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ESPECIAL 25 DE MAYO
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El 25 de Mayo de 1810, hora a hora El alcalde mayor hizo una seña y los miembros de la Junta se arrodillaron frente a la mesa municipal. Los Santos Evangelios estaban abiertos en el relato de San Lucas. Cornelio Saavedra puso la palma de su mano sobre ellos. Juan José Castelli apoyo la suya sobre uno de los hombros de Saavedra y Manuel Belgrano hizo lo mismo sobre el otro. El resto copió el gesto. Eran casi las 9 de la noche del viernes 25 de Mayo de 1810 y el "Sí, juro" de los nueve hombres entrelazados marcaba el final de cuatro días intensos.
Cornelio Saavedra se levantó y la Junta ocupó los asientos bajo el dosel del salón central del segundo piso del Cabildo. Después el comandante fue hasta el balcón. Abajo, en la Plaza, quedaba poca gente bajo la lluvia. Saavedra les habló para pedirles que mantuvieran orden, la unión y la fraternidad, y para que se respetara la figura del ex virrey Cisneros. Esa noche, los miembros de la Junta salieron juntos. Atravesaron la Plaza, pasaron por debajo de la Recova y los pasos firmes —que resonaron huecos en el barro—
Retrato del Cabildo Abierto.
los llevaron hasta el Fuerte, desde donde iban a gobernar Buenos Aires y el resto del Virreinato hasta fines de 1810. Aquel día, el Cabildo había estado lleno desde temprano, a las 8 de las mañana. Los asistentes habían llegado para considerar la renuncia de la Junta nombrada el 23 de mayo, encabezada por el virrey Cisneros. Habían jurado a las 3 de la tarde del 24 y seis horas después, frente a la presión de los criollos, presentaban sus renuncias. En el salón del Cabildo, la postura del síndico procurador, Julián de Leiva, aún era inamovible: no aceptaba la renuncia de Cisneros y proponía autorizarlo a usar la fuerza para fusilar y dispersar al pueblo. Leiva se aferraba a una idea errónea: creía contar con el apoyo de Saavedra. A esa hora, la Plaza ya estaba ocupada. Pero la mayoría de las milicias estaba en los cuarteles, esperando noticias del Cabildo. Las novedades sobre la posición de Leiva llegaron pronto. Cuando se difundieron, un grupo
encabezado por Feliciano Chiclana y Domingo French —que como todos los partidarios criollos estaban reunidos en la casa de Rodríguez Peña— salió hacia el Cabildo. En el impulso, todos llegaron hasta la galería de arriba. Fue el propio Leiva quien abrió la puerta del salón al escucharlos. "¿Qué es lo que ustedes quieren?", cuentan que dijo. "La deposición inmediata de Cisneros", le gritaron los criollos. Desde adentro pidieron que nombraran una comisión de representantes para explicar sus reclamos. Las crónicas de la época dicen que llevaban escritos los nombres para una nueva junta de gobierno. El Cabildo objetó la propuesta. Para eso se debía consultar al resto de los pueblos del Virreinato, se sostenía como argumento principal. La discusión se encendía y uno de los vecinos acaudalados, de apellido Anchorena, propuso citar a los comandantes de las milicias para opinar y votar. Los delegados de los criollos salieron
Cornelio Saavedra, presidente de la Primera Junta.
para juntarse en la Fonda de las Naciones de la Vereda Ancha, una de las tantas del radio de la Plaza. El cielo estaba nublado y amenazaba con desarmarse en agua, como venía ocurriendo desde hacía días. Cuando los comandantes se reunieron,
Leiva pidió apoyo para las autoridades elegidas el 23. El comandante Romero, un moderado que lideraba una milicia, contestó que no era posible sostener la elección del virrey como presi(Continúa en pág. 3)
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(Viene de pág. 2) dente de la Junta, que las tropas y el pueblo estaban indignados y que ellos no tenían autoridad para darle apoyo al Cabildo, porque sabían que no iban a ser obedecidos. Se animó a pronosticar que si el Cabildo insistía en lo resuelto no podrían evitar que la tropa llegara hasta la Plaza para imponer su posición. La gente había vuelto a tomar las galerías. Y Leiva le habló al resto de los cabildantes: "No hay más remedio que consentir", se le oyó decir. Martín Rodríguez salió al corredor y, a los gritos, contó a la gente que el virrey había quedado fuera del gobierno. Después corrió hasta la casa de Rodríguez Peña, donde estaban los líderes del movimiento criollo. Entonces Peña dijo que había que llevar la lista de la nueva Junta al Cabildo. Cuando Beruti y French entraron en
el salón del edificio donde se seguía sesionando, los cabildantes ocupaban sus asientos detrás de la gran mesa que da a la puerta. Los patriotas se agruparon en la baranda que limitaba el recinto hacia el lado de afuera. La respuesta fue una exigencia: que expresaran por escrito la voluntad del pueblo. Al rato llegó una presentación con más de 400 firmas. Eran las 15.30 cuando Leiva puso el último obstáculo. Pidió que el pueblo se congregara en la Plaza para que, al leer los nombres, los ratificaran. A las 4 de la tarde, Leiva salió al balcón. El resto de los cabildantes lo siguieron. Cuando miraron hacia la Plaza, el síndico, irónico, preguntó: "¿Dónde está el pueblo?". Abajo había poca gente. Y fue Beruti quien repitió que el pueblo en cuyo nombre hablaban estaba armado en los cuarteles y otra gran
parte del vecindario esperaba en distintos lugares para ir. El griterío creció. Finalmente, Leiva en nombre del Cabildo, cedió. Y así se dieron por anulados los actos del día 23 y 24. El vozarrón de Martín Rodríguez se volvió a escuchar a las cuatro y media. Pero esta vez fue en el balcón, cuando leyó los nombres de la Junta de Gobierno que quedaba encargada provisoriamente de la autoridad de todo el Virreinato. La espera, luego, fue larga. Hasta que, cuando faltaban minutos para las 9 de la noche, el alcalde mayor abrió los Santos Evangelios. La nueva Junta entró por el centro del salón en medio de un gran silencio. El funcionario hizo una seña y se acercó a Saavedra con el libro abierto. Los nueve hombres se comprometieron a conservar esta parte de América para Fernando VII, el rey de España, prisionero de Napoleón. Afuera llovía. Y en la Plaza todavía quedaba gente. Fuentes: "Memorias curiosas", de Juan Manuel Beruti, Colección Memoria Argentina, Emecé, 2001. "La Gran Semana de 1810. Crónica de la Revolución de Mayo", de Vicente Fidel López. Imprenta y Librería de Mayo, 1896.
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El 22 un día decisivo
A las nueve de la mañana del martes 22, unos 250 vecinos —entre ellos 70 funcionarios y sacerdotes, 25 abogados y profesionales, 59 comerciantes, 59 militares y 21 ciudadanos comunes— llegaron al Cabildo para debatir. ¿Debía caer el virrey Cisneros y nombrarse un nuevo gobierno, o no? De aquel de-
bate histórico, la tradición oral reconstruyó sólo cinco discursos: los del obispo Benito de Lué, los abogados Castelli y Paso, el fiscal real Villota y el militar Pascual Huidobro.Como un ejemplo de dos pasiones opuestas, cabe recordar que el obispo Lué sentenció que "aún cuando no quedase parte alguna de la España
que no estuviese subyugada, los españoles que se encontraren en las Américas debían tomar y reasumir el mando de ellas". A eso contestó Castelli: "Es falso que el derecho de disponer de nuestra herencia, hoy que la Madre Patria ha sucumbido, pertenezca a los españoles de Europa y no a los americanos".
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Sin paraguas ni escarapelas Osvaldo Soriano relata los sucesos del 24 y 25 de Mayo de 1810 y retrata a los protagonistas de una revolución que nació del afán de independencia a pesar de las discordias entre sus inspiradores. Dividido en tres momentos distintos, un lujo literario. Por Osvaldo Soriano. El 24 de mayo por la noche, el coronel Saavedra y el doctor Castelli atraviesan la Plaza de la Victoria bajo la lluvia, cubiertos con capotes militares. Van a jugarse el destino de medio continente después de tres siglos de dominación española. Uno quiere la independencia, el otro la revolución, pero ninguna de las dos palabras será pronunciada esa noche. Luego de seis días de negociación van a exigir la renuncia del español Cisneros. Hasta entonces Cornelio Saavedra, jefe del regimiento de Patricios, ha sido cauto: "Dejen que las brevas maduren y luego las comeremos", aconsejaba a los más exaltados jacobinos. Desde el 18, Belgrano y Castelli, que son primos y a veces aman a las mismas mujeres, exigen la salida del virrey, pero no hay caso: Cisneros se inclina, cuanto más, a presidir una junta en la que haya representantes del rey Fernando Vll, preso de
Napoleón, y algunos americanos que acepten perpetuar el orden colonial. Los orilleros andan armados y Domingo French, teniente coronel del estrepitoso regimiento de la Estrella, está por sublevarse. Saavedra, luego de mil cabildeos, se pliega: "Señores, ahora digo que no sólo es tiempo, sino que no se debe perder ni una hora", les dice a los jacobinos reunidos en casa de Rodríguez Peña. De allí en más los acontecimientos se precipitan y el destino se juega bajo una llovizna en la que no hubo paraguas ni amables ciudadanos que repartieran escarapelas. El orden de los hechos es confuso y contradictorio según a qué memorialista se consulte. Todos, por supuesto, salvo el pudoroso Belgrano, intentan jugar el mejor papel. Lo cierto es que el 24 todo Buenos Aires asedia el Cabildo donde están los regidores y el obispo. "Un inmenso pueblo", recuerda
Saavedra en sus memorias, y deben haber sido más de cuatro mil almas si se tiene en cuenta que más tarde, para el golpe del 5 y 6 de abril de 1811, el mismo Saavedra calcula que sus amigos han reunido esa cifra en la Plaza y sólo la califica de "crecido pueblo". La gente anda con el cuchillo al cinto, cargando trabucos, mientras Domingo French y Antonio Beruti aumentan la presión con campanas y trompetas que llaman a los vecinos de las orillas. Esa noche nadie duerme y cuando los dos hombres llegan al Cabildo, empapados, los regidores y el obispo los reciben con aires de desdén. Enseguida hay un altercado entre Castelli y el cura. "A mí no me han llamado a este lugar para sostener disputas sino para que oiga y manifieste libremente mi opinión y lo he hecho en los términos que se ha oído", dice monseñor, que se opone a la formación de una junta ame-
ricana mientras quede un solo español en Buenos Aires. A Castelli se le sube la sangre a la cabeza y se insolenta: "Tómelo como quiera", se dice que le contesta. Cuatro días antes ha ido con el coronel Martín Rodríguez a entrevistarse con Cisneros que era sordo como una tapia. "¡No sea atrevido!", le dice Cisneros al verlo gritar, y Castelli responde orondo: "¡Y usted no se caliente que la cosa ya no tiene remedio!". Al ver que Castelli llega con las armas de Saavedra, los burócratas del Cabildo comprenden que deben destituir a Cisneros, pero dudan
de su propio poder. Juan José Paso y el licenciado Manuel Belgrano esperan afuera, recorriendo pasillos, escuchando las campanadas y los gritos de la gente. Saavedra sale y les pide paciencia. El coronel es alto, flaco, parco y medido. El rubio Belgrano, como su primo, es amable pero se exalta con facilidad. Paso es hombre de callar pero luego tendrá un gesto de valentía. Entrada la noche, cuando French y Beruti han agitado toda la aldea y repartido algunos sablazos a los disconformes, Belgrano y Saavedra abren las puertas de la sala capitular para que entren los
gritos de la multitud. No hay más nada que decir: Cisneros se va o lo cuelgan. ¿Pero quién se lo dice? De nuevo Castelli y el coronel cruzan la Plaza y van a la fortaleza a persuadir al virrey. Hay un último intento del español por formar una junta que lo incluya, pero Castelli, que tiene 43 años y está enfermo de cáncer, se opone. Los "duros" juegan a todo o nada. Cisneros trata de ganarse al vanidoso Saavedra, pero el coronel ya acaricia la gloria de una fecha inolvidable. Quizá piensa en George Washington mientras (Continúa en pág. 5)
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(Viene de pág. 4) Castelli se imagina en la comuna francesa. Su Robespierre es un joven llamado Mariano Moreno, que espera el desenlace en lo de Nicolás Peña. Entre tanto French, que teme una provocación, impide el paso a la gente sospechosa de simpatías realistas. Sus oficiales controlan los accesos a la Plaza y a veces quieren mandar más que los de Saavedra. Por el momento la discordia es sólo antipatía y los caballos se topan exaltados o provocadores. Al amanecer, Beruti, por orden de French, derriba la puerta de una tienda de la recova y se lleva el paño para hacer cintas que distingan a los leales de los otros. Alguien toma nota y nace la leyenda de la escarapela en el pecho. Al amanecer, para guardar las formas, el Cabildo considera la renuncia de Cisneros, pero la nueva Junta de gobierno ya está formada. Escribe el catalán Domingo Matheu: "Saavedra y Azcuénaga son la reserva reflexiva de las ideas y las instituciones
que se habían formado para marchar con pulso en las transformaciones de la autognosia (sic) popular; Belgrano, Castelli y Paso eran monarquistas, pero querían otro gobierno que el español; Larrea no dejaba de ser comerciante y difería en que no se desprendía en todo evento de su origen (español); demócratas: Alberti, Matheu y Moreno. Los de labor incesante y práctica eran Castelli y Matheu, aquel impulsando y marchando a todas partes y el último preparando y acopiando a toda costa vituallas y elementos bélicos para las empresas por tierra y agua. Alberti era el consejo sereno y abnegado y Moreno el verbo irritante de la escuela, sin contemplación a cosas viejas ni consideración a máscaras de hierro; de aquí arranca la antipatía originaria en la marcha de la Junta entre Saavedra y él". Matheu exagera su importancia. Todos esos hombres han sido carlotistas y, salvo Saavedra, son amigos o defensores de los ingleses que en el momento aparecen a sus ojos como aliados contra España.
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El delirio y la compasión Osvaldo Soriano. La mañana del 25, cuando muchos se han ido a dormir y otros llegan a ver "de qué se trata", el abogado Juan José Castelli sale al balcón del Cabildo y, con el énfasis de un Saint Just, anuncia la hora de la libertad. La historiografía oficial no le hará un buen lugar en el rincón de los recuerdos. El discurso de Castelli es el de alguien que arroja los dados de la Historia. Aquellas jornadas debían ser un simple golpe de mano, pero la fuerza de esos hombres provoca una voltereta que sacudirá a todo el continente. Dice Saavedra: "Nosotros solos, sin precedente combinación con los pueblos del interior mandados por jefes españoles que tenían influjo decidido en ellos, (...) nosotros solos, digo, tuvimos la gloria de emprender tan abultada obra (...) En el mismo Buenos Aires no faltaron (quienes) miraron con tedio nuestra empresa: unos la creían inverificable por el poder de los españoles; otros
la graduaban de locura y delirio, de cabezas desorganizadas; otros en fin, y eran los más piadosos, nos miraban con compasión no dudando que en breves días seríamos víctimas del poder y furor español". La audacia desata un mecanismo inmanejable. Saavedra es un patriota, no un revolucionario, pero no puede oponerse a la dinámica que se desata en esos días. El secretario Moreno, un asceta de la revolución, dirige sus actos y sus órdenes a forzar esa dinámica para destrozar el antiguo sistema. Habla latín, inglés y francés con facilidad y hace publicar; a Rousseau, conoce bien la Revolución Francesa y es posible que desde el comienzo se haya mimetizado con el fantasma de un Robespierre que no acabará en la tragedia de Termidor. El ateo Castelli está a su izquierda, como French y el joven Monteagudo que maneja el club de los "chisperos". Todos ellos celebran en los templos del
El escritor y periodista argentino, Osvaldo Soriano.
Norte el culto de La mort est un sommeil éternel, que Fouché y la ultraizquierda francesa usaron como bandera desde 1792. Belgrano, que es muy creyente, no vacila en proponer un borrador con apuntes sobre economía para el Plan terrorista que en agosto redactará Moreno. En la primera junta gana la gauche (la acepción de "izquierda" se pronuncia, todavía, en francés): Moreno, Castelli y Belgrano son un bloque sólido con una políti-
ca propia a la que por conveniencia se pliegan Matheu, Paso y el cura Alberti; Azcuénaga y Larrea sólo cuentan las ventajas que puedan sacar y simpatizan con el presidente Saavedra que a su vez los desprecia por oportunistas. Las discordias empiezan muy pronto, con las primeras resoluciones. Castelli parte a Córdoba y el Alto Perú como comisario politico de Moreno, que no con(Continúa en pág. 6)
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(Viene de pág. 5) fiaba en los militares formados en la Reconquista. Es él quien cumple las "instrucciones" y ejecuta a Liniers primero y al temible mariscal Vicente Nieto más tarde. Belgrano, el otro brazo armado de los jacobinos, va a tomar el Paraguay; no hay en él la cólera terrible de su primo, sino una piedad cristiana y otoñal que lo engrandece: en el Norte captura a un ejército entero y lo deja partir bajo juramento de no volver a tomar las armas. Manda a sus gauchos desharrapados con un rigor insostenible y no mata por escarmiento sino por extrema necesidad. Sufre sífilis, cirrosis y tiene várices, pero conserva la fe cristiana y el sentido del humor. Las victorias de Castelli en Suipacha y la suya en Tucumán afirman la posición de Moreno en la Junta, pero las catástrofes de fines de año aceleran su caída. Frente a frente, uno de levita y otro de uniforme, Moreno de Chuquisaca y Saavedra de Potosí, se odian pero no se desprecian "Impío, malvado, maquiavélico",
llama el coronel al secretario de la Junta; y cuando se refiere a uno de sus amigos, dice: "El alma de Monteagudo, tan negra como la madre que lo parió". El primer incidente ocurre cuando los jacobinos descubren que diez jefes municipales están complotados contra el nuevo poder. En una sesión de urgencia Moreno propone "arcabucearlos" sin más trámite, pero Saavedra le responde que no cuente para ello con sus armas. "Usaremos entonces las de French", replica un Moreno siempre enfermo, con el rostro picado de viruela, que acaba de cumplir 30 años. Al presidente lo escandaliza que ese mestizo use siempre la amenaza del coronel French, a quien hace espiar por sus "canarios", una especie de soplones manejados por el coronel Martín Rodríguez. Los conjurados salvan la vida con una multa de dos mil pesos fuertes, propuesta por el presidente. "¿Consiste la felicidad en adoptar la más grosera e impolítica democracia? ¿Consiste en que los hombres impunemente hagan lo que su capricho e interés les sugieren? ¿Consiste en
Juan José Castelli.
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atropellar a todo europeo, apoderarse de sus bienes, matarlo, acabarlo y exterminarlo? ¿Consiste en llevar adelante el sistema de terror que principió a asomar? ¿Consiste en la libertad de religión y en decir con toda franqueza me cago en Dios y hago lo que quiero?", se pregunta Saavedra en carta a Viamonte que lo amenaza desde el Alto Perú. Desde fines de agosto, Moreno ha hecho aprobar por unanimidad el Plan secreto de operaciones que recomienda el terror como método para destruir al enemigo emboscado. Ese texto feroz, por momentos descabellado, no se conoció hasta que a fines del siglo XIX. Eduardo Madero el constructor del puerto; lo encontró en los archivos de Sevilla y se lo envió a Mitre. Para entonces, los premios y castigos de la historia oficial ya estaban otorgados y Moreno pasaba por un periodista y educador romántico influido por las mejores ideas de la Revolución Francesa. Pero es la aplicación de ese método sangriento lo que garantiza el triunfo de la Revolución. Hasta la llegada de San Martín la formación de los ejércitos se hizo a punta de bayoneta, la conspiración de Alzaga, como la contrarrevolución de Liniers, terminaron en suplicio y los españoles descubrieron, entonces, que los patriotas estaban dispuestos a todo: "Nuestros asuntos van bien porque hay firmeza y si por desgracia hubiéramos aflojado estaríamos bajo tierra. Todo el Cabildo nos hacía más guerra que los tiranos mandones del virreinato", escribe Castelli antes de ser llevado a juicio.
El coronel manda parar Osvaldo Soriano. A principios de diciembre dos circunstancias banales sirven de pretexto a la ruptura entre Moreno y Saavedra que será nefasta para la Revolución. En la plaza de toros de Retiro el presidente hace colocar sillas adornadas con cojinillos para él y su esposa. Cuando las ve, Matheu hace un escándalo y argumenta que ningún vocal merece distinción especial. Pocos días más tarde, el 6, el regimiento de Patricios da una fiesta a la que asisten Saavedra y su mujer. En un momento un oficial levanta una corona de azúcar y la obsequia a la esposa que la entrega al Presidente, Moreno se entera y esa misma noche escribe un decreto de supresión de honores. Saavedra se humilla y lo firma, pero el rencor lo carcome para siempre. Poco después, el 18 de diciembre, mientras los Patricios se agitan y reclaman revancha por la afrenta civil, el coronel llama a los nueve diputados de las provincias para ampliar la Junta. Moreno; que intuye su fin; no puede oponerse a esa propuesta "democratizadora". El único que tiene el valor de votar en contra es el tímido tesorero Juan José Paso. Moreno renuncia y el 24 de enero de 1811 se embarca para Londres. "Me voy, pero la cola que dejo será larga", les dice a sus amigos que claman venganza. También pronuncia un mal augurio: "No sé qué cosa funesta se me anuncia en mi viaje". En alta mar se enferma y nada podrá convencer a Castelli y Monteagudo de que no lo asesinaron. "Su último acci-
dente fue precipitado por la administración de un emético que el capitán de la embarcación le suministró imprudentemente y sin nuestro conocimiento", cuenta su hermano Manuel, que agrega en la relación de los hechos el célebre "¡Viva mi patria aunque yo perezca!". Saavedra ha liquidado a su adversario, pero la Revolución está en peligro. El español Francisco Javier Elío amenaza desde la Banda Oriental y no todos los miembros de la Junta son confiables. El 5 y 6 de abril el coronel Martín Rodríguez, con los alcaldes de los barrios, junta a los gauchos en Plaza Miserere y los lleva hasta el Cabildo para manifestar contra los morenistas. Saavedra, que jura no haber impulsado el golpe, aprovecha para sacarse de encima al mismo tiempo a jacobinos y comerciantes corruptos. Renuncian Larrea, Azcuénaga, Rodríguez Peña y Vieytes. Los peligrosos French, Beruti y
Posadas son confinados en Patagones. Belgrano y Castelli pasan a juicio por desobediencia y van presos. Pero Saavedra sólo dura cuatro meses al frente del gobierno. Ha acercado a Rivadavia al poder, pero el brillante abogado y los porteños se ensañan con él y lo persiguen durante cuatro años por campos y aldeas; se ensañan también con Castelli, que muere deslenguado durante el juicio; con el propio San Martín que combate en Chile; con Belgrano que muere en la pobreza y el olvido gritando el plausible "¡Ay patria mía!". Pese a todo, la idea de independencia queda en pie levantada por San Martín, que se ha llevado como asistente a Monteagudo, "el del alma más negra que la madre que lo parió". Los ramalazos de la discordia duran intactos medio siglo y se prolongan hasta hoy en los entresijos de una historia no resuelta. Fuente: www.literatura.org
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Cómo vivía la gente que hizo la Revolución de Mayo "Las mujeres —escribió el viajero francés Julián Mallet— son encantadoras, hablan el castellano con mucha corrección y gusto, pero lo que influye en sus atractivos es la irresistible inclinación que tienen por toda bebida y por el tabaco". Era 1809. Esas mujeres, esas costumbres, eran las de una Buenos Aires que estaba cocinando una revolución. Iba a cambiar una forma de gobierno; la vida de todos los días empezaba a ser otra. "Más allá de lo político — dice Daniel Schávelzon, especialista en arqueología urbana— es un momento de transición en la vida de la comunidad". Schávelzon y su equipo excavaron en los terrenos de viejas casas porteñas y analizaron los pozos de basura. Así supieron de costumbres que no habían quedado registradas en los documentos. "Para nuestra sorpresa — dice Schávelzon— encontramos que en los pozos de la época de la revolución, los huesos no estaban quemados sino hervidos. ¡No se comía tanto asado como se supone! Esto se entiende por qué la carne era dura: las vacas eran salvajes, estaban sueltas, comían cuando comían y tomaban agua cuando llovía. Por eso, los gauchos llevaban una ollita de tres patas: ahí dejaban hervir la carne hasta cinco horas. La parrilla horizontal,
como la usamos ahora, no apareció hasta fines del siglo XIX. En el campo se hacía el asado vertical, en cruz, cuando no había otra posibilidad. Se comía mucha carne de vaca —350 kilos al año, contra 16 en Inglaterra— pero vimos que generalmente era guisada, no asada". En las familias ricas se preparaban banquetes en ocasiones especiales. Así, cuando Juan Martín de Pueyrredón y su esposa Dolores llegaron de España, el menú de bienvenida fue: "Unas aceitunas, sardinas y fiambre, la consabida sopa con pan tostado, arroz o fideos. Después pescado fresco. Después vino el asado de vaca y algo de cordero; la ensalada de lechuga y unos pepinos; un guiso de garbanzos y lentejas, acompañado de unas albóndigas, tortillas de acelga, mollejas asadas, mondongo y finalmente los postres".
El plato playo y el tenedor aparecieron en el Plata avanzado el siglo XVIII, así que en 1810 sólo se los empleaba en las casas muy ricas. También es de esta época la costumbre de usar un vaso por persona. Antes alcanzaba con uno en la mesa. A principios del siglo XIX, en Buenos Aires se comía mucho pescado, pero como todo bicho que camina va a parar al asador, la dieta de los porteños incluía palomas, pájaros, pavos, gallinas, perdices y hasta iguanas. Los ricos comían mulita, una carne sabrosa, tierna y cara. Todo esto se bajaba con agua o vino. Francés, en casas ricas. Mendocino o sanjuanino, en las más modestas. Como un dato nuevo, empezaban a llegar al puerto cargamentos con ginebra, de Rotterdam, o cerveza, de Inglaterra. Buenos Aires era una ciu-
dad con distintos estratos sociales. Las casonas de tres patios que difundieron las revistas para chicos eran un 8 por ciento de la ciudad. También había casas mucho más chicas, incluso de un solo cuarto, que se construían para alquilar. Dentro de la ciudad había indígenas, con sus tolderías a cuatro cuadras de Plaza de Mayo, en Perú y Chile. Los ricos vivían cerca del Cabildo. Los pobres, en las afueras de la ciudad: Barracas, Tribunales, Monserrat, Congreso. La elite y los desplazados semirabanfrenteafrente,como ahora, en las tribunas. Cuando todos iban a ver los toros. Hasta que fue prohibido, en 1819, éste fue el espectáculo deportivo que apasionaba a multitudes en Buenos Aires. En 1801 se había inaugurado la Plaza de Toros del Retiro, donde hoy está la plaza San Martín, zona brava conocida
La sociedad se reunía en las tertulias como en la de Mariquita Sánchez de Thompson.
como "barrio recio". La construcción era un edificio de ladrillo a la vista, con palcos de madera y gradas en la parte
baja. Tenía capacidad para diez mil personas: no era poco, (Continúa en pág. 8)
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(Viene de pág. 7) en una ciudad de cuarenta y cuatro mil habitantes. El Río de la Plata mojaba las tierras de lo que es hoy la avenida Leandro N. Alem. Allí se había construido, a fines del siglo XVIII, la Alameda, un paseo con árboles y bancos. Los porteños gustaban de chapotear en esas aguas, a tal punto que el virrey Cisneros, en 1809, dictó un "auto de buen gobierno" que señalaba: "Que echando de ver los excesos que se cometen en los baños públicos de las riberas del río, tan opuestos a la moral cristiana, mando que nadie entre en él a bañarse por los sitios que están a la vista del Paseo del Bajo sino de noche, observando la más posible decencia, quietud y buen orden". La sociedad se reunía en las tertulias como la de Mariquita Sánchez de Thompson, en las actuales Florida y Perón. Se encontraban también en el Coliseo Provisional, la sala del teatro. En 1810 había en la ciudad había cincuenta músicos. "La idea del concierto público no se hallaba extendida en nuestro país. La música en el teatro tenía lugar en los intermedios de las obras y se trataba en general de breves números vocales de carácter ligero, tales como tonadillas, sainetes y arias de ópera", dicen Melanie Plesch y Gerardo Huseby, autores de La músi-
ca desde el período colonial hasta finales del siglo XIX. Antes de ir al teatro, las damas de alcurnia se maquillaban la cara con polvo de maíz, que aclaraba la piel, y calzaban zapatos blancos, signo de que su situación económica les permitía no trabajar. Las damas se habían maquillado en casas que no tenían cuarto de baño incorporado: como no había cloacas, el baño era una letrina con un pozo ubicado en el patio. Para no salir cuando hacía frío era habitual usar la escupidera, que muchos en 1810 todavía vaciaban en las calles al grito de "¡Agua va!". Mientras tanto, empiezan a aparecer los cafés, un espacio masculino de charla, juego, negocios y conspiraciones. En lo que hoy sería el cruce de Hipólito Yrigoyen y Bolívar, el Café de la Victoria, con espejos, dulces caseros y mesas de billar, que frecuentaba Manuel Belgrano. Desde 1801, en Alsina y Bolívar, el Café de Marcos, que ofrecía a los parroquianos un coche para volver a casa los días de lluvia y tenía, lujo máximo, bebidas frescas. En esos lugares se empezó a dejar atrás a España. Fuentes: Dolores Pueyrredón y Juan Martín de Pueyrredón; Historia de la vida privada en la Argentina; La pequeña aldea; Nueva Historia Argentina, Arte, sociedad y política. Buenos Aires, 1810.
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Mitos y verdades del 25 de Mayo La Revolución de 1810 fue interpretada de diferentes maneras a lo largo de 195 años. Los historiadores de hoy actualizan la discusión: qué fue verdad, qué fue posible y qué fue imaginado. Lluvia, paraguas, escarapelas, movilización popular, el Cabildo, brazos en alto. La Revolución de Mayo se sintetizó en estas imágenes. A cinco años del Bicentenario, ni siquiera los historiadores más prestigiosos se ponen de acuerdo. Además, hay muchas contradicciones entre ellos. Algunos dirán que ese 25 de mayo de 1810 llovía y que se usaban paraguas importados de Londres. Otros opinarán lo contrario. Algunos aseguran que las cintas repartidas por French y Beruti tenían un color blanco, y otros dicen que sus colores eran diferentes. La representatividad de Moreno y Saavedra también está en juego. La tradicional imagen de "conservador" del coronel ahora está cuestionada. Las preguntas siguen y suman. ¿Por qué se celebra el 25 de Mayo como origen de la Patria? "Los festejos por el 25 de Mayo comenzaron muy temprano, durante el propio proceso revolucionario. A imagen de las fiestas cívicas inauguradas por la Revolución Francesa, el 25 se convirtió en motivo de celebración cívica. Por lo tanto, ya desde un comienzo esta fecha cobró un lugar significativo en el imaginario político rioplatense. De hecho, los festejos por
el 9 de Julio nunca pudieron rivalizar con las fiestas mayas —dice el doctor en Historia, Luciano De Privitellio, investigador del Conicet, la UBA y la Universidad de San Martín—. Cuando a partir de la generación romántica de 1837 se comenzó a imaginar la existencia de una Nación Argentina y de un pasado para ella, el 25 de Mayo debía ser la fecha por excelencia de su origen y nacimiento. Este día se convitió así en el nacimiento de la Nación". ¿Moreno o Saavedra? ¿Quién tenía más poder y representatividad? "Saavedra es más pragmático, entre otras cosas porque tiene que hacerse cargo de las armas. Tenía un criterio más realista que Moreno. Lo que Saavedra intenta conciliar al mismo tiempo son los intereses de los pueblos que empezaron a llegar con sus representantes a Buenos Aires, muchos de los cuales estaban bastante lejos de coincidir con las posturas más jacobinas de Moreno", dice la doctora en Historia Marcela Ternavasio, profesora titular de Historia Argentina I en la Universidad Nacional de Rosario e investigadora del Conicet. En cuanto a la representatividad de Saavedra, la doctora Ternavasio
afirma que al principio era muy grande pues tenía a los milicianos detrás de él. Y fueron los milicianos, según ella, los que impulsaron la realización del Cabildo Abierto del 22 de mayo y quienes presionaron para la salida del virrey Cisneros También el historiador José Luis Busaniche, que se definía como un "demócrata liberal" y nada conservador, se inclina por pensar que el coronel tenía tras de sí a los sectores populares, mientras Moreno era un ideólogo jacobino que no entendía la realidad del Río de la Plata. Los jacobinos eran los seguidores de Maximiliano Robespierre, el líder de la Revolución Francesa, representante de los sectores más extremistas. Para Busaniche —autor de una monumental Historia Argentina—, el se-
cretario era un hombre dogmático, heredero del pensamiento del francés Juan Jacobo Rousseau (uno de los teóricos de la Revolución Francesa), que hablaba ´en nombre del pueblo´. Busaniche resume: ´La parte más popular y numerosa, la que no vestía de frac o de levita, se inclinó hacia el lado de Saavedra´. Los historiadores que defienden a un Saavedra líder popular recuerdan la revuelta que se produjo del 5 al 6 de abril de 1811. ´Este movimiento tiene un componente popular muy diferente al que tuvo el del 25 de Mayo de 1810. En esta disputa facciosa entre morenistas y saavedristas, éstos traen de los arrabales a un número de personas muy importante, (Continúa en pág. 9)
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(Viene de pág. 8) que pertenecen a sectores populares manejados por líderes milicianos. La elite es sorprendida por la irrupción de esta gente en la Plaza Victoria. Salvando las distancias, esta movilización del 5 y 6 de abril de 1811 fue una especie de 17 de octubre peronista´, dice Ternavasio. Busaniche narra así esos sucesos: ´En la noche del 5 al 6 de abril se produjo una reacción popular que no provenía de los ´de fraque o levita´ sino de más abajo: gente del campo, de los arrabales y no pocos de la ciudad, simpatizantes de Saavedra, que veían al Presidente y a la Junta trabados en su acción por dos o tres vocales de Moreno, y miraban con malos ojos el espectáculo que soportaba la ciudad". La Revolución de Mayo, ¿fue un movimiento popular o un golpe militar? Privitellio destaca a dos instituciones fundamentales: el Cabildo y las milicias, conducidas por Saavedra, y dice que desde el mismo momento en que la crisis de la monarquía española acelera el conflicto político en el Río de la Plata, "el Cabildo se postula como uno de los candidatos a suceder al poder". Pero en esa época, el poder real lo tienen las milicias. Ningún historiador habla de un gol-
pe militar, pero son muchos los que hablan de la "presión" que ejercieron los milicianos para desplazar al virrey Cisneros. "Son ellos los que apoyan inicialmente la convocatoria al Cabildo Abierto del 22 de mayo, y son los que no aceptan a la Junta nombrada por el Cabildo el 24 de mayo. Finalmente, son los que imponen a la nueva Junta el 25 de mayo". Privitellio explica que los diversos cuerpos milicianos, formados durante la reconquista y defensa de Buenos Aires contra las Invasiones Inglesas, son fuerzas militares, más bien escasas, instaladas en Buenos Aires. "Hasta 1806, nadie hubiera elegido la carrera militar como vía de ascenso y prestigio. Pero todo eso cambia a partir de la invasión inglesa. La milicia que más se destacaba era la de Patricios, comandada por Cornelio Saavedra. Pero allí también estaban otros protagonistas de la Revolución, como Domingo French, que junto a José Antonio Beruti formaba parte del ala más radical del partido patriota (los futuros morenistas)". ¿Fue un fenómeno sólo porteño o de todo el virreinato? "Un fenómeno totalmente porteño", responde la historiadora Ternavasio. Y agrega: "A partir de 1811, Buenos
Aires se festeja a sí misma. Y esto dura hasta gran parte del siglo XIX. Es que Buenos Aires había sido la cuna de la Revolución". Los Cabildos del interior, tan lejos del Río de la Plata, se van enterando lentamente de la formación de la Primera Junta. Algunos se resisten a aceptar el "nuevo orden", como el de Córdoba; otros reciben la noticia con gran beneplácito, y otros nunca van a aceptar a las nuevas autoridades, "como Paraguay, y ni hablar de la Banda Oriental". Años más tarde, Domingo Faustino Sarmiento, en su célebre "Facundo", recuerda las consecuencias de esa disociación, y escribe: "La guerra de la revolución argentina ha sido doble: 1) guerra de las ciudades iniciadas en la cultura europea contra los españoles, a fin de dar mayor ensanche a esa cultura; 2) guerra de los caudillos contra las ciudades, a fin de librarse de toda sujeción civil, y desenvolver su carácter y odio contra la civilización. Las ciudades triunfan de los españoles, y las campañas de las ciudades. He aquí explicado el enigma de la Revolución Argentina, cuyo primer tiro se disparó en 1810, y el último no ha sonado todavía". El 25 de Mayo, ¿llovió o no llovió? "Hay toda una discusión
sobre si llovió o no llovió, si ya se habían importado paraguas de Londres o aún no... Es un tema que sigue siendo siempre objeto de discusión. Algunos historiadores van a dar por cierto que había paraguas y llovía, y otros van a decir lo contrario", comenta Ternavasio. ¿Qué rol jugó en la Revolución la jabonería de Vieytes? De Privitellio dice que entre las costumbres del período "tardocolonial", se encuentra el de las tertulias, reuniones en los salones de las casas privadas en las que se conversaba largo y tendido sobre temas varios. Este tipo de reuniones, por cierto, involucraba a sectores acomodados de la sociedad. "A medida que la política irrumpe en la capital virreinal como una actividad novedosa (consecuencia a la vez de las Invasiones Inglesas y de la crisis de la corona española), estas prácticas de sociabilidad también se politizan". La fábrica de jabón, que pertenecía a Juan Hipólito Vieytes y Nicolás Rodríguez Peña, se convirtió en la sede de las reuniones de aquello que desde 1809 comenzó a ser llamado "partido patriota". La jabonería estaba en Tacuarí y Venezuela, y por allí desfilaban los patriotas, tejiendo ya las redes de la futura revolución.
Otro lugar de tertulia y conspiración fue la casa de Rodríguez Peña. Pero no son éstos los únicos lugares de sociabilidad que se politizan. Otro lugar es "el café de Marco", donde se juntaban los jóvenes intelectuales, casi todos ellos alumnos del colegio San Carlos, que no por casualidad quedaba frente al café. Y señala De Privitellio: "En este lugar, que a diferen-
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cia de los anteriores era público, se fue conformando la idea de la existencia de una verdadera ´opinión pública´, otra notable novedad para la ciudad de Buenos Aires. Ciertamente, todos ellos eran partidarios de la facción más extrema de los revolucionarios, aquellos que luego serán identificados (Continúa en pág. 10)
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(Viene de pág. 9) como morenistas. A Saavedra, este café le parecía tan peligroso, que luego de los acontecimientos del 5 y 6 de abril de 1811 (una movilización popular en apoyo del Presidente de la Primera Junta, y en contra de los morenistas), ordenó a Juan Bautista Bustos que lo cerrara, y se detuvo a varios de los asistentes". ¿Cuáles eran los colores de las cintas que se distribuyeron en la Plaza? Aquí también difieren los historiadores. Mientras para María Sáenz Quesada eran de color blanco, la doctora Ternavasio dice que las cintas tenían "los colores rojo,
color de la corona, y celeste, color de los Borbones". Y subraya: "Nadie, a esta altura, puede decir que esos eran los colores de la Patria". ¿Cómo se convocó a los vecinos para que concurrieran al Cabildo Abierto del 22 de mayo? Es el Cabildo como institución el que convoca al Cabildo Abierto. En una ciudad de 50.000 habitantes, se enviaron 450 esquelas a los vecinos más "respetables y destacados de Buenos Aires". Circularon alrededor de 450 esquelas, "pero asistió menos de la mitad", dice Ternavasio. ¿Cuál fue el papel que jugaron French y Beruti? El lugar común les asigna el rol de "distribuidores" de las
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cintas. Pero tanto Domingo French como José Antonio Beruti fueron dos auténticos revolucionarios. French era un cartero que participó, junto a Juan Martín de Pueyrredón, en la organización de la milicia de los Húsares. "Allí ascendió a teniente coronel, y fue sin duda en esta condición que se destacó en la jornada del 25 de Mayo —explica De Privitellio—. Junto con Beruti, French formaba parte del ala más radical del partido patriota (los futuros morenistas), y cumplían la importante misión de agitar las calles en favor de la salida política alentada por este grupo. Junto a otros jóvenes, se los llamaba ´Los Chisperos´, por su actividad agitativa".
Chisperos en la calle Cuenta el historiador Vicente Fidel López, en sus crónicas de la Revolución, que el lunes 21 de mayo de 1810 las calles del centro y la Plaza estaban "llenas dechisperos". Era gente armada con pistolas y sables, que vigilaban el Fuerte y luego iban decididamente al Cabildo. "El torrente de gentes se
dirigió a las escaleras del Cabildo encabezadas por Manuel Belgrano, Martín Rodríguez, Domingo French y Antonio Beruti. Al oír el tumulto, abrió las puertas del salón el síndico Julián de Leiva. Les rogó que se apaciguasen y les preguntó lo que querían. Tomó la palabra Belgrano y le dijo que el pueblo quería saber si se hacía o
no Cabildo Abierto.Señores, contestó el síndico, el señor virrey está inclinado a que se haga". Así fue que el virrey Cisneros convocó a unos 450 vecinos "de distinción" para el Cabildo Abierto del 22. Debían acreditarsepor medio de una esquela, que sería controlada al entrar en la Plaza.
EN SANTA FE
El Gobernador encabezará la celebración del 25 de Mayo La conmemoración oficial de la fecha patria comenzó el 24 con recitales y la velada en el Teatro Municipal 1º de Mayo; y prosigue hoy con el desfile frente a la Casa de Gobierno.
El Gobernador en el acto de 2014.
El gobernador Antonio Bonfatti encabezará los actos oficiales de celebración del 205° aniversario de la Revolución de Mayo de 1810 en la Plaza de Mayo en la ciudad capital. Hoy, 25 de Mayo, a las 8:30, en el Salón Blanco de Casa de Gobierno, el mandatario santafesino recibirá a las autoridades y legisladores con los que intercambiará saludos protocolares. Luego, a las 9, en la Plaza de Mayo, tendrá lugar el izamiento del pabellón nacional y la entonación de las estrofas del Himno Nacional Argentino. A las 9:30, Bonfatti se dirigirá a la Catedral Metropolitana para participar de la Liturgia de Acción de Gracias, presidida por el arzobispo de Santa Fe, monseñor José María Arancedo. Finalizado el Te Deum, se
realizará, a las 10, se realizará el desfile cívico – militar.
24 de Mayo Las actividades comenzarán el 24 de mayo, a partir de las 16, con los recitales de Itatí Barrionuevo, Peteco Carabajal y Marcela Morelo. Los mismos son con entrada libre y gratuita en la Plaza 25 de Mayo. Por la noche del 24, a partir de las 21, se realizó una velada en la Sala Mayor del Teatro Municipal 1º de Mayo, en la que se presentó la Orquesta Sinfónica Provincial de Santa Fe. El clásico concierto de la Sinfónica, auspiciado por el la Municipalidad de Santa Fe, estuvo dirigido por su titular, la maestra Alejandra Urrutia y contó con la participación, como grupo invitado, de
"Ramiro Gallo Quinteto". El programa estuvo compuesto por obras de R. Gallo y arreglos sobre obras de Aníbal Troilo, coronado por el Himno Nacional Argentino.
Premios El Museo Provincial de Bellas Artes "Rosa Galisteo de Rodríguez" (4 de Enero 1552), dependiente del Ministerio de Innovación y Cultura, inaugurará el 92º Salón de Mayo del Rosa Galisteo, el lunes 25 de mayo a las 19, oportunidad en que se entregará a los ganadores los premios por sus obras. Este año la convocatoria fue de las secciones Grabado, Dibujo y Escultura. Los Invitados de Honor al salón anual serán Juan Arancio, Héctor Welschen e Iris Pantanali.
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El sable corvo de San Martín volvió al Museo Histórico Nacional Este 24 de mayo, en cadena nacional, la presidente Cristina Fernández, encabezó la ceremonia que devolvió luego de casi medio siglo, la reliquia al edificio de Parque Lezama. La mandataria utilizó la cadena nacional otra vez, pero sin brindar un discurso. Fue durante el acto de recepción del sable corvo del General José de San Martín en el Museo Histórico Nacional: la mandataria encabezó la ceremonia y colocó en una vitrina especial la reliquia del Libertador. Tras aplaudir el ingreso del sable, Cristina escoltó al granadero que lo llevó en sus manos hasta la sala donde quedó exhibido al público. La Presidenta fue la encargada de guardarlo en una vitrina especialmente preparada, la cerró y le entregó las llaves al mismo granadero para su custodia. Ya fuera de cadena nacional, la mandataria recorrió el espacio donde también se muestran sables de otros próceres, entre ellos Rosas, Belgrano, Dorrego, Las Heras, Lucio Mansilla y Zapiola. "Son los héroes de la patria. Hermoso el lugar", se le escuchó comentar. También elogió los vitrales, sobre todo el del techo que simboliza a San Martín junto al pueblo, y uno lateral que tiene grabadas las palabras "patria", "soberanía", "independencia" e "igualdad". Cristina estuvo acompa-
ñada durante la ceremonia por el gobernador Daniel Scioli y el ministro Florencio Randazzo, los precandidatos presidenciales del FPV. También se lo vio al vice Amado Boudou, entre otros funcionarios. El acto en el Museo Histórico Nacional, ubicado en Parque Lezama, cerró el traslado del sable corvo desde el Regimiento de Granaderos a Caballo, que llevó cerca de tres horas y se enmarcó en los festejos de la Semana de Mayo. La reliquia de San Martín recorrió las calles de la Ciudad de Buenos Aires, exhibida arriba de un vehículo militar y escoltada por los granaderos a caballo. El camino, de 11 kilómetros, fue por Luis María Campos, Bullrich, Libertador,
Leandro N. Alem, Rivadavia, Bolívar, Yrigoyen y Paseo Colón, hasta llegar al Parque Lezama. La comitiva hizo una parada en la Catedral Metropolitana, donde descansan los restos del Libertador y el sable fue bendecido. Las celebraciones oficiales por la Semana de Mayo se cerrarán hoy, con el tradicional Tedeum y otras actividades. San Martín había comprado el sable en Inglaterra en 1812, en una pequeña tienda de Londres: era un arma ágil sin arabescos, oros ni adornos especiales en su empuñadura. El lo creía ideal dada la versatilidad que permitía a la caballería. Con él combatió por toda América del Sur atesorándolo como un símbolo
Durante el traslado al Museo Histórico Nacional.
ANA ROSA CORTASSA
SINDICATO DE COND CAMIONEROS
de sus convicciones. Luego, el propio Libertador legó en su testamento que le fuera entregado a Juan Manuel de Rosas, por considerar que defendía la soberanía del terri-
torio. La familia de Rosas donó la reliquia al Museo Histórico Nacional. De allí fue robada dos veces, pero en ambas se consiguió recuperarla. Finalmente, en 1967
el presidente de facto Juan Carlos Onganía decidió enviarla al Regimiento de Granaderos a Caballo. Hoy, luego de casi medio siglo, fue restituido al edificio de Parque Lezama.
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TRASLADO
Pigna: "El sable corvo de San Martín tiene una historia apasionante" El historiador, divulgador y escritor Felipe Pigna aseguró que el sable corvo que hoy es restituido al Museo Histórico Nacional después de 48 años, "tiene una historia altamente interesante, apasionante", que puede ser leída "como un thriller". "Esta arma es la que lo va a acompañar a San Martín durante toda su vida, y tiene una historia altamente interesante y apasionante: es un thriller todo lo que va a pasando con el arma", dijo, en diálogo con la Televisión Pública. Es que, comprado por él en Londres en 1811, el sable que acompañó al libertador en todas las batallas independentistas en las que participó; fue legado a su muerte al por entonces gobernador de Buenos Aires Juan Manuel de Rosas "como prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla". A fines del siglo XIX, Manuela Rosas, quien residía en el extranjero, lo donó a la Nación Argentina, manifestando el deseo de que fuera deposita-
do en el Museo Histórico Nacional con su vaina y caja, tal cual fue recibido el legado del General San Martín. El arma fue repatriada y en 1897, el entonces Presidente José Evaristo Uriburu dispuso que fuera depositado en el actual Museo Histórico Nacional. Aquel traslado, según advierte Pigna, fue muy diferente al actual. "Es muy lindo que haya tanta gente en la calle acompañando en este momento (de la restitución): la otra vez fue recibido en soledad porque Uriburu era un presidente anodino que no dejó nada para el país, salvo negociados, y era integrante de aquel núcleo liberal que no quería mucho a San Martín" por sus concepciones, como político, sobre lo público, dijo. Durante 66 años el sable del General San Martín permaneció expuesto en el Museo Histórico Nacional, lu-
gar del que fue robada en dos oportunidades por la resistencia peronista, en los años 1963 y 1965. En 1967, el dictador Juan Carlos Onganía decretó que fuera transferido al Regimiento de Granaderos a Caballos General San Martín la guarda y custodia del sable corvo, donde permaneció hasta hoy. El autor del libro "La voz del gran jefe" recordó que el sable que lo acompañó al libertador en todas las batallas libradas por la independencia de Argentina, Chile y Perú "era un arma que había que usarla con mucho coraje y que habla que los jefes iban a la vanguardia". "Era un sable de combate, muy eficiente, que se usaba entre balazo y balazo: en esas ocasiones había que usar armas cortas y esto era fundamental para salvar tu vida y para atacar. Era un sable de golpe que se usaba el contra-
filo para golpear y luego sí lastimar, como podía ser el degüello", contó. De San Martín destacó que fue "un gran gobernante y un estratega como no tuvo América", porque el cruce de los Andes "es una hazaña que no tuvo parangón en la historia porque no hay con qué compararla".
BUENOS AIRES
Lo que pasó en el escenario de Plaza de Mayo Los festejos de la Fiesta Patria Popular por la Semana de Mayo se llevaron a cabo con una jornada de música dedicada al rock en la que actuaron Illya Kuriaki and de Valderramas y Richard Coleman, entre otros. El festival artístico comenzó a las 16 y se extendió hasta las 23.30, en una nueva jornada de shows musicales que comenzaron el viernes con distintas agrupaciones de tango y que culminaron con un recital del Chaqueño Palavecino cerca de la medianoche. A su vez, la jornada del domingo se inició a las 12 con la ceremonia de traslado del Sable Corvo del General San Martín al Museo Histórico Nacional.
A las 16 arrancó con un show musical dedicado a Mercedes Sosa, con la actuación de Peteco Carabajal, Horacio Fontova, Julia Zenko, David Lebon, Raúl Porchetto, Arbolito, Duo Coplanacu, y La Bomba de Tiempo, entre otros. También se presentó el espectáculo ‘Se trata de nosotras’ con Luciana Juri, Liliana Herrero, Miss Bolivia, Andrea Álvarez y más intérpretes, en contra de la trata de personas, que castiga especialmente a niñas y mujeres. A la par de la propuesta artística, sobre la avenida de Mayo se extendió el Paseo "Patria es Nuestra Tierra" que celebra los 25 años del programa Pro-Huerta, con pues-
tos gastronómicos con sabores típicos de cada región, espacios con fauna y flora locales, y diferentes instalaciones con productos cosechados y espacios de plantaciones. Sobre la avenida Diagonal Norte continuó la muestra "Patria es Innovación" que mostró distintas iniciativas vinculadas a la industria, ciencia, tecnología y la agenda del desarrollo, con juegos temáticos para niños. En tanto, en la avenida Diagonal Sur seguió funcionado una "Feria de Productos de Nuestra Tierra" que expresa el aporte que los emprendimientos de la agricultura familiar hacen a la soberanía alimentaria del país.
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Los vendedores de la época Las costumbres van cambiando, y a cada momento las nuevas tecnologías inundan nuestro día a día, relegando al olvido profesiones y oficios que antaño fueron esenciales. La desaparición de oficios y profesiones es usualmente un proceso invisible para la mayoría de las personas porque se manifiesta sólo a lo largo de varias generaciones. La época colonial de nuestro país tuvo personajes de suma importancia y que es imprescindible destacar. Además de los grupos que conformaron la revolución, el pueblo de 1810, tenía a ciertos habitantes que recorrían las calles, con un trabajo digno, ellos eran los vendedores ambulantes. Los había de distintas edades, hombres y mujeres, de distintas razas, religiones y costumbres, pero todos tenían un mismo propósito, el de satisfacer las necesidades de los grandes terratenien-
tes, caudillos, familias ricas, extranjeros. Recorrían las calles, en aquel momento de tierra, deambulando con aquello que ofrecían, transportado en carretas, caballos, al hombro, o en sus cabezas. Horas y horas todos los días, al compás de reconocidos versitos, cantitos y gritos de promoción para que nadie pierda de vista su paso. Era posible encontrar a los vendedores de velas, ya que como bien se sabe en aquella época no disponían de luz eléctrica y las velas eran de uso más que corriente. Las llevaban sobre el hombro, con un palo largo a caña, de cuyo extremo colgaban las velas por el pabilo. Además encontraríamos al aguatero, que al ritmo de
"agua, agüita para las damas bonitas, agua fresca traigo del río tu cara sucia podrás cambiar, si compras agüita para lavar", aparecían en las puertas de las casas. Fue un personaje muy importante. Trabajaba todo el día, salvo durante el verano que lo hacían por la mañana y la tarde. Toda la ciudad se abastecía de agua por intermedio de ellos, ya que a pesar de que muchas casas tenían pozos, el agua era bastante mala y sucia. El aguatero iba al rio a sacar agua, juntaba el agua en barriles que se ponían sobre una carreta que empujada por bueyes hacía llegar a la ciudad. También estaban los escoberos, que cargaban de a muchas escobas, plumeros y algún que otro elemento de limpieza, cantando una alegre canción, que podía ser como esta: "aquí llega el escobero, que la quiere ayudar, escobas y plumeros que barren de verdad". Se veía pasar al lechero, que cotidianamente llegaba de las estancias o granjas que se encontraban a unas tres millas de la ciudad. La leche era traída a caballo en tarros de barro o latón y cada uno de ellos llevaba de 4 a 6 en una alforja de cuero atada a la montura con una correa. Imposible olvidarse de las mazamorreras. Ya en la época colonial en nuestro país se comía bien, siempre se le dio mucha importancia a la gastronomía. Eran señoras negras, o mulatas que en sus cabezas llevaban canastas o
fuentes con una típica comida de la época, la mazamorra, que era un preparado de maíz blanco hervido y servido con miel u otro endulzante. "Mazamorra dorada, para la niña mimada", decían. Muy necesaria era la tarea del sereno, al momento de entrar en la oscuridad de la noche, ya que era quien recorría las calles encendiendo de los faroles públicos, además de pregonar la hora e informar acerca del estado de las calles, "son las 8 y serano" decía. Luego cuando
el sol salía se ocupaba de apagar el alumbrado. Los panaderos de Buenos Aires tenían varios esclavos, porque al no existir molinos de viento, ni de agua, debían moler la harina que usaban a mano y con la ayuda de mulas. Generalmente eran de los comerciantes más ricos, el gobierno les aplicaba un impuesto, por eso ellos lo vendían a precio exorbitante. Fue un producto de lujo. Existían tiendas y pulperías donde abastecerse, las mujeres cosían su propia
ropa, las más ricas traían de Europa los vestidos ya confeccionados pero debían arreglarlos a su medida. Las telas llegaban también de Europa o del interior del país donde había una incipiente industria textil. La importancia de los vendedores ambulantes, sin duda era muy significativa, por más que muchas veces la alta sociedad de la época no los reconocía como tales, ya que solían ser personas de muy bajos recursos y esclavos.
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¿Cómo se prepara la escuela primaria para esta fecha? El 25 de Mayo de 1810 por ser un hecho histórico se trabaja en todo el sistema educativo argentino, por lo que es importante reconocer el trabajo que docentes realizan en post de enseñar y atrapar a los niños acerca de la historia de nuestro país.
Diario CASTELLANOS dialogó con Ivana, quien se desempeña como docente en una institución primaria de la ciudad. "Como contenido curricular o como efeméride, en instituciones escolares de nivel Inicial, Primaria, Secundaria y Terciario, todos los docentes nos detenemos en estos tiempos para visitar
este tema y abordarlo desde algún aspecto", introdujo.
Cómo lo tratan "Desde nuestra institución, la historia de la Revolución de Mayo se ´lanza´ desde el organismo interno ´Periodismo´ una semana antes del 25 con lecturas (con mi-
crófono y a la entrada de cada turno) de textos histórico- informativos, narraciones y/o poesías que evocan la serie de acontecimientos revolucionarios ocurridos en mayo de 1810 en la ciudad de Buenos Aires, capital del Virreinato del Río de la Plata, dependiente del rey de España, y que tuvieron como consecuencia la deposición del virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros y su reemplazo por la Primera Junta de gobierno", comentó.
Ornamentos Ivana contó que los do-
centes invitan a los alumnos a engalanar la escuela y lo hacen generalmente con globos, palomas dibujadas en cartulina, cintas y guirnaldas de colores celeste y blanco.
"En el marco de estos festejos, se recuerda e invita a llevar la escarapela, distintivo patrio que fuera usado por primera vez en las antesalas del 25 de mayo de
1810, que alumnos y personal de la institución portan con orgullo. Asimismo, en cada aula se trabaja este proceso histórico teniendo en cuenta los saberes previos de los alumnos, que junto a investigaciones llevadas a cabo en enciclopedias, libros, revistas educativas virtuales y no virtuales; y las intervenciones y estrategias de los docentes, que aportan y generan curiosidad y deseos de ´saber más´, construyen nuevos conocimientos según el grado y nivel", manifestó. Y agregó "se leen y/o escuchan las escasas anécdotas de la época (por ejemplo, de Mariquita Sánchez de Thompson), se miran videos educativos (Canal Encuentro; ´Algo habrán hecho…´, de Felipe Pigna), la película ´Revolución´, que si bien evoca ´el cruce de los Andes´, éste se da en el contexto del proceso revolucionario americano".
Acto final Con respecto al acto de cierre de la Semana de Mayo y 25 de Mayo, la docente expresó: "el acto se prepara desde el aula con los alumnos y docentes asignados para tal fin, abarcando todas las áreas curriculares y se lleva a cabo con la presencia de las Banderas de Ceremonia y Provincial el día previo o posterior a la fecha patria mencionada".
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El Centenario en la memoria Para evocar la Semana de Mayo, Buenos Aires se convirtió en un gran escenario, con avenidas iluminadas, espléndidos edificios públicos, grandes tiendas y palacios. Y llegaron visitantes ilustres. La ciudad parecía un gran escenario, con sus avenidas iluminadas, espléndidos edificios públicos, grandes tiendas y palacios que impresionaron a distinguidos viajeros que —con magníficas páginas— escudriñaron a los argentinos y sus contradictorios paisajes. Fue en 1910, al cumplirse cien años de la Revolución, durante los festejos conmemorativos de la Semana de Mayo. Con ansias de representar una tradición nacional y una identidad ciudadana, la celebración unió el modelo visionario de la elite gobernante desde 1880 y la obra colectiva de una comunidad argentinizada desde sus múltiples orígenes. Buenos Aires, la París de América del Sur, pasó de 178.000 habitantes en 1869 a 1.576.000 en 1914. Y se promovió la apoteosis de una sociedad moderna y progresista, cuya génesis se imaginaba en la Revolución de Mayo. Se desarrolló desde la madrugada del 19 de mayo —decían las crónicas de la época— "una festividad magnífica que trae más pavorosa cola que el cometa Halley", que brilló por la competencia en los despliegues de representaciones diplomáticas, económicas, culturales y étnicas, preferentemente de las colectividades española, italiana y francesa. Estas presencias se configuraron en una amplia gama
de significaciones en monumentos y exposiciones, perdurando en el imaginario la ritualidad ceremonial española de la visita de la infanta Isabel de Borbón, quien — describía la prensa— "reinó en el Plata con su riquísimo traje de seda gris recamado en oro, con enormes perlas en cinco largas hileras y una diadema de soberbios brillantes". Con amables o ácidos comentarios, leeremos a visitantes célebres, los siempre inagotables Clemenceau, Anatole France, Huret, Blasco Ibáñez, Bevione y Ferri. En un privilegiado mercado intelectual, congresos y plenarios representaron el ritual de la cultura del progreso indefinido y la fe en la ciencia. Ocuparon los debates del Congreso Científico Internacional, el Interamericano, el Feminista Internacional y el Americanista. Criollos de pura cepa e hijos de inmigrantes compartieron el espacio editorial en un horizonte ideológico de infinitos pliegues. Hubo un un primer nacionalismo nutrido de hispanismo que cuestionó la hegemonía de los valores políticos y culturales del liberalismo. Abundaron obras de González, Rojas, Juan B. Justo, Ingenieros y Bunge, que ahondaron en nuestra evolución histórica y evaluaron los resultados de la inmigración, cuestionándola.
Desfile del 25 de Mayo de 1910, encabezado por el presidente José Figueroa Alcorta.
En los cafés reinaban la bohemia y el debate propuesto por las ediciones de la Biblioteca Nacional (Groussac), la Revista de América (Rubén Darío), El Sol (Ghiraldo), Ideas (Olivera y Gálvez), Nosotros (Giusti y Bianchi). Se codiciaron los números extraordinarios de homenaje de Caras y Caretas y PBT, donde la publicidad entrecruzó la divulgación de figuras históricas y el consumo moderno. Con la estética modernista cantó Rubén Darío al Centenario, y Lugones, con sus Odas Seculares, celebró el sistema político vigente. Otras voces sonaron en Carriego con amor al barrio porteño, en Almafuerte con su ética y en Gálvez con su relato autobiográfico de sintesis nacionalista El diario de Gabriel Quiroga. La plástica entregó obras como La fundación de Buenos
Aires (Moreno Carbonero), la Primera misa en Buenos Aires (Bouchet), Cabildo del 22 y Mariano Moreno en su mesa de trabajo (Subercaseaux), que aspiraron desde colores y formas a promover un sentido histórico nacional. Esta sociedad con claroscuros y tensiones, elegía al radicalismo y al socialismo como su legítima alternativa al régimen conservador. Se buscaba la inclusión en prácticas ciudadanas democráti-
cas, concretadas en la Ley Sáenz Peña de 1912. Anarquismo y socialismo, junto al sindicalismo revolucionario, representaron las tendencias ideológicas de un gran sector del mundo laboral, expresadas en periódicos como La Protesta y La Vanguardia. Estos sectores, "ordenados" por la Ley de Residencia de 1902, la Ley de Defensa Social de junio de 1910 y el estado de sitio, fueron reprimidos, deportados o apresados. Su prensa
fue silenciada y sus locales, clausurados, al ser calificados en esos tiempos del Centenario como un peligro para la nacionalidad. Bajo las luces del Centenario estallaron viejas y nuevas aspiraciones de sectores tradicionales y emergentes. Y se ampliaron en renovadas ideas y políticas. Queda para la Argentina del 2010, la que recibirá el Bicentenario de la Revolución de Mayo, explorar y restaurar los términos de una nueva utopía integradora.
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ESPECIAL 25 DE MAYO
LUNES 25 DE MAYO DE 2015
Nuestra querida Plaza central: "25 de Mayo" Desde los albores de la colonia, ha sido el lugar de encuentro para los rafaelinos. Hoy, la costumbre se mantiene, y es uno de los paseos emblemáticos de la ciudad. Lleva como nombre una de las fechas más importantes de la historia argentina, que recuerda la formación del primer gobierno criollo. Esto, sumado a su propio peso dentro de la vida rafaelina, la convierte en casi una leyenda de la zona. Su nombre prevalece, y los años la han convertido en un punto de referencia para propios y extraños. "La Plaza" para algunos, "La 25" para otros. "La de siempre", para todos.
armónica en la que actúa la banda de música y hace las veces de escenario oficial en celebraciones patrióticas. Existen, además, otras obras escultóricas que embellecen el lugar. Dentro de las que más se destacan, pueden citarse el reloj floral, la estatua del segador, la Venus de Milo, el niño de la fuente, los leones, las siervos, el mural del trabajo, entre otros.
Su estructura
Desde la formación de Rafaela, la plaza tuvo un lugar preponderante en la vida social de la misma. Tal es así que a su alrededor se construyeron los primeros y más importantes edificios de la ciudad como la ex Casa Ripamonti, la Municipalidad, el correo, las sucursales de los bancos y la Catedral San Rafael. La historia de la Plaza 25 de Mayo y de los bulevares se remonta a los inicios de la
La Plaza 25 de Mayo es la plaza principal de la ciudad contando con una extensión de cuatro manzanas, desde donde nacen las cuatro principales avenidas (al este el Bv. Santa Fe, al oeste el Roca, al norte el Lehmann y al sur el Bv. Yrigoyen). En su centro se encuentra emplazado el monumento al General San Martín; a pocos pasos del mismo está la caja
Forjando la historia
empresa colonizadora de Guillermo Lehmann. El formador de nuestra ciudad planificaba la construcción de los lugares según una misma traza o esquema. Esto está comprobado ya que localidades como Rafaela, Lehmann, Susana están dispuestas de similar manera. En el centro de la colonia se levantaba la plaza principal formada por cuatro manzanas, donde confluían los cuatro bulevares principales. Alrededor de la plaza los lotes eran cedidos a todos aquellos que se comprometían a instalar un negocio. Así aparecieron herrerías, almacenes, carpinteros quienes convirtieron la zona en el principal centro comercial, ya que los colonos de la región se llegaban hasta aquí para realizar todas las compras.
Punto de encuentro Históricamente, por su
estratégica ubicación, la Plaza ha servido como punto de referencia tanto para los rafaelinos, como para los que visitan la ciudad. Además, se convirtió des-
de un principio en el lugar predilecto para los paseos dominicales y los encuentros con amigos. En la actualidad, la tradición se mantiene y es muy
común verla llena de vitalidad los domingos y feriados, con las familias reunidas en torno al clásico mate, disfrutando de la querida Plaza 25 de Mayo.