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MANUEL IGLESIAS COSTA
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ÍNDICE 1. INTRODUCCIÓN 2. ORÍGENES DEL OBISPADO DE RODA a) Ordenación política del territorio b) La organización religiosa c) La promoción de Roda
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3. PERÍODO EPISCOPAL a) La sede b) El cabildo catedralicio c) La acción religioso-pastoral. Las iglesias d) El clero e) «El devotísimo pueblo» f) La vida sacramental y piadosa g) Estructura económica de la diócesis, sede y capítulo de Roda h) Dimensión cultural de Roda de Isábena
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4. PERÍODO POSTEPISCOPAL a) Los efectos del traslado b) Decadencia de Roda c) Aires de guerra
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5. INDICADOR ARTÍSTICO a) La catedral b) El claustro c) Sala capitular y capilla de San Agustín d) El viejo refectorio capitular e) La torre gorda f) El palacio prioral g) Otros bienes de interés cultural
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6. BIBLIOGRAFÍA
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1. INTRODUCCIÓN A quien adentrándose por tierras ribagorzanas, al noreste de la provincia de Huesca, llegue por vez primera hasta Roda de Isábena, quizás le sorprenda el exotismo que entraña la pequeña aldea. Todo un conjunto edificado, de puro sabor medieval, con sus callejas, plazuelas, murallas y, sobre todo, su vieja catedral, claustro y palacio, que surgen como de la nada en medio de una ondulante y quebrada geografía bajo las altivas crestas pirenaicas. Donde hoy hay soledad y alejamiento, todo habla de larga tradición y densa historia. Su nombre, que aún recoge con veneración el nomenclátor vaticano como sede extinta in partibus..., también ha trascendido fronteras y países, hasta universalizarse al impulso de su vieja cultura: pues los restos todavía calientes de ésta alumbran hasta nuestro pasado más remoto, y son muchos aún los que a ella se asoman ávidos de información y testimonios de la antigüedad.
Claustro catedralicio.
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2. ORÍGENES DEL OBISPADO DE RODA Para conocer la razón de ser y el influjo de este pequeño lugar y sus instituciones en la marcha del país, así como el origen y valor de lo que allí queda o sufrió dispersión o traslado, es preciso retroceder largos siglos, hasta topar con la dominación árabe, cuando, tras afianzarse en la Península Ibérica, irradió sobre ella todo el fulgor sapiencial de que fue capaz aquella civilización. Se ha escrito bastante acerca de los orígenes del obispado de Roda, que algunos consideraron como lugar de refugio de los obispos de Lérida huidizos de esta sede, al ser invadida por el Islam a comienzos del siglo VIII. Nuevas y recientes investigaciones demuestran que no fue así, y existen datos fidedignos de que el nacimiento de la sede de Roda se debió a factores ajenos a la huida, aunque sí relacionados con el proceso de desarabización del país islamizado.
Corría el siglo X. El poderío musulmán, que hubo de renunciar a sus planes de ganar Centroeuropa por las armas, buscaba compensar aquel fracaso militar con una sabia, vasta y profunda promoción cultural, que, al margen de la guerra, producía admiración y ganaba voluntades lejos de sus fronteras hasta penetrar los mismos centros de inspiración cristiana. El Imperio carolingio, por su parte, después de haber logrado amalgamar una sociedad con capacidad de reacción frente a la Media Luna, también ensayaba modos de neutralizar aquella iniciativa cultural, tanto como procuraba recuperar para la causa cristiana el territorio peninsular. El método para lograrlo era asimismo doble, y comprendía un componente militar y armado, y otro de dimensión ideológico-espiritual. El territorio, a lo largo de la cordillera pirenaica, fue dividido en pequeñas demarcaciones autónomas, encomendadas a título hereditario a unos personajes con rango de condes, más o menos vinculados, o con cierta referencia moral al menos, a los poderes centrales del Imperio, de los que recibían aliento y ayuda en su lucha contra el Islam. Dentro de esas circunscripciones condales, crecían y se multiplicaban los centros de inspiración y promoción cristianas, tales como parroquias, monasterios y obispados.
Durante el curso del siglo IX, entre estos condados surgen dos que la historia conoce como Ribagorza y Pallars, cuyo territorio comprendía desde el valle del Ésera, por el Oeste, hasta el Noguera Pallaresa, por el Este. Regidos en sus orígenes por un mismo conde, Ramón, se separaron a la muerte de éste, al heredarlos sus hijos Bernardo e Isarno. El primero de éstos casó con la hija del conde aragonés Galindo Aznar II, Toda Galíndez, que, heredera del condado de Sobrarbe, hizo que este territorio se uniera con el de Ribagorza, con lo que los dominios de Bernardo se ampliaban hasta Matidero, por lo menos.
Ya existían por entonces algunos monasterios, tales como Santa María de Alaón, Santa María de Labaix, San Andrés del Barrabés y acaso San Miguel de Bonansa, en el valle del Noguera Ribagorzana; Santa María de Obarra y San Esteban, en el del Isábena, y San Pedro de Tabernas y tal vez Santos Justo y Pastor de Urmella, junto al río Ésera, que tenían encomendadas las atenciones religiosas de sus comarcas respectivas. Las autoridades los favorecían y potenciaban por su aportación al desarrollo sociopolítico del país. Pero la suprema jurisdicción eclesiástica sobre estos territorios residía muy lejos; la metropolitana, en Narbona (sur de Francia) y la episcopal, en la Seo de Urgel, fuera por tanto de los dominios condales y algo al margen de las preocupaciones y objetivos ambicionados por éstos. Apenas diseñada la autonomía territorial, a fines del siglo IX, ya hubo intentos de dotarla de episcopado propio, desmembrando ambos condados de la mitra urgelitana; intentos que lograron por algún tiempo sus objetivos en la persona de dos obispos itinerantes: Adulfo de Pallars, que ostentó el episcopado por más de veinticinco años, y Atón, que lo era todavía hacia el año 950, aunque de forma que se ha venido considerando circunstancial y anticanónica, rechazada además por el obispo de Urgel.
Pero un día (1 de diciembre del año 956) aquel intento lograba su propósito definitivo. Por autoridad del arzobispo de Narbona, Aimerico,
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Plano ideal de la catedral primitiva (Sarrate).
Roda había sido designada sede episcopal. El conde Ramón II, hijo y sucesor de Bernardo, con su mujer, Garsenda de Fesensac, habían patrocinado la construcción de un templo destinado a catedral ribagorzana; el obispo Odisendo, hijo de los mismos condes, lo consagraba en honor de San Vicente, diácono y mártir. El acto era de capital importancia, tanto para Roda, que adquiría con ello rango de sede episcopal, como para el condado, que ponía fin a un largo período de vacilación e incertidumbre jurisdiccional, situando a la iglesia ribagorzana dentro de la legalidad canónica, cuyo respaldo le ponía a cubierto de cualquier impugnación o suplantación. La autonomía eclesiástica del país que ello entrañaba se situaba al mismo nivel de la autonomía política que ya gozaba, y quedaba muy potenciada con ello. Los territorios sujetos a la mitra de Roda fueron en un primer momento los mismos que dominaron los descendientes de Ramón I, a saber, Ribagorza, Pallars y valle de Arán, a los que el matrimonio Bernardo-Toda Galíndez agregaría Sobrarbe. Pallars, es decir, todos los valles tributarios del Noguera Pallaresa, no tardaría en retornar a la sede urgelitana; pero, con el tiempo, la sede rotense se vería compensada con tierras hacia el sur hasta alcanzar Zaidín y comarcas vecinas del Alcanadre, a causa de la expansión político-militar de los cristianos por territorios que fueran de dominio árabe. 4
3. PERÍODO EPISCOPAL a) La sede A partir de la dedicación de San Vicente de Roda, el desarrollo de la iglesia ribagorzana se divide en dos etapas: la episcopal y la postepiscopal. La primera abarca unos dos siglos, durante los cuales se sucedieron en la sede trece obispos residenciales, más otros dos que, una vez elegidos, no llegaron a ordenarse. Uno de éstos fue don Ramiro el Monje, que renunció a su elección por razones de estado, al verse ante la responsabilidad de suceder a su hermano Alfonso I el Batallador en el trono de Aragón para salvaguardar la unidad y autonomía del país. Entre los primeros, hubo cuatro oriundos del mismo Ribagorza; otros cuatro procedían del sur de Francia; uno era catalán de Ripoll, y los restantes de origen incierto. Dos de ellos son venerados como santos: San Poncio o Eboncio, que figura en el santoral galicano con fiesta el 12 de setiembre y es patrono del pueblo francés de Sarrancolín, donde tiene iglesia con capilla dedicada; y, sobre todo, San Ramón del Monte, que descolló además por una sólida cultura, de la que el país, como veremos, es aún beneficiario. La presencia de obispos en Roda se prolongó hasta mediar el siglo XII; presencia que se vio
alterada a comienzos de este siglo, durante el pontificado de San Eboncio, por el traslado provisional de la sede a Barbastro tras la conquista de esta ciudad por el rey Pedro I, el 18 de octubre del año 1100. Hizo asimismo que, en lo sucesivo, aquéllos se intitulasen y considerasen obispos de Roda-Barbastro. Pero este traslado fue impugnado por los prelados de Huesca, uno de los cuales, Esteban I, expulsó por la fuerza a su titular, San Ramón del Molde, que en 1117 se vio obligado a regresar, primero a Roda, e incluso a emigrar a Francia. Ello originó un largo pleito, que duró un siglo entero, entre los obispos de Huesca-Jaca y Lérida-Roda por la posesión de Barbastro y su comarca. La pobreza y dificultad de los territorios de montaña, así como la tentación que suscitaban las conquistas de tierras ribereñas acabaron por imponer el traslado de la sede a Lérida, tras su conquista en 1149.
dra Alrededor de los obispos y su sede se organizó en Roda un cabildo de canónigos que, si bien fue objeto de reformas y altibajos a lo largo del tiempo, siempre colaboró con ellos en cuantas iniciativas y actuaciones promovieron o participaron. Apenas los prelados rotenses empiezan a actuar, consagrando iglesias por los contornos, un séquito de presbíteros, clérigos y seglares les acompañan. Varios de éstos, con título de canónigos o arcedianos, cuidaban de los servicios catedralicios y de carácter diocesano, en general; elegían los candidatos para cubrir las vacantes de la sede; mantenían entre sí algún vínculo corporativo,... Este primer capítulo, según Jaime VILLANUEVA, se regulaba por el estatuto canónico aquisgranense, que permitía a sus miembros continuar en la secularidad con tal hiciesen oblación de su persona y prometieran obediencia al obispo y estabilidad de lugar, con cierta renuncia, todavía muy parcial, de bienes de su propiedad a favor del capítulo. En 1092, el obispo Raimundo Dalmacio reformó este cabildo según la austera regla agustiniana, que exigía total renuncia de la propiedad, obediencia al obispo y superiores, vida y mesa común, abastecida gracias a un patrimonio creado al efecto. Los miembros de la corporación se reclutaban de entre las familias destacadas de la diócesis e ingresaban de niños para educarse desde el primer momento de cara al oficio canonical; desde su infancia, compartían en ciertos
aspectos iguales derechos al resto de los prebendados. Durante la época episcopal, de este cabildo salieron cuatro obispos seguros y otros dos probables.
La promoción religiosa del territorio sujeto a la mitra de Roda fue el primer objetivo perseguido por los obispos y clero rotenses. La edificación de iglesias nuevas o la restauración de otras arruinadas por las invasiones es un hecho constante a lo largo de los dos siglos de permanencia episcopal en Roda, la cual presupone la implantación de comunidades cristianas y el estímulo de unas creencias que culminaron en la construcción del lugar sagrado y la aportación popular de los medios necesarios para su cometido religioso y su mantenimiento material. De aquel quehacer siguen todavía en pie casi un centenar de templos grandes o pequeños, ermitas o santuarios, cuya significación, así como el mismo lugar de ubicación, responden a veces a una inquietud social peculiar y agóbiante. Hay ermitas castrenses o unidas a las defensas del
Plano de la seo antes de la restauración.
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país; las hay también en lugares inhóspitos e inverosímiles, para conjurar supersticiones y creencias en maleficios que crearon sobresalto general en determinados momentos. Monjes, presbíteros o clérigos regentaban con frecuencia estas iglesias en calidad de propietarios de las mismas, bien porque las levantaron con sus propias manos, o porque las recibieron en herencia o por donación.
d) El clero La atención pastoral al pueblo cristiano y la respuesta de éste tiene distintas formas de expresión en la tradición rotense. La mitra, que en un principio proveyó de clero y vocaciones religiosas a sus iglesias valiéndose de los monasterios cercanos, con el tiempo hubo de arbitrar medios propios para cuidar de este servicio. Sabemos que funcionaba una escuela de formación en el cabildo; pero no es posible garantizar que todo el clero diocesano pasara por sus aulas. Por lo general, se reclutaba dentro del mismo obispado, en el lugar mismo o muy cerca de la iglesia a la que iba destinado, y asumía sus funciones tras una rápida y no muy esmerada
Plano de la nueva ordenación de la seo.
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preparación a cargo del propietario de la iglesia y el arcediano del lugar, que lo presentaba al obispo para su ordenación. A raíz de la conquista del Bajo Cinca y Somontano de Barbastro, el clero tuvo que multiplicar sus esfuerzos y alterar el servicio de las iglesias locales, debiendo atender a dos y tres de ellas. Como ni así se daba abasto, se gestionó el establecimiento de comunidades benedictinas: una en la iglesia de Santa Eulalia de Barbastro, procedente del monasterio de San Gil de Provenza; otra en la parroquia de Santa Fe de esta misma ciudad, con monjes venidos de Santa Fe de Conques, y una tercera en Alcolea de Cinca, con personal traído del monasterio de San Víctor de Marsella. La disciplina del clero autorizaba entonces el matrimonio de los sacerdotes; son varios, pues, los testimonios escritos de presbíteros casados en funciones. Un ritual rotense, famoso por su composición entre fines del siglo X y comienzos del siglo XI y por la singularidad de sus fórmulas rituales, previene «a los confesores para que no revelen el sigilo sacramental a sus consortes».
e) «El devotísimo pueblo» La línea de contacto pastoral con la comunidad de los fieles marca las mismas categorías que el feudalismo logró imponer en la sociedad civil. La iglesia de Roda aprovechó la colaboración de la nobleza del país, a la que en ocasiones invitó a participar hasta en la elección de sus obispos; buscó oportunidades para estimular su protección y arbitraje, y, si encontró casos de sincera devoción y afecto, tampoco le faltaron anomalías y lamentables defraudaciones, que le obligaron a severos reproches y duras penitencias. El resto del pueblo fiel, que en el momento de la instalación de la sede en Roda mostraba muy escasa vitalidad espiritual, fue ganando en participación a medida que se iba condensando la atmósfera religiosa en el país. Ello se deduce de la diversa intensidad de colaboración popular en la construcción y dotación de iglesias, y se explicita con frecuencia en las actas que se levantaban con tal motivo. Si, en un primer momento, tan sólo cuentan con aportaciones condales o clericales, andando el tiempo en las listas de participantes y donantes figuran laicos de cualquier edad, condición y sexo, que ofrecen tierras y haberes para la atención y mantenimiento del nuevo templo.
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Arcedianatos y prioratos rotenses antes de 1092.
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Al «devotísimo pueblo» pertenecían «los hombres fieles de San Vicente», es decir, aquellos feligreses ligados a la sede e iglesia de Roda por pactos o vínculos de fidelidad especial. Los hubo nobles y señores feudales (entre otros, Ramón Pedro de Erill o Pedro Gauzpert, de San Esteban del Mall); libres, a saber, aquellos que por debajo de la nobleza gozaban de su condición autónoma sin sujeción a ningún señorío, y con frecuencia encontraban protección y apoyo en la mitra y capítulo rotenses contra las arbitrariedades y atropellos de la nobleza; siervos, o sea, quienes según las leyes en uso tenían la condición de tales. Estos últimos se hallaban indisolublemente vinculados a las unidades patrimoniales que trabajaban y podían incluso ser enajenados junto con los «capmansos» o predios que encabezaban, dirigían o trabajaban. En los testimonios escritos que nos hablan de esta clase de feligreses, los siervos, palpita una situación que apunta hacia un pacto de libertad otorgada; quiere esto decir que, sin romper la estructura feudal, base de la organización social del momento, se ensayaban modos de reconocer libertades a los afectados, y en ningún caso se sabe de tratos discriminatorios en los derechos y aspiraciones religiosas de tales siervos. En el territorio bajo jurisdicción de la sede rotense se practicó la tolerancia de credos. Consta la existencia de una aljama moruna y una colonia de judíos en Monclús, que mantuvo frecuentes contactos con la iglesia de Roda. Se reconoció expresamente la libertad de cultos en varios pueblos conquistados; así, en las poblaciones de Barbastro y Bajo Cinca, la coexistencia de comunidades cristiano-árabe-judías perduró hasta los días de la expulsión, a fines del siglo XV, con elocuentes ejemplos de colaboración y avenencia entre ellos.
f) La vida sacramental y piadosa En Roda se administró el bautismo por triple inmersión, mientras se pronunciaba el nombre de la Trinidad. Para ello, se insertó la fórmula en el ritual y se habilitó baptisterio especial. Si estaba presente el obispo, confirmaba seguidamente al bautizado; si no, el sacerdote le daba la comunión, lo que supone que los aspirantes al bautismo entonces eran ya crecidos. La eucaristía era obligatoria para clérigos y seglares los días de Jueves, Viernes y Sábado Santo, y para niños y enfermos se mandaba también los días de Navi-
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dad, Pascua y Pentecostés. En las nupcias, se prescribía abstenerse del uso del matrimonio a causa de la comunión recibida. La vida y prácticas piadosas se reducían a la asistencia a la misa dominical y solemnidades, así como a participar en el oficio y sobre todo en las vísperas de domingos y días señalados. A juzgar por la abundancia de ermitas y santuarios en descampados, debieron de abundar las romerías y peregrinaciones a los mismos. Las principales devociones cultivadas en la catedral de Roda fueron a San Vicente Mártir, desde los comienzos; a San Valero, desde el reconocimiento y traslado de sus reliquias por el obispo Arnulfo, hacia 1030; a San Agustín, desde que se fundó la canónica agustiniana, en 1092; a San Licerio, aragonés de Zuera, obispo de Coserans (Francia), de cuya diócesis procedía San Ramón, quien la introdujo en el santoral rotense, y sobre todo a San Ramón, desde mediado el siglo XII.
g) Estructura económica de la diócesis, sede y capítulo de Roda La economía de la iglesia diocesana se nutría entonces y en exclusiva de las aportaciones de la feligresía. Tres eran las fuentes de financiación: las rentas del pequeño patrimonio creado en torno a cada una de las iglesias; el tributo ordinario del diezmo y la primicia, y las oblaciones voluntarias de los fieles. Toda iglesia, una vez construida y antes de su consagración, debía ser convenientemente dotada; es decir, se le debía asignar previamente un pequeño patrimonio litúrgico y territorial para poder realizar la función ritual y de culto, así como atender a su conservación y al mantenimiento del personal a su servicio. En la ceremonia de inauguración oficial del nuevo templo, y antes de que el obispo procediese a su consagración litúrgica, se levantaba el acta de dotación, en la cual monjes, clérigos y laicos de todos los estamentos sociales proclamaban sus donaciones de libros sagrados, ornamentos y enseres litúrgicos para servicio del culto. Normalmente, se trataba de tierras, viñas, olivos, huertas, molinos, bodegas y lagares, salinas, casas, tiendas, derechos de mercado,... para manutención y asentamiento del personal religioso o seglar adscrito a la misma. Muchas veces, estas donaciones se complementaban con añadiduras posteriores.
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Arcedianatos y prioratos rotenses a partir de 1092.
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Al menos las iglesias parroquiales contaban además con el tributo ordinario del diezmo y la primicia sobre los frutos, ganados y rentas del lugar correspondiente. Según rezaba una máxima canónica en vigor para todo país cristiano, «el diezmo y la primicia se deben dar a Dios y deben ser distribuidos por el obispo». A veces, los mismos fieles realizaban espontáneamente la concesión de este derecho tributario, mediante escritura pública sobre algunas especies concretas, cosechas o tierras. Otras veces eran los condes o reyes quienes las concedían de modo general, en lugares de feudo regio o condal, y además solían confirmar las que ya se poseían desde tiempo inmemorial. Por el derecho de «terra acapta», la autoridad del rey solía otorgar las décimas eclesiásticas de los territorios conquistados, de modo que «la décima y la primicia debida a Dios» prevalecía sobre cualquier otra excepción tributaria que el monarca otorgara por derecho foral. El carácter sagrado que siempre tuvo esta clase de tributo hacía que su defraudación o sisa, además de sanción jurídica, acarrease delito de sacrilegio, que, si el pueblo ordinario expiaba con penitencias, era objeto de graves anatemas contra el señorío y la nobleza. A los ingresos ordinarios de origen patrimonial o tributario se añadían las oblaciones voluntarias de los fieles: unas veces en especies fungibles, que, si eran de pan y vino, se conocían por mogatos y obliás; otras en moneda, que, siendo escasa, era menos frecuente. Tenía también carácter voluntario lo devengado por defunciones, que comprendían las mandas o legados por derechos de enterramiento dentro de la misma iglesia o cerca de ella. Tales concesiones eran económicamente sustanciosas y apetecidas; tanto que su defraudación por los señores de Barbastro motivó un severo reproche del papa Pascual II con el breve pontificio Praeceptum Divinum. A la sede y al obispo correspondían, según los preceptos canónicos, la cuarta parte de las décimas parroquiales o el cuarto —de ahí el nombre de «cuartos» como sinónimo de dinero o riqueza monetaria—. Pero tal derecho en Roda, como en otras partes, debió de sufrir los fraudes y recortes que denunció el cardenal Hugo Cándido, legado pontificio, en un concilio reunido en Auch (Francia), en 1068. En Roda, estas defraudaciones debieron de significar verdaderos traumas para los primeros obispos, que tuvieron que echar mano de todo para poder malvivir. La dotación de 956 daba para pocos lujos. Otra que se 10
San Ramón. Talla de piedra desaparecida. Fachada de mediodía.
hizo en 1030, con motivo de la segunda consagración de la catedral, aunque permitía algún respiro más, tampoco era para excesivos entusiasmos; así, se veían obligados a convertirse en terratenientes y administradores de hacienda propia.
San Valero. Talla de piedra desaparecida. Fachada de mediodía.
Una real disposición de Sancho Ramírez, en 1068, vinculaba a la sede de San Vicente de Roda tres monasterios y veintidós iglesias, cuyas rentas cedían íntegramente a favor del obispo, a quien se asignaban además otros beneficios económicos y se le confirmaba el cuarto decimal de todas las iglesias del obispado, a excepción de los monasterios exentos con sus anejos. Aun cuando la dotación de la canónica agustiniana que Raimundo Dalmacio hizo en 1093 se llevó buen pellizco de aquellos derechos, el obispo se reservó piezas muy apetecibles, tales como la totalidad de las rentas eclesiásticas del castro y villa de Benasque, con las de otras iglesias y lugares cuya cuantía también cedía a favor de la mesa episcopal. Algunas de éstas se dividían por mitad con el rector de la iglesia; en otras, participaba en el reparto el arcediano o prior del título correspondiente. Pero éstas y aquéllas, mucho mejor controladas y administradas, y sobre todo las sucesivas añadiduras de la diócesis, notablemente ampliada por tierras somontanas y ribereñas del Cinca, más algún que otro rebote del botín de las campañas militares en las que los obispos participaban de vez en cuando hasta con huestes propias, mejoraron mucho las finanzas de la sede. El capítulo catedralicio era la entidad de mayores alcances económicos de la diócesis de Roda. Poco sabemos de sus posibilidades antes de la reforma de 1092. Pero, a partir de ella, consta que el obispo Raimundo Dalmacio se preocupó por dotar a su cabildo de medios que hicieran posible una vida de renuncia en comunidad junto a la catedral. Además de todos los bienes ya entonces propios de la iglesia de San Vicente, serían en lo sucesivo de derecho exclusivo de la naciente canónica agustiniana las veintidós iglesias locales ya mencionadas, el cuarto decimal de otras varias y las rentas eclesiásticas íntegras de los valles de San Vicente de Aguinaliu, del de Barrabés y del de Bardaxí, sobre los que ejercería también derecho feudal. Por donación expresa de Ramiro el Monje, poseyó la villa de Fonz, Muro Mayor —que por ello se llamó luego Muro de Roda—, Tierrantona, Besians y los cuartos de cáñamo, lino y lana de todo este arcedianato, que se destinó para cuidar del vestuario de la catedral. El mismo derecho feudal ejerció hasta última hora sobre Roda, La Puebla y Mont de Roda, Villacarli, Merli, Torruella de Aragón, Erdao, Barasona, Esplús y Esdolomada. Poseía, además, en propiedad exclusiva las .cuadras (alquerías) de Sala, Fantova, Las Vilas,
La Avellana, el Plano de Laguarres y todo Monterruebo, cerca de Berbegal, por donación expresa del rey Alfonso II en 1170. En Monzón, aparte de los estrechos lazos que le unían a la colegial basílica de Santa María de El Romeral, eran varias las pertenencias que correspondían al capítulo de Roda, a juzgar por los registros de cobros, devengos y percepciones que figuran en su archivo. Desde las postrimerías del siglo XI, llovieron donaciones de toda índole a favor del capítulo de Roda. La vida religiosa del pueblo cristiano, que antes estuvo muy vinculada a los monasterios de la comarca, se polarizó en la catedral de Roda, a cuyo beneficio se orientó cuanto se desprendía de la piedad y generosidad populares. Además de los enumerados, el Cartulario Mayor registra hasta cincuenta donaciones de inmuebles.
Calle y arco de entrada a la plaza de Roda.
El período de mayor intensidad coincide con el reinado de Ramiro el Monje, que quiso patentizar con ello su afecto por Roda y su obispo, San Ramón. La caja capitular alcanzó entonces altas cotas, pues permitió la compra de nuevos predios; unas veces para concentrar la propiedad; otras, por su especial rentabilidad; otras, para prestar ayuda a economías familiares en crisis que veían en el cabildo al único postor solvente para la compra de posesiones que precisaban vender. 11
El área de localización de aquel patrimonio tenía como marco geográfico todo el territorio diocesano que entonces comprendía desde el Cinca-Alcanadre hasta más allá de las aguas ribagorzanas; desde Bielsa, Benasque y puertos araneses hasta las amplitudes ribereñas del Bajo Cinca. Poco o mucho, Roda participaba de cuanto en el país se producía en frutos y ganados. La administración de lo acumulado era vasta y compleja. Si los servicios catedralicios bastaban para dirigir y trabajar la reserva capitular de cercanías, para controlar unidades más alejadas se imponían intercambios que reagruparan minifundios dispersos y escurridizos, de modo que el profuso enjambre parcelario, fruto de generosidades dispares, se hacinara poco a poco en fundos más manejables y cómodos de trabajar.
Está ya fuera de duda y discusión la importancia de la sede de Roda como foco de promoción e irradiación cultural. Desde sus primeros días, funcionó allí un escritorio, donde «se copian
a impulsos de sus jerarcas, se levantaron iglesias en cuya fábrica y decoración trabajaron arquitectos y maestros cuyas producciones aún sorprenden por su alta calidad y rareza. Como botones de muestra, tan sólo citaremos «el Códice de Roda», de carácter histórico, y <,el Pontifical de San Ramón», de índole ritual, los cuales, compuestos entre fines del siglo X y comienzos del siglo XI, suscitan el máximo interés de paleógrafos, historiadores y ritualistas. La colección de pinturas y esculturas hoy dispersas que se reconocen salidas de sus talleres es todavía muy notable. Y el número y calidad de templos, ermitas o santuarios levantados a su impulso enriquecen todavía nuestra historia y cultura, y acrecientan la belleza de nuestros valles y colinas, convirtiéndolas en un verdadero museo. Entre los diversos ejemplos que deben considerarse, hay dos conjuntos cuya excepcional calidad es bien conocida y sitúa a la diócesis de Roda entre los centros culturales más acreditados, de su tiempo. Son éstos las iglesias de Tahull-Bohí y la misma catedral de San Vicente de Roda.
San Clemente de Tahull.
Pantocrátor de San Clemente de Tahull. Reproducción in situ.
manuscritos, se atesoran códices y se redactan crónicas y relatos históricos»; se componen piezas teológico-morales, litúrgico-rituales, y hasta se ensayan composiciones poéticas únicas en su especie. Pese al silencio documental, la investigación moderna sitúa en Roda una escuela-taller de escultura y pintura de carácter autóctono, y,
Las célebres iglesias de Tahull, no sólo guardan relación con Roda a través de San Ramón, que las consagró en 1123, sino que pertenecieron a esta sede con todo el valle de Bohí, del que su mitra no se desprendió hasta el acuerdo suscrito entre sus obispos, el rotense Gaufrido y el urgelitano Pedro Berenguer, el año 1140, cuan-
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do ya llevaban años en pie y se hallaban decoradas las tres iglesias de San Juan de Bohí, San Clemente y Santa María de Tahull, y muy probablemente también la de Erill Lavall; iglesias todas ellas propietarias de obras fundamentales para la historia de la cultura occidental. Lo es la arquitectura de sus torres e iglesias; lo son sus frescos, entre los que descuella el celebérrimo pantocrátor de San Clemente, en el que se combina el vigor de los trazos con el esplendor del colorido, haciendo de él uno de los más puros ejemplos de todo el arte románico.
ra Ribagorzana y desde el Pirineo hasta Fraga y parte de los Monegros. La comarca del Somontano, entre el Alcanadre y el Cinca, con la ciudad del Vero, que en el momento del traslado obedecía al obispo de Huesca, era entonces objeto de litigio entre las dos sedes, el cual terminó con una sentencia del papa Inocencio III, en 1203, por la que dividía eclesiásticamente esta zona, adjudicando gran parte de ella a la sede de Lérida; mientras, Barbastro, con otra porción territorial de su entorno, permanecía bajo administración oscense.
Los obispos de Roda, y muy particularmente el obispo San Ramón, por motivos pedagógicos, suscitaron allí un movimiento cultural que tendría fuerte repercusión en el tiempo. Allí se organizaron y establecieron talleres de pintura sobre tabla y escultura, de los que se han conservado valiosos y característicos ejemplares.
Con el obispo se trasladaron también a Lérida clérigos y canónigos para poner de nuevo en marcha aquella iglesia. Entre éstos, los arcedianos de Ribagorza, Benasque y Tierrantona, que eran las dignidades más apetecidas y de mayor relieve del cabildo, conservando las mismas prerrogativas y derecho arcedianil sobre las demarcaciones e iglesias de su título. Así pues, el cabildo que siguió en Roda al frente de la catedral se vio notablemente mermado en hombres y medios económicos. Con todo, los obispos de Lérida, en prueba de afecto y predilección por su antigua sede, conservaron durante largo tiempo en sus rúbricas y escritos el título de obispos de Lérida-Roda; las dos iglesias ostentaron idéntico rango catedralicio; el capítulo leridano no fue otra cosa en sus comienzos que un desdoblamiento y prolongación del rotense, y en sus relaciones se esforzaron en cultivar una cierta fraternidad moral y se desarrollaron en plano de igualdad. Los canónigos de Roda, que gozaban del derecho de elegir a sus obispos, compartieron esta prerrogativa con el cabildo de Lérida, primero a partes iguales, que hizo fueran promovidos a la sede leridana algunos prebendados rotenses. La regulación de esta participación igualitaria ya obligó a tomar algunas precauciones: por ejemplo, el obispo Guillermo Pérez ordenó que el cabildo rotense no podía rebasar los veinte miembros, cuya profesión e ingreso debía hacerse todos los años el día de San Vicente. Con el tiempo, la participación electoral de Roda se redujo a un tercio del total de los electores, así que poco a poco disminuyó su influencia en éste y otros cometidos. Durante los sínodos diocesanos, los canónigos participantes de las dos iglesias alternaban los asientos en el coro; por mucho tiempo no hubo —que se sepa— querella entre ellos por el disfrute de la porción canonical en la mesa común de ambas comunidades, y el martirologio acogía indistintamente el nombre de los miembros fallecidos de las respectivas corporaciones y por ellos se rezaba sin discriminación alguna.
La catedral de San Vicente debe ser considerada como la síntesis de cuanto se difundió dentro de su área de influencia. El más detenido examen que del arte rotense presentamos al final de este trabajo nos exime de momento de mayores puntualizaciones. Baste saber únicamente que un proceso que culminó en tan altos logros dejó en Roda huellas tan profundas que todavía suscitan el interés y asombro de cuantos acuden a visitarlas.
4. PERÍODO POSTEPISCOPAL a) Los efectos del traslado Roda, como sede residencial, terminó de hecho con el traslado de sus obispos a Lérida, tras la conquista de esta ciudad en 1149. El obispo Guillermo Pérez de Rabitats (1143-1172), que favorecía la causa de Ramón Berenguer IV de Barcelona, con huestes propias y <,grandes sumas tomadas de la mensa común de nuestros hermanos del capítulo de Roda», entraba en la ciudad del Segre, junto con las tropas de la recién fundada unión catalano-aragonesa, el 24 de octubre de aquel año; seis días después (30 de octubre), derramaba sus bendiciones sobre la mezquita mayor de la zuda leridana, convirtiéndola en templo y catedral cristianos, como hiciera San Eboncio en Barbastro años antes. Los territorios sobre los que la mitra ejerció jurisdicción estando en Roda y Barbastro siguieron bajo su misma autoridad desde Lérida. Comprendían éstos desde el valle del Cinca al Nogue-
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Aún más. Conscientes los obispos de la pérdida moral que suponía para la iglesia de Roda la ausencia del obispo y su sede, intentaron compensarle de aquel vacío, convirtiendo la vieja catedral ribagorzana en santuario y foco de espiritualidad en torno al recuerdo palpitante y las reliquias del obispo San Ramón. Hacía años que se le daba culto cuando el obispo Guillermo Pérez ideó exponer sus restos a la veneración pública en la cripta central de la catedral, donde hizo tallar un magnífico sepulcro de piedra. Con
Sepulcro de San Ramón. Misterios de la infancia de Cristo.
motivo de la inhumación y traslado de los restos, el día 27 de diciembre de 1170, se organizó una fiesta presidida por el rey Alfonso II en persona, en ceremonia que concelebraron los obispos de Lérida, Zaragoza y Barcelona, y en la que participó una nutrida representación de príncipes, magnates y clero venidos de todo el reino de la Corona de Aragón.
contaba dentro de la misma institución, como por las prerrogativas de que se le invistió después desde el sector público como diputado en las Cortes del Reino por el brazo eclesiástico. En los comienzos, fue cargo electivo entre los componentes del capítulo. Al mediar el siglo XIV, se hizo de designación real o pontificia. Desde la implantación de la canónica agustiniana en 1092, se sucedieron en el puesto cuarenta y un priores por lo menos. Mientras sus competencias se centraron en las funciones estrictamente eclesiásticas, los candidatos se reclutaron entre el personal del país, por regla general'ya miembros de la corporación; pero así que el puesto reportó ventajas políticas, fue ambicionado desde otras áreas. Pese a la ausencia del obispo, continuó funcionando durante mucho tiempo el estudio-taller de artes, letras y ciencias eclesiásticas, donde se copiaron y compusieron nuevos códices, entre ellos un breviario con el oficio completo de San Ramón, que se acabó de componer en 1191, o una crónica de sucesos que llegó a consignar hasta los horrores cometidos por los albigenses el año 1213. También se tallaron y confeccionaron piezas notables, como el sepulcro de San Ramón (1172) o la portada de la catedral, imágenes y frontales que aún podemos admirar. La canónica rotense siguió ostentando en este período el señorío sobre todos los lugares de su antiguo feudo. Algunos, como el mismo
Desde entonces, el culto al Santo se divulgó mucho fuera de Roda, se intensificaron las peregrinaciones y visitas a su tumba, y el movimiento en uno y otro sentido reportó beneficios, incluso materiales, a la iglesia de Roda. El mismo rey concedió al cabildo en aquella efemérides el castillo, villa y términos de Monterruebo, extenso y rentable patrimonio sito entre Berbegal y Barbastro que el priorato de Roda retuvo hasta tiempos muy cercanos a los nuestros. Con todo ello, la iglesia de Roda conservó gran parte de su prestigio a lo largo de su historia posterior bajo la autoridad directa del cabildo catedralicio. Encabezaba y presidía esta corporación el prior mayor, que fue dignidad del más alto relieve, y también la más sustanciosa y apetecida, tanto por la autoridad y medios con que 14
Sepulcro de San Ramón. Hu a a Egipto.
Roda y aledaños, Muro de Roda, Tierrantona, Esplús, Monterruebo..., continuaron con este régimen hasta las postrimerías del siglo XVIII, por lo menos; su plena desinfeudación debió de producirse en virtud de la Constitución de 1812. De otros se saben las alteraciones e intercambios pactados con objeto de concentrar la propiedad para facilitar el control administrativo de la misma.
Consta la intervención de la Corona en algún caso y los aspirantes eran con frecuencia personas comprometidas con los asuntos públicos. Los priores residían por lo común fuera de Roda. Los hubo que nunca estuvieron allí y hasta caben dudas de si sabían dónde se hallaba Roda; pues sólo se acordaban de dónde eran cabezas y responsables a la hora de percibir las rentas y ostentar el cargo de diputado. Por ello, es fácil suponer cómo andarían las cosas por el cabildo y su iglesia en tales circunstancias.
b) Decadencia de Roda
Con todo, no fueron sólo negativas las derivaciones políticas en el interés del priorato. Algo útil supuso el ser «bocado» sabroso para paladares ávidos de poder. En primer lugar, el cargo llamó la atención de personajes relevantes de la época, tales como los Borja, familia con dos papas y gran poder en la Iglesia. A esta estirpe pertenecía el cardenal-obispo de Lérida-prior de Roda Juan Luis de Milá, que trajo a Roda otros miembros de tan ilustre apellido. Regentó con ellos la canónica rotense otro eclesiástico de renombre, nada menos que hijo del vicecanciller del reino, Pedro Agustín, quien, después de treinta años de ostentar el priorato, fue promovido a la silla episcopal de Huesca y, con su hermano Antonio, arzobispo de Tarragona, destacaron en el Concilio de Trento.
Hasta mediar el siglo XIV, la iglesia y capítulo de Roda habían logrado mantener su identidad moral a niveles elevados. Pese a los altibajos ocasionados por la ausencia de sus obispos, la institución catedralicia salvaguardó la regularidad canónica que pedía la finalidad religiosa y espiritual de sus objetivos fundamentales. Hacia 1330, aparecen síntomas de cierto desvío y abandono de su trayectoria tradicional, con detección de elementos extraños y secularizantes. El priorologio y su canonicato, nutridos hasta entonces de gentes del país y forjados junto a los muros de la catedral ribagorzana, nos sorprenden con nombres de importación, cuya anterior relación con Roda era nula o se hace difícil de precisar. Partiendo de aquellas fechas, los registros de su archivo dan preferencia a cuanto roza el orden civil y político sobre lo propio de la institución; aparece clara la tendencia a la politización de los rectores de la iglesia y capítulo de Roda.
Las aportaciones que los Borja y Agustín hicieron a Roda y su catedral fueron muchas, excelentes y duraderas. Con ellos pisaron la villa y catedral ribagorzanas artistas de primera fila,
La causa era que el rey Pedro IV (el del Puñalet) otorgó en 1345 al prior de Roda derecho de insaculación entre los primeros oficiales del reino; su iglesia gozó desde entonces de exenciones tributarias, al igual que las más notables del reino de la Corona de Aragón. Los priores rotenses tenían presencia y voto en las Cortes del Reino y tomaban parte activa en los asuntos políticos. Es constatable, entre otras, la presencia del prior de Roda en las Cortes de Monzón de 1388, en las de Zaragoza de 1395 y 1398, en las de Maella de 1404, ... El cargo de prior de Roda, investido de tales prerrogativas, se convirtió en bocado apetitoso que no pasaba todos los días y que por estar insaculado en la bolsa de Prelados de la Diputación del Reino tenía mucha estima en todo él. Codiciado desde fuera del claustro, las candidaturas para ocuparlo, aun supuesta la elección capitular, presionaban desde el mundo de la política.
Retablo de San Miguel.
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como Martín Bernat, Pedro de Espelargues y Gabriel Yolí. De los primeros he conocido elocuentes testimonios de pintura sobre tabla; el escudo de Pedro Agustín identifica todavía la mazonería del retablo mayor de Yolí, ornamentos y piezas valiosísimas y el palacio prioral levantado en 1525. Pese a sus largas ausencias de Roda, Pedro Agustín reformó la disciplina capitular y dignificó y potenció el culto catedralicio. No así los Villalpando, sus sucesores, también de sangre azul, que encabezaron la corporación por espacio de unos sesenta años seguidos. Por lo general, regentaron la iglesia de San Vicente desde Zaragoza o desde sus señoríos de Quinto y Gelsa, hasta que se impuso la disciplina residencial decretada en el tridentino. Aquellas disposiciones conciliares afectaron a todos los elementos e instituciones eclesiásticas, que —por lo dicho— queda claro hacían buena falta en Roda. El retorno del prior a su estabilidad residencial y funciones presidenciales suscitó roces y polémica con los subordinados, los cuales, acostumbrados a andar por libre tanto tiempo, se resistían a acatarlas. El ejercicio de la autoridad requerida a los obispos impuso centralismo, que creó malestar y pleitos entre la mitra y el prior, así como entre éste y el capítulo. El prior Bielsa, que lo presidió entre 1615 y 1647, vivió en disputa permanente con los suyos por cuestiones de preeminencia, y con el obispo Serra de Lérida por derechos jurisdiccionales y económicos. Las implicaciones seculares no sólo le venían al capítulo por el compromiso político de su prior. Toda la institución capitular de forma corporativa participaba de ellas, pues ostentaba la representación y responsabilidad pública de los lugares y gentes de su feudo y señorío, lo cual hizo se viesen afectados por los acontecimientos políticos que vivió el país. Al asumir el gobierno de la Corona las responsabilidades político-administrativas sobre el condado de Ribagorza en los albores del siglo XVII, ésta restableció el Consejo General o Síndico, cuyos miembros obtuvieron del rey Carlos II reconocimiento del derecho foral ribagorzano. El Consejo o Síndico se reunía en junta general en Benabarre, y al cabildo de Roda se le asignaron sendos teruelos para insacular el nombre de dos canónigos que representasen en dichas juntas a los lugares de señorío del cabildo. Se sabe de algunos capitulares elegidos que ejercieron dicho cargo.
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Vista general del conjunto catedralicio.
c) Aires de guerra Tampoco dejaron de afectar a Roda de modo muy directo las guerras y conflictos que alteraron la vida del país en los siglos posteriores. La guerra de Secesión catalana de 1640 trajo hasta Roda la soldadesca y rapiña enemigas, que aventaron alhajas y reliquias valiosas de la catedral. El cabildo hubo de participar en la defensa del condado, que se hallaba muy en vanguardia de la contienda; así, consta en su archivo la entrega de trescientos sesenta y tres escudos el año 1643 para la compra de mosquetes y municiones. La guerra de Sucesión de 1707 fue más dura y enfrentó en la misma Roda tropas y gentes partidarias del archiduque, bajadas de los pueblos de la montaña, con cinco mil franceses al mando del conde Staing, quienes demolieron las murallas y otros edificios notables, saquearon todo, mataron a muchos y dejaron tras de sí una estela de hambre y miseria para muchos días. Quien en esta ocasión evitó mayores males fue el prior, Miguel Silvestre de Cetina, personaje al que los anales de Roda deben especial reconocimiento. Natural de Aranda de Moncayo (Zaragoza), siendo aún muy joven y ordenado tan sólo de diácono, acompañó a Roma a un tío suyo, canónigo de Nuestra Señora del Pilar, donde le sorprendió su nombramiento como prior mayor
de Roda, población que Miguel ni de nombre conocía. Pero un muchacho de Roda, criado de un mercader genovés, en Roma también de ocasión, fue a saludarle al enterarse del nombramiento y le informó de cuestiones de su pueblo. Al saber el recién nombrado que se trataba de un lugar en el que sólo había cuarenta casas, quiso renunciar al cargo; pero su tío le disuadió, porque no pasaban a menudo bocados como el priorato de Roda, que por estar insaculado en la bolsa de Prelados en la Diputación del Reino, tenía mucha estima en todo él. Así pues, Miguel fue a Roda y regentó el priorato por espacio de cuarenta y cuatro años. Durante el enfrentamiento aludido entre carlistas y borbones, salvó a Roda de una destrucción irremediable, pues, por el malentendido de una carta sorprendida a sus enemigos, el general francés creyó que en Roda se le hacía traición y ordenó pasar el pueblo a sangre y fuego. El prior Cetina abordó al francés y logró convencerle de que se trababa de un equívoco. Mientras duró la contienda, pudo poner a salvo gran parte de los valores de la catedral, trasladándolos, no sin riesgo, fuera de ella. Con otros prebendados durmió tres semanas seguidas en la sacristía para custodiar el resto, previniendo los asaltos de la soldadesca. Como diputado a las Cortes del Reino, intervino en misiones importantes y deploró tanto la pérdida de los fueros ribagorzano-aragoneses, ocurrida entonces, que repetía inconsolable: para esto no hay consuelo, para esto no hay consuelo. Y tanto se dejó llevar de este sentimiento que a la postre perdió el juicio mucho antes de su muerte, ocurrida en 1714. Durante la guerra de la Independencia, Roda fue también escenario casual del encuentro, los días 3 y 5 de mayo de 1812, entre las tropas napoleónicas del general Bourke, con tres mil hombres, y las nacionales, al mando del barón de Eroles, con sólo mil. Eroles, con la ayuda de los hombres y el cabildo de Roda, puso en fuga a los franceses después de dos días de lucha mortal, de herir gravemente al general jefe y dejar doscientos cadáveres en la cuesta y caminos que suben a Roda. El establecimiento de los Borbones en el trono español y el arraigo de las ideas de la Ilustración, que acompañó su llegada, produjeron transformaciones profundas en la estructura organizativa de la Iglesia española, las cuales afectaron de forma decisiva a la de San Vicente de Roda. Ya a fines del siglo XVIII, años antes de que las Cortes de Cádiz promulgaran la abolición de los señoríos feudales, el sistema tradi-
cional de dotación eclesiástica había entrado en una crisis irreversible: «El derecho de diezmar directamente como forma de contribución de los fieles a los gastos de la Iglesia encontraba mayores tropiezos cada día. Por ello los obispados contrataban con el Gobierno de la Nación la recaudación de las décimas eclesiásticas, y se instituían en cada diócesis recaudadores diezmeros, cargo que periódicamente se arrendaba tras su asignación en pública subasta. Sirva como ejemplo de esta fórmula un convenio suscrito para cuatro años entre el obispo y capítulo de Lérida con don Marcelino Cayetano García el 28 de febrero de 1788 y que comprendía todos los territorios y derechos patrimoniales de la iglesia y capítulo de Roda». De lo así recaudado se hacía una masa común, que se repartía por piezas eclesiásticas según un sistema proporcional y jerárquico. Ello requería, además, la reforma de la corporación catedralicia y la remodelación de su sistema distributivo. Y así, paralelo a la nueva forma de captación y reparto beneficial, se seguía expediente de secularización de la antigua canónica rotense, es decir, la abrogación y renuncia a la regularidad agustiniana que regía en Roda desde su implantación, en 1092. Incoó tal expediente el obispo, don Joaquín Sánchez Ferragudo, y lo resolvió su sucesor, don Jerónimo María de Torres el año 1787. El cabildo catedralicio quedaba así muy mermado de personal; aunque, dado el peso histórico que tenía la iglesia de San Vicente, se le seguiría tributando honores de concatedral con la de Lérida. Pero todo ello no pasó de ser un piadoso consuelo en el trance de la agonía, pues el siglo XIX ya en puertas pondría en marcha las leyes desamortizadoras, que herirían de muerte a numerosas instituciones eclesiásticas. En su virtud, gran parte del patrimonio rotense era ofrecido y adjudicado en pública subasta el 14 de mayo .de 1845. Por fin, los pactos concordados entre el Gobierno español y la Santa Sede, en 1851, suprimían todas las jurisdicciones especiales y privilegiadas que muchos monasterios e instituciones eclesiásticas mantenían desde antiguo y por las que algunos pueblecitos seguían vinculados al capítulo prioral de Roda; supresión que también alcanzaba a las colegiatas, cualesquiera fueren su origen, antigüedad o fundación. Era el golpe de gracia definitivo que terminaba con el ir y venir de tanto clero, de sus rezos, sus procesiones y tertulias, que durante tantos siglos vivificaron la soledad de su templo, su claustro, sus calles y plazas. 17
5. INDICADOR ARTÍSTICO
Vicente de Cardona ofrecen fórmulas arquitectónicas y cronología aproximadas.
Roda no es tan sólo un fenómeno histórico. El largo milenio transcurrido desde sus comienzos conocidos, desarrolló un proceso cultural que enriqueció nuestro patrimonio y es testimonio, en muchos casos todavía palpitante, de sabiduría y sensibilidad. Lástima grande ha sido que los transtornos y convulsiones de los últimos tiempos llegaron también hasta Roda, con su fatal cortejo de ignorancia, sectarismo, destrucción y abandono. El robo de 1979 fue el último zarpazo de la desaprensión, hundido hasta la entraña misma de sus fondos culturales. Aun así, el país y las gentes de la actual y futuras generaciones merecen conocer lo que hubo y lo que nos queda de aquel recuerdo que algo tiene que ver con las causas de nuestro ser colectivo.
El cuerpo de la basílica se edifica sobre una plataforma rocosa, que desbordan por ambos extremos los apéndices catedralicios del coro y las criptas que irrumpen sobre la calle, mirando a oriente. La planta se ciñe al área comprendida dentro del clásico rectángulo que acoge las tres naves paralelas, cerradas en cabecera por las semicircunferencias absidiales y subdivididas interiormente en tres tramos transversales. Su alzado es de sillarejo tosco, desbastado a simples martillazos y colocado en hiladas más o menos regulares sobre gruesas capas de argamasa. En las últimas restauraciones, han aparecido fragmentos estimables en opus spicatum, simulados por recrecimientos murales posteriores, y no faltan reformas realizadas con sillería regular de épocas recientes.
a) La catedral
Los ábsides se decoran con la clásica franja de arquillos ciegos bajo galces de esquinitas coronando a altura de los muros de los que deri-
La catedral de San Vicente es el primer ejemplo de lo expuesto; dentro o alrededor de ella se fue sedimentando todo el acopio de bienes culturales que la corriente de los siglos a ella aportó. Consagrada por vez primera por el obispo Odisendo el 1 de diciembre del año 956, había sido construida sobre el solar y restos más antiguos de un castillo, quizás con capilla oratorio, que se saben destruidos por el caudillo moro AlTawill de Huesca el año 907. Arruinada parte de la fábrica en una incursión sarracena lanzada contra Ribagorza en 1006, fue luego restaurada y consagrada de nuevo por el obispo Arnulfo hacia 1030. En el transcurso de los siglos posteriores, se unieron al complejo catedralicio otras dependencias que en él se integran. El conjunto arquitectónico actual se compone de la catedral, con su claustro, pórtico, torre y aposentos contiguos de sala capitular, capilla de San Agustín, salón comedor de la antigua canónica, palacio prioral y restos de la vieja torre defensiva. El templo es una de las grandes realizaciones de su época en el norte del Altoaragón, cuyo paralelo más cercano se halla en Santa María de Obarra. Otros similares deben buscarse en el sur de Francia y, acaso, en Cataluña, donde San Aventín de Larboust, Santa María de Arlés o San 18
Conjunto de la cabecera, con un cuarto ábside recién descubierto.
van, de trecho en trecho, ligeros relieves formando tiras o lesenas a modo de pequeños contrafuertes. Entre banda y banda, y a dos niveles distintos del ábside central, se acomodan vanos de luz aspillerada, que, aun abiertos bajo el diseño común del arco de medio punto y el doble derrame, dejan bien notorias las diferencias
entre los que, a poca altura, iluminan la cripta central y los que, desde lo alto de los muros, se proyectan sobre el interior de las naves. A continuación de los ábsides, por la fachada a mediodía, álzase la torre campanario en prisma octogonal de dos cuerpos separados por impostas voladas y rematada por cupulilla piramidal. Pueden observarse en sus bases restos de construcción románica, estilo al que todavía corresponde gran parte de la cara interior de la misma. Cubre todo el resto de la fachada sur un pórtico de acogida, que corona una amplia escalinata de acceso desde la plaza. Ábrese en gran arco central rebajado y cuatro más pequeños de estricto medio punto. Ambos, torre y pórtico, son de época barroca y fueron diseñados por el maestro arquitecto Silvestre Colás y realizados por el maestro albañil Dionisio Lanzón de Graus, por mandato del cabildo, entonces presidido por el prior Bartolomé Escartín. Firmado el contrato el 31 de mayo de 1724, las obras finalizaron en 1728.
trelazado que sostienen capiteles labrados sobre baquetones adosados. Representan escenas bíblicas y temas del santoral rotense. Se considera obra románica realizada entre fines del siglo XII y comienzos del siglo XIII; parece relacionarse con los relieves del sepulcro, y guarda afinidades técnicas con la decoración claustral. El maderamen que cierra la portada, adornado con los mahometanos lazos de seis, es carpintería de estilo mudéjar del siglo XIII, probablemente realizada en la misma Roda. Semejante a esta puerta hay otra en Merli, allí trasladada de otra iglesia anterior a la actual, y son muy similares otras aparecidas en la catedral de Gardeny, de Lérida. Los espacios interiores cierran con bóveda apuntada sobre la nave central, de arista sobre las laterales y de horno sobre los ábsides de cabecera, articuladas por las correspondientes arcadas de medio punto o apuntadas, según los casos. Pueden observarse claros signos de edificación original en las ventanitas ciegas que aparecen en el muro a mediodía, en los arranques de las pilastras primitivas y en alguna arcada de transición del visigótico mozárabe. Además de la división espacial en tres naves y tres tramos separados por gruesas pilastras cruciformes, presenta otras alteraciones, como son, en primer lugar, las criptas correspondientes a los tres cuerpos de cabecera. Destaca sobre todas la cripta central, compuesta de tres navecillas definidas por seis pares de columnillas, unas de fuste cilíndrico y capiteles rústicos aprovechados de construcciones anteriores y otras de sección rectangular y capiteles lisos, muy similares a los parteluces de las torres de Tahull. En conjunto, apean la arquería de medio punto y bovedillas de arista originales. Esta cripta fue realizada, en sus rasgos esenciales, por mandato del obispo San Ramón, que la consagró el 31 de mayo de 1125, dedicándola a la Virgen Santa María.
Portada principal, con capiteles historiados y puerta mudéjar.
Frente a la arcada central, al fondo del pórtico, se halla practicada la venerable portada principal, luciendo el espléndido abocinado de seis arquivoltas molduradas, que apean sobre impostas en zigzag, ornadas de exuberante follaje en-
En 1170, fue instalado en ella el sepulcro de San Ramón, que todavía la preside. Las reliquias que contenía del Santo fueron depositadas en 1650 en una de las urnas de madera sobredorada que ocupan las hornacinas protegidas por rejas metálicas, a ambos lados del hemiciclo. La del lado contrario contiene las de San Valero. El sarcófago, tallado en piedra y en cuyo frontis se representan escenas de los misterios de la infancia, es pieza notable y una de las más representativas de la escuela rotense, comparable en calidad a las de la mejor escultura peninsular de la época. 19
Presbiterio, con retablo de Yoldi en su estado original.
Otra de las criptas que presenta gran singularidad y exotismo es la que corresponde a la nave norte. Dedicada en sus orígenes al culto, fue más tarde habilitada, parte como depósito de aceite para alimentar las lámparas de la catedral, y sobre todo como caja fuerte para custodia de valores y alhajas del cabildo. A tal fin, se destajó el recinto y se dividió en dos compartimentos: uno a la entrada, donde en unos poyos de pie-
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dra se empotran las tinajas del aceite; otro, en su día protegido por doble puerta y especiales medidas de seguridad, conserva todavía una formación de cajoncitos bordeando la base del hemiciclo, con el nombre de los prebendados a quienes pertenecían los títulos o efectos en ellos depositados, los cuales no podían consultarse sino previos especiales trámites de garantía.
Interior de la cripta central.
El pequeño ábside contiene en pintura mural la figura de Cristo en Majestad o pantocrátor rodeado de los símbolos de los evangelistas, sobre una franja donde desfilan personajes en activo que se refieren a los meses del año o menologio. Y en la parte inferior, sobre una imposta, figuran hombres luchando con animales monstruosos. Fuera del ábside, se conservan todavía en buen
Cripta. Detalle del pantocrátor.
estado las representaciones completas del bautismo de Cristo, San Miguel con sus balanzas y algunas cruces de consagración. Estos murales, que han sido muy discutidos por los expertos, se consideran de época y características románicas, aunque un tanto tardíos, ruralizados y ya en período decadente, realizados dentro del siglo XIII.
Cripta. Escena del bautismo de Cristo.
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Cripta bajo la nave Norte. Conjunto de pinturas murales.
Cripta. Pinturas murales románicas. Escena de San Miguel y el diablo.
El coro, que ocupa una prolongación de la nave central por los pies, fue construido, al igual que el pórtico y la torre, en las primeras décadas del siglo XVIII, aprovechando el espacio que dejó la demolición de la casa del chantre, la cual se unía a la catedral por ese lado. Del coro antiguo
se aprovechó parte de la sillería en madera de nogal, que se completó y restauró con la de unos bancos que había en el comedor del capítulo. Acabó de instalarse en 1786. Es de estilo renacentista, de contenido muy sobrio.
111111
— — Mal dar
:
Nave central con el coro a los pies.
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El órgano actual, que data de 1653, es obra del organero fray Martín Peruga; por su parte, Juan Busín hizo la caja. Su primer emplazamiento fue bajo el arco que media entre el presbiterio y la primera pilastra de la nave sur. En 1700, se trasladó a la arcada última, delante del coro, y en 1722, se instaló en el lugar que hoy ocupa. Es de gran calidad técnica y hay quien lo considera superior al de Covarrubias, estimado como el no va más de la organería antigua.
Mártir. Es obra del escultor zaragozano Gabriel Yolí, el cual lo talló por encargo del prior Pedro Agustín, quien en nombre del cabildo suscribió contrato con el artista de 1 de marzo de 1533. Fue colocado cuatro años más tarde, es decir, en 1537. Sobre un banco de hornacinas en concha que albergaban representaciones de la infancia de Cristo, se abría la hornacina central, con la imagen del titular, y una caja a cada lado, con las efigies de San Agustín y San Ramón en una, y
Retablo de Vol. Basamento. Relieve de la Anunciación.
A fines del siglo XVIII, instalada ya la sillería, se realizaron la verja de hierro y el marco de madera que la fija. La verja se elaboró en Tremp; el marco, en Barbastro, y lo decoraron doradores de Torres del Obispo y Benabarre. Preside el recinto catedralicio el retablo mayor, dedicado al titular de la catedral, San Vicente
San Valero y San Licerio en otra, terminando con el óculo para la exposición y el clásico calvario. Toda la iconografía fue pasto de las llamas en 1936, tras lo que tan sólo se conservó la mazonería, que, aun por sí sola, es pieza de una labor exquisita y admirable.
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Grandes sargas para velar el retablo en días señalados contienen pinturas sobre lienzo ejecutadas con mucho vigor. Fechadas en 1556, presentan en el anverso la resurrección de Lázaro, y en el reverso, cuatro escenas: dos en Getsemaní y otras dos con los pasajes del Eccehomo
y la Verónica. De autor desconocido, ha surgido la polémica entre los expertos acerca de la atribución y calidad de estas pinturas. Probablemente, se trata de un pintor inspirado en modelos ítalo-flamencos que pudo llegar a Roda a través del sur de Francia.
Sarga del altar mayor. Getsemaní.
Sarga del altar mayor. Vía Dolorosa. La Verónica.
Sarga del altar mayor. Resurrección de Lázaro.
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La puerta que desde la catedral abre al norte nos lleva al claustro, el cual «reproduce la severidad bizantina del templo». Consta de cuatro galerías techadas en vertiente, que configuran un deambulatorio rectangular alrededor de un patio
parte de sus diseños renacentistas. Al patio central asoma una formación en cuadrilátero, de columnas cilíndricas, lisas, con capiteles de labra variada y tosca, fijas a un banco de piedra, que sostienen el ondulado ritmo de una arquería de medio punto bajo un friso de ajedrezados donde descansa el embigado de cubierta.
Claustro. Patio central.
central abierto a la luz y la recóndita alegría. Lo contornean con la catedral la antigua sala capitular y capilla de San Agustín, muros en opus spicatum, comedor de la canónica, servicios y cocinas, donde antiguamente estuvieron las casas del prior claustral y canónigo camarero, cuyas puertas de acceso desde el claustro aún lucen
El claustro fue construido en tiempos del obispo Gaufrido (1137-1143), cuya lápida necrológica especial se halla junto a la puerta de entrada desde la catedral; por su ubicación, proporciones y ambientación, es una de las piezas más agradables y características de este conjunto catedralicio.
Claustro. Conjunto.
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Nota interesante y curiosa de este claustro es el necrologio grabado en los sillares y dovelas de los muros y arquería; es decir, el conjunto de inscripciones funerarias de canónigos y personal de esta iglesia, el cual forma la colección epigráfica más numerosa de la provincia de Huesca.
claustro y en lugares visibles, para que mientras los prebendados paseaban en silencio recordasen y rezasen por los difuntos en su día aniversario. Figuran en él ciento noventa y un epitafios, que, por regla general, consignan el día y el mes del óbito, no el año en su mayoría, que para el
Claustro. Epitafios necrológicos.
Se trata de un obituario litúrgico, basado en la práctica ritual de rezar por los difuntos de las iglesias capitulares o monacales, y que se recitaba de modo habitual dentro del rezo de la de Prima, a continuación del martirologio. El nombre de los fallecidos, el día calendado, se escribía en columnas marginales del libro correspondiente. Roda grabó sus nombres en la sillería del 26
caso del sufragio interesaba menos. Así y todo, son documentos del mayor interés, que han suministrado datos fundamentales para recomponer aspectos importantes de la historia de esta iglesia. Comenzado a mediados del siglo XII, abarca hasta fines del siglo XIII por lo menos. Hay lápidas artísticamente labradas con fondos de policromía original.
c) Sala capitular y capilla de San Agustín La antigua sala capitular o de reuniones oficiales del cabildo era la que sigue abierta en la galería este del claustro, tras la columnata a la derecha, viniendo de la catedral. Hubo allí en tiempos un altar dedicado a San Valero, por lo que se le conocía también como capilla de San Valero. La sillería que contiene fue construida por mandato del prior Luis de Villalpando, a fines del siglo XVI.
Al fondo de la misma, hállase la capilla de San Agustín. Exteriormente, forma como un cuarto ábside semicircular unido al complejo catedralicio de cabecera. En su interior, conserva bandas de muro en opus spicatum y cierra con bóvedas de cañón y horno articuladas por arcada de medio punto. Era la capilla de la enfermería del cabildo, construida durante el priorato de Mirón Rogerio y consagrada por San Ramón en julio de 1107. Conserva fragmentos de pintura mural que algún día se atribuyeron al maestro de San Clemente de Tahull; no obstante, nuevas
Pintura mural de la capilla de San Agustín. San Ambrosio.
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averiguaciones y análisis técnicos las encuentran más afines con el estilo y colores del maestro de Pedret, que tuvo especiales relaciones con San Ramón y pintó en la colegiata de Ager, no lejana de Roda, y en la catedral de San Licerio de Coserans (Francia), de la que San Ramón procedía y en cuya consagración concelebró junto al obispo Jordán, en 1117.
tercera, de época barroca) demuestran los diferentes usos a que se destinó el salón, que, además de comedor, fue en algún tiempo biblioteca y sala capitular con las correspondientes divisiones del espacio interior. Hoy se le han devuelto su carácter y destino originales, al hacerlo comedor hostelero de una sola pieza, de planta rectangular, cubierta con bóveda apuntada sobre fajo-
Pintura mural de la capilla de San AgustM. Apóstoles.
Puerta de entrada al antiguo refectorio.
,u refectorio capitular Cierra el claustro por el norte. Las tres puertas practicadas en su fachada (una de estilo románico, con arquivoltas aboceladas y capiteles; otra, renacentista, con frontón triangular, y una
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nes de igual directriz apeando sobre ménsulas empotradas. La cabecera de la sala conserva decoración pictórica, ya muy maltratada, y una ventana que cierra con un disco de mármol trepanado, adaptado de restos, al margen de los estilos que se integran en este conjunto arquitectónico.
constituir un espléndido salón para cualquier clase de reuniones y asambleas. Fuera ya del conjunto catedralicio, quedan restos de la antigua torre fortaleza, aquí conocida por la torre gorda, hoy reducida a los bajos del torreón circular, donde se instalaban las bodegas o depósitos de víveres y reservas en tiempos de asedio. Lo que queda es un espacio cubierto en semiesfera, sobre el que un día se levantaba la gran torre cilíndrica, la cual medía cien palmos (unos 20 m) de altura, dieciséis palmos (3,20 m) de grosor de muro en su base y catorce palmos (2,80 m) en su remate. Fue construida por vez primera junto con la catedral primitiva, a mediados del siglo X. Aproximadamente de su misma época es la de Fantova, a poca distancia. Se demolió la torre gorda a comienzos del siglo XVIII, aprovechando su sillería para las obras del coro, pórtico y torrecampanario. El espacio que hoy queda podría
Es el edificio que cubre el fondo de la calle, a la que asoman los ábsides de la catedral. Su nobleza se manifiesta por su fachada principal, que ostenta portada con arcada de medio punto y escudo grabado en su clave, ventana con alféizar, barbacana y breve torreón con vanos de medio punto. Sita sobre el solar de la antigua casa abadía, el prior Pedro Agustín la mandó construir al «piedrapiquero Antoní Teixidor», de Roda, con quien suscribió contrato el 18 de mayo de 1525. Abandonada durante muchos años, fue adquirida por el señor Cremades de Zaragoza y convertida en verdadero palacio-residencia enriquecedor del conjunto, cuya sobriedad respeta y armoniza.
El palacio priora/ desde la techumbre del claustro.
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Palacio priora/: fachada principal.
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g) Otros bienes de interés cultural Hasta tiempos muy recientes, la catedral de Roda dispuso de un conjunto patrimonial documental y mueble acorde con su historia y tradición religiosas. Su archivo-biblioteca, según datos escritos, contenía unos dos mil volúmenes a fines del siglo XVIII y un caudal importante de pergaminos y códices antiguos. Consta que en 1864 fueron trasladados al entonces Instituto de Segunda Enseñanza de Huesca mil trescientos cincuenta volúmenes, que pasaron más tarde a la Biblioteca Pública de la misma ciudad. Otras ciento setenta y seis unidades, entre códices antiguos y legajos de documentos originales, los de mayor interés científico, fueron bajados al archivo de la catedral de Lérida, donde todavía se encuentran. Algunos habían salido antes de Roda y se han podido localizar en otros centros. Ya hice mención especial del Códice de Roda y el Pontifical de San Ramón. Y por citar alguno más, añadiré que hay textos completos recogidos en sus códices de singular rareza, como el comentario de El Cantar de los Cantares, de Gregorio de Elvira, el más antiguo que se conoce; o el de San Justo de Urgel sobre el mismo tema, ambos teólogos de los famosos concilios toledanos durante la dominación visigoda en la Península Ibérica.
recuperarse diez fragmentos que representan una mínima parte. La mitra de San Valero y sus complementos era pieza del siglo X, compuesta toda ella de bordados y tejidos de artesanía hispano-musulmana de época califal; y no desmerecía otra de comienzos del siglo XII, atribuida a San Ramón. Dos peines litúrgicos de marfil eran todo un primor de la eboraria oriental del siglo XI. Los esmaltes en báculos y arquetas, como la de San Valer°, obra del siglo XII procedente de los talleres de Limoges; tallas como la de la Virgen, del siglo XII; pinturas de los siglos XV y XVI; tejidos como el tapiz de San Vicente, también del siglo XVI,... Este robo, que supone el zarpazo más cruel al acervo patrimonial rotense y una pérdida importante para el patrimonio cultural aragonés, llenó de indignación al mundo de la cultura.
En cuanto al arte mueble (imágenes, objetos litúrgicos, orfebrería, mobiliario,...), hemos de señalar que el interés que esta iglesia puso en legar a la posteridad objetos que han sido reconocidos de valor excepcional se ha visto defraudado por la ignorancia, la desaprensión y el frío egoísmo de los últimos siglos. Aquel acervo cultural llegó casi intacto hasta los albores del siglo XVII. La guerra de Secesión catalana de 1640 ya hizo de las suyas con piezas de orfebrería en oro y plata que se robaron pretextando fines bélicos. Pero los momentos más trágicos fueron la guerra civil de 1936, durante la cual perecieron pasto de las llamas piezas de excepcional calidad, como el gran Cristo románico, talla del siglo XII, o la iconografía completa del retablo mayor, de Gabriel Yolí, obra del siglo XVI,...; y el robo del pequeño museo, llevado a cabo por Erik el Belga en 1979, en el que desaparecieron obras únicas por su calidad. Entre ellas, no podemos silenciar la famosa silla de San Ramón, que, elaborada en madera y en forma plegable, estaba tallada con verdadero mimo y filigrana. Troceada por los ladrones para camuflarla más fácilmente, han podido
Calvario románico: Cristo desaparecido y San Juan recién descubierto.
Pese a tantos contratiempos, el espíritu de la iglesia de San Vicente de Roda alienta todavía. El dolor nacido de la destrucción y dispersión de su patrimonio ha contribuido a universalizar el nombre de esta villa ribagorzana, que, hoy más que nunca, moviliza y atrae gentes de muchos y lejanos países, y a cuantos la amamos nos llena de alegría. Confiamos en que lo que allí todavía queda en pie sirva por mucho tiempo, aunque nostálgico, de perdurable recuerdo. 31
Silla de San Ramón. Destruida.
6. BIBLIOGRAFÍA ABADAL Y VINYALS, Origen y proceso de consolidación de la sede ribagorzana de Roda de lsábena, «EEMCA», 5 (Zaragoza, 1952), pp. 7-82. — ARCO Y GARAY, R. DEL, La ex catedral de Roda, «Boletín de la Sociedad Española de Excursiones» (1924). Archivo de la catedral de Roda, donde se conservan muchos documentos sin catalogar. — CANELLAS, A. y SANVICENTE, A., Aragón roman, Ed. Zodiaque, París, 1971. — Ducos, J., Roda de lsábena, «Ilerda» (Lérida, 1971). — GASTóN GOTOR, A., Catedral de Roda, en Nueve catedrales de Aragón, Zaragoza, 1945. — HUESCA, R. DE, Teatro histórico de las iglesias de Aragón, 9, Zaragoza, 1807. — IGLESIAS COSTA, M., Roda de lsábena, CSIC, Jaca, 1980. — LA CANAL, J. M., De las santas iglesias de Lérida, Roda y Barbastro en su estado antiguo, «España Sagrada», 46 (Madrid, 1836). — MANSILLA, D., La reorganización española en el siglo XVI. Aragón y Cataluña, «Antológica Annua» (Roma, 1956). — PAC Y BISTUER, P., Reseña histórica de la antigua e ilustre ciudad (hoy villa) ribagorzana de Roda, Barcelona, 1899. — RUBIO GARCÍA, L., Problemas y cuestiones de la sede de Roda hasta su traslado a Lérida, «Ilerda» (Lérida, 1960-1962). — SERRANO SANZ, Noticias y documentos históricos del condado de Ribagorza hasta la muerte de Sancho Garcés (año 1035), Madrid, 1912. — SESE, Gabriel, Texto manuscrito de la historia de Barbastro, Archivo de la diócesis de Barbastro (Huesca). — UBIETO ARTETA, A., El origen ilerdense de la sede de Roda-Barbastro, «Ilerda», 20-21 (Lérida, 1956-1957), pp. 325-337. — VILLANUEVA, J., Viaje literario por las iglesias de España, vols. 11, 15 y 16, Madrid, 1850. — YELA UTRILLA, J., El cartulario de Roda, Lérida, 1932. 32
TÍTULOS DE LA SERIE La siguiente no es una relación cerrada. No obstante, para dar una idea global de su contenido, se indican algunos de los títulos previstos, sin orden de prelación, excepto para los ya publicados o los de inminente aparición. 1. 2. 3. 4. 5.* 6. 7. 8. 9.
El monasterio dúplice de Sigena Nuestros árboles La Laguna de Sariñena, lugar de encuentro Los museos altoaragoneses Guía monumental y artística de Serrablo Las aves acuáticas del Altoaragón ¿Por qué fue importante Costa? Roda de Isábena, ex-sede y catedral ribagorzana Guara, aula de la naturaleza
— Fósiles del Altoaragón — Alquézar, resto vivo del pasado Setas y hongos del Altoaragón Plantas medicinales de ayer y de hoy Los despoblados y su porqué Los ríos altoaragoneses Loarre, castillo románico en pie Los periódicos oscenses San Juan de la Peña, panteón y símbolo Artesanos de hoy Juegos tradicionales altoaragoneses Ferias y mercados oscenses Fiestas populares Gastronomía altoaragonesa Historia geológica altoaragonesa Biblioteca básica para comprender el Altoaragón La industria en la provincia oscense L'Aínsa y sus caminos El valle de Echo La tierra y su posesión Los castillos y su significado
4 Excma. Diputaciรณn Provincial HUESCA