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Las manos y el ingenio del hombre

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Las MANOS y el INGENIO del HOMBRE

DEPARTAMENTO DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA DIVISIÓN DE EDUCACIÓN DE LA COMUNIDAD

PU ERTO RICO — 1966


ÍNDICE Introducción El barro humilde del Barrio Tejas

3 13

Cantares de Navidad Tradición de arte árabe en un rincón de Cabo Rojo

26 27

El Primer Negocio Fábulas de Juan Eugenio Hartzenbusch

32 35

Un hombre de provecho

39

Plenas puertorriqueñas

30

Don Zoilo Cajigas y sus figuras de palo

33

Poemas de Semana Santa Una indignación que produjo algo útil

39 00

Poemas para la madre y el niño El milagro de los trapos

65 66


LAS MANOS Y EL INGENIO, DOS INSTRUMENTOS PODEROSOS EN LA VIDA DEL HOMBRE Dios hizo al mundo y al Hombre. Le dio inteligencia al Hombre y le puso en el mundo que había creado. Allí, en el mundo, estaban el Hom­ bre y la naturaleza.

Y el Hombre,

hecho a imagen y semejanza de Dios, tuvo que ir descubriendo poco a poco todos los misterios de la naturaleza. Tuvo el Hombre que aprender cuá­ les eran las cosas propicias y las cosas perjudiciales que había en el mundo que le rodeaba. Para aprender y descubrir, para ob­ tener el tesoro de la experiencia, para ir creando la civilización, el Hombre utilizó dos instrumentos poderosos: sus manos y su ingenio. Y gracias a ellos el Hombre pudo continuar la obra de la creación que se iniciara con el comienzo de los tiempos. Hoy,- en una época cuando las máquinas parecen capaces de hacer casi todos los trabajos, algunas personas olvidan que esas máquinas son productos del ingenio y las manos del Hombre. Parecen olvidar también toda la nobleza y la belleza que hay en el trabajo y la labor que pueden realizar las manos, guiadas por la inteligencia del Hombre. Precisamente porque existen hoy tantas máquinas resulta, más que nunca, una bendición maravillo-


sa el que el Hombre, con sus manos, sin ayuda de maquinaria algu­ na, pueda crear haciendo cosas útiles y cosas hermosas. Este libro trae a ustedes descripciones interesantes de algunas cosas que el hombre puertorriqueño ha hecho con sus propias ma­ nos.

Veremos cómo individuos o familias de nuestros campos,

pueden hacer, sin ayuda de maquinarias, utilizando solamente sus manos hábiles, cosas útiles y bellas.

Y veremos cómo esas

cosas se han hecho y siguen haciéndose con materiales típicos que cualquier adulto o cualquier niño de nuestros campos puede obte­ ner fácilmente.

Veremos cómo la necesidad, el ingenio y el deseo

de crear han coincidido para producir pequeñas industrias ma­ nuales en muchos rincones de nuestra Isla. Pero antes echemos una mirada al pasado.

Porque nosotros,

como todos los hombres del mundo, tenemos nuestra raíz en el pasado.

Generaciones y generaciones de hombres y mujeres que

han vivido en esta Isla nos han ido dejando la riqueza de su expe­ riencia y la tradición de sus costumbres.

A nosotros toca tomar

del pasado las cosas buenas que pasaremos a nuestros hijos.

A no­

sotros toca también desechar de ese pasado las cosas que nos pa­ rezcan malas o inútiles.

Y a nosotros toca crear cosas nuevas para

nuestros hijos y nuestros nietos. Hombre.

Así se ha hecho la historia del

Así es que el Hombre ha logrado progreso y civiliza­

ción: escogiendo lo bueno del pasado y creando nuevas cosas que se añaden a las cosas buenas que h£ heredado de sus abuelos.


COMO UTILIZARON SUS MANOS LOS PRIMEROS HOMBRES DE PUERTO RICO Antes de que Colón descubriera a Puerto Rico, la Isla tenía otro nombre.

Se llamaba “ Borikén,” que en lenguaje taino que­

ría decir: “tierra del altivo señor.”

De ese nombre se deriva el

de “ Borinquen” que aún utilizan los poetas cuando le cantan a Puerto Rico. Los indios borikenses que habitaban la Isla al llegar Colón a nuestras playas, eran gente afable, pacífica y trabajadora que vivían en íntimo contacto con la naturaleza. meros habitantes de Puerto Rico.

Estos tainos fueron los pri­

Podemos, por lo tanto, consi­

derarlos como los primeros “puertorriqueños,” nuestros primeros antepasados. Aún conservamos algunas de sus costumbres; hacemos algunos de los productos que ellos hacían; utilizamos en nuestro idioma algunas de las palabras de su lenguaje.

Y aún preparamos en

nuestras comidas algunas cosas del mismo modo que ellos las preparaban.

¿Por qué?

misma que ellos conocieron. les.

Porque la Isla que conocemos es la La naturaleza y el clima son igua­

Nosotros hemos podido aprovechar la experiencia que ellos

tuvieron. Hoy aceptamos como cosa sabida que de la higüera se pueden hacer ditas.

Pero a los tainos les costó muchos años y muchas

experiencias descubrir una cosa que nos parece tan sencilla.

Hoy

nos es fácil llamar uno de nuestros árboles con el nombre de “ma­ jagua”. Pero a los tainos les costó muchos años y muchas expe­ riencias para crear un lenguaje y aplicar una palabra de su len­ guaje al árbol del cual hacían cordeles y sogas. trabajos, tuvieron la experiencia.

Ellos pasaron los

Nosotros hemos podido apro­


vecharnos de esa experiencia en nuestro diario vivir.

Veamos

algunos ejemplos de las cosas que el indio borikense aprendió a hacer con sus manos.

TEJIDOS La naturaleza le dio al taino muchas plan­ tas.

Pero él tuvo que ir descubriendo aque­

llas que podían servirle para satisfacer sus ne­ cesidades.

Así descubrió el algodón, la “ma­

jagua” y el “henequén” . Las mujeres hilaban de algodón una tela tosca.

De esta tela hacían sus “naguas” o fal­

das cortas.

Todavía nosotros llamamos “ena­

guas” a la falda interior que usan nuestras ma­ dres o nuestras esposas. De algodón también tejían los indios las re­ des de pescar. Para hacer sogas o cordeles que ellos lla­ maban “cabuyas”, utilizaban las fibras del “ma­ guey” , la “majagua” y el “henequén” .

TINTES 0 PINTURAS Los tainos pintaban a menudo la tela de al­ godón de un color entero que podía ser negruz­ co, azul o amarillo.

En otras ocasiones pinta­

ban una misma tela con los tres colores, a rayas o listas alternada: negras, azules y amarillas. El tinte negro lo obtenían del jugo de la “jagua” .


El tinte azul lo obtenían del zumo del “jiquilete” o añil silvestre. El tinte amarillo lo obtenían del “achiote” . Otros indios de América usaban tintes mine­ rales para mezclarlos con el barro del que hacían sus utensilios de cocina. De este modo obtenían cazuelas y ollas de distintos colores.

OBJETOS DE MADERA Tanto por su madera como por sus frutos, los árboles fueron fuente de materiales para el indio borikense.

Del fruto de la higüera,

por ejemplo, hacían sus ditas y sus cucharas. La azada del taino se llamaba “coa” y era hecha de madera ahumada. De caoba, maga o mangle viejo hacían a menudo sus asientos o sillas que llamaban “dujos”. Estos asientos bajos y cómodos, los ador­ naban artísticamente tallándolos a mano. De esas mismas maderas: caoba, maga y mangle viejo, hacían “bateas” y cucharas. Su arma más efectiva, unos garrotes de com­ bate que llamaban “ macanas”, los hacían de la corteza de la palma de yagua-


OBJETOS DE BARRO Nuestros indios utilizaban el barro para hacer algunos objetos útiles o decorativos, tales como el "burén” (ladrillo donde asaban el "casabe” de yuca), cazuelas, tinajas, figuritas e imágenes. Buscaban para esta industria el barro o ar­ cilla que tuviera más consistencia y que pudiera trabajarse mejor.

Mezclaban el barro con

agua, lo amasaban, y luego empezaban a darle forma con las manos.

Ponían el objeto ya mo­

delado a secar al sol y por fin lo quemaban en una hoguera.

El resultado era un objeto de

barro bonito, útil y duradero.

OBJETOS DE PIEDRA Los tainos de Puerto Rico estaban más ade­ lantados que otros indios antillanos en el arte de labrar la piedra.

De piedra hacían objetos

útiles y también objetos religiosos y artísticos. Con infinita paciencia, labrando piedra con piedra, puliendo, hacían sus "manayas” o hachas de piedra.

Esas piedras lisas, anchas y

cortantes en un extremo y puntiagudas en el otro, que a veces se encuentran en nuestros cam­ pos y que nuestros abuelos llamaban "piedras de rayo”, no son otra cosa que hachas de nues­ tros indios. De piedra hacían también los morteros o pilones.

De piedra pulida eran sus collares.


Del mismo material eran los pilotes que rodea­ ban la plazoleta o “batey”.

(El “ batey” servía

como parque de pelota y era además una espe­ cie de centro comunal al aire libre donde se hacían reuniones y bailes.) De piedra además hacían los “guayos” o rallos.

¿Cómo?

Sobre una tabla de palma in­

crustaban pequeñas piedrecitas cortantes y esto les servía para “guayar” o rallar la yuca. Sus ídolos o imágenes de dioses estaban tam­ bién tallados en piedra y les llamaban “cemíes”. Algunas canteras de buena piedra para la­ brar les servían también de talleres para esta industria.

La Cueva de Miradores, mejor co­

nocida como la Cueva del Indio, en Arecibo, es un ejemplo de estos talleres de nuestros in­ dios.

Todavía pueden verse en sus paredes

esculturas en bajorrelieve hechas con piedras puntiagudas.

INSTRUMENTOS MUSICALES Las maracas: cas del higiiero.

Los tainos hacían las mara­ Le sacaban la tripa, lo ponían

a secar y luego le echaban semillas secas que so­ naban al moverse.

En otras palabras, hacían

las maracas igual que las hacemos hoy día. El “guajey” :

El “guajey” no es otra cosa

que lo que hoy conocemos por “güiro” o “güicharo” . Los tainos lo hacían tal como lo hace­ mos nosotros.


El “majuey” :

El “majuey” era un peque­

ño tambor de madera que usaban los tainos para marcar el compás en sus bailes. El “guamo” :

El “guamo” no era precisa­

mente un instrumento musical sino el fotuto o corneta que usaban los indios de Borikén para anunciar peligro.

El “guamo” era simple­

mente un caracol, uno de cuyos extremos esta­ ba convenientemente pulido para ajustar a él los labios.

Es el mismo tipo de caracol que

aún usamos en algunos de nuestros campos pa­ ra anunciar que el río ha crecido y que viene el “golpe” .

ALUMBRADO Los tainos usaban para alumbrarse unas teas hechas de yagua y resina que llamaban “tabonuku”. Eran muy parecidas a los “jachos” o hachos que aún usamos en nuestros campos.

JUGUETES Y DEPORTES Probablemente los únicos juguetes que co­ nocían los niños tainos eran muñecos y figuritas hechas de barro. En cuanto a deporte, nuestros indios juga­ ban la pelota.

No era, desde luego, el juego

de pelota que hoy conocemos por béisbol. Se parecía más a cierto tipo de deporte que se practica en algunos lugares de Europa y en el


cual sólo se usan la cabeza y los pies para darle a la bola.

Un ejemplo de este juego europeo es

el balompié español. La pelota taina se jugaba en el “batey” o plazoleta y en el juego participaban tanto hom­ bres -como mujeres.

Se formaban dos bandos,

uno frente a otro, para tirarse la pelota, tenien­ do cuidado de que la bola no cayera al piso y que no se saliera de los pilones de piedra que marcaban los límites del “batey”. A la pelota se le daba con los brazos, los codos, los hombros y las caderas.

Nunca se cogía la pe­

lota con las manos mientras duraba el juego. La pelota, llamada “batú”, se hacía de algo­ dón y otras fibras mezcladas con resina de la fruta del “cupey” . Esta resina no sólo man­ tenía unidas las fibras y la forma redonda, sino que también le daba a la pelota cierta propie­ dad de rebotar como si fuera de goma.

ANZUELOS


DE LOS ESPAÑOLES A NUESTROS DIAS Después del descubrimiento de la Isla por Cristóbal Colón, vinieron los españoles. do no había máquinas.

Los españoles llegaron en una época cuan­ Ellos sabían apreciar en industria y en

arte todo lo que se hiciera a mano.

Por eso conservaron de los

indios tainos aquellas costumbres de industrias manuales que po­ dían serles útiles.

Trajeron, además, de España otros muchos

medios por los que el hombre se vale de las manos para mejorar su vida; tanto en las cosas útiles o materiales como en las cosas de diversión y de arte.

De los españoles nos viene la habilidad

extraordinaria de nuestras mujeres en los trabajos de aguja.

Y

la habilidad de muchos de nuestros hombres en trabajos de ebanis­ tería. De ellos aprendimos el modo de hacer nuestras guitarras, cuatros, tiples y requintos. De ellos nos viene la tradición de hacer a manos nuestras imágenes religiosas.

Y de ellos aprendimos a

mirar con respeto y amor toda la labor que sea hecha por las ma­ nos nobles y hábiles del hombre de nuestros campos y nuestros pueblos. Luego llegaron a la Isla los negros. tinente de Africa.

Venían del lejano con­

Los negros tenían, en algunos aspectos, una

cultura superior a nuestros indios.

Su música y su lenguaje, por

ejemplo, estaban mucho más desarrollados que la música y el len­ guaje de los indios borikenses.

Los africanos venían a trabajar en

las minas y en los campos porque eran más fuertes que los tainos. Pero además del vigor físico trajeron una gran inclinación por las cosas artísticas.

Su habilidad manual y su gusto estético fue in­

corporándose a la vida puertorriqueña. Algunos de nuestros bailes y de nuestra música son herencia de los negros que vinieron de Africa.

Las máscaras, hechas a ma­


no, llenas de colorido y expresión, que aún usan los “vegigantes” en algunas fiestas patronales, y en la fiesta de Santiago en Loíza Aldea, son tradición de origen africano que hoy ya consideramos como algo típicamente nuestra.

Y así, nuestra tradición india y

española se enriqueció con la tradición de esa raza fuerte y sana cjue vino de Africa a trabajar a Puerto Rico y que se hizo parte de nuestro pueblo. Manos tainas, manos españolas, manos africanas fueron adieS' trando la habilidad de las manos puertorriqueñas.

Veamos ahora

algunas de las cosas que las manos puertorriqueñas están haciendo en nuestros campos.


EL

BARRO HUMI L DE BARRI O T E J AS

DEL

Aseguran las crónicas antiguas que del barro hizo Dios al Hombre.

El Hombre aprovechó la lección y utilizó el barro

para crear artes e industrias.

Sin embargo, en nuestro mundo

de hoy a veces olvidamos el valor y la nobleza de ese material humil­ de que conocemos por barro.

Olvidamos, por ejemplo, que la

más fina loza o porcelana extranjera está también hecha de cierta clase de barro que ha sido sometido a procesos complicados de elaboración.

No es pues tanta la diferencia entre un plato de

loza fina y un plato rústico de barro.


Pero quizás necesitamos enfrentarnos a un caso como el de Eleuteria Ortiz y sus descendientes para reconocer el valor que tiene el barro. Eleuteria Ortiz vivió hace ciento diez años en el barrio Tejas, de Las Piedras.

El barro de su finquita, además de ser útil para

la producción agrícola, le servía para modelar tinajas, cazuelas, calderos, platos y tiestos.

Ella había aprendido el oficio de sus

padres y éstos a su vez lo habían aprendido de los suyos.

¿Desde

cuándo se utilizaba el barro para fines de industria casera en la familia?

Desde tiempos muy remotos.

El mismo nombre del

barrio es una indicación de la vieja tradición de ese arte en aquella región.

“Teja” es el nombre de un objeto de barro que se utiliza

para techar casas y edificios.

Eleuteria Ortiz pasó a sus descendientes los secretos de su arte y su habilidad.

Cuando conocimos a éstos en el barrio Tejas

de Las Piedras, los biznietos de Eleuteria continuaban dedicando parte de su tiempo a la industria de sus antepasados.

Tomás Díaz,

Carmen Díaz, Cruz Díaz, Eladio Díaz, Bernabé Díaz y Antonia Díaz eran algunos de esos descendientes que se sentían felices creando algo con sus propias.manos. sado y tenía familia aparte.

Cada uno de ellos era ca­

Y cada una de esas familias: maridos,

esposas e hijos, trabajaban con amor y entusiasmo en los peque­


ños talleres que tenían en sus casas. sigue pasando de padres a hijos.

La tradición de ese arte

Y el producto sigue ayudando

económicamente a los descendientes de Eleuteria Ortiz y a otros vecinos (pie también han aprendido el oficio. Escojamos a uno de los hermanos Díaz para conocer en más detalle el oficio.

Tomemos, por ejemplo, a Carmen Díaz como

si la hubiéramos conocido hoy mismo. Juan Velázquez y tiene varios hijos. quita de su propiedad.

Carmen está casada con

Viven en una pequeña fin-

Han sido siempre agricultores.

Pero

han dedicado más tiempo a la industria de barro (pie los demás hermanos y vecinos.

Para la mayoría la industria de barro es una

ayuda, y lo principal es la agricultura. cosa es al revés.

Para Carmen y Juan la

Para ellos lo principal es la industria del barro

y la agricultura es ya sólo una ayuda para la familia. Carmen y Juan nos explican los secretos de su arte.

¿Qué

materiales se necesitan para hacer tinajas, cazuelas, platos, tiestos y calderos?

Barro y agua.

¿Qué clase de barro?

Ah, eso es algo más difícil de explicar.

No todo el barro es bueno.

Tiene que ser barro que tenga con­

sistencia y que pueda trabajarse fácilmente.

“ El mejor modo de

averiguarlo —dice Juan— es probando’’. En un mismo barrio puede haber más de una clase de barro. de ellos sea el bueno para la industria.

Y es posible que uno

“Amase el barro con agtta,

dele la forma que quiera, póngalo a secar al sol, por 4 ó 5 días, luego quémelo por 3 ó 4 horas en una pequeña hoguera de pen­ cas. Si el objeto que usted ha hecho es de buen barro, será fuerte y no se habrá rajado.

Así sabrá si el barto es bueno’’. Probando

con varias clases de barro, asegura Juan, se encontrará el que es bueno y el que no sirve.

“ Probando es como se guisa’’ —concluye

sonriendo el alfarero boricua.


¿Dónde trabajar el barro? sombra.

El barro hay que trabajarlo a la

El taller de Carmen y Juan es un ranchito de pencas

con piso de tierra que está al lado de la casa. no necesita paredes.

El taller o rancho

Pero en una esquina debe estar bien prote­

gido del agua y del sol. ¿Por qué?

Porque en esa esquina se hace

un hoyo para echar el barro que se trae de otras partes de la finquita. Y el barro debe conservarse fresco y húmedo. La parte donde está el hoyo debe quedar, por lo tanto, bien protegida del sol, el viento y la lluvia.

Juan lo que ha hecho es poner dos medias pa­

redes de pencas y zinc viejo en la esquina donde conserva el barro.

¿Qué instrumentos, aparatos, o herramientas necesitan? Juan y Carmen se echan a reir. “ Pocas herramientas,” asegura Carmen. “ Un saco de yute, unos bancos de madera, un pedacito pequeñito de madera o una piedra muy lisa, y las manos que Dios nos dio”. El saco o manta de yute se usa para amasar o moler el barro.


¿Cómo se amasa el barro?

El

barro húmedo se coloca sobre la manta o saco que se ha extendido en el piso del rancho.

Se dobla

la manta de modo que el barro quede dentro como la carne mo­ lida dentro de un pastelillo. Lue­ go alguien, con los pies descalzos, se para sobre este “pastelillo” y empieza a amasar con los pies el barro que está dentro del saco. Los bancos de madera se usan para trabajar o modelar sobre ellos los objetos de barro. El pedacito de madera o la piedra lisa se utiliza para alisar o pulir el objeto de barro después que ha sido modelado, pero an­ tes de que se seque al sol. Y las manos . . . bueno, las manos se usan desde el principio hasta el final de la tarea.

COMO HACER UNA TINAJA ¿Cómo hace Juan una tinaja?

Veamos el proceso.

El barro se trae al rancho y se echa en el hoyo que se tiene preparado para mantenerlo fresco. El barro no se coge de la su­ perficie del terreno.

El mejor se encuentra debajo de la basa, a

una profundidad que varía desde cinco pulgadas a un pie. Una vez el barro en el hoyo, se va humedeciendo a medida que se va usando.


Se amasa o se muele el barro en la manta de yute con los pies descalzos.

¿Por qué con los pies?

más fácil y cómodo.

Simplemente porque es

Pero también se puede amasar con las ma­

nos como si se amasara masa de pasteles. Juan toma entonces un puñado de barro amasado y lo pone sobre el banco de madera.

La parte del barro que queda sobre

la madera será el pie o fondo de la tinaja.

Inmediatamente, los

dedos ágiles de Juan empiezan a darle forma a ese fondo, iniciando 'ya lo que luego serán paredes de la tinaja.

¿Cómo va Juan dándole tamaño y cuerpo a la tinaja? sencillo.

Juan coge un puñado de barro.

Muy

Lo hace un rollo mo­

viéndolo con la palma de la mano contra el piso de tierra. Es decir, hace lo mismo que haríamos si fuésemos a hacer un sorullo de maíz. Una vez formado el sorullo de barro húmedo Juan lo va uniendo a la boca del pie de la tinaja. Después que está unido, Juan, con sus manos, va estirándolo hasta formar otro pedazo de


pared de la tinaja.

Juan seguirá haciendo sorullos de barro que

añadirá a la tinaja hasta que ésta esté completamente modelada desde el fondo hasta la boca.

La cantidad de sorullos de barro

que emplee dependerá del tamaño de la tinaja. El tamaño del sorullo de­ penderá de la forma de la tinaja. Cuando está modelando la parte que ha de ser la barriga de la tinaja el sorullo ha de ser más largo o Juan tendrá que usar dos sorullos para ir formando a la vuelta redonda la ba­ rriga' de la tinaja. ¿Cómo Juan va dando forma a la tinaja? ¿Cómo hace Juan para que el espesor sea el mismo en toda la tinaja? ¿Cómo mide él para que las propor­ ciones de la tinaja sean adecuadas? metro ni regla.

Juan no mide nada. Juan no usa ni Juan usa sus manos y su cabeza y otra cosa que

se llama instinto artístico.

Este instinto le va diciendo, por el

tacto, cómo sus manos deben ir trabajando para que el grueso sea el mismo, para que la relación entre la barriga y la boca de la tinaja sea proporcionada y agradable a la vista. dero milagro!

¡Es un verda­

Sí, es el milagro del arte.

“ Pero Juan, —le preguntamos— ¿no hay algún medio de que una persona que no tenga ese instinto artístico pueda hacer, sin embargo, objetos útiles de barro? Juan vuelve a sonreirse. “ Pro­ bando, probando es como se guisa”. La experiencia puede hacer parte del milagro, quiere decir Juan.

Y la experiencia puede

revelar ese instinto que no conocemos en nosotros mismos hasta


que no tenemos la oportunidad de utilizarlo. Bueno, ya Juan ha acabado de modelar la tinaja. tinaja de tamaño mediano y de forma hermosa. está húmedo.

Es una

El barro aún

Juan toma entonces un pedacito de madera y pa­

sándolo suavemente por la tinaja va puliendo su superficie. Después de pulida la tinaja Juan la deja secar a la sombra. Cuando ya el barro está bastante seco, pone la tinaja a secar al sol y al aire. La tinaja nece­ sitará para secarse, probablemente, de cuatro a cinco días de sol, dependiendo del tiempo. Cuando la tinaja está ya bien seca, Juan la almacena para quemarla cuando queme otras muchas, o bien la quema enseguida si es oportuno hacerlo así.

Para quemar los objetos de barro,

él utiliza fogatas de pencas de palma. “más calor dá,’’ asegura Juan.

Es el combustible que


Para la quema, Juan coloca sobre el terreno, al aire libre, un colchón de pencas.

Pone encima de este colchón una camada

de tinajas, tiestos y cazuelas. Encima de la camada de objetos de barro coloca otro colchón de pencas. Luego otra camada de tinajas y cazuelas y luego otra de pencas. a la fogata.

Al fin prende fuego

Con un palo largo, metido por la boca de cada tinaja

o cada tiesto, va volteando el objeto para que se queme bien por todos lados.

La quema de los objetos de barro dura alrededor

de cuatro horas.

Antes de quemarlos Juan ha tenido buen cui­

dado, si los tenía almacenados, de ponerlos varias horas al sol, de modo que no empiecen a quemarse estando fríos.

La tinaja que hizo Juan sale de la fogata ya “curada”. El color del barro quemado es ahora más oscuro que el que tenía antes.

La tinaja ha menguado algo de tamaño porque toda la

humedad que tenía se ha evaporado.

Pero al fin tenemos una

tinaja bonita y útil, que puede usarse en cuanto se enfríe. Si se trata de cazuelas o de calderos, este momento cuando salen ardiendo de la fogata, es el momento adecuado para vidriar­


las.

¿Cómo las vidria Juan? Muy sencillo. Juan tiene preparada

una mezcla caliente de azufre y de un líquido que se llama shellac. Esta mezcla caliente se echa dentro de la cazuela o caldero de barro que sale ardiendo de la fogata y se mueve el utensilio de barro de modo que el líquido se distribuya bien por el interior. Cuando se enfría la cazuela, el líquido de azufre y shellac se ha convertido en una buena cubierta vidriosa que no se desprenderá del objeto de barro.

El shellac es el único material que Juan

compra para su industria.

Lo consigue en ferreterías o en cual­

quier comercio donde se venden pinturas.

MERCADO ¿Qué mercado tienen estos objetos de barro?

El mercado

para estos productos es toda la Isla de Puerto Rico.

Las tinajas,

cazuelas y tiestos son muy populares en nuestros pueblos y ciuda­ des.

Hasta hace unos años era muy corriente ver un carretón de

caballos lleno de objetos de barro, cubiertos con hojas de plátano, cruzar campos y pueblos de la Isla.

Pero ahora estos productos

se llevan en pequeños camiones. Las amas de casa compran tinajas, platos y cazuelas para la cocina y tiestos y jarrones para adornar sus casas. pran figuras de barro.

Los niños com­

Y algunos comercios compran calderos de

barro que luego venden a restaurantes y hoteles de la zona me­ tropolitana. Un caldero de aluminio de determinado tamaño cuesta $2.75.

Ese mismo tamaño de caldero en barro se vende a $1.75

más o menos.

Los platos de barro se venden desde treinta a se­

senta centavos.

Los tiestos y tinajas varían de precio desde $2.00

hasta $18.00 o más dependiendo de la forma y el tamaño.


Pero para Juan y Carmen, como para sus hijos y para el resto de los vecinos de Tejas, la industria de barro no significaba sólo dólares y centavos.

La satisfacción de crear algo con sus

propias manos valía más que todo el dinero del mundo.

La fe­

licidad del trabajo en común de la familia, la participación de todos sus miembros en un proyecto de ellos, les hacía sentirse más unidos, más camaradas y más amigos entre sí.

Sentían el

orgullo de su arte, pero no sentían el egoísmo de no permitir que otros lo aprendieran y participaran de sus ventajas.

Las cosas

que Juan y Carmen nos revelaron son una prueba de que ellos se han sentido satisfechos de compartir con nosotros la felicidad del arte que practicó hace ciento diez años Eleuteria Ortiz en el barrio Tejas, de Las Piedras.

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CANTARES DE NAVIDAD / Atabales tocan en Belén, pastor; trompeticas suenan; alégrame el son. En la santa iglesia tocan a maitines, y los “seis" del cielo los laúdes dicen. II Los ojos del Niño son graciosos, lindos y bellos, y tienen un no sé qué en ellos que me roba el corazón. III ¡Vamos pastorcitos, vamos a Belén A ver a la Virgen y al Niño también! Al pequeño Niño que ha nacido ya con alegres cantos vamos a arrullar. ¡Vamos pastorcitos, vamos a adorar al Rey de los cielos que está en el portal!


T RADI CI ON DE ART E ARABE EN UN RI NCON DE CABO ROJO Los árabes o moros llevaron a Europa, desde el Oriente, un modo artístico de trabajar la madera que se llama marquetería. Consiste este arte en incrustar en un mueble o un objeto pedazos de madera de distintos colores. Así, sin necesidad de utilizar tintes ni pinturas, a base sólo de los colores naturales de diferentes made­ ras, pueden hacerse bellos adornos y diseños en objetos de madera. Los materiales utilizados por los árabes, y luego por italianos y españoles para las incrustraciones de marquetería, no se limita­ ban a las maderas.

Usaban también marfil, nácar, huesos y cuer­

nos de diferentes animales.

Aún hoy siguen siendo famosos los

trabajos de marquetería españoles, especialmente los de Granada. De uno de los países del sur de Europa, de Italia, llegó a Puerto Rico a principios del siglo pasado un joven de apellido Franquiz. Se estableció en el oeste de la Isla, se casó allí y fundó una familia puertorriqueña. Pero traía de su país la tradición del arte de la marquetería. Sus padres se habían dedicado a la fabri­ cación de objetos finos de madera: bastones e instrumentos mu­ sicales principalmente. Por ello el joven Franquiz decidió se-


n 1 guir aquí en Puerto Rico la tradicción de sus —

antepasados. La Isla, rica en árboles madereros de primera calidad, le ofrecía la materia prima. Sus manos hábiles suplían el trabajo. Y así empezó a fabricar bastones e instrumentos musicales. Franquiz se las ingenió para construir unos aparatos mecánicos que facilitaban su trabajo. Construyó un tor­ no, una prensa y una sie­ rra. Estos aparatos no eran máquinas complicadas de hierro como las que cono­ cemos hoy. No se movían por medio del vapor o de


la electricidad.

Eran movidas simplemente con maniguetas de

mano o con pedales.

Así Franquiz tuvo en su casa, hecho por

sus propias manos, todo lo necesario para el funcionamiento de su industria. El artesano italiano enseñó el oficio a su hijo Miguel.

Entre

ambos trabajaron muchos años en la fabricación de pianos, órga­ nos y bastones.

Uno de los órganos fabricados por padre e hijo

durante el siglo pasado fue enviado a un concurso de instrumentos musicales en Barcelona, España.

El órgano, hecho a mano en

Puerto Rico, con bellas incrustraciones de madera, obtuvo uno de los premios en dinero y una medalla de oro. Al morir Franquiz, su hijo Miguel se hizo cargo de la indus­ tria.

Cuando conocimos a Miguel tenía ciento cuatro años.

El

arte de la familia había pasado a manos de un sobrino, Aurelio Franquiz. Aurelio ya no fabricaba pianos ni órganos, pero continuaba haciendo bastones finos.

Y seguía usando los aparatos mecánicos

que hace un siglo fabricara su abuelo para facilitar la labor de hacer bastones.

Los aparatos de cien años, movidos por manigue­

tas de mano y por pedales, han seguido funcionando a perfección. Para sus bastones y para las incrustraciones que les sirven de adorno, utiliza capá blanco, ausubo, cábana negra, naranjo, caoba, aceitillo, úcar, algarrobo, chino y canelón.

Para la punta del bas­

tón que se ha de apoyar en tierra usa casi siempre cuerno de buey. Y, además, espina dorsal de tiburón y palma de coco para hacer un tipo especial de bastón de lujo. Cuando va a hacer un bastón corriente, Aurelio corta pri­ mero el pedazo de madera y lo reduce al grueso deseado. va modelándolo en el torno de su abuelo. “cuerpo” del bastón.

Luego

Con ello hace el

En las dos puntas deja unas espigas de la


misma madera.

En la espiga de abajo encaja el pedazo de cuerno

de buey, tallado anteriormente a mano, que será la punta del bastón.

En la espiga de arriba encaja el mango de madera que

ha sido también tallado separadamente.

En caso de que vaya a decorar el bastón con trabajo de mar­ quetería, antes de unir el cuerpo y el mango, va insertando en la espiga de arriba anillos muy finos de madera de distintos colores. El tallar, pulir y colocar estos anillos de diferentes colores es sólo un aspecto, quizás el más sencillo, del arte de la marquetería. Pero hay ocasiones cuando Aurelio hace inscrustaciones de dife­ rentes maderas en CADA ANILLO.

Estas inscrustaciones son

tan pequeñísimas y delicadas que a uno le parece casi imposible que la mano del hombre pueda realizarlas.

Pero Aurelio es un


experto en el oficio y a fuerza de amor y paciencia en su trabajo logra hacer maravillas en esta clase de adornos. Aurelio no usa pinturas para terminar sus productos.

Sim­

plemente cubre el bastón terminado con barniz “de muñeca” . Este barniz penetra a fuerza de frotarlo con un paño, pero no le roba a las maderas sus colores naturales. Aurelio Franquiz, el fabricante de bastones vivía, cuando le conocimos, en el barrio Pedernales de Cabo Rojo, en el kiló­ metro

8

de la carretera de Boquerón.

Y aunque Aurelio utilizara

la marquetería sólo en la fabricación de bastones este es un arte que tiene infinidad de usos en el mundo actual. Las guitarras, cuatros y tiples pueden embellecerse con in­ crustaciones de madera.

En San Juan y otras ciudadades se pagan

a buen precio cajitas con trabajo de marquetería.

Estas cajitas,

de distintos tamaños, se compran para guardar cigarrillos o ciga­ rros, o para servir de joyeros.

Mesas pequeñas, cuyas superficies

han sido trabajadas en marquetería, tienen también buena de­ manda.

De modo que aunque los bastones hoy no son de uso

corriente hay muchas otras cosas que siguen utilizándose en el mundo moderno y las cuales pueden embellecerse con el arte que trajo de Italia aquel joven Franquiz que vino a Puerto Rico a principios del siglo pasado.


EL P R I ME R

NEGOCIO

El trompo bailaba zumbando de lo lindo; serenito, casi quie­ to, como si estuviera clavado en la tosca del batey. —¡Qué trompo más bonito!

¿Es tuyo?

Alfredo se irguió con toda la corta estatura de sus nueve años. Miró al muchachito rubio que se le había acercado y dijo: —Pues claro que es mío. —Luego añadió con orgullo—. Lo hice yo. De guayabo. El otro le miró con el asombro del que descubre por vez pri­ mera a una persona capaz de hacer cosas muy grandes en la vida. —¿De veras? Alfredo no quiso darse demasiada importancia y explicó co­ mo al descuido: —¡Bah! Es muy fácil. —¿De veras? —volvió a decir el otro.

Y su carita pálida se


volvía para ver alternadamente el trompo bailando y la cara sa­ tisfecha de Alfredo. Al fin se decidió a hablar. —Hazme uno, ¿ah? Alfredo miró al muchachito rubio por unos instantes. Tenía poco más o menos su misma edad.

Pensó cpie le faltaban tres

centavos para completar el vellón que le iba a costar la rueda vieja para la carretilla.

¿Sabría el otro de negocios?

De pronto echó

fuera la proposición: —Te vendo ése por tres chavos.

¿Quieres?

—Sí, quiero —dijo el otro con una sonrisa de felicidad. cogió el trompo y la cabuya.

Y

Ya se iba a ir cuando Alfredo advir­

tió: —Tres chavos. —Es verdad.

Mira, voy a casa a pedírselos a mi hermana.

Poco después volvía corriendo con los tres centavitos. fredo sonrió satisfecho. tisfecho.

Al­

El muchachito rubio también sonrió sa­

Ambos se separaron felices y contentos por aquel pri­

mer negocio que habían realizado en sus vidas. Y aquello fue también el primer paso que llevó al pequeño Alfredo a meterse en una industria muy personal: la fabricación de trompos de guayabo.

Los vendía a sus compañeros de escuela

en tres, cuatro y hasta en diez centavos.

(Todo dependía del

tamaño del trompo y del bolsillo del comprador.) Pero el tiempo pasa. Y Alfredo se fue haciendo hombre. Y un hombre no puede vivir de la venta de trompos de a tres o diez centavos. De modo que Alfredo, sin darse cuenta, fue haciéndose un artesano hábil y útil. Empezc> a fabricar cabos de machete, mangos de arado, bancos y mesas. a resolver problemas propios y ajenos.

Y de madera empezó a

hacer también platos, cucharas y tenedores. 33

Su ingenio se aplicó


Ya establecido como carpintero hábil en el barrio, tuvo un día una feliz ocurrencia.

Regresaba del pueblo a su casa cuando

observó a la orilla del camino una rama de mangó en forma de horqueta de tres varas.

Las tres varas de la horqueta parecían

las patas de un taburete al revés. ocurrió una idea.

Y en ese mismo instante se le

Fue a su casa y volvió con machete y serrucho.

Cortó la hor­

queta del palo de mangó y re­ cortó las tres varas unidas de mo­ do que cada pata resultara de igual tamaño.

Luego se llevó la

horqueta recortada a su casa y en la base clavó una tabla a modo del asiento.

¡Pues ya estaba!

Tenía una estupenda silla casi toda hecha por la propia natura­ leza.

Luego hizo muchas igua­

les que vendía, regalaba o cam­ biaba en el barrio por otros ob­ jetos. Las maderas que más usaba en su oficio Alfredo Aguirre del barrio Helechal de Cayey eran el mangó, el guaraguao y el moral. Los muebles que hacía los vendía casi siem­ pre a sus vecinos.

En cuanto a los platos, cu­

charas y tenedores de madera, los vendía a tien­ das de turistas en San Juan. Su artesanía, que empezó con la venta de trompo de guayabo de tres centavos, se hizo una industria prós­ pera que le proporcionaba no sólo dinero y bienestar sino tam­ bién honda satisfacción por el trabajo que realizaban sus manos.


FABULAS DE JUAN EUGENIO HARTZENBUSCH Juan Eugenio Hartzenbusch, hijo de un ebanista alemán y de una española, nació en Madrid, España, en 1806. Aprendió el noble oficio de su padre y sus manos hábiles crearon bellos mue­ bles que vendía para sostener a su familia.

En sus ratos libres

Juan Eugenio se dedicaba a otra actividad mediante la cual llegó a tener fama no sólo en España sino en toda Europa.

¿Le inte­

resa a usted saber cuál fue esa otra actividad del ebanista español? Lea la página de enfrente.


El ebanista que han visto ustedes en el dibujo de la izquierda dedicó sus ratos libres a escribir.

Uno de sus dramas, “ Los Aman­

tes de I eruel”, tuvo gran éxito y desde entonces Juan Eugenio Hartzenbusch abandonó la noble artesanía del ebanista para dedi­ carse al no menos noble arte de la literatura.

Desde su humilde

origen empezó a alcanzar gloria y fama y llegó a ser nombrado director de la Biblioteca Nacional de Madrid.

Pero Juan Eu­

genio, antes de morir, alcanzó además el más alto honor a que puede aspirar un escritor en España: fue elegido miembro de la Real Academia de la Lengua. Aparte de sus dramas y sus cuen­ tos el ebanista español escribió muchas y deliciosas fábulas en verso.

Vamos a conocer tres de ellas.

Los Caníbales Isla del continente Australiano y de caníbales, era una de que un viajero muy anciano docto y pío varón, de cuerpo enjuto, quiso tomar noticia verdadera. La fragata española “Talavera”, que le condujo allí, volvió al paraje donde el sabio quedó; y al menos torpe de aquella tosca gente preguntó el capitán: “¿Y aquél que traje? “Aquel —dijo el caníbal, indiferente— mechado con tortuga, conejillo detrás y al fin lechuga sirvió para el almuerzo.’ “ ¡Comerse a Don Froilán, gloria del Berzo!” 36


Exclamó el español— ” ¡Es horroroso! ¡Comerse un hombre así, de alta valía, tan bueno, y cpie, además, tanto sabía!” “ ¡Bah! —replicó el mastuerzomérito le supones asombroso, y es aprensión no más, te lo aseguro. Con todo su saber, estaba soso; con toda su bondad, estaba duro.” ¡De qué valen bondades e intelecto! No hay arte que le entre a los que en todo ven cuestión de vientre.

.a

Los Caracoles Dos caracoles un día tuvieron fuerte quimera sobre quién mayor carrera en menos tiempo daría. Una rana les decía. “Yo he llegado a sospechar que sois ambos a la par %

algo duro de mover,

i

antes de echar a correr, mirad si podéis andar.”

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Tal Para Cual Cuentan que dos se casaron, y la noche de la boda, ya en quietud la casa toda, de esta manera se hablaron: El dijo: “Ya no hay que hacer secretos impertinentes; postizos traigo los dientes; paciencia: sois mi mujer”. Dijo ella: “ Perchón os pido. Postizo traigo el cabello; no hay que reparar en ello; paciencia: sois mi marido.” Es muy justo y natural, Cuando hace un engaño alguno, que encuentre con otro tuno y queden tal para cual.

ADIVINANZAS (Para contestación vire el libro al revés.) Pío, pío, dice el pollo;

Delante la tiene Lares,

miento si fuera verdad.

Corozal la tiene atrás,

¿A que no me lo adivinas

y en medio la tiene Ciales.

ni de aquí a la madrugá?

¿Qué será?

(o iuoiuiid 13)

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UN HOMBRE DE PROVECHO La trulla había terminado y los músicos se alejaban por el camino de lajas. El tocador de guitarra dejó que los otros se le adelantaran y se fue quedando rezagado en la oscuridad dél cami­ no. Iba despacio tarareando una melodía que esa noche no le había salido como él deseara. —La cogimos muy alto —pensaba— ¡eso mismo fue, caramba! De pronto sintió que alguien tras de él le tiraba de la camisa. Se detuvo sobresaltado. El tirón le había dado tremendo susto y para disimular, gritó a voz en cuello:


—¿Quién diablos anda ahí? Estaba en plan de pelea, pero al volverse no pudo menos que reírse un poco de sí mismo.

A la luz tenue de las estrellas descu­

brió la pequeña figura de Carmelo.

El chiquillo le miraba con

sus ojos grandes y asustados. —¿Quién tú eres? ¿Qué quieres, muchacho? Carmelo no contestó. del otro.

Miraba ahora fijamente la guitarra

El músico empezó a impacientarse.

—¿Qué te pasa?

¿Qué quieres?

El chiquillo parecía hipnotizado por las cuerdas brillantes del instrumento.

Al fin dijo en voz baja:

—Préstamela. El tocador de guitarra se echó a reír. —Vete a dormir, muchacho. Es tarde ya. Se había vuelto para seguir su camino, pero Carmelo se le adelantó y le cerró el paso. —Préstamela— repitió.

Y en su ruego había una firmeza

desesperada que casi equivalía a una orden. El Locador de guitarra frunció el entrecejo.

Le divertía la

actitud del muchacho, pero tenía prisa. —Mira, nene. mucho y es tarde.

Vivo en un barrio lejano. Tengo que andar Otro día te presto la guitarra. Ahora vete a

dormir. Pero Carmelo no se fue a dormir.

Se quedó allí parado

como si le hubiesen pegado los pies descalzos a las lajas del camino. Extendió el brazo derecho y poniendo la mano sobre la guitarra, murmuró, esta vez con sumisa suavidad: —¡Préstamela, bendito! El músico oyó el ruego que era casi una queja, vio los ojos grandes y ansiosos brillando en la noche jíbara y notó los dedos


pequeños abarcando con firme ternura el brazo de la guitarra. Sintió en su corazón algo raro, como un cosquilleo que fue su­ biéndole a la garganta.

Y le entregó la guitarra a aquel mucha­

chito a quien no conocía y cpie estaba en medio del camino, cerrándole el paso, retrasando su regreso al barrio lejano. —Toma, muchacho, toi^a. Mírala bien y acaba. Carmelo cogió la guitarra, pero en vez de examinarla fue a sentarse en una piedra, la puso sobre sus rodillas y empezó a ras­ guear las cuerdas.

El otro sonrió.

—¡Ah, eso era! ¡De modo que te las echas de músico! Carmelo sonrió a su vez.

Y de pronto, colocando la guitarra

en posición profesional, rompió a tocar con singular destreza. El instrumento parecía casi tan grande como él, pero el chiquillo se las arreglaba para manejarlo con soltura y seguridad. El músico le observaba asombrado. —¡Me caso en el diablo, muchacho! —exclamó—. ¿Sabes lo

U


que estás tocando? ¡La pieza nueva que tocamos hace poco! ¿Cuándo la aprendiste? —Esta noche —explicó el chico sin dejar de tocar. —Pero no fue así que la tocamos. debimos haberla tocado. no?

La estás tocando como

¿Cómo supiste que debía ser en ese to­

Carmelo se encogió de hombros sonriendo. —No sé.

Me salió así.

El otro se "ñangotó” junto a él y sacudiéndolo por un brazo casi gritó: —Mira, muchachito, tú eres un músico. ¿Oíste? ¡Eres un músico! Carmelo dejó de tocar asustado por el zarandeo.

El tocador

de guitarra seguía hablando con entusiasmo: —Mira, atiende. Puedes tocar con nosotros. ¿Te gustaría? ¿Di, te gustaría? Carmelo le miró boquiabierto. —¿Tocar con la trulla? ¿Y —¡Claro!

ganaría chavos?

—¿Y tú me darás una guitarra? —¿Una guitarra?

—El hombre se puso de pie rascándose una

oreja—. Ah, caramba, en eso no había pensado. puedo.

No, yo no

La guitarra te la tienes que conseguir tú.

—Está bien, —dijo Carmelo después de unos segundos de silencio—. Yo la consigo. Carmelo Flores regresó tarde esa noche a su casa pensando en las cosas raras que tiene esta vida. también se piensa con seriedad en la vida.

Porque a los once años Y Carmelo tenía espe­

cial razón en ponerse a pensar muy seriamente. sido músico.

Su padre había

Y su hermano Juan, con quien vivía, entendía mu­


cho del oficio.

Tanto, que se dedicaba nada menos que a fabricar

guitarras, tiples y cuatros.

Pero dice el refrán que “en casa del

herrero, cuchara de palo”. Carmelo no había podido nunca tener una guitarra suya.

Y la culpa era de Juan.

De Juan, que quería

que su hermanito menor fuera un hombre de provecho. —Juan, hazme una guitarra. —¡Quítate para allá, muchacho! ¿No ves que estoy traba­ jando? Era la misma petición y la misma respuesta de siempre.

Porque Juan tenía sus teorías sobre la música. —La música es buena para la bachata, pero no para ganarse la vida.

Y usted está muy chiquito para bachatas.

Aprenda pri­

mero a ser un hombre de provecho y déjese de músicas. —Pues tú te ganas la vida haciendo tiples y guitarras —obser­ vaba Carmelo con lógica apabullante—. De modo que si eres un hombre de provecho, se lo debes a la música, ¿no? —Eso es distinto, eso es distinto —murmuraba Juan.

Y ense­


guida añadía para terminar la discusión—. ¡Quítese para allá! ¿No ve que estoy trabajando? Sí, verdaderamente la vida tenía cosas raras.

Allí le te­

nían a él, Carmelo Flores, quien a los once años podía ganarse el pan como cualquier trabajador.

Sin embargo, no poseía lo que

poseían el cortador de caña o el zanjero: su instrumento de trabajo. Pedirle a Juan una guitarra era lo mismo que pedir el sol o la luna.

Ni siquiera iba a intentarlo otra vez.

Pero esa noche

Carmelo se acostó en el catre con una decisión tomada: tendría su guitarra. Juan no se dio cuenta de lo que estaba pasando.

Al principio

le extrañó ver a Carmelo que pasaba las horas muertas sentado en una esquina observándole trabajar.

Pero a los pocos días se

acostumbró a verle en la misma esquina y ya ni siquiera notaba su presencia.

Lo que sí notó en varias ocasiones al regresar del

pueblo fue encontrar cosas fuera de sitio en su pequeño taller. —Tengo dicho que no quiero que me traqueteen mis instru­ mentos —repetía malhumorado. lo.

Y miraba con sospecha a Carme­

Sin embargo, el muchachito tenía un aire tan inocente que

Juan no se atrevía hacerle cargar con la culpa. perdió realmente la paciencia.

Hasta que un día

Se le había desaparecido del taller

un juego nuevecito de cuerdas que compró en el pueblo para la guitarra que acababa de terminar. —¡Condenado muchacho!

Esta vez no le cupo duda.

Le voy a dar hasta “entro-el-

pelo.” ¡Deja que lo coja! Pero no pudo cogerle porque pasó el día y Carmelo no se presentó en la casa. Juan, esa noche, se acostó tarde esperando a su hermano me­ nor.

Por fin le rindió el sueño y se quedó dormido.

ya a roncar cuando le despertó el sonido de una música.

Empezaba Se sentó


en el catre y escuchó atentamente. el batey.

Alguien tocaba la guitarra en

Tratando de no hacer ruido se levantó y abrió la puerta.

Allá, sentado sobre un yugo, bajo la luz de la luna, vio a Carmelo tocando la guitarra. —Yo te voy a dar música —pensó Juan mientras se quitaba la correa.

Salió muy calladamente y poco a poco se fue acercando

al desprevenido músico. Carmelo tocaba abrazado a la guitarra con tal entusiasmo que parecía haberse olvidado del mundo, de la noche, de la luna, y . . . de Juan. —¡Qué bien toca el condenado!— no pudo menos que decirse Juan mientras se enrollaba un pedazo de la correa en la palma de su mano derecha.

El otro extremo del cuero colgaba amena­

zante como la rabiza de un foete. Juan se detuvo detrás de Carmelo. Alzó lentamente la correa, y

¡cosa rara!

Se sorprendió comprobar que no estaba tan


enfadado como él quisiera. —Necesita un escarmiento, ¡qué caray! —pensó. Pero sus ojos se detuvieron al examinar la guitarra. pequeña que lo corriente.

Era una guitarra más

Y estaba sin pintar. —No es de las

mías —pensó Juan—, ¿De dónde diachas la habrá sacado? La luna hacía brillar las cuerdas nuevas como si fueran de plata. Y el brillo aquel hizo que Juan pensara en las cuerdas desaparecidas de su taller. —Ah, muchacho maldito —gritó mientras cogía a Carmelo por un brazo—. Me robaste las cuerdas. El chiquillo alzó la vista espantado y vio, allá en lo alto, la correa negra a punto de caer sobre su cabeza. —¡No las robé —gritó angustiado—.

Yo te las voy a pagar.

¡No las robé, Juan! La correa negra bajó con rapidez de centella y fue a restrellar su impulso sobre la espalda de Carmelo. —¡Para que aprendas! —murmuró Juan con los dientes apre­ tados.

Iba a alzar de nuevo el cuero, pero vio a su hermano que

lloroso extendía su mano derecha mostrando unas monedas. —¡No me pegues!

Aquí tienes los chavos de tus cuerdas.

Aquí los tienes. Juan se detuvo sorprendido. receloso:

Cogió el dinero y preguntó


—¿Chavos? ¿De dónde has sacado chavos? —Me los gané esta noche. Carmelo.

Tocando guitarra —explicó

Luego levantándose y limpiándose los mocos, le infor­

mó a su hermano: —Ya yo soy un hombre de provecho, Juan. Juan se le quedó mirando como el que ve visiones.

Sintió

un nudo en la garganta y no supo si era de risa o de llanto.

Tam­

poco supo si las ganas que ahora sentía eran de darle otro correazo o de abrazarlo muy fuertemente. —¡Condenado muchacho! ¿Para qué yo tendría que darle ese cantazo? —pensó.

Pero poniendo una cara muy tiesa ordenó:

—Váyase para adentro.

¡Para adentro a dormir!

Carmelo cogió la guitarra y se dirigió presuroso a la puerta de entrada. —¡Oigame! —llamó Juan—. ¿Y de dónde sacó usted esa gui­ tarra, ah? Carmelo se detuvo.

Al volverse, su cara lucía una sonrisa

amplia. —La hice yo mismo —dijo. —¿Tú mismo? —pregutó Juan, tan asombrado que olvidó el tratamiento severo de “ usted” que empleaba con su hermano cuando se ponía en plan de padre—. ¿Tú mismo? —Sí, —explicó Carmelo—. La hice en los ratitos que tú ibas al pueblo.

Y la hice chiquita, como para mí.

Pero suena bien,

¿verdad? Juan comprendió ahora muchas cosas raras que había notado en su taller.

¡Pues miren al renacuajo la maroma que se había

disparado! —¡Qué va a sonar bien! ese.

Déjeme verla.

Eche para acá el trapo de guitarra


Carmelo se la dio sonriendo tímidamente. —No te dé coraje, Juan— dijo. —¡Coraje! ¡Coraje! ¿A quién le dá coraje? es que usted tiene mucho que aprender. son demasiado gordas. fija?

Lo que pasa

Las paredes de esta caja

Por eso suena apagada. ¿Usted oye? ¿Se

Para que suene bonito tiene que hacer las paredes bien

delgaditas, ¿entiende? —Sí, Juan. —Está bien. Ahora vayase a dormir. Mañana será otro día. Sí, “mañana” fue otro día para Carmelo Flores.

Tocador de

guitarra a los once años aprendió a conciencia el otro oficio, el oficio de Juan, el de hacer guitarras, tiples, cuatros, requintos y bordonúas.

Y pasaron muchos “mañanas” . Tantos que cuando

conocimos a Carmelo Flores tenía setentiocho años.


El fabricante de guitarras del barrio Quebrada Arriba de Cayey tenía una finquita de 17 cuerdas. tiendita en su propia casa.

Tenía, además, una

Y allí mismo hacía los instrumentos

musicales utilizando maderas de guaraguao, cenizo, cedro, mangó, pollo, yagrumo y pino. En su industria utilizaba gran variedad de herramientas de carpintero y de ebanista. Y para unir las maderas, una mezcla de cola sintética y hueso molido. Carmelo fabricaba además violines y mandolinas. Pero nunca se olvidó de hacer guitarras pequeñas para los niños. —A los muchachitos también les gusta la música —decía son­ riendo, recordando, quizás, a aquel mocoso de once años que tanto ansiaba tener una .guitarra propia. Si Juan viviera, tendría que admitir que su hermanito menor resultó ser todo un hombre de provecho.

ADIVINANZAS (Para contestación vire el libro al revés)

El boticario y su hija,

Pérez anda,

el médico y su mujer, comieron de nueve huevos

Gil camina,

y le tocaron a tres. ¿Cómo puede ser?

tonto será el que no lo adivina.

(•oDtpaui p p aafnui eaa oueanoq jap ^ fiq eq)

(pfaaad ¡ 3 )


PLENAS PUERTORRIQUEÑAS La “ plena,” que se originó en la costa sur de la Isla, es ya una forma musical netamente puertorriqueña.

En la plena ex­

presamos nuestros sentimientos y nuestro buen sentido de humor. Algunas, muy viejas, como Santa María, tienen cierto sentido religioso.

Otras cuentan una historia de amor.

Pero la mayoría

son críticas festivas a una situación o a un hecho de actualidad. Recordemos hoy la letra de tres de nuestras más populares plenas.

NO TENGO AMIGOS No tengo amigos no tengo a nadie, pero tengo esta plena, corazón que manda madre. Mi Puerto Rico no hay quien lo iguale, con la danza y la plena, corazón que manda madre. Cantando plenas, yo, no hay quien me iguale, que le zumba la timba, timba, timba, que manda madre. Todo ponceño quiere que cante esta plena que dice, corazón, que manda madre.


Santa María Santa María, Líbranos de todo mal Ampáramos Señora De ese terrible animal. Tenía la uñas de fiera El pecho de toro bravo La cabeza de fantasma Con yarda y media de rabo. Comunican de Aguadilla Que a las seis vieron correr Al diablo a sesenta millas Huyéndole a una mujer. Todas las viejas beatas Deben ponerse a rezar Para que la Virgen Santa Nos libre de ese animal. Manuel Jiménez (Canario)


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Josefina Josefina, Josefina, cielo lindo, ¿por qué tú lloras? ¡Teniendo tantos “pestillos” y ahora te has quedado sola! Diez y siete por diez y ocho según suenan los timbales y la pobre Josefina está llorando sus pesares. Estando tan jovencita, estando tan remonona, aquellos siete soldados ahora te han dejado sola. Decirle con alegría brindándole mis cantares a ver si la pobrecita olvida todos sus males. i ---- L


Don Zoilo Cajigas y Sotomayor aseguraba que descendía de aquellos Sotomayor, conquistadores y colonizadores españoles, que hace siglos se establecieron en la parte oeste de la Isla. hay que dudarlo.

No

Porque Don Zoilo, con sus noventiocho años

cuando le conocimos (murió cuatro años después, a los ciento dos años), nos trajo a nuestro mundo de hoy otro mundo antiguo que nosotros no conocimos. En aquel mundo de entonces los libros eran muy escasos. Los relatos, fuesen históricos, religiosos o cuentos imaginados, se aprendían de memoria y se repetían de boca en boca.

Y como

el verso es más fácil de retener en la memoria que la prosa, esos relatos se hacían en forma de poemas largos.

La sabiduría del


hombre y sus conocimientos se trasmitían así de persona a persona por medio de la palabra hablada.

Por eso Don Zoilo retenía en

su prodigiosa memoria noventiocho años de historias, sabiduría, cuentos e ideas que expresaba en forma de verso. En aquel mundo la vida era más tranquila y el hombre tenía quizás más tiempo para pensar en Dios y en las cosas del alma. Por eso Don Zoilo aunque viviendo en el mundo actual, resultaba ser, un hombre profundamente religioso. diarias a la oración y a la meditación.

Dedicaba tres horas

Y su vida cotidiana seguía

fielmente los principios y los preceptos de la religión que profe­ saba. Y como el mundo de antes era uno en que el hombre dedi­ caba su vida al trabajo manual, puesto que no existían máquinas complicadas, Don Zoilo conservaba, a su avanzada edad, la habi­ lidad y la práctica de un oficio manual que aprendió cuando joven. Este anciano lleno de vida y optimismo, con su barba blan­ ca nos inspiraba, por su bondad, el cariño que despertó en nosotros el abuelo que quisimos cuando niños.

Y por su energía y sus con­

vicciones nos inspiró el respeto que debie­ ron inspirar aquellos viejos patriarcas de que nos habla la Biblia. Acerquémonos pues a este anciano puertorriqueño.

Puede que su mundo,

su religión y sus ideas sean distintos a los nuestros.

Pero por encima de nuestras

ideas y de nuestras creencias está nuestro interés por un semejante; nuestra curio­ sidad por conocer el arte de este campesino viejo. Veamos lo que tiene que contarnos Don Zoilo Cajigas y Sotomayor.


En el 1884 sucedió algo que cambió la vida del joven Zoilo. Tenía entonces 30 años. Trabajaba en labores de campo, y oca­ sionalmente en tareas de carpintero. Pero para esa época nos cuenta que tuvo un sueño; un sueño extraño. Una noche, mientras dormía, dice Don Zoilo que se le apa­ reció Jesús.

Y asegura además haber oído en sueños la voz del

Nazareno que le decía: “Zoilo, coge tus herramientas de carpin­ tero y trabaja para mí.” El joven Zoilo se despertó desconcertado.

Era sí un hombre

muy religioso, pero no acertaba a comprender lo que podía sig­ nificar aquel sueño.

Durante tres noches consecutivas recuerda

que volvió a soñar lo mismo.

Al cuarto día pensó: “ Mañana iré

al pueblo a consultar al cura.

Si esto es cosa de Dios, él podrá

explicármela.

Si no, es que estoy enfermo y entonces tendré

que ver al médico.” Pero esa noche su sueño fue distinto.

Soñó, según cuenta,

que vio a Jesús con una estampa en una mano y unas figuritas de madera en la otra.

Tanto la estampa como las figuritas de ma­

dera representaban la Huida a Egipto.

Allí, tallados en madera,

estaban José, el carpintero de Nazaret; María, su joven esposa, montada en un burrito, y Jesús Niño en los brazos de su madre. Zoilo despertó esta vez sobresaltado.

Le parecía que al fin

había comprendido lo que él consideraba un mensaje.

Las pala­

bras del primer sueño: “Zoilo, coge tus herramientas de carpintero y trabaja para mí” se complementaban ahora con las figuritas de madera.

Y Zoilo creyó sinceramente, con toda la fe de su corazón

sencillo, que Jesús le pedía que tallara figuritas de madera repre­ sentando episodios de la Biblia. Y guiado por esa fe y esa creencia, Zoilo Cajigas empleó sus herramientas de carpintero y sus manos hábiles en tallar el mismo


grupo de figuritas que dice vio en sueños; la Huida a Egipto. Después de talladas las pintó lo mejor que pudo y las colocó en una tablillita en la sala de su casa. Un vecino vio el grupo de figuritas, le gustó mucho y quiso comprárselo.

Pero, Zoilo se negó informándole que aquello no

estaba a la venta.

Tanto insistió el vecino, sin embargo, hasta

que Zoilo se vio obligado a prometerle que le haría otro grupo igual.

Así lo hizo.

Y así comenzó Zoilo Cajigas un nuevo ofi­

cio que había de practicar por el resto de su vida. Hasta su muerte Don Zoilo había de tallar en madera y pintar a mano figuras religiosas que vendía o que regalaba.


El viejo Santero de Aguada empleó casi siempre maderas blandas del país tanto para el tallado de figuras e imágenes como para hacer requintos. Porque Don Zoilo era uno de los pocos que todavía fabricaban ese instrumento que está desapareciendo de nuestros campos. Y no sólo lo hacía sino que lo tocaba a per­ fección. Para la tapa del requinto Don Zoilo utilizaba madera de yagrumo. Como santero, su verdadera habilidad consis­ tía en hacer las figuras de acuerdo con el trozo de árbol o de madera de que disponía.

La for­

ma y la condición del trozo de árbol determinaba la forma-y tamaño del producto tallado.

Por eso

sus figuras de palo siguen siendo distintas y ori­ ginales. Para el tallado usaba una serie de gubias hechas de “mochos” y cuchillos viejos.

Un pe­

dazo de lata agujerada con clavos, en forma de guayo, le servía de lija áspera para darle la pri­ mera limpieza a la madera.

El resto del trabajo

lo realizaba con sus viejos cuchillos de distintos tamaños. Los únicos materiales que compraba en el pueblo eran la pintura y los pinceles.

Los colo­

res que más empleaba para decorar sus figuras eran: 'negro, blanco, rojo, amarillo, azul, dorado y plateado. Mezclando algunos de estos colores obtenía infinidad de variacio­ nes y matices. Su instinto artístico y su buen gusto le decían a Don Zoilo cómo combinar los colores para que las figuras fueran bonitas y atractivas. ¿Cuáles eran sus modelos?

Don Zoilo se guiaba por las des­


cripciones de la Biblia, por estampas religiosas y por viejas imá­ genes españolas de nuestras iglesias, para hacer sus tallas. modelos le servían sólo de base para su inspiración.

Estos

El resto lo

aportaba su propia imaginación y su habilidad manual. Los santos y figuras de madera de Don Zoilo encontraban fácil venta.

Muchos de ellos los compraban familias de nues­

tros campos.

Otros los compraron coleccionistas de San Juan

que tienen santos jíbaros, desde los más antiguos hasta los más modernos. Y otros los adquirieron el Museo de la Universidad de Puerto Rico, y el Instituto de Cultura Puertorriqueña para sus colecciones respectivas. La santería que practicó Don Zoilo, aparte de su significado religioso, sigue siendo una tradición de arte verdaderamente puer­ torriqueño que comparten muchas manos hábiles en nuestros campos y pueblos.


P O E M A S

DE

S E M A N A

S A N T A

A LA VIRGEN DE LA SOLEDAD Palidecidas las rosas de sus labios angustiados, mustios los lirios morados de sus mejillas llorosas recordando las gozosas horas idas de Belén, sin consuelo ya y sin bien que sus soledades llene ¡miradla por dónde viene, hijas de Jerusalén! —José María Pemán

(español)

JESÚS EN EL SEPULCRO Llegad y miradle echado, ¡enjugadle la cabeza! el rocío desta noche le ha dado sangre por perlas. —Félix Lope de Vega (español)


QUE PRODUJO ALGO UTIL Angel poseía una pequeña finquita en un campo de Las Pie­ dras.

Todos los sábados recogía la cosecha de huevos de sus. ga­

llinas, metía los huevos en una vieja canasta de camacey y se iba al pueblo a venderlos. Era una ayudita segura que le venía de pe­ rillas los fines de semana tanto a él como a su familia. Un sábado, sin embargo, la cosa no le fue tan bien como de costumbre.

Había llegado muy contento al pueblo, cuando de


pronto, ¡cataplún! el fondo de la vieja y remendada canasta se abrió bajo el peso de los huevos y en el concreto de la acera vio el pobre Angel una enorme tortilla de claras, yemas y cascarones que ni él ni nadie podía aprovechar. ¡Adiós, ayudita del fin de semana!

Angel se puso colorado como un tomate.

Sentía ver­

güenza por la risa de los que pasaban. Pero sentía aun más pro­ fundamente una gran indignación consigo mismo.

“ Imbécil, sa­

bías que la canasta ya no servía, —se decía a sí mismo entre dientes— Debiste haber comprado otra.

Bueno que te pase, para que apren­

das a precaver.” Siempre furioso por su propio descuido, pero ya resignado por la pérdida de los huevos, se dirigió a la plaza del mercado. Iba a reparar su descuido para el futuro. nasta nueva.

Pero fue inútil.

Iba a comprar una ca­

El tipo de canasta que él quería,

ese tipo de canasta, igual a la rota que él llevaba como muestra, no estaba ese día a la venta.

¡Mala suerte, caramba!

Y echando

pestes contra sí mismo, contra los canasteros y contra la industria de las canastas, Angel abandonó el pueblo y regresó a su barrio. La mujer lo vio venir hecho una pimienta.

Hablaba y ges­

ticulaba solo por el camino enarbolando la vieja canasta en alto. “Algo malo ha pasado” —pensó ella.

Pero con sabia prudencia

femenina se hizo de la vista larga y no le preguntó nada.

Sin

embargo, observó con el rabillo del ojo cómo su marido entraba a la casa, tiraba al piso con rabia la vieja canasta y se sentaba en un banco.

Vio luego cómo Angel volvía a tomar la canasta y la exa­

minaba atentamente.

Entonces la mujer pudo ver el fondo roto

de la cesta. “Se le cayeron los huevos de la canasta”, pensó ella adivinando la catástrofe. Iba a acercarse a él para consolarlo cuando le vio levantarse, coger rápidamente el machete y salir de la casa como


una centella. “ ¡Santo Dios, qué barbaridad irá a hacer este hom­ bre!’’

Pero se tranquilizó viendo que Angel se internaba en un

bosquecillo de la finquita.

Al poco rato oyó el sonido del mache­

te cortando espesura en el bosquecillo.

La mujer preguntábase

intrigada qué tendría que ver la canasta rota y la pérdida de los huevos con aquel ímpetu de cortar leña que le había entrado a su marido.

Pero esperó pacientemente a que las cosas fueran

aclarándose por sí solas. Al poco rato regresó Angel con un mazo de bejucos en una mano y el machete en la otra.

Se sentó en el único escalón de la

puerta de entrada y empezó a limpiar de hojas los bejucos. qué es eso?’’ —preguntó como al descuido la mujer.

“¿Para

El tardó un

poco en contestar, pero al fin dijo: “Para hacer una canasta.” La mujer se quedó con la boca abierta.

Y no pudo menos

que comentar: “ ¡Pero si tú no sabes hacer canastas!” Angel no se dignó prestar atención al comentario.

Tomó la canasta vieja

y rota, la colocó junto a él y mientras la miraba con atención, se puso a bregar con los bejucos verdes. El sentido común de la mujer empezó a trabajar normal­ mente . “ Pero oye, Angel, yo creo que el bejuco debe estar seco. Y además, para hacer canastas usan un bejuco especial.” contestó sin levantar la vista de su trabajo. y camacey.

“ Este es bejuco prieto

Es buen bejuco para hacer canastas.

usan seco yo lo uso verde; y se acabó.” punto final a la conversación.

Angel

Y si otros lo

Ese “se acabó” ponía

La mujer lo comprendió así y se

metió en la cocina mientras Angel seguía bregando con los beju­ cos recién cortados.


Seis horas corridas estuvo Angel bregando con sus bejucos, desde las dos de la tarde hasta las ocho de la noche. terminado su trabajo. Hubo

Al fin dio por

momentos cuando casi perdió la paciencia y le habían entra­ do ganas de hacer picadillo tanto los bejucos recién corta­ dos como la vieja y rota ca­ nasta. Pero se había impues­ to una tarea y nada en el mun­ do le hubiera hecho darse por vencido.

Ahora por fin se

había salido con la suya. Su mujer se quedó patidi­ fusa. Sí, Angel había hecho | una canasta. Bue­ no, si es que aque­ llo podía llamarse ¿ ¡h una canasta. LaÉ forma no era boni­ ta. El tejido, mirado así en detalles, era muy malo. Pero en general aquel artefacto daba la impre­ sión de ser una canasta. Y eso era lo importante, para empezar. Muchos años pasaron desde que aquella rabieta empujó a Angel Castillo a hacer por sus pantalones una canasta para vender huevos. Pero Angel tuvo el buen sentido de comprender que una rabieta puede ser un medio de forzar a uno a hacer algo útil, pero que para que ese algo esté bien hecho y pueda beneficiar a la larga, se necesita más que indignación.

Se nece­


sita paciencia, humildad para aprender y experiencia, que sólo se van adquiriendo muy poco a poco. Angel comprendió que no bastaba hacer una cosa, sino que era preciso hacerla bien.

Por eso se dio cuenta de que el expe­

rimento de aquel primer día no era suficiente.

Y se dedicó con

ahinco a hacer pruebas, a aprender por sí solo a tejer adecuada­ mente el bejuco, a conocer y escoger cuidadosamente el material que había de utilizar, a preparar y condicionar el material esco­ gido y a mejorar en todos sentidos la técnica del oficio. Años después, el pequeño agricultor de Las Piedras se de­ dicó a hacer canastos para vender huevos y canastos para ropa. Y practicando además su innata habilidad de carpintero hacía también baúles, juguetes de madera y tablillitas que pintaba y decoraba artísticamente. Los canastos que fabricaba a mano Angel Castillo, fuertes y útiles, tenían gran demanda en el mercado local.

¡Quién le

iba a decir, años atrás, en medio del sofocón de ver los huevos rotos en la acera del pueblo, que aquel incidente le iba a propor­ cionar un nuevo medio de ganarse la vida! un cuento, así fue la realidad.

Pero aunque parezca


POEMAS PARA LA MADRE Y EL NIÑO

LA MUJER Y EL NIÑO Mientras tiene luz el mundo y despierto está mi niño por encima de su cara, todo es un hacerse guiños. Guiños le hace la alameda con sus dedos amarillos, y tras de ella vienen nubes con piruetas de cabritos La cigarra, al mediodía, con el frote le hace guiño, y la maña de la brisa guiña con su pañalito. Al venir la noche hará guiño socarrón el grillo, y en saliendo las estrellas, me le harán sus santos guiños. Gabriela Mistral (chilena)


La vieja máquina de coser rechinaba bajo el impulso impa­ ciente que le imprimía Eloísa al pedal.

Eran las tres y media

y el traje aquel lo vendrían a buscar a las cuatro.

La pequeña

salita estaba toda revuelta con las tiras e hilachas cubriendo los muebles y parte del piso.

En una esquina Luisita cogía puñados

de tiras y las tiraba al aire de modo que cayeran sobre su cabeza como lluvia de colores. su sobrinita.

Eloísa observaba con el rabo del ojo a

El ajetreo de la muchachita con las tiras la ponía

sumamente nerviosa. —Nena, ¿por qué no te vas abajo a jugar? Luisita, con sus cinco años de ingenuidad saliéndose por los ojitos negros, miró a su tía y dijo entre dientes: —No quiero. Y dio una carrera alrededoi de la máquina enredándose en


una manga del traje que cosía Eloísa.

La tía perdió la pa­

ciencia. —¡Pero muchachita, mira lo que haces! ese traje. Luisita no contestó. tiró a un rincón.

Me vas a ensuciar

Se levantó haciendo pucheros y se re­

Por unos minutos se quedó quieta y Eloísa

pudo reanudar su labor.

Pero al poco rato se acercó a su tía.

—Mira —dijo mientras mostraba un puñado de tiras que había enrollado torpemente— ¡una muñeca! Eloísa interrumpió una vez más su faena.

Miró el rollo de

tiras en la manita y luego el rostro sonriente de su sobrina.

En­

tonces se le ocurrió decir: —Si te hago una muñeca, ¿te vas abajo a jugar con ella? Luisita abrió los ojos con tal entusiasmo que parecían dos faroles alumbrando su carita de cinco años. —Sí, sí, —aseguró regocijada. Eloísa cogió una tira grande, la dobló en dos, la cortó dándole forma humana. Luego cosió las piernas y la mitad de la barriga. Rellenó con tiras pequeñas las ‘piernas y la barriga. Siguió cosiendo los bordes y le dejó sólo un pedacito sin coser en la cabeza, Terminó de rellenar los brazos y el cuer­ po hasta la cabeza y al fin cosió en un santiamén el agujero que le había dejado en la molleja.


—Ya está— dijo entregándole la muñeca a Luisita. recibió con alegría.

Esta la

Pero de pronto se puso seria y le devolvió

el improvisado juguete a su tía. —Ojos— dijo señalando la cara en blanco de la muñeca. Eloísa tuvo que hacer un esfuerzo para contener su impa­ ciencia.

¡Qué muchachita aquella!

Cogió la muñeca, enhebró

la aguja con hilo negro, y dio algunas puntadas improvisando unos ojos un poco bizcos. —Supongo que también querrás la boca, ¿no? —Y enhebrando de nuevo la aguja con un trocito de hilo rojo, le improvisó la boca. —Bueno, ya está.

Después le hago la nariz y le pongo pelo.

Ahora coje de esas tiras y vete abajo a hacerle un traje a tu muñeca. Anda. Luisita cogió un puñado de tiras y se fue al batey a resolver el tremendo problema de hacerle un traje a su nueva muñeca. Eloísa pudo al fin trabajar tranquila.

Y se sonrió pensando en

los ojos bizcos de la improvisada muñeca. Pero aquella muñeca de trapo, a pesar de sus ojos bizcos, iba a tener historia. Luisita le enseñó su muñeca a las otras chiquitínas del barrio. Las otras chiquitínas se volvieron locas con la muñeca.

Y las

mamás de las chiquitínas también empezaron a volverse locas con las peticiones de sus pequeñas hijas.

“ Mamá, una muñeca.”

“ Mamá, yo quiero una muñeca.” “ Mamá, yo quiero una muñeca de trapo.”

Eso de pedir muñecas, aunque fuesen de trapo, fuera

de la época de los Tres Santos Reyes, era algo nunca visto en el barrio.

Y las mamás empezaron a alarmarse.

pezaron a perder la paciencia.

Y los papás em­

Y algunas chiquitínas se sobaron

las nalguitas coloraditas por el castigo de su impertinencia. con o sin nalgadas, las chiquitínas ganaron la partida.

Pero


Empezaron los padres a averiguar dónde se conseguían las muñecas.

Y se enteraron de cuánto costaban.

guaron que no costaban nada. peticiones.

Es decir, averi­

A Eloísa Correa le llovieron las

Pero fueron tantas que no hubiera podido hacer

todas esas muñecas sin robarle tiempo a su trabajo de costurera. De modo que para compensar el tiempo empleado le puso un precio mínimo a las muñecas.

Y así, gracias a su ingenio de

aprovechar tiras inservibles y a su habilidad manual de diseñar y hacer las muñecas, Eloísa inició una pequeña e interesante industria en su propia casa. Años después, una empleada del Servicio de Extensión Agrí­ cola vio las muñecas de Eloísa, se interesó en el proyecto y con­ siguió en San Juan que algunas tiendas compraran regularmente una cantidad limitada del producto.

Luego, los turistas compra­

ron muchas de las muñecas de Eloísa que se llevaron consigo a tierras lejanas.

Otras quedaban en la Isla alegrando el corazón

de chiquitínas puertorriqueñas. Y Eloísa cada día fue perfeccionando la técnica de hacer mu­ ñecas.

Descubrió, por ejemplo, que pueden usarse esponjas co­

rrientes para hacer el cuerpo de las muñecas, y que esto hace el producto más atractivo.

Se esmeró además en que los trajecitos

tuviesen modas llamativas y colores bien combinados. “ Cualquier mujer o niña con un poquito de habilidad para la costura puede hacer una bonita muñeca de trapo, que no le costará un centavo,” aseguraba Eloísa. “Esto —añadía sonriente— es muy útil sobre todo cuando se acercan los días de Reyes.

¿Por

qué encargarle a los Reyes Magos muñecas costosas que vienen de afuera? ¡Tan fácil que le será a los Reyes conseguir lindas muñequitas hechas en la propia casa y que no le cuestan dinero ni a los Reyes ni a los papás!”


¡Pues tenía razón Eloísa! ¿Pero es que Eloísa había hecho un descubrimiento tan nuevo? No. El milagro de convertir tra­ pos en objetos atractivos era ya una industria casera conocida por nuestras abuelas.

¿No recuerdan ustedes aquellos simpáticos ca­

ballitos de San Juan que “montábamos” nosotros los mayores cuando teníamos la edad de nuestros pequeños?

Una linda flor

de guajana con su larga vara era el cuerpo y el rabo del caballo. Nuestra madre o nuestra abuela se encargaba de hacer, de trapo, la cabeza del caballito y de unirlo a la vara de guajana.

La brida

era otra tira cosida a la cabeza de la “bestia” . ¿No eran estupen­ dos aquellos caballitos de San Juan, con la crin de tiras en flecos, y los ojos y la boca bordados con hilos de colores? ¿Por qué nues­ tros hijos y nuestros nietos no han de tener el mismo placer que tuvimos nosotros de poseer un “caballito” tan veloz, brioso y simpático? Las muñecas de trapo de Eloísa no son un nuevo descubri­ miento, pero sí un recordatorio de que podemos hacer nosotros mismos, sin costo alguno, juguetes simpáticos y útiles para nues­ tros chiquitines.

Y podemos, quizás, vender algunos para ayu­

darnos en los apuros de nuestra tarea diaria.

El milagro de los

trapos puede repetirse en muchos hogares de nuestros campos.

LS


Editor y escritor:

René Marqués Investigadores de proyectos rurales'.

Enrique Sánchez Cappa Ramón Ruiz Ramírez René Marqués, Diseñador gráfico:

Lorenzo Homar Ilustradores y dibujantes:

Félix Bonilla Juan Díaz, José Meléndez Contreras, Francisco Palacios Rafael Tufiño,


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Las manos y el ingenio del hombre by La Colección Puertorriqueña - Issuu