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En el Instituto Técnico Mercedes Abrego, los pasillos se vestían cada mañana con un manto de hojas s

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HOJAS QUE RENACEN

En el Instituto Técnico Mercedes Abrego, los pasillos se vestían cada mañana con un manto de hojas secas que caían de los árboles del patio central. Para la mayoría de los estudiantes eran solo basura que barrer y acumular en bolsas negras. Sin embargo, un grupo de jóvenes de undécimo grado comenzó a verlas como un mensaje oculto de la naturaleza: nada en ella sobra, todo puede transformarse

La propuesta no fue recibida con aplausos inmediatos; algunos se rieron pensando que era imposible. Pero el profesor de monitoreo ambiental vio en esa chispa una oportunidad para enseñarles a mira más allá de la apariencia de los residuos. “El futuro del planeta depende de la creatividad con que enfrentemos sus problemas”, les dijo, entregándoles libros y materiales para investigar.

Día tras día, el grupo se reunió en el laboratorio del colegio. Trituraron hojas, las mezclaron con agua y un poco de fécula natural, moldearon figuras y las dejaron secar al sol. Descubrieron que aquello que parecía desecho podía convertirse en contenedores firmes para nuevas plantas. Cada maceta era un símbolo: la vida renacía de lo que antes era considerado basura.

Día tras día, el grupo se reunió en el laboratorio del colegio. Trituraron hojas, las mezclaron con agua y un poco de fécula natural, moldearon figuras y las dejaron secar al sol. Descubrieron que aquello que parecí desecho podía convertirse en contenedores firmes para nuevas planta Cada maceta era un símbolo: la vida renacía de lo que antes era considerado basura.

Poco a poco, los demás estudiantes empezaron a interesarse. Los pasillos ya no se veían igual: donde antes se acumulaban montones de hojas barridas y olvidadas, ahora se veían cajas de recolección.

Todos querían participar en el proceso, y la institución comenzó a transformarse en un espacio donde el cuidado del medio ambiente se aprendía no solo en las clases, sino también en los gestos cotidianos

Las macetas elaboradas por los estudiantes no eran simples objetos; eran relatos en miniatura. Cada planta que brotaba en ellas recordaba que la naturaleza nos enseña a cerrar ciclos, a no desperdiciar, a valorar lo pequeño.

Los jóvenes comprendieron que ser técnicos en monitoreo ambiental no era solo estudiar teorías, sino también inventar soluciones reales para su entorno.

Cuando lanzaron la página web de su proyecto, no quisieron llenarla solo con información técnica. Allí narraron la historia de las hojas secas, el proceso de construcción de las macetas y, sobre todo, el mensaje que habían aprendido: cuidar la tierra empieza en la escuela, en la forma en que tratamos hasta lo más insignificante.

Y así, el Instituto Técnico Mercedes Abrego dejó de ser solo un lugar de aprendizaje académico; se convirtió en un ejemplo vivo de cómo los estudiantes, con creatividad y conciencia, podían darle un giro a la realidad. Todo gracias a la lección más sencilla y profunda de la naturaleza: lo que se cae, también puede levantarse en forma de vida.

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