Tiempo Balances Relatos no corrientes de

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Relatos no corrientes
PRÓLOGO de Mariana Fernández, profesora del taller de “Escritura Creativa”, Programa Tiempo de Balances.
Horacio Storni. Trago raro
María Fernanda Blasco. Las Morias y los hermanos.
Daniel Pachetti. El pasado que está por llegar
Luis H. G. Colcerasa. Afrodita en Buenos Aires
Julio Weibel. Noche extraña
Horacio Storni. Midas en Parque Patricios.
Julio Weibel. ¿Hay un mito mayor qué el diablo?
Daniel Pachetti. La llave
Ana María Calzada. La gruta con historia
Federico Spraggon Hernandez. Tiempo fuera
Basile. Origen
II-
Ana La Martire. El proveedor
María Fernanda Blasco. Poderes Impensados
Horacio Storni. Primavera, amor y lucha de clases
Julio Weibel. Rosalía
Luis H. G. Colcerasa. Cuando salí de Cuba
Daniel Pachetti. Carlos, el poeta
Jordán Benjamín Lezcano. Ahí pensaste que una parte tuya se quedaba en Tucumán
María Eugenia Sibilia. Recordando a Mauricio
Jordan Benjamin Lezcano. Cuatro palabras
Ana Basile. Cautiva
Ana Basile. Anhelo
Ana La Martire. 80 años
Luis H. G. Colcerasa. El duende y los marrons glacés
Jordan Benjamin Lezcano. Los fuentones
Ana Basile. Querida Ana
María Fernanda Blasco. Cazador de Relatos - Joven curiosa
Horacio Storni. Rosita
Ana Basile. Inevitable fragilidad
IV- OTROS RELATOS NO CORRIENTES
Jordan Benjamin Lezcano. El café con perejil
María Fernanda Blasco. Audio de WhatsApp
Jordan Benjamin Lezcano. Los oficios del niño
Daniel Pachetti. El monstruo de la laguna de Chascomús
Luis. H. G. Colcerasa. Vaivenes del tránsito
Horacio Storni. Preferencias de lectura
Daniel Pachetti. El día que Borges almorzó con Mirtha Legrand
Julio Weibel. Tío Adolfo y Tío Jascha
María Fernanda Blasco. Navegante en solitario
Ana La Martire. La felicidad
Julio Weibel. Sandwichitos y canapes
Jordan Benjamin Lezcano. El idioma del viento
Ana Basile. La vida de las Palabras
Hay un instante donde esa historia que te acaba de suceder, ese hecho fugaz que observaste en tu transitar en el mundo: la persona que se sentó a tu lado en el subte, el colectivo, la plaza, el café… De pronto, se transforman en un relato. Y cuando sos capaz de capturar ese instante, retenerlo en tu mente o en tu libreta de notas, incorporarlo al universo de tu imaginario, mezclarlo con los otros ingredientes que tenés vivos allí, en tu memoria online, y volcar ese cóctel en un texto, la escritura cobra vida.
Más allá de juicios sobre la habilidad para escribir, el conocimiento del lenguaje y sus formas, el talento personal o el buen gusto estético. Todo eso que sucede se organiza y reconstruye como un juego; y te aseguro qué es un juego muy divertido, brindarle tu tiempo y creatividad a la vida para que se transforme en literatura. Éste libro da cuenta de esa maravilla. Autodidactas esporádicas que asumen su rol de escritoras, evocadores de sueños que encuentran un camino como autores de textos literarios; donde un sin número de recuerdos, percepciones y reflexiones, adquieren una nueva forma en la escritura. En esa alquimia, que se despoja de quien escribe y queda en libertad para ser, podemos encontrar personajes, imágenes y experiencias que se acoplan a las de otras personas.
Por supuesto que no somos literales, esa es la parte más entretenida. Darle curso a la energía eléctrica que circula entre nosotros para redescubrir la vida en la literatura.
Mariana Fernández
Profesora del taller de “Escritura creativa 2025”, Programa Tiempo de Balances del Consejo Profesional de Ciencias
Económicas de la Ciudad de Buenos Aires.
Relatos no corrientes
Trago raro
Horacio Storni
Esa semana me correspondía atender el bar. En realidad, era más bien un descanso que una tarea, si lo comparaba con los cinco viajes, ida y vuelta, que debí hacer a la parte oculta de la Luna la semana anterior. Allí mi función es auditar ciertas licencias de residentes, quienes, no sé si debido a la oscuridad permanente en que viven, o a que allí las radiaciones son más fuertes, siempre me asombran con su cada vez mayor falta de cortesía y predisposición. Claro que, y eso no ha cambiado por milenios, nunca los recaudadores han sido bienvenidos, ni antes de Cristo, ni en este 2143.
Estaba ordenando las ampollas metálicas de diferentes bebidas cuando entró y se dirigió hacia la barra. Inmediatamente concitó mi atención. Las formas, a pesar del traje abultado, eran sin duda de mujer. Alta, espigada, se adivinaban contornos armónicos y se desplegaba muy seductoramente. Apenas sentada en el alto taburete me pidió un trago extraño, inusual, que por lo que me acordaba llevaba ingredientes bastante sofisticados, muchos provenientes de planetas lejanos, difíciles de conseguir. Consulté en el sistema las proporciones para su preparación, si teníamos esos insumos, y el precio, advirtiéndole que por el código que me aparecía debía consultar a CENTRAL si me habilitaba, tanto a servírselo, como a si ella podía incurrir en ese gasto.
Solo advertí un imperceptible movimiento de la escafandra que no me agregó nada.
Para aquel trámite necesité su nombre: “YH2Alfa”, me dijo, y cuando habló, advertí que el lado interno del vidrio de su escafandra estaba húmedo. Sospeché que podría estar llorando.
Le pregunté si se encontraba bien y casi sin dejarme terminar soltó: “Acabo de terminar mi unión 1276; llevaba casi tres horas, diecinueve minutos netos con GR4Gamma. Lo nuestro era realmente difícil; su familia es de la luna Europa, de Júpiter, y, como todo el universo sabe, no nos aceptan de ninguna forma”. Dudé si seguía llorando o era que el diminuto parlantito exterior del traje distorsionaba. Agregando, con voz entrecortada, que las transfusiones de sentimientos que se hizo y las decenas de parches de voluntad que se puso por todo el cuerpo, esta vez casi no tuvieron efecto… lo extrañaba.
En ese momento pensé qué cómodo y placentero debe haber sido en el pasado remoto no tener que haber usado estos trajes y poder estar permanentemente sin la escafandra. Imaginé la soltura e independencia de movimientos que se deberían disfrutar sin esta caparazón de plástico y metal, además de la posibilidad de ver también los rasgos y gesticulaciones nítidamente de quienes están enfrente (para bien y para mal) y no estar especulando o adivinando qué sucede atrás de ese vidrio, que además engrosan y tornasolan cada vez más por los dañinos rayos cósmicos.
En eso sonó la señal en la pantalla y apareció el rechazo de CENTRAL al trago requerido. Añadía varios códigos que yo no
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me acordaba qué significaban, pero que eran las justificaciones del veredicto. Temí que luego apareciera alguna advertencia por no haber filtrado yo el pedido y haberles hecho perder tiempo y el consumo de energía.
Di vuelta la pantalla holográfica para que ella misma viera y le di el pequeño ticket digital que extractaba la operación rechazada. Hice un movimiento de mis brazos y manos enguantadas que pretendió ser de leve compasión. No sé si me comprendió.
Encendió entonces los propulsores de sus botines, giró y salió hacia la puerta. Ahí, antes de irse, recién volvió la cabeza hacia mí. Una luz violeta del exterior que probablemente fuese de un transbordador se reflejó en su chapa de identificación que tenía en el centro del pecho y me dio de pleno, encegueciéndome. Partió.
¿La volveré a ver?
¿Ese destello final fue una señal? Aunque debo evitar estos pensamientos sin base científica porque me los pueden detectar y ahí estaré complicado.
Por otro lado, tengo su código. La puedo localizar con relativa facilidad. Yo tengo bastante menos que 1276 uniones y mi promedio he procurado que sea, si no excepcional, relativamente bueno. Tan es así que algunas de mis relaciones llegaron a durar casi dieciséis horas.
Deberé analizar el de ella.
Las Moiras y los Hermanos
María Fernanda Blasco
En él Olimpo transcurría un día tranquilo; las Moiras, tres hermanas que hilan el destino, competían por quiénes serían sus pupilos. Dos hermanos, una niña de cuatro años, llamada Delia y un varón de dos, Miguel. Ambos jugaban en el patio de su casa a medio terminar, sin imaginar que su futuro estaba siendo debatido en las alturas.
Cloto eligió a Delia y Láquesis, al varón. Átropos, la tercera hermana bufando, centró su atención en otros humanos. La armonía entre las Moiras constituía una danza de delicado equilibrio eterno, para no llamar la atención de Zeus, de carácter impredecible.
“Delia, será juiciosa, aplicada, de temer en estado de furia”, sentenció Cloto. “Miguel será soñador, emprendedor y astuto”, continuó Láquesis.
En una desvencijada estanciera, tambaleándose por caminos de tierra, concentrada en mantener la huella, rodeada de inmensos campos sembrados de trigo, conduce Delia rumbo a Las Acacias, pequeña parcela en Etchegoyen. La espera Miguel, en el nuevo negocio familiar, un criadero de pollo.
Delia es una joven cuya sola presencia emana una personalidad aguerrida, contrastando con el cuidadoso esmero de su apariencia, la peonada la llama con respeto “la patroncita”.
“Tu primer paso para convertirte en estanciera”, pomposamente anunció Miguel al mostrarle el campo hace dos años, recordó la conductora. “No seré estanciera, pero al menos manejo una”, se rió de sí misma. Un pozo la trajo al presente y con hábil maniobra esquivó la zanja llena de agua.
Al traspasar la tranquera, el camino tenía una curva pronunciada, flanqueando a un ombú, custodia del entorno desde el principio de los tiempos. Con enorme copa, raíces duras expuestas, invitaba a sentarse en ellas y guarecerse del sol implacable de la pampa. Era la primera visión del campo. Con plena sonrisa, la joven le gritó: “¡Sos el único que no me trae problemas en este campo!”
A lo lejos el molino giraba al compás del chirrido metálico, bombeando agua para los animales. Miguel, un hombrón de un metro ochenta, salió a su encuentro. Su pelo negro ensortijado, piel blanca, ojos chispeantes y sonrisa permanente le daban el aspecto de un niño grande. La abrazó, alzándola del suelo con sus escasos metro sesenta y cinco.
Mateando, se contaron las novedades. Ella de los bancos, de San Jerónimo, la empresa monopolizadora en la compra de pollos de la región, quien anticipa fondos a cuenta de animales, los cuales los hermanos lo destinan a alimento y antibióticos.
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Él con su anotador en mano, obligado a llevar por su hermana, le informó triunfal que en seis meses si todo transcurría según lo previsto, llegarían al ansiado punto de equilibrio y a partir de allí obtendrían sus primeras ganancias.
Las tres Moiras observaban desde las alturas, es aburrido, lo único que hacen es trabajar, comentó Átropos.
Una tarde, en la ciudad, Delia corrió a cerrar la ventana de su pequeño departamento, un viento fuerte azotaba. El cielo se oscureció, una tormenta se aproximaba.
A la mañana siguiente durante el desayuno, la radio le disparó un rayo directo al pecho. Una voz impersonal emanó del aparatito destruyendo de un plumazo los sueños de los hermanos:
“¡Un tornado violento se abatió sobre Echegoyen, múltiples destrozos, sin víctimas fatales!”, escuchó atónita.
Cloto y Láquesis fulminaron con sus miradas a Átropos, ella encogiéndose de hombros argumentó: “A esos muchachos les faltaba drama, no hay como un viento fuerte para sacudir el destino. Ahora veremos si sus profecías se cumplen”.
El tornado atravesó las Acacias en un corredor de destrucción angosto y violento. Destrozó los dos galpones del criadero, levantando las chapas del techo y retorciéndolas como papel. Muy pocos animales se salvaron. La casa, el molino, el ombú quedaron indemnes.
Cuando los hermanos se volvieron a abrazar, ese muchachón alegre había envejecido varios años, era la derrota viva.
Sentados los dos, mate de por medio, con carpetas y papeles intentaron planificar su incierto futuro.
“La única alternativa que nos queda es vender a Don Julián, el vecino siempre puso el ojo en el campo. Aunque en estas circunstancias nos va a ofrecer monedas”, musitó Delia.
“Creo tener una idea”, acotó Miguel, “¿Cómo te fue en San Jerónimo?”
“¡Mal! El contador Ramírez dijo que entendía la situación, bla, bla, bla, pero que la empresa nada podía hacer al respecto, bla, bla, bla. En conclusión, van a ejecutar los pagarés. Estaba tan furiosa, les grité: ¡Esta empresa se va a fundir y todos quedarán de patitas en la calle!”.
Miguel rio fuerte. “Ellos también rieron” susurró Delia.
Semanas después, los hermanos terminaban de cargar sus cosas en el camión. Miguel se despidió con un fuerte apretón de manos del jefe de los gitanos. Delia en silencio se despidió del ombú, de todos sus sueños, de su vida imaginada en el campo.
En ruta, Miguel con rostro adusto y mirada al frente.
“¿Qué conversaron con el jefe?” preguntó Delia.
“Va a traer a toda su parentela y algo más. Serán más de 30
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gitanos. A la casa no entran. Se instalan en carpas. Van a danzar y cantar todo el día, toda la noche, invocando a su Dios Devel. Espero, que Don Julián muerda pronto el anzuelo”. “Según mis números, necesitamos un 15% más del valor del campo para pagar todas las deudas”, resumió la hermana.
El teléfono sacó a Delia de sus interminables cálculos.
“¡Mordió el anzuelo! mañana estoy citado en su despacho”, escuchó la voz eufórica de su hermano.
Al día siguiente, ella nerviosa, esperaba en un café, él entró serio, le guiño el ojo y sonrió.
“¡Le saque un 20%! Estaba convencido de que los gitanos engualicharon a sus vacas”.
Láquesis, bailó unos pasos extraños gritando al escuchar a su protegido.
Un par de primaveras se posaron sobre Buenos Aires, en una de ellas, Delia bajó apurada de un taxi, rumbo al banco. Faltaban quince minutos para su cita con el gerente, esperaba convencerlo con el nuevo proyecto en carpeta. Vestida con su mejor traje sastre, recorría el ancho pasillo del Banco Nación de Plaza de Mayo. Los mármoles y la boiserie no la intimidaban. Un hombre tímidamente la interrumpió.
“Señorita Delia, ¿cómo está, no se acuerda de mí? Soy el contador Ramírez de San Jerónimo”.
Delia tardó unos segundos en reconocerlo, su aventura campestre ya estaba en el cajón de los recuerdos, al recordarlo, un trueno abrió ese cajón.
“¿Ud. trabaja acá?”, preguntó clavándole la mirada.
“Si, después que San Jerónimo quebró y todos nos quedamos de patitas en la calle, logré entrar al banco. Siempre nos acordamos con los muchachos de su frase premonitoria”.
“Ramírez, nunca menosprecie los dichos de una mujer furiosa”.
Delia miró el reloj, se alejó veloz mientras sus tacos repiqueteaban el piso de mármol.
Una carcajada profunda retumbó en el Olimpo.
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El pasado está por llegar
Daniel Pachetti
Fue hace tiempo y su apariencia se disuelve en el aire gris de mi memoria. Queda el dibujo borroso de una figura alta, confiable y bien vestida.
Pasó en el bodegón LA GRESCA, que injuriaba una calle cerca del puerto. No era lo que se dice un restorán temático, frecuentado por tipos de avería, tenía sala de primeros auxilios… Ahí la gente llevaba su propio cuchillo.
No lo vi acercarse. De repente se sentó a mi mesa cuando le entraba a una milanesa a caballo.
Me dijo:
- Usted se lo merece.
-¿Se refiere al huevo frito?
-Me refiero a mis poderes.
-¿Qué poderes?
- Yo puedo hacer que usted cambie su pasado.
-¿Por qué?
- Porque eso puede cambiar su presente.
- ¿Cómo sería eso?
- Usted me dice que quiere cambiar de su pasado y yo voy y le hago el cambiazo. Le borro una historia y le pongo otra.
Contuve reirme, aunque se me estiró la boca con una sonrisa.
- Solo le transformo un suceso, el resto depende de las decisiones que usted tome desde ese momento ¿Qué más quiere?
-Mire, le agradezco la gauchada, pero no fue por mis decisiones que tuve mis mejores y peores momentos. Prefiero dejar mi pasado en el bolsillo de la experiencia que es el premio. Aunque la mina es brava, siempre llega tarde, vió. Pero déjeme que yo me arreglo.
- Se está perdiendo una oportunidad.
- ¿Qué quiere? ¿Cambiarme una ilusión fugaz por otra? Mi mejor pasado es el que no sucedió, esas ilusiones que no se borrarán nunca, que se me escaparon y sigo empeñado. Es una milonga ardua, pero me gusta ese baile. No viejo, gracias.
Se fue y me dio una tarjeta. Tenía un calendario y una propaganda: “VIAJES EN EL TIEMPO TRANSPORTES”. BODEGÓN LA GRESCA.
CAPITAL.
Luis H. G. Colcerasa
Lo relatado a continuación puede o no haber sucedido, pero de haber sucedido, todo parecido con la realidad es pura coincidencia.
En esa tarde gris, después de un día totalmente nublado, a las 15:48 comenzó a llover en Buenos Aires. En el lago Regatas de Palermo las gotas rebotaban en el agua y se perdían en la profundidad; en el edificio anexo del Consejo de Ciencias Económicas de la calle Ayacucho, las gotas se pegaban en los ventanales del frente y se arrastraban lentamente hacia el marco inferior.
Del lago emergió la Diosa Afrodita en todo su esplendor con su larguísima cabellera cubriéndose el cuerpo hasta un poco más de la iniciación de las piernas.
En la Sala 2 del entrepiso del edificio de Ayacucho se estaba dando una charla sobre mitología griega, charla liderada por la profesora Mariana y a la que asistían once alumnos, cinco mujeres y seis varones.
La Diosa con suma delicadeza montó en uno de los más grandes cisnes que pululaban en el lugar, se dirigió hacia el camino que rodeaba el lago y, mientras veía repiquetear las gotas de lluvia sobre el agua mansa, recordó a Adonis y a aquellas horas de pasión desenfrenada. En la Sala 2 del edificio de Ayacucho,
la profesora Mariana leía la controversia entre Cronos y Urano y se intercambiaban opiniones entre los alumnos asistentes mientras las gotas de lluvia habían cubierto totalmente los ventanales.
Con el recuerdo vívido de Adonis y con el deseo de repetir la historia con otro humano, Afrodita, sentada en uno de los bancos que daba al lago y mientras veía y sentía sobre su cuerpo caer la lluvia, sacó de su pelo una concha que le servía de peineta, con destreza lo transformó en un celular con tecnología 5G y creó un grupo de wasap al que llamó “Hombres acosados”.
Mariana estaba leyendo el momento en el cual Cronos, hijo de Urano y Gea, castraba a su padre con una hoz y arrojaba los genitales al mar, mientras se escuchaba el golpe de la lluvia sobre los vidrios. De pronto sonaron al unísono los seis celulares de los varones presentes, Mariana disimuló el imprevisto sonido, las alumnas mujeres sintieron vergüenza ajena, los seis alumnos varones leyeron desconcertados que habían sido agregados al grupo de “Hombres acosados”.
Con la libido en plenitud, Afrodita escribió en el grupo: “Iré para allá y seleccionaré a uno de Ustedes para revivir mi romance con Adonis”, inmediatamente se puso de pie y comenzó a caminar con mucha velocidad para trasladarse desde Palermo hacia Balvanera.
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Nuevamente sonaron los seis celulares varoniles al mismo tiempo, Mariana interrumpió la lectura, se quitó los anteojos, frunció la frente y les dijo a sus alumnos que por favor apagaran los celulares. Después de leer sorprendidos rápidamente el mensaje de la Diosa, todos los hombres se disculparon y, mirándose entre sí nerviosamente, apagaron los teléfonos.
En el edificio del Consejo una mujer había reemplazado al regular empleado de seguridad que había tenido una indisposición, por lo que se hizo cargo de la vigilancia de la entrada. Aunque no notó el ingreso de Afrodita como tampoco lo hicieron las dos empleadas de la biblioteca.
La Diosa miró el ascensor y la escalera, optó por la escalera y subiendo de a dos los escalones, apareció repentinamente en la puerta de la Sala 2.
Ni Mariana ni las alumnas se percataron de su presencia, aunque sí los seis alumnos. Afrodita giró sobre sus talones ciento ochenta grados y se dirigió hacia la Sala 4 del contrafrente. Los seis varones se pararon al mismo tiempo como si hubieran recibido una orden militar, cinco de ellos miraron al más locuaz del grupo, quien encogiéndose de hombros le avisó a la profesora que se ausentarían por unos minutos y con pasos rápidos salieron de la sala.
Tres se metieron en el baño casi chocando entre ellos para mirarse en el espejo y ver si estaban presentables para la ocasión, los otros tres apuraron el paso para llegar primeros a la sala del contrafrente.
Al entrar vieron a la Diosa sentada en el borde de una de las mesas, con su cuerpo desnudo, aunque decorosamente tapado con el largo pelo rizado. Mientras los varones se pararon firmes, hombro con hombro, como queriendo sobresalir uno del otro, Afrodita, se puso de pié, giró sobre sus talones ciento ochenta grados y desapareció por el pasillo. Los varones se miraron desconcertados, estaban aún más confundidos que las mujeres que se habían quedado inmóviles en la Sala 2.
Nadie pudo explicar ese misterio hasta que el periodista del diario La Nación, Hugo Alconada Mon, realizó una exhaustiva investigación llegando inclusive hasta la biblioteca del Olimpo, investigación que transcribió en su habitual columna dominical. Según el periodista, Afrodita, utilizó sus poderes de Diosa para no ser molestada y por ende que se le impidiera poder cumplir con su lujurioso objetivo, se hizo invisible a los ojos de las mujeres presentes en el edificio del Consejo Profesional. Los varones, en cambio, por la avanzada edad que tenían y distar, en mucho, sus perfiles a los de Adonis, fueron completamente invisibles a los ojos de Afrodita.
Noche extraña
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Todas las calles, de cualquier ciudad del mundo, a la noche lucen igual: a la gente común no se la ve; quizás esas personas carentes de un lugar, destino de sus miserias, son las únicas que avisan de su existencia.
Sucedió que los desamparados decidieron no continuar de esa manera con su carga de vida y se juntaron como nunca antes. Se vio como con cierta timidez se acercaban los unos con los otros, sin mediar palabras, sin ademanes, los cuerpos casi se tocaban en la noche invernal y despiadada. Algunos esbozaron caras de felicidad, otros de desconfianza mutua, es que no eran amigos entre sí, siempre cada cual se acompañaba de su propia soledad. ¡Vamos!, gritó alguien muy fuerte, ¡es acá!
Los demás callaron, en toda ocasión surge un líder. Nadie sabe cómo Pedro se había impuesto sin más. Los pasos se apresuraban, las espaldas se doblaban por el esfuerzo, el pensamiento era uno sólo. Los ojos abiertos y anhelantes miraban el objetivo.
Todos entraron temerosos, un asalto había ocurrido momentos antes en el restaurante de Don Camilo, estaban en el barrio de Parque Patricios precisamente, no sólo habían saqueado la caja sino a varios de sus comensales. Pedro se dio cuenta que todos habían huído, nadie quiso quedarse. Le dijo a su compañera Roxana que se acercara al antiguo mostrador, delante de la parrilla. La cosa empeoró: Allí yacían tres cuerpos, inertes, rígidos, apuñalados de modo cruel.
La situación los superaba.
De repente, un silencio profundo e interminable los atrapó. Miradas angustiantes se cruzaban sin dirección. Así permanecieron casi inmóviles. El más joven del improvisado grupo, rompió el mutismo: ¡Tengo hambre!, dijo; al principio con mesura y luego repitió esa frase cada vez más fuerte, con insistencia hasta que todos lo escucharon, asintiendo con la cabeza y mirando hacia abajo, con expresión de culpa. Pedro miró a su alrededor, a ellos.
“¡Hemos venido y nos quedaremos! ¡Roxana pedí ayuda y ordená el lugar! Yo voy a preparar comida para los que aquí estamos. Nadie se va a ir con hambre, no ésta vez”.
Comieron, bebieron, sonrieron, suspiraron. Lo hicieron y lo disfrutaron, nadie recordaba un placer anterior igual. Se tomaron su tiempo, la noche invernal no desistía de su cometido, seguía enfriándolo todo, pero no a ellos, ellos tenían sus almas calientes.
Llegó la mañana, el ruido intenso, las piernas apresuradas, las caras monótonas y ausentes, los labios apretados, las pasiones quietas, solo los niños yendo a sus escuelas miraban distinto, alegres, por demás. Los bomberos, la policía y la ambulancia ya estaban en lo de Don Camilo. En la atmósfera del lugar se respiraba algo que la gente común no percibía.
Horacio Storni
Aníbal, casado, una hija pequeña, asomando a los treinta, alquilaba un departamento en la zona Sur de la ciudad. Habían aprovechado el bajo precio en su momento, la cercanía del subte, con eso el acceso rápido al trabajo de él y su mujer. Era antiguo, les sobraba espacio, pero costaba mantenerlo y era poco funcional. Además de su trabajo en relación de dependencia, Aníbal que era contador público hacía pericias en los Juzgados de la Ciudad de Bs. As., recibiendo de esa forma unos pesitos adicionales, tarde, mal y pocos. Todo el que conoce ese aspecto de la profesión sabe que por lo general son trabajos que no se remuneran bien, la mayoría de las veces litigios de poco monto y casi siempre cobrados a la larga, cuando se cobran. Esta vez la suerte le había sonreído, pues en una pericia que había realizado hacía casi tres años sobre un litigio de monto significativo, le regularon honorarios más decentes que los de costumbre y todo hacía prever que esta vez cobraría puntual. Ambas partes en conflicto eran sólidas, cuestión no menor ya que muchas veces los honorarios regulados quedaban sin poderse cobrar por la insolvencia de los litigantes. Se trataba de un litigio entre una empresa exportadora de cereales contra el Banco Central por un problema – cuando no – sobre tipos de cambio y cifras que se reclamaban mutuamente después de un enésimo cambio brusco e intempestivo de las cotizaciones del peso.
Como cada vez que esto sucedía, hablando en términos económicos, habían quedado muchos muertos, más heridos y pocos indemnes. Tan es así que uno de los abogados de parte, dando vuelo poético y tratando de impactar, había hecho la analogía en uno de sus escritos diciendo que lo que se observaba luego de estos cambios violentos de reglas económicas era como contemplar la patética devastación de un campo de batalla apenas finalizada la lucha.
Con lo que cobraría – había realizado varias veces los cálculos, al derecho y al revés- le alcanzaba para cubrir aproximadamente un 30% de un departamento de dos ambientes en un algún barrio céntrico y la misma fracción de quizá uno de tres, en alguno más retirado. Lo venían planeando desde hacía tiempo con su esposa y ahora que se presentaba la oportunidad darían el paso, aunque debieran endeudarse para completar el monto.
Por su trabajo tenía contacto diario con un Banco con que operaban bastante y ya había arreglado todos los detalles que le posibilitarían obtener el préstamo para completar la potencial suma.
Se pusieron en la ansiosa búsqueda y luego de casi dos meses de ver y ver alternativas se decidieron por un PH pequeño que les gustó. Simple, cómodo, dos habitaciones y living, con un lindo patio y balcón en la zona de Parque Patricios, mediana antigüedad, en buen estado de conservación, subte cerca, plaza cerca.
Abonaron todo lo que alcanzó con el cobro de los honorarios y obtuvieron el préstamo por el resto, se hizo la hipoteca a favor del Banco y comenzaron a planificar la mudanza a la nueva casa. Decidieron darle una mano de pintura pues era la oportunidad
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indicada, levantar un poco dos medianeras por seguridad y ponerles protección al balcón y ventanas por la pequeña hija. Consideraron que en dos meses esto debería estar resuelto. El PH estaba en el primer piso y había una vivienda espejo en la planta baja. Ya se habían presentado con estos vecinos a los pocos días de haber firmado y habían afortunadamente congeniado. Era un matrimonio mayor, con una única hija que les comentaron se estaba yendo a vivir con sus pareja.
Empezaron los trabajos de pintura, unos arreglos menores y se encargaron las protecciones, cuando un día Aníbal llevando materiales fue abordado por el vecino de abajo quien le dice, para su sorpresa, que acababan de vender, pues eso les quedaba grande con la ida de la hija y que como también coincidentemente se jubilaba, se mudaban a un lugar más chico y céntrico.
Aníbal desconcertado por el sorpresivo suceso, pues nada le había comentado en la charla que habían mantenido tan solo hacía unos pocos días atrás, no atinó a preguntar a quien le habían vendido, cuando dejarían el departamento, cuando vendrían los nuevos dueños, etc., etc.
Un fin de semana, habiendo ido a ver los avances de las refacciones, tocan el timbre y aparece abajo, en la parte final de la escalera un señor grande, desaliñado, obeso, calvo, con una simpatía a todas luces fingida y con evidente acento extranjero.
- ¡Mucho gusto vecino! Mi nombre es Jorge H. Yo soy quien compró acá abajo.
Aníbal lo saludó y lo invitó a subir para presentarle a la esposa y la nena que ya disfrutaba del nuevo patio. El hombre no se perdió detalle de lo que el matrimonio explicó que estaban haciendo
y cuando sobrevino la pregunta obligada sobre cuándo se mudarían y como estaba compuesta su familia, les contestó:
- No, yo vivo a cuatro cuadras de acá. Tengo además un par de negocios de venta de ropa de cuero en la zona, desde hace muchos años, compré esto como inversión.
Lo primero que pensó Aníbal es que habría comprado para alquilar, por lo que no preguntó más y se saludaron para despedirse.
-Si necesita una campera para Ud., para su señora o la nena me vienen a ver, tengo cosas muy lindas para Uds.
Aníbal agradeció, pero a decir verdad, ni a él ni a su mujer les había caído bien el nuevo dueño de la casa de abajo.
Ese mismo lunes, que fue a llevar elementos para que avanzaran los pintores y dar indicaciones a la gente que estaba poniendo las protecciones, le llamó la atención que ya había gente trabajando abajo, demasiados, cinco, seis personas y cantidad de material entrando: cemento, arena, aberturas. No entendió tanto movimiento.
Otro día los albañiles que trabajaban para él le dijeron que levantando la medianera se les había caído material y restos al vecino lateral, que no habían tenido la intención, pero que no lo pudieron evitar y que a consecuencia de eso este señor había venido a avisarles y pedir que tengan cuidado.
Inmediatamente Aníbal lo fue a ver, para pedirle disculpas, preguntarle si habían deteriorado algo y más que nada también a presentarse. Se saludaron amables y se intercambiaron teléfonos por cualquier futura eventualidad. Nunca más oportuna esa presentación por los acontecimientos que se avecinaban.
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Ese fin de semana comenzó a llover en forma torrencial y continua desde el viernes temprano, todo el tiempo, por lo que Aníbal iba a postergar su visita sabatina de control de obras, cuando pasado el mediodía recibe una llamada de ese vecino lateral, Roberto quien apenas levantado el tubo, le dice: - ¡Vengase urgente Aníbal!, tiene el patio con casi 60 cm de agua, parece una pileta de natación. Subí a mi terraza porque tengo una pequeña filtración y de casualidad miré para su casa. Aníbal partió raudo, preguntándose qué podría haber ocasionado semejante problema. Estaba preocupadísimo de que se le hubiera filtrado el agua al interior, no por la cocina que daba al patio que tenía piso de cerámica, sino por el resto que tenía parquet. Llegó, subió las escaleras de a tres escalones y una vez llegado a la cocina, observando por la ventana que daba al patio se dio cuenta de lo que pasaba: el desagüe del patio no drenaba, por eso se acumulaba el agua de la lluvia. Afortunadamente la puerta de metal por la que se salía había contenido casi perfectamente la masa líquida acumulada. Para no abrirla y provocar un desastre se sacó los zapatos, se arremangó todo lo que pudo el pantalón, trepó a la ventana y salió por ahí al patio con un alambre grueso y largo para tratar de destapar la rejilla. Lo introdujo un metro, metro y medio, luego dos, bajaba sin dificultad, no parecía haber obstrucción del caño. En eso estaba cuando el vecino que había subido otra vez a su terraza desde ahí le gritó;
-Hola Aníbal. Veo que el alambre corre, eso está obstruido abajo. Lo deben haber tapado con los materiales de la obra. El agua no debe estar saliendo afuera.
- ¡Muchas gracias Roberto! También por el llamado. Le debo una.
Ahora llamo a Jorge a ver que me dice.
Jorge recibió el llamado con la explicación de Aníbal de lo que estaba sucediendo y sin explicar nada se limitó a contestar:
-Ahora voy.
Colgó y apareció pasados veinte minutos. No le tocó timbre, se dio cuenta porque escuchó ruidos y gritos abajo. Había parado de llover y a los diez minutos luego de unos borbotones empezó la rejilla a chupar el agua del patio, comenzó a vaciarlo.
En quince se había escurrido toda el agua, había filtrado muy poco a la cocina. Desgracia con suerte.
Se fue abajo a buscarlo pues le extrañó que no le explicara o hablara con él sobre lo que había pasado. Fue tarde, estaba todo cerrado, no había nadie.
No le gustó nada el episodio. Menos que Jorge no diera la cara. Un milagro no hubiesen habido graves daños.
Roberto lo estaba esperando afuera y Aníbal lo fue a saludar y, de paso, agradecer la oportuna llamada.
Se podría decir que ahí comenzó el dramático sainete.
- Aníbal Ud. discúlpeme, salvo para dar una mano, no me gusta inmiscuirme en problemas entre vecinos, pero esta vez me parece que tengo el deber de prevenirlo. Este tipo que compró ahí abajo suyo es dueño de medio Parque Patricios, tiene mucho dinero. Tiene comercios de cuero desde hace mucho tiempo, pero además también al menos cuatro o cinco hoteluchos de mala muerte donde alquila a gente muy humilde o extranjeros que no pueden pagar otra cosa. Los hacina en piezuchas de dos por dos, les pone una cocina y un par de baños y lucra con ellos. Todo bien sabido en la zona. Yo ya tuve un problema esta semana porque
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me apareció una grieta en la medianera que me preocupó mucho. Me dijo que se iba a fijar que podría ser, pero no confió nada en él. Es muy probable que esté cavando para poder ganar altura y hacer dos niveles donde corresponde uno y duplicar la superficie para luego dividir y hacer otro hotelucho.
Aníbal no podía creer lo que escuchaba. Si provenía del vecino o lo estaba soñando. Más que sueño pesadilla. De acuerdo a como venían sus mejoras se podría mudar la semana entrante o la otra. ¿Que decía este hombre? ¿Podría estar pasándole esto a él?
Le comentó a su mujer los sucesos, obviamente preocupándola y además ya advirtiéndole que aunque fuese tristísimo se ordenara mentalmente que la mudanza debía postergarse hasta que no estuviesen seguros de cómo seguiría esto.
Ese mismo sábado más tarde habló con Jorge H. para que le explicara que había sucedido, preguntarle cómo se había obturado el desagüe, etc.
El viejo zorro, haciéndose el simpático, estropeando su medio castellano exprofeso y de esa manera dificultando el entendimiento le contestó como explicación:
-Aníbal, no se preocupe. Menos mal que lo resolvimos. No se haga problemas. Véngase al negocio y se lleva algo para la señora y la nena. Tengo cosas muy lindas. Va a quedar muy bien. Aníbal todavía inocentemente contemplaba la posibilidad de llevarse bien y no tener que quemar las naves con el vecino, por lo que se limitó a decirle:
-Está bien Jorge, ya me explicará. Trate de que esto no pase de nuevo, esta vez no hubo daños pero a mi todo me cuesta mucho y si no cuidan lo que hacen vamos a tener problemas.
¡Hasta luego! Y colgó.
Aníbal no durmió esa noche. El domingo llamó a un primo que era arquitecto y le pidió si podía ir a ver que estaba pasando en su nueva casa.
Quedaron de verse el mismo lunes, a unas cuadras para no levantar sospechas ni tener que pedir permiso, sino caer de improviso y tratar de ver que estaban haciendo en esa planta baja.
Primero caminaron por la vereda de enfrente, vieron arena, cemento, otra vez en cantidades que parecían exageradas para una reforma standard. El primo arquitecto se acercó a la obra y cerciorándose ambos que no estuviese Jorge, porque podría no dejarlos mirar, se dirigió como buscando a alguien adentro.
Estuvo tres-cuatro minutos, nadie le preguntó nada y salió.
Solo de haberle visto la cara a su primo supo Aníbal que había una catástrofe.
- Nunca vi en mi vida esto. Cavó un metro o más. Están poniendo pilotes para que soporten una loza que va a dividir la altura en dos. ¡Es demencial! Esto no está permitido y es un peligro que te vengas.
Aníbal se puso blanco como la nieve. Enmudeció.
-Tenés que hacer la denuncia en el Gobierno de la Ciudad. Le van a parar la obra. Esto no puede ser. Pone en riesgo todos los linderos.
Sin casi despedir y agradecer a su primo y menos invitarlo a almorzar como había planeado hacer en agradecimiento por la molestia, llamó a su trabajo diciendo que por un problema importante llegaría recién a la tarde y enfiló al subte para llegar al microcentro donde estaban los edificios municipales.
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Fue al departamento específico que le informaron debía ir para hacer la denuncia y lo llenaron de formularios y pedidos de documentación para poder posibilitarles enviar una inspección. Al otro día, quince minutos antes de que abrieran al público estaba en la puerta, presentó todo y le dijeron que dentro de los diez días siguientes harían la inspección.
-A este paso, en diez días este hombre va a tener construido el Empire State, les dijo.
-Sr. Tenemos cinco o seis denuncias por día y tenemos solo cuatro equipos de inspectores. Hacemos lo que podemos.
Al séptimo día, como en la Biblia, lo llamó su fiel vecino, y luego del buenas tardes, tan contento sin entender porqué, le gritó como un gol:
- ¡Lo clausuraron!¡Le metieron la faja!. Ud. no sabe el lío que se armó. El capataz le avisó al viejo y se vino. Ni Alfredo Alcón hubiera actuado así. Les dijo a los inspectores que era un benefactor haciendo ese tipo de obras, que tenía otras similares, que de esa forma da vivienda a los pobres, que había estado en la Segunda Guerra, que era polaco, que sabía lo que era sufrir, etc., etc., todos argumentos que nada tenían que ver con el desastre con el que se encontraron.
Aníbal le agradeció, y se quedó con un sabor agridulce. Pensó: ¿Cómo seguía esto? Si bien no avanzaría, él tampoco podía irse a vivir ahí. Volvería a ir al otro día al municipio a preguntar cómo continuaba el proceso.
Pero esa noche lo llamó Jorge.
-¿Qué hizo joven ? ¿Cómo presentó esta denuncia? Yo sé lo que hago. Mis construcciones son sólidas, no ahorro ni cantidad ni calidad en
los materiales que uso. No es la primera vez que construyo algo así. Ud. va a estar seguro en su departamento de arriba. Todo a media lengua, pero esta vez haciéndose entender, claro y pulido.
-Jorge -lapidariamente contestó Aníbal- Ud. sabe que no puede hacer eso. Ya veré cómo sigue esto. Buenas noches. -Y colgó. En la oficina que llevaba el tema le dijeron al día siguiente que lo estaban intimando a parar inmediatamente las obras y a retrotraer en un plazo de quince días a la situación original del inmueble. Debía rellenar nuevamente y demoler todo lo que había avanzado. Buenas noticias. Al tercer día de la clausura, nuevo llamado de Roberto. Esta vez sin euforia futbolera y con la voz en un hilo, pero sorpresivamente iniciando un tuteo inesperado, de aliado.
-Aníbal, ¿cómo te va? Disculpame, esta vez soy otra vez portador de malas: el viejo arrancó la faja, están otra vez trabajando.
Aníbal le pidió a su jefe salir por un par de horas, quien al ver de la forma que se lo solicitó ni se animó a preguntarle porque. Llegó a la casa y estaba Jorge H. dando instrucciones y mirando como sus obreros seguían trabajando. Poco se sorprendió cuando lo vio llegar a Aníbal, que en la condición que miraba y gesticulaba uno bien se hubiera podido imaginar que agarraría uno de los ladrillos de la pila y se lo partiría en la cabeza.
- ¡Jorge Ud. está loco! ¿Qué está haciendo? !Está clausurado. No puede seguir!
-Joven, Ud. no sabe quién soy. No es la primera vez que tengo obras. ¿Cómo voy a reponer la tierra que saqué? Sacamos cuatro
Relatos no corrientes camiones completos. ¿Y demoler lo que ya construí? ¿Quién me paga todo eso? ¿Ud.?
Aníbal hizo una mueca y se contuvo para no pegarle una trompada, lo que hubiera sido suicida, era una persona mayor, y además estaban los obreros que se lo iban a comer crudo. Vuelta a la Municipalidad a informar que el hombre había arrancado la faja y seguía avanzando. Ningún estupor en los funcionarios. Más formularios y programación de otra nueva inspección para constatar. Pero al retirarse, ya habiendo franqueado la puerta de la triste oficina mal iluminada, en el pasillo desangelado que comunicaba a todas, un empleado joven, de casi su edad, que también salía, lo encaró diciéndo:
-Tenés que encarar esto en la Justicia. Debes poner un abogado urgente. Esto no lo vas a resolver administrativamente en estas oficinas. Ese tipo tiene influencias, va a seguir. Acá es conocido. ¡Haceme caso!
Aníbal le agradeció el consejo y le dio la mano, yéndose peor de lo que había llegado, que no era poco decir. Otra inspección, otra faja y otra violación de la faja. Así hasta llegar a siete veces en el tiempo que transcurrió el conflicto. El abogado que comenzó el juicio patrocinando a Aníbal fue recomendado por aquel primo arquitecto. Al principio le dio escalofríos, pero luego litigando superó holgadamente al viejo y sus defensores en astucia y estrategia. Había recomendado seguir denunciando en el Gobierno de la Ciudad cada vez que seguían violando la faja de clausura, sin perjuicio de la actuación judicial.
Roberto -que también había iniciado juicio a Jorge porque el daño en la medianera que le había ocasionado era irreversible, con peligro de derrumbe- le informaba a Aníbal ante cada episodio de contravención; este pedía permiso en su trabajo donde ya sabían del problema, llamaba a un escribano con quien había arreglado para que fuera con él cada vez -jugosos honorarios mediante -y levantaba un acta describiendo la ruptura de la faja dando fe de la continuación de los trabajos. Luego la presentaban puntualmente en el juzgado.
Pasó el tiempo, finalizó el período de prueba y vinieron los alegatos para que el juez fallara, después de casi tres años de litigio.
Aníbal nunca pudo habitar el PH pintado a nuevo, con flamantes protecciones de balcón y ventanas y el anhelado patio para que jugara su hija. Continuó pagando mensualmente el alquiler del departamento que no pudieron dejar y la salada cuota del préstamo hipotecario. Economía de guerra por algo más de 36 meses.
Como el veredicto sería inexorablemente “demoler y reconstruir la casa a su estado original más los daños y perjuicios”, apareció Jorge H. después de algún tiempo con su mejor piel de cordero queriendo arreglar.
-Joven (siempre era joven), lo veo a Ud. y su familia como si fuera uno de mis hijos. Tenemos que llegar a un acuerdo. No puedo demoler todo lo que gasté ahí. Escuche: le ofrezco que vea alguno de tres departamentos que tengo en la zona, uno más lindo que otro, elige uno, arreglo con los inquilinos que están ahora para que se vayan, se lo pinto y hacemos un canje por su piso de arriba. Yo me quedo con toda la unidad y Ud. se olvida de esto. Y ya
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sabe, siempre está la invitación que nunca aceptó: venga a mis negocios a probarse ropa de cuero, de la mejor, no se va a arrepentir.
Aníbal y su abogado ni contestaron la infantil y amañada propuesta. Coincidieron que al momento de ejecutarse la sentencia, si no quería efectivamente demoler - probablemente también imposible por el riesgo de que todo se cayera abajo - la única salida que le quedaba al querido Jorge H. sería hacer una oferta de compra.
En efecto, estando firme el fallo, hubieron quince días de discusiones, pausas, reuniones frustradas, amenazas, escenas de todo tipo, y hasta llantos fingidos que pretendieron cambiar el curso de los acontecimientos. La Avda. Corrientes, Broadway o el propio Hollywood lamentablemente se privaron de presenciar lo que configuró lo más excelso de cuantas actuaciones dramáticas y trágicas se hayan visto nunca. Claro, no era para menos, Jorge H. debió pagar casi dos veces y media lo que costaba la unidad de arriba en ese momento en el mercado. Aníbal compró en un barrio mejor una casa mejor. El penoso proceso terminó siendo una inversión forzada e indeseada, donde el rendimiento del capital en dinero fue estrafalario, pero el quebranto en tranquilidad y calidad de vida también, ambos productos del empecinamiento de un viejo loco codicioso. Jorge H. además del dinero que perdió por creerse capaz de ir por todo, a cualquier costo y pensar que era imbatible sufrió un daño que lo hirió más: desapareció el respeto que tenía en su familia de ser infalible en los negocios, un Rey Midas que todo lo que tocaba lo convertía en oro.
El río Pactolo que en el conocido mito, al bañarse en sus aguas devolvía al desgraciado monarca -que hasta había metalizado a su hija al tocarla- su condición de humano común, en este caso fue un modesto PH de barrio, en Parque Patricios, no en la costa egea de Turquía. Tampoco el Dios Dionisio tuvo nada que ver en el procedimiento.
¿Hay un mito mayor qué el diablo?
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Julio Weibel
Décadas atrás, infancia feliz desde el recuerdo actual. Todo era nuevo como un lápiz recién estrenado, esos que se compran y a los que hay que despertarlos a la escritura. Hay cosas que ocurren de noche, de eso aún no tenía idea. Cuando se es niño no se saben algunas cosas pero de algo sí tenía conocimiento, vaya a saber por qué:
Sabía del Diablo, ese ser que ilumina la noche y que observa desde su grandeza -ya que la tiene sin lugar a dudas- en la medida de los miedos padecidos.
Mi lugar siempre lo fue y lo es aún Misiones, Oberá, mi casa, mi baño, mi habitación. Ahí, me visitaba. Solo me dejaba su cara, su expresión firme, dura y, más allá de todo, sus ojos rojos a veces e invisibles a la vez.
No quería su presencia, pero a él no le importaba.
Era irremediablemente sufriente cuando nadie de mi familia estaba, ni siquiera Batuque, mi perro. Yo ocupaba toda su atención. Sus visitas continuaron aún después del arribo familiar a esta bella Buenos Aires, con mis pocos 8 años. Que tonto era, pensaba que no se iba a trasladar tan lejos, pero sí. Aquí, ya en esta ciudad, sólo me miraba por la ventanita del baño y yo, claro, lo miraba a él estremecido.
Pasó el tiempo, mucho tiempo y se ve que ya no le interesé más.
Casi, casi, no me percaté de ello. Agradecido por su ausencia, deseando que sea por y para siempre.
Daniel Pachetti
Existe una antigua casa en el barrio de San Telmo en la que se reúne la secta de los cerrajeros racionales, cuyo origen se pierde en el tiempo. Aunque, la versión más difundida de su nacimiento, se remonta a las invasiones inglesas, cuando miembros de una logia masónica del rito escocés se afincaron en el país al perder el barco, en la confusión de aquellos entreveros. El objetivo secreto era custodiar los arcanos que darían con una llave que abre todas las puertas.
Una llave recóndita que nunca se pierde. Solo hay una combinación filosofal de la que participan todas las demás. Hay antecedentes en las tradiciones de Cagliostro y Hermes Trimegisto sobre esta búsqueda, aunque dudosos, porque era secreta.
Se ingresa al interior de la sede a través de varios túneles, cuyos accesos se encontraban en las carnicerías del barrio (antiguo barrio de negros donde aun resuena el candombe). La carnicería es un arte que se ha practicado durante mucho más tiempo de lo que imaginamos.
En la antigua Grecia, ligada a los misterios de Eleusis, se practicaban fiestas paganas que rendían ofrendas al cuadril, corte sagrado. Es probable que cuernos pintados en las paredes de la calle Bolívar fueran símbolos heráldicos de este cripto cónclave, aunque también pueden endilgarse a chismes morbosos de amores clandestinos.
La secta de la carne se mezcló con la de los cerrajeros por lazos familiares al principio; hasta que los límites se desdibujaron en el tiempo conservando reglas de ambas sociedades.
El gran maestre de los cerrajeros racionales presidía las furtivas reuniones con una estola de vaca, ostentaba en el pecho distinciones de la Sociedad Rural, Coninagro y Cargill, y una gran llave en ristre, símbolo del poder. La contraseña era un susurro: “mu-mu, yale travex”. Los aspirantes debían participar del rito de iniciación en cuatrerismo, a veces sanguinolento y otros muy estricto, ya que eran muy celosos de los infiltrados.
Como en el caso de la banda de puertas Pentágono, pesado grupo de tareas, que causó la desaparición del secretario de actas en los años de plomo. De allí, que los grados más altos estaban vedados por el secreto al que solo accedía la cofradía de los cerrajeros. Recientemente se supo que nunca llegaron a su ambición: la llave arquetípica… pero comían unos asados bárbaros.
La sociedad secreta se disolvió cuando las carnicerías desaparecieron diezmadas por transgénicos, alimentos envasados y otros venenos. Sin poder ingresar, dejaron la casa abandonada y se perdieron por las calles del barrio cuando el atardecer pintaba una sombra en todos los colores.
Ana María Calzada
Allá por el año 1920 en un pueblo llamado Aiguá, que había quedado perdido a la vera del camino cuando se construyó la ruta nueva hacia Treinta y Tres, se hallaban tres jóvenes quienes habiendo terminado su instrucción primaria y los dos primeros años del secundario -estos últimos recibidos por la buena voluntad del maestro Rodríguez, quién gratuitamente los ayudaba fuera de las horas de clases que su puesto exigía - se encontraban ante la dura disyuntiva de decidir qué hacer de ahora en más.
Las costumbres del pueblo señalaban que un joven varón de más de 14 años debía encontrar su camino en la vida. Las alternativas eran claras: trabajar, conchabado en algún trabajo rural, empleado en algún comercio de ramos generales o, partir para la ciudad en busca de nuevas oportunidades.
Así las cosas se juntaron en la esquina de la plaza. Uno de ellos mencionó que siendo jueves se reunían en el local de Don Justiniano los hombres del lugar donde se jugaba a las cartas, se tomaba caña o se juntaban alrededor del fogón, los más viejos contaban historias que revivían los orígenes y costumbres del pueblo. “Entonces, allá vamos”, decidieron. El local era un despacho de bebidas, el mostrador forrado de estaño presentaba una reja que separaba del público. En el salón había algunas mesas dispersas, cuadradas, con las patas pintadas de blanco con el esmalte saltado. El piso cubierto por viejas baldosas decoradas, gastadas por el tiempo y el caminar
de las botas y espuelas y al fondo ni bien se pasaba un amplio alero, crepitaba un fogón donde los parroquianos se sumaban cada jueves a contar mentiras. Este jueves, como tantos, mientras corría el mate de mano en mano, además de los habituales asistentes se encontraba un hombre viejo, ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, de pelo gris hirsuto, ojos grandes y profundos, nariz aguileña, calzaba bombachas como casi todos y usaba botas de acordeón. Cuando le tocó su turno, lentamente empezó a desgranar una historia que pareció asentida y conocida por los más viejos. Y así se refirió a algo sucedido por allá por fines de 1700 en la Gruta de la Salamanca cercana a Aiguá.
La Salamanca era un cerro que miraba hacia el Sur, donde venía un camino que pasaba a dos kilómetros, lo más interesante era que a mediana altura entre la cima y la base, aparecía entre la vegetación una gruta cuya boca en forma de media luna acostada medía veinte metros de lado a lado y en la cúspide llegaba a tres metros de altura. En cuanto se entraba se divisaba un salón de piedra y hacia el lado izquierdo por una hendija de la piedra brotaba una gota de agua que caía en un fuentón de roca natural. Hacia el fondo a unos diez metros salían varias bocas redondas de un metro de diámetro que se extendían en túneles oscuros hacia el interior del cerro, como si alguien hubiera horadado la roca con alguna intención ulterior y desconocida para los mortales.
Cuenta la historia que en aquellos años el campo estaba asolado por bandidos que asaltaban los establecimientos, robaban y hasta mataban a los habitantes, por ello el “gobierno”
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despachaba “partidas” para enfrentar a estos delincuentes en defensa de los pobladores de estas tierras. Don Zoilo refería esa noche que fue famoso el andar de un maleante apodado Leiva, que con una banda de jinetes asolaba la zona, se cobijaban en la gruta donde nadie podía verlos y ocultaban sus caballos entre la vegetación, podían divisar a lo lejos quien se acercaba. En sus andanzas habían reunido varios bienes que habían liquidado pero guardaron una alforja de cuero llena de monedas de oro que por su fácil realización y mantenimiento la guardarían escondida en la gruta hasta su vuelta. Partían porque las partidas del ejército los traían a maltraer y debían pasar una temporada en Brasil, “hasta que las cosas se aquietaran”.
Dicen que Leiva tomó la alforja y, revolver en mano, enfrentó a su comitiva y les dijo: “Voy a guardar el tesoro, el que me siga lo mato, en cinco minutos estoy de vuelta y partimos”.
Salió a pie, en cinco minutos estuvo de vuelta sin la alforja y tenía las botas embarradas con “barro colorado”, presumiblemente arcilla. Partieron a Brasil pero en el camino los cruzaron los que los perseguían y luego otras partidas de los departamentos vecinos. Finalmente fueron ultimados a balazos no quedando ninguno vivo.
Y ahí están nuestros jóvenes, escuchando embelesados la historia y calculando,… calculando.
La Salamanca queda a diez kilómetros por una ruta de ripio muy poco transitada hoy, no tenemos por qué irnos de nuestro pueblo -pensaron-, podemos aceptar un trabajo y los domingos nos vamos a la Salamanca a buscar el tesoro, podemos ir en bicicleta.
“A ver qué necesitamos: palas, balde, gorros, faroles, linternas, algo para comer, abrigo para la noche, techo tenemos”. Y allá salieron el domingo temprano hacia la Salamanca, la ruta era bastante buena y siendo jóvenes no necesitaban más.
A poco de andar divisaron el cerro, traspasaron un portón lateral a una portera y siguiendo una huella de pasto, en poco tiempo estuvieron al pie del cerro. Los embargó una gran emoción, les temblaban las piernas. Empezaron a pensar por donde subirían, el pasto era corto en la llanura pero en la ladera se entrelazaban los arbustos naturales que crecen en los cerros pedregosos, espinas de cruz, canelones, molle, malaspina, tomillo y otros, haciendo difícil encontrar el camino de subida. Incluso diría que el sendero estaba oculto por un arbusto que disimulaba su entrada.
No era fácil subir las bicicletas por lo que decidieron ocultarlas en la base dentro de la misma vegetación y subir con los petates. Minutos después siguiendo un camino tortuoso, mirando que no aparecieran víboras, es zona de yararás, ascendían al cerro. Y allá llegaron, los tumbó la emoción. Nunca habían visto una gruta igual, o nunca habían visto una gruta, mejor dicho. Era cerca del mediodía y parecía confortable se dispusieron a descansar. Más tarde empezaron a investigar, el manantial de agua límpida y fresca, la sombra serena de la piedra y la vista inmensa alrededor.
Más allá, los túneles, allí estaban tal como los describiera el viejo, de unos cincuenta o quizás setenta centímetros de diámetro que iban a no se sabe dónde, intimidantes. No estaban limpios como imaginaban sino algo húmedos, a pocos centímetros de la boca quedaban completamente oscuros, el moho cubría algunas paredes,
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si iban a recorrer debían hacerlo gateando, tenían linternas de mano, se miraron y empezaron a idear un mecanismo para atarse la linterna a la cabeza. Era tétrico sumergirse en ese mundo, pero era el futuro, con ese dinero podrían solucionar sus vidas y no tendrían que abandonar su pueblo. No era cuestión de rendirse por tan poco, tiraron a la suerte quien entraba primero, quién después y el tercero quedaba afuera de guardia.
Allá entró el primero haciendo caso omiso al asco que le producía aquel túnel, luego el segundo para no ser menos y allí iban casi arrastrándose en los lugares donde el túnel se angostaba, luego volvía a ensancharse, gotas de agua empezaron a correr por sus espaldas, de pronto se sintió un aleteo, y algo chocó con sus cabezas que luego se recuperó y siguió adelante dejando un raspón en la frente del primero. Cuando el aleteo llegó a la boca del túnel el que había quedado de guardia pegó un grito de horror al encontrarse frente a frente con un murciélago que salía desesperado por haber recibido una invasión, el joven asustado cayó hacia atrás y quedó sentado en el piso de la gruta que era toda de piedra. Los pantalones evitaron que se lastimara pero el golpe lo sintió por varios días. Los que estaban en el túnel siguieron ahora mirando en cada tramo cuando saldría un nuevo murciélago, de pronto sintieron que las paredes cedían más, el ruido era considerable, se incorporaron como pudieron, iluminaron el lugar y vislumbraron un espacio amplio y más alto poblado de murciélagos que les pasaban sin tocarlos pero sintiendo la brisa de su aleteo. El piso era blando y resbaloso, razonaron que ese era un lugar
donde depositar una alforja pero no habían traído herramientas, además cuanto tendrían que cavar? Para un primer relevamiento ya era suficiente decidieron volver. Esa tarde pasaron ideando cómo solucionar los problemas que presentaba el caso. Primero necesitaban linternas de mineros, en los alrededores del pueblo había minas de cal y una mina de oro deberían conseguir tres linternas, necesitaban pala pero, ¿qué era esa tierra blanda de olor fuerte y fétido? El que quedó afuera aventuró: “guano de murciélago”. Calcularon que la alforja fue dejada hace doscientos años, ¿cuánto creció el piso por el depósito de guano en ese tiempo?, ¿cuánto debían cavar?. Cálculos imposibles. Luego uno dijo: “Y si en lugar de dejarlo en el salón lo dejó en algún hueco de la roca en el trayecto?”. Y el otro respondió que si era cierto que Leiva se enfrentó a su compañía y les dijo que en cinco minutos volvía, entonces no dejó la maleta en la gruta. Siendo ya cerca de la hora en que la tarde se vuelve pálida decidieron volver y seguir pensando hasta el próximo domingo. Y así siguieron domingo tras domingo, recorrían túneles, tenían cada vez más conocimiento de la gruta, llegaron a delinear un mapa de los túneles, juntaban herramientas y enseres que dejaban escondidos para no tener que trasladarlos cada vez. Un domingo llevaron también el perro de uno de ellos, iba en la canasta de las herramientas, subía el cerro acompañándolos, y compartía la aventura. Un día aparece una liebre distraída y despertó los instintos del perro que salió a correrla. Los jóvenes salieron atrás del perro pero los humanos no son tan hábiles para correr en un sendero de cornisas
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y debieron hacerlo más lento. Lo sentían ladrar pero se volvieron unos ladridos lejanos, profundos, con eco. No podían encontrarlo, se separaron por distintos lugares. Uno de los muchachos llegó hasta una palmera en la ladera oeste y cansado se sentó a la sombra a descansar. De pronto vio salir al perro de entre unos matorrales con las patas sucias de barro colorado. Corrió la maleza con un palo que llevaba y allí encontró otro agujero que se extendía hacia el centro del cerro, EUREKA, pensó. Limpió las patas del perro y se unió a los otros. No dijo nada sobre el hallazgo.
En la semana compró treinta metros de cuerda, el domingo fue como siempre sin hacer comentario alguno. A la semana siguiente se tomó unos días de vacaciones para visitar a su tío en la ciudad de Minas a treinta kilómetros de Aiguá, pero su tío nunca lo vio.
Por el contrario se dirigió al cerro, específicamente a la palmera, llevando el rollo de cuerda, ató el cabo a la palmera y se adentró en ese nuevo túnel llevando consigo el rollo. A las dos horas salió recogiendo la soga, llevaba colgado al cuello una vieja y carcomida alforja que pesaba lo suficiente como para bajar dificultosamente, se dirigió a la ladera que mira al Norte y allí escondió la alforja, no sin antes llevarse algunas monedas de oro antiguas. Pocas semanas después se conchabó en un campo vecino a la Salamanca y empezó a trabajar como peón de campo hasta que con el tiempo el grupo perdió el interés por el tesoro, los otros se fueron a la ciudad y quedó cuidando esa zona del campo y los animales como peón rural.
Pasaron los años, formó una familia y en oportunidad de la venta del campo donde yacía el cerro sacó unos ahorros y compró el campo, gravando con hipoteca por el resto de la deuda, la que fue pagando religiosamente con los años. Crió ganado, se casó, tuvo hijos. Hacía el fin de siglo sus nietos construyeron cabañas que explotan turísticamente al pie del cerro. Dice un peón de campo que en lo alto de un galpón del establecimiento que construyó guardó hasta su muerte una alforja raída que mantenía oculta y venerada como una reliquia.
Federico Spraggon Hernandez Tiempo fuera
Se detuvo el tiempo.
Me despierto, súbitamente en medio de la noche, miro el reloj despertador detenido a las cuatro de la mañana. Intento prender la luz y no prende.
Me levanto, todo oscuro. Voy al balcón, igual no se ve ninguna luz. En la calle no hay movimientos, ni autos ni peatones. Es una quietud total.
Busco el celular, no enciende, tenía batería, no entiendo.
Me visto, salgo del departamento. No me encuentro con nadie. No hay ninguna luz, tampoco las de emergencia. El ascensor no anda, no sé en qué piso se quedó.
Vuelvo a mi casa y me siento en un sillón a esperar, mi reloj no cambia de hora.
Me quedo dormido. Al rato me despierto y todo sigue igual. No sé qué hacer, más que esperar. Me vuelvo a dormir y ya no despierto.
Origen
Ana Basile
Antes de nacer
rodeo el planeta, me sumerjo en el agua, me alimento de estrellas, me lleno de luz.
Emerjo
me auscultan, me pasan de brazos en brazos, tiemblo lloro tengo frío busco el calor que perdí.
Encuentro sus ojos, me adentro en ellos.
Vuelvo a vivir.
El proveedor
Ana La Martire
Anochecía una cálida tarde de verano, casi no quedaba nadie en la playa, los playeros acomodaban una silla sobre la otra. Yo arrancando el auto en el estacionamiento del balneario, los chicos semidormidos detrás.
De pronto lo vi con ella de la mano.
Comencé a mover el coche lentamente, pero no podía sacar los ojos de esa dirección. Parpadeé varias veces para confirmar que era él.
Él, que me había llamado hacía tan solo media hora para preguntarme por dónde andaba. Me llamó la atención tanto interés, de todos modos le comenté brevemente que los chicos se estaban terminando de duchar e iba para el chalet.
Él, que me había dicho éste mediodía, mientras almorzábamos una ensalada, que había recibido un mensaje desde la oficina y se fue de la playa para terminar un trabajo que tenía pendiente enviarlo urgente.
Necesitaba pensar antes de volver a casa. Invité a los chicos a tomar un helado, yo un café doble.
Nos sentamos al aire libre mientras ellos hablaban, por suerte tres varones no necesitan que los entretenga.
Como los que están agonizando, la mitad de mi vida pasó por mi cabeza: el día que nos conocimos en la facu, cuando nos recibimos, el día que nos casamos, el día que nació el segundo y mirándome a los ojos me dijo: “no te parece mejor que no trabajes más, estás agotada” y después llegó el tercero y mi felicidad era completa, para que necesitaba ocuparme de otras cosas.
Mal económicamente no nos fue, tenemos nuestro hermoso departamento, nuestro chalet en Pinamar, unos cuantos viajes al exterior, nobleza obliga el me provee cuanto económicamente necesito.
Que más de una vez llega tarde del trabajo, quien no tiene obligaciones o algunos after office. A mi atender , los tres, uno en el secundario y dos en primaria, el fútbol, inglés, natación, los deberes… más mis ocupaciones: pilates, tenis los miércoles, suerte que tengo coche, me da mucha independencia.
Por la noche caigo rendida, y algunas veces ni escucho cuando llega.
Pero hoy me engañó en mis propios ojos, yo la conozco, es la secretaria del presidente de la empresa. Cuando vuelva tendrá que rendirme cuentas ¿ella o yo?
Relatos no corrientes
Volvimos al auto, consulté a los chicos si les parecía pasar por una de las hamburgueserías y cenaban en casa, tres hurras por mamá: helado y hamburguesas la noche perfecta.
Llegamos, la orden a dormir los tres, no quiero entrar a la habitación en un rato y verlos con la play o el celular. Voy al jardín con una copa de vino y sigo amasando la furia.
Él llegó. “¿De dónde venís?”. “No te quise preocupar, se cortó internet y hasta que encontré un bar con una que funcionara bien, terminé el trabajo y lo envié, me llevó más tiempo del que pensaba. Tomé un café con algo, no tengo hambre, voy a la cama”.
Ella estuvo a punto de gritarle todo lo que sentía, todo lo que había planeado, sobre sus llegadas tardes, sobre lo que había visto y, como una más entre tantas, le perdonó la vida.
María Fernanda Blasco
Pilar y Andrés se conocieron en la UBA. Pilar una joven citadina del barrio de Villa Devoto, egresada de colegio bilingüe. Andrés, un joven nacido en Saliqueló, pueblo de 8500 habitantes a 550 km de Buenos Aires, egresado de un colegio pupilo en Bahía Blanca distante 300 km de su casa.
Después de terminar sus estudios se casaron y se instalaron en un pequeño departamento en Villa Devoto, propiedad de la abuela fallecida de Pilar.
Una noche cualquiera, el teléfono transmitió malas nuevas, el padre de Andrés, el vasco, falleció de un infarto.
Entierro en Saliqueló. Permanecieron unos días acompañando a Sara, la viuda. Era una mujer joven que parecía su propia madre. Julián, el hermano mayor, se haría cargo del campo y la vida continuaría como siempre, como siempre, pero con la ausencia del fundador de la familia.
Pilar y Andrés siguieron con sus rutinas, con sus respectivos trabajos, jugando a la casita de recién casados.
Una tarde el teléfono recordó la existencia de Sara, quería saludar a Pilar. A ella la invadió una oleada de preocupación, tomando conciencia de lo sola y apesadumbrada que se encontraba su suegra, la invitó a pasar unos días en Buenos Aires para cambiar de aire.
Con excitación la pareja acondicionó el departamento para recibir a Sara. Cuando atravesó el pequeño living, los dos se quedaron impresionados, las canas habían colmado su cabellera, su ropa anticuada era dos talles más holgada, no caminaba, se arrastraba. Andrés se abalanzó sobre su madre y la abrazó fuerte.
-Vas a estar bien, mamá, la vida continua -susurró.
Pilar, solicitó licencia en el trabajo y ofició de guía turística por la ciudad. Las dos mujeres congeniaron muy bien y Sara disfrutaba los distintos paseos.
Una mañana cualquiera, Pilar tuvo una idea. Le propuso a su suegra un cambio. Ella aceptó sin saber de qué se trataba.
El salón amplio y pulcro se abrió ante sus ojos, Sara se sintió una extranjera. Los sillones majestuosos, tapizados de un terciopelo suave esperaban a las clientas. Las luces demarcaban los ambientes y los espejos de distinta forma, pero similar tamaño devolvía la imagen de dos mujeres ansiosas.
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Pilar le presentó a Peter, el dueño del salón de belleza, quien la condujo a uno de los sillones y preguntando si confiaban en él se dispuso como ilusionista ante su público a desplegar su magia. Tres horas después, el hechizo se encontraba concluido. Cuando Sara se miró al espejo con su corte moderno y nuevo color, sonrió.
-Hace tiempo que ese rostro no me devuelve una sonrisa -suspiró.
Pilar estaba exultante, había pasado las tres horas rezando que su suegra aprobara el cambio. Sin perder tiempo la llevó a una casa de modas a fin de cambiar totalmente su vestuario. Ella se dejó llevar como jovencita a quien se le ha abierto un mundo nuevo.
Sara parecía otra persona, su actitud había cambiado.
Le comunicó a la joven pareja la reserva de un saloncito, en un coqueto restaurante del barrio. Había planeado invitarlos a cenar el próximo sábado, junto al hijo mayor, Julián y la familia de este último. Les prohibió comentar algo, porque quería sorprenderlos. El rostro de Andrés se ensombreció temiendo que la tormenta de desilusión cayera sobre su madre.
El día de la cita familiar, Sara estuvo temprano en el restaurante, entusiasmada por el festejo. Ese día visitó a Peter en su salón, donde le hicieron un spa completo de belleza, maquillaje incluido. Llevaba un moderno vestido ceñido a la cintura, zapatos de tacón, lucía espléndida. Pilar y Andrés la acompañaban. El hijo esperaba lo peor.
Los oriundos de Saliqueló, arribaron. Julián, su esposa, y dos hijos menores. Sara salió a su encuentro radiante, cual visión de Medusa los cuatro visitantes quedaron inmóviles, con la mandíbula por debajo de su posición original.
-¿Qué te hiciste en la cabeza, abuela? -rompiendo el hielo, preguntó el nieto menor con el desparpajo de los 10 años.
-Te ves rara -disparó Julián.
-Pero si está muy linda -con una sonrisa impostada, trató de suavizar la esposa.
Sara respiró profundo.
-Bueno, bueno. Simplemente hice un cambio en mi apariencia, estoy muy a gusto con ello y eso es lo importante. Vinimos a pasar una velada agradable en familia y no a hacer crítica de moda.
¡Pasen queridos! -con un ademán les indicó el camino. La velada transcurrió incómoda, pero todos se esforzaron para disimular la incomodidad.
Cuando Pilar se levantó para dar una indicación al mozo, Julián la interceptó.
-Qué hiciste con mi madre. La cambiaste, es otra.
-Sara es la misma de siempre, simplemente tiene un corte de cabello y un vestido nuevo. Deberías alegrarte de verla bien y alegre. Además, la conoces, ella tiene fuerte personalidad, nadie la puede cambiar.
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-¿Hay algún hombre?
-Las mujeres se arreglan por ellas mismas, no necesitan de nadie más. Y acostúmbrate a esta Sara, porque la otra, no vuelve.
Transcurrió un año desde la accidentada cena. En ese lapso Sara alquiló un monoambiente en pleno centro porteño, para tener un lugar donde recalar cuando quisiera ir a teatros o de compras.
Siguió interiorizándose en la operatoria del campo, como lo hacía junto a su esposo, ahora con Julián. Quien dejó de hablar con Pilar por meses.
Otra mañana, que no fue cualquier mañana. Pilar estaba terminando un escrito frente a su computadora mientras tomaba café. Sara pasaría por su casa. Llegó apurada, ansiosa, entusiasmada. Como catarata, lanzó su monólogo:
-Me voy a Europa por 2 meses. Salgo esta noche. Conocí un grupo maravilloso. Es una agencia que organiza viajes para mujeres solas, mujeres de mi edad, donde todo está previsto. Este es un sobre con el itinerario completo y detalle de los hoteles, dejé tus datos en la empresa, como referencia, por cualquier eventualidad. -Colocó el sobre marrón al lado de la computadora, con la leyenda “Primer Viaje de Sara”.
-¿Y Julián qué dijo? -preguntó tímidamente Pilar.
-¿Qué va a decir? El 50% del campo y sus ganancias me pertenecen. No hay nada que decir. Lo único que lamento es que el vasco, no esté para acompañarme en este viaje,
-continuó con nostalgia.- Además, jovencita… -cambiando rápidamente su actitud- las madres no piden permiso a sus hijos, es absolutamente al revés. ¡Téngalo en cuenta para cuando me dé nietos! -agregó, estallando en una carcajada.
-Bueno, me voy. Hay un auto en la puerta. Todavía falta cerrar las valijas. Antes de salir me comunico con Andrés. Te envío un WhatsApp cuando arribe a Barajas.
Pilar se abalanzó hacia ella y la abrazó.
-Disfruta mucho -susurró.
-No lo dudes -respondió sonriendo.
El huracán Sara se retiró como había llegado.
Tratando de asimilar la información recibida, sin importar la hora matutina, Pilar abrió la pequeña cava y llenó una copa de buen vino.
La alzó a fin de brindar con el Universo y con el rostro iluminado por una enorme sonrisa, exclamó:
-¡Por el increíble poder de un buen corte de cabello!
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Horacio Storni Primavera, amor y lucha de clases
Siempre, desde que llegaron del interior se movían en tándem. Allí no habían sido amigos íntimos, pero los fue uniendo el proyecto de venirse a Buenos Aires a estudiar y trabajar. La patriada sin dudas se facilitaba en conjunto.
Terminaron el secundario y se pasaron ese verano haciendo aprestos. Uno de ellos recaló en la casa de un tío que tenía comodidades, pues sus primos, más grandes, ya se habían casado y formado su propio hogar. Negocio redondo, para ambas partes, compañía para los del nido vacío y contención de parientes para el huésped. Los otros dos alquilaron una pieza en una pensión, bastante céntrica y bien recomendada, pues los tiempos esos de principio de los setenta no eran para meterse en cualquier lado.
Los tres seguirían Económicas, compañeros en las primeras materias, estudiaban juntos y ese primer año andaban en yunta para todos lados.
A los tres o cuatro meses habían conseguido trabajo. El que vivía con los tíos y andaba de suerte, pasante en una multinacional. La única empresa que fabricaba tanino; en ese tiempo, exclusivo insumo para la curtiduría de cueros. Expectativas de carrera y buen emolumento Los otros dos, todos eran peritos mercantiles, en sendos estudios chicos de contadores donde harían los primeros muchos palotes y menos pocos pesos.
Gabriel tenía que ir trajeado o por lo menos con saco; formalito, los otros en principio y por suerte no se enfrentaban a ese
problema por el lado de los gastos en tintorería, camisas y corbatas. Los tíos le preparaban la cena o tenía el recurso de manotear una heladera bien provista; los otros dos estaban sin red. Cuando no comían fuerte al mediodía, tenían que prever con qué manjar se llenaban la panza a la noche, a saber: patys, pizza, panchos una semana y panchos, patys, pizza la otra. Común denominador del trío, falta de relaciones en la gran ciudad, de tiempo y de plata, casi nada. Entre el trabajo, la cursada y e ir estudiando para no llegar a los exámenes como el bíblico Adán, poco tiempo y dinero quedaba para las salidas y la joda. Ese setiembre del primer año en la gran urbe a Gabriel trajearse y perfumarse a diario, le empezó a rendir sus frutos. Había estado charlando con otra pasante que entró con él a la empresa y comentando que se venía la primavera, ella lo invitó a una quinta donde compañeras de la facultad privada donde estudiaba organizaban una juntada. Eran muchas chicas le dijo y le habían pedido que invitara varones.
Gabriel aceptó la invitación sin dejarla terminar, casi cayéndosele la baba. Con los reflejos que da la necesidad incorporó inmediatamente a sus compinches, como acompañantes forzosos; como si de los Tres inseparables Mosqueteros, de Dumas se tratase.
Veintiuno caía sábado y las expectativas de que lloviese eran altísimas. Desde ese jueves era un aguacero tras otro, por lo que dieron por descontado que el programa no se iba a consumar y casi olvidaron el asunto.
Pero viernes a la noche, apenas parado de llover, Gabriel llamó a Carlos y a Miguel, avisándoles que le terminaban de confirmar
Relatos no corrientes que el picnic se hacía, pues el pronóstico era muy bueno para el día siguiente.
La quinta estaba en Parque Leloir, por lo que arrancaron muy temprano y luego de tres micros y bastante barro por donde se mire lograron dar con las coordenadas de las instrucciones. Puro asombro por las casas que iban viendo. Una al lado de otra, nunca habían visto algo parecido. En la ciudad de donde procedían habían algunos barrios con lindas casas, pero difícil de esa categoría y menos en esa cantidad. Aprovechando lo sorpresivo que se había confirmado el convite, especulando con el apuro y porque si los daban vuelta no se les caía un peso, aparecieron con dos gaseosas y sendos paquetitos de bizcochitos de grasa. Para pasar el día lucía bastante poco, salvo que pudieran convencer que practicaban un ascetismo de faquires; y que por lo que sobrevino luego, confirmaría estaban en las antípodas.
La casa era hermosa, con parque, pileta, quincho. Se encontraron con seis, siete muchachos y trece, catorce chicas; cual más educada, simpática, mejor vestida. Y una cantidad exuberante de tortas, sándwiches, empanadas y todo tipo de manjares que a primera vista hubieran satisfecho al triple de asistentes. Con sus insignificantes y míseros bizcochitos palidecieron, se arrepintieron de la avivada y Miguel en registro vehemente y culposo improvisó malamente que estaban convencidos que era un asado, y que luego se repartirían los gastos. Ni él se creyó la farsa, pero muy amables, entendiendo, les dijeron que no se preocuparan, que estaba todo bien. Quedó claro por si no se había entendido que ahí, problemas económicos, de recursos, no había.
Se presentaron, comentaron entre grupos que hacían de sus vidas y comenzaron a comer, surgiendo inmediatamente, como guionados, intensos y furtivos relojeos cruzados. Las miradas y las sonrisas iban y venían como rayos.
En el entretanto, los pajueranos se dieron cuenta que estaban comiendo a dos manos, sin hablar, casi sin respirar. Que no perdonaban plato o bandeja que se les enfrentase. Advirtieron que estaban dando la nota y afortunadamente se contuvieron.
Dos chicas sabían tocar muy bien la guitarra y eso dio pie a los provincianos a lucirse con los infinitos “aros” que tenían en el repertorio. Comenzaron con los suaves y luego a medida que eran festejados y entraban en confianza, siguieron otros más picantes y divertidos. Las rara avis que arrastraban las erres y las elles habían cobrado protagonismo, estaban exultantes. Concomitantemente, y con cierta razón surgió cierta hostilidad del resto de los varones, quienes, en especie de venganza, no perdían oportunidad de burlarse cada vez que se daba la oportunidad. No fue más que eso. Quedó ahí, hubo paz.
Luego truco, y contada de cuentos.
Estaban en su salsa, divirtiéndose, saciado el hambre atrasado, y un harén enfrente, todo soñado, cuando después de algunos movimientos que no descifraron bien irrumpió de la nada, la música y la consigna: ¡A bailar!
¡¡Bingo!!
Se bailaron las canciones movidas de moda un rato largo; saltos, euforia, trencitos, rondas, todos transpirados, agotados y en una de esas, sorpresivamente, las osadas anfitrionas se mandaron con los lentos. Se miraron. ¡Que momento! Desbande y elección
Relatos no corrientes apremiante. A materializar los escarceos previos y tratar de no fallar. Miguel en un aparte antes, ya les había confesado que la morocha de pelo lacio, ojos grises y una sonrisa que encandilaba “lo había paralizado, que le partió el corazón de entrada, amor a primera vista”. Así textual.
Carlos y Gabriel habían notado que las veces que lo buscaron estaba con la morocha, la que no dejaba de reírse y a la que seguía como perro faldero donde fuera.
Con una convicción que no le conocían, la tomó de la mano y la rodeó con sus brazos para bailar. Resistencia cero. Acople instantáneo. Bailaron y estuvieron juntos hasta el final. ¡Que grande Miguel! Que prestigio para el trío. Ellos no tuvieron tanta suerte.
Se vino el crepúsculo, ayudaron a ordenar y limpiar y se despidieron agradeciendo todo.
Cuando caminaban ya solos hacia la zona poblada por donde pasaba el primer micro, Miguel medio cabrón comentó:
- Viste el autito en el que se fue el petiso ese. ¡Así cualquiera!
Y se vino el reprimido diálogo.
- ¡Tranqui! ¡Si vos sos un ganador, y a pata, campeón! No nos digas que arreglaste. ¿Cómo se llama?
- ¡Si! ¡No lo puedo creer! Me encanta esa piba. Se llama Estela. ¡Me dio toda la bola! ¡Por favor, cachetada para convencerme que no estoy soñando!
- ¿En qué quedaste?
- Me dio el tubo. Me dijo que la llamara temprano a la tarde, tipo cuatro o cinco, que era la hora que llegaba de la facultad y todavía no volvían sus padres, ni su hermano y podía hablar tranquila. También me comentó otras actividades que tiene algunos días:
Inglés, gimnasia… Mucho nivel, que se yo. - ¿Pero qué decís? le saltaron los otros. ¡Ganaste fiera!
Miguel siguió en su nube.
Había ganado, porque además de su sobria pinta era un tipo de una simpatía y un encanto natural espontáneo. Siempre alegre y las bromas a flor de piel. Rapidísimo, y con su tonada, seguro la morocha a la tercera broma quedó embobada.
Con Carlos compartían a la mañana muy temprano un curso de Matemáticas y luego salían rápido del aula cada uno a su trabajo. Algunas tardes se juntaban con otros compañeros a estudiar . Solo se veían con más tiempo y tranquilidad a la noche en la pensión.
Lo había empezado a ver menos, obvio, ahora estaba Estela, y si bien se estimaban mucho y había suficiente confianza, también se respetaban. Se cuidaban de no estar preguntando todo el tiempo sobre cuestiones más privadas. Pasadas dos semanas Miguel le había ido comentando que todo iba bien, que un par de veces la había ido a buscar a la salida de su facultad en Belgrano, aunque corriendo mucho y haciendo malabares porque no coincidían los horarios con los de su salida del estudio. Que iban siempre a tomar algo porque todavía no quería que la acompañase hasta su casa. El sábado anterior habían ido a comer pizza y el siguiente iban a ir a bailar con un grupo de amigos de ella, uno, el petiso compadrón del autito nuevo.
Carlos notó una pequeñísima señal de malestar, de tenue inconformismo con la descripción que dio, pero solo calló y sonriendo le dijo:
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– Me alegro entonces que todo marche. En los días que siguieron, pese al menor contacto, le fue pareciendo que Miguel hacía menos chistes, sonreía menos; lo veía preocupado y cansado. Intuyendo que lo que le pasaba era lo que las viejas del campo llaman “mal de amores”, y que ya se le pasaría, no se animó a preguntar nada, aunque se preocupó. Una noche de mediados de Octubre, cerca de cumplir un mes de haberse conocido con Estela y enamorado en forma fulminante, Miguel estaba sentado en la pieza que compartían con Carlos mirando fijamente un grueso libro. Se veía triste, apenado, no leía, menos estudiaba. En eso apareció Carlos enfundado a medias en un toallón, recién salido de ducharse.
- ¿Qué decís “Michael”? ¿Estudiando? Miguel lo miró, negó con la cabeza, y como necesitando sacarlo de una vez y con los ojos húmedos, disparó:
- Se acabó con Estela.
- ¿Qué? ¡Me jodés! ¿Por qué?”
- Ni tiempo, ni guita, ni nivel. Imposible.
- ¡Dejate de joder Miguel! ¡No pasa por ahí!
- ¡La princesita enamorada del hijo del pobre campesino es solo para Hollywood, Carlitos! Hace más de tres semanas que no agarro un libro, me patiné todos los mangos en confiterías, pizzerías y taxis. Es excelente mina y me encanta. Viendo cómo cuido los mangos hasta me dijo que no tenía problemas en pagar ella algunas veces. ¡Pero así no es el asunto! Por ahora no labura, no necesita, la bancan los viejos, le sobra el tiempo. No repitió casi nunca las pilchas todas las veces que nos vimos y yo parece que tengo pegadas al cuero estas únicas tres remeras. Me habla de
que compró tal casete, tal álbum de tal banda y no sé de qué me habla. Y no te digo nada de los amigotes, de las salidas, de los lugares etc. ¡Otra liga macho, otra liga!
Carlos enmudeció, entendió al toque. Se puso en su lugar, como si le estuviera pasando a él. A la postre eran lo mismo. Lo abrazó mojándolo.
-Tranqui hermano, ya vendrán tiempos mejores.
Cuarenta años más tarde, ya con sus vidas hechas y después de algún tiempo sin verse se encontraron nuevamente los tres amigos a tomar un café.
Poniéndose al día entre otras cosas, Miguel les comenta que hacía poco se había mudado, cambiando de barrio; y que pasando por una plaza que está a tres cuadras de su departamento, el lugar le resulta familiar. Era la plaza, a donde no había vuelto nunca, en la que estuvo la última tarde con aquella piba Estela, la de ese día de la primavera en aquella quinta, cuando ni tenían veinte pirulos.
- ¿Se acuerdan? ¡La vida es un círculo señores! Ahora paso por ese banco de la despedida, de donde me fui creyendo morir, todos los días camino a mi estudio. Les confieso que las primeras veces, sentía un remezón, ya no.
- ¿Cómo no me voy a acordar? - soltó Carlos- ¡No nos comimos el césped de la quinta porque era incómodo! ¡Qué linda esa piba Miguel!
Cada uno se quedó pensando un minuto y Miguel continuó:
-Escuchen que ahì no termina. Apenas una semana atrás mi hija
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mayor, María, que les comento cumplió cuarenta, en un almuerzo dominical de familia apenas verme me dijo con toda frescura: “Papá, una señora, Estela X, te envía un gran cariño, me dijo que te conoció hace mucho, cuando eran muy jóvenes. Que eras muy lindo y divertido. ¿Qué onda con ella?”. “¿Estela X?” grité asombrado, como si me hubieran pegado con un palo en la cabeza. “¡Estela X! ¡Mirá vos! ¿Dónde fue? ¿En qué circunstancias?”
“Resultó ser la dueña de una empresa que es proveedora de la nuestra, y cuando vió mi apellido me preguntó si era algo de Miguel. Y si eras del interior, si estudiaste económicas etc.. Tenías todos los números viejo”. “Si, si. Una amiga de juventud ¡Mirá vos! ¡Tanto tiempo!”. No hice más comentarios y pensé como algunas vivencias, si fueron importantes en la vida, se resisten a desaparecer, están agazapadas, ladinas, esperando surgir en el momento más inesperado.
Miguel, les confesó a sus dos amigos, ahora sí triste, que estuvo a un paso de seguir preguntándole a su hija, cómo era ahora esa mujer, qué conservaba de su belleza, del color de sus ojos, de su sonrisa, si comentó algo de su vida, si no preguntó más sobre él. Pero se arrepintió. ¿Para qué? ¿Qué importaba hoy? ¿Qué cambiaba saber? Solo serían reminiscencias intrascendentes. Entonces se calló. Entendiendo todo, María también lo hizo y tampoco preguntó más.
El cuatrimestre siguiente de aquella primavera lejana de los setenta, Miguel y Carlos habrían de cursar juntos Sociología.
Sabiendo quién era Marx - imposible no saberlo en la facultad de aquellos días- tuvieron que leer sobre sus teorías fundamentales, entre ellas la famosa “lucha de clases”. Miguel entonces, oyendo atento lo que explicaba el profesor, fresco aún el metejón con Estela y su fracaso, pensó, que si bien ver una similitud sería una exageración, él había experimentado de esa discutida teoría un leve atisbo.
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Rosalía
Julio Weibel
Que cosa extraña me pasó con Rosalia, mujer joven para aquella época, con algunos años más que los míos. Su sonrisa me atrapaba y su mirada llegaba directo a mi corazón, ni siquiera pasaba por mis ojos.
Tenía que ser más discreto que lo que ya era, además de ser una persona vergonzosa saliendo de una adolescencia tardía. Es claro, con los jefes hay que cuidarse, más aún si se trata de una jefa y ni hablar si uno trabaja en un banco, institución respetada (antes).
Todo de ella me parecía hermoso, su voz, su sonrisa, sus manos, aún su cara a veces seria o su mal humor, todo estaba súper bien, ¡por supuesto!
- ¡Rosalía! ¿Mirás por favor si esto que hice está correcto?
En realidad no me importaba mucho, sólo quería que su voz entrara en mí. Eso sucedía todos los días, la atracción que ejercía sobre mí era muy grande. Le pedía que me enseñara todos los trabajos del sector contaduría en el que nos desempeñamos, cualquier excusa de acercamiento era justa. Así, todos los días.
Sufría cuando no venía y más cuando no avisaba, obvio, los jefes no avisan.
A veces se acercaba un hombre desconocido a la oficina a saludarla con expresión sonriente, era el jefe de Tesorería, también su marido. Que calvario para un joven enamorado, en especial si el desafortunado era yo. Igualmente nuestras miradas seguían cruzándose.
Un día cualquiera de aquellos me invitó a una fiesta, que iban a hacer en la sección con motivo de no sé qué, y le dije que me encantaría. Ahí nomás, sin decir agua va, me sugiere, me ofrece, presentarme a su querida hermana Regina. ¿Cómo no? pensaba para mis adentros, ¡qué cosa!, yo queriendo salir con vos y vos queriéndome enganchar a tu hermana. Entonces me pregunté: ¿todas esas profundas miradas eran sólo para visualizar si podría ser un buen partido para un familiar, de ella? Indignado con esa propuesta absurda, por supuesto, le contesté: - Sí, Rosalía, ningún problema, cuando quieras. ¡Qué maravilla! Habrá pensado ella, voy a tener en mi ámbito un cuñado que sobre todo está enamorado de mí. Porque a nadie se le escapa que yo debiera esgrimir ante ella una cara de vaca encantada.
Y llegó el día festivo. Entonces conocí a su hermanita, más joven que ella incluso, yo le llevaba creo que dos años. Lo nuestro perduró por dos o tres semanas, según recuerdo.
Al poco tiempo Rosalía quedó embarazada, de su marido obvio. Su pancita crecía sin parar y a mi me encantaban los modelitos de vestidos afines que traía puestos. Después llegó el tiempo terrible para mí, en el que se pidió licencia por maternidad. Varios meses, un siglo de espera... y como dice la canción “no me quieras, yo te quiero, con eso me basta y sobra…”
A esa altura había aprendido todos y cada uno de los trabajos que hacían mis compañeros, vinieron luego a sugerirme desde el Banco si no quería ser parte de una nueva oficina que se abriría. Se trataba de Auditoría, estaba bueno para mis 20 años. Rosalía ya había reingresado a su función y le dije, me voy, van a pagarme
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más, perdón. Ella no quería y lo manifestó conmigo:
- Siempre vas a poder pedir licencia para exámenes cuando lo necesites, los días que quieras, tenelo presente. Le agradecí su interés y le lancé mi propuesta:
- Si lo dejás a ése y te casas conmigo me quedo.
Pero parece que no me escuchó bien en ese instante, porque me respondió:
- Está bien, podés irte a ese nuevo lugar, que tengas mucha suerte, te felicito.
Casi dos décadas después, por esas casualidades que siempre ocurren, caminando despreocupado por alguna calle cercana al teatro San Martín, me la encuentro de golpe. - Hola Rosalía, qué sorpresa, ¿cómo estás?
- ¿ Bien y vos? ¿Cobraste la indemnización del banco?
- Sí, pero muy tarde, Lo recibido ya no significaba nada
- Que lástima, a mi me avisaron a tiempo.
Y nos quedamos ahí, varios minutos charlando vivamente.
Luego nos despedimos con alegría por habernos visto y nos fuimos caminando en direcciones contrarias.
Sos un queso, me dije, ¿cómo es posible que no le hayas dicho o insinuado cuánto la amaste? Y lo que es aún peor, te quedaste con la intriga de saber qué le pasó a ella con vos, o tuviste miedo de que dijese: yo notaba que me mirabas, pero perdón, no me di cuenta de lo que te sucedía.
¿Será cierto aquello de que jamás se vuelve del ridículo? Y si se pudiese volver: ¿el ridículo nos acompañaría por el resto de nuestra existencia?
Debo apurarme, estoy llegando tarde para ver “Lo que el viento se llevó”.
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Luis H. G. Colcerasa
Mientras se delineaba los ojos, mirándose en ese viejo espejo ovalado de marco de madera derruido por el tiempo, cuyo vidrio estaba parcialmente transparente por haber perdido en parte la capa de aluminio, Yeniséi pensaba que afortunadamente no había comprado otro lápiz, porque con su piel morena y con sus grandes ojos, cualquier resaltador resultaba inútil. A continuación tomó el lápiz labial y comenzó lentamente a pasarlo por sus enormes labios, a la par que los apretaba y los movía nerviosamente para que el rojo furioso se esparciera en forma pareja, fue entonces cuando comenzó a recordar los maravillosos últimos quince días, tal vez, los mejores de su vida.
Esa vida chata que llevaba desde hacía tanto tiempo, que comenzaba a la mañana temprano cuando se levantaba y sin desayunar -en realidad el desayuno era una costumbre que había perdido cuando había entrado a la pubertad- se calzaba su único par de zapatillas y unas muy holgadas camisa y pollera y salía hacia el malecón a caminar durante un par de horas, mirando el mar y sintiendo sobre su cara la combinación del sol caliente y el viento fresco. Esa caminata la ayudaba a aislarse de todo, era como el paréntesis necesario para enfrentar el día, hasta volver, cruzar la calle, y mirar con amargura ese edificio cada vez más enclenque que la cobijaba junto a sus padres.
Subía como un autómata la escalera cuyo tercer y cuarto escalón faltaban desde siempre para lo cual estiraba sus piernas y se apoyaba con sus manos en las descascaradas paredes que le teñían de rojo las palmas, instintivamente se las limpiaba en los costados de la pollera antes de entrar al monoambiente donde vivía.
Ya despiertos sus padres, iba hacia la cama donde yacía postrado Miguel, le daba un beso en la frente y luego se dirigía a su madre, la besaba en la mejilla mientras preguntaba cómo estaba todo, obteniendo siempre un monocorde y mentiroso “bien”.
El padre, veterano de la guerra de Angola, tenía sus piernas paralizadas a raíz de las esquirlas de una granada que lo habían alcanzado en el campo de batalla, por lo que dependía totalmente de María, su mujer. El Estado les daba una pensión que por el deterioro económico cada vez era más escueta y ni siquiera alcanzaba para los imprescindibles remedios que debían comprar, por lo que Yeniséi, apenas terminado el terciario de física, como sabía que con ese título no iba a tener ninguna ocupación laboral remunerada y, estando obligada a constituirse en prácticamente el único sostén del hogar, aunque alguna que otra vez recibían pequeñas remesas de un primo radicado en Miami, debió cambiar aquellas, sus expectativas de la adolescencia.
Inmediatamente la muchacha iba al baño, se higienizaba como podía -la canilla de la ducha estaba semi obturada y solo largaba
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un débil chorro de agua fría- se ponía alguno de los vestidos con brillo que tenía y comenzaba frente al espejo el ritual diario. Con un simple ¡chau! saludaba a sus padres -Miguel cerraba los ojos y agachaba la cabeza como con vergüenza, mientras a María se le dibujaba en la cara una profunda tristeza-.
Antes de salir Yeniséi debía sortear los dos escalones faltantes, como tenía la pollera muy ajustada y no quería ensuciarse las manos apoyándolas en las paredes, debía combinar contorsión y equilibrio para no trastabillar y caerse.
Ya en la calle caminaba apurada hasta el centro de la Habana vieja y una vez llegada a la cuadra, su cuadra, cambiaba su forma de andar, del paso cortito y rápido pasaba al paso lento y largo meneando su cuerpo en una forma poco perceptible, pero el escote profundo que mostraba sus medianos pechos turgentes y la redondez perfecta de sus caderas resaltadas por la apretada pollera, le daban un aire de sensualidad que impactaba no solo a los hombres sino también a las mujeres.
Su cuadra, que dividía con Katia y Manuela, con quienes también compartía el origen, de más de cinco siglos, del África lejana y profunda y, que la había ganado a través del tiempo con esfuerzo y alguna que otra riña. Allí pasaba horas y horas, comiendo a veces un emparedado de carne de cerdo que compraba en la calle, hasta que algún turista la invitaba a acompañarlo hasta el hotel, previa discusión sobre la tarifa. Algunos días visitaba los hoteles en más de una ocasión, raramente volvía a su casa con las manos vacías
por no haber asistido a alguno de esos edificios céntricos de la Habana.
Con los años había aprendido todos los secretos de la seducción, hábil embustera, fingía hasta donde su olfato le indicaba los límites. De acuerdo con la sicología de quien se creía dueño de la situación pero que en realidad era una presa del contexto, pedía un adicional de dólares, cuya dimensión dependía del grado de satisfacción del otro.
Mientras tomó el lápiz labial y comenzó lentamente a pasarlo por sus enormes labios, a la par que los apretaba y los movía nerviosamente para que el rojo furioso se esparciera en forma pareja, comenzó a recordar que con Gabriel ese previsto encuentro único y ocasional había sido distinto a cualquier otro, por eso, no fue ni único ni ocasional, por eso no duró un par de horas, sino toda la tarde y se repitió en los dos días sucesivos.
Yeniséi no necesitó fingir, porque se sintió atraída como nunca por ese argentino que desde un primer momento la miró con cariño, la sensualidad desplegada por ambos había sido la consecuencia de suaves caricias y besos, se amaron como si se hubieran conocido desde años. Yeniséi se olvidó de mirar el techo, como periódicamente lo hacía con los demás hasta que terminaba la parodia, cuando el cliente llagaba a la satisfacción plena.
Exhaustos y alegres y ya con la noche en ciernes,
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Gabriel la invitó a cenar.
-Estoy con dos amigos, pero acá en la Habana, los he abandonado, ya estaré con ellos en Varadero -le comentó Gabriel.
-Uy, pobres -acotó Yeniséi.
-Vos que conocés el lugar ¿dónde podemos ir? -le preguntó.
-A la Bodeguita del Medio -le contestó.
-Ah, donde iba Hemingway, debe ser buena ¿no?
-No sé, nunca fui -respondió ella avergonzada.
Y era verdad, jamás había ido a ese restaurante ni a ningún otro, nadie nunca la había invitado a comer, era como tocar el cielo con las manos, el corazón le latía de tal forma que pidió permiso para ir al baño, abrió la canilla del lavatorio, tomó agua entre sus manos, se hizo un buche y respiró profundo para no descomponerse y caer redonda al suelo.
Al finalizar la comida, Gabriel insistió en acompañarla hasta la casa, ya era tarde y la mayoría de las luces de la Habana estaban apagadas, Yeniséi se negó, tenía mucha vergüenza de que él viera dónde vivía, pero se le adelantó a cualquier excusa y como leyéndole el pensamiento, le dijo que no importaba dónde vivía, lo único que le interesaba era ella y nada más. Se despidieron con un largo beso en la puerta del enclenque edificio, ella pensó que todo había sido un espejismo, que había terminado, que había sido una despedida definitiva, estuvo llorando toda la noche sin poder dormir, pero a la mañana siguiente Gabriel la llamó para verse nuevamente y que quería que caminaran juntos para
que ella le mostrara la ciudad. No sabía qué ponerse, le pareció feo usar la misma ropa gastada compañera en sus caminatas matutinas, buscó el vestido que tuviera menos brillo y, aunque no combinaba, las viejas zapatillas para estar más cómoda.
Nunca hubiera pensado en la mañana anterior que a la siguiente iba a estar haciendo el mismo recorrido, pero acompañada y agarrada de la mano, nunca ningún hombre la había tomado de la mano -a duras penas del hombro o de la espalda como empujándola al rutinario destino-. Hablaban sin parar, se reían, se miraban a los ojos, se besaban dulcemente, después de la costanera se metieron en la ciudad, fueron al Capitolio, al museo de la Revolución y después al mercado de artesanías, donde Gabriel le compró un chal, dos vestidos sin brillo, un par de zapatos y otro de zapatillas y un abanico sobre el cual hizo grabar el nombre de ambos -ella pensó que era demasiado, la incomodaba no poder compensarle, supuso que obviamente no iba a cobrarle por el sexo de la tarde y, aunque mucho no se notara por su piel morena, se sonrojó con ese pensamiento que le pareció realmente inoportuno-.
En una heladería ubicada dentro del mercado, Gabriel la convidó con un cucurucho gigante de helado, Yeniséi, dejó que él eligiera los gustos, más que por cortesía porque en realidad no sabía que elegir pues una sola vez había tomado helado antes, cuando chica y su padre que aún, con dificultad, podía caminar, se lo había comprado como regalo de cumpleaños, haciendo para ello un importante esfuerzo económico.
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Al llegar a una plaza en la cual, a su alrededor había decenas de carros con sus correspondientes caballos y cuyos dueños los ofrecían para hacer un recorrido turístico, él la invitó a subirse a uno, Willy, el conductor, le hizo a ella una mirada cómplice y le guiñó un ojo, Yeniséi hizo como que no lo conocía, subió y se sentó rápido, lo agarró a su hombre del brazo y apoyó la cabeza en el hombro apenas se sentó junto a ella. Pararon en un bar, Gabriel la invitó con un mojito y nuevamente en viaje sobre el carro, comenzó a canturrear:
-Cuando salí de Cuba
Dejé mi vida, dejé mi amor.
Cuando salí de Cuba
Dejé enterrado mi corazón.
-No, no, por favor no cantes eso -le suplicó Yeniséi.
-¿Por qué? -le preguntó él con una sonrisa.
-Primero, porque acá esa canción está prohibida y, segundo, porque es como un himno cubano para los exiliados en Miami -le respondió.
-Si está prohibida acá ¿cómo vos la conocés?
-Porque me la envió por “WhatsApp” un primo que vive en Miami, pero a mí me pone muy triste.
-Está bien, disculpame, no sabía -le contestó, abrazándola fuerte y besándola en la cabeza.
Después de merendar Yeniséi estaba esperando que Gabriel la llevara al hotel, pero éste le dijo que ese día no necesitaba sexo, que él se había colmado con su compañía y el conocimiento
de la Habana, que estaba infinitamente agradecido y feliz. Se despidieron nuevamente con un largo beso en la puerta del enclenque edificio, pero esta vez Yeniséi no pensó que todo había sido un espejismo, todo, había sido real. Rendida se tiró en la cama y sintiéndose enamorada por primera vez, se quedó inmediatamente dormida.
A la mañana siguiente la despertó el llamado de Gabriel diciéndole que estaba esperándola en la puerta, saltó de la cama, besó a sus padres con una sonrisa que, si bien poco entendían que le estaba sucediendo a su hija, al verla tan contenta se entrecruzaron una mirada y sonrieron al unísono. Se bañó rápidamente con el raquítico chorro de agua fría y estrenando uno de los vestidos y el par de zapatillas que había recibido de regalo, salió a la calle.
Se confundieron en un beso y abrazo prolongado y comenzaron a recorrer el malecón y otros lugares de la ciudad que no habían caminado durante el día anterior. Ya al crepúsculo, esa vez sí fueron al hotel, tomaron un café en la recepción y subieron a la habitación.
-Aguardá un momento, no te desvistás aún -le dijo Gabriel y agregó-: tengo que decirte algo antes.
-¿Qué cosa? -preguntó ella asustada.
-Lo estuve meditando toda la noche, estoy seguro de que ambos estamos enamorados como nunca lo estuvimos, quiero que vengas conmigo a la Argentina, no ahora, pero dentro de poco, tengo que solucionar antes algunas cosas allá y pensar cómo arreglaríamos lo de tus padres.
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-Espera, espera -lo cortó ella, totalmente sorprendida.
-Sé que parece algo loco y tal vez lo sea, pero llegué a esa conclusión y te lo propongo con el corazón abierto -la interrumpió él.
-Si, es muy loco Gabriel, vuelve tranquilo a tu país y medítalo mejor.
-Puede que tengás razón, pero quisiera tenerte a mi lado toda la vida -le contestó.
-Yo también, pero con un poco de tiempo y de distancia las cosas se ven mejor y se evita el peligro de que nos equivoquemos
-agregó la muchacha con una madurez que sorprendió a Gabriel.
-Tomá y por favor no te ofendás, pero quisiera que mientras yo esté estos días en Cuba, vos no trabajés -le dijo él mientras le daba mil dólares.
-No te preocupes por eso, no te voy a ser infiel -le respondió con una sonrisa nerviosa y agregó-: ¡Es muchísimo!
-No importa, quedátelos -le contestó, cerrándole la mano que aún tenía los billetes que le había dado.
Hicieron el amor como la primera vez, aunque Yeniséi pensaba que tal vez fuera la última. Se despidieron como invariablemente, con un largo beso en la puerta del enclenque edificio.
-Volveré a mi regreso de Varadero, antes de embarcarme -le dijo Gabriel a modo de promesa.
-Preferiría que no, vuelve a tu país, reflexiónalo y mejor no nos comuniquemos -le respondió Yeniséi, dando media vuelta y desapareciendo rápidamente.
Gabriel se quedó inmóvil unos minutos, antes de emprender el regreso al hotel lagrimeando. Yeniséi, antes de abrir la puerta del monoambiente, se sentó en el último escalón de la escalera, mientras su llanto retumbaba en las paredes descascaradas.
Fueron doce los días en los cuales ambos estuvieron separados en Cuba, separados físicamente, aunque unidos con el pensamiento.
Gabriel deambulaba por la playa de arena blanca, se bañaba en el agua turquesa, pero sin tener el menor disfrute. Desoyó más de una vez las invitaciones de sus dos amigos para que los acompañara a divertirse a pleno en las vacaciones, especialmente cuando venían acompañados con chicas españolas que habían conocido en las instalaciones del hotel perteneciente a la cadena Meliá. Eso le parecía un infierno después del paraíso vivido en la Habana cuando Yeniséi apareció en su vida.
Yeniséi deambulaba por el malecón y alguna que otra calle de la ciudad, aunque esquivaba intencionalmente la cuadra, su cuadra, aquella, la que compartía con Katia y Manuela, increíblemente todo le parecía un paraíso, después de darse cuenta del infierno que había vivido antes de que Gabriel apareciera en su vida.
Era todavía de noche cuando Gabriel armó con mucho desgano la valija, dejó el hotel, subió con sus amigos a la combi que los llevaba al aeropuerto José Martí y, luego de esperar un par de horas, mansamente se embarcó.
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Yeniséi tomó el lápiz labial y después de pasarlo por sus enormes labios, a la par que los apretaba y los movía nerviosamente para que el rojo furioso se esparciera en forma pareja, salió a la calle y corrió rumbo a la costanera.
Al pasar sobre el malecón, Gabriel miró por la ventanilla del avión buscando inútilmente la figura de su amada, pensando en las cosas y situaciones que encontraría en Buenos Aires y si lo vivido y su postura tomada en Cuba se mantendría vigente o, pasaría a formar parte de un pasado tal vez olvidable, mientras instintivamente apoyó la palma de la mano sobre el vidrio y, aunque no la veía, trató de saludarla, a la vez que pensaba si iba a ser un hasta pronto o un definitivo adiós.
Al pasar el avión sobre el malecón, Yeniséi miró hacia las ventanillas buscando inútilmente la figura de su amado, mientras instintivamente levantó la palma de su mano y, aunque no lo veía, trató de saludarlo, a la vez que parafraseaba al cantautor argentino, entonando con voz muy baja y entrecortada por el llanto:
-Cuando salió de Cuba
Dejó mi vida, dejó mi amor.
Cuando salió de Cuba
Dejó enterrado mi corazón…
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Carlos, el poeta
Daniel Pachetti
Cuando Carlos nació su madre dijo que sería poeta, porque estaba segura de escuchar que su llanto rimaba. Por eso lo crió leyéndole versos de Amado Nervo y Rubén Dario mientras lo amamantaba, y convertía en nanas versos de Marti para arrullarlo.
Cuando tuvo cinco años, porque las presunciones de su madre fueran ciertas o porque se le había adherido la cadencia del verso al curso de la sangre a fuerza de escuchar sonetos y endecasílabos, ya pedía con poemas la comida y acompañaba con largas estrofas sus juegos de niño.
Adolescente, su talento tocaba tan alto las cimas de la poética, que los pájaros abdicaban su privilegio de canto cuando recitaba y con el tiempo, su fama se extendió tanto, que llegaban para escucharlo desde ciudades desconocidas.
Estaba sentado mirando el espejo de un río, dejando caer palabras amaestradas con métrica perfecta, cuando vio a María por primera vez.
Caminaba rozando la otra orilla, con el sol recortando su silueta y la sombra que le cubría la cara, resaltando los contornos bellísimos de sus facciones.
Un alud de sangre le alborotó el cuerpo y una fuerza incalculable hizo que se sintiera vivo, que ocupaba un lugar en el aire. Después soñó despierto con ella y su caminar de danza. Suplicó al cielo encontrarla de nuevo.
Ella debió escucharlo, porque pronto se encontraron casualmente, como si se buscaran.
Carlos le declaró su amor con gestos y ruegos. Le hablo despacio pues tenía temor de que se esfumara. Su confesión no tenía una sola rima. Sus oraciones no tenían poemas. Le habló con un decir común.
Cuando ella le dijo que sentía lo mismo, se le reveló, la rima del universo.
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Ahí pensaste que una parte tuya se quedaba en Tucumán…
Jordán Benjamín Lezcano
Ahí pensaste que una parte tuya se quedaba en Tucumán. Cuando, en los primeros días de 1979, entraste en la estación del Mitre con ella y con tu padre.
Caminaron los tres ansiosos por el andén buscando el coche de primera. -Ése es- dijo él.
Subiste con el boleto en la mano, ese boleto que te había traído ayer tu padre, cuando le habías dicho, un día antes, que querías irte.
Ahora caminan entre la gente y los asientos
de color verde, ése es el tuyo, para la ventanilla, en el sentido contrario a la marcha del tren.
-No importa- dice él, en Rosario cambia el sentido y vas a llegar a Retiro de frenteYa lo sabías, pero lo dijo él otra vez y le diste una interpretación nueva: vas a llegar al futuro de frente, tendrás todo el panorama nuevo para ver.
Mientras vas acomodando tus cosas la miras de reojo, ella está parada en el andén mirándote; el sol de enero le da una luz brillante,
sus anteojos en la frente y los ojos semicerrados tienen ese color verde suave que te recuerda a los helechos frescos del Nogalar. Tiene la boca entreabierta como una sonrisa tenue, que se dibuja en su bello rostro de cutis blanco que tanto acariciaste. Ahora te mira en la despedida.
Encuentras a tus compañeros de asiento, son tres muchachos que también se van de Tucumán a buscar trabajo. Son tres compañeros nuevos, ajenos a tus amigos que siempre te rodearon. Hablarás con ellos, te harán reír
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el ansia que envuelve el trayecto; pero no pensarás con ellos, como con tus amigos. Porque ese es el contacto que tuviste con los tuyos, de pensamiento afín, de una línea aprendida desde niños, que sabes que perdurará.
Te sientes como cuando empezaste el secundario, cuando tus amigos de la primaria se fueron a otro curso y a vos te mandaron con todos los desconocidos.
Tus amigos estaban también en el colegio, pero algunas puertas te separaban de ellos.
Ahora la miras desde la escalera y te extiende la mano,
se entrecruzan las manos, ahora de amigos, porque ya no es tu novia.
Pero para vos es ella, sea novia, amiga, es la mujer que desde hacía años te hacía latir más fuerte el corazón.
Esa era tu sensación cuando la tenías cerca, con el físico o con el pensamiento. Ella era tu poesía. vos sentías que era un poema de amor sin comienzo ni fin, escrito por tu alma. No te importaba si ella sentía algo distinto, si su corazón seguía la línea de otro amante, si sus ojos buscaban otra mirada,
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no, para vos era tu amor.
Ya faltaba poco para salir y los tres estaban en el andén.
El Estrella del Norte se iba a ir de Tucumán llevándote a otra tierra. Ustedes tres en el andén eran amores.
El amor de
Un padre a su hijo, la correspondencia del amor del hijo; y el amor hacia ella, tal vez sin correspondencia; pero no te importaba porque el futuro era tan amplio, que las ramas de las posibilidades eran tantas como las de los tarcos
de la avenida de Tafí. Los guardas
subieron al tren, se anunció la salida y lo abrazaste a tu padre tan fuerte como para quedarte con él. Y la abrazaste tan fuerte a ella como para sentirla así para siempre. Subiste al tren que empezó su marcha. Quisiste ver una lágrima en su rostro, pero ya tenía los anteojos puestos, eran oscuros, su boca se había cerrado y tenía ahora un gesto duro en sus labios, igual que el tuyo. Pero vos tenías una lágrima, ahí pensaste que una parte tuya se quedaba en Tucumán…
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Recordando a Mauricio
María Eugenia Sibilia
Plaza Houssay, Facultad de Ciencias Económicas Paula baja la escalinata de la Facultad de Ciencias Económicas, sale de la clase de Costos 1, los rayos del sol hacen que se trasluzca la tela de su vestido de algodón gris con pequeñas flores negras dejando ver su joven y bella figura. Baja la escalinata conversando animadamente con un compañero de clase. Al pie de la escalinata la estaba esperando Mauricio, su marido, que la había venido a buscar como era su costumbre, no la dejaba sola casi nunca y se aparecía sin avisar, se lo encontraba muchas veces a la salida de la Facultad. Desde que se habían puesto de novios Paula había dejado de ver a sus amigas, Mauricio ocupaba todo su tiempo y a ella no le molestaba, disfrutaba de su compañía, le parecía natural.
Mauricio era 8 años mayor que ella, cuando se conocieron ella era una adolescente de 16 años y él ya era un adulto de 24. Se conocieron en el Club Comunicaciones, de casualidad, no compartían ningún deporte, él practicaba pelota paleta en juego de a dos contra un frontón y ella patinaba sobre ruedas y jugaba al tenis. Se vieron en uno de los senderos del club, y fue mirarse y gustarse, él entabló conversación y empezó la relación.
La primera salida la tuvieron en la confitería Torino en Av. San Martín Y Juan B. Justo, adonde llegaron después de caminar muchísimas cuadras desde el club.
A la familia de Paula no le gustaba mucho Mauricio, es que ella era muy joven y él no tenía un futuro muy prometedor. Cuando Paula lo conoció trabajaba como cortador de piezas de cuero para armar camperas, al poco tiempo perdió este trabajo por la economía del país en la que se abrió paso la importación y dejaron de fabricarse muchas cosas. Ahí Mauricio se las empezó a rebuscar como pudo, primero limpiando una estación de servicio y después se empezó a abrir camino con trabajos de electricidad.
Cuando Paula cumplió los 21 años se casaron, después de 4 años de noviazgo, Paula estaba tan convencida de que lo que quería era unir su vida a Mauricio que durante los 4 primeros años de los 6 que duró su matrimonio a Paula la relación la llenó completamente, se sentía bien y parecía que él era el único vínculo que ella necesitaba.
Mauricio era uruguayo y no tenía familia en Argentina, tampoco tenía amigos, su familia cercana, madre, hermano, cuñada y sobrinos vivían en Venezuela y tenía también tíos, tías y primos en Uruguay, con la familia de Venezuela mantenía comunicación epistolar, especialmente con la mamá. Fue todo un caso la mamá de Mauricio, ni bien se casaron la señora no tuvo mejor idea que venir a visitar a su hijo a Buenos Aires y como no podía ser de otra manera se alojó en el departamento de un ambiente que alquilaba la reciente pareja. Para Paula fue muy molesta esta visita que encima parecía no tener final, se quedó como 3 meses hasta que por suerte volvió a Venezuela… Era muy atenta la señora
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pero una pareja que recién se inicia necesita estar sola o al menos en algún departamento más grande. Paula necesitaba intimidad.
Muchos años mas tarde, cuando ya la relación no funcionaba, Paula comprendería que no estuvo bueno haberse dejado asfixiar de ese modo, que no estuvo bueno haberse distanciado de todas sus amistades, se daría cuenta que hubo relaciones que ni siquiera desarrolló como con la recepcionista de su primer trabajo formal, que la llamó varias veces cuando ella ya había cambiado de trabajo para charlar y con la intención de provocar un encuentro, encuentro que Paula no propició. Algo parecido le había pasado con su amiga Alicia del club Comunicaciones, si bien la relación con Alicia no la había perdido por lo insistente que fue ella que no se cansaba de llamarla, hasta una vez llegó a su departamento de sorpresa, diciendo que estaba de paso por ahí. Paula no se enganchaba con ninguna invitación porque todo su tiempo lo tenía destinado a su noviazgo primero y luego a su matrimonio. Más tarde comprendería qué chico fue su mundo en los 10 años que le duró esta relación. Se prometería que no dejaría que le volviera a pasar esto de aislarse de todos y de todo. En uno de sus trabajos un jefe le había dicho una vez que su mundo era solo su marido, en ese momento no lo entendió pero cuando su matrimonio terminó recordó esas palabras y comprendió cuánta razón tenían.
Hace poco en un programa de radio de esos en los que la gente participa con sus comentarios, la consigna fue “a qué época de tu vida te gustaría volver, ya sea para vivirla de vuelta o para
cambiarla” y Paula se encontró pensando que le gustaría volver a los primeros años de su matrimonio con Mauricio, a los viajes en carpa que hacían cada año a distintos lugares del país, así fueron a Pinamar con sus hermosas playas, a conocer el Glaciar Perito Moreno donde hicieron camping libre en el mismo Parque Nacional, a las Cataratas del Iguazú, donde al camping solían llegar visitantes no muy gratos como una araña gigante que se encontraron al levantar una parrilla para hacer un asado, o mariposas gigantes que dejaban de ser lindas y asustaban. En las Cataratas intentaron también hacer camping libre en el Parque Nacional pero estos animalitos gigantes y los comentarios del guardaparque de que podía haber pumas los desanimaron y pasaron a un camping organizado. También hicieron un viaje a Villa Carlos Paz donde las aguas del río eran transparentes y daba gusto bañarse en ellas… Sí, tuvo también muy lindos momentos su matrimonio con Mauricio.
La vida no deja de ser un cúmulo de experiencias y la mente las recuerda como quiere, a veces aparecen solo las cosas malas y otras veces nos sorprende con gratos recuerdos, pensó Paula mientras tomaba su café con leche. Sí, el saldo de la convivencia con Mauricio había sido positivo.
Jordan Benjamin Lezcano Cuatro palabras
Escribió el último verso del poema. Lo que había escrito, era su verdad.
Decidió mandarlo, le pidió a su hijo que lo llevara al correo. Al rato volvió y dijo: “He mandado la carta”.
¿Qué dirá ella al recibirla?, pensaba.
Miraba pasar las tardes de espera.
Pensó en la felicidad que iba a sentir dentro de poco. Su corazón le decía eso.
Su hijo le dijo: “Papá, ha llegado una carta para usted”.
Él la abrió con el corazón acelerado. Un nuevo río de colores corrió entre sus venas. Solo cuatro palabras leyó: “yo también te amo”.
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Cautiva
Ana Basile
Aquel día nos cruzamos.
La huella de tu mirada penetró mi alma.
Estás en la noche de mis sueños, en la fantasía de mis días.
Hoy, solo entre tus brazos quiero estar.
Respirar el mismo aire, mirar el mismo cielo.
Anhelo
Espero verte, escucharte, encontrarte.
Oír mi nombre en tu voz, sumergirme en tu esencia. Irme callada. Volver a empezar.
Ana Basile
Ana La Martire
Uno de los “vicios” que sigo conservando compartido con mi papá desde siempre y, aunque él ya no está, el hábito continúa, es leer el diario en papel. Lo sigo comprando en el mismo puesto de la Avda. Patricios, solo que ahora es Salvador, el hijo del diariero, quien lo atiende.
Este último jueves, junto al diario me llegó un suplemento que se denomina 80 años. En ese momento cuando comencé a ojearlo, sonreí, porque mi cerebro reaccionó inmediatamente revelándome que de todos esos eventos solo me perdí cinco años.
En la página treinta y cuatro hay una foto de Billy Gates y Steve Jobs fundadores de dos empresas: uno para el uso de la computadora en forma masiva, el otro nos hizo creer que un buen diseño y tecnología se podía mejorar al mundo.
Velozmente viene a mi cabeza como explicarles a mis nietos, si en algún momento pudiera lograr que levantaran la cabeza de la pantalla del celular, que para hablar con un pariente en Italia tenía que marcar en mi teléfono familiar a una señorita desconocida y darle el número con el que quería comunicarme y ésta, muy profesionalmente me decía: “tiene cuatro horas de demora, ¿quiere continuar?” Y ahí, en un cálculo de un problema de regla de tres simple, planteabas si la diferencia horaria
son cinco horas y para comunicarse tarda cuatro ¿a qué hora voy a hablar con mi familia?
Como les explico que esta “Nonna ” tenía una materia que se llamaba mecanografía y que la obligaban a escribir con los diez dedos, cerrando los ojos en una máquina de escribir llamada Underground, preciosa, negra con letras doradas en el teclado y que la profesora contaba las palabras por minuto.
Sigo leyendo.
Habla de dos bandas monumentales, lo siguen siendo, los Beatles y los Rolling, y yo explicando que íbamos a bailar al club del barrio con nuestra mamá, sentadas una al lado de la otra, en sillas alrededor de la pista de baile. Y que algún joven desde cierta distancia agachaba levemente la cabeza para indicar que quería bailar con la hija… Ya no me sonrío, me río sola a carcajadas.
Página treinta, Woody Allen un director prolífico, que muestra simplemente la vida con acidez en un mundo lleno de imperfecciones. Veía sus películas con cierta sensibilidad y, alguna vez, las veía nuevamente para poder analizar el mensaje. Sigo pensando en mis nietos, cuando los invito al cine, previa compra de vaso gigante de pochoclos y gaseosas, con todo eso nos vamos a sentar. Se inicia la película en una pantalla gigante, con personajes, gracias a Dios, llenos de superpoderes, siempre ganadores o winners elegir el término que más agrade.
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Como explicarles la noche del 20 de julio de 1969: toda la familia reunida mirando un televisor en blanco y negro, aguardando el alunizaje de la Apolo 11, esperando que el hombre pisara la luna. Todas las suposiciones posteriores que sí fue real o fue una puesta en escena quedan de lado. De ésta noticia lo que más les asombra es que el televisor era en blanco y negro… Entonces prefiero no contarles que para ver la serie que me gustaba tenía que esperar una semana y el horario de los jueves a las 22.
Sigo con el suplemento y aparece el humor representado por lo que llaman la santísima trinidad: Quino, Caloi y Fontanarrosa. Qué decir de Mafalda, aguardábamos esos libritos coleccionables año tras año, esa niña que con ironía, sarcasmo y un tanto de inocencia nos mostraba la realidad. O Inodoro Pereyra, tan fiel aunque la Eulogia nunca fue el prototipo de mujer 90 60 90. O tirar papelitos en las canchas de fútbol del querido Clemente. Me cuesta decirles que no me río con el tic toc y las series de anime.
Todos estos recuerdos no hablan de épocas mejores ni peores, simplemente son imágenes que al recordarlas y narrarlas a los nietos temo que piensen que allá lejos y no sé cuándo canté el himno en los salones de Mariquita Sánchez de Thompson. Y lo que simplemente ocurrió es como decía una propaganda: “has recorrido un largo camino muchacha”.
Luis H. G. Colcerasa
Ésta puede ser la gota que rebalse el vaso, pensaba Rogelio, mientras se preparaba para entrar al quirófano y realizarle a Hebe una operación a corazón abierto, para reemplazarle la válvula aórtica.
A Hebe la conocía desde unos meses atrás, cuando la empezó a tratar por su afección cardíaca, la situación se había tornado bastante complicada pues Hebe tenía noventa y cuatro años y cualquier intervención quirúrgica era sumamente riesgosa. Rogelio, en principio, se había negado a realizarla, pero Hebe había insistido hasta el cansancio e, incluso, se había presentado en el consultorio con un acta realizada ante escribano público, con dos testigos que afirmaban que estaba en la plenitud de sus facultades metales y, en la cual, lo eximía de toda responsabilidad por la acción que iba a realizar.
Dos días antes, cualidad no frecuente en él, reunió imprevistamente a todo el equipo para anoticiarlo de la importancia y el riesgo inherente, en realidad. aunque hacía poco que la conocía a Hebe, le tenía una gran estima, era como si la hubiera conocido desde siempre.
Llegado el día pasó antes por la habitación de Hebe para saludarla, no sabía si él le iba dar ánimo a ella, como generalmente hacía
con todos los pacientes, o, en este caso si ella le iba a dar ánimo a él. Hebe lo miró fijamente con esos ojos azules y mirada diáfana, le sonrió, le dijo que estaba totalmente preparada y en consideración a la conducta profesional que había asumido le había traído un regalo. Él le manifestó que no tenía por qué haberse molestado aunque íntimamente se alegró pensando que Hebe, conocedora de su debilidad por los marróns glacés, le había traído una caja, pero al ver el paquete se dio cuenta por la forma, que no era ninguna clase de golosina, abrió el envoltorio con delicadeza y observó con cierta decepción que era una horrible duende de cerámica, de unos cincuenta centímetros de alto, vestido con gorro, chaqueta y pantalones rojos, portador de una afilada nariz en forma de gancho, dos tremendas orejas terminadas en punta y una extraña sonrisa. Hizo un tremendo esfuerzo para disimular el desagrado, dibujó en su cara un mentiroso gesto de complacencia y le agradeció a Hebe, quien le respondió con una sonrisa, bastante rara, que Rogelio no la alcanzó a interpretar en ese momento.
La operación con gran pericia técnica y también fortuna fue totalmente exitosa, tal cual constó en el parte quirúrgico de fecha 16 de septiembre firmado por el propio Rogelio que, al escribir la fecha 16 de septiembre, meneó la cabeza porque recordó que era la fecha de su aniversario de casado. Esa misma tarde canceló todas las visitas de los pacientes en el consultorio y se dirigió directamente, como lo hacía todos los miércoles, pero esa vez un poco más temprano, a “Maison Lion d’Or” a comprar un estuche de marróns glacés. Con los dos paquetes, el
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regalo de Hebe y el de sus delicias preferidas entró a su casa del barrio de Villa Urquiza, guardó el estuche en el aparador del comedor, dejó sobre la mesada de la cocina el duende de cerámica aún envuelto, subió a la habitación del primer piso, se puso el piyama, se tiró sobre la cama y se quedó dormido por alrededor de media hora.
Se despertó con alegría por el éxito en la intervención de la mañana, pero también por el malestar debido a los problemas que lo aquejaban desde alrededor de un semestre atrás.
Todo había empezado en el mes de marzo, cuando Julieta, su esposa, le había dicho que se separaba, que ya no tenía ganas de seguir viviendo con él, que se volvía a Mendoza con su familia. Era cierto, él había sido absorbido por su trabajo que a la par que lo estresaba muchísimo, también lo apasionaba y lo tenía como secuestrado, a tal punto que casi no tenía vida social ni tampoco para con Julieta. Y sí, pensó, ella tenía razón cuando le había reprochado que se sentía un objeto y hasta le había echado en cara las muchas semanas que no habían tenido relaciones íntimas. Cuando ella se marchó, ahí pudo comprender lo importante que había sido para él, esa presencia casi ignorada llenaba en realidad por completo el hogar, la casa, que ahora los sentía vacíos, no tenía duda cuán importante había sido Julieta para su vida.
A los dos meses del suceso de Julieta, la llamada entre sollozos de su única hija Daiana desde España, comunicándole
que su esposo Fabián había perecido en un accidente automovilístico, suceso que la había dejado devastada tanto a ella como a la pequeña Joaquina, hizo que se tomara el primer avión hacia Barcelona para apuntalar tanto a su hija como a su nietita, y pese a su insistencia para que se volvieran para Argentina notó que Daiana , no obstante lo acontecido, seguía dispuesta a continuar su vida en el extranjero.
Finalmente, en el mes de julio, creyendo haber encontrado la piedra filosofal, había invertido todos sus ahorros, los ahorros de su vida, en un rutilante fondo de inversión que, si bien a los quinces días había duplicado el valor, con la asunción del nuevo presidente de los Estados Unidos y su política arancelaria a nivel mundial, provocó que el mismo se derrumbara, dejando prácticamente en cero sus reservas.
Con todos esos repasos en su cabeza que diariamente los hacía de un tiempo a esta parte, Rogelio se levantó de la cama, bajó al comedor para buscar el estuche de lo que él consideraba una exquisitez extrema y lo llevó a la cocina, decidió no cenar, iba a comer un par de esas, sus golosinas preferidas. Se sentó, abrió el estuche y cuando iba a agarrar la primera unidad, notó sobre la mesada el regalo de Hebe, se levantó, sin desenvolverlo siquiera lo depositó en el tacho de la basura reciclable, por si a alguien de mal gusto, recapacitó, lo quisiera recuperar antes de terminar su destino en el CEAMSE, volvió a sentarse, puso en su boca la castaña confitada, cerró los ojos y mientras se extasiaba con el delicioso sabor que para él no tenía parangón,
Relatos no corrientes comenzó de pronto a recapacitar con lo que había hecho. Pensó que haber tirado el regalo de Hebe había sido un acto de descortesía, la anciana debía de haber dedicado mucho tiempo en elegir el regalo, ir a buscarlo y comprarlo -Hebe, como todas las personas de su edad, no era amiga de la tecnología como para haberlo rastreado por Internet, haber apretado un botón y listo-, la cara se le sonrojó de vergüenza, se levantó y rápidamente fue al cesto de basura, extrajo el regalo, lo desenvolvió, lo miró con resignación, prendió la luz que iluminaba el fondo de la casa y depositó al duende en el ángulo izquierdo del contrafrente, detrás de la frondosa azalea del Tigre, dueña absoluta de ese rincón.
Volvió a la cocina, degustó otra de las golosinas y, creyendo haber quedado con la conciencia tranquila, se fue a dormir. A medianoche escuchó ruidos, se despertó, trató de aguzar el oído, pero enseguida notó que se había levantado viento y que el mismo al pegar contra las ventanas hacía que estas chocaran unas con otras y produjeran cierta estridencia, por lo que después de levantarse para ir a dejar en el inodoro la acostumbrada orina de la madrugada, continuó durmiendo con relativa tranquilidad.
A la noche siguiente cuando Rogelio abrió el estuve para deleitarse con su dulce preferido notó que faltaban tres unidades, se extrañó, pensó que en la noche anterior solo había comido dos, fue al tacho de basura y efectivamente encontró tirados tres papeles de envoltorio, recapacitó entonces que, con el tema del duende de cerámica, se había automáticamente comido sin darse cuenta una unidad más.
A la semana siguiente cuando vio a Hebe para control, ésta, otra vez con esa sonrisa extraña, le preguntó por el duende, Rogelio algo incómodo, le dijo que lo había colocado en un lugar preferencial del jardín, mientras pensaba en la suerte tenida, por haber cambiado su decisión inicial de no tirarlo a la basura y por ende no tener que mentirle a la anciana.
Durante algunas de las noches siguientes Rogelio se despertaba por algún que otro ruido que creía escuchar, a veces lo atribuía al viento, por lo que decidió poner algo en los marcos de las ventanas para evitar la oscilación producida, otras veces, inclusive, había bajado hasta la cocina para ver cuál era la causa de los pequeños ruidos notando que una de las ventanas no estaba bien cerrada por lo que evaluó decirle a Juan, su hombre de confianza para hacerle todo el mantenimiento de la casa, que cuando viniera a fijar las ventanas por el tema del viento, también tratara de arreglar esa ventana que aparentemente se debía de abrir por la vibración que se producía en la casa, cuando pasaban por la calle los colectivos o algunos camiones de envergadura.
También en varias noches al abrir la caja de los marróns glacés para su consumo diario, notaba que faltaban más de los que creía haber consumido, imaginó que podía ser por su ansiedad debido a las cosas que en forma repentina le estaban ocurriendo en los últimos días, por lo que optó por empezar a comprar los miércoles estuches de quince en vez, de los acostumbrados estuches de diez unidades.
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Ansiedad que no era para menos, por un lado, Daiana le había comunicado que había arreglado con la empresa en la cual trabajaba, su transferencia a Buenos Aires, habiendo tomado la decisión de regresar a la Argentina con Joaquina, e ir a vivir por unos meses, hasta que acomodara sus cosas, a la casa de él, e incluso había convencido a su madre para que, en el mientras tanto, se mudara nuevamente con ellos en Villa Urquiza; por otro lado, la firme posición de China frente al gobierno de los Estados Unidos había producido que este último diera marcha atrás con los aranceles, lo que ocasionó que el fondo de inversión en el que Rogelio tenía depositado los ahorros recuperase bastante terreno y aunque los valores no habían llegado al valor récord que en su momento habían alcanzado, al recuperar lo invertido originó que rápidamente Rogelio lo cancelara y lo transformara en dólares estadounidenses, que volvieron nuevamente debajo del colchón donde habían estado durante años y lugar del cual nunca deberían haber salido, pensó Rogelio, especialmente para un hombre como él, cuya pericia de cirujano era totalmente contraria a su pericia de inversor.
No sabía por qué, pero aquella noche de viernes estaba muy contento, calculó que tal vez era porque se le estaban alineando los planetas, pero era más que eso, tal era esa euforia que después de cenar, fue al fondo de la casa, abrió uno de los sillones plegables, se sentó, se sirvió una generosa medida de güisqui, agarró uno de los últimos habanos cubanos que le quedaban, esos que le había obsequiado un paciente y, se puso a degustar ambas cosas junto, por supuesto, a los infaltables marróns glacés.
Después de acostarse, y a no más de dos horas de haberse dormido, se despertó al escuchar que se cerraba la puerta del aparador del comedor, se puso las chinelas, prendió las luces, primero la del velador del dormitorio y luego a medida que iba bajando hacia dónde presumiblemente había escuchado el ruido, las de la escalera primero y finalmente las del comedor.
Se detuvo abruptamente cuando vio plácidamente sentado en el sillón al duende de cerámica que en realidad ya no era de cerámica, que tenía unos cincuenta centímetros de alto, estaba vestido con gorro, chaqueta y pantalones rojos, era portador de una afilada nariz en forma de gancho y dos tremendas orejas terminadas en punta, mientras desenvolvía nada menos que una de sus golosinas preferidas; todo indicaba que debía asustarse o al menos sorprenderse ante tan fantástica e increíble presencia, sin embargo su situación era de total serenidad, observando que sus pulsaciones eran normales al constatarlas, como buen cardiólogo que era, poniendo sus dedos índice y medio de la mano derecha suavemente sobre la arteria radial de la muñeca izquierda para control de las mismas.
El duende lo miró y esbozó una enigmática sonrisa, como cuando estaba en cerámica, igual que las de Hebe en las dos ocasiones aquellas en las que él, en aquel momento, no había sabido interpretar.
-¿Qué tal Rogelio? -le preguntó cordialmente el duende, con la boca llena por el manjar que estaba consumiendo.
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-Bien, creo que bien -le contestó Rogelio.
-Te estaba esperando, en realidad desde hace varias noches, pero tenés el sueño muy pesado.
-¿A qué debo tu visita? -le inquirió Rogelio para nada extrañado.
-Era solo para agradecerte por tu hospitalidad tanto en el jardín como aquí dentro de tu casa, aunque a la cual he entrado decenas de veces sin que fuera debidamente invitado, pero sabía que no lo ibas a tomar a mal -le dijo guiñándole un ojo.
-Está bien, no hay problema, no me moletás en absoluto -le respondió cortésmente.
-Me alegro Rogelio, a veces los humanos no son tan condescendientes -le expresó el duende mientras se paró.
-Mi casa es tu casa -agregó diplomáticamente Rogelio.
-Esta vez, podrías por favor abrirme la puerta para salir, porque ya estoy cansado de irme saltando por la ventana de la cocina -le pidió el duende.
-Sí, sí -le contestó Rogelio mientras abría la puerta.
-Ah, tres cosas -agregó mientras se puso frente a Rogelio.
-Sí -repitió Rogelio.
-Una, no lo llames a Juan, tus ventanas están muy bien y no necesitan arreglo alguno, dos, soy tan fanático de los marróns glacés como vos, de paso, dile a la gente de “Lion d’Ór” que los suyos son espectaculares y, tres, tenés que ser más cuidadoso cuando regás el jardín, no me he resfriado de casualidad y gracias a la cubierta de cerámica -concluyó antes de dar media vuelta, levantar su mano derecha en forma de saludo y retirarse.
Esa noche el cirujano cardiovascular tuvo extraños sueños sobre una enigmática risa que se mimetizaba entre la de Hebe y la del duende, sobre la distribución ordenada de planetas en el universo y sobre los marróns glacés que marchando en fila iban desapareciendo uno a uno de sus estuches.
Se levantó temprano para pasar a buscar a Julieta al aeroparque proveniente de Mendoza, para después de almorzar en “Clo Clo Ristorante”, ir juntos a encontrarse con Daiana y Joaquina en Ezeiza, procedentes del vuelo de Madrid.
Antes quiso regar el jardín del fondo, evitando de mojar el ángulo izquierdo del contrafrente, pero al mover hacia un costado a la azalea para decirle a su extraño visitante que esta vez había sido cuidadoso, notó con cierto desagrado que, en el piso del rincón, solo había una gruesa marca dejada por un duende de cerámica, se encogió de hombros e hizo una mueca de tristeza, mientras pensaba que debería volver a comprar en “Maison Lion d’Or”, los estuches de diez unidades.
A Hebe nunca más la volvió a ver pese a que intentó infructuosamente de ubicarla, quedando solo de ella, en los archivos del sanatorio, su historia clínica que incluía el parte quirúrgico de un 16 de septiembre.
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Los fuentones
Jordan Benjamin Lezcano
-Julio, lo que tiene que hacer usted a primera hora cuando abra el negocio es colgar los fuentones -dijo Juan Carlos Torga, el dueño del bazar donde empezaba a trabajar ese día Julio San Martín. Eran las 8:00 h de una mañana a pleno sol. Ese día empezaba una nueva etapa en la vida de Julio San Martín. Después de muchos años de tareas estresantes en sus diversos roles de Contador Público, había decidido dar un vuelco en su vida y dedicarse a trabajos distintos. -¿Tengo que darles algún orden especial a los fuentones, Juan Carlos? -preguntó mirando el alambre donde se colgaban aquellos sanos productos.
–No- dijo Juan Carlos. -Cuélguelos como a usted le parezca que quedarán mejor-
Julio San Martín agarró un palo que tenía un gancho en la punta y el primer fuentón, el azul, con el que empezaría su nuevo trabajo. Cada fuentón tenía un hilo de plástico en su agarradera. El alambre donde se colgaban tenía pequeños ganchitos. Él tenía que agarrar con el palo con el gancho el hilo de la agarradera, subirlo hasta el alambre y colocarlo en el gancho de arriba. Así lo hizo y el fuentón azul quedó colgando vistoso y brillante por el sol de la puerta del Bazar Torga. Eran las 8:38 h de ese lunes y él ya había colgado con éxito su primer fuentón. Eligió el fuentón azul para empezar porque hacía unos días había estado frente al mar y había visto que el cielo y mar se unían en un azul lejano.
Vio que la vereda empezaba a poblarse con gente que iba apurada a sus trabajos o quienes empezaban sus compras del día.
Voy a colgar ahora el amarillo, pensó. Mejor no, se dijo. Van a darse cuenta de que soy de Boca y no sé de qué cuadro es Juan Carlos.
Agarró el verde y lo colgó. Así hizo con todos y al final miró la colorida fila plástica de sus ahora queridos fuentones de colores. Juan Carlos le dijo que a las 18:40 h tenía que descolgarlos.
Cuando la tarde caía y las luces de la avenida iban anunciando que la noche se acercaba, él empezó la tarea opuesta a la de la mañana.
Mientras en eso estaba, una linda mujer se le acercó y le dijo: -Qué lástima que desarme esa hilera de colores- Y siguió: -Yo paso todos los días por la vereda de enfrente para mirarlos ¿Es usted quien los cuelga?
-Si, soy yo -dijo Julio San Martín y llevó los fuentones para adentro porque empezaba a cerrarse el negocio.
Al día siguiente, temprano, llevó a cabo su tarea. Hizo la misma disposición de colores. No perdió de vista la vereda de enfrente a ver si la veía. No la vio. Pasó rápido el día, los descolgó a la tarde y se fue a su casa. Ella no vino ese día, o tal vez pasó por la vereda de enfrente y él no la vio. Al tercer día cambió el orden de los colores, puso el amarillo al lado del azul, el verde después, el rojo y el blanco. Ojalá los vea ella, pensó. Pasó la tarde cortando hojas de diario para envolver las tazas y vasos que compraban los clientes, ayudó en ordenar los juegos de cubiertos que
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llegaban nuevos. Ese día se le hizo corto; cuando estaba listo para descolgar los fuentones vio que la mujer estaba en la vereda.
- Ayer no vine ¿Los fuentones estuvieron colgados igual que hoy?
- preguntó ella.
– No - dijo él - hoy los cambié.
- Están hermosos. Me voy a comprar el azul- dijo ella y entró al negocio. Julio San Martín empezó a descolgarlos y a llevarlos al depósito. Cuando volvió ella ya no estaba. Terminó ese día.
Cuando estaba por empezar con su trabajo diario, al día siguiente, Juan Carlos le dijo que no colgara el azul porque lo había comprado una señora. Cerca del mediodía, Juan Carlos le dijo a Julio San Martín que tenía que llevar el fuentón azul a la casa del cliente: -Es aquí cerca en la calle Trole.
- Julio San Martín puso el fuentón en una bolsa especial para fuentones y se fue a entregarlo.
La solitaria calle Trole lo recibió sin nadie que lo mirara y menos aún que lo saludara. En los pocos días que llevaba trabajando en el Bazar en la avenida ya tenía caras conocidas y algunas miradas de amigos, aunque lejanos, pero vistas de alguien que te ve, por lo menos. No había hablado con nadie más que con Juan Carlos y con alguna otra compañera envolviendo las tazas vendidas, pero ya sentía que estaba con alguien; estaba dejando de sentirse solo otra vez.
Tocó el portero eléctrico, en el 2 B. -¿Quién es? -dijo una voz de mujer.
-Del Bazar Torga, para entregar un producto -contestó él. -Pase por favor- y él subió. Cuando salió del ascensor la puerta del departamento B estaba abierta. Se asomó y estaba ella, que lo miró y le dijo: -Te estaba esperando. El color azul es para mí el cielo y el mar, pero no tan lindo como vos; pasa...
Querida Ana
Ana Basile
Buenos Aires, 19 de Marzo de 2025
Estuvimos juntos durante dos años. Todos los días te despertaste conmigo. Marque el ritmo de tus horas, minutos y segundos con mis latidos. Ordené tus llegadas y tus partidas. Estuve colgado en tus manos. Te rogué que no me dejaras caer. Pero lo hiciste. Y caí hecho trizas.
Ahora tu vida cambió. Te quedaste vacía de llamados, de mensajes, de música, de imágenes, de palabras.
No te será fácil reemplazarme. Te ofrecerán miles de posibilidades.
Te asaltarán mil dudas. Vivirás aislada, confundida. Tus días se volverán caóticos.
Te preguntarás:
¿Qué diferencia hay entre memoria RAM y almacenamiento?
¿Cuántos megapíxeles debe tener la cámara principal?
¿Y la frontal?
“Viene con accesorios”. ¿Cuáles? ¿Y los que no vienen con accesorios, con cuáles no vienen?
¿Es sustancial la diferencia?
En fin, agobiada con tanta incertidumbre, ni siquiera podrás escribir la consigna para el próximo miércoles.
Firmado: “Yo, tu destrozado celular”
María Fernanda Blasco Cazador de Relatos - Joven curiosa
Como cazador de relatos, con órgano auditivo atento, procederé a transcribir los dichos de una joven, su nombre lo mantendré en reserva para preservar su intimidad.
Ella acudía a su casa paterna a fin de utilizar el auto del padre y visitar a sus clientes del conurbano. Al padre no lo hacía feliz ésta operatoria, era de los que pensaban que el auto no es un objeto para ser prestado, máxime cuando hacía pocas semanas lo había retirado de la concesionaria y aún conservaba ese olorcito a nuevo.
Eran los años 90 en el barrio Villa Devoto, en donde la industria de la construcción de casas estaba en pleno auge, en cada cuadra había una o más casas construyéndose. La mayoría elegantes, otras típicas de nuevos ricos.
Nuestra joven protagonista tenía una afición poco común, visitar casas en construcción, casi terminadas e imaginar cómo las hubiera diseñado, cómo las hubiera decorado. Aclaremos que su profesión nada tenía que ver con la arquitectura, era simplemente, una joven rara.
Me permitiré realizar un recordatorio para mis lectores millennials y siguientes generaciones, aunque a ellos les resulte antediluviano, en los años 90 no existían los smartphones y los pocos celulares que había se los llamaba ladrillos por su tamaño y eran excesivamente costosos.
Volvamos al relato. Al terminar su jornada y de regreso a devolver el auto, nuestra amiga, encuentra una casa casi terminada. Sin pensarlo, estaciona el auto e interpela a quien está cerrando la puerta para irse, solicitando permiso para visitarla. Aduce que se encuentra en la tarea de encontrar una vivienda para sus padres.
Al hombre, a quien llamaremos generosamente vendedor, se le iluminaron los ojos ante una posible candidata. Éste no tenía el aspecto de típico empleado de inmobiliaria, aquel que ha hecho un curso de egocentrismo acelerado y está convencido que puede vender cualquier cosa en cualquier momento. No, al contrario, era alguien con aspecto tímido, de modales melosos y exageradamente cordial.
Ella no reparó en estas características, y empezó a recorrer los distintos ambientes. La recepción de dimensiones generosas, la cocina salida de una película hollywoodense, los cuartos en el piso superior, con la máster suite para realizar un baile. Mientras ella observaba los detalles edilicios, él le explicaba que el arquitecto dueño de la constructora lo estaba probando para incorporarlo a la venta, mostrándoles folletos de otras propiedades y llenándola de tarjetas.
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Después de recorrer el jardín con una gran piscina que dejaba poco lugar al césped, nuevamente en la recepción, él no paraba de recitar el versito que seguramente le habían enseñado.
El garaje tiene capacidad para cuatro autos y además hay un gimnasio, señalando el plano del folleto. A ella le pareció una exageración por las dimensiones de la casa, así que empezó a bajar las escaleras al sótano.
De pronto la puerta se cerró. Escuchó la voz lejana sobre una carpeta. Las dimensiones del garaje ya no le interesaban.
Se encontró sola, en un sótano, encerrada en una casa con un desconocido. En un instante comenzó a proyectar en su cerebro una película de terror. El tipejo podría ser un psicópata depravado. Si gritaba nadie podría oírla. La vio estacionando en la puerta un auto cero kilómetro. Cómo había sido tan estúpida de ponerse en esa situación peligrosa.
Un sudor frío comenzaba a recorrer el cuerpo. Se acercó a la puerta, no podía abrirla por dentro. Los segundos se hicieron eternos. Escuchó unos pasos. La puerta se abrió.
Salió corriendo, empujándolo, gritando que se le hacía tarde. Agradeció al universo que la puerta de entrada estuviera abierta.
El aspirante a integrar el Real Estate, azorado, la persiguió gritando: - ¡Señorita, señorita, los folletos!
Ella ya había entrado al auto y puesto todas las trabas. Él se acercó golpeando la ventanilla con los papeles en la mano. Lo escaneó con la mirada. No parecía un psicópata depravado.
Por si acaso. Puso primera.
Rosita
Horacio Storni
Club de barrio pequeño, insertado como cuña en la mitad de la manzana, entre todas las casas bajas. El galpón alto y herrumbroso tenía un playón donde se hacían todas las disciplinas posibles que la superficie permitía: papi fútbol, básquet, gimnasia, etc.; modestos vestuarios, baños y un amplio bufet que prácticamente abarcaba todo el frente y avanzaba hacia adentro en generosa medida.
Cuando uno se aproximaba caminando, empezaban a escucharse los gritos de quienes estaban jugando, distorsionados, retumbando en las chapas del alto techo. “Social y Deportivo”, así finalizaba el nombre del club. Proporciones parejas en superficies dedicadas y actividades desarrolladas. Había coherencia.
En aquel bufet, cosas sencillas. Café, sándwiches, minutas, lugar de reunión después de las actividades y terceros tiempos cuando se competía con otros clubes; cumpleaños e infaltables mesas de dominó y naipes entrando la noche, donde a nadie se le escapaba que era por algo más que la consumición o la gloria.
Gente mayor algunos, otros no tanto, habituales de muchos años, y la versión solapada de que a veces lo que se jugaba era suculento. Nada extraño hasta ahí en una institución de esas características. No estrictamente legal si se hilaba fino,
pero las tertulias eran así desde años, desde siempre, desde que se creó el club cerca de los cincuenta.
Una noche de Jueves, cuando se sabía que la afluencia era mayor e iban peces más gordos a los juegos de salón, irrumpieron cuatro sujetos, a los gritos y empuñando armas, cubiertos los rostros con pasamontañas, pegando culatazos y amenazando.
Reclamaron todo: el dinero, los relojes, los celulares. Dos, con las pistolas apuntando y dos recolectando. Los pelaron.
Uno de los que estuvo, cuando contaba el episodio, decía que no habían sido más de cinco minutos y que cuando salieron después de la faena, lo único que se escuchó fue la aceleración de un coche que los estaba esperando.
Fue luego de esto cuando apareció Tito.
Frisaba los sesenta y algo, alto, bien constituido, ojos vivaces, siempre de saco (supimos luego que no era formalidad ni elegancia), la sonrisa fácil, espontánea, pero que para nada sosegaba. Cuando advertimos que estaba todos los días luego de las cinco de la tarde y se quedaba hasta que cerrara el club, supimos que el hombre no era un socio nuevo, y que tampoco estaba para atender las mesas: tenía la función de estar alerta con la clientela que entraba y como disuasor de nuevos episodios como por el que se había pasado. Su tarea era mirar, controlar, pero las horas eran largas, los parroquianos se repetían
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y el trato comenzó a ser frecuente, entonces inevitablemente todos empezaron a charlar con él, entrando en confianza.
Era policía retirado y había sido guardaespaldas en los duros años de los setenta y siguientes, de un líder sindical pesado. Charlando, muchas veces dio a entender sin gota de altivez o arrogancia que más de una vez estuvo en medio de refriegas duras, pero cuando queríamos ahondar, saber más, y le pedíamos detalles, inmediatamente ponía el freno. Ahí cesaba el relato: - Disculpen, se me calentó el pico –decía– tengo que seguir mirando. -Y se separaba tres pasos.
La razón del saco aún en los peores días de verano, era para tapar una desmesurada nueve milímetros enfundada en su costado izquierdo, la que aclaró una vez: “Siempre sin seguro”.
Una tarde, habiéndolo saludado e intercambiado nimiedades, percibimos que estaba ansioso, más locuaz que de costumbre.
Estábamos solo Mario y yo, y había muy poca gente, lo que seguramente facilitó las cosas.
Quería contar algo que le había pasado. Raro, pues generalmente no tomaba la iniciativa, esperaba para intervenir que le hiciesen alguna pregunta. Como que la presunta distracción a su trabajo la debían generar los interlocutores, no promoverla él.
Comenzó:
- Ayer me pasó una cosa que hacía mucho no me ocurría. ¡Sentí miedo en serio después de mucho tiempo! - sonrió, como disculpándose-. Me había invitado un primo que no veía hace mucho a su cumpleaños de sesenta. Este muchacho vive alejado, pero además de alejado, a trasmano. Es albañil y luego de mucho esfuerzo se hizo una casita cerca de las vías del San Martín, en unos terrenos finales, entre las estaciones Muñiz y Bella Vista. Yo había estado ahí hace unos años y como me repitió esta vez, la forma más rápida y directa de llegar es bajándose en Muñiz y caminar por al lado de las vías, pegado a unos cañaverales hasta casi la mitad del trayecto y ahí tomar a la derecha dos cuadras que es donde aparece el barrio e inmediatamente su casa. Fui a Retiro, tomé el tren e hice lo que me aconsejó, me bajé en Muñiz, esperé que no quedara nadie en la estación, me bajé del andén y comencé a caminar hacia Bella Vista por el descampado, al lado de las vías. Era ya de noche, el corredor estaba oscuro y solitario, era tal la negrura que me esmeraba para no tropezar y caerme.
Habiendo caminado una cuadra casi, comencé a escuchar un ruido a mis espaldas que no pude identificar, y que para mayor espanto cuando yo me detenía el ruido también cesaba. Me di vuelta y no logré ver nada. Enmiedado mal, seguí, y el indescifrable ruido también.
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Ahí me acordé y eso me tranquilizó: Rosita estaba conmigo, como siempre, no voy ni al baño sin ella, - y se abrió disimuladamente el saco mostrándonos la atroz pistola negra.
Repentinamente, ¡qué cosa increíble el bocho!, me vino el infeliz recuerdo de algunas cuentitas que había dejado pendientes en mi traqueteada vida; traiciones que me achacaron; agachadas que para mí no habían sido. ¡Todas pavadas! La paciencia-me dijeles rindió sus frutos. Lugar y momento perfectos: ni una luz, ni un alma cerca. Entonces, con un pavor que casi me había olvidado de sentir, saqué la pistola, giré y tiré tres tiros seguidos, a la oscuridad, rectos.
Los fogonazos me dejaron apenas entrever una figura incierta. Fue ahí cuando sentí el débil rebuzno y el estruendo al desmoronarse.
Cuando me acerqué el pobre burro tenía dos balazos en el pecho y uno en el cogote al lado de la cabeza. Ya estaba tieso.
Me alivié, di media vuelta y seguí caminando.
En lo de mi primo me encontré con parientes que hacía rato no veía y a la segunda cerveza se me había olvidado el episodio.
-Y sonrió de nuevo, esta vez con más ganas.
Con Mario lo miramos absortos. No me acuerdo quién de los dos dijo, por decir algo: -¡Qué momento, amigo!
Cuando dejamos el club juntos, unos minutos más tarde, nos perjuramos nunca salir atrás de Tito en busca de la parada del micro a donde a veces coincidíamos, menos si la noche era oscura y lo acompañaba, como siempre, Rosita.
Pasado poco tiempo, después de un picadito que recuerdo estuvo intenso porque había aparecido uno nuevo en el equipo rival, que la descosía y que uno por uno de los nuestros había ido a querer “colgarlo” sin éxito, pues ni para pegarle lo podíamos alcanzar, Mario me hizo un gesto que no entendí. Después de las duchas y habiendo enfilado para el buffet con cara de preocupado me dijo:
-Tengo que hablar con vos, una consulta, pedido de consejo a un amigo.
-Por supuesto –le respondí–, ¿para qué estamos los amigos si no es para dar malos consejos?.
Sentados tomando algo y esperando a que desembuchara rogué que la consulta no fuera un tema de amoríos. Tenía menos de cuarenta, dos matrimonios fallidos, dos hijos y no me parecía que con la pareja de turno se estuviese llevando muy bien.
Lo había visto tristón últimamente. Afortunadamente me equivoqué:
– Vos sabés que hay algo que me anda dando vueltas en la cabeza desde el afano aquel y no sé qué hacer.
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– Cierto que vos estuviste, ¡qué mal rato, me acuerdo! (Gracias a Dios no eran polleras).
– Nunca dije nada, pero creí reconocer a uno de los chorros.
– ¡Me jodés Mario! ¿Cómo?
– Estaban con pasamontañas, pero los ojos se le veían.
– ¿Y?
– Uno de ellos tenía ojos verdes, no muy comunes por estos lares. Ese no habló nunca en el atraco, estuvo casi todo el tiempo con la cabeza gacha y una vez que recolectó fue el primero que salió.
– Sigo sin entender.
– Hace un par de años yo hacía básquet y había un flaco que venía, que tenía esos ojos. De igual altura y por lo que recuerdo de esa contextura física. Después no vino más.
– ¿Estás seguro?
– Carlos… a “Seguro”, ya sabemos los dos hace mucho lo metieron preso.
Hoy me toca caer surcar valles y montañas.
Ana Basile
Caigo con la temperatura exacta que me vuelve esponjoso manto blanco.
Caigo sobre laderas pedregosas sobre lengas sobre pinos.
Me acumulo, me derrito.
No puedo elegir.
Hoy me toca caer.
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El café con perejil
Jordan Benjamin Lezcano
A una cuadra de la cancha de Boca, donde uno tiene que esperar tenso los últimos minutos antes de entrar a ver el partido; allí donde la ansiedad gana terreno y el hincha siente que ya debe estar adentro, casi no se encuentra un lugar donde tomar un café.
Mi recorrido hacia el estadio comienza cerca del Parque Lezama. Con el caminar apurado se pueden encontrar algunos lugares donde se podría tomar un café; como el bar que está enfrente del Hospital Argerich, pero no lo recomiendo. Hay en una esquina un Bar y Restaurant donde también se podría ir; pero tampoco está en mi lista de sugerencias; antes de eso está la estación de servicios de YPF, pero el día del partido esta estación es como la que está en medio de la Ruta 2 en Dolores y se siente como si fuera el día de recambio de la temporada de Mar del Plata, en los buenos tiempos, no ahora. Unas cuadras más adelante tenemos el café Paris, casi como el Bar del Turco en la película Un Oso Rojo, de Julio Chávez, pero es igual al de la película; sólo falta Rene Lavan.
Hace un tiempo, en la esquina de Pérez Galdós y Almirante Brown estaba La Farola de la Boca; hoy el modelo económico imperante se la ha cargado y ahora hay okupas que cada tanto salen en la tele cuando están por ser desalojados. Ya llegamos a la calle Pinzón y tenemos que doblar a la derecha; a esta altura, se han
terminado los bares; si uno tiene ganas de saborear el cafeto, tendrá que esperar a ingresar al Templo del Fútbol.
Sin embargo, un buen buscador de café, como sería el “Google” de los reductos cafeteros, busca y encuentra. Y así lo hice; recorrí los kioscos de las inmediaciones y, en medio de los muchachos que piden birra, vino, tetra y porrón, empecé a preguntar si preparaban café. En algunos lugares me dijeron “no” con sólo mirarme; en otros me respondieron mirándome como si yo fuera un AVATAR.
Hasta que di con el lugar acertado. Un pequeño kiosco que está en la ventana de una casa; tiene una reja marrón y un cartel que dice “no se venden cigarrillos”, como educando a la parcialidad boquense. Una señora muy atenta me atendió y respondió afirmativamente a mi pregunta que, a esa altura, ya iba con pocas pilas, con dejo de bajón.
-¿Lo quiere sólo o cortado? -pregunta la señora.
-Solo -respondo.
-Con crema -pregunta.
-No, solo -respondo.
-Con azúcar o edulcorante -sigue el cuestionario básico de la venta de un café.
-Edulcorante.
-Ahora se lo traigo -dice ella.
Miro a mi alrededor; hay gente que camina hacia Brandsen, otros con rumbo a Casa Amarilla; la Boca es así, mucha gente por todos
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lados y todos caminan para lugares distintos. Cada uno sabe muy bien adónde va.
-Aquí está su cafecito.
-¿Cuánto es?
-Seis pesos.
-Bárbaro, gracias.
Agarro el vasito y veo que el café está en movimiento, hace círculos; es como que la señora lo traía revolviendo para entregármelo. Qué buen café, pensé; qué aroma, sentí.
Miré los círculos que hacía cada vuelta del café y vi que en medio de los círculos concéntricos que se formaban en cada giro, había dos cositas verdes chiquititas. Seguí con la vista esas cositas estudiándolas para saber qué eran. No lo logré en movimiento; cuando el café se detuvo, como yo también lo había hecho (me había parado en la esquina mirando fijamente el vasito), me di cuenta de que las cositas verdes eran pedacitos de hojitas de perejil.
Me hubiera gustado estar en esa esquina con Funes, el memorioso protagonista del cuento de Borges; el que había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués y el latín; es posible que él, con su memoria sin pensamiento, hubiera encontrado la explicación a las hojitas de perejil dentro del pocillo, dando vueltas desenfrenadas hasta converger en un punto: el medio.
Tal vez, la cucharita que la atenta señora utilizó para revolver antes había servido para “emplatar” alguna comida con perejil picado; o quizás, sea ése el toque de distinción del café que se encuentra donde no hay bares que sirvan café.
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María Fernanda Blasco
-¡Hola Hermanas!, -comenzó Claudia su audio por el chat denominado “Amistad Infinito”, que reúne a nueve amigas de la secundaria, egresadas hace varias décadas.
Seguro que va a contar unas de sus tantas historias graciosas, pensé.
-Quiero decirles, que estoy bien y fuerte -con voz grave anunció. Contuve la respiración, esperando el baldazo de cemento.
-Tengo dos tumores en las mamas. Me los extirpan en una semana. Me senté, me agarré el pecho, habían sacado todo el aire de la habitación.
-No voy a hablar del tema, necesito silencio, -continuó-. Les pido que me entiendan. De la evolución se van a enterar a través de Pilar. Hice venir a mi hija de España, ella y la más chica están a mi lado. Salí de muchas, también voy a salir de ésta. Abrazo. Silencio…
La cocina se hizo pequeña. La heladera, los electrodomésticos, todo me aplastaba.
Visualicé encima de la cabeza de Claudia a la Espada de Damocles colgada del techo, sostenida por un pelo de crin de caballo, bamboleándose burlonamente.
A la semana, la voz de Pilar se escuchó por el chat.
-Claudia, salió bien de la operación. Le extirparon todo. En veintiún días con los resultados dirán los médicos si toca rayos o quimio.
Un respiro profundo, un peso más liviano. Esta vez la famosa espada estaba un poco más arriba de la cabeza de mi amiga.
En medio de reflexiones y cavilaciones, caí en la cuenta de que todos tenemos la espada sobre nuestras cabezas sostenida por un pelo de caballo, la diferencia es que no la vemos o no la queremos ver, para poder seguir viviendo.
Todos, en definitiva, estamos en este camino llamado vida, colgados de un pincel. Pero este pincel, según las probabilidades, es lo suficientemente fuerte para mantenernos colgados durante todo el trayecto. Salvo cimbronazos, inexorables ellos, que sufriremos. Algunos serán como rayos que nos fulminan, y después de rumiar sufrimiento, lágrimas, bronca, quedará la aceptación dolorosa.
Otros serán sacudidas frente a las intersecciones que nos depare el recorrido, en donde la agudeza en la lectura de nuestra brújula interior marcará la diferencia.
Extraña paradoja, el azar, el destino, la espada, siempre rondando.
Tres semanas después la voz de Pilar nuevamente resonó en el chat.
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-Los exámenes dieron muy bien, toca rayos. No hay vestigios.
Intuyo que todas elevamos una plegaria silenciosa de agradecimiento. Tengo el convencimiento que, en estos últimos días, las nueve amigas hemos observado con mayor detenimiento nuestra brújula interior.
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Jordan Benjamin Lezcano Los oficios del niño
Cuando las gallinas empezaban a volar desde nuestro gallinero hasta el de Doña Marta y había que ir a buscarlas y pasarlas de nuevo a través de la tela a su lugar, era el momento de cortarles las alas.
Julio San Martín, corría atrás de las gallinas hasta pillarlas. Ese trabajo era difícil. Cuando se decidía a cuál se iba a pillar, se le iba encima tratando de arrinconarla contra el alambrado.
Flexionaba un poco las rodillas y bajaba los brazos dando pasos cortos hacia delante o hacia los laterales lo más rápido posible, porque la gallina se mueve muy ligera.
Un ex jugador de San Martín llevó en toda su carrera el apodo de “pilla pollos”, porque, seguramente, un agudo observador de las costumbres de la casa, lo encontró por la forma de marcar del gran número 5, ídolo de La Ciudadela.
De pronto, la gallina se salía de ese rincón que Julio San Martín le hacía y corría por todo el gallinero; gallina que huye corre rápido; ahí el niño, tan ágil como el ave de corral, corría por detrás de ella, se tiraba una voladita y la agarraba de las patas. La sostenía firme entre sus manos y echaba un vistazo al gallo, que lo miraba de reojo como preguntándole qué hacía con su gallina.
Julio San Martín caminaba entre las piedras del gallinero, en ese terreno desparejo y seco sin pisar los pollitos, el tarro de agua, algún lavatorio viejo con maíces y otro recipiente con cáscara de papas. En la entrada al gallinero, como vigías de la puerta para que no se escapara ningún animal, estaban su mamá y la tía Rosa, con la tijera lista para cortar las alas.
Mi mamá sostenía la gallina y la tía Rosa le estiraba una de las alas. Miraba cuidadosamente las plumas y hacía un pequeño corte en una de ellas; -listo-, decía; esta ya no vuela más. Mientras tanto, Julio San Martín andaba corriendo por el gallinero tratando de pillar a la gallina paraguaya. Esa corría rápido y Julio San Martín volaba una y otra vez como si fuera Olea, el arquero de Villa Mitre, cuando jugaba contra Juventud.
-Esa no se puede pillar, mamá- decía Julio San Martín. -No importa m’hijo, ya le vamos a decir a Ricardo que te ayude.
Ese trabajo de Julio San Martín, el de pillar las gallinas, le ha enseñado mucho en la vida. Cuidar las cosas de uno en su lugar, que no se vayan para otro lado; tener un método para atrapar el problema y otro para cuando éste se hace más rápido también ayuda a vivir; ser el protagonista del encierro y la corrida, y el espectador del corte en sí, preparan a uno con la sabiduría de las cosas simples.
Relatos no corrientes
Por último, asistir a las manos sabias de los mayores que resuelven su parte, con la experiencia de la cotidianidad, es un acto de solemne amor por las cosas de uno. Más aún, si todo ese eterno episodio se realiza en la casa de uno, con su mamá y su tía, bajo el cielo azul de Tafí Viejo, Tucumán, al pie del cerro, en la calle Balcarce y cerca de la Avenida.
Daniel Pachetti
Si el tiempo es infinito y los hechos posibles tienen una cantidad limitada, no debe sorprender que los acontecimientos se repitan.
En un lago de un país del norte de Europa, llamado Ness, una leyenda cuenta que un animal de gran tamaño existe en las creencias entre el misterio y la leyenda.
En otro país, bello e inexplicable del sur, se encuentra una laguna que un mito atribuye a lágrimas largamente lloradas. Allí se cuenta sobre la existencia de un pejerrey gigante.
En la entrada había un cartel que decía “No hay que dar pescado, hay que enseñar a pescar”.
El Intendente puso el cartel.
Después cuadruplicó el precio de la caña, guardó la carnada en un depósito hasta que se pudrió, cerró la Escuela de Pesca y quiso privatizar el charco.
Los vecinos del lugar profesan la creencia de que mora allí ese pez enorme.
En la actualidad, algunos pescadores dicen haberlo visto, pero la gente racional atribuye las visiones a la proximidad de una pulpería y al licor.
Cuentan que los habitantes del lugar sufrieron una hambruna atroz que los llevó a hacer cortes en la huella a la ciudad durante el día, levantando columnas de humo de pasto para que nadie pasara, hasta que unos hombres con palos los dispersaron.
Por la noche aparecía el pejerrey gigante, que en sueños asaban a la parrilla, para olvidar la obscenidad del hambre.
No se sabe el nombre del animal .
Al intendente lo llaman “El monstruo de la laguna de Chascomús”.
Relatos no corrientes
Luis. H. G. Colcerasa
Me debía un encuentro con Carlos, mi amigo del secundario y de la facultad, en realidad mi amigo de siempre, con quien en aquellos tiempos nos veíamos prácticamente todos los días, pero por esas bifurcaciones que se van produciendo en la vida, ahora nos vemos dos o tres veces al año. Lo cité en el Bellas Artes Bar, enfrente de la facultad de Derecho, estuvimos alrededor de tres horas conversando y poniéndonos al día como invariablemente lo hacemos cuando nos encontramos.
Ahora estoy en el auto yendo por la Figueroa Alcorta en busca de Claudia.
Mientras manejo voy recordando esa fiesta del sábado pasado, el cumpleaños número cuarenta de mi amiga Ana María. Estaba hablando con unos amigos en común cuando de pronto la vi aparecer a Claudia, de quien no solo no era amigo, sino que jamás la había visto antes. En realidad, me impresionó como hacía tiempo no me impresionaba una mujer, su poco común pelo largo castaño y ensortijado -cuando hoy día las mujeres lo prefieren alisado- sus anteojos grandes que en vez de anunciar una falta de visión le realzaban no solo los ojos sino también su cara en un óvalo perfecto y el traje sastre con la pollera justo por arriba de las rodillas que mostraban unas piernas bien contorneadas. Disimuladamente le pregunté a uno de mis interlocutores sobre ella, recibiendo como respuesta que era una compañera
de Ana María con quien compartía el bridge los sábados a la tarde, agregando, y no sé por qué me sorprendió, que era profesora de matemáticas en la facultad de ingeniería.
Me di cuenta de que como conocía a poca gente, en realidad solo a la cumpleañera, estaba como aislada en medio de la multitud, sin poder relacionarse con alguien. De a poco y en forma imperceptible me fui acercando hasta que cuando apareció un mozo con la bandeja con bebidas, le convidé con una copa, logrando el puntapié para iniciar una conversación. Mágicamente me sentí atraído y percibí, aunque podía estar equivocado, que ella podría también estar atraída por mí. Después de las trivialidades comunes cuando uno inicia una charla con alguien que no conoce, comenzamos a interiorizarnos uno por el otro y, a la vez, tratar de vendernos lo mejor posible. Percibí que era soltera y sin ninguna relación fuerte con nadie, a la par que sutilmente le hice saber que yo estaba en la misma situación.
También pude observar que era de mentalidad analítica y bastante estructurada, que todo lo planificaba, muy rígida en sus pensamientos, de aquellas personas que se toman muy en serio los compromisos y que hacen de la puntualidad un culto, pero igual me sentía muy atraído y aunque se apareció en mis pensamientos la voz de mi madre, como tantas otras veces -y que como tantas otras veces le hice caso omiso a su observacióndiciéndome: “Nene, siempre ponés el ojo en la persona equivocada, aunque al final todo se soluciona”.
Relatos no corrientes
Cuando Claudia me comunicó que estaba dando sus primeros pasos en el “running” fue el pase-gol para que empezara a desplegar mis conocimientos sobre el tema, diciéndole que yo desde los treinta y cinco años, ya hacía casi diez años, estaba corriendo, que ello era un camino de ida, que uno se va testeando consigo mismo, que va tratando de bajar los tiempos, mes a mes, semana a semana, día a día; le pregunté inmediatamente si tenía intención de correr las Fiestas Mayas programada para un par de semanas por delante, me respondió que tenía ganas, pero que la acobardaba recorrer diez kilómetros por primera vez, a lo que le respondí, obviamente, que yo podía acompañarla y que al darle ánimo y, humildemente, consejos durante todo el recorrido cuando los músculos o la cabeza empiezan a flaquear, no iba a tener problema en terminarla satisfactoriamente. Me sorprendió gratamente el parecerle una maravillosa idea, con lo cual acto seguido, me ofrecí para inscribirla, por lo que le di mi número de celular para que me mandara su nombre, apellido y número de DNI, con lo que pude argüir que debía de tener -al igual que Ana María- alrededor de cuarenta años.
Lo primero que hice el lunes fue ir al Club de Corredores y anotarnos para la carrera, inmediatamente le mandé un mensaje informándole que ya estábamos inscriptos y que nos podíamos encontrar el jueves, así le llevaba la camiseta y el número que me habían dado los organizadores de la competencia. Me contestó que sí, que no tenía problema y si nos podíamos encontrar a las 19:00 en el Bampas Café en Ciudad de la Paz
y Rivera a una cuadra de Cabildo y no muy lejos de la General Paz, a lo cual le manifesté, por supuesto, que sí.
El martes hablé con Carlos proponiéndole encontrarnos tipo 14:15, 14:30, en el Bellas Artes con lo cual ya me tomaba la tarde para tener una reunión con mi amigo y luego, indubitablemente, con Claudia.
Esperé este jueves con mucha impaciencia ambas reuniones, con mi amigo de la vida y con una mujer que juzgo increíble. La primera fue excelente, de eso no tengo ninguna duda, ahora con mucho nerviosismo parto para mi segundo encuentro rumbo por la Figueroa Alcorta, me he tomado cerca de una hora y cuarto entre el Bellas Artes y el Bampas para llegar con tiempo suficiente, dado que Claudia es muy puntual y, tal como me lo dijo en la fiesta, detesta a las personas informales que llegan tarde a todos lados, además me parece que es de esas personas que si uno no llega a tiempo puede levantarse impulsivamente, retirarse y dejarte plantado, no sé por qué otra vez se apareció en mis pensamientos la voz de mi madre diciéndome: “Nene, siempre ponés el ojo en la persona equivocada, aunque al final todo se soluciona”.
Si bien voy tranquilo quiero acelerar un poco la marcha, pero el cartel que indica que la máxima es de 60 Km./hora hace que vaya al límite con dicha velocidad. Me doy cuenta de que estoy muy ansioso, para tranquilizarme un poco prendo la radio, pongo el dial en el 102.3 para que la música de Aspen me tranquilice.
Relatos no corrientes
Ya estoy llegando a la avenida Sarmiento, mientras veo la estatua de Urquiza tengo que decidir si doblo para tomar Libertador o sigo por la Figueroa, la verdad me gusta el entorno de la avenida por la que voy, verde de ambos lados, los lagos del Rosedal y el Regatas en lugar de esos enormes edificios sobre la izquierda y el paredón del hipódromo sobre la derecha de la otra, así que no doblo, rodeo la estatua y sigo, aprieto un poco más el acelerador al ver el cartel que eleva la velocidad máxima a 70 Km./hora.
De pronto empiezo a notar que se va parando el tránsito, bajo la velocidad a 60, 50, 40, 30, trato de pasarme a otro carril entre algunos coches más retrasados hasta que cuando llego a veinte metros de la Avenida Dorrego, tengo que frenar porque están todos los autos irremediablemente parados. Me resigno, para ahorrar combustible apago el motor.
A los cinco minutos comienzo a impacientarme y me pregunto qué es lo que habrá pasado. Escucho bocinazos por todos lados pero es inútil, es imposible avanzar siquiera un metro, miro en derredor y sólo veo caras enojadas, los dos hombres del Peugeot 208 a mi derecha, están echando insultos pero no entre ellos sino a la situación, la rubia del Corolla Cross un poco a la izquierda, baja la ventanilla y saca la cabeza para tratar de tener un mejor panorama hacia adelante, el señor mayor del Polo justo delante mío, abrió la puerta, salió del auto, se paró y mirando hacia todos lados dice en voz fuerte innumerables improperios referidos a la madre y a la hermana vaya a saber de quién, atrás mío hay una Amarok pero por sus vidrios
polarizados no alcanzo a distinguir al conductor – me empiezo a reír, tal vez será por los nervios, pensando que por ahí en tan aparatoso auto hay un petiso escuálido al volante -, sólo la parejita del Corsa que está junto a mi auto la pasan bien porque los veo reírse, acariciarse, besarse y hablando como si no les importara el tiempo perdido o, tal vez para ellos, el tiempo ganado.
De repente escucho una sirena, primero creía que era la de los bomberos pero no, es de una ambulancia, trato de mirar hacia todos lados pero no la puedo ver, aunque por el crecimiento del sonido deduzco que se va acercando a bastante velocidad, me asusto mucho porque me parece que la ambulancia viene directamente hacia mi vehículo, me tiro para adelante, me sujeto fuerte del volante, cierro los ojos y rezo para que funcione el “airbag”, el ruido se hace ensordecedor, me doy coraje, abro los ojos y por suerte veo que pasa por arriba de la vereda bastante cerca de mi auto y de el de la parejita, sigue sobre la vereda, dobla como puede hacia la izquierda por la Avenida Dorrego, e intuyo, por la sirena cada vez más lejana que con fortuna ha podido sortear todos los obstáculos.
Me alivio, giro la cabeza y noto que hay dos auto chocados sobre la vereda por donde había pasado la ambulancia, cuyo impacto no lo debo haber escuchado por el ruido imperante, con sendos conductores discutiendo acaloradamente, seguro uno se había puesto detrás de la ambulancia aprovechando el camino expedito que ésta le dejaba y el otro subió también a la vereda queriendo hacer lo mismo, me bajo para tratar de que la situación no pase
Relatos no corrientes a mayores, pero veo que el joven cachondo del Corsa dejó a su novia y ya está intercediendo y calmando a los dos chocadores. Miro el reloj, todavía tengo cuarenta minutos para llegar al bar, me inquieto pero a la vez me tranquilizo porque aún tengo margen, cambio la radio FM y busco una AM, de esas que dan información cada media hora, para saber si dice algo acerca de este impedimento en la circulación y, como no podía ser de otra forma, desde la Central de Tránsito anuncian que hay un caos en la zona norte de la ciudad por dos razones, un accidente en la Avenida General Paz y Cantilo que complica aún más, el desbarajuste por el cierre de la Figueroa Alcorta desde La Pampa debido al recital de Los Piojos en el estadio de River.
Comienzo con el puño a golpear el volante y empiezo a cuestionarme el por qué tuve que acordar con mi amigo para encontrarme justo hoy, el por qué no le dije otro día, pero no, quería tener la tarde maravillosa con mi amigo y con Claudia y no es así, soy un tonto – me digo para ser suave -, no tuve en cuenta la aparición de cualquier imprevisto como el accidente producido, menos aún el recital de Los Piojos cuyos carteles de propaganda empapelaron toda Buenos Aires y no obstante se habían hecho invisibles a mis ojos.
Me cuestiono por no haberme reunido con Carlos otro día e ir desde mi casa en Saavedra, directamente al encuentro con Claudia, adonde inclusive caminando no hubiera tardado más de media hora. Definitivamente me sermoneo como por una estupidez lo estoy arruinando todo.
Ya hace alrededor de media hora que estoy con el auto parado y parecería que no hay ninguna solución, exclamo en voz alta: ¡Dios!
Cuando ya me he dado por vencido y en el momento menos pensado, se inicia algo de movimiento, otra vez las bocinas, pongo en marcha el auto, este enjambre de vehículos totalmente inmóvil por tantos minutos comienza a moverse y a perder esa forma uniforme, el auto rojo inicia el movimiento y yo detrás de él. Me da una encerrona la camioneta de vidrios polarizado, le echo una puteada y pienso que si lo agarro al hipotético petiso escuálido le lleno la cara de dedos, cuando veo que dobla hacia Dorrego, pienso que es una buena decisión y me pego atrás de él para seguirlo, como hicieron los chocadores con la ambulancia, va zigzagueando por Dorrego y yo detrás, pero mientras él sigue derecho yo doblo por Libertador, el tráfico avanza a 10 Km./hora, pero no obstante avanza, igual sigo deprimido, ya casi tendría que estar llegando a la cita, miro el reloj, las 18:45, no, no llego ni ahí, esto está muy denso, bueno por lo menos se mueve, pero no sé por cuánto tiempo. Otra vez se me aparece en mis pensamientos la voz de mi madre: “Nene, siempre ponés el ojo en la persona equivocada, aunque al final todo se soluciona”, y sí, pienso que al final la vieja tiene razón y me pregunto si vale la pena una mujer para tanto estrés.
Sigo por inercia por el mismo camino, casi a paso de hombre, al fin decido ir directo para casa, porque deduzco que cuando llegue a Ciudad de la Paz y Rivera ya Claudia no va a estar.
Relatos no corrientes
No obstante, noto que de a poco todo el tránsito empieza a alivianarse, en la radio escucho el pitido que indica las 19:00. Justo cuando estoy pasando por el túnel a la altura de Barrancas de Belgrano suena el celular, lo agarro con la mano derecha y lo miro de reojo, veo que es un mensaje de Claudia, seguro me estará diciendo que está cansada de esperar y que se va… Salgo del túnel, no quiero ver el mensaje, pero me digo que no tengo que ser cobarde, que sea lo que Dios quiera, el semáforo se pone en rojo, freno el auto y con mucho nerviosismo abro el WhatsApp.
¡No lo puedo creer!
Claudia me escribe que está retrasada, me pide mil disculpas y que va a llegar dentro de treinta y siete minutos - ¡qué precisión la profe de matemáticas! – y agrega que por favor no me vaya, que la espere.
Hago cálculos, el tránsito ya está casi normal, puedo llegar antes que ella, sonrío, pongo las balizas, me arrimo al cordón, freno el auto, le envío un mensaje respondiéndole que no hay drama, con una pequeña mentira, le agrego que ya estoy y que en el mientras tanto voy a pedirle un cortado al mozo, que después merendamos cuando ella llegue. Inmediatamente me contesta volviéndome a pedir disculpas y me agradece.
Esta vez me adelanto a la voz de mi madre en mis pensamientos, le hablo a los gritos como si estuviera loco y le digo: Viste viejita, al final todo se soluciona.
Apago las balizas, saco la palanca de la caja automática del “neutro” y arranco con bastante velocidad hacia el Bampas Café.
Horacio Storni
Raúl se había levantado muy temprano pues debía viajar a Campana en la Provincia de Buenos Aires desde Capital. La visita era a una planta que elaboraba ácido sulfúrico a partir de unas colas minerales oscuras y polvorientas. Ese invierno se estaba anunciando con más frío de lo usual, y la rutina estaba lejos de seducirlo. Era lejos para ir y venir en el dia, casi dos horas de viaje para llegar, otras para volver, la autopista Panamericana aún no estaba. La planta era sucia, húmeda, los olores bravos, pero cada dos semanas el pequeño estudio donde trabajaba, que llevaba la contabilidad, lo hacía ir a controlar.
Arrancó en noche cerrada, pues debía estar a las ocho en destino para que rindiera la jornada. A las seis menos cuarto estaba en la puerta del garaje donde dejaba su Peugeot modelo 73 que a esa altura tenía ya quince años, achaques varios, y un ruido que a cada uno que subía le explicaba algo avergonzad justificando el alboroto: “Es la cadena de distribución, todos estos modelos salieron así”. Lo repetía como loro, pues Raúl apenas sabía dónde estaban el motor y las ruedas.
El garaje a esa hora estaba cerrado con una reja que abarcaba toda la entrada, y para estas circunstancias había un timbre con el cual avisarle al encargado que viniera a abrir.
Tocó y esperó la aparición de Ramón, sereno de la noche, que estaba de 24 a 8 del día siguiente y a quien veía todos los días. Español entrado en años, de pocas palabras y pulgas, siempre de overol azul y boina, barba de dos o tres días, con quien aprovechando alguna circunstancia propicia había tratado de conversar sobre la Guerra Civil con poquísimo éxito.
No apareció Ramón, sino un muchacho de unos treinta años, simpático, predispuesto, que ante su asombro y segura posterior pregunta, se adelantó y le dijo: “Estoy reemplazando al viejo, que anoche se sintió mal”, abriéndole la reja.
Apenas traspasada la misma y advirtiendo que la cerraba -cuando debía permanecer abierta para sacar el auto- sintió el sorpresivo golpe en la nuca con algo contundente, el fuerte empujón y la advertencia de que se quedara quieto y callado: “Estamos robando”.
Con el chichón que sentía latir y crecer, le ataron con su propio cinturón las manos en la espalda de una manera bastante imperfecta y amateur, y lo llevaron a los empellones al baño, advirtiéndole que si gritaba o salía lo baleaban.
Por la hora a la que llegó era evidente que les había complicado el operativo, calculando por las voces que escuchaba que serían tres, aunque solo había logrado ver bien sólo a quien lo recibió.
Relatos no corrientes
Ramón, después lo supo, estaba en el fondo del predio, un ojo en compota, también atado y con la misma amenaza.
Los ruidos que le llegaban al baño eran de cristales rotos, una y otra vez, lo que tenía lógica, pues los autos quedaban cerrados y las llaves se las llevaban los dueños. Estaban sacando los en ese entonces denominados auto-estéreos y lo que encontraban adentro.
Las alarmas antirrobo no eran aún un dispositivo común en los autos estándar, pero sin embargo algunas ya se colocaban. Prueba de esto es que al enésimo estruendo de cristales empezó a sonar una frenética alarma.
Raúl escuchó desde el baño los gritos “¡Rajemos! ¡Rajemos!… ¡Va a venir la cana!”, y luego de esas últimas palabras quedó solo la estridente alarma a pleno de fondo, rebotando en todas las paredes y el techo de zinc del galpón. Y ahora sí, a lo lejos efectivamente, ya la sirena de la policía.
Se pudo zafar de la atadura ágilmente, pero de pronto el terror lo paralizó. ¿Cuál era el movimiento posterior?
La cabeza le bullía. ¿Qué hacía? ¿Salía del baño o se quedaba? ¿Y si la policía en la duda –y no era un disparate pensarlo – primero tiraba y después preguntaba? ¿Que estuviera de corbata y saco, disfrazado de oficinista, lo ayudaba? ¿Zapatos relativamente lustrados y bien peinado le jugaban
a favor? Le costaba creer que esas especulaciones le estuvieran atiborrando el bocho.
No lograba percibir con claridad desde donde estaba si ya alguien había arribado a las puertas del garaje, la alarma sonando, confundía todo, entonces como un reflejo, puro instinto, comenzó a gritar con todas sus fuerzas a pesar de lo extremadamente ridículo que se sentía:
-¡Estoy en el baño! ¡Estoy en el baño! ¡Soy propietario! ¡Soy propietario!
Esto último, para su total vergüenza, pues siempre le resultó odioso apelar a lo que se tiene, a las posesiones, para diferenciarse de otros. Era un burgués vergonzante y aquella percepción extraña tal vez un residuo izquierdoso de su reciente juventud. Pero esta vez el burgués vergonzante estaba en apuros y rápidamente se despojó de los pruritos: repitió el estribillo una y otra vez, hasta que escuchó:
– ¡Salga! ¡Salga!
con tono autoritario, militar, que en otras circunstancias hubiera aborrecido, pero que ahora, lejos de caerle mal, le sonó amigable y tranquilizador.
Salió temblando, con las manos en alto. Mucho Hollywood, puesto que nadie le había pedido tal cosa, y vio a dos policías
Relatos no corrientes con las manos en la cintura, inexplicablemente distendidos para su gusto, juntos a otro bulto oscuro atrás que de entrada no pudo distinguir. El bulto era el pobre Ramón.
La auditoría en Campana obviamente quedó para otro día, previo aviso telefónico al jefe, a quien luego –ya lo había comenzado a pensar– debería presentarle alguna prueba de lo que le explicó le había pasado. El hombre no era fácil, descreído, y comandaba con fusta.
Las conciliaciones y arqueos programados fueron reemplazados por la cordial invitación que le hicieron los policías de ir ese mismo día al Departamento Central a revisar los libros de convictos y gente buscada para tratar de reconocer al único ladrón que pudo ver.
Cuando llegó al tenebroso edificio que ocupaba toda una manzana, en el sector específico lo pusieron en una sala donde había más de treinta libros inmensos forrados en tela gris sobre unas mesas, manchados, manoseados, maltrechos, con cientos de fotografías de rostros pegadas en sus páginas ajadas y sucias. Imágenes lastimosas, patéticas, muchas cada tanto cruzadas con dos diagonales de tinta y el acrónimo Q.E.P.D.
Al quinto o sexto libraco, después de más de dos horas, cortó por lo sano: empezó a saltearse páginas y mamotretos, y avisó con cierto temor a que no le creyeran a quien estaba atrás de una puerta, que había finalizado y no había podido individualizar
a nadie. Le hicieron firmar una constancia y lo liberaron. Ver esas fotos fue para Raúl conmocionante. Esos rostros, sus expresiones. Pensó que estar ahí ya los hacía condenados, excluidos, escoria.
Venía pensando en eso cuando subió al colectivo que lo regresaría a su barrio, un viaje de entre treinta a cuarenta minutos dependiendo del tráfico. Consiguió sentarse en un asiento junto a la ventanilla. La mañana había estado ciertamente ajetreada, estaba cansado y venía mirando hacia afuera abstraído, toda esa vida exterior, bulliciosa, que inexorable, implacable, transcurría ajena e independiente a cualquier vicisitud individual.
Sumido en esos pensamientos, reconfortándose porque a pesar de la gravedad de la situación que había vivido no le había pasado nada, en una parada obligada por la luz roja del semáforo, creyó soñar o alucinar: por la senda peatonal, caminando despreocupado, con la misma cara afable que pudo recordar e idénticamente vestido con el mismo suéter a rayas, cruzaba la avenida el tipo que lo había recibido en el garaje y le había descerrajado el traidor cachiporrazo. Lo siguió con la vista. ¡Era él, no había dudas! ¡No lo podía creer!
Se le pasó por la mente bajarse. El chofer no le abriría la puerta en ese lugar, debería llegar a la próxima parada o justificarle por qué quería bajar. Imposible, inexplicable. Y si por la forma que fuera, lo alcanzaba, ¿qué haría? En el garaje el fulano estaba armado, ¿por qué no lo iba a estar todavía? ¿Empezaría a los gritos
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de nuevo? Eran demasiadas escenas patéticas en un solo día. Dobló prolijamente el precipitado y extemporáneo heroísmo, lo guardó en el bolsillo y se calmó.
¿Estaría la foto del despreocupado peatón que cruzaba la calle, el que solo horas atrás rompía autos, arriesgándose a que lo acribillaran, en esos álbumes terribles?
¿Tendría antecedentes? O hasta ahora venía zafando.
Sintió culpa por no haber mirado a conciencia todos, como correspondía. Pero ¿y si lo hubiera identificado, cuántas veces después sería citado? ¿Serviría de algo?
Clausuró sus pensamientos justificándose que todo le hubiera acarreado problemas en su trabajo: de eso no faltaba allí, y el horno no estaba para bollos. Le hubiera llevado días revisar todos esos tenebrosos libros.
Además, a fin de cuentas pensó Raúl, no es que el Diario, el Mayor o el de Inventario y Balances sean lecturas divertidas, edificantes; pero si de elegir se trataba, esta vez no le quedaban dudas.
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Daniel Pachetti.
Suena la glamorosa fanfarria y aparece la milenaria diva, después de 7 horas en el salón de maquillaje, con un equipo de maquilladora y albañil.
- Buenos días, hoy tenemos una me-sa-za.
Muestra sus prendas:
- Hoy llevo una blusa cofieu villy, pollera greatoi lorrain y zapatos bougoulle color cremme. El collar es de La jue bretongueau”.
Como les dije, hoy tenemos un importante invitado:
Nos visita el Señor… Jorge Luis Borges.
!UN APLAUSO POR FAVOR¡
Se sienta y comienza el reportaje:
- Borges, en primer lugar quiero agradecerle su presencia. La primera pregunta que deseo hacerle es: ¿cuándo nace en usted esa vocación por la pintura?
– Puede parecer una descortesía, pero yo no pinto.
– Yo tenía entendido que usted había pintado “Sobre héroes y tumbas”
- No, “Sobre héroes y tumbas” es de Sábato, un gran escritor.
- ¡¡Ah!! ¿Usted pintó con Sábato? Eso no lo sabía.
- Escribo poemas y cuentos.
- ¡¡Uy!! Que lindo. ¿Por qué no nos recita alguno?
- Mire, por una de esas fuerzas misteriosas que habitan el universo azaroso del poeta, acaba de ocurrírseme uno:
“En un paredón oscuro
De la secreta Calcuta
Está escrito con carbón
¡¡Ay!! Mirá si serás bruta”.
– MA-RA-VI-LLO-SO, y dígame, ¿tiene algo que ver con los Borges de Italia? Lucrecia Borges, Cesar Borges, todos esos…
- ¡No, no! Ellos eran de Roma. Están muy lejos en el tiempo y en el espacio. ¿A usted le interesa la cuántica?
- ¡Por supuesto, yo soy una mujer en contacto con el pueblo! ¿Vió cuántico subió todo? Borges, no le voy a hacer ninguna pregunta incómoda, no me interesa el rating. Pero dígame: ¿usted siempre fue viejo?
- Bueno, me queda para mi que, no hace mucho tiempo, llevaron al Museo de Ciencias Naturales el esqueleto de un dinosaurio que había sido su mascota.
– ¡¡Ejem!! Vamos a un corte.
– En eso estaba pensando, pero nunca degollé a nadie, y no voy a empezar ahora. ¿No le parece?
CORTE Y PUBLICIDAD
Julio Weibel
Hola tío Adolfo, como estás, hace tanto tiempo que no te veo, te extraño como aquel día que te fuiste con tu familia en ese barco triste, listo para zarpar hacia esa tierra prometida. Sobre todo para personas tan creyentes como vos, sensaciones raras rociarían tu mente. Las mías albergaban creencias de que quizás no te vería nunca más, ni a tus hijos, (por entonces tenía apenas 11 años, creo). Mi padre, tan ausente para sí mismo como para los demás, nada decía en esa fría noche otoñal. En la lejanía, Israel los esperaba como a muchos otros inmigrantes. Por suerte de vez en cuando hablo con tu hijo, “el Mario” como dirías vos, el primo que más quiero. Creo que nunca conociste a mi otro tío: Jascha; su mero nombre abrazaba alegría, cuanto lo extraño también, su humor, su genio musical, su enojo con los otros. Un tanto malhumorado, algunas veces conmigo, incluso maltratador. Sin embargo, me tenía en cuenta como a nadie, me pedía que le tararee canciones y me generaba un compromiso. Con mi fuerte timidez que se denunciaba igual algo balbuceaba y él, acercaba su cara concentrada y con la mano ahuecada en la oreja se esforzaba en escuchar frunciendo el entrecejo, porque era un sordo de aquellos, pero con oído especial para la música. Y su poderosa armónica Hohner… a ésa, la estrujaba para que respiren juntos, entonces un mar de sonidos impensados llegaban a la costa de quienes se bañaban en sus melodías.
Recuerdo, tiempo atrás, mi llegada a Basavilbaso, de paseo, en plena adolescencia. Algo malo habría hecho, imposible saberlo, la memoria sólo alude a lo que le interesa y nada tiene que ver con nosotros, ella tiene vida propia, como los sueños, que reaccionan como quieren, pero eso sí, toda la verdad está ahí, disfrazada, como en el más inverosímil corso. En ese entonces, un señor me retó y mi tío salió a defenderme, nunca antes pasó ni jamás después. Él me quiere, seguramente habría sido mi impresión en aquel momento, y pienso que ese fue su legado, el amor por la música. Parecería que esas tempranas vivencias de nuestra existencia son constitutivas, fundantes y deciden hacia adelante que nos aferra al barco que conducimos entre quietudes y tempestades.
María Fernanda Blasco Navegante
En la sala del hospital, reina la ansiedad, mezclada con preocupación. El médico se aproxima al paciente.
- ¿Podés oírme, Juan?
Desde el fondo de una caverna oscura, Juan escucha esa voz. Le es familiar, pero no logra reconocerla.
- ¡Si escuchas mi voz, asentí con la cabeza! -Juan no comprende dónde está, no comprende que sucede, obedece y con esfuerzo asiente.
- Intentá abrir los ojos, despacio. -Juan como autómata los abre.
- ¿Sabés quién soy?
- El boludo de Luis.
Juan y Luis se conocen desde la primaria. Ambos festejaron su sexta década. Juan constructor de barcos y fanático de la navegación a vela en solitario, Luis cirujano, médico de la familia y mejor amigo.
-¡Los avatares del mar no te han hecho perder el sentido del humor!. Descansa, te vamos a dar sedantes para que pases mejor la noche, mañana vengo y conversamos. Queda en la habitación una enfermera -dijo Luis
Juan, permanece en silencio, acostado, conectado con varios aparatos a su lado que titilan números y curvas, lanzando extraños pitidos.
La mente de Juan entra en una nebulosa.
……
La mañana era radiante en el puerto de Olivos, decenas de veleros lo habían escoltado en la última milla náutica. Estaba por culminar un sueño acariciado por mucho tiempo, el cruce del Atlántico navegando a vela en solitario. Se sentía un héroe a sus 52 años. Cientos de personas lo esperaban en el muelle: su hijo Julián, familiares, amigos, periodistas. Era la noticia de tapa.
El remolino mental, lleva a Juan al pasado reciente, en donde el viento de alta mar llena las velas, la sal marina impregna cada célula de Juan. Se encuentra al timón, solo.
¡Juan, Alerta! ¡No te duermas! ¡Estate atento! Dormirse en alta mar puede significar la muerte. ¡Concéntrate! ¡El timón, el radar, el AIS, la geolocalización, las baterías, las velas, el viento!
¡Juan! ¡Hace foco, a no flaquear! ¡Revisá el AIS, pone la alarma, dormí 15 minutos, no más! Vas a necesitar de todas tus fuerzas.
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Recuerda la entrevista con ese tonto periodista que no sabía nada de navegación, puso su mejor cara por los sponsors y le explicó la rutina de dormir en la navegación en solitario. Se calcula que un carguero en alta mar por la velocidad que lleva tarda veinte minutos en chocar con un velero, por lo tanto, apenas el AIS lo detecta y suena la alarma, el navegante tiene ese lapso para las maniobras evasivas. Juan por prudencia prefiere dormir a intervalos de 15 minutos.
- ¿Se aburre durante la navegación? -inquirió el periodista.
Juan con resignación y una sonrisa le explicó que había muchas tareas en un velero, -además siempre hablo conmigo mismoconcluyó.
Juan ya no huele el salitre del mar, huele los jazmines de su isla en el Tigre. Está trabajando en los planos del nuevo velero, el Olimpia III.
Su hijo fue a visitarlo, hace semanas que no sabe de él, está preocupado por la nueva obsesión de su padre: dar la vuelta al mundo en solitario.
Apenas ve a Julián, exultante, le muestra los planos. -Voy a cumplir el sueño de mi vida, la ruta será: Buenos Aires, Canal de Panamá, Pacífico, bordeo India, Canal de Suez, Mediterráneo, Atlántico, Caribe, bordeo Sudamérica y vuelta a casa. Me llevará construir el velero unos cinco años, si el viento sopla a favor, antes de los sesenta estoy en el mar- resume Juan.
- Aprendí que intentar disuadirte es inútil, quería invitarte a que pasarás unos días con nosotros, compartir tiempo con tus nietas, no importa. No es fácil ser tu hijo, no es fácil competir con el mar. Mi gran temor es que, si sucede algo en alta mar, lo voy a saber días o semanas después, no voy a poder estar a tu lado. -apenado confiesa sus temores Julián.
-Nada va a pasarme, además lo voy a equipar con la última tecnología, estaremos comunicados en forma permanente, hijo. El Olimpia III será mi orgullo, -lo tranquiliza Juan.
Amanece en el puerto de Olivos, un grupito de personas rodea al Olimpia III. La tarde anterior, la conferencia de prensa había sido un suceso, habilitaron un canal de YouTube para seguir la travesía, previo envió de material y edición por parte de los sponsors.
Julián lo abrazó fuerte. -Te quiero ver de regreso y en una pieza. ¡Cuídate Viejo!
Juan huele nuevamente el salitre, escucha el viento en las velas.
¡Juan, despertate! ¡Sonó la alarma! Pasaron los 15 minutos. Respirá lentamente. Este dolor de pecho, justo a un día de haber zarpado. concentrate, hay muchas cosas que hacer antes de que el dolor paralice el brazo. Lo primero es chequear el timón automático rumbo a Olivos, abortar la expedición fue la única opción, después tendrás tiempo de amargarte. El motor funciona bien, los tanques de combustible están conectados, las baterías
Relatos no corrientes
cargadas. La señal de auxilio fue enviada con éxito. El viento amainó y es tiempo de salir a cubierta para arriar las velas.
¡Fuerza Juan!
¡Juan! ¡Cuidado con el arnés, revisá los agarres! Siempre tres puntos de apoyo en cubierta. Ensarta el agarre del arnés a la línea de Vida. Despacio… Comenzamos a arriar la Vela Mayor, por estribor, desengancha los amarres, vigila los cabos.
Este enrollador automático funciona muy bien. Ahora con la vela Génova. Hay que cerrar todas las escotillas. Despacio…, respirá lento, sin agitarse. Lo estamos haciendo bien Juan.
¡Esperá!, antes de desengancharte de la línea de vida, detenete unos instantes: observa la tarde, el olor a mar, el mejor de los perfumes. Está planchado, las gaviotas siempre me arrancan una sonrisa. ¡Olimpia querida!, has tenido un gran desempeño, no sé si serás mi féretro o en un futuro volveremos a navegar. Ha sido un orgullo compartir estos momentos contigo.
Juan con lágrimas en los ojos acaricia y besa la popa de su barco.
¡Juan!, es hora de entrar. Las luces externas están encendidas. Una manta, una botella de agua cerca. Juan, si recordás un rezo, es el momento. El pecho, duele, una prensa me está aplastando, las piernas, los brazos se duermen.
Alguien le toca el brazo. Juan despertó, tardó varios segundos para percatarse que estaba en la sala del hospital. La cara siempre sonriente de Luis lo revisaba.
-¿Voy a morir? -preguntó Juan.
-No hoy, no esta vez -respondió Luis.
-No recuerdo el rescate, no recuerdo nada.
-Apenas llegó la llamada de auxilio, Julián acudió a la prensa para agitar el tema y la Armada respondió rápido. También colaboró la armada uruguaya con un avión. Te encontraron inconsciente, deshidratado, algunas horas más tarde y eras un cadáver. El barco de rescate contaba con equipamiento médico, te trasladaron en helicóptero. Fue una conmoción nacional, los noticieros dan partes diarios de tu salud, varias cadenas de oración, sos la noticia del mes Juan -resumió Luis.
-¿Cuántos días llevo acá?
-Tres semanas.
-Caray amigo, sentí el frío de la guadaña cerca.
-Te rozó el cuello, Juan. El de arriba, -mirando al cielo-, todavía no quiere que lo aburras con tus anécdotas marineras.
¿Cómo te sentís?
-Una aplanadora pisoteó el gran sueño de mi vida, todos estos años de esfuerzo en vano, así me siento.
-¡Estás vivo Juan! Eso es lo fundamental El viejo capitán asiente.
-Quisiera ver a mi hijo, ¿la Olimpia dónde está?
-La remolcaron, está amarrada en Olivos. A Julián lo mandé anoche a descansar a su casa, a ese muchacho casi lo mata la angustia. Con la poca bola que le diste, te salió bien el hijo.
-Mérito absoluto de su madre, -sonriendo acotó Juan.
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La cara de Julián asomó por la puerta. Luis se levantó y palmeando al muchacho los dejó solos.
Se acercó despacio a la cama, su cara demostraba el agotamiento de las últimas semanas.
-Qué cara, hijo. Todavía no me muero.
-No te miraste en el espejo para ver tu cara, viejo -respondió con una carcajada
Julián lo abrazó suave, la cara de Juan se relajó por primera vez, después de una eternidad.
-Hijo, cuando tomé conciencia, que debía abortar la navegación y fijar rumbo a Olivos, hubo un solo pensamiento que me mantuvo con vida. El que pudieras saber, el día exacto de mi muerte.
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La felicidad
Ana La Martire
Viernes 19 de septiembre de 1969, aula treintaicinco de la facultad de ciencias económicas de la ciudad autónoma de buenos aires, materia estadística 1, trato de concentrarme creo que habla de distribución de Poisson.
Solo a mí se me ocurre inscribirme de nueve a once de la noche, un viernes, en estadísticas. Fui yo o ese sistema macabro de tarjetas perforadas a la orden del primer lector computarizado de nuestra facultad llamado vulgarmente Federica, que me envió a esta clase. ¿Importa? Estoy acá y mi cabeza dónde está.
Pensando si Alejandro habrá sacado las entradas para la última función del cine Arte, los viernes se llena.
Y yo tratando de concentrarme de una vez por todas, así te va a ir. Pero no puedo, escucho entrar un furgón a la morgue y me pregunto a quien se le ocurre morirse en una noche tan linda.
Y miro mi minifalda cómo es que la llaman, sí Kilt, no creo que los escoceses la usen tan corta. Y el chalequito que me hizo la tía con punto arroz, los suecos que compré en plaza Francia… Yyyyyyyyyyyyyyyyy, si escucho, es la probabilidad de ocurrencia de un evento en un intervalo de tiempo o espacio.
Espacio es donde estoy yo ésta noche, miro el reloj, un seiko que me regalaron mis papás a los dieciocho años, diez minutos más para salir volando.
Espero que el subte llegue rápido, escucho la voz de Juan que me dice, vas para constitución, no hoy me bajo antes.
Llega el subte como siempre y no importa el horario lleno, pero bajo en unas pocas estaciones y no tengo que hacer cambio a la línea C. Salgo, cruzo plaza Lavalle y ahí está el mejor amigo que me dio la vida, de eso me daré cuenta con los años.
Sí, sacó la entrada, vamos a ver “La Felicidad” con Jean Claude Drouot. Bajamos las escaleras, no necesitamos acomodador, es casi nuestro cine y están pasando las publicidades, ahí veo las caras embobadas de toda la raza masculina viendo a Liliana Caldini en la publicidad de los cigarrillos Jockey Club.
Y todos cantando las olas y el viento… ¡SHHHH! Comienza la película, entre pedacito y pedacito de chocolate Aero. Nos atrapa. Salimos. ¡Guau! Buena es poco, no nos dan las palabras para comentar algo tan bueno, por supuesto camino a Guerrin. Y siempre la misma discusión, pizza con ananá no es pizza, aflojo, la pediré cuando venga con amigas. Una chica de muzzarella, una gaseosa y mucho para comentar. ¿Se puede amar a dos mujeres al mismo tiempo? Mi “no” es un decreto y su “sí,
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totalmente” explicado con una carcajada. A continuación nos ofrecen postre; muy educadamente, nos resignamos (no nos da el presupuesto).
Y ahora lo de costumbre: recorrer disquerías buscando nuestra debilidad, música soul, o tramp o el nombre que quieras darle. Otis Redding, Carla Tomas, Areta… Tratar de entrar los dos en esas mini cuchas que nos ofrecía Musimundo, ahí en Corrientes al 1300. El vendedor nos dice: “Tengo un 33 simple nuevo, recién salido. No se si es lo que buscan, es lo último”. Y ahí, compartiendo el auricular, escuchamos por primera vez matándonos suavemente con una canción de Roberta Flack y una y dos y tres y cuántas veces la escuchamos no sé, solo sé que salimos cantando “killing me softly with this song”.
Nuestra noche sigue en el café de La Paz, como en casa, ni idea la hora las mesas casi completas , con el tiempo, y en tiempos más oscuros no se volverán a repetir esas noches en ese bar, y por supuesto seguimos hablando de La Felicidad y si esa es la felicidad o el verdadero amor.
Hoy me pregunto cuánto sabíamos de la felicidad, sin darnos cuenta esos momentos se le parecían mucho
Decidimos volver caminando hasta Constitución, le digo no pierdas el último tren a Banfield, acompáñame hasta la parada del treinta y nueve.
Volvemos por la 9 de julio, (cuantos insultos para intendente de la época militar de la CABA, pero que linda quedó), los jacaranda ya están en flor, la suave brisa, la charla esa complicidad de saber que lo que le contas al otro solo queda entre los dos, para algunos ese tramo entre el obelisco y constitución les parecerá largo, para nosotros corto, todavía queda mucho por hablar.
Será el próximo viernes, eso sí, llamá cuando llegues a tu casa. Tranqui bajo el sonido del teléfono.
Sandwichitos y canapes
Relatos no corrientes
Julio Weibel
Hay cosas de las mujeres que ciertamente no comprendo.
Recuerdo a mi primera mujer, recién la había conocido o hacía poco tiempo (no es relevante ese dato).
Una noche nos invitaron a una reunión los amigos de ella.
En aquella época lejana era bastante tímido, quizás apenas un poco más que ahora. La cuestión es que casi no conocía a nadie. Entonces entramos juntos al lugar y ella, tan suelta de cuerpo siempre, comenzó alegremente a saludar e intercambiar palabras con todos (divina ella).
Me la pasé comiendo sólo toda la noche en compañía de sándwiches y canapés. Esta boca no habló con nadie. Los sándwiches y canapés me bancaron.
El idioma del viento
Jordan Benjamin Lezcano
El idioma del viento me ha llegado hoy. Así como el río no es el mismo si uno quisiera bañarse otra vez, el viento de hoy es otro. Que no será igual mañana. Hoy me ha contado en su idioma, que las ramas quietas del invierno tienen que ir para allá.
¿Para dónde? le pregunté -ya no puedo responderteme ha dicho.
-Ahora estoy en otra rama. Estuve primero en una rama verde y ahora agito
una marrón–-Soy como el ríome dice, -vivo un segundo con vos–-Si algún día me quedo en tus cabellos, lo haré para siempre. Ya no seré más viento ni río.
Seré yo, en vos-
Ana Basile
¡PALABRAS!
Mueven mares y levantan oleadas.
Palabras…
Soplan sobre los montes tibios y desiertos helados.
¿Palabras?
Las llevo por el mundo arrebatado en llamas.