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¿Por qué fue importante Costa?

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¿POR QUÉ FUE IMPORTANTE COSTA? GEORGE J. G. CHEYNE GLORIA MEDRANO MIR JOSÉ CARLOS MAINER BAQUÉ JESÚS DELGADO ECHEVERRÍA ELOY FERNÁNDEZ CLEMENTE CARLOS FORCADELL ÁLVAREZ FERMÍN DEL PINO DÍAZ

INSTITUTO DE ESTUDIOS ALTOARAGONESES EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE HUESCA


Director: BIZÉN D'O RÍO Redacción: INSTITUTO DE ESTUDIOS ALTOARAGONESES Los «CUADERNOS ALTOARAGONESES DE TRABAJO» tienen, sobre todo, una vocación didáctica; están concebidos para enseñar —si es posible, deleitando— de una manera sencilla; pretenden poner al alcance de cuantos se asomen a ellos los más variados temas de la realidad pasada y presente del solar en el que nacen, tierras llanas y quebradas de Huesca. Mas, a pesar de su sencillez, no renuncian ni un ápice a la rigurosidad de sus contenidos. Los «CUADERNOS ALTOARAGONESES DE TRABAJO» no desdeñan los datos y detalles pequeños y elementales, siempre necesarios para el tratamiento analítico de cualquier tema, pero se interesan también, y mucho, por las ideas y los métodos de trabajo. Tienen, por lo tanto, otra intención: la de alentar el espíritu crítico. Los «CUADERNOS ALTOARAGONESES DE TRABAJO» hablarán de cosas múltiples. De piedras seculares y de odres para aceite y vino; de valles y plantas medicinales; de gentes anónimas y sus comidas, juegos y refranes. De los ríos, tal vez... Los «CUADERNOS ALTOARAGONESES DE TRABAJO» quieren incitar a recorrer, recoger, guardar y admirar; a preguntarse por las cosas, a que cada cual, movido por la curiosidad, trabaje a su manera por defender la cultura de todos. Edita: Instituto de Estudios Altoaragoneses Autores: George J. G. Cheyne Gloria Medrano Mir José Carlos Mainer Baqué Jesús Delgado Echeverría Eloy Fernández Clemente Carlos Forcadell Alvarez Fermín del Pino Díaz Depósito legal: Z. 2097-87 ISBN 84-404-0576-6 Maquetación: Agustín Ubieto Arteta Composición: Fot-jomar'd, S. L. Imprime: Editorial Luis Vives - Apartado 387 - 50080 Zaragoza Impreso en España / Printed in Spain


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Foto J L ACIN

Cementerio de Torrero (Zaragoza).- mausoleo de Costa.

ÍNDICE 1. INTRODUCCIÓN

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2. EL HOMBRE (por George J. G. CHEYNE)

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3. EL EDUCADOR (por Gloria MEDRANO MIR)

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4. EL LITERATO (por José Carlos MAINER BAQUE)

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5. EL JURISCONSULTO (por Jesús DELGADO ECHEVERRÍA)

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6. EL ECONOMISTA (por Eloy FERNÁNDEZ CLEMENTE)

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7. EL POLÍTICO (por Carlos FORCADELL ÁLVAREZ)

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8. EL ANTROPÓLOGO (por Fermín DEL PINO DÍAZ)

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1. INTRODUCCIÓN Con este Cuaderno de Trabajo intentamos ampliar un poco más el conocimiento de la personalidad y de las aportaciones de uno de los aragoneses más ilustres. Somos conscientes de que encerrar en la limitación de unas páginas la amplitud de la figura de Joaquín Costa es una ambición excesiva. Hemos tenido que sintetizar ideas y limitar colaboradores; se descubrirán posiblemente, como consecuencia de ello, lagunas y ausencias. Pero pensamos que, a pesar de todo, ayudaremos a conocer un poco más a nuestro Costa, lo cual justifica suficientemente el intento.

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2. EL HOMBRE, por George J. G. CHEYNE Hoy ya no es posible ser polígrafo. Los adelantos científicos, tanto en el campo teórico como en el práctico, han hecho necesaria la especialización. Nadie puede abarcar cabalmente más de una rama del saber. En el siglo XIX, existía aún aquella posibilidad para los pocos que gozaban de gran talento; era todavía factible el postular ideas claras sobre una diversidad de temas. Uno de esos pocos era Joaquín Costa, cuyos escritos versaron sobre derecho, historia, notariado, geografía y colonialismo, agricultura e irrigación, folklore, dialectología y política y, muy notablemente, educación. Parte de lo que escribió está hoy superado, como es natural, pero queda mucho todavía relevante. Por esto, y por su vida ejemplar, es Costa siempre recordado, y, en Aragón, es incluso objeto de veneración.

Joaquín Costa Larrégola (1812-1899), «El Cid» para sus paisanos, padre de Costa.

Nacido de una familia campesina en Monzón, el 14 de septiembre de 1846, murió en Graus el 8 de febrero de 1911. Si uno tuviera que sintetizar estos 65 años en una frase, debería hacer uso de la que él mismo confió a su Diario de juventud: «Si no puedo estudiar, no quiero vivir». Estudiar fue, en efecto, lo que hizo desde el día en que tuvo conciencia, todavía niño, en Graus, de su extraordinaria capacidad intelectual. Lector insaciable durante los momentos en que sus trabajos de campesino le dejaban libre —labores a las que, en tanto que el mayor de los hijos que habían sobrevivido en su casa, no podía ni quería negarse—, siguió leyendo ávidamente en Huesca, donde, ya muchacho, servía en casa de un rico pariente lejano. Sus lecturas eran extensas, oportunistas, y sin dirección definida. No fue hasta que dejó Aragón para marchar a la Exposición de París de 1867 (como uno de los «artesanos discípulos observadores») cuando la atención de Costa se centró sobre un tema que no había de abandonar en todo el resto de su vida: la distancia en ciencia y progreso entre España y Europa, y la necesidad, casi la obligación, en vista del gran pasado de España, de salvar esta distancia. Desde el primero de sus libros, en 1868, hasta el último, de 1905, no hay nada que no se refiera directa o indirectamente a España, siempre el imán de su pensamiento y de sus actuaciones. Al volver de la Exposición, obtuvo, a pesar de lo tardío de su ingreso en el Instituto General y Técnico de Huesca, el bachillerato, y se hizo maestro y agrimensor. Todo eso lo logró «al vapor», según su propia descripción en el Diario, trasladándose desde Madrid, donde su tío Mosén Salamero lo tenía empleado de maestro en un colegio de su propiedad, a Huesca, ya que estudiaba «por libre». Pero su pasión por el saber no quedó satisfecha; en un corto y brillante período, se licenció en Derecho en 1872 yen Filosofía en 1873, doctorándose en Leyes en 1874 y en Filosofía en 1875. No es de extrañar, en vista de esos rápidos éxitos aca3


démicos, que quisiera ser catedrático de Universidad. Tales deseos, sin embargo, no habían de realizarse, pues, aunque en un primer momento parecía ir bien encaminado (incluso fue auxiliar supernumerario de cátedra de Derecho Administrativo), la «Cuestión Universitaria» dio al traste con sus esperanzas, ya que Costa se solidarizó con los profesores separados.

dor Rafael Altamira, quien reconoció tal magisterio y dio testimonio de él en muchos de sus escritos. Hasta el año 1891, Costa desarrolló trabajos de investigación, y escribió, entre otros temas, sobre el pasado celtibérico de España y sobre Derecho Consuetudinario español. Fue, además, activísimo en política colonial, creando la Sociedad Española

Casa de Monzón donde nació Costa.

Casa de Graus donde vivió y murió Costa.

Don Francisco Giner de los Ríos, que Costa conoció en la Universidad, le ofreció entonces un puesto de profesor en la Institución Libre de Enseñanza, donde permaneció unos años y editó el Boletín, en el que además colaboró con regularidad. Esta vinculación, que fue uno de los ejes de su vida, bloqueó su entrada en la cátedra de Historia y en la de Derecho. El «labriego aragonés forrado en intelectual», tal como él mismo se definió, tuvo que ganarse la vida, y para ello buscó otros empleos, tales como oficial letrado y notario. Pero, aun así, prosiguió sus trabajos de investigación, destacando en muchos casos como verdadero pionero en cuanto a métodos, profesor de otros más jóvenes y más afortunados. Así ocurrió, por ejemplo, con el ilustre historia-

de Geografía Comercial y editando su revista. Tales trabajos no llamaban la atención general, pero Costa entró de lleno en la vida del país al dedicarse a los problemas agrícolas del Altoaragón, en 1892, con la fundación de la Cámara Agrícola del Altoaragón y su presentación a las elecciones municipales en Monzón y Barbastro, aunque nada pudo contra el poder de los caciques locales. A raíz de la pérdida final de las posesiones de Ultramar, Costa hizo una llamada a las «masas neutras», es decir, a aquellos que no se hallaban comprometidos con ningún partido, para que se unieran a un movimiento de regeneración, la Unión Nacional. Durante un corto período de tiempo, el

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ilustre pensador fue noticia de primera página en los periódicos y contó con la simpatía y apoyo de hombres preeminentes en la vida intelectual del país. Su brillante oratoria y sus exposiciones precisas acerca de la necesidad de reconstruir el país con un gobierno libre de los responsables del «Desastre», que llevara a cabo un programa basado en «Escuela y despensa» y «Política hidráulica», inflamó la imaginación popular. Pero falló la Unión Nacional. Las ideas permanecieron, sin embargo, y Costa prestó su prestigio al Partido Republicano en las elecciones de 1903. Los últimos años de su vida los pasó en Graus, en modestísimas circunstancias, retirado por decisión propia de la vida pública y política. Su última gran obra de investigación fue la información del Ateneo sobre Oligarquía y Caciquismo y la Memoria y Resumen de las contribuciones de los participantes. Tras este último servicio a la vida política de su tiempo, dedicó todos sus esfuerzos a componer una novela-testamento político. En ella, hubiera plasmado su visión del gran pasado de España y la promesa que encerraba su futuro. Desgraciadamente, no lo consiguió.

lograron su vida sentimental. Un primer noviazgo se deshizo por conflictos religiosos; más tarde, no pudo casarse con la mujer que amaba y tuvo que contentarse con adoptar a su propia hija. Las razones de todo esto resultan poco claras, pero sin duda se hallan relacionadas con su falta de medios personales, así como con su actuación política e intelectual. Los «días de tranquilidad, de paz, de amor y de poesía» que anheló de joven no amanecieron nunca. En suma, conviene ver en Costa a uno de los grandes reformadores del siglo XIX, de los que tantos hubo en Europa, pero su mayor preocupación no la constituían la esclavitud o la clase industrial. A él le obsesionaba el trabajador del campo, pobre, ineducado, sin defensa, sin voz; en la España del siglo XIX, y por parte de un aragonés, no sólo no es eso sorprendente, sino que es prueba de realismo. Devolver al labrador su dignidad; proporcionarle los medios para ganar un sustento justo con su trabajo; concederle la oportunidad de educarse y educar a sus hijos para que pudieran participar, sin imposiciones caciquiles, en el gobierno de su país, eso era lo que quería Costa conseguir.

Pocas veces resulta fácil describir la personalidad de un hombre. El caso de Costa no es excepción; además, él mismo no consideraba que su vida personal tuviera algún interés: «Lo que interesa de mí es lo que he hecho y lo que he escrito». Los que le trataron proporcionan testimonios encontrados; según algunos, era inflexible, grosero, soberbio y falto de realismo; según otros, que le conocían mejor, era la esencia de la cortesía, principalmente hacia las mujeres, solícito con los niños, un amigo leal y un ejemplo señero de probidad personal e intelectual. Por los acontecimientos de su vida sabemos que fue hombre de emociones normales, a menudo negadas por circunstancias que su esfuerzo no podía enderezar. Su pobreza, su mala salud (desde la adolescencia sufrió los estragos de una distrofia muscular progresiva), sus convicciones ma-

Pilar Antígone Costa Palacín, hija de Costa.

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Pero aún más ambicionaba crear en España una democracia de verdad, y ese objetivo no lo abandonó nunca. Por diversas que sean las opiniones que se han expresado sobre él, nadie ha puesto en duda ese amor a España y a los españoles, amor

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basado en un detenido estudio y conocimiento de su historia y sus instituciones sociales, las cuales él deseaba preservar, ya que veía en ellas una base firme y coherente sobre la que fundar una España moderna y europea.

EL EDUCADOR, por Gloria MEDRANO MIR

Joaquín Costa sorprende por la amplitud de temas abordados en los diversos escritos y publicaciones que nos ha dejado. La educación es uno de los que le interesan desde las etapas primeras de su manifestación intelectual. En 1864 tiene 17 años; se halla recién llegado a Huesca, donde para subsistir debe realizar trabajos de criado en casa de don Hilarión Rubio; y no es ni siquiera bachiller (se examinará de ingreso en el Instituto General y Técnico el día 15 de septiembre de 1864, pero, debido a sus dificultades económicas, no conseguirá obtener el título hasta 1869). De esta época es un escrito suyo al que él mismo se refiere como «Apuntes que yo escribía en 1864 para desahogar mi afición a la Botánica y a la Agricultura»; en él enuncia ya toda una serie de interesantes ideas educativas. En 1866, funda el Ateneo oscense con un grupo de amigos; en el discurso de inauguración también manifiesta esta misma inquietud.

con fines didácticos para los alumnos de la escuela y para todo el pueblo. Para poder comprender la importancia de estas sugerencias educativas y lo que conllevan de original y avanzado, pensemos, en relación con este último punto, que el gran introductor de la prensa en la escuela es Celestín Freinet, y lo hace alrededor de 1920.

En ambos escritos propone: —En aspectos de carácter general: • Formación integral del ser humano. • Educación popular y permanente. • Educación de la mujer. —En cuestiones de tipo didáctico: • Utilización práctica del medio como elemento educativo (colmenas, cría de animales, huerto,...). • Creación, en los pueblos, de museos, gabinete de Historia Natural,... • Publicación de un periódico escolar 6

Joaquín Costa hacia 1875.

Como artesano pensionado se traslada a París a la Exposición Universal de 1867. La experiencia francesa ejercerá una importante influencia en el joven Costa. Es fácil suponer que su inquietud formativa, que le


lleva a interesarse por todos los temas y todas las cuestiones, le conduce también hacia obras de pedagogía. En escritos posteriores, puede comprobarse que había leído a Bacon, Pestalozzi, y, con especial profundidad, a Jacotot. Se trata de un pedagogo francés que en 1830 propone un nuevo método de enseñanza; pero no es excesivamente conocido, por lo que es admisible suponer que Costa descubriese sus obras en este viaje. En 1869, publicará un comentario crítico al método de este pedagogo, proponiendo él uno nuevo. En Misión del clero en el progreso, sugiere que el sacerdote debe adquirir formación pedagógica y conocimientos de agricultura práctica para poder cumplir su misión formativa en los pueblos.

Al mismo tiempo que ha mostrado su interés teórico por estos temas, ha tenido también oportunidad de relacionarse con la práctica educativa, dando clases tanto en el Instituto de Huesca como en un centro privado en Madrid. Los días 11 y 13 de setiembre de 1869 se examina para obtener el título de maestro. En los ejercicios de sus exámenes sigue plasmándose su ideal educativo, el cual puede suponerse como propio, puesto que no ha recibido formación sistemática en Pedagogía. En efecto, a la Escuela Normal sólo acude a examinarse, no ha sido por tanto alumno de la misma; además, él mismo precisa en su Diario algo especialmente significativo al respecto: »Añádase a esto que voy a examinarme, no de lo que no comprendo, pero sí de lo que no tengo en memoria».

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Dictado correspondiente al examen de ingreso realizado por Costa, para obtener el título de maestro.

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La idea de formación integral, que constituirá una constante en su vida, aparece también en su examen, pero lo interesante es constatar que la expresa ya en estos primeros escritos, lo cual permite afirmar que supone una concepción educativa personal y no es únicamente el resultado de la influencia recibida por haber pertenecido a la Institución Libre de Enseñanza. En el ejercicio de reválida elemental, propone también sugerencias aplicables a la didáctica concreta. Pero quizás uno de los párrafos más interesantes de dicho ejercicio sea el siguiente, en el que muestra una clara anticipación de la importancia que el conocimiento psicológico del niño va a cobrar en el proceso educativo: «(...) Quieren algunos que el pavimento de la escuela tenga una inclinación de dos y tres por ciento a contar bajando desde la plataforma a fin de facilitar al profesor la vigilancia; pero aparte de que esto es ocasión de accidentes y hace perder el aplomo a los enseres, el profesor, que sabe conocer a los niños, no necesita de tan trivial auxiliar de la disciplina».

Foto: J. L. ACIN

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En este mismo año escribe El maestro y el sacerdote y Apuntes para la exposición de un método general de enseñanza. La importancia que concede a la educación queda claramente reflejada en una de las frases del primer escrito: Una sociedad que no brilla por el honor, ni por el patriotismo, ni por las virtudes, en la escuela más bien que en el Parlamento, hallará el camino de su progreso». Como estudiante de Derecho, en 1870 conoce a Francisco Giner de los Ríos, quien será su profesor, y, posteriormente —según palabras del propio Costa—, «acaso mi único amigo». En este mismo año aparece su escr:to Nueva base de educación, en el que subraya que los padres deberían recibir formación para poder llevar a cabo su delicada misión. La pobreza, que le apremiará a lo largo de su vida, le impulsa a buscar medios de subsistencia, y entre ellos se halla el de escribir para participar en premios y concursos. Ensayo sobre fomento dula educación popular corresponde a esta línea de trabajo.

Despacho de su casa de Graus.


Cuando, en 1876, Francisco Giner de los Ríos funda la Institución Libre de Enseñanza, Costa figura entre el grupo de intelectuales que forman parte de la misma. La ILE constituye, posiblemente, una de las empresas educativas más ambiciosas y significativas de la historia de la pedagogía española. Entre sus aportaciones más originales y significativas, cabe destacar: —Defensa de una formación integral del ser humano. —Utilización de sistemas metodológicos nuevos (excursiones, laboratorios, talleres, relación interpersonal,...). —Educación de la mujer. —Formación a través del ejemplo. —Cooperación del maestro y la familia. —Educación popular. —Misiones pedagógicas. Una comparación entre estos enunciados y los que hemos visto perfilarse en las sucesivas obras de Joaquín Costa justifica que afirmemos que el ilustre aragonés no se

limitó a firmar el documento de fundación, sino que aportaría interesantes ideas al proyecto educativo de la ILE. Fue durante unos años activo participante en los trabajos de la Institución como profesor, director del Boletín, director de excursiones,... En 1882, interviene en el Congreso Nacional Pedagógico, a pesar de que no estaba previsto que fuese él quien lo hiciese, sino Rafael Torres Campos. Su exposición sobre el método intuitivo es un documento de gran interés pedagógico, que contiene ideas cuya vigencia se mantiene en nuestros días. Su vocación educativa debía haber culminado con la consecución de una cátedra universitaria, pero se vio injustamente privado de ella. En 1888, abandona Madrid tras haber ganado una plaza de notario en Andalucía. Su labor se orientará ya de manera más intensa hacia el Derecho, pero su interés y sus preocupaciones educativas no desaparecerán nunca. En todos sus proyectos políticos aparecen referencias a cuestiones pedagógicas.

Graus: Convento de los Jesuitas, a cuya escuela asistió Costa.

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normales y de las universidades.

La regeneración de España pasa, para Costa, por la mejora de la calidad educativa, y dentro de ella incluye:

—Renovación metodológica. —Aumento de inversiones para educación,...

—Sueldos dignos para los maestros.

Exigencias que todavía constituyen una —Preparación adecuada del profesorado, elevando el nivel de las escuelas aspiración no alcanzada.

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Parte del examen de Reválida realizado en la Escuela Normal de Huesca.

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4. EL LITERATO, por José Carlos MAINER BAQUE La obra literaria no aporta casi nada a la gloria de Joaquín Costa. Pero, aunque las páginas que nos dejó no añadan un adarme a aquélla, algo muy significativo de su figura quedaría mutilado si no las conociéramos. Por lo pronto, desaparecería un aspecto capital de su biografía juvenil, porque a los veinti pocos años Costa quería ser escritor y dejó entre sus notas inéditas una balumba de proyectos muy ilustrativos de cuáles eran sus asuntos predilectos y de cuál era la huella que quería dejar entre sus contemporáneos; si hubiera llegado a poner por obra todo aquello, hoy sería nuestro polígrafo un raro espécimen del romanticismo tardío español, una suerte de Víctor Hugo llegado con retraso. Pero, por otro lado, aunque acabó desistiendo de esa ilusión juvenil, nunca dejó de escribir y, de hecho, volvió a hacerlo con cierta intensidad en sus años finales, compensando así sus decepciones en la acción pública. Y esa búsqueda de una compensación por la escritura tiene un extraordinario valor para entender cuáles fueron sus pasiones y sus objetivos. Y quizá también para calibrar en qué medida fueron encendidas ilusiones utópicas o cuánto, en fin, tuvieron de literario. Porque la obra creativa de Joaquín Costa es, sobre todo, un panorama de proyectos que, a menudo, no pasan de ser una nota significativa, un título apuntado o un esquema que nunca se acabaría de desarrollar. Pertenecen, por lo tanto, al limbo de lo inédito, y solamente el texto más tardío, Ultimo día del paganismo y primero de... lo mismo tiene, aunque haya quedado inconcluso, un copioso desarrollo escrito. Pese a tal cosa, son conjeturas de una obra venerable y, en su apuntada virtualidad compensatoria de otros empeños, constituyen lo que el propio Costa llamó con frase feliz la «patria de tinta», que elevó, entre congojas y apremios, como reemplazo y estímulo de aquella otra mayor, de tierras y hombres, a la que consagró su vida.

George J. G. Cheyne JOAQUIN COSTA el gran desconocido

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Uno de los libros clave para comprender a Costa.

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Costa solfa escribir las cartas en borrador, aun las más inocuas.

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Parte del ejercicio de Pedagogía, correspondiente al examen de Reválida de la Escuela Normal de Huesca.

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El inapreciable estudio bibliográfico de George Cheyne y, tras sus huellas, los muy valiosos trabajos de Agustín Sánchez Vidal reúnen cuanto sabemos de la obra literaria de Costa, a la espera de las nuevas aportaciones que el segundo tiene prometidas como continuación de su monografía Las novelas de Joaquín Costa. 1, Justo de Valdediós (Zaragoza, 1981), y su artículo Una patria de tinta: el legado novelístico de Costa en El legado de Costa (Zaragoza, 1984). Y a ellos, por tanto y en cuanto fuentes de información, se remiten las consideraciones que siguen. Nuestro autor formó parte de una generación para la que la lectura fue un ingrediente primordial en la configuración de su mundo, ya que a través de la imaginación romántica vivieron precisamente el desencanto y la frustración de la ideología política del primer liberalismo. Cheyne ha aducido recientemente un testimonio importantísimo

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sobre los primeros libros que leyó Costa, tomado de sus propias anotaciones; a tenor de lo que allí se dice, a los veinte años había devorado el Quijote, el Gil Blas de Lesage, Los mártires, Atala y René de Chateaubriand y El conde de Montecristo de Dumas, mientras que, vuelto de su estancia en París cuando la Exposición Internacional, añadió a ese equipaje De la tierra a la luna, Los ingleses en el Polo Norte y el Viaje alrededor de la luna, de entre los recentísimos 'Viajes extraordinarios» de Julio Verne. Nada resulta más revelador de un ensueño adolescente. Por eso no ha de extrañar que los primeros proyectos literarios de Costa intenten el recorrido de dos caminos: por un lado, el poema narrativo en prosa de vasta concepción histórica; por otro, la novela de anticipación científica. Lo primero venía de la musa de Chateaubriand, pero también recogía con certeza las sugestiones del historicismo romántico de Jules Miche-

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Antes de estudiar Magisterio, Costa cursó el Bachillerato en el Instituto de Huesca.

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let y quizá el influjo de los poemas filosóficos de Edgard Quinet; no obstante, poca cosa más que los títulos conservamos de Carlos VII en el trono (referido a la hipótesis del triunfo del pretendiente carlista), Hernán Cortés, Hernando o la castidad del corazón (poema al modo del René, según nos dice) y, sobre todo, El Sinaí o Los hebreos, proyecto —como los anteriores— de 1866-1870, que tuvo mucho tiempo por su obra favorita y que sería una epopeya sobre el pueblo elegido (muy ilustrativa, creo, de la dimensión voluntarista que luego adquiriría su nacionalismo).

sección de «Diversos, Títulos y Familias» del Archivo Histórico Nacional no son más explícitas...

El Ateneo madrileño, lugar de cita de Costa.

Pablo Serrano: boceto de Costa.

Más enigmática, aunque de fechas similares, es la intención de escribir unas Melodías en prosa poética, breves, que define como «estilo desconocido en España». Si narraciones épicas al modo de las anteriores escribieron Campoamor y, en cierto modo, Núñez de Arce, ¿a qué podrían parecerse las Melodías? ¿A los «poemas en prosa» de Baudelaire? ¿A las Rimas de Bécquer? ¿A las Doloras de Campoamor? Desdichadamente, las notas conservadas en la

el presente. Por los apuntes de Costa apreciamos que muchos de los rasgos de aquella nueva edad forman parte de sus obsesiones más dilectas; el concepto de una ideología universal que une lo mejor de las religiones y el desinterés de la filosofía tiene que ver, evidentemente, con sus convicciones krausistas; la imagen de un mundo armonioso y preocupado por la regulación de sus recursos hidráulicos ejemplifica una obsesión agrarista que acendraron los años.

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Algo más sabemos, sin embargo, del proyecto de novela de anticipación, El siglo XXI, que también se conserva allí y cuyas notas ocupan tres cuadernos y algunas hojas sueltas, escritas entre 1870 y 1871. El pretexto del relato se adelanta curiosamente al de Cuando el durmiente despierta de H.G. Wells: su protagonista, Justo, es enterrado vivo por error en el siglo XIX y despierta de su catalepsia en el año 2075 para incorporarse a un mundo nuevo y mejor que


Hacia 1874 —casi a la vez que Galdós publicó sus Episodios Nacionales— Costa pensó escribir unas Novelas nacionales que repasaran, a medias entre la ficción y la noticia histórica, lo que había sido la vida del país entre la mítica llegada de Aquiles a la Península y el final del trienio constitucional en 1823. Hubieran sido ocho (Aquileida, V. V. Osca, Expedición de los almogávares, Visigodos, Córdoba en el siglo X, Moros y cristianos, El siglo XVI de España y De 1812 a 1823), todas ellas inspiradas por la idea de que hay que «imprimir en la fantasía el número e importancia de los héroes y sabios y santos de la Historia Nacional» y que «nuestra Historia política, social, científica, religiosa, literaria y filosófica es desconocida». Como el propio adjetivo «nacional» indica, el objetivo es una pedagogía patriótica y liberal —nueva coincidencia con los Episodios galdosianos—, que vio más explícita en la última de las narraciones proyectadas. Porque De 1812 a 1823 fue, como ha

Portada manuscrita de uno de los cuadernos de Justo de Valdediós.

demostrado Sánchez Vidal, la matriz de un nuevo empeño, Justo de Valdediós, de cuya concepción y posibles desarrollos conservamos siete valiosos cuadernos de anotaciones entre 1874 y 1883. A través de ese personaje —significativamente homónimo del viajero del tiempo en El siglo XXI—, Costa quería presentar la dura gestación del espíritu nacionalista y liberal en la época fernandina y antes, en la guerra contra el francés. Y no deja de ser curioso que el gran espíritu liberal de nuestro siglo, Manuel Azaña, albergara (y escribiera en parte) otra empresa literaria muy parecida: su novela Fresdeval. Lo que Costa hubiera querido hacer con Justo de Valdediós todavía alcanzó, hacia 1905, una nueva transfiguración temática, al volver al terreno de la anticipación política para la concepción de Soter: este personaje —el «Salvador», en griego— hubiera sido, a mediados del tercer decenio del siglo XX, un sabio universitario, discípulo de Ramón y Cajal y de Giner de los Ríos, compañero de un nieto del personaje galdosiano Gabriel

Portada manuscrita de dos de las más conocidas novelas de Costa.

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Descripción del intelectual español según Costa.

Araceli (protagonista de la primera serie de Episodios), que, por aquellas fechas, hubiera llegado a ejercer una benéfica dictadura —otro tema muy costiano— en la España de entonces.

sio; de filosofía y religión en tiempo de crisis; de agricultura y economía en tierras de caciques, etc. Pero lo que hasta ahora hemos leído impreso no da idea cabal de la vastedad de este designio, verdadero testamento de las ilusiones costianas; muchos de Pero la indiscreta admiración de Manuel los papeles contenidos entre los documenBescós Almudévar, «Silvio Kossti», que se tos de reciente adquisición por el Estado y puso a pergeñar en 1910 El último tirano con hoy depositados en el Archivo Provincial de ánimo de recábar la colaboración de Costa, Huesca se refieren precisamente a Último hizo que éste abandonara su proyecto oridía del paganismo y primero de... lo mismo ginario. Del abandono de Soter nació Último y no será fácil pronunciarse sobre lo que día del paganismo y primero de... lo mismo, pudo ser el relato hasta que no se evalúen novela arqueológica que se publicó fragdebidamente. Su magnitud acredita, sin emmentariamente en la revista «La España Mobargo, como casi todo lo dicho, que también derna», 1910, y con más extensión en 1917 en literatura Costa fue hombre de más ánicomo volumen XIV de la Biblioteca Costa al mo que fuerzas, de más ambición que forcuidado de su hermano Tomás. tuna; quizá sea este aspecto de su vida el Su autor quiso hablar en ella de la soli- que mejor se acomode a aquel remoquete taria pasión nacional de un hispanorromano, que, con más cariño que otra cosa, le coloNumisio, en los años del emperador Teodo- có Ciges Aparicio: «el gran fracasado». 16


5. EL JURISCONSULTO, por Jesús DELGADO ECHEVERRÍA Costa fue, en su vida adulta, un profesional del Derecho. Estudió la carrera de Derecho en Madrid, pensando que éste era el paso obligado para la actividad política. En la Facultad conoció a la persona que más había de influir en su pensamiento jurídico, el krausista Giner de los Ríos. Luego veremos cómo Costa aúna con originalidad las enseñanzas recibidas de los libros con su experiencia personal sobre una forma de vivir el Derecho, la característica del Altoaragón. Tan pronto como su vocación de profesor universitario se ve definitivamente contrariada por el ambiente hostil que la Restauración hace triunfar en la Universidad, consigue plaza de «Oficial letrado de la Administración económica», como forma de ganarse la vida. Abrirá luego despacho de abogado, profesión que alternará, previa oposición, con la de notario. No fue nunca un miembro convencionalmente brillante y triunfador en estas profesiones, que parecen haber sido para él, más que otra cosa, medio de ganarse el pan —siempre con estrecheces—, mientras dedica lo más de su tiempo al estudio y a la política. Pero es importante subrayar la formación y profesión jurídicas de Joaquín Costa, al menos por estas razones: a) El profesional del Derecho es todavía, en la España del siglo XIX, el único experto en ciencias sociales. El jurista no es todavía un especialista en la aplicación de las leyes, sino conocedor genérico del Estado, la sociedad, la economía, la política y la historia. En mi opinión, Ccsta mantiene a lo largo de toda su vida una visión del mundo a través de los conceptos jurídicos; todo lo ve coloreado a través de las gafas del jurista. No es, simplemente, un caso exacerbado de deformación profesional, sino que, en su empeño de construcción coherente de todos los conocimientos que (de la forma más apasionada, pero asimismo desordenada y sin guía) va adquiriendo en sus lecturas, no encuentra otros esquemas ni conceptos que

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Borrador de carta dirigida por Costa a Ortega y Gasset (1906).

los jurídicos -los únicos que ha aprendido con cierto orden y sistema- para unificar el ingente montón de datos que llegó a tener en la cabeza.

b) La mayor parte de sus libros versan sobre Derecho. Sin duda, esto es así si atendemos a la amplia concepción que del Derecho se tenía en su época. La progresiva especialización científica y académica hace ver a Costa todavía más diverso y polifacético de lo que fue a ojos de sus coetáneos. Antes de pasar a la que parece aportación fundamental de Costa en el campo del Derecho (muy especialmente, del Derecho aragonés), conviene aludir a dos grupos de obras sobre Derecho que Costa produjo a lo largo de su vida: 18

a) En primer lugar, trabajos relacionados muy directamente con su profesión de abogado y notario (compatibles entonces). Así, como consecuencia del sonado pleito de La Solana, en que pretendió restituir a un pueblo el patrimonio que, en su opinión, unos sacerdotes ejecutores testamentarios y luego la jerarquía de la iglesia católica le sustraían en contra de la voluntad del testador, publicó Fideicomisos y albaceazgos de confianza y sus relaciones con el Código civil español (1905). La reflexión crítica sobre su profesión de notario le llevó a formular propuestas de reforma del notariado y, por extensión, de la judicatura y del Registro de la Propiedad, en títulos como Reorganización del Notariado,


del Registro de la Propiedad y de la Administración de Justicia y Reforma de la fe pública. b) En segundo lugar, las obras más teóricas, de Filosofía del Derecho (en un sentido bastante impreciso), en derredor de la costumbre jurídica. Son las más académicas —La vida del Derecho ganó un premio en la Universidad de Madrid; la Teoría del hecho jurídico individual y social es, en cierto modo, reelaboración y ampliación de los mismos temas por nuevos derroteros—, aunque la desbordante facundia del autor no se detiene en los límites de ninguna especialización científica. En la primera, su fidelidad a los postulados krausistas recien-

gación o agitación, incluida la dictadura tutelar (claro antecedente del cirujano de hierro) y la revolución (inevitable, dice, cuando la ley, por no acomodarse a la costumbre, comprime la vida). De ellos deriva también su conocido discurso de 1901 sobre El problema de la ignorancia del Derecho. Cuando Costa publica, en 1880, Derecho consuetudinario del Alto Aragón —si h ubiera que salvar una sola de sus obras, me inclinaría sin dudar por ésta—, generaliza para el lector del prólogo lo que había sido para él una experiencia personal: la conveniencia, «después de haber oído en las aulas a Krause y Taperelli, de estudiar la filosofía del derecho que enseñan en sus hechos los

VOLUMEN IV

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TEORÍA

HEC1-10 JURÍDICO INDIVIDUAL Y SOCIAL POR

JOAQUIN COSTA

SEGUNDA

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temente aprendidos es mayor; en la segunda, se añaden las últimas novedades del positivismo. Son estos libros extensos —aun presentados como parte de un tratado de Derecho consuetudinario nunca compuesto— y, a menudo, farragosos. Pero se hallan en ellos, en su formulación más general, muchas de las ideas luego utilizadas por el mismo Costa en discursos políticos o escritos de divul-

rudos montañeses del Pirineo». Las costumbres jurídicas y el Derecho vivido en la casa rural tradicional aragonesa le eran conocidos antes de comenzar sus estudios en Madrid (donde no es de creer que en la Universidad se supiera de su existencia), y encuentra digno acomodo intelectual para ellos en las teorizaciones krausistas sobre el Estado individual y los Estados intermedios entre éste y el Estado social y superior. 19


cial conocimiento ni mucho menos aprecio por el Derecho consuetudinario; ni entendían la regla Standum est chartae ("hay que estar a lo pactado por escrito", podríamos traducir) de la manera que indica Costa. De hecho, en el importante Congreso de Jurisconsultos aragoneses, celebrado en Zaragoza en 1880 con intención de preparar un Código de Derecho civil de Aragón —cuyos trabajos nos son hoy conocidos casi exclusivamente por un libro suyo, con el título de La libertad civil y el Congreso de Jurisconsultos—, fue la suya la voz vehemente que acabó convenciendo a muchos de los más influyentes foralistas de la época de la im-

Su ideal jurídico de libertad civil lo encuentra realizado en el Derecho aragonés: «El ciudadano debe ser libre para elevar a categoría de ley individual propia una u otra de las leyes generales admitidas en el Código, o para derogarlas todas con relación a sí, dándose Derecho nuevo. Hace ya siglos que la legislación aragonesa proclamó este principio, que es hoy nuestro ideal: "de Foro stamus chartae"; y el pueblo sabe mantenerlo vivo en sus costumbres». Lo curioso es que los juristas aragoneses de la época no solían admitir el valor de la costumbre contra ley, ni mostraban espe-

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Borrador de un discurso de Costa sobre el terrorismo, expuesto en Madrid en 1908.

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portancia central del pacto y de la costumbre en el Derecho aragonés, en forma que hoy nadie discute en lo sustancial. El Derecho aragonés, en este punto fundamental, no es del todo comprensible sin Costa; como no es del todo comprensible el pensamiento jurídico de Costa, en tema tan esencial como la libertad civil, sin tener en cuenta el Derecho aragonés. Obraba, pues, en justicia, Gil Berges al reconocer, en su Exposición de motivos al Proyecto de Apéndice correspondiente al

de obligar cuando no sea contraria a las normas imperativas o prohibitivas aplicables en Aragón»; mientras que el art. 3? enuncia el principio de libertad civil: «Conforme al principio standum est chartae, se estará, en juicio y fuera de él, a la voluntad de los otorgantes, expresada en pactos y disposiciones, siempre que no resulte de imposible cumplimiento o sea contraria a norma imperativa aplicable en Aragón». Hay artículos de la Compilación para los que la bibliografía fundamental y casi única

Fotografía y firma de Joaquín Costa.

Derecho civil de Aragón (1904), que a Joaquín Costa «sobraban títulos para reivindicar la propiedad de grandísima porción del Proyecto»; y, por lo mismo, de la vigente Compilación del Derecho civil de Aragón (1967) que nuestras Cortes han incorporado al Ordenamiento autonómico y modificado en 1985. En efecto, en el primer artículo de ésta se cuenta a la costumbre entre las fuentes del Derecho, costumbre que «tendrá fuerza

sigue siendo la obra de Costa sobre Derecho consuetudinario. Por ejemplo, el que se limita a disponer que «cuando las estipulaciones hagan referencia a instituciones familiares consuetudinarias, tales como "hermandad llana", "agermanamiento" o "casamiento al más vivente", "casamiento en casa", "casamiento a sobre bienes", "consorcio universal o juntar dos casas", "acogimiento" y "dación personal", se estará a lo pactado y se interpretarán aquéllas con arreglo a la costumbre y usos locales». Costumbres y usos que Costa recopiló, ejemplarmente, en obra que los estudiosos posteriores no hemos hecho al efecto, por lo regular, más que transcribir. 21


6. EL ECONOMISTA, por Eloy FERNÁNDEZ CLEMENTE Sin duda por su origen —procede de una familia de pequeños campesinos—, y quizá también al constatar el gran retraso que España lleva respecto a Francia en su estancia de 1867 en la Exposición Universal de París, tiene Costa una clara visión de la importancia de la economía como motor de la transformación de su país. Apenas con 26 años, y recién terminadas sus carreras de Derecho y Letras, pensó en ser catedrático de Economía —disciplina entonces impartida en las facultades de Derecho—; si las materias estrictamente jurídicas le ocuparon la mayor parte del tiempo y sobre ellas publicó varios de sus principales libros, no olvidó nunca los temas económicos, que conocía bien. Una de sus grandes preocupaciones económicas fue, particularmente en la década 1876-1885, la de la olvidada colonización de África. Sus escritos africanistas, sus encendidos mítines abolicionistas, su estudio sobre El comercio español y la cuestión de África, su participación en el Congreso Español de Geografía Colonial y Mercantil (1883) y, sobre todo, su dirección de la «Revista de Geografía Comercial» (1885-1887), dan buena prueba de ello. Costa inspira y dirige las campañas de Iradier y Montes de Oca, insiste en la ocupación de Sahara, Ifni y Guinea, primero, y, más tarde, en la racional gestión del protectorado de Marruecos, destacando siempre su visión comercial, pero sin olvidar la defensa de los derechos humanos y la promoción cultural y social de los naturales de esas tierras. Para todo ello, pone el acento en la necesidad de una fuerte marina mercante y una política internacional que devuelva a España el prestigio de otros tiempos. Otro de los grandes temas de Costa es el desarrollo de la agricultura, planteado desde sus primeros escritos sobre Agricultura armónica (1877); luego, destacadamente, en sus importantes discursos en los Congresos de Agricultores y Ganaderos (Madrid, 1880 y 1881) y en las grandes cam22

pañas de la Cámara Agraria del Alto Aragón (a partir de 1892), en que organiza a los agricultores de su patria chica en lucha por los regadíos. Es la época de la gran crisis agrícola y pecuaria —la gran competencia de los cereales y carnes traídos en buques de vapor o por ferrocarril desde lejanos países, a precios bajos, hunde los precios del mercado español, lo que se agudiza en el caso de La Litera o La Ribagorza, con muchos años de malas cosechas—, y Costa vive el problema con especial sensibilidad.

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Costa fue impulsor y director de la «Revista de Geografía Comercial».

En esos años, y tanto en los acontecimientos citados como en sus acciones por conseguir la terminación del canal de La Litera a cargo del Estado, elabora Costa los principios de su Política Hidráulica. Los textos, de gran interés teórico y belleza literaria, serán recogidos en 1911 bajo ese título, poco después de su muerte. El subtítulo es muy ilustrativo: Misión social de los riegos en España. En efecto, preocupa a Cos-


ta, no sólo mitigar la sed de las tierras, sino establecer cultivos más productivos y mejorar la condición de los jornaleros y pequeños campesinos.

Pardo, declarado discípulo de Costa, impulsará esos sueños, si bien hasta nuestra época no se han terminado los grandes canales y embalses.

Quiere Costa extender los prados y hacer compatibles una rica ganadería con una próspera agricultura; reducir el terreno del trigo, pero aumentar sus rendimientos con abonos; repoblar de árboles los montes y aumentar de frutales las vegas; promover el cultivo de forrajes y plantas industriales,... Su sueño contempla un Aragón verde, lleno de ciudades, de fábricas agroalimentarias, de ferrocarriles y carreteras que faciliten la exportación, repoblado y con emigrantes que regresan porque ya abunda el trabajo y el alimento barato para todos.

Entre sus muchos libros, sin duda la gran obra económica de Costa —y posiblemente la más importante y sistemática de todas las suyas— es Colectivismo agrario en España (1898). En una primera parte, excelentemente documentada, resume las principales doctrinas desde el Renacimiento, pasando por los teóricos del siglo XVII (G. de Cellorigo, Caxa de Leruela,...), la Ilustración (Aranda, Campomanes, Jovellanos), hasta los planteamientos políticos del siglo XIX y las teorías de Flórez Estrada. Constituye una magnífica monografía de his-

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Embalse de J. Costa, cerca de Graos.

Consiguió, sí, ver terminado el canal de Tamarite (asumido por el Estado en 1896, se inauguró diez años más tarde), y sus ideas inspiraron el famoso Plan Gasset (1902) de obras hidráulicas. Pero éstas fueron muy despacio y, tras su muerte, recibirán nuevo impulso en el Congreso Nacional de Riegos (Zaragoza, 1913) celebrado bajo su recuerdo, y en el Plan de Riegos del Alto Aragón (1915), que finalmente sería también asumido por el Estado, si bien hasta la dictadura de Primo de Rivera no se impulsan las grandes obras: la Confederación Hidrográfica del Ebro (1926) dirigida por Manuel Lorenzo

toria del pensamiento económico, en relación con un tema tan interesante como el de la explotación colectiva del campo, en sus diversas facetas. En la segunda parte de esa gran obra, se ocupa de los hechos, aportando una gran cantidad de fuentes y documentos sobre actuaciones colectivistas en toda España: acotamientos de tierras de labor, de pastos comunes, cotos fijos a censo público, tierras patrimoniales de la municipalidad o del vecindario, sorteos de tierras comunales, formas diversas de explotación de dichas tierras,... Costa protesta airadamente por el abuso realizado en las desa23


mortizaciones, al haber arrebatado a muchos municipios sus tierras comunales, dejando en extrema pobreza a sus gentes más necesitadas y anulando esas viejas formas agrarias colectivas.

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En expresión de Costa —que sigue en ello al célebre norteamericano Henry George—, el «colectivismo agrario» respeta la propiedad privada de los medios de producción, excepto en el caso de la tierra, ya que «la propiedad individual no puede legítimamente recaer sino sobre bienes que sean producto del trabajo individual; la tierra es obra exclusiva de la naturaleza; por consiguiente, no es susceptible de apropiación». En ese mismo año de 1898 se produce el Desastre, la derrota en la guerra con los Estados Unidos y, de ahí, la pérdida de las 24

últimas tierras de América (Cuba y Puerto Rico) y de las Filipinas. El acontecimiento supone un revulsivo de la conciencia nacional y, mientras los grandes escritores de la generación del 98 proponen fórmulas culturales y espirituales, Costa encabeza un gran movimiento regeneracionista que propone europeizar España, acercarnos a los grandes países industriales a través de la educación y el desarrollo económico: es la célebre fórmula de «escuela y despensa». En 1902, resume sus ideas económicas en una serie de propuestas: cambio radical en la aplicación y dirección de los recursos y energías nacionales (presupuesto volcado en educación, colonización interior, obras hidráulicas, repoblación forestal, investigación científica,...); abaratamiento rápido del pan y de la carne, aumentando la productividad y favoreciendo el crédito agrícola; mejoramiento de los caminos de herradura; suministro de tierra cultivable, con calidad de posesión perpetua y de inalienable a los que la trabajan y no la tienen propia; legislación social (contrato de trabajo, seguro social, cajas de retiro); sanear y europeizar nuestra moneda, mediante la europeización de la agricultura, de la minería y del comercio,... Para Costa, europeizar es sinónimo de realización científica, racional, eficaz, honesta. Y, como vemos, no piensa sólo en un crecimiento económico, sino también en una situación más justa; ahí están sus estudios muy tempranos sobre cómo proporcionar habitaciones de alquiler barato para los obreros, sobre las pensiones para la vejez, la jornada legal de ocho horas o la dura crítica al hambre de La Litera, muchas de esas páginas recogidas luego en el tomo La tierra y la cuestión social. Y es que Costa postula que ya es hora de poner en práctica una política para la blusa y el calzón corto, es decir, para el pequeño campesino y el jornalero; llega a afirmar que «si los trabajadores, trabajando hasta el agotamiento, no pueden vivir, para qué quieren la patria, ni qué puede importarles el orden social». Es posible que Costa, desde el punto de vista teórico, desatendiera las circunstan-


cias del mercado, proponiendo un simple crecimiento de la oferta, que no siempre encuentra demanda; que se quedara en una postura de tímido reformismo, sin plantear cambios estructurales, profundos, en la propiedad de la tierra; que apenas se planteara los grandes problemas de la industrializa-

Foto: J. L. ACiN

ción y del movimiento obrero (aunque al final de su vida no oculta sus simpatías por el socialismo de Pablo Iglesias); pero, sin duda, muchas de sus propuestas han constituido un gran motor moral a lo largo de todo el siglo XX.

Graus: monumento a Costa.

7. EL POLÍTICO, por Carlos FORCADELL ALVAREZ La dimensión política de la vida y obra de una persona es inseparable del conjunto de sus formulaciones intelectuales, actuaciones ideológicas,... Precisamente uno de los rasgos que más distingue a Joaquín Costa de las élites intelectuales de su tiempo (regeneracionistas, hombres de la Institución Libre de Enseñanza, generación del 98) es su decidida voluntad de descender al terreno de la política y de configurar, de modo coherente con sus elaboraciones ideológicas y programáticas, organizaciones políticas

que intentaran socializar y colectivizar sus análisis y propuestas, llevándolas a la realidad del Estado y de la política. Acertadamente, J. Fontana recuerda en el prólogo a la biografía de Cheyne una expresión del propio Costa, en la que éste afirmaba que no había en él »una pulgada que no exhiba la señal de una herradura», porque entendió la necesidad de actuar políticamente para hacer operativas sus propuestas y para que sus críticas al sistema social 25


y político de la España de la Restauración no quedaran reducidas a un ejercicio intelectual de carácter individual. Costa inicia sus empresas políticas creando organizaciones específicas y presentándose a las elecciones tardíamente, a comienzos de la década de 1890, cumplidos ya sus 45 años. Sus análisis de la realidad española y sus propuestas de actuación sobre la misma se hallan ya, por tanto, suficientemente elaboradas; de lo que se trata ahora es de llevarlas a la práctica. Los fundamentos de los análisis costistas se construyen a partir de una crítica del desarrollo histórico del liberalismo español que ha llevado hasta la concreta estructura económica y política de la España de la Restauración. Esta crítica posee una dimensión económica y social dirigida contra el proceso desamortizador, contra el atraso de la agricultura española, contra el mantenimiento y consolidación de una oligarquía terrateniente a costa de la miseria del pequeño campesinado y de unas desigualdades sociales muy acusadas...; queda muy bien reflejada en obras como Colectivismo agrario en España. La otra dimensión de esta crítica es estrictamente política y va dirigida contra el funcionamiento político del Estado de la Restauración, contra los partidos del sistema, contra el falseamiento de las elecciones y, consecuentemente, contra el parlamentarismo surgido de las manipulaciones electorales al uso; adquirirá resonancia nacional cuando la exprese en su Oligarquía y Caciquismo como la forma actual de gobierno en España. Partiendo de estas posiciones críticas, Costa no podía vincularse a ninguno de los partidos del sistema (Conservador y Liberal) ni a las organizaciones nacientes de un movimiento obrero del que se sentía alejado. Como los dos tercios de la población activa española estaban ocupados en el trabajo agrícola y, además, venían sufriendo las consecuencias de una grave crisis agraria desde la década de 1880, Costa se va a dirigir en primer lugar al pequeño y mediano 26

campesinado parcelario. Y lo va a hacer desde su patria chica —retirado a Graus en 1890—, creando en 1891 la Liga de Contribuyentes de Ribagorza, dirigida por él y por su pariente Salamero, que pronto, en 1892, amplía su ámbito, convirtiéndose en la Cámara Agrícola del Alto Aragón, organismo a través del cual se canalizan las campañas políticas costistas durante la última década del siglo XIX. Costa explica los motivos de la fundación de ambas organizaciones con estas palabras: «Fundé la Cámara Agrícola en la esperanza de que se agrupasen en torno a ella todos los hombres de buena voluntad para trabajar en bien del país, fomentando sus intereses permanentes y dejando de lado tantas monsergas sonoras (libertad, orden, etc.) con que se nos viene engañando hace medio siglo». La Liga y la Cámara se ocuparon en el plano comarcal del tema del canal de Tamarite o de Sobrarbe, y con su apoyo y bajo la denominación de candidato «agrario» se presentó Joaquín Costa por primera vez a las elecciones, en 1896 por el distrito de Barbastro; fue derrotado por la organización caciquil local y, años más tarde, todavía bramaba apocalípticamente recordando ésta su primera experiencia electoral: «Tengo roto todo el vínculo moral con la más cobarde, la más demente y la más desgraciada de las provincias españolas...». Tras esta derrota, sigue como presidente de la Cámara Agrícola del Alto Aragón; refuerza su desconfianza en el sistema político, e intensifica sus campañas, agravada la situación política española ante la proximidad del desastre de 1898. Los manifiestos de la Cámara implican un programa de dimensiones claramente nacionales; el más resonante es el que suscribe en 1898 como Mensaje y programa de la Cámara Agrícola del Alto Aragón, articulado en torno a una serie de puntos que van de la construcción de regadíos a la transformación de una agri-


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Barbastro: mitin de Costa, organizado por la Cámara Agrícola del Alto Aragón. cultura y una economía españolas que debían concurrir competitivamente en los mercados exteriores; de la autonomía municipal a la suspensión de las ventas de bienes de propios,... Tras 1898, ve nítidamente la necesidad de configurar un partido político, al que define como un «partido nacional», un «partido regenerador, con sus periódicos, sus comités y sus asambleas, con un programa desarrollado y gacetable», cuyo objetivo habría de ser: «reclamar su inmediata realización de los gobiernos que se formen de los demás partidos (...), y en caso de que se nieguen o que lo demoren, reclamar el poder en la misma forma que ellos y con igual derecho cuando menos». Consecuentemente con este proyecto, el manifiesto de 1898 es enviado a las Cámaras Agrícolas de toda la nación, a las Cámaras de Comercio, centros de labradores,... convocando a todas estas organizaciones a una asamblea nacional. En efecto, en febre-

ro de 1899 se reúne en Zaragoza una asamblea de organizaciones de la que surge la Liga Nacional de Productores, cuyo presidente va a ser Costa, al igual que su programa va a ser el costista. Esta organización se dota de una revista, la «Revista Nacional», y los principales manifiestos y artículos de Costa son recogidos en el libro Reconstitución y europeización de España (1901). En 1900, se reúne en Valladolid una Asamblea de Cámaras de Comercio, dirigida por Santiago Alba y por Basilio Paraíso; ésta adopta un programa muy semejante al de la Asamblea de Zaragoza del año anterior inspirada por Costa, organizándose como Unión Nacional y siendo invitada la Liga Nacional de Productores y su presidente a sumarse al movimiento, cosa que hicieron. La fusión de ambas organizaciones dio lugar a un poderoso movimiento que infundió esperanzas a un vasto sector de la vida nacional, manteniendo siempre su referencia a las «clases neutras» y su carácter corporativo y de grupo de presión actuante en la vida política. El fracaso de la Unión Na27


cional provino de su impotencia para convertirse en un verdadero movimiento político. Fracasada esta empresa, Costa se aproximó a aquellos grupos políticos que mejor podían representar los intereses de unas capas medias, campesinas o urbanas, es decir, a los republicanos. Fue propuesto como candidato por la Unión Republicana en las elecciones de 1903 por Madrid, Zaragoza y Gerona; ganó el acta, pero se negó a pisar el Congreso de los Diputados, considerando que el sistema político era una farsa. Políticamente, Costa actuó contra la oligarquía terrateniente y contra el pseudoparlamentarismo que le servía de instrumento de gobierno, pero recelaba a la vez de las nacientes organizaciones políticas o sindica-

les de los trabajadores. Las empresas políticas costistas intentaban articular una respuesta de las «clases medias» de carácter reformador, que mejorara las condiciones económicas y sociales de la nación e impidiera el enfrentamiento directo entre el bloque de poder y las organizaciones obreras y populares, democratizando sin conflicto el Estado. Costa identifica dramáticamente su propio fracaso político con el fracaso de la sociedad española, entreviendo proféticamente las posibilidades de que en la sociedad española se reprodujera el ciclo de las guerras civiles del siglo XIX, al quedar frente a frente la oligarquía y su viciado parlamentarismo y un proletariado amenazante que nada debía al liberalismo.

8. EL ANTROPÓLOGO, por Fermín DEL PINO DÍAZ Al público aragonés puede parecerle normal que un nuevo costista como yo le brinde una nueva calificación elogiosa al gran polígrafo español, de quien está acostumbrado a oír los más variados juicios positivos. Eso no tendría nada de extraordinario para el público aragonés ni tampoco para el corto número existente de historiadores de la antropología española, que conoce los muchos servicios prestados por Costa a su disciplina, como intentaremos mostrar a continuación. Pero todavía puede que constituya una cierta novedad para los costistas, acostumbrados a valorar la obra de Costa desde otros campos disciplinares más tradicionales en España (historia, sociología, economía, literatura, derecho,...). Aunque no es de mi competencia definir la adscripción disciplinar de Costa, parece útil recordar que su formación principal, y la que condicionó su modo de vida y su pensamiento, era fundamentalmente jurídica. Recientemente nos lo han recordado costistas tan reconocidos como Gil Cremades o Delgado Echeverría, con la pretensión de 28

Costa visto por Fresno (ABC, 23.5.1908).


calar en la lógica genuina de Costa. Ambos representan una larga lista de abogados interesados por la obra sociológica de su colega, caracterizada por el estudio positivo de las costumbres y el derecho vivo de las comunidades hispánicas. Lo que yo pretendo es que la llamada «sociología jurídica» de Costa, según la terminología usual de los juristas que lo estudian, es —hablando con propiedad— «antropología social» o etnografía jurídica. De hecho, ya lo consideraron así discípulos lejanos suyos como Carreras Artau o Luis de Hoyos, cuando le dedicaban trabajos etnográficos estrictamente profesionales, en 1917. Pero, todavía en vida de Costa, lo señalaba de modo explícito Rafael Altamira, tan temprano como en 1892, a propósito del método positivo que ha de utilizarse en los estudios sobre la costumbre jurídica: «Sin duda, que el tipo perfecto del hombre científico sería el de aquél que buscase por sí propio el material de observación —como el botánico busca por valles y montañas las plantas— y lo trabajase luego en el laboratorio (...) El medio es bien fácil: los viajes, las ex-

Última fotografía conocida de Costa.

cursiones, la residencia por algún tiempo en el círculo donde se producen, como acostumbran a hacer los folkloristas, y como han hecho: Laveleye, con relación a los usos comunistas de Suiza y Alemania; Bogisic, con las costumbres civiles de los montenegrinos; Costa, con las de los montañeses del Alto Aragón, y los alumnos de muchas universidades norteamericanas, con las instituciones de carácter local de sus respectivos puntos de origen. En esto hay que seguir absolutamente el mismo procedimiento que han seguido los viajeros para estudiar las costumbres de los pueblos salvajes, considerando que en muchos respectos, y por bajo de una apariencia contraria, desconocemos tanto o más la vida real de la gran masa de los pueblos cultos e inmediatos a nosotros, que la de los atrasados y lejanos».1

Estas frases se deben a un joven de 26 años, que acaba de realizar su tesis doctoral sobre la propiedad comunal a lo largo de la historia mundial, bajo la dirección de Azcárate y de Costa. Seguramente podamos afirmar de Altamira que se trata del discípulo más directo de Costa en estas labores de etnografía jurídica. A lo largo de esa década elaborará varios informes etnográficos sobre la huerta alicantina (su tierra natal), y en la siguiente, iniciará a sus alumnos universitarios de Oviedo en el estudio de las costumbres civiles y la economía popular asturiana. Cuando dedique su vida a los temas americanos, a partir de 1910, retornará a los estudios histórico-jurídicos en que le iniciara Costa, extendiendo su influencia a las universidades hispanoamericanas. En los trabajos de Altamira se conserva siempre el espíritu positivo y pragmático de su maestro, cuyo nivel científico superior siempre destacó. Así, por ejemplo, en la necrología de 1912 lo comparaba con el sociólogo-antropólogo inglés Herbert Spencer, entonces en boga, pidiendo que nadie «viese en esto ninguna exageración de discípulo». Del mismo modo lo calificaba el catedrático de sociología política Adolfo Posada, cuando comentaba su famoso Colectivismo agrario en España como trabajo con 29


«valor no excedido por los mejores estudios de los Hinojosa y Menéndez Pelayo, en España, ni por las mejores obras del mismo género publicadas en el extranjero»2 . Aunque lo dejase inédito, luego se sabría que don Eduardo de Hinojosa pensaba de esta obra cumbre de Costa que en ella «corren parejas... la solidez de la investigación, la grandiosidad del plan y el arte de la exposición».

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L'enterro del gran aragonés

rativo» (asociando, por ejemplo, a los iberos antiguos con los bereberes actuales, lograba reconstruir hipotéticamente las instituciones desconocidas de unos con las conocidas de los otros). Es sabido que éste era un procedimiento habitual en Europa, en manos de abogados como Maine, McLennan, Bachofen, Kovalewski, Morgan..., quienes, para construir la historia de la humanidad, se valían de los datos ofrecidos por el antiguo derecho romano o hallados en excavaciones arqueológicas, combinados según ciertas reglas con los informes reunidos sobre pueblos no europeos por viajeros ilustrados y con las costumbres sobrevivientes en los aldeanos europeos. Recordemos, al respecto, el panorama descrito por Altamira en 1892 para el trabajo desempeñado por los juristas, en estrecho cotejo con botánicos, folkloristas y viajeros a países exóticos. Lo que no es tan sabido entre los costistas es que este procedimiento de «historia conjetural» (practicado por estos abogados decimonónicos y por otros hombres ilustres como Lubbock o Tylor) ha sido creado por la escuela evolucionista de antropólogos sociales, considerada hoy la generación fundacional de esta disciplina. De este modo, Joaquín Costa debe ser clasificado en este grupo clásico, como efectivamente lo ha hecho ya el exiliado español Ángel Palerm dentro de su conocida antología3.

Según «Picarol», dos obreros comentan: —¿Sabes por qué levantan tanto ahora a este hombre?» —«Sí, porque ha muerto.»

Ya es casi un tópico entre los juristas estudiosos de Costa (Altamira, Hinojosa, Posada, García Gallo, Cremades, Delgado,...) el que, a pesar de la abundancia de datos históricos por él manejados, en realidad se convertían en obra socio-jurídica gracias al esquema orgánico en que los encajaba como piezas de un cuerpo, inventando aquéllas de que no tenía constancia histórica con ayuda del famoso «método compa30

Toda esta generación de abogados se había dedicado al estudio de las formas antiguas de propiedad y parentesco, temas obligados del derecho civil que, a partir de ese momento, forman el contenido tradicional de la antropología social. Desde entonces se ha estudiado también el curioso proceso histórico que hace evolucionar estos dos aspectos culturales de modo concomitante; ello ha permitido construir esquemas evolutivos supuestamente válidos para toda la humanidad (matriarcado, patriarcado, exogamia, endogamia, ...). En general, el género humano habría evolucionado desde una situación de propiedad colectiva y matrimonio promiscuo


hasta otra actual de propiedad privada y familia monógama; algunas instituciones arcaicas se conservarían aún entre algunos pueblos exóticos y entre algunas comunidades aldeanas. Así, también existirían entre pueblos evolucionados algunas instituciones arcaicas («supervivencias»), estudiables a través de tradiciones orales, debido a la capacidad de pervivencia de la lengua. El estudio de estas supervivencias explicaría asimismo costumbres arcaicas y ayudaría a comprender las diferencias culturales actuales, seguramente apoyadas en su funcionalidad ecológica, económica, ...

Joaquín Costa pertenecería a esta generación de abogados europeos, generalmente formados en derecho romano y ligados a tareas de investigación relacionadas con la codificación civil a que asiste Occidente desde mediados del siglo XIX; en gran parte, movidos por afanes románticos de identidad regionalista (algunos de ellos —Grimm, Savigny, Bachofen, Milá y Fontanals, Wundt, Lazarus,...— practicaron también la literatura comparada). Joaquín Costa hizo un doble doctorado en Derecho y en Filosofía y Letras, y acometió obras de doble enfoque jurídico-literario,

HERALDO DE ARAGON PERIÓDICO INDEPENDIENTE DOS EDICIONES DIARIAS

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EdicianeN especlalm Nena Nay. y Illo¡a

Zarenza—tueros 9 Febrero de 1911

Socladoll

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LA MUERTE DE DON JOAQUIN COSTA g

Aragón por Costa

o La obra política de Costa

o

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como su Poesía Popular (1876), no dejando de servirse de argumentos filológicos en sus estudios de derecho consuetudinario e historia del derecho hispano. A finales de siglo, dio a luz su conocida antología Derecho consuetudinario y Economía Popular de España, que reunía más de una docena de ensayos etnográficos sobre todas las provincias españolas. Se enfatizaban en ella las formas de vida mantenidas en el área rural, y, aunque se subrayaba su diferencia respecto del derecho común, sin embargo se constataba su distintivo arcaísmo colectivista. Consecuencia directa de esta amplia gama de estudios es su famoso Colectivismo agrario en España. Doctrinas y hechos (Madrid, 1898). Además de estos anteriores, promovió a través de la Academia de Ciencias Morales un concurso anual (1898-1918), que premió veintidós obras, las cuales fueron publicándose (1900-1921) hasta pasar de 5000 páginas. Esta labor suya se vio acompañada con la publicación de trabajos de menor extensión en revistas nacionales como el «Boletín de la Institución Libre» o la «Revista General de Legislación». Por iniciativa suya, el Ateneo madrileño promovió una encuesta sobre Oligarquía y Caciquismo (1901) y otra sobre Costumbres populares de nacimiento, matrimonio y muerte (1902, dirigida por la sección de ciencias morales del Ateneo), que obtuvieron un eco popular insospechado. Como consecuencia de esta cota de re-

«Las Forcas», lugar donde Costa quería ser enterrado. Éste era el panorama que se divisaba desde su casa de Graus.

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sultados, se explica que la necrología de Altamira le reconociese haber promovido «una literatura que, en ese aspecto realista, apenas tiene igual en el mundo». Nada tiene de extraño que la Junta de Ampliación de Estudios, constituida en 1907 bajo la presidencia de Ramón y Cajal (premio Nobel del año anterior) con los mejores nombres españoles, le propusiese como vocal en 1907 mismo, y profesor del Centro de Estudios Históricos en 1910 para un curso especializado de derecho consuetudinario. De este modo, yo puedo tenerle por mi antecesor y puedo suscribir una dedicatoria parecida a la de Luis de Hoyos al frente de su conocido manual etnográfico: «A la memoria de Joaquín Costa, el más profundo y original investigador del pueblo español»4.

1. ALTAMIRA , Rafael, El método positivo en el derecho civil, en La nueva ciencia jurídica, Antropología. Sociología, tomo I, 1892, pp. 132-133. 2. «Boletín de la Institución Libre de Enseñanza» (Madrid, 1899), 476, p. 152. 3. Historia de la Etnología. II Los evolucionistas, Instituto Nacional de Antropología e Historia, México, 1976. A ello dedica el apartado IV, titulado «Juristas y Etnólogos». 4. ARANZADI, T. de y Hoyos SÁINZ, L. de, Etnografía. Sus bases, métodos y aplicaciones a España. Madrid, 1917, p. 127.


TÍTULOS DE LA SERIE La siguiente no es una relación cerrada. No obstante, para dar una idea global de su contenido, se indican algunos de los títulos previstos, sin orden de prelación, excepto para los ya publicados o los de inminente aparición. 1. 2. 3. 4. 5.* 6. 7.

El monasterio dúplice de Sigena Nuestros árboles La Laguna de Sariñena, lugar de encuentro Los Museos altoaragoneses Guía Monumental y Artística de Serrablo Las aves acuáticas del Altoaragón ¿Por qué fue importante Costa?

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Roda de lsábena, sede vacante Fósiles del Altoaragón La naturaleza como aula: Mascún Alquézar, resto vivo del pasado Setas y hongos del Altoaragón Plantas medicinales de ayer y de hoy Los despoblados y su porqué Los ríos altoaragoneses Loarre, castillo románico en pie Los periódicos oscenses San Juan de la Peña, panteón y símbolo Artesanos de hoy Juegos tradicionales altoaragoneses Ferias y mercados oscenses Fiestas populares Gastronomía altoaragonesa Historia geológica altoaragonesa Biblioteca básica para comprender el Altoaragón La industria en la provincia oscense L'Aínsa y sus caminos El valle de Echo La tierra y su posesión Los castillos y su significado


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