevar los cuadros comprados en Madrid a la ermita del Rosario y dar a los pobres 90 fanegas de trigo en pan fabricado por el panadero Matías Biescas. 540. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: dos mil años de historia, ed. cit., pp. 376-377. Se hicieron los vestuarios capitulares, con sus armarios de nogal; se restauró el órgano en 1856; se colocaron las colgaduras de damasco encarnado en el presbiterio en 1860; el nuevo monumento de Semana Santa lo hizo el escenográfo zaragozano Mariano Pescador, quien en 1860 pintó con su hijo la capilla de santa Orosia por encargo de la hermandad de la patrona jacetana; en 1862 se protegió el claustro del frío y el obispo pidió un confesionario en la catedral para él; en 1865 se pavimentó la lonja mayor y se colocaron las estatuas del viejo retablo; en 1868 se adecentó la sala capitular con un pavimento en nogal dibujado por el escolapio Eugenio Torrente y se pavimentaron en piedra las naves laterales. 541. ADJaca, caja 136: torre parroquial en Borao (1774), Bailo (1782) y Santa Engracia (1788), reedificación de ermita en Sallent (1790), construcción de ermita en Sos (1803); caja 137: abadías en Villanúa (1740), Sardas (1765), Escartín (1779), Ansó (1784), Panticosa (1787), Guasa (1794), Bescós (1795), Latas (1814), Fiscal (1815) y Ulle (1816), entre otras; caja 556: expedientes de reparación de templos (1859-1880) en Petilla y Santa Eulalia (1859), Artieda y Bescós (1861), Jasa y Navardún (1862), Biota (1864), Murillo (1865), Luesia y la cubierta de la iglesia en Embún (1875), Malpica (1876), reparación del muro de las Benitas (1876), Javierregay (1877) y Larrés (1880), así como el palacio episcopal (1877). Para el informe sobre la reparación en Murillo de Gállego (1857), la reedificación en Ardisa (1862), el ensanche de la parroquial de Fiscal (1879) o las obras de Santa Eulalia de Gállego (1895) o Bailo (1899), véanse, en la caja 557, los expedientes de reparación de templos (1857-1899). 542. Jesús Montuenga Ruiz, Acumuer (1556-1965), Sabiñánigo, Amigos de Serrablo, 2008, pp. 17-18.
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disposiciones como la expulsión de los misioneros existentes en Jaca o la desaparición (por cuatro votos contra tres) del seminario conciliar. Disuelta la Junta e inaugurado el Sexenio Revolucionario, se fueron tomando otras medidas, como la de suprimir el convento de las Benitas, a petición de dieciocho vecinos, para utilizar ese espacio como escuela de niñas (6 de febrero de 1869), crear el cementerio en 1870 y volver a reivindicar el monasterio de las Benitas como escuela parvulario, pues al final había quedado abandonado. Frente a estas medidas, más tolerables, la ciudad continúa celebrando todas las fiestas religiosas —el Viernes Santo, el Primer Viernes de Mayo, Santa Orosia y la Virgen de la Cueva— y el Carnaval con bailes en los que los 12 escudos que pagan los músicos por utilizar el teatro acaban destinados a costear el pan que se reparte a los pobres el día de Jueves Santo.543 Si en Jaca la vida diaria se alteró muy poco por el proceso de la sublevación contra el reinado de Isabel II, la famosa Revolución de 1868, conocida como la Gloriosa, o durante la I República, lo cierto es que en el país las cosas se complicaron mucho para la Iglesia, razón por la cual el obispo de Jaca se dedicó a continuar la labor de sus antecesores y fue muy activo igualmente en la defensa de la religión tras la Revolución, para lo que firmó una carta abierta en la que se combatía la libertad de cultos que se acababa de aprobar. Y de manera muy especial tuvo que emplearse en otra importante tarea: en la amenaza, en 1870, de la supresión de la sede de Jaca, de resultas de un proyecto de ley presentado en las Cortes que planteaba la desaparición de la sede y de su catedral. La comisión que trabajó en esta tarea estuvo presidida por el deán Ramón Fernández, que sería el próximo obispo,544 y la formaron el canónigo Barrio, Félix Fita, Fernando María Torres, Pascual Irigoyen, José Lardiés, Mariano Beritens y Pedro Pérez, futuro alcalde, todos ellos ilustres y guerreros jacetanos que fueron reseñados con admiración en la sesión del Ayuntamiento celebrada el 30 de marzo de 1870.545 Salvada la pervivencia en el tiempo de la sede orosiana, se hace cargo de ella un preclaro jacetano que había nacido en el lugar de Bailo el 30 de agosto de 1809, había estudiado en el colegio de los escolapios de Jaca y había
543. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: dos mil años de historia, ed. cit., pp. 395-400. 544. En Madrid, en 1872, se publicó la Biografía del Excmo. e Ilmo. Sr. D. Pedro Lucas Asensio y Pobes, obispo que fue de Jaca, en quince páginas, que se sumaba a otras publicaciones como la Carta pastoral que el ilustrísimo señor obispo de Jaca dirige a sus diocesanos con motivo de la alocución de nuestro santísimo… 545. AMJaca, actas municipales, caja 880.
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realizado su formación universitaria en la Sertoriana de Huesca, donde ganó por oposición una cátedra de Filosofía en 1833, el mismo año en que fue ordenado sacerdote a los veinticuatro años de edad. Ramón Fernández Lafita (1874-1890) comenzaría así su brillante carrera eclesiástica, que le llevó a ser catedrático de Teología en Zaragoza y, desde 1852, canónigo de Murcia, sede en la que llegó a ser rector del seminario. Cuando vuelva a Jaca como deán, en 1858, comenzará su carrera diocesana, que le llevó en 1863 a ser vicario general de la diócesis jacetana y en 1874 a encargarse de ella como obispo residencial. Su vinculación a esta tierra, su conocimiento del clero diocesano y su profunda devoción orosiana (se ordenará la víspera de la fiesta de la santa en 1874) harán de él un obispo ejemplar durante los dieciséis años que gobernará Jaca hasta su muerte, a los ochenta y un años de edad.
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Nada más llegar a la sede pirenaica, el obispo Fernández Lafita se puso a trabajar en un asunto de gran importancia para hacer frente a los tiempos que le tocó vivir. Era urgente que la Iglesia tuviera una presencia en la importante masa de prensa escrita que generaba opinión y movía las conciencias y las opiniones, de manera muy especial en una localidad como Jaca, que editaba un amplio conjunto de publicaciones —quince entre 1863 y 1936— que convirtieron la ciudad en una referencia para el mundo de los inicios de la prensa.546 El 22 de mayo de 1876 veía la luz el Boletín Oficial Eclesiástico del Obispado de Jaca, que se editaba en los talleres de la imprenta del activo periodista Rufino Abad Mainer gracias al empeño del obispo Fernández, que justificaba su fundación escribiendo que «hasta el presente el medio de que podía valerse el prelado para dirigirse a sus colaboradores tenía que ser lento y pesado, y nunca daba el resultado apetecido».547 La apuesta por la prensa como instrumento rápido de comunicación le llevó a apoyar otras empresas editoriales, por lo que contó siempre con el apoyo de los periódicos jacetanos, y sobre todo de El Pirineo Aragonés, que salió en su defensa cuando le atacaron desde la prensa madrileña en 1883.548 No olvidemos que en las páginas de este periódico, fundado por la familia Quintilla y defensor de una de esas facciones ciudadanas que la gente definía curiosamente por su adscripción a un tipo de homilías o a otro —los que iban a misa a la catedral a las doce y los que iban a la misa de once en Santo Domingo o el Carmen—, el obispo, atendiendo a la situación que se vivía en su tiempo, publicó abundantes cartas pastorales a sus feligreses. 546. María Luisa Bailo Aznar en El Pirineo Aragonés, Zaragoza, Asociación de la Prensa de Zaragoza (col. facs. Prensa Aragonesa, 1), 1989, pp. 1-19. 547. Se conserva la colección íntegra en la Biblioteca Diocesana del Obispado de Jaca. La suscripción al Boletín costaba 6 pesetas anuales. 548. Tomás Buesa Oliver, «Unidad entre los valles y los hombres de la Jacetania (y III): 4. Bailo y el obispo Fernández Lafita», El Pirineo Aragonés, 29 de septiembre de 1977, p. 3.
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Cuando murió, El Pirineo Aragonés se volcó en recordar su prestigio diciendo: «Bendigamos al Altísimo por habernos dado por prelado a un tan esclarecido hijo de las montañas». Junto a esta gran apuesta, su segundo empeño, en 1877, es reformar y modernizar el palacio episcopal, argumentando que está en muy mal estado, pues «ha contribuido también en este desperfecto general el abandono en que necesariamente ha estado el edificio desde el año 1870 en que falleció mi predecesor hasta el 75 en que tomé posesión del obispado». Las obras comenzaron en 1878. Se repararon los tejados, que «se hallan en gran falta de tejas, ya por estar rotas, ya por haber sido arrancadas en la violencia de los huracanes que son tan frecuentes en el país», y se completaron los trabajos con el arreglo de los aleros de la calle del Obispo, que amenazaban ruina, y con la reforma del mirador sobre el jardín interior del palacio, que se convertiría en una zona fundamental para el trabajo y la lectura privada del obispo, desde la que oiría los recreos de los seminaristas. Pero esta iniciativa no fue la única de este activo prelado —que padecía bronquitis crónica—, puesto que se lanzó a poner en marcha restauraciones en muchos templos de la diócesis y a conseguir que San Juan de la Peña fuera declarado, en 1889, sitio real y monumento nacional. Su prestigio y el amor de sus feligreses, a los que visitó en muchas ocasiones, se transcriben en la lápida que se halla sobre su tumba, ubicada en la capilla de san Miguel de la catedral de Jaca, con estas palabras: «inolvidable prelado que rigió y gobernó esta Diócesis de Jaca con la sabiduría, prudencia y mansedumbre propias de su preclaro ingenio y esclarecidas virtudes». El gobierno del obispo Fernández Lafita es el del tiempo en el que la Iglesia comienza a tomar conciencia de la cuestión social, dispuesta a atender las necesidades de un nuevo bloque social que es el proletariado. Todo un mundo lleno de retos que, en este paisaje, tiene una singular forma de expresarse derivada de un desfase en el proceso de la industrialización y de la ausencia de un sentimiento de unión entre los católicos. La Iglesia jacetana no escapa en esos tiempos convulsos a la complicada tarea de adaptarse a una sociedad liberal en la que la beneficencia se ha hecho pública por la Ley General de 1849, privando al clero de uno de sus campos de actuación más consolidados. Las medidas contra las órdenes religiosas han minado la importante tarea de educadores que llevaban a cabo muchos clérigos regulares y seculares. La solidez económica se ha tambaleado con la desamortización y se pierde en un mundo que a la vieja aceptación secular impone la moderna reflexión, todo en una sociedad burguesa —típica de la ciudad de provincias de la segunda mitad del siglo XIX— que no quiere convertirse ni en el símbolo de la Iglesia ni en el representante del proletariado.
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Portada del Boletín Oficial Eclesiástico del Obispado de Jaca. (Archivo del Museo Diocesano de Jaca)
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Con los poderosos al margen, la sede jaquesa sabe que cuenta con ellos para pocas cosas: quizás para defender su subsistencia o para mantener el boato de la liturgia episcopal, tal vez para poder ejercer una labor de ayuda dentro del compromiso eclesial por los más necesitados. Esta situación se ha complicado además con la presencia de elementos opositores como los republicanos, el proletariado y el carlismo. El encuentro de la Iglesia con el Estado liberal es cada vez más complejo, y se decide construirlo desde la alianza con el poder, planteando la recuperación de la atención a los pobres y a las nuevas necesidades sociales, todo un reto que marca el catolicismo social y su gran ofensiva: el movimiento católico,549 un movimiento que tendrá esporádicas manifestaciones en el mundo rural con obras como el sindicato agrícola La Caridad, creado en Gésera en 1916 y en el que se incluyen otras gentes del valle del Guarga que se caracterizarán por «tener buena conducta moral y religiosa gozando de pública forma de honradez y buenas costumbres».550 El punto de partida de muchas de estas actuaciones y decisiones fue la lectura del artículo 11 de la Constitución de 1876, en el que se admitía la tolerancia religiosa como principio inspirador de esa nueva España, la de la Restauración, que suponía la vuelta al trono de los Borbones. Y ese momento es el que lleva a organizar un gran movimiento que implica una importante reflexión sobre la cuestión obrera, que culminará en la famosa encíclica del papa León XIII Rerum novarum, del 15 de mayo de 1891, que es la más rotunda toma de conciencia de la Iglesia respecto a la cuestión social, el reconocimiento de que es prioritario atender al proletariado y de que no hay futuro si no se comprometen en estas tareas los católicos con sus inmediatos obispos. En ella, el papa llega a escribir, en el ítem 26, que «no es justo, según hemos dicho, que ni el individuo ni la familia sean absorbidos por el Estado; lo justo es dejar a cada uno la facultad de obrar con
549. José Estarán Molinero, Catolicismo social en Aragón (1878-1901), Zaragoza, Fundación Teresa de Jesús, 2001. 550. José Garcés Romeo, «El sindicato agrícola “La Caridad” de Gésera», Serrablo, 79 (1991), pp. 17-18. Compuesto por labradores, colonos, jornaleros y braceros, adopta como lema el de los antiguos gremios, «unos por otros y Dios por todos», y como patrón a san Antonio Abad. Prescindiendo de la dimensión política, se apuesta por «formar hombres honrados, creyentes y amantes de la agricultura», además de por generar una estructura comunitaria que permita adquirir maquinaria agrícola, abonos y semillas e incluso hacer posible el crédito agrícola y crear una biblioteca temática. Entre todos gestionan las tres secciones: la de fomento de la agricultura para compraventa al por mayor, la del seguro mutuo de los animales de labor y la mutualidad de seguros contra incendios. Prestaba al 6 %. Sus estatutos, que se aprobaron el 8 de agosto de 1916 con Antonio Santolaria como primer presidente y Matías Berdún como secretario, se conservan en la caja 537 del ADJaca.
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libertad hasta donde sea posible, sin daño del bien común y sin injuria de nadie. No obstante, los que gobiernan deberán atender a la defensa de la comunidad y de sus miembros».551 La encíclica, que habla «sobre la situación de los obreros», plantea con gran acierto el momento que se vive «gracias a los adelantos de la industria y de las artes», «el cambio operado en las relaciones mutuas entre patronos y obreros, la acumulación de las riquezas en manos de unos pocos y la pobreza en la inmensa mayoría», juntamente con «la relajación de la moral». Es tiempo, según el papa, de librar a los pobres obreros de la crueldad de los ambiciosos y de luchar por unos salarios justos, por la dignidad del ser humano en general, por la protección de la mujer trabajadora y por la prohibición del trabajo infantil. Este proceso de lucha por la dignidad del ser humano se va desarrollando en la ciudad de Jaca principalmente durante el mandato de cuatro obispos, Ramón Fernández Lafita (1874-1890), José López Mendoza y García (18911899), Francisco Javier Valdés y Noriega (1900-1904) y Antolín López Peláez (1905-1913), aunque su puesta en marcha es consecuencia de una serie de actuaciones anteriores de la Iglesia y de los cristianos en los campos de la atención espiritual, la preocupación social y la acción benéfica, que ya hemos ido viendo nacer y desarrollarse en el transcurso de la historia diocesana. Por recordar algunas actuaciones, debe mencionarse que en el terreno de la asistencia benéfica la diócesis de Jaca había posibilitado notables mejoras en el campo de la educación contando con el importante apoyo de los escolapios, de sus clérigos y de su seminario diocesano, sin olvidar que el obispo creó el colegio de Santa Ana en 1879 y el de las Esclavas del Corazón de María en 1884. En el campo de lo benéfico, el propio hospital de Jaca era el mejor ejemplo como fundación diocesana, y además fue notable el avance conseguido con la llegada de las hermanitas de los pobres a Jaca en 1880, tras haberles sido cedido el antiguo seminario diocesano para 551. Francisco Quintilla Aramendia, Cosas de Jaca, Zaragoza, Tip. de Emilio Casañal, 1900, pp. 18-19, nos cuenta una anécdota que nos habla de la obligación del gobernante en este sentido. Sus protagonistas son el portero de la catedral de Jaca —el peculiar Elías, que incluso actuaba de cicerone para los visitantes— y el propio ministro progresista Montero Ríos, que ocuparía varios ministerios en el Sexenio Revolucionario y en la Restauración, destacando siempre por su empeño en separar la Iglesia del Estado y por introducir importantes novedades, como el matrimonio civil —durante el gobierno de Prim, en 1870—. Dice Quintilla que, al terminar la visita a la catedral, el elegante caballero le preguntó al portero por el sueldo que tenía, y que este le contestó: «Antes sí, señor, podía pasar, pero ahora estamos muy mal, desde que ese perro de Montero Ríos nos ha quitado las pagas. Creáme usted, si aquí lo pillase me perdía con él». Entonces el viajero le preguntó si consideraba malo a ese ministro y, después de que el sacristán le volviera a confirmar que solo pensaba en cogerlo por su cuenta, concluyó la conversación diciéndole: «Bueno, pues aquí tiene usted un duro, y diga a los canónigos que se lo ha regalado Montero Ríos» —que era el visitante, que volvía de tomar las aguas de Panticosa—.
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que atendieran a los ancianos más desamparados. Ese fue un gesto más del buen obispo Fernández Lafita. Su figura fue sucedida por el agustino burgalés José López Mendoza y García (1891-1899), que estuvo destinado en la silla jaquesa ocho años, desde su designación pontificia el 1 de junio de 1891 hasta su nombramiento como obispo pamplonés el 14 de diciembre de 1899, fecha para la cual ya no vivía en la ciudad de Jaca desde hacía por lo menos mes y medio. Quizás la perspectiva de este episcopado nos permita decir que lo que parecía un acontecimiento muy importante en el campo de la gestión pastoral, el que en agosto de 1898 se celebrara un sínodo diocesano que estaría vigente más de medio siglo, acabó convertido en una anécdota, puesto que este obispo fue ciertamente el gran impulsor de la participación decidida de la Iglesia jacetana en la sociedad urbana de una ciudad que comenzaba a liderar el territorio desde la apuesta por las comunicaciones. Su gran logro fue mover una estructura eclesial que hasta entonces no había sentido la necesidad de hacerse eco de los posicionamientos de la Iglesia frente a las nuevas realidades de la sociedad, que ni siquiera había participado en reuniones a las que habitualmente asistían representantes de otras diócesis aragonesas. Con este caldo de cultivo, en 1889 se pone en marcha una empresa importante como es la escuela nocturna de las Conferencias de San Vicente de Paúl, en la cual se recibe a niños de familias pobres y a jóvenes «para enseñarles a leer, escribir y contar» en un horario de seis a ocho de la tarde, que se adapta a sus ocupaciones y al clima, y en un salón de la planta baja del palacio episcopal. Se trata de la misma sala en la que —después de hacer obras de adecuación— se ubicará en 1894 una escuela nocturna para adultos que se encargará de enseñarles dibujo («además de ser materialmente provechoso a los artesanos es también como una rama necesaria de la cultura común»), puesto que, como dice El Pirineo Aragonés en su edición del 2 de diciembre de 1894, «contratas varias ha habido aquí estos últimos años y diferentes edificaciones en las que acaso no hayan tomado parte principal por no entender con precisa claridad los complicados proyectos y planos de obras que se les podían presentar» a los artesanos de ese sector.552 En realidad, todas estas escuelas diocesanas partían del principio de aplicar los medios necesarios para que se desarrollaran «los talentos» bíblicos de acuerdo con las posibilidades de cada persona.
552. José Estarán Molinero, Catolicismo social en Aragón (1878-1901), ed. cit., pp. 351-352. Los profesores de Dibujo fueron el delineante Ignacio Vicente y los ingenieros militares Francisco Jimeno y Cayetano Fuster, junto al ayudante de obras públicas Domingo Sanz. Los maestros de las escuelas de niños fueron Dionisio Irigoyen y Santiago Lamartín. En 1900 los padres escolapios abrirán también dos clases nocturnas para adultos en su colegio, apoyadas por el Ayuntamiento de la ciudad.
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El obispo está plenamente comprometido con la operación de sacar a sus diocesanos de la ignorancia secular, del mal que considera causante del poco desarrollo de su diócesis. López Mendoza deja muy clara su visión de esta doctrina social en el discurso que pronuncia en 1895 en la inauguración del Círculo de San Pedro de Madrid,553 donde afirma que hay que crear círculos católicos de obreros por ser los espacios donde se puede «devolver a los obreros las ideas de religión y moralidad que se les han arrancado», a esos obreros a los que les dice: «sois como nosotros» y como «estos señores que quieren proporcionar vuestro bienestar». Ese año de 1894 había sido un momento de intensa actividad de los grupos católicos de Jaca. Incluso se había fundado la Sociedad de Socorros Mutuos del Clero,554 que, con ciento sesenta individuos del elenco diocesano, presidida por el canónigo penitenciario José Castán y con Antonio Generoso Otín como secretario, intentó extender las nuevas coberturas asistenciales al clero. Una idea que se quiso copiar en el Casino Unión Jaquesa en la primavera de 1894 —frente al selectivo Casino de Jaca—, en un momento en el que se dejaba acceder a sus salas a la clase obrera, aunque muchos jornaleros no estuvieran demasiado tiempo entre sus socios por no poder satisfacer las cuotas mensuales. Precisamente esta cuestión llevó al obispo a buscar una solución más asequible que permitiera integrar en un espacio de recreo, de diversión, de formación y de ayuda a esos jornaleros que ya habían llegado a la ciudad de Jaca como consecuencia de las obras de infraestructura urbana, del ferrocarril a Canfranc y de los establecimientos militares que se realizaron en el entorno del año 1900.555 Ese espacio es el Círculo de Obreros Católicos, en el que además de todo lo anterior se busca la armonía entre patronos y obreros. Algunos informes y estatutos nos explican que su objeto es «asociar a los obreros católicos para ayudarse mutuamente en las necesidades de la vida, instruirse en toda clase de conocimientos útiles a su posición y oficio, propagar y arraigar entre sus miembros las doctrinas católicas y buenas costumbres, y proporcionarles honesto recreo en los días y horas de descanso».556 553. José Estarán Molinero, Catolicismo social en Aragón (1878-1901), ed. cit., p. 261. Véase El Obrero Católico, 7 (julio de 1895), pp. 81-82. Este obispo se incorporó también a la lista de protectores de la Revista Católica de Cuestiones Sociales, fundada en enero de 1895, después que lo hiciera el de Huesca. 554. Biblioteca Diocesana del Obispado de Jaca, Boletín Oficial Eclesiástico del Obispado de Jaca, 15 de noviembre de 1894, pp. 355-356. 555. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: historia de una ciudad, ed. cit., pp. 255-285. 556. José Estarán Molinero, Catolicismo social en Aragón (1878-1901), ed. cit., pp. 151-163. Véase el reglamento del de Teruel (p. 163), impreso en el Boletín Oficial Eclesiástico de las Diócesis de Teruel y Albarracín, 1, 10 de enero de 1883.
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La fundación del Círculo de Obreros Católicos de Jaca se trata en una reunión que convoca el obispo el 23 de enero de 1894 y a la que acuden multitud de gentes «de todas las clases sociales» que deciden divulgar por la ciudad hojas informativas en las que se explica que el centro que se pretende crear «es la reunión de hombres de buena fe y de buena voluntad que quieren aliviar la suerte del obrero». El éxito de la convocatoria obliga a trasladar la reunión del palacio episcopal al seminario conciliar, donde se cita a los interesados para el domingo 28 de enero, que es el día en el que puede acudir el catedrático del Instituto de Huesca y presidente del Círculo Oscense Serafín Casas. Al obispo le acompaña en la cabecera también una tercera persona: el delineante jacetano Ignacio Vicente, artífice de la Escuela de Dibujo. La buena acogida vuelve a sorprender al obispo, y se plantea la búsqueda de locales definitivos —que estarán en la calle Mayor, número 40, y en una casa del marqués de la Cadena—, la redacción del reglamento y la inauguración, que acontece el lunes 12 de febrero de 1894. Los discursos dan la bienvenida a los doscientos socios, definen la empresa como muy beneficiosa para «la desamparada hasta hoy y olvidada clase obrera» y sus familias, saludan al nuevo presidente, Pascual Gastón Andréu, y anuncian que se enviará un telegrama al santo padre, el cual —a vuelta de correo— se contestó con otro que decía: «Con paternal afecto envía el Padre Santo pedida Bendición al nuevo “Círculo de Obreros Católicos” en Jaca». El Círculo jaqués es un empeño de un obispo que, aparte de estar continuamente dando conferencias en sus salas, impone una amplia base de ayudas que sostienen los protectores —pagando una o media peseta mensual— y benefician a los numerarios, que —con una cuota de 15 céntimos semanales— tienen un socorro de 5 reales diarios en sus enfermedades, tanto los hombres como las mujeres, que también pueden ser socias del Círculo.557 Toda una apuesta de futuro. Pero la euforia del momento se vivió sobre todo en la organización de una gran peregrinación a Roma que no debe pasar desapercibida. Se trataba de tributar una vez más un homenaje al santo padre, en este caso al papa León XIII en el año jubilar de su episcopado. Este gran proceso, sucesor de otros de 1876 o de 1882 donde no hubo representación oficial de Jaca, fue lo que se conoció como Peregrinación Nacional Obrera, y tampoco tuvo Jaca una junta diocesana de peregrinación como las demás ciudades participantes, tarea de la que se ocupó el obispo personalmente y en la que le ayudó El Pirineo Aragonés con importantes artículos y editoriales que animaban a participar. Al final, treinta y siete peregrinos jacetanos suben al 557. José Estarán Molinero, Catolicismo social en Aragón (1878-1901), ed. cit., pp. 349-352.
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tren en Tardienta rumbo a Barcelona, donde embarcan esa noche hacia Roma con su obispo, uno de los tres prelados aragoneses que van en el cómputo de los veinticinco participantes que culminarán con una carta pastoral conjunta para recordar el apoyo del papa a los patronatos y círculos de obreros, «que aproximan y aúnan todas las clases». El listado de los peregrinos de Jaca lo conocemos bien, y en él hay comerciantes, farmacéuticos como Miguel Campoy, labradores, jornaleros, carpinteros, sastres e incluso el campanero Vicente Estúa, el cocinero Manuel Biscós, el organista Baldomero Bandrés y el sacristán, además de un representante de la Hermandad de Santa Orosia —el labrador Feliciano Villanúa— y otro de la de la Sangre de Cristo —Mariano Iguácel—. Con ellos van once clérigos, procedentes de Uncastillo, Biota, Guasa, Sabiñánigo, Lárrede, Sieso, Sos, Ulle, Tramacastilla, Ansó y Ascara,558 además del carpintero Casimiro Maisonave por el Círculo de Obreros de Jaca. El artífice de esta empresa, que resultó bien para la ciudad de Jaca, había sido el obispo López Mendoza, quien incluso había donado una cadena de oro para subastarla en el Círculo y sacar algo de dinero con el que comprar un buen regalo para el papa, tal como explica El Pirineo Aragonés el 8 de abril de 1894, poco antes de celebrarse el evento en una Roma castigada por la lluvia. Cinco años después el obispo llegaba a la silla de Pamplona, donde moriría, con setenta y cinco años de edad, en 1931. Atrás quedaron sus esfuerzos por potenciar la armonía en una nueva sociedad jacetana, alterada por cierta emigración temporal y empeñada en luchar contra la enfermedad apostando por las vacunas, como él mismo hizo para dar ejemplo durante la epidemia de viruela de enero de 1898. Dos años después, aunque él ya había salido de Jaca, se celebró la llegada del nuevo siglo con una misa nocturna oficiada por el obispo agustino, ayudado por los capuchinos, a la que asistieron más de dos mil quinientas personas y en la que hubo unas novecientas comuniones, según informaba la prensa. Era su última homilía jacetana, puesto que el 25 de febrero de 1900 en El Escorial 558. Idem, «La participación aragonesa en la Peregrinación Nacional Obrera a Roma (1894)», Aragonia Sacra, IX (1994), pp. 27-42. La lista completa la publicó el Boletín Oficial Eclesiástico del Obispado de Jaca, 31 de marzo de 1894, pp. 89-90. En esta ocasión se plantea la colocación de un gran crucifijo en la catedral y la construcción de «una gran cruz de hierro que en tiempo oportuno y acompañando una peregrinación habrá de ser colocada en la más elevada cresta de la peña Oroel, como homenaje de la diócesis de Jaca a Cristo Redentor». Esta cruz de Oroel será bendecida el 2 de julio de 1902 por el obispo de Huesca con asistencia del de Pamplona, que predicó. Igualmente se anuncia que «el día 31 al terminar la noche se cantará con solemnidad el Veni Creador y se expondrá a Jesús sacramentado durante la Misa solemne que comenzará a la medianoche y el obispo consagrará la diócesis al Sagrado Corazón de Jesús».
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fue ordenado obispo de Jaca otro agustino, Francisco Javier Valdés y Noriega, que había sido obispo de Manila y de Puerto Rico. Su corta estancia, pues será designado obispo de Salamanca el 14 de noviembre de 1904, no estuvo exenta de alguna que otra tensión con la ciudad, como la protesta por el cambio de itinerarios para las procesiones de santa Orosia en junio de 1900, protesta que precisaba que «solo pasarán por la calle del Obispo cuando esté en Jaca el obispo y no asista a ellas». Pero será curioso ver cómo en la diócesis también tendrá gran protagonismo el tránsito del año 1900 al 1901, momento en el que el nuevo obispo, Valdés y Noriega, considera que se inaugura realmente el siglo XX. En esa ocasión, antes de plantear el miércoles 31 de diciembre una colecta a favor de la abolición de la esclavitud en África, que es convocada para el 5 de enero, ha escrito una importante «Carta pastoral del obispo sobre el comienzo del siglo»,559 en la que denuncia que el hombre «llega al final de esta centuria infatuado y orgulloso por los triunfos alcanzados en el orden material, ahíto de placeres y ávido de gozar más, pero sin amor en el corazón ni fe en la inteligencia, enloquecido por el orgullo y devorado por el egoísmo, sin un pensamiento para su pobre alma, ni un recuerdo para Dios y sus eternas justicias». Por ello, alerta a sus queridos diocesanos de que «no fue un siglo el culpable de tantos y tan dolorosos desastres: fueron los hombres mundanos, malos y perversos», aunque deja claro que no es, gracias a Dios, esta nuestra querida diócesis de Jaca donde más se sienten los estragos que en la vida pública y moral causa el funesto espíritu del moribundo siglo XIX: la nobleza de carácter de los hijos de estas montañas, sostenida y realzada por la fe profundamente arraigada en sus costumbres, ha sido hasta el presente, y Dios quiera continúe siéndolo siempre, obstáculo insuperable a los asaltos de la impiedad.
559. Boletín Oficial Eclesiástico del Obispado de Jaca, t. 15, año XXV, 25, Palacio del Obispo, 24 de diciembre de 1900. Concluye diciendo que «no parece sino que la solícita y eficaz protección con que nuestra excelsa patrona, la heroica mártir santa Orosia, libra nuestros campos de las tempestades del cielo, así protege y guarda también vuestra fe y vuestras costumbres contra el mortífero contagio de los errores y los vicios». Para la colecta, véase t. 15, año XXV, 26, 31 de diciembre de 1900.
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LOS ESTATUTOS DE LA SANTA IGLESIA CATEDRAL
Coincidiendo con este proceso de consolidación de un potente núcleo de católicos jacetanos, no muy grande pero sí con una fuerte implicación, la ciudad va a extender su compromiso e incluso su mecenazgo en todos los ámbitos de la religiosidad, a los que no se escapan las celebraciones de la pasión de Cristo, que aportan esa imagen trágica que los escultores intentan plasmar en la creación de una secuencia de lo que fue el itinerario sufriente del Nazareno: los pasos. Por eso el tema de las celebraciones de la Semana de Pasión en Jaca es una cuestión a considerar,560 puesto que los católicos jaqueses mostraron por ella una especial atención desde muy pronto, pero muy especialmente en este entorno del año 1892, cuando se decidió reformar y ordenar la procesión, un desfile que ya había sido objeto de ordenación en varios momentos y que tenía a sus espaldas una larga historia que se documenta desde la primera mitad del siglo XVI. Se ha constatado la existencia en 1555 de la Cofradía de la Vera Cruz, que en la medianoche del Jueves Santo sacaba en procesión la reliquia del Lignum Crucis. También se sabe que en el siglo XVII procesionaba un Cristo traído de tierras americanas que era articulado, y por eso hasta 1898 se organizaba con él una función sobre el Descendimiento en la iglesia del Carmen, adonde era llevado por la Hermandad del Santo Descendimiento de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo,561 la misma que en 1749 daría lugar al Cofradía de la Sangre de Cristo. En 1734 se había fundado la Piedad, de comerciantes y artesanos, que salía en procesión desde el convento franciscano, 560. Hay un estudio global de María Luisa Cajal Orós y Pedro J. Larraz García, Semana Santa, Jaca, CIT, 1995, que ha sido ampliado por Alfonso García de Paso Remón, Aragón en Semana Santa: ritmo y tradición en las comarcas aragonesas, Zaragoza, Gobierno de Aragón, 2006, pp. 76-85. En Jaca actualmente hay once cofradías, la última de las cuales ha sido la de Cristo Resucitado, fundada en enero de 1998. 561. AMJaca, caja 114, libro de cuentas de la Cofradía de la Santa Vera Cruz de 1555 a 1584 y de 1681 a 1683.
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y en 1814 se creó la Hermandad de la Oración en el Huerto, de labradores, que sacaba a la calle un paso, El Cenáculo, realizado en 1867 por el escultor Pascual Echevarría, de Biel. En los años en los que estamos la procesión ya ha cobrado personalidad con la fundación del cuerpo de soldados romanos en 1886. La preside La Cama, que precede bajo palio a la imagen de Nuestra Señora de la Piedad, a la que acompaña la capilla catedralicia cantando el miserere. En este entorno del año 1900 se incorporan pasos procesionales obra del escultor barcelonés Luis Salvat, como los de Cristo Atado a la Columna (1892), La Coronación de Espinas (1900) o Jesús Nazareno (1903). Llegan los faroles de las Siete Palabras (1908, de Talleres Quintana de Zaragoza), los niños vestidos de nazarenos y algunos pasos más que hace el valenciano Modesto Quilis: La Cena (1909); El Descendimiento (1913), que encarga el obispo Manuel de Castro; La Entrada en Jerusalén (que se adquiere por suscripción popular en 1914) y Jesús con la Cruz a Cuestas (1930). La procesión del Santo Entierro está perfectamente ordenada a mediados del siglo XX, cuando, en 1948, se comienzan a fundar nuevas cofradías que celebran procesiones toda la semana (El Silencio comenzará a salir el lunes en 1949) y que incorporan la presencia de la mujer, en concreto la Cofradía de la Soledad, de 1948. Los Albareda reforman en 1949 el Ecce Homo, que acabará sacado en procesión por la Cofradía de la Flagelación, fundada en 1952. Nuestro Padre Jesús Nazareno nace en 1954 y los escolapios crean su Cofradía de la Entrada de Jesús en Jerusalén en 1964. Un proceso que concluye con la fundación, en enero de 1998, de la última de ellas: la Cofradía de Cristo Resucitado, con una imagen del escultor Isidoro Raigón. Pero lo que estaba claro era que esta celebración de la Pasión no era el único momento en el que la Iglesia de Jaca salía a la calle, ni tampoco el único en el que el poder público se incorporaba a la celebración como acompañante del cabildo, y especialmente del obispo de la ciudad. Esa espiritualidad se reparte por todo el calendario, y de ella nos hablan por extenso las celebraciones que se hacen en la catedral para salir desde sus naves a la propia trama urbana, que se convierte en escenario de la vida religiosa. Podemos recuperar con gran precisión cómo vive la sociedad jaquesa el calendario cristiano, puesto que el 4 de diciembre de 1896 el obispo aprueba la nueva regla de coro,562 en la que se nos explica con detalle cómo deben 562. Regla del coro de la santa iglesia catedral de Jaca, Jaca, Imp. de C. Quintilla, 1896. Contiene dieciséis capítulos, en los que determina el horario del oficio divino, el modo de estar en el coro con obispo o sin obispo, los pontificales, las procesiones, los aniversarios, las posesiones de los canónigos, los funerales capitulares y la labor de los apuntadores de coro, que controlan las asistencias en libros muy vigilados.
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ser celebrados todos los actos del culto catedralicio, tanto si está presente en ellos el obispo como si los preside el deán capitular. Desde el oficio divino que habitualmente comienza a las nueve de la mañana, salvo excepciones curiosas: a las seis y media el día de Navidad; a las ocho con ocasión del Primer Viernes de Mayo, el Corpus y Santa Orosia por las procesiones; a las ocho y media el Jueves Santo, el día de San Pedro y el de la Asunción; y a las nueve y media el día de las Ánimas. Por encima de esta secuencia, es muy interesante ver el detalle del calendario litúrgico de la sede, que nos lleva a muchas festividades. Podemos señalar las principales que se celebran en la sede jaquesa durante el año comenzando por la Epifanía y siguiendo por la procesión del día de San Sebastián (calles del Obispo, Mayor y Damas, saliendo y entrando por la Lonja Mayor), la bendición episcopal de las candelas en la Purificación de la Santísima Virgen, la bendición de la bula de la cruzada en el atrio de la catedral el día sexagésimo antes del Domingo de Pascua, la imposición de ceniza y la bendición de los ramos por el obispo, que preside una procesión que recorre la nave del evangelio, sale por la Lonja Pequeña y vuelve por la principal camino del claustro, donde se celebra en los casos en los que el tiempo no lo permite. Como hemos podido constatar, el Jueves Santo y el Viernes Santo son especiales: hay visita al monumento y procesión solemne —organizada por el Concejo— que parte a las cinco y media de la tarde después de rezar el sermón de la Soledad, que también ha encargado el Ayuntamiento. El Sábado Santo es solemne y con orquesta es la misa del Domingo de Pascua. Todo un tiempo de revisión espiritual que se acompaña con inflamados textos publicados en el Boletín Oficial Eclesiástico del Obispado de Jaca, muchas veces escritos por sus propios obispos. Como sostén de esta espiritualidad compartida en las calles de Jaca está el cabildo catedral, aunque no debemos dejar de indicar que en los lugares de la diócesis hay un clero muy empeñado —en solitario y con heroicos esfuerzos— en copiar muchos de estos eventos, como ocurre con los de Semana Santa, al mismo tiempo que trabaja por mantener viejas tradiciones en tiempos de cierto alejamiento. Quizás la zona de la montaña sea menos activa en estas cuestiones, pues está más centrada en el montaje de los monumentos que se levantan con las macetas y las plantas que aportan todos los del pueblo. Esto tal vez se deba a que el clima no ayuda a procesionar y a que se mantienen viejas tradiciones que hablan de un viejo sustrato religioso en ese golpear los bancos en Fuencalderas o en Mianos con ocasión de la conclusión del oficio de tinieblas, en la recogida de piedras al toque de las campanas del Sábado de Gloria por su poder de esconjurar tormentas en Sabiñánigo y el valle de Tena o en esa costumbre de cortar las
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colas a las ovejas el propio Viernes Santo para comérselas el Domingo de Resurrección en lugares como Isún o Grasa, entre muchos otros.563 No cabe duda de que el clero rural contó con más apoyo en la zona de la llanura, en las Cinco Villas, y allí mantuvo procesiones con la Cofradía de la Sangre de Cristo de Sádaba desde 1602, con el Cristo de la Cama de Salvatierra de Escá desde el siglo XVII, con el Santo Cristo de El Frago desde 1677, con la Cofradía del Dulce Nombre de Jesús de Biel desde 1833, con la de la Preciosísima Sangre de Cristo de Erla desde 1866 o con el famoso Canto de la Pasión, una tradición de Sos del Rey Católico que data de 1760 y que sostenían los escolapios aportando doce niños —como representantes de los doce apóstoles— que salían de la iglesia de San Esteban para recorrer las calles durante el mediodía del jueves recitando la pasión de Cristo.564 Concluida la Semana Santa, se celebra San Jorge «cantándose las vísperas a fabordón» o canto llano, San Marcos con procesión y la bendición de los términos, que se hace el 3 de mayo fuera de la puerta de San Pedro, a la que va el cabildo,565 y todo está preparado para que la catedral rece a la Virgen de la Victoria el Primer Viernes de Mayo, celebre San Fernando, bendiga la pila bautismal en Pentecostés y festeje San Juan y el Sagrado Corazón de Jesús, Santiago, la Virgen de las Nieves, San Roque —con procesión por voto de la ciudad—, la Virgen del Pilar, las fiestas de Todos los Santos, la Inmaculada y las fiestas de Navidad con vigilia, felicitación al prelado en su palacio y misa de pastores a las seis de la mañana. Junto a este elenco de celebraciones, son de gran importancia la procesión566 del Corpus Christi, 563. Enrique Satué Oliván, Religiosidad popular y romerías en el Pirineo, Huesca, IEA, 1991, p. 152. Véase también idem, «Romerías atípicas», Serrablo, 122 (2001), pp. 9-10, donde explica que en Aineto los solteros celebraban el Lunes de Pascua una extraña fiesta imbricada en los ritos de la Semana Santa. Acudían a la ermita de Santa María de Perula sin penetrar en el templo, solo para comer un menú elaborado con huevos —tortillas, natillas, flanes, huevos duros, etcétera—, y llegaban a tirarse los alimentos unos a otros. 564. Alfonso García de Paso Remón, Aragón en Semana Santa: ritmo y tradición en las comarcas aragonesas, ed. cit., pp. 73-102, esp. pp. 86, 94 y 95. 565. Enrique Satué Oliván, «Romerías atípicas», art. cit., indica que es habitual realizar peregrinaciones a santuarios próximos para llevar a cabo estos rituales protectores de bendición de términos, como hacían los vecinos de Orós y Oliván, que el día de la Santa Cruz (el 3 de mayo) confluían con su párroco común en la Virgen de las Canales, ubicada en un lugar dominante en la divisoria de ambos términos, para desde allí bendecir campos y propiedades; o los de Basarán, que en el mismo día acudían a la sierra de Santa Cruz para que el cura bendijese los términos y los bojes arrancados que acto seguido serían clavados por los campos. 566. Regla del coro de la santa iglesia catedral de Jaca, ed. cit., p. 70, art. 139, n. 1. Se determina que «la carrera de las procesiones generales es Lonja Mayor, Plaza del Mercado, calles de las Damas, Mayor, Carmen, Sol, Coso, Santo Domingo, Reloj, Mayor, Salud, Plaza del Hospital, calle del Hospital, Puerta Nueva, Clavería, a entrar otra vez por la Lonja de salida; pero
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Veneratorio de Santa Orosia en Jaca (1897).
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que sale a la plaza a las diez de la mañana; la procesión que en el domingo de la Santísima Trinidad va a recibir hasta el colegio de las Escuelas Pías a los romeros, «por creerse que en este día trajo el pastor a la Ciudad el cuerpo de la Santa»; las procesiones del día de San Pedro Apóstol, que salen a la calle después de cantarse «el Tu es Petrus de Eslava»; y la gran celebración de Santa Orosia, en cuya mañana acuden el cabildo y el Concejo a recibir las cruces que vienen de los pueblos (a los cuatro puntos cardinales: a la puerta de los Baños, la de San Francisco, la de las Monjas y las de San Pedro y Santa Orosia) para incorporarlas a la gran procesión general que sale de la catedral y retorna a ella después de haber exhibido el cuerpo de la santa en su capilla de la plaza del Toro. En esta ciudad que inaugura un nuevo siglo, dispuesta a subirse al tren de la modernidad que pretende unir las ciudades de Valencia y París a través de Zaragoza, Jaca y Canfranc, esta ordenación de la religiosidad popular se ha podido hacer porque se ha trabajado intensamente en reglamentar la vida del alto clero jacetano. El 10 de junio de 1896 el obispo fray José López Mendoza firma el decreto por el que aprueba los «Estatutos Capitulares de la Santa Iglesia Catedral de Jaca, arreglados por una Comisión nombrada por el Excmo. Cabildo de individuos del mismo Cabildo y aprobados, por esto, en Cabildo extraordinario», considerando que «vienen a llenar un vacío, que hasta ahora existía en nuestra Iglesia Catedral, a satisfacer una necesidad muy sentida de todos, y cumplir con las disposiciones vigentes, tanto las generales de la Iglesia como las particulares de España, emanadas de acuerdo entre las dos potestades, y que su observancia ha de producir grandes bienes».567 El cabildo jaqués, de acuerdo con lo convenido en el Concordato de 1851, lo componen dieciséis capitulares, entre los que están las cinco dignidades —deán, arcipreste, arcediano, chantre y maestreescuela—, cuatro canónigos de oficio —magistral, doctoral, lectoral y penitenciario—, un canónigo nombrado por su santidad, tres de oposición —conforme al Decreto de 6 de diciembre de 1888— y tres de gracia. Junto a ellos hay doce beneficiados que son capellanes asistentes y de los cuales cuatro desempeñan los cargos de salmista, sochantre, maestro de capilla, organista y tenor, otros cuatro son de oposición y otros cuatro de gracia. Completan el organigrama capitular un sacristán mayor, dos escolares, seis infantes de coro —cuatro de el primer año de Pontificado del Prelado, si no asiste a la procesión, y se halla en la Ciudad, toman la calle del Obispo, Carmen, etc., en vez de ir por la de las Damas». 567. Estatutos de la santa iglesia catedral de Jaca, Jaca, Imp. de C. Quintilla, 1896. También están publicados, por separado, los Artículos del estatuto de la santa iglesia catedral de Jaca que se refieren a los señores beneficiados, Jaca, Imp. de C. Quintilla, 1896.
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número y dos meritorios—, un macero, un portero, un campanero, un manchador «y los capilleres que fueren necesarios, con más el número de maitinantes y músicos que por el Excmo. Cabildo se juzguen convenientes para la mayor solemnidad del Culto». El nuevo estatuto marca las cuestiones más importantes, comenzando por las prerrogativas de los miembros del cabildo, entre las que está su derecho a usar el hábito coral: roquete de hilo con encaje y mangas sin visu, manto negro de seda llamada faya con vuelta so bandas y ribete de raso de seda de color carmesí; añadiéndose al manto la correspondiente cauda de la misma seda negra con la pechera o delantera cubierta de pieles blancas de armiño o conejo de Polonia, desde la Prima del día de las Ánimas hasta el Gloria del Sábado santo; y el tiempo restante de raso de seda carmesí como el de las vueltas del manto y por último bonete de tela de lana sin borlas.
También incluye su derecho a jubilarse —de acuerdo con la Real Cédula de 31 de julio de 1852— si acreditan tener cuarenta años de residencia con título canónico y servicio efectivo en cualquiera de las iglesias de España, «con tal que cuenten seis por lo menos de servicio también en la de esta Catedral de Jaca». Estamos en un punto clave que es adaptado a la dureza del vivir jacetano, puesto que se hace una excepción y se dice que, «teniendo en cuenta la crudeza del clima de este país y que el residente por cierto número de años ha de resentirse en su salud por privilegiada que sea su naturaleza», se concede el derecho a la jubilación para canónigos y beneficiados de Jaca que lleven «treinta y cinco de servicio con título canónico y treinta por lo menos de laudable y completa residencia con servicio efectivo a esta catedral, a juicio del prelado y del Cabildo». El cabildo, que disfruta del tratamiento de excelencia por concesión de Alfonso XII (Real Decreto de 27 de julio de 1883), cuida con detalle la provisión de las canonjías y los beneficios de oficio del Concordato (Decreto Concordado de 6 de diciembre de 1888) y los que se cubren por oposición. Estos últimos serán los que deberán atender también «cargos especiales, como son los de enseñar en los seminarios, cuidar de las bibliotecas y archivos de la Iglesia, promover el estudio y la observación de la Sagrada Liturgia y dirigir las Sagradas Ceremonias», para conseguir la mayor solemnidad del culto divino, que es el primer deber capitular. Un cabildo que se reúne el primer viernes de cada mes —cabildo ordinario— después de los oficios de la mañana y que es convocado por el macero, «colocado en la puerta del altar de San Jerónimo al venir la residencia del Coro y pasar al vestuario», y tiene reuniones extraordinarias convocadas por carta por el deán o el
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obispo, además de cabildos de tabla el 29 o el 30 de diciembre —para nombrar los cargos y oficios del año próximo— y lo que se conocía como circos, reuniones de asuntos urgentes de poca importancia que se hacían en la sala del vestuario y no en el aula capitular como en los otros tres casos. Durante los nueve meses al año, como mínimo, que los miembros del cabildo tienen obligación de residir en Jaca, atienden la vida espiritual de la ciudad con todas sus fiestas, con un detallado reparto de funciones entre ellos y los beneficiados, a los que se les obliga a llevar el palio en los «claustro del Santísimo Sacramento, en los viáticos solemnes de residencia y en la procesión Infra octava del Corpus», además de a velar al Santísimo «el día del Corpus y el Jueves y el Viernes santo» y a salir a recibir a los romeros que llegan la víspera de Santa Orosia. Para completar y ordenar esa preocupación por la dignificación del culto hay unas cuidadas disposiciones que reglamentan algunas figuras. Una de ellas es la del maestro de capilla y organista, que dirige la capilla y la orquesta, tañe el órgano, instruye a los niños de coro, custodia las obras de música y ejerce de jefe de la capilla evitando «todo sabor profano y teatral lo mismo en las piezas de órgano solo, que en las demás obras musicales». Obligación de cantar tiene el tenor cuando está el capítulo, y el beneficiado sochantre debe entonar y regir el coro de los canónigos, además de cantar «los Passios en los cuatro días de la Semana Mayor el Lumen Christi y la Angelica del Sábado Santo, entonar con el celebrante el Ecce lignum crucis antes de la adoración de la Cruz el día de Viernes santo y las aleluyas y antífona de Vísperas después del Postcomunio de la Misa del Sábado Santo». Muy parecido a este cometido es el del salmista, que no desempeña el papel de bajo en la capilla pero lleva el breviario a maitines y laudes todo el año, y fundamental es el del maestro de ceremonias, que porta «una banda de seda morada con fleco de oro que llevará pendiente del cuello», toma las decisiones y debe conocer al detalle todas las tradiciones y disposiciones catedralicias, «huyendo siempre de novedades, innovaciones y alteraciones, a no ser que para ello hubiera causas justificadas, acordadas antes por el Prelado y el Cabildo». La verdad es que el cabildo y el obispo habían mantenido una buena colaboración, cuestión que aportó gran éxito a la celebración del sínodo diocesano568 que convocó fray José López Mendoza para los días 23, 24 y 568. Crónica del sínodo diocesano celebrado en Jaca los días 23, 24 y 25 de agosto de 1899 bajo la presidencia del Ilmo. y Rmo. Sr. obispo Dr. D. Fr. José López Mendoza y Constituciones Sinodales publicadas en el mismo con la aprobación unánime de todos los asistentes, Madrid, Imp. de la Vda. e hija de Gómez Fuentenebro, 1899. En concreto p. 7, 62-66. ADJaca, caja 643, 1899, acuerdos del sínodo diocesano del obispo López Mendoza. Incluye, entre otras cosas, la carta pastoral de convocatoria, el manuscrito de la homilía del arcediano Rafael Leante, de 1899, y noticia de la circular para la construcción de la casa asilo, remitida en julio de 1898.
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25 de agosto de 1899, unos meses antes de que llegara la terrible fecha de 1900. Se formaron cuatro comisiones —las de administración parroquial, derecho, teología, provisorato y secretaría episcopal— que controlaban diez canónigos y se les pasó un cuestionario en latín, hecho por el obispo, para estudiar propuestas y analizar situaciones que habían surgido y entre las que estaba el complejo asunto de las sectas masónicas, que «hoy ha tomado carta de naturaleza, en casi todo el mundo, presentándose falsamente como una sociedad benéfica y humanitaria y en nada contraria a los principios inmutables de la fe». Como consecuencia de todo esto se ordena que se examine —en Cuaresma— de doctrina cristiana a los diocesanos obligados a asistir a las lecciones de doctrina que se imparten los domingos en las parroquias. Se les recuerda la obligación de cumplir con los mandamientos de la ley de Dios y de la santa madre Iglesia y la prohibición de hablar y leer libros de herejes, así como de leer periódicos prohibidos por el obispo o textos masónicos que ha prohibido el santo padre.
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LA RUPTURA BRUTAL DE LA CONVIVENCIA
Una actividad tan intensa como la vivida a finales del siglo XIX provocó que al marcharse el obispo Valdés los periódicos comenzaran a plantear la alarma sobre la posible desaparición de la diócesis, inmersos en una sensación de que el Gobierno pretendía ahorrar algo en las partidas que se daban para sostén del culto y el clero con la desaparición de catedrales y diócesis de poco peso. Pero la sensación no pasó de allí, pues la sede jaquesa, con unas setenta mil almas, se cubrirá con la llegada del conocido y prestigiado leonés Antolín López Peláez (1905-1913), que acabará sus días como arzobispo de Tarragona (desde 1913), considerado como un intelectual y un buen gestor.569 También fue un pastor empeñado en dignificar los medios de comunicación social, asunto al que dedicó varios libros en los que intentó trasmitir a la sociedad española el valor de la prensa y sobre todo quiso potenciar entre los cristianos el papel que esta jugaría en la difusión de las convicciones religiosas. Escribía a sus sacerdotes para invitarles a ello y decía que, «si la mujer cristiana quisiese, si tomara con empeño y con entusiasmo el fomentar la prensa católica», se avanzaría mucho, y que «a donde no llega nuestra vista puede llegar nuestra voz, reforzada por las
569. En 1910, intentando evitar que la Iglesia cobrase la dotación del Estado a través de diputaciones y municipios, lo cual podía someterla a intereses locales, defendió la propuesta de que el Estado entregase a la Iglesia títulos de la deuda perpetua interior cuya renta anual equivaliese a lo que todos los años se presuponía para obligaciones eclesiásticas, en la misma línea de lo que había propuesto en 1906 Vázquez de Mella y tal como sugirió el sacerdote zaragozano José Salamero en el Congreso Católico de Zaragoza de 1890. Aldea Vaquero, Quintín, «Patrimonio eclesiástico», en Diccionario de historia eclesiástica de España, vol. III, Madrid, CSIC, 1973, p. 1893. Véase también (p. 1909) lo que recibe Jaca en el presupuesto del Ministerio de Gracia y Justicia el año 1900, que supone 91 500 pesetas para el clero catedral (incluidas las 20 000 del obispo), 184 050 para el clero parroquial (ciento cincuenta y cuatro párrocos), beneficial y colegial suprimido, y 1188,75 para religiosas en clausura y clero conventual (un capellán, un sacristán, dos cantoras y organistas). Todo ello hace, además de 2000 pesetas por derechos antiguos, un total de 278 738,75 pesetas.
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vibraciones de la prensa».570 En uno de sus trabajos571 comienza explicando con claridad su pensamiento: «los católicos españoles carecemos de un gran rotativo en la capital de España, y estábamos por decir que allí parece que no hay rotativo católico, ni grande ni pequeño. Podría creerse que en nuestro pueblo se acabaron los católicos, o que los que aún quedan, si es que saben leer, no saben lo que leen, no distinguen lo malo de lo bueno, les es igual lo bueno y lo malo». Se trata de un trabajo que, por cierto, firmó y terminó de escribir en «Berdún (Santa Pastoral Visita) el 23 de octubre de 1911», lugar en el que nadie pudo suponer que aquella noche, trabajando a la luz del candil, el obispo concluía un texto fundamental para el concepto que la Iglesia española tendría de la prensa. Un ejemplo que incluso llevaría a que en 1928 unos párrocos de la diócesis fundaran una hoja parroquial llamada Mínima, que el 1 de junio de 1930 se convertiría en la Voz Parroquial, puesta bajo la protección del Sagrado Corazón de Jesús.572 Son momentos de profundos cambios entre los que destaca el «Proyecto de ensanche de la ciudad, redactado por el arquitecto don Francisco Lamolla», que abrirá la ciudad al entorno agrícola inmediato después de que desaparezca el cerco murado, que es objeto de un proyecto de ley de fecha 15 de diciembre de 1914,573 y de que la vida de la ciudad se reglamente con las Ordenanzas municipales de policía urbana y rural para el régimen de la ciudad de Jaca, aprobadas en junio de 1882 y que ponen las calles en manos de los serenos, quienes controlan cosas tan dispares como que no haya circulación de coches en Semana Santa y con ocasión de las procesiones de Santa Orosia y el Corpus o que solo puedan mendigar los pobres autorizados por el Concejo. En realidad, la calle es el paisaje tranquilo en
570. Hay que señalar que en diciembre de 1913 se produjo la edición del gran libro de homenaje al obispo Antolín López Peláez, con trescientas páginas y ciento veinticinco trabajos. Entre sus cincuenta obras destaca su libro Derecho español en sus relaciones con la Iglesia: el asilo de huérfanos, publicado en 1902. A este asunto dedicó sus publicaciones sobre La cruzada de la buena prensa (Barcelona, 1908), La acción del sacerdote en la prensa (Barcelona, 1908), Quien sepa escribir, escriba (Madrid, 1911) y Los trabajadores en el periodismo católico (Astorga, 1914). 571. El gran rotativo católico, Madrid, Imp. de los Hijos de G. Fuentenebro, 1911. Sabemos que durante su estancia jacetana publicó doce obras y escribió muchas más. En la primera hablaba de La exposición continua del Santísimo (1892), y trató cuestiones tan dispares como El darwinismo y la ciencia (1893), Las poesías de Feijoo (1899), La censura eclesiástica (1904) —premiada—, Los daños del libro (1905) o El clero en la política (1909). 572. Biblioteca Diocesana del Obispado de Jaca, Boletín Oficial Eclesiástico del Obispado de Jaca, t. 38, año LII, 6, 12 de junio de 1930. El propio obispo de Jaca acaba de mandar una circular sobre el Día de la Buena Prensa, el 1 de junio, en la que asegura que se debe «huir de la mala prensa como de la vista de un áspid». 573. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: historia de una ciudad, ed. cit., pp. 239-285.
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el que debe vivir la burguesía que gobierna la ciudad, un espacio común de paso —pues, como indicaban los teóricos, «cuanto más tiempo pase el hombre en su casa, entre su familia, más morales resultarán los pueblos»—, un territorio que las familias deben cuidar en las grandes celebraciones religiosas, ya que para esas ocasiones han de tener sus aceras «barridas y regadas con una hora de anticipación» y adornados sus balcones y ventanas «con tapices o en la forma más esmerada posible».574 En esta sociedad cerrada, en la que un periódico local —El Monte Pano— escribe en octubre de 1886 que «solo la iglesia católica puede luchar contra el socialismo», comienza su mandato el vallisoletano Manuel de Castro Alonso (1913-1920), que inaugura su estancia en la ciudad ofreciendo un lunch para doscientas personas en el palacio. Viejo conocedor de la vida capitular desde su condición de archivero de la catedral de Valladolid, el nuevo obispo cerrará filas con los canónigos y se dedicará a realizar importantes reformas en la catedral, como la construcción de un nuevo altar en 1917 (lo gestionó en Barcelona como un magnífico retablo mayor en mármol para sustituir al gigantesco tabernáculo de la catedral) o el traslado del presbiterio al coro. Y no solo estrechó lazos con el cabildo: lo hizo también con la burguesía jacetana, a la que invitaba a su palacio después de que las obras que acometió lo convirtieran en un lugar muy digno, a pesar de que decían que era «un edificio sencillo». Esto le permitió organizar una vida social muy activa en los salones de su residencia. Cobraron fama las reuniones eruditas y los banquetes gastronómicos, a los que era muy aficionado este obispo, como estudioso de las materias de la alimentación y gran amante de la lectura, actividad que ejercía en la galería posterior, desde donde oía el griterío de los alumnos de los hermanos corazonistas, que llevaban en Jaca desde 1903. Allí también escribió importantes pastorales, como la que en marzo de 1920 se refirió a las calamidades sociales y al egoísmo, y toda la preparación del sínodo que se celebró los días 19 y 20 de junio de 1918.575 Su marcha fue sentida en la ciudad, aunque suponía un notable ascenso para el prelado, que acabó siendo designado obispo de Segovia el 9 de julio de 1920 y arzobispo de Burgos el 21 de mayo de 1928. En esta última sede tomó juramento como caudillo al general Franco el 1 de octubre de 1936.
574. Domingo J. Buesa Conde, «La calle como espacio urbano: teoría y utopía en Jaca a finales del XIX (1882)», en Homenaje a don Antonio Durán Gudiol, Huesca IEA, 1995, pp. 131-141. 575. Actas y constituciones del sínodo diocesano celebrado por el Excmo. y Rvdmo. señor Dr. D. Manuel de Castro Alonso en la santa iglesia catedral de Jaca en los días 19 y 20 de junio de 1918, Jaca, Imp. de la Viuda de R. Abad, 1918.
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La entrada de Francisco Frutos Valiente (1921-1926), nacido en Murcia en 1883, canónigo de Toledo en 1908 y obispo de Jaca por voluntad de Benedicto XV a los treinta y siete años de edad, ya incorpora la nueva realidad diocesana de la creación de un segundo núcleo poblacional importante, la localidad industrial de Sabiñánigo, en cuya estación están esperándolo comisiones del cabildo y del Ayuntamiento jaqués para subirse al tren en el que llega, rompiendo la vieja costumbre de recibir al obispo en las puertas de la muralla jacetana o de bajar a esperarlo al lugar de Bernués. Llegaba un prelado que emplearía sus esfuerzos en la reconstrucción del seminario, que se había quemado. La primera piedra se pondría el 5 de julio de 1924 y las clases se darían en la planta baja del propio palacio episcopal hasta que se inaugurase el edificio, en 1926, el año siguiente de la marcha del obispo Frutos a Salamanca, aunque no de su desvinculación de Jaca, puesto que en 1925 había sido nombrado hijo adoptivo de la ciudad, a la que volvió con ocasión de la fiesta de Santa Orosia, cuando, levantando las reliquias, dijo: «desde lejana tierra de Castilla, el amor me trae».576 Cuando llega su sucesor, la ciudad de Jaca, con poco más de cinco mil habitantes y una media de edad de alrededor de treinta años, está viviendo intensamente la dictadura de Miguel Primo de Rivera desde el otoño de 1923, aunque nada más sea por su importante contingente militar y por la existencia de algunos columnistas que denuncian cómo «Dios, Patria y Hogar son los tres objetivos que la ola revolucionaria pretende destruir», llaman «a defender la Patria que nos quieren arruinar, el hogar que nos quieren destruir» o saludan la llegada de Primo de Rivera a la jefatura del Gobierno escribiendo: «El ¡Dios los quiere! de los santos Cruzados ha sonado para desterrar a los políticos y para salvar a España».577 Poco después, el propio Primo de Rivera visitaría Jaca para inaugurar los Cursos de Verano de la Universidad de Zaragoza en Jaca, puestos en marcha por el inolvidable Domingo Miral el 3 de julio de 1927, en medio de un proceso de modernización urbana de la ciudad en el que el obispo intervino en 1925 pidiendo la importante y definida conclusión de la obra del alcantarillado. El lema del obispo —«Verdad, justicia, amor, sacrificio»— responde muy bien al concepto de religiosidad que tiene este gran orador que predica en todos los acontecimientos nacionales —desde el centenario de la muerte del Greco y del cardenal Cisneros hasta el de santa Teresa o el de 576. Juan Lacasa Lacasa, «Diez obispos en un siglo jaqués», El Pirineo Aragonés, 22 de junio de 1978, pp. 6-7. 577. La Unión, 880, 27 de noviembre de 1923. Domingo J. Buesa Conde, Jaca: dos mil años de historia, ed. cit., pp. 448-450. Los firma una mujer bajo el seudónimo de Cluni que escribe entre 1920 y 1923. Véanse los números 724-881 del semanario La Unión.
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san Francisco Javier— y que va a ser parte notable en la tarea de liderar la pastoral de la Iglesia de los inicios del siglo XX, en ese momento de la crisis modernista que está dirigido por tres papas: san Pío X (1903-1914), el conciliador Benedicto XV (1914-1922) y Pío XI (1922-1939), que será el gran impulsor de la Acción Católica, un movimiento que, siguiendo su invitación, se consolidará en la diócesis de Jaca con mucha rapidez. Y precisamente durante el mandato de este pontífice gobierna la sede el prelado Juan Villar y Sanz (1926-1943), al que le tocan los complicados momentos de ruptura de la convivencia que se suceden durante toda la década de 1930. Pío XI lo había designado en diciembre de 1926 y la Corona lo consideró una buena apuesta para gobernar la sede jaquesa, a la que llegó desde su condición de canónigo y vicario general de Granada, a pesar de que él era natural del pueblo zaragozano de Sisamón, en la Comunidad de Calatayud. Consagrado obispo el 19 de marzo de 1927, a los cincuenta y cinco años de edad, a él le corresponde caminar por los tiempos del gobierno de Primo de Rivera, el reinado de Alfonso XIII, la II República, la Guerra Civil y el régimen de Franco. Los últimos momentos de la dictadura y el tiempo previo a la II República se viven en esta ciudad con la mirada puesta en Zaragoza, en concreto en el templo de Nuestra Señora del Pilar, para el que se piden ayudas económicas durante los años 1930 y 1931. Además, una de las primeras recomendaciones del obispo a los sacerdotes es que asistan al III Congreso Catequístico Nacional, celebrado en octubre de 1930 ante la Virgen del Pilar, a la que llama la Virgen española. El III Congreso se reunió en la iglesia de Santiago, en Zaragoza, del 5 al 9 de septiembre de 1930. Fue presidido por el cardenal arzobispo de Granada, aragonés de nacimiento, y contó con más de veintitrés mil inscritos. Es justo el momento en que, bajo el lema «El Pilar se hunde» y ante la grave situación de la fábrica del templo, se convoca una colecta que en Jaca está liderada por una junta de señoras que organiza la cuestación en la diócesis y que preside Pilar Tomás, viuda de Pérez. Si en esta ocasión el obispo aseguraba la importancia de besar el Pilar bendito de la Virgen, cuando finalice la guerra, el 25 de abril de 1939, hará pública una exhortación para que concluyan los cultos del mes de mayo en esta diócesis con «una grandiosa peregrinación al Pilar de Zaragoza que sea de acción de gracias y de rogativas a los fines indicados, precedida de un Triduo de preparación». La carta termina diciendo que, «después de la victoria conseguida, todos los españoles deberían visitar a la patrona de España, pero de un modo especial hemos de hacerlo nosotros que estamos obligados como católicos, como españoles y como aragoneses». Unos meses después, por Orden del 29 de diciembre de 1939, la basílica
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zaragozana pasaba a ostentar el título y la consideración de templo nacional y santuario de la raza.578 Mientras tanto, en la actividad diaria el obispo atendía varios frentes: entre otros, la consolidación de las devociones tradicionales y la formación de una comunidad católica perfectamente preparada e informada en los principios que sustentaban el mundo de la Iglesia. Para ello hay conferencias apologético-morales para caballeros —«ansiosos de escuchar al virtuoso y culto P. Miguel de Pamplona, capuchino»—, en las que se explica la doctrina oficial sobre asuntos tan dispares como las enfermedades del hombre, la falta de castidad, el concepto de libertad, las enfermedades del corazón, la curación por la confesión o «la vuelta a la casa paterna». En este campo, el Boletín diocesano del miércoles 2 de abril de 1930 transcribía frases de las conferencias en las que se avisaba de cómo el hombre «de la existencia de la libertad dedujo la existencia de la responsabilidad» y asumió «el cielo para los que usaron bien de la libertad y el infierno para los que abusaron de ella, atropellando los derechos indiscutibles de Dios». La presencia de los hermanos capuchinos en Jaca es importante por la labor que desarrollan desde su establecimiento en 1930. Utilizan la iglesia del Carmen, viven en un piso de la calle Mayor y atienden pastoralmente asuntos tan complicados como la creación de una escuela católica —gracias a que el arriendo del local lo financia el propio obispo— para contrarrestar el crecimiento de la escuela protestante, que había incrementado su alumnado. El éxito de esta operación provocó el nacimiento de un importante sentimiento de odio hacia los capuchinos que estallará en algunas ocasiones y que les obligará a abandonar Jaca a partir del 14 de mayo de 1931, cuando crecían las amenazas contra ellos y en un mitin alguien planteó «¿Cuándo empezamos aquí?», refiriéndose a que «en Barcelona ya han comenzado a rodar cabezas de frailes».579 Sobre la libertad volvería a hablarse en la gran celebración que organizó el obispo para consolidar el catolicismo jacetano. El 10 de julio de 1930 firmó el edicto con el que convocaba un sínodo diocesano para los días 30 de septiembre y 1 de octubre, y durante el verano de 1930 se empleó en la tarea de preparar el acto y disponer su inauguración con una solemne procesión a la que «han de invitarse en nuestro nombre todas las autoridades locales, quienes con las asociaciones y pueblo, se dignarán asistir a ella dando una prueba más de la atención con que siempre nos distinguen 578. Boletín Oficial Eclesiástico del Obispado de Jaca, t. LII, LIII y LX. 579. Jesús Pedro Juanín Esteban, Los hermanos capuchinos: Jaca, 1930 a 1998, Jaca, Asociación Cultural Jacetana, 1998, pp. 28-31.
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y contribuyendo al esplendor que pide la trascendencia y significación de estos actos». Además, «durante la procesión se repicarán también las campanas de la población». El obispo apoya este camino hacia el sínodo pidiendo oraciones por las obras misionales, «a fin de que cese ya la cruel persecución de Rusia», para recuperar el valor moral del rosario. Cuando se inaugura, después de una vistosa procesión en la que suenan las campanas de Jaca y a la que acompaña la banda de música del Batallón de Cazadores de Montaña, imparte un sermón Pablo Olegario Martínez, canónigo magistral de Jaca, que incluso se remonta a la Enciclopedia francesa, a la que llama «Babilonia de todas las ciencias» y a la que acusa de estar «socavando los cimientos de nuestra Religión divina y sacrosanta, negando todo el orden sobrenatural, sin más argumentos que la sátira y la burla», puesto que lo que ha pretendido es «convertir al hombre en una bestia, infiltrándole el veneno del naturalismo y del materialismo». Al día siguiente, con una alocución en latín, el obispo cerró el sínodo.580 Concluido el sínodo, el obispo quiere poner en marcha las primeras medidas propuestas y, en el Boletín del sábado 15 de noviembre de 1930, publica una exhortación, firmada cinco días antes, para que en todas sus parroquias se funde la Congregación de la Doctrina Cristiana «como medio eficaz de adelanto espiritual en el conocimiento de la ley de Dios». También dicta instrucciones para que se mantenga (Boletín del lunes 15 de junio de 1931) el esplendor de la fiesta del Sagrado Corazón, así como para que se celebre con toda solemnidad la fiesta de la Inmaculada y que «se organicen para este día comuniones generales suplicando en ellas el divino auxilio a favor de la Iglesia española y de la Patria, para que brille la paz en todo su esplendor».581 Pero las cosas van cambiando con rapidez. Jaca, que ha vivido el fallido intento de proclamación de la II República española en la mañana del 580. Sínodo Diocesano de la Diócesis de Jaca, año 1930, Pamplona, Imprenta de PP. Capuchinos, 1931. En las páginas 8-12 se publica el cuestionario que el propio obispo propuso a la comisión organizadora, y que es muy interesante para detectar las preocupaciones del clero diocesano. El texto del sínodo también se publicó en el Boletín, 11, pp. 231-242. Señala que en la historia diocesana ha habido veintidós sínodos. El 8 de enero de 1929 el obispo organizó las comisiones para el sínodo diocesano y creó cinco: Fe y Religión, Mandamientos y Sacramentos, Honestidad y Oficios Particulares de los Clérigos, Bienes Eclesiásticos y Curia Eclesiástica, donde estaba mosén José Coronas, canónigo y vicario general. El expediente del sínodo se conserva en ADJaca, caja 150. 581. Boletín Oficial Eclesiástico del Obispado de Jaca, 13, 1 de diciembre de 1931. Se sigue con la publicación de la encíclica del papa Pío XI sobre la restauración del orden social en perfecta conformidad con la ley evangélica al celebrarse el 40.º aniversario de la encíclica Rerum novarum de León XIII. En febrero de 1931 se había publicado también la encíclica de Pío XI sobre el matrimonio cristiano, «atendidas las actuales circunstancias, necesidades, errores y vicios de la familia y de la sociedad».
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12 de diciembre de 1930 (del que el obispo escribió: «esperamos que no se repetirá»), ya está en plena República cuando Juan Villar y Sanz tiene que recordar que los obispos han pedido respeto y que quieren estar apartados «del campo de las contiendas políticas de partido» (documento de los metropolitanos españoles publicado en el Boletín del 20 de julio de 1931). A él le preocupa tanto esta situación que decide redactar una circular con fecha de 9 de agosto de 1931 en la que anuncia a los sacerdotes que no puede convocar los ejercicios espirituales anuales, pero que tienen que cuidar su alma, pues «la insaciable sed de perder almas que acucia a Satanás se deja advertir hoy con proporciones aterradoras». A estas cuestiones pastorales suceden los problemas económicos que ahogan a la sede, razón por la cual el obispo ordena que se lea una «Exhortación pastoral para el sostenimiento del clero» que escribe el 28 de noviembre de 1931,582 dos días antes de aconsejar la creación de una junta parroquial que cobre por las sillas que se ponen en la iglesia y coloque «un cepillo o cajita especial donde recoger limosnas y velas con destino al culto». Los meses siguientes son de avisos para intentar que se siga enterrando a las gentes en lugar sagrado (2 de abril de 1932) y que se procure celebrar una procesión con ocasión de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, «que ha de salvar a España» (circular del 9 de mayo de 1932), pero especialmente para tratar de convencer a los diocesanos de que «es obligación de ellos el mantener su clero […] no por imposición sino por caridad, no por exigencias sino por afecto y generosidad cristiana».583 Concluido el año 1932, en el que el obispo había hecho la visita ad limina en octubre y de la que se trajo 3500 liras como regalo del papa para mantener el culto de la diócesis, Juan Villar y Sanz inaugura 1933 con mayor dureza, disponiendo en una circular que, donde no pueda mantenerse el reservado por miedo a que sea profanado, que se quite dejando que lo custodien las familias. Al mismo tiempo pide que se altere
582. Boletín Oficial Eclesiástico del Obispado de Jaca, t. 38, año LIII. Dice a los sacerdotes: «no permitáis por nada ni por nadie la interrupción de las prácticas religiosas tradicionales en vuestro pueblo y, si es posible, las celebréis con más esplendor que hasta ahora porque así triunfará la fe de todas las insidias y ataques bruscos del enemigo infernal que quiere arrastrar vuestras almas a la perdición por la ignorancia religiosa, por la corrupción de costumbres y por los atractivos de un ambiente viciado que además de pervertir el corazón está siempre reclamando los castigos de Dios». 583. Boletín Oficial Eclesiástico del Obispado de Jaca, 9, 21 de septiembre de 1932. En la circular se insiste en la necesidad de crear juntas parroquiales que se hagan cargo de la situación. El 15 de diciembre de 1932, el número 12 del Boletín publicará una exhortación sobre limosnas para el culto, pues se lleva un año sin percibir «nada de aquella mezquina dotación con que el Gobierno contribuía a él en virtud del Concordato».
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el sistema de enseñar el catecismo dedicándole más tiempo, «porque el diablo no cesa de tender lazos a la niñez y poner obstáculos a su formación religiosa», todo ello desde una velada acusación a la timidez de muchos católicos a manifestarse como tales. En abril de 1933 la ruina de la diócesis es total y desde la Junta Económica Diocesana se dictan unas «Normas para la organización económica del obispado»584 después de que a la diócesis se le hayan dado 47 784,10 pesetas para pagar al personal eclesiástico, lo que no alcanza ni para la mitad de los sacerdotes ancianos. La Iglesia se está quedando sola, y lo señala el obispo cuando dice que en la inauguración del curso del seminario, en septiembre de 1933, «no vimos ciertamente aquellas lucidas y muy dignas representaciones oficiales que asaz realzaban otras veces los actos escolares». Por ello tiene que trabajar con toda rapidez. El obispo lo sabe y decide apostar, el 10 de abril de 1934, por intensificar el fervor de las Juventudes Católicas,585 «soldados de Cristo, caballeros de su bendita Madre», y en general de la Acción Católica (el lunes 15 de abril de 1935), de la que sigue esperando, especialmente de sus Juventudes, «mucho fruto si continúa y se acrecienta la actividad que vienen desarrollando bajo la dirección de la Jerarquía eclesiástica que les comunica su influjo por medio de la Junta Reguladora en la Diócesis». Pero las cosas van a peor y el obispo ya no está solo preocupado por la ruina de las finanzas diocesanas o por las dificultades para mantener el culto, sino que ahora está aterrado «porque lloramos la muerte de muchos hermanos nuestros que han sucumbido, unos víctimas de crueldades inauditas inspiradas en el odio de enemigos, cuya ceguera y saña no pudieron disipar las luces de la fe, en ellos extinguido, y otros en aras del deber sagrado de defender a la Patria que los llamaba en momentos críticos y de peligro». Para ellos serán los sufragios de Todos los Santos de 1934, en el mismo mes
584. Boletín Oficial Eclesiástico del Obispado de Jaca, año LV, 4, 12 de abril de 1933. La junta diocesana la componen José Coronas, Luis Fumanal, Carlos Quintilla, Eusebio Pera, Francisco Ascaso, Victoriano Gárate y Félix Galindo. En cada zona diocesana se creará una junta de distrito con tres curas que estará presidida por el más mayor y en la que actuará como secretario el más joven. 585. Boletín Oficial Eclesiástico del Obispado de Jaca, año LVI, 4 (1934), y año LVII, 4 (1935). En Jaca se celebró junta general de la Juventud Femenina de Acción Católica el 19 de enero de 1936 y se nombró presidenta a Carmen Sánchet-Cruzat, quien liderará a las ciento siete afiliadas, que están preparando la creación de otras juntas en Bailo, Uncastillo, Sos, Sádaba, Luesia y Biescas. Sabiñánigo pondrá en marcha la Acción Católica de manera más lenta y la primera reunión de las mujeres tendrá lugar el 3 de mayo de 1941. Véase Federico Díez Arranz, «Las mujeres de Acción Católica de Sabiñánigo», Serrablo, 106 (1997), pp. 22-25, y 107 (1998), pp. 6-8.
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en que el obispo decide cerrar algunas iglesias «por falta de medios».586 Poco después, el 30 de mayo de 1936, el obispo hace una exhortación pastoral denunciando que la fe se desvanece, que «los desertores de las filas religiosas se multiplican, sea por temor, por esperanza de medro o por otros motivos injustificables», y que son abundantes «las iras entre hermanos en que parece arder la sociedad moderna». En junio de 1936 es tan alarmante la situación que el obispo decide, de acuerdo con el cabildo, celebrar la procesión solemne de Santa Orosia por el propio claustro sin salir a la calle. En estas circunstancias, el obispo decide iniciar visita pastoral por los arciprestazgos de Biescas y Gillué, pero en ese momento se inicia la Guerra Civil y el martes 25 de agosto de 1936, después de suspender hasta los ejercicios espirituales del seminario, pide que se hagan preces «para obtener la victoria que reclama el bien de la religión y de España, tan intensamente procurado en los momentos históricos que vivimos». El año 1936 concluye con la suspensión de la Constitución de 1931, «persecutoria de la Religión» según el obispo, y se decide que este convoque una colecta en la que todos colaboren para satisfacer «las necesidades de nuestro Glorioso Ejército», colecta con la que se alcanza la cifra de 925 pesetas.587 Unos meses después, el Boletín del 20 de febrero de 1937 explica que ha muerto el maestrescuela de la catedral, Domingo Torres, «vilmente asesinado por las turbas rojas». En abril de 1937 el obispo explica que «las iglesias profanadas dentro de nuestra diócesis […] ascienden a 63, de las cuales 22 son parroquias», cuestión que amplía en una circular de agosto de 1937 sobre iglesias devastadas por completo y que al final, en 1938, será un tema que interese a la Santa Sede.588 Asimismo, el obispo y sus feligreses muestran gran dolor por el asesinato en el barranco de los Mallos del párroco de San Pedro de Biescas, mosén Agustín Pueyo Laín, el 28 de septiembre de 1937. Las noticias
586. Boletín Oficial Eclesiástico del Obispado de Jaca, año LVI, 10, 20 de octubre de 1934. Es una «Circular del Obispo sobre las Benditas Almas del Purgatorio» del 18 de octubre. El cierre de iglesias lo explica en la circular en la que recuerda la colecta de Navidad, en el número 12, del 15 de diciembre de 1934, donde señala que no hay recursos «para vivir con decoro, sino que ni siquiera para pasar en pobreza» la vida de unos sacerdotes «después de una carrera de doce o más años» de estudio y preparación. 587. Boletín Oficial Eclesiástico del Obispado de Jaca, año LVIII, 13, 26 de diciembre de 1936, donde se publica la relación completa de los que participan. 588. Boletín Oficial Eclesiástico del Obispado de Jaca, t. 41 (1938-1940), año LX, p. 5, «Relación de los hechos ocurridos con motivo de la guerra determinada por el levantamiento cívico-militar de 18 de julio de 1936». En abril de 1938 la Secretaría de Cámara y Gobierno de la diócesis hará el censo de las parroquias «liberadas por nuestro Glorioso Ejército» a petición del encargado de negocios de la Santa Sede, que anuncia que se va a redactar «la monografía general de los daños sufridos por la Iglesia en España».
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se suceden, pero la guerra ha dejado tan diezmado el territorio que el obispo no tiene ni papel para editar el Boletín Oficial Eclesiástico en el verano de 1940, justo cuando emite una circular en la que autoriza que se pongan bancos en las iglesias y se quiten las viejas sillas. Todo comienza de nuevo. Se hace hincapié en volver a rezar el rosario, en la celebración de procesiones, en peregrinar a Zaragoza y en la orden episcopal que invita: «Escuchad Radio Vaticana». La gravedad de los primeros momentos ya ha comenzado a menguar, referencia de lo cual es que el 18 de junio de 1938 el cabildo de Jaca devuelve la cabeza de santa Orosia, que había estado oculta y protegida en la propia catedral.589
589. El Pirineo Aragonés, 18 de junio de 1938, p. 2. El relicario que alberga la cabeza de la santa volvió a Jaca en mayo de 2016 con motivo de la restauración del arca que guarda el cuerpo.
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JACA, SUFRAGÁNEA DE PAMPLONA
El 21 de noviembre de 1943 el obispo Juan Villar fue trasladado al obispado de Lérida, donde sería entronizado a los setenta y un años de edad. Este obispo, que fue senador por Zaragoza y que recorrió el país ganando fama de gran orador, impresionó vivamente al escritor Pío Baroja, que en 1931 lo contempló y lo describió minuciosamente saliendo de la ciudadela con su espléndida vestimenta episcopal tras visitar el monumento de Jueves Santo. Con él se cerraba una etapa muy intensa de la diócesis en la que no había faltado de nada, ni siquiera interés por salvar su importante patrimonio artístico, sobre el cual habían ido llegando recomendaciones desde la inauguración de la nueva Pinacoteca Vaticana, el 27 de octubre de 1933, con un discurso del papa sobre «El arte sagrado» que fue publicado íntegramente en el Boletín, hasta la solemne apertura del Museo Románico de Jaca en agosto de 1934.590 Concluida la II Guerra Mundial, en mayo de 1945 y en pleno aislamiento por la neutralidad del régimen en la contienda europea, la llegada a Jaca del zaragozano José María Bueno Monreal supone un importante alivio para una ciudad que tenía serias certezas de que la sede podía dejarse vacante y desaparecer. Pío XII, que lo ha nombrado por bula del 25 de noviembre de 1945, no ha enviado a Jaca a un clérigo cualquiera, sino a un canónigo de Madrid muy preparado, doctorado en Teología y Derecho Canónico, buen conocedor de la cultura española y de la actividad cultural del momento. El obispo será visitado en Madrid por el alcalde Juan Lacasa Lacasa, verdadero autor del diseño de la modernidad de la ciudad, cuando el presupuesto municipal alcanza el millón de pesetas. Él será quien lo reciba el 20 de febrero en la tradicional puerta de las Benitas.
590. Biblioteca Diocesana del Obispado de Jaca, Boletín Oficial Eclesiástico del Obispado de Jaca, t. 39, año LV, 4.
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Con el inicio de su episcopado se abre un período de intensa vida pastoral que le lleva a presidir las confirmaciones en todos los lugares de la diócesis, a visitar sus pueblos, a fomentar los estudios del alto clero capitular sobre el pasado diocesano y a organizar actos populares como los que se celebran con ocasión de la llegada de la Virgen de Fátima el 7 de agosto de 1948 o con motivo de la peregrinación diocesana a Zaragoza, su ciudad natal, que organiza el sábado 9 de octubre de ese mismo 1948, el año en el que el papa Pío XII concede la dignidad de basílica al templo de Nuestra Señora del Pilar. No menos importante es su interés por recuperar el prestigio de los dos espacios monásticos más notables: el de las benedictinas herederas de Santa Cruz de la Serós, a las que apoya cuando abren colegio de niñas en septiembre de 1948, y el de San Juan de la Peña, para el que tutela una gestión a la que no fue ajena el alcalde Lacasa y que culminó, el día 27 de agosto de 1949, con la reunión en su palacio jaqués del Patronato de San Juan de la Peña, empeñado en reanudar los famosos Días de Aragón iniciados el domingo 12 de julio de 1931, cuando llegaron por primera vez los vehículos a la gran pradera del monasterio barroco.591 Bueno Monreal, que pronto será condecorado con la Gran Cruz de la Orden del Sol de Perú (1949), también logrará hacer realidad inmediatamente ese empeño de salvar el símbolo pinatense erigiendo canónicamente, el 25 de agosto de 1950, una hermandad de carácter religioso que se encargará de tributar el culto a san Juan, de intentar que vuelvan los monjes y de difundir ese monasterio como el centro de influencia religiosa de los orígenes del Reino de Aragón. Pero este logro ya no lo verá como obispo de Jaca, puesto que el 13 de mayo de 1950 será trasladado al obispado de Vitoria y en septiembre abandonará Jaca. Le espera una gran carrera eclesiástica que le lleva al arzobispado de Sevilla en abril de 1957 y, de la mano del papa Juan XXIII, al cardenalato en diciembre de 1958. Sevilla será su espacio pastoral hasta su jubilación, que tendrá lugar en 1982, pero estaba muy claro en la voluntad de este obispo que él iba a seguir tirando de todas las empresas que había sugerido como camino para consolidar, revitalizar y dar un poso histórico incuestionable a su querida diócesis jacetana. Sin duda, una de esas empresas será la celebración del IX centenario de la catedral de Jaca, evento en el que ayudaría y mucho a su sucesor, el obispo
591. Domingo J. Buesa Conde, San Juan de la Peña, símbolo de Aragón, conferencia impartida en el Salón de Ciento del Ayuntamiento de Jaca el 16 de julio de 2011, dentro de las VII Jornadas de Estudio sobre San Juan de la Peña, organizadas por la Real Hermandad de San Juan de la Peña.
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Ángel Hidalgo Ibáñez (1950-1978), un riojano que llega a la ciudad, desde su condición de vicario de Sigüenza, el 15 de abril de 1951, con cuarenta y ocho años de edad y una visión muy clara de lo que es una población de este tipo, adquirida en sus tiempos de párroco en Logroño. Comienzan en ese momento veintiocho años de episcopado ininterrumpido hasta su jubilación, el 31 de enero de 1978, y mantenido como emérito hasta su muerte, el 17 de marzo de 1984, después de haber sido condecorado en 1969 con la Medalla de Plata al Mérito Turístico como impulsor del Museo Diocesano y de haber recibido una carta del papa Pablo VI con motivo de sus bodas de plata episcopales y de oro sacerdotales en marzo de 1976.592 Si hay una cuestión que es fundamental en este mandato es la conversión de la diócesis de Pamplona en sede metropolitana el 11 de agosto de 1956, según la bula Decessorum nostrorum, emitida por Pío XII. En consecuencia, Pamplona deja de ser sufragánea de Zaragoza y se le adscriben como sedes sufragáneas las diócesis de Calahorra, San Sebastián, Tudela y la propia de Jaca, cuestión que no gustó en la ciudad, aunque oficialmente que se silenció. El caso es que el nuncio Ildebrando Antoniutti provocó que el primer obispado del reino aragonés pasara a formar parte de la provincia eclesiástica de Pamplona.593 Zaragoza perdía los territorios de Tudela y Jaca. Bien es cierto que al final poco iba a conseguir el nuncio: solo disparatar más el mapa de la España que emergía, puesto que la sede jaquesa redoblaría los esfuerzos por consolidarse como una referencia histórica, por dejar muy claro que poseía la condición de haber sido gestora del reino aragonés. Este será un loable empeño y una tarea que llevará a desarrollar solemnes actos como el centenario de la catedral. Un año antes, en 1955, se había puesto en marcha el cumplimiento de lo estipulado en el Concordato del 27 de agosto de 1953 sobre la adecuación de los límites eclesiásticos a los civiles, provinciales o territoriales. El Decreto de 1954 es ejecutado por el nuncio en España, monseñor Antoniutti, el 15 de marzo de 1955, lo que supone
592. El Boletín Oficial Eclesiástico del Obispado de Jaca explica la llegada del obispo a Jaca, cuyas calles se hallaban ricamente adornadas y engalanadas, pues se «habían levantado artísticos arcos con sendas dedicatorias y cariñosas salutaciones al nuevo sucesor de los Apóstoles y enviado del Señor» que acompañaban al prelado en su camino hacia la catedral. Después de ser recibido en la puerta del seminario diocesano por el canónigo Juan Francisco Aznárez y de rezar en su capilla, salió revestido y bajo un palio cuyos varales llevaron los concejales jacetanos hasta el atrio de la catedral, donde, arrodillado, prestó el juramento que le abrió las puertas del templo e inauguró el pontifical. El acto concluyó con el besamanos de su anillo, que duró más de hora y media. 593. Boletín Oficial del Estado, 346, 11 de diciembre de 1956, p. 7801. El papa comienza la explicación indicando que lo hace a petición del nuncio y con el consentimiento de los obispos implicados.
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que en ese momento se agregan a la diócesis de Jaca las parroquias de Lacorvilla, Luna, Valpalmas y Erla, que pertenecían antes a la de Zaragoza, y las de Broto, Buesa, Sarvisé, Asín de Broto, Yosa de Broto, Bujaruelo, Torla, Víu, Linás de Broto, Fragen, Oto, San Felices, Fuencalderas y Marracos, que correspondían a la de Huesca. Por el contrario, la parroquia de Erés se agrega a la diócesis de Huesca, con lo que Jaca pierde uno de los lugares que se anexionaron con ocasión de la llegada de la Valdonsella. Con estos reajustes hechos, y al margen de dónde estuviera ubicada como sufragánea, aun considerando que seguía pastoralmente unida a la de Zaragoza, durante el largo episcopado de este riojano la diócesis de Jaca mantuvo líneas de acción claras, como el empeño de ampliar los espacios eclesiásticos, el de modernizar las viejas iglesias o el de crear espacios de reunión para todo ese mundo pastoral que va naciendo al calor del Vaticano II, cuyas sesiones sigue con atención.594 En este bloque de la pasión por ordenar el mapa diocesano y actualizar los espacios hay que recordar la fundación de la nueva parroquia de Santo Domingo de Jaca, en una vieja iglesia, el 30 de octubre de 1953; la puesta en marcha la iglesia del barrio de la Estación en 1961 y el comienzo de su misa dominical; la inauguración de la Casa Diocesana de Apostolado Seglar, con unos cursillos de cristiandad, en noviembre de 1960; la bendición de la nueva iglesia de Santiago de Sabiñánigo en 1973; la colocación de la primera piedra de la residencia de ancianos y las importantes obras que se llevan a cabo en el seminario en 1955 o en el propio palacio episcopal desde noviembre de 1957. Estas últimas están destinadas a dinamizar los espacios de la curia y crear espacios de actividad cultural (recordemos la curiosidad de cómo el 24 de octubre de 1953 se había celebrado un arriesgado recital de Fernández Cueto en los bajos del propio palacio) y a preparar el edificio para su dimensión institucional ante las múltiples visitas que recibe la ciudad, desde la del padre Vicente Tomek, general de los escolapios, en 1953, hasta la del nuncio Antoniutti, que no querrá moverse mucho y evitará ir a San Juan de la Peña, a pesar del interés que se tiene en que vea la importancia y la antigüedad del monasterio y conozca la intensa actividad que allí se desarrolla. El autor de la inclusión de Jaca en la metropoliana pamplonesa no llegó a apreciar el monasterio donde se inició la celebración de reuniones que producirán actos como la Gran Vigilia de las Espigas, con cuatrocientos adoradores nocturnos que acudirán al monasterio con todas sus banderas en 594. Este fue uno de los obispos que participó en «Los “vota” de los obispos españoles después del anuncio del Concilio Vaticano II (1959)», según el estudio de Evangelista Vilanova, Revista Catalana de Teología, XV/2 (1990), pp. 387-404.
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1965. No obstante, en la diócesis hay obras que pasan por momentos de penuria, y muestra de ello puede ser la llamada, en abril de 1966, del Ayuntamiento de Yebra de Basa, que está restaurando el «Santuario de nuestra Patrona […]. Y aunque los vecinos de esta localidad y pueblos del Municipio —San Julián de Basa, Sobás, Orús, Fanlillo y Espín— colaboran personalmente en los trabajos, dadas las escasas posibilidades del Municipio», no puede seguir adelante y se ve en la «necesidad de solicitar la ayuda de Entidades y particulares».595 Monseñor Hidalgo se sintió muy vinculado a la religiosidad del momento y promovió actos como la consagración solemne de la ciudad de Jaca a la Sagrada Familia a través de una ceremonia en la que leyó la fórmula el antiguo alcalde y prestigioso jacetano Juan Lacasa Sánchez Cruzat, en enero de 1954, o la celebración de un acto religioso por Hungría, invadida por las tropas comunistas, el 8 de diciembre de 1956. Pero especial atención recibió la llegada, en julio de 1959, del general Franco con el Santo Grial, que se llevó desde Valencia hasta el monasterio de San Juan de la Peña, donde se había custodiado en el pasado, un acto más que no puede pasar desapercibido dentro del empeño de los jacetanos en demostrar la importancia de su sede, permanentemente amenazada por rumores de desaparición, cuestión que provocó una nueva defensa acometida por el ilustre patricio Juan Lacasa el 6 de marzo de 1967. Mientras tanto, conviviendo con el prelado, que recorre la diócesis en su coche y mantiene una intensa actividad en el palacio de la calle del Obispo, la ciudad da el salto a la modernidad apostando por Radio Jaca, «la Voz del Pirineo», que está en pruebas desde diciembre de 1958 y que se hará omnipresente con campañas como la benéfica «De corazón a corazón» de la Navidad de 1959. La vida ciudadana se sigue marcando al ritmo de las campanas cuando la campanera Concha Cacho participa en un conocido programa televisivo, Reina por un día, en el que divulga la historia de la catedral, mientras que el director de El Pirineo Aragonés, Manuel González Chicot, aprovecha para escribir sobre los cuatrocientos últimos años de la atención de las campanas de la catedral.596 Pocos meses después, el 13 de diciembre de 1965, muere el deán Luis Fumanal, que será sucedido, en julio de 1966, por Matías Fumanal, una persona muy comprometida con la ciudad y un activo profesor en el instituto Domingo Miral de Jaca.
595. Anuncio publicado en El Pirineo Aragonés, 6 de junio de 1967, p. 5. En portada se da la noticia del nombramiento del nuncio Riberi como cardenal. 596. 25 de octubre de 1965, pp. 1-2. El periodista González Chicot fue uno de los grandes estudiosos del prestigio histórico de Jaca.
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En este panorama tan dispar, la diócesis no deja de poner especial atención en el legado artístico y su divulgación: en 1952 envía varias custodias de los lugares diocesanos al Congreso Eucarístico de Barcelona y en 1961 participa en la Exposición de Arte Románico de Barcelona. Conforme avanza el tiempo, el obispo Ángel Hidalgo se considera más implicado en la tarea de salvar el patrimonio diocesano, en concreto el medieval románico, que corresponde a los momentos iniciales del Reino de Aragón y de su obispado, razón por la que hay importantes llamadas desde el mundo de la cultura para vincular este proceso con la celebración de algún hito importante de aquellos tiempos.597 La excusa es inmediata: hay que celebrar el IX centenario de la catedral de Jaca. Para ello acepta la presidencia de honor el jefe del Estado, al que se le informa por extenso —con ocasión de su visita del 30 de julio de ese año— sobre cómo se está preparando el nuevo Museo Diocesano para que sea el gran escenario de tan magno evento, mucho más en un momento en el que han surgido voces de medievalistas, como el catedrático Antonio Ubieto Arteta, que ponen en cuestión la fecha de la efeméride. Cuando se celebra el IX centenario en algunas zonas anejas de la catedral se ha colocado una exposición «de arte sacro, joyel y rancios pergaminos sobre el concilio jaqués de 1063» que será visitada expresamente por el arzobispo de Sion y vicario castrense el sábado 27 de julio de 1963, cuando llegue para celebrar el pontifical —al día siguiente y en la seo a las once de la mañana— como homenaje de la guarnición de Jaca a su catedral. Una jornada que se complementa, como es habitual desde la inauguración de los Cursos de Verano —que ese año se dedican a este asunto—, con una conferencia en el teatro Unión Jaquesa, esta vez del catedrático Antonio Beltrán, que comparte unas «Digresiones sobre el Santo Cáliz de la catedral de Valencia». Para entonces ya se han montado exposiciones filatélicas y fotográficas organizadas por un activo Centro de Iniciativa y Turismo a cuya presidencia llega Armando Abadía, que además pone en marcha el Festival
597. Victoriano Navarro González, «IX centenario de la consagración de la catedral de Jaca y del concilio jacetano», Argensola, 47-48 (1961), pp. 285-302, alienta la celebración del centenario y explica que «de todas las paredes, columnas y bóvedas fue levantado el estuco que tenían, recobrando de este modo la obra de piedra su primitiva belleza. Así mismo fueron liberados los ábsides de pinturas inoportunas y de imágenes y adornos de poco valor artístico, volviendo la catedral a tener la artística traza y perspectiva que tuvo en sus primeros tiempos». Cuenta también que Francisco Íñiguez, jefe del Servicio de Conservación del Patrimonio Artístico Nacional, promovió catas en el claustro que dieron lugar «al hallazgo de diversos elementos de piedra pertenecientes al románico, imágenes y restos de retablos de algún valor artístico y todo ello puede servir algún día para establecer algún museo», como quería el obispo Hidalgo, «a base de las piezas arqueológicos encontradas, junto con valiosas pinturas románicas salvadas en algunas iglesias y ermitas, que corrían peligro de perderse».
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Folklórico de los Pirineos como un acto internacional de este IX centenario de la catedral y que pronto será alcalde de la ciudad, desde el 6 de abril de 1968. Ese momento del centenario de la catedral es muy especial para la diócesis, máxime cuando su repercusión mediática es enorme sobre todo en Sevilla, de donde viene el cardenal aragonés Bueno Monreal, obispo de Jaca hasta 1950, para presidir la misa pontifical que abre las celebraciones el 23 de julio de 1963.598 Con él estarán el ministro de Justicia Antonio Iturmendi, el arzobispo pamplonés, obispos como los de Tarazona, Calahorra, Teruel, Barbastro o Vitoria e incluso algunos franceses.599 El 25 de julio el maestro Asiain dirige un magno concierto en el que participan la Orquesta Sinfónica de Zaragoza y el Orfeón de Jaca, y justamente un mes después el nuncio Antonio Riberi clausura las celebraciones,600 tras haber sido recibido con honores de embajador y haber llegado a la catedral precedido por cincuenta y cuatro cruces acompañadas por todos los párrocos de la diócesis, en una catedral llena de personas y con una brillante homilía en la que asegura que es una alegría para él «la conmemoración de la nueve veces centenaria erección de esta Diócesis» y de su primer templo, «porque gracia especialísima de Dios es que, a lo largo de nueve siglos, la fe de vuestros antepasados, que es la fe de Cristo, se haya conservado incólume, pese a tantas vicisitudes, muchas veces adversas, con la misma pureza de los primeros cristianos, porque vuestros corazones aragoneses han sido y son más firmes que las piedras graníticas de este maravilloso templo catedralicio». Sus palabras hablan de cómo la obra de hace novecientos años ha sido la 598. El Pirineo Aragonés, 27 de julio de 1963, saluda en portada «A nuestro eminentísimo hijo adoptivo» y en la página 2 pasa a describir «La grandiosa misa pontifical del domingo», que se inició con la salida del «cortejo procesional del palacio episcopal que encabezaba la cruz alzada seguida de los eminarista, clero segular y regular, Cabildo catedralicio y los señores arzobispos y obispos de las distintas diócesis españolas y francesas». Cerraba el cortejo «el Ayuntamiento, bajo mazas». El alcalde Fanlo acompañaba al obispo junto con el ministro de Justicia, el gobernador civil y el capitán general Alonso. 599. ABC (edición de Andalucía), 23 de julio de 1963, p. 5, incluye foto del momento del acceso a la catedral. En la página 31 hace una extensa crónica en la que nos explica que hubo una solemne procesión con el cardenal escoltado por el ministro y por el gobernador civil de Huesca, acompañados por el capitán general y el alcalde de Jaca Benigno Fanlo. El órgano intervino con varias piezas interpretadas por el jacetano Ayarra —organista titular de la catedral de Sevilla—, y al final se impartió la bendición papal. 600. «El Nuncio de Su Santidad clausuró con broche de diamante el IX Centenario de la Catedral», El Pirineo Aragonés, 31 de agosto de 1963, pp. 1-2. Presiden el nuncio, el capitán general de la V Región y los prelados de Barcelona, Vitoria y Jaca. En la comida celebrada en el Gran Hotel se hizo entrega al obispo de Jaca de una placa en la que se le rendía homenaje en nombre de todos sus diocesanos, placa que entregó Miguel Sancho Izquierdo como presidente de la Hermandad de Caballeros de San Juan de la Peña. Al día siguiente el nuncio visitó Tramacastilla de Tena.
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de un pueblo entero, no solo la de sus reyes, y de cómo la ciudad ha sido «lazo de unidad y portavoz de universalidad entre los más diversos pueblos de Europa», tareas sobre las que levanta la necesidad de seguir trabajando para liberar a Europa de sus males, para divulgar el mensaje de Cristo, pues, «sin Él, Europa no hubiera sido Europa, consumada en la Unidad, civilizadora y rectora de pueblos. Sin Él, Europa volverá a perderse irremisiblemente en la disgregación materialista y pagana, caerá en las simas del error y de la infecundidad y perecerá en una agonía desesperada, sin atisbos de resurrección». Concluida la celebración, en la que actuó el Orfeón Jacetano y mosén Luis Galindo interpretó varias piezas en el órgano de la catedral, impartió una magnífica conferencia final, en el consabido espacio del teatro Unión Jaquesa, el decano de la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza, el doctor José María Lacarra, quien habló de «La catedral de Jaca en la historia de Aragón».
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Como es evidente, la diócesis ha mostrado un especial interés por la cultura y el arte desde siempre y en muy variadas ocasiones. Centrándonos en el siglo XX, ha organizado destacadas inauguraciones de los cursos del seminario conciliar —como la realizada en septiembre de 1933, cuando Manuel Gállego, catedrático de Música, leyó un importante discurso sobre «La música sagrada» donde afirmó que la música era la reina de las bellas artes— y ha acometido importantes obras en la catedral,601 que en febrero de 1934 obligan a trasladar el culto a Nuestra Señora del Carmen. En este entorno —y teniendo en cuenta el avance del deterioro de la situación y de las amenazas de destrucción del patrimonio religioso—, el obispo va visitando la diócesis y repensando una vieja idea que ya habían manifestado algunos de sus antecesores. El mismo obispo Villar nos dirá que al hacer la visita a la diócesis se dio cuenta de los «numerosos y notables objetos de arte, principalmente románico, que todavía se conservan», evidencia que le llevó a acariciar «la idea de reunirlos en un museo diocesano para su mejor conservación y custodia y para que pudieran ser vistos y admirados por los amantes del arte». A partir de entonces plantea el proyecto al nuncio papal en España, que lo autoriza, y se concluye que el mejor sitio para este nuevo espacio diocesano es un local habilitado en el monasterio de las benedictinas en el que se exhiban el sarcófago y otros objetos de arte. Así pues, el domingo 5 de agosto se produce la «solemne inauguración del Museo Románico de la Diócesis de Jaca». En este mismo acto el obispo cuenta que lleva tiempo pensando en esta obra, aunque no ha podido hacerla por falta de recursos económicos hasta que ha contado con la ayuda del Sindicato de Iniciativa 601. El Pirineo Aragonés, 9 de diciembre de 1933, p. 5, explica que en la catedral de Jaca se hacen obras de sustitución de sillares y arreglo de cubiertas, por un importe de 20 000 pesetas, a cargo del arquitecto Francisco Íñiguez Almech.
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y Propaganda de Aragón y con Jaca. Ambos aportan dinero, trabajo, dedicación y el plan de organización de ese espacio. Entre todos los que colaboran hay que destacar a Eduardo Cativiela, presidente del SIPA, y al activo representante de este grupo Francisco Cidón, un pintor, cartelista y crítico de arte de origen valenciano que obtendría la Medalla de Plata en la Exposición Nacional de 1920 y sería nombrado miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Luis en 1940.602 La inauguración tiene lugar una semana antes de que se festeje este evento con la celebración del ciclo de conferencias Pro ecclesia et patria en el amplio salón del seminario. Por su tribuna pasa el canónigo penitenciario de Huesca Estanislao Tricas, que inaugura el ciclo el lunes 20 hablando sobre «El obispado de Aragón». El martes 22 interviene el abate Jean Annat, director de la Revue Historique et Archéologique du Béarn et du Pays Basque, quien recupera la memoria diocesana con «A ambos lados de la frontera: Santa Cristina de Summo Portu» y da paso al arquitecto Francisco Íñiguez Almech, del Centro de Estudios Históricos, cuya exposición se centra en «La catedral de Jaca». La conferencia estrella es la del sábado 25 de agosto, impartida por Ricardo del Arco, archivero provincial de Huesca, que trata sobre «El sarcófago de doña Sancha». Concluye el ciclo el catedrático del Instituto de Huesca Juan Tormo hablando de «San Juan de la Peña» el lunes 27. La prensa, desde El Debate de Madrid hasta La Unión de Jaca pasando por El Noticiero de Zaragoza o el jacetano El Pirineo Aragonés, dedica su atención a este evento y a este ciclo, que pretende aportar la dimensión científica que el obispo quiere que tenga el Museo. Incluso el Boletín diocesano explica que fue magnífico ver cómo Ricardo del Arco descubrió a los presentes el notabilísimo sarcófago de doña Sancha, de cuyas esculturas les dijo que «revelan la existencia de una escuela de arte románico que el docto conferenciante apellidó jaquesa». Tanto él como los demás oradores alabaron el papel de la Iglesia para mantener y salvar el patrimonio a lo largo de los siglos y dejaron muy claro «que gracias a ella no se han expatriado muchas de sus obras». Comenzaba pues la historia del Museo Diocesano con el obispo Juan Villar y Sanz, aunque a su empuje seguirían el de José María Bueno Monreal 602. La revista del SIPA zaragozano se emplea a fondo en destacar este asunto, concretamente en tres trabajos: «Inauguración del Museo Románico en Jaca», Aragón, 108 (1934), pp. 153-155; M. Herrero García, «Una joya del Pirineo», Aragón, 108 (1934), pp. 155-156; y Francisco de Cidón, «El Museo Románico de Jaca», Aragón, 109 (1934), p. 180. Posteriormente volverá al asunto en un artículo de los hermanos Albareda, «El Museo Románico de Jaca», Aragón, 223 (1952), p. 2, donde ya se hace eco de la reordenación de marzo de 1944.
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(1946-1950) y el definitivo del obispo Ángel Hidalgo Ibáñez (1951-1978), el prelado que vinculó la recuperación de esta vieja empresa, durante años condenada a ser una mera exposición muchas veces cerrada, al IX centenario. Para ello se aprovechó la ingente labor desarrollada por mosén Jesús Auricinea Garitacelaya —fallecido en el verano de 1975 cuando volvía de San Juan de la Peña—, que trabajó sin descanso para salvar los restos de las pinturas medievales que había por las iglesias que él atendía como responsable diocesano, en un momento iconoclasta en el que se imponía sacar la piedra y hacer desaparecer estucos y pinturas, que para muchos afeaban los templos y para algunos eran poco mantenibles desde las premisas que llevaron al Concilio Vaticano II (1962-1965). Las pinturas murales serían objeto de preocupación desde finales de la década de 1950 y en todos los años de la de 1960, razón por la cual se trabajaría con el restaurador barcelonés Ramón Gudiol Ricart, que iría arrancándolas y llevándolas a Jaca. Así ocurrió con el gran conjunto de la iglesia de Bagüés en el verano de 1966, cuando se contó también con el asesoramiento de su hermano, el profesor José Gudiol, director del Instituto Amatller de Arte Hispánico. Este es el motivo por el que la diócesis participaba en todos los eventos culturales medievales de Cataluña. Salvado un importante patrimonio diocesano, conviene acometer la tarea de exhibir estos conjuntos murales en los espacios de la catedral, y en concreto en el entorno de su claustro románico, reformado a partir del siglo XVII. Para ello se refunda el Museo Diocesano de Jaca, que se inaugura el 22 de agosto de 1970 en una sociedad en crecimiento, con una ciudad de Jaca que ya supera los once mil habitantes y una población de Sabiñánigo que casi alcanza los nueve mil en noviembre de 1971 y que tendrá rango de ciudad desde la celebración de su bimilenario en 1972. Entendido como museo de arte sacro medieval, con el doble objetivo de servir de testimonio de fe de las gentes de la diócesis de Jaca y convertirse en foco de cultura del Alto Aragón, el centro pasará por una etapa fundamental bajo el control del canónigo archivero Juan Francisco Aznárez, al cual sucederá en 1990 el también canónigo Miguel Lafuente. Pero hasta llegar a este nuevo momento del Museo Diocesano se han sucedido dos episcopados tras la jubilación de Ángel Hidalgo. Al prelado que marcó toda una época con sus veintisiete años de gobierno, durante los que pervivieron muchos modos decimonónicos en los escenarios episcopales, le siguió un hombre que había llegado al sacerdocio, el 29 de junio de 1960, después de haber vivido en el mundo como seglar y de haber desarrollado una importante vida universitaria, puesto que fue catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Deusto. El bilbaíno Juan Ángel
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Belda Dardiñá (1978-1983)603 fue designado obispo de Jaca el 31 de enero de 1978 y ordenado en la catedral jaquesa el 1 de abril de 1978, cuando tenía cincuenta y un años de edad, y fue ascendido a la sede de León por el papa beato Juan Pablo II en febrero de 1987, momento en el que se despidió de sus diocesanos recordando su estancia en Jaca desde «el primer recorrido que hiciera por todos y cada uno de los pueblos de la misma, recorrido —dice— que me brindó la oportunidad de conocer prácticamente a todos mis diocesanos en menos de un año y, a la vez, de captar su bondad, su sencillez», hasta los detalles más sencillos de su gestión, que sumaron ciento siete retiros, treinta y siete reuniones con el Consejo del Presbiterio, dos nuevas iglesias, cuatro nuevas abadías, cincuenta y cinco parroquias restauradas… Ciertamente esos nueve años le permitieron poner en marcha muchas cosas, pero especialmente debe reconocerse que fue el obispo que acometió la tarea de promover el inventario y la ordenación del rico Archivo Diocesano, que custodia cerca de cien mil piezas documentales datadas desde el episcopado de Pedro del Frago (1572-1577) hasta la actualidad. Coincidiendo con las obras de restauración del palacio del obispo, se recuperan los fondos dispersos por él y sus legajos son colocados en cajas por un primer equipo de trabajo formado por el vicario Matías Fumanal, el canónigo archivero Juvencio Buey, el secretario episcopal Valentín Garcés y el delegado diocesano de patrimonio Jesús Lizalde. Sobre esta tarea comenzamos a inventariar sus fondos por un encargo que me hizo el propio obispo Belda y que desarrollamos entre 1982 y 1985 con un equipo en el que estaban el delegado Lizalde, los luego archiveros Armando Serrano y José Carlos Puente y los historiadores Sergio Castillo y Javier Barrado, así como el musicólogo Luis Miguel Gracia Iberni.604 La tarea del inventario del fondo diocesano concluía en su primera etapa en 1985, justo en el cambio de obispo y cuando el nuevo prelado disponía que el Archivo Diocesano, con sus más de mil cajas de documentos, se ubicara en unos locales perfectamente preparados en los bajos del palacio, 603. Juan Lacasa Lacasa, en su artículo «Diez obispos en un siglo jaqués», El Pirineo Aragonés, 22 de junio de 1978, pp. 6-7, recibe al nuevo obispo apuntando algunos datos demográficos interesantes: «La diócesis tenía hacia 1920 unas 75 000 almas para 3391 kilómetros. Hoy somos 12 732 en 5896. Se ha bajado de unos 14 por kilómetro a unos 7, desoladoramente. Pero en la tierra altoaragonesa permanecen la Catedral y otros lugares sagrados que hay que cuidar. Arrancando de esta singular herencia, emprendamos la andadura de otro siglo fieles a nuestros Pastores». Para todos los datos estadísticos de la evolución de la diócesis en el siglo XX véase Aurelio L. Orensanz, Estudio socio-económico de la diócesis Jaca, Obispado de Jaca, 1973. 604. Domingo J. Buesa Conde, «El Archivo Diocesano de Jaca», Aragonia Sacra, I (1986), pp. 153-156.
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Conjunto de pinturas murales de Bagüés en el Museo Diocesano de Jaca. (Archivo del Museo Diocesano de Jaca)
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los cuales constituirían el nuevo archivo que dirigiría mosén Felipe García. Este nuevo obispo era el navarro Rosendo Álvarez Gastón (1985-1989), que cuando llegó a la ciudad era un conocido especialista en religiosidad popular, recuerdo especialmente de su paso por Huelva.605 Nombrado obispo de Jaca el 21 de noviembre de 1984, recibió la ordenación episcopal el 12 de enero de 1985 y en junio de 1989 sería trasladado a Almería, a una tierra y una religiosidad que él conocía bien, a una diócesis para la que negociaría la vuelta de parte de las reliquias de san Indalecio, el primer obispo de Almería, que habían sido traídas al reino aragonés en el siglo XI. De su mandato quedan algunos textos de homilías en las que se comprometía en defensa de aspectos muy concretos que siempre atendió con intensidad. Como ejemplo de ello, en febrero de 1989, mientras era obispo de Jaca, participó en la pastoral «La familia del enfermo: la familia también cuenta», y en febrero del año 2000, ya como obispo de Almería, publicó una carta titulada «Cada niño es un regalo inmenso» en la que denunciaba la proliferación de los abortos y defendía que la vida es un don de Dios y que «respetarla no es simplemente útil, sino una obligación primera de todo ser humano». Pero destaca sobre todo la visita ad limina realizada en la semana del 19 al 25 de octubre de 1986, sobre la cual contamos con una carta que dirigió a sus diocesanos el 12 de octubre de 1986. En ella les explicaba la función y la normativa de la visita, en la que iba a exponer al santo padre la situación y las inquietudes de la sede jaquesa, detalladas en una relación enviada con anterioridad. En el texto enuncia algunas generalidades que le preocupan, como la «comunión eclesial de la Iglesia de Jaca» —misionera hacia el exterior y solidaria hacia el interior—, la realidad de los sacerdotes y los religiosos en la fidelidad a la misión recibida, la falta de vocaciones y el apostolado de los laicos, tan necesario. Cuando se marcha el obispo Álvarez, uno de los grandes defensores de la concepción del seminario como escuela de oración, el papa ha nombrado obispo de Jaca a José María Conget Arizaleta (1990-2001) el 7 de marzo del año 1990. La diócesis que recibe tiene 5896 kilómetros cuadrados de
605. Domingo J. Buesa Conde, «Episcopologio de Jaca», art. cit., pp. 128-129. Este obispo fue vicario general de Huelva entre 1977 y 1984. Es interesante en su vida sacerdotal la época en la que estuvo de párroco de Almonte y capellán del santuario de Nuestra Señora del Rocío (1972-1977), un tiempo en el que bendijo la primera piedra de la Casa del Rocío en Madrid (el 19 de diciembre de 1972) y en el que realizó su tesis de doctorado en Teología. Esta tesis acabaría siendo publicada en un libro con el título Las raíces del Rocío (1981), que está considerado como el estudio general sobre el Rocío más documentado de cuantos se han publicado. En la Conferencia Episcopal Española presidió la Comisión Episcopal de Liturgia entre 1990 y 1996.
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superficie, unos cuarenta y dos mil habitantes, doscientas nueve parroquias, sesenta y dos sacerdotes seculares y dieciséis regulares. El territorio está organizado en torno a tres ámbitos de trabajo. El turismo de la zona pirenaica cuenta con cuatro estaciones de esquí y tiene una cifra de visitantes que supera el millón y medio de personas al año. La zona de las Cinco Villas y la del Prepirineo son tierras de agricultura y ganadería, agostadas por la crisis de subsistencia y con una continuada pérdida de población. Por último, en el eje este-oeste está la zona de Sabiñánigo, que polariza la zona industrial de la diócesis y que constituye la segunda población del obispado, en el que solo hay dos localidades con más de ocho mil habitantes. Los doscientos treinta y cinco núcleos se distribuyen de manera dispersa, y solo tienen ocupación permanente alrededor de ciento ochenta. En este territorio se produce la actividad pastoral de estos últimos obispos del siglo xx. La consagración episcopal tuvo lugar en la catedral de Jaca el 21 de abril, y el nuevo prelado, de sesenta y tres años, tomó posesión de la sede definiendo su plan pastoral en su lema episcopal, «El Señor es mi pastor». Era un zaragozano nacido en Tauste que había desarrollado toda su carrera eclesiástica en tierras de Navarra, donde fue coadjutor de San Juan en Estella en 1951 y posteriormente director de la Casa de Ejercicios de El Puy de Estella, como delegado diocesano de Apostolado Seglar en Pamplona; consiliario diocesano del Movimiento de Jóvenes de Acción Católica de Navarra y Consiliario Nacional de Jóvenes de Acción Católica, como párroco de San Fermín y San Miguel de Pamplona; y arcipreste del arciprestazgo sur de Pamplona y vicario episcopal de la ciudad de Pamplona. Era una persona muy preparada, de talante jovial y cercano y con un profundo ejercicio de la actividad pastoral con los fieles, un excelente pastor que se hizo enseguida con la población de su nueva diócesis, tanto con el clero como con el laicado, puesto que en este último campo llevaba trabajando muchos años como director de las populares marchas a Javier y como consiliario de Acción Católica Española y responsable del Movimiento Seglar. Su paso por la diócesis de Jaca supuso también su importante presencia en la Conferencia Episcopal Española, dentro de la cual realizó diversas tareas, sobre todo en el campo del Apostolado Seglar y de los movimientos de la Acción Católica, y en Manos Unidas, donde fue presidente del Comité Rector de 1991 a 1998. Hasta su muerte fue miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar (CEAS) desde 1990 y consiliario general de la Acción Católica, cargo que desempeñó desde 1991. En el mundo episcopal se reconocía que, además de su profundo amor a Cristo, el obispo tenía otros tres amores, Jaca, Manos Unidas y la Acción Católica, y era general el sentimiento de que «la gente y sus curas le querían como a un padre, sobre todo
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por su gran capacidad de escucha, su palabra constructiva, su disposición al servicio y, en los últimos tiempos, por su abnegada ofrenda en la enfermedad».606 El 18 de octubre del año 2001 murió en Pamplona como consecuencia de una grave enfermedad y sus restos fueron llevados al palacio episcopal de Jaca antes de ser enterrados en la capilla de san Miguel de la catedral, donde es proverbial la permanente oración de los que fueron sus diocesanos. Su funeral, que fue oficiado por monseñor Elías Yanes, arzobispo de Zaragoza, y concelebrado por diecisiete obispos y ciento sesenta y cuatro sacerdotes, constituyó, según los medios de comunicación, una importante manifestación de duelo. El mandato de José María Conget es un tiempo muy importante para la catedral, puesto que entonces se comienzan a restaurar capillas como la de santa Orosia y la de la Santísima Trinidad,607 mientras que el Museo Diocesano es objeto, en 1990, de una importante reforma que se empezó a gestar en el episcopado de Rosendo Álvarez, bajo la dirección del delegado diocesano Domingo Jesús Lizalde y yo mismo. Si el Museo era desde 1970 un conjunto variado de piezas que abarcaba desde el mundo medieval hasta el siglo XIX, en este momento se decide dar un enfoque más específico a la colección dedicándola al arte medieval. De usar solo el ala norte del conjunto y el claustro mayor se pasa a incorporar el ala oeste y alguna zona más, al mismo tiempo que se inician obras de restauración y de reestructuración de las colecciones, centradas en elementos arquitectónicos, escultóricos y pictóricos del románico y del gótico. El Museo incorpora piezas de primer orden como la Virgen de Iguácel, realizada a principios del siglo XII
606. José Manuel Vidal, «José María Conget: el obispo bueno», El Mundo, 22 de octubre de 2001, p. 18. En este texto se recuerda la dureza que tuvo en la homilía pronunciada durante el funeral del jacetano Manuel Giménez Abad, asesinado por ETA en Zaragoza, en la que, después de decir que «quienes colaboran con ETA no merecen el nombre de cristianos», concluyó con la esperanza: «El corazón nos dice que en el horizonte está la paz, porque la necesitamos, porque así no se puede vivir, porque somos más y tenemos limpio el corazón y las manos». 607. La talla titular de santa Orosia fue restaurada en 1997, y la capilla, actualmente en funciones de parroquia de la catedral, en 1999 por un convenio entre el Obispado de Jaca, el Gobierno de Aragón y la Caja de Ahorros de la Inmaculada. La capilla de la Santísima Trinidad se restaurará igualmente en ese momento (1999-2000) con participación del Ayuntamiento de Jaca. Se concluirá con la capilla de san Miguel y el sepulcro del obispo Baguer, en cuya restauración, entre los años 2002 y 2004, también colabora la Fundación Banco Bilbao Vizcaya Argentaria. Véase Aragón: patrimonio cultural restaurado, 1984/2009. Bienes restaurados por la Dirección General de Patrimonio Cultural del Gobierno de Aragón: bienes muebles, 2 vols., Zaragoza, Gobierno de Aragón, 2010, vol. I, pp. 66-83, y vol. II, pp. 822-828, para las tallas de la santa y el sepulcro de doña Sancha.
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en madera policromada, y los conjuntos de pintura mural de Bagüés —que se exhiben recreando la arquitectura original—, Ruesta y Navasa (siglos XI y XII). Estas pinturas murales románicas constituyen la parte más sobresaliente de las colecciones por su extraordinaria importancia dentro del panorama del románico europeo, y hacen del Museo Diocesano de Jaca uno de los más destacados museos de pintura medieval. Pero la historia del Museo no concluye allí: con la llegada del nuevo obispo, Jesús Sanz Montes (2003-2011), habrá un cambio muy drástico, cambio que no se limitará solo a algunas obras diocesanas, sino que afectará en primer lugar a la propia entidad de la sede. En efecto, el 23 de octubre del año 2003 la Santa Sede informaba de que el papa Juan Pablo II había unido las diócesis de Huesca y Jaca en una nueva jurisdicción a cargo del padre Jesús Sanz Montes, a quien nombró obispo. El nuevo prelado había nacido en 1955 en Madrid, pronunció los votos perpetuos en 1985, fue ordenado sacerdote en 1986 y hasta el momento era director de la Secretaría de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada de la Conferencia Episcopal Española. Con este nuevo obispo, doctor en Teología y consejero provincial de los franciscanos, las diócesis de Huesca y Jaca quedan unidas in persona episcopi, aunque siguen siendo independientes entre sí y queda abierta la posibilidad de que vuelva a ser nombrado un obispo residencial para Jaca, cosa que la diócesis desea fervientemente. El mandato de Jesús Sanz es intenso en muchos campos de la vida diocesana. Se preocupa por la vida religiosa y por su fidelidad al Evangelio, denuncia los graves problemas que asolan al ser humano en esta sociedad y es muy cuidadoso en mantener vivo el legado cultural de la Iglesia. Persona muy cercana a la religiosidad del beato Juan Pablo II, manifestó su posición en importantes actos, como la solemne misa celebrada el 30 de marzo de 2008 en la parroquial de Sallent de Gállego, en la que consagraba a la Divina Misericordia la diócesis de Jaca, la propia iglesia de la Asunción y a sus diocesanos, a los que vinculaba a esta devoción, que recibió un gran impulso durante el pontificado de dicho papa después de que canonizara a la monja polaca santa Faustina y se fijara el domingo siguiente al de Pascua de Resurrección para celebrar esa festividad, que nos recuerda cómo Jesús prometió su misericordia a la santa polaca y el perdón total de los pecados a quien ese día se confiese y comulgue. Es un período activo en cuanto a la puesta en marcha de obras y actuaciones en la diócesis, que cuenta con una economía saneada. La catedral es, por ello, espacio predilecto de este obispo, que potencia las obras llevadas a cabo en aplicación del Plan Director de la Catedral de Jaca, cuestión que obliga a cerrar el Museo en el año 2003 y permite adaptarlo a las necesidades
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modernas según un plan que tardaría algunos años (se firma en 2008) y que incide en lo que se había hecho en 1990: confirmar que la gran seña de identidad es el hecho de albergar uno de los conjuntos de referencia en pintura mural medieval a nivel internacional. En 2009 el obispo logra poner en marcha las obras de acondicionamiento de los espacios que han de albergar el nuevo Museo.608 La zona de exposición se amplía en más del doble al incorporarse nuevas salas, entre las que destacan la sala capitular, las salas de la torreta, el claustro —que recupera su función de deambulatorio— y el secretum. La antigua biblioteca se incorpora a la exposición sin seguir el criterio unitario de centrarse en el mundo medieval y alberga obras cuya cronología llega hasta el siglo XIX. Completa las instalaciones un espacio polivalente usado para impartir talleres didácticos o cursos de la Universidad de Verano de Jaca relativos a la iconografía medieval, tal y como se hizo en julio del 2011. Belén Luque se encuentra desde ese momento al frente del Museo, sobre el que se han realizado varios vídeos explicativos. Concluido el Museo, en la tarde del martes 9 de febrero abrió sus puertas con la presencia de los príncipes de Asturias, que estaban inaugurando el Año Jacobeo 2010 por la mañana en la colegiata de Roncesvalles y por la tarde en la catedral de Jaca. Al acto asistieron la ministra de Cultura y los presidentes de las comunidades de Galicia, Cantabria, Navarra y Aragón. El presidente de Aragón, Marcelino Iglesias, manifestó que con ese acto se reconocía «el legado cultural de Jaca y su capacidad para impulsar su proyección hacia el futuro a través de la cultura», cuestión que volvió a señalar el príncipe cuando definió la ciudad de Jaca como «una de las grandes puertas del Camino de Santiago, abiertas siempre a todos». Preside pastoralmente el acto el ya arzobispo de Oviedo, anterior obispo y en ese momento administrador de la sede de Huesca y Jaca, quien aún estará gobernando el territorio jacetano lo que queda de año.
608. Los proyectos son de los arquitectos Javier Ibargüen y Ricardo Marco; el asesoramiento artístico, del profesor Juan Carlos Lozano y de Carlos Buil; los textos expositivos y del documental de la diócesis, de Domingo Buesa. Ha intervenido el Servicio de Conservación y Restauración de Patrimonio Cultural del Gobierno de Aragón y el coste ha sido de alrededor de 1 700 000 euros. De ellos, el Obispado de Jaca ha sufragado el 41 %; el Gobierno de Aragón e Ibercaja, el 26,55 % cada uno, y el Ayuntamiento de la localidad altoaragonesa, el 5,9 %.
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El mismo año de la inauguración del Museo Diocesano de Jaca, Jesús Sanz Montes se despide de la diócesis con una contundente carta pastoral fechada el 26 de diciembre de 2010 que titula «Armar el Belén: mucho cuidado» y en la que comienza diciendo que Dios nació de manera humilde y que de esa manera hay que recordar la fecha. Esta cuestión le lleva a concluir: Extraña por eso que haya gente que quiere “armar el Belén” desmontándonos el nuestro, y se empeñan en invocar sus derechos de intolerancia imponiéndonos su propio credo, su circo de vanidades, o sus estrategias inconfesas para arrancar el cristianismo de nuestros lares. Belén viviente, con nosotros dentro, en plena calle, dando testimonio del amor de Dios, de su Paz bendita, de su Luz sin ocaso, de su Gracia inmerecida. Así recordamos la santa Navidad. Sin alharacas, sin troníos, sin obligar a nadie, pero resistiéndonos de tantos modos a que una minoría resentida quiera dibujarnos una historia en la que Dios es un intruso al que expulsar y los cristianos enemigos de la libertad, de la justicia o de la paz. Va a ser que no. Con zambomba, almirez y pandereta, con turrones y mazapán, con villancicos y cantatas, con alegría sana de la mejor fiesta, con solidaridad cristiana que no hace muecas sino compromiso de verdad, nos disponemos a celebrar estos días navideños dando gloria a Dios en las alturas y deseando paz a los hombres de buena voluntad.
Cuatro días después, el 30 de diciembre de 2010, fue nombrado obispo de Huesca y Jaca el vicario general de Zaragoza Julián Ruiz Martorell, un canónigo nacido en Cuenca que había desarrollado su carrera eclesiástica estudiando la Sagrada Escritura en el Pontificio Instituto Bíblico y en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma la licenciatura en Teología y Dogmática (1983-1988), y ejerciendo una destacada actividad como profesor en los más importantes centros diocesanos e interdiocesanos, como el Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón. Ordenado
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obispo en la catedral de Huesca el 5 de marzo de 2011, tomó posesión como obispo de Jaca al día siguiente, el 6 de marzo. En su saludo a las diócesis, cumpliendo con lo que dice su lema, «Ut vitam habeant», se dirige a sus diocesanos invitándoles «para que tengan vida» y la tengan abundante, y a los seminaristas y a los fieles laicos les agradece su «generoso compromiso en la difusión del Evangelio en los diferentes ámbitos de la vida cotidiana, del trabajo, la escuela, la familia y la educación». En este saludo manifiesta que quiere enviar «una palabra de aliento» a todos los que viven «el misterio del dolor, a los enfermos, a las personas ancianas y desasistidas», y también a cuantos experimentan «el drama del paro, la angustiosa sacudida de la crisis económica y el desarraigo de la emigración. El papa Benedicto XVI ha escrito: “la economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento; no de una ética cualquiera, sino de una ética amiga de la persona”». La diócesis que recibe y gobierna en este momento Julián Ruiz Martorell mantiene su organización territorial con base en los arciprestazgos de Biescas, Sabiñánigo, Jaca-Berdún y Erla-Uncastillo; es decir, ha pasado de seis arciprestazgos en el año 2000 a cuatro en el 2012. En el que tiene su centro en Biescas estamos hablando de cincuenta y cuatro lugares de culto y de cerca de siete mil habitantes, con seis sacerdotes en activo; en el que tiene como capital Sabiñánigo hay ochenta y seis parroquias y agregados y más de diez mil habitantes, con ocho sacerdotes en activo; el de Jaca-Berdún suma unos dieciocho mil habitantes, noventa y siete parroquias y agregados y veinticuatro sacerdotes en activo; y, por último, en el arciprestazgo de Erla-Uncastillo, en las Cinco Villas, hay cuarenta y seis parroquias y agregados, unos diez mil habitantes y una docena de sacerdotes en activo. Sobre este territorio se van distribuyendo más de cien ermitas609 (quizás la cifra exacta sea ciento trece), que se convierten en centros de peregrinación, y cincuenta y seis cofradías y once hermandades que configuran el activo pastoral más notable del territorio. Junto a ello hay que señalar que la diócesis cuenta con importantes movimientos apostólicos:610 Cáritas Diocesana, Conferencias de San Vicente de Paúl, Seglares Franciscanos,
609. Ricardo Mur publica su serie «Ermitas y santuarios vivos en la diócesis de Jaca. Índice de romerías menores y ermitas, por pueblos» en El Pirineo Aragonés los días 21 y 28 de octubre y 4 de noviembre de 2011. Al «Índice de romerías mayores por santuarios y ermitas» dedica artículos en las ediciones del 11, el 18 y el 25 de noviembre de 2011. 610. Puede consultarse la página de la diócesis de Jaca, www.diocesisdejaca.org, y la Guía de la Iglesia Diocesana de Jaca del año 2000 como punto de comparación.
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EPÍLOGO
Amigos del Camino de Santiago, Vida Ascendente, Manos Unidas, Comunidad de Jesús y Adoración Nocturna en la ciudad de Jaca, Acción Católica, Movimiento Familiar Cristiano y Movimiento Scout Católico, con responsables en la capital de Serrablo, así como los Cursillos de Cristiandad que están asentados en Jaca y en Sabiñánigo. Apostolado de la Oración hay en Jaca, Berdún, Biota, Castiliscar, Luna, Santa Eulalia, Senegüé y Tramacastilla, mientras que Adoración Nocturna está en Jaca, Biota, Sabiñánigo, Sallent y Sos. Todos ellos mantienen una gran actividad de formación espiritual y de ayuda, tanto para proyectos en otros continentes como para las personas con menos recursos de la propia diócesis, con actos que en la mayoría de los casos son de gran prestigio y cuidada preparación. Como ejemplo, podemos concluir recordando cómo se destinó una importante cantidad a los más necesitados como consecuencia del concierto que, organizado por el jacetano José Enrique Ayarra, organista capitular de Sevilla, dio en Jaca el 1 de junio de 2011 la coral de la Cappella Giulia de la Academia Filarmónica de Roma, dirigida por el maestro monseñor Pablo Colino, canónico maestro de capilla de San Pedro del Vaticano. Retomando lo dicho sobre el dinamismo que han adquirido en este último periodo los movimientos apostólicos, conviene apuntar también la abundancia de reuniones de carácter diocesano y nacional que han tenido como escenario espacios propios de la diócesis de Jaca. En el santuario de Valentuñana se celebró el 27 de abril de 2013 el I Encuentro Diocesano de Familias, en la catedral de Jaca se desarrollaron los actos del Encuentro Regional del Apostolado de la Oración y en el monasterio de las Benitas tuvo lugar el Encuentro de los Obispos del Camino de Santiago en julio de 2013. No ha sido menor la actividad de los centros formativos auspiciados por la diócesis. Entre ellos cabe mencionar la Escuela Diocesana de Formación Cristiana, que plantea importantes programas de estudio, ejemplo de los cuales es el del curso 2015-2016, que atiende a la religiosidad popular, las cofradías y las hermandades reflexionando sobre la moral, la economía, san Lucas y la Misericordia y construyendo una aproximación de la figura de Jesús, a cargo de un cuadro de profesores entre los que destacan Ricardo Mur, Fernando Jarne, Carlos Jarne y Fernando Jordán. El propio obispo ha desarrollado a lo largo de estos años una continua labor pastoral con sus cartas y sus homilías, además de con algunas conferencias como la que de dedicó a «Francisco I, papa del continente de la esperanza» con motivo de su elección, e incluso con su apoyo a ediciones como el Nuebo Testamén n’aragonés, que ha sido traducido por el escolapio Ricardo Mur, párroco de
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EPÍLOGO
Biescas, y prologado por el propio obispo. Hablando de la apuesta por una pastoral más activa y directa, hay que señalar la difusión que ha tenido la emisión de El espejo de la Iglesia en Jaca en la cadena COPE, que en este episcopado ha logrado llegar a todo el territorio diocesano tras extender su audiencia al arciprestazgo de Erla-Uncastillo, así como la existencia de un equipo ecuménico en el entorno de la iglesia de Cristo Rey de Sabiñánigo, que está desarrollando un amplio programa de conferencias y debates en ese campo. La importante dinámica participativa que está caracterizando a la diócesis en estos momentos se muestra también en la abundancia de peregrinaciones, entre las que deben mencionarse como ejemplos la que se celebrará con ocasión del Jubileo de la Misericordia y la conocida como Orosiada —consolidada desde 2012—, organizada por el arciprestazgo de Sabiñánigo en junio, en la que los peregrinos marchan rezando por la tarde desde la iglesia del Puente de Sardas de Sabiñánigo hasta Yebra. No pasa desapercibido el crecimiento de la Semana Santa jacetana, con solemnes desfiles procesionales y con un pregón que se pronuncia en la catedral y que ha realizado, entre otros, el académico Javier Ferrer (en marzo de 2013), y tampoco la importante actividad cultural y pastoral desarrollada por el Museo Diocesano de Jaca, al que se incorporan los capiteles de la catedral que se van recuperando. Especialmente hay que destacar que entre marzo y mayo de 2016 ha acogido la exposición Los tesoros de santa Orosia. Las joyas: cinco siglos de arte y devoción, aprovechando la circunstancia de la restauración del arca que contiene los restos de la patrona e Jaca. Coincidiendo con este excepcional evento se celebró una veneración de los restos de santa Orosia en la catedral de Jaca, a la que había sido trasladado el relicario gótico que se custodia en Yebra de Basa. En líneas generales, se puede señalar que se ha trabajado mucho por recuperar, o cuando menos salvar, los testimonios culturales del pasado dentro de una cuidada y moderna gestión de los recursos inspirada por el vicario José María Arcas. La vida de las comunidades religiosas ha mantenido también una notable actividad bajo la protección y el impulso del obispo, aunque la de las Hermanas de la Caridad, que se estableció en diciembre de 1804 de la mano del padre Bonal, ha sido cerrada al desaparecer la finalidad a la que estaba destinada: atender a los enfermos del hospital. La de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl vio cómo el 13 de octubre de 2013 subían a los altares quince de ellas, entre las que estaba Melchora Adoración Cortés Bueno, diocesana nacida en Sos del Rey Católico en 1894 y asesinada al comienzo de la guerra de 1936.
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EPÍLOGO
La actividad del obispo en tierras de Jaca se ha complementado con un plan de visitas pastorales que incluye también las parroquias de la ciudad, como es el caso de la iglesia del Inmaculado Corazón de María, que en diciembre de 2011 celebró sus cincuenta años con la presencia del obispo Ruiz Martorell. Al igual que se había hecho por última vez en el año 2005, del 24 de febrero al 8 de marzo de 2013 tuvo lugar la visita ad limina apostolorum del obispo de Jaca junto a los de las provincias eclesiásticas de Pamplona y Zaragoza.
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APÉNDICE: EPISCOPOLOGIO
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OBISPOS DE ARAGÓN Y JACA
1 Sancho (1058-1076). 2 García (1076-1086). OBISPOS DE HUESCA-JACA
3 Pedro (1087-1099). 4 Esteban (1099-1130). 5 Arnaldo Dodón (1130-1134). 6 Dodón (1134-1160). 7 Esteban de San Martín (1165-1185). 8 Ricardo (1187-1201). 9 García de Gudal (1201-1236). 10 Vidal de Canellas (1237-1252). 11 Domingo de Sola (1253-1269). 12 García Pérez de Zuazo (1269-1273). 13 Jaime Sarroca (1273-1290). 14 Ademar (1290-1300). 15 Martín López de Azlor (1300-1324). 16 Gastón de Montcada (1324-1328). 17 Pedro de Urrea (1328-1336). 18 Bernardo Oliver (1336-1345). 19 Gonzalo Zapata (1345-1349). 20 Pedro Glascario (1349-1357). 21 Guillén de Torrellas (1358-1361). 22 Bernardo Folcaut (1361-1364). 23 Eximio Sánchez de Rivabellosa (1364-1369). 24 Juan Martínez (1369-1372). 25 Fernando Muñiz (1372-1383). 26 Francisco Riquer (1385-1394). 27 Juan de Bafes (1394-1403). 28 Juan de Tauste (1403-1410). 29 Domingo Ram (1410-1415). 30 Avinio (1415-1421). 31 Hugo de Urriés (1421-1443). 32 Guillermo de Siscar (1443-1457).
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33 Guillermo Pons de Fenollet (1458-1465). 34 Antonio de Espés (1466-1484). 35 Juan de Aragón y Navarra (1484-1526). 36 Alonso de So (1527). 37 Lorenzo Campegio (1530-1532). 38 Jerónimo Doria (1532-1534). 39 Martín Gurrea (1534-1544). 40 Pedro Agustín (1545-1572). OBISPOS RESIDENCIALES DE JACA
41 Pedro del Frago y Garcés (1571-1577). Nacido en Uncastillo (Zaragoza). Promovido al obispado de Huesca. Bula de nombramiento de san Pío V. 42 Gaspar Juan de la Figuera (1578-1583). Nacido en Fraga (Huesca). Promovido al obispado de Albarracín. Bula de nombramiento de Gregorio XIII del 2 de junio de 1578. 43 Pedro de Aragón (1584-1591). Hijo de los duques de Segorbe. Promovido al obispado de Lérida. Bula de nombramiento de Gregorio XIII. 44 Diego de Monreal (1592-1594). Nacido en Zaragoza. Promovido al obispado de Huesca. Bula de nombramiento de Pablo V el 5 de junio de 1592. 45 Malaquías de Aso (1595-1606). Nacido en La Muela (Zaragoza). Falleció en Jaca (28-8-1606) y fue enterrado en la catedral. Bula de nombramiento de Clemente VIII del 23 de mayo de 1594. 46 Tomás Cortés y Sangüesa (1607-1614). Nacido en Huesca. Promovido al obispado de Teruel. Bula de nombramiento de Pablo V. 47 Diego Ordóñez (1614-1615). Nacido en Maqueda (Toledo). Sin llegar a la sede de Jaca fue promovido al obispado de Salamanca. Bula de nombramiento de Pablo V. 48 Felipe Guimerán (1616-1617). Nacido en Valencia. Falleció en Valencia sin llegar a Jaca. Bula de nombramiento de Pablo V del 30 de mayo de 1616. 49 Luis Díez de Aux y Armendáriz (1618-1622). Nacido en Quito (Ecuador). Abad de la Oliva (Navarra). Promovido al obispado de Urgel. Bula de nombramiento de Pablo V. 50 Juan Estelrich (1623-1626). Nacido en Palma de Mallorca. Falleció en Calatayud y fue enterrado en la catedral de Jaca. Bula de nombramiento de Gregorio XV del 14 de noviembre de 1622. 51 José de Palafox y Palafox (1627). Nacido en Ariza (Zaragoza). Falleció en Jaca y fue enterrado en Calatayud. Bula de nombramiento de Urbano VIII. 52 Álvaro de Mendoza y Aragón (1628-1631). Falleció en Jaca y fue enterrado en la catedral de Jaca. Nombrado por Urbano VIII el 29 de mayo de 1628.
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53 Vicente Domec (1633-1636). Nacido en Jaca. Promovido al obispado de Albarracín. Fue enterrado en la catedral de Jaca. Nombrado por Urbano VIII el 15 de diciembre de 1631. 54 Mauro de Villarroel (1636-1646). Nacido en Tordesillas (Valladolid). Falleció en Jaca y fue enterrado en la catedral. Nombrado por Urbano VIII el 3 de diciembre de 1635. 55 Juan Domingo Briz de Trujillo (1647-1648). Nacido en Villar de los Navarros (Zaragoza). Falleció en Jaca y fue enterrado en el Pilar de Zaragoza. Nombrado por Inocencio X el 1 de julio de 1647. 56 Jerónimo de Ipenza (1649-1652). Nacido en Tarazona. Falleció en Jaca y fue enterrado en la catedral de Jaca. Bula de nombramiento de Inocencio X. 57 Bartolomé de Fontcalda (1653-1671). Nacido en Zaragoza. Promovido al obispado de Huesca. Bula de nombramiento de Inocencio X. 58 Andrés Aznar Naves (1672-1674). Nacido en Zaragoza. Promovido al obispado de Teruel. Bula de nombramiento de Clemente X. 59 Bernardo Mateo Sánchez de Castellar (1677-1682). Nacido en Ojos Negros (Teruel). Promovido al obispado de Tarazona. Bula de nombramiento de Inocencio XI. 60 Miguel Lorenzo de Frías y Espinel (1683-1704). Nacido en Ejea de los Caballeros (Zaragoza). Falleció en Jaca y fue enterrado en la catedral. Bula de nombramiento de Inocencio XI. 61 Mateo Foncillas Mozárabe (1705-1717). Nacido en Barbuñales (Huesca). Falleció en Jaca y fue enterrado en la catedral. Bula de nombramiento de Clemente XI. 62 Francisco Polanco (1717-1720). Nacido en Campo Real (Madrid). Falleció en Jaca y fue enterrado en la catedral. Bula de nombramiento de Clemente XI. 63 Miguel Estella (1721-1727). Nacido en Palma de Mallorca. Falleció en Jaca y fue enterrado en la catedral. 64 Antonio Sarmiento de Sotomayor (1728). Nacido en Galicia. Sin llegar a Jaca, fue promovido al obispado de Mondoñedo (Galicia). Bula de nombramiento de Benedicto XIII del 26 de enero de 1727. 65 Pedro Espinosa de los Monteros (1728-1733). Nacido en Almagro (Ciudad Real). Falleció en Pamplona, mientras estaba de visita, y fue enterrado en el convento de San Francisco. Bula de nombramiento de Benedicto XIII del 4 de junio de 1727. 66 Ramón Nogués (1734-1738). Nacido en Albelda (Huesca). Falleció en Barbuñales cuando iba de viaje y fue enterrado en la iglesia. Bula de nombramiento de Clemente XII.
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67 Juan Domingo Manzano de Carvajal (1739-1750). Nacido en Jaraíz (Cáceres). Falleció en Jaca y fue enterrado en la catedral. Bula de nombramiento de Clemente XII del 4 de mayo de 1739. 68 Esteban Villanova Colomer (1751-1755). Nacido en Olot (Gerona). Promovido al obispado de Tarazona. Bula de nombramiento de Benedicto XIV. 69 Pascual López Estaún (1756-1776). Nacido en Santa Olaria (Huesca). Promovido al obispado de Huesca. Bula de nombramiento de Benedicto XIV. 70 Andrés Pérez Bermúdez (1777-1779). Nacido en Acebo (Cáceres). Falleció en Jaca y fue enterrado en la catedral. Bula de nombramiento de Pío VI del 4 de mayo de 1777. 71 Julián Gascueña Herraiz (1780-1784). Nacido en Gascueña (Cuenca). Promovido al obispado de Ávila. Bula de nombramiento de Pío VI. 72 José Antonio López Gil (1786-1802). Nacido en Tembleque (Toledo). Falleció en Jaca y fue enterrado en la catedral. Bula de nombramiento de Pío VI del 14 de enero de 1785. 73 Lorenzo Algüero Ribera (1803-1814). Nacido en Valladolid. Promovido al obispado de Segorbe. Bula de nombramiento de Pío VII del 11 de junio de 1803. 74 Cristóbal Pérez Viala (1815-1822). Nacido en Villamalea (Albacete). Falleció en Jaca y fue enterrado en la catedral. Bula de nombramiento de Pío VII del 4 de julio de 1815. 75 Leonardo Santander y Villavicencio (1824-1828). Nacido en Sevilla. Promovido al obispado de Astorga. Bula de nombramiento de León XII. 76 Pedro Rodríguez Miranda (1829-1831). Nacido en Rabal (Orense). Falleció en Senegüé cuando estaba de visita y fue enterrado en la catedral de Jaca. Bula de nombramiento de Pío VIII del 4 de octubre de 1829. 77 Manuel Gómez de las Rivas (1832-1847). Nacido en Santa María de Garoña (Burgos). Promovido al obispado de Zaragoza. Bula de nombramiento de Gregorio XVI. 78 Miguel García Cuesta (1848-1851). Nacido en Macotera (Salamanca). Promovido al obispado de Santiago. Bula de nombramiento de Pío IX. 79 Juan José Biec y Belío (1852-1856). Nacido en Losanglis (Huesca). Falleció en Jaca y fue enterrado en la catedral. Bula de nombramiento de Pío IX del 15 de abril de 1851. 80 Pedro Lucas Asensio y Pobes (1858-1870). Nacido en Villares del Saz (Cuenca). Falleció en Jaca y fue enterrado en la catedral. Bula de nombramiento de Pío IX del 12 de enero de 1857. 81 Ramón Fernández Lafita (1874-1890). Nacido en Bailo (Huesca). Falleció en Jaca y fue enterrado en la catedral. Bula de nombramiento de Pío IX del 17 de febrero de 1873.
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82 José López Mendoza y García (1891-1899). Nacido en Frías (Burgos). Promovido al obispado de Pamplona. Bula de nombramiento de León XIII de junio de 1891. 83 Francisco Javier Valdés y Noriega (1900-1904). Nacido en Pola de Laviana (Asturias). Promovido al obispado de Salamanca. Bula de nombramiento de León XIII del 19 de enero de 1899. 84 Antolín López Peláez (1905-1913). Nacido en Manzanal del Puerto (León). Promovido al obispado de Tarragona. Bula de nombramiento de Pío X del 18 de diciembre de 1904. 85 Manuel de Castro Alonso (1913-1920). Nacido en Valladolid. Promovido al obispado de Segovia. Nombrado por san Pío X el 28 de octubre de 1913. 86 Francisco Frutos Valiente (1921-1926). Nacido en Murcia. Promovido al obispado de Salamanca. Bula de nombramiento de Benedicto XV del 21 de septiembre de 1920. 87 Juan Villar y Sanz (1926-1943). Nacido en Sisamón (Zaragoza). Promovido al obispado de Lérida. Bula de nombramiento de Pío XI del 20 de diciembre de 1926. 88 José María Bueno Monreal (1946-1950). Nacido en Zaragoza. Promovido al obispado de Vitoria. Bula de nombramiento de Pío XII del 25 de noviembre de 1945. 89 Ángel Hidalgo Ibáñez (1951-1978). Nacido en Nájera (Logroño). Falleció en Logroño y fue enterrado en la catedral de Jaca. Nombrado por Pío XII el 5 de octubre de 1950. 90 Juan Ángel Belda Dardiña (1978-1983). Nacido en Bilbao. Promovido al obispado de León. Nombrado por Pablo VI el 31 de enero de 1978. 91 Rosendo Álvarez Gastón (1985-1989). Nacido en Mues (Navarra). Promovido al obispado de Almería. Nombrado por Juan Pablo II el 21 de noviembre de 1984. 92 José María Conget Arizaleta (1990-2001). Nacido en Tauste (Zaragoza). Falleció en Pamplona y fue enterrado en la catedral de Jaca. Bula de nombramiento de Juan Pablo II el 7 de marzo de 1990. 93 Jesús Sanz Montes (2003-2009). Administrador apostólico en 2010-2011. Nacido en Madrid. También obispo de Huesca. Promovido al arzobispado de Oviedo. Bula de nombramiento de Juan Pablo II. 94 Julián Ruiz Martorell (2011-). Nacido en Cuenca. También obispo de Huesca. Bula de nombramiento de Benedicto XVI.
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OTROS TÍTULOS DE LA COLECCIÓN
1. Antonio Durán Gudiol, Historia de los obispos de Huesca-Jaca de 1252 a 1328 (1985). 2. José M.ª García Ruiz, Juan Puigdefábregas y José Creus Novau, Los recursos hídricos superficiales del Alto Aragón (1986). 3. Antonio Plaza Boya, El mundo religioso del alto Ésera (1986). 4. Joaquín Rodríguez Vidal, Geomorfología de las sierras exteriores oscenses y su piedemonte (1986). 5. Lourdes Ascaso Sarvisé, El monasterio cisterciense de Santa María de Casbas (1986). 6. César Pedrocchi Renault y otros, Estudio multidisciplinar de La Laguna, Sariñena (Huesca) (1986). 7. Ángel Conte Cazcarro, La encomienda del Temple de Huesca (1986). 8. Jesús Morales Arrizabalaga, La derogación de los fueros de Aragón (1707-1711) (1986). 9. Francho Nagore Laín, El aragonés de Panticosa. Gramática (1986). 10. Vicente Bielza de Ory y otros, Estudio histórico-geográfico del valle de Bielsa (1986). 11. Carlos Mazo Pérez y José M.ª Rodanés Vicente, Corpus de útiles pulimentados de la comarca de Monzón (1986). 12. Rafael Vidaller Tricas y José Enrique Ortega Cebollero, Los árboles del Altoaragón (1987). 13. Ricardo García González, Estudio del crecimiento postnatal en corderos de raza Rasa Aragonesa ecotipo Ansotano (1987). 14. Ramón López Batalla, La población de Estadilla (Huesca) en el siglo XVIII: estudio de demografía histórica (1987). 15. Miguel Bandrés Nivela, La obra artigráfica de Ramón Acín: 1911-1936 (1987). 16. C. Alfageme Ortells y otros, Félix de Azara, ingeniero y naturalista del siglo XVIII (1987). 17. Antonio Jesús Gorría Ipas, Evolución y crisis demográfica de la organización social. El valle de Ansó (1987). 18. Francisco Salamero Reymundo, Ensayo biográfico sobre Diego Cera, un grausino universal (1987). 19. Gabriel Montserrat Martí, Catálogo florístico del Cotiella y la sierra de Chía (1987). 20. Carmen Frías Corredor y Miriam Trisán Casals, El caciquismo altoaragonés durante la Restauración (elecciones y comportamiento político en la provincia de Huesca, 1875-1914) (1987). 21. M.ª Pilar Lascorz Garcés, Barbastro y su desarrollo urbano en el siglo XIX (1987). 22. Javier Callizo Soneiro, La red urbana de Huesca (1988). 23. Philippe Moreau, La iglesia de San Pedro de Ansó (1988). 24. José Antonio Gracia Guillén, Introducción a las rentas de la Universidad de Huesca (1987). 25. Adolfo Castán Sarasa, Arquitectura militar y religiosa del Sobrarbe y Serrablo meridional (siglos XI-XIII) (1988). 26. José Garcés Romeo, Julio Gavín Moya y Enrique Satué Oliván, Arquitectura popular de Serrablo (1988; 3.ª ed., ampliada, 2000). 27. José Ángel Sánchez Navarro, Los recursos hídricos de las sierras de Guara y sus somontanos (1988). 28. Ana Castelló Puig, Propiedad, uso y explotación de la tierra en la comarca de los Monegros oscenses (1989). 29. Brian Mott, El habla de Gistaín (1989). 30. David Badía Villas, Los suelos en Fraga. Cartografía y evaluación (1989). 31. M.ª Jesús Murillo Capdevila, La brucelosis en la provincia de Huesca (estado actual y repercusión económica) (1989). 32. Carmen Rábanos Faci y colaboradores, La casa rural en el Pirineo aragonés (1990; 2.ª ed., 1993). 33. Ana I. Escalona Orcao, Las comunicaciones transpirenaicas en Aragón (1990).
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34. Francis Chauvelier, La repoblación forestal en la provincia de Huesca y sus impactos geográficos (1990). 35. Justo Broto Salanova, Un olvidado: José M.ª Llanas Aguilaniedo (1992). 36. M.ª Teresa Cardesa García, La escultura del siglo XVI en Huesca (1. El ambiente histórico-artístico) (1993). 37. José Vicente Ferrández Palacio y Juan Manuel Sanz Casales, Las plantas en la medicina popular de la comarca de Monzón (Huesca) (1993). 38. M.ª Teresa Cardesa García, La escultura del siglo XVI en Huesca (2. Catálogo de obras) (1996). 39. Severino Pallaruelo Campo, Los molinos del Altoaragón (1994). 40. José Domingo Dueñas Lorente, Ramón J. Sender (1924-1939). Periodismo y compromiso (1994). 41. María Jesús Lacarra (coord.), Estudios sobre Pedro Alfonso de Huesca (1996). 42. Carlos Laliena Corbera, La formación del Estado feudal. Aragón y Navarra en la época de Pedro I (1996). 43. Alberto Sabio Alcutén, Los montes públicos en Huesca (1859-1930). El bosque no se improvisa (1997). 44. María Jesús Vicén Ferrando, Mariano Carderera y Potó. Orígenes y desarrollo de su pensamiento pedagógico (1999). 45. Ramón Acín, Aproximación a la narrativa de Javier Tomeo. Simulación, intertextualidad e interdiscursividad en las primeras novelas del autor (2000). 46. María José Pallarés Ferrer, La pintura en Huesca durante el siglo XVII (2001). 47. Guillermo Vicente y Guerrero, El pensamiento político-jurídico de Alejandro Oliván en los inicios del moderantismo (1820-1843) (2003). 48. Francho Nagore Laín, El aragonés del siglo XIV según el texto de la Crónica de San Juan de la Peña (2003). 49. José Arlegui Suescún, La Escuela de Gramática de la Facultad de Artes de la Universidad Sertoriana de Huesca (siglos XIV-XVII) (2004). 50. Isabel Romanos Colera, Sillerías corales del siglo XVI (2004). 51. José Antonio Martínez Prades, El castillo de Loarre. Historia constructiva y valoración artística (2005). 52. Alberto Gil Novales, Diccionario biográfico aragonés: 1808-1833 (2005). 53. Héctor Millán Garrido, Estructura y cinemática del frente de cabalgamiento surpirenaico en las Sierras Exteriores aragonesas (2006). 54. Juan Carlos Ara Torralba, Arturo Zancada y Conchillos y sus proyectos culturales La Ilustración Militar y La Ilustración Nacional (2007). 55. José Ignacio Gómez Zorraquino, Los santos Lorenzo y Orencio se ponen al servicio de las «tradiciones» (siglo XVII) (2007). 56. María de los Ángeles Campo Guiral, Devoción y fiesta en la pluma barroca de Ana Francisca Abarca de Bolea: estudio de la Vigilia y octavario de San Juan Baptista (2007). 57. Alberto Gil Novales, El Alto Aragón en la guerra de la Independencia: de Lastanosa a Félix de Azara (2008). 58. Ánchel Conte Cazcarro, Los moriscos de la ciudad de Huesca: una convivencia rota (2009). 59. Manuel Jesús Montes Santiago, Estratigrafía del Eoceno-Oligoceno de la cuenca de Jaca: sinclinorio del Guarga (2009). 60. Olga Pueyo Dolader, El crimen de los padres en la narrativa oscense de Michel del Castillo: autobiografía/autoficción (2011). 61. Enrique Sarasa Bara, El socialismo histórico altoaragonés: el PSOE y la UGT desde sus orígenes hasta los inicios del franquismo (2012). 62. Antonio Eito Mateo, Venir y quedarse: procesos de arraigo de la población inmigrante en la ciudad de Huesca (2013). 63. Víctor Manuel Lacambra Gambáu, Cambios socioeconómicos en la provincia de Huesca: luces y sombras de los años treinta del siglo XX a la actualidad (2016).
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