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Filiación de sentido de una isla: Puerto Rico (1955)

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E:.::..; :Tu/\ DE CIENCIAS SOCIALES EUGENIO FERNÁNDEZ MÉNDEZ

FILIACIÓN Y SENTIDO DE UNA ISBA: PUERTO RICO

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(CUATRO ENSAYOS EN BUSCA DE UNA COMUNIDAD AUTÉNTICA)

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EDITORIAL DEL DEPARTAMENTO DE PÚBLICA INSTRUCCIÓN JUAN, R ICO SAN PUERTO 1 9 5 5


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EUGENIO FERNÁNDEZ. MÉNDEZ

FILIACIÓN Y SENTIDO DE UNA ISLA: PUERTO RICO (CUATRO ENSAYOS EN BUSCA DE UNA COMUNIDAD AUTÉNTICA)

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Editorial del. Departamento de Instrucción Pública Estado Libre Asociado de Puerto Rico 1955 .,


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EDITORIAL DEL DEPARTAMENTO DE INSTRUCCION PUBLICA ESTADO LIBRE ASOCIADO DE PUERTO RICO SERIE I

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NÚM. LXXXIII


ADVERTENCIA


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No ,creo que sea necesaria, en justificación de éstos ensayos que aparecen aquí reunidos por primera vez,, otra explicación que la de llamar la atención hacia el hecho radical de que en nuestro páís, es éste que aquí se emprende, el primer intento lógico de formular los lineamientos, siquiera, de una interpretación teórica de la existencia nacional. Claro está que aquí sóló podemos dar, modestamente, él comienzo de una meditación que supone tarea más acabada; pero con todo, creemos haber sentado los fundamentos de una postura ideológica, que tiene esencial valor por constituir la vivencia personal de muchos hombres de la última generación puertorriqueña. No es el autor de aquéllos que ven forzosa contradicción entre los valores de la nacionalidad y los valores universales. Por el contrario, considero que a los últimos se llega a través de los primeros, y .creo por ende perfectamente armonizable el amor propio, individual o co ectivo, con el amor y respeto del prójimo, sea este vecino o extranjero. Aún más, en eI revúelto, mundo de nuestros días, donde suelen faltar, a veces, sólidas :tablas de moral en que afincar el hombre sus juicios, lo más pernicioso y peligroso puede ser; en consecuencia, el verse privado el ser humano de una responsabilidad social que trascienda la nuda individualidad. Sólo en sociedad con otros semejantea es dable realizar al hombre sus posibilidades de excelencia humana., Los términos de viejos y falsos .dilemas—el de oposición de individuo y sociedad, o el de regionalismó vs. universalismo— deben ser' resueltos por una filosofía moderna capaz de armonizar la razón del individuo, con las exigencias de la naturaleza humana y las necesidades sociales. La seguridad y el bienestar colectivos son, antes que valores opuestos a la libre individualidad, condiciones necesarias de su actualización. Como ha señalado con tanto acierto y agudeza el físico norteaméricano Robert J. Oppenheimer: "Este es un mundo en el

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que cada uno de nosotros, conociendo sus limitaciones, conociendo los peligros de la superficialidad y los terrores de la .fatiga, tendrá que agarrarse a los que quede• cerca, a lo que conoce, a lo que puede hacer, a sus amigos y tradiciones y cariños, a menos que quiera disolverse en la confusión universal y no saber nada y no querer a nadie. Al mismo tiempo es un mundo en el cual ninguno de nosotros puede encontrar prescripción hierática o sanción general para ninguna ignorancia, ninguna insensibilidad, ninguna indiferencia . . . Nuestro tiempo—nuestro siglo XX—ha tardado mucho en alcanzar este equilibrio—este perpetuo, precario e imposible equilibrio—pero ha llegado a él. Creo que es el único camino para nosotros y nuestros hijos:' Quédame aquí tan solo, en esta breve advertencia, cumplir la agradable tarea de agradecer al Dr. Antonio J. Colorado, Directór de la Editorial del Departamento de Instrucción .Pública, subonda dosa y considerada asistencia en la publicación de este'libr"ó; i úay a él mi agradecido testimonio. " t4vbr~ E

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El autor:


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"Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, les nuestro vino!" JOSE MARTÍ

"Las comunidades nacionales no son fácilmente hechas: éstas crecen durante el curso de los siglos, según el medio ambiente y la historia promueven el desarrollo de particulares modos de vida y hábitos mentales que son transmitidos casi inconscientemente de ,generación en generación. La tradición nacional puede, ciertamente, contener mucho que es malo, así como puede comprender mucho que es bueno. Necesita, por esto, ser purificada y reinterpretada con cada cambiante generación. Pero no podrá ser totalmente abandonada sin que se produzca la pérdida de' ese sentimiento de corresponder a un lugar especial y a una comunidad distinta, que es una necesidad psicológica del individuo". ALFRED COBBAN

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I PUERTO RICO ANTE EL DILEMA DE SU CULTURA r

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No creo que sea completamente inútil para contribuir' a la solución de los problemas políticos distanciarse de ellos por algunos momentos, situándolos en una Fiérspectiva histórica. En esta virtual lejanía parecen los hechos esclarecerse por si mismos q adoptar espontáneam5ente'la, postura en que mejor se revela, su profunda realidad. JOSÉ ORTEGA Y GASSET

Un pueblo puede escoger entre ser y no ser. 'Este ha sido el dilema de Puerto Rico en la primera mitad del siglo XX. Pero a no ser que uno esté. espiritualmente blindado a la experiencia histórica, comprenderá que Puerto Rico ha encontrado una solución viable y satisfactoria a su dilema.. Puerto Rico quiere ser él mismo. ' l+La.elección ha sido hecha! Existen por eso en Puerto Rico, sólo dos soluciones alternativas e históricamente viables, frente al problema de la autonomía de la cultura puertorriqueña. La. primera—que entraña, hoy por hoy, un trauma de proporciones catastróficas—es la que reclama como condición necesaria, de esa autonomía la soberanía separada. Es, pues, la posición_ minoritaria del independentismo y el nacionalismo. 1 La segunda, que hoy se ensaya, reclama sólo cierto grado de poder político independiente; el suficiente para que se haga posible la autodeterminación del desenvolvimiento espiritual de nuestro pueblo. Es pues la posición mayoritaria del Estado Libre Asociado de Puerto Rico. La tercera y ya imposible solución—la del asimilismo, que aspira a la completa fusión e inmersión de la cultura puertorriquen"a en el círculo de la cultura, norte-americana, hasta el punto de que nos olvidáramos de nuestra lengua—recibió su golpe. de gracia ;3


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definitivo al fracasar estrepitosamente, en la década de 1930, _la política de "americanización" que puso en práctica el colonialismo. Por ser a mi juicio exacto el anterior planteamiento creo que. la preocupación evidente de Puerto Rico, hoy;por encontrar un norte, un rumbo para su futuro desenvolvimiento colectivo es saludable señal de madurez. Sin embargo, algo de cierto encierra la observación de que el norte hacia el cual habremos de marchar en Puerto Rico en lo que a cultura 'ideativa respecta no ha sido perfilado todavía con cabal nitidez. Como apunta autorizadamente Ralph Linton: la cultura es "un fenómeno esencialmente socio-psicológico. Es algo que está en, la mente de los individuos." Eso, hallar la expresión del espíritu de la comunidad en las aspiraciones de 'los que comparten vivencias, recuerdos y problemas comunes—erigiendo en ellas la común 'plataforma.,ideológica desde la, cual movernos—es la gran tarea que tenemos por delante. Al hacer .esto debe reconocerse un importante producto intermedio de la creación humana que es material en el sentido de que se halla ubicado en el espacio, pero que tiene antes que nada un significado ideativo. El trabajo creador de prensadores, escultores,. pintores, escritores, poetas, arquitectos, historiadores y hombres de ciencia, tiene una especial estructura artística o moral, que encierra a su vez un especial significado para todos aquellos qué han estado asociados a sus productos, habiendo así resultado afectada en el trance su experiencia, sus sentimientos e ideas. La cultura ideativa, puesto que es usada y manejada por un gran número de seres humanos al mismo ,tiempo, tiene gran peso como lazo de solidaridad social. Es la clave misma de la integridad cultural de una sociedad y en consecuencia de la integridad espiritual, de un pueblo. Ninguna cultura puede existir normalmente sin una colectivi- ✓I dad solidaria, siempre más que menos organizada,, cuyos miembros cooperan en producir y mantener valores y pautas de conducta comunes, y que transmite estos valores y pautas de generación en ~ generación. No puede existir sencillamente comunidad humana solidaria, allí donde sus miembros carecen de propósitos comunes. La solidaridad depende de la normal y más que menós, estable comunicación simbólica entre los miembros del grupo.. El modo en que un individuo, según crece y se forma, experimenta. su sociedâd, tiene primordial significación, puesto que ello determinará el que sus particulares modos de responder a las situaciones vitales ~ ,4


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que confronta, sean inadaptativos y contradictorios o adaptativos, constructivos y creadores. Puerto Rico, tiene que encontrar una contestación al problema de mantener la necesaria identidad de su cultura—en un programa ideológico coherente—para 'que su, trans formación, al experimentar por .propia elección los cambios tecnológicos que se están operando en su seno, no produzca un colapso de su unidad cultural Toda sociedad humana, en situaciones de tensión y compulsión, de cambio transculturativo rápido, sufre un cierto grado de desajusté y desorientación, que puede desembocar en la pérdida del equilibrio espiritual, si lbs que están, envueltos en el proceso no hacen a tiempo un balance consciente del programa qué han emprendido. ¿Hasta dónde puede una cultura asimilar rasgos de otra sin perder su centro de gravedad espiritual? ¿Cuáles son las claves que precisa mover para evitar que el cambio en la comunidad de cultura (el resquebrajamiento de su viejo orden social, económico y espiritual) produzca la pérdida de- una saña comunidad de psicología? Hoy podemos ya ver con claridad que el 'problema básico de la fr relación de Puerto Rico y Estados Unidos, ha sido en los últimos 50 años un problema de relación entre sociedades de cultura nacional. El hueso del problema, .el venero primeró de toda discordia, V se hallaba en un hecho: Puerto Rico, bajo la jurisdicción de los Estados Unidos, no contaba con el poder político necesario—poder de auto-determinación—para enfrentarse creadoramente a la tarea de encauzar el futuro desenvolvimiento de su espíritu y de su cultura. Nos, hemos dado cuenta, por fortuna a tiempo, de que cuando 'un gobierno multi-estatal o federal, no impide la instrumentación del ideal de la unión de una sociedad de cultura nacional en su seno, ni el progreso de esa sociedad, los líderes de ella pueden quedar satisfechos con cierto grado de autonomía política .que consideran suficiente para sus fines. Tal es el caso de Nueva Zelandia o el Canadá francés, en el concierto de la Commonwealth británica. Esta es, mutatis mutandis, la clase de autonomía que Puerto Rico ha alcanzado. Puerto Rico supo hilar en 1.952, 'la clave ideal, el camino de'la sensatez y la cordura, para solucionar su paradójico conflicto político-cultural. En ese año fué proclamado al mundo el advenimiento de u'na entidad política de nueva 5 ~


especie bajo el sistema constitucional de los Estados Unidos: .el Estado Libre Asociado de Puerto Rico. 'No es atrevido ni aventurado vaticinar qué este invento político, creador en auténtica dimensión de humana dignidad, será calificado en el futuro como. la más fecunda y: original ,creación .de la cultura :puertorriqueña. Tuerto Rico, bajo la fórmula del :Estado Libre Asociado—qué ,se moverá gradual_ y justamente hacia su cabal perfeccionamiento en el futuro no lejano—ha adquirido el necesario poder político para auto-determinar—entiéndase esto—el desarrollo futuro de su cultura. -El enriquecimiento de un particular patrimonio social por la r -importación de valores y pautas de otra cultura .es un fenómeno viejo en la historia de la especie humana. Una especie de- transfertilización cultural se produce cuando cada colectividad aprovecha lo que puede usar de la otra para su .propio desarrollo . Esto lleva, a la. creatividad cooperativa.. Lo realmente vital pues, en el caso de asociación .creadora de dos culturas .que la fórmula :del Estado Libre Asociádo hace posible hoy,. és que no se mal'entienda, que no se mengüe, ni .se dilapide, —por los norteamericanos o puertorriqueños— su inmensa posibilidad. democrática. La cooperación activa entre la sociedad de cultura nacional puertorriqueña y la. norte-americana hoy, encierra inmensas, posibilidades para unt nuevo orden político supra-nacional. Los ideólogos, de -una sociedad,mundial futura: están ,éontestes en afirmar que el progreso humano sólo -puede- fündarse en lá cooperación dee_sus agentes humanos. El conertir al ,hombre :mismo—a través del principio de .auto-determina ción—en principal ,medida, autor 'y va19r de tal proceso,, -esv condición insoslayable de su actualización. El-problema que hoy _es_ motivo de; honda .preocupación del -hombre. puertorriqueño radica, justo en el humanó empeño expli'cabl de ,iptentar hacia ld que el, futuro le depara, Aquí» pues •sek:encuentra :ínsito un. genuino problema antropológico. El enfqcarlo adecuadamente, exige que abandonemos. totalmente prejuiciop y+pre-concepciones y comencemos a efectuar, fría y desapasioiiadai ente, un _balance de los factores con que debemos contar-: Puezto~, Rico' s un país de: ; 210,000 almas que confronta un. rgrave meto histórico: proveer condiciones de vida económica, módetha:y;un. mive decoroso; de vida civilizada para esos millones de t -seres.;húmanós, ELúnico,'modo de 'lograr esto; en asociación- co~operatiya_coniclá ci 1jura industrial, de tos Estados,4Uñidos, yes tó ~


mando de la cultura americana todos .los recursos de ciencia y técnica y —cuidándonos siempre de mantener localmente el .control— de .capital que sean necesarios para lograr ese decoroso nivel de vida moderna y civilizada. Esto no contradice en modo alguno, —a mi juicio— todo esfuerzo que pueda hacerse para lograr las legítimas aspiraciones de la sociedad de cultura nacional de Puerto Rico. Muchas sociedades de cultura nacional en trance de desarrollar o robustecer su identidad, han hecho de la introducción de cambios tecnológicos una parte importante de su creciente cultura moderna. El industrial norte-americano que quiera. establecerse en Puerto Rico tendrá en el proceso la garantía de encontrarse en una entidad política—el Estado Libre Asociado—que forma parte de la jurisdicción constitucional de los Estados Unidos, pero tendrá al mismo tiempo que aceptar el hecho de hallarse en un mundo cultural autónomo, con valores y aspiraciones propios, y más aún, tendrá que responder de aquellas libres obligaciones sociales que

toda industria contrae al operar en el ámbito de una sociedad civilizada y democrática. Esto como es evidente no constituirá especial novedad, ni deberá constituir motivo de alarma para ningún inversionista bona #ide, que resida en suelo continental. Al mismo tiempo, ayudará a los dos millones de conciudádan~s_ de Puertó Rico a librar, en plan .de mutuo apoyo, la importante Batalla dé A

la .Producción. ¿Qué -significará esto hablando en términos de nuestra cultura espiritual? Básicamente significa que Puerto Rico tendrá que estar dispuesto a sufrir el trance de una transformación que le ponga tecnológicamente—dentro de sus posibilidades, se entiende—al nivel del mundo industrial de los Estados Unidos. A largo plazo Puerto Rico deberá intentar—y todo indica que así lo está haciendo y así lo quiere hacer—integrarse, en el plano técnico destacadamente, al orden industrial de los Estados Unidos. La técnica industrial que permite a los Estados Unidos vivir en altos niveles de consumo, comodidad y eficiencia material, es esencialmente transmisible de 'una colectividad humana a otra y parte de un desarrollo cultural .común del Occidente. Igual ocurre con la técnica democrática de. gobierno. En el proceso de su. transformación (y queremos hacer especial hjn-

capié en esto) Puerto Rico deberá intentar desarrollar localmente las bases de su propio sostén económico, cosa que si bien• es difícil no es imposible. El crecimiento, del movimiento cooperativo en 1á 7

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industria local facilitaría sin duda el logro de tal objetivo. A esto, la Compañía de Fomento Industrial de Puerto Rico podría prestar especial atención. La gran interrogante que al hacer este somero planteamiento ` se nos viene encima es la siguiente: ¿Significará tal asimilación de rasgos materiales, de ciencia y técnica móderna por nuestra cultura, la pérdida de nuestra peculiar manera de ser? No lo creo. La cultura entendida en su moderno significado antropológico, es la herencia total de ,un pueblo. Como tal incluye: artefactos materiales y tecnología; un sistema más o menos estable—pero dúctil al cambio—de relaciones humanas; y un mundo espiritual: de conocimientos, creencias y valores. La cultura suele además presentarse como una totalidad sistemática en la cual' las diversas partes se corresponden funcionalmente, y opera instrumentalmente para satisfacer las necesidades humanas de sus sostenedores. Es esta natu- raleza sistemática de la cultura lo que explica por qué ún cambio en una de sus partes irá acompañado de cambios correlativos en otras esferas. Sólo si relacionamos los detalles, del cambio deseado con los valores centrales de la cultura, 'estaremos en condiciones de prever y hacer frente a los cambios que se produzcan en esas otras esferas. De lo anterior se sigue lógicamente que una sociedad que se transforma, que cambia movida por aquellos impulsos y necesidades que pueden ser sometidos a ,control, deberá proveer sobre la marcha— ó prever, en tanto esto sea posible—nuevas soluciones de. técnica, de relaciones humanas, de ideas y propósitos, para tomar debida cuenta de las nuevas necesidades que trae consigo el cambio. Claro, que no todos los aspectos de un sistema cultural cambian de igual modo—para mejorar—ni al mismo ritmo. La técnica cambia generalmente con mayor facilidad y rapidez que el orden de relaciones humanas, que se transforma gradual y correlativamente respondiendo a las exigencias de la técnica. Finalmente cambia, para la, sociedad en su conjunto, el clima ideológico; al acomodarse las ideas de la ente al nuevo orden estructural de relaciones humanas. Esto suele ocurrir en aquellos casos, en que dos sociedades en niveles de desarrollo económico y tecnológico dispares, se ponen en contacto. La cultura de más alto nivel, al proveer a la cultura de más bajo nivel elementos nuevos, inicia una serie eslabonada de transformaciones, que conducen, en condiciones normales de dirección racional, a un nuevo balance o equilibrio de la sociedad recep8


tora, en un nuevo nivel de eficiencia tecnológica y económica. La `~ intervención deliberada de la inteligencia humana en el proceso para fijar las normas de excelencia a que se aspira, así como para sortear fricciones y conflictos evitables que podría acarrear el cambio, es algo indispensable en una sociedad civilizada. De no tomar " el hombre; racional y responsablemente en sus manos, aquellos aspectos manejables del proceso, éste puede producir considerable miseria humana y desorientación. Puerto Rico, que era una sociedad agraria en 1898, se ha venido transformando, de manera acelerada en las últimas décadas, al incorporar a su organismo social unidades productivas-300 fábricas en los últimos años—que son propias del metabolismo de sociedades industriales. Esto como es lógico ha de traer consigo transformaciones profundas en la estructura de la vieja sociedad. No sólo acarrea el proceso profundas transformaciones tecnológicas, en la agricultura y la industria, sino también cambios serios en el orden social y en el viejo equilibrio espiritual del hombre puertorriqueño. Esto, tenemos que reconocerlo, no puede ser de otro modo. Puerto Rico no tiene—si quiere vivir a la altura de los tiempos— L_ 1 otra alternativa. que industrializarse o perecer. Ahora bien, las posibilidades industriales de Puerto Rico son de especial naturaleza. Solo aquellas industrias—nativas o continentales—que puedan operar en- la especial situación de realidad de nuestra, isla con éxito económico, se verán tentadas a establecerse. El que Puerto Rico pueda o no a largo plazo crear una base industrial firme como parte integrante del activo cuadro de la economía de los Estados Unidos, es algo que solo podemos conjeturar, desear y buscar por nuestro propio; esfuerzo para provecho de todos. Gozando los puertorrique- U ños de, una misma ciudadanía federal, y de un mismo mercado de libre producción y consumo, no podemos menos que aceptar un misnk destino con los Estados Unidos en este campo. El común destino económico—y político en lo internacional— ( de Puerto Rico y Estados Unidos, no tiene que implicar por necesidad la desaparición de aquellas características autóctonas de cultura que individualizan respectivamente a sus pueblos como distintas sociedades de cultura nacLonal. Tampoco ha de significar que el foco central del poder político.en asuntos locales, ha de radicar en otro punto que la propia, colectividad puertorriqueña. Francia, Alemania e Inglaterra son, modernas sociedades .industriales, que 9

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hacen uso de una misma ciencia y técnica y no obstante Francia es Francia, Alemania es Alemania e Inglaterra es Inglaterra. La entidad autónoma de una sociedad de cultura nacional, no está dada por la técnica, que es parte de un universal proceso civilizatorio. ¿Es' entonces, condición 'indispensable de esa -entidad la total sor- ber..anía separada? Ño lo creo. Canadá, Australia, Inglaterra y Nueva Zelandia son sociedades de cultura nacional y sin embargó forman parte todas de un mismo cuerpo político: la comunidad británica de naciones. Lo necesario para que pueda preservarse la tradición cultural de una determinada sociedad de cultura nacional, es el poder de auto-determinación sobre asuntos que envuelven los valores, aspiraciones y propósitos comunes del cuerpo político en cuestión. Hay que distinguir y deslindar nítidamente por eso, én nuestro caso, nuevo y sin precedentes, la esfera del poder federativo, de la esfera y jurisdicción del poder estadual. Puerto Rico bajo la especial fórmula política del. Estado Libre Asociado tiene o debe tener, el necesario poder auto-determinativo para que su cultura, en aquellos aspectos que no tienen por necesidad que tomar un solo derrotero, —como sí es el caso de la economía, que tiene que marchar invariablemente de agraria a industrial —pueda, tomar el rumbo que la espontaneidad reflexiva de su puev blo tenga a bien imprimirle. La naturaleza de la educación pública que responde en una sociedad democrática—desde la escuela elemental -hasta la Universidad—a la especial filosofía' que el pueblo ha escogido para sí, puede y debe responder funcionalmente—pero sin comprometer la Universidad en el trance, su propia autenticidad— ` "las necesidades expresadas 'por el pueblo. Esto debe hacerse por eso, siempre, en términos de un diálogo responsable entre los iriteFr'esadós. De ahí también, lo vital del problema de identificar cuerda y raciónalmente esas necesidades. duda afirmarse habrán sin deéuando futuro, Todavía en el propósitos los, homcomunes de ciertos 'par la inter.coinunicación irreductibles. étnicas serán bres; ciertas •diferencias individuales y ` Debemos guardarnos de ,ir en estas curiosas oscilaciones pendulares r T deiás ideologías, a los extremos. Ni la intolerancia nacionalista, ni ~~ L-4 intcsl'erancia universalista. El auténtico universalismo humanista se logra en sus mejores y más sazonados frutos, cuandó se' reconoce sin disfrazada reserva, el particular mensaje que ]T individualidad geográfica e histórica de cada pueblo expresa. Er él conciértd del l0


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mundo de los espíritus libres y responsables, que inaugurará la ' historia plenamente en el futuro, todas las voces de individuos o pueblos que puedan añadir algo al patrimonio universal deberán ser atendidos. Debemos guardarnos hoy de' las extremadas simpl'ificaciones, de las fórmulas unilaterales que amenazan confundir al hombre oscureciendo la clara comprensión de la realidad. En nuestra época suele plantearse todavía el problema fuera de su eje central.. Así—ha dicho Vicente Magdalen—nos quieren seducir: "De un lado el anticuario, refractario 'a vital opulento que a su vera se desenvuelve, negador de toda grandeza contemporáneay y amargado, por lo mismo, en su imposibilidad de transformar en •reversible lo' histórico; y, en la otra orilla, el snob, tan incapaz; como su oponente el anticuario, de abarcar en. una sóla mirada la realidad del mundo y la historia .,.:. 'Debemos ir siempre adelante—acostumbraba decir 'un oportuno pensador ibero-amerca no—pero volviendo la cabeza hacia atrás". A mi juicio Puerto Rico necesita y debe tener en el presente, mucha ciencia y técnica y filosofía y literatura y arte; en lo posible, al nivel de cualquier otra sociedad de cultura nacional de Occidente. El patrimonio de la cultura literaria, científica, artística y filosófica del mundo Occidental trasciende las fronteras de toda sociedad •de cultura nacional y debe ser entendido y apreciado 'por todas. ¿Esto es necesario que se entienda! También necesita Puerto. Rico afirmar aquellos valores de autonomía espiritual como pueblo que había alcanzado en 1897, y que perdió políticamente, al perder los puestos de mando en .la estructura de poder en 1898—aunque su pueblo la supo mantener viva en tradición. y .en espíritu—para volver a recobrarla en 1952!.!No+quiere esto decir que debamos volver a 1897 y mucho menos detenernos allí! Tampoco significa que los hombres de hoy en Puerto Rico leamos a Hostos, Acosta, Muñoz Rivera, Coll y Toste, Salvador Brau, Nemesio Canales, Mariano Abril, etc., como si ellos hubieran hablado para resolver nuestros problemas de' hoy, aunque sí debemos reconocer que ellos tienen mucho que decir sobre algunas de nuestras perplejidades. No. No se trata de escapar del presente. No se puede vivir auténticamente el presente añorando místicamente un pasadó que es pasado. Pero, sí esto es cierto, es, también cierto que no podemos olvidarnos que ese pasado no es cualquier pasado. Es'impórtante reconocer que L ese pasado, esos hombres, son los sembradores de la semilla espiriI1


tual de un pueblo que quiere ser él mismo, sin maldad ni rencor para nadie. 'Importa afirmar y hacer claro que si queremos una cultura púertorriqueñá .sin falsos ribetes próvincialistas, una cultura puertorriggeña que modesta pero eficazmente .pueda desarrollarse y crecer, en el fúturo, será preciso mantener sereno y ecuánime el juicio. para espigar del acervo histórico de nuestra herencia cultural .aquellos valores ejemplares que resistan la prueba de universalidad. So- 1, bre esto, creo firmemente que los elementos de más permanente valor universal y en consecuencia los más importantes de nuestra herencia histórica local, son aquéllos que nos definen en cuanto sociedad de cultura nacional. ` Cuándo se afirma que Puerto Rico es parte de Occidente y . debe vivir en ,consecuencia como parte del múndo. occidental, no veo que se menosprecie con ello nuestra herencia cultural. El patrimonio de la cultura occidental es uno común para- todas las .sociedades de cultura nacional que integran ese mundo cultural dé Occidente, y opera concéntricamente, o desde un mismo eje— el humano—en un nivel distinto'a aquel de la tradición local de cada sociedad de cultura nacional. Si el problema de la interrelación de ♦estos . os auténticos y complementarios niveles es justáménte entendido, a la luz del valor primario aquí en juego, que es .el futuro de un pueblo, creo que desaparece la necesidad y la sin razón lógica de oponerlos. Puerto Rico, que es Occidente de una especial manéra, debe vivir en constante trance de alcanzar la más .alta cultura de Occidente, lo que debe hacer siempre desde su particular situación en el mundo y fiel a sí mismo. Podemos robustecer la personalidad histórica de nuestro pue- 1, blo si hacemos uso de nuestro poder autonómico para afirmar riuestra,moclesta pero respetable herencia histórica: en arte, en literatura,en lenguaje, en pensamiento. Podemos hacerlo también, restable~ ciendo .nexos de amistad. con los países democráticos de Hispanoamérica, que .tienen en buena parte con nosotros un mismo pasado histórico. El conocimiento de la mutua historia de cuatro siglos, es un recurso 'de obligada terapéutica espiritual. Asimismo el con- " tacto de nuestra intelectualidad con la intelectualidad de países espiritualmente autónomos, ya sean de Europa, o de las dos Américas, áyudará también a restablecer el equilibrio del espíritu puertorriqueño, .borrando todo vestigio de psicología .colonial. 12`


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Quisiera para `el futuro, que nuestras empresas del espíritu fuesen de tal índole que sin renunciar a los valores humanos de nuestro pueblo, expresaran los valores de lo humano universal que hay en ese mismo pueblo. Es, decir, quisiera creaciones de pensamiento, imaginación, técnica y arte, en general, que inspiraran confianza en los poderes del hombre puertorriqueño, para hacerse libre, en su espíritu, .mediante la ,generosa comprensión racional— libre en 'igual 'dignidad humana y en respeto para todos los hombres. Para estimular e impulsar nuestras presentes creaciones, creo que lo viable será ,favprecer toda medida que propenda a que nuestros artistas, pensadores, investigadores y profésionales en fin, adquieran una más ancha y profunda .cultura general~y una participación más directa en las labores de creación. Esto que implica para todos el conocimiento responsable de la propia herencia histórica, ha de -hacerse esdupulosamente siempre en medio de un clima -de libertad. Lo importante 'para salvar nuestros auténticos valores, no es, conservar tal o cual rasgo de un orden cultural que. al cambiar, lo tornará inoperante. Lo importante será que él proceso de incorporación de nuevos rasgos culturales sea gobernado, por aquéllos que lo experimentan; con arreglo a valores libremente seleccionados y 4-. no impuestos. Claro está qué las minorías—los intelectuales que no estén dispuestos a traicionar, su auténtica vocación—tendrán en tal eventualidad una importante función orientadora`.que cumplir. Esto se logra eficazmente si cada cual añade, con espontaneidad, al programa común, su punto de vista.

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ÍI~ PUERTO RICO, SOCIEDAD DE CULTURA NACIONAL Y ESTADO LIBRE ASOCIADO


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Toda interrogante acerca de la naturaleza de un cuerpo de cultura o sobre los fundamentos psicológicos de un pueblo trae consigo el uso invariable de una serie de vocablos o términos cuyos significados no aparecen siempre acotados con la necesaria precisión. Así, el término cultura, un término multi-ordinal—cuya significación varía según el contexto—suele usarse, sin antes haberlo defiñido, con una vaguedad e imprecisión desconcertantes. Por ello, para evitar injustificadas confusiones y trampas semánticas, conviene que lo definamos antes de usarlo ,nosotros. Tomado en sus formas abstractas más generales el término cultura significa cuando menos tres cosas. Permítasenos, en gracia a la brevedad, hacer libre uso del esquema utilizado por T. S. Eliot en las Notas para la definición de la cultura. Eliot distingue allí tres principales acepciones de la palabra. Tomemos primero, pues, la más corriente: la relativa al concepto de cultura individual. De ~ acuerdo con esta acepción entendemos por persona culta, aquélla que ha sido sometida o que se ha sometido a sí misma a un cultivo, a un cultivo integral que le permita cumplir el precepto clave del ~ humanismo: "Llega a ser quien eres"; es decir, "Llega, a ser de hecho I' el que en principio y en potencia eres". Es lógico que tal acepción excluye de persona culta al especialista que sabe mucho de una cosa, pero ignora todas las demás a fóndo. Asimismo se desprende de tal acepción la conciencia de cuán difícil es, hoy en día, ser persona culta. Requiere, el serlo, juntar en una unidad el conocimiento integral de nuestro tiempo, o lo que sí es ya más factible, los datos capitales del saber humano actual. Ser culto, exige como ha dicho Ortega y Gasset: "vivir a la altura de nuestro tiempo; desde el plano de ideas desde las cuales el tiempo vive". Así considerado, el derecho a la cultura—que es un principio que 17


~ futuras cartas de derechos humanos habrán de consagrar—es el derecho de todo ser humano a expresar libremente su personalidad, la íntima dignidad de su espíritu, en la producción y goce del arte, ciencia y morál. Uña segunda acepción de la palabra cultura entraña el concepto de cultura de grupo. En toda sociedad moderna existen, en efecto, por necesidad, grupos minoritarios que están empeñados casi exclusivamente en la creación y conservación de especiales órdenes de la cultura. Es, por ende, cultura de grupo, aquella parte instrumental e intelectual de la herencia social que se encuentra promovida, sostenida o manejada por uh sector particular de la sociedad: los especialistas. Como bien apunta Max Weber en su ensayo La ciencia' como vocación, hi situación interna de la ciencia actual se caracteriza por la especialización, de ahí que sea éste un ineludible aspecto de la realidad de toda cultura moderna. Notemos de paso que el peligro del especialismo estrecho y bárbaro, en que ha caído buena parte de los especialistas-y no sólo contamos aquí a los científicos, sino a todo especialista, sea éste puro historiador, puro literato, puro profesional, o puro infrahombre de laboratorio= nace del cumplimiento mecánico de este -moderno imperativo cultural. El remedio contra él está dado por el cumplimiento 'de la primera definición inmarcesible de cultura que hemos consignado. Finalmente tenemos, la clásica acepción, antropológica de cultura, la más comprensiva, que apunta a la herencia social del hombre tomada como conjunto •o bloque. Desde •este punto de vista ningún hombre modelado por su ambiente social carece de cultura, y en buena medida—en las sociedades modernas- 1 son los llamados despectivamente "gente inculta", los depositarios de lo más característico del ethos nacional: aquellas costumbres y valores' culturales que pueden ser en un momento determinado inapreciable fuente para una renovación de la cultura misma de los grupos minoritarios.

La vitalidad de una cultura (tomado este término en el sentido antropológico)—y es importante reconocerlo si se ha de obrar con acierto—nace no del genio particular de un hombre; o de uni grupo limitadó de hombres, sino~de una especial constelación de fuerzas 1. Me refiero a aquellas sociedades vírgenes en que todavía no ha sobrevenido la subida de nivel histórico que las masifica (estos términos, entendidos en el sentido orteguiano).

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económicas, sociales, políticas e históricas, en la cual, las .tradiciones populares son un factor de primordialísima importancia; de tanta importancia como puede serlo, en otro plano, la actividad misma.de la minoría directora que imprime su sello de inteligencia y voluntad a las fuerzas manejables de la historia. El .hombre,, creador de cultura, ser espiritual, es el único animal que se pregunta de dónde viene y hacia dónde va. Es único ser vivó que posee en potencia la clave de su libertad. Pero su libertad .depende de los propósitos y elecciones que hace mientras deseñvuelve su vida en sociedad. Desde luego, esta última proposición conlleva el re- v conocimiento de que los propósitos en la vida se hacen, 'no se encuentran. De ahí que cuando a un pueblo—pienso en mi pueblo—,, propio desarrollo futuro, llegado ya el momento le toca definir del rigor auto-crítico, de su madurez sociológica, si quiere vivir con esa previsión que es exclusiva prerrogativa del animal humano =pues, permítaseme la reiteración, una elección es tanto más libre cuanto más capaz sea de anticipar sus resultados—deberá ensayar un balance de su íntima naturaleza y del bagaje cultural con que cuenta para proyectarse hacia el futuro. El pretender improvisar las respuestas según se presentan ,las excitaciones, el vivir una vida puramente reactiva por contraste con una vida activa, no es propio del hombre, de su esencial dignidad de caña pensante. Todavía esto no agota los sentidos de„Ia palabra cultura. En un plano ya concreto, lo que la criatura humana tiene que aprender, la cultura, aparece agrupado e integrado, a los propios efectos de su transmisión por aprendizaje, en comunidades cerradas a, base • de un cierto patrimonio heredado en, común. Comunidades análogas a la comunidad del lenguaje, fuera de cuyo círculo no hay exceptuados claro está la tolerancia y el respeto mutuos-posibilidad de comprensión y de entendimiento racional entre los hombres.2 Podemos al hablar de las culturas en este especial y concreto sentido—es decir en cuanto círculos autónomos de historia y experiencia—distinguir: entre culturas tradicionales o preliterarias—ágra•las, para usar el, término empleado en la literatura antropológica— y., de otra parte, culturas literarias. Al primer grupo pertenecen 2. Véase FRANCISCO .AYALA, "Sistemas ,de la sociología' en su Tratado, de sociología Vol. II, , Buenos Aires, Editorial Losada, 1947, pp. 289 y SS.; y la Iií roduccion. a las ciéncias socialés,` Aguilar, S. A. de Ediciones, Madrid, =1952; Caps: III y •IV.

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las culturas primitivas o tribales en tanto existen sin contacto con otros círculos de cultura, y las llamadas culturas folk, formadas estas últimas por colectividades sin relación histórica inmediata—o a sólo precariamente relacionadas—con el ancho mundo histórico de las grandes culturas literarias, y que han perdido su independencia original hallándose en consecuencia insertas dentro del territorio de un estado` nacional moderno y sujetas .a la jurisdicción de su gobierno. Casi todas éstas incluyen en mayor o menor grado elementos que fueron tomados prestados—en lenguaje técnico, que recibieron por difusión—de las culturas literarias. L . Al segundo grupo—el de las culturas literarias—pertenecen las grandes sociedades históricas del pasado: oriental, clásica y feudal, que no consideraremos por no complicar innecesariamente .nuestro planteamiento; y las modernas culturas nacionales, cuya unidad y continuidad 'se basa en el común patrimonio de su literatura secular:, poesía, historia, novela, drama, .filosofía, etc., Es este último grupo el que nos interesará en lo que sigue. Conviene, quizá, distinguir por último, y antes de pasar a nuestro planteamiento central, aquellas culturas religiosas cuya unidad y continuidad depende del acatamiento otorgado a determinados libros sagrados. Así puede hablarse de un orbe cultural hindú, cuyo fundamento lo constituyen los libros sagrados de los Upanishads y 'los Vedas; un orbe cultural judío, basado en en la Torah y el Talmud; un orbe cultural Islámico, basado en el Corán; y un orbe cultural cristiano basado en la Biblia: tanto en el mundo católico romano, luterano-calvinista, -d griego-ortodoxo. Aunque ocupando ya una ubicación algo excéntrica, convendría qufzá menvisión panorámica, al cionar también aquí, para completar así orbe cultural sinico y al budista-lamaísta. Nótese, pues esto serápara nosotros lo decisivo al aludir a ello en lo que sigue, que esta última acepción coincide en alto grado con la definición toynbiana de cultura o civilización como "cuerpo histórico inteligible". Creo necesario que estas distinciones y acepciones diversas de la palabra cultura seán entendidas en sus consecuencias, antes de encarar el problema inmediato de definir y ubicar una determinada cultura cualquiera. Aun respetables sociólogos norteamericanos han incurrido en 'el vicio de hablar de la "cultura norteamericana" como si se tratase allí de un círculo cerrado de cultura. Así, al estudiar el problema del contacto de "culturas"'—transculturaciónla

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que se da en Puerto Rico a partir de 1898 y como consecuencia de la guerra hispano-americana, definen o •no definen pero presuponén—lo cual es peor—que la cultura 'de los Estados Unidos es un orbe o círculo cerrado de vida histórica, que se enfrenta en tui proceso transculturativo con otro círculo cerrado de.cultura: Puerto Rico. En consecuencia, al estudiar el especial proceso transcúlturativo que se da en nuestro país durante la primera mitad del siglo XX, exageran las diferencias y hacen caso omiso de la común historia de estas dos tradiciones nacionales de la cultura occidental. Por eso •es necesario decirlo, aun a riesgo de que suene a perogrullada, que Puerto Rico no es una cultura cerrada o, campo• histórico inteligible en el sentido toynbiano' de este concepto. Tampoco, como es lógico y evidente, lo son los Estados Unidos. Antes por el contrario parecería mejor definir a la nación norteamericana desde el punto de vista cultural, según ha hecho Louis Adamic, como un complejo de sociedades de cultura nacional en proceso de inte grar—con las consiguientes e inevitables variantes regionales ó sub-1 culturas—una sola sociedad de cultura nacional. Puerto Rico, at su vez, forma ,una sociedad de cultura nacional que, por evidentes razones históricas, presenta mayor unidad, integridad y homogeneidad que los Estados Unidos. Francisco Ayala .ha señalado autorizada y certeramente que ambas sociedades forman parte del mundo occidental capitalista3 y comparten entré sí, como es lógico, un gran número de rasgos culturales o plexos institucionales tales como:' cristianismo, capitalismo, liberalismo constitucional, ciencia y técnica, para nombrar tan sólo algunos de los de mayor significación. Difieren ciertamente en otro número considerable de rasgos, tales como lenguaje—aun cuando ambos idiomas forman parte de una misma familia lingüística—literatura, música popular,. sistemas jurídicos, comidas, etc. ¿Cuál es pues el alcance de estas diferencias? Ayala, una vez planteado el problema, deja de ahondar en el mismo y nos sugiere aceptar el término cultura en su valor relativo e indefinido, para referirnos a una cultura española, puertorriqueña, colombiana, novo-iñglesa y californiana. Pasa por alto así Ayala—al menos en esta ocasión, en que no hubiera sido excesivo el planteamiento-

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3. FRANCISCO AYALA, "The Transformation of the Spanish Heritage", en Puerto Rico, A Study in Democratic Development, Annals of the American Academy of Political Science,, Philadelphia; 1953. 21


uno de los problemas más acuciantes de la sociología moderna, después de haber señalado que la relación "cultural" que se da entre Puerto Rico y Estados Unidos es de naturaleza intra-cultural. Podemos estar de acuerdo con Ayala hasta el -punto que apura su distinción. Si una civilización, o gran cultura, es—como propone Arnold Toynbee—una especie de ambiente moral en el que se hallan inmersas un determinado número de naciones y del cual cada nación particular viene a ser tan sólo una forma especial, se conprenderá la lógica de entender el contacto de Puerto Rico y Estados Unidos como un contacto intra-cultural. Pero ahí también está la lógica de nuestra insatisfacción. Nos queda por delante aclarar: f ¿Qué es una nacionalidad? Pregunta ésta que han tratado de contestar los sociólogos y antropólogos en tiempos recientes. Curiosamente, con todo lo importante que parecería el tema—desde la vertiénte científica o sociológica—la interrogante que dirige nuestra atención hacia ella no había sido formulada por la ciencia hasta hace pocos años. La explicación de ello no resulta, creemos, difícil de precisar. El tema sociológico de la nacionalidad—por sus claras tangencias con el nacionalismo político—puédé caer fácilmente en confusiones, provocañdo así la, característica ceguera de lo qué va cargado de emoción. Por otra parte los sociólogos mismos no han estado del todo ajenos a esa ceguera especial que provoca el fenómeno nacionalista. De todos modos, el grave resquebrajamiénto institucional del mundo en. que vivimos ha sacudido nuestra inteligencia—me refiero a los sectores profesionales—, obligándonos a buscar ,nuevas y más eficaces soluciones a viejos problemas. Recientemente, en la última década de modo especial, los antropólogos y sociólogos han puesto su vista sobre el problema de la inter-relación de las culturas4 y•se han impuesto en cuanto profesionales la taréa deliberada de entender qué es lo que hace al francés, francés, italiano, al italiano, irlandés al irlandés, gallego al gallego, etc. EL tema del "carácter ~ nacionál" en el campo de la antropología—por ejemplo—como parte de estudios más amplios-de personalidad y cultura, se ha conver-

4. La UNESCO por ejemplo ha publicado recientemente un enjundioso volumen eh que 'éolaboran destacados intelectuáles de Eurójia, Asia y las Améri" cas y que lleva por .título: Interrelations of Ctiltures, Tlieir•Contrtbution to International 1Jnderstanding;> Paris, 1953.

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tido en un nuevo campo de investigación científica.6 "Los estudios ~ de carácter nacional—nos dice la Dra. Mead—, como todo estudio de personalidad y cultura, enfocan el modo en que los seres humanos convierten en algo propio (íntimo) la cultura en que han sido educados, o a la cual hañ emigrado. Estos estudios intentan revelar cómo las propiedades congénitas de los seres humanos, los elementos .idiosincráticos de cada hombre, y los patrones generales y particulares de maduración espiritual, se integran dentro de una tradición social compartida, de tal modo que en la conducta de toda persona aparecen ciertas regularidades que pueden ser descritas como el carácter cultural. En este sentido el carácter cultural es una abstracción que los antropólogos usan cuando sus conceptualizaciones son formuladas de modo que incluyan premisas acerca de la estructura intrapsíquica del hombre".a La actitud creadora de la ciencia antropológica actual ante el fenómeno de la nacionalidad no es de negación irracional (al modo del .avestruz de la fábula), sirio de constructiva afirmación. Nos importa saber: ¿Qué es la nacionalidad? ¿Cuáles son sus fuentes? ¿Puede cegarse o abolirse? ¿Cómo podemos usar constructivamente su fuerza. motivacional para unir a los .hombres y enriquecer la vida, en lugar de que tome derroteros—como hasta ahora—de irracional destructividad? Hace ya muchos años que Salvador de Madariaga, con muy certero y sabio instinto, escribió un libro de jugosa lectura titulado Ingleses, franceses y españoles. Aunque en él se valía de un puro método intuitivo al enfrentar su problema—definir la nación como hecho psicológico—, tuvo sobrada sagacidad para calar hondo, y su libro fué toda una revelación y reto a la ciencia del' hombre. Allí decía Madariaga: ".. .la solución de los problemas políticos depende del elemento humano. En el hombre hemos de hallar la mayor resistencia, y en el hombre hemos de hallar la potencia para vencerla. El hombre y no las cosas es el alma de la política, y si las cosas .han de estudiarse a fin de dar con la salida de los, laberintos políticos, para salir de ellos habrá que estudiar a los hombres". 5. V.: MARGARET MEAD, "National Character" en A. L. KROEBER (ed.). Anthropology Today, The University of Chicago Press, Chicago, 1953, pp. 642-667. También en colaboración con RHODA METRAUX: The Study of Cultures at a Distance, The University of Chicago Press, Chicago, 1953. 5. MARGARET MEAD, en "Natiónal Character", op cit., p. 642. (Traducl ción mía).

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Puede por eso afirmarse sin reparos que Salvador de Madariaga fué uno7 él más genial quizá—de los precursores de los actuales estudios psico-antropológicos sobre la estructura del carácter nacional, término este último que el mismo lanzó a circular. Nadie pone hoy en duda menos, no sin llamar la atención por su excentricidad—el hecho de que un francés es diferente de un inglés, un italiano de un norteamericano y un cubano de un argentino. Cierto, que existen dentro de la nacionalidad subcultures de clase, y que las clases altas tienden—en el mundo industrial moderno—a crearse una cultura de. acento más cosmopolita; pero aun concediendo esto, no se invalida la anterior 'afirmación. Todavía el sentimiento de la nacionalidad es una fuerza poderosa de creación y de sentido. Aun a riesgo de recargar conceptualmente esta formulación, considero importante una distinción última: la que se da entre nación y nacionalidad. A nuestro juicio, el primer término tiene connotaciones políticas que no necesariamente se presentan en el segundo. En los diversos lenguajes en que es usada, la palabra nación, ésta tiene significados diversos. En inglés significa usualmente la totalidad de los ciudadanos de un Estado soberano.. Es en este sentido que ha sido usado el término al acuñar títulos como Liga de Naciones o Naciones Unidas. No' obstante, los galeses se dan a sí mismos el nombre de nación, aunque no forman 'un Estado independiente. Por otro lado, la mayor parte. de los tratadistas alemanes distinguen entre Nation y Staat. En vista de esta confusión, no usaremos aquí el término. En su lugar preferimos usar el término "nacionalidad" o el más descriptivo de "sociedad de cultura nacional". Tal y como es usado el término en la literatura de las ciencias sociales, nacionalidad denota la realidad olbjetiva de una colectividad o agregado humano con ciertas características culturales distintas: lenguaje, costumbres, tradiciones históricas, etc., y algunas veces también "rasgos raciales", y- una localización geográfica definida. "La mayor parte de los investigadores—ha dicho Florian Znaniecki—reconocen que la nacionalidad como fuerza social puede ser definida y se halla circunscrita por ciertos rasgos etnológicos, así también como por la consciente y activa solidaridad de las gentes que componen tales. colectividades". 7. FLORIAN ZNANIECKI, ,Modern Nationalities: A Sociological Study, Tht University of Illinois Press, Urbana, 1952, p. XIV.

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La nacionalidad es, pues, a un mismo tiempo: realidad objetiva y realidad subjetiva. Ortega y Gasset ha definido en su España Invertebrada (vol. III de sus Obras Completas, 1950) la nacionalidad en su aspecto subjetivo, como una masa humana organizada, estructurada por una minoría de individuo's selectos. Es en vista de esta definición que cobra—para nosotros ahora, individual y colectivamente—profundo sentido su advertencias "Antes que hacer algo tiene cada hombre que decidir, por su cuenta y riesgo, lo que va a hacer. Pero esta decisión es imposible si el hombre no posee algunas convicciones sobre lo que son las cosas en su derredor, los otros hombres, él mismo. Sólo en vista de ellas puede preferir una acción a otra, puede, en suma, vivir".s La solidaridad de toda nacionalidad (su unidad y continuidad objetiva se basa, como hemos señalado antes, en la literatura secular) depende, pues subjetiva y objetivamente, de la existencia de especiales formas simbólicas comúnmente entendidas y estimadas, que, circulan sin dificultad entre los miembros de la comunidad. El gran sociólogo norteamericano W. G. Sumner, en su clásica obra Folkways, proponía el término ethos para referirse al temperamento moral o "genio" que individualiza a un conjunto humano y le distingue de los demás. Así, creía Sumner hallar el ethos de sociedades tales como la japonesa, griega, china, hindú, etc., en la peculiar conjunción de los valores o normas éticas, estéticas y legales sustentados por tales sociedades. En nuestros días, el concepto ha sido recogido y usado con más o menos buen éxito por antropóloos como Ruth Benedict, Geofrey Gorer, Gregory Bateson, Margaret Mead, etc.9 Hoy se reconoce, pues, ampliamente que, en cuanto sociedad de cultura nacional, la nacionalidad puede existir sin la organización política del Estado soberano. Puede usarse en consecuencia el concepto de sociedad de cultura nacional como algo distinto del

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8. ORTEGA Y GASSET, Historia como sistema, en Vol. VI de sus Obras Completas, Madrid, 1950. 9. Entre otros estudios véanse: RUTH BENEDICT, Rumanian Culture and Behavior, Institute for Intercultural Studies, New York, 1946 (estarcido); iThe Chrysanthemum & the Sword, Houghton Mifflin & Co., Boston, 1946; GEOFREY GORER, The American People, W. W. Norton & Co., 1948; G. BATESON, Naven, Cambridge University Press, 1936; MARGARET MEAD, And Keep your Powder Dry, New York, 1942.

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concepto político de Estado, para definir las unidades modernas de cultura, que, como en el caso tripartita de Suiza, pueden coexistir, diversas dentro de solo Estado_ político, o como. en España— el caso gallego, catalán o vasco—donde sin haber logrado nunca expresión política los' elementos culturales de estas diversas sociedades históricas, conviven todas ellas integradas bajo la égida del Estado nacional español. Un caso análogo nos presentan las diversas nacionalidadés que forman el cuerpo político de la Comunidad Británica de Naciones. En esta categoría podría clasificarse'° la)L sociedad de cultura. nacional puertorriqueña bajo el actual estatuto jurídico que sustenta la nueva fórmula del Estado Libre Asociado. No existe razón alguna de orden político que impida a Suiza —o a ningún otro Estado nacional moderno, sea múltiple o federado—mantener una cierta autonomía cultural para. cada nacionalidad dentro de sus fronteras constitucionales, al mismo tiempo que mantiene la unidad del Esfado soberano. De hecho, como demuestra toda experiencia en el plano de' las 'relaciones internacionales —y como tendrá que reconocer ineludiblemente el mundo en un futuro no lejano—la cooperación activa de las nacionalidades, sean éstas entidades políticas soberanas o no, es la única manera de evitar los conflictos armados. El reconocimiento práctico de un hecho tan obvio en nuestro tiempo como la existencia de sociedades de cultura nacional—de las cuales depende, como puede demostrarse, la integridad misma lel carácter de los nacionales—tanto política cuanto sociológicamente, viene a ser tan sólo cordura humana y buen sentido. Puerto Rico, en cuanto sociedad de cultura .nacional y Estado q Libre Asociado, ha hecho .una aportación sociológica y políticamente creadora, en su intento racional de encontrar una relación poll- Y ,tica con los Estados Unidos que—tomando en consideración las especiales condiciones históricas del caso—reconozca la mutua dignidad de la Asociación." 10- Puerto Rico, a juicio de la Asamblea General de las Naciones:Unidas (según Resolución 151 [VIII] adoptada por la Asamblea en su 459' reunión plenaria de noviembre, 1953) y según opinión de la generalidad' de los observadores desinteresados del caso, ha dejado de pertenecer a la, categoría de pueblos -dependientes y sin gobierno propio. 1L Véase FRANCISCO AVALA, "Puerto Rico:: Un destino ejemplar' nos Americanos, Año. X,• núm. 3, 1951.-

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Cuader-


Es una proposición demostrable qué; en lo medular de su cuerpo histórico, Puerto Rico presenta un perfil hispánico bien definido al cual se han injertado en grados diversos elementos de 1'a cultura indígena, de las .culturas negras de Africa y de la "cultura" anglo-americana en 'un proceso transculturativo que no ha desquiciado lo vertebral de su personalidad—la comunidad de psicología, reflejada en la comunidad de cjultura—, sino que la ha robustecido dándole un nuevo y característico perfil entre las culturas nacionales de América. El puertorriqueño de nuestro tiempo—igual que sus abuelos—se reconoce a sí mismo como "puertorriqueño", con lo cual obviamente .manifiesta la , conciencia que tiene de ser miembro de una sociedad de .cultura nacional, que no desea perder, por no perder aquello que—al integrar su espíritu— da sentido a su vida, como hombre de un cierto tiempo y espacio.12 Quien entienda, libre de pre-concepciones, las fuerzas históricas que han modelado la actual sociedad de cultura nacional que es Puerto Rico, reconocerá como parte irrecusable de esa sociedad y del carácter nacional resultante (en la mentalidad liberal democrática, por ejemplo) el sello especial que medio siglo de asociación política e integración económica con los Estados Unidos de Norteamérica, ha impreso sobre ella. Este hecho—al igual que el ya antes apuntado, del carácter de sociedad de cultura nacional de Puerto' Rico—es un hecho sociológico de la más alta significación, que ninguna solución política al problema de las relaciones de Puerto Rico con los Estados Unidos podría pasar por alto sin crear -con ello, hoy por hoy, un serio resquebrajamiento institucional y tal vez el caos y el desastre final, al desarticular aquellos elementos que integran—por razones evidentes de historia—nuestra especial situación: Los puertorriqueños hemos aprendido a estimar las virtudes y ~ a valorar críticamente las fallas y limitaciones propias y las de nuestros conciudadanos los norteamericanos. 'Hemos escogido una fórmula política para servir a las especiales necesidades de la sociedad .de cultura nacional puertorriqueña que no tiene las maldades y estrecheces odiosas del nacionalismo político—en un mundo 12. Véase EUGENIO TERNANDEZ MÉNDEZ, Unidad y esencia del ethos puertorriqueño, Antología del pensamiento puertorriqueño sobre el problema de nuestra cultura. Universidad de' Puerto Rico, 1954. (Selección preliminar.)

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lacerado por los odios nacionalistas—, pero que al mismo tiempo nos permite preservar y robustecer nuestra personalidad histórica, en asociación voluntaria con un gran pueblo libre. La preservación y dinámica estructuración y perfeccionamiento de la fórmula política del Estado Libre Asociado de Puerto Rico, vinculado por lazos políticos de común ciudadanía, por recíprocos lazos económicos de mercado libre y común sistema monetario, y por la común defensa militar y pblíticá internacional, a lós Estados Unidos de Norteamérica, se nos ofrece a los puertorriqueños y norteamericanos de hoy, como una plausible y democrática finalidad racional. La nueva fórmula de relación política del Estado Libre Asociado encierra—una vez libres las' partes de suspicacias y resentimientos infundados—un fecundo sentido humano y democrático. Supone tan sólo el reconocimiento por parte de la democracia norteamericana de la validez de un principio estructural tradicional en dicha democracia, a saber: la continuación de las muchas unidades de gobierno, con diversos grados de independencia: aldeas, ciudades, estados, "estados libres asociados", y el gobierno federal; un sistema complejo aunque flexible, que permite el máximo de autonomía local (home rule). Entraña también—de las partes—el reconocimiento honesto de los hechos históricos: la base cultural preponderantemente hispánica que integra nuestro cuerpo político. Nuestra hora, sobre las bases dinámicas del estatuto jurídicopolítico que hoy rige a la comunidad puertorriqueña, deberá ser —como expresión cimera de nuestra singular experiencia histórica— hora de construcción democrática y afirmación en todos los frentes de la cultura. Afirmación programada, por eso, de aquellos valores inmanentes que todo lo humano encierra, expresado en los más diversos aparatos substantivos de la cultura nacional.

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III INTERRELACIÓN DE LAS CULTURAS


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El profesor Lloyd Suttell, de la Universidad de Puerto ,Rico, escribe un casi festivo ensayo "en torno al problema de si débiéramos rendir pleitesía a; la cultura. Occidental, la cultura puertorriqueña o alguna combinación de las dos". (Puertorriqueño ciento pbr ciento — "El Mundo" — 22 de enero de l95).1 Por creer que "la algárabía en torno al problema ha llegado a proporciones de escándalo", se cuestiona el colega Suttell en su "artículo, si existe, "de verdad" un "puertorriqueño ciento por ciento No creó que pueda argumentarse `en contra del planteamiento elemental de Suttell, pues ciertamente existe una tradición cuttural occidental, dentro de la cual se hallan insertas un buen número de sociedades de cultura nacional, tales como la francesa, la inglesa, la norteamericana, la canadiense,, la irlandesa, la galesa, la pnertórriqueña y otras, que comparten entre sí, un gran número de rasgos •culturales. Sin embargo no es- ese todo el problema, como quizá ingenuamente piensa el .colega Suttell: !La cultura es algo más que mera enumeración, de rasgos! Sin darse cuenta, el amigo `Suttell "nos, hace el artículo" a lo norteamericano. Quizá •la especial manera de informarnos Suttell de las ideas sobre difusión de Linton,. "como si se dirigiera a. una asamblea",,forma parte—como ha sugerido Redfield—de un hábito nacional. Quizá el hablar de_ Suttell no está suficientemente equilibrado por- el escuchar. "Hablar bien—ha dicho Redfield—es un arte; saber escuchar es, sin lugar a dudas, más, raro; y es más raro porque, cómo arte es más sutil y difícil. Pero,, siendo algo que los norteamericanos. necesitan cultivar seriamente para su propia seguridad, vale la pena considerar si hay medios, de lograrlo". 1.. 'Véá"se el Apéndice. 31


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`Suttell, visiblemente alterado porque hay puertorriqueños que tienen un normal deseo de conservar "lo- poco que ellos han creado", impreca y.fulmina contra todo aquello que por ser diferente en la cultura de Puerto Rico, escapa a su comprensión. Condena a' todos los que se' animan a discutir el problema, sin haber "podido acertar una clara definición de lo que discuten", y luego, .orondamente, pasa a embrollar de manera escandalosa lo que para .nadie es secreto. !Que los puertorriqueños somos occidentales lo sabíamos en Puerto' Rico todos, o casi todos, a pesar de que para Suttell esto sea gran novedad! Podemos estar de acuerdo con el profesor Suttell, cuando dice: "Desde el punto de vista político, el "cultural", el estético—desde todo punto de vista—nos estamos adentrando en uña era donde necesitamos' cada vez más, entendimiento y apreciación de otras. culturas Esto, quizá debiera subrayarlo y practicarlo el :señor Suttell, para su propia .iluminación y tranquilidad espiritual. 'También estarnos de acuerdo con él cuando afirma que "no hay razón para creer que esto inhiba (los procesos) de creación" en determinada cultura local. Asimismo, es posible y lógico, peñsar como lo hace el colega, que aquellos que contribuyan 'más a la cultura puertorriqueña, (o a la norteamericana) de aquí en adelante, serán "los que contemplan a Puerto Rico como parte del cuadro mundial". Sin embargo, el profesor Suttell una vez dicho ló anterior procede a buscar la -ficción atroz del "puertorriqueño ciento por ciento"; haciendo uso del recurso falaz de enumerar un gran número 'de rasgos de cultura material, que Puerto Rico evidentemente comparte con las culturas del orbe Occidental. !Para ello se vale, en un contexto injustificado de la propiedad literaria de Ralph Linton! El error lógico de Suttell estriba en omitir una definición de la palabra "cultura", que por ser un término multi.ordinal—cuyo significado varía según el contexto—se presta a toda clase de confusiones semánticas. Como bien dice el propio Linton, que Suttell cita in extenso en apoyo de su argumento: "En los seres humanos la herencia social recibe eL nombre 'de cultura.' El término 'se usa (cuando menos) en un doble sentido. En su sentido amplio, cultura significa la herencia social íntegra de la humanidad, en tanto que en un sentido más restringido una cultura equivale a una modalidad par32

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titular de la herencia social. Por consiguiente, ,la cultura en su conjunto está integrada por un considerable número de"culturas características cada cual de un determinado grupo de individuos". Si no tenemos un afán de convertir a os demás pueblos. a nuestra .imagen y semejanza, movidos por una intransigente ceguera etnocenirista, podemos muy bien reconocer lo que ha significado el curso .distinto seguido por la historia de pueblo diferentes. ¡Tampoco a esto hemos de' tenerle miedo! No se trata de que seamos "ciento por ciento" iguales o "ciento por ciento" diferentes. 'El problema es más sutil, y la ignorancia o la, incapacidad para comprender 'los valores intelectuales, morales o espirituales, característicos de un determinado grupo de individuos, no sólo lesiona la eficacia de la coóperación entre pueblos: también expone nuestros bien intencionados esfuerzos a los más crasos errores. El hombre es hombre siempre, de una determinada manera, ha dicho Francisco Ayala,—"pues el ser humano es formidablemente plástico, maleable —y esa manera, que tiene infinita variedad de posibles matices ,individuales, responde al sello común que nos presta el círculo de cultura a que pertenece ios". Esto, referido a nuestro caso, lo que quiere decir es, que somos todos—norteamericanos y puertorriqueños—occidentales, pero que el norteamericano es occidental a la manera de lá cultura de su pueblo y los puertorriqueños somos occidentales a la manera de los puertorriqueños. La personalidad colectiva de un pueblo—el carácter nacional— es el modo como un pueblo tiende a ser, con bastante corítinuidád, a través de largos periodos de tiempo. Es la particular disposición • de complejos anímicos, producto de los procesos de socialización en una cultura local, que hace uno norteamericano o puertorriqueño y no chino, o italiano. Más aun, creo que puede y debe buena• siente 'afirmarse—como lo ha hecho Redfield—que tales diferencias existen y que "hacen del mundo un lugar más interesante y valioso. Las diferencias entre un hombre o mujer y otro, y las diferencias entre una cultura o carácter nacional y otro, son fuente de deleite y estimulan ,la originalidad creadora". Las presiones, que intenten suprimir tales diferencias individuales y étnicas, deben ser en consecuencia resistidas por su clara derivación 'antidemocrática. No se trata pues en el, presente caso, amigo Suttell, de si' existen norteamericanos "ciento por ciento" ó puertorriqueños "ciento por ciento". Se trata ñe que éxisten culturalmente hablando norte33


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americanos y puertorriqueños, que en el plaño político comparten dé .buena fe una misma ciudadanía, y que en plan de. mutuo respeto y mutuo entendimiento, deben entender las semejanzas como las diferencias que democráticamente los unen. Las semejanzas, aprendidas en lo que hay de común en nuestra tradición histórica, nos unen porque establecen la necesaria comunidad de rasgos culturales, valores, intereses,, que nos permiten comunicarnos e identificarnos. para determinados fines, unos. y otros; las'-diferencias, prod'ucto del aprendizaje en medios históricos diversos nos unen, si aprendemos a respetar esas diferencias históricamente derivadas, que forman los hábitos, aspiraciones, usos y ,particularidades de; cada pueblo. El problema, de la comprensión entre Puerto Rico y los Estados Unidos es hoy, y ha sido en el último medio siglo, un pióblema de relaciones entre sociedades de cultura nacional. De esas interrelaciones deberá nacer sin más tardanza una comunidad de comprensión y mutuo respeto, pues, como es evidente, mutuo respeto es la base de todo trato libre y amistoso entre seres humanos. El aceptar, que los puertorriqueños y norteamericanos somos herederos de variedades distintas de la común tradición cultural de Occidente no deberá implicar nunca, intolerancia de las diferencias que subsistan. Antes más bien la percepción, tanto de las d'iferencías como .de las semejanzas—es el modo como apunta Redfield',— sin que ello nos arrastre al desprecio que encubre ambiciones políticas—de "erigir la comunidad. de los espíritus libres en. la civilización del diálógo", a que aspiran los hombres de buena voluntad en todos los rincones del planeta.

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IV MÁS ALLÁ DEL INSULARISMO


ap, "Amanece' :ya el día de ajustar el paso a nuestro ritmo íntimo, substancial" —Palabras de Luis Alberto Sánchez en su, libro: ¿Existe América Latina?

Cuando el hombre es dueño de su propio destino, puede desarrollar libremente un estilo de vida que expresa lá íntima dignidad de su espíritu. Igual ocurre con los pueblos. Puerto Rico ha desarrollado en su historia los componentes de un estilo de vida propio que hoy, por primera vez, puede manifestar libremente. Necesitamos por eso integrar 'y perfilar; expresar con plenitud en este nuevo clima de libertad y de elecciones dictadas sólo por la propia conciencia, por nuestro libre albedrío, una .cultura auténtica; una manera de ser nosotros, 'nosotros mismos. A mi juicio, ésta es hoy, (como sin duda no lo fué siempre) una proposición evidente. Conviene que tengamos en cuenta, sin embargo, que uno de los elementos fundamentáles que tenemos que superar en nuestra concepción de la cultura puertorriqueña es la estrechez de miras. Vivimos intelectualmente en Puerto Rico una vida de corta 'envergadura, porque nos . falta una, verdadera comprensión de nuestra herencia cultural, de nuestro, patrimonio histórico. Se trata ahora nada menos, que de= alzar una plataforma ideológica sobre la cual ha, de operar la nueva generación puertorriqueña. No podemos sin embargo aceptar en esta nueva definición de nuestra situación histórico-cultural un método intuitivo al estilo del paradigmático y racista Insularismo de Pedreira. Hay que trillar la vía del conocimiento histórico-sociológico con método, rigor y hondura. No basta resbalar sobre los infolios de la historia para de ellos sacar' la imagen que a ellos llevamos cuajada apriorísticamente. En tal procedimiento no hay solidez, no 37


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hay solución ni entendimiento, sólo hay penumbra y vida interina. Y eso, vivir interinamente, ha sido nuestro mal de mucho .tiempo. "¿Qué ha sucedido en Puerto Rico en las tres últimas generaciones?" Es importante hacerse cargo de la grave significación que este término generación encierra como instrumento, hacedor de historia. Con el cambio de soberanía en 1898, nos sobrevino a los puertorriqueños un traumático desenganche de las generaciones. Al convertirnos en una colonia norte-americana quedamos desvinculados, de un modo súbito, de nuestras raíces nutricias. Los ,puestos de mando y responsabilidad que hacia 1898 estaban en manos de un grupo puertorriqueño, pasaron a manos de norteamericanos que desconocían nuestra historia y nuestra cultura. Esto trajo como resultado que se perdiera gran parte de la experiencia política, recién adquirida, de la anterior generación, quedando relegados a un puesto secundario y accesorio la minoría directora criolla. He aquí lo que sobre esto nos dice Tomás Blanco en su Prontuario de historia puertorriqueña: "Para nosotros aquel momento de la transición—desde 'febrero del '98 que empezamos a gozar la autonomía, hasta mayo de 190,0, en que se inauguró el primer gobierno civil bajo el régimen, norteamericano—debió haber ,sido la hora de la verdad; dél realismo puro y sereno; de las visiones claras y las determinaciones enérgicas". ¡Debió haber sido la hora de la verdad!, 'pero en su lugar fué esto: "Acorralados los líderes políticos entre la evidente determinación norteamericana y el sentimiento popular isleño, la mayoría optó por replegarse en ambigüedades oportunistas. Es natural que no le faltase voluntad para ponerse 'a la altura de las circunstancias, pero, o no pudieron o no supieron hacerlo; y la desorientación de las masas siguió su curso, pasando del cándido deslumbramiento al decaimiento y la desorganización, sembrando el titubeo y la duda, dando pábulo a actitudes tan paradójicas y negativas como la, resignación inconforme, la -desesperación académicamente esperanzada, la jaibería pitiyanqui o patriotera, etc. Por eso pudo' decir Rosendo Matienzo Cintrón en 1903 ¡Hoy Puerto Rico sólo es una muchedumbre! Pese a todas las buenas intenciones y a todas las buenas voluntades, :la ocupación norteamericana había sido el disólvente en la progresiva: cristalización de nuestro pueblo, laboriosamente conseguida durante el siglo XIX. Todo léñdría 'pues que comenzar cTe nuevo;" 38

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Sin .entrar en ,la consideración de lo que ha ,sucedido en el mundo y en nuestro :país, desde 1903 a 1953, es ,hoy a todas luces visible, que vivimos otra coyuntura histórica de honda significación puertorriqueña, otra, hora de la, verdad. Debemos 'preguntarnos con entera franqueza y contestarnos con sinceridad, y honradez los hombres de hoy preguntas tales como:. ¿Qué somos y qué queremos ser, en el plano de la cultura los puertorriqueños? f Tenemos además que contestarnos esta pregunta: ¿Cómo: 'có= ~ meñzar de nuevo? Ya, hemos expresado, que en 1898 quedamos de golpe sin historia ál romperse la continuidad de las generaéiónes directoras. Ante la problemática de un incierto destino político :los puertorriq,ueños, perdidas ya las posiciones claves en la estructura de poder, , refluyeron hacia polos opuestos, lo cual perniciósamente los encerraba en un mundo patético de extremos: estadidad, independencia..} `Mieiitras tanto envueltos en ün provincialismo de política localista sin trascendencia, perdíamos estérilmente la visión de los cambios 'que se producían én el mundo y perdíamos contacto con lo que podía devoivernos la dignidad como puertorriqueños: la autodeter'minación de nuestro propio deseñvolvimi`eritó cultúral. ~` Se nos hizo- difícil ver; entonces, que hay continuidad y enlace f.: esn~ toda auténtica humana historia. Apenas si:'pudimos darnos cuenta de, que el hombre no se considerará jamás establecido con fir'inezá en el espacio y en el tiempo, si se le despoja de sus tradiciones. h ,Foy, que podemos reflexionar con ,mayor frialdad y desde una nueva perspectiva esperanzadora, habiéndonos _librado del paralizador dilema, de, estadidad, - independencia, que ,nos mantuvo viendo interinamente ,durante, medio siglo, sin responsabilidad real en la tarea de forjarnos nuestro, propio destino y cultura, necesita.mos,recobrarnos, de. aquel choque, humanizándonos, haciendo ,nuestra la herencia.que nos a sido ocultada ,alx quedar desvinculados_ y 1~uérfanos .del conocimiento. histórico de lo; que somos y queremos er coma puebla Es necesario;. por eso, hoy, fabricar hombres de , estudio,=calientalibros—como. decía José Ortega y Gasset en España a, su generación. Hombres que ahonden_ en las :raíces ,de, ,ñuestra intrahistor~.ia,_ desenterrando lo vertebral de nuestro cuerpo histórico a las tendencias. históricas„ sociales, ,políticas .económicas,• cultura39


les en fin, de nuestra vida comunitaria. Necesitamos hombres de disciplina y visión universal. Hombres que sepan ponderar lo histórico para arrancar a nuestra idiosincracia, lo que élla, tiene de universal y válido, para poderlo presentar al mundo decéntemente, sin quebrantos callados de inferioridad y menosvalía. La gran maestra .es la historia; la continuidad y enlace de las generaciones. Lo enseñaba así antiguamente Cicerón, al llamarla magistra vitae. Lo repitieron incansablemnte los humanistas del siglo XVI y lo dicen hoy los humanistas de siempre: "Yo sé que la verdad no la tiene el que dice—escribe Federico García Lorca-hoy, hoy, hoy comiendo su pan junto a la lumbre, sino el que serenamente mira a lo lejos la primera luz en la alborada del campo". Ésta es pues la enseñanza que tenemos que recoger. Hacernos o perdernos por la historia, por la herencia social, por la cultura. No hay otra salida. L'a tradición social, inaplazable ley,, proceso lógico, continuidad y enlace de las- generaciones, es la tierra del Ateneo que son los pueblos. Tenemos por fortuna en Puerto Rico, una vital e inédita cante1 ra espiritual vertebradora, que necesita—urge decirlo—, expurgo, disciplina y selección: en historia, en arte, en literatura, en poesía, en t saber económico y cultural, en filosofía. Es preciso pues enraizar las formas culturales presentes en las' creaciones de la espiritualidad puertorriqueña que. circunscribe tal acervo. Es menester entroncar el nuevo esfuerzo de nuestro que-hacer puertorriqueño con tales pa'sadas generaciones para que nuestra visión de la cultura cobre vitalidad, continuidad, hondura, fuerza. Necesario será repetirlo: que tal acervo debe ser espigado con un implacable y riguroso criterio, sin compromisos con nada menos que una norma universal. Otra vertiente del mismo problema: "la forja de una imagen (esquemática de una existencia más -deseable en el mañana puertorrii queño", es el chato especialismo en que ha caído la minoría intelect ual puertorriqueña. 'Nos falta también a los hombres educados de hoy, generalmente, una comprensión honesta de que la economía, la biología, la física, 'las matemáticas, la química, las ciencias políticas y del conocimiento agronómico, etc., no están reñidos con la• poesía o con la buena prosa, o con la producción y crítica de arte. Uno de los males de. nuestra intelectualidad y de la intelectualidad de muchos países modernos,, es la estrechez de miras, la falta 40


de un apetito ancho de saber. El poeta en Puerto Rico, esa pieza de Museo, que es generalmente superficial posseur intelectual, siempre más cáscara que almendra, nada sabe generalmente de ciencias. Es un estrecho "especialista" que vive con 'los 'ojos hundidos rumiando un mundo de puras fantasías, con la cabeza a pájaros. Le. falta por eso invariablemente calor humano, y por eso, por carecer de un sentido humano profundo en su que-hacer, le falta a su obra, ese radical valor artístico de la obra genuina de creación, que va unida a un fluir social, desde el cual cobra—como obra artística—su verdadero sentido. Igual ocurre con el escritor que separa en su mente el conocimiento científico por una parte (el saber, físico, químico, biológico; o sociológico, económico y político) y su tarea de escritor. Es la estrechez de espíritu, de visión, lo que hace fracasar nuestras revistas populares que tan'profusamente nacen y mueren de insuficiencia. Una obra puramente literaria en Puerto Rico, revista o libro no basta, casi sobra; pero no sobra una que tenga un verdadero sentido humano .en los términos prácticos y medula. res de la vida de nuestro pueblo. Tenemos que desemburguésar la visión de nuestra intelectualidad, tenemos que acostumbrarnos a romper, los moldes estrechos de la rutina decadente, si queremos crear algo duradero, algo eficaz, algo que afecte la vida misma de nuestro pueblo. "Es evidente—dice Ortega y Gasset—que una nación contemporánea .no puede vivir con alguna plenitud si no sabe ejercer sus funciones intelectivas—concepción de la realidad, ciencias, técnicas, administración—con elevación, complejidad y.sutileza. Ahora bien, si durante varias generaciones faltan o escasean hombres de vigorosa inteligencia que sirvan de diapasón y norma a los demás, que -marquen el tono de intensidad mental exigido por los problemas del tiempo, la masa tenderá, según la ley del mínimo esfuerzo, a pensar con menos rigor cada vez; el repertorio de curiosidades, ideas, puntos de vista, menguará progresivamente hasta caer bajo el nivel impuesto por las necesidades de la época. Tendremos el caso de una "raza" entontecida, intelectualmente degenerada Aplicado esto al fenómeno que discutimos concluímos que una revista de instrucción popular puede hacer falta en Puerto Rico, pero en ella, lo que determinará que sea un, intento fallido más; nonato o no, sérá el criterio, la hondura y plenitud de visión de sus directores.

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Uíi recurso importante, á mi juicio, siempre que sepa ser usado, para prodúéir la visión orientadora eh una revista popular que sirva de acicate a la transformación del ambiente cultural, será la tradición de los mejores, la cultura de ayer y de siempre, la que encierra en sí ló universal. Lograremos una mejor' idea dé lo qúe somos, cuando sin estrecheces de espíritu, sin partidismos estirilizantes, hagamos dé todo lo mejor de ese patrimonio nuestro, algo realmente operante en riuéstra'manera de ver y sentir. Cuándo hayamos logrado establecer 'una corriente, una continuidad; una sucesión llena de sentido entre nuestro ayer y nuestró hoy; viviendo como dice Ortega, "a, la altura de nuestro tiempo, desde el plano de ideas desdé las cuales el tiempo vive". 'Sólo entonces habremos comenzado' a integrar los retazos dispersos de 'una conciencia puer= torriqueña que pueda convivir con d'ignidad, sin menoscabos innecesarios con los ueblos de América. Y

Es preciso que tal cosa se haga si queremos salvarnos del naufragio y de la lenta muerte de nuestros más básicos y elementales valores culturales. Naufragio que se daría ante el impacto de la cultura norteamericana, sin importar la relación política que tuviésemos con los Estados Unidos, siempre que la conciencia puer" torriqueña permaneciese adormilada. Puerto Rico debe a su asociación con los Estados Unidos, mu'clio de 10 que es importante y de lo qúe es mejor en nuestra vida de pueblo, una generosidad democrática de entender .la vida. Debe por otra parte sí,, muchas cosas que presentan amenazas a nuestro modo de, ser puertorriqueño, pero tales .cosas nos las debemos en gran parte a .nosotros mismos, a la inactividad derrotista, al, puro y estrecho odio de facciones políticas que anquilosa el espíritu y achica nuestra dimensión humana y nuestro entendimiento,. impidiéndonos afrontar tales males con, imaginación, con fuerza creadora, con determinación. Una comprensión inteligente de lo que' somos en, la realidad de nuestra vida puertorriqueña actual; frente a Europa; frente a Latino' América; frente a los Estados Unidos,• nos' permitirá ir 'forjando lo que queremos ser, sin abanderizarnos. por puro pitiyankismó a, lo malo de Norte-América, .ni por puro 'nacionalismo a lo -malo dé la tradición hispánica;.. ni por puro fililismo a, lo inoperante de Europa. El crear una civilización puertorriqueña .en la cual~se 42


salve del naufragio nuestra dignidad humana colectiva, en la puertorriqueñidad elevada a universalidad, es una tarea que requiere generosidad de espíritu, anchura de visión, capacidad de sacrificio. Es una tarea para hombres en el mejor sentido humanista de la palabra. Nuestra es la responsabilidad y solo nos salvaremos por nuestro propio esfuerzo.

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V APÉNDICE

PUERTORRIQUEÑO CIENTO POR CIENTO' por Lloyd Suttell Profesor Asociado de Educación en la Universidad de Puerto Rico

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1. De El Mundo, 22 de enero de 1955.


Ha llegado a proporciones de escándalo la algarabía en torno ál problema de si debiéramos rendir pleitesía a la cultura occidental, la cultura puertorriqueña o alguna combinación de :las dos. Esto a pesar de qué los contrincantes no han podido acertar una clara definición de lo que discuten. Algunos aspectos extremos de esta controversia hacen recordar la descripción gráfica que hizo Ralph Liiiton, el famoso antropólogo de Estados Unidos,, del "americano ciento por ciento". (Luego adaptaremos sus ideas para caracterizar al puertorriqueño ciento por ciento.") Como señala Linton: "Es probable que ninguna cultura contemporánea deba más del diez por ciento de su contenido a los miembros de su propia sociedad." Esto, sin embargo, no es motivo de alarma ni de lamentación. Sirve más bien de incentivo a la creación. Aquéllos que menos han contribuido al acervo cultural son casi siempre los que más vociferantemente demandan que se conserve lo oco que ellos, han creado: Se necesita cierta magnanimidad de espíritu para percatarse de lo bueno que existe en la cultura mena, de asimilar lo excélente, sea cuál sea su origen, y de utilizarlo eficazmente ,para bien de la propia cultura. La Unión Soviética es ejemplo sobresaliente de un pueblo que Sc muestra reacio a reconocer deuda, alguna para con las culturas ajenas. Los rusos se especializan en la atribución de los inventos, descubrimientos e ideas,, por• antiguos que éstos sean, 'a los mismos -rusos, y se` esmeran en ensalzar la cultura rusa, negando o ridiculizando toda otra variedad. Nosotros, sin embargo, si .lo que nos importa es crear,, no de• biéramos tener miedo de estudiar lo mejor que se encuentra en otras culturas. Uno de los grandes escritores del siglo pasado en los Estados Unidos, Henry David Thoreau, cuyas obras suelen seña-

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larse como completamente "americanas", debió su éxito entre sus / conciudadanos americanos al hecho de que él, primero, se había empapado de lá literatura europea y luego se había rebelado en contra de ella. Aquéllos que se postran en adoración fetichista ante lo regional y lo tradicioñal, casi siempre acaban por constituirse, quizás inconscientemente, en partido de oposición a lo nuevo y lo necesario. Las Hijas de la Revolución Norteamericana (Daughters of the American. Revolution), por ejemplo, se destacan como enemigas acérrimas de casi todo el que quisiera pensar y crear como los antepa= sadós de ellas. De la misma manera existe el peligro de que el esfuerzo de perpetiiar la adoración de lo regional aquí, pueda frustar el logro de una contribución verdaderamente puertorriqueña a la literatura, el. arte y el pensamiento del mundo. En esta época necesitamos enfocar más y más nuestra atención, en no las cosas minúsculas, sino en los aspectos globales de la vida y del arte. Desde el punto de vista político, el cultural, el estético— desde todo punto de vista—nos estamos, adentrando en una era donde necesitamos cada vez, más entendimiento y una apreciación de otras culturas. No hay razón para creer que esto inhiba la creación' local—en efecto acontecerá lo ..contrario. Aquéllos que contribuyan más a la cultura puertorriqueña de aquí en adelante, serán los que cómo parte del cuadro mundial. El tecontemplan a Puerto mor de contaminación por la cultura occidental jamás creará una cultura puertorriqueña; más bien esterilizará todo intento, de producibilidad cultural. Terminaremos, con la descripción de un día en la vida de m señor ciento por ciento. puertorriqueño. (Presento mis excusas y mis gracias a Ralph Linton).. Hay que confesar que nuestro sujeto, neta y típicamente boricua,-Sé extrae por la mañána de ese artefacto que llamamos cama, producto de molicie levantina modificado por la pereza europea antes de llegar a hacer que los puertorriqueños se. renegaran de su tradicional hamaca. La ropa de cama se débé a la India si es de algodón, al Levante si es de lana y a la China si es de seda. No importa el material, la idea de tejerlo se originó .en el Levante. Muy raro es el puertorriqueño ciento por ciento que utilice un servicio sanitario de origen puramente nativo; lo corriente es 48


una combinación de inventos' el os y norteamericanos de fécha muy reciénie. Cuando nuestro amigo se quita las pijamas en su cuarto de baño legádole por la cultura occidental, sé está desvistiendo de iina prenda de vestir oriunda de la India. Luego se lava con un jabón por el cual les puede dar las gracias a. los antiguos galos. Entonces, a, menos que sea esclavo de la .naturaleza, nuestro boricua se afeita, y esto, de acuerdo con Linton, es "un rito masoquista aparentemente derivado o de la' Sumeria o del Egipto antiguo." Nuestro héroe regresa al dormitorio y recoge su ropa de una silla cuyo diseño -se debe o al sur -de Europa o al Museo de Arte Moderno én Nueva York. Luego, 'l vestirse, encontrámos que la mayor parte de su indumentaria se deriva de las estepas asiáticas. Sus zapatos, sin embargo, son de origen mediterráneo en cuanic 'a. diseño, pero el cuero del cual están fabricados, se elaboró -según procedimientos desarrollados en el E'gipfo antiguo. Se amarra- alrededor del cuello un corbatín horriblemente colorado y cuyos oríge nes aparentemente se remontan a los chales que se echaban encima `de los hombros los croatas del Siglo XVII. (Incidentalmente, la mayor parte de los que se fungen de peritos'sobre la vida en los trópicos están de acuerdo en cuanto á que la corbata es una monstruosidad eii ur clima cálido, desde cualquier punto de vista. Quizás una contribución verdaderamente puertorriqueñá a la cultura universal, podría ser la eliminación total de este absurdo. en tecnicolor.~ Nuestro amigo sale de la casa y se compra un ejemplar de "El Mundo", pagándole al muchacho con una moneda (un invento de- los lidios antiguos). Cuando llega al restaurante (Agapito's Bar and Rest.), se confronta con un sinnúmero de factores de las culturas occidental y oriental. Su plato está hecho de una espeéie de losa que procede originalmente de la China. La India originó el acero que compone su cuchillo. La Italia medioeval inventó su temedor, y Roma perfeccionó su cucharita. Su "china" vino originalmente, no de la China, sino de la India. Y su café—fuerza es admitirlo—se originó en la Abisinia. iOtra importación! Y si toma café con leché y le echa azúcar—pues la idea, de domesticar las vacas y de ordeñarlas surgió en el Levante, y' el azúcar se elaboró por primera vez en la India. 49


Si nuestro boricua se engulle, eñtre otras cosas, el consabido plato de arroz y habichuelas a mediodía, quizás le interesé saber qúe las habichúelas, aunque se han conocido desde los tiempos prehistóricos en otras partes del mundo, se introdujeron en, tiempos relativamente recientes a Puerto. Rico. Y el arroz es una planta indígena solamente a la India y al continente de Australia. El procedimiento de la destilación (al cual nuestro protagonista debe su palito de ron) se encuentra mencionado en Aristóteles en el siglo IV A. C.,, y más tarde recibió gran mejoramiento a manos de los árabes. Nuestro puertorriqueño ciento por ciento se acerca más a sus lares si se fuma su jumazo después de almorzar. El fúmar era costumbre de los indios americanos y la mata de tabaco se domesticó ,por primera vez en el Brasil. Aunque los pitillos se inventaron en Méjico, los tabacos, gracias a Dios, se desarrollaron en las Antillas. Mientras fuma nuestro ciento porcentista, lee "El Mundo", que se imprime con caracteres inventados por los antiguos semitas, en material inventado en la China, por medio cle un procedimiento inventado en Alemania. Y mientras lee acerca de todos los problemas que afectan al resto del mundo, nuestro héroe, si es buen ciudadano de nuestro Estado Libre, dará gracias en un idioma 'indo. europeo a un Dios hebreo por ser ciento por ciento puertorriqueñq. r ~

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ÍNDICE / ADVERTENCIA.

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PUERTO RICO ANTE EL DILEMA DE SU CULTURA

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_ PUERTO RICO, SOCIEDAI) DE CULTURA NACIONAL Y ESTADO LIBRE ASOCIADO . . . . . . . . . . .. 15 INTER-RELACIÓN DE LAS CULTURAS

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MÁS ALLÁ DEL INSULARISMO

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APÉNDICE — (Puertorriqueño ciento por ciento, por Lloyd Suttéll)

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Filiación de sentido de una isla: Puerto Rico (1955) by La Colección Puertorriqueña - Issuu