ANGÜÉ s Historia, vida y costumbres de una villa del Somontano oscense
ANG-ÜÉ S Historia, vida y costumbres de una villa del Somontano oscense
JOSÉ M.1 FERRER SALILLAS M. ÁNGELES ASIÓ ZAMORA
Instituto de Estudios Mtoaragoneses (Diputación de Huesca)
Con la colaboración del Ayuntamiento de Angiiés
Colección: «Cosas Nuestras», 21 Director: Ignacio ALMUDÉVAR ZAMORA Cubierta: Vista general de Angüés (Foto: Fernando ALSINA ESCARIO) Ilustraciones y fotografías: José M. FERRER SALILLAS, Fernando ALSINA ESCARIO, Fototeca Provincial de Huesca Corrección: Teresa SAS BERNAD Imprime: Ediciones La Val de Onsera. Huesca ISBN 84-8127-065-2 Depósito legal: HU-26-1998 Instituto de Estudios Altoaragoneses (Diputación de Huesca) Parque, 10. 22002 Huesca Tel. 974-240180. Fax 974-231061 e. mail: iealtoar@spicom.es
Índice
Prólogo, por Manuel García Guatas
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Introducción Historia de Angüés De sus orígenes a los siglos medievales Angüés moderno y contemporáneo Geografía y economía de un pueblo del Somontano. Situación
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Flora y fauna Aspectos hidrográficos Carreteras y caminos
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La agricultura La ganadería La industria El sector servicios
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Aspectos urbanísticos y artísticos Evolución urbana
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Arquitectura doméstica Arquitectura eclesiástica Sus gentes y costumbres El ciclo de la vida La vida cotidiana Algunos personajes relevantes La fiesta en Angüés Navidades Carnaval y Cuaresma Semana Santa y Pascua Fiestas patronales Toponimia Apéndices Bibliografía
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Pasar por Angüés
Cuando la mayoría de los pueblos de Aragón tienen un presente venido a menos y un futuro de incierto relevo generacional, es natural que sus habitantes, descendientes e hijos que emigraron miren con nostalgia y pena hacia su pasado y pongan todo su empeño en preservar del olvido lo que fue su cultura colectiva y en conservar lo más valioso de sus edificios artísticos o singulares y de los objetos que formaron parte de la vida, de la casa y del trabajo. La villa de Angüés conserva una muestra de todo ello y además un entorno natural muy atractivo y característico del Somontano oscense y unas comunicaciones privilegiadas, a pie mismo de la carretera N-240, de Tarragona a San Sebastián. Por eso, el pueblo, aunque mira dominante por su costado norte hacia la sierra de Guara y los pueblos de ese entorno de colinas y tierras abarrancadas, sin embargo se estiró en suave pendiente hacia el lado opuesto, hacia la carretera. La disposición de sus dos plazas principales —la Mayor, arriba, donde están la iglesia y el ayuntamiento, y la del indiano don Juan Garriga, abajo— y la de sus calles, anchas, irregulares y envolventes, son las muestras de la expansión de su urbanismo hacia la principal vía de comunicación. Pasar por Angüés es algo que hacen a diario miles de conductores, pero hay que hacerlo despacio. Primero porque para los que no vayan a detenerse las señales de tráfico les limitan la velocidad a 50 km/h, pero, sobre todo, porque es un ejercicio placentero para 7
la vista contemplar la naturaleza de su paisaje agrícola, los bosquecillos de carrascas, encinas y olivares, las siluetas de los pueblos de Casbas, Junzano o Sieso y, como fondo, la majestuosa silueta de la sierra de Guara, que, cabalgando de este a oeste, acompaña al viajero durante buena parte del trayecto. Es recomendable hacer un alto, por ejemplo, en esa terraza natural acondicionada de la vecina estación de servicio, desde donde se puede extender lentamente la vista sobre un paisaje repleto de matices cambiantes de luces y sombras aterciopeladas o de arrebolados atardeceres por el horizonte de Torres de Montes y Pueyo de Fañanás. En ese crucero natural de caminos hacia el norte o el sur que hay a la entrada del pueblo, muchos preferirán la ruta que lleva a visitar el monasterio cisterciense femenino de Casbas y detenerse antes en la ermita románica de Bascués. Si el viajero sigue ruta hacia Barbastro, podrá estirar las piernas unos pocos kilómetros más adelante junto al tajo que abrió el Alcanadre, hasta convertirlo en obstáculo infranqueable y en permanente lección de ingeniería histórica. Para salvarlo, se voltearon o tendieron desde siglos medievales hasta nuestros días al menos cuatro puentes. De los dos más antiguos quedan ruinas monumentales (sobre todo del colgante carretero, de 1860, de más de noventa metros de luz) y los dos últimos (el de 1938 y el viaducto de 1990) siguen uniendo ambas cortadas con sendas áreas de descanso, a modo de balcones sobre el río, ya en término de Lascellas, aunque ante la vista quebrada de Abiego. Pero ahora, desde las páginas de este libro, los autores nos invitan a detenernos en Angüés, a recorrer sus calles, contemplar sus solitarios caserones de piedras blasonadas y asomarnos a los alrededores; es decir, nos enseñan a mirar y a ver su pasado y su presente. Han sabido acoplar en un texto exhaustivo dos maneras de escudriñar el legado cultural y artístico de Angüés que se complementan como el guante y la mano. José M.a Ferrer, profesor, licenciado en Historia y natural de la pedanía de Velillas (lugar del que hace poco escribió su historia y 8
guía), aporta la perspectiva del historiador del arte y de la investigación en el pasado documental, más las biografías de las gentes notables que en Angüés nacieron. Sobresale de entre todos Rafael Salinas (1854-1923), de la misma generación reformista que sus paisanos Joaquín Costa y Lucas Mallada. Además de su breve aportación a la cultura de las décadas de cambio de siglo, su contribución a los estudios de la ciencia y antropología criminológica y a la reforma de los sistemas correccionales fue pionera en España y reconocida en el extranjero. M.a Ángeles Abió, hija de Angüés, tuvo que buscar horizontes profesionales más prometedores en Barcelona; pero, sin embargo, se llevó grabadas en su memoria las vivencias de una infancia y adolescencia felices entre sus vecinos de siempre. Durante ese tiempo ha sabido ir reuniendo pacientemente, como en un bordado escolar antiguo, la tradición, los nombres de las cosas y el quehacer cotidiano que durante generaciones llenaron de vida y significado las casas, plazas, calles y caminos de Angüés. Un tiempo ya pasado, un paraíso perdido —como lo es el de la infancia— regido por la noria del ciclo natural de las estaciones, por el calendario agrícola, jalonado de refranes, y por las festividades, que hasta hace bien poco han presidido unas formas de vida cotidiana, festiva o religiosa en común y participativas que ahora serán recordadas con simpatía y curiosidad por sus convecinos. Ambos autores invitan al viajero desde estas páginas a dejarse guiar por el presente y por el tiempo de Angüés y a recorrer desde aquí los paisajes de sus alrededores. Manuel García Guatas UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
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Introducción
En el acto de presentación del libro Velillas, en el Somontano oscense, celebrado el 22 de noviembre de 1992, el alcalde de Angüés, don Lorenzo Tricas, manifestó su interés porque algún día pudiera publicarse la historia de esta villa, sus peculiares características geográficas, económicas, culturales, las tradiciones de sus gentes, etc. Identificándonos con su interés manifiesto, decidimos con María Ángeles aunar esfuerzos para hacer posible la presente publicación. Ella aportaría el trabajo que ya había realizado referido a la etnografía, etnología y costumbres de los habitantes de Angüés, iniciativa que surgió a raíz de unos cuestionarios elaborados por el médico y antropólogo Manuel Benito Moliner. Yo me ofrecí para efectuar una recopilación e investigación de todos los datos posibles referidos a historia, geografía, características urbanísticas, arte, personajes ilustres y toponimia. Fruto de nuestras horas de estudio e investigación es esta publicación monográfica que ofrecemos a los angüesanos y por supuesto a todas aquellas personas que tengan interés en conocer bien la historia de nuestros pueblos. Los datos aquí reflejados han sido recogidos del testimonio de los propios protagonistas de la vida de Angüés y de la documentación existente en archivos y bibliotecas. Hemos procurado dar unidad a los mismos y transmitirlos dejando de lado la jerga científica con la finalidad de que su lectura resulte lo más grata posible. 11
Queremos expresar nuestro agradecimiento a todas aquellas personas que tan amablemente nos han acogido en sus hogares aportándonos valiosos testimonios, a los profesionales de los archivos y bibliotecas que nos han facilitado la consulta de los documentos, a Fernando Alsina Escario, a Manuel Benito Moliner y, especialmente, nuestro reconocimiento más sincero a la dedicación y paciencia con que el doctor Manuel García Guatas ha dirigido nuestro estudio. José-María Ferrer Salillas M.° Ángeles Abió Zamora
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Historia de Angüés
Con el ánimo de efectuar un análisis detallado de los diversos periodos históricos en los que generaciones de habitantes han dejado la impronta de su paso por el lugar de Angüés y el territorio que comprende su término municipal, hemos procurado seguir el adecuado orden cronológico para dar una visión global de esta historia local desde los orígenes del pueblo hasta los últimos años de nuestro siglo XX. Con esta finalidad nos ha parecido oportuno dividir este capítulo relacionado con la historia en dos apartados, que recogen respectivamente su pasado remoto y el presente de este siglo que termina. DE SUS ORÍGENES A LOS SIGLOS MEDIEVALES Los datos que se conservan para reconstruir los orígenes de Angüés son escasos, tanto los arqueológicos como los documentales. Tales circunstancias nos han llevado a tomar como punto de referencia la tesis de licenciatura de Javier Rey Lanaspa a la hora de hacer alusión a los primeros pobladores que ocuparon estas tierras) En ella su autor nos informa de que en el término de Valfarta se encuentra un yacimiento que por los materiales de superficie recogidos puede atri' REY LANASPA, Javier, Poblamiento prehistórico del interfluvio Flumen-Alcanadre, Tesis de Licenciatura leída en la Universidad de Zaragoza en febrero de
1987. Concretamente hemos consultado el artículo titulado «La población prehistórica del interfluvio Flumen-Mcanadre», Bolskan [Huesca], 4 (1987), pp. 67-122. 13
buirse a la Edad del Bronce. El hábitat de dicho yacimiento es al aire libre y puede incluirse en el grupo de yacimientos en ladera. Centrándonos en lo que es propiamente la localidad de Angüés, en sus proximidades son visibles los restos' de una pequeña villa romana.' A expensas de que la arqueología nos pueda aportar más luz sobre los asentamientos romanos en este territorio, hoy las noticias más certeras que poseemos relacionadas con la antigüedad del núcleo urbano de Angüés se remontan a la dominación musulmana en esta zona del Somontano. Como vestigio material de dicha ocupación, todavía se conserva el pozo musulmán en el camino viejo de Casbas. En el siglo XI Angüés formaba parte del arnal o distrito de Huesca; quedaba, por lo tanto, incluido en la Marca Oriental de la frontera superior de al-Andalus. La población musulmana contaba con una mezquita en la que se celebraban los cultos propios de su religión. En la década de los 80 del siglo XI el rey Sancho Ramírez de Aragón y Navarra emprendió la conquista de la zona del Somontano donde había población mozárabe. A raíz de la reconquista, estos pobladores se vieron obligados a dejar la zona interior y más segura del recinto urbano de Angüés (ocupada por los cristianos con motivo de la repoblación) para ir a concentrarse en un nuevo barrio por las afueras del pueblo y cuyas casas se encontraban por aquel entonces en la calle que hoy se denomina «el Barrio», junto al inicio del antiguo camino que partía hacia Ibieca. Todavía pueden contemplarse restos de esos antiguos edificios, caracterizados por sus
2 CASTÁN, Adolfo; CALVERA, Enrique, e IGLESIAS, Manuel, Huesca de la A a la Z, Publicaciones y Ediciones del Alto Aragón, Huesca, 1990. Este hallazgo nos permitiría relacionar el origen de la palabra Angüés con un hombre que en la época romana se llamaría Angui o algo parecido y que llegaría a fundar o establecer su propiedad sobre una granja que con el tiempo se denominaría Angüés, según la hipótesis expuesta por Manuel BErrrro MOLINER en un artículo publicado en el Programa oficial de fiestas de Angüés en honor a la Virgen del Rosario, 4 de octubre de 1985.
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reducidas dimensiones y por los estrechos portales que daban acceso a los mismos. Reconquistado el pueblo de Angüés a los musulmanes, la mezquita existente en esa época fue donada por el rey Sancho Ramírez a la abadía de Montearagón.4 Su hijo Pedro I, en el mes de marzo del año 1099, respetará la voluntad de su padre confirmando al monasterio de Montearagón la iglesia de «Anguas».5 Ambos reyes consiguieron de la Santa Sede que el monasterio-abadía de Montearagón tuviera derecho a percibir la mitad de los diezmos de toda la tierra nueva situada entre los ríos Gállego y Alcanadre. En el año 1103 el rey Pedro I procedió a dividir esta tierra entre el obispado y la mencionada abadía, de modo tal que 73 poblados correspondieron al obispado de Huesca y 89 a la abadía. Entre estos últimos estaba incluido Angüés. Ya en el siglo XII, por un documento conservado en el Archivo Histórico Nacional (del que ofrecemos una copia en el apéndice I), se sabe que en octubre de 1134 Ramiro II el Monje, que se encontraba en Alagón, con el ánimo de atraer a su partido a todos los nobles del reino dio a Pedro Ortiz de Lizana la villa de Angüés con todos sus censos y pertenencias por los buenos servicios que aquél le había prestado.' En mayo de 1128 el mencionado Pedro Ortiz de Lizana había recibido de manos de Alfonso I la almunia de Masones, que estaba en el término municipal de Angüés.' Tras la muerte Este monasterio-abadía, creado por el rey Sancho Ramírez en los momentos claves de la planificación de la conquista de Huesca, se convirtió en uno de los centros de poder más importantes, cuya influencia llegó a formar un amplio dominio territorial que alcanzó en su momento de esplendor más de 80 pueblos con sus correspondientes diezmos. ' UMETO ARTETA, Antonio, Colección diplomática de Pedro I de Aragón y Navarra, Escuela de Estudios Medievales, Zaragoza, 1951, n° 62, p. 298. 6 BALAGUER, Federico, «Los Lizana y los Azlor durante el reinado de Ramiro II de Aragón», Argensola [Huesca], 8 (1951), p. 363. ' LACARRA, José M.', Documentos para el estudio de la reconquista y repoblación del valle del Ebro, Anúbar, Zaragoza, 1982. 15
de Pedro, el dominio del castillo y villa de Angüés quedó de la siguiente manera: a la viuda doña Sancha de Lizana le correspondió la mitad y la otra quedó repartida entre sus tres hijos. Esta repartición no impidió que Angüés continuase perteneciendo al monasterio-abadía de Montearagón. Tenemos varias referencias que nos ayudan a corroborar nuestra afirmación. Así, en el año 1171 doña Sancha de Lizana se ofrece a sí misma, con las casas y heredades que tenía en la villa de Angüés, a la iglesia de Montearagón, prometiendo vivir en castidad y en obediencia al abad Fortuño.8 García de Lizana, hijo de Pedro Ortiz y Sancha de Lizana, se hizo canónigo de Montearagón y dio a este monasterio la parte de Angüés que le había correspondido en el reparto con sus hermanos. De este modo, la abadía de Montearagón llegó a señorear la mayor parte de Angüés. Ante la posesión de tales dominios, el abad Berenguer y los canónigos no tardaron en promover la población del castillo y de la villa, por lo que en marzo de 11739 repartieron las fincas de Angüés entre pobladores cristianos, obligándoles a satisfacer a la abadía el noveno, el diezmo y la primicia y a edificar casas y servir fielmente como vasallos a su señor. Según Antonio Durán Gudiol en su obra El castillo abadía de Montearagón en los siglos XII y XIII, parece ser que con este motivo se señalizaron los términos de Angüés y Masones, poniendo güe gas en sus lindes. En 1181 una nieta de Sancha de Lizana, también llamada como su abuela, hija de Miguel de Lizana, al hacerse monja del santuario de San Martín de la Valdonsera dio a Montearagón la parte que había heredado de su padre en el lugar de Angüés, con lo que la canónica de Montearagón amplió su dominio sobre dicha localidad. Según una bula expedida el 18 de julio de 1188 por el papa Clemente ARCO Y GARAY, Ricardo, «El monasterio de Montearagón», Argensola [Huesca], 53-54 (1963), pp. 1-51. DURÁN GUDIOL, Antonio, El castillo abadía de Montearagón en los siglos XII y X111, Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 1987.
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III, al confirmar en ella las posesiones del castillo-abadía de Montearagón se mencionan entre las últimas adquisiciones del monasterio el castillo y villa de Angüés. Siendo las donaciones de reyes, señores y particulares el principal medio que en el siglo XII permitía ampliar el patrimonio de Montearagón, está documentada en el año 1194 la donación por Guillermo de Sarvisé de un campo en los términos de Angüés al mencionado monasterio. En el siglo XIII diversas propiedades de Angüés continuaban ampliando el patrimonio de Montearagón, bien a través de donaciones similares a las que hemos descrito en el siglo XII o a través de compras efectuadas por el propio monasterio. Las fuentes documentales consultadas"' nos informan de que en agosto de 1227 el monasterio de Montearagón compró a Pedro de Bolea y su esposa, Venancia, una heredad que poseían en Angüés valorada en 50 morabetinos alfonsinos. Por otra parte, el ciudadano de Huesca Juan de Bentué, entre los años 1235 y 1245, invirtió una considerable cantidad de dinero en la compra de casas y campos para Montearagón, entre los que figuraba una heredad en Angüés. En la expansión del dominio de Montearagón, otro de los mecanismos utilizados para tal fin fueron las permutas o intercambios de propiedades. En el año 1235 Lope Gimeno de Luesia y su esposa, Juana, intercambiaron una heredad que poseían en Ola más quince morabetinos alfonsinos por una heredad en Angüés propiedad del ya mencionado Juan de Bentué, hermano de Montearagón. Con este tipo de permutas se pretendía racionalizar el dominio de ambos permutantes y con ello conseguir una mayor productividad; en este caso, el monasterio de Montearagón conseguiría extender su patrimonio territorial en una zona próxima al propio centro monástico. En los datos transcritos y en los que a continuación vamos a constatar puede apreciarse la contribución de Angtés al manteni-
'° Esco SAMPÉRIZ, Carlos, El monasterio de Montearagon en el siglo XIII, Ayuntamiento de Huesca, 1987. 17
miento y poderío del monasterio de Montearagón. Cuando el 6 de abril de 1237 se procedió a la institución del cargo de sacrista, se pensó en la dotación que debería tener la sacristía de dicho monasterio y para ello se contó con la cuarta parte de la primicia de Angüés, consistente en aceite, cera, incienso, dos viñas y un olivar. Respecto al nivel cultural de los canónigos, se conoce a Marco de Angüés como scriptor en el ario 1247, ocupado en extender documentos en magnífica letra carolina. En el año 1224 el castillo de Angüés," en poder de Arnaldo de Lascellas, fue entregado en tercería por el infante don Fernando, pues en dicha fecha se había creado una confederación entre catalanes y aragoneses y se habían puesto a disposición de la misma algunos castillos. En el ano 1225 el rey Jaime I se encontraba en guerra con aquellas ciudades y villas de Aragón que, poniéndose del lado del infante, se habían levantado en armas contra él. El rey tomó los lugares de Ponzano y Lascellas y, una vez pacificada esta zona del Somontano, el infante don Fernando pidió perdón al rey, llegando a prestarle juramento de fidelidad en el mes de marzo de 1227. Dada esta circunstancia, se puso en libertad a los prisioneros de ambos bandos y fueron restituidos algunos castillos, entre los que figuraba el de Angüés. En eI siglo XIV la población de Angüés, al igual que sucedió en muchos otros pueblos, sufrió un duro golpe por la peste negra que en el año 1348 afectaba a la Corona de Aragón. Con la disminución demográfica a causa de la peste, las sequías y el hambre, quedaron abandonados lugares como La Castena, La Torraza y Masones, que eran todos ellos pequeños núcleos de población anexos a Asnillas, localidad ésta que también desapareció debido a las epidemias propias de este periodo histórico. Las tierras de estos lugares pasarían a engrosar los términos de Angüés, en cuyo pueblo se fue-
" ZURTTA, Gerónimo, Anales de la Corona de Aragón, libro II, Anúbar, Valencia, 1967. 18
ron concentrando los supervivientes a tales calamidades y donde todavía queda el apodo de una familia, Los Castos, cuyo origen se sitúa tradicionalmente en La Castena.' En Arnillas, situado al sur de Angüés, junto a la carretera que une esta villa con Bespén, hasta no hace mucho existió una casa habitada conocida corno «casa Sanz, de Arnillas», y que Pedro Blecua y Paúl menciona como pardina en su Descripción topográfica de la ciudad de Huesca y todo su partido en el reino de Aragón. En relación con la desaparición de estos poblados, entre los habitantes de Angüés se mantiene viva la leyenda de María Lacoma, que, aun sin veracidad histórica, no deja de resultarnos curiosa. Parece ser que María Lacoma fue la única superviviente de Arnillas y, al quedarse sola, trató de buscar asilo en los pueblos cercanos; llegó hasta Bespén, donde fue rechazada por temor al contagio, lo mismo que le ocurrió en Blecua y Torres de Montes. Por fin fue acogida en Angüés, donde vivió aislada en la torre de la iglesia hasta el final de sus días. Como era ella la única heredera de los pueblos arrasados por la peste, quedaron los de Angüés dueños de todas sus tierras. En 1390 el Concejo de Angüés suplicó al abad de Montearagón que, en atención a hallarse dicho lugar destruido y casi despoblado por la mortandad de sus vecinos, se les disminuyeran los tributos que pagaban. El abad Raimundo y el Capítulo accedieron, dejando reducidas todas sus cargas a mil sueldos anuales.° Como el lugar estaba necesitado de pobladores, su señor el abad otorgó carta de población el 1 de mayo de 1390." Ambos documentos nos pueden hacer pensar que también la peste negra hizo estragos por estas tierras. Según privilegio dado en Zaragoza el 18 de agosto de 1391, el rey Juan I, que fue un decidido impulsor del monasterio de " BENrro MOLINER, Manuel, artículo publicado en el Programa oficial de fiestas de Angüés en honor a la Virgen del Rosario, octubre de 1990. '3 ARCO Y GARAY, Ricardo, art. cit. '4 UBIETO ARTETA, Antonio, Los pueblos y los despoblados, tomo 1, Anúbar, Zaragoza, 1984, p. 114. 19
Montearagón, reconocía como pertenecientes al mismo abundantes lugares altoaragoneses, entre los que figuraba Angüés. ANGIAS MODERNO Y CONTEMPORÁNEO En el año 1566 Angüés seguía perteneciendo al abadiado de Montearagón y continuaría siendo de dicho señorío hasta que, a raíz de la desmembración del mencionado monasterio en 1571, pasó al obispado de Huesca. Según Francisco Diego de Aynsa y de Iriarte, en su Fundación, excelencias, grandezas y cosas memorables de la antiquísima ciudad de Huesca, cuando en el ario 1573 se desmembró el obispado de Huesca y surgieron los de Jaca y Barbastro, entre las diversas rentas que por dicha desmembración se dejaron a la mitra episcopal de Huesca figuraba la de Angüés, cuya cuantía ascendía a 300 libras. En este siglo XVI Angüés alcanzó los 29 fuegos o casas, cifra esta que se mantendrá hasta mediados del XVII, momento en el que disminuyó. Según referencia de Antonio Ubieto Arteta (Los pueblos y los despoblados), en el año 1646 Angüés contaba con 26 fuegos. En 1625 la anexión del despoblado Bascués a Casbas supuso un pleito entre esta villa y Angüés por La Paúl, cuyo castillo y tierras fueron independientes de las de Bascués hasta el siglo XIII. Angüés creyó lesionados sus derechos sobre Bascués y La Paúl, con cuyas tierras limitan sus términos. Los casbantinos denunciaron atropellos de los de Angüés, que intentaron llevarse las campanas de Bascués, hecho que dio lugar al siguiente dicho: «Los de Angüés, furtacampanas de Bascués». La propiedad de Bascués y La Paúl fue defendida para Casbas, con uñas y dientes, por las monjas de su monasterio. Es más, la propia abadesa, señora de estas tierras, permitió roturar La Paúl pero prohibiendo que toda persona ajena a Casbas pudiera obtener allí ningún lote de tierra, con lo que evitaba el acceso de los angüesanos a estos campos." Por fin, en 1635 Casbas ganó el pleito.
" BENITO MOLINER, Manuel, artículo publicado en el Programa oficial de fiestas de Angüés en honor a la Virgen del Rosario, octubre de 1994.
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Con el gobierno de la nueva dinastía de los Barbones, este pueblo perteneció al corregimiento de Huesca. El régimen municipal implantado en nuestro país durante la regencia por minoría de edad de Isabel II se concretó en Angüés con la constitución de un Ayuntamiento propio en el año 1834. Las guerras carlistas que se sucedieron también tuvieron su repercusión en este pueblo. Como se sabe, la de 1833 fue una fecha determinante en la historia española y aragonesa, pues tras la muerte de Fernando VII su hermano Carlos María Isidro reivindicaba sus derechos al trono de España, dando lugar a las guerras carlistas, que supusieron un largo enfrentamiento entre los partidarios de don Carlos y los de la regente María Cristina de Borbón (viuda de Fernando VII). En el ario 1835 en Angüés se encontraron frente a frente la expedición mandada por el general carlista Guergué, que regresaba a Navarra después de haber estado en tierras catalanas, y la columna francesa encabezada por el coronel cristino Conrad, la cual fue finalmente dispersada por las tropas de Guergué. En la segunda mitad del siglo XIX, según indica Pascual Madoz en su Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar, formaban la población de Angüés 99 casas de regular altura, distribuidas en varias calles y plazas bien empedradas. Es en esta época cuando sus habitantes sufren de nuevo una epidemia; en este caso se trataba del cólera, que originó bastantes bajas entre los mismos. Según un informe sanitario, sabemos que en los meses de julio y agosto de 1855 había en Angüés 171 habitantes afectados por esta enfermedad y llegó a fallecer en dicho periodo un total de 42 personas (23 hombres, 14 mujeres y 5 niños). A pesar de esta y de otras epidemias padecidas anteriormente, Angüés fue una localidad más poblada que otras de los alrededores; en el año 1857 alcanzó los 1.063 habitantes. Al final del reinado de Isabel II el país padecía graves problemas, como la crisis financiera de 1866, la corrupción de los miembros del Gobierno, el hambre, el paro, etc., y comenzaban a oírse los primeros gritos contra la Monarquía. Como consecuencia de esta si21
tuación se produjo la revolución de septiembre de 1868, que obligó a la reina al exilio. Fue a partir de este momento cuando afloraron a la luz las Juntas Revolucionarias, que llevaban algún tiempo en la clandestinidad y cuyo principal objetivo era asumir el control y el gobierno de sus demarcaciones. La Junta de Huesca destituyó a todos los integrantes de los Ayuntamientos de la provincia, ordenando a su vez la formación de Juntas Municipales Revolucionarias. Angüés fue uno más de los pueblos del Altoaragón regido por una de ellas. El 30 de diciembre de 1874 se inicia el periodo histórico que se conoce como la Restauración. El pronunciamiento militar de Sagunto proclamaba rey de España a Alfonso XII como legítimo heredero de su madre, Isabel II, restaurándose así la dinastía de los Borbones. El rey nombraba al jefe de Gobierno y se convocaban elecciones para constituir las Cortes, estableciéndose distritos electorales. En el caso de las elecciones provinciales, desde 1877 hasta los comicios de 1880, Angüés fue uno de los 24 distritos en los que quedó dividida la provincia de Huesca. Iniciado nuestro siglo XX, el 17 de mayo de 1902 alcanza la mayoría de edad Alfonso XIII y pasa a dirigir los asuntos de España. Pocos años después de iniciado su reinado y encontrándose en San Sebastián el 10 de septiembre de 1906, firmó un decreto por el que al pueblo de Angüés se le otorgaba la categoría de villa, obteniendo este lugar los privilegios que tal rango conlleva. Con el paso de los años, sus habitantes, cuyo número se mantenía en el millar en el año 1917, disfrutaban de una pacífica convivencia que se vio rota por los trágicos sucesos de 1936. La mayoría de los vecinos de Angüés habían votado a partidos de izquierdas durante la República y su alcalde era don José Villacampa Bravo, que representaba a la izquierda política en general. Había sido elegido para tal cargo tras las elecciones del 16 de febrero de 1936 y en la composición de su Ayuntamiento todos los concejales eran de izquierdas. En los primeros días de la contienda civil se había con22
centrado en este pueblo la Guardia Civil de los puestos próximos, incluida la de Siétamo, ante el peligro de que venían de la parte de Lérida varios camiones con «sindicalistas» en dirección a Huesca. El rumor se confirmó en la tarde del 23 de julio' cuando el pueblo se vio sorprendido por un vivo tiroteo de fusil y ametralladora desde diversos puntos, pero principalmente por la carretera de Barbastro, en las inmediaciones del cuartel de la Guardia Civil. Finalizada la escaramuza, las fuerzas de este cuerpo permanecieron acuarteladas esperando refuerzos de Huesca, que llegaron en la noche del mismo día 23. A la mañana siguiente, huidos o desalojados del pueblo los destacamentos republicanos, la Guardia Civil y los refuerzos abandonaron Angüés y se dirigieron a Huesca, pero llevando consigo a 40 personas detenidas, que serían fusiladas. Para evitar el avance hacia Angüés de más fuerzas republicanas, fue quemado el puente colgante sobre el río Alcanadre en la carretera de Barbastro. No obstante, el día 25 de julio de 1936 el pueblo fue ocupado por las columnas populares, que se vieron obligadas a dar un rodeo por Pertusa para poder atravesar el mencionado río. En los terrenos próximos a la actual fábrica de Guiral se instaló la intendencia y un pequeño parque móvil; los domicilios de Dámaso Galindo y Manuel Catalán (en ambas casas había farmacia) fueron habilitados para hospital con capacidad para más de 60 camas y en él se atendía fundamentalmente a los heridos procedentes del frente de Huesca. Como coincidió el estallido de la guerra civil con la época en la que se recoge el cereal, se consiguió una máquina trilladora con el fin de adelantar la recolección del grano, que fue almacenado en su mayor parte en el salón de Lafarga. Se crearon comedores colectivos, en los que la distribución de la comida se efectuaba teniendo en cuenta el nombre de cada familia. Pronto se constituyó en An-
16 PEÑART Y PEÑART, Damián, La diócesis de Huesca y la guerra de 1936, Obispado de Huesca, 1992.
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güés la Federación Comarcal de Colectividades," que funcionó hasta el mes de agosto de 1937, en que la lla Brigada del comunista Enrique Líster ocupó militarmente Angüés; el ejército popular llegó a asaltar la casa de la CNT-FAI, incautándose de un aparato de radio y una máquina de escribir. Tras la retirada de las tropas de esta Brigada, se reorganizó de nuevo la Colectividad Agraria. La circunstancia de que fuera Angüés el centro comarcal de donde partían las tropas e instrucciones a las localidades próximas fue motivo de que el pueblo tuviera que soportar varios bombardeos. El más intenso de todos ellos llegó a causar notables destrozos en varios edificios del casco urbano. Para protegerse de los ataques aéreos, la población civil disponía de tres refugios: uno bajo la demba de Cáncer, junto al camino del pozo; otro en la calle Tamariz, excavado en la roca debajo de la plaza Garriga, y el tercero formado por los pequeños covachos localizados en El Fosaler, junto a la actual carretera N-240. El 26 de marzo de 1938 supuso para Angüés el final de la guerra, al caer en poder de las tropas nacionalistas. El pueblo fue víctima de la irracionalidad de las guerras fratricidas: quedó su población diezmada por la muerte violenta de 70 vecinos, fruto de los horrores propios de la contienda. La edad de la mayoría de estos fallecidos estaba comprendida entre los 19 y los 33 años. En recuerdo de todos ellos, se erigió en 1987 un delicado y sencillo monumento en la plaza Garriga, obra del arquitecto Antonio de la Sierra Uriguen (nacido en Bilbao en 1946). Consta de varios elementos constructivos de superficies lisas que por su sencillez predisponen a una contemplación sosegada del conjunto. Sobre una base circular de adoquines hay una especie de tumba de granito que representa a las " En las colectividades se tenía la conciencia de que todo era de todos. Las actividades eran planeadas y realizadas según lo acordado en las asambleas que sus componentes celebraban. Estas colectividades fueron fundamentalmente agrarias, ya que nacieron en una situación bélica que exigía poner en marcha un proceso de autoorganización de la agricultura (recolección, distribución, etc.). 24
Monumento a los muertos en la guerra civil, de Antonio de la Sierra Uriguen. Plaza de Garriga. 1987.
víctimas a quienes se dedica el monumento y en la que se puede leer: «Angüés a sus víctimas de la intolerancia. Guerra civil 1936». En uno de los extremos de dicha tumba se levanta una gruesa lámina de vidrio que representa el pensamiento, las ideas. Adosados a dicha lámina hay dos semicilindros de hierro cromado como signo de todo lo que puede reprimir, coartar, es decir, la intolerancia. De esta forma su autor expresa que, aunque se puede acabar con la vida de las personas (base de granito), su pensamiento (lámina de vidrio) es libre y está por encima de los que intentan amordazarlo (semicilindros de hierro cromado con las aperturas en dirección contraria a la lámina de vidrio). Pero, impuesta la normalidad en la vida del pueblo, Angüés ya no recuperará la población que tuvo, pues el número de sus habi25
tantes irá disminuyendo progresivamente. Resulta significativa la década de los años 60 por la emigración de algunos de sus vecinos en busca de trabajo y una mayor comodidad para su vida; en 1970 su población llegó a verse reducida a 483 habitantes y en el año 1981 descendió hasta los 417. A pesar de este descenso demográfico tan acusado (el padrón municipal del año 1991 nos da un total de 319 empadronados, que no habitantes permanentes), Angüés sigue superando en población a otras localidades de sus alrededores. Sus vecinos no se han descuidado en conseguir un mayor grado de bienestar social, con mejoras tales como el agua potable en todas las casas, un moderno sistema de alumbrado público, la pavimentación de las calles, el nuevo edificio para las escuelas públicas (que acoge alumnos de pueblos próximos), la creación de un centro cultural recreativo, las piscinas municipales, la residencia de la tercera edad, etc. La vida de los angüesanos a lo largo de este siglo vivió momentos de actividad cultural propia. Así, en el año 1923 se había creado un grupo de teatro cuyo director era el maestro de escuela Benjamín Royo Colás, natural de Mianos (Zaragoza). Cada obra se ensayaba durante 15 días después de que los actores aficionados hubieran trabajado toda la jornada en el campo. Entre las diversas piezas que llegaron a representarse, se recuerdan El sol de la humanidad, La libertad caída, La muerte del tirano, La ola gigante y El pan de piedra, además de sainetes cómicos. Las obras se representaron unas veces en el salón de casa Castán, otras en el de casa Lafarga y una vez, para la fiesta de San Blas, en la posada El Pilar. A dichas representaciones acudían no sólo los propios vecinos de Angüés, sino también los de las localidades próximas, y con la entrada tenían derecho a participar en el sorteo de diversos objetos, al que se denominaba «la toya». Bajo la inspiración de este benemérito maestro se creó el centro obrero Confraternidad Obrera Radical Socialista, que contaba con una biblioteca en la que se podían encontrar diccionarios, di26
Grupo escolar, 1920. (Fototeca Provincial de Huesca).
Después de una función de teatro. Los actores y el maestro. 1931. 27
versos libros de historia, literatura y sociología, periódicos y revistas de la época. En el año 1935 dicho centro obrero quedó disuelto y en su mismo local se estableció la CNT, al mismo tiempo que se formó el Ateneo Cultural. En 1929 llegó a Angüés la maestra Teresa Oliván Rafael para desarrollar su labor docente, coincidiendo con Benjamín Royo Colás. La maestra se ausentó del pueblo durante la contienda civil, para regresar finalizada la misma. Continuó con la actividad de teatro, en la que participaban mozos, mozas y escolares, y se representaron obras costumbristas como Todo lo cura Aragón, La casa de Quirós, La copla de picadillo... Los vecinos de Angüés contaron con la presencia y participación de notables músicos, como fueron el matrimonio compuesto por Joaquín Roig Galindo y su esposa, Apolonia Galindo Panzano, quienes a pesar de no haber nacido allí siempre tuvieron gran afecto por el pueblo y fueron muy admirados por sus vecinos. Hablar de este matrimonio nos lleva a tener que hacer una referencia a Dámaso Galindo Salinero. Fue durante muchos años el farmacéutico del pueblo; experimentó y elaboró diversos específicos, sobre todo contra las fiebres intermitentes, tercianas, cuartanas, etc. (las célebres «píldoras de Angüés»). Compaginó su ocupación en la farmacia con la gran afición que tenía por la música. Siendo estudiante en Barcelona fue violinista de la orquesta del Gran Teatro Liceo. Al trasladarse definitivamente a Angüés, llegó a dar clase de música al compositor de zarzuelas Pablo Luna Carné. Joaquín Roig nació en Huesca el 12 de febrero de 1888 y desde muy joven destacó por sus grandes cualidades musicales (a los nueve años interpretó el Concierto en mi menor op. 64 de Mendelssohn en el teatro Principal de Huesca). En 1909 se trasladó a Barcelona para ampliar sus estudios musicales, ocupando en el año 1928 el puesto de concertino en la orquesta del Liceo. En 1926 contrajo matrimonio con la violinista Apolonia Galindo Panzano, hija del farmacéutico Dámaso Galindo. Desde entonces se fundó el fa28
El farmacéutico ~aso Galindo Salinero. 1932. Joaquín Roig y Apolonia Galindo en el teatro Principal de Zaragoza. Enero de 1947.
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Grupo de jota formado en 1958 a iniciativa de la Cátedra Ambulante.
moso Quinteto Roig, que llegó a realizar giras de conciertos por España, Francia y Portugal. En el año 1940 el matrimonio fijó su residencia en Zaragoza y Joaquín Roig entró de solista en la orquesta de cámara de Radio Zaragoza, además de ser violín primero en la Orquesta Sinfónica de esta ciudad y de continuar con el Quinteto Roig. Como solista dio numerosos conciertos de violín y piano con destacadas figuras como Pilar Bayona. Entre otras personas que supieron compaginar su vida profesional con la afición musical podemos recordar a Rafael Paúl Lomero, quien enseñó sus conocimientos musicales a varios jóvenes músicos del pueblo. Fue alcalde de Angüés de 1920 a 1923 y regentó el estanco en la que todavía se conoce como casa Pepín. También a Julián Latre Alfaro, que interpretaba varios instrumentos (guitarra, violín, saxofón, clarinete, piano, etc.); llegó a ser un músico de la orquesta que acompañaba a Antonio Machín en sus actuaciones, tras haber sido integrante durante muchos años de la orquesta Mavilla, formada por músicos de pueblos vecinos (Blecua, 30
Ibieca, etc.), bajo la dirección de Mavilla, que era natural de Angüés. Finalmente, no podemos olvidar a Mario Latre Torres, aficionado a la ópera, quien tras su preparación en Barcelona se trasladó a París, donde debutó con la ópera La Bohéme. Durante el verano del año 1958 y por mediación de la Cátedra Ambulante" se llegó a formar en Angüés un grupo efímero de jota integrado por los vecinos del pueblo Conrado Sanz Lomero, los hermanos Salvador y Teodoro Palacio Felices, Moisés Torres Brusau, Joaquín Bescós Espúñez, José Ma Lafita Buil, Andrés Sanz Cuello, Teodoro Laguna Marzal, las hermanas Yr Rosa y Teresa Fierro Frechín, Ángel Abió Casasín, Concepción Carilla Roche, Ludi Casasnovas Villacampa, las hermanas Carmen y Ma Isabel Pargada Gil, Ma del Carmen Bernardos Mora. El grupo actuó en la plaza Mayor del pueblo con motivo de la clausura y despedida de la Cátedra Ambulante, pero se disolvió poco después. La jefatura de la Cátedra estaba desempeñada por Ma Elena Gállego Ferrer y las profesoras de jota eran Josefina Montul López, Amalia Juncosa Alonso y Montserrat Solinis del Castillo, quien además daba clases de Educación Física. En fechas más recientes, concretamente en el año 1992, se llegó a formar un grupo de canto de jota subvencionado por la Mancomunidad Hoya-Somontano e integrado por Ma José Puyuelo Blecua, W Jesús Agustín Lisa, Ma Ángeles Abió Zamora, Pascuala Olivera Encuentra, Silvia Loriente Olivera, Ángel Abió Casasín y, como infantiles, Estela Palacio Sanz y Lourdes Abió Sesé. Tuvieron como profesor de canto a José Rodrigo Gabarre. Dicho grupo duró IB La Cátedra Ambulante estaba regida por un grupo de mujeres de la Sección Femenina que en los años cincuenta se desplazaba por los pueblos con la finalidad de organizar diversas actividades culturales en los mismos. Durante cuarenta y cinco días la Cátedra realizaba su tarea educativa desde el lugar asignado, que en Angüés era el casino de casa Fierro y, para los ensayos de jota, el salón de baile de casa Claver. Las instructoras impartían lecciones de historia, convivencia social y política, manualidades, juegos y bailes regionales, corte y confección, etc. 31
hasta 1994 y durante los dos años de vigencia actuó cantando la misa baturra en las fiestas patronales de Angüés y, en una ocasión, en las fiestas de Bespén. Además de los ya mencionados vecinos de Angüés, protagonistas de la actividad cultural de esta villa, hay otros que con su vocación profesional han llegado a ocupar puestos relevantes en la sociedad, como por ejemplo los doctores José Mateos Coronas (fue subdirector médico provincial del INSALUD en Huesca), Manuel Catalán Calvo (llegó a ser jefe del Departamento de Tecnología de productos agrícolas en la Estación Experimental de Aula Dei en Zaragoza, además de académico de número de la Academia de Medicina y Ciencias) y Luis Ciprés Casasnovas, presidente del Colegio Oficial de Médicos de Teruel. Junto a ellos también es digno de mención Mariano López Torrente, quien ejerció de notario en Angüés y Huesca durante muchos años.
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Geografía y economía de un pueblo del Somontano
SITUACIÓN Partiendo de Huesca en dirección a Barbastro por la carretera N-240 se llega a la villa de Angüés, distante de la capital oscense 23 km. Tiene Ayuntamiento propio, que cuenta con la incorporación de los municipios de Bespén y Velillas desde el año 1969. Su núcleo de población, con una extensión de 2.660 m2, queda dividido en dos partes desiguales al estar atravesado por la mencionada carretera. Erigido en una explanada a 543 m de altitud, goza de todo tipo de vientos, de una despejada atmósfera y un clima saludable, al que corresponden unas temperaturas y precipitaciones medias anuales de 13,3 °C y de 637 mm respectivamente. Su término municipal queda incluido en el Somontano oscense; su límite oriental coincide con el río Alcanadre, que a su vez marca el inicio del Somontano de Barbastro. El terreno está modelado sobre materiales del Mioceno lacustre, con predominio de areniscas, molasas y margas; este último tipo de rocas, al estar compuestas a base de arcilla y carbonato de cal, sirven como abono. En general es un terreno de secano de mediana calidad, donde se da la típica trilogía de cultivos del Somontano (cereales, vid y olivo). Los términos municipales que delimitan el de Angüés son los de Junzano y Casbas al norte, al este el río Alcanadre le separa de 33
Término municipal de Ang-ü.és
CASBAS
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2. Viaducto actual
Ermita románica, de época tardía, de Nuestra Señora de Bascués, en el término municipal de Casbas.
los de Abiego y Lascellas, al sur los de Bespén y Blecua y al oeste los de Velillas y Torres de Montes. Los pueblos circunvecinos de Angüés tienen todos su propia historia y alguno de ellos conserva monumentos (fundamentalmente religiosos) que son un fiel reflejo del arte románico existente por esta parte del Somontano oscense. Casbas, a 5 km de Angüés, en suelo llano y fértil, muestra en el extremo norte del pueblo el monasterio cisterciense de Santa María, fundado por doña Oria, condesa de Pallars, en el arlo 1172 para treinta religiosas procedentes de familias nobles de Aragón. Parece ser que cuando la condesa de Pallars fundó este monasterio pretendía con ello el establecimiento de una iglesia que sirviera de panteón a los condes de esta casa nobiliaria, al igual que habían hecho los reyes aragoneses en el monasterio de San Juan de la Peña y los monarcas navarros en San Salvador de Leyre. El monasterio de Santa María de Casbas, el más importante entre el de Sigena (femenino) y 35
el de Montearagón (masculino), fue un centro de repoblación y colonización agraria de la zona. La puerta principal que desde la plaza da acceso al mismo es románica. La iglesia, edificada en el siglo XII, de planta cruciforme con una larga nave central y crucero cubierto con bóveda de cañón, también es románica. Dentro del término municipal de Casbas se encuentra la ermita de Nuestra Señora de Bascués, que en otros tiempos fue parroquial del pueblo del mismo nombre, cuyas gentes pasaron a poblar paulatinamente la villa de Casbas a partir del siglo XVII. Esta ermita también es románica (siglo XII), su planta es rectangular con ábside semicircular y cubierta con bóveda de cañón exedra. funzano, a 4 km de Angüés, en una hondonada a la margen derecha del río Alcanadre, perteneció a los caballeros de San Juan de Jerusalén, de la encomienda de Huesca. No muy distantes del pueblo, aún existen las ruinas pertenecientes al antiguo poblado de Saliellas, desaparecido a causa de la peste de 1518. La ermita de Nuestra Señora de Salillas, en ruinas, conserva un tramo de bóveda de cañón apuntado y ábside semicircular perteneciente ya al siglo XIII pero como pervivencia del románico tardío. Bespén, situado a 7 km de Angüés, formó parte de la baronía de Antillón. La arquitectura de estilo románico puede apreciarse en su templo parroquial, que es del siglo XII, de una nave y ábside semicircular. La torre fue levantada en el siglo XVI sobre una base románica. Pero Bespén se ha hecho más famoso para los oscenses por sus vinos recios, que han sido la expresión de la garantía de calidad por se elaboración artesana. Blecua, a 11 km de Angüés por la carretera de Bespén y a 9 km por la de Torres de Montes, esta localidad, situada en una elevación escabrosa rodeada de barrancos, cuenta con una fuente subterránea similar a la de Angüés. Su iglesia parroquial es de planta de cruz latina con capillas en los laterales; sólo una parte de su fábrica correspondería al siglo XII y, por tanto, románica. 36
FLORA Y FAUNA El paisaje vegetal más abundante es del tipo arbusto, matorral y árboles como chopos, robles o cagicos, fresnos, enebros o chinebros, pino albar, etc.; pero todo esto con bastante escasez, a excepción de las encinas o carrascas. Hay además gran variedad de plantas medicinales, aunque algunas de ellas sólo se encuentran de forma casual o por lo menos en contados puntos. En este hábitat, hallamos una variada fauna cuyos ejemplares más destacados son, en cuanto a los mamíferos, zorras o rabosas, conejos, liebres, topos, etc. En ocasiones se ven jabalíes que bajan de la sierra, aunque no es éste su hábitat natural. Entre las aves, podemos citar cuervos, buitres, grallas, palomos comunes, palomos de monte o trucazos, golondrinas (en la época cálida), gorriones, perdices, codornices, mochuelos, abubillas o porputes, picaguaceros, garzas, estorninos, etc. También abundan reptiles y anfibios como la culebra común, lagartos, lagartijas, sapos, ranas, etc. La fauna fluvial es escasa, pero podemos encontrar carpas, tencas, barbos, etc. ASPECTOS HIDROGRÁFICOS El término municipal de Angüés ha sido rico en manantiales y cauces fluviales, a los que antaño acudían sus vecinos para abastecerse o hacer uso de sus aguas: El pozo, junto al antiguo camino de Casbas. Consta de tres cámaras sucesivas separadas entre sí por arcos, deteriorados en la actualidad y que según el inventario de Naval Mas pudieron ser de herradura. Una larga escalinata, cuyo número de peldaños se aproxima al centenar, llega hasta el fondo, donde hay una estancia más ancha y que se halla inundada. La escalinata está revestida de muros de sillería y cubierta con bóveda rebajada. Con el fin de hacer más cómoda la recogida del agua, en el año 1920 se colocó una bomba manual que evitaba el tener que bajar y subir tantas escaleras, pero pronto quedó inservible y ya no se utilizó más. 37
Fuente y lavadero de Lavanera.
Fuente de Lavanera, próxima al término municipal de Junzano. Alimenta al barranco que lleva su nombre. Un arco de medio punto realizado a base de sillería sirve para proteger el lugar exacto donde mana el agua, que por medio de una pequeña canalización era recogida en un amplio lavadero que todavía se conserva y al que antiguamente acudían las mujeres de Angüés para realizar la colada. Fuente la Grava, próxima al río Alcanadre. Queda a la derecha del nuevo tramo de la carretera N-240 que atraviesa el río mediante el reciente viaducto. Fuente de Alcanadre, mucho más próxima a dicho río que la anterior. Se halla al sur de la calzada romana. Su agua saciaba la sed de los prisioneros que, después de la guerra civil, trabajaron en la construcción del puente Arbex. Fuente de Escario, situada en las proximidades, donde el camino de Masones cruza el barranco de su nombre. 38
Fuente de Fierro, localizada en el barranco de Masones, en la parte suroriental del término municipal de Angüés y más próxima al río Alcanadre que la fuente de Escario. Fuente de la Teja, al sur de la ermita de San Marcos, próxima al camino de Angüés a Blecua, antes de atravesar el río Rija, en la parte del monte conocida como Arnillas. Fuente de Tamariz, situada en un lugar próximo al límite municipal de Torres de Montes. Ha sido el manantial al que los vecinos de Angüés han acudido (todavía van) con más frecuencia para el suministro de agua potable, que era transportada en cántaros. Dispone de un abrevadero. Esta fuente alimenta al barranco de Tamariz, que atraviesa la parte más oriental del término municipal de Torres de Montes. Fuente de Chiral, en el barranco de los Azarillos, al sur de la fuente de Bas y muy próxima a la carretera N-240.
Inauguración de la fuente nueva de Angüés en 1952. 39
Fuente de Bas, en la parte noroccidental del término de Angüés. Se puede acceder a ella por un camino que parte del que aún conduce hasta Ibieca. Actualmente el suministro de agua a domicilio está garantizado desde el embalse de Calcón; se almacena en el nuevo depósito elevado, en forma de copa, situado en la calle Medio. La traída de agua desde Calcón a Angüés supuso un duro trabajo para los vecinos del pueblo, quienes realizaron la instalación de la tubería para la conducción subterránea del agua con las tradicionales herramientas del pico y la pala. A la salida del pueblo por la calle Baja, en dirección a la carretera de Casbas, se encuentra la fuente de tres caños que quedó inaugurada en el año 1952. Además de estos manantiales, por el término municipal de Angüés pasan importantes cauces fluviales: Río Alcanadre. Tiene su origen en la ladera meridional de la sierra de Galardón. A la altura de Bierge penetra en el Somontano y discurre por el término municipal de Angüés excavando el lecho entre acantilados que impiden que de él puedan derivarse acequias de riego. Es bastante caudaloso y no experimenta estiaje importante. Riachuelo Arnillas, continuación del río Rija, que pasa por Velillas. Discurre por la zona del monte conocida como Amillas, en la parte suroccidental del término de Angüés. Barranco de la fuente Umper, que delimita los términos municipales de Angüés y Velillas. Se le conoce también como barranco de la Tejería y barranco de la Huerta. Esta última denominación procede de que en sus orillas se encuentra la huerta de Sanz, cuyos terrenos se dedicaron en tiempos a la preparación del plantío y al cultivo de todo tipo de hortalizas. Disponía de una buena balsa para la recogida de agua procedente del barranco y existía una noria que, movida por un animal, permitía el riego de las fajas más altas. Así mismo, contaba con un lavadero. En este mismo barranco, otro de los puntos que las mujeres de Velillas y de Angüés utilizaban para lavar era la 40
fuente Umper, dentro del término municipal de Velillas. Se caracteriza porque en verano el agua sale fresca y en invierno caliente. Barranco de los Azarillos, alimentado por el agua sobrante de la fuente de Bas. En él se localizaban muchos huertos. Barranco de Lavanera, en dirección a Abiego. En este barranco todos los vecinos tenían un huerto en propiedad. Barranco de Regatiello, situado entre el monte de Angüés y el de Junzano. Recoge el agua sobrante de la fuente Lavanera. Barranco de Vallarla, desde los inicios del camino de Valfarta hasta su desembocadura en el río Alcanadre. Barranco de Masones, que discurre por las proximidades de la finca El Pardo, atraviesa el camino que lleva su propio nombre y desemboca en el río Alcanadre.
Familia Ferrer Galindo, arrendatarios de la huerta Sanz, acompañados del guardia civil Pedro Puy Galbete. 1934. 41
CARRETERAS Y CAMINOS La situación geográfica de Angüés ha sido siempre determinante, al estar en el mismo camino real de Huesca a Barbastro, convertido en la carretera N-240 Tarragona-San Sebastián. Se ha atravesado el río Alcanadre a lo largo de la historia por cuatro puntos, que exigieron el tendido de otros tantos puentes, sucesivamente renovados de ubicación y obra. Siguiendo los datos históricos que se han conservado, primero existió un pequeño puente, supuestamente bajomedieval, de unos 35 m de largo por 3 de ancho, de cuya fábrica todavía se conservan restos. En el año 1855 se redactó un proyecto de reparación, dado el mal estado en el que se eneontraba.'9 Por otra parte, sus reducidas dimensiones plantearon la necesidad de construir otro puente más grande que se adaptara a las nuevas exigencias. El problema se solucionó con la realización de un puente colgante en el año 1860, que era todo de madera excepto los cables, las péndolas superiores y los soportes. Con el paso del tiempo, el propio envejecimiento del puente y el aumento de las cargas que pasaban sobre él hicieron que en el año 1888 se llevara a cabo una remodelación, sustituyendo las vigas de madera por otras de hierro. La existencia del puente colgante dio vida a la casilla situada en la margen del río Alcanadre que pertenece al término municipal de Lascellas. Es un edificio bastante amplio que, además de la vivienda, dispone de dos naves que en su día sirvieron de cocheras para los carruajes que utilizaban los ingenieros en sus trabajos de campo. En ella vivía el capataz encargado del mantenimiento de este puente, que fue incendiado y hundido en el verano de 1936, lo que hizo que la casilla no se utilizara ya más con tal fin. Desde el 5 de marzo de 1973 pertenece al Instituto de Ense-
19 FABóS, Arturo, y LóPEZ GUARGA, Rafael, El paso por el Alcanadre, entre Angüés y Lascellas, Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de Aragón, Zaragoza, [1992]. 42
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Puente colgante sobre el río Alcanadre, hundido en el verano de 1936 (Fototeca Provincial de Huesca).
fianza Media Ramón y Cajal de Huesca, con la denominación de Albergue Lascellas. En la actualidad, este edificio es ocupado temporalmente por el grupo Scout de dicho Instituto. La desaparición del puente colgante obligó a un acondicionamiento del antiguo puente medieval, el cual también fue demolido a mediados de 1938. A continuación, para garantizar el paso del río Alcanadre, se tendió una pasarela metálica apoyada, en el lado de Angüés, en un estribo levantado con los restos de sillería del puente medieval y, en el de Lascellas, directamente en la roca. Esta pasarela se utilizó hasta que quedó construido en diciembre de 1938 el puente de Arbex (denominado así porque su diseñador fue el teniente coronel Arbex), que ha estado en servicio hasta que en 1990 se erigió un nuevo viaducto que ha supuesto una variación del trazado de la carretera N-240 en este punto del Alcanadre. 43
Además de esta importante vía, de Angüés partían caminos y carreteras que han permitido a sus vecinos comunicarse con los pueblos circundantes. Desde las afueras del pueblo y situándonos en el inicio de algunos caminos, como el de Ibieca, Casbas, Junzano, etc., se contemplan estupendas vistas del variopinto paisaje del Somontano con la sierra como telón de fondo. Entre los caminos, más transitados en tiempos pasados que en la actualidad, podemos mencionar los siguientes: Camino de Ibieca, denominado también Alca Mayor. Parte de la calle del Barrio y pasa por la desaparecida tejería. Camino de Casbas, que se inicia al final de la calle Salillas y pasa por el Pozo. Camino de Junzano. Camino de Abiego. Camino de Lascellas. Camino de Bespén, que pasa por la finca El Pardo. Camino de Blecua, que pasa por las proximidades de la ermita de San Marcos. Camino de Torres de Montes. Camino de Velillas, parte del cual fue sustituido por la actual carretera N-240. Estos caminos han dejado de ser las importantes vías de comunicación de antaño y son utilizados en la actualidad por la maquinaria que accede a los diversos campos de cultivo, pues la comunicación de Angüés con los pueblos que le rodean se efectúa por medio de carreteras. LA AGRICULTURA La agricultura, que con la ganadería ha constituido el pilar fundamental de la economía de Angüés, se ha centrado en la producción de aceite, vino, cereales y almendras. En tiempos pasados eran muy numerosas las plantaciones de olivos y cepas, que daban bue44
nos resultados. Prueba de ello son los datos referidos a la segunda mitad del siglo XVIII, época en la que Angüés llegó a recoger 2.000 nietros de vino cada año (lo que equivale aproximadamente a 320.000 1) y 1.600 arrobas de aceite (18.400 kg). Dichos productos han seguido siendo abundantes hasta bien avanzada la segunda mitad del siglo XX, como puede verse a continuación. Superficie (ha) Cultivos Año 1884
Año 1945
Año 1993
Cereales
822
908
1.766
Viñas
494
270
44
Olivos
93
225
29
El cuadro permite hacernos una idea sumaria de los cambios tan significativos que se han producido en la agricultura desde 1945 a 1993 con respecto al número de hectáreas dedicadas a cada cultivo. El cereal es el que mayor número de hectáreas ocupa en la actualidad, ya que, de una superficie total de 2.661 hectáreas, 1.766 se destinan a dicho cultivo, mientras que las dedicadas a viñas y olivos han disminuido muy considerablemente en relación con el año 1945. En este cambio han influido varios factores: la roturación de nuevas tierras, la mecanización, la disminución de la mano de obra agrícola y el coste de la misma, etc. En la última década del siglo XX el campo parece haber entrado en un punto de no retorno, las nuevas directrices comunitarias han situado al sector agrario en un camino de dudosa salida para los agricultores, por lo que algunos propietarios se han acogido a las subvenciones económicas del Ministerio de Agricultura por dejar sin cultivar cierta cantidad de tierra, lo que repercute en una disminución de los cultivos. Según los datos facilitados por el Departamento de Agricultura, Ganadería y Montes de la Diputación General de Aragón, en 1994 las hectáreas de secano retiradas del cultivo 45
en Angüés representaban un total de 270,30 entre los conceptos de retirada obligatoria rotativa, retirada obligatoria fija y retirada voluntaria. La modalidad más frecuente de explotación agrícola es en régimen de arrendamiento y, algunas veces, de aparcería. Los arrendatarios suelen ser gente del pueblo cuya dedicación es de carácter exclusivamente agrícola. La oliva y su recolección Para la transformación de la oliva en aceite el pueblo dispuso de cuatro molinos o tomos: tres fueron propios de las casas Claver, Catalán y Guiral; el cuarto molino, que estaba adosado a la iglesia, era de varios propietarios, los cuales poseían acciones en la siguiente cuantía: las casas de López, Sanz, Castellor y León tenían seis acciones cada una; las de Benjamín, Bescós, Fortuño y Fierro se repartían las ocho restantes. La recolección de la oliva se llevaba a cabo en los meses de diciembre y enero. Una vez terminada la misma, era costumbre hacer una pequeña fiesta, la cual empezaba con un carracleo, es decir, hacer ruido al pasar rápidamente la percha de apurriar por los peldaños de la escalera utilizada. Después hacían una lifara, cuyo plato tradicional era ajaceite con bacalao.
El vino y su elaboración La cosecha de vino era también de gran alcance en las casas económicamente fuertes. Entre dos de ellas y al término de una importante cosecha que se produjo en la segunda década de este siglo, se llegó a recoger unos 3.000 metros, lo que equivale aproximadamente a 480.000 1. Por tratarse de un ciclo en el cual se realizan faenas muy variadas, parece oportuno desarrollarlo de forma más detallada tomando como referencia el mes en que se efectuaban dichas faenas: 46
—Enero y febrero eran los meses idóneos para proceder al plantado de las cepas. Lo hacían cavando unas hoyas rectangulares para cada dos cepas o bien una zanja corrida y después se plantaban o apedecaban éstas, guardando las debidas distancias. —Los injertos se llevaban a cabo en los meses de marzo, abril o mayo con la clase o las clases de uvas deseadas. Esto no tenía lugar en el mismo año del plantado sino al siguiente o incluso después de transcurridos más de dos; todo dependía del grado de desarrollo alcanzado por las cepas en los meses previstos para el injerto. Las clases de uvas que se injertaban en la comarca eran las siguientes: «garnacha», «macabeo», «panera», «moscatel», «vitadillo», «aramón», «migueldarco» y «moristel». Si el injerto cogía, se podía incluso obtener fruto el mismo año, pero esto sucedía en muy raras ocasiones. Por supuesto que las dos operaciones anteriores solamente se efectuaban en el caso de poner una viña nueva, pero si se trataba de viñas que hacía varios años que daban fruto el ciclo variaba de forma notable hasta la primera cosecha. Así pues, los trabajos que debían efectuarse en este caso eran los siguientes: —En enero, se limpiaban las cepas. —En febrero, se podaban. Se hacía con tijera, pero antiguamente empleaban una hoz especial. Esta última modalidad se complementaba con una tabla que servía de soporte al corte y también como base, junto con arena para afilar la hoz. —En marzo, se continuaba la poda de cepas y se jarmentaba, lo que consistía en recoger los sarmientos o fajuelos que caían tras la poda y hacer con ellos manojos que se usaban en casa como leña. Esta faena la ejecutaban siempre las mujeres y en algún caso también los niños. En marzo también se picaban las cepas. Era ésta la primera picada y se le llamaba jabrir. El picado se efectuaba en sentido perpendicular al vallo de cepas, sacando la tierra hacia afuera y dejando el tronco lo más despejado posible. 47
-En abril y mayo, se volvían a picar por segunda vez, pero ahora el sentido era a la inversa, es decir, acercando la tierra al vallo. A esta acción, para la que se usaba la jada, se le llamaba aterrar. -En junio, se sulfataban las cepas con sulfato de cobre mezclado con cal viva. Esta operación era de gran importancia para proteger la planta de los hongos producidos por el exceso de humedad en los años de mucha niebla, enfermedad que llamaban colera y que ponía las hojas azules, o sea, se encolerizaban. El sulfatado podía repetirse incluso hasta el mes de agosto, dependiendo de la humedad del año. -La vendimia se llevaba a cabo durante varios días. Entonces se cortaban los racimos de uvas con tijeras y falceños y se ponían en cestas que luego eran vaciadas en cuévanos y portaderas (recipientes de mimbre los primeros y de madera los segundos). Una vez transportados a la casa volvían a vaciarse, pero esta vez en la tina o pisadera, lugar donde eran pisadas y echadas a las cubas o lagares. En la década de los años 70 de nuestro siglo se organizó en Angüés una Cooperativa denominada del Somontano en la que recogían las uvas sobrantes de este pueblo y las de los núcleos vecinos. Actualmente esta Cooperativa ya no existe, pues el cultivo de la vid ha disminuido de tal manera que solamente queda limitado al consumo de las familias. Antes de que empezara la fermentación se sacaba mosto para hacer el clarete y también para el mostillo —especie de postre y merienda muy apreciado en otros tiempos—. Una vez se había sacado el mosto de la cuba, se ponía a hervir. Cuando estaba en ebullición se echaba el contenido de un recipiente en el que se había diluido harina en un poco de mosto frío y se añadía cáscara de naranja, canela en rama, anís en grano, almendras y nueces. Otra versión era el mostillo «duro», para el cual se echaba más cantidad de harina y no se ponían nueces ni almendras; además, debía hervir mucho más rato. Cuando se había mermado el líquido se vertía en un recipiente plano y, una vez frío, se cortaba en porciones. 48
Cuando daba comienzo la fermentación, se introducía por la parte superior de las cubas una horca u otro objeto similar y se empujaba hacia abajo la capa de brisas, a lo que se denominaba coloquialmente «bajar el sombrero». La fermentación solía durar ocho o diez días y, una vez terminada, se embardaban (cubrían) los bordes de la tapa de la cuba con una capa de ceniza mezclada y amasada con agua y se esperaba a que llegaran las fechas de la encubación. —El encubado se llevaba a cabo en el mes de noviembre. Se sacaba el vino y se echaba en toneles o en cubas más pequeñas. Allí se guardaba para el consumo. Una vez realizada esta operación, se sacaba igualmente la brisa de las cubas donde se había producido la fermentación y se prensaba. Se llamaba brisa al conjunto de residuos que quedaban una vez pisadas las uvas y que son las pieles o borfollos, los racimos sin granos o barraza y las semillas o graneta. El líquido resultante de la prensada se echaba en otra cuba aparte para que se aclarara o bien en la misma en que se había echado el primer vino —todo estaba en función de la cantidad recogida— y así quedaba en espera del trasiego o tresmudada. —Los meses indicados para los trasiegos eran enero y febrero, pero resultaba de vital importancia hacerlos durante la fase de mengua de la luna. Consistía en cambiar de nuevo los vinos a diferentes cubas para obtener su completa clarificación. En esta condición estaban hasta su venta. El cereal De la típica trilogía del Somontano, el cereal ha sido el cultivo que más hectáreas ha ocupado. Ha llegado a destinarse para dicho cultivo parte del monte que anteriormente había estado dedicada a vid, olivos y almendros. Dada la cantidad de kilogramos que se recolectaban anualmente, en el año 1959 se construyó un silo para el almacenamiento del grano, no sólo de Angüés sino también de los demás pueblos circundantes. Hoy dicho silo se conserva pero ya no se le da el uso de años anteriores. 49
Según los viejos sistemas de cultivo, los campos destinados a la cosecha de cereal no eran sembrados en su totalidad, con objeto de dejar descansar la tierra durante un año y conseguir así una cosecha mejor en el siguiente. Con este sistema se sembraba aproximadamente el 50% y el resto se dejaba yermo o de huebra (en barbecho); así pues, mientas en unos crecía y posteriormente se recogía la cosecha, los otros estaban siendo preparados para la siembra del ciclo siguiente. Existían tres fases en la labranza: —Romper los rastrojos. Ésta era la primera fase de la labranza en los campos que no estaban sembrados. Tenía lugar en febrero. Se hacía con aladro de hierro (que anteriormente había sido de madera). —Mantornar era la segunda fase de la labranza. Se efectuaba en abril o mayo. Aquí podían emplearse tres tipos de aladros: vertedera, mariposa y rusak. —Terciar era la tercera y última fase de la labranza. El mes indicado era el de septiembre. Se echaba además fiemo por encima, a lo que se llamaba «envolver fiemo y pasar tierras». Se empleaba el aladro de tres rejas, que era el mismo que se utilizaba en la siembra. La siembra se llevaba a cabo en el mes de noviembre en los campos que se habían dejado yermos el año anterior. El procedimiento era como sigue. Se efectuaban unas divisiones en la tierra llamadas lesnas, distantes entre sí unos cinco o seis pasos. Después, y empezando por un extremo, se iban siguiendo las calles así formadas haciendo en cada una de ellas un viaje de ida y otro de vuelta, en cada uno de los cuales la semilla se extendía lanzando un puñado hacia delante y otro en diagonal ascendiente hacia el lado contrario de la posición respecto al limite de la calle. Cada vez que se completaba una lesna se pasaba por la misma el aladro de romper, el de tres rejas o las gradas. Seguidamente se atablaba, es decir, se pasaba un tablón de ganchos para alisar el terreno. Cuando en una casa no disponían de muchos campos, se aprovechaban también para la siembra las franjas de tierra que separaban las hileras de las 50
La siega y recogida de las espigas, faena agrícola conocida como «dar o atar gavillas». 1946.
, .• , La trilla mediante trillo con ruedas de hierro dentadas. Antoirio Subías, 1945. (Fototeca Provincial de Huesca). 51
cepas, a las que llamaban tornallos, y de la misma manera las de las oliveras o almendreras, en cuyo caso se denominaban fajas. Si se presentaba un invierno de muchas heladas, se hacía una pasada por los campos con el cilindro para que, al apisonar la planta contra la tierra, quedara el tempero (humedad del suelo) más protegido. Los meses en que se efectuaba esta operación, si se daba el caso, eran los de febrero o marzo. En cuanto a la preparación de la era, la tierra se apisonaba con el ruejo (especie de rodillo de piedra en forma de cono truncado) tirado por caballerías. A esta operación se le decía rollar la era y se llevaba a cabo quince días o un mes antes de las trillas, aprovechando la blandura de la tierra a consecuencia de algún chaparrón. Pasados unos días, se rascaba con la azada y se limpiaba de hierbas que habían crecido durante el año. La cosecha constaba de tres fases: —La siega y recogida de las espigas. Empezaba a mediados o finales de junio. Los hombres iban segando con la hoz o con la dalla cogiendo en manojos mientras que las mujeres iban recogiendo éstos y agrupándolos en fajos de cuatro o cinco que iban atando, a lo que se llamaba engavillar, dar o atar gavillas. Las gavillas se amoatonaban en grupos de nueve, a los que denominaban novenas, o de quince, llamados fajinas. —El transporte. Las gavillas se cargaban y se transportaban a la era (carriar garba) ya preparada para su uso, lugar donde se trillaba. —La trilla. Una vez extendidas las gavillas por la era, se enganchaba una pareja de caballerías al trillo (en la casa en que solamente disponían de un animal de labor se unían con otra que estuviera en las mismas circunstancias y formaban pareja, a lo que se denominaba «hacer juntero»). Había dos tipos de trillos: los usados más antiguamente, que eran unas tablas que por su parte inferior tenían insertadas unas piedras de sílex muy afiladas para cortar las espigas, y los de utilización más moderna, compuestos igualmente de una tabla pero, en vez de piedras, con ruedas de hierro profunda52
mente dentadas. Era típico ver el trillo dando vueltas alrededor de la era y, montados sobre él, no solamente a la persona que dirigía a los animales sino también a los más jóvenes de la familia. La otra faena que se hacía en la era inmediatamente después de la trilla era el aventado, que consistía en lanzar al aire con las horcas el resultado de la misma a fm de separar la paja del grano. Una vez quedaba la paja amontonada en un sitio y el grano en otro, se pasaba éste por una criba o porgadero y se echaba en sacos o talegas para transportarlo a la casa en espera de su venta. La paja se almacenaba en el pajar para alimento de los animales. Cuando se habían terminado las trillas y después del último acarreo de la garba sin ninguna novedad, era costumbre colgar en lo alto del carro una rama de árbol y, en ésta, uno o varios pollos que después se guisaban y se bajaba al río Alcanadre a comerlos en familia. El almendro Se cultivaba la especie denominada «común», hasta que se popularizó otra llamada «desmayo» (actualmente «largueta») y que se introdujo a través de un injerto conseguido por el cura de Alquézar. Se empezaron a plantar en el año 1930. El mes de su recolección era septiembre. Para ello se empleaban largos palos de madera llamados «perchas» con los que se vareaban las ramas hasta que las almendras iban cayendo al suelo sobre los mandiles extendidos previamente. También se dedicaba unos días a la poda de estos mismos árboles y las herramientas empleadas eran el hacha o estral y estraleta y, a veces, serrucho y tijeras. Mientras tanto, en la casa se escoscaban las almendras recolectadas, faena en la que intervenía toda la familia y a veces algún vecino mientras hacían la charradeta de turno. De todo el fruto recogido, una mínima cantidad se destinaba para el consumo familiar, el resto se vendía. 53
LA GANADERÍA Pedro Blecua y Paúl, en su Descripción topográfica de la ciudad de Huesca y todo su partido en el reino de Aragón, referida al año 1792, nos transcribe en relación con Angüés lo siguiente: «los pastos de sus montes eran escasos por estar casi todo rasgado y plantado de viñas y olivos, y a más del vacuno y mular para sus labores, mantiene 1.500 cabezas de lanar y cabrío». Dada la ausencia de pastos, la ganadería no fue un puntal de la economía del pueblo, aunque sí un importante factor de consumo junto con los animales de corral. Ganado lanar Dentro de cada casa se disponía de unas cuantas cabezas de este tipo de ganado. Cuando estaban fuera de la misma, su vigilancia y pastoreo estaba a cargo de un pastor perteneciente a otra casa en la que contaban con un mayor número de cabezas. El amo de éstas cobraba una cantidad por este servicio para el pago del pastor y además tenía el derecho de poder entrar en tierras pertenecientes a las familias que le encomendaban el ganado, aunque solamente solía acudir a aquellas que no estaban sembradas en ese año o bien a los carrascales. En otros tiempos existió dula de ganado mayor por un lado y de cabras por otro, aunque hace ya muchos años que ambas desaparecieron. Por las mañanas se daba la señal de recogida de los animales para «soltar la dula», de lo que se encargaba el dulero. Manuel de Español, tío del que actualmente lleva su mismo nombre, fue el último dulero en Angüés. A pesar de que una zona del pueblo se encontraba en el paso tradicional cabañal que iba desde los valles situados al norte de Boltaña a Castejón de Monegros, en el lugar donde ahora se halla la gasolinera, no se conoce ninguna tradición de origen pastoril. 54
El número de cabezas de ganado lanar ha ido disminuyendo con el paso de los años, pero no ha llegado a desaparecer por completo; actualmente hay alrededor de mil cabezas en un solo rebaño. El ganado tradicional desaparecido Las casas más favorecidas económicamente eran las que poseían mayor número de ejemplares de ganado caballar, mular o asnal. La importancia de las casas se medía por los pares o parejas de animales para la labranza. De ahí la expresión «casas de uno, dos o más pares de mulas». De todas formas, lo más frecuente era tener una o dos de ellas, aunque otras casas solamente poseían un burro o incluso carecían del mismo. Este tipo de ganado no ha quedado exento de las transformaciones que se han producido en el sector primario con el paso de los arios. Así, de las 256 cabezas que había en el ario 1920 se pasó a 97 en 1949 y en la actualidad han desaparecido de las labores agrícolas. Una casa podía considerarse que caía en desgracia cuando moría un animal de labor, por lo que se cuidaban al menor indicio de enfermedad. En este caso se aplicaban diversos remedios caseros y, si éstos no daban el resultado esperado, se llamaba al veterinario. Los accidentes y enfermedades más frecuentes de este tipo de ganado, así como los respectivos remedios, eran: —La enrejada no era una enfermedad propiamente sino un accidente producido al clavarse el animal la reja de labranza. Se hacía un clavo de estopa empapado en yodo y se metía dentro de la herida. —Para las aguaduras se confeccionaba un saquete que contenía salvado empapado en vinagre y sal y se le ponía en el casco. —Cuando estaban atorzonadas se les daba bromuro. A veces también manzanilla, en cantidad de un litro y medio, y se les hacía correr. Este remedio también se aplicaba cuando estaban hinchadas. —Si estaban agranadas frecuentemente la hinchazón se debía a un empacho de grano comido durante las faenas de la trilla. Como 55
remedio se les metía en la balsa, dejando que el agua les llegara hasta la mitad de las extremidades. —Para los enfriamientos se les daban masajes en las varillas con agua y jabón. En cualquier caso, cuando enfermaban se les cubría con mantas y hasta, como creencia casi supersticiosa, se les ponía alguna ropa sucia que perteneciera a una persona que tuviera hermano gemelo, pues así sanaban. La Mutua Ganadera Para prevenir desgracias de un modo más racional y moderno, funcionó una Mutua Ganadera, asociación fundada por el cura de Casbas Julián Avellanas en el año 1908, aunque su reglamento se aprobó en 1913. Por supuesto, para poder beneficiarse del seguro debían asociarse a la Mutua y uno de los requisitos fundamentales para ello era someter a tasación, la cual llevaba a cabo una junta, el animal o animales en cuestión. Dicha junta estaba formada por un representante de cada pueblo perteneciente al partido veterinario y, además, por un veterinario, que actuaba de secretario. El seguro entraba en vigor a los 15 días, llamados de observación, contados a partir de la entrega de documentación. La indemnización percibida, si llegaba el caso, era del 75% del valor del animal en su última tasación (éstas debían hacerse anualmente). Todo lo anterior constituía una clara ventaja para el agricultor, sobre todo para aquel que sólo disponía de un animal. Tanto fue así que, entre 24 localidades, Angüés llegó a ser en el año 1910 uno de los pueblos con mayor número de animales asegurados, con la siguiente distribución: los 15 socios existentes tenían asegurado un total de 43 animales, de los cuales 36 eran de ganado lanar, 5 de vacuno y 7 de asnal, y el capital asegurado ascendía a 21.585 ptas. 56
Al año siguiente siguió conservando también el puesto, por debajo de Casbas, pese a la incorporación de seis localidades más, incluida Huesca. La distribución en Angüés era la siguiente: 30 socios, con 62 animales asegurados, de los cuales 40 eran de ganado mular y 22 de asnal (no había ningún vacuno asegurado). Nuevas cabañas de ganado de cría Además de los tipos de ganado ya descritos, también se levantaron en las proximidades del pueblo naves para ganado porcino y bovino. Este último tipo de ganadería se encuentra sobre todo en la finca El Pardo (nueva denominación que dio la familia Guiral al conjunto de hectáreas que adquirió en el antiguo monte de Antillas), la cual ha sido siempre importante para el sector primario por el gran número de hectáreas con que cuenta y por su producción agrícola y ganadera. En tiempos pasados, eran muy pocas las casas del pueblo en las que había alguna vaca y su explotación consistía en la venta de leche para el consumo del vecindario. Por último, cabe mencionar la existencia de algunas granjas de pollos enfocadas a la cría de tipo industrial. Ferias En las ferias era donde se compraban, vendían o transaccionaban los animales, tanto de labor como de corral. Respecto a estos últimos, los más frecuentes eran los cerdos y los pavos. No existían ferias en la localidad, pero se iba a la de Huesca para San Martín y a la de Barbastro para la Candelero.. También se acudía a Ayerbe a buscar ovejas y corderos y era típico que, cuando se bajaba a esta última feria, había gente del pueblo que salía al encuentro de los que habían ido para marcar los animales escogidos para ellos. 57
LA INDUSTRIA La actividad industrial también ha estado representada en la economía de Angüés. Concretamente, podemos citar las siguientes: Una fábrica de aguardiente, que tuvo su apogeo en el siglo XIX, si bien cerró en los albores del siglo XX ante la competencia de las grandes fábricas nacionales. Estuvo ubicada en la partida conocida como Lavanera y disponía de dos depósitos tallados en la propia roca, además de una balsa para recoger el agua que permanentemente procedía de la fuente Lavanera. Una fábrica de lejía, propiedad de Jesús Bravo Felices, localizada en la calle Baja, n° 2, que empezó a funcionar en el año 1934. Producía dos clases de lejía: una de primera calidad, denominada lejía Universal, y otra de segunda calidad, conocida como lejía Somontanera. La venta de tales productos no sólo se efectuaba en Angüés, sino que también llegaba a los pueblos vecinos y a Huesca. Esta fábrica de lejía cesó su producción en 1936. Una fábrica de gaseosas y sifones, situada en la calle Santa María, n° 5, propiedad de José M. Brusau Paúl, que inició su producción en 1933 y cesó en 1936. Su propietario no sólo vendía las gaseosas y sifones en Angüés, sino que también se ocupaba del reparto por los pueblos próximos. La tejería, que primeramente se localizó en el barranco de la fuente Umper (debajo de la huerta de Sanz). Tras la desaparición de esta primera tejería, se ubicó una nueva en el antiguo camino de Ibieca, la cual se cerraría en el año 1972. La fábrica de harinas Guiral, que contó en primer lugar con las tradicionales piedras de moler para transformar el cereal en harina y posteriormente (por los años 30 del presente siglo) se instalaron dos prensas hidráulicas para convertir las olivas en aceite. En la actualidad dicha fábrica continúa su producción de harina. La elaboración del pan contó con varios hornos: uno en la casa ayuntamiento, que era común del pueblo; dos particulares, aunque 58
Trabajando en la tejería. 1954.
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Etiquetas que llevaban los envases de gaseosas de la fábrica de José M. Brusau Paúl. 1933-1936.
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también acudían a ellos algunos vecinos, en casa Martín de Justo y en casa Galán, y un cuarto horno en la fábrica de harinas Guiral, que contó con un amasadero de pan electrificado. Actualmente existen dos hornos para cocer pan: uno es el de la panadería Escario, en la calle Joaquín Costa, y el otro está situado en la calle González Gállego y lo regenta la familia Serrano. La industria artesanal en Angüés ha contado con los siguientes oficios: carpintero, guarnicionero, carbonero, sastre, alpargatero, carretero, herrero, albañil, tejero, bastero, etc. Esta industria artesanal fue desapareciendo con el paso del tiempo en alguna de sus ramas (carbonero, alpargatero, sastre, etc.) mientras que en otras todavía se conserva, adaptada a las nuevas exigencias de la sociedad (carpintero, albañiles, fontanero). EL SECTOR SERVICIOS Han sido siempre importantes los servicios que ofrecía la villa de Angüés, no sólo para sus vecinos sino también para Ios habitantes de los pueblos próximos. Al mantenimiento de este sector ha contribuido de manera notable la red de comunicaciones, que ha permitido que Angüés fuera una villa pujante en todos los tiempos. Un factor económico que contribuyó al sustento de una parte de los vecinos fue el desempeño de un oficio. Además de los ya citados más arriba, la localidad contó con los siguientes: molinero, cartero, panadero, piquero (albañil), leñador, alguacil, boticario, zapatero, pastores y esquilador. Cuando se tenía necesidad de otros, algunos pueblos de la comarca podían servirles, por ejemplo: alfarero de Bandaliés, tonelero de Sariñena, tejedor de Bespén, curandero de Laluenga (Castro). Existían otros, como los paragüeros, los afiladores y los caldereros, que acostumbraban a ser gentes de paso. En los primeros años de nuestro siglo XX, concretamente en 1908, contaba Angüés con los siguientes servicios: 60
—Dos farmacias, que eran la de Dámaso Galindo y la de Manuel Calvo. —Dos guarnicionerías, pertenecientes a Isidro Franco y José Latre. —Dos posadas: una era la de Pedro Fierro y la otra El Pilar, regentada por Bernabé Cuello, quien además se dedicaba al comercio del vino (compraba dicho producto en Angüés y en los pueblos circunvecinos para luego llevarlo a vender a Francia). —Dos tiendas de comestibles, la de Pedro Lafarga y la de Rafael Mavilla. —Un comisionista, Rodolfo Lafarga. —Tres constructores de carros: Antonio Torres, Constancio Roche y Gregorio Gracia. —Dos herrerías, la de José Tisner y la de Pedro Jaime. A finales de la década de los años veinte, Angüés contó con un servicio de taxi atendido por Miguel Brusau Paúl, quien lo mantuvo hasta los años 60. También regentó la posada El Pilar cuando la dejó Bemabé Cuello. En la casa ayuntamiento hubo un centro de higiene rural, inaugurado el 25 de febrero de 1935 y cuyo director fue el doctor José Mateos Gracia. Fue suprimido en una de las posteriores reformas sanitarias. Su función era desarrollar la medicina preventiva en las etapas educativas preescolar y escolar y entre las futuras madres, controlando los embarazos. El Ayuntamiento se hacía cargo del mantenimiento del local. Actualmente Angüés dispone de esta oferta de servicios: —Un grupo escolar, inaugurado en el año 1952 y ampliado en 1987, que está situado en la calle Las Eras y acoge a los niños en edad escolar de esta localidad y de los pueblos vecinos. Reunía alrededor de 50 alumnos en el curso académico 1995-1996. Antiguamente la escuela pública estuvo ubicada en la casa ayuntamiento; el maestro que la atendía en el año 1837 recibía una 61
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Grupo escolar, 1940.
dotación de una fanega de trigo y un cántaro de vino por cada chico de 4 a 12 años. — Casa consistorial, en muy buen estado de conservación, en la que se ubica actualmente la farmacia, con farmacéutico titular. — Un médico titular, con centro de visita en el ayuntamiento. — Cinco tiendas de comestibles: Víctor Latre, Ladislao Latre, Matan() Brusau, Luis Ciprés y Pilar Gabarre. —Dos carnicerías: Luis Ciprés y Pilar Gabarre. —Un estanco: Ladislao Latre. —Dos panaderías: la de Javier Serrano y la de José Escario. — Una fonda: Los Rosales. — Una peluquería para hombres, regentada por José Arnal, y otra para mujeres, atendida por Beatriz Villacampa Castillo. —Una estación de servicio, que fue instalada en el año 1959; anterior a ésta hubo una en la fábrica de harinas Guiral. 62
Grupo escolar, 1948.
—Un cuartel y puesto de la Guardia Civil. —Dos sucursales bancarias: IberCaja y Caja Rural. —Servicio de cartería de Correos. —Cámara Local Agraria, ubicada en casa Claver. —Casa abadía o residencia del cura párroco. —Residencia de ancianos Santolaria.
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Fachada principal de la Iglesia Parroquial. 64
Aspectos urbanísticos y artísticos
EVOLUCIÓN URBANA El núcleo urbano de Angüés se caracteriza por estar prácticamente llano, situado en una explanada del Somontano oscense. Tiene como centro la plaza Mayor, en la que se encuentran la iglesia, el ayuntamiento y algunas viviendas singulares, entre las que resalta la solariega casa Sanz, cuya fachada, de volumetría alargada, conserva un escudo sin leyenda, situado sobre una portada de arco de medio punto de ladrillo. Teniendo en cuenta que en la mente de los pobladores de época bajomedieval y en el siglo XVI sobre todo estaba presente la idea de disponer de un hábitat relacionado con algún tipo de protección," esta villa debió de surgir con un sistema de construcción que consistía en conectar las casas por sus fachadas traseras, formando así un muro continuado que sólo se abriría en algunos puntos, donde estarían las puertas de acceso al recinto urbano. En general se puede afirmar que son bastantes los edificios de Angüés que nos ponen de manifiesto la estructura de puebla del siglo XVI.
20 Por eso una buena parte de los agrupamientos humanos del Altoaragón se formó en las cercanías de alguna casa fuerte, castillo, torre fortificada, etc. 65
Observando el plano urbano que presentamos puede apreciarse el Angüés medieval. En tomo al núcleo central hay una larga calle (de González Gállego) que se trazó a raíz de la fortificación o castillo que allí hubo y que debió de estar emplazada en el solar que hoy ocupa la actual casa Sanz y algunos edificios próximos a la misma conocidos como «casas del Torretón». En el corralón de casa Sanz se conserva intacta una ancha arcada por encima de la cual discurre una estrecha calle; es éste un elemento más que apunta a que el castillo o fortificación con que contó Angüés se localizaría en esta zona próxima a la iglesia. El hecho de que numerosas casas del pueblo, muros y bases de algunas tapias estén levantados con materiales reutilizados procedentes de una amplia construcción de sillería es también un indicio de la existencia en Angüés de una destacada fortificación. Con el paso de los años, las fachadas traseras de las casas, que en los siglos XII y XIII habían servido de muro defensivo al núcleo urbano, acabaron siendo fachadas principales frente a las que se levantaron en épocas posteriores, configurando así una especie de ronda que en nuestro caso se corresponde con la actual calle González Gállego. De los siglos XVI y XVII no hay, que sepamos, casas fechadas. No obstante, podemos hacer referencia a algunas de ellas que por sus características arquitectónicas y por los materiales usados en su construcción pueden datarse en ese periodo de tiempo. Así, por ejemplo, se conserva con toda su primitiva estructura la casa denominada «banco del obispo», situada en la placeta de la iglesia. Tiene su portada en arco de ladrillo y ventanas decoradas con el mismo material; la fachada principal y las paredes laterales están rematadas por una cornisa de ladrillo. Durante el siglo XVIII se fue ampliando el núcleo urbano edificándose nuevas casas, fruto del incremento de la demografía y de la elevación del nivel de vida de sus vecinos gracias a un aumento de la producción y de las rentas de la propiedad rural en una econo66
Plano urbano
A HUESCA 1.Iglesia parroquia]
6. Casa López
2. Casa Consistorial 3. Casa Sanz
8. Casa Claver
4. Casa Galindo
9. Barrio Morisco
7. Banco del Obispo
5. Casa León Benedet
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Alero y portada de casa López, en la calle Medio,
mía básicamente agrícola. Algunas de las casas de Angüés están fechadas en este siglo y sus entradas son de arco de medio punto, a veces de ladrillo. Entre ellas llama la atención casa López, situada en la calle Medio. Es de grandes proporciones, con planta regular, y dispone de tres alturas (planta baja, primera y segunda, destinada esta última a falsa o granero). Su fachada principal, que se levanta sobre zócalo 68
de perfectos sillares y está rematada por un alero ligeramente volado, construido de madera (constituye un primoroso trabajo de carpintería por sus piezas talladas), tiene una preciosa portada en arco de dovelas, en las que aparecen diversos motivos decorativos (fundamentalmente son flores) en relieve; asimismo en la clave se lee la fecha, correspondiente al ario 1779. Conserva un cuidado portón de madera con grandes clavos cuya cabeza aparece complementada por una especie de arandela, lo que le da un aspecto más ornamental. En la única ventana que hay en la planta baja puede contemplarse una preciosa reja de hierro trabajado muy artesanalmente que se colocó en 1944. La pared lateral que da al denominado «callejón» tiene pilares de sillares, mientras que el resto es de tapial, y se halla rematada por una cornisa de ladrillo. En el pilar de sillería que hace esquina con la calle Medio y el callejón, se halla grabado el nombre, «Alexandro», rodeado por una especie de cordoncillo. También durante el siglo XVIII se incrementó el interés por los títulos nobiliarios. Era una aspiración de algunos habitantes de los pueblos de nuestro Somontano el poder ostentar un escudo de armas, con el que los propietarios mejor acomodados hicieron valer sus derechos para mostrar su ascendencia aristocrática. Angüés no quedó al margen de esta tendencia favorable al escudo heráldico y todavía hoy se conservan tres de ellos, que son los siguientes: —El de casa Sanz, en la plaza Mayor. En Aragón radicaron hidalgas familias que llevaron el apellido Sanz, algunas de las cuales usaron en su escudo de armas un águila de sable en campo de oro. Los Sanz fueron una familia infanzona aragonesa muy extendida por varias localidades del reino (en Zaragoza ya se encuentra en el siglo XII). El escudo que puede contemplarse en casa Sanz de Angüés aparece dividido en cuatro cuarteles: en el 1° aparece el halcón volante, en el 2° la torre, en el 3° los cuatro palos de gules y en el 4° dos halcones en posición de quietud. —El de casa Claver, en la calle Santa María. Es un escudo cuartelado y con sus tres primeros cuarteles divididos en dos partes cada 69
Escudo de casa Sanz.
Escudo de casa de León Benedet.
uno. En el primero de ellos se aprecia, entre otros, uno de los distintivos fundamentales de este apellido, que consiste en la llave, usada por los Claver como arma parlante. Los Claver de Angüés tienen su origen en Justo Claver y Capdevilla, que se vino a casar a este pueblo con Teresa Benedet y Palomar. Estuvo don Justo en las Cortes de Zaragoza en el año 1677 como infanzón. Este matrimonio tuvo seis hijos, de los que el único varón fue José Miguel Claver y Benedet, cuya biografía aparece descrita en el apartado correspondiente a los personajes ilustres y singulares de Angüés. -El de casa de León Benedet, en la calle Salillas. El campo del escudo está cuartelado y aparecen en sus cuarteles los distintivos propios de este apellido: la flor de lis en el primero, los bastones de Aragón en el segundo, el castillo en el tercero y el lobo rampante en el cuarto. El timbre o adorno exterior del escudo consiste en un yelmo. El apellido Benedet de Angüés viene de uno de los hijos del matrimonio formado por Domingo Benedet, que se casó en Siétamo con Gracia Viñuales. Fruto de este matrimonio fueron tres hijos, uno 70
de los cuales, llamado Vicente Benedet, se trasladó al pueblo de Angüés, donde se casó y tuvo que probar su infanzonía en el año 1611. Del casal de los Benedet de Angüés procedió el célebre jurista Esteban Benedet y Luesia, que fue colegial y rector del Colegio de Santiago de Huesca en 1737; falleció en el año 177S. La casa de León Benedet Mur es el típico modelo de casa de labrador de la época con un buen patrimonio. Su fachada es de volumen alargado, construida una buena parte de la misma a base de ladrillo y con una portada en arco de medio punto de dovelas lisas. Conserva un portón de madera en el que aparece grabada una fecha que se corresponde con el año 1833 y que puede hacer referencia al momento en que se sustituyó el antiguo portón por el actual. Otra casa que merece ser destacada por su fachada y portada es la de Dámaso Galindo, situada en las afueras del pueblo, en el camino viejo de Casbas, la cual, a pesar de no estar fechada, podemos aventurarnos a decir que es del siglo XVIII por sus características arquitectónicas. Es un edificio de planta regular que consta de tres
Portada de la casa de Fermín Latre Puértolas, en la calle Salillas. 71
Portal de casa Simón Abizanda, en la calle Salillas.
alturas, de las que el piso principal es muy alto. Su fachada es de larga volumetría y está levantada sobre zócalo de perfectos sillares que casi envuelven por completo la portada de acceso, consistente en un arco de dovelas estrechas y lisas. El resto de la fachada es de ladrillo y está coronada mediante alero construido de madera. Posee dos balcones, uno a cada lado de la puerta principal; las ventanas están distribuidas de manera regular y decoradas a base de ladrillos, elemento constructivo éste que también aparece en esquinazos y cadenas. Precede a esta casa una gran plaza delimitada por barbacana. En el siglo XIX tenemos más casas datadas que en la centuria anterior. En la calle Santa María aparece fechada en 1800 la casa donde estuvo ubicada la fábrica de gaseosas y sifones, con una portada en arco de medio punto. La mayoría de las casas datadas en el XIX se encuentran ubicadas en las calles González Gállego y Salillas; disponen de unas portadas adinteladas (solución ésta que es característica del último cuarto del siglo XIX) ornamentadas con ba72
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Portal de casa Conte, en la calle González Gállego.
jorrelieves en los que predominan las flores como motivo decorativo. Entre ellas podemos citar las siguientes: casa Conte (1839), casa de Simón Abizanda (1849), casa de Fermín Latre Puértolas (1866), conocida como casa la Royeta, etc. Estas fachadas nos indican que el pueblo se fue ampliando desde el primitivo núcleo medieval hacia el norte y el oeste sobre un terreno llano que no ofrecía grandes dificultades para levantar en él nuevos edificios. En la calle Salillas encontramos algunas casas cuya portada es de arco de medio punto, en ocasiones de ladrillo, como ocurre en la de Nicolás Lomero, de 1807, fecha que vuelve a aparecer en el pilar de sillares que hace de esquina entre la fachada principal y una fachada lateral de la casa y en el que se aprecian claramente las muescas de apuntalamiento. La puerta de acceso es un portón de madera y en la parte superior de la fachada principal, que está rematada por una cornisa de ladrillos, hay un balconcillo protegido por un antepecho de madera. 73
Ventana en bisel conopial de un cubo. Casa de Josefina Cabrero, en la calle Medio.
Continuando por esta calle, también presenta fecha e inscripción la casa de Vicenta Lisa Zamora: «Año 1857 A. C.» (las iniciales pueden hacer referencia a Antonio Casasín, albañil). La portada es de arco de medio punto hecho a base de ladrillos. En su planta baja tiene un vano con dintel de piedra correspondiente a un cubo (cavidad cilíndrica de dimensiones que pueden oscilar alrededor de los dos metros de diámetro y tres de profundidad, ubicada en la bodega de la casa y que servía para guardar durante cierto tiempo la 74
uva ya pisada). Vanos similares a éste pueden contemplarse en las fachadas de diversas casas del pueblo; esta abertura se generalizó sobre todo en los siglos XVIII y XIX, época en que el vino fue un fruto abundante y de prestigio en el Somontano. Entre los diversos vanos correspondientes a cubos, hay uno que llama la atención por su dintel, decorado a modo de arco conopial; es el que se encuentra en la casa de Josefina Cabrero, en la calle Medio. Al estar localizado en terreno llano, Angüés pudo ampliar su núcleo urbano por los cuatro puntos cardinales. Sin embargo, las nuevas casas que fueron edificándose alrededor del primitivo núcleo medieval se localizan por la parte norte (calle González Gállego), oeste (calle Salillas) y sur (calle Baja). Ha sido por esta dirección por donde más se ha extendido el pueblo, siguiendo la carretera N-240, que actualmente lo divide en dos partes. El espacio que hoy ocupa la plaza Garriga y algunas casas adyacentes a la misma fue antes terreno de cultivo. Los edificios de más reciente construcción se encuentran en torno a las calles Baja, Las Eras, Tamariz y Joaquín Costa. El material empleado en los distintos edificios es variado y combinado, ajustándose al proporcionado por el medio ambiente. El sillar para construir la estructura de la casa y el tapial como relleno son muy usados en Angüés, aunque hay que hacer la observación de que en las grandes casas, como los palacios rurales del siglo XVI y la parte de la iglesia del siglo XVII, se utiliza el ladrillo como elemento alternativo al tapial y al sillar. Las características propias de los diversos materiales constructivos nos llevan a realizar un estudio más detallado de los mismos: El sillar. Se usa en muchas fachadas para la construcción de los esquinales y zócalos, así como en portadas que nos ofrecen un perfecto montaje sobre dovelas. También lo encontramos en el interior de las casas en los zócalos de las paredes maestras interiores, en escaleras, en cantarales y también formando arcos que venían a sustituir a la jácena, como por ejemplo el que hay en el patio de casa 75
Fierro, cuya fachada principal presenta una portada de arco de dovelas lisas, o el arco del patio de casa Benedet. En Angüés se da la circunstancia de no poder disponer de buena piedra para la construcción, por lo que una buena parte del sillar que se ve en las fachadas es reutilizado, procedente de posibles construcciones destacadas y que en su momento desaparecieron. Un ejemplo de reutilización de sillares puede contemplarse en una esquina situada en la calle del Torretón. Por otra parte, se sabe que se traía piedra de las canteras existentes en otros pueblos, como Siétamo, Ayera, Sieso, etc. En el presente siglo, trabajó en Angüés un buen cantero de Velillas (Antonio Geijo), que se ocupó de la restauración de la pared que soporta la verja situada delante de la puerta de la iglesia y de los sillares sobre los que se levanta la fachada de casa López, construida en el siglo XVIII.
Edificio con sillares esquinales reutilizados, en la calle del Torretón. 76
Casa Garriga, en la plaza homónima. Año 1920.
El ladrillo. Su uso se generalizó en el siglo XVIII; fue a partir de mediados de esa centuria cuando se empleó con función estructural en los vanos de la fachada, al mismo tiempo que servía como elemento decorativo. 77
Portada reformada, en arco de ladrillo aplantillado, de casa Galán, en la calle Salillas. Casa natal del antropólogo criminalista Rafael Salillas y Panzano.
En Angüés fue un material muy utilizado en las obras y a ello contribuyó la existencia de una tejería y de personas especializadas en el oficio de tejero. El tejar más antiguo se hallaba en el barranco de la fuente de Umper, al final de la denominada huerta de Sanz. 78
Tras su desaparición, se instaló otro en el antiguo camino de Ibieca, a unos 200 o 300 metros del pueblo, y contó con el correspondiente horno de cocción, hoy desaparecido. En esta tejería se hacía ladrillo macizo y teja común. Las materias primas para su preparación eran la arcilla, que se recogía en un lugar próximo a la tejería, en el denominado camino de Bas; el agua, que, procedente de la lluvia, era almacenada en balsas y en ocasiones también se iba a buscar a la balsa del pueblo mediante un volquete provisto de bidones, y la leña, que era fundamentalmente de encina y la aportaban los vecinos del pueblo, además de los de Junzano y Bespén, a cambio de los ladrillos y tejas que necesitaban. El abandono definitivo de la tejería se produjo en el año 1972, a raíz de la industrialización general en España, y el último tejero fue Modesto Alsina, cuyos antepasados, que llegaron a Angüés procedentes de Ibieca, ya se dedicaban a este oficio. Este material de construcción lo encontramos en casas que destacan dentro de la estructura urbana, componiendo la fachada como complemento del sillar que forma el zócalo, como ocurre en la de Dámaso Galindo. En otras ocasiones es toda la fachada de la vivienda la que está hecha a base de ladrillo, como en las casas Catalán y Garriga. Esta última, situada en la plaza homónima, destaca por su altura y motivos decorativos. Construida en 1920 por el indiano Juan Antonio Garriga Paúl, afincado en Cuba, la fachada es de ladrillo de cara vista aplantillado y se compone de tres plantas y terraza. En la separación entre las plantas baja y primera hay decoración de tacos, friso de esquinillas entre la primera y la segunda planta y mútulos bajo la terraza. Resalta la decoración en grueso relieve de grutescos a candelieri con un tema propio de la decoración de las fachadas palaciegas del Renacimiento consistente en parejas de cabezas masculina y femenina. A la izquierda de la primera planta se aprecia un caduceo (símbolo del comercio como alegoría de un hombre dedicado al mismo) y, a la derecha, la bandera de Cuba en estandarte. Los relieves están hechos en moldes de cemento. 79
También podemos contemplar el ladrillo en las cornisas que coronan las fachadas, en la decoración de vanos y balcones y en los arcos de las portadas como sustitutivo del arco de dovelas de piedra. En algunos casos, los ladrillos que forman estos arcos son aplantillados y con ellos se forma una moldura envolvente del mismo arco, como por ejemplo ocurre en las portadas de casa Sanz, casa Galán, casa Claver, etc. El tapial. Característica propia de la arquitectura doméstica de Angüés, tanto en viviendas como en anejos domésticos, es la construcción en tapial de muy buena calidad entre pilastras o verdugadas de ladrillo haciendo llave. El tapial se puede contemplar en las paredes laterales de las casas y en muchas de sus fachadas principales, abarcando en ocasiones la planta baja, el piso y la falsa en viviendas de considerable altura. En algunos edificios las verdugadas son de piedra sillar y tapial revocado. Esta modalidad de construcción ofrecía las ventajas de coste y comodidad, puesto que consistía en barro mezclado con paja o cascotes, cuya coherencia se conseguía compactándolo a golpes de mazo dentro de un encofrado. Fue una técnica constructiva muy utilizada por los árabes y en Angüés, igual que en otros pueblos del Somontano, el tapial es un complemento del sillar y del ladrillo visible todavía en aquellas casas que no han sido remozadas con los materiales de construcción más modernos. El adobe. Se empezó a usar a mediados del siglo XIX como alternativa más cómoda a la construcción del tapial, usado en la ampliación de edificios y en construcciones complementarias para servicios. Se localiza en varios edificios de las calles Tamariz y Las Eras, por donde el pueblo se fue extendiendo mayormente en épocas más recientes de nuestra historia. Otros materiales. Aparte de los ya descritos, también hay otros materiales que deben ser mencionados, como la madera y el hierro, que, trabajados artesanalmente por los carpinteros y herreros de An80
güés, se convierten en auténticas obras de artesanía visibles en los portones de madera, aleros de fachadas, balcones, verjas, etc. Dentro del casco urbano del pueblo, algunos edificios no se han modificado con el paso de los siglos, sino que mantienen todavía su primitiva estructura con los materiales que en su día se usaron para su construcción; otros, en cambio, han sido remodelados y remozados de acuerdo con las nuevas necesidades y gustos modernos, y otros han desaparecido por completo. En la casa ayuntamiento hubo en tiempos un pequeño recinto usado como prisión provisional o de tránsito, La Fosqueta. Actualmente su puerta de acceso está tapiada con sillares y sólo conserva un pequeño dintel en el que figura la fecha de 1836. En la calle Medio y próxima al ayuntamiento estuvo la casa del alguacil, en la que en el siglo XX se ubicaba la cárcel; tras la guerra civil quedó muy deteriorada y posteriormente fue demolida para levantar, en el solar que ocupaba, el actual depósito de agua del pueblo, que tiene forma de copa y está hecho a base de ladrillo. La casa abadía ha sido remozada por completo, pero su fachada todavía conserva las dovelas lisas, estrechas y no muy largas que forman el arco de entrada. La actual farmacia ocupa el lugar en el que existió un horno para cocer pan, que en el año 1879 era propiedad de Mariano Pérez Mavilla con los siguientes consocios: Mariano López Lasierra, Vicente Torrente Aniés, León Benedet Fortuño, Juan Bernardos Burgasé, Manuel Lafarga Escario y Antonio Castán Zamora. En este mismo año, aparece registrado en los libros de amillaramiento de rústica y urbana un molino oleario propiedad de Mariano López Lasierra, que lindaba a derecha con el callejón y a la espalda con la iglesia parroquial. Sus consocios eran Vicente Torrente Sara, León Benedet Fortuño, Rafael Panzano Palacio, Juan Bernardos Burgasé y Pedro Ortigas. Dicho molino no existe en la actualidad. En la evolución urbana que se ha producido en todos los pueblos y ciudades, los cementerios han sufrido cambios con respecto a su ubicación. En Angüés, si exceptuamos las tumbas de particula81
res que existieron en el pavimento de la iglesia parroquial, se puede decir que el primitivo cementerio se localizó en la actual plaza de la Iglesia, próximo al molino oleario ya desaparecido. Posteriormente se enterró a los muertos en un pequeño cerro, El Fosaler, donde estaba la ermita de San Miguel, junto a la carretera, frente a la actual fábrica de harinas de Guiral. Éste fue el cementerio público hasta finales del siglo XIX, fecha en que se empezaron a efectuar los enterramientos en el más alejado cementerio de la ermita de San Blas. En el año 1879, según los libros de amillaramiento de rústica y urbana, aparecen en uso dos cementerios: uno en el término de San Miguel y otro en el de San Blas. Hasta el siglo XIX no se instauraron los primeros cementerios «higiénicos», trasladados a parajes alejados y bien ventilados; en el caso de Angüés, de acuerdo con las disposiciones sanitarias de la época, el cementerio se trasladó a San Blas. No obstante, todavía durante algunos años se seguía enterrando en El Fosaler (concretamente, a los niños que morían sin haber sido bautizados). ARQUITECTURA DOMÉSTICA Las casas están construidas básicamente con sillares para el zócalo y ladrillo para los pilares. El resto suele ser de adobe o tapial, excepto en aquellas que pertenecieron a familias de importancia económica. Actualmente está profundamente reformada la mayor parte de ellas y por tanto la imagen exterior no se corresponde con esta descripción. Casi todas tenían el portal de entrada en forma de arco de medio punto. La distribución de la vivienda por plantas es de la siguiente manera: Planta baja. En ella entramos directamente en el portal (llamado también en Aragón patio), cuyo suelo solía ser antaño de tierra arcillosa apisonada (buro), con frecuencia de grandes losas de piedra. Abren al mismo varias dependencias, que normalmente son: la cuadra con pajera para los animales de labor y, a través de la misma, un acceso al corral o corrales de animales de consumo doméstico. 82
El resto de las dependencias de esta planta eran utilizadas como lugar de almacenamiento para los aperos de labranza y otras herramientas, algún otro lugar para las patatas, la leña etc., además de los accesos a la bodega y a las cubas. Con frecuencia estos lugares cercanos a la bodega servían para guardar las conservas, ya que la temperatura ambiente era bastante más baja y estable que en el resto de la casa y resultaba ideal en estos casos a pesar del exceso de humedad. Primera planta. Del patio se subía al primer piso por una escalera que tenía casi siempre al menos un recodo en su recorrido. Al final de la misma había un rellano a cuyos lados se distribuía la vivienda como tal de las personas que habitaban la casa. Generalmente a un lado estaban la cocina y recocina y, al otro, la sala, que se utilizaba de comedor para los días de fiesta, y las alcobas. —Cocina. La cocina era (y lo sigue siendo en la actualidad) el lugar donde se hacía la vida normalmente; allí se calentaban, comían y charlaban. Había siempre un hogar o fogaril en el que se guisaba y a cuyo alrededor se sentaban los miembros de la familia. Por lo menos en uno de sus lados había un asiento alargado de madera o cadiera, a veces con respaldo y apoyabrazo del mismo material, sobre la cual se apoyaba (cuando estaba en uso) una mesa abatible sobre la pared. Dicha mesa era, pues, plegable y la utilizaban para comer los hombres de la casa. Las mujeres difícilmente podían hacerlo, ya que no solían sentarse en la cadiera; si acaso, en alguna silla baja al otro lado del hogar o en unos salientes de piedra de unos 20 ó 25 cm de altura a ambos lados del mismo llamados losas. El suelo del hogar era de piedra o de plancha de hierro y en el fondo del mismo tenía como una especie de peldaño muy bajo para apoyar los troncos o tizones, que daban el nombre a la tizonera. Normalmente tenían una campana con una barra travesaña de hierro en su interior, de la que pendía una gruesa cadena terminada en uno o más ganchos llamados en su conjunto cremallos y que servían para colgar los calderos en la matacía o cotidianamente una calde83
reta donde se cocía la comida para los cerdos. Otros elementos propios del hogar eran una barra de hierro o atizador, las tenazas, el badil y el fuelle, además de los caballetes de hierro que servían de base a las sartenes cuando se freía. —Recocina. En la recocina se encontraba la fregadera, que estaba colgada sobre un armazón de hierro y cuya poza acostumbraba a ser de piedra o de granito. Normalmente desaguaba en el corral. Para guardar los utensilios de cocina, había unos estantes o aparadores para las cazuelas y los pucheros, los plateros para los platos y los cuchareros para los cubiertos, todo ello de madera. Junto a la fregadera solía estar la tinaja donde se almacenaba el agua para beber y guisar. Ésta se acarreaba en cántaros que se guardaban en un lugar especialmente destinado a ellos llamado cantara' y que podía ser un hueco en la pared de la cocina o en el rellano con capacidad para tres o cuatro cántaros o bien un armazón de madera que podían poner en cualquier otro lugar. Otro de los utensilios propios de la cocina eran los terrizos, utilizados para fregar la vajilla y, los más pequeños, para lavar las verduras y preparar dulces caseros. —La sala. Se utilizaba como comedor para las fiestas o celebraciones especiales con invitados. Su mobiliario, muy escueto, se reducía a una mesa, varias sillas colocadas alrededor de la estancia y algún mueble o alacena para guardar la vajilla más fina. Acostumbraban a colgar de las paredes retratos familiares enmarcados y algún espejo. —Las alcobas. Estaban anexas a la sala y separadas ambas por un tabique. Dichas alcobas, casi siempre dos, no tenían ventanas normalmente y la luz la recibían de la sala, cuyo balcón se abría a la fachada principal. Su comunicación con ésta era a través de unas aberturas sin puertas de las cuales colgaban cortinas para preservar la intimidad de los ocupantes. El mobiliario de la alcoba se reducía a una cama, que a menudo era de hierro o de barrotes de madera torneados, y a una mesa alta de noche. A veces había también una cómoda o baúl. La decoración de dicha estancia se completaba con al84
guna cromolitografía con motivos religiosos o bien algún crucifijo con su pileta para el agua bendita. —Otras dependencias. En la mayor parte de las casas se disponía además de alguna otra habitación, cuyos muebles eran básicamente los mismos que los de las alcobas pero además solía haber una cómoda para la ropa o, con menos frecuencia, un armario. Había también lavabo o lavamanos en todas las casas, que consistía en un soporte de hierro más o menos decorado para la jofaina o palangana y, en su parte inferior, una jarra. En los últimos años del uso del lavabo su armazón se construía de madera y formaba parte del mobiliario o gabinete de matrimonio. Había también en algunas casas un retrete saliente del muro exterior de obra y madera, el escusau, que vertía sobre el corral, aunque en muchas ocasiones ni siquiera se disponía de este servicio. Planta superior. Estaba destinada como almacén de grano (granero), por un lado, y de trastos en desuso o estropeados, por otro. Siguen existiendo en la actualidad, sobre todo con este último fin y como falsas que ventilan bien la casa. Condición económica de la casa En principio, la anterior es una descripción de la casa media o casa tipo que predominaba hasta hace poco, pero, como es lógico pensar, había también grandes diferencias en función de la época en que había sido construida, las reformas que había sufrido y, por supuesto, el nivel económico y condición social de sus moradores y ascendientes. Esta última circunstancia quedaba claramente reflejada no sólo en su construcción, tamaño, número de dependencias o calidad de su mobiliario, etc., sino que incluso a partir de un cierto nivel eran designadas popularmente hablando como «casa de una, dos... pares de mulas». Un mayor número de mulas, claro está, se correspondía con una mayor cantidad de hectáreas de cultivo y, por tanto, de animales, tanto de labor como de corral. Como consecuencia de ello, 85
estas grandes casas disponían también de personal de servicio, cuyos contratos (bien fueran de inicio o de renovación) se hacían, según la costumbre, el 29 de septiembre, día de San Miguel. Los cargos en los hombres y las mujeres al servicio de la casa tenían una escala de menor a mayor rango. Así, por ejemplo, en una casa de tres pares de mulas en adelante el servicio masculino quedaba cubierto como sigue: Chulo. Se le encomendaba ir a buscar el agua (para lo cual disponía de una burra), sacar a apacentar o pajentar los corderos, barrer patios y cuadras, llevar la comida al campo a los criados que allí se encontraban junto con el amo, acarrear la paja y dar la cebada a las mulas. Un ejemplo de su ínfima condición dentro del servicio de la casa estaba en que solía comer solo en la cocina; a veces le ponían la comida entre dos trozos de pan y debía comérsela en la calle o incluso en la cuadra, que era su lugar para dormir. Pequeño. Iba a buscar el agua con el chulo por las mañanas. El resto del día su trabajo era en el campo, labraba o hacía cualquier otra faena según la época en que se encontraban y seguía a las caballerías. Mediano. Como el pequeño, tenía a su cargo labores del campo con las caballerías que eran el segundo par en importancia. Mozo de jada. Tenía a su cargo el trabajo en los huertos en general: regar, atender el plantío y además picar cepas; a veces, iba con más jornaleros. Mozo mayor. Podía mandar sobre todos los criados, ya que tomaba las órdenes directamente del amo sobre el trabajo del día siguiente; se encargaba del par de mulas mejor, daba los prensos (último pienso del día o reprensar), amansaba animales de labor jóvenes que compraban en la casa... Era típico ver al mozo mayor de una casa montado en una caballería y con una zurriaga colgada alrededor de su cuello, tan larga que la arrastraba, o bien dando trallazos al aire para que el animal fuera más aprisa. Las voces que habitualmente se empleaban en el dominio de las caballerías eran: 86
Binasi. Para que fuera a la izquierda. Pasa allá. Para que fuera a la derecha. Güesque. Para ir al frente. Oh o so. Para parar. Arre. Para acelerar y para iniciar la marcha.
El servicio femenino lo componían dos o tres mujeres, cuyos cargos eran los siguientes: Cocinera. Estaba encargada exclusivamente de hacer todas las comidas, tanto para la familia como para el servicio. Doncella. Limpiaba y arreglaba las habitaciones, planchaba y servía la mesa. Ama de llaves. Llevaba a cabo faenas relacionadas con las habitaciones. Se encargaba también del manejo de la ropa blanca una vez lavada y planchada. Era la que recibía las órdenes directas de la dueña de la casa y por tanto la encargada de distribuirlas a la persona que debía ejecutarlas. Las faenas más duras estaban encomendadas a mujeres que no eran fijas en el servicio y que eran denominadas mandadejas. Éstas se encargaban, cuando se las llamaba, de hacer recados, amasar el pan y hacer la colada. Además del servicio general relacionado directamente con la casa y el campo, estaba el servicio femenino, cuya única misión era el cuidado de los niños. Eran las siguientes: Ama. Se trataba de una mujer contratada en una familia para criar con su propia leche a una criatura recién nacida cuya madre no podía hacerlo por carecer de la misma. Era su única función. Ama seca. Se cuidaba de atender todas las necesidades de los niños (limpiarlos, darles de comer...) y tener a punto toda su ropa. Niñera. Era alguna chica muy joven encargada de vigilar en los juegos y entretener a los niños de la casa. 87
Esbelta torre de la iglesia. 88
ARQUITECTURA ECLESIÁSTICA Iglesia parroquial de la Purificación de Nuestra Señera Remontándonos a la época medieval, se puede decir que la actual iglesia de la Purificación de Nuestra Señora se configuró a partir de la nave central datada en el siglo XII, quedando dentro del recinto urbano fortificado y acogiendo las celebraciones litúrgicas de la época. La mencionada nave central está cubierta mediante una bóveda de cañón apuntado con tres fajones y en su cabecera conserva un ábside de tradición románica semicircular de grandes proporciones, en el que pueden contemplarse los modillones propios del arte románico. Responde su forma a los ábsides del románico tardío y comienzos del gótico de la tierra baja de la actual provincia de Huesca; es de buena piedra sillar, con canecillos lisos y recrecido en ladrillo cuando se levantó la cubierta. En tiempos posteriores fueron añadiéndose capillas, sacristía y torre. Sólo la nave central y el ábside conservan parcialmente la cu-
Ábside románico de la iglesia parroquial. Finales del siglo XII. 89
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Planta de la iglesia parroquia! de la Purificación de Nuestra Señora. (Fuente: A. y J. Naval Mas, Inventario artístico de Huesca y su provincia, Ministerio de Cultura, Madrid, 1980). 90
bierta original, consistente en grandes y gruesas losas de piedra sobre las que se montó la techumbre actual de madera. En el exterior del ábside se puede apreciar unas marcas de cantero, que han sido siempre señales de identidad personales; dichas marcas son de trazo sencillo en forma de V, de tridente, etc. Este templo parroquial es un edificio de sillería y ladrillo de tres naves separadas por pilares. Su construcción nos resume las aportaciones de estilos artísticos de varias épocas. La nave central es románica del siglo XII mientras que las laterales son del XVII. Del interior de la iglesia, lo más sobresaliente son las dos capillas junto al presbiterio por la omamentación de sus embocaduras (números 1 y 6 del dibujo en planta). Haciendo un estudio detallado del arte de cada una de las seis capillas, nos encontrarnos con las siguientes características: N° 1. Capilla de la Virgen del Rosario, de la segunda mitad del siglo XVII. Embocadura de estilo barroco, tallada en estuco endurecido de color gris imitando el color de la piedra arenisca y relieve mucho más grueso que en la capilla de enfrente (n° 6); se organiza al modo tradicional y lo mismo que dicha capilla. Pilastras con capiteles compuestos (acantos y cimacio) y arcos de medio punto. Entablamento muy decorado con motivos vegetales y, sobre el mismo, gran hornacina excavada en el arranque de la bóveda de la nave y en la que se puede contemplar a la Virgen sobre un pedestal con cabezas de ángeles; sobre su brazo izquierdo lleva al Niño Jesús muy mutilado (casi irreconocible por su deterioro) y a su derecha se aprecia un santo imberbe que lleva un libro en la mano. Decoración de las pilastras, en altorrelieve con motivos vegetales y pareja de angelitos en las enjutas. De bulto, pareja de ángeles músicos (solamente uno de ellos conserva una guitarra) en la cornisa sobre las pilastras. En un marco oval se puede leer la invocación mariana: «Ave María». La capilla tiene una cúpula muy decorada con nervaduras en relieve y pintura imitando brocados en gris sobre negro. Dispone de 91
Cúpula de la capilla de la Virgen del Rosario.
linterna con decoración escultórica de angelitos. En las pechinas y en altorrelie ve hay unas figuras de cuerpo entero que al parecer son los cuatro Padres de la Iglesia occidental, aunque dos de ellas se hallan decapitadas. N° 2. Capilla de San Antonio de Padua. Tiene la embocadura pintada. En su parte superior, una hornacina con concha avenerada en la que aparece pintada la imagen de san Antonio de Padua arrodillado, recibiendo los estigmas del Niño Jesús. A ambos lados de la hornacina hay dos angelitos arrodillados, uno con un ramo de lirios y el otro con un libro abierto con inscripción ilegible. Bajo la hornacina y sobre el arco, el escudo de la orden franciscana. Todo ello de ejecución bastante rústica. Tiene una cúpula con ventanales pintados de estilo muy popular del siglo XVIII. En las pechinas pueden contemplarse representacio92
Santo franciscano pintando en una de las pechinas de le cúpula de la capilla de San Antonio.
nes pintadas en círculos enmarcados con rocallas de cuatro santos franciscanos, de los que sólo se conservan dos; los otros dos se hallan deteriorados, así como parte de la decoración, por filtraciones de agua. N° 3. Capilla de la Virgen del Pilar. Tiene la embocadura pintada de modo sencillo en forma de pabellón de rocallas. Capilla del siglo XVIII que tiene una cúpula con ventanas cuadradas en su base y decorada con nervios en relieve. En las pechinas tuvo decoración pintada con representación, seguramente de los cuatro Padres de la Iglesia, que se halla muy deteriorada y de la que solamente son visibles en una de las pechinas un angelito sosteniendo un tintero en el que el santo moja la pluma y, en otra, el manto de mucho vuelo y un pie en escorzo de otra de las figuras. En el intradós del arco de la capilla hay pintados dos canastillos con flores, de buena factura, enmarcados en rocallas. 93
Detalle de pinturas en la capilla de la Virgen del Pilar.
N° 4, capilla de San José, y n° 5, capilla del Santo Cristo. De calidades menos cuidadas. La segunda de éstas es del siglo XIX y tiene una extraña cúpula formada por cuatro bovedillas semiesquifadas con pinjante central muy desarrollado, labrado en yeso en forma de tronco con nudos y, en su frente, un rostro monstruoso sonriente. En los ángulos sobre la cornisa, cuatro angelotes muy toscos en altorrelieve de yeso, sentados sobre hojas, cada uno de los cuales sostiene un atributo de la crucifixión, de interés iconográfico popular. N° 6, capilla del Sagrado Corazón de Jesús. Se puede datar en la primera mitad del siglo XVII. Su embocadura es de estilo barroco, con pilastras con capiteles de hojas nervadas, entablamento de evocación clásica (arquitrabe, friso y cornisa con mútulos), con frontón partido y escudo policromado en madera perteneciente a la familia de los Claver. Partido en dos cuarteles, en diestra el escudo presenta torre sobre flor de lis y pasante sobre fondo verde; en siniestra, aves afrontadas sobre castillo; asimismo, yelmo de hidalguía con lambrequines de cueros y vegetales estilizados. 94
La capilla se cubre con cúpula con linterna, decorada con motivos de peltas entrelazadas en relieve. Junto al ábside abre la sacristía, cuya puerta de acceso es del siglo XIX y está decorada con diversos motivos en relieve: un jarrón de azucenas en el centro y, en otros paneles, custodia con tres estrellas y el emblema papal de las llaves y la tiara de san Pedro. El techo es del siglo XVI y consta de una bóveda de crucería estrellada sobre ménsulas de ángulo talladas con cabecitas. Entre el mobiliario se conserva una calajera con cajones labrados de comienzos del siglo XVII, mientras que el otro cuerpo de la misma parece de comienzos del XIX. En el exterior, la fachada de la iglesia es un sencillo muro de ladrillo rematado por galería de arquillos aragoneses. En la parte baja está la portada, de arco de medio punto enmarcado entre pilastras, que sostiene una estructura arquitrabada sobre la que hay un frontón curvo roto y, a los lados, dos óculos elípticos. El conjunto parece ser obra de finales del siglo XVII.2' Junto a la fachada, en el lado de la epístola, está la torre, que cierra con cúpula sobre trompas. Es a partir de la segunda mitad del siglo XVI cuando, a partir de la parte románica preexistente, se levanta la torre que ha llegado hasta nuestros días. Es una torre de tres cuerpos: el primero de ellos, con dos vanos al frente, se remonta a la época de la nave central (siglo XII); el segundo, con un vano a cada lado, es el que sirve de campanario y parece ser una ampliación posterior; el tercer cuerpo es un bonito chapitel de planta octogonal con dos órdenes de columnas superpuestas en cada uno de los ocho ángulos. Asimismo, tiene una especie de garitones cubiertos con media naranja de sillería y rematados por una cruz que en algún tiempo pudieron servir de esconjuraderas. De la misma manera que en el ábside, en el interior y exterior de esta torre se aprecian unas
" NAVAL MAS, Antonio y Joaquín, Inventario artístico de Huesca y su provincia, Ministerio de Cultura, Madrid, 1980.
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marcas de cantero tanto en el primer cuerpo como en la parte alta, rehecha cuando en el siglo XVI se hizo el remate. Este campanario, que por sus características arquitectónicas (con remate de dos cuerpos octogonales en cuyos ángulos hay medias columnas con capiteles sosteniendo mascarones) podía pertenecer a una colegiata, albergó en sus ventanales varias campanas. En el año 1876 había en él cuatro campanas, en 1933 contaba con cinco y en la actualidad quedan cuatro. La más grande de ellas, situada en la parte de la torre que da a la plaza Mayor, se conoce con el nombre de María del Rosario y en ella reza la siguiente inscripción: María del Rosario me llamo, cien arrobas peso; quien no lo quiera creer que me levante a peso.
También se puede leer otra que dice: «Me fundieron siendo alcalde D. Eduardo Torrente y cura ecónomo D. Vicente Mavilla, Pablo del Campo me hizo año 1904». Lleva medallones con la imagen de santa Bárbara y una custodia. Entre los habitantes del pueblo se recuerda el nombre de otras campanas, como por ejemplo «campana de Dan» (orientada al norte) y «campana de 16 o campana del perdido» (orientada al sur). En esta última se aprecia la fecha del ario 1956 y la imagen fundida de una custodia. De hacer sonar las campanas se ocupa el campanero, quien efectúa diversos toques de las mismas según la ocasión requerida y que a continuación detallamos: Toque de misa en días festivos. Primero, repicar con la mayor y la «16». Segundo, volteo o bandeo de la de «Dan». En el caso de ser un festivo muy notorio —generalmente los que en sus ritos incluían procesión— se volteaban todas. Seguidamente: dieciséis campanadas con campana «16», intervalo de 10 ó 15 minutos, diez campanadas con campana «16», intervalo de 10 6 15 minutos, tres 96
campanadas con campana «16», pequeño lapsus y, después, volvía a repetirse el ciclo partiendo de las 16 campanadas. En las misas de diario y para el rosario solamente se tocaba uno de estos ciclos. Toque de fuego. Cuando se producía un incendio se avisaba igualmente al campanero para poner en alerta a todo el vecindario. Los toques se efectuaban con dos campanas a un ritmo muy rápido y alternando cortos intervalos. Toque de difuntos. Se tocaba con tres campanas: con la mayor, con la «16» y con la de «Dan». Empezaban con uno o dos toques las tres al mismo tiempo para luego alternar uno de cada una, primero con intervalos lentos y aumentando en velocidad hasta volver a tocar las tres a la vez. 97
Mortijuelo. De igual forma se procedía cuando moría un niño, pero se tocaba con las dos campanas pequeñas, hasta la guerra, en que desapareció una de ellas. A partir de entonces se tocaba una sola con dos badajos. Toque del perdido o campana del perdido. Se practicó este toque sobre todo mientras el pueblo no dispuso de luz eléctrica y su cometido era guiar por medio de su sonido a las personas que pudieran hallarse perdidas y desorientadas por la ausencia de luz. Se tocaba con la «16» cada día a las 12 de la noche. Tocar a rebato. Se hacía cuando se veía venir o formar una tormenta muy mala que podría traer malas consecuencias y servía al menos para dar tiempo a la gente de resguardarse. Otros toques de campanas. Se hacía además uso de las mismas en el transcurso de la misa, en el momento de la consagración. Dichos toques, que se hacían con la mayor, coincidían con los efectuados en el interior de la iglesia por los monaguillos con una campanilla. Además de las campanas, en la torre hay un reloj que data del año 1903 y que lleva la firma de la casa Coll de Lascellas. Para que pudiera seguir funcionando correctamente, su maquinaria fue limpiada en el año 1995 por Alfredo Pallás Foncillas, también de Lascellas. Según el informe parroquial de Pedro Viñuales, cura del pueblo en el ario 1828, la iglesia tenía varias sepulturas compradas por particulares. Durante la guerra civil se levantaron del suelo de la iglesia grandes losas de piedra bajo las cuales aparecieron restos humanos que corroboraron la existencia de esos enterramientos. El citado informe nos dice también que la iglesia disponía de los ocho altares siguientes: —Tres bajo la invocación de Nuestra Señora: el mayor, advocación de la Purificación, propio de la iglesia; el del Rosario, cuya capilla había sido concedida a la cofradía del mismo nombre, y el de la Virgen del Pilar, mantenido por la casa de León Benedet. 98
—Uno bajo la invocación de san Antonio, cuya capilla correspondía a los hermanos de la cofradía de su nombre. —Uno bajo la invocación del arcángel san Miguel y cuya capilla correspondía a Mariano Palacio. —Uno bajo la invocación de san Rafael. —Uno bajo la invocación del Santo Cristo, que correspondía a su cofradía. —Uno bajo la invocación de san Juan Bautista, cuyo altar correspondía a Jacobo Claver, residente con frecuencia en Huesca, y a Bernabé Sampériz, de Azlot En el año 1837 había duda sobre su patronazgo entre las dos personas mencionadas, quienes dejaban encargados para cuidar la capilla de dicho altar, pero se daba la casualidad de que casi siempre estaba descuidada. Este templo parroquial, que normalmente gozaba de un buen estado de conservación, sufrió desperfectos considerables a raíz de la contienda civil. En el año 1936 se destinó para garaje o parque de maquinaria y aperos de uso agrícola propios de la colectividad agraria, además de servir de almacén de víveres para la intendencia de la Columna Roja y Negra, que llegó a denominarse 1278 Brigada mixta de la 28.a División (Ascaso). Finalizada dicha contienda, se procedió a su reparación para volver a celebrar allí los cultos religiosos y, con el paso de los años, se le ha ido dando la belleza arquitectónica que requería. Esta iglesia parroquial disponía de su primicia eclesiástica, consistente en pan, vino, aceite, corderos y lana. En 1758 tenía derecho a percibir la décima de los frutos que se recogían en los términos del monte de Antillas, que ya había sido comprado por el Ayuntamiento de Angüés en años anteriores. En dicho año, siendo alcalde del pueblo Francisco Antonio Sampériz, se planteó una duda en relación con la percepción de las décimas sobre una porción de terreno que Antonio Castellor poseía en Antillas. Para dar solución a tal cuestión se procedió al amojonamiento de las lie gas entre los 99
Fachada principal de la antigua ermita de San Blas, aprovechada como puerta de acceso a la parte nueva del cementerio.
Ruinas de la ermita de San Marcos. 100
montes de Antillas y de Angüés, consultando para ello a José Miguel Claver, asesor del juzgado de este último pueblo. Según Pedro Blecua y Paúl en su Descripción topográfica de la ciudad de Huesca y todo su partido en el reino de Aragón, en el año 1792 esta iglesia estaba muy bien surtida con su primicia eclesiástica. El clero se componía de un Capítulo eclesiástico con un vicario como presidente y dos racioneros. La vicaría se proveía a concurso ordinario y su renta ascendía a 4.000 reales de vellón; las raciones se proveían alternativamente por el obispo de Huesca y Jacobo Claver, vecino de dicha ciudad, y su renta, en la que se incluía entre otras percepciones la décima del monte de Antillas, ascendía a 2.000 reales de vellón. En el mencionado año había dos diezmatorios: —Los frutos decimales del monte del pueblo los percibía por entero el obispo, quien disponía de granero. Este dato histórico, aportado por Pedro Viltuales (cura de Angués en el año 1828), nos puede hacer pensar que dicho granero se ubicaba ea la casa denominada «banco del obispo», hoy propiedad de López. —Los diezmos del monte Arnillas los percibía el Capítulo y se dividían entre el cura, al que se daba la cuarta parte, y los beneficiarios, que recibían tres partes. Ermita de San Blas Construida en el siglo XVII en honor a san Blas, patrón del pueblo, fue una ermita amplia que disponía de altar mayor, sacristía y coro. A raíz de la guerra civil quedó derruida por completo y hoy sólo se conserva la fachada principal, que a pesar de ser del citado siglo mantiene las características de una típica fachada renacentista, con una decoración a base de formas geométricas básicas. La puerta de entrada está decorada por medio de unas columnas adosadas al muro principal y en su parte superior tiene un frontón partido cuyos lados ascendentes no llegan a juntarse y donde se inserta una horna101
cina que guarda la imagen de san Blas reproducida por las artesanas manos de Delia Mancho Brusau en 1989. Además de esta fachada principal, también se conserva un muro lateral con zócalo de sillares y el resto de tapial acompañado de pilares de ladrillo, además de un contrafuerte de grandes sillares. En la parte norte de dicho muro están adosados los nichos correspondientes al antiguo cementerio (cuando dejó de usarse el emplazado en la ermita de San Miguel y se utilizó el actual, ubicado en la ermita de San Blas). En la parte sur del mismo, sobre el solar que ocupó la ermita, se han construido nuevos nichos. En la parte posterior de la ermita hubo una casa que era la vivienda de los ermitaños encargados de la conservación, limpieza y alumbrado del templo. Disponían de un olivar del que obtenían aceite para las lamparillas; asimismo tenían una urna con la que se dedicaban a ir por los pueblos pidiendo limosna. El último ermitaño fue Francisco Mur (abuelo de la familia Arnal). Después de él, Antonio Pérez y María Naya se ocuparon del cuidado de la ermita hasta la guerra civil; estos últimos ya no vivían en la casa de la ermita sino en el pueblo y, según informaron sus hijos, la urna que era llevada por los pueblos la habían enterrado en El Fosaler para evitar su destrucción a consecuencia de la guerra civil. Después de que algunos vecinos de Angüés se preocuparan de rebuscar en dicho lugar, la urna continúa sin ser encontrada.
Otras ermitas Además de la de San Blas, Angüés contó con dos ermitas más construidas en el siglo XVII. Una es la de San Marcos, protector de las cosechas, que se encuentra en las proximidades del término municipal de Torres de Montes; hoy está en mal estado de conservación. Otra ermita fue la de San Miguel, que se ubicó en el pequeño cerro que hay junto a la carretera N-240, frente a la fábrica de Guiral; ésta ha desaparecido por completo. 102
Sus gentes y costumbres
EL CICLO DE LA VIDA En este medio a veces hostil por el clima, las malas cosechas y, como consecuencia, la escasez se desarrollaba la vida de los habitantes de la localidad, que llevaban a cabo como en todas las colectividades su ciclo de nacimiento, crecimiento, reproducción y muerte, más o menos rodeado de usos, formas y costumbres relativos al hecho en cuestión. Tomando como base de partida el embarazo como origen del ciclo, describiremos algunas de estas costumbres propias de la localidad y hoy perdidas para siempre. Embarazo Aunque era recibido con satisfacción, sobre todo si era el primer o segundo hijo en una pareja joven, estaba rodeado, como antiguamente solía suceder, de un cúmulo de creencias generalmente relacionadas con la predicción del sexo y la protección de la criatura a través de la madre. Se consideraban trabajos perjudiciales aquellos en los que, al efectuarlos, había de producirse un estiramiento en el cuerpo de la mujer, como por ejemplo intentar coger algo de un aparador alto, y por supuesto, al igual que hoy, aquellos en los que había de levantarse peso, como el acarreo del agua. La mujer embarazada debía evitar este tipo de trabajos. 103
Con respecto a la predicción del sexo, las gentes del lugar recuerdan algunas costumbres ya perdidas en la práctica y que a continuación mencionamos: —Habiendo dos sillas cercanas a la mujer embarazada, se colocaba un cuchillo en una de ellas sin que ésta se diera cuenta y se cubría con un cojín. Si se sentaba en la que estaba el cuchillo se decía que tendría una niña. — Se ponía una tijera abierta encima de una silla y una cerrada sobre otra, ambas cubiertas por un cojín. Si la embarazada se sentaba en la que estaba la tijera abierta sería niña, si lo hacía en la otra sería niño. —Presionando con los dedos el mentón, si se formaba un surco sería una niña y de lo contrario un varón. — Una última que todavía persiste es observar la forma del vientre de la madre: si ésta es puntiaguda es niño, si es redondeada y está muy repartida es niña. Con respecto a la protección de la criatura a través de la madre, se evitaban los trabajos perjudiciales. Costumbre generalizada era la de creer que, si la mujer que estaba esperando un hijo tenía una apetencia acusada por un alimento y por una u otra causa no podía comerlo, le saldría una mancha al niño justo en el lugar del cuerpo en que la madre se tocara en ese instante.
Nacimiento y bautismo La mujer era atendida en el parto por una comadrona popular que no tenía más autoridad médica que la de su experiencia, aunque estaba totalmente aceptada según la tradición. Sólo en el caso de producirse algún contratiempo se avisaba al practicante o trujano y, más tarde, al médico. Una vez el parto había llegado a buen término, tanto para la madre como para el niño, era costumbre en algunas casas hacer una perola o chocolate cocido para la famila y la gente que había asistido al parto. 104
Aunque todo hubiera ido bien, era costumbre el que la madre permaneciera en cama por espacio de una semana, a la vez que era sobrealimentada a base de caldos de gallina, animal que mataban especialmente para dicha ocasión. También se acostumbraba a llevarle el desayuno, consistente en una taza de chocolate con bizcochos. Tras el alumbramiento, la mujer no debía salir de casa, pues estaba muy mal visto. Según la tradición popular, se consideraba que estaba impura. Su primera salida debía ser a la iglesia para poner una vela a la Virgen y oír misa. Iba acompañada generalmente por alguna hermana, vecina o familiar allegada y a veces por la comadrona, después de lo cual —ceremonia de purificación— ya podía integrarse a la vida normal. El alimento del recién nacido era básicamente la leche de su madre, a excepción de las veces en las que por cualquier causa ésta no podía amamantarlo, en cuyo caso se tomaba un ama de cría o bien se criaba con leche de cabra, rebajada al principio con agua de cebada. La proporción era de una cucharada de agua por dos de leche. En el caso de la lactancia natural, mientras ésta duraba la madre no debía recibir ningún susto ni mala noticia porque si no le podía pasar algo al niño por «una mala tetada». Decían que la leche se volvía agria. Cuando la madre consideraba que debía terminar con la lactancia materna, procedía al destete, para lo cual, a efectos de que éste fuera más rápido, se untaba con hollín alrededor del pezón, lo que producía una reacción negativa en el niño, que generalmente en lo sucesivo mostraba su rechazo, habida cuenta de que acostumbraba a ser ya algo mayor. A veces la lactancia se alargaba hasta los dos años de vida. La postura en la que se colocaba al bebé para dormir era siempre boca arriba. La ropa con la que se vestía desde su nacimiento y hasta los cinco o seis meses consistía en una camisita con manga de hilo, un jubón con manga, una fajita para el ombligo, tres pañales (el primero de ropa fina, el segundo de una tela de rayas y el tercero de raso) y una faja por encima de los mismos para su sujeción. 105
El bautizo tenía lugar a la semana o diez días de producirse el nacimiento. Si la madre se encontraba lo suficientemente repuesta del parto acudía a la ceremonia, a la vez que ésta le servía como la suya de purificación, aunque por lo general no acostumbraba a suceder. La ropa que usaba el niño en esta ceremonia era la anteriormente mencionada y, además, dos faldones, un gorro y una capa. Era llevado a la iglesia por manos de la comadrona, ataviada con un delantal blanco. Se requería además una toalla, una jarra con agua, estopa o pan para extender los óleos y una vela. Los padrinos acostumbraban a ser los abuelos, uno de cada parte. Los nombres que se imponían al recién nacido eran generalmente los de los padres, abuelos o el de algún familiar muerto; también, el patronímico del día. Los rezos en el bautizo por parte de los padrinos debían hacerse con especial fervor, de lo contrario —decían— el niño sufriría ataques a la cabeza. Cuando se salía de la iglesia era costumbre que los padrinos lanzaran al aire peladillas y monedas, que eran ávidamente recogidas por la chiquillería allí reunida; de lo contrario, cantaban a la vez que pedían: «Aquí, allá, si no el niño se morirá». Ya en la casa se obsequiaba a los invitados con una chocolatada. Infancia y etapa escolar Esta época es vivida por el niño en circunstancias normales como época de ocio, juegos y diversión, y decimos en circunstancias normales porque en el caso de una acuciante necesidad económica en la familia éste se veía de pronto inmerso en la problemática de la misma, teniendo que abandonar la escuela e incorporarse al trabajo incluso fuera de su localidad. En esta etapa de la vida se les caen los primeros dientes a los niños y ante tal circunstancia se les decía que recogieran el diente y lo escondieran en un agujero de la pared, porque si se perdía por el suelo y se lo tragaba un animal el diente nuevo saldría igual al del animal que se había comido el suyo. 106
Siendo el juego la actividad esencial, no sólo como elemento lúdico sino también de aprendizaje, nos parece oportuno hacer un análisis pormenorizado del mismo. Para ello, además de la memoria popular y de la propia experiencia, nos han sido de gran utilidad los trabajos publicados por Ma Carmen Mairal (Juegos tradicionales infantiles en el Altoaragón) y Mariano Coronas (Así nos divertíamos, así jugábamos). El primero recoge los juegos más antiguos o por lo menos aquellos a los que más se jugaba en la época en que nuestros padres y abuelos eran niños. El segundo explica especialmente los que estaban más en boga en la década de los 60, época que coincide plenamente con los años de nuestra niñez. A las explicaciones de ambos nos remitimos en algunos casos de forma literal, introduciendo, claro está, las variedades locales, que los convierten en algo más nuestro si cabe. La clasificación por sexos de los juegos solamente es indicativa de la mayor o menor frecuencia con que eran jugados por unos o por otras, ya que algunos de ellos lo fueron indistintamente. He aquí una pequeña muestra de los juegos de niños: Tejo y tangana. Consistía en lanzar un casco de tejo o piedra desde una distancia separada unos diez metros de un punto donde se había colocado una lata de conserva o tangana, que debía ser derribada por el lanzador. Si no lo conseguía, debía repetir el tiro desde el punto en el que se había quedado la piedra en la vez anterior. Generalmente se aportaban carpetas, que se colocaban detrás de la tangana.22 Pilones. Los participantes se colocaban de pie formando un círculo, excepto dos de ellos, uno de los cuales, blandiendo un cinturón, perseguía al segundo dando vueltas alrededor del círculo. El perseguidor podía en cualquier momento entregar el cinturón a uno de los compañeros del corro, el cual pasaba a ser el nuevo perse" Este juego, según cuenta 154° Carmen MAIRAL CLAVER en Juegos tradicionales infantiles en el Altoaragón, LEA, Huesca, 1987, es propio de Angüés y Bolea. 107
guidor, mientras que el anterior debía ocupar el sitio que había quedado libre. Alandorra. Se jugaba también con un cinturón o un trapo retorcido. Era muy parecido al de los pilones, pero en este caso los niños se colocaban sentados contra una pared. Barqueta. Colocados detrás de una raya marcada en el suelo, se quitaban una de las abarcas y efectuaban el lanzamiento con el pie y la abarca puesta al revés, es decir, los dedos del pie introducidos en el talón de la misma. El que alcanzaba menos distancia la «pagaba», por lo que recibía tres golpes en la espalda propinados por el que había conseguido el mayor lanzamiento, tras lo cual debía salir corriendo ya que el resto de jugadores le lanzaban igualmente sus abarcas con el propósito de alcanzarlo. Pitos. Se trata de las canicas. Las voces utilizadas en este juego son «chiva», «pie», «tute» y «gua». Esta última correspondía al acierto en el hoyo donde debía caer. Nloscallón. La descripción hecha por Mariano Coronas es la que más se ajusta al modo en que se jugaba en Angüés y es como sigue: «El jugador que la «pagaba», colocaba uno de los brazos flexionado con la palma de la mano apoyada en el lateral de la cara, mientras el otro brazo se cruzaba por debajo del anterior con la palma de la mano hacia atrás. Detrás del «pagador», se situaban los demás jugadores; uno de éstos golpeaba su mano y eI que la «pagaba» debía adivinar quién le había golpeado. Si lo hacía, era éste quien pasaba a «pagarla»; si no, continuaba él». Otra versión de este juego era el «moscallón con boina». Intervenían tres jugadores y el objetivo era el de tirar la boina. El del centro era el que daba los golpes a los laterales. Carpetas. Se confeccionaban mayormente con las cartas de la baraja dobladas o bien con cajas de cerillas. Alrededor de las mismas existieron varios juegos, en los que éstas servían como elemento de tiro o como blanco de lanzamiento y, en ambos casos, como objeto de la ganancia en el juego. A continuación citamos dos modalidades de este juego: 108
—«A volverla» (recogida por Ma Carmen Mairal con el nombre de «la patusca»). Consiste en colocar una de ellas en el suelo marcada con un agujero (solía utilizarse la más vieja, llamada también «maruchana»). Los jugadores, colocados en pie delante de la misma a una distancia predeterminada, van lanzando uno por uno sus carpetas hasta que uno de ellos consigue darle la vuelta. El que lo logra se queda con todas las que hay en el suelo. —«Cartonetes». Se traza un círculo en el suelo y se colocan las carpetas dentro del mismo. También se marca una línea a una distancia predeterminada del círculo. Los jugadores se colocan detrás de dicha línea y lanzan una moneda con objeto de desplazar las carpetas al exterior del círculo. El que lo consigue gana las carpetas que con su tiro ha echado fuera. Ladrones contra ministros. Se dividían los jugadores en dos bandos, uno de los cuales correspondía a los ministros y el otro a los ladrones. Estos últimos corrían a esconderse y los ministros salían en su busca. Cuando capturaban a alguno de ellos lo ponían en un lugar concreto, bien vigilado. Entonces los ministros proseguían la búsqueda y captura de los ladrones, pero debían vigilar a los que ya tenían presos para que no pudieran ser rescatados por alguno de sus compañeros. Los papeles se intercambian en el juego siguiente sólo si todos los ladrones han podido ser capturados. A la una, anda la mula. Era un juego en el que se iba saltando con las piernas abiertas sobre el compañero, que estaba de pie con la espalda arqueada y las manos apoyadas en sus rodillas, a la vez que se iba recitando: Ala una, anda la mula; a las dos, el reloj; a las tres, san Andrés; a las cuatro, brinco y salto; a las cinco, mayor brinco; a las seis, abrevar vacas y güeis; a las siete, me cojo un carapuchete; a las ocho, un bizcocho; 109
a las nueve, coge la bota y bebe; a las diez, otro traguer; a las once, llama el conde; a las doce, le responden con campanillas de bronce.
En cuanto a los juegos de niñas, destacamos los siguientes: El pañuelo. Partiendo de una pared se trazaban dos rayas perpendiculares a la misma y paralelas entre sí, separadas por unos cuantos metros de distancia. Detrás de cada una de ellas se situaban las jugadoras, a cada una de las cuales se le asignaba el mismo número que tuviera su pareja en el otro equipo. Apoyada en la pared y equidistante a las rayas, se colocaba la madre, con un brazo extendido hacia delante y un pañuelo pendiendo de su mano. Cuando ya todas estaban preparadas, nombraba gritando uno de los números asignados en los dos bandos. Las jugadoras a las cuales correspondía dicho número salían corriendo a coger el pañuelo. La que conseguía cogerlo pasaba a ser perseguida por la otra hasta que llegaba a su bando. Si la perseguidora no conseguía alcanzar a la que llevaba el pañuelo, quedaba eliminada del juego y su número era asignado a una de las jugadoras de su bando, de forma que una de ellas podía llegar a correr con todos los números asignados. La coleta el abadejo. Las jugadoras se sentaban en corro con la cara tapada, a excepción de una, que era la que llevaba la coleta (una alpargata o zapato de ella misma). Mientras saltaba a la pata coja por la parte exterior del corro, iba cantando: La coleta el abadejo, aquí me la encuentro y aquí me la dejo.
Entonces dejaba la alpargata detrás de una de las jugadoras. Al parar de cantar buscaba cada una si se la habían dejado. La que la tenía, salía corriendo detrás de la primera, la cual debía salvarse sentándose en el lugar que había dejado libre la otra. Si no lo lograba y se sentaba antes la que había recibido la alpargata, volvía a «pagarla» la misma.
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Marro rechola. Solían jugar dos o tres. Primero se dibujaban en el suelo unos cuadros o casillas que juntos formaban una determinada figura lo suficientemente grande para poder saltar sobre cada una de ellas, previamente numeradas. Consistía el juego en lanzar una piedra plana o un trozo de azulejo (llamado rechola) a las casillas del dibujo y saltarlas a la pata coja, excepto en las casillas 4, 5, 7 y 8, en que se hacía con las piernas abiertas cuando ninguna de las cuatro tenían la piedra. Al llegar a esas últimas se saltaba dando un giro para volver por la 6 hasta el principio, no sin antes recoger la rechola al final del recorrido. Asimismo debía omitirse el salto en la casilla que la contenía. Se hacía «mala» cuando la piedra caía sobre alguna de las rayas que conformaban el dibujo, si se ponían los dos pies en las casillas 1, 2, 3 y 6, cuando se apoyaba una mano en el suelo o se perdía el equilibrio al recoger la rechola y también si se pisaba ésta. Los siguientes recorridos se efectuaban por las mismas casillas pero aumentando la dificultad en cada juego completo de ocho recorridos. Las dificultades eran las siguientes: 1, saltar con la piedra colocada sobre el empeine del pie sin que cayera; 2, saltar con la piedra colocada sobre el dorso de la mano; 3, tirar la piedra por encima de la cabeza estando de espaldas al marro, tratando de conseguir que la rechola fuera a parar a una casilla sin pisar una raya. La malla. La que «pagaba» contaba hasta un número predeterminado, con la cara tapada por los brazos, mientras el resto de las compañeras corrían a esconderse. Una vez había terminado de contar, empezaba a buscarlas. Si veía a alguna, iba corriendo hasta eI lugar donde había contado y, golpeando con una piedra en la pared o en el suelo, gritaba: «Levanto la malla por... (el nombre de la compañera que había visto)»; si ésta lograba llegar al lugar donde estaba la piedra antes que la «pagadora», se salvaba y, golpeando con la piedra de la misma forma, gritaba: «Levanto la malla por todas mis compañeras y por mí la primera». Si nadie conseguía salvar a las 111
que habían sido vistas por la «pagadora», pasaba a «pagarla» la primera jugadora descubierta. Recotín, recotán. Es el nombre del juego y consistía en adivinar el número de dedos que la «pagadora» tenía sobre su espalda. Una hacía de madre y se colocaba sentada con las piernas flexionadas. La que «pagaba» se colocaba de rodillas con la cabeza agachada sobre las piernas de la primera, de forma que su cara quedara cubierta por las manos de la madre. El resto de las jugadoras se ponían alrededor de quien la «pagaba» dándole golpes en la espalda mientras cantaban: Recotín, recotán, de la vera, vera, van del palacio a la cocina. ¿Cuántos dedos tienes encima?
Contestaba la «pagadora» el número que creía. Si no acertaba replicaban las otras: «Si en hubieras dicho... (número de dedos colocados sobre la espalda) no t'haría tanto mal» (porque se presionaba con los dedos sobre la misma). Si lo adivinaba se cambiaban los papeles mediante alguna fórmula establecida; de lo contrario volvía a repetir la «pagadora» y se le propinaban los golpes con un poco más de fuerza. Mango la jada. Éste es el nombre de otro juego de escondite consistente en colocarse las jugadoras tomando las mismas posiciones que en el juego anterior y dando pequeños golpes en la espalda de la «pagadora», mientras cantan: Mango la jada, que viene cansada de trabajar... Pegar sin reír, pegar sin... [silencio], pegar una zotadeta en el culo y escapar a volar. [Aquí corren todas a esconderse, excepto la madre y la que la «paga»] Conejitos, a esconder, que la madre va a poner, que si va, que si va 112
algún tonto pillará. ¿Suelto la liebre? [En este punto las que están escondidas gritan «sí» y la «pagadora» sale en su busca]
Corros. El «corro de la patata», el «corro Chirimbolo» y «El patio de mi casa» eran los más populares. Prendas o Antón Pirulero. Se sentaban las jugadoras en una hilera mirando hacia la madre, que era la que dirigía el juego. A cada una de ellas se le asignaba una acción (coser, cortar, comer, etc.) que debía repetir imitando el gesto con las manos y justo en el momento en que lo hiciera la madre. Para ello debían estar todas muy atentas a ésta. Si por distracción alguna dejaba de hacerlo cuando se lo estaban marcando se le imponía como castigo alguna faena o algo que le produjera cierta molestia o esfuerzo. Durante el transcurso del juego se cantaba lo siguiente: Antón, Antón, Antón Pirulero, cada cual, cada cual que aprenda su juego y el que no lo aprenda pagará una prenda. [Se volvía a empezar]
Marro. Tal y como lo describe Mariano Coronas en su obra ya citada, consistía en lo siguiente: «Si un jugador del equipo A salía de su marro después de haberlo hecho uno del equipo B, el primero podía eliminar al segundo si lograba cogerle, pero no al revés. Cada jugador, pues, podía eliminar a todos los del equipo contrario que hubieran tocado marro con anterioridad a él. Cuando un jugador era perseguido por otro del equipo contrario podía retroceder hasta su marro, donde no podía ser capturado; cualquier jugador que permaneciese en contacto con el marro contrario tampoco podía ser capturado. Los que iban siendo eliminados se colocaban en el marro del equipo que los había capturado, de tal manera que uno de los prisioneros debía estar tocando marro y los demás unidos en cadena por las manos, pues si un compañero lograba tocar a uno de ellos quedaban todos salvados». 113
Aparte de los ya comentados, otros juegos propios de las chicas eran la comba, juegos de pelota, alfileres, etc. Además de los juegos que estaban regidos por una normativa o por un número concreto de jugadores, había un sinfín de entretenimientos en los que los niños de cada época se han pasado muy buenos ratos. Para los chicos, eran sus correrías por eras, balsas, charcos y demás lugares del contorno, donde cazar pájaros, capturar renacuajos o coger nidos formaba parte de sus hazañas, y, aunque algunos de ellos puedan parecemos crueles en la actualidad, lo cierto es que sirvieron para desarrollar una gran destreza en el manejo de herramientas y materiales para la fabricación casera de sus «armas» y trampas y una serie de habilidades que difícilmente pueden lograr hoy, fuera de unos programas educativos. Así pues, los tres reinos de la naturaleza se convertían en elementos lúdicos, bien fuera como medio, bien como objetivo. Tanto los chicos como las chicas empleaban parte de sus ratos de ocio en la recolección de almendricos, higos y moras, para pegarse más de un atracón. Los chicos acostumbraban a recoger litones (fruto del almez o litonero) y, una vez comidos, empleaban los huesos como proyectiles de un disparador hecho por ellos mismos, que en realidad era una caña hueca. Las chicas a veces recolectaban flores, sobre todo malvas, con las que se hacían collares entrelazando los tallos. Otras veces el entretenimiento lo constituían los cachorros, los cuales se lanzaban unas contra otras con el fin de que quedaran enganchados en la ropa o en el pelo. Con arena arcillosa y agua se hacía barro en alguna lata o recipiente, a lo que se denominaba «hacer chocolate». Una vez conseguido el punto de uniformidad y espesor conveniente, se vertía para moldear «tartas» que se adornaban con flores, granos de uva o piedrecillas y posteriormente se dejaban secar al sol. Juventud, primeras relaciones y matrimonios Los que habían sido escolarizados en su niñez, llegados a los catorce arios daban por concluida su formación escolar (lo denomi114
naban «salirse de la escuela») y se metían ya de lleno en la vida laboral, que generalmente era en el campo o en el aprendizaje de un oficio para los chicos y la formación integral como amas de casa y futuras madres de familia para las chicas. Las relaciones entre chicos y chicas comenzaban a veces en estas edades, aunque estas primeras raramente terminaban en boda. Uno de los lugares donde se tenían las primeras «tomas de contacto» era generalmente la fuente a donde acudían las mozas a por agua, que solía estar llena de moscones al acecho de la elegida. Otra forma de tanteo por parte de los chicos era tirarles alguna ramita de albahaca o alguna pequeña piedra a corta distancia; de aquí el refrán que algunos conocen: «Quien tira piedrecitas quiere palabritas». En cualquier caso, la reacción por parte de la chica era suficiente para darse por enterada. A pesar de todo lo anterior, la forma más frecuente para comenzar una relación era el baile, sobre todo los celebrados en las fiestas patronales, y más antiguamente las rondas, hoy desaparecidas, al menos con esa intención. Respecto al baile, hay que decir que existían unas costumbres bastante estrictas en relación con la libertad por parte de la chica de bailar con quien quisiera. Si una rechazaba hacerlo con alguno de los mozos del pueblo, era blanco de las burlas de éstos; si además posteriormente aceptaba a otro forastero, podían incluso echarla del baile y no dejarla entrar en toda la fiesta, aunque por lo general no se llegaba tan lejos y se limitaban a no sacarla a bailar en toda la fiesta ninguno de los del pueblo. Volviendo a las relaciones puramente dichas, hay que decir que las chicas debían recogerse en sus casas como muy tarde a la puesta del sol, aunque si el pretendiente era de otro pueblo solían encontrarse más tarde o incluso al anochecer, ya que por el hecho de ser forastero debía aguantar las bromas a veces pesadas de los mozos del pueblo, llegando en alguna ocasión a las manos. Como que esta circunstancia no era del gusto de los familiares de la novia en cuestión, pronto acostumbraban a formalizarse estas relaciones, de 115
forma que, una vez se había conseguido la licencia de los padres para proseguirlas y el pretendiente era oficialmente aceptado como futuro miembro de la familia, los bromistas dejaban en paz al novio forastero. En cuanto las relaciones estaban aceptadas por las familias y la boda acordada, se llevaban a cabo las capitulaciones matrimoniales, sobre todo en los casos en que la novia aportaba alguna finca al patrimonio de la otra parte. Tenían además en cuenta las otras aportaciones, ya fueran monetarias o se tratase sólo del ajuar y la ropa de llevar. Se celebraban ante notario en presencia de las dos familias y su fin primordial era el de establecer un compromiso por el cual dichas aportaciones de una u otra parte debían volver a su dueño de origen en el caso de la muerte de uno de los cónyuges sin que hubiera descendencia. Llegado ya el momento de la boda, la comitiva del novio y él mismo iban a buscar a la novia a su casa. Antes de esto no le estaba permitido ver el traje porque daba mala suerte. A la iglesia se llevaban las arras, que eran tres tartas redondas de bizcocho hechas en casa y adornadas con clara a punto de nieve y confites de colores. Una de ellas se regalaba al sacerdote, otra se repartía en la iglesia entre los invitados y una tercera se quedaba en casa. Se lanzaban peladillas, también se tiraban petardos contra la fachada de la casa de la novia y había volteo de campanas. A la salida de la iglesia se subía al ayuntamiento para firmar en el libro del juzgado. El banquete acostumbraba a hacerse en casa de la novia, aunque cuando se trataba de un gran número de invitados tenía lugar en el salón de casa Claver, contratado para la ocasión. La comida típica que se servía fue variando a lo largo de las diferentes épocas. Estos son algunos de los menús para la ocasión: primero, boliches; segundo, carne entre dos fuegos; tercero, pollos guisados; de postre, brazo de gitano o pan de cielo. Más adelante este otro: primero, entremeses; segundo, pollo; tercero, cordero; de postre, lo mismo que en el anterior. 116
Otras costumbres y creencias relacionadas con el matrimonio. En las bodas que a veces se celebraban por obligación o por la sola voluntad del novio, los familiares más allegados de la novia hacían una enramada. Consistía en apoyar varias ramas de árbol en la puerta de la casa del novio, de forma que cuando saliese la comitiva a la calle les cayeran encima. Cuando se enteraban de que iba a casarse algún viudo, los mozos le hacían cencerradas, que comenzaban cuando se le hacía la primera amonestación y solían concluir cuando el viudo les daba alguna propina. Se empleaban esquillas y cacharros de cocina viejos para hacer buena ruidera. En el monasterio de El Pueyo está la imagen yacente de san Balandrán. Para la fantasía popular, era una figura tan grande que decían: San Balandrán tiene un gabán que en cada pocha le cabe un pan. Si es de noche le cabe un coche y, si es de día, un tranvía.
Era costumbre que cuando entraban los mozos en el monasterio iban directos a la imagen del santo y se ponían con los brazos en cruz intentando abarcar la imagen de la cabeza a los pies. Si lo conseguían, exclamaban que se casarían en ese mismo arto. También se decía que era un buen presagio para casarse pronto el prender el vestido de la novia con el tuya en una boda, aunque sólo fuera durante un momento, sin que ella se diera cuenta. En algunas ocasiones, el ramo de la novia se depositaba junto a la lápida de algún familiar difunto. LA. VIDA COTIDIANA Faenas del ama de casa Dentro de la casa el trabajo era particularmente duro para la mujer, cuya jornada típica podía ser la siguiente: —Levantarse (incluso antes que los hombres que tenían que ir al campo), encender el fuego y poner a cocer la comida para el cerdo. 117
— Hacer el almuerzo. — Llevar el ganado lanar al corral. — Dar de comer a los animales. — Escobar las escaleras y el patio (en verano se arrujiaba previamente). —Ir a buscar agua a la fuente (carriar agua). Mientras estuvo fuera del pueblo, se iba con una burra provista de argaderas y que podía ser prestada para este menester. Cuando se construyó la fuente en eI pueblo se prescindió de los animales y siguieron utilizándose los cántaros, que se llevaban apoyados en el costado. —Preparar y poner la comida del mediodía al fuego. — Limpiar las habitaciones. —Llevar la comida al monte o a la era, tanto para los hombres de la casa que allí estaban trabajando como para ella misma, ya que comía con ellos. Según el trabajo que estuvieran realizando, se quedaba para ayudarles. Las faenas más usuales en las que intervenía la mujer eran las de «dar gavillas», trillar, coger almendras, vendimiar, recoger los sarmientos, coger olivas y algunos trabajos relacionados con el huerto. En muchas ocasiones volvía del campo a la misma hora que los hombres, especialmente si había alguna otra mujer en la casa (solía ser la suegra) que pudiera atender a los niños durante su ausencia. —A su regreso había que volver a encender el fuego o, cuando menos, reavivarlo y hacer la cena. —Cenar y fregar la vajilla. Una vez estaba todo recogido, la familia se reunía en tomo al fuego si era invierno e incluso a veces se agregaba algún vecino, a lo que llamaban «hacer velada». Allí hablaban y las mujeres hacían peduco (especie de calcetín grueso de lana, hecho a mano, para abrigo del pie) hasta la hora de ir a dormir. Además del arreglo y limpieza diaria de la casa o de dedicar las tardes a coser y reparar la ropa, existían otras faenas exclusivas de las mujeres que, gracias al progreso, han desaparecido hoy o 118
cuando menos no suponen una pesada carga. Entre estas faenas, las más comunes eran: —Hacer la colada. Se hacía semanalmente, para lo cual primero se lavaba la ropa con jabón casero (cuando no había lavadero en el pueblo se iba a Tamariz en invierno y a la Huerta, Alcanadre y los Azarillos, indistintamente, en el verano; más adelante se construyó un lavadero provisional en el camino de Lavanera). Cuando la ropa blanca ya estaba lavada y en casa, debía ponerse en lejía, para lo cual se procedía de la siguiente manera: Se ponía un cuezo encima de la cadiera. Éste tenía un orificio justo encima de su base por el cual se introducía un trozo de caña hueca que servía de desagüe. El cuezo se llenaba con la ropa hasta aproximadamente tres o cuatro dedos del borde y se cubría con un paño de grueso tejido, especial para ello, llamado cenicero. Entonces se vertía ceniza, preferentemente la resultante de quemar fajuelos. Mientras tanto se había puesto a hervir en el fuego un caldero con agua, que, sacada con un puchero, se iba echando por encima de la ceniza. El agua se iba filtrando a través de la ropa hasta que caía por el desagüe, donde era recogida en un recipiente y puesta de nuevo a hervir para repetir el ciclo, que duraba de dos a tres horas. A su término se dejaba reposar la ropa durante toda la noche y al día siguiente se llevaba a aclarar de nuevo al río o al lavadero. Todo lo anterior era válido solamente para la ropa blanca. La de color era simplemente lavada y aclarada y la ropa negra quedaba muy bien con agua de hiedra y el aclarado con agua y vinagre. —Elaboración del jabón. Se aprovechaban todas las grasas sobrantes de la matanza, así como los fondos rancios de las cazuelas de conserva y los posos de las tinajas y depósitos de aceite (llamados morgas), y se ponían a hervir con sosa y agua. Las proporciones variaban en función de la cantidad de aceite que llevaban las morgas. Debía cocerse a fuego muy lento y dándole vueltas continuamente durante dos o tres horas, siempre y cuando «viniera a buenas» a la primera; de lo contrario y según la consistencia, se iba aña119
diendo lo que convenía. Muchas veces el consejo venía dado por alguna vecina experta en estos menesteres según la opinión popular. Una vez que la consistencia estaba a punto de «sopas hervidas», se consideraba que el jabón estaba ya hecho. Entonces se retiraba del fuego y se vertía en un cajón de madera forrado de papel (a esto se llamaba escudillar el jabón) para que escurriera la «lejía» o agua sobrante y para que se enfriara. Cuando ya estaba frío y endurecido, se cortaba con un alambre o una cuerda de guitarra y las piezas obtenidas se dejaban puestas a secar. Una forma de saber que había salido bueno era echar una pieza al agua y que ésta quedara flotando. —Elaboración del pan. Otro trabajo casero que cobraba vital importancia era, ya en cuanto a alimentación se refiere, la elaboración del pan, que describimos a continuación: El día anterior se cernía y se hacía la levadura. Cerner consistía en echar la harina, que estaba mezclada con tercerilla, cabezuela o salvado, en un ciazo colocado encima de unas cernederas, que eran unos palos de madera puestos longitudinalmente sobre la bacía o recipiente que habría de contener la masa. Respecto a la levadura, más que de elaboración habría que hablar de intercambio, ya que se iba a buscar a alguna casa que dispusiera de la misma. Lo que aquí llaman «hacer levadura» se trata de una primera masa que se hacía esa misma noche y que servía de base para la del día siguiente. Para ello se echaba un puchero de agua hirviendo sobre la levadura colocada dentro de la bacía, hasta su completa disolución. Una vez conseguida se añadía harina hasta obtener una cantidad de masa como para un pan y se dejaba en reposo durante toda la noche tapada con un paño o masero. Tras cerner y elaborar la levadura, al día siguiente se procedía a la elaboración de los panes propiamente dicha y para ello volvía a repetirse la operación de amasado, pero esta vez con mayor cantidad tanto de agua como de harina y también algo de sal. Era además costumbre echarla en forma de cruz. También se hacía otra cruz sobre la masa con los dedos para que subiera bien. Las cantidades em120
pleadas eran aproximadamente de fanega y media de harina (cada fanega equivale a 12 kg) para elaborar 10 6 12 panes de entre un kilo y medio y dos kilos de peso. Después se preparaba una canasta forrándola como sigue: 1°, un masero cuadrado; 2°, una manta (si era invierno); 3°, otros dos maseros, uno encima de otro. A continuación se introducía la masa en dicha canasta para un nuevo reposo, se cubría con las esquinas de los dos últimos maseros y se tenía allí hasta que «subía», lo que tardaba aproximadamente media hora. Dado que en un mismo día acostumbraban a amasar cuatro o cinco mujeres, la subida podía resultar a veces un tanto conflictiva, ya que debía de suceder más o menos al mismo tiempo y por tanto debían llevarla al horno todas a la vez para proceder al moldeado de los panes en el mismo punto de masa. En relación con esta labor se canturreaba la siguiente coplilla: Las mujeres en el horno todas riñen por la masa, unas porque no les viene y otras porque se les pasa.
Los tipos de panes que se llevaban eran generalmente de «gorra» y de «dos moños». A medida que se les iba dando la forma apetecida se les daba la vuelta y se ponían a «reparar» sobre el banco. Una vez hechos todos, se procedía al enfornado, previo marcado de los mismos para distinguirlos al desfornar. Las marcas podían ser de «presa» (era un pellizco), de «meneo» (las puntas de tres dedos juntos hundidos en la masa) y de «rasera» (un corte efectuado con este instrumento). Se hacían también belulos y tortas, a los que se añadía aceite y azúcar. Éstas se cocían antes que el pan, mientras que éste se «reparaba», de modo que servía para comprobar la temperatura alcanzada dentro del horno. El enfornado y desenfornado, así como el cuidado y limpieza del horno, eran llevados a cabo por la persona encargada del mismo. Este puesto de hornero municipal se subastaba anualmente y era concedido al mejor postor. Por el hecho de ir a cocer, el 121
servicio se pagaba en masa. La primera vez que una recién casada iba al horno le adornaban el banco donde ella debía elaborar su pan. —La matanza o matacía. Aunque el primer día el trabajo era compartido con el marido y alguna vecina o familiar, el resto era cosa de mujeres. Los días previos ya suponían un buen trajín para los mayores y un alborozo para los chiquillos. Se iba a recoger aliagas para hacer fuego. Había que deshollinar la chimenea para que no se prendiera con las grandes fogatas; esto se hacía entre dos personas (una abajo en el hogar y la otra en el tejado), que frotaban a lo largo de toda la chimenea con un ramal y sacos viejos para desprender eI hollín acumulado. Las mujeres preparaban los utensilios propios que iban a emplear en estos días para el mondongo, algunos de los cuales eran prestados para la ocasión. Tenían a punto también sus blancos delantales y, además, trapos y servilletas. Habían de comprar las especias que iban a emplearse y, por supuesto, concertar conversación con la mondonguera que iba a ir como ayudante en las casas en que solamente había una mujer disponible para estos trabajos. Llegada el día señalado, se madrugaba más de lo acostumbrado, se encendía el fuego y, con una gran fogata, se ponía un caldero de agua a hervir. Cuando llegaba el matarife o matachín, bajaban los hombres a la zolle y, sujetando bien al cerdo, le clavaban un gancho en el cuello, a la vez que era arrastrado hasta la bacía, lugar donde se Ie degollaba. Allí su sangre era recogida por las mujeres en uno o más terrizos y removida por ellas durante largo rato a fin de que no se formara ningún coágulo. Una vez muerto y desangrado, el cerdo se introducía en la bacía, se escaldaba y se pelaba (más bien se afeitaba) con unos utensilios especiales. Ya pelado, se colgaba de una viga del patio y se abría en canal. Se recogían las tripas y se escaldaban, lavaban y cortaban para luego ser utilizadas como envoltorio de los embutidos y morcillas. Seguidamente se iba despedazando en la forma acostumbrada. 122
A los chiquillos se les daba para jugar la vejiga o buchiga, que hinchaban y ataban a un palo a modo de globo para jugar con ella y acabar reventándola. Con la sangre recogida se elaboraban las tortetas y las morcillas. Las primeras llevaban además harina, especias, chicharrones y un poco de azúcar. Cuando estaba la masa hecha, se moldeaban unas rosquillas y se echaban a hervir en el caldero. Para las morcillas se añadía a la sangre arroz, especias y piñones, tras lo cual se embutían en los intestinos gruesos. La cabeza y algunas de las vísceras se hervían y con ellas se hacían las butifarras. Las carnes más grasas se utilizaban para la elaboración de los chorizos y las más magras para las longanizas. Todo esto tenía lugar en el mismo día de la matanza. Al día siguiente se freían las piezas destinadas a conserva, que acostumbraban a ser el lomo, los solomillos, las costillas y parte de los chorizos y longanizas que se habían embutido el día anterior. Era costumbre comerse para almorzar un trozo de carne de la que se había frito para la conserva. A esto lo llamaban comerse una chichorra. Más tarde se procedía a la salazón de las piezas destinadas a tal efecto, que eran las paletillas o espaldares, los témpanos y los perniles. Alimentación Como es de suponer, estaba basada exclusivamente en los productos típicos de la zona, tanto los de origen vegetal como los de origen animal, y aun siendo una cocina poco elaborada no estaba exenta de ningún elemento nutritivo, a excepción de la casi total ausencia de pescado fresco, que suplían con conservas de tipo salazón como el bacalao o abadejo y las sardinas de tina o de cuba. Los platos más habituales solían ser: —Las sopas de ajo escaldadas o las sopas hervidas, que se apañaban a veces con sebo. 123
—Los platos de legumbres, arreglados con un sofrito de cebolla o, las judías, con oreja. —El cocido y los recaus o potajes. —Los guisos de patatas con carne de choto u oveja. También con longaniza o chorizo e incluso apañadas sólo con laurel y aceite crudo, en cuyo caso y por la ausencia de carne eran denominadas «patatas viudas». — Los guisos de arroz con costilla de cerdo de la conserva o con huesos frescos también de cerdo. —Los menudos y patas de oveja. — Las sardinas saladas con tomate. —Las fritadas con bacalao, chuleta o caracoles. —En días de fiesta, pollos y conejos, siempre guisados o en chilindrón. —Para acompañar, ensaladas o apañijos. No se comía postre en los días de trabajo a no ser que se tuviera algún árbol frutal para autoconsumo y fuera la temporada de recolección. Solamente en las fiestas y domingos se consumían dulces, elaborados por el ama de casa. Hay además un postre que se elabora con las hojas tiernas de las borrajas y que es típico comerlo el día de la Virgen de marzo. Se trata de los crespillos. Entretenimientos y juegos de adultos —Caza y pesca. Como el mismo apartado indica, tanto la una como la otra no se hacían con otro fin que no fuera el de entretenerse y por supuesto el cobrar alguna pieza con que solucionar alguna comida o por lo menos añadir una novedad en la mesa cotidiana. Las técnicas empleadas en lo que a la caza se refiere eran la escopeta de cartuchos, lazos, el método de la loseta, besque, hurón —de forma ilegal—, etc. Los animales que se cazaban normalmente eran conejos, perdices, liebres y palomas. Los jabalíes eran infrecuentes y solamente lo intentaban los que tenían una cierta expe124
riencia. En cuanto a la pesca, podría decirse lo mismo. Las técnicas utilizadas eran la caña y el tresmallo y las especies de peces capturadas, las pertenecientes a la pesca fluvial: tencas, carpas, barbos y rara vez truchas. —Juegos. Un primer lugar donde se practicaban los juegos de azar, como «la banca», «el siete y medio», etc., fue el café regentado por Pablo Jaime Odina en su domicilio de la calle Salinas, que se cerró en el año 1926. Angüés tuvo su casino ubicado en casa Fierro, donde jugaban y se reunían los hombres que generalmente eran los más pudientes del pueblo. Allí se llegaron a apostar hasta las fincas. Pero los juegos habituales eran «el guiñote», «la banca», «los cinco montones», «el siete y medio», «el subastao», «el arrastrao» y «el tresillo». En ocasiones, el juego duraba toda la noche; cuando se preveía que esto iba a suceder, mataban previamente una gallina para hacerles caldo y tomarlo allí mismo para continuar jugando. En ausencia de bar, los más pobres se reunían en la cuadra de alguna casa en invierno y en el patio en verano. Además de los citados juegos, había otros en los que, aunque intervenía la apuesta, no solían pasar del mero entretenimiento. Así, por ejemplo, se cogía una maza de herrero con la mano por el mango y haciendo un giro de brazo-muñeca tenían que llegar a tocar la boca sin hacerse daño. Otra variante consistía en levantarla a pulso. En el monte se buscaban también sus momentos de asueto y entretenimiento, como eran los de lanzamiento de jada o también de la clavija de labrar puesta en el acoplador de las caballerías, etc. Indumentaria Existía una notable diferencia entre los vestidos de las clases más humildes, más sobrios y realizados con telas de menor calidad, y los de los ricos, que acostumbraban a ser de buena calidad y con adornos en las hechuras, además de abalorios, puntillas y sombreros. Los propios en la mujer eran: 125
—En la cabeza, un pañuelo negro o verdoso con toca debajo (se peinaban con moño). Falda y gabán. Los de fiesta tenían la misma forma pero eran de más calidad. —En verano, chambra y falda. —El delantal era pieza imprescindible. Los había para casa y para salir. Los primeros eran de rayas oscuras y con cuerdas muy largas. Los segundos estaban adornados con lorzas, volantes y entredoses. —La toquilla y el mantón, para el invierno. —Debajo de la saya se llevaba el refajo, que era de franela, y debajo de éste otra blanca, que era la enagua o zaladejo con volantes. —Las prendas interiores eran además la chambra, la camisa y el cubrecorsé con adornos. De cintura para abajo, los calzones. Éstos eran de percal, abiertos de delante a atrás y con adornos de puntillas o cintas, al igual que la chambra. —Llevaban medias, siempre hechas a mano de punto inglés, y alpargatas de cáñamo. Las ropas propias de los hombres eran las siguientes: — Un cachirulo en la cabeza. Más adelante, boina. —Camisa de cáñamo para diario, sin cuello o con cuello de tirete. La de mudar era de tela algo más fina. — Calzón corto y faja de lana de dos o tres metros enrollada por encima y terminada con flecos. —Un chaleco de lana y, sobre éste, una chaqueta corta. —Las prendas de interior eran las camisetas de punto o felpa y las marinetas. Más tarde, estas últimas se sustituyeron por calzoncillos largos de punto o de franela. Llevaban medias sin pie y, encima, calcetines o peducos de — tela gorda y de punto hechos en casa. — Alpargatas miñoneras o abarcas. 126
Más adelante, varió también la indumentaria externa: cambió el traje corto por uno largo de pana y el cachirulo por la boina. Defunciones Cuando se producía alguna en una casa se avisaba para que se tocaran las campanas, dando así la noticia a todo el pueblo. Éstas doblaban a muerto tres veces a lo largo del día en que se había producido la defunción y mientras estaba el cadáver en casa. La persona difunta era amortajada por parte de algún vecino y antiguamente, mientras existieron, por parte de los hermanos cofrades. Era costumbre no ponerle zapatos y atarle los pies con alguna media o pañuelo. Por la tarde acudía el vecindario y se rezaba el rosario. Durante la noche la familia velaba el cadáver acompañada de familiares y vecinos. A veces se les servía algo de comer y de beber, costumbre que desapareció, ya que cuentan que en más de una ocasión con motivo del abuso en la bebida el velatorio había llegado a convertirse en una verdadera juerga. Al día siguiente se efectuaba el entierro. El ataúd estaba ya colocado en el portal; como fondo, una sábana blanca colgada con una cruz. Allí se esperaba al sacerdote, que acudía a la casa junto con los monaguillos, uno de ellos portando la cruz procesional. Se oficiaba un responso y se iba en procesión a la iglesia. Mientras tanto las campanas doblaban hasta que la comitiva llegaba a la iglesia. En ella se decía una misa, que anteriormente fue cantada, y al concluir se salía en dirección al cementerio. El lugar de enterramiento antiguamente eran fosas cavadas en la tierra por los cofrades y más tarde en los nichos de obra. A los familiares llegados de fuera se les ofrecía una comida después del entierro. El menú acostumbrado en estos casos en Angüés y en todos los pueblos era: primero, sopas hervidas con nueces machacadas (más frecuentemente, judías blancas o boliches arreglados con aceite crudo); segundo, carne guisada con patatas; de postre, almendras tostadas, en sustitución de cualquier dulce. No se servía café. 127
Cuando había un fallecimiento, era costumbre rigurosa entre sus familiares más allegados llevar luto. Las mujeres vestían completamente de negro durante tres arios. La familia hacía un ofertorio en la iglesia durante todo el año y daba dinero. Además, cuando acudían a la iglesia encendían (como era costumbre en todos los pueblos del Pirineo y de los somontanos, desde el País Vasco a Cataluña) una vela o cerilla en forma espiral que ponían a su lado y conservaban encendida mientras duraba la misa." A las casas que vivían esta circunstancia les estaban vedadas por la tradición todo tipo de diversiones, tanto de carácter externo como dentro de la casa, sobre todo las de ámbito local, como son las fiestas patronales. Así, pues, las mozas no podían ser rondadas mientras no se superaba este periodo. Tampoco era posible hacer los postres y dulces típicos de las fiestas o de las Navidades. En estos casos recibían presentes de las familias amigas o vecinas. Cofradías En el año 1828 había cuatro cofradías, bajo las advocaciones de: —San Blas mártir, fundada en 1611, cuyos cofrades eran los sacerdotes de los pueblos comarcanos y muchos seglares. —Nuestra Señora del Rosario, que disponía de un olivar con el que recogían fondos tras la venta de los frutos. Aparte de atender enfermos y entierros, disponía de un montepío con 50 cahíces de trigo (7.000 kg), que servían para hacer préstamos a los pobres que perdían las cosechas y no tenían posibilidad de adquirir sembradura. —Jesús. —San Antonio Abad, creada para fines benéficos; celebraba una fiesta con sermón el 17 de enero.
23 Estas y otras costumbres referidas a los difuntos son analizadas detalladamente por Manuel GARdA GUATAS en Costumbres y ritos funerarios en Sobrarbe, Separata de estudios del Seminario de Prehistoria, Arqueología e Historia Antigua de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza, 1973. 128
Procesión de San Antonio de Padua en 1944.
Romería a San Úrbez, en Nocito, en 1955.
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Al frente de las mismas había un hermano prior. Los deberes adquiridos al entrar a formar parte de ellas eran, además de los ya mencionados en las defunciones, el de llevar la peana del santo que les daba nombre en las procesiones; en las fiestas se efectuaban también subastas de carne o releos. A raíz de la guerra civil desaparecieron las cofradías. Otras costumbres y creencias Cuando había tormenta o tronada se encendían en las casas las velas que habían alumbrado en el monumento. En las de más tradición religiosa se rezaba además el trisagio. Se ponían en la ventana cuchillos o cualquier objeto cortante, a veces en forma de cruz, para «partir» las tormentas y por miedo al rayo. También los vecinos iban a la iglesia y, junto con el sacerdote, salían a la lonja a desconjura rlas. Alternando primero y sustituyendo después estas costumbres, se optó más adelante por otra de carácter más práctico consistente en lanzar cohetes a las nubes que formaban la tormenta para alejarla, hasta que lo conseguían. Se decía que daba mala suerte romper o tirar los nidos de las golondrinas, sobre todo los que estaban hechos dentro de la casa. Cuando las golondrinas iban en vuelo rasante, los vecinos del lugar afirmaban que iba a llover. Era buena señal para el pueblo que fueran a anidar las cigüeñas a la torre. En relación con los relatos relacionados con la brujería y los poseídos, aunque no se ha encontrado ninguna creencia respecto a brujería, los más mayores cuentan historias como las que siguen, recibidas por transmisión oral de sus antepasados, excepto la primera que narramos, en la que la persona que nos la contó ni lo cree ni lo deja de creer, ya que el protagonista fue un familiar suyo ya fallecido. —Cuenta que dicha persona de un pueblo vecino iba andando hacia la feria de Barbastro con el propósito de comprar una caballería. Entonces empezó a tener visiones y a oír extrañas voces que le 130
advertían de que no comprara el animal porque se le moriría muy pronto. Tras algunos intentos de compra y otras tantas advertencias, el hombre en cuestión acabó por no hacer caso y compró la caballería, la cual murió rápidamente tal y como le habían anunciado las voces. Este mismo hombre oía frecuentemente estas voces casi siempre advirtiéndole de algún suceso. También acostumbraba a escuchar en su casa unos ruidos por el tejado como si fueran de patas de cabra. Todos estos extraños hechos le sucedían, según él mismo contaba, porque estaba en posesión de El libro de san Cipriano, del cual tenía que deshacerse para que todas esas cosas dejaran de pasar, aunque la forma de deshacerse del libro tenía que ser pasándoselo a otra persona, pero, claro está, nadie lo quería. —En una casa rica del pueblo (parece ser que esta historia se repite en varios) cada año se moría la mejor mula en la noche del Gallo, hasta que entró a formar parte del servicio un criado que quiso desvelar el misterio. Llegada la noche en cuestión, quedóse a vigilar en la cuadra. De pronto vio cómo un gran gato negro se subía en el lomo del animal y le decía: «Mucho lo siento pero te tengo que matar». Entonces el criado cogiendo un garrote le atizó al gato, el cual salió huyendo. A la mañana siguiente se descubrió que el misterioso asesino era la dueña de la casa convertida en gato, ya que ésta apareció medio deslomada a consecuencia del garrotazo recibido. Respecto a los cultos y prácticas religiosas, además de las ceremonias que tienen lugar dentro de la iglesia se conserva todavía una costumbre originada en la devoción por alguna virgen o santo, que consiste en el traslado de la imagen de casa en casa, entre aquellas que así lo desean. En la actualidad está la capilla de la Virgen del Carmen y Santa Teresita y la de la Sagrada Familia. En algunas casas reciben la visita de las dos capilletas. Suelen pasarla por la tarde y se expone en la casa todo el día completo. Les acompaña un librito con el que rezar las oraciones, tras lo cual se echa una limosna en el cepillo incorporado y se lleva a otra casa al atardecer del día siguiente. En algunos sitios se pone al lado de la misma un vasito que contiene una lamparilla de aceite, la cual permanece encendida mientras dura la visita. 131
Entablamento de la capilla de la Virgen del Rosario.
Embocadura de la capilla a." 6. Del Sagrado Corazón de Jesús.
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Algunos personajes relevantes
La villa de Angüés es cuna de cuatro personalidades que han pasado a la historia como hijos ilustres de la misma. Siguiendo un orden cronológico, son los siguientes: Diego Jironza Médico que llegó a ser catedrático de Prima de la Facultad de Medicina de la Universidad de Huesca en 1696 y 1698, en la que explicó «De sanguinis misione». José Miguel Claver y Benedet Nació en 1682, se hizo jurista y entró el 10 de diciembre de 1705 en el Colegio Imperial y Mayor de Santiago de Huesca. Fue catedrático de Digesto e Instituta y se doctoró en Leyes el 20 de diciembre del mismo año por la Universidad de Huesca, de la que fue vicerrector en 1708 y donde tuvo un año la cátedra de Código. El 18 de abril de 1713 se casó en Huesca con Manuela Ram. En mayo de 1716 fue catedrático de Prima. La ciudad de Huesca le nombró su asesor yen el año 1731 Su Majestad le concedió la plaza de regidor o alcalde de la misma, cargo que desempeñó hasta su muerte, el 5 de agosto de 1763. 133
Rafael Salinas y Panzano Antropólogo criminalista nacido en 1854. Fueron sus padres el comandante del ejército Ramón Salinas y María Panzano. Quedó huérfano de padre en su juventud y es entonces cuando su madre decide trasladarse a Huesca con el resto de los hermanos. En esta ciudad se matriculó en el Instituto General y Técnico de Segunda Enseñanza, donde estudió el Bachillerato; fue condiscípulo de Santiago Ramón y Cajal. En 1869 obtuvo el grado de Bachiller en Artes y posteriormente comenzó la carrera de Medicina en la Universidad de Zaragoza, para terminarla en Madrid. Durante unos años ejerció de médico en Huesca, donde llegó a ser alcalde de la ciudad. En 1880 fue a Madrid. Ingresó en la Dirección General de Prisiones con la categoría de oficial quinto. Ya por aquel entonces se dio a conocer por sus trabajos literarios y penitenciarios y su nombre comenzaba a ir impreso al pie de varios artículos periodísticos, iniciándose como publicista en periódicos como El Liberal y en revistas como la Revista General de Legislación y Jurisprudencia, la Revista Popular, La España Moderna y la Revista de Antropología Criminal y Ciencias Médico-Legales, de la que fue su director. En su afición por la literatura dejó siempre reflejada su especialidad criminalista. Publicó la obra Las dos ideas, drama en tres actos que se estrenó en 1884 en el teatro Español de Madrid. Su brillante labor pronto le hace destacar y en 1885 es nombrado jefe del Negociado de Higiene y Antropología del Ministerio de la Gobernación. Algunos de los artículos de contenido antropológico publicados en El Liberal y luego en la Revista General de Legislación y Jurisprudencia fueron coleccionados en un tomo, que con el título de La vida penal en España se editó en el año 1888 y que le dio gran autoridad como especialista en materias de antropología criminal. Sus sucesivos trabajos acrecentaron su reputación, hasta el punto de que su intervención más o menos directa se consideró indispensable en cuantos asuntos antropológicos se presentaron. Dio conferencias 134
Rafael Salillas y Panzano (1854-1923).
en el Ateneo de Madrid, una de las cuales, «Antropología en el Derecho Penal (1889)», le señaló como introductor en España del positivismo criminológico de Lombroso. En 1890 ostentó la representación de España en varios congresos penitenciarios internacionales (San Petersburgo, Moscú, Berlín y París) y fue él quien inspiró la fundación de la Escuela de Criminología, creada ea 1903, siendo entonces ministro de Gracia y Justicia Eduardo Dato Iradier, escuela que dirigió Rafael Salillas hasta su muerte. En 1906 fue nombrado director de la Cárcel Celular de Madrid, cargo en el que quiso llevar a la práctica sus ideas acerca de la teoría correccionalista que siempre había defendido. Su sistema de mejorar la alimentación de los presos, así como su higiene y su vestido, acabarán imponiéndose en toda España. Publica en esta época 135
sus trabajos sobre recientes regicidas: La celda de Ferrer (1907) y La ejecución de Angiolillo (1908). Intervino activamente en política. Fue elegido por dos veces diputado al Parlamento por el Partido Radical. Ocupó además vocalías en el Patronato Real para la represión de la trata de blancas, en el Instituto de Reformas Sociales y en el Consejo Superior de Protección a la Infancia y Represión de la Mendicidad. Fue también secretario del Consejo Penitenciario y consejero del Instituto Nacional de Previsión. En los últimos años de su vida visitó Angüés y aprovechó la ocasión para fundar la Mutualidad Escolar, abriendo libretas a todos los niños en edad escolar con una simbólica cantidad de dinero. También dejó un «socorro» que consistía en una peseta diaria al más anciano y cincuenta céntimos para comprar leche a todo niño miembro de la Mutualidad Escolar que enfermara. Angüés ha sabido reconocer la labor de este ilustre angüesano colocando una gran placa en la fachada de su casa natal, que se conserva en la calle a la que da nombre. Amigo del periodista Mariano de Cavia y de Joaquín Costa, falleció en el sanatorio madrileño del Rosario el 22 de mayo de 1923. Además de las obras ya citadas, dejó escritas las siguientes: El pacificador del Perú (1892), Doña Concepción Arenal en la ciencia penitenciaria (1894), Psicología picaresca (1895), Los ñáñigos en Cuba (1895), El delincuente español. El lenguaje (1896), El delincuente español. Hampa (Antropología picaresca) (1896), Los locos delincuentes en España (1899), La teoría básica (Bio-sociológica) (dos tomos, 1901), La reforma penitenciaria (1904), El doctor Juan Huarte de Sanjuán y su «Examen de ingenios» (1905), La criminalidad y penalidad en el «Quijote» (1905), Golfines y golfos (1905), La fascinación en España (1905), Quiero ser santo (1907), El tatuaje en su evolución histórica (1908), Las Cortes de Cádiz (1910), Morral, el anarquista (1914) y Evolución penitenciaria (1919). De todas ellas, el Tatuaje en su evolución histórica es una de las obras de orientación más antropológica de Rafael Salillas. En ella recoge no sólo las ideas de diversos autores, sino que también 136
elabora las suyas propias, basadas en una investigación llevada a cabo entre un grupo de delincuentes. Mariano Bernardos y Benedet Nació el 5 de enero de 1899, hijo de Mariano Bernardos Foncillas y Carmen Benedet Urraca. Al finalizar los estudios de Bachillerato en Huesca, se trasladó a Zaragoza para preparar su ingreso en la Academia de Infantería de Toledo, de donde saldría con la graduación de teniente. Fue destinado a Huesca y más tarde intervino en Marruecos, a raíz del desastre de Annual. De regreso a la península, entró en la Escuela de Estado Mayor, pasando luego a Zaragoza, donde permaneció hasta la terminación de la guerra civil. Fue profesor de la Academia General Militar y, ascendido a general de Brigada, desempeñó posteriormente el cargo de jefe de Estado Mayor de la V región militar. Su colaboración en ciertas obras de importancia para la localidad quedó reflejada en la traída de agua desde Calcón a Angüés y en la reparación del templo parroquial, principalmente su torre. Falleció en su villa natal el 24 de abril de 1963.
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Vista general de Angüés.
Calajera de la sacristía. 138
La fiesta en Angüés
NAVIDADES El día de Nochebuena la familia, reunida como siempre alrededor del fuego, cenaba como de costumbre (quizá un poco mejor). Después se comía higos secos, nueces y empanadones. A veces, turrón hecho en casa. Se tomaba también un poncho caliente, cuyos ingredientes básicos eran membrillo, manzana, higos y vino tinto. Mientras tanto se quemaba la «tocera de Navidad», un gran tronco reservado especialmente para esta fecha y que era costumbre bautizar con anís al tiempo que se recitaban los siguientes versos, conocidos en muchos pueblos del Somontano: Buen tizón, buen varón, buena casa, buena brasa, y vivan los dueños y dueñas de esta casa.
Entonces se echaba la copa de anís a la tocera. Luego se cantaban villancicos y más tarde se iba a la «misa del gallo». El día de Año Nuevo los niños iban a pedir «cabo d'año» a las casas de los familiares y vecinos más allegados, quienes los obsequiaban con castañas, mandarinas, alguna moneda y, a veces, turrón. En la noche de Reyes se cantaban unas coplillas cuya letra hacía alusión a la adoración de los Reyes Magos. Éstas eran cantadas por las calles del pueblo por hombres pertenecientes al coro de la iglesia. Se salía de madrugada y luego se iban a «echar trago» a casa 139
de uno de ellos, que era el mismo cada año. El trago consistía en galletas y vino clarete. Esta noche los niños recibían los regalos, que en casos privilegiados eran caballos de madera o de cartón para los chicos y muñecas de trapo o cartón para las chicas. En las casas más pobres ni siquiera llegaba a esto y se limitaban los regalos a algún dulce, frutas o frutos secos y en todo caso algo práctico y necesario, como podían ser un par de alpargatas. Un juego típico de los mayores en el día de Reyes era el denominado «damas y caballeros». Éste consistía en confeccionar varias listas: una de solteros y viudos, otra de solteras y viudas, otra de oficios y una última de regalos. Se cortaban los nombres uno por uno, se doblaban y se metían en cuatro pucheros respectivamente. Luego se emparejaban dos personas por el método de extracción de papel de cada uno de los pucheros con un orificio y un regalo. Esto lo hacían en las tertulias y al día siguiente se juntaban los cuatro papeles y se tiraban en la puerta de la iglesia. CARNAVAL Y CUARESMA Esta fiesta se celebraba el martes de Carnaval. Hasta el mediodía era un día de trabajo habitual y por la tarde comenzaba la fiesta. La gente se vestía con capas y con disfraces hechos de papel y se tiznaban la cara de negro por medio de un corcho quemado para no ser reconocidos. Entre los hombres predominaban los que iban disfrazados de mujer, aunque también eran frecuentes los disfraces de oso y de diablo. Unos tocaban música de percusión con cucharas, coberteras, etc.; otros portaban un palo con un higo colgado de lo alto al tiempo que cantaban «al higuico, al higuico...» mientras los niños iban detrás intentando cogerlo. Había también los que llevaban una especie de jeringas hechas de caña con las que cogían aguas sucias del corral o de charcos y se las arrojaban entre ellos. Recordaban algunos jóvenes de entonces: «Se hacía mucho el animal. Algunas veces 140
las mozas no nos atrevíamos a salir de casa porque nos tiraban pozales de agua, igual limpia que sucia, a veces hasta ceniza». También fabricaban un moñaco y, poniéndolo sobre unas parihuelas, lo subían en alto y lo llevaban sobre los hombros a guisa de entierro y cantando salmodias fúnebres. Era el entierro del carnaval. Una de las bromas típicas era la de entrar en alguna casa y ponerles el moñaco en la cama para asustarlos. Luego lo quemaban. Concluido todo esto, hacían merendolas y baile también disfrazados. En ocasiones los jóvenes aprovechaban esta circunstancia de la no identificación para sacar a bailar al ex novio o la ex novia, en busca de la reconciliación, diciendo: Mascareta, me conoces pero no me tires coces.
Al día siguiente, celebración del miércoles de ceniza, se entraba de lleno en la Cuaresma. Este periodo litúrgico era vivido en su significado de forma más intensa que en la actualidad. Aunque los días eran como los demás, jornadas de trabajo y cotidianeidad, se vivían con un especial recogimiento los viernes, días en los que se guardaba celosamente el ayuno y la abstinencia (prohibición de comer carne), aunque esto tenía una dispensa por medio de la adquisición de la bula.24 Por otro lado la iglesia era especialmente preparada: se tapaban las imágenes de los altares con paños dorados o negros y se vaciaban las pilas del agua bendita, todo esto en señal de duelo y en espera del día de Pascua. Se rezaba también el vía crucis. El domingo de Ramos después de la misa se llevaba a cabo la bendición de las palmas, para lo cual se empleaban ramas de olivo. Una vez bendecidas solían guardarse en casa durante todo el año,
24 Era ésta una hoja de papel impresa que se conseguía tras el pago de una cantidad voluntaria y que variaba en función de los ingresos y status de cada casa.
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bien sujetas en una pared, en la fachada, o bien entrecruzadas por los barrotes de un balcón. SEMANA SANTA Y PASCUA Aunque la mayoría de las costumbres de estos días son de carácter puramente religioso y por tanto no difieren en general de las de la liturgia cristiana, señalaremos los actos más importantes que tenían lugar en estas fechas, más por el detalle que por la celebración en sí misma. Durante toda la semana el ambiente era de especial recogimiento y austeridad, no solamente por los ayunos y abstinencias ya citadas en la Cuaresma sino por la ausencia de gente en el bar y por el fervor en los rezos de las personas practicantes. Había además algunas costumbres propias que lo remarcaban de forma especial. Respecto a la comida, existía entre otras la costumbre de no tomar vinagre, además de comer huevos duros. El reloj de la torre era especialmente manipulado, de forma que no sonaran las campanas al dar las horas. Tampoco se tocaban para el anuncio de la misa y demás oficios religiosos. Para sustituir a las campanas en este caso se recurría al uso de las carradas o matracas, instrumentos de madera que eran accionados por los monaguillos en las calles y hasta los términos del lugar, produciendo un sonido característico. Entre los niños había una costumbre que denominaban «matar judíos>. Se iban éstos ante la puerta de una casa deshabitada o bien de algún corral y decían: Aujas perdidas para el molimento y, si no las dan, las puertas lo pagarán. [Entonces apedreaban la puerta]
Otra de las canciones era: ¿Ánde está Cristo? En casa Calixto. 142
¿Ande está el diablo? Por aquí ha pasado. A matarlo, a matarlo... [Y terminaban del mismo modo que con la anterior]
Las mujeres se encargaban de arreglar el monumento, adornado principalmente con «cabelleras», que eran brotes de trigo germinados en las bodegas y por tanto de color blanco. Estaban sembradas sobre bases de madera de diferentes formas. También se utilizaban flores y velas que eran llevadas por la gente del pueblo. Durante los días Jueves, Viernes y Sábado Santo, se hacían «las velas ante el monumento». Normalmente estaban formadas por una pareja de personas adultas y otra de niñas, excepto en las nocturnas, que eran solamente de adultos. La duración de las mismas era de media hora y a su término tomaban el relevo las siguientes parejas que previamente se habían apuntado. El silencio y la devoción eran la tónica reinante en dichos momentos. El Viernes Santo salía la procesión, que solamente tenía dos pasos, el Cristo crucificado y la Dolorosa. El resto de la procesión lo constituía la gente del pueblo portando velas encendidas. Algunas de las personas iban de penitentes. Había mujeres vestidas de hebreas y otras de manolas. En el transcurso de la misma se cantaba el miserere y se decía el «sermón de las siete palabras». El recorrido era el siguiente: se salía de la iglesia y se iba por debajo del torno, por la calle González Gállego, calle Salillas, calle Tamariz, carretera general, calle de las Eras y subiendo por la calle Santa María se volvía a la plaza Mayor. El Viernes de Dolor era también el señalado por la liturgia como el día del cumplimiento pascual, fecha obligatoria de confesión y comunión para todo cristiano, de lo cual se tomaba nota para que la persona que lo hubiese incumplido por cualquier motivo entregara un justificante en su parroquia. 143
El Sábado Santo por la noche se iba a la misa de gloria, en el transcurso de la cual se despojaban los altares de los paños morados que los cubrían y se tocaban las campanas. El Domingo de Pascua, después de la misa mayor, salía otra procesión por las calles en la cual se escenificaba en la plaza un encuentro entre Jesús y la Virgen (todavía de luto). Entonces a esta última se le despojaba del manto negro, bajo el que se habían puesto varias golondrinas que emprendían el vuelo dejando a la Virgen vestida de blanco. Mientras, se volteaban las campanas y continuaba la procesión, con el mismo recorrido que la del Viernes Santo. El Lunes de Pascua tenía lugar la bendición de las casas con agua bendita y la recogida de huevos en las mismas por parte del sacerdote y los monaguillos. Se llamaba haciendo sonar una campanilla y se saludaba a la dueña de la casa con el «Ave María Purísima»; entonces, los niños que acompañaban al sacerdote decían: «Buenos días, ¿dan güegos u badila?». Los huevos recogidos eran repartidos entre dichos niños. FIESTAS PATRONALES San Blas o fiesta mayor Se celebraba el día 3 de febrero, aunque ahora se procura trasladar la fiesta al primer fin de semana del mes con objeto de conseguir una mayor afluencia de gente. Antaño, los actos religiosos y profanos acostumbraban a comenzar, a primera hora, con la ronda del gaitero por las calles del pueblo para despertar a la población. Éste solía quedarse hospedado en alguna casa particular. A continuación, la misa solemne, cantada con predicador traído especialmente de fuera, y la procesión por las calles portando a hombros la peana con la imagen del santo y volteo de campanas. A la salida de misa, ronda a las autoridades religiosas y civiles. El sacerdote era esperado por la rondalla a la salida de la misa, que lo acompañaba hasta la abadía. Posteriormente se iniciaba la ronda a las mozas del pueblo, excepto a las que guardaban luto. En ocasio144
nes, cuando se consideraba que alguna moza había hecho un desplante a un mozo del pueblo, se aprovechaba dicha ronda para cantarle coplillas de tipo jocoso. Las mozas que habían sido rondadas agradecían el halago con tortas adornadas de merengue y que habían sido hechas por ellas mismas. Eran recogidas y colocadas en cañizos cubiertos por sábanas o manteles blancos. Los cañizos eran llevados por los mozos que acompañaban a la rondalla. Antaño, las tortas también fueron recogidas por una persona que montaba sobre una mula debidamente enjaezada y, provista de argaderas, las iba depositando en las mismas a medida que se recogían. En este día se celebraba también la fiesta de la Caridad, que consistía en una comida ofrecida por el Ayuntamiento a la gente necesitada venida de cualquier rincón de la comarca. Generalmente eran vagabundos y mendigos, aunque también podían tomar parte habitantes del pueblo que estuvieran en condiciones económicas precarias. La comida tradicional era carne guisada con patatas y arroz, pan en abundancia y vino. Los ingredientes eran donados por las familias del pueblo que así lo deseaban. La comida se ofrecía en el local que fue antiguo horno, actualmente farmacia. En relación con las fiestas, se procedía al nombramiento de mayorales y mairalesas. Los primeros se encargaban de organizar las fiestas del año. A las segundas se les encomendaba la limpieza y cuidado de la iglesia y de algún altar en concreto. También recogían dinero los días festivos y en las bodas, con el cual se compraban ornamentos para los altares de la iglesia (candelabros, manteles, jarrones, etc.). Competiciones típicas de este día eran las carreras de sacos en la era de Sanz por parte de los mozos. Otras modalidades eran las de obstáculos (boticas hinchados) y las carreras de bicicletas. En estas últimas se premiaba la lentitud sin caerse. Se repartían tres premios en pollos: primer puesto, cinco pollos; segundo puesto, tres pollos; tercer puesto, un pollo. Otros juegos aragoneses de competición eran los de lanzamiento de jada o martillo, barrón y frontón a mano. 145
Personajes típicos de las fiestas eran el gaitero (antes mencionado), el turronero (procedente de Pertusa), el barquillero y el retratista. Por la tarde hasta la puesta del sol y por la noche había baile a cargo de orquestas, que solían ser de cuerda (violín, guitarra, laúd, bandurria...) y cantador. Más tarde se cambiaron por aquellas en que predominaban los instrumentos de viento. Dicha orquesta era costeada por los mozos y colaboraban también en el gasto la mayor parte de las casas y el Ayuntamiento. A propósito de la recogida de dinero por parte de los mayorales y mairalesas, había esta coplilla popular que se recitaba con el objeto de adornar la petición: La servilla está en la mesa, la servilla puesta está. Si hay caballeros de fama, la servilla lo dirá.
Los invitados forasteros se manifestaban por tradición particularmente generosos. La moza que acudía al baile por primera vez tenía que ser recogida en su casa por parte del mozo o bailador que previamente la había solicitado. En agradecimiento, ésta le regalaba una torta hecha por ella misma (parece ser la torta uno de los mayores agasajos, con que se agradecían ciertos favores y cumplidos). La comida tradicional en las casas el primer día de la fiesta acostumbraba a ser: primero, sopa y carne en olla; segundo, pollo en guiso, y tercero, carne asada o al horno de un choto que acostumbraban a matar entre dos o tres casas que fueran familiares. El segundo día de la fiesta la comida típica era: primero, boliches del pilar, y segundo, carne (podía ser de la sobrante del día anterior). El último día de la fiesta era costumbre asar sardinas y comer después cacahuetes. Otro de los actos religiosos era la misa en la ermita de San Blas, en la cual se procedía a la unción en la garganta de los niños con aceite procedente de la lámpara del santo. 146
Nuestra Señora del Rosario o fiesta pequeña Se celebraba el primer domingo de octubre y duraba solamente dos días. Característica especial de esta fiesta era la hoguera, que se encendía la víspera por la noche. Con este objeto, los niños se dedicaban a ir primero al monte a carriar artos y después por las casas en busca de cosas viejas para quemar. Una vez encendida, se iban a «alumbrar» a la Virgen. Para esto cogían palos o cañas largas en cuyo extremo habían colgado una bota untada con pez y, prendida con fuego a guisa de tea, iban gritando por las calles: «Viva la Virgen del Rosario». Mientras tanto había volteo de campanas. Al final, cuando el fuego de la hoguera estaba casi apagado y sólo quedaba el rescoldo, se asaban patatas y carne o longanizas, que se comían en colectivo. Había también comida de cofradías, aunque previamente se había efectuado una subasta de carne por parte de los cofrades. El resto de los actos y festejos eran en general los mismos que en San Blas. Otras fiestas, celebraciones y romerías —S anta Águeda, el 5 de febrero. Por la mañana, misa. Por la tarde se celebraba una chocolatada y después baile. En él las mujeres tenían licencia para sacar a bailar a los hombres, incluidos los casados, ya que éstos no solían hacerlo el resto del año, por lo menos muy antiguamente. —San Marcos, el 25 de abril. Tradicionalmente era un día de romería y se celebró hasta la guerra civil. La víspera se echaba el siguiente pregón: Se hace saber: mañana, san Marcos, fiesta como de costumbre; que nadie sea osado de ir a trabajar hasta que vuelva la cruz al pueblo. 147
En la romería se llevaba cruz y bandera. Las mujeres iban ataviadas con un pañuelo en la cabeza. La comida tradicional era tortilla y longaniza en las fiambreras para almorzar. Después de celebrada la misa en la ermita, el Ayuntamiento ofrecía la comida del mediodía, consistente en paella de conejo y pollo de primero y carne asada de segundo. A continuación, un poncho, para terminar con baile. A la vuelta y bien «alumbrados», venían cantando: De san Marcos venimos, no borrachos pero bien bebidos.
—San Gregorio/Santa Cruz de Mayo. Era el día de la bendición de los términos. Se salía en procesión junto al sacerdote y los monaguillos a los términos del pueblo y, haciendo éste la señal de la cruz al aire con hisopo y agua bendita, quedaban bendecidos para preservar tanto los campos y las cosechas como a la población y sus habitantes. Antiguamente se hacía en varios días: el primero en la ermita de San Marcos (cabe pensar que se aprovechaba para hacerlo el día de la romería), otro día en Puyalón, otro en la carretera de Casbas y otro en camino San Blas. En este camino estaban en piedra las catorce estaciones del vía crucis. Había también una grande, igualmente de piedra (cruz de término), pero todas ellas desaparecieron en la guerra civil. Algunos vecinos recuerdan también que otro de los lugares a donde salió la procesión fue hasta un promontorio de piedra situado cerca de la carretera que conduce a Huesca y punto de convergencia del monte de Angüés, Ibieca y Velillas. Más adelante la bendición de los términos se llevó a cabo en un solo día, pero siendo los puntos más o menos los mismos: Puyalón, El Fosaler o balsa de San Miguel, la era de Sanz, carretera de Casbas y camino del pozo. —La Ascensión y la fiesta de la Ancianidad. En el día de la festividad de la Ascensión del Señor tradicionalmente recibían los niños la primera comunión. Aproximadamente en este día y allá por el final de la década de los años 20, se celebró durante dos o tres 148
años la fiesta de la Ancianidad, que consistía en una especie de homenaje que se les hacía a todos los ancianos del pueblo. Primero se iba a la iglesia, donde todos los niños juntos, dirigiéndose a los ancianos, les recitaban una serie de versos dedicados a la ancianidad. Cuando salían de la iglesia se les repartían unos bocadillos de pan con salchichón en casa Fierro para luego tomar algunas bebidas en el salón usado como casino. —Corpus Christi. Se salía en procesión por las calles con el sacerdote bajo palio portando la custodia. Formaban parte de la comitiva todos los que habían hecho la primera comunión en ese año. Las niñas llevaban, colgados del cuello con cintas, cestillos llenos de pétalos de flores que arrojaban a la custodia cuando el sacerdote echaba la bendición con la misma en cada una de las paradas destinadas a tal efecto. Dichas paradas eran altares (generalmente tres) diseminados por las calles del pueblo y que habían arreglado los mismos vecinos. Los otros integrantes más característicos de la procesión eran los que tenían que hacer la primera comunión al año siguiente, que iban disfrazados de ángeles. —Fiesta del Árbol. Fue una fiesta que se celebró durante muy pocos años a causa de la guerra civil y coincidió en la misma época que la de la Ancianidad. En ella se hacía un homenaje al árbol y los niños recitaban poesías y discursos alusivos al tema. A continuación, todos y cada uno de los niños plantaban un árbol en los hoyos previamente cavados alrededor del Basal, hoy convertido en vertedero de basuras. —Fiesta del mayo. Se celebraba el domingo de Pascua. En la madrugada de dicho día se reunían los mozos del pueblo en la plaza Mayor y, mientras unos se quedaban cavando un hoyo en el centro, los demás se iban al monte a cortar el árbol más alto que encontraban, que acostumbraba a ser un chopo o pino albar. Por costumbre dicho árbol tenía que ser robado en el término de otro lugar (frecuentemente en la arboleda de Abiego). A su regreso al pueblo y después de haber colgado un esquillón en su parte superior, lo 149
dejaban plantado hasta la segunda Pascua, fecha en que lo quitaban y lo vendían. Con el dinero de la venta volvían a prepararse otro festín. En tiempos más antiguos las lifaras se prolongaban con ronda a las mozas y seguidamente baile con participación de las mismas. —San Antonio. Éste era otro de los días que se celebraba con bastante notoriedad, pues era fiesta de guardar. Primero se salía en procesión por las calles acostumbradas. De vuelta a la iglesia, se celebraba una misa cantada en la cual eran bendecidas las tortas que contenían varias canastas cubiertas con manteles blancos. Estaban hechas y pagadas por una sola familia que cada año se cuidaba de su elaboración, tanto por tradición como por devoción al santo. Los ingredientes básicos eran harina, azúcar, huevos y aceite. A la salida de la misa las tortas, ya cortadas y convertidas en «pan bendito», eran repartidas a los vecinos del pueblo en cantidad suficiente para que pudieran comer un pedazo todos y cada uno de los miembros de la casa, incluidos los animales, especialmente los de labor, en la creencia de que san Antonio preservaría de todo mal a aquel que comiese, ya fuera persona o animal. A veces se guardaba un pedazo de la torta durante todo el año y se les daba a los animales en caso de enfermedad. —San Juan. A pesar de ser una fecha cargada de tradiciones y magia en la mayor parte de los puntos del país, no tiene una gran relevancia en el ámbito festivo de la localidad, ya que aparte de considerarse como laborable no se conserva apenas ninguna costumbre. En tiempos pasados iban los jóvenes de madrugada antes de la salida del sol a lavarse la cara (sanjuanarse o ensanjuanarse) a alguna fuente del término para a continuación hacer una recogida de plantas aromáticas y medicinales que luego se utilizaban durante todo el año, no sólo como medicina para las personas y animales sino también para ahuyentar las tormentas. También se conoce la versión de que se iban a lavar la cara al «pozo» a las 12 de la noche y la recogida de plantas consistía principalmente en manzanilla y malvas. Cuando éstas debían ser empleadas, bien en infusión o en 150
cualquier otra forma, el número de flores debía ser impar, ya que de lo contrario no surtirían ningún efecto. En la actualidad, sólo queda un vestigio de dicha costumbre, que consiste en poner una palangana con agua al sereno durante toda la noche y lavarse la cara al levantarse con dicha agua. —Todos Santos y Día de Difuntos. Era y sigue siendo costumbre ir al cementerio en el día de Todos Santos. Antiguamente, una vez se había rezado el rosario por la tarde en la iglesia, el campanero y dos o tres personas más subían a la torre. Allí pasaban la noche tocando las campanas a muerto cada vez que el reloj daba las horas. Entre toque y toque iban «echando trago» y calentándose en el fuego que allí mismo habían encendido y que además les servía para preparar la cena, la cual había sido recogida por las casas el día anterior. Más tarde, esta costumbre de tocar las campanas solamente perduró hasta las doce de la noche. De todas formas, era de especial recogimiento en las casas, ya que se decía que las ánimas o las almetas vagaban por las calles (como una versión de la «santa compaña» de la tradición gallega) y tenían que estar todas las puertas cerradas. Los días previos se rezaba en la iglesia la novena de las almas. —San Úrbez. Día festivo en la localidad. En la madrugada de dicho día se cantaban por las calles estas coplillas: Hoy gran fiesta celebra la Iglesia, a Úrbez sus devotos con gran devoción, porque siempre que pedimos agua Dios la da abundante por su intercesión. Y en Él confiad, que san Úrbez jamás abandona a los que, contritos, le van a implorar.
Al igual que en el día de Reyes, se iba a «echar trago» después de cantar. Por la mañana, se celebraba una misa en la cual se pasaba a adorar una reliquia del santo. A la tarde se rezaba el rosario por 151
las calles. Previamente y a lo largo de nueve días, se había rezado la novena en la iglesia con participación importante por parte del pueblo, en el transcurso de la cual se nombraban pasajes de su vida (véase el apéndice II). A pesar de tener una gran devoción al santo, apenas se participó en ninguna romería de las que se hacían en los pueblos de los alrededores a la ermita de Nocito, a excepción de algún año en que se salió con los de Bierge. En cambio, en Ios años de sequía los vecinos de Angüés siempre acudían de rogativa a la ermita de Nocito, repitiéndose las romerías tantas veces como hacía falta hasta que la lluvia hacía su aparición. Luego se iba a dar gracias por el favor recibido. En relación con estas rogativas, hemos recogido unas coplas alusivas a la petición de agua y a la posterior acción de gracias (véase el apéndice III).
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Toponimia
Como topónimos propios de Angüés hemos reunido los siguientes: Alca Mayor. Hace referencia a una de las partes en que se divide el término municipal. Como Alca Mayor también se conoce al camino que conduce a dicha parte del monte y que llegaba hasta Ibieca. Almunia, camino de la. Almunia es un vocablo de raíz árabe que hace alusión a una explotación agrícola propiedad de una familia. Este camino lleva hasta la partida del monte próxima al antiguo camino de Abiego. Angüés. El sufijo -güés nos indica que la raíz de este topónimo probablemente sería un nombre de persona. En la Edad Media recibe el nombre de Angos y también se documentan las formas Anguas, Anguos y Anguasse. Arnillas, camino de. Camino que desde Angüés conduce a la parte sur de su término municipal, pasando por las proximidades de la finca denominada El Pardo, antiguamente Arnillas, y atravesando el río Rija, al que los vecinos de Angüés llaman río Arnillas, río. Es el nombre con el que los vecinos de Angüés y Bespén denominan al río Rija. El motivo de llamarle así es porque atraviesa la parte del monte donde en otro tiempo se localizó el desaparecido poblado de Arnillas. 153
Azarillos, barranco. Discurre por la parte noroccidental del término municipal, próximo al barranco de la fuente Umper. Su caudal se alimenta con el agua de la fuente de Bas. También se conocen con el nombre de Azarillos pequeñas fajas de cultivo próximas a dicho barranco. Bas, fuente de. Situada en la parte noroccidental del término municipal. Sus aguas sobrantes quedan encauzadas en el barranco de los Azarillos. Basal, El. Es una especie de laguna localizada junto al antiguo camino de Casbas. Los terrenos de cultivo que la rodean se destinan a cereales. Cabañas, Las. Este topónimo hace referencia a las casetas rústicas hechas en el campo y que sirven de albergue eventual a los pastores. Calveta, La. Parte del monte que se encuentra junto al río Alcanadre, cerca de la desembocadura del barranco de Masones. Sus tierras se han destinado desde siempre al cultivo de cereales y a pastos. También se conoce como camino de la Calveta al que conduce a dicha parte del monte y que, partiendo desde la carretera de Bespén, pasa a la izquierda del barranco de Masones. Cirios. Terreno de cultivo destinado a cereales, olivos y pastos. Se sitúa por las proximidades del camino que conduce a la fuente de Lavanera. Codiliebre. Zona del monte dedicada a cultivos de secano: cereales, olivos y pastos. Cruceta, camino de la. Corresponde al viejo camino de Casbas, por el que se llega a un punto denominado La Cruceta, conocido así por los vecinos de Angüés porque allí murió por accidente un carretero. Dernba. Es un campo llano de buena tierra propia para el cultivo del trigo. Las dembas suelen situarse por los alrededores del pueblo. 154
Fonduras. Hace referencia a honduras, terrenos bajos y pantanosos; se denomina así a unos campos situados junto al camino que conduce a Blecua y antes de llegar a la fuente de Tamariz. Forcas, Las. El topónimo se refiere a un cerro localizado en la carretera de Bespén, lugar donde según la leyenda se ajusticiaba a los condenados a muerte. Grava, fuente de la. Está situada a la derecha y muy próxima a donde se inicia el nuevo trazado de la N-240 para atravesar el río Alcanadre por medio del actual viaducto. Lavanera, fuente de. Localizada en el barranco homónimo. En sus proximidades casi todos los vecinos de Angüés tenían su propio huerto. El conocido como camino de Lavanera conduce a dicha fuente. Mallatas. Vocablo aragonés equivalente al castellano majada, lugar o paraje donde se recoge de noche el ganado y se albergan los pastores. En Angüés, son campos o terrenos de cultivo situados junto a la carretera N-240 en dirección al término municipal de Abiego. Masones, barranco de. Del latín MANSIONEM 'morada, posada'. Barranco que queda a la izquierda de la carretera de Bespén y desemboca en el río Alcanadre. Muro. Se denomina así a una partida del monte situada cerca del camino de Abiego. También se conoce como camino Muro al que conduce a dicha partida. Peñafiguera. Partida del monte localizada en el camino de Blecua, junto a la finca denominada El Pardo. Peñetas, Las. Es un diminutivo que hace referencia a la parte de monte o cerro peñascoso. Piniellas. Es la parte del monte situada en el camino de Ibieca y en la que en tiempos pasados hubo unos cuantos pequeños huertos por los alrededores de la tejería. 155
Planas, Las. Son unas parcelas dedicadas a cereales de secano. Una vez rebasado El Pardo en dirección a Bespén, se encuentran a ambos lados de la carretera que conduce a dicho pueblo. También se conoce como camino de las Planas al que lleva a dichas parcelas. Pozallón. Parte del monte situada a la derecha del camino que va a La fuente de Lavanera y a la izquierda del camino de Abiego. Puente Viejo, camino del. Su trazado es paralelo al del camino de Valfarta, entre los barrancos de Valfarta y Masones. Llega hasta el río Alcanadre. Puntales. En Angüés este topónimo hace referencia a unas fincas localizadas después de pasar la Fondura. Debieron de ser importantes para el mantenimiento de la economía agrícola. También se conoce como camino de los Puntales al que lleva a Blecua. Puyalón. Del vocablo aragonés puyal 'montículo', derivado de pueyo. En Angüés el topónimo Puyalón hace referencia al terreno en cuesta situado en las proximidades del barrio. Regatillo, barranco. Situado entre los montes de Angüés y Junzano. Reguero, El. Zona del monte en la que, por discurrir el agua de su manantial, hay habitualmente césped. Saso, El. Es un terreno de planicie alta, de tierra suelta y pedregosa. Tamariz, fuente. Del vocablo latino TAMARICEM, el tamariz es un arbusto de la familia de las tamaricáceas. Esta fuente está situada en las proximidades del límite municipal con Torres de Montes y a ella se llegaba por un camino que partía al sur del casco urbano de Angüés, a media hora de distancia. Tejer, barranco de la. Es el barranco de la fuente Umper, pero como en tiempos pasados se ubicó una tejería debajo de la huerta de Sanz en Angüés se le conoce por dicho nombre. Torraza, La. El topónimo hace referencia a un poblado que existió en las cercanías de Angüés y que desapareció a consecuencia de la peste negra del siglo XIV. 156
Valderañosa. Es la parte del monte que comprende campos situados a la izquierda del camino de Masones. Valfarta, barranco de. Desemboca en el río Alcanadre. El topónimo Valfarta procede del latín VALLEM 'espacio de tierra entre montes o alturas' y FARTA 'rellena'. Vía Lizana. Camino que es continuación del de Masones y que conduce hasta el monte de Lizana.
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Apéndices
I. DOCUMENTO DE DONACIÓN DE LA VILLA DE ANGÜÉS A PEDRO ORTIZ DE LIZANA EN 1134 1134, octubre, Alagón AHN, fondo Montearagón, sign. 37-R; publ. BALAGUER, Federico, «Los Lizana y los Azlor durante el reinado de Ramiro II de Aragón», A rgensola, 8 (1951), p. 363. (Christus, alfa y omega) In nomine domini nostri Ihesu Christi. Ego quidem Ranimirus Dei gratia rex, facio hanc cartam donacionis vobis don Petro de Lizana. Placuit michi libenti animo obtimo / corde et spontanea uoluntate et propter seruicium quod michi fecistis et cotidie facitis, dono et concedo uobis uillam quod dicitur Anguasse cum toto suo termino / heremo et populato et cum suo censu toto ab integro et cum omnibus suis pertinenciis que ad predicta uilla pertinent uel pertinere debent. Concedo et con 1 firmo uobis hoc donatiuum sicut superius est scriptum, ut habeatis et possideatis illud saluum et liberum et ingenuum et francum ad uestram propriam hereditatem / per facere inde totam uestram uoluntatem, uos et filii uestri et ornnis generado uel posteritas uestra, salua mea fidelitate et de omni mea posteritate per secula / seculorum amen. Signum (signo) regis Ranimirus. Facta carta donacionis Era M' LXX' II', in mense octuber, in uillam quod dicitur Alagon. Regnante me Dei gratia rex in Aragone et Super- / arbi siue in Ripacurcia atque in Zaragoza. Episcopus Dodus electus in Osca. Episcopus Garcia in Cesaraugusta. Comes Urgellensi in Boleia. Vicecomitissa de Behar- / ne in Zaragoza et in Unocastello. Petro Taresa in Borga. Lope Lopiz in Calataiube et in Ricla. Roderico Petriz in Epila et in Torbena. Iohan Didaz in / Arguedas et in Malonda. Gonzaluo Petriz in Alagon. Lope 159
Fortungones in Albero et in Pola. Bertran in Exeia et in Alfaro. Castange in Biele. Martin Galindez in Agier- / be. Fertungo Galindez in Osca et in Mikineza. Ferriz in Sancta Eulalia. Fertungo Dat in Barbastro et in Petraselce. Lope Sangiz in Belgit. Sancio Necones in Daroca. Ego Enneco sub iussione domini mei regis hanc cartam scripsi et de manu mea hoc signum (signo) feci.
II. NOVENA A SAN ÚRBEZ
Cantaban los hombres desde el coro: Buen pastor, santo eminente, francés y español dichoso.
Cantaban las mujeres desde abajo: Pedid, san Úrbez glorioso, agua y demás convenientes.
Hombres: En Burdeos (Francia) naces de santa madre y maestra, que tal educa y adiestra que a Dios y a los hombres places. Aun preso en guerra complaces al gallego y moro ausente.
Mujeres: Pedid, san Úrbez...
Hombres: En Sercué, Vio y Albella pastoreas el ganado; de mala hierba es saciado entre la mies sin parcela. Mies y grey lozana y bella a tu acusador desmiente. 160
Mujeres: Pedid, san Úrbez...
III. COPLAS A SAN ÚRBEZ Agua pedimos, san Úrbez, aunque no la merecemos, que, si por merecer fuera, ni aun el agua que bebemos. Siempre Angüés encontró en vos remedio cabal, ruega a Cristo por nosotros, que siempre te adorarán. San Úrbez vino de Francia a enriquecer estos valles y dejó su cuerpo santo para alivio de los males. San Úrbez vino de Francia para ser nuestro sostén, siempre que sus hijos pidan con la verdadera fe. Agua pedimos, san Úrbez, puestos en grande agonía; haz, pues, que baje la lluvia a remediar la sequía. Los campos piden la lluvia; si no, se van a secar. El niño dirá a su madre: «¡Tengo hambre!, ¡quiero pan!». Y, si no la merecemos, castíganos, Jesús mío, pero acordaos, Señor, de los ancianos y niños. Si los hijos de Nocito a san Úrbez piden agua los de Angüés y demás pueblos hemos venido a buscarla. 161
Si no la hemos conseguido en la primera romería, no se olvidan de san Úrbez los pueblos, valles y villa. A san Úrbez le debemos muchas gracias y favores de habernos unido aquí ea romería a sus fieles. Los de Angüés y muchos pueblos ea romería hemos ido por ver si mandas la lluvia, porque todo está perdido. No desconfiéis, devotos, tened confianza en Dios, que es poderoso, y san Úrbez siempre nos favoreció. San Úrbez, santo bendito de toda esta comarca, hoy venimos a pedirte el agua tan necesaria. En Angüés y todo el valle por patrono te tenemos, ruega a Cristo por nosotros, que siempre te adoraremos. Vuestro altar gloria respira, arca de santo tesoro, cáliz que recoge el loro del pecador que suspira. Adiós, san Úrbez glorioso, que estás con Cristo y su madre, no permitas que tus hijos nunca perezcan de hambre.
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