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EL IDIOMA DEL OLVIDO

DANIELA CRUZ HERNANDEZ POZO

El sol de la tarde pegaba con fuerza en el barrio de la ciudad de Sevilla, pero en el interior del café donde Elizabeth se refugiaba todos los días, la temperatura era cálida y tranquila. El aroma del café recién molido se mezclaba con el murmullo constante de los clientes, y el tintinear de las cucharillas contra las tazas le resultaba casi reconfortante.

Elizabeth había llegado a España como parte de un programa de intercambio estudiantil. Al principio, todo era extraño: el acento, las calles llenas de historia, los olores diferentes, incluso el clima. Se sentía como una visitante en su propia vida, atrapada en un mapa donde todavía no sabía moverse. Cada esquina de Sevilla parecía esconder un secreto que no estaba hecha para descifrar.

Los primeros días en la escuela fueron una montaña rusa de emociones. El español que hablaba no era el mismo que el de los libros de texto, y cuando se equivocaba, los chicos la miraban con una mezcla de curiosidad y, a veces, incomodidad. A veces regresaba a casa con el corazón pesado, convencida de que nunca lograría encajar.

Fue en uno de esos días cuando lo conoció a él: Adrián.

Él era un tipo tranquilo, de esos que se mezclan en el fondo de la clase, pero que cuando hablan, lo hacen con tanta claridad que todo el mundo lo escucha. Tenía un aire desinteresado, como si nada de lo que pasara en la vida le fuera a afectar demasiado. Pero en sus silencios había un peso distinto, como si supiera cosas que no decía. Algo en su mirada le dijo a Elizabeth que él no era como los demás chicos con los que se había cruzado.

El primer encuentro real fue cuando Adrián se acercó a ella durante el recreo. Elizabeth estaba sentada sola en una mesa, luchando con el móvil para entender un mensaje de texto en español.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó él, inclinándose un poco.

Elizabeth levantó la vista. Su voz tenía ese tono relajado, pero al mismo tiempo, había algo en sus ojos que parecía interesado por lo que ella sentía.

—No es tan difícil —dijo él, mirando el teléfono como si fuera un objeto extraño.

Elizabeth sonrió de forma torpe.

—Es que no sé bien cómo expresar lo que quiero decir... Es raro.

—Lo entiendo —respondió Adrián, encogiéndose de hombros—. En mi primer año aquí en la escuela, no sabía ni cómo pedir un café.

De alguna forma, esas palabras de Adrián la tranquilizaron. Tal vez no estaba tan fuera de lugar como pensaba.

A lo largo de las semanas, Elizabeth y Adrián comenzaron a compartir momentos más allá de las clases: caminatas por la ciudad, tardes de lluvia en el café de la esquina, conversaciones largas sobre música, sobre los libros que leían, sobre lo que significaba ser joven en un lugar diferente. Era extraño cómo, aunque el idioma no siempre les ayudaba a comunicarse, lograban entenderse en una especie de complicidad silenciosa. El punto de quiebre llegó una tarde de primavera, cuando Elizabeth estaba sentada junto a una fuente, mirando cómo el agua caía en pequeños chorros que brillaban con la luz del atardecer. Adrián llegó con un libro bajo el brazo, pero no se sentó inmediatamente.

Se quedó en pie, observándola en silencio por unos segundos, hasta que ella levantó la mirada.

—Te has ido acostumbrando, ¿no? —le dijo él con una sonrisa suave.

—Sí —respondió Elizabeth—, pero siempre siento que hay algo que se me escapa.

Adrián se sentó a su lado. No era la típica escena de película, con gestos grandiosos o promesas de amor eterno. En su lugar, la conversación fluía con una naturalidad rara. Se daban cuenta de que, a pesar de que Elizabeth se iría en unos meses, de alguna forma, algo se había quedado entre ellos. Algo que no se podía poner en palabras.

—Yo también me voy en poco tiempo —dijo él finalmente—. Mi familia va a mudarse a otro sitio. Y aunque nos conociéramos antes, la verdad es que, cuando uno se muda, las cosas cambian. Uno cambia.

Elizabeth lo miró, algo sorprendida. No se esperaba escuchar esas palabras, pero, al mismo tiempo, las entendió perfectamente. De alguna manera, él estaba hablando de lo mismo que ella sentía: que, aunque el amor adolescente pareciera un cliché, a veces solo consistía en estar presente, aunque solo fuera por un corto tiempo.

—Así que no nos vamos a ver más —murmuró Elizabeth, sin que sonara triste, sino simplemente real.

—No lo sé —dijo Adrián—. Quizá nunca nos volvamos a encontrar, pero este tiempo... lo guardo. Y tú también, ¿verdad?

Elizabeth asintió sin decir nada. No había necesidad de palabras.

Días después, en el mismo café donde todo había empezado, Elizabeth escribió en su cuaderno una frase en español torpe, pero sincera: “El idioma del olvido no existe, porque lo vivido no se olvida”. Cerró el cuaderno con una sonrisa suave, como quien guarda un secreto que no necesita compartir con nadie más.

—Yo también me voy en poco tiempo —dijo él finalmente—. Mi familia va a mudarse a otro sitio. Y aunque nos conociéramos antes, la verdad es que, cuando uno se muda, las cosas cambian. Uno cambia. Elizabeth lo miró, algo sorprendida. No se esperaba escuchar esas palabras, pero, al mismo tiempo, las entendió perfectamente. De alguna manera, él estaba hablando de lo mismo que ella sentía: que, aunque el amor adolescente pareciera un cliché, a veces solo consistía en estar presente, aunque solo fuera por un corto tiempo. —Así que no nos vamos a ver más —murmuró Elizabeth, sin que sonara triste, sino simplemente real. —No lo sé —dijo Adrián—. Quizá nunca nos volvamos a encontrar, pero este tiempo... lo guardo. Y tú también, ¿verdad?

Elizabeth asintió sin decir nada. No había necesidad de palabras.

Días después, en el mismo café donde todo había empezado, Elizabeth escribió en su cuaderno una frase en español torpe, pero sincera: “El idioma del olvido no existe, porque lo vivido no se olvida”. Cerró el cuaderno con una sonrisa suave, como quien guarda un secreto que no necesita compartir con nadie más.

“Nunca a la Vista”

Nos amamos en silencios digitales, entre mensajes que ardían en la piel, tú, al otro lado de mundos banales, yo, soñándote bajo un cielo de papel.

Nunca tocamos nuestras manos temblorosas, ni cruzamos miradas en el mismo lugar, pero escribíamos promesas hermosas que sabíamos nunca se iban a dar.

Tus palabras eran mi refugio secreto, mi escapatoria de días sin sol, eras un amor sin rostro concreto, pero llenabas mi mundo de color.

Crecimos con un “quizás” en el pecho, con un “algún día” que nunca llegó, y aunque el tiempo nos mantuvo lejos, ese amor de adolescentes... nunca murió.

No nos veremos, lo sé, ya es destino, pero aún llevo tu risa en mi voz, fuiste mi primer amor sin camino, mi imposible... y mi eterno adiós.

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