La Libélula Zacatecana Rodrigo Rodríguez López
La libélula zacatecana Hace muchos, pero muchos años, hubo una escasez de agua extrema para los cultivos y la ganadería zacatecana, y el hermoso cielo azul se negaba a llover gota alguna. Unos emigraron hacia territorios extranjeros viendo pobreza y desolación en nuestra amada tierra. Las pláticas entre los hombres adultos eran comunes: ya sabes que se fue fulanito con todo y su familia y fulanito también ya está por marcharse si los dioses se niegan a verter un cántaro de agua en nuestras tierras, mas Rafael se negaba a escuchar a sus amigos y a esa idea de marcharse de la tierra que los vio nacer. Él se preguntaba una y otra vez en su interior por qué los dioses los habían abandonado a su triste suerte… Sería porque habían dejado de realizar sus danzas antiguas y milenarias hacia ellos hace algunos ayeres… Triste y pensativo, ese día él había sacado y desempolvado su máscara de danzante heredada por su padre y se dirigía al que antes fue un río, ahora tan sólo convertido en un arroyuelo que era el único que proveía la escasa agua para beber y no morir de sed. Había partido por la mañana y todo el día lo pasó meditando, sentado en una piedra o jugando con una libélula que andaba por allí; merodeando, también, esa idea que tenían sus amigos: irse hacia el extranjero o alguna otra parte más fuera de esas tierras estériles y secas que amenazaban con succionar el agua de los mismos cuerpos a cada paso que daban y marchitarlos y secarlos hasta la última gota de agua, y con ello la misma vida misma.
Por la tarde, a su esposa le platicaba la idea de marcharse para siempre de esas tierras que se secaban día a día, convirtiéndose en inmensas polvaredas que al mínimo soplo del antiguo viento se levantaban y se erguían como nubes fantasmagóricas, atrapando todo a su paso. Aunque con ello significara ya no volver a ver más ese hermoso cielo, el más azul que no se puede ver en alguna otra parte, miraba a su hija sonreír muy alegre; apenas tenía escasos meses de haber nacido y se preguntaba cómo él podría hacerlo de la misma forma que ella… Tal vez ella sí miraba ese hermoso cielo azul que a él tanto le gustaba y que ahora ya a todos les parecía gris y triste. Al día siguiente, Rafael volvió a salir de su casa antes de que apareciera el primer rayo de sol. Con su esposa, había decidido marcharse de esa tierra que parecía que los odiaba; pero antes de irse, quería ver un amanecer; quería ver cómo las estrellas noctámbulas iban desapareciendo una a una y ser devoradas por el amanecer, dando paso a ese enigmático y precioso cielo azul que tanto amaba. Le preguntaba al universo por qué no llovía en su amada tierra, y por respuesta el lucero del amanecer bajaba del cielo a decirle unas palabras a Rafael: -No desesperes; ten paciencia y calma. Regresa a tu casa y trae tu flautín y tu máscara. Los dioses hoy estarán presentes viéndote danzar ya que han escuchado tu petición y vendrán a escucharte tocar y bailar y tal vez derramen sus lágrimas sobre la tierra y los habitantes que los han olvidado. De regreso al riachuelo, con su máscara y su flautín, era esperado por Rodrigo, su amigo, quien le decía:
-¿A dónde vas, Rafael? Respondiéndole: -A danzarle a los dioses antiguos y milenarios. Pregúntale a Ricardo si quiere venir. Y tú también deberías de venir para que, por fin, cese esta falta de agua en nuestra amada tierra. -Tienes razón: iré a desempolvar mi máscara y mi flautín y a buscar a Ricardo; te encontraremos por la tarde noche donde solíamos danzar. Y así, sin más preámbulo, Rafael se dirigió con sus pensamientos. No les había dicho a sus amigos lo del lucero que había bajado a manifestarle que los dioses estarían presentes; quería que de ellos saliera el instinto y las ganas de danzar y que fuera sorpresa. Andando un rato, en el camino Rafael era sorprendido por una voz que lo hacía estremecer hasta el tuétano de los huesos… Esa voz parecía venir desde el mismísimo centro de la tierra con forma de un colibrí, saliendo a su encuentro y diciéndole: -Ya no camines más, Rafael. Danza para mí y haré que vuelva a llover en tu estéril tierra inerte y que vuelvan las llanuras verdes como antaño. -¡No! Ya nunca danzaremos para ti. Tú no eres un dios bueno y jamás lo has sido.
Hemos vivido engañados por mucho tiempo… En ese momento, el colibrí se transformaba en un hombre portando una túnica roja y una máscara, diciéndole a Rafael con voz imponente: -Cómo te atreves a desafiarme si hasta el cenzontle pájaro de 400 voces me venera y canta para mí. Tu raza no habría sido nada sin que llegaran mis siervos a enseñarles a vivir y a obedecer, destruyendo su cultura y haciéndola cenizas… Te llevaré conmigo y tu triste alma danzará por siempre para mí junto con tus ancestros que cayeron doblegados ante mi poder. Por cada flor que quite de esta máscara, caerá en mi poder un alma de tu familia y amigos, mientras que los cielos temblarán y crujirán ante mis legiones. El hermoso cielo azul se había empezado a extinguir y se aproximaba una gran batalla entre un mago contra un dios tirano... Repentinamente, el cielo se iluminaba por una centella y aparecía el universo infinito convertido en una pequeña esfera de cristal, misma que se acercaba a las manos de Rafael, acompañado de una luz cegadora.
Al mismo tiempo, se escuchaba una dulce y hechizante melodía que provenía de unos flautines que taladraban los oídos del dios tirano que tenía envuelta a Zacatecas en una sequía inmensa y atroz. No eran más que los amigos de Rafael: Rodrigo y Ricardo, que ambos tocaban al mismo son mientras se ponían sus máscaras de tastoanes ceremoniales y empezaban a danzar inmovilizando al dios tirano. Mientras, Rafel, con la esfera de cristal del universo infinito, abría una especie de agujero negro donde el dios tirano era succionado y devorado hasta no quedar rastro alguno. Por fin, después de quinientos años, el dios tirano, venido de otras tierras a invadirlos y doblegarlos con sus costumbres y tradiciones ajenas a las de ellos, desaparecía de la faz del universo a sus antecesores. Desde esa ancestral batalla ocurrida aquel día entre magos contra un dios tirano en un mundo paralelo, donde la magia es más real que el arcoiris que miramos a simple vista, se dice que Rafael, en compañía de sus amigos, danzó miles y miles de veces en el arroyuelo que se convirtió, como en tiempos antiguos, en un inmenso río donde las libélulas bailaban con alegría y al compás de los magos tastoanes...
Mis letras se llenan de gozo al hacerle un homenaje, a través de un pequeño cuento, a uno de los pintores emblemáticos de nuestro Zacatecas: Rafael Coronel (1931-2019), donde yo sólo puse mis letras ya que sus pinturas me susurraban al oído las palabras a narrar… Porque una nación que lee libros y adquiere cultura se prepara para la grandeza.
La libélula zacatecana RO D RIG O R OD R Í GUEZ LÓPEZ Ilustración: Katia Talia Silva Garay.
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