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Moneo
MONEO, sólo en silencio se oye su luz PREMIO NACIONAL DE ARQUITECTURA 2015
Museo de arte romano de Mérida. Fotografía de Luis Asín / Museografías, EMPTY
Rogelio Ruiz Fernández
“No el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente”
San Ignacio de Loyola
Hay premios que honran al laureado y premiados que son los que hacen que un galardón cada vez sea más apreciado. Rafael Moneo es el único español que ha recibido el Pritzker, ha recibido también la medalla del RIBA de los arquitectos ingleses, el Premio Mies Van der Rohe, el Premio Príncipe de Asturias de las Artes..., y por fin ahora el Premio Nacional de Arquitectura. A nadie nos sorprendió, es más, yo creía que ya se lo habían dado. Es el segundo tudelano, con Sáenz de Oiza, que recibe esta distinción, y me temo que va a ser más famosa la ciudad navarra por sus arquitectos que por los cogollos. Él, Moneo, con esa humildad imposible, con esa educación jesuíta, agradece enormemente haberlo recibido (¿cómo se puede ser modesto con su valía?). Siguiendo con la religión, les invito en estas líneas a recordarlo, como se debe de conocer una persona y especialmente a un arquitecto: por sus obras, aunque él, y mucho, es un arquitecto de palabras también. Pocos edificios, los cuento con los dedos de una mano, me han producido una impresión tan intensa, conmovedora, trémula, como el Museo Romano de Mérida la primera vez que lo vi. Mi padre me había llevado a Mérida a ver Roma y al llegar, desconocido para mí, aún inédito, se estaba concluyendo el edificio de Moneo. Al verlo me olvidé de los
romanos y corrí hacia adentro para quedar deslumbrado y emocionado por aquellos gigantes arcos de ladrillo acariciados por la luz que, paradójicamente, y no sin intención sopesada, también eran Roma y acababan de nacer. El edificio emeritense además de los elementos conceptuales como la losa que nos separa de las ruinas y deja avanzar el edificio nuevo, incluye sutilezas proyectuales de una finura y sobriedad sobrecogedoras. Entras, avanzas por un espacio más bajo que te deja al fondo ver esos arcos que te mueres de ganas de alcanzar, pero no puedes llegar a ellos, has de desviarte por una rampa y guardarlos en tu memoria, recordarlos, para más tarde encontrarte con ellos y abrazarlos. Ya sé: la promenade de Le Corbusier, pero es más cosas, muchas más para quien escucha sus palabras calladas. Mérida es también el ladrillo, preciso, aplantillado para esconder la junta de mortero basto, dejando limpio el material histórico que vemos. Más tarde, en Palma, en la fundación Miró, cercano al Palacio de Marivent, la inteligente implantación y el remanso conseguido entre el alboroto construido en el entorno, me produjo una sensación inolvidable, dejándote mirar hacia abajo las láminas de agua y el jardín, y filtrando con alabastro las visuales no deseadas, también los encofrados de madera del hormigón...Me paro aquí para recordar, que otros jóvenes arquitectos, como Tuñón y el añorado Mansilla que trabajaron en Mallorca, fueron acompañándole en su estudio pequeño, como él acompaño hace años a Jorn Utzon cuando realizaba la ópera de Sidney, o a Saenz de Oiza. Moneo desde su mesa de dibujo de madera