LOS MEDIOS MAS ÉACILES Y ADECUADOS PARA MEJORAR SU PORVENIR.
LA MUJER EN PUERTO-RICO.
"y ■ í.
Querida esposa: si la rcgoneracion de la puerto-riqueña, ha sido el tema obligado d mi primer ensayo, regeneración que so lamente puedo en ella operarse, cultivando su inteligencia y to mando parte activa en el progresivo desarrollo do los conocimieu-í tos Immanos, ¿ a quién mejor que d ti, llamada por la naturale za a ser la carifiosa institutriz de nuestros hijos, podré dedica] esta Memoria, rcflqjo fiel de mis observaciones y de mis convic ciones más intimas?
Acepta, pues, mi pobre oferta, en prueba del inmenso amor que te profeso, y sea .esto libro para tí el consultor de mi vo luntad y mis creencias, cuándo llegue el momento de educar é instruir á nuestros queridos hijos.
, Gabriel Ferrer,
§B.
Dli. D, Gabml Ierrer,
Mi)fcstimaclo fímigo: Cuando elogí los temas pava el ccvt¿ilen literario de El Buscapié, bien léjos estaba de iinagiuaiyque aquel modesto programa habla de teneíy la tráscendencia que alcanzó después, gracias al' número y la calidad de las producciones que ajusta- ^ .das á él se escribieron, para celebrar cumplidamente el (w primer homenaje rendido en este país al Príncipe de los V ingenios españoles.
Todas las demás que obtuideron premio han sido .publicadas aquí, y reproducidas en la Península y en la / hermana Antilla. El público de una y otra parte las j uzgó ya de un modo favorable.
La de usted, que por la extensión y el asunto requería más especialmente la forma de libro, , vá á ser juzgada ahora, y j-o me lisonjeo de que será acogida ;^qn entusiasmo. '
Reconocida competencia de usted, su prediI de las ciencias morales, y el sagaz ^quc le caracteriza, no fueran otras ¡rto confirmadas ya por el auto-
VIII PBOtOGO.
rizado veredicto del Jurado calificador, teudi'ia en su abono la presente obra lo trascendental é interesante del asunto que en ella se trata, capaz por si sólo de llamar vivamente la atención.
¡La mujeu en Puerto-Rico!
Hé aquí un tema sobre el cual pudieran eseribii'se muchos y muy preciosos volúmenes, y que ha sido, por desgracia, mío de los que ménos han ocupado hasta ahora la pluma de nuestros principales publicistas. Al repasar los periódicos puerto - riqueños, princi pal y casi única manifestación de nuestra actmdad intelectual, más de una vez he lamentado este vacío, que ni mi limitada inteligencia ni el número y la calidad de mis abrumadoras ocupaciones, me permitían llenar cumplidamente. De aquí nació la idea de incluir en el progi'ama del certámen un premio para el autor del mejor estudio acerca de "la nJujer en Puerto-Rico, sus con-' diciones y necesidades presentes y los medios más efi caces para mejorar su porvenir."
Cierto que ni la importancia del premio ni la auto ridad del iniciador podían servir de poderoso aliciente pai'a emprender un trabajo de aquella naturaleza; pero yo confiaba en la existencia de espíritus generosos, que nunca faltan, y que raras veces vacilan en consagrar su inteligencia y su trabajo en pro de las grandes causas, á la más leve insinuación. Prueba de ello son las va rias obras que se presentaron con aquél motivo, entre las cuales mereció la de usted especialísima mención. Y ya era tiempo do que se agitara vigorosamente en esta Antilla una cuestión que preocupa hoj' á los pueblos más cirálizados, y que por su importancia y magnitud puede considerarse como uno de los grandes litigios de la huntanidad.
En los Estados - Unidos de América, país de las grandes soluciones prácticas, se llcA-a ya mucho adelan-_ tado en la importante obra de la emancipa mujer. Australia no se ha qucdí^ punto.
Tiempo hace también que^
PRÓIOGO, con idéntico objeto hombres como Stnar-Mill, Disraeli,! Cony, Ward Hiint, Bright y otros muchos de no méiioBl importancia y signiíicacion.
No son jnéiios activos é importantes los defensores de la mujer eu Alemania y Bélgica.
Por lo que respecta á Francia, país de las grandes' polémicas y de las grandes revoluciones, merece honroso lugar entre los primeros, por el número y calidad de los escritores que allí se han dedicado y se dedican á tan noble y legitima propaganda.
Beaucheue, Legouvé, Aime-Martin, Dupaiüoup, Constant, Michelet, Sant-Pierre, Karr, Jourdau, Carlier, Víctor Hugo, Pompény, Pelletan y otros famosos es critores, cuya enumeración seria demasiado prolija, han abogado más ó ménos directamente por la anhelada reforma, pronunciándose gran parte de ellos en abierta oposición con las leyes, las costumbres y las preocu paciones sociales iíuii subsistentes en perjuicio de la mujer.
Y la lucha va toraaudo allí cada dia más colosales proporciones.
iVlejaudro Dumas y Emilio Girardin, publicistas de grqn talento y de reputación universal, sostienen hoy con vigoroso brazo la bandera de la igualdad de dere chos entre el hombre y la mujer.
Incansables propagadores de la idea, en cujm de fensa emplean sin cesar su pluma, cada dia más fácil y ejercitada, ofrecen con pasmosa frecuencia en libros y periódicos nuevos y poderosos argumentos, espléndida mente ata\iados con las galas del ingenio y la imagina ción.
Ambos abogan por la emancipación de la mujer; ambos'se inspiran en un justo y noble principio; am bos se sublevan contra el Códig» Napoleón^ en el que se consignan artículos muy humillantes é injustos para la hermosa compañera del hombre, tales como el señalado con el número lol que declara disculpable el hecho de que un marido mate á su mujer en ciertos y determinados casos. No obstante esta unidad de pen^ aamiento entro ambos publicistas, suelen sostener gran-
lies y frecuentes disousiones sobre algunos puntos de esta [interesante cuestión. Y es que Duinas y Girardin, con iformes en la parte principal de la reforma á que aspi ran, difieren notablemente en la manera de llevarla á babo.
Dumas, radical hasta la exageración, intenta liacer de la mujer hombre, , Girardin quiere hacer algo mejor y mas perfecto: quiere hacer una mujer. Aspira á la igualdad moral de la gran familia humana, sin que la mujer descienda al nivel del hombre en lo que éste tiene de infeñor y de imperfecto, sino que—elevada al rango que le corres ponde y á la perfección de que es susceptible—sea ella, por el conti-ario, la que influya poderosamente en la marcha progresiva de la humanidad.
Más de una vez la sutileza, la paradoja y la cruel ironía suelen sustituir á la razón en las obras del prime ro, y acaso no estén exentas las del segundo de utópi cas y aventnradas teorías de difícil ó peligrosa realiza ción. Esto no obstante, preciso es convenir en que implica un firme y generoso deseo 3' uii gTan valor inte lectual esa gigante lucha que sostienen por la reforma de las le3-es y las costumbres en sentido protector de la mujer.
También España ha tenido y tiene esforzados y generosos adalides en pro de tan noble causa. No era posible que permaneciese indiferente en medio (le la gigante lucha por la mujer, el país clásico de la caballerosidad y la galantería; y asi hemos visto a|)aiecei en la palestra campeones como Catalina, líomero' Quirn-nes, Dr. Alonso Ruino, Castelar, llabra, Lauda, Llanos, Panadés, Rodriguez-.SolÍ8 y otros mu chos ((lie, si hien con criterio distinto y con planes v propósitos diíerentes, han abogado 3- aÍ3ogan con deci dido empeño en defensa de la más bella mitad del ^rénero humano. °
Por su parte la mujer española no ha dejado do llevar al debate su valioso 3' autorizado contingente. Concepción Arenal, en su admirable estudio sobre La mujer del porvenir; Sofia Tartilan y Josefina Masnués,
PRÜI.OGO.
Xí en diversos trabajos de la misma Indole, y Concepción Gimeno en sn valiente defensa de La mije, española mnéstranse dignas sucesoras de madame Stael y de la condesa de Agoult, por la decisión y energía con que defienden su propia cansa, y por la firmeza y \neor de sus incontrastables razonamientos. • La contienda está, pues, valerosamente empeñada, y allí donde la iluslracion es mayor y donde se encuen tran más arraigados los sentimientos'de justicia, mayó las son los triunfos que de dia en dia van adquiriendo los entusiastas defensores de la mujer.
- riqueña no es, ciertamente, ménos ac eeclora á la educación y á los derechos sociales que ton tanto empeño se reclaman ¡lara las demás rio 1 •'■'i y más especialmente de la andaluza, es como élla impresionable y sensible de viva y penetrante imaginación, de .agudo iliovnio de carácter dulce y benigno, de nobles ylenerosos instin!
cS'icUyTasIrtes'
P^^a el cnltivo de las no f
muchos volúmenes, porque el asunto es fecundo hasta rnyar en lo inagotable. Creo, sin enibar.vo qüc ta poÍ .sia no ha logrado describir con propiedad aquél conjun2 coE::»TT«•/T .-"«í»'-nl»S¡0qneh.Jl™ se conoce de la puerto- riqqeña es la miertr."^ riqimna misma, con su natural gentileza, su talle esbell to.> flexible, sus rasgados ojos, radiantes de luz v d tP°nár'C^' agraciado, correcto y ligoraiñeii indcríble'inT expresión de languidez ó J ndctibie melancolía, que á ser yo poeta llamaria iJ talgia de cáelo en humanizado serafm. m con tan poderosos atractivos, jtizguese cuál serla]
el gi-ado de perfección de la mujer puerto - riqueña, si no se hnMese mirado su educación con tan punible indiferencia.
Hoj- mismo, y á pesar de los laudables esfuerzos que se han hecho para remediar aquel mal, la educa ción de la niiljer. es en alto grado viciosa y deficiente, áun entre las clases acomodadas, y existen contra ella infinidad de preocupaciones y obstáculos que importa mucho desti'uir.
Por lo general, la educación de nuestras hijas se reduce á leer medianamente, escribir sin ortogTafía, bor dar unas zapatillas ó un paño de barba, y hacer algunos tejidos al crochet.
¿Es esta, acaso, la educación seria y formal que requiere la mujer pai-a ciunplii- su misión y sus deberes sociales en el presente siglo?
Pero áun suponiendo que se trate /de la hija de padres ilustrados y poderosos; que á más de las asig naturas correspondientes á la instrucción primaria llegue á cursar algunas clases de adorno, tales co mo el solfeo, el piano, el canto y hasta el estudio de uno ó más idiomas (cosas que muy raras veces suele acontecer), sólo habrá conseguido cultivai- en más ó méiios grado su imagittacion, descuidando casi por com pleto su inteligencia. De aqui viene la inconstancia, la \ falta de raciocinio y discernimiento, la frivolidad, la vana presunción y otros vicios semejantes, á los que es propensa la jóveii en tales ch-cunstancias; vicios que ^ nosotros mismos fomentamos sin darnos cuenta de ello, para criticarlos después con extremada crueldad. En efecto ; desde los primeros años en que empieI la niña á frecuentar la escuela, se la induce á que o su atención—acaso más que en los libros—en el (•aje y los atavíos con que la visten y la engalanan, jlás de una vez, por una leve desperfeccion del tocado, *T la falta de un adorno en el vestido ó de cualquier o detalle pueril, no advertido en tiempo oportuno, 'i de concurrir á la escuela miéntras aquella falta no emedle.
Llegado el día de los exámenes, rara vez se cuidan
los padi-es de avenguar si la niña lleva bien estudiadas las lecciones; pero no haya miedo de que se oMde iina sola cinta del vestido, un solo detalle del tocado, una sola joya de las que en ese dia han de adornar á la pequeña alumna, respecto de la cual haj' gran empeño en que vaya tan elegante y lujosa como la más esplén dida de sus condiscípulas. De este modo se va fomen tado insensiblemente en el corazón de la inocente niña, el gérmen pernicioso de la vanidad.
Cuando ya ha salido de la escuela y ha echado cola, pasando á la categoría de señorita, por muchas, que sean sus habilidades y sus virtüdes, rai-a vez le halaga]'án por ellas el amor propio, sentimiento del cual puede sacarse gran provécho.
¡Ah, si los hombros llegaran á persuadirse bien de la influencia que su voluntad y sus palabras, hábil mente dirigidas, pueden ejercer en la educación moral é intelectual de las jóvenes, mucho podrían hacer y mucho Itarian, sin esfuerzo ni sacrificio alguno, en favor de tan importante reforma!
Pero léjos de esto, suelen ser—acaso inadvertida mente-—la causa de todos los defectos femeniles que éllos mismos reprochan y critican.
Decía, en efecto, que por muchas que sean las bue nas disposicioues, las habilidades y las virtudes de una señorita, rara vez la inducimos á que las cultive con gusto, interesalido en fa\ or de éllas su amor propio, que es uno de los primeros amores de la mujer.
Si es hacendosa, activa, inteligente y capaz de di rigir con órden y economía los asuntos domésticos, la galantería rutinaria le dirá simplemente que es bella. , Si da pruebas de talento, de aplicación y de cultu-i ra intelectual, en vez de estimularla con el discreto elo-| gio de estas cualidades, la haran notar el primorosol coite de su \estido, la gracia y flexibilidad de su talle y| las brevísimas dimensiones de su delicado pié.
Si se distingue por su moderación, por la bondad I de su carácter, y por sus elevados sentimientos, la ü^ojija pueril prescindirá por completo ele tdles
Í-EOLOGO.
des, V sólo hará mérito del adorno exterior y tano-ible, de la belleza plástica y material. •' o .>
Fácilmente se coraprendei'á el efecto que tan vicio sa costumbre puede producir en el ánimo de las ióvenes cuya razón no se ha cultivado con esmero." Su constante y natural deseo de agradar, mal dirio-ido por una vana y estúpida galantería, suele trocarse en inmo derado aprecio de las dqtes físicas, con olvido v menos cabo de méritos más positivos y duraderos.
i Y luego nos lamentamos de la frivolidad por nos otros mismos fomentada, y echamos de ménos la ame nidad y la trascendencia en el trato que nosotros mis mos hemos hecho ligero é insustancial, y afeamos el ujo y la vana presunción que con nuestra conducta v nuesteas palabras hemos alimentado constantemente!
Ao; la mujer no es frivola por naturaleza, ni existen pruebas formales que acusen su inferioridad inte lectual, respecto del hombre.
« , Tiempo es de proclamar estas verdades y de combatir enérgicamente la funesta preocupación que témora á la cultura social, poniendo iíijus- tos y im'gonzosos limites á la educion de la miiier.
todnvin I Constant) desconoce todatía lo que es la mujer, porque—desde que nace liasta que muere—la sociedad le cierra la boca y el co razón; la obliga á fingir y disimular ; deja su intelio-enCia -viciosa, y enerva su naturaleza para hacer desella un instrumento de placer."
_ La frase, aunque dura, no carece de exactitud ni deja de tener aplicación en nuestra sociedad, donde hay padres que sólo se cuidan de adornar el cuerpo de
K t,astai diiieio, ó un escaparate moiúble, consagrado k las exigencias del orgullo y de la ostentación.
u-z los progresos de la enseñanza van e.x- íendiéndose, aunque con demasiada lentitud, eiiti'e el bello sexo de esta Antilla; la idea de la emancipm.ion Intelectual de la mujer adquiere prosélitos á millares, y J-ü me lisonjeo de que en esta misma generación hemoti
de ver en parte realizado tan grande y generoso pensa» miento.
Para ello es indispensable una profunda refomia en la enseñanza de las niñas: más que su imáginncion, 6 por lo ménos al par de ella, es necesario cultivai' su entendimiento.
Poco ó nada adelantaríamos dando á nuestras hijas una educación supéiiluá''ó £'//¿//wíL (como^uelen decir usted sus colegas, en el lenguaje técnico ele siou). Con ello sólo conseguirémos exaltar peligrosa» mente su fantasía, predisponiéndola ya al fanatismo religioso, ya á la lectura insustancial y "funesta, ya—en fin—á delirios románticos ó á supersticiosos extravios. En una palabra ; no basta que sepan sentir: es pre ciso también enseñarlas áfensar.
■
Procurémos, pues, que su educación sea sólida, inteligente y racional, que esté en perfecta armonía con la educación del hombre, su natural compañero, para que pueda entenderle, auxiliarle y hasta reemplazarle á i veces, en casos de necesidad.
"Engañan miserablemente á las mujeres (dice t Beaucliene) los que las aseguran que para ser dichosasI no necesitan más que saber agradar, y que esto lo con-' seguirán por medio de los encantos físicos: la incons tancia del hombro consiste muchas veces en la poca cultura del entendimiento de la mujer, que no encuen tra recursos para entretenerle con una variada ^ amena conversación."
Por otra parte, importa mucho, ne la mujer piense y medite, y que se consagre en sus ras de ocio al cul tivo de las ciencias y sobre todo d, tanto se avienen con su índole rales. ÍJo esta niaii,.ra se e claras nociones de lo bell i'án en ella nobles y elevadas asir sobre todo, del terrililc enemigo del hogar^ como le llama al tedio una ilustre escritora contemporánea. El tedio es, en efecto, muy peligroso en la mujer, y hoy más que nunca es necesario combatirle, á medida r|nc la industria y la mecánica van a'iolicndo las labores
Ijcllas artes, que disposiciones natuespíritu, adquirirá lueno, se dcspei-tanes, y se librará.
el
domésticas que en otros tiempos la servían de ejercicio y de distracción.
Preciso eq, en resúmen, que la mujer se instruya para conocer los peligros de los cuales debe apartarse, así como para adquiiár una idea clara de las "íúrtudes morales que deben enaltecciia; pues no es posible pre venirse eficazmente contra males que se desconocen, ni estimar en todo su valor lós bienes cuya importancia se ■■gnoi'al'" - ' ■
Cualquiera que sea el aspecto, bajo el cual se con sidere á la mujer, resalta desde Ine.go la necesidad de sproporcionarle una educación sólida y razonada, quq constituye para los padres no sólo un deber de concien cia, sino una grave obligación social.
Lo apremiante de aqiiella necesidad y lo ineludible de este deber, es lo que á todo trance conviene mani festar y repetir.
¡Bien baya, pues, amigo mió, el noble sentimiento que le indujo á tratar clara.y resueltamente la cuestión, dando á la estampa un libro de no escasa trascendencia, ¿y que tiene además ei mérito indispntal)le de ser el priRnero de esta índole que se ha publicado cu el país! ' Dado el primer inqjtdso, no faltarán valerosos continuadores de la obra por usted tan dignamente comenzada.
Existen por fortuna entre nosotros escritoi-es de mérito, damas discretas é ilustradas y espíritus genero sos, capaces de sustentar vigoi'osamente aquella idea i-vilizadora, y mucha tendrá que ser su negligencia '(Ujra que en la bH^®|^ca especial de nuestras hijas no coñirárainos, aí^Br^le algunosaños, máslibro puer-ríqueño cpTe el Feri-er, con un desaliñado prólogo de , yVlANUEL j^ERNANDEZ jiUNCOS. rucrto-Bico.. 1? de Enero do 1881. ; . . . " ív H' . vf
La Mujer en PuertQ^Mco.
SCS NECESIDADES PKESE^^TTOfMTOIOS JlXs FÁCU-ES Y ADECUADOS PAKA MEJCEAR SU PORVENIR.
Entre los hombres y las mujeres las fuerans serian iguales, si lo fuese también In ensefianza. Hagamos la pniclia en los talentos nomoditicados por la edncaoion, y entóneos veremos somos tan fuertes.
Mon'tesqvieü.
Si el desarrollo dé la civilización, en todas las partes del- mundo conocido, se encuentra en razón directa de la actiiddad intelectual de sus resnect vos moradores; si la moralidad ocupa el primer higÍ en la escala ascendente del progreso; ,si la buena direccuon en el desarroUo físico, delde la infancia Msta la inibeitad, contninive poderosamente á sostener la salnd, y por consiguiente á que las generaciones siicesi■as sean iirociuctivas tanto en el traíiajo inaterial como n la lobiistez de las funciones intelectnalos, pues ;//?/« Vil. las iiifl.ieucias periüciosas una ma a localidad, al niotliiicarse en venlajoso Lu.o, cambian sus propiedades y hasta su modo de ípjú do ° I f- ; si por último el hábito ■cja de ser el tirano del hombre para convertirse eu |nsallo sumiso del monarca del mundo; dicho se está' Y; t'oiielconocimientoexactodo estasverdades, san-
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Mr.IEE EN*
clonadas por la experiencia, y con su ejecución, siem pre en armonía con los sanos principios del salier, podremos alcanzar la perfección relativa eu las socie dades todas, l.iien que co-n las variantes que requieren . las distintas circunstancias de cpie el hombre se en cuentra rodeado, y en perfecta relación con sus nece sidades. ■ , ■
Esta enumeración sintética de cuanto al hombre conviene para poseer el mayor grado de perfección, es —eu el sentir del que tiene la honra de ofrecer su pobre trabajo al Certamen cervántico—de más perentoria necesidad á la mujer, por tantos conceptos digna de la majmr consideración, como tendremos oportunidad de probarlo en el discurso de nuestro ensayo.
Y ¿quién podrá poner en duda tal aseveración? ;quién negará, por un sólo instante, á poco que á medi tar se detenga, que si al hombre para llenar su objeto en la vida, le son, indispensables el extricto cumpli miento, la rig'urosa observancia de los preceptos ameri tados, á la uutiér por las condiciones particulares de su sexo, por la vaguedad de sus ideas, por su extremada sensibilidad, por el alto fin para que fué creada, no le es de más precisión el cumplimiento de aquellas reglas, si es que su existencia ha de tener poj' objeto algo más que la material y grosera misión de la reproducción de la especie?
Y si consideráramos todavía á la compañera del liorabre bajo este sólo ¡¡mito de vista ; si sólo la diéra mos valor por Lo que tiene de necesaria para la perpe tuidad de la liumaua familia, ¿no es un absurdo sui)o-. ner que aún para este sólo liu iio debe sujetarse á los sanos prtucipios mencionados? Xo y mil veces no; que si en la vida de la Naturaleza eueoiitr.amos á cada paso vegetales c-uyo raquítico fruto revela la men guada sávia que les nutriera, y animales irracionales cava ofimora existencia proclama o.stensiblemeiite la falta de vigor eu sus progenitores; cu la especie hu mana, prototipo de la perfección en el mundo orgaui-i zado, esta verdad iiieontrovejlible se muestra de unr, m.aiiera más palmaria
'^4 puerto-rigS' _.
INTlili Listos V orpuilloí ¿Cómo, pues, ííquellos que, ii^iWo.s y oi^ilkwos ^ do su sexo, se ufanan en degradar á la misma con cuya sangre, se nutrieran, tratan de ^ - aiTebatarle sus derechos, de usurparlo sus privilegios, suponiéndola desheredada de los,,bienes con que Nat " raleza, sáhia y generosa, la ennr¡^(^:ió, como cu compensación de sus infinitos su»imief|tt¡|»,ji,^Pi,^ Afortunadamente han' nasado^t»^!éiü|íós''' 11
la mujei-, considerada como cosa, pemninécia sumida en la más reimgnante al)ycccion: para bien de esa bella mitad del humano linaje murieron, para no rcsueitaiy más, las ominosas creencias de los Espartanos y Ate nienses ; y, como los conciudadanos de Licurgo, no verán nuestros ojos arrancar á la noble madre el fruto querido de su amor para ser arrojado á los lios ó pol las vertientes de escarpadas montañas, sin qne sus aj^es fuesen oídos ni sus lágrimas enjugadas, ni su dolor inmenso atenuado por la conmiseración.
¡Ah! ¿quién hubiera podido hacer comprender á la aguerrida Roma, toda la influencia, toda la impor tancia que la mujer ejerce en' el .destino del hombre? ¿Quién le hubiera diclio á la dominadora del mundo, (pie sin la buena educación de aquella, sin rodearla de todo el pi-estigio que le corresponde, sin conceder le el natural dominio que sobre la familia le pertenece, no hay Estado que se sostenga, .ni moralidad que lo purifique, ni estímulo que lleve al hombre á la práctica de las mayores \-irtudes, á la realización de las más exti'aordinarias empresas?.
Es indudable, que el reinado de la mujer, ó mejor dicho, el dia feliz en que fueron reconocidos sus legíti mos derechos, fué aquel en que las luces de.la religión de Ciisto se esparcieron de Orlente á Occidente, llenan do los ámbitos del mundo con sus vivificantes ful"ores. Pero ni la fuerza de aquella doctrina, ha podido obligar á los hombres á conecclér á su compañera el pleno o-occ de sus prcrogativas, ni desgi'aciadamente se encuenlran dispuestos á compartir con ella el derecho usurp.ado. El pueril tepior de perder exajcrados fueros, una vani dad injustiticablc ó un despotismo tiránico, les oblin-an
LA'MUJER EN
i ¿ f >*• 4 ; ^ á permanecer Sorilós á la voz de la justicia, que clama r> V pódetela pOT,lai emancipación de la más bella mitad de ■ la humana especie.
^ Léjos estamos de declararnos partidarios de la -jgompleta gualdad de derechos, (no legales) entre la . iMkjer y el hombre; no pecaremos de obtimistas ^stéhiendo ^iie.ija mujer representa el símbolo de la peífeccibn, pero .dd'esto á creer que ella no debe des empeñar olr'6 papel en la sociedad que la de servidora de su tirano, hay una distancia inmensa, distancia que no podenaos salvar, á no ser qiie, ohddándonos de la idea de justicia, atropellemos por todo, sin escuchai* siquiera el grito acusador de la conciencia.
Si la naturaleza de este trabajo nos pcrmitieáe hacer liistoria ; si nos fuese dable recordar las espanto sas humillaciones, los crueles vejámenes á la mujer inferidos en las pasaijas edades, muchos y muy severos cargos habríamos de dirigü' al que, pretendiendo dominar la naturaleza toda cou su inteligencia, ha ultrajado, sin embargo, de la manei'a más degradante, á la cariñosa madre, á la tierna esposa, á la hija idolatra da de su corazoii.
¿Para qué recordar á Diógencs, queviendo el cadá ver de una mujer pendiente de un árbol exclamó: //«gtiiera á los Dioses que todos ios árboles llevaran siempre el mismo frutoí Para qué á Catón, sosteniendo que la razón y la sabiduría eran incompatibles con la mujer? Para qué hemos de repetir, con César Canté, que el indio hacia matar á su consorte, cuando pasados alo-unos anos no seivía, y al morir él, su predilecta era quemada viva?
Si los Asirios ponían en venta á sus mujeres; sien China eran éstas siémpre esclavas; si los Germanos las hacían objeto de comercio y no titubeaban en jugarlas; bí entre los Longobardos una jóven apta para la genora- cion se indemnizaba con seiscientos sueldos; si los Tár taros las amarraban con cadenas lo mismo que á los perros; nosotros por cbgnidad no debemos sacará la weua pública nue«ti-os crímenes: harto tenemos con
nuestras pasiones exaltadas, para que asome al rostro el rubor de la vergüenza.
Cambien en buena hora los Bednidos á sus esposas y repúdienlas frecuentemente, sin más razón que su capricho ; discutan en el siglo viii, en el Coneilio con vocado en Flandes, si la mujer tiene a/ma ó Jio la tieue; dejemos al rey Fernando de Aragón la gloria de abolir el humillante derecho de pernada, y ajudemos en el siglo actual con nuestro concurso, á sacar á la des graciada mujer del abandono y oscurantismo en que se enchentra sumida.
Pero ¡ah! ¿cómo aunarnos para tan noble empre sa, cuando los tiempos del Serrallo. Gineseo y Screona no han pasado todavía; cuando la desgi'aciada hija de los pueblos de oriente, según nos habla M. Blanqui, de un modo que apena el corazón, sufre aún en el lecho del dolor las angustias de tormentosa dolencia, siu que al Médico le sea permitido prodigarle sus consuelos?
Mas ¿á qué trasladarnos á tan remotos climas en busca de cuadros desgarradores, si en nuestra hermosa Cuba podemos contemplarlos recargados de las más espantosas tintas, y entre nosotros mismos no han po dido borrarse completamente todavía, las terroríficas escenas de la degradante esclavitud?
Corramos pues un velo sobre el pasado ; no volva/lüos atrás la vista, que el camino está bañado eíi láo-rim^ y sangi-e, y concretémonos á estudiar nuesfras miserias de boj- y á remediarlas, á fin do que las gene raciones venideras no maldigan nuestra aiiatía ni se espanten del indiferentismo con que vimos los infortu nios de la mujer. No pensando, pues, como la generalidad de los hombres, que la mujer desempeña un papel secundario , en la vida de los pueblos; creyendo por otra parte con Voltau-e que la sociedad depende de las mujeres, y que kson
miserables las naciones que tienen ladesgracia
de oscm-ecerlas; aceptando con Guizot que es preciso ensenar á las madres, lo que más tarde deben elks onsenar á los hijos; nos proponemos señalar cuáles son as necesidades de lae puerto-ri(jueñns, cuáles las can-
sas que las sostienen y por último, y en cumplimiento de lo que en el programa se exige, cuáles son los medios más fáciles y adecuados para mejorar su porrenir.
Siempre es difícil, á no dudarlo, practicar un estu dio de la mujer á quien un cúmulo de circunstancias particulares dan un sello de especialidad, ora se la con sidere en la florida y delicada época comprendida entre la infancia y la nubilidad ; ora desdo ésta hasta la cesa ción del fenómeno que atestigua su actividad genésica ; ora desde este momento, en que principia á declinar su organismo,. hasta la decrepitud y extinción total de la • vida.
Las dos primeras épocas, marcadas de un modo preciso por la naturaleza, envuelven en sí otros tantos medios de estudio, que no podemos oMdar, si es que. siguiendo el órden natural de obsen'acion, hemos de ser con él consecuentes.
Bien quisiéramos eludir los inconvenientes con que ha de tropezar nuestra pluma, de tal manera discurrien do ; pei'O como nos asiste el convencimiento de que no se puede dar un paso en el estudio de la mujer, sin tener presente los cambios que en su modo particular de sér ofrecen, y las variaciones que en su constitución y en su moral inducen aquellos distinto,s períodos de su vida, de aquí el que aliordemo.s cuestiones que, si bien pudieran ser consideradas como lujoso alarde de cono cimientos, nosotros—muj- léjos de tal apreciación—cree mos de todo punto necesarias al objeto primordial de nuestro propó.sito.
¿Y cómo no pensar así? ¿Por ventura la niña puede ser dirigida de la misma manera que la que ya nu bil, recibe de la naturaleza mayor robu.stez á la ])ar que siente nuevas necesidades? Las modificaciones que el tiempo induce en la pubertad, ^son las mismas que las de la edad madura? La jóven soltera, ¿^no necesita de litros cuidados y ejercicios que la ya esposa y madre? '
Y estas dificultades, quizás vencibles, acrecen no toriamente, si prescindiendo de caractéies y cono icio lies más ó ménos comunes á todas las del sexo, hay nrecisa necesidad de concretar el estudio del mismo á una localidad determinada, en donde, como en la nues tra la falta de unidad ha desaparecido, ya por causas de oriqen, ya más tarde por especies resultantes de cru zamientos variados hasta lo infinito.
Preciso es, sin embargo, estudiar á la imper puertoriqueña en la clase acomodada y en la luja del pueblo, pues tanto en una esfera como en la otra abundan las ne cesidades, V justo es que la iiija del honrado artesano, á quien de predilección .consagramos nuestros esfuerzos, conozca sus desgracias y las remedie, ó justificado el mal, se corrija al ménos por los que, teniendo en sus manos todos los poderes, han aceptado en absoluto el deber de velar por el bien máximo de todos sus gober nados, y especialmente por el de la clase trabajadora, dio'iia de la mayor couMideracion.
° Pero ántes de desarrollar el tema que motiva este trabajo preiiuntémonos: ¿existen diferencias esencia les qüe'prueben la siqierioridad del hombre sobre la mujer y por consiguiente, que expliquen de algún modo la. conducta con ella obscrv.ada, tanto en el órden físico como cu el intelectual? ' -
Si interrogamos á la naturaleza y obseriamos ilctenidamente á la compañera del hombre desde su infan, cia hasta la pubertad, y sometemos al hombre á igual estudio en la misma época de su v¡.da, \ eremos de una manera clara v evidente, que si éste lleva verdaderas ventajas á .aquella en circunstancias determinadas, ésta le supera prodigiosamente en otras muchas.
Kn la niñez, en e.se hermoso yieriodo de la vida,^ en 1 que parece quy sólo las necesidades orgánicas modificaii f ó satisfacen á las inocentes criaturas, que, teniendo apenas conciencia de su sér, los mal llamados instintos L absorveii toda su atención, las modificaciones que en taÉ|É nnos y eii otras so oliscrvan en sus deseos y en .sus necesidades son tan notables y antitéticas, que oaiacteiizan* admirial)lcmentc la conveniencia de tales incliii.a-
2. tA ML'JKR es*
Clones con las particulares de sus respectivos sexos, "I*}®®' irascibles, másimpetuosos y mé- no3 contentadizos, se dedican desde luego á iíe"os
feíncTi nm ^ Estableciendo p?e- lerencias poi los objetos con que se entretienen inio' nan por arrebatárselos á las niñas que los devuelven sfñ esfuerzos y como espantadas de la impetuosidad cnn que arrancan los juguetes por ellas tan queridos.
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'tne estas líneas lean, no traerán á muchas veces habrán r-isto, en su familia, en sus mismos hijos, á quienes han pao-ado con caiicias los momentos de felicidad que sus <r?aeiLTes proporciónai'on!.... e,i acias les ¡Son tan hermosos los primeros años • es tan
emnrfl" ^Emleiicia á la Vida sedentaria es muy notable ngradali^: un cariño extremado y á las/quc cede rlp i. lofesa iSmSñ."" p"»
1n frí •' crecido el niño, acrece también su o-pce en
i'eKR'i'O-iítoó y facciones más acabadas, anuncian anticipadamente las bellezas de su sexo.
Por esta época, ya la jóven, próximamente nubil,' rechaza los .iuegos de la infancia; sus ocupaciones se ar monizan mejor con su edad ; el carmin del pudor asoma á sus mejillas á la palabra másinsignificante, y la expre sión de su rostro, adquniendo do dia en^ dia más per fección, presenta nuevos y mayores atractivos.
La sensibilidad y delicadeza de todo su organismo ;" ese no sé qué de angelical que la circunda; eso algo inisterioso que no se explica pero que se desprende de su sér; y su carácter é inclinaciones francamente desenvueltos ya, presentan á la niña terminando su desarrollo, cuando el varón no ha podido alcanzar los primeros signos que distinguen á la pxibertad.
En esta edad, precisamente de los 11 anos hasta los 13 (cuyo término es el promedio en que aparece la acti\'idad genésica en la puerto-riqueña) concluye la niña su dasarrollo, no consiguiéndolo el honPore hasca los veinte v cinco, al terminar los cuales su perfeccio namiento es completo.
Alcanzado por ambos el inayor grado de robustez, existen cutónces las mayores diferencias, bien que unas dependientes de la distinta educacioji áque se les sujeta, y otras propias del predominio de la sexualidad.
El rostro déla mujer, adquiriendo las más correctas proporciones, contrasta notablemente con el del homln'c á quien el vello de la barba acentúa severamente su fisonomía.
Los músculos de la primera, rodeados de tejido celular en gran cantidad, se redondean, en tanto que " los del segundo, rígidos y desprovistos de aquél, en írran manera, imprimen á su conformación exterior lineas salientes, eu.ineneias y depresiones, (pie revelan desde luego la rudeza de sus ejercicios, la condición ])artlcular de sus ocupaciones.
Pero aquello cu -(pie más se diferencian, la condihi [!or la cual nunca pudieran confuiidirse, es el pífcominio de la sensibilidad ncrvio.sa en lá mnjcr,. cauj^ principal de sus inquietudes j'conti'o cu donde,
tA MCJEIÍ
yendo á refluir todas las impresiones recibidas, ó exa jera las gratas, aumentando así sus goces, 6 pro ducen las desagradables una percepción aumentada exti-aordinariamenie, eon lo cual centuplica sus pade cimientos.
La mujer posejmndo además un órgano, que, como dice perfectamente un célebre ginecólogo, es el centro --de donde parten las sensaciones más exquisitas, y al cual confluyen las simpáticas relaciones que emanan de siis diversos órganos, aparatos y sistema.s, la carac teriza de tal modo, que él, por sí sólo, bastaría á hacerla considerar como un sér de naturaleza especialísima, y al cual se doblegan sumisamente todas las prerogativas que el hombre supone tener sobre ella; á la im portancia de aquel maravilloso centi'O, de portentosa y delicada sensibilidad.
El órgano á que hacemos referencia, ya lo habrán comprendido nnesti'os lectores, es la urna sagrada, el laboratorio admirable, en donde la vida se concentra en los primeros y sucesivos dnstantes de la ]5rocreaciou, y en el cual el organismo entero, rindiéndole justo vasa llaje, lija toda su atención, le presta su v.alioso con curso, ])ara ((ue se re.alice el incomprensible acto, qnimero de la vida, al cual siguen una séric de fenómenos, todos extraordinarios, todos grandes, todos sublimes, y ante cuyo impenetrable misterio el sábio dobla la cer viz, reconociendo su ignorancia y eleva á la sabidu ría excelsa la ferviente expresión de su reconocimiento. Y no podía ser de otro modo: Naturaleza siem pre sábia, siempre previsora, comprendiendo la justa necesidad de conceder á la que había de ser madre, un quid diviiiiini eon el cnal y por el cual tuviese suficiente abnegación, amor infinito, para soportar las molestias del periodo grávido, para sufrir resignada los inauditos tormentos del complemento de la maternid.ad; para sacrificar sus comodidades,'sus goc.es, y liasia sii misma existencia en aras díd tien idolatrado fruto de su amor, baciendOi Uu csfnjXo de divina sabidnriá, colocó sii obra sobro e.síaJ*ridad que en la mujer lo representa todo: ijMco-
razón lleno do inagotable ternura; el órgano de la gestación, con sus múltiples y variadas simpatías; el sistema nervioso con su delicada sensibilidad. Vemos, pues, j' realmente podemos deducirlo de las consideraciones apuntadas, que si el rey de la creación tiene rasgos ([ue le distinguen claramente de su compañera, totlos ellos, ni en conjunto, ni separa damente cstufliados, muestran superioridad sobre la que por todos conceptos es digna de toda admiración. Es verdad (pie el hombre es más robusto, más "osado, más dispuesto para la lucha; pero la mujeres más delicada, niénos provoeati-ca, más conciliadora aquél es más orgulloso, más material, más iudiíerente ; ésta es más sumisa, más ideal, más sensible; acpiél ama pocas veces, é.sía se saerilica por el objeto ado rado ; aquél posee el poder, ésta el don do cautivar sin tiranía; aquel humilla por fuerza, ésta rinde los corazones por la virtud, gobicrimr la familia con sus consejos, inculca en sus hijos y hasta en su mismo esposo las máxhnas sagradas de'l honor y de los de beres.... ¿Dónde está, pues, la decantada superiori dad del hombre?
Y si lo dicho no bastase á satisfacer á los incré dulos, fácil nos serla trasladarnos á las serranías de nuestra Isla, y alli, en donde i)or desgracia la ilus tración no ha derramado todavía sus dones, observa ríamos—si se me permite la frase—al hombre y á la mujer en su natural estado.
Interroguemos á una campesina sobre una cosa cualt[uiera; dirijamos las mismas preguntas al labrie go, ¿fpié observaremos? Penetración pronta en Iq primera, concepción rápida, contestación satisfactoria, ¿t^ué en el segundo? Ménos fran([ueza, mayor te mor de ser engañado, vdureza en la percepción, ruda lucha en su cerebro ipie se esfuerza por comprender lo que se iiupüere, vacilación en las respuestas. y ¿pasa esto solamente en la abandonada clase que vive en el interior de nuesti-os campos?
Fijad vuestra atención en las ciudades, deteneos un momento en estudiar his unos y las otras, v no
LA irT'.IER EN
tardareis en convenceros de estas eonocidaa verdades que no se aprenden en los libros, sino que se leen en el gran cuadro do la naturaleza.
De lo expuesto se deduce, y lo concedemos sin esfuerzo, que vistas las tendencias de uno 3' otro sér en todas las edades de la vida, no es posible acep tar lo cpie algunos por pasión ó por conveneimiento pretenden; esto es: colocar á la mujer á la misma altura del hombre y negar á éste, en absoluto, toda superioridad.
Pero no aceptando el criterio de aquellos, ;_C3 nuestro ánimo hacerles todo género, de concesione.s?
Caeríamos desde luego en innecesaria repetición si vohiésemos á sostener lo contrario ; lo que deseamos hacer- constiu', lo que creemos sinceramente, es que á la mujer adoiman preciosas facultades qué no de ben olvidarse para su educación, y por las cuales es capaz de coi\seguir el perfeccionamiento que' nece sita para Henar su elevada misión en la familia, y contribuir al mayov adelanto del progreso en todas sus manifestacciones.
Cuáles son los caractéres generales de la puerto-riqncña? . ■ -
Importando rnucho para nuestro ol)j<.'to, el co nocimiento preciso de su 'temperamento, idiosincra.sia etc., pues sabido os que la actividad y mo do particular de .ser de los individup.s- se representa por su constitución, temperamento, etc., fuerza nos es entrar en algunos detallesji, pai-a no separarnos del método que venimos adoptando.
La mujer pucrto-riqueña.' sobre todo en las gran des poblaciones, en donde, como veremos, los agentes llamados por los bigenistas circunfusa^ obran sobre ell.a de un modo especial, es generalmente de mediana estatura.
La clase blanca y acomodada, á quien únicajiiento pos referiremos jtor ahora, es más bien triguefia que
l'ÜEÍ?TO-l?ICO lá rubia. 8u cabeza poblada de abundante y sedoso caliello, ordinariamente castaño, comunica al rostro de lá hija, de e.ste suelo un ati'activo particular, aumentando notablemente sus gracias, lo rasgado de su.s ojos, su nariz medianameute pcriilada, su boca pequeña, y cierta languidez cu su íisonomía, que se aviene admirablemen- ' te con sus condiciones morales.
Su pequeña y ílexible cintura, su diniinuto pié, asi como un algo que no se describe, pero que se admira, nos trae á la memoria su origen primitivo, ya heredado directamente, ya adquirido por el hábito (le ver y tra tar á aquellos cuyos padre.s, • naturales de la hermosa Andalucía, les imijrimieron sus giaeias. les trasmitieron su defectuosa pero agradable pronunciación, y trasla^fiaron de aquellas admirables ^irovineias al borincauo suelo, sus hechizos, sus cautos, sus costumbres, sus mismas virtudes con sus naturales defectos.
_La palidez de su rostro, su poca actividad en los movimientos, y sus enfermedades, revelan en la maj-or parte de Las mismas, los atributos do una anemia pro funda, cuya 'ti'iste condición es la pereza de las fun ciones, la debilidad y decaimiento más extraordinario.s.
Su sistema nervioso, con un exajerado predominio, no precisamente por la condición particular de este temperamento, sino por exaltación debida á'las múlti ples causas que provocan su irritabilidad, hace que la mujer puerto-riqueña sea excesivamente iiripresionable, cebándose en ella, como es consiguiente, los padeci mientos propios de aquel sistema, en sus más variadas y caprichosas formas.
con exceso, y con un caudal inmenso de carino, para sns hijos y para todo cuanto es digno do ser amado, es capaz de arro.strar por este noble y generoso afecto, el mayor de los saerifícios.
Acostumbrada á la clausura, que no de otro )nodo debo llamarse la costumbre de jDcrmanecer en su ca,sa pasa los años enteros sin hacer más salidas que las necesarias para cumplir el prectípto del Domingo y visitar algunas familias cuya amistad cultiva esmera damente.
LA MUJER líN
'De imagiiiaeioii notabilisiina y asaE enriquecida con un gran corazón, ama las artes con verdadero entusiasmo. La música, por la cual es apasionada, absorve en gran parte su espíritu, y lo mismo una poesía lírica le entusiasma ó abate, según el natural senti miento que en ella predomine, que aprecia su caden ciosa fluidez ó se siente lastimada por la dureza de su versificación.
Sin espectáculos que la distraigan,.sin diversiones propias, y muchas veces necesarias á su condición de mujer, el baile, ejercicio con el cual se la recrea, es verdaderamente'su locura.
Por el baile con sus distracciones, con la danza, que constituye para ella el principal atractivo, vé satis; que consiiuijyc para eua ei pnucipai. ^ fechas sus reducidas aspiraciones de solaz, siendo mirable ver á la pudorosa doncella, á la candorosa niña, como goza en el espacioso saion, en donde luce sus galas, ó muestra las bellezas de su inocente cuanto agraciado semblante.
Allí, á cada onda armónica que se dilata, á cada extremecimicnto del aire (pie conduce el sonido, su corazón se contrae; su alma siente todo el poderoso influjo de esa hada misteriosa llamada música, y la felicidad propia de los primeros años, en que no se piensa y en que todo es placentero como la misma ju ventud, cubre el horizonte de su porvenü' ofreciéndola dias de eterna dicha, de puros goces, de inagotable ventura.
Aficionada á las lecturas novelescas, pasa las horas enteras devorando páginas de un libro cuyo fin anhela ver terminado, é identificándose con el autor le acom paña en todas las excursiones de su creación fantástica, bebiendo con frecuencia el moitífero veneno que mu chas de aquellas obras encierran, ofrecido en la do rada copa de un estilo florido, por una pluma que deja sobre el papel rasgos emponzoñados, que per vierten el alma, que trastornan los sentidos, que enve- . uenan el corazón. I
La mujer puerto-ricpieña, con dotes suficientes \
l'fERTO-niCO lo para ilustrar su inteligencia, es—y lo confesamos con dolor,—generalmente ignorante.
Si se trata á la mujer acomodada; si cualquier hombre estudioso se impone la penosa tarea de hacerla ir más allá de una conversación común, de lo que bue namente ha podido aprender con el trato de personas ilustradas, no se tai'da en conocer que toda su ciencia se reduce á algunos escasos conocimientos religiosos, á leer mal y peor escribir.
Dedicada esclusivamente á los cuidados de la fa milia, ora teje, luego borda, más tarde coso, dejando mucho que desear cuanto sabe de estas ocupaciones propias de su sexo.
¿Y cómo no ser asi, cómo no ver justificadas sus lamentaciones, cuando en este pais se las priva de lo que tan á manos llenas se las concede en otros?
Y cuenta que no soii ellas las que solicitan el oscurantismo, ni las que se limitan á practicar lo que únicamente conocen; no, la mujer enPuerto-Eico, con sus naturales dotes, traspasa los límites de la escasa educación que se le proporciona, y con paso" tardo es verdad, pero siempre progresivamente, marcha ¡ror la senda del adelanto.
Su moralidad proverbial, hace de la madre en esto ]iais un dechado de virtudes. Con abnegación bastante l)ara dedicar á su hijo todos sus cuidados, todas sus vigilias, se lá vé derramar abundantes lágrimas cuando se le priva de lactar a se. infante, y no temer los es tragos de una contagiosa enfermedad, ni separarse de siT lecho, raiéiitras alienta el pedazo querido de su corazón.
Ecligiosa por costumbre, traspasa muchas veces los límites de .sus creencias, llegando frecuentemente su fanatismo hasta la superstición.
Así obscrvamo.s que hay ijocas mujeres, ya sean solteras ó casadas, que no posean una biblioteca de novenas, con las cuales y con las prácficas ([ue éstas indican, no crean que todo se allana y lo más difícil, sino imposilfie humanamente, se íaciliía. No es pues, extraño, que con tales creencias caigan muchas veces
r10 l-A lIl'.lKli iíN'
en el ridiculo y que las cosas más sencillas y fácil mente explicables por personas medianamente ilustra das, sean tenidas por ellas como prodigios sobrena turales.
Es cierto que existen algunas que no poseen el ti'iste primlegio de la ignorancia; pero esas pocas, que son las honrosas excepciones, ó su génio extraordinario las hizo romper con el hábito, ó fueron á buscar á apar tadas regiones lo que no podían adquu'ir en el suelo natal.
No hay, pues, razón para culpar á la mujer puertoriqueña, ni mucho ménos para suponerla sin dotes ca-' bales para ilustrarse. Imítese la conducta de Alema nia, los Estados-Unidos de América, Frahcia y hasta de la misma España, y se verá que lo que falta aquí es quererla enriquecer cou la instrucción: facultades le sobran; constancia y buen deseo no le faltan.
La pluma se cae de nuestras manos, el sentimiento legitimo de su infortunio nos lince entristecer, cuando tendiendo una mirada sobre nuestra Isla, hallamos es cuelas que no llenan su misión y ¡Dadres criminales que no obligan á sus hijos á concurrir á las aulas, como si en el saiier no consistiese la verdadera felicidad ; como si el bien no estribase en una educación sólida y bien cimentada. ,
En el año 1878 había en la provincia toda, un establecimiento de segunda enseñanza solamente, en el cual las niñas no eran ad.mitldas. Escuelas pi'iblicas y privadas ."1k5, con asistencia de 11,141 niños de ambos sexos. Ahora bien; ¿qué detluCeion puede, hacerse después (le conocer qiíe ¿1' lu'miero de habitantes es do 70(1 á 800,000? . (■ Nosotros, que á fuer de puerto-ri(iueño5 no quere mos pecar de exajerados, irisarémos en silencio todo cuanto de lo dicho nos es dable deducir; pero conste que ni ese es el c.amino que conduec al sagrado temido (le la civilizaciíju, ni hr jnejor manera de conquistar las simpatías de un pueblo que jnsíaniente clama por la participación del progreso'común.
Si der.cendenujs un poco en la escala que lujs c8
J'UElt'ÍO-fílCO vt forzoso eiipoiier, para uo abandonar el órden que boinos establecido; si nos fijamos en la modesta niña hija de padres á quienes su posición obliga á girar dentro! de un circulo muy limitado, veremos que su aspiración está reducida á ganar el sustento con el improbo ejer cicio de la costura, ó acudir á un matrimonio prematiiramente y por especulación, creyendo encontrar eii (51 un término á sus miserias y afanes.
Pobre y tal voz sin padres, ignorante y quizás sin un pariente, sin un amigo que la ponga á cubierto de, las asechanzas del ncio, ¿ cómo rechazar la protección del hombre que pretende hacerla su esposa? ¿Y ten(h'á la sociedad derecho para censurar á la mujer que, en el connubio que celebra, no llov.e por único móvil de su enlace, el cariño, el amor puro y sublime que eunoblece y santifica la unión legitima?
Nunca tendremos razón bastante para jnstifiear el quebranto de la fidelidad prometida en el matrimonio, porque, adoradores ciegos de la lionra inmaculada, no queremos encontrar argumentos que atenuar puedan lá falta, el delito imperdonable de, que hablamos: pero, ¿no es también una verdad, tristísima verdad por cierto, que si la mujer hallase en su ilustración los medios'de combatir la miseria, el adulterio habría de disminnir notablemente ? /
Los móviles que obligan á la desgraciada huérfana, á la pobrecita desampara,da, á prometer lo que no pue de cum])lir, son como de público se sabe, el aislamiento; que aterj'oriza; el ridiculo que envenena; el temor de ser zaheridas por las mismas de su sexo que, más afor tunadas que aquellas, no tuvieron que recurrir al sacri ficio de su corazón, para contrarestar en el porvenir sus, muchas é incalculables desgracias. Por esta razón si adquiriese conocimientos sólidos; si tuviese una ocu pación lucrativa; ífi, en una ])alabra, contase con los m(.Hlios_ de hacer frente á la miseria, esa necesidad tan injustificada del matrimonio en la mujer- desaparecería, y ni las de su sexo j)odrian despreciar á la que iior rcl)ugnancia ó por motivos particulares no se casara, ni los 3
hombres soiirojarian á la que, lé.ios de merecer despre cio, es acreedora y diji'ua de conmiseración. .
Pero prescindiendo de las mil causas que pueden justificar la ^^da célibe en la mujer; si el matrimonio le es necesario é indispensable para que la sociedad no la anatematice, ¿por qué se permite la vida monástica?
.¿Por qué admu-amos á esas hermanas de la caridad, verdaderos ángeles de la tierra, que con una abnegación sin nombre, con un amor sin igual, recorren los cami)anieutos ; desprecian las epidemias, y en los hospitales, centros de dolor y agonía, consuelan á los enfermos que no cesan de bendecir á sus l)ienhechoras?
Y si los hombres, en número respetable, alcanzan la ancianidad siii haber sido sonrojados por su aversión al matrimonio, ¿por qué la mujer no ha de tener el mis mo derecho? ¿Porqué la libertad de acción, la libérri ma lUiertad individual, ha de ser dictada, ámplia y sin límites para el uno, estrecha y ridicula para la otra"?
Dichosas aquellas, que, penetradas de los debei-es que para. coii el esposo han de llenar, prefieren la vida célibe, á la espinosa del matrimonio, celebrado sin amor, y en el cual el hastío primero, la repugnancia después, y el crimen más tíu'de, son las secuelas necesa.riiis que la mujer recoge como fruto de su impru dencia.
Y si es una virtud sufrir hambre, vhir en el aisla miento, ver como los años trascurren sin la esperanza de sentir la cariñosa mano del idolatrado hijo que nos acaricia; sin recrearnos en sus angelicales ojos; sin experimentar esa sensación de bienestar que solamente los i^adres conocen, cuando creen felices á los pedazos de su corazón, ¿por ([ué injuriar ni zaherir á la desgra ciada mujer que, amorosa iior naturaleza, prefiere no sentir los ]mros goces de la maternidad, á dejar de cumplir los deberes conyugales?
Las madres esiíartanas, al partir sus hijos para Ui guerra, le recordaban sus delicres en esta bellishna frase; ó coit el escudo, ó sobre el escudo. -Las madrea modernas, al pensar sus hijas en tomar estado, deben también repetirles una. dos y cien veces: ó coH el escudo
de ¡a honra, ó bajo el escudo de la muerte. En este grave asunto, no liay ni puedo haber términos medios: ó buena esposa, ó buena soltera, aunque para ello sea preeiso el sacrificio de la vida.
Siendo inútil buscar á la hija do honrados padres en establecimiento alguno, desempeñando-cargos com patibles con su condición, empresa enojosa por demás sería preten(,ler encontrarla en un taller, en una casa de comercio, ó aprendiendo en una escuela normal cuanto necesita pava ser una buena profesora.. Nada de esto tiene ; todo, alisolutanrente todo, le está neghdo, y si alguna,' deseando lanzarse La primera por ese camino ,que honra y pi'oporciona el pan, rompiese con la tradicional costumbre, el grito de cejisiira la heriría, el aguijón de la crítica se cebaría cii ella, y el hábito..., ¡oh!.... el hábito que es una ley, levantaría una barre ra insuperable á sus legitimas aspiractiones. Y ¿qué dirémos de tantas infelices resultantes de cruzamientos, ora ilegítimos, ya sancionados pol la religión y por las leyes (pie, arrastrando una existen cia desgraciada desde sus primeras maniíestaeioues, no tienen aún la consoladora esperanza de que mejore su porvenir?
Eá cuarterona o mulata, tipo de una. clase muy numerosa en la.s ciudades, tiene, y no podemos negarlo, AÓrtudes que la hacen digna de ser considerada por aquellos que, sin bastante conciencia para sobreponerse á sus pa.siones, ain-ovechan los recursos de su posición, para sembrar la deshonra entre éllas y aumentar el catálogo de sus numeresas víctimas.
De pasiones vehementes, y criadas con cierto lujo que no le escasean las madres, son alegres y bullicio sas, contribuyendo el deseo de figurar, así como su gusto refinado por la moda, á acrecentar sus necesida des y multiplicar sus sufrimientos.
En tanto llegan los dias de la maternidad, su pa sión se reduce á lucir galas; su manía-es el baile, v su espíritu de imitación, sumamente desarrollado, ly.s dá cierta coquetería con que mortifica á sus iunumcrables adíjradoros.
T.A MÜ.TKK KX
Naturalmente sencillas, y creyendo de buena fé en las palabras do los cpie las galantean, aman con frenesí, y BU inmenso cariño por aquellos á quienes dedican el corazón, las lleva decididamente á perder el tesoro de su 'íúrginidad.
Como la mayor parte de su ^^da corre entre el baile y las reuniones, entre el amor y la moda, el tra bajo no es lo que más las entretiene, aunque en esto como en todo 'hay sus muchas y muj'^ honrosas excep ciones.
Ya madre, y obedeciendo'al primero y más grande de los deberes, abandona como por encanto la \-i(la que áutes tuviera y con la mayor perseveiaiucia se la vé dedicada al cuidado de sus hijos, sin que la ai'redren ni las inclemencias del tiempo, ni la rudeza de sus ocupa ciones.
Pero á la par que en ella se operan tan laudables cambios, la apatía y el abandono por la ilustración de sus hijos aumentan.
¿Cuántas veces al ser reconvenidas por su con-' dueta, no pretextan que ni sus padres necesitaron, para saber trabajar, del tan decautiuh.) estudio, ni éjías lo/ hubieron nunca de menester? ¿Quién no ha oido decir alguna vez á e.stas infelices, que sus hijas, con saber , gobevnar su casa y ayudar á' sus maridos, tenían sobrivdamente lo necesario? líri'or crasí.simo ; raciocinio hijo de la más completa ignoi-ancia encierran tales asevera ciones, C[ue sólo pueden ocurrirse á aquellos que en la >ida pyáctica no han tocado los beneficios inmen sos de la instrucción.
Y ¿cómo es posible que un pueblo que así piensa, que de tal manera razona, puedá ser feliz? ¿Cómo csa.s madres podrán labrar la dicha de sus hijas, de sus es posos, de sus conciudadanos, cuando empiezan por negar aquello con que más se engrandece el hombre jsin lo cuál es imaginaria toda felicidad?
Una mujer que desconoce los sanos pnircipios de moral y que solamente se guia por las nociones natura les (pie del bien tiene, no puede ser buena macke; a(.|iiélla que contempla el sorprendente y magnifico pa'
norama del Universo, sin darse euenla de la sabiduría ini,_cnsa del Creador y do su inlinita bondad para con el Uombre, no puede adorarlo; la que sin conciencia del deber y el derecho obedece á sus naturales instin tos; ni acata las leyes, ni respeta á los supeilorcs, ni hay gobierno que pueda dirigirla.
Y ¿será que su condición la haga diferente de las demás mujeres de razas más privilegiadas? Calumnia sería pensar de ese modo. Pues que, ¿el cerebro de las seneg.ambianas, no posee las mismas propiedades que el de las malayas, y el de éstas, no tiene las mismas fa cultades que el de la más pura caucasiana?
Y no se diga que existen diferencias en la inteli gencia por más ó ménos abundancia de pulpa cerebral,. y que sus pasiones son más exaltadas en unas que en "otras, por su ángulo facial más agudo, por sus circun voluciones cerebrales más salientes ó deprimidas. Es tas creencias, obedeciendo á tales hipótesis, son y serán .siempre discutibles cu el terreno de los hechos, que prueban más y tienen más valor que todas las teorías imaginables.
Convenimos, y uo podemos negnilo, en que entre los individuos de una nación, de un pueblo, de una famiha, loa hay más ó ménos inteligentes, con privile giadas disj)osicioncs los unos sobre los otros; pero de esto á conceder cpie las diferencias en las razas e.stáu . constituidas por causas físicas ó materiales observables, es lo que negaremos, porque la ciencia antropológica y la experiencia de consuno, evidencian lo contrario. Tomad un etiropco y un africano tan pronto hayan nacido; rodeadles de la misma atmó.sfera civilizadora, y después de, algunos años contestad si persistís en idénticas creencias.
En la clase que estudiamos, 'adenjás de los cavaetéres que hemos encontrado en eiia, descatellan en piimera linea, siendo- uno de .sus más graves defectos, el lujo con tod.as sus consecuencias, que las arrastra ver tiginosamente al precipicio do sus infortunios.
La virtud de la economia. para ella desconocida, no le tiende su mano protectora, ))orque en el plan de mi
I.A irUJEK EÑ
vida,- el presente es lo único que la preo.cupa, el porve nir es palabra sin sentido.
Sin embargo,' después de tantos y tan justísimos • cargos, forzoso es convenii- en que una vez advertida del toicido y espinoso camino, por el cual tan ciegamente marcha, no solamente le abandona para tomar el qué como bueno se le indica, .sino que, con una voluntad digna de admiración, rompe con sus arraigadas cosumbres, y con gran provecho acepta y practica todo lo que por su bien se le aconseja.
De lo que últimamente manife.stamos, es una priie- lia positiva el adelanto de los alumnos de la escuela de adultos, a quienes se vé, de.spues- de largas horas de trabajo corporal, prescindir del natural descanso, para buscar el pan de su inteligencia que, hambrienta de sabe^ recibe agradecida cuanto se le ofrece
Este progreso notorio de los adultos, es la genuina , presión de lo que pasarla en las mujeres de su clase . quienes, como á aquellos, ántes de conocer el maravi-
üh!nt obtenido con la creación del estableci miento a donde coiiciuren por las noches, so los supo ne, p-atuitamente, sin facultades,para aprender, y sin ons ancia para continuar adquiriendo conocimientos. aciior/., r " mcontestable, y en esto estamos de acuerdo con los que niegan aptitud á la raza neo-ra para instruirse con tanto provecho como la blanca,^!!?^^ aque la ab.andonada clase no se vé inclinación decidida rofipi^ + 1^- atmósfera incivilizada que le lodea: es también una triste y reconocida verdad míe de'su tr-!t"^'^'r' soii causas poderosas de su tiiste situación. Pero todas estas cualidades deis crocSeSoT' civilizadoi; SLeracion S i' ""f operar su re- geneiaciou, ¿dependen de sus condiciones morales ó de sus pocas disposic-.^mes para instruirse^ ' 1.
Véase pues, como su poca inteligencia, sn meuguado_ amor al estudio no pueden ser atribuidos á su perioridad de razas, sino á su triste condición social ¡Cómo bendecirían esas olvidadas hijas delpue- blo á sus hienliechores, si la luz de la ciencia, disipando las brumas de su iguorancia, les piermitiese conocer lo s" misión 011 la . Las ocupaciones habituales de las mujeres de refe rencia, son deordinario lacostura, el lavado yplanchado para cuyos trab.ajos no poseen auxilios, si se hace omi sión de la -máqmna de coser, introducida en el iiais recientemente.
'
Como tales medios de proporcionarse el sustento se encuentran en el estado más rudimentario, pues l-i mecánica aún no ha venido p.ara éllas á disminuir el trabajo y aumentar el producto, pcrfecpionando por otia parte la mano de obra, el lucro, proporcionahnen- te exiguo en relación con sus necesidades, las obli<ra á llevar una mda rodeada de privaciones. De la negra de pura raza, tipo del que se encuen tran ya escasos ejemplares, sólo podemos decir om^ ocupándose, constantemente, del trabajo con niie sé procura la subsistencia, ni le preocupa nada de cuanto nicir más que sus necesidades orgá- Su vida, reducida puramente á la veo-etativa tranquila desde la cuna al sepulcro. é'inquictáiíZc aolo poi el presente, sin idea de cuanto al lioiubvc dls-
u
LA >IÜ.)Ei! KS
tingue del irracional, lu sn siueño SQ interrumpe por laS' penas morales, ni su corazón late á impulsos de una acción grande y generosa.
Para estas clesgiaiciadairi liacidas para trabajar matenalnreute, no existen los goces del alma, ni la dielia de las prÍTÍlegiadas clases. Todo para éllas está \Qüac o, solamente el e.scarnio, la indiferencia, los me-. cuos de contribuir á su propio eurilecimieuto, e.s lo úni co que se le prodiga.'
i Cuántos y cuán severos cargos habrán de dirigirse á lo.s autores de tantás maldades en el dia de la senten-
hora en que, apareciendo ante, f.-iriri elimina, se les tome cuenta de la ninguna candad que para con los pobres esclavos tuvieron!
n..rm ^ ® <^ie los desgraciados hijos del e. africano, de su degradación y' de sus rospousahles los que, coraP. , _ todo el horror del mal que comctian, per- ™ljavgo,.en el delincuente empeño de
wtninu sin detenerse á meditar en los itsnllados de su eensiiralde conducta.
"egra, que puede pemsar, que puede
todo lo C'orazon capaces de habor^«!n en Puerto-Rico, á pesar de del tinnn odiosu esclavitud, siendo víctima del nunca hxeu ponderado envíleehniento del esclavo.
veiit<iin« eompreiulor las eion - «US liñi 1 ha mejorado de condiineuítas po Ur "^'smos; sus costumhres tan ;Hasta eiinmln''^'^ necesidades, tal vez mayores. 'Y no t su eomheionV se les debe ivivlr''' 'Púes relativamente, no niteÍnn'lxpcS cmm^prendeu IlmnannladAl,i;Sr:íio"í:^;:iS^ ¡»e«.nmiada
por lo uiismó'nin-V uacidos para elevados fines, luUlarTno L <^^eheu cul- O 1 itdeii fiejar de ilustrarse, pai-a conocer
pueuto-Ríco
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en lo po.sible el objeto de sii misión en la tierra; pues si la eivilizaeion, como algunos pretenden, trae eii pos de símales siu cuento, estos son hijos de las pasiones, domiiiahlos por la educación que todo lo vence y allana, por más que otra cosa so.steu4'au los euemigos del pro greso. Si alguno no supiese dominarse s7¿/¿¿ impitút, pero no á la cultura, fuente de toda felicidad.
Estudiada la mujer en su parte moral y desde líi nubilidad en- adelante, detengámonos un momento en su modo de ser orgánico, desde el nacimiento hasta la época indicada, por más que en fuerza de lo dicho, h.ayamos apuutadü algunas ideas propias de este lugar! Nacida la niña y después de ciertas manipulacio nes, que las llamadas comadres ejercen sobre su delicada cabeza, con el fin de hacerla perder su deformidad es ■ envuelta cutre paños ele finísimo heiizo,- y eutreo-ada á la madre que, en el instaute ó poco después dá prmcipio á la lactaucia.
Pasados algunos dias, y cuando apénas la criatura sabe malamente practicar la succión, no es.rai-o ver á la madre que, sin causa justificada ó por creer deficien te la alimentación natur.al, experimenta el deseo de ayudar al so.steuimiento de la. niña, ya con papillas, ya con otra sustancia alimenticia cualquiera, evitando asi el llanto natural que le cansa la necesidad imperiosa de satisfacer el hamlu-e, ó la acción do lo.s agentes-exterio res, que.la imprc-sionah vivamente.
h.í&tíi alimentación, anticipada y casi .siempre in conveniente, enus.aiido yerdaderus hTitaciones en sus delicados intestino.s, det'cnninau con frecucucia padecimieutos que, ó aniqiiilaudo su orgamsmo sou causa de un clesari'ollo tai'dio, ó i)rodaccn otros trastornos que, más iutensos, destruyen su ^^da eu ílor.
Tales prácticas, uotablemciito pei-judicialcs, aumeutau .su perniciosidad, cuando penmuicciendó'la'niña encerrada en habitaciones eu que el aire es'deficiente ó i
á(? lA Ml'Jlifl KN'
no se renueva con frecuencia, se le coloca por las en cargadas de cuidarla, en actitudes violentas, las cuales, por su continuación, producen deformidades en su endeble esqueleto que, sin sales bastantes á darle con sistencia, se presta á tomar formas que distan mucho de las naturales.
Plinio decía: plus occidit aer quam ^hdiits, y sin embargo, ^¡cuánto no se desprecia el valor de sus palu¿Cómo es posible vivir sin aire, cuando la mis- bras! ma prodigalidad con que la naturaleza nos le concedió, prueba la necesidad imperiosa de su aprovechamiento?
El defecto de tannnaravilloso compuesto, ó el respirarle cuando está viciado, son tan poderosas causas de clebibdad, que, basta comparar la salud del niño,de las ciudades con el de los campos, y observar el con traste que ofrecen, para convencerse de cuanto importa respirar bieu. ^
Durante la iirfancia, en que la actividad es suma, y de cuJO periodo se conservan en adelante la robustez po jreza conü'aidas, es cuando precisamente los esueizos deben rcdoljlarsc para que el .aliento pulmonar * sea a mudante y no alterado. .Segun es nuestra atmóseia, es nuestra respiración; como nuestra respiración bxlo sangre; como la sangre nuestro organismo
1 d'i'é'nos de la luz, ciiva influencia, altase aprovecha pocas veces para comniños cjihdad general que de ordinario sufren los
lf^ y en todos tiempos, dice el erudinÍQ ^i-Scñor Panadés, se ha reconocido la influenb^n í," i i" • pnoblos incultos le fi'i -ni T ^'^'-j^^'^tlvamente-adoración como al astro In-^' ccundidad y de vida. Jms libros sagrados, os cmitos de los jioetas, celebran la intimidad de la ^ liomlirc; y iaivoisier. el sábio ((uímico de 'l"c la Organización y dp 1.Í Y' existen, sino al contacto
T n f'A\ lugares bañados por esto elemento, m laoula de la antorcha de Prometeo constituye la
III-ÜERTO-RICG
expresión de una verdad filosófica no ignorada por los. antiguos. Sin luz la naturaleza carecería de vida, se hallaría muerta é inanimada; un Dios bienliechor al producir la luz, ha extendido por la superficie de la tie rra la Organización, has sensaciones y el pensamiento. ¿ Quién, por otra paite, no reconoce en aquel es timulante la causa si no eficiente, poderosa, del senti miento, de las ideas, y en una palabra, de las pro ducciones de la inteligencia?
Si nos fijamos en los séres vegetales, conoceréinos desde liiégo que su respiraeimi es nula ó lánpiida en la oscuridad. ¿Quién no conoce que bajo la .acción del himinico, las ]iarte.s verdes absorvon áci do carbónico, que el carbono se fija en los tejidos de la planta y el oxíjeno es exhalado? ¿Quién io-úora que en la oscuridad se produce un trastoj-no completo de fenómenos químicos y que con la privación de la luz disminuye cu los vegetales la cronoliiia, que los jiums propios 110 se elaboran, que sobrcabimda una sávia íienosa, y que los tejidos débiles vegetan con una raiMdez enfermiza? '
Pero si todo esto fuese desconocido, lo que 110 «uponemos, ¿quién no habrá estudiado las expevienclMs de Mr Edwards? ,Si se toman dos vaso.s, dice el sábio ele referencia, y se depositan en ámbos, huevos de ranas, cubriendo el uno de papel negro y el otro deján dole li.ajo la infíuencia de la kiz solar, en este los hue vos se abrirán indefectiblemente siguiendo su desarrollo miéntias que en el primero todos habrán perecido. '
El lisico Moren nos ofrece experiencias todavía más concliij-eiites: colóquonse, dice, dos vaso.s <iue contengan una infusión vegetal cualquiera; prívese aí uno completamente de la luz y colóqiicse el otro bajo SU acción directa, y .al cabo de algunos dias se obser vará el curioso fenómeno, de contener aquél infu.sorio.s
LlídS.' ™ ™ infusónos
Si se tiene por otra parte en cuenta que el niño posée una temperatura menor que el adulto, pues segun Edw,mls y Lrcschet, la jueclia de lo.s rocíen nacidos
LA ^^u,rT.n t?n
es de treinta y cuatro, y siete grados centígrados, ;có mo no suplir la deficiencia de la calorificación én los" primeros meses con la complementaria del sol?
La palidez de las personas que viven en ios asilos, conventos, cárceles y demás edificios en que la luz penetra pohremente, débese, sin dudarlo, á la escasez
)!Xe nícíT?"^• alimentación pobie, poco ejercicio y causas de ánimo deprimente
rafetiSario. en débil y P"es, sentado, en vista de las observacio nes apuntadas, que sin la influencia de la luz v del aire
-
1 lo. .cnoülo. ioego, do vé en las plazas, ni resnira el i lo. c.mpL00,,;«oirñiSTo oi,'I!'""!'"' .
estío abandona la casa en dondp á i caluroso1.«OOO,,,lvod.doiriS'SoX-ottfS "■
oSoii,. «.'loi f
pena, por lo mismo que tal nreci rt ,oin ^ - No parece sino que la-S' T ■l"Sllfica. que ha de^tener la nüia, es superid/ al't-^" puede disponer. Contraste raro uaríln sible que risa -causa ála v'ez que'coinoÍ "^'^^mpren- á la bija, sin temores ni csciabnilos cÍ r ' • cada iníancia, paradespués de éllív"Y " la al quietismo que tanto deploramosI ^ cntregar- Concurre, pues, la débil educanda -i in. n ' , y ¿qué sucede? Que las profesoral rlt* f'i"®!"®' glas de higiene de más reconocida necesidad? tie''® ' la nina cinco ó seis horas mortales en im- , ' «011, y en donde, viéndose obligadas á iYp ■' rales inclinaciones, pierden el gusto no, í ' toman ojeriza á las que las diri-mn y po" , escuela, d i^flico modo de ieinpri.arlC^ÍCi SjSa:'
l'ÚF.RTO-RlCO 2Ó contraen el vicio de mentir, y tan funesto sistema, con que nada se consigue, desmoralizando más bien, produ ce abundantes pero nocivos resultados.
Alcanzados los diez años, edad por la oiud la scño- rita no ya acudir á los colegios, la m.adre eontim'ia dirigiéndola eii la casa, cu la que. siempre encerrada t^ca el piano, teje crochet y habla con las amigas! de los atractivos del baile que ciiii3Íe2a á freeuentar, sufriendo los rigores de un apretado corsé, nuo defonna su pocho, que le mipicle los movimientos, y con «lyo uso, desgraciadamente muy generalizado contribuye á aiunentar su predisposición 'pai'a la terril ble enfermedad que ha de minar en breve su existencia
^ los doce años, y ciiaiido la naturaleza le adrierto de su aptitud para ser madre, abandonando ya total mente la idea de continuar ilustrándose, se entrega por completo en brazos de la moda, que no deja, tanto más, cuanto que aumentando merced á élla süs gracias multqilicaudo sus liechizos, si os que á ios doce ó quiñi ce años se necesita del afeite y de la moda para ser bella, se dispone á entrar en el estado para que toda vía no ba sido prop.arada: en el matrimonio.
_ La vida sedentaria, la falta de Inz, las malas con diciones del aire que ha respirado, unido á iiua alimen tación excesivamente vegetal, han impreso á su ormimsmo harta la edad indicada,, un abatimiento, una pobreza tan proiinnciada, que su salud puede aseourar- ' se que hasta_ eiitóiices no ha sido otra, que la defvale tudinario ; siempre lánguida, siempre débil, coiistautemente quebradiza.
Pálida, ojerosa, siu ese earmiu que en los lábios se muestra en el rigor de la juventud, aquéjala de eontmuo un malestar que la entristece; dolores vagos en ri pecho; inapetencia con-stante; pereza en las digestiones, y solamente la riveza do su génio, la irritabiliclad de su sistema nervioso, ,son indudablemente los mucos modos de actividad que manillestn, aunque a decir verdad, también perturbados con el sello inecimtoeo del p^adecnmento. ^
; Como es consiguieute dé pobj'ez.a tan general, la
función que en la mujer lo representa tocio, languidece ostensiblemente; las perturbaciones cpie sufre, dejan profundas huellas en todo su sér, y la debilidad que en élla se observa, le clan ese tipo caracteristico de las personas predispuestas á las enfermedades del aparato respiratorio.'
Consecuencia funesta ele tan desgraciadas disposi ciones, es, si mayor cabe, el racpútismo _y pacleciniieiitos congénitos que los hijos tienen al nacer. Estas pobres, criaturas, beredando de sus madres el triste capital de sus temperamentos y sus enfermedades, ó sucumben prematuramente, ó legan á su vez á sus futu ros clesceudientes, todo el caudal de sus perniciosas riquezas. ,
1 ero como si esto no fuese bastante, como si toda^ a a puertorriqueña, no representase en su organismo summun de su mayor calamidad, los jóvenes que ijen esposas, sin parar mientes cu la poca edad de sus piometidas, sin atender á su temperamento, que quizás amuele en peores condiciones que la de aquélla con quienes han de enlazarse; sin tenor en cuenta que los na iimonios consangiiineos están reprobados por lá
^Inbcar éllas en consagrarse"á un hombre
^ ^ cuádruplo'de sus años, cele- bian la unión legitima, llenos dq satisfacción y albo-'
IiTL f siqmera que en no lejanos dias, desventurados l!5or tumba de sus sea extraño tiene, que nuestra sociedad contribnvo coiupasioii, si Cada cual por SU parte uo ^c^ediar males de tanta trascendencia? himenimia
ítecian los antiguos dal mivni. ,'i conocimientos, con un caunan amielli los sábios modernos sanciolev de pi-PiM rio como máxima, sino como ley de eteina verdad, debe ser aceptada por todos.
de p'sn Observación no comprobara todo el valor Uuitnnto ^ escuela de Salerno no tuviese Uistnnto n. P • i' , escuela de Salerno no tuviese tíos lemS f.i para nosotros en los principios que o í fácil, muy fácil nos sería demostrar una vez
nrEiiíTípiNtco
Y". ^' ■1.
ijás, con hechos prácticos, ^da la vei;ckd é,importanya que aquellas palabras encieriiot ■- ¿i"'' r nv i''"^ íipnrato de visión perfecta,Jpsimágenespene cibidns son coiifu.Sas; sm la dMfcrfdéza'áeí oído lás ai-moniosas prodiiceiones .de hlozart y de Rossiiii -pf conyertlriaii eii ásperos sóiii/los; sin un tacto ñorjítórl m impresiones no pudieran cttstingiiirse con exacta?' ¿t¿ué mas falta á nuestro objqto^ V
Cuando los medios d6 ti1femisídíf¡|0TFj?iK ^Xtro de recepción no puede juzgar sinB=^í:¿¿émí11e las im presiones que hasta él llegan, y si estas impresiones son equivocas ó se euciieiitran perturbadas, el resiütaclo de su actividad, que debe ser uniforme canlo que se le , trasmite, tiene que adolescer de los mismos defectos
Recíprocamente, los centros afectos no tienen ap titud para apreciar bien has impresiones recibidas, por más que se lo trasmitan por órganos de perfecta 'funteilo?^^''^^^' i'eglas de buen cri-
La alterncioii de la salud, ti'adueida por el desórcleii funcional ú orgánico, no puede ti'aer en pos de sí armonía; suponer lo contralló sería una palmaria ridi-,
vlllCZ» *
Si, inics, las facultades intelectuales, desempeñan tanto mejor ^i cometido, cuanto los instrumentos por donde reciben ó trasmiten á su vez las resultantes de sus lespectivas actividades, gozan de más integridad queda probado que uu individuo enfermo, por más que lo sea parcialmente, ha de encontrarse en peores circunstancias de razonar y deducb-, que aquel cuyo oiganisuio goce del perfecto eíiuililulo que representa un estado de porfeeta salud.
Pero dejando á un lado estas filosóficas considera ciones, y 1ülyieudo á nuestro tema: jse halla la mujer del pueblo, esto es, la,cuarterona ccni sus varíe dia,ibtiSSbS nos, ciece y se desarrolla de iiua manera acbnirable, no
S2
lA MUJER EJT
\)areeionclo sino que la X'i'ovklisiieía vela por élla privi legiadamente, como en desquite de sus numerosas desdietias. -
Sin verse envuelta en los abrigos oon que ciñe su cuerpo la acomodada señora, corre juguetona á la in temperie, ora recibiendo la lluria, más tarde colocándo se bajo la acción diroeta del'sol; é'iustintivaraente, uu\endo oe la viciada/atmósfera que se respira en el cuarto que babita,-busca la compañía de las demás niñas e su clase, rQousteeieucio sus miembros con su inctuie-' to correr y sus movimientos constantes.
Más crecida ya, y tan aficionada siempre al paseo como a egie y saJsiecba con su propia escasez, trabaja unas veces, otras se,dÍA Ícrte, y con más precocidad que, a_j \en de elevada posición, alcanza la pubertad, siix advertirse siquiera de los cambios que la naturaleza ha Ido eíectiiaiido en su organismo. ''
,.m.. y gozando de ;la plenitud de su JObustez, la joven á quien nos referimos, es ordinarialui e( e temperamento nervioso, pero con apariencias e pindegiado sanguíneo. Bien desarrollada y sin nietereológieos la impresionen nota-,
inair ebza en general de buena salud; j' contraído ne b io?fM?a^ ^bustos, tieliipn ri /'í ,^ Rigorosos quG educa á s\i manera, eXeSenio."" ^on'respecto á de Pbi- el deber ineludible tX^atX ?! i'V y sus hijos, á cienté'b nri° ®'e"_do su alimentación nmy deflfiierza mi<> pniiciiiios nutritivos, y teniendo por do conclin "" "-''C á la par qiie viciado liúinc- do, eoncluye por extragiirse y acallar con su vida.
bUl'f f" transición? La jóvcui soltera, robustez 1 -•"" dores año.s, que le dan mayor de) •iüm'pi,!' tanto eoiuo la madre, que se priva tíuilo to>i> P'^"l compartirlo con ella, ni permanece inorras' iT!!,'" insalubres iiiaztdiesc á l-'nbitacioiies humanas. Agré- á este distinto modo de viiur, el no tener que
l'UERTO-RICO
S3 luchai- con los muchos sinsabores que la misión de madre proporciona; entre los cuáles no es el menor el afan de sostener á sus hijas con im lujo innecesa rio, privándose hasta de lo más indispensable, v se verá SI hay cansas, más que justificadas, para cm¿ los cambios apuntados se efectúen en ellas con inmutable precisión.
Respecto de la negra, que acostumbrada desde la mnez á todo género de privaciones, y que ideiitificáuclose con sus miserias, parece sufrir cuando se la oblio'a á alterar sus costumbres, nada añadirénos á lo cxpue°s-' to, sino que, fuerte y robusta, permanece indiferente á todo, consiguiendo ima avanzada edad, que contrasta notablemente con sus hábitos y miserias.
De temperamento, sauguíueo ordiuariameute y como dejamos diclio, acostumbrada desde la niñez\á soportar la inclemencia de las estacioues, las enferme dades propias de las demás clases, iii la hieren coa tanta frecuencia, ni causan cu ella tan profundos des órdenes.
>Si_ posible fuese, pues, aceptar que no es una des gracia inmensa su desconocimiento de cuanto pueda 11amaise saber, tanto más necesario eil ella cuanto que su envilecimiento depende de la ignorancia, iiodrlamos asegurar que por la fortaleza de su constitución y iior la perfecta regularidad de sus funciones vooetatlvas las privilegiadas de su sexo serían las negras de ixira raza; las que ocupan el último peldaño de Ja escala social.
Estudiada la mujer en las poblacioiieb de la Isla y conocidas sus bondades y sus defectos, cumific á nuestro propósito penetrar eu los campos de nuestra querida Puerto-Rico, y deteiieruos allí á fiu de comple- ' tar las obsei-vacioues que venimos apuntando.
En verdad que llama nuestra atención, y nos sor prende, cuando al tender una mirada sobro" nuestros campos, y observar la superabundante yegetadon que ostenta el yalle y la colina cubiertas sicmiire de lozano verdor, contemplamos junto á esa vida vegetal, es-
Si J.A irrjKft liK
pobre eampeíiua^''^Q,,e^ maveliita y laiigiiidceieiite áe Ift
viciad, crece se de'o árbol privado de actitlireeú ó^lifusa°quPl?r'^"T'® fortalece: la In^
Umpido arroyuelo one el espíritu; el copudos árboles qu? L sombra de los , 'loleitan los sentidos- Vi • 'les,flores que ' trovador de las seiv4 1 ^l/^leí«imo cantar del alado ^'•inda prcidio-a naüiíaW ''^l'-'^olutamente todo, le Walileaesvec» ^ <""1™™ --yiu.c procüQa natiii-fl)n,„ '''V-^"'"camente toüo, le toles bienes y a. i y embargo coa resvidencia derramó sobre dones como la lestros campos, la senciile i 1^ mujer de ''íirraetra mm existencia' f débil y enfermi-
Cdada imr narp" ^ ^^scrable. y obodoccr cuanto st snoe'"° ^"6 traba,\ar ce por lo regular más ® ordenan, ni conos ni más faenas ('me v ecinos iumcdia-
Temerosa y escmiva ' como la -gaeebí cS o'pf°' social, buj-e Pcrcibn-la, y s.,s neéeSial ciudadano alcanza á
tlriii ^^"Icrmándose con'r 1 tooteriales son tan pocas, nada envidia ni ambiSatisfecba fMi.i 1
- se con nii ]uiiiup,n^f^ modesto vestido ó m íá Ic-sonrisa amrp/> ^'°lcres, su rostro completa re),osa en sil l' labios v la alegría -ámante v « ~ corazón., V'" flto'mitiga sms nen',,"r ®"'' "moros: el j,„ '®,ll"'''do de codiciaiK ®lcmpre. do su pecho del 'i con(a :;l ,';l,ÍVT^"''' y sus aspiracdones Umi^^''^^'"''^ctlgunac: cele1,rars¿ la fiesta élía '■ ^®c A'iaje su ¡(b-.r ÍV-co'ndad religiosa, consticiml. T'® que !V ''f' ®" para -r Cb pudieran liriud-ir "tráctivos que nuestras Icl baüy p./: 'VVdistrl|^"-'^"'®lcdores ños*^^ los primitl- ' Cciou favorita nim forinu de tal modo sn ' no Jiasa semana, ni día alg'u- i
rrimTo-nico
tiocíSus'to'iXi;;;;
sS'úk™ »noi"« «q tiifeiTÉ. ss:!:;:^z
cuanto se la refiere, es simersticidsn • / ^ mnnletos, siendo mneluls ve™ d" ereenems causa poderosa de nW "^Icsgraeiadas práclkas queproclama,, s'u carenciaVio ElS.' ' rcsignaeim.r'siSienlf'y olLíiemda'ek
■acreedoras á nue se cstudipn Ipo 5;''^ ciega las hace mai-e'hitos bibVss^mTlan ^ostcnklT''^ Pá'idos ojos, sus bilidacl do su oroVis'n,; Sm S falta de buena alimentaeion, se abaíd d^ P^^' acrecentando su ijobreza el nrA-,- día; ve«e.t, • Vidos, bombres cuvo oriVon ítV "ceptar por ma,,,.„ cíirooSEñf. tanas una jóven l.lauca bell-i v fn? ^ cigi- género de perfecciones físic-is J !w'nTf" mo ella, no siente mis dmdd;i,Pi,'!" fV' c'"" íacer sus naturales instintos. ^ntisnaclu ,„e mU i a™S'bd "" cuentra, ni sabe ni conoce Jo nue ^ m c-nOlu-ando por lo que .Se le ocurre n ^ convenirle? ' que los demás no rechazan; obedcm^^'áV^V su corazón, y su incivilidad, si bien eim-t-, v ! tabJe, no obedece, bien léiosdo eild d " dementa. 4,,1» iS!:
I-A MUJER EX
Mencia con que siempi'c se ha mirado al carapesiuc poirre de nuestra pobre tierra.
los ¿cuáles serán non-eiiir rlp 1™^ 3' adecuados para mejorar el porAenu de la mujer en Puerto-Rico?
Que ^"estro trabajo, y como, boceto so iiidicmin *■ pintura más acabada lueble's al hombvp ^ Snnas reglas que, siendo indispensa- ad cSZZ^ perfeccionamiento, eran á la facultades oup pi''*' i'cyestida de las mismas de otras nam po P^mero, necesitaba de aquellas y no otias paia consegmr idéntico fin.
cuanto á me^OT'Z'? nosotros trazado, acerca de este mSo h lo -olZ' l^^^ra, e^•itand¿ de si no nos ciñéscmo^ a Z® ejadentemente resultaría, mente Plan determinado anticipadade la muL^ 7 ''''' reseña que netividad intelectual de bl V P''eg»ntamos: ¿la en razón directa del o-.. 7""^^ encuentra elpresente? ' o ado de cultura alcanzado hasta y de la locaUdacf?°"' ^ las exigencias del siglo paramoinuestTradehíS'^'|''^"rZi™®^^^^'^''' ^ países privileo-iados 'p,, ü "i grandes y portentosos ú '^'7 ® ® Pombre ha reaUzado las ciencias v lasavi-pai '"'™e_ntos, y en los cuales de esplendor dedupi z''*'" ^®"®®g^ddo un grado máximo intelcituaíVle iZmPv que la-cultura Into, por lo ménos dciq
En efecto lo ^ que desear, en que hemos ñod^Z^ ^ localidad, única
1 nemos que, cu el año que curaa.
PUERTO-RICO
j existen en los seis distritos en que la Capital , J tra dividida: \ 37 se encuen
Niñas blancas de 7 á 13 años que concuiTen á las escuelas
que no asisten á ellas ni aprenden en sus
Si se suman estos totales y se busca la media pro porcional, resulta-que, por cada cien niñas que apren den á leer y escribir, existen veinte que desconocen el abecedario. ^ ■
Ahora bien: con ocho escuelas púlilieas que el Municipio tiene establecidas en la población, ¿qué nú mero de alumnas debe concurrir á cada una cíe ellas? Doscientas veinte es la cifra; hé nqui el absurdo ma'yor con que podemos patentizar la urgencia que hav de triplicar por lo ménos las centros de enseñanza.
Pdro no es esto solamente lo que el cálculo noe (Icinuestia. Si al total citado de las mayores de siete años hasta las de trece, unimos las de cinco hasta lo.s siete que no las reciben, y las' de trece en adelante que tampoco han obtenido aquel beneficio, ¿cuál sería tam bién la media proporcional? Ni en Rusia ni en Tur quía, países los más atrasados cu esta materia, hallaría mos tanta deflciencia de conocimientos en la mujer
CiviUzmX '>mplacable, las puertas de la anhelada 'ea la^ciulVfr'r"T lamcutiiniog en Inr i indudablemente mayor P»ta ™T%.r"?,a •■■'»!'''»" "« "« l'»St son ciertamenlp lie otia la aiKitía rio loa Urunidjiios, mal. ' causas poderosas que sostienen hl
ManitíSSe guranieute hubiera señalado ^co,rV^^"® •ipnntamos, se de nuestra oscuridad inteloctua d re7° m'
S"rr r,.'" "-"S.ñipa,""""»
ner presente, pala'^podm mecernos Imlaqadosporfaisas°ilu -h " ^ ¡^dor- escuelas mencionadas, no hav n brinda enseñanza en oa-ado 'sm.P r'' ""I"® mayor número, son ele ks con F í " ^''^^.o^ras, en su (las incompletas. ' tanta propiedad llamay Pi'escindiendo de estar, • i siblo que tanto se limito lallnstFF^ ¿®® P®" to-riqueña? ;I,e bastan ca tiación de la mujer puer- fa llenar, como es debido sus^^'|P®'dps oleraeiitos pa- Decia el eélchio ®i'® «tihqacioues? ^ confirmado sn dicho 'qu-F!)*'^ í' ®^'Pe>'iencia ha siempre la obra de su mad-'^ Ty'''''?"'' "» l-iio es invicto Emperador, Cünsió„a,noF'''F y®''<'diando al hombre será siempre la resulto V ia felicidad del Clon de su compañera. Pues / 'i t'iieiia educade la igimraucia, el escánd.do n Patrimonio tes, la falta de prudencia el nlv" mal sonauconvpnieiicias sociales? ' en fin, de todas las ciiqíeddiFn'Sem.ícSsímí'''' y con
¡¡ttlSctrSSl?''?""?• -•lOlu.trnclo.«•««w»4S?rsssKteff lian; el lio poderla pedir conseio Ic d 1 ' ™P"íi'-
cono, naciendo la disidcncU to,, v ®^"'8'®ndo el en- dio, la dulce tivanquilidad dd hoo.aT^hrcheh''^ despo-
edificioque el aií^S^£SrvSS"- oh.... los hijo.s, esos pedazos del alma nnc tv. i f' debieran ignorar, recogiendo el fruto de tantí dh'' '' l ia, counaturalizáudose con loque de sus m<h.l
í1««tr;,eT»KSe1r^ "O
J.ra educación, fneiito i'nao'otablp de i.moUo i de ser la piscina sagrada en donde, licbiendo k nn • '! el puro néctar de la ciencia, regenere sus natn.'. i clinacioncs, modere las tciKleucia.s de sus capricho?
La mujer ilustrada, dice el Doctm- «oi ■ está exenta de las siiperstieiones que dcorndan e'l ahn°' de la charlatanería y de la murmnracionr ' ' _ " Con el cultivo do las ciencias y ks artes tara su inteligencia, enriquecerá su euteudimicni " podrá con<íoyciider al Jiomhre, colocándose á su nivel
La mujer debe sor iijioiada por su madro ph 'i I importantes deberes que está llamada á cumnliFFn ®
Uaedad; debe ser hacendosa, casta bcnéfics • Iti'abajadora; necesita conocer k ¿conÓn ?d lahigiene lafi^logia, la botánicarrSmS^SS' bca, cpie la cariñosa madre odia tanto de menos al v-cll yunto a la Otilia de su-niño enfermo, viéndole sufrir dí loder hacer nada para aliviarlo, cu im accidente repeT ' 1110 ó de.sgraciado. . iqijtii- '' Lajnadre debesaberademás, quede la habitación ue un nino ocupa, de la apredadoii bicu ó mal hS
LA. M'.'JKU EK, de tal ó cual pvedispósicioa-hereditaria-ó adquirida, do los alimentos y de los ejercicios, pueden resultar la salud ó la enfemedad y el estancamiento de su organi zación física; las afecciones escrofulosas, raquíticas etc., de la infancia, que según la opinión unánime de todos los médicos son sns-eptibles de ser ahogadas cu sus gérmene.s, -no harían tantos esti'agos, si llamados aquellos oportunamente por madres prcrúsoras, opusie sen á su desarrollo,los medios que la ciencia aconseja." iodos estos conocimientos, que tan sábiamente -reconoce necesarios en la mujer el Doctor de referen cia, y que indudal)lemente le son de absoluta é indis pensable necesidad, ni puede adquirirlos hoy en Puer to Kico, m en manera alguna son conocidos de la ina}orla.
Sistema de enseñanza tan deficiente en la isia, no diré ya de las niñas, sino de los mismos jór^e- nes, imposible de todo punto se hace el llenar la obliga-
iii'tiTin 1 f ^'^^ccarlos tenemos, cuando ni siquiera el primarias es suficiente á cubrir ■ las más apremiantes necesidades.
miiitfwDr?!^^'/!^^^' escribir, es miposible de todo Lío de nr n u ^ ihistracioii; y oim en s.tllífí? '""i " arrancar los conocimientos •do nree'isn • ^ ^"etiaii adquirirse, de aquí el que, sleiiLS de establecer esabase, haya necelienar el defent' suficiente de escuelas, basta iiLiiai el defecto que hoy acusamos.
ctue manifestar una y hiíl veces, iníuEhoarL?" males, se necesita todo niiu'to fil fi 'le instrucción, haciéndola de tismo ni tirania"" ? epie tengamos por dcspo- , todo eiiediinn ' "^ms bien como práctica digna do padres tntn..' castigue severamente á los concieneia "encargados que,teniendo un deber de se hallan ñ ^ ^ mmiphr, no aprovechan ios medios que les (ítá P, imhle misión que its cbia encomendada.
cimichtíf importante paso, ecliados los primeros suntuoso edificio de la regeneración de la
mujer, vencidos los primeros inconvenientes, las futu- ras generaciones, más ricas, más fecundas eii bienes ofrcí^ráii al hombre iina digna y virtuosa compañera! Peío lio hasta todaida que haya escuelas ; es preci so ante todo, jiara que el resultado corresponda á lo C[iie ueseíiuios, c[ug Iíis profesoras, educadas expresainente para el objeto, reúnan dotes indi.sponsaldcs tiara dirigir la juventud.
^ Creemo;. que las señoras ó señoritas encargada.s de guiar á las niñas, habiendo adquirido sus títulos eii escuelas normales, deben unas dmigir á la infancia, amoldando su tierno corazoii á los principios de la saim moral, robusteciendo otras esa educación moral recibída, por medio de los conocimientos superiores.
Pero como además de estos que pudiéramos llamar mclispeusables, necesitanse de otros que compléten la educación femeiiiiia, las profesoras de primera ensenaiiziq eonveuientemeiite pre.jarado el terreno, inieden ampliarlos con las l.-iliores propias del sexo, sin abando nar un sólo instante la educación moral, .sobre la que debe cimentarse todo cuanto la mujer aprenda sea cualquiera el oficio, arte ó profesión á que cada tina piense dedicarse.
Los couocrinientos llamados de adorno y que tanto se ameneii con su carácter, no se les deben escasear en modo alguno; la música depurando los sentimieiitos nuLS dchcados del corazón ; la pintura de.spcrtaiulo el son- ■ timicmto de lo bello; la escultura enseñando á percibir las imperfecciones del cuerpo, remedo de las del alma ademas de la actividad intelectual que desarrollan, fa! ctlitan la manera de matar el óeio, causa niuclms lam-es del olvido del deber.
Es preciso, por otra parte, tener muy eii cuenta nuc no conviene exigir á las niii;i.s nada qúo iio se aveno-a con su edad _y naturales disposiciones. °
Ei olvido de este consejo, altamente práctico, tien de |)ositiyamc-.itc á sofocar las más eilvidiables dotes lacilitaiido la manera de contraer enfermedades que consumen los más privilegiados organismos.
¿Cómo obligar á una nina á iienuaucccr horas eii-
^•3 tA Ml'JEH EN'
tcras, guardando un silencio mortidcante á nu edad? ¿Cómo exigir de su naciente iiiteligencia." progresos incompatibles con su desarrollo? Xo siempre el que marclia más de i)risa llega el primero al término deseado. Entreténgase solamente á la niña en los primeros años, permítaselo la distracción y el juego; hágase (pie los mismos objetos de entretenimiento smvan de medios para irla disponiendo al estudio, y no se la obligue á ejercitarse en labores imúcdiatraiiente, pues ni tiene fijeza para ob-sorvar lo que so le enseña, ni sus máiieei-. tas están todavía preparadas para manejar la aguja," como equivocadamente se supone.
¿Por qué no poner en práctica, para la educación de las niñas menores de siete años, el recomendado sistema de Frocbel, sustituyendo la demostración ina- ^ terial, la enseñanza intuitiva á la tan difícil abstracta y teórica?
(*), El .sistema Froebel, que tanto lian preconiza do, convervJidos de su eflcacia, la Baronesa de Marenholtz, Mdme. líuelon, Jacobs y oíros niucbos, ba tomació tal vuelo en Alemania, que—según la estadística pre•sentada por M. IbiouM—en el año 1859 bahía en el cita do imjrcrio cincuenta y dos Ki'idcrgaríen; cinco en Inglaterra; cinco en Francia; muchos en Suiza y varios en creación en lü.s Estados-Unidos.
Los Kindergarün de Eroebel, qnc signiricau jardi nes do la infancia, tienen por objeto la enseñanza de los niños al aire lilu'c, llonamlo clmesle modo la primera condición de la instrucción que consiste en no quebran tar la salud, sino en robu.stecerla, en oposición á la snprcmii Irx de la jiedagogia actual que para nada se acuei'da de ella.
La pei'inanencia al airo libre, vivjlicado por la ve getación ; los ejercicios gimnásticos,, juegos y paseos ; sensaciones pbicciilo'as ; be mflii las maravillosa.s comliimicioncs cpie ol sistema indicado reúne, sih que el cuerpo se fatigue ni el espíritu se abata ó se cousuma.
(*) ■ br. rnnadís.—Tratado sobre la educación de la mujer. . X .» , . ■' ' i.
Por otra' parte, si se tiene en cuenta que ]"»or el medio de que hablamos, solamente se ])crmito á las niñas cuatro horas de permanencia en los estableci mientos de iustruccion, correspondiendo á cada alumno dlez'metros cuadrados do superILcie en estos jardines, concluiremos por aíirmar que no existe nada más liigiénico, en materia de educación, que el sistema Frocbeliano que, á la jiar que prepara la inteligencia para estudios de mayor irapoi'tancia, fortifica efcnerpoylo - robustece, sin desalentar á las niñas, ávidas siempre do acudir á estos lugares de verdadero recreo infantil.
Los exprosado.s establecimientos, que- presentan grandes inconvenientes para su sostenimiento cu los países irios,- no ofrecen en los climas cálidos como el nuestro las mismas dificultades; pues nuestra vegeta ción, lozana en todas las estaciones, no necesita de edificios invernales como en aquellas regiones, en que la temperatura de.scieufle notablemente en ciertos mese.s del año. '
Con la creación de uno de estos jardines, c.apaz de contener á la ma_yor parte'de los niño.s de ámbo.s sexos, menores de siete años, y con las reformas que hubieran de realizarse en la Casa de Párvulo,s, legado v.alioso, testimonio imperecedero de la bondad de corazón alteza de pensamientos del benemérito Prelado Pi\ P.ablo Benigno Carrion de Málaga, cpie no sólo lo edifi có á su costa, sino que tni\ibien, de su peculio, esta bleció las rentas necesarias á su .sostenimiento, jn-estando á esta localidad tan grandes beneficios; con esas mediílas, repetimos, veríamos satisfechas nuestras as piraciones por lo que toca á éste punto, deseando así mismo, ia fundación de iguales establecimientos en todas las ciudades de la Isla, por lo ménos. Es verdad que, como dej.amos Sentado, no debien do pñvar.se á la mujer deque so dedique á una carrera, bien pudiera contar con.colegios e.spociales y un cuerpo de profeáoras que, doctas \y morales por excelencia les proporcionáseu todo cuuíito fuese necesario para este fin; pero como, por hoy, lo apremiante es que todas conoz.cait Ip más iudispeasable y que ten^'an. por r
I.A JtVJETÍ EX
lo niéiios, lina ii\striiccioii primaria completa, nos li mitamos á señalar los medios de alcanzar tales bene ficios, bien que deseando vivamente brille el esplen dente dia en qpe las Universidades les abran sus puertas.
Tratada en términos genenerales la enseñanza de las niñas, aunque en lo dicbo pueden ser comprendidas las ricas y las i^obres, es naturalmente obvio que, luchando estas últimas con inconvenientes y dificultades que la.s primeras no tienen, debemos fijar nuestra atención muy especialmente en el modo de siibvenu' á las necesidades de las últimas.
S.abido es, y por demasiado conocido ya ohidado, que si muchos ¡"idres no envían á sus hijos á las escue las, es ó por que no teniendo siempre los medios ne cesarios para jrroporcionarles vestidos, se ven en la imposibilidad cíe hacerlas concurrir con la asiduidad que debieran, ó porque, sin recursos suficientes para darles alimento á horas regulares, éstas pobrecitas sufririan las consecuencias de un ayuuo, que no podrían sostener mucho tiémpo sin detrimento de su salud.
Y si los ricos no necesitan de que mano extraña les proporciono los medios de educar á sus hijos, ¿por quién si no por los infelices que careceu de recursos, han de cuidar los enc!U'gr\dos de la administración de los pueblos?
Levántense, pues, edificios de caridad en donde l.ás hijas de padres pobres tengáis asegurado el alimento y abrigo que les son indispensables, y recójanse en ellos á esas desventuradas cñaturas, en tanto ciue los autores de sus dias gauau el pan honradamente.
Y uo se arguya que serían muchos los gastos que ocasionarían y que la provincia no puede gravarse de tal modo ; pues la imperiosa necesidad de educar á lasclases desheredadas, no sólo es la primera y más aten dible de las obligaciones administrativas, sino que im plica una verdadera economía para los pueblos, cuya desmoralización, hija de la ignorancia, ocasionaría mavores gasto-s en eárcele.s y establecimientos penales, que
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■ < los que pudiei'a proporcionar la fóJ'macion t^^eiiujl^danos útiles y de mujeres lionradas y laStEioílíCi.''
Lástima causa ver á tantas infeliea^i|>4buíSsiq«'S, contando apénas seis ú ocho años, pululan por las cipdades contraj'endo hábitos perniciosos, profiriendo palabras mal sonantes, y sin respet)) á la ancianidad, sin A?" ocuparse de nada que no sea dañinj» ó vergonzoso, aU^_, mentan en su tierno corazón la^^Lunc^jm semUlasa^ una vida disoluta y depra-\'ada.
¿Por qué no recoger á estas desgramSítST^CÍitalle • res que no deben faltar en los establecimientos de ins trucción, obligándolas á aprender cómo se gana honra damente el sustento?
Es forzoso y urgentísimo á todas luces establecer, además de escuelas, sitios especiales en donde las artesanas puedan perfeccionar sus trabajos, ,y atender, en fin, á multiplicar los medios de sustraerlas de la ociosi dad, causa principal de sus innumerables desgracias.
Y ¿cómo no poner en [¡lauta, tan útiles como nece sarias reformas, cuando avergüenza, horroriza, oiiyy ver, no ya entre las tinieblas de la noche sino en [jleno dia, á esa falange de mujeres, extrañas á nuestro suelo, ver daderas aves de paso que, [¡or do quiera dejan el rastro inmundo de su cínica inmoi'alidad?
Puerto-Rico, hasta hace poco,- satisfecho de sua • tradicionales costumbres, porque en su seno no sentía hervir aún la ardiente lava de la pública prostitución, se lamenta hoy tiústemente del escándalo y la impuden cia, al contemplar en calles y plazas, en paseos y arra bales, escenas que desdicen altamente de la cultura de un pueblo morigerado.
No arraneando el mal de raiz, no evitando el ejem plo á nuestros hijos, una herencia mil veces peor que la muerte legarémos á las futuras generaciones. Y si las enfermedades del cuerpo deben dominarse en su prin cipio, so pena de mayores estragos, ¿por qué las enfer medades del alma, aquellas que, como la serpiente en tre ñores, se desliza con leulitucl hasta herir á su vícti ma sin que llegue á percibirse de ello, no se han de
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perseguir en su origen, híista dominarlaá, linsta extin guirlas, si es posible, totalmente?
\ cuenta qué á los Gobiernos imi^orla'más que á nadie corregir estos males ; pues la tolerancia en esta materia, suelen ser causa de su propio decimiento. Y si los Jefes de una nación, de un pueblo cualquiera to leran la corrupción de la,s K-'OsliimlDres, ¿cómo han de sostener su prestigio, qué cuentas han de rendir de la alta misión que les está encomendada?
Eegístrese la Kistoria; obsérvese la degradante postración de algunos imperios, que de poderosos é invencibles se jactaban, y no se tardará en comprender, que la causa poderosa de su decadencia nació del desen freno y corrupción de las costumbres, de la permisión del libre escándalo. Y ¿qué ha de esperarse de una sociedad desorganizada y corrompida? Crímenes, ab yección, eiTíúlccilniento de los que la componen, escar nio y befa por parte do cuantos observan su depra vación. -
Tenemos, pues,_ reasumiendo cuanto llevamos di cho en materia de instrucción, que si el adelanto de la mujer qii esta Isla, ha de mcdirsó por su ac-tividad iiitolectual, léjos, muy léjós está de una calilicacioii honro sa ; y que para corregir los males que dé su ignorancia resultan, es necesario poner en planta los medios si guientes:
Primero. — Crear escuelas en siifieiento número.
.Segundo. — Suhdividir esas escuelas, destinando unas á las niñas menores de siete años y en las que solamente se despierte la afición al estudioj entretenién dolas cou juegos que alternen con las horas de ense ñanza.
Tercero. — Que para las de siete años en adelante, liaya otras dirigidas por profesoras procedentes de es cuelas normales, que á la par que dirijan coiiscieníementc el .....azoiiylos sentimientos de las niñas, las pre paren para recibir conocimientos de más importancia y las ejerciten en las labores propias de su sexo.
Cuarto.—Que ya más crecidas concurríin á academiaf^ do imjsiea, canto, pintura, cscnlturn y demás
47 avtes útiles, no descuidando los ejercicios gimnásticos. Quinto y último. — Que haya un colegio de segimda enseñanza, en donde.adquieran las señoritas el grado ■ de Bachillor, facilitándoles los medios de dedicarse en adelante á una carrera literaria ó científica, Con respecto á las hijas del pueblo, pai'a quienes deseamos las mismas reformas, añadirémos: Primero."— Que se funden oolegio.s en los cuales las niñas, pudiendo permanecer hasta'la edad de diez y seis,años, reciban la instrucción más lata po.siblc.
Segundo. — Que para las educandas de ocho, año.s en adelante se establezca una escuela de cutes, y olicios, 1.eroero, — Que para las adultas se organicen es cuelas de éste nombre; haciéndolas nocturnas y domi nicales. ■
Cuarto y últhuo.—Q.ne, declarando h" instrucción obligatoria, se castigue, sin miramiento aigiuio, á los padres tutores ó encargados de los niños, pñvándoles hasta de siis derechos civiles, en el caso de cpie no en víen sus hijos á los centros de instrucción.
Eu el diseur,so de esta memoria habrá podidd ob servarse, que muy poco ó nada nos hemos fijarlo eu colegios de iiensionistas, ya sean dirigidos por religio-. sas, ya por particulares. E.ste aparento vacio, que de tal pudier.a calificarse, no ha sido ciertamente hijo del oháclo, sino poi' el contrario, efecto de las creencias que con respecto al particular profesamos. Y cómo no pasar por alto la fundación de colegios qué tengan aquella cualidad, cuando el pupilaje en las niñas lo creemos opuesto .abiertamente .al mayor de los deberes; al cultivo constante y no interriunpido del amor á los padres y á la familia?
La ediieaeion de la inteligencia, que de hecho corres!|mde á las profesoras, y que coneeptuámos además ióiiic*í.iu0iitG nGccsíiria, por cuíiiito ol citrino cxtrpiniKlo imposiliilita la condición de carácter, que el macásterio exige, na podemos eoueedérsel.a carnudo de la euscñauz.a moral se trata, pues que ésta corresponde do de recho á la institutriz natiir.al, á la madre de familia, que con su lineu ejemplo debe alimentíU" de continuo'
en el corazou de sus hijas, el fuego sagrado de la virtud.
Entre la madre y la hija, entre ésta y la familia, existe una dolde corriente de amor recíproco, cuya ch'culaeion no puede interriim'pii'sc por mucho tiempo, sin grande riesgo de agotar los manantiales en que se funda BU actividad.
Nuestro pensamiento, perfectamente sintetizado en una sentencia de Bernardiu do Saint-Pierre, nos obliga á copiar sus mi.smas ¡íidabras, .sirviendo su autoridad de apoyo á nuestro criterio, que se ajusta perfectamente al suyo en tan iutere.sauto cuestión.
- "Se coloca la niña en calidad de pensionista en el colegio, donde derramará lágrimas que no enjugará la m.ono maternal; fdli contraerá amistades extrañas, que le acarrearán pesares y arrepentimieutos, sofocándose en su corazón las afecciones naturales de hermano, hermana, padre, madre, cpie son las más fuertes y más dulces cadenas con que Naturaleza nos tiene sujetos."
¿Qué más podemos decir, después de las palabras transcritas?
¿Quién mejor que una madre, quién sino la que A'cla nuestro sueño y nos nutre con su sangre, está ll.amada á formar nuestro coraz'Ui?
Que la niña reciba la educación intelectual cu los colegios, que permanezca en ellos todo el día, pero que á la hora del descanso y del recogimiento, y cuando el ])adre pueda entregarse,á la dicha inefable del hogar, que regrese al seno de la familia, y la madre la acari cie y bese su frente y oiga al cerrar sus párpados, las dulcí.simas p'alabras de bendición que solamente los labios paterno.s saben producir.
La niña que por much.o tiempo aúvc alejada d^sus hermano.s, que no se entrotioue con ellos, cu csos"lidcisimos esparcimientos de la infancia, ni escucha cons tantemente la voz de sus padres, ¿quién duda que no BC verá expuesta á perder el amor que debe á séres tan queridos?
Ah! no soparemos á nuestras hijas por rauclios
años ni aún poi' mnchos meses de nuestro lado. Esos tiernos arbolillos necesitan de la constante- lluvia de nuestro cariño para crecer frondosos y lozanos: do otro modo el estío de la indiferencia agotai'ía en breve la fecundante savia del cariño ülial.
Bien comprendemos que no es posible rechazar en absoluto 'los colegios para internas, porque la orfan dad abunda y existen, por desgracia, hij.ás que sólo ¡rueden esperar de sus madres malos ejemplos, y adqui rir á su lado peores modales; pero sean para éstas, únicamente para éstas, aquellos est.ablccimientos, y no ]iara las que,se encuentran en aptitud do percibir do sus progenitores enseñanza moral' y buenas costum bres sociales.
No darémos fin á estos apuntes, que en tiempo no lejano nos proponemos .ampliar, sin qiie ántes íijemos nuestra atención en el Asilo de Beneficencia, y estudie mos, aunque de paso, el sistema de enseñanza emple.ado en aquel eaiátativo establecimiento con las niñas huér fanas pobres que contiene.
Todos sabemos perfectaraente, que de aquellas ni ñas allí recogidas en número considerable por cierto, ni una sóla al s.alir del establecimiento, demuestra ha ber adquirido toda la instrucción que debiera, lo ciml, por más que sintamos decirlo, obedece á la práctica de un sistema erróneo á todas luces.
Las niñas del Asilo, dedicando la mayor parte del tiempo á los trabajos caseros, entretenidas en labores propias de su sexo, muy limitados, ó pasando largas lloras entre el rezo y demás ejercicios espirituales, lle gan á ser inujerés sin que por eso h.a^'au aprendido gran cosa de not.able.
No apremiándolas el tiempo, y habiendo alguna entre ellas con gran facilidad y disposición para el es tudio, ¿por qué no abrirles el .ancho campo del saber, saliendo del rutinailo y mezquino método de enseñanza allí establecido? rrccisamentc por ser imbrcs y no tener quien las guíe más tarde por el sendero peligroso de la vida; justamente porque no han de contar con más bienes do
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fortuna que la enseñanza que alli adquieran, deberían ser ilustradas en mayor escala, no escaseándolas los medios de alcanzar una ocupación honrosa, j'a como profesoras, 3-a por medio de un arte li oficio ai)rendido con perfección, con lo que ganarían mucho no solamente ellas, sino la misma sociedad.
Estíi indiferencia por el desvalido, que no de otro modo puedo traducirse tal conducta, seria corregible fácilmente, empleando como profesoras do aquellas huéifallas, hermanas de la Caridad de superior ilustra ción, y reformando el Eeglamento por el que se rigen, susceptible de infinitas moiliflcaciones, más en armo nía con el progreso.
Convenimos en que se las haga trabajai' j' en que sus directoras se esmeren en hacerlas conocer todo cuanto es necesario para el gobierno de su casa; enco miamos de buen grado, el que se las ejercite en la práctica y conocimientos religiosos; pero como todo esto es compatible con en majmr ilustración, como el tiempo sobra, é importa mucho para su bienestar el que ampíicn sus conocimientos, de aqui que no estemos conformes con la limitación de los estudios que se ad ministran en aquel hospicio, que, como ningún otro, tiene condiciones especiales para labrar un porvenir dichoso á la orfandad desvalida.
Si tal sucediese, si viésemos sacudir esa pereza que tan mal se aAÚene con el espíritu i)rogresivo de nuestro siglo, ; cuán dulces no sc harian para aquéllas persegui das del infortunio los años de clausura! Entóneos, léjos de mirar con horror el Asilo ; muy distantes de suspirar por una ansiada libertad, hoy para ellas origen do inngotald.es sníriinientos, verían con pena la hora de al.anulonar aquellas chui.sti'os de donde el vicio hu_ve', en donde la virtud .se consolida, y la inte ligencia y el corazón, vigorizados por la ciencia y las hucnas costumbres, liiclu ii con los enemigos encarni zados de la mujer: la ignorancia y el dceeníreuo de las pasiones. , - ■
Grábeles, portentosos, extraordinarios son los be neficios que e! saber proporciona al hombre y por con siguiente á toda la sociedad, cuj-a importancia so aqui lata por los grados que el desarrollo intelectual alcanza en ella. Protector llainariamos al Gobierno que, no descuidando la ilustración do la mujer, la prodig-áse cuanto á este elevado fin hubiera de necesitar; pero la obra ¿sería completa? La perfección relativa de aquélla por cuyos derechos abogamos, ¿estriba sola mente en el desenvolvimiento y actividad plena de sus facultades intelectuales?
De ninguna manera: el valor real, lo que más enaltece á la compañera del hombre es la bondad del fie sentimientos, la apreciación exacta del tesoro do su honra y el cumplimiento fiel ineludible de los sagrados deberes que como esposa y como madre debe llenar. Los sentimientos da bondad, riquísima prenda que a mna ha de dar principio al adorno\le su corazón desde los primeros años de su inocente vida, deben_ ejercitarse por los padres con un esmero tal, que m una pa,abra, ni un gesto, ni una acción pro-
yor^purez'"^^ revestida de la maE1 ejemplo constante, las buenas acciones de los supeijores, han de ser el cuadro vivo, en que las nilas estudien la satisfacción que causa el bien obrar; así como la recompensa, después de una obra di^na e alabanza, tendrá que ser el estímulo que lasIn duzca a la repetición. ^
f." ffcost^ml're.rse á observar la tranqui lidad do espíritu que las acciones buenas producen tolda?''' su imP
™or á la patria, el inmenso y santo cariño que delie profesarse al sudo querido en que In luz puniera hirió nuestros ojos; el respeto v obediencia á los padres; la reverenda á la aiidanidad; 1.a 'iratitud ndatt l'fuuhediores, la sublimidad de la rdioion onstmiia¡ lie .aquí las máximas que deben resonar en
sus oidos dia tras dia; los deberes en'c^ue han de ejer citarse sin dar tregua al consejo, sin perder oportuni dad de inculcarles su inmensa valía. El alma de la niña, que como el diáfano_ cristal dá fácilmente paso á la ardiente luz de las virtudes, es también susceptible de romperse eu mil pedazos, al más leve choque de la embozada malicia. ¡Ay de la cando rosa jóven, si furtivamente llega á sorprenderla la du da! ¡Ay de su inocencia, si la torpe pasión rasga el velo que la cubre i Entónces la tranquilidad de que gozaba, se coimerte en agitada inquietud ; el deseo de compren der un algo que no conoce, avívase ardientemente, y como el trasparente lago cu3'a linfa no riza la brisa suave de la mañana, pero cnj'a superficie se quiebra en mil ondas que rápidamente se suceden, al choque brusco del áspero guijarro que peneti'a en su seno, así dilacera su alma el aguijón de la malicia, y como las concén tricas ondas del logo, con su misma impetuosa rapidez, se siguen y vuelven á presentar eu ella las pasiones, que terminan por acibarar su existencia.
Esto, que no otra cosa quiere decir sino que la primer palabra descompuesta debe evitarse; que el co nocimiento de todo acto nocivo ó peligroso no debe llegar á sus oidos, es precisamente'lo que ha de consti tuir para los padres el principal cuidado, pues la duda anticipada, representa para la mujer la calda moítal de su pudor.
El ejemplo que basta á formar una excelente y \-irtuosa niña, y á modificar el carácter más Impetuoso é incorregible, puede asimismo producir efectos diamemetralmente opuestos. Pues bien; si esto es tan evi dente, que no puede discutirse, ¿cuánto no ha de im portar, el que se evite el escándalo, cuyas consecuen cias son tan perniciosas?
La jóven, educada del modo que hemos apuntado, y ya preparada convenientemente para compartir con el hombre las alegrías y las penas del matrimonio, para realizar la grande obra que á ella confió la Providencia, debe ser advertida anticipadamente do cuánto importa Ó su felicidad una buena elección, y cuáles son los do'
^CKhTO-RlCO ' ñ'á beres que debe cumplir eii ese estado tau dulce y tan llevadero para la buena esposa, tan espinoso y desagra dable para la que no sabe dominarse ni acejítar 'con rcsignaeion las veleidades de la caprichosa fortuna.
La esposa, identificándose con el compañero de su ^nda, de tal manera que realice la unidad de volunta des, de pens.amientos, do asiúracio'nes, ha de ser el centinela avanzado que advertida de cuanto desao-radar pueda al marido, lo evite previsorameute, pouien'clo en juego todas sus felices disposiciones.
Amante idolatrada de su comj)añero j económica y hacendosa, no debe perder un sólo instante de vista que la dicha del matrimonio estriba en el aumento pro gresivo de ese sentimiento \-crdaderamente celestial que todo lo allana, que es el verdadero origen de uii bien nunca comprendido, y con el cual posee la mujer un talismán precioso para ntr.ser y dominar al hombre que poi indiferente que parezca, tarde ó temprano su cumbe á su poderosa influencia.
Sumisa y obediente á la voluptad del m.arído, no puede dejar de disponerse á cumplir sus mandatos, pues la mujer altanera, saliéndose del' circulo de sus derechos, léjos de dominar con sus exigencias, exaspera é irrita el natural orgullo del hombre.
Dulce y casta, modesta é instruid.a, combatirá enérgicamente cuanto pueda c.'apañar siquiera su pro pio honor y el de su esposo, evitando las ocasiones de que la pasión de Iqs celos surja en el alma; y con sus conocimientos y consejos prudentes, le ayudará á resol ver los difici^les problemas que en la vida han de presentárseles, morigerando su natural impetuosidad varo nil, y calmando la desesperación que las contrariedades pudieran ocasionarle.
La mujer, que—hablando cu términos generalesdebe huir del lujo, casada ha de ser más modesta en sus adornos; respetarse á si propia y hacerse respetar de los demás debe ser para ella una ley inquebrantable. muchas veces so Juega el capital de la querida honra, ni pueden ser freciunitadós asicUnnnentc por la que ya cuenta cou iüá8
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imperiosas obligaciones, ni el atractivo de los salones de baile se aviene con su estado, ni es posible cpie á tales circuios concurra, sin altandonar lo que para ella constituye el primero y principal de los deberes; el cui dado del bogar y la vigilancia de los hijos.
La modesta artesana, á quien convienen también todos estos consejos, precisamente por el poco aprecio que de sus virtudes y buen nombre se ha hecho hasta el presente, procure ser comedida y modesta, tierna y afectuosa para con su marido, y acostumbrada desde la juventud á sofocar su inclinación'á las diS-ersioncs, á dominar sus caprichos, á ser económica y acendosaj no lo dude, el porvenir será suyo, dias venturosos de alegría compensarán las amarguras de su pasado.
La mujer, que debe estar penetrada de cuál es su verdadera misión en el mundo, no puede dejar de com prender que el valor en que los hombres la estimen, será el mismo que ella quiera darse. Más claro: la mujer que no acepta las mentidas y peligrosas frases del libci'tino; la que sabe sostener su dignidad tal y como su condición lo exijo, esa será solicitada afanosa mente por el hombre pensador y laborioso, y ni el atre vido mancebo se permitirá ofenderla, ni habrá nadie tan osado que fije cu ella su mirada, sin quedar corrido ante su imponente actitud.
¡Ah de los hombres, si las mujeres llegan á con vencerse de la influencia poderosa que sobre ellos ejer ce su recato: humillados se verían, á sus plantas, y el tirano opresor C[uedaria convertido en siervo sumiso, incapaz de resistir á la potencia dominadora de sus valiosas virtudes.
Ponga, pues, en actividad la candorosa jóven, la púdica doncella, los infinitos recursos con qUe la dotó la Providencia, y los hombres persuadidos de que sin_ el dulce consuelo de la mujer,la vida habría de convertir se en amarga y desesperante tortura, ellos que tal vez sin pensarlo labraron su desgracia, proclamaran unáni mes la necesidad de su emancipación.
Estudiada la mujer puerto-riqueña cu lo que debe ser coino esposa, nada añadiremos al considerarla como madre, que no esté comprendido en lo que llevamos dicho.
Efectivamente: ¿quién que posea y ejercito las cualidades y virtudes euiuneradas, no llenará perfecta mente la sublime misión materna?
[Una madre! ¡dulcísimo y cai-iñoso nombre," pala bra la más consoladora de cuantas puedei» pronunciar labios hiimauoR!
¿Quién al recordar que la tuvo no bendecirá á la mujer, no ambicionará para éUa todo género de felici dades?
Si la mujer considerada aisladamente merece nues tro más profundo respeto, ¿cómo no hemos de tributár selo, admirándola en su maternidad?
¡Vedla animando al tierno infante con la sangre que de su seno brota; observadla victima del sufri miento junto á la cuna del hijo que desfallece: clavad vuestros ojos cu su descarnado rostro, donde la horrible miseria ha impreso su demacrada mano: lijad la aten ción en cómo se priva del ansiado alimento por compar tirlo con el hijo querido de su corazón, y decidme des pués si en su conducta no hay mu,eho do grande, de sobrenatural, de divino!
Si JO tuviese ámi madre, si jo pudiera mirar aque llos ojos C[ue en mi se recreaban; si me fuese posible contemplar la eterna sonrisa de sus labios cuando me crcia dichoso; si pudiera sentir todavia su mano cariiñosa sobre mi abrasada frente, si me fuese dable escu char los latidos de aquel cor:izou que por mi tumultuo samente píil[)itaba, yo.,., no dcsearia más ventura; el infortunio mismo me alegraría; la desagracia me seria indiferente; el dolor lo aiiuraiia gustoso, y.... ¡qué me importtiriau las ponas del inundo, si mi madre endulzaria mis sufrimientos!
Si; una madre, ante cuyo poder se prosterna todo lo más grande y suldimc que puede el hombre concebir,~ es la misteriosa escala que une el cielo con el suelo: la hermosa .Jud.it que corta la solicrbia 'cabeza del llolo'urc-i:
o6 l.A MUJtíil liíí
cernes que el monarca del mundo ha forjado para ojjrimirla á ella exclusivamente. ;Cruel, levantar'un cadalso para denigrar á su misma madre! ¡Insensato mil ve ces, cuando ofendiendo á su compañera, delacera el nlnía sensible de otra, á quien debe todo su sér!.,..
Que los pesimistas'y detractores del bello sexo traigan á su memoria el purísimo sentimiento do la ma ternidad ; que recuerden toda la abnegación, el infinito amor de lasque les llamaron hijos, y que respondan después, si perscverau cu su afan de degradar á la mujer.
- Seguramente que no lo harán; claro es que sus acriminaciones han de convertirse en alabanzas y pro testas de reconocimiento ; y ¿cómo no ser asi, cuando los mismos brutos sienten por sus madres un amor que raya hasta en delirio? Y ¿hemos de ser nosotros de peores sentimientos que las fieras indomables?
Es verdad que existen madres, verdaderos abortos del averno, que léjos do procurar el bien de sus hijos, labran su eterna desventura ; pero si en el órden mate rial las monstruosidades se suceden, por más rpie las leyes generales de la materia procuren la unidad armó nica universal ¿ cómo no 1 rallarlas también en el órden moral, eií aquél precisamente en que la voluntad y la conciencia son las potencias directrices?
Los hombres, yin embargo, que aprovechando la debilidad reconocida de la mujer, la desvían frecuente mente de la senda de la virtud, sean justos y probos, no fomenten la inmoralidad con sus desordenados ca prichos ; respeten la orfandad, corrijan sus depravadas costumbres, y el número de esas infelices, decreciendo notablemente, probará más y más esta verdad sancion.ada; si ali^mias mujeres sou. malas ¡o son porque los hom bres las han enseñado á serlo.
El alma sana é inteligente de una madre, modela siempre el corazón de sus hijos, y las formas—si so nos l)erniitc la frase—que le im[)r¡me, se conservan itidefinidaniente.
Importa, pues, mucho, el (pie en los primeros años se redoblen los cuidados de aquella para con ellos, por-
que las prácticas eu que se' les 'ejercite eu los albores cíe su vida, serán las que preclomiueu en los estados dis tintos por que hau de pasar en el trascurso de su exis tencia. .
¿Puede el ejercicio fisico^^oifti'^nir á mejgral condición de la mujer puerto-riqduqáf Las magníficas reglas de v.coulervaeíoa^-q1ié loa pueblos antiguos nos legaron, como valioso recuerdo de su adelanto eu materia de higiene, fueran por si sólas bastantes á encarecer la importancia del ejercicio cor poral, si la observación de los contemporáneos no lo probáse con la lógica infiexible de la experiencia. La niña, de temperamento delicado y de organismo muy inferior al del sexo opuesto, destinada á desempe ñar en sociedad funciones y cargos que requieren un organismo privilegiado, necesita ejercitar su cuerpo desde los primeros años en la práctica de moránientos qixe, comprendiendo total ó parcialmente todo su siste ma, impidan el desarrollo de unos órganos sobre los otros, sin lo que no es posible conseguir el fin que el higienista se propone.
Bañada por un aire puro y oxijenado; y teniéndola eu donde éste se renueve incesantemente, el salto, la carrera, la conversación en alta voz, los juegos acomj)añados de las mil canciones que las niñas conocen, deben distraerlas por lo ménos una hora diaria, procu rando que tales entretenimientos le sean permitidos después de las comidas, con lo cuíd ayudarán notable mente á la digestión.
La e([uitacion, la natación y el baile, ejercicios todos altamente lúgiénicos, son útiles para las niñas ya más crecidas, aunque dentro de los limites do la pru dencia, pues ni unos ni otros de los indicados ejercicios, dejan de ofrecer inconvenientes, cuando se traspasan los limites que la razón y el buen criterio señalan. Sin exigir á su inteligencia grandes progresos, sin obligarlas á permanecer largas horas cu una misma ap8
lA SlÜJUn EN
titud, se les concederán ciertas expansiones propias y naturales de su edad, oon las cuales y el buen agrado de sus directoras, tomen afición al estudio, preparando de este modo, lenta pero progresivamente, sus facul tades para la época en que, fácilmente y sin esfuerzos, puedan aprovechar el tiempo.
El sistema de enseñanza de la Casa de Pánmlos, el tacto de las Hermanas que deseáramos ver imitado en todos los colegios de instrucción elemental, constitirye ciertamente, con el sistema Foebel en primer ténnino, el desiderátum higiénico en la educación de las niñas, iproclamado y aceptado como el mejor en todos los países cultos. La práctica allí seguida, y cuyas ven tajas tocamos desde su fundación, no solamente evi ta el que las niñas crucen las calles frecuentemente, sino que las recompensas que se distribuyen entre casi todas las alumnas, ni dan lugar al encono, ni permiten la distracción; la enseñanza para ellas tomada como vui juego no interrumpido, es solicitada ávidamente, sin que se cansen sus facultades, ni la atención se pierda. Por otra parte, como los conocimientos que en aquel colegio se difunden, ni son incompatibles con su edad y más se aprenden cantando que de otro modo, ni las educandas corren el riesgo de contrariar sus buenas disposiciones, ni mucho méuos de perder su salud, co mo consecuencia de una gimnásia intelectual exajerada.
Más crecidas y en condiciones de recibir una ins trucción más lata, prohíbanse esas mesas 3^ bancos de escribir, que sin tener las formas que han de amoldarse á la pi'omineñcia y convexidad do determinados órga nos, son verdaderos cilicios para las que, habiendo de recostarse sobre los segundos, ó sufren dolores por la compresión prolongada, ó deformaciones que llevan su influencia hasta afectar'ciertos órganos de suma imprortancia. -
Para estas niñas, que como las primeras necesitan de ejercicios, la gimnásia de salón—que no esjjecificamos por ser harto conocida—debiera ser para ellas un ramo especial de enseñanza, tan útil como prove chosa.
El hacinamiento de niñas en los colegios, que como en cualquiera otra parte es por sí sólo una causa de infección, no solamente debe proscribirse, sino que es absolutamente preciso no separarse de las reglas higié nicas aconsejadas, tanto por lo que á la salud ünporta, cuanto porque un número exajerado de educandas, ni pueden oportunamente ser dirigidas, ni es posible con servar entre ellas el órden indispensable.
En fuerza de la importancia que la primera cues tión entraña, no podemos raénos de consignar cuál sea la cantidad de aire necesario para el entretenimien to de la vida, á fin de que de su conocimiento puedan deducirse las consecuencias.
Admitiendo, según la experimentación enseña, que un adulto consume de 19 á 25 litros de oxigeno por hora, y exhala de 15 á'20 de ácido carbónico en el mismo tiempo, tenemos que en los pulmones deben pe netrar, por lo m^nos, para llenar la importante función de respiración, 10,000 litros de aire por dia, ó sean '417 por hora; es decir, que la habitación en que haya de pennanecer un indiñduo durante ocho horas, debe tenér de capacidad cúbica 30 metros, sin que sea posible vivir bien con ménos alimento respiratorio.
. Estas cifras, que á primera ^ñsta parecen exajeradas, son sin embargo tan precisas, que áun dentro de los limites marcados por éllas, hay peligro de que la salud se quebrante. En efecto, si demostrado está hasta la evidencia, que 7 miligramos de ácide cai-bónico son suficientes á producir efectos tóxicos apreciables, nada es más fácil que un mechero, una luz ó cual quier otro cuerpo en combustión, consumiendo más oxigeno, y elaborando más ácido carbónico, vicien el aire hasta hacerle irrespirable, produciendo mayor cantidad del último gas expresado. Estos guarismos que prueban más que todas la s razones que pudiéramos aducir, indican desde lueg o cuánto debe fijarse la atención en la capacidad del edificio destinado á enseñanza pública, y aunque no pa rezca propio de esté" lugar, npuntarémos que también debiera obligarse á fijar la cíe esos propietarioR que, sin
tA MU.TER EIÍ
otra aspiración que la de obtener el maj'or lucro po sible de sus fiueas, arriendan sus lúgubres y reduci dos aposentos á familias, qué para vivir en ellas hi giénicamente, necesitarían de una capacidad diez veces maj'or.
La temperatura caliente y húmeda que de ordina rio tenemos en la localidad, si bien como todas las tem peraturas posée cualidades buenas y malas, es sin em bargo causa, por sí sóla, de una sobre actividad de la piel que, exajerada, constituye una causa altamente de bilitante.
- La alimentación excesivamente vegetal de que en estos países se hace uso con una frecuencia lamentable ; la poca eostumbre de la^ bebidas alcohólicas en la me sa ; el hacinamiento punible en que se vive; el ciuturonde piedra que nos asfixia; la exuberante vegetación acuática que á la par que nos alegra nos envenena con sus miasmas orgánicos; la falta de agua en abundancia y el mmr muriendo por no contar con medios de dis traer y alimentar el espíritu, son todas causas predispo nentes del empobrecimiento general de la sangre que se observa entre nosotros, y sobre todo en la mujer, á quien desde niña se rodea de cuanto más nocivo puede imaginarse, para su salud y desarrollo físico. -
La imitación, por oti'a parte, que para algunos res petables médicos constituye una facultad, se aguza y se refina ordinariamente, no para el bien, sino para exagerar lo que vé y observa en la propia casa y fuera de ella, con perjuicio considerable de la moral, que se robustece ó debilita según que se la facilite lo que es digno de aplauso, ó lo que repugna por su malicia. Uno ele los primeros cuidados que los padres y maestros han de tener presente en la dirección de las niñas, es que sus pasiones jamás encuentren ejemplos reprobados que imitar.
La cólera, la eneiclia, el deseo de distiugumse por eu posición; la jactancia de riquezas, la lamentación de las desgracias, todas son pasiones y hábitos que hau de corregirse en sus primeras manifestaciones, pues ímdR iflce á la mujer tau deso-raciada, como la esajéi'a*
don de esos sentimientos que en ellas llegan á tomar . colosales proporciones.
La mujer vanidosa, la que por contar con una de leznable fortuna hace alarde de ella cu presencia del pobre, es una migerable digna de desprecio ; la orgullosa de sus blasones ó caudales, que se siente humillada al esti-echar la callosa mano de la honrada hija del pue blo, es uua nécia; la envidiosa, por si misma se conde na ; la avarienta, consume su tranquilidad en presencia de la abundancia ajena; la agraciada, pero jactancio sa, sufre su castigo cuando la inevitable vejez, si no la muerte, cubre su rostro con el arrugado manto del tiempo; y todas, absolutamente todas, las que no com prenden que en la ^úi-tud estriba el verdadero,,el único mérito, tai'de ó temprano reciben su pena tanto más grande, cuanto mayores fueron sus vanidades. Por otro lado, el hábiio tan arraigado en todas par tes, para la mujer puerto-riiiueña, es una ley á cuya fuerza todo lo pospone, hasta su misma suerte.
El rutinario modo de ganarse el sustento, no pue de abandonarlo porque no se usa otra cosa en su paLs¡ el ilustrarse hasta donde sus fuerzas se lo permitan es un imposible, porque la instrucción para ella, aún no ha recibido la sanción general de las costumbres; el pei-manecer los años enteros en la casa, sin ver un sólo dia la campiña y respirar su perfumado ambiente, os una pretensión inútil. ¿Hasta cuándo el hábito par-a lo nocivo, ha de ejercer su dominio sobre la mujer de este suelo?
Llegado es ya el tiempo de romper con tan absur das creencias y de que la puerto-riqueña maneje la contabilidad de una casa de comercio, ó lleve su corres pondencia ; la hora ha llegado de echar á tantos afemi nados de ciertos establecimientos ; de ejercitarlas en el piano hasta dominar ese difícil instrumento; de hacer uso del pincel y de la paleta; de obtener una carrera profesional; en una palabra de poner en ejercicio todas las facultades que la naturaleza les concedió no por cierto para que de ellas se olvidasen, sino j».ra explotarlas en provecljo propio y de sus
tA jruJEREN
Con lo exiDuesto hemos finalizado, bien qne de una manera imperfecta, el programa qne nos propusimos llenar, dentro de nuestras pobres fuerzas.
Lo difícil del tema y los grandes inconvenientes con que habíambs de tropezar, bien lo comprendimos desde el principio y más de una vezla pluma cayó de nuestras manos, por carecer de perseverancia y de las dotes que nos eran indispensables'.
El presentar nuestro humilde ensayo al Certámeii Cei-vántico, no envuelve seguramente im alarde, ni mucho ménos una pretensión; no: el único móvil que nos impulsó á prosegirir en el trabajo comenpdo, fué y no otro el amor inmenso que profesamos á esté suelo querido en que nacimos, y por cuya felicidad suspi ramos.
CoiBpreiidienclo, y así lo liíicenios constar, C],ue tales certámenes felizmente iniciados por personas amantes del país, no debían sucumbir en su período embrionario, y que ántes bienmerecían un éxito brillante y lisonje ro, el que tiene la honra de adherirse á tan laudable, pensamiento, ha creido de su deber cooperar á esa noble iniciativa con un grano de ai-ena, por si puede pervir al aumento de materiales, con que ha de^ cons truirse el suntuoso edificio del progreso social- do" Puerto-Eico.
Terminado este trabajo, hemos tenido el gilsto de leer la circular dirigida por el Excmo. Sr. Gobernador á los Sres. Alcaldes de la Isla, llamando su atención acerca del estado lamentable en que se encuentra la enseñanza en Puerto-Eico, asi como el sentimiento de ver consignado en el suplemento á la Gacela número 71 del año corriente, un dato altamente signiflcativo y que por si sólo manifiesta el estado de ilustración en que se encuentra nuestra juyentud.
El dato á que nos referimos, es el promedio de los que reciben enseñanza piimaria en la provincia toda; l^romedio de un llr65 OtO, que sintetiza nuestro modo de ser en la importantísima cuestión de instrucción, y que justifica, como es consiguiente, cuanto en el trascur so de nuestra memoria hemos sostenido con el vigor que dan las convicciones, y con la franqueza del hom bre que no hace traición á la verdad.
Aquella cifra, sin embargo, si bien cierta é induda ble, pai-a el conjunto de los niños que se instruyen, ' decrece notablemente cuando de la mujer se trata, no sólo porque el número de hembras alcanza en la Isla ai número de varones, por causas de clima, alimentación etc., sino porque como es sabido, no creyéndose ne cesaria, generalmente, la enseñanza de la mujer en Puerto-Rico, aquellas ni han concurrido ni concurren, como fuera cíe desear, á los centros en dpnde se distri buye el codiciado pan de la inteligencia.
Agréguese á aquel erróneo modo de pensar, las dificultades inherentes á las distancias, que las niñas no pueden recorrer sin ser acompañadas, siendo esto no pequeño inconveniente para la constante asistencia á las escuelas, además de que á una niña no tan fácil mente se la prepara de vestidos y cuanto necesita para salir decorosamente á las callos, y tendrémos, sin bus car otras causas que pudiéramos aducir, las razones t[ne invocamos para sostener que el número de niñas de seis á trece años que reciben instrucción, apénas si alcanza á un 4 OiO. .
Pero como la lógica de los números es inflexible, y más ¡¡rucban éllos que todos los razonamientos, ex-
64 1.A -MCJER EN
tractamos de la Gacda á. que hicimos referencia los si guientes datos que, |)ür su carácter oficial, no pueden ser desmentidos ni tomados con resei'va:
Eácuelíis privadas de iriños Elementales.. 12 (_Incompletas.. 9
Total .' 355
Tot.al de niños que reeiijen enseñanza en dichas escuelas " 11, 639
Vistos los datos que anteceden, rogamos á nuestros lectores se sirvan comparar los totales apuntados, y nos excusen comentarios sobre el extracto que producimcs. No terminarémos este apéndice, sin cumplir con un deber de justicia, manife-taudo que la creación de doce escuelas más, con que muy en breve ha de foniar esta ciudad, se debe á la iniciativa del Sr. Alcalde Don José Tí.amon Becerra, ,y del Sr. Teniente de Alcalde Don Pólux .1 Padilla, quienes con una cons tancia digna de encomio y con un amor decidido por la iuslruccion, se l.an desvelado y so desvelan por difundir la, siendo secundados dignamente por los miembros de la Excina. Corporación I\runicipal, los cu.ales han cooper.ado eflcazmentc al iaud.abic propósito de aquellos dignos señores.
Perseveren tan distinguidas personas en su noble y levantada empresa : imítenlas las demás Corporaciones municiindes, y solire todo la Diputación pro\áncial; continúe la piamsa del país, como hasta hoy lo ha he cho, despertando con sus excitaciones y ejemplo el amor ai saber, y una generación digna de este, siglo se levan tará vigoro.sa, demo.stVando con su ilustración y sus virtu des que, léjos de ser refractarios al lU'Ogresb, aspiramos á obicner el rcs[)eto y la consideración (pie se deben á ios pueblos civilizados.
RAMILLETE DE PENSAMIENTOS.
Nacido el niño, su madre, si es tal mttdre, ha de alimentarle con la leche de sus pechos, que son la her mosa fuente que Naturaleza sábia y próvida tiene desti nada á este objeto. Y ¿qué entretenimiento más delicióso puede tener una madre que el que le produce la lactancia de sus hijos, cuyo lenguaje y graeiosa jerga, cuya dificultad en la pronunciación de las palabras, cuya risa cándida y amorosa, y la alegría de que llenan la casa, deja atrás lo más delicioso del mundo.—Pateicio DB Senes, 0¿>isJio de Gaeta.
El adulterio no es'^cio inherente á la mujer, sino el resultado de la conducta del marido.—^Montepin.
De cien mujeres culpables, ochenta lo son por cul pa del hombre.—A. Dumas.
En nuestras sociedades modernas, recibimos da las madi'es los primeros sentimientos y las primeras ideas; las madres son las que distinguen el carácter y el genio de sus hijos, aprueban su vocación, los sostie nen contra el descontento paterno, los consuelan, los aaiman y los entregan, en fin, á la sociedad. — Lermi-^ NiEB, Filosofía del brecho.
La ignorancia en que vive la mujer, relali á sus deberes, y el abuso que no hace de st
rEN'SAMrEXTOS
hacen perder la más bella _y más preciada de sus venta jas, la de ser útil.—Madama Beksiek, Discurso sobre la educación de la mujer.
Para que una mujer sea prudente en sus costum bres, tiene necesariamente que saber en qué consiste la prudencia; y para que imite la pureza de los ángeles, es indispensable que sus ideas no so reduzcan á la ma teria.—F. DE Guexaille, La.niña bien educada.
No acierto á dar con motivo alguno, para tratar á |las mujeres ménos sériamente que á los hombres, para Fdesn.aturalizarles la verdad bajo la forma de una pre- ivencion, ni el deber so color de superstición; porque ptienen derecho al deber, lo tienen á la verdad, pues son capaces de entreambos.—Madama de Re.musat, Educa ción de las mujeres.
Las mujeres han i'cinado en todos los países que han vivido, según las reglas de la moral.—BeiíxÁndin' de Saint-Piekue, Discurso sobre la educación de las nmjetes.
Sólo nosotras, Laccdemonientes, cíeciá la esposa de jeónidas, mandamos a nucstrcjs ni.aridos, porque sólo [nosotras formamos hombres.—Pectakco.
La madi-e que vive con sus hijos y nietos, tiene en . especie humana el feliz privilegio de no sentir el dokr que causa envejecer.—Madama Soeey, La madre de wiiiia.
No fué Clodovco, fué Clotilde la fundadora de la monarcjuía francesa; bella, modesta y cristiana, educó 'pueblo y al rey por el Evangelio, sujetando vcncedo~ y vencidos.—Estébax Joay. De la moral ajhcada
ro sexo pertenece sin duda formar geómc* químicos, &■; j pero lo que llamamos honj-
rEXSAMIKXTOS
C'Jbi-ft, es decir, el homlire moral, sería una gran doso-racia que no haya sido formado en el regazo de la madre • porque nada es capaz do reemplazar esta educación.' bi lamadi^ considera un deber grabar profundamente en la frente de su lujo el caráder diiino, podemos es tar seguros de que la mano del vicio no lo borrará de ella jamás.—Le Maistke, y,¿:,i\7s tic- San Pcicrsbmgo.
La mujer de hoy, por mucho que se han empeñado en esta empresa las más robustas inteligencias del siglo está muy léjos de comprender la altisima misión que las de'^Cusv^^ le tienen destinada.—JIaría A.
La mujer es un sér indefinible. Ineducado.—Seveiío Catalina. porque es un sér
La mujer casada será lo que debe ser, ó lo que su csimso quiere que sea.-Llanos y Alcahaz. ^
ni es la Única fuente que da paso al matrimonio: el amor interesado, produce matr mo mos WfcraiT.-Seveko Catalina. maiiimo
Demos al imperio de las mujeres una dirección su blime; que el poder encantador deque disponen reciba de nuestras manos un impulso saludable hácia lo o-ran-
mas hác a la m en « 'gaida nos guien ellas mislm.v 1 I que tan inútilmente andan S; filósefos.-EAiMUN-l,, sobre la en.Z
divo, eosas serias, la más Iduertida.—Beajiauciiais. mmas
, Las relaciones del marido con su mujer, sé áseme- Inn mucho á las del señor feudal con su vasallo, con la lifuencia de que la mujer está obligada á más obedien-
La mujer es la más bella perla de la creación; es la ^ rosa misteriosa escapada del hermoso seno de los ánge les, para venir á perfumar la vida de los mortales: ha sido y será siempre el sueño dorado de la juventud, la eterna inspiración del génio, la gloria del poeta, la in mortalidad del héroe; sin ella nada de augusto y grande puede elevarse de la tierra al cielo. La mujer es la síntesis de todas las perfecciones.-—J. Palmilla.
La mujer ha nacido para amar, el amor es su dis, tintivo, el móvil de sus acciones, el despertador de sus ^virtudes, el estimulo de sus grandes hechos. La mu jer ama con lealtad, es fiel á su compromiso, y cuando falta ó hace traición á sus deberes, es cuando su amor propio ha sido herido, cuando se ha visto ajada ú ofen dida sin legitimo motivo. En tal caso, una venganza ¡ mal entendida, la conduce á precipitarse en el vicio y á ^sumirse en la deshonra.—Doctor Alonso Eübio.
De los vicios ó de las virtudes de las mujeres, de pende la desgracia ó la gloria de su nación.—JIadama IJlisa de Voiart.
I Siempre habrá cosas nuevas que decir de las mu^jeres, mientras quede una en la tierra.—Anónimo.
Si me preguntasen á qué debemos atribuir la pros peridad particular y la fuerza creciente del pueblo ame- r~"'*ino, contestarla
.—Tocqueville.
queálasuperioridad de lasmuje-
DEFENSA DE LA HIUJEE.
"Hombres necios, que acusals
A la mujer sin razón, Sin ver que sois la ocasión
De lo mismo que culpáis;
Si con ansia sin igual
Solicitáis su desden,
¿Por qué queréis que obren bien
Si las incitáis al mal?
Combatís su resistencia, ^
Y luego con gravedad
Decís que fué Imandad , ■ ' í ' •
Lo que hizo la diligencia. * . i '
Quereis con presunción necia
Hallar á la que buscáis, '
Para pretendida Tais, Y en la posesión Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro
Que el que, falto de consejo, Él mismo empaña el espejo * '
Y siente que uo esté claro? • a', V
Con el favor y el desden ,,'v/,
Teneis condición igual.
Quejándoos si os tratan mal.
Burlándoos si os quieren bien.
Opinión ninguna gana.
Pues la que más se recata. Si no os admite, es ipgra'a, Y si os admite, es liviana.
Siempre tan necios andais,
Que con desigual ¿livel
A una culpáis por cruel.
De fácil á otra culpáis.
Pues ¿cómo ha de estar templad»
La que vuestro amor pretende. Si la (juc es ingrata ofende
Y la que es fácil enfada?
I'RN'SAMIKXTOÍ!
Más entre el enfiulo y pena
Que vuestro ^'iisto refiere, ¡Bien haya la cpie no os cpiiere! Y qiiejáos enhorabuena.
Dan vuestras amantes penas
A sus libertades .alas ; Y después (le hacrrlns malas
Las queréis hallar muy hienas.,
¿Cuál in.'iyor culpa ha tenido
Kn una pasión emula,
La que cae de rogada
O el que laicga de caldo?
O ¿cuál es más de culpar.
Aunque cu.alquiera mal h.aga.
La que peca por la paga
O el que paga por pecar?
Pues ¿para qué os espantáis
De has culpas que tenéis?
Qucredlas cu.al las hacéis,
O hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar, Y dcsj)ucs cfm más razón
Aciisai'cis la afición
De la que 'vs fuere á rogar.
Bien con muchar aianas fundo
Que liilia vuestra arrogancia, ]'m;s en ¡ironnasa é instancia, Juntáis (.lialilo, carne y mundo." ''ir
Sor .Tnana Tii.'s íIp !;i Cni7,j rcl¡,:Tio.-a mojípana del XV] ijUi.iíHc Cfuiíoni, luorcfiD el ilu'fadu do vni.-<n tldciiun.