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LIBRARY UN1VERSITY OF PUERTO RICO FOL’NDED 1903
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PUERTO RICAR COLLECTION
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Mis Cinco Años — de-----
Maestro Rural ------- POR-------
ISAAC DEL ROSARIO
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DEDICATORIA A todos ios que día tras día van regan do por nuestras montañas la semilla de la verdadera libertad. A todos los maestros y maestras rurales ya ancianos a quienes las obligaciones fami liares no hí,n dejado progresar en su carrera. A todos los maestros y maestras rurales jovenes que llegan llenos de brío a ocupar el sitio de los que caen fatigados, o de los que dejan el campo en busca de horizontes más claros y más productivos. A todos los que una vez (haga pocos años o haga mucho tiempo) pasaron por la prueba de ser profesores rurales, a todos de dico este libro, que es un relato sencillo de mis cinco años de maestro en los campos de nuestra isla. Con toda mi consideración y con todo mi respeto y lealtad.
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El Autor.
A LOS LECTORES DE ESTE LIBRO. Querido lector, te supongo maestro, uno de ios miles de buenos y abnegados ciudadanos que se han impuesto la misión—muy noble pero ingrata—de re construir el cuerpo social de nuestro país. Y conside rándote maestro, estoy seguro de que comprenderás lo que deseo decirte. Comenzaré por advertirte que al abrir este libro, te hallas en el umbral de una hasta hoy ignorada ca verna que guarda un tesoro. ¡Que la codicia no dila te tus ojos; al pensar que vas a encontrar un rico filón de oro! Ponte a cubierto de semejantes impre siones. Ni mucho menos pienses que vas a hallar diamantes, rubíes, esmeraldas y amatistas por pu ñados, puestas al alcance de tu mano por una invisi ble hada bienhechora. Y pára mientes de pensar en “peluconas” por montones, ni en numerosos paque tes de esos papeles que, pintados con diversos colores para significar sus distintos valores, hacen cambiar de tintes pasando por todos los del iris, al que con mesa pobre y bolsa flaca los contempla. Te equivo cas si así piensas. Si al salir de la decepción que te produjo el párra foanterior, te sientes con suficiente valor para pene trar en esta cueva misteriosa, descorre el dintel—sal-
tando esta introdución—y con paso firme, con mirada escrutadora, con mente amplia y con voluntad decidi da, da el primer paso ¿Ya está? Pues, he te, amado lector, fivnte al inagotable filón en una mi na, la más rica de todas as que el hombre pudo des cubrir, y la más productiva cuando el hombre la se pa explotar. Estás en presencia de la ''mina de Inex periencia”, y ella te dará la plata de la verdad, el oro de la ciencia, el rubí de la voluntad firme, la es meralda de la fe. /Aprecias y codicias esos metales? ¿Conoces sus valores? ¿Conoces el secreto de su uso? Pues, ¡adelante! No pierda-tiempo en recoger las arenillas auríferas que ves a la entrada. Penetra en la mina, que In luz de la razón te ilumine y que la fuerza de la bondad te impulse. Y cuando te sien tas rico por la posesión de esos te-oros, no seas avaro guardándolos para tí; ni seas usurero dándolos en tanto por ciento. Dalos a manos llenas, que los te soros de la bondad, de la ciencia y de la experiencia. ton inagotables cuando de ellos se sabe extraer. Y, ahora te veo curioso ¿Deseas saber el Mago que produjo este milagro? Pues te diré: Hace trein ta y siete años, ni más ni menos, que allá, en una ciu dad del occidente d- Puerto Rico, llamada la Sultana del Oeste, (porque según vieias historias allí tuvo su señorial palacio una hermosísima mujer árabe arre batada a la gentil (¡ranada por uno de aquellos cau dillos aventureros que nuestros progenitores enviaron a la rica América para ponerlos primeros cimientos de una civilización cristiana, allá por el siglo XV) nació un infame, que al través del tiempo (y del espa cio) había de convertirse (como todos los niños que no se mueren) en chico, en muchacho, en mozalbete,
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en adolescente, en mozo y en hombre. Y mientras ocurrían todas esas transformaciones quenada tienen d? sobrenaturales, el <-h>c<> aprendió a leer y e-cribir; el muchacho supo de aritmética, historia y geografía: el mozalbete probó a descifrarlos textos latinos: e^ mozo cató los diversos sabores con que la vida nos regala, ora de pasante en una esc tela particular, ora de escribiente y pichón de pica pleitos en un reputalado bufete de ab gado: y el hombre, saturado per lo menos de ciencia y de experiencia, se hizo ma, stro rural: y el maestro rural dió los mejores años de su vida a la magna obra de la regeneración de nuestio pueb'o por medio de la educación, ganando el pueblo '•on las enseñanzas del maestro y creciendo el maes tro a impulso de la práctica y la experiencia. Y así lo vemos hacerse maestro graduado, graduado de in<glés, actíng principal, maestro principal y subins pector de escuelas Y las ricas cosechas que obtuvo de todo lo que sembró durante la larga práctica pro fesional, la almacenó para ahora ofrecerlas sin medi da y sin tasa a todos los compañeros de profesión, sin distinciones ni privilego; para nadie. ¿Qué quién es ese benefactor? ¡Cuidado que son curiosos los maestros, particularmente las maestras! Paciencia, amigos. Pemad en un maestro mayaguezano que siempre fué un compañero leal y un hombre cumplidor de sus deberes: pensad eu un maestro que ha sino siempre un mantenedor de la Asociación de Maestros de Puerto Rico, habi-ndo ocu pado puestos en la dirección de esta institución: pen sad en un corazón generoso; pensad en un hombre franco y jovial, que ríe, que ríe siempre, que la sonrisa es eterna en sus labios y tendréis a nuestro
hombre. ¿No aciertas? Pues, aun a trueque de morti ficar la modestia de mi biografiado, te diré su “santo y seña”: su nombre es bíblico. ISAAC; y su apellido es cristiano, ROSARIO; y el hombre, que todo lo arre gla a su modo, unió esos dos significativos nombres, y lo llamó ISAAC DEL ROSARIO. Y ahora, lector, ¡que sepas usar los bienes que es te tesoro te brinda! Si así, lo haces, el Mago te llevará de la mano a otros ignorados sitios donde te enrique cerás con las satisfacciones que el “bien” practicado por el bien mismo, proporciona.
Tuyo cordialmente,
José González Ginorio. 1920
CAPITULO I. Algunas Explicaciones Necesarias Quien era el Autor cuando obtuvo la licencia de Maestro Rural.
Yo fui crianza de mujer. Crianza de ma dre y abuela. Huelga, pues, decir que crecí mimado y consentido. Sobre todo por mi buena “mamabuela.” De sus quince o más nietos solamente yo era el que vivía a su lado. Y ella aprendió a jugar “embique” para enseñármelo a jugar a mí. Aprendió a bailar un trompo para ser mi profesora de trompo. Y7 no aprendió a jugar volantín, que era mi pasa tiempo favorito, porque ya eso resul taba muy complicado para una viejecita bon dadosa como aquella. Pero iba conmigo a verme “encampanar” la “picúa” o el “bacalao”.
—6— Y me embollaba el hilo. Y me desenredaba los enredos. Y cuando fui por primera vez a la escuela ¡claro está! fue ella mi acompañante a la es cuela de primeras letras. Olvidaba decir que con ella y conmigo iba mi perro Regalo. Pe mediana estatura. Lanudo. Cliocolatado. En la puerta nos recibió la infractora do ña Demetria. Que en paz descause. Con unos espejuelos en mitad del puente de la nariz. Y una correa de tres dedos pendiente de la cintura. A pesar de su aspecto bondadoso. Yr de sus palabras cariñosas. Mientras mi abuela charlaba con la pro fesora, de los achaques, de lo caro del carbón, del último hijo de la vecina, de mis clases, etc. permanecí callado, aunque intranquilo y medroso. Pero cuando la vi despedirse y vi que me dejaba con mi silla y mi cartilla entre otros quince o veinte pequeñines, prorrumpí desola do a llorar. Pero aquello fue pasando poco a poco. Primero fue llanto de lágrima y queji do.
Después, sollozos. Luego, tranquilidad. Se me acercó, la maestra. Gruñó Regalo, bajo la silla. Y: “No llores hijito, que ahoritita viene doña Amalia a buscarte.” Volvió en efecto Como a las once. Pero regresó conmigo a la una. Y al otro día a las ocho. Y en varios días después. Hasta que pasó un año y pico. Cuando ya yo sabía leer. Y escribir. Tenía seis años, entonces. Un vecino panadero que no sabía "nada de letras” iba a casa dos veces por semana para que yo leyera las cartas de su esposa re sidente en Cabo Rojo. Y para que las contestara, Y me pagaba mi trabajo. Indirectamente. Trayéndome de cuando en cuando “pa nes de rosca.” Y galletas de huevos hechas expresamente para mí. También un militar conocido me tomó por secretario. Era un cabo del batallón Al fonso XIII, llamado Pedro . Y todas las tardes, a las tres ya mi abuelita me había puesta de “punta en blanco”, y enseguida sonaba su voz: “Trae tu sillita. Busca el Juanito”
Léeme el cuento de Eco. o léeme el cuento del Bosque” Con aquella práctica constante, que no desmayaba en sus empeños, progresé rápida mente. Y paséala Escuela Superior donde estuve cuatro años. Y de allí al Liceo de Mayuguez que era donde se cursaba el bachillerato como prepa ración para empezar cualquier carrera en Es paña o en el extranjero El profesor de la Escuela Superior se lla maba don Patricio Arnaldo Un viejecito fino Un hombre ilustrado. Uu buen viejecito. Que me distinguía demostrándolo muy pocas veces pero elocuentemente cuando lo ha cía. Tenía sus ayudantes. Unas veces D. En rique. Otras veces D. Alfredo. Otras veces Patricito. Hijos suyos los tres. Y todos los días, D. Ramón. ¡Que miedo le teníamos todos a 0. Ramón! Era el hombre de las conjugaciones y de ios análisis. Y nos ponía nerviosos. Muj’ nerviosos. Tanto, que muchas veces sabiendo las pre guntas confundíamos las respuestas.
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Conjugando el verbo caber, en su pretéri to perfecto, recuerdo que dije yo un “yo cupí” que hizo poner verde a D. Ramón. Y él luego se encargó de ponerme “amarillo’’ a mí. Y perdí mi puesto segundo en la fila de la clase Ya más grandecito (13 años) fui aceptado en el Liceo de Mayaguez después de sufrir un examen oral, y pagar una matrícula de unos once pesos. Aquello era harina de otro costal. Los libros costaban dinero. Y costaban mucho dinero. Los maestros eran varios. El Dr Elíseo Font y Guillot, el Dr. Antonio Rosell, el Dr. Arturo Monagas, D. Tomás Vera, D. José Alte. Camacho, D. Luis Brau y D. Francisco Vincenty Polanco, ciue era el Director. Y el primer año teníamos que aprobar geografía y un curso de latín. ¡Que terror sentía yo en la clase de latín! Yo no podía comprender el dominas, domini, el musa, musae y el templurn, templó Y lloraba en mi casa mientras estudiaba aquellos enredos. Y soñaba con el “Quousque tamdem” de Cicerón, Y renegaba de aquel espantajo de idioma que para cada nombre castellano me quería
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forzar a que aprendiera doce formas enrevesa das. Pero pasé el primer año: Sobresaliente en Latín, Sobresaliente en Geografía. Y el segundo año. Historia Universal y segundo curso de latín. Y lo pasé también. Y al tercer año: francés, primer curso de matemáticas, filosofía y retórica y poética. ■ Y lo pasé también. Y pasé el cuarto año. Era el año de la guerra hispano-amerieana. El Liceo sostenía principalmente sus gas tos, de las entradas que le proporcionaban los alumnos internos. Eran unos veinte, y procedían no solo de Mayaguez sino de varios pueblos de la isla. Y, naturalmente, el estado de la intranqui lidad que siguió inmediato a la invasión ame ricana en neuestra tierra impidió que los alumnos regresasen a continuar sus tareas en el colegio. Y se cerraron las clases no pudiendo cur sar el quinto y último año de bachilleres los que habíamos llegado solamente hasta finali zar el cuarto. Ya tenía yo 17 años y precisaba aumen tar en alguna forma el caudal económico con que contribuía al sostenimiento de mi hogar.
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Hasta entonces había ayudado a mi labo riosa madre comprándome yo mismo mis za patos, pañuelos, cuellos y corbatas con el producto de mi trabajo al copiarle las leccio nes de Filosofía o de Historia (de cuyas asig naturas no había textos impresos) a otros alumnos más haraganes, pero más afortuna dos que yo.. Y aquella copia tenía dos fines: Me proporcionaba algún dinero' Y me enseñaba la lección, porque copián dola dos veces, para dos de mis compañeros, al terminar mi trabajo, era muy poco lo que me quedaba por aprender de aquella lección copiada. Abriéronse las clases en otros colegios pú blicos; y necesitándose un ayudante en el del profesor don Manuel Arroyo fui llamado y colocado por la cantidad de quince pesos inen. suales, paraenseñar las clases más atrasadasDe aritmética, español, geografía, escri tura e historia sagrada. Debo confesar que no me gustaba aquel campo de actividad. Y estuve en él solamente dos meses, pa sando a ocupar un puesto de escribiente con mejor sueldo (20 pesos) a la oficina del Dr. en Leyes D. Antonio Manrique de Lara. Allí se encargaron el doctor Manrique y
—12 — su compañero de bufete el abogado don Robustino Biaggi de orientarme en la nueva épo ca que empezaba para la isla de Puerto Rico. “Estudia inglés” me decían: “no pasará mucho tiempo sin que ese idioma sea una ne cesidad para cualquier joven que desee pro gresar.” “Prepárate para examinarte de maestro” me decía el Sr. Biaggi. “No me gusta ser maestro” contestaba yo. Y empezaron a obtener sus licencias de profesores, y a colocarse como tales, todos mis compañeros del colegio. Carlos Urrutia, Carlos y Arturo Reicbard, Fernando Rodil y otros muchos menos equipados que ellos desde que el punde vista intelectual. Y al continuo consejo de “Estudia inglés” me decidí a emprender la jornada y compré una Gramática Robertson, grande. Y escogí a mi amigo Luis Torres Colón como maestro. El me daría tres clases de inglés y yo a él tres de francés semanales. Y en efecto llegamos a dar una clase. Estaba enamorado él, y nunca podía con seguirle en su casa. Me determiné a seguir solo. Y lección tras lección iban pasando las
—13 — ideas de las páginas a mi memoria. Y seguían saliendo maestros a granel. En cada examen, 15, 20 ó 25. Y con 19 lecciones del Robertson bien aprendidas y un repaso general de las otras asignaturas por encimita, me lancé a la aven tura del examen para maestro rural. Después del examen, pasaion unos 15 días y ya yo me creía “colgado” cuando una maña na Máximo Alentar, el Cartero, a quien yo importunaba todos los días con mis pregun tas me trajo el sobre grande que contenía la licencia. Fué día de regocijo, aquél. Mi principal me pagó la semana adelantada y me dijo: “Echalas de fiesta, hoy: deja ese traba jo y no vuelvas esta tarde”. Llegué a paso de ataque a mi hogar en la calle del Oriente. En todos los días anteriores, siempre que llegaba yo de mis quehaceres, salía a esperarme a la puerta de casa, mi hermano menor, que tenía unos tres años y a qnien habíamos acos tumbrado a que me dijera “papá”, a causa de estar el nuestro ausente en Santo Domin go. Colgándoseme de las piernas siempre me decía: “Papá, maeto, papá maeto” en su me dia lengua que tanto me agradaba oir.
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Y yo al ver la insistencia del pequeño, to mé aquella exclamación como un buen augu rio; pero como pasaban los días y la licencia no llegaba, acabé por impacientarme un poco cuando oía el “papá maeto” y contestaba me dio triste y medio de mal humor: “Tú me tienes salado, chico, con tu “papá maeto”, Pero el día que llegó la buena noticia fui yo que le dije: Dilo ahora, dilo duro: “papá maestro”. La alegría fué general. Por fin ya era yo profesor de intrucción pública.
CAPITULO
II,
Mi Primer Viaje a Caballo,
■ Era el año 1902 en su mes de Septiembre y, a mediados del mes. Estaba próximo a empezar el nuevo curso escolar y el buen Dr. Manrique y el muy bue no don Robustino se fueron a San Germán donde él primero tenía grandes amistades y el segundo nexos importantes de familia. Ambos consiguieron de la Junta Escolar de San Germán, dos escuelas. Una para Santos Biaggi, otro maestro de entrada reciente en la profesión, y otra para mi.
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Minillas, para él. Rosario-Peñones, para mi. JLa de Santos, cercana ala población, se gún él me decía. La mía algo distante. Luego veremos cuánto distante. Terminé mi contrato, y entonces supe que iba a ganar 30 pesos de sueldo y 3 pesos que me darían para casa vivienda. Como llegamos a San Germán un día an tes del comienzo de las clases y. en aquella época se exigía menos que ahora (o sabíamos menos de achaques escolares) nos quedamos en la ciudad de las lomas y después de ver a Banobelab en función de magia, escamoteo y telepatía, pernoctamos en el hotel de don Vi cente. Llegaríamos al hotel como a las once, y al entrar al aposento que nos habían asignado notamos que había otra cama más además de las dos nuestras y que en la cama había un hombre ya dormido. No nos gustó mucho aquella compañía inesperada pero no nos quedó otro recurso que echarnos a dormir. “Santos, mi compañero, me decía” Vámo-. nos para casa de tío Arturo. Yo no conozco a este hombre. Puede ser bueno, pero puede ser malo”.
-16Y repliqué: “Es muy tarde ya para irnos a casa de tu tío, y es tarde también para pedir que nos den otro aposento. Así es que acos témonos y durmamos con un ojo solamente’’. Todo esto a media voz. En tono casi imperceptible. Nos acostamos a medio vestir Es decir, menos gabán y zapatos, y cuello y corbata, todo lo demás nos lo dejamos encima. Incluso las medias con las pulgas del tea tro y del hotel. Cada cinco o diez minutos dábamos, o Santos o yo, una nueva vuelta que hacía crugir el alambre de la cama. Si era Santos quien daba la vuelta, era yo quien abría los ojos para saber si pasaba algo. Y vice versa. Si era mía la vuelta dada, eran de él los ojos abiertos. Pasaron algunos instantes que parecieron muy largos Y7 vimos aterrorizados a la media luz del quinqué que el hombre se levantaba de su ca ma. Y avanzaba hacia un ángulo de) aposen to. Tuve deseos de correr. De gritar. ¡Cuánto hubiera dado por estar al iado de mi inadre!
-17E1 corazón marchaba a toda velocidad. Parecía querer romper los espacios inter costales. Santos se había medio incorporado sobre la almohada. Y vimos al hombre sentarse en la esquina del cuarto sobre un sillón que erugió en todas sus junturas al acomodarse el hombre en él. Y mucho más cuando empezó a mecerse el sujeto con balanceo nervioso. Y súbito un quejido. Un ay. Y luego otro, Y otro, Y sonaban los aves nerviosamente tam bién a compás de los balanceos del sillón. Y vimos que destapaba una botellita. Y se frotaba las rodillas con el líquido de ella. Líquido cuya aroma llenó todo el recinto. Era bálsamo de opodeldoc. Sonaron las tres. Seguía enfriándose la madrugada y se guían más agudos los ayes de nuestro vecino. Y continuaban las manos del paciente y el líquido de la botella en lucha contra el do lor. Y el ambiente se saturaba de aquel olor insoportable ya. Santos se cubrió la cabeza con la frisa. Yo, ¡infeliz de mi! ni eso podía hacer por
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que mi abuela me había enseñado, y me ha bía acostumbrado (y todavía conservo 'a cos tumbre) a cubrirme todo el cuerpo mientras dormía. Todo el cuerpo, menos la cara. Y tuve que aguantar el oleaje del espíri tu del opodeldoc. Los quejidos del enfermo, los crugidos del sillón, los tic-tacs del reloj del hotel, el fuerte olor del aposento, los latidos de mis sienes doloridas por el malestar, la respiración fa tigosa de Santos bajo su frisa ¡qué no che, Dios mío! [Qué estreno para mí que pasaba por pri mera vez la noche en un hotel en cambio de mi hogar! Pasaron siglos. Quiero decir horas, pero para mi fueron eternidades más que siglos. Y se vió la primera claridad del día. Y me senté en el borde de la cama y cogí mis zapatos. Seguido Santos hizo lo mismo. Ya andaba un niocetón con un farol por las interioridades del hotel, y nos salimos a la calle. A respirar aire fresco. ¡Aire sin opodel doc! Y nos fuimos a la plaza del pueblo, re gresando al hotel a las siete a tomar café. El hombre del sillón estaba en una de las
-19inesas del comedor, cuando donVicente nos preguntó. ¿Qué tal pasaron la noche? “Bastante bien,” contestamos; soltando por respeto, y obligadamente, nuestra prime ra mentira convencional dirigida a un hom bre que peinaba canas. Una hora después fuimos a buscar los li bros y enseres para nuestras escuelas. Y luego, los caballos para montura y para transporte de los útiles. Una vez montados y con nuestro peón ca da uno emprendimos la marcha despidiéndo nos de D. Robustino, padre de Santos, que has ta entonces había sido nuestro ángel tutelar buscando todo cuanto necesitábamos, desde los lápices y la tiza hasta el hotel, (ojalá no lo hu biera conseguido) Y al llegar al río de San Germán dijo el peón de Santos: “Bueno, ahora ustedes co gen por allí (y señalaba un camino que se veía al otro lado del río) “nosotros tenemos que seguir derecho”. Nos dijimos adios apretándonos las ma nos muy fuertemente, y sentí entonces en to da su fuerza y en toda su amplitud la idea de que yo había entrado en el mundo. Ya no podía contar con mi madre, ni con el Dr. Manrique ni con D, Robustino, ni con Santos
__________________ -20-__________________ _ Tuve intenciones de regresar a San Ger mán para volverme a casa, pero ¡qué diría el peón que iba conmigo y que era un mucha cho también? Y cruzamos el río. Ancho, hondo, tran quilo de corriente, al menos en aquel vado, Y al poco rato otro paso de río. De otro río. Más pequeño pero más sinuo so, Y tras breves instantes otro paso de río. Del mismo río. Y otro paso de río Y otro más. Y otro. Y otro nuevo paso de río. Y otro. Y otro más. Y otro. Y nuevo paso de río. Y uno más aún. Y otro más Y otro. Yo perdí la cuenta. También fué verdad que el camino se nos perdió unas cuatro ve ces; pero días más tarde, una vez instalado en el barrio, y en ocasión que tuve que ir a San Germán, pude contar los pasos de río Eran veintiuno con el del río grande de San Germán. Y todavía son veinticinco. No ha cam biado en nada la tierra por aquellos andu rriales, según me informan Anda, anda, anda, justamente como en los cuentos de mi niñez, unas veces por el agua, otras por cascajo, otras por entre cafe tales y otras por debajo de peñones sobresa-
lien tes, llegamos a una tienda a la orilla de recha del camino con una quebrada a la es palda y el río a unos treinta metros más allá. Serían las diez de la mañana, “Buenos días” dije al dependiente. “¿Vive muy lejos de aquí el Sr Francisco Ouetglas?” “Esta tienda es de él1' me contestó el in terpelado.” “¿Está él aquí?” “No Hoy está en Mayaguez comprando provisiones” “cVendrá pronto?” “No sé; tal vez no tarde.” “Yo soy el profesor que viene para este ba rrio y me interesa saber si D. Francisco puede darme hospedaje aunque sea por unos días.” “Desmóntese y espérelo.” Y entregué el caballo a un peón. Le pa gué lo convenido. El descargó los libros. Yo le ayudé. También ayudó el dependiente. "Aquí no hay sillas pero usted puede usar este “guilineho” de hamaca.” No se apure, lo mismo me siento en una si lla que aquí en estos sacos.” Y dicho y hecho. Me deje caer sobre unos de arroz que había cerca de la puerta. “¿Usted es de San Germán o de Mayaguez? “ De Mayaguez”, respondí.
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“Le pregunto, porque a mí me parece ha berle visto en Mayaguez”. “Puede ser”. ¿Y la escuela, donde está?” “Esa casa última, por dónde usted pasó, frente al río, ésa es. “Voy alláun momento. Hasta ahorita”, “Adios, maestro. Aquel dependiente me hizo sentir con aquel “adios, maestro” la importancia del papel que iba yo a desempeñar en el barrio. Y sentí orgullo. Y sentí miedo. Orgullo por el título. Miedo de que mis conocimien to y mis fuerzas no fueran suficientes para la obra La casa escuela era de madera. Vieja. Ca si ruinosa. Con un solo seto; por lo que se veían descubiertos por el interior los trozos de vigas y piernas fuertes de la armazón de la casita. Estaban lavando el piso cuando llegué. Subí los escalones, porque era de altos; me detuve en el balcón, examinando los alre dedores y el panorama que se distinguía des de ella. Al frente un glacis viejo, lleno de yerbas. A un salto del glacis la vereda vecinal y a un salto de la vereda la confluencia de la quebrada y el río. Al otro lado del río una vega sembrada de café, y al otro lado de la
—23— quebrada otra vega cubierta de yerbas sil vestres de guabas y guamas como sombra protectora de los cafetos que albergaban y más lejos aún la abrupta “cuchilla” como llamaban allí al camino que estaba en la di visoria de la montaña. A la derecha, a la izquierda y por detrás, cafetos cargados con bayas verdosas entre las que asombraban algunas rojizas. A poca distancia se veían enhiestos y altivos los peñones que han servido para dar al barrio el nombre de Rosario Peñón. Dos puertas al frente hacía el balcón, una ventana al saliente, dos al poniente y dos puertas por detrás servían para dar paso a la claridad y a la ventilación. No había pizarras. No había bancos. No había mesa. Ni armario. Ni silla. Nada. Una casa recien blanqueada y con el piso empapado de agua del río. Eso era todo. Volví a la tienda. Pregunté al depen diente donde estaban los muebles ¿e lu es' cuela y me dijo que el barrio nunca había te nido escuela; que aquel era el primer año en
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que iba a establecerse. Sentóme a pensar. Y al mismo tiempo observaba al dependiente mientras él despa chaba a un parroquiano. Se llamaba Bautista pero le decían Tista, sus conocidos. Era trigueño bien parecido, a pesar de las huellas multiplicadas y profundas que la viruela dejó en su rostro. Nariz gascona, ojos pequeños y llenos de viveza y astucia. Movíase diligente, de los semilleros al mostrador, del mostrador a la trastienda, y de la trastienda a la romana donde tenía que pesar el café “enjugado” con que pagaban parte de su cuenta los “marchantes”. Y era cariñoso -con todos. Y legal en sus ventas' No daba de más, pero tampoco da ba de menos. Me avisó que me fuera a “la casa” a al morzar con la familia de “D. Pancho” como él lo llamaba; pero ya yo empezaba a simpa tizar con él y preferí hacerle compañía. Cuando llegó su almuerzo que vino doble (tal vez por algún aviso que el envió a escon didas demí) partió conmigo. Arroz blanco, gandules guisados, tosto nes y bacalao en manteca de cerdo. Café con leche en una tetera.
El pan lo cogió él de la tienda. Y un poco de mantequilla, además. “Maestro”, ¿no quiere usted un poquito de _ (no se atrevía decirme) de de la mañana? Es “un romito” muy bueno que tenemos aquí”. “Gracias, Bautista; lo que sí le agradece ré es que me preste un pedacito de jabón, aunque sea Rocamora, para lavarme las ma nos”. “¡Como no!” dijo. Y me trajo su jabón de lujo. Un jabón “Novia” que tenia en su baúl, en la trastienda. Quería ayudarme al lavado de manos ver tiendo agua sobre éstas mientras yo me es tregaba, pero fui a la quebrada y le ahorré la molestia que él, generoso, quería tomarse. Y almorzamos en paz de Dios. El de pie ante el mostrador, Yo sobre un cajón ante una mesa con aspecto de escrito rio. Al terminar de comer ya había yo decidi do escribirle al inspector de escuelas acerca de lo desprovista que había encontrado la mía y pregunté a Bautista: “¿Podré conseguir alguna persona que quiera hacerme el favor de llevarme una car ta a San Germán? Le pagaré por su trabajo además de agradecérselo”,
—26— “¿Por qué no espera al urbano? Maña na es día de que él pase para San Germán. “¿Tienen urbano aquí”? “Sí cada semana pasa tres veces y lleva la correspondencia del Rosario y la de aquí hasta San Germán y trae la de allá para acá. Baja por las mañanas y sube por las tar des”. “Esperaré a mañana, entonces” Pregunté por el comisario del Barrio y me fui a verle. Era un hombre joven, lleno de salud, con unos carrillos plenos de vida, unos ojos ale gres y un gran bigote negro. Me recibió con amabilidad, y a los dos minutos hablaba y reía conmigo como lo hu biera hecho con una persona amiga de mu chos años. /Iquel recibimiento cordial me animó mu cho. Le conté acerca de la escuela y le dije que necesitaba su ayuda. Se puso a mis órdenes y entre los dos, sir viendo él de guía, hicimos planes para abrir la escuela al día siguiente. “La mesa para usted la puede prestar L). Pancho. Lo mismo que la silla”. “Yo mandaré un banco largo donde ca ben 12 muchachos”.
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“E1 compadre Antonio mandará otro banco. Y además buscaremos una caja para po ner los libros’’. Y así fue. Dos horas más tarde la escue la tenía tres bancos largos, una mesa, una silla, y un cajón grande. Regresé a la tienda, y de tres a cuatro comenzaron a llegar las cogedoras y los co gedores de café. Al ver al desconocido todos bajaban el to no de la voz y Bautista iba haciendo una es pecie de presentación informal. “Este es el maestro”, decía él. Y yo aprovechaba la ocasión para dar les la mimo y decirles que las clases empeza rían a la mañana siguiente; que me manda ran a sus niños; que yo esperaba ser un bue-n amigo de todos ellos. Iban llegando también las personas in fluyentes del barrio para arreglar en la tien da las cuentas de los "vales ’, tomados por sus cogedores de café. D. Avelino Pérez. Alto, blanco, canosos el pelo corto y el hermoso bigote. Ojos medio claros que despedían ondas de simpatía; sobre todo al sonreír. Cariñoso y patronal, demostróme ense
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guido que era uno de los hombres de “peso y medida’’ en Rosario Peñón. D. Sandalio Rivera. Alto y enjuto. Blan co; de ojos de un azul profundo y luminoso. Impecable su vestimenta. Pechera bien plan chada, puños de camisa rectos e inmáculos. Pausado en el hablar, su aspecto físico era el de un coronel retirado y el tono de su voz el de un diplomático entendido. D. Antonio Rodríguez. Franco, sencillo, lleno de salud y de ro bustez. Su mirada tímida y su sonrisa atractiva hablaban bien claro de la belleza de su alma. Era (y aún es) el mayor terrateniente del barrio, el hombre de familia más numerosa, y el propietario cine contaba con mayor nú mero de amigos. D. Basilio Gandulla. D, Chilo le llamaban sus conocidos. Moreno y muy alto, era la personificación de la bondad j’ de la timidez. Cuando hablaba con uno nunca miraba de frente, temeroso de que su mirada fuera a tomarse como signo de irrespetuosidad. Y don Antonio Quiñones. Pequeño, fornido, con una sonrisa sem piterna que vagaba de sus ojos a su boca en señal de bienvenida.
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Sus modales y su voz eran una caricia continuada. Como todos tenían hijos todos me pro metieron enviármelos. Iba cayendo la tarde y la señora de don Francisco me invitó a que fuera a comer a la casa para que esperará allí a su esposo. Apenas terminada la comida llegó el hombre a quien yo había estado esperando todo el día. Gallardamente montado sobre un robus to caballo blanco, armado de espuelas y bo tas altas me produjo de seguida la impresión de un rico terrateniente de las pampas ar gentinas de acuerdo con las descripciones que había yo leído. Una vez frente a mí pude notar que era alto, ancho de hombros, de músculos recios. Un hablar meloso, tranquilo, como quien tiene deseos de hablar muy bajo para no molestar. Su rostro también tenía las cicatrices cir culares de la viruela traidora. Era mallorquín, pero su esposa y sus hi jos eran todos puertorriqueños de alma V de corazón. Le expuse mis deseos. Le entregue una carta que me habían dado para él, y me dijo,
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“Aquí tiene usted su casa; puede permane cer aquí, un mes, dos meses, el tiempo que usted desee” Media hora después, serían las 8% déla noche nos despedimos pava dormir. CAPITULO III. El Primer Día de Clases.
Hizo mucho frío durante la madrugada, pero a las seis y media, tan pronto sentí pa sos de gente en la casa me levanté yo tam bién, Después del café negro me fui para la es cuela. Lavé las pizarras. Agucé varios lápices de plombagina y de pizarra. Puse papel sobre la mesa. Escribí al ins pector y llevé la carta a la tienda para que Bautista la entregara al urbano. Como a las 8 llegó un muchacho. Y desde las 8 hasta las 12 no llego más que aquel muchacho, Se llamaba Juanito Acevedo, Al entrar me saludó diciendo: ‘‘Bendi ción, maestro”. Le contesté, “Dios te bendiga, niño”. Como en casa todos los menores pedía mos ocho veces al día la bendición de los ma
—31 — yores, aquello no me sorprendió gran cosa, pero al despacharlo a las 12 le dije “Mañana cuando llegues me dices “Buenos días, maes tro”, ¿sabes?” Una clase de aritmética, una clase de lec(letras del abecedario) y dibujo de “pazlotes” en una pizarrilla fue todo su trabajo de aquel día. Al salir le presté un libro de mi propiedad que tenía muchas láminas, le di una hoja de papel, le presté un lápiz y le dije: “Dile a los niños que veas que los primeros que vengan serán los primeros que recibirán los libros que he traído. Y después de almorzar luíme a la tienda para seguir conociendo a los vecinos y dándo les el aviso de la apertura de la escuela. Durante toda la tarde leí “Dirección de las Escuelas” por Baldwin y Guias para Maestros’’ por Sara Luisa Arnold. Al volver a la escuela al otro día tuve la satisfacción de escuchar a distancia unas ri sas saludables y pueriles que me indicaba que Juanito Acevedo no estaba solo. Y en efecto, eran varios, Todos callaron cuando me vieron. Les saludé cariñosamente y les mandé en trar Se sentaron. Y fui llamándolos uno a uno para saber
.-32sus nombres, sus edades y los nombres de sus papás. Cuando terminé la lista tenía 35 y Juanito 36. “Pónganse de pie los que saben leer” Y se levantaron ocho; He aquí sus nom bres: Manuel Rivera, Juan Rivera, Angel Feliberty, Santiago Quiñones, Angel Rodríguez, Benigna Pérez, Andrés Pérez, y Antonio Ro dríguez. “Siéntense en este otro banco” les dije; y los separé de los demás. Dividí los restantes en grandes y peque ños, e hice otros dos grupos uno para cada banco. Hice entonces dos triángulos con tiza en una pizarrita. La coloqué sobre varios libros que puse sobre la’caja y después de darles pizarritas y lápices les dije a los mayores cine hicieran 20 triángulos de cada una de las posiciones en que estaban dibujados los míos. Mi primer triángulo tenía la base hacia abajo. El segundo la tenía hacia arriba. A los pequeños los puse a hacer rayitas colocadas entre líneas que prepararon en las pizarritas los ocho que sabían leer. A éstos les di libros y los probé en lectura Unos bien, otros regular, y otros a empu jones, todos leían.
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Cuando terminaron les di pizarrítas y les puse a copiar un párrafo. Y empecé una clase de aritmética con los alumnos del segundo grupo. Se reían cuando les hablaba de guineos, bacalao y arenques, en mis problemas. Pare cían suponer que en una escuela no se debe ha blar de esa “prosa”. Después les enseñé la palabra "rata” que era la primera del cartel que me habían en tregado. Y al terminarse la semana cono cían en cualquier hoja del cartel las palabras “rata” “salta” y “sal’,. Los pequeños sí que daban trabajo. Yo tenía ganas de usar el método de Aa, Bb, Ce, Dd, como lo había usado mi inadre durante muchos años, en una escuelita de primeras letras que ella formó con niñitos de la vecindad; pero yo había leído que aquel mé todo era abstracto y que los nombres de las letras no significan nada para el niño, y meadherí tenazmente al método del dibujo del ob jeto y el dibujo de la palabra.
Al terminar la semana fui a San Germán. A pesar de que recordaba que al venir me había perdido cuatro veces, y que las vueltas del camino eran muchas, me decidí a ir solo. Hablé con el inspector. Era hombre de
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pocas palabras; es decir “brief and to the point”. Alto, delgado, con un bigote rubio muy pequeñito, ojos de un azul claro o algo así, andar rítmico, pero a trancos; y muy cui dadoso en el vestir. “La semana que viene”, me dijo, tendrá usted equipo bastante en su escuela. Por ahora llévese este pedazo de encerado y clávelo de un seto como usted pueda. Es lo que más falta ha de hacerle”. Y cargué con mi rollo, saliendo media ho ra después en camino de mi barrio. Entonces pude contar los pasos de río. Ya los conocía bastante bien y no tenía tanto temor de perderme. Eran veintiuno; ni más ni menos, pero los lectores convendrán en que eran bastan tes. Tan pronto descansé unos minutos, una vez llegado del viaje, conseguí algunas tablas de cajones vacíos, y armado de clavos, un martillo y un viejo serrucho mohoso me di rigí a la escuela a clavar mi pizarrón. Y co mo media hora después estaba yo barriendo la salita para sacarle los pedazos de tabla y el aserrín que habían caído en el piso. El lunes próximo mi matrícula aumentó en 11 alumnos más, y el inartes de la tercera semana, cuando llegó Mr. Rufo R. Lutz, (el ins
—35 — pector) tenía el salón 52 muchachos. Estábamos en el recreo cuando él llegó, y me encontró enseñando a jugar “Vasallo Ma layo’’. Terminado el período aquel, toqué cua tro palmadas, porque no tenía campanilla, y todos mis muchachos entraron al salón. Tres de ellos rompieron a llorar al ver a Mr. Lutz, y él me dijo que aquellos parecían muy pequeñitos, que no los admitiera por aquel año. Debo decir que ya me había enviado la Junta Escolar dos pizarrones montados en sus marcos, una mesa, un armario, una silla, y tres mesas largas de tapa inclinada con sus bancos correspondientes. Y ya tenía yo adiestrados a mis alumnos a levantarse todos de su banco, a una señal mía, mientras los dos de los extremos lo unían o lo separaban de la mesa según que fueran a escribir o a dar alguna clase oral. Mr. Lutz no me dijo nada. Se fue serio como siempre estaba y yo no me intranquili' cé porque comprendía, que estaba haciendo mis mayores esfuerzos por quedar bien; es de cir mi conciencia no me decía nada en contra mía. Al terminarse el mes, alquilé un caballo para ir a Mayagüez a ver a mi familia-
—36— Tenía que atravesar el cerro que llaman “Las Mesas” porque es una altiplanicie de gran extensión. Una vez que pasé la aldea del Rosario y el rio del mismo nombre que está en su parte oeste, empecé a subir una de las cuestas más grandes que había yo visto hasta entonces; y a mediados de ella, noté que el cielo se enca potaba presagiando un fuerte chaparrón. En efecto, como un cuarto de hora des pués una brisa del este algo fría servía de avi so para lo que había de venir. Y seguido, varias gotas dispersas. Grandes, redondas, como medios pesos. Y tras de ellas, la vanguardia de la lluvia. Un chubasco, al que primero vi detrás de mí; segundos después me pasaba por encima, y un minuto más tarde me llevaba un kilómetro de delantera. Sin capa, sin paraguas. ¡Y con tantos deseos de llegar! Rompió a llover estrepitosamente. La cuesta continuaba curveando pedre gosa y empinada. Pasé frente a un montículo de piedras en cima del cual había una cruz. Yo había oido hablar de aquella cruz. Decían que allí mismo había sido muerto
-37-__________________ por mano asesina un infeliz lechero que venía para Mayaguez. Sentí como un calofrío. ¿Sería la lluvia? ¿Sería el recuerdo de la historia del lechero a la vista de la cruz? Seguía lloviendo a torrentes. Pasaban los correntones por las patas de mi caballo tan fuertes y tan hondos que a veces cubrían las pezuñas del animal. Y o pensaba en mi madre y en mi casa (de las cuales no había tenido noticias nada más que por correo) y seguía caminando. Caminando, no corriendo; porque era im posible correr en aquel barro duro y resbalo so por donde iba pasando ahora la montura. Era pequeño el alazano, pero era de los que llaman “pisadores firmes”, y seguía su marcha como comprendiendo mi anhelo de lle gar. Ya estaba en la planicie, y llovia aun. De pronto un recodo del camino me mostro la ciudad, y me dió un vuelco el corazón; pero otro recodo volvió a esconderla un minuto después, para volver a aparecer momentos más tarde, más cercana, más herniosa, mas atrayente. Ya se sentía el rumor que asciende de las urbes hacia las alturas. Ese rumor indefi nido, producto de tantos ruidos mezclados,
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ese como murmullo de un oleaje humano que estuviera rezando en alta voz. Olvídeme que venía calado hasta los hue sos, sobre todo las piernas y los pies, y con templé la enorme Y que formaba Mayaguez en aquellos tiempos y que ahora esta convir tiéndose en unaT inmensa por el crecimiento natural de la ciudad. Y buscaba con la vista el sitio de mi casa; pero en vano. Sólo se veían los tejados y cu biertas, y no era posible distinguir unos de otras, Minutos más tarde tocaba a la puerta de mi hogar y salía presurosa mi buena madre, y detrás, a todo correr, mi hermano menor. Eran las seis y media. El viaje había du rado más de tres horas a causa del aguace. ro. Con camino normal y usando un buen caballo es solamente asunto de hora y media. En la madrugada del lunes regresé a mi barrio. Serían las tres de la misma cuando partí, temeroso de que cualquier contratiempo no me permitiera llegar a hora oportuna. Y aquel mismo día después de las clases empecé a practicar diligencias para el trasla do de mi madre. En el barrio no había que pensar. Todos eran propietarios en mayor o me nor escala, y todos vivían su propia casa; pe
-39ro la aldea del Rosario que estaba a media hora a pie, del sitio de mi escuela me propor cionó lo que deseaba: una casa. Era la más alta de la ciudad y de las más grandes. Tal vez por esto último era que es taba vacía. Y un mes después nos trasladarnos a ella. Y allí permanecimos mes y medio. El tiempo que tardaron en construir una pequeña que fue hecha expresamente para vi vienda mía y que distaba 19 yardas de la ca sa- escuela, Debo expresar aquí, una vez más, mi leal agradecimiento al ilustrado caballero D. Juan Mari que tan generosamente contribuyó a hacer más fácil y más completa mi permanen cia en Rosario Peñón Mientras viví en la aldea del Rosario, to das las mañanas de clase tenía que montar a caballo para llegar limpio y a tiempo a mis quehaceres. Aquellos viajes me costaban medio peso cada uno; y una mañana de noviembre en que me levanté algo más temprano que de cos tumbre, en la semi-obscuridad del alba, al bajar la escalera, pisé el vacío creyendo que aún que daba parte del piso de la casa por andar, y sufría una espantosa caída. Al sentirme fuera de mis pies en rápida
—40— vuelta por el aire, tuve un pensamiento de muerte, y creí que era mi última hora, Y caí al rellano donde terminaban los do ce escalones pudiendo articular no sé cuantas veces “¡mamá, mamá!” Acudió presurosa ella. Ya casi me había ¡jasado la ola de sangre que me hizo ver pró ximo mi fin. Me quejaba todo dolorido. Mi madre sollozaba mientras me ayudaba a su bir, y una vez sentado arriba pude ver mis gol pes: en las manos, en un hombro, en el pecho, en las espaldas y en una rodilla. Mi gabán, y mi paraguas quedaron destrozados. No así mi reloj a pesar de haber caido con las tres tapas abiertas. Cambíeme de ropa exterior y marché con todos mis golpes a cumplir con mi deber En el camino, casi olvidé mi desventura de aquella mañana. Parece que mis alumnos su pieron que venia algo triste y fueron en mayor número que otras veces a esperarme en la se gunda curva del camino. Me desmonté del caballo como siempre lo hacía y caminé con ellos. Les conté lo que me había pasado y “¿porqué no se quedó descansando hoy?,me preguntó uno. “Por que entre ustedes me siento mejor de mis gol pes, les contesté. Aquellos que fueron a buscarme se encar-
—41— garon de contar el percance a los demás; y tanto tuve que relatar los pormenores de mi caída que acabé por tomarla por el lado risible, y reía buenamente con ellos cuando contaba acerca de la enorme voltere ta que di al caerme aquella mañana. Como el brazo derecho me dolía mucho, y a penas podía levantarlo, uno de los alumnos mayores se encanro de copiar en el pizarrón los ejercicios que yo traía ya preparados en mi libreta de planes diarios. Yo trataba de variar estos ejercicios todo cuanto podía dándole formas originales para atraer hacia ellos la atención de los alumnos y despertar en éstos el deseo de trabajar. Así tanto las lecciones escritas de los pequeñitos como las de los mayores siempre tenían algo que para ellos parecía nuevo, pero que muchas veces consistía en un cambio del color de la tiza al presentar el ejercicio. O en oraciones en las cuales había espacios en blanc'para llenar O palabras que tenían una letra de menos O formación de palabra? usando las letras de otra palabra que servía d- matriz. O buscando palabras que rimaran con las que servían de m. d.-L> v que yo ponía en la pizarra O escribiendo los nombr. s de los mueb'es y ense res de una casa O las mercancías de uua tienda de comestibles. O busc ndo palabras con mp o mb. O palabras <i h intermedia Y c alquiera de e tos cambios los llenaba de g> z° y de entusiasmo. i ran tan sencillos v tan buenos! ¿Y la* lecciones d ■ lenguaje? Un día se describía la lámina diciendo lo que ®e veía en ella nada más. Al día siguiente se decía lo que uno creía que significaban las distintas oartes, de la lámina (trabajo imaginativo) Al otro día se hacían preguntas unos a otros los niños y se
—42— contestaban. Otro día se hacía un cuento original tomando la lámina como base. Otra clase servía para describir la lámina sin verla. Otra, para escribir una composición acerca de ella. Otra, para nombrar tantos objetos co mo fuera posible ver en el cuadro. (Esto lo hacíamos en forma de desafío, y se regalaban dos barras de tiza al que tuviera mayor nú mero de palabras) En el dictado se variaban las lecciones así: Un día el ejercicio consistía en dictar palabras que llevaran h inicial; o mb; o inp; o v; o c y s. Otra ocasión el dictado era de las pala bras que se habían enseñado en la lección de lenguaje. Otras veces yo definía la palabra y ellos escribían el. vocablo. Por ejemplo si la palabra era “héroe” que está en el Libro Se gundo S. B. C., decía yo: “Persona o animal que ejecuta un acto de valor o nobleza’’, y los niños escribían: ‘‘HEROE”. Otros días se estudiaban las palabras antes de la clase y yo dictaba las consonantes nada más. como: e, ni, p, n. Y los niños escribían: campana. En ocasiones, el cpie había obtenido la me jor nota en el dictado anterior dictaba la lec ción a los demás. Y cuando el ejercicio que ha bía que dictarse estaba preparado en oracio nes, siempre se dictaban frases completas que se decían dos veces haciendo una pausa entre
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una y otra; pero nunca más de dos veces. Así llegaron a adiestrarse poco a poco a medida que pasaron meses, en tal forma, que los más adelantados podían escribir al dictado ora ciones de diez y de doce palabras, como: “¡Que mucho gozaron en aquel mes los dos hermanitos gemelos’’-
CAPITULO
IV
La Segunda Visita de Mr. Lutz
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Yo ya ni me acordaba del inspector. Tra bajaba, trabajaba sin saber si iba bien o mal pero esforzándome por adelantar a mis alumnos. Como vivía tan cerca, siempre estaba en la escuela. Las clases se empezaban a las ocho y ter minaban a la una, menos los lunes que tema que despachar a las doce para ir al pueblo de San Germán a dar clase de inglés con una profesora norteamericana. Ni siquiera su nombre aprendí; y si algo adelanté en inglés en aquellos meses, no fue porque ella nos lo enseñó sino porque yo ha bía puesto de mi parte todo cuanto podía pa ra adelantaren el idioma. Mientras cruzaba aquellos veintiún pasos de río en un caballo que me costaba dinero,
44 puesto que era alquilado, pensaba yo en lo costosas que me salían aquellas clases inúti les, y el peligro a que me exponía semanal mente, sobre todo en la época de lluvia, con las frecuentes avenidas de los ríos, para ir hasta San Germán, distante una hora y me dia de mi barrio, después de haber preparado bien mi lección, para recibir en cambio una simple préguntita; y a veces, ninguna pregun ta, ile labios de la buena profesora. Una de esas tardes de las clases de inglés, mientras regresaba hacia mi casa, pude no tar que llovía en las alturas, como en direc ción a mi barrio. Emprendí la marcha de retorno y anduve sin dificultad durante un espacio de tiempo. Al llegar al paso de río que bordea la ha cienda que llamaban de Perichi en aquella épo ca, observé que el agua del río se enturbiaba. Oprimí los ijares del caballo para conseguir pasar los sitios difíciles antes que aumentara el volumen de las aguas de) río, y crucé los te rrenos del batev de la hacienda; atravesé el paso del río del otro lado de los establecimien tos, y me interné en una vereda que era lo que hacía de camino, después de aquel sitio, y que estaba cubierta y rodeada de cafetales, al ex tremo que en ciertos sitios tropezaba uno con las ramas de los cafetos. Y cuando llegué a
—45campo raso donde estaba el río, descubrí que el "gol pe’’ de la creciente había llegado a aquel paraje. Volví grupas por entre los cafetos pura llegar a la hacienda antes de que el río me cortase la salida, y en efecto, el agua había llegado primero que yo y tuve que per manecer entre las plantas de café, con la humedad y la obscuridad, alumbrado por algunos cocuyos y sin tiendo el ruido del río por mi frente y por mi espalda. hasta las nueve de la noche en q. me aventuré a pasar cuando vi que el caballo no se resistía a vadear el río. i Y todo AQUELLO para AQUELLA clase de inglés! Una mañana, como a las nueve, sentí los cascos de un caballo que pasa un sitio empedrado. Y h ego, unas pisadas firmes en el balcón de mi escuela' Y se guido la figura del inspector, ‘‘Buenos días” me dijo. Contesté con el alma en «vilo».Sentóse y puso el sombrero de alas anchas en el piso cerca de él. No me atreví recogerlo. Seguí con mi clase. Una clase de lenguaje. Estaba el grupo se' gundo describiendo una lámina que tenía un mucha cho descalzo con un palo de escoba en la mano cogido en forma de fusil. El objeto de la clase era desarro llar la facultad de observación y aumentar el voca bulario y el poder de expresión. Todos los niños ha blaron Cada uno dijo algo que él veía en el cuadro. Entonces pedí oracione-, pensadas por ellos al ver la lámina: oraciones que no hablaran de cosas que esta ban en el cuadro. Y recuerdo (pieel primero fue Ale jan iro Gandulla, (Lego, como le decían los mucha chos; Sandy, como le decía yo) quien dijo "Ese niuchach • parece un soldi lo.” “Dimelo otra vez un poco más despacio”, le pedí. “Ese muchacho parece un
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soldado”, corrigió Sandy. ‘‘Y ¿por qué parece un soldado?” pregunté. ‘‘Porque está firme y tiene un fusil.” ‘‘Otro niño que diga otra oración bonita como la de Alejandro” ordené a la clase y una niña dijo: ‘‘Yo creo que el día que hicieron el retrato de ese niño era sábado.” “¿Por qué crees tú eso?” “Porque él esta ba jugando en vez de estar en la escuela.” Luego vino una clase de lectura con el grupo avanzado y Mr. Lutz escribía, escribía De pronto se levantó, dijo adios y se fué. Vi un papel de seda sobre la mesa y no me atreví leerlo sino despés que despaché. Decía: Mi nombre; la fecha: la matricula: la asis tencia de aquel día, y luego bajo la palabra “Remarks” esta oración que me aprendí de memoria y que no he olvidado todavía: “Work of this teacher is among the best I have *een in the rural schools this year. ” Ni almorzar podía. Una y otra y otra vez saca ba el papelito de mi bolsillo y lo leía lleno de orgullo. Hoy, a través de los años cuando la experiencia me ha puesto, o más desconfiado o más analizador, comprendo que aquella oración podía significar mu cho y podía significar nada. No discuto que la intención de Mr. Lutz fuera buena al dejarme aquella nota; pero lo cierto es -que ella entrañaba un galardón “si 'os otros maestros ru rales que él había visto aquel año er.«n bue, os;” pero significaba muv poco si 1 s profes. res a quienes él había visitado hasta entonces eran s mples “nulida de> de la profesión”. Ent nces quedaba yo en el sitio e °"eofthe best anr ng the failures;” pero “failul'e ’ al fin.
47 CAPITULO V.
Adquisición de Amistades en el Barrio, Aquella nota del inspector medió mayor ánimo. Es decir que no solamente servía para maestro sino que estaba “among the best.” Y me pasaba gran parte de las tardes en el sa lón de. la escuela. Barriendo y limpiando. Escribiendo los planes. Preparando los ejercicios en el pizarrón. Aguzando las puntas de los lápices. Cortando papeles para los menores. Y estudiando. Casi siempre tenía de compañero a Pepito Rodrí guez. Que luego fué algo así como un amigo más bien que un discípulo. Era trigueño, delgado, tendría 14 años; y como yo tenía 19, y la diferencia era poca, y él era tan bueno, pronto llegamos a ser compañeros de excur siones y paseos. Juntos buscábamos leña para casa. Y la hendíamos. Por cierto que la primera vez que hice esta tarea empecé dándome un golpe por haber colocado la leña mal, y acabé con el índice, el dedo mayor y el anular “despeyejados'’ por el mango del hacha. Juntos pastoreábamos la cabra y el cerdo de casa Juntos subíamos los peñones. Juntos íbamos a San Germán.
48 Juntos llegábamos a los bailecitos. Y Juntos le tomábamos el café a todas las fami lias que visitábamos. ‘‘Vamos a la Sierra, maestro’’ me decía él amenudo. La Sierra era la parte montañosa del barrio. De allá bajaban las mayores cantidades de café. Y Pepito era muy adicto a ir a la Sierra porque allá todos los vecinos tenían su “trapiche” y en cuan to nos veían llegar ponían las “masas” en movimien to y a los pocos minutos teníamos enfrente las copas con el “guarapo”. Cada excursión que efectuaba con Pepito me proporcionaba nuevos amigos. Hoy la familia Has, mañana la familia García, lueg la familia Ta laboa, más tarde los Vargas, y los Ramos y los Torres, etc. Y si había “gente menuda” repetíamos la visita la próxima semana con el fin de obtener un nuevo alumno para las clases. Y como consecuencia de esas amistades iba ad quiriendo la escuela preponderancia en todo el barrio. Y cuando era tiempo de los “gandules” mamá no sabía que hacer con los numerosos líos de ellos que le enviaban. Y cuando llegab n las chinas, igual. Y flores, y guineos y café
En aqu. I tiempo la clase adelantarla tenía un nuevo alumno: Ramón Gandulla: alto y fuerte: que honraba mucho a sus padres por su conducta ejem plar. Como dije antes, esta clase estaba compuerta ade mas por: Juan .Rivera, un pichón más alto que el
49 maestro y que ahora es policía insular. Era un “chévere” en aritmética. Manuel Rivera, también más alto que el maestro. Una buena letra y un carácter tranquilo. Al presente es policía insular, como el anterior. Angela Rodríguez, la lectora más expresiva de la clase y la nlumna de mayor retentiva. Todavía vive en su barrio en la casa de sus padres en la hacienda Josefa Antonio Rodríguez, hermano de la anterior, un talento administrativo que dirige actualmente los negocios de la hacienda. Angel Feliberty. travieso y juguetón, amigo de historias y chistes, y hoy maestro graduado en Barros. Benigna Pérez tímida y pequeñita entonces, boy muy alta y elegante; se halla residiendo en San Germán. Andrés Pérez, hermano de Benigna, pálido, delgado, muv cuidadoso con su letra; es hoy cabo de la policía. Y Santiago Quiñones que me dió el primer dolor de cabeza que pasé con mis alumnos. Fué como sigue: Estaba próximo el recreo, y Angel Feliberty ha bía hecho reír a toda la clase en dos o tres ocasiones. Les llamé la atención, pero continuó la risa. Resolví privarles del recreo ya que ellos se lo habían tomado antes de tiempo, y se quedó en el salón t< da la clase avanzada. Todos, dem< straron su temor por el castigo que les había yo impuesto. Todos menos Santiago que frunció el ceño y murmuraba de cuando en cuando, y entre dientes, algunas palabras, mientrasme miraba
— 50 medio "entorunado’’. Cuando subieron las otras clases él me pidió que lo dejara ir afuera y negué mi autorización Hoy, después de los años, comprendo que tal vez hice mal. Continuaron los murmullos y movimientos hosti les de Santiago y de pronto se levantó y “¿Dónde va usted?’’ preguntóle. "¡Afuera! Yo no voy a delante de los demás niños. "Venga a sentarse’’ ordené. Y como siguió por el balcón sin atender mi man dato, eogí su sombrero y se lo di por una ventana diciéndole: "Puede ustei irse a su casa de una vez”, Hubo un silencio «planador en la clase. Los niños mayores no se atrevían mirarme. Y los peque ños se pusieron pálidos, Yo mismo sentí un miedo lejano. Como lo siente el que no ha actuado bien. Como era lunes, al sonar las 12 despaché y a la una e-taba en camino de San Germán. Al regresar de mi viaje, y como media hora después, recibí la visita de Don Antonio Quiñones, el papá de Santiago. Traía en una mano varios libros y en la otra un machete pequeño recién afilado. Aquel detalle del machete no debió haberme llamado la atención pues era costumbre de todos ¿n el barrio el andar siempre con uno en la mano "para no llevarlas vacías”. Una vez entrado, tomó asiento a invitación mía y me dijo poco más o menos estas palabras: " Maestro,
—51 — vengo donde usted porque como usted me botó a Santiago esta mañana, deseo sacar mis otros dos muchachos también. Y aquí le traigo los libros de los tres.” Comprendí que venía en son de paz y en la mejor forma que pude le expliqué que el carácter de Santiago era algo díscolo, que el acto de por la ma ñana había sido una desobediencia, y que Virgilio y Toñita, los otros dos hermanos eran muy diferentes. Que estaban aprendiendo mucho, sobre todo el pri mero. y que yo había de sentir mucho que se los llevara porque los quería y los veía muy interesados en aprender. Terminó por aceptar mi proposición y optó por enviar al mayor a San Germán al comercio. El tiempo ha probado que no m- equivoqué. El pobre Santiago que es muy buen amigo mío ahora que somos hombres los dos, no ha podido abrir se paso en el comercio; aunque es bueno, caballeroso y trabajador. Toñita, la hermana, que no sabía leer en'aquella época, es hoy dama distinguida de la buena sociedad de Mayaguez habiendo contraído matrimonio con un profesor que es al mismo tiempo alto empleado de aduana. Virgilio, el hermano, que tampoco sabía leer, es hoy profesor de instrucción pública en e> ba rrio de Benavento de la jurisdicción de Hormigueros en el distrito e<co'ar de Mayaguez.
-52CAPITULO II
La Terminación del Curso Escolar Yo estaba muy orgulloso con mis alumnos. Sobre todo con la primera c'ase. Y la última semana invité a los padres a presen ciar los exámenes de los más adelantados Como en mi colegio se acostumbraba examinar oralmente a los alumnos ante un Tribunal compuesto de todos los catedráticos, también yo seguí aquel modelo y extendí invitación especial al comisario y cuatro de los papás más ilustrados del barrio para que fueran ellos los que preguntaran en español, aritmética, historia y estudio de la Naturaleza Pero aunque acudieron h mi llamamiento ellos dec inaron el honor de la tarea dejándome a mí el hacer las preguntas. El examen duró dos días y cuando estábamos a mediados del primer examen, con la escuela medio llena de papás y matnás se nos presento Mr. Lulz. “¿Cómo ha conseguido usted tanta gente en su escuela?” "Porque han venido a oir los exámenes de sus hijos”. "Es buena idea.” “Volveré otro día” No quiero interrumpir’’. Los padres estaban muy contentos. Y una vez que se terminaron los exámenes y despachamos, se quedaron conmigo algunos de ellos y acordamos hacer una f^estecita el último día de clase. Cuando avisé a los niños al otro día, hubo un
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aplauso general. Y les dije: Traeremos muchas flores. El que las pueda traer en un jarrito forrado de papel de color, mejor todavía, Habrá música y los dulces vendrán del Rosario y de Mayaguez. Los chiquitines no hallaban como sentarse a causa de la ola de alegría que les había invadido. Y Ps mayores no pensaban más que en el baile. Porque todos sabían bailar. Feliberiy se colocaba la mano derecha sobre el pecho y extendía el brazo, izquierdo como si ya llevara su pareja. Manuel se puso muy colorado. Andrés, más pálido de lo que era. Juan, enseñaba sus filas de dientes blancos y rectos. Benigna se tapaba la cara con las manos j' Ang.’la exclamaba “¡Ave Varía que ustedes son...!” “Changos’’ querría decir pero dejaba la frase incomp eta por respeto a su escuela y a su maestro. Y llegó la tarde de la fiesta. Llovió abundantemente, pero eso no fue óbice para que se llenara el salón. Cuando terminaron las recitaciones y las cancio nes yo regalé unos lazos impresos en dorado que tenían el nombre de la escuela y la fecha que se celebraba. Y luego “rompimos” a bailar. Tuve que emplear mi autoridad para que bailaran los pequeños que estaban avergonzados. Cuando estábamos a mitad de una danza criolla repicada finamente por el cuatro y la guitarra y
54 adornada por el güiro y la sinfonía, oímos gritos y ri>as a1 otro lado del río. Nos asomarnos al balcón y pudimos ver un nuevo grupo de muchachas (señoritas ya) que llegaban a la fiesta. Como el río había subido un poeo y había cubierto la-< piedras de la calzada se ai oderaron de un "chongo’ flaco que hallaron comiendo cerca del camino y empe zaron a pasar: per la primo» tuvo tan mala suerte que resbaló de la montura y cayó dentro del agua. Y los gritos rran de ella: y las risas, de las demás que no habían pasado aún. Dos o tres de los concurrentes al baile fueron en auxilio di*l grupo de muchachas y por fin lograron pasar todasI.a mojada se refugió en mi vivienda y desde allí mandó a buscar ropas, zapatos y medias a su casa. Y una hora después estaba bailando con el maestro CAPITULO Vil
El Comienzo de un Nuevo Curso Después de los tres meses de vacaciones comen zamos la tarea con ma lores bríos. ‘Qué largo me pareció el período de quietud! Durante él estudié algunos libros nuevos que compré, y dominaba el hastío de la campiña leyendo Itouth’s Companion”, "El Aguila de Puerto Rico’’. la prensa de Mayagüez y algunas obras literarias de Zamacois. de Vargas Vila y de Felipe Trigo. fres grandes eróticos y tres grandes cinceladores
—55 del idioma. “Duelo a Muerte” del primero, “Flor del Fango” del ■-egundo y “La Clave, del tercero, fueron las obras de alto relieve literario que mayor impresión me produjeron. El “Youth’s Companion’’me hacía practicar el idioma inglés, el cual ensayaba ademasen el Brumbaugh’s Third Reader y en el Stepping Stones to Literature. Y la prensa me conservaba en contacio con lo que ocurría fuera del pequeño mundo de mi barrio. Abierta de nuev>> la escuelita, ya i ontaba yo con nuevos alumnos que no sabían nuda, así como contaba también con los que habían salido preparados el año anterior. Entre los primaros merecen mención particular Ernesto Has y Juanito Pabón. Ambos eran <ie los que los fisiólogos y psicólogos llaman “detective children”. Yo les tenía una gran piedad, una intensa piedad. El primero, robusto, y fornido como un atleta, tenía unos o:os qi e nunca miraban fijos y unas manos que nunca estaban quietas. Cuando bajaba corriendo , la pendiente que con ducía a su casr, con sus piernas separadas hacia las rodillas, y sus manos en movimiento de agitación de arriba para abajo, parecía que iba a volar. Desgraciadamente estuvo poco tiempo en la escue a El mismo se despidió y no quiso volver. En su casa no lo contrariaban. Y hacían bien en mi opinión. El segundo parecía un viejecito muy quieto, y muy formal. Trabajaba como un hombrecito ayu
—56— dándole a su buen papá que eia el mayordomo principal de los terrenos de Don Juan Mari Sus ojos eran pequeñitos y miraban con timidez. Su 'defecto natural estaba en '-a laringe y en los órganos voea'es. Había muchas palabras que no podía pro nunciar, especialmente las que tenían I y r. Entre los que llegaron aquel año a formar la clase segunda o sea la clase intermedia estaban: Primitivo Rivera, un buen mozo completo, muy orgulloso de su letra. Tal vez por ello llegó a tener la mejor e-tritura del grupo. Fué pol:cía insular no hace mucho y al presente se dedica al comercio. Ulises Rodríguez el ti ás alborotero y el más cariñoso de todos. (.tro policía, que actualmente goza de prestigio y coi sideración dentro del cuerpo a que pertenece Tomás Gandulla. que, según los otros, tenía tantos años como el maestro. Más bueno que el pan fresco y más callado que una pared. Isabel Quetg'as, herrm sa y robusta y vivaracha y hacendosa que ocupa un puesto de profesora gradua da en San Germán. Carmen Cancel, la cara más bonita del barr o, tímida como una paloma y dulce como una palabra de carmo. Antonio el Z<rc<>, delgadito como una cofia, mi y respetuoso y obediente, y empicado ahora en el telé grafo insular en Mayaguez. Y luego seguían Quintina Torres, Paquita Rodríguez, Carmen García. Ramona Rodríguez, Monserrate Tallaboa. Ramonita Rivera y lo< tres Vargas que se llamaban: Josefina. Aracelia y Alfonso. Instintivamente yo iba inventando formas es¡ e.
.57 cíales para enseñar el inglés, aunque siempre di preferencia al método más objetivo y más natural, el de la tra lución. Cuando note que a veces no podían interpretar las oraciones porque les era desconocida alguna frase contenida en una de ellas, adopté el sistema de copiar todas las frases que tenían alguna peculiaridad, se leían varias veces para aprender a pronunciarlas bien, se escribían al dictado en la pizarra y entonces se copiaban en cuadernitos para poner al lado de cada una su equivalencia castellana. Y se vió claramente el progreso que entrañaba aquel método, por las muchas frases que demostraban dominar los alumnos en los ‘ desafíos” de (os viernes Los dividí en “Rojos” y “Azules” e hice un reparto imparcial y legal de los alumnos dando a cada grupo un número igual de "niños inteligentes y “niños medianamente listos”, de modo que las fuerzas de un grupo fueran iguales a las del otro. Y la última media hora de cada viernes se emple aba en un “match” en donde se repasaba todo lo aprendido durante la semana, además de cualquier otra pregunta de las semanas anteriores. Aquellos desafíos hicieron mucho bien: porque los alumnos se afanaban en prepararse para obten >,r la victoria porque consultaban mis libros y diccionarios c^n frecuencia. porque se estableció entre todos una sana riv,a lidad. porque aprendieron a no vanagloriarse los vence dor. s y a no desanimarse los venci los. poique se estimuló a los más aptos para conver-
—58 tirse en “leaders” de su grupo. porque los “leaders” se encargaban de que estu diaran los que eran desidiosos. y porque aquellos desafíos servían como lecciones de “self control”. Se colocaban en dos líneas con el jefe a la cabecera. Una línea frente a la otra. Y comenzaban las preguntas actuando el maestro como un juez de campo. Y cada vez que uno no podía contestar altjún deletreo, o no sabía usar una palabra en unn oración, o no podía, en suma, contestar al compañero que le había preguntado, éste respondía por él. y aquél tenía que sentarse abandonando su partida. Y así continuaba basta la una. Y a esa hora el gruño que tenía mayor número de partidarios firmes en su puesto era el vencodor. Y yo anotaba en una libreta el resultado del desafio, que variaba en asignatura cada tres viernes según que nos tocara efectuarlo repasando ya inglés, ya aritmética ya, español.
La importancia de una buena preparación mental para las clases, pude comprenderla y apreciarla por medio del incidente que paso a re atar. Un día, a consecuencia de entorpecimientos sufridos la tarde anterior, fui a mis tareas sin haber leído la lección del grupo intermedio de inglés. Cuando empezamos a leer, me encontré de pronto con la palabra “wilderness’’ a bt cual por analogía que le encontré con la palabra “wild” 'e di, en su prim era mitad, la misma pronunciación que a ésta.
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Y en las lecciones de lenguaje, y en los desafíos de los viernes seguimos todos diciendo “uailderness” hasta que uu día buscando en el diccionario la pro nunciación de la palabra “wily”. me topé con “wilderness” y vi mi equivocación. Entonces fueron los aprietos. Yo no quería que mis alumnos continuaran pro nunciando erróneamente aquella palabra y tampoco quería que supieran que había sido ignorancia del idioma, por parte mía. Hoy, con mis años de experiencia y con el cono cimiento que he adquirido de las cosas humanas, confesaría mi error ante mis alumnos, y más aun, explicaría el porqué del error para darles un i leccción acerca de cuán cuidadoso debe ser uno hasta en los detalles mínimos de una tarea .-i quiere terminarla bien; pero en aquella época, con 19 años de edad, y rodeado de una gran estima y una gran consideración en todo el barrio, me parecía que era “perder mi autoridad” el confesar la falta cometida. Y opté por decir una mentira. Una piadosa mentira. Una mentira (Dios me lo haya perdonado) que no hacía daño a nadie, y en cambio salvaba la situación. Y dije a la cías-: “No hace mucho cuando aprendimos la palabra “wilderness” no tuve tiempo de verla en este diccionario nuevo sino en otro viejo que tengo en casa. Como los diccionarios no son todos iguales en las marcas que usan para indicar la pronunciación equivoqué la de la palabra ésta que debe ser “wilderness” y no uailderness Costó algún trabajo hacer que los niños cambia ■ ran de pronto aquella pronunciación; pero como
—60 — usaban frecuentemente la palabra porque les hab'a gustado mucho, pronto conseguí que la pronunciaran correctamente. ■ Sirva esta experiencia como aviso a los maestros nuevos para que lean cuidadosamente las lecciones nuevas antes de presentarse en clase, y así se evi taran muchos malos ratos.
Entre días mabayo el período dedicado a Estudio de la Naturaleza a hablar acerca de lo que yo. en mi fpero interno, llamaba "Preparación para la Vida de la Ciudad”. Como yo siempre estaba pensando en volverá la ciudad, con harta frecuencia conversaba con mis discípulos en pa-eos, y reuniones en los glacis, a la luz de laluna, de las ventajas que atesora para la juventud estudiosa la vida en un pueblo grande. Y así, pues, me aprovechaba cada sem-na, de algunos minutos de una lección que yo suponía de menor importancia, para hablarles de las cosas de Mayaguez. Hoy les explicaba como era la oficina de Correo, dónde estaba situada; cómo se hallaba dirigida; quién era el administrador; qué había que hacer para enviar un giro postal a otro pueblo; la importancia de los giros portales; y algunas reg as que deben observarse al llegar a las oficinas, así como explicaba lo que son los apartados, cómo se abren; cómo se alquilan etc. Otro día mi conversación versaba sobre la Alca'día con sus puertas y rótulos, con sus múltiples empleados y sus diferentes galerías. Qué había que hacer en el registro civil para inscribir un niño recién nacido o hacer anotar el fallecimiento de una
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persona; a quién había que dirigirse en solicitud de un médico o en petición de un ■ cama en el hospital, y quién era y dónde estaba la rersona encargada de facilitar libros y periódicos para leer; y quién era y dónde estaba el empleado de las rentas Otra clase servía para explicar todo lo que yo sabía del Juzgado Municipal. Otra servía para disertar acerca de la Corte de Distrito. Otra, acerca de la fábrica de chocolate Otra, para el muelle y sus movimientos de carga y descarga, lanchage y acarreto. Y al terminarse cada explicación los alumnos preguntábanse unos a otros acerca de lo que habían oído. <> preguntaban acerca de cualquier otro detalle que desearan saber relacionado con la materia trata da; o venía un repaso cuyas preguntas eran hechas por mí. Pero donde yo más insistía sobre las oportunida des que ofrecen los grandes centros urbanos era en los paseos con mis alumnos. Iban muchos, hembras y varones, cuando yo anunciaba en clase: “Todo el que quiera ir mañana a los Peñones, pida permiso a sus papas para ir allá conmigo, mañana a las dos”. Y a las 12 y media ya estaban en casa los que iban ni paseo. Era sábado, generalmente, cuando estas excur siones se celebraban. Y salíamos alegres, bulliciosos. Yo no sé quién gozaba más; si ellos o yo. Todavía hoy que ya tengo canas tempraneras en mi cabello, gozo con el recuerdo de aquellos paseos; y no he perdido la afición por
•62— ellosn pesar de ser- un “grave papá de una familia de cuatro hijos”. Todo el paseo era un ejercicio y una enseñanza, además de s- r una alegría. Si había un baño, efectuábamos una carrera en campo raso; y el que llegiba primero recibía un premio, (pues s empre llevaba yo en los bolsil'os galletitas dulces, bombones, o bolitas de menta. Si era una cuestecita ¡A ver quién la sube primero! Si nos sentábamos a midas del río. ¡a recoger el maym- número de piedras de distintos colores! 0 la mayor cantidad de hojas diferentes. O contábamos un cuento mientras descansá bamos. Y luego, a subir los peñones. Altos, elegantes, orgullosos titanes de piedra caliza, se alzaban como atalayas del barrio; comoenormes guardianes que estuvieran siempre oteando el horizonte en defensa de la gente sencilla residente en las hondonadas Entre sus resquebraduras sobresalían y colgaban las raíces de los “copeyes” como tentáculos de algún animal desconocido. Ascendíamos la vereda y legábamos al p¡- de la roca. Y empezaba la subida. Larga, penosa. ¿Larga y penosa.? Para otros sí; para nosotros no, porque subíamos charlando, riendo y formando chistes con los resbalones de los demásLos varones subíamos primero y entonces ayudá bamos a las muchachas en los sitios peligrosos. Y una vez arriba, ¡qué satisfacción! ¡qué aire
-63tan fresco! ¡cuánto mundo a nuestros pies! ¡cuán pequeños se veían los demás mortales!; las casitas, iqué aplastadas!; el río, ¡qué desmedrado!; ¡todo; equeño, todo insignificante! Y allí sobre aquella altura, cercanos al cielo, yo les hablaba del poder de Dios, y de cuán pequeños nos vería El a nosotros desde las alturas sublimes donde estaba colocado. Y nos quedábamos en silencio breves instantes. Todos pensativos, pero era por pocos segundos: porque sonaba r. pentina la voz de Dlises en un grito fuerte, y se escuchaba la voz otra vez, como a los siete u ocho segundos, tal como si hubiera habido otro Ulises en los otros peñones del Dente. Y hablábamos del eco, después de gritar varias veces para probar cómo era Y yo indicaba que el grito de uno de nosotros le daba un empujón muv fue>te al aire que estaba ante la boca; que ese empujón formaba como una ola de aire (que se llamaba onda de aire) que iba a tropezar en el p, ñon de en frente y de allí retornaba a entrárse nos por el oído otra vez. Y por eso parecía que había otra persona en aquel peñón. Y les conté la historia de Eco, la primera vez que subimos al peñasco abrupto. Y cogimos i n pañuelo algo viejo, lo amarramos con bejucos finos en una vara que cortamos, y ente rramos la vara en una quebradura del tope de la roca. Para ver si la distinguíamos desde abajo cuando descendiéramosAl retorno, siempre entrábamos en la casa grande de la hacienda donde había hospitalidad cariñosa y café caliente para todos.
— 64— Allí Doña Josefa, la señora de la casa y Doña Rosario, la mamá son como dos ángeles protectores de todo el que pasa ante sus puertas.
Otras veces la excursión era río abajo hasta la casa de Don Basilio Gandul». Los distintos pasos de río que había que atrave sar servían de mayor distracción pura todos, y yo los aprovechaba para complementar las clases de geografía dadas en la escuela. “¿Quién ve un islote?’’ preguntaba yo. Si tu fueras hormiga ¿sería eso un islote para tí? “¿Quién ve un cabo en este islote? ¿Y un golfo? ¿Y un monte?” “Vamos a formar una cordillera’’ “¿Poiqué en este lado el río arrastra la tierra y no hace lo mismo en aquel lado. Unos decían: “Porque este lado es más areno-o y aquél es de barro duro.” Otros contestaban: "Porque aquel lado tiene muchas yerbas y éste no tiene ninguna. Y así entre risas con los disparates de algunos; y .gritos de alguien que perdía el equilibrio en la calza da; correcciones mías, o de los mayores, a los menores que cometían faltas de lenguaje, llegábamos a nues tro destino. “Ahí viene el maestro! se oía que gritaba uno de los de la casa. Y seguido se veía la faena de aquella buena gente recogiendo del piso, las cáscaras de los gandules que ha bían estado desgranando o amontonando los “coscorro n :s” de las mazorcas de maíz que habían estado empaando en parejas para ponerlas al sol.
—65 — Y la hamaca, para mí. Y bancos para los demás. Y la alegría se reflejaba en todos, tanto en los due ños de la casa como en los hijos que eran mis discípulos. Y el papá y yo hablábamos de las cosechas, de las lecciones de sus niños, de política; de todo un poco. Y antes de caer la tarde regresábamos a nuestros hogares.
CAPITULO VII
Mis Lecciones de Patriotismo Siempre me ha gustado cantar. Cuando niño me extasiaba de noche, ya acostado, oyendo la voz fuerte y agradable de Alfredo Cuabas, de Pepe Flores, Santiago Sebastián y tamos otros que ent mees formaban legión y que daban expansión a su gusto por el arte valiéndose de canciones que a veces ellos mismos componían. Y mis muchachos aprendieron muy pronto a cantar sus canciones escolares. Todas las mañanas, antes de empezar las clases nos poníamos de pie extendíamos la mano hacía la bandera y jurábamos nuestra fidelidad para ella por medio de la muy conocida fórmula que reza: "I pledge a legiance to my flag and to the republic for which it st^nds. A nation indivisible vvith liberty and justic- forall”. Después que lo aprendieron de memoria, fui día por día explicándoles el significado de cada división
—66importante del juramento. Luego cantábamos una canción Todos juntos Yo también. Porque aquello no era p ira mi como una ense ñanza que yo estuviera impartiendo sino como un momento de goce artístico del cual yo quería partí cipar como actor. Una mañana estábamos cantando la canción de “La Bandera”. Aquella que dice: “Bandera sin mancha que flotas altiva, etc. Era una canción nue va en todo el país y nos la había repartido a nosotros. el señor inspector, en aquellos mi-mos días. Yo había podido, a duras penas, y valiéndome de ■ mi guitarra, dar a las palabras del himno la entona ción que indicaban las notas. Y como era nuevo, y como era bonito todos los días cantábamos el himno aquel: Una mañana, repito, estábamos cantando aquella canc.ón, v al tern imilla, cuando daba yo la orden de sentarse, oímos .que decí .n en la puerta con voz afran cesada: “Los he escuchado. Hace rato que estoy ahí debajo de la casi, y no subí para no alterar en nada el orden de los‘ejercicios de apertura. Mu v bien, niñi s. Cantan ustedes esa canción mucho mejor que algunos alumno» el pueblo” Era el inspector. Un viejecito francés de ape lido Fourcaut que era muy simpático y agradable. En aquellos días tuvimos, o mejor dicho tuve yo, una desagradable sorpresa. Estaba cercana la ho a de recreo y estábamos en clase general. Estábamos hablando acerca de Don Eu enio María de Hostos, y yo trataba de que
—67— mis palabras fueran lo más interesante posible. Tndos estaban pendientes de mis labios. Todos me oían con gran atención. Todos, menos Foro Rodríguez. Foro era un niño delgadito, pálido y pequeñito en demasía, lo que no se explicaba po-que sus padres eran robustos y fuertes; y especialmente Don Ramón, el papá, era un hombre muy alto, muy colo rado y muy saludable. Yo miraba a Foi o tratando do obtener su aten ción, pero él inclinaba los ojos hacia el techo ponién dolos en blanco, en su esfuerzo por mirar para arriba ya que no se atrevía levantar la cabeza. Siguiendo con mi disertación me acerqué a él para llamar su atención sin necesidad de nombrarlo. El me miró un instante. Y volvió a mirar para arriba. Y repitió su mirnda hacia mí. E inclinó al techo los ojos nuevamente. Entonces, miré yo también. Rápidamente. Con intención de quitar los ojos enseguida. Pero tuve que seguir mirando al tejado. Lo mismo que Foro. Y conmigo miraron todos los niños. Y "fíjese entre esas tejas, maestro” me dijo el mfiito. Y en efecto. Tendida da una teja a otra se veía la franja amarillenta de la parte inferior del p zcuezode una culebra. "Vamos a salir al recreo” dije. Di mis órdenes de costumbre. Salieron todos.
68 La niñas se fueron a mi casa. Los varones buscaron dos tm-chetc s prestados en la tienda v a pedradas hicieron caer sfl animal- Y una vez en el suelo lo mataron. Y por orden mía lo tira ron al río, pura los peces. Era un ejemplar pequeño. Tendría como pie y medio de longitud y como media pulgada de espesor. Y era muy dura su piel. Fueron los alumnos más crecidos los que pudieron matarla. Como era la primera que yo veía, me mantuve siempre como a dos o tres pasos de distancia de ella pero sin demostrar miedo ante mis alumnos. Y volvimos todos al salón. Les hablé de otras culebras que hay en otras par-'tes de la Tierra que se llaman boas, y que son muy grandes; y de las otras llamadas de cascabel porque su cola medio seca tiene un sonido espec al al arrastrarse. Y les pedí, “Para mañana la clase primera escri birá una composición acerca de esos animales. Ven gan preparados con datos: y procuren saber si son de alguna utilidad; y para qué sirven Los otros nos contarán cuentos que hayan oído relatar acerca de otras culebras. Pregunten a sus papas y a los empleados de latinea.
¡Las Pascuas! ¡“ascuas Benditas! Para pascuas alegres, las pascuas de los campos. De los c .mpos de mi isla. En el aie, en el cielo, en la tierra, todo se ve más hermoso. La fría temperatura de las mañanas va tem plándose al subir el día hasta quedar en una tibieza
____________________ -69— ________________ sedativa que llena los pulmones de fortaleza y el alma con deseos de hacer bien. Y durante la noche, “desde la prima”, había parrandas alegres, sentidos aguinaldos y “dulces” recompensas. Una noche pasaba un grupo al son de tiple y guitarra. "Véngase, maestro”, me decían varios. Y yo no me hacía esperar. Cantábamos ante m a casa cuyas puertas cerrá bamos si todavía estaba abiertas, y cuando se termi naban los versos ¡a bailar se ha dicho! ¡Hasta la "amanezca” ¡Sobre todo si era de viernes para sábado o de sábado para domingo. También la escuela tuvo aquel año su fiesta pas cual. Por indicación del maestro los niños pusieron unos saquitos de tela colgando en los setos del salón. Cada ■■aquito tenía el nombre del dueño escrito en un pedacito de papel prendido con un alfiler a la tela de la bolsita, y todos procuraran echar dentro de ella algo que sirviera de alegría al dueño de la misma. También el maestro puso una bolsita. Y en cada tino délos saquitos puso su peque ño aguinaldo. La tarde que se abrieron las bolsitas fue una de intensa alegría. Todos iban muy contentos. “Hasta el año que viene” me deeían. "No, hasta luego; porque quiero que ustedes vengan a casa algunos domingos de éstos. Yo iré a las de ustedes tan pronto pueda”.
—70— CAPITULO VIII
NUEVAS
IMPRESIONES
En unos de mis viajes a San G>rmán recibí el programa para un “instituto”. Yo no entendía 'a palabrita aquella. Porque para mí ella levantaba en mi mente la idea de un gran aolegio con estudios de segunda enseñanza como lo había habido en San Juan antes de la ocupación americana. Tantas vueltas le di a la palabra aquella hasta que hallé la de “conferencia” que me sonaba, me ha sonado y me suena mejor que la de “instituto”. Y leí bien lo que se me pedía en aquel b> squejo. Y me dirigí al pueblo. Estuvimos dos días si mal no recuerdo. Eramos muchos maestros. Los había de Maricao, San Germán, Sabana Grande, Lajas y Cabo Rolo. Y el principal conferencista era el actual comí sionado de intrucción Paul G. Miller a quién tenía yo (y supongo que tendrían otros muchos) deseos de conocer por las muchas cosas que de él se contaban como inspector de distrito. "Que cuando llega a la escuela, llega en puntillas”. "Que atisba por las rendijas a ver si el maestro está i nseñando. "Que patatín, que patatán”. Y" juzgaba todo, aquellos díceres como si hubie ran sido mitad mentira y mitad exageración. Se levantó el hombre, presentado por nuestro inspector y con el bosquejo de 'a conferencia en la mano, condujo hábilmente los trabajos que había i de
71 hacerse en forma-instructiva a la par que divertida El espantajo iba desapareciendo ante mi vista para dar paso al pedagogo de experiencia, cuidadoso de los detalles y hábil en la réplica y contraréplica. Por aquella época el era algo de la escuela Normal, decano tal vez, y venía, naturalmente, tra tando de obtener alumnos para la institución de Río Piedras. Así, le oímos preguntarnos: “El meridiano que pasa por Nueva Orleans, ¿en qué parte toca a la América del Sur? Todos dudábamos si la tocaba cerca de la costa de Ecuador o no. De pronto se levantó Victoriano Soler y dijo: “N" la toca, señor’’ “Se conoce que usted ha estudiado en la Normal, Sr. Soler”, dijo el Sr. Miller. “Propaganda para la Normal’’, dijo una voz detrás de mí. Generalmente la conferencia fué de provecho para todos, sobre todo para los maestros nuevos. Recuerdo todavía, entre las muchas impresiones qne permanecieron tn mi memoria, la siguiente lec ción que nos dió el Sr. Miller. Hablaba del desai rollo del hábito de la observa ción que afirmaba no era cultivado por nosotros los puertoriiqueños. Y exclamó: “Voy a probarlo a ustedes”. ¿Cuántos de los profesores presentes tienen aquí su reloj? Varios levantaron la mano. ‘ Nadie coja su reloj ahora, hasta que yo le avise” ¿Cuántas veces al día, poco más o menos, miran ustedes su reloj? “Ocho veces” dijo uno.
—72— “Uoee veces’’ dijo otro. Más de doce; ¡muchas veces! corrigió otro. “Muy bien, señores; quedamos en que uno cual quiera de ustedes mira su reloj diez o doce veces todos los di is. Si el reloj tiene ya dos meses en su poder esto quiere decir que usted ha mirado su reloj unas s tecientas veces en los dos meses. Y si hace un añ > que lo posee serán por millares las veces que u ted ha puesto los ojos sobre la esfera de su reloj. Ahora bien ¿quién puede decirme en qué lado de' su reloj está el número que marca las seis?” Nadie pudo decir con exactitud. Unos decíamos que para abajo, otros que al lado izquierdo, otros que hacia el derecho. Y acabó por decirnos el conferencista que la verdad exacta es que la generalidad de los relojes no tiene elj número G porque sobre él está colocada la esfera del segundario.
También conocí a Fernández Juncos, al vene rable y cultísimo prosista asturiano, durante el curso de aquella conferencia. Yo había leído mucho de Fernández Juncos anteí de conocerle. Me había forjado, a fuerza de eerle, una imagen menta1 de su persona. Y era alto, elegante, muy atildado en el vestir. muy cuidadoso de su exterior. Algo así como un Beau Biummel de 55 años. Be modo que al ver aquella figura venerable, metida en más libras de carne que as necesarias y aquella cara de sae-r >ote satisfecho de su misión, no me pareció que fuera el mismo que habí» escrito prosas tan fluidas, pensamientos tan elevados un una
73 forma tan pulida y tan acabada. Pero le oí hablar, Le oí exponer su admiración por las escuelas, le oí hablar durante media hora, fino, mesurado, castizo y elegante en el decir y rectifiqué mi opinión mental desilusionadora. Llegado a mi escue'a, empecé a poner en prác tica algo de lo que había aprendido en la conferencia y me hallé sin saber cómo tratando de imitar al Sr. Miller en su manera de exponer, en su manera de decir y hasta en su manera de tragar (como él hacía cada dos o tres minutos). Y tuve que dominarme para no convertirme en un mero imitador. Después de la conferencia, y con la lectura, a trozos, de Psicología Pedagógica por Sully y otro libro de Métod< s de Enseñanza por Fitch, hallé que mis clases eran más interesantes y de mayor pro vecho. Mis alumnos demostraban en su rostro y en sus actos la satisfacción que experimentaban al em prender’ la tarea de los ejercicios que yo preparaba en el pizarrón. En inglés, por ejemplo, un día teníamos el uso de “is” y “am”; otro día ‘ has’’ y “have’’; otro, día, “was’ y “were”. Y las lecciones del pizarrón consistían en ora ciones escritas de antemano, en cuyos espacios en blan co había que insertar una de las dos palabras que eran objeto de la lección. Después de terminada la labor de escritorio, uno de los alumnos iba a la pizarra y en cada espacio colocaba unos cartoncitos que tenía
-74— yo preparados ostentando la palabra necesaria según el sentido de la (■ración que había de ser completada. Se cambiaban los papeles entre los alumnos y se corregían los trabajos h* chos. Otro ejercicio consistía en lo siguiente: Escribía y<> en la pizarra las palabras “scbcoi’’, ‘ boy’’, “river”, "flower”, “mother” u otros semejantes hasta llegar el número dr e las a diez y 1 >s alumnos busca ban yescribían todos los adjetivos que pudieran y que indicaran cualidades propias del objeto o ser repre sentado por la palabra. Al día siguiente e-e mismo ejercicio lo dada yo como trabajo en el hogar y añadía: “El que traiga el n ayor riúiner > de adjetivos ten irá un lápiz de color e- m egalo’’. ('tro lía: “¿Quién es el que conoce más verbos en inglés?” Otro día: “Vamos a escribir palabras que tengan dos go pes’’ (Quiero hace'- constar que las sílabas, tanto en inglés como en eso: ñol. yo las ensenaba haciendo notar a los niños que ai pronunciar cada una de ellas se podía dar un golpe con un dedo o con ¡a regla: y que según de golpe-podían darse al pro nunciar la palabra, así de sílabas tenia ella.) En español, también variaba yo los ejercicios escritos todo cuanto podía. Escribir palabra- que tengan dos aes. Forma» el mavor número de palabras usando únicamente las letras contenidas en la palabra “espesura”. Escribir palabras que tengan “h” al principio. Relatar una historia del algún paseo efectuado Hacer una lista de los objetos y muebles de una
-75casa. En aritmética, muy a menudo jugábamos a las tiendas y se vendía cafe, chinas, plátanos y hueves por libras o arrobas, docenas o cajas, cientos o car gas, y por cientos o docenas i espedí vamente y se compraban mercancías o provis.ones. O se presentaban problemas los niños, unos a otros. O se medían todas las cosas del salón como base para la lección del día siguiente y de otras lecciones,/ más tarde. O bien se imaginaba que la escuela era una finca de café con su fmayordomo, con sus capataces su trapiche y sus máquinas y empleados y se hacían presupuestos de los gastos de un mes. Esta lección daba margen a otras mucha». Y cada dos semanas, aprendíamos una canción nueva que repercutía en los ámbitos del barrio y que resonaba en todas partes en boca de los varones que la cantaban o la pitaban en los terrenos de las fincas de sus napas, mientras iban a cortar yerba, o a bus car las vacas o a dar de beber al caballo. Aquellas sierras tranquilas, aquellas espesuras silentes cercanas al riachuelo, se saben de memoria las i otas de “Yankee Doodle”, de “La Bandera". del “Platanar’’, de “Oh Colombia”. de “Borinquen” y de “Lincoln y Washigton”¡Cuántas veces oia las voces queridas de mis alumnos más entusiastas cantando a “grito pelado” la h- riñosa canción del “Platanar”; y ¡cuántas veces me desp rt iba, los sábados por la mañana, el pito de algún discípulo que marchaba alegre hacia la tienda al son de las notas de “Yankee Doodle’’
—76— Y había otros cantores en el barrio. Eran, hombres ya. Mozos robustos y gallardos que lamentaban no ser niños para estar en la escuela: y_que encorvados sobre la pródiga era lanzaban al viento sus cantos sentidos. Siempre eran coplas de amor. Y brotaban quejumbrosas y dolientes, las unas; agresivas y serias, las otras. Oid algunas: Mal haya quien dijo amor Y quien en 'nujeres fia; ¡Que yo di mi corazón A quien no lo merecía! ¿Queréis mayor amargura que la que destilan estos versos? ¿Queréis versos mejor medidos y mejor expresados? “Lávame ese pañuelito Que con lágrimas mojé. Ten cuidado; no ’o rompas Que se fué mi vida en él. ¿No veis la ternura caballeresca de estas Ureas sencillas? Es el alma de la serranía, el alma purísima deles alturas rindiendo una prueba de amor en manos de la esquiva lugareña. Yo me quedaba hebetado desde el balcón de mi cusa oyendo a Joaquín Rodríguez a Lolo Pabón y otro de apellido Estrada cuando, como ruiseñores enamo rados, abrían su boca a cantar. Y ¡qué buenos jiu'mnnes! ¡y que garganta pode rosa ! ,
De lo a to de la “cuchilla” o del fondo del sitio donde estaba el sembrado surgían las palabras ya suaves, ya duras, ya tristes y doloridas Y a veces, durante la recolección del café, era un dúo de rimadores, un dúo de poetas aldeanos, el que se efectuab centre las espesuras. Retaba sonoramente con sus endechas amorosas, uno de los contrincante-* desde lo alto de una colina, y contestaba valientemente, desde el fondo de una hondonada, el otro gladiador literato con sus versos de pasión ii finita. o Y siempre había un “dejo” de amarga melan colía en el tono de los cantares. Como en 'as notas del cuatro. Como en las cuerdas del tiple. Como en el rumor de la quemada. Como la fronda en los ramajes. Como la tórtola doliente ¿Por qué serán tan tristes las coplas de nuestros campesinos?
CAPITULO IX Por aquel año comenzó a observarse la celebra ción de la Fre<t r del Arbol Y hubo en toda la isla unas ' elecciones” entre los niños de las escuelas para decidir cuál hibíadeserel árbol emblemático de Puerto Rico. Todos mis discípulos votaron por el mango, y creo que en nuestro distrito fué este árbol el que triunfó sobre los otros “candidatos’’. La mañana de la fiesta sembramos un arbolito de china frente a la escuela Años más tarde pude
-78ver el árbol robusto y sano; pero no .hace mucho en una visita efectuada por aUa noté que había sido deribado ‘‘porquecon su sombra perjudicaba el huer to escolar”. Sentí un poco de tristeza, pero ni dije nada, ni demostré mi desencanto ante aquel tronchamiento de una grata memoria. También aquel año trájome después de grandes esfuerzos, y estudios y privaciones, mi licencia de maestro gráduado obtenida en los exámenes celebra dos en la cabecera de distrito. Y recién graduado, forme parte riel grupo que salió en el transporte Kilpatriék con rumbo a Boston, a la Universidad de Harvard, a estudiar un curso de verano. Una vpz de regreso obtuve ofertas de una plaza de profe-or grad ado en Sabana Grande. Y cuando ya la tenía por segura y había renum-iado mi escuela rural, el Departamento decidió cerrar la otra escue la porque la Junta no estaba preparada para soste nerla y equiparla’’. Y me quedé en el aire. Ya el curso había comenzado y regresé a mi hogar en Mayaguez. Y una noche leí en “El Aguila de Puerto Rico” que había escuelas vacantes en Juana Diaz Solicité. Fui aceptado. La aceptación llegó es tando enfermo y así lo hice constar a la Junta por medio de una earta Y al día siguiente recibí un telegrama en que me decían: “Junta Escolar concédele plazo quince días venir ocupar puesto”, ¿Qué significaba aquello? Sin carta de recomen dación, sin amigos m conocidos en la villa del Jacaguas, sin apoyo de ningún género, sin conocerme
ellos ni en fotografía y me esperaban dos semam d Salí para allá antes de complirse el plazo tan generosamente concedido. Llegué a Juana Díaz como a las diez de la ma ñana de un sábado: del sábado 19 de octubre de 1905. Juana Díaz tuvo para mí, desde mi llegada, el aspecto de un hogar grande .Amplio, tranquilo, hos pitalario con su plaza llena de atractivos naturales y con la simpatía natural de todos sus«habitantes. Enseguida tuve amigos. En la misma plaza, al dirigirme a unos jóvenes que se solazaban bajo los flamboyanes y preguntarles donde hallaría un hotel. me llevaron al “Prado” que era el mejor de la ciu dad en aquella época. Y luego me guiaron hasta la oficina del secretario de la Junta Dr. Enrique Valleci lo quien me sugirió fuese a la oficina de la insti tución que estaba unida a la farmacia Ferrer, donde halló al que se me presentó como cierk de ’a Junta Escolar, pero ei que una vez conocido afondo supe qve era el “factótum” y “alma mater’’ de la •enseñanza en Juana Díaz, sobre todo en su parte administativa. Se llamaba, y se llama todavía, y ¡quiera Dios conservárselo a Juana Díaz por muchos años!, Don Juan Bautista Romeu. Una vez visitada la casa donde acostumbraba alojarse el inspector cuando venía al pueblo (puesto que Coamo era el pueblo de su residencia) me proveí de libros y material, busque caballos pira el viaje, pernocté en la población, recogime muy temprano, y a las nueve de la mañana del domingo emprendí la caminata para mi barrio que ahora se llamaba
-80Caonilla. Las únicas instruccios que llevaba eran: "Continúe su viaje hasta llegar al kilómetro 108 de la carretera. Cerca de ese. kilómetro hallará una tienda que pertenece al presidente de la Junta Escolar Don Francisco Dávila a quien entregará usted esta carta. El le guiará desde allí.” Era la Carretera Central. Dura, blanquecina, con sus curvas violentas y sus pendientes fatigosas puso a prueba mi resistencia hacíalos rayos solares durant- una hora larga de buen caminar, y al cabo de ella, llegué a donde ine habían dirigido. Y desde, allí nueva caminata Esta vez por caminos vecinales tor tuosos y enmarañados que a veces eran zanjas y a ve ces veredas pedregosas. Y 'e pronto el cruce d> tres caminos después fie otra hora de larg > caminar. Allí había una “cosa” que parecía tienda, ,v allí pregunté por el Sr. Santos Giraldi, nombre que me había proporcionado el Sr. Dávila como estrella polar que había de servirme de guía en el barrio. Desde el ciuce me enseñaron la casa. Era una. de las tres únicas casas techadas de zinc que alcanzaban a distinguirse desde aquella altiplani cie. Todo lo demás era yagua, yagua, yagua. ¡Cielo Santo! ¿Qué barrio era aquél? No me arredró mucho la supina pobreza del lu gar. aunpue produjo en mi ánimo hondo desconsuelo al compararlo mentalmente con lo pintoresco y atrac tivo de aquel otro donde me había estrenado como conductor de conciencias infantiles. Media hora después de mi llegada estaba frente a un magnífico almuerzo preparado "a toda máqui-
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na” por la alta y hermosa y atractiva y generosa due ña de la casa Doña Regina Giraldi. Y poco después, en la misma mesa escribía a mi madre y a mis mejores amigos. Y ¡vamos a ver la escuela! Era más amplia y meior que la mía de los Peño nes pero estaba muy sucia y muy llena de telarañas. Como al otro día era necesario usarla,cogimos dos escobas Don Santos y yo, y en un momento quedó el salón medio presentable. Al siguiente día, corrió la noticia de “¡Ahí está el maestro; en casa de Don Santos!” Se llenó la escuela de chiquitines, de medianos y de mayores. Y empecé a hacer mis listas: “¿Cómo te llamas? “Juan Pérez’’ “Y tú, ¿cómo te llamas?’’ “Luis Pérez”. “¿Y tú?” “Tomás Pérez” “¿Y tú, niñita?’’ “Amelia Pérez’’. Casi todos eran Pérez. Y entre los demás domi naba el apellido Zayas. Cuando el registro estuvo lleno, a la semana siguiente, noté que tenía 19 alumnos de apellido Pérez. Y al pasar lista y llegar al sitio de ellos yo solía decir: “Los Pérez’’. Y había uno de ellos. Tomás, que estaba encargado de indicarme cual de los Pérez no estaba presente aquella mañana. Solamenta un año pude vivir en el barrio de Caonilla No vivir, sino vejetar. Mis únicos amigos eran el Señor Giraldi, Don Agapito, su sucio, y Sultán, el perro de la casa. Sino hubiera sido por ellos me hubiera matado la nostalgia de comunión espiritual con alguien. Pero Don Santos era un magnífico "causeur’’-
-82Había sido sargento del 47 de línea francés, había pertenecido a un regimiento de zuavos de Argelia y podía y sabia contar hábilmente todas las peripecias de sus diez añ- s de militar. Don Agapito era toledano y tenía un arsenal de historietas y cuentos de In vieja España, los cuales narraba con suma facilidad de lenguaje. Sultán, el enorme perro negro, guardián de la finca estaba tan esquivo con los niños de la casa a causa de lo mal que lo trataban, que cuando encontró mi mano cariñosa por primera vez se me restregó entre las piernas y casi lloró de la alegría. Y desde aquel momento fué mi compañero inse parable. Si iba a la escuela, se iba conmigo. Si al trapiche, al trapiche él también. Si empezaba a escribir, se.tendía bajo la mesa, y si me subía yo a la colina c-reana él se subía también para hacerme compañía- Junto a él y de bruces sobre las yerbas de la colina hice yo algunos ensayos como escritor público y colaboré en el semanario “Propios y Extraños y en “El Aguila de Puerto Rico”. También logré, en aquellas soledades, hacer un b-oen acopio de frases y palabras inglesas leyendo y repasando el Silver Burdett Fifth Reader. el Brumbaugh’s THrd Reader, al mismo tiempo que me ayudaba mucho en la tarea el “Youth's Companion” cuya suscripción continuaba todavía. Tanto me ayudaron est s estudios solitarios que aquel año el departamento ofreció varios premios a los que obtuvieran mej- res notas en los exámenes de ingrés y yo obtuve el tercer premio del curso intermedio. i Un año! Para darse una idea de lo que aquel
83 barrio repres' ntaba en aquella época baste decir que Mr. Gail S Nice, el inspector n<> visitó mi escuela ni una sola vez en todos los nueve meses. Al terminarse las tareas semanales alquilaba yo un caballo y salía todos los viernes a las doce en direc ción a mi casa. Y recuerdo dos incidentes de mis viajes. Gomo siguen: Una tarde de esas en que venía para el pueblo, bailé en pleno camino y cerca de una casita, una jugada de gallos. Me detuve a ver dos “gallinos ’ que se tiraban rápidamente con las espue'as, hacien do mucho ruido con las alas. Los jugadores hacían apuestas y alentaban a sus campeones en medio <le ri sas o chacotas, cuando de pronto salió de entre unas cañas cercanas una pareja de nolicía. Todos corrieron seguidos de uno de los guardias mientras el otro se dirigió a mí, que me había quedado sin hallar que ha cer, con estas palabras: “Y usted, ¿quién e.-?’’ “Sor el maestro del barrio,” contesté. “Pues váyase ligero de aquí, ‘‘ordenó él. Y....................................... piqué con las espuelas a mi montura e iba más aprisa que en otras ocasiones Otra tarde, un señor de apellido Serrano me alqui ló un caballito rucio en el que el dueño acostnmbra-a salir de fiesta de cuando en quando. Tenía muy buen paso y era dócil a la brida. Así f ué que me acomodé en él como en un sillón, y lo dejé correr libremente cuan do llegamos a la carretera. Ibamos pasando frente a la tienda de un señor llamado D. Antonio Rivera don de había notado yo, en otras ocasione-, que había mu chachas buenas mozas, cuando el animal ladeó de pronto y se metió hacia el batey de la tienda con un movimiento tan repentino que caí con sil'a y todo por
-84el lado opuesto al que siguió el caballo. Salieron de la tienda; me ayudaron a limpiarme; me colocaron la silla sobre la montura y me dieron agua con ron “porque era bueno para si tenía algún golpe interno” según decían ellos. ¡Y si ellos hubieran sabido! Yo no sentía los gol pes, sinoel bochorno más grande del mundo. Por las muchachas que había allí; pero ellas no salieron. Y una vez montado, iba más ligero que la tarde que le huí al policía. Al año siguiente la Junta Escolar tuvo bien cambiar me a la escuela de Río Cañas Salichs, en la carretera, cerca del kilómetro 108. Parece que el presidente in formó quejyo no había dejado de pasar frente a su tien da ni un so'o lunes a las 6 de. la manan i y esto me va lió sin pedirlo, el ascenso que me acaban de conceder. Un cincuenta por ciento de ventaja en lo que a anima ción y vida del barrio se refería. ¡Aquello era otra cosa! Mucha gente instruida, mu cha gente simpática. Tráfico casi continuo de carros y calesas. Correo diario que pasaba en un coche con campanillas cuyos jamelgos I s manejaba u n viejolo buen mozo y garrido, muy enamorado y muy galante llamado Pitito. Pan fresco todos los días y hasta hielo si usted lo deseaba. Y luego la escuela era un edificio de mil quinien tos pesos, de ladrillos, moderno, con pupitres y bue nas letrinas, con verja al freme. alambres por guardaraya, un bren pedazo de terreno en su parte posterior, otra en su parte anterior y una buena ace ra para entrar que terminaba en una escalera y un descanso a orillas de la limpia carretera. Me trasladé con mi familia a vivir en el barrio, en
-85— una casita que conseguí cerca del río y en la honda depresión formada por dos pendientes que separan la jurisdicción de Coamo de la de Juana Diaz. Aquel barrio parecía un segundo tomo del pueblo amable de Tomás Carrión. La simpatía irradiaba por todas partes, Todo lo hallaba propicio y presto. La le che para casa, caballos para ir al pueblo, escoba, jabón, agua y toalla para la escuela; y amigos, muchos ami. gos, y amigas, muy amables amigas. A propósito, vienen ahora a mi mente las quejas que a menudo escucho acerca de las dificultades con que tropieza el profesorado rural para hallar ambiente propicio en los campos de ’a isla. Unos se quejan de que no les quieren dar hospedaje, Otros de que no en cuentran caballos para hacer sus diligencias. Otros di cen no encontrar ayuda para la matrícula de sus es cuelas. Y yo quiero afirmar por escrito, ahora que se me presenta la ocasión, lo que he dicho muchas veces. cuando he escuchado a los quejosos: “Que son los mis mos maestros, algunos maestros y maestras, los que tienen la culpa de lo que sucede ahora en los camps”. Antes nuestros agricultores eran todo cariño y todo hospitalidad cuando se trataba del “maestro” o de la “señorita profesora” del barrio: pero sucedió que la señorita profesora’’ demasiado señorita, fue al campo, se alojó en la casa del modesto campesino que la reci bió cariñoso rodeado de su familia sencilla y buena, y empezó la “señorita profesora” por decir a la hora de la mesa: “ ¡Ay! a mí no me gusta el plátano: tampoco me gusta el bacalao. Y no me gusta esto. Y no me gus. talo otro.” Y pretendió también la "señorita profe sora” comer pan fresco todos los días, y “bañarse dia-
86 riamente haciendo que los hijos de la casa cargasen agua de una distancia de más de uno, y a veces, dos kilómetros; y remilgos por aquí, y remilgos por allá, acabó por hacer que la dueña de la casa que sufría du rante las comidas al ver que la “señorita profesora” no comía de lo que se ponía en la mesa, le dijera al es poso entre dolorida y enojada: “Mira, Francisco, el año que viene no me le des hospedaje a ninguna maes tra. Ya tú ves lo que estamos pasando; que aún nues tros hijos tienen que ir a cargar agua todos los días al pozo para que la señorita se bañe, cosa que no han he cho nunca para mí ni para sus hermanas.” Y llega el “año que viene”. Y al presentarse la nueva profesora que tai vez no es de la calaña suntuo sa de la del año anterior, se encuentra con las puer tas de aquella casa cerradas a causa de las inconve niencias y majaderías de una niña falta del verdadero sentido de la vida como ella debe tomarse según las circunstancias que rodeen el instante en que se vive. Y si fué “profesor” el que Pegó el año aquél, al prestarle el dueño el caballo, se lo trajo en tan mal estado de las correrías que hizo en el pueblo que el amo queda escarmentado de haberle concedido el uso de la montura. O queda a deberle alguna de las mensualidades del hospedaje. Y el padre, cierra tam bién las puertas de su casa a cualquier otro que pueda venir en lo futuro, no in porta la buena voluntad y las buenas intencione-i que el último pueda traer. Estas, y no otras son las principales causas del despego” que se nota ahora en las clases acomodadas campesinas hacia los maestros y maestras que salen a encargarse de la educación de los campos déla isla. Toca a los mae-tros y maestras tratar de enmen-
-87dar la labor negativa que dejaron tras de ellos aquellos que les precedieron en hora aciaga. ¿Cómo? Haciéndose querer en el barrio donde residan. Atrayéndose el respeto de todos. Visitando las casas de todos, pobres y ricos, y demostrando sencillez sin afectación en todas las casas que visiten. Y no hay que exagerar la nota de la sencillez hasta convertirla en simpleza, porque no hay nadie más sagaz que el habitante nativo de las montañas. El conoce enseguida si lo que se está haciendo es real mente sentido o si hay exageraciones sn los ademanes y modales de la persona que le visita. Formando buenas asociaciones de padres. Llevando consigo de cuando en cuando, alguna “chuchería” para los niñitos de la casa. Averiguando sutilmente cuando es el “santo’’ de la señora y obsequiándola con un sencillo presente. Ayudándoles en casos de necesi dad, como, cuando tengan algún enfermo, ofrecién dose a venir al pueblo en busca del médico, o de las medicinas, si uno es varón; o pasando horas de “utilidad” junto a la familia del vecino enfermo, ya colaborando en la aplicación de las prescripciones médicas o prestando ayuda en las labores de aquel hogar, etc. etc. etc. Decía, pues, que el barrio y la escuela que me habían tocado en suerte aquel año de 1906 a 1907 eran de lo mejor de la isla en aquella época, y por consi guiente yo estaba encantado de vivir en el primero y de dirigir la segunda. Y no sólo eso sino que me concedieron la apertura de unas clases nocturnas para adult s de ambos sexos y aquello acabó de haceime más simpático el lugar y de alegrarme más aún porque me proporcionaba la
—88— enorme ventaja de estar en contacto diario con papas y mamas, asi como con la juventud de Río Cañas Salichs. La matrícula de las clases de noche fué tan numerosa que hube de hacer tres grupos y dar clases dos horas en vez de una y media que era lo que se exigía en aquellos tiempos. Y al terminar las tareas de cada noche nos íbamos por la carretera, el maestro y los discípulos y discipular en bandadas a las casas vecinas a discutir los disparates de unos y otros con el fin de seguir ambulantemente la clase que se había interrumpido unos momentos antes. Y tuve amigos probados y leales. Con ellos visité las distintas casas del lugar. Con ellos concurrí, a caballo, a los bailes de los Llanos de Coamo y a los del barrio de Magueyes, con ellos visité amigos en fermos ayudándoles en cuanto podíamos. Con ellos anduve por todos los sitios del barrio coleccionando piedras, maderas, e insectos para la escuela. Con ellos pasé muchos de los ratos más alegres de mi vida. La escuela tenía cuatro grados, del primero al cuarto, pero mis muchachos del segundo, sabían leer en el texto titulado Rudimentos de la Historia, por Montgomery; y sabían traducir del inglés al español las oraciones del libro Primero de Lectura de la Ame rican Book Comean,v hasta la página 50, casi todas ellas sin dificultad. Una mañana estábamos atareados en una clase de Naturaleza cuando sentimos el ruido de un auto que se detenía cerca de la casa-escuela, Como era muy común el ruido de estos vehículos, no dimos atención al retrancar de ruedas y al cerrar de porte zuelas de los viajeros: pero de pronto oimos pasos en *a acera de nuestro edificio y al mirar hacia afuera vi
___________________ 7^9-_________________ con espanto a cuatro caballeros americanos. Conocía a tres de ellos: Eran Mr. Roland P. Falkner, Comisio nado de Educación, y Mr. Clopper y Mr. Ayresinspec tores generales, los que llegaban. La sangre se mefué a los pies, pero traté de reponerme como pude para salir a saludarlos a la puerta donde ellos me presen taron al otro señor que según me dijeron venía en bus ca de objetos para la exposición de San Luis. Oyeron leer a mis niños y Mr. Falkner quedó asombrado de ver a mi segundo grado leyendo en un libro como el Rudimentos con letra tan pequeña y con lectura tan nutrida. Y no progresaban menos los jóvenes de la noc turna. Enseñé a leer a 16 que no sabían nada. Y no se me puede olvidar una discípula, como de treinta años llamada Carmen, generosa, activa, y entusiasta cuyos ejercicios de lenguaje escrito en las clases diarias se complementaban con otros que ella preparaba todos los días en papelitos originales que me enviaba a la hora del recreo acompañando a una taza de humeante chocolate que adornado con pan y queso, me obsequia ba siempre desde su casa que estaba vecina a la escue la. También formé allí los dos partidos de Azules y Rojos que tanto hicieron progresar las clases de len guaje en Rosario Peñón, y teníamos desafios todos ios viernes, unas veces de deletreo inglés; otras de dele. treo castellano, en ocasione’, dictado en el pizarrón, de las palabras aprendidas durante las últimas leccio nes del trimestre, o preguntas prácticas sobre los asun tos estudiados en los libros de lectura etc. También formamos dos “teams” de “baseball” llamados Azules y Rojos con sus cintas para distinguir-
— 90— se unos de otros, y procuré que el resto de los niños que no podían jugar por ser pequeños, o por ser hem bras, tomaran parte en la lucha haciéndose partidarios de uno o de otro “team’’. Un desafío de nuestras dos “novenas’’, el celebra do en Febrero 22 como parte de la celebración del Día de Washington me causó una insolación en mi papel de “Umpire” del juego, que me trajo por consecuen cia unas fiebres que se me tornaron intermitentes, y de frío, y que me tuvieron bajo su dominio hasta que salí del barrio en el verano siguiente- Pero a pesar de mi enfermedad insistente, eran tales las pruebas de cariño que me daban los vecinos y mis discípulos todos que a no ser porque mi salud lo exigía y porque me lo ordenó el médico, que a la vez era secretario de la Junta Escolar, hubiera permanecido en Río Cañas has ta que hubiera sido tiempo de ir a posesionarme de la escuela graduada con que me habían premiado mis superiores. Siet« meses me duraron aquellas tercianas que me tocaban a veces un día si y otro no; a veces, dos días sí, y otro no; en ocasiones estaban diez días sin haberme temblar y de pronto reaparecían trayéndome molestias y dolores; y ansiedades a mi pobre madre que temía por mi salud y por mi vida. Haciéndome temblar dije Y en efecto: No era para menos. Primero sentía unos como deseos de bostezar y estirarme como si hubiera estado hastiado de algo. Después emoezaban a enfriárseme las pun tas de lo dedos de las manos y de los pies; inespera damente llegaba una convulsión salida de las partes más internas de mi ser. Pocos momentos después otra convulsión. Y tras un intervalo más corto que
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los anteriores, otra. Y otra. Y otra más prolongarla y más intensa. Y ya no eran convulsiones sino completas sacudidas de todo el organismo bajo la influencia de la fiebre de frío. Yo acostumbraba al principio envolverme en gruesas mantas y frisas. Todos las de mi hogar me las echaba mi pobre madre encima; pero al ver que aquello no tenía remedio con “arroparme” decidí, ya dispuesto a vivir o a morir, el salirme a la carre tera cuande me atacaran las convulsiones del frío. Y hubo ocasiones de hallarme en plena Carretera Central a las once de la mañana, con todo el sol de un día de julio sobre mi cabeza desnuda y toda la reverberación del calizo relleno de la carretera bajo mis pies, y sufriendo, a pesar de todo aquel calor do ble, el frío más intenso que ser humano haya podido nunca pasar bajo la nieve de los polos. Vino Wintersmith, Elixir Tónico Antiflemático, quinino, papeletas de varias medicinas, “guarapos” de cuanta clase le decían a mi madre; de todo pasé por mi boca ya cansada de tanto medicinar. Y un simple cambio del barrio al pueblo de Juana Diaz me curó ra dicalmente después de tantos meses de hondo 'sufrir. Repito que si no hubiera sido por la amabilidad ele aquellos vecinos tan estimados, y por el cariño de mis discípulos hubiera renunciado la escuela y hubiera sa lido de allí para jamás volver. Pero volví allá; y bien pronto. Y cada vez que se me ha presentado la ocasión de salir para San Juan he tratado de efectuar viaje por la carretera Central con el fin de poder saludar a aquellos amigos estimados con quienes viví en comunión espiritual durante un año completo.
—92— El cariño de aquellas gentes hacia mí se demostró de varias maneras y en varías ocasiones. Oid una muestra: Una tarde salí del barrio con dilección al pue blo para cambiar mi check de treinta pesos. Llevaba puesto un gabán de seda crema que estaban muy en boga en aquellos días y que eran más buscados todavía a causa de lo rudo de la estación que ya dejaba sentir la proximidad del verano. En los vaivenes de mi bicicleta por las curvas de carretera salióse de de mis bolsillos el check y no me di cuenta de ello hasta llegar al sitio donde había de hacerlo efectivo. Huyó mi sangre del corazón. Retorné con el alma en los labios pues no sabía en que parte de los diez kilómetros que había yo andado podía estar mi esti mado papelito. Iba haciendo eses por todo el camino y fijándome bien para todos lados, cuando noté un gru po de hombres, trabajadores de uii plantío de tabaco que al notarme salieron a mi encuentro diciéndome: Maestro, ¿fué a usted a quien se le perdió este pa pel?” Y alargaba la mano con mi cheque doblado en la misma forma en que lo había colocado yo en mi ga bán. Ni siquiera la forma le habían cambiado pues tu vo a bien el que lo encontró, colocarlo en la parte in terior de su sombrero de paja. En una tienda de las cercanías fuimos todos, los buenos peones del grupo juntos conmigo, y allí turnaron tabaco, algún ron, ci garros y cigarrillos que les pagué para expresarles mejor mi agradecimiento. Y luego, las tareas de mi escuela se hacían fáci les ayudado por todos aquellos niños y niñas tan estu diosos y tan inteligentes. Nunca faltaba ni siquiera un ejercicio en los papeles que me entregaban. Nunca faltaba nadie a las clases a no ser obligado por fuerza
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mayor. Nunca faltaba la alegría lo mismo durante los ratos de recreo que en los momentos de clase. Y nun ca faltaban flores sobre la mesa del salón. También yo, por mi parte trataba de hacer las cla ses lo más atractivas que podía. Y ponía en ejecución muchas de las sugestiones contenidas en un libro que se llamaba Practica! Selections que vende la casa edi tora del Normal Instructor. Y allí, así como en otros libros y periódicos, había leído yo que para dividir el pizarrón en trozos iguales sin tener que estar hacien do las rayas verticales todos los días, se debían colo car los borradores colgando de un cordoncillo cuya lon gitud fuese igual al ancho de la pizarra, amarrado el cordoncito, de un clavo pequeño introducido en el bor de superior del pizarrón. Que para enseñar los signos aritméticos a los alumnos menores nada servia mejor para hacer que las formas de tales signos se fijen en la mente de los pequeñuelos, como proveerles de pali llos de colores para dejarles que los "hagan” sobre sus pupitres. Basta una caja de palillos de cinco centavos y un poco de ani'ina de dos colores para tener un jue go de palillos que ha de servir para muchos ejercicios variados. Para impresionar bien la mente de los alumnos mayores con la forma de palabras inglesas de difícil deletreo,como “running, fourth, fifth, government,” les copiaba primero la palabra entera y ellos las trans cribian a sus papeles. Al otro día las transcribían com pletas con ver solamente las consonantes de cada pa labra, olas vocales, según conviniera mejor. O ponién doles frente, un sinónimo de la palabra estudiada. O copiando oraciones cuyos pedamos en blanco habían de ser llenados con algunas de las palabras que eran
objeto de estudio. En aritmética, en el estudio de las tablas de muí. tipliear, usábamos a veces un círculo con los- números desde el 0 hasta el 12 escritos en los bordes de la figu ra geométrica para servir de multiplicandos mientras que el multiplicador se colocaba en el centro y cada niño tenía que dai- media vuelta al círculo; o una vuel ta completa si era de los “flojos” en las tablas de multiplicar. O poníamos una escalera de tiza en la pi zarra y en cada escalón uno de los multiplicandos men cionados, al paso que el multiplicador se colocaba en una regla con la cual apuntaban los alumnos hacien do que subían la escalera. O un alumno decía las com binaciones y otros contestaban. O se recitaban las ta blas poniéndose de pié los alumnos dos a dos y recitan. do una combinación cada uno, O diciendo el maestro las distintas combinaciones para preguntara los que parecían estar distraídos. Es decir que día tras día mi imaginación me pro porcionaba una forma nueva para repasar los ejerci cios. ■Aquellas Navidades (las que pasé en Río Cañas) nunca se me podrán olvidar. Parrandas, aguinaldos, cabalgatas, bailes y fiestas de todo género. Joven, soltero, de genio alegre y maestro del ba rrio, bastan estas expresiones para entender todo lo que aquellas pascuas me proporcionaron. Pero no todo fué flores: Plegaron las espinas cuando menos las esperaba. Llegaron en forma de fiebres tercianas que degenaron en paludismo y que me duró desde el 22 de fe brero hasta que cambié de residencia allá por el 15 de agosto siguiente.
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Para contrarrestar aquellos fríos terribles con que se iniciábala llegada de la fiebre agotó mi madre toda su ciencia casera y la medicina universitaria todos sus patentizados. Pero nada. Unas veces me atacaban las fiebres un día sí y otro no. Otras veces estaban una semana sin mortificarme, y de golpe aparecían, un dia sí, y dos no. Y por la mañana, por la tarde y a veces por la no che, nunca estaba exento mi cuerpo del ataque desgas. tador de la fiebre traidora. Una mañana me atacó en la misma escuela el frío aquél al cual temía yo más que a la misma dolencia. Y sentí como mis dedos empezaban a perder su calor natural y cómo me pasaba por la espina dorsal algo así como un dedo helado que trazara una línea recta desde la base del cerebro hasta el último cartíla go de mi dorso. Y dos o tres bostezos casi corridos Y unos como deseos de desperezarme. Y de pronto, una sacudida que me hizo cerrar las mandíbulas para oponerme al castañeteo de mis dien tes. Senteme tras de la mesa y snis discípulos hicieron un gran silencio. Habían notado mi dolor, y lo lamentaban con elo cuencia; aunque silenciosamente. Tuve que despacharlos porque sufría horrible mente tratando de contener ante ellos las sacudidas nerviosas defirió de la fiebre , y muchos me espera ron para acompañarme a casa Fueron días de amargura que se aliviaba con el cariño de los amigos, la solicitud de los educandos y
96las ofertas de la Junta Escolar que ya me había prometido una escuela graduada para el nuevo curso. El Dr. Enrique Vallecillo miembro prominente de aquel organismo, me lo había dicho: “Tan pronto se cambie usted para el pueblo se acabarán todas estas dolencias. Y así fué '-A— La mañana de mi viaje hubo lágrimas en el coche que se alejaba Y lágrimas en el barrio ¡Hospitalario, generoso, alegre, laborioso barrio de Río Cañas Salichs! Desde aquel día iba a comenzar una nueva vida. Vida de maestro urbano. ¿Era para bien mío? ¿Era para beneficio de mi pueblo y de mi país? Algún día trataré de contestar estas preguntas.
Fin.
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