REVISTA del INSTITUT,O de CULTURA PUERTORRIQUEÑA ANTROPOLOGIA HISTORIA LITBlüf7VRA
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ENERO-MARZO, 1973
San Juan tk Puerto Rico
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DEL INSTITUTO DE CULTURA PUERTORRIQUEÑA JUNTA DE DIRECTORES Carlos Conde, Presidente Enrique Laguerre - Aurelio Tió - Elías López Sobá Arturo Santana - Esteban Padilla Milton Rua
Director Ejecutivo: Ricardo E. Alegría Apartado 4184 AÑO XVI
SAN JUAN DE PUERTO RICO 1973
Núm. 59
ABRIL-JUNIO
SUMARIO El cultivo de la oratoria en Puerto Rico por Josefina Rivera de Alvarez .
1
Exposiciones de Luis Germán Cajiga .
7
Crítica y Teatro en Puerto Rico: Una propuesta para su revitalización por Juan Luis Márquez .
9
Guajana (rPoesía) por OIga Ramírez Arellano de Nolla
15
El pensamiento de Hostos (1839-1903) por María Teresa Babín .
17
Sevilla y Canarias en Puerto Rico por Francisco Morales Pádrón
23
Aspectos etnológicos aborígenes y actuales, del uso de la guáyiga y sus derivados en Santo Domingo por Marcia Veloz Maggiolo .
33
La búsqueda interminable (Poesía) por Clara Cuevas .
40
Julia del agua por Pedro Mir .
42
Grabados y Dibujos de Sobrino
44
Memoria descriptiva de la Isla de la Mona por Indalecio Núñez Zuloaga
47
Exposición de Rufino Silva .
50
Vigencia de Betances por Manuel Maídonado-Denis .
53
PUBLICACION DEL INSTITUTO DE CULTURA PUERTORIQUE1il:A Director: Ricardo E. Alegría Fotografías de Jorge Diana Aparece trimestralmente Suscrípción anual Precio del ejemplar
$2.50 $0.75
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DEPÓSITO LEGAL: B.
3343 -1959
IMPRESO EN LOS TALLERES GRÁFICOS DE MANUEL PAREJA BARCELONA - PRINTFD IN SPAIN - IMPRESO EN ESPAÑA
COLABORADORES
CLARA CUEVAS nació en Río Piedras. Se recibió de Bachiller en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Mayagüez. Es autora de los poemarios Canto al amor profundo (1956), Tríptico del amor, del dolor y de la muerte (1969) y Kaleidoscopio del amor (1970). Ha escrito además cuentos y obras de teatro, entre éstas El rompecabezas estrenada en 1970. En la actualidad se desempeña como periodista en el diario El Mundo.
PEDRO MIR nació en 1913 en San Pedro de Macorís, República Dominicana, de padre cubano y madre puertorriqueña. Publica poesía desde 1949 (Hay un país en el mundo, 1949; Ce1t1tracanto a Walt Whitman: canto a nosotros mismos, 1953; Seis momentos de esperanza, 1953; Poemas de buen amor, 1968; Amén de mariposas, 1969; Viaje a la muchedumbre, 1971) y también ensayos de investigación histórica. En agosto de 1973 visitó Puerto Rico por primera vez invitado por el Instituto de Cultura Puertorriqueña y las Revistas Guajana y Zona Carga y Descarga para hacer lecturas públicas de sus poemas y dictar varias conferencias.
MANUEL MALDONAOO-DENIS nació en Santurce, Puerto Rico, en 1933. Recibió el grado de Bachiller en la Universidad de Puerto Rico y la maestría y el doctorado en la Universidad de Chicago. Es autor de los libros Puerto Rico: una interpretación histórico social y Puerto Rico: Mito y Realidad. Desde hace varios años ocupa una cátedra en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Puerto Rico.
MARíA TERESA BABfN. Natural de Ponce. Graduada de Maestra en Artes de la Universidad de Puerto Rico y de DJctora en Filosofía y Letras de.la Universidad de Columbia. Ha ejercido la docencia en Puerto Rico y Estados Unidos y se ha destacado como crítica literaria. Es autora de las obras: El mundo poético de Federico Carcía Larca (1954), Carcía Lorca: Vida y obra (1955), Fantasía boricua (1956), Panorama de la cultura puertorriqueña (1958), La hora colmada (1960), Las voces de tu voz (1967), Jornadas literarias (1967), y Siluetas literarias (1967).
FRANCISCO MORALES PADRÓN. Doctor en Fi· losofía y Letras de la Universidad de Madrid, profesa una cátedra de Historia de América en Ja Universidad de Sevilla, y ocupa el cargo de redactor jefe del Anuario de Historia de Hispanoamérica. Ha dictado conferencias en las Antillas y en la América Central y es autor de varias monografías, entre ellas Jamaica española y Rebelión contra la Compañía de Caracas, aparte de numerosos artículos publicados en revistas de España y América, entre ellas la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña. Fue Decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Sevilla.
MARCIO VELOZ MAGGIOLO. Arqueólogo dominicano. Estudió arqueología en la Universidad de Madrid donde se recibió de Doctor en Filosofía y Letras. Se ha destacado como periodista y escritor. Actualmente desempeña la cátedra de arqueología en la Universidad Autónoma de Santo Domingo y es Asesor del Museo del Hombre Dominicano. Es autor de numerosos artículos sobre arqueología dominicana y del libro: Arqueología Prehistórica de la República Dominicana.
JOSEFINA RIVERA DE ALVAREZ nació en Mayagüez y cursó estudios en la Universidad de Puerto Rico. En 1947 obtuvo el grado de maestra en artes de la Universidad de Columbia y en 1954 se recibió de doctora en Filosofía y Letras de la Universidad Central de Madrid. Desde 1947 está ads· crita a la Facultad de la Universidad de Puerto Rico, en cuyo Recinto de Mayagüez desempeña una cátedra de español. Es miembro de la Academia Puertorriqueña de la Historia. En 1955 publicó el Diccionario de la Literatura Puertorriqueña, obra laureada con un primer premio del Instituto de Literatura Puertorriqueña y con el premio «Club Cívico de Damas» del mismo año. También se le debe la obra Historia de la Literatura Puertorriqueña, Tomo I (1969).
JUAN LUIS MÁRQUEz. Natural de Cabo Rojo. Periodista y crítico teatral. En la New School for Social Research en Nueva York y bajo la tutela de Erwin Piscator estudió Dirección, Escenografía, Montaje Escénico y Crítica Teatral. En la misma ciudad estudió cinematografía y comunicaciones audiovisuales bajo la dirección de Benoit Levy. Fue director de la extinta revista Puerto Rico Ilustrado. Publica ocasionalmente en el periódico El Mundo la colum. na de crítica teatral «'Entre Mayas y Cundeamores». Actualmente 'trabaja en el campo de la publicidad y las relaciones públicas.
OLGA RAMfREZ DE ARELLANO. Natural de San Germán. Graduada de la Universidad de Puerto Rico. Es autora de los poema· rios: Cauce hondo (1947), El rosal fecundo (1962), La tierra de la diafanidad (1962), A la luz del flamboyán (1962), Te entrego, amor (1962), Mar de poesía (1963), Dos veces retoño (1965), Orbe (1966), Cada ola y Escucha mi alma un canto (1966), En mis ojos verás todos los mundos (1968) y Traigo un ramillete (1972). Ha publicado, además, dos obras en prosa: Diario de la montaña (1967) y Cundeamor (1969).
Incorporación del negro en el entretejido social y cultural de Puerto Rico Por MANUEL ÁLVAREZ NAZARIO
DESDE LOS INICIOS MISMOS DE I.A ESPAÑOLIZACIÓN DE
las Antillas, a partir de los lusrros finales del siglo xv y comienzos del XVI, poseen ya los conquistadores y colonizadores peninsulares una amo plia experiencia de siglos en el trato y convivencia con servidores esclavos, así de raza blanca -de diversas procedencias, principalmente mediterrá· nea: berberiscos, moriscos, turcos, bizantinos, esclavos, etc.-, durante los viejos tiempos medievales, como también, desde entonces, de origen negroafricano, adquiridos originalmente estos esclavos de color en los puertos de la Berbería mediterránea a donde los dejaban las caravanas tran· saharianas que allí llegaban desde el corazón de la Nigricia, y luego, desde los mediados del siglo xv, comprados a los mercaderes portugueses y españoles que los traían hasta la Península desde diversos puntos en el litorial africano de occidente y suroriente. El particular desenvolvimiento que desde mucho antes del descubrimiento del Nuevo Mundo tendrá la esclavitud del negro en los puer· tos de la Andalucía atlántica y en Sevilla, y un poco más tarde asimismo en las islas Canarias (los precisos puntos de la geografía española desde donde arrancaría luego, con especial fuerza pobladora, la colonización de las islas del Caribe y de la Tie· rra Firme próxima a éstas), habrá de contribuir en medida importantísima a dejar ya establecidas desde la misma España y sus islas atlánticas unas ciertas prácticas de convivencia entre blancos y negros, las cuales, sirviendo de antecedentes inmediatos sobre el particular, determinarán en lo fun· damental' los patrones que regirían las relac,iones entre ambas razas en los establecimientos a levantarse ulteriormente en las tierras del Nuevo Mundo, a saber: (a) asimilación religiosa del negro dentro del marco del cristianismo católico, impulsada por el especial interés evangelizador de los infie·
les que es parte esencialísima del ser español como resultado de la guerra de Reconquista que, con sentido de cruzada religiosa, libran los cristianos peninsulares contra los moros durante el transcur· so de ocho siglos; (b) deseo de lograr la hispani. zación cultural del esclavo negro (y de otros orígenes) como extensión a estas gentes de la política uniformadora del Estado, en país que se re· funde y se reorganiza según avanza la Reconquista, dirigida primariamente a la castellanización de la población mora sojuzgada, de lengua árabe (la apa· rente concentración mayoritaria del elemento es· clavo negroide en pueblos y ciudades, en estrecha vinculación doméstica con el blanco, facilitaría en general su asimilación lingüística); (e) aceptación como hecho natural (tal vez favorecido por la ex· periencia española, también secular, de la fusión étnica de los diversos pueblos que desde la remota antigüedad se asentaron en la Península) de la mezcla de las sangres, en el cruce racial de negros y blancos; (ch) institución de medios de manumisión, a cuyo amparo surgirá la clase de los unegros horras» españoles, nutrida en parte importante por el deseo de los propios dueños de esclavos de declarar libres a sus hijos mulatos habidos en las siervas negras; y (d) desarrollo de una política pública y privada, hablando en términos genera· les, de trato liberal del negro, en país donde no constituye la presencia colectiva de éste, aun siendo crecida, peligro alguno contra la seguridad d~l oro den social y civil establecido. A la luz de las anteriores consideraciones, no extrañará pues la preocupación que en todo momento muestra la Corona respecto de que los neo gros que vinieran al Nuevo Mundo fueran ya cristianos, y en caso de no serlo, sería deber de sus introductores y de sus subsiguientes esclavizadores velar por que se hiciera realidad su entrada 1
en el seno de la religión católica. Vemos así, en relación específica con los africanos que se traen a las Antillas, como en Real Cédula de 1538, aplicable al territorio de La Española, se hace patente la obligación que tienen los dueños de esclavos indios y negros de cuidar de que éstos acudieran a las iglesias y monasterios para aprender la doctrina cristiana. Sobre los colonos, dueños de hatos y haciendas y señores de ingenios azucareros -informa Larrazábal Blanco-, se hacia recaer la plena responsabilidad moral y material respecto de que sus esclavos se bautizasen, asistieran a la doctrina, fuesen a oír misa y cumpliesen con las festividades eclesiásticas, contrajeran matrimonio con arreglo a las disposiciones canónicas al efecto, no murieran sin confesión. 1 Uno de los medios que con mayor efectividad habría de favorecer y estimular entre la población de color, esclava y libre, en las tierras del imperio español de Indias, la devota observancia del credo católico, lo será la organización de los negros y mulatos en cofradías o hermandades religiosas del mismo tenor de las que ya existían en España desde el siglo Xv entre estas gen· t~s, así en diversas ciudades de Andalucía como en otras partes del territorio peninsular (en Valencia, por ejemplo), donde los morenos llegaron a ser numerosos.2 En Puerto Rico, cerca de los inicios del último tercio del XVII, seguirían insistiendo las autoridades coloniales y metropolitanas en la necesidad de que el negro del país figurara entre los creyentes de la iglesia oficialmente establecida, cuando determina el Consejo de Indias, en 1664, sosteniendo un dictamen previo del gobernador in· sular, que los cuatro esclavos fugitivos de la isla de Santa Cruz que aquí habían llegado por entono l. C. Larrazábal Blanco, Los negros y la esclavitud en Santo Domingo, Santo Domingo. R. D., 1967, pp. 129-130, 134135. 2. Dentro del ámbito antillano eltistieron en Santo Domingo tales cofradías de esta clase, durante los siglos XVII y XVIII, como la de San Cosme y San Damián, de negros ararás; la de Santa María Magdalena, de negros zapes; la de Nuestra Señora de la Candelaria, de negros biaCaras y mandingas; la de San Juan Bautista, de morenos criollos, etc. (V. C. Larrazábal Blanco, op. cit., pp. 136-138.) En Puerto Rico, donde la escasez de documentos sobre el negro de siglos pasados no facilita las investigaciones por esta y otras vías, sí podemos comprobar modernamente que entre los negros y mulatos de Loíza Aldea quedan restos todavía de las tres hermandades o cofradías que se organizaron desde tiempos antiguos en tomo a cada una de las tres imágenes de Santiago Apóstol que alU se veneran -el Santiago .de los hombres», el «de las mujeres». 'JI el «de los muchachos-, integradas por hombres y muJeres que profesan particular devoción y preferencia por una de las tres imágenes aludidas, encargadas las tales hermandades, bajo la dirección de un «mantenedor» o «mantenedora», de organizar la fiesta anual del santo en sus di· versos aspectos. (V. R. E. Alegría, La fiesta de Santiago Apóstol en Loila Aldea, Madrid. 1954, p. 28.) Sobre las cofra. días .de morenos. en España véanse M. Gual Camarena•• Una cofradía de negros libertos en el siglo xv", Estudios de Edad Media de la Corolla de Aragó'l, Zaragoza, 1952, V, pp. 457-466; R. Ortega Sagristá, «La Cofradía de los Negros en Jaén del siglo XVII", Bole({n del /nstitllto de Eswdios Cie'menses¡ Jaén, 1957, IV, núm. 12, pp. 125-134; H. Sancho de Soprams, Las cofradias de morenos ell Cádil., Madrid, 1958.
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ces, y cualesquiera otros que en el futuro arribaran dentro de parejas circunstancias, podían permanecer en la Isla como personas libres siempre y cuando se acogieran a la fe católica y juraran fidelidad a la monarquía española. Aun cuando las disposiciones oficiales dirigidas a la asimilación religiosa del negro en los establecimientos españoles del Nuevo Mundo no siempre hubieron de encontrar el más estricto y cumplido acatamiento, el siervo africano importado y sus descendientes criollos lograrán hacerse sitio dentro del número del rebaño católico de los tiempos coloniales, ya bien instalándose en la grey de los fie· les con arreglo a los requerimientos de la más estricta ortodoxia (así más ciertamente en países como el nuestro, donde la hispanización cultural de los bozales y sus hijos y nietos logra 'calar en general a mayor profundidad). ya bien dando pie, en el marco de sus creencias y ejercicio rituales, como es el caso en Cuba, a conciliaciones y adaptl'lciones sincréticas de elementos ~religiosos africanos y cristianos. 3 Por los tiempos, en 1518, cuando se autoriza la introducción masiva de negros bozales en las colonias españolas ael mar Caribe, transcurridas ya unas dos décadas j media en el proceso de hispanización de nuest-"aS islas, el idioma \-astellano que trasplantan a éstas los conquistadores y colonizadores ibéricos ha logrado arraigar con firmeza, de· sarrollando a lo largo de esta primera etapa de su historia en América -el llamado período antillano- los rasgos característicos que lo perfilan como una koiné, en la cual, de frente a la diversidad de orígenes regionales de los pobladores peninsulares, una pronunciación predominantemente andaluza y una estructura morfosintáctica de fundamentos castellanos se conjugan niveladoramente con importantes contribuciones léxicas procedentes del Occidente peninsular (tanto español como portugués) así como del fondo de la lengua de sustrato de los indios arahuacos sojuzgados. Iniciado ya el decli· ve numérico de la raza aborigen granantilJana, tras . 3. Tal vez constituya en el Puerto Rico del pasado un mtento por parte de las gentes de color de asociar al culto católico la práctica de danzas rituales de remotó origen africano, el caso de los mulatos libres de San Juan que solían concurrir en grupo a la catedral, a la hora de vísperas. para eiecutar varios bailes, hallándose de manifiesto el Santísimo Sacramento, contra cuya costumbre innovadora habrá de actuar en 1684 el obispo don fray Francisco de Padilla, haciendo echar a la calle a los mulatos danzantes. (V. S. Brau, Historia de Puerto Rico, New York, 1904, p. 158.) Por otro lado, resulta de particular valor para comprender en Puerto Rico cuán profundamente ha llegado en la descendencia de los antiguos esclavos negros lo .que pudiéramos llamar. la «españolización mentab. lo. reacclon de protesta que motIva en Loíza Aldea el señala. miento que hace R. E. Alegría, en su obra antes citada (p. 23). sobre la posible presencia, en el culto católico que allí se tributa a Santiago Apóstol, de elementos residuo.les africanos procedentes del culto yoruba de Shangó. NI? c:.mpece sus innegables orígenes raciales africanos. los 10lcenos de color que refutan a Alegría se afirman en nuestros tiempos con tiero orgullo en la «pureza» de su cristianismo católico de raíces hispánicas.
la consumación de la conquista, con la consiguiente pérdida total de su habla como instrumento de comunicación viva, hecho ya cumplido por los mediados del XVI, la lengua española colonial llegará a señorear ella sola el territorio todo de las Antillas mayores. La enseñanza que en sus escuelas conventuales imparten desde tiempos tempranos en la historia de la colonia los frailes dominicos y franciscanos a los hijos de los pobladores de La Española, Puerto Rico, Cuba, Jamaica -blancos cri~ 1Ios o mestizos- y también, por especial recomendación de los Reyes, a los niños indígenas, mayormente hijos de caciques, se efectuará partiendo del arte de la gramática castellana, aportándose con ello respaldo y refuerzo por la vía escolar, al uso de la lengua hablada española que ha ganado el dominio general. El ulterior desarrollo en La Española -primigenio centro del mundo colonial hispano-, desde el mismo siglo XVI, de una rica vida intelectual, con soportes en el plano académico universitario y en la actividad de creación literaria, prestará nuevo vigor y lustre a la tradición lingüística española que se ha trasplantado a las ínsulas del Caribe. 4 El negro que a partir del XVI se·trae directamente desde Afríca a las Antillas, y más adelante también a los territorios que se conquistarán en la América continental, habrá de encontrarse, pues, con un ambiente lingüístico ya definitivamente hispanizado, en cuyo seno el habla española replantada, sin renunciar a las esencias fundamentales de su ser primero, va perfilándose dentro de las líneas de una personalidad propia vinculada al nuevo suelo hispanoamericano. En este medio hispanohablante del Nuevo Mundo, el africano importado habrá de quedar absorbido lingüísticamente, sin que su fuerza numérica, particularmente poderosa en algunos de los establecimientos del mar Caribe, pudiera nunca pesar decisivamente en el conjunto sociocultural de la colonia para llegar a poner en peligro la integridad expresiva del idioma castellano resembrado. El negro bozal que se aplicaba desde c;u llegada a la colonia a labores domésticas o -:le campo se veía obligado, a través del trato oral que pudiera tener con los blancos (amos, capataces, sacerdotes) y por la convivencia con otros negros ya de antes establecidos en el país, ladinos o semiladinos en cuanto a su conocimiento del español de la colonia, a desarrollar llor cuenta propia un instrumento de comunicación hablada, una media lengua afrohispana, que le permitiera ir desenvolviéndose, dentro de los límites de su estrecho vivir 4. P. Bovd·Bowman. l"dice geobiogrdfico de cuarenta mil fobladores españoles de América en el siglo XVl. Tomo , Bogotá, 1964, p. XXV; JI. Henrfquez Urcña, La cultura y las letras coloniales en Santo Domingo, Buenos Aires, 1936.
material, en el nuevo ambiente americano de su esclavitud. La distinta habilidad individual de cada persona para aprender, dentro de unas circunstancias ambientales probablemente erizadas de múltiples dificultades, determinarían desde luego, en medida principalísima, la prolongación en el tiempo y el éxito relativo de este arduo proceso de autohispanización lingüística. En el medio esclavista puertorriqueño de antaño~ el citado proceso de españolización que se opera acogido al tiempo en el habla del africano importado se verá favorecido, además, por la mayor cercanía dentro de la cual vive aquél respecto del hombre blanco. ya que no hubo en nuestro país, desde mediados del XVI hasta ya entrado el último tercio del XVIII, las grandes concentraciones de negros al servicio de las inmensas plantaciones que fue característico de la economía en otras de las islas del Caribe (así. por ejemplo, en las Antillas francesas y británicas), propicia las tales agrupaciones de esclavos. tanto por su fuerza numérica como por el mayor aislamiento en que se desenvolvía su vida y trabajos respecto de la sociedad del blanco, en notoria minoría. a la conservación más extensa e intensa de los rasgos originarios de su cultura africana. ~ Cuando por las décadas finales del XVIII y a lo largo de los tiempos del XIX anteriores a la abolición de la esclavitud, coincidiendo con el florecimiento económico insular que emana de la política de gobierno de reformismo ilustrado del reinado de 'Carlos 111. se desarrolla a plenitud en la Isla el sistema de extensas plantaciones que requería la aplicación multiplicada de africanos a través de una intensificación del tráfico negrero. ya la población blanca del país, a modo de contrapeso. va teniendo un rápido crecimiento cuantitativo que determinan, de una parte. la inmigración canaria del XVIII y el XIX y las ondas inmigratorias peninsulares de estos dos mismos siglos, y de otra, la llegada a la Isla de refugiados franceses y de otros extranjeros que aquí se hispanizan rápidamente, así como de españoles y criollos procedentes de Santo Domingo, Trinidad, Luisiana, la Florida, la América continental que se emancipa políticamente de España, con cuyas importantes adiciones a los números demográficos del blanco se refuerza indudablemente el ambiente lingüístico hispánico de la colonia al cual ha de enfrentarse el negro arribado como siervo forzoso. Finalmente, es preciso también tener en cuenta la importancia que para la asimilación lingüística del africano en Puerto Rico representan los conjuntos ya hispanizados que integran, respectivamente, los negros criollos y los mulatos del país, tanto de condición esclava como libre, en crecien5. V. S. Mintz. «The Socio·Historical Background to Pidginization and Creolization". Pid~inization and Creoliza· tion 01 Languages...• Cambridge, 1971. pp. 483485.
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tes números durante los siglos de la esclavitud. Constituyeron sin duda señales de positiva fuerza estimuladora de esperanzas y de anhelos de emulación para el siervo de color en nuestro país los ejemplos varios de negros y mulatos quienes desde los mismos albores de la colonia en el XVI y a lo largo de los siglos siguientes, llegaron a disfrutar de posiciones de bienestar material y de distinción en el marco de la vida isleña. Así, por los tiempos cuando se realiza la conquista y la inicial población de Puerto Rico, los casos respectivos de los ladi· nos españoles Juan Garrido, negro acompañante de Juan Ponce de León en varias de sus acciones épicas dentro y fuera de la Isla, y Pedro Mejía, mula· to, consorte de la cacica del Haymanio; un poco más adelante, los de los negros Francisco Piñón y Diego Hernández, propietarios no empece su con· dición de hombres de color de esclavos africanos e indios en el primitivo San Juan; por los finales del XVII y primeros lustros del XVIII, el del corsario mulato Miguel Henríquez, antiguo zapatero, quien por sus hazañas contra los buques de naciones enemigas que rondaban los mares insulares, me· rece del rey Felipe V el título de capitán de mar y guerra y el honor de la medalla y rango de caba· llera de la Real Efigie; hacia el último tercio de la misma centuria y primera década de la siguiente alcanzará particular preeminencia en la capital de la Isla el pintor mulato José Campeche; en el XIX, por espacio de más de cincuenta años a partir de 1810, el humilde tabaquero negro Rafael Cordero será en San juan nobilísimo maestro de primeras letras de la niñez, contando entre sus alumnos a muchos futuros prohombres de nuestra historia política y cultural.· La instrucción fonnal de la niñez de color en Puerto Rico en materia de doctrina cristiana, grao mática castellana y otras disciplinas propias de la enseñanza escolar de los tiempos de la colonia es· pañola estuvo a cargo sin duda del clero así como de piadosas mujeres -entre éstas, muy probable. mente, algunas señoras y señoritas de las casas grandes de haciendas-, quienes voluntariamente aportarían sus esfuerzos a tales propósitos de foro mación espiritual y educativa. Aun cuando el Padre Cuesta Mendoza, historiador de la instrucción en Puerto Rico, expresa que para los propósitos de enseñanza escolar la población esclava «fue siempre masa muerta» por la que no pudo circular savia cultural, cabe opinar con fundamento, sin embargo, que esta afirmación general no abarcaría con sentido de totalidad a los niños negros, hijos de los esclavos, quienes, junto con la doctrina catequística que se les impartía de acuerdo con dispo6. S. Brau, Historia de Puerto Rico, pp. 164-165; - , Biografía del maestro Rafael Cordero, San Juan, P. R., 1889; A. Tapia y Rivera, Vida del pintor puertorriqueño José Campec1le, San Juan, P. R., 1855.
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Slclones civiles y eclesiásticas, hubieron de recibir también al menos, así en las haciendas rurales como en las poblaciones, la misma instrucción de primeras letras que se cJaba a los hijos de los blancos y de los morenos y mulatos libres. Por otra parle, con relación específica a los mulatos de condición libre, el mismo Cuesta Mendoza reconoce que fa. vorecidos éstos por la inexistencia en Puerto Rico del conflicto de razas (no se produjeron en nuestro medio las tajantes separaciones de castas y otras manifestaciones de brutales prejuicios que este fenómeno social asume en otros territorios esclavistas), tuvieron acceso sin distinción a los centros de enseñanza, así como a los actos del culo to y a las filas de las milicias urbanas y aún a los salones del Gobernador. «Si no se fundaron escue· las especiales para ellos -agrega este historiador-, fue porque suyas fueron siempre las escuelas, pocas o muchas, establecidas para los blancos". Esta ideal fraternización de las razas en nuestro país al nivel de la enseñanza escolar se puede constatar, en la historia insular de siglos pasados, en las me· didas oficiales relativas a la educación pública que se promulgan en 1770 bajo la gestión administra· tiva del gobernador don Miguel de Muesas. En el directorio general que recopila en aquel año las obligaciones de los tenientes a guerra que regían en representación del capitán general de la colonia los varios partidos territoriales en los cuales se encontraba dividida la Isla, se encomienda a di· chos funcionarios -según lo registra Co11 y To~· te- la obligación de velar por que se impartiera debidamente la enseñanza a la niñez en las escuelas que correspondía dotar a los vecinos, disponiéndose que en las mismas era obligación de los maestros «recibir indistintamente todos los niños que se remitieran, sean blancos, pardos o morenos libres». El éxito que en favor de los hijos de la gente de color hubo de tener el programa de enseñanza pública y privada del país dependió en buena medida de la participación importante que en tales actividades docentes tuvieron por toda la Isla los maestros de la propia raza africana -sobre todo, pero no en exclusiva, mujeres-, negras o mulatas manumisas -de acuerdo con palabras de Brauque fueron, a la par de otras maestras de la raza blanca, «madres intelectuales de toda una gene· ración de ambos sexos", y quienes muchas veces solían prodigar caritativamente la instrucción a los párvulos, juntando en sus humildes aulas, como ocurrió en San Juan en el caso más conocido y celebrado deJ maestro Rafael Cordero antes aludido, «a los hijos de encopetados funcionarios con los de oscuros menestrales». En el entretejido de la vida puertorriqueña, vemos así cómo ya desde antaño la gente de color totalmente asimilada al medio cultural isleño contribuye a difundir en el
país los beneficios de la instrucción escolar, tanto a favor de los de su propia raza como a favor de los descendientes del blanco esclavizador. T A 10 largo de los siglos que dura en nuestro sue· lo la esclavitud africana, pues, tuvo el hombre de color en Puerto Rico más amplias oportunidades, por comparación con la situación del negro en los territorios del Caribe bajo otras banderas naciona· les, de integrarse dentro del medio lingüístico hispanohablante de la colonia. Si en los comienzos de la sociedad puertorriqueña en el XVI nos encontramos con negros ladinos procedentes de España que aquí participan junto a los blancos en gestiones de conquista y poblamiento, durante las centurias subsiguientes podemos observar cómo los descendientes inmediatos de los siervos africanos, sobre todo los que pertenecen a la clase de los mulatos o pardos libres, tienen también participación en diversas facetas de la vida puertorriqueña, inclusive en determinadas actuaciones dentro del terreno de la cultura que requieren cabal conocimiento y dominio de los recursos expresivos de la lengua española. El P. Cuesta Mendoza alude al caso curioso de un mulatillo del país, tal vez del siglo XVI": o del XVIII, quien se fuga a la Nueva EspaÍ~a, y al amparo de una evidente formación cultural de t;mbres más avanzados, llega a fungir osadamente allí de sacerdote. 8 Antes de mediar el siglo XVIII, el cronista anónimo que relata las celebraciones que tuvieron lugar en San Juan de Puerto Rico a principios de 1747, con motivo de festejarse la entronización del rey Fernando VI, da cuenta de cómo en el quinto día de festividades correspondió a los mulatos de la Capital la representación de la comedia El villano del Danubio y el buen juez no tiene patria, del autor áureo español Juan de la Hoz y Mota, tras cuya dramatización, habiéndose retirado a la Fortaleza el gobernador, "pasaron a ella todos los pardos, y comediantes vestidos en la misma forma que estaban en el tablado -dice el cronista-, acompañando a éstos las pardas doncellas... ricamente vestidas», y quienes «fueron recibidos del dicho señor gobernador con grande gusto y complacencia, cortejándolos con dulces y licores». Hay aun entre estos mulatos instruidos algún poeta aficionado que compone versos alusivos a la fiesta pública que se celebra.' 7. A. Cuesta Mendoza, Historia de la ~ducación e~ el Puerto Rico colonial. Vol. 11. 1821·1898, CIudad TroJdlo, R. D., 1948. pp. 18-19; C. ColI y Toste, Historia de la ins· trucción pública en Puerto Rico hasta el año de 1898, San Juan. P. R., 1910, pp. 15·16, 41-42; S. Brau, Historia de Puerto Rico, p. 242; T. Blanco. El prejuicio racial en Puerto Rico, 2tla. ed., San Juan. P. R., 1948, pp. 30-31. 8. A. Cuesta Mendoza, op. cit.• p. 86. _ 9. Anónimo. «Noticia cierta de las Fiestas que se hi· cieron en esta Ciudad é Isla de Puerto Rico, en celebra· ción de la Exaltación al throno Real de Nuestros señores D. Fernando de BOl·bón y doña Maria Bárbara de Verganza...". BHPR. 1918, V, núm. 3. pp. 173·175.
Las particulares condiciones de convivencia más liberal que favorecen en Puerto Rico la rápida hispanización del hombre de color y su participación progresiva en los varios aspectos de la vida insular cobran aún mayor esencia efectiva durante e] siglo XIX, y sobre todo, con posterioridad a ]a abolición de ]a esclavitud, en 1873, cuando se abren definitivamente las puertas a la estirpe racial de los antiguos esclavos para su más plena y tata] intervención en el desenvolvimiento de nuestro acontecer de pueblo. Al cerrarse e] xtx -escribe uno de los modernos sociólogos que estudian en nuestro medio las relaciones de las razas- ce Puerto Rico contaba con una pléyade de hombres negros y mulatos ilustrados en todas las ramas del sao ber humano, que se distinguían conspicuamente en la política, en el campo profesional, en el arte y' en las demás a~tividades humanas que ennoblecen •. 10 En el transcurso de ]a presente centuria dicha reaI Iilad de fines del siglo anterior se multiplica en sus alcances a través de las posibilidades de más amplio mejoramiento que ofrece a] individuo capacitado, nC' importa sus orígenes raciales, el mayor desarrollo de un sistema educativo público de incuestionable base democrática. En síntesis final: e] negro bozal que se trae a Puerto Rico como esclavo desde el siglo XVI hasta e] XIX vendrá a incorporarse a una nueva sociedad donde la acción de determinadas circunstancias de convivencia entre los blancos y la raza de color previamente desarrolladas en los ambientes esda· vistas de la España meridional y de Canarias, unidas a ciertos factores históricos que condicionan el particular desenvolvimiento de la colonia, facili· tarán la gradual asimilación de] africano dentro 'de los patrones socioculturales de fundamentales perfiles hispánicos que la conquista y el poblamiento de los europeos imponen en nuestro suelo, si bien con las necesarias adaptaciones que requiere su traslado al nuevo medio antillano. E] éxito que ]a general hispanización del negro alcanza en el país, a través de un proceso que se reinicia y se repite continuamente a lo largo de los siglos que dura la esclavitud africana, con el arribo a las playas puertorriqueñas, en su transcurso, de nuevos contingentes de bozales, será causa de que se vayan borrando paulatinamente entre los siervos importados y sus descendientes buen número de los rasgos socioculturales que arrancan de rafees en Africa -en ma· teria de creencias y ritos religiosos, en cuanto a costumbres individuales, familiares y comunales, en la vestimenta, en la alimentación, en el habla-, aun cuando en tales y otros apartados habrán de 10. J. Rodrílnlez Cruz, «Las relaciones raciales en Puerto Rico", Revista de Ciencias Sociales Rlo Piedras, P. R., 1965, IX. núm. 4, p. 379.
s
perdurar hasta el presente determinadas retenciones residuales, de bulto minoritario cuando se aprecian en el conjunto total de ingredientes y características del ambiente social y cultural hispanoantillano de Puerto Rico. Por otro lado, es innegable
6
la especial importancia que tiene la huella que el negro deja impresa en los aspectos de la música y el baile al nivel de la cultura popular, así en nuestro país como en las otras Antillas mayores que pertenecen a la comunidad lingüística hispánica.
El Decimocuarto Festival de Teatro Puertorriqueño Por
Cartel del Festival
I.
BAILE, DRAMA, COMEDIA
UN
DESPLIEGUE DE CONSTANTE CREACIÓN ESC~NICA CA·
racterizará el Decimocuarto Festival de Teatro Puertorriqueño que anuncia una primera parte de baile clásico y folklórico con la participación de Ballets de San Juan y Areyto: Ballet Folklórico y una segunda parte de dramas y comedias con el montaje de Sirena, segundo drama de la trilogía Máscara Puertorriquelia, de Francisco Arriví, La
FRANCISCO
ARRM
Muerte, comedia fantástica de Emilio S. Belaval, Un niño azul para esa sombrd, drama de René Marqués, y Llora en el atardecer la fuente, drama his· tórico de Luis Rechani Agrait basado en la figura de Juan Ponce de León, conquistador y colonizador del Borikén. Lo augura el concierto de los directores Ana García, Juan Anduze, Irene S. McLean, Dean Zayas, Gilda Navarra, Piri. Fernández, Angel F. Ri· vera y Victoria Espinosa dentro del Decimocuarto Festival de Teatro Puertorriqueño, todos dotados de excepcional imaginación escénica, los que se valdrán de los escenógrafos Rafael Ríos Rey, Julio Biaggi, Fernando Rivera, Orestes Valdés y Román Salas para concretar concepciones teatrales de variados estilos y técnicas. Tanto los ballets y bailes folklóricos, como dramas y comedias constituyen un reto para los respectivos regidores de escena de los seis espectáculos. Ana Garcfa y Juan Anduze, oficiando con Ba· llets de San Juan, Irene McLean con Areyto; Ballet Folklórico, Dean Zayas y Gilda Navarra con Sirena, Piri Fernández con La Muerte, Angel F. Rivera con Un niño azul para esa sombra, y Victoria Espinosa con Llora en el atardecer la fuente, armados los tres primeros de curtidos bailarines, algunos del New York City Ballet y los restantes cinco de notables actores como Idalia Pérez Garay, José Reymundí, Fernando Aguilú, Marcos Betan· court, Sharon Riley, Carmen Belén Richarson. Luis Antonio Rivera, José Luis Marrero, Lydia Eche· varría, Sonia .Noemí González, Juan Carlos Santa Cruz, Joaquín Col.azo, Marta Romero, René Monclava, Ernesto Concepción, hacen pensar que desde el día 30 de septiembre, fecha de inauguración del Decimocuarto Festival de Teatro Puertorriqueño ha de establecerse la más vigorosa competencia artística hasta el momento desplegada en la gran fiesta del Instituto de Cultura Puertorriqueña. Bas7
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Los Ballets de San Juan
ta con visitar los ensayos de las cuatro obras dra· máticas las que se llevan a efecto en el antiguo Casino de Puerto Rico, donde todavía permanece la· Oficina de Fomento Teatral del Instituto de Cultura Puertorriqueña, para realizar que estamos frente al más grandioso esfuerzo creativo dentro de un año que si consideramos el éxito del Séptimo Festival de Teatro Internacional, el Quinto Festival de Teatro de Ponce, las visitas al Centro Cultural de Mayagüe~, el Quinto Festival de Vanguardia, el Primer Festival de Teatro Latinoamericano, la aparición del Festival de Opera con La Traviata y la reincidencia de Opera 68 con Las Bodas de Fígaro luego de Pagliacci y La Bo/zeme, las extraordinarias producciones de grupos independientes en el Teatro Tapia, Teatro Experimental del Ateneo, Teatro CoopArte, Teatro de la Universidad, Teatro Cervantes, y los café-teatros, La Tea y La Tahona, tenemos que convenir que sobrepasa en fuerza escénica al de 1970, cuando la cIase teatral puertorriqueña alcan· za un clímax de producción. Ballets de San Juan estrena Jolgorio, de Amaury Veray y Areyto añade a su repertorio Baquiné. Sirena mueve un agudo problema puertorriqueño de conciencia, el de las vergüenzas por mor de herencias racialés, en dos planos de acción, La Muerte, sujeta a recreaciones escenográficas y 'animaciones de teatro total, plantea el hecho del avivamiento de las fuerzas del espíritu ante la posibilidad de desaparición; Un niño azul para esa sombra nos muestra ]a tragedia de los conflictos políticos puer8
torriqueños dentro del alma de un niño precoz valido de la técnica de desarticulación del tiempo; Llora en el atardecer la fuente profundiza en la poética y dramática figura de Juan Ponce de León dentro de un juego de realidad e ilusión que hace recordar la inspiración nutricia de Cervantes. Reto, reto, reto, de principio a fin, que acepta la clase teatral puertorriqueña, a través de sus autores, directores, actores, escenógrafos, iluminadores y demás técnicos conscientes de que en el año de 1971, especialmente como se manifiesta a tra· vés del Decimocuarto Festival de Teatro Puertorriqueño, confirma con mayor relieve y significado la necesidad y el deber de la creación del Centro de Teatro, Danza y Música donde ha de instalarse con todo vigor creativo.
11.
DRAMATURGIA DEL SER
o
NO SER
A la altura del Decimocuarto Festival de Teatro Puertorriqueño se puede afirmar, vistas las cincuenta producciones ya realizadas, que los veinte autores participantes en la gran fiesta escénica del Instituto de Cultura Puertorriqueña -independientemente de sus respectivos talentos y fertilidad- se juntan bajo sus estilos -en algunos evolutivos de un realismo poético de los cuarenta y los cincuenta hasta tocar en el imaginismo activo de los sesenta-, impulsados por el común propósito de afirmar la naturaleza y dilucidar la problemática de ser y la identidad puertorriqueña. Podrá la cátedra
que asiste a la «gran dionisíaca» del Instituto de Cultura Puertorriqueña y la que no asiste también -pues se conoce de un gran número de críticos que «destruye las obras» sin concurrir a las repre· sentaciones- agruparlos en geniales, talentosos, me· diocres y execrables; podrá apasionarse con unos y olvidarse que la Comisión Asesora de Artes Teatra· les los eligió para participar en el festival de Tea· tro Puertorriqueño, o endemoniarse contra el inteligente y valeroso grupo de personas que integra di· cha comisión; pero, no podrá negar dentro de los límites condicionados por la juventud del movimiento teatral fonnalmente iniciado con la fundación en 1940 del Patronato Popular de las Artes Dramáticas Areyto que diecinueve de los autores hasta ahora seleccionados (muertos, tres del siglo XIX; vivos, diecisiete del siglo xx) han contribuido decisivamente a formular y aclarar los términos de una dramaturgia nacional al tiempo que señalar el camino de sus posibilidades. A don Alejandro Tapia y Rivera, don Ramón Méndez Quiñones y don Salvador Brau se les trajo de la muerte por la vida de sus respectivas obras La cuarterona (antecedente de Caso del 111uerto en vida, Bolero y Plena, Sirena y Vejigantes), Los jíbaros progresistas (antecedente de La llacienda de los cua· tro vientos, Mi seiíoría, Tiempo muerto, La carreta, El casorio y Eugenia Victoria Herrera) y La vuelta al llOgar (antecedente de alguna de las anteriores en cuanto a la problemática de la familia puertorriqueña así como de La resentida y El camino del si· lencio). Resultan las tres creaciones decimonónicas genninales, en esencia, del ánimo dramático de Emilio S. Belaval, Luis Rechani Agrait, Fernando Sierra Berdecía, Enrique Laguerre, Manuel Méndez Ballester, Julio Marrero, Francisco Arrlví, César An· dreu Iglesias, Edmundo Rivera Alvarez, René Mar· qués, Gerald Paul Marín, Piri Fernández, Victoria Espinosa, Roberto Rodríguez, Myrna Casas y Luis Rafael Sánchez. Hay que señalar un divorcio de Ana Inés Bonnin Armstrong de la corriente dramatúr· gica que toma impulso a partir del siglo XIX y concreción, perfil y fuerza definitivos y definitorios a partir de Areyto y con los Festivales de Teatro Puertorriqueño, pero dicho divorcio apenas se sien· te en la inmensa gravitación de las cincuenta producciones puestas en escena en busca de la afir· mación del ser y la identid~d del Borikén transculturado del igneri tainizado, del español y del afri· cano, batidos a desintegración en el cóctel de Don Nadie de un preponte civilización industrial anonimista y deshumanizante presidida por sus Majesta· des Bomba Atómica de Occidente y Bo'mba Atómica del Oriente. Lo cierto es que un creciente número de escri· tares que agrupa a invernales, otoñales, es~ivales y primaverales en intensa voluntad creativa han
dotado a Puerto Rico en las últimas cuatro décadas de un cuerpo dramatúrgico con carácter propio como Esquilo, Sófocles, Eurípides y Aristófanes lo lograron para la Grecia Clásica, o Shakespeare y Marlowe, entre otros, para la Inglaterra renacen· tista, o Lope de Vega, Tirso de Malina y Calderón de la Barca para el Siglo de Oro Españolo Corneille, Racine y Moliére para la Francia aesembocante en Luis XIX, o casi a la par con el fenómeno de Puer· to Rico, Eugene O'Neill, Sherwood Anderson, El· mer Rice, Clifford Odetts, Saroyan, Arthur Miller, Tennessee Williams y Edward Albee para los Estados Unidos de los años treinta en adelante. De los respectivos méritos de los escritores que han concurrido a los Festivales de Teatro Puertorriqueño a confrontar sus talentos será mejor juez el tiempo por venir que el tiempo presente. Por fortuna, las obras de los valientes que han arrostra· do cuatro y medio siglos de complejo de inferiori· dad con la frente en alto a partir del Patronato Popular de Artes Dramáticas Areyto, quedan grabadas por bien o por mal, luego que se disipe el humo de la batalla por el ser y la identidad de Puerto Rico, en los tomos al efecto que publica el Instituto de Cultura Puertorriqueña. En los mismos podrá estudiarse, y esto por lo menos puede afirmarse desde ahora, como en poco tiempo muchos de los escritores ayudan al país, vía sus creaciones, a su· marse al pulso del teatro mundial sin perder su pe· culiaridad nacional. Lo atestiguan varias obras, muo chas de las cuales, no menos de ocho, han trascendido a colecciones o antologías universales bajo la denominación de teatro puertorriqueño. Llámesele cuerpo dramatúrgico modesto si se quiere al de Puerto Rico, pero no se le niegue su existencia porque se incurre en barbaridad. La consecuencia creativa de Emilio S. Belaval, Luis Rechani Agrait, Manuel Méndez Ballester, Francisco Arriví, René Marqués, Gerard Paul Marín, Luis Ra· fael Sánchez y Myrna Casas no permiten ya la frase de que «el país no tiene teatral>. Lo tiene y. en franca evolución a convertirse en uno de los más signifi· cativos de ambas Américas porque se basa en el trágico problema de ser o no ser de un pueblo, como si dijéramos de una tribu ante el problema de fertilidad o aniquilación (de lo que naciera el más profundo teatro), y sus escritores más empeñados se han obligado a máximo esfuerzo de expresión desde sus más hondas y libres fuentes de conciencia. A este espíritu responden Sirena, La Muerte, Un niño azul para esa sombra y Llora ell el atardecer la fuente dentro del Decimocuarto Festival de Teatro Puertorriqueño, programa de dramas y 1:0medias que recomienda, la Comisión Asesora de Ar· tes Teatrales del Instituto de Cultura Puertorri· queña luego de examinar minuciosamente las obras sometidas a concurso, solicitar otras y finalmente 9
"Sirena", de Francisco Arrivt valerse de una lista de obras ya presentadas, a su juicio, aptas y merecedoras de montaje en dicho festival: un estreno, Llora en el atardecer la fuente, dos apenas conocidas Sirena y La Muerte, antes no montadas en el Festival de Teatro Puertorriqueño y una, alegadamente mal realizada en escena durante el Tercer Festival de Teatro Puertorriqueño, Un nii10 azul para esa sombra, desconocida por el gran público que asiste hayal Teatro Tapia, Teatro Experimental del Ateneo, Coop-Arte y Teatro Cervantes por inducción de los Festivales de Teatro Puertorriqueño e Internacional, todas, eso sí para su indiscutible justificación, escritas con el empeño insobornable de elevar a gran categoría artística la dramaturgia puertorriqueña con su grave problemática del ser o no ser del cuerpo·alma del Borikén. Despiértese la curiosidad por ver como la onda que nace en la Grecia Clásica, traspasa la Edad Media, se revitaliza en el 'Renacimiento y florece infinidamente en la Edad Moderna, da su máscara particular en Puerto Rico sobre el mismo fundamento y diferente aparición del hQmbre en lucha por sobrevivir a la adversidad. 111.
SIRENA
Abre el Decimocuarto Festival de Teatro Puertorriqueño el drama Sirena, segundo de la trilogía Máscara Puertorriqueña contentivo además de Bo· 10
lera y Plena (El Murciélago y Medusas en la bahía). Si El murciélago se inspira en el bolero Silencio de Rafael Hernández, y Medusas en la Bahía en la plena Tanta vanidad, folklórica hasta el momento, Sirena se inspira en la danza Vano empeño, de Juan Morell Campos. Vejigantes se inspirará en la bom· ba Collarito. Se parte en la trilogía pues, del bolero, forma musical, la más moderna de las cuatro, en este caso influido 'por aires musicales jíbaros, a rastrear el más profundo fondo del alma puertorri. queña vía la plena, la danza y la bomba la que se escalonan de un pasado inmediato a un pasado lejano. El estudio de esta música nos ha de revelar un proceso de aculturación de los componentes españoles, africanos e indígenas en imantadas en el fono do del alma puertorriqueña. El murciélago nos establece la generalidad jíbara del pueblo borinqueño actuante en toda la geografía del país. Medusas en la Bahía habla de la vergüenza racial de lo africano bajo la superficie de esta generalidad jíbara con lo que complica la dramática de ser puertorriqueño. Sirena, inspirado en la danza del gran mulato Morell Campos que nos expresa tan genialmen.te el alma de la segunda parte del siglo XIX va a pintarnos la lucha por sobrevivir unitariamente del ser puertorriqueño tal y en verdad como se conforma bajo la generalidad jíbara. Vejigantes, casualmente con su exposición de la condi· ción más «primitiva" en el advenir del ser puertorriqueño va a reclamar la unidad social del puerto-
rriqueño por sobre las grietas y las negaciones por mor de sus diferentes herencias sociales. Con Máscara Puertorriqueíia estamos, pues, freno te a una confesión nacional y una propuesta de nue· va abolición de mala conciencia sin la que el ser puertorriqueño no puede ser urgido a nuevas con· quistas de su identidad, la que ya ha fraguado en la bomba, la danza, la plena y el bolero (enumeradas las conquistas del pasado hacia el presente), si no se vencen por acción volitiva total los vejigantes de las vergüenzas raciales que asedian la conciencia colectiva puertorriqueña. Si El murciélago y Medusas en la baIlÍa nos hablan de una muerte progresiva y final de una mala conciencia puertorriqueña, Sirena señala un camino de resurrección por acción de la mejor con· ciencia humana, victoria que ha de servir de apoyo en Vejigalltes para reclamar la unidad de concien· cia bajo el mar de matices de la piel que nos caracteriza como pueblo producto de la aculturación ocurrida en el antiguo seno indígena del Borikén. En este contexto y esta luz debe entenderse a Cambucha. el trágico personaje central de Sirena, la que comete error de negar su realidad para afirmarla luego consciente de que no se puede vivir en paz de espíritu sino por valiente aceptación de naturaleza propia.
IV.
EMILIO
S.
BELAVAL,
PIRI
FERNÁNDEZ
y
LA
MUERTE
Si las nuevas generaciones, vencidos los prejuicios de la juventud, deciden acercarse al teatro de Emilio S. Belaval. chocarán de primera intención contra un mundo conceptual aparentemente reñido con el libre emocionalismo antiverbal del ClChappe· ningl> (suceso de proyección automática) de que tanto gustan y que anteponen, bandera revolucionaria en alto contra la imaginación dramatúrgica apoyada en una viva conciencia de lengua al tiempo que una concatenación luminosa de ideas. Si resisten el choque, relajan las entendederas y se entre· gan a la lírica conceptual de los personajes bela· valianos, se darán cuenta de segunda intención que este autor malentendido responde a la técnica del suceso de proyección automática, con la diferencia que en lugar de darse a través de la emoción cruda liberado de la biología, se realiza a través del juego de ideas apoyado en un brillante estilo. Lo cierto es que bajo el abismo estético que pa· rece tomar irreconciliable a Belaval con jóvenes escritores de reciente aparición, existe un lazo común, no importa que el primero se traduzca en brujería de intelecto, producto de un trascendental humor, y los segundos se proyecten encantados por
Escena de "La Muerte", de Emilio S. Be/aval
JI.
las fuerzas del instinto y no les importe un bledo que les señalen la voluntariedad de atacar y defenderse desde premisas inarticuladas que sienten na· cer de una fundamental seriedad de la vida. Belaval podrá sonreír ante su experiencia de la vida y los jóvenes escritores podrán rugir, pero librémonos de engaño, uno y otros de auténtico valor se dan a la dramaturgia puertorriqueña por fuerza de los demonios entre los dioses del Olimpo y los mortales de este planeta. Si Belaval desemboca en intencionadas pirotecnias de estilo, y los «happenia· nistas» en desintencionadas gimnasias, ambos abe· decen, no obstante, a la maldita compulsión poéti. ca que empuja al espíritu a crear arte de la vida misma. No se puede catalogar el teatro belavaliano de antítesis del teatro «happeniniano» sin que se in· curra en llaneza, caída de intelecto muy frecuente entre los jueces del teatro puertorriqueño. La fuerza que lleva al autor de Cielo caído, La vida y La muerte a un «tripl> de humor verbal es la misma que impusa la pirotecnia de músculos últimamente acelerada en los escenarios del país. De tal fuerza se vale Pirí Fernández, la directora de La muerte en el Decimocuarto Festival de Teatro Puertorriqueño para proponer su visión escénica de la dramaturgia de Emilio S. Belaval. Si en este autor, alabado por Juan Guerrero Zamora en su Historia del Teatro Contemporáneo, no estuviera bullente el endemoniamiento de autor dramático nada podría proponerse la inteligente yapa· sionada «recreadora en escena» que obtuviera tan rotundo éxito en La cuarterona durante el Décimo Festival de Teatro Puertorriqueño, con María Soledad en el Cuarto y La Ilacienda de los cuatro vientos en el Primero. Por el contrario, Piri Fernández ha encontrado deslumbrantes posibilidades en La muerte para poner en juego la técnica de teatro total con que diera relieve a las potencialidades del drama de Alejandro Tapia y Rivera. Adentrada en las honduras demoniacas de la obra de Emilio S. Belaval, ha encontrado, en las ultimi· dades donde el fundador del Patronato Nacional de Artes Dramáticas Areyto y las nuevas genera· ciones se juntan, el punto de partida efectivo puede mostrar al mundo cuanto de profundamente antiguo y pristinamente moderno encierra la comedia fantástica en tres actos La muerte, y, como ésta, ya que se agrupan bajo el mismo impulso del demon, Cielo caído, La vida y Circe o el amor. Emilio S. Belaval necesitaba de una sacerdotiza para encontrar la justicia que se merece su dramaturgia. No dudo que la ha encontrado en Piri Fernández con sus ceremoniales y ritos de teatro total para los que la obra belavaliana, de vivas suges· tiones poéticas dentro de un juego de ideas re· sulten lo que el mar al pez.
12
V.
UN NIÑO AZUL PARA ESA SOMBRA
De la fase de dramas y comedias del Decimocuarto Festival de Teatro Puertorriqueño anteceden a Un niiio azul para esa sombra, Sirena, la que gran parte del público, diera en llamar tragedia, y La Muerte, subtitulada por el autor comedia de deli· rantes. De hecho, se escenifica a Sirena a base de un juego ae plataformas sugestivo del teatro griego para enfatizar la peripecia trágica de Caro· bucha. el personaje central, al tiempo que se responde al realismo mágico de la obra con una serie de esquemas modificadores de las áreas de actuación, la ilusión de convertirse en mujer blanca y la catarsis ante el reconocimiento de su error por parte de la mulata, encontraron marco expresivo de gran fuerza en el juego de sólidos niveles escalonados con livianos esquemas descolgados o volados de acuerdo con el progreso de la obra. En La muerte la dirección se apoyó en lo de «comedia de delirantes» para experimentar con la proyección de múltiples laminillas sincronizadas al diálogo con lo que, no hay duda, consiguió crear la ilusión de inmensos espacios, expresivos visualmen· te, de la inmensa imaginación verbalizada del autor. Las formas proyectadas parecían surtir del «delirio dionisiaco» que impartió la regidora de escena con su part;cular manera de adentrarse en el áni· mo del autor y los intérpretes, carne de delirio ella misma, para volver hacia los espectadores rí· tualísticamente todos los vinos de la sangre. El tercer montaje del Festival se iguala a los alabados de Sirena y La muerte. Un nilio azul para esa sombra, drama el más punzante de René Marqués por enfocarse sobre el espíritu de un niño dividido emocionalmente entre la madre, amante de un norteamericano, y el padre nacionalista, muerto ya, pero vivo en el ánimo de Michelín, ofre· ce claros apoyos para un montaje realista poético, de hecho, explicado por el autor en el texto. El regidor de escena, Angel F. Rivera, no se conforma con las indicaciones de Marqués y procede a idear una escenografía de sólidos y vanos donde han de jugar, fluyentes las unas en las otras, las áreas de actuación. Nos hace recordar la técnica que apli. cara para resolver las escenas retrospectivas de El sol y los McDonald, del mismo Marqués, pero esta vez aún más aligerada de pesos. Las plataformas ugriegas» y los esquemas sugestivos de Sirena, las áreas de actuación severos al tiempo que la riqueza de proyecciones de La muerte, dan paso a la descomposición del espacio escenográfico en el in· terior de una casa y su adjunta terraza al jardín las cuales han de fundirse o separarse de acuerdo con el devenir de la mente de Michelín y han de constituirse finalmente en el Gólgota del niño genial roto en el espíritu.
"Un ni,io azul para esa sombra", de René Marqués
Angel F. Rivera se enfrenta como director a la difícil proposición del doble punto de vista, esto es, a que el espectador vea la obra desde su particular perspectiva y luego, desde la perspectiva de un personaje, en el caso específico de Un nilio azul para esa sombra, desde el punto de vista de Michelín. Este juego del punto de vista, ya ensayado en el teatro puertorriqueño en las obras El diablo se humaniza, Caso del muerto en vida y El sol y los McDonald, presupone que se arrastre al espectador al centro mismo del acto místico de la representación como al fiel a la esencia mágica de la misa. Serás primero quien mira, parecen decir los sustantivantes autor, director y actor, pero serás luego quien se convierta en fenómeno dramático. Un nirio azul para esa sombra reclama netamen· te al espectador a la crucifixión de ~ichelín a través de cuya terrible pasión se oficia misa puertorriqueña, pero no lo efectúa por confrontación, sino vía una desarticulación del tiempo y del espacio que envuelve progresivamente al concurrente al servi-
cio teatral y lo asimila al acto sacrificial mismo para agrandar las dimensiones de la vida por acto de la muerte. VI.
LLORA EN EL ATARDECER LA FUENTE
Culmina la fase de dramas y comedias del Decimocuarto Festival de Teatro Puertorriqueño con el estreno de Llora en el atardecer la fuente, pieza de imaginación sobre un fondo histórico, de Luis Rechani Agrait, quien ya ha contribuido a la «gran dionisiaca» del Instituto de Cultura Puertorriqueña con la reposición de Mi Señoria, comedia estrenada en 1940 bajo gestión de Areyto y el sucesivo develamiento para la historia escénica del país de Todos los ruiseñores cantan, ¿Cómo se llama esa flor? y Tres piraguas en un día l1e calor, obras todas compuestas al influjo de la fiesta escénica que encuentra máxima virtualidad en 1971 con los montajes de Sirena, La muerte y Un niño azul para eSa sombra. 13
"Llora en el atardecer la fuente", de Luis Rechani Agrait Comenté al comienzo de la fase de drama y comedias del Decimocuarto Festival de Teatro Puertorriqueño que el mismo se efectuaba bajo el signo de cuatro directores de escena sumamente imaginativos y competentes (Dean Zayas, Piri Femández, Angel F. Rivera y Victoria Espinosa) por lo que se auguraban bien planeadas aventuras de la proyección escénica. Este resulta el caso, Sirena, La muerte y U/1 /1i;1o azul para esa sombra constituyen modelos de ejecución artística, en 10 que a los fac· tares de dirección, actuación, escenografía, vestua· rio, iluminación y tramoya se refiere, de extraordinaria eficacia. Podrán discutirse los méritos dramatúrgicos de las obras hasta ahora presentadas (los planteamientos dramatúrgicos del teatro puertorri14
queño siempre han de provocar las más encontradas refractaciones pues emanan de un pueblo profundamente dividido frente a su problema de ser o no ser) pero tendrá que coincidirse, en términos del montaje, que el Decimocuarto Festival de Tea· tro Puertorriqueño alcanza con los sucesivos montajes de Sirena, La Muerte y Un niiio azul para esa sombra, ya discutidas anteriormente, una fuerza estética superior a la de previos festivales, no importa que la-escenografía hayan obstaculizado como siempre, los tres ensayos finales sobre el escena· rio del Teatro Tapia luego de los cuales se someten las producciones en jugada de vida o muerte a los críticos la noche del jueves. Debe señalarse que para las cuatro produccio-
nes se ha dispuesto este año de salones de ensayo amplios no interrumpidos por otras actividades ajenas a la creación escénica. El resultado se ha visto en Sirena, La muerte y Un nUio azul para esa sombra, en las cuales han jugado diferentes proposiciones de montaje como la armonización de teatro fijo y colgados (Sirena), la adjetivación de espacios y volúmenes puros con proyección de diavistas (La muerte) y el uso de múltiples áreas de actuación dentro de frágiles estructuras de vanos y sólidos (Un niño azul para esa sombra). Esto no hubiera sido posible si no se dispone de taller, aun' que rudimentario aún para ejercitar las artes y ciencias del montaje. Victoria Espinosa, tiene la palabra en la última obra del Decimocuarto Festival de Teatro Puertorriqueño, inspirada en el Conquistador y Coloniza· dar del Borikén y Adelantado de la Florida, Juan Ponce de León. Como Dean Zayas, Piri Fernández y Angel F. Rivera, Victoria Espinosa se lanza aman· tar Llora en el atardecer la fuente, con todas sus fuerzas creativas. Llora en el atardecer la fuente es drama dividi· do en nueve cuadros a través de los cuales crece la figura de Juan Ponce de León impulsado ambi· valentemente por la búsqueda de tesoros en nuevas tierras que le impone la época más profunda de su espíritu. El personaje no evoluciona dentro de un esquema de cobra bien construida.., sino como romo pe la semilla de la tierra, rodeada de humus, en este caso, el de la historia. Rechani Agrait deliberadamente contrapone razón divina a razón histó· rica. La razón divina se polariza hacia la soñada
Fuente de la Juventud que acaba por relegar en el ánimo del poético conquistador del Borikén la razón histórica. Dramatiza lo que es de lo mejor ley y caracteriza a los otros autores del Decimocuarto Festival de Teatro Puertorriqueño: el poeta. A través de Juan Poncl; de León, Luis Rechani Agrait deja traslucir una profunda nostalgia de vida existencial. Interpreta el sueño del Gran Soñador de la Conquista de América como afán de supervivencia del espíritu en términos del milagro que se nos ha concedido con nacer. pero deja sentir a la vez la tragedia inevitable que conlleva la conciencia con advenir al tiempo. De todas las del Decimocuarto Festival de Tea· tro Puertorriqueño, presentó las mayores dificulta· des para verterse en escena, primero, porque no se había representado antes como en FI caso de Sirena, La muerte y Un ni;ío azul para esa sombra; segundo, porque el autor luchaba aún por expresarla, y el director la toma en esta etapa. La doble proposición de historia y mito implica gran tra· bajo intelectual por parte del poeta que debe ser el autor y del poeta que debe ser el director. No podía lograrse la proposición escénica final sin el concurso de ambos y, naturalmente, sin la mejor voluntad de los actores, sustantivantes con los anteriores del fenómeno dramatúrgico. Rechani Agrait, poeta autor, concede poderes a Victoria Espinosa, poetiza directora para plasmar con toda fuerza es· cénica su obra en proceso evolutivo aún, la que logra fundir los variados elementos escénicos en una potente realización.
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La Danza Puertorriqueña* Al Sr. D. MANUEL FERNANDEZ JUNCOS
Cánt·abro de origen, puertorrique;lo de corazón: Testimonio de profundísima simpatía. Por
L
SALVADOR BRAU
A VOLUNTAD NACIONAL ACABABA DE ELEVA~ AL TRONO,
patrimonio un día de Austrias y Barbones, a un joven descendiente de la casa de Sabaya, y transmitida la noticia a Puerto Rico, para celebrar· la como el caso requería, habíase ordenado cantar un Te Dewn en todas las iglesias parroquiales de la Isla. El cura de cierto pueblo, andaluz ladino, si los hay, que se ladeaba el bonete y terciaba el manteo con todo ~l garbo jacarandoso de un discípulo... de Cúchares o Pucheta, obligado a armonizar la obediencia debida al Gobierno constituido con sus aficiones carlistas, que no mostraba em· pacho en publicar, dióse tal arte para conseguirlo, que al presentarse en el templo el Alcalde, seguido de los notables del distrito, invitados al acto,· sólo encontraron al sacristán que apagaba las luces por haber terminado la ceremonia. Irritado el pueblo, no sé si por el escozor de la burla o por el agravio a sus sentimientos de ad· hesión a las instituciones monárquicas y a la novísima dinastía, dispuso plebiscitariamente, la cele· bración de otro Te Dewn aquel mismo día, a las tres de la tarde, en el cual habrían de desplegarse todas las pompas filarmónicas y ornamentales, reservadas exclusivamente para las fiestas del Santo Patrón. Elegida una comisión trina para concertar con el cura el extraordinario espectáculo, no halló dificultades en su cometido, pues el funcionario sacerdotal se avino a repetir, no una, sino miríadas de veces, el célebre himno de San Ambrosio, con tal que se le abonasen sus derechos según arancel. Pero no bastaba repetir: buscáqase la ostentación, y como para obtenerla se exigían ciertas colgaduras y luininarias, y el párroco se mostraba .. Escritos sobre Puerto Rico. Editor José González Font Barcelona, 1903. •
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Salvador Brau remiso en acceder, por 10 inusitado del requilorio, uno de los tres comisionados, el más joven, y, por ende, más impaciente, hubo de replicar: Sí, padre: aquí se pusieron en el baile que se dio cuando l-a muerte de Narváez.. Excuso describir la hilaridad del pater, al oír
llamar baile a unas honras fúnebres, y el desconcierto de los otros comisionados, puestos en el caso de rectificar el lapsus de ~u compañero. No dudo que alguno'de mis lectores, al tomar nota de esa anécdota, cuya autenticidad garantizo, reirá hoy, como rió aquel cura hace doce años, de la ligereza del joven aludido; sin embargo, a poco que se medite la réplica, habrá de convenirse en que pudo revestir todos los caracteres de la más evidente realidad. Si con bailes hemos visto celebrar la muerte de instituciones seculares, y de sistemas y principios que a su sombra arraigaban y florecían, ¿por qué dudar que unos cuantos compases de merengue pudiéramos dedicarlos, como honores fúnebres, al que fue servidor leal y defensor consecuente de aquellas instituciones y principios? Por 10 demás. no hubiera sido nuevo en Puerto Rico esto de convertir la danza en funeral maní(estación, pues que, al decir de nuestro historiador, el grave benedictino, Fray Iñigo Abad, la pasión por el baile se hallaba, en su tiempo, tan arraigada en nuestra tierra que hasta en los velorios encontraba campo donde desarrollarse, durando la diversión en esos casos hasta que ya no se po-día sufrir el fetor del difunto. Conviene por otra parte no olvidar que el baile, reducido hoy a fútil pasatiempo, ha servido para expresar sensaciones muy diversas en las distintas épocas y países que abarca la historia de la humanidad. Sagrado en Egipto, místico en Israel. heroico en Grecia, lascivo en' Roma, bárbaro en el Norte. simbólico en una y otra parte. el baile ha dado margen a todos los caprichos, desde Catón el Censor hasta Mazarino, desde Mesalina hasta Salomé. sirviendo al mismo tiempo de pretexto tan geñeralizada diversión a las más libidinosas orgías, así entre las primitivas bayaderas orientales como entre las grotescas cancanieres de nuestros tiempos. Si tal ha sido la influencia del baile en todos los pueblos, no es extraño que el nuestro cediese a sus consecuencias._ Y si de la observación de los efectos, pasamos al análisis de las causas que pudieron producirlos, la extrañeza habrá de extinguirse en absoluto, cediendo el paso a la convicción. Describiendo Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia general y natural de las Indias, los usos y costumbres de las tribus aborígenes que poblaban nuestra Isla, dice así: Tenían estas gentes una buena e gentil manera de memorar las cosas passa· das e .alltiguas; y esto era en sus cantares e bayles que ellos llamaban areytos, que es lo mismo que nosotros llamamos baylar cantando. Estos areytos, que celebraban juntándose muc1lOs indios e indias (algunas veces los hombres solamente y otras veces las mujeres por sí), eran muy comunes en las fiestas generales de la tribu, ya para celebrar victorias, matrimonios de cacique& o por mero pasatiempo,
acompañándose, por único instrumento, con un madero hueco y rayado que resonaba de mala gracia. A estas tribus vinieron a dominar, mezclándose y confundiéndose con ellas, unos hombres salidos de las provincias meridionales de España, y especialmente de la Bética, de aquella Bética caldeada por el mismo sol que caldea la Mauritania tingi. tana, y a la que fenicios y cartagineses, desde la más remota antigüedad, llevaron con sus pasiones, instintos y civilización, los aromas embriagadores del Líbano y los espejismos fascinadores de aquellos desiertos que barre el simoun y animan los aullidos del chacal. Según testimonio de graves historiadores, de esa Bética procedían las bailarinas más hábiles y provocativas, que brindaban ali· ciente a la refinada voluptuosidad de patricios y senadores en la corrompida Roma de los Césares. Las aficiones danzantes eran idénticas, pues, entre conquistadores y conquh¡tados: al fundirse ambos pueblos, imprescindible era que se amalgamasen sus costumbres, especialmente aquéllas en que rebosaba la afinidad. Uniose a esas dos ra· zas, casi desde la primera época de la conquista, una tercera, la etiópica, ruda, salvaje, pero como las otras. propensa a encontrar en el baile un medio de dar expansión a sus volcánicas sensaciones; de .$.ste modo el tambú estridente del bozal se armonizó con el áspero carracho indio y con la gemí. dora guitarra andaluza, fundiéndose los tonos de unos y otros instrumentos, como se han venido a fundir, bajo la acción niveladora de los siglos, las distintas razas a quienes corresponden. Ahí tenéis la trinidad instrumental que ha servido de ovario a la danza puertorriqueña. No creáis por eso que yo incurro en el error de los que llaman tradicional a nuestra danza. Dentro de la esfera legendaria en que la tradición campea, no debe comprenderse un periodo tan corto como el que ha recorrido, desde su aparición en Puerto Rico, el baile, que, por su índole especial, y hasta por su procedencia, ha prestado auxi· lio a esa fusión que, en mi sentir, concreta el origen de nuestra danza provincial tal y cómo hoy la conocemos. Los bailes tradicionales de Puerto Rico son aquéllos que, empujados por las corrientes civilizadoras hacia las últimas capas populares, han ido poco a poco desapareciendo de ese último refugio. logrando salvarse únicamente el seis, que, transi· giendo con la invasión, y haciendo concesiones a las modernas exigencias del gusto, ha logrado penetrar en los círculos más exigentes de la buena sociedad. En estos bailes tradicionales de nuestra tierra, la celeridad del movimiento, lo juguetón del ritmo musical. el vértigo de la cadencia, la combinación de las figuras, el palmoteo de los espectadores, y hasta el canto, un si es no es monótono y plañidero, con que las voces acompañan y vivi17
fican el rasgueo sordo de los instrumentos, revelan, al juicio del observador menos perspicaz, la índole genuina de su procedencia. A herir de muerte esos bailes primitivos, vino la contradanza española, en los comienzos de nuestro siglo. Y en esto, como en otros infinitos accidentes de nuestra vida so~ial, fuimos nosotros favorecidos por las convulsiones políticas que empaparon de sangre el suelo prolífico del americano continente. Cuando en 1813 el Libertador de Colombia expedía el satánico decreto de Trujillo; cuando aquel rugido de exasperación, tónico !torrible y repugna,tte, según frase de un escritor venezolano, exaltado el odio y provocando la represalia, anuló para siempre toda idea de avenencia en aquella pavorosa y sanguinaria lucha de padres e hijos, de hermanos contra hermanos, innumerables familias, llevando consigo, como Anquises, sus vasos sagrados y los patrios penates, buscaron en el olvidado rincón del presidio borinqueño un asilo, próximo y seguro, donde guarecerse de las iras de la devastadora revolución. Aquellos inmigrantes, asistidos de un caudad de civilización de que nosotros carecíamos, se diseminaron por todo el país, modificando la rusticidad de nuestras añejas costumbres, a la vez que contribuyendo a levantar con los despojos de su fortuna, nuestro rudimentario bienestar. Esos inmigrantes fueron los principales importadores de la contradanza espariola, que, en unión del minué, la cachuc1ta, el vals, el britano y el rigodón, pero dominándolos a todos como sultana 'predilecta, deleitó la juventud de nuestros progenitores. ¿ Queréis saber lo que era aquella contradanza, arrojada en nuestro suelo por las discordias continentales, como residuo de un volcán en erupción? Pues oíd cómo la describía en 1847 un joven de veinte y cuatro años, recordándola con fruición desde los riscos del Pirineo, en momentos en que los asuetos escolares le permitían trasportarse en alas del espíritu, al apacible rincón donde corrie· ran fugaces las horas de su infancia. "La contradanza puertorriqueña es el baile más expresivo que puede imaginarse; es un verdadero poema de fuego y de imágenes seductoras; es, en una palabra, la historia de un amor afortunado. Empieza la danza... la bella es solicitada por un amante, que cualesquiera que sean los obstáculos, halla siempre el medio de encontrarse con el objeto de su cariño; las diferentes figuras representan muy al vivo los inconvenientes de parte de unos, y la protección de otros: en el principio apenas se acercan, vuelven a separarse; cada vez se detienen algo más; las manos del joven toman las de su querida; toca sus brazos, su cintura, y por fin, unidos estrechamente, se entregan al placer en medio de todos sus compañeros, que cele18
bran con igual regocijo la unión de dos seres que se adoran. ¡Oh hijas de mi patrial nadie os iguala en el baile, nadie derrama como vosotras ese raudal de fuego puro, como vuestras frentes; ni esa voluptuosidad encantadora que sólo nace en nuestro clima." Asi, con ese entusiasmo propio de la edad juvenil, se expresaba Alonso, al echar de menos, desde el claustro universitario, aquel raudal de fuego que, según confesión propia, había incendiado más de una vez su corazón. Mas por mucha exactitud que esa descripción encierre, como no es ella suficiente a demostrar a la juventud de hoy la distancia que media entre la contradanza antigua o de figura, y la danza, llamada también "merengue", por la analogía que los inteligentes han hallado, sin duda, entre el de· leite que porporciona y el delicado sabor del dulce que lleva aquel hombre, procuraré suplir, como mi inteligencia lo permita, la deficiencia, ayudado de mis impresiones de niño, confirmadas por amiga. bIes confidencias. La danza puertorriqueña -dice el mismo Alonso-- es /zay una cosa muy distinta de la que se usaba en 1842. Así es, en efecto. Todo baile, aun el más íntimo, de aquéllos en que tomaban parte nuestros padres, debía tener un bastonero, director exclusivo de la diversión, cuyos fallos eran inapelables, y al cual correspondía designar, por si y ante sí, el número de parejas que habían de entrar en la contradanza y el puesto que a cada cual correspondía. A los elegidos se les entregaba una tarjeta o boletín, numerados correlativamente, y en correspondencia de cifra los de las damas con los de los caballeros, obligados éstos, por tal medio, a iniciar sus piruetas recorriendo el salón en solicitud de la compañera que el inflexible guarismo se había encargado de señalarle. Poca gracia harían a nuestros danzarines de hoy los inconvenientes que aquel sistema de diversión encerraba. Y a fe que tampoco dejaron de desagradar a los de entonces. Por eso, sin duda, la designación de la dama por el bastonero fue cayendo en desuso, hasta olvidarse por completo en 1839, si bien, subsistiendo siempre la colocación de las parejas con extricta sujeción al guarismo inflexible del boletín. Así las cosas, colocábanse las parejas por orden de sexos, en dos filas, quedando la dama frente a su caballero, con lo cual, si alguno acertaba a elegir a su predilecta, se evitaba el recurso del chischibeo amoroso durante el baile. Verdad que a este recurso hubiera sido imposible de ningún modo acudir, pues el caballero a quien correspondía el número uno, elegido a veces entre los más significados, pero casi siempre entre los más expertos en la materia, tenía el derecho
de iniciar la contradanza, ejecutando a su capricho, si bien secwtdmn artem, todas las figuras y .piruetas que se le antojaba discurrir, complicándolas a más y mejor, e incluyendo en ellas a todas las damas, mientras su pareja ejecutaba lo propio con los caballeros; y como al llegar entrambos al último puesto, debía el número dos imitar, una por una, sin alterarlas, todas aquellas contorsiones, y así sucesivamente los dhmás, de aquí que cada cual cuidase mucho de atender al baile, fijándose bien en las figuras para retenerlas en la me· maria, evitando incurrir en el enojo del que las había combinado; bastando la omisión de una sola de eUas para que el baile se interrumpiese y mediasen explicaciones que más de una vez terminaron en el campo del honor con resultados bien poco satisfactorios. Como se ve, la contradanza española, de cuyos accidentes se notan reminiscencias en el Cotillóu y la Virginia, bailes europeos que no han logrado aclimatarse entre nosotros, era irreprochable como manifestación de cultura l>ocial, y, a pesar de su tinte aristocrático y de las exigencias tiránicas que imponía, ya sabemos por el voto de Alonso, testigo de mayor excepción en la materia, el grado de entusiasmo que despertaba en la juventud. Sin embargo, ni ese 'entusiasmo juvenil ni la exquisita corrección de sus formas, fueron suficientes a impedir que el espíritu popular, voluble en sus afectos, la sustituyese por otra más propensa a identificarse con la índole de nuestro carácter y la idiosincrasia de nuestros sentimientos. Esa sustitución empezó a iniciarse por los años de 1842 a 1843, en cuya época dieron a conocer las bandas de música de los regimientos de la guarnición, una nueva danza, procedente de la Habana, y a la cual se llamó indistintamente tipa (corrrupción de la palabra aupa) o "merengue"; nombre el primero más expresivo, dado el movimiento que en ella se imprime al cuerpo, empinando los pies a compás de la cadencia, pero que hubo de olvidarse, eclipsado por la popularidad que obtuvo el último. Esta danza habanera, escrita, como la contradanza española, en compás de 2 por 4, ofrecía la particularidad de subdividirse en dos partes: la primera, compuesta rigurosamente de ocho compases repetidos, un tanto pausados, sin cadencia bailable, y la segunda conteniendo imprescindiblemente otros ocho, repetidos también, pero agitados, juguetones, percibiéndose en su ritmo algo del escobilleo bullicioso del seis, sobre todo, del que he oído designar en nuestros campos con el gráfico nombre de "sangre-viva". Introducida en el país la música, poco debía tardar en aparecer el mecanismo del nuevo baile, y así sucedió, en efecto, de tal modo que ya en 1846 el "meregue" penetraba en los salones de
la Sociedad Filarmónica, establecida por aquellos tiempos, en la calle de la Cruz, en la casa que aún se apellida de la Filarmonía. Que el tipa o merengue encontró obstáculos en su marcha invasora, no cabe dudarlo. Aquel baile envolvía una revolución, y en toda etapa revolucionaria si hay prosélitos que acojan y secunden las nuevas ideas, también ,se encuentran dispuestos a defender el terreno palmo a palmo los campeones del tradicionalismo. Con el "merengue" se anulaban la soberanía del bastonero y la exigencia de las figuras. La elección de la dama, quedaba a voluntad del caballero, y el mecanismo del baile se reducía de tal suerte, que bastaba ligerísima percepción musical en el oído para imprimir al cuerpo el breve movimiento que la cadencia. exigía; movimiento que, combinado con algunas vueltas a discreción, llenaba el espacio de tiempo comprendido en los ocho compases de la segunda parte. Pero aún ofrecia otra particularidad la nueva danza: durante la primera parte, las parejas recorrían, de brazo, el salón, sin cuidarse de los acordes de la orquesta; mas apenas vibraban las notas de la segunda, la dama reclinaba el brazo izquierdo sobre el derecho del caballero que la estrechaba por el talle, tomándola de la mano derecha y atrayéndola, no con esa soltura que exige en el vals la rapidez de sus giros, sino en un enlace más estrecho, siendo por demás axiomático entre todos los bailadores de "merengue", que con cuanto mayor abandono cede la dama a la atracción del caballero, mayor homogeneidad resulta en los movimientos cadenciosos de entrambos y más grato es el deleite que el baile proporciona. A la obsequiosa deferencia de mi ilustrado amigo don José A. Daubón, debo un ejemplar de la Descripción de las fiestas reales que la ciudad de Puerto Rico celebró en 1858. De esa Crónica, atribuida al señor don Antonio de la Escosura, Intendente de Hacienda de la Isla, por aquellos tiempos, voy a reproducir algunas líneas, para demostrar con qué riqueza de colorido pintaba nuestra danza, hace veintisiete años, una pluma más ~tildada y docta que la mía. Dice así el cronista: "La danza es cosa deliciosa: no es baile de mudanzas sino de melindre; no es de grandes actitudes y giros sino de movimientos delicados; no es de artificio sino de naturalidad; no es, por últi· mo, de maestría sino de enlace; pero a la verdad, de enlace íntimo, y tan íntimo, que parece algo ocasionado a. ludimientos y encuentros inevitables." Partiendo de estos antecedentes, se comprenderá el favor que la juventud varonil dispensó desde luego al nuevo baile. Los padres de familia opinaron de distinto modo; las mismas damas no se prestaron desde luego a las exigencias de la nueva 19
moda, pero, moda al fin, hirió como siempre la vanidad femenil, y a despecho, de murmuraciones, de rubores y disgustos gravísimos, frecuentemente suscitados, y a pesar de la circular o decreto del general don Juan de la Pezuela, que hubo de prohibirlo, el "merengue", que en 1846 alternaba con la contradanza española en los bailes de nuestra sociedad más escogida, fue repeliendo paulatinamente a su competidora, hasta excluirla completamente en 1850, como había excluido aquélla, a principios del siglo, nuestros bailes primitivos. Antes he dicho, y me parece haberlo probado, que el "merengue" produjo una revolución en nuestros bailes, y sabido es que las ideas revolucionarias no se estacionan con el triunfo, antes bien se apoyan en él para extender ilimitadamente el círculo de su desarrollo. De esta observación da fe la danza de que vengo ocupándome. Limitada al principio a los 16 compases de rigor, extendíase ya a 34 en 1854, y, en progresión ascendente siempre, ha llegado hasta los 130; observándose que los 8 compases primitivos, destinados al paseo, no se han alterado, prolongándose de este modo, únicamente, aquel enlace íntimo, aquel ludimiento de las parejas, que tanto alarmaron a nuestros antecesores al iniciarse la invasión. La alteración de las proporciones del conjunto se ha hecho extensiva también a la cadencia. El compás de 2 por 4 subsiste, es verdad, pero se ha acudido a modificarlo por accidentes, de tal suerte, que bien pudiera decirse que hemos pasado del allegro al andantino,· desapareciendo aquel movimiento rápido, retozón, en que la nota salta con el agitado revoloteo del colibrí, y la frase chispea como la hirviente espuma del champagne, para dar lugar a una cadencia muelle, perezosa, lánguida, cuyas notas espiran ahogadas sucesivamente por las que tras ellas se desprenden, confundiéndose unas en otras en un gemido interminable, soñoliento, sollozo indefinible, maridaje de amarga melancolía y de erótica voluptuosidad. Aún oigo resonar entre las nieblas vespertinas del recuerdo, aquellos acentos de La Mulata, que mis oídos de niño recogieron allá por los años de 1855. Evocad también vosotros, lectores que peináis canas, aquella música festiva, ruidosa, incitante, en la que el popular Santaella derramó toda la vis intencionada de su ingenio; evocad lA Mulata, comparadla con La Margarita, ese suspiro de odalisca en cuyas notas vació la fantasía creadora de Tavárez todas las visiones soñadoras de su espíritu, todas las amarguras recónditas de su existencia, y podréis medir entonces todo el espacio que ha recorrido nuestra danza en su evolutiva trasformación. y cuenta que en esa metamorfosis ha correspondido no pequeña parte a la combinación instrumental. En 1853 se unió a las orquestas el güiro
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con sus indianas reminiscencias, no sin grandes protestas, que en algunas poblaciones dieron lugar a la extraña determinación de ordenar los Corregidores el encarcelamiento de los güireros, como llamaba Gottschalk, con mucha gracia, a los rascadores de marimba. Años andando se agregó el timbal o redoblante, especie de caja de guerra en su forma, pero cuya percusión, ya se practique sobre el parche o sobre los bordes, recuerda los sacudimientos peculiares de la bomba africana, acentuando la cadencia del baile de un modo obsceno, adaptable a las contorsiones grotescas y lascivas de esos abigarrados botargas que recorren las calles en la época de nuestro extraordinario carnaval. Por último, la prescripción, ineludible en el añejo "merengue", de confiarse la primera parte a los instrumentos de cuerda solamente, llevando el cal1tabile los clarinetes en la segunda, ha desaparecido completamente, combinándose la instrumentación a gusto de los artistas. Es claro que, roto los estrechos moldes de la concepción, la fantasía de los compositores ha encontrado vasto campo donde desplegar el vuelo, dando aliento a la inspiración y a los instintos filalmónicos de nuestro pueblo. Interminable :oe haría y en olvido tendría que incurrir, si me pr.Jpusiese citar el nombre de todos nuestros conpositores de danzas, profesores distinguidos muchos de ellos, que han logrado oir favorablemente juzgadas algunas de sus obras por celebridades europeas; pero innegable es que unos y otros, sea cual fuere el grado de sus aptitudes, al llevar a la danza la perfección artística, le han impreso ese armónico sincretismo, esa melancolía morbosa que pudieron dar expresión al músico de la Tracia cuando clamaba por su perdida Euridice, pero que, de fijo, no alentaron el viril sentimiento que, desbordándose de la lira de Anfión, hizo surgir las murallas de Tebas. Conviene advertir que al modificarse tan sensiblemente la música de nuestra danza,' no ha perdido nada de su arrebatadora influencia. Ese mismo cronista de las fiestas reales de 1858, dando cuenta de la influencia a que aludo, se expresaba en estos términos: "La música propia de estos bailes que llevan asi· mismo el significativo y dulce nombre de "merengues". es también especialísima y deliciosa por su rara composición, particular armonía, y melodías y modulaciones de sus tiempos y períodos musicales. Se puede asegurar que al oír una. danza todos la bailan, porque hasta las personas que por su edad o por otras causas no quieren ponerse en escena, o mueven sus cuerpos ligeramente, o hacen esguinces de cabeza o cuando menos acompañan con los 1,tcompasados y ligeros golpes de sus bastones aquellos sonidos concertados, que no sólo agradan al oido, sino que afectan y conmueven el
sistema nervioso por el cardcter especial y la na· turaleza particularísima de sus acordes, cadencias y consonancias. n Después de leídas esas lineas, fijemos la atención en estas otras con que apostrofaba a la danza, veinte años después de escritas las anteriores, Fabidn Montes, pseudónimo tras el cual me parece descubrir la simpática silueta del señor don Manuel Blzaburu:
"¡Oh danzal ¡canto dolorido de mi país, callal... Con esas cadencias embriagas, con esos acdrdes adormeces, con esas inflexiones haces soñar; cuando bajas tu tono y parece que murmuras entre dientes, se oyen como las voces dulcfsimas de las nereidas de tu mar que convidan a su lecho de algas; cuando alzas tus notas largas y prolongadas como hilos sonoros, finge nuestro ser que lo atraen, con esa cadena delgada e invisible, las sílfides que tienen por respiración la embalsamada brisa de este clima; cuando viertes melodía tras melodía, encuentras en el pecho un corazón donde dar pasto a tu molicie, ddnde hacer presa y donde plantar tu tienda sobre despojos de purísimo ideal." La paridad entre ambas opiniones resulta evidente; sin embargo, la primera, sazonada como fruta en otoño, procede de un europeo, hirunda viajera en nuestra colonia; la segunda, flor apenas entreabierta por los fulgores primaverales, brota de los labios de un puertorriqueño cuyas sensaciones juveniles acrece la vuelta, tras larga pere· grinación, al hogar nativo, santificado por los maternales besos y por. esos relieves que el buril purisimo de la infancia esculpe hondamente en el corazón. y ambas observaciones son exactas. Si queréis convenceros de ello, estudiad esa música, lectores míos. Pero no la estudiéis en el salón de baile. Allí, la tibia densidad de la atmósfera, el bulle·bulle vertiginoso de los concurrentes, la irradiación deslumbradora de las luces, el acre incentivo de los perfumes, todo, todo, produciendo la excitación física, ha de conduciros a la perturbación psicológica; y al estrechar en vuestros brazos a la mujer, amada algunas veces, deseada siempre; al poneros en contacto con la plástica morbidez de sus formas, al aspirar su aliento, al oir de sus labios una frase de esperanza, promesa, largo tiempo perseguida, de inefables deleites, cohibidos por la fuerza misteriosa de irresistible encantamiento, no podréis apreciar toda la trascendencia de aquella música, que responde unísona a los enagenamientos de vuestra razón. Pero alejaos de aquellos jardines de AnÍlida, huid de las seducciones de la moderna Circe; encerraos en vuestra habitación; refugiaos en la soledad del pensamiento; abrid vuestros libros; concentrad las ideas; abstraeos de todo bullicio exterior, tratad, en fin, por cualquier medio, de poner en actividad vuestras facultades intelec-
tuales... si en esos instantes, vibran los acordes de una danza debajo de vuestros balcones, si aquellas notas Ianguidescientes, sensuales, embriagadoras, logran volar hasta vosotros, las sentiréis agarrarse a vuestro organismo, como los tentáculos de un pólipo formidable, e invadiendo al corazón ola de llanto, y enervando la voluntad ensimismamiento indefinible, veréis descorrerse ante vuestros ojos, con el torbellino frenético de la tempestad, todo el pasado de vuestra historia con sus accidentes, colorido, trasformaciones, ensueños y pesadumbres. El aduar indiano, la castellana carabela, la zapa del minero, la cabaña del pastor, el batey del ingenio, el alejamiento social, las corrientes inmigradoras, la atrofia de la colonia, el sensualismo del vicio, la luz fosforescente de la civilización, el rebajamiento del espíritu, la intuición de la desgracia y la aspiración perenne a un porvenir mejor, todo, todo lo encontraréis condensado en el chirrial de ese güiro inarmónico, en la trepidación de ese salvaje timbal, en ese lamento desgarrador de los clarinetes, vibrando en la octava alta, en los murmullos suaves, tenues, armonizadores de la cuerda que funde todo aquel piélago de sonidos, y sobre la cual descuellan por intervalos, los estallidos del metal, tratando, en vano, de imprimir ligeros tonos de vigor al conjunto. Las playeras andaluzas, la kdsida árabe, la jota aragonesa, el areyto indio, la bomba etiope, la guzla morisca, la salmodia litúrgica, la guitarra ibera, el caramillo pastoril, el zortzico vasco, la muiñeira galaica, el clarín de combate, el laúd del juglar, la danza.prima asturiana, la sardana y el contrapas de Cataluña, todos, todos esos bailes, cánticos e instrumentos han debido traer su contingente a la tonalidad de nuestra danza. Abierta a todas las razas nuestra colonia, al congregarse en ella latinos, sajones, africanos, indios, esclavos, germanos y escandinavos, preciso fue que todos trajeran consigo algo del sentimiento armónico peculiar a cada uno de sus respec. tivos pueblos. Lo que hay es que ese sentimiento se ha mezclado en nuestro suelo, modificándose el carácter genérico de cada uno, como se ha modificado la complexión de sus importadores. Cada cual de éstos ha dejado un girón de sus carnes y un destello de su espíritu en el bosque destruido, en el valle roturado, en la playa abierta al comercio y la navegación, en el ejido que circunda el hogar, templo augusto de la familia; regando todo este suelo feraz con el sudor de sus frentes, comunicándose unos a otros ideas, enseñanzas, creencias, supersticiones y costumbres, viviendo una vida comúri, sufriendo las mismas contrariedades y decepciones, alentando igual aspiración, extinguiéndose en el mismo lamento, debilitándose, en la soledad que la naturaleza nos impone, bajo la acción de un sol de fuego, de un rocio reblande· 21
cedor, de unos efluvios perniciosos y corrosivos, y adormeciéndose todos, dulcemente, por las cadencias de ese mar espléndido que nos circunda, y por los arrullos de esas brisas que roban sus gemidos a la tórtola, sus misteriosos rumores a los cañaverales y palmeras, y se impregnan con los perfumes del lirio de las sabanas, de la acacia de los jarales, del menúfar de' Jos riachuelos; rumores, gemidos y perfumes que, en el silencio de la noche, se pierden en lo infinito como la evocación de una sacerdotisa de Cypris bajo los mirtos sagrados de Pafo!! y Gnido. No achaquéis a desvaríos de la mente, lo que es producto de reflexiva observación. Luis Moreau Gottschalck, ese espíritu latino-germano insuflado en arcilla sajona, al recorrer hace treinta años esta tierra, regalándonos con los primores de su exuberante genio de artista, de tal modo hubo de identificarse con el sentimiento melancólico de nuestro pueblo, de tal manera le embriagó la voluptuosidad de esa música híbrida. supremo latido de generaciones mucrtas, liobre cuyas cenizas se ha levantado nuestra generación, que moviendo, no el bastón como el Intendente Escosura, sino los dedos sobre el teclado del instrumento que dominaba como al siervo el señor, nos de,ió, cern un testimonio más de sus facultades artísticus, prueba fehaciente de la atracción asimiladora de nuestra danza. ¿Queréis otro ejemplo? Pues oíd La BO'finquen, o La Borinqueiia, que fue el nombre con que la designó su compositor. ¿Creéis por ventura, que esa danza, cuya popularidad parece acrecer con el transcurso de los años, es debida a la inspiración de algún hijo de nuestro suelo? ¿Juzgáis que esas melodías arrobadoras, en las que se desborda la amargura y la sensualidad, se han desprendido, al arrullo de la hamaca, de la muelle fantasía de un puertorriqueño? Pues os engañásteis. El autor de La Borinqueña es un hijo de la viril Cataluña. Don Félix Astol es un descendiente de aquellos intrépidos almogávares, que no hallando ya a quienes vencer en las costas mediterráneas, se arrojaron audaces sobre Bizancio, haciendo tambalear un momento sobre su base el trono de los Paleólogos. Así se funden en esa danza todos los caracteres; así modifica ella todos los temperamentos; así roba su nota dominante a todas las sensaciones, alongándolas, corrompiéndolas, amoldándolas a su enervadora complexión. Música heterogénea la del "merengue", dondequiera recoge harapos con que remendar su multi· forme vestidura. De igual modo se aplica ella las notas sagradas del salterio, que los insolentes chi· llidos de· la callejera cantaleta; lo mismo merodea en un naufragio, que hace presa en .un figón; con igual facilidad se apropia una frase inverecunda, que hurta un concepto sublime de El Trovador o
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La Favorita,' y haciendo alarde de tan estrafalarios
atavíos, por dondequiera se halla, en todos los rincones se introduce, recorriendo desde el teatro hasta la ignominia, aquí entonando himnos epitalámicos, allí presidiendo cívica manifestación. Pero ¡qué más! ¿No acaba de transformar en danza, el capricho de un compositor, aquel rugido frenético que arrancó a la lira de Rouget de l'Isle el clamor angustioso Cle la Francia oprimida por el extranjero? ¿Quién no conoce La Marsellesa? ¿Quién no se ha estremecido con aquel grito estridente ¡Aux armes, citoyens! que fulgura como la espada del ángel exterminador? ¿Quién no recuerda aquella sublime invocación al Amour sacré de la Patrie, que, desprovista de todo artificio musical, resplan· decía en los labios de la Rachel con toda la severa majestad de la Musa inspiradora de Sófocles y de Esquilo? Pues oíd todo eso degenerado en "merengue", y profanado por las asperezas del güiro y las trepidaciones del timbal. Las frases son las mismas; el tema está allí; aquello es La Marsellesa, y sin em· bargü, el grito resulta un sarcasmo y la invocación una blasfemia, porque, si algo puede ese "meren gue" marsellés alentar, no será el amor a la patria, sino la ~mbriaguez de la molicie, que, produciendo el marasmo físico, ha de conducir al raquitismo moral. No creáis por esto que yo maldigo esa danza. Sus melodías me adormecieron en la cuna y me entusiasmaron en la adolescencia; a ellas van uni· dos los únicos recuerdos gratos de mi juventud, y yo no he aprendido todavía a maldecir de lo que amé. Pero al estudiar, ya en la edad madura, la transformación que en ese baile se ha operado; al apreciar sus consecuencias; al oír a Confucio asegurar que se puede juzgar de Ul1 pueblo por las Idanzas que en él se usan; al aprender con Castro y Serrano que el vino de la jovialidad y de la alegría debe estar en todos los comedores, pero el villo de la embriaguez y del tétanos no debe venderse más que en las tabernas; convencido por otra parte de que no hay gemido que no se extinga ni melancolía que pueda perpetuamente subsistir, y comprendiendo que las ideas, en el período actual de civilización, no se ·refugian en la penumbra del pasado, sino que, ansiosas de luz, se precipitan hacia la aurora espléndida de lo porvenir, he comprendido también que esa danza, tal como ella subsiste entre nosotros, tiene que desaparecer. ¿Cuándo? - No lo sé, ni me importa el saberlo. De fijo, antes que ella habré desaparecido yo. Eso ¿qué importa? La hoja caída vigoriza, no entorpece la vegetación. Bajo la palmera centenaria se guarece la cara· vana en el desierto. ¡Arroja el hueso, caminante!
Detrás vendrá quien recoja el fruto, y no llore, fatigado y sediento, como has llorado tú. A cada día su faena; a cada obrero su labor. Ni protesto ni maldigo: me someto. Pero si existen otras regiones a donde deba remontarse mi espíritu al desprenderse de los carnales lazos, y hasta ellas pueden llegar los rumores
de este mundo sublunar, allí me sentiré arrobado por inefables deleites, al saber que mis hijos bailan, sobre la hierba fecundizada con mis despojos, no la danza afeminada de la molicie, sino la ronda sagrada del Trabajo y del Progreso, a compás de las armonías solemnes de la Ciencia, de la Justicia y de la Fraternidad un~versal.
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Exposición de José Campeche
450 ANIVERSARIO DEL TRASLADO DB la ciudad de San Juan a su asiento definitivo, el Instituto de Cultura Puertorriqueña presentó en el antiguo convento de Santo Domingo una exposición de la obra general de José Campeche (17511809). La muestra, quinta de las exposiciones de Campeche que se han celebrado en el país, ha sido la que mayor número de cuadros ha reunido del ilustre pintor. La precedieron las organizadas en 1863 por la Real Sociedad Económica de Amigos del País, en 1948 y 1951 por la Universidad de Puerto Rico, y en 1959 por el propio Instituto de Cultura. Al éxito de la manifestación artística contribuyeron con préstamos de obras el Museo de Antropología, Historia y Arte de la Universidad de Puerto Rico, el Ateneo Puertorriqueño, el Museo de Arte de Ponce y el Arzobispado de San Juan, que facilitó para la ocasión numerosas obras conservadas en el Palacio Arzobispal, la Catedral Metropolitana, la Iglesia de Santo Domingo (hoy San José), la Iglesia de Santa Ana y el Colegio de Santo Tomás de Aquino. A la muestra también aportaron valiosas piezas diversos coleccionistas privados o poseedores de obras de Campeche, entre los que figuraron doña Rosita Bolívar de Miró, don Teadoro Vidal Santoni, don Acisclo Marxuach, doña Rasario Ferré de Trigo, don Manuel Lecároz, doña Ana Luisa Collado, don Ricardo E. Alegría, doña Lucía García de Jiménez, don José R. Oliver, doña Margarita Deslandes, doña Miguelina OJiver de Ledesma, don José S. Alegría, doña Isabel Chardón Palacios, don Gary J. Coyne Hernández, don Waldemar Lee. Ashford, y las familias Collado y NevárezBolívar. La nómina de obras presentadas alcanzó la cifra de 69, representativa de 37 tablas, 30 lienzos y 2 pinturas sobre cobre, y distribuida a su vez, por CON MOTIVO DEL
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Retrato de Campeche atribuido a Ramón Atiles
razón de temas, en 14 retratos, 2 asuntos históricos, 11 asuntos religiosos, 21 misterios y títulos marianos y 21 santos. Tres de los lienzos expuestos fueron localizados y adquiridos en Venezuela en el año 1968. Para la ocasión fue publicado un magnífico ca. tálogo ilustrqdo con prólogo, notas y bibliografía del doctor Arturo V. DáviJa. La exposición fue inaugurada en la noche del 30 de abril en presencia de numeroso público.
El PrinlitivislllO o la vanguardia en la poesía de OIga Ramírez de Arellano de Nolla Por Lo REINA
A
NTES DE TRAZAR LOS RASGOS DEL PRIMITIVISMO EN
la poesía de OIga, aclararemos que el Primiti· vismo es una escuela literaria que surge en Toulouse, Francia, en el 1911, fundada por Lerys, Gaudrin y Marc Dhano, con el propósito de combatir el Futurismo de Marinetti. Ambas escuelas litera· rias son parte integrante de los «ismos» de van· guardia que aparecen en Europa a partir del 1909. Así como el Futurismo se dispone a romper total y desmedidamente con el pasado, el Primitivismo pretende lograr su reafirmación. Entendamos que el objetivo de ambas vertientes del arte, es romper con el anquilosamiento literario. Someramente, el manifiesto primitivista dispone la imitación y glorificación del pasado; la vuelta a la expresión pura, delicada, genuina y precisa; la creación de un ambiente de virtud y belleza pristina; la idealización del niño y lo infantil; la im· portancia de lo intuitivo en el arte; el uso de temas populares por ser éstos más fértiles que los eruditos; el ensalzamiento de la paz, el trabajo, el orden y la vida sencilla... La imitación de cultos religiosos primitivos es la nota de alto-relieve en la poesía de OIga. El culto preponderante, de los que ella resucita en sus ver· sos, es el «animismo». Este culto se remonta a la religión de las tribus primitivas. El término «animismo» surge en la obra Primi· tive Culture del antropólogo inglés, Sir Edward B. Taylor. Taylor designa con el nombre «animismo» la tendencia de las tribus de inferior civilización, a hacer intervenir los espíritus en la marcha de los fenómenos de la naturaleza, de la misma manera que interviene el alma en la vida corporal. A partir de su obra el término «animismo» se ha usado para significar la atribución- de cualidades anímicas a las cosas inanimadas. Aclaremos, además, que el resultado estilístico
SANTOS
S.
DE GEORAS
de la prosopopeya se origina en estos cultos primi. tivos. Su raíz está en el imaginar del hombre de tribu de que la naturaleza está dotada de alma y de que entre él y la naturaleza se establecen corrientes de intercambio sentimental. Es indispensable hacer esta aclaración porque el «animismo» como tema poético requiere la prosopopeya como recurso estilístico. En el cosmos poético de OIga, paralelo al «animismo», se da la prosopopeya en todas sus facetas. Nos enfrentamos a un orbe en que las cosas adquieren, aparte de un alma, las características, funciones y sentimientos de los seres humanos. Reiteradamente el mundo vegetal toma las configuraciones del cuerpo en situaciones como cuando ante la visión de una flor nos exhorta a verla «sobre las manos de la yerba... »,l o cuando la luna se refleja en dos párpados blancos del jaz· mín ... »,':! o cuando el árbol danza al viento:
...como duende gigante cOn los brazos abiertos... 3 En el mundo de los animales nos encontramos al ruiseñor que nos dice:
Yo quiero... volar sobre mi trino hasta los [infinitos y llegar hasta mí con la luz de una estrella apo[sentada sobre mi corazón. 4 y trasciende al mundo de las. cosas al recoger los estragos del mar en la: 1. La tierra de la diafanidad. Ediciones Juan Ponee de León. San Juan. P. R., 1962, pág. 34. 2. A la luz del flamboydn. Ediciones Juan Ponce de León, San Juan. P. R., 1962, pág. 23. 3. Amor que es como tln rezo. Ed. Jorge Casas, Barcelona, España, 1972. pág. 17. 4. Op. Cit., A la luz ...• pág. 52.
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...roca negra que alzaba en el cantil su puño duro lamido por tu lengua ... ~ La visión del mar no es solamente humana en su configuración física sino también en la configuración anímica-erótica:
Dientes blancos del mar ¡cómo mordéis la carne de la tierra! 6 En otras instancias adquiere sublimidad espiritual. Cuando se trata de la relación mar-poeta en que ele alza en sus brazos su mimo arrullador.• ' Hay veces que los fenómenos naturales están humanizados en una forma hiperbólica. El huracán San Ciprián aparece:
Con lengua de agua boca de volcán manos de gigante y ojos de rufián... 8 Basten estos ejemplos de la caracterización rumana en su ámbito poético para dejar establecida una tendencia perseverante a través de su obra. El uso de adjetivos que comúnmente se arUcan a personas, también se proyecta a la circunstancia. En «Nana de la margarita. la flor aparece asombrada ante la hermandad de las cosas:
Tan abierta a lá luz tan asombrada pOrque el sol al besarla. la siente hermana... o y en el poema «El pájaro glauco» el zumbador se nos muestra:
Goloso... dueíio del aire pico largo de usurero de mieles... 10 Progresivamente se desenvuelve el adjetivo en sus posibilidades prosopopéyicas en el amar goloso», «monte guardiánD, ...pétalo inocente., «sol recostado., «brisa esbelta», «narciso tierno», «luna monjib, «ola doncella», «agua sencilla», «rocío dulce», «pájaro poeta»... Hay una faceta de su poesía en que es sumamen· te vasto el uso de la prosopopeya. Se trata de las funciones vitales o actividades humanas. A partir de su primer libro, seres y mundo se identifican en los actos que tradicionalmente definen al hombre. En otras palabras, los actos que el hombre reS. Callce lIando, Imprenta Venezuela, San Juan, P. R., 1947. páK. 39. 6. Op. Cit.• Callce hondo, pág. 39. 7. Op. Cit.. La tierra pág. 15. 8. Op. Cit.. A la lIlZ , pág. 60. 9. Op. Cit., Amor qlle es como I/PI rezo, pág. 35. 10. Op. Cit., La tierra de la diafanidad, pág. 47.
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lega a su estrecha realidad se extienden incorporando plantas, animales y cosas a un nuevo y amplio mundo de ficción poética. En ese mundo surgen «mares que entonan canciones»; 11 «grosellas que sueñan»; 1'2 «margaritas que danzan»; 13 «tormentas que muerden»; 14 «lirios que ríen»; u «ríos que juegan»; 18 «noches que tienen sueño»; 11 «árboles qu~ saludan»... 18 Hay algo notable en esta faceta y es que no se trata solamente de que las cosas recurran a las actividades humanas sino de un fundirse el universo en la dinámica anímica. Así, la ola no sólo se queja como los seres humanos 18 sino que tamo bién vuela como los pájaros ':lo o los pájaros con· templan conscientemente ';11 o florecen diamelas 010rosas;";l2 La facultad de hablar y a la vez dialogar aparece proyectada a las plantas y a las cosas en el encuentro del flamboyán y la nube:
Flamboyán Desde esta IllUliana estás sobre mi fuego sin baiiar mis pétalos... ¿Qué esperas? Nube La pala:Jra. Eres lIna de las más vistosas cria· turas .. ¿atín no la conoces? Flamboyán Sí, la conozco... ZJ y además en el diálogo que sostienen el ruiseñor y el comején en que simbolizan al hombre materia· lista y al idealista recogiendo en ellos las dos facetas en que se resume la razón vital. Mas la esencia del «animismo» en su poesía, es la atribución, hecha ya en forma directa, a todo aquello con que el hombre se enfrenta. En el mundo vegetal los árboles, los flores y las frutas aparecen dotadas del elemento anímico:
...y en flamboyanes de almas coloradas... 'H ...y al aspirar el alma de una flor ...u ...y prende de candelas esféricas y frescas el alma vegetal de la granada ...%6 11. Op. Cit., Cauce liando, pág. 43. 12. Op. Cit., La tierra de la diafanidad, pág. 56. 13. El rosal fecundo, Ed. Juan Ponce de León, San Juan, P. R.• 1%2, pago 36. 14. Op. Cit., A ta luz del flamboydn, pág. 31. 15. Te entrego amor, Ed. Juan Ponce de León, San Juan, P. R., 1962. pág. 27. 16. Mar de poeSla, r:d. Juan Ponce de León, San Juan, P. R., 1963, pág. 60. 17. Dos veces rllto;io, Ed. Juan Ponce de León, San Juan, P. R., 1965, pág. 32. 18. Oo. Cit:, Amor que es como 1m re1;O, pág. 17. 19. Op. Cit.. A la 1111; del flamboydn, pág. 29. 20. Cada Ola y ~cuc1la mi alma llIl canto, Ed. Juan Ponce de León, 1965, pág. 14. 21. Traigo 1111 ramillete, Centro Cult. .de Mayagüez y el Inst. de Cultura Puertorriqueña. 1972. pág. 7l. 22. Op. (;it., Cada ola y escuc1la mi alma 1111 canto, pág. 29. 23. Op. Cit., A la lU1; del flamboydlt, pág. 49. 24. Op. Cit., Mar de poesía, pág. 35. 25. Op. Cit., El rosal fecundo, pág. 14. 26. Op. Cit.. La tierra de la diafa'lidad, pág. 23.
y trasciende a los animales en el:
...insecto de las frágiles rumorosas antorc1las bajo el alma presencia de ulla vida diminuta ...",,7 ...como si fueras alma de ruiseiiores.. .CB y por último, trasciende a los otros objetos de la circunstancia en el alma de la brisa;";lg el alma de la tierra; 30 el alma del mar; 31 el alma del rocío; 3'~ el alma de las estrellas ... 33 Otras veces capta la esencia de las cosas refi· riéndose a su aespíritu!> o a su «ser!>: ...Voces que deja el mar ent re la caracola del espíritu ínfimO... 34 ... pequeiia rnuerte en cada ser que yace... ...dentro de cada cuerpo ... 33 Se da en su obra una tendencia a la fusión del todo. Lo creado participa de una esencia universal y por ello aparecen mt:zclas conceptuales de hombre·ave, roca-nardo, mujer·capullo, gaviota-ramo, árbol·ala, como si el todo participara del todo y a la vez pudiera concebirse en una completa hermana dad física y espiritual:
El otro de los cultos religiosos antiguos resucitados en su poesía, es el panteísmo. Este es el culto que identifica a Dios con el universo. Causa y efecto revierten a las cosas para ser Dios el motivo y la realidad de ellas. Aunque ya ha quedado establecida la preponderancia del «animismoen su obra, hay que señalar' la tendencia panteísta en algunos poemas. En "Los amarilis blancos- el corazón de Dios vive flotando en los paisajes de las cosas hermosas que aposentó su aire. 39 En la «Voz del poeta en busca del aman. el poeta va corriendo por un cauce misterioso a encontrarse con Dios en lo sencillo."" Los panteístas creían que el amor era uno de los atributos de Dios. En la poesía de OIga, el tema del amor se remonta a esa creenda. Para ella el amor es causa y efecto de todo lo creado y por ello el mundo es: Esencia total de amor. Amor de 1lombre, amor de rosa, de silencio, de iris, de cascada, de sol, de aroma, de valle, de mOlltaila, de infinito, ¡de Dios! H
De ahí que sea mi ltermana esta nívea corola que palpitante surge del fondo de tu aroma... 3e Es algo novedoso la forma en que concibe la creación. La tradicional concepción del hijo en el espasmo de pasión trasciende a los flamboyanes concebidos en un momento de erotismo divino: Sabrás que este árbol florecido es el más her· maso de la tierra. Que fue creado en un espasmo de celeste pasión... 37 Las cosas del mundo no sólo han sido todas con· cebidas de igual manera sino que experimentan los mismos sentimientos. El dolor, la ternura, el amor, la pasión se hacen esa emoción que nos deja sen· tir el eco de: .. .afecto y de calor Ilumano que traspasó la pulpa de la frágil semilla. 3B 27. Op. 28. Op. 29. Op. 30. Op. 31. Op. 32. Op. 33. Op. 34. Op. pág. 29. 35. Op. pág. 65. 36. Oo. 37. Op. 38. Op.
Cit., Cit., Cit., Cit., Cit., Git., Cit., Cit.,
La tierra de la diafanidad, pá~. 24. Amor que es COIllO un rezo, pago 39. La tierra de la diafanidad, pág. 16. La tierra de la diafanidad, pago 69. La tierra de la diafanidad, pág. 79. A la luz del flamboydn, pág. 83. Traigo 1111 ramillete, pág. 90. Cada ola y escucha lIIi allna ¡lit canto.
Cit., Cada ola y escucha mi alma
UII
Cit., El rosal fecllndo, pág. 37. Cit., A la /IIZ del flalllboyán, pág. SO. Cit., El rosal fecllndo, p~g. 27..
canto,
El poeta, como Dios, crea porque él fue creado en un momento de amor y por ello tiene la poten. cialidad de transferir ese amor a las cosas, que cobra realidad en la obra: Libertad palpitante en mi cuerpo es amor que me vive y escapa; es paloma volando en la luz sencillez de la rosa en la rama.4"l En el libro, Amor que es como un rezo, pequeña obra que recoge, en poesía, su estética, la poesía es el amor que sentimos cuando captamos intensamente la plenitud de la belleza de la naturaleza y tras el canto, como si fuese una plegaria, nos sentimos purificados y realizados. Aún en su libro Orbe, obra que se aleja un tanto de la tendencia ;:.tnimista y panteísta, su visión poética sobre la salvación de los seres en los orbes extraterrestres, está determinada por esa raa del hombre emanente de amor que él proyecta a la circunstancia en que percibe raiz hermana. El hombre nunca dejará de ser hombre, nunca dejará de amar 39. Op. Cit., El rosal feclIlldo, pág. 37.
40.
En
mis ojos verds
todos los mUlldos, Ed. Juan
Ponce de León, San Juan, P. R., 1968, pág. 14. 41. Op. Cit., Te entrego amor, pág. 62. 42. Op. Cit., Traigo un ramillete, pág. 93.
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y de ahí la reafirmación de sus esencias indepen. dientemente de los orbes en que se desenvuelva... A pesar de la búsqueda de Dios o bien en el alma legada a las cosas o por sentir la presencia de Dios en ellas, ]a poetisa reconoce sus limitaciones al querer penetrar los misterios divinos y se le escapa ]a frustración en el:
.. .dolor extraño de todos los caminos de ultra·cuna que nunca me nacieron. 4' Ella sabe que no puede captar lo que está más allá de lo empírico por más que persevere en el cuestionar, en su caso intuitivo, de los secretos cósmicos. Mas, ]e es hermoso presentirlos. El retomo al remoto pasado no se da solamente en los cultos religiosos antiguos. Insiste, además, en recoger y glorificar las raíces geográficas y cul· turales que nos definen. En uno de sus poemas añora la certidumbre del mito que nos vincula a la At]ántida:
Cofres con tapas glaucas en cuyo fondo irisa el mito de la Atlántica su desnudez de perla. ¡Ah, si pudiera un día bajar Ilasta ese mundo ...para insuflar de PQSmos la miel de mis poe· [mas! 44 En otro, el negro, uno de los elementos étnicos de nuestra tierra, celebra su Año Nuevo, revi· viendo las tradiciones' del Africa:
La Ilacienda se despierta y en el sitial de piedra Negro Bautista clama: Año nuevo dande, año tabiní... 45 En «Canto a una tierra antigua. recoge todo aquello de nuestro elemento indígena que todavía hoy encontramos en el fibral de nuestra cultura:
Ayer hamaca y yuca manatí, areyto, ceiba. Hoy lo mismo adentrado al caudal en cadencia. No habéis muerto del todo lo atestigua el sonar del güiro con su queja. 48 Ya en el prólogo del libro en que aparece este canto, nos habla de su interés en apresar el folklore con el propósito de que no se pierda en el 01· vida. También afirma que ese folklore o bien 10 ha coleccionado de la gente pueblerina o de los re· cuerdos de la infancia, y que si su obra rinde culto 43. Op. pág. 42. 44. Op. 45. Op. 46. Op.
30
Cit., Cada ola y escucha mi alma un canto, Cit., Cauce lIando, pág. 46'. Cit., Cauce hondo, pág. 63. Cit., Traigo un ramillete, pág. 11.
a las tradiciones es preciso rendir culto a los pri· meros pobladores qe la isla -los taínos. Es este el canto a los taínos el que debe abrir la brecha de sus recuerdos. Su interés por el pasado es .perseverante. Hay muchas palabras que revelan esa inquietud por todo ]0 antiguo:
Hago fácilmente amistad con los vIeJos. Las personas ancianas poseen un encanto especial para mí. En un rostro lleno de arrugas siento la profundidad de la vida. u pero donde se hace más obvio, es en su deseo de volver a la esencia de las cosas:
Yo las siento en la esencia, desde su raíz de claridad desde que me dejaron en las pup'ilas hondas Sl~ condición de eternidad}S o al estado virgen de las mismas:
Puesto que voy de ti siento que nazco en el pétalo virgen de la rosa donde aliento aun no estalldo ... 49
La delicadeza y claridad en la expresión poética, al igual que a los primitivistas, es algo que a ella le preocupa. Por esta razón va creando su obra: .. .como el ni¡io que de infante primero se en· cuentra las manos y de hombre se va encono trando el alma... ~ Corno si quisiera con ello decimos que comienza pura, diáfana, como la criatura y madura pura, corno debe madurar la expresión estética. Una vez aceptado su destino creador, la poesía tiene que someterse a ese deseo suyo de:
...verte clara y limpia de artificios vaso para mis ansias inefables.51 La realidad es que el Primitivismo requiere esa delicadeza puesto que su objetivo es darnos las cosas en su estado cándido y la castidad de las cosas sólo se puede salvar por ]a brecha expresiva de un lenguaje prístino. Un lenguaje que vaya en sus propias palabras «germinando las voces en sahumerio».S: Uno de los recursos estilísticos que la ayuda a lograr tantp la claridad externa como la interna, en el poema, es el uso de vocablos con eco de luz (astro, sol, luna, lucero, ópalo, diamante, cris47. OP. 48. Op. 49. Op. SO. Op. 51. Op. 52. Op.
Cit., Cit., Cit., Cit., Cit., Cit.,
Traigo un ramillete, pág. 7. El rosal fecundo, pág. 62. El rosal fecurtdo, págs. 40-41. El rosal fecundo, pág. 9 El rosal fecundo, pág. 15. El rosal fecundo, pago 85.
tal, relámpago, nimbo, claridad... ), recogiéndolos, además, en todas las posibilidades derivativas (claridad, esclarecer, esclarecida... ¡astro, astral, astrales... !; luz, lumbre, iluminada, lumínico, traslúci· da, luminar, luminoso... ) Lo cierto es que en toda su poesía hay una ansiedad de luz, que puede resumirse en:
.. .sed de claridades, claridad en belleza claridad en bondad, claridad en poema.:"3 Algunas veces su efecto de luz se logra por la imagen sensorial evocadora del color blanco:
Así de pronto me sentí liviana, como un albear de nubes, como un listón de gasa, como un celaje de astromelias blancas, o tropel de diamelas que en mariposas desatara el alba.lO Pero el secreto de su ansiedad está, quizás, en que luz y poesía se le confunden:
Sube por el anhelo con ala de gaviota este sol de mis huesos, , y va de polo a polo, de estrella a estrella derramándome sobre los cuatro vientos.~~' Indudablemente, ~n su ansiedad de luz, hay un motivo que le vincula a nuestra tierra. En la introducción de su libro, La tierra de la diafanidad se nos esclarece:
Los que hemos nacido en la diáfana tierra de Puerto Rico, donde el horizonte es un ciclorama en viva policromía y donde cada palo mera y cada arbusto va entallado en claridad, sentimos aún más la fuerza de esa radiación insenescente.~6
En ese agudo sentido de la luz, están concebi· das dos de sus obras, La tierra de la diafanidad y A la luz del flamboyán. El tema de la infancia es otra de las constantes en su obra. Si ojeamos algunos de sus libros notaremos que Mar de poesía recoge en su prime. ra parte el mar de los recuerdos de la infancia. Dos veces retoño gira en tomo al asombro ante ese nieto a quien ella siente como una proyección de su 'Propio ser porque le sabe producto de la hija a quien legara las fibras de su yo. Amor que es como un rezo, libro de estética convierte la poesía en un niño: 53. Op. Cit., El rosal fecmulo, pág. 115. 54. Op. Cit., El rosal fecundo, pág. 24.
55. Op. Cit., A la luz del flamboydn. pág. 85. 56. Op. Cit.. La tierra de la diafanidad, pág. 9.
Vive en tu fe, mi mno. Credo de tu inocencia lo recogió en' vocablos mi querencia poeta. 57 y en Traigo un ramillete uno de sus ptopósitos es rescatar del olvido las nanas, juegos y cantos que experienció de niña. Naturalmente se puede decir que la infancia y el origen de las cosas están, en cierto modo vinculados y en ella persiste el regodearse en las cosas en su estado virgen. Todo lo que está en estado de inocencia se le forja asunto poético, sus niños, sus nietos, una flor que abre... es más, a veces siente la infancia como algo a que se le rinde culto religioso:
¡Dios te salve, mi hijo... ~a El tema de la paz aparece en La tierra de la diafanidad. Una parte del libro está dedicada in· tencionalmente, a la paz, enfocada como un medio para la creación estética:
En esta paz de azules y de montaña umbría los cauces interiores se pueblan de armonia: ¡Los que no han vislumbrado los silencios que no saben de los cantos que se hacen [emanan, [sin palabras!" En Mar de poesía se repite este concepto en el se· gundo mar, el mar de la paz. El poeta tiene necesariamente que «encontrarse primero en su íntimo orbe metafísico antes de hallar la alada palabra que le proyecte al exterior».so Pero el tema de la paz no aparece solamente como el medio en que germina lo creado; se vincula a los estados de ánimo en que ella puede captar la belleza y la serenidad del orbe, a esos momentos de quietud espiritual en que:
Todos tos panoramas son azules
y se van laminando de hermosura. el
Mas la quietud que nos revierte la belleza de la naturaleza sólo es posible cuando se ama. En el amor los objetos del cosmos se hacen auténticos y entonces nos enace el amor eternos sosiegos... trl En toda su obra, tal vez, por esa atmósfera de delicadeza y espiritualidad, por la claridad expresiva, por la virginidad de su mundo, percibimos un todo de paz. El tema del trabajo, el menos fecundo, lo encono tramos con ecos unamunescos. Ella quiere, al igual 57. 58. 59. 60. 61. 62.
Op. Op. Op. Op. Op. Op.
Cit., La tierra de la diafanidad, pág. 9. hondo, pág. 16. Cit., La tierra de la diafanidad, pág. 86. qt., Mar de poesía. pá~. 12. Cit., El rosal fecundo. pago 46. Cit., Traigo un ramillere, pág. 65.
qt.. Cauce
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que Unamuno, que sea la vida misma la que vaya dejando su huella en los seres: La faena dura
que herirá tu mano, que doblará mi espiga, que bajo el sol ardiente haga sudar mi arcilla y que estas manos que tan suaves fueron ¡tornen los moldes de la vida misma/U Esta visión del trabajo, probablemente se debe a su propia vida. Puesto que nunca ha tenido que someterse a los rigores de un trabajo rutinario, se ha dedicado a sus hijos, sus nietos, al quehacer estético, etc. Por esto puede visualizar la vida operando en el ser para irlo marcando, poco a poco, con sus inevitables huellas. Hemos ido desarrollando los rasgos que en su obra acusan un Primitivismo, tal vez, inconsciente, la imitación del pasado en el animismo y el panteís63. Op. Cit., El rosal fecundo, pág. 49.
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mo, su glorificación, la claridad expresiva, la belleza pura, el tema de la infancia, lo popular en vez de lo erudito, el tema de la paz, el trabajo... Ahora, podemos afirmar, con certidumbre, su afilia· ción a la vanguardia. Aunque este verterse a uno de los crismos» haya sido en forma inconsciente es justificable porque el liombre no crea suspen· dido en la nada. En toda obra literaria son plausibles las huellas de la circunstancia ~emporal en que al creador le sorprende la gracia. Tal vez sea por este motivo, que ya desde su primer libro, como poseída de los ecos primales de las cosas, desborde las corrientes verbales que la mantenían:
Aturdida de ritmos contenidos, de canciones encarceladas, de voces que latían en melodía... 84 para en una plena depuración, por la vía del arte, sentirse liberada. 64. Op. Cit., Cauce hondo, pág. 103.
Exposición de Féliz
A
Rodrí~uez
Báez
LOS DIEZ AÑOS DE REALIZADA SU PRIMERA MUESTRA
individual en el Instituto de Cultura Puerto· rriqueña, y bajo los mismos auspicios, se abrió al público el 21 de julio, en el Museo de Bellas Artes de San Juan, una nueva exposición del pintor Félix Rodríguez Báez. Se presentaron unas 35 obras, en las que predo. minó.la temática predilecta del artista, paisajes y naturalezas muertas. Sin embargo, en una marcada evolución de su carácter de "pintor de la realidad circundante", la tendencia hacia un arte semiabstracto -ya advertida en algunos de los cuadros de su primera exposición- quedó plenamente manifestada en sus nuevas obras. Félix Rodríguez Báez, natural de Cayey, figuró entre los pintores que en el año 1950 organizaron en San Juan el Centro de Arte Puertorriqueño, que tan poderoso estímulo dio al desarrollo de las artes plásticas en el país. En 1953 obtuvo el primer premio, sección de pintura, en el Festival de Navidad del Ateneo Puertorriqueño. Ha presentado exposiciones individuales en numerosas instituciones culturales de Puerto Rico y en el extranjero ha concurrido a diversas muestras colectivas, participando, entre otras, en la Primera Bienal Interamericana de Pintura y Grabados celebrada en México en 1958.
El pi/ttor junto
aUlla
de las obras presentadas
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"Joven sentada"
"Vejigantes"
Isla de la simpatía· Por JUAN RAM6N Ju.éNEz
L
A LUZ AHORA. EL HOMBRE QUE VE ESTA LUZ CON EL
niño y la mujer, cántelo y cuéntelo una mujer o un niño, que ahora viene la luz con ellos, luz completa, plena, absoluta de colores y reflejos indeci· bIes; esta luz que parece que se puede coger como agua fluidísima y que nos deja en 10 desnudo como polen de flor o cenizo de mariposas. Una vez escribí yo una línea poética que sigue diciendo: «Sólo es cántico la melodía dulce de la luz en los labios.., y me parece ahora escrita para estos labios con esta luz. Andalucía, Italia se me funden con los fondos de estos parajes de campo y ciudad, de mar y aire en los que el contraste de tierra y espacio son tan mágicos. Los colores de los cuerpos y de los ves· tidos se funden en esta luz de modo inesperado, cambiadísimo, sobre todo los verdes, los amarillos, los morados, los blancos, los grises y los negros. Vi el otro día una esbeltísima mulatilla vestida toda de negro con los dientes y las escleróticas tan blan· cos que, sin tener nada que ver con ella, parecía una pingüina con la cantidad de blanco y negro trocado. Sin duda la habían hecho de ébano y marfil vírgenes. Los azules y los rojos van por fortuna en esta luz. Los rojos sólo pueden autorizarlos las bombas de incendio, las ambulancias y los carros de carniceros ricos, cualquier rodar llamativo. ¿Dónde puede verse una humanidad tan variada, tan ágil, tan movediza y tan en su sitio? Ya hablé de esto en vario de 10 que escribí hace diez y seis años desde mi camarilla del colegio de los jesuitas del Puerto de Santa María; los típicos bao rrios isleños, con sus casitas de madera amarilla o verde, su cuesta, su palmerita y su boca al mar siempre rizado; el campo movible de la Universi· dad, delirio de andares y colores en la luz, junto • Rcproducido de la Rcvista Asomante, San Juan de Puerto Rico.
El insigne escritor y su esposa Dn" Zenobia Camprubí
a los troncos, bajo las frondas agriverdes o verdeoros, en las escaleras, en las galerías. ¿Qué espectáculo el de estas agrupaciones infantiles y femeninás? Y perdóneme otra vez el hombre, tan bondadoso siempre como aquí es, pero aquí me interesa menos, tiene una individualidad resignada, compone· dora de conjunto nada más y es menos puertorriqueño, como no haya salido a la luz en el campo. 1Amigos, esas camisitas yesos calzoncillos nortea·
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mericanos con flores y pájaros de todos los colores; esos calcetines cubistas, como las vidrieras industriales que empiezan a invadir estas iglesitas, rompecabezas que hace cualquiera y que, sobre todo, cualquiera deshace; esas corbatas sobrerrealistas baratas, con constelaciones, árboles y nombres I Aquí en Puerto Rico el hombre de Puerto Rico me parece, como yo mismo lo soy, aunque con ropa interior blanca y lisa, un agradable espectador para comentar todo lo otro. y antes y después y siempre, el mar; este mar que describe mejor que nada ni nadie el silencio atónito del que lo mira; que él es a un tiempo mismo creado y creador, objeto y sujeto y testigo, y que para el que no lo haya mirado y remirado, no hay descripción ninguna que lo iguale. (Pedro -Salinas escribió aquí su mejor poema, mejor sobre todo en la variación última, menos fililf que todo el resto.) ¡Qué plástica y qué químicaI En estos fastuosos crepúsculos nocturnos puertorriqueños, con tales colores que volverían locos a los pintores barrocos italianos y me vuelven loco a mí cada anochecer, es fácil imaginar cualquier cosa. Arriba, alrededor, enfrente, el cielo de imposible descripción coloreada por su volubilidad orien· tal y occidental; abajo cerca los árboles de verde oscuro, recortados ~omo en Botticelli. Y entre ellos y bajo ellos, estas gentes de cuño extraordinario y de una variedad 'y una originalidad tales que parecen vivero de humana animalidad bella. Aquí se ve bien que el mundo es un teatro de artificialidad natural y nosotros sus endemoniados intérpretes. Mucho demonio anda por Puerto Rico. La ventaja para mí es que yo pienso en esto y que aun cuando soy uno de tantos actores, en este caso soy también espectador, farsante que descansa y ve desde un patio de butacas de piedra. y qué plástica y qué química las de tan maravillosas unidades de escenas; qué ojos con qué mares dentro, qué bocas con qué nubes en el fondo, qué ritmos con qué tierras en sismo suave sensual. Por aquí, Río Piedras, Hato Rey y sus alrede-
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dores, he reconocido personalmente a Herodes, He· rodías y Salomé, San Juan Bautista, a Pondo Pi· lato, a Barrabás, a la Magdalena, a Marta y María, a la Samaritana, a la Verónica, a la Santa Ana de Leonardo, a San José... A María y a Jesús todavía no los he visto; a San Pedro creo que sí y, desde luego, a los ángeles y los serafines de ambos sexos, aunque tengo entendido que los ángeles y los se· rafines son asexuales. Algunos días me parece que estoy en el cielo. Lo malo es que cuando uno cree que está en el cielo, el cielo anterior sube otra vez a su infinito; y como el mar no sube, a lo mejor me rompo la cabeza contra el santo suelo o me come un tiburón del Caribe, si me echo a volar hacia abajo. Menos mal que oigo todas las mañanas el gallo que debe oír también San Pedro, y que no es difícil encontrar el grupo, un poco alejado, de San Juan con Marta y María. Esta isla de San Juan de Puerto Rico y de la simpatía, me está pareciendo como un amable regazo femenino, madre y mujer en medio de la mar. ¡Qué duda cabe de que ésta es una tierra femeninal La única comunicación directa que tenemos los hombres con nuestra nebulosa matriz, es por el regazo y el seno femeninos, nacimiento y alimento y al fin también muerte, otro regazo, para los que hablamos español, de mujer, ya que la generamos así. La mujer viene a ser para hombre y mujer, como esposa y madre, una nebulosa verdadera menor. De ella se entra en el mundo y sin ella se en· tra en la fosa. Todo el problema del hombre más pensado lo resolvió el cínico Arcipreste Juan Ruiz de Hita con su «mantenencia~ y su «ayuntamiento», pero no resolvió, con el de la existencia, el problema de la esencia, ya que esposa y madre no sólo son sustanciales y sustanciosas sino también esenciosas y esenciales; y hay que tener muy presente que mujer y madre no sean sólo regazos instantáneos sino también, como la muerte y la vida, regazos permanentes. ¿No es verdad, Cristo esencial, Cristo de los lirios?
La lámpara mágica Por MAIÚA ARRILLAGA
y
COMíAN CON DELEITE.
Y se besaban con amor. Había dos, y había tres, y se hacían el amor. Canturreaban. Se arrullaban. Se paraban en dos patas, y volaban, en un mundo especial de seres pequeños rodeados de gigantes. Aleteaban en COITO, hermosísimamente respondiendo al toque del silbido milenario sencillo de un hombre de las islas. Los gigantes se miraban y los gringos retrataban. El sol apareció súbitamente golpeándome la espalda. Al volverme vi que no fue el sol. Era mi amigo Aladino, que estaba frotando su lámpara. Apareció así el genio en un árbol de mangó. Dejémoslo ahí por el momento. (A él le gustan los mangós.) Le gusta, además, contemplar. Los seres pequeños con alas veía~ muchos zapatos. Los zapatos se movían en íntimo ritmo variado
al ritmo de múltiples alas, de bellas, bellísimas alas y plumas de todos colores. Un niño miraba. Otro niño se volvió' a contemplar el arrullo mayor. ¡WOW!
En la esquina, una fuente borbotaba agua. Agua blanca. Agua espermática. Los mangós colgaban en racimos centelleando sutiles colores en luz dificultosamente pálida. y volvían los turistas de vez en cuando. y los de aquí permanecían como siempre ciega[mente contemplando. y el gringo capta la escena. El lente tecnológico atrapa la escena. y por encima de todo, el poeta vive la escena. «¡Soy de aquí y estoy aquí, para que no se pierda [mi escena!,. «¡Para que no se pierdan mis mundos creados!. y permanece sobre todo el lente original de la vi[sión vivida originalmente por estas mismas criaturas seres especialmente pequeños-alados-emplumados. [arrullantes· seres que a diario contemplan-observan a los gi. [gantes seres extraños. 37
y retrospectivamente dice el poeta: .
¡ESPERAI Estás entrando al mundo de las palo[mas. y te invita a entrar, así, diciéndote así, contándote dos cuentos: [así, 1
Una vez fuiste como esa mna cubierta de encajes y de cintas rosadas, y ahora contemplas a tu niete· [cita jugar en el suelo rodeada de palomas blancas. (Haz la relación, ¡es extraordinaria!) II y una vez fuiste joven y cargabas tu bebé en tus luego de haberlo cargado en tu vientre, [espaldas luego de haberse amado los dos. y el bebé es un niño ahora, y tú no existes como antes.
Aparece el genio nuevamente desde el árbol de y te dice así: [maÍlgó ¡ESPERA! No como antes. Sí. Como siempre. [AHORA. No se existe como antes. Se existe como siempre. Se existe como ahora, con la lámpara mágica de la . [(adivina adivinador) por siempre-siempre construyendo mundos.
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El ideal de la Confederación de las Grandes Antillas españolas, en Eugenio María de Hostos y José Martí Por AMÉRICA REYES RAMos y JORGE MARÍA RU5CALLEDA BERCEDÓNIZ
r.
El subsuelo o la base a lo largo de los tiempos
A. El mito o la noche de los siglos. América se incorpora a la cultura occidental el 12 de octubre de 1492. Es decir, con la llegada de los españoles al Nuevo Mundo comienza verdaderamente la historia americana, no obstante las expediciones normandas en el Atlántico Norte: Islandia (861), por Naddord y Groenlandia (985), por Erico el Rojo. Asimismo como las exploraciones de Leif, hijo de E rico, a Terranova, Nueva Escocia y Nueva Inglaterra (Vinland), a principios del siglo XI, seguido por otros navegantes de los Países Bajos.l Pero es, realmente, con Cristóbal Colón 'Lue la palabra «descubrimientoll cobra sentido h-ascendental, puesto que rebasa la mera significdción de ver primero, ya que su descubrimiento trae como resultado una empresa colonizadora que trastoca radicalmente la vida primitiva de los aborigenes. Sin embargo, los que desean reducir la importancia de la empresa colombina, olvidan, aun cuando pretenden ser estrictos, que las exploraciones a América son, posiblemente, anteriores a lo que se ha logrado comprobar históricamente. Dejamos, entonces, el dominio de la verdad positiva para adentrarnos en la noche de los siglos, donde nos moveremos sobre tierra quebradiza en la que tiene absoluto señorío el mito. Mitad reali· dad, mitad fantasía, intuición o sueño, el mundo conserva aún sus limites naturales, apenas reba· sa el espacio que alcanza el ojo del hombre. La mirada. abarcadora, profunda, se la da la fe y habla de la desconocido. Viaja sobre la profeda. Isaías , dice:
1. Diego Barros
Arana, Historia de América,
P.
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¡Ay de la tierra que hace sombra con las alas, que está tras los ríos de Etiopía; que envía mensajeros por el mar, y en naves de junco sobre las aguas!:! Luis Lloréns Torres en La noblez.a de las Antillas enumera y comenta otros profetas, filósofos y escritores que hablaron de tierras no conocidas a sus culturas, lugares misteriosos, los cuales dieron lugar a que se relacionen con el supuesto con· tinente desaparecido, llamado AtIántida, con América, con las Antillas. Así, por ejemplo, menciona a Jeremías, Platón, Aristóteles, Herodoto, San Clemente, Tertuliano, Lucrecio, Plutarco y Séneca... 3 El abolengo del Nuevo Mundo, pues, se escapa de los estrechos cauces de la historia conocida. En la poesía de los tiempos, en las rem'otas le· yendas de las voces olvidadas, posiblemente se escondan las dos terceras partes del iceberg. B. El Cristianismo o la Imagen Trinitaria.. Con la presencia de Cristo, el mundo se escinde en dos. Atrás quedan los siglos amalgamados de sueño y realidad, en los que la palabra airada y la fuerza física eran las armas de los hombres, los semidioses y los dioses, porque convivían en un nivel accesible a los unos y los otros. Cristo se alza sobre la historia como un nuevo punto de referencia, como una frontera que subvierte toda la escala de valores del hombre. Frente a la fuerza opuso la humildad y ante las armas esgrimió el amor. No vino a hacer la guerra física, a rescatar a los hebreos de la espada romana, sino a meter en lucha intima a cada hombre. Vino a traer la agonía: 2. Isaias, [salas, La Santa 13iblia, XVIII, 1·2, p. 663. 3. Luis L10réns Torres, La nobleza de las Antillas, Obras completas. 1, n. 284-288.
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¿Pensáis que he venido para dar paz en la tierra? Os digo: No, sino disensión. Porque de aquí en adelante, cinco en una familia estarán divididos, tres contra dos, y dos contra tres. Estará dividido el padre contra el hijo, y el hijo contra el padre; la madre contra la hija, y la hija contra la madre; la suegra contra su nuera, y la nuera contra su suegra.4 Habló al hombre de carne y hueso de su angus· tia y lo disparó a la eternidad. No vino a abolir la Ley, la palabra de la Divinidad, sino a cumplir· la, dijo en una ocasión, y al simplificar, al traer el cielo a la. tierra, al encadenar a los dioses en Uno y explicarlo como tres personas .distintas y una misma, sentó el principio de la abstracción, de la complejidad, y particularizó un número. El tres desde entonces adquiere categoría especialísima. Toda la Edad Media lo ejemplariza, porque es símbolo de Dios. Símbolo de la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Lo que caiga dentro, del dominio trinitario está en el camin~ recto que conduce al Ser. Las tres grandes antillas españolas: Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico, se presentan a los ojos celosos del hombre como un signo, como una señal de la voluntad divina. Como un destino, en fin, de suprema necesidad. Lo que está hecho a semejanza de Dios es bueno, atentar contra ello es dislocar el esfuerzo providencial. Alterar sus designios es socavar· la Obra del Señor. Las tres grandes antillas españolas tienen abier· to su calvario. Escribas, fariseos, y doctores de las leyes escamotean su esencia. Una multitud de infieles arrojan las pedradas. A lo largo de los años se levanta la cruz del sacrificio, de la división. A medida que transcurre el tiempo parece como si se hiciera más remota la unión, como si ya no quedara tiempo para la redención.
Es casi seguro que las Américas, en la lejana época en que el caballo galopaba por sus vírgenes selvas y praderas, constituían un solo continente; continente vastísimo, como hemos dicho, y tan ancho en la parte central como en la del septentrión y en la del sur. Las An· tillas, por lo tanto, hallábanse unidas al Con· tinente.s El sueño bolivariano de una América española unida, el sueño de los prohombres de nuestras re· públicas hermanas vuelve a empatar con el mito. Aparece el perfil de la Atlántida, unido a las An· tillas: La existencia de las Antillas, con la situación, formas y dimensiones que actualmente poseen, y la de los muchos mares, canales y golfos que las circundan, data por consiguiente del tiempo aquel en que, por una de las grandes catástrofes que suele producir la acción demoledora de ciertos agentes naturales, sepultóse en el Océano la larga isla [Atlántida] que se extendía desde las costas orienta· les de América hasta las occidentales del antiguo continente.o Tan"to el mito, el Cristianismo, como la Ciencia abonan razones -del sentimiento y de la mentea las esperanzas hispanoamericanistas y antillanistaso La intuición poética, la fe religiosa y el conocimiento científico han dado su sentido al ideal de antillanía.
C. La naturaleza o el cuerpo geológico. El Ra· cionalismo y el Romanticismo europeos vieron en la naturaleza el reflejo de la annonía universal, por un lado, y el modelo, el ideal de la perfección, por otro, que pasaron luego al estudio positivo de la Ciencia. La Geología, por lo tanto, buscó en la tierra, en sí misma, su origen. Un camino de corroboración y desafío de la Causa Primera. Se ha dicho, desde entonces, que en épocas re· malísimas el planeta se hallaba cubierto de agua, que poco a poco fueron formándose moles de terreno como resultado de la lluvia, el aire y los demás elementos naturales, hasta formar los continentes. Dice Uoréns Torres:
Ch. La sociología o la transculturación. En· tramos ahora en pleno dominio de la historia; al ajetreo del hombre que llegó a las Indias para ser algo de 10 que fue, en una sociedad nueva y diferente. América recibió, como consecuencia, sobre la sangre aborigen del indio, el fuego de la con· quista española. Luego vino el sudor, el canto nostálgico y la música del negro africano a completar la mezcla transformadora. En pleno proceso de transculturación, el criollo va cobrando conciencia de su realidad: cada espacio geográfico acentúa sus particularidades y el mestizo amolda su temperamento a la circunstancia exterior. Se identifica con la tierra, con la idiosincrasia común. Siente que el espacio y el tiempo le guardan un mensaje a 10 largo de una cadena de descendencia. Pasa el tiempo; se aleja físicamente de los padres, y el geniecillo de la duda lo tortura. Descubre que a la afinidad, la familiaridad y ni amor, ha sucedid~ el interés, el poder y la injusticia. Se percata de que vive sometido a un régimen de inseguridades, de miedo y de dolor. Entre la persecución y el castigo se convence de que la solu-
4. San Lucas, El Santo Evangelio, La Santa Biblia, XII, 51-53, p. 956.
5. Luis Lloréns Torres, América, 11, en Obras completas, p.23. 6. ¡bid., p. 30-31.
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ción está lejos del ruego, la disculpa o el diálogo. Acosado por la continua amenaza de muerte, descubre el único medio que le ha quedado a su esperanza: la lucha armada. A la hora de su dignificación no escatima en el precio que le impone el deber. Y en el llano, el monte, la pampa, el alti· plano, la manigua, la sabana. el campo, la sierra y la selva, escribe la independencia con sangre... Más tarde, cuando ya ha aprendido a vivir por sí propio, tiene que enfrentarse a sus pasiones y al monstruo económico norteamericano. Este ya es otro momento significativo en su vida; tiempo que pide otro tipo radical de soluciones. D. La política o la comunidad histórica anti· llana. Las tres Grandes Antillas Españolas no solamente constituyeron «fronteras de choque culturab, a lo largo de los siglos precolombinos, sino que, aún más, en plena colonización, pasaron a ser laboratorios de plantas y animales, donde s inició la aclimatación del Viejo Mundo a América. Las Antillas fueron, además, puesto auxiliar para lns conquistas del Continente y antemural del Imperio EspañoP Después que América se cansó de pelear, cuando hubo conseguido la Independencia y se enfrascaba en la tarea de perfeccionar la organización social; en época de los constructores de las nacionalidades: Andrés Bello, Domingo F. Sarmiento, Eugenio Ma· ría de Hostos, Juan Montalvo, Justo Sierra, etc., aún Cuba y Puerto Rico, por lo menos, seguían sujetas al poder español hasta casi finalizar el siglo XIX.
Cuba y Puerto Rico se debaten, desde principios del siglo pasado hasta 1868, entre el conservadorismo incondicional y el liberalismo autonomista, en tanto que Santo Domingo atraviesa continuos períodos de lucha contra haitianos, franceses, españoles, para entrar en- luchas civiles, luego de la Primera Independencia de 1844, que desembocó en la anexión a España y la restauración de la República en 1865. El 23 de septiembre de 1868, Puerto Rico inicia definitivamente el camino de la lucha armada contra España. El Grito de Lares inspirado por Betances dio paso al Grito de Yara, ellO de octubre, bajo el liderazgo de Carlos Manuel de Céspedes. Y mientras Puerto Rico fracasaba en su intento. Cuba emprendía la Guerra de los Diez Años, que finalizó con el Pacto del Zanjón. Las }lromesas del liberalismo reformista entretu· vieron las ilusiones de los políticos puertorriqueños, y la vida nacional se encaminó a la sombra del electorerismo, bajo el yugo de la esclavitud. Con 7. Tomás Blanco, Prontuario Ilistórico de Puerto Rico,
p. 7·24.
el patriciado preso en las mazmorras o en exilio, la isla fue pasto fértil para el oportunismo y la componenda. Santo Domingo, en tanto, prosigue inmersa en discordias internas, que -:tan paso a períodos totalitarios hasta 1899, en que' asesinan al famoso Ulises Heureaux. En 1916 los Estados Unidos ocupan la nación hasta 1924, y prepararon el camino para Horacio Vázquez y Rafael Leonidas Trujillo. La'¡nvasión norteamericana de 1965 y lo demás, va ya en camino de la historia. Cuba volvió a la rebelión en 1879 con la llamada Guerra Chiquita. Pero no es hasta 1895, con el Grito de Baire, inspirado por Martí, que comienza la lucha final. En 1898 la Isla pasa a manos de Estados Unidos como botin capturado en la Guerra Hispanoamericana. La ocupación militar se inicia en 1899 y se extiende hasta 1902, año en que se inaugura la República, mediatizada por la Enmienil;¡ Platt. El País vivió bajo la influencia norteamericana hasta el triunfo de la Revolución en 1959. A Puerto Rico le tocó sufrir un destino semejante a Cuba en los primeros años de este siglo. Extenuado por las luchas electoreras, sin embargo, sc encerró en la camisa de fuerza de la Ley Jones, de 1917, por medio de la cual se extendió la ciudadanía norteamericana masivamente al pueblo. La única voz radical desde Betances, Hostos, Ruiz Bclvis. ctc., irrumpe el siglo xx por los años treintas con cl nacionalismo de Pedro Albizu Campos. Luego Puerto Rico se hunde en el conformismo estadolibrista hasta hoy, en que la Isla se estremece ante la amenaza del anexionismo y el clandestinaje revolucionario.
n.
Primeros antecedentes americanos del ideal antillano
A. José Álvarez de Toledo: el nacimiento y la propagacióIl. En el momento en que España peleaba su Guerra de Independencia (1808-1813) contra las fuerzas francesas de Napoleón. acantonadas en la Península, América del Sur ve su hora de libertad y emprende la batalla decisiva desde todos los ángulos del Continente. Las Grandes Antillas Españolas se hallan igual~ mente en proceso de efervescencia, ,como resultado de las ideas incubadas por el Iluminismo europeo, y que ya habían sacudido al Nuevo Continente con la Independencia de los Estados Unidos de Norte América en 1776, para luego rebotar en Europa a través de la Revolución Francesa (1789). No obstante el vivero de inquietudes antillanas, la limitación territorial y el número relativamente mayor de fuerzas militares estacionadas en las Islas -aparte de servir como baluarte de defensa a 41
los exilados conservadores que se refugiaban en ellas- obligaban a las fuerzas progresistas a impulsar de primera intención una política menos radical que el levantamiento armado. Por eso, ante la disyuntiva del fracaso. producto de un alzamiento prematuro y el avance moderado de las libertades autonómicas, las Antillas escogieron la segunda alternativa. A medida que se acentúa la crisis, el gobierno legítimo español en Cádiz ofrece la oportunidad a las Antillas de enviar diputados a las Cortes pa@que expusieran sus necesidades y aspiraciones, ante el temor de que optaran por el camino de la sublevación. Un diputado cubano en las Cortes de Cádiz, José Alvarez de Toledo. apenas recordado, pone a circular en 1811 el ideal de la Confederación de las Grnndes Antillas. Rompe entonces con España y pide ayuda a los Estados Unidos. Su voz allí no tiene nada que decir. Pero Alvarez de Toledo, no se conformó con dar nacimiento al sueño de la Confederación Antillana, sino que impulsó, a partir ele 1811. una campaña. un proyecto capaz de generar las simpatías y el apoyo de Santo Domingo, México, Cuba y Puerto Rico para organizar un ejército antillano que pudiera convertir en realidad la Confederación Antillana. B. José Caballero: el eco. No es época de silencio y, juntQ al estallido del caftón. las ideas revolucionarias se riegan como la pólvora misma. Vibra en Santo Domingo el renacimiento intelectual con la llegada del doctor Pedro Valera y Jiménez. mientras se desarrolla la turbulencia fronteriza que vive con Haití. A pesar de todo ello. José Caballero puede oír la voz de su hermano antillano Alvarez de Toledo. Recibida la noticia, ya el próximo paso está dado: ha encontrado eco la idea más ambiciosa que tantos desvelos costó a los mejores corazones y cerebros de la antillanía. El primer contacto está hecho. Dice al respecto Juan Antonio Corretjer: Alvarez no estará solo en las Antillas. La idea recorre nuestras Islas. En Santo Domingo, José Caballero reafirma el proyecto [de ayuda material para poner a funcionar la idea] y le asegura en carta entusiasta, la voluntad dominicana de independencia y federación. s El mensaje está ya en la Antilla que posiblemente sufría la más trágica lucha. Juan Caballero sirve como abanderado del proyecto sin sospechar que éste recorrerá el más extenso camino. junto a 8. Juan Antonio Corretjer, Futuro sin falla, p. 15.
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las demás aspiraciones ideológicas de la Independencia Americana, sin que haya logrado materializarse en ningún momento. ni siquiera parcialmente. C. Simón Bolívar: la chispa. Dentro de los planes de libertad para América, el Libertador tenía presente que las Grandes Antillas Españolas debían ocupar su lugar merecido. Gracias a la la· bar difusora del ideal antillanista de Alvarez de Toledo. el 15 de septiembre de 1815, Bolívar se expresa de la siguiente manera sobre las Antillas: Las islas de Puerto Rico y Cuba [Nótese que no incluye a Santo Domingo] que, entre ambas, pueden formar una población de 700 a 800.000 almas, son las que más tranquilamente poseen los españoles, porque están fuera del contacto de los independientes. Mas ¿no son americanos estos insulares? ¿no son vejados? ¿no desean su bienestar? G .y el 11 de agosto de 1826 vuelve a insistir en esta idea de independizar a Cuba y Puerto Rico. Ambas Antillas aparecen una y otra vez en los proyectos de liberación americana expuestos por Bolívar. Perc aún así, no es fácil asegurar. por sus palabras, que la Confederación de las tres Grandes Antillas Españolas estuviera presente en sus planes de una forma semejante a la que visualizó Alvarez de Toledo. Bolívar era venezolano y aunque tenía cerca el Caribe. pensaba como continental. De lo que :VJ cabe duda es de su interés por conseguir la inccpendencia de Cuba y -Puerto Rico. Sin embargo, la mención constante. siempre unidas, de esas Antillas. hace pensar que el Libertador pudo haber vislumbrado una especie de confederación para ellas. Mas, independientemente de todo, lo que importa es que Bolívar significó la continuación de la chispa sentimental ('el Antillanismo.
Ch. Antonio Valero de Bernabé. Bolívar no solamente fue el visionario. el estratega y el realizador de la independencia de más de un~ nación americana, sino que, además. inspiró y planeó la libertad de todo el Continente. Las Antillas tienen su lugar en ese obsesivo desvelo. como ya hemos podido ver. Y, específicamente. con relación a Puerto Rico, el nombre del general Antonio Valero de Bernabé constituye su enlace directo con la Isla, y, a la vez, 10 convierte en uno de los primeros precursores del nacionalismo nuestro. La cercanía a Bolívar garantiza su visión americanista. Su origen, el amor antillano. Por eso. en el camino de la maduración antillanista no debe 9. Simón Bolívar, Contestación de un americano meridional a un caballero de esta isla [Jamaica], en Escritos políticos, p. 65.
olvidarse el primer nombre ilustre de la puertorriqueñidad en armas que también Es el primer puertorriqueño nacido de la burguesía colonial en romper definitivamente con España. Es el primer puertorriqueño de alta jerarquía militar en el ejército español que se suma a las fuerzas independentistas hispanoamericanas. Es el primer puertorriqueño con capacidad de organización y mando que traza un plan militar, racionalmente concebi· do, sin improvisación, sin aventurerismo, para independizar a Puerto Rico. Es el primer puertorriqueño que idea una guerra regular, llevada a cabo por un ejército regular, para hacer realidad un Puerto Rico independiente. Es él quien pone al servicio de la independencia puertorriqueña e hispanoamericana la expe· riencia militar ganada por los imperios eu· ropeos que durante la guerra del Caribe en el siglo XVIII disputan Puerto Rico con España. Es él quien, nacido en esta patria nuestra, in· corpora el independentismo a la estrategia fundamental bolivariana. Y él también quien une el pensamiento puertorriqueño al pensa· miento federalista hispanoamericano. Valero fija la idea de Puerto Rico independiente como una necesidad universaJ.1° Las raíces del Antillanismo ya han sido mencionadas, veamos ahora el cuerpo ejecutor.
111. El cuerpo ejecutor A. Ramón Emeterio Betances: el organizador. Después de los precursores del Antillanismo, se hacía necesaria la aparición de un genio dedicado a estructurar, a organizar la independencia del Ca· ribe. Puerto Rico tiene la fortuna de contar con el hombre indicado para ese propósito: Ramón Eme· terio Betances, quien desde su llegada al País en 1856, procedente de Europa, se lanza a la misión de luchar por ese ideal. Médico de profesión, pudo ver la enfermedad de la esclavitud negra en la Pa· tria y junto a Segundo Ruiz Belvis se convierte en el más decidido abogado de la abo!icjón. Pero era sólo el comienzo, el síntoma más obvio de una enfermedad peor: el vasallaje general del pueblo puertorriqueño, producto de un sistema colonial ya caduco en América. y a partir de ese momento se hace cada vez •más peligroso para el gobierno español que, desde 1865, sigue de cerca sus gestiones revolucionarias en favor de la libertad de Cuba y Puerto Rico: Hace planes en Nueva York con los cubanos para conseguir la independencia de ambas antillas, ingresa y fUl;lda logias en Puerto Rico, en las que in· filtra el ideal. 10. Juan Antonio Corretjer. Valero, precur50r del na· cionali5lno puertorriqueño, en La hi5toria que gritó en Lares, p. 39.
En 1867 ya está maduro su pensamiento, la Confederación Antillana es una necesidad para la li· bertad del Continente. Sus consignas eran: ¡Viva Puerto Rico libre! ¡Viva Cuba independiente! ¡Viva el Pueblo de las AntilIasl
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Ada Suárez Díaz, dice, refiriéndose al año ante· rior al Grito de Lares: Por primera vez apunta, en su pensamien. to, el ideal de la Confederación Antillana. La guerra de Santo Domingo primero, y luego el contacto en Nueva York con los emigrados cubanos, lo llevan a comprender que las An· tillas están llamadas a confederarse. Sólo así podrán conservar su libertad, una vez obtenida.lI'l En vísperas de su gesto consagrador: El Grito de Lares, previamente planeado para que estallara en consonancia con la rebelión cubana, Betances se inscribe en la historia como el sucesor de Valero en la planificación de la lucha armada antillana. Vara tuvo mayor suerte que Lares, pero Betances -aún abierta la herida que le ocasionó la muerte de Ruiz Belvis en 1867- no ceja. Conspira en favor de Puerto Rico dondequiera que va: Saint Thomas, Curazao, Santo Domingo, Haití, Francia. Su hogar es albergue de la rebelión antillana y con· tinental. Escribe cartas, lanza manifiestos, elabora planes. Se relaciona con los más destacados propul· sores de la guerra antillana: Gregario Luperón, dominicano; Basora y Hostos, puertorriqueños; los hermanos Maceo, Máximo Gómez y Martí, cuba· nos... Su pasión era la guerra, la conspiración. A cada paso lo encontramos haciendo inventarios de las armas que puede conseguir o que tiene para la independencia antillana. La idea de la libertad lo asedia, no importa donde se encuentre: Clame el puertorriqueño: «¡Viva Cuba!», y el cubano: «¡Viva Borinquen!», y ambos a la vez: «iVivan las Antillas!» 13 Su visión era abarcadora. Incluía, también, a Jamaica y a Haití.!· No en balde se llamó El An. tillano. Pero hay que agregar algo más, después de Bolívar haber entrevisto la amenaza imperialista de Estados Unidos sobre las Antillas y el Conti· nente, Betances esclarece, ilumina el acierto del Libertador. Su antimperialismo es una de las pri11. Ramón Emeterio Betances, en Luis Bonafoux, Be· lances, p. 4. 12. Ada Suárez Díaz, El doctor Ramón Emeterio Betan· ces: 5U vida y su obra, p. 21. 13. Ramón Emeterio Betances, en Luis Bonafoux, Belances, p. 286-287. 14. Juan Antonio Corretjer, Futuro sin falla, p. 30.
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meras advertencias a los pueblos del Nuevo Mundo. Entre 1869 y 1870 ...se hace evidente un cambio notable en la ideología de Betances. Empieza a ver fallas importantes en la política de los Estados Unidos de América, que por un lado estimula las esperanzas de los cubanos, y por otro hace el juego a España. u Desde este momento, hasta su muerte, Betances irá agudizando cada vez más su descubrimiento. En el lecho de muerte alcanza su máxima expresión...
B. Eugenio María de Hastos: el ideólogo. La antillanía tuvo en Betances su primer genio verdaderamente dedicado en cuerpo y alma, por ello sufrió, agonizó y murió. Más de treinta años recorrien· do América, padeciendo incomprensiones, insidias y calumnias no lograron hacer mella en este carácter indoblegable. Supo vivir a la altura de su vida y recogió el precio de la proscripción y, finalmente, la soledad de ese ostracismo prolongado hasta París. Casi simultáneamente, un compatriota suyo desarrolla intelectualmente un ideal, al que habría de dar la más amplia difusión jamás imaginada. Hom· bre de ideas más que de acción -mente organizada en extremo-, Eugenio María de Hostos representa la más perfecta expresión de la ideología antillana, puesto que nadie como él dio el ejemplo • del magisterio, de la prédica continua asentada sobre múltiples razones. Y todas ellas surgidas de la más estricta convicción moral del deber y del más profundo amor humano. Ninguno otro como él, pues, que dedicara más energía a propagar el credo de la confraternidad antillana, desde un íntimo convencimiento de la bondad, de la pureza, del deber y de la justicia. Del más ardoroso amor por la Patria le nacía su amor por las Antillas y por América. Por eso, en ningún otro insular esta expresión antillanista torturó más a un alma y a un cerebro. Desde su primera obra de extremada juventud -24 años-: La peregrinación de Bayoán (1863), se lanza a la palestra de las ideas a luchar por Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico. Aún tenía esperanzas en España, en que sus mejores hombres comprendieran las necesidades de las Antillas y subsanaran sus errores de tres siglos de esclavitud y maltratos, de desprecios y muertes. D~ ahí que en su libro inicial, bajo las figuras simbólicas de Guarionex (Santo Domingo), Bayoán (Puerto Rico) y Murién (Cuba), clame por reformas de corte autonomista. Todavía es demasiado temprano para que pueda comprender que España no podía dar lo que no tenía, 15. Ada Suárez Dfaz. op. cit., p. 28.
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según frase de Betances; no podía dar libertades y menos la Libertad. Años más tarde, en sus Recuerdos de Betances, refiriéndose a su postura ideológica con relación a las Antillas, confiesa que en La peregrinación de Bayoán sólo había expresado «un grito sofocado de independencia» : Digo que «un grito sofocado de indepen. dencia. porque, muchacho sencillo y candoroso como era (acababa yo de cumplir vein· ticuatro años), creía en la posibilidad de que se oyera la voz de uno que iba a empezar a clamar en el desierto, y que clamaba por la unión de España y de la América española en una confederación de la familia peninsular, insular y continental. ls En diciembre de 1868, tres meses después de que ocurriera El Grito de Lares, Hostos ha comprendido definitivamente que España no estaba dispuesta a comprender, a ceder un ápice en favor del bienestar de las Antillas. Ante la posición arrogante del gobierno de la Metrópoli, ante la intransigencia peninsular, el ilustre desconocido expone virilmente su posición: Yo no necesito deciros lo que soy. Yo soy un americano: yo tengo la honra de ser puertorriqueño y tengo que ser federalista. Colono, producto del despotismo colonial, cohibido por él en mis afectos, en mis pensamientos, en mis actos, me vengué de él imaginando una forma definitiva de libertad y concebí una confederación de ideas, ya que me era imposible una confederación política. Porque soy americano, porque soy cotona, porque soy puertorriqueño, por eso soy federalista. Desde mi isla veo a Santo Domingo, veo a Cuba, veo a Jamaica, y pienso en la confederación: miro hacia el norte y palpo la confederación, recorro el semicírculo de islas que ligan y «federan» geográficamente a Puerto Rico con la América latina, y me profetizo una confede· ración providencia1. 11 Después de ello, el hombre completo, en posesión de su deber, en 1869, viaja a París y luego a Nueva York, atraído por una ..noticia» de que en octubre partiría una expedición militar a libertar a Puerto Rico. Vive dos años en Nueva York y dirige el periódico La Revolución. En 1870 emprende "iaje a América del Sur, como propagandista de la revolución antillana. Visita Perú, Chile, Uruguay, Argentina, Brasil y en 1874 regresa a Nueva York. En 1875 se embarca para Santo Domingo y en abril de 1876 vuelve a la Ciudad de Hierro y de allí pasa a Venezuela, donde casa con Belinda Otilia de Ayala J6. Eugenio Maria de Hostos. Recuerdos de Betances, en Hombres e ideas, XIV, ObrtU completas. p. 70. . 17. Eugenio María de Hostos, DIario, 1, Obras como pletas, p. 97·98.
Eugenio Maria de Hostos (Inda). En 1879 fija su residencia en Santo Domingo'. Y de 1889 a 1898 en Chile. En 1898, al ocurrir la invasión norteamericana a la Isla, parte a Washington a reclamar los derechos de la Patria. Muere en 1903, desilusionado, mientras el País se desangraba en luchas electareras... Rostos, el peregrino del ideal, fue, sin duda, la mente más preclara que tuvo la Confederación Antillana. Desde el mismo año de 1869, en que pronuncia su famoso discurso en el Ateneo de Madrid, se esbozan ideas que irán creciendo a lo largo de su magisterio continental. No obstante su visión positiva de la vida, en sus razones afloran conceptos de raíz religiosa; ya en el citado párrafo de su discurso pudo hablar de una confel1eración providencial. Rombre poco dado a depositar razones sobre bases estrictamente religiosas, Rostos presta mayor atención al aspecto natural de la configuración an-
tillana. Como positivista, heredero de la devoción a todo lo natural, encuentra bases poderosas en la disposición de las islas para justificar su sueño confederativo. Como las islas griegas, son continuadoras de un «destino»: Después de aquellos tiempos, las únicas saciedades que en el mundo moderno han ocupado una posición geográfica, que no sólo es igual, sino que es superior a la de Grecia, son las que van a formarse por sí mismas en Cuba y en todas las Antillas. u La historia alecciona constantemente por voz de Hostos y no solamente un destino cristiano, una predisposición geográfica señalan el camino de la Confederación, ~ino, además, el elemento racial, étnico, que constituye el mundo antillano. El mestizaje nuestro es la mejor garantía del triunfo que 18. Eugenio María de Hostos, Temas cubanos, IX, Obras completas, p. 225.
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traerá la unión de nuestras sociedades libres. Apunta: En las Antillas, es natural y necesaria y con· veniente y civilizadora esa fusión y confusión de razas, porque de ella ha de salir la sociedad sui generis que en condiciones fisiológicas y morales corresponda al medio geográfico}1I Todo indica que el archipiélago caribe es una entidad indisoluble, sus estrechos lazos comunes son el resultado de un proceso histórico en el que cada espacio insular responde a un mismo propósito de vida y futuro. Sin la libertad de una, las demás se encuentran mutiladas. El principio de organización natural a que convendrá la nacionalidad en las Antillas, es el principio de la unidad en la variedad. la fuerza espontáriea de civilización que completará es la paz. El pacto de razón en que exclusivamente puede fundarse, es la confederación. El fin positivo a que coadyuvará, es el progreso comercial de las tres islas. El fin histórico de raza que contribuirá a realizar, es la unión moral e intelectual de la raza latina en el Nuevo Continente:;:o El progreso económico dará una base sólida a estas tierras ubérrimas en que la agricultura, el comercio y la industria les aseguran la perdurabilidad, la subsistencia. Afirma: .. .Ia industria agrícola tiene en las Antillas un vasto campo de producción, y probablemente más adecuado a nuestro estado socia1.21 y en otro lugar asegura la proyección de América a través de la Confederación Antillana:
Yo creo, tan firmemente como quiero, que la independencia de Cuba y Puerto Rico ha de servir, debe servir al porvenir de América Latina. Ra de servir, porque las Antillas desempeñan en el plan natural de la geografía de la civilización el papel de intermediarias del comercio y de la industria...
...las Antillas son complemento geológico del Continente americano, complemento histórico de la vida americana, complemento político de lo~ principios americanos, y tienen el de~er, no ya el derecho, de su~traerse a toda acción perturbadora de la unidad geográfica, histórica y política de América.n 19. 20. pletas, 21. Obras 22. pletas,
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Eugenio María de Hostos, Ibid., p. 14. Eugenio Maria de Hostos, Diario, 11, Obras comp. 253. • Eugenio Maria de Hostos, Hombres e ideas, XIV, completas, p. 164. Eugenio María de Hostos, Cartas, IV, Obras comp. 36.
Bolivariano en·este sentido, su visión cubre entre ratos a las Antillas en general, sin excepción. En su discurso de Madrid antes mencionado, dijo: «...veo a Jamaica y pienso en la Confederación...• y puede, como Bolívar, Betances y Martí, advertir el peligro que desde el Norte se cernía sobre las Antillas. Sabía perfectamente que la intromisión norteameticana en las Antillas y en América Latina entorpecería todos los planes de unidad fraternal. En esto tuvo acierto visionario; en repetidas ocasiones advirtió el peligro del Nuevo Imperio: Los Estados Unidos tienen la creencia infantil de que el archipiélago de las Antillas, empezando por Cuba, y sobre todo Cuba, tendrá el destino que ellos quieran,23
.. .las Antillas no pueden ser anexionadas a 'Estados Unidos...24 Desde la década del 60 (1869), a la par con Betances, descubre la nueva amenaza imperialista que intranquilizó cuarenta años atrás a Bolívar. En fin, por encima de todo: de la traición de los .charlatanes» de la República Española, de sus divergencias con Betances, en un principio; de la desconfianza de los miembros de la Junta Cubana de Nueva York, Hostos vive para el ideal.que, como expresó alguien, casi lo enloquece, pero que en ningún momento le impidió reconocer la importancia precursora de Bolívar en la evolución de la Antillanía, la grandeza revolucionaria de Betances o el apostolado de Martí. Vivió para un ideal en América y murió por él en Santo Domingo, donde, a pesar de la cercanía geográfica, estaba solo con su idea dominante, a millares de millas del cariño y el recuerdo de los puertorriqueños. C. José Marti: el apóstol. Después de contar la Confederación Antillana con su más asiduo y organizado ideólogo: Eugenio María de Hostos, se hace imperativo abordar a su mártir, el caudillo intelectual de la independencia cubana: José Martí. Más espontáneo que Hostos, proteico por temperamento, ecléctico como artista y como pensador político, oscilaba entre el Romanticismo y el Positivismo, sieJOpre con un calor humano más ase· quible, menos crpuntilloso» -pero no por eso inferior- al del «santo laico-o De temperamento exaltado, veía con certera pasión el drama de la esclavitud de Cuba, que casi consumía su carácter radi23. Obras 24. pletas,
Eugenio María de Hostos, Temas cubanos, IX, completas, p. 219. Eugenio María de Hostos, Diario, 1, Obras comp. 148.
calmente nacionalista, pero incapaz de cortar sus preocupaciones antillanas. Como hombre, apuró la vida con estremecimien· tos amorosos de intensa humanidad. Amante, sin intención insana, le sobró tiempo para compa~ir su cariño con más de una mujer; contrario a Hastos, que no contó apenas con otro espacio senti· mental para mujer alguna que no fuera Inda; hijo ejemplar -al igual ql.re Hostos- vivió angustiado entre su deber patriótico y el deber de hijo, de hennano, de esposo. Desde la juventud, su gran desvelo fue Cuba. Su primer rebeldía civil, recogida en El presidio político en Cuba, despierta ante sus ojos la condición trágica de la esclavitud cubana, la opresión espa· ñola sobre su pueblo, que lo llevó a acusar a su verdugo y a pedir que reparasen sus errores en la Patria. Aún no se ha desilusionado por completo; igual que Hostos, cree posible el arrepentimiento de España y su rectificación: Yo no os pido que os apartéis de la senda de la patria; que seríais infames si os apartárais. Yo no os pido que finnéis la independencia de un país que necesitáis conservar y que os hiere perder; que sería torpe si os lo pidiera. Yo no os pido para mi patria concesiones que no podéis darla, porque, o no las tenéis, o si las tenéis, os espantan; que sería necedad pedírosla. Pero yo pido en nombre de ese honor de la patria que invocáis que reparéis algunos de vuestros lamentables errores, que en ello habría honra legítima y verdadera; yo os pido que seáis humanos, que seáis justos, que no seáis criminales sancionando un crimen constante, perpetuo, ebrio, acostumbrado a una cantidad de sangre diaria que n.o le basta ya."l5 Estamos en 1871, Martí tiene 18 años. Cuba le roba la adolescencia y en vísperas del hombre, aparece su primera preocupación antillanista, cierto que presidida por Cuba. En este aspecto, no cama biará mucho. En Martí se nota un esfuerzo mayor que en Betances u Hostos para conseguir abstraerse al plano más amplio del mundo del Caribe, a pesar de su genio americano. Las Antillas, las Antillas solas, Cuba -dicesobre todo, se arrastraron a vuestros pies, y posaron sus labios en vuestras llagas, y lamie· ron vuestras manos, y cariñosas y solícitas fabricaron una cabeza nueva para vuestros maltratados hombros.~8 Cierto que Cuba es la mayor de las tres Grandes Antillas Españolas y que su tradicional belige25. José Martí, El presidia polltico en Cuba, en José Marti. Antología critica, p. 55. 26. Jos': Martf. Ibid., p. 57.
rancia servía y sirve de ejemplo a las Islas y al Continente, pero aún así, se palpa su parca referencia al todo insular, tan presentes en Betances y Has. tos, acaso explicables en ellos ante la pequeñez de Puerto Rico, ante su indefensión. En ese mismo año de 1871, la noticia del fusila· miento de ocho estudiantes de Medicina de la Universidad de La Habana, transfonnan definitivamente su actitud. Desde eSe morttento, su madurez política avanza con pasos agigantados. En su voluntad y en su vida no cabe otra idea que la de la lucha por la independencia de Cuba. Lanza El 27 de noviembre de 1871 (1872), junto a Pedro J. de la Torre y Fermín Valdés Domínguez. En La República Española ante la Revolución Cubana de 1873, deposita su fe en el liberalismo de la política española que adviene al poder y hace pública su decisión de libertar a Cuba: Cuba quiere ser libre, Y como los pueblos de la América del Sur la lograron de los gobiernos reaccionarios, y España la logró de los franceses, e Italia de Austria, y México de la ambición napoleónica, y los Estados Uni· dos de Inglaterra, y todos los pueblos la han logrado de sus opresores, Cuba, por ley de necesidad histórica, ha de lograr su independencia.~T
En 1873 se dirige a Francia y atrás queda su novia Blanca Montalvo; pasa más tarde a Inglaterra yen 1875 a América. Se dirige a México, donde su hennana Ana muere. Permanece allí hasta 1877, año en que parte para Guatemala. En México se dedicó a escribir en la Revista Universal, en la cual hace crítica literaria; traduce Mes fils (Mis hijos) de Víctor Hugo; da a conocer el drama Amor COn amor se paga, y, además, ensaya poesías amorosas, aparte de polemizar sobre cuestiones políticas. Tiene aún tiempo para amar a Rosario de la Peña, Concha Padilla y a Carmen Zayas Bazán, su futura esposa... En 1877 visita fugazmente Cuba y luego se embarca para Guatemala, donde enseña en la Universidad y funda la Revista Guatemalteca. Visita la familia García Granados y, la hija, M"ana, se inscribe para siempre con su muerte en La niña de
Guatemala. Regresa a México para casarse con Carmen Zayas y vuelve a Guatemala en 1878. Diferencias con las autoridades lo hacen renunciar a sus cátedras y volver a Cuba -a través de Honduras-luego de casi ocho años de destierro. Martí ejerce su profesión de abogado en La Habana para vivir; realiza labores culturales y pronuncia discursos políticos en contra de "la autono27. José Martí, La Reoública Española ante la Revolución Cubana, ¡bid., p. 93.
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tad de Cuba que dura hasta su muerte. El tiempo ya lo traiciona: su cuerpo se resiente, el cemonstruo» acecha. EllO de octubre, en Nueva York, pronuncia el Discurso de Hardman Hall, en el que sostiene su posición anticaudillista y contesta las acusaciones de que no es capaz de morir por lo que predica.:t4 En noviembre visita Tampa y Cayo Hueso, donde nace el Partido Revolucionario Cubano. Todavía en su Discurso del Liceo Cubano, en Tampa, Florida, el 26 de noviembre, su pasión es Cuba. Vuelve a oponerse a los personalismos que entorpece la unión de todos los cubanos.33 Martí está enfermo. La herida inguinal que le produjo un grillete en la Cantera de San Lorenzo, a los dieciocho años, ya se ha desarrollado en una llaga cancerosa, en tanto que la tuberculosis 10 asedia. Pero no se da por vencido. En 1892 ~da el periódico Patria y coloca en su dirección al puertorriqueño Sotera Figueroa. El primer número sale el 14 de marzo. En él aparece Nuestras ideas, ideario de la revolución, donde el pensamiento antillanista se abre paso decidido: Y como es ley que los hijos perdonen los errores de los padres, y que los amigos de la libertad abran su casa a cuantos la aman y respeten. no sólo a los cubanos será bene· ficiosa la revolución en Cuba, y a los puertorriqueños la de Puerto Rico, sino a cuantos acaten sus designios y ahorren su sangre. No es el nacimiento én la tierra de España lo que abomina en el español el antillano oprimido; sino la ocupación agresiva e insolente del país donde amarga y atrofia la vida de sus propios hijos.
fueron ayer en la cárcel y el destierro, los cubanos y los puertorriqueños. Unos han de ser en la accipn, para acelerar, con el esfuerzo doble, la libertad común. Una es la idea cubana y la del manifiesto, hábil y necesario, donde el Club ceBorinquen» descubre al país las razones por qué ha de desconfiar de aquellos patricios incompletos en quienes el amor a su pueblo cede antes a la seguridad personal que al honor del sacrificio. Patria ha de contar en su número próximo la historia continua de la idea independiente en la Isla de Puerto Rico, y ha de llevar crónica viva, en lo que sea visible, del desarrollo del plan de emancipación entre los hombres libres de la Isla de Gautier v de Baldorioty, y de Betances y Corchado. Hoy publica, con la estrechez del primer número, el manifiesto del Club puertorriqueño, el primer Club revolucionario de Puerto Rico, a la isla que oirá con provecho y simpatías las juiciosas revela~ ciones y el viril convite de un 'documento donde la habilidad envidiable iguala a la majestad de la forma.JI La' identificación espiritual de Puerto Rico y Cuba ha quedado establecida. La historia de sus luchas las hermanan en un mismo empeño y en, un mismo sacrificio: la Independencia. Con el surgi· miento de Patria se han dado públicamente la mano que traían enlazada en una larga tradición. Martí reconoce la Antillanfa, y con la mención del periódico La Revolución deja establecido con claridad la continuación de la lucha cubano-puertorriqueña de 1868: La libertad, siempre apetecible, lo es más cuando por el amor y el ejercicio de ella se juntan los hombres, que en la libertad misma crían razones para su discordia. Más grata es esta campaña definitiva por la libertad antil~ana, porqu~ no hay punto de ella en que, con igual corazon, no se vean tendidas. por sobre la faja dq mar que las divide la mano de Maisí y la de las Cabezas de San JUari. Ayer, hace veinticuatro años, se publicaba en Nueva York La Revolución, con el escudo de Cuba bajo el nombre, y al pie del escudo de· cían letras hermanas: ceCuba y Puerto Rico». Hoy, juntos en el deseo, en el empuje, en la mesa de trabajar, por puertorriqueños, se inaugura y por cubanos se completa el Club de ceLas Antillas».u
Jamás reposó en Cuba ni afuera. ni en Puerto Rico reposó jamás, el espíritu que con el principio del siglo comenzó a batallar por la independencia antilla. Jamás han faltado al ideal de la independencia mantenedores dignos de él.:t8 Su pasión, sin duda. es Cuba, pero a través de ella se filtra la realidad colonial de Puerto Rico. Su cercanía a los puertorriqueños exilados en Nueva York, la colaboración que les han brindado en su lucha no merece menos. Se le hincha el alma con la visión: Una son en el porvenir, como han sido unas en el pasado, el alma de Lares y el alma de Yara. Unos son hoy en la preparación, como 34. José Martf, Discurso de Hardman Hall en Mart' p. ]43-152. • , 35. José Martf, Discurso del Liceo Cubano en Ibl'd p. 153-167. ' ., 36. José Martí, Nuestras ideas, en Cuba, polftica re. ' Volllción, Obras completas, p. 321 y 322.
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La Confederación Antillana tiene ya su organismo en ese esfuerzo de puertorriqueños y cubanos: el Club de ceLas Antillas». Pero, además, en La pro-
clamación del Partido Revolucionario Cubano el 10 de abril, ~e expresa el propósito de libertar a Cuba y Puerto Rico. Lo que urge a Martí por ahora es conseguir la independencia de Cuba -su prime. 37, José Martí, Convite a Puerto Rico, en Ibid., p. 324. 38. José MarU, (Los Clubs). Las dos Antillas, en ¡bid.,
p. 380.
ra palabra siempre es para Cuba- y luego de la de Cuba, la de Puerto Rico. Quiere que sean Libres y de sí mismas, sin sugestión ni convite de hombre alguno que haya probado con gloria las armas, ni de quien viva devorado del ansia de probarlas; libres y de_ sí mismas, sin causa alguna de entusiasmo pasajero que inflame en fuego de horas los corazones tornadizos; libres y de sí mismas, sin el in· flujo personal y privado que suele mover, con fuerza que se convierte luego en debilidad, las obras más puras de los hombres; libres y de sí mismas, desde Tampa a los extremos de la América del Sur, las emigraciones cubanas, y con ellas la emigración puertorriqueña, congregan, al más humilde impulso, sus fuerzas trabajadoras; examinan con juicio libérrimo las Bases en que se han de mover, de modo que la autoridad indispensable para la obra ejecutiva de la revolución concilie con el alma republicana de donde toma su representación y vigor; proclama, sin una sola asociación descarriada, sin una sola localidad tibia o silenciosa, que los cubanos y puertorriqueños de la emigración deciden acelerar, por métodos republi. canos de alma democrática, y por el acuerdo de Cuba y Puerto Rico; y afinnan de antemano y robustecen por el respeto y equilibrio de los elementos reales de aquella sociedad, por el que de otro modo pudiese ser alzamiento incompleto, peligroso y desordenado. Para salvar a las islas de peligros se funda el Partido Revolucionario Cubano, y no para aumentarlos.311 Se traslucen en estas palabras de Martí todo su afán por salvar las rencillas mezquinas, los personalismos, el caudillismo que mutila las repúblicas nuestras y las embrutece, impidiéndoles ejercitarse en la justicia y la felicidad que traen el orden, la paz y el progreso. Desde 1892 hasta su muerte no tiene descanso. Se da a la tarea de unir a los cubanos, a despertar el amor patrio. Hace colectas para los gastos de la organización del Ejército Libertador. Viaja a Santo Domingo a hablar con el General Máximo Gómez, para que acepte la jefatura militar del movimiento. Pasa a Haití y luego a Jamaica, donde visita a la madre de los hennanos Maceo; quiere limar sus diferencias con ellos. Regresa a Nueva York. En 1893 vuelve a Santo Domingo a ultimar con el General Máximo Gómez los preparativos de la invasión; pasa a Costa Rica, y habla con el General Antonio Maceo. Emprende regreso a Nueva York a tra....és de Panamá. Se traslada a Tampa, Cayo Hueso. ~ee el ensayo Simón Bolívar en la Sociedad Literaria Hispanoamericana, el 28 de octubre de 39. José Martf, La proclamación del Partido Revolu· cionario Cubano ellO de abril, en ¡bid., p. 387·388.
1893, en el que pone de relieve su profunda admi· ración por El Libertador. Manuel y Ricardo Sartorius se levantan en rebelión en Oriente de Cuba -desobedeciendo las instrucciones del Partido R«¡!volucionario- y son aniquilados inmediatamente. Martí tiene que condenar la intentona y aclarar que no ha sido su inspirador. . Martí no olvida su prédica en favor de la independencia de Puerto Rico durante sus años azarosos de 1892 a 1893: Puerto Rico nada puede esperar de la España mítica a quien se ha ido a pedir lo que no tiene, de una España científica y piadosa. Cuanta fe y humildad se pudo poner sinceramente en la política autonómica, Puerto Rico, las puso. No engañaba a España; pedía con la cabeza alta del ofendido, pedía como quien pide 10 suyo, pero pedía con lealtad. Los pue· bIas perdonan a quien ahorra su sangre, y llegan a aborrecer a quien se la envenena. Puerto Rico, al cabo de tanta espera y mansedumbre, no tiene hoy seguridad para sus negocios, ni calma para sus casas, ni empleos para sus talentos, ni trabajo para sus jóvenes. Los puertorriqueños de la emigración, 10 mis~ mo que los cubanos, han debido reunirse a tiempo de impedir que su patria se desmigaje en la miseria y en el deshonor.~o Como Betances, está convencido de que España imperialista, aristocrática, no puede ofrecer ningún tipo de libertades. El conservadurismo no puede hacer galas de su liberalismo. La experiencia le indica que los planes de reforma, de autonomismo prometidos por España a través de su historia fueron, a la larga, sustituidos por el viejo orden ti· ránico de la vida o inútiles. No queda ya otra al· ternativa sino la de la lucha armada. En 1892, en Filaddfia, cubanos y puertorrique. ños reiteran sus votos en favor de la independencia de las dos Antillas.· 1 El 3 de septiembre de este año, Martí escribe al General Máximo Gómez, pidiéndole que se reincorpore al Partido Revolucionario y lo ayude a organizar la lucha de Cuba (¡siempre Cuba!), y luego la de Puerto Rico, porque ...yo no dudo, señor Mayor General, que el Partido Revolucionario Cubano, que es hoy cuanto hay de visible de la revolución en que usted sangró y triunfó, obtendrá sus servicios en el ramo que le ofrece, a fin de ordenar, con el ejemplo de su abnegación y su pericia reconocida, la guerra republicana que el Par· tido está en la obligación de preparar, de acuerdo con la Isla. para la libertad y el 40. José Martf, La primera conferencia, en Cuba, polltica, revolución. 1892·1893, 11, Obras completas, p. 30. 41. José Martf, La recepción en Filadelfia, en ¡bid., p. 138.
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bienestar de todos sus habitantes, y la independencia definitiva de las Antillas!'Z En 1894 el General Máximo Gómez llega a Nueva York a verificar los medios con que dispone la lucha. Todo queda arreglado. La antesala de la apoteosis se dibuja. Entonces Martí pide, casi mendiga. La amenaza estadounidense lo persigue. Tiembla con las palabras pugnando por salírseles. Las con'tiene. Dejar que se le escapen sería arruinarlo. Este secreto le roerá dentro casi hasta el penúltimo día de su vida. Casi lo conserva hasta las últimas palabras que escribe. La inminencia del peligro lo lleva a recorrer diferentes lugares clamando auxilio para la Causa: Filadelfia, Tampa, Cayo Hueso, Jacksonville, New _Orleans, Costa Rica, Panamá, Jamaica, New York, México y de nuevo New York... Se le escapa a MarH, cuando habla de la importancia de las Antillas: llaves de entrada a América del Sur y centros de equilibrio entre los latinos y sajones, en una mención disfrazada, la amenaza de Estados Unidos. Se le hace difícil -no lo juzga prudente- mencionar por su nombre verdadero al enemigo de la libertad de las Antillas: No son meramente dos islas floridas, de cle· mentas aún disociados, lo que vamos a sacar a luz, sino a salvarlas y servirlas de manera que la composición hábil y viril de sus faca tares presentes, menos apartados que los de las sociedades rencorosas y hambrientas eu· ropeas, asegure, frente a la codicia posible de un vecino fuerte y desigual, la independencia del archipiélago feliz que la naturaleza puso en el nudo del mundo, y que la historia abre a. la libertad en el instante en que los conti· nentes se preparan, por la tierra abierta, a' la entrevista y al abrazo. En el fiel de América están las Antillas, qu~ serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el coloso y superior que se prepara ya a negarle el poder -mero fortín de la Roma americana-; y si libres -~ dignas de serlo por el orden de la libertad 'equitativa y traba· jadora- sería en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la Amé· rica española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio -por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostileshallará más segura grandeza que en la innoble posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo. 43 EllO de enero de 1895 los Estados Unidos confiscan los tres barcos que debían partir rumbo a Cuba, según el plan Femandina: Amadis, Lagonda .42. José Marti, Carta al General Mdximo Gómez, en Ibld., p. 163. 43. José Marti, El tercer año del Pqrtido Revolucionario Cubano. El alma de la revolución y ti deber de Cuba en América, en Cuba, polftica y revolución. 1894, I11, Obras completas, p. 142.
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y Baracoa. Martí ya casi no puede soportarlo: llora en brazos de unos amigos en Jacksonville. De Nue· va York parte a Santo Domingo y se reúne con el General Máximo Gómez en Montecristi. El 25 de marzo de 1895 hace público el Manifiesto de MontecristiJ que, aparte de consignar las causas y propósitos de guerra comenzados con el Gri· to de Baire, reproduce la idea de que las Antillas son el punto en que gravita la armonía americana." y ese mismo día fecha su Carta a Federico Hénríquez y Carva;al, medio testamento suyo, iluminada de poesía y de don profético. Dice, entre otras pa· labras memorables: Donde esté mi deber mayor, adentro o afuera, allí estaré yo. • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • 11I • • • • • • • • • • •
Yo evoqué la guerra; mi responsabilidad comienza con ella en vez de acabar. Para mí la patria no será nunca triunfo, sino agonía y • deber.
Pero mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador; morir callado. Para mí ya es hora. Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América y el honor ya duo doso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo.
Hagamos por sobre la mar, a sangre y cariño, lo que por e~ fondo de la mar hace la cordillera de fuego andino.
A quien me la ama [Cuba], le digo en un gran grito: hermano. Y no tengo más hermanos que los que me la aman.
Levante bien la voz, que si caigo, será también por la independencia de su patria.u Martí insiste en que la libertad de las Antillas es la salvación de la independencia del Continente. Tanto del Norte como del Sur. Incluye a Santo Domingo, también, en su esfuerzo. Su Carta" a Manuel Mercado, en la víspera de su muerte, el 18 de mayo de 1895, la cual quedó 44., José Martí, Manifiesto de Montecristi, en Nuestra Aménca, VIII, Obras completas, p. 161-176. ". 45. Jos~ Ma~(, Carta a Federico Henriquez y Carva· lal, en EpIStolariO, XX, Obra.s completas.
inconclusa, completa su testamento y pone ya definitivamente en claro el gran secreto de Martí, su angustia contenida, acaso lo único que temió se le descubriese en vida. Mi hermano queridísimo: Ya puedo escri· bir, ya puedo decirle con qué ternura y agra· decimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía y mi orgullo y mi obligación; ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber -puesto que 10 entiendo y tengo ánimos con que realizarlo-, de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin. Las mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos --<amo ese de usted y mío-, más vitalmente interesados en impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles. el camino que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América al Norte revuelto y brutal que los desprecia, les habían impe. dido adhesión ostensible y ayuda patente a este sacrificio, que se hace en bien inmediato y de ellos.~6 Marti cae al otro día en Dos Ríos. Su apostolado, su martirologio está cumplido. Deja a la Patria en armas con la fe de que alcance su independencia. Le es negada su única ilusión a quien siempre tuvo en la boca los más puros sentimientos. La patria es sagrada... Para Cuba que sufre, la primera palabra, solía decir. Esos fueron, en efedo, sus desvelos, sus amores: la obsesión de su vida. IV. Conclusiones El tema El ideal de la 'Confederación de las Grandes Antillas Españolas tiene que verse a la luz de una serie de consideraciones, cuyos origenes se pierden en lo más remoto del tiempo -que es fermento del mito, de la profecía-, donde la ante· visión del lenguaje poético prepara, del misterio, mensajes maravillosos que dan ocasión a especulaciones posteriores: islas, continentes fabulosos. El mundo y las Antillas tienen en ellos su lugar. El Cristianismo ha de servir para impartir un halo sagrado a todo lo que posea tres elementos con semejanzas capaces de servir como lazos unificadores. Por medio de la tradición cristiana -por 46. José Martí, Carta a Malluel Mercado, en ¡bid.
medio del dogma- las Antillas, encima de su inicial fermento poético, ganan su aureola sagrada. La Naturaleza --<dn mayúsculas- fue tema de primordial importancia durante los siglos XVIII Y XIX. El Racionalismo y el Romanticismo vieron en ella una base de apoyo para'explicar la perfección del mundo lógico, asimismo como el carácter arquetípico de la vida original, primaria, sencilla. La disposición geológica de las Antillas agrega una razón de tipo natural. El Positivismo finisecular decimonómico, se preocupó por el hombre en su relación con la saciedad y pone de relieve su naturaleza étnica, a los efectos de explicarse zonas de la Sociología en donde la problemática del hombre parece no poder explicarse simplemente a base de los patrones de conducta social. La mezcla de razas en las Antillas, el proceso de transculturación semejante ocurrido en ellas ofrece otro argumento encaminado a justi. ficar la hermandad que guardan las Islas. La prehistoria y la historia demuestran que Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico compartieron una misión similar en América a lo largo de cuatro siglos. La idea de hacer una entidad política encuentra en ésta su quinta justificación. Después de los hechos colectivos, de los diferentes enfoques vitales: el mito, la religión, la naturaleza, la sociología (la política) y la historia, se descubre a lo largo del siglo XIX en el pensamiento romántico·liberal de los prohombres de las Antillas fundamentalmente, pero también de América, una preocupación común por el destino político de las Islas que cubre dos momentos: la independencia de cada una y su posterior organización confederativa. Su más remoto y claro expositor parece ser el diputado cubano a las Cortes de Cádiz, José Alvarez de Toledo (1811), a quien responde entusiasmado el dominicano José Caballero, que lo apoya en representación de su Patria y le promete respaldo moral y material. Con Simón Bolívar --<ontinental- el ideario de la Confederación Antillana se adivina en la simpatía que demuestra por la independencia de Cuba y Puerto Rico, aún cuando no destaca suficientemente el ideal de la Confederación. Es la chispa y. como tal, la mantiene viva. El General Antonio Valero de Bernabé, puertorriqueño, ve a la Isla dentro de las aspiraciones de libertad continental, pero también dentro de los afanes de los hombres del Caribe. El ideal cruza por lo hondo de su sensibilidad militar. Ya ante las figuras de mayor relieve del ideal, Ramón Emeterio Betances, tiene la suerte de ser su activista, su organizador por excelencia. Cierto que la independencia de Puerto Rico lo enfebrecía, pero no se quedaba ahí. Veía a las tres Antillas Mayores como un todo dentro de un gobierno común. 53
La independencia de una o de otra no lo limita. En· tiende que es sólo el primer paso en la lucha que exige la Antillanía. Eugenio María de Hostos es el más distinguido ideólogo, no sólo de la independencia de Cuba, Santo Domingo y Puer~o Rico como una necesidad total, sino que es quien mejc':" y más tiempo dedicó al ideal de la Confederación Antillana, que veía -en un principio- como un paso a la gran Confederación Hispánica de América y España. Su visión con respecto a las Antillas es total, incluye a Haití y Jamaica, a pesar de las diferencias culturales. Cuando Hostos se refiere a las Antillas, habla d" toC:?s. Y en Jo tocante a la amenaza imperialista norteamericana que se cernía sobre Cuba y las Ahti!las, pudo verla claramente -con Betances- dos décadas antes que Martí. José Martí tiene una pasión: Cuba, a través de • ella se le presenta el drama de las Antillas. Cuba inspira su visión de América. Es más parco que Betances y Hostos en la configuración de la Andllanía y apenas se plantea su segundo momento: la Confederación. Lo que le interesa es la independencia como cuestión inmediata, porque descubre que la amenaza del imperialismo norteamericano, es la perdición de la libertad de las Antillas, de América y de todo proyecto de vida libre.
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Pinturas y Grabados de Luis Hernández Cruz Luis H erndndez Cruz
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N EL INSTITUTO DE CULTURA PUERTORRIQUEÑA HA
presentado una exposición de su obra reciente (1969.1972), Luis Hernández Cruz, una de nuestras figuras más destacadas en el campo de la pintura abstracta. La exposición, abierta al público elLo de septiembre, hizo el número tercero de las muestras individuales presentadas en el Instituto por el artista, que en esta ocasión incluyó, por primera vez, un grupo de serigrafías. Hernández Cruz, natural de San Juan, ha cele· brado exposiciones personales en diferentes institu~ , ciones y galerías de Puerto Rico, en el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid, en el Museo de la Tertulia, de Cali (Colombia), en el Museo de Newark (Nueva Jersey) y en la Caravan House Gallery, de
Nueva York. Ha recibido varios primeros premios en Puerto Rico, y en el año 1972 obtuvo el Premio Nacional de la Segunda Bienal del Grabado Latinoamericano de San Juan. De Hernández Cruz ha dicho la crítica de arte Marta Traba que" tiene una peculiar capacidad para advertir la lírica de los signos; su espíritu dispuesto y atento le permite registrar con finura lo que para otros es imperceptible. Hernández. Cruz. recoge lo que dicte esa visión llena de pequeiías advertencias. ligeramente atónita ante las revelaciones de la inti· midad de las cosas, y recorre en seguida la corta distancia que media entre la percepcLón y la reali· zación".
Dos de las obras presentadas por el artista puertorriqueño
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